Read the book: «Discursos II»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 292


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por SUSANA M.a LIZCANO REJANO.

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2001.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO376

ISBN 9788424933142.

II
A QUIENES LO LLAMARON INSOLENTE


INTRODUCCIÓN*

La datación del Disc. II de Libanio no presenta problemas. El propio autor explica al comienzo del discurso (parágrafo 2) que tenía 67 años de edad cuando lo compuso. Como Libanio nació el año 314, debió de ser escrito hacia el 380-81, es decir, pocos años después de aquel 9 de agosto del 378 en que Valente perdiera la vida en la nefasta batalla de Adrianópolis y de que Graciano proclamara, el 19 de enero del 379, a Teodosio como Augusto de Oriente1.

La composición del discurso que nos ocupa fue cercana a la celebración de los Juegos Olímpicos de Antioquía del año 380. Por aquellas fechas, Libanio pasaba por unos momentos no muy buenos y en su Disc. I, su conocida Autobiografía, se respira un cierto desánimo en los capítulos (182-196) que describen este período de tiempo. Acontecen una serie de sucesos fortuitos que causan hondo pesar en nuestro sofista. A la muerte de su queridísimo Eusebio2 se añade el accidente de su pie derecho que por poco le cuesta la vida3. Por si esto fuera poco, su propia posición como sofista en Antioquía se ve amenazada por las intrigas de Carterio ante la corte de Constantinopla para conseguir desbancarlo de su puesto y colocar en su lugar a Geroncio, sofista protegido por él. Sin embargo, Carterio sobrevalora su influencia en la corte y, lejos de conseguir su propósito, causa enojo a ciertos personajes influyentes, hasta el punto de que el propio Carterio tuvo que abandonar Constantinopla y marchar hacia Italia, de la que, al parecer, era originario4.

Como contrapunto a estas desgracias, se produce un hecho, narrado en Disc. I 195-196, que causa gran alegría al sofista. Por intercesión de la curia antioquena, consigue que el Emperador permita excepcionalmente que su hijo ilegítimo, Cimón, pudiera heredar la fortuna paterna. Esta circunstancia venía a poner fin a las pretensiones de Sabino, importante curial de Antioquía emparentado con Libanio que, al parecer, pretendía convertirse en heredero del sofista5. Dada su posición en la curia, Sabino no habría tenido grandes dificultades para apropiarse de la hacienda de Libanio si éste hubiera muerto sin heredero legalmente reconocido.

Con el advenimiento de Teodosio, mejora la posición de Libanio en la corte y, gracias a la sensación de seguridad que tiene el orador, crece su producción literaria. Si relacionamos el fracaso de la maniobra de Carterio con una mayor influencia de Libanio entre los cortesanos en estos primeros años del reinado de Teodosio, podremos entender este discurso como una muestra de la libertad de expresión de que gozaba el sofista6.

El discurso comienza con la exposición del motivo que ha obligado al rétor a tomar la palabra: la calumnia que contra él han vertido algunos cristianos al tacharlo de insolente (barýs). Para Libanio, el verdadero motivo de esta calumnia no es otro que su continua denuncia de la corrupción de la época, hecho que provoca las iras de la nueva aristocracia cristiana y la satisfacción de los eupátridas paganos. A continuación, pasa revista a las principales instituciones políticas y sociales de su tiempo y las compara con un pasado pagano idealizado, con lo que se evidencia que el abandono del culto tradicional es la causa de todos los males presentes. En la última parte reconoce que el objetivo final del discurso es que estas reivindicaciones lleguen a oídos imperiales, aunque es consciente de que, dada la escasa atención que las autoridades prestan al problema, no concibe demasiadas esperanzas.

Los eruditos han discrepado al calificar este discurso. Unos lo han definido como un manifiesto del partido pagano y otros han subrayado los aspectos autobiográficos del mismo. Lo cierto es que ambos aspectos no son excluyentes, sino que se encuentran indisolublemente entreverados. La vida de Libanio, sofista oficial de la ciudad y persona influyente, es objeto de la atención y vigilancia de sus conciudadanos. En numerosos pasajes de su obra se insiste en que su vida personal es intachable y a demostrarlo dedica uno de sus más extensos discursos, su Autobiografía. Por consiguiente, nuestro orador no puede consentir ningún tipo de infundio que manche su reputación7. A su vez, su justificación le sirve como punto de partida para fundamentar una diatriba de la sociedad de su tiempo, caracterizada por el abandono de los ideales del helenismo y el ascenso de una nueva aristocracia, enriquecida al amparo de la administración imperial, que prefiere orientar a sus hijos al estudio de las leyes y el latín antes que enviarlos a estudiar retórica con el sofista.

Tampoco existe acuerdo con respecto al público al que iba destinado el discurso. Sabemos que, cuando Libanio escribía obras de contenido comprometedor, reducía su audiencia a un círculo de amigos de confianza y los casos en que sus discursos alcanzaban amplia difusión eran excepcionales. Según Norman8, el Disc. II habría sido compuesto pensando en un pequeño grupo de amigos íntimos. Por el contrario, Martin9 está convencido de que se pronunció ante un auditorio amplio, tal vez el bouleutḗrion, donde solía impartir clases, pues el tono es demasiado convencional y las invectivas dirigidas contra los funcionarios imperiales tan generales, que nada hace sospechar que fuera necesario seleccionar el público.

En este sentido, es interesante lo que nos dice Libanio en el discurso que nos ocupa (Disc. II 13-15). Afirma el orador que ninguno de los presentes se habría enterado de sus victorias retóricas sobre sus rivales si no hubiera sido por terceras personas. Sin embargo, la Autobiografía, cuya redacción comenzó hacia el 371, está plagada de referencias jactanciosas a sus múltiples triunfos en este terreno. Por consiguiente, hay que concluir que la Autobiografía aún no había sido dada a conocer cuando se compuso nuestro discurso o que el público al que iban destinados uno y otro era diferente.

Son veintinueve los manuscritos que nos han transmitido este discurso, cuya editio princeps publicó Fabricio a comienzos del s. XVIII10. En cuanto a las ediciones modernas, los trabajos de Reiske11 y, sobre todo, de Foerster han servido de punto de partida para ediciones y traducciones posteriores: al inglés por Norman, al alemán por Wolf12 y al francés por Monnier13 y, más recientemente, por Martin.


* Para la traducción del presente volumen, hemos utilizado la edición teubneriana de R. FOERSTER, Libanii opera, I-III, Leipzig, 1903-1906, cuya numeración de los discursos hemos mantenido, a pesar de que ésta no coincide con el orden cronológico de su composición. Para los Disc. II, III y VII hemos tenido en cuenta la excelente edición, con traducción francesa y amplias notas, de J. MARTIN, Libanios. Discours II-X, París, Les Belles Lettres, 1988. También nos ha sido de gran utilidad la edición, con introducción, traducción inglesa y notas, de A. F. NORMAN, Libanius. Selected Works, II, Londres, 1977, que incluye, entre otros, los discursos traducidos en el presente volumen, excepto III, VII y XI. Los nombres propios seguidos de un número arábigo se corresponden con la identificación de A. H. M. JONES, J. R. MARTINDALE, J. MORRIS, The Prosopography of the Later Roman Empire. Vol. I. A.D. 260-395, 4.a ed., Cambridge, 1993, y los que llevan número romano se refieren a la de O. SEECK, Die Briefe des Libanius zeitlich geordnet, Leipzig, 1906 (reimpr. 1966).

1 Cf. E. STEIN, Geschichte des spätrömischen Reiches I: Vom römischen zum byzantinischen Staat (284-476 n. Chr.), Viena, 1928 = Histoire du Bas-Empire I: De l’État Romain à l’État Byzantin (284-476), [trad. J.-R. PALANQUE], Desclée de Brouwer, 1959, págs 189-192; y J. STRAUB, «Die Wirkung der Niederlage bei Adrianopolis in der spätantiken Literata», Philologus 45 (1943), 255-286.

2 Tal vez el Eusebio XX de SEECK (Die Briefe…, pág. 142), que acudió desde Ancira a Antioquía en el 364 para seguir las clases de Libanio.

3 Cf. Disc. I 183. También menciona el suceso en Disc. XXXVIII 3.

4 La identidad de ambos personajes es controvertida. Por la correspondencia de Libanio (Ep. 789, 1136-1139, 1366, 1391 y 1396) conocemos a un tal Geroncio (III en SEECK, Die Briefe…; 3 en The Prosopography…, pág. 393), sofista de Apamea y amigo de nuestro autor. De ser el mismo, habría que suponer que, tras este desagradable suceso, hubo una reconciliación, ya que en su Ep. 863, del año 388, Libanio lo trata como amigo y éste acude a sus sesiones públicas. Por otro lado, Carterio 3 cursó la carrera de abogado y se ganó un puesto importante en la administración pública. A. F. Norman («Notes on some Consulares of Syria», Byzant. Zeitschr. 51 [1958], 75) piensa que fue Consularis Syriae en el 380, situación que habría aprovechado para arrebatarle a Libanio su puesto. Tres cartas de Símaco corroborarían esta afirmación. En otro artículo («On the Dating of three letters of Symmachus [Ep. III, 49. V, 41. IX, 31]», Byzant. Zeitschr. 57 [1964], 1-5), Norman data estas cartas en el 382 y supone que este Carterio es el mismo de la correspondencia de Símaco. Sin embargo Martin (Libanius…, págs. 59-60) se muestra en desacuerdo, ya que la caída en desgracia de Carterio y Geroncio no encajaría con la influencia que tienen en Roma los personajes de la correspondencia de Símaco. Así pues, la identificación sólo seria posible si las cartas de Símaco se refirieran a una época anterior al 380.

5 Libanio nos habla de Sabino en Disc. I 190-194; 261, que se casó con la hija de un primo suyo. A ésta la asesinó y acabó por arruinar a su suegro. No obstante, el Emperador le impuso una fuerte multa como consecuencia de sus irregularidades financieras y cayó en desgracia hasta el momento de su muerte, que debió de acontecer hacia el 388 (cf. O. SEECK, Die Briefe…, pág. 262, y A. H. M. JONES, The Prosopography…, pág. 793).

6 En sentido inverso se manifiesta A. F. NORMAN, Libanius’ Autobiography (Oration I), Oxford, 1965, pág. 204, y Libanius. Selected…, págs. 2-4. A su juicio, los mencionados incidentes con Sabino y el asunto de Carterio y Geroncio no serían sino un claro indicio de la debilidad de Libanio ante la administración imperial y local.

7 P. PETIT, «Recherches sur la publication et la diffusion des discours de Libanius», Historia 5 (1956), 494, sostiene que el Disc. II es una «conferencia de prensa» con la que pretende responder a las críticas de la opinión pública.

8 Selected…, págs. 6-8.

9 Libanios…, págs. 9-11.

10 FABRICIUS, Bibliotheca Graeca, tomo VII, Hamburgo, 1715.

11 J.-J. REISKE, Libanii sophistae orationes et declamationes, Altenburgo, 1791-1797.

12 P. WOLF, Libanius. Autobiographische Schriften, Zúrich-Stuttgart, 1967.

13 E. MONNIER, Dix discours choisis, fondos de La Sorbona, 1860.

II. A QUIENES LO LLAMARON INSOLENTE

«¡Qué insolente! ¡Qué insoportable es!», han dicho de [1] nosotros ciertas personas1. Andrómaco2 fue quien me lo anunció jurándome que es cierto. Mas yo le hubiera dado crédito aun cuando no lo hubiera jurado, porque es bueno y noble, compañero nuestro3, y porque no ha sido un placer para él oír semejantes insultos. Por tal motivo, mucho se hubiera abstenido de fingir contra mí palabras que no hubieran sido realmente pronunciadas. Así pues, les exhorto a que presenten pruebas y les pido que demuestren qué hay de verdad en lo que han dicho. Pero no serán capaces.

[2] Lo primero de lo que imo podría sorprenderse con razón sería lo siguiente: cómo es posible que en todo el tiempo que he vivido, que tan largo ha sido, no me han surgido estos reproches. Porque otras muchas cosas se han dicho, falsas también y por gente hostil, a quienes luego aconteció que tuvieron que avergonzarse y poco les faltó para abrazar mis rodillas y suplicarme que los perdonara por su desvarío. Y los perdoné. Pero esta crítica se ha presentado tras haber [3] aguardado a mis sesenta y siete años. Pues no se puede alegar que se decía a escondidas, como tampoco eran secretos sus otros propósitos, pues lo que caracterizaba la insolencia de los que hacían estos comentarios era precisamente no ocultarlos y había muchos amigos nuestros por quienes podía haberme enterado.

[4] Por consiguiente, ¿qué hay que pensar? ¿Que cuando era más joven sabía moderarme pero que, con el paso de los años, me he echado a perder? Más bien, lo lógico hubiera sido que, al contrario, ahora hubiera dejado de ser insoportable si lo hubiese sido antes. Pues el tiempo es formidable [5] para educar y corregir defectos. Sin embargo, creo, ocurre lo siguiente. Luego de haber discurrido todas las otras posibles acusaciones y haber enrojecido de vergüenza por cada una de ellas, como no podían callar, sin preocuparse en absoluto de si era o no creíble lo que iban a decir, se dejaron caer en esta imputación para justificarse por el hecho de evitar mis reuniones4.

¿Insolente yo? ¿Pero qué se oye decir de mí en los talleres [6] cada vez que paso por delante de ellos? ¿No es cierto que «el moderado»? ¿Acaso no «el sociable»? ¿No es verdad que se me conoce como el que responde de igual a igual a los saludos de los más pobres5? ¿Es, por tanto, verosímil que el que se pone a sí mismo a la altura de aquellas personas con las que le es dado envanecerse, pueda considerarse superior a las autoridades y a los poderosos? Éstos me besan6 los ojos, la cabeza y las manos, aun cuando no sientan afecto por mi persona, y cuando se marchan reciben no menos de mi parte.

