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REPUBLICANAS

IDENTIDADES DE GÉNERO EN EL BLASQUISMO

(1895-1910)

Luz Sanfeliu

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

2005

El trabajo que ha dado lugar a esta obra, titulado originalmente «Republicanismo y modernidad. El Blasquismo (1895-1910): proyecto político y transformación de las identidades subjetivas», ha obtenido, ex aequo, el I Premio de Investigación «Presen Sáez de Descatllar», en su primera edición (2003), con un jurado integrado por M. Luisa Moltó Carbonell, Silvia J. Caporale Bizzini, Asunción Ventura Franch y Anastasia Téllez Infantes, bajo la presidencia del Excmo. Sr. D. Fran­cisco Tomás Vert, Rector Magfco. de la Universitat de València.


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, foto­químico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el per­miso previo de la editorial.

© Luz Sanfeliu Giménez, 2005

© De esta edición: Universitat de València, 2005

Producción editorial: Maite Simon

Fotocomposición y maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: Isidre Martínez Marzo

Cubierta:

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

Ilustración: Cartel de propaganda del periódico El Pueblo (Joaquín Sorolla)

ISBN: 84-370-6237-3

Realización de ePub: produccioneditorial.com

A mis mujeres:

mi madre, Ana, Encina, Emilia

PRÓLOGO

El momento en el que se encuentra el debate historiográfico internacional en torno a la historia de las mujeres y la historia del género pone de relieve, cada vez más, que no estamos tratando de una historia aparte –como, quizás, desde un cierto desconocimiento del tema, alguien hubiera podido pensar en algún momento– de una especialidad que trata sólo de un colectivo particular. Por el contrario, se puede ir constatando, progresivamente, el desarrollo teórico y la producción científica de una historia –historia, sin más, o mejor incluso, más historia, por ser más matizada y más compleja–, que incorpora en su análisis las relaciones de género como relaciones sociales entre mujeres y hombres, construidas cultural y socialmente. Y lo hace para poder explicar históricamente a las mujeres como sujetos históricos, y poder explicar, igualmente, por qué y cómo hombres y mujeres han ocupado lugares asimétricos dentro del conjunto social, en las diversas sociedades y en los diversos momentos históricos.

La progresiva teorización en torno al género realizada desde los pioneros trabajos de J. Scott, definiéndolo como «elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos» y también como «forma primaria de relaciones significantes de poder», ha permitido el análisis histórico de diferentes elementos interrelacionados: símbolos, conceptos normativos, instituciones sociales e identidad subjetiva; dentro de los cuales los significados de lo femenino y lo masculino se construyen culturalmente y se reelaboran en cada momento histórico, dentro de los procesos de cambio social.

Partiendo de esta reflexión teórica y metodológica, que incorpora la conceptualización del género como categoría de análisis histórico, se han generado en la historiografía especializada líneas de investigación diversas, en un amplio abanico que ha planteado desde análisis abiertamente postestructuralistas, centrados fundamentalmente en las construcciones discursivas; hasta la valoración histórica de las experiencias y prácticas sociales diferenciadas y/o enfrentadas a las definiciones normativas. Paradójicamente, los análisis exclusivamente deconstruccionistas, a pesar de las fructíferas aportaciones que representaron en un determinado momento, resultaban parciales y limitados al centrar su análisis exclusivamente en el discurso, y por tanto, eran quizás susceptibles de la reproducción tácita de la ideología androcéntrica contenida en los discursos, por ser culturalmente la hegemónica.

Por el contrario, frente a la pretendida acción totalizadora de los discursos normativos respecto a la realidad, en la historia real y concreta, en la vida de las personas, en sus experiencias, en los acontecimientos y en los procesos de cambio social, se dan continuas lecturas, apropiaciones y reelaboraciones de los mismos. Reelaboraciones que evidencian y muestran que la experiencia no se genera exclusivamente dentro de los significados normativos. Desde las diversas posibilidades abiertas en el devenir histórico, los significados y las relaciones de género se transforman constantemente, de forma interrelacionada con otros procesos sociales y políticos, a los que connotan a su vez.

Es esta dinámica histórica la que es objeto de este trabajo, como territorio propio de la historia, porque, como señala su autora, definir los esquemas teóricos de este estudio significa, en primer lugar, cuestionar las ideologías institucionales –aquellas que se evidencian y expresan en los ámbitos públicos– como las únicas que conforman y transforman las sociedades. Por ello, este análisis se hace desde dentro, y en, la historia política, la historia social, o la historia cultural. Y se hace integrando diversas influencias epistemológicas e historiográficas, para analizar la construcción de identidades de género, a través de las representaciones y a través de las prácticas sociales, tanto en el espacio privado como en el espacio público.

Más concretamente, desde esta nueva mirada, integradora de la historia de las mujeres en la «historia política», se puede comprender la cultura política como espacio para la configuración de identidades; de tal forma que puede reformularse, en clave de género, la historia de la formación de las diversas culturas políticas, la historia de la ciudadanía, la del republicanismo, o la historia de los feminismos como movimientos sociales y teorías críticas transversales a diferentes ideologías. En definitiva, puede construirse una historia más afinada en su análisis y comprensión de los procesos de cambio social, al dirigir la mirada hacia más variables explicativas.

En este caso, una historia más compleja tanto del feminismo como del republicanismo. Respecto al primero, a partir de la incorporación a su estudio de las reformulaciones más recientes respecto a las definiciones clásicas del feminismo que lo identificaban tradicionalmente con el modelo sufragista anglosajón, centrado en la reivindicación de derechos políticos. En los últimos años se está formulando una mejor explicación del mismo, desde la relectura de las diferentes formas en que se desarrolló este movimiento social en España –y también en el resto de Europa– a partir de experiencias desarrolladas dentro de diversos movimientos e ideologías, como ocurrió con el republicanismo en el ejemplo estudiado, aunque otro tanto podríamos decir, en el mismo sentido, del socialismo, del nacionalismo o del catolicismo social. Experiencias en las que las mujeres fueron creando una conciencia feminista que, sin oponerse necesariamente a algunos de los roles de género hegemónicos, sin embargo, ponían en cuestión de facto su exclusión de la esfera pública.

Y respecto al republicanismo, este trabajo incorpora el estudio del mismo en el período de la Restauración, desde su comprensión no sólo como una alternativa política, sino sobre todo y fundamentalmente –como ha señalado acertadamente M. Suárez Cortina– como un movimiento social y cultural, como una forma de vida, como una interpretación de la vida humana y de las relaciones entre el individuo y la sociedad. El republicanismo blasquista valenciano fue, sin duda, una de las mejores demostraciones de esta cultura política que, en la Valencia de cambio de siglo logró movilizar –y no sólo movilizar, también culturizar– a amplios sectores populares en un bloque social en el que estaban presentes desde las clases trabajadoras a la pequeña burguesía. Un movimiento, por primera vez, de masas, las masas del nuevo siglo XX, articuladas en torno a un ideario modernizador, ilustrado, democratizador y laico. Y en él y dentro de él, las mujeres republicanas fueron articulando a su vez un progresivo cuestionamiento del modelo de feminidad doméstica, desde su progresiva implicación en las actividades educativas, culturales, organizativas, informativas y de vida política más estricta, de tal manera que sus prácticas de vida, privadas y públicas a la vez, fueron abriendo espacios para la incorporación de las mujeres a los derechos y las libertades ciudadanas.

El presente libro de Luz Sanfeliu muestra con todo detalle este proceso. Porque analiza el republicanismo –el republicanismo blasquista valenciano de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX– desde la perspectiva de la construcción de identidades de género, y desde la investigación de lo que éste representó en la historia de la ciudadanía, especialmente en la historia de la ciudadanía femenina y en la formación histórica de los feminismos en España. Y muestra los excelentes resultados que puede proporcionar la investigación histórica cuando se combinan en ella las propuestas teóricas de la historia de las mujeres y la teoría crítica feminista, así como las aportaciones metodológicas de la más reciente historia sociocultural, con una rigurosa investigación de fuentes específicas de archivo, de hemeroteca, literarias, etc. Con un objetivo fundamental: estudiar los diferentes discursos presentes en la cultura política del republicanismo, las prácticas de vida, la cotidianidad, los valores y los referentes ideológicos, las interrelaciones entre las experiencias de vida y las representaciones ideológicas, etc. Estudiarlos como elementos que fueron conformando, dentro de la cultura política republicana, un heterogéneo y particular proceso de construcción del feminismo como movimiento social, concebido básicamente como extensión de las libertades y de los derechos de ciudadanía a las mujeres, y no entendido por tanto, sólo ni necesariamente, en clave sufragista.

A través de un largo recorrido de prácticas sociales y elaboraciones discursivas, la progresiva implicación en la actividad pública de las mujeres republicanas que desarrollaban su vida –su vida toda, a todos los niveles– en el seno del blasquismo, supuso a comienzos del siglo XX la formulación de un incipiente proyecto de emancipación femenina, que con el tiempo, desarrollaría formas autónomas de organización y actuación, como republicanas y como feministas a la vez. Un proyecto que fue abarcando –en un entrelazamiento real y no discursivo de lo público y lo privado– desde la cotidianidad, desde la familia republicana, desde la sociabilidad en los casinos, en los bailes y en los ateneos, pasando por la presencia en mítines y manifestaciones, o la publicación de artículos de opinión en El Pueblo, hasta la creación de la Agrupación General Femenina como organización autónoma feminista.

Todos estos elementos, tanto teóricos y metodológicos como de investigación de fuentes concretas, de base, son indicativos del rigor intelectual e investigador del presente libro, resultado de la reelaboración de la tesis doctoral realizada por la doctora Sanfeliu en el Institut Universitari d’Estudis de la Dona de la Universitat de València. Con todo, hay otros aspectos del llamado «currículo oculto» de los autores que normalmente son obviados, y quedan silenciados cuando un libro llega a nuestras manos, pero que yo creo necesario hacer visible en este prólogo por lo que respecta a la autora de este libro, ya que estamos en el empeño de reconstruir visibilidades necesarias. Este trabajo reúne todas las características de la excelencia académica, pero con el añadido de haberse realizado, a lo largo de su gestación, sin ningún objetivo material, útil o práctico que conseguir, dentro de la estructura académica oficial; aun cuando en el momento actual, con posterioridad a la finalización del mismo, su autora sea profesora de la Universidad Jaume I. Es decir, fue un libro realizado desde fuera, al margen, desde espacios y tiempos no académicos, por el propio interés y disfrute intelectual e investigador, o dicho de otra manera, por la pasión por la historia.

No es sólo enormemente interesante y novedoso desde el rigor académico y científico, con aportaciones y conclusiones valiosas y renovadoras para el estudio de la historia de las mujeres, para la historia de las diferentes culturas políticas o la de la formación de los feminismos históricos en España. Además, trabajos como el presente nos reconcilian –me reconcilian– con esta profesión tan poco rentable; reconcilian con la importancia y con el valor que tiene la Historia, y también con la pasión por la historia que alguien nos inoculó en algún momento de la vida. Y todo ello, a pesar de que, en estos tiempos «que están cambiando», como dice la canción, estos valores y actitudes profesionales y vitales parecen no existir, o como mucho, parecen ser marginales y simples residuos del pasado. Por estas y otras razones que quedarían fuera del alcance de este prólogo, trabajos como el que se contiene en estas páginas nos muestran que, pese a todo, necesitamos también de la historia para explicarnos el presente y entendernos en él.

Finalmente, aunque pueda parecer pura arqueología recordar una conocida cita de Antonio Gramsci –otra vez, una vez más–, al volver a leer este texto como lectora privilegiada, y conocer y reconocer a estas Republicanas, me parecen más significativas que nunca las palabras contenidas en las cartas enviadas a su hijo desde la cárcel: «no puede dejar de gustarte la Historia, porque habla de las personas, de todas las personas en cuanto trabajan y viven en sociedad, y se unen, y luchan, y se mejoran a si mismas». No puede dejar de gustarnos la historia, y en ella, la historia de las mujeres, y la historia de unas mujeres –hasta ahora, escasamente visibles, poco relevantes o significadas históricamente– republicanas, librepensadoras y feministas, que desde sus espacios públicos y privados abrieron caminos de libertad.

ANA M. AGUADO

Universitat de València

INTRODUCCIÓN

Como pone en evidencia la revisión historiográfica reciente, las esferas pública y privada sólo adquieren sentido en relación la una con la otra, y su distribución se adapta y modifica continuamente sin tener ni siquiera el mismo significado en todos los medios sociales.1

Así pues, definir los esquemas teóricos de este estudio significa, en primer lugar, cuestionar las ideologías institucionales: aquellas que se evidencian y expresan en los ámbitos públicos como las únicas que conforman y transforman las sociedades.

En las experiencias diarias y personales, en las relaciones entre los sexos o familiares, en la distribución de los espacios, en las vivencias de los sentimientos y de la sexualidad, también se expresan y toman vida las pautas que regulan las interrelaciones sociales. Los sujetos históricos, de este modo, adquieren protagonismo

en todo aquello que les rodea directamente: los familiares, los vecinos, los amigos, los compañeros... Y en todas aquellas prácticas, representaciones, simbolizaciones, por medio de las cuales el sujeto se organiza, concierta sus relaciones con la sociedad, con la cultura, con los acontecimientos.2

Por ello, los estudios sobre la vida cotidiana (en los años sesenta del siglo XX) conectaron estrechamente con la historia de la vida privada y la historia de las mentalidades –elaborada por los continuadores de la escuela de los Annales: P. Ariès, G. Duby, R. Mandrou, E. Le Roy Ladurie– en sus objetivos de desnaturalizar la privacidad y considerar lo cotidiano privado y personal como realidades históricamente construidas que debían comprender en relación con determinados contextos sociales. También en esos mismos años la renovación de la historiografía marxista: E. P. Thompson,3 R. Samuel, E. J. Hobsbawm, contribuyó con sus trabajos sobre la familia, la infancia, los ritos del poder o la cultura popular obrera a acercar la disciplina hacia la comprensión de la diversidad social y a la emergencia de nuevos actores que habían vivido los hechos en relación con las estructuras culturales (costumbres, comportamientos colectivos, acción colectiva, etc.).

Herederas de estas aportaciones historiográficas surgieron dos amplias corrientes: la nueva historia de las mujeres y los recientes enfoques de la historia cultural, que siguieron contribuyendo a la renovación de la disciplina histórica y que aportaron ángulos propios y específicos de reflexión.

A principios de los años setenta del siglo XX se formularon las primeras reflexiones en torno a la nueva historia de las mujeres. Los debates sobre temas y metodologías plantearon cuestiones cruciales en torno a la conceptualización del género como categoría de análisis histórico, el concepto de cultura femenina o la definición del feminismo. La historia de las mujeres al hacer patente la invisibilidad femenina en una historia que se reclamaba universal, fue progresivamente consciente de la subjetividad de un relato protagonizado por sujetos masculinos y cuyas fuentes estaban escritas mayoritariamente por hombres. Al incidir en el carácter androcéntrico y mediatizado de los testimonios históricos, esta nueva historia trastocó también los territorios considerados relevantes para la disciplina, aportando otras «visiones» de las experiencias humanas relacionadas con las relaciones familiares, la vida privada, las actitudes respecto a los sentimientos, el cuerpo, la sexualidad, etc.

De la fecundidad de los debates y producciones de la historia de las mujeres dan cuenta reflexiones entre las que podemos citar los trabajos de G. Bock, A. Farge, K. Ofen, M. Nash,4 así como también los de A. Aguado, K. Canning, J. W. Scott, M. Palazzi, C. Borderias, M. Bolufer i Peruga,5 etc. Pero además de la incorporación de nuevas áreas temáticas a la historia, la principal aportación de esta nueva historia de las mujeres ha consistido, sobre todo, en hacer visible el protagonismo de las mujeres en la disciplina6 y en enfocar las relaciones entre los sexos como relaciones sociales, cultural y socialmente construidas y, por tanto, históricamente variables.7

Como afirma Scott,8 la historia de las mujeres no trata sobre un colectivo particular. Las «informaciones» sobre las mujeres son necesariamente informaciones sobre los hombres ya que un sexo implica al otro. Puesto que el estudio del género se refiere a «construcciones culturales» –es decir, a la creación social de los roles apropiados para los sexos en una sociedad determinada y en un momento histórico preciso–, su análisis pone de manifiesto un complejo sistema de relaciones que, además del contexto, debe tener en consideración variables como la clase social, la edad, la pertenencia a determinados grupos que suscriben diferentes ideologías, así como también las representaciones simbólicas que, a través del género, enuncian las normas de las relaciones sociales, hasta construir y legitimar de un modo determinado el significado de la experiencia y el lugar que los sujetos deben ocupar en el sistema de clasificación social.9

Así, la masculinidad y la feminidad, y los papeles sociales que se atribuyen a los géneros se revelan como categorías que se recrean y se negocian continuamente dando lugar a transformaciones en las que tanto los hombres como las mujeres intervienen. La subordinación femenina, lejos de ser una confrontación reduccionista y lineal, es susceptible de ser analizada como dependencias recíprocas, ambiguas y complementarias entre los géneros. Al entender que los protagonistas de la historia son seres sexuados, esta corriente historiográfica no sólo trata de recuperar la presencia de las mujeres en la disciplina, sino que además enfoca las identidades de género como resultado de tramas complejas y conflictivas que forman parte también de las construcciones culturales.

Desde esta perspectiva, la historia del género comenzó a compartir territorios y «preocupaciones» teóricas con la llamada «nueva historia sociocultural» o «historia de las representaciones». Trabajos como los de R. Chartier, P. Burke10 y el debate entre G. Spiegel, L. Stone y otros historiadores11 pusieron de manifiesto concepciones más complejas de las relaciones entre realidad y ficción, entre el texto y el contexto o entre discurso y prácticas sociales.12

Tras el debate crítico del posmodernismo y de las aportaciones teóricas del llamado giro lingüístico,13 la disciplina histórica ha tenido que aceptar que no es posible recuperar significados «auténticos» de los textos del pasado, pues los discursos históricos se muestran en cualquier caso mediatizados por el lenguaje. La semiótica, al comprender el lenguaje no como reflejo del mundo sino como constitutivo de ese mismo mundo, desde hace unas décadas, ha ido enfrentando a la historia con la exploración de las posibilidades que supone trabajar a través del lenguaje sobre un objeto; las experiencias del pasado en las que se alojan permanentemente significaciones inestables. Ello ha forzado a los historiadores a plantear las relaciones que se establecen entre los diversos elementos recursivos que componen la interpretación y a interrogarse sobre la naturaleza misma de su objeto de conocimiento.

Entre las reflexiones más interesantes del citado debate historiográfico, que aborda la relación de historia y lenguaje, cabe considerar la de Spiegel14 o teoría del terreno intermedio. Esta propuesta defiende trabajar sobre los vestigios del pasado desde la conciencia crítica de la materialidad del lenguaje, resaltando el carácter abierto e inestable de los significados sociales y buscando nuevas reformulaciones desde dentro de la propia historia entre dos posiciones extremas: una concepción pasiva del lenguaje como reflejo de una realidad preexistente y una concepción donde el lenguaje, al conformar y modelar la sociedad, convertiría a los sujetos en inertes, a expensas de la sobredimensión de los discursos.

También la historia postsocial ha añadido nuevos enfoques al debate sobre el lenguaje. Compartiendo con la nueva historia sociocultural que la realidad social es siempre incorporada a la conciencia de los sujetos a través de su conceptualización, la historia postsocial concede una importancia primordial a la formación histórica de los conceptos. Por ello, distingue entre la noción convencional de lenguaje como medio de comunicación y la noción de lenguaje como patrón de significados. El lenguaje es entendido como una forma global de comprensión que, además de transmitir significados, los crea activamente. Desde esta perspectiva la experiencia del mundo es el efecto de una articulación y, por consiguiente, los individuos no sólo experimentan sus condiciones sociales de existencia, sino que más bien las construyen significativamente.15

La confluencia entre la nueva historia cultural surgida de los cuestionamientos que la semiótica planteaba a la historia y la historia de las mujeres, se ha ido haciendo posible en base a la atención que desde sus orígenes prestó la historia de las mujeres a las representaciones. Las imágenes relacionadas con «lo femenino», objeto permanente de los discursos masculinos, aspiraban a materializar y regular las conductas de las mujeres y a connotar sus experiencias. Las prácticas de vida, la cotidianidad, las esferas pública y privada prescritas para los géneros, no podían ser comprendidas al margen de los valores y referentes ideológicos hegemónicos definidos a través de los discursos, con el propósito de potenciar la sumisión femenina. De este modo, las interrelaciones entre las prácticas o experiencias de vida de las mujeres y las representaciones ideológicas de que eran objeto, ponían de manifiesto y situaban las relaciones entre los géneros en el terreno de lo cultural. Es decir, situaban las identidades atribuidas a hombres y mujeres en un sistema construido, como afirma Burke,16 por artefactos y actuaciones que socialmente definirían actitudes, significados o valores expresados, en los que los individuos o grupos se «situarían» en la «realidad» gozando, sin embargo, de espacios desde los que contractuar y subvertir en el marco de las estructuras sociales y culturales de su época.

