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ARRIVA ITALIA

GLORIA Y MISERIA DE LA NACIÓN QUE SOÑÓ CICLISMO

Marcos Pereda


© Marcos Pereda Herrera 2015 y 2021, del texto original.

© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2021.

Gordoniz 47B-bajo

48012 Bilbao

info@librosderuta.com

www.librosderuta.com

Primera edición: junio 2021

Edición: Eneko Garate Iturralde

Diseño portada y maquetación: Amagoia Rekero García

Ilustración portada: Alberto Aragón – LOCAL ESTUDIO

Foto autor: © Gema Rodrigo

ISBN: 978-84-122776-6-1

eISBN: 978-84-122776-7-8

Depósito legal: BI-850-2021

Impreso en España por Leitzaran Grafikak

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ÍNDICE

Prólogo a la nueva edición

Arriva Italia

Prólogo

El país que respira ciclismo

Los antecesores: Bottecchia y Binda

Cuando Bartali fue el ciclista del Duce

Arriva Coppi

Un Schindler a pedales

La Odisea de Fausto

El tercer hombre

El Giro del Renacimiento

Pedaleando para evitar una guerra

Un uomo solo é al comando…

Heridas abiertas

El más bello campeón

La Italia del Giro de Italia

Muere un ciclista, nace un mito

Heridas que se cierran

Más Arriva Italia

Empezando un sueño

Il più duro di tutti

La leyenda de Alfonsina Strada

Un monstruo viene a verme

Iker Jiménez, un belga y un loco

Qué puto frío, oye

El Mortirolo es un asunto de calvos

Tantas cuentas pendientes

Una forma de pedir perdón (sobre tierra)

Dramatis personae

Palmarés

Bibliografía

PRÓLOGO A LA NUEVA EDICIÓN

Todo empezó en una fiesta con Yola Berrocal.

No, no, espera…

Todo empezó en una fiesta donde estaba Yola Berrocal.

Sí, así mejor, que lo otro provoca equívocos.

Ya ven, los caminos de la literatura (o lo que coño sea esto) son inescrutables.

En aquel tiempo yo colaboraba con un programa de radio local. Poca cosa, apenas pildorillas muy breves sobre Historia de Cantabria. Pero vamos, sentido del humor. Hicimos relatos bastante chulos, creo, y me lo pasaba muy bien, porque si no me lo paso muy bien pues el asunto no funciona. En fin, ese no es el tema.

Sucede que un locutor de la cadena cumplía años, y programó fiestón por todo lo alto. Bueno, a ver, por todo lo alto de provincias (no había jugadores del Madrid ni duquesas), pero tenía su punto. O puntito, ya que hablamos de bicis. Yo, de natural tímido, me presenté en aquella sala de fiestas pelín apocado, para qué engañarnos. Digamos que el ambiente no ayudaba. Como la gente de la radio conoce a un montón de peña, pululaban por la zona algunos cuerpos extraños (extraños quiere decir de gimnasio) que provocaban cierta expectación y que yo no conocía de nada. No me miren de esa forma, no es esnobismo, es que algunos asuntos me aburren… En fin, pues eso… personajes de Gran Hermano, de Supervivientes, de… de ese tono. Saber y Ganar no lo había pisado ninguno, oigan. También estaba Yola Berrocal (a esta sí la reconocí) que es una mozuca muy alta y con un cutis que brillaba cual platito recién comprado. Como la zona donde estábamos es objetivo habitual de botellones y similares pronto se corrió la voz, y hordas de adolescentes subían a vallas y muros para ver famosos. Un grupo de quinceañeras gritando hasta consiguió colarse, para solaz de quienes vemos la vida desde un punto de vista irónico. Lo juro. Unas risas. Rarísimo.

A lo que íbamos…

Allí empecé a charlar con otro colaborador, muchachote muy simpático al que no conocía porque iba a la radio los jueves (yo pasaba cada martes). Hola, qué tal, pues nada, aquí, qué bebes, té rojo con gingseng. Ese tono. En un momento dado cada uno comentó sus últimos proyectos. Yo he hecho esto, yo hago aquello. Hace poco escribí una serie de artículos. Sobre Italia, sí. Coppi y Bartali, sí, explicando un poco la historia a través de las bicis. Anda, pues yo tengo un amigo… esto es… qué casualidad… mi amigo comentaba el otro día que manejaba lo de Bartali y le gustaría sacar un libro con ello. ¿Cómo? ¿No te lo dije? Es que mi amigo es editor.

Y así, queridos lectores, es como se hacen negocios…

Dos días más tarde me tomé un café con Javier Granda y hablamos a grandes rasgos de lo que acabaría siendo Arriva Italia.Quede por escrito mi agradecimiento. Cero directrices, cero prohibiciones. Plazos de entrega un poco justos, por aquello de llegar para Navidades, pero en fin… peores cosas hemos hecho.

Arriva Italia era mi debut en esto, y fue, sobre todo, algo muy divertido. Me permitió conocer gente encantadora (a Carlos, a Natalia, a Jose, a tantos), hacer presentaciones y reírme unos buenos ratos. También contar chorradas en algunas entrevistas, que siempre es cosa de agradecer. Pero aquello pasó. Y, poco a poco, Arriva Italia fue quedando en el olvido. O, para entendernos, empezó a no resultar fácil encontrar ejemplares.

No voy a decir que la obra tornase en libro maldito, uno de esos «casi incunables» que todo el mundo busca. Qué va. Pero sí de vez en cuando, alguien te comentaba. En redes sociales, cuando hablabas de otros titulillos. Oye, y dónde podría comprar… Incluso llegué a ver precios de locos en tiendas online. Putos golfos. Ojalá se lo coman con patatas…

Vamos, que la idea de reeaditarlo me seducía. Y parece que a Eneko Garate, el editor de Libros de Ruta (segundo editor al que agradezco aquí, no se vayan a acostumbrar) también. Como nos llevamos fenomenal lo hablamos abiertamente. Como no tenemos luces decidimos ir para adelante.

Ahora bien… cómo meterle mano al texto antiguo. Hagan una prueba… miren una foto suya de hace un lustro o más. Seguro que se ven horribles, ¿no? Cuando no es el pelo son las ropas. O el maquillaje. O la (falta de) apostura. En fin, que se reconocen en imagen, pero, a la vez, no creen que ese sea totalmente su yo de ahora. Pues bien, con los libros pasa algo así. Solo que jode más. Bueno, igual a Bárbara Rey le jode más lo de las fotos (no, esas en las que están ustedes pensando no… las de nuestro ejemplo) pero a mí me escuece el tema literario. Releo Arriva Italia y, a ratos, me gustaría coger a mi yo de entonces y darle un par de bofetones. Zarandearlo, gritarle en la cara. Cursi. Grandilocuente. Epiquérrimo. Cosas así, pero con cariño, que hay confianza. Defectos que se curan con los años, la mayoría. Ojo, también encuentro hallazgos en el texto, ¿eh? La estructura general me sigue gustando, y hay algunas imágenes muy poderosas. Pero siempre tendemos a fijarnos en lo negativo. Al menos yo.

Así que… ¿cómo afrontar esto? La reedición, digo. Pues muy fácil: siendo honestos. Honestos conmigo, con el tipo de hace un lustro y con los lectores. Reeditas… pues reeditas. No he tocado nada al libro. A ver, alguna cosa sí. Erratas (ese SestriereS), repeticiones de palabras y esquemas, mover algunos signos de puntuación… Pero, por lo demás… idéntico. Es, en esencia, Arriva Italia. No la actualización de Arriva Italia, versión 2021, no. Arriva Italia. Y creo que está mejor así.

Ahora bien, tampoco quería que el libro fuese idéntico. No. Sé que algunos de los que tienen Arriva Italia en sus estanterías del Ikea (esas blancas que aparecen en las videollamadas) volverán a comprarlo. Por curiosidad, por amistad, por fetichismo. Qué importa. El caso es que, pensaba, era justo darles algo más a esa amable gente que se gasta su dinero para hacerme inmensamente rico. Un suplemento. Qué menos, ¿no? Ampliar el libro. No en su esencia (insisto, aquí está todo el antiguo Arriva Italia) sino expandirlo. Se me ocurrió escoger una etapa de cada década que no tocamos en el texto original y meterme con ella. Narración propia. Particular. Posmoderna. De esa forma podía hacer que la obra llegase casi hasta la actualidad. Y, más importante, me permitía dialogar conmigo mismo. Los capítulos nuevos tienen un estilo, un ritmo, muy diferente a los clásicos. Ni mejor ni peor… diferente. Ha sido divertido, un poco como entrar en la casa de los espejos y verte distorsionado. Creo que el resultado tiene su atractivo precisamente por lo heterogéneo. Ahora ustedes dirán.

Ah, en cuanto al dramatis personae… vi esta idea en la obra de Julen Gabiria Desde lo alto se ve el mar (está publicada por esta misma casa y es una auténtica preciosidad, así que corran a leerla si aún no lo han hecho). Me gustó mucho, y pensé que podría hacer algo parecido con Arriva Italia. Presentar a personajes reales de la forma más absolutamente golfa que usted imaginar pueda. Gracias Julen. Si tienen algún problema con ello, sepan que el resultado es solo responsabilidad mía…

En fin, que no les pego más la trisca (esto de pegar la trisca es una expresión muy cántabra). Ustedes han venido a leer. A leer lo viejo y lo de ahora. Les dejo con ello. Ojalá este (no tan) nuevo Arriva Italia pueda sonreír tanto como lo hizo el anterior…

ARRIVA ITALIA

PRÓLOGO

Ya vienen, ya vienen. Allí, a lo lejos, ¿no lo ves? Sí, hombre, sí, es esa nube de polvo. Pues claro. ¿Allí? ¿Aquello? ¿Cómo van a ser aquello los ciclistas, esa nube de polvo tan grande? Pero si parecen tanques. Y mira lo rápido que vienen. Que sí, que sí, que lo son, te lo digo yo. ¿Ves? Se van acercando. Pues es verdad, ya vienen, ya vienen, voy a avisar a los demás. Vamos, vamos, que os lo perdéis, ya llegan, ya llegan los ciclistas. Es increíble, qué velocidad llevan, mucho más que a caballo, ¿eh? Pues claro, si yo mismo competí cuando joven y tan rápido como ellos era, un Bartali podría haber llegado a ser, pero la guerra… ay, la guerra. Tú qué vas a haber competido, míralos a ellos, ayer salía en la Gazzetta una foto de Coppi y estaba flaco como un pajarillo, ese no pesa más que un saco de trigo, y tú… tú parece que te hayas comido veinte hogazas hoy mismo. Claro, pero es que te hablo de antes. De antes. De antes. Ya vienen, ya vienen. Qué emoción, y qué estruendo. Bocinas, ruido de motor, parece mentira, no había escuchado jamás tanta algarabía. Que ya vienen, que llegan. Vamos, vamos, vai Coppi, vai Bartali, vai Fiorenzo, vai Carrea. ¿Los has visto, los viste? Creo que pude ver a Coppi, estaba más o menos por la mitad del grupo. Y cómo supiste que era él. Pues por el maillot azul, hombre, cómo iba a ser. Ya, pero ese también lo lleva Carrea. Sí, pero como monta Coppi en la bici no lo hace nadie. Eso es verdad. Ahí vienen más, míralos, van descolgados. Es el Mala, el Malabrocca. Vai Luigi, vai,los tienes ahí delante, casi los has cogido. ¿Te has fijado en que iba riéndose? Sí, a estos fue más fácil verlos, marchaban mucho más despacio. Es cosa grande, lo del Giro, ¿verdad? Muy grande, sí. Y tú, ¿quién crees que ganará? Yo creo que este año no se le escapa a Gino. Pero, ¿cómo? ¿No te das cuenta de que Coppi viene más fuerte que nunca, de que ha conquistado ya la Milán-San Remo?, él es el futuro. Hazme caso, es de Gino. Que te digo que no…

Ya vienen, ya vienen, ¿los ves? Sí, allí a lo lejos, vienen desde la zona del Etna. Que llegan, que llegan, llama a los otros, a los de los olivos, a los que están con el trigo. Llámalos, que hoy el patrón ha dicho que podemos tomarnos un descanso mientras pasa la carrera, que podemos verla. Eso sí, tenemos que quedarnos después un rato más, para recuperar el tiempo. Ya vienen, es increíble lo rápido que van, ¿no? Qué va, si por esas mismas carreteras vi yo una vez huir a Salvatore Giuliano y algunos de los suyos montados en un coche y esos sí que iban rápidos. ¿Tú viste a Salvatore? Sí lo vi, hasta un día pasó por casa, era moreno, muy moreno, y siempre estaba sonriendo. Y regaló a mi madre unas monedas, recuerdo que lo hizo así, le puso una pequeña bolsa en las manos y le dijo, tome señora, para los niños. Eso hizo. Tú qué vas a haber visto a Giuliano. Sssshhhh, callad, no se mienta el nombre. Ya vienen, ya vienen. Este año la carrera no se le escapa a Coppi. Pues a mí me gusta Magni. ¿Ese? Ese es un calvo suertudo, no fastidies. Ya llegan. Fiiiiiuuuuuu. ¿Lo viste? Sí, qué rápido iban. Y cuantos colores. Ha sido como un arcoíris que se desboca. Sí, eso mismo.

Que ya llegan, que ya llegan, qué haces que no bajas. Pero deja todo eso, hombre, déjalo, que llegan los ciclistas, ¿no los ves, allá a lo lejos? Dicen que ayer el Vesubio volvió a soltar humo, ¿no? Sí, pero parece que no será nada, cuenta mi madre que cuando el Vesubio se pone realmente travieso le decía su abuela que el aire se pone así, como más denso, y que casi se puede masticar, y que esta vez no pasará nada porque está el aire fresco y transparente. Sí, eso es verdad. Parece que llega escapado Bartali. ¿Bartali? ¿Y eso como lo sabes? Pues porque lo he escuchado por la radio. La radio, la radio, qué sabrá la radio. Mira, mira, por ahí viene, es un pequeño grupo. Qué rápido van. ¿Ves, ves? Era Bartali. ¿Bartali, quién? Sí, hombre, el de la camisa verde, el que llevaba una gorra para atrás. Yo no he visto ninguna camisa, ese no era Bartali. Tú lo que pasa es que eres muy de Coppi.

Que vienen, que vienen. Tranquilo, hombre, si por aquí pasan a toda velocidad, pero luego tienen que acercarse a la Piazza. ¿Cómo, a San Pedro? Sí, me han dicho que les va a bendecir el Santo Padre. ¿El Papa? ¿Y qué tiene que ver el Papa con el Giro de Italia? Hombre, dicen que si es íntimo amigo de Bartali, ¿no? Igual es por eso. ¿Tú crees? Sí. Y, a ver, quién te lo ha dicho a ti, ¿eh?, quién. Pues un amigo mío que trabaja en el Vaticano. ¿Que trabaja? Bueno, que estuvo el otro día allí, pidiendo algo para poder comer. Ah, eso sí. Ya llegan, ¿ves? Viene primero un pequeño grupo y luego todos los buenos. Dicen que por ahí, a lo lejos, han tenido que desviarse porque la carretera estaba llena de agujeros. ¿De obuses? Eso cuentan. Son tiempos duros, sí. Ahí están, ahí están. Vai Coppi, vai Bartali.

Ya vienen, ya vienen, vamos, no te retrases. Por el mismo Cristo Nuestro Señor, no te retrases. Pero vamos, deja eso. Amén. Que no les vamos a ver, qué estabas haciendo. Pero, ¿cómo voy a dejar de rezar el Santo Rosario? ¿El Rosario? Pero que llegan los ciclistas, ¿no te das cuenta? Está bien, vamos para allá. Oye, ¿y tú quién crees que ganará este año? ¿Este año? Coppi, es el mejor con mucha diferencia. Pero, ¿cómo que Coppi? Pero si tú eres un sacerdote, tú tienes que ir con Bartali. Y eso ¿por qué, vamos a ver? Pues porque Bartali es Gino el Piadoso, es el amigo del Papa, es el hombre de Acción Católica, el que va a misa todos los domingos. ¿Y Coppi no va a misa? Qué va a ir ese… bueno, igual va, pero no con la misma devoción. No importa, este año ganará Coppi. Vamos, tú tienes que ser de Bartali. Que no, que te digo que no… Bartali es un gran campeón, es fuerte, duro, rocoso, pero Coppi… Coppi es…… algo especial cuando pedalea. ¿Algo divino? No blasfemes, te pido por favor que no blasfemes. Allí vienen. Vai Coppi, vai. Vamos, vamos, al final te acabarás hincando de rodillas…

Vamos a verlos, ¿no? Vamos, que llegan. No me metas prisa, hombre, si yo ya lo he visto todo, ¿no te he contado que estuve aquí en 1946, cuando lo de Giordano Cottur y los americanos? Pues claro que me lo has contado, y tampoco hace tanto de eso, y además a Giordano yo le conozco mejor, que hasta he salido a entrenar con él alguna vez. Aquello sí que fue importante, deberías haber estado allí, qué cantidad de gente… Dicen que este año viene fuerte Magni. ¿Qué? Que llega fuerte Fiorenzo Magni, que podría ganar. No digas tonterías. Ya vienen, ya vienen. Luego te explico dos o tres cosas sobre ciclismo.