Por tanto, ¿dónde está el insolente? ¿En mis relaciones [7] con los gobernadores? Pero si todos saben a dónde voy a sentarme cuando los visito, pese a que me es posible ocupar una plaza de más honor; a quiénes busco y acompaño; de quiénes me separo y a cuantos, aunque muchas veces tiran de mí hacia su lado, dejo bien patente que no les hago caso. ¿Pero por qué digo esto si puedo referirme a aquel nombramiento [8] que rechacé7 a fin de no dar la impresión de haberme vuelto demasiado altivo? Y eso que, si lo aceptaba, tenía derecho a proclamar que se me causaba un perjuicio si no venían a verme los magistrados, y a llenar de alboroto las residencias de los gobernadores siempre que me pasara a visitarlos. Pero no deseé ni lo uno ni lo otro, y ni siquiera lo consideré como algo valioso, ni tampoco me pareció necesario añadir a la consideración que tengo por mi forma de ser, la que me proporcionaba aquel título. Quiso el anciano [9] Arquelao venir a verme y se lo impedí. Después de éste, Domnico, pero, nada más enterarme de su intención, me opuse. Vino de improviso Arquelao, el sobrino del otro Arquelao, mas su visita me contrarió, lo que pudo oírme decir y aceptó. También se presentaron los Sapores, los Julio y los Víctor cuando estaba enfermo y no estaba capacitado para huir8. Yo bajaba al suelo la mirada por vergüenza, dejando claro con mis actos que me sentía molesto con el honor.

Pero tal vez soy insolente porque hago mención de mi [10] linaje. En efecto, hubiera podido decirles a todos, a excepción de muy pocos, que, en lo tocante a alcurnia, ni siquiera me podrían mirar de frente. Sin embargo, jamás se lo dije a nadie ni me envanecí por los retratos de mis antepasados ni por sus liturgias9, sino que consideré que era bastante que la ciudad lo supiera con nosotros, mientras que, con el resto, sigo teniendo trato como si en nada fueran inferiores a mí en [11] prosapia. Reconozco que traigo a colación, y con frecuencia, a mi abuelo y a mi bisabuelo, y los recuerdo no por esto, sino porque uno, entre otras cualidades, llegó a dominar el arte de la mántica, gracias a la cual conocería de antemano que sus florecientes hijos perecerían de muerte violenta10. Del otro he descrito muchas veces su desvelo por sus hijos. Por ello, se presentó personalmente en Apamea y se granjeó el talento de un sofista persuadiéndolo con mucho dinero. Así fue como sacó a la luz las admirables cualidades de los que engendró, los hermanos de mi madre11. Y hacía estas referencias no por simple alabanza, sino para que cualquier padre imitase su ejemplo al escucharme.

[12] En mi juventud, rehuía yo placeres que no son muy fáciles de evitar. De ello son testigos, además de los dioses, que todo lo conocen, mis coetáneos que todavía viven, hoy marchitos, aunque entonces estábamos en la flor de la vida. ¿He causado enojo con el recuerdo de mi prudencia? ¿Dije que por ello merezco honores? ¿Acaso cité a los testigos que [13] podía invocar? Pero, si no se trata de eso, ¿entonces hice alusión a mis esfuerzos por la retórica, ora los de aquí, ora los de otro lugar? ¿O acaso me referí a cómo cuando, obligado por el gobernador, se me enviaba a Atenas a ocuparme de la cátedra, la rechacé12? ¿Mencioné esto sin necesidad para glorificarme vanamente a mí mismo? En absoluto, a no ser a los alumnos en muchas ocasiones para animarlos a imitar esta conducta, y a alguien así en modo alguno le encajaría el apodo de «insolente». «Pero —se dirá— los discursos [14] de los demás, sean dignos o no, los rechazo para aplaudirme a mí mismo: que si vencí a tal sofista, amordacé a otro, abatí a fulano, triunfé sobre mengano, a zutano lo obligué a huir, y aterroricé al grupo de Egipto y a los tres de Atenas cuando fui llamado por la curia de ambas ciudades». ¿Pero no es cierto que os habéis enterado de esto porque [15] otros os lo han referido? Si no os lo hubieran contado, por lo que a mí respecta, desconoceríais mis victorias. Porque hasta el día de hoy ni siquiera habéis oído hablar de las estatuas y las resoluciones que sobre éstas han dictado no pocas ni pequeñas ciudades. Tal vez os enteraréis algún día, pero no porque os lo vaya a decir yo.

Sin embargo, ¿qué hubiera ocurrido si yo hubiese sido el [16] hombre que éstos afirman que soy? Pues que habría llenado cualquier lugar y circunstancia de frases como éstas todos los días, antes y después del mediodía. En verdad, todo [17] aquel que presta un servicio y recuerda constantemente el favor es un insolente, ya que con esta actitud prácticamente está echando en cara el beneficio, que se convierte en motivo de pesar. Por tanto, analicemos si no le he prestado un servicio a mi ciudad rompiendo el fuerte vínculo con el que me sujetaba un decreto del Emperador, que todos conocéis, aquella vez que recorrí, para estar con vosotros, un camino no exento de riesgos y contrario a la voluntad del monarca, produciendo con ello un brillante progreso a vuestra retórica13. Por tanto, no debería haber dejado escapar ninguna ocasión de echarle en cara este favor a la ciudad. ¿Y quién podría ser tan desvergonzado que osara decir tal cosa?

[18] «Pero tu forma de caminar es grosera». ¿De cuál se trata, como no sea que se refiera alguien a la que me causa mi enfermedad14? «¿Y esa mirada, esas cejas y esa voz?» ¿Pero no es cierto que acostumbráis a llamarme «el encantador»? ¿Es posible que esos apelativos sean compatibles y que la misma persona pueda, en justicia, recibir ese nombre y el de [19] insolente? En efecto, hay algunos que se han ganado ese apelativo por evitar reírse ni una sola vez en su vida. ¿Cuándo, pues, impedí a nadie reírse o cubrí el gozo con una nube? ¿Cuántas veces hasta yo mismo no me convertí en promotor de la chanza, cuando las circunstancias lo permitían? Porque, cuando la seriedad y el cuidado de nuestros asuntos nos obligan a prestarles atención, sería una vileza reírse imo [20] mismo o hacer reír a los otros. Tanta es la distancia que me separa de esta acusación, que incluso con mis alumnos no suelo ser así, sino que acostumbro a mezclar el estudio con un cierto agrado que proviene de mi amabilidad, gracias a la cual no me hacen falta los golpes, ya que todo lo hacen de buen grado15. Sin embargo, conocemos a otros que han partido infinidad de varas y, ni han conseguido un control tan grande de la clase, ni han sido llamados lo que yo ahora.

¿Entonces, qué? ¿Se puede decir que, cuando me hallaba [21] enfermo, reclamaba que los demás vinieran a verme cada día, que algunos se quedaran hasta por la noche y que unos cuantos ni siquiera se separasen de mi lecho, pero yo entendía que hacía algo justo si desatendía este deber, por pensar ricamente que a los demás les correspondía esta liturgia, y sólo a mí la exención de este tipo de cargas16? Es verdad [22] que otrora se me veía acudir corriendo a las puertas y escaleras de los que se hallaban enfermos, pero ahora se me transporta unas veces a caballo y otras en manos de mis siervos17. Y, sin embargo, ¿quién no creería tener excusa suficiente en el mal de mis pies y en mi vejez para ahorrarse esta fatiga? Mas nunca hice este reproche a quienes no me vinieron a visitar cuando me encontraba enfermo. Sin embargo, muchas veces yo mismo fui a hacer visitas más allá de mis fuerzas.

¿Qué es lo que queda? ¿Acaso soy insolente en mis recitaciones [23] públicas porque me quejo de que las ovaciones que siempre surgen, por muy intensas que sean, son menores de lo debido, o porque pido que se sumen a las acostumbradas formas de aplaudir otras no vistas, ya que acojo frío como el mármol las alabanzas y no doy muestras de consideración a mis admiradores, ni con la mirada, ni con un [24] gesto de mi mano, ni con una sonrisa? Yo sé bien que hasta he tenido que contener a éstos con mis palabras y pedirles que no se tomaran tantas molestias, ni se fatigaran con sus elogios hacia mí. Y creo que todos saben cuántas veces tuve que enfadarme para defender a Platón y a Demóstenes18 cada vez que eran ultrajados por los espectadores que, con sus gritos, pretendían equiparar cosas a las que separa un abismo. Hasta con un prólogo19 tuve que poner fin a esta actitud o, más bien, ese fue mi deseo, pues todavía hay ocasiones [25] en las que esa misma audacia sale a relucir. Es más, cuando me di cuenta de que algunos se sentían molestos por la propia cantidad de mis recitaciones públicas, puesto que, necio de mí, me creía que les hacía un servicio con mi prolijidad, puse fin a esa práctica. Así es que los discursos que antes daba en público, ahora los doy entre mis alumnos. Hasta tal punto temo dar la impresión de ser insolente.

Pero, por Zeus, nada de esto se me está reprochando, sino [26] el hecho de que sienta nostalgia por los tiempos pasados y que hable bien de ellos, y que, por el contrario, denuncie la situación presente y vaya diciendo que, en aquel tiempo, las ciudades eran afortunadas, mientras que ahora la fortuna les es adversa, y que esta cantilena la repita todos los días, en todo momento y en todo lugar. Hay algunos que me hacen [27] este reproche y se sienten molestos por estas palabras mías, los mismos a quienes beneficia la situación actual. Pero los que se ven perjudicados son los que me elogian. Éstos, de ilustres han pasado a ser humildes, de acomodados a menesterosos, en tanto que aquéllos, por el contrario, se ven en la fama, la riqueza y el poder, cosas de las que tanto distaban en sus esperanzas como de adquirir la facultad de volar. No hay duda de que para quienes triunfan de forma inmerecida [28] soy antipático e insolente cuando hago estas afirmaciones, pero que estoy lleno de encanto para los que han sido despojados de su anterior prosperidad, en la medida en que participo de su aflicción y me veo conmovido por sus desgracias. Por consiguiente, ¿por qué, cuando me llaman insolente, no matizan su acusación haciendo un pequeño añadido: «para ellos»? Pues, sin duda, no soy insolente para todos, sino para la gente a la que las desdichas de la mayoría les son beneficiosas. Ya que, si resultara ser insolente a juicio de todo el mundo, me sentiría avergonzado por estas afirmaciones, pero, si es a juicio de cuantos gozan de tal clase de fortuna, lo que siento es orgullo.

Me gustaría preguntar a esa gente si sostienen que yo [29] miento en mis elogios y vituperios o no. Pues si dicen que miento, entonces que demuestren que la situación de antaño no era mejor para las ciudades. Pero si reconocen que digo la verdad, entonces ¿por qué muestran esa hostilidad? ¿Por qué no llaman insolente a la verdad en vez de llamárselo a quien se somete a ella? Porque no es mi discurso el que modela la realidad, sino que torna ese cariz con arreglo a los hechos.

[30] He dicho que antiguamente había frecuentes sacrificios, que los templos estaban repletos de oferentes, que había también banquetes, música de flauta, canciones, coronas y riqueza en cada templo, y que todo ello, en su conjunto, servía para auxiliar a los necesitados20. ¿En qué he mentido entonces? ¿Acaso también hoy pueden verse los templos de tal manera? Mejor dicho, ¿se podría ver tanta pobreza en algún [31] otro sitio? Hay quienes con gran placer dedicarían exvotos en honor a los dioses, pero saben que, si los llevan allí, pasan a ser propiedad de otros, puesto que el extenso terreno que es propiedad de cada uno de los dioses, los labran otros y de las ganancias no participan en absoluto los altares. [32] Dije que los que trabajaban la tierra tenían antiguamente sus cofres, ropa, estateras, y que sus matrimonios tenían dote. Hoy, en cambio, podrás recorrer amplias extensiones de campo yermo que dejó vacías la opresión de las exacciones fiscales21. Aunque un mal aún mayor se ha añadido: ésos que suelen llenar con su presencia las cuevas y cuya moderación se limita a sus mantos22. Por eso, todos los que aún permanecen en sus campos no necesitan cerrar las puertas, ya que no puede tener miedo alguno a los ladrones quien nada posee.

[33] Tal vez desees hablar de las curias municipales. Pero si es que, aun en el caso de que ninguna otra cosa estuviera en mala situación, sólo este punto me impulsaría a hablar como lo hago. En lugar de los seiscientos decuriones de entonces, hoy no llegan a sesenta. ¿Sesenta dije? Ni siquiera seis en algunos lugares23. Incluso hay ciudades en las que la misma [34] persona tiene el cometido de recaudar los impuestos, se hace cargo de los baños y, al mismo tiempo, los atiende. ¿Qué significa este enigma? Se ocupa de los baños porque ejerce la prestación de la leña y, a la vez, cogiendo la hidria, el encargado de la liturgia se transforma en bañero24. Y si uno le pide agua caliente y otro fría, él, como no se puede dividir en dos, tiene que soportar la ira de ambos.

[35] «Mas esto no pasa entre nosotros». Y que no suceda, por Zeus. Pero no hay que tener en cuenta dónde no acontece, sino que haya sitios donde pasa. Y ciertamente, las curias cuya tierra es mala se arruinan por el volumen de las cargas fiscales, dado que nadie se interesa por tierras como ésas ni siente deseos de comprarlas. Por otro lado, aquellas en las que es mejor, en lugar de quienes las han heredado, tienen por dueños a quienes pueden comprarlas. En consecuencia, los curiales son humildes y escasos; no sólo pobres, sino mendigos, mientras que otros arribistas, venidos de no sé dónde, pagando el precio —la verdad sea dicha—, llevan una vida muelle rodeados de los bienes de aquéllos, después de haber adquirido, unos sus casas, otros sus campos y algunos [36] ambas cosas25. La dignidad de la curia no se ve por ninguna parte, sino que son los extranjeros quienes se pavonean por las calles y consiguen matrimonios. Mientras tanto, nosotros los vemos, los acompañamos en las comidas y nos deseamos larga vida, pero nadie entregaría a su propia hija a un decurión, ya que ninguno la odia tanto. Un mes necesitaría quien deseara hacer una descripción exacta de las desgracias que sufren los miembros de la curia.

[37] Sé que también me he lamentado por los soldados como hago ahora con los curiales, y tal vez tampoco injustamente en este caso, porque pasan hambre, soportan el frío y no tienen ni siquiera un óbolo, por culpa del concepto de justicia que tienen sus centuriones y generales, que hacen a los soldados más desgraciados y a sí mismos más ricos26. También pasan penurias los corceles de la caballería, hambre que se convierte en oro para los mismos; por no hablar del dinero que manda el Emperador. Éste, a través de las manos de los soldados, va a parar a las de ellos. Por si fuera poco, se considera [38] glorioso vomitar, emborracharse, así como enlazar comida con comida y bebida con bebida. En cambio, son vergonzosos los ejercicios y el adiestrarmiento en el llano con las tareas oportunas. Por eso en las batallas a los enemigos les basta con gritar para que éstos se den a la fuga. Y el que permaneciera en su puesto lo haría para morir. Tienen un espíritu pusilánime y sus cuerpos poco difieren de sombras. También el suelo, por la carencia de calzado, les es áspero [39] a sus pies, ya que deben gastarse el dinero en mujer e hijos, pues cada uno suele tener ambas cosas. Ni les impiden casarse, ni se buscan la manera de alimentar a las madres y a sus vástagos27. Por tanto, si la comida del soldado sufre tantos recortes, ¿cómo va a poder saciarse? Y el perjuicio que por esto sufre se convierte en desventaja en la guerra.

