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Luis Javier Plata Rosas
LA CIENCIA Y LOS MONSTRUOS
Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes

Plata Rosas, Luis Javier
La ciencia y los monstruos: Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes.– 1ª ed.– Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2017.
Libro digital, EPUB.– (Ciencia que ladra… serie Clásica / dirigida por Diego Golombek)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-629-794-3
1. Divulgación. I. Título.
CDD 501
© 2017, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de portada: Eugenia Lardiés
Ilustraciones: Mariana Nemitz
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: diciembre de 2017
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-629-794-3
Este libro (y esta colección)
Ya lo dijo un tal Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”. ¿Y qué mejor sueño de la razón que la mismísima ciencia?
Porque los monstruos, esas maravillas del pensamiento, de los mitos y, sí, de los sueños, son de esas alteraciones de la naturaleza que nos obligan a apuntar hacia ellos nuestros telescopios, rayos X, microcámaras y termografías para entender por qué ese algo es diferente del resto, se destaca en un fondo homogéneo. Lo monstruoso, en este caso, es lo diferente, lo que no alcanzamos a comprender. Qué mejor entonces que exagerarlo, desgarrarlo hasta que resulte irreconocible y aterrorizante.
Hay de todo en este bestiario de Luis Javier Plata Rosas: hombres lobo, hongos alucinógenos, brujas, zombis, lunas llenas y hasta una curiosa monstruofilia que nos hace humanos y deseosos del terror en el cine a medianoche. Pero no siempre se trata de experiencias sobrenaturales. Recordemos que a veces estos bichos monstruosos son cosa de todos los días. Así, si tenemos en cuenta que “vampiro” significa, literalmente, “que se alimenta de sangre”, allí estarán los vampiros-pulga, los vampiros-mosquito y los vampiros-murciélago. En cierta forma, muchos de los monstruos más queridos tienen su origen en algún fenómeno natural que recorre cual fantasma estas páginas.
Y si hay un país que festeja a sus monstruos, a sus enmascarados y, mucho más, a sus muertos, es el querido México. “Qué parecidos son los gritos de amor y los de los moribundos”, nos enseña Malcolm Lowry en una novela que transcurre, justamente, en el día de los muertos. De allí viene, como no podía ser de otra manera, esta celebración de la ciencia monstruosa para inaugurar la publicación sistemática de autores mexicanos en esta colección. El experto colega y amigo Juan Nepote nos acercará a algunos de sus más notables científicos, que adoran contar la ciencia de una manera cercana y rigurosa, cotidiana y precisa. Sean bienvenidos al mundo de los ladridos científicos. Ciencia que ladra… festeja la gran tradición de la divulgación científica en tierras aztecas, de maravillas tecnológicas como el chicle, el caucho o los meteoritos acaba-dinosaurios.
Esta colección de divulgación científica está escrita por científicos que creen que ya es hora de asomar la cabeza por fuera del laboratorio y contar las maravillas, grandezas y miserias de la profesión. Porque de eso se trata: de contar, de compartir un saber que, si sigue encerrado, puede volverse inútil. México nos acompaña en esta aventura de contar el mundo con ojos soñadores y científicos.
Ciencia que ladra… no muerde, sólo da señales de que cabalga.
Diego Golombek
Prólogo
El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar paisajes nuevos, sino en mirar con nuevos ojos.
Marcel Proust
¿Quién no se ha topado con un monstruo alguna vez en su vida? Desde los horrendos personajes que habitan los cuentos de nuestra infancia hasta los enormes y pequeños ogros con los que compartimos la vida diaria. Hemos inventando los monstruos para encarnar nuestros miedos y, como podemos descubrir en este libro, para convivir con lo que aún no entendemos. Por eso los monstruos y las monstruosidades son un tema relevante para la ciencia. Sobre todo, son muy importantes para la idea que nos hacemos acerca de la ciencia y los científicos. Ahí tenemos el caso de Abraham Stoker (“Bram”, para los amigos), matemático de formación y autor de un relato que pensó titular El no muerto, pero que con buen juicio científico acabó llamando con una palabra de potencia trágica y melodiosa: Drácula. Con su monstruo, Stoker contribuyó sustancialmente a moldear la opinión pública sobre la ciencia, sus alcances y usos, alimentó algunos temores ante lo desconocido y, de paso, le dio nombre a un género de orquídeas. De esta y otras monstruosidades se enterará el lector de este horripilante libro de Luis Javier Plata Rosas, un episodio más de la complicidad entre la Argentina y México, que ya ha dado importantes frutos. No podemos olvidar que fue en tierra azteca donde se instaló el doctor en ciencias químicas Arnaldo Orfila Reynal para ejercer su profesión de editor con maestría impar, y donde, después de padecer un ataque de censura del gobierno de turno, se aventuró a fundar una nueva editorial, Siglo XXI Editores, con el apoyo de personajes fundamentales de la cultura mexicana como el astrónomo Guillermo Haro, quien lo incitó a “iniciar o fortalecer decididamente la edición de libros científicos y técnicos que tanto necesitamos”.
En México existe una larga tradición científica que no hemos terminado de contarnos a nosotros mismos y que, por lo tanto, todavía no reconocemos. Ya estaba presente en Carlos de Sigüenza y Góngora y en Antonio Alzate ese interés por comprender el mundo que habitamos y el sitio que ocupamos en él; ya estaba presente en la experimentación con el chicle, con las bebidas surgidas del mezcal, con el chocolate, con los números, la astronomía e incluso con las tinturas para teñir las telas; y, sin dudas, en la búsqueda de nuevos materiales y arriesgadas tecnologías para construir tanto pirámides como ciudades sobre lagos, o en las técnicas para reconocer, organizar y clasificar nuestra biodiversidad.
La publicación de autores mexicanos en CQL es una forma de avivar y extender la conversación que hace ya varios años iniciaron Diego Golombek y Siglo XXI Editores Argentina para continuar este “camino apasionante y maravilloso, a lo largo del cual hemos creado una comunidad de científicos, escritores, lectores y editores, todos ladrando juntos para mostrar lo poderoso y divertido de ponerse ojos de científico y salir a mirar el mundo. La ciencia ladra… y cabalga”.