¿Los ves, los ves? Ha merecido la pena subir hasta aquí, no me digas que no, así los puedes ver un montón de rato, en todas esas curvas enlazadas. Y además mira qué paisajes, la grandiosidad de los Dolomitas, el Rifugio Pordoi allá arriba, sí, sí que ha merecido la pena, aunque hayamos tenido que darnos un calentón por estas pendientes, ¿verdad? Ya llegan, ya llegan, mira, creo que es Coppi, sí, es Coppi, veo su maglia rosa. ¿Y Bartali, dónde estará Bartali? Míralo, anda un par de curvas más abajo, lo ves, es el que va de verde, allí, a lo lejos. Van solos, los dos van solos. Pues claro, niño, quién quieres que aguante la pedalada de esos dioses, quién. Ya vienen, ya vienen.

¿Vienen o no vienen? Porque nos estamos quedando helados, a quién se le ocurre venirse hoy al Bondone, con lo bien que podíamos haberles visto en Trento, y no aquí arriba, con toda esta nieve, y este frío que nos acabará matando. ¿Sabes algo de cómo va la carrera? Nada, la radio no funciona, y por aquí no pasa un coche desde hace un rato. Pues ya ves, lo mismo hasta han suspendido la etapa y tenemos que bajarnos a casita sin ver ni un solo corredor, y eso ya sí que sería… Mira, mira, ¿ves allá abajo? Parece que suben autos, y por lo despacio que van deben de ir con una bici. Menuda vista tienes, distinguiendo detalles con esta nevada. Espera, espera y verás. Tú quién crees que puede ser. Ni idea, yo desde que Coppi y Bartali no andan he dejado el ciclismo de lado, ahora lo mismo me da uno que otro. Hombre tampoco es eso. Que sí, tú no lo puedes comprender, porque eras muy joven, pero aquello fue totalmente diferente, auténticas multitudes en las carreteras, la carrera abriendo todos los periódicos, la gente totalmente dividida, con respeto, sí, pero con fiereza, que si eras de Coppi parecía que tenías que juntarte siempre en las tabernas con cuadrillas de aficionados de Coppi, y si eras de Bartali lo mismo. ¿Tanto? Tanto, pero mira, por allí llega. ¿Quién, quién es? No lo sé, pero observa cómo sube. Y lleva manga corta, si debe haber cinco grados bajo cero. Y con esta ventisca. Vai, vai. ¿Quién era? Dicen por aquí que Gaul, el luxemburgués. Era increíble cómo trepaba. Y su rostro, ¿viste su rostro? Sí, iba lívido, como muerto. Mira, allí viene otro. Es Magni, es Magni. Pero cómo va a ser Magni, si se rompió la clavícula hace una semana. Que es Magni te digo, vai Fiorenzo, vai. Un sufridor admirable. Sí, pero iba inclinado, torcido sobre la bicicleta, reptando como un perro. Coppi y Bartali, no habrá nunca nadie como ellos. Nadie.

Ya vienen, míralos, ya han entrado en la Arena milanesa, ahora darán unas vueltas, disputarán la etapa, luego saludarán al público. Míralos, míralos, ¿los ves? Llevan casacas azules, verdes, moradas, rojas. Mira, allí, al final del grupo, la maglia nera. Y al frente, casi en cabeza, la maglia rosa. Míralo, debe de ser glorioso vestirla, ¿no?, aunque sea un día, aunque sea de prestado antes de que los buenos la cojan. Sí, el ambiente es magnífico, hay que sentirlo, se me pone la piel de gallina. Sí, sí, qué pasa, a veces también un viejo puede derramar un par de lágrimas, emocionarse, ¿no? No está mal. Es recordar el pasado, tiempos peores, sí, pero tiempos que vivimos. Porque tú no lo recuerdas, claro que no, pero hubo cuando esto, estos hombres, eran para nosotros casi tan importantes como nuestra propia vida. Sí, fueron momentos difíciles, claro, momentos extraños. Habíamos discutido entre nosotros, como dos hermanos queridos pero vengativos, y parecía que jamás, jamás, podríamos volver a abrazarnos. Y entonces, pero tú de esto no te acuerdas, entonces, digo, ellos salieron, y recorrieron el país de arriba abajo. Entero. Bueno, casi entero. Y nos hicieron volver a sentir orgullosos, nos hicieron volver a amarnos, volver a tender las manos. Vimos que había un mañana allí donde antes solamente parecía haber un ayer. Ellos, sobre todo ellos dos, claro, pero también los demás, nos hicieron, casi nos obligaron, a sentirnos de nuevo como una nación. Y aquello fue tan especial… Tú no puedes entenderlo, y seguramente es mejor, mejor que no lo concibas, mejor que no lo imagines, mejor que no hayas visto los muros derruidos, la ausencia de ventanas porque no había paredes, el terror de las alarmas en mitad de la noche. No lo has vivido, y ojalá no lo tengas que vivir. Solo te digo que entonces el Giro, las bicicletas, ellos dos, vinieron a salvarnos. A salvarnos, seguramente, de nosotros mismos. Y lo consiguieron, es verdad que lo consiguieron. Y sí, por eso ahora se me caen dos o tres lágrimas, déjame, soy un viejo cansado, un viejo que recuerda, recuerda demasiado. Me valdría con que tú, precisamente tú, no les olvidaras.

Italia, la nación que respira ciclismo.

EL PAÍS QUE RESPIRA CICLISMO

Aunque me hiciera un daño insoportable

lo que deseo es vivir.

Alessandro Baricco. Océano mar.

Hubo un tiempo en que una nación, una nación de la Vieja Europa, halló su identidad en el ciclismo. Momentos difíciles, oscuros, de esos que se susurran al oído en las familias, que dividen países, que abren zanjas imposibles de cerrar.

Hubo un tiempo en el cual a toda una patria se la podía dibujar a partir de tres hombres, de tres ciclistas. Cuando los que eran católicos tifaban por el más viejo de todos, el del rostro severo, el de las pocas palabras. Cuando los de ideas más abiertas habían encontrado su mesías en un tipo de largas piernas, nariz aguileña, mirar trágico. Y los de la extrema derecha, los que habían vestido de negro, animaban a un hombre de cabellos ralos, de voluntad inquebrantable y sonrisa fácil.

Existió un momento en el que Italia se pudo definir a sí misma a través de la bici. Y no fue uno cualquiera, sino, seguramente, los años más complicados, trágicos y recordados de todo el siglo XX. Cuando un continente entero estaba a punto de estallar en llamas, cuando la injusticia, la crueldad más absoluta, pugnaba por apoderarse del mundo. Cuando, sí, el equilibrio de las almas parecía a punto de desdibujarse para toda la eternidad.

Y siempre, siempre, el ciclismo.

Los ciclistas.

Italia, durante el fascismo, vestía de rosa su primavera, ajena a las camisas negras que paseaban sus calles, que enseñoreaban senderos que acabaron siendo remembranzas de sangre. Italia, mientras Mussolini daba mítines airados e histriónicos dignos de un payaso, soñaba en julio con deportistas vestidos de azzurro tricolore, con el Izoard, con el Tourmalet, con un perfil afilado que hacía vibrar a todos, pobres y ricos, del norte y del sur. Italia se convulsionó entrando en la mayor guerra de todas las guerras, se agitó en un conflicto de apocalipsis, se mató a sí misma, se revivió y volvió a nacer. Y, mientras, todos pensaban en bicicletas, en rostros cortando el viento de la Maddalena, en una hora milanesa y eterna bajo bombardeos ingleses. Italia, claro, jugueteó de nuevo con la tragedia cuando la paz que no era paz del todo pareció haber llegado. Estuvo al borde del abismo, de ese abismo físico pero también moral, al borde de ese no saber si esto es un hombre, de la realidad desalmada que se le había puesto al mundo cuando dejó de sonreír. Y entonces, y quizá sobre todo entonces, los ciclistas fueron más importantes que nunca, y de un infierno de fuego en la península se pasó a hablar de un infierno helado en la Cisalpina, y donde pudo haber sido nunca llegó a ser, y lo que podía haberse roto consiguió mantenerse, pese a todo, unido.

Esta es la historia de un tiempo sin tiempo, la historia de una nación joven, de apenas medio siglo de antigüedad, que anhelaba un imaginario común en el que soñar, porque, claro, ese es el mundo verdadero donde existen y son las naciones. Es la historia de un país que se entregó a la locura, que purgó sus penas de la forma más dramática posible, que aún pugnaba por rehacerse cuando estuvo a punto de terminar para siempre. Es una historia de Historias y de historias, sí, pero sobre todo de seres humanos, de vidas, de hombres y mujeres corrientes que, puestos en contextos extraordinarios, acabaron haciendo cosas extraordinarias. Entre ellas, nada menos que dibujar con trazo firme una patria.

Este es el relato de tres personas y un país que estaba contenido en ellas, que comprendía a millones como ellas. Es la historia de Gino Bartali, el Vecchio Gino, Gino el Piadoso, el hombre católico, ferviente, el que pedaleaba heroísmo, el que exudaba tenacidad. Es la historia de Fausto Coppi, la clase, la elegancia, la entrega absoluta del aficionado, el mito, la leyenda, el mártir. Es la historia de Fiorenzo Magni, el del pasado oscuro, el de los secretos a medio decir, el de las victorias tristes, el de las derrotas gozosas.

Es, claro, y sobre todo, el relato de un país, de todo un país, que se pensó a sí mismo a partir de la bicicleta en el momento más delicado de su existencia. Es la historia de Italia en los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo XX. Es fascismo, es Guerra Mundial, es nazis, bombardeos, Solución Final, cuerpos en las cunetas y devastación, sí, pero también adversarios abrazándose, actos de valentía inmensa, lucha frente a la sombra, pecado y redención. Es la historia de todos los italianos, de tres de ellos, de cada uno de ellos.

Es una Historia en bicicleta, nada más y nada menos.

La de un país que imagina sus campeones para no recordar sus desdichas. Que vibra con sus mitos para celebrar su vigor.

Es la historia de Italia, del Giro, de Bianchi, de Bartali, de Legnano, de Coppi, de la Wilier, de Cottur, de Binda, de Bottecchia, de Magni, del Stelvio, del Pordoi, de los tifosi, de Monte Cassino, de Trento, Trieste y Corvara, la de Alcide, la de los Goldenberg, y Togliatti, la de Mussolini o Skorzeny. Es la historia de Pavese y Moravia, de Buzzati y Calvino, pero también la de Pasolini, la de Petrarca, la de Visconti, Baricco y Fellini. Todas esas historias.

Nada más que esas historias.

Silencio.

Arriva Italia.

LOS ANTECESORES: BOTTECCHIA Y BINDA

Manda el que puede

y obedece el que quiere.

Alessandro Manzoni.

Cuando una nación es tan joven como lo era Italia a principios del siglo XX (la conquista de Roma, donde muchos ven final del proceso unificador, data de 1870) los mitos surgen por doquier. Y algunos de ellos encuentran un espacio en ese imaginario colectivo que se reserva a los retazos de la realidad. Las naciones no pueden existir sin antes ser imaginadas, y este trenzado de fantasía hasta convertirla en carne de libros de historia no es, en modo alguno, algo que puedan realizar reyes, generales o políticos. No, al contrario, solamente a través de las palabras del pueblo, a través de lo visto por mil ojos, de lo explicado por cien mil bocas (todas ellas cuentan algo parecido, muy similar, pero ligeramente distinto, con lo que la realidad no acaba siendo el lugar común sino la suma de todas aquellas pequeñas realidades imaginadas, intuidas, sentidas), es como se tejen los mirares del aire y entonces las naciones son engendradas por escritores, sí, pero también por músicos, poetas, por quienes cuentan romances de ciego de pueblo en pueblo, por aquellos que recorren sus carreteras llevando buena nueva que muta muy ligeramente de una población a otra. Y por los ciclistas, claro. Porque si sabemos que Italia fue, en un momento dado, una nación que respiraba ciclismo, debemos concluir que también fue un país imaginado sobre dos ruedas.

Por eso, si hablamos de Coppi, de Bartali, de Magni, como símbolos precisos de un momento y unas ideas concretas… si los vemos como paradigmas, como tópicos reales de valores y caracteres… si entendemos que esa perra mentirosa que es la Historia nos los ha ido dibujando cual actores de una comedia (o tragedia) mil veces repetida y por lo tanto radicalmente falsa, actores que parecen recitar un texto que ellos no escriben… que la certeza no es sino la suma de todas las historias que nos han ido contando… y si conseguimos asimilarlo, podremos llegar a la conclusión de que estos tres héroes, estos tres villanos, estos tres hombres… no podían estar solos. Y donde hay tuvo que haber antes, y donde hubo debió existir todo. Y que, cuando la Segunda Guerra Mundial, ese Leviatán grosero y voraz que aparecerá emborronando nuestro relato aquí y allá, no era más que un mal sueño premonitorio en la mente de Europa ya dos hombres consiguieron cargarse a toda una nación sobre sus hombros… una nación balbuceando, una nación joven y directa y con una pizca de inocencia y con un punto insolente y con un todo de vida por delante como tienen siempre los jóvenes… ya dos hombres, decimos, simbolizaron lo que Italia era, lo que Italia fue. Y lo hicieron, quizás, incluso antes de que Italia fuera. Porque la identidad es, como las mentiras, algo que solo se conoce a posteriori.

Esta es, pues, la historia de dos hombres que fueron antes de que tres hombres fueran. Esta es la historia de Ottavio Bottecchia y Alfredo Binda.

Ottavio Bottecchia parece, quizá más que cualquier otra cosa, una persona sin suerte. No la tuvo de niño, cuando la pobreza se le pegó para siempre al rostro (era el pequeño de ocho hijos, quizá de ahí su nombre), no la tuvo más tarde, cuando fue soldado, cuando fue ciclista, y no la tuvo en su último viaje en bicicleta. No la tuvo, no pudo tenerla.

La infancia de Bottecchia transcurre en Alemania, donde su padre ha tenido que emigrar desde su pequeño pueblo, cerca de Treviso, para alimentar a su prole. Allí el joven Ottavio comienza a trabajar, antes de invertir cuatro años de su vida a la patria, Primera Guerra Mundial mediante, enrolado en la División de Bersagliere, esos soldados-ciclistas de curiosa estampa y fusil en ristre encima del manillar a los que quería incorporarse, por todos los medios, el fantoche de Enrico Toti… pero esa es, claro, otra historia.

El caso es que Bottecchia pronto destaca entre las filas de los Bersagliere por su fuerza encima de la bici, y se le asigna tarea de enviar mensajes de un lado a otro por la línea de defensas italianas. Un entrenamiento ideal para el Tour de Francia que vendrá años después… El ejercicio distaba de ser seguro, y al menos en dos ocasiones Ottavio se ve enfrascado en un intercambio de fuego con los austríacos, manteniendo, al parecer, magistralmente la calma y saliendo ileso de esas situaciones. Ileso y con una medalla de plata del ejército transalpino, concedida en noviembre de 1917. Durante la Gran Guerra sufrirá igualmente ataques con gas, y caerá enfermo de malaria. Minucias…

Tras la paz Bottecchia viaja a Francia a ganarse la vida como albañil, y allí comienza a tomar parte en competiciones ciclistas. Lo hace bien, muy bien, hasta el punto de ser seleccionado por el equipo Automoto-Hutchinson, uno de los más potentes del momento, para correr el Tour de Francia en 1923. Es el principio de su leyenda.

Aquel Tour es dominado por el debutante, que se muestra irresistible en montaña. Taciturno y poco hablador, la prensa gala hace circular todo tipo de historias sobre él. Dicen que nunca se cansa, que afronta las pendientes como quien afronta el trabajo diario, que por dentro es una máquina y no un hombre. Dicen que es disciplinado, que cuando le ordenan pararse a esperar a su líder, el carismático y polémico Henri Pelissier, lo hace sin dudar, aparcando la bici a un lado del camino y entreteniéndose mientras come alguna minucia o limpia de barro el cuadro. Aquel mismo año, cuando acaba segundo (y con la certeza de haber sido el más fuerte de aquella carrera) le harán una fotografía que refleja seguramente mejor que ninguna otra el espíritu de aquellos Tours de la época heroica. Es en el Col d´Izoard, suprema grandeza que imitarán más tarde Coppi y Bartali. El ciclista se retuerce sobre su máquina, cuya rueda apunta hacia el barranco y no hacia el centro del pedregoso camino. La viva imagen del dolor, de la agonía. Tras él, un coche de la organización. A pesar de ser toma bastante abierta no se ve a ningún espectador…

Al año siguiente vuelve a la carrera francesa para imponerse sin oposición. Pelissier, de nuevo su líder, abandona tras llegar a las manos con Desgrange, el director del Tour, y después ofrece una legendaria entrevista a Albert Londres cuyo título y contenido están ya en la historia del deporte: Los forzados de la carretera1. El italiano, por su parte, deja una estampa para el recuerdo cuando, de nuevo en el Izoard, se baja de su bicicleta cerca de la Casse Déserte, y hace los últimos metros del puerto empujando a pie la máquina, mientras entona a pleno pulmón marchas militares.

Se convierte, claro, en héroe italiano. Nada menos que el primer transalpino en conquistar el Tour, imponiéndose a todos los astros franceses y sorteando las malas artes que, seguro, estos habrán urdido (corrió el rumor de que había sido envenenado en una etapa y solo después de vomitar durante un buen rato pudo reincorporarse a la carrera). La Gazzetta dello Sport abre una contribución a favor de Bottecchia, cuyo primer donante (que aporta una lira, el equivalente a cinco periódicos de la época, puta rata) será el mismísimo Benito Mussolini. Y entonces salta la sorpresa: Ottavio Bottecchia es socialista.