En este proceso de profundización metodológica, la nueva historia sociocultural y la historia de las mujeres, discutiendo también el enfoque foucaultiano que concebía los discursos como herramientas de sometimiento pero incorporando la noción de poder social formulada por el mismo Foucault,17 recupera diversas dimensiones de los discursos que, siendo instrumentos de regulación, pueden ser asimismo instrumentos de transformación, al ser reformulados de una forma creativa por los sujetos a quienes se pretendía regular. De hecho, es el marco discursivo lo que permite a las mujeres, como a otros grupos sociales, articular sus intereses, dar significado a sus acciones y construir sus identidades como agentes sociales. En este sentido, la consolidación ideológica de determinados modelos de feminidad o masculinidad serían el resultado de complejas negociaciones inestables y contradictorias, en las que hombres y mujeres actuarían a través de la cultura hasta alcanzar determinados consensos, ya que como afirma Scott, el género es también «el campo primario dentro del cual o por medio del cual se articula el poder social».18

Desde este enfoque, las polaridades excesivamente reduccionistas en la historiografía tradicional entre subordinación o liberación, dependencia o libertad, alienación o conciencia de las mujeres, se verían ampliadas, entendiendo los discursos y su recepción de formas múltiples e incluso opuestas y donde los géneros y sus relaciones se situarían en amplias tramas culturales. La cultura misma no sería sólo considerada como una parte de las actividades humanas, sino como una «trama» móvil a través de la cual los sujetos forman sus percepciones y construyen de una forma dinámica la «realidad».

La comprensión en estos términos de los textos del pasado permitiría incidir en una imagen del contexto como conjunto de presiones y propósitos básicamente invisibles a desentrañar por el historiador; porque, como afirma Chartier,19 en y a través de los textos pueden percibirse y formularse varias proposiciones que articulen de una forma nueva las diferencias sociales y las prácticas culturales. Entre esas diversas proposiciones que articularían de una forma abierta las relaciones de poder o las diferencias sociales entre los géneros, la historia cultural fijaría su atención en una metodología que diera cuenta del desarrollo de prácticas y estrategias reales y simbólicas, que irían determinando posiciones y relaciones, que construirían para cada grupo social un «modo común de expresión» que se convertiría en la forma de «ser percibido» socialmente.

El carácter cultural de la feminidad y de la masculinidad transciende, por tanto, la noción de identidades fijas, complementarias y opuestas de los roles de género y enfrentan a la nueva historia de las mujeres con la tarea de incidir y desmantelar los códigos discursivos de los textos del pasado (y sobre todo los de la modernidad) que intentan producir «apariencias de verdad» a partir de proyectar ámbitos separados, complementarios y antagónicos para los sexos que demarcan eficazmente su capacidad de intervención en la sociedad.

También en este mismo sentido de comprender la cultura política como espacio para la configuración de identidades sociales múltiples, se han desarrollado diferentes estudios que relacionan la cultura política republicana y la democratización, asociando la noción de ciudadanía al modelo de acción política del republicanismo.20 Así, en los últimos años los estudios sobre nuevos movimientos sociales han permitido una renovación teórica en la propia historia social21 otorgando un papel central a la cultura en lo que hace referencia a la construcción social de las acciones colectivas en las que actúan distintos actores sociales.22 La política se explicaría, por tanto, como el campo de acción de intereses cruzados y territorio también de disputa ideológica (en la que ambos géneros intervienen) constituyendo el proceso mismo de la acción colectiva.23 Por ello, la ciudadanía femenina –pese a las contradicción teóricas que supone su exclusión (hasta avanzado el siglo XX) de determinado derechos sociales y políticos–, puede entenderse como un proceso en el que las propias prácticas y actuaciones de las mujeres para conseguir la igualdad social y legal contribuyeron también a abundar en la democratización política y social.24

Por tanto, los planteamientos teóricos y metodológicos de la historia sociocultural y de la historia de las mujeres se adaptan al estudio de las formas de sociabilidad, al conocimiento de las identidades individuales y colectivas, y al de los comportamientos y pautas culturales, trasladando el estudio de los movimientos sociales la esfera de la cotidianidad desde una interpretación culturalista.

Desde esta perspectiva metodológica, los estudios que analizan las revoluciones burguesas –tanto desde la perspectiva histórica como desde la literaria– y la construcción de los géneros durante la consolidación de las sociedades liberales europeas coinciden en remarcar su carácter eminentemente cultural.

Las revoluciones burguesas, lejos de reducirse al mundo político, supusieron, por tanto, una paulatina transformación del conjunto de la vida social, en la que la significación del ámbito de la privacidad y de los papeles que correspondían a las mujeres jugaron un papel fundamental. Los valores y discursos, los hábitos y los espacios cotidianos del antiguo régimen, se fueron desmantelando progresivamente para establecer en su lugar los nuevos conceptos, hábitos, formas de vida y sistema de valores de una sociedad capitalista.25

Durante los siglos XVIII y XIX los presupuestos básicos de la modernidad, es decir, la razón y el progreso (político, económico y científico) se fueron constituyendo como hegemónicos en las sociedades liberales, derivando al ámbito de lo privado y separando de lo público lo cotidiano y lo doméstico y, también, todo lo relacionado con lo personal, con las pasiones y con el afecto.

Progresivamente identificado el espacio público con aquello que pertenecía al Estado y a su gestión política, y el espacio privado con el resto de funciones sociales consideradas apolíticas, nuevas fronteras dividieron teóricamente las actividades humanas. Progresivamente, también la industrialización y el crecimiento de las ciudades contribuyeron a trazar nuevas delimitaciones en las relaciones entre los sexos, al alejar las tareas productivas, que cada vez más se fueron realizando también en talleres y fábricas, de las tareas reproductivas que paulatinamente se circunscribieron al espacio estricto del hogar. Mientras que en la sociedad preindustrial la unidad económica básica era la propia familia y el trabajo de las mujeres resultaba imprescindible para mantener la empresa o el negocio familiar,26 la sociedad industrial asignó a las mujeres, también a las trabajadoras, espacios y funciones específicas determinadas sobre todo por su capacidad reproductiva. La vida doméstica y la privacidad, supuestamente al margen de la vida pública, se convirtieron así en el centro de la vida íntima y en el «reino femenino» por excelencia.

De este modo, a la vez que el campo de las actividades humanas se reestructuraba –tanto en lo material como en las nociones de comprensión que le daban sentido– en dos áreas diferenciadas: la de lo público (la producción, el Estado, el trabajo, el mercado) y la de lo privado (el hogar, el afecto, la intimidad personal, la familia), se estaba efectuando también la construcción histórica de la diferencia sexual. Esta nueva división en géneros que estaba teniendo lugar, teorizada como atemporal y consustancial a la naturaleza de los sexos, no sólo sirvió para asentar el predominio de la burguesía como clase y para sustentar nuevas formas de poder del Estado, sino que además proporcionó las bases metafísicas de la cultura moderna y de su mitología reinante.27

Así, en lo que se podría denominar la cultura típicamente burguesa, por un lado se acabó consolidando una representación de las mujeres como centro de la domesticidad, cercanas a la naturaleza por sus funciones reproductivas, abnegadas, afectuosas y exclusivamente dedicadas a las necesidades de sus hijos y de su círculo familiar; mientras que, por otro lado, a los hombres se les representaba como capaces de grandes cometidos intelectuales, políticos, militares, que vinculaban su interés personal al bien universal.28

Pero la sociedad liberal no sólo construyó una clara delimitación de los papeles que correspondían a los sexos, sino también la delimitación entre los intereses políticos generales y significativos –que los hombres adultos y propietarios representaban y estaban encargados de defender en la esfera pública– y los intereses considerados particulares de otros grupos sociales que fueron marginados de la vida política.29 Como afirma Zabala, «la gestación de la sociedad burguesa conllevó la construcción de un nuevo sujeto definido sobre todo en términos de clase y de género sexual».30

Sin embargo, la cultura de la modernidad contenía en sí misma importantes contradicciones, porque a la vez que las definiciones de los sujetos modernos se construían a partir de atribuciones diferenciadoras que relacionaban a cada grupo social con un cometido y un rango específico dentro de la organización social, las nuevas leyes políticas aspiraban a dotar a los individuos de atributos universales relacionados con la igualdad teórica de todos los ciudadanos. La teoría liberal concebía al yo sujeto de los nuevos derechos políticos, esencialmente neutro en cuanto al sexo, y no sometido por la naturaleza a ninguna autoridad.31 Puesto que el objeto de la ley era general y no había leyes especiales para determinados individuos, familias o grupos, el privilegio y las discriminaciones legales parecían ser «cosas del pasado», ya que los individuos se concebían esencialmente libres y las voluntades particulares debían constituir el verdadero origen del gobierno.

El liberalismo preso en la urdimbre tejida por sus propias paradojas, por un lado, marginaba de la vida política efectiva a amplios sectores de la población y definía nítidamente sus cometidos en la vida social; pero por otro lado, concibiendo a los individuos a distancia de la esfera pública, los liberaba de los vínculos y las dependencias tradicionales de la comunidad, permitiéndoles conquistar en el ámbito de la privacidad el derecho a tener una vida personal autónoma.

Porque si antes de las sociedades estatalizadas (liberales-burguesas) las normas de comportamiento se habían justificado por un argumento social –es decir, por la presencia de seres exteriores que observaban y juzgaban las conductas–, los nuevos códigos de relaciones sociales desarrollaron paulatinamente métodos que marcaron el tránsito desde el heterocontrol al autocontrol.

Los sujetos modernos, en el camino hacia la individualización, interiorizaron las reglas que debían regir sus conductas, y el desarrollo personal aportó a los individuos claves autónomas de razonamiento radicadas en su particular discernimiento que se fueron convirtiendo en un ámbito de crítica potencial a ese dominio público liberal profundamente desigualitario.32

La esfera pública –concebida como el ámbito donde se desvanecía toda dominación y donde el poder mismo podía ser objeto de discusión abierta por los particulares– permitía a los nuevos individuos interpelar al Estado, exigiendo que ese ámbito público constituido en beneficio de unos pocos aplicara realmente sus principios teóricos y ampliara los derechos de los sujetos marginados por el sistema. De este modo, el ámbito privado, que en el imaginario liberal había ido marcando las diferencias sociales con mayor nitidez,33 recuperaba sus interdependencias con la vida pública y se convertía en un instrumento político que contribuía a la democratización de la vida social.

En este proceso, a finales del siglo XIX en España, como igualmente sucedió en otros países de Europa, se desarrollaron diferentes movimientos sociales, como fue el caso del movimiento que se agrupó en torno al republicanismo blasquista, que a través de críticas y demandas morales, fueron conformando un nuevo estado de opinión: se reclamaban prácticas políticas más democráticas y derechos sociales más igualitarios para los sujetos excluidos de ese poder liberal en el fondo enormemente restrictivo.

Como otros radicalismos populares, en España, el republicanismo había surgido de la contestación a los procesos de exclusión política del orden liberal, pero durante el período de la Restauración no mostró su influencia como fuerza política nacional, sino sobre todo como movimiento cultural y social que

desbordando los límites de la acción política estricta, adquiría todo su significado en el marco más amplio de interpretación de la vida humana, de la sociedad y de las diversas relaciones que el individuo –como ser social– establece con los diversos órdenes de la vida.34

Así, mientras que para los sectores más conservadores de las clases dominantes la Restauración borbónica había sido la forma más adecuada de recuperar la supremacía sobre las clases populares y ejercer una democracia parlamentaria formal en la que las oligarquías locales apoyadas en el poder de la Iglesia y del Ejército gobernaban en su propio beneficio,35 el éxito de Unión Republicana en Valencia estribaba en la nueva forma de hacer política y en el contenido de su proyecto de transformación social.

En el año 1895 Blasco Ibáñez, líder del republicanismo valenciano, se había separado de Pi i Margall y había fundado el periódico El Pueblo buscando su propia identidad política. Tras la crisis de 1898, el movimiento blasquista irrumpió en el escenario político de Valencia con una notable fuerza, logrando unir a diversos sectores republicanos en un bloque social de carácter urbano y progresista donde convergían: el proletariado –el sector más fiel y numeroso–, la pequeña burguesía radical y algunos intelectuales con aspiraciones modernizantes. De forma inusual a lo que sucedía en el resto de España, el partido fundado por Blasco ejerció una notable influencia en la ciudad y, a partir de 1901 y hasta 1910, el bloque social que se reunía en su entorno fue suficientemente estable como para permitirle gobernar en la corporación municipal.36

El partido era moderno y democrático, distinto al de los partidos dinásticos y de notables de la época. Funcionaba en contacto con el electorado y mantenía un sistema organizativo capaz de movilizar a las masas. Sus propuestas tendentes a democratizar las prácticas de gobierno suponían tanto la reforma política, social y educativa como la defensa de las libertades básicas. Los blasquistas estaban convencidos también de que a través de la política era posible modernizar la mentalidad social y acabar con una serie de valores que hacían referencia a una sociedad de súbditos dominada por monárquicos y clericales, y sustituirlos por los valores propios de una nación de ciudadanos.

Porque a la vez que propugnaban reformas encaminadas a democratizar las prácticas del gobierno y se aplicaban en defender las ideas ilustradas (que cifraban el progreso de la humanidad en la instauración de la educación, de la ciencia y la razón), utilizaron significativamente la privacidad y las reclamaciones de libertad personal como un arma también de apelación política.

Apoyándose en los sectores más avanzados del movimiento obrero –que comenzaban a constituir organizaciones de clase–, el blasquismo cargó de significado, a través de sus propios medios de difusión, la imagen del varón de clases populares, instruido y comprometido con el republicanismo, como el agente y protagonista de los cambios sociales democráticos. En el contexto de la época, el ejercicio de la soberanía nacional era patrimonio de los hombres, que eran quienes podían votar. Por ello, el acceso de una mayoría de hombres al ejercicio práctico de la política exigía a los republicanos arbitrar mecanismos de cohesión e identificación que hicieran referencia también a un nuevo modelo de identidad masculina.

En este proceso de autorrepresentación, las conductas masculinas se proyectaron como una nueva forma de ser que –en concordancia con los ideales republicanos– debía materializarse también en las conductas personales y en la vida cotidiana. Motivo de crítica fueron, por tanto, toda una serie de comportamientos habituales en los varones de clases populares que las autoridades fomentaban y toleraban. Las corridas de toros, los juegos de azar y la asistencia de los hombres a las tabernas en el tiempo que el trabajo les dejaba libre, se contraponían a la militancia política y al ocio culto e instructivo que proponían los casinos, ateneos y otros centros republicanos, donde las charlas se complementaban con veladas musicales y teatrales, bailes y fiestas, a los que se invitaba a que participara también la propia familia del simpatizante o afiliado. De este modo, los blasquistas mostraban en público una identidad social que representaba a ambos sexos compartiendo (en cierto modo) espacios y preocupaciones; y convertía así los papeles masculinos y femeninos en más cercanos y equivalentes.

El ideario republicano, que mayoritariamente difundieron los hombres, consideraba asimismo que las relaciones afectivas de las parejas debían basarse en la libre elección y en el amor mutuo. Los nuevos matrimonios, en contra de conveniencias materiales o convencionalismos sociales, debían basarse también en la convergencia de ideas entre los cónyuges, puesto que la familia aspiraba a transmitir a sus hijos los ideales republicanos a través de la educación que recibían en el hogar. Además, las ceremonias familiares –registros de nacimientos, matrimonios y entierros civiles– se entendían como la consagración secularizada de eventos puntuales de la vida y, también, un intento de construir materialmente y de dar forma a otras percepciones e interpretaciones de un orden social basados en valores laicos e independientes de la legitimidad de la Iglesia católica. Por ello, el marco familiar, en el que las mujeres tenían asignados importantes cometidos en la sociedad de la época, se fue constituyendo en un espacio esencial de la socialización republicana. Un espacio que conllevaba unas atribuciones distintas a las de los roles femeninos exclusivamente domésticos y asignaba a las mujeres ciertas funciones en relación con las actividades públicas.

En los discursos masculinos la nueva feminidad difundida por el periódico blasquista El Pueblo disponía a las mujeres a implicarse con las actividades políticas, merced a su participación en determinadas actividades culturales, de protesta y agitación social, a su progresiva instrucción, a la contestación al poder de la Iglesia y a la tímida difusión de un incipiente proyecto de emancipación femenina.

En relación con este último aspecto, un grupo minoritario de mujeres republicanas y feministas que actuaban en el seno del blasquismo jugó, también, un papel significativo en el paulatino desmantelamiento del modelo de feminidad estrictamente doméstica y en la difusión de la idea de que las diferencias entre los géneros estaban suponiendo un obstáculo al progreso y a la modernización de la nación. Dichas mujeres fundaron en 1987 la Asociación General Femenina reclamando la educación femenina y buscando dar respuesta y superar las diferentes formas de subordinación a las que se sometía a las mujeres. Con el paso del tiempo, las integrantes de la primitiva AGF desarrollarían formas autónomas de organización, actuación y coordinación con otros grupos feministas de características afines, tratando de difundir sus propias visiones de la «realidad» social y buscando también comprometer a los hombres republicanos en la tarea de que las mujeres accedieran a los derechos y a las libertades de la ciudadanía.

Así, el tema del feminismo comenzó tímidamente a formar parte del debate político y entre los años 1909 y 1911 se publicó en el periódico blasquista El Pueblo una sección escrita por algunas de estas mujeres –relacionadas con la agf– que comenzaron a expresar sus ideas respecto a los problemas femeninos, iniciando de este modo un proceso en el que, como republicanas y feministas, se dotaban de autoridad en los escenarios públicos, a la vez que construían pautas autorreferenciales que legitimaban sus demandas. También los hombres participaron en estos debates, en los que establecieron puntos de encuentro y también de disidencia respecto a las propuestas feministas. Los roles que correspondían tanto a la masculinidad como a la feminidad fueron objeto de debate y discusión, y se establecieron nuevos consensos respecto al papel que debían mantener los géneros en una sociedad progresivamente democrática.

Las diferenciaciones entre los géneros, que en el imaginario liberal habían relacionado a cada grupo social con un cometido y un rasgo específico dentro de la organización social, se iban reduciendo, y los blasquistas paulatinamente fueron incorporando a su agenda política la preocupación por que las mujeres pudieran aspirar a mayores cotas de protagonismo en los escenarios públicos.

Si la topología de la cultura burguesa había seccionado la realidad social en dos ámbitos –lo público y lo privado teóricamente separados–, el proceso de democratización política de comienzos del siglo XX actuaba desmantelando tímidamente la fronteras reales y simbólicas que dividían ambos territorios. La privacidad se hacía política y la política daba respuesta a nuevas formas de privacidad. Los hombres blasquistas arrebataban a las mujeres la responsabilidad en exclusiva de los territorios familiares y afectivos y alentaban en cierto modo a las mujeres a recuperar ciertas libertades en los ámbitos sentimentales y sexuales. También las mujeres republicanas iniciaban su acceso a la vida social considerada pública, conquistando nuevos espacios tanto en la esfera de la educación como en la del trabajo asalariado. El feminismo,37 además, se constituía en un instrumento que permitía a las mujeres reflexionar públicamente sobre las experiencias femeninas y construir en torno a dichas experiencias significados nuevos, lo que en última instancia permitía a las mujeres articular nuevas respuestas sociales progresivamente autónomas de la autoridad de los hombres. En este sentido cabe considerar que las experiencias históricas (y como tal experiencia el propio feminismo) son inseparables de los significados previamente establecidos.38 La reapropiación por parte de las mujeres «feministas» de los significados mantenidos por los hombres blasquistas, no sólo les permitió representar a las mujeres como susceptibles de acceder a las ventajas del progreso y la igualdad, sino también construir un orden simbólico autorreferencial que evaluaba y daba significado a las experiencias de las mujeres en base a las ideas universalistas que habían inspirado la Revolución francesa y a una nueva tradición de pensamiento que elaboraba el feminismo.

1 A. Prost: «Fronteras y espacios de lo privado», en P. H. Ariés, G. Duby (dirs.): Historia de la vida privada. De la Primera Guerra Mundial a nuestros días, Madrid, Taurus, 1990, p. 15.

2 G. Balandier: «Los espacios y el tiempo de la vida cotidiana», Debats, 10 (1993), pp. 45-69.

3 Desarrollos posteriores de los enfoques de Thompson en el dossier «E. P. Thompson», Historia Social, 18 (1994). Véase también M. Martí (ed.): D’Història Contemporània: debats i estudis. Un homenatge casolà a E. P. Thompson (1924-1993), Castellón, Societat Castellonenca de Cultura, 1996.

4 Dossier «Historia de las mujeres, historia del género», Historia Social, 9 (invierno de 1991).

5 A. Aguado (coord.): «Les dones i la història», Afers, 33/34 (1999), pp. 298-567.

6 Aportaciones pioneras en el enfoque de las mujeres como sujetos de la historia en M. Nash (dir.): Presencia y protagonismo, Barcelona, Serbal, 1984; M. Nash: Mujer, familia y trabajo en España, 1875-1936, Barcelona, Anthropos, 1983; VV. AA.: Mujer y sociedad en España (1700-1975), Madrid, Ministerio de Cultura, Instituto de la Mujer, 1986.

7 M. Bolufer: Mujeres e ilustración. La construcción de la feminidad en la España del siglo XVIII, Valencia, Alfons el Magnànim, 1998, p. 13.

8 J. W. Scott: «El género: una categoría útil para el análisis histórico», en J. S. Amelang, M. Nash: Historia y género: las mujeres en la Europa moderna y contemporánea, Valencia, Alfons el Magnànim, 1990, p. 24.