Juan Nepote
En otros terrenos se puede avanzar hasta donde han llegado otros antes y no pasar de ahí, pero en la investigación científica siempre hay materia por descubrir y de la cual asombrarse.
Mary Shelley, escritora
La ciencia occidental se distingue por su sentido de lo maravilloso. Los monstruos son y seguirán siendo una parte integral de ella. Maravillarse de los monstruos marca la ciencia temprana y lleva a la ciencia moderna.
Pierre Laszlo, químico
Introducción
Cuando era niño, era consciente de que, en la noche, la visión infrarroja revelaría monstruos escondidos en el armario del dormitorio sólo si eran de sangre caliente. Pero todo el mundo sabe que el monstruo promedio del armario es reptiliano y de sangre fría.
Neil deGrasse Tyson, astrofísico
Desde nuestra infancia –como individuos y como especie– hemos convivido con ellos. Los hemos buscado, sí, debajo de la cama, dentro del armario, detrás de las puertas…, pero también acechando detrás de todo aquello que, en la naturaleza, nos atemoriza y atrae a la vez. No podemos evitar cerrar los ojos, y hasta cubrirlos con nuestras manos, ante la advertencia de que está a punto de aparecer uno de ellos, pero tampoco nos es posible no entreabrirlos y hacer trampa separando un poco nuestros dedos: son los monstruos.
La palabra “monstruo” viene del francés monstre, que a su vez tiene su raíz en el latín monere, que significa “advertir”. Y es que, dado el aspecto de los monstruos, su presencia jamás puede pasar inadvertida entre nosotros.
En los comienzos de la ciencia moderna, durante los siglos XVI y XVII, el término “monstruo” no estaba asociado necesariamente a algo atemorizante. Otro era el adjetivo que describía mejor a un monstruo: “maravilloso”, algo que rompía por completo con las leyes que la naturaleza tenía que obedecer y que los científicos intentaban descubrir. Hallar algo que desafiaba la explicación científica a la mano no podía ser más que una excepción a la regla, una irregularidad, una aberración, una trampa con la que, para los creyentes, Dios se hacía presente con el objeto de demostrarnos que la ciencia no tenía la última palabra. Se trataba, en definitiva, de un monstruo.
Descubrir monstruos de todo tipo en una época en la que Europa estaba descubriendo el resto del mundo tampoco era tan difícil, y, en vez de museos, las colecciones privadas dieron lugar a los llamados “cuartos de curiosidades”, aunque una traducción más próxima al original en alemán, Wunderkammern, es la de “gabinetes de las maravillas”.
Escribí este libro teniendo en mente a estos gabinetes de las maravillas, con el propósito de que, al igual que en ellos, en sus páginas convivan, como en ese entonces, la ciencia y los monstruos inspirándose, atrayéndose y, en último término, maravillándose una con los otros. Espero que, al igual que los biólogos, físicos, químicos, ecólogos y otras criaturas de la ciencia que se sintieron atraídas e inspiradas por alguna de las horrorosas criaturas que aquí aparecen –al menos, lo suficiente para seguirlas y descubrir en ellas algo que al resto de nosotros se nos había escapado–, también los lectores exploren con placer, si bien no tan plácidamente, estos parajes.
No es esta, por lo tanto, una obra de criptozoología, en la que intentamos averiguar, de una vez por todas, si la evidencia con la que contamos es suficiente para concluir que Pie Grande o el Monstruo del lago Ness en verdad existen o si todo ha sido parte de un gran engaño. Tampoco se trata de un bestiario ni de una enciclopedia de monstruos. Mucho menos de un tratado sobre pastafarianismo, esa parodia de religión –y que conste que escribo esto como una simple descripción, no como una crítica– en la que se venera en broma al Monstruo Volador de Espagueti, cuyo poder es tan grande que le ha permitido colarse aquí y en uno que otro capítulo.
Agradezco a Diego “Gollumbek”, ese monstruo de la divulgación, a Carlos E. “de Espanto” Díaz, y a todos los librescos y fantásticos seres de “Ciencia que ladra”, por corregir y mejorar notablemente este experimento, así como a la doctora Liza Kelly, quien examinó el engendro que originó la criatura que el lector tiene en sus manos. Gracias también a Juan Nepote por incluir a mis monstruos en su selección mexicana.
A todos aquellos que más de una vez han sentido horror ante monstruos tan intangibles, pero igualmente universales, como el Coco1 y las matemáticas, dedico esta “ciencia monstruosa”. Mientras recorren estas páginas, en las que conviven los más grandes monstruos de la fantasía con auténticos monstruos de la investigación científica –algunos no tan afamados, aunque de igual modo trascendentes en la historia de nuestra especie–, tal vez no esté de más tomar en cuenta las palabras de Marie Curie: “En la vida no hay cosas que temer, sólo cosas por entender”.
Felices pesadillas.

1. Química quimérica
Cuando la mayoría de la gente piensa en la palabra “química”, piensa en un viejo siniestro con una bata de laboratorio riéndose maliciosamente sobre un vaso de precipitados que burbujea. Esta imagen acaso proviene de las películas y de la televisión, que en general representan a los químicos como creadores de monstruos terribles […]. Por fortuna, en años recientes los medios de comunicación han revisado su antigua imagen de los químicos: ahora a veces nos representan como seniles en vez de insanos.
Ian Guch, químico
Para tu información, todo el mundo sabe que los monstruos las prefieren rubias.
The Toxic Avenger (1984)


La química de los muertos vivientes: vudú, “zombificación”2 y neurotoxinas
1. ¡Organízate antes de que se pongan de pie!
2. Ellos no tienen miedo, ¿por qué deberías tenerlo tú?
3. Usa tu cabeza: corta la de ellos.
4. Los cuchillos no necesitan recargarse.
5. Protección ideal = ropas ceñidas, pelo corto.
6. Sube la escalera, luego destrúyela.
7. Sal del auto, sube a la moto.
8. Mantente en movimiento, mantente oculto, mantente quieto, ¡mantente alerta!
9. Ningún lugar es seguro, sólo más seguro [que otro].
10. El zombi puede haberse ido, pero la amenaza continúa.
Max Brooks, Zombi. Guía de supervivencia

Si alguna enseñanza práctica nos ha dejado el género de terror de los años recientes, en películas, televisión y cómics, es que nuestra especie no desaparecerá a un ritmo propio de la escala geológica y como consecuencia del calentamiento global. El apocalipsis, lo sabemos todos los amantes de los monstruos, se escribe con “z” de zombis.