Sí, el ídolo de tantos jóvenes italianos, el condecorado soldado de la Gran Guerra, el hombre que ha derrotado a los galos en su propia casa y que ha elevado a cotas nunca antes vistas el orgullo y la moral del país, no es un buen fascista… Más aún, es un socialista. Lo cierto es que el joven Ottavio provenía de familia proletaria, y había aprendido a leer enredando con los ajados panfletos revolucionarios que sus compañeros de trabajo le dejaban (poco tiempo después Antonio Gramsci dirá que los periódicos deportivos eran su mayor vínculo con la vida real dentro de la cárcel… existencias, palabras), desarrollando así un profundo sentimiento social que ahora escandalizaba a la Italia de su época. Porque era un socialista de verdad, no uno de esos como Mussolini que ahora se habían cambiado de nombre y vestían camisas negras donde antes llevaban pañuelos rojos…

La relación entre bicicleta y movimientos progresistas en Italia venía de lejos. Si, como hemos visto, allí política y deporte han ido siempre de la mano, al parecer la bici ejercía una enorme atracción para las fuerzas «rojas» en amplias zonas del centro del país, lugar donde coincidían el mayor número de estos vehículos con el asentamiento más profundo de las nuevas ideas sociales. Así, el velocípedo era tomado como un poderoso aliado en esas organizaciones, como la forma más rápida, sencilla y segura de comunicar información relativa a huelgas o elecciones entre distintos pueblos y ciudades. Un instrumento, en suma, tan útil para las clases trabajadoras en tiempos de paz como de guerra. Surgen los neumáticos Carlo Marx, se funda una fábrica de bicis Avanti! (como el tradicional periódico socialista, el mismo que acabó dirigiendo Mussolini en su primera etapa política… cosas veredes, Sancho) y, al final, acaba celebrándose en Monza, el 24 de agosto de 1913, el primer Congreso de Ciclistas Rojos, donde se exponen las bases de este nuevo movimiento, hay exhibiciones y algunos explican las formas más adecuadas para transformar una herramienta de transporte (y ocio) en peligrosa arma de subversión social…

Con estos antecedentes y su propia epopeya vital a la espalda no es de extrañar que Bottecchia fuera socialista, como tampoco lo es el hecho de que a partir de ese momento su popularidad fuera cayendo entre la prensa italiana, empeñada en silenciar o menospreciar una exitosa carrera que se vería coronada con el segundo Tour de Francia consecutivo en 1925.

Pero si por algo ha pasado a la historia Ottavio Bottecchia es por el enigma que rodeó, y aún sigue rodeando, a su muerte. Después de retirarse del Tour de 1926 (en mitad de la apocalíptica décima etapa, una Bayona-Luchon considerada la más dura jornada de siempre), Bottecchia vuelve a su Friuli natal para preparar el asalto a su tercer Tour. Y allí todo comienza a ir mal. En mayo de 1927 su hermano Giovanni es arrollado por un coche mientras entrena y fallece a consecuencia del golpe. Nada se sabe de este incidente, pero Ottavio sospecha. La hostilidad hacia su persona es cada vez mayor, el régimen se hace más y más poderoso, el clima se ha tornado irrespirable. No teme por él, pero siempre le preocupó que alguno de los suyos pudiera resultar herido por sus ideas políticas. Y ahora su hermano está muerto. Bottecchia le llora, alza el rostro, ese rostro de hambre y pobreza, y sigue hacia adelante. La figura icónica, el lugar común, del hermano fallecido aparece por primera vez en nuestro relato. No será la última.

El tres de junio de 1927, sobre las nueve de la mañana, un granjero encuentra a cierto ciclista tendido en la cuneta, cerca de Peonis. Rápidamente le reconoce, es Ottavio, el gran Ottavio, el rojo Ottavio. Gravemente herido, Bottecchia morirá doce días después, doce días de agonía intensa, en el hospital de Gemona. «Muerte producida por las lesiones provocadas por una caída en bicicleta», dirá la explicación oficial. Nadie hará nada, nadie preguntará nada. Es peligroso sospechar en la Italia de 1927.

A partir de aquí, todo suposiciones. ¿Qué le pudo pasar al desdichado Bottecchia? Unos dicen que la suya fue una muerte desgraciada, que realmente se cayó de su bici y que toda la mala fortuna del mundo se cebó sobre su cuerpo hasta dejarlo maltrecho. Pero lo cierto es que la máquina estaba a varios metros del cuerpo del ciclista, por lo que resulta complicado creer esta versión… Ochenta años después un granjero de la zona confesó entre lágrimas, en su lecho de muerte, que había asesinado a un corredor al que sorprendió robándole uvas. Historia resuelta… si no fuese porque en junio, cuando ocurren los hechos, no hay uvas para robar. Un ajuste de cuentas mafioso, un marido poseído por los celos, un loco solitario que recorriera las carreteras italianas de la época… Teorías para todos los gustos. Y, entre ellas, la más cruel, la más plausible: a Ottavio Bottecchia lo habían matado por sus ideas. Había sido interceptado por un escuadrón de camisas negras, lo golpearon hasta la muerte. Era contrario al régimen, era un italiano desagradecido que no sabía apreciar lo que la Providencia les había regalado a todos con Mussolini. Merecía morir, igual que murieron otras muchas personas por parecidas causas en similares circunstancias. Su cuerpo roto, al borde de la carretera. El campeón desangrándose…

Bottecchia, vapuleado en vida, no tuvo mejor suerte con su memoria, pues el régimen fascista quiso hacer suyo al ídolo caído. Una vez desaparecido, una vez que no podía abrir el pico para clamar contra las injusticias, que no podía decir a sus compatriotas, escuchad, hay sitios donde se vota, hay sitios donde la violencia no habita perennemente en las calles, donde las palizas no se suceden cada noche, hay sitios mejores, una vez que el silencio empañaba su recuerdo, el Gobierno podía aprovecharse de su fama, de su dureza física y rudeza de carácter («íntimamente fascista», decían), de su generosidad para con los demás. Violaron sin ambages su legado, que es lo que hacen los hombres que odian a los hombres.

Ottavio Bottecchia, el ciclista rojo. El mismísimo Hemingway lo nombró en uno de los párrafos finales de su celebérrima Fiesta. Un mito de su época, de su pueblo, de su suerte.

Si de Ottavio Bottecchia el Fascio necesitó esperar hasta la muerte para conseguir una imagen acorde a sus intereses, con el siguiente campeón eso no fue necesario. Porque a Alfredo Binda, a quien denominaban el Dictador, le agradaban las camisas negras…

En los años treinta Alfredo Binda fue, seguramente, el mayor ciclista que había existido. «Su estilo era incomparable, podías colocar un vaso de leche en su espalda al principio de la etapa y al final del día no había derramado una gota», decía de él René Vietto, el viejo Roi René de los franceses. Era implacable, rapidísimo en los esprints, infalible en la montaña, inasequible a pruebas de resistencia. Era, además, bien parecido, elegante, con profundos ojos negros, cabello espeso que siempre peinaba meticulosamente y una planta atlética que rompía corazones. Era bohemio, fumador, bebedor, le gustaba tocar la trompeta al final de las etapas, le encantaba la música, bailar, las mujeres, la vida. «Solamente sé dónde está cuando está en su cama», dijo un día, apesadumbrada, su madre. Y era, además, un fascista.

¿Lejos de la imagen clásica del Fascio? ¿Lejos del mentón alzado del payaso de Mussolini, del hieratismo, de ese tomarse demasiado en serio la vida, la propia existencia, el Destino? ¿Lejos de D´Annunzio, de Marinetti, del mismo Marchiandi? A Binda le pasa lo que a Coppi y Bartali más tarde: su estilo de vida no se corresponde con su imagen pública, con lo que sus ideas parecen representar. Y así, si Alfredo era el fascista alegre y bohemio, Gino fue católico piadoso pero lleno de vicios, fumador y bebedor; y Fausto un hombre de izquierdas (más bien, en palabras de John Foot, el anti-anticomunistas, concepto tan especial que seguramente solo pueda darse en Italia) que vive como un burgués y gusta de los placeres más decadentemente consumistas… Paradojas, pues.

Pero Binda fue, siempre, fascista. Aunque luego declarara que no estaba interesado en política, aunque dijera que gustaba más que nadie de mezclarse con el pueblo, con los trabajadores, con las masas. Aunque presumiese de leer todos los días varios periódicos, fueran del signo que fueran. Binda hablaba con quien le hablase, tenía siempre una sonrisa preparada, era hombre apuesto, galante, era juerguista, gracioso, siempre alegre. ¿Estilo castrense, modales propios del ejército, pelo cortado como los soldados, correajes cruzando el pecho? No, ese no era Alfredo. Pero no importaba, Binda es, fue, la perfecta imagen del «buen fascista». Y aun después de la Segunda Guerra Mundial, cuando pasa por ser uno de los hombres más respetados del país y dirigía los designios de la selección italiana en Tours victoriosos, seguía manteniendo sus ideas, defendiendo sus principios. «Es muy sencillo entender mis simpatías políticas. Iba a la iglesia y tenía tendencias liberales, pero era un fascista porque todos lo eran. Fui secretario político del Partido Fascista durante cinco años, en mi Cittiglio, donde vivía. Nadie me ha criticado nunca por eso. No soy un comunista. Cuando alguien tiene propiedades, fincas, no puede ser un comunista. Todo el mundo quiere a un partido que defienda sus intereses, sin excepción. Siempre defendí mi propio interés, el que fui ganando con el trabajo duro. Los dueños de las fábricas pagan a los trabajadores de las fábricas, pero se cuidan mucho de regalar su dinero. Yo pedaleaba con mi propio esfuerzo, y no puedo aceptar que mi dinero vaya a otros…».

Con esta mentalidad Binda llegó a amasar una enorme fortuna que invirtió, por ejemplo, en comprarse todos los inmuebles de una misma calle, bien céntrica, de Milán. Ese dinero le venía no solo del fantástico poderío en la carretera, donde venció en cinco Giros de Italia (con 41 etapas de por medio), tres Mundiales en ruta, cuatro Giros de Lombardía y dos Milán-San Remo, entre otras victorias, sino, sobre todo, merced a que su popularidad le proporcionaba jugosos contratos invernales para intervenir en carreras de pista por velódromos de todo el mundo, desde el Vel d´Hiv parisino (donde le fueron tomadas unas fotografías legendarias que son el epítome de la elegancia ciclista) hasta el Madison Square Garden neoyorquino. Incluso ese palmarés pudiera haber sido mayor si en 1930 no hubiera aceptado la propuesta de unos organizadores del Giro que, cansados de su superioridad, le ofrecieron un premio mayor al del vencedor si se ausentaba voluntariamente de su carrera… Y el bueno de Alfredo se embolsó, cómo no, la pasta.

Pero Binda fue, está claro, un buen fascista. Por mucho que se autojustificara (no todos hicieron lo mismo, los hubo que dijeron «no»), por mucho que se viera a sí mismo como librepensador dentro del régimen, realmente era un hombre muy ligado al Partido, desempeñó cargos políticos bajo el fascismo, se aprovechó de su posición para conseguir prebendas y beneficios que a otros le estaban vedados e incluso su forma de expresarse, de hablar, el lenguaje que utilizaba era inequívocamente hijo de aquella estética tan particular. Eso sí, él mantuvo siempre, también en la posguerra (fue concejal independiente de su Cittiglio natal, sin variar ni un ápice su ideología) su visión política, a diferencia de muchos otros que en 1945 recordaron, de la noche a la mañana, que eran demócratas de toda la vida. En todos los países donde se pasa de una dictadura a una democracia parece ocurrir lo mismo, por otra parte…

Y si antes hablábamos del uso político que las izquierdas habían hecho de la bicicleta, algo parecido podríamos decir de los movimientos de derechas.

Así, al mismo tiempo que surgía el movimiento de los llamados ciclistas rojos, diversos actores de la vida pública italiana se lanzaban a definir al ciclismo como algo pernicioso, potencialmente subversivo. En definitiva, un mal a erradicar.

Los primeros que ven con malos ojos la generalización en el uso de las bicicletas son los grandes terratenientes del profundo sur italiano. Allí las bicis penetran dentro de clases populares con mucha más lentitud que en el más próspero norte, pero tienen un curioso efecto: permiten a los campesinos recorrer enormes distancias en un día, y entender, de forma exacta, el tamaño de los latifundios que poseen los grandes propietarios. En otras palabras, lo que antes era abstracto, esas dimensiones que no se podían imaginar ni aprehender, se vuelven tangibles. Lo que fue «mucho» ahora pasa a ser «algo», y las consecuencias más directas son el conocimiento preciso de la enorme disparidad entre los pequeños predios del jornalero medio y las inmensas fincas de terratenientes. El impacto mental es fulminante. En contra de lo que pudiera parecer, cuantificar la diferencia la realza mucho más que mantenerla en el desconocimiento, y eso empieza a intranquilizar a los poderosos, que temen que tal situación acabe creando brotes de desapego aquí y allá hasta germinar en una revuelta general. Es por eso por lo que miran a las bicis con malos ojos, y se proponen alejarlas de los pequeños villorrios. Y para ello cuentan con un valiosísimo aliado en la Iglesia, que desde los púlpitos exhortará a los fieles para que abandonen ese invento del diablo que únicamente dibuja jornadas de haraganería en lo que deberían ser días de trabajo y oración. El mensaje cala, las bicicletas frenan su progresión en el sur italiano, en aquellos espacios que antiguamente fueron domeñados por el poderoso e ilustrado Reino de las Dos Sicilias. Aun hoy en día el ciclismo es, en Italia, cosa del norte (hasta la victoria del siciliano Nibali en el Giro de 2013, el ciclista más meridional en ganar la carrera había sido Danilo Di Luca, hijo de Spoltore, en los Abruzzos) y ese país que en ocasiones parece partido en dos también lo está, lo sigue estando, en relación a las bicis.

Llegó un momento en que el ciclismo era, con mucha diferencia, el deporte más popular en Italia, el más practicado, el que enfervorizaba a las masas. Los ciclistas eran héroes, rostros reconocidos que todos querían imitar. Entonces el fascismo decidió apoyarse en las dos ruedas para conseguir réditos propagandísticos del esfuerzo ajeno. Pero el nuevo régimen lo hizo casi a regañadientes, de forma al principio tímida. Y es que si el fascismo acabó amando a las bicis fue a pesar de Mussolini.

Al Duce no le gustaba el ciclismo. Demasiado afeminado para él, con esas piernas largas y depiladas, esos culotes ridículamente cortos que dejaban ver demasiada piel, y esos rostros morenos, curtidos por el sol, que tanto le recordaban el campesino que nunca quiso ser. Y ya si le hablaban del Giro de Italia se echaba directamente a temblar… cómo podría él, que era ejemplo máximo de virilidad, de potencia, de masculinidad (también claro, no, no sonría usted, en lo sexual), cómo podría él, decíamos, admirar una prueba que distingue al mejor de entre todos con una prenda de un color tan ridículo, tan cursi, como el rosa. Una carrera de maricones, eso es lo que fue el Giro para Mussolini, que solamente tenía ojos para la prenda rosa, sin fijarse en las capas de barro que cubrían rostro y cuerpo de los ciclistas. Esa obsesión del Duce por la masculinidad, esa obcecación en parecer siempre el más macho de entre los machos merece un estudio freudiano…

Por eso a Benito no le gustaba el ciclismo, y apenas se le fotografió jamás subido en una bicicleta. Y eso pese a que, como todos los dictadores, era el mejor deportista de su país (el inefable ugandés Idi Amin corría cien metros en 9,70 segundos… dicen). No, Mussolini era más de fútbol, de boxeo, de deportes del motor, esas ideas tan futuristas del progreso, el ruido y la guerra. Marinetti, ya saben.

Con todo, las dos ruedas alcanzan tal popularidad que los popes del régimen vieron ahí una oportunidad inmejorable de exportar la imagen del italiano vencedor al extranjero. Y la vieron en la figura de Gino Bartali. Lo que ocurrió llegará más adelante, oigan…

Así pues la relación entre Italia, el ciclismo y la política viene de lejos, y aparece establecida ya desde los albores del siglo XX. El país que respira ciclismo es, también, el país que siente ciclismo, el que puede encontrar en el ciclismo los valores considerados oportunos por el gobierno de turno. Y esto es algo que marcará de forma dramática a quienes serán los protagonistas de nuestra epopeya. Relatos, pequeños y grandes, que acaban conformando esa espesa tela de araña que conocemos como Historia Europea.

1Nota del editor: Publicado en español como Los forzados de la carretera. Tour de Francia 1924 por Melusina, 2009.

CUANDO BARTALI FUE EL CICLISTA DEL DUCE

La razón habla y

el sentimiento muerde.

Francesco Petrarca.

Gino Bartali tenía los ojos verdes y grandes, la nariz achatada como de boxeador y el pelo negro, ondulado, espeso. Su voz era profunda, muy grave; sus modales siempre correctos, pero con ese punto de tosquedad de quien no tiene elegancia mundana; y a su gesto se le esquivaban las sonrisas, pero cuando llegaban era para quedarse. Sus piernas… sus piernas escondían una de las mayores fábricas de pundonor que el ciclismo haya visto.

Cuando Gino, nacido cerca de Florencia en julio de 1914, empieza a competir quienes lo ven se dan cuenta de estar ante algo excepcional. En un momento en el que todos los ciclistas arrastraban grandes desarrollos Bartali destacaba por hacerlo más que nadie, con sus muslos moviéndose lentamente, casi como el minutero de un reloj, pero avanzando formidables en cada pedalada. Riñones de acero, gemelos con dinamita pura. «Bartali era saltarín cuando hacía falta, se elevaba sobre el sillín para aumentar un poco su cadencia y luego se volvía a sentar, para seguir durante un buen rato tirando de espalda, de brazos», decía un équipier. A veces aceleraba de forma violenta, casi suicida, y apenas unos metros más adelante debía bajar dolorosamente su velocidad por miedo a que los músculos, ardientes, explotaran. Pero nunca pasaba, y Bartali podía retomar de nuevo su paso de crucero, ese que le llevaba a destrozar cualquier rival.

