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LAGUNAS Y GITANOS

LUCIANA PALLERO


Índice

  Cubierta

  Portada

  Amarillo

  La historia de Sole

  La historia de Mario

  Está bien

  La génesis de un milagro y su historia

  La historia de Lucía sobre su gato

  No sé cómo nunca me lo contaste

  Mambo con la muerte

  Américo, de Eventos

  Mirá cómo estás

  Vivos

  Lo morboso

  Para qué

  Vanina

  Recuerdo de infancia

  La verdad de Susana

  Un olvido

  La comunidad

  Después del semáforo

  Envenenadas juntas

  La actriz

  La historia de Fanny

  Después de la tormenta

  El profesor de Moderna

  Backgammon

  Como si nada

  Libre deuda

  Jugo, cerveza o champagne

  Nadie sabe nada

  Viento

  Tres gatos y tres cosas que llamaron mi atención

  Vieja del agua

  Una mirada buena

  Escuela de sirenas

  Ella conoce a Julián

  En feriado, el afinador

  La espera

  Lagunas y gitanos

  Me muero de risa

  El mejor modo de comer cucurucho

  El día que la clienta conoció a Rosita

  Ganarse la vida

  Cumpleaños 43

  Rosas rococó

  Un gajo

  La comparación de los regalos

  Mariano Moreno, Hebe Uhart y los vendedores de medias

  Dulcísimas

  Sucia, feliz y sin trabajo

  Pícaro de cocina

  Qué era ella de mí

  Silogismo

  Lluvia

  El delantal blanco

  No tenía tiempo para ser su amiga

  Un Dios aparte

  El desorden del albañil

  No sé si es muy confiable esta rama

  La ansiedad es deseo

  Bella vos

  Sobre la autora

  Créditos

Amarillo

Cuando tenía dos años, vos y yo, mamá, pasábamos mucho tiempo juntas.

Aquella vez, estábamos solas, en la costa del río, y una mariposa se posó en mi campera. No recuerdo si era amarilla la campera o la mariposa. Yo abrí la palma de la mano para aplastarla contra mi brazo. Vos chistaste:

—¡No!

Dudé un segundo y, como advertida de algún peligro, la mariposa levantó vuelo. Sin embargo, inmediatamente, volvió a posarse en el mismo lugar que antes.

—Ahora confía en vos —dijiste.

La historia de Sole

Esta historia me la contó una chica llamada Sole hace quince años, cuando teníamos unos veintipico. Después, nunca más la volví a ver.

Yo había ido a bailar. Salí del boliche y vi que era una mañana soleada de verano. Estábamos sobre la costa del río. El sol no había llegado a calentar y todavía corría un viento fresco y hermoso.

Alguien me presentó a la Sole y a su novio y ellos me llevaron en su auto. El auto iba por la costanera. La Sole empezó a hablar, como si nos conociéramos, con el río resplandeciendo atrás. El brazo lo apoyaba en la ventanilla, al contacto con el sol cálido y el fresco que venía de la superficie del agua. Tenía el pelo lacio, negro y sano hasta la cintura, brillaba, sano.

El sueño de su padre, decía, había sido tener un chivato. Compró la casa por el árbol del patio, el chivato. Durante años, contaba la chica, su padre intentó todo para que floreciera; ese era su sueño. Lo podó en diferentes épocas según le iban diciendo algunos entendidos del barrio. Antes de cierto nudo, en junio, octubre, en el equinoccio de otoño, y así durante toda la infancia de la hija. Un día, el hombre se cansó de que no floreciera y abandonó al árbol. Aquel año, floreció.

La historia de Mario

Los dos hermanos no habían estado nunca tan unidos como desde que entraron al mundo de la música electrónica.

La noche que probaron, juntos, ketamina, Mario tomó sólo un poco. Como sentía que no le pegaba, se tomó una pastilla. Tampoco le pegaba y, pum, otro saque de keta. Después, se fueron a un boliche.

Ahí, Mario se empezó a sentir mal. Al principio no quiso decir nada. Aunque después dijo:

—Me siento mal. Pero muy mal.

Sin embargo, su hermano había consumido las mismas cantidades y Mario, al verlo bailar con la mirada perdida, se dio cuenta de lo lejos que estaba de poder brindarle ayuda.

Se sentó en un escalón al borde de la pista de baile y se agarró las sienes deseando vomitar. Cuando su hermano vio esto, le propuso que fueran al kiosco a comprar un agua.

En el kiosco Mario sacó el billete que habían quedado en no usar. El billete que tenía escrito Puto el que lee. Se lo dio a su hermano y le dijo:

—Me siento nada. Me siento alguien. Me siento un Poett —se puso la palma abierta sobre la cabeza y chistó dos veces como si fuera un aerosol, un Poett, y su palma estuviera apretándolo.

Después tomó agua. Se despejó un poco y, cuando su hermano le preguntó cómo estaba, contestó:

—Vamos a bailar.

Está bien

Ocho horas era la mesa de examen. Llegué primera. Me tocaba tomar junto con la profesora de Matemática. Los alumnos fueron llegando en horario. Unos doce eran para Matemática, sólo tres de Psicología. Los míos tenían quince años. La de Matemática tomó escrito, yo tomaba oral. El primero que pasó a dar examen había estudiado, no se puso nervioso pero hablaba mirando al piso, nunca a mí. Después le tomé a una chica, decía que había estudiado pero contestaba todas las preguntas al revés. Cuando pasó el tercero y último, creo que al ver que su compañera había desaprobado, me dijo que no había estudiado y ni siquiera llegué a hacerle una pregunta. Después, los tres estudiantes me dieron sus libretas y les completé la nota, siete, tres y tres. En la libreta vi que otros profesores los habían desaprobado con uno.

