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Madres y Padres del Desierto

Apotegmas : la colección alfabética griega / Madres y Padres del Desierto. - 1a ed. -

Munro : Surco Digital, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-47923-3-4

1. Monasterios. 2. Espiritualidad Cristiana. 3. Vida Comunitaria. I. Título.

CDD 230.01

© 2021 SURCO Digital

Munro – Prov. Buenos Aires – Argentina

www.surco.org

Primera edición digital, febrero 2021

ISBN: 978-987-47923-3-4.


© Diseño de tapa: SURCO digital

Imagen de tapa: La imagen representa el siguiente texto: “Antonio, sentado en la montaña, alzó la vista, vio en el aire a alguien que se elevaba y que se producía gran alegría entre los que salían a su encuentro. Entonces, admirando y proclamando bienaventurado a tal coro, pidió saber qué estaba sucediendo. Y al momento oyó una voz que le decía que era el alma de Amún, el monje de Nitria. Él había perseverado hasta la vejez en la ascesis” (Atanasio de Alejandría, Vida de san Antonio, 60.1-2).

Hecho el depósito que prevé la ley 11.723

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Índice

Introducción

Derwas James Chitty: Los libros de los ancianos

Texto

Prólogo

Letra Alfa

ABBA ANTONIO

ABBA ARSENIO

ABBA AGATÓN

ABBA AMMONAS

ABBA AQUILES

ABBA AMOES

ABBA AMÚN DE NITRIA

ABBA ANUB

ABBA ABRAHAM

ABBA ARES

ABBA ALONIO

ABBA APPHY

ABBA APOLO

ABBA ANDRÉS

ABBA AIO

ABBA AMONATHAS

Letra Beta

BASILIO EL GRANDE

ABBA BESARIÓN

ABBA BENJAMÍN

ABBA BIARE

Letra Gamma

ABBA GREGORIO EL TEÓLOGO (NACIANCENO)

ABBA GELASIO

ABBA GERONCIO

Letra Delta

ABBA DANIEL

ABBA DIÓSCORO

ABBA DULAS

Letra Epsilón

SAN EPIFANIO, OBISPO DE CHIPRE

SAN EFRÉN

EUCARISTO, SEGLAR

EULOGIO, PRESBÍTERO

ABBA EUPREPIO

ABBA ELADIO

ABBA EVAGRIO

ABBA EUDÉMON

Letra Dseta

ABBA ZENÓN

ABBA ZACARÍAS

Letra Eta

ABBA ISAÍAS

ABBA ELÍAS

ABBA HERACLIO

Letra Zeta

ABBA TEODORO DE FERMO

ABBA TEODORO DE ENNATÓN

ABBA TEODORO DE ESCETE

ABBA TEODORO DE ELEUTERÓPOLIS

ABBA TEODOTO

ABBA TEONÁS

TEÓFILO, EL ARZOBISPO

Letra Iota

ABBA JUAN COLOBOS (o el Enano)

ABBA JUAN EL CENOBITA

ABBA ISIDORO

ABBA ISIDORO DE PELUSIO

ABBA ISAAC, PRESBÍTERO DE LAS CELDAS

ABBA JOSÉ DE PANEFO

ABBA JACOBO [Santiago]

ABBA HIERAX

ABBA JUAN EL EUNUCO

ABBA JUAN DE LAS CELDAS

ABBA ISIDORO EL PRESBÍTERO

ABBA JUAN EL PERSA

ABBA JUAN EL TEBANO

ABBA JUAN, DISCÍPULO DE ABBA PABLO

ABBA ISAAC EL TEBANO

ABBA JOSÉ EL TEBANO

ABBA HILARIÓN

ABBA ISQUIRIÓN

Letra Kappa

ABBA CASIANO

ABBA CRONIOS

ABBA CARIÓN

ABBA COPRES

ABBA CIRO

Letra Lambda

ABBA LUCIO

ABBA LOT

ABBA LONGINO

Letra Mi

ABBA MACARIO EL EGIPCIO

ABBA MOISÉS

ABBA MATOES

ABBA MARCOS, DISCÍPULO DE ABBA SILVANO

ABBA MILESIO

ABBA MOTIOS

ABBA MEGETHIOS

ABBA MIÓS

ABBA MARCOS, EL EGIPCIO

ABBA MACARIO, EL CIUDADANO

Letra Ni

ABBA NILO

ABBA NESTEROS

ABBA NESTEROS, EL CENOBITA

ABBA NICÓN

ABBA NETRAS

ABBA NICETAS

Letra Xi

ABBA XOIOS

ABBA XANTHIAS

Letra Omicrón

ABBA OLIMPIO

ABBA ORSISIO

Letra Pi

ABBA PASTOR

ABBA PAMBO

ABBA PISTÓS

ABBA PIOR

ABBA PITIRION

ABBA PISTAMÓN

ABBA PEDRO PIONITA

ABBA PAFNUCIO

ABBA PABLO

ABBA PABLO EL COSMETA

ABBA PABLO EL GRANDE

ABBA PABLO EL SIMPLE

ABBA PEDRO DE DIOS

ABBA PALADIO

Letra Ro

UN ABBA DE ROMA

ABBA RUFO

ABBA ROMÁN

Letra Sigma

ABBA SISOES

ABBA SILVANO

ABBA SIMÓN

ABBA SOPATRO

ABBA SARMATAS

ABBA SERAPIÓN

ABBA SERENO

ABBA [E]SPIRIDÓN

ABBA SAIO

AMMA SARA

AMMA SINCLÉTICA

Letra Tau

ABBA TITOES

ABBA TIMOTEO

Letra Ypsilón

ABBA HIPEREQUIO

Letra Fi

ABBA FOCAS

ABBA FÉLIX

ABBA FILAGRIO

ABBA FORTAS

Letra Ji

ABBA CHOMAÍ

ABBA CHEREMÓN

Letra Psi

ABBA PSENTAISIO

Letra Omega

ABBA OR

Introducción
Derwas James Chitty1: Los libros de los ancianos2

Los miles de hombres que se internaron en los desiertos cuando el Imperio romano se convirtió al cristianismo, no buscaban el elogio o la admiración de los hombres. Hubo cristianos en esa primera generación que no se avergonzaron de mirar al movimiento con disgusto –sin mencionar el horror con que lo vieron autores paganos como Eunapio–. Pero para quienes aceptaban el ideal, aunque personalmente no lo siguieran, era inevitable sentirse atraídos por él. Fue también inevitable que los guías del movimiento pusieran por escrito los consejos que daban a sus discípulos, y escribieran incluso tratados sobre la vida monástica. Las siete cartas atribuidas a san Antonio (+ 356) pueden ser razonablemente aceptadas como auténticas, e igualmente las de su sucesor Amonas, a quien se atribuyen también otros breves escritos. Pero es la Vida de Antonio escrita por san Atanasio la que debe ser considerada como la Mente original donde se inicia la literatura monástica, el manifiesto que se difundió en pocos años por todo el mundo romano y que san Gregorio de Nazianzo describiera con razón como “legislación para la vida monástica en forma de relato”. Mientras tanto, en el Egipto superior la Regla pacomiana encontraba su forma literaria en copto (es una de las obras coptas más antiguas), juntamente con escritos homiléticos y cartas. Hacia fines del mismo siglo IV fue escrita en griego la primera Vida de Pacomio y Teodoro, con otra colección de historias sobre Pacomio y una vívida carta del obispo egipcio Amón, que describe, desde el punto de vista de uno que se hallaba desde hacía mucho tiempo instalado en el medio más sofisticado de los alrededores de Alejandría y del Delta, los tres años que pasó en su juventud con la comunidad, bajo Teodoro, en la década del 350. Sobre Escete, ya no se puede considerar el cuerpo principal de los escritos “macarianos” como la obra de uno de los dos Macarios, o de origen egipcio. Pero esto no excluye la posibilidad de que algunas de las producciones literarias que se conservan en griego, siríaco o copto puedan ser rectamente atribuidas a alguno de ellos, o a Moisés, que vivió después. La atribución fue hecha por lo menos a finales del siglo V.

Pero el impulso literario más importante llegaría a Egipto desde el exterior. Los Padres capadocios habían recibido el virus, y estaban iniciando la vida ascética, con su literatura propia, en las mesetas de Anatolia. Fue su discípulo Evagrio Póntico quien, primero en Palestina y luego en Egipto, en el silencio de las Celdas de Nitria (recientemente excavadas en parte, muy oportunamente por Guillaumont [+ 2000] y otros), construiría el gran “corpus” de doctrina ascética de los desiertos egipcios, mezclado con especulaciones cósmicas, según el legado de Orígenes, y que después de su muerte traería descrédito a su memoria, oscureciendo sus auténticas realizaciones.

Desde el mundo latino, Jerónimo y Rufino se instalaron en Palestina y, después de visitar los desiertos egipcios, antes de finalizar el siglo IV, dieron cada cual su contribución a la literatura monástica: Jerónimo, con cartas y las Vidas de Hilarión, Pablo el ermitaño y otros –que fueron al menos buenas obras literarias–, sin contar la traducción gracias a la cual se conservó el único texto sobreviviente de la Regla pacomiana y los escritos anexos (¡tan sólo desearíamos saber cuánta fe puede darse a su vigorosa construcción!). Uno de los discípulos de Rufino en el Monte de los Olivos escribió un relato de su peregrinación en 394 a los monjes de Egipto, principalmente en el Valle del Nilo y el Delta (la Historia monachorum in Aegypto [Historia de los monjes de Egipto]); Rufino la tradujo al latín unos diez años más tarde, tal vez, con correcciones y adiciones que procedían de su conocimiento anterior de esas regiones. Evagrio ya usaba ampliamente las anécdotas para ilustrar su doctrina. Fuera de él, la Historia Monachorum es la primera colección de relatos de los Padres del Desierto. Pero serán los discípulos de Evagrio los principales testigos literarios de la edad de oro de Nitria y Escete. Paladio, en su violento Diálogo sobre la vida de Crisóstomo, escrito mientras estaba desterrado en la Tebaida, da muchos detalles sobre los monjes y sus sufrimientos en manos del patriarca Teófilo. Pero es su madura obra posterior, la Historia Lausíaca, escrita hacia 420, cuando un velo ya había sido echado sobre la tragedia, la que nos da un cuadro detallado y claro por primera vez de Nitria y las Celdas, principalmente, pero extendiéndose hasta el desierto más alejado de Escete (el Wadi Natrun), por el Nilo hasta Licópolis e incluso Syena, y también Palestina. Escete, principalmente (pero también algunos de los centros monásticos del Delta del Nilo), constituye el marco de las Conferencias de Casiano, quien, escribiendo poco tiempo después de Paladio y tras una ausencia de Egipto de más de veinte años, quiere reproducir la enseñanza de los Padres del desierto y la de su maestro Evagrio, aligerada de sus especulaciones (el nombre de Evagrio no es mencionado siquiera), para las nacientes comunidades de Galia. Las Instituciones, algo anteriores, nos dan valiosa información sobre la vida monástica en otras partes de Egipto y en Palestina.

Al mismo tiempo crecía un gran cuerpo de tradición oral, con relatos de los dichos y hechos de la primera generación de monjes –algunos nombres son famosos, otros solamente recordados aquí–, y estas tradiciones debían ser puestas por escrito tarde o temprano, y los recuerdos de las generaciones siguientes se acumularían en torno a ellas. No se limitarían tampoco a Escete y Nitria. Un movimiento fuera de estos centros había comenzado ya en 357, cuando Sisoes encontró que Escete (¿o se trata de Nitria?) se había poblado demasiado, y se mudó a la Montaña interior de Antonio, abandonada desde la muerte del santo y el asesinato de sus dos discípulos. Más tarde y en el mismo siglo, Silvano y sus discípulos se trasladaron primero al Sinaí y después a su Palestina natal. Esta escuela bien merecería que se le dedicara una monografía. Al finalizar el siglo se produjo la crisis acerca del “origenismo” descrita por Paladio y los demás historiadores. Ta1 vez sea un relato unilateral, el suyo, pero parece que Nitria nunca se recuperó después de esos incidentes. En 407-8 ocurrió la primera gran devastación de Escete (que había sido preponderantemente antiorigenista), en la cual sufrieron el martirio Moisés el etíope y otros, y hubo un éxodo general, aparentemente repetido hacia 434 (y seguido de otro, posiblemente, en el mismo siglo y también hacia 570).

Este sería el tiempo naturalmente indicado para la aparición del núcleo en torno al cual debía crecer el cuerpo llamado comúnmente Apophtegmata Patrum término bastante conveniente si no fuera porque la colección está formada en escasamente menor medida por los hechos de los Padres, y no solamente por sus palabras. El término griego con que se la designa es Gerontikon o Paterikon, y es el primero de éstos que me propongo usar. Es una colección en la que no se puede abrir una página sin encontrar algo penetrante para nuestras propias vidas ¡qué humanos eran esos monjes! Sin embargo, a pesar del trabajo hecho en el pasado por Rosweyde y otros, haciéndola accesible en cierta medida a los estudiosos, la colección ha comenzado apenas a ser conocida por el público más vasto que hoy la necesita. Debemos agradecer al P. Guy, a Dom Regnault y a los monjes de Solesmes por habernos dado finalmente (mientras se espera la edición completa de los textos griegos) traducciones francesas que cubren casi todo lo que ha sido conservado3. Estos estudiosos, juntamente con el Profesor Draguet [+ 1980] y otros, y Bousset [+ 1920], en una generación anterior, comenzaron a poner orden en el caos de nuestra comprensión de la naturaleza del Corpus, y pudieron sacar algunas conclusiones sobre el proceso de su formación.

El “Corpus” de Apotegmas llega a nosotros en dos formas principales. Parte de una de ellas es la “colección alfabética”, que contiene relatos de los Padres distribuidos de acuerdo a la letra inicial de su nombre. Fue publicada por Cotelier (en el siglo XVII) y reeditada por Migne, Patrologia Graeca 65. (…)

Pero el prefacio de esta colección alfabética habla de una colección de historias anónimas que debería encontrarse a continuación. Así se la encuentra en varios manuscritos, uno de los cuales contiene más de 700 piezas. Nau inició la publicación de un manuscrito con esta serie (Coislin. 1261, con 669 piezas), pero fue interrumpido por la guerra de 1914-18, y nunca se completó la publicación. Los monjes de Solesmes nos ofrecen ahora el texto íntegro en traducción francesa, exceptuando algunas piezas, de las cuales se da la referencia a las traducciones existentes. Tal como la conocemos, la colección se extiende al menos hasta el siglo VII, con algunas historias de Anastasio del Sinaí y el relato de la toma de Jerusalén por los persas. (…)

Esto nos lleva a la segunda forma de la colección: la sistemática, la cual, aunque no ha sido publicada todavía en griego4, fue editada por Rosweyde (Vitae Patrum V-VI) y de nuevo por Migne, PL 73, cols. 855-1022, en la traducción latina hecha a mediados del siglo VI (la fecha es segura) por Pelagio y Juan. (…) Cada capítulo (de esta colección) se abre con anécdotas de los padres nombrados según el orden alfabético. (…)

¿Dónde podremos encontrar el carácter de la obra? Una colección nostálgica, reunida en base a la tradición oral o por los más ancianos sobrevivientes como Sisoes, de los dichos de la primera generación: Antonio, Macario, Pambo, Pior, Or, etc. No son muchos los nombres que nos sean conocidos por la Historia Monachorum o la Historia Lausíaca. Este número, sin embargo, aumenta a medida que nos acercamos a la devastación de Escete, el Wadi Natrum, y no Nitria, Pernûj, es la fuente original del Gerontikon. Son más numerosas todavía las historias de aquellos que estuvieron en Escete pero se trasladaron luego, cuando la devastación o antes: así tenemos a Juan el corto (Colobos), Arsenio, Agatón, Daniel, Pastor y sus hermanos, y otros más: ninguno de ellos es mencionado por Paladio. Tenemos además a los monjes de Enatón, el monasterio situado en la novena milla de Alejandría y que fue un centro de oposición a Calcedonia (451), a Longino, líder de esa oposición y a su maestro Lucio, ambos están presentes en la tradición más antigua. (…)

¿Qué obras se citan en el Gerontikon? Las cartas de san Antonio (Antonio 8, 9 y 22), pero no su Vida, que era tal vez demasiado conocida para ser citada. Tampoco las cartas u otros escritos de Amonas ni los de Macario (según creo). Probablemente se citan escritos atribuidos a Moisés; de Evagrio, con frecuencia; de Paladio, una vez al menos: Pambo 8. (…) La Historia Monachorum es citada, pero me parece que no se la encuentra en pasajes comunes a ambas colecciones. Casiano, cuyas obras fueron traducidas al griego muy pronto, es citado muchas veces en pasajes comunes a ambas colecciones. (…)


Notas

1 Pastor anglicano inglés que nació en 1901 y falleció en 1971. Fue un gran conocedor del monacato oriental primitivo. Su obra cumbre: El desierto. ¡Una ciudad! (Bilbao, Desclée de Brouwer, 1991 [Biblioteca Catecumenal]; trad. del original: The Desert a City, Oxford, Blackwell, 1966) sigue siendo fundamental para el estudio y conocimiento de la historia y espiritualidad monástica de la primera hora.

