Read the book: «El tiempo recobrado»
Título original francés: À la recherche du temps perdu VII. Le temps retrouvé.
© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO639
ISBN: 978-84-9056-194-2
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
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Índice
El tiempo recobrado
Notas
En aquella morada un poco demasiado de campo, que tan sólo parecía un lugar para la siesta entre dos paseos o durante un aguacero (una de esas moradas en las que cada uno de sus salones parece una pérgola y en los papeles pintados de cuyas habitaciones las rosas del jardín —en una— y los pájaros de los árboles —en la otra— nos han dado la bienvenida y nos hacen compañía o al menos nos mantienen aislados, pues se trataba de papeles viejos en los que cada uno de los pájaros y las rosas estaba lo bastante separado para que se pudiera —si hubiesen estado vivos— arrancar —las rosas— y —los pájaros— enjaular y domesticar, sin ninguna de esas grandes decoraciones de las alcobas actuales, en las que, sobre un fondo plateado, todos los manzanos de Normandía han ido a perfilarse con estilo japonés para alucinar las horas que permanecemos en la cama), pasaba yo todo el día, en mi cuarto, que daba a la hermosa vegetación del parque y las lilas de la entrada, a las verdes hojas de los grandes árboles al borde del agua, brillantes de sol, y al bosque de Méséglise. En una palabra, miraba todo aquello con gusto simplemente porque pensaba: «Es bonito tener tanta vegetación en la ventana de mi alcoba», hasta el momento en que en el vasto panorama verdoso reconocí —pintado, al contrario, de azul obscuro, simplemente porque quedaba más lejos— el campanario de la iglesia de Combray. No se trataba de una representación de aquel campanario, sino del campanario mismo, que, al poner así ante mi vista la distancia de los lugares y los años, había ido —en medio de la luminosa vegetación y con un tono muy distinto, tan obscuro, que casi parecía sólo dibujado— a inscribirse en el vano de mi ventana, y, si salía un momento de mi habitación, al final del pasillo, columbraba —por estar orientado de otro modo, como una faja de escarlata— el papel pintado de un saloncito que era una simple muselina, pero roja y lista para incendiarse, si la bañaba un rayo de sol.
Durante aquellos paseos, Gilberte me hablaba de Robert, quien se alejaba de ella, pero para acercarse a otras mujeres, y es cierto que había muchas en su vida y —como ciertas camaraderías masculinas para los hombres que gustan de las mujeres— con ese carácter de defensa en vano ofrecida y de lugar en vano usurpado que tienen en la mayoría de las casas los objetos que no pueden servir para nada. Vino varias veces a Tansonville, estando yo allí. Era muy diferente de cómo lo había conocido yo. Su vida no lo había ensanchado ni entorpecido, como al Sr. de Charlus, sino todo lo contrario, pues, al hacerle experimentar un cambio inverso, le había dado el desenvuelto aspecto de un oficial de caballería —y pese a que había presentado su dimisión en el momento de su boda— hasta un punto que nunca había tenido. A medida que el Sr. de Charlus se había ido entorpeciendo, Robert (y sin duda era infinitamente más joven, pero se tenía la sensación de que no dejaría de acercarse cada vez más a ese ideal con la edad, como ciertas mujeres que sacrifican, resueltas, su rostro a su talla y a partir de determinado momento ya no salen de Marienbad, por pensar que, al no poder conservar a la vez varias juventudes, la del tipo será una vez más la que más podrá representar las otras) se había vuelto más esbelto, más rápido, efecto contrario de un mismo vicio. Por lo demás, aquella velocidad tenía diversas razones psicológicas: el miedo a ser visto, el deseo de no parecer sentirlo, la febrilidad que nace del descontento de uno mismo y del hastío. Tenía la costumbre de acudir a ciertos lugares mal vistos, en los que, como no le gustaba que lo vieran entrar ni salir, se precipitaba para ofrecer a las miradas malévolas de hipotéticos transeúntes la menor superficie posible, como quien se lanza al asalto, y había conservado ese paso de ventolera. Tal vez esquematizara también éste la aparente intrepidez de quien quiere mostrar que carece de miedo y no quiere dejarse tiempo para pensar. Para que no falte nada, deberíamos tener en cuenta el deseo —cuanto más envejecía— de parecer joven e incluso la impaciencia de esos hombres siempre aburridos, siempre hastiados, que son demasiado inteligentes para la vida relativamente ociosa que llevan y en la que no se realizan sus facultades. Seguramente su propia ociosidad puede ser la causa de su dejadez, pero, sobre todo desde que el ejercicio físico goza de favor, la ociosidad ha cobrado una forma deportiva, aun fuera de las horas dedicadas al, deporte, y que se manifiesta en una vivacidad febril, supuestamente encaminada a no dejar tiempo ni lugar para que se desarrolle el aburrimiento, y ya no en dejadez.
Mi memoria —la propia memoria involuntaria— había perdido el amor de Albertine, pero parece existir una memoria involuntaria de los miembros, pálida y estéril imitación de la otra, que vive más tiempo, así como ciertos animales o vegetales ininteligentes viven más tiempo que el hombre. Las piernas y los brazos están llenos de recuerdos embotados. En cierta ocasión en que me había separado de Gilberte bastante temprano, me desperté en plena noche en la habitación de Tansonville y, medio dormido aún, llamé: «Albertine». No es que hubiera pensado en ella ni soñado con ella ni que la confundiese con Gilberte: es que una reminiscencia procedente de mi brazo me había hecho buscar a mi espalda el timbre, como en mi habitación de París, y, al no encontrarlo, había llamado: «¡Albertine!», creyendo que mi difunta amiga estaba acostada junto a mí, como hacía con frecuencia por las noches y nos quedábamos dormidos juntos y, al despertar, calculaba yo el tiempo que Françoise tardaría en llegar para que Albertine pudiera —sin imprudencia— llamar con el timbre, que yo no encontraba.
Al haberse vuelto Robert—al menos durante aquella fase enojosa— mucho más seco, ya no daba casi muestras para con sus amigos —por ejemplo, para conmigo— de la menor sensibilidad, y, en cambio, tenía con Gilberte apariencias de sensiblería que rayaban en la comedia y desagradaban. No era que, en realidad, Gilberte le resultara indiferente. No, la amaba, pero le mentía todo el tiempo; su índole de duplicidad —ya que no el fondo mismo de sus mentiras— quedaba perpetuamente al descubierto, conque sólo creía poder salir airoso exagerando hasta proporciones ridículas la tristeza real que sentía al hacer sufrir a Gilberte. Llegaba a Tansonville, obligado, según decía, a volver a marcharse la mañana siguiente para tratar un asunto con cierto señor del país que supuestamente iba a esperarlo en París y que, al ser visto precisamente aquella noche cerca de Combray, revelaba involuntariamente la mentira de la que Robert no lo había avisado, al decir que había acudido a descansar durante un mes y no volvería a París hasta entonces. Robert enrojecía, veía la sonrisa melancólica y orgullosa de Gilberte, se salía por la tangente insultándolo por metepatas, volvía a casa antes que su mujer, encargaba que le entregaran una nota desesperada en la que le decía que había dicho esa mentira para no apenarla, para que, al verlo volver a marcharse por una razón que no podía decirle, no creyera que no la amaba (y todo ello, aunque lo describiese como una mentira, era, en una palabra, verdad), después mandaba preguntar si podía entrar en la casa de ella y allí —a medias por tristeza real, a medias por exasperación ante aquella vida y a medias simulación cada día más audaz— sollozaba, se sumergía en agua fría, hablaba de su próxima muerte, a veces se tiraba al suelo, como si se encontrara mal. Gilberte no sabía en qué medida debía creerlo, lo suponía mentiroso en cada caso particular, pero de forma general se sentía amada y se preocupaba por aquel presentimiento de una muerte próxima, al pensar que tal vez tuviera una enfermedad de la que ella no estaba enterada y, por esa razón, no se atrevía a contrariarlo y pedirle que renunciara a sus viajes.
Por lo demás, yo comprendía con tanta menor razón a qué se debía que Morel fuese recibido como el hijo de la casa, junto con Bergotte, dondequiera que estuviesen los Saint-Loup: en París, en Tansonville. Morel imitaba a Bergotte de maravilla. Al cabo de un tiempo, ni siquiera fue necesario pedirle que hiciese una imitación. Como esos histéricos a los que ya no es necesario dormir para que se vuelvan tal o cual persona, entraba por sí solo de repente en el personaje.
Françoise, quien ya había visto todo lo que el Sr. de Charlus había hecho por Jupien y todo lo que Robert de Saint-Loup hacía por Morel, no sacaba la conclusión de que fuera un rasgo que reapareciese en ciertas generaciones entre los Guermantes, sino que, como Legrandin ayudaba mucho a Théodore, había acabado —ella, persona tan moral y tan cargada de prejuicios— creyendo que era una costumbre que su universalidad volvía respetable. Decía siempre de un joven, ya fuera Morel o Théodore: «Ha conocido a un señor que siempre se ha interesado por él y lo ha ayudado mucho». Y, como en semejantes casos los protectores son los que aman, los que sufren, los que perdonan, Françoise —entre ellos y los menores a los que corrompían— no vacilaba en atribuirles el papel más hermoso y un «corazón de oro». Censuraba a Théodore, que había hecho muchas faenas a Legrandin, y, sin embargo, parecía no poder abrigar dudas sobre la naturaleza de sus relaciones, pues añadía: «Entonces el joven ha comprendido que debía poner un poco de su parte y le ha dicho: “Lléveme consigo, lo querré mucho, lo mimaré mucho”, y la verdad es que ese señor tiene tan buen corazón, que Théodore puede estar seguro, desde luego, de encontrar junto a él tal vez mucho más de lo que merece, pues es una cabeza loca, pero ese señor es tan bueno, que con frecuencia he dicho a Jeannette (la novia de Théodore): “Mi niña, si alguna vez te encuentras en un apuro ve a ver a ese señor, que preferiría dormir en el suelo y cederte su cama. Ha querido demasiado al niño (Théodore) para ponerlo en la calle. Claro que no lo abandonará nunca”.».
Por cortesía, pregunté a su hermana el apellido de Théodore, que entonces vivía en el Mediodía. «Pero, ¡si fue él quien me escribió en relación con mi artículo para Le Figaro!», exclamé al enterarme de que se llamaba Sautton.
Asimismo, estimaba más a Saint-Loup que a Morel y consideraba que, pese a todas las faenas que el niño (Morel) había hecho, el marqués no lo dejaría nunca en un apuro, pues era un hombre que tenía demasiado buen corazón o, si no, sería porque le hubieran ocurrido a él mismo duros reveses.
Saint-Loup insistía para que yo me quedara en Tansonville y en cierta ocasión dejó escapar —aunque ya no procuraba visiblemente agradarme— que mi llegada había sido para su mujer una alegría tal, que, según le había dicho, había permanecido embargada de gozo toda una noche, una noche en que se sentía tan triste, que, al llegar de improviso, yo la había salvado milagrosamente de la desesperación, «y tal vez de algo peor», añadió. Me pedía que intentara convencerla de que él la amaba y me decía que pronto rompería con su amante de entonces, a quien amaba menos. «Y, sin embargo», añadía con tal fatuidad y tal necesidad de confianza, que a veces pensaba yo que el nombre de Charlie iba a «salir» —pese a Robert— como el número de una lotería, «tenía yo razones para sentirme orgulloso. Esa mujer que me da tantas pruebas de cariño y a quien voy a sacrificar por Gilberte, nunca había prestado atención a un hombre, se creía personalmente incapaz de enamorarse. Yo soy el primero. Yo sabía que se había resistido de tal modo a todo el mundo, que, cuando recibí la adorable carta en la que me decía que sólo conmigo podía haber felicidad para ella, yo no salía de mi asombro. Evidentemente, sería como para embriagarme, si no fuese porque la idea de ver a esa pobrecita de Gilberte anegada en llanto me resulta intolerable. ¿No crees que se parece un poco a Rachel?», me decía. Y, en efecto, me había llamado la atención un vago parecido que ahora se podía encontrar, si acaso, entre ellas. Tal vez se debiera a una similitud real de algunas facciones (debidas, por ejemplo, al origen hebraico, pese a ser tan poco marcado en Gilberte), por la cual Robert, cuando su familia había querido que se casara, se había sentido —en iguales condiciones de fortuna— más atraído por Gilberte. Se debía también a que Gilberte, por haber descubierto fotografías de Rachel, de la que hasta entonces ignoraba incluso el nombre, procuraba —para agradar a Robert— imitar ciertas costumbres caras a la actriz, como llevar siempre lazos rojos en el pelo o una cinta de terciopelo negro en el brazo y teñirse el pelo para parecer morena. Después, al tener la sensación de que sus penas le daban mala cara, intentaba remediarlo. A veces lo hacía desmesuradamente. Un día en que Robert iba a venir por la noche a pasar veinticuatro horas en Tansonville, me quedé estupefacto al verla acercarse a la mesa tan extrañamente distinta no sólo de como era en tiempos, sino también los días habituales, como si tuviese ante mí a una actriz, algo así como una Théodora. Tenía yo la sensación de mirarla demasiado fijamente, con mi curiosidad por saber en qué consistía el cambio. Por lo demás, no tardó ésta en quedar satisfecha, cuando se sonó la nariz y, pese a todas las precauciones con que lo hizo, vi —por todos los colores que quedaron en el pañuelo y que formaban una rica paleta— que estaba completamente pintada. A eso se debía su boca sangrante y que se esforzaba por presentar risueña, por creer que le sentaba bien, mientras que la proximidad de la llegada del tren, sin que Gilberte supiera si su marido se presentaría de verdad o si enviaría uno de esos telegramas cuyo modelo había fijado ingeniosamente el Sr. de Guermantes: «IMPOSIBLE IR. SIGUE MENTIRA», empalidecía sus mejillas bajo el sudor violeta del afeite y ponía un cerco a sus ojos.
«¡Ah! Mira», me decía él con una expresión voluntariamente tierna, que tanto contrastaba con su ternura espontánea de otro tiempo, con una voz alcohólica y modulaciones de actor, «¡no hay nada que yo no diera por ver a Gilberte feliz! Ha hecho tanto por mí. No puedes ni imaginártelo». Lo más desagradable en todo aquello era una vez más el amor propio, pues se sentía halagado por el amor que le prodigaba Gilberte y, sin atreverse a decir que a quien amaba era a Charlie, daba detalles sobre el supuesto amor del violinista por él, que —como bien sabía Saint-Loup, a quien Charlie pedía cada día más dinero— eran exagerados, si no totalmente inventados, y, tras confiarme a Gilberte, volvía a marcharse a París.
Por lo demás —y por adelantar un poco, ya que estoy aún en Tansonville—, en cierta ocasión tuve la oportunidad de columbrarlo —y desde lejos— en una reunión de la alta sociedad, en la que su habla, viva y encantadora pese a todo, me permitía recuperar el pasado; me llamó la atención cuánto estaba cambiando. Se parecía cada vez más a su madre, la actitud de esbeltez altiva que había heredado de ella y que ella había perfeccionado, en su casa, gracias a la educación más consumada, se exageraba, se petrificaba: la penetración de la mirada, propia de los Guermantes, le daba apariencia de inspeccionar todos los lugares por los que pasaba, pero de forma casi inconsciente, mediante algo así como una costumbre y particularidad animal. Incluso inmóvil, el color que era más suyo que de todos los Guermantes y que —de un simple efecto del sol en un día de oro— se había vuelto sólido, le daba como un plumaje tan extraño, hacía de él una especie tan poco común, tan preciosa, que inspiraba el deseo de poseerlo para una colección ornitológica, pero, además, cuando esa luz convertida en ave se ponía en movimiento, en acción, cuando, por ejemplo, veía a Robert de Saint-Loup entrar en una velada en la que me encontraba yo, hacía unos movimientos de cabeza —tan sedosa y orgullosamente encopetada bajo el airón de oro de su pelo, un poco desplumado— y de cuello ágiles, orgullosos y coquetos, tan impropios de los seres humanos, que, ante la curiosidad, a medias mundana y a medias zoológica, que inspiraba, había que preguntarse si nos encontrábamos en el Faubourg Saint-Germain o en el Jardín Botánico y si lo que contemplábamos era un gran señor que cruzaba un salón o un ave que se paseaba por su jaula. Por lo demás, todo aquel regreso a la volátil elegancia de los Guermantes de pico puntiagudo y ojos acerados estaba ahora al servicio de su nuevo vicio, que lo utilizaba a él mismo para disimular. Cuanto más lo utilizaba, más parecía lo que Balzac llama «mariquita». A poco que se recurriera a una pizca de imaginación, el gorjeo no se prestaba menos a esa interpretación que el plumaje. Empezaba a decir frases que consideraba propias del Gran Siglo clásico y con ello imitaba los usos de Guermantes, pero una indefinible cosita de nada hacía que se volvieran al mismo tiempo los del Sr. de Charlus. «Te dejo por un instante», me dijo en aquella velada en la que la Sra. de Marsantes estaba un poco más lejos. «Voy a hacer la corte un poquito a mi madre».
En cuanto a aquel amor del que no cesaba de hablarme, no era, por lo demás, sólo el inspirado por Charlie, si bien éste era el único que contaba para él. Sea cual fuere la clase de amores de un hombre, siempre nos equivocamos sobre el número de personas con las que tiene relaciones, porque interpretamos erróneamente como tales las amistades, lo que constituye un error por añadidura, pero también porque creemos que una relación demostrada excluye otra, lo que constituye otra clase de error. Dos personas pueden decir: «A la amante de X... yo la conozco», pronunciar dos nombres diferentes y no equivocarse ni una ni la otra. Una mujer a la que amamos raras veces basta para todas nuestras necesidades y la engañamos con una mujer a la que no amamos. En cuanto a la clase de amores que Saint-Loup había heredado del Sr. de Charlus, un marido que siente esa inclinación suele hacer feliz a su mujer. Se trata de una regla general a la que los Guermantes encontraban el medio para constituir una excepción, porque quienes sentían esa inclinación querían hacer creer que tenían, al contrario, la de las mujeres. Se exhibían con una u otra y desesperaban a la suya. Los Courvoisier hacían un uso más prudente de ella. El joven vizconde de Courvoisier se creía el único en la Tierra y desde el origen del mundo en sentirse tentado por alguien de su mismo sexo. Por suponer que debía esa inclinación al diablo, luchó contra ella, se casó con una mujer arrebatadora y le hizo hijos. Después se enteró —gracias a uno de sus primos, quien tuvo la bondad de llevarlo incluso a lugares en los que podía satisfacerla— de que se trataba de una inclinación bastante extendida. No por ello dejó de amar aún más a su mujer el Sr. de Courvoisier e intensificó su celo prolífico, por lo que ella y él eran citados como el mejor matrimonio de París. No se decía lo mismo precisamente del de Saint-Loup, porque Robert, en lugar de contentarse con la inversión, hacía morir de celos a su mujer, al mantener, sin placer, a amantes.
Es posible que Morel, por ser excesivamente moreno, fuera necesario a Saint-Loup como la sombra lo es al rayo de sol. No cuesta el menor trabajo imaginar en esa familia tan antigua a un gran señor rubio dorado, inteligente, dotado de todos los prestigios y que oculta en el fondo de la bodega un gusto secreto, ignorado por todo el mundo, por los negros.
Por lo demás, Robert no dejaba nunca que la conversación versara sobre esa clase de amores suyos. Si yo decía una palabra al respecto: «¡Ah! No sé nada», respondía con una indiferencia tan profunda, que dejaba caer su monóculo, «no tengo la menor idea sobre esas cosas. Si deseas informaciones al respecto, querido, te aconsejo que te dirijas a otro. Yo soy un soldado y se acabó. Siento tanta indiferencia por esas cosas como pasión por la guerra de los Balcanes. En tiempos eso te interesaba: la etimología de las batallas. Entonces te decía yo que volveríamos a ver, incluso en las condiciones más diferentes, las batallas típicas: por ejemplo, el gran intento de envolvimiento por el ala, la batalla de Ulm. Pues, mira, por singulares que sean esas guerras de los Balcanes, la de Lule Burgas es una vez más como la de Ulm: el envolvimiento por el ala. Ésos son los temas de los que podemos hablar, pero esas cosas a las que te refieres son sánscrito para mí».
En cambio, Gilberte, hablando conmigo, abordaba con gusto esos asuntos que Robert desdeñaba así: no, desde luego, en relación con su marido, pues lo ignoraba o fingía ignorarlo todo, pero se extendía con gusto sobre ellos en relación con otras personas, ya fuera porque los considerase algo así como una excusa indirecta para Robert o porque éste, dividido, como su tío, entre un silencio severo para con esos asuntos y una necesidad de desahogarse y murmurar, la hubiera instruido en gran medida. De entre todos, el Sr. de Charlus no se salvaba; seguramente Robert, sin hablar de Charlie a Gilberte, no podía por menos de repetir a ésta, de una forma o de otra, lo que el violinista, quien perseguía a su antiguo benefactor con odio, le había contado. Esas conversaciones, a las que Gilberte era tan aficionada, me permitieron preguntarle si, en un género diferente, Albertine, cuyo nombre había oído yo por primera vez gracias a ella, cuando eran amigas del mismo curso, tenía esa inclinación. Gilberte no pudo darme esas informaciones. Por lo demás, ya hacía mucho que había dejado de ofrecer interés alguno para mí, pero yo seguía indagando maquinalmente al respecto, como un viejo que haya perdido la memoria y pregunte de vez en cuando por su hijo, ya fallecido.
Lo que es curioso —y sobre lo que no puedo extenderme— es hasta qué punto todas las personas a las que amaba Albertine, todas las que habrían podido hacer con ella lo que hubieran querido, hacia aquella época pidieron, imploraron, mendigaron —me atrevería a decir—, a falta de mi amistad, algún tipo de relación conmigo. Ya no habría sido necesario ofrecer dinero a la Sra. Bontemps para que me devolviera a Albertine. Aquel regreso de la vida, por producirse cuando ya no servía para nada, me entristecía profundamente, no por Albertine, a quien no me daba placer recibir, si me la hubieran devuelto —no ya de Turena, sino— del otro mundo, sino por una joven a la que yo amaba y a la que no conseguía llegar a ver. Pensaba yo que, si ella muriera o si yo dejase de amarla, todos los que habrían podido acercarme a ella aparecerían ante mis ojos. Entretanto, intentaba en vano influirles, por no haberme curado con la experiencia, gracias a la cual debería haber sabido yo —si es que alguna vez ésta enseñaba algo— que amar es una fatalidad, como las que se dan en los cuentos, contra la cual nada se puede hacer hasta que haya cesado el encantamiento.
«Precisamente el libro que tengo aquí habla de esas cosas», me dijo. (Hablé a Robert de aquel misterioso: «Nos habríamos entendido bien». Declaró no recordarlo y que, en cualquier caso, no había tenido sentido particular alguno.)
«Es un viejo Balzac que estoy estudiando para ponerme a la altura de mis tíos: La muchacha de los ojos de oro, pero es absurdo, inverosímil, una auténtica pesadilla. Por lo demás, una mujer tal vez pueda ser vigilada así por otra mujer, nunca por un hombre». «Te equivocas, yo conocí a una mujer a quien un hombre que la amaba había logrado de verdad secuestrar; nunca podía ver a nadie y sólo podía salir con servidores muy fieles».
