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POR UN FUTURO RURAL

Desde mediados del siglo XX y hasta la actualidad, la Argentina apostó a la industrialización y la urbanización como estrategia de desarrollo. Dentro de este contexto, el mundo rural no fue pensado como territorio de vida, sino y ante todo como un lugar privilegiado para producir materias primas y divisas para sostener el Estado y múltiples dimensiones de la vida nacional. El resultado de esta estrategia nacional y la invisibilización y el desconocimiento de los problemas del mundo rural terminaron consolidando un país profundamente urbanizado, desequilibrado, y con grandes desigualdades en términos de oportunidades y calidad de vida. Este libro describe esta realidad, pero además, y como punto clave, pone el acento en analizar cómo en las últimas décadas se están generando, en el mundo rural argentino, dinámicas que contribuirían a construir un nuevo mapa de la Argentina, dinámicas que se exacerban y potencian día a día, especialmente a partir de la crisis por la covid-19. La hipótesis que guía este libro es que los nuevos procesos emergentes, como la migración de la ciudad al campo, el cambio tecnológico en la producción y las comunicaciones, las nuevas formas de relación con la naturaleza, la diversificación productiva y la valorización del patrimonio biocultural, entre otros, tienen la capacidad necesaria para crear un nuevo modelo de organización y desarrollo rural, si es que se aplican las políticas correctas. Este nuevo modelo rural contribuiría también a cambiar el paradigma de desarrollo argentino, que todavía se sigue basando en la sustitución de importaciones, la industrialización y la urbanización. El libro define y caracteriza el modelo de organización y desarrollo de los territorios rurales que podría emerger, y avanza finalmente con un conjunto sencillo de ideas claves para la construcción y consolidación de este modelo.

Marcelo Sili es investigador principal del Conicet, profesor de la Universidad Nacional del Sur y profesor e investigador invitado en varias universidades: Universidad de Bonn (Alemania), Université Paris I La Sorbonne (Francia), Université Toulouse (Francia), Universidad Nacional Autónoma de México, y otros centros de investigación en Paraguay y Ecuador.

Geógrafo de formación por la Universidad Nacional del Sur, realizó su doctorado en desarrollo rural y su posdoctorado en Francia (Université Toulouse e Institut National de la Recherche Agronomique), además de dos especialidades en Planificación en Políticas de Desarrollo en Japón y en el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES), dependiente de la Cepal.

La preocupación por las formas de organización y desarrollo de los territorios rurales y por las políticas de planificación y desarrollo territorial en la Argentina y en América Latina ha sido su principal eje de análisis científico. Estas investigaciones han dado lugar a numerosas publicaciones en revistas científicas, libros y reportes técnicos.

Ha participado como experto en numerosos proyectos de desarrollo rural y territorial llevados a cabo con organismos públicos y con agencias de cooperación internacional como FAO, FIDA, Banco Mundial, PNUD, JICA y otros, en la Argentina y en numerosos países de América Latina.

Actualmente dirige varios centros, proyectos y redes científicas y tecnológicas en la Argentina y en América Latina, en asociación con centros de investigación y expertos de América Latina, África, Asia y Europa.

MARCELO SILI

POR UN FUTURO RURAL

Innovación, renacimiento rural y nuevos itinerarios de desarrollo en la Argentina pospandemia


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Dedicatoria

  Agradecimientos

  Prólogo, por Martine Dirven

  Introducción

  1. La Argentina, un país diverso con grandes desequilibrios territoriales 1. La amplitud y la organización territorial 2. Las formas de distribución de la población 3. Los desequilibrios económicos y productivos 4. Los intentos por equilibrar el territorio

  2. Campos y pueblos en un país de ciudades 1. Una compleja geografía rural 2. La modernización y el crecimiento agropecuario 3. Sobre el éxodo y el debilitamiento del tejido social rural 4. Las consecuencias ambientales del modelo de modernización 5. La deslocalización de la renta 6. Las políticas y las prácticas de desarrollo rural no alcanzaron a revertir los problemas del mundo rural

  3. Algo nuevo está pasando en la Argentina rural 1. La nueva migración hacia el campo y los pueblos 2. La creación de nuevas redes y formas de gestión del territorio 3. La recuperación y la valorización del patrimonio y la identidad 4. La emergencia de una economía rural más compleja y diversificada

  4. El nuevo modelo de organización y desarrollo de los territorios rurales 1. Territorios con identidad 2. Territorios innovadores 3. Territorios con un poblamiento equilibrado 4. Territorios con ambientes y paisajes sustentables y resilientes 5. Territorios con infraestructura y servicios organizados según una lógica de calidad de vida y arraigo 6. Territorios con sistemas productivos innovadores y diversificados 7. Territorios con tierra y agua gestionados para garantizar la sostenibilidad social y productiva 8. Territorios con capacidad de construir sus propias dinámicas de desarrollo

  5. Una agenda para la innovación, el renacimiento y el desarrollo de los territorios rurales 1. Construir un nuevo modelo de planificación y gobernanza del desarrollo 2. Educar, innovar y crear una nueva cultura rural 3. Organizar y equipar los territorios rurales 4. Modernizar y diversificar los sistemas productivos

  Ideas finales

  Bibliografía

  Créditos

A mi padre, trabajador incansable de la tierra.

A todos aquellos que sueñan que una nueva Argentina rural es posible.

Agradecimientos

Al Departamento de Geografía y Turismo de la Universidad Nacional del Sur, al Laboratorio Dynamiques Rurales de la Université Toulouse Jean Jaures (Francia), al Center for Development Research (ZEF) de la Universidad de Bonn (Alemania) y al proyecto Erasmus Earth por el apoyo permanente a mis proyectos de investigación y reflexión.

Numerosos colegas y amigos contribuyeron a forjar estas ideas y reflexiones sobre el mundo rural, a través del diálogo, sus correcciones, el contrapunto de ideas, y sus testimonios de vida. A todos ellos les agradezco su invaluable esfuerzo, especialmente a Roberto Bustos Cara, Roberto Torrado, Ricardo Thornton, Gustavo Valente, Andrés Kozel, Luciana Romano, Eduardo Nuesch, Eduardo Roumec, Mariano Pla, Nélida Sotelo, Federico Santangelo, María del Carmen Carrizo, Hugo Passamano, Victoria Paternó, Juan Sanguinetti, Agustín Bastanchuri, Martine Dirven, Carolina Meiller, Gustavo Churin, Daniel Huarte, Fernando Tomasi, Eduardo Trigo, Juan Miguel Massot, Martine Guibert, Fabio Moschen y Roberto Bisang. Un agradecimiento eterno a Héctor Braidot, que ya no está con nosotros, pero que fue cómplice de tantas ideas sobre el futuro rural.

Finalmente un profundo agradecimiento a mi familia, con quienes cotidianamente debatimos y pensamos nuevas ideas y perspectivas sobre el futuro rural de la Argentina.

Prólogo

Martine Dirven *

Con Marcelo Sili nos hemos encontrado, a lo largo de los años, en distintas reuniones sobre desarrollo rural. Siempre me ha impresionado su amplia y profunda comprensión del medio rural y su gran capacidad para resumir situaciones complejas y entrelazadas en un par de palabras o esquemas.

Este libro es un real opus magnum que plasma su pensamiento –después de muchos años de investigación y reflexión– sobre el contraste entre el fuerte crecimiento y dinamismo productivo basado en la explotación de los recursos naturales y la crisis de varios territorios rurales, con altos niveles de pobreza, falta de acceso a infraestructura y servicios básicos, y emigración, sobre todo de jóvenes. Lo atribuye, entre muchos otros factores, a una deslocalización de la renta.

Sin embargo, hoy, vislumbra un potencial quiebre de esta trampa del progreso, gracias a nuevas dinámicas e innovaciones que permiten pensar en otro modelo de desarrollo para los territorios rurales, un modelo capaz de articular modernización y desarrollo productivo, por un lado, con identidad, arraigo, calidad de vida, por el otro, y nuevas formas de producir y de consumir, de relacionarse con la naturaleza y de organizar los territorios.

El autor expresa sus ideas con fuerza en un texto lúcido y profundo, ameno, bien escrito, apoyado en una amplia bibliografía y que no deja casi ningún aspecto del desarrollo rural fuera de análisis.

Y si bien el libro aborda la realidad argentina, con un poco de matices e imaginación, sirve para entender el desarrollo rural de las últimas décadas en gran parte de América Latina. Asimismo, sus recomendaciones también aplican más allá de las fronteras argentinas.

Leí el libro tomando notas de las ideas que me parecían importantes para relevar en este prólogo. Tuve que abandonar este propósito, porque anoté casi todo. Recomiendo su lectura a todas las personas medianamente o muy interesadas en el desarrollo rural y, ¿por qué no?, también a los demás, esperando que quizá se entusiasmen con la idea de repensar lo rural –incluyendo los pueblos y las pequeñas ciudades– y de fomentar políticas que apunten a lo rural como territorios de vida, innovadores, con una economía dinámica, compleja y diversificada, con un fuerte vínculo con la naturaleza y que, a la vez, valoricen su patrimonio y recursos, cuiden su medioambiente y paisajes, y apoyen el desarrollo desde lo endógeno.