2 Se reproduce parcialmente el artículo publicado en Cuadernos Monásticos, n. 17 (1971), pp. 19-35; indicamos las secciones en que se ha suprimido un trozo con la indicación: (…). Se puede ver otra excelente introducción a los Apotegmas, escrita por Mons. Martín DE ELIZALDE, osb, en: Los dichos de los padres del desierto. Colección alfabética de los apotegmas, Buenos Aires, Eds. Paulinas, 1986, pp. 5-10 (Col. Orígenes cristianos, 4), en adelante: Los dichos.

3 Les Apophthegmes des Pères du Désert. Serie alphabético-anonyme. Introduction et traduction française par Jean-Claude GUY [+ 1986], sj, Abbaye de Bellefontaine, 1966 (Coll. Spiritualité Orientale, n° 1). Les Sentences des Pères du Désert. Recension de Pelage et Jean. Introduction de Dom L. REGNAULT. Traduction de Dom J. DION et Dom G. OURY, Abbaye Saint-Pierre de Solesmes, 1966. Les Sentences des Peres du Désert. Nouveau recueil. Apophthegmes inédits ou peu connus, rassembles et présentés por Dom L. REGNAULT [+ 2003] et traduits par les moines de Solesmes, Abbaye Saint-Pierre de Solesmes, 1970 (contiene el resto del ms. Coislin. 126, editado parcialmente por Nau, y otras colecciones).

4 Chitty no pudo ver la reciente edición crítica del texto griego de esa colección, publicada en Sources Chrétiennes (= SCh), ns. 387, 474 y 498, Paris, Les Éditions du Cerf, 1993, 2003 y 2005 (en adelante citamos: SCh 387, 474, 498 y la página correspondiente).

Texto5
Prólogo6

1. Se encuentran transcritas en este libro la ascesis virtuosa y la vida admirable, así como las palabras de los santos y bienaventurados padres, para la emulación, la formación y la imitación de aquellos que desean llevar una vida celestial y marchar por el camino que conduce al reino de los cielos.

2. Pues hay que saber que los santos padres, que fueron animadores y maestros de esta vida bienaventurada de los monjes, abrasados por el amor divino y celestial y teniendo por nada todo aquello que, para los hombres, es bello y honroso, se aplicaron a no hacer nada por ostentación. Recorrieron el camino de Dios7 permaneciendo escondidos y ocultando, por un exceso de humildad, sus buenas obras.

3. Por eso es que nadie ha podido describirnos exactamente su vida virtuosa. Los que han dedicado su esfuerzo a este tema se limitaron a poner por escrito algunas de sus hermosas palabras y obras, no para agradar a ellos mismos, por cierto, sino con el propósito de estimular el celo de los que vendrían después. Muchos fueron los que, en diversas épocas, han puesto en forma de relatos, con un estilo simple y sin artificios, las palabras y obras de los santos ancianos, no teniendo más que un solo objetivo: el provecho de muchos.

4. Pero como la narración hecha por muchos resulta confusa y desordenada y crea una dificultad para el lector, que no puede guardar en su memoria lo que está disperso en el libro, hemos llegado a la presentación por orden alfabético. Esta facilita a quienes desean sacar provecho del libro una comprensión más clara y a su alcance. Así pues, lo que se refiere a Antonio, Arsenio, Agatón y a todos aquellos cuyo nombre comienza con alfa, se encuentra en el capítulo Alfa; luego, lo que se trata de Basilio el Grande, Besarión, Benjamín, en el capítulo Beta y continúa así hasta la letra Omega.

5. Habiendo buscado y examinado muchos libros, colocamos al final de los capítulos todo lo que encontramos, para que, recibiendo de todo ello provecho para el alma y regalándonos con las palabras de los padres, más dulces que la miel, vivamos conforme a la vocación que hemos recibido del Señor y así alcancemos su reino. Amén.

Letra Alfa
ABBA ANTONIO8

1. El santo abba Antonio, mientras vivía en el desierto, cayó en la acedia y se oscurecieron sus pensamientos. Dijo a Dios: “Señor, quiero salvar mi alma, pero los pensamientos no me dejan. ¿Qué he de hacer en mi aflicción? ¿Cómo me salvaré?”. Poco después, cuando se levantaba para irse, vio Antonio a un hombre como él, trabajando sentado, que se levantaba de su trabajo para orar, y se sentaba de nuevo para trenzar una cuerda, y se alzaba para orar, y era un ángel del Señor, enviado para corregir y consolar a Antonio. Y oyó al ángel que le decía: “Haz esto y serás salvo”. Al oír estas palabras sintió mucha alegría y fuerza, y obrando de esa manera se salvó.

2. El mismo abba Antonio, investigando la profundidad de los juicios de Dios, rogó diciendo: “Señor, ¿por qué mueren algunos tras una vida corta y otros llegan a extrema vejez? ¿Por qué algunos son pobres y otros ricos? ¿Por qué los injustos se enriquecen y los justos pasan necesidad?”. Entonces vino hasta él una voz que le respondió: “Antonio, ocúpate de ti mismo, pues eso es el juicio de Dios, y nada te aprovecha el saberlo”.

3. Uno interrogó a abba Antonio, diciendo: “¿Qué debo observar para agradar a Dios?”. El anciano le respondió diciendo: “Guarda esto que te mando: adondequiera que vayas, lleva a Dios ante tus ojos; y cualquier cosa que hagas, toma un testimonio de las Sagradas Escrituras; y cualquiera sea el lugar que habitas no lo abandones prontamente. Observa estas tres cosas y te salvarás”.

4. Dijo abba Antonio a abba Pastor: “Este es el gran esfuerzo del hombre: poner su culpa ante Dios, y estar preparado para la tentación hasta el último suspiro”.

5. Dijo el mismo: “El que no ha sido tentado no puede entrar en el Reino de los cielos. En efecto, suprime las tentaciones –dijo– y nadie se salvará”.

6. Preguntó abba Pambo a abba Antonio: “¿Qué debo hacer?”. Le respondió el anciano: “No confíes en tu justicia, ni te preocupes por las cosas del pasado, y guarda tu lengua y tu vientre”.

7. Dijo abba Antonio: “Vi todas las trampas del enemigo extendidas sobre la tierra y dije gimiendo: ¿quién podrá pasar por ellas? Y oí una voz que me respondía: la humildad”.

8. Dijo también: “Algunos hay que afligieron sus cuerpos con la ascesis, y porque les faltó discernimiento, se alejaron de Dios”.

9. Dijo también: “La vida y la muerte dependen del prójimo. Porque si ganamos al hermano, ganamos a Dios, y si escandalizamos al hermano, pecamos contra Cristo”.

10. Dijo también: “Como los peces mueren si permanecen mucho tiempo fuera del agua, de la misma manera los monjes que se demoran fuera de la celda o se entretienen con seculares, se relaja la intensidad de su tranquilidad interior (hesyquía). Es necesario que, como los peces del mar, nos apresuremos nosotros a ir a nuestra celda, para evitar que, por demorarnos en el exterior, olvidemos la custodia interior”.

11. Dijo también: “El que permanece en la hesyquía en el desierto, se ve libre de tres combates: del oído, de la palabra y de la vista. Tiene sólo uno: el de la fornicación”.

12. Unos hermanos fueron adonde estaba abba Antonio, para comunicarle las visiones que tenían, y para aprender de él si eran verdaderas o procedían de los demonios. Tenían un asno, que había muerto en el camino. Cuando llegaron a la presencia del anciano, anticipándose, éste les dijo: “¿Por qué murió el pequeño asno en el camino?”. Le dijeron: “¿Cómo lo sabes abba?”. Les respondió: “Me lo mostraron los demonios”. Le dijeron: “Por eso veníamos nosotros a preguntar, porque vemos visiones y muchas de ellas son veraces, y no queremos equivocarnos”. Los convenció el anciano con el ejemplo del asno, que esas visiones procedían de los demonios.

13. Un hombre que estaba cazando animales salvajes en el desierto, vio a abba Antonio que se recreaba con los hermanos y se escandalizó. Deseando mostrarle el anciano que es necesario a veces condescender con los hermanos, le dijo: “Pon una flecha en tu arco y estíralo”. Y así lo hizo. Le dijo: “Estíralo más”. Y lo estiró. Le dijo nuevamente: “Estíralo”. Le respondió el cazador: “Si estiro más de la medida, se romperá el arco”. Le dijo el anciano: “Pues así es también en la obra de Dios: si exigimos de los hermanos más de la medida, se romperán pronto. Es preciso pues de vez en cuando condescender con las necesidades de los hermanos”. Vio estas cosas el cazador y se llenó de compunción. Se retiró muy edificado por el anciano. Los hermanos regresaron también, fortalecidos, a sus lugares.

14. Oyó hablar abba Antonio de un joven monje, que había hecho un milagro estando en camino. Porque vio a unos ancianos que viajaban y estaban fatigados, y ordenó a unos onagros que se acercaran y los llevaran hasta la celda de Antonio. Los ancianos se lo contaron a abba Antonio, el cual les dijo: “Me parece que este monje es como un navío cargado de bienes, pero no sé si llegará a puerto”. Y después de un tiempo, comenzó de repente abba Antonio a llorar, a arrancarse los cabellos y a lamentarse. Le dijeron sus discípulos: “¿Por qué lloras, padre?”. Les respondió el anciano: “Acaba de caer una gran columna de la Iglesia (se refería al joven monje). Pero vayan –les dijo–, adonde está él, y averigüen qué sucedió”. Fueron los discípulos y vieron al monje sentado sobre una estera, llorando el pecado que había cometido. Al ver a los discípulos del anciano les dijo: “Digan al anciano que le pida a Dios me conceda diez días solamente, y espero dar satisfacción”. Pero en el plazo de cinco días murió.

15. Un monje fue alabado por los hermanos en presencia de abba Antonio. Cuando éste lo recibió, lo probó para saber si soportaba la injuria, y viendo que no la soportaba, le dijo: “Pareces una aldea muy adornada en su frente, pero que los ladrones saquean por detrás”.

16. Dijo un hermano a abba Antonio: “Ruega por mí”. Le dijo el anciano: “No tendré misericordia de ti, ni la tendrá Dios, si tú mismo no te esfuerzas y pides a Dios”.

17. Fueron unos ancianos adonde estaba abba Antonio, e iba con ellos abba José. Los quiso probar el anciano y les propuso un pasaje de la Escritura preguntándoles su sentido, comenzando por los menores y uno a uno respondían según su capacidad. A cada uno de ellos decía el anciano: “No lo has encontrado todavía”. Por último, le preguntó a abba José: “¿Qué dices tú acerca de esta palabra?”. Respondió: “No sé”. Dijo abba Antonio: «Abba José encontró el camino, pues dijo: “No sé”».

18. Unos hermanos fueron desde Escete para ver a abba Antonio, y al subir a una nave para dirigirse hasta él, hallaron un anciano que también quería ir. Los hermanos no lo conocían. Sentados entonces en la nave hablaban de las palabras de los Padres y de las Escrituras, y después, acerca de su trabajo manual. El anciano callaba. Cuando llegaron al puerto supieron que el anciano iba también a visitar a abba Antonio. Cuando llegaron adonde estaba él, les dijo (abba Antonio): “Tuvieron buena compañía, este anciano”. Dijo después al anciano: “Encontraste buenos hermanos, padre”. El anciano respondió: “Buenos son, en efecto, pero su casa no tiene puerta, y el que lo desee puede entrar en el establo y desatar el asno”. Decía esto porque hablaban lo que les venía a la boca.

19. Fueron unos hermanos adonde estaba abba Antonio y le dijeron: “Dinos una palabra: ¿qué debemos hacer para salvarnos?”. El anciano les dijo: “¿Oyeron la Escritura? Pues eso es bueno para ustedes”. Le dijeron ellos: “Pero queremos escucharlo de ti, padre”. Les dijo el anciano: “El Evangelio dice: Si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra (Mt 5,39)”. Le respondieron: “No podemos hacer esto”. Les dijo el anciano: “Si no pueden ofrecer la otra mejilla, al menos soporten que los golpeen en una”. Le dijeron: “Tampoco podemos esto”. Dijo el anciano: “Si no pueden esto, no devuelvan el mal que recibieron”. Respondieron: “Tampoco podemos hacer esto”. Dijo entonces el anciano a su discípulo: “Prepárales una papilla, porque están enfermos. Si no pueden hacer esto, ni quieren hacer lo otro, ¿qué puedo hacer yo por ustedes? Necesitan oraciones”.

20. Un hermano que había renunciado al mundo y dado sus bienes a los pobres, había, sin embargo, conservado algo para sí. Fue a ver a abba Antonio. Enterado de todo ello, le dijo el anciano: “Si quieres llegar a ser monje, ve a esa aldea, compra carne y ponla sobre tu cuerpo desnudo y vuelve aquí”. Así lo hizo el hermano, y los perros y las aves lo lastimaban. Fue adonde estaba el anciano, quien le preguntó si había hecho lo que le había aconsejado. Cuando le hubo mostrado su cuerpo herido, le dijo el santo abba Antonio: “Los que renunciaron al mundo y quieren poseer riquezas, son despedazados así por los ataques de los demonios”.

21. Fue tentado un hermano en el cenobio de abba Elías. Expulsado de allí fue al monte donde estaba abba Antonio. Permaneció el hermano con él durante algún tiempo, y le envió después al cenobio del que había salido. Cuando lo vieron los hermanos, lo expulsaron de nuevo. Volvió el hermano a abba Antonio, diciendo: “No quisieron recibirme, padre”. Lo envió de nuevo el anciano diciendo: “La nave naufragó en el mar, perdió la carga y apenas si pudo salvarse llegando a tierra; pero ustedes quieren hundir aquello que logró salvarse en tierra”. Ellos, al oír que lo enviaba abba Antonio, lo recibieron en seguida.

22. Dijo abba Antonio: «Pienso que el cuerpo tiene un movimiento natural, adaptado a él, pero que no actúa si no lo quiere el alma; indica solamente en el cuerpo un movimiento sin pasión. Pero hay otro movimiento, que proviene de la alimentación y del abrigo del cuerpo por la comida y la bebida; es así que el calor de la sangre excita el cuerpo para la acción. Por ello dice el Apóstol: “No se embriaguen con vino, en el que está la impureza (Ef 5,18)”. Y también el Señor en el Evangelio amonesta a los discípulos diciendo: “Miren que no se entorpezcan sus corazones con la crápula y la ebriedad (Lc 21,34)”. Hay todavía otro movimiento para los que combaten, que procede de las trampas y la envidia de los demonios. Hay que saber, por tanto, que hay tres movimientos del cuerpo: uno es natural, el segundo viene de la abundancia de alimentos, el tercero viene de los demonios».

23. Dijo también: “Dios no permite que esta generación sea atacada como la de los antiguos, pues sabe que es débil y no puede resistir”.

24. Le fue revelado a abba Antonio en el desierto: “En la ciudad hay un hombre semejante a ti, de profesión médico, que da lo superfluo a los necesitados y todos los días canta el trisagio con los ángeles”.

