Read the book: «Eres lo que comunicas»

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© Manuel Campo Vidal, 2018.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO210

ISBN: 9788491870319

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

INTRODUCCIÓN: COMUNICACIÓN COMO ÍNDICE DE HUMANIDAD

PRIMERA PARTE. LAS CLAVES DE LA EXCELENCIA

1.LA EXCELENCIA EN LA COMUNICACIÓN

EL PODER DE LA PALABRA

EL CONTRAPODER DEL SILENCIO

EL PODER DE LA EMOCIÓN

EL CONTRAPODER DE LA ESCUCHA

2. LOS DIEZ MANDAMIENTOS DEL BUEN COMUNICADOR

SEGUNDA PARTE. LOS EJEMPLOS BRILLANTES: CUATRO HISTORIAS, CUATRO PERSONAJES Y CUATRO DISCURSOS

1. EL ARTE DE CONTAR LA VIDA

2. CUATRO HISTORIAS: TORRIJOS Y PINOCHET, CUBA, RICARDO LAGOS Y COLOMBIA

3. CUATRO PERSONAJES: OBAMA, TRUMP, EL PAPA FRANCISCO Y EL REY FELIPE VI

4. CUATRO DISCURSOS: OBAMA, GORDON BROWN, SHAKIRA Y FRANCISCO MARTÍNEZ

TERCERA PARTE. LAS TÉCNICAS BÁSICAS DEL DISCURSO Y LA INTERVENCIÓN PÚBLICA

1. PROTOCOLO DE LA INTERVENCIÓN COMUNICATIVA

2. TÉCNICAS DE PROGRESO EN COMUNICACIÓN

3. INGENIERÍA Y PRODUCTIVIDAD DE LA COMUNICACIÓN

EPÍLOGO: DE LO MAL, O DE LO BIEN, QUE SE ENSEÑA COMUNICACIÓN

AGRADECIMIENTOS: LA ESCUCHA PERMANENTE

NOTAS

INTRODUCCIÓN
COMUNICACIÓN COMO ÍNDICE DE HUMANIDAD

Cualquier persona debe preguntarse «¿Quién soy?», «¿Cómo soy?».

La respuesta es que eres lo que comunicas. Ni más, ni menos.

Hay carreras profesionales aparentemente grises o poco relevantes en las que, a pesar de merecerlo, no se hace la luz porque el dominio de la comunicación no asiste a su protagonista. Le falta casi siempre la palabra exacta, el silencio oportuno, la emoción sensible, el liderazgo sereno. La intervención precisa en el momento adecuado.

Se equivoca quien conceda poca importancia a esta cuestión. Termina confundido y sin ser capaz de explicarse la razón por la que siempre le falta un empujón final a su carrera profesional y a su proyección social. No comprende por qué algunos competidores en esa carrera sí alcanzan el objetivo que él se había propuesto, ve cómo otros le adelantan en su recorrido y siente que en su caso es como si su motor no tuviera fuerza para seguirlos.

Miremos a nuestro alrededor y observemos: descubriremos a tantos personajes que encajan en esta descripción... Dedicaron años a formarse, se esforzaron en dominar complejas materias técnicas, científicas, económicas o del campo del Derecho, la Medicina o las Humanidades. Pero en sus escuelas y universidades se olvidaron de enseñarles cómo comunicar bien lo que sabían. O, tal vez, fueron ellos quienes no repararon en la importancia de contar brillantemente lo que hacían, y de este modo nosotros perdimos ocasión de conocer lo que son capaces de hacer y ellos dejaron escapar la oportunidad de un mayor reconocimiento.

Millones de personas en el planeta padecen ese mal, más extendido quizás en el mundo latino debido a que los sistemas educativos, salvo excepciones, no incluyeron la enseñanza de las habilidades comunicativas. No es una carencia letal, por supuesto, y además tiene remedio, pero se asemeja a una suerte de minusvalía profesional que con frecuencia hace perder a quien la padece oportunidades laborales, o de liderazgo público, o de promoción interna en sus organizaciones, ante sus jefes, compañeros y colaboradores. Y, por supuesto, ante sus clientes.

Lo advertía Bill Clinton y lo recoge Tony Blair en sus Memorias: «En la sociedad de la información en la que vivimos el 50% es comunicación y el otro 50% todo lo demás».1 Bajando a la arena de la empresa, un alto ejecutivo español, Ángel Simón, presidente de la multinacional Aguas de Barcelona (AGBAR), corregía al alza el porcentaje: «La comunicación es el 80%, todo lo demás solo el 20%».

El profesor italiano Cesare Sansavini, por su parte, relacionaba esta habilidad con el valor de las empresas: «El valor percibido de una organización está en relación directa con la capacidad de comunicación de su máximo directivo». Y, añadimos nosotros, el valor de un país está a su vez en relación con lo bien que comunican sus dirigentes.2

Y es que, tal y como asegura Paul Volcker, jefe de la Reserva Federal estadounidense de 1979 a 1987: «La realidad es la percepción de la realidad», algo que afirmó en relación con la economía, pero que también sirve respecto a la comunicación: tu empresa y tú podéis ser los mejores, pero si no se percibe así porque no sabéis contarlo bien, no se os concederá esa consideración.

«Eres lo que comunicas» es, pues, una afirmación aplicable con rotundidad al valor reconocido de cualquier persona elegida al azar, ya que, en el ámbito profesional, y seguramente también en la esfera personal, una palabra de más puede originar un conflicto, así como una palabra de menos impedir su posible reparación inmediata. Porque la bala y la palabra, cuando se disparan, nunca vuelven atrás. Atención al poder de la palabra: es herramienta, pero también arma.

Y si desde la antigüedad los griegos y los romanos ya sabían que la palabra era una de las dos vías para alcanzar el poder —la otra era el arte militar—, es legítimo preguntarse por qué en el mundo latino, que desciende directamente de Roma (España, Italia, Portugal y, por extensión, Latinoamérica), ha retrocedido tanto la palabra, su influencia y su estudio.

Es posible que en las facultades de Lenguas y de Historia se hayan conservado de forma irregular la oratoria, la retórica y la comunicación eficaz, pero, salvo excepciones, están al margen del sistema educativo, lejos de gobiernos y empresas, fuera de la Iglesia y de las órdenes católicas también, con la excepción de jesuitas y dominicos, la orden de los predicadores.