Pero esto no sucedía en aquellos tiempos que yo tanto [40] elogio, sino que los jefes del ejército anhelaban la gloria en lugar del dinero, y no había nadie que tuviera la intención de despojar de lo suyo a los soldados. Éstos eran fuertes, valientes y expertos en la guerra, y no se casaban, sino que se había hallado la forma de que no sintieran la necesidad de casarse. Bello espectáculo para los nuestros eran los caballos transportando a sus jinetes y terrible para los adversarios, y había paz, porque los bárbaros se exhortaban entre sí a permanecer tranquilos.

[41] Si hay que hablar de los gobernadores que administran las provincias, por aquel entonces gobernaban los que eran considerados los mejores y cuantos de éstos conservaban la misma forma de ser, envejecían en sus puestos, en tanto que aquellos que degeneraban eran condenados a muerte y no había intercesión alguna. Esto hacía que las leyes mantuvieran [42] su vigor. Sin embargo, hoy en día se apresura hacia el cargo quien puede comprarlo y se da la vuelta para mirar en derredor, no sea que el sucesor no se encuentre a muchos estadios de distancia. Y reconoce de entrada que ha venido para obtener ganancias. Y esto no es más que el preámbulo de su gobierno. A la vista de todo el mundo, se atreve a llevar a cabo lo que antes sólo sucedía en las sombras y, aun cuando salga del cargo, por más que vomite una pequeña parte del total, la mayor parte ya la habrá digerido28. En ese caso, ¿es insolente quien siente aversión por esto y admiración por aquello?

Sea. Supongamos que todo lo demás me hiciera amigo [43] de los tiempos presentes, ¿no es cierto que tal vez sólo me bastaría la situación actual de la retórica para declararles la guerra? Antaño ésta resplandecía y ahora está ensombrecida. Antaño arrastraba a jóvenes de todas partes, mientras que hoy prevalece la opinión de que no tiene importancia. Muy al contrario: los jóvenes piensan que es árida como las [44] piedras y que hay que estar loco para cultivarla, pues en vano se perderá la semilla. Que, en cambio, los frutos vienen de otro lado, de la lengua itálica, ¡oh soberana Atenea!, y del estudio de las leyes, cuando antiguamente los que las conocían tenían que llevarlas y aguardar de pie mirando al rétor esperando la orden: «tú, lee». Ahora, hasta los secretarios ocupan las más altas magistraturas, y el que aprende la elocuencia en lugar de esos estudios sufre la burla de esta gente y no le queda más remedio que lamentarse29.

[45] Se da el caso de que muchos, después de haber salvado con su defensa jurídica los bienes de mucha gente, escapan de los tribunales de un salto y se hacen soldados, no porque sientan el deseo de ganar fama con sus manos, sino porque son conscientes de que, al tomar la lanza, de inmediato podrán casarse y engullir la dote de su esposa. Y cuando el enemigo avance en el momento decisivo de la batalla, fácil les será servirse de los pies en lugar de las manos, ya que no habrá [46] luego rendición de cuentas. Por tanto, ahora que los llamados signos30 han puesto en fuga a Hermes, han derrotado a las Musas y se han llevado a su terreno la dicha que estaba reservada a quienes se dedicaban a ellas, cuando unos se ven postrados de humillación y los otros tienen henchidas las mejillas de orgullo, ¿puede alguien irritarse si me lamento porque mi arte ha terminado por ser inútil?

[47] «Sin embargo —se dirá— no sólo te dueles por la retórica, sino que atacas en su conjunto los tiempos presentes y cantas alabanzas del pasado, con lo que te excedes en tu cometido». ¿Qué ley, excelentes amigos, estoy transgrediendo? ¿Qué límites me estoy saltando con mi aflicción por tales asuntos? ¿Cómo va a resultar una ofensa solidarizarse con el dolor de los que lo pasan mal? Porque yo considero que es un gesto de misericordia no sólo acongojarse por las desgracias personales, sino también sentir lo mismo cuando [48] les suceden a otros. Yo sé que muchos sienten compasión no sólo por su contemporáneos si les ocurre alguna desgracia, sino que hasta vierten lágrimas sobre sus libros cuando leen las tragedias. En ese caso, ¿por qué no les hacéis reproches también a ellos? Porque es fácil decirles: «¿Qué os importan [49] a vosotros los hijos de Níobe31 o si alguna hija de Cadmo32 mató a su propio hijo? ¿ Acaso es Layo vuestro padre? ¿Edipo33 vuestro hermano? ¿Hécuba34 vuestra madre? ¿Creonte el corintio vuestro tío? ¿Glauce35 vuestra prima?». ¿No me pareció hace poco que Hipólito36 merecía mis llantos, tantos como si hubiera estado presente y hubiera asistido a su sufrimiento? ¿Por qué, pues, no se me echa en cara que me vea afectado por desgracias anteriores a la guerra de Troya? Y vosotros ¡por Zeus!, cuando son [50] transportados los cuerpos sin vida de jóvenes y sus padres los escoltan, ¿acaso no lloráis cuando vais acompañando el cortejo fúnebre, aunque no os obligue a ello ningún lazo de parentesco? Sin duda podríais tener a quienes os lo reprocharan con razón. Sin embargo, los padres por quienes hayáis mostrado esta deferencia os contarán entre sus benefactores.

Así es que, si nada malo hay en gemir por un muerto [51] que no está emparentado con nosotros, ¿cómo va a serlo lamentarse por los que pasan su vida entre pesares, lo que es más amargo que la muerte? Y si es adecuado estar descorazonado por una ciudad que se encuentra en una mala situación, ¿por qué no también por las provincias? Y si nos afligimos por una sola, ¿por qué no también por un número [52] mayor? Yo aprecio a cuantos tornan parte de mi aflicción, aunque no tengan nada que ver con la retórica. ¿Es que no iba yo a cometer una injusticia si no juzgara dignos de los mismos privilegios a los que dedican su vida a otros menesteres? No somos chipriotas ni —digámoslo con el beneplácito de Adrastea37— hemos visto nuestra ciudad derribada por el seísmo38 y, sin embargo, aquí había lamentos y gemidos, y se podía oír cómo muchos decían: «¡Oh ciudades!, ¿dónde estáis ahora?». No obstante, nadie nos reprendía porque considerábamos que nos incumbía la desgracia de esta isla, a pesar de que entre nosotros se interpone tan anchuroso mar.

[53] Por tanto, ¿qué quiere decir para ellos eso de mi intromisión? Yo no he sido jefe de vuestras fuerzas armadas ni he tomado parte en los combates de Tracia39, ni como estratego ni como soldado; pero es que ni siquiera desde un alto árbol hubiera podido soportar el espectáculo de aquella gran batalla. Con todo, al escuchar el resultado de la refriega, me golpeé la frente, me mesé los cabellos y me pregunté a mí mismo las causas de aquella desgracia, de la cual hice mención al día siguiente a otros. ¿De modo que cometía una falta por ello? ¿Y quién es el que va a sostener esa afirmación? No ejerzo como curial, sino que me exoneran mis [54] desvelos por la retórica, pero me es lícito afligirme por la pobreza de los curiales y quejarme de la riqueza de esos que asisten a los magistrados, algunos de los cuales, aunque en otro tiempo vendían carne, panes u hortalizas, hoy llegan a ser importantes gracias a que poseen las propiedades de aquéllos, sin haber regateado en absoluto por el precio. Tal es la cantidad de oro que tienen.

Algunos llegan a molestar con el tamaño de su casa a [55] los vecinos, al no dejarles disfrutar de la luz del día con claridad. ¿Y, a pesar de todo, se creen que no nos causan perjuicio alguno con esta transformación y con su manera de socavar la situación social, pero, si alguien es incapaz de guardar silencio ante estas injusticias, entonces ése es fastidioso e insolente? ¿Pero es que si alguno de tus parientes [56] llegase a igualarte en riqueza y tú te sofocases de rabia por ello, porque te parece intolerable, y con sumo gusto le incoarías un proceso a la Fortuna, te parecería adecuado que entonces yo colmara de alabanzas a la diosa objetando que se ha comportado con justicia, a pesar de haber cometido una enorme injusticia contra el género humano en ambos sentidos: por haber negado sus dones a aquellos a los que era menester tratar bien y por habérselos entregado a la escoria? ¿O es que también debo encarecer la riqueza de los [57] aurigas o la que obtienen otros por hacer reír, o deberé elogiar el que sea fácil conseguir el cinturón40 o que los jovencitos no tengan vergüenza y que sus padres, aunque se percatan de ello, lo toleren, o que aquéllos duerman la mayor parte del día, mientras que por la noche pierden todo el tiempo a la espera del baño? Y eso que me callo lo que hacen mientras aguardan y dónde41.

[58] Cuatro eran los secretarios que tenía aquel soberano sobre el cual sé que os molestaría que dijera algo positivo42. Diecisiete eran los que le traían los mensajes, y el que estaba al frente de éstos recibió, como premio por sus muchos años de servicio, el mando sobre el bronce43, mientras que el resto daba esplendor a las ciudades44. Pero, hoy en día, los primeros son quinientos veinte y los segundos más de diez mil, y el que se encarga de ellos puede convertirse en prefecto cuando le venga en gana.

Esto es lo que fustiga mi alma y sobre este asunto no [59] puedo dejar de decir lo que es justo. Y por lo menos tengo a quienes me dan la razón, del mismo modo que vosotros los tenéis en vuestros magníficos banquetes, en los que abunda la nieve45 y la insolencia, donde vergonzosas son las pendencias y malignos vuestros triunfos y, en lugar de los dioses, reciben cantos de alabanza los causantes de los males que estamos padeciendo46.

[60] «Precisamente —diga tal vez alguno— eres insolente por repetir muchas veces este reproche». ¿Pero es que repetir muchas veces lo que está bien decir podría acarrear un justo reproche a quien habla? ¿Y cómo es eso? Porque del mismo modo que no es justo afirmar lo que no es menester, hay que reiterar en repetidas ocasiones lo que corresponde [61] decir. Puedes ver que cada día nos saludamos con las mismas expresiones y no somos insolentes a causa de nuestras palabras, ni nos sentimos molestos, sino que nos hacernos más estimados y, a la inversa, el que no saluda nos hace un desprecio. Los muchachos que cantan en torno a vuestras mesas y al ritmo de cuyo cántico bebéis, ¿no acompañan con las mismas canciones los cálices y os son más agradables que la propia bebida47? Entonces, cómo es que aquello es una insolencia y esto no? Porque si una cosa vale para la [62] bebida, también la otra para las desventuras. Yo sé que muchos se consumieron en su llanto después de sufrir alguna desgracia, pero nadie los censuró por no haber cesado de llorar antes de morir, sino que incluso se pensó de ellos que habían comprendido la extensión de sus desgracias precisamente por haber vivido hasta el final con su dolor.

[63] Pon fin a la ruina que sufre cada uno y acabarás con mis comentarios sobre ella. Pero si, en cambio, se extiende, ¿por qué quieres obstruir mi lengua? Son los propios acontecimientos los que me empujan a hablar. Lo que tú haces es como si un médico, que no sabe curar una herida, exigiera [64] al enfermo que no se lamentara. Devuelve su antiguo vigor y lozanía a las ciudades y me oirás cantar la palinodia. Restituye a la retórica el lugar que antaño le correspondía y reclámame entonces la alabanza del momento presente. Si, en cambio, la epidemia sigue propagándose y el mal se hace cada vez mayor y pequeñas son las desgracias de antes en comparación con las de ahora, mientras que las cosas más viles son las más veneradas y las mejores las más deshonradas, ¿por qué pretendes obligarme a hacer el encomio de este azote?

En efecto, tengo por míos los asuntos del mundo entero, [65] lo mejor y lo peor, y soy tal cual me forjan sus contingencias. Así es que no merece ser odiado quien siente amor por el mundo. Pero si se me forzara a preocuparme sólo por la [66] tierra que me dio el ser, mi opinión es que es desgraciada por causa de las inmigraciones de muchos que, tras haber abandonado sus ciudades y casas, si es que las tenían, y que ni en sueños desearían contemplar el lugar donde nacieron, se creen con derecho a imponerse a los ciudadanos, aunque son extranjeros, por más que tiemblen ante la idea de que el Emperador establezca la ley de que se rindan cuentas por las fortunas dudosas. A éstos no les basta con poseer lo nuestro, [67] sino que hasta se encolerizan si uno le echa la culpa a la Fortuna. Y, encima, el censurador es insolente. Porque, el que vosotros hayáis llegado a tal grado de libertad de expresión, aunque seáis de la calaña que sois, ¿cómo no va a ser el colmo de la desgracia? Si fuera yo un labrador que siembra [68] continuamente sin recibir ganancias y maldijera a gritos los años que recibieron la semilla sin haber dado fruto, ¿sería entonces molesto para quienes cada año oyeran de mí esta queja? ¿Y cómo sería posible que no derramase lágrimas en los tiempos de sequía e inundaciones, y cuando llegasen las restantes plagas y perdiera la propia cosecha? ¿Es [69] que tenemos que llorar cuando la madre que nos engendró sufre una larga enfermedad, pero cuando la patria, que debería estar incluso antes que nuestra madre, se encuentra en una lamentable situación, entonces debemos festejarlo? Yo me daba cuenta de que con mi actitud estaba complaciendo a los dioses encargados de su tutela48, y tenía la certeza de que eso era justo. Por consiguiente, al actuar con justicia no podía cometer una falta.