9 M. Nash: «Conceptualización y desarrollo de los estudios en torno a las mujeres: un panorama internacional», Papers, 30 (1988), pp. 13-32.

10 P. Burke: Sociología e historia, Madrid, Alianza, 1988.

11 L. Stone: «Historia y posmodernismo», Taller d’Història, 1 (1993).

12 M. Bolufer: Mujeres e ilustración..., pp. 14-15.

13 En torno a la relación de la historia del género y el giro lingüístico en K. Canning: «La història feminista després del gir lingüístic. Historiar el discurs i l’experiència»; A. Aguado (coord.): Afers, 33/34 (1999), pp. 304-341.

14 G. Spiegel: «Historia y posmodernismo...», pp. 67-73.

15 M. A. Cabrera: Historia, lenguaje y teoría de la sociedad, Madrid, Cátedra, 2001.

16 P. Burke: Formas de hacer historia, Madrid, Alianza, 1993, pp. 3-59 y 154.

17 M. Foucault: Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 1991.

18 J. W. Scott: «El género: una categoría útil...», p. 47.

19 R. Chartier: El mundo como representación, Barcelona, Gedisa, 1995, pp. 56 y 67.

20 Véase N. Townson (ed.): El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, Alianza, 1994.

21 M. Pérez Ledesma: «Cuando lleguen los días de la cólera. Movimientos sociales, teoría e historia», Zona Abierta, 69 (1994), pp. 51-120. Asimismo en R. Cruz, M. Pérez Ledesma (eds.): Cultura y movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza, 1997.

22 A. Pizzorno: «Identidades e interés», Zona Abierta, 69 (1994), pp. 135-152.

23 M. R. Sommers: «¿Qué hay de político y de cultural en la política y en la esfera pública? Hacia una sociología histórica de la formación de conceptos», Zona Abierta, 77/78 (1996/1997), pp. 31-94.

24 Sobre la noción de ciudadanía femenina véase M. D. Ramos: «La ciudadanía y la historia de las mujeres», Ayer, 39 (2000), pp. 246-253; C. Fagoaga (ed.): 1898-1998: un siglo avanzado hacia la igualdad de las mujeres, Madrid, Comunidad de Madrid, Dirección General de la Mujer, 1999.

25 S. Kirkpatrick: Las románticas. Escritoras y subjetividad en España, 1835-1850, Madrid, Cátedra, 1991, p. 13.

26 A. Prost: «Fronteras y espacios de lo privado...», p. 29.

27 N. Armstrong: Deseo y ficción doméstica, Madrid, Cátedra, 1991, p. 27.

28 B. A. Aldaraca: El Ángel del Hogar: Galdós y la ideología de la domesticidad en España, Madrid, Visor, 1992.

29 G. Fraisse: «Del destino social al destino personal. Historia filosófica de la diferencia de los sexos», en G. Duby, M. Perrot (dirs.): Historia de las mujeres en Occidente. El siglo XIX, Madrid, Taurus, 1993, pp. 57-89.

30 I. M. Zavala: Breve historia feminista de la literatura española (En lengua castellana). III. La mujer en la literatura española (Del siglo XVIII a la actualidad), Barcelona, Anthopos, 1996, p. 26.

31 S. Kirkpatrick: Las románticas..., pp. 15-18.

32 Como afirma Béjar, las luces triunfan a medida que dilatan el fuero interno privado hasta hacer de él un espacio público. Sin perder su carácter privado, la sociedad llamará a las puertas del Estado y a los detentadores del poder político para exigir también allí un derecho de mirada. H. Béjar: La cultura del yo, Madrid, Alianza, 1993, p. 81.

33 Ibidem, pp. 138-140.

34 M. Suárez Cortina: «El republicanismo institucionista en la Restauración», Ayer, 39 (2000), p. 62.

35 J. Varela: Los amigos políticos. Partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración (1875-1900), Madrid, Alianza, 1977.

36 Sobre el blasquismo destacan los trabajos de E. Sebastià: València en les novel·les de Blasco Ibáñez. Proletariat i burgesia, Valencia, L’Estel, 1966. A. Cucó: Sobre la ideologia blasquista, Valencia, Tres i Quatre, 1979; A. Cucó: Republicans i camperols revoltats, Valencia, Tres i Quatre, 1975. R. Reig: Obrers i ciutadans. Blasquisme i moviment obrer, Valencia, Alfons el Magnànim, 1982.

37 Respecto a los movimientos feministas a finales del siglo XIX y principios de XX, véase R. Evans: Las feministas. Los movimientos de emancipación de la mujer en Europa, América y Australasia (1840-1926), Madrid, Siglo XXI, 1980. Para la formación del feminismo en España, G. Scalon: La polémica feminista en la España contemporánea (1868-1974), Madrid, Siglo XXI, 1976; M. Nash: «Experiencia y aprendizaje: la formación histórica de los feminismos en España», Historia Social, 20 (1994), pp. 153-154; R. Mª. Capel: El sufragio femenino en la Segunda República Española, Madrid, Dirección General de la Mujer de la Comunidad de Madrid, 1992; C. Fagoaga: La voz y el voto de las mujeres. El sufragismo en España (1877-1931), Barcelona, Icaria, 1985; P. Folguera (ed.): El feminismo en España: dos siglos de historia, Madrid, Ediciones Pablo Iglesias, 1988.

38 K. Canning: «La història feminista...», p. 311.

I. CONTEXTO HISTÓRICO

Tras reseñar que el nacimiento de Blasco Ibáñez tuvo lugar en 1867, la mayoría de sus biógrafos suelen relatar los hechos más significativos que, un año más tarde, tuvieron lugar en Valencia en los días de la Gloriosa.1

Las hazañas y proezas de ese «cantón valenciano», fruto de la sublevación entusiasta y ordenada de los republicanos federales, permanecieron largo tiempo en la memoria colectiva, al igual que todos aquellos personajes de la revolución: Peris y Valero, Guerrero, Cabalote, personajes valencianos magnificados y mitificados que, años más tarde, paseaban todavía por la ciudad y podían verse en una reunión, en un café o simplemente por la calle.2

Durante aquellos años se habían oído por primera vez en Valencia palabras como democracia, ciudadanía, libertad, resonando en calles tortuosas y plazuelas sin otro pavimento que la tierra apisonada.3 Valencia era, pues, la ciudad de España que había conocido algaradas, motines y fracasadas intentonas revolucionarias.

Así, los sucesos de la revolución y las posteriores agitaciones del Sexenio Democrático, el ambiente de euforia y los posteriores desengaños de quienes aspiraban a la democratización de la vida política, no sólo debieron estar presentes en las vivencias infantiles y juveniles de Blasco Ibáñez y de toda su generación hasta ejercer una influencia decisiva en su conformación ideológica. Como explica Martí, aunque

la Gloriosa no va representar un intent d’alterar radicalment les bases de l’estructuració social, però sí que configurà una experiència d’abast incalculable per a la determinació de les actituds polítiques dels distints sectors socials del país. La Restauració seria, en bona mesura, el resultat de la reflexió d’aquests sectors socials sobre els esdeveniments de l’època revolucionària.4

Para los sectores más conservadores de la clase dominante, la Restauración borbónica fue la forma más adecuada de contener los «desórdenes» políticos y sociales de épocas anteriores y de recobrar el consenso entre las distintas faccio-nes de su propio grupo. De este modo, además, se recuperaba la supremacía sobre las clases populares y sobre los grupos más radicales que en aquellos momentos se mostraban desengañados y divididos. El sistema electoral en los gobiernos de la Restauración se sustentaba, por tanto, en el cansancio y la atonía política subsiguiente al período revolucionario.5 La democracia parlamentaria sólo se respetaba formalmente por aquel sistema oligárquico en el que el gobernador civil de la provincia, secundado por la élite sucursalista local y los caciques rurales, obedecían dócilmente las instrucciones de los políticos de Madrid y hacían abstracción de la voluntad del cuerpo electoral.6

El bipartidismo de conservadores y liberales era sólo teórico, porque ambos partidos tenían la misma infraestructura socioeconómica, y ésta sólo tendría sentido mientras continuase una cierta prosperidad económica y se pudiera continuar manteniendo el control sobre las clases populares. Según González Hernández, en España

el hecho de que el liberalismo se acompañase de prácticas tan cínicas de la democracia, le convirtió a los ojos de muchos en un tinglado poco consistente [y] quedó asociado en el imaginario colectivo a una caricatura corrupta de sí mismo.7

Este hecho permitía a los republicanos blasquistas atribuirse la defensa de la propia democracia, y denunciar en su propio provecho y de forma continua el sistema político de la Restauración.

Como el propio Blasco afirmaba en 1895, en su artículo titulado «La farsa parlamentaria»:

Aquí no hay política liberal ni conservadora. Lo que existe es el compadrazgo de dos hombres con sus respectivas tribus de adictos, que se turnan pacíficamente, y con sus luchas de mentirijillas entretienen al abobado país.8

Porque, en realidad, el sistema de partidos de la Restauración estaba concebido como un instrumento de dominio del Estado por parte de una minoría, y no se apoyaba en un amplio consenso social, sino en la complicidad de los poderes fácticos de la Iglesia y del Ejército.

Y aunque, durante el Sexenio, los sectores más desfavorecidos de la sociedad habían irrumpido con fuerza en la vida política y social, con el aumento de un republicanismo arraigado en las clases populares y la aparición de los primeros núcleos que, con el paso del tiempo, constituirían el movimiento obrero, las contradicciones dentro de esos mismos grupos y la represión a la que fueron sometidos por los primeros gobiernos de la Restauración condujeron a las facciones más radicales del progresismo a su fragmentación y neutralización.

Sin embargo, en el año de 1898, Blasco Ibáñez sería elegido diputado por Valencia y el republicanismo tendría una notable influencia política en la vida municipal de dicha ciudad; pero en el resto de España, en las últimas décadas del siglo XIX, los partidos republicanos continuaban constituyendo un conglomerado de grupos poco significativos e ineficaces puesto que, como además señala Cucó:

El magisteri dels antics patriarques republicans havia perdut vigència davant els joves líders radicals que postulaven el rebuig complet dels mecanismes electorals de la Restauració, i apel·laven –com en una resurrecció dels impulsos romàntics– al retorn als expeditius mètodes de la conspiració i de la barricada.9

Cuando Blasco Ibáñez llegó a ocupar un cargo público en la ciudad de Valencia, era también un joven líder republicano radical que se había dado a conocer a la opinión pública, sobre todo por su activa participación en las campañas de denuncia sobre la gestión de la guerra que el gobierno español mantenía contra Cuba. Había estado varias veces en la cárcel y, muy joven, había tenido que exilarse en París. Contaba, además, con dos influyentes medios de difusión de sus ideas y de crítica a la situación social que se vivía: el periódico El Pueblo y sus novelas, que comenzaban a tener un cierto éxito. Pero, además, había iniciado una renovación en la organización y en el ideario del partido republicano. Utilizaba un mensaje populista en sus discursos, que, aun siendo democrático y radical,10 lograba dar confianza y reunir a la compleja base social de intelectuales, pequeña burguesía liberal y obreros, que dieron finalmente el triunfo al partido republicano en la ciudad de Valencia.

Sobre la nueva forma de hacer política de los republicanos valencianos dice Cerdá:

El éxito de Blasco estribaba en su forma de hacer política y en el contenido de su proyecto de transformación social. La primera se basaba en un funcionamiento de partido moderno, distinto al de los partidos dinásticos y de notables, en contacto con el electorado y con una organización capaz de movilizar a las masas. El segundo era socialmente progresista: cambio del sistema político caciquil, laicidad y anticlericalismo eran las propuestas más significativas.11

Así pues, y como afirma Radcliff,

[los] objetivos del republicanismo eran tanto culturales como políticos, y el movimiento produjo mayor impacto precisamente como fuerza cultural.12

Desde dentro del sistema de la Restauración, el crecimiento de las demandas de representación por parte de la base social desbordaba el modelo de Estado oligárquico y el sistema de partidos que lo articulaba. No era posible ampliar la base social porque inevitablemente se perdería el control político por parte de la minoría que lo detentaba en exclusiva.13 Pero, contando con la presencia de un líder carismático, y un mensaje reactualizado que recogía las demandas de los trabajadores y apoyaba la democratización de la vida política y social, el republicanismo blasquista, durante décadas, logró disputar con éxito, sobre todo en la ciudad, el monopolio del poder a las fuerzas dinásticas.14

Como también afirma Cucó, en la larga permanencia política del republicanismo en Valencia, desde 1898 hasta el año 1934, el blasquismo,

fou, segurament, l’expressió política de l’oposició de les classes populars valencianes a l’Estat sorgit de la Restauració i als seus representants locals, els membres de la classe dominant valenciana.15

En la misma línea Reig añade que, después de la crisis de 1898, el movimiento blasquista irrumpe en el escenario político de la ciudad con una fuerza irresistible. Su líder es elegido diputado y, en un par de años, sus candidatos consiguen la mayoría en la corporación municipal y se convierten en árbitros de la política local. El blasquismo lograba, así, unir a diversos grupos republicanos en un bloque social de carácter urbano y progresista con aspiraciones modernizantes.16

Cuando el republicanismo blasquista gozaba ya del poder municipal en la ciudad de Valencia, un articulista de El Pueblo sintetizaba el significado de las transformaciones que la instauración de la República habían de traer a la sociedad española. Era el año 1903 y los republicanos valencianos recuperaban –en la definición programática de la República–, las máximas de la revolución liberal, que el sistema mismo de la Restauración, desde su punto de vista, impedía que sucediese en España. El establecimiento de la igualdad, de la justicia, la incorporación de los trabajadores a la vida política para gobernar en beneficio propio, eran principios que motivaban a los republicanos para comprometerse en la revolución política aún pendiente en España; pero eran también principios que, desde su punto de vista, debían propiciar la necesaria revolución social.

Vemos en el establecimiento de la República Española la consagración de los derechos hoy vulnerados; vemos principio de igualdad que el privilegio imperante desconoce; vemos mayor ilustración de las masas y à los obreros ocupar puestos en los municipios y en el Congreso, legislando en beneficio de sus compañeros; vemos, en fin, los primeros albores del sol de la justicia iluminar el horizonte, y à las negras brumas de la noche de la tiranía capitalista disolverse, huir en ligeras volutas para dejar libre el cenit de la equidad.

Por eso somos republicanos y coadyuvamos à la revolución política, convencidos de que, obrando así, coadyuvamos à la revolución social.17

Porque, tras los problemas políticos del sistema de la Restauración, según la visión de los blasquistas, se ocultaba también el enfrentamiento entre dos concepciones diferentes no sólo de la política, sino también del desarrollo y del progreso que debía tener la vida social. Sus objetivos, por tanto, eran también establecer las bases intelectuales y simbólicas de lo que los blasquistas concebían como una sociedad moderna, secular y democrática.

Por eso, en la mayoría de artículos que publicados en El Pueblo hacen repetidamente mención, además de a las dos concepciones políticas que existen en el país, a las dos mentalidades en conflicto que cohabitaban en España: una que, pese a los intentos liberales, defendería muchos de los modos y de las costumbres estamentales del antiguo régimen, y que se apoyaría en la ideología sustentada por la religión católica; y, otra que, ya en el futuro como las naciones más prósperas de Europa, había abandonado los servilismos de la religión y vivía preocupada por las cuestiones sociales. Los republicanos, por tanto, buscaban transformar todo un conjunto de valores sociales que hacían referencia a una sociedad de súbditos dominados por la sociedad monárquica y clerical y sustituirlos por los valores propios de una nación de ciudadanos.

Por eso los blasquistas diferenciaban y daban valor en sus discursos a una parte de la sociedad civil con escasa incidencia en la vida política que, sin embargo, mantenía una red muy considerable de asociacionismo popular,18 de especial incidencia en las grandes ciudades, y cuyos valores sociales eran distintos de los valores de los grupos conservadores y liberales; puesto que estos valores hegemónicos de las élites tradicionales suponían una continuidad y un retroceso a la hora de enfrentarse a las cuestiones sociales y se mostraban, en la práctica, incapaces de enfrentarse a las renovaciones que los republicanos y el incipiente movimiento obrero estaban demandando.

Por ello, tras el triunfo del blasquismo, los movimientos de intencionalidad social y política popular, articulados fundamentalmente alrededor del republicanismo y del incipiente movimiento obrero valenciano, encontraron un espacio propio que les permitió caminar políticamente por una vía moderada y estable; demostrando que un proyecto basado en el laicismo, en el librepensamiento, en el cientifismo y en un progresismo populista y obrerista, podía no sólo renovar la vida social y las identidades de los ciudadanos, sino también estabilizar y profundizar el propio sistema liberal, incorporando las «masas» a la política y encauzando ordenadamente sus demandas. Como decía en 1897, Remigio Herrero:

Hay que convencer á las clases neutras de que los republicanos queremos construir un partido de orden, un gobierno moral que libre para siempre a España de los egoísmos y atropellos de conservadores y fusionistas [...] y que el fin republicano es dispensar protección absoluta á todo lo que representa trabajo y actividad.19

Mientras el régimen de la Restauración y, más en general, los sectores más conservadores e incluso liberales del momento, se mostraban incapaces de asumir una estructuración pausada del liberalismo radical y del movimiento obrero, obsesionados por el recuerdo de las movilizaciones populares de 1868 y 1874, mientras el mundo político oficial se negaba a establecer determinados caminos o vías de negociación que asegurasen al movimiento obrero o al republicanismo un cierto espacio político,20 el blasquismo en Valencia iba a intentar prefigurar lo que significaba esa «otra España»: una sociedad «respetable» y disciplinada que asumía (con todas sus contradicciones) los retos que los países más avanzados del momento tenían planteados. Por ello, aunque los contrastes con los sectores más conservadores de la vida política nacional eran agudos, los blasquistas lograron en la ciudad vehiculizar los intereses de las clases populares e implicarse en el establecimiento de una sociedad laica y racional. Intentaron también difuminar las fronteras entre los alfabetizados y los analfabetos promoviendo y universalizando la instrucción y la cultura; reforzar a unas clases medias cada vez más numerosas que reclamaban un espacio de opinión y un cierto protagonismo social; combinar «la economía moral» que exigían los sectores obreros con la economía liberal, que buscaba sólo el medro y el beneficio; y también trataron, al menos teóricamente, de acercarse y debatir las reivindicaciones femeninas, que reclamaban una mayor participación social de las mujeres. Sus intenciones que, en muchos casos, no superaron el propio ámbito de la intención y de los discursos, anticiparon, sin embargo, en las estrategias políticas y sociales que adoptaron en su proyecto, muchos de los rasgos que habrían de caracterizar a las sociedades modernas y democráticas. Como afirma Reig, la particularidad del republicanismo en Valencia estuvo en la lucidez y enérgica resolución con que afrontó la dura realidad política y social de la época, «configurando un poderoso movimiento de masas y dando vida a un partido que impuso su hegemonía política y cultural hasta 1934».21

Con el paso del tiempo el blasquismo como movimiento social vio cómo se agotaba su razón de ser. Las fuerzas sociales que en su origen le habían dado el triunfo y el empuje se agruparon alrededor de otras referencias, puesto que como partido no se había creado una base social propia, amplia y consistente. Su acción política y social fue eficaz y necesaria en un largo período de disgregación de unas fuerzas sociales y de nacimiento de otras, pero le faltaba una base social sólida sobre la que asentarse como partido.

Siguiendo de nuevo el análisis de Reig:

En la pràctica, el blasquisme es dirigí compulsivament a monopolitzar tot l’espai polític alternatiu, en part per apassionament i ceguesa, en part també per necessitat.22

Con su exclusivismo, cortó la posibilidad de un valencianismo moderado y los sectores cercanos al valencianismo fueron capitalizados por otros partidos políticos más conservadores. El republicanismo «serio» acabó desconfiando de su exaltada demagogia; y el movimiento obrero, a medida que fue adquiriendo formas propias de organización, aunque en la mayoría de los casos continuaba votándoles, dejó de necesitarlo para apoyar sus demandas laborales.

Pero, desde 1895, el republicanismo valenciano supo oponerse a las fuerzas políticas conservadoras y logró contagiar de su entusiasmo a una mayoría de ciudadanos. Desde entonces el partido ejerció una notable influencia en la ciudad y, a partir de 1901 y hasta 1915, el bloque social que se reunía en torno al blasquismo fue suficientemente estable para permitirle la mayoría en la corporación municipal. Después de un corto paréntesis, entre 1915 y 1923 en el que gobernó con el apoyo de otras fuerzas políticas, el blasquismo obtuvo de nuevo la mayoría en la corporación municipal. En las elecciones municipales de 1931 que supusieron el triunfo de la República, lograron aún reunir a las fuerzas de izquierdas que obtuvieron el 70 % de los votos. En las elecciones de 1934 recibieron todavía un respetable soporte electoral; pero en las de 1936, no consiguieron ni uno solo de los siete diputados de la circunscripción de la ciudad. Con el paso del tiempo, habían perdido su original impulso renovador y democrático y habían ido decantándose por la acomodación, el anquilosamiento político y la exacerbación inoperante del valencianismo folclórico.23

1 J. L. León Roca: Blasco Ibáñez y la Valencia de su tiempo, Valencia, Ayuntamiento de Valencia, Publicaciones del Archivo Municipal de Valencia, Estudios Monográficos, 1978.