Aunque había sido un excelente corredor amateur (en 1932 ganó nada menos que 11 carreras, segundo en 17, de las 39 en que había competido) en 1935 Gino aún es un gran desconocido para el gran público. Cuando vence en la Vuelta al País Vasco, prueba de entidad, algún periódico hablará de «Lino» Bartali. Pronto su nombre será bien conocido por todos, nadie volverá a cometer ese error. En el Giro de aquel año conquista una etapa histórica en L´Aquila, por los Abruzzos, después de un ataque fulgurante en el Passo Campanelle, y transita, días más tarde, en cabeza por la cima de Sestriere para asegurarse el premio de mejor escalador. Aquel fue el último Giro de Alfredo Binda y el primero de la nueva superestrella que deberá recoger, y aumentar, su legado.

La Italia ciclista se estremece con la llegada de un nuevo campeón, recién pasado a profesionales en las filas del Frejus. Bartali era fuerte, era listo, sabía observar durante kilómetros y kilómetros rodillas, tobillos, todos los tendones de sus rivales para darse cuenta de pequeños cambios que se iban produciendo cuando la fatiga llegaba. Todo eso lo almacenaba en su mente, y en cuanto contemplaba con sus propios ojos el menor signo de flaqueza… atacaba. No importaba cómo estuviera él, si iba cansado el resto iría peor. De la escuela de Bernard Hinault, bretón orgulloso e indomable…

Más aún, cuando Gino Bartali se convierta en il Vecchio Gino pondrá cada vez más atención a la preparación de sus oponentes, hasta extremos realmente obsesivos. Sus gregarios se colarán por las tardes en las habitaciones de hotel que ocupen Magni, Cottur y los otros para ver qué era lo que tomaban, qué secretos misteriosos aguardaban en sus botiquines y basuras. Dicen que un día vio a cierto coéquipier de Fausto Coppi saliendo de la farmacia con un bote de cristal que contenía un líquido verdoso. Dicen que mandó a uno de sus lugartenientes a esa farmacia, para que le vendieran exactamente lo mismo. Cuentan que, viejo zorro, no se fiaba del todo, y en lugar de probar el brebaje hizo que un compañero de escuadra actuase de cobaya. Añaden que las carcajadas de Coppi al día siguiente resonaban por todo el pelotón, mientras el desdichado cómplice de Bartali tenía que parar en la cuneta una vez más: había tomado un buen trago de laxante…

Pero eso fue después, cuando el joven Bartali se convierte en el viejo Gino. En aquel entonces, mediados de los años 30, la estrella del florentino va en continuo ascenso. Pasa del modesto Frejus al potente Legnano, el de la maglia verde botella, el del recuerdo de batalla donde Alberto da Giussano venció a Federico Barbarroja, el de Binda (que fue el inspirador de su conocido logo) y el legendario director Pavesi. Aquel Legnano. Y allí pronto se puede ver que el chaval es imparable.

El año 1935 fue uno de los más importantes de la Italia reciente. En aquel momento, buscando «un lugar en el sol», el régimen fascista se lanzó a la conquista de Etiopía (llamada entonces Abisinia), en lo que muchos historiadores han visto como el primer paso del país transalpino hacia el Eje. Mussolini empezaba a amenazar otras fronteras.

A resultas de esa agresión el Giro de 1936, llamado pomposamente por el Fascio «Giro de la autarquía», fue íntegramente italiano, sin ciclista alguno de otro país. Ello no pudo, no consiguió, deslucir la brillantísima victoria de un Bartali que, ahora sí, se muestra irresistible. Ya en la novena etapa, nuevamente camino de L´Aquila, Gino empieza a poner tierra de por medio, tras antológica exhibición atravesando Macerone, Rionero Sannitico, Roccaraso y Svolte di Popoli. La destrucción de la carrera se había llevado a cabo, y Bartali no ha hecho prisioneros. Al final de esa jornada el segundo clasificado de la general, Cavanesi, estaba a seis minutos y medio. El equilibrio de la prueba está roto para siempre, y el toscano se viste por vez primera con la maglia rosa.

Pero en las siguientes jornadas el joven Gino dará muestras de una de sus grandes carencias: la falta de concentración. Efectivamente, en ocasiones los ataques inesperados o tácticos de sus rivales pillaban desprevenido a Bartali, que era extraordinariamente superior por pura fuerza física, pero se mostraba disperso en lo estratégico. Además, las contrarrelojes, una disciplina que jamás llegó a dominar, jugaban en su contra. Por todo ello la general llega abierta a los últimos días, donde Bartali vence de una tacada otras dos etapas y se apunta una victoria incontestable.

Italia se vuelve loca con su nuevo gran campeón, alguien tan insultantemente joven (aún no ha cumplido los 22 años) como exuberante sobre la bicicleta. Gino está en lo más alto. Miles de admiradoras mandan cartas de amor a este hombre tímido y apuesto. Pero Bartali no es Binda, a Bartali le cuesta hablar con las mujeres. Nunca responderá a la misiva de una chica que decía que él, Gino, era «la sal de mi vida, la comida no tiene sabor desde que te has instalado en mi corazón, no lo tendrá hasta que te estreche entre mis brazos»… Otras, por supuesto, son tan escandalosamente picantes que el mismo decoro no permite reproducirlas…

Bartali es el hombre de moda, el ciclista preferido por todos, pero dos sombras nublan su porvenir. La primera es una desgracia: nueve días después de su victoria en el Giro, su hermano pequeño Giulio, también ciclista, fallece tras sufrir un accidente en carrera. El golpe es tremendo para Gino, que cae en una profunda depresión y quiere abandonar el ciclismo. No lo hará, pero habría de recordar siempre, siempre, a su compañero de entrenamientos, a su amado sosias. Para honrarle decide construir un pequeño panteón familiar en el cementerio de Ponte a Ema. A bendecirlo acude nada menos que el arzobispo de Florencia, Elia Dalla Costa, quien volverá a aparecer más adelante en nuestro relato. Valga decir ahora que empieza aquí una relación de amistad con Gino que durará hasta su muerte.

La otra amenaza a Gino Bartali es, quizá, más sutil. Y es que el régimen fascista no tarda en querer apropiarse de los éxitos del joven campeón. El problema es que Bartali no es fascista, nunca lo ha sido y nunca lo será. Su padre fue militante del socialismo, y trabajaba en la fábrica del famoso Gaetano Pilati, que había sido asesinado por camicie nere en 1925. Pero no importa, el Estado desea a Gino.

Mussolini decía de sí mismo que era el «primer deportista de Italia», y los fascistas encontraron en el deporte una caja de resonancia internacional magnífica para exhibir su supuesta superioridad física, educativa y moral. Para la cultura del régimen los deportistas no eran solamente atletas, sino «embajadores azules» que cargaban con la responsabilidad de conseguir acciones gloriosas sobre la cancha, en el ring, o encima de una bicicleta, con las que derrotar a los poderosos representantes de otras naciones. Una medalla de oro o una victoria en el Tour de Francia se consideraba «más valiosa que miles de actos diplomáticos a la hora de celebrar la grandeza del régimen». En este contexto el Fascio no solamente invadía el día a día del campeón (los mismos planes de entrenamiento debían de adecuarse a aquellos «avances científicos que ha logrado el fascismo»), también aprovechaba sus éxitos (e incluso algunas de sus desgracias) para dibujar un lienzo adecuado que mostrar al mundo. Un lienzo con el cual Gino Bartali no estaba de acuerdo.

Desde un primer momento, el toscano se muestra renuente ante los fascistas. Se niega, se negará siempre, a ponerse la camisa negra, se niega a hacer declaraciones altisonantes, incluso utiliza un lenguaje en sus apariciones públicas muy alejado de la retórica propia del régimen. No, Bartali habla, más bien, como el seminarista que nunca llegó a ser. La muerte de su hermano lo sume en una profunda crisis existencial de la que ha salido gracias a la fe en la Iglesia católica, y todos saben que sus posiciones políticas están igualmente con lo que acabará siendo, pasados los años, la Democracia Cristiana. Y es que aunque en aquel momento la Iglesia no está frontalmente enfrentada al fascismo, sí que se muestra bastante distante de algunos de sus postulados, como la exaltación de la violencia, la virilidad exacerbada y cierto gusto por la simbología pagana. Así, muchos ven en el catolicismo una forma «amable» de oponerse a Benito. En este contexto, periodistas católicos tomarán la figura del toscano como la del buen «atleta cristiano», y en aquella caracterización sí se sentía cómodo. De forma casi espontanea, en las iglesias de toda Italia empieza a aparecer una pintada que los sacerdotes tardan más de la cuenta en borrar, Arriva Bartali. Toda una declaración de esperanza en un futuro distinto. Gino nunca dirá que es fascista, jamás. Soy católico. Ese es su lema.

El régimen intenta pasar esto por alto. No es que nuestro nuevo campeón se nos haya hecho comunista, debieron pensar. En lugar de marcar su fervor católico diremos que es piadoso, que tampoco parezca una viuda meapilas, no vaya a ser que toda nuestra propaganda machista basada en la virilidad del Fascio se nos venga abajo cuando comprobemos que el más fuerte de los italianos en realidad acude a misa cada mañana. Pero, con todo, la animadversión se hace patente, y es apenas disimulada en periódicos afines a Mussolini. Cuando, febrero de 1937, Bartali es sorprendido por una tormenta de nieve mientras entrena y cae enfermo con una severa neumonía (dolencia que en la época bien podía acabar teniendo resultado fatal) cierto sector de la prensa insinuará que el corredor se ha «aburguesado» y que por eso apenas sale de casa a entrenar o competir…

Para el año 1937 Gino Bartali se ha propuesto lograr lo que jamás ciclista alguno ha conseguido: triunfar en el Giro de Italia y el Tour de Francia el mismo año. Los jerarcas del Fascio se frotan las manos: una victoria de «su» chico en suelo francés podría ser la mejor manera de mostrar poderío al mundo. Ya se encargarían después de hacer parecer al joven más fascista de lo que era. Con esta idea en mente, Bartali afronta el Giro lleno de ilusión. Giro que, además, se ha decidido al fin a incluir los pasos dolomíticos en su menú, por lo que todo parecen buenas noticias para el mejor escalador de la prueba.

Y lo cierto es que Bartali vence casi sin oposición, pese a que la concurrela es mejor que el año anterior, incluyendo un potente equipo belga en el que se encuentran Alfons Deloor, Antoine Digne y Alfons Scheppers, protagonistas de la primera Vuelta Ciclista a España, que venció el hermano del primero. Pero nada se podía oponer a un Gino desatado, que da tremendo golpe en la cronoescalada al Terminillo, pese a que la intensa nevada bajo la que se disputa le hace toser durante toda la subida (recuerdos de su neumonía primaveral) y provoca un agudo dolor en su pecho los días siguientes. Camino de Foggia vuelve a dar exhibición, escapando en la subida al pueblo de Ariano (sí, el mismo del que es originaria la televisiva familia de los Soprano), e imponiéndose en la etapa. Restaban aún otros dos numeritos al final de la carrera, domeñando por vez primera los pasos dolomíticos de Rolle y Falzarego para imponerse con relativa comodidad en Milán. Es su segundo Giro de Italia y aún no ha cumplido los 23 años. Toda una estrella, un Mozart del pedal. Francia lo espera.

¿Lo espera? Gino se resiste a confirmar su presencia en el Tour. El pecho vuelve a molestarle, e incluso tras el final de la Corsa Rosa ha debido encamarse unos días con algo de fiebre. Y, sobre todo, no le apetece ser punta de lanza para el régimen de Mussolini. Anhela la gloria de vencer en París, le llama la ambición, el espíritu inquebrantable del guerrero en bicicleta, pero no tiene ganas de que una hipotética exhibición sea utilizada para alabar las condiciones del fascismo. Así que se hace de rogar y mantiene silencio, incluso dejando caer en algunas entrevistas que está más cerca de renunciar al Tour que de tomar parte. Y sus enemigos, claro, contraatacan.

Il Popolo d´Italia es periódico oficial del Fascio, fundado nada menos que por el Duce. Y desde sus páginas se intenta influir en Bartali de las formas más sutiles posibles. Dicen que en el Tour «es el honor de nuestro país lo que está en cuestión». Incluso, en un escandaloso artículo a menos de dos semanas de la ronda gala, se llega a leer una invectiva bélica que pone los pelos de punta: «un soldado que defiende su bandera abandona las trincheras, arriesgando su vida sin pensar en nada más que su Patria. Competir en Francia es una forma de defender nuestra bandera… Bartali está llamado a representar a nuestro deporte, nuestra juventud, nuestra fuerza, y todos nuestros ojos están puestos en él, aunque ahora mismo se diga indispuesto». Apareciendo donde apareció, este artículo puede considerarse poco menos que orden militar… debía ir a Francia. Tan solo doce días antes del comienzo del Tour, anunció que estaría en la salida de París.

El Tour de 1937 fue, durante sus diez primeros días, el Tour de los totalitarismos. Cualquiera que repase hoy en día la clasificación jornada a jornada de la prueba podrá ver la esvástica nazi y la bandera transalpina con el escudo fascista repetidas por doquier. Efectivamente, Erich Bautz, un alemán, fue líder durante cinco etapas, y su testigo lo toma un transalpino. Alguien que, pese a todo, estaba lejos de considerarse afín a Mussolini. Uno a quien esas ideas acabarían alejando de Francia.

Efectivamente, Gino Bartali.

El joven Bartali había dado toda una exhibición subiendo el Galibier camino de Grenoble, y conquista el maillot amarillo. La prensa da por sentenciada la carrera. En L´Auto, periódico organizador, se lee que «Bartali nunca podría ser alcanzado… por el contrario, incrementará su ventaja en cada etapa montañosa». Su actuación ha sido apoteósica, imponente. Quizá el aislamiento italiano de la época había hecho que sus destrozos en el Giro pasaran casi desapercibidos para el resto del universo ciclista, pero aquel día se despejaron todas las dudas: Bartali era el mejor escalador del planeta, el corredor más fuerte, ese llamado por la Providencia a ganarlo todo.

Pero el mundo cambia unas horas más tarde. Camino de Embrun la carretera caracolea entre montañas cruzando mil veces el Río Colau, apenas torrente con furiosas y gélidas aguas que bajan rumoreando de los Alpes. Bartali marcha a rueda de Giulio Rossi, su compañero de equipo, cuando todo ocurre. Ruedan a velocidad endiablada y Rossi cae en una curva, a la entrada de un puente. Gino lo esquiva, choca contra el pretil y sale volando hacia el abismo. Aguas heladas, corriente alocada en deshielo alpino. Será Camusso, otro italiano, quien se lance para salvar la vida de un Bartali conmocionado que se hunde sin remedio. Será también Camusso el que vuelva a subir a Gino en la bicicleta, maillot de oro manchado con sangre y barro, ojos cegados por el miedo, respirar descompasado. Vayamos despacio, Gino, no te preocupes, estoy aquí, contigo. Vayamos lentos, tranquilos, quedan solo treinta kilómetros a la meta.

Bartali llega a Briançon. Su jersey es rojo, rojo como será el de la Wilier años más tarde. El rostro pálido como manto del Santo Padre. «Estaba totalmente mudo, no decía nada. Solamente mi mente me llevó a la línea de meta. El impacto era tan fuerte en lo físico como en lo psicológico». El miedo se podía leer en su mirar, el miedo a la muerte que pudo ser, a la que podría acabar siendo. Bartali se tumba en su cama. Sobre una silla, el maillot amarillo lleno de barro, babas y sangre. Su ventaja en la general era tan autoritaria, tan inmensa su dominación de días anteriores, que, pese a perder más de nueve minutos en meta, aún sigue de líder con un tiempo sustancial sobre el segundo. Nada está perdido. Pero Gino tose, tose mucho.

A unos kilómetros de allí Rossi, su équipier, yace en la cama de un hospital. Sus brazos y piernas parecen, como dirá Nino Nutrizio al día siguiente en Il Popolo d´Italia, filetes sanguinolentos. El dolor es tan grande que deben sedarlo para que pueda dormir…

Al día siguiente se afrontan los colosos Izoard, Vars y Allos. Territorio Bartali, aquel donde acabará escribiendo algunas de las mayores gestas de la historia del ciclismo. Solo que Gino, hoy, no puede. Sigue enfermo, tosiendo trocitos de pulmón y orinando sangre. Pierde más de veinte minutos en meta. Pero llega, Gino siempre llega. Queda mucha carrera por delante. Los periodistas se relamen: Bartali sería capaz de recuperarse y lanzar una frenética batalla en los Pirineos. Pero la Federación Italiana no piensa igual.

Los jerarcas temen que su gran apuesta, ese hombre de hierro que han mandado a Francia para mostrarle a todo el mundo la fortaleza del régimen, no pueda concluir con éxito su intentona. Prefieren que abandone, que lo deje pasar. Que se retire como un mártir, aún en la memoria su recuerdo ensangrentado. Un verdadero atleta fascista, alguien que pudo dejarse la vida en el torrente y consiguió alcanzar la siguiente meta. Pero, ay, las heridas fueron demasiadas, somos hombres, qué digo, somos superhombres, héroes, pero no dioses. También la fatalidad puede ponernos contra las cuerdas. Es ley de vida, volveremos aquí para someter, para conquistar Francia con nuestras ruedas, nuestros escudos, nuestras camisas negras… Obligan a Gino a retirarse. «Es la mayor injusticia que he vivido en toda mi carrera deportiva», dirá muchos años después, cuando hablar sea más seguro. Pero es 1937, y en aquel entonces las palabras vinculan casi tanto como los hechos. Así que ahoga lágrimas, hace maletas, parte para Italia. Cuando llegue al país transalpino dará gracias a la Virgen, «sin Su ayuda hubiera muerto ahogado en el Colau, Ella me guarda».