[70] Y éste es el gran motivo que me impulsaba a hablar, además de otro no baladí. Confiaba en que mi queja tendría algún efecto, proporcionaría algún remedio y podría dar lugar a enmienda, en el caso de que unos a otros la transmitieran [71] hasta que llegara a oídos de los emperadores. Mas vano ha resultado mi afán y de nada sirve que alimente en balde esta esperanza. Puesto que aquellos a los que les está permitido conversan con los monarcas sobre cualquier cosa antes que sobre estos asuntos tan importantes y, omitiendo las cuestiones de utilidad, dicen sólo aquello que les reporte [72] el favor imperial. ¿Y por qué hay que censurar a los demás? Ni al propio prefecto49 conseguí mover a preocuparse por las curias aunque le dije (¿y a quién no me habría ganado con un argumento semejante?) que esa clase desaparecería al no tener hijos los curiales, dado que no les salen ofertas de matrimonio y porque ser decurión es considerado el peor de [73] los males. Él no podía refutar mi argumento y, con hablar de mala manera en un gran arrebato de cólera a tres o cuatro curiales, pensó que ya había cumplido con su deber, así es que de nuevo se entregó a sus escritos50.

En suma, ¿qué es lo que queda? Suplicar a los dioses [74] que extiendan su mano protectora sobre los templos, los campesinos, los soldados, las curias, la lengua de los helenos; que reduzcan lo que ha crecido contra justicia y recobren sus fueros las que injustamente sufren desprecio, y que me den motivos de gozo en lugar de mi actual aflicción.


1 Algunos autores, como G. R. SIEVERS, Das Leben des Libanius, Berlín, 1868, pág. 149, y P. PETIT, «Recherches…», 494, han relacionado esta acusación de «insolente» (barýs) con la Ep. 12, dirigida a Heorcio, donde Libanio censura a su amigo por permitir que digan de él impunemente que es arrogante y afirma que ya ha castigado a una ciudad entera por haberle lanzado injurias semejantes. J. MARTIN, Libanios…, págs. 11-13 contradice esta versión alegando que el grupo de cartas 10-16 de Libanio corresponde a los años 353-354. Además, en la Ep. 12 se dice que el orador castigó a una ciudad entera, no a un grupo de personas, como en el presente discurso.

2 No se trata de Andrómaco 3, prefecto de las Galias en el 401. Sin embargo, parece poco probable que el Andrómaco de este discurso sea el amigo egipcio de la Ep. 1537, del año 365. Consúltese J. MARTIN, Libanios…, pág. 245.

3 El término utilizado es hetaîros, vocablo que Libanio reserva para referirse a paganos militantes. Véase al respecto P. PETIT, Les étudiants de Libanius, París, 1957, págs. 36-40.

4 La mayoría de los traductores han entendido la expresión tàs emàs synousías en el sentido de que los calumniadores de Libanio evitan el trato con el sofista. Coincido con J. MARTIN, Libanios…, págs. 63 y 246, quien traduce synousía como «reunión literaria», uso atestiguado en otros pasajes de la obra del orador. A. J. FESTUGIÈRE, «L’Autobiographie de Libanius», Rev. des Ét. Grec. 78 (1965), 633, la incluye en el vocabulario escolar de Libanio con el sentido de «clase» o «conferencia». Por tanto, el fondo de la cuestión, según Libanio, es que sus detractores recurren a este infundio para justificar su ausencia en las recitaciones públicas del sofista, lo que supone un gesto de descortesía hacia él.

5 Libanio nos informa en Disc. I 68; 87 y LI 10 de que tiendas y talleres eran utilizados como lugar de tertulia, por lo que no es extraño que tuviera cierta familiaridad con comerciantes y artesanos.

6 En el original philoûsi. Lo hemos traducido como «besar», siguiendo a Martin. No era extraño que, en algunas fiestas, el gobernador besara a destacados personajes de la ciudad (cf. Disc. XXVII 12). Para poner de relieve su humildad, Libanio presenta su relación con los altos funcionarios como distante y formal, aunque no siempre era así.

7 ¿A qué se refiere este grammateîon que Libanio dice haber rechazado? En su biografía de Libanio, Eunapio (Vit. Soph. 494) nos ofrece una valiosa noticia. Tras referirse a Juliano, afirma que «los emperadores que vinieron después (tôn dé metà taûta basiléōn)» le ofrecieron el cargo de prefecto del pretorio honorífico (tòn gàr tês aulês éparchon méchri prosēgorías), pero no lo aceptó argumentando que el de sofista era más importante. Parece claro que los emperadores eran Valentiniano I y Valente y que el nombramiento tuvo lugar entre la usurpación de Procopio, en la primavera del 366, y la conspiración de Teodoro del 371. Cf. T. M. BANCHICH, «Eunapius on Libanius’ Refusal of a Prefecture», Phoenix 39 (1985), 384-386. Según este autor, Libanio contaba en esta época con buenas amistades en la administración imperial, que pudieron haberle conseguido esta distinción. Por tanto, este nombramiento y el de quaestor sacri palatii que el emperador Juliano le había ofrecido serían los honores (timaí) que Libanio afirma haber rechazado en Disc. I 204. Sin embargo, según O. SEECK, Geschichte des Untergangs der Antiken Welt, 2.a ed., Berlín, 1967, tomo V, pág. 527, Libanio habría ostentado un título importante sólo a partir del 388, fecha que P. PETIT («Sur la date du Pro templis de Libanius», Byzantium [1951], 285-294) rebaja al 383-384. J. MARTIN, Libanios…, págs. 248-250 retorna esta idea y hace una reconstrucción de los hechos. En primer lugar, pone en duda que Juliano hubiera ofrecido el título de quaestor a Libanio, pues no hay rastro de ello en la Autobiografía. Sin embargo, este título ha quedado vinculado al nombre de nuestro sofista, como se aprecia en el Vaticanus Graecus 83, que viene encabezado con el título Cartas del sirio Libanio, sofista y cuestor. Concluye Martin afirmando que el nombramiento que Teodosio dio a nuestro orador fue el de cuestor honorífico, título que aceptó, por lo que Libanio entró en la clase de los honorati, lo que le permitía tener un acceso más directo al emperador, cosa que no parece ocurrir en el presente discurso. Además, entre 363 y 380, Libanio habría recibido la propuesta de aceptar una prefectura honorífica, que en ese caso sí rechazó. De ahí habría venido la confusión de Eunapio.

8 Arquelao I fue, según SEECK (Die Briefe…, págs. 83-84), comes Orientis en 335. Era cristiano y en el año 372, ya anciano, fue a visitar a Libanio, lo que éste le impidió, según consta en nuestro pasaje y en Disc. I 166. Su sobrino, Arquelao II fue comes sacrarum largitionum en el año 369. En cuanto a Domnico, no disponemos de otros datos que los que nos ofrece Libanio. Con respecto a Sapores, ostentó el cargo de magister militum bajo Graciano. G. R. SIEVERS, Das Leben…, pág. 149 identifica a Julio con el conocido personaje de AMIANO, XXXI 16, 8 y ZÓSIMO, IV 26, opinión que comparten O. Seeck y los autores de The Prosopography of the Later Roman Empire. Se trataría de Julio 2, comes et magister equitum et peditum per Orientem entre 371 y 378, quien, tras la derrota de Valente en Adrianópolis, masacró, valiéndose de un engaño, a los godos recién enrolados en el ejército romano. J. MARTIN, Libanios…, pág. 251 discute esta identificación y plantea la posibilidad de que se trate de un palestino llamado Julo, destinatario de las epístolas 935 y 1038, del 390 y 392 respectivamente. Debió de ser consularis Syriae o comes Orientis antes del 392 y tal vez fue discípulo de Libanio. Cf. P. PETIT, Les étudiants…, pág. 39. El último personaje aludido es Víctor 4, de origen sármata. Fue nombrado magister peditum por Juliano (cf. ZÓSIMO, III 13) y participó en la campaña persa. Más tarde, Joviano le dio el nombramiento de magister equitum, cargo que siguió ocupando bajo Valente. Martin pretende que este sea el mismo que Víctor 3, tribuno entregado como rehén a Sapor II tras la muerte de Juliano.

9 En la entrada de la curia (bouleutḗrion) se podían contemplar los retratos de las personas más importantes de la ciudad, entre los que se encontraba el del propio Libanio. Entre las liturgias (leitourgíai) de la familia de Libanio figura la organización de los Juegos Olímpicos de Antioquía del año 328 por parte de su tío Panolbio y la ampliación del Pletrio de la ciudad por su tío Fasganio.

10 Cf. Disc. I 3.

11 Panolbio y Fasganio, de los que Libanio habla con respeto y admiración en su Autobiografía.

12 Cf. Disc. I 81-85 y XI 185.

13 Libanio puso un gran empeño en conseguir un puesto oficial en su ciudad natal, pese a ocupar la cátedra de Constantinopla, ciudad en la que nunca se encontró realmente cómodo. Sólo tras arduas gestiones en la corte consiguió de Constancio el permiso para trasladarse definitivamente a Antioquía en el año 356, precisamente en el momento en que la ciudad vivía una tensa situación de enfrentamiento con el césar Galo. Cf. Disc. I 94-97.

14 Libanio sufría de gota desde los cincuenta años, coincidiendo con la celebración de los Juegos Olímpicos de Antioquía del 364. Cf. Disc. I 139-140.

15 Aunque Libanio no era por lo general un profesor violento y prefería la persuasión a los golpes (cf. Disc. LVIII 1), a veces recurría a la violencia física. Por ejemplo, en la Ep. 555 cuenta a su amigo Olimpio 4 cómo un alumno suyo, cansado de los golpes que él le propinaba, se pasó a la escuela de su rival Acacio 6. Cf. A. J. FESTUGIÈRE, Antioche païenne et chrétienne. Libanius, Chrysostome et les moines de Syrie, París, 1959, págs. 111-113.

16 Libanio usa términos propios de la administración local; la visita a los enfermos es concebida como un servicio público (leitourgía), y la exención como una atéleia, vocablo aplicado a la inmunidad de cargas curiales.

17 Debido a sus ataques de gota.

18 Se refiere a que el público, presa del delirio que le causan sus discursos, tiene la osadía de compararlo a los dos gigantes áticos. Sobre la influencia de Demóstenes y Platón en Libanio véase B. SCHOULER, La tradition hellénique chez Libanios, París, Les Belles Lettres, 1984, págs. 542-561 y 563-569.

19 Sabemos por el propio Libanio que, en sus recitaciones públicas, podía anteponer al discurso un prólogos. Cf. Ep. 405, del año 355, donde le explica a su amigo Aristéneto que, en el discurso inaugural del curso académico, comenzó con un prólogo y una réplica a un pasaje de Demóstenes (metà prológou kaí tinos hamíllēs prós ti tôn Dēmosthénous), pero nada nos autoriza a pensar que este prólogo sea el mencionado aquí. Véase J. MARTIN, Libanios…, pág. 256 y G. FATOUROS, T. KRISCHER, Libanios. Briefe, Múnich, 1980, pág. 319.

20 Sobre la caridad que dispensaban los templos paganos en época de Libanio, véase infra, Disc. XXX 20 y la nota ad loc.

21 En el Disc. XLVII, por el contrario, Libanio asume la defensa de los recaudadores, ahora víctimas de los campesinos.

22 Los monjes, a los que Libanio suele aludir despectivamente por sus hábitos y costumbres. Vid. infra, Disc. XXX.

23 En Disc. XLIX 2, Libanio culpa de la decadencia de las curias municipales a Constantino, sobre todo por la fundación de Constantinopla. Sobre las causas del empobrecimiento de los curiales, véase P. PETIT, Libanius et la vie municipale à Antioche au IVe siècle après J.-C., París, 1955, págs. 335-338. Los momentos felices de la curia aquí aludidos corresponden al reinado de Diocleciano. En Disc. XLVIII 3, el Antioqueno insiste sobre este punto: «Hubo un tiempo en que nuestra curia era muy numerosa, de seiscientos miembros. Estos pagaban sus contribuciones (eleitoúrgoun) con sus bienes. Otros tantos cumplían lo que se les ordenaba con sus personas». P. PETIT, Libanius et la vie…, págs. 54-55 interpreta este pasaje en el sentido de que, tras la reforma de Diocleciano, la curia antioquena quedó dividida en dos grupos, seiscientos miembros ricos, que se harían cargo de los munera patrimonii, es decir, cumplirían con sus correspondientes liturgias aportando dinero, y otros seiscientos, que tomarían a su cargo los munera personalia, por lo que su contribución se limitaría al simple trabajo personal. Sin embargo, Constantino simplificó el sistema, de manera que el mismo curial debía ocuparse tanto de los gastos como del trabajo de la liturgia correspondiente. Ello hizo imposible la permanencia de miembros pobres en la curia, lo que influyó en la progresiva disminución de su número. P. PETIT, Libanius et la vie…, 322-324, hace un cálculo del número de miembros de la curia de Antioquía durante el s. IV y llega a la conclusión de que su número máximo, doscientos curiales, se alcanzó bajo el reinado de Juliano, mientras que en tiempos de Teodosio sólo contaría con 60, cifra que coincide con la que nos ofrece aquí Libanio.

24 La prestación (chorēgía) de la leña es la calefactio o subvención de los gastos de mantenimiento de los baños públicos, y recaía forzosamente en un miembro de la curia municipal. Por el contrario, el servicio dentro de los baños entraba en la categoría de los munera extraordinaria, que eran asignados por las autoridades imperiales a cualquier possessor, curial o no. Por tanto, este personaje al que alude Libanio se estaría haciendo cargo al mismo tiempo de una liturgia imperial, una chorēgía y un servicio extraordinario que no tenía que recaer forzosamente en un curial.

25 Libanio omite que la venta de las propiedades de los curiales a menudo no era sino una estratagema para escapar a las obligaciones de la curia. Por esa razón, una ley de 386 (Cod. Theod. XII, 3, 1) puso por vez primera obstáculos a la venta de bienes curiales.

26 Más tarde, en Disc. XLVII 31-33, Libanio insistirá, en términos muy parecidos, en la denuncia de la situación de la soldadesca. ZÓSIMO, IV 27, nos habla de una situación similar bajo Teodosio, pero no debemos dejar de lado el antiteodosianismo de este autor. Consúltese la nota de J. M. CANDAU, a este pasaje en ZÓSIMO, Nueva Historia, Madrid, Gredos, 1992, pág. 363.