Saludé a mis alumnos, les entregué sus libretas y me puse a llenar el libro de actas. La profesora de Matemática, que seguía tomando escrito, se dirigió a un chico de unos trece años que estaba sentado justo enfrente mío en la primera fila. Comenzó a gritarle:

—¡Tenés que venir! ¡Parate! —el adolescente estaba inmóvil—. ¡¿No entendés?! —La profesora se le acercó, le dio un papel y desde muy cerca volvió a vociferar que tenía que levantarse. La imagen corporal del chico era la de alguien que quiere encogerse. Como no decía nada, la profesora le gritó:

—¡Contestá! ¡La próxima tenés que pararte para bus-car-lo! ¡¿Entendés?!

—Está bien —dijo él finalmente, sin modificar la posición del cuerpo.

Pensé que había contestado lo mismo que hubiera contestado yo.

Después, la profesora se acercó por atrás de mí, me puso la mano en el hombro y tomé consciencia de lo tenso que estaba todo mi cuerpo. Ella miró por la ventana hacia la calle.

Cuando me fui, los alumnos de Matemática todavía estaban haciendo el escrito. Miré por última vez al alumno de la primera fila, que estaba pensativo.

La génesis de un milagro y su historia

Todos los veranos vacaciono un mes en mi pueblo. Cuando llego, la casa está sucia, así que viene mi ahijada a ayudarme a limpiar. Ella tiene una hija de seis. Hace un año que no me ve, y no sé si acuerda de mí. Creo que va a ser de esas personas que son hermosas, porque tiene un color de ojos que atrapa enseguida. Son grises, oscuros en el iris con un círculo más claro alrededor.

Estamos ella y yo en el baño. Yo limpio la bañadera y la cuido, su mamá ahora está limpiando en el patio. La nena me habla:

—¿Tenés una hija?

—No.

—¿Tu perra es tu hija?

No me acuerdo de haberle dicho eso, es como si supiera algo secreto de mí.

—¿Cuándo te dije eso yo?

Sonríe.

—¿La tuviste en la panza?

—Sí, es mi hija —contesto. A la vez, me viene a la mente una imagen, sobre cuando le hice creer aquella historia, el verano anterior—. No tengo hijas humanas —digo—, pero sí tengo una hija perra.

—¿Cómo?

—No tiene padre. La tuve con otra perra. Es así: yo tenía una perra que cuando se murió de vieja, la extrañaba mucho. Entonces, aquella perrita mía vino en un sueño y me dijo que me iba a mandar otra perra para que no estuviera sola. Y así me mandó a esta.

Termino de limpiar el espejo con un bollo de papel de diario, la miro a través de su imagen y agrego:

—Fue un milagro.

—¿Cómo te habló?

—¡No sabés! Aquella perra primera que tuve no hablaba. No hablaba con la boca, pero cuando la mirabas le entendías lo que ella te estaba queriendo decir, porque era muy inteligente y te hablaba con la mirada. Ella me miraba y yo escuchaba adentro de mi cabeza: Tengo hambre. ¿Puedo subir a la cama? ¿Cuándo me vas a llevar a pasear?

—¿La perra que tenés ahora es inteligente?

—No, no —contesté—. Esta no.

La historia de Lucía sobre su gato

No me conocía, pero a través del chat me invitó a su casa a estudiar. Se llamaba Lucía.

Entré a su depto. Lleno de luz, desordenado. Un departamento de estudiante. Ni ella ni yo éramos hermosas, pero lo éramos a nuestra manera. Señaló el escritorio donde íbamos a estudiar, me pareció súper incómodo.

Entonces apareció un gato por la ventana, como marcando territorio. Era grande, grandísimo. Y sin cola.

—Tuvieron que cortársela porque se la enganchó en un alambre de púas —dijo Lucía—. ¡Y era lo que lo distinguía! Una cola inflada y peluda —hizo un gesto demasiado bello con las manos para que me figurara la cola. Parecía que no aceptaba la pérdida.

—Ahora también es lo que lo distingue —dije—. La cola que le falta —esa idea obvia la hizo sonreír como si a ella antes no se le hubiera ocurrido.

Mucho más tarde, a la madrugada, me contó más. El día que se enredó la cola nadie de los vecinos que estaban ahí podía acercarse, porque te arañaba, estaba sacado –dijo–, al final la ubicaron a ella. Lucía fue enseguida con el que era su novio de entonces. Se acercaron al gato, resultó que por ellos sí se dejó ayudar. De entrada, con ellos, se quedó tranquilo.

—Fue ahí que dije: Loco, el gato me reconoce —la chica hablaba mirando la ventana, de perfil a mí, con sus veintiséis, a medianoche.

También me acuerdo de que a la madrugada habló de manera llana sobre la violencia, se notaba que la conocía en que hablaba sin aclarar cosas. Además lo supe porque yo también la conocía. No es que me contaron cómo es el color azul, sino que vi el color azul. Ella no hablaba de cualquier violencia, era la violencia entre la que se es criada. Me pregunté si no sería que toda la gente sabía lo que era, como esta mina, Lucía, como yo. Si, en realidad, no había nadie puro en el mundo.

No sé cómo nunca me lo contaste

Úrsula fue mi mejor amiga desde los siete años. Fuimos compañeras de escuela desde primer grado. Ahora tenemos diecisiete. Ella es rubia y de ojos celestes. Tiene una mirada rara, por los ojos demasiado saltones. Siempre se sintió fea, pero no lo admite, tiene el orgullo de las rubias.

Estamos merendando. Estamos en el living de la casa de mis padres. Tal como cuando éramos chicas. Nos sentimos cómodas y a Úrsula se le soltó la lengua. Habla de Marcelo Vieytes, un chico que le gusta. De repente cambia el hilo de la conversación y hace un gesto con los labios que me sugiere que está de verdad triste. Menciona la historia de cuando conoció a su padre.