Sostiene la profesora María del Carmen Ruiz de la Sierva que «el sermón es la más clara representación de la retórica religiosa», ¡pero qué sermones tan pobres y tan previsibles escuchamos hasta que llegó el papa Francisco! Baste con entrar en una iglesia o con hojear el diario de sesiones de cualquier parlamento, especialmente del mundo latino, para comprobar la pobreza de las intervenciones en la actualidad. En cambio, si releemos la Historia del siglo XIX en España encontraremos noticia de políticos que alcanzaron la presidencia del Gobierno o de la República, como Joaquín María López o Emilio Castelar, proyectados por su capacidad de comunicación. Del mismo modo, en el Congreso de los Diputados de España, en el primer tercio del siglo XX, Azaña, Ortega y Gasset, Largo Caballero o Joaquín Costa deslumbraron por la calidad de sus intervenciones. Todos ellos sabían dónde colocar la frase; eran dirigentes que podemos tomar como ejemplo de elocuencia, como es el caso de François Mitterrand en Francia o de Winston Churchill en el Reino Unido y, más tarde, de Tony Blair y, ya en el siglo XXI y en Estados Unidos, del presidente Barack Obama. Todos ellos son solo algunos ejemplos de grandes oradores contemporáneos.

La comunicación excelente se construye combinando acertadamente poderes y contrapoderes. La palabra tiene poder, pero el silencio también comunica. El poder de la emoción es imprescindible, aunque en la vida abundan los casos de líderes que acabaron perdiendo esa condición porque no tuvieron en cuenta la escucha y no supieron emocionar. Hoy día existen numerosos ejemplos de líderes sin comunicación adecuada: líderes políticos, empresariales, profesionales, sociales o universitarios que, pese a ello, han conseguido llegar bien alto. Sin embargo, es imposible no imaginar dónde estarían hoy, mucho más arriba, sin duda, de haber podido disponer de una excelente capacidad de comunicación.

Al mismo tiempo nos encontramos también a menudo con relevantes profesionales en cualquier materia que no salieron del anonimato, que no lograron destacar porque acudieron sin armamento dialéctico eficaz a la crucial batalla de la comunicación en la que se juega la partida de los éxitos y de los fracasos en el mundo en el que nos ha tocado vivir, un mundo en el que la comunicación puede incluso hasta relacionarse con un índice de humanidad, tal y como sostiene el profesor Manuel Castells: «Si la comunicación es consciente y significativa, y si somos humanos porque comunicamos con consciencia y porque hay sentido en lo que comunicamos, cuanta menos comunicación menos humanos parecemos. En cierto modo, es como un índice de humanidad».3

Algo que desde la antropología certifica José María Bermúdez de Castro: «Cada vez que se ha logrado un avance en la forma, o en los medios, para comunicarse, la Humanidad ha dado un nuevo salto».4

Por tanto, como nos ha enseñado Paul Watzlawick en su Pragmática de la comunicación humana,5 «ya que es imposible no comunicarse, porque todo comportamiento es una forma de comunicación», hagamos todo lo posible por comunicar bien, seamos humanos plenamente. Entendamos que nuestro objetivo irrenunciable debe ser convertirnos en intérpretes entre la complejidad creciente del mundo actual y la sencillez y eficacia expositiva que se requiere para saber entenderlo y explicarlo.

Para lograr este objetivo, en el presente libro se identifican, se describen y articulan las claves para conseguir la excelencia comunicativa: la palabra y su poder, el valor del silencio, la escucha imprescindible y el impacto de la emoción.

Quien desee convertirse en un comunicador de alto nivel ha de tener bien presente la observación de los Diez Mandamientos que aquí se proponen. Complementariamente, se ofrecen consejos prácticos para ganar eficacia en la propuesta comunicativa y en la solvencia personal en presentaciones e intervenciones públicas.

Junto a ello se exponen además pasajes y ejemplos brillantes de comunicación a través de cuatro pequeñas historias reveladoras y, sin embargo, apenas conocidas; nos aproximaremos también a cuatro personajes internacionales obligados por sus responsabilidades a programar y a medir cuidadosamente sus palabras y, finalmente, se analizarán cuatro discursos impactantes, dos de ellos inesperados, lo que prueba que con técnica, trabajo y ensayo se puede alcanzar la condición de buen comunicador sorprendiendo gratamente al auditorio.

PRIMERA PARTE
LAS CLAVES DE LA EXCELENCIA

Bienaventurado aquel que no teniendo nada que decir, se abstiene de darnos evidencia hablada de tal hecho.

GEORGE ELIOT

(seudónimo de Mary Anne Evans, escritora inglesa de época victoriana)

1
LA EXCELENCIA EN LA COMUNICACIÓN

La comunicación excelente se consigue combinando acertadamente poderes y contrapoderes. El poder de la palabra, sí, pero también el contrapoder del silencio. La historia está llena de discursos fallidos, de oportunidades perdidas, de alocuciones trascendentales pronunciadas en momentos importantes de un país, de una empresa, de una asociación o de un liderazgo en las que no se supo combinar acertadamente el poder de la palabra con el contrapoder del silencio.


Pero, aun dominando ambos, ese poder y ese contrapoder no son suficientes para alcanzar la excelencia en la comunicación si no van acompañados del poder de la emoción, emoción que a su vez necesita del contrapoder de la escucha, la gran olvidada en el proceso comunicativo.

¿Cuántos líderes acabaron perdiendo su condición de tales porque no tuvieron en cuenta la escucha y no supieron emocionar? Capitanearon equipos y sociedades a ciegas hasta perder el privilegio de su condición, y es que nadie es líder porque esa persona lo decida, sino porque logra convencer a los demás de que deben dejarse conducir por quien los despierta, los activa y los hace mejores, estimulándoles con las palabras, escuchándoles atento en silencio, emocionándolos con sus proyectos, haciéndoles sentir que crecen y que son mejores bajo su dirección y liderazgo.

¿Y por qué no le damos valor a la comunicación? Porque no nos enseñaron a hacerlo en las escuelas y en las universidades.

Hablamos como nos enseñaron nuestros padres, y agradecidos estamos. En la escuela aprendimos palabras nuevas y conceptos desconocidos hasta entonces. Pero de las cuatro habilidades imprescindibles para comunicar —LEER, ESCRIBIR, HABLAR Y ESCUCHAR— solo nos enseñaron las dos primeras, salvo excepciones.