«Pues bien, eso debería horrorizarte a ti, que eres tan bueno. Precisamente, Robert y yo, al hablar de eso, pensamos que deberías casarte. Tu mujer te curaría y tú la harías feliz». «No, porque tengo demasiado mal carácter». «¡Qué idea más absurda!». «¡Te lo aseguro! Por lo demás, estuve prometido, pero no pude decidirme a casarme (y ella misma renunció, por mi carácter indeciso y pendenciero)». En efecto, de esa forma demasiado simplista juzgaba yo mi aventura con Albertine, al verla ya sólo desde fuera.
Al volver a subir a mi habitación, me sentía triste por no haber ido una sola vez a ver de nuevo la iglesia de Combray, que parecía esperarme, en medio de la vegetación, en una ventana totalmente violácea. Yo pensaba: «Es igual, otro año lo haré, si no muero de aquí a entonces», al no ver otro obstáculo que mi muerte y no imaginar la de la iglesia, que me parecía haber de durar mucho tiempo después de ella, como lo había hecho mucho tiempo antes de mi nacimiento.
Sin embargo, un día hablé a Gilberte de Albertine y le pregunté si le gustaban las mujeres. «¡Oh! De ningún modo». «Pero en tiempos decías que tenía malas inclinaciones». «¿Qué yo dije eso? Debes de estar equivocado. En todo caso, si lo dije —pero te equivocas— me refería, al contrario, a amoríos con muchachos. Por lo demás, a aquella edad probablemente no llegara demasiado lejos». ¿Me diría Gilberte aquello para ocultarme que a ella misma le gustaban, según me había dicho Albertine, las mujeres y se había insinuado a Albertine? ¿O bien —pues los demás están con frecuencia mejor informados de lo que creemos sobre nuestra vida— sabría que yo había amado a Albertine y había estado celoso de ella y —como los demás pueden saber más verdades sobre nosotros de lo que creemos, pero extenderlas también demasiado lejos y caer en el error por suposiciones excesivas, mientras que nosotros los considerábamos equivocados por falta de suposición alguna— se imaginaría que yo seguía estándolo y me ponía sobre los ojos, por bondad, ese velo que siempre se tiene listo y a mano para los celosos? En todo caso, las palabras de Gilberte —desde «la mala inclinación» de otro tiempo hasta el certificado de buena conducta del presente— seguían una marcha inversa de las afirmaciones de Albertine, quien casi había acabado confesando relaciones a medias con Gilberte. Albertine me había asombrado a ese respecto, como sobre lo que me había dicho Andrée, pues lo primero que yo había creído sobre toda aquella pandilla, antes de conocerla, había sido sobre su perversidad; me había dado cuenta de mis falsas suposiciones, como con tanta frecuencia sucede cuando encontramos a una muchacha honesta y casi ignorante de las realidades del amor en el medio que habíamos creído erróneamente más depravado. Después, había yo recorrido de nuevo el camino en sentido contrario y había vuelto a considerar verdaderas mis suposiciones del comienzo, pero, ¿habría querido tal vez Albertine decirme aquello para parecer más experta de lo que era y para deslumbrarme en París con el prestigio de su perversidad, como la primera vez en Balbec con el de su virtud, y, cuando yo le había hablado de las mujeres a las que gustaban las mujeres, simplemente para no parecer ignorar de qué se trataba, así como en una conversación adoptamos apariencia de entendidos, si se habla de Fourier o de Tobolsk, aunque no sepamos lo que son? Tal vez hubiera vivido cerca de la amiga de la Srta. Vinteuil y de Andrée y separada por una mampara estanca de ellas, quienes creían que «no entendía»,[1] se hubiese informado después —así como una mujer que se casa con un hombre de letras intenta cultivarse— simplemente para complacerme volviéndose apta para responder a mis preguntas, hasta el día en que había comprendido que estaban inspiradas por los celos y había dado marcha atrás: a no ser que hubiera sido Gilberte quien me hubiese mentido. Se me ocurrió incluso la idea de que, por haberse enterado por ella, durante un coqueteo que hubiese orientado en el sentido en que le interesaba, de que no detestaba a las mujeres, era por lo que Robert la había desposado, con la esperanza de experimentar placeres que no había podido recibir en casa, puesto que iba a buscarlos fuera de ella. Ninguna de esas hipótesis era absurda, pues entre mujeres como la hija de Odette o las muchachas de la panda hay tal diversidad, tal cúmulo de gustos alternos, si es que no son simultáneos, que pasan con facilidad de una relación con una mujer a un gran amor a un hombre, por lo que resulta difícil determinar el gusto real y predominante.
No quise pedir prestado a Gilberte su Muchacha de los ojos de oro, puesto que estaba leyéndolo, pero me prestó —para leer antes de dormir aquella última noche que pasé en su casa— un libro que me causó una impresión bastante intensa y confusa, pero no duradera. Era un volumen del diario inédito de los Goncourt.
Y, cuando, antes de apagar la vela, leí el pasaje que transcribo más abajo, mi falta de disposiciones para las letras, presentida en tiempos por la parte de Guermantes y confirmada durante aquella estancia de la que aquella noche —noche de vísperas de partida en que, al cesar el embotamiento de las costumbres que van a acabar, intentamos juzgarnos— era la última, me pareció algo menos lamentable, como si la literatura no revelara una verdad profunda, y al mismo tiempo me resultaba triste que la literatura no fuera lo que yo había creído. Por otra parte, si las cosas bellas de las que hablan los libros no lo eran más de lo que yo había visto, menos lamentable me parecía el estado enfermizo que iba a confinarme en una casa de reposo, pero, como aquel libro hablaba de ellas, sentía —en virtud de una contradicción extraña— deseos de verlas. Éstas son las páginas que leí hasta que la fatiga me cerró los ojos:
«Anteayer se presenta aquí, para llevarme a cenar a su casa, Verdurin, el antiguo crítico de La Revue, el autor de ese libro sobre Whistler en el que la factura, el coloreo artístico, del original americano están en verdad presentados a menudo con gran delicadeza por el amante de todos los refinamientos, de todas las preciosidades de la cosa pintada, que es Verdurin, y, mientras me visto para seguirlo, me llega de él todo un relato en el que hay a veces como el deletreo atemorizado de una confesión sobre la renuncia a escribir, nada más casarse con la “Madeleine” de Fromentin, debida, al parecer, al hábito de la morfina y que parece haber tenido el efecto, según Verdurin, de que la mayoría de los asiduos al salón de su mujer ni siquiera sepan, al parecer, que el marido haya escrito jamás y le hablan de Charles Blanc, de Saint-Victor, de Sainte-Beuve, de Burty como de individuos a los cuales lo consideran totalmente inferior. “A ver, usted, Goncourt, sabe de sobra y Gautier lo sabía también que mis Salones eran muy distintos de esos lamentables Maestros de antaño considerados una obra maestra en la familia de mi mujer”. Después, en un crepúsculo en el que cerca de las torres del Trocadero se ve como el último encendido de un fulgor que las convierte en torres absolutamente idénticas a las untadas de jalea de grosella de los antiguos pasteleros, la charla continúa en el coche que debe conducirnos al Quai Conti, donde se encuentra su palacio, que, según su propietario, es la antigua morada de los embajadores de Venecia y alberga, al parecer, un fumadero del que me habla Verdurin como de una sala transportada tal cual, al modo de Las mil y una noches, desde un célebre palazzo —cuyo nombre he olvidado— en el que se encuentra el brocal del pozo que representa una coronación de la Virgen, que, según sostiene Verdurin, es absolutamente del más hermoso Sansovino y sirve, al parecer, para que los invitados echen la ceniza de sus puros. Y la verdad es que, cuando llegamos, con una glauca y difusa luz de luna en verdad semejante a aquellas con las que la pintura clásica abriga Venecia y sobre la cual la cúpula perfilada del Instituto recuerda a la Salute en los cuadros de Guardi, siento un poco la ilusión de estar al borde del Gran Canal, alimentada por la construcción del palacio, desde cuyo primer piso no se ve el muelle, y por las palabras del señor de la casa al afirmar que el nombre de la Rue du Bac parece proceder —¡que me lleve el diablo, si se me ha ocurrido jamás!— de la chalana en la que las religiosas de otro tiempo, las Miramiones, se dirigían a los oficios de Notre-Dame. Todo un barrio por el que vagó mi infancia, cuando mi tía de Courmont vivía en él, y del que me siento enamorado de nuevo, al volver a ver, casi contiguo al palacio de los Verdurin, el rótulo del Petit Dunkerque, una de las pocas tiendas que sobreviven de las viñetas debidas al lápiz y los barnices de Gabriel de Saint-Aubin y a las que el siglo XVIII acudía, curioso, a sentarse en sus momentos de ociosidad para el comercio de preciosidades francesas y extranjeras y “todo lo más nuevo que producen las artes” de ese Petit Dunkerque, factura de la que Verdurin y yo somos los únicos —creo— en poseer una prueba y que es sin duda una de las volantes obras maestras de papel ornamentado en el que el reino de Luis XV hacía sus cuentas, con su membrete que representa un mar rebosante de olas y cargado de navíos, un mar con olas que parecen de una ilustración en la edición de los Fermiers Généraux de “La ostra y los litigantes”. La señora de la casa, que va a situarme a su lado, me dice amablemente haber floreado su mesa sólo con crisantemos japoneses, pero dispuestos en jarrones que son, al parecer, rarísimas obras de arte, uno de ellos hecho con un bronce en el que pétalos de cobre rojizo resultan ser, al parecer, el vivo deshoje de la flor. Ahí están Cottard, el doctor, su mujer, el escultor polaco Viradobetski, Swann el coleccionista, una gran señora rusa, princesa de apellido acabado en -of, para mí desconocido, y Cottard me susurra al oído que parece haber sido ella quien disparó a bocajarro contra el archiduque Rodolfo y, según la cual, yo tengo, al parecer, en Galicia y en todo el norte de Polonia una situación absolutamente excepcional, una joven que nunca accede a prometer su mano sin saber si su prometido es un admirador de La Faustin. “Ustedes, los occidentales, no pueden entender eso”, suelta a modo de conclusión la princesa, que me da la impresión, la verdad, de una inteligencia totalmente superior, “esa penetración por parte de un escritor de la intimidad de la mujer”. Un hombre con la barbilla y los labios afeitados y patillas de jefe de comedor, que suelta con tono de condescendencia chistes de profesor adjunto en una reunión con los primeros de su clase con motivo de San Carlomagno, resulta ser Brichot, el universitario. Ante mi nombre, pronunciado por Verdurin, no dice ni palabra sobre si conoce nuestros libros, lo que despierta en mí desánimo y cólera por la conspiración que organiza contra nosotros la Sorbona, al traer hasta la amable morada en que me festejan la contradicción, hostil, de un silencio voluntario. Pasamos a la mesa y entonces se sucede un extraordinario desfile de platos que son lisa y llanamente obras maestras del arte de la porcelana, aquel sobre el cual, durante un almuerzo delicado, un aficionado escucha, con la atención lisonjeada y la mayor complacencia, la palabrería de artista: platos de los Yung Ching, con color de capuchina en los bordes, con el azulado, el deshoje turgente, de sus iris de agua, con la travesía, en verdad decorativa, por la aurora —de tonos totalmente matinales y que vislumbra cotidianamente, en el bulevar Montmorency, mi despertar— de un vuelo de martines pescadores y grullas, platos de Sajonia, más delicados por la gracia de su factura, con el adormecimiento, la anemia, de sus rosas tirando a violeta, con el despedazamiento burdeos de un tulipán, con el rococó de un clavel o de un miosotis; platos de Sèvres, enrejados por el fino entrecruzado de sus acanaladuras blancas, verticiladas de oro, o que anuda, sobre la cremosa lisura de la pasta, el galano relieve de una cinta de oro; por último, toda una platería por la que se extienden esos mirtos de Luciennes que reconocería la Dubarry. Y lo que tal vez sea igualmente poco común es la calidad —en verdad de lo más notable— de las cosas servidas en ellos: un manjar finamente cocido a fuego lento, todo un estofado como los parisinos ya no disfrutarán jamás —hay que decirlo bien alto— en las mayores cenas y que me recuerda a ciertos cordons bleus de Jean d’Heurs. Ni siquiera el foie gras tiene nada que ver con la sosa espuma que se suele servir con ese nombre y no conozco demasiados lugares en los que la simple ensalada de patatas esté hecha —así— con patatas de una firmeza propia de botones de marfil japoneses, el patinado de esas cucharitas de marfil con las que los chinos vierten el agua sobre el pez recién pescado. En el vaso de Venecia que tengo delante de mí, vierte una rica joyería de rojos un extraordinario léoville comprado en la subasta del Sr. de Montaliver y constituye una diversión para la imaginación del ojo y también —no temo decirlo— para la de lo que en tiempos se llamaba el gaznate ver traer una barbada que nada tiene que ver con las —tan poco frescas— que se sirven en las mesas más lujosas y que con los retrasos del viaje han cobrado el modelado en el lomo de sus raspas y servida —no con el engrudo que con el nombre de salsa blanca preparan tantos chefs de casas grandes, sino— con la verdadera salsa blanca hecha con mantequilla de a cinco francos la libra en un maravilloso plato Ching Hon, atravesado por las purpúreas estrías de un ocaso sobre un mar por el que pasa la chistosa navegación de un banco de langostas con su puntillismo grumoso tan extraordinariamente plasmado, que parecen haber sido moldeadas sobre caparazones vivos, y cuyo borde representa la pesca con caña por un chinito de un pez que es un encanto de color anacarado por el azulino plateado de su vientre. Cuando hablo a Verdurin del delicado placer que debe de ser para él ese refinado condumio en esa colección como ningún príncipe posee en el momento actual detrás de sus vitrinas, “ya se ve que no lo conoce usted”, me suelta, melancólica, la señora de la casa y me habla de su marido como de un original maníaco, indiferente a todas esas preciosidades, “un maníaco”, repite, “sí, eso mismo”, un maníaco al que apetecería más bien una botella de sidra, bebida en el frescor un poco encanallado de un caserío normando, y esa encantadora mujer, de lengua en verdad amorosa y con las coloraciones de una campiña, nos habla con un entusiasmo desbordante de esa Normandía en la que han vivido y que es, al parecer, un inmenso parque inglés, con la fragancia de sus altos oquedales a lo Lawrence, con el terciopelo de criptomeria en su borde aporcelanado de hortensias rosa de sus céspedes naturales, con el revoltijo de rosas azufradas cuya caída sobre una puerta de campesinos, en la que la incrustación de dos perales enlazados simula una enseña totalmente ornamental, recuerda a la libre caída de una rama florecida en el bronce de un adorno de Gouthière, una Normandía totalmente insospechada, al parecer, por los parisinos de vacaciones y a la que protege la barrera de cada uno de sus cercados, barreras —todas ellas— que, según me confiesan los Verdurin, no han dejado de levantar. Al final del día, con el decaer somnoliento de todos los colores, en el que la luz sólo procedía, al parecer, de un mar casi cuajado con el azulado del suero (“¡Qué va! Nada tiene que ver con el mar que usted conoce”, protesta, frenética, mi vecina, en respuesta a mi afirmación de que Flaubert nos había llevado, a mi hermano y a mí, a Trouville, “nada, absolutamente nada, tendrá que venir conmigo; si no, nunca lo conocerá”), volvían a casa, a través de auténticos bosques de flores de tul rosa que formaban los rododendros, totalmente embriagados por el olor de las conserverías de sardinas que daban a su marido abominables ataques de asma: “Sí”, insiste, “así mismo: auténticos ataques de asma”. Y el verano siguiente volvían y alojaban a toda una colonia de artistas en una admirable morada medieval que les brindaba un antiguo claustro alquilado por una miseria. Y la verdad es que, al oír a esa mujer que, pese a haber pasado por tantos medios distinguidos, ha conservado en su habla un poco de la crudeza de la de una mujer del pueblo, un habla que te muestra las cosas con el color que nuestra imaginación ve en ellas, se me hace la boca agua con la vida que me confiesa haber hecho —cada cual trabajando en su celda— allí y a cuyo salón, tan vasto, que contaba con dos chimeneas, todo el mundo acudía antes de almorzar para entregarse a charlas totalmente superiores, mezcladas con jueguecitos, y que me recuerda a la que evoca esa obra maestra de Diderot que son las Cartas a la señorita Volland. Después, tras el almuerzo, todo el mundo salía, incluso en los días lluviosos, al reaparecer el sol, la irradiación de un aguacero, que liberaba con su filtración luminosa las nudosidades de un magnífico arranque de hayas centenarias, gracias al cual se veía delante de la verja el hermoso vegetal al que tan aficionado fue el siglo XVIII, y de arbustos que, como capullos florecientes en la suspensión de sus ramas, tenían gotas de lluvia. Se detenían a escuchar el delicado chapoteo, enamorado de frescor, de un pardillo que se bañaba en la linda bañera minúscula de Ninfemburgo que es la corola de una rosa blanca. Y, cuando hablo a la Sra. Verdurin de los paisajes y las flores de allí delicadamente retratados en pastel por Elstir, me suelta con un alzamiento colérico de la cabeza: “Pero, ¡si fui yo quien le dio a conocer todo eso —¿me oye usted?—: todo, los rincones curiosos, todos los motivos, se lo dije en la cara, cuando nos dejó, ¿verdad, Auguste?, todos los motivos que pintó! Los objetos siempre los conoció —eso, para ser justos, hay que reconocerlo—, pero las flores nunca las había visto, no sabía distinguir una altea de una malvarrosa. Fui yo quien le enseñó a reconocer —no va usted a creerme— el jazmín”. Y no deja de ser curioso —hemos de confesarlo— que el pintor de las flores al que los amantes del arte nos citan hoy como el primero, superior incluso a Fantin-Latour, tal vez nunca habría sabido, sin esta mujer de aquí, pintar un jazmín. “Sí, palabra, el jazmín; todas las rosas que pintó eran de mi casa o, si no, se las llevaba yo. En casa sólo lo llamábamos señor Tiche; pregunte a Cottard, a Brichot, a todos los demás, si lo tratábamos aquí como a un gran hombre. Él mismo se habría reído. Yo le enseñaba a disponer sus flores y al principio no lo conseguía. Nunca supo hacer un ramillete. Carecía de gusto natural para elegir, tenía yo que decirle: ‘No, no pinte eso, no vale la pena: pinte esto’. ¡Ah! Si nos hubiera escuchado también para organizar su vida como para la disposición de sus flores, ¡y si no hubiese caído en aquel desastroso matrimonio!”. Y bruscamente, con los ojos febriles por la absorción de un ensueño vuelto hacia el pasado, con el manoseo nervioso, mediante el alargamiento maníaco de sus falanges, de la borlita de las mangas de su blusa, surge el contoneo de su pose dolorida, como un admirable cuadro que nunca —creo yo— ha sido pintado y en el que se verían toda la rebelión contenida, todas las susceptibilidades iracundas, de una amiga ultrajada en las delicadezas, en el pudor, de una mujer. Acto seguido, nos habla del admirable retrato que Elstir hizo para ella, el de la familia Cottard, que donó al Luxemburgo cuando riñó con el pintor, y confiesa que fue ella quien brindó a éste la idea de representar al hombre con frac para obtener todo ese hermoso burbujeo de la blanca pechera y quien eligió la bata de terciopelo de la mujer, que resalta entre el parpadeo de los matices claros de las alfombras, las flores, los frutos, las batas de gasa de las hijas, parecidas a faldillas de bailarinas. Al parecer, fue también ella quien brindó la idea de ese peinado, después atribuido al artista, y que consistía, en una palabra, en no pintar a la mujer arreglada, sino sorprendida en la intimidad de su vida diaria. “Yo le decía: ‘Pero, ¡si es que en la mujer que está peinándose, que está lavándose la cara, que está calentándose los pies, cuando no cree ser vista, hay una infinidad de movimientos interesantes, movimientos de una gracia totalmente leonardesca!’”.
»Pero, a una señal de Verdurin, que indicaba como malsano el despertar de aquellas indignaciones para el manojo de nervios que parece ser, en el fondo, su mujer, Swann me hizo admirar el collar de perlas negras que llevaba la señora de la casa, compradas por ella, totalmente blancas, en la subasta de un descendiente de la Sra. de La Fayette, a quien se las había regalado, al parecer, Enriqueta de Inglaterra, y ennegrecidas a consecuencia de un incendio que destruyó una parte de la casa de los Verdurin en una calle cuyo nombre ya no recuerdo, después del cual se encontró el cofrecito en el que se encontraban, pero ya totalmente negras. “Y conozco su retrato, de esas perlas, en los propios hombros de la señora de La Fayette, sí, exactamente, su retrato”, insiste Swann ante las exclamaciones de los comensales un poco pasmados, “su retrato auténtico, en la colección del duque de Guermantes”, que no tiene igual en el mundo entero —proclama Swann— y que yo debería ir a ver, heredada por el célebre duque, su sobrino preferido, de la Sra. de Beausergent, su tía, después Sra. de Hatzfeldt, la hermana de la marquesa de Villeparisis y de la princesa de Hannóver, donde mi hermano y yo tanto la quisimos bajo los rasgos del chiquillo llamado Basin, nombre de pila, en efecto, del duque. En ese momento, el doctor Cottard, con una finura que revela en él al hombre totalmente distinguido, vuelve sobre la historia de las perlas y nos informa de que catástrofes de esa clase producen en el cerebro de las personas alteraciones totalmente idénticas a las que se advierten en la materia inanimada y cita —de forma en verdad más filosófica que muchos médicos— al propio ayuda de cámara de la Sra. Verdurin, quien, con el espanto de aquel incendio en el que estuvo a punto de perecer, se había vuelto otro hombre y su caligrafía había cambiado tanto, que sus señores —entonces en Normandía— confundieron la primera carta suya con el engaño de un farsante y es que no se trataba simplemente de otra caligrafía, según Cottard, quien afirma que, de abstemio que era aquel hombre se había vuelto tan abominablamente borracho, que la Sra. Verdurin se había visto obligada a despedirlo. Y, a una graciosa señal de la señora de la casa, la sugestiva disertación pasa del comedor al fumadero veneciano, en el que Cottard nos cuenta haber presenciado verdaderos desdoblamientos de la personalidad y nos cita el caso de uno de sus enfermos que se ofrece amablemente a traerme a casa y a quien bastaría con tocarle las sienes para despertarlo a una segunda vida, durante la cual no recuerda, al parecer, nada de la primera, hasta el punto de que, siendo un hombre muy honrado en ésta, ha sido, al parecer, detenido varias veces por robos cometidos en la otra, en la que parece ser simplemente un abominable bribón, tras lo cual la Sra. Verdurin observa con finura que la medicina podría brindar temas más verdaderos a un teatro en el que la comicidad del embrollo descansara en errores patológicos, cosa que, burla burlando, mueve a la Sra. Cottard a contar que un tema totalmente semejante utilizó un narrador, favorito de las veladas de sus hijos, el escocés Stevenson, nombre que pone en boca de Swann esta afirmación perentoria: “Pero si se trata sin la menor duda de un gran escritor, Stevenson, se lo aseguro, señor de Goncourt, uno muy grande, equiparable con los más grandes”. Y, cuando, con mi maravilla ante el techo artesonado u adornado con escudos, procedentes del antiguo palazzo Barberini, de la sala en la que fumamos, doy a entender mi desagrado ante el ennegrecimiento progresivo de cierta pila por la ceniza de nuestros habanos, después de que Swann contara que manchas semejantes en los libros que pertenecieron a Napoleón I y poseídos, pese a sus opiniones antibonapartistas, por el duque de Guermantes, atestiguan que el Emperador mascaba tabaco, Cottard, quien resulta ser un curioso en verdad penetrante en todo, declara que esas manchas en modo alguno se deben a eso —“pero, vamos, es que en modo alguno”, insiste con autoridad—, sino a la costumbre que tenía de llevar siempre en la mano, incluso en los campos de batalla, pastillas de regaliz para calmar sus dolores de hígado. “Pues tenía una enfermedad hepática, que fue la causa de su muerte”, concluye el doctor».