—Vos ya sabés cómo fue —afirma.

Somos mejores amigas desde hace diez años, pero nunca me habló de cuando conoció a su padre, como ella cree. Le digo que no me acuerdo de que me lo haya contado, y se dispone a hacerlo. Su mamá tenía dieciséis años y su papá dieciocho cuando Úrsula nació. Eso no hubiera sido nada si fueran de una villa, pero nosotras éramos de Capital, de clase media, y siempre se había hablado de eso entre las otras madres de la escuela. Por ejemplo, se hablaba de que la madre de Úrsula nunca iba a las reuniones de padres. Que siempre iban los abuelos.

—Nada. Cuando yo nací, mi papá se fue a Europa con su hermano. Se separaron enseguida mis viejos. Con mi tío, recorrieron Europa en una camioneta por cinco años. Después, cuando yo tenía cinco, me dijeron que mi papá iba a volver. Mi abuela me puso un vestido nuevo, no me puedo olvidar, tenía las mangas de tul, abuchonadas, y me llevaron al aeropuerto para recibirlo. Esperamos atrás de una baranda. Los pasajeros aparecían por unas puertas de vidrio llevando las valijas en un carro. A veces aparecía un pasajero y otros chicos, que también esperaban ahí, iban a recibirlo corriendo con gritos y abrazos. Cuando apareció mi papá, mi abuelo me dijo: Es ese, Úrsula, tu papá; para que yo vaya corriendo como los otros chicos. Yo corrí, con mis mangas de tul extendidas, pero abracé a mi tío.

Mambo con la muerte

Después del herpes simple en el lado derecho del cuerpo le apareció migraña crónica. También del lado derecho de la cabeza. Pasaron unos años y apareció la periodontitis, que es la retracción de las encías. Lo curioso fue que era sólo del lado derecho de la boca, tanto en las encías de arriba como en las de abajo. Prácticamente a la vez, la uña del dedo gordo del pie derecho se le empezó a poner marrón, desde los costados hacia el centro. Todas estas cosas, fundamentalmente la migraña, eran el tema central de su terapia, terapia psicoanalítica.

La psicóloga es jovencita, rubia y amable. La atiende en un consultorio sin luz natural en el hospital público. Preguntó si ella hacía alguna asociación con respecto a las enfermedades. Ella empezó a contar:

—El neurólogo dice que el herpes puede ser el disparador de la migraña, no la causa. Es decir, puede ser que la migraña haya empezado por el herpes, pero que ahora tenga migraña no significa que tenga herpes. La migraña se dispara y sigue funcionando sola. La migraña empezó con el herpes, eso seguro. Me acuerdo de que estaba mirándome al espejo, veía el herpes en mi frente y sentía que me iba a morir.

—¿Porque estabas enferma?

—No importaba si me moría en dos meses o después de toda una vida. Lo que sentía era que algún día me iba a morir. Tenía presente a la muerte. Sentía lo efímero. Ese segundo que estaba pasando era efímero. No es lo mismo que yo lo diga ahora que sentirlo. En ese momento lo sentía.

—Sí…

—En realidad ese pensamiento empezó mucho antes, a los catorce más o menos, después de que se murió mi papá. Era como si yo tuviera que pensar en que me iba a morir para estar preparada cuando llegara el momento. Eso me sigue pasando ahora. A veces. Me aterra no tener presente que me voy a morir. Me aterra. Tiene que estar presente. Como si, si no, la vida no fuera verdad. Como si andar por la vida sin tener presente la muerte fuera vivir en la mentira.

—¿Pero eso te ayuda a estar preparada?

—No. Además me voy a morir igual. Aunque piense o no piense en la muerte —se rio y, después de un instante, la psicóloga también.

Luego se quedaron calladas y, al segundo, ella continuó:

—No es tan simple como decir para qué tanto mambo con la muerte. Dejar de pensar. Decir, sí, mejor la paso bien mientras estoy viva, no preocuparme por la muerte. No, no es tan simple.

—¿Por qué es tan importante pensar en la muerte?

—Para mí, lo peor que te puede pasar es estar inconsciente y morirte. Qué sé yo —hizo una breve pausa—. Como le pasó a mi papá —dijo.

—¿Estaba en coma?

—No. Inconsciente. Viste cuando están internados y se van deteriorando de a poco. Y en un momento quedan inconscientes y al final se mueren.

—Eso es coma.

—¿Ah sí? —preguntó—. Nunca me dijeron coma.

Américo, de Eventos

Sabe que tuvo mucha suerte. Tiene veintidós años, todavía estaba en entrenamiento y la ascendieron de Commis a Ayudante de cocina. No habían pasado seis meses desde que entró a trabajar a uno de los dos hoteles más importantes de Buenos Aires. Ahora está a cargo de la plaza de las ensaladas. El Sous, su jefe, es un chaqueño que cada vez que le enseña algo empieza la frase diciendo: Escuchá bien, una sola vez te lo voy a decir. Ella intenta aprender, pero cada día se da cuenta de que es un desastre. Sin embargo, sabe que en Recursos Humanos rechazaron el pedido del Chef para sumar un cocinero con experiencia que reemplazara al que renunció. Ahora sólo está ella, y subió de puesto. Lo que otros esperan por años.

A la noche sale con el cuerpo dolorido por tanto trabajo. Doce treinta ficha, camina una cuadra larga, cruza la plaza de los ingleses y toma el tren de las doce cincuenta. A veces, sólo a veces, se lo encuentra a Américo, y se van juntos en el mismo tren. Américo es el Chef de otro sector, Eventos. Ella lo cruza en la cocina general cuando va a buscar mercadería a las cámaras. Es un hombre grandote, moreno, buen mozo. Tiene el gorro alto de Chef y, en el cuello de la chaqueta, la cinta celeste y blanca de Chef.