Dejemos que sean los maestros Mario Vargas Llosa, Jorge Wagensberg y Carlos Fuentes quienes nos ilustren acerca de estas cuatro habilidades básicas:

LEER: «Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el colegio La Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio. [...] La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño, y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura».1

MARIO VARGAS LLOSA

ESCRIBIR: «Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía, pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras».2

MARIO VARGAS LLOSA

HABLAR: «En los diez primeros años de escuela quizá solo merezcan la pena dos cosas: ejercitar el lenguaje (leer y escribir en varios idiomas, el lenguaje matemático, el musical, el dibujo...) y entrenar el hábito de la conversación y la crítica.

Para ello hay que hablar y crear. Para crear, agítese antes de usar: agítense las ideas, agítense los métodos, agítense los lenguajes».3

JORGE WAGENSBERG

ESCUCHAR: «Un escritor tiene que escuchar, porque si no, no sabe cómo habla la gente. Anoche, por ejemplo, pasé dos horas o tres firmando libros en la feria de Buenos Aires. Pero, sobre todo, para oír a la gente, para ver qué piensa. Y, más que nada, yo les pregunto a ellos».4

CARLOS FUENTES

No haber aprendido a hablar y a escuchar, además de a leer y a escribir, nos ha conducido, salvo excepciones, a una debilidad comunicativa bien patente. Eminentes médicos e ingenieros, intelectuales de cualquier especialidad de renombre mundial, brillan apenas con luz tenue en cualquier intervención pública porque se encuentran en realidad en inferioridad de condiciones, salvo que descubrieran a tiempo que tenían la comunicación como asignatura pendiente.

Gabriel García Márquez sostiene que el mundo se divide en dos tipos de personas: los que saben contar historias y los que no saben. Ya sean historias personales, literarias, románticas, empresariales, educativas, políticas, religiosas, recreativas o de cualquier tipo, el mundo se divide en realidad entre los que ya descubrieron el poder de la comunicación y se aprestan a conocerla, aprenderla y dominarla, y los que para su infortunio siguen sin darse cuenta de que casi todo en la vida se mueve bajo el impulso de esa energía esencial.

LEER, ESCRIBIR, HABLAR, ESCUCHAR

Solo es posible comunicar bien si dominamos estas cuatro habilidades.

Las técnicas para saber hablar mejor y escuchar activamente están descritas en este libro.

PALABRA, SILENCIO, EMOCIÓN, ESCUCHA

Solo la combinación perfecta entre estos cuatro auténticos jinetes de la comunicación nos hará ganar la disputada carrera de la excelencia comunicativa.

EL PODER DE LA PALABRA

Los que piensan bien hablan bien.

Y el que habla mal es que no piensa bien.

JULIÁN MARÍAS


Una palabra puede salvar una vida:

«¡Cuidado!», le gritó un señor cura al niño llamado Gabriel García Márquez cuando estaba a punto de ser atropellado por una bicicleta. Así lo relató el escritor colombiano en 1997 en su discurso en Zacatecas (México) titulado «Elogio de la palabra». El ciclista cayó al suelo, y el cura, al pasar junto al niño, sin detenerse le dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?». Gabo lo aprendió aquel día.5

Tres palabras pueden generar una gran esperanza:

«Yes We Can» fue el eslogan de la campaña electoral de Barack Obama de 2008. Sintetizaba en una afirmación todo el discurso sobre la posibilidad de remontar las encuestas y sobreponerse al duro golpe a la autoestima de los ciudadanos estadounidenses después de ocho años de presidencia de George W. Bush.

Con cuatro palabras se pueden ganar unas elecciones:

«Puedo prometer y prometo», acertó a decir el candidato Adolfo Suárez en su último discurso televisado antes de las primeras elecciones democráticas en España tras la dictadura del general Franco. Con estas cuatro palabras comenzó cada uno de los párrafos de su alocución y terminó transmitiendo la idea con esa fórmula, «puedo prometer y prometo», garantía de que no se presentaba con promesas vacías ni vendiendo humo. Cuatro palabras para generar confianza, cuatro palabras que han sobrevivido cuarenta años en discursos de otros líderes.

Siete palabras pueden cerrar una época y abrir otra:

«El pastor tiene que oler a oveja», disparó en una frase de alerta el papa Francisco a los ministros de la Iglesia católica. Difícil, pero se demuestra que no imposible, concentrar en una sola frase de siete palabras una crítica tan rotunda a una organización como la Iglesia con más de dos mil años de vida e inevitablemente cargada de rutinas acomodaticias, y añadir además en esas mismas palabras la consigna de cómo deben hacerse las cosas a partir de aquel momento: con humildad.

Diez palabras pueden derribar un muro, como sucedió en Berlín en 1989, aunque se pronuncien de pasada y con desgana:

«Es efectivo, por lo que yo sé, inmediatamente, sin demora». Con solo diez palabras en una respuesta improvisada ante periodistas un alto funcionario de la República Democrática de Alemania, Günter Schabowski, derribó «sin querer» el Muro de Berlín. El 9 de noviembre de 1989 le preguntaron en rueda de prensa la fecha en la que se haría efectiva la libertad de movimientos, ya acordada, entre las dos Alemanias. «Es efectivo, por lo que yo sé, inmediatamente, sin demora», respondió con naturalidad. Y los berlineses orientales, que llevaban casi treinta años de aislamiento, entendieron el mensaje y esa misma noche derribaron el muro.

En definitiva: tres, cuatro, siete o diez palabras bastan para generar un impacto emocional político o empresarial, dar la vuelta a un estado de opinión y mover a la acción. Cuatro, seis u ocho millones de palabras son las que se pronuncian en una campaña electoral o comercial cualquiera. Ríos verbales que desembocan en mares dialécticos. Un verdadero océano, aunque, a veces, los océanos de palabras escondan en su interior desiertos de ideas.

Porque cualquier palabra ya no es gratuita. Hoy en día, cualquier demagogia ya no queda impune, cualquier discurso vacío es desenmascarado. A la riada de palabras que anegaba la mente de los electores desvalidos se contrapone en la actualidad el análisis metódico de los discursos con técnicas modernas que separan el grano de la paja o, como en el tratamiento de los minerales, la ganga de la mena.

Estamos en el comienzo de una época nueva en la que los candidatos y sus equipos deberán tomar en serio cada discurso. Cada palabra debería ser convenientemente sopesada antes de ser pronunciada. No basta con aturdir al electorado o confundir a los periodistas. Cada discurso merecerá una autopsia semántica para determinar la razón última de su existencia y de su intención. Cada palabra deberá justificar su presencia y no será pronunciada en vano.6

Y, pese a todo, no cuidamos la palabra, no cuidamos la comunicación e, incluso, confundimos su calidad con su cantidad creyendo que hablar mucho basta para convencer. Craso error.