27 A partir de Septimio Severo (año 197), los soldados podían casarse y llevar consigo a su familia.

28 El prefecto del pretorio de Oriente solía ser el encargado de nombrar a los gobernadores provinciales, casi siempre por recomendación de influyentes miembros de la corte. Por tanto, no era infrecuente que el suffragium se obtuviese mediante la entrega de cuantiosas sumas de dinero. Incluso algunos vendían sus tierras y bienes curiales para comprar un puesto en la administración imperial (cf. Disc. XLVIII 11). El beneficio era doble, pues el cargo daba pie a un rápido enriquecimiento personal y, terminado su mandato, el antiguo gobernador entraba en el selecto grupo de los honorati. De ahí que los gobernadores provinciales fuesen tan inexpertos y durasen tan poco tiempo en el cargo. Cf. W. LIEBESCHUETZ, Antioch: city and imperial administration in the Later Roman Empire, Oxford, 1972, págs. 110-114.

29 La decadencia de la retórica es un motivo recurrente en la obra de Libanio. Nuestro orador identifica retórica (hoi lógoi) y paganismo (tà hierá), que son los pilares del helenismo. Cf. A. J. FESTUGIÈRE, Antioche païenne…, págs. 229-240, y W. LIEBESCHUETZ, Antioch…, págs. 15-16. Libanio deplora en repetidas ocasiones que los jóvenes prefieran seguir el estudio del derecho y del latín, indispensables para entrar en la administración imperial, en detrimento del estudio de la retórica (cf. Disc. I 154; 234). Eran muchos los jóvenes que se embarcaban rumbo a Italia para aprender el latín (cf. Disc. I 214). Sin embargo, no le preocupaba tanto el ascenso del estudio del derecho, reservado a los jóvenes de familias pudientes, como el que Constancio II facilitara el acceso a altos cargos de la administración a los secretarios (notarii o hypographeîs), surgidos de clases humildes, a los que ataca violentamente en el Disc. LXII. A pesar de las quejas de nuestro rétor, los emperadores del s. IV dieron gran importancia a los estudios de retórica y a la cultura literaria, como lo demuestra el prestigio del propio Libanio, si bien es cierto que, a partir de la muerte de Juliano, quien dio prioridad en su administración a personas con formación retórica, van ganando terreno los estudios de las leyes y el latín. Véase L. CRACCO RUOGINI, Simboli di battaglia ideologica nel tardo ellenismo. Pisa, 1972, págs. 24-28.

30 Nueva alusión a la taquigrafía. Hermes es patrón de los rétores, mientras que las Musas simbolizan aquí la formación literaria que está en la base de los estudios retóricos.

31 Ártemis y Apolo mataron a los hijos de Niobe por los insultos que ésta profirió contra su madre Leto.

32 Se trata de Agave, que mató a su hijo, Penteo, poseída del furor báquico.

33 Alusión a la famosa leyenda de Edipo, involuntario asesino de su padre, Layo, rey de Tebas.

34 Es la esposa de Príamo, rey de Troya, cuyos sufrimientos pone en escena Eurípides en su Hécuba.

35 Creonte, rey de Corinto, y su hija Glauce murieron por el veneno de la hechicera Medea. Cf. EURÍPIDES, Medea, vv. 1136-1221.

36 La tragedia Hipólito de Eurípides nos narra cómo la maldición de Teseo acaba con la vida de su casto hijo, Hipólito.

37 Libanio suele invocar a Adrastea (sobrenombre de Némesis) para rechazar la envidia de los dioses. Cf. Disc. I 1; 158.

38 Ignoramos a qué terremoto se refiere Libanio en este pasaje. Sin embargo, parece poco probable que, como afirma Norman (Selected works…, pág. 39), se trate del terremoto que menciona Zósimo (IV 18) y que afectó en el 374-375 a Grecia y Creta, excepto a Atenas. Como señala MARTIN correctamente (Libanios…, págs. 268-269), Zósimo no alude en ningún momento a Chipre. El terremoto más reciente del que nos habla Libanio es el que afectó en 365 a Siria-Palestina (cf. Disc. I 134 y XVIII 292). Consúltese el artículo de F. JACQUES, B. BOUSQUET, «Le raz de marée du 21 juillet 365», Mélanges de l’École Française de Rome 96 (1984), 423-462.

39 Alusión a la batalla de Adrianópolis. El Antioqueno se refiere con fines propagandísticos a esta desastrosa batalla, dirigida por un emperador cristiano.

40 Los aurigas son los de las carreras del circo, que gozaban de enorme popularidad en Antioquía. Los supuestos payasos son los actores de mimo, género teatral que escandalizó por igual a moralistas cristianos y paganos (Cf. W. LIEBESCHUETZ, Antioch…, págs. 144-149 y C. MILLON, B. SCHOULER, «Les Jeux Olympiques d’Antioche», Pallas 34 (1988), 61-76). El cinturón simboliza el poder de los oficiales del ejército (cf. Disc. LXII 14).

41 Libanio alude a la vida sexual de los estudiantes. En Disc. XXXVIII 6-12 ofrece más detalles: uno de sus alumnos se prostituye a la vez que ejerce de proxeneta y se lucra enviando a otros estudiantes a adultos pederastas. Juan Crisóstomo, en su homilía Contra los detractores de la vida monástica, confirma que los jóvenes se solían entregar a prácticas homosexuales. Crisóstomo propone a los padres la vida monástica como medio de escapar de estos peligros de la vida urbana. Sobre esta cuestión puede consultarse A. J. FESTUGIÈRE, Antioche…, págs. 192-210.

42 Se refiere a la reducción del personal de la corte llevada a cabo por Juliano. Los notarii, que tanta influencia ejercieron en la corte de Constancio II, son destinados a su función original, la de tomar nota de los dictados del emperador. Los correos (agentes in rebus o curiosi), temidos en época de Constancio II por su función de espías imperiales, regresaron con Juliano a su tarea original en la posta pública. Vid. A. CHASTAGNOL, L’évolution politique, sociale et économique du monde romain de Dioclétien à Julien, París, 1982, págs. 202-205, y A. H. M. JONES, The Later Roman Empire. 284-602, Oxford, 1964, págs. 572-582. Sobre la reforma de la corte por Juliano véase J. BIDEZ, La vie de l’empereur Julien, 2.a ed. París, Les Belles Lettres, 1965, págs. 213-218.

43 El jefe de los agentes in rebus era el curiosus praesentalis (cf. A. H. M. JONES, The Later…, pág. 579). No está clara la naturaleza del cargo que Juliano le otorga al curiosus praesentalis de Constancio, pero parece tener relación con fraguas imperiales o fábricas de armas, que eran monopolios estatales. El puesto no era muy codiciado, a juzgar por la Ep. 197 de Libanio.

44 Libanio se refiere con ironía a que los curiales que eludieron las cargas municipales entrando en la administración de Constancio se veían ahora en la necesidad de volver a sus ciudades de origen para cumplir con sus obligaciones.

45 La nieve es la que se emplea para enfriar el vino.

46 Alusión a los cristianos, cuya más baja expresión viene representada por el monaquismo. Libanio, a diferencia de Juliano y Temistio, parece saber muy poco acerca de la doctrina cristiana. Su conocimiento se reduce a una serie de tópicos: monoteísmo —que para él es sinónimo de ateísmo—, culto a los mártires, incultura de los cristianos y carácter antisocial de los monjes. Véanse G. DAGRON, «L’empire romain d’Orient au IVe siècle et les traditions politiques de l’hellénisme. Le témoignage de Thémistios», Travaux et mémoires 3 (1968), 150; L. CRACCO RUGGINI, Simboli…, pág. 115, A. J. FESTUGIÈRE, Antioche…, pág. 237, y A. GONZÁLEZ, «Paganos en Antioquía bajo el emperador Teodosio: el discurso II de Libanio», en J. GONZÁLEZ (ed.), El Mundo Mediterráneo, Madrid, 1999, págs. 75-80.

47 Nueva referencia sarcástica a la eucaristía, rito del que formaban parte el vino y los cánticos. Cf. Disc. XXX 8.

48 Las divinidades tutelares de Antioquía eran Apolo, la musa Calíope y Artemis.

49 Puede tratarse de Domicio Modesto, prefecto del pretorio de Oriente desde 369 hasta 377 y cónsul en 372, con quien Libanio mantenía buenas relaciones, o, como postula Norman (Selected…, págs. 48-49), Flavio Neoterio, prefecto en 380-1.

50 Sigo a Martin, que mantiene la lectura de los manuscritos gráphein y desecha la conjetura de Reiske, seguida por Foerster, que sustituye este verbo por tryphân.

III
A LOS ALUMNOS, SOBRE EL DISCURSO


INTRODUCCIÓN

La escuela y la enseñanza ocuparon un primerísimo lugar en la vida de Libanio y, por este motivo, su condición de sofista oficial de la ciudad se dejó sentir en su producción literaria. De su abundante producción epistolar, prácticamente la mitad está relacionada con la temática escolar, pues Libanio solía mantener informados a los padres de sus alumnos que no residían en Antioquía de la evolución académica de sus hijos. Aunque en menor medida, también buena parte de sus discursos están plagados de referencias a la enseñanza y siete de ellos se centran en la problemática escolar1. Gracias a la enorme cantidad de datos suministrados por Libanio, conocemos con bastante exactitud los pormenores de la vida escolar antioquena del s. IV: nombres de alumnos, su distribución por cursos escolares, origen social, procedencia, carreras que siguieron y hasta sus éxitos profesionales2.

Libanio solía impartir clase en una sala del bouleutḗrion, sede de la curia municipal, a grupos de entre 35 y 50 alumnos por curso, asistido por profesores ayudantes o hypodidáskaloi3. Los jóvenes entraban en la escuela superior a los 15 ó 16 años de edad tras haber recibido una profunda formación literaria con el grammaticus o grammatikós. Según ha postulado Petit4, debió de existir un programa que estableciera ciertos niveles a los que los estudiantes irían accediendo progresivamente. Los profesores ayudantes o rhḗtores se encargarían de ofrecer en los dos primeros años una base teórica a los jóvenes. Una vez superada esta fase pasarían a manos del sofistḗs para aplicar en los ejercicios prácticos (melétai) lo aprendido. Además de las clases ordinarias, en el programa oficial figuraba la asistencia a discursos de aparato o epideíxeis a cargo del sofista. Éstas tenían un valor didáctico de primer orden, habida cuenta del carácter mimético de la educación en la Antigüedad. A estas sesiones solía acudir el público en general, especialmente a la más importante de todas, la que tenía lugar al finalizar el curso escolar, a comienzos del verano.

El Disc. III, según se desprende del parágrafo 29, se sitúa en la clausura de un año escolar posterior al 387. Libanio tiene más de 73 años y, con la edad, se ha vuelto más susceptible y menos paciente con el comportamiento de los estudiantes. Éstos, según nos dice nuestro sofista, no prestaron suficiente atención a los discursos de invierno y primavera. Por si fuera poco, algunos, con su proceder, pusieron en ridículo al maestro ante los asistentes. Se impone un castigo y al viejo profesor se le ocurre dejarles sin el discurso de clausura, con el objeto principalmente de que nadie sea testigo de su inadecuado comportamiento.

Como resulta evidente, el supuesto castigo no es más que un recurso literario común, la epitímésis. El rétor Elio Aristides, muy admirado por Libanio, escribió el Disc. LI, A los que lo acusaron de no declamar, que, en el Laurentianus LVII 44, figura con un título casi idéntico al que lleva el que nos ocupa. A pesar de lo tópico del tema, el Disc. III tiene momentos brillantes, especialmente cuando describe la insolencia de los jóvenes que lo interrumpen mientras está declamando (§§ 11-14).

Numerosos son los manuscritos, un total de veintiuno, que nos han transmitido este discurso, cuya editio princeps, la edición de Ferrare, a cargo de Soterianus Capsalis, vio la luz en el 1517, a la que siguió una edición de Morel, con traducción latina, no fechada pero sin duda posterior a 1613. En lengua moderna disponemos de las traducciones al francés de Festugière y Martin, y al alemán de Wolf5.


1 Disc. XXXIV, Contra los ataques del pedagogo; Disc. XXXVI, Sobre los maleficios; Disc. XL, A Eumolpio; Disc. LV, A Anajencio; Disc. LVIII, Sobre el manteo; Disc. LXII, Contra los detractores de su enseñanza y el que nos ocupa, el Disc. III.

2 Consúltese el exhaustivo estudio de P. PETIT, Les étudiants…

3 Sobre los hypodidáskaloi y su prosopografia, vid. P. WOLF, Vom Schulwesen der Spätantike. Studien zu Libanius, Baden-Baden, 1952, págs. 60-75 y P. PETIT, Les étudiants…, págs. 84-88.

4 Loc. cit.

5 A. J. FESTUGIÈRE, Antioche païenne et chrétienne…, págs. 446-452; J. MARTIN, Libanios…, págs. 92-101, y P. WOLF, Autobiographische…, págs. 143-153.

III. A LOS ALUMNOS, SOBRE EL DISCURSO

A vosotros, jóvenes que anheláis tener buena reputación, [1] no se os podría censurar que reclaméis el discurso de costumbre. Pero, en lo que a mí respecta, creo que mi silencio tiene una razón con la que estaréis de acuerdo, una vez la hayáis escuchado. No se me oculta que contra los que me han llevado a esta necesidad invocaréis a los dioses a los que agrada de modo especial que se compongan y pronuncien discursos1.

Me asombra que no hayáis reflexionado por vuestra [2] propia cuenta sobre cuál es el motivo que me ha impulsado a suprimir esta costumbre, o que, tras haber reflexionado, no os hayáis percatado de lo que ocurre. Aún más, me sorprende que, si os habéis dado cuenta, en lugar de conformaros o de enfrentaros a los responsables de esta situación, hayáis osado recordarme el discurso. Por tanto, si no habéis buscado [3] la causa o no la habéis encontrado, y os pasan desapercibidas las acciones de quienes nos ofenden, tampoco os es posible evitar que se os acuse de cometer las mismas ofensas, porque, cuando tenéis que velar, dormís y, cuando debéis conocer a cada uno de los que nos rodean, éstos os son desconocidos. Y eso que convivís en el mismo lugar, tenéis trato y conversáis unos con otros cada día. Así es que lo normal sería que cada cual conociera a su vecino no menos que a sí mismo. Pues esta apatía se explicaría más como un gesto de indiferencia hacia mí que de pereza.

[4] ¿Es que tengo que conversar con vosotros como si no os hubieseis dado cuenta de nada? ¿Quién lo creería? Si a mí se me reprochara callar por pereza e indolencia, me avergonzaría por considerar que ésta es una enfermedad propia de un vil esclavo, para el cual estar tumbado y moverse poco [5] o nada constituye la mayor de las fiestas. Pero, en realidad, ¿quién ignora que tengo problemas con mis amigos por los trabajos que me doy en mi vejez, porque considero más dulce que la miel estar siempre dando forma a una idea y componer un discurso, y que lo más terrible de mi artrosis es precisamente que me impide escribir2? Por tanto, ¿por qué motivo, si puedo cumplir lo estipulado aportando numerosos discursos, no he querido hacerlo, sino que éstos existen pero yo no los saco a la luz?