En el tren se sientan uno adelante del otro hasta Colegiales, donde la chica se baja. Américo tiene unos cincuenta. Como ella sólo tiene veintidós, lo ve grande, casi viejo, pero no del todo viejo. Siempre el que habla es él. No porque sea de hablar mucho, más bien porque ella habla poco. A ella no le da miedo, como la mayoría de los que trabajan ahí.

Le contó sobre 1972, cuando inauguraron el hotel y entraron él, los mozos paraguayos como el tío Kein (es un sobrenombre) y Hugo, que son los que todavía quedan de aquella época. Toda esa camada no estudió en ninguna escuela de hotelería ni en ninguna escuela de cocineros. Se formaron en el hotel. Eran gente humilde que venían de la provincia. Otra vez le contó sobre los cocineros rebeldes. A todos los rebeldes se los mandan a él, a Eventos. Él los logra domar. Ahora ella se acuerda de los cocineros que vio trabajando junto a Américo y sabe que esos son o fueron rebeldes. Américo los sabe amansar. En ningún sector podían trabajar, no se adaptaban, pero con él sí. Américo conoce algo del humano, un secreto que a ella siempre se le escapa. Otra noche habló de un hijo que tiene. Cuando nació, se lo mostraron y con su señora vieron que era bizco. Al principio él no lo podía mirar, pobrecito. Pero después se fue acostumbrando, dice. Ahora lo mira y no piensa en que es bizco. Igual, por un gesto que hace Américo, tambaleándose en el asiento del tren, pareciera que del todo no se acostumbró.

Mirá cómo estás

Estamos acostados en mi cama. La luz está apagada y él habla. No lo veo. Siento su voz y también siento cómo me agarra las manos para que lo sostenga abrazado. Es suave.

—Una vez se encerró en el baño a llorar —habla sobre su exmujer—. Yo la escuchaba y pensaba: ¿Cómo alguien puede llorar tan desgarradamente? —Hace una pausa corta y afirma—: Nunca me dijo por qué lloraba.

—¿Cómo puede ser? Quince años estuvieron juntos.

—Nunca lo supe —repite—. Y no sabés cómo lloraba.

Mientras me lo dice, yo pienso en una vez que se me dio por hacer terapia. Fue tan movilizante la primera sesión, que llegué a la casa que alquilábamos y me fui a llorar al patio, desgarradamente. Mi novio de aquella época me vio y dijo, lo recuerdo perfecto: ¿Por qué llorás así? Y señalándome con la palma hacia arriba agregó: Mirá cómo estás.

Yo no podía contarle, era demasiado largo, o también pudo haber sido porque no quería compartir esas cosas con aquel chico, que no iba a entender. Me acuerdo de esa escena extrañamente análoga a la que ahora escucho y, entonces, pienso, por primera vez, en lo raro que debió haber sido para aquel chico que yo no le haya contado. Pienso en esas cosas, pero no quiero hablar de eso. No lo hago. Sigo el hilo de la conversación.

Vivos

Era un día frio, de viento, nublado. Pleno invierno. Nosotros nos despertábamos con la garganta irritada y buscábamos nuestra ropa sucia. Yo tenía unas zapatillas de cuero, duras, porque cada tanto se me mojaban, rotas en varios lugares, pero que todavía servían para mucho más. Hacíamos algo caliente para recuperar la voz y nos poníamos a trabajar en la casa. La casa que seguía a medio construir. El piso era una carpeta de plasticor siempre llena de polvo blanco; si la barrías, se volvía a cubrir en cinco minutos. Las paredes eran de ladrillo, al techo le faltaba el cielorraso, era de chapa. No teníamos plata, pero ya estábamos metidos hasta el cuello en eso, en hacer nuestra casa.

Ese día teníamos que agujerear la pared para poner ventanas. Capaz, después de eso, iba a dejar de hacer tanto frío a la noche. Nos subíamos a la escalera y hacíamos un orificio con el cortafierros para calzar las eles de donde se sostienen las ventanas. Juan se puso en la ventana más alta y yo, en otra más chica. Cuando golpeábamos la pared y el viento entraba por las aberturas, se nos metía polvo de ladrillo en los ojos. Nos envolvimos la cabeza con remeras y nos pusimos los anteojos de sol encima de la tela, dejando un orificio para ver. De esa forma, estaba mucho mejor. Nos miramos uno al otro y Juan dijo:

—Parecemos delincuentes, o del ejército zapatista.

Después, seguimos trabajando en silencio, con la radio.

A media mañana frenó un auto gris plata al frente, salió un tipo vestido con ropa planchada, camisa y pantalones náuticos. Sin descapucharnos, esperamos a que se acercara para ver qué quería. Buscaba a la familia Tosolini. Lo mandamos al terreno de al lado y, cuando se fue, nos empezamos a reír.

Al mediodía yo calenté una salsa en la garrafita, le agregué agua y herví arroz. Llegué a ir a comprar pan antes de la una, que siempre me olvido. Comimos y le dimos pan con salsa al Salpicado, un perro de por ahí que dormía en nuestra montaña de arena. Luego seguimos con las ventanas. El viento ya era insoportable, posiblemente lo sentíamos más molesto porque comer nos había dado sueño. Después de unos cinco minutos, Juan dijo que paráramos. Yo quería terminar, pero él no parecía dispuesto a seguir. Acepté ir a dar una vuelta. Juan se sacó los lentes de sol y la capucha y se prendió un cigarrillo, yo me saqué la capucha. Me hizo sentir realmente bien.