Quizá lo crean así en algunas escuelas de oratoria, especialmente presentes en el sistema educativo italiano, argentino o de otros países donde es frecuente la extensión de las intervenciones. Los discursos deben ser editados y el centro de edición del discurso es el cerebro. No se trata de hablar mucho, sino de planificar la comunicación, pensarla, escribirla, meditarla, corregirla y exponerla.

Identificar al receptor, conocer tanto como se pueda su identidad, sus expectativas hacia el emisor y el momento en el que se encuentra. Hay que escucharle antes de hablarle, y cuando nos decidamos a hacerlo tratar de interesarlo. Es vital abrir su puerta, atraparlo con una eficaz conexión cuanto más emocional mejor, de modo que esté en buena disposición para recibir nuestros mensajes.

Una palabra puede cerrar una negociación o arruinarla, y generar un conflicto o resolverlo. Una palabra de más puede crear un incendio, incluso en la vida personal, que cueste meses sofocar. Una palabra de menos no te permite llegar a la persona o al objetivo deseado.

No basta con tener una idea de lo que queremos decir porque, como afirma el profesor Daniel Rodríguez, «de la idea a la palabra que vamos a utilizar hay un territorio de riesgo para ganar eficacia en la comunicación».7

Hay palabras que matan y hay palabras que curan. «Las palabras pueden herir y matar, como se dice en la Biblia; por eso hay que controlarlas», advertía el escritor vasco Bernardo Atxaga, quien, acosado en su día por el entorno del terrorismo independentista vasco (ETA), reclamó la atención sobre el inicio del proceso: «Se empieza a llamar de una forma despectiva y a reírse de unas personas, se las margina y se las acaba eliminando».8

Por el contrario, hay palabras que curan. Pongamos un ejemplo: la comunicóloga Mónica Deza, experta en neurociencia aplicada a los negocios y a la comunicación, describe en un libro enternecedor el efecto terapéutico de las palabras que acompañaron el crecimiento de su hijo, enfermo desde que era bebé, a lo largo de los primeros veinte años de su vida.9 Es la historia contada por una madre y su hijo, Pablo —su nombre en latín significa «indestructible pequeño», recuerda Mónica—, en donde se explica la existencia de un chaval que nace con todo en contra y que en su narración genera esperanza porque quiere ser feliz. Explica Pablo:

Cuando salí del hospital y la luz del sol me dio de lleno en la cara me sentí feliz.

Lo había conseguido.

Me iba del hospital, aunque esta vez en silla de ruedas, porque mis piernas no aguantaban mi peso y mi cerebro se quejaba cuando intentaba ponerme de pie. Los efectos de la radio y de las quimios son horribles, pero...

Daba igual, allí estaba yo una vez más. Pablo, el Invencible.

Y Mónica continúa el relato:

Pablo estaba feliz pero agotado, y de pronto, mientras yo hablaba con mi marido, un periodista de una televisión se acercó para entrevistar a Pablo.

—Acabas de entregarle una carta a Su Santidad. ¿Querrías contarnos qué le has dicho?

Y Pablo, haciendo añicos su timidez y contra todo pronóstico, contestó con total dominio de la situación:

—Le digo que, en mis circunstancias, pues desde pequeño he estado enfermo, no entiendo por qué Dios permite que nos pasen cosas a personas inocentes.

Del mismo modo que hay palabras que curan hay otras que siembran el odio. Esto sucede en algunas mezquitas radicalizadas y en recintos de cualquier religión frente a palabras que llaman al diálogo y a la reconciliación, tal y como promovieron en su día el escritor judío Marek Halter y un grupo de imanes franceses capitaneados por Hassen Chalghoumi, cuando todos juntos acudieron a Roma en septiembre de 2013 para abogar ante el papa por un diálogo que impulsase la reconciliación entre cristianos y musulmanes.10

Y no perdamos de vista que, por más que la galaxia audiovisual nos deslumbre, la palabra seguirá siendo el epicentro de la comunicación entre los humanos, porque tal y como proclamaba García Márquez en su discurso de Zacatecas en 1997:11 «Nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas, o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, en el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio».

Comunicación eficaz es, ante todo, dar poder a la palabra, restituir el poder de la palabra, recuperar la credibilidad de la política, de la economía y del periodismo tan dañado en todo el planeta por errores de sus protagonistas.

Demos importancia a la palabra, estudiémosla, cuidémosla y alejémonos de esa verborrea que anega las conversaciones y que retrata a la perfección un dicho popular florentino: «Algunos hablan por airear los dientes».

EL CONTRAPODER DEL SILENCIO

El primer grado de la sabiduría es saber callar; el segundo es hablar poco y moderarse en el discurso.

ABATE DINOUART,

El arte de callar (siglo XVIII)12


—¿Se peleaban a menudo? —preguntó el comisario Maigret a la mujer que vivió con el asesinado.

—Casi nunca, aunque, cuando se le decía algo, William tenía una manera insultante de callar.13

Hay ríos de palabras que no dicen nada y silencios que lo explican todo.,Sin duda el comisario Maigret, o mejor, su creador literario, Georges Simenon, conocía a la perfección los distintos usos que se pueden dar al silencio y, entre ellos, el de censurar las palabras creando tensión. «Tenía una manera insultante de callar» es un elocuente ejemplo en el catálogo de usos del silencio en la comunicación.

Quizá pueda llamar la atención que destaquemos tanto en nuestro diseño de comunicación eficaz el valor del silencio. Es poco frecuente encontrar referencias a este en cualquier libro de comunicación, del mismo modo que apenas se hallarán textos en los que se considere la escucha como un elemento imprescindible de la excelencia comunicativa.

«Agradezco los silencios, porque son los silencios los que permiten la conquista de la voz», atronaba el profesor José Antonio Fernández Bravo, de la Universidad Camilo José Cela de Madrid, en una de sus conferencias.14

Pero no solo eso: vivimos en una sociedad desbordada por la intensidad de mensajes que se emiten simultáneamente. El silencio es necesario para recapacitar y para meditar.

En un discurso la palabra que nos da información, que nos genera emoción, debe convivir con el silencio. «Es fundamental esta convivencia, porque el cerebro está sobreestimulado, hay que serenarlo», advierte el profesor y pedagogo Gregorio Luri.15

En el sistema educativo apenas se hizo hincapié en la necesidad de hacer pausas, de respetar los puntos, de saber distinguir la función de una coma, de un punto y coma; de la diferencia en el tempo comunicador entre los dos puntos, el punto y seguido y el punto y aparte.