El autor visualiza el territorio como un modelo polinuclear, conformado por redes de pueblos y ciudades de distinto tamaño, distribuidas en forma equilibrada en el territorio, y el diseño de la estrategia a seguir como una tarea colectiva, colaborativa y transversal, con participación desde las provincias y los municipios, hasta los organismos científicos y tecnológicos, las organizaciones de la sociedad civil y los sectores productivos, con el fin de llegar, entre otros, a pactos productivos locales.

Marcelo Sili concluye que, para transformar radicalmente la imagen tradicional de la ruralidad, se requiere una actitud disruptiva. Esto es necesario para convertir las áreas rurales en territorios de llegada, de permanencia de la población, de arraigo, de orgullo y de sentido de futuro, y dotarlas con las condiciones necesarias para ello. El autor dedica un quinto de su libro a propuestas de políticas y acciones para lograr esta ruralidad futura diferente.

* Especialista internacional en desarrollo rural. Exfuncionaria de Naciones Unidas entre 1977 y 2009 (PNUD/Bogotá, ONUDI/Viena, DTCD/Nueva York y Cepal/Santiago). En Cepal fue jefa de la Unidad de Desarrollo Agrícola y estuvo a cargo de la División de Desarrollo Productivo y Empresarial.

Introducción

Este libro se ocupa de la Argentina rural, de ese vasto espacio en el que se alternan campos, pueblos, pequeñas ciudades, cultivos, ganado, montes, praderas, sierras, montañas. Territorios que se caracterizan por la presencia dominante de la naturaleza, la producción agropecuaria y otros productos derivados de los recursos naturales, y las bajas cantidades y densidades de población. Estos territorios, que históricamente vivieron al ritmo de la producción agropecuaria pero muchas veces marginados de las dinámicas de progreso y desarrollo, hoy se están transformando notablemente. Quieren dejar de ser territorios olvidados y marginados, para convertirse y aceptarse como territorios de riqueza, de innovación, de progreso, donde hombres y mujeres puedan construir un proyecto de vida, lugares donde nacer, vivir y morir.

Este libro nos invita a reflexionar sobre los cambios que se están produciendo en el mundo rural de la Argentina, y sobre las posibilidades de construir futuros diferentes. Nos hallamos frente a un momento histórico, de ruptura entre los tiempos propios de la modernidad en los que se creía que el progreso humano era producto y monopolio de la ciudad y la industria, y un futuro en el que la naturaleza, la tierra, la agricultura, el patrimonio cultural, el conocimiento y las relaciones de vecindad se vuelven riqueza y permiten construir otros múltiples itinerarios de desarrollo. Así, el mundo rural que durante tanto tiempo fue un territorio del olvido hoy alberga nuevas esperanzas; a pesar de las dificultades, emerge como un elemento sustantivo en la vida nacional, como un factor clave del futuro del país.

Lo rural no es solamente la agricultura.

Lo rural es un tipo de territorio que incluye campos con sus múltiples actividades productivas, pero también pueblos y pequeñas ciudades. Para definir los territorios rurales y diferenciarlos de otros tipos de espacios, los países establecen criterios que toman en cuenta alguna característica particular, como pueden ser la población, las formas de administración, el tipo de producción predominante o el tipo de infraestructura y equipamiento disponibles. La Argentina utiliza el criterio demográfico, y define como rural a los territorios donde la población vive dispersa en el campo y en localidades de menos de 2.000 habitantes.1 Según este criterio, en la Argentina rural vive menos del 9% de la población total. A partir del criterio demográfico, nadie dudaría en afirmar que el campo, con sus parcelas cultivadas o su ganado y con muy pocos habitantes, es claramente un espacio rural. Sin embargo, surgen problemas cuando consideramos los pueblos y las ciudades. ¿Cuándo un pueblo o una pequeña ciudad puede ser considerado como rural? ¿Es “más rural” un pueblo de 1.800 habitantes que uno de 2.500 o que una localidad de 15.000 habitantes que produce bienes y servicios ligados a la producción agropecuaria? Esta discusión no es exclusiva de la Argentina, sino que se plantea en todo el mundo, especialmente en las últimas décadas, cuando la fuerte movilidad de las personas y el desarrollo de las comunicaciones modificaron los criterios para establecer los límites territoriales entre lo rural y lo urbano.

Para salir de esta trampa en la que nos encierra el criterio demográfico, en este libro nos inclinamos por una mirada muy amplia de lo rural, que no considera solo el número de habitantes. Así, definimos los territorios rurales como el vasto espacio geográfico conformado por campos, pueblos y también pequeñas ciudades, donde las personas mantienen relaciones de proximidad cotidiana unas con otras y un vínculo estrecho con la naturaleza, y donde predominan las actividades primarias, el procesamiento y los servicios ligados a ellas (agricultura, ganadería, agroindustria, prestación de servicios, turismo, etc.). Así, una pequeña ciudad que alcanza los 20.000 o 30.000 habitantes, si bien mantiene una estructura y funciones urbanas, puede ser considerada parte del mundo rural, ya que por su forma de organización sociocultural y su fuerte dependencia económica y funcional de los campos y pueblos vecinos está inmersa en una dinámica rural. Sin embargo, esto varía de acuerdo con las características de cada región, la distancia entre las ciudades y las vías de comunicación, la cultura local, entre otros factores. Según este criterio amplio, en la Argentina lo rural abarca más del 90% del territorio nacional e incluye a más del 30% de la población total del país. Los límites demográficos que diferencian lo urbano de lo rural son convenciones técnicas y político-administrativas; lo verdaderamente importante, entonces, son las formas de organización de la sociedad, los modos de producción y empleo, el tipo de relación que se establece con la naturaleza, la identidad de su gente y la dinámica del territorio en general.2

Desde los tiempos de la organización nacional los territorios rurales de la Argentina, con sus parcelas, pueblos, pequeñas ciudades, infraestructura y equipamiento, eran territorios de vida para cientos de miles de familias, que trabajaban en la agricultura, el comercio, los servicios o las pequeñas industrias. Muchas veces estos territorios se organizaron y evolucionaron en función de la capacidad de producir bienes primarios (carne, trigo, soja, algodón, entre otros), destinados mayormente al mercado internacional. Paulatinamente, a lo largo del siglo XX el mundo rural fue abandonando su sentido de territorio de vida, de lugar para vivir, donde hombres y mujeres pudieran construir un proyecto vital, para transformarse en un territorio destinado solo a la producción de bienes primarios. Las dificultades para acceder a la tierra y la lógica de industrialización y migración urbana debida al proceso de sustitución de importaciones contribuyeron al abandono de lo rural. Esta tendencia continuó hasta nuestros días, en los que los territorios rurales se han consolidado como simples espacios, muchas veces sin gente, dedicados a la producción y la exportación.

Para comprender lo que está sucediendo hoy en el mundo rural de la Argentina hay que tener en cuenta los grandes cambios a nivel mundial y nacional. Las diferentes reformas económicas con ajustes, descentralización y desregulación, matizadas por otras de intervención y control estatal de diferente índole, generaron una pérdida de rentabilidad en las actividades agropecuarias, lo que encadenó grandes transformaciones, como el aumento de las escalas productivas para sostener las explotaciones, el cambio de actividades y la incorporación de nuevas prácticas, tecnologías y sistemas de gestión. Estos cambios, que coincidieron con períodos de altos precios internacionales de los bienes primarios (agrícolas, mineros, etc.), permitieron un aumento notable de la producción de bienes primarios y agropecuarios en especial, consolidando lo que varios autores definen como “modelo superproductivista”3 en diversos sectores agropecuarios (cereales, oleaginosas, vid, caña de azúcar, entre otros), pero también en torno a la minería. No obstante, al mismo tiempo se perdieron empleos, desaparecieron cientos de miles de pequeñas explotaciones agropecuarias, continuó el éxodo rural debido a la falta de oportunidades de progreso, se produjo una ruptura del tejido social que sustentaba la vida rural, se acrecentaron los problemas sociales en numerosas localidades de todo el país, disminuyó la biodiversidad y se perdió infraestructura por falta de mantenimiento. Una consecuencia evidente de todo ello es que el mundo rural dejó de ser un lugar atractivo para vivir, especialmente para las generaciones más jóvenes, que no encuentran en él oportunidades para su desarrollo, sino que lo viven como una suerte de cárcel de la que es necesario escapar.

Las dinámicas de crecimiento productivo, por un lado, y de pérdida de oportunidades de desarrollo y de calidad de vida, por el otro, no son las mismas en todo el país. La geografía rural argentina es extremadamente diversa y compleja: los cambios sociales y productivos fueron muy diferentes en el monte chaqueño, en las quebradas y los valles, en los oasis mendocinos, en la meseta patagónica y en la pampa.