Fuimos a caminar por el barrio. Era una zona hermosa, incluso con ese clima, con árboles, casas separadas, tranquilísimo. Sabíamos que teníamos suerte de construir en un barrio así. Por lo menos yo lo sabía. Pero el día era de locos, de a ratos garuaba, el sol no se sentía y nos preocupaba no tener ningún plan para poder terminar la casa algún día. Juan se paró frente a un árbol y me señaló el tronco:

—Mirá qué hermoso —me hizo notar unos hongos que debían acabar de crecer con la humedad de aquel día. Parecían hechos a propósito, de la escenografía de una película de hobbits, pero reales, naturales, vivos. Todos creciendo rapidísimo para el mismo lado, rodeando el tronco, con colores contrastantes. Como corales de abajo del mar. Yo los había visto hacía un segundo, pero no los había notado.

Lo morboso

Cuando no daba más, cuando de verdad le dolía la espalda de pasar bolsas de cuatro o cinco kilos por la registradora, Mili llamaba a Jonathan. Jonathan era el dueño del autoservicio. Su compañera, una cincuentona, ponía cara de culo pero no decía nada.

Vino Jonathan y se llevó a Mili a la otra punta del negocio. Mili se quejó:

—No aguanto una vieja más. Pero mirá la fila que se está armando —los dos miraron la fila atrás de la única registradora que quedaba.

—Así la gente ve que el negocio está lleno —dijo Jonathan despreocupado—. ¡Vamos a comprar una Coca!

Se sentaron con la gaseosa sobre cajones jaula. Mili era gorda, joven y se sentía linda, sobre todo cuando se pintaba; se pintaba bien y mucho. Además usaba remeras ajustadas con escote y sus tetas rollizas recibían todo tipo de atención.

—Hagamos esto —dijo Jonathan—, yo te cuento una historia con morbo, de sexo, y después me contás una vos. Una historia real.

—¡Qué pajero! —dijo Mili sonriendo y mordiéndose el labio de abajo—. No sé qué te puedo contar —pasó un segundo y dijo—: Bueno, dale. Yo primero. Hace unos años tuve un novio. Nos fuimos a vivir juntos. A los seis meses yo lo iba a dejar, pero cuando él se daba cuenta de que se venía el final, me decía: saquemos un electrodoméstico. El padre trabajaba en Garbarino y por eso le daban beneficios, veinte por ciento de descuento y cuotas. Me terminé comprando un lavarropas, TV, parlantes. Ganaba bien yo con las propinas. Después tenía que esperar a pagar la última cuota para dejarlo, pero entonces él me volvía a ofrecer el beneficio del padre para comprar algo que sabía que yo quería. Me lo terminé comiendo al pibe ese como un año más, todo por un veinte por ciento.

Mili se calló y miró a Jonathan esperando un comentario.

—¿Eso nomás?

—Terminó. Es morboso porque los dos comprendíamos lo que pasaba ¿Entendés? Ahora tu historia.

—¿Te acordás de la malabarista que paraba en el semáforo de Carabobo? Un día se le dio por depilarse toda, pero con una Prestobarba. Hasta ahí, bien. Pero a la semana tenía unos canutos que me clavaban como si la estuviera metiendo en un rayador. Me daba como un… —Jonathan hizo un gesto arrugando la cara.

—¿Esa es tu historia?

Después, cada uno volvió a su trabajo. Mili se preguntaba qué conclusión podía sacar de todo eso mientras arrastraba las bolsas de cinco kilos por el mostrador. ¿Qué era morboso para ella? ¿Qué para él? ¿Jonathan no usaba forro? ¿Qué sería de la vida de aquel novio? ¿Es mejor no depilarse y andar toda peluda? ¿Cuándo es negocio seguir con un tipo? ¿Por un treinta por ciento? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta? ¿O se puede conseguir uno que pague el cien por ciento de todo? ¿Y si es un viejo? ¿Podría transarse a un viejo? Hay muchas que lo hacen. Miró a un viejo que estaba eligiendo mercadería y se imaginó besándolo.

Para qué

Nos habíamos ido a dormir sin cenar. A las seis me desperté con hambre. Me levanté con cuidado de no hacer ruido. Salí del cuarto. Fui a la cocina. Abrí una alacena. Saqué una lata de duraznos y la abrí con un abrelatas incómodo. Volqué el contenido en un recipiente de plástico. Lo llevé a la mesa del comedor, me senté ahí a comer con una pierna flexionada y el pie arriba de la silla. Miré la ventana, se veía una pared blanca con ventanas chicas, pero ya entraba algo de luz de la mañana y se veía rosada, empezaba a amanecer.

Me puse a pensar en mi anterior pareja. Hace poco me separé de mi anterior pareja y esa misma semana me puse a salir con este señor. Recordé el sueño que tuve. Sueño con ella seguido aunque durante el día no pienso nunca, no porque hayamos terminado bien, sino porque no tiene sentido. ¿Para qué?

Hoy fue sábado. Ahí sentada repasé las cosas que hicimos. Hicimos una fila en un shopping con niños gritando, corriendo y rodeados de un resabio de olor a grasa que venía del bar adentro del complejo. Cuando llegamos a las cajas pedimos entradas para una película pero no quedaban más. Salimos de ese lugar espantoso y caminamos en búsqueda de un bar para tomar un trago. Entramos a cuatro bares, en uno nos sentamos, incluso, pero no nos gustaban por distintas razones y de todos nos íbamos. Caminamos hablando, nos encanta hablar. Hablar de más, de cosas que ni siquiera pensamos, analizar, tirar sobre la mesa un tema que a nadie le importa, ver formarse convicciones a partir de nada, llenar el tiempo con palabras.