La lectura eficaz o la alocución impactante han de respetar esas indicaciones, como si se estuviera leyendo una partitura de música, para que «las frases que la componen sean respiratorias, para que puedan leerse sin perder el aliento».16

El silencio, la pausa, debe preceder a cualquier mensaje importante, destacando así su comprensión y facilitando el impacto positivo en la huella de la memoria de quien escucha.

Las pausas (es decir, silencios) son, además de los tonos, los recursos que el orador tiene para que la palabra brille, estalle e ilumine; para que los mensajes penetren en la mente del auditorio.

A lo largo de tantos cursos de Comunicación en Europa y América hemos encontrado buenos oradores que, con frecuencia, se tenían a sí mismos por excelentes sin serlo, ya que apenas hacían pausas y confundían la buena comunicación con una exhibición de elocuencia. Hablaban bien, o muy bien, pero rápido o muy rápido. Podían hasta generar admiración entre muchos de quienes les escuchaban por su fluidez, pero no eran eficaces. Costaba retener una frase suya, un mensaje fundamental en aquel río caudaloso de palabras. Estos son los alumnos más difíciles de tratar en un curso, porque esa elocuencia desbocada suele ir asociada a otra enfermedad de difícil cura: la arrogancia.

¿Cómo decirle a un candidato cabeza de cartel, catedrático de universidad, inteligente, ágil orador, que su comunicación es escasamente eficaz? Por suerte, en uno de los casos, en su hoja de vida destacaba su afición a la música, a la guitarra en concreto. El segundo día comenzamos nuestra sesión hablando de música y nos permitimos escuchar juntos el inicio de la canción de Maná «El muelle de San Blas».

En la felicidad musical de la conversación que manteníamos, elogiando la pieza, le invitamos a escuchar una versión que no era más que una manipulación nuestra de la misma canción a la que habíamos recortado cualquier pausa, pegando literalmente unas a otras las palabras de Fernando Olvera, cantante del grupo mexicano, sin ninguna interrupción.

No hizo falta insistir porque, como hombre inteligente que es, el alumno entendió el mensaje enseguida. «¿Así hablo yo?», preguntó, y se lo confirmamos: «Así suenas». Y comprendió que la belleza y eficacia del discurso hablado o cantado estaba en la primera versión, mientras que la segunda era una ruina, una malversación expositiva.

Desde ese momento su eficacia comunicativa se disparó. Supo unir su elocuencia admirable y sus conocimientos innegables a un hábil manejo de la pausa. La observación del silencio con la que introdujo diques a su río verbal le permitió dejar algunos mensajes en la memoria de aquellos cerebros hasta entonces tan sobreestimulados que no podían retener una sola frase, salvo llevarse una impresión general de que aquel hombre sabía mucho y hablaba muy bien, aunque por el contrario no sabía comunicar de forma eficaz.

PALABRAS DESBORDADAS

Mención aparte merece, al hablar del silencio, la incontinencia verbal, no solo la referida al número de palabras pronunciadas por minuto, sin respiro alguno, sino al contenido descontrolado.

Los ejemplos abundan en todos los países. En España, José Ignacio Wert, el que fuera ministro de Educación y Cultura, justificándose por la cantidad de titulares negativos que era capaz de facilitar a sus adversarios, y a los alarmados cuerpos de profesores, reconoció: «A veces me sorprendo de las frases que llego a pronunciar». Y en un comentario privado nos confesó: «Es que yo tengo más instinto de conversación que de conservación». Desde luego, porque acabó presentando su dimisión al no poder permanecer más tiempo en el puesto, víctima de sus políticas, pero también de sus palabras.17

En América, uno de los casos más conocidos a este respecto es el del expresidente de la República Dominicana, Hipólito Mejía, quien gobernó el país entre 2000 y 2004 y volvió a intentarlo en 2012, ya con una edad avanzada. «Llegó papá» era su lema ocurrente, y competía con el candidato del Partido de la Liberación Dominicana, Danilo Medina. Periodistas, analistas, partidarios o detractores de Hipólito Mejía concuerdan en que su incontinencia verbal le venció, y que, de haberse mantenido callado, o prudente al menos, hubiera conservado sus opciones de ganar. Casi podría decirse que perdió los votos que le faltaron a golpe de palabras innecesarias, desconocedor, como era, del valor fundamental del silencio en la comunicación. Algo sabíamos ya, porque en esa campaña electoral recaló en Madrid y cenamos con él, lo que nos permitió asistir a una explicación tan divertida como imprudente sobre chismes varios, que igual hacían referencia a políticos latinoamericanos como a intimidades de cardenales de la Iglesia católica. Don Hipólito sobrevivió aquella noche escoltado por la prudencia ajena, que no por la propia.

Posteriormente, en un programa de radio, hasta sus partidarios se alarmaron al oírle anunciar que «si soy presidente meteré a este y al otro en la cárcel», frase que pulverizaba la separación de poderes de Montesquieu.

A tal punto llegaba su incontinencia verbal que, tal y como nos narraron, llegó a darse varias veces en los últimos días de la campaña la escena genial de su equipo rodeándolo físicamente para que no tuviera contacto directo con los micrófonos de los periodistas, una medida por la que habían optado desde la más pura desesperación. Los periodistas, por su parte, acabaron preguntándole a gritos desde las afueras del cordón, y Mejía respondía desde su encierro, incorregible, aunque francamente divertido.

Finalmente, no ganó porque no observó el sabio silencio. ¡Cuánto bien le habría hecho el regalo de un libro que le hubiera resultado imprescindible: El arte de la prudencia, de Baltasar Gracián!18

Sin embargo, ningún político ha cruzado tantas líneas rojas en su comunicación oral o escrita —vía Twitter— como Donald Trump. Convencido de sus altas expectativas electorales, llegó a decir en la campaña para la presidencia de los Estados Unidos que «podría disparar a gente en la Quinta Avenida de Nueva York y no perdería votos»; después puso a los latinos en su diana, especialmente a los mexicanos, a los que ofendió reiteradamente: «México nos envía a la gente que tiene muchos problemas, que trae drogas, crimen, que son violadores»; desnaturalizó con su agresividad los debates electorales: «Hillary, eres una asquerosa»; y se superó a sí mismo al deslizar a un periodista que casualmente tenía su grabadora encendida que «Cuando eres una estrella puedes hacer cualquier cosa con las mujeres, agarrarlas incluso por el coño, lo que quieras...».