[6] Es posible que alguno crea que me voy a referir al perjuicio que sufro con mis honorarios3. Y bastante motivo es éste para encolerizar a una persona y hacer que guarde silencio. Pues, cuando un joven recibe dinero de su padre para llevárselo al sofista, una parte la destina a sus bebidas, otra parte a los dados y el resto lo entrega para placeres sexuales4 en ocasiones más audaces de lo que es costumbre. Acto seguido, tras exhortarse a sí mismo a mostrar su desvergüenza5, entra dando saltos, vocifera, amenaza, golpea, considera a todo el mundo como escoria y pretende que su sola entrada sea considerada como salario6. Para el pobre hay [7] tantos motivos de excusa como de censura, porque si no paga es porque no puede7. Pero, ¿cómo se va a tolerar que compartan fila con los demás y se comporten de un modo [8] ofensivo en clase? Incluso, hay quienes tienen un comportamiento más alocado que aquéllos, como si de ese modo tuvieran la intención de ocultar que no han pagado nada. Luego caen a los pies de los pudientes y pierden el tiempo en esa «gloriosa» adulación8. Así es que, cuando abandonan la escuela, algunos ni siquiera conocen a su sofista y otros [9] hasta le hacen todo el daño de que son capaces. De modo que otro hubiera considerado este hecho como una causa para no hablar, no dudando en proclamar que castigaba a este tipo de alumnos con no concederles todo. Mas, en mi caso, como estoy acostumbrado desde antiguo a no recibir la paga, es posible que así castigara a ambas partes, al que no da y al que no cobra. Así pues, éste es un problema antiguo y por eso me muestro indulgente. Por tanto, la cuestión del dinero no es la responsable de que las clases de este año no sean clausuradas con un discurso.

[10] Entonces, ¿cuál es la razón, si no es ésta? Pues que no veo que todos los jóvenes sientan pasión por mis disertaciones, ni que sean conscientes de la importancia que tenemos. Clara prueba de ello dieron en primavera y en invierno, en [11] los respectivos discursos de ambas estaciones. Examinad la situación. Doy orden a mi esclavo de que convoque a mis alumnos a una audición y él cumple mi mandato a la carrera. Sin embargo, ellos no emulan la prisa de éste, a pesar de que su obligación era superarla, sino que unos perseveran en sus canciones, que todos conocen, otros en sus fruslerías y en sus bromas. Y cuando su negligencia en este asunto es objeto de la censura de quienes los están viendo, si es que se deciden a entrar, lo hacen como las novias, o más exactamente, como los funámbulos, hasta que cruzan la puerta e incluso después de haber entrado. De forma que aquellos que ya están sentados terminan por enojarse por tener que esperar a los jóvenes que tal desidia muestran.

Y éstos son los incidentes que suceden antes del discurso. [12] Pero cuando empiezo a hablar y a hacer mi exposición, se producen frecuentes intercambios de señales sobre aurigas, actores, caballos y bailarines, y otros muchos también sobre el combate que ha tenido o va a tener lugar9. Algunos [13] hasta llegan más lejos y permanecen de pie, como estatuas de mármol, con una muñeca apoyada sobre la otra. Otros no paran de molestarse las narices con una y otra mano. Aquí unos se quedan sentados pese a que son tantos los que se ponen de pie10. Allá otros hacen sentar por la fuerza a quien se levanta o se dedican a contar a los que van entrando. No faltan quienes tienen bastante con mirar las plantas o con charlar de lo que se les antoje, pues ello les resulta más agradable que prestarle atención al orador. Y he aquí lo más [14] audaz de todo: que utilicen aplausos fingidos para eclipsar los genuinos e impidan que prosperen los gritos de entusiasmo11. O que atraviesen toda la gradería para apartar del discurso a cuantos les sea posible, ya por medio de noticias falsas, ya con invitaciones a acudir al baño antes del almuerzo. Es cierto que hay quienes se gastan el dinero en invitaciones como éstas. Así pues, vosotros, malos estudiantes, no sacáis beneficio alguno, como si estuvierais ausentes, ni tampoco el orador obtiene lo que os corresponde a vosotros darle, toda vez que no recibe la única paga que hay para sus declamaciones.

[15] Y nadie podrá sostener que lanzo calumnias y que hago acusaciones que no son reales, en la idea de que tenía que haber montado en cólera en el mismo momento en que se produjeron los hechos y que, cuando me dominaba la ira, debía haber increpado a quienes me causaban estos agravios. Sabéis muy bien que lo he hecho en muchas ocasiones y que no pocas veces he dado a gritos la orden de que agarraran por el cuello al que hacía el vago para echarlo fuera y que, si no se ha llegado a cumplir, ha sido porque vosotros [16] me suplicabais que no lo hiciera. De que habéis cometido una falta contra mí es prueba lo que acabo de contar, y que éstos no se dignaban prestarme atención cuando asistían como oyentes lo demuestra el que no conserven en su mente ni una sola cosa de las que se dijeron.

[17] Lo contrario a esto ocurría cuando ocupaban estos mismos asientos los que os precedían. Cada imo se marchaba guardando en su memoria una parte diferente. Acto seguido, se reunían y trataban de ensamblarlas y de reconstruir el discurso. Y se atribulaban por aquello que se les escapaba, que no era mucho. Y lo que yo había dicho constituía para ellos la única tarea en tres y hasta cuatro días en casa, a la vista de sus padres, y mucho más tiempo dedicaban aquí12. Vosotros, en cambio, al momento os dedicáis a vuestras [18] canciones, que os sabéis perfectamente de memoria, y entregáis al olvido a Demóstenes13, igual da que esté escrito al final que al principio. Y si alguno os pregunta si he hablado en público y qué es lo que he dicho, podrá escuchar en respuesta que hablé, pero no qué es lo que dije.

«Por Zeus, sin duda soy peor ahora y mis obras ya no [19] son lo que eran». Sin embargo, no es esto lo que afirman ésos de ahí, tanto los que aún no son ancianos como los que ya lo son. Los primeros ejercen aún la abogacía y los segundos han llegado a los trabajos de las magistraturas tras haber pasado por los de esa profesión14. A todos ellos casi no les deja permanecer sentados cada una de mis palabras. Se les puede oír gritar que me he superado a mí mismo, puesto que, si hermosos eran mis anteriores discursos, algo más grande hay en los de ahora, y que la vejez no supone obstáculo alguno. De modo que no podéis refugiaros en semejante [20] argumento, porque el encomio de aquellas personas, al testimoniar la opinión de quien es superior, os cierra la posibilidad de censurar mis discursos. Pues, a no dudarlo, no se os ocurriría sostener que sois más diestros para juzgar una composición que ellos, a quienes manifiestamente también insultáis por la calma que mostráis cuando ellos se conmueven. Y hasta sería necesario que, aun en el caso de que fuerais unos ciegos en lo referente a la oratoria, los utilizarais a ellos a modo de lazarillos y tomaseis parte en su delirio báquico.

[21] Pero vosotros no poseéis espíritus de jóvenes que sepan lo que significa su sofista, para los cuales es loable hasta no mostrarse moderados en acciones en su defensa. En efecto, el que a esta clase de alumnos les reprocha su locura en ese aspecto, a aquél lo consideran un amigo, no un enemigo, y [22] piensan les ha hecho un cumplido, no una calumnia. Jóvenes así hemos visto en muchos lugares, no sólo yo, sino mucha gente. Les daban tanta importancia a sus sofistas como a sus padres, y algunos incluso más, sin que sus progenitores lo ignorasen, sino que más bien se complacían por ello. Y eso a pesar de que veían en los cuerpos de sus hijos la prueba de las guerras en defensa de sus maestros: cicatrices en la cabeza, cicatrices en el rostro, cicatrices en las manos, cicatrices por doquier15. Y, pese a haber sufrido estos daños, han conservado hasta la vejez este amor tan fuerte y tan vehemente.

[23] ¿Cuál de vosotros podría decir que ha cumplido por mí un servicio así? ¿Qué combate? ¿Qué peligro? ¿Qué golpe? O mejor: ¿Qué frase? ¿Qué palabra? ¿Qué amenaza? ¿Qué mirada? Vosotros habéis distanciado vuestra forma de pensar [24] de vuestro sofista, repartiéndoos entre otras cátedras y otros títulos, y llevándoles el dinero que me debéis. A mí me causáis agravios y, en cambio, a los otros los protegéis diciendo en su favor cualquier cosa, haciendo lo que sea, complaciéndoles en todo, obligados a colocar en primer lugar lo que es secundario, y dándole gran importancia a las defecciones de otros muchachos que se producen por mediación vuestra, y a aumentar el prestigio de aquél bajo cuyas órdenes os hayáis puesto para perjuicio de los demás16. Tan lejos estáis de soportar alguna fatiga en defensa de mis [25] intereses, que ni siquiera os dignaríais a pedirle a los dioses por mí. Y ni siquiera os conformáis con eso, sino que ya hasta me deseáis el mal. ¿De dónde me viene esta creencia? [26] De los dos mayores indicios: la aflicción que os causa lo que me favorece y vuestro deleite por lo que me perjudica. ¿O no es eso lo que hacéis cuando algunos muchachos se unen a mi clase y cuando otros, en cambio, ponen rumbo a otros lugares17? ¿Acaso como pago a esta actitud debo pronunciar yo el discurso?

«¿Luego todos —alguno dirá— son malintencionados y [27] ningún estudiante es bueno ni justo?». Claro que sí, pero los tales son fáciles de contar y, en cambio, el elemento perverso es numeroso. Si eso es así, más lógico es no hablar por culpa de los segundos que hacerlo por deferencia a los primeros. Pues si estuviera en mis manos hacerles a éstos el favor en privado, lo consideraría muy digno de hacerse. Sin embargo, dado que es imposible, que me disculpen los mejores [28] si no puedo complacerlos como yo desearía. ¿Voy a darles acaso nueva ocasión para hacer algo semejante a esa gente execrable por cuya culpa me vi, poco ha, envuelto en terribles reproches ¡Zeus!, hasta el extremo de que tuve que oír comentarios sobre la falta de compostura de mis alumnos a personas cuyo gozo supremo es poder decir algo contra nosotros18? Y si sus acusaciones están o no acompañadas de verdad, no podría decirlo. No obstante, con un comportamiento intachable de todos no debería haber lugar ni a una sombra de censura.

[29] Gran necesidad había de mis recitaciones cuando se produjeron acusaciones contra nosotros aquella vez en que nuestro bondadoso Emperador tenía que recibir justas excusas de nuestra parte19. Entonces los padres tenían que saber que estábamos manos a la obra y que no permanecíamos en [30] silencio abrumados por el volumen de las desgracias. Mas ahora no veo qué justifica la recitación. Pues hay que tener en cuenta lo siguiente: si no invito a los que suelo invitar, molestaría a personas a las que no debo, pero si los invito, les haría conocer mejor vuestra infamia y, al marcharse, no se callarían. ¿Qué necesidad hay, por tanto, de hacer más evidente lo que hay aquí?

«No obstante —se podría decir—, también algunos de [31] ellos, junto con los más moderados, reclamaban el discurso». Es cierto que lo reclamaban, pero sólo de palabra, porque en su interior no lo deseaban. Y yo no soy tan necio como para concederle más importancia a este juego que al largo tiempo que llevan conmigo y a sus numerosas acciones. «¿Qué postura tomarás en este particular —se dirá— si [32] algún dios te lleva a vivir otro año?». En el caso de que mejore la situación y la fortuna sea más favorable, estaré en consonancia con los hechos. Mas, si persiste lo de ahora, tomaré sin dudarlo las mismas medidas, estudiando no obstante la manera en que a los alumnos aplicados les sea posible sacar provecho por otra vía.

En consecuencia, alguien se asombrará si, teniendo la [33] posibilidad de librarme de semejantes alumnos, prefiero vivir en el desánimo y entre tales desgracias. ¿Y qué puedo hacer? ¿Debo expulsarlos y reducir mi contingente20? ¿Y qué placer mayor que éste podrían tener Príamo y sus hijos21? Ellos están apostados frente a mí deseando ver eso: que tenga a mi cargo pocos alumnos y que mi autoridad sufra menoscabo. Yo he visto a un estratego que mandaba sobre soldados holgazanes concienciarse de que tenía que aguantarse y cuidarse de que no se pasaran al bando de los enemigos. Hay algo en mi naturaleza que la hace extraordinariamente [34] perezosa para la sanción y que la tiene educada más para soportar que para castigar22. Y he aquí el mayor obstáculo: mi amistad con los padres de éstos y con sus ciudades. Temo que, al enterarse de la expulsión, reaccionen como si hubieran fallecido o peor aún, por considerar la deshonra más espantosa que la muerte, conscientes de que una mancha como ésa va a ser más terrible que la de una [35] sentencia judicial. Porque, si ésta podría borrarse, aquélla necesariamente perdura para siempre y acompaña al hombre desde la juventud hasta la muerte, arrebatándole la libertad de palabra para toda la vida: «¡Desvergonzado, que tienes ojos de perro23! ¿No fuiste tú expulsado de los templos de la [36] elocuencia por contaminar el feudo de las Musas?». Por tanto, por consideración al padre, a la madre, a las ciudades y a los hijos venideros, a quienes alcanzaría la infamia, no he actuado de esta manera, sino que me he decidido a tomar esta resolución, porque estoy convencido de que es justa.

[37] En vuestras manos está que algo así no vuelva a ocurrir. Porque, si mejoráis, y fácil es si así lo deseáis, también veréis que, por nuestra parte, se cumplirán todos nuestros compromisos y que yo os invitaré a vosotros a escuchar ese discurso antes de que vosotros me lo pidáis a mí.


1 Hermes y las Musas. Cf. supra, Disc. II 46.

2 Libanio sufría de gota desde los 50 años, pero ni siquiera este ataque, acompañado de una terrible agorafobia, le apartaba de su trabajo (cf. Disc. I 139-142). Nuestro autor se jacta con frecuencia de su capacidad de trabajo y de su ánimo para soportar las fatigas (pónoi) de la retórica. Cf. Disc. I 109, donde explica cómo sacaba tiempo del sueño para escribir.