25. Dijo abba Antonio: «Viene el tiempo en que se enloquecerán los hombres, y cuando vean a uno que no está loco, se volverán contra él, diciendo: “Estás loco”, porque no es semejante a ellos».

26. Fueron algunos hermanos a abba Antonio, y le dijeron una palabra del Levítico. Salió el anciano al desierto, y lo siguió ocultamente abba Amonas, que conocía sus costumbres. Y alejándose, el anciano, puesto de pie para la oración, exclamó con voz fuerte: “Oh, Dios, envía a Moisés para que me explique esta palabra”. Y llegó una voz que conversó con él. Dijo abba Amonas que él oyó la voz que conversaba con el anciano, pero no comprendió el alcance de esas palabras.

27. Tres padres tenían la costumbre de ir cada año a ver a abba Antonio y mientras dos lo interrogaban acerca de los pensamientos y la salvación del alma, el tercero callaba absolutamente y nada preguntaba. Después de mucho tiempo, le dijo abba Antonio: “Vienes desde hace tiempo y no me preguntas nada”. Le respondió diciendo: “Abba, me basta con verte”.

28. Decían que uno de los ancianos rogó a Dios le concediese ver a los Padres, y los vio, excepto a abba Antonio. Le dijo al que se lo mostraba: “¿Dónde está abba Antonio?”. Le respondió: “En el mismo lugar en que está Dios, allí está”.

29. Un hermano en el cenobio fue acusado calumniosamente de fornicación, y levantándose fue adonde estaba abba Antonio. Los hermanos del cenobio fueron también para curarlo y llevarlo consigo, y trataron de convencerlo que había hecho aquello. Él, por el contrario, afirmaba: “No lo hice”. Estaba allí abba Pafnucio Céfalas, quien les dijo esta parábola: “Vi en el borde del río a un hombre, hundido en el fango hasta las rodillas, y fueron unos para darle la mano, y lo hundieron hasta el cuello”. Y les dijo abba Antonio acerca de abba Pafnucio: “Este es un hombre veraz, capaz de curar a las almas y salvarlas”. Movidos a arrepentimiento por las palabras de los ancianos, hicieron la metanía al hermano. Y amonestados por los Padres, recibieron al hermano en el cenobio.

30. Decíase de abba Antonio que llegó a ser pneumatóforo (portador del Espíritu Santo), pero que no quería hablar a causa de los hombres. En efecto, reveló lo que acontecía en el mundo y lo que había de venir.

31. Recibió abba Antonio una carta del emperador Constancio, invitándolo a ir a Constantinopla, y reflexionaba acerca de lo que debía hacer. Le preguntó a abba Pablo, su discípulo: “¿Debo ir?”. Y le respondió: “Si vas, te llamarás Antonio; si no vas, te llamarás abba Antonio”.

32. Dijo abba Antonio: “Ya no temo a Dios, sino que lo amo. En efecto, el amor expulsa el temor (1 Jn 4,18)”.

33. Dijo el mismo: “Deben tener siempre ante los ojos el temor de Dios. Acuérdense de quien da la muerte y la vida (cf. 1 S 2,6). Tengan odio al mundo y a todo lo que está en él. Renuncien a esta vida, para vivir para Dios. Recuerden lo que prometieron a Dios; eso es lo que se les pedirá en el día del juicio. Sufran el hambre, la sed, la desnudez, las vigilias; entristézcanse y lloren, giman en sus corazones; prueben si son dignos de Dios; desprecien la carne, para salvar sus almas”.

34. Visitó abba Antonio a abba Amún en la montaña de Nitria, y cuando se hubieron encontrado, le dijo abba Amún: “Ya que el número de los hermanos se ha multiplicado gracias a tus oraciones, y algunos de ellos desean construirse celdas retiradas para vivir en el recogimiento (hesiquía), ¿a qué distancia de las actuales dispones que se edifiquen esas celdas?”. Le dijo: “Comeremos a la novena hora, y saldremos a recorrer el desierto para reconocer el lugar”. Cuando hubieron marchado por el desierto hasta la puesta del sol, abba Antonio dijo: “Oremos, y plantemos una cruz, para que construyan aquí los que lo que desean. Así los hermanos que vengan de allá para ver a los que están aquí, lo harán después de tomar una ligera refección a la hora novena, y los encontrarán en este momento. Lo mismo los que vayan de aquí para allá, se conserven de este modo sin distracción en las visitas mutuas”. La distancia es de doce millas.

35. Dijo abba Antonio: “El que trabaja un bloque de hierro, observa primero en su pensamiento lo que desea hacer: una hoz, una espada o un hacha. De la misma manera, nosotros debemos pensar qué virtud buscamos, para no esforzarnos en vano”.

36. También dijo: “La obediencia y la continencia someten las fieras a los hombres”.

37. Dijo también: «Conozco monjes que cayeron después de haber soportado mucho, y que llegaron al orgullo del alma porque esperaron en sus obras y desconocieron el mandato que dice: “Interroga a tu padre y él te enseñará (Dt 32,7)”».

38. Dijo también: “El monje debería manifestar confiadamente a los ancianos, si fuera posible, cuántos pasos hace o cuántas gotas de agua bebe en su celda, para no tropezar en ello”.

ABBA ARSENIO9

1. Cuando abba Arsenio estaba todavía en el palacio, oró al Señor diciendo: “Señor, dirígeme por el camino de la salvación”. Y llegó hasta él una voz que le dijo: “Arsenio, huye de los hombres y serás salvo”.

2. Habiéndose retirado el mismo a la vida solitaria, oró de nuevo diciendo idénticas palabras (cf. Mt 26,44). Y oyó una voz que le decía: “Arsenio, huye, calla, recógete (hesicaze), porque estas son las raíces de la impecabilidad”.

3. Los demonios rodearon a abba Arsenio, que estaba en su celda, y lo hostigaban. Llegaron los que asistían al anciano y, permaneciendo fuera de la celda, lo oyeron clamar a Dios con estas palabras: “Oh, Dios, no me abandones; nada bueno he hecho en tu presencia, pero concédeme según tu bondad que lo pueda comenzar”.

4. Decían del mismo, que, así como ninguno en la corte se vestía mejor que él, ninguno llevaba ropas más vulgares en la iglesia.

5. Alguien dijo al bienaventurado Arsenio: “¿Cómo, es que nosotros no tenemos nada, con toda nuestra educación y sabiduría, mientras que estos campesinos y egipcios adquieren tantas virtudes?”. Le respondió abba Arsenio: “Nosotros no sacamos nada de nuestra educación secular, pero estos campesinos y egipcios adquieren las virtudes por sus trabajos”.

6. Interrogaba una vez abba Arsenio sobre sus propios pensamientos a un anciano egipcio. Uno que lo vio, le dijo: “Abba Arsenio, ¿cómo tú, que has recibido semejante educación romana y griega, interrogas a este rústico acerca de tus pensamientos?”. Le respondió: “Aprendí las ciencias romanas y griegas, pero todavía no aprendí el alfabeto de este rústico”.

7. Fue una vez el bienaventurado arzobispo Teófilo con un notable a visitar a abba Arsenio, e interrogaba al anciano para oír de él una palabra. Después de callar por un corto tiempo, respondió: “¿Observarán lo que les diga?”. Ellos prometieron que lo guardarían. Les dijo entonces el anciano: “Adonde oigan que está Arsenio no se acerquen”.

8. Deseando otra vez encontrarse el arzobispo con él, envió a preguntarle si le abriría el anciano. Le dio esta respuesta: “Si vienes, te abriré. Pero si abro para ti, abriré a todos, y entonces no permaneceré ya aquí”. Al oír esto dijo el arzobispo: “Si voy allí para expulsarlo, no iré más a verlo”.

9. Pidió un hermano a abba Arsenio que le hiciera oír una palabra. El anciano le dijo: “En cuanto de ti dependa, esfuérzate para que tu trabajo interior sea de acuerdo a Dios, y vencerás las pasiones exteriores”.

10. Dijo también: “Si buscamos a Dios, Él se manifestará a nosotros; y si lo retenemos, permanecerá con nosotros”.

11. Alguien dijo a abba Arsenio: “Mis pensamientos me afligen, diciéndome: No puedes ayunar ni trabajar; visita al menos a los enfermos: también esto es caridad”. El anciano, conociendo que era semilla sembrada por los demonios, le dijo: “Ve, come, bebe, duerme y no trabajes; pero no salgas de la celda”. Porque sabía que la paciencia de la celda lleva al monje a observar su orden.

12. Decía abba Arsenio, que el monje peregrino en una región extranjera no debe inmiscuirse en nada, y así tendrá el descanso.

13. Dijo abba Marcos a abba Arsenio: “¿Por qué huyes de nosotros?”. Le respondió el anciano: “Dios sabe que los amo, pero no puedo estar con Dios y con los hombres. Los millares y miríadas celestiales tienen una sola voluntad, pero los hombres muchas. No puedo entonces abandonar a Dios para estar con los hombres”.

14. Abba Daniel decía acerca de abba Arsenio, que pasaba la noche entera sin dormir, y cuando, al amanecer, la naturaleza lo obligaba a acostarse, decía al sueño: “Ven, servidor malo”. Sentado, tomaba entonces, un corto sueño, y se levantaba en seguida.

15. Decía abba Arsenio que es suficiente para el monje dormir una hora, si es luchador.

16. Contaban los ancianos que un día distribuyeron en Escete unos higos secos. Como eran de poco valor, no le mandaron a abba Arsenio, para que no se ofendiese. El anciano, al saber lo sucedido, no acudió a la synaxis, diciendo: “Me han excomulgado al no mandarme la eulogia que Dios envió a los hermanos, y que yo no fui digno de recibir”. Lo supieron todos y aprovecharon (sus almas) por la humildad del anciano. El presbítero le llevó entonces los higos secos, y lo trajo con alegría a la synaxis.

17. Decía abba Daniel: “Permaneció con nosotros durante muchos años, y cada año le dábamos un canasto de trigo, y cuando lo íbamos a visitar comíamos de él”.

18. Decía también acerca del mismo abba Arsenio, que no cambiaba el agua de las palmas más que una vez al año, y para el resto solamente agregaba. Trenzaba una cuerda y tejía hasta la hora sexta. Los ancianos le suplicaron: “¿Por qué no cambias el agua de las palmas, que huele mal?”. Él les dijo: “Es necesario que en lugar de los perfumes y aromas que utilizaba en el mundo, soporte este mal olor”.

19. Decía también (abba Daniel) que cuando (abba Arsenio) oía que todas las clases de frutas estaban ya maduras, decía: “Tráiganmelas”, y tomaba una sola vez y un poquito de cada una, dando gracias a Dios.

20. Cayó una vez enfermo en Escete abba Arsenio. Le faltaba hasta un pedazo de tela de lino, y como no tenía con qué comprarlo, lo recibió de otro por caridad, y dijo: “Gracias te doy, Señor, porque me hiciste digno de recibir la caridad en tu Nombre”.

21. Decían que la distancia hasta su celda era de veintidós millas. No salía prontamente de ella, pues otros lo servían. Cuando fue devastada Escete, salió llorando y dijo: “El mundo ha perdido a Roma y los monjes a Escete”.

22. Preguntó abba Marcos a abba Arsenio: “¿Es bueno no tener consolación en la celda? Porque vi un hermano que tenía unas legumbres y las estaba arrancando”. Le respondió abba Arsenio: “Es bueno, pero según las fuerzas del hombre. Porque si no tiene fuerza para semejante práctica, pronto plantará otras”.

23. Abba Daniel, discípulo de abba Arsenio, relataba lo siguiente: “Estaba junto a abba Alejandro, el cual, vencido por el dolor, se acostó mirando hacia arriba, a causa del dolor. El bienaventurado Arsenio llegó para hablar con él, y lo vio acostado. Mientras conversaban, le dijo: “¿Quién era el secular que he visto aquí?”. Le dijo abba Alejandro: “¿Dónde le viste?”. Respondió: “Cuando bajaba de la montaña, miré hacia la gruta y vi a alguien acostado y mirando hacia arriba”. Entonces, postrándose, le dijo: “Perdóname, era yo, porque el dolor se había apoderado de mí”. Le dijo el anciano: “¿Eras tú, entonces? Está bien. Yo supuse que era un secular, por eso preguntaba”.

24. Dijo otra vez abba Arsenio a abba Alejandro: “Cuando hayas terminado de cortar tus ramas de palmera, ven a comer conmigo, pero si llegaran huéspedes, come con ellos”. Abba Alejandro trabajaba lentamente y con cuidado. Cuando llegó la hora, tenía todavía palmas, y queriendo cumplir la orden del anciano, esperó hasta concluir el trabajo. Abba Arsenio, al ver que se demoraba, comió, pensando que habían llegado visitantes (a su celda). Abba Alejandro, cuando hubo terminado su trabajo, hacia el atardecer, se puso en camino. Le dijo el anciano: “¿Tuviste visitas?”. Respondió: “No”; le dijo: “¿Por qué no viniste, entonces?”. Contestó: “Porque tú me dijiste: Cuando termines de cortar tus palmas, ven. Por guardar tu palabra no he venido hasta ahora, que terminé”. Se admiró el anciano de su exactitud, y le dijo: “Rompe el ayuno, pronto, para recitar el Oficio, y bebe tu ración de agua; de lo contrario pronto estará enfermo tu cuerpo”.

25. Llegó una vez abba Arsenio a un lugar en el que había cañas, que el viento agitaba. Dijo entonces el anciano a los hermanos. “¿Qué es este movimiento?”. Le respondieron: “Son cañas”. Les dijo el anciano: “Si uno permanece en la hesiquía y oye el canto de un pajarillo, ya no tiene el corazón la misma tranquilidad. Cuanto más ustedes, que tienen el movimiento de estas cañas”.

26. Contaba abba Daniel que unos hermanos que se dirigían a la Tebaida en busca de lino, dijeron: “Aprovechemos la ocasión para visitar a abba Arsenio”. Abba Alejandro dijo entonces al anciano: “Hermanos que vienen de Alejandría desean verte”. Le dijo el anciano: “Pregúntales por qué razón han venido”. Supo que iban a la Tebaida a buscar lino y se lo dijo al anciano. Dijo éste: “En verdad, no verán el rostro de Arsenio, pues no han venido por mí, sino por su trabajo. Hazlos descansar y despídelos en paz, diciéndoles que el anciano no los puede recibir”.

27. Fue un hermano a la celda de abba Arsenio en Escete, y mientras esperaba a la puerta, vio al anciano todo como de fuego –era el hermano digno de ver esto–. Cuando llamó, salió el anciano, y vio al hermano que estaba sorprendido. Le dijo: “¿Hace mucho que estás llamando? ¿Has visto acaso algo?”. Le respondió: “No”. Y después de hablar con él, lo despidió.

28. Mientras abba Arsenio vivía en Canopo, vino desde Roma para verlo una virgen de familia senatorial, muy rica y temerosa de Dios. Fue recibida por Teófilo, el arzobispo, al cual rogó que convenciera al anciano para que la recibiera. Acudió adonde él estaba y lo invitó, diciendo: “Una mujer, de rango senatorial, ha venido desde Roma y desea verte”. Pero el anciano no accedió a ir a su encuentro. Cuando se lo dijeron a ella, mandó ensillar los asnos, diciendo: “Confío en Dios que lo he de ver. No he venido a ver un hombre, porque hay muchos hombres en nuestra ciudad; he venido a ver a un profeta”. Al llegar cerca de la celda del anciano, se encontró con él, que estaba fuera de la celda por divina disposición. Cuando lo vio, ella se prosternó a sus pies. Pero él la levantó airado y, mirándola, le dijo: “Si quieres ver mi rostro, míralo aquí”. Ella, en cambio, no miraba su cara por vergüenza. Le dijo el anciano: “¿No habías oído acerca de mi ocupación? Debías haberlo tenido en cuenta. ¿Cómo osaste emprender semejante travesía? ¿No sabes acaso que eres mujer, y que no conviene que vayas a cualquier sitio? ¿O es que, cuando vuelvas a Roma, dirás a las demás mujeres: ‘He visto a Arsenio’, y se convertirá el mar en camino para las mujeres que vendrán hasta mí?”. Dijo ella: “Si el Señor lo quiere, no permitiré que venga nadie. Pero ruega por mí y recuérdame siempre”. Él le respondió: “Pido a Dios que borre tu recuerdo de mi corazón”. Al oír esto, ella se retiró conmovida. Llegó a la ciudad y por la tarde cayó con fiebre. Mandó decir al bienaventurado Teófilo, el arzobispo, que estaba enferma. Acudió él donde se encontraba la mujer, y le pedía que le dijese la causa de su enfermedad. Le respondió: “Ojalá no hubiese venido nunca. Porque le pedí al anciano: Acuérdate de mí, y me respondió: Pido a Dios que borre tu recuerdo de mi corazón. Entonces yo muero de tristeza”. Le dijo el arzobispo: “¿No sabes que eres mujer, y que por medio de las mujeres ataca el enemigo a los santos? Por eso el anciano habló de esa manera. Por tu alma, empero, rezará siempre”. De este modo curó su pensamiento, y ella volvió a su casa con alegría.