2 J. L. León Roca: Vicente Blasco Ibáñez, La aventura del triunfo. 1867-1928, Valencia, Diputación de Valencia, 1986, p. 13.

3 P. Tortosa: La mejor novela de Blasco Ibáñez: su vida, Valencia, Prometeo, 1977, pp. 2-15.

4 M. Martí: «La societat valenciana de la Restauració (1875-1914): estabilització del domini burgès i contestació renovada», en VV. AA.: Història del País Valencià, Barcelona, Edicions 62, 1990, vol. V, p. 159. Hace referencia a las palabras de A. Cucó: Sobre la ideologia...

5 J. Tusell (dir): Historia de España. La Edad Contemporánea, Madrid, Taurus, 2001, pp. 183-236.

6 M. Sanchis Guarner: La ciutat de València, Valencia, Ajuntament de València, 1983, pp. 503-505.

7 M. J. González Hernández: «Las manchas del leopardo», en M. Suárez Cortina (ed.): La Restauración entre el liberalismo y la democracia, Madrid, Alianza, 1997, pp. 164-165.

8 El Pueblo, 23 de mayo de 1895.

9 A. Cucó: Sobre la ideologia blasquista..., p. 10.

10 Sobre la transformación del republicanismo histórico en un nuevo republicanismo a principios del siglo XX, véase M. Suárez Cortina: «La quiebra del republicanismo histórico, 1898-1931», en N. Townson: El republicanismo en..., pp. 139-163.

11 M. Cerdá (dir.): Diccionario histórico de la Comunidad Valenciana, Valencia, Levante-El Mercantil Valenciano, Editorial Prensa Valenciana, 1992, pp. 149-150.

12 P. Radcliff: «Política y cultura republicana en el Gijón de fin de siglo», en N. Townson (ed.): El republicanismo en..., p. 375.

13 R. Reig: «La modernització de la ciutat», Batlia, 8 (1985), p. 277.

14 A. Aguado et al.: «Aproximació a l’estudi de les dones a través de la premsa valenciana: l’Horta, 1895-1923», Ideco, 6 (1993), p. 105.

15 A. Cucó: Sobre la ideologia blasquista..., p. 23.

16 R. Reig: «La modernització de la ciutat...», p. 278.

17 El Pueblo, 9 de enero de 1903.

18 M. Ralle: «La sociabilidad obrera en la sociedad de la Restauración (1875-1910)». Estudios de Historia Social, 50/51 (julio-diciembre de 1989), p. 163.

19 El Pueblo, 12 de febrero de 1897.

20 Véase P. Gabriel: «La población obrera catalana, ¿una población industrial?», Historia Social, 32/33 (1985); P. Gabriel: «Movimientos sociales. Cultura obrera, cultura popular», en VV. AA.: España fin de siglo. 1898, Barcelona, Fundació «La Caixa», 1997, p. 303.

21 R. Reig: «Entre la realidad y la ilusión: el fenómeno blasquista en Valencia, 1898-1936», en N. Townson (ed.): El republicanismo en..., p. 396.

22 Ibidem, p. 279.

23 Ibidem.

II. EL PERIÓDICO EL PUEBLO

Los blasquistas utilizaron como nuevos medios de expresión la prensa y el naturalismo literario para difundir sus ideas, cuestionando la «realidad» existente y, a la vez, proponiendo nuevos significados y otras nociones también sobre cómo debían ser las identidades de los sujetos. Así mismo, refiriéndose al papel que asumieron las élites republicanas a través de su prensa, Suárez Cortina afirma que dichas élites dispusieron de «un medio de expresión particular que les dio poder y, al mismo tiempo, facilitó la incorporación de individuos a la representación y dirección política».1

De sobra es conocido el papel que en la revolución liberal ejercieron los intelectuales en la conducción de la opinión pública, sobre todo porque, de una forma sistemática y argumentada, se reflexionaba sobre la «situación» nacional y se teorizaban los abusos.2 De este modo, El Pueblo,3 aunque impulsado por núcleos dirigentes relacionados en muchos casos con la burguesía mercantil y por hombres de clase media que ejercían profesiones liberales, fue tratando diariamente los temas más actuales de la vida social y política, definiendo las premisas que debían conformar la nueva sociedad democrática, tanto en lo que hacía referencia a la vida pública como a la privada.

El periódico se convirtió en instrumento didáctico y de transformación de sectores cada vez más amplios de la población; y también, en vehículos autónomos de difusión de cultura, de denuncia de las injusticias cercanas y cotidianas, y de reivindicación de las aspiraciones sociales de los más desfavorecidos.

Así pues, la publicación se concebía también como un canal, a la vez, de oposición política, de crítica social y de difusión cultural y literaria. Como también afirma Suárez Cortina al referirse a la prensa republicana en el periodo de la Restauración, dicha prensa

constituyó todo un ensamblaje social y cultural que representaba la existencia de amplios cuerpos sociales al margen de los valores culturales e ideológicos del sistema canovista.4

Pero la función del periódico El Pueblo fue también la de difundir los debates políticos y sociales y hacerlos accesibles para amplias capas de la población valenciana que sintonizaban con la ideología blasquista. Si bien el diario blasquista se fundó por razones de orden político y literario, en ningún momento dejó al margen el tratamiento de otros aspectos de la vida social y cotidiana de la ciudad, ni dejó de difundir noticias relacionadas con sucesos novedosos o de actualidad que sucedían en Europa. Como analizan Cullá y Duarte en Cataluña, la prensa republicana supuso un vehículo fundamental de sociabilidad democrática y de apertura y contacto con los debates, retos y nuevos desafíos que proponía el mundo moderno.5

Y aunque, cuando comenzó a publicarse, todos estimaban que tendría una vida efímera (como sucedía a menudo con otros diarios que surgían en Valencia como respuesta a presiones políticas), el periódico logró consolidarse y convertirse en un punto de referencia importante para los militantes republicanos. Como afirma Laguna, El Pueblo no sólo informaba de la realidad, sino también en numerosas ocasiones hacía de las propias actividades del periódico, o de las personas que lo sustentaban, realidad informativa.6 El blasquismo disponía de un vehículo que difundía, cada vez en mayor medida, la vida social del movimiento blasquista, las actuaciones del partido y de sus militantes. De este modo, El Pueblo, logró mantener una tirada de 10.000 ejemplares siendo, junto con Las Provincias, que publicaba 12.000 ejemplares, uno de los diarios más leídos de la ciudad en ese tiempo.7

También en el periódico, se trataban las cuestiones diarias de la ciudad, del parlamento y del Gobierno de la nación, haciendo la política cercana para los ciudadanos, como cercanos y reconocibles eran los periodistas y correligionarios que en muchos casos protagonizaban las noticias. Pero el propio periódico y sus colaboradores se representaban, además, como la garantía de que los militantes obtenían, a través de sus páginas, una información veraz que no se supeditaba a ningún interés ajeno al propio republicanismo. En 1897, acusados de que los redactores de El Pueblo recibían dinero del alcalde para difundir determinadas noticias, los periodistas del diario se defendían con las siguientes palabras: «Los redactores de este periódico, si bien son pobres, son harto dignos para vender su conciencia y su pluma».8

Esta misma actitud se repite en el año 1901, cuando El Pueblo anuncia su segunda época. Más que un periódico de opinión, el diario era para los propios blasquistas un símbolo de la autonomía y de la libertad de los republicanos. Como ellos mismos afirmaban:

En siete años de vida, su director ha ido cinco veces à la cárcel (y no por un día ni una semana); muchos de los redactores de El Pueblo han sufrido igual suerte; entre todos los compañeros de la redacción contamos con más de doscientos procesos por nuestras campañas periodísticas.9

Representándose a sí mismos como capaces de enfrentarse a las autoridades y defender la libertad de expresión,10 el periódico sobrepasaba los límites del periodismo informativo y se constituía en un vehículo de difusión de los ideales blasquistas y en la conexión necesaria entre todos los grupos afines al republicanismo y al librepensamiento, que difundían a través de sus páginas sus actividades. Como afirma Reig, «El Pueblo es nexo de unión y activador, cohesiona, agita y educa. Es el medio de identificación partidista por el que el lector se siente militante».11

Y aunque la gente humilde leía poco y los que leían el periódico eran sobre todo militantes republicanos, Pigmalión, rememorando esos años, nos deja percibir el interés que el diario blasquista despertaba entre los trabajadores:

En mi taller de tranvías eléctricos éramos unos cuarenta operarios. De éstos sólo dos comprábamos el periódico de Blasco, El Pueblo, que valía cinco céntimos; los demás se abstenían de leerlo por analfabetos o por no gastar tal cantidad. A la hora del almuerzo, ocho de la mañana, estos trabajadores se reunían en grupos para charlar durante el almuerzo. En un grupo de unos veinte les leía yo el periódico en voz alta mientras comían.12

Puesto que la lectura es también un proceso histórico determinado, cuyas modalidades y modelos –como afirma Chartier–13 varían, según el tiempo, los lugares y los grupos a quienes van dirigidas, las significaciones de un texto van más allá de su comprensión puramente semántica y dependen de las formas a través de las cuales el texto es recibido y apropiado por sus lectores.

El hecho de que la lectura de El Pueblo alcanzase una notable difusión en la ciudad y se realizase incluso en voz alta en las fábricas y, posiblemente, en los casinos y demás organizaciones republicanas, nos permite además apuntar varias consideraciones. Los afines a la causa no dudaban en diferenciarse y en mostrar en público su ideología, escuchando en los espacios de trabajo o de ocio –es decir, ante el resto de la comunidad–, las noticias y artículos que contenía el periódico. Su interés por estar informados y en contacto diario con el órgano de difusión del republicanismo suponía, además de formar parte de una red de afinidades, un acto de autoafirmación frente al exterior. Entre quienes se reunían a escuchar la lectura, además, se atenuaban las fronteras entre alfabetos y analfabetos, entre los que podían o no podían comprar el periódico.

De este modo es posible afirmar que, en el siglo XIX, el auge de la prensa y la defensa en pro de la libertad de opinión no sólo caracterizó, como señala Habermas, el cambio funcional de la red de comunicación pública, sino que también contribuyó a la «politización de la vida social».14 La política, a través de El Pueblo se fue haciendo comprensible y abarcable. El periódico era también la expresión de críticas y aspiraciones respecto a muy variados aspectos de la vida cotidiana, que se hacían, de este modo, parte de la actividad política.

Sin duda, como reflexiona también Habermas, el carácter patriarcal de la nueva publicidad burguesa excluyó en su origen a las mujeres, al igual que a los trabajadores, campesinos y «populacho» en general. Como la misma política liberal, la prensa incurrió en una contradicción flagrante respecto a lo que eran las premisas esenciales de su autoentendimiento. La publicidad política, en un principio, fue dominada por los hombres de determinados sectores sociales y quedó determinada, de una manera sexista, tanto en sus estructuras como en sus relaciones con la esfera privada. Sin embargo, los mecanismos mismos de la publicidad liberal, excluyendo a los «otros» –que constituían el afuera de su propio proyecto– no reparó en que la propia publicidad estaba culturalmente tan entrelazada con lo que trataba de excluir, que acabó sucediendo que, desde dentro, los propios excluidos fueron transformando la propia prensa.

El periódico El Pueblo, autoidentificándose en sus discursos con los excluidos, dio cuerpo y sentido, voz y participación a las inquietudes y movilizaciones de los trabajadores y, en algunos casos, también a las mujeres, que pudieron plantear en sus páginas sus propias demandas.

Resulta también cierto que la prensa republicana y las élites intelectuales que la difundieron, al no encontrar acomodo en el sistema propuesto por la Restauración, en muchos casos trataron de difundir planteamientos racionalistas e igualitarios a través de discursos populistas, basados en dicotomías que enfrentaban a un pueblo idealizado con los oligarcas, políticos caciquiles y jesuitas indiferenciados y de variados pelajes.

Sin embargo, esta simplicidad de los discursos populistas, de algún modo, potenciaba el poder latente de los sectores sociales más desfavorecidos, llegando a representar la acción colectiva popular como un mecanismo básico para transformar la sociedad. En este sentido El Pueblo decía:

Espero la salvación de España con la solución definitiva de las cuestiones pendientes, no de los partidos políticos, ni de los estadistas, ni de los generales, ni de las intervenciones extranjeras que se buscan sin pudor, sino de la plebe descamisada, que será tardía, pero cierta.15

Por ello, lo que se pretende analizar en los discursos blasquistas no es la veracidad de los columnistas habituales del periódico, ni los mayores o menores aciertos del partido, sino el proceso de conformación de determinadas identidades que se difundían entre sus lectores. La plebe descamisada dispuso a través del periódico de un vehículo que acrecentaba su autoidentificación, lo que les permitió experimentar el poder de sus actuaciones en las prácticas cotidianas.

Como también afirma Suárez Cortina, el periodismo republicano

fue, sin lugar a dudas, el instrumento del que las élites se sirvieron para transmitir a las masas un mensaje de movilización establecido sobre un discurso de ciudadanía, tan difícil de difundir en una sociedad atrasada, sometida al universo de la superstición y el analfabetismo.16

En el diario las referencias a la vida personal, a los papeles femeninos o a la vida familiar eran escasas, porque las informaciones de El Pueblo estaban dedicadas mayoritariamente a las noticias de actualidad de la vida política local, estatal o internacional, a los anuncios o a la sección literaria.

Sin embargo, entre 1895 y 1910, también se apuntaban determinados ideales de feminidad, masculinidad o respecto a la vida familiar cuando se describían las actividades cotidianas de los militantes del partido; y también cuando, a través de un proceso de diferenciación y oposición, se criticaban posiciones, hábitos de conducta o de comportamiento de otros grupos sociales. En las crónicas de sociedad, en los sucesos o anuncios que daban cuenta de la actividad local, se obtienen toda una serie de datos que hacen posible la aproximación, no sólo a las representaciones de los sujetos que los republicanos aspiraban a ser y al hogar que debían formar, sino también a las prácticas de vida de los militantes y de las familias republicanas.

Así pues, es posible afirmar que, a partir del acceso cada vez más importante de los ciudadanos y ciudadanas a la prensa, en este caso al diario El Pueblo, los republicanos intentaron también que las identidades de hombres y mujeres, además de construirse a través de vivencias y experiencias, se constituyeran por referencias morales, por consignas ideales relacionadas con unos determinados presupuestos ideológicos que hacían también referencia a la vida privada.

Asimismo, en la sección literaria, a través de los folletines que se publicaban por entregas en el diario, los lectores y lectoras del periódico republicano encontraban determinadas representaciones de la vida amorosa y de las relaciones familiares, que indirectamente incitaban a la identificación, que proyectaban modelos positivos y negativos, que debieron forzar la comprensión de las vivencias de los lectores y lectoras, ampliando sus universos inmediatos en lo que se refería a las relaciones amorosas y a las atribuciones de los géneros.

Ese supuesto lector o lectora simpatizante con el movimiento blasquista obtenía, a través de la lectura de las novelas, informaciones que potenciaban un discernimiento más autónomo, que no sólo dependía de las presiones y pautas que regían en el entorno inmediato. Las vidas de ficción que todos los días se podían ir leyendo en los folletines por entregas también negaban o afirmaban los ideales colectivos que debían convenir, en ese ámbito íntimo que el blasquismo aspiraba, asimismo, a transformar.

La literatura se convertía así en la arena del disfrute, pero también, de la reflexión. Espacio abierto a la hora de analizar la conformación de esas identidades colectivas, cuyas propuestas y críticas se convirtieron paulatinamente en demandas políticas y morales que establecieron nuevas ideas y consensos respecto al conjunto de la vida social.

En este sentido, las diversas formas de los «discursos» utilizados por los blasquistas habrían tenido un carácter abierto y sus usos sociales podrían plantearse como un diálogo constante entre las experiencias sociales y los lenguajes disponibles.17 A través de la relación entre la ficción de las novelas, que se publican o se reseñan en el periódico, y las representaciones y las prácticas de vida de los militantes blasquistas, que también aparecen reflejadas en El Pueblo, se hace posible percibir el complejo entramado que desplegó el republicanismo valenciano para dotarse de una identidad social, combinando en sus representaciones el poder de la ficción literaria con el de la propia «realidad» cotidiana, hasta dar sentido y legitimidad al mundo social que estaban tratando de construir.

La relación del blasquismo con la tradición popular resulta uno de los capítulos más sugerentes de las reflexiones de Reig en torno al tema. Como afirma el historiador

[els] blasquistes portaren una pràctica de cara als costums, hàbits, comportaments i tradicions populars que podríem resumir en dues paraules: dignificació i politització.18

En ambos sentidos –dignificación y politización– se pueden analizar los roles de género y las representaciones y prácticas de vida de los blasquistas respecto a la vida familiar. A las formas de vida cotidiana y privada de las clases populares, el blasquismo trató de darles contenidos progresistas y, a la vez que las fiestas se politizaban, y que en los carnavales los disfraces aludían a imagen de la propia República o que, tras la quema de alguna falla, la banda de música tocaba La Marsellesa, la vida familiar y las identidades de hombres y mujeres de clases populares se constituían en relación con atribuciones que contenían notables rasgos políticos, lo que contribuía además a su dignificación. Mientras que la sociedad moderna y burguesa se constituyó en un proceso progresivo de depuración, que incluía relegar toda una serie de tradiciones literarias y comunicativas de la cultura popular y de la tradición oral, en los primeros años de blasquismo, dichas tradiciones no desaparecieron del todo, y continuaron funcionando adaptadas y transformadas en relación con el contexto y con la propia ideología republicana.

Por ello, «los textos» –también los de ficción– publicados en el diario El Pueblo tuvieron una función ideológica que recuperaba las aspiraciones de las clases populares y les daba forma cultural, conformando la identidad colectiva de los sectores que se oponían al sistema de la Restauración, tanto en lo político y económico como en lo cultural.

Y aunque no es posible pensar en un «grupo» blasquista, ni en un público lector en singular, sino en un colectivo que mantenía una cierta homogeneidad y que buscaba establecer determinados consensos basados en una serie de principios e ideales comunes, la referencia al mundo republicano o a los blasquistas,19 a lo largo de la investigación, incluye opiniones, a veces contrapuestas, que sin embargo dejan entrever un modo común, una forma propia de afrontar y criticar la realidad. De esta forma, los blasquistas compartieron una «visión del mundo» que, conceptualmente, puede ser definida como «el conjunto de aspiraciones, de sentimientos y de ideas que reúne a los miembros de un grupo amplio y los opone a otros grupos».20 Como afirma Townson,

[el] peso e influencia del republicanismo durante la Restauración no se demostraron por su actuación como fuerza política nacional, sino como fuerza cultural y social; lo que significa que tuvo más éxito en un intento de cambiar las costumbres, tradiciones y modos de pensamiento de la sociedad española que en el de modificar las instituciones y la política gubernamental de la monarquía.21

De este modo, a través de lo publicado en El Pueblo es posible extraer un repertorio de modelos de comportamiento y de relación que reflejan una cierta mentalidad, en la que quienes leían y quienes escribían en el periódico coincidían y se reconocían y en donde, además, también se proponían nuevos gestos, pensamientos y actitudes cotidianas.

Y aun cuando los textos no tienen un sentido estable, ni fijo, ni universal, sino que, como afirma Chartier, están investidos de significaciones plurales y móviles, en el momento en que circulan por una determinada sociedad, «organizan y singularizan la distribución del poder, la organización de la sociedad o la economía de la personalidad», lo que constituye una fuente muy estimable para conocer cómo se construye la vida social y sus sistemas de valores.

Ya desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, el mundo de las publicaciones, a través de nuevos medios de producción y consumo cultural, como los periódicos o las novelas, se había convertido además en un instrumento eficaz con el que los distintos grupos sociales afirmaban sus aspiraciones e ideales, tratando de diferenciarse de otros grupos a los que consideraban, no sólo contrarios políticos, sino también enemigos, respecto a toda una serie de concepciones que hacían referencia a los valores y el significado que tenía o debía tener la vida social.

En este sentido, los modelos de masculinidad o feminidad, o las alusiones al amor o a la vida familiar que los republicanos valencianos representaban en la escritura, llegaron a ejercer una función afirmativa y distintiva, puesto que, a través de los papeles genéricos y de las relaciones entre los sexos, se negociaba también la hegemonía de un determinado grupo social, con efectos de poder y control sobre el resto de grupos.

De esta manera, podemos considerar que los textos, al producir imágenes culturales, llegaron a alcanzar una función realmente «actuante» sobre las prácticas sociales, pues, como observa Chartier, las representaciones son, a la vez, las formas en las que los individuos incorporan las divisiones del mundo social y organizan sus esquemas de percepción y clasificación; y también las formas de exhibición del ser social, es decir, las prácticas con las que muestran en público su estatus y pretenden que se les reconozca la identidad social que se atribuyen.22

1 M. Suárez Cortina: El gorro frigio. Liberalismo, democracia y republicanismo en la Restauración, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000, p. 83.

2 C. Blanco Aguinaga: Juventud del 98, Madrid, Siglo XXI, 1970, p. 189.

3 Más información sobre el periódico blasquista en A. Laguna: El Pueblo. Historia de un diario republicano (1894-1939), Valencia, Alfons el Magnànim, 1999.