Finalmente, nos sentamos en las mesas de la vereda de un lugar que nos conformó. Apareció un joven peinado con gel, el mozo. Nos pidieron que nos fuéramos porque era sólo para cenar. Resignados y cansados de caminar, nos cambiamos a un bar que hacía un momento habíamos descartado por las sillas incómodas. Se acercó un mozo de unos treinta años. Antes de que pudiéramos pedir, le dijo a mi acompañante:

—Hola, doctor.

—¿Por qué doctor? —dijo él, pasmado.

—¿Vos no te acordás de mí?

—No.

—Pacheco de Melo y Azcuénaga. Años noventa. El Uruguayo soy yo.

El chico tenía una excesiva energía corporal, se inclinaba sobre nosotros para hablar mirando a los ojos a la misma altura. Yo quería mi trago. Lo pedí pero igual no lo traía. Eventualmente se ponía a hacer que limpiaba con un trapo las sillas de la mesa de al lado para poder seguir hablando con nosotros, supuse que un supervisor lo controlaba desde adentro. En realidad no hablaba conmigo. Yo lo miraba con sonrisa forzada, con la mano en la barbilla tapándome la cara un poco para que no se me notara la expresión. El chico seguía hablando. Hablaba de los argentinos. Le recordó a mi compañero una anécdota en que los argentinos estafaban a alguien. Habló de la gente del campo refiriéndose a ella como nobles. En un momento mi nueva pareja le dijo:

—No cuentes.

—No, no, doctor. ¿Cómo se le ocurre? Una tumba —aseguró el mozo y me miró a mí.

Al final se fue. Volvió. Trajo el trago. Habló un poco más pero ya con una actitud de tener que seguir trabajando.

Cuando pedimos la cuenta la trajo una chica.

Nos fuimos a mi casa. Antes de llegar nos tomamos un helado. Dije que me encanta el azúcar y me enteré que a él también. Nos fuimos a dormir sin cenar.

Volví al presente y observé la luz rosa pálido reflejada en el edificio de las pequeñas ventanas. Entonces pensé en mi hermana. En la primera vez que me levanté de la cama para ver el amanecer. Mi hermana estaba parada atrás de unas persianas y me llamó.

—Vení a ver qué hermoso.

Me acerqué. Era insólito levantarse de la cama a esa hora. La luz estaba rosada, se iba poniendo fucsia y al final amarilla. A medida que cambiaba la luz, los pájaros cantaban de diferentes maneras. Era una sucesión de acontecimientos que no se entendían bien pero no necesitaban explicación. Me acordé del camisón que usaba mi hermana aquella mañana. Tenía un estampado de figuras verdes. Estaba hecho de tela sintética, con buen corte. Le quedaba increíble. Más adelante me lo pasó y también me gustaba cómo me quedaba a mí. Al final lo tiramos. Antes, lo usamos de trapo un tiempo.

Volví a la cama. Me acosté de nuevo. Mi novio nuevo me abrazó, dormido o despierto.

Vanina

Era nueva en la ciudad. Tenía veintitrés. Se me ocurrió buscar trabajo en los restaurantes del centro. Ir restaurante por restaurante. Las calles de cemento estaban desoladas. No había árboles. El sol se reflejaba en todas partes con un blanco que quemaba los ojos. Fui como a quince restaurantes.

Al día siguiente me llamaron del primer lugar al que había entrado, El brigadier. A la noche, cuando fui, me atendió una mujer rubia. Era la dueña. Atrás de la barra ojeó el papel que le había entregado el día anterior y me dijo:

—¿Trabajaste en estos restaurantes?

—Sí.

—¿Y qué hacés en esta cuidad?

—No me gusta Buenos Aires. Tengo un terreno en Arroyo Leyes.

—¿Vas a construir? —bajó la vista hacia el papel y volvió a preguntar—. ¿Tenés un novio?

—Sí.

Me dejó en el salón y fue al fondo. A la cocina. Recién entonces noté a la moza. Había estado ahí fajinando desde el principio.

—¿Sos la nueva cocinera? —dijo esto sin dejar de frotar las copas con un repasador. Mirándome a los ojos, segura, diestra, amable y relajada.

—Sí.

Tenía una técnica de fajinar que consistía en pasar de copa en copa una cantidad de alcohol. Serían unas cincuenta copas de vino estándar, de vidrio grosero. Cada vez que pasaba el alcohol, sacaba brillo a la copa anterior. Desde aquel día admiré a Vanina y me sentí disminuida a la vez. Decía cada palabra con madurez, respeto y seguridad. Tenía una sonrisa amplia, llena de dientes. Era alta y muy flaca. Desnutrida, para ser fiel a la verdad. Piel y pelo oscuros. El pelo lo tenía lustroso, largo, sano, se notaba que se cepillaba seguido. Usaba uniforme de moza y unos zapatos con plataforma que debían ser de ella. Las plataformas le acentuaban más la delgadez y las pantorrillas parecían dos escarbadientes cuando iba de un lado al otro del salón cargada de platos.

Mi admiración creció más cuando supe que era más chica que yo. Fue una semana después, estábamos el parrillero, un señor de unos sesenta, la lavacopas, el otro cocinero y yo. El otro cocinero era un formoseño. Cuando llegaba una comanda me decía:

—Poné a calentar la salsa blanca para los fideos.

Yo ponía la salsa y me quedaba ahí parada sin saber qué más hacer, qué más llevaba el plato. Todavía no conocía la carta.

Vino Vanina con otra comanda y me la quiso dar a mí. El formoseño se apuró y se acercó a nosotras.

—Acá —dijo extendiendo la mano hacia Vanina.

—Se la doy a la nueva —dijo ella sacándole la lengua en un gesto que duró un instante.