29. Contaba abba Daniel acerca de abba Arsenio que una vez fue donde él un magistrado, para llevarle el testamento de un senador de su familia, que le había dejado una cuantiosa herencia. Lo tomó y quiso desgarrarlo. El magistrado se echó a sus pies, diciendo: “Te ruego que no lo desgarres, porque me cortarán la cabeza”. Le dijo abba Arsenio: “Éste ha muerto ahora, yo he muerto antes que él”. Le devolvió el testamento y no quiso recibir nada.

30. Decían de él que, la tarde del sábado, al comenzar el domingo, dejaba el sol a su espalda y extendía sus manos hacia el cielo, en oración, hasta que nuevamente el sol iluminaba su rostro. Entonces, se sentaba.

31. Decían de abba Arsenio y de abba Teodoro de Fermo, que odiaban la gloria de los hombres más que los demás. Pues mientras abba Arsenio no veía fácilmente a nadie, abba Teodoro los veía, pero era como una espada.

32. Cuando abba Arsenio habitaba en las regiones inferiores, fue tentado y pensó abandonar la celda. Sin tomar nada de lo suyo, se dirigió adonde estaban sus discípulos Alejandro y Zoilo, de Farán. Dijo a Alejandro: “Levántate y sube a la nave”. Así lo hizo. Dijo a Zoilo: “Acompáñame hasta el río y busca una nave que me lleve hasta Alejandría; después embárcate tú también y ve hasta donde esté tu hermano”. Zoilo, preocupado por estas palabras, guardó silencio. Se separaron. Cuando el anciano llegó a la región de Alejandría enfermó gravemente. Sus discípulos se decían: “Acaso uno de nosotros ha entristecido al anciano, y por esto se ha alejado de nosotros” Pero no encontraban nada en ellos, ni una desobediencia. Cuando el anciano curó, dijo: “Iré a ver a mis padres”. Navegó hasta Petra, donde estaban sus discípulos. Estaba cerca del río cuando una esclava etíope tocó su melota. El anciano la reprendió, pero ella le dijo: “Si eres monje, vete a la montaña”. El anciano profundamente afligido por esta palabra, se dijo a sí mismo: “Arsenio, si eres monje, ve hacia la montaña”. Y allí10 le salieron al encuentro Alejandro y Zoilo. Cuando ellos se echaron a sus pies, también se prosternó el anciano ante ellos, y lloraban todos. Les dijo el anciano: “¿No supieron que estuve enfermo?”. Respondieron: “Sí”. Les dijo el anciano: “¿Y por qué no vinieron a verme?”. Abba Alejandro le respondió: “Tu alejamiento de nosotros no fue provechoso, y no benefició a muchos, que decían: Si no hubieran desobedecido al anciano, no se habría alejado de ellos”. Les dijo: «De nuevo dirán los hombres: “No encontró la paloma reposo para sus pies, y volvió a Noé, al Arca” (Gn 8,9). De este modo se reconciliaron, y él permaneció con ellos hasta la muerte.

33. Dijo abba Daniel: «Abba Arsenio nos contó, como tratándose de otro, pero en realidad se trataba de él, que, estando un anciano en su celda, le llegó una voz que le dijo: “Ven, y te mostraré los trabajos de los hombres”. Se levantó y fue con él. Lo llevó a cierto lugar donde vio un negro cortando leña para formar un haz grande. Quería llevarlo, pero no podía, y en lugar de quitar algunos leños, seguía cortando y lo agregaba al haz. Hizo esto muchas veces. Avanzando otro poco le mostró un hombre que estaba junto a un lago, del que sacaba agua y la echaba en un recipiente agujereado, y el agua volvía al lago. Después le dijo: “Ven, te mostraré otra cosa”. Y vio un templo y dos hombres montados a caballo y llevando un tirante de madera atravesado, el uno frente al otro, que intentaban pasar por la puerta, pero no podían, porque estaba atravesada la madera. Ninguno de ellos quiso ponerse atrás del otro, para llevar derecho el madero, y por eso quedaron fuera de la puerta. “Estos son, le dijo, los que llevan con soberbia el yugo de la justicia, y no se humillaron para corregirse y marchar por el camino humilde de Cristo; por eso, permanecen fuera del Reino de Dios. El que cortaba leña es un hombre lleno de pecados, que, en lugar de arrepentirse, agrega más iniquidades sobre sus pecados. Y el que sacaba agua, es un hombre que hace obras buenas, pero mezcladas con las malas, y por eso pierde también sus buenas obras. Es necesario que todo hombre vigile sobre su trabajo, para no esforzarse en vano”».

34. Contaba el mismo que cierto día vinieron algunos padres desde Alejandría para ver a abba Arsenio. Uno de ellos era tío de Timoteo el anciano, arzobispo de Alejandría, llamado el pobre, y traía consigo a uno de sus sobrinos. Estaba enfermo el anciano y no quiso recibirlos, para que no vinieran también otros y lo molestasen. Se encontraba entonces en Petra de Troe. Ellos se volvieron afligidos. Mas hubo una invasión de los bárbaros y él fue a habitar en la región inferior (del Nilo). Cuando supieron, volvieron a visitarle y el anciano los recibió con alegría. Un hermano que estaba con ellos le dijo: “¿Sabes, abba, que fuimos hasta Troe para estar contigo y no nos recibiste?”. Respondió el anciano. “Ustedes han comido pan y bebido agua; pero yo, hijo, en verdad que no he probado pan ni agua, ni me he sentado, para castigarme, hasta que pensé que habían llegado de regreso a su casa, porque se habían fatigado por mí. Perdónenme, hermanos”. Y se fueron consolados.

35. Decía el mismo: «Me llamó un día abba Arsenio y me dijo: “Conforta a tu padre, para que cuando vayas al Señor, él a su vez te conforte a ti, y tú te encuentres bien”».

36. Contaban de abba Arsenio que cuando estaba enfermo en Escete, el presbítero lo llevó a la iglesia y lo hizo acostar sobre un colchón con una pequeña almohada bajo la cabeza. Uno de los ancianos que fue a visitarlo, lo vio sobre un colchón y con la almohada bajo la cabeza, y escandalizado dijo: “¿Es éste abba Arsenio? ¿De este modo se acuesta?”. Lo llevó aparte el presbítero y le dijo: “¿Cuál era tu trabajo en la aldea?”. Respondió: “Era pastor”. Le preguntó: “¿Cómo vivías?”. Respondió: “Vivía con mucho sacrificio”. Le dijo: “¿Cómo vives ahora en la celda?”. Respondió: “Con mayor descanso”. Le dijo entonces el presbítero: “¿Ves a abba Arsenio? Cuando estaba en el mundo era como el padre de los emperadores, y lo atendían miles de servidores con cinturones de oro, y llevando todos collares de oro y vestiduras de seda. Bajo sus pies había tapices preciosos. Tú eras pastor y no tenías en el mundo el descanso que tienes ahora; pero éste tenía en el mundo el lujo, y no lo tiene aquí. Mientras tú estás en la consolación, él sufre”. Al oír esto, se arrepintió y pidió perdón, diciendo: “Perdóname, padre, porque he pecado. En verdad, éste es el verdadero camino, que ha llevado a este hombre a la humildad; a mí, empero, me ha traído al descanso”. Y se alejó el anciano, después de recibir mucho provecho.

37. Uno de los padres fue a ver a abba Arsenio. Cuando llamó a la puerta abrió el anciano, creyendo que era uno de los que lo servían. Al ver a otro, se echó con el rostro en tierra. Le dijo: “Levántate, abba, para que te salude”. Le respondió el anciano: “No me levantaré hasta que te hayas marchado”. Y aunque se lo rogó con insistencia, no se levantó hasta que se hubo ido.

38. Decían que un hermano fue a ver a abba Arsenio, en Escete, y al llegar, pedía a los clérigos para verlo. Ellos le dijeron: “Descansa un poco, hermano, y lo verás”. Él respondió: “No tomaré nada antes de verlo”. Enviaron con él un hermano para que lo acompañase, porque su celda estaba distante. Llamaron a la puerta y entraron, y después de saludar al anciano se sentaron en silencio. Dijo el hermano de la iglesia (que lo había acompañado): “Me retiro, rueguen por mí”. El hermano extranjero, que no tenía confianza con el anciano, dijo al hermano: “Me voy contigo”. Y ambos salieron. Le pidió entonces: “Llévame también adonde está abba Moisés, el que fue ladrón”. Cuando llegaron a su celda, él los recibió con alegría y los despidió después de haberlos atendido. Le dijo el hermano que lo había acompañado: “Te he llevado a ver al extranjero y al egipcio. ¿Cuál de los dos te gustó más?”. Respondió: “Me gustó el egipcio”. Uno de los padres oyó esto, y oró a Dios diciendo: “Señor, muéstrame la solución: puesto que uno huye por tu Nombre y el otro, por tu Nombre, recibe con los brazos abiertos”. Y le fueron mostradas dos grandes naves sobre el río, y vio a abba Arsenio y al Espíritu de Dios navegando en paz en una de ellas, y a abba Moisés con los ángeles de Dios navegando en la otra, alimentándolo con miel.

39. Decía abba Daniel: «Cuando estaba abba Arsenio a punto de morir, nos mandó decir: “No se preocupen en hacer ágapes por mí, porque si he hecho caridad (ágape) por mí, la volveré a encontrar”».

40. Cuando estaba por morir abba Arsenio, se turbaron sus discípulos. Él les dijo: “Todavía no ha llegado la hora. Cuando llegue la hora, se los lo diré. Seré juzgado con ustedes ante el terrible tribunal si dan mi cuerpo a alguien”. Le respondieron: “¿Qué haremos, porque no sabemos sepultar?”. Les dijo el anciano: “¿No saben atar una soga a mi pie y llevarme hasta la montaña?”. Esta era la palabra que repetía el anciano: “Arsenio, ¿por qué saliste del mundo? Muchas veces me he arrepentido de haber hablado, nunca de callar”. Cercana ya la muerte, lo vieron llorar los hermanos y le dijeron: “Es verdad que tú también tienes miedo, abba”. Él les dijo: “En verdad, el temor que tengo ahora, ha estado conmigo desde que me hice monje”. Y así murió.

41. Se decía de él que, durante toda su vida, mientras estaba sentado para el trabajo manual, tenía un paño sobre el pecho (otros leen: una arruga en el pecho), por las lágrimas que caían de sus ojos. Cuando supo abba Pastor que había muerto, dijo llorando: “Bienaventurado eres, abba Arsenio, porque lloraste por ti en este mundo, porque el que no llora aquí, llorará eternamente más allá. Sea que lo hagamos aquí espontáneamente o allá por los tormentos, es imposible no llorar”.

42. Acerca del mismo relataba abba Daniel: “Nunca quiso hablar sobre cuestión alguna de la Escritura, aunque podía hacerlo si hubiera querido. Tampoco escribía cartas con facilidad. Cuando, de tanto en tanto, venía a la iglesia, se sentaba detrás de una columna, para que no viesen su rostro ni ver él a los demás. Tenía un aspecto angelical, como Jacob. Totalmente canoso, era de cuerpo elegante, delgado. Llevaba una larga barba hasta la cintura. Las pestañas se le habían caído de tanto llorar. Era alto, pero encorvado en la vejez. Alcanzó los noventa y cinco años. Estuvo en el palacio de Teodosio el grande, de divina memoria, cuarenta años, haciendo de padre a los divinos Arcadio y Honorio; en Escete estuvo otros cuarenta años, diez en Troe sobre Babilonia, hacia Menfis, y tres en Canopo de Alejandría. Los dos últimos años regresó a Troe, donde murió, acabando su carrera en la paz y el temor de Dios, porque era un varón bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe (Hch 11,24). Me dejó su túnica de piel, su camisa de cilicio blanca y sus sandalias de hoja de palmera. Aunque soy indigno, los llevo para que me bendiga”.

43. Contó también abba Daniel sobre abba Arsenio: «Llamó un día a mis padres, abba Alejandro y abba Zoilo, y postrándose ante ellos les dijo: “Los demonios me atacan, y no sé si me dominan durante el sueño, así que esforzaos esta noche conmigo y observen si me duermo durante la vigilia”. Desde el atardecer se sentaron uno a su derecha y otro a su izquierda, en silencio. Y decían mis padres: “Nosotros dormimos y nos despertamos, y no advertimos que él durmiese”. Al amanecer –Dios sabe si lo simuló, para que nosotros creyésemos que había dormido, o si verdaderamente llegó el sueño–, suspiró tres veces y se levantó enseguida, diciendo: “He dormido, ¿no es verdad?”. Y nosotros respondimos: “No sabemos”».

44. Fueron unos ancianos a ver a abba Arsenio, y le rogaron que los recibiese. Él les abrió la puerta, y ellos le pidieron que les hablase acerca de los que viven en la hesiquía y no se juntan con nadie. Les dijo el anciano: “Mientras la joven está en casa de su padre, muchos quieren casarse con ella. Pero cuando toma marido, ya no agrada a todos. Unos la desprecian, otros la alaban, y no es estimada como antes, cuando vivía oculta. Lo mismo vale para las cosas del alma; una vez que se divulgan, ya no pueden contentar a todos”.

ABBA AGATÓN11

1. Dijo abba Pedro, discípulo de abba Lot: «Estaba yo en una ocasión en la celda de abba Agatón, y vino a él un hermano diciendo: “Quiero habitar con los hermanos; dime cómo he de vivir con ellos”. El anciano le dijo: “Guarda durante todos los días de tu vida la condición de extranjero, como en el primer día que ingresaste, para no entrar en confianza con ellos”. Le preguntó abba Macario: “¿Qué produce la confianza?”. Respondió el anciano: “La confianza es semejante a un gran calor, del que todos huyen cuando lo encuentran, y que corrompe los frutos de los árboles”. Abba Macario le dijo: “¿Tan dañina es la confianza?”. Dijo abba Agatón: “No hay pasión más perjudicial que la confianza, porque ella engendra las demás pasiones. Conviene, por tanto, al hombre esforzado no tener confianza, aunque esté solo en su celda. Yo conocí a un hermano que vivió largo tiempo en una celda, con un pequeño lecho, y que decía: ‘Habría abandonado la celda, sin llegar a usar este lecho, si no me hubieran hablado de ella’. Este es el hombre laborioso y luchador”».

2. Decía abba Agatón: “El monje no debe permitir que la conciencia lo acuse de cosa alguna”.

3. Decía también: “Sin la observancia de los mandamientos de Dios, el hombre no progresa ni siquiera en una sola virtud”.

4. Decía también: “Nunca me he dormido teniendo algo contra alguien, y en cuanto dependió de mí, no he dejado que nadie se durmiese teniendo algo contra mí”.

5. Decíase de abba Agatón que fueron a verlo algunos que habían oído acerca de su gran discreción. Para probar si se airaba, le dijeron: “¿Eres tú Agatón? Hemos oído que eras fornicador y soberbio”. Respondió: “Sí, así es”. Le dijeron: “¿Eres tú Agatón el charlatán y el calumniador?”. Respondió: “Yo soy”. Todavía le dijeron: “¿Eres tú Agatón el hereje?”. Respondió: “No soy hereje”. Le rogaban entonces, diciendo: “¿Dinos por qué, habiéndote llamado tantas cosas, lo toleraste, pero no aceptaste esto último?”. Les respondió: “Aquello me lo atribuyo, porque aprovecha a mi alma, pero la herejía es separación de Dios, y yo no quiero alejarme de Dios”. Al oír estas palabras admiraron su discreción y se alejaron edificados.