Aquí me detuve, pues partía el día siguiente y, por lo demás, era la hora en que me reclamaba el otro amo a cuyo servicio estamos todos los días durante la mitad de nuestro tiempo. La tarea que nos impone la cumplimos con los ojos cerrados. Todas las mañanas nos devuelve a nuestro otro amo, pues sabe que, si no, no cumpliríamos bien con la suya. Apenas acabada la tarea, los más astutos, curiosos —cuando nuestro entendimiento ha vuelto a abrir los ojos— por saber lo que hemos podido hacer en casa del amo que tumba a sus esclavos antes de imponerles un trabajo precipitado, intentan subrepticiamente mirar, pero el sueño les gana por la mano para hacer desaparecer las huellas de lo que les gustaría ver y desde hace tantos siglos no sabemos gran cosa al respecto.
Conque cerré el diario de los Goncourt. ¡Prestigio de la literatura! Me habría gustado volver a ver a los Cottard, preguntarles por tantos detalles sobre Elstir, ir a ver la tienda del Petit Dunkerque, si aún existía, pedir permiso para visitar ese palacio de los Verdurin, en el que había cenado yo, pero sentía un vago desconcierto. Cierto es que yo nunca me había ocultado a mí mismo que no sabía escuchar ni —cuando dejaba de estar solo— mirar. Una anciana no mostraba a mis ojos ninguna clase de collar de perlas y lo que contaban al respecto no entraba en mis oídos. Aun así, a aquellas personas las había conocido yo en la vida cotidiana, había cenado con frecuencia en su casa; eran los Verdurin, el duque de Guermantes, los Cottard, todos y cada uno de ellos me habían parecido tan comunes y corrientes como a mi abuela ese Basin de quien no sospechaba que fuera el sobrino querido, el joven héroe delicioso, de la Sra. de Beausergent, todos y cada uno de ellos me habían parecido sosos; recordaba las innumerables vulgaridades que encerraban todos y cada uno de ellos...
¡Y que todo eso haga un astro de noche!
Decidí dejar provisionalmente de lado las objeciones contra la literatura que habían podido inspirarme las páginas de Goncourt leídas la víspera de mi partida de Tansonville. Por lo demás, aun dejando de lado el índice de ingenuidad que resulta llamativo en ese memorialista, podía tranquilizarme desde diversos puntos de vista. En primer lugar, por lo que me concernía personalmente, mi incapacidad para mirar y escuchar, que el diario citado había ilustrado tan penosamente para mí, no era, sin embargo, total. Había en mí un personaje que sabía, más o menos bien, mirar, pero era un personaje intermitente, que sólo volvía a cobrar vida cuando se manifestaba alguna esencia general, común a varias cosas, que constituía su alimento y su gozo. Entonces el personaje miraba y escuchaba, pero a cierta profundidad sólo, por lo que la observación no sacaba provecho de ello. Como a un geómetra que, al despojar las cosas de sus cualidades sensibles, sólo ve su substrato lineal, lo que contaban las personas se me escapaba, pues lo que me interesaba no era lo que querían decir, sino la forma como lo decían, en cuanto que revelaba su carácter o sus ridiculeces, o más bien era un objeto que siempre había sido más en particular el de mi investigación, porque me daba un placer específico, el punto en común a una persona y a otra. Sólo cuando lo columbraba, se lanzaba repentina y gozosamente mi entendimiento —hasta entonces adormilado, incluso tras mi aparente actividad conversadora, cuya animación ocultaba a los demás un total entumecimiento mental— a la caza, pero lo que perseguía entonces —por ejemplo, la identidad del salón Verdurin en diversos lugares y tiempos— estaba situado a media profundidad, allende la apariencia misma, en una zona un poco más retirada. Por eso, el encanto aparente, copiable, de las personas se me escapaba, porque no tenía la facultad de detenerme en él, como un cirujano que, bajo la lisura de un vientre de mujer, viese el mal interno que lo roe. Por mucho que cenara fuera de casa, no veía yo a los comensales, porque, cuando creía mirarlos, los radiografiaba.
El resultado era el de que, al reunir todas las observaciones que había podido hacer en una cena sobre los comensales, el dibujo de las líneas trazadas por mí representaba un conjunto de leyes psicológicas en el que el interés propio que había presentado en sus parlamentos el comensal no ocupaba casi ningún lugar, pero, ¿quitaba eso todo mérito a mis retratos, puesto que yo no los consideraba tales? Si uno, en la esfera de la pintura, revela ciertas verdades relativas al volumen, a la luz, al movimiento, ¿resulta, por esa razón, necesariamente inferior a determinado retrato que en nada se le parezca de la misma persona, en el que mil detalles omitidos en el primero estén minuciosamente representados y a partir del cual se podrá concluir que el modelo era arrebatador, mientras que se habría considerado feo en el primero, cosa que puede tener una importancia documental e incluso histórica, pero no es necesariamente una verdad del arte?
Además, mi frivolidad, en cuanto dejaba de estar solo, me hacía sentir deseos de gustar, más deseos de divertir charlando que de instruirme escuchando, a menos que hubiera ido a una reunión de la alta sociedad para preguntar por algún detalle artístico o alguna sospecha celosa que antes me había ocupado mentalmente, pero carecía de la capacidad para ver aquello cuyo deseo no hubiera sido despertado en mí por alguna lectura, aquello cuyo croquis —que después deseaba cotejar con la realidad— no hubiese dibujado yo mismo de antemano. ¡Cuántas veces —bien lo sabía, aunque esa página de Goncourt no me lo hubiera mostrado— permanecí incapacitado para dedicar mi atención a cosas o personas que más adelante, una vez que su imagen me había sido representada en la soledad por un artista, habría recorrido leguas, habría arriesgado la muerte, para volver a ver! Entonces mi imaginación se había puesto en marcha, había empezado a pintar, y, al contemplar por adelantado —al desear— aquello ante lo que había bostezado el año anterior, pensaba con angustia: «¿Será de verdad imposible verlo? ¡Qué no daría yo por lograrlo!».
Cuando se leen artículos sobre personas —aun cuando se trate simplemente de miembros de la alta sociedad— calificadas de «últimos representantes de una sociedad de la que ya no existe testigo alguno», seguramente podemos exclamar: «¡Y pensar que de una persona tan insignificante se habla con tanta abundancia y elogios! ¡Eso es lo que yo habría deplorado no haber conocido, si me hubiera limitado a leer los periódicos y las revistas y no hubiese conocido a ese hombre!». Pero, al leer semejantes páginas en los periódicos, sentía la tentación de pensar más bien: «¡Qué desgracia que —mientras estaba tan sólo preocupado por volver a ver a Gilberte o a Albertine— no prestara yo más atención a ese señor! Lo había tomado por un pelmazo de la alta sociedad, por un simple figurante, ¡y era una figura!».
Las páginas de Goncourt que leí me hicieron lamentar aquella disposición, pues tal vez habría podido concluir a partir de ellas que la vida enseña a quitar el valor a la lectura y nos muestra que lo que el escritor nos alaba no valía gran cosa, pero igualmente podía concluir que la lectura nos enseña, al contrario, a realzar el valor de la vida, que no hemos sabido apreciar y de cuya grandeza sólo nos damos cuenta por el libro. Si acaso, podemos consolarnos de no haberlo pasado demasiado bien en la sociedad de un Vinteuil, de un Bergotte. El burguesismo pudibundo de uno, los insoportables defectos del otro, incluso la pretenciosa vulgaridad de un Elstir en sus comienzos (ya que el Diario de los Goncourt me había hecho descubrir que no era otro que el «señor Tiche», quien en tiempos había soltado rollos tan exasperantes a Swann en casa de los Verdurin) nada prueban contra ellos, ya que su genio se manifiesta en sus obras. Para ellos, el de que sean sus memorias o nosotros quienes yerren cuando atribuyen encanto a su sociedad, que nos desagradó, es un problema de poca importancia, ya que, aun cuando fuera el autor de memorias el que errara, eso nada probaría contra el valor de la vida que produce semejantes genios. (Pero, ¿qué hombre de genio no ha adoptado las irritantes formas de hablar de los artistas de su grupo, antes de llegar, como había ocurrido con Elstir y raras veces ocurre, a adquirir un buen gusto superior? ¿Acaso no están las cartas de Balzac, por ejemplo, sembradas de giros vulgares tales, que Swann habría preferido morir mil veces antes que emplearlos? Y, sin embargo, es probable que Swann, tan fino, tan purgado de toda ridiculez detestable, no hubiera podido escribir La prima Bette y El cura de Tours.)
En el extremo totalmente opuesto de la experiencia, cuando yo veía que las anécdotas más curiosas, que constituyen la materia inagotable, diversión de las veladas solitarias para el lector, del Diario de Goncourt, se las habían contado esos comensales que nos habría gustado, gracias a sus páginas, conocer y que a mí no me habían dejado rastro alguno de un recuerdo interesante, tampoco eso resultaba aún demasiado inexplicable. Pese a la ingenuidad de Goncourt, quien deducía a partir del interés de esas anécdotas la probable distinción del hombre que las contaba, podía muy bien ser que hombres mediocres hubieran visto en su vida o hubiesen oído contar cosas curiosas y las relataran, a su vez. Goncourt sabía escuchar, como también sabía ver: yo, no.
Por lo demás, habría que haber juzgado todos esos hechos uno a uno. Desde luego, el Sr. de Guermantes no me había dado la impresión de ese adorable modelo de las gracias juveniles que mi abuela tanto habría deseado conocer y me proponía como modelo inimitable conforme a las memorias de la Sra. de Beausergent, pero conviene recordar que Basin tenía entonces siete años, que la autora era su tía y que incluso los maridos que van a divorciarse nos hacen, unos meses después, un elogio de sus esposas. Uno de los poemas más bonitos de Sainte-Beuve está dedicado a la aparición delante de una fuente de una niña coronada con todos los dones y las gracias, la joven Srta. de Champlâtreux, quien entonces no debía de haber cumplido los diez años. Pese a la tierna veneración que una poetisa genial como la condesa de Noailles sentía por su suegra, la duquesa de Noailles, de soltera Champlâtreux, es posible que, si hubiera tenido que hacer su retrato, éste habría contrastado bastante con el que Sainte-Beuve trazó de ella cincuenta años antes.
Lo que tal vez fuese más inquietante era el caso intermedio de esas personas de quienes lo que se dice no se limita a la memoria que ha sabido retener una anécdota curiosa, sin que tengamos —como en el caso de los Vinteuil, los Bergotte— el recurso, sin embargo, de juzgarlas por su obra, pues carecen de ella: simplemente —para gran asombro nuestro, que las considerábamos tan mediocres— la han inspirado. Pase aún que el salón que en los museos causará la mayor impresión de elegancia desde las grandes pinturas del Renacimiento sea el de la pequeña burguesía ridícula, a la que ante el cuadro habría yo soñado, si no la hubiera conocido, con poder acercarme en la realidad, con la esperanza de conocer gracias a ella los más preciosos secretos del arte del pintor, que su tela no me brindaba, y cuya pomposa cola de terciopelo y encajes es un fragmento de pintura comparable a los más bellos de Tiziano. Si bien yo había comprendido entonces que no es el más inteligente, el más instruido, el mejor relacionado de los hombres, sino el que sabe volverse espejo y puede reflejar, así, su vida, aun mediocre, quien llega a ser un Bergotte (aun cuando los contemporáneos lo tuvieran por menos inteligente que Swann y menos sabio que Bréauté), con mayor razón se podía decir otro tanto de los modelos del artista. En el despertar del amor a la belleza en el artista que puede pintarlo todo, quienes le brindarán el modelo de la elegancia en la que podrá encontrar tan hermosos motivos serán personas un poco más ricas que él, en quienes encontrará lo que suele faltar en su taller —un salón con muebles cubiertos de seda antigua, muchas lámparas, flores bellas, frutas hermosas, vestidos preciosos— de hombre de genio desconocido, que vende sus telas a cincuenta francos, personas relativamente modestas o que lo parecerían a personas de verdad brillantes (que ni siquiera conocen su existencia), pero que, por esa razón, tienen más posibilidades de conocer al artista obscuro, apreciarlo, invitarlo, comprarle sus telas, que los miembros de la aristocracia que se hacen retratar como el Papa y los jefes de Estado por los pintores académicos. ¿No se encontrará para la posteridad la poesía de un hogar elegante y de trajes hermosos de nuestro tiempo en el salón del editor Charpentier, pintado por Renoir, más que en el retrato de la princesa de Sagan o el de la condesa de La Rochefoucauld, pintados por Cot o Chaplin? Los artistas que nos han dado las mayores visiones de elegancia han tomado sus elementos de personas que raras veces eran las más elegantes de su época, quienes raras veces se dejan pintar por el desconocido portador de una belleza que no pueden distinguir en sus telas, disimulada como está por la interposición de un tópico de gracia caduca, que flota en el ojo del público como esas visiones subjetivas que el enfermo cree clavadas efectivamente en él, pero, en vista de que esos modelos mediocres que yo había conocido habían inspirado, aconsejado, además, ciertas disposiciones que me habían encantado, y la presencia de uno de ellos era —más que la de un modelo— la de un amigo al que el pintor había querido hacer figurar en sus telas, era como para preguntarse si todas las personas que lamentamos no haber conocido, porque Balzac las retrataba en sus libros o les dedicaba un homenaje de admiración, sobre las cuales Sainte-Beuve o Baudelaire compusieron sus versos más preciosos, y, con mayor razón, todas las Recamier, todas las Pompadour, no me habrían parecido personas insignificantes, ya fuera por una deficiencia de mi naturaleza, cosa que me hacía entonces sentir rabia de estar enfermo y no poder volver a ver a todas las personas a las que no había apreciado en su valor, o porque debiesen su prestigio tan sólo a una magia ilusoria de la literatura, cosa que obligaba a cambiar de diccionario para leer, y me consolaba de haber de romper de un día para otro —por los avances de mi estado enfermizo— con la sociedad, renunciar al viaje, a los museos, para ir a recibir tratamiento en una casa de salud. Sin embargo, tal vez ese aspecto mendaz, esa falsa luz, exista en las memorias sólo cuando son demasiado recientes, cuando las reputaciones —tanto las intelectuales como las mundanas— se anulan tan aprisa (pues, si bien la erudición intenta reaccionar después contra ese amortajamiento, ¿acaso consigue destruir uno de cada mil de esos olvidos que van acumulándose?).
Esas ideas, tendentes —unas— a disminuir y —otras— a aumentar mi pesar por carecer de dotes para la literatura, no me vinieron nunca a las mientes durante los numerosos años en que, por lo demás, había renunciado totalmente al proyecto de escribir y que pasé en tratamiento, lejos de París, en una casa de salud, hasta que ésta ya no pudo encontrar personal médico, al comienzo de 1916.
Entonces volví a un París muy diferente de aquel al que había regresado una primera vez, como se verá un poco más adelante, en agosto de 1914, para someterme a un reconocimiento médico, tras el cual había vuelto a mi casa de salud. Una de las primeras noches de mi nuevo regreso en 1916, por sentir deseos de oír hablar de la única cosa que entonces me interesaba, la guerra, salí después de cenar para ir a ver a la Sra. Verdurin, quien estaba con la Sra. Bontemps, una de las reinas de aquel París de la guerra que recordaba al Directorio. Como por la acción de una pequeña cantidad de levadura, con apariencia de generación espontánea, había jóvenes que iban todo el día tocadas con altos turbantes cilíndricos —como habría podido hacerlo una contemporánea de la Srta. Tallien— por civismo y llevaban túnicas egipcias rectas, obscuras, muy de «guerra», sobre faldas muy cortas y calzaban sandalias de tiras que recordaban a los coturnos, según Talma, o altas polainas que recordaban a las de nuestros queridos combatientes: porque, según decían, no olvidaban que debían alegrar la vista de esos combatientes, seguían adornándose no sólo con vestidos «vaporosos», sino también con joyas que evocaban los ejércitos por su tema decorativo, aun cuando su materia no procediera de éstos, no hubiese sido trabajada en ellos: en lugar de adornos egipcios que recordaban a la campaña de Egipto, eran sortijas y pulseras hechas con fragmentos de obuses o cinturones del 75, encendedores compuestos de dos monedas inglesas a las que un soldado había llegado a dar, en su queli, una pátina tan bella, que el perfil de la reina Victoria en ella parecía trazado por Pisanello. También porque no cesaban de pensar en ellos, según decían, apenas llevaban —cuando uno de ellos caía— luto, con el pretexto de que estaba también «henchido de orgullo», lo que permitía llevar un gorro de crespón inglés blanco (con el efecto más gracioso y que «autorizaba todas las esperanzas», con la invencible certidumbre del triunfo definitivo), substituir el cachemira de otro tiempo por el satén y la muselina de seda e incluso conservar las perlas, «sin por ello dejar de observar el tacto y la corrección que resulta inútil recordar a unas francesas».
El Louvre y todos los museos estaban cerrados y, cuando se leía como encabezamiento de un artículo de periódico: «Una exposición sensacional», se podía estar seguro de que no se trataba de cuadros, sino de vestidos, destinados, por lo demás, a «esos delicados gozos artísticos de los que las parisinas llevaban demasiado tiempo privadas», conque la elegancia y el placer habían cobrado nueva vida: la elegancia, a falta de las artes, procurando excusarse como éstas en 1793, año en que los artistas que exponían en el Salón Revolucionario proclamaban que se equivocarían quienes consideraran «ajeno a unos austeros republicanos que nos ocupásemos de las artes cuando la Europa coligada asedia el territorio de la libertad». Así hacían en 1916 los modistas que, con una orgullosa conciencia de artistas, confesaban, por lo demás, que «buscar la novedad, alejarse de la trivialidad, afirmar una personalidad, preparar la victoria, obtener para las generaciones de la posguerra una fórmula nueva de belleza e[ra] la ambición que los atormenta[ba], la quimera que pers[eguían], como se [puede] advertir acudiendo a visitar sus salones deliciosamente instalados en la Rue de la..., en los que la consigna parece ser la de borrar mediante una nota luminosa y alegre las pesadas tristezas del momento, si bien con la discreción que imponen las circunstancias».
«Las tristezas del momento», cierto es, «podrían vencer las energías femeninas, si no tuviéramos tantos ejemplos elevados de valor y resistencia sobre los que meditar. Por eso, pensando en nuestros combatientes, que en el fondo de su trinchera sueñan con más comodidad y coquetería para la amada ausente dejada en el hogar, no cesaremos de aportar cada vez más refinamiento en la creación de vestidos que respondan a las necesidades del momento. La boga», como es lógico, «corresponde sobre todo a las casas inglesas y, por tanto, aliadas y este año hace furor el vestido-tonel cuyo precioso abandono nos da a todas un divertido sellito de distinción poco común. Será incluso una de las más afortunadas consecuencias de esta triste guerra», añadía el encantador cronista, «la» (el lector esperaba: «recuperación de las provincias perdidas, el despertar del sentimiento nacional») «de haber obtenido preciosos resultados en punto a vestimenta, sin lujo desconsiderado y de mala ley, con muy poquita cosa, haber creado la coquetería con cositas de nada. Al vestido del gran modista editado en varios ejemplares se prefieren en este momento los vestidos hechos en casa, porque afirman el ingenio, el gusto y las tendencias individuales de cada cual».
En cuanto a la caridad, al pensar en todas las miserias resultantes de la invasión, en tantos mutilados, era muy natural que se viera obligada a hacerse «más ingeniosa aún», lo que obligaba a las damas del alto turbante a pasar el final de la tarde en los «tés» en torno a una mesa de bridge y comentando las noticias del «frente», mientras a la puerta las esperaban sus automóviles, en cuyo asiento había un apuesto soldado que charlaba con el «botones». Por lo demás, lo nuevo no eran sólo los tocados que superponían a los rostros su extraño cilindro. Los rostros también lo eran. Aquellas señoras con sombreros nuevos eran jóvenes procedentes de no se sabía dónde y que eran la flor de la elegancia, unas desde hacía seis meses, otras desde hacía dos años, otras más desde hacía cuatro. Por lo demás, esas diferencias tenían para ellas tanta importancia como en la época en que yo había dado mis primeros pasos en la alta sociedad la tenían —entre dos familias como los Guermantes y los La Rochefoucauld— tres o cuatro siglos de antigüedad demostrada. La señora que conocía a los Guermantes desde 1914 miraba como a una advenediza a la que presentaban en su casa en 1916, le hacía un saludo de viuda aristócrata, la miraba de hito en hito con sus impertinentes y confesaba con una mueca de displicencia que ni siquiera se sabía exactamente si esa señora estaba o no casada. «Todo eso es bastante nauseabundo», concluía la señora de 1914, quien habría deseado que el ciclo de las nuevas admisiones se detuviera después de ella. Aquellas personas nuevas, a las que los jóvenes consideraban muy antiguas y a las que ciertos ancianos, que no habían estado recluidos en la alta sociedad, estaban, por lo demás, seguros de no reconocer como tan nuevas precisamente, no ofrecían sólo a la sociedad las diversiones de conversación política y música en la intimidad que le convenían; además, debían ser ellas quienes las ofrecieran, pues, para que las cosas parezcan nuevas, aunque sean antiguas y aun cuando sean nuevas, son necesarios —tanto en el arte como en la medicina y en la sociedad mundana— nombres nuevos. (Por lo demás, eran nuevos en ciertos aspectos. Así, la Sra. Verdurin había ido a Venecia durante la guerra, pero, como esas personas que no quieren hablar de penas y sentimientos, cuando decía que era estupenda, lo que admiraba no era ni Venecia ni San Marcos ni los palacios, todo lo que tanto me había gustado a mí y que ella no apreciaba precisamente, sino el efecto de los reflectores en el cielo, sobre los cuales daba informaciones basadas en cifras. Así, de una época a otra renace cierto realismo como reacción contra el arte admirado hasta entonces.)