—¿Quién dijo?

—Alicia. Quiere ver cómo lo hace. —Alicia era la dueña, la que me había contratado.

—Si es así, sí. Vos sos muy chica para decidir —afirmó.

—¿Muy chica? —pregunté mientras agarraba la comanda—. ¿Cuántos tenés?

—Diecinueve —respondió sonriente mientras inclinaba apenas la cabeza y se peinaba su flequillo, brillante, con cuatro dedos.

Unos meses después, íbamos frecuentemente a comer pizza después de trabajar. Me pagaban por día y gastaba la mitad en la pizzería. Vanina y el formoseño se llevaban mejor. Se había formado un grupo. Nos divertíamos. Una noche, al formoseño se le dio por mostrarnos fotos. Eran de su familia en su pueblo natal. Aparecían muchos hermanos varones. Las fotos eran oscuras y de mala calidad. En todas había algún hermano con las mismas facciones que nuestro cocinero y una botella de cerveza. Él mostraba las fotos con energía, creo que con nostalgia. Eran de sus últimas vacaciones, cuando había viajado a su provincia para estar con su familia.

Debo haber sido la última en darme cuenta de que pasaba algo entre esos dos. En cuanto empecé a fijarme me lo confirmaron. Vanina y el formoseño se iban a casar. Vanina estaba enamoradísima. Una vez, antes de entrar, cuando estábamos todos sentados en frente esperando que llegara la dueña con la llave, Vanina le dijo:

—¿Cómo puede ser que me haya quedado con un negro feo como vos? —y le estampó un beso en la boca.

Vanina se probó algunas blusas mías para el casamiento. Al final no usó nada de lo que le ofrecí. Usó una blusa blanca, pantalones negros y sus plataformas. Todos fuimos al civil. El parrillero, la lavacopas y yo les tiramos arroz, les deseamos felicidad y los abrazamos por única vez. Vanina estaba más radiante que nunca.

Al poco tiempo conseguí trabajo en blanco en otro lugar. Un año después de haber entrado, renuncié a El brigadier. A partir de ese día ya no salimos más a comer pizza, ni nos volvimos a ver.

A los tres años renuncié al segundo trabajo. Inicié un litigio laboral y tuve que ir a sellar un papel a tribunales. Había una sala general desde donde se accedía a muchas oficinas, era enorme, tenía techos altísimos, llena de personas, de columnas, se escuchaba retumbar el murmullo de ese mundo de gente que estábamos ahí haciendo trámites. Caminando por aquella sala me la crucé a Vanina. Estaba parada haciendo una cola con un bebé en brazos. Iba despeinada y se la notaba aún más flaca. La saludé con cariño, como nos tratábamos en El brigadier la última vez que la había visto. Le pregunté si el bebé que tenía en brazos era su hijo. Cuando dijo que sí, festejé el suceso diciendo que era hermoso. Ella casi no me miró. Le pregunté si seguía en El brigadier. Dijo que no, contestaba con monosílabos. Noté que tenía el pelo desarreglado. Antes, en el restaurante, siempre se cuidaba de estar bien peinada. Al final, sin que se me ocurriera nada más qué decir, la saludé y me fui. Nunca más la vi.

Recuerdo de infancia

Julián había traído unas flores que un amigo cultivaba para su hijo autista.

No fumaba hacía mucho yo. Estábamos en el campo en una casa alquilada, sin nada que hacer, de fin de semana.

Julián se fue a dormir, pero yo necesitaba estar un rato más despierta. Había música brasilera muy tranquila. Me quedé ahí con mi perra. A la tarde se había embarrado una pata y ahora tenía el barro seco y se lo lamía. Me acosté en el sofá, cerré los ojos y escuché a un solista brasilero. Debía ser un negro, cantaba con una simpleza admirable. Me concentré en seguir al cantante y a un bajo de guitarra. De repente se me apareció una imagen en la cabeza. Era la última perra que se me había muerto. Corría por la costa del río y el sol la iluminaba mucho de blanco. Inmediatamente después se me apareció una escena de infancia, de cuando Don Bornea me enseñó a nadar –en el mismo río. La última prueba para terminar el curso era ir por el medio del cauce con él. Una noche, a las cinco de la mañana, íbamos los pocos alumnos que estábamos listos para el examen final. Mi abuela me despertó y me dio la malla para que me la pusiera. Yo no entendía cuál era la prueba. Nadie me lo había explicado. Bornea me había dicho que me pasaba a buscar a esa hora y nada más.

La playa estaba a una cuadra. Nos metimos en el agua siendo de noche. El agua estaba muy calma, la temperatura era tibia. Nadamos hasta el medio del río. Bornea me enseñó a sentir la velocidad de la corriente para saber en qué momento ir volviendo a la costa para salir en donde yo quisiera. Me enseñó que cuando uno se cansa no hay que nadar más rápido, hay que hacer la plancha y descansar, confiando en que el río nunca te puede llevar a ningún lugar que uno no quiere. Es más importante descansar. Me acordé cómo es descansar mientras el río te lleva, de espaldas, ves las estrellas, las nubes, las ramas y las sombras en la isla de enfrente. Cómo era que te arrastre con las orejas abajo del agua, sin escuchar. Cerrar los ojos. Levantar la cabeza y que se escuchen los animales, vacas a lo lejos, pájaros solitarios.

La verdad de Susana

Tengo treinta y nueve, estudié peluquería pero soy cuidadora de un señor mayor. Es un señor educado, tiene olor a pis, paga en negro, cuando puede te manosea y le teme a la muerte. A la mañana lo visto, lo hago caminar por el comedor, cambio las sábanas, luego comemos, mira televisión y a la hora de la merienda me manda a comprarme dos sándwiches de miga.