6. Contaban acerca de abba Agatón que durante largo tiempo estuvo edificando una celda con sus discípulos. Cuando la hubieron concluido, fueron a habitar en ella. Pero en la primera semana, vio allí algo que no era provechoso para él, y dijo a sus discípulos: “Levántense, vámonos de aquí”. Se turbaron los discípulos y dijeron: “Si tenías el pensamiento en mudarnos de aquí, ¿para qué nos tomamos el trabajo de edificar la celda? Además, los hombres se escandalizarán, diciendo: Ya se mudan otra vez, estos vagos”. Al ver su pusilanimidad, les dijo (abba Agatón): “Si algunos se escandalizarán, otros, en cambio, se edificarán, diciendo: Bienaventurados estos que emigran por Dios, y dejan de lado todas las demás cosas. El que quiera venir, que venga, porque yo me retiro”. Entonces ellos se postraron en tierra, suplicándole, hasta que les permitió marcharse con él.

7. Decían también acerca del mismo, que cambiaba a menudo de habitación, llevando solamente el cuchillo para hacer canastos.

8. Preguntaron a abba Agatón qué es más importante: el trabajo corporal o la custodia interior. Dijo el anciano: “El hombre se parece a un árbol; el trabajo corporal son las hojas, la custodia interior el fruto. Según la Escritura todo árbol que no produce fruto será cortado y echado al fuego, por lo que es claro que todo nuestro esfuerzo se refiere al fruto, es decir a la custodia del alma. También tenemos necesidad de la protección y el adorno de las hojas, que son el trabajo corporal”.

9. Le preguntaron también los hermanos: “¿Entre todas las virtudes cuál exige mayor esfuerzo?”. Les dijo: “Perdónenme, creo que no hay trabajo igual al de orar a Dios. Cada vez que el hombre quiere orar, los enemigos se esfuerzan por impedírselo, porque saben que sólo los detiene la oración a Dios. En toda obra buena que emprenda el hombre, llegará al descanso si persevera en ella, pero en la oración se necesita combatir hasta el último suspiro”.

10. Era abba Agatón sabio en el espíritu y dispuesto en el cuerpo, se bastaba para todo: para el trabajo manual, para el alimento y el vestido.

11. Caminaba él con sus discípulos, y uno de ellos encontró una arveja verde. Le preguntó al anciano: “Padre, ¿no me dices que la tome?”. Lo miró asombrado el anciano y le dijo: “¿Tú la pusiste allí?”. Respondió el hermano: “No”. El anciano le dijo: “¿Cómo deseas tomar lo que tú no pusiste?”.

12. Un hermano se presentó a abba Agatón diciendo: “Permíteme habitar contigo”. Mientras iba de camino encontró un pequeño pedazo de nitrio, y lo recogió. Le dijo el anciano: “¿Dónde encontraste el nitrio?”. Respondió el hermano: “Lo encontré en el camino, al venir, y lo levanté”. El anciano te dijo: “Si venías a habitar conmigo, ¿cómo tomaste lo que no habías puesto?”. Y lo envió a devolver el nitrio al lugar en que lo había encontrado.

13. Interrogó un hermano al anciano: “Recibí una orden, pero hay una tentación en lo mandado. Quiero cumplirla, pero temo la tentación”. Le dijo el anciano: “Si se tratase de Agatón, cumpliría el mandato y vencería la tentación”.

14. Hubo en Escete una reunión para tratar acerca de un asunto. Cuando ya habían tomado una decisión, llegó Agatón y les dijo: “No han decidido correctamente”. Ellos replicaron: “¿Quién eres tú para hablar así?”. Les respondió: “Si en verdad hablan de justicia, juzguen rectamente, hijos de hombres (Sal 57 [58],2)”.

15. Se decía de abba Agatón que durante tres años llevó una piedra en la boca, hasta guardar el silencio.

16. Decían de él y de abba Amún que cuando vendían un objeto decían el precio una sola vez, y aceptaban con silencio y calma lo que querían darles. Cuando eran ellos los que compraban, daban en silencio lo que les pedían y, sin decir nada, tomaban el objeto.

17. Decía el mismo abba Agatón: “Jamás he ofrecido un ágape; sino que dar y recibir era para mí como un ágape. Pensaba, en efecto, que el provecho de mi hermano es una obra fructífera”.

18. El mismo, cuando veía alguna cosa y su espíritu quería emitir un juicio, le decía: “Agatón, no hagas eso”. Y de esta manera su espíritu estaba en paz.

19. Decía el mismo: “Aunque el iracundo resucitase a un muerto, no es agradable a Dios”.

20. Tenía abba Agatón dos discípulos que vivían como solitarios. Un día preguntó a uno de ellos: “¿Cómo vives en tu celda?”. Le respondió: “Ayuno hasta el atardecer, y luego como dos panecillos”. Le dijo: “Tu manera de vida es buena, y no impide el trabajo”. Le preguntó al otro: “¿Cómo vives tú?”. Les contestó: “Ayuno durante dos días y después como dos panecillos”. Le dijo el anciano: “Mucho te esfuerzas, luchando dos combates. Porque uno come todos los días, no se sacia y se esfuerza; otro desea ayunar dos días para llenarse después; pero tú ayunas dos días y no te sacias”.

21. Un hermano interrogó a abba Agatón acerca de la fornicación. Le dijo: “Ve, pon delante de Dios tu debilidad y tendrás descanso”.

22. Abba Agatón y otro anciano enfermaron. Mientras yacían acostados en la misma celda un hermano les leía el libro del Génesis. Llegó al lugar donde Jacob dice: “Ya no está José, ni Simeón, y ahora me llevan a Benjamín. De esta manera enviarán mi vejez en la tristeza al infierno (Gn 42,36-38)”, y exclamó el anciano: “¿No te bastan los otros diez, Padre Jacob?”. Abba Agatón le dijo: “Tranquilízate, anciano. Si Dios es el Dios de los justos, ¿quién lo juzgará? (cf. Rm 8,33-34)”.

23. Dijo abba Agatón: “Si supiese de alguien que me es muy querido, pero me lleva al pecado, lo alejaría de mí”.

24. Dijo también: “Conviene al hombre estar atento a toda hora al juicio de Dios”.

25. Dijo abba José a los hermanos que hablaban acerca de la caridad: “¿Sabemos nosotros qué es la caridad?”. Y les contó sobre abba Agatón, el cual tenía un cuchillo, y que al recibir una vez a un hermano, después de saludarlo, no lo dejó marchar sin que llevase consigo ese cuchillo.

26. Dijo abba Agatón: “Si fuera posible hallar a un leproso a quien darle mi cuerpo y recibir en cambio el suyo, lo haría con gusto. Esta es la verdadera caridad”.

27. Se decía también de él que una vez fue a la ciudad a vender sus productos, y encontró a un hombre extranjero que yacía enfermo en la calle y no tenía quien lo cuidase. Permaneció el anciano con él, alquiló una habitación que pagó con el precio de su trabajo, dedicando el resto de su dinero a las necesidades del enfermo. Así estuvo cuatro meses, hasta que el enfermo curó y el anciano volvió entonces en paz a su celda.

28. Relataba abba Daniel: «Antes que abba Arsenio viniese donde mis padres (abba Alejandro y abba Zoilo), habitaban éstos con abba Agatón. Abba Agatón amaba a abba Alejandro porque era asceta y discreto. Fueron en una ocasión todos los discípulos a lavar los juncos en el río, pero abba Alejandro lavaba con mesura. Los demás hermanos dijeron al anciano: “El hermano Alejandro no hace nada”. Deseando curarlos, le dijo (abba Agatón): “Hermano Alejandro, lávalos bien, porque son de lino”. Al oírlo, se entristeció. Pero el anciano lo consoló después, diciendo: ¿Acaso no sabía yo que estabas haciendo bien? Pero dije eso delante de los demás para curar su mal pensamiento con tu obediencia, hermano”».

29. Decían de abba Agatón que se esforzaba por cumplir todo lo mandado. Si viajaba en una nave, era el primero en remar; si lo recibían los hermanos, después de la oración era su mano la que preparaba la mesa. Estaba lleno del amor de Dios. Cuando se acercaba el momento de su muerte, permaneció tres días con los ojos abiertos, sin moverlos. Lo animaron los hermanos, diciendo: “Abba Agatón, ¿dónde estás?”. Les respondió: “Estoy delante del juicio de Dios”. Le dijeron: “¿Tú también temes, abba?”. Les dijo: “He hecho cuanto he podido por cumplir los mandamientos de Dios. Pero soy hombre ¿cómo sabré si mi esfuerzo ha agradado a Dios?”. Los hermanos le dijeron: “¿No confías en el trabajo que hiciste para Dios?”. El anciano respondió: “No confío, hasta que no vea a Dios. Porque es diferente el juicio de Dios del de los hombres”. Quisieron preguntarle más, pero les dijo: “Háganme la caridad, no me hablen más porque estoy ocupado”. Y partió con alegría. Lo vieron irse como quien saluda a sus amigos y seres queridos. En todo guardaba la vigilancia, y decía: “Sin gran custodia no alcanza el hombre una sola virtud”.

30. Entró una vez abba Agatón en la ciudad para vender algunos objetos, y encontró en el camino a un leproso. El leproso le dijo: “¿Adónde vas?”. Le respondió abba Agatón: “A la ciudad a vender los objetos”. Le dijo: “Hazme la caridad y llévame hasta allí”. Lo alzó y lo llevó a la ciudad. Entonces le dijo: “Déjame donde sueles vender tus artículos”. Así lo hizo. Cuando vendió uno, le dijo el leproso: “¿Cuánto has vendido?”. Respondió: “Tanto”. Le dijo entonces: “Cómprame un dulce”. Y se lo compró. Cuando hubo vendido todo lo que había llevado y quería ya irse, el leproso le preguntó: “¿Te vas?”. Respondió: “Sí”. Le dijo entonces: “Haz nuevamente una caridad y llévame al lugar donde me encontraste”. Lo levantó y lo dejó en ese lugar. Entonces le dijo (el leproso): “Bendito seas, Agatón, por el Señor en los cielos y en la tierra”. Levantó los ojos y no vio a nadie. Era un ángel del Señor que había sido enviado para probarlo.

ABBA AMMONAS12

1. Interrogó un hermano a abba Ammonas, diciendo: “Dime una palabra”. El anciano le dijo: «Ve, haz tu pensamiento como el de los reos en la cárcel. Ellos, en efecto, preguntan siempre a los hombres dónde está el jefe y cuándo vendrá, y suspiran por su venida. Del mismo modo, el monje debe siempre esperar y acusar a su alma diciendo: “¡Ay de mí! ¿Cómo podré presentarme al tribunal de Cristo? ¿Cómo ejerceré mi defensa?”. Si meditas esto continuamente, podrás salvarte».

2. Decían de abba Ammonas que había matado un basilisco. Al internarse en el desierto para buscar agua del lago vio al basilisco, y se postró diciendo: “Señor, muera yo o muera él”. Y en el acto estalló el basilisco, por el poder de Cristo.

3. Dijo abba Ammonas: “Estuve en Escete durante catorce años, rogando a Dios noche y día que me otorgara la gracia de vencer la ira”.

4. Contaba uno de los padres que había un anciano en Las Celdas que era esforzado y llevaba una estera. Fue a ver a abba Ammonas. Vio éste al anciano llevando la estera y le dijo: “Esto no te sirve de nada”. Le preguntó el anciano: “Tres pensamientos me molestan: vagar por los desiertos, irme al extranjero donde nadie me conozca, o encerrarme en una celda sin recibir a nadie y comiendo cada dos días”. Le respondió abba Ammonas: “No te conviene realizar ninguna de estas tres cosas, más bien permanece en tu celda, come un poco cada día y lleva siempre la palabra del publicano en tu corazón. De este modo te salvarás”.

5. Unos hermanos sufrieron una tribulación en el lugar en que habitaban, y deseando abandonarlo acudieron adonde estaba abba Ammonas. El anciano estaba sobre, una barca, y al verlos caminando por la costa del río dijo a los marineros: “Déjenme en tierra”. Llamando a los hermanos les habló así: “Yo soy Ammonas, a quien querían ver”. Consolando sus corazones, los hizo regresar al lugar de donde habían partido. La dificultad no procedía del alma, sino que era una aflicción humana.

6. Quería en una ocasión abba Ammonas atravesar el río, y al ver preparado el trasbordador, subió y se sentó en él. Había otra barca que cruzaba por el mismo sitio, y llevaba pasajeros. Le dijeron: “Ven tú también, abba; atraviesa con nosotros”. Él les dijo: “No subiré sino en un trasbordador público”. Tenía un ramo de hojas de palma, y estaba sentado tejiendo y deshaciendo y tejiendo nuevamente, durante el tiempo que permaneció en el trasbordador. Así atravesó el río. Los hermanos le preguntaron, haciendo una metanía: “¿Por qué has hecho esto?”. El anciano les dijo: “Para marchar sin ninguna preocupación del espíritu. Pero esto es un ejemplo, para que hagamos en paz el camino hacia Dios”.

7. Fue una vez abba Ammonas a visitar a abba Antonio y perdió el camino. Se sentó y durmió un rato, y levantándose del sueño oró a Dios diciendo: “Te pido, Señor y Dios mío, no pierdas a tu criatura”. Se le apareció una como mano de hombre suspendida en el cielo, mostrándole el camino, hasta que llegó a la cueva de abba Antonio y se detuvo frente a ella.

8. Al mismo abba Ammonas predijo abba Antonio que progresaría en el temor de Dios. Lo llevó fuera de la celda y, mostrándole una piedra, le dijo: “Injuria a esa piedra y golpéala”. Así lo hizo. Le preguntó abba Antonio: “¿Habló la piedra?”. Respondió: “No”. Abba Antonio le dijo: “También tú llegarás a esta medida”. Y así sucedió. De tal manera adelantó abba Ammonas que, por su gran bondad, no conocía la malicia. Cuando fue hecho obispo le presentaron una joven encinta diciendo: “Ella ha hecho esto, castígala”. Pero él hizo la señal de la cruz sobre el vientre de la joven y mandó que le diesen seis pares de sábanas, diciendo: “No suceda que, llegado el parto, muera ella o el niño, y no encuentren para la sepultura”. Los que acusaban a la mujer le dijeron: “¿Por qué has hecho esto? ¡Castígala!”. Les respondió: “Miren, hermanos, que está cerca la muerte, ¿qué debo hacer yo?”. Los despidió, y no se atrevió ningún anciano a condenar a nadie.

9. Contaban de él que fueron algunos que debían ser juzgados por él. El anciano se hacía el loco. Una mujer que estaba allí cerca dijo: “Este viejo está loco”. Al oírla el anciano llamó a la mujer y le dijo: “¡Cuánto he debido esforzarme en los desiertos para adquirir esta locura, y hoy tengo que perderla por tu culpa!”.

10. Fue una vez abba Ammonas a comer a un lugar donde habitaba un hombre de mala reputación. Sucedió que llegó una mujer y entró en la celda del hermano de mala fama. Sus vecinos, al saberlo, se turbaron, y se reunieron para expulsarlo de la celda. Supieron entonces que se encontraba allí el obispo Ammonas, y fueron a pedirle que se uniera a ellos. Cuando el hermano lo supo, tomó a la mujer y la escondió en un tonel. Al llegar con la muchedumbre, abba Ammonas sabía lo sucedido, pero lo disimuló por Dios. Entró y sentándose sobre el tonel, mandó revisar la celda. Después de que hubieron buscado por todas partes sin encontrar a la mujer, dijo abba Ammonas: “¿Qué es esto? Dios los perdone”. Después de orar los hizo marcharse, y tomando la mano del hermano, le dijo: “Hermano, cuídate”. Y dichas estas palabras se retiró.