Nos hallamos, entonces, ante una gran paradoja de la Argentina: a pesar del crecimiento de la producción derivada de los recursos naturales, los territorios rurales continuaron perdiendo población y en muchas zonas la pobreza rural se mantuvo o creció, lo que puede ser señalado como una “trampa del progreso”. Esta trampa nunca pudo ser resuelta, ya que los viejos y los nuevos problemas de los territorios rurales no aparecieron en las agendas políticas como asuntos urgentes y estratégicos. Diversas razones explican esa ausencia.

En primer lugar, los territorios rurales siguen invisibilizados. La Argentina se mira a sí misma desde las grandes ciudades y considera lo rural y al interior en general como el patio trasero del país, un espacio semiabandonado, aburrido, un lugar que no ofrece oportunidades para construir un proyecto personal, que se ocupa o se vacía según el capricho de los mercados o la necesidad de transferir recursos para sostener otras dimensiones de la vida nacional. En un país donde el 90% de su territorio está constituido por áreas rurales y naturales, esta mirada constituye una verdadera paradoja.

La segunda razón es la aceptación generalizada, y bendecida por múltiples actores públicos y privados, de que más allá del impacto negativo que el modelo superproductivista pudiera tener sobre los territorios rurales, el país debe consolidar aún más la lógica del aumento de la producción y las exportaciones, ya que las divisas generadas por las diferentes actividades del mundo rural (agropecuarias, mineras, forestales) son cada vez más necesarias. Existiría una clara aceptación de que lo rural es un territorio de sacrificio que le permitiría al país generar los recursos necesarios para entrar al mundo del desarrollo.

La tercera razón es de carácter político. De manera sistemática, las políticas y los recursos fiscales se orientan mayormente a solucionar los problemas urbanos, ya que es allí donde radican los mayores conflictos políticos y de gobernanza y donde se construye el poder electoral. Las políticas públicas para los territorios rurales no han logrado impulsar mejoras en la calidad de vida de sus habitantes, pues en definitiva el desarrollo de los territorios rurales no ha ocupado un lugar destacado en la agenda política argentina. Se mira a la ciudad (y a la industria) como único objeto de política pública; lo rural sigue siendo claramente residual, solo un lugar de donde extraer recursos, lo que consolida el histórico círculo vicioso de sacar de un lado (los espacios rurales) para poner en otro (las ciudades), cuya única consecuencia es consolidar la lógica de concentración de población y de desequilibrios territoriales del país.

A las razones políticas y económicas es necesario agregar un elemento clave, transversal, de carácter cultural, que perdura desde principios de siglo XX: la asociación de lo rural con tres imágenes o representaciones estereotipadas, sustentadas en el desconocimiento de la realidad rural. La primera imagen o estereotipo asocia lo rural con la histórica oligarquía agropecuaria, y supone que todos los productores agropecuarios son seres desalmados que solo piensan en aplicar agroquímicos y en ganar cada vez más dinero. La segunda imagen presenta al poblador rural con menos capacidades, educación o habilidades para desempeñarse en un mundo dinámico, comparado a los habitantes de las ciudades, más atrevido, rápidos, y astutos. La tercera imagen asocia lo rural al desierto, un lugar donde nada ocurre y que no invita a ser habitado porque en él no es posible construir un futuro. Estas imágenes del mundo rural argentino lo ubicaron aún más en el plano simbólico de lo no deseado, un mundo de retraso que solo cumple la función de productor de bienes primarios por parte de algunos, o un lugar de esparcimiento y tranquilidad frente a un mundo urbano en crisis. Es evidente que esta mirada sobre el mundo rural y sus habitantes impidió su reconocimiento como territorios y ciudadanos plenos de derechos. Así, lo rural sigue siendo invadido desde la ciudad por un proyecto conquistador y extractivo, y los pobladores rurales permanecen ignorados, o peor aún… olvidados.

Estas situaciones muestran que la Argentina no ha logrado modificar la mirada sobre su territorio; el país permanece atado a viejos paradigmas de desarrollo basados en la industria y en la modernización urbana; todo lo que está más allá no tiene valor, si no es el de generar los recursos que se requieren para financiar al Estado. Es claro que este paradigma, tal como fue pensado desde mediados de siglo XX, ya ha dado claras muestras de agotamiento e incapacidad para construir un futuro equilibrado en el país.

Sin embargo, no todo está perdido.

La gran novedad de las últimas décadas es que en las áreas rurales están surgiendo dinámicas y procesos innovadores que podrían contribuir a crear un nuevo paradigma o modelo de desarrollo rural siempre y cuando se diseñen e implementen las estrategias y las acciones correctas. Muchos de estos elementos remiten al orden social y cultural: la migración de familias, jóvenes y jubilados hacia los campos, pueblos y pequeñas ciudades, el fortalecimiento de la identidad y la cultura rural, la creciente preocupación y el interés por el ambiente y un estilo de vida más cercano a la naturaleza, la revalorización del patrimonio sociocultural y gastronómico, la recuperación de pueblos, la generación de proyectos de protección del paisaje y el hábitat, etc. Muchos otros elementos remiten a la producción y el empleo, entre ellos, la profunda modernización de la agricultura, la emergencia de una nueva economía del conocimiento y de servicios altamente innovadores en torno a la producción agropecuaria, la visibilización y el reconocimiento de la importancia de la agricultura familiar como productora de alimentos y dinamizadora de la vida rural, la creación de nuevos productos y la generación de mayor valor agregado, la preocupación y la generación de prácticas productivas más sustentables, iniciativas bioeconómicas y de valorización de biomasa, todos ellos asentados en la revolución de las ciencias de la vida, y muy especialmente en nuevas miradas en torno de la naturaleza y el respeto de los saberes y las características de los territorios.

La hipótesis que planteamos en este libro sostiene que todos estos procesos innovadores en marcha, junto con la pandemia de covid-19, están generando cambios estructurales en el funcionamiento de las sociedades, las economías, las instituciones y los territorios que abren las puertas a la construcción de una nueva etapa histórica en la organización y la dinámica del mundo rural argentino. El nuevo mundo rural que podría emerger se caracterizaría por conciliar sólidos procesos de innovación, modernización y crecimiento productivo con nuevas formas de relación con la naturaleza, con una mayor calidad de vida rural, una identidad rural revalorizada y, sobre todo, con la generación de oportunidades de desarrollo personal, lo que garantizaría el repoblamiento y la dinamización del mundo rural.

Este libro pretende analizar y explicar estas dinámicas emergentes, definir algunas ideas y características del nuevo modelo de desarrollo posible para el mundo rural argentino, y, a partir de allí, proponer ideas capaces de abonar el camino hacia su concreción. Así, estas páginas no ambicionan ni pretenden generar un diagnóstico total sobre la compleja realidad rural de la Argentina, pues ya existen cientos de trabajos con diagnósticos claros y bien fundamentados sobre ella, sino que se plantea como una contribución general a la reflexión sobre las problemáticas rurales de la Argentina y sus posibles alternativas de desarrollo.

El libro recorre varios capítulos, a partir de los cuales podemos comprender la dinámica actual del mundo rural, los procesos innovadores en marcha y, finalmente, nuestra propuesta y agenda para construir un nuevo modelo de desarrollo rural. Claramente, el cambio de modelo de organización y desarrollo de las áreas rurales es una tarea que excede a los gobiernos y a los organismos técnicos; se trata de una tarea colectiva, a la cual invitamos a sumarse, de manera de poder construir otro modelo de país que tendrá en los territorios rurales un ámbito privilegiado de riqueza, cultura, identidad y oportunidades de progreso humano.

1. Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), “Glosario de términos estadísticos”.

2. M. Sili, R. Bustos Cara y M. Guibert, Atlas de la Argentina rural, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2015.

3. M. Mackay y H. Perkins, “Making space for community in super-productivist rural settings”, Journal of Rural Studies, 68, 2019: 1-12.

1. La Argentina, un país diverso con grandes desequilibrios territoriales

Existe una imagen tradicional de la Argentina que la presenta como un país muy extenso, con numerosos climas y paisajes, vastas y fértiles llanuras, ciudades inmensas muchas veces rodeadas de pobreza. Todo esto es cierto, pero hay más.

La Argentina es un país profundamente desequilibrado. Desde sus orígenes, muchas de sus ciudades, especialmente Buenos Aires y la región metropolitana, concentran el mayor porcentaje de población. Con el tiempo, este desequilibrio poblacional se tradujo en desequilibrio económico, de oferta de empleo y de calidad de vida. No es lo mismo vivir en un barrio rico de las ciudades de Buenos Aires, Mar del Plata, Salta o Córdoba que en el medio del Chaco salteño, la meseta patagónica o la selva misionera. Los desequilibrios son territoriales y se reflejan en las oportunidades de las personas para progresar y mejorar sus vidas.

Existen cuatro aspectos del territorio argentino que permiten entender la geografía rural del país: la amplitud y la organización territorial, las formas de distribución de la población, los desequilibrios económicos, y los intentos por equilibrar e integrar el territorio.