La panadera tendrá unos años más que yo. Usa delantal a cuadros sobre una panza rolliza por embarazos y el pelo pajoso por la tintura en una colita alta. Se llama Susy y siempre tiene algo para decir:

—¿Y el viejo cómo anda?

—Jodiendo —yo le cuento. Descargo.

—¡Vos no le hagas caso, nena!

Susy siempre me dice lo mismo:

—¡Andate de ahí!

—Sí, Susy. Cuando pueda me voy a ir —como si fuera tan fácil, pienso.

—¿Y la mujer no lo cuida al viejo asqueroso?

—¡Qué lo va a cuidar! Viene una vez cada tanto. Vive en otro lado.

—Todas putas.

—No lo soporta.

—¿Y no lo lava, no lo baña, nada?

—¡Noooo! La señora no le perdona que no se casó con ella. No lo atiende.

—¿Y la guita?

—Para los hijos.

—Ahí tenés. Todas putas.

—Todas no. Al viejo lo lavo yo. Y por dos mangos con cincuenta —digo y nos reímos.

—La que no es pobre es puta. Donde mires, todas putas. ¿Cómo se sale de pobre si no? ¿Trabajando? ¿Eh? —Susy me da el paquete de papel—. ¿Eh?

Miro los ojos de Susy que me interrogan abajo de sus mechas secas de pelo decolorado. No supe qué responder.

Después, le pagué veintinueve pesos y me fui.

Un olvido

Los chicos querían gritar, saltar, reírse. Ellas los dejaron adentro y se fueron a fumar afuera. Esa mañana había helado en los campos alrededor. El frío era terrible. Desde hacía una semana que estaba de visita en Santa Fe. Su amiga y ella habían cursado juntas el Instituto de Cine. Después ella se había ido a vivir a Buenos Aires. Se acurrucó en una silla cerrándose el cuello de la campera con una mano y sosteniendo el cigarrillo con la otra.

—Es lindo que te digan que les gusta lo que hacés.

—¿Y ahora estás preparando algo nuevo?

—Un guion para un documental, con un chico.

—Qué bueno.

—Lo malo es que no gané plata.

—También es lindo cuando te pagan. Ya vas a empezar a ganar —la alentó su amiga.

Volvieron a la cocina. Shiva se le acercó y la agarró con sus manos pequeñas pero insistentes, le mostraba un muñeco.

—¿Qué dice el bebé?

—Dice Hago una posición de yoga —ella giró las patas del niñito de plástico hacia arriba y lo sostuvo en posición de yoga—. La pose del meditante en la cima de la montaña —Shiva se rio, mostró todos los dientes. Después preguntó:

—¿Qué dice el bebé?

—Dice Hago pilates con este limón.

Recostó al muñeco de espalda sobre un limón que había quedado de la cena. Lo movió haciendo rodar el limón y dijo:

—Mi columna, cómo me duele. Qué bien que me hace hacer pilates con este limón.

Shiva se rio y Tikal, de diez, que estaba en un colchón más lejos con otro muñeco, también. Jugaron un rato.

Después Shiva le trajo su guitarra. Ella tocó el pequeño instrumento de la nena haciendo cualquier cosa, bailando y cantando. Shiva se reía, toda despeinada, gritaba. Tikal agarró una espada de plástico y se puso a correr alrededor.

—¡Eso no! —gritó la madre cuando Tikal agarró un tramontina con movimientos ninja.

Luego, pidió un poco de calma. Al principio no le hicieron caso, pero después se tranquilizaron. Eran chicos buenos. Jugaron en el sofá con una muñeca de trapo a que era equilibrista. Súbitamente Shiva se subió a su falda y se acomodó como para dormir, en sus brazos. Sintió el deseo espontáneo de abrazarla, y lo hizo. Shiva se quedó un segundo y después la agarró y le empujó los brazos para bajarse. Le vino a la mente un recuerdo de cuando tenía veinticuatro y trabajaba cuidando a dos niños, uno de dos años y una de ocho meses. El recuerdo era sobre la primera vez que tuvo que hacer dormir a la bebé. Ella tenía miedo de no poder, porque lloraba y estaba inquieta. Pero la madre de la beba le había dicho cómo mecerla, que era fácil. Ella hizo lo que le habían indicado y pronto vio que la nena se iba tranquilizando. Supo que el cambio del llanto a la tranquilidad tenía que acarrear una enorme confianza de la niña hacia ella. La beba tenía sueño y decidió dejarse llevar por el ritmo de sus brazos, muy tenue. Finalmente se durmió y ella comprendió el enorme gozo que genera cuidar y amar a alguien. Según creía recordar, en aquel momento, entre la beba y ella, había una energía que iba y venía de una a la otra. No se podía decir aquello de que un bien que se hace a otro no tiene validez si se hace por el placer que genera hacer el bien, como se dice sobre la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo. No cabía decir eso porque no se trataba de algo individual, es algo que no sucede si no es en conjunto. No es porque me hace bien a mí. El gozo en sí es en conjunto. Es una energía que pasa entre todos los seres que están implicados, y se genera desde cada uno de ellos.

Mientras, miraba cómo Shiva agarraba la guitarra y se la traía de nuevo. Pensó en que no es lo mismo sentir eso por un hijo que por los niños que cuidaba por ser niñera, o por los hijos de sus amigos, como Shiva. Si quisiera tener hijos ahora debería “ponerse las pilas”, cosa improbable. ¿Y cómo podía ser –seguía pensando– que se hubiera olvidado de un momento tan fuerte durante todos esos años, unos quince quizás? No lo sabía. Nunca más lo había recordado.

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151 p. 2 illustrations
ISBN:
9789878473345
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