Read the book: «Un paraíso sospechoso»
UN PARAÍSO SOSPECHOSO
UN PARAÍSO SOSPECHOSO
LA VORÁGINE DE JOSÉ EUSTASIO RIVERA: NOVELA E HISTORIA
LEOPOLDO M. BERNUCCI


RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS
© PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA
© LEOPOLDO M. BERNUCCI
TÍTULO ORIGINAL: PARAÍSO SUSPEITO:
A VORAGEM AMAZôNICA. SÃO PAULO: EDITORA
DA UNIVERSIDADE DE SÃO PAULO, 2017.
PRIMERA EDICIÓN EN ESPAÑOL
JUNIO DE 2020
BOGOTÁ, D. C.
ISBN (IMPRESO): 978-958-781-466-8
ISBN (DIGITAL): 978-958-781-467-5
DOI: HTTPS://DOI.ORG/10.11144/JAVERIANA.9789587814675
CONVERSIÓN EPUB: LÁPIZ BLANCO S.A.S.
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MINEDUCACIÓN. RECONOCIMIENTO COMO
UNIVERSIDAD: DECRETO 1297 DEL 30 DE MAYO
DE 1964. RECONOCIMIENTO DE PERSONERÍA
JURÍDICA: RESOLUCIÓN 73 DEL 12 DE DICIEMBRE
DE 1933 DEL MINISTERIO DE GOBIERNO.
TRADUCCIÓN:
MARIANA SERRANO
CORRECCIÓN DE ESTILO:
VÍCTOR ALARCÓN
DISEÑO DE COLECCIÓN:
TANGRAMA
TANGRAMAGRAFICA.COM
DIAGRAMACIÓN Y CUBIERTA:
SONIA RODRÍGUEZ
IMAGEN DE CUBIERTA:
ILLUSTRATION OF A TROPICAL PLANTS
IN THE TROPICS. ISTOCK.COM/NASTASIC

Pontificia Universidad Javeriana. Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S. J. Catalogación en la publicación
Bernucci, Leopoldo M.
Un paraíso sospechoso : La vorágine de José Eustasio Rivera : novela e historia/ Leopoldo M. Bernucci ; traducción Mariana Serrano. -- Primera edición. -- Bogotá : Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2020.
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN : 978–958–781–466-8
Título original: Paraíso suspeito : a voragem
1. Rivera, José Eustasio, 1889-1928. Vorágine - Crítica e interpretación 2. Crítica literaria - Colombia 3. Novela colombiana - Historia y crítica 4. Literatura colombiana - Historia y crítica 5. Literatura e historia I. Serrano, Mariana, traductora II. Pontificia Universidad Javeriana
CDD C860 edición 21
| inp | 27/04/2020 |
Prohibida la reproducción total o parcial de este material, sin autorización por escrito de la Pontificia Universidad Javeriana.
A Blanche Rachelle Trerice,
mi amada esposa y mejor amiga,
le dedico este libro.
AUTOR
LEOPOLDO M. BERNUCCI
OCUPA ACTUALMENTE LA CÁTEDRA THE RUSSELL F. AND JEAN H. FIDDYMENT EN ESTUDIOS LATINOAMERICANOS EN EL DEPARTAMENTO DE ESPAÑOL Y PORTUGUÉS DE LA UNIVERSIDAD DE CALIFORNIA EN DAVIS (CALIFORNIA) SE DOCTORÓ EN 1986 EN LITERATURA HISPANOAMERICANA POR LA UNIVERSIDAD DE MICHIGAN (ANN ARBOR). ES AUTOR Y COAUTOR DE VARIOS ESTUDIOS CRÍTICOS SOBRE LITERATURA COLONIAL Y DE LOS SIGLOS XIX Y XX EN LATINOAMÉRICA. ENTRE ALGUNAS DE ESAS PUBLICACIONES SE ENCUENTRAN HISTORIA DE UN MALENTENDIDO: UN ESTUDIO TRANSTEXTUAL DE LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO DE MARIO VARGAS LLOSA; A IMITAÇÃO DOS SENTIDOS, PRÓGONOS, CONTEMPORÂNEOS E EPÍGONOS DE EUCLIDES DA CUNHA; HISPANIC AMERICA, BRAZIL, AND THE CARIBBEAN: COMPARATIVE APPROACHES; DISCURSO, CIÊNCIA E CONTROVÉRSIA EM EUCLIDES DA CUNHA (ORG.); OS SERTÕES (EDICIÓN ANOTADA), POESIA REUNIDA, ENSAIOS E INÉDITOS Y À MARGEM DA HISTÓRIA DE EUCLIDES DA CUNHA; Y BENJAMÍN SALDAÑA ROCCA: PRENSA Y DENUNCIA OTROS TÍTULOS DE ESTA EN LA AMAZONÍA CAUCHERA.
CONTENIDO
AGRADECIMIENTOS
INTRODUCCIÓN
JOSÉ EUSTASIO RIVERA Y SUS LECTORES
JOSÉ EUSTASIO RIVERA Y EL BRASIL
LA NOVELA COMO ARMA SOCIOPOLÍTICA
LA MIRADA DE UN NATURALISTA
LOS INFORTUNIOS DE LA FICCIÓN
NOTAS BIOGRÁFICAS (PRINCIPALES DRAMATIS PERSONAE)
BIBLIOGRAFÍA
AGRADECIMIENTOS
Entre las muchas personas que me auxiliaron a lo largo de la investigación inicial para este libro, me gustaría agradecer, en primer lugar, a mis amigos y colegas colombianos: a Flora María Rodríguez-Arenas, por facilitar mi estadía en Bogotá en 2009, poniéndome en contacto con Jeimy Lizeth García Sánchez, quien con enorme generosidad me ayudó a navegar por los meandros de la ciudad y de los archivos. A Francisco Ortega Martínez, quien me presentó a dos personas de alto nivel profesional: Camilo P. Jaramillo, funcionario de la Biblioteca Nacional de Colombia, en Bogotá, y Soraya Maite Yie Garzón. También estoy muy agradecido con ambos. Con el primero por hacer disponibles las imágenes digitales del manuscrito de La vorágine; con la segunda por su trabajo esmerado de transcripción de ese manuscrito. A la Pontificia Universidad Javeriana le debo mis más sinceros agradecimientos. Al padre Luis Carlos Herrera, estudioso de la obra de José E. Rivera, que amablemente me cedió una hora de conferencia con él; a Hugo Ramírez, de la Biblioteca de Filosofía y Teología Mario Valenzuela, S. J., que gentilmente me atendió durante las dos largas visitas que realicé a la colección del autor colombiano. Finalmente, todos estamos en deuda con Carmen Millán de Benavides, investigadora de la Pontificia Universidad Javeriana, por habernos revelado por internet el tesoro de los libros de la biblioteca de Rivera. La divulgación de ese material fue fundamental para el inicio de mi investigación de archivo. Los funcionarios de la Biblioteca Luis Arango y de la Biblioteca Nacional de Colombia, con gran eficiencia, hicieron que mi trabajo fuera más ágil y ameno. Le agradezco también a Mariana Serrano por la cuidadosa traducción al español de este libro.
También quiero agradecer a las siguientes personas que han colaborado de una u otra forma para la realización de este libro: a Felipe Rissato, viejo compañero y amigo, le estoy inmensamente agradecido por haberme ayudado en la identificación de las fotos incluidas en las primeras ediciones de La vorágine. De la Amazonía brasileña, en Manaos, Joaquim Rodrigues de Melo me facilitó el acceso a ítems bibliográficos preciosos. Su desprendimiento y sincera amistad son oro para mí. Ann Caroline y Leila Soares de la Biblioteca Samuel Benchimol, Raimundo Nonato dos Santos Braga de la biblioteca Mário Ipiranga (CCPA) y Olga y Luciana del Instituto Geográfico e Histórico del Amazonas fueron ayudas imprescindibles con los materiales de las hemerotecas de dichos lugares. En el Museo Amazónico, Nataly Oliveira da Silva y Jacqueline Cordeiro me facilitaron la visita a la hemeroteca y a la sección de documentación. En la redacción del Jornal do Commercio, la ayuda indispensable de William contribuyó al acceso a ediciones antiguas del periódico. En Belém do Pará, María del Socorro Simões, antigua compañera de IFNOPAP, propició en varias ocasiones la exposición de mis ideas iniciales sobre este libro. En esa ciudad también le agradezco a Simone, del área de restauración de la Biblioteca Arthur Vianna —Centro Cultural y Turístico— Fundación Tancredo Neves (Centur). En Rio Branco, Acre, Gerson Albuquerque y Francisco Bento da Silva me acogieron con esa camaradería del Norte y propiciaron la ocasión para la presentación de los primeros resultados de mi investigación. Más recientemente, en la Universidad de Oxford, Lucy McCann, empleada de la Rhodes Library, me recibió con excepcional prontitud y profesionalismo. Sin la generosidad y el agudo conocimiento de María del Rosario Flores Paz sobre las imágenes fotográficas relacionadas con el Putumayo, mi trabajo habría quedado trunco. Le estoy agradecido por las horas de conversación sobre ese tema de su especialidad.
Varios colegas de universidades, dentro y fuera de Brasil, expresaron un verdadero entusiasmo por nuestra investigación. En la Universidad de Stanford, Marília Librandi Rocha y sus alumnos mostraron apertura frente a mis indagaciones sobre la Amazonía con una receptividad inusual. En la Sorbona, Claudia Poncioni, pacientemente y con la elegancia de siempre, hizo que las ideas del libro que se iban refinando les llegaran a sus alumnos y colegas. Para esta admirable colega va mi profunda gratitud. En la USP, la amistad y el compañerismo de Laura Izarra y Mariana Bolfarine son, para mí, piedras preciosas. A las dos les agradezco por ponerme en contacto con Angus Mitchell, con quien he compartido de modo muy provechoso sus tesis sobre la expansión de la industria del caucho en la Amazonía.
No podría terminar de mencionar los varios nombres de esta lista sin antes agradecer el auxilio indirecto, inconsciente, que Michel Taussig, Walter Mignolo y Cedomil Goic me prestaron durante la década de 1980. Con el primero pasé varias horas conversando en un café de Ann Arbor, Michigan, sobre La vorágine y Os Sertões, de Euclides da Cunha. Curiosamente, ni él, ni mucho menos yo, sabíamos que un día yo escribiría sobre los eslabones perdidos entre estos dos grandes escritores latinoamericanos. Con Mignolo aprendí, siempre de una manera tranquila, pero sistemática, a leer los libros con los ojos puestos en las teorías del lenguaje. Con Goic, hice la primera lectura y análisis de La vorágine en un salón de clases y extraje de uno de sus estudios sobre esa novela una de las mejores y más agudas lecturas hasta hoy realizadas.
Muchos son los colegas y amigos que, con su apoyo, me incentivaron durante el recorrido del libro: al querido y añorado Ivan Teixeira, ejemplo de amistad y rigor académico, le quedé debiendo favores que espero poderle pagar algún día en el reino del otro mundo; a Emilio Bejel, colega y amigo de larga trayectoria, por siempre incentivar mi trabajo y ofrecerme comentarios agudos para el libro; a Elaine Tennant, amiga que siempre supo oírme y, de manera inteligente, ofrecerme sugerencias; a Sergio Díaz Luna por ayudarme con los asuntos ligados al folclore colombiano. A Plinio Martins Filho, amigo de vieja data, colega y brillante editor, por el cuidado primoroso y la confianza que siempre ha demostrado en relación con mis proyectos académicos, mi más sincera gratitud. Le guardo gratitud a Cristiane Silvestrin por el cuidado, profesionalismo y por la paciencia durante la fase de producción de este libro.
Finalmente, a mi querida familia, mi esposa Rachelle y mis hijos Alexandre, Paul-Anthony y Marcel. A Rachelle, mi primera y aguda lectora, y a Marcel, debo agradecerles especialmente las lecturas de algunos capítulos y pasajes del libro. Y, por último, pero no menos importante, le agradezco a la Universidad de California-Davis por el apoyo financiero que le otorgó a mi investigación a través de mi facultad, el College of Letters and Science (HArCS), del Global Affairs Office y de la cátedra The Russell F. and Jean H. Fiddyment in Latin American Studies.
INTRODUCCIÓN
El título de este libro revela una ambigüedad irreconciliable. Sin embargo, no podríamos haberlo concebido de otra forma. Históricamente, la Amazonía siempre ha estado asociada a la noción de Paraíso, aunque de manera cuestionable. La sospecha nace de la idea de que esa selva tropical también es un “infierno verde”, como lo sugirieron algunos de los que estuvieron allí y como quedó plasmado en la ficción del escritor brasileño Alberto Rangel. Algunas razones de orden histórico, científico y estético hicieron que los viajeros y naturalistas describieran la gran selva de manera paradójica a lo largo de los siglos. Uno de sus intérpretes más autorizados, Euclides da Cunha, la denominó un paraíso perdido. No obstante, hay algo más que es necesario considerar. Ese paraíso sospechoso se sitúa en un torbellino, un lugar de destrucción continua y natural, que genera la lenta pero incansable devoración de la materia, y no solo de su mundo vegetal, sino también del reino animal, inclusive del hombre que habita en él. Es un ambiente salvaje que fascina en todos los sentidos, un espacio inhóspito que también tritura a la más fuerte de las almas cuando esta ya no es capaz de adaptarse a él. Al escribir sobre la majestuosa selva, nosotros también tuvimos que lidiar con este punto de vista problemático. Por consiguiente, la dicotomía paraíso-infierno dará cuenta de los temas principales discutidos en este libro, entre ellos el de la representación literaria de la Amazonía en el contexto del ciclo del caucho, periodo que se extendió desde la década de 1900 hasta la de 1920.
Le damos a la selva amazónica la denominación de paraíso sospechoso por su capacidad de esconder o disfrazar sus peligros. Una visión algo complaciente de ese vasto territorio verde podría demostrar que su densa vegetación, su difícil acceso, la malaria y otras arduas condiciones ambientales ayudan a mantener lejos de él a los curiosos o a los intrusos. Incluso para aquellos más serios, estudiosos en todo caso, que logran aproximarse a ella para examinarla con mayor atención, la Amazonía ofrece solo una comprensión superficial e incompleta de sus complejidades. Pero no debemos insistir sobre este lado desfavorable de la selva suramericana. Evidentemente, su esplendor y sus riquezas naturales contrarrestan ese otro escenario. Tanto es así que masas de inmigrantes se han desplazado hacia allá. Durante el apogeo de la industria cauchera (1890-1920), por ejemplo, cerca de medio millón de nordestinos brasileños, huyendo de la sequía en sus tierras de origen, migraron hacia ese enorme territorio en busca de trabajo en las caucherías,1 principalmente en las regiones del río Purus y del río Negro, y muchos de ellos más nunca regresaron.2
En contrapartida, si lanzáramos una mirada más perversa sobre ese gigante verde y complejo, llamaría la atención el lado oscuro de la selva. Aunque aquí la referencia sea, obviamente, a la historia de la conquista de la Amazonía, en función de la fuerza de nuestro argumento no excluimos sus desafiantes condiciones geográficas y ambientales. La Amazonía siempre atrajo y continúa atrayendo los tipos humanos más diabólicos: mercaderes de esclavos, fugitivos de la ley, misioneros abusivos, comerciantes criminales de caucho, codiciosos ganaderos y, más recientemente, insaciables explotadores de madera y traficantes de droga.
Ha ocurrido, y aún ocurre, el hecho deplorable de que las noticias sobre la destructiva huella humana y ecológica dejada por esos individuos nos llegan cuando ya es demasiado tarde para que las autoridades gubernamentales hagan cualquier cosa para detenerlos. No sin sorpresa, algunas veces esa destrucción nunca nos es revelada, porque permanece oculta o invisible debido a los sistemas legales corruptos del gobierno. Eso explica por qué, actualmente, es difícil conocer, de manera clara y precisa, la historia del genocidio asociado al ciclo del caucho en la Amazonía, inclusive la de las décadas de 1900 y 1910.