11. Preguntaron a abba Ammonas sobre el camino angosto y duro (Mt 7,14), y respondió: “El camino angosto y duro es este: obligar a sus pensamientos y cortar las voluntades propias por Dios. Esto es también aquello de: Hemos dejado todo y te hemos seguido (Mt 19,27)”.

ABBA AQUILES13

1. Fueron tres ancianos a visitar a abba Aquiles, y uno de ellos tenía mala reputación. Uno de los ancianos le dijo: “Abba, hazme una red”. Le respondió: “No lo haré”. Otro le dijo: “Hazlo, por caridad, para que tengamos un recuerdo tuyo en el monasterio”. Respondió. “No tengo tiempo”. El tercero, el que tenía mala reputación, dijo: “Hazme una red, para tener algo salido de tus manos, abba”. Le respondió en seguida, diciendo: “La haré para ti”. Los otros dos ancianos le dijeron aparte: «¿Por qué cuando te lo pedimos nosotros no quisiste hacerlo, y a éste le dices: “La haré para ti?”». El anciano respondió: «Les dije: “No lo haré, y no se entristezcan, pensando que yo no tendría tiempo”; pero si yo no lo hiciera para este otro, diría: “Es porque el anciano ha oído hablar de mi falta que no quiere hacerlo”. En seguida cortamos la cuerda. Desperté su alma, para que no la consumiese la tristeza (cf. 2 Co 2,7)».

2. Dijo abba Bitimio: «Bajaba yo una vez hacia Escete, y me dieron unas pocas frutas para que las regalase a los ancianos. Llamé a la celda de abba Aquiles para, ofrecérselas, pero él me dijo: “En verdad, hermano, no quiero que llames, aunque fuese maná (lo que traes), ni vayas tampoco a otra celda”. Me retiré a mi celda y llevé las frutas a la iglesia».

3. Fue una vez abba Aquiles a la celda de abba Isaías en Escete, y lo encontró comiendo. Había puesto en un plato sal y agua. El anciano, al ver que lo ocultaba detrás de las esteras, le dijo: “Dime, ¿qué estás comiendo?”. Le respondió: “Perdóname, abba, estaba cortando palmas y subí a causa del calor, y me eché a la boca un mordisco con sal, pero por el calor ardió mi garganta y no baja el bocado. Por eso, me vi obligado a echar un poco de agua en la sal, para poder comer. Perdóname, entonces”. Dijo el anciano: “Vengan y vean a Isaías comiendo una salsa en Escete. Si quieres comer una salsa, sube a Egipto”.

4. Fue un anciano a visitar a abba Aquiles. Vio que salía sangre de su boca y le preguntó: “¿Qué es esto, abba?”. El anciano respondió: “La palabra de un hermano me entristeció, y luché para no decírselo. Rogué a Dios que la quitase de mí, y mi pensamiento se convirtió en sangre en mi boca. Lo escupí, y ahora estoy tranquilo y he olvidado la pena”.

5. Dijo abba Amoes: «Fuimos abba Bitimio y yo adonde estaba abba Aquiles, y le oímos meditar esta frase: Jacob, no temas bajar a Egipto (Gn 46,3). Estuvo mucho tiempo meditando esta frase. Cuando llamamos nos abrió y nos preguntó: “¿De dónde son?”. Tuvimos miedo de decirle que veníamos de Las Celdas, y dijimos: “De la montaña de Nitria”. Dijo: “¿Qué puedo hacer por ustedes, que son de tan lejos?”. Y nos hizo entrar. Lo encontramos trabajando por la noche y haciendo muchas esteras. Le rogamos que nos dijera una palabra. Él dijo: “Desde el atardecer hasta este momento he tejido veinte medidas (de seis pies), y no tengo necesidad de ello. Pero es para que no se indigne Dios y me acuse, diciendo: ‘¿Cómo es que, pudiendo trabajar, no trabajas?’. Por eso me esfuerzo y hago todo lo que puedo”. Y nos retiramos edificados».

6. Otra vez, un gran anciano vino desde la Tebaida hasta donde estaba abba Aquiles, y le dijo: “Abba, estoy tentado por tu causa”. Le contestó: “Vamos, ¡también tú, anciano! ¿Así que estás tentado por mi causa?”. El anciano le dijo, por humildad: “Sí, abba”. Estaba sentado junto a la puerta un viejo ciego y cojo. El anciano dijo: “Desearía permanecer aquí durante algunos días, pero no puedo hacerlo por este anciano”. Al oírlo abba Aquiles se admiró de su humildad y dijo: “Esto no es fornicación, sino envidia de los malos espíritus”.

ABBA AMOES14

1. Decían acerca de abba Amoes que cuando iba a la iglesia no permitía a su discípulo caminar junto a él, sino alejado. Si se acercaba para preguntar sobre los pensamientos, apenas le había respondido lo apartaba diciendo: “No sea que mientras nosotros hablamos de cosas útiles, se introduzca una conversación extraña; por eso no te permito que estés junto a mí”.

2. Dijo abba Amoes a abba Isaías, al principio: “¿Cómo me ves ahora?”. Le respondió: “Como un ángel, abba”. Más tarde le preguntó: “¿Cómo me ves ahora?”. Le dijo: “Como Satanás. Aunque me digas una palabra buena es para mí como una espada”.

3. Decían de abba Amoes que estuvo enfermo y permaneció acostado durante varios años, y nunca permitió a su pensamiento ocuparse de la parte posterior de su celda para ver lo que tenía allí. A causa de su enfermedad le llevaban muchas cosas, y cuando su discípulo Juan entraba y salía, cerraba los ojos para no ver lo que hacía. Sabía, en efecto, que era un monje fiel.

4. Contaba abba Pastor que un hermano fue a pedir una palabra a abba Amoes. Aunque permaneció siete días con él, el anciano no le respondió. Al fin, al despedirlo le dijo: “Ve, y está atento a ti mismo. Mis pecados se han vuelto para mí como un muro oscuro entre Dios y yo”.

5. Decían de abba Amoes que había hecho cincuenta medidas de trigo para sí, y las había puesto al sol. Antes de que estuvieran bien secas, vio en ese lugar algo que no era útil para él, y dijo a sus discípulos: “Vayámonos de aquí”. Ellos se entristecieron mucho. Al verlos tristes les dijo: “¿Se entristecen a causa de los panes? En verdad, yo he visto huir a algunos, dejando sus celdas blanqueadas y sus libros de pergamino, y no cerraban las puertas, sino que partieron y quedaron abiertas”.

ABBA AMÚN DE NITRIA15

1. Abba Amún de Nitria visitó a abba Antonio y le dijo: “Yo he trabajado más que tú, ¿cómo es que tu nombre es más grande que el mío entre los hombres? Le respondió abba Antonio: “Porque yo amo a Dios más que tú”.

2. Decían de abba Amún que una medida de trigo le bastaba para dos meses. Fue en una ocasión a ver a abba Pastor y le dijo: “Si voy a la celda de mi vecino o viene él a la mía por alguna necesidad, tenemos miedo de conversar porque no sobrevenga una conversación extraña”. El anciano le dijo: “Haces bien, porque la juventud necesita vigilancia”. Le dijo abba Amún: “¿Qué hacían los ancianos?”. Respondió: “Los ancianos adelantados en la virtud no tenían en ellos nada exterior ni de extraño en su boca, para hablar de ello”. Dijo Amún: “Si se presenta la necesidad de hablar con el vecino, ¿prefieres que hable de las Escrituras o de las palabras de los ancianos?”. Le respondió el anciano: “Si no puedes callar, es mejor hablar de las palabras de los ancianos que de las Escrituras. Puesto que el peligro no es pequeño”.

3. Un hermano fue desde Escete hasta donde estaba Amún, y le dijo: “Mi abba me manda para un servicio, pero temo la fornicación”. Le dijo el anciano: «Cuando llegue la tentación a ti, di: “¡Oh! Dios de los ejércitos, líbrame por las oraciones de mi abba”». Un día, una virgen se encerró con él, y el monje clamó con voz fuerte: “Dios de mi abba, líbrame”, y se encontró en seguida en el camino que conduce a Escete.

ABBA ANUB16

1. Abba Juan contaba que abba Anub y abba Pastor, con los restantes hermanos, nacidos del mismo vientre y que se habían hecho monjes en Escete, partieron cuando vinieron los maniqueos y lo devastaron la primera vez, y se retiraron a un lugar llamado Terenutis hasta decidir dónde les convenía habitar. Y permanecieron allí algunos días en un antiguo templo. Dijo abba Anub a abba Pastor: “Hazme la caridad, tú y cada uno de los hermanos habiten solos y separadamente, sin encontrarnos en toda la semana”. Respondió abba Pastor: “Haremos como tú quieres”. Y lo hicieron así. Había en el templo un ídolo de piedra. Todas las mañanas el anciano abba Anub se levantaba al amanecer y tiraba piedras al rostro del ídolo, y por la tarde le decía: “Perdóname”. Pasó la semana haciendo esto. Al fin, el sábado se reunieron y abba Pastor preguntó a abba Anub: “Te he visto apedrear durante toda la semana el rostro de la estatua, abba, y pedirle después perdón, si eres hombre de fe ¿cómo haces eso?”. Le respondió el anciano: “Esto lo hice por ustedes. Me vieron echar piedras al rostro de la imagen ¿acaso habló o se enojó?”. Abba Pastor dijo: “No”. «Y después, cuando me postré en una metanía, ¿acaso se turbó y dijo: “No te perdono?”». Abba Pastor dijo: “No”. El anciano le dijo entonces: “Nosotros somos siete hermanos. Si quieren que habitemos juntos hemos de ser como esta estatua, que no se turba así se la insulte o se la alabe. Pero si no quieren vivir de este modo, hay cuatro puertas en el templo. Vaya cada uno adonde le plazca”. Todos se echaron por tierra diciendo a abba Anub: “Haremos como tú dices, abba, y obedeceremos lo que nos mandes”. Dijo abba Pastor: «Permanecimos juntos todo el tiempo, haciendo la palabra que nos decía el anciano. Puso él a uno de nosotros como ecónomo, y lo que nos daba, eso comíamos, y ninguno podía decir: “Tráenos otra cosa”, o: “No podemos comer de esto”. Pasamos de este modo todo nuestro tiempo en la quietud y la paz».

2. Dijo abba Anub: “Desde que el nombre de Cristo fue pronunciado sobre mí no ha salido una mentira de mi boca”.

ABBA ABRAHAM17

1. Contaban acerca de un anciano que pasó cincuenta años sin comer pan ni beber vino fácilmente, y que decía: “He matado a la fornicación, a la avaricia y a la vanagloria”. Al oír que hablaba de este modo, fue abba Abraham a verlo y le dijo: “¿Dijiste tú tales cosas?”. Respondió: “Sí”. Abba Abraham le dijo: “Mira, si entras en tu celda y encuentras una mujer sobre tu lecho, ¿puedes acaso pensar que no es una mujer?”. Respondió: “No, pero lucharé contra mi pensamiento, para no tocarla”. Le dijo abba Abraham: “No la has muerto, entonces, sino que todavía vive en ti la pasión, pero está atada. Imagina también que pasando ves oro entre piedras y ladrillos, ¿puede tu pensamiento considerarlo como si fueran del mismo valor?”. Respondió: “No, pero lucharé contra el pensamiento, para no recogerlo”. El anciano le dijo: “Vive (la pasión), pero está atada.” Le dijo abba Abraham: “Si oyes de dos hermanos, que el uno te ama y el otro te odia y habla mal de ti, y sucede que vienen ambos a verte, ¿recibirás a los dos del mismo modo?”. Dijo: “No, pero lucharé contra el pensamiento para obrar bien tanto con el que me odia como con el que me ama”. Le dijo abba Abraham: “Viven entonces las pasiones, y son solamente sojuzgadas por los santos”.

2. Interrogó un hermano a abba Abraham, diciendo: “Si tuviera que comer muchas veces, ¿qué sería esto?”. Respondiendo, dijo el anciano: “¿De qué hablas, hermano? ¿Tanto comes? ¿O te crees que has venido a trillar?”.

3. Relató abba Abraham de un monje de Escete que era escriba y no comía pan. Un hermano fue a verlo, y le rogaba que le copiase un libro. El anciano, que tenía su espíritu en la contemplación, lo escribió omitiendo frases y sin puntuación. El hermano, al tomar el libro, vio que le faltaban frases y dijo al anciano: “Abba, faltan frases”. El anciano le respondió: “Vete, y pon primero en práctica las que están escritas, y después ven y te escribiré las que faltan”.

ABBA ARES18

1. Fue abba Abraham donde abba Ares, y cuando se hubieron sentado llegó un hermano para ver al anciano, y le dijo: “Dime qué debo hacer para salvarme”. Él le respondió: “Ve y haz esto durante un año: come al atardecer pan con sal, y ven otra vez entonces y hablaré contigo”. Así lo hizo. Al cumplirse el año, fue nuevamente el hermano adonde estaba abba Ares. Se encontraba allí abba Abraham. Nuevamente le dijo el anciano al hermano: “Ve, y durante este año ayuna día por medio”. Cuando el hermano se hubo retirado, dijo abba Abraham a abba Ares: “¿Por qué impones a todos los hermanos un yugo liviano, pero a éste infliges un fuerte peso?”. Le respondió el anciano: “Los hermanos según lo que buscan oír, se van, pero éste viene a escuchar la palabra de Dios. Es un buen obrero: hace con diligencia lo que le digo. Por eso, le digo la palabra de Dios”.

ABBA ALONIO19

1. Dijo abba Alonio: «Si el hombre no dice en su corazón: “Yo solo y Dios estamos en el mundo”, no tendrá descanso».

2. Dijo también: “Si no destruyo todo, no podré reedificarme a mí mismo”.

3. Dijo el mismo: “Si lo quisiera el hombre desde la mañana hasta la tarde llegará a la medida divina”.

4. Preguntó abba Agatón a abba Alonio, diciendo: “¿Cómo podré dominar mi lengua para no decir mentira?”. Le respondió abba Alonio: “Si no mientes, cometerás muchos pecados”. Le preguntó: “¿Cómo?”. Le dijo el anciano: «Dos hombres cometieron un homicidio en tu presencia, y uno de ellos huyó a tu celda. Lo busca el magistrado y te pregunta: “¿No se cometió un homicidio en tu presencia?”. Si no mientes, entregas al hombre a la muerte. Conviene más que lo abandones sin ligaduras delante de Dios, porque Él lo sabe todo».

ABBA APPHY20

1. Contaban, acerca de un obispo de Oxyrrinco, llamado abba Apphy, que cuando era monje llevaba una vida austerísima. Fue hecho obispo y quiso llevar la misma austeridad en el mundo, y no pudo. Se postró ante Dios, diciendo: “¿Acaso la gracia se ha retirado de mí a causa del episcopado?”. Y tuvo esta revelación: “No, pero mientras estabas en el desierto y no se encontraba allí ni un hombre, Dios ayudaba, pero estás ahora en el mundo y los hombres te ayudan”.

ABBA APOLO21

1. Había en Las Celdas un anciano llamado Apolo que, si venía alguno a pedirle que lo ayudase en cualquier trabajo, iba con gusto, diciendo: “Hoy tengo que trabajar con Cristo para bien de mi alma”. Este es el premio del alma.

2. Decían de cierto abba Apolo, de Escete, que era pastor y muy rústico. Vio una mujer grávida en el campo, y movido por el diablo dijo: “Quiero ver cómo está el niño en su seno”. Lo abrió y vio al niño. Mas enseguida se turbó su corazón y, arrepentido, fue a Escete y anunció a los Padres lo que había hecho. Los oyó salmodiar: “Los días de nuestros años son setenta años, ochenta en los fuertes, y más que esto sufrimiento y dolor”. Les dijo entonces: “Tengo cuarenta años y nunca he orado, pero si desde ahora vivo otros cuarenta, no cesaré de orar a Dios para que perdone mi pecado”. No hacía ningún trabajo manual, sino que oraba continuamente, diciendo: “Como hombre pequé; tú, como Dios, perdóname”. Ésta su oración la meditaba noche y día. Un hermano vivía con él y le oía estas palabras: “He faltado contra ti, Señor, déjame descansar un poco”. Tuvo al fin la revelación de que Dios había perdonado todos sus pecados, también el de (la muerte de) la mujer. Pero nada sabía acerca del crimen del niño. Pero uno de los ancianos te dijo: “Dios te ha perdonado también el crimen del niño, pero te deja en la aflicción porque así conviene a tu alma”.