En otra parte de este libro nos aterrará saber que, de existir los zombis, las matemáticas permiten predecir un holocausto similar a aquel contra el que lucha infructuosamente la todo menos horrorosa Milla Jovovich cada segundo de las seis películas de la saga Resident Evil; en otras palabras, un mundo en el que es altamente probable que nuestro vecino más cercano sea un muerto viviente y nuestros cerebros, su plato principal y en el que los días de la humanidad están contados –o, más bien, calculados mediante fórmulas en una computadora–. Pero no nos adelantemos, que eso es tema para otro capítulo.
Es verdad que, tratándose de criaturas biológicas, los zombis no podían escapar de la selección natural. También ellos han evolucionado: de lentos seres descerebrados –muy por debajo de Forrest Gump en la escala de estupidez– se convirtieron en caníbales con una marcada preferencia por los sesos y, en sus versiones más recientes, en criaturas hipercinéticas que pondrían en apuros a más de un maratonista. No obstante, lo que nos interesa en este capítulo es explorar primero los orígenes de estos monstruos de comportamiento tan gregario para, con ayuda de la química, ver luego de qué manera le era posible al antiguo hechicero vudú crear su propio zombi “folklórico”, de características más inofensivas que su contraparte popularizada por los éxitos de Hollywood.
En el folklore haitiano, un zombi es un cadáver humano (aunque, como dice cierta canción, en realidad “no estaba muerto”,3 o no del todo, según veremos más adelante) que un hechicero vudú –también llamado boko– ha reanimado mediante la magia o, más bien, con una muy “pequeña” ayuda de ciertos polvos “mágicos” cuyos ingredientes tendremos oportunidad de examinar en estas páginas.
El zombi carece de voluntad propia, lo que aprovecha el hechicero para ponerlo a trabajar como esclavo. Si existiera un “Manual del boko para el cuidado de su zombi”, la primera instrucción que contendría, en letra destacada, diría:
Muy importante: jamás alimente a su zombi con sal.
La consecuencia de infringir esta regla no es una transformación del zombi al estilo Gizmo-criatura pacífica/gremlin criatura diabólica; ocurre que, simplemente, el zombi deja de serlo y, una vez restituida su conciencia, es posible que el humano dezombificado sienta unos impostergables deseos de convertir a su esclavizante hechicero ya no en un muerto viviente, sino en un muerto-muerto.
Los zombiólogos, o como sea que se llamen a sí mismos los estudiosos de los zombis, han propuesto diferentes etimologías para la palabra que define a su objeto/sujeto de estudio. Algunos especialistas consideran que proviene de jumbie, término caribeño para “fantasma”; otros señalan nzambi como posible origen, que en el Congo significa “espíritu de una persona muerta”. También hay quienes aseguran que tiene su raíz en zonbi, palabra criolla para referirse, precisamente, a una persona que muere y es regresada a la vida, pero desprovista de voluntad y habla.
Una controversia académica mucho mayor generó a mediados de los años ochenta el etnobotánico estadounidense Wade Davis cuando, en su libro La serpiente y el arcoíris, publicado en 1985, afirmó que los zombis… ¡realmente existían! Aunque aclaró, casi de inmediato, que en rigor no se trataba de muertos vivientes, sino de individuos vivos mantenidos en estado de trance con la ayuda de drogas.
A la manera del ficticio Indiana Jones, Wade Davis había hecho una expedición a la isla que es cuna de los zombis para investigar supuestos casos de muertos vivientes en una sociedad en la que nadie tenía duda alguna de su existencia: la mismísima ley haitiana no requería mayor evidencia empírica para condenar como asesinato la zombificación de un individuo, sin importar que este siguiera vivo (art. 246 del Código Penal de Haití, en vigor desde 1835). El libro alcanzaría fama mundial al servir de inspiración para la película homónima (The Serpent and the Rainbow), dirigida por Wes Craven en 1988, director más conocido por la mayoría de los cinéfilos por A Nightmare on Elm Street (1984) y Scream (1996).
Mezcla de artículo científico con novela de aventuras y bitácora de viaje, La serpiente y el arcoíris, a la manera de los libros de Carlos Castaneda, autor de obras como Viaje a Ixtlán, llamó la atención de antropólogos y farmacólogos por igual. Sólo que en este caso se sustituyó el peyote empleado por el brujo don Juan –según Castaneda– por las sustancias que, de acuerdo con Davis, daban al hechicero vudú el poder de crear zombis.
Y es que, si lo pensamos un poco, no es cualquier cosa llevar a cabo un plan entero que involucre: 1) conseguir que una persona ingiera la cantidad adecuada de una sustancia que la haga parecer muerta hasta para el ojo entrenado, de manera que 2) pueda ser enterrada viva, 3) luego reanimada y, por último, 4) conservada durante tiempo indefinido en estado casi letárgico. La posible aplicación masiva de sustancias zombificantes excede su uso por parte de algún político vivillo e inescrupuloso. Ahora bien, más allá de la política mundana, imaginemos la aplicación de esta técnica en ciertos ámbitos, como el de la exploración espacial: en los viajes de larga duración a otros mundos lejanos, los zombinautas podrían ser reanimados una vez que llegaran a destino. Interesante, ¿no?
Introducción a la “zombicología”: peces globo y tetrodotoxina
Doctor Hibbert: Sí, de hecho consumió el veneno del pez globo, por lo que me dijo el chef, así que es muy probable que le queden 24 horas de vida, Homero.
Homero: ¿24 horas?
Doctor Hibbert: Bueno, 22, lamento haberlo hecho esperar tanto.
Homero: ¡Oh, Marge! ¡Voy a morir! ¡Voy a morir!