En realidad, es inquietante que ese capítulo particular de la historia amazónica no haya recibido la debida atención de las autoridades gubernamentales y mucho más que aún no haya sido estudiado con detalle por parte de los especialistas. Afortunadamente para nosotros, esos acontecimientos tan sórdidos fueron abordados en algunos textos literarios. Episodios de esclavitud, de azotes y de genocidio, asociados a ese capítulo vergonzoso, casi totalmente desconocido por la mayoría de los lectores, aparecen de manera esporádica, aunque convincente, en algunos ensayos de autores brasileños, como À Margem da História (1909), de Euclides da Cunha, en los cuentos de Alberto Rangel en Inferno Verde (1908) y en una novela poderosa y canónica del escritor colombiano José Eustasio Rivera, La vorágine (1924). Esos tres autores y sus narrativas instigadoras ocupan un lugar central en nuestro libro.3
Aunque sea tan chocante, incluso después de transcurrido un siglo, la historia del genocidio en la Amazonía todavía aguarda una completa documentación. En lo que respecta a los indios de esa región, un aspecto perturbador de esa práctica de limpieza étnica es el hecho de que esta aún no ha terminado hoy en día. Mientras los historiadores contemporáneos escriben sus narrativas sobre los asesinatos en masa del pasado, actualmente nosotros continuamos dando testimonios sobre las prácticas de genocidio en todo el mundo. A finales del siglo XX, imágenes horripilantes de un gran número de sepulturas en la antigua Yugoslavia, en Bangladesh y en Ruanda sirvieron para recordarnos los instintos más bárbaros de la raza humana. Otra faceta alarmante del genocidio es que este puede caer fácilmente en el olvido o ser descartado de manera definitiva como historias fabricadas. Además de eso, mientras más remoto e inaccesible es el lugar en donde ocurre ese tipo de exterminio humano, es más difícil conducir investigaciones criminales. Es el caso, por ejemplo, de los crímenes de genocidio cometidos en el Alto Orinoco, en el Putumayo y el Caquetá, territorios amazónicos del caucho, en el periodo que comprende tres décadas a partir de 1900.
Se estima que, en el periodo 1900-1910, tan solo en la Amazonía occidental, cerca de treinta mil indios, caucheros, de las tribus huitoto, ocaima, andeke, fueron explotados, esclavizados, torturados y asesinados violentamente. La Peruvian Amazon Company (PAC), la principal responsable de esas atrocidades, justificó los castigos infligidos alegando que los indios no eran capaces de cumplir las reglas de la compañía. Esas reglas irreales e inhumanas establecían que los nativos tenían que extraer una cuota mínima de látex o, por el contrario, serían azotados o recibirían un castigo mayor. La PAC fue fundada y dirigida por el odioso barón del caucho peruano, Julio César Arana; pero Arana no estaba solo en ese escenario de malos tratos y asesinatos en las caucherías amazónicas.
Durante el primer periodo del régimen dictatorial del venezolano Juan Vicente Gómez (1908-1913), surgió otro barón despiadado del caucho, el coronel Tomás Funes Guevara. El 8 de mayo de 1913, él y un pequeño grupo de caucheros asumieron el control de San Fernando de Atabapo, la antigua capital del Territorio Federal Amazonas, en Venezuela, localizada en una rica área de cauchos. Durante su asalto, Funes, como era conocido, asesinó al gobernador del Estado, Roberto Pulido, a su esposa y a miembros de la familia, y a un gran número de otras personas de San Fernando. Fue un preámbulo para una masacre posterior de más o menos dos mil indios de la tribu Makiritare, empleados en la extracción de látex y para la destrucción de sus aldeas. Después de conquistar San Fernando, Vicente Gómez permitió que Funes asumiera la gobernación de facto, aunque nunca hubiera oficializado su cargo. Durante ocho años, Funes gobernó la región con mano de hierro y difundió el terror entre los indios y otros caucheros. Solamente en San Fernando, fue responsable de cerca de 420 muertes. Finalmente, la tiranía de Funes llegó a su fin el 27 de enero de 1921, cuando fue obligado a rendirse ante las tropas del coronel Emilio Arévalo Cedeño, un jefe guerrillero antigomecista. Tres días después, fue sentenciado a muerte y fusilado.4
Aproximadamente a partir de la mitad de la década de 1920, historias como estas, que narran los crímenes cometidos principalmente en contra de los pueblos indígenas de la Amazonía para satisfacer la ganancia de los poderosos barones del caucho, comenzaron a despertar la atención de investigadores oficiales y de escritores de ficción. Novelas como A Selva (1930), de José Maria Ferreira de Castro; Toá (1934) de César Uribe Piedrahita; Canaima (1935), de Rómulo Gallegos; El mundo es ancho y ajeno (1941), de Ciro Alegría, y El sueño del celta (2010), de Mario Vargas Llosa, pusieron al desnudo la explotación humana y las prácticas criminales a gran escala en las regiones de extracción del caucho en la Amazonía durante ese periodo, pero La vorágine (1924) se destaca como la primera novela latinoamericana que denuncia con vehemencia esas barbaridades. Cabe decir que lo hizo con éxito, tanto por su calidad artística como por el modo como asimila el registro histórico.
Así, Paraíso sospechoso revisita esta formidable obra de ficción, examinando su importancia sociopolítica y sus aspectos compositivos, demostrando cómo La vorágine exhibe dos cualidades fundamentales: una poderosa “trascendencia social” (como la llamó Rivera) y un notable estilo novelístico. Además, nuestro libro pretende mostrar cómo el escritor colombiano emplea su talento artístico para denunciar valientemente la tortura y la masacre de millares de caucheros indios, mestizos y blancos por parte de los rapaces y codiciosos barones del caucho. Si consideramos el hecho de que él fue una figura pública bien conocida, la actitud de Rivera exigió una excepcional valentía y diplomacia. Los ejecutivos de la PAC que él denunció eran despiadados, amenazadores, vengativos, implacables y políticamente astutos, de hecho, uno de ellos, J. C. Arana, llegó a sobrevivir a Rivera y a ocupar un alto cargo público, el de senador peruano por el Departamento de Loreto.
Casi cien años después de su publicación, esa novela continúa atrayendo nuevas generaciones de lectores a través de los continentes e instigando una pluralidad de reacciones. Al ser, entre otras cosas, una representación ficcional de los crímenes cometidos en la Amazonía, la labor de escribir una novela realista como La vorágine fue significativamente ardua. El desafío de Rivera fue intentar hacer que los escépticos, sobre todo aquellos acostumbrados a las historias de ficción, lo trataran, en las palabras de Peter Gay, como un “tesoro de conocimientos”, de donde fuera posible extraer verdades de la ficción.5
Trabajos académicos recientes en las áreas de literatura, estudios culturales, antropología e historia, que ofrecen nuevas aproximaciones críticas a esta novela latinoamericana, han suscitado el interés de una infinidad de lectores. Se admite, en general, que la magistral ficción de Rivera superó todas las expectativas de sus críticos.6 Contrariamente a la atrevida denuncia de las masacres generalizadas en las caucherías del Orinoco, del Putumayo y del Caquetá hecha por esta novela, la mayoría de los intelectuales en la época de esos crímenes no se pronunció en contra de esas atrocidades. Sin embargo, los pocos críticos que lo hicieron, condenaron vehementemente esa violencia; entre ellos figuran Euclides da Cunha, Benjamín Saldaña Rocca, Walter R. Hardenburg, Sidney Paternoster, Carlos Valcárcel, Cornelio Hispano, Vicente Olarte Camacho, Emilio Arévalo Cedeño y Roger Casement (véase la bibliografía). En condición de miembro de la Comisión británica que investigó esos crímenes, Casement, defensor de los derechos humanos y funcionario del British Foreign Service, desempeñó un papel fundamental en la revelación de esa barbarie a la audiencia que desconocía hasta entonces los horrores ocurridos en la Amazonía. Los increíbles relatos que esos escritores compartieron con sus lectores provocaron reacciones contradictorias: unos quedaron impactados, otros se mostraron incrédulos, algunos incluso aparentaron indiferencia o permanecieron callados. Inclusive, las publicaciones de Da Cunha, las primeras en condenar tales acciones criminales en la región del río Purus, no encontraron eco entre la mayoría de sus lectores. Si, por un lado, en 1907-1908, los crímenes perpetrados en el Putumayo y en el Caquetá recibieron alguna atención por parte de la prensa británica, peruana, colombiana y brasileña, por otro lado, en 1920 esos actos ya parecían haber desaparecido de la memoria colectiva. La publicación de La vorágine en 1924 reactivó las acusaciones que habían sido olvidadas después de la muerte de Casement, en 1916. Basta decir que el trágico destino del valiente irlandés y las circunstancias que cercaron su ejecución dieron a los feroces defensores del “avance de la civilización” en esas remotas áreas amazónicas munición suficiente para vilipendiar esos crímenes hediondos.
Desde su primera publicación, La vorágine disfrutó de gran popularidad entre sus lectores. Sin embargo, muchos de ellos, inclusive algunos críticos, no lograron comprender plenamente el papel de la novela en permanecer próxima a la verdad histórica sobre la violenta expansión del capitalismo y de la esclavitud moderna en la Amazonía. Una revisita a La vorágine en el siglo XXI nos trae a la memoria esa época olvidada de acumulación insaciable de riquezas en América del Sur y el genocidio que suscitó, principalmente, en las regiones de Putumayo, Caquetá y Orinoco, en el curso de los años 1900, 19107 y 1920. Desgraciadamente, los genocidios de este tipo en las tierras remotas que las potencias coloniales tildan de “no civilizadas” son frecuentemente ignoradas cuando se relatan las historias de las naciones. De esa forma, los crímenes en contra de la humanidad en la Amazonía se suman a los genocidios en el Congo en la década de 1890 y en el año de 1996, de los armenios en 1915, al Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, a las masacres de Ruanda en 1994 y a muchos otros.8 Las sobresalientes lecciones sociales e históricas que provee La vorágine son valiosas para nuestra comprensión de los abusos en contra de los derechos humanos, de los genocidios cometidos y financiados por naciones “civilizadas”, y del poder de la selva tropical frente a la vulnerabilidad de los individuos que deciden explotarla con una agresiva velocidad industrial. Paradójicamente, la novela de Rivera también nos ofrece instrumentos vitales para aprehender la fragilidad de la selva amazónica, que en los días de hoy se ve amenazada por los llamados de diferentes gobiernos en el sentido de acelerar el ritmo del cuestionable progreso de la región.
Antes de lanzar la primera edición de La vorágine, Rivera hizo tres ruidosas denuncias públicas en contra de los patrones de aquellas caucherías: una, en un informe oficial al ministro colombiano de Relaciones Exteriores, y, nuevamente, en dos artículos de prensa.9 Con su novela, sin embargo, evitó los géneros del reportaje y de la narrativa histórica, y utilizó un medio más poderoso para llevarle al público la explotación y la masacre de los trabajadores practicados por la PAC.
En La vorágine, la representación de la Amazonía ocupa cerca del 75 % de la materia narrada. Aunque la primera parte de la novela transcurre en una única región —específicamente los llanos colombianos— nuestro foco se centró principalmente en la región transnacional de la gran selva tropical. La violencia sufrida por los caucheros en ese territorio desdeñó las fronteras nacionales, tal como señala esa deliberadamente inexacta cartografía de la América Latina fin-de-siècle. El genocidio de la industria del caucho reúne, de modo indiscriminado, a colombianos, venezolanos, peruanos, bolivianos, ecuatorianos y brasileños en un inmenso drama transnacional de opresión y explotación. Aunque ese genocidio tenga un significado histórico y cultural específico de esa región, este se extiende más allá de su periodo y su geografía. Los relatos de esos malos tratos y asesinatos en masa resuenan en las historias contadas por los testigos del nazismo, en el segundo cuarto del siglo XX, en la Europa Occidental y Central, teniendo en cuenta que ambos regímenes dejaron a las maltratadas víctimas que sobrevivieron espoliadas de su derecho a vivir o de su dignidad humana, y las aprisionaron en una cultura del terror.
Además de ofrecer un relato poderosamente cruento de un momento brutal en la historia de América Latina, La vorágine es una obra notoriamente difícil de clasificar en términos discursivos. Es tal vez una de las novelas más mal interpretadas de todo el canon latinoamericano. Algunos críticos que intentaron clasificarla descubrieron que el proceso es verdaderamente problemático y difícil. Carlos Alonso, uno de sus críticos más agudos, la sitúa entre las novelas de la tierra o novelas regionales, observando que Rivera se involucra en una representación “negativa” de una “concepción de autoctonía”.10 Los estudiosos vienen trabajando durante casi cien años para ofrecer una lectura definitiva de La vorágine, dedicándose solo a algunos aspectos del libro e ignorando gran parte de sus múltiples capas de sentido y su compleja composición. Por ejemplo, aunque le deba mucho a la poética del Romanticismo, esta novela de Rivera posee una importante filiación con la escuela naturalista. Aunque el lenguaje exquisito, a veces, aparezca en el texto, existe también una profusión de coloquialismos, notas de colorido local y regionalismos que coexisten con el preciosismo poético que tanto recuerda el estilo preconizado por el Modernismo hispanoamericano.11 Del mismo modo, considerar a Rivera solo como un penetrante crítico social es ignorar su notable desempeño como artista. Al contrario, insistir en que él es simplemente un maestro de la forma significa rebajar el contexto social e histórico de su libro.12 Solamente investigando el vínculo de esos aspectos estéticos y sociopolíticos puede reconocerse la verdadera dimensión artística de La vorágine como una de las novelas más importantes y elaboradas del siglo XX en América Latina.
Tracemos ahora algunos breves comentarios, de naturaleza más práctica, para explicar cómo fue estructurado Paraíso sospechoso. En el capítulo primero (“Rivera y sus lectores”), al intentar la revaluación de los aspectos principales de la larga bibliografía crítica de La vorágine, inevitablemente tuvimos que optar por una difícil selección de esos trabajos académicos que principalmente destacan la vitalidad de la novela de Rivera cuando ella es puesta a prueba. Pasado casi un siglo desde su publicación, ofrecemos una visión general de su recepción crítica, para demostrar la relevancia cultural y literaria de esa obra y por qué hoy es importante leer este libro. El segundo capítulo (“Rivera y el Brasil”) llamará la atención de los lectores hacia la relación de ese autor con Brasil, un tópico nuevo en la rica bibliografía sobre Rivera. En el curso de nuestra investigación de archivos de Bogotá, fue particularmente gratificante descubrir ese eslabón perdido. En general, los críticos de La vorágine ignoraron la relación intertextual entre la novela de Rivera y algunos textos brasileños. Algunos de ellos hicieron comentarios esporádicos, pero aquí presentamos una comparación textual más rigurosa que muestra, definitivamente, los puntos de contacto de Rivera con Da Cunha y otros autores brasileños leídos por él, revelando al mismo tiempo una rica documentación sobre el uso que el escritor colombiano hizo de las fuentes escritas. El tercer capítulo (“La novela como arma sociopolítica”), como ya lo revela el título, examina La vorágine como un texto literario que se transforma en un instrumento de acción política y social con todas sus ventajas y desventajas. El cuarto capítulo (“La mirada de un naturalista”) analiza los diferentes elementos nativos que componen la novela: narrativas históricas sobre la estructura de la industria del caucho, mitología indígena, observaciones naturalistas, etnografía, tradición oral y la representación que Rivera hace de las torturas y crímenes en las caucherías de la Amazonía. El quinto capítulo (“Los infortunios de la ficción”) discute el realismo de la novela como uno de sus aspectos fundamentales. Nuestro objetivo en este capítulo no es leer La vorágine como una especie de novela histórica; tampoco creemos que cualquier ficción pueda o deba reflejar la realidad de modo mecánico o especular. No obstante, queríamos leer esta novela como a Rivera le habría gustado que la leyéramos, es decir, como una narrativa ficcional históricamente convincente de las atrocidades cometidas en la Amazonía a inicios del siglo XX. Rivera dedicó un enorme esfuerzo en también intentar convencernos de que lo que se lee en su libro es ficción y no historia per se. Y para complejizar el asunto, su decisión inicial de jugar con la fotografía en su novela, agregándole una dimensión artística moderna, acentúa aún más su importancia literaria. Fue exactamente ese diálogo entre lo visual y lo textual, que no había sido investigado antes, lo que nos estimuló a examinar más de cerca el papel que la fotografía desempeña en esta obra en particular y en la literatura en general.