1. La amplitud y la organización territorial

La República Argentina es un país extenso en términos de superficie. En su sector continental americano alcanza los 2.791.810 km2; de norte a sur, de Ushuaia a la Quiaca, tiene una extensión máxima de 3.700 kilómetros, y de este a oeste de 1.423 kilómetros (figura 1). Por su superficie, el país ocupa el octavo lugar entre las naciones del mundo y el cuarto entre las de América. Su territorio equivale, aproximadamente, a cuatro veces el de Chile, dieciséis veces el de Uruguay y un tercio del de Brasil. Al estar ubicada en el extremo sur del continente americano, la Argentina ocupa una posición estratégica: comparte fronteras con cinco países, lo que le brinda importantes ventajas comerciales; tiene un extenso frente marítimo en el océano Atlántico, lo que le asegura una gran fuente de riquezas, y se encuentra en el vértice del continente, lo que le permite mantener un vínculo estrecho con los países de la fachada atlántica, la fachada pacífica y con la Antártida. Debido a su extenso despliegue latitudinal, el territorio argentino presenta una extraordinaria variedad de climas, paisajes, ecorregiones y biomas. Todos ellos han sido aprovechados de muy diversas maneras, especialmente para la producción agrícola, ganadera, forestal y minera. Esta amplia diversidad ambiental constituyó un factor clave en el desarrollo del país a lo largo de su historia.

La Argentina se organiza como un país federal, integrado por veintitrés provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (sede de la Capital Federal). Las provincias son autónomas y tienen sus propias constituciones, leyes e instituciones que rigen en sus respectivos territorios (figura 2). A su vez, estas se subdividen en jurisdicciones menores denominadas departamentos o partidos –designación que cambia según la provincia–, que presentan diferentes sistemas de administración y gestión territorial. Más allá de esta organización formal, en diversos momentos históricos y por razones diversas el país se dividió en regiones que constituyen agrupaciones de provincias sin un carácter formal o institucional, pero con una fuerte identidad y visibilidad para la población. Si bien a lo largo del tiempo la clasificación regional ha cambiado, en este libro se trabajará con las siguientes regiones:

 Región pampeana: incluye a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y a las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y La Pampa.1

 Región noroeste: incluye las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja y Santiago del Estero.

 Región noreste: incluye las provincias de Misiones, Corrientes, Formosa y Chaco.

 Región Cuyo: incluye las provincias de Mendoza, San Juan y San Luis.

 Región Patagonia: incluye a las provincias de Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.

Figura 1. Localización de la República Argentina


Fuente: Instituto Geográfico Nacional.

Figura 2. Regiones, provincias y departamentos de la República Argentina


Fuente: Instituto Geográfico Nacional.

2. Las formas de distribución de la población

Este vasto territorio cuenta con alrededor de 45 millones de habitantes, lo que coloca a la Argentina en el puesto 32.º entre los países más poblados del mundo y en el cuarto en América Latina. Uno de los rasgos demográficos más destacados del país es la desigual distribución de la población en el territorio nacional, fenómeno que puede observarse en la distribución absoluta de la población por departamento (figura 3), y en la representación de las provincias en forma proporcional a la cantidad de habitantes (figura 4). Las mayores concentraciones de población se localizan en la región pampeana, especialmente en el eje La Plata-Buenos Aires-Rosario-Córdoba y en las principales ciudades regionales y provinciales (figura 5). El resto del territorio presenta una población muy escasa y centros urbanos de diferentes tamaños ligados mayormente a la prestación de servicios para las zonas rurales.

Figura 3. Población de la Argentina por provincia


Fuente: Indec, Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010.

Figura 4. Mapa isomórfico de la población argentina


Fuente: elaboración propia basada en información del Indec, Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010.

Figura 5. Red urbana de la Argentina


Fuente: Indec, Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010.

El otro elemento demográfico característico de la Argentina es la alta tasa de urbanización, según los criterios adoptados por el Indec. En efecto, oficialmente en la Argentina se define como urbana a la población que habita en localidades de más de 2.000 habitantes; bajo ese criterio, el 92% de la población total de la Argentina es urbana. Mientras el 50% de la población vive en ciudades de más de 500.000 habitantes, solo el 8% habita en pueblos de menos de 2.000 habitantes o dispersos en el campo (alrededor de 3,5 millones de habitantes). Según se desprende de estas cifras, la Argentina tiene tasas de urbanización muy superiores al promedio mundial (aproximadamente, el 54%), lo que la convierte en el país más urbanizado de América del Sur. Si nos atenemos a este criterio oficial, de base demográfica, la Argentina es un país urbano o, en su defecto, un país muy poco rural.

No obstante, si se adoptan criterios más amplios, tal como lo planteamos en este libro, podemos afirmar que la Argentina es un país mucho más rural de lo que señalan las estadísticas oficiales de población, sea por el tipo de espacios predominantes, por las formas de vida, por las formas de relación con la naturaleza y con el campo en general. Sin embargo, es muy difícil validar en términos cuantitativos esta afirmación ya que el país no cuenta con criterios y métodos de clasificación territorial que permitan dar cuenta de la gran diversidad de tipos de territorios rurales, tal como lo han hecho otros países y muy especialmente la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).2 No obstante, y en un intento de simplificación y a los efectos de este trabajo, planteamos dos escenarios alternativos de definición de lo rural, complementarios al escenario demográfico oficial, que ubica a la Argentina como un país netamente urbano.

Un escenario alternativo plantea que si se considera como rural tanto a la población que vive en forma dispersa en el campo como a la que habita en localidades de hasta 10.000 habitantes ubicadas en un contexto rural, cuyas economías y dinámicas se vinculan con la producción primaria, y las industrias y servicios asociados a ellas, y en un estrecho contacto con la naturaleza, la población rural llegaría a los 6,5 millones de habitantes (el 16% de la población total). La adopción de este criterio permite incorporar un conjunto importante de localidades (pueblos y pequeñas ciudades según los criterios del Indec) que son claves en la organización y la dinámica de los territorios rurales.

Otro escenario alternativo podría plantear un criterio más amplio aún, incorporando a las ciudades de aproximadamente hasta 30.000 habitantes como parte integrante del mundo rural. Esta incorporación se justifica pues estas pequeñas ciudades mantienen una relación directa con el medio rural, por el tipo de economía que desarrollan, por su rol de prestación de servicios y por las formas de relación cotidiana con lo rural. Ejemplos claros de este tipo de localidades son Coronel Suárez (Buenos Aires), Avellaneda y Las Parejas (Santa Fe), General Alvear (Mendoza), Mercedes (Corrientes), Las Lomitas (Formosa), Quitilipi (Chaco), Esquel (Chubut), General Acha y Realicó (La Pampa), Santa María (Catamarca), Rosario de la Frontera (Salta), Marcos Juárez (Córdoba), entre muchas otras más. Bajo este criterio más amplio, y más cercano a las nuevas propuestas internacionales, la población rural de la Argentina alcanzaría un poco más de 11 millones de habitantes (aproximadamente el 30% de la población total).

Sin abandonar totalmente el criterio demográfico, pero con una mirada más amplia de la realidad territorial, se puede revertir entonces esta idea de que la Argentina es un país urbano, y reconocer que se trata de un país mucho más rural de lo que las estadísticas oficiales plantean. Nuevas estrategias de definición y clasificación territorial, similares a las planteadas por la OCDE, y que tengan en cuenta la nueva relación campo-ciudad, permitirían mejorar este enfoque, dando cuenta de la complejidad territorial de la Argentina.

3. Los desequilibrios económicos y productivos

El desequilibrio demográfico se acompaña de un profundo desequilibrio en el producto bruto interno (PBI) y el empleo. El PBI de la Argentina, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), a 2018, alcanza aproximadamente los 400.000 millones de dólares, lo que la ubica en el tercer lugar en América Latina. La administración pública, la defensa, la seguridad, la educación y otros, junto con la intermediación financiera y el comercio, alcanzan aproximadamente el 56% del producto. El sector secundario participa con el 17 % del PBI. En él se destacan la producción de automóviles, químicos, textiles y alimentos, y la producción metalúrgica y siderúrgica. La agricultura y la forestación representan menos del 10% del PBI, pero la mayor parte de las exportaciones (figura 6). Mas, como se dijo anteriormente, un elemento distintivo del producto bruto y el empleo es el fuerte desequilibrio, tal como lo presenta la figura 7. En términos absolutos, nuevamente es la región pampeana –en particular, la ciudad de Buenos Aires– la que tiene el mayor peso en la economía nacional.

Figura 6. PBI por sector


Fuente: Indec, Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010.

Más allá de la estructura del producto bruto interno (denominado producto bruto geográfico, PGB, cuando hace referencia a cada provincia), la geografía económica de la Argentina es muy heterogénea. Sobre la base de información suministrada por la Cepal,3 podemos reconocer cinco grandes tipos de áreas productivas:

Figura 7. Mapa anamórfico del producto bruto geográfico (PBG) por provincia


Fuente: elaboración propia basada en información del Indec, Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010.