El éxito de la aventura francesa queda emplazado para el año siguiente. Pero en esta ocasión la Federación Italiana de Ciclismo, órgano más propagandístico que deportivo por esas fechas, no quiere correr ningún riesgo. Un transalpino debe vencer en el Tour por encima de cualquier otra consideración… no puede ser que nuestro único ganador sea socialista como Bottecchia, eso sí que no. Así que, aquel invierno, los representantes de la Federación se reúnen con Gino.

«¿Qué correrá este año nuestro campeón?». Bartali responde irritado. Está exhausto, acaba de llegar de entrenar y no tiene ganas de hablar con aquellas personas. Su carácter se va haciendo más y más taciturno. «Empezaré con algunas pequeñas carreras de un día, como todos los años, me irán preparando para estar a pleno rendimiento en el Giro de Italia, que intentaré ganar por tercera vez. Luego iré a Francia y…». Uno de los oficiales interrumpe. «El Giro es suficientemente largo y duro por sí mismo, es una pérdida de fuerzas innecesarias si quieres vencer en el Tour. Quizás deberías renunciar a la carrera italiana y centrarte solo en la francesa». «¿Cómo?», responde Gino de forma un tanto abrupta. «Puedo hacer ambas, tengo las capacidades necesarias, este mismo año si no me hubieran obligado a irme…». Se calla, sostiene la mirada. El otro responde. «No hay nada que hacer, nada que discutir, veníamos solo para avisarte. El riesgo de no vencer en el Tour es nuestro, y a nosotros no nos gustan los riesgos. Prepárate y trae esa maldita carrera. Y hazlo por el Duce».

Cuando Gino Bartali acude al Tour de Francia de 1938 después de ausentarse, por obligación, del Giro ese mismo año, sus relaciones con el régimen de Mussolini son más tensas que nunca. Y, aunque una enorme multitud despide a los miembros de la selección italiana en la estación de Turín, de donde parten el 29 de junio dirección a París, los sentimientos del joven toscano son contradictorios, basculan entre una ambición deportiva y el enfado que tiene por la cada vez mayor manipulación de sus laureles. Bartali irá a Francia, sí, intentará vencer con todas sus fuerzas, sí, es lo único que sabe hacer, pero no permitirá que un éxito suyo sea un éxito de aquellos a quienes considera no representar.

Simbolismo perfecto para grandes escapadas: los ciclistas italianos se alojan en París en el Hotel Pavillon Enrique IV, en cuyas habitaciones el inmortal Dumas escribió El conde de Montecristo. Buen presagio, piensa Costante Girardengo, antiguo campionissimo y seleccionador italiano, ese puesto reservado para gente de prestigio y fortaleza mental, antaño grandes ciclistas, que tiempo más tarde ocupará Alfredo Binda…

Porque en aquellos años el Tour de Francia se corría por selecciones nacionales, una excepción en el panorama ciclista. La cosa venía de mediados de la década anterior, cuando Henri Desgrange, director de la carrera, se cansó de las componendas que se traían entre manos los equipos comerciales, y decidió suprimirlos de un plumazo, incorporando una pizca de épica patriótica a la carrera más prestigiosa (en la misma decisión, y para compensar los gastos que acarreaba este nuevo sistema, Desgrange tiene la genial idea de crear esa caravana publicitaria que hoy es uno de los rostros del Tour). Así que Bartali no competía ya para su marca Legnano, no llevaba en el pecho el precioso maillot verde, sino que defendía los colores de Italia. Nada, absolutamente nada, podía salir mal, sería intolerable para el régimen…

Desde el inicio la prueba va controlada por los transalpinos, y parece que ya en la primera etapa de montaña, el raid pirenaico clásico con final en Luchon, Gino Bartali va a dejar sentenciado el Tour. A la salida de Gourette, cuando empieza la parte más dura del Aubisque, el primero de los cuatro grandes cols, salta de forma violenta y se marcha solo a buscar una victoria de la que le separan unos 150 kilómetros. «Fue más potente que un esprint. Fue una especie de vuelo sobrehumano planeando a ras de suelo sobre una pendiente terrible», escribe un periodista. En el descenso le alcanzan los belgas Félicien Vervaecke y Edward Vissers. Empieza el Tourmalet, gran mito de la carrera, y Bartali se muestra obstinado. Tira con todas sus fuerzas, intenta dejar atrás a los otros, aprieta. Menos de un kilómetro a la cima, Barèges ha quedado muy abajo, y en una curva de herradura a la izquierda, Bartali lo consigue. Logra romper la resistencia de Vervaecke y marcha en solitario. A partir de ahí… la leyenda.

Subiendo el Aspin Gino empieza a notarse raro. «Sentía que mi corazón, que siempre llevo controlado por muy grande que sea el esfuerzo, se desbocaba. Golpeaba tan fuerte en el pecho que casi podía ver retumbar mi maillot. Mi respiración se hace más dificultosa, cada vez que inhalo aire me duele cual si me apuñalaran. Es como si algo dentro de mí se hubiera roto para siempre. En ese momento me invade un enorme miedo, miedo de estar muriéndome, temor de estar matándome».

Aquellos que siguen la carrera empiezan a darse cuenta. Algo no funciona bien en aquel hombre que avanza por los Pirineos. Empieza a levantarse y caer, a levantarse y caer. Y, en un momento dado, habla. Gino Bartali comienza a hablar consigo mismo. Allí, en mitad de la montaña, un poco más alto cada palabra, acabando en gritos. «Vamos, vamos, vamos», dicen que dice, «ahí arriba todo acaba, ahí arriba». Y aúlla de puro dolor, se vuelve a alzar sobre los pedales, se sienta, gime de nuevo, habla solo. El cielo, impasible, contempla los restos de la locura que tantos hombres han ido dejando, hecha jirones, por entre las pendientes de estas montañas mágicas, llenas de duendes, trentis y anjanucas malas. Los periodistas se estremecen. Temen por Bartali, pero no se atreven a decirle nada. Su rostro está concentrado. Más aún, airado. Nadie quiere escuchar aquel vozarrón volviéndose contra él…

Así que, en esas condiciones, Gino Bartali corona el Aspin.

Bajando el puerto en dirección a Arreau un espectador invade la carretera. Gino frena en seco, sale despedido por encima de su bici, huesos en suelo, piel despellejada contra el camino. Se levanta, se mira, mueve las piernas, los brazos, parece que no hay nada. Es un milagro, otro. Furioso, sudando copiosamente, se dirige a la máquina, solo para comprobar que la rueda está rota. Tiene que esperar durante largos minutos hasta que llega el coche de equipo. En aquellos instantes eternos, sentado en la cuneta desierta del Aspin, apenas un punto en la inmensidad pirenaica, Gino Bartali pierde la etapa y gana el Tour.

Porque, efectivamente, sus rivales belgas lo alcanzarán y lo dejarán atrás en el Peyresourde, pero tan solo cede un minuto en la meta, nada importante en cualquier caso. Y en aquel tiempo parado, en aquel interregno de reflexión y descanso impuesto, Gino consigue calmar sus nervios, logra que su respiración torne cadenciosa, alcanza un espacio de relajación. Su pecho ya no duele. Su mente vuelve a estar clara y casi ríe recordando lo de minutos antes, cuando hablaba solo, qué habrán pensado los periodistas, pero qué habrán pensado, creerían que estoy loco… Allí alcanza, de nuevo, la comunión perdida entre cuerpo y espíritu. Allí, mientras Girardengo se acerca con la rueda nueva, gana el Tour de Francia.

¿Fueron las anfetaminas culpables de aquella locura? La respuesta no es clara. Anfetaminas y otras sustancias que buscan aumentar el rendimiento del deportista se utilizaban en aquellos tiempos de forma casi libre y pública, con un desenfado que hoy en día nos llamaría la atención, y Bartali no fue ajeno en modo alguno a esta práctica generalizada. Pero la verdadera «época dorada» de las anfetas en el deporte profesional fue la posguerra, debido al enorme remanente de producción de estas pastillas generado durante el conflicto, cuando se usaban para ayudar a pilotos y centinelas a mantenerse despiertos, pleno rendimiento, durante muchas horas. Es casi seguro que Gino corriera esa etapa «cargado» pero resulta menos claro que los productos que corrieran por su organismo provocasen el comportamiento errático…

No importa, Bartali es el más fuerte. Por eso ni siquiera se inmuta cuando llega a la etapa de Briançon, aquella donde el año pasado casi se deja la vida («piensa en el Destino», dirá Gino al respecto), a nueve minutos del líder. Pasará en cabeza los tres grandes puertos del día (Allos, Vars e Izoard, al fin el puerto fetiche de Bartali, de Coppi, de todos los italianos, le era favorable) y desencadenará la tormenta final a unos diez kilómetros de la Casse Dèserte, cuando las piernas pesaban, cuando las fuerzas luchaban por irse. Nadie más verá a Bartali aquel día hasta la meta, donde se viste de un amarillo que ya no deja en todo el Tour. «El deporte del ciclismo jamás ha visto un escalador como este, un caso único», escribe Félix Levitan, el que acabará siendo patrón del Tour.

El día del Izoard prensa y directivos fascistas están por igual exultantes, sabedores de que tienen la carrera en el bolsillo. Los periódicos no dudan en utilizar retórica militar para definir la actuación de Gino, «sin inmutarse, de forma simple, Bartali disparó entre los ojos de sus últimas víctimas. En plena Casse Dèserte, en una curva que se abre sobre el valle, Gino saludó a su compatriota Vicini, que venía persiguiéndole, en un gesto que podía parecer de osadía pero en realidad revelaba su inmensa satisfacción». Y más tarde, en el hotel, un general del ejército, desplazado para acompañar a la selección durante la prueba, intentaba calmar a la muchedumbre de aficionados que esperaban a Bartali con estas palabras: «No le toquéis, es un dios».

El recibimiento en París, al final del Tour, es apoteósico. Gino vestía su tradicional maillot amarillo de lana (aunque la organización le había ofrecido uno especial de seda para ese último parcial) y lucía fantástico en el Parque de los Príncipes ante más de 30 000 espectadores. Todo es felicidad, misión cumplida, al fin un italiano, un italiano de bien, un hijo del fascismo, había logrado vencer en el Tour de Francia. El Duce ha conseguido de Gino Bartali todo lo que Gino Bartali podía ofrecerle. Y después, de nuevo, desamor, casi desprecio. Bartali no es de los nuestros, es el mejor pero no es de los nuestros. Recordad su discurso final en París tras ganar el Tour… ¿acaso se acordó en algún momento del Duce, o del Fascio? No, no lo hizo, se limitó a agradecer a todo el mundo su apoyo, a dedicar la victoria a todos, todos, y remarcó el todos, los italianos. Sí, aquello fue una provocación. ¿Qué le hubiera costado hablar un poco, unas palabras, de Mussolini? Al no nombrarle lo hizo más presente. Tuvimos que introducir ligeras variaciones en Il Popolo d´Italia al otro día para reproducir su discurso, aquello de los colores del deporte fascista. Sí, quedó bonito, pero él no lo dijo, maldito meapilas. No le hagamos más popular de lo que ya lo es.

La tibieza de los medios italianos contrastaba con el exultante entusiasmo francés, que no había pasado por alto el extraño seguimiento mediático a la carrera de Bartali. L´Auto, nada menos que el diario organizador del Tour, decía que una victoria tan fascinante no había levantado demasiadas reacciones en su país, que no hubo recibimiento en la estación a la vuelta ni recepción oficial con las autoridades. Quizá fue, continuaban, porque Gino era católico. Y concluían con una pregunta maliciosa que no tenía nada que ver (o sí) con el deporte: ¿Acaso es esta la relación armoniosa entre el Vaticano y el Estado italiano que quieren hacernos creer a la opinión internacional?.

El mismo Gino se mostraba, a veces, apesadumbrado al percibir la falta de espontaneidad a su alrededor. En el Velódromo de Turín, durante una exhibición para celebrar su victoria francesa, la atmósfera era reservada. Aquello parecía, más que recinto deportivo, un teatro. Su propia madre, que se había comprado un vestido azul para la ocasión, lloraba con mezcla de felicidad y rabia, entre la admiración al hijo exitoso y la frustración de ver cómo no era lo reconocido que debiera.

Según avanzaba el verano la situación se iba enquistando más y más. El régimen seguía esperando unas palabras conciliadoras de Bartali, aunque solo fuera una declaración protocolaria, y al no llegar estas el encono hacia su figura crecía. El 9 de agosto de 1938 la Ufficio Stampa, la oficina de prensa del Gobierno, enviaba un boletín secreto a todos los medios de comunicación de Italia, de facto una orden oficial que provenía de las alturas. En ella se decía que, de ahí en adelante, los periódicos solamente podrían hablar de Bartali en su faceta deportiva, sin ninguna otra referencia a su vida como ciudadano.

El fascismo, que jamás había podido domeñar la férrea voluntad de Gino Bartali, estaba decidido a convertirlo en un proscrito…

ARRIVA COPPI

Él era bueno

su voluntad era buena,

pero su naturaleza

tenía un destino triste.

Antonio Tabucchi.

Es alto, demasiado delgado. Sus piernas, más largas de lo habitual, dibujan una imagen de un ave zancuda. Fino, fibroso, con esa fuerza que se les pone a veces a los niños que han pasado hambre en su infancia y más tarde consiguen buen tono muscular. El pecho hundido, casi como de tísico. Rostro muy moreno, cetrino, sin conseguir ocultar orígenes humildes, casta de campesinos. La nariz aguileña, apéndice majestuoso y contundente que hará las delicias de todos los caricaturistas. Pómulos marcados, mejillas chupadas como las de los chavales que iban a pedir limosna al final de misa. El pelo negro, untoso siempre por la brillantina, con ondas que se empeñan en ponerse nihilistas cuando llegan a la frente y revelan años de carencia, dandismo impostado. La sonrisa tímida, huidiza, franca cuando surge pequeña, apenas esbozada; maquillada cuando resulta más amplia. Los ojos del color de las avellanas en otoño, tristes de recuerdos, de su Serse, de los años en África. Las manos grandes. La leyenda, inmensa.

Un hombre a medio hacer. Una figura frágil, quebradiza como junco mecido por el viento de finales de enero. Alguien de quien compadecerse.

Eso cuando estaba en tierra firme, cuando caminaba, cuando no le habían salido alas en los pies.

Sobre la bicicleta… sobre la bicicleta la más perfecta obra de arte que ningún demiurgo juguetón osó jamás imaginar. Sobre la bicicleta flexibilidad, palancas enormes que voltean mil veces los pedales sin apenas esfuerzo. Sobre las dos ruedas perfil que devora el aire, rostro de concentración en un mirar lleno de ambición. Cuando despegaba del suelo poco menos que un verso, poco más que un dios. La armonía de Mozart y la contundencia de Beethoven en uno solo. El rasgar indolente, laberíntico, de Manzoni, el latir poderoso y directo de Pavese. Sobre la bicicleta el cuento susurrado en voz baja, apenas soplo de aire antes de dormir, de un Baricco.

Sobre su máquina él, Fausto Coppi, era la criatura más hermosa que jamás haya existido.

Es 29 de mayo, 1940, y el invierno parece haber vuelto a la Toscana. Las nubes bajas apenas dejan ver una docena de metros. La lluvia, inmisericorde, va calando el mundo, y a ratos ráfagas de granizo furioso, intenso, repican sobre campos y caminos. Cuando subes un poco, cuando alcanzas algo de altitud, el agua torna cellisca, y pequeños copitos blancos se van quedando adheridos en los rostros de los pocos valientes que hoy se han acercado a ver el paso del Giro de Italia por el puerto de Abetone.

El ruido de la caravana publicitaria se empieza a intuir curvas más abajo, pero aquella niebla mira y no deja mirar. De pronto un ciclista surge de entre las nubes. Su maillot es verde con mangas rojas. Sube sentado, moviendo cadenciosamente los hombros. «Bartali, Bartali», gritan algunos, quizá por despiste. Gino es el ídolo de la Toscana, el hombre de la tierra, el héroe que todo lo puede. Pero quien pasa delante de ellos, subiendo como si no hubiera mañana, como si la lluvia o el viento fueran tan solo susurros que le acarician los oídos, no es Bartali. Demasiado longilíneo, su pedalada dulce, excesivamente elástica. No, ese hombre con la maglia de la Legnano no es Gino Bartali, Bartali viste de tricolore, como campeón de Italia, Bartali es otro, siempre será, ya, otro. Aquellos tifosi esperan a su ídolo y lo que se abre camino por entre las arenas del tiempo es algo distinto. Están asistiendo al primer paso de Fausto Coppi hacia la inmortalidad. Nunca nadie podrá olvidarlo.

Cuando Fausto sentencia aquel día, con exhibición epatante en las peores condiciones, el que será su primer Giro de Italia, muchos se muestran sorprendidos. Pero él no. Él, desde la tibia luminosidad de sus ojos, ya sabía lo que este muchacho podía dar. Él es Biagio Cavanna, y ha pasado a la historia como el masajista ciego que se ocupaba de las piernas de Coppi y actuaba, a su vez, como confidente del campeón. Pero esa referencia se nos queda corta.