4 M. Suárez Cortina: El gorro frigio..., p. 81.

5 J. B. Cullà, Á. Duarte: La prensa republicana, Barcelona, Diputación de Barcelona, 1990.

6 A. Laguna: Historia del periodismo valenciano, Valencia, Conselleria de Cultura, 1990, p. 79.

7 Reig sitúa en esas cifras la tirada del periódico El Pueblo. R. Reig: Blasquistas y..., p. 223.

8 El Pueblo, 19 de julio de 1897.

9 El Pueblo, 7 de marzo de 1901.

10 Sobre la relación entre la prensa republicana y la Ley de Policía de Imprenta de 1883, véase M. Suárez Cortina: El gorro frigio..., pp. 69-73.

11 R. Reig: Blasquistas y clericales, Valencia, Alfons el Magnànim, 1986, p. 7.

12 Pigmalión: Blasco Ibáñez novelista y su Universidad Popular, Valencia, Editorial Iturbi, 1967, p. 44.

13 R. Chartier: El mundo como..., p. 107.

14 J. Habermas: Historia y crítica de la opinión pública, Barcelona, Gustavo Gili, 1981, p. 4.

15 El Pueblo, 28 de junio de 1897.

16 M. Suárez Cortina: El gorro frigio..., p. 89.

17 M. Bajtín: Teoría y estética de la novela, Madrid, Taurus, 1991.

18 R. Reig: Obrers i..., p. 334.

19 Para aquilatar la referencia que acoge el término blasquista tomaremos como base a los propios grupos que mencionaba el periódico. Como manifestaban en sus convocatorias se apelaba a: «Republicanos, librepensadores, masones, socialistas y anarquistas». El Pueblo, 24 de marzo de 1910. Como afirma Gabriel, frente a los anteriores enfoques que identificaban el movimiento obrero con el anarquismo y el socialismo marxista exclusivamente, en la actualidad, se está destacando que el republicanismo constituía un marco básico de referencia política para los sectores obreros y populares durante las primeras décadas de la Restauración. P. Gabriel: «El marginament del republicanisme i l’obrerisme», L’Avenç, 85 (1985), pp. 34-38. La misma idea en F. A. Martínez Gallego et al.: Valencia, 1900, Castellón, Diputació de Castelló / Universitat Jaume I, 2001, p. 100.

20 Chartier, citando el concepto de Lukacs, se refiere así al término o concepto visión del mundo. R. Chartier: El mundo como..., p. 27.

21 N. Townson: «Introducción», en N. Townson: El republicanismo en..., p. 23.

22 R. Chartier: El mundo como..., pp. 15 y 48.

III. REPRESENTACIONES Y PRÁCTICAS DE LA IDENTIDAD MASCULINA

En la construcción de este nuevo ámbito simbólico, que progresivamente fue privilegiando imágenes y comportamientos adecuados para hombres y mujeres, y relegando los que resultaban inoperativos e incómodos para el modelo de sociedad que los blasquistas pretendían crear, resulta interesante retomar las tesis de Reig y evaluar la importancia que para la construcción de las identidades genéricas tuvieron las tentativas populistas de reagrupamiento sociopolítico.

Los blasquistas, desplazados en su origen de la articulación del sistema y de la representación política, y sin fuerza propia para imponerse, propugnaban un reagrupamiento de toda la sociedad en torno a sus intereses, que eran presentados como intereses generales. Esta representación de la sociedad que se reagrupaba como pueblo,1 suponía una idealización de la totalidad; y como afirma Reig, la idea de pueblo se inventaba o se construía como una unidad interclasista frente al poder y se pretendía que todos se supeditasen a ella.2 Pero además, en los discursos populistas, el pueblo como legitimación última se presentaba como un todo antagónico al statu quo, y era precisamente esta actitud de oposición a lo «existente» lo que abría determinadas vías a la renovación y a los cambios.

Por su carácter unificador, los movimientos populistas son altamente polivalentes y ambiguos,3 porque el pueblo soberano, en este caso, de la Valencia republicana y libre que los blasquistas proyectaban era una totalidad abstracta regida por determinadas ideas-fuerza que contenían grandes dosis emocionales.

Pero cuando intentamos relacionar esa totalización abstracta que construye la idea de pueblo y los papeles que socialmente se atribuyen a las mujeres, surge inevitablemente la pregunta de hasta qué punto las mujeres se sentían parte de ese pueblo soberano que los blasquistas nombraban en sus escritos, y significaban marginado de las tramas de poder, explotado económicamente y sin derechos. ¿Eran ellas también parte de ese pueblo y, por tanto, podían sentir comprendidas sus reclamaciones particulares, o sentir como propias las reclamaciones generales? Ese partido de todo el pueblo que el blasquismo pretendía ser ¿supo representar realmente los intereses femeninos y fue un cauce adecuado a través del cual las mujeres pudieron plantear sus demandas? O, al contrario, ¿utilizó el partido a las mujeres para gozar de cierto poder en la ciudad?

Resulta evidente que las atribuciones de los papeles que los hombres debían representar en la sociedad, se interpretó por el blasquismo –como tradicionalmente ha venido sucediendo en la mayoría de las culturas–, en un doble sentido. Por un lado, el ideal normativo que representaba a los hombres se refería al neutro, es decir, simbolizaba los valores universales a los que debían aspirar todos los seres humanos. Por otro lado, dicho ideal normativo hacía referencia a la conducta concreta de los varones como género específico.4 Los varones eran por tanto, y sin ninguna duda, el pueblo, ya que lo masculino representa a la humanidad en su conjunto. Los hombres fueron los sujetos principales a los que se dirigían los discursos del periódico republicano.

Pero a través de esta ambivalencia que tradicionalmente la cultura proyecta sobre la identidad genérica masculina, los papeles de las mujeres republicanas se vieron, también, teóricamente relacionados con el conjunto de valores y normas que el movimiento blasquista atribuía a los hombres; porque la noción misma de pueblo, al reafirmar la idea de lo universal, tratando de representar al conjunto de la sociedad como un todo indiferenciado, permitía la identificación tanto de los hombres como de las mujeres. Las mujeres, debieron por tanto sentirse comprendidas y parte de ese pueblo, de esa «masa federal», como los blasquistas gustaban autodenominarse haciendo referencia a todos los que compartían unos mismos ideales.

Así pues, aun cuando el objetivo prioritario de los blasquistas fue, en una primera instancia, la transformación de las nociones que hacían referencia al comportamiento de los hombres y a su autopercepción como tales, el proceso que desarrollaron mientras duró su hegemonía al frente del gobierno municipal, implicó necesariamente a las mujeres.

En numerosas ocasiones las alusiones al pueblo identificaban aquilatadamente a quienes formaban dicho pueblo, y las mujeres de diversas procedencias sociales estaban comprendidas. Cuando en el año 1898, los blasquistas colocan en la puerta del periódico El Pueblo un llamamiento en apoyo de Zola que está siendo juzgado por el caso Dreyfus, el texto que demanda la firma de adhesión al novelista dice así:

El pueblo de Valencia sin distinción de clases, lo mismo la gran señora que la obrera, igual el hombre de estudios que el jornalero, saluda al eminente escritor, al primer carácter de nuestro siglo.5

De este modo, las mujeres, no sólo se debieron sentir parte del pueblo sino que como pueblo, también las organizaciones feministas como la Asociación General Femenina –y la publicación relacionada con dicha asociación que, llevaba el nombre de La Conciencia Libre–,6 habitualmente, y sobre todo en los primeros años del periódico, solían firmar y apoyar los llamamientos y convocar a las manifestaciones junto con otros grupos afines al republicanismo. Como parte del movimiento que constituían los blasquistas, las mujeres aportaban su propia organización a los actos generales que se proponían. Cuando se invita a todos los valencianos para que acudan a una manifestación de repulsa ante los atentados cometidos contra los presos anarquistas en el castillo de Montjuich, la Asociación General Femenina y La Conciencia Libre convocan conjuntamente con el Casino Republicano de la Vega, el Casino de Fusión Republicana de Ruzafa, el Centro Espiritista La Paz y otros grupos librepensadores.7

El populismo blasquista, al universalizar a un gran número de sujetos sociales con intereses distintos en un todo único, sin embargo, pone de manifiesto que en la sociedad que los blasquistas pretendían crear los papeles de hombres y mujeres se construyeron en la doble tensión que suponía la igualdad y la diferencia, las aspiraciones a una cierta equiparación y el mantenimiento de las mujeres en posiciones sociales de subordinación, sin que el partido emprendiera iniciativas prácticas para mejorar dichas posiciones. Tendentes a la igualdad, pero distintos en sus atribuciones genéricas, los hombres y las mujeres podían y debían mantener los mismos principios ideológicos, aunque en los ámbitos diferentes que se consideraban propios de cada sexo.

Tal es el caso de las manifestaciones de las mujeres en la guerra de Cuba. La utilización partidista de las madres, con frecuencia iba acompañada del apoyo explícito a las mujeres que eran capaces de protestar ante las injusticias, aunque ello supusiera traspasar los límites que la sociedad atribuía a la feminidad.

Las madres españolas que tanto han llorado y llorarán con motivo de la Guerra de Cuba, se cansan ya de ser hembras débiles que sólo para el llanto tienen fuerza, y protestan con varonil energía contra el desbarajuste actual.

Nos resulta simpática la conducta de esas madres.8

Otras veces, se utilizaba la imagen de las mujeres del pueblo, en este caso refiriéndose a la propia Virgen María, para resaltar las cualidades más tópicas atribuidas a las mujeres.

Hace veinte siglos aproximadamente [...] una pobre mujer toda dulzura y sencillez, como lo son las mujeres del pueblo acostumbradas á luchar con la miseria, á animar con su sonrisa resignada al marido que arrastra la pesada existencia del obrero, sentía los dolores del parto.9

Por tanto, es posible afirmar que, ya que los discursos tienen en sí mismos la intención de producir una apariencia de verdad, las proclamas populistas que utilizaban los blasquistas, aunque parecían tener un sentido único, fueron en sí mismas abiertas e inestables, lo cual posibilitaba determinadas identificaciones relacionadas con los valores universales de la igualdad, la razón y el progreso humano, abiertos, también a las mujeres. Y a la vez, las representaciones incidían en la diferenciación de atribuciones genéricas, complementando los roles femeninos con cierto compromiso ideológico, pero sin desvincular a las mujeres del modelo doméstico, maternal y sentimental, que era el más usual en esa época.

Mientras que la identidad masculina10 predominante, básicamente, no parecía tener fisuras –puesto que proyectaba como deseable un modelo variable pero universal de sujeto basado en una identidad intelectual, racional, que privilegiaba la imagen del varón instruido y comprometido con las ideas del progreso y la libertad–, la identidad femenina fue objeto de debate y polémica hasta tal punto que sería la diversidad, más que el consenso, lo que la definiría. Pero, tras las representaciones que hacían los hombres confiriendo o negando determinada autonomía a las mujeres, se estaba produciendo también una alteración sustancial de la propia identidad masculina. La capacidad de los hombres para comprometerse en mayor o menor grado con cierto igualitarismo, indirectamente aludía y establecía los límites y las premisas sobre las que estaban dispuestos a pensar y vivir nuevos modelos de masculinidad.

Además, el populismo blasquista, por la propia naturaleza de sus discursos –que mezclaba lo público con lo privado y apelaba a las emociones del lector– suponía un instrumento eficaz para que las relaciones entre los sexos y las cuestiones personales fuesen tratadas en el periódico. El afecto, el sacrificio, la vida cotidiana, la vida personal, y otros muchos ámbitos atribuidos a la feminidad eran comúnmente utilizados por los hombres para hacer apelaciones políticas. Sumar el malestar diario y privado ampliaba la función crítica de los blasquistas y multiplicaba el número de sujetos, también las mujeres, que se decían o sentían marginados o insatisfechos; no sólo con la gestión política, sino sobre todo, con muchas conductas y valores vigentes que se referían a las mentalidades y a las costumbres.

Como los republicanos mismos afirmaban, su revolución era en primer lugar una revolución ideológica que concernía al conjunto de la sociedad. Así lo expresaban en un artículo titulado «Educación Popular»: «la humanidad, ya en nuestro siglo, todo lo puede con la fuerza soberana del pensamiento».11 Y la noción de humanidad, en sí misma, comprendía y abarcaba a hombres y mujeres, es decir, al conjunto de la especie. Pero, además, la fuerza de la nueva revolución, al menos en lo que a planteamientos teóricos se refería, consistía en que esa humanidad que compartía nuevos pensamientos e ideales contagiaba ineludiblemente a su entorno y expandía un modo distinto de ser. O, como ellos mismos decían:

Las ideas, cuando se propagan con ardor [...] son como el aire, las respiran los que quieren y los que no quieren. Son como la llama que todo lo purifica y transforma.12

Las nuevas ideas que los blasquistas difundieron, efectivamente, llegaron a formar parte, en cierta medida, del aire colectivo que, de algún modo, ambos géneros respiraron.

Así, no es extraño que en el año 1909, cuando el gobernador civil de Valencia instiga a los republicanos, prohibiendo sus actos públicos y denunciando al periódico, éstos le respondan afirmando que tras su organización había una masa inconcreta de sujetos dispuestos a apoyarles.

Alrededor nuestro se agrupan muchísimos miles de familias, de voluntades que, amparándose en la ley, nos ayudan en esta obra patriótica y progresiva.13

¿Estaban hablando de familias constituidas por grupos afines al movimiento blasquista o eran realmente las familias privadas que forman los matrimonios republicanos? Las «miles de familias» que estaban a su alrededor para apoyarles, eran con toda probabilidad las propias parejas que formaban un nuevo hogar, caracterizado también porque la pareja compartía, además de vínculos sentimentales, una misma visión política e ideológica de la vida social.

Una vez consolidadas las transformaciones referidas a la nueva identidad masculina, la revolución política y social del blasquismo se fue extendiendo, también, a las mujeres y al ámbito de lo privado y del hogar. Al menos esas eran las propuestas que hacia Azzati en uno de sus artículos:

La revolución no puede hacerse más que cultivando vidas para ella [...] Y si mi opinión goza de algún respeto, hablemos menos de revolución y hagámosla más, comenzando la épica empresa en nuestro hogar. Que quienes no consiguieron redimir ni á sus propias esposas ni a sus hijos no son garantía para realizar la revolución ni en las esferas del Derecho ni en el alma de la patria.14

En estas representaciones que constituían la visión del mundo que los blasquistas manejaban, se fueron dando a las mujeres mayores posibilidades para formar parte del movimiento y participar indirectamente a través de sus esposos de los ideales republicanos.

1. NUEVAS IDENTIDADES MASCULINAS

El compromiso ideológico del blasquismo –que como ya se ha mencionado, al menos teóricamente, iba más allá de la conquista del poder político y proclamaba la necesidad del desarrollo moral de la humanidad, demandando «para los pueblos una era de paz, de amor, de libertad y de justicia»–,15 se apoyaba en la creencia de que las ideas tenían un poder transformador e inmortal. Las ideas para los blasquistas, sólo formando parte del desarrollo personal de cada uno de los ciudadanos, serían capaces de hacer de la sociedad y de sus instituciones una realidad distinta.

En este sentido, en el proceso de acción política desarrollada por los blasquistas hay que prestar una especial consideración al hecho de que los ideales que se propugnaban como deseables para los hombres en el ámbito público, se proyectaban también, debiendo formar parte de la vida privada. Desde su punto de vista, la posibilidad de alcanzar alguna transformación política y social dependía, asimismo, de la capacidad que tuviesen como librepensadores y republicanos para vivir cotidianamente de acuerdo con su conciencia y sus pensamientos.

Como afirma Habermas,

los ideales del humanismo burgués marcaron el autoentendimiento de la esfera íntima y de la publicidad, y se articularon en los conceptos clave de la subjetividad y la autorrealización, de la formación racional de la voluntad y de la opinión, así como de la autodeterminación personal y política.16

El progreso, la igualdad, la libertad, la necesidad de la instrucción para mejorar la emancipación de los más desfavorecidos, no eran ideas inconcretas y abstractas que sólo se materializarían en la vida social como resultado de su acceso político al poder público, sino que debían formar parte del quehacer diario, del trabajo continuado de los militantes blasquistas.

Partiendo de estos planteamientos y a medida que los republicanos valencianos, en febrero de 1897, iniciaron la fusión y se desmarcaron definitivamente de las tesis del cambio revolucionario, el partido fue elaborando una propuesta filosófico-política que, como afirma Manuel Suárez al analizar el republicanismo institucionalista, desbordó los límites de la acción política estricta hasta adquirir todo su significado

en el marco más amplio de su interpretación de la vida humana, de la sociedad y de las diversas relaciones que el hombre –como individuo y como ser social– establece en los diversos órdenes de la vida.17

La identidad de los hombres blasquistas se proyectaba, por tanto, en los primeros discursos del periódico como una elección personal, una elección que significaba que no sólo se mantenían ideas diferentes a las del resto de grupos políticos, sino que además esas ideas suponían una conducta distinta.

Y puesto que defendían un liberalismo ético y paradójicamente social, que entendía al individuo participando activamente en la vida de la colectividad, la responsabilidad de los cambios políticos y sociales se representaban como cercana y abarcable, responsabilidad de cada militante blasquista o de cada individuo comprometido con los ideales republicanos, pues como afirmaba Escuder en El Pueblo, con no poca ingenuidad, «¡Que nuestra patria es anómala, inculta, supersticiosa! Pues bien; mejorémosla, que eso sí depende en parte de nuestra voluntad».18 O, bien, también llegaban a decir: «Trabajad todos por y para las ideas. Ellas nos conducirán sobre toda pequeñez á la suprema conquista, á la verdad [...] ¡Republicanos: sedlo!».19

La participación masiva de los hombres en la política hacía necesario construir mecanismos de cohesión y de identificación social que unificaran y canalizaran su fuerza.20

Esos mecanismos de cohesión fueron también un modelo identitario masculino que responsabilizaba directamente a cada militante republicano de los cambios en su entorno, porque muchos de los atropellos políticos que sufrían los demócratas eran el resultado de su falta de coherencia y de la incapacidad para agruparse y crear un frente político y social, que les permitiera contestar al sistema. Cuando se denuncian por parte de los republicanos de Bilbao ilegalidades en las elecciones del mes de julio de 1897, las reflexiones de El Pueblo volvían a incidir en que: «Es inútil esperar horizontes de justicia y prosperidad no saliendo a conquistarlas con nuestras propias manos».21

Y, nada más realizarse la unidad política de la mayoría de los republicanos valencianos en el partido de Blasco, Escuder remarcaba la necesidad de trabajar en la base, en las «provincias», porque sólo ésa era en realidad la tarea que les permitiría expandir las ideas que como republicanos mantenían:

Hecho está lo de arriba: falta hacer lo de abajo. A provincias acudiremos y allí en la brecha nos dedicaremos á la educación y a la conquista del pueblo español.22

Así se creó en torno al blasquismo un sólido tejido asociativo, accionado y reforzado por las apelaciones que hacían referencia a «la fe en los principios», a «la conciencia» y a «la honradez» de sus seguidores. De este modo, se diferenciaban a sus enemigos políticos, y representaban a los sujetos republicanos como los únicos «verdaderamente» revolucionarios y capaces de propiciar transformaciones sociales, ya que sus «principios» no eran sólo palabras abstractas, sino una nueva forma de «ser» y de actuar.

Por ello, los blasquistas promovían a través del periódico reiteradas campañas con el fin de movilizar e implicar cotidianamente a sus militantes. Recogían masivamente firmas, abrían suscripciones populares, promovían manifestaciones, o hacían repetitivos llamamientos a los militantes para trabajar en el partido y garantizar la «limpieza» de los comicios.23

En esta militancia activa de la que hacían gala los blasquistas, habitualmente, encontramos que las mujeres eran, también, invitadas a participar o participaban por su propia voluntad en los actos que se promovían. En los festejos del 15 de julio de 1897, cuando la Juventud Republicana conmemora la toma de la Bastilla (14 de julio), entre los oradores que pronuncian discursos encontramos que se cita como oradora a Dª. Belén Sárraga,24 y en el resumen del acto se puede leer: «Entre la concurrencia vióse gran número de señoras, que llevaban ceñido al cuerpo un cinturón con los colores republicanos».25

También, cuando se invita a los valencianos a que firmen en las oficinas del periódico El Pueblo en apoyo de Zola por el caso Dreyfus, son numerosos los nombres de señoras que figuran en el libro de apoyo, el cual finalmente envían los republicanos valencianos al escritor francés, que está siendo juzgado.

Como resultado de esta invitación a la participación, se promovía una conciencia cívica capaz de movilizarse espontáneamente y con diligencia, manifestándose en las calles y mostrando su desacuerdo con hechos que consideraban onerosos, como, por ejemplo, ante el desastre de Cavite,26 o ante los nuevos impuestos que aplicó Villaverde siendo ministro de Hacienda. En este último caso, de nuevo, la noticia del periódico da cuenta de que en la huelga general que llevaron a cabo los ciudadanos valencianos, también las mujeres y los niños se movilizaron y tuvieron su propio protagonismo.