Imaginamos y esperamos que existan muchos otros tópicos por investigar en esta notable novela de Rivera. Trabajamos solo en aquellos que requerían expandirse, que habían sido relegados o que no habían sido planteados de ninguna manera por parte de los críticos. Tenemos plena consciencia del desafío que supone lidiar con una novela canónica como esta, estudiada por un buen número de excelentes especialistas en todo el mundo y esperamos, sinceramente, que nuestras contribuciones a un nuevo modo de leer La vorágine puedan alentar a que otros entren en su extraordinario universo ficcional, tomando también consciencia de este capítulo triste y lamentablemente descuidado de la historia suramericana: el genocidio de los pueblos amazónicos.
Davis, California, mayo de 2017
NOTAS
1 Véase Celso Furtado, Formação Econômica do Brasil (São Paulo: Companhia das Letras, 2007), 192.
2 Para una completa y esclarecedora historia de la ininterrumpida migración hacia los territorios del caucho en la Amazonía durante el periodo de 1930-1945, véase el libro de Seth Garfield, In Search of the Amazon: Brazil, the United States, and the Nature of a Region (Durham y Londres: Duke University Press, 2013). También es esclarecedor el excelente estudio de Francisco Bento da Silva, Acre, a Sibéria Tropical: Desterros para as Regiões do Acre em 1904 e 1910 (Manaus: UEA Edições, 2013). Aunque Silva trata un asunto paralelo al nuestro, la inmigración forzada al territorio acreano durante las dos primeras décadas del siglo XX, su obra ilumina sobremanera nuestras discusiones en torno al tema de los “derechos humanos”.
3 Una completa discusión de los aspectos legales relacionados con el genocidio se encuentra en Bartolomé Clavero, Genocide or Ethnocide: 1933-2007 (Milano: Giuffré Editore, 2008).
4 Las fechas y el número de personas muertas en los esbozos biográficos de Funes son contradictorios. Véase Richard Gott, In the Shadow of a Liberator: Hugo Chávez and the Transformation of Venezuela (Nueva York: Verso, 2000), 214; Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera (México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), 242-244, 248-249.
5 Véase Peter Gay, Savage Reprisals: Black House, Madame Bovary, Budden-brooks (Nueva York y Londres: W.W. Norton & Co., 2002).
6 Véase Flora María Rodríguez-Arenas, “Introducción”, en José Eustasio Rivera, La vorágine (Doral: Stockcero, 2013), IX-CLXX; Lesley Wylie, Colombia’s Forgotten Frontier: A Literary Geography of the Putumayo (Liverpool: Liverpool University Press, 2013); Doris Sommer, “Love of Country: Populism’s Revised Romance in La vorágine and Doña Bárbara”, en Foundational Fictions: The National Romances of Latin America (Berkeley, Los Angeles y Londres: University of California Press, 1991), 257-289; Montserrat Ordóñez Vila (comp.), “La vorágine”: textos críticos (Bogotá: Alianza, 1987).
7 Aunque el boom del caucho en la Amazonía haya perdurado por mucho tiempo, de más o menos 1890 hasta 1920, focalizamos en este libro su apogeo durante las décadas de 1900, 1910 y 1920.
8 Sugiero consultar los dos libros de René Lemarchand de nuestra bibliografía.
9 Hilda Soledad Pachón Farías, ed. José Eustasio Rivera intelectual: textos y documentos (1912-1928) (Bogotá: Empresa Editorial Universidad Nacional de Colombia, 1991), 41-49, 62-65, 66-69.
10 Carlos Alonso, The Spanish American Regional Novel: Modernity and Autochtony (Cambridge: University Press, 1990), 136.
11 La expresión romántica más visible se manifiesta en la forma como el satanismo se vincula al angelismo en Arturo Cova, el protagonista de la novela; en diversos pasajes, en los que se enfatizan las escenas de color local y el folclore; en la trama de la obra, que comienza con una fuga temeraria de dos amantes, Cova y Alicia, hacia los llanos y, después, hacia la selva tropical para casarse en secreto; y en cómo una forma superior de lo grotesco, lo trágico y lo demoníaco resuelve las tensiones entre lo real y lo misterioso en la novela. Véase Cedomil Goic, Historia de la novela hispanoamericana (Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1980), 156-164. Los aspectos naturalistas de La vorágine se identifican principalmente por su exacerbado realismo y por la presencia en este de leyes severas del determinismo físico y del darwinismo social. Finalmente, las manifestaciones modernistas en La vorágine se le atribuyen al empleo refinado, precioso y a veces pedante de la lengua española por parte de Cova, a las descripciones primorosas y exóticas de pájaros y a la decadente atmósfera encontrada en una serie de escenas.
12 Alonso adopta un punto de vista semejante cuando, al hablar de la representación de la naturaleza en la novela, afirma que su “poder predominante [...] en el texto es de tal modo que al final compromete la supuesta intención denunciatoria que subyace a la escritura de La vorágine, o sea, la denuncia de la ganancia y de los abusos de los magnates del caucho” (Carlos Alonso, The Spanish American Regional Novel; Modernity and Autochtony [Cambridge: Cambridge University Press, 1990], 157).
JOSÉ EUSTASIO RIVERA Y SUS LECTORES
Mientras tanto, la obra se vende pero no se comprende…
J. E. Rivera
Durante casi un siglo, la incontestable crítica social y la imperecedera calidad literaria de La vorágine han fascinado a sus lectores. Su éxito editorial no es menos impactante, pues el libro fue traducido a innumerables lenguas: inglés, francés, portugués, alemán, holandés, italiano, rumano, ruso, sueco, checo, búlgaro, servo-croata, lituano, chino y japonés. Además, abundan en el mundo hispánico una variedad de ediciones, piratas inclusive, y reimpresiones de la novela de Rivera.1 Considerando que su enfoque se concentra en acontecimientos históricos y geográficos específicos, muchos de ellos olvidados dentro y fuera de América Latina en la actualidad, es sorprendente que esa obra haya logrado atraer la atención de tantos lectores transnacionales. Para una novela que luego los críticos rotularon de “regional”, pero también cuya calidad universal ayudó a volver accesible su lectura, es aún más sorprendente el hecho de que, hasta el día de hoy, continúe maravillándonos con esa paradoja. En su trama existen aventura, romance, etnografía, curiosidades de literatura de viajes, biografía y una poderosa crítica social al trabajo forzado y a los crímenes cometidos en contra de los caucheros de la Amazonía durante el apogeo de la extracción y del comercio del caucho a inicios del siglo XX.
Además de otras grandes realizaciones artísticas de este libro, bastaría la importancia por sí sola de un lenguaje impregnado de cierta crítica social, como instrumento para despertar la consciencia, para considerar La vorágine como una de las más grandes novelas latinoamericanas. Sin embargo, el libro de Rivera ofrece mucho más. En términos generales, las varias lecturas que se han hecho de esta novela no fueron lo suficientemente capaces de reconocer el esfuerzo pleno del autor para tejer artísticamente la historia y la imaginación desde el principio hasta el final de libro, a la vez que protesta en contra de esos crímenes en la Amazonía. En realidad, hoy poquísimas personas recuerdan los horrores ocurridos, en la década de 1910, en las caucherías colombianas, venezolanas, bolivianas, peruanas y brasileñas, un tema central de este libro. De hecho, un número muy reducido de lectores, inclusive críticos, logran apreciar la forma como Rivera usó las fuentes históricas ligadas a esas atrocidades, fuentes que le otorgaron a la novela un realismo único, pues a través de ellas el autor pudo encontrar una solución para llegar a la verdad por medio de la ficción. Afortunadamente, algunas lecturas más actuales de La vorágine representan una transformación en el reconocimiento de la crítica social en el libro. Los más recientes estudios, de Leslie Wylie y Flor María Rodríguez-Arenas, por ejemplo, demuestran que los críticos contemporáneos continúan valorizando su importancia artística y sociohistórica y sometiéndola a nuevas formas de interpretación.2
Iniciaremos nuestros comentarios con un resumen de la recepción inaugural de La vorágine y, después, siguiendo los diversos periodos en que los críticos reaccionaron de diferentes formas, aunque nunca de manera pasiva, llegaremos hasta los juicios críticos de los últimos treinta años. Desde su publicación en 1924, la vasta mayoría de los lectores de Rivera elogió a La vorágine como una de las novelas latinoamericanas mejor realizadas de todos los tiempos, de ahí que se haya transformado en un libro realmente canónico. Al inicio, gran parte de los reseñistas resaltó el enorme impacto del libro entre sus lectores justo después de que la novela fue puesta a la venta. Anteriormente a La vorágine, el libro de poesía de Rivera, Tierra de promisión (1921), también ya había tenido una acogida excepcional en Colombia. Con seguridad, al publicar esa novela, Rivera esperaba repetir su éxito anterior. Sin embargo, el hecho de ser un excelente poeta no le ayudó necesariamente a alcanzar los elogios unánimes por su prosa.
Argumentamos en este capítulo que la desigual recepción que la novela de Rivera ha tenido hasta hoy está relacionada más con sus críticos que con el libro propiamente dicho. La vorágine es una obra compleja, mal interpretada por un número considerable de lectores incautos, entre ellos algunos verdaderamente mordaces, cuyas evaluaciones se vieron influenciadas por sus preconceptos de una escuela literaria particular o agendas ideológicas, que resultaron en apreciaciones incompletas o incluso equivocadas. Tales limitaciones en perjuicio de una comprensión clara de los objetivos literarios del autor, lamentablemente, opacan las extraordinarias cualidades estética e histórica de esta novela.
A mediados de la década de 1920, las reseñas entusiastas de esa obra, hechas por Guillermo Manrique Terán, Antonio Gómez Restrepo, Horacio Quiroga entre otros, y los acalorados debates sobre las ideas políticas del autor catapultaron La vorágine a los ojos del público.3 El crítico y periodista brasileño Saul de Navarro, seudónimo de Álvaro Henrique Moreira de Souza, elogió al novelista colombiano en reseñas de periódicos y en su libro O Espírito Iberoamericano (1928), por haber sido capaz de combinar en su obra “belleza y justicia social”.4 Independientemente de cuál aproximación fue adoptada por los críticos, en la segunda edición de la novela, Rivera trató las reseñas más elogiosas de su libro como documentación de apoyo e instrumento de publicidad. De hecho, en una sección final titulada “Algunos conceptos de La vorágine”, incluyó pasajes de esos juicios críticos no solo en la segunda, sino también en la tercera, en la cuarta y en la quinta ediciones de su obra.5 Su deseo de promover la novela era tan fuerte que acabó publicando en esa sección no solo uno, sino dos comentarios críticos entusiastas de un mismo reseñista, Navarro: el primero, extraído de una carta que este le envió al novelista6, y el otro, publicado originalmente en la revista A Illustração brasileira7, que más tarde se publica también en su Espírito Ibero-Americano8. Esos primeros reseñistas se mostraron tan fervorosos que uno de ellos, Moisés Vicenzi, anunció: “¡No, no es un libro de vana literatura el suyo. Es un pedazo de carne que sangra y tiembla en las manos!”9.
Pese al inmenso éxito de La vorágine, algunos de los primeros críticos, como Luis Eduardo Nieto Caballero, Eduardo Castillo y Ricardo Sánchez Ramírez (este último conocido en el círculo literario de Bogotá como Luis Trigueros), optaron por enfocarse negativamente en los problemas compositivos de la novela, concentrando sus discusiones en cuestiones lingüísticas secundarias e insignificantes, casi al nivel de banalidades.10 Décadas más tarde, ciertos escritores del boom latinoamericano también vieron fallas en el libro, tales como un excesivo énfasis en la naturaleza latinoamericana y el empleo retrógrado de vocabulario regional. Para estos críticos más modernos, La vorágine simplemente no había abrazado la modernidad.
Los años treinta, prácticamente, no vieron ningún estudio relevante sobre esta novela, con excepción de un ensayo de Eduardo Neale-Silva y de algunos comentarios aislados.11 En la década de 1940, sin embargo, dejando de lado la crítica al uso inadecuado de un lenguaje poético en un libro de prosa, a la falta de sensibilidad del autor, al abuso de la lengua española, a la carencia “de método, de orden, de ilación” en sus fabulaciones —esta última es una cuestión que estuvo en el centro de la controversia que Trigueros había creado en los años veinte— los críticos pasaron después a concentrarse en el uso que Rivera hizo de las fuentes basadas en hechos y en el modo cómo se ocupó de los intertextos.12 Esa modificación en la aproximación crítica de esa obra refleja cambios más amplios en el contexto epistemológico, cultural y artístico que estaban ocurriendo en el plano internacional, muchos de los cuales fueron promovidos por la vanguardia europea. El crítico Antonio Curcio Altamar describe esa evolución en Colombia en los siguientes términos:
La exquisitez y el rebuscamiento idealista, así como la preocupación por exóticos salones académicos y por los temas o inspiraciones religiosos, se esfumaron de golpe para dejar aparecer lo orgiástico-demoníaco de las regiones inextricables y sin poetizar de Colombia.
No fue extraño, por tanto, que en la obra de Rivera se viese la primera novela específicamente americana y se registrase con su publicación el advenimiento de una literatura de verdad nuestra.13
Lógicamente, Curcio Altamar se refiere aquí al parnasianismo y al simbolismo, esos dos movimientos aparatosos que, a finales de los años de 1890 y durante la década de 1910, influenciaron a los escritores modernistas en todos los países latinoamericanos de habla española.
Una vez pasado el clamor vanguardista de las primeras dos décadas del siglo, alrededor de 1930 esos movimientos literarios fueron sustituidos por el regionalismo, con un nuevo énfasis en la representación naturalista. Curcio Altamar consideró positiva esa transformación literaria: de la orientación formal del modernismo hacia un naturalismo local que priorizaba la representación nacional. Él también defendió la novela de Rivera por reflejar ese nuevo rumbo. No obstante, en los años posteriores, el libro sería utilizado otra vez en otra transformación de las tendencias literarias. El elogio que la novela recibió en la década de 1930, de la pluma de uno de los más ilustres biógrafos del escritor colombiano, el estudioso chileno Eduardo Neale-Silva, fue, sin embargo, un tanto atenuado alrededor de 1945, por críticos como Otis H. Green, que definió La vorágine como “intrascendente e inferior”14; como William E. Bull, que afirmó, en su reseña, que “Rivera estaba un poco confundido en su tarea de novelista”15, y, por último, como Antonio Torres-Rioseco, que no consideró la obra de Rivera para el triunvirato formado por las grandes novelas regionales de su tiempo o, como fueron llamadas, novelas de la tierra.16 Alrededor de 1950, la mayoría de los críticos latinoamericanos se habían desentendido de La vorágine o ignoraban casi totalmente su relevancia. En un cuadro histórico de las novelas latinoamericanas elaborado en 1953, Luis Alberto Sánchez escribió solo algunas palabras sobre la importancia social de ese libro17 y, rápida y mecánicamente, incluyó la obra en la categoría de las novelas regionales.18 En el curso de esa década, comentarios agudos y positivos sobre la novela, como los de Agustín del Sanz, fueron una excepción a la regla.19
La diversidad de opiniones sobre La vorágine que vimos hasta ahora, indica que, independientemente de esta o de aquella inclinación que tenían los críticos, todos ellos demostraron fuertes sentimientos en relación con esa novela y, en algunos casos, incluso con respecto del novelista. Era la época en que un sentimiento visceral parecía haber dominado los círculos literarios hasta los años cincuenta, ya que a los críticos les gustaba trabar polémicas con los escritores, cuya actitud combativa parece hoy muy distante de nosotros, pero que, en el pasado, era relativamente común. En la posterior década, un número considerable de estudiosos obstinados prepararían la arena de debates para una nueva generación de escritores con fuerte sentido crítico literario. Algunos novelistas de esa época, los llamados escritores del boom latinoamericano, también se unieron al coro crítico, adoptando a veces una dura visión desaprobadora y un tono despreciativo hacia las belles lettres del pasado, en especial hacia la literatura regional, como lo veremos en los siguientes párrafos.