Resulta increíble que Trump haya salido indemne de todos estos tropiezos dialécticos que le hubieran costado la carrera a cualquier otro candidato de haber pronunciado aunque solo fuera una de estas frases.

EL PODER DE LA EMOCIÓN

Yo digo en voz alta a quien quiera creerme: que no haya palabras en tu boca que no estén en tu corazón.

KABIR,

poeta místico, músico y filósofo venerado en la India (1440-1518)


El cerebro solo aprende si hay emoción, sostiene Francisco Mora, doctor en Neurociencia por la Universidad de Oxford y catedrático de Fisiología Humana en la Complutense. Para este estudioso de la pedagogía y el cerebro «la clave está en enseñar con emoción haciendo curioso lo que se enseña, porque nada se puede aprender sin atención despierta, sostenida y consciente».

Y añade que un profesor excelente «es capaz de convertir cualquier concepto, incluso de apariencia sosa, en algo siempre interesante».19

Estas afirmaciones son válidas para cualquier comunicación y las compartimos todos porque nos recuerdan a los buenos profesores y también a los otros, es decir, a los que lograban emocionar y a los que no sabían hacerlo.

En un aula, en un auditorio, en una asociación de barrio, en una reunión empresarial e incluso en el ámbito personal, a un comunicador excelente no le basta con manejar el poder de la palabra, incluso complementado con el poder del silencio, porque también necesita emocionar: hablar sin tener en cuenta la emoción no es comunicar plenamente.

El poder de la palabra se adquiere aprendiendo tres de las cuatro habilidades básicas (leer, escribir, hablar), pero se proyecta con mayor solvencia si se aplica la cuarta habilidad, escuchar, para representarla con mayor eficacia si se combina con el contrapoder del silencio. Sin embargo, falta dotar a esa palabra, a ese discurso, de la emoción.

«El taller del pensamiento está en el cerebro del hombre; pero la fuente de los afectos se halla solo en el manantial de su sensibilidad», escribió en su libro Lecciones20 Joaquín María López, quien fuera abogado, ministro y brevemente presidente del Consejo de Ministros de España en 1843. En esas lecciones de oratoria escribió lo máximo que se podía decir en el año 1850, porque las emociones y la neurociencia eran solo intuitivas, ya que no habían nacido todavía Freud, ni Santiago Ramón y Cajal y tampoco, por supuesto, Antonio Damasio.

Y la emoción en el discurso es fundamental, como relató brillantemente en una conferencia pronunciada en el Club Faro de Vigo la profesora Inmaculada Anaya. La conferencia se titulaba «Claves para emocionar con un discurso», y trataba de eso, de que al recibir un mensaje nos sintamos «identificados con esas palabras y nos muevan a actuar o a cambiar, en cierto modo, nuestra forma de ver la realidad. Emocionar significa despertar un interés en el expectante, de tal manera que el que escucha participa de lo que tú estás contando».21

Esto hace, además, que recordemos las siguientes palabras del neurólogo Karl Deisseroth: «Sin emoción no hay memoria».

Ahora bien, la clave para la profesora Anaya es ser nosotros mismos: «Para emocionar con un discurso hacen falta autenticidad y pasión. Nos emociona lo que nos llega y nos llega porque sentimos que es real... Autenticidad significa que la persona que habla es fiel a sus convicciones». Por tanto, como ella aclara, sin emplear términos que nunca han formado parte del vocabulario del orador, nada distancia más al que escucha que intuir que el orador no conoce o no usa habitualmente los términos en los que habla.

Y entre esos niveles de emociones entendemos que el grado supremo es la pasión. En un interesante libro titulado El poder de la pasión, el ingeniero Belarmino García, fundador de la compañía telefónica Amena, describe cómo el impulso emocional de una plantilla de personas de edad bastante inferior a treinta años fue fundamental para hacer crecer una empresa que en España ya era la tercera en su segmento y, por tanto, llegaba tarde a tratar de ocupar el mercado. Lo hacía con menos presupuesto, cierto, pero con la fuerza imparable de las emociones.

Celebraron los 100.000 primeros clientes y, poco después, tras alcanzar los 500.000, en medio de un gran fervor de los empleados, que se expresaban con alegría, entusiasmo y orgullo por la noticia, se desplegó en la sala en la que se encontraban de fiesta un cartel inmenso que rezaba: «Vamos a por el millón».

Una persona relevante de la dirección de Amena le había comentado previamente a Belarmino sus dudas acerca de si debían anunciar o no ese objetivo que perseguían, ir al por el millón. Pero el anuncio de «Vamos a por el millón» provocó una mezcla de desconcierto, locura y excitación. La respuesta de todos los allí presentes, después de terminar la reunión de trabajo, fue: «Vamos a por el millón». Y el milagro se hizo, se consiguió la fuerza y voluntad de aquel equipo joven, aguerrido, enérgico, comprometido y con ansias de hacer algo grande. Y lo hicieron. Y después llegaron los dos millones de clientes, y más tarde los tres...

La emoción que logró transmitir a sus valerosas tropas Belarmino García, hombre que maneja muy bien las palabras y los silencios, fue determinante.22

No le falta razón a Mónica Deza cuando asegura que la emoción es la asignatura pendiente en la empresa. Afirma que las empresas necesitan pasar de tener solamente calidad en el servicio a incorporar, además, la calidez en el servicio, porque los consumidores lo están reclamando, y eso se consigue con la utilización de la emoción, ya que todas las necesidades humanas están afectadas por las emociones.

Hablar sin emocionar y, desde luego, sin contenido, puede convertir a los oradores en una especie de fraseólogos, como los bautiza Joaquín María López: «Los fraseólogos son una casta de oradores aparte, en cuyos discursos se hallan muchas cláusulas dispuestas y ataviadas con gran esmero, pero sin ideas que le sirvan de base, cuyo vacío se deja desde luego conocer [...]. La obra de estos oradores no durará nunca más que el eco de sus palabras perdidas en el espacio».23

Y concluye con una metáfora sobre instrumentos musicales que nos servirá para distinguir las diferencias entre los discursos pronunciados por fraseólogos, o incluso por esmerados oradores, pero sin emoción alguna, de los que saben llegar al auditorio y seducir: «La palabra puede compararse con un instrumento musical. En el mismo piano el simple aficionado que no ha adquirido nociones fundamentales y que se ha dedicado por placer apenas toca algunos aires ligeros, en tanto que el profesor, que ha invertido su vida en el estudio de la música, que comprende sus delicados misterios, es el que toca armonías inexplicables, nos deleita, nos conmueve, nos entusiasma y nos transmite los tiernos o arrebatadores sentimientos que se han traducido en notas».