Doctor Hibbert: Bueno, si le sirve de consuelo, no sentirá ningún dolor sino hasta mañana por la noche, cuando su corazón explote de repente…
Los Simpson, “One Fish, Two Fish, Blowfish, Bluefish” (1991)
Es hora de que presten atención todos aquellos que alguna vez soñaron con convertirse en hechiceros vudús: la parte folklórica de la creación de un zombi señala que una persona tiene un corps cadavre (su cuerpo físico). Pero, a diferencia de las religiones judeocristianas, contaría también con un gwo bon anj, responsable de que el cuerpo esté vivo, y un ti-bon anj o ti bon ange, responsable de que uno esté consciente y cuente con memorias. Si uno quiere zombificar a alguien, tiene que atrapar el ti-bon anj del futuro esclavo en un recipiente cerrado; una vez que se halla atrapado en ese lugar, el ti-bon anj recibe el nombre de “zombi del espíritu” o “zombi astral”. El cuerpo reanimado, ya sin libre albedrío y listo para arar las tierras y seguir sin chistar todas las órdenes del hechicero vudú, correspondería a lo que los bokos conocen como “zombi de la carne” o zombi cadavre. En su libro, Wade Davis narra cómo algunos haitianos intentaron venderle algunos “zombis astrales”, previendo que serían mucho más fáciles de pasar como inmigrantes por la aduana estadounidense que los zombis cadavres.
No desesperen los lectores escépticos: es el momento de que la ciencia entre en auxilio de la zombificación; o, en todo caso, de una explicación para ella en la que no intervenga lo sobrenatural. En agosto de 2007, los físicos Costas J. Efthimiou y Sohang Gandhi publicaron un artículo4 en el que citaron al antiguo hechicero vudú y ahora predicador evangélico Frère Dodo. Abjurando de su pasada religión, Dodo reveló el ingrediente secreto de la pócima zombificadora: un polvo hecho con el hígado de Sphoeroides testudineus o de Diodon hystrix, dos especies de pez globo que habitan –no tan plácidamente, por lo visto– en las aguas de Haití. ¿Y qué es lo que contiene el hígado de estos peces que los hace tan especiales? Una poderosa neurotoxina –una sustancia que altera el funcionamiento del sistema nervioso– conocida como tetrodotoxina o, para abreviar, TTX.
Diez mil veces más letal que el cianuro, la tetrodotoxina ocasiona que, alrededor de media hora después de ser ingerida, la víctima sufra una parálisis motora (en términos menos médicos: que se quede petrificada), pero con plena consciencia de lo que está ocurriendo. En el lapso de unas horas sobreviene la muerte por sofocación o ataque cardíaco. La mala noticia es que no hay antídoto alguno para ella. La buena noticia es que, si el paciente logra sobrevivir más de veinticuatro horas, por lo general se recupera sin mayores complicaciones.
Uno pensaría que, con excepción de quien ya haya sido convertido en zombi, nadie que cuente con su ti-bon anj en plena libertad se arriesgaría a ingerir tetrodotoxina por error. Mucho menos a pagar por ella participando en una especie de “ruleta rusa” culinaria. Pero, al parecer, los japoneses –al igual que Homero Simpson– opinan de otra forma y, con una tasa de mortalidad del 50% en unos 200 casos anuales de envenenamiento por TTX, su corazón sigue siendo arrebatado por el suculento fugu –palabra japonesa que designa tanto el pez globo como el plato elaborado con su carne– sin temor alguno a morir o a convertirse en zombis del chef responsable de preparar este plato.
Conocedores de la máxima de Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, mejor conocido como Paracelso, según la cual “todas las cosas son veneno, y nada es sin veneno; sólo la dosis permite que algo no sea venenoso”, los hechiceros vudús administrarían la cantidad precisa de TTX para zombificar sin matar, mezclándola de manera subrepticia en la comida o en la bebida de su víctima.

No es difícil imaginar el porqué del estado mental pasivo de quien fue enterrado vivo, luego de la parálisis inducida por la TTX, en un ataúd. Si el hechicero no fue suficientemente rápido al desenterrar al futuro zombi, el daño cerebral ocasionado por la falta de oxígeno es más que probable. Si, para tener total control de su zombi, el boko añade lo que los haitianos nombran como concombre zombi (“pepino de zombi”), los botánicos como Datura stramonium y los mexicanos como “vil toloache”, los alcaloides contenidos en esta planta garantizarán obediencia de por vida mientras la víctima se mantenga drogada.
Para quienes siguen sin convencerse de que zombis caribeños deambulen por los campos de Haití, en 1997 los médicos Roland Littlewood y Chavannes Douyon analizaron tres casos clínicos de zombificación.5 En el reporte de estos casos tan macabros se nombra a los pacientes como FI (mujer, 30 años), WD (hombre, 26 años) y MM (mujer, 31 años). Una elección más sencilla, si bien políticamente incorrecta, habría sido etiquetarlos Z1, Z2 y Z3.
En el caso de FI, tres años después de haber sido enterrada, un amigo la reconoció cuando caminaba cerca de su pueblo. La gente la etiquetó de inmediato como zombi debido a que caminaba de manera muy lenta, con la cabeza baja y moviendo apenas sus brazos. El diagnóstico médico fue que se trataba de esquizofrenia catatónica.
En los otros dos casos, los análisis de ADN mostraron que WD y MM no estaban relacionados con quienes erróneamente los reconocían como familiares zombificados. Los diagnósticos médicos fueron epilepsia (WD) y problemas de aprendizaje (MM). Pero lo más interesante del estudio fue comprobar el grado en que los zombis están imbricados en la cultura haitiana, donde la zombificación llega incluso a aceptarse como una explicación más probable que una simple confusión de identidad cuando alguien asegura cosas como: “Acabo de ver al difunto y ahora zombi Sr. Z. cruzando la calle”.
Más allá de la química: otros mecanismos de zombificación
Siempre me ha gustado la idea del monstruo interior. Me gusta que los zombis seamos nosotros. Los zombis son los monstruos de cuello azul.
George A. Romero, director de cine
Hasta el momento hemos diseccionado al zombi “folklórico”, monstruo isleño al que sólo le faltaban algunos retoques para ser parte de la globalización de la cultura popular. Fue en su viaje de Haití a Hollywood cuando los zombis sufrieron una serie de transformaciones que garantizaron su sobrevivencia y su relevancia más allá del género de horror.
Antes de su debut cinematográfico, los zombis del folklore haitiano se asemejaban bastante a otros monstruos continentales: los vampiros. Eran como primos lejanos: por un lado, los muertos vivientes; por el otro, los no muertos. Fue gracias a Bram Stoker y Drácula que estos últimos empezaron a saborear las mieles de la fama literaria y de los títulos nobiliarios y tomaron distancia de sus parientes tercermundistas y rurales.