Es tentador presentar a Cavanna como el anciano bondadoso, lleno de sabiduría, que adoctrina a sus pupilos en el deporte y en la existencia, una especie de sensei a la italiana. Pero Cavanna era mucho más. En primer lugar su carácter no era sencillo. Cavanna fue, además de masajista, quien dispuso el entrenamiento y hasta el modo de vida de todos aquellos que acudían para que les dijera si podían ganarse la vida con esto del ciclismo. Cavanna, manos de seda que acariciaban el alma, podía ver el futuro. «Soy capaz de decirte si podrás transformarte en un profesional, pero los campeones… esos nacen». Y Fausto, su Fausto, había nacido.

Coppi llega al mundo en 1919 (es, pues, cinco años más joven que Bartali) en la pequeña localidad de Castellania, en plena Alessandria. Campesinado italiano criado en la época de la Cuota 90, de la Carta de Trabajo fascista. Allí crece en una familia muy humilde, granjeros y comerciantes de menudencias, a quienes debe ayudar ya desde chaval. Y lo hará llevando pedidos a las casas de los clientes, saltándose clases para conseguir meter unas liras en casa. Un día, en el colegio, tendrá que escribir cien veces «debo ir a la escuela, no montar en bicicleta». Pero él sigue, claro. Porque Fausto empieza a pedalear, igual que lo hará años más tarde su pupilo Bahamontes, transportando carne, verduras, bienes de primera necesidad, por las polvorientas sendas de los alrededores de Castellania. Claro que lo de Coppi era trabajo legal, y lo de Federico más bien estraperlo, como cuenta él mismo gozosamente. Tiempos de posguerra, condiciones diferentes.

El caso es que en muchos de esos viajes el joven Coppi llega hasta Novi Ligure. Y en Novi Ligure vive Costante Girardengo, un gran campeón de los tiempos heroicos del ciclismo italiano, el que llevaría, ya retirado, a Bartali hasta la victoria en su Tour de 1938. Dicen que Girardengo ve un día a aquel chaval flaco y desgarbado, antiestético caminando pero armonioso sobre la bici, subiendo una cuesta a toda velocidad, con el carrito del reparto enganchado al sillín. Que en ese momento algo cambió dentro de él, que fue su propio camino de Damasco. Y lo llamó. Fausto se detuvo, todos conocían a Costante, el gran Costante, qué podría querer de alguien como él. Cómo te llamas, dicen que dijo. Fausto, Fausto Coppi, mirada al suelo, tímido, avergonzado. Mira Fausto, vete donde Biagio Cavanna, ¿sabes dónde vive?, el ciego. Vete donde Biagio Cavanna y dile que vas de mi parte, de parte de Girardengo. Dile que andas en bici, que haces reparto. Deja que palpe tus piernas, Fausto, y contesta a las preguntas que te haga. ¿Te gusta realmente la bici? Sí, señor, me gusta mucho. Bien, quizá podamos hacer que compitas. Pero, señor, no tengo tiempo para entrenar, y en casa no hay dinero. Eso ya lo arreglaremos.

Y Fausto… Fausto fue donde Cavanna. Biagio palpó sus músculos, descubrió con sus dedos el perfil afilado que se convertiría en icono, en figura de veneración sacra. Y supo que era especial. Que, quizá, sería el más grande. Todo eso lo supo Biagio. Al chaval no se lo dijo, claro, al chaval solo le dijo que entrenara. Que había tres grandes secretos en el ciclismo: entrenar, comer, dormir. Que debía hacer los tres bien, cuanto más el primero y el último mejor, cuanto menos el del medio también mejor. Que volviera en un par de días, él le prepararía un plan de entrenamiento. Que podría, con esfuerzo, llegar a ser profesional.

Y Cavanna será siempre el entrenador de Coppi. Más aún, se acabará convirtiendo en casi gurú de ese espacio mágico para el ciclismo italiano que rodea Castellania. Allí donde acudían cientos de ciclistas cada año para que el sabio ciego palpase sus cuádriceps. Donde llegaban a vivir largas temporadas tanto Coppi como sus compañeros de confianza, ese escuadrón que ayudaba al campeón en lo físico y, sobre todo, en lo psicológico. Los Carrea, los Milano. Los que aun después de retirarse continuaron viviendo tan cerca del líder, también de esa mezcla de brujo y juglar que era Cavanna. Quienes hablaban de Coppi en términos casi mesiánicos, «no quiero ser sacrílego», decía un équipier, «pero estar junto a Fausto era como estar junto a la divinidad». Porque algo de secta tenía esta agrupación, algo de saber hermético, prohibido, algo de misterios de puertas hacia adentro. Muy bien lo explicará, con su sorna habitual, el gran Luigi Malabrocca, la sempiterna maglia nera del ciclismo italiano: yo entrenaba con ellos, pero no formaba parte de su grupo. Y eso marcaba, en muchos casos, la diferencia.

El joven Fausto compite, y compite cada vez mejor. Con motivo de una de sus primeras carreras, en Pavia, Biagio Cavanna escribe una carta a Giovanni Rossignoli, organizador. El texto es profético: «Querido Giovanni, te envío dos de mis pupilos. Uno se llama Coppi y ganará la prueba, el otro hará lo que pueda. Fíjate detenidamente en Coppi: es como Binda». Los éxitos se multiplican hasta el punto de que en 1939, sin haber cumplido los veinte años, debuta como profesional en las filas del Legnano, el equipo más potente del momento, el que está dirigido por el viejo Pavesi, Pavesi l´Avocati, Pavesi il Mago, Pavesi il Papa; el mismo equipo Legnano donde corre el gran mito, el hombre de hierro, el personaje más popular, Mussolini y el Santo Padre mediante, en la Italia del momento: Gino Bartali. El drama, la épica, estaba a punto de desatarse.

Las primeras carreras en el profesionalismo de Fausto muestran bien a las claras que no es un corredor cualquiera. Tiene algo especial, algo mágico, un halo de tristeza y genialidad que le acompañará durante toda su vida, dentro y fuera del deporte. El nueve de abril de 1939, en el Giro della Toscana, en plena casa de Gino, Coppi intenta su primer golpe, pero la rotura de una rueda hace imposible el duelo. Días después, el cuatro de junio, se corre el Giro del Piamonte. El debutante muestra su rueda trasera a todos, se escapa en una pequeña subida y se marcha hacia la victoria… solo para ver cómo su cadena desengarza unos cientos de metros más arriba y todos sus rivales lo adelantan. Al final llegará tercero a meta. El ganador será, cómo no, Gino Bartali. Él también habla de su compañero. «Ha hecho una carrera increíble, tiene un futuro formidable».

Coppi acude al Giro de Italia de 1940, ese que comenzará a construir el altar de su gesta, como un simple gregario. Bartali es todo, Bartali puede con todo. ¿Lo puede? En la segunda etapa, camino de Génova, un perro cruza por el camino del campeón bajando el Passo della Scoffera. El gran Gino cae, hay agitación, momentos confusos. Unos dicen que se ha roto el fémur, otros que su hombro estaba fuera del sitio y el propio ciclista se lo ha recolocado, los de más allá hablan de una rodilla ennegrecida, tumefacta. Quizás haya un poco de todo. Los doctores del Giro se asustan por la gravedad de sus lesiones, y ordenan que abandone la carrera. El toscano esboza esa sonrisa sardónica suya, esa que la guerra le acabará quitando, y mira fijamente a los ojos de quienes visten color blanco. «Bartali no se marcha», dice. Y retorna a la carretera, no sin antes insultar en voz alta, para que todos lo puedan escuchar, al chucho que a esas alturas estaría asustado a varios kilómetros de allí. Bartali no se marcha, pero sus opciones de vencer en la carrera sí lo hicieron. No por los casi seis minutos que pierde en meta, sino, sobre todo, por el calvario de dolor que está a punto de comenzar para él.

Ese mismo día un gregario de Gino marcha en la escapada cuando el Piadoso cae al suelo. Pavesi decide no pararle, buscando una posible victoria de etapa que al final no llega, porque el chaval solo puede ser segundo. Con todo, Fausto Coppi consigue colocarse en el mismo puesto en la general. Pero nadie, nadie (quizás solo Cavanna) intuye lo que está a punto de ocurrir.

Lo que ocurre es un milagro, un ser mágico que surge entre la niebla, cunetas llenas de nieve, un rostro imperturbable, enfangado, que se ilumina eventualmente por la luz de los relámpagos que quieren romper el cielo de Toscana. Pavesi ha ponderado el riesgo, y decide dar libertad a su «cachorro». Coppi, como harán siempre los grandes campeones, aprovecha su oportunidad. No conseguirá quedarse solo a la primera, sino que lanza una serie de ataques sobre las rampas del Abetone, cada uno más potente, más severo que el anterior. Como si el ciclista estuviera aún inseguro de sus fuerzas, de su verdadero potencial, y lo descubriese poco a poco. Hasta que la tormenta se desata con toda su fiereza. Y Coppi se marcha, en solitario, a una escapada que durará varios años…

El impacto es inmediato en lo deportivo (Fausto gana la etapa con casi cuatro minutos sobre el segundo, y se viste de rosa), pero aún más en lo simbólico. Orio Vergani se zambulle ya desde el principio a loar virtudes, y en su crónica dirá que jamás había visto a nadie subir con esa seguridad, con esa fluidez en su pedaleo, con esa aparente falta de esfuerzo. Parecía un águila que volase sin experimentar ninguna fatiga. Parecía volar, claro.

Coppi sufre el resto de la carrera para mantener el liderato. Es joven, es inexperto, y comete errores de principiante, como ingerir demasiados alimentos (posiblemente en mal estado) antes de la gran jornada dolomítica. Allí, con la maglia rosa vomitando en la cuneta y los mejores marchándose sin remedio, todo parece estar perdido. Pero entonces un brazo aparece sobre los hombros de Fausto. Es Gino Bartali. Le tranquiliza, nada hay perdido, juntos aún podemos lograr la victoria. Y Coppi se levanta, empieza a pedalear. El hombre de moral frágil ha encontrado en el Piadoso su mejor inspiración. Ahora como compañeros, en el futuro será diferente. Pero en este momento, en este año de 1940, Fausto Coppi está disfrutando del mejor gregario que jamás nadie pueda soñar.

Y lo consiguen, capturan a la cabeza de carrera, Fausto pierde apenas cuatro segundos con sus rivales. Al día siguiente, en el tappone, Pavesi no tiene dudas de la fortaleza de sus hombres: son los mejores y los que están más en forma. Nada se les puede oponer. Antes del comienzo de la etapa se adelanta hasta el bar que hay en la cima de Falzarego, el primer puerto de la jornada, y deja pagados dos cafés al dueño. Son para mis dos ciclistas, llegarán aquí antes que nadie. ¿Y cómo sabré que son precisamente los tuyos?, responde, preocupado, el mesonero. El día es frío, la nieve hormiguea por el camino de entrada. Pavesi sonríe. Es fácil, dice, uno viste de rosa y el otro con la maglia tricolor de campeón de Italia. Bartali y Coppi vienen escapados, juntos, hasta la cima de Falzarego. En el coche Pavesi fuma satisfecho. La prueba está ganada.

Cuando la carrera corona a Coppi como su nuevo dueño en Milán todo son sonrisas. Pero flota un clima raro en el ambiente. Pese a que Bartali ha trabajado para su joven compañero, el toscano se descuelga con unas declaraciones en las que da a entender que sin esas obligaciones hubiera podido remontar su desventaja y llegar de rosa a la capital lombarda. Muchos le creen, por algo es el mejor ciclista del mundo. Y sin embargo… sin embargo alrededor del nuevo, del piamontés, del chavalín de Castellania que se ha erigido como vencedor más joven del Giro en toda su historia, hay un halo especial. No parece alguien que se haya aprovechado del marcaje sobre su líder. No es, desde luego, uno que ha gozado de ventaja concedida por los grandes en una escapada bidón. No. Otra cosa. El Abetone. Allí. En el Abetone se pudo ver otra realidad. Etérea, aérea, casi sacra. Coppi no dice nada, sus piernas hablan por él. Muchos creen que ha llegado para quedarse. Se frotan las manos pensando en batallas por venir. Imaginan, sueñan. Es diferente. A nadie se le escapa la visión mitológica del duelo, esa que volverá a aparecer alrededor de Coppi tantas y tantas veces. Fausto ha matado al padre en su debut, Edipo reina. Italia parece contar con los dos grandes campeones del deporte en su tiempo. El futuro es, nunca mejor dicho, color de rosa aquel nueve de junio de 1940.

Al día siguiente el país declara la guerra a Francia e Inglaterra y entra definitivamente en la Segunda Guerra Mundial.

UN SCHINDLER A PEDALES

Con amor o con odio

pero siempre con violencia.

Cesare Pavese. El Oficio de Vivir.

Cuando empieza la Segunda Guerra Mundial Gino Bartali es, sin lugar a dudas, el mejor ciclista del mundo, el más popular, aquel elegido por los dioses para amasar un palmarés como nunca antes se había visto. Es, además, un hombre que ha conseguido zafarse de los intentos fascistas por politizar sus victorias, quien se ha negado, gentil pero firmemente, a ponerse la camisa negra a vuelta de sus grandes éxitos franceses. Él, Gino, se mantuvo fiel a sus ideas, a su religión, a su propia personalidad, y no ha permitido que músculos, rostro y sonrisa pudieran ser utilizados para ejemplificar algo que no siente como propio. Es hombre piadoso, sí, es hombre de derechas, pero no es un fascista, y eso, lo vimos antes, le acabará provocando algunos problemas.

Pero, en mitad de la guerra, en el mismo corazón del mayor conflicto que jamás haya contemplado la Humanidad, a Gino Bartali se le ocurrió ser otra cosa, se le ocurrió ser un héroe. Forzado por las circunstancias, claro, empujado por viejas lealtades, por amistades forjadas desde joven, pero héroe al fin y al cabo. Porque cuando todos podían haberse negado él dijo «sí», y cuando todos hubieran temido él siguió pedaleando, siempre furioso, siempre convencido, más allá de donde lógica y prudencia aconsejaban. Muchos se escondieron, pero Gino Bartali dio un paso al frente, y seguramente cientos de personas deben sus vidas al potente movimiento de sus piernas sobre la bicicleta. Y si eso no te convierte en un héroe yo ya no sé qué puede hacerlo…

El nueve de octubre de 1940, pocos meses después de que Italia entre en la Segunda Guerra Mundial (una gran catástrofe se avecina, dicen que dijo Bartali al enterarse de la noticia), el joven Gino es requerido para hacer el servicio militar y queda, oficialmente, movilizado. Viajará a unos barracones cerca del Lago Trasimeno, allí donde la genialidad de Aníbal derrotó a los romanos, no muy lejos de «su» Florencia. Bartali tiene suerte, ya que uno de sus superiores, Olesindo Salmi (quédense con el nombre), es un aficionado al ciclismo que idolatra al toscano y permite dos prebendas fundamentales para el del Legnano: portar pistola y fusil descargado (Bartali odia las armas y tiene temor reverencial por ellas) y realizar entregas de documentos entre los diferentes cuarteles en bicicleta en lugar de en moto, lo que le permite seguir un cierto entrenamiento. Aunque fuese de aquella manera.

Esta situación cambiará en septiembre de 1943, cuando tras el desembarco anglo-americano en Sicilia, el Gran Consejo Fascista destituya a Mussolini de todas sus funciones y el rey de Italia negocie la paz con los Aliados. De un día a otro el rostro del Duce desaparece de cuadros, pintadas y libros en todos los pueblos del país, calles con su nombre cambian placas y los presos del fascismo abandonan las cárceles. Italia se abandona a una especie de alivio durante varias horas, una euforia que, seguramente, añadirá crueldad a lo que más tarde vendrá. En pocas palabras: Mussolini es liberado por paracaidistas alemanes y retoma el gobierno de lo que se ha convertido, de facto, en estado títere de los nazis, uno que ocupa el tercio norte de Italia y es denominado República Social Italiana. En este contexto los soldados que habían sido licenciados vuelven a recibir la llamada del ejército (el fascista) para reincorporarse a filas y ayudar a los alemanes frente al empuje aliado. La idea es insostenible para muchos de ellos, y un número indeterminado deserta. Más de 640 000 de estos desertores serán capturados e internados en campos de prisioneros, donde unos 30 000 fallecen. Otros se enrolan en los grupos partisanos de resistencia que se van conformando poco a poco en el septentrión italiano. Los habrá que, también, cambien de domicilio para intentar burlar a las autoridades y no tener que vestirse de nuevo de militares. Este será el caso de Gino Bartali.

Después de hablar con Armando Sizzi, un primo suyo que se convirtió en esta época en hombre de confianza, Gino decide viajar con su familia a Nuvole, pequeña localidad situada en las montañas cerca de Perugia, a unos 100 kilómetros de Florencia. Allí, y tras ver que su popularidad no le permite ser un personaje anónimo bajo ninguna circunstancia, decide volver a donde los Medici. Lo que no sabe es que la mayor aventura de su vida, esa que le lleva a los extremos más brutales de peligro y humanidad, está a punto de comenzar.

Otoño de 1943, el teléfono de Gino Bartali suena. Cuando el ciclista lo descuelga, una voz profunda y admonitoria saluda. Hola, Gino, soy el cardenal Elia Dalla Costa. Dalla Costa es arzobispo de Florencia y viejo amigo de Bartali, por lo que este comienza la clásica charla insustancial. Al menos todo lo insustancial que puede ser una charla en aquella Italia de 1943. El otro interrumpe. Su tono es casi susurrante, sus palabras crípticas. Quiere verle, sí, en la mismísima residencia arzobispal, será dentro de unos días. No, no puede darle más detalles. Sí, es urgente, muy urgente. La llamada se corta, Bartali queda preocupado.