1) Áreas dinámicas de producción diversificada, con una fuerte dotación de servicios y centros de investigación y desarrollo (I&D). Se caracterizan por contar con complejos productivos muy integrados que desarrollan actividades y productos con una fuerte presencia nacional. Cuentan con abundantes recursos naturales, servicios urbanos de alta complejidad, capacidad logística, acceso a mercados y, especialmente, centros científicos, tecnológicos y universidades que forman recursos humanos para el desarrollo de actividades innovadoras. Estas áreas se localizan en la región pampeana y otros nodos regionales. Estas son:

1. Nodos Salta y Jujuy

2. Nodos Tucumán

3. Centro de Córdoba

4. Centro de Entre Ríos y de Santa Fe

5. Cinturón industrial nodos La Plata-Rosario

6. Llanura pampeana este

7. Llanura pampeana oeste

8. Faja turística bonaerense

2) Áreas altamente productivas especializadas, con sólidas redes empresariales y de innovación. Como en el caso anterior, son áreas muy dinámicas, caracterizadas por la presencia de centros urbanos importantes y una capacidad logística y científico-tecnológica de alto nivel. Sin embargo, en este caso se trata de territorios de menor superficie, conformados como resultado de la implementación de sistemas de riego artificial. Poseen sistemas productivos integrados y muy especializados, muchas veces en productos de alto valor y fuerte presencia en el ámbito nacional. Estas áreas se localizan principalmente en los oasis de riego más dinámicos de Cuyo y la Patagonia. Estas son:

1. Oasis del Gran San Juan

2. Oasis Mendoza Norte

3. Oasis Mendoza Centro

4. Oasis del Alto Valle de Río Negro y Neuquén

3) Áreas dinámicas con potencial de desarrollo pero moderado I&D. Se caracterizan por una estructura productiva diversificada, con complejos dinámicos ligados al mercado interno y a la exportación. Cuentan con abundantes recursos como para generar proyectos productivos de importancia. Sin embargo, su nivel de desarrollo científico y tecnológico es mediano o bajo. Estas son:

1. Llanura chaqueña húmeda norte

2. Umbral al Chaco

3. Llanura chaqueña húmeda sur

4. Mesopotámica central

5. Suroeste de Misiones y noreste de Corrientes

6. Centro-oeste de Misiones

7. Nodo Corrientes y Resistencia

8. Nodo Clorinda-Formosa

4) Áreas con disponibilidad de recursos naturales e infraestructura productiva pero escaso dinamismo. Presentan condiciones similares a la categoría anterior, aunque son menos dinámicas y sus actividades tienden a especializarse en torno a uno o dos complejos productivos. En general, la disponibilidad de recursos naturales, como agua y suelos de calidad, es menor y su capacidad de I&D es limitada. Estas son:

1. Tartagal-Orán

2. Valles y serranías de Salta y Catamarca

3. Valles y serranías de Catamarca y La Rioja

4. Centro de Santiago del Estero

5. Esteros del Iberá-Corrientes

6. Noreste de Misiones

7. Valle San Juan

8. Delta entrerriano

9. Bahía Samborombón-Buenos Aires

10. Valle medio de Río Negro

11. Valle inferior de Río Colorado

12. Valle inferior de Río Negro

13. Valle inferior del río Chubut

14. Franja cordillerana Patagonia norte

15. Tierra del Fuego

5) Áreas marginales de limitada capacidad científica y tecnológica. Se trata de microrregiones que poseen la menor dotación de recursos naturales y, en muchos casos, déficit de agua. Se encuentran alejadas de los mercados y en general no cuentan con dispositivos científicos y tecnológicos que les permitan generar fuertes procesos de innovación. Aquellas que poseen recursos estratégicos de alto valor no han logrado desarrollarlos. Estas son:

1. Cordillera norte (puna)

2. Quebrada de Humahuaca

3. Chaco seco

4. Sur de Santiago del Estero-norte de Córdoba

5. Alta cordillera cuyana

6. Franja árida centro-oeste

7. Franja turística de Córdoba y San Luis

8. Cinturón industrial nodos Mercedes-San Luis

9. Payunia y valle superior del río Colorado

10. Centro-norte de Neuquén

11. Las Coloradas (centro-sur de Neuquén)

12. Centro-sur de Río Negro y centro de Chubut

13. Franja cordillerana de Chubut

14. Nodo Comodoro Rivadavia

15. Área petrolera Comodoro Rivadavia

16. Franja cordillerana sur patagónica

17. Sur de Santa Cruz

18. Cordillera norte (puna)

La figura 8 presenta cada una de estas áreas en el contexto nacional. Esta distribución de áreas con mayor o menor dinamismo productivo tiene un vínculo estrecho con las condiciones naturales de base, los recursos estratégicos y las formas de organización social.

4. Los intentos por equilibrar el territorio

Sin lugar a dudas puede afirmarse que el territorio argentino presenta fuertes desequilibrios que se expresan en la coexistencia de áreas integradas con un fuerte crecimiento y vastos territorios de baja densidad poblacional y escasa integración territorial. Se trata de un país fuertemente orientado hacia el corredor fluvial-industrial Paraná-de la Plata, principal aglomeración de producción y consumo, que conserva el histórico modelo de concentración pampeana, con serios problemas de congestión y degradación en las zonas nucleares. Estos grandes desequilibrios territoriales también se manifiestan en términos de oportunidades de desarrollo humano y calidad de vida: además de afectar el desarrollo de las zonas marginales, actúan como factores que profundizan las condiciones de desigualdad.

Figura 8. Áreas de desarrollo productivo en la Argentina


Fuente: elaboración propia basada en información suministrada por la Cepal.

Frente a estas problemáticas, la Argentina no ha logrado en su historia reciente diseñar e implementar una política eficaz y sostenida de planificación y organización territorial. Por el contrario, el territorio se fue organizando en gran medida como resultado de la inercia de los procesos locales y la lógica del mercado, que actuaron en función de la demanda de nuevas tierras para la producción agropecuaria o del avance urbano, sin una visión de conjunto ni estrategias claras.

Uno de los obstáculos más importantes para construir un mayor equilibrio territorial ha sido la fragmentación y la desarticulación de las iniciativas de planificación y gestión. Este fenómeno se observa tanto entre los organismos y los actores de un mismo nivel político-administrativo como entre los que pertenecen a diferentes niveles (nación, provincias y municipios). Muchas veces las iniciativas de carácter territorial son encaradas por múltiples y diversos organismos que trabajan sobre temas similares para un mismo territorio en forma autónoma e independiente. Esto se ve agravado por el hecho de que el sistema político funciona con estructuras administrativas heredadas de principios de siglo XX, caracterizadas por una lógica estatal jerárquica y vertical. Al mismo tiempo, la ausencia de mecanismos que articulen las acciones de los ministerios, las secretarías y las direcciones limita el trabajo coordinado y la colaboración mutua. En este contexto, lejos de ser abordada como un tema clave de las políticas públicas, la problemática territorial se convierte en un terreno de disputa, desde donde muchas veces los diferentes actores intentan construir poder para consolidar otros tipos de proyectos personales.

A la fragmentación político-institucional se le suma la carencia de un marco legal que encuadre las políticas y las estrategias territoriales. Si bien la Argentina ha avanzado en la definición de un Plan Estratégico Territorial,4 la ausencia de una ley nacional de ordenamiento territorial torna imposible sostener a largo plazo cualquier propuesta operativa de planificación y gestión territorial. Solo unas pocas provincias han logrado avanzar en estrategias coherentes que incluyen marcos legales y estructuras técnicas adecuadas.

Estas dificultades y la ausencia de una estrategia clara y sistemática de organización territorial a nivel nacional, capaz de generar nuevos equilibrios, no solo afectan el presente del territorio, sino que hipotecan el futuro de territorios y paisajes en todo el país.

1. Aunque la provincia de La Pampa se encuentra por ley dentro de la región Patagonia, se la incorpora a la descripción de la dinámica rural de la región pampeana ya que conforma parte de la dinámica funcional rural y agropecuaria de esta región.

2. La OCDE ha establecido una categoría de territorios, según su gradiente urbano rural, sobre la base de tres criterios: 1) la densidad de población (una comunidad se define como rural si su densidad poblacional es inferior a los 150 habitantes por km2); 2) según el porcentaje de la población que habita en comunidades rurales (rural, si más del 50% de su población habita en comunidades rurales; urbana, si menos del 15% de la población habita en comunidades rurales, e intermedia, si la proporción de la población que habita en comunidades rurales varía entre el 15% y el 50%); 3) el tamaño de los centros urbanos: este criterio permite generar una tipología muy efectiva de tipos de territorios, y además permite estandarizar y comparar a los países entre sí, siempre y cuando exista información estadística de calidad. En muchos países como Chile y Colombia, por ejemplo, se han seguido criterios similares con muy buena repercusión en términos de definición de niveles de ruralidad. La falta de información de población actualizada y desagregada, y la ausencia de criterios homogéneos entre provincias de las unidades político-administrativas (departamentos, partidos, municipios, comisiones de fomento, entre otras) no han permitido avanzar en la Argentina con criterios más sofisticados de definición y delimitación de lo urbano y lo rural. Ver M. Dirven, Nueva definición de lo rural en América Latina y el Caribe, Santiago de Chile, FAO, 2019.