Correspondió al mismo actor responsable de la imagen más popular de Drácula en el cine dar la bienvenida a los zombis en la industria fílmica: Béla Lugosi, quien en 1932 protagonizó White Zombie, la primera película en la que aparecen los muertos vivientes. Este primer acercamiento hollywoodense a los zombis se asemejó bastante a un “viaje de exploración” en el que los asistentes a las salas de cine “visitaron” a estas criaturas en su “ambiente natural” haitiano. Cuando se estrenó, White Zombie fue considerada racista, colonialista, sexista (los únicos estadounidenses del filme susceptibles de ser zombificados eran mujeres); hoy es una película de culto y un clásico del cine de terror.
En los años posteriores a White Zombie, los muertos vivientes carecían del atractivo suficiente para codearse con monstruos más afortunados como vampiros y hombres lobo. Les faltaba agresividad, ser más atemorizantes. Si lo más terrible que uno podía esperar de un zombi era convertirse en otro al visitar Haití, no había demasiado material de pesadilla en esto. Pero en 1968 el director George A. Romero cambiaría radicalmente la percepción de la audiencia sobre la amenaza zombi.

En Night of the Living Dead, Romero agrupó a una horda innumerable de zombis, los volvió adictos a la carne humana y los dejó sueltos en territorio estadounidense para que se alimentaran a sus anchas. El miedo a ser zombi se convirtió así en terror a ser comido por una multitud de zombis o a transformarse en otro zombi caníbal al ser mordido por uno. Desde entonces, una característica fundamental e inevitable en este género es encontrarse en un mundo en donde los muertos vivientes se han vuelto una plaga de casi imposible erradicación: los zombis son la Legión de Jinetes del Apocalipsis.
El éxito desproporcionado –considerando el modesto presupuesto de la película, tan sólo 114 000 dólares– de Night of the Living Dead llevó a Romero a filmar cinco secuelas. Teniendo en cuenta todo esto, en un Planeta de los Zombis cada ciudad debería tener una estatua de George A. Romero.
Pero aún quedaba un problema: si queremos un mundo inundado por zombis, necesitamos un mecanismo zombificador más eficiente que un ejército de hechiceros vudús dueños de una flota pesquera responsable de atrapar toneladas de peces globo. Que este mecanismo refleje el miedo o la paranoia presentes en las mentes de cada generación aumenta bastante la posibilidad de romper un récord de taquilla o, por lo menos, de recuperar la inversión.
Dada su historia colonial, la peor pesadilla para los campesinos y trabajadores rurales de Haití era seguir trabajando como esclavos después de muertos, convertidos en zombis: ni siquiera la muerte les aseguraba descansar, por fin, en paz. Para el público estadounidense de los años sesenta, el terror era de origen nuclear y, en el caso de la trilogía inicial de George A. Romero, provenía del espacio, pues la radiación emitida por una nave procedente de Venus era la causante de la plaga de zombis.
En los años setenta, el director David Cronenberg nos mostró cómo la zombificación podría ser por contaminación médica en Shivers (1975) y Rabid (1977). En los años ochenta se trató de contaminación química en The Return of the Living Dead (1985). En el siglo XXI, las biotecnologías tenían que ser culpables al producir virus zombificantes como los ficticios rage –que, a pesar de haber sido traducido como “rabia” en algunos países, no hay que confundir con el rhabdovirus, auténtico causante de hidrofobia– en 28 Days y T-virus en Resident Evil, ambas estrenadas en el año 2002.
Con el comienzo del nuevo siglo llegó otra vez la hora de evolucionar para los zombis. Aunque el director Danny Boyle estima que la suya no es una película de zombis por considerar que estas tienen sus raíces en la paranoia nuclear, ese miedo, como hemos visto, hace tiempo que se ha convertido en paranoia viral (¿quién le teme al virus de la gripe porcina? Perdón, al H1N1. Al menos en México, donde estuvimos a un paso –o al menos eso creímos– del Apocalipsis Porcino, la respuesta es: todo mundo).
Quienes intentan salvarse de los zombis en 28 Days (que, estrictamente, no están muertos) deben tener en cuenta que las diferencias entre los contagiados con el virus y un zombi “clásico” de las películas de Romero se reducen a que necesitan correr más rápido. Los nuevos zombis pueden ahora entrenarse sin problema alguno para competencias de velocidad; por eso la primera de las reglas para sobrevivir en Zombieland (2009) es “cardio”: mantenerse en forma para evitar ser alcanzado por la nueva cepa de veloces zombis. ¿Quién no extraña los viejos días en que era posible paladear tranquilamente un plato de fugu?
Las crónicas de Finnmark: brujas, hongos y ergotismo
No quiero hablar mal de las mujeres. La mayoría de ellas son encantadoras. Pero es un hecho que todas las brujas son mujeres. No existen brujos.
Roald Dahl, Las brujas
Para desgracia de cientos de mujeres, la premisa con la que el autor más conocido por obras como Charlie y la fábrica de chocolate inicia su historia sobre la lucha de un niño y su abuela contra unas brujas –cuyo estereotipo tiene un gato negro, un caldero y una escoba voladora– es la misma que durante la Edad Media y buena parte de los siglos posteriores se creyó a pie juntillas en Europa y América. Esta creencia había desatado la cacería de brujas, cuyos juicios más famosos fueron los de Salem (Massachusetts, en los Estados Unidos), en 1692, si bien no se comparan en magnitud y severidad con los que por esa época tuvieron lugar en Noruega. Evidencia reciente ha permitido exonerar a todas las presuntas culpables de una alianza satánica al explicar en términos médicos cómo detrás de cada mal supuestamente producido por prácticas de brujería no se hallaba el demonio, sino un pequeño honguito de aspecto inocente, pero con el poder de llevar a quien lo consume a la antesala del infierno.