El salón Saint-Euverte era una etiqueta ajada bajo la cual la presencia de los mayores artistas, de los ministros más influyentes, no habría atraído a nadie. En cambio, había carreras para escuchar una palabra pronunciada por el secretario de unos o el subjefe de gabinete de otros en casa de las nuevas damas cuya alada y parloteante invasión llenaba París. Las señoras del primer Directorio tenían una reina joven y bella que se llamaba Sra. Tallien. Las del segundo tenían dos, viejas y feas, que se llamaban Sra. Verdurin y Sra. Bontemps. ¿Quién habría podido reprochar a la Sra. Bontemps que su marido hubiera desempeñado un papel, severamente criticado por L’Echo de Paris, en el caso Dreyfus? Como en determinado momento toda la Cámara se había vuelto revisionista, entre antiguos revisionistas y antiguos socialistas había habido que reclutar el partido del orden social, la tolerancia religiosa y la preparación militar. En otro tiempo, se habría detestado al Sr. Bontemps, porque entonces se llamaba antipatriotas a los partidarios de Dreyfus, pero no se había tardado en olvidar ese nombre y substituirlo por el de adversario de la ley de los tres años de servicio militar. En cambio, el Sr. Bontemps era uno de los autores de dicha ley y, por tanto, un patriota.
En la alta sociedad (y ese fenómeno social no es, por lo demás, sino una aplicación de una ley psicológica mucho más general), las novedades, culpables o no, no inspiran horror, mientras no sean asimiladas y rodeadas por elementos tranquilizadores. Con el dreyfusismo ocurría como con el matrimonio de Saint-Loup con la hija de Odette, que al principio había levantado clamores. Ahora que se veía en casa de los Saint-Loup a todas las personas «conocidas», aunque Gilberte hubiera podido tener las costumbres de la propia Odette, no por ello se habría dejado de «ir» a ella y se habría aprobado a Gilberte por censurar, como una viuda aristócrata, las novedades morales no asimiladas. Ahora el dreyfusismo estaba integrado en una serie de cosas respetables y habituales. En cuanto a preguntarse lo que valía en sí, a nadie se le ocurría, tan poco para admitirlo ahora como en tiempos para condenarlo. Ya no era shocking. Era exactamente lo que convenía. Apenas se recordaba que lo había sido, así como al cabo de un tiempo se deja de saber si el padre de una muchacha era un ladrón o no. En caso necesario, se puede decir: «No, usted se refiere al cuñado o a un homónimo, pero contra ése nunca ha habido nada que decir». Asimismo, había, desde luego, dreyfusismo y dreyfusismo y quien iba a casa de la duquesa de Montmorency y lograba la aprobación de la ley de tres años no podía ser el malo. En todo caso, no hay pecado sin remisión. Ese olvido que se concedía al dreyfusismo se otorgaba a fortiori a los dreyfusistas. Por lo demás, ya no quedaba ninguno en la política, ya que en determinado momento todos lo habían sido, si querían estar en el Gobierno, incluso los que representaban lo contrario de lo que el dreyfusismo, con su chocante novedad, había encarnado (en la época en que Saint-Loup iba por mal camino): el antipatriotismo, la irreligiosidad, la anarquía, etcétera. Por eso, el dreyfusismo del Sr. Bontemps, invisible y constitutivo, como el de todos los políticos, se veía tan poco como los huesos bajo la piel. Nadie habría recordado que había sido dreyfusista, pues los miembros de la alta sociedad son distraídos y olvidadizos, porque, además, ya hacía mucho de eso y aparentaban creer que hacía aún más. Es que una de las ideas más de moda era la de decir que la preguerra estaba separada de la guerra por algo tan profundo, que simulaba tanta duración, como un período geológico, y el propio Brichot, tan nacionalista, cuando aludía al caso Dreyfus, decía: «En aquellos tiempos prehistóricos».
(A decir verdad, ese cambio profundo provocado por la guerra era inversamente proporcional al valor de las mentalidades afectadas, al menos a partir de cierto grado. Abajo del todo, los tontos de remate, los entregados pura y simplemente al placer, no se preocupaban de que hubiera habido la guerra, pero, arriba del todo, los que se habían organizado una vida interior ambiente prestaban poca atención a la importancia de los acontecimientos. Lo que modificaba profundamente para ellos el orden de los pensamientos era más bien algo que parecía en sí carecer de la menor importancia y que invertía el orden del tiempo al hacerlos contemporáneos de otra época de su vida. Podemos advertirlo prácticamente en la belleza de las páginas que inspira: un canto de pájaro en el parque de Montboissier o una brisa cargada de olor a reseda son, evidentemente, acontecimientos de menor importancia que las más importantes fechas de la Revolución y del Imperio. Sin embargo, inspiraron a Chateaubriand en las Memorias de ultratumba páginas de un valor infinitamente mayor.) Según decían las mismas personas que se habrían quedado estupefactas y se habrían escandalizado, si se les hubiera dicho que, probablemente al cabo de unos siglos y tal vez menos, boche no tendría más valor de curiosidad que sans-culotte o chouan o «azul», las palabras «dreyfusista» y «antidreyfusista» carecían ya de sentido.
El Sr. Bontemps no quería oír hablar de paz antes de que Alemania hubiese quedado reducida a la misma fragmentación que en la Edad Media, se hubiera depuesto a la casa de Hohenzollern y Guillermo II hubiese recibido doce balas en la piel. En una palabra, era lo que Brichot llamaba un «extremista», el mejor diploma de civismo que se le podía conceder. Los tres primeros días, la Sra. Bontemps se había sentido, seguramente, un poco desorientada entre las personas que habían expresado a la Sra. Verdurin el deseo de conocerla y con tono ligeramente áspero fue como respondió ésta: «El conde, querida», a la Sra. Bontemps, que le decía: «Es el duque de Haussonville a quien me acaba usted de presentar, ¿verdad?», ya fuese por absoluta ignorancia y falta de asociación entre el nombre de Haussonville y un título cualquiera o, al contrario, por excesiva instrucción y asociación de ideas con el «partido de los duques», uno de cuyos miembros en la Academia era, según le habían dicho, el Sr. de Haussonville.
A partir del cuarto día, había empezado a estar sólidamente instalada en el Faubourg Saint-Germain. A veces se veían aún en torno a ella los fragmentos desconocidos de un mundo que no se conocía y que extrañaban tan poco como los restos del cascarón en torno al pollito a quienes sabían de qué huevo había salido la Sra. Bontemps, pero, a partir del décimo quinto día, se los había sacudido y, antes del final del primer mes, cuando decía: «Voy a casa de los Lévy», todo el mundo comprendía, sin necesidad de que precisara, que se trataba de los Lévis-Mirepoix y ninguna duquesa se habría acostado sin haberse enterado por la Sra. Bontemps o la Sra. Verdurin, al menos por teléfono, de lo que había en el comunicado vespertino, lo que se había omitido de él, qué se iba a hacer con Grecia, qué ofensiva estaba preparándose: en una palabra, todo lo que el público no sabría hasta el día siguiente o más tarde y de lo que ella obtenía de antemano algo así como una prueba de modista. En la conversación, la Sra. Verdurin, para comunicar las noticias, decía «nosotros» al referirse a Francia. «Pues se trata de lo siguiente: exigimos al rey de Grecia que retire del Peloponeso, etcétera, nosotros le enviamos, etcétera». Y en todos esos relatos reaparecía todo el tiempo el GCG («He telefoneado al GCG»), abreviatura con cuya pronunciación sentía el mismo placer que en tiempos las mujeres que no conocían al príncipe de Agrigento al preguntar sonriendo, cuando se hablaba de él y para mostrar que estaban al corriente: «¿Grigri?», placer que en las épocas poco agitadas experimentan sólo los miembros de la alta sociedad, pero que en esas grandes crisis siente, a su vez, el pueblo. Nuestro jefe de comedor, por ejemplo, si hablábamos del rey de Grecia, era capaz de decir, gracias a los periódicos, como Guillermo II: «¿Tino?», mientras que hasta entonces su familiaridad con los reyes había seguido siendo más vulgar, por haber sido invención suya, como cuando en tiempos, para referirse al rey de España, decía: «Fonfonse». Por lo demás, podemos observar que, a medida que aumentó el número de personas brillantes que hicieron insinuaciones a la Sra. Verdurin, el número de los llamados «aburridos» disminuyó. En virtud de algo así como una transformación mágica, todo «aburrido» que había ido a hacerle una visita y había solicitado una invitación se volvía de súbito alguien agradable, inteligente. En una palabra, al cabo de un año el número de aburridos se había reducido en tan gran proporción, que «el miedo y la imposibilidad de aburrirse», que habían ocupado tanto lugar en la conversación y habían desempeñado un papel tan importante en la vida de la Sra. Verdurin, habían desaparecido casi enteramente. Parecía que en el ocaso de su vida esa imposibilidad de aburrirse (que, por lo demás, en tiempos aseguraba no haber experimentado en su primera juventud) la hacía sufrir menos, como ciertas migrañas, ciertos asmas nerviosos, que pierden su fuerza cuando se envejece. Y seguramente el espanto ante la posibilidad de aburrirse habría abandonado del todo a la Sra. Verdurin, por falta de aburridos, si no hubiese substituido, en poca medida, a los que no lo eran por otros, reclutados entre los antiguos fieles.
Por lo demás, por acabar con las duquesas que frecuentaban ahora la casa de la Sra. Verdurin, iban a buscar en ella, sin que lo sospecharan, exactamente lo mismo que los dreyfusistas en otro tiempo, es decir, un placer mundano compuesto de tal modo, que su degustación saciase las curiosidades políticas y satisficiera la necesidad de comentar entre sí los incidentes leídos en los periódicos. La Sra. Verdurin decía: «Venga usted a las cinco de la tarde a hablar de la guerra», como en tiempos a «hablar del caso Dreyfus», y en el intervalo: «Venga a escuchar a Morel».
Ahora bien, Morel no debería haber estado allí por la sencilla razón de que no estaba licenciado. Simplemente no se había incorporado y era un desertor, pero nadie lo sabía.
Todo era hasta tal punto igual, que se volvían a oír con toda naturalidad las palabras de otro tiempo: «bienpensantes, malpensantes», y, como parecían diferentes, así como los antiguos partidarios de la Comuna habían sido antirrevisionistas, los mayores dreyfusistas querían mandar fusilar a todo el mundo y contaban con el apoyo de los generales, como éstos en tiempos del caso Dreyfus habían estado contra Galliffet. La Sra. Verdurin invitaba a aquellas reuniones a algunas señoras un poco recientes y conocidas por las obras, quienes las primeras veces acudían con vestimenta deslumbrante, grandes collares de perlas, que Odette, quien tenía uno tan hermoso, de cuya exhibición había abusado, contemplaba —ahora que llevaba «uniforme de guerra» para imitar a las señoras del Faubourg— con severidad. Ahora bien, las mujeres saben adaptarse. Al cabo de tres o cuatro veces, se daban cuenta de que la vestimenta que habían creído elegante estaba precisamente proscrita por las personas que lo eran, dejaban de lado sus vestidos de oro y se resignaban a la sencillez.
Una de las estrellas del salón era No Doy Pie con Bola que, pese a sus gustos deportivos, había logrado que lo declararan inútil. Había llegado a ser, para mí, hasta tal punto el autor de una obra admirable, que no me quitaba de la cabeza, que sólo por casualidad, cuando establecía una corriente trasversal entre dos series de recuerdos, pensaba yo que era el mismo que había provocado la partida de Albertine de mi casa y, aun así, dicha corriente transversal acababa, en lo relativo a esas reliquias de recuerdos de Albertine, en una vía que se detenía en pleno erial, a varios años de distancia. Es que yo ya nunca pensaba en ella. Era una vía de recuerdos, una línea que yo ya no seguía nunca, mientras que las obras de No Doy Pie con Bola eran recientes y mi cabeza frecuentaba y utilizaba perpetuamente esa línea de recuerdos.
Debo decir que el conocimiento del marido de Andrée no resultaba ni demasiado fácil ni demasiado agradable y que la amistad que se le profesaba estaba condenada a muchas decepciones. En efecto, en aquel momento estaba ya muy enfermo y se dispensaba de las fatigas que no fueran las que le parecían aptas tal vez para darle placer. Ahora bien, clasificaba entre éstas sólo las citas con personas a las que aún no conocía y que su ardiente imaginación le presentaba seguramente como con posibilidades de ser distintas de las otras, pero, en el caso de las que ya conocía, sabía demasiado bien cómo eran, cómo serían, y ya no le parecían dignas de una fatiga peligrosa, tal vez mortal, para él. En una palabra, era muy mal amigo y quizás en su gusto por conocer a personas nuevas se reprodujera algo de la audacia frenética que en tiempos dedicaba en Balbec a los deportes, al juego, a todos los excesos de la mesa.
En cuanto a la Sra. Verdurin, siempre quería darme a conocer a Andrée, pues no podía admitir que yo la conocía. Por lo demás, Andrée raras veces acudía con su marido. Era para mí una amiga admirable y sincera y, fiel a la estética de su marido, que era una reacción ante los Ballets Rusos, decía del marqués de Polignac: «Tiene decorada su casa por Bakst. ¿Cómo se puede dormir ahí dentro? Yo preferiría a Dubuffe». Por lo demás, los Verdurin, en virtud del fatal avance del esteticismo que acaba comiéndose la cola, decían no poder soportar el modern style (que para colmo era muniqués) ni los pisos blancos y ya sólo gustaban de los viejos muebles franceses en un decorado obscuro.
En aquella época me vi mucho con Andrée. No sabíamos qué decirnos y una vez pensé en aquel nombre de Juliette que había subido desde el fondo del recuerdo de Albertine como una flor misteriosa... misteriosa entonces, pero que ya no excitaba nada: al contrario que de tantos temas indiferentes de los que yo hablaba, de aquél me callé, no porque lo fuera más que otro, pero hay como una supersaturación de las cosas en las que hemos pensado demasiado. Tal vez el período en el que yo veía en eso tantos misterios fuera el verdadero, pero, como esos períodos no durarán siempre, no debemos sacrificar la salud, la fortuna, al descubrimiento de misterios que un día dejarán de interesar.
En aquella época, en la que la Sra. Verdurin podía recibir en su casa a quien quisiera, causó mucha extrañeza verla hacer insinuaciones indirectamente a una persona, Odette, a la que había perdido de vista completamente. Se consideraba que no podía añadir nada al brillante medio que había llegado a ser el grupito, pero una separación prolongada, al tiempo que calma los rencores, despierta a veces la amistad y, además, es que el fenómeno que no sólo mueve a los moribundos a pronunciar únicamente nombres en tiempos familiares, sino también a los viejos a complacerse en sus recuerdos de la infancia, tiene un equivalente social. Para salir airosa en la empresa de hacer regresar a Odette a su casa, la Sra. Verdurin no empleó, naturalmente, a los «ultras», sino a los asiduos menos fieles que seguían teniendo un pie en uno y otro salón. Les decía: «No sé por qué ya no la vemos aquí. Tal vez esté enfadada, pero yo no; en una palabra, ¿qué le he hecho? En mi casa conoció a sus dos maridos. Si quiere volver, ha de saber que tiene las puertas abiertas». Esas palabras, que deberían haber costado al orgullo de la Señora, si no se las hubiera dictado su imaginación, fueron repetidas, pero sin éxito. La Sra. Verdurin esperó a Odette sin verla llegar, hasta que acontecimientos que veremos más adelante brindaron por razones muy diferentes lo que no había podido lograr, pese a su celo, la embajada de los amigos infieles. Es que muy pocos son los éxitos fáciles y los fracasos definitivos.
La Sra. Verdurin decía: «Es desolador, voy a telefonear a Bontemps con vistas a hacer todo lo necesario para mañana: una vez más se han cargado todo el final del artículo de Norpois y simplemente porque daba a entender que habían liquidado a Percin». Es que la tontería corriente movía a todo el mundo a preciarse de usar expresiones corrientes y creía mostrar que estaba a la moda, como una burguesía que decía, cuando se hablaba de los Sres. de Bréauté, de Agrigento o de Charlus: «¿Quién? ¿Babal de Bréauté, Grigri, Mémé de Charlus?». Por lo demás, lo mismo hacen las duquesas y tenían el mismo gusto en decir «cargarse», pues en las duquesas lo que difiere —para los plebeyos un poco poetas— es el nombre, pero se expresan según la categoría de mentalidades a la que pertenecen y en la que hay también una enormidad de burgueses. Las clases de mentalidad nada tienen que ver con la cuna.
Todos esos telefonazos de la Sra. Verdurin no carecían, por lo demás, de inconvenientes. Aunque hayamos olvidado decirlo, el «salón» Verdurin, si bien continuaba en espíritu y en verdad, se había trasladado momentáneamente a uno de los mayores hoteles de París, pues la falta de carbón y de luz volvía más difíciles las recepciones de los Verdurin en el antiguo palacio, muy húmedo, de los embajadores de Venecia. Por lo demás, el nuevo salón no carecía de encanto. Así como en Venecia el espacio, limitado por el agua, impone la forma de los palacios, así como un trocito de jardín en París embelesa más que un parque en provincias, así también el estrecho comedor de la Sra. Verdurin en el hotel convertía algo así como un rombo de paredes resplandecientes de blancura como en una pantalla en la que destacaban todos los miércoles —y casi todos los días— todas las personas más interesantes, más variadas, las mujeres más elegantes de París, encantadas de aprovechar el lujo de los Verdurin, que, junto con su fortuna, iba en aumento en una época en la que los más ricos, a falta de recibir sus rentas, sufrían restricciones. La forma dada a las recepciones resultaba modificada sin que dejaran de encantar a Brichot, quien, a medida que las relaciones de los Verdurin iban ampliándose, experimentaba en ellas placeres nuevos y acumulados en un pequeño espacio, como sorpresas en un calcetín de Navidad. El caso es que ciertos días los comensales eran tan numerosos, que el comedor del apartamento privado resultaba demasiado pequeño y ofrecían la cena en el inmenso comedor de abajo, en el que los fieles, al tiempo que fingían, hipócritas, deplorar la intimidad de arriba, como en tiempos la necesidad de invitar a los Cambremer hacía decir a la Sra. Verdurin que iban a estar demasiado apretados, estaban encantados en el fondo —aun haciendo rancho aparte, como en tiempos en el trenecito— de ser un objeto de espectáculo y envidia para las mesas vecinas. Seguramente, en los tiempos habituales de la paz, una nota de sociedad subrepticiamente enviada a Le Figaro o a Le Gaulois habría hecho saber a más gente de la que podía albergar el comedor del Majestic que Brichot había cenado con la duquesa de Duras, pero desde que había comenzado la guerra, como los cronistas de sociedad habían suprimido esa clase de informaciones (si bien se resarcían con los entierros, las citaciones y los banquetes francoamericanos), la publicidad sólo podía hacerse mediante ese medio infantil y limitado, signo de las primeras épocas y anterior al descubrimiento de Gutenberg: ser visto en la mesa de la Sra. Verdurin. Después de la cena, se subía a los salones de la Señora y comenzaban los telefonazos, pero en aquella época muchos grandes hoteles estaban poblados de espías, quienes apuntaban las noticias telefoneadas por Bontemps con una indiscreción que sólo corregía, por fortuna, la falta de seguridad de las informaciones, siempre desmentidas por el acontecimiento.
Antes de la hora en que acababan los tés de la tarde, a la caída del día, se veían desde lejos en el cielo aún claro manchitas marrones que se habrían podido confundir, en el anochecer azul, con mosquitas o pájaros. Así, cuando se ve desde muy lejos una montaña, se podría creer que es una nube, pero nos emocionamos, porque sabemos que se trata de una nube inmensa, en estado sólido y resistente. Así me sentía emocionado yo de que la mancha marrón en el cielo estival no fuera ni una mosquita ni un pájaro, sino un aeroplano montado por hombres que velaban por París. (El recuerdo de los aeroplanos que había yo visto con Albertine en nuestro último paseo, cerca de Versalles, nada tenía que ver con esa emoción, pues el recuerdo de aquel paseo había pasado a serme indiferente.)
A la hora de la cena, los restaurantes estaban llenos y, si al pasar por la calle, veía yo a un pobre soldado de permiso —escapado durante seis días al riesgo permanente de la muerte y listo para volver a partir para las trincheras— detener un instante la mirada en los cristales iluminados, sufría como en el hotel de Balbec cuando unos pescadores nos miraban en la cena, pero aún más, porque sabía que la miseria del soldado es mayor que la del pobre, pues las reúne todas, y más conmovedora aún, por ser más resignada, más noble, y porque con un cabeceo de filósofo, sin odio, ya a punto de volver a partir para la guerra, decía, al ver empujarse para conservar sus mesas a los que habían conseguido ser declarados inútiles para el servicio: «Aquí no parece que estemos en guerra». Después, a las nueve y media, pese a que nadie había tenido tiempo aún de acabar de cenar, se apagaban de repente todas las luces por orden de la policía y el nuevo tropel de los inútiles para el servicio que arrancaban sus abrigos a los botones del restaurante en el que había yo cenado con Saint-Loup una noche de permiso se producía a las 9.35 en medio de una misteriosa penumbra propia de una habitación en la que se proyecta la linterna mágica, de una sala de espectáculo que sirve para exhibir las películas de unos de esos cines hacia los cuales iban a precipitarse los comensales, pero, después de esa hora, en el caso de quienes, como yo, en la noche a la que me refiero, se habían quedado a cenar en sus casas y salían para ir a ver a amigos, París estaba, al menos en ciertos barrios, aún más obscuro que el Combray de mi infancia; las visitas que se hacían cobraban la apariencia de las de vecinos en el campo.
¡Ah! Si Albertine hubiese vivido, ¡qué agradable habría sido, las noches en que yo cenaba fuera de casa, darle citas en la calle, bajo los soportales! Al principio, no habría divisado nada, habría tenido la emoción de creer que ella había faltado a la cita, cuando de repente habría visto destacar sobre la pared negra uno de sus queridos vestidos grises, sus ojos risueños que me habían avistado, y habríamos podido pasear enlazados sin que nadie nos distinguiera, nos molestase, y después volver a casa. Por desgracia, estaba solo y me parecía que iba a hacer una visita de vecino en el campo, como las que Swann venía a hacernos después de la cena, sin encontrar más transeúntes en la obscuridad de Tansonville, por el caminito de sirga, hasta la Rue du Saint-Esprit, que yo ahora en las calles convertidas en sinuosos caminos rústicos, desde Sainte-Clotilde hasta la Rue Bonaparte. Por lo demás, como esos fragmentos de paisaje que el tiempo atmosférico hace viajar ya no resultaban contrarrestados por un marco vuelto invisible, en las noches en que el viento expulsaba un chaparrón glaciar me creía más al borde del mar furioso, con el que tanto había soñado en tiempos, de lo que me había sentido en Balbec, e incluso otros elementos naturales que no existían hasta entonces en París hacían creer que acabábamos de llegar, tras apearnos de un tren, para las vacaciones en pleno campo: por ejemplo, el contraste de luz y sombra que teníamos a nuestro lado en las noches con luz de luna. Ésta creaba —e incluso en pleno invierno— unos efectos que las ciudades no conocen; sus rayos se extendían sobre la nieve, que ningún trabajador descombraba ya, en el bulevar Haussmann, como lo habrían hecho en un glaciar de los Alpes. Las siluetas de los árboles se reflejaban nítidas y puras en aquella nieve de oro azulado, con la delicadeza que tienen en ciertas pinturas japonesas o en ciertos fondos de Rafael; estaban alargadas en el suelo al pie del árbol mismo, como las vemos con frecuencia en la naturaleza a la puesta de sol, cuando éste inunda y vuelve reflectantes las praderas en las que se alzan árboles a intervalos regulares, pero, en virtud de un refinamiento de una delicadeza deliciosa, aquella en la que se desarrollaban esas sombras de árboles, ligeras como almas, era una pradera paradisíaca, no verde, sino de un blanco tan resplandeciente por la luz de la luna, que irradiaba sobre la noche de jade, tejida sólo —parecía— con pétalos de perales en flor. Y en las plazas, las divinidades de las fuentes públicas que sostenían en la mano un chorro de hielo parecían estatuas de una materia doble para cuya ejecución el artista había querido combinar exclusivamente el bronce y el cristal. En aquellos días excepcionales todas las casas eran negras, pero, en cambio, en primavera, se veía de vez en cuando un edificio particular o sólo una planta de un edificio o incluso sólo una habitación de uno de los pisos desafiando los reglamentos de la policía, al no haber cerrado sus postigos, y parecía sostenerse sólo en tinieblas impalpables, como una proyección puramente luminosa, como una aparición sin consistencia, y la mujer a la que, alzando la vista muy arriba, se distinguía en aquella penumbra dorada cobraba —en aquella noche en la que todo estaba perdido y en la que ella misma parecía recluida— el misterioso y velado encanto de una visión de Oriente. Después pasábamos y ya nada interrumpía el higiénico y monótono caminar rústico en la obscuridad.