Efectivamente, con la emoción se puede seducir. Alex Grijelmo destaca que «las palabras tienen un poder de persuasión y un poder de disuasión, y tanto la capacidad de persuadir como la de disuadir por medio de las palabras nacen en un argumento inteligente que se dirige a otra inteligencia. En cambio, la seducción de las palabras sigue otro camino, la seducción parte de un intelecto, sí, pero no se dirige a la zona racional de quien recibe el enunciado, sino a sus emociones».24

Capítulo aparte merecen los discursos y los textos que nacen desde la emoción. Piezas de oratoria que escuchamos por ejemplo en bodas, despedidas, funerales o incluso en la política y en la empresa en escenarios dominados por un hecho o una circunstancia excepcional que impactan, que conmueven al auditorio. Como el testimonio escrito por el joven periodista francés Antoine Leiris en una breve crónica sobre la desaparición de su esposa Hélène, asesinada en el atentado terrorista de la sala de conciertos Bataclan en París el 13 de noviembre de 2015:

El viernes por la noche le robaste la vida a un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero no tendréis mi odio. No sé quiénes sois, no quiero saberlo, sois almas muertas. Si ese Dios en cuyo nombre matáis ciegamente nos ha hecho a su imagen y semejanza, cada bala en el cuerpo de mi mujer habrá provocado una herida en su corazón. De manera que no, no os haré el regalo de odiaros.25

EL CONTRAPODER DE LA ESCUCHA

Cuando viajo a países de habla hispana, al terminar las reuniones, suelo despachar en la tienda porque me interesa escuchar a los clientes directamente.

AMANCIO ORTEGA,

fundador de Zara (Inditex)

Lo más importante en una negociación es escuchar lo que no se dice.

PETER DRUCKER


En todas las escuelas del mundo se enseña a leer y a escribir, y en algunos sistemas educativos más completos a leer, a escribir y a hablar, pero no a escuchar. Solo en unas pocas aulas ilustraron también sobre el arte de la escucha, la habilidad menos considerada y apenas enseñada. Ya advirtió el historiador, biógrafo y ensayista griego Plutarco que «solo habla bien aquel que escucha».

De modo que resulta sorprendente que exista una parte de la población mundial con formación universitaria, o equivalente, que tenga verdaderas dificultades para expresarse eficazmente. Que exista entre ese contingente quienes sean capaces de generar un río de palabras, a veces incontenible, que sin embargo no sirva para precisar las ideas que se quieren transmitir, es inconcebible. Con un agravante, además: quienes hablan fluidamente sin concretar las ideas clave suelen estar convencidos de que son excelentes comunicadores sin serlo. Desmontar el error de esos personajes dotados de verbo fácil pero de puntería comunicativa escasa es una de las tareas más difíciles para un profesor de Comunicación. Además de tacto y perseverancia, debe estar pertrechado con algunos recursos dialécticos diseñados para casos difíciles, los peores sin duda, asociados a arrogancia. (Véase el apartado «La ley del peor tramo» en el capítulo titulado «Ingeniería y productividad de la Comunicación», de la tercera parte de este libro).

Gay Talese, considerado junto a Tom Wolfe como el fundador del periodismo moderno, advierte que aprendió el oficio de contar escuchando historias de las clientas de su madre, que vendía vestidos, y de su padre, que era sastre.26 Mientras se probaban la ropa o en la sala de espera de la tienda crearon sin saberlo una escuela de contenido y habilidades comunicativas que el joven Talese supo aprovechar.

Gabriel García Márquez ha narrado en La bendita manía de contar que cada día, al sentarse a la mesa, su madre relataba breves episodios de la vida cotidiana con gran maestría. «Ella nunca oyó hablar de discursos literarios ni de técnica narrativa ni nada de eso, pero sabía preparar un golpe de efecto, guardarse un as en la manga mejor que los magos que sacan pañuelitos y conejos del sombrero. Y yo preguntándome, ¿dónde habrá aprendido mi madre esa técnica que a uno le toma toda una vida aprender?».27

Con toda probabilidad Gabo aprendió de niño en casa, como seguramente muchos de nosotros, un código narrativo que le sirvió después para escribir magistralmente y para hablar. De nuevo, escuchar para aprender a hablar y a contar.

También en la empresa, y cómo no, en la política, en la literatura y en la vida en general, es fundamental la escucha, la gran olvidada.

¿De dónde sale el famoso «Yes We Can», sin duda el eslogan publicitario más difundido en los últimos años? Pues de la escucha y no de una creación de agencia publicitaria. El 8 de enero de 2008 el candidato Obama perdió las elecciones primarias del estado de New Hampshire frente a Hillary Clinton. Aquella noche Obama, en la localidad de Nashua, pronunció un discurso memorable en el que en realidad saltó de su lema de campaña, «Change we can believe in» («Nosotros podemos creer en el cambio»), al «Yes We Can» («Sí, podemos») que le escuchó a una señora mayor, convencida de que el cambio era posible.

En principio Obama no era partidario de utilizar esta frase por considerarla demasiado sentimental, pero preguntó a su esposa Michelle y ella le contradijo: «No es sentimental», aseguró, aprobando el lema para alivio de David Axelrod, el director de campaña.28 En ese discurso Obama habló diez minutos sobre el cambio, invirtió solo unos segundos para felicitar a Hillary Clinton y al finalizar, como si fuera una oración, repitió «Yes We Can», al estimar que la frase resume el espíritu de una nación fundada en la esperanza de un mundo de oportunidades. «Yes We Can», dijo en voz baja varias veces y creció el coro de sus simpatizantes con un atronador «Yes We Can», que ya le acompañaría siempre en la victoria de las primarias y después frente a la campaña a la que se impuso al republicano John McCain.29

Incluso el «Yes We Can» se convertiría en una canción y vídeo de campaña creado por el artista will.i.am.30

Pero vayamos a la práctica de la medicina: ¿se puede hacer una buena historia clínica sin escuchar atentamente? El doctor Albert Jovell, médico, sociólogo y enfermo de cáncer, escribió palabras maravillosas cuando tuvo que pasarse al otro lado del mostrador y ser objeto de estudio y cura de sus colegas. «Algunos médicos te atienden, pero no te acompañan. No tienen en cuenta al paciente, no le escuchan».