3. Dijo el mismo acerca de la acogida que se da a los hermanos: “Debemos venerar a los hermanos que vienen, porque no veneramos a ellos sino a Dios. Si has visto a tu hermano –dijo– has visto al Señor tu Dios. Y esto, –dijo también– lo hemos recibido de Abrahán. Cuando reciban a los hermanos, invítenlos a reposarse. Esto lo aprendimos de Lot, que rogó a los ángeles”.

ABBA ANDRÉS22

1. Dijo abba Andrés: “Estas tres cosas convienen al monje: la peregrinación, la pobreza y la paciencia en el silencio”.

ABBA AIO23

1. Se relataba acerca de un anciano de la Tebaida, abba Antiano, que en su juventud había hecho muchas obras, pero, viejo ya, enfermó y quedó ciego, y los hermanos tenían muchas atenciones para con él por su enfermedad, y le daban de comer en la boca. Preguntaron entonces a abba Aio: “¿Qué pasará con tantas atenciones?”, y les respondió: “Les digo, Dios lo sacaría de este sufrimiento, si su corazón deseara estas atenciones y las recibiera con gusto, aunque comiese de este modo solamente un bocado, pero si no las quiere, sino que las acepta a la fuerza, Dios conservará salvo su trabajo, porque toma esto sin quererlo, mientras que los hermanos, por su parte, recibirán un premio”.

ABBA AMONATHAS24

1. Llegó una vez a Pelusio un magistrado, y quiso exigir el impuesto a los monjes, como lo hacía con los seculares. Se reunieron todos los hermanos en la celda de abba Amonathas para tratar este asunto, y decidieron que fueran algunos Padres a ver al emperador. Les dijo abba Amonathas: “No hay necesidad de afligirse tanto; más bien permanezcan tranquilos en sus celdas y ayunen durante dos semanas, y por la gracia de Cristo yo solo trataré el asunto”. Volvieron los hermanos a sus celdas, y el anciano permaneció en la suya. Cuando se cumplieron los catorce días, se enojaron los hermanos contra el anciano porque no lo habían visto ponerse en movimiento, y dijeron: “El anciano ha descuidado nuestro asunto”. En el decimoquinto día se reunieron los hermanos, como habían establecido, y el anciano se llegó hasta ellos trayendo la carta marcada con el sello del emperador. Al verlo, se maravillaron los hermanos, y dijeron: “¿Cuándo la has traído, abba?”. Dijo el anciano: “Créanme, hermanos, que esta noche fui a ver al emperador y él escribió este decreto; fui después a Alejandría para hacerlo firmar por los magistrados, y así vengo hasta ustedes”. Al oírlo, tuvieron miedo, y se postraron en una metanía. Se arregló su asunto y ya no los molestó más el magistrado.

Letra Beta
BASILIO EL GRANDE25

1. Dijo uno de los ancianos que mientras visitaba san Basilio un monasterio, después de hacer la debida exhortación (a los hermanos), preguntó al higúmeno: “¿Tienes aquí un hermano obediente?”. Le respondió: “Todos son servidores tuyos, señor, y desean salvarse”. Le dijo nuevamente: “¿Tienes alguno que sea en verdad obediente?”. Le trajo entonces a uno de los hermanos, y san Basilio lo utilizó en el servicio de la mesa. Después de comer trajo (agua) para que se lavase, y san Basilio le dijo: “Ven, también yo te daré (agua) para que te laves”. Aceptó que le echara el agua. Y dijo (Basilio): “Cuando entre en el santuario, acércate para que te ordene de diácono”. Después de hacerlo, lo ordenó también de presbítero, y lo tomó consigo en la casa episcopal, a causa de su obediencia.

ABBA BESARIÓN26

1. Dijo abba Dulas, discípulo de abba Besarión: «Yendo una vez hacia la costa del mar, tuve sed, y dije a abba Besarión: Abba, tengo mucha sed. El anciano hizo oración y me dijo: “Bebe del agua del mar”. El agua se endulzó y bebí. Recogí algo más en un recipiente, por si tenía nuevamente sed. Lo vio el anciano y me dijo: “¿Por qué la recogiste?”. Le respondió: “Perdóname, pero era por si tenía sed otra vez”. Dijo entonces el anciano: “Dios está aquí y en todas partes”».

2. Otra vez, al presentarse la necesidad, hizo oración y cruzó a pie el río Crisoroas, y prosiguió su camino. Admirado, le pedí perdón y le pregunté: “¿Cómo sentías tus pies al caminar sobre el agua?”. Y me respondió el anciano: “Sentía el agua hasta el talón, pero el resto estaba seco”.

3. Otra vez, mientras íbamos a visitar a un anciano, se puso el sol. Y orando dijo el anciano: “Te ruego Señor, que el sol se detenga hasta que tu servidor llegue”. Y así se hizo.

4. En otra oportunidad fui a su celda y lo encontré, de pie, en oración, con las manos extendidas hacia el cielo. Permaneció haciendo esto durante catorce días. Después me llamó y me dijo. “Sígueme”. Salimos y nos internamos en el desierto. Tuve sed y dije: “Abba, tengo sed”. Tomando el anciano mi melota, se apartó la distancia de un tiro de piedra, y después de orar, me la devolvió llena de agua. Proseguimos nuestra marcha y llegamos a una cueva. Al entrar en ella encontramos un hermano sentado, haciendo una cuerda, y no nos miraba ni saludaba, ni quiso en manera alguna cambiar palabra con nosotros. Me dijo el anciano: “Vayámonos de aquí; tal vez no le fue revelado al anciano que hablase con nosotros”. Marchamos hasta Lyco, y llegamos a lo de abba Juan. Lo saludamos e hicimos la oración. Después, sentándose, conversaron acerca de las visiones que habían tenido. Dijo abba Besarión: “Ha salido un edicto para que destruyan los templos. Así fue, y han sido destruidos”. Cuando íbamos de vuelta, llegamos otra vez a la cueva en la que habíamos visto al hermano. Me dijo el anciano: “Entremos adonde él está, por si Dios le ha inspirado que nos hable”. Entramos, y lo encontramos muerto. Me dijo entonces el anciano: “Ven, hermano, dispongamos su cuerpo. Para esto nos ha mandado hasta aquí el Señor”. Mientras lo preparábamos para la sepultura, vimos que era una mujer. Y se asombró el anciano, y dijo: “Mira como hasta las mujeres triunfan sobre Satanás, mientras nosotros vivimos indignamente en las ciudades”. Glorificando a Dios, protector de los que lo aman, nos retiramos de allí.

5. Vino una vez a Escete un endemoniado, y se hizo por él oración en la iglesia, pero el demonio no salía; era, en efecto, duro. Dijeron los clérigos: «¿Qué le haremos a este demonio? Nadie puede expulsarlo, sino sólo abba Besarión, pero si se lo pedimos ni siquiera vendrá a la iglesia. Hagamos entonces así: él viene temprano a la iglesia, antes que todos; hagamos sentar al poseso en este lugar, y cuando él llegue, alcémonos para la oración y digámosle: “Despierta al hermano, abba”». Así lo hicieron, y cuando el anciano hubo llegado, temprano (según acostumbraba), se levantaron para la oración y le dijeron: “Despierta al hermano”. El anciano le dijo: “Levántate, sal fuera”. Y enseguida salió el demonio de él, y quedó curado desde ese momento.

6. Dijo abba Besarión: “Durante cuarenta días con sus noches permanecí de pie entre espinas, sin dormir”.

7. Un hermano, que había pecado, era expulsado de la iglesia por el presbítero. Abba Besarión, levantándose, salió con él diciendo: “También yo soy pecador”.

8. El mismo abba Besarión dijo: “Durante cuarenta años no me he acostado, sino que dormí siempre sentado o de pie”.

9. Dijo el mismo: “Si estás en paz y no tienes que luchar, entonces humíllate más, no sea que nos elevemos por una alegría que viene de afuera, y caigamos en la lucha. Porque a menudo Dios no permite que seamos entregados a los combates, a causa de nuestra debilidad, para que no perezcamos”.

10. Un hermano que vivía con otros hermanos preguntó a abba Besarión: “¿Qué he de hacer?”. Le respondió el anciano: “Calla, y no te midas a ti mismo”.

11. Decía al morir abba Besarión: “El monje debe ser como los querubines y serafines: todo ojo”.

12. Contaban los discípulos de abba Besarión que su vida fue como la de un pájaro del aire, o de un pez o animal terrestre, puesto que pasó todo el tiempo de su vida sin molestia ni inquietud. No tenía preocupación por la casa ni el deseo de un lugar pareció poseer su espíritu, así como tampoco la abundancia de alimentos, la posesión de viviendas ni la frecuentación de libros, sino que parecía totalmente libre de las pasiones del cuerpo, alimentándose con la esperanza de las cosas futuras, fortalecido con la firmeza de la fe, paciente como un prisionero que es llevado de aquí para allá, permaneciendo en el frío, la desnudez, y quemado por el ardor del sol, siempre al aire libre. Se desgarraba en los precipicios de los desiertos como un vagabundo, y a veces le pareció bien dejarse llevar como sobre el mar a regiones distantes y desoladas. Si le acontecía llegar a regiones más templadas, donde monjes viven en comunidad una vida semejante, lloraba sentado fuera de las puertas, y se lamentaba como un náufrago arrojado a tierra. Después, si salía uno de los hermanos y lo encontraba sentado como un mendigo de los que hay en el mundo, y se le acercaba y le decía compasivo: “¿Por qué lloras, hombre? Si tienes necesidad de algo, lo recibirás en la medida de lo posible; solamente entra, comparte nuestra mesa y consuélate”, él respondía: “No puedo detenerme bajo un techo hasta que no encuentre los bienes de mi casa”. Decía, en efecto, que había perdido grandes riquezas de varios modos. “También caí en manos de piratas, y naufragué, y caí de mi nobleza original, de glorioso que era me he vuelto indigno”. El hermano, conmovido por sus palabras, entró a buscar un pedazo de pan y se lo dio, diciendo: “Toma esto, padre; Dios te dará lo demás que tú dices: patria, nobleza y riquezas”. Pero él lamentándose aun más, con un gran suspiro agregaba: “No puedo decirte si podré encontrar esos bienes nuevamente, pero yo estoy todavía más afligido, soportando diariamente los peligros de la muerte, sin descanso por mis grandes calamidades. Porque tengo que viajar sin fin, hasta consumar mi carrera”.

ABBA BENJAMÍN27

1. Dijo abba Benjamín: “Cuando bajamos hacia Escete después de la cosecha, nos trajeron la paga desde Alejandría, un recipiente de aceite para cada uno. Cuando se presentaba nuevamente el tiempo de la cosecha, los hermanos llevaban lo que les había sobrado a la iglesia. Pero yo no abrí mi recipiente, sino que lo perforé con una aguja y saqué poco, y en mi corazón pensaba que había hecho una gran obra. Pero cuando los hermanos trajeron sus recipientes tal como los habían recibido, mientras que el mío estaba perforado, tuve tanta vergüenza como si hubiese fornicado”.

2. Dijo abba Benjamín, presbítero de Las Celdas: «Fuimos a Escete para ver a un anciano, y quisimos llevarle un poco de aceite. Él nos dijo: “Miren donde puse el pequeño recipiente que me trajeron hace tres años; como lo trajeron, así quedó”. Al oír esto, nos admiramos de la vida del anciano».

3. Dijo el mismo: «Fuimos a ver a otro anciano, que nos retuvo a comer. Nos ofreció aceite de rabanitos. Le dijimos: “Padre, danos un poco de aceite del bueno”. Al oírlo, se hizo la señal de la cruz y dijo: “Yo no sé si hay otro aceite fuera de éste”».

4. Abba Benjamín dijo a sus hijos al morir: “Hagan esto y se salvarán: alégrense siempre; oren incesantemente; en todo den gracias”.

5. Dijo el mismo: “Vayan por la vía regia; recorran los mojones y no sean mezquinos”.

ABBA BIARE28

1. Interrogó uno a abba Biare: “¿Qué debo hacer para salvarme?”. Le dijo: “Ve, haz pequeño tu vientre, pequeño tu trabajo manual y no te inquietes en tu celda. Así te salvarás”.

Letra Gamma
ABBA GREGORIO EL TEÓLOGO (NACIANCENO)29

1. Dijo abba Gregorio: “Dios pide estas tres cosas de todo hombre que ha recibido el bautismo: en su alma, una fe recta, verdad en la lengua y templanza en el cuerpo”.

2. Dijo también: “Para los que son poseídos por el deseo, un día es como toda la vida de un hombre”.

ABBA GELASIO30

1. Decían acerca de abba Gelasio que tenía un libro en cuero, valuado en dieciocho monedas, en el que estaba escrito todo el Antiguo y el Nuevo Testamento, y quedaba en la iglesia para que lo leyese aquél de los hermanos que quisiera hacerlo. Vino un hermano extranjero para visitar al anciano, y al ver el códice, deseó tenerlo y, robándolo, se marchó. El anciano no fue en su seguimiento, aunque entendió la cosa. Entretanto, fue el otro a la ciudad y buscaba venderlo, y encontró a uno que lo quería comprar, y le pidió dieciséis monedas. Pero el comprador le dijo: “Dámelo antes, para hacerlo ver, y después te pagaré”. Se lo dio, y él lo tomó y lo llevó a abba Gelasio para que lo viera y se pronunciase sobre el precio que pedía el vendedor. El anciano le dijo: “Cómpralo, porque es bueno y vale el precio que dijiste”. Fue el hombre y al vendedor le dijo otra cosa, no lo que hablara el anciano: “Le mostré el libro a abba Gelasio, y me dijo que es demasiado, porque no vale el precio que dijiste”. Al oírlo le preguntó: “¿El anciano no dijo nada más?”. Respondió: “No”. Le dijo entonces: “Ya no quiero venderlo”. Arrepentido, fue a pedir perdón al anciano, y le rogó que aceptase el códice. El anciano no lo quería recibir. Le dijo entonces el hermano: “Si no lo tomas, yo no tendré paz”. Le respondió el anciano: “Si no vas a tener paz, entonces lo acepto”. Y el hermano permaneció en ese lugar hasta su muerte, edificado por la obra del anciano.

2. Al mismo abba Gelasio le fue legada una celda con un campo vecino por un anciano, monje también él, que moraba cerca de Nicópolis. Un campesino de un tal Vacatos, que habitaba antes en Nicópolis de Palestina, como era pariente del anciano fallecido, acudió al nombrado Vacatos y le rogaba que tomase esa propiedad que le correspondía por la ley. Entonces él, porque era violento, intentaba arrebatar por la fuerza la tierra a abba Gelasio, Pero abba Gelasio no cedía, no queriendo entregar a un secular una celda monástica. Al ver Vacatos que los animales (de carga) de abba Gelasio se llevaban las aceitunas del campo que le legaran, los tomó por la fuerza, llevando las aceitunas a su casa y apenas si devolvió los animales con sus conductores. El bienaventurado anciano no reclamaba los frutos, pero no abandonaba el dominio del campo por la razón antedicha. Indignado contra él, Vacatos que tenía además otros asuntos que tratar –puesto que era pleiteador–, marchó hacia Constantinopla, viajando a pie. Al llegar cerca de Antioquía, donde brillaba por entonces como una gran luminaria san Simeón, oyendo hablar de él –porque superaba las condiciones humanas–, quiso, como cristiano que era, ver al santo. Al divisarlo san Simeón desde la columna, apenas entró en el monasterio, le preguntó: “¿De dónde eres y adónde vas?”. Le respondió: “Soy de Palestina y voy a Constantinopla”. Le dijo: “¿Y por qué causa?”. Respondió Vacatos: “Por muchas razones, y espero, por las oraciones de tu santidad, regresar y venerar tus sagradas huellas”. Le dijo entonces san Simeón: “No quieres decir, hombre desgraciado, que vas para actuar contra el varón de Dios. Pero no te será propicio el camino ni volverás a ver tu casa. Si aceptas mi consejo, vuélvete de aquí mismo a tu lugar y arrepiéntete, si llegas vivo hasta allí”. En seguida lo tomó la fiebre, y sus acompañantes lo pusieron en una litera y se apresuraron a llevarlo a su región, de acuerdo a lo dicho por san Simeón, para pedir perdón a abba Gelasio. Pero alcanzó Berito y murió, y no llegó a ver su casa como le profetizara el santo. Esto y la muerte de su padre relató su hijo, llamado Vacatos también él, a hombres dignos de crédito.