Muchísimas mujeres y chiquillos desde la seis de la mañana dedicáronse a impedir que se abrieran los talleres, y varios grupos de hombres intentaron hacer cerrar los comercios lo que no fue necesario, pues la mayor parte de ellos ya se habían anticipado a hacerlo.27

Los blasquistas, con esta actitud de movilización popular y de reforzamiento de la militancia, resaltaban la importancia de la acción individual y afirmaban la necesidad de que los sujetos –sobre todo los hombres, pero también las mujeres–, adquiriesen un compromiso tangible con la vida social y política.

Frente al carisma de los líderes, la política de medro y privilegios que, desde su punto de vista, significaba para el resto de los partidos políticos obtener diputados y relacionarse con sectores sociales influyentes para el propio provecho, oponían la necesidad de acciones basadas en la presencia en las calles de la masa federal, que eran en realidad sus seguidores.

Sin embargo, conviene no olvidar que Pigmalión, refiriéndose a los republicanos influyentes, afirma que hubo también intereses particulares vehiculados a través del partido:

La junta municipal del partido estaba compuesta por hombres ambiciosos que aspiraban a ocupar cargos públicos de la administración y política valenciana. Otros, industriales y comerciantes, pensaban hacer grandes negocios al socaire de la política.28

También en el mismo sentido, Martí advierte que

Cal tenir en compte l’afavoriment per part dels blasquistes dels interessos d’una burguesia urbana beneficiada per l’assaig de reforma urbanística [...] fins al punt que J. López Hernando ha pogut parlar, en estudiar la política hisendística del blasquisme, d’autèntica detracció de recursos dels sectors populars per a subvenir els negocis immobiliaris dels propietaris.29

Estas representaciones que los blasquistas hacían de sus seguidores, aun cuando no siempre sus actuaciones tuvieron un correlato exacto con sus prácticas de vida, nos permiten comprender cómo aquellos republicanos –que en los primeros tiempos del partido en Valencia leían o escuchaban El Pueblo, eran «pobres, y en su mayoría iletrados, entendían la democracia a su manera y se dirigían al jefe para resolver cualquier asunto»–,30 fueron progresivamente formados para comprender que podía existir otra forma más moderna y efectiva de hacer política.

Desde este punto de vista, la tarea de los blasquistas se centró en convencer, sobre todo a los varones, de que no sólo era necesario confiar en la integridad que debían tener los líderes a los que votaban; también era necesario que la política se convirtiese en una responsabilidad colectiva. Como decía un artículo del periódico:

Podrán caer los jefes, pero las ideas sobreviven, y la protesta revolucionaria no muere ni morirá, pues se abriga en el corazón de todos los españoles honrados.31

O también:

El único medio de hacer republicanos es trabajar incesantemente por la causa, llevando á cabo campañas de actividad extraordinaria, sosteniendo el calor en todos los corazones y el entusiasmo en todos los cerebros.32

Esta visión se hacía presente, asimismo, en muchos de los artículos del periódico que trataban sobre los políticos relevantes. Los personajes de la vida política que aparecen en El Pueblo no sólo eran valorados por sus acciones públicas, sino que también se solía remarcar la necesaria coincidencia que debían tener su vida y sus ideales.

Las figuras tanto de Cánovas como de Castelar, de Sagasta, o Estévañez se analizan evaluando el conjunto de cualidades y comportamientos que conforman su personalidad; y en muchos casos, su vida familiar, el confort o el sacrificio, la comodidad o las renuncias gozadas o sufridas son las que definen, también, las intenciones públicas y la valía política del personaje. Las declaraciones de los políticos dejaban de tener valor o cobraban todo su valor sólo si eran capaces de ser coherentes con sus ideas, haciendo de su compromiso público un compromiso vivencial.

Desde estos parámetros, el juicio que el periódico aplicaba a los personajes que mencionaba solía ser benigno cuando se guardaba fidelidad a los principios, o podía ser implacable o demoledor en el caso contrario.

2. LA CONCIENCIA INDIVIDUAL, GUÍA DE LAS ACCIONES

Porque, en última instancia, cuando los individuos se comprometían políticamente, la necesidad de coherencia personal se hacía del todo necesaria incluso para mantener la propia conciencia de la nación. En un artículo titulado «Nación sin conciencia», el articulista criticaba los desastres políticos haciendo referencia, de nuevo, a la pérdida de los valores entre los hombres que gestionaban los asuntos públicos sin que los electores les demandasen responsabilidades. Pues no debían ser los mayores o menores éxitos, ni los beneficios materiales, como «los monárquicos [que] se aprovechan del voto para el medro personal», ni las presiones externas, ni el disfrute del poder. La base de cualquier proyecto político renovador era también la conformación de una conciencia autónoma que, en el interior de cada sujeto, permitía que éste se comprometiese con la colectividad y viviera consecuentemente en la línea de sus pensamientos. Ése era el principio que les diferenciaba, según su punto de vista, del resto de grupos políticos, porque no hacían uso de una doble moral y trataban de vivir sin someterse a ninguna moral externa ni a ninguna claudicación material. Por ello también muchos republicanos ilustres, después de abandonar sus cargos políticos por mantener sus ideas y actuar como les dictaba su conciencia, vivían en la pobreza.33

Vivir de este modo era fundamental en la nueva representación de la acción política que en ningún caso era una tarea fácil. Incluso la dificultad de la empresa se convertía en heroicidad y mérito, ya que, en última instancia, ése era también el sentido de un concepto de libertad que se definía como fundamento de una subjetividad ajena a cualquier servilismo. Como afirma Reig, «el tema de la libertad está siempre presente de una forma directa y hasta hermosa» en los artículos del periódico y en las grandes campañas que reiteradamente emprenden y que «muestran una pasión sincera que se comunica al lector».

Desde estos presupuestos, en un artículo titulado «Catecismo revolucionario»,34 cuando el escritor se pregunta retóricamente por las virtudes positivas de un buen republicano, la repuesta dice así:

La primera tener decisión; la segunda no confiar ni un minuto más en otra cosa que no sea la guerra activa á la monarquía, y la tercera y más importante, no dejarse seducir por nada ni por nadie.35

También cuando el periódico menciona que «a D. Alejandro Pidal le sale un hijo librepensador», el articulista matiza sus propias palabras añadiendo: «en el sentido de que piensa por sí, libremente, sin miedo al qué dirán, sin plegarse á conveniencias ni á prejuicios».36 Incluso cuando Benito Pérez Galdós «ingresa en la falange republicana», escribe una carta (que publica El Pueblo), en la que el escritor hace explícito que se reserva la independencia en todo lo que no sea incompatible con las ideas esenciales de la forma de gobierno que los republicanos defienden.37

Incluso cuando las mujeres republicanas tomaban la palabra, continuaban remarcando esa necesidad de acogerse a la libertad interna (que no se deja seducir por nada ni por nadie); libertad que se forma a través de la razón y la instrucción, mecanismos básicos para formar esas subjetividades «verdaderamente» autónomas.

En un mitin celebrado en Sagunto por los librepensadores, se narra el discurso pronunciado por Belén Sárraga con las siguientes palabras:

Hizo la historia de la mujer en la antigüedad y la consideración en que era tenida por los sacerdotes.

Añadió que no quería esclavas ni que siguieran sus doctrinas, sino que se instruyeran y luego con libertad siguieran las doctrinas que les inspirase su libre criterio.38

Los republicanos entendían la libertad como plenamente ligada al desarrollo de la razón individual, pero también como plenamente capaz de distanciarse de los seres o de las ideas que desde el exterior marcaban, observaban o juzgaban las conductas.

En el mismo sentido, cuando en 1898 Blasco Ibáñez agradece a sus votantes su elección como diputado, remarca también la importancia política que tiene para «el obrero honrado» (que le ha otorgado su voto) el desarrollo, a través de la educación, de un juicio autónomo que le permite elegir políticamente.

El obrero honrado que adquiere su instrucción en las horas de descanso, formándose sus opiniones con independencia, y purifica su voluntad de tal modo que sabe resistir las seducciones y da su voto al que cree más digno.39

Aun cuando las palabras de Blasco contienen, sin duda, una clara intención política que pretende redundar en su propio beneficio y en el de su partido, dichas palabras no dejan de remarcar la importancia que para los republicanos tenía la construcción de ese ámbito privado de elección, basado en el propio discernimiento.

Habermas,40 reflexionando sobre tres modelos de política deliberativa, afirma que según la concepción republicana la política no se agota –como afirma el liberalismo– en la función de mediación entre el Estado y los ciudadanos, «sino que es un elemento constitutivo del proceso social en su conjunto. La política es entendida como forma de reflexión de un plexo de vida ético». En la concepción liberal, la política (entendida en el sentido de formación de la voluntad política de los ciudadanos) tiene la función de

imponer los intereses sociales privados frente a un aparato estatal que se especializa en el empleo administrativo del poder político para conseguir fines colectivos.

En la concepción republicana, la política constituye el medio a través del cual «los miembros de comunidades solidarias [...] se tornan conscientes de su recíproca dependencia» y tratan de configurar, y transformar con voluntad y conciencia, y a través de relaciones de reconocimiento mutuo, esa comunidad en una asociación de ciudadanos libres e iguales. Y para estas prácticas, además de la solidaridad, que se constituye como una fuente de integración social, es necesaria también la práctica de la autodeterminación ciudadana que emerge de una base social autónoma.

Por ello, para que la sociedad civil fuese independiente de la administración pública liberal y del tráfico económico privado, era necesario también que los ciudadanos republicanos se percibieran a ellos mismos, primero, como portadores de unos principios e ideales específicos y distintos a los que mantenía no sólo el liberalismo más conservador, sino también de los que mantenía el liberalismo progresista; y segundo, que dichos republicanos fuesen capaces de actuar e incidir en la sociedad, haciendo coincidir sus ideales con sus conductas y prácticas cotidianas; lo que significaba que las nociones relacionadas con la autonomía –política y ciudadana– eran cuestiones vinculadas también a su propio autoentendimiento personal.

O dicho de otro modo, los seres o agentes sociales sólo existimos en una comunidad, lo que significa –como afirma Béjar, analizando las teorías del comunitarismo– que «la comunidad no es por ende un atributo sino un elemento constitutivo de la identidad».41 Así, los sujetos se forman como tales sujetos participando en comunidades o grupos específicos. Por tanto, la libertad se define no sólo a partir de las limitaciones sociales que enfrentan a unos seres o grupos a otros, sino también como el ejercicio diario que supone la conciencia de las interdependencias existentes entre los miembros que forman una comunidad o grupo.

3. AUTONOMÍA PERSONAL Y VIDA POLÍTICA

Así, y haciendo un recorrido que podríamos denominar de doble sentido, esos ideales profesados por los blasquistas debían materializarse efectivamente en la vida política, puesto que, en última instancia, sólo los individuos libres, autónomos y racionales, como afirman las siguientes palabras, podían –una vez unidos y organizados libremente– construir una nueva sociedad, sus instituciones e incluso proponer socialmente nuevas formas de conducta.

Cierto que con el poder divino del pensamiento, con el empleo de la razón, con el influjo de la ciencia, con el trabajo de la propaganda, siempre tienen las ideas pocos ó muchos adeptos, constituyen sistemas y hasta forman escuelas, pero verdad también que nunca se convierten en hechos, ni las adoptan los pueblos, ni rigen la vida, si los encargados de realizarlas no se unen, no se organizan, no suman sus fuerzas para crear instituciones, leyes o reglas de conducta.42

Los republicanos valencianos, identificados en muchos casos con el ideario de los krausistas españoles, asumían «la idea de la nación como una realidad construida en el tiempo por la voluntad colectiva».43 La autonomía personal cobraba sentido al extenderse al municipio, a la región, y a la nación, proponiendo una democracia que iba más allá de lo que representaba, puesto que afirmaba los derechos civiles y políticos de los nuevos ciudadanos libres e individualmente formados, para mejorar sus vidas y decidir en toda cuestión. Comunidad e individuo se debían equilibrar y reforzar porque, como afirmaba un articulista del periódico,

al entendimiento humano podrá dársele á conocer que el bien de todos juntos es el bien particular de cada uno, y amarlo ha el corazón por instinto y conveniencia.44

Lógicamente, la única forma de gobierno que garantizaba verdaderamente la aplicación y la instauración de esta dinámica social era la:

¡Bendita mil veces República, única forma de gobierno que garantiza la moralidad, por lo mismo que da al pueblo medios de protesta y le deja intervenir real y continuamente en el gobierno!45

Una de las características del republicanismo popular fue la concepción de la República como un mito, como el motivo movilizador de las mejores energías del pueblo porque se presentaba como la única alternativa moralizadora. Pero, además, frente al reformismo de la Restauración, que promovía la corrupción en las alturas y la inhibición en las masas, la República significaba abrir el camino a la modernización.46

Pero, aunque con frecuencia los blasquistas utilizaban la dicotomía de proyectar dos bandos beligerantes que se enfrentaban a los partidos conservadores, ellos mismos siempre se volvían a autodefinir como

los que buscan el establecimiento de verdaderos, puros principios democráticos; es decir, aquellos por los cuales gobierna la universalidad de los ciudadanos, y son por lo tanto contrarios a todo privilegio divino ó humano, de religión, de herencia, de sangre, ó de condición capitalista.47

El gobierno de «la universalidad de los ciudadanos», siguiendo de nuevo el análisis de Habermas, no significaba, como desde la concepción liberal, gozar sólo de derechos subjetivos frente al Estado o frente a los demás ciudadanos, sino tener derecho a la participación y a la comunicación política. Para el republicanismo, lo importante no era sólo que la política les garantizase la libertad frente a las coacciones externas, sino también la participación en una práctica común,

cuyo ejercicio es lo que permite a los ciudadanos convertirse en aquello que quieren ser, en sujetos políticamente responsables de una comunidad de libres e iguales.48

La formación política adquiría, así, dimensiones que acercaban la acción pública y de gobierno a los auténticos valores que habían inspirado las revoluciones liberales; porque, como apuntaba otro artículo del pueblo: «del despotis-mo no se va á la libertad, ni por la autoridad absoluta al ejercicio de la razón, que es la conciencia».49

En parte, los problemas de la política española, el escepticismo y la compra de votos, eran una consecuencia directa del despotismo que mantenían los políticos del resto de partidos que, defendiendo sus propios privilegios, impedían la participación popular y el libre ejercicio del sufragio.50

El voto, que sólo podían ejercer los varones, se convertía, por tanto, en el símbolo político de la libertad individual, y la venta de votos en la negación de toda capacidad subjetiva relacionada con la voluntad, la libertad y el honor personal.

Refiriéndose a Catarroja, donde los blasquistas sospechaban que el médico compraba con dinero los votos, un articulista de El Pueblo afirmaba:

Aquí el voto no supone juicio ni voluntad, deber y derecho, honor y honra. La facultad de elegir, el voto, el sufragio, esta sagrada creación de la voluntad, este acto inviolable del albedrío, supone en Catarroja el loco afán de un encubrimiento personal.51

Y aunque el populismo blasquista en ningún caso llevó a la práctica la totalidad de ideales que defendían en sus discursos, y jugó sus propias bazas –sobre todo para acrecentar su poder político–, la organización del propio partido y de los grupos afines al republicanismo daban pruebas de estar dispuestos a ejercer esa democracia vinculada a la libre elección de sus representantes, dejando que fuese la propia voluntad de sus afiliados la que asumiera las decisiones del partido o del grupo del que formaban parte.

Ya en el año 1897, cuando se explican en El Pueblo los acuerdos de la Asamblea Nacional Republicana que dará origen al nacimiento del Partido Fusión Republicana, se expresaban de este modo,

la conducta que en el porvenir seguirán todos los republicanos fusionados, es casi seguro que se convendrá que no siendo el nuevo partido de escuela cerrada, será lícito a todos sus afiliados la propaganda individual de distintos puntos de vista políticos, siempre que no afecte á las buenas relaciones de concordia y unidad establecidas en la base.52

Como consecuencia del texto anterior podemos deducir que formar parte del partido no debía implicar renunciar a las propias opiniones, sino establecer puentes para la unidad que debía hacerse desde la base.

Esta democracia comunicativa y participativa más compleja y difícil de llevar a la práctica cuando se trataba de ganar elecciones políticas y formar un partido fuerte– sin embargo, acentuaba la autoformación individual de los militantes republicanos a través de la práctica de la política, y situaba en un lugar central la autodeterminación de los sujetos que deseaban dar origen a un nuevo concepto de libertades públicas, orientadas a la participación y al entendimiento de los ciudadanos.

Pocos meses antes, cuando los republicanos estaban preparando la fusión, mientras el periódico hablaba acerca de los beneficios políticos que les supondría formar un solo partido, se celebró en el Teatro Pizarro un mitin en el que participaron los hombres más significativos del republicanismo valenciano del momento. En la narración del acto el cronista informa que «A petición del público bajo al escenario la exdirectora de La Conciencia Libre doña Belén Sárraga». Resulta insólita la intervención de una mujer en un acto político, y más, cuanto que fue requerida por el propio público, pero, con un considerable aplomo, las palabras que el cronista atribuye al discurso que espontáneamente pronunció Belén Sárraga inciden, de nuevo, en los principios más arraigados del republicanismo de la época; en la necesidad de acción directa e individual desde las bases y en la necesidad de trabajo y lucha para conseguir los objetivos de la unión: «Podremos –dijo– encontrar inconveniente; vernos detenidos por obstáculos; podremos perecer en la lucha, pero habremos luchado». Afirmó que el pueblo siempre vive y vivirá unido, y refiriéndose a los jefes añadió que lo mismo organizan un meeting que banquetean con los ministros. «Todo hay que esperarlo de los de abajo, nada de los de arriba». Opinó que el triunfo está cercano y pidió en corto plazo oír sonar «no aplausos, sino ruido más sonoro y más honrado».53

En base a la intervención de Sárraga en este mitin, cabe volver a señalar que las mujeres compartían con los hombres los mismos valores culturales y también la apertura del republicanismo blasquista a la intervención y participación de las mujeres en sus actos. Radcliff refiere la intervención de Belén Sárraga en una conferencia en Gijón en 1899 que «provocó una seria conmoción». Aun cuando Belén Sárraga era una excepción en el mundo masculino del republicanismo, entre los blasquistas era claramente valorada. Siguiendo la narración de Radcliff,

cuando se le pide a Melquiades Álvarez –la nueva estrella republicana en Asturias– que intervenga en un mitin junto a Belén Sárraga, se niega tajantemente aduciendo que «las mujeres no deben tomar parte en estas actividades».54

La misma estructura de funcionamiento abierto que reclamaba Belén Sárraga en el mitin del Teatro Pizarro, la encontramos en 1901, cuando el Casino Republicano Propagandista del distrito de la Misericordia celebra una reunión para «acordar la línea de conducta que debía seguir en las próximas elecciones de diputados provinciales». Después de una amplia discusión entre sus miembros, se llegó a la siguiente conclusión:

Siendo esta sociedad de unión republicana compuesta por elementos pertenecientes á las distintas agrupaciones en que se halla dividido el partido republicano, procede oficialmente permanecer neutrales, sin perjuicio de que los socios, particularmente, puedan votar la candidatura que mejor les plazca, dejando el local de la sociedad á disposición de los candidatos republicanos.55

Ciertamente, esta nueva forma de hacer política supuso un contacto más directo del partido con el electorado, y logró que la organización fuese capaz de movilizar a sus militantes con celeridad.56

Además de ofrecer contenidos nuevos en su comprensión de la política, el partido y los grupos afines al republicanismo aplicaban sus principios a las estructuras organizativas que formaban, de modo que la participación de sus afiliados se hacía efectiva y posible.

Es común encontrar en el periódico convocatorias como las que siguen: «La nueva Sociedad de Instrucción Laica La Luz celebrará junta general para renovar la mitad de la junta».57 O también,

La Sociedad de Instrucción Laica del distrito de Pueblo Nuevo del Mar celebrará el domingo á las 15 junta general ordinaria en el domicilio social, para la dación de cuentas y renovación de la mitad de la junta directiva según previene el reglamento de dicha sociedad. Se espera la puntual asistencia de todos los socios.58

El modelo individualista del liberalismo clásico se convertía, de este modo, en democrático y social, enraizado en el criterio personal, pero activo y sujeto al compromiso comunitario. Y en la práctica, a través de sus estructuras organizativas, los blasquistas hacían, también, accesible a sus militantes la autoformación y la participación en las prácticas políticas.

El funcionamiento mismo de Fusión Republicana era, al menos desde lo que podemos leer en el periódico, un ejemplo de organización moderna de partido. Para verificar las elecciones a los comités de distrito, se exponía durante treinta días en las sedes y casinos republicanos el censo, donde constaban los nombres de los miembros del partido. Terminado el plazo de exposición de las listas al público, se admitían nuevas afiliaciones, «reclamaciones de inclusión, exclusión o rectificación», durante un plazo de quince días más. Pasado ese tiempo, y siempre a través de los distintos locales que se distribuían por los diversos distritos de la ciudad, se procedía a las votaciones de los comités de distrito que constituían la organización máxima del partido.59

Según Reig, el partido de Blasco en Valencia y Lerroux en Barcelona

representa la primera experiencia de un partido moderno de masas, que mantiene una estructura estable organizativa y propagandística; que es capaz de comunicarse permanentemente con la base social y de movilizarla en los momentos oportunos; que gracias a esto se constituye como una fuerza política que, estando fuera del poder, deja sentir su presencia en cada caso; y que consigue la adhesión o identificación de un amplio círculo de personas que llevan una actividad política en su nombre y a los que hoy llamaríamos «afiliados» o «militantes».60

También Magenti afirma que realmente la novedad del blasquismo fue

una infraestructura moderna en el partit, amb casinos diferenciats (primer, en els diferents districtes electorals urbans i, més tard, en nombrosos pobles de la província) i la possibilitat de realitzar campanyes electorals dinàmiques, noves no sols entre els partits monàrquics sinó entre els mateixos republicans.61

Sin embargo, es posible también que esta estructura organizativa fuese en parte común en el republicanismo del último tercio del siglo XIX.