Yo pensaba que no había vuelto a ver desde mucho antes a ninguna de las personas a las que se hace referencia en esta obra. Tan sólo en 1914, durante los dos meses que había pasado en París, había visitado al Sr. de Charlus y había visto a Bloch y a Saint-Loup, a este último sólo dos veces. La segunda vez fue sin lugar a dudas aquella en que se mostró más como era de verdad: borró todas las impresiones poco agradables de insinceridad que me había causado durante la estancia en Tansonville que acabo de contar y reconocí en él todas las hermosas cualidades de otro tiempo. La primera vez que lo había yo visto después de la declaración de guerra, es decir, al comienzo de la semana que siguió, mientras que Bloch daba muestras de los sentimientos más patrioteros, Saint-Loup, una vez que aquél nos hubo dejado, no hubo ironía que no soltara sobre sí mismo por no haberse incorporado al servicio y casi me chocó la violencia de su tono.
Saint-Loup volvía de Balbec. Más adelante me enteré indirectamente de que había hecho vanos intentos ante el director del restaurante. Este último debía su situación a haber heredado del Sr. Nissim Bernard. No era otro, en efecto, que aquel antiguo joven sirviente a quien el tío de Bloch «protegía», pero la riqueza le había aportado la virtud. De modo, que en vano había intentado seducirlo Saint-Loup. Así, por compensación, mientras que jóvenes virtuosos se abandonan, llegada la edad, a las pasiones de las que por fin han tomado conciencia, adolescentes fáciles se vuelven hombres de principios contra los cuales unos Charlus, que acuden dando fe a antiguos relatos, pero demasiado tarde, tienen encontronazos desagradables. La cronología resulta decisiva.
«No», exclamó con fuerza y alegría, «todos los que no combaten, sea cual fuere la razón que den, es que no quieren morir, es por miedo». Y, con el mismo gesto de afirmación, más enérgico aún que aquel con el que había subrayado el miedo de los otros, añadió: «Y yo, si no me reincorporo, es pura y simplemente por miedo, ¡sí, señor!». Yo ya había observado en diferentes personas que el fingimiento de sentimientos loables no es la única máscara de los malos, sino que una más reciente es la exhibición de éstos a fin de no parecer al menos ocultarlos. Además, en Saint-Loup esa tendencia estaba fortalecida por su costumbre —cuando había cometido una indiscreción o se había tirado una plancha que se le hubiera podido reprochar— de proclamarlos como intencionados y que debía de haber adquirido de algún profesor de la Escuela de Guerra en cuya intimidad había vivido y a quien profesaba una gran admiración. Así, pues, no me resultó difícil interpretar aquella salida como la ratificación verbal de un sentimiento que, como había dictado la conducta de Saint-Loup y su abstención en la guerra que comenzaba, éste prefería proclamar.
«¿Te has enterado de que mi tía Oriane va a divorciarse?», me preguntó al despedirse. «Personalmente, no sé absolutamente nada al respecto. Es algo que se dice de vez en cuando y lo he oído anunciar con tanta frecuencia, que esperaré a que sea realidad para creerlo. Añado que sería muy comprensible; mi tío es un hombre encantador no sólo en sociedad, sino también para sus amigos, para sus parientes. En cierto modo, tiene mucho mejor corazón que mi tía, que es una santa, pero que se lo hace sentir terriblemente. Sólo, que es un marido terrible, que nunca ha cesado de engañar a su mujer, insultarla, maltratarla, privarla de dinero. Sería tan natural que ella lo dejara, que es una razón para que sea verdad, pero también para que no lo sea, porque lo es para inspirarnos esa idea y expresarla. Y, además, ¡en vista de que lo ha soportado durante tanto tiempo! Ahora sé perfectamente que hay muchas cosas que se anuncian equivocadamente, se desmienten y después resultan ser ciertas». Me inspiró la idea de preguntarle si se había hablado alguna vez de la posibilidad de que él se casara con la Srta. de Guermantes. Tuvo un sobresalto y me aseguró que no, que se trataba simplemente de uno de esos rumores de la alta sociedad que nacen de vez en cuando sin que se sepa por qué y se esfuman del mismo modo y cuya falsedad no vuelve a quienes los han creído más prudentes, en cuanto nace un rumor nuevo, de noviazgo, de divorcio, o un rumor político, para darle crédito y propalarlo.
No habían pasado cuarenta y ocho horas cuando ciertos hechos de los que me enteré me demostraron que me había equivocado absolutamente en la interpretación de las palabras de Robert: «Todos los que no están en el frente es porque tienen miedo». Saint-Loup había dicho eso para brillar en la conversación, para demostrar originalidad psicológica, mientras no estuviera seguro de que su incorporación sería aceptada, pero durante ese tiempo estaba revolviendo Roma con Santiago para que así fuese, pues en eso era menos original, en el sentido que, según él, se debía atribuir a esa palabra, pero más profundamente francés de Saint-André-des-Champs, más conforme con todo lo mejor que había en aquel momento en los franceses de Saint-André-des-Champs, señores, burgueses y siervos respetuosos de los señores o rebelados contra ellos, dos divisiones igualmente francesas de la misma familia —subramal Françoise y subramal Morel— desde la cual dos flechas se dirigían, para reunirse de nuevo, en una misma dirección, la de la frontera. Bloch se había sentido encantado de oír la confesión de cobardía de un «nacionalista» (que, por lo demás, lo era tan poco) y, cuando Saint-Loup le había preguntado si había de partir él mismo, había adoptado expresión de abuelo para responder: «Miope».
Pero Bloch había cambiado completamente de opinión sobre la guerra unos días después, cuando vino a verme enloquecido. Pese a ser «miope», había sido reconocido útil para el servicio. Cuando lo llevaba yo a su casa, nos encontramos a Saint-Loup, que tenía una cita para ser presentado, en el Ministerio de la Guerra, a un coronel, con un antiguo oficial, «el Sr. de Cambremer», me dijo. «¡Ah! Pero es verdad, te estoy hablando de un antiguo conocido. Tú conoces tan bien como yo a Cancan». Le respondí que lo conocía, en efecto, y también a su mujer y que sólo a medias los apreciaba, pero estaba tan acostumbrado, desde que los había visto por primera vez, a considerar a la mujer un personaje, pese a todo, notable, pues conocía a fondo a Schopenhauer y tenía acceso, en una palabra, a un medio intelectual cerrado a su grosero esposo, que al principio me extrañó oír a Saint-Loup responderme: «Su mujer es idiota, te la cedo, pero él es un hombre excelente que era muy competente y sigue siendo muy agradable». Por la «idiotez» de la mujer, Saint-Loup entendía seguramente su deseo imperioso de frecuentar la alta sociedad, cosa que ésta juzga con la mayor severidad; por las cualidades de su marido, seguramente algo de las que le reconocía su madre, cuando lo consideraba el mejor de la familia. Al menos a él no le interesaban las duquesas, pero, a decir verdad, se trata de una «inteligencia» que difiere tanto de la que caracteriza a los pensadores como la reconocida por el público a determinado hombre rico «por haber sabido hacer su fortuna». Ahora bien, las palabras de Saint-Loup no me desagradaban, en el sentido de que recordaban que la presunción está próxima a la tontería y la sencillez tiene un gusto un poco oculto, pero agradable. Cierto es que yo no había tenido ocasión de saborear la del Sr. de Cambremer, pero a eso se debe precisamente que una persona sea tantos seres distintos según los que la juzgan, independientemente incluso de las diferencias de juicio. Del Sr. de Cambremer yo sólo había conocido la corteza y su sabor, que otros me atestiguaron, me resultaba desconocido.
Bloch se despidió de nosotros delante de su puerta, rebosante de amargura contra Saint-Loup, al decirle que ellos, los «señoritos» con galones, se pavoneaban por los estados mayores y no corrían el menor riesgo y que él, simple soldado de segunda clase, no deseaba que «Guillermo [le] agujere[ara] la piel». «Parece ser que está gravemente enfermo, el emperador Guillermo», respondió Saint-Loup. Bloch, quien, como todos cuantos se interesan mucho por la Bolsa, acogía con una facilidad particular las noticias sensacionales, añadió: «Se habla mucho incluso de que ha muerto». En la Bolsa todo soberano enfermo, ya sea Eduardo VII o Guillermo II, ha muerto, toda ciudad a punto de ser asediada está tomada. «Sólo lo ocultan», añadió Bloch, «para no deprimir a la opinión entre los boches, pero murió anoche. Mi padre lo ha sabido de una fuente de primerísimo orden». Las fuentes de primerísimo orden eran las únicas que tenía en cuenta el Sr. Bloch padre, ya fuera la noticia, aún secreta, que recibía, por la suerte que tenía, gracias a «relaciones importantes», de estar en comunicación con ellas, la de que la Exterior iba a subir o la de que Beers iba a bajar. Por lo demás, si en aquel momento preciso se producía una subida de Beers u «ofertas» de la Exterior, si el mercado de la primera era «firme» y «activo», el de la segunda «vacilante», «débil», y había «reserva» al respecto, no por ello dejaba la fuente de primerísimo orden de serlo. Por eso, Bloch nos anunció la muerte del Káiser con expresión misteriosa e importante, pero también rabiosa. Estaba particularmente exasperado por haber oído a Robert decir: «el emperador Guillermo». Me parece que Saint-Loup y el Sr. de Guermantes no habrían podido decir otra cosa bajo la cuchilla de la guillotina. Dos hombres de la alta sociedad que fueran los dos únicos supervivientes en una isla desierta, en la que no hubiesen de dar pruebas de buenos modales a nadie, se reconocerían por esas señales de educación, como dos latinistas citarían correctamente a Virgilio. Aun torturado por los alemanes, Saint-Loup no habría podido nunca decir otra cosa que «el emperador Guillermo» y esa mundología es, pese a todo, un indicio de grandes trabas para la inteligencia. Quien no sabe rechazarlas sigue siendo un hombre de mundo. Por lo demás, esa elegante mediocridad es deliciosa —sobre todo con toda la generosidad oculta y el heroísmo inexpresado que la acompaña— junto a la vulgaridad de Bloch, a la vez cobarde y fanfarrón, quien gritaba a Saint-Loup: «¿Es que no podrías decir Guillermo a secas? Ya sé lo que te pasa, tienes canguelo, ¡aquí mismo te pones de rodillas ante él! ¡Ah! Así vamos a tener valientes soldados en la frontera, que lamerán las botas de los boches. Vosotros sois los de los galones, que sabéis pavonearos en un carrusel... y se acabó».
«Ese pobre Bloch está absolutamente empeñado en que yo no haga otra cosa que pavonearme», me dijo Saint-Loup sonriendo cuando nos hubimos separado de nuestro compañero y yo tuve la clara sensación de que lo que deseaba Robert en modo alguno era pavonearse, aunque no me diese cuenta entonces de sus intenciones tan exactamente como más adelante, cuando, al permanecer inactiva la caballería, obtuvo permiso para servir como oficial de infantería y después de cazadores a pie y, por último, cuando llegó la continuación que se leerá más adelante, pero Bloch no se daba cuenta del patriotismo de Robert simplemente porque éste en modo alguno lo expresaba. Si bien Bloch nos había hecho profesiones de fe malintencionadamente antimilitaristas una vez que fue reconocido «útil», antes, cuando se creía declarado inútil, por miopía, había hecho las declaraciones más patrioteras, pero Saint-Loup habría sido incapaz de hacerlas; en primer lugar, por algo así como una delicadeza moral que impide expresar los sentimientos demasiado profundos y considerados totalmente naturales. En tiempos, mi madre no sólo no habría vacilado un segundo en morir por mi abuela, sino que, además, habría sufrido horriblemente, si le hubieran impedido hacerlo. No obstante, me resulta imposible imaginar retrospectivamente en sus labios una frase como ésta: «Yo daría mi vida por mi madre». Igualmente tácito en su amor a Francia era Robert, a quien en aquel momento yo consideraba mucho más Saint-Loup (en la medida en que podía imaginarme a su padre) que Guermantes. También le habría impedido expresar esos sentimientos la calidad en cierto modo moral de su inteligencia. En los trabajadores inteligentes y en verdad serios hay cierta aversión a quienes literaturizan para realzar lo que hacen. No habíamos estado juntos ni en el instituto ni en la Sorbona, pero habíamos seguido por separado ciertos cursos de los mismos maestros (y recuerdo la sonrisa de Saint-Loup), que, si bien ofrecen, como otros, un curso notable, quieren pasar por hombres de genio dando un nombre ambicioso a sus teorías. A poco que lo comentáramos, Robert se reía con ganas. Naturalmente, nuestra predilección no se inclinaba instintivamente por los Cottard o los Brichot, pero, en cualquier caso, teníamos cierta consideración por quienes sabían griego o medicina a fondo y no por ello se consideraban autorizados a hacer de charlatanes. Ya he dicho que, si bien en tiempos todas las acciones de mi madre se basaban en el sentimiento de que habría dado su vida por su madre, nunca se había formulado dicho sentimiento para sí misma y, en cualquier caso, le habría parecido no sólo inútil y ridículo, sino también chocante y vergonzoso expresárselo a los demás; asimismo, me resulta imposible imaginar en los labios de Saint-Loup —al hablarme de sus pertrechos, de los recados que debía hacer, de nuestras posibilidades de victoria, de la poca consistencia del ejército ruso, de lo que haría Inglaterra— la propia frase más elocuente dicha por el propio ministro más simpático a los diputados, de pie y entusiastas. Sin embargo, no puedo decir que en esa faceta negativa que le impedía expresar sus bellos sentimientos no hubiera un efecto del «espíritu de los Guermantes», como tantos ejemplos de él que hemos visto en Swann. Es que, si bien me parecía sobre todo un Saint-Loup, seguía siendo también un Guermantes y, por esa razón, entre los numerosos móviles que excitaban su valor, había algunos que diferían de los de sus amigos de Doncières, aquellos jóvenes apasionados por su oficio con los que yo había cenado todas las noches y tantos de los cuales resultaron muertos en la batalla del Marne o en otros lugares dirigiendo a sus hombres.
Los jóvenes socialistas que podía haber en Doncières, cuando yo estaba allí, pero a los que no conocía porque no frecuentaban el ambiente de Saint-Loup, pudieron darse cuenta de que los oficiales de aquel ambiente en modo alguno eran aristós en la acepción altivamente orgullosa y vilmente egoísta que el pópulo, los oficiales por escalafón, los masones, daban a ese apodo. Y, por lo demás, los oficiales nobles comprobaron igual y plenamente ese mismo patriotismo en los socialistas, sobre los cuales yo les había oído, cuando estaba en Doncières, en pleno caso Dreyfus, la acusación de ser unos «sin patria». El patriotismo de los militares, tan sincero, tan profundo, había cobrado una forma precisa que consideraban intangible y les indignaba verla cubierta de oprobio, mientras que los patriotas en cierto modo inconscientes, independientes, sin religión patriótica precisa, que eran los radicales socialistas no habían sabido entender la realidad profunda encarnada en lo que ellos consideraban fórmulas vanas y ociosas.
Seguramente Saint-Loup se había habituado, como ellos, a desarrollar en sí mismo, como su parte más verdadera, la investigación y la concepción de las mejores maniobras con vistas a los mayores éxitos estratégicos y tácticos, por lo que, para él como para ellos, la vida de su cuerpo era algo relativamente poco importante, que se podía sacrificar fácilmente a esa parte interior, verdadero núcleo vital en ellos y en torno al cual la existencia personal sólo tenía el valor de una epidermis protectora. En la valentía de Saint-Loup había elementos más característicos, en los que se habría reconocido fácilmente la generosidad a la que se había debido, al comienzo, el encanto de nuestra amistad y también el vicio hereditario que se había despertado más adelante en él y que, unido a cierto nivel intelectual que no había superado, le hacía no sólo admirar el valor, sino también llevar el horror al afeminamiento hasta cierta embriaguez en contacto con la virilidad. Viviendo al raso —y castamente sin lugar a dudas— con senegaleses que hacían en todo momento el sacrificio de su vida, experimentaba una voluptuosidad cerebral en la que había mucho desprecio por los «señoritines afectados» y que, por opuesta que le pareciese, no era tan diferente de la que le daba esa cocaína de la que había abusado en Tansonville y de la que el heroísmo —como un remedio que suple a otro— lo curaba. En su valor había ante todo esa doble costumbre de la cortesía que, por una parte, lo hacía alabar a los demás y contentarse para sí con actuar bien sin decir nada, al contrario que un Bloch, quien le había dicho en nuestro encuentro: «Naturalmente, tú te escaquearías», y no hacía nada, y, por otra parte, lo movía a quitar toda importancia a lo suyo, su fortuna, su rango, su vida misma, a entregarlos: en una palabra, la verdadera nobleza de su ser, pero tantos orígenes se confunden en el heroísmo, que la nueva inclinación sexual que se le había declarado, además de la mediocridad intelectual, que no había podido superar, también tenía que ver con él. Al adoptar las costumbres del Sr. de Charlus, Robert se había visto adoptando también, aunque de forma diferente, su ideal de virilidad.
«¿Va a durar mucho?», dije a Saint-Loup. «No, creo que va a ser una guerra muy corta», me contestó, pero a ese respecto sus argumentos eran, como siempre, librescos. «Relee», me dijo, como si yo ya lo hubiera leído, «teniendo en cuenta las profecías de Moltke, el decreto del 28 de octubre de 1913 sobre la dirección de las grandes unidades y verás que no se ha organizado ni previsto siquiera la substitución de las reservas de la época de paz, cosa que no se habría dejado de hacer si la guerra fuese a ser larga». A mí me parecía que se podía interpretar ese decreto —no como una prueba de que la guerra sería corta, sino— como la imprevisión sobre si lo sería y sobre lo que sería en quienes lo habían redactado y no sospechaban el espantoso consumo de material de todo tipo que habría en una guerra estabilizada ni la solaridad de los diversos teatros de operaciones.
Aparte de la homosexualidad, en las personas más opuestas por naturaleza a ella existe cierto ideal convencional de virilidad, que, si el homosexual no es un ser superior, se encuentra a su disposición para que lo desnaturalice, por lo demás. Dicho ideal —de ciertos militares, de ciertos diplomáticos— es particularmente exasperante. En su forma más baja, es simplemente la rudeza del corazón de oro que no quiere parecer emocionado y que en el momento de una separación con un amigo que tal vez vaya a caer muerto tiene en el fondo unas ganas de llorar que nadie sospecha, porque las cubre con una cólera en aumento que acaba con esta explosión en el momento de la despedida: «Vamos, ¡hostias! Cacho idiota, abrázame y coge esta bolsa que me estorba, so imbécil». El diplomático, el oficial, el hombre para quien sólo una gran obra nacional cuenta, pero que ha tenido, de todos modos, afecto al «chaval» que estaba en la legación o en el batallón y murió de fiebres o de un balazo, presenta el mismo gusto por la virilidad de una forma más hábil, más sabia, pero en el fondo igualmente odiosa. No quiere llorar al «chaval», sabe que pronto se pensará tan poco en él como el cirujano de buen corazón que, la noche de la muerte de una enfermita contagiosa, siente, sin embargo, una pena que no expresa. A poco que el diplomático sea escritor y cuente esa muerte, no dirá que sintió pena, no: primero, por «pudor viril» y, después, por habilidad artística, que hace nacer la emoción disimulándola. Uno de sus colegas y él velarán al moribundo. Ni un instante dirán que sienten pena. Hablarán de los asuntos de la legación o del regimiento, incluso con más exactitud que de costumbre:
«B*** me dice: “No vaya a olvidar que mañana hay revista del general: procure que sus hombres estén presentables”. Él, que solía ser tan agradable, tenía un tono más seco que de costumbre y noté que procuraba no mirarme. Yo también me sentía nervioso».
Y el lector comprende que ese tono seco es la pena sentida por las personas que no quieren traslucirla, cosa que sería simplemente ridícula, pero es también bastante desesperante y horrenda, porque es la forma de sentir pena de las personas que creen que ésta no cuenta, que la vida es más seria que las separaciones, etcétera, por lo que, con ocasión de una muerte, dan esa impresión de mentira, de nulidad, que da al Año Nuevo el señor que, al traernos las castañas confitadas, dice: «Feliz y próspero año nuevo», con una risita burlona, pero, aun así, lo dice. Por acabar el relato del oficial o del diplomático que velan —con la cabeza cubierta, porque han trasladado al herido al aire libre— al moribundo, en un momento dado todo se ha acabado:
«Yo pensaba: hay que volver a preparar las cosas para el zafarrancho, pero no sé, la verdad, por qué, en el momento en que el doctor le soltó la muñeca, B*** y yo, de pie delante de la cama, sin habernos puesto de acuerdo —tal vez tuviéramos calor, porque el sol caía a plomo— nos quitamos los quepis».
Y el lector siente perfectamente que no es por el calor del sol, sino por la emoción ante la majestad de la muerte, por lo que los dos hombres viriles, que nunca pronuncian la palabra «ternura» ni «pena», se han descubierto.