3. Cepal, Complejos productivos y territorio en la Argentina: aportes para el estudio de la geografía económica del país, Buenos Aires, 2015.

4. El Plan Estratégico Territorial de la Argentina fue la única experiencia nacional ordenada, con carácter federal, con instrumentos y propuestas consensuadas entre las provincias, para generar un modelo territorial más equilibrado e integrado. Por diversas razones políticas e institucionales que no se analizan aquí, dicho proceso quedo trunco a partir del año 2019.

2. Campos y pueblos en un país de ciudades

Los desequilibrios territoriales de la Argentina, con sus zonas ricas y sus zonas pobres, no son fruto del azar; por el contrario, son una consecuencia de las formas en que se construyeron las dinámicas de desarrollo productivo, siempre en estrecha relación con los modos de inserción de la Argentina en el comercio nacional e internacional de bienes primarios. Sucesivos ciclos productivos fueron conformando paisajes, modos de producción y formas de habitar el territorio, muy diferentes. Así, la geografía rural argentina es extremadamente diversa y compleja.1

Más allá de las diferencias regionales, en líneas generales y de una manera muy simplificada se puede afirmar que el ciclo productivo actual se caracteriza por un fuerte dinamismo que le permite a la Argentina insertarse exitosamente en los mercados internacionales de bienes primarios o de bienes de consumo alimentarios. Pero también, y debido a la falta de estrategias complementarias de desarrollo, no se han podido construir territorios más ricos, diversos y equilibrados, ya que persisten problemas ambientales y de abandono de lo rural. Nos encontramos, así, en una suerte de “trampa del progreso”, en la que el crecimiento agropecuario no puede traducirse en desarrollo territorial. Frente a esta situación, múltiples actores intentan poner en marcha políticas y prácticas que generen dinámicas más sinérgicas y permitan construir nuevos equilibrios ambientales, sociales y territoriales.

En las páginas siguientes analizaremos las dinámicas del mundo rural y las respuestas ensayadas para resolver los desequilibrios y problemas que aún persisten. Sin embargo, previamente es necesario hacer un recorrido por la vasta geografía rural argentina para entender cómo se organizan las diferentes regiones rurales del país.

1. Una compleja geografía rural

Históricamente, el campo argentino se organizó según una lógica de expansión territorial, es decir, de ocupación de los vastos espacios de las diferentes regiones en búsqueda de nuevos recursos y tierras donde producir, especialmente para los mercados internacionales. La expansión territorial estuvo acompañada por el desarrollo de nuevas actividades y sistemas productivos, una trama de poblamiento en campos y pueblos, y vías de comunicación trazadas con el objetivo central de transportar los productos. De este modo se conformó un modelo de organización y desarrollo de la Argentina subordinado en gran parte a los cambios y los ciclos de los mercados internacionales de bienes agropecuarios. Cuando el precio internacional de un producto subía, se dinamizaba la producción, se invertía en infraestructura y equipamiento, los ingresos de la población se incrementaban y, en términos generales, se potenciaba el desarrollo de la región. Cuando el valor de ese producto disminuía, los territorios se orientaban hacia otras actividades productivas o entraban en crisis. En la actualidad, un ejemplo de esta dinámica es la producción de soja, que se expande según un modelo de organización productiva y territorial que asegure o garantice la competitividad del producto en el mercado internacional.

Las condiciones naturales y los sucesivos ciclos productivos, con mayor o menor estabilidad y permanencia, fueron definiendo diferentes trayectorias y una geografía rural extremadamente rica y diversa. Una mirada regional permite apreciar con claridad este fenómeno.

La región noreste (NEA) se caracteriza por un mosaico de paisajes de clima subtropical en los que se combinan selvas, esteros, pastizales y bosques secos. Desde fines de siglo XIX, la colonización y ocupación de las áreas rurales de esta vasta región se manifestó en sucesivos ciclos productivos, todos ellos basados en una economía primaria y extractiva de base agropecuaria y forestal: el ciclo del tanino, el del algodón, el de la yerba mate, y el ciclo sojero a partir de la década de 1990. Aunque con características diferentes en las provincias que la integran, la región fue atravesando etapas de expansión, estancamiento, decadencia y fragmentación que seguían el pulso de los ciclos productivos, muy dependientes de la demanda y de los precios de los productos en los mercados nacional e internacional.

En las últimas décadas, los sistemas productivos de la región adoptaron un modelo típicamente pampeano, cada vez más controlado por grandes empresas que aplican sistemas de gestión más modernos. Los principales cultivos son la soja, el girasol y el algodón, aunque también se destacan el arroz, el tabaco y la horticultura de regadío. Se distribuyen en diferentes áreas, pero sobre todo en el centro y el oeste chaqueño, y en el centro y este de Misiones, ambas zonas de vieja colonización agraria europea. La superficie destinada a estos cultivos aumentó considerablemente desde los años 90, sobre todo la correspondiente a soja y girasol en el Chaco y, en menor medida, la de tabaco en Misiones. Los cultivos perennes, como los cítricos, la yerba mate, el té se concentran en Misiones y Corrientes y también la banana y otros cítricos en Formosa. La ganadería se practica en áreas de pasturas, pastizales naturales y cañadas de las provincias de Corrientes, Chaco y Formosa. Por su parte, la actividad forestal experimentó un gran desarrollo, especialmente en Misiones y Corrientes. El modelo productivo forestal se asienta en grandes empresas de origen nacional y extranjero que destinan áreas de pastizales o de bosques nativos al establecimiento de plantaciones de coníferas y eucaliptos para la producción de pasta de celulosa y madera. La gran expansión de la superficie forestada provoca fuertes conflictos con el sector productivo familiar y campesino, especialmente en Misiones, donde la forestación con especies exóticas, como el pino y el eucalipto, acelera la pérdida de la biodiversidad. Los bosques naturales también constituyen una fuente importante de recursos madereros (maderas del monte chaqueño y de la selva misionera), sobre todo para la fabricación de muebles y carpintería en general. Como consecuencia, las áreas de selva y de monte que se concentran en el centro y el norte de Misiones, y en el oeste del Chaco y Formosa se encuentran en pleno proceso de deforestación.

Si bien la mayor parte de la población vive en las principales ciudades de la región, como Corrientes, Resistencia, Formosa y Posadas, el número de personas que habita en los campos y los pueblos de diferente tamaño se mantiene elevado. La densidad de población rural en la región es la más alta del país, especialmente en las áreas de cultivos industriales intensivos, como algodón, yerba mate, té, tung, caña de azúcar y cítricos. Al mismo tiempo, la escasez o el exceso de humedad en algunos espacios donde se desarrollan actividades ganaderas, forestales o turísticas determinan una muy baja densidad demográfica. Tal es el caso del Chaco seco, hacia el oeste, una de las regiones más pobres del país, y de la zona de los Esteros del Iberá, en el interior de Corrientes. La discontinuidad y la dispersión de la población explican el porqué de los escasos habitantes de muchos pueblos que cumplen funciones muy reducidas y de baja complejidad relacionadas con la prestación de servicios. En este contexto, otros rasgos dominantes de la población rural de la región son los altos niveles de necesidades básicas insatisfechas (NBI) y el éxodo permanente de población joven debido a la falta de oportunidades de empleo y de mejora de la calidad de vida.

El noroeste argentino (NOA) es una región notablemente heterogénea. Desde el este, donde se extiende la llanura chaqueña, el relieve comienza a elevarse hacia el oeste, pasando por las sierras subandinas, la cordillera oriental y las sierras pampeanas, hasta culminar en el desértico altiplano puneño y la línea de volcanes y cerros que marcan el límite con Chile. Esta gran diversidad de relieves define diferentes tipos de climas y una vegetación muy variada.

Luego de la llegada de los conquistadores españoles, los territorios rurales de la región se organizaron sobre la base del poblamiento precolombino. Las nuevas ciudades y las haciendas fueron la base de esa organización, cuya columna vertebral era el camino que desde Córdoba se dirigía hacia el norte pasando por Tucumán, Salta, Jujuy y la quebrada de Humahuaca hasta llegar al Alto Perú. Las formas de dominación impuestas por los españoles diezmaron a la población originaria. Por eso, al final del período colonial la región se había convertido en un territorio mucho más despoblado que el hallado por los conquistadores en la segunda mitad del siglo XVI.

La población se mantuvo aislada en las ciudades y en las haciendas, con una economía basada en la producción de subsistencia y el trueque. Luego de la independencia y hasta mediados del siglo XIX, las ciudades de la región se estancaron, como consecuencia de la pérdida de gran parte de sus funciones económicas y políticas. Mientras el país se organizaba en torno a la región pampeana, con Buenos Aires y su puerto en el centro, el noroeste pasó a ocupar un lugar marginal. Muchos años después, diferentes ciclos económicos y sistemas productivos terminaron de definir la organización de los territorios rurales y de la región en general. Desde comienzos del siglo XX se desarrollaron sucesivamente los ciclos de la caña de azúcar y del tabaco y, en las últimas décadas, el cultivo de cítricos y una agricultura del tipo pampeano, especialmente la producción de porotos y soja.