En base a estas normas de funcionamiento, cuando se convocaban elecciones, los llamamientos del partido a través del periódico para que los votantes comprobasen su inclusión en el censo eran constantes. En la sede de Fusión Republicana de la calle Libreros, los propios militantes blasquistas se ofrecían para solucionar cualquier duda o problema que tuvieran los electores. Posteriormente, en el año 1907, y ya con el nombre de Unión Republicana,62 el partido ofrecía sus «servicios» en los muchos Casinos ubicados en todos los distritos de la ciudad, para asesorar a los electores republicanos y verificar que sus nombres estuvieran correctamente incluidos en los censos del distrito donde les correspondía votar.63

Compr">la socialización de la política se puede definir como un proceso a través del cual los individuos se integran de manera activa y consciente en el juego político, interiorizando valores positivos o negativos del mismo.64

Lo que significa que existe un juego recíproco a través del cual la política promueve hábitos y también determinadas percepciones, apreciaciones y accio-nes que el individuo interioriza, lo que significa que incorpora de forma duradera una dinámica que se extiende a su confrontación diaria con el mundo social.65

De esta forma, los principios ideológicos defendidos por los republicanos, se incorporaron a la política, y puestos en práctica a través de la militancia activa, debieron reforzar las propias identidades de sus militantes varones, los cuales se convirtieron en sujetos «valiosos» que podían tomar decisiones, elegir por ellos mismos, y contribuir con su trabajo a conformar las estructuras y los cargos de representación que organizaban el partido y las organizaciones afines al republicanismo.

Como llegaba a afirmar un articulista de El Pueblo:

Ser hombre y no ser político indica una excentricidad en los tiempos que corremos. Algo parecido al no ser del que hablan los filósofos noveles en sus opúsculos de regalo.66

O también,

Nos pavoneamos los demócratas y los hombres de nuestro tiempo con las grandes conquistas en el papel escritas, que no grabadas en la vida, en las costumbres, en los intereses...67

Pero además, el Estado y las leyes eran los encargados de aplicar y garantizar esa noción de democracia que debía hacerse presente en muchos aspectos de la vida cotidiana.

Al igual que la política, que era parte de una elección personal, también la religión se comprendía como una elección, relacionada con la propia conciencia subjetiva.68

De este modo, una parte significativa de las protestas anticlericales de los blasquistas se relacionaban con la libertad religiosa de la que debían gozar todos los ciudadanos. La debilidad de los gobernantes, incapaces a la hora de respetar esa parte de la libertad que proclamaban las leyes, era objeto de críticas; porque el Estado estaba obligado a terminar con los privilegios que mantenía la Iglesia católica, y a garantizar la libertad de culto.

En 1901, el periódico denuncia que mientras Silvela pide el cumplimiento «de los artículos de la Constitución que garantizan la libertad de conciencia», sucedía que

a los individuos de la Sociedad Bíblica, obrando correctamente con la ley, han sido en muchos pueblos apaleados por los igorrotes católicos a los que no ha pasado nada. ¡Ah! Fariseo, fariseo, así anda todo en España, regido ó rajado por Pantojas o Pantojillas sin más ideales que la satisfacción de sus menguados apetitos.69

La Constitución que debía garantizar la libertad de conciencia no era igual para todos.

De nuevo, en 1909, los blasquistas vuelven a insistir en los mismos principios cuando afirman:

Nosotros lejos de atacar á la Iglesia, más bien la defendemos de los que con sus actos reprobados la denigran y escarnecen; la defendemos con el más amplio espíritu de justicia, considerando que los hombres han de ser libres en la profesión de sus ideas y en el ejercicio de su culto; con la esperanza de una equitativa reciprocidad que garantice la libertad de nuestras conciencias.70

Siguiendo de nuevo a Habermas, mientras que la concepción liberal mantiene una noción del derecho y del orden jurídico consistente en que dicho orden permite decidir en cada caso particular qué derechos asisten a qué individuos, según la concepción republicana, los derechos subjetivos se derivan de un orden jurídico objetivo que debe posibilitar y a la vez garantizar «la integridad de una convivencia basada en la igualdad, la autonomía y el respeto recíprocos».71 Desde la concepción republicana se establecía, por tanto, una conexión interna entre la práctica de la autodeterminación de los pueblos o comunidades y el imperio personal de las leyes.72 Entendidas como un marco colectivo de convivencia, las leyes, que eran universales e iguales para todos, no podían hacer diferenciaciones entre sujetos o grupos, puesto que su función era dar a cada individuo la potestad de ejercer su propia libertad amparado en la objetividad del orden jurídico.

Pero para formar la libertad de criterio y de elección de sus militantes la tarea del blasquismo debía ser acrecentar la razón individual y tratar de plasmarla en la realidad. Lo que había supuesto un esfuerzo de formación y autoformación dirigido, sobre todo y en un principio, a los varones de los sectores sociales más desfavorecidos, es decir, a esas masas irracionales y apasionadas que debían socializarse y aprender a vivir y a vivirse desde parámetros nuevos. Como ellos, también afirmaban: «Toda rebelión está en la cultura. Con un arma se comete un crimen: con una idea se construye un pueblo».73 La garantía de una nueva política, desde su punto de vista, estaba relacionada con ese nuevo sujeto político capaz de discernir, porque previamente se había esforzado para formar sus ideas y sus opiniones con independencia. Como afirma Béjar;

las libertades civiles básicas serán aquellas relacionadas con el intelecto. La autonomía de la conciencia es el derecho liberal más importante y de él se derivan la libertad de pensamiento y la libertad de opinión. Pero el pensamiento ha de hacerse acto y así aparece la libertad de acción.74

Por ello y para que los hombres se convirtieran en sujetos libres era necesario que se «formasen» racionalmente.

En este proceso de autoformación de los individuos blasquistas, la transformación de la identidad genérica masculina se constituyó en fundamental, el eje alrededor del cual giraron muchos de sus programas sociales y culturales.

Las mujeres y la transformación de su identidad genérica, sin embargo, fueron una cuestión secundaria y, mayoritariamente, estuvieron en función de los intereses masculinos. Las mujeres como las que formaron la Asociación General Femenina, en los orígenes del partido, compartieron con los hombres cierto protagonismo y también los mismos principios ideológicos. Pero su cometido social, la «encarnación» en la identidad femenina de los principios que los republicanos mantenían, no fue como en el caso de los hombres una prioridad del partido. Tampoco en las representaciones que el periódico hacía de las mujeres se percibía con claridad un proyecto identitario referido a las mujeres que tan claramente se manifestaba cuando se referían a los hombres.

No hay que olvidar que el idealismo republicano (que Habermas pone también en cuestión)75 se aplicaba sobre una comunidad específica, en un contexto concreto. Aunque las representaciones del periódico, a veces, parecían referirse a un pueblo único e indiferenciado, los procesos democráticos no siempre están orientados de una forma simple y lineal –como decían los blasquistas– hacia la conquista del progreso y del bien colectivo. Las identidades colectivas, aun cuando se representaban como universales, no podían ocultar que las diferencias entre los individuos que, en aquel tiempo formaban la sociedad valenciana, se basaban en ejes valorativos «marcados» por la tradición y el contexto que, en este caso, atribuían a las mujeres cometidos políticamente no significativos. Estas particularidades adscritas a los sujetos (como la etnia, el género, la edad) estaban históricamente determinadas e influían sobre las posiciones, significados y prácticas que dichos sujetos podían o debían emprender en el «nuevo» contexto. Pese al populismo de los discursos republicanos que, de algún modo, parecían contener las aspiraciones femeninas, los blasquistas eran un partido político, también, con profundos intereses electorales que hacían que los varones, que eran quienes podían votar, se constituyeran en el grupo prioritario con el que se comprometió el blasquismo. No hay que olvidar que

en situaciones de pluralismo cultural y social, tras las medidas políticamente relevantes, se esconden a menudo intereses y orientaciones que de ningún modo pueden considerarse constitutivos de la identidad de la comunidad en su conjunto.76

Sin embargo, del mismo modo que la dinámica policlasista que promocionaba el blasquismo, se apoyó en la necesidad de establecer una conciencia laica, autónoma o racional –permitiendo el reconocimiento de los varones más o menos desfavorecidos, como sujetos capaces de gozar de derechos políticos–, también en este proceso, las mujeres republicanas obtuvieron bases, legitimación para poder reclamar sus derechos, sobre todo apoyándose en las nuevas identidades masculinas, que extendía la política hasta la familia y la cotidianidad, en cuyo seno ellas gozaron de ciertas atribuciones. Sin embargo, la ciudadanía política de las mujeres y su consideración como sujetos autónomos en pocos casos se concretó de una forma clara en el proyecto blasquista. Pero, lateralmente, las mujeres tomaron contacto con un nuevo universo público, político y de relaciones sociales que les permitía desarrollar, también, una capacidad de discernimiento progresivamente autónomo.

4. EL OCIO MASCULINO

La necesidad de que los hombres de los grupos sociales más desfavorecidos adaptaran sus conductas a unos determinados ideales resultaba, sin embargo, una tarea compleja. Porque en una sociedad donde la educación y la cultura eran inaccesibles para la mayoría de los ciudadanos, resultaba difícil acercar y popularizar formas de conocimiento y pensamiento, en principio reservadas a las élites intelectuales que formaban parte mayoritariamente de las clases medias urbanas o de los sectores sociales más acomodados.

Las ambiciones del krausismo, que demandaban «una reforma general del país a partir de un ideario armónico, solidario y laico», tuvieron su concreción en la Institución Libre de Enseñanza, a través de la cual los intelectuales españoles aspiraban a difundir una ciencia social y política reformista basada en un nuevo espíritu armónico y racional que, superando el individualismo abstracto del liberalismo filosófico, extendiera ideas relacionadas con una nueva economía social y una organización de la vida social organicista, democrática y solidaria más acorde con las nuevas realidades de la sociedad española de su tiempo. Las doctrinas y los objetivos educativos del kausoinstitucionalismo, pese a no estar inscritos en ninguna escuela específica, tuvieron una notable influencia entre muchos de los políticos e intelectuales de finales del siglo XIX;77 pero la difusión de sus ideas entre las «masas», sobre todo entre las capas sociales más desfavorecidas, fue una tarea que implicó a muchos de los grupos afines al republicanismo.

Combinando visiones, unas veces moderadas y otras veces más radicales, el periódico El Pueblo asumió la tarea de socializar a los ciudadanos progresistas en la nueva ética política y social que el krausismo y las élites intelectuales más liberales trataban de difundir. A través de la acción y de la representación política, los casinos republicanos, las escuelas laicas, los grupos de librepensamiento y las Sociedades Obreras, organizados en torno al partido republicano que había fundado Blasco y a su órgano diario de difusión, trataron de dar coherencia y aplicar en la práctica el proyecto que los regeneracionistas krausistas y los republicanos demandaban para transformar la nación. También, los grupos socialistas, anarquistas, las corrientes relacionadas con la escuela moderna o los grupos que trataban de difundir el esperanto, tuvieron en ese tiempo un espacio abierto para difundir sus ideas en el diario republicano. Así, lograron en las primeras décadas del siglo XX sembrar el sueño de un pueblo republicano emancipado de los poderes emergidos tras la revolución liberal y de la deriva oligárquica del liberalismo español a lo largo del siglo XIX. Pero lograron, además, que ese pueblo, al que los republicanos se dirigían haciendo uso de una notable demagogia, se convirtiese en sujeto activo de la política y de la vida social.

Para la formación de los blasquistas en el nuevo ideario fue necesario socializar a los hombres en nuevos modelos de comportamiento en lo que hacía referencia al disfrute del tiempo libre y, también, a las relaciones con las mujeres y con la vida familiar.

A principios de siglo, la radical segregación entre los sexos en las clases populares hacía que el tiempo de ocio masculino se dedicara sobre todo a las reuniones en las tabernas, donde la charla, el juego y la bebida eran las principales ocupaciones. Este ocio exclusivamente de los hombres, donde las mujeres no tenían cabida, ocupaba su tiempo de descanso y daban lugar a una sociabilidad sin objetivos, en muchos casos irracional. A veces, llena de peleas y discusiones, que condenaba a los varones a embrutecerse con el alcohol y a perpetuarse en hábitos que los republicanos consideraban anacrónicos e inmorales y en cuya transformación se comprometieron, con la intuición de que era necesario modificar ciertas nociones sobre el significado y las vivencias de la masculinidad para poner en marcha algunos cambios sociales importantes.

En todas las novelas del ciclo valenciano de Blasco Ibáñez, La barraca, Cañas y barro, Flor de Mayo, Cuentos valencianos y Entre naranjos aparecen reiteradamente escenas donde se describe cómo este ocio masculino que se vive en tabernas y casinos se significa, por un lado, como un espacio de expansión, de encuentro y distracción, que en algunos casos conduce a una cierta degradación de la conducta de los hombres; y, por otro lado, como ajeno, casi una huida de los hombres de las responsabilidades y presiones del entorno familiar.

Espacio de una supuesta libertad masculina, en el casino los hombres pueden hacer abiertamente comentarios sobre Leonora, la cantante de ópera que en Entre naranjos se había establecido en Alzira, mujer independiente y de vida libre, de la que «sólo hablaban bien los hombres en el Casino, cuando se veían libres de la protesta de su familia».78

Las tabernas, el juego, el alcohol, donde hombres con hombres se distraían y hablaban, ajenos a la presencia femenina, demarcaban el espacio real y simbólico no sólo entre los géneros, sino también entre las responsabilidades sociales que tenían los hombres con respecto a su trabajo, su familia y su propia personalidad, que sólo entre hombres se mostraba finalmente sin cortapisas. Las presiones sociales exigían de los hombres cargas y compromisos que sólo se subvertían en el espacio donde se encontraban solos; en las tabernas, por ejemplo, donde podían expresar finalmente una masculinidad, provisionalmente, al margen de sus deberes sociales.

Como se narra en La barraca, refiriéndose a los encuentros masculinos en la taberna de Copa, «cuando un padre de familia ha trabajado y tiene en el granero la cosecha, bien puede permitirse su poquito de locura».79 Pero, seguidamente, en la descripción de la actividad de los hombres en el local de Copa, se muestra cómo este «poquito de locura» sobrepasa ciertos límites y las reyertas y peleas se hacen presentes. Los conflictos sociales, la rabia de los labradores por la explotación a la que les somete el «amo» de la tierra, se vuelve contra los mismos labradores que, aletargados por el alcohol, se enfrentan entre ellos en las tabernas y garitos, incapaces de comprender que sus disputas bravuconas no son la solución a las arbitrariedades de los propietarios.

Así, esta noción de la identidad masculina violenta, que se expresaba sobre todo en el tiempo de ocio, perpetuaba a los hombres de clases populares en valores y hábitos de conducta que el blasquismo, como ya hemos dicho, consideraba necesario transformar.

Por tanto, el ocio en las tabernas, en el juego o en los toros se significaba por los republicanos como una válvula de escape a través de la cual se expresaba una masculinidad, en muchos casos chulesca, prepotente y agresiva, promocionada por el poder para perpetuar en el inmovilismo y en la ignorancia a los grupos sociales más desfavorecidos, principales practicantes de este tipo de entretenimientos realmente muy extendidos en la época. Como cuenta Pigmalión «había entonces en Valencia muchos garitos y casas de juego defendidas por chulos baratos y matones».80

Una de las expresiones más directas de esta relación que los blasquistas establecían entre la identidad masculina y la violencia, la encontramos en un artículo humorístico titulado «El símbolo» y que firmaba Luis Taboada. El texto dice así:

A algunos les parece muy bien la costumbre de llevar navajas en el bolsillo y se mueren por sacarlas y fingir que matan a uno detrás de una puerta [...] Y esgrimen el arma con encantadora agilidad, y se hacen la ilusión de ser unos homicidas terribles [...] En fin la navaja desaparecerá cuando muramos todos. Hay quienes ya vienen al mundo con ella.

Y, a continuación, se establece en el texto un corto diálogo:

—Corra Ud. D. Nicomedes; corra usted que ya ha salido de cuidado su señora.

—¿Y qué ha soltado? ¿Niño ó niña?

—Un niño, un niño muy hermoso, con su navajita colgada al cuello.81

Los niños parecían nacer vinculados irremediablemente a la «navajita», símbolo inequívoco de su masculinidad. Ser hombre suponía que era necesario ostentar y practicar formas de valor y violencia que daban prestigio al individuo dentro de la comunidad. Los sujetos más desfavorecidos parecían obtener un cierto reconocimiento social demostrando que eran valientes y capaces de amedrentar e imponerse por la fuerza sobre los demás.

Como decía el periodista Escuder, la vida para los pobres era dura, los obreros vivían en condiciones de habitabilidad precarias, en casas insalubres y oscuras, «amontonados en cuchitriles, revueltos los sexos, sin abrigos, incómodos», y, en este estado de penuria, añadía: «la embriaguez suele ser su única diversión».82 Esta precariedad en las condiciones de vida de los más necesitados con frecuencia suponía que la embriaguez y las peleas entre hombres iban unidas; y aunque estas expresiones de la masculinidad estaban para los blasquistas relacionadas con sus deficientes condiciones materiales, desde su punto de vista, eran intolerables y anacrónicas, responsabilidad de las autoridades que no hacían nada para solucionarlas. Parte del problema era que los gobernantes no se preocupaban tampoco de elevar el nivel cultural de los hombres que vivían en el atraso y en la subordinación, manteniendo hábitos de conducta y formas de pensamiento antiguos y bárbaros. La continuidad del sistema político de la Restauración no se manifestaba sólo en prácticas de poder político caciquiles, arbitrarias y antidemocráticas, sino en la extensión y perpetuación de toda una tradición cultural que suponía, también, unos usos cotidianos que extendían las prácticas políticas hasta las conductas personales.

Además, los agentes de la autoridad, aplicando unas fórmulas políticas, también irracionales, arbitrarias e injustas, continuamente dejaban tranquilos a los «chulos» y violentos con los que, incluso, compartían ciertas conductas y determinados ambientes. Como era frecuente leer en el periódico El Pueblo:

Ni en África ocurren actos de barbarismo como en Valencia [...] Desde que el productivo oficio de matón es respetado por los agentes de la autoridad y protegido por las personas influyentes, la seguridad pública en esta ciudad es un mito.83

En cualquier caso, los republicanos incidían en las conductas violentas que enfrentaban a los hombres para solucionar los conflictos. Así, incluso cuando las actividades violentas tenían lugar entre los propios republicanos, admitían que la violencia entre los iguales no era la solución.

La solución a los problemas de la violencia, de las peleas, incluso de la embriaguez, no era el tolerarlos amparándose en la propia arbitrariedad y complicidad de las autoridades, ni tampoco dictar órdenes para reprimirlos. Como se puede leer entre líneas en el artículo anterior y se afirma con rotundidad en otro artículo titulado «La moral conservadora», las soluciones a esos problemas se relacionaban con otra noción de las relaciones entre hombres, una noción que tuvieran como base determinados ideales, como la fraternidad y los razonamientos, que debían desterrar las pasiones y el instinto como métodos antiguos en los que se basaban las relaciones humanas.

En el artículo titulado «Pueblos bárbaros», las palabras del propio Blasco Ibáñez lo expresan del siguiente modo:

No hay en el mundo gente más valiente que nosotros –se dicen–; al enemigo que cae lo escabechamos; la matanza o el incendio son nuestros medios de convicción; nuestra ley la del más fuerte; nuestra diversión, ver correr la sangre. Vivimos aislados de la civilización que es el afeminamiento; seamos fieles al taparrabos y al rompecabezas; símbolo del valor.84

Para cambiar la sociedad había que iniciar un proceso de culturización, de civilización, o de «afeminamiento», como lo hubieran llamado los «valientes» de entonces, un proceso que consistió en que los hombres más desfavorecidos, los trabajadores que disponían tan sólo del tiempo de ocio para instruirse y participar en otro tipo de prácticas culturales y políticas, debían racionalizar y encauzar su tiempo libre y sus diversiones. Debían, por tanto, transformar en claves lógicas y razonables, tendentes a un fin preciso, los parámetros que regían sus pautas relacionadas con las diversiones para hacerlas social y políticamente útiles.

Por todo ello, la resignificación que el blasquismo pretendía hacer de la identidad masculina asociaba reiteradamente el embrutecimiento del pueblo con el aprovechamiento que las ideologías reaccionarias hacían de la brutalidad y la incultura de los hombres. Un pueblo culto y progresista debía utilizar de una forma más adecuada su tiempo libre, ya que determinadas diversiones, además de ser bárbaras y atrasadas, aletargaban a la masa e impedían a los individuos preocuparse por los problemas que tenía la nación.