El ideal de virilidad de los homosexuales a lo Saint-Loup no es el mismo, pero es igualmente convencional y mendaz. En su caso la mentira estriba en no querer darse cuenta de que el deseo físico es la base de los sentimientos a los que atribuyen otro origen. El Sr. de Charlus detestaba el afeminamiento. Saint-Loup admiraba el valor de los hombres jóvenes, la embriaguez de las cargas de la caballería, la nobleza intelectual y moral de las amistades de hombre a hombre, enteramente puras, en las que uno sacrifica la vida por el otro. La guerra, que, en capitales en las que ya sólo quedan mujeres, causa la desesperación de los homosexuales, es, al contrario, la novela apasionada de éstos, si son lo bastante inteligentes para concebir quimeras, pero no lo bastante para saber calarlas, reconocer su origen, juzgarse. De modo, que en determinado momento en que ciertos jóvenes se alistaron simplemente por espíritu de imitación deportiva, así como en cierto año todo el mundo juega al «diábolo», la guerra fue para Saint-Loup más que nada el ideal mismo que se imaginaba perseguir en sus deseos más concretos, anublados de ideología, ese ideal al que servía en común con las personas a las que prefería, en un orden de caballería puramente masculino, lejos de las mujeres, en el que podría exponer su vida para salvar a su ordenanza y morir inspirando un amor fanático a sus hombres. Y así, aunque hubiera muchos otros ingredientes en su valor, formaba parte de él su condición de gran señor y también, en forma irreconocible e idealizada, la idea del Sr. de Charlus de que la esencia de un hombre era la de no tener nada de afeminado. Por lo demás, así como en la filosofía y en el arte dos ideas análogas sólo valen por la forma como se desarrollan y pueden diferir en gran medida, según las exponga Jenofonte o Platón, así también, aun reconociendo lo mucho que hay de común en ellos al hacerlo, yo admiro a Saint-Loup infinitamente más por solicitar un destino en el punto más peligroso que al Sr. de Charlus por no llevar corbatas claras.
Hablé a Saint-Loup de mi amigo el director del Gran Hotel de Balbec, quien había afirmado, al parecer, que al comienzo de la guerra había habido deserciones, que él llamaba «desertaciones», y había acusado de haberlas provocado a quien llamaba el «militarista prusiano»; había creído incluso, en determinado momento, en un desembarco simultáneo de los japoneses, los alemanes y los cosacos en Rivebelle, con lo que amenazarían a Balbec, y había dicho que había que «alargarse» aprisa y corriendo. Aquel germanófobo decía, riendo, a propósito de su hermano: «Está en las trincheras, ¡a veinticinco metros de los boches!», hasta que, tras saberse que él mismo lo era, lo internaron en un campo de concentración.
«A propósito de Balbec, ¿recuerdas al antiguo ascensorista del hotel?», me dijo, antes de despedirse, Saint-Loup con el tono de quien no parecía saber quién era y contaba conmigo para que se lo aclarara. «Se ha alistado y me ha escrito para ver si consigo que lo admitan en la aviación». Seguramente el ascensorista estaba cansado de subir en la jaula cautiva del ascensor y ya no le bastaban las alturas de la escalera del Gran Hotel. Iba a «conseguir unos galones» diferentes de los de portero, pues nuestro destino no siempre es lo que habíamos creído. «Desde luego, voy a apoyar su solicitud», me dijo Saint-Loup. «Esta misma mañana le decía yo a Gilberte que nunca tendremos bastantes aviones. Con ellos veremos lo que prepara el enemigo. Lo privarán del beneficio mayor de un ataque, el de la sorpresa: el ejército mejor será el que tenga los mejores ojos».
Yo me había encontrado a aquel ascensorista aviador pocos días antes. Me había hablado de Balbec y, con la curiosidad por ver qué me diría de Saint-Loup, orienté la conversación preguntándole si era cierto, como me habían dicho, que el Sr. de Charlus tenía para con ciertos jóvenes, etcétera. El ascensorista pareció asombrado, no sabía absolutamente nada al respecto. En cambio, acusó al joven rico, el que vivía con su amante y tres amigos. Como parecía meter todo en un mismo saco y yo sabía —por el Sr. de Charlus, quien me lo había dicho, como se recordará, delante de Brichot— que no había nada de cierto en eso, dije al ascensorista que debía de estar equivocado. Opuso a mis dudas las afirmaciones más ciertas. La amiga del joven rico era la encargada de seducir a los jóvenes y todos obtenían el placer juntos. Así, el Sr. de Charlus, el hombre más competente a ese respecto, se había equivocado enteramente, ya que la verdad es muy parcial, secreta e imprevisible. Por miedo a razonar como un burgués, a ver charlismo donde no existía, se le había escapado ese dato: la seducción por parte de la mujer. «Ella vino con frecuencia a verme», me dijo el ascensorista, «pero en seguida vio quién era yo: me negué en redondo, a mí no me va ese asunto; le dije que me desagradaba profundamente. Hay que procurar no ser indiscreto: lo van contando por ahí y ya no puedes encontrar empleo en ninguna parte». Estas últimas razones debilitaban las virtuosas declaraciones del comienzo, ya que parecían entrañar que, si el ascensorista hubiera tenido garantizada la discreción, habría cedido. Seguramente así había sido en el caso de Saint-Loup. Es probable que ni siquiera el hombre rico, sus amantes y sus amigos se hubiesen visto menos favorecidos, pues el ascensorista citaba muchas conversaciones que habían tenido con él en épocas muy diferentes, cosa que raras veces ocurre cuando se ha expresado una negativa tan categórica. Por ejemplo, la amante del hombre rico había ido a verlo para conocer a un botones del que era muy amigo. «No creo que lo conociera usted, no estaba usted en aquella época. Victor lo llamaban. Naturalmente», añadía el ascensorista como refiriéndose a leyes inviolables y un poco secretas, «no se puede decir que no a un compañero que no es rico». Recordé la invitación que el amigo noble del hombre rico me había dirigido unos días antes de mi partida de Balbec, pero seguramente nada tenía que ver y la había dictado exclusivamente la amabilidad.
«Por cierto, ¿consiguió la pobre Françoise que declararan inútil a su sobrino?». Pero Françoise, quien llevaba mucho tiempo haciendo todo lo posible para conseguirlo y, cuando le habían propuesto una recomendación, por mediación de los Guermantes, para el general de Saint-Joseph, había respondido con tono desesperado: «¡Oh, no! No serviría para nada, no hay nada que hacer con ese buen señor anciano, es lo peor que se pueda imaginar: es patriótico», en cuanto se vio venir la guerra y por mucho dolor que sintiera, opinaba que no se debía abandonar a los «pobres rusos», puesto que estábamos «alianzados». El jefe de comedor, convencido, por lo demás, de que la guerra sólo duraría diez días y terminaría con la victoria clamorosa de Francia, no se habría atrevido a hacerlo, por miedo a ser desmentido por los acontecimientos, ni habría tenido siquiera bastante imaginación para predecir una guerra larga e incierta, pero al menos intentaba extraer de antemano de aquella victoria completa e inmediata todo lo que podía hacer sufrir a Françoise. «Podría muy bien haber escándalos, porque parece que hay muchos que no quieren ir, muchachos de dieciséis años deshechos en lágrimas». Y decirle así, para «vejarla», cosas desagradables es lo que él llamaba «armarle un follón, lanzarle un dicterio, enviarle un retruécano». «¡De dieciséis años, Virgen María!», decía Françoise y, desafiante por un momento, añadía: «Sin embargo, decían que no los tomaban hasta después de cumplir los veinte años: son aún unos niños». «Naturalmente, los periódicos tienen orden de no decirlo. Por lo demás, toda la juventud irá para delante y no volverán muchos. Por un lado, vendrá bien, una buena sangría resulta útil de vez en cuando: impulsará el comercio. ¡Ah! ¡Menudo! Si hay chavales demasiado tiernos que vacilan, se los fusila inmediatamente, doce balas en la piel, ¡zas! Por un lado, es necesario y, además, a los oficiales, ¿qué puede importarles? Se llevan sus pesetas,[2] es lo único que piden». Françoise palidecía tanto, durante cada una de aquellas conversaciones, como para inspirar temor de que el jefe de comedor le provocara la muerte con una enfermedad del corazón.
No por ello desaparecían sus defectos. Cuando una joven venía a verme, si por casualidad salía yo un instante de mi habitación, ya me veía a la vieja sirviente, pese a lo mucho que le dolían las piernas, en lo alto de una escalera, en el guardarropa, buscando algún abrigo mío —me decía— para ver si se habían colado en él las polillas, pero, en realidad, para escucharnos. Pese a mis críticas, conservaba la insidiosa costumbre de hacer preguntas de forma indirecta, para lo cual llevaba tiempo utilizando la fórmula «porque seguramente...». Como no se atrevía a decirme: «¿Tiene esa señora un palacete?», me decía, con los ojos tímidamente alzados como los de un buen perro: «Porque seguramente esa señora tiene un palacete particular...», evitando la interrogación flagrante no tanto para mostrarse educada cuanto para no parecer curiosa.
Como los sirvientes a los que más queremos —y sobre todo si ya apenas nos prestan los servicios ni las consideraciones propios de su oficio— siguen, por desgracia, siendo sirvientes y marcan más claramente los límites (que nos gustaría borrar) de su casta a medida que creen penetrar más en la nuestra, Françoise me dirigía con frecuencia («para pincharme», habría dicho el jefe de comedor) esas palabras extrañas que una persona de la alta sociedad evitaría: si yo tenía calor y el sudor me perlaba —sin que yo le atribuyera importancia— la frente, con una alegría disimulada, pero tan profunda como si se hubiera tratado de una enfermedad grave, me decía: «Pero está usted sudando a mares», asombrada como ante un fenómeno extraño, sonriendo un poco con el desprecio que inspira algo indecente («Va usted a salir, pero se ha olvidado de ponerse la corbata») y, sin embargo, adoptando la preocupación en la voz destinada a inquietar a alguien sobre su estado. Parecía que sólo yo en el Universo hubiera estado jamás sudando a mares. El caso es que había dejado de hablar bien como en tiempos, pues con su humildad, su tierna admiración por personas infinitamente inferiores a ella, adoptaba sus feos giros lingüísticos. Como su hija se me había quejado de ella y me había dicho (no sé de quién lo habría aprendido): «Siempre tiene algo que decir: que si cierro mal las puertas y patatipatalí y patatipatalá», Françoise creyó seguramente que sólo su incompleta instrucción la había privado hasta entonces de ese hermoso uso y en sus labios, en los que en tiempos había florecido el francés más puro, oí varias veces al día: «Y patatipatalí y patatipatalá». Por lo demás, resulta curioso lo poco que varían no sólo las expresiones, sino también los pensamientos en una misma persona. El jefe de comedor había adoptado la costumbre de declarar que el Sr. Poincaré era malintencionado —no por el dinero, sino— porque había deseado la guerra absolutamente, y volvía a decirlo siete u ocho veces al día delante del mismo auditorio habitual y siempre tan interesado. Ni una palabra ni un gesto ni una entonación variaba. Aunque sólo durara dos minutos, era invariable como una representación. Sus faltas de francés corrompían el lenguaje de Françoise tanto como las de su hija. Creía que lo que el duque de Guermantes había llamado un día «los edículos Rambuteau», con lo que tanto había ofendido al Sr. de Rambuteau, se llamaban «orinarios». Seguramente en su infancia no había oído la u y había conservado el nombre así. Así, pues, pronunciaba esa palabra incorrecta y perpetuamente. Françoise, molesta al principio, acabó diciéndola también, al quejarse de que no los hubiera para las mujeres como para los hombres, pero, con su humildad y su admiración por el jefe de comedor, nunca decía «urinarios», sino —con una ligera concesión a la costumbre— «orinarios».
Ya no dormía ni comía y pedía que le leyera los comunicados, de los que no entendía nada, al jefe de comedor, quien, como tampoco comprendía mucho más y en su deseo de atormentar a Françoise con frecuencia primaba un júbilo patriótico, decía, con una risa simpática y refiriéndose a los alemanes: «Deben de estar pasándolas canutas, nuestro viejo Joffre les está montando unos pollos curiositos». Françoise no comprendía demasiado de qué pollos se trataba, pero no por ello dejaba de intuir que aquella frase formaba parte de las amables y originales extravagancias a las que, por urbanidad, una persona bien educada debía responder con buen humor y, encogiéndose de hombros, como diciendo: «No hay duda de que es siempre el mismo», templaba sus lágrimas con una sonrisa. Al menos estaba contenta de que el nuevo mozo de la carnicería, quien, pese a su oficio, era bastante temeroso (y eso que había comenzado en el matadero), no tuviese edad para ir al frente. De lo contrario, habría sido capaz de ir a ver al ministro de la Guerra a fin de conseguir que lo declararan inútil para el servicio.
El jefe de comedor no habría podido imaginar que los comunicados no eran excelentes y que no nos acercábamos a Berlín, ya que leía: «Hemos rechazado, con fuertes pérdidas para el enemigo, etcétera», operaciones que celebraba como nuevas victorias. Sin embargo, yo estaba espantado ante la rapidez con la que el escenario de esas victorias se acercaba a París y me asombró incluso que el jefe de comedor, después de haber visto en un comunicado que una operación se había desarrollado cerca de Lens, no hubiera sentido inquietud al enterarse en el periódico del día siguiente que sus consecuencias habían redundado en nuestro favor en Jouy-le-Vicomte, cuyas inmediaciones manteníamos sólidamente. Sin embargo, el jefe de comedor conocía perfectamente el nombre de Jouy-le-Vicomte, que no estaba demasiado alejado de Combray, pero es que leemos los periódicos como amamos: con un velo en los ojos. No intentamos comprender los hechos. Escuchamos las dulces palabras del redactor jefe como las de una amante. Estamos vencidos y contentos, por no considerarnos vencidos, sino vencedores.
Por lo demás, yo no me había quedado mucho tiempo en París y había vuelto bastante aprisa a mi casa de salud. Aunque en principio el tratamiento del doctor requería aislamiento, en dos épocas diferentes me habían entregado una carta de Gilberte y otra de Robert. Gilberte me escribía (era poco después de septiembre de 1914) que, pese al deseo que sentía de permanecer en París para tener más fácilmente noticias de Robert, las incursiones perpetuas de los taubes por encima de París le habían causado tal espanto, sobre todo por su hijita, que había huido en el último tren para Combray, ¡y sólo gracias a la carreta de un campesino en la que había pasado diez horas de un trayecto atroz había podido llegar a Tansonville! «Y allí, ¡imagínate lo que esperaba a tu vieja amiga!», me escribía al final Gilberte. «Me había marchado de París para huir de los aviones alemanes, pensando que en Tansonville estaría al abrigo de todo. Llevaba tan sólo dos días allí, cuando —nunca habrías imaginado lo que ocurrió— los alemanes que invadían la región, después de haber derrotado a nuestras tropas en La Fère, y un estado mayor alemán, seguido de un regimiento, se presentaba a las puertas de Tansonville y me veía obligada a albergarlo, y no había medio alguno para huir: ningún tren ya, nada». ¿Se habría comportado bien, en efecto, el estado mayor alemán o habría que ver en la carta de Gilberte un efecto, por contagio de la mentalidad de los Guermantes, quienes eran de origen bávaro, emparentados con la más alta aristocracia de Alemania? Pero Gilberte hablaba y no paraba de la perfecta educación del estado mayor e incluso de los soldados que sólo le habían pedido «permiso para cortar uno de los nomeolvides que crecían junto al estanque», buena educación que contrastaba con la violencia desordenada de los fugitivos franceses, quienes habían cruzado la propiedad destrozándolo todo, antes de la llegada de los generales alemanes. En todo caso, si la carta de Gilberte estaba en algunos sentidos impregnada de la mentalidad de los Guermantes —otros habrían dicho del internacionalismo judío, lo que probablemente no habría sido justo, como veremos—, la carta que recibí, muchos meses después, de Robert era, por su parte, mucho más propia de un Saint-Loup que de un Guermantes, pues reflejaba, además, toda la cultura tan liberal que había adquirido y, en una palabra, de lo más simpática. Por desgracia, no me hablaba de estrategia, como en sus conversaciones de Doncières, y no me decía en qué medida consideraba que la guerra confirmaba o invalidaba los principios que entonces me había expuesto.
Como máximo, me dijo que desde 1914 se habían sucedido, en realidad, varias guerras y las enseñanzas de cada una de ellas habían influido en la dirección de la siguiente y, por ejemplo, la teoría de la «penetración» se había completado con la tesis de que, antes de penetrar, se debía castigar enteramente mediante la artillería el terreno ocupado por el adversario, pero después se había observado que, al contrario, ese castigo volvía imposible el avance de la infantería y la artillería por terrenos en los que millares de agujeros causados por los obuses habían hecho otros tantos obstáculos. «La guerra», me decía, «no se libra de las leyes de nuestro viejo Hegel. Está en estado de perpetuo cambio».
Era poco en comparación con lo que me habría gustado saber, pero lo que me enojaba aún más era que no tenía derecho a citarme nombres de generales y, por lo demás, por lo poco que me decía el periódico, los que la dirigían no eran aquellos sobre los cuales estaba yo en Doncières tan interesado en saber cuáles demostrarían más valor en una guerra. Geslin de Bourgogne, Galliffet, Négrier habían muerto. Pau había abandonado el servicio activo casi al comienzo de la guerra. De Joffre, de Foch, de Castelnau, de Pétain, nunca habíamos hablado. «Querido», me escribía Robert, «reconozco que expresiones como “no pasarán” o “les daremos una buena” no son agradables: me han hecho durante mucho tiempo rechinar los dientes tanto como sorchi y demás y seguramente resulta aburrido crear una epopeya con términos que son peor que una falta de gramática o de gusto, que son esa cosa contradictoria y atroz, una afectación, una pretensión, vulgares, que detestamos tanto como, por ejemplo, a quienes creen ingenioso decir “de la coca” por “de la cocaína”, pero, si vieras todo este mundo —sobre todo los hombres del pueblo, los obreros, los pequeños comerciantes, que no sospechaban albergar tanto heroísmo en sí mismos y habrían muerto en su cama sin haberlo conocido— correr bajo las balas para socorrer a un compañero, para trasladar a un jefe herido y, al resultar alcanzados, a su vez, sonreír en el momento en que iban a morir, porque el médico-jefe los informaba de que habían arrebatado la trinchera a los alemanes, te aseguro, querido mío, que todo eso habla mucho a favor de los franceses y ayuda a comprender las épocas históricas que nos parecían un poco extraordinarias en la escuela.
»La epopeya es tan hermosa, que te parecería, como a mí, que las palabras ya no sirven. Rodin o Maillol podrían hacer una obra maestra con una materia horrorosa que resultaría difícil de reconocer. En contacto con semejante grandeza, sorchi ha pasado a ser para mí algo sobre lo que tengo tan poco la sensación de que representara en primer lugar una alusión o una broma como cuando leemos carcas, por ejemplo, pero tengo la sensación de que sorchi está ya listo para que lo usen los grandes poetas, como las palabras “diluvio” o “Cristo” o “bárbaros”, que ya estaban henchidas de grandeza antes de que Hugo, Vigny o los demás las hubieran usado.
»Digo que el pueblo, los obreros, son lo mejor que hay, pero todo el mundo cumple. El pobre pequeño Vaugoubert, el hijo del embajador, fue herido siete veces antes de morir y, siempre que volvía de una expedición sin haber cobrado, parecía excusarse y decir que no era culpa suya. Era un ser encantador y nos habíamos hecho muy amigos. Los pobres padres recibieron el permiso para venir al entierro con la condición de no llevar luto y permanecer sólo cinco minutos por culpa de los bombardeos. La madre, una percherona que tal vez conozcas, podía sentir mucha pena, pero no se veía. En cambio, el estado del pobre padre era tal, que yo, que, a fuerza de habituarme a ver la cabeza del compañero que estaba hablándome súbitamente destrozada por un torpedo o incluso separada del tronco, he acabado volviéndome totalmente insensible, no podía contenerme —te lo aseguro— al ver el hundimiento de Vaugoubert padre, quien estaba lo que se dice hecho polvo. Por mucho que el general le dijese que había sido por Francia por lo que su hijo se había portado como un héroe, sólo servía para intensificar los sollozos del pobre hombre, que no podía separarse del cuerpo de su hijo. El caso es que todos esos, como mi pobre ayuda de cámara, como Vaugoubert, impidieron pasar —y por eso hay que habituarse al “no pasarán”— a los alemanes. Tal vez te parezca que no avanzamos demasiado, pero no hay que razonar: un ejército se siente victorioso por una impresión íntima, como un moribundo se siente destrozado. Ahora bien, sabemos que conseguiremos la victoria y la queremos para dictar una paz justa: no quiero decir sólo justa para nosotros, sino justa de verdad, para los franceses y también para los alemanes».
Naturalmente, el «flagelo» no había elevado la inteligencia de Saint-Loup por encima de sí misma. Así como los héroes de inteligencia mediocre y trivial que escribían poemas durante su convalecencia no se situaban, para describir la guerra, en el nivel de los acontecimientos, que en sí mismos no son otra cosa que la trivial estética cuyas reglas habían seguido hasta entonces, al hablar, como habrían hecho diez años antes, de la «sangrante aurora», del «trémulo vuelo de la victoria», etcétera, así también Saint-Loup, por su parte, mucho más inteligente y artista, seguía siéndolo y me descubría con gusto paisajes, mientras estaba inmovilizado en la linde de un bosque pantanoso, pero como si se hubiera tratado de una caza de patos. Para hacerme entender ciertos contrastes de luces y sombras que habían sido «el hechizo de [su] mañana», me citaba ciertos cuadros que a los dos nos gustaban y no tenía reparo en referirse a una página de Romain Rolland o incluso de Nietszche, con esa independencia de los del frente, quienes no tenían el mismo miedo a pronunciar un nombre alemán que los de la retaguardia, e incluso con ese tono de coquetería, al citar a un enemigo, que ponía, por ejemplo, el coronel Du Paty de Clam, en la sala de los testigos del caso Dreyfus, al recitar, mientras pasaba por delante de Pierre Quillard, poeta dreyfusista de la más extrema violencia y al que, por lo demás, no conocía, versos de su drama simbolista La Fille aux mains coupées. Saint-Loup me hablaba de una melodía de Schumann, daba el título sólo en alemán y no recurría a circunloquio alguno para decir que, cuando al alba había oído un primer gorjeo en la linde de aquel bosque, se había sentido embriagado, como si le hubiera hablado el pájaro de ese «sublime Sigfrido», que esperaba con impaciencia oír después de la guerra.