La población rural de la región vive en sus parcelas y en los pueblos. Los datos muestran un marcado contraste demográfico: mientras los valles y los oasis del eje San Miguel de Tucumán-Santiago del Estero registran las mayores concentraciones poblacionales con densidades que van de 10 a más de 50 hab./km2, el oeste árido montañoso y la puna presentan índices de menos de 1 hab./km2. En la actualidad, la población rural no emigra de la región como en épocas anteriores, sino que los movimientos poblacionales se producen mayoritariamente hacia los centros urbanos más grandes o a las capitales de las provincias que la integran.

Desde el punto de vista productivo, la región se destaca por el cultivo de soja (con un aumento sustancial desde los años 90, especialmente en el Chaco salteño, Santiago del Estero, Tucumán y Catamarca) y girasol. El algodón, el tabaco y la caña de azúcar completan el grupo de cultivos anuales. El gran desarrollo de la producción de soja y girasol en la región aceleró el proceso de desmonte indiscriminado y masivo, y el avance sobre áreas ocupadas por campesinos o indígenas con economías de subsistencia, lo que provocó numerosos conflictos por la tierra y el agua. También es muy importante en la región la horticultura (tomate, morrón, ají y cebolla, entre otros) y la producción de legumbres (poroto). Los principales cultivos perennes son los cítricos (limón), el olivo y la vid, que se localizan en Salta (vid), Tucumán (limón y arándanos), Catamarca (olivos, vid y nueces) y La Rioja (olivos, vid y nueces). Todos ellos requieren de riego artificial. La actividad ganadera se desarrolla en las áreas de pasturas y pastizales naturales de la región. Si bien se aplican diferentes sistemas productivos, desde el punto de vista territorial predomina el sistema extensivo, de baja carga animal, en tierras de muy baja productividad. La producción más importante es la de bovinos, que se localiza en los valles y las áreas con disponibilidad de pasto. En los últimos años, la actividad también se desarrolló en zonas cercanas a las grandes ciudades gracias al engorde intensivo o feedlot. Por su parte, la ganadería caprina ocupa un lugar destacado en las áreas de montaña.

La actividad forestal en la región tiene un desarrollo muy limitado. Las mayores inversiones en la implantación de bosques comerciales se realizan en las áreas de explotación petrolífera del norte de Salta, y en algunos valles y zonas de Tucumán y Catamarca.

Un rasgo sobresaliente que caracteriza la región es la existencia de profundas diferencias entre los sistemas productivos implementados. Por un lado, se encuentran los más capitalizados, dedicados a la producción ganadera, frutícola, sojera y cañera; por el otro, el mundo de la agricultura familiar, integrado por pequeños productores que destinan lo que producen tanto a la subsistencia como a la comercialización. Estos productores combinan el cultivo de hortalizas, flores, papas y quinoa con la ganadería nómade y, también, con el trabajo asalariado en la zafra azucarera o en algún otro tipo de actividad agrícola. La población rural vive dispersa en el campo o se concentra en los pequeños pueblos de la región. Aunque intentó modernizarse, este sector campesino se enfrentó con serias limitaciones debido a la situación irregular de sus tierras, a la falta de infraestructura y equipamiento, y a las dificultades propias de la transformación y la comercialización de sus productos. Actualmente, en diversas zonas la agricultura familiar debe convivir con nuevos emprendimientos turísticos, inversiones en los sectores más dinámicos, la explotación petrolífera y la actividad minera. A menudo, esta coexistencia de sistemas productivos tradicionales y modernos genera conflictos por los recursos y define un modelo rural muy desequilibrado.

La región pampeana goza de una posición geográfica excepcional con condiciones de suelo fértil y clima templado que favorecieron el desarrollo de las actividades agrarias. La historia de la organización territorial y productiva de la región se remonta al período colonial, con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 y la consolidación de la ciudad de Buenos Aires y el desarrollo del corredor de rutas que la comunicaban con el norte. Posteriormente, las guerras por la independencia y las luchas internas retrasaron el proceso de crecimiento económico y de ocupación de la totalidad del suelo pampeano. A partir de mediados del siglo XIX, una vez logradas la estabilidad política y la organización del Estado nacional, la Argentina se orientó hacia un modelo agroexportador basado principalmente en la riqueza natural de la región pampeana y se insertó en el esquema de producción especializada mediante la exportación de lana, carne enfriada y cereales. La revalorización de los pastizales y los suelos pampeanos, donde la producción se organizaba en estancias, desató la ocupación compulsiva de esos territorios, habitados por grupos indígenas. Las tierras ocupadas fueron cedidas o donadas a unas pocas familias de hacendados que controlaban el poder económico local, y estaban ligadas a comerciantes ingleses establecidos en Buenos Aires y a comerciantes criollos enriquecidos por las exportaciones.

Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX se produjo la llegada masiva de inmigrantes y la creación de numerosas colonias agrícolas y pueblos en toda la región. Se trató de un fenómeno que modificó de manera definitiva el paisaje natural y provocó una profunda transformación económica social y cultural. La llegada masiva de población extranjera fue acompañada por la construcción de una densa red ferroviaria, cuyo diseño tenía el objetivo de transportar la producción hacia los puertos pampeanos y de allí a los mercados europeos.

Desde fines de siglo XIX, la región pasó por dos etapas de organización territorial: una de fuerte poblamiento, que se consolidó en la primera mitad del siglo XX, y otra caracterizada por una lenta pero continua disminución de la población rural que dejó como resultado una gran cantidad de pueblos abandonados y campos vacíos. En la actualidad, la mayor parte de la población se concentra en las pequeñas y las medianas ciudades, un porcentaje menor habita en pueblos, y solo una porción muy reducida vive en las explotaciones agropecuarias. La situación social en el mundo rural pampeano es la más favorable en el contexto nacional y presenta niveles de pobreza rural muy bajos; en la región, este es un problema esencialmente urbano.

En la zona pampeana predomina la producción de cereales, oleaginosas y carnes, con muy buenos rendimientos e inserción comercial a nivel internacional gracias a la combinación de recursos naturales de calidad, alto nivel tecnológico y gran escala de producción. Los principales cultivos anuales son la soja, el trigo, el maíz, el girasol y el arroz. Estas producciones se concentran en dos grandes áreas: la zona núcleo (norte de Buenos Aires, centro-este de Córdoba, sur de Santa Fe, Entre Ríos y norte de La Pampa) y el sureste y suroeste de la provincia de Buenos Aires. En los últimos años, estos cultivos se expandieron a tierras antes dedicadas a la producción ganadera. También se destaca en la región la horticultura, especialmente en los cordones periurbanos de las ciudades más importantes. Los cultivos perennes ocupan un lugar muy marginal, con la excepción de la citricultura y la producción de frutales en algunas zonas muy reducidas de Entre Ríos y de la provincia de Buenos Aires, respectivamente.

La ganadería, uno de los tradicionales pilares del desarrollo agropecuario pampeano, históricamente se desarrolló, con mayor o menor intensidad, en toda la región. Desde la década de 1990, la superficie ganadera se redujo debido fundamentalmente al avance de la agricultura especializada en soja y maíz. Sin embargo, mantuvo sus niveles de producción gracias al desarrollo de los sistemas intensivos de cría a corral o feedlot.

Por su parte, la actividad forestal creció como consecuencia de las mayores inversiones en la implantación de bosques comerciales en el área del delta del Paraná y en la ribera del río Uruguay, en Entre Ríos. Los bosques naturales se distribuyen por toda el área peripampeana, especialmente en el centro-oeste de La Pampa (caldenales) y en el centro-norte de Entre Ríos y Santa Fe. El área de monte xerófilo que se extiende en el norte de Córdoba en los últimos quince años ha sufrido una reducción significativa debido al avance de los cultivos de soja.

La región de Cuyo es, desde el punto de vista ambiental, heterogénea y contrastante. El paisaje está dominado por las montañas y las sierras. De oeste a este se distinguen la cordillera de los Andes, la precordillera, los valles y piedemontes, donde los ríos forman oasis de riego, y las travesías, vastas planicies desérticas que limitan el este de la región. El rasgo natural sobresaliente de la región es la aridez, que fue determinante en las formas en que se ocupó el espacio y se explotaron los recursos.

Desde sus orígenes, Mendoza y San Juan, y en menor medida San Luis, parecen marcadas por un destino rural, desde una profunda unión con el agua que le dio vida a una floreciente actividad agrícola basada en el cultivo de la vid, el olivo y el maíz. La configuración de los actuales paisajes comenzó a mediados del siglo XIX, con la estabilización institucional del país. A fines del siglo, diversos factores afianzaron el desarrollo regional: la afluencia de decenas de miles de inmigrantes provenientes de países de tradición vitivinícola (españoles, italianos, franceses, rusos, polacos, alemanes, sirio-libaneses, ingleses, entre otros), la construcción de grandes obras hidráulicas, la llegada del ferrocarril a Mendoza y San Juan en 1885, las disposiciones para regular el uso del agua para riego (como la Ley de Aguas de Mendoza de 1884) y las medidas proteccionistas y de fomento de la agricultura.