En este sentido, también, las corridas de toros fue otro de los temas favoritos que utilizaron los republicanos para relacionar, ocio masculino, violencia, incultura y política.85

Para los republicanos valencianos el problema era que desde la política nacional se favorecía la incoherencia de estos comportamientos y no se promovían otro tipo de distracciones relacionadas con la educación o la cultura del pueblo.

Como decía otro articulista del periódico; «No me gustan las corridas de toros. Pero, ¿y las carreras de caballos, el boxeo, los cabarets? Hagamos una campaña culta contra todo esto».86

Desde el punto de vista de los blasquistas, un caudal inmenso de energías masculinas que debían destinarse a hacer frente a la incultura y al atraso nacional se «distraían» en diversiones ilusorias y anacrónicas, y los políticos no prestaban atención a la instrucción y al fomento de la capacidad intelectual del pueblo, que en este caso, eran en realidad los hombres. La ley del más fuerte, las peleas entre hombres, el valor torero y sanguinario, debían dejar de ser símbolos del valor masculino. Las prácticas embrutecedoras del juego, la embriaguez, los toros o el uso de la violencia personal mantenían la ilusión entre los hombres, sobre todo entre los de clases populares, de que podían «ser alguien» e imponerse sobre los demás; o las distracciones «bárbaras» podían ayudarles a evadirse momentáneamente de la miseria y de la mediocridad en que vivían. Como los propios hombres, la nación debía dejar atrás sus propios mitos e implicarse en la «verdadera» civilización. La «civilización», relacionada con una nueva autopercepción de los sujetos, suponía que los hombres se hacían conscientes de que las transformaciones sociales y la mejora de sus condiciones de vida dependían también de ellos mismos, de su propia capacidad de instruirse y comprometerse políticamente, aplicando su tiempo de ocio en tareas útiles que realmente reportasen algún beneficio a la colectividad.

En este sentido, la educación, el pensamiento, la racionalidad, el compromiso social y las actuaciones políticas debían ser los nuevos símbolos de la masculinidad. El valor viril era saber enfrentarse políticamente a quienes pretendían mantener a los más desfavorecidos en el atraso cultural y en la subordinación. El nuevo valor masculino era comprometerse en las organizaciones obreras que defendían los intereses de los trabajadores y reivindicar pausadamente, pero con contundencia, los derechos que las leyes otorgaban a los ciudadanos. Por ello, la violencia masculina individual debía transformarse en violencia colectiva y política. Y esta nueva valentía masculina para enfrentar las injusticias sociales era el «verdadero» signo de la virilidad.

Así, cuando una delegación de republicanos españoles visita Bélgica y los socialistas belgas «presionan» para que los republicanos españoles acudan al parlamento de aquel país, los socialistas granadinos felicitan a los obreros belgas por «vuestra protesta, honrada, viril y revolucionaria».87 Igualmente, no dudaban en alabar con palabras que hacían referencia a su virilidad a un ex-concejal republicano que se resistía a las presiones de Capriles que en 1904 ejercía de gobernador civil de Valencia y con el que los blasquistas republicanos mantenían enfrentamientos:

La junta directiva del Casino de Unión Republicana acordó en la sesión de ayer felicitar al digno exconcejal D. José María Codeñea por la viril y gallarda contestación dada á Capriles con motivo del requerimiento de éste para que aceptase una concejalía interina ó de esquirol.88

Del mismo modo, en un artículo titulado «Lo que aquí falta», cuando los blasquistas acusan a los liberales y a los propios republicanos de fomentar la pasividad política no dudaban en preguntarse:

Qué de extraño tiene la metamorfosis de ciudadanos viriles en inmensa borregada, si han matado las energías populares los mismos que debieron trabajar por robustecerlas y desarrollarlas.89

La «auténtica» virilidad para los blasquistas, se relacionaba directamente con la capacidad de los hombres de intervenir políticamente y hacer frente a lo que ellos consideraban injusto y arbitrario. Así, no era extraño que en un artículo titulado «Sólo quedan las mujeres» llegaran a decir:

Un amigo nuestro dice con muy buen sentido que todavía España tiene un áncora de salvación: las mujeres.

Ellas son las que de años á esta parte dan pruebas de virilidad en España, las que se imponen á las autoridades en motines y asonadas, las que silban á los malos españoles.

Los hombres han quedado reducidos al papel de tropa asustadiza y ni se resuelven á dar un silbido allí donde hace falta por temor á que les resulte perjuicio.90

Simbólicamente, la nueva virilidad no se basaba en una violencia prepotente y personal que se ejercía entre iguales, sino en la capacidad de los nuevos sujetos para hacer frente y denunciar los problemas colectivos que eran siempre políticos. La violencia colectiva, aunque la ejerciesen las mujeres era, por tanto, además de un exponente de la virilidad, una forma legítima de transformar la política.91 Por eso los blasquistas trataban de espolear la masculinidad de los hombres afirmando que, en los últimos años, las mujeres eran las únicas que demostraban virilidad en España al enfrentarse a las autoridades. Y, por eso, también eran capaces de titular otro artículo con palabras que decían: «Gobierno femenino». Los fracasos de la Marina y la pasividad con que el Señor Moret aceptaba las agresiones que había sufrido la embajada española en Washington, les llevaba a afirmar:

No es extraño que esto ocurra, ya que la nación está regida por seres débiles y por un gobierno cuyo inspirador es un hombre con espíritu femenino.92

Hábilmente demagógicos, los blasquistas utilizaban los atributos genéricos con más o menos valor según se refiriesen a lo «viril» o a lo «femenino», según su propia conveniencia. Sin embargo, para los blasquistas las apelaciones a la virilidad no remiten exclusivamente como mantiene Álvarez Junco a «valores culturales violentos», ni resultan excesivamente groseras como parece que fueron en el caso de los lerrouxistas, que hacían referencia a los órganos sexuales masculinos para afianzar el carácter revolucionario del propio Lerroux.93 La valentía viril se entendía no como agresiones entre iguales que se enfrentaban personalmente, sino con el compromiso colectivo ante lo que política y socialmente se consideraba ilegal, arbitrario, injusto o denigrante. La violencia que a nivel individual era considerada por los blasquistas detestable, sin embargo, se consideraba deseable cuando era colectiva y se ejercía con un fin político.

Pero para que los hombres pudiesen ser ciertamente esos nuevos sujetos «viriles» y para que comprendiesen con detenimiento el origen de las injusticias sociales, los trabajadores y obreros que tenían un tiempo reducido para formarse y ejercer la política debían emplear su tiempo libre en tareas políticamente útiles. En este sentido, en el relato de una conferencia en el café Dos Reinos de Pueblo Nuevo del Mar, el señor Monfort Nadres contrapone y sanciona dos modelos excluyentes que tenían los obreros de vivir el tiempo libre. Por un lado, estaban los que se entregaban a los hábitos de conducta relacionados con el ocio que el blasquismo pretendía erradicar y, por otro lado, los obreros con hábitos de conducta que el blasquismo promocionaba. Por supuesto, estas representaciones trataban de significar dos modos antagónicos de vivir la identidad masculina. Así, en su charla el citado señor

dijo también que los obreros, lejos de procurar por el estudio, por la cultura emancipadora, se entregan a las corridas de toros y al aguardiente. Otros sacrifican horas de descanso al estudio.

A continuación, en el mismo artículo, al narrar los actos que siguen a la conferencia, tenemos un ejemplo de cómo los blasquistas practicaban ya esa nueva identidad masculina que ligaba política, cultura y diversión, promocionando formas de conducta que estaban transformando la imagen y los roles que socialmente debían desempeñar los hombres. Como colofón al encuentro de los republicanos en el café,

Una banda de música sin otro uniforme que la blusa, entretuvo a los obreros ejecutando piezas populares. Al terminar el acto se tocó La Marsellesa.94

En los primeros tiempos del partido, estas campañas de los republicanos para reformular la identidad masculina y encauzar el tiempo libre de los hombres, fueron constantes. En las elecciones de diputados de 1903, cuando Blasco Ibáñez tiene que enfrentarse a Soriano y pronuncia un mitin en el Centro de Unión Republicana, aparece la misma contraposición entre dos formas de entender y vivir la masculinidad.

Así, Blasco habla de Valencia como de

un pueblo donde se avergonzará el hombre de llevar armas mortíferas, donde el hombre de ciencia encontrará la inspiración de sus investigaciones; el artista sus musas; el escritor sus fuentes de creación.

Y continúa su discurso afirmando que ya se había hecho algo de este programa y se continuaría haciendo porque «un pueblo que jugaba en las tabernas ahora leía».95

La ciencia, las artes y la creación debían sustituir a las vergonzosas armas mortíferas. La lectura ya ocupaba el tiempo que antes dedicaban los obreros a los juegos de taberna.

Durante los años que comprende la presente investigación, determinadas organizaciones más o menos afines al republicanismo se pusieron también en marcha para difundir otras nociones de identidad masculina relacionadas con la educación y la cultura. Desde el periódico se daba publicidad a sus actos y, como cuando anunciaban el «Festival Musical de la plaza de Toros» organizado por las Escuelas de Artesanos, los periodistas republicanos siempre volvían a insistir en que al citado acto debía «acudir el que sienta cariño hacia esa institución, que tantos seres arranca del vicio y tanto difunde la ilustración entre la clase trabajadora».96

También la tarea de los casinos en estas transformaciones de la identidad masculina debió de ser fundamental, porque durante ese tiempo libre de los hombres era también cuando se acordaban informalmente las estrategias de los partidos políticos y cuando, habitualmente, tenían lugar las conversaciones y el intercambio de opiniones.

El mundo de la vida política, reservado también exclusivamente a los varones, contaba con el espacio privilegiado de los cafés y casinos, donde los hombres discutían y se reunían con sus amigos compartiendo informaciones y buscando aliados políticos en el ambiente distendido de esos lugares de ocio.

En la novela Flor de Mayo se explica que en el café de Carabina, el tío Mariano aguardaba la llegada del alcalde y de otros de su clase escuchando con desdeñosa superioridad al «tio Gori, viejo carpintero de ribera que durante veinte años iba al café todas las tardes a deletrear el periódico desde el título a la plana de anuncios, comentando especialmente las sesiones de las Cortes ante unos cuantos pescadores que en días de holganza le oían hasta el anochecer».97

Los cafés y las tabernas de barrios y pueblos eran, pues, centros de ocio y a la vez de tertulia, donde tradicionalmente, también, los hombres se informaban, discutían y fraguaban alianzas.

Emulando a esos cafés y casinos de los barrios y pueblos, la vida asociativa de los casinos y centros republicanos combinaba la vida política del partido con un tiempo libre que podía ser evasión y distracción para los hombres, pero que trataba a su vez transformar los hábitos de conducta masculina, haciendo la sociabilidad reflexiva y el tiempo de ocio un espacio abierto a la cultura, progresista y comprometido con ese desarrollo personal que se entendía como la base de los cambios sociales.

Apoyándose en algunos hábitos de conducta ya establecidos, como era el de acudir a los casinos, los blasquistas, con un claro fin, pretendían imprimir a la sociabilidad masculina un claro matiz ideológico.

Así, cuando en 1903 se puso en marcha la Universidad Popular en Valencia, con sede en el Centro de Fusión Republicana de la calle Libreros, los blasquistas ya podían afirmar que

por fin, las mesas, los naipes y las fichas de dominó se arrinconarían unas horas mientras duraban las clases, y tal vez el ambiente instructivo de las enseñanzas, de los profesores que diesen sus lecciones desde sus cátedras populares, acabarían por avergonzar a los jugadores que se dedicarían a leer y a instruirse.98

El tiempo de ocio del que sólo los hombres disfrutaban (puesto que las mujeres de clases populares, durante el tiempo que les dejaba libre el trabajo remunerado, permanecían en la casa o se reunían con las vecinas para coser y charlar) fue, por tanto, uno de los ámbitos desde donde se impulsaron muchas de las iniciativas que el blasquismo proponía con respecto a la identidad masculina.

Pero los casinos, a medida que el partido republicano se fue consolidando como un eje fundamental de la sociabilidad masculina, ampliaron sus competencias y se convirtieron en espacios de sociabilidad familiar. Bailes, veladas musicales o teatrales, conferencias instructivas, pronto se programaron contando y reclamando la presencia de las mujeres de los republicanos. La vida política y asociativa, se convirtió también en vida de relaciones sociales disponible para todos los miembros de la familia republicana. Como espacios alternativos, los casinos no dudaron en programar actos propios para celebrar determinadas fiestas, como la conmemoración de la Primera República o la toma de la Bastilla; y más tarde, los casinos programaban continuas actividades relacionadas con la diversión y el entretenimiento. Incluso las fiestas tradicionales como las navidades, pascuas o carnavales se celebraban en los casinos republicanos adquiriendo, por supuesto, otros matices mucho más acordes con sus presupuestos ideológicos. Así, en 1909, en un artículo titulado «Los bailes del carnaval en nuestros Casinos», el periódico felicitaba a la directiva y comisión del baile con estas palabras: «Así se trabaja: uniendo el arte, el recreo y el buen gusto con la hermosa nota de los ideales que se sustentan y defienden».99

Desde el ambiente de hostilidad que los blasquistas expresaban ante esas formas de identidad masculina que se manifestaba de forma violenta en tabernas y cafetines, hasta la autocomplacencia que mostraban ante sus propias formas de diversión y sociabilidad, se había recorrido un interesante camino. Aquellos ideales que en los primeros tiempos del partido debían servir de guía a la conducta masculina continuaban sustentando la programación de un acto, tan aparentemente insustancial, como era un baile de carnaval. Los que compartían los mismos principios políticos se divertían y recreaban en familia para mostrar en público, en sus propios casinos, un nuevo estilo de vida.

En 1908 el partido contaba ya con una Comisión de Fiestas que, para «dar mayor brillantez á la conmemoración del 11 de febrero», acordaba contactar con los demás casinos del partido para que «estudien la idea y colectivamente lleven á la práctica toda iniciativa». Para tal «efecto se reunieron algunos presidentes y acordaron en principio celebrar una fiesta de caridad, un festival escolar y un acto político».100 En las fiestas de caridad solían participar activamente las mujeres, y en los festivales escolares el protagonismo se reservaba a los niños. El acto político final formaba parte, por tanto, de una compleja red donde la representación del «hacer» republicano se extendía a la fiesta e implicaba a diferentes grupos de edad y género.

La nueva sociabilidad masculina y el tiempo de ocio de los hombres, al hacerse política y culturalmente «útil», había logrado «reunir» en algunas ocasiones a los hombres y mujeres republicanos, proyectando indirectamente un nuevo modelo de relaciones familiares que se mostraban en público

1 Sobre el tema del populismo, véase J. Álvarez Junco (comp.): Populismo, caudillaje y discurso demagógico, Madrid, cis, 1987, pp. 219-270; J. Álvarez Junco: El Emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, Madrid, Alianza, 1990.

2 R. Reig: Blasquistas y..., p. 14.

3 También Townson afirma que «populismo es un concepto escurridizo que se ha usado para cubrir una variedad de formas políticas [...] Sin embargo, “populismo” ha sido usado específicamente para hacer referencia a una política que intenta movilizar el apoyo a través de la atracción de un líder carismático. Su mensaje es moralista, emocional y antiintelectual e inconcreto». En N. Townson: «Introducción», en N. Townson: El republicanismo en..., p. 27.

4 S. de Beauvoir: El segundo sexo. La experiencia vivida, Buenos Aires, Siglo Veinte, 1987, p. 54.

5 El Pueblo, 15 de febrero de 1898.

6 C. Fagoaga: «La herencia laicista del movimiento sufragista en España», en A. Aguado (coord.): Las mujeres entre la historia y la sociedad contemporánea, Valencia, Generalitat Valenciana, Direcció General de la Dona, 1999, pp. 91-111.

7 El Pueblo, 19 de febrero de 1898.

8 El Pueblo, 2 de agosto de 1896.

9 El Pueblo, «Hace veinte siglos», Blasco Ibáñez, 24 de diciembre de 1897.

10 Desde esta perspectiva y en referencia a los hombres, se trata de considerar las cargas sexuales y de género que tienen los símbolos y el lenguaje de la política. Para una reflexión al respecto, véase G. Bock: «La historia de las mujeres y la historia del género: aspectos de un debate internacional», Historia Social, 9..., pp. 69-72.

11 El Pueblo, 9 de marzo de 1896.

12 El Pueblo, 11 de marzo de 1897.

13 El Pueblo, «Nuestra Obra», 18 de septiembre de 1909.

14 El Pueblo, 20 de agosto de 1909.

15 El Pueblo, «Fin de siglo», Alfredo Calderón, 26 de enero de 1898.

16 J. Habermas: Historia y crítica de la..., p. 22.

17 M. Suárez Cortina: «El republicanismo institucionista...», pp. 61-81.

18 El Pueblo, 1 de mayo 1896.

19 El Pueblo, «A trabajar», 9 de mayo de 1910.

20 En el estudio de Litvak en torno a la sociología del anarquismo español se afirma también que «la exaltación de la acción social se llevaba a cabo no sólo como norma de existencia humana, sino también como una más ancha apertura de idealismo benéfico y fervor altruista». L. Litvak: Musa libertaria. Arte, literatura y vida cultural del anarquismo español (1880-1913), Madrid, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, 2001, p. 171.

21 El Pueblo, 10 de julio de 1897.

22 El Pueblo, «La fusión republicana», 5 de junio de 1897.

23 El Pueblo, «Elecciones», 11 de abril de 1899.

24 Mª. D. Ramos: «Feminismo y librepensamiento en España. Contra las raíces de la sociedad patriarcal», en C. Canterla (coord.): VII Encuentro de la Ilustración al Romanticismo, Cádiz, Universidad de Cádiz, pp. 313-330; Mª. D. Ramos: Belén Sárraga: una líder social del 98 en Andalucía, Córdoba, Publicaciones Obras Social y Cultural Cajasur, Actas del Primer Coloquio Internacional Andalucía y el 98, 2001. También véase, C. Martínez, R. Pastor, M. J. de la Pascua, S. Tavera (dirs.): Mujeres en la historia de España. Enciclopedia biográfica, Barcelona, Planeta, 2000, pp. 681-685.

25 El Pueblo, 15 de julio de 1897.

26 El Pueblo, «La manifestación de anoche», 16 de julio de 1898.

27 El Pueblo, 2 de julio de 1899.

28 Pigmalión: Blasco Ibáñez novelista..., p. 48.

29 M. Martí: «La societat valenciana de la Restauració...», p. 160.

30 Pigmalión: Blasco Ibáñez novelista..., p. 49.

31 El Pueblo, 9 de febrero de 1896.

32 El Pueblo, 14 de mayo de 1899.

33 El Pueblo, «Ladrones y hombres honrados», 4 de octubre de 1897.

34 También Litvak y Álvarez Junco mencionan este tipo de «catecismos» libertarios o republicanos propios de la toponimia cristiana. La sustitución de los valores religiosos enlaza también con la idea del sacrificio por las ideas y con la veneración de las figuras míticas de los «mártires del progreso». L. Litvak: Musa libertaria..., pp. 79-80; J. Álvarez Junco: El Emperador...

35 El Pueblo, «Catecismo revolucionario», 4 de febrero de 1897.

36 El Pueblo, 23 de noviembre de 1898.

37 El Pueblo, «Carta de Benito Pérez Galdós», 7 de abril de 1907.

38 El Pueblo, 24 de abril de 1899.

39 El Pueblo, 7 de mayo de 1898.

40 J. Habermas: «Tres modelos de democracia. Sobre el concepto de una política deliberativa», Debats, 39 (1992), p. 18.

41 H. Béjar: El corazón de la república. Avatares de la virtud política, Barcelona, Paidós, 2000, p. 174. Cita textual de las teorías de Sandel.

42 El Pueblo, «La fusión republicana», 11 de noviembre de 1897.

43 Hay que matizar que la formulación que Suárez Cortina atribuye a los krausistas españoles fueron en sí mismas contradictorias. M. Suárez Cortina: «El republicanismo...», p. 72.

44 El Pueblo, 3 de julio de 1897.

45 El Pueblo, «La plena inmoralidad», 16 de enero de 1897.

46 R. Reig: Blasquistas y..., p. 202.

47 El Pueblo, 9 de marzo de 1910.

48 J. Habermas: «Tres modelos de democracia...», p. 19.

49 El Pueblo, «Nación sin conciencia», 20 de septiembre de 1898.

50 El Pueblo, «Escepticismo», 13 de noviembre de 1902.

51 El Pueblo, 13 de marzo de 1901.

52 El Pueblo, «Asamblea Nacional Republicana», 1 de junio de 1897.

53 El Pueblo, «El meeting de ayer», 8 de febrero de 1897.

54 P. Radcliff: «Política y cultura republicana...», p. 386. Radcliff hace referencia a la Aurora Social, 7 de octubre de 1899.

55 El Pueblo, 4 de marzo de 1901.

56 M. Cerdá (dir): Diccionario histórico..., pp. 149-150.

57 El Pueblo, 9 de julio de 1901.

58 El Pueblo, 6 de julio de 1901.

59 El Pueblo, 6 de julio de 1901.

60 Reig cita, para apoyar sus tesis, el trabajo de Romero-Maura. R. Reig: Blasquistas y..., p. 226.

61 S. Magenti Javaloyas: L’anticlericalisme blasquista. València: 1898-1913, Simat de la Valldigna, Edicions La Xara, 2001, p. 39.

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