Y ahora, a mi segundo regreso a París, había yo recibido, la mañana misma de mi llegada, una nueva carta de Gilberte, quien seguramente había olvidado la —o al menos el sentido de la— que he copiado, pues su partida de París al final de 1914 aparecía representada en ella retrospectivamente de forma bastante distinta. «Tal vez no sepas, querido amigo», me decía, «que pronto va a hacer dos años que estoy en Tansonville. Llegué al mismo tiempo que los alemanes; todo el mundo había querido impedirme partir. Me tildaban de loca. “¡Cómo!”, me decían. “Está usted segura en París y se marcha a esas regiones invadidas en el preciso momento en que todo el mundo intenta escapar de ellas”. Yo no reconocía toda la justeza de ese razonamiento, pero, ¿qué quieres? Sólo tengo una cualidad, la de no ser cobarde o, si prefieres, la de ser fiel, y, cuando supe que mi querido Tansonville estaba amenazado, no quise que nuestro viejo administrador permaneciera solo para defenderlo. Me pareció que debía estar a su lado y, por lo demás, gracias a esa resolución pude salvar más o menos el castillo, cuando casi todos los demás de la vecindad, abandonados por sus propietarios enloquecidos, fueron destruidos enteramente, y no sólo eso, sino también las preciosas colecciones que tan caras eran a mi querido papá». En una palabra, Gilberte estaba convencida ahora de que no había ido a Tansonville, como me había escrito en 1914, para huir de los alemanes y estar al abrigo, sino, al contrario, para salir a su encuentro y defender su castillo contra ellos. Por lo demás, los alemanes no se habían quedado en Tansonville, pero no había cesado de tener en su casa un ir y venir constante de militares que superaba mucho el que saltaba las lágrimas a Françoise en la calle de Combray, de vivir, como decía esa vez con toda verdad, en el frente. Por eso, se hablaba en los periódicos con los mayores elogios de su admirable conducta y de condecorarla. El final de la carta era totalmente exacto. «No te imaginas lo que es esta guerra, querido amigo, ni la importancia que cobra en ella una carretera, un puente, una altura. ¡Cuántas veces he pensado en ti, en los paseos —deliciosos gracias a ti— que dábamos juntos por toda esta zona hoy devastada, mientras se reñían combates inmensos por la posesión de tal camino, tal collado, que te gustaban, a los que tantas veces fuimos juntos! Probablemente tú, como yo, no te imaginabas que el obscuro Roussainville y el fastidioso Méséglise, desde donde nos traían las cartas y adonde fuimos a buscar al doctor cuando estuviste enfermo, serían jamás lugares célebres. Pues bien, querido amigo, han entrado para siempre en la gloria por las mismas razones que Austerlitz o Valmy. La batalla de Méséglise duró más de ocho meses, los alemanes perdieron en ella más de seiscientos mil hombres y destruyeron Méséglise, pero no la tomaron. No puedes imaginarte la importancia que ha adquirido el caminito que tanto te gustaba y que llamábamos “el repecho de los majuelos” y en el que dices haberte enamorado de mí en tu infancia, cuando, en realidad, te aseguro con toda veracidad que fui yo quien se enamoró de ti. El inmenso campo de trigo en el que acaba es la famosa cota 307, cuyo nombre debes de haber visto reaparecer con tanta frecuencia en los comunicados. Los franceses hicieron saltar el puentecito sobre el Vivonne, que, según decías, no te recordaba tu infancia tanto como te habría gustado, los alemanes tendieron otros y durante un año y medio tuvieron en su poder una mitad de Combray y los franceses la otra».
El día siguiente a aquel en que había yo recibido esta carta, es decir, la antevíspera de aquel en que, caminando en la obscuridad, oyendo sonar mis pasos, mientras rumiaba todos esos recuerdos, Saint-Loup, que había venido del frente y estaba a punto de volver a él, me había hecho una visita de sólo unos segundos, cuyo simple anuncio me había emocionado profundamente. Françoise había querido precipitarse sobre él con la esperanza de que pudiera lograr que declararan inútil al tímido mozo de la carnicería, cuya quinta debía partir al cabo de un año, pero se detuvo por sí sola ante la inutilidad de esa gestión, pues desde hacía mucho el tímido matador de animales había cambiado de carnicería y —ya fuera que la nuestra temiese perdernos como clientes o lo dijera de buena fe— declaró a Françoise que ignoraba dónde estaba empleado ese muchacho, quien, por lo demás, nunca llegaría a ser un buen carnicero. Entonces Françoise había buscado por todas partes, pero París es grande y cuenta con numerosas carnicerías y de nada había servido que entrara en muchas de ellas, pues no había podido encontrar al joven tímido y sangrante.
Cuando Saint-Loup había entrado en mi habitación, yo me había acercado a él con ese sentimiento de timidez, con esa impresión sobrenatural, que daban, en el fondo, todos los militares con permiso y que sentimos cuando nos introducen ante una persona afectada de una enfermedad mortal y que, sin embargo, se levanta, se viste, se pasea aún. Casi parecía (había parecido sobre todo al comienzo, pues, para quien no había vivido, como yo, lejos de París, había surgido la costumbre, que cercena la raíz de impresión profunda y pensamiento que da su sentido real a las cosas que hemos visto varias veces) que aquellos permisos concedidos a los combatientes resultaban en parte una crueldad. Sobre los primeros se decía: «No querrán volver, desertarán». Y, en efecto, no procedían sólo de lugares que nos parecían irreales, porque sólo habíamos oído hablar de ellos en los periódicos y no podíamos imaginarnos que quienes habían participado en aquellos titánicos combates regresaran sólo con una contusión en el hombro; de las orillas de la muerte, a las que iban a regresar, venían por un instante entre nosotros, incomprensibles para nosotros, a embargarnos de ternura, de espanto y de una sensación de misterio, como esos muertos que evocamos, que se nos aparecen por un segundo, a los que no nos atrevemos a interrogar y que, por lo demás, podrían, como máximo, respondernos: «No podríais imaginaros». Es que resulta extraordinario hasta qué punto en los supervivientes del fuego que son los militares de permiso, en los vivos o los muertos a los que un médium hipnotiza o evoca, el único efecto del contacto con el misterio sea aumentar, de ser posible, la insignificancia de las palabras. Así abordé yo a Robert, quien tenía en la frente una cicatriz, más augusta y misteriosa para mí que la huella dejada en la tierra por el pie de un gigante, y no me atreví a hacerle pregunta alguna y él sólo me dijo palabras sencillas. Aun así, eran muy diferentes de lo que habrían sido antes de la guerra, como si la gente, a su pesar, siguiese siendo lo que era; el tono de las conversaciones era el mismo, sólo la materia difería, ¡y tampoco mucho!
Según me pareció entender, Robert había encontrado en los ejércitos recursos que le habían hecho olvidar poco a poco que Morel se había portado con él tan mal como con su tío. Sin embargo, seguía profesándole una gran amistad y le sobrevenían deseos repentinos de volver a verlo, que aplazaba sin cesar. Consideré más delicado para con Gilberte no indicar a Robert que, para volver a ver a Morel, bastaba con que fuera a casa de la Sra. Verdurin.
Dije con humildad a Robert lo poco que sentíamos la guerra en París. Él me dijo que incluso en París a veces resultaba «bastante fuera de lo común». Se refería a una incursión de zepelines que había habido la víspera y me preguntó si la había yo visto, como en otro tiempo me habría hablado de algún espectáculo de una gran belleza. Todavía en el frente se entiende que haya algo así como coquetería para decir: «Es maravilloso, ¡qué rosa! ¡Y ese verde pálido!», en circunstancias en las que en todo momento se puede morir, pero no era así en el caso de Saint-Loup, en París, a propósito de una incursión insignificante, pero que desde nuestro balcón, en aquel silencio de una noche en la que había habido de repente una fiesta de verdad con cohetes útiles y protectores, llamadas de clarines que no eran sólo para un desfile, etcétera, había resultado magnífica. Yo le hablé de la belleza de los aviones que ascendían en la noche. «Y tal vez aún más la de los que descienden», me dijo él. «Reconozco que es muy bello el momento en que ascienden y van a formar una constelación y con ello obedecen a leyes tan preciosas como las que rigen las constelaciones, pues lo que te parece un espectáculo es la reunión de las escuadrillas, las órdenes que se les imparten, su salida a la caza, etcétera, pero, ¿no prefieres el momento en que, definitivamente asimilados a las estrellas, se separan de ellas para salir de caza o volver después de la alarma, el momento en el que hacen apocalipsis y ni siquiera las estrellas conservan ya su lugar? Y aquellas sirenas eran lo bastante wagnerianas, cosa, por lo demás, muy natural para saludar la llegada de los alemanes, daban una sensación muy de himno nacional, con el Kronprinz y las princesas en el palco imperial, Wacht am Rhein; era como para preguntarse si quienes subían eran de verdad aviadores y no valquirias». Parecía darle gusto aquella asimilación de los aviadores y las valquirias y, por lo demás, lo explicó con razones puramente musicales: «¡Es que, vamos, la música de las sirenas era una Cabalgada! Está claro que hace falta la llegada de los alemanes a París para poder oír a Wagner en esta ciudad».
Por lo demás, desde ciertos puntos de vista, la comparación no iba descaminada. Desde nuestro balcón, la ciudad parecía un solo lugar inestable, informe y negro y que de repente pasaba de las profundidades y la noche a la luz y al cielo, donde los aviadores se lanzaban, uno tras otro, a la desgarradora llamada de las sirenas, mientras con un movimiento más lento, pero más insidioso, más alarmante, pues esa mirada hacía pensar en el objeto, invisible aún y tal vez ya próximo, que buscaba, los reflectores no cesaban de moverse, husmeando al enemigo, cercándolo con sus luces hasta el momento en que los aviones orientados se lanzarían a la caza para atraparlo y, escuadrilla tras escuadrilla, cada uno de los aviadores se lanzaba así desde la ciudad transportada al cielo, como una valquiria. Sin embargo, algunos rincones de la tierra, al ras de las casas, se iluminaban y dije a Saint-Loup que, si hubiese estado en casa la víspera, habría podido ver, al contemplar el apocalipsis en el cielo, en la tierra (como en El entierro del conde de Orgaz del Greco, en el que esos diferentes planos están paralelos) un auténtico sainete representado por personajes en camisón, quienes, por sus nombres célebres, habrían merecido ser enviados a algún sucesor de aquel Ferrari cuyas crónicas de sociedad nos habían divertido tanto, a Saint-Loup y a mí, que nos entreteníamos inventándolas por nuestra cuenta. Y eso fue lo que hicimos también aquel día, como si no hubiera guerra, aunque sobre un tema muy «de guerra», el miedo a los zepelines: «Reconocimos: a la duquesa de Guermantes, soberbia con su camisón; al duque de Guermantes, inenarrable en pijama rosa y albornoz, etcétera, etcétera».
«Estoy seguro», me dijo, «de que en todos los grandes hoteles se ha debido de ver a las judías americanas en camisón, apretando en sus deslucidos senos el collar de perlas que les permitirá casarse con un duque arruinado. En estas noches el hotel Ritz debe de parecerse al Hotel del Libre Cambio».
Sin embargo, hemos de decir que, si bien la guerra no había aumentado la inteligencia de Saint-Loup, ésta, conducida por una evolución en la que intervenía en gran medida la herencia, había cobrado una brillantez que yo nunca le había conocido. ¡Qué distancia entre el joven rubio que en tiempos era cortejado por las mujeres elegantes o que aspiraban a serlo y el hablador, el doctrinario, que no cesaba de jugar con las palabras! Por ser de otra generación, de otra estirpe, como un actor que vuelve a desempeñar el papel interpretado en tiempos por Bressant o Delaunay, era como un sucesor —rosado, rubio y dorado, mientras que el otro era a medias muy negro y a medias enteramente blanco— del Sr. de Charlus. Poco importaba que no se entendiese con su tío a propósito de la guerra, pues se había alineado con esa fracción de la aristocracia que ponía a Francia por encima de todo, mientras que el Sr. de Charlus era, en el fondo, un derrotista, podía mostrar a quien no hubiese visto al «creador del papel» cómo se podía sobresalir en el de razonador. «Parece ser que Hildenburg es una revelación», le dije. «Una vieja revelación», me respondió con la misma moneda, «o una futura revolución. En lugar de tener miramiento con el enemigo, se debería haber dejado actuar a Mangin, abatir a Austria y a Alemania y europeizar a Turquía, en lugar de montenegrizar a Francia». «Pero vamos a tener la ayuda de los Estados Unidos», le dije yo. «Entretanto, sólo veo aquí», me contestó, «el espectáculo de los Estados desunidos. ¿Por qué no hacer mayores concesiones a Italia por miedo a descristianizar a Francia?». «¡Si tu tío Charles te oyera!», le dije yo. «En el fondo, no te desagradaría que se ofendiese un poco más al Papa y él piensa, desesperado, en el daño que se puede hacer al trono de Francisco José. Por lo demás, se considera inserto en la tradición de Talleyrand y del Congreso de Viena». «La era del Congreso de Viena es cosa del pasado», me respondió. «A la diplomacia secreta hay que oponer la diplomacia concreta. Mi tío es, en el fondo, un monárquico impenitente a quien se podría hacer tragar carpas como la Sra. Molé o escarpas como Arthur Meyer, con tal de que unas y otras fueran al estilo de Chambord. Por odio a la bandera tricolor, creo que se alinearía más bien bajo el trapo del gorro rojo, que tomaría de buena fe por la bandera blanca». Cierto es que sólo eran palabras y Saint-Loup distaba de tener la originalidad a veces profunda de su tío, pero era tan afable y encantador de carácter como suspicaz y celoso era el otro y había seguido siendo encantador y rosado como en Balbec, bajo todos sus cabellos dorados. Lo único en lo que su tío no lo habría superado era en esa mentalidad del Faubourg Saint-Germain del que están impregnados quienes más creen haberse alejado de él y que les da a la vez ese respeto (que sólo florece de verdad en la nobleza y vuelve tan injustas las revoluciones) de los hombres inteligentes y sin alcurnia, mezclado con una boba satisfacción de sí mismos. Por esa mezcla de humildad y orgullo, de curiosidades intelectuales adquiridas y autoridad innata, el Sr. de Charlus y Saint-Loup habían llegado —por vías diferentes y con opiniones opuestas— a ser, en el intervalo de una generación, intelectuales a los que toda idea nueva interesaba y conversadores a quienes ningún interruptor lograba silenciar. De modo, que una persona un poco mediocre podía considerarlos a uno y al otro, según la disposición de ánimo en que se encontrara, deslumbrantes o pelmazos.
«¿Recuerdas», le dije, «nuestras conversaciones de Doncières?». «¡Ah!», respondió. «Eran los buenos tiempos. ¡Qué abismo nos separa de ellos! ¿Renacerán alguna vez aquellos días hermosos?
del abismo vedado a nuestras sondas.
¿Cómo suben al cielo los soles rejuvenecidos
tras lavarse en el fondo de los mares profundos?».
«Pensemos en aquellas conversaciones sólo para recordar su dulzura», le dije yo. «Yo intentaba alcanzar en ellas cierto grado de verdad. La guerra actual, que lo ha trastornado todo y más que nada, según me dices, la propia idea de la guerra, ¿vuelve caduco lo que me decías entonces sobre aquellas batallas —por ejemplo, las de Napoleón— que serían imitadas en las guerras futuras?». «¡En modo alguno!», me respondió. «La batalla napoleónica sigue vigente y tanto más cuanto que en esta guerra Hindenburg está imbuido de la mentalidad napoleónica. Sus rápidos desplazamientos de tropas, sus fingimientos —ya sea porque deje sólo una fina cortina delante de uno de sus adversarios para caer con todas las fuerzas reunidas sobre el otro (Napoleón, 1814) o lance a fondo una diversión que obligue al adversario a mantener sus fuerzas en el frente que no es el principal (así, la simulación de Hindenburg delante de Varsovia, gracias a la cual los rusos, engañados, llevaron allí su resistencia y fueron derrotados en los lagos de Mazuria)—, sus repliegues análogos a aquellos con los que comenzaron Austerlitz, Arcole, Eckmühl, todo en él es napoleónico y aún no ha acabado. Añado que, si lejos de mí intentas interpretar los acontecimientos de esta guerra, mientras se producen, no te fíes demasiado exclusivamente de esa manera particular de Hindenburg para encontrar en ella el sentido de lo que hace, la clave de lo que va a hacer. Un general es como un escritor que quiere componer determinada obra, determinado libro, y al que el libro mismo, con los recursos inesperados que revela aquí, el atolladero que presenta allá, hace desviar extremadamente del plan preconcebido. Como una diversión, por ejemplo, sólo se debe hacer en un punto que tenga, a su vez, bastante importancia, supón que la diversión triunfe más allá de toda esperanza, mientras que la operación principal resulte un fracaso; la diversión es la que puede pasar a ser la operación principal. Yo espero a Hindenburg en uno de los tipos de la batalla napoleónica, la que consiste en separar a dos adversarios, los ingleses y nosotros».
Mientras recordaba así la visita de Saint-Loup, yo había caminado, había dado un gran rodeo y estaba casi en el puente de los Inválidos. Las luces, bastante poco numerosas (por culpa de los gothas), estaban encendidas, un poco demasiado temprano, pues el «cambio de hora» se había hecho demasiado pronto, cuando la noche llegaba aún demasiado aprisa, pero estabilizado durante toda la temporada de buen tiempo (del mismo modo que los caloríferos se encienden y se apagan a partir de cierta fecha), y, por encima de la ciudad nocturnamente iluminada, en toda una parte del cielo azulado —del cielo ignorante de la hora de verano y de la hora de invierno y que no se dignaba saber que las ocho y media habían pasado a ser las nueve y media— seguía habiendo un poco de luz. En toda la parte de la ciudad que dominan las torres del Trocadero, el cielo parecía un inmenso mar con tono turquesa, que se retira y deja ya emerger toda una ligera línea de rocas negras, tal vez incluso de simples cañas de pescadores alineadas unas tras otras y que eran nubecillas: mar en ese momento de color turquesa y que se lleva consigo, sin que lo adviertan, a los hombres arrastrados por la inmensa revolución de la Tierra, sobre la cual son lo bastante locos para continuar con sus revoluciones propias y sus vanas guerras, como la que en aquel momento ensangrentaba a Francia. Por lo demás, a fuerza de mirar el cielo perezoso —que no consideraba digno de sí cambiar su horario y por encima de la ciudad iluminada prolongaba tranquilamente, con aquellos tonos azulados, su jornada, que se rezagaba— y demasiado bello, daba vértigo, ya no era un mar extenso, sino una gradación vertical de azules glaciares, y las torres del Trocadero, que parecían tan próximas a los tonos de turquesa, debían de estar extremadamente alejadas, como esas dos torres de ciertas ciudades de Suiza de las que la pendiente de las cimas nos hace creer que estamos cerca. Volví sobre mis pasos, pero, una vez pasado el puente de los Inválidos, ya no había luz en el cielo, ni siquiera había apenas luz en la ciudad y, chocando aquí y allá contra cubos de basura, confundiendo un camino con otro, me encontré sin sospecharlo, siguiendo maquinalmente un dédalo de calles obscuras, en los bulevares. Allí, la impresión de Oriente que acababa de tener se renovó y, por otra parte, a la evocación del París del Directorio sucedió la del París de 1815. Como en 1815, había el desfile más heterogéneo de uniformes de las tropas aliadas y, entre ellas, africanos con falda-pantalón roja, hindúes aturbantados de blanco bastaban para que —de aquel París por el que me paseaba— hiciera yo toda una imaginaria ciudad exótica, en un Oriente a la vez minuciosamente exacto en cuanto a los trajes y el color de los rostros, arbitrariamente quimérico en cuanto al decorado, como de la ciudad en la que vivía hizo Carpaccio una Jerusalén o una Constantinopla reuniendo en ella una muchedumbre cuyo maravilloso abigarramiento no era más colorido que éste. Caminando detrás de dos zuavos que apenas parecían prestarle atención, vi a un hombre alto y grueso, con sombrero flexible y larga hopalanda y sobre cuya cara, de color malva, vacilé por no saber si debía atribuirle el nombre de un actor o de un pintor igualmente conocidos por innumerables escándalos sodomitas. En todo caso, estaba seguro de que no conocía al paseante, por lo que me sorprendió mucho, cuando sus miradas se cruzaron con las mías, ver que parecía molesto, se detenía intencionadamente y venía hacia mí, como alguien decidido a mostrar que en modo alguno lo sorprendemos entregado a una ocupación que hubiese preferido mantener secreta. Por un segundo me pregunté quién me saludaba: era el Sr. de Charlus. Se puede decir que para él la evolución de su enfermedad o la revolución de su vicio se encontraba en ese punto extremo en el que la pequeña personalidad primitiva del individuo, sus cualidades ancestrales, están enteramente interceptadas por el paso frente a ellas del defecto o del mal genérico que las acompaña. El Sr. de Charlus había llegado lo más lejos posible de sí mismo o, mejor dicho, estaba tan perfectamente disfrazado por lo que había llegado a ser y que no pertenecía sólo a él, sino a muchos otros invertidos, que en el primer minuto yo lo había tomado por otro de ellos, detrás de aquellos zuavos, en pleno bulevar, por otro que no era el Sr. de Charlus, no era un gran señor, no era un hombre de imaginación e ingenio y cuya única semejanza con el barón era ese aire común a todos ellos, que en él en aquel momento, al menos antes de que un observador prestara más atención, lo cubría todo.
De modo, que, al querer ir a casa de la Sra. Verdurin, me había encontrado al Sr. de Charlus y, desde luego, no lo habría encontrado, como en tiempos, en ella; su desavenencia se había agravado aún más y la Sra. Verdurin aprovechaba incluso los acontecimientos presentes para desacreditarlo más. Tras haber dicho, desde hacía mucho, que le parecía consumido, acabado, más anticuado en sus supuestas audacias que los más vulgares, resumía ahora esa condena y lo desacreditaba ante todas las imaginaciones diciendo que era de «preguerra». Según el pequeño clan, la guerra había creado entre él y el presente un corte que lo dejaba rezagado en el pasado más muerto.
Por lo demás, lo representaba —con lo que se dirigía más que nada al mundo político, menos informado— como tan «de pacotilla», tan «al margen» en su situación mundana como en su valor intelectual. «No ve a nadie, nadie lo recibe», decía al Sr. Bontemps, a quien convencía fácilmente. Por lo demás, no dejaba de estar en lo cierto. La situación del Sr. de Charlus había cambiado. Por importarle cada vez menos la alta sociedad, haberse malquistado por su mal carácter —y, por conciencia de su valor social, no haberse dignado reconciliarse— con la mayoría de las personas que constituían la flor y nata de la sociedad, vivía en un aislamiento relativo cuya causa no era —como aquel en que había muerto la Sra. de Villeparisis— el ostracismo de la aristocracia, pero que ante el público parecía peor por dos razones. La mala reputación, ya conocida, del Sr. de Charlus hacía creer a las personas poco informadas que ésa era la razón por la que no lo frecuentaban aquellos a quienes él se negaba motu proprio a frecuentar. De modo, que lo que era consecuencia de su atrabiliario humor parecía la del desprecio de las personas con las que lo ejercía. Por otra parte, la Sra. de Villeparisis había tenido un gran amparo: la familia. En cambio, el Sr. de Charlus había multiplicado las desavenencias con ella. Por lo demás, le había parecido —sobre todo por la parte del viejo Faubourg, por la parte de los Courvoisier— carente de interés y no le cabía la menor duda —a él, que, por oposición a los Courvoisier, había hecho incursiones tan audaces hacia el arte— de que lo que de él habría interesado más a un Bergotte, por ejemplo, habría sido su parentesco con todo aquel viejo Faubourg, la posibilidad de describirle la vida casi provinciana que llevaban sus primas, de la Rue de la Chaise a la plaza del Palais-Bourbon y a la Rue Garancière.