Para llegar al lugar de la cita Bartali coge, claro, su bici y atraviesa los restos de una ciudad que ha empezado a sentir los efectos de la guerra después de un furioso bombardeo aliado. Ha destrozado la estación de ferrocarriles, sí, pero también mató a doscientos civiles y dejó sin hogar a varios miles. Florencia, su Florencia, es ahora un lugar que combina el lujo del pasado y la miseria del presente, y donde las familias empiezan a acampar en los parques de grandes palazzos para evitar que un edificio entero se les caiga encima cualquier noche.

Gino llega al Palacio Arzobispal, construcción renacentista de piedra amarilla que recuerda, orgullosa, el momento en el que Florencia fue el centro del mundo. Allí le recibe Giacomo Meneghello, sacerdote alto y de pelo blanquísimo, flemático, que es secretario del cardenal. Deja aquí la bici, Gino, nadie te la llevará. Nosotros debemos ir al despacho de Su Eminencia. La bicicleta, instrumento clave de toda esta historia, queda posada sobre una de aquellas columnas que podrían contar, si las dejasen, cotilleos de los Uffizi o los Medici.

Dalla Costa tiene 71 años, es alto, extremadamente delgado y posee ojos que parecen penetrar a quien los mira. En aquel tiempo era uno de los hombres fuertes de la Iglesia católica en Italia (había sonado incluso como sucesor de Pio XI) y Gino Bartali lo considera más que un amigo, casi un mentor personal. Por eso acude raudo a su llamada, y por eso se sorprende cuando el arzobispo, gravemente, le dice que quiere hablar de los Judíos Florentinos.

Unos años antes, el mismo día que Gino Bartali sufría su loca jornada pirenaica en el Tour de Francia de 1938, la vida de los judíos en Italia había cambiado para siempre. Ese 15 de julio se publicaba de forma anónima en el periódico Giornale d´Italia el llamado Manifesto degli scienziati razzisti (Manifiesto de los científicos racistas) o Manifesto della Razza. El documento básicamente daba cuenta de las conclusiones extractadas tras una serie de estudios de científicos, concluyendo que la raza italiana tenía raíces «arias, nórdicas y heroicas» (sic), y que los «los judíos no pertenecían a esa raza», para acabar diciendo que ya era momento para los italianos de proclamarse «abiertamente racistas».

El Manifiesto fue escrito casi al completo por el propio Mussolini, si hacemos caso al payaso de Galeazzo Ciano, su ministro de Asuntos Exteriores, y rompía las condiciones anteriores de coexistencia entre diferentes credos en la península. Fue el punto de partida para una era de persecución tanto pública como privada a los judíos, clima idéntico a los existentes en Alemania, Rumanía, Austria o Hungría. El Manifiesto (que más tarde apareció firmado por una serie de científicos italianos de cierto renombre), además, fue un paso más en las hostilidades entre el régimen fascista y la Iglesia católica, puesto que plantó la primera piedra al no reconocimiento legal de las conversiones del judaísmo al catolicismo y a la proscripción de matrimonios entre judíos y gentiles, aspectos ambos que caían dentro de la esfera de la Iglesia. Los acuerdos entre Roma y Mussolini quedaban violados… la baraja había sido rota.

Para los judíos (también para movimientos protestantes, o para los homosexuales) supuso una declaración de guerra, la consideración de que eran ciudadanos de segunda. Por eso no es de extrañar que comenzaran a surgir por todo el país asociaciones que buscaban establecer lazos de solidaridad y ayuda entre diferentes comunidades. En este contexto se crean los Judíos Florentinos.

Los Judíos Florentinos formaban parte de una organización más grande llamada Delasem (Delegazione assistenza emigranti ebrei) que ha ayudado desde el principio de la guerra a los suyos, tanto italianos como de otras partes de Europa, a buscar una salida desde sus propios países hasta lugares más receptivos para ellos. En un primer momento Delasem es legal, y actúa públicamente, pero la ocupación alemana termina con todo esto, y ahora se mueve en la clandestinidad. Las dificultades aumentan, pronto la organización se da cuenta de que en solitario jamás podrá conseguir sus objetivos, y no duda en contactar con algunos no-judíos en busca de ayuda. Es por eso por lo que hablan con Dalla Costa en septiembre de 1943. La elección no es casual: el cardenal ha exhibido fuerte compromiso antifascista incluso en momentos tan delicados como la visita de Hitler a Florencia en 1938 (cuando hizo cerrar la puerta principal de una iglesia para que el Führer y Mussolini tuvieran que entrar por una lateral más pequeña, y estuvo llamativamente ausente de todas las recepciones oficiales que se realizaron), y pronto acepta ayudar a los Judíos Florentinos en todo lo que pueda. Así, envía cartas a sacerdotes de su confianza, donde solicita que alojen en sus hogares a judíos refugiados, intentando proporcionarles todo tipo de asistencia y alimentos. Él mismo tiene, en ese momento, varios de ellos viviendo en la residencia arzobispal.

La idea es proporcionar algo de tiempo para que puedan viajar hasta la frontera suiza o el puerto de Génova, y de allí alcanzar tierras más amables. Y para eso, Gino, necesitamos tu ayuda. La ayuda de alguien que pueda recorrer largas distancias en bicicleta, que conozca mejor que nadie las carreteras de la zona. Transportarías documentación secreta, llevarías mensajes de un enlace a otro. Eres perfecto para la misión, Gino, y te lo pido no solamente como cristiano sino como amigo. Pero, igualmente como cristiano y como amigo, es mi deber advertirte de los peligros que tú ya bien conoces. Si, Dios no lo quiera, te interceptan los alemanes o los fascistas serías arrestado, acabarías en la cárcel, en un campo de concentración, fusilado. Quiero que lo sepas, Gino, quiero que sepas todo.

Así que, ¿qué me respondes? ¿Estás dispuesto a arriesgar tu vida para salvar la de docenas de personas que quizá nunca llegues a conocer?

Gino abandona el Palazzo rumiando la propuesta. Ha pedido un tiempo antes de responder. Mientras recorre de nuevo con su bicicleta las calles de Florencia, de su bella Florencia ahora en trance de caer devastada, piensa. En su mujer, en su hijo, piensa en lo que para ellos supondría perderle. Piensa en que hacer lo que le piden puede ser, paradójicamente, egoísta. Y, poco a poco, sin casi darse cuenta, sus pedaladas le encaminan al cementerio de Ponte a Ema. Sea, pues. Entra allí y se sienta en el panteón familiar, junto a la tumba de su hermano. Reflexiona. Reflexiona sobre las dos peligrosas misiones que le han encargado. Porque lo que el cardenal Elia Dalla Costa no sabe es que no es el único en pedir ayuda a Gino por aquellos tiempos.

Giacomo Goldenberg es amigo de Gino Bartali desde que el ciclista tenía menos de veinte años y quedó prendado de la simpatía y el carácter cosmopolita del judío florentino. En aquel momento habían forjado una relación inquebrantable que no se vio cortada ni siquiera cuando los Goldenberg se trasladaron al Friûl por motivos de trabajo. Allí palparon el ascenso de la corriente antisemita en el Fascio: primero el hijo de Giacomo Goldenberg fue apartado del colegio público, más tarde el mismo Giacomo perdió su empleo y, por último, las vidas de todos parecían amenazadas. Asustado, volvió a Florencia y pidió ayuda a Armando Sizzi, el primo de Bartali, que pronto le puso en contacto con Gino. Así que aquella tarde, sentado junto a la tumba de su hermano muerto, Gino Bartali reflexionaba sobre qué contestar a aquellas dos peticiones desesperadas de auxilio. Más bien, fingía reflexionar. Ni sus creencias ni su propia personalidad le iban a permitir estar de brazos cruzados ante tales injusticias.

Cuando vuelve a subirse a su bicicleta y se aleja del cementerio, pedaleando furioso, la suerte está echada.

«No me esperes esta tarde, me voy a entrenar unos días fuera», dice Gino a su esposa Adriana. «Si alguien viene buscándome, sobre todo si es en mitad de la noche, dile que he tenido que salir por una emergencia». Adriana se estremece, no sabe nada, no quiere saberlo. Pero pregunta. «¿En mitad de la noche? ¿Quién podría venir a buscarte en mitad de la noche?». Gino sonríe y besa a su esposa en la frente. «Nadie», contesta, «nadie. Pero si alguien viniese diles que he salido a buscar medicinas para el niño, que está un poco enfermo». Gino se encamina a la puerta, vestido con su traje de ciclista. Adriana insiste, ya con el rostro arrasado en lágrimas. «¿Para qué entrenas si no hay carreras que se disputen?».

Gino Bartali se vuelve. «Solo entreno», dice, y sale de su casa. Es el primero de varios viajes a lo desconocido, un heroísmo admirable que se mantendrá en secreto hasta sus últimos días…

La primera parada está muy cerca de su casa, en un piso florentino del que Gino es dueño. Entra allí muy temprano, cuando aún no ha amanecido del todo, y deja encima de la mesa algo de esa comida que no sobra en casa de los Bartali. Un poco de pan, azúcar, patatas… minucias que empujan a Adriana, Andrea y a él mismo casi a la indigencia, pero sirven para sacar de la miseria más absoluta a otros. Poco después, a una hora fijada para no cruzarse, Giacomo Goldenberg entra en el mismo inmueble con la llave que le ha dado tiempo atrás su amigo y recoge las vituallas que aquel ángel de rostro severo ha dejado allí. Bartali tiene, en la Segunda Guerra Mundial, dos familias a mantener.

Unos minutos pedaleando y Bartali se encuentra en las carreteras toscanas, campos ondulados de caminos serpenteantes hasta donde llega el mirar. Aprieta con fuerza los pedales, marchando siempre por rutas secundarias, escogiendo las sendas donde menos posibilidades tiene de cruzarse con nadie. Recorre pistas forestales, senderos agrícolas, pasa por muchas de esas strade bianche que jalonan la Toscana. Come polvo, mastica barro. El cielo empieza a elevarse. Junto a él, solamente vides, sombras, recuerdos. Cuando subía el Izoard, aquella vez que estuvo hablando solo en el Aspin, la sensación maravillosa de entrar en Milán vestido de rosa. Gino, imperceptiblemente, deja que su cabeza vuele al pasado, a vidas distintas, a vidas mejores. Sonríe sin darse cuenta, y es el Tourmalet, el Falzarego, la mitad de un pelotón, casi puede escuchar el ruido de cien bielas girando alrededor de él. Aprieta con fuerza el manillar, inclinado sobre la parte curva, sus manos se posan en el extremo. Y entonces siente el metal bajo sus dedos (o no, porque igual no hay nada que sentir, porque, seguramente, jamás nadie pueda darse cuenta de la diferencia, de tan sutil, de tan inexistente) y vuelve a su día a día, a su realidad actual, al infierno que vive Europa. Vuelve.

Lleva ya Gino pedaleando sin descanso unos 150 kilómetros, siempre por vías secundarias, siempre intentando evitar las rutas principales, las más cortas. Cuando se cruza con alguien intenta no mirarlo. Si le saludan, devuelve el saludo. Un par de veces fueron carabinieri quienes, alborozados, gritaron vai, Gino, vai, y el respondía con una sonrisa mientras el corazón le palpitaba encogido en la misma boca del estómago. Pero no ha pasado nada, al menos esta vez no ha pasado nada. Así que Gino llega a Terontola, segunda parada de su odisea de hoy. Allí se aposta a un kilómetro de la población, junto a las vías del tren, en cierto recodo que le deja prácticamente a salvo de miradas indiscretas. Y espera.

Allá llega el tren, a lo lejos. Gino escucha antes de ver. Es el que lleva al norte, a la zona de la frontera. Entonces se sube en la bici y pedalea lo más fuerte que puede, imprimiéndole a la máquina la misma velocidad que si estuviera bajando el Aubisque, como si volviera a la nevosa crono del Terminillo. Recuerdos, recuerdos. Tan rápido va, llega a los andenes mucho antes que el ferrocarril, claro. Entonces Gino, Gino la estrella, Gino el deportista más conocido de Italia, se acerca a la cantina de la estación, saluda a todos, habla en voz muy alta, se muestra encantador, ríe a carcajadas, estrecha mil manos, cuenta cien historias. Pronto una pequeña multitud lo va envolviendo, cincuenta… no, ya son setenta personas. Pronto, muy pronto. Los soldados que vigilan la estación, uno de los puntos más importantes del tráfico de ferrocarriles entre el centro y el norte del país, se acercan para ver qué está ocurriendo, qué es todo ese alboroto. Y también ellos lo ven, y él los ve a ellos. Les saluda, les invita a sentarse. Es una celebridad. Lo admiran. Los militares, mitad por mantener la calma de la multitud, mitad por pasar unos minutos con su ídolo, se quedan allí, en el bar, mientras Bartali desgrana una tras otra historias que los dejan con la boca abierta. «Recuerdo aquella vez, en los Pirineos, subiendo el Aspin… sí, creo que era el Aspin, que me puse tan nervioso que empecé a hablar solo… como lo oís… a hablar solo». Y todos, claro, escuchan embelesados, todos en aquella pequeña estación… qué digo estación, todos en aquel pueblo se agolpan alrededor de la mesa de Gino Bartali, que sigue, sigue contando, «recuerdo aquella vez, subiendo el Abetone, cuando lo de Fausto Coppi». ¿Todos? No. Aprovechando la falta de vigilancia, aprovechando que los soldados están pendientes del gran ídolo ciclista, un tren cargado de judíos llega. «Circulen, circulen, ¿no ven que estamos ocupados?». Algunos han bajado del vagón unos cientos de metros antes y ahora consiguen, sin que nadie les vea, subirse a otro ferrocarril. Y Gino, ufano, sigue desgranando historias. Hasta que ha pasado, hasta que se han ido, hasta que el tercer o el cuarto café, alguno regado con un poco de licor, se vacía en su boca grandota de mito viviente. Y entonces, sonriendo, se despide, estrecha manos, se sube a la bici, marcha de aquel pequeño Terontola que será ya para siempre parte ineludible de su vida.

De allí va a Perugia, donde pasará la noche en una iglesia. Al día siguiente continúa dejando atrás los ondulados campos toscanos, sus aires de verde y ronroneo en amanecer para entrar en la Umbria, carreteras empinadas, repechos por doquier, montañas de picachos grises. Donde había pequeños pueblos en altozanos ahora encuentra diminutas aldeas asomando a las laderas. Está en las primeras estribaciones de los Apeninos. Gino piensa en el Abetone, sonríe, cansado, niega con la cabeza, aprieta sobre los pedales. Qué lejos queda aquello, qué lejos quedan Fausto, el Giro, la gloria. ¿Volverán? Vuelve a sonreír, aumenta la velocidad. Al fondo aparece Asís, monasterios de color rosa, aires del Renacimiento, aspecto engalanado, intentando no despeñarse de esas piedras a las que parece cogido con crampones. Asís, señorial y austera como el Francisco medieval. Ese Asís, final de tantas peregrinaciones. Pero Gino no es, esta vez, peregrino. Gino, Gino Bartali, el ciclista, llega allí para ver al padre Rufino Niccacci, uno de los enlaces fundamentales de la organización a la que está ayudando.

Cuando entra en el pequeño despacho el ciclista porta su bicicleta y empieza a desmontarla, pieza a pieza. De los tubos del manillar salen documentos, de la tija del sillín fotografías, del mismo cuadro pasaportes casi completos que serán luego reimpresos y falsificados con maestría en el propio Asís, en la imprenta que secretamente mantiene el padre Niccacci. Ambos hombres se miran a los ojos y reconocen en el otro a un hermano. Bajan a la cripta donde se custodian las reliquias del santo y rezan. Luego el ciclista vuelve a montar en su bici, a hacer noche en Perugia, a provocar el interés en Terontola, cómo usted por aquí, Gino, de nuevo, pues nada, ya ve usted, me encantó ese delicioso café que preparan, y aquel licor… ahhhh, aquel licor, no tendría una copita para mí, pues claro, venid, venid todos, está aquí Bartali, sí, Bartali, el ciclista.

Cuando llega a Florencia Adriana lo espera con los ojos enramados. Ambos se funden en un silencioso abrazo. Gino Bartali no le contará a su esposa qué hace realmente en esos viajes hasta muchos años después…

Volverá, claro, Gino a Asís transportando documentos. En alguna ocasión el contacto se produce en el convento femenino de clausura de San Quirico. Allí el ciclista más famoso de Italia habla con la hermana Alfonsina a través de una pared. Cada uno escucha la voz del otro, aquí traigo lo que manda el cardenal, déjelo usted allí, en el torno de los niños abandonados. Gino lo hace. Jamás llegará a ver el rostro de la mujer en cuyas manos deposita su vida y la de docenas de personas más. Tiempos extraños para historias extrañas.

A la vuelta de uno de estos viajes Bartali ve cómo una bomba cae justo al lado de su bicicleta, que había dejado apoyada en la puerta de un café en Bastia Umbria, cerca de Perugia. Su máquina, plateada, refleja el sol con fuerza y había sido confundida con un arma por el piloto. Por un par de metros la bomba no pulveriza la bici. La imagen de un enorme cráter y cientos de papeles volando por el aire se le clava en el rostro asustado a Bartali. Cuando vuelva a su casa pintará cuadro y horquilla de negro.