3 Los honorarios (misthós) que los padres de sus estudiantes le pagaban a comienzos de año constituían una pequeña parte de sus enormes ingresos, lo cual le permitía cierta flexibilidad con los alumnos morosos o los que, simplemente, no pagaban. Algunos, cuando se acercaba la fecha del pago, dejaban de asistir a clase para regresar más tarde (cf. Disc. XLIII). El salario (basilikḗ trophḗ) de un sofista oficial era muy superior al que cobraban los altos mandos del ejército, si hemos de dar crédito al edicto de Graciano (Cod. Theod. XIII 3, 11), que fijaba la paga de los profesores de la diócesis de Tréveris. Por otro lado, Libanio explotaba sus importantes propiedades raíces, que, de no ser por su exención como sofista, le habrían valido su ingreso en la curia. Además, él y su primo Espectato heredaron la fortuna de su tío Fasganio, que murió sin descendencia. Sus quejas en el Disc. XXXI por la mala situación de los docentes no se refiere a su caso particular, sino a los profesores ayudantes (hypodidáskaloi). Cf. S. F. BONNER, «The Edict of Gratian on the Remuneration of Teachers», Amer. Journ. of Philol. 86 (1965), 113-137; P. PETIT, Libanius et la vie…, págs. 407-411; Les étudiants…, págs. 144-147, y A. KASTER, «The Salaries of Libanius», Chiron 13 (1983), 37-59.

4 En época de Libanio no se consideraba moralmente censurable que los jóvenes acudieran a las prostitutas, pero sí había una desaprobación clara de las prácticas homosexuales. Consúltense al respecto A. J. FESTUGIÈRE, Antioche…, pág. 154, y P. PETIT, Les étudiants…, pág. 148. Como señala Foerster, este pasaje (tà dè aidoíois édōke) es una paráfrasis de Od. XV, 373 donde Eumeo dice a Ulises: «Comí, bebí y aidoíoisin édōka». Libanio emplea magistralmente las citas homéricas como motivo ornamental. Véase el artículo de A. LÓPEZ EIRE, «Las citas homéricas en las epístolas de Libanio», Habis 24 (1993), 159-177.

5 Este pasaje ha sido discutido. Los manuscritos dan mayoritariamente la lectura pròs hautòn anaidésas tḕn anaídeian, lo que revela un error en la copia del participio por influencia del sustantivo. Los distintos editores han tratado de solucionar de diferentes maneras la cuestión. Acepto, sin demasiada convicción, la propuesta de Martin, que corrige: pròs hautòn anakalésas tḕn anaídeian.

6 Libanio terminó por aceptar gratis en su clase no sólo a los hijos de los pobres, sino incluso a los de los principales, quienes consideraban la presencia de sus vástagos en clase un honor para el profesor (cf. Disc. XXXVI 9). En Disc. LXII 19-20 se lamenta de que la gratuidad de su enseñanza sea causa de la falta de interés de sus estudiantes.

7 Sobre las ayudas que recibían los estudiantes cuyos padres habían venido a menos por parte de los ciudadanos ricos y por el propio Libanio, véase P. PETIT, Les étudiants…, págs. 146-147.

8 Los estudiantes pobres dependían para su alojamiento y gastos de los compañeros más ricos, por lo que se veían obligados a agasajarlos.

9 Estos espectáculos eran muy atractivos para jóvenes de provincias que venían a cursar sus estudios a la gran ciudad. Cf. P. PETIT, Les étudiants…, págs. 150-151. En cuanto a los combates que comentan los alumnos, debe de tratarse de los de fieras, las venationes, ya que las luchas de gladiadores eran poco corrientes desde que fueron prohibidas por Constantino.

10 Los que se levantan para aplaudir con estusiasmo al orador.

11 En Disc. I 41, Libanio reconoce jocosamente que empleó este mismo procedimiento para causar confusión en una recitación pública de Bemarquio, su rival de Constantinopla.

12 En el aprendizaje de la retórica, la memorización de modelos de discurso jugaba un papel primordial (cf. Disc. I 8). En las Ep. 316 y 894, vemos cómo Libanio recomendaba a sus estudiantes que aprovecharan las vacaciones de verano para aprender sus propios discursos y los de los clásicos. Consúltese al respecto H. I. MARROU, Histoire de l’éducation dans l’Antiquité, 2.a ed., París, 1953 = Historia de la educación en la antigüedad [trad. Y. BARJA DE QUIROGA], Madrid, Akal Editor, 1985, pág. 368.

13 Aquí Demóstenes es, por metonimia, el propio Libanio.

14 La carrera de abogado (sýndikos) es una de las vías más seguras para el acceso a magistraturas imperiales, razón por la que muchos curiales enviaban a sus hijos a la escuela de derecho de Beirut. Cf. W. LNSBESCHUETZ, Antioch…, págs. 242-255.

15 En su Autobiografía, Libanio nos habla con detalle de los combates de los chóroi de alumnos en defensa de su sofista, sobre todo cuando narra sus comienzos como estudiante en Atenas, ciudad famosa por la violencia de los enfrentamientos estudiantiles (cf. Disc. I 19). Libanio muestra cierta indulgencia respecto a este comportamiento de los jóvenes que, sin duda, halaga su vanidad.

16 Lo secundario, para nuestro sofista, es el estudio del latín y el derecho. Había una cátedra de latín en Antioquía por lo menos desde el año 356. La deserción de los alumnos era un problema que preocupaba vivamente a Libanio. Por ello, en el 385 escribe su Disc. XLIII, Sobre los acuerdos, donde propone a sus colegas un pacto (synthḗkē) para evitar que los estudiantes cambiasen de escuela. Cf. P. PETIT, Les étudiants…, págs. 106-107.

17 Como puede verse, los términos de los pactos arriba mencionados no eran respetados ni por Libanio ni por sus rivales.

18 Acepto la conjetura de Martin y traduzco este período en modalidad interrogativa. El escándalo aludido podría ser el asunto del Disc. LVIII: unos alumnos de Libanio, que compatibilizan los estudios de retórica con los de latín, mantean a un pedagogo que causaba molestias al profesor de latín.

19 Se trata de Teodosio y de la célebre Revuelta de las Estatuas, del 387. Vid. infra. Disc. XIX.

20 Libanio siempre estuvo preocupado por el número de sus estudiantes y se tomaba grandes molestias para reclutar nuevos alumnos. Por otro lado, consideraba una afrenta intolerable que un padre retirase a su hijo de su escuela, pues el prestigio del profesor radicaba sobre todo en el número de sus estudiantes.

21 Nueva cita homérica, Il. I 255. Obviamente, Priamo y sus hijos son los rivales de Libanio.

22 Como ya vimos en Disc. II 20, nuestro autor no era partidario de los castigos corporales, pero, por otro lado, su edad tampoco le permitía moverse con agilidad. No se olvide que con frecuencia debía ser transportado a clase en litera.

23 Son las palabras que, ciego de ira, le dirige Aquiles a Agamenón en Il. I 225.

VII
QUE ENRIQUECERSE DE MODO
INJUSTO ES UNA DESGRACIA MAYOR QUE SER POBRE


INTRODUCCIÓN

Dentro de la producción de Libanio nos encontramos con cuatro discursos, —el Disc. VI, Sobre la insaciabilidad; el Disc. VII, Que enriquecerse de modo injusto es una desgracia mayor que ser pobre; el Disc. VIII, Sobre la pobreza o De los amigos y el Disc. XXV, Sobre la esclavitud—, que versan sobre cuestiones morales de tipo general1. Se trata de un género retórico menor, la diálexis o disertación, cuyo objetivo era el puro deleite del auditorio2.

Algunos autores pensaron que estos discursos eran plagios de diatribas perdidas pertenecientes a la escuela cínicoestoica. Es cierto que el contenido de algunos de ellos exponen los puntos de vista de esta doctrina, pero Schouler ha demostrado que Libanio no tenía nada que ver con esta escuela, sino que se limitó a explotar un tema puramente retórico. En efecto, la utilización de estos motivos (la dualidad pobreza-riqueza, la amistad o la esclavitud) en los ejercicios preparatorios de escuela (progymnásmata) es conocida. Por ejemplo, el Disc. VIII no es más que el desarrollo de la manida chreía de Alejandro, quien, preguntado por el lugar donde guardaba sus tesoros, respondió que en casa de sus amigos. En el Disc. VI encontramos el mismo recurso a caracteres, como el avaro, y a personajes históricos o míticos, como Héctor, lo mismo que en sus declamaciones. No en balde estos discursos morales han sido incluidos en algunos manuscritos en el grupo de las declamaciones3.

Hemos seleccionado en el presente volumen el discurso VII, cuya fecha de composición, al igual que los otros tres discursos morales, no se ha podido determinar dado el carácter intemporal de todos ellos4. En este discurso, tras una vívida descripción de los mendigos que piden limosna en la calle, el autor llega a la conclusión de que no por ello los ricos deben ser más dichosos. Acto seguido, pasa a la demostración, que se apoya en la idea de que los ricos deben rendir cuentas sobre la procedencia de sus bienes. Concluye sentenciando que el castigo aguarda a los deshonestos. Pese al tono general del discurso, puede apreciarse que el sofista tiene muy en cuenta la realidad social de su época. En su crítica de la riqueza mal adquirida tiene presente a la nueva aristocracia cristiana, cuyo rápido enriquecimiento ve con malos ojos. Por el contrario, la riqueza honesta no es otra que la que poseen los aristócratas y las familias curiales, clase a la que pertenece Libanio. Esta queja es recurrente en la obra del antioqueno y es uno de los motivos que inspira el Disc. II.

De este discurso, cuya editio princeps es la ya citada edición de Ferrare, se han conservado un total de treinta y seis manuscritos. Sin embargo, sólo hay dos traducciones a lenguas modernas, ambas en francés, las mencionadas de Schouler y Martin.


1 El estudio más completo sobre los discursos morales es el de B. SCHOULER, Libanios. Discours moraux, París, Les Belles Lettres, 1973, que cuenta con una amplia introducción, el texto y la traducción anotada de los cuatro discursos. J. MARTIN, Libanios…, págs. 155-184 y 310-312, también edita y traduce los Disc. VI, VII y VIII.

2 Sobre el género de la diálexis puede consultarse B. SCHOULER, Discours…, págs. 22-37.

3 Cf. J. MARTIN, Libanios…, pág. 157.

4 B. SCHOULER, Discours…, págs. 17-22, ha estudiado la cuestión y rechaza todos los intentos anteriores de datar los discursos, sobre todo la propuesta de Foerster. Sólo acepta sin demasiada convicción la posibilidad de que el Disc. XXV fuera compuesto siendo emperadores Teodosio y su hijo Arcadio, es decir, entre el 383 y el 395. Para el resto de discursos, no se atreve a aventurar una fecha que, forzosamente, debe ser arbitraria.

VII. QUE ENRIQUECERSE DE MODO INJUSTO ES UNA DESGRACIA MAYOR QUE SER POBRE

Ayer tarde un señor se lamentaba y gemía mientras contaba [1] el número de mendigos1: unos estaban de pie, otros no podían tenerse, otros ni siquiera permanecer sentados, algunos estaban mutilados y otros más corrompidos que muchos cadáveres. Afirmaba que era digno de lástima que, además, tuvieran que soportar con esos harapos un invierno tan crudo, ya que había quienes sólo poseían taparrabos y otros tenían desnudas sus piernas desde la ingle y los brazos desde los hombros. Se dejaban ver algunos que no tenían cubierta [2] ni una sola parte de su cuerpo. Cada uno de ellos suplicaba continuamente a los transeúntes que les dieran algo, y gran suerte era para ellos, no ya recibir un pan, sino un simple óbolo.

[3] En tanto aquel hombre se iba lamentando y los llamaba desgraciados, unos individuos, tras el baño, llenos de soberbia se encaminaban bajo las antorchas a banquetes que tenían de todo, salvo ambrosía y néctar. Y él exclamaba: «¡Cuán dichosos son estos señores!», y explicaba cómo el [4] dinero en abundancia engendra dinero. Yo, por el contrario, defendía la postura de que a los que tienen riqueza no hay que considerarlos también por fuerza felices, puesto que algunos hay extraordinariamente ricos que son más dignos de lástima que quienes tienen todo el día extendida la mano rogando [5] que alguien les dé algo. Para los segundos, su desgracia radica en buscar quién les pueda dar limosna y, ciertamente, nunca les falta quien lo haga. Así es que, por lo menos, pueden vivir y ningún juez sobre la tierra ni debajo de ella podría pedirles cuentas por una pobreza que les viene [6] de Fortuna2. Tampoco existen leyes establecidas contra los que, o no han heredado grandes riquezas, o no han sido capaces de adquirirlas por su cuenta. En cambio, contra quienes las han adquirido por sus medios, pero no de forma honrada, hay denuncias, sentencias, acusaciones y juicios, además del odio que les profesan los hombres y los dioses3. [7] Y de nada les sirve escapar de los tribunales de este mundo, sino que en el otro está sentado como juez Minos4, el hijo de Zeus, por encima del cual no se puede pasar, pues reconoce, nada más verla, cuándo un alma es injusta y cuándo es justa. A la que es perversa, ningún apoyo le viene de ninguna parte, ni de la destreza retórica ni de la abundancia de riquezas, ni del parentesco o de los amigos, sino que, tras ser arrojada al lugar que le está destinado, es forzoso que soporte su castigo.

Por consiguiente, al que se compadezca correctamente, [8] más dignos de lástima le parecerán estos ricos que aquellos pobres, por más que éstos afirmen con juramentos que pasan las más extremas penurias. Porque no hay duda de que mucho peor que dormir en un cúmulo de inmundicias en compañía de los perros, es hacerlo en argénteos lechos no adquiridos de forma legítima.

En efecto, entre esta gente que ha amasado grandes fortunas, [9] se podrían encontrar no pocos que han despojado a otros, no como esos ladrones que cometen delitos menores, sino que han robado gran cantidad de esclavos, infinidad de edificios, grandes extensiones de campo, numerosos mercantes, oro, plata y vestidos. Éstos, incluso, se apropiaron [10] recintos sagrados y templos. A continuación, tras desalojar con gran desparpajo las sagradas moradas, llenaron los templos de leña y algunos hasta de escoria. A su vez, otros más audaces los demolieron y habitaron casas construidas con piedras sacadas de allí5. De esta gente, algunos ya pagaron [11] su culpa y otros aún no, pero no hay nada que pueda librarlos. Y cuando digo «ellos», me estoy refiriendo a ellos mismos, a sus hijos y a los hijos de éstos. Sobre cualquiera que se abata el golpe, al final siempre recaerá sobre aquel «noble» varón6.