Además, recurriendo a otro punto de vista menos transcendental y más práctico, la Sra. Verdurin fingía creer que no era francés. «¿Cuál es su nacionalidad exacta? ¿No es austríaco?», preguntaba inocentemente el Sr. Verdurin. «¡No, qué va!», respondía la condesa Molé, con un primer impulso debido al sentido común más que al rencor. «Que sí, que es prusiano», decía la Señora. «Se lo aseguro yo, que lo sé: bastante nos lo repitió, que era miembro hereditario de la Cámara de los Señores de Prusia y Durchlaucht». «Pero si la reina de Nápoles me había dicho...», decía la Sra. Molé. «Ya sabe usted que es una horrible espía», exclamaba la Sra. Verdurin, quien no había olvidado la actitud que la desposeída soberana había tenido una noche en su casa. «Lo sé y con todo detalle, vivía sólo de eso. Si tuviéramos un gobierno más enérgico, toda esa clase de gente debería estar en un campo de concentración. ¡Hale, venga! En todo caso, haría usted bien en no recibir a esas prendas, porque sé que el ministro del Interior les tiene puesto el ojo y vigilarían su morada. Nunca me quitaré de la cabeza que durante dos años Charlus no cesó de espiar en mi casa». Y, probablemente pensando que pudiera abrigarse alguna duda sobre el interés que podían presentar para el gobierno alemán los informes más pormenorizados sobre la organización del pequeño clan, la Sra. Verdurin, con expresión dulce y perspicaz, como persona que sabe que el valor de lo que dice parecerá aún más valioso, si no alza la voz para decirlo, añadía: «Ha de saber usted que ya el primer día dije a mi marido: “No me hace ninguna gracia la forma como ese hombre se ha introducido en mi casa. Hay algo turbio ahí”. Teníamos una propiedad al fondo de una bahía y en un punto muy elevado. Seguro que los alemanes le habían encargado preparar allí una base para sus submarinos. Había cosas que me extrañaban y que ahora comprendo. Así, al principio no quería venir en tren, como mis demás asiduos. Yo le había ofrecido, con toda amabilidad, una habitación en el castillo. Pues bien, no, prefirió vivir en Doncières, donde hay gran cantidad de tropas. Todo aquello olía a espionaje a la legua».
Sobre la primera de las acusaciones dirigidas contra el barón de Charlus, la de estar pasado de moda, los miembros de la alta sociedad no ponían la menor objeción a la Sra. Verdurin. En realidad, eran unos ingratos, pues el Sr. de Charlus era en cierto modo su poeta, el que había sabido extraer de la mundanidad ambiente algo así como una poesía en la que había historia, belleza, pintoresquismo, comicidad, elegancia frívola. Ahora bien, los miembros de la alta sociedad, incapacitados para comprender esa poesía, no veían ninguna en su vida, la buscaban en otros lares y dejaban a la altura del betún al Sr. de Charlus respecto de hombres que eran infinitamente inferiores a él, pero que afirmaban despreciar a la alta sociedad y, en cambio, profesaban teorías de sociología y economía política. El Sr. de Charlus disfrutaba mucho contando comentarios involuntariamente típicos y describiendo la vestimenta sabiamente elegante de la duquesa de Montmorency, a quien calificaba de mujer sublime, por lo que mujeres de la alta sociedad —que consideraban a ésta una boba sin interés, para las cuales los vestidos están hechos para ser llevados, pero sin parecer prestarles la menor atención, y que, como más inteligentes que eran, corrían, por su parte, a la Sorbona o a la Cámara, cuando iba a hablar Deschanel— lo consideraban un auténtico imbécil.
En una palabra, los miembros de la alta sociedad no habían dejado de sentir entusiasmo por el Sr. de Charlus por haber calado demasiado —sino por no haber calado jamás— su poco común valor intelectual. Lo consideraban de «preguerra», pasado de moda, pues aquellos que no son aptos para juzgar los méritos son precisamente quienes, para desaprobarlos, adoptan más el orden de la moda. No han apurado —ni rozado siquiera— a los hombres de mérito que había en una generación y ahora han de condenarlos a todos en conjunto, pues se trata de la etiqueta de una generación nueva, que no comprenderán mejor.
En cuanto a la segunda acusación, la de germanismo, la mentalidad pro justo medio de los miembros de la alta sociedad los hacía rechazarla, pero había encontrado un intérprete incansable y particularmente cruel en Morel, quien, por haber sabido conservar en los periódicos e incluso en la sociedad el lugar que el Sr. de Charlus, esforzándose doblemente, había logrado granjearle, pero no privarle de ella más adelante, perseguía al barón con un odio tanto más culpable cuanto que, cualesquiera que hubiesen sido exactamente sus relaciones con el barón, conocía lo que ocultaba a tantas personas: su profunda bondad. El Sr. de Charlus había tenido tanta generosidad, tanta delicadeza, para con el violinista, le había dado muestras de tantos escrúpulos por no faltar a su palabra, que, al separarse, la idea de él que Charlie se había llevado consigo en modo alguno era la de un hombre vicioso (si acaso, consideraba una enfermedad el vicio del barón), sino la del hombre con las ideas más elevadas que hubiera conocido jamás, un hombre de una sensibilidad extraordinaria, algo así como un santo. Lo negaba tan poco, que, aun malquistado con él, decía sinceramente a unos padres: «Pueden confiarle su hijo, sólo puede ejercer en él la mejor influencia». Por eso, cuando procuraba con sus artículos hacerlo sufrir, lo que en su fuero interno escarnecía en él no era su vicio, sino su virtud.
Un poco antes de la guerra, pequeñas crónicas, transparentes para los llamados iniciados, habían empezado a perjudicar al Sr. de Charlus. De una titulada «Las desventuras de una vieja aristócrata en usos. La vejez de la baronesa», la Sra. Verdurin había comprado cincuenta ejemplares para poder prestársela a sus conocidos y el Sr. Verdurin, quien declaraba que ni siquiera Voltaire escribía mejor, la leía en voz alta. Desde que había guerra, el tono había cambiado. No sólo se denunciaba la inversión del barón, sino también su supuesta nacionalidad germánica. Frau Bosch, Frau von den Bosch, eran los sobrenombres habituales del Sr. de Charlus. Un fragmento de carácter poético llevaba este título tomado a ciertos aires bailables de Beethoven: «Una alemana». Por último, dos relatos: «Tío de América y tía de Fráncfort» y «Alcázar trasero», leídos en pruebas de imprenta en el pequeño clan, habían hecho disfrutar al propio Brichot, quien había exclamado: «¡Con tal de que la muy excelsa y muy poderosa señora Anastasia no nos censure!».
Los propios artículos eran más finos que esos títulos ridículos. Su estilo procedía de Bergotte, pero de una forma a la que yo era —tal vez el único— sensible y me explico. Los escritos de Bergotte en modo alguno habían influido en Morel. La fecundación se había hecho de una forma muy particular y tan rara, que sólo por eso la cuento aquí. En su momento he indicado la forma tan especial como Bergotte elegía, cuando hablaba, sus palabras y las pronunciaba. Morel, quien lo había frecuentado durante mucho tiempo en casa de los Saint-Loup, había hecho entonces «imitaciones» de él, en las que remedaba perfectamente su voz y utilizaba las mismas palabras que él. Ahora bien, en aquel momento Morel, para escribir, transcribía conversaciones al estilo de Bergotte, pero sin someterlas a la transposición que las habría convertido en un texto de Bergotte. Como pocas personas habían hablado con Bergotte, no se reconocía su tono, que difería de su estilo. Esa fecundación oral es tan poco común, que he querido citarla aquí. Por lo demás, lo único que produce es flores estériles.
Por lo demás, Morel, que estaba destinado en la oficina de prensa, consideraba —pues su sangre francesa bullía en sus venas como el zumo de uvas de Combray— que era poca cosa estar en una oficina durante la guerra y acabó alistándose, pese a que la Sra. Verdurin hizo todo lo que pudo para convencerlo de que permaneciera en París. Desde luego, ésta estaba indignada de que, a su edad, el Sr. de Cambremer estuviera en un estado mayor: ella, quien de todos los hombres que no iban a su casa decía: «¿Dónde se las ha arreglado de nuevo para ocultarse ése?», y, si la informaban de que ése estaba en primera línea desde el primer día, respondía sin escrúpulo de mentir o tal vez por costumbre de errar: «Pero, ¡qué va! Si no se ha movido de París y se dedica a algo aproximadamente tan peligroso como pasear a un ministro; se lo digo yo, puede creerme: lo sé por alguien que lo ha visto»; pero, en el caso de los fieles no era lo mismo, no quería dejarlos partir, pues consideraba aquella guerra una gran «aburrida», que los hacía abandonar. Por eso, hacía todas las gestiones posibles para que se quedaran, cosa que le brindaría el doble placer de tenerlos a cenar y —cuando aún no habían llegado o ya se habían marchado— de censurar su inacción. Aun así, hacía falta que el fiel se prestara a aquel enchufismo y se sentía muy contrariada de ver a Morel mostrarse recalcitrante con él; por eso, le había dicho larga e inútilmente: «Pues claro que presta usted un servicio en esa oficina y mayor que en el frente. Lo importante es ser útil, formar parte de verdad de la guerra, estar en ella. Hay que distinguir los que están en ella de los enchufados. Pues bien, usted está en ella y puede estar tranquilo, todo el mundo lo sabe, nadie le tirará la piedra». Así era también, en circunstancias diferentes, cuando los hombres no eran tan escasos y no estaba obligada, como en el presente, a recibir sobre todo a mujeres: si uno de ellos perdía a su madre, no vacilaba en convencerlo de que podía continuar acudiendo, sin inconveniente, a sus recepciones. «La pena se lleva en el corazón. Si quisiera usted ir al baile» (que ella no daba), «yo sería la primera en desaconsejárselo, pero aquí, en mis modestos miércoles o en un palco, a nadie asombrará. Bien sabemos la pena que siente usted». En aquel momento los hombres eran más escasos y los duelos más frecuentes, inútiles incluso para impedirles ir a las reuniones sociales, pues la guerra bastaba. La Sra. Verdurin se aferraba a los restantes. Quería convencerlos de que eran más útiles a Francia quedándose en París, así como en tiempos les aseguraba que el difunto se habría alegrado más de verlos distraerse. Pese a todo, disponía de pocos hombres; tal vez lamentara a veces haber consumado con el Sr. de Charlus una ruptura de la que ya no había vuelta atrás.
Pero, si bien el Sr. de Charlus y la Sra. Verdurin habían dejado de frecuentarse, no por ello dejaban de seguir —la Sra. Verdurin— recibiendo y —el Sr. de Charlus— atendiendo a sus placeres, como si nada hubiera cambiado... con algunas diferencias sin importancia: por ejemplo, Cottard asistía ahora a las recepciones en casa de la Sra. Verdurin con uniforme de coronel de L’île du rêve, bastante parecido al de un almirante haitiano y en cuyo paño una ancha cinta azul cielo recordaba a la de los Hijos de María; el Sr. de Charlus, por encontrarse en una ciudad en la que los hombres ya hechos, que hasta entonces habían constituido su preferencia, habían desaparecido, hacía como ciertos franceses, amantes de las mujeres en Francia, pero que vivían en las colonias: por necesidad se había acostumbrado —primero— y —después— había cogido gusto a los niños.
Y, además, es que el primero de esos rasgos característicos se borró bastante pronto, pues Cottard no tardó en morir «frente al enemigo», dijeron los periódicos, aunque no hubiera abandonado París, sino que fue, en realidad, consecuencia del agotamiento por su edad, y pronto le siguió el Sr. Verdurin, cuya muerte apenó a una sola persona y fue —¿quién lo iba a decir?— a Elstir. Yo había podido estudiar la obra de este último desde un punto de vista en cierto modo absoluto, pero él, sobre todo a medida que envejecía, la relacionaba supersticiosamente con la sociedad que le había brindado sus modelos y, después de haberse transformado así —en virtud de la alquimia de las impresiones en su casa— en obra de arte, le había brindado su público, sus espectadores. Cada vez más inclinado a creer —de forma materialista— que una parte notable de la belleza radica en las cosas, así como, para empezar, había adorado en la Sra. Elstir el tipo de belleza un poco recargada que había perseguido, acariciado, en sus pinturas y tapices, veía desaparecer con el Sr. Verdurin uno de sus últimos vestigios del marco social, del marco perecedero —tan rápidamente caduco como las propias modas de la vestimenta que forman parte de él— que sostiene un arte, certifica su autenticidad, así como la Revolución, al destruir las elegancias del siglo XVIII, habría podido afligir a un pintor de fiestas galantes o la desaparición de Montmartre y del Molino de la Galette a Renoir, pero sobre todo en el Sr. Verdurin veía desaparecer los ojos, el cerebro, que habían tenido la visión más acertada de su pintura, en los que ésta, en calidad de recuerdo amado, moraba en cierto modo. Desde luego, habían surgido jóvenes que también amaban la pintura, pero otra diferente, y que no habían recibido —como Swann, como el Sr. Verdurin— lecciones de gusto de Whistler, lecciones de verdad de Monet, que les permitían juzgar a Elstir con justicia. Por eso, éste, a la muerte del Sr. Verdurin, se sentía más solo, pese a estar malquistado con él desde hacía tantos años, y fue para él como si un poco de la belleza de su obra se eclipsara con un poco de la conciencia de ella que existía en el universo.
En cuanto al cambio que había afectado a los placeres del Sr. de Charlus, siguió intermitente: como mantenía una numerosa correspondencia con el «frente», no carecía de militares de permiso bastante maduros.
En la época en que yo me creía lo que se contaba, habría intentado —al oír a Alemania, a Bulgaria, a Grecia protestar sus intenciones pacíficas— prestarles crédito, pero, desde que la vida con Albertine y con Françoise me había habituado a sospechar en ellas pensamientos, proyectos, que no expresaban, no dejaba que palabra alguna, justa en apariencia, de Guillermo II, de Fernando de Bulgaria, de Constantino de Grecia, engañara a mi instinto, que adivinaba lo que maquinaba cada uno de ellos, y seguramente mis disputas con Françoise, con Albertine, habían sido simples riñas particulares, que sólo interesaban a la vida de esa celulita espiritual que es una persona, pero así como los cuerpos humanos, los cuerpos animales, son conjuntos de células cada uno de los cuales es, en comparación con una sola, tan grande como el Montblanc, así también existen enormes agrupaciones organizadas de individuos llamadas naciones; su vida es una simple repetición, amplificada, de la vida de las células componentes y quien no logre comprender el misterio, las reacciones, las leyes de ésta, se limitará a pronunciar palabras vacías, cuando hable de las luchas entre naciones, pero, si domina la psicología de los individuos, esas colosales masas de individuos conglomerados que se enfrentan entre sí cobrarán ante él una belleza más intensa que la lucha que nace sólo del conflicto de dos caracteres y las verá con la escala con la que verían el cuerpo de un hombre de talla alta unos infusorios de los que harían falta más de diez mil para llenar un cubo de un milímetro de lado. Así, desde hacía algún tiempo, la gran figura Francia, llena hasta su perímetro de millones de pequeños polígonos de formas variadas, y la figura Alemania, llena de aún más polígonos, tenían una de esas disputas entre sí. De modo, que, desde ese punto de vista, el cuerpo Alemania y el cuerpo Francia y los cuerpos aliados y enemigos se comportaban en cierta medida como individuos, pero los golpes que intercambiaban estaban regulados por ese boxeo innumerable cuyos principios me había expuesto Saint-Loup y, como, aun considerándolos desde el punto de vista de los individuos, eran agrupaciones gigantescas de ellos, la disputa cobraba formas inmensas y magníficas, como la elevación de un océano con millones de olas que intenta romper una línea secular de acantilados, como glaciares gigantescos que intentan con sus lentas y destructivas oscilaciones romper el marco de montañas en los que están circunscritos.
Aun así, la vida continuaba casi idéntica para muchas personas que han figurado en este relato y, en particular, para el Sr. de Charlus y para los Verdurin, como si los alemanes no hubieran estado tan cerca de ellos, pues la permanencia amenazante, aunque actualmente detenida, de un peligro nos deja del todo indiferentes, si no nos lo imaginamos. Las personas se entregan habitualmente a sus placeres sin pensar jamás que, si llegaran a cesar las influencias debilitantes y moderadoras, al alcanzar la proliferación de infusorios su grado máximo, es decir, al dar en unos días un salto de varios millones de leguas, pasaría de un milímetro cúbico a una masa de un millón de veces mayor que el Sol, al tiempo que destruiría todo el oxígeno, todas las substancias de las que vivimos, y dejaría de haber Humanidad, animales y Tierra, por no hablar de que una irremediable y muy verosímil catástrofe podrá determinar en el éter la incesante y frenética actividad que oculta la aparente inmutabilidad del Sol: se ocupan de sus asuntos sin pensar en esos dos mundos, uno demasiado pequeño, el otro demasiado grande, para que adviertan las amenazas cósmicas que hacen pesar a nuestro alrededor.
Así también los Verdurin daban cenas (y al cabo de poco la Sra. Verdurin sola, pues el Sr. Verdurin murió algún tiempo después) y el Sr. de Charlus se entregaba a sus placeres, sin pensar en modo alguno en que los alemanes estaban —si bien inmovilizados por una sangrante barrera constantemente renovada— a una hora de automóvil de París. Sin embargo, los Verdurin pensaban —se nos dirá— en ello, ya que tenían un salón político en el que todas las noches se comentaba la situación no sólo de los ejércitos, sino también de las flotas. Pensaban, en efecto, en esas hecatombes de regimientos aniquilados, de pasajeros engullidos, pero una operación inversa multiplica hasta tal punto lo relativo a nuestro bienestar y divide por una cifra tan formidable lo que no le concierne, que la muerte de millones de desconocidos apenas nos afecta y casi menos desagradablemente que una corriente de aire. La Sra. Verdurin, quien padecía las consecuencias de carecer de medias lunas para mojarlas en su café con leche y aliviar sus migrañas, había acabado consiguiendo de Cottard una receta que le permitió encargárselas a cierto restaurante del que hemos hablado. Había sido casi tan difícil de conseguir de los poderes públicos como el nombramiento de un general. Recuperó su primera medialuna la mañana en que los periódicos narraban el naufragio del Lusitania. Al tiempo que la mojaba en el café con leche y daba papirotazos a su periódico para que se mantuviera totalmente desplegado sin que hubiese de desviar su otra mano de su función de mojar, decía: «¡Qué horrible! Supera en horror a las tragedias más atroces». Pero la muerte de todos aquellos ahogados debía de resultarle por fuerza reducida a una milmillonésima, pues, mientras hacía, con la boca llena, esos comentarios afligidos, la expresión que invadía su rostro, probablemente inducida por el sabor de la medialuna, tan eficaz contra la migraña, era más bien la de una dulce satisfacción.
En cuanto al Sr. de Charlus, su caso era un poco diferente, pero peor aún, pues iba más lejos que no desear apasionadamente la victoria de Francia, sino que deseaba más bien, sin reconocerlo para sí, que Alemania —ya que no triunfara— no fuera aplastada, como todo el mundo deseaba. La causa era la de que en esas disputas los grandes conjuntos de individuos llamados naciones se comportan, a su vez, en cierta medida como individuos. La lógica que los mueve es totalmente interior y particularmente refundida por la pasión, como la de personas enfrentadas en una disputa amorosa o doméstica, como la de un hijo con su padre, de una cocinera con su señora, de una mujer con su marido. La que está equivocada cree, sin embargo, tener razón —como le ocurría a Alemania— y la que tiene razón da a veces, con todo su derecho, argumentos que sólo le parecen irrefutables porque responden a su pasión. En esas disputas de individuos, para estar convencido de la razón de cualquiera de las partes, lo más seguro es ser esa parte: un espectador no la aprobará nunca tan completamente. Ahora bien, en las naciones, el individuo, si de verdad forma parte de la nación, es una simple célula del individuo-nación. La de «propaganda falsa» es una expresión carente de sentido. Si se hubiera dicho a los franceses que iban a ser vencidos, ningún francés se habría sentido ya desesperado, salvo si le hubiesen dicho que iba a morir víctima de los berthas. La verdadera propaganda falsa nos la hacemos a nosotros mismos mediante la esperanza, que es una forma de instinto de conservación de una nación para quien es de verdad miembro vivo de ella. Para permanecer ciego a la injusticia de la causa del individuo-Alemania, para reconocer en todo momento la justicia de la causa del individuo-Francia, lo más seguro no era —en el caso de un alemán— carecer de opinión y —en el de un francés— tenerla: lo más seguro para uno y otro era tener patriotismo. El Sr. de Charlus, quien tenía cualidades morales poco comunes y era accesible a la piedad, generoso, capaz de sentir afecto, abnegación, no tenía, en cambio, por razones diversas —entre las cuales, la de haber tenido una madre duquesa de Baviera podía desempeñar un papel— patriotismo. Por consiguiente era tanto del cuerpo-Francia como del cuerpo-Alemania. Si yo mismo hubiese carecido de patriotismo, en lugar de sentirme una de las células del cuerpo-Francia, me parece que mi forma de juzgar la disputa no habría sido la misma que en otro tiempo. En mi adolescencia, época en la que creía exactamente lo que me decían, seguramente habría sentido la tentación —en espera de que el gobierno alemán protestara su buena fe— de no ponerla en duda, pero sabía desde hacía mucho que nuestros pensamientos no siempre coinciden con nuestras palabras; no sólo había descubierto un día, desde la ventana de la escalera, a un Charlus que no sospechaba, sino que sobre todo en Françoise y después —¡ay!— en Albertine había visto formarse juicios, proyectos, tan contrarios a sus palabras, que, aun como simple espectador, no habría dejado que ninguna palabra justa en apariencia del emperador de Alemania, del rey de Bulgaria, engañara a mi instinto, que habría adivinado, como en el caso de Albertine, lo que maquinaban en secreto, pero, en fin, lo único que puedo hacer es suponer lo que habría hecho, si no hubiera sido actor, si no hubiese formado parte del actor-Francia, así como en mis disputas con Albertine mi mirada triste o mi garganta oprimida eran una parte de mi individuo apasionadamente interesado en mi causa y no podía llegar a la distanciación. La del Sr. de Charlus era completa. Ahora bien, como ya sólo era un simple espectador, todo había de moverlo a ser germanófilo, en vista de que, al no ser de verdad francés, vivía en Francia. Era muy fino, pero, como los idiotas son los más numerosos en todos los países, no cabe duda de que, si hubiera vivido en Alemania, los idiotas alemanes que defendiesen con estupidez una causa injusta lo habrían irritado, pero, como vivía en Francia, los idiotas franceses que defendían con estupidez y pasión una causa justa no lo irritaban menos. La lógica de la pasión, aunque esté al servicio de la mayor razón, nunca es irrefutable para quien no está apasionado. El Sr. de Charlus notaba con finura todos los falsos razonamientos de los patriotas. La satisfacción que causa a un imbécil su razón y la certidumbre del éxito irritan particularmente. Así le sucedía al Sr. de Charlus con el optimismo triunfal de quienes no conocían, como él, Alemania y su fuerza, quienes creían todos los meses en su aplastamiento para el mes siguiente y, al cabo de un año, no estaban menos seguros de su nuevo pronóstico, como si no hubieran emitido con la misma seguridad otros igualmente falsos, pero que habían olvidado, al decir, si se les recordaba, que no era lo mismo. Ahora bien, el Sr. de Charlus, que tenía cierta profundidad intelectual, tal vez no hubiese comprendido en materia de arte que lo de «no es lo mismo» es lo que objetan los detractores de Manet a quienes les dicen: «Lo mismo se dijo de Delacroix».
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