Antes de que la botánica, la química y la medicina nos ayuden a revelar al verdadero culpable, no está de más que la historia nos enseñe un poco sobre las características de los juicios en que estas mujeres estuvieron involucradas. Durante el siglo XVII, los habitantes de Finnmark, Noruega, fueron testigos del enjuiciamiento por brujería de 137 mujeres, de las cuales dos tercios (92) fueron sentenciadas a muerte o murieron durante las persecuciones. Los jueces mostraron bastante crueldad y creatividad a la hora de imponer los castigos, pues 85 de estas supuestas brujas fueron quemadas en la hoguera, tres murieron colgadas, dos en prisión y dos como consecuencia de las torturas diseñadas para salvar su alma –ya que no su cuerpo– de las garras del demonio. En Rogaland, otro poblado de Noruega, el número de juicios fue todavía mayor: 141. Considerando que se trataba de pueblos con alrededor de 3000 a 4000 habitantes, podemos apreciar cómo en ese entonces, para los noruegos, las brujas eran tan comunes como lo son para nosotros los encuentros con ángeles y extraterrestres.
Gracias al diligente trabajo de Hans Hanssen Lilienskiold, funcionario público responsable de la administración del distrito de Finnmark entre 1684 y 1701, sabemos con lujo de detalle todo lo concerniente a los juicios de brujas. Lilienskiold reunió todos los testimonios, las confesiones, las sentencias y los demás datos relativos a cada una de los cientos de mujeres acusadas de brujería en un libro escrito a mano e ilustrado al que tituló Speculum Boreale. Esta obra fue presentada a Federico IV de Dinamarca, por ese entonces rey de Noruega, y publicada después por distintos editores, incluida una impresión reciente en 1998.
En nuestra historia, lo más relevante es que el manuscrito de Lilienskiold proporcionó la evidencia a partir de la cual el botánico Torbjørn Alm, en el año 2003, pudo concluir que una enfermedad causada por el consumo del hongo Claviceps purpurea tuvo un papel primordial en los embrujos y maleficios que aquejaron a los finmarqueses.6
El cornezuelo Claviceps purpurea es un hongo negro de tipo ascomiceto, lo que significa que se reproduce a través de las esporas que se forman dentro de una estructura en forma de bolsa llamada ascus, a diferencia de los basidiomicetes, que las producen en un basidio, como los champiñones y otros típicos hongos con “sombrero”. Este cornezuelo infecta el centeno y, en menor medida, el trigo y otros granos, cuyas semillas son entonces suplantadas por el esclerocio del hongo. El esclerocio es una masa endurecida de micelios, formados a su vez por un conjunto de hifas o filamentos en forma de tubo que contiene nutrientes y que el hongo forma para sobrevivir ante condiciones ambientales adversas.
¿Visiones religiosas o posesiones diabólicas? Ergolina, LSD y el “fuego de san Antonio”
Es un poco como los juicios de brujas en Europa, cuando aquellas que perecían al ser mantenidas bajo el agua eran consideradas inocentes porque no tenían suficiente poder de bruja para salvarse, mientras que las que sobrevivían estaban, por cierto, poseídas fuertemente y necesitaban ser sumergidas de nuevo.
John Allan Hobson, neurofisiólogo

El esclerocio tiene la peculiaridad de contener un gran número de sustancias conocidas como alcaloides, algunos de ellos muy venenosos y todos en alguna medida psicoactivos. En otras palabras, esto quiere decir que afectan el funcionamiento del sistema nervioso inhibiendo el dolor, alterando nuestros estados de ánimo o provocando alucinaciones. Una pequeña muestra de algunos famosos alcaloides, como la que sigue, nos permitirá ubicar rápidamente a qué nos referimos con esto: cafeína, cocaína, morfina, nicotina, quinina y marihuana. Menos famosos que los anteriores, algunos de los alcaloides de este hongo son la ergotamina, la ergosina, la ergocriptina, la ergocristina y la ergocornina; por lo tanto, su ingestión puede ocasionar un envenenamiento conocido como –¿a que no adivinan?– ergotismo, del que existen dos tipos:
1. Ergotismo convulsivo. Provoca alteraciones neurológicas, convulsiones y ataques epilépticos. Sus síntomas típicos son los siguientes: sensaciones de hormigueo –que en medicina se conocen como “formicación” (no confundir con “fornicación”), del latín formica (“hormiga”)– en la piel y en las extremidades, vértigo, dolores de cabeza, contracciones musculares dolorosas, problemas gastrointestinales, vómito y diarrea y perturbaciones en los sentidos y en las percepciones. Los efectos mentales pueden incluir psicosis, melancolía o delirio.
2. Ergotismo gangrenoso. Los síntomas son prácticamente iguales a los del primer caso dado que, de hecho, se trata de la misma enfermedad. Sólo hay que añadir una complicación: la presencia de vasoconstricción o estrechamiento de los vasos sanguíneos de las extremidades, lo que puede ocasionar que se gangrenen y que sea necesario amputarlas en un plazo de veinticuatro horas o menos.
Actualmente se sabe que la diferencia entre ambas formas de ergotismo es causada por la presencia de diferentes niveles de vitamina A en el sujeto afectado: si tuvo la mala suerte de consumir muchas zanahorias como parte de su dieta y contar por ello con niveles altos de esta vitamina en su cuerpo, será aquejado por la modalidad gangrenosa.
Tras conocer estos síntomas podemos notar que describen bastante bien lo que le pasaba a Regan/Linda Blair en The Exorcist (1973), sin necesidad de intervención satánica alguna; quizá su madre le preparó un sándwich con pan infectado por este hongo y la siguió envenenando sin saberlo durante toda la película. Imaginémonos entonces la facilidad con la cual un campesino de la Edad Media aquejado de ergotismo concluía que había sido embrujado por su vecina más cercana, o incluso por su esposa (uno nunca sabe). Sobre todo si consideramos que de la ergolina, una de las sustancias psicoactivas contenidas en el cornezuelo, se obtiene uno de los alucinógenos favoritos de nuestros tiempos: la dietilamida de ácido lisérgico, mejor conocida como LSD.
Algunos científicos atribuyen al ergotismo la lentitud con que en la Europa de la Edad Media, luego de sobrevivir a la mayor epidemia de todos los tiempos –la peste negra–, se recuperó la tasa de crecimiento poblacional. Tan sólo en Francia se estima que, en el año 994 de nuestra era, alrededor de 40 000 personas murieron por ergotismo. El envenenamiento causado por esta enfermedad era identificado en esa época con el latinajo ignis sacer, que se traduce como “fuego sagrado”, y la Iglesia católica no tardó en encontrar un santo patrono para defender a los suyos del mal: san Antonio.