El doctor Jaime del Barrio comenzó el ejercicio de la medicina en el ámbito rural. Le gustaba la comunicación y le daba mucha importancia porque tenía que escuchar muy atentamente a los pacientes que no se expresaban en términos médicos, y después debía explicárselo todo con detalle para que lo entendieran. Más tarde, en urgencias, tenía que estar muy preparado para comunicar todas las situaciones difíciles que se presentaban. En urgencias es fundamental, aún más que en una consulta, escuchar atentamente y tratar de entender.

Mantuve algunas conversaciones deliciosas con Jorge Ruiz, líder del grupo pop español Maldita Nerea. Él es maestro de audición y logopeda, y ambos compartimos la importancia de la escucha. Yo le hablaba de lo fundamental que para comunicar resulta la escucha y él insistía en que es imprescindible para el músico: «El músico que no escucha está perdido».

Tiempo después me sorprendió con un valioso regalo. Una canción del disco Mira dentro en la que destacaba el valor de la escucha: «Te merece la pena».

Mi cultura dice, que nunca escuche,

que no comprenda, que solo luche,

contra molinos de miedo y tiempo,

por eso antes de hacer o decir nada, miento.

Sobre problemas que solo crecen

que alguien envía y en mí aparecen,

porque la culpa no es nunca mía,

y luego soy de quién tú te fías.

Se grita mucho, se escucha poco, ¡ah!

y no esperes que te entienda tampoco.

Sobre los hombros sacos de dudas,

que mucho pesan y en nada ayudan.

Eso es lo que yo aprendí en la escuela

y ahora inmensas son las secuelas,

es todo bueno, tiene que serlo,

porque, si no, somos todos muy tontos,

pero que muy, muy tontos.

por creerlo...

¿Y cuántos directivos de empresas hablan alguna vez con sus empleados o con sus clientes directos para conocer sus opiniones? Pocos. Solo los grandes lo hacen. Amancio Ortega escucha y ha creado la mayor multinacional de la confección y la distribución de ropa en el mundo edificando su imperio sobre la piedra angular de la escucha. Lee Iacocca, el grande del automóvil en Estados Unidos, bajaba a la línea de producción y preguntaba a sus operarios: «¿Se puede instalar esa pieza con menos movimientos?». Al obtener respuesta afirmativa y comprobar que era cierto, seguía preguntando: «Si lleva tantos años aquí, ¿por qué no lo dijo antes?». «Porque nadie me lo había preguntado», le respondieron en más de una ocasión.

Es ese uno de los principales errores que cometen los directivos, pese a que el consejo de los veteranos reitera que hablar con los empleados es la mejor forma de estar informado, como advertía Marino Faccini, director general de Carlson Wagonlit Travel España.31

Y hablar frecuentemente con los clientes finales es la mejor forma de «refrescar al equipo de dirección».

Por eso Eugenio Galdón, cuando presidió la compañía de telecomunicaciones ONO, obligaba a sus directivos a pasar un día cada seis meses en el centro de atención al cliente atendiendo consultas y quejas, y sin duda acudía él el primero. Escuchar lo que se dice, incluso lo que no se dice en una negociación, es básico, como advirtió Peter Drucker.

POCOS POLÍTICOS ESCUCHAN

En otro orden de cosas, mi trabajo periodístico me ha dado la oportunidad de haber conocido a lo largo de bastantes años de profesión a distintos mandatarios en numerosos países y de haberlos podido acompañar en visitas a barrios o zonas alejados de la capital. Entre otros, Alberto Fujimori en Lima; Carlos Salinas de Gortari en México y más tarde Ernesto Zedillo en campaña electoral, además de algunos viajes al extranjero y distintas provincias españolas con el rey Juan Carlos de España. Ello me ha permitido comparar como elemento diferenciador el estilo del presidente de la República Dominicana, Danilo Medina. Hombre reservado, discreto y en cierto modo la antítesis de un líder político clásico, Medina, desde poco después de su llegada al poder, a partir de octubre de 2012, realizó por sorpresa todos los domingos por la mañana una o dos visitas a algunos de los municipios más pobres de su país.

Tuve la suerte de acompañarlo en una de esas salidas, en junio de 2015, concretamente a la provincia de Monte Cristi, al norte del país y muy cerca de la frontera con Haití. Tomamos tierra con un helicóptero en un campo en el que con toda probabilidad no había aterrizado nunca un aparato de esas características, ni parecía que había pasado por allí el coche de ningún ministro o gobernador. Ahí se reunió con un grupo de cultivadores de alcaparra, y ese encuentro se repitió un par de horas más tarde, tras un viaje en coche por carretera, en parte sin asfaltar, con una cooperativa de criadores de conejos.

El esquema de la reunión era siempre el mismo: después del alboroto general por la llegada inesperada del presidente, prácticamente solo con algunos altos funcionarios de su Gobierno y dos periodistas, sin la típica caravana que suele acompañar estos desplazamientos presidenciales, comenzaba el diálogo.

Danilo Medina se sentaba en una silla humilde, igual a la de todos, frente a las personas del lugar. Hasta su llegada al poder, los presidentes de su país se sentaban siempre en un sillón especial que le trasladaban desde la capital, Santo Domingo. Así que la gente no salía de su asombro por tener a mano al presidente de la República, que se dedicaba básicamente a escuchar sus problemas, sus peticiones y conocer las debilidades de sus sistemas de producción (Medina es economista e ingeniero). Solo al final combinaba la acción de escucha que acababa de realizar pacientemente con algunos datos que su equipo había preparado sobre las posibilidades de impulsar aquella explotación agraria o pecuaria. Y ofrecía soluciones, como conceder créditos blandos —no subvenciones— para apoyar el desarrollo.

Con ese ejercicio de escucha el presidente Danilo Medina, a mi modesto juicio, rompía el estilo de otros mandatarios que visitan zonas desfavorecidas de su país —los pocos que lo hacen—, pero solo para dirigir un mensaje unidireccional, no para escuchar. Pronuncian un discurso que traen preparado en el que se aprecia que ha sido redactado a cientos o miles de kilómetros, y muy difícilmente ese discurso esté relacionado con rasgos de aproximación y de cercanía que incrementen su eficacia y que proceden básicamente de la escucha previa.32 Porque se suele gobernar sin escuchar.

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Release date on Litres:
14 November 2024
Volume:
185 p. 10 illustrations
ISBN:
9788491870319
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