3. Muchos de sus discípulos relataron también lo siguiente: “Les habían dado una vez un pescado, y el cocinero lo llevó al encargado después de haberlo freído. Por un asunto tuvo que salir el encargado, y dejó el pescado en un recipiente, en el suelo, y pidió al joven discípulo de abba Gelasio que lo cuidase por un momento, hasta su regreso. El niño, tentado por la gula, se precipitó con avidez para comer el pescado, Entró el encargado y lo halló comiendo, y sin considerar lo que, hacía, movido por la ira, le dio un puntapié al niño que estaba sentado en el suelo. Éste, por obra de un espíritu, murió. El ecónomo, atemorizado, lo recostó en su propio lecho, lo cubrió y fue a echarse a los pies de abba Gelasio, anunciándole lo que había sucedido. Éste, después de recomendarle que no lo dijera a nadie, mandó que cuando todos se hubieran retirado a descansar, por la tarde, lo llevara al diaconicón, lo pusiera frente al altar y se retirase. Y fue el anciano al diaconicón, y permaneció de pie en oración. A la hora de la salmodia nocturna, estando reunidos los hermanos, salió el anciano acompañado por el joven. Nadie supo lo que había sucedido, sino él y el ecónomo, hasta su muerte”.

4. Decían acerca de abba Gelasio, no sólo sus discípulos, sino muchos de los que frecuentemente acudían a él, que en tiempos del sínodo ecuménico congregado en Calcedonia, Teodosio, el que animara en Palestina el cisma de Dióscoro, adelantándose a los obispos que regresaban a sus iglesias –porque él también estaba en Constantinopla, expulsado de su patria porque era feliz suscitando tumultos–, se presentó a abba Gelasio en su monasterio, hablando contra el sínodo, como si la doctrina de Nestorio hubiera salido triunfante; de este modo juzgaba él que podría seducir al santo y atraerlo a la compañía de su error y al cisma. Pero él, por la actitud del hombre y por la prudencia recibida de Dios, comprendió su mala intención y no se unió a su apostasía, como hicieron casi todos entonces, sino que lo expulsó indignamente como correspondía. En efecto, hizo venir en medio al discípulo que había resucitado de entre los muertos y habló (al visitante) con mucho respeto de esta manera: “Si quieres discutir acerca de la fe, tienes a éste que te escuchará y dialogará contigo; yo no tengo tiempo para escucharte”. Con estas palabras, lleno de confusión, irrumpió en la ciudad santa, atrajo a su partido a todos los monjes, con apariencia de celo divino. Atrajo también a la Augusta, que se encontraba entonces allí, y de ese modo, con su ayuda, se apoderó por la violencia del trono de Jerusalén, valiéndose de crímenes, y perpetró otras cosas contra las leyes y los cánones, como hasta hoy recuerdan muchos. Después, como quien ha recibido la potestad, y habiendo conseguido su fin, impuso las manos a muchos obispos, invadiendo las sedes de los obispos que aún no habían regresado. Llamó también a abba Gelasio y lo invitó al santuario, buscando seducirlo a la vez que lo temía. Cuando hubo entrado en el santuario, le dijo Teodosio: “Anatematiza a Juvenal”. Impávido le respondió: “No conozco más obispo de Jerusalén que Juvenal”. Temiendo Teodosio que otros imitasen su celo piadoso, mandó que lo echasen de la iglesia. Los cismáticos pusieron a su alrededor maderas, amenazando quemarlo. Pero viendo que ello no le hacía ceder ni les tenía miedo, y temiendo una revuelta del pueblo, porque era hombre famoso –todo venía de lo alto, de la Providencia–, despacharon sano al mártir, que por sí mismo se había ofrecido a Dios.

5. Acerca del mismo se decía que en su juventud profesó vida pobre y solitaria. Había entonces muchos otros hombres en ese lugar, que habían abrazado con él la misma vida. Entre ellos se encontraba un anciano, de suma simplicidad y pobre, que habitaba en una celda apartada hasta su muerte, aunque tuvo un discípulo en la vejez. La ascesis de este hombre era no poseer dos túnicas, ni preocuparse con sus compañeros por el mañana, aun hasta la muerte. Cuando abba Gelasio comenzó, con la ayuda divina, a constituir su cenobio, le donaban muchos terrenos, y adquirió las bestias de carga y los bueyes necesarios para el monasterio. El mismo que reveló, en el comienzo, al divino Pacomio que organizaría un cenobio, también aquí le prestó su ayuda para toda la organización del monasterio. El anciano, viéndolo en estas cosas, y deseando salvar la caridad fraterna que por él sentía, le dijo: “Temo, abba Gelasio, que tu espíritu se ate a los campos y a las demás posesiones del cenobio”. Y le respondió: “Más atado está tu espíritu a la aguja con que trabajas que el espíritu de Gelasio a sus bienes”.

6. Decían acerca de abba Gelasio que muchas veces fue molestado por el pensamiento de retirarse al desierto. Un día dijo a su discípulo: “Hazme la caridad, hermano, de soportar cualquier cosa que hiciere, y no me hables durante esta semana”. Tomando un bastón de palma comenzó a caminar por su recinto, y cuando se cansaba se sentaba un poco, y de nuevo se levantaba para caminar. Llegó la noche y dijo a su pensamiento: “El que camina por el desierto no come pan, sino hierbas. Tú, por tu debilidad, come algunas legumbres”. Después de esto dijo a su pensamiento: “El que vive en el desierto no duerme bajo techo sino bajo el cielo; haz tú lo mismo”. Y recostándose, durmió en el patio. Pasó tres días caminando por el monasterio, comiendo por las noches unas pocas hojas de achicoria y durmiendo por las noches a la intemperie, hasta que se fatigó, e increpando al pensamiento que lo molestaba, argumentó contra sí mismo diciendo: “Si no puedes hacer el trabajo del desierto, siéntate en tu celda con paciencia, llorando tus pecados, y no vagues. Porque el ojo de Dios ve en todo lugar las obras de los hombres y nada se le oculta, sino que conoce a los que hacen el bien”.

ABBA GERONCIO31

1. Dijo abba Geroncio, el de Petra, que muchos, tentados por los placeres corporales, pecan, no con sus cuerpos sino con el pensamiento, y conservando la virginidad en el cuerpo, fornican con el alma. “Es bueno, por tanto, queridos, cumplir lo que está escrito, y cada uno conserve su corazón con toda vigilancia”.

Letra Delta
ABBA DANIEL32

1. Decían acerca de abba Daniel que cuando llegaron a Escete los bárbaros, huyeron los Padres, y dijo el anciano: “Si Dios no me protege, ¿para quién vivo entonces?”. Y pasó en medio de los bárbaros, que no lo vieron. Se dijo entonces: “Dios me ha protegido y no he muerto. Haz tú también lo de los hombres y huye como los Padres”.

2. Interrogó un hermano a abba Daniel diciendo: “Dame un solo mandato y lo guardaré”. Le respondió: “Nunca pongas tu mano en el plato con una mujer ni comas con ella, y con esto te alejarás un poco del demonio de la fornicación”.

3. Dijo abba Daniel: «Había en Babilonia una hija de un notable que estaba poseída por un demonio. El padre tenía gran afecto por un monje, el cual le dijo: “Nadie puede curar a tu hija sino los solitarios que yo conozco, pero si les pides a ellos no aceptarán hacerlo, por humildad. Hagamos más bien esto: cuando vengan a la plaza, haz como los que desean comprar sus canastos, y cuando se presenten para recibir su precio les diremos que hagan oración, y confío que sanará”. Saliendo pues a la plaza encontraron a uno de los discípulos de los ancianos que estaba sentado vendiendo sus canastos, y lo llevaron con sus canastos como para recibir su precio. Cuando el monje llegó a la casa, salió la endemoniada y le dio una bofetada. Él le ofreció la otra mejilla, según el mandamiento del Señor, y el demonio, dolorido, gritó: “¡Oh violencia! ¡El mandato del Señor me expulsa!”. Quedó en seguida limpia la mujer. Cuando llegaron los ancianos les anunciaron lo sucedido. Ellos glorificaron a Dios y decían: “Es normal que la soberbia del diablo caiga por la humildad del mandamiento de Cristo”».

4. Dijo otra vez abba Daniel: “Cuanto el cuerpo se fortalece, se debilita el alma, y cuanto disminuye el cuerpo, se fortalece el alma”.

5. Caminaban una vez abba Daniel y abba Amoes. Y abba Amoes dijo. “¿Cuándo estaremos nosotros también sentados en la celda, padre?”. Le dijo abba Daniel: “¿Quién nos quita a Dios ahora? Dios está en la celda, y también afuera está Dios”.

6. Contaba abba Daniel: «Cuando estaba abba Arsenio en Escete había allí un monje que robaba los objetos que poseían los ancianos. Abba Arsenio lo tomó en su celda, deseando ganárselo y dar tranquilidad a los ancianos, y le dijo: “Te daré lo que quieras, pero no robes”. Le dio oro, dinero, vestidos, y todo lo que necesitaba. Pero él salía y seguía robando. Los ancianos entonces, viendo que no se aquietaba, lo expulsaron, diciendo: “Si un hermano tiene la enfermedad del pecado, es necesario soportarlo, pero si roba expúlsenlo, porque perjudica a su alma y molesta a todos los que están en ese lugar”».

7. Abba Daniel de Farán contaba: «Dijo nuestro padre abba Arsenio acerca de un escetiota, que era grande en las obras, pero simple en la fe. A causa de su simplicidad se engañaba, diciendo: “No es realmente el cuerpo de Cristo lo que recibimos, sino una figura”. Supieron los ancianos que decía esto, y conociendo que era grande en la vida pensaron que hablaba de esa manera sin malicia, sino por simplicidad, y fueron adónde estaba él y le dijeron: “Abba, hemos oído acerca de una palabra contraria a la fe de uno que dice que el pan que recibimos no es verdaderamente el cuerpo de Cristo sino una figura”. Dijo el anciano: “Yo soy el que ha dicho eso”. Ellos lo amonestaron diciendo: “No sostengas eso, abba, sino lo que enseña la Iglesia Católica. Nosotros creemos que este mismo pan es el cuerpo de Cristo y que esta bebida es la sangre de Cristo, verdaderamente, y no una figura. Como en el principio tomó polvo de la tierra y plasmó al hombre a su imagen (cf. Gn 1,27), y nadie puede decir que no es la imagen de Dios, aunque sea incomprensible, así este pan del que dijo: ‘Es mi cuerpo’ (cf. Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,19), creemos que es verdaderamente el cuerpo de Cristo”. Dijo el anciano: “Si no me convence la cosa misma, no creeré”. Le dijeron: “Roguemos a Dios durante esta semana acerca de este misterio, y confiamos que Dios nos lo revelará”. El anciano recibió con alegría la palabra, y oraba a Dios diciendo: “Señor, tú sabes que no es por maldad que no creo; pero si es por ignorancia que me engaño, revélamelo, Señor Jesucristo”. Se retiraron los ancianos a sus celdas, y rogaban también ellos a Dios, diciendo: “Señor Jesucristo, revela al anciano este misterio para que crea y no pierda su esfuerzo”. Y los oyó Dios. Se cumplió la semana y fueron a la iglesia el domingo, y se pusieron los tres juntos sobre una misma alfombra, el anciano en el medio. Se les abrieron los ojos, y cuando se puso el pan sobre la sagrada mesa, se les apareció a los tres, y sólo a ellos, un niño. Cuando el presbítero extendió la mano para partir el pan, bajó del cielo un ángel del Señor con una espada y tocó al niño, y vació su sangre en el cáliz. Cuando el presbítero partía el pan en pequeñas partículas, también el ángel cortaba al niño en pequeños pedazos. Y cuando fueron a recibir los sagrados misterios, solamente al anciano se le dio carne ensangrentada, y al verlo temió, y exclamó diciendo: “Creo, Señor, que el pan es tu cuerpo y la bebida es tu sangre”. Y en seguida, la carne que tenía en la mano se volvió pan, conforme al sacramento, y lo consumió dando gracias a Dios. Le dijeron los ancianos: “Dios conoce la naturaleza humana, y sabe que no puede comer carne cruda, por eso transformó su cuerpo en pan y su sangre en vino para los que lo reciben con fe”. Y agradecieron a Dios por el anciano, porque no permitió que pereciesen sus trabajos. Y se volvieron los tres con alegría a sus celdas».

8. Narraba el mismo abba Daniel acerca de otro gran anciano, que vivía en el bajo Egipto, y afirmaba en su simplicidad que Melquisedec era hijo de Dios. Se lo anunciaron al bienaventurado Cirilo, arzobispo de Alejandría, quien mandó por él. Sabía que el anciano obraba milagros, y que se le revelaba cuanto pedía a Dios, y que lo que decía procedía de su simplicidad. Usó con él de habilidad, diciéndole: “Abba, te ruego, algunas veces me dice el pensamiento que Melquisedec es hijo de Dios, y otro pensamiento me dice que no, que es hombre y sacerdote de Dios. Como estoy en la duda acerca de esto, he mandado por ti, para que ruegues a Dios que te lo revele”. El anciano, confiando en su poder, dijo con seguridad: “Dame tres días y pediré a Dios acerca de esto, y te diré lo que haya”. Retirándose, rogó a Dios por esta palabra, y vino después de tres días y dijo al bienaventurado Cirilo que Melquisedec era hombre. Le dijo el arzobispo: “¿Cómo lo sabes, abba?”. Le dijo: “Dios me mostró a todos los patriarcas, de modo que todos y cada uno pasaron delante mío, desde Adán hasta Melquisedec; puedes estar seguro de que así es”. De regreso, el mismo anciano decía que Melquisedec era hombre, y el bienaventurado Cirilo se alegró mucho.

ABBA DIÓSCORO33

1. Dijeron acerca de abba Dióscoro, el de Najiaste, que su pan era de cebada y lentejas. Al principio de cada año se proponía una práctica, diciendo: “No veré a nadie este año, o no hablaré, o no comeré nada cocido, o no comeré frutas ni legumbres”. Y en todas sus obras hacía así; y cuando terminaba una, comenzaba otra, y cada año hacía de esta manera.

2. Preguntó un hermano a abba Pastor: “Me entristecen los pensamientos, haciéndome dejar de lado los pecados para fijarme en los defectos de mi hermano”. Y el anciano le contó que abba Dióscoro estaba una vez en la celda llorando por sí mismo. Su discípulo residía en otra celda. Cuando acudió al anciano lo encontró llorando, y le dijo: “Padre, ¿por qué lloras?”. El anciano le dijo: “Lloro mis pecados”. Le dijo su discípulo: “No tienes pecados, padre”. Le respondió el anciano: “En verdad, hijo, si me permitieran ver mis pecados no bastarían otros tres o cuatro para llorarlos”.

3. Dijo abba Dióscoro: «Si llevamos nuestra vestidura celestial, no nos encontraremos desnudos. Pero, si no nos encuentran llevando ese vestido, ¿qué haremos, hermanos? Oiremos también nosotros esa voz que dice: “Échalo en la tiniebla exterior, allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 22,13). Ahora, entonces, hermanos, grande es nuestra infamia, si después de llevar durante tanto tiempo el hábito (schéma), somos hallados en la hora de la necesidad sin el traje de la boda (cf. Mt 22,12). ¡Oh!, ¡cuánta penitencia se apoderará de nosotros! ¡Cuánta oscuridad caerá sobre nosotros, en presencia de nuestros Padres y hermanos, que mirarán mientras nos torturan los ángeles del castigo!».

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Release date on Litres:
15 November 2024
Volume:
342 p. 4 illustrations
ISBN:
9789874792334
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