Lentamente, la población se fue concentrando cada vez más en las zonas de los oasis. Este fenómeno se aprecia claramente en el contraste poblacional que hoy existe entre las áreas cultivadas, con densidades superiores a 100 hab./km2, y el resto del territorio, con índices inferiores a 5 hab./km2. La población que vive dispersa conserva un modo de vida pastoril, que en la ganadería alterna formas extensivas típicas y la transhumancia, como práctica precaria de manejo de los caprinos y ovinos y, en menor medida, de los bovinos. En la franja oriental que acompaña al río Desaguadero se desarrollan principalmente actividades extensivas y de subsistencia basadas en caprinos, pero también existen algunas estancias más capitalizadas y organizadas, con vacunos para el mercado local. Estas diferencias entre las zonas de los oasis y las de secano se observan claramente en la distribución poblacional y en la ocupación del suelo: en el Gran Mendoza se concentra el 50% de la población provincial, y en el Gran San Juan, más del 63%.

Más allá de estas grandes diferencias, el peso productivo regional se estructura a partir de los sistemas de riego. Las actividades más importantes son la vitivinicultura, la fruticultura, la horticultura y la ganadería, generalmente extensiva. En las últimas décadas, la región vivió un proceso de transformación que consistió en la modernización de los sistemas productivos en general, y del sector vitivinícola en particular, fundamentalmente el relacionado con los vinos de alta gama y de exportación. Este proceso, caracterizado por la fuerte presencia de inversiones extranjeras, provocó la expulsión de numerosos pequeños productores. También se producen uvas de mesa, aceitunas, ciruelas, damascos, duraznos, nueces, peras, manzanas y almendras. Desde los años 90, la productividad de estos cultivos aumentó significativamente debido a la incorporación de variedades de mayor calidad.

En las áreas de pasturas y pastizales naturales la ganadería juega un rol muy importante de la mano de productores procedentes de la región pampeana. Predomina un sistema extensivo de ganadería bovina, de baja carga animal en tierras de muy baja productividad, aunque en algunas zonas se implementaron sistemas combinados de secano y riego que permiten mejores rendimientos. La producción tradicional es la caprina que, en muchos casos, está vinculada a sistemas que incluyen la trashumancia a zonas de montaña durante el verano.

La región patagónica, que se extiende desde el río Colorado hasta el canal de Beagle, es la menos poblada y la que enfrenta los mayores problemas de conectividad e integración con el resto del país. En este vasto territorio se pueden reconocer dos grandes conjuntos o subambientes. Por un lado, la Patagonia andina, caracterizada por la presencia de encadenamientos montañosos discontinuos, con alturas que no superan los 3.000 metros, separados por valles transversales de origen tectónico y glaciar, que permiten el paso de los vientos húmedos del Pacífico y favorecen la presencia del bosque templado-húmedo de los Andes patagónico-fueguinos. Por otro lado, la meseta patagónica presenta un relieve escalonado, atravesado por serranías bajas y cruzado de este a oeste por grandes valles fluviales y cañadones. En algunos lugares bajos, con agua y al reparo de los fuertes vientos, hay mallines, humedales con suelos turbosos cubiertos por gramíneas.

Hasta la llegada de los europeos, el territorio patagónico estuvo ocupado por poblaciones originarias de hábitos nómades (pehuenches, tehuelches, selk’nam, yámanas y alacalufes), que obtenían sus recursos básicos de la caza, la pesca y la recolección. En la segunda mitad del siglo XIX, cuando la Argentina se incorporó al mercado mundial como productora de materias primas agropecuarias, comenzó el avance sobre el territorio patagónico con el objetivo de incorporar tierras a la producción. Las campañas militares emprendidas en la zona ampliaron la frontera agropecuaria de la región pampeana, mediante el exterminio y la expulsión de la población aborigen. La región fue organizada política y administrativamente en varios territorios nacionales administrados por gobernadores designados por el presidente con acuerdo del Senado. Muy pronto se inició una política de poblamiento y puesta en producción de la tierra, que fue subdividida y otorgada en arrendamientos. Se conformaron dos tipos de productores: las grandes sociedades especulativas –como la Patagonian Sheep Farming Company, que arrendaba unas 200.000 hectáreas– y las familias pioneras, cuyas unidades no superaban las 40.000 hectáreas.

La expansión de la ganadería ovina desde la región pampeana hacia el territorio patagónico inauguró una nueva etapa de desarrollo y organización rural en la zona. Además, se fundaron ciudades que se convirtieron en sedes del poder político y militar y, en un comienzo, crecieron a la par de las necesidades de las actividades rurales. En los valles fluviales de los ríos Negro y Chubut, la producción de ovinos se asoció con el cultivo extensivo de alfalfa. A mediados de la década de 1910, la introducción de sistemas de riego generó una revalorización de los suelos. Así, el Alto Valle del río Negro pudo orientar su actividad hacia la fruticultura y el área se dinamizó. Por otro lado, el descubrimiento de petróleo en Comodoro Rivadavia en 1907 generó una nueva dinámica en la región, que se consolidó en la década de 1940 mediante la configuración de una red de relaciones estructurada en torno a los recursos energéticos. A partir de la década de 1970, las políticas de promoción del sector industrial básico y de las inversiones extranjeras, la construcción de la central hidroeléctrica El Chocón, la ampliación de la red de oleoductos y gasoductos, el mejoramiento de la red vial y de las comunicaciones, las nuevas inversiones relacionadas con la producción primaria (frigoríficos, procesadoras de fruta, industrias pesqueras) y la creación de complejos industriales incrementaron la demanda de mano de obra e impulsaron el crecimiento urbano. Así, las provincias patagónicas se convirtieron en polos de atracción de migrantes, procedentes principalmente del norte argentino y de Chile. Sin embargo, esta dinámica de inversión y poblamiento no logró modificar el perfil económico de la región, basado en la producción y la comercialización de bienes primarios.

En la actualidad, la mayor parte de la población patagónica es urbana y se concentra en las capitales provinciales y en otras ciudades importantes (como Comodoro Rivadavia y Bariloche), en los valles inferiores de los principales ríos (Negro y Chubut) y en la costa atlántica. La población que vive en el campo y en los pueblos es muy reducida como consecuencia de las migraciones de las últimas tres décadas, que obedecieron, sobre todo, a los bajos precios de la lana durante el período 1992-2001. Las condiciones sociales en el mundo rural son muy diferentes según la zona. Mientras las áreas de meseta se caracterizan por la pobreza y los bajos índices de desarrollo humano, en los valles irrigados la situación social es sensiblemente mejor.

En la Patagonia, la estructura agraria presenta grandes contrastes: se registra una fuerte presencia de pequeños productores en las áreas de riego y, paralelamente, un reducido número de productores con grandes superficies en las zonas de secano dedicadas a la ganadería extensiva. Así, el 48% de los productores de la región no llegan a reunir el 1% de las tierras –que en general se localizan en las zonas de riego–, en tanto el 94% de la superficie está en manos del 30% de las explotaciones.

Más allá de las actividades energéticas e industriales, la actividad que estructuró el funcionamiento de toda la región, especialmente de las vastas mesetas y los valles, fue la ganadería ovina y la producción de lana, históricamente responsables de dinamizar la vida del campo y de los pueblos. La ganadería vacuna y caprina, en menor medida, también se desarrolló en toda la región, con diferentes grados de especialización según la capacidad productiva de cada área.

La producción agrícola de la región se destaca por el desarrollo de la hortifruticultura, en especial la producción de frutas en los valles irrigados y cordilleranos (manzanas, peras, frutas finas, avellanas, almendras, nueces, entre otras). La mayor parte de estos productos se destinan a la industria de procesamiento y empaque, que genera grandes volúmenes exportables de peras, manzanas y frutas finas. Gracias a numerosos proyectos de inversión puestos en marcha en Neuquén, Río Negro y Chubut, estas producciones tienden a concentrarse en una menor cantidad de empresas. Las hortalizas también tienen un importante desarrollo en los valles. En las mismas zonas de riego, en las dos últimas décadas emergió con fuerza la producción de uvas y la instalación de bodegas orientadas a la elaboración de vinos de calidad que, en muchos casos, se destinan a la exportación. En las zonas de secano del norte patagónico existe una reducida producción de cultivos anuales. El clima más templado y los suelos más aptos permiten el cultivo de algunas especies, como trigo y avena, y, en los últimos años, de girasol en las zonas irrigadas. La actividad forestal en la región es incipiente, con la explotación del bosque natural en Tierra del Fuego y el desarrollo de nuevas forestaciones en Chubut, Río Negro y Neuquén.

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15 November 2024
Volume:
185 p. 10 illustrations
ISBN:
9789878140070
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