Según las descripciones disponibles provistas por sus contemporáneos, san Antonio experimentó en carne propia esa enfermedad. Las alucinaciones del santo varón –a diferencia de cuando el enfermo era mujer– se interpretaron como visiones celestiales en lugar de posesiones demoníacas. En homenaje al santo varón, el “fuego sagrado” fue también conocido como “fuego de san Antonio”.
En el siglo XII, los enfermos de ergotismo peregrinaban al monasterio en Viena donde supuestamente se guardaban las reliquias de san Antonio y, tras pasar un tiempo allí, varios mostraban signos de recuperación o se sanaban por completo. Y antes de atribuir a la fe de los peregrinos tan milagrosa curación, algunos investigadores –ya sabemos que la ciencia nunca pierde la oportunidad de meterse donde no la llaman– proponen una explicación alternativa: posiblemente, durante la estancia de los peregrinos en el monasterio, los monjes los alimentaran con pan de centeno no contaminado por el hongo, lo que les daría la oportunidad de sanar al dejar de ingerir al causante de su mal.
Cómo ser una bruja en una lección: pan, cerveza y esclerocios
La mayoría de los libros sobre brujería te dirán que las brujas trabajan desnudas. Esto se debe a que la mayoría de los libros de brujería fueron escritos por hombres.
Neil Gaiman, escritor
Una característica sobresaliente en las acusaciones de brujería durante los juicios de Finnmark es que la gran mayoría de los denunciantes mencionan que los síntomas que hemos identificado con el ergotismo ocurrieron tras ingerir pan o alguna comida que –no nos extraña– contenía centeno o algún otro grano, o bebidas como cerveza y leche, susceptibles también de ser contaminadas por el hongo. La cerveza, en especial, podía convertirse en una poción digna de ser enseñada a Harry Potter por el profesor Severus Snape, con un poderoso efecto alucinante al elaborarse a partir de malta proveniente de centeno infectado.
La esposa del sacristán del lugar, por ejemplo, confesó haber aprendido brujería gracias al consumo de gachas que contenían objetos negros –posiblemente fragmentos de esclerocio–. Tres semanas después de haber ingerido este alimento, Satanás la visitó en la forma de un gato. Otra mujer atribuyó sus habilidades de hechicería al consumo de leche con algo negro en el fondo. Una tercera acusada afirmó que Satán la reclamó para su servicio luego de beber una cerveza que le dio una mujer en el poblado de Nordland; esa misma mujer trató de obligarla a comer algo que, en vez de ello, dio a un perro, el cual de inmediato se volvió loco, corrió hacia el mar y se ahogó. Una de las sentenciadas a muerte aseguró que, luego de tomar una cerveza preparada por otra de las acusadas, podía volar por los aires a cualquier parte que quisiera… El resto de los testimonios se asemejan mucho a los aquí descriptos.
De todas las personas acusadas de brujería en estos juicios noruegos, sólo una era hombre. Antes de desatar la ira de las feministas, debemos mencionar que hay evidencia de que las mujeres son más susceptibles a manifestar los síntomas del ergotismo que los hombres, lo que en alguna medida podría explicar la discriminación a favor de los supuestos brujos.
Los niños y los adolescentes son los más vulnerables al ergotismo, un factor que debe tomarse en cuenta en el caso de los juicios de Salem, en los que la mayoría de las víctimas fueron, precisamente, adolescentes. El micólogo Gordon Rutter7 propone una hipótesis que nos permite entender la razón de que la epidemia de hechicería en Salem se extendiera sólo desde diciembre de 1691 hasta finales de 1692.
Rutter señala que, en la época de los juicios de Salem, cuando la comida abundaba, una nueva cosecha por lo general no se consumía sino hacia finales del año, cuando ya había sido agotada la anterior. Los registros de cosechas en Salem indican que en 1691 el centeno se mantuvo en los graneros hasta noviembre y diciembre, mes en que se registró la primera víctima de brujería. En la primavera de 1692, una inundación destruyó las cosechas, a lo que siguió una temporada de sequía, por lo que la escasez de comida llevó a los salemitas a hacer pan con el centeno contaminado que tenían guardado –los esclerocios permanecen químicamente activos hasta por dieciocho meses–, cuya ingestión dio lugar a los restantes casos de brujería de 1692. Una vez que las cosechas se recuperaron al año siguiente y que el nuevo centeno sin contaminar permitió la elaboración de pan sin propiedades alucinógenas ni los restantes síntomas de ergotismo, la práctica de la brujería en Salem se dio por terminada.

2. Astronomía tenebrosa
El silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra.
Blas Pascal, matemático y físico
Locutor en la radio: Desde Tacoma a Vladivostok, los astrónomos informan sobre una alteración iónica en la cercanía del cinturón de Van Allen. Los científicos recomiendan tomar las precauciones necesarias.
Homero: ¿Qué saben esos zoquetes?
Los Simpson, “Treehouse of Horror VI” (1995)

Frankenstein, hijo de la luna: astronomía forense, estudios sobre el sueño y el origen de un monstruo
Lo bueno de ser el doctor Frankenstein es que siempre puedes hacer nuevos amigos.
Aaron Allston, escritor

No existe en toda la historia de la literatura ninguna obra que se aproxime en popularidad a Frankenstein, considerada por muchos como la primera novela de ciencia ficción,8 cuando se trata de aleccionar a los científicos sobre los límites y los peligros de la ciencia. Pero la posible moraleja ha sido interpretada de muy diversas –casi incontables– maneras, dependiendo de quien la enuncie.