[12] Por tanto, habría que apiadarse de éstos más que de aquellos que tienen puesta la mirada en los dedos de los demás. Porque a éstos la muerte los librará de depender de quienes pudieran ayudarlos, mas a los primeros, a cambio del breve tiempo de su placer, les aguardará una pena imperecedera.


1 Algunos autores contemporáneos, como los cristianos Juan Crisóstomo y Gregorio de Nisa, nos describen también la situación lamentable de los vagabundos de su época. A pesar de la prosperidad de Antioquía, había una masa considerable de mendigos. La razón fundamental estaría en la inmigración, dado que la capital siria daba más oportunidades para sobrevivir a los desposeídos. Sin embargo, no parece que la ciudad tuviera especiales problemas con esta población, aunque hubo casos desesperados, como nos relata Juan Crisóstomo en su Homilia in Epistulam I ad Corinthios 21, 5 (PG LXI 176-9): unos padres cegaron a sus propios hijos para provocar la compasión de los transeúntes. Cf. W. LIEBESCHUETZ, Antioch…, págs. 96-98.

2 La diosa Fortuna (Týchē) sentada sobre el monte Silpio, tal y como fue representada por Eutíquides de Sición por encargo de Seleuco I, era el símbolo de Antioquía, de ahí la continua alusión a la deidad en la obra de Libanio. La aparición de esta imagen es frecuente en las monedas y hasta se fabricaban pequeñas representaciones que se vendían como recuerdos a los turistas. Cf. G. DOWNEY, A History of Antioch in Syria from Seleucus to the Arab Conquest, Princeton, 1961, págs. 73-75.

3 En este pasaje se aprecia cierto resentimiento contra la nueva aristocracia cristiana. Véase la introducción al discurso.

4 Minos, hijo de Zeus y Europa, juzgaba en el Hades, junto con sus hermanos Radamantis y Éaco, las almas de los difuntos.

5 Casi en los mismos términos censura nuestro autor a los profanadores cristianos de los templos de la época de Constancio II en Disc. XXX 38-39. En igual tono providencialista, augura el castigo terrible de los impíos.

6 Alusión irónica al linaje de estos nuevos ricos.

XI
DISCURSO DE ANTIOQUÍA


INTRODUCCIÓN

Antioquía fue fundada el año 300 a. C. por Seleuco I Nicátor, al pie del monte Silpio y a orillas del río Orantes. La posición estratégica de esta ciudad, enclavada en una de las rutas comerciales más importantes entre Oriente y el Mediterráneo, unida a su fácil acceso al puerto marítimo de Seleucia y a la fertilidad de la vasta llanura que dominaba, capaz de alimentar a una numerosa población, convirtieron, en pocos años, a esta ciudad en la capital del imperio seléucida. Y su importancia no decayó con la llegada de los romanos. Libanio estaba orgulloso de tan ilustre patria y de ser miembro de una importante familia curial que se había destacado por sus servicios (chorēgíai) y por su contribución a la vida municipal1, por encima de los intereses personales, que aconsejaban buscar el desempeño de cargos en la administración imperial romana.

El Discurso de Antioquía o Antiochikós (Disc. XI) fue escrito por Libanio en el año 356 y parte del mismo fue recitado en la villa de Dafne en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Antioquía2 de aquel mismo año. Era el tributo que el sofista antioqueno pagaba a su ciudad natal dos años después de haber conseguido permiso de la administración imperial para abandonar su puesto en la cátedra de Constantinopla y establecerse definitivamente en la capital siria. Ésta es la conclusión a la que llega P. Petit en un artículo3 en el que rebate la datación que para el discurso había propuesto tiempo atrás Sievers4, y que había sido aceptada por otros estudiosos como Hugi5 y el propio Foerster.

Partiendo del análisis interno del discurso y tomando como terminus post quem la instalación definitiva de Libanio en Antioquía en el 354, Sievers postuló como fecha de composición más probable el 360. Sin embargo, en la Ep. 36, datada con seguridad en 358-59, nuestro autor nos informa de que envió a su amigo Demetrio cuatro discursos, «en los cuales diserto sobre el salario, hago un encomio de Estrategio y especialmente del certamen. Además, en cuarto lugar te llega un elogio de nuestra ciudad (tês hêmetéras euphemía), que ésta tuvo ocasión de escuchar en los Juegos Olímpicos (en tois Olympíois) tan extensamente como permitía el uso». Para poder mantener su propuesta, Sievers se vio obligado a negar la relación del Antiochikós con los Juegos Olímpicos, por lo que el discurso de la Ep. 36 debería ser otro encomio perdido.

Sin embargo, Petit demuestra que el Antiochikós es exactamente el discurso olímpico que Libanio envía a Demetrio y que su fecha de composición fue necesariamente la celebración de los Juegos Olímpicos del 356. Entre los numerosos argumentos que sostienen su afirmación, hay uno que nos parece incontestable. Una vez refutadas las posibles objeciones a que el Antiochikós sea un discurso olímpico y establecidos los límites cronológicos entre 354 y 3616, Petit llega a la conclusión de que sólo existen dos fechas posibles: 356 y 360, años en los que se celebraron las Olimpiadas. Por tanto, de aceptar la tesis de Sievers, si el Antiochikós hubiese sido escrito el 360, se trataría de su segundo encomio de Antioquía, contando con el supuestamente perdido de la Ep. 36. Sin embargo, en la Ep. 1243, del 364, queda patente que en esa fecha sólo había escrito uno7. En consecuencia, ese discurso, salvo un incomprensible error de Libanio, no podría ser otro que el encomio del 356 mencionado en la Ep. 36, es decir, el discurso que nos ocupa.

El Antiochikós entronca con una larga tradición de la retórica epidíctica: el encomio de ciudades. Los discursos fúnebres (lógoi politikoí) gozaban, ya en época de Pericles, de las preferencias de un amplio público, y las técnicas compositivas eran de sobra conocidas, como pone de manifiesto la genial sátira del género que hace Platón en su Menéxeno. Sin embargo, el primer gran modelo fue el Panatenaico de Isócrates, en el que su autor hace un extenso elogio de Atenas. Esta misma tarea será emprendida siglos más tarde por Elio Aristides en un discurso de igual título. El autor de los Discursos Sagrados cultivó in extenso el género, que con él alcanzó su apogeo8. Tanto es así, que en muchos aspectos fue considerado como modelo a seguir por Menandro el Rétor.

Sin embargo, pese a utilizar modelos preexistentes y a emplear ad nauseam los tópicos inherentes al género, la estructura del Antiochikós libaniano presenta ciertas peculiaridades que confieren mayor valor a la obra. Tras el exordio y una larga exposición de los aspectos geográficos, históricos y sociales de la ciudad, nos obsequia con una minuciosa descripción de ésta (parágrafos 196-272). Esta ékphrasis constituye por sí misma un documento arqueológico de primer orden, razón por la que el discurso ha despertado más el interés de los historiadores que el de los filólogos.

El Antiochikós pone ante nuestros ojos una Antioquía idealizada, como es costumbre en el género, que no se corresponde en absoluto con el panorama que nos muestra a lo largo de su obra. Los decuriones, que recurrían a todo tipo de subterfugios para escapar de la curia, aparecen como verdaderos ejemplos de munificencia; los jóvenes que ingresan en la curia nada tienen que ver con los que en el Disc. XXXV no se animan a tomar la palabra; los extranjeros, lejos de ser alborotadores y causantes de los disturbios, les dan cierto exotismo a las calles. Se podrían seguir poniendo numerosos ejemplos.

¿Cuál es el objetivo que persigue Libanio en este discurso? ¿Simplemente pagarle a su ciudad natal una deuda, como afirma en el exordio y en la conclusión? A juicio de Petit9, tras el elogio de Antioquía se esconde una sutil apología del partido pagano, que contemplaba con expectación y esperanza el nombramiento de Juliano como César tan sólo un año antes (355), a través de una glorificación del pasado seléucida de la ciudad. En este contexto, la omisión de la época imperial romana, en la que tan importante papel jugó Antioquía, no sería casual. En esta Pilgerfahrt zu Quellen podría verse un cierto desprecio hacia Roma y su áurea cadena, encamada en aquel tiempo por Constancio II y la nueva religión. Sin embargo, igual omisión encontramos en la obra de Elio Aristides, modelo de Libanio, por lo que hay que pensar que nos encontramos ante un expediente característico de la retórica epidíctica griega.

El Antiochikós tuvo una amplia difusión, como demuestran los treinta y siete manuscritos que nos lo han transmitido. Fue ampliamente leído en época bizantina. Incluso sirvió como modelo para la descripción que a finales del s. XII escribiera Nicolao Mesarites de la Iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla10. Sin embargo, desde la editio princeps de Morel11 no han proliferado las traducciones a lenguas modernas. Sólo contamos con dos traducciones parciales, la alemana de Hugi12 (§§ 1-131) y la francesa de Festugière13 (§§ 196-272, con la exclusión de algunos parágrafos retóricos), y sólo cuatro traducciones completas: las inglesas de Downey y A. F. Norman14, la francesa de O. Lagacherie15 y la alemana de G. Fatouros y T. Krischer16.

SINOPSIS DEL DISCURSO

1. Exordio (§§ 1-11).

2. Descripción geográfica. Situación privilegiada de Antioquía (§§ 12-41).

3. Historia de la ciudad (§§ 42-131).

a. Prólogo (§§ 42-43).

b. Orígenes míticos: fundación de Ione (§§ 44-52).

c. Historia preseléucida: el cretense Caso. Cambises y Semíramis (§§ 53-71).

d. Llegada de Alejandro Magno (§§ 72-76).

e. Seleuco y la fundación de Antioquía (§§ 77-93).

f. Consagración de Dafne por Seleuco. Mito de Apolo y Dafne (§§ 94-100).

g. Sucesores de Seleuco. Historias de robos de estatuas de dioses (§§ 101-128).

h. Breve referencia a la conquista romana (§§ 129-130).

i. Conclusión (§ 131).

4. Prosperidad y armonía dentro de la vida ciudadana (§§ 132195).

a. Perfección de la ciudad en todos los aspectos (§ 132).

b. La curia (§§ 133-149).

c. El pueblo (§§ 150-162).

d. Antioquía es una ciudad acogedora y cosmopolita (§§ 163-169).

e. Densidad demográfica y bullicio de la ciudad (§§ 170-175).

f. Importancia de Antioquía con vistas a la guerra contra Persia. Campañas de Constancio II (§§ 176-180).

g. Florecimiento de la retórica (§§ 181-192).

h. Continua expansión de la ciudad (§§ 193-195).

5. Descripción de Antioquía (§§ 196-272).

a. El casco antiguo (§§ 196-202).

b. La ciudad nueva (§§ 203-210).

c. Elogio de los pórticos (§§211-217).

d. El hipódromo, el teatro y las termas (§§ 218-221).

e. Los vientos (§§ 222-226).

f. Actividad constructora (§§ 227-229).

g. El extrarradio y los arrabales: descripción de Dafne (§§ 230-243).

h. Las aguas (§§ 244-248).

i. Perfecto equilibrio de las partes de la ciudad (§§ 249-250).

j. El mercado (§§251-259).

k. El transporte de mercancías (§§ 260-264).

m. Amenidad de Antioquía (§§ 265-271). m. Conclusión (§ 272).


1 Cf. Disc. I 2-4.

2 Los Juegos Olímpicos de Antioquía fueron organizados por primera vez en época de Augusto merced a la voluntad de Sosibio, rico senador antioqueno, que al morir dispuso que su fortuna fuese destinada a sufragar los cuantiosos gastos de tan fastuoso proyecto. Se celebraban en Dafne cada cuatro años.

3 «Zur Datierung des ‘Antiochikos’ (Or. 11) des Libanios», traducción alemana del original francés inédito, incluido en el volumen colectivo G. FATOUROS, T. KRISCHER, Libanios, Darmstadt, 1983, págs. 129-149.

4 G. R. SIEVERS, Das Leben…, pág. 245.

5 L. HUGI, Der «Antiochikos» des Libanius, tesis doctoral, Friburgo, 1919.

6 Fechas de la instalación definitiva de Libanio en Antioquía y de la muerte de Constancio II respectivamente.

7 Libanio, que había sido elegido para pronunciar el discurso de clausura de los Juegos Olímpicos del 364, lo que al final no pudo cumplir a causa de una enfermedad, envía poco antes de la celebración la Ep. 1243 a su amigo Cirino, donde le dice: «Me causó sorpresa que tuvieras la esperanza de que yo compusiera para nuestros Juegos Olímpicos otro discurso después del anterior (héteron epí tôi protérōi)».

8 Además del Panatenaico (Disc. I), cabe destacar su Discurso de Roma (Disc. XXVI) y su Panegírico en Cízico sobre su templo (Disc. XXVII). Cf. A. RAMÍREZ DE VERGER, F. GASCÓ, Elio Aristides. Discursos, vol. I, Madrid, Gredos, 1987, págs. 64 y 108.

9 P. PETIT, «Zur Datierung…», págs. 148-149.

10 Vid. G. DOWNEY, «Nikolaos Mesarites’ Description of the Church of the Holy Apostles», Transact. of the Amer. Philosoph. Society (1957), 862 y B. D. HEBERT, Spätantike Beschreibung von Kunstwerken. Archäologischer Kommentar zu den Ekphraseis des Libanios und Nikolaos, Graz, 1983.

11 F. MOREL, Libanii Sophistae Opera. II, París, 1627, págs. 332-388.

12 Traducción y comentario en op. cit.

13 A. J. FESTUGIÈRE, Antioche païenne…, págs. 23-61.

14 G. DOWNEY, «Libanius’ oration in praise of Antioch (Oration XI)», Proceed. of the Amer. Philos. Soc. 103 (1959), 652-686 y la que incluye la reciente obra de A. F. NORMAN, Antioch as a centre of Hellenic culture as observed by Libanius, Liverpool, 2000.

15 O. LAGACHERIE, Discours 11 (Antiochikos), tesis doct., Grenoble, 1983.

16 G. FATOUROS, T. KRISCHER, Antiochikos (or. XI). Zur heidnischen Renaissance in der Spätantike, Viena-Berlín, 1993.

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