Al final de la guerra más de 800 judíos han podido escapar de Toscana gracias a Gino. El hombre que sostiene a dos familias durante el conflicto, los Bartali y los Goldenberg, tiene, en realidad, más de 800 hijos que le deben la vida…

Pero la popularidad, la confianza de las autoridades, más aún, la admiración de aquellos a quienes estás esquivando no son salvoconducto infalible. Casi siempre eficaz, sí, pero en ocasiones, en esos momentos en que todo se pone contra ti, el mundo puede llegar a estremecerse y lo que se consideraba seguridad es, ahora, solamente miedo. Y eso es lo que le pasó, lo que le acabó pasando, a Gino Bartali.

Definir a Mario Carità resulta complicado. Y no porque su personalidad sea especialmente compleja, ni porque su biografía esté llena de aristas, no. Lo difícil es no caer en la caricatura, no pintar rasgos de tal forma que parezca un malo de película, o, más aún, el villano de un cuento de hadas. Carità, epítome de maleficencia, uno de esos seres humanos que disfrutan con el sufrimiento de sus semejantes y que solo encuentran placer en la consecución de sus propios fines, sean cuales sean los medios para ello. ¿Un lugar común? Puede, pero en este caso se acerca peligrosamente, dramáticamente, a la realidad.

Cuando los italianos firman la paz con los aliados en septiembre de 1943 y los germanos desencadenan toda su crueldad sobre la península, Mario Carità sonríe. Al fin podrá hacer realidad sus aspiraciones, sus más secretos planes. En aquellos oscuros días del otoño de 1943 Carità aparece en escena, como dijo el historiador David Tutaev (de quien se toman la mayoría de referencias concretas en este pasaje), como un Minotauro furioso que comienza un frenesí de represiones, torturas, interrogatorios de finales inciertos y crueldad. La barbarie, el desprecio por la dignidad ajena, camparon en esos momentos a sus anchas en la Toscana de la mano de quien pronto sería conocido como «Mayor» Carità, alguien cuya máxima ambición fue, según sus propias palabras, «convertirse en el Himmler italiano». Su admiración por las SS le llevó a crear su propio grupo paramilitar, con algo más de dos centenares de chiflados tan ávidos de sangre como él, antiguas camisas negras que habían ido un paso más allá y disfrutaban con esa nueva impunidad que la ocupación nazi les proporcionaba, esa donde podían dejar escapar todas sus obsesiones y frustraciones en los cuerpos de judíos, opositores, comunistas, partisanos o cualquiera que pasase por allí. Se hacían llamar la Banda Carità. Quédense con el nombre porque volverá a aparecer en nuestro relato…

Con esto, es comprensible la desazón de Gino cuando un fatídico día de julio de 1944 unos esbirros de Carità se presentan en su hogar y le dicen que el Mayor quiere verlo. A estas alturas aquel sanguinario se había enseñoreado de toda la llanura del Arno, donde hacía y deshacía a su antojo. El propio Bartali lo resume bien cuando recuerda que en aquellos tiempos «las vidas no valían tanto como ahora, y cualquiera era vulnerable de desaparecer por un odio, una venganza, un rumor, una maledicencia».

Mientras se acercan al cuartel general de Carità, Bartali reflexiona. Lo cierto es que tiene motivos para preocuparse, porque él sí ha estado realizando actividades insurgentes con sus continuos viajes a Asís. ¿Lo habrán denunciado? ¿Quizá levantó alguna sospecha esa forma suya de entrenarse tan metódica, tan rabiosa, en tiempos donde solo la violencia era metódica y rabiosa? Todo eso le cruza por la cabeza mientras se acerca a Villa Triste, el corazón del imperio Carità.

Si la veías desde fuera Villa Triste parecía cualquier cosa menos una cárcel. Situada en las afueras de Florencia, número 67 de Vía Bolognese, su imponente construcción en arenisca amarilla había sido lugar de reposo para abogados, políticos y escritores. Largos pasillos, habitaciones enormes… todo hablaba de un pasado refulgente que ahora se encontraba sumido en el caos. El apelativo de Villa Triste había sido impuesto por los vecinos de Florencia, que sabían lo que allí ocurría. Otros, menos poéticos, le decían «La Casa de los Gritos»…

Mientras Bartali cruza el enorme patio en dirección a la puerta principal puede contemplar una hilera de ventanas bajas, ahora enrejadas, que cercan habitaciones convertidas en pequeñas celdas. Fija la mirada en el suelo, intenta no oír. Pero escucha, escuchará durante mucho tiempo.

La entrada a Villa Triste es amplia, espaciosa, y dirige directamente tanto al despacho de Carità como a la «sala de interrogatorios». Pero quienes llegan a ese lugar no lo hacen por el camino más corto. No. El Mayor es sádico, el Mayor es inteligente, muy inteligente, y sus órdenes son claras. Si alguien viene a contar cosas mejor mostrarle qué les ocurre a quienes tardan en contarlas. Así que todos los prisioneros, incluido Bartali (a estas alturas tiene pocas dudas de su condición de rehén), son conducidos primero al sótano, a las antiguas bodegas donde se almacenaba el delicioso chianti en un pasado de paz, tiempo donde por aquellos muros rebotaban las risas. Allí Bartali se encuentra sumido en una penumbra casi absoluta. Cuando sus ojos se acostumbran alcanza a distinguir manchas (de sangre, son manchas de sangre) en el suelo, en las paredes. El olor es dulce y algo rancio, con un punto ferroso. Bartali no lo llegará a ver, pero en una sala a pocos metros de él hay una mesa triangular de madera con correas en sus extremos, donde Carità ata a los prisioneros y les dibuja mapas de carne abierta sobre sus cuerpos con material quirúrgico robado. Del mismo sitio, dicen, ha sacado esa máquina de electroshock con la que juguetea a electrocutar invitados. Herramientas de carpintería con bordes rojizos, martillos con astillas de huesos incrustadas sobre el metal, gotas de cera encarnada sobre el suelo… Todos hablan, al final todos hablan.

Llevan a Bartali a una sala enorme, ceremonial, aquella donde antaño se celebraban las grandes cenas. Allí es el mismo Carità quien hace sus preguntas, quien gusta de fingir ejecuciones a prisioneros, apretando el gatillo de un arma descargada ante sus ojos, entre risas y gritos simiescos de los compinches. Allí es, también, donde un enorme piano ameniza esas pequeñas fiestas, auténtico jolgorio de malvados sin paz. Uno de la Banda tiene dedos largos y finos, que lo mismo acarician teclas de marfil que sacan globos oculares con cucharas de postre, y a todos les gusta tararear música mientras pasan el tiempo entre gritos y olor a excrementos. «Canciones típicas napolitanas y la Sinfonía inacabada de Schubert… nada mejor para no escuchar los absurdos lloros de los más débiles».

Dejan a Gino con sus pensamientos, con sus miedos, sus certezas, sus lamentos. Lo dejan allí, unos minutos, para que se vaya cociendo en dudas, en debilidad, para que acabe teniendo ganas de confesarlo, de confesarlo todo y terminar para siempre con el sufrimiento que aún no ha empezado pero, sabe, solamente se demora. Carità es astuto, juega con la psicología, su mente enferma es lúcida para enterrar sus dedos en la de los demás, para comprender que no hay mayor horror que el horror que ha de venir. Allí dejan a Gino, esperando, junto a una mesa donde hay unas cartas, cartas a su nombre, cartas que iban dirigidas a Bartali y que han sido interceptadas por los perros de Carità. Gino ojea. Una viene sellada desde el Vaticano. Empieza a sudar como si estuviera en mitad del Galibier, en ese pico lejano y agreste que ahora le parece tan deseable. Si tiene que morir que sea con dignidad, si tiene que irse que sea con esa visión, la de sus queridas montañas, en la mente.

Mario Carità tiene boca de rana y ojos fríos, gélidos, color de agua estancada. Entra casi al galope en la estancia, gritando blasfemias contra la Iglesia católica, buscando que Bartali pierda la tranquilidad. Carità es listo, muy listo. Coge una de las cartas que hay sobre la mesa, la abre y lee su contenido. En ella se agradece a Bartali su «ayuda». Entonces mira al ciclista y clava en él sus iris de hielo. Habla en voz baja, contenida, esa forma de hablar que resulta más estridente que los gritos.

Enviaste armas al Vaticano, dice Carità. Él no puede saberlo, seguramente jamás lo sabrá, pero en aquel momento Gino Bartali suspira. Así que es eso. Nada de Asís, nada de los Goldenberg, nada de documentos escondidos en su bicicleta. Es solo eso. Siente renacer su esperanza. Quizá… quizá pueda salir de Villa Triste con vida.

Responde sereno que no. Que esa carta no agradece el envío de armas o de municiones, sino de azúcar, café y harina. Ayuda humanitaria, en suma, justo cuando la Humanidad se tambalea. Nunca envié armas, dice Bartali, ni siquiera sé disparar. Cuando estuve en el ejército mi pistola estaba siempre descargada. Y como el hombre es un ser maravilloso, como es tan complejo, tan libre, tan impredecible, el asustado Bartali sonríe, sonríe al recordar a su supervisor militar en Trasimeno durante el servicio, un miembro del Fascio llamado Olesindo Salmi, que siempre le reprobaba su torpeza para esos quehaceres. Bartali sonríe al pensar en Salmi, y Carità lee en esa sonrisa una burla.

No es verdad, estás mintiendo, dice el Mayor. Quizá un tiempo tranquilo te haga poner en orden tus recuerdos, mueca de crueldad en su enorme boca. A un gesto suyo aparecen dos miembros de su banda. Arrastran a Bartali hasta una celda en el sótano, lo arrojan allí.

Gino no duerme. De vez en cuando unos gritos desgarradores cruzan los muros y vienen a turbar el poco descanso que se puede encontrar en aquel sitio. Recuerda las leyendas (¿pero son solo leyendas?) que se dicen en Florencia sobre Villa Triste, las que hablan de torturas, de cigarrillos apagados en los ojos de prisioneros, orejas clavadas a tablas con puntas llenas de óxido, bocas abiertas sobre las que se vierte aceite hirviendo. Y aquella noche, como la siguiente y la siguiente, Gino Bartali cierra los párpados e intenta ponerle rostro y vida a cada uno de los aullidos que rasgan su alma. Se quedarán a vivir allí hasta el final de sus días.

Al tercer día un cansado y hambriento Gino es llevado de nuevo a la gran sala con mesa de madera. Allí está Mario Carità, vuelve a preguntar por las armas del Vaticano. El toscano lo niega, tan solo envió harina, café, azúcar. Fueron unos granjeros amigos suyos quienes lo pidieron y él no se pudo negar. Carità ríe en su cara. ¿Pretendes hacerme creer que por enviar un poco de harina te han enviado una carta desde la mismísima habitación del Papa? Entonces Gino explota. Está exhausto, sus nervios rotos después de tres madrugadas escuchando todo tipo de pesadillas, imaginando tormentos, pensando que él será el siguiente. No tiene nada que perder porque siente que todo lo ha perdido. Y se permite un último ramalazo de dignidad. Puedes probarlo tú mismo, Mayor, espeta. Te enseñaré cómo. Dame unos cuantos kilos de azúcar y de harina, haré un paquete y lo enviaré al Vaticano con tu nombre. Ya verás como el Santo Padre te enviará también una carta de agradecimiento. Carità enmudece, su rostro se vacía por completo de sangre. Ese insolente, ese absurdo bastardo insolente. El gesto crispado, la mano temblorosa. Ya está, es el fin, piensa Gino. Y entonces, como sucede casi siempre en la vida de Bartali, una historia se convierte en novela.

Uno de los lugartenientes de Carità, uno de sus hombres más cercanos, surge de entre las sombras. Ha estado observando la escena, procurando que el ciclista no lo viese. Y habla. Si Bartali dice café, azúcar y harina es café, azúcar y harina. Bartali no miente.

Gino alza el rostro y cree reconocer al nuevo interlocutor. Pelo negro, rapado al estilo militar. Es Olesindo Salmi, antiguo instructor en el ejército, el mismo que se desesperaba por su torpeza con las armas, quien permitió al campeón usar bici en lugar de moto para llevar mensajes. Si Bartali lo dice, es así, repite. Carità lo mira. Respeta a ese hombre, un camisa negra de vieja filiación, tipo totalmente libre de sospecha. Alguien con el que ni siquiera él desea tener cuentas por saldar. Aprieta los dientes. Su rehén es famoso, tiene apoyos incluso dentro de su Banda y, además, los Aliados cada vez están más cerca. Quizá lo mejor sea, por esta vez, dejarlo. Pero solo por esta vez.

Cuando Bartali está a punto de abandonar la famosa Villa Triste, esa donde ha pasado tres de los peores días de su vida, Carità se acerca y lo mira fijamente. Volveremos a vernos, dicen que dijo. Espero no volverte a ver jamás, cuentan que respondió, flemático, el ciclista, mientras se daba la vuelta y abandonaba aquel infierno. Algo se le había muerto a Bartali en ese sitio, una pizca de humanidad, quizá, un poco de sentido común. Nunca fue hombre demasiado educado, pero tras la Segunda Guerra Mundial tornó especialmente taciturno, y jamás volvió a pensarse dos veces si debía decir o no lo que sintiera.

Sencillamente lo hacía.

Cuando Bartali vuelve a Florencia le espera su esposa Adriana, que está embarazada. Aquellos últimos meses de guerra son especialmente dramáticos en la ciudad del Arno, con los alemanes quemando en su huida todo lo que pudiera ser de utilidad a los aliados (el único puente de la ciudad que se salvó fue el Ponte Vecchio, supuestamente a instancias del propio Hitler, que ordenó que todos los accesos a la villa fueran destruidos salvo el más hermoso de ellos) y enormes bolsas de población viviendo por las calles, en los jardines de los palacios renacentistas.

Una noche, en mitad de la devastación de una ciudad que fue la de Dante y ahora es solamente ruinas, pasado y dolor, Adriana se pone de parto. Ambos se asustan, el niño llega demasiado pronto, y las condiciones no son las ideales. Gino coge su bicicleta y pedalea, pedalea más fuerte que nunca, mucho más que en el Izoard, más rápido aún que en el Tourmalet, para encontrar un médico. Tarde. Al volver a casa y acercarse a la cama donde reposa su mujer contempla una escena que se clavará en el alma para siempre. Adriana está ensangrentada y apenas respira. Junto a ella, un pequeño bulto de carne. El bebé, su niño, ese que iba a llamarse Giorgio, como aquel hermano que se perdió. Ese. Allí. Inerte.

Gino vela toda la noche a Adriana, guardados los sentimientos en el bolsillo de guardar recuerdos. Teme perder, ahora, a la compañera de su vida, la mujer con la que tanto ha compartido. Es una madrugada larguísima, con ruido de detonaciones al fondo y palabras delirantes de Adriana arañando sus oídos, preguntando por su pequeño, dónde está mi pequeño, por qué no me dejan ver a mi niño. Gino cierra los ojos. Quizás reza.

Al día siguiente su esposa está mejor, parece que conseguirá salir adelante. Bartali abandona su habitación dejando allí al médico, y coge la bicicleta para ir a casa de un amigo suyo que es carpintero. Le dice que le fabrique un pequeño ataúd, con la mejor de las maderas. Le dice que no se lo diga a nadie. De vuelta a casa se acerca al lecho de su esposa, la besa con ternura, susurra un todo irá bien. Luego introduce el cuerpo de su hijo, de aquel hijo a quien nunca enseñará a andar en bici, en el pequeño ataúd, lo pone bajo el brazo, y vuelve a coger su máquina. Atraviesa de esta forma una Florencia en llamas, el Campo de Marte con miles de ciudadanos acampados allí, carreteras plagadas de agujeros por el efecto de los obuses, muros semiderruidos. Miseria, dolor. Pedalea, pedalea con todas sus fuerzas, el rostro arrasado en lágrimas, hasta el cementerio de Ponte a Ema, con sus lápidas blancas, con su aire romántico. Allí deja la bici en el suelo, y lleva el pequeño ataúd (pero, ¿cómo puede ser tan pequeño? ¿cómo algo tan diminuto puede contener una vida?) hasta la cripta familiar. Lo deposita justo al lado de donde descansaba su hermano Giulio, el que fue ciclista.

Cuando vuelva a casa abrazará a su mujer y ambos se dejarán llevar por el llanto. Durante muchos años jamás, jamás, hablarán de lo ocurrido.

Con el final de la contienda cercano Bartali empieza a pensar en reemprender su carrera como ciclista. Pero en la devastada Florencia de la época no encuentra el material mínimo necesario para un deportista profesional. Así que, de mala gana por abandonar a su esposa, emprende un viaje hasta Milán montado en su vieja bici. Cuando llega a la capital lombarda le sorprende ver una muchedumbre en la Piazzale Loretto. Gino, curioso, se acerca y ve los cadáveres de Mussolini, Clara Petacci, Bombacci, Achille Starace y Pavolini colgados boca abajo del techo de una gasolinera. La turba escupe y golpea al cadáver del dictador, le arrojan excrementos, chillan maldiciones aquellos mismos que habían sonreído animosamente a su paso tan solo unos años antes. Bartali, asustado, se escabulle intentando no llamar la atención. No importa, nadie mira. Era un espectáculo obsceno, dirá después, un testimonio salvaje de la crueldad en aquellos tiempos. Lo que habían representado esos cuerpos, lo que representaba ese odio… aquella no era la Italia que yo había soñado para mí y para mi familia.

Palabra de Gino Bartali. Héroe de la Segunda Guerra Mundial. Justo entre los Justos.

Ser humano, claro.

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371 p. 3 illustrations
ISBN:
9788412277678
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