Desde su publicación en 1818, la obra de Mary Shelley ha inspirado cientos de novelas y más de ochenta obras de teatro que han abarcado hasta el género de los musicales gracias a Mel Brooks, responsable también de la pavorosamente cómica película Young Frankenstein (1974). También medio centenar de películas en las que el monstruo a veces es la víctima, otras tantas el héroe y, en ocasiones, el villano. En estas siempre se ha destacado la versión “clásica” protagonizada por Boris Karloff en 1931 que nos legaría la imagen del monstruo que sería desde entonces adoptada por la cultura popular en cine, televisión, cómics y videojuegos: la cabeza aplanada, la costura a un lado de la frente y un tornillo a cada lado del cuello. No olvidamos las decenas de cómics en los que Frankenstein se codea incluso con otros superhéroes de la compañía DC y forma parte de la Liga de la Justicia Oscura (advertencia para quienes no son fanáticos de los cómics: el supervillano Solomon Grundy NO es Frankenstein, aunque ambos bien podrían ser hermanos). La probabilidad de que una persona ignore quién es este monstruo es extremadamente baja; si bien la probabilidad de que haya leído la novela es otra cosa. Quien se cuenta entre los lectores de Frankenstein y tuvo la fortuna y la paciencia de no saltarse la introducción que para la segunda edición, la de 1831, escribió su autora (la primera edición se publicó de manera anónima) estará enterado de primera mano sobre las circunstancias que rodearon la gestación del libro.

Sobre Mary Shelley recayeron desde hace varias décadas sospechas que más de un académico manifestó sin pudor alguno. No sólo se han mostrado escépticos acerca de su autoría, sino que, además, la han tachado de plano de mentirosa a la hora de hablar sobre la noche en que, se supone, tuvo la idea de dar vida a cadáver tan exquisitamente horripilante.
No fue sino hasta el año 2012 que la ciencia puso punto final a esta discusión, con ayuda de la luna y el mal tiempo. Pero antes de ver qué tienen que decir la astronomía y la meteorología forense sobre el misterio de la creación de Frankenstein, necesitamos dar algunos detalles sobre los que participaron en él.
En junio de 1816, en dos mansiones conocidas como Villa Diodati y Maison Chapuis, próximas una a otra y ambas localizadas en una colina a orillas del lago Lemán o lago de Ginebra, en Suiza, durante varios días y noches caracterizadas por la presencia de tormentas eléctricas, un grupo de escritores se reunió a contar historias de aparecidos. No se trataba de escritores provincianos cualesquiera, sino de los ya desde entonces famosos poetas lord Byron, Percy Shelley, Mary Godwin –quien después sería esposa de Shelley, pero en esa reunión aún conservaba su apellido de soltera– y el médico y escritor John Polidori. También los acompañaba la hermanastra de Mary Godwin, Claire Clairmont. Godwin y Shelley se alojaron en Maison Chapuis, que ahora ya no existe y que en 1816 era la más próxima al lago.
En su introducción de 1831, Mary Shelley señala que “aquel verano se reveló como húmedo y poco propicio para el genio, y la lluvia incesante nos confinaba frecuentemente durante días enteros en la casa”, por lo que, durante varios días y como ya hemos mencionado, este grupo de amigos decidió entretenerse mediante la lectura en voz alta de historias de fantasmas. Inspirado por estas narraciones, lord Byron propuso que cada uno de los cuatro ahí reunidos escribiera su propia historia de fantasmas. Cada uno se puso a trabajar en eso,9 y todas las mañanas Mary Shelley se mortificaba al oír la pregunta obligada: “¿Has pensado en una historia?”, porque tenía el síndrome de la página en blanco: no se le ocurría absolutamente nada. Pero una conversación entre lord Byron y Percy Shelley le daría la feliz idea a partir de la cual inventar su narración; en palabras de Mary Shelley, según la traducción de Mercedes Rosúa (2008):
Hablaron de los experimentos del doctor Darwin […], el cual metió en un recipiente de cristal un puñado de fideos hasta que, por algún medio extraordinario, comenzaron a moverse voluntariamente. Sin embargo, no se habría infundido vida de este modo.
El doctor Darwin a quien se refiere no es el archirreconocido Charles Darwin, sino su abuelo Erasmus Darwin. Y si nos parece muy extraño que un naturalista tan respetado como él experimentara con la reanimación, no de cadáveres sino de pasta –¿tal vez con la intención de reemplazar al Monstruo Volador de Espagueti?–,10 la culpa no es únicamente de la traductora. Ella complicó aún más el enredo al sustituir la palabra vermicelli, usada por Shelley en el original en inglés, por “fideos”, pensando tal vez que no todos los lectores de habla hispana somos expertos en comida italiana. En realidad, la responsabilidad del enredo, como han señalado otros investigadores, es de la propia Shelley, pues quizá Byron y Percy –a estas alturas del libro ya podemos tutearlos– hablaran sobre lo que, respecto de la idea de la generación espontánea, era el género de protozoo Vorticella (no vermicelli).
En su obra The Temple of Nature (1802), Erasmus Darwin había escrito:
Así, el vorticella o animal rueda [es un rotífero, parece una campanita], que se encuentra en agua de lluvia que ha estado estancada algunos días en canalones de plomo… aunque no muestra señales de vida excepto cuando está en el agua, aún es capaz de continuar vivo por varios meses, si bien mantenido en un estado seco.
En la misma obra, Darwin nos dice que:
En pasta compuesta de harina y agua que se ha vuelto agria, los animáculos [como bautizó Anton van Leeuwenhoek a lo que ahora conocemos como microorganismos] llamados anguilas, Vibrio anguillula [se refiere al género que hoy en día conocemos como Amoeba], son vistos en gran abundancia.
Y más adelante, Darwin afirma que: “Aun las partículas orgánicas de animales muertos pueden, cuando están expuestas a cierto grado de calor y humedad, retener algún grado de vitalidad”. Por un lado, tenemos el Vorticella, y, por otro, la generación espontánea y la pasta con animáculos. Lo que pasó entonces fue que Mary Shelley confundió Vorticella con vermicelli y mezcló esta pasta con la generación espontánea, lo que podría haber tenido resultados negativos si hubiera sido estudiante de Erasmus, pero que tuvo consecuencias inmejorables para la literatura.
El último elemento que empleó Mary Shelley para ensamblar su propio monstruo fue la mención del trabajo del físico italiano Luigi Galvani. Este científico había mostrado que, al estimular con una corriente eléctrica los nervios de las ancas de una rana muerta, estas extremidades comenzaban a moverse como si su dueña cobrara vida de nuevo y empezara a saltar. Shelley escribió: “Quizá un cadáver podría ser reanimado; el galvanismo había dado pruebas de tales cosas”.
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