UNA CRÍTICA PROBLEMÁTICA
Durante el boom latinoamericano de las décadas de 1960 y 1970, algunos críticos censuraron duramente a Rivera y a otros narradores de ficción regionales por producir lo que, desde su punto de vista, era una literatura de tipo utilitario; una literatura que defendía un cierto nacionalismo o ideología política. En esos años se dio inicio a una guerra de ideologías, en la que la victoria le correspondía, en gran medida, al escritor o crítico que suplantara el pensamiento dominante del otro y asegurara el predominio de un nuevo conjunto de ideas. En 1968, por ejemplo, Luis Harss agregó La vorágine a su lista de novelas que eran “inocentemente autoritarias, declamatorias y hasta demagógicas. Era una literatura hecha más de vehemencia intelectual que de jugos gástricos, épica en su concepto, utilitaria en sus propósitos”.20 Muchos críticos de la generación del boom, hechizados por las seducciones de la modernidad, se rehusaron a reconocer a Rivera y a sus contemporáneos Rómulo Gallegos, Ciro Alegría y Jorge Icaza como novelistas notables, quienes en conjunto o separados abrazaban las estéticas románticas, modernistas, regionales o naturalistas. Criticaron al escritor colombiano principalmente por ser demasiado telúrico y passé. Otros nombres sobresalientes del boom, como el de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, compartieron ese acercamiento de la obra de Rivera.21 Desde su perspectiva, un buen escritor debería seguir las tendencias literarias con el fin de evitar reproducir, simplemente, un ejercicio de escritura fútil y anticuado. El problema, como lo anotó un lúcido crítico, es que los escritores del boom presionaban a favor de “una escritura particularista con el fin de renunciar a la diferencia cultural en pro de un sentido universal”.22 Pero eso solo constituye una de las causas de su rechazo, pues sabían perfectamente que, si un escritor desea ser universal, como lo dijo un día León Tolstói, debe comenzar por pintar su propia aldea. De hecho, y aquí está la contradicción, eso era exactamente lo que estaban haciendo muchos de los escritores del boom.
Para adoptar solo un ejemplo, se puede observar que la lectura tendenciosa de la novela de Rivera hecha por Vargas Llosa, un maestro del experimentalismo, no le permitió evaluar con suficiente clarividencia las realizaciones estéticas de la obra. El novelista peruano argumentó que, del mismo modo que la novela de Rivera, las novelas regionales son “literariamente pobres, por la tosquedad rudimentaria y la estrechez provinciana de su visión”.23 Desde su mirada, este tipo de novelas “se ha vuelto censo, dato geográfico, descripción de usos y costumbres, atestado etnológico, feria regional, muestrario folklórico”.24 Otros escritores del boom aplaudieron esa perspectiva porque novelas similares a La vorágine no se ajustaban al modelo ideal y, debemos decirlo, lo limitaban por la poética que adoptaban. Según ese modelo, los novelistas deberían emplear técnicas narrativas sofisticadas, que habían aprendido mediante su experimentalismo con soluciones formales de vanguardia. El montaje, la superposición cubista de puntos de vista diferentes, la relativización temporal y espacial son solo algunos “requisitos” de ese nuevo arte de escribir.
Al hacer una evaluación opuesta y más productiva de las novelas regionales, o novelas de la tierra, D. L. Shaw afirma que “su exitosa incorporación a la ficción del admirable background natural, la pampa, la selva y el llano del subcontinente, representó una importante ruptura con la imitación de los modelos europeos y un gran paso hacia adelante rumbo a la autenticidad en la literatura latinoamericana”.25 La hipótesis de Shaw acerca de la ruptura con los modelos europeos está bien planteada, pero su defensa de la autenticidad es un tanto problemática. Aunque la mayoría de los autores latinoamericanos no haya logrado huir totalmente de la influencia de la literatura europea, muchos durante ese periodo buscaron alternativas para no adherirse a los modelos anteriores dictados principalmente por Francia e Inglaterra. Uno de esos autores era Rivera, quien intentó escribir un texto propiamente latinoamericano, más específicamente una novela, y no un libro de historia que fuera reconocido únicamente como un documento de crítica social por parte de la historiografía:
¿Cómo no darte cuenta del fin patriótico y humanitario que [La vorágine] tonifica, y no hacer coro a mi grito en favor de tantas gentes esclavizadas en su propia patria?
¿Cómo no mover la acción oficial para romperles las cadenas? Dios sabe que, al componer mi libro, no obedecí a ningún otro móvil que al de buscar la redención de esos infelices que tienen la selva por cárcel.26
Aquí, en una impugnación al excónsul colombiano Luis Trigueros, Rivera lo amonesta por mantenerse en silencio ante la crítica social de la novela. Si, por un lado, la referencia de Rivera a la Amazonía está implícita en la cita de arriba, por otro, la misión de Rivera en la novela se vuelve explícitamente clara, por su tono apasionado y vigoroso: el de denunciar crímenes en contra de la humanidad, cometidos en un área geográfica específica (es decir, la Amazonía). Esa especificidad sería suficiente para justificar sin dudarlo, natural y positivamente, el rótulo de “novela regional” que los futuros críticos le aplicarían a La vorágine.
Alfredo Bosi opina que “estar a favor o en contra de lo regional, a favor o en contra de lo universal, no tiene sentido como juicio literario: es, en el fondo, una proyección indiscreta de ideologías grupales”27. De manera general, ese desdén a la ficción regional manifestado por algunos críticos era una de las razones por las cuales no se sentían atraídos por la novela de Rivera.28 Es posible que esa crítica negativa haya sido también la responsable del hecho de que la mayoría de los estudios posboom hayan separado la novela de su contexto histórico y político29. Para algunos novelistas del boom, como Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa, La vorágine estaba demasiado preocupada por la naturaleza latinoamericana, descrita en un lenguaje “arcaico” que exigía un glosario regional, y repetía clichés encontrados en la época en novelas similares del regionalismo.
En 1969, Carlos Fuentes juzgó a La vorágine y a las novelas hispanoamericanas semejantes del periodo, por estar más próximas a la geografía que a la literatura e incluso las describió de forma despreciativa de la siguiente manera: “la novela de Hispanoamérica había sido descrita por hombres que parecían asumir la tradición de los grandes exploradores del siglo XVI”.30 Esa evaluación era común en los años de 1960, una época en que muchos críticos despreciaban las novelas regionales y elogiaban a aquellas escritas por los autores del boom. Jean Franco, no ignorando la relevancia social de ese libro, escribió que “si La vorágine tiene un mensaje, es el de que en América Latina la naturaleza es más poderosa que la civilización”.31 Del mismo modo, Fuentes declara:
“Se los tragó la selva”32, dice la frase final de La vorágine, de José Eustasio Rivera. La exclamación es algo más que la lápida de Arturo Cova y de sus compañeros; podría ser el comentario a un largo siglo de novelas latinoamericanas: se los tragó la montaña, se los tragó la pampa, se los tragó la mina, se los tragó el río.33
Ahora bien, si esos críticos no eran totalmente ignorantes del contenido social de la novela de Rivera, al menos deberían haberse hecho un mayor esfuerzo por entenderla. Como lo escribió Franco, “el novelista trató de justificar La vorágine ante la crítica, con el argumento de que la novela era un documento social”.34 La evaluación de Franco deja escapar los aspectos novelísticos del libro, y la manera cómo Rivera combinó la narrativa imaginaria con el mensaje sociopolítico.
Como contraparte, el escritor cubano Alejo Carpentier, miembro igualmente de la generación del boom, pero que defendía la novela regional como un género literario válido como cualquiera, elogió La vorágine por utilizar sus convenciones de lenguaje, convenciones que otros habían rechazado:
[C]uando apareció La vorágine, de José Eustasio Rivera, ocurrió algo notable. Al final del tomo aparecía un vocabulario de doscientas veinte [sic] voces americanas usadas en el relato. Confieso que cuando leí esta novela por primera vez, en 1928, no quise empezar por revisar el vocabulario, quise entrar de lleno en el relato. Y recuerdo que me fue ininteligible, por desconocer las palabras usadas por José Eustasio Rivera. Tuve que acudir al glosario, como se recurre a un diccionario. Aquel idioma usado por José Eustasio Rivera era algo singular, por no decir bárbaro. Auténtico, sí, y exacto. Pero localista. Usar tal lenguaje constituía una evidente limitación. Por lo menos ese era el criterio que compartían muchos escritores al ponerse en contacto con la obra maestra del gran colombiano. […]
Claro que se nos planteaba un problema. Yo personalmente opté por la solución de José Eustasio Rivera y cuando publico mi primera novela, escrita en la cárcel en 1927 y publicada en Madrid en 1932, ¡Ecué-Yamba-O!, novela de negros cubanos que se desarrolla principalmente en el campo de Cuba, en los alrededores de un ingenio de azúcar, puse al final del libro un glosario que incluye un gran número de voces usadas en Cuba y que yo sabía que no se conocían en el Continente […]. Recientemente, volví a leer La vorágine y me encontré con que cuarenta y dos palabras, de las doscientas veinte [sic] de que consta su vocabulario famoso, forman ya parte del idioma hablado por el hombre de América Latina, habiendo dejado de ser neologismos, localismos incorrectos, para enriquecer ya sin fronteras el idioma español.
De esa forma, a partir de la década de 1930-1940, fuimos perdiendo el miedo a los americanismos.35
De modo general, los escritores del boom entendieron mal no solo el deseo de Rivera de adoptar una sólida postura sociopolítica con su novela, sino también las sofisticadas soluciones formales que encontró para sustentarla. Al privilegiar obras que se destacan por su experimentalismo, por su imaginería surrealista, y por su representación paródica, todas estas características deudoras de la tradición cultural y artística europea, algunos escritores de la generación del boom no valoraron la exposición que Rivera hizo de las atrocidades perpetradas en el centro de la industria amazónica de caucho. Irónicamente, muchos de esos autores llegaron a escribir novelas sobre la dictadura en el continente que, como la obra de Rivera, se ocuparon de temas sociales y políticos modernos.36 Así, causa sorpresa que no reconozcan a Rivera como un precursor de sus propios esfuerzos políticos. Presagiando a muchas de las novelas del Boom, La vorágine examina convincentemente la relación entre derechos humanos, preservación ambiental, culturas indígenas, prácticas inhumanas de trabajo, injusticia social y corrupción política.37
La fina percepción de Carpentier fue la que destacó la representación regional de Rivera al resaltar su lenguaje, lo que ayudó a contrarrestar la incómoda crítica de algunos de sus colegas escritores del boom. La visión clara y la erudición genuina del novelista cubano ayudaron también a redefinir lo que algunos consideraron de mal gusto o soluciones mecánicas, y orientó el debate hacia direcciones que incluso hoy parecen sorprendentes. Las observaciones de Carpentier, además, constituyen una excelente respuesta a aquellos que criticaron, por ejemplo, como defectuosa o contradictoria la caracterización que Rivera hace de Arturo Cova, el héroe de La vorágine. Haciendo uso del concepto de maniqueísmo, del que se habían apropiado libremente los críticos que vieron soluciones artísticas fáciles y del tipo déjà vu en La vorágine, el novelista cubano logró elaborar un sólido argumento a favor de aquello que los críticos habían juzgado de ser polarizaciones maniqueístas o mecánicas, encontradas normalmente en representaciones de la novelística latinoamericana.
Nuestros críticos usan a menudo el término de maniqueísmo de modo enteramente erróneo, puesto que el maniqueísmo, en función de la doctrina misma de Manés o Mani, puede enfocarse de dos maneras: 1) De modo general, el mundo es el teatro de una perpetua lucha entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas, Ormuz y Ahriman […]. 2) Hay un maniqueísmo, de lucha individual, entre el bien y el mal situado dentro del hombre —lo que hace que el “personaje maniqueo” no sea el personaje tallado de una sola pieza […], sino el personaje complejo, alternativamente dominado por pasiones contradictorias […]. Sin embargo, aceptemos, por simplificar el concepto primero de maniqueísmo en su acepción más generalizada. Nos cuesta trabajo observar que la historia toda no es sino una crónica de una inacabable lucha entre buenos y malos. Lo que equivale a decir: entre opresores y oprimidos.38
En 1979, Carpentier comparó La vorágine con otras dos novelas de la tierra: Don Segundo Sombra y Doña Bárbara. En su concepción, esos tres libros eran narrativas de ficción que “trastruecan [sic] completamente el panorama que teníamos de la novela hispanoamericana […] entramos en el ámbito nuestro, propio, el verdadero, con esas tres grandes novelas”.39 En contraste directo con Fuentes, Carpentier elogió el hecho de que “Rivera rotundamente hace devorar a sus personajes por la selva americana, por la naturaleza. La naturaleza sigue siendo más fuerte que el hombre”.40. Carpentier también escribió: “Hay, sin embargo, un factor nuevo que interviene en esa novela, y es el factor de la denuncia. La denuncia ocupa un muy poco lugar en La vorágine […], pero, al contrario de otras novelas como El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, y Huasipungo (1934), de Jorge Icaza, no se ataca la cabeza, al sistema, no se ataca al régimen”.41
Es cierto que Rivera no atacó directamente al sistema responsable por las atrocidades del Putumayo, de la manera como Carpentier lo deseaba. Sin embargo, el escritor cubano agudamente identificó en La vorágine la representación de Tomás Funes Guevara como su principal crítica social y política. Esta tesis es importante, porque, y eso Carpentier debió haberlo olvidado o dejado pasar, Funes “es un sistema”, como afirma la novela.42
En su libro, cuando se enfrentaba con cuestiones sociales, Rivera tenía el cuidado de evitar la representación demagógica, fuertemente colorida o propagandística. Para él, atacar directamente a la cabeza, al sistema o al régimen, sería también arriesgarse a que el mensaje social de la novela se transformara en una denuncia idéntica a la encontrada en los documentos históricos en los cuales tanto se apoyó al escribir La vorágine. Desde su perspectiva, esa transformación resultaría en una pérdida artística que los novelistas deben intentar evitar a toda costa. Jennifer L. French, una de sus detractoras más encarnizadas, se sintió compelida a reconocer la “reticencia” de Rivera a mencionar directamente en su novela y a señalar a la Peruvian Amazon Company: “Rivera […] optó por contar una versión de la historia en lugar de otra, extrayendo su información histórica de las fuentes cercanas a Roger Casement y eligiendo suprimir totalmente la presencia británica en el Putumayo”.43
La presencia británica en los negocios del Putumayo estuvo en el centro de las investigaciones y denuncias de Casement, pero, finalmente, la PAC fue la escogida por Rivera como objetivo, pese a que los inversionistas británicos también fueran responsables por la expansión de esa compañía. Siguiendo esta lógica, los lectores de La vorágine, evidentemente, no están obligados a conocer los orígenes de la inversión en la compañía o los nombres de sus inversionistas británicos. Basta decir que, en otra novela o novela semejante, Joseph Conrad no menciona una única vez a Bélgica, al Congo o a Leopoldo II. No obstante, nosotros como lectores de Heart of Darkness [El corazón de las tinieblas] quedamos espantados con las fuertes denuncias de las atrocidades cometidas en África. En su crítica, French no considera el hecho de que las novelas tienen una responsabilidad en términos de las pruebas diferentes que tiene la historia con su método de encontrar la verdad. La afirmación de French es común entre aquellos que leen La vorágine no como ficción, sino como un documento histórico. Del mismo modo que la equivocada interpretación de la novela que French ofrece, Roberto Simón Crespi asevera que “en vez de eso, Rivera detalló la información sobre la participación de Gran Bretaña en la industria explotadora del caucho, y aún así se rehúsa a introducirla en su novela”.44 Lo que esos críticos ignoraron en sus análisis de La vorágine, como una novela que ficcionaliza textos históricos, es lo que Henry James denominó “la intensidad de la ilusión”. Wayne C. Booth, citando a James, argumentó que es exactamente esa ilusión “en la mayoría de los casos la ilusión de experimentar la vida como si fuera vista por una mente aguda sujeta a limitaciones humanas realistas”,45 que hace toda la diferencia en discernir la ficción de la historia.
Rivera tenía consciencia de que las exigencias de cualquier buena novela realista como género imponen soluciones sutiles y sugerentes. Ellas también prescriben que, aunque manteniéndose cerca del registro histórico, el autor debe igualmente guardar cierta distancia entre la novela y sus fuentes. Esta es una tensión productiva que tiene profundas implicaciones, de un modo general, en la realización artística de textos ficcionales, textos que usualmente acogen muy bien lo real y lo ficticio representados simultánea o aisladamente por un lenguaje connotativo.
Aunque Rivera no haya atacado directamente el régimen de esclavitud vigente en el Putumayo, como lo querían sus críticos, ciertamente suscitó una fuerte reacción de la Peruvian Amazon Company. Alfredo Villamil Fajardo, cónsul colombiano en Iquitos, revela este hecho en una declaración de 1924:
Otros de los medios que han utilizado los señores del Putumayo para granjearme enemistades en Iquitos es la versión ridícula de que he suministrado al señor José Eustasio Rivera —con quien no tengo relaciones— ciertas informaciones para que en su novela La vorágine reviviera infames escenas que tienen por teatro el Putumayo e hiciera figurar en ella a Julio Arana y a su socio colombiano Juan Vega, a quien, por intriga del primero y una muy lamentable ligereza del Ministerio, se le acreditó en esta ciudad como cónsul de Colombia por los años de 1904-1905. De esa ciudad me fue enviado por correo un ejemplar de la obra del señor Rivera, que no llegó a mis manos pero que sí está sirviendo de arma a mis enemigos, pues las familias Arana y Vega, emparentadas con las más sobresalientes de Iquitos se sirven de él para confirmar la ridícula conseja de espionaje y de mala voluntad para ciertos elementos de que se me acusa.46
Furiosas con las acusaciones de los crímenes cometidos por la PAC en el Putumayo y con las referencias a los nombres de Arana y sus compañeros encontradas en la novela, las familias Arana y Vega iniciaron, en 1924, una campaña difamatoria en contra del cónsul colombiano en Iquitos, Villamil Fajardo. En su novela, Rivera también agrede al predecesor de Fajardo, el excónsul Juan Bautista Vega, que también fue socio de J. C. Arana en los negocios, cuando estuvo al frente del consulado de Colombia en Iquitos (1904-1905). No había duda, en la mente de Rivera, de que Vega era un traidor de su país y de que La vorágine pretendía ser más que un libro inconveniente. En realidad, se volvió un serio problema para la familia Arana y sus compinches.
Con tanta frivolidad crítica concentrada en sus “defectos”, quedó evidente que La vorágine era un libro incómodo en la historia de la novela latinoamericana, por lo menos para la generación del boom. Quedó claro, incluso, desde su publicación, que, a pesar de que la novela hubiera suscitado mucho debate, ciertos críticos del boom no se habían familiarizado de ningún modo con la historia de esa diatriba o difícilmente entendieron la reacción de Rivera a sus primeros críticos.
Aunque la mayoría de los escritores del boom mantuvieran sus dudas sobre los aspectos regionales de La vorágine, Rivera vio un potencial de esta forma:
… crear, o mejor, descubrir una veta autóctona dentro de la literatura nacional es tarea muy ingente, escollo que no se atrevieron a sortear hombres de gran altura mental entre nosotros. Literariamente hablando, lo nacional es grande cuando posee un valor universal, porque afecta la sensibilidad, también, de los hombres de otras latitudes…47
Lo que percibió Rivera en la novela, y sus críticos no, fue la posibilidad de combinar, incluso en términos formales en el nivel lingüístico, lo regional y lo universal. Esa solución más favorable, encontrada igualmente en João Guimarães Rosa, otro escritor identificado comúnmente con representaciones regionales, atrajo la atención de más de un lector informado. Álvaro Lins señala con respecto al autor de Grande Sertão: Veredas (1956) un feliz matrimonio entre “el mundo regional y el espíritu universal”.48 Antonio Cândido también observó que, en Sagarana (1946), el primer libro ficcional de Guimarães Rosa, frecuentemente considerado como literatura regional, “nació universal por el alcance y por la cohesión de factura”.49
NUEVAS LECTURAS
Como lo hemos demostrado hasta aquí, en su gran mayoría, los autores de la generación del boom latinoamericano eran enteramente escépticos respecto a la novela de Rivera. Sin embargo, en la década de 1970, los críticos posboom hicieron una nueva evaluación, esta vez positiva, de La vorágine. En 1972, Cedomil Goic, por ejemplo, resaltó sus aspectos formales, elogiando su estructura narrativa singular, el argumento y la hábil combinación de verdad y misterio.50
Los debates más vigorosos, consistentes y continuos sobre la novela de Rivera fueron escritos en las décadas de 1980 y 1990. Doris Sommer, Sylvia Molloy, Montserrat Ordóñez Vila, Carlos Alonso, R. H. Moreno Durán, Juan Loveluck, Elzbieta Sklodowska y otros críticos dominaron ese periodo de la recepción crítica de La vorágine y la interpretaron de muchas maneras diferentes: crítica social, novela sentimental, autobiografía, texto romántico-modernista y combinaciones de todas las tesis. Sklodowska, llamando la atención sobre el hecho de que la obra de Rivera se hubiera resistido al rótulo de “novela primitiva” que le fue aplicado por algunos críticos, observó que el libro del escritor colombiano “anticipa los problemas éticos […] del testimonio hispanoamericano, una forma narrativa” del futuro.51 Según Sklodowska, la crítica a la esclavitud y a las masacres en la Amazonía sitúa la novela en la tradición de la novela de testimonio. Más recientemente, Flor María Rodríguez-Arenas endosó la evaluación que Carpentier hizo de la novela como melodrama e incentivó sus implicaciones.
En este capítulo, intentamos ofrecer una síntesis de la crítica de La vorágine, demostrando como esta novela disfrutó de un grupo de lectores amplio y variado desde su publicación. Intentamos también evidenciar como los lectores de ese libro eran todo menos pasivos, algunos reaccionando en forma de una diatriba, otros con elogio o desaprobación entusiastas. Esperamos haber señalado, aún así, cómo, de cualquier modo, las discusiones en torno de La vorágine también ayudaron a fomentar un debate más general sobre la función social de la novela como género. Al presentar este panorama crítico de la ficción de Rivera, quedó claro que las diferentes opiniones expresadas, algunas incluso contradictorias, indican la plétora de intereses por los aspectos formales e ideológicos del libro. El acalorado debate también es un testimonio del vigor inusual con que esa obra logró inspirar y provocar la reacción de sus lectores. La incansable búsqueda de la verdad y de la belleza emprendida por Rivera en su ficción no deja duda sobre su seriedad de escritor comprometido socialmente y de su talento de artista. En el segundo capítulo mostraremos cómo La vorágine nunca agotó sus múltiples posibilidades de lectura. La conexión entre esta novela y el Brasil no debería sorprendernos, porque es posible verla en su trama por medio de una serie de personajes brasileños y por el empleo de palabras portuguesas. Sin embargo, también existe una relación más profunda, aunque menos visible, con la literatura brasileña en un nivel intertextual que aún estaba por ser investigada. Como se verá adelante, el diálogo intertextual con algunos escritores brasileños contemporáneos abrió otro camino para la aproximación a La vorágine a partir de perspectivas que la crítica todavía no había considerado.
NOTAS
1 El crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal observa que “después de la edición de Madrid en 1930, la novela se reimprimió constantemente en todo el mundo hispánico”. Emir Rodríguez Monegal, The Borzoi Anthology of Latin American Literature (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1977), 410.
2 Véase Lesley Wylie, Colonial Tropes and Postcolonial Tricks: Rewritting the Tropics in the “Novela de la Selva” (Liverpool: Liverpool University Press, 2009); Lesley Wylie, Colombia’s Forgotten Frontier: A Literary Geography of the Putumayo (Liverpool: Liverpool University Press, 2013); Flor María Rodríguez-Arenas, “Introducción”, en José Eustasio Rivera, La vorágine (Doral: Stockcero, 2013).
3 Véase en Monserrat Ordóñez Vila (comp.), “La vorágine”: textos críticos (Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987), 37-39, 45-47, 77-81, y en Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), 379-380.
4 Véase Saul de Navarro, O Espírito Ibero-americano (Río de Janeiro: Librería Española, 1928), 153.
5 La segunda edición (1926), de Bogotá, contiene trece reseñas de Manuel Ugarte, Pedro César Dominici, Moisés T. Vicenzi, Saul de Navarro (una firmada por él en forma de carta para Rivera y otra sin firma del autor, pero con indicación de la fuente, extraída de una reseña más extensa, firmada y publicada en A Illustração Brasileira, Río de Janeiro, año VI, n.° 57, mayo de 1925), Alejandro Andrade Coello, Antonio Gómez Restrepo, Maximiliano Grillo, Luis María Mora, Carlos E. Restrepo y los tres críticos anónimos de La Nación (Buenos Aires), de la Revista de Semana (Río de Janeiro, 25 de abril de 1925, 31) y de A Vanguarda (Río de Janeiro). La tercera y la cuarta ediciones (sin fechas), de Bogotá, contienen las trece reseñas de los mismos críticos usadas en la segunda edición y cinco más de Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Rogelio Sotela, Concha Espina y Carlos Wyld Ospina. La quinta edición (1928), de Nueva York, publica veinte reseñas que incluyen once de la tercera o cuarta edición, más nueve de Mariano Latorre, Domingo Melfi, E. K. James, Luis E. Nieto Caballero, Alfredo Gómez Jaime, Manuel Antonio Bonilla, Francisco Bruno, Luis C. Sepúlveda y Ernesto Montenegro.
No obstante, aparece en esta misma edición algo intrigante en la manera como Rivera decidió aumentar su lista anterior de dieciocho selectos críticos, usados en las tercera y cuarta ediciones, y sustraer a siete de ellos, con lo que resulta un total de veinte comentarios. Se eliminaron las reseñas de Manuel Ugarte, Pedro César Dominici, Moisés T. Vincenzi, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Rogelio Sotela y de Concha Espina.
Es probable que Rivera tuviera buenos motivos para excluir siete nombres (el argentino Manuel Ugarte, el venezolano Pedro César Dominici, los costarricenses Moisés Vicenzi y Rogelio Sotela, los mexicanos Alfonso Reyes y Ernesto Montenegro y el español Concha Espina), sin embargo, mientras no dispongamos de un documento que esclarezca esa exclusión, habrá muchas preguntas sin respuestas. Nuestro novelista era un hombre de profundas convicciones. Neale-Silva advierte que Rivera recibió más de veinte reseñas y que, obviamente, tenía que escoger algunas de ellas para incluirlas en la sección de la novela denominada “Algunos conceptos de La vorágine”. En 1928, cinco días después de la muerte del novelista, el periódico colombiano El Espectador, en la edición ilustrada de su suplemento literario, usó el mismo título de la sección de reseñas de la novela, con la diferencia de que la lista de reseñas es más larga. En ella, el español Vicente Blasco Ibáñez y el venezolano José Gil Fortoul publicaron por lo menos dos textos críticos más como paratextos de la edición (véase Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera, mayo 1939, 389-390). Finalmente, la sexta (1928) y las próximas tres ediciones de Nueva York (1929) serán una reproducción de la quinta. A partir de la séptima, publicada en Bogotá por la Librería Colombiana de Camacho Roldán & Cía., 1931, ya no se imprime la sección “Algunos conceptos de La vorágine” (Hernán Lozano, La vorágine: ensayo bibliográfico [Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1973], 109).
6 En José Eustasio Rivera, La vorágine (Nueva York: Editorial Andes, 1928), 351.
7 José Eustasio Rivera, La vorágine (Nueva York: Editorial Andes, 1928), 356-357.
8 Véase Saul de Navarro, O espírito ibero-americano (Río de Janeiro: Librería Española, 1928), 151-163.
9 Véase Moisés Vicenzi, “Algunos conceptos de La vorágine”, en José Eustasio Rivera, La vorágine. 2.a ed. (Bogotá: Cromos, 1925), 312.
10 Véase Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), 210, 362 y 374; Monserrat Ordóñez Vila (comp.), “La vorágine”: textos críticos (Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987), 29-35, 41-43, 49-61, y Loveluck, “Prólogo”, en J. E. Rivera, La vorágine, (Caracas, Editorial Biblioteca Ayacucho, 1979), XVIII.
11 Véanse las críticas de F. V. Kelin, de Juan Marinello, de Rafael Maya y de Eduardo Neale-Silva (“The Factual Bases of La vorágine”, PMLA, 54, I, May 1939, 316-331).
12 Véase la polémica entre Rivera y Luis Trigueros en Vicente Pérez Silva, José Eustasio Rivera, polemista (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1989), 308-333.
13 Véase Antonio Curcio Altamar, “La novela terrígena”, en Montserrat Ordóñez Vila (comp.), “La vorágine”: textos críticos (Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987), 122. Igualmente véase Roberto Pineda Camacho, “Novelistas y etnógrafos en el infierno de la Casa Arana”, en Boletín de historia y antigüedades, XCI, 826 (septiembre de 2004), 489.
14 Otis H. Green, reseña del libro Contemporary Spanish-American Fiction de Jefferson Rea Spell, Hispanic Review, 13 (2), 1945, 178.
15 William. E. Bull, “Nature and Anthropomorphism en La vorágine”, The Romanic Review, 39 (4), 1948, 315.
16 Arturo Torres-Rioseco, “Três grandes novelistas”, Expressão literária do Novo Mundo (Río de Janeiro: Ceb, 1945), 306. Este triunvirato estaba formado por las novelas Los de abajo (1915), del mexicano Mariano Azuela; Don Segundo Sombra (1926), del argentino Ricardo Güiraldes, y Doña Bárbara (1929), del venezolano Rómulo Gallegos. Una excelente discusión sobre la novela de la tierra se encuentra en Alonso, The Spanish American Regional Novel…, 38-78.
17 Luis Alberto Sánchez, Proceso y contenido de la novela hispano-americana (Madrid: Editorial Gredos, 1953), 531-532.
18 Luis Alberto Sánchez, Proceso y contenido de la novela hispano-americana (Madrid: Editorial Gredos, 1953), 313-317.
19 Véase el estudio de Agustín del Sanz, “La novela de las selvas caucheras: La vorágine de Rivera”, en Agustín del Sanz y José María Castro y Calvo, La novela hispanoamericana (Barcelona: Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, 1954), 5-24.
20 Véase Monserrat Ordóñez Vila (comp.), “La vorágine”: textos críticos (Bogotá: Alianza Editorial Colombiana), 225, nota 2.
21 Encontramos, por ejemplo, en Carlos Alonso (The Spanish American Regional Novel; Modernity and Autochtony [Cambridge: Cambridge University Press, 1990], 11) una crítica de Carlos Fuentes.
22 Doris Sommer, Proceed with Caution When Engaged by Minority Writing in the Americas (Cambridge-London: Harvard University Press, 1999), IX.
23 Mario Vargas Llosa, Diccionario del amante de América Latina (Madrid: Ediciones Paidós, 2006), 16. Véase también del mismo autor, Entre Sartre y Camus (Río Pedras, Puerto Rico: Ediciones Huracán, 1981), 116. Al principio, Emir Rodríguez Monegal (“The New Latin American Novel”, Books Around, n.° 44, 1970, 45-50) criticó duramente las novelas de la tierra. Siete años después, sin embargo, cambió de idea (The Borzoi Anthology of Latin American Literature, [Nueva York: Alfred A. Knopf, 1977], 409-411).
24 Adrián Curiel Rivera, Novela española y boom hispanoamericano: hacia la construcción de una deontología crítica (Mérida: Universidad Nacional Autónoma de México, 2006), 300.
25 Véase Shaw citado en Roberto González Echevarría, The Voice of the Masters: Writing and Authority in Modern Latin American Literature (Austin: University of Texas Press, 1985), 45. Algunos críticos como González Echevarría reconocen muchas veces que la novela de la tierra “es el terreno, el fundamento, sobre el cual se levanta la novela latinoamericana de los días actuales”. Sin embargo, ellos mismos tienden a considerar el género como limitado, “en gran medida debido a una clara distorsión ideológica. Las ciudades, por ejemplo, que figuraban en ciertas obras, como las de Roberto Arlt en la Argentina o las de Miguel de Carrión en Cuba, difícilmente aparecen en la novela de la tierra” (Roberto González Echevarría, The Voice of the Masters: Writing and Authority in Modern Latin American Literature [Austin: University of Texas Press, 1985]).
26 Vicente Pérez Silva, José Eustasio Rivera, polemista (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1989), 325-326.
27 Alfredo Bosi, O conto brasileiro contemporâneo, 3.ª ed. (São Paulo: Cultrix, 2001), 9.
28 Véase Jacques Gilard, en Monserrat Ordóñez Vila (comp.), “La vorágine”: textos críticos (Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987), 453-454; Juan Loveluck citado en Monserrat Ordóñez Vila (comp.), “La vorágine”: textos críticos (Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987), 431-436, y Juan Loveluck, “Prólogo”, en José Eustasio Rivera, La vorágine (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979), IX-XLIII.
29 Existen algunas excepciones de análisis posboom que contextualizan por entero la novela. Véase el excelente capítulo de Doris Sommer, “Love of Country…”, en Foundational Fictions: The National Romances of Latin America (Berkeley, Los Ángeles y Londres: University of California Press), 257-289.
30 Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana (México, D. F.: Cuadernos de Joaquín Mortiz, 1979), 9.
31 Jean Franco, An Introduction to Latin American Literature (Cambridge: Cambridge University Press, 1994), 210.
32 La frase de Rivera en el original es “¡Los devoró la selva!”.
33 Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana (México, D. F.: Cuadernos de Joaquín Mortiz, 1979), 9.
34 Jean Franco, “Imagen y experiencia en La vorágine”, en Monserrat Ordóñez Vila (comp.), “La vorágine”: textos críticos (Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987), 146.
35 Alejo Carpentier, “Escribí mi obra literaria en español porque la considero una de las lenguas más ricas del mundo”, en Entrevistas (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1985), 417-418.
36 Algunos ejemplos de ese tipo de novela, hijas de El señor presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias, son Yo el supremo (1974), de Augusto Roa Bastos; El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier; El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez, y La fiesta del chivo (2001), de Mario Vargas Llosa. Para un discurso sobre el equilibrio entre lenguaje y estructura temática, o “intención documental”, véase Pedro Maligo, Land of Metaphorical Desires: The Representation of Amazonia in Brazilian Literature (Nueva York: Peter Lang, 1998), 54.
37 Las ideas de Alonso (The Spanish American Regional Novel; Modernity and Autochtony [Cambridge: Cambridge University Press, 1990], 38-44) sobre la crítica distorsionada, tendenciosa, de los escritores del boom son totalmente pertinentes.
38 Alejo Carpentier, La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros ensayos (Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1981), 25-31. Estamos en deuda con Rodríguez-Arenas por recordarnos la reflexión de Carpentier sobre las novelas latinoamericanas: “Estas ideas de Carpentier sobre lo que deberían ser y hacer los novelistas latinoamericanos entrando en el siglo XXI se aplican completa y directamente tanto a lo que ya había hecho y a lo que fue José Eustasio Rivera como intelectual y como escritor a mediados de la década de 1920” (Flor María Rodríguez-Arenas, “Introducción”, en José Eustasio Rivera, La vorágine ([Doral: Stockcero, 2013], CLIV).
39 Alejo Carpentier, La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros ensayos (Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1981), 24.
40 Alejo Carpentier, La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros ensayos (Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1981), 26.
41 Alejo Carpentier, La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros ensayos (Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1981), 28.
42 José Eustasio Rivera, La vorágine (Madrid: Cátedra, 2006), 348.
43 Jennifer L. French, Nature, Neo-Colonialism, and the Spanish American Regional Writers (Hanover: Dartmouth College Press, 2005), 118.
44 Citado por Jennifer L. French, Nature, Neo-Colonialism, and the Spanish American Regional Writers (Hanover: Dartmouth College Press, 2005), 122 (las itálicas son mías). French también incurre en un error factual: “Rivera supervisó de cerca la novena edición de La vorágine hasta el momento de su muerte en la ciudad de Nueva York en 1928” (Jennifer L. French, Nature, Neo-Colonialism, and the Spanish American Regional Writers [Hanover: Dartmouth College Press, 2005], 116). El juicio tendencioso y negativo es bastante visible y sorprendente en otra lectura equivocada, esta vez la de un editor de una “edición crítica” de la novela de Rivera, Trinidad Barrera López, quien afirma: “La vorágine es una novela imperfecta en muchos sentidos” (Trinidad Barrera López, “Introducción”, en José Eustasio Rivera, La vorágine [Sevilla: Portada Editorial, 1994], 44).
45 Wayne Booth, The Rhetoric of Fiction (Chicago: The University of Chicago Press, 1961), 42.
46 Carlos Gilberto Zárate Botía, Archivos fronteras, Manaos, vol. I, parte I (Leticia: Universidad Nacional de Colombia, 2006), doc. 540.
47 Ricardo Charria Tobar, José Eustasio Rivera en la intimidad (Bogotá: Ediciones Tercer Mundo, 1963), 170.
48 Álvaro Lins, “Uma grande estréia”, en Eduardo Coutinho (org.), Guimarães Rosa (Río de Janeiro: Civilização Brasileira/INL, 1983), 238.
49 Antonio Candido, “Sagarana”, en Eduardo Coutinho (org.), Guimarães Rosa (Río de Janeiro: Civilização Brasileira/INL, 1983), 245.
50 Cedomil Goic, Historia de la novela hispanoamericana (Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1980), 181.
51 Elzbieta Sklodowska, Todo ojos. Todo oídos: control e insubordinación en la novela hispanoamericana (1895-1935) (Amsterdam-Atlanta: GA, Rodopi, 1997), 8.
JOSÉ EUSTASIO RIVERA Y EL BRASIL
O homem, ali, ainda é um intruso impertinente. Chegou, sem ser esperado nem querido —quando a natureza ainda estava arrumando o seu mais vasto e luxuoso salão.
Euclides da Cunha
Nuestra intención en este capítulo es presentar una faceta de la vida de José Eustasio Rivera que aún no había sido examinada en detalle: su contacto con la Amazonía brasileña y con la literatura del Brasil. Aunque hoy en día se admita que el viaje del novelista, en 1922-1923, por la Amazonía tiene una relación significativa con La vorágine, poca cosa se sabe del real impacto que causó la experiencia que tuvo con el Brasil sobre su novela. Observaremos, aquí, que Rivera fue un ávido lector de la literatura de viajes relativa al territorio amazónico y que él también leyó ficción sobre la selva del llamado repertorio novela de la selva, un género literario que “no se volvió independiente sino después de la publicación de La vorágine”.1 De este repertorio, Rivera debe haber leído Green Mansions (Verdes moradas, 1904), del escritor angloargentino William Henry Hudson, un libro que, junto con otras novelas y cuentos latinoamericanos del inicio del siglo XX, estableció lo que constituye actualmente un corpus admirable.2
No se puede controvertir la importancia de ese corpus, capitaneado históricamente por los títulos brasileños, en especial por aquellos que anteceden a La vorágine. En general, son dejados fuera de ese conjunto, por ejemplo, el libro Cenas da vida amazónica (1886), de José Veríssimo, y otros textos ficcionales como los del Inglês de Souza, con excepción de su novela más popular, O missionário (1888).3 Aparentemente, Rivera no tenía familiaridad ni con la ficción de Inglês de Souza ni con la antología de cuentos de José Veríssimo. No obstante, basta un examen superficial de la biblioteca del autor para percibir que él adquirió la História da literatura brasileira de Veríssimo y seleccionó obras de escritores que tenían íntima relación con la Amazonía: Mário Guedes, Alberto Rangel y Euclides da Cunha.
El viaje de Rivera a la Amazonía brasileña en 1923 le dio forma a La vorágine. Su odisea comenzó en Bogotá, el 19 de septiembre de 1922, y su retorno a esa ciudad ocurrió el 11 de octubre de 1923. El escritor colombiano, bajando por el río Orinoco y prosiguiendo después por el río Negro, cruzando la frontera entre Venezuela y Brasil en Cucuy, el 29 de junio de 1923, entró al Brasil por el estado de Amazonas y llegó hasta São Gabriel da Cachoeira el 1.° de julio; continuó hacia Santa Isabel, en donde desembarcó cinco días después. El 7 de julio partió de esa localidad hacia Manaos en el vapor Inca, de la empresa Compañía Nacional de Transportes (Companhia Nacional de Transportes).4 Después, usó el nombre de ese barco en La vorágine: es la embarcación en la cual “el cónsul de Colombia subirá, a fines de la semana, en el vapor Inca, que hace el recorrido entre Manaos y Santa Isabel”.5
Rivera llegó a Manaos el 13 de julio de 1923 y encontró la ciudad de la belle époque, y otrora próspera, en rápido deterioro.6 Él y Melitón Escobar Larrazábal, ingeniero jefe de la Segunda Comisión Colombiana Demarcadora de los Límites entre Colombia y Venezuela, pasaron una semana en encuentros con la comisión venezolana y con miembros de la comisión suiza que servía de árbitro para las otras dos. También fue en Manaos que Rivera y Larrazábal escribieron un respetado informe oficial para el ministro de Relaciones Exteriores de Colombia (Informe de la Comisión), condenando los abusos en contra de los derechos humanos y los crímenes practicados en las caucherías. La prensa local dio la noticia de la presencia de las comisiones en Manaos y, más tarde, hizo lo mismo en Belém. Algunos relatos sobre ellas fueron publicados en los diarios Jornal do Commercio, Gazeta da Tarde, Folha do Norte y Estado do Pará.7 En Manaos, la comisión colombiana se encontró con su cónsul, Demetrio Salamanca Torres, quien ofreció un banquete en homenaje a la comisión suiza.8 Un examen de su biblioteca y de los cuños y sellos de las librerías estampados en sus libros revelan que Rivera tal vez haya adquirido en Manaos, en la librería A Mascote, de Amâncio Mendonça, la colección Obras posthumas, de A. Gonçalves Dias, en seis volúmenes; Chanaan, de Graça Aranha, y Compendio de História da Literatura Brasileira, de Sylvio Romero y João Ribeiro. Es posible que, en la librería Acadêmica, Rivera también haya comprado As primaveras, de Casimiro de Abreu y Poesías completas, de Castro Alves. En esta misma ciudad, el escritor colombiano incluso visitó la tumba del excónsul colombiano, general Luis María Terán, fallecido en 1921,9 y partió de esta ciudad el 19 de julio, a bordo del vapor Sobralense, para llegar a Belém seis días después.
Durante los días que pasó en el Grande Hotel de Belém, Rivera exploró la ciudad, trabajó y asistió a actividades sociales. En esos paseos, tal vez haya adquirido algunos libros en la librería Maranhense, entre ellos Iracema, de José de Alencar; História da literatura brasileira, de José Veríssimo; Poesias, de Olavo Bilac; Poesias completas, de Machado de Assis; Contrastes e confrontos, de Euclides da Cunha; Poemas, de Raimundo Correa; Páginas de crítica e pontos de vista, de Medeiros e Albuquerque, y Poesías (1915-1917), de Gilka Machado. De esa importante colección de autores brasileños, libros que tal vez Rivera haya llevado consigo a su regreso a Colombia, formaba parte un ítem precioso: Os seringaes (1914), de Mario Guedes, una obra que para Rivera se tornaría indispensable.10 En una de las últimas páginas de Os seringaes y en varias otras de Pontos de vista, de Medeiros e Albuquerque, Rivera registró datos en su diario de viaje, anotando los nombres de cada barco (Orange Nassau, Venezuela, Inca, Sobralense y Camoens) que tomó, la fecha de cada viaje y varios lugares por donde pasó. Carmen Millán de Benavides es quien nos suministra una lista completa de esas fechas y de esos lugares:
“Antillian”, alta mar, sept. 1923 [Pontos de vista, 62]
Alta mar, 11 sept. 1923 [Pontos de vista, 84]
La Guaira, 14 sept. 1923 [Pontos de vista, 74]
Pto. Cabello, 15 sept. 1923 [Pontos de vista, 184, 190, 196, 207, 336]
Alta mar, 17 sept. 1923 [Pontos de vista, 213, 220, 229]
Curazao, 18 sept. 1923 [Pontos de vista, 240, 249, 270]
Alta mar, 19 sept. 1923 [Pontos de vista, 279, 290, 311, 321, 329]
Puerto Colombia, 19 sept. 1923 [Pontos de vista, 366]11
Después de la partida de Belém, Rivera leyó tres libros que se convirtieron fundamentales para la escritura de La vorágine: Inferno verde, de Alberto Rangel, À margem da história, de Euclides da Cunha, y Os seringaes, de Mário Guedes.12 Rivera terminó de leer Os seringaes el 19 de agosto de 1923, en altamar13 y, en la última página del libro, escribió algunas notas sobre el sistema de endeudamiento de los peones (peonaje), que constituía una terrible trampa para los caucheros:
Estas leyes, que garantizan el abuso, fueron creadas para evitar otro menos grave: Esto por razón de que14 es muy frecuente “el sonsaque”15 de personal entre los16 patrones […] Muchos salían a contratar en distintos pueblos17 las cuadrillas correspondientes; mas18 los peones, recién llegados al siringal, se burlaban del contratista, enganchándose en otra empresa19. Hoy el caso es rarísimo. En20 S. F. del At. [San Fernando de Atabapo] crearon una práctica detestable, un reglamento21 que les ofrecía mejores prebendas. Era un simple fraude entre22 los patrones, pero vino la ley a reconocerles la propiedad sobre los gomeros, a garantizarles [este “derecho” de propiedad] para solucionar la dificultad. En S. F. del A. [San Fernando de Atabapo] basta un acreedor matricular en los registros de la Alcaldía los nombres de los deudores, pagando veinte cs por la inscripción, pª tener derecho23 a exigirle a la autoridad que los persiga y los encarcele, hasta que le paguen al acreedor en trabajo y solo en trabajo.24
Uno de los principales personajes de la novela, el experimentado cauchero Clemente Silva, confirma esa práctica malévola, explicándola también en detalle en la novela.25
La vorágine presenta datos históricos de una forma realista y, como tal, comparte diversas características con otras narrativas de la selva.26 La sección amazónica de esa narrativa, como intentaremos demostrarlo en este capítulo, depende significativamente de los libros brasileños citados arriba (i. e., Inferno verde, À margem da historia y Os seringaes), así como también otros textos de ficción o no. Como dijimos anteriormente, el papel que esos intertextos brasileños desempeñaron en La vorágine no recibió hasta ahora la debida atención por parte de los críticos. En este capítulo y en todo este libro pretendemos cerrar esa laguna, haciendo un examen de tales influencias. Sería el caso de observar también que la intertextualidad entre Da Cunha y Rivera extrapola los escritos del autor brasileño sobre la Amazonía. Como veremos en las comparaciones textuales más adelante, la influencia de Os sertões (1902) es notable. Aunque sea un libro que se preocupa más por las regiones brasileñas asoladas por las sequías y, por ende, no establece una relación directa con la selva tropical, su presencia es visible, predominantemente en la primera parte de La vorágine, en las escenas de manejo de ganado que suceden en los llanos.
LA ANGUSTIA DE LA INFLUENCIA DE RIVERA
A pesar de las diferencias de edad, de país y de idioma entre ellos, Euclides da Cunha y Rivera comparten un profundo compromiso ideológico y al mismo tiempo expresan fuertes sentimientos patrióticos por sus respectivos países. Las coincidencias no terminan aquí. Ambos autores comenzaron sus carreras de escritores con la poesía, antes de que se concentraran en el género de la prosa. Mostraron verdadera pasión por sus respectivas lenguas maternas, el portugués y el español, en cada caso, pasión que se manifestó en los estilos literarios, la precisión y el perfeccionismo revelados acerca del lenguaje que emplearon. También sus vidas denotan curiosas semejanzas: ambos ocuparon cargos oficiales casi idénticos (miembros de comisiones de demarcación de fronteras en la Amazonía) en sus respectivos ministerios de Relaciones Exteriores. Ingeniero y cartógrafo, en 1905 Da Cunha viajó al Alto Purus con el fin de encontrar pruebas para apoyar el deseo de su jefe (el Barón de Rio Branco, ministro de Relaciones Exteriores de la época) de reclamar definitivamente para el Brasil la parte del territorio que entonces se decía peruano. En 1923, la tarea de Rivera era semejante: establecer demarcaciones precisas de la frontera entre Colombia y Venezuela. Da Cunha y Rivera eran tenaces, valientes y sinceros, pero también excesivamente cautelosos e ingenuamente honestos. En el ejercicio de esas comisiones, ambos experimentaron atrasos exasperantes de parte de sus gobiernos cuando las expediciones solicitaban equipamientos y provisiones. Antes de embarcarse en su expedición al río Purus, Da Cunha, como jefe de la Comisión, pasó tres meses en Manaos luchando contra la burocracia. Fue mucho peor la experiencia de Rivera con su gobierno, que nunca cumplió la promesa hecha de proveer barcos, equipamiento y provisiones.27 Los dos autores permanecieron en la Amazonía por más o menos un año y encararon los desafíos comunes de una expedición de ese tipo. Durante su viaje por el Purús, Da Cunha tuvo que enfrentarse a un naufragio de su barcaza, la partida de un médico enfermo de la Comisión y la insubordinación de algunos tripulantes. Por otro lado, en determinado punto de su viaje, Rivera se perdió y pasó algunos días deambulando por la selva en compañía de dos indios.28 Los dos escritores regresaron a sus respectivos hogares débiles y enfermos de malaria, y también psicológicamente transformados. Los dos tuvieron vidas cortas, pero intensas, y compartieron un patriotismo sincero, una integridad moral y un compromiso social poco comunes.
Da Cunha y Rivera compartieron también el deseo de combinar la realización artística con la crítica social. Dominados por un espíritu aventurero, arriesgaron la vida en viajes a lugares en donde la existencia era precaria y peligrosa. Para tener una percepción de hasta qué punto Da Cunha comprometió su vida, basta imaginar su retorno a Río de Janeiro en 1897, de regreso de la guerra de Canudos, sintiéndose fatigado y enfermo. Años más tarde, en 1906, después de contraer malaria durante la expedición a la Amazonía, regresó a casa con la salud aún más debilitada. Rivera sufrió idénticos achaques de salud durante su viaje a los llanos y a la selva tropical. Lo más importante e irónico, sin embargo, es que los dos escritores fueron víctimas de su propia rectitud, en lo tocante al carácter moral y a la ética del trabajo. Sintiéndose individualmente siempre desplazados en sus arenas políticas nacionales, pobladas de oligarcas corruptos y políticos deshonestos, Da Cunha y Rivera acabaron por sucumbir al cinismo y a la indiferencia del sistema. A pesar del desencanto que sentían en relación con la política nacional, ambos alcanzaron la fama antes de morir jóvenes, tan solo con la edad de 43 y 40 años, respectivamente.
La salud y las consecuencias psicológicas del viaje de Da Cunha a la Amazonía posiblemente sean dos de las razones por las cuales él se vio impedido de escribir su próximo, bastante anticipado y nunca realizado libro, Um paraíso perdido. Del mismo modo, la muerte repentina de Rivera tal vez haya interrumpido la escritura de su última novela, La mancha negra.29 Este nuevo libro habría reafirmado el continuo compromiso del escritor colombiano de escribir sobre cuestiones sociales que le interesaban mucho. Si Um paraíso perdido, de Da Cunha, hubiera sido realmente su segundo “libro vengador”, como él mismo había dicho en correspondencia a sus amigos, La mancha negra, de Rivera, también podría haber sido exactamente lo que indican sus siguientes palabras:
[A]llí denuncio las arbitrariedades de los magnates en los campos petrolíferos, la explotación inicial del trabajador, (a la “los de abajo”)30, que dijo Mariano Azuela; la forma sucia como se han hecho algunos contratos que más han enriquecido a unos cuantos bribones que a la nación. Cuando asistía a la Cámara de los Representantes tuve ocasión de documentarme lo suficiente. Además, aproveché mi posición oficial de entonces para conseguir en otras fuentes datos preciosísimos que ignora la mayoría de los colombianos.31
El sentido de indignación de Rivera es comprensible. Siguiendo sus principios morales y guiado por su misión social, él estaría imitando, en La mancha negra, al escritor mexicano postrevolución, Azuela, el autor de Los de abajo. Es verdad que nuestro novelista, cuando sirvió en la Cámara de Representantes como suplente, sustituyendo a su tío Pedro Rivera, tuvo acceso a documentos confidenciales realmente valiosos para que entendiera lo que representaba para la Amazonía la política de extracción de petróleo en Colombia.32
A mediados de la década de 1920, Colombia ya permitía que compañías multinacionales extrajeran petróleo y gas de reservas ubicadas en sus territorios amazónicos. Hoy, sabemos que ese país y otros vecinos, que seguían una política semejante, contribuyeron, en alarmantes índices, a la destrucción ambiental de la selva tropical. Rivera tenía suficiente consciencia de esa amenaza y quería, de nuevo, denunciar la ganancia insaciable de los magnates internacionales del petróleo.33
Sintiendo igual indignación que la que sintió Rivera, la rabia y la malevolencia de Da Cunha para con los barones del caucho o dueños de las caucherías —que esclavizaban, torturaban y mataban indios y migrantes— con seguridad habrían quedado estampadas permanentemente en su Um paraíso perdido; es decir, si hubiera logrado escribirlo: “Intentaré vengar la Hileia maravillosa de todas las brutalidades de las gentes imprudentes que la ensucian desde el siglo XVIII”.34
En su viaje por la selva tropical en territorios colombianos, venezolanos y brasileños, Rivera experimentó fenómenos semejantes a aquellos que Da Cunha había enfrentado en su expedición a la Amazonía en 1905 por las fronteras brasileñas y peruanas. Al comienzo de sus jornadas, ambos quedaron fascinados con la naturaleza tropical. Más tarde, se desencantaron profundamente de la selva. No es una sorpresa que las experiencias de los dos autores no combinen con las descripciones romantizadas que leyeron en La Condamine, Humboldt, Martius, Wallace, Crévaux y Bates. Para Da Cunha y para Rivera, la realidad era infinitamente más inhumana que aquella que los exploradores habían retratado. En consecuencia, describen la sensación de un infierno verde/paraíso perdido de la cual otros viajeros también hablaron. ¿Y cómo narran esos viajeros sus experiencias en ese ambiente tropical? Pedro Maligo describe tres etapas posibles de la representación de la Naturaleza en la Amazonía:
Al principio, a partir de un punto de observación neutro, la tierra es vista como placentera, en especial cuando es percibida visualmente como si fuera un espectáculo. En un segundo caso, cuando el narrador debe observarla de cerca y confrontarla, la tierra se vuelve hostil. Y finalmente, la tierra se vuelve de nuevo un espectáculo, solo que ahora incorporando una referencia a la participación del narrador deleitándose en ella.35
Desde el punto de vista de Maligo, y esto puede ser más importante, esa tercera etapa está motivada por la relación amistosa de un viajero con los indígenas amazónicos. Tal relación se crea, comúnmente, por la dependencia que el viajero pasa a tener de los indios, que le sirven de guías, transportadores, remadores, recolectores de alimentos y cazadores. Ni el texto de Da Cunha ni el de Rivera alcanzan esa etapa plenamente.
En 1905, Da Cunha pasó cerca de un año en la Amazonía, mientras que Rivera permaneció en la región por más o menos diez meses, en el periodo de 1922 a 1923.36 Los dos autores se esforzaron por describir de forma totalizante la monumentalidad y complejidad de la selva tropical, y es evidente que ambos sacaron enorme provecho de las narrativas de viaje escritas por otros exploradores. Sin embargo, conciliar los relatos de otros viajeros con sus propias observaciones empíricas no era nada fácil. En una carta al amigo Arthur Lemos, Da Cunha establece una analogía espacial entre Paradise Lost (Paraíso perdido, 1667), de John Milton, y la Amazonía: esta “nos recuerda la genial definición del espacio de Milton: se esconde en sí misma. El extranjero la contempla sin verla a través de un vértigo. Ella solo se le aparece poco a poco, lentamente, tormentosamente”.37
En su descripción de la Amazonía, Da Cunha se esfuerza por armonizar “un proceso obligatoriamente analítico”38 con una visión artística de ese gran territorio. Intenta conciliar una descripción científica de la naturaleza con una apreciación estética del paisaje tropical. Su tarea es compatibilizar la sensibilidad del artista/poeta y la visión objetiva del científico.
Interpretar la visión que esos dos escritores tuvieron de la Amazonía puede ser una tarea arrojada, porque, si solo miramos a Da Cunha como un ingeniero y a Rivera como un abogado, perdemos de vista al poeta extremadamente imaginativo que vivió en cada uno de ellos. Por otro lado, si consideramos a Da Cunha y a Rivera solo como poetas, será muy difícil fiarnos de sus ideas, puesto que están basadas en observaciones personales, impresiones subjetivas y menos en evidencias históricas. La mirada de Da Cunha, más que la de Rivera, oscila de la naturaleza al paisaje representado; de cuando en cuando él nos da la impresión de examinarla bajo un microscopio, y algunas veces parece volver a su paleta, en busca de los mejores colores para el esbozo que traza en su “lienzo”. En su caso, es imposible separar el hombre de ciencia del artista, ya que su modo de razonar, esencialmente aristotélico, es producto de esa dualidad.
No es fácil aplicar a la majestuosa selva, simplemente, las categorías estéticas de lo bello y lo feo. Por ejemplo, si el cuadro que él está describiendo es un tipo de naturaleza muerta, también se encontrará agitación en él; si su intención es representar la duplicidad de un componente de la selva, eso solamente puede ser hecho en forma de una paradoja: “el infierno florido de las caucherías”.39 Francisco Foot Hardman explica con argucia ese movimiento: “Y subrayando siempre la fantasía y el sueño como componentes esenciales del trabajo técnico del relato científico, vuelve la inversión de perspectivas del poeta cuando se depara con lo real maravilloso como manifiesto en el mundo amazónico”.40
Da Cunha hace varios intentos de comprender ese inmenso territorio. Su tamaño es tan grande y excepcional que
… la conocemos por fragmentos […] en la medida en que las [infinitas caras de la Amazonía] distinguimos mejor, se nos va nublando, más y más, el aspecto de la fisonomía general. Nos quedan muchos trazos vigorosos y nítidos, pero ampliamente desunidos. Se nos escapa del todo la enormidad, que solo se puede medir, repartida; la amplitud, que debe disminuir para ser evaluada; la grandeza, que solo se deja ver, achicándola, a través de los microscopios.41
Las palabras de Da Cunha parecen hacerle eco a las de Thomas Whiffen, que también se familiarizó, en 1908-1909, con ese escenario natural: “El todo se nos presenta en una escala tan gigantesca, la inmensa selva, los grandes ríos, que los detalles se pierden en las vastas extensiones, y el efecto total es de una absoluta mismidad”.42 Así, la naturaleza portentosa deja mucho que desear. Según la lógica aristotélica que Euclides da Cunha aquí parece seguir, este territorio:
[…] no podría ser bello, pues la visión es confusa cuando se mira por un tiempo casi imperceptible, y tampoco sería bello siendo enorme, porque faltaría la visión de conjunto, escapando la unidad y la totalidad a la vista de los espectadores…43
Además de esto, bajo el concepto estrictamente artístico, es decir, como un trecho de la tierra desabrochándose en imágenes capaces de fundirse armoniosamente en la síntesis de una impresión cautivante, es de todo en todo inferior a un sinnúmero de otros lugares de nuestro país.44
Era difícil para Euclides da Cunha admitir que los “fragmentos” y “aspectos parcelados”45 de la Amazonía pudieran armonizarse como un todo. Y él, que siempre pensó de modo paradójico, desafía una vez más nuestra inteligencia con una violencia lingüística, aunque correctísima, al describir la Amazonía en términos heideggerianos: “la tierra […] es nueva. Está en ser”46. Según la lógica de Da Cunha, la existencia actual de la Amazonía estaría evolucionando continuamente, creciendo, y siempre postergando su completitud. Es una tierra “naturalmente desgraciada y triste”, mal formada, cuya obra todavía está en progreso47. La Amazonía es un territorio que está siempre y eternamente en transmutación, gozando de su vida anfibia, en el proceso de ser. En las palabras sugerentes de Da Cunha, ella “es la última página, todavía por escribirse, del Génesis”48. Con certeza, se puede elaborar una hipótesis sobre las implicaciones de llamar la Amazonía de “paraíso tenebroso”, o, incluso peor, de “paraíso diabólico”, de “paraje maldito”, inclusive doscientos años después de que Cristóbal de Acuña (1639) estableció que el gran río Amazonas, “a no tener la plaga de los mosquitos, de que abunda en muchos parajes, se pudiera llamar a boca llena un dilatado Paraíso”.49
El retrato que Rivera pinta de la Amazonía es semejante al de Da Cunha. Tan pronto puso los pies en la región, “entendió como la realidad era diferente de aquella que había imaginado” y que antes había descrito en su poesía. Neale-Silva resume el encuentro:
¿No había escrito en otro tiempo con el embeleso de un Kipling sobre la selva “de anchas cúpulas”, en que los vientos “preludian grandiosos maitines”, imaginándose oír “mansas voces” y “moribundos flautines”? Al recordar sus versos, sentíase molesto y hasta un poco ridículo. Nada de esto había hallado en la floresta del Orinoco. “¿Cuál es aquí la poesía de los retiros? —se preguntaba a sí mismo—, ¿dónde están las mariposas que parecen flores translúcidas, los pájaros mágicos, el arroyo cantor? ¡Pobre fantasía de los poetas que solo conocen las soledades domesticadas!”50
Neale-Silva captura muy bien dos temas importantes de la obra de Rivera. El primero tiene que ver con la idealización que el autor hace de los trópicos, cuyo potencial utópico es celebrado en Tierra de promisión. El segundo tema, sin embargo, es el desencanto del autor colombiano con la selva tropical, un desencanto que lo sitúa al lado de Da Cunha. Tanto Rivera como Da Cunha escriben sobre la “lucha” entre el hombre y la naturaleza en la región. De hecho, ese embate es como el escritor brasileño explica su relación personal con la selva: “De ahí mis deseos de partir, buscando la fuerte diversión de mi duelo con el desierto, en la majestuosa arena de quinientas leguas que nos da el Purús”.51
En la carta a Henry Ford, que escribió en 1928, Rivera observa que
[t]rascendental batalla van a reñir el dólar avasallador y la naturaleza omnipotente, y será vencedor el que resista mayor tiempo. La selva tropical es como la hidra mitológica; una vez derribada, hay que descabezarla de continuo, porque de lo contrario resucita con mayor pujanza…52
Para el novelista, no se trata de una simple descripción imaginativa de esa pugna, sino una definición real y objetiva, con rasgos poéticos, con un valor figurativo que se puede nombrar y sentir. Joaquín Rocha así la sintetiza:
En el territorio del Caquetá la naturaleza, semejante a la diosa Kali de los hindúes, se ostenta a la vez en toda la grandiosidad de su belleza y en toda su potencia homicida y traidora. Allí el hombre, en perpetuo contacto con esa naturaleza salvaje, llega a ser tan salvaje como ella, y lejos de las sanciones morales y sociales, cede al imperio de las pasiones, las cuales se hacen tan formidables en su desborde como aquella en sus energías de muerte y exterminio.53
Según Rivera, la relación entre los seres humanos y la naturaleza en la Amazonía no es exclusivamente un tema literario. Es también una cuestión moral. La representación artística de la naturaleza tropical presentada por él no es ni política ni históricamente inocente. Aún más: si esa representación podría parecernos demasiado retórica o inauténtica, como en el apóstrofe de Cova a la selva,54 nuestra confianza en las creencias del novelista compensa cualquier tipo de imperfecciones en su obra, pese a que consideremos que el intérprete de Rivera sea Cova, pero un Cova, lógicamente, que no es una imagen especular del autor.
Como vimos en el primer capítulo, Rivera, siendo un escritor políticamente comprometido, habría podido hacer denuncias públicas contra la PAC, en la forma como discutió con Hermes García. En ese debate, el novelista defendió sus tesis con pasión y autoridad, bien informado por especialistas como Humboldt, Crévaux, Michelena y Rojas, Chaffanjon y Hamilton Rice. Sin embargo, como novelista Rivera estaba más preocupado por el destino del pueblo amazónico y sabía cómo transformar su libro en un arma sociopolítica.
El escritor uruguayo Horacio Quiroga también reconoció el “valor singular” de Rivera en su ataque al sindicato del caucho, “que en desquite podía sofocarlo sin el menor esfuerzo”.55 Teniendo igualmente interés por la selva tropical, los cuentos de Quiroga comparten con el método de Rivera la representación de la naturaleza. La familiaridad que los dos escritores tenían con ese ecosistema, adquirida por medio de las narrativas de viaje y de la experiencia personal, los ayudaron a volverse narradores extremadamente exitosos sobre ese medio natural. Quiroga y Rivera también tenían una tendencia a crear escenas trágicas de lucha del hombre contra la naturaleza.
Rivera y el Brasil tenían un fuerte vínculo entre sí, como se puede notar a través del modo en el cual la prensa de Río de Janeiro expresó admiración por La vorágine. Sin embargo, en su país, al defenderse de la crítica de Luis Trigueros, justo en seguida de la publicación de la novela, Rivera respondió que “en el Brasil despertó este libro gran interés, y el Congreso brasileño medita actualmente un proyecto de redención indígena en el Caquetá cauchero; por su parte, la prensa del Brasil ha estado excitando al parlamento en tal sentido...”.56 Es obvio que el autor colombiano quería mostrar que entre los intelectuales brasileños había más que simpatía, porque en realidad existía también un verdadero reconocimiento a su trabajo.
Además de recibir reseñas del libro muy positivas, publicadas en los periódicos brasileños A Illustração Brasileira, A Vanguarda y Revista da Semana, La vorágine, como ya vimos, fue aplaudida por Maximiliano Grillo, poeta y diplomático colombiano que en la época vivía en Río de Janeiro y que le escribió a Rivera una elocuente carta, en la cual entreteje elogios a su novela. Las reseñas brasileñas del libro comparan La vorágine al Inferno verde, de Alberto Rangel, y a los ensayos de Euclides da Cunha sobre la Amazonía. El crítico anónimo de A Vanguarda elogia, en particular, el papel de Rivera y de Da Cunha en la denuncia de las atrocidades perpetradas en las caucherías amazónicas.57 Rangel, Da Cunha y Rivera comparten entre sí temas, tonos y estilos semejantes, pero, como lo indica Maligo, cuando los críticos resaltan el estilo del autor de Os sertões y su influencia sobre la literatura brasileña que usó la Amazonía como su escenario, tienden a ignorar
[…] las fuentes literarias en las que puede haber ido a buscar sus imágenes de la región. Al mismo tiempo, esa actitud pasa por alto las raíces de esas imágenes en Os sertões, y cómo estas fueron moldeadas en metáforas originales para la Amazonía en los últimos ensayos [de Da Cunha].58
A pesar de las evidentes semejanzas entre el texto de Rivera y el de Da Cunha, el autor colombiano negó la idea de que el brasileño hubiera ejercido alguna influencia sobre su obra. En términos bloomianos, Rivera toma prestada la voz de Da Cunha y, paradójicamente, se rebela en contra de este acto.59 No es tan fácil saber si Rivera leyó cuidadosamente la obra monumental de Euclides, Os sertões, o su conjunto de ensayos en À margem da história. No se encuentran, en la biografía o en la novela del autor colombiano, referencias claras a las obras del brasileño. Cuando ocurre alguna intertextualidad en La vorágine, esta aparece camuflada. Sin embargo, un examen cuidadoso revela la presencia incuestionable de Euclides en la novela de Rivera. Y fue esa constatación exactamente la que hizo el astuto crítico Luis Trigueros, un diplomático que sirvió en Brasil, en Bolivia y en Chile y un reseñista de libros de gran autoridad en la prensa colombiana, especialmente en el diario La Opinión. Trigueros también fue un amante de las diatribas y, usando su perspicacia, criticó injustamente la novela de Rivera por falta de método, de orden, de unidad y profundidad psicológica. Provisto de lecturas atentas, observó que ciertas escenas de La vorágine, sobre todo las de la primera parte de la novela que tratan sobre la faena con el ganado en los llanos, eran muy parecidas en el estilo a las encontradas en Os sertões. Esa coincidencia, cuando le fue señalada a Rivera, disgustó al autor, y lo situó a la defensiva. Al responderle una vez más a Trigueros, el novelista indagó:
¿Cómo es posible que estas cosas escapen a la perspicacia de un crítico y que en vez de analizarlas como es obligatorio, te desgarites buscando citas para acreditar erudición, como ésa del estouro que ni se parece a mi barajuste ni es una página de relieve en la brillante obra de Euclydes da Cunha, inferiorísima a las que trazó Cunninghame Graham sobre igual tema? ¿Por qué vacilas en afirmar que conozco al autor de À margem [sic] da historia? Tú sabes que en la relatividad de nuestro medio y de nuestro ambiente, estamos Rasch Isla y yo mejor enterados que tú del movimiento literario en el Brasil.60
Rivera se refiere, evidentemente, al libro de Robert B. Cunninghame Graham, A Brazilian Mystic: Being the Life and Miracles of Antonio Conselheiro (Un místico brasileño: vida y milagros de Antonio Conselheiro, 1920), un verdadero pastiche de fuentes literarias e históricas de las cuales Os sertões es el texto primario.61 Curiosamente, contrariando el juicio de Rivera, la versión plagiada de Os sertões por Cunninghame Graham no es y no puede ser mejor que la de Da Cunha. Solo basta una rápida comparación entre la versión del autor inglés de las escenas del rodeo en los sertões brasileños y la versión original de las mismas escenas en Da Cunha para reconocer la superioridad de esta última.
Sin embargo, Rivera disponía de un argumento ético a su favor. Él, rápidamente, dejó parada la cuestión de la imitación, lanzando una réplica en contra de su atacante. El propio Trigueros había permanecido escandalosa e inequívocamente mudo sobre los crímenes cometidos en el Putumayo y en el Caquetá durante el periodo en el que fue cónsul en Manaos. Pero, en materia literaria, nuevamente obtuvo ventaja sobre su oponente: logró demostrar, temática y estilísticamente, un estrecho parentesco entre las descripciones de las escenas del rodeo y de la faena del ganado de Da Cunha y Rivera, insinuando astutamente, en la mejor de las hipótesis, una imitación y, en la peor, una glosa. Proporcionamos una comparación textual de los dos libros, sin dejar cualquier espacio para conjeturas, porque, de hecho, Rivera imitó las escenas de Euclides da Cunha en la segunda parte de su libro.62
DESCRIPCIONES DEL RODEO Y DE LA FAENA DEL GANADO
[…] suspenso num estribo e uma das mãos presa às crinas do cavalo; agarrar com a outra a cauda do boi em disparada e com um repelão fortíssimo, da banda, derribá-lo pesadamente em terra… Põe-lhe depois a peia ou a máscara de couro, levando-o jugulado ou vendado para o rodeador.
Alí o recebem ruidosamente os companheiros. Conta-lhes a façanha.63
Colado ao dorso deste, confundindo-se com ele, graças à pressão dos jarretes firmes, realiza a criação bizarra de um centauro bronco: emergindo inopinadamente nas clareiras; mergulhando nas macegas altas; saltando valos e ipueiras; vingando cômoros alçados; rompendo, célere, pelos espinheirais mordentes; precipitando-se, a toda brida, no largo dos tabuleiros…64
De esta manera lo sometían, y en vez de cabestrearlo por la cabeza, lo tiraban del rabo, hasta que el infeliz, debatiéndose contra el suelo, quedó fuera de los corrales. Allí lo vendamos con la testera y la montura le oprimió por primera vez los lomos indómitos.65
Llegó el potro quebrantado […]. Ya sin taparlo, le quitaron la silla, maneáronlo a golpes […]
Gozosos, abrazamos a Correa.
—¿Qué opinan de mi patojo? —repetía Sebastiana orgullosa.66
Describió grandes pistas a brincos tremendos, y tal como pudiera corcovear un centauro, subía en el viento, pegada a la silla, la figura del hombre, como torbellino del pajonal, hasta que solo se miró a lo lejos la nota blanca de la camisa.67
Adheridos al animal, caballero y caballo se convierten en una entidad indisoluble. Da Cunha esculpió un centauro y le infundió vida y rapidez en su galope, dos cualidades que Rivera, sin dudar, incorporó a su descripción.
Con esas escenas del rodeo, los dos escritores muestran, de forma muy vívida, la supervivencia del más adaptado a un mundo gobernado por las implacables fuerzas de la naturaleza y del instinto animal. Tanto Da Cunha como Rivera también preparan a sus lectores para cosas mucho peores que deben ocurrir en sus narrativas, ofreciéndonos este preámbulo a una violencia aún mayor por medio de un duelo entre hombres (en la guerra) y entre el hombre y el animal (en la faena con el ganado). En la tercera parte del texto de Da Cunha, se revelará la tragedia de la guerra de Canudos, que irá a costar millares de vidas humanas, y, de modo semejante, en la novela de Rivera, el medio natural y la industria del caucho también exhibirán su poder destructivo. En los dos libros, el rodeo es una escena de brutalidad que, en Da Cunha, termina bien para el vaquero y para el animal, al contrario del trágico resultado en la novela colombiana (la muerte de Millán) (véase adelante).
LA ESTAMPIDA
De súbito, porém, ondula um frêmito sulcando, num estremeção repentino, aqueles centenares de dorsos luzidios. Há uma parada instantânea. Entrebatem-se, enredam-se, trançam-se e alteiam-se fisgando vivamente o espaço, e inclinam-se, e embaralham-se milhares de chifres. Vibra uma trepidação no solo; e a boiada estoura...68
Súbito, el ganado empezó a remolinear, entre espantado choque de cornamentas, apretándose contra la valla del encierro, como vertiginosa marejada, con ímpetu arrollador. Alguna res quebróse el pecho la puerta, y murió al instante, pisoteada por el tumulto. Los vigías empezaron a cantar, acudiendo con los caballos, y la torada se contuvo; mas pronto volvió a remecerse en aborrascadas ondas, crujió el tranquero, hubo berridos, empujones, cornadas. Y así como el derrumbe descuaja montes y rebota por el desfiladero satánico, rompió el grupo mugiente los troncos de la prisión y se derramó sobre la llanura, bajo la noche pávida, con un estruendo de cataclismo, con una convulsión de embravecido mar.69
La estampida está casi por comenzar, pero, antes, Da Cunha hace desfilar delante de nuestros ojos el movimiento ondulante de centenas de reses juntas (centenares de dorsos luzidios), y entonces, de repente en olas (De súbito… um frêmito repentino) ellas se ponen inquietas, una imagen que Rivera describe con palabras casi idénticas (Súbito, el ganado empezó a remolinear… como vertiginosa marejada, con ímpetu arrollador). Los animales comenzaron a sentirse impelidos por el pánico, pero se estancan instantáneamente (Há uma parada instantânea / y la torada se contuvo) solo para, de nuevo, contagiarse de pánico, y esta vez, en una temible y frenética carrera, con los cachos enredándose y los cascos ruidos trepidando en el suelo (milhares de chifres / cornadas; [v]ibra uma trepidação no solo / un estruendo de cataclismo).
ESCENAS DE CURA DEL GANADO
Se a bicheira devasta a tropa, sabem de específico mais eficaz que o mercúrio: a reza.70
¡Guá chico!, Mauco sabe de medicina. Es el que mata las gusaneras, rezándolas. Cura personas y animales.71
Más que la simple refundición de una escena pintoresca y típica de hacienda de cría de ganado del interior de Brasil y de Colombia, Da Cunha y Rivera también evidencian la creencia supersticiosa de curar el ganado por medio de rezos. Es un momento para que los dos escritores, negociando con su racionalismo, sitúen la ciencia en conflicto con la espiritualidad, sin hacer ninguna crítica directa y dejando el juicio final al lector.
En los cotejos anteriores, la intertextualidad no se reduce solo a aproximaciones o coincidencias léxicas evidentes por sí mismas:
| Os sertões | La vorágine |
| Saltando | a brincos72 |
| Colado ao dorso deste | pegada a la silla |
| Um centauro bronco | un centauro |
| De súbito | súbito |
| Ondula um frêmito | como vertiginosa marejada, com |
| ímpetu arrollador | |
| Milhares de chifres | cornadas |
| Vibra uma trepidação no solo | como un estruendo de cataclismo |
| bicheira... a reza | gusaneras... rezándolas |
Inclusive habría modelos de imágenes tales como quebrar un garrote agarrándolo por el rabo o el crescendo de la convulsión del ganado, que genera un estallido; estos son ejemplos de la virtuosidad de Rivera en hacerle eco a la ópera prima de Da Cunha.
En su respuesta a Trigueros, en la cual sugirió su distancia de Os sertões, Rivera afirmó al mismo tiempo que estaba familiarizado con el movimiento literario brasileño de ese tiempo. Su vaga declaración, sin embargo, subentiende que tal vez se refería al Modernismo o al movimiento de vanguardia en Brasil, en la década de los veinte. También es vaga su familiaridad con À margem da história, un libro que menciona solo en su refutación. Aun así, afirmar que el autor colombiano está distante, literariamente, de Euclides da Cunha, principalmente de ese Da Cunha de Os sertões, parece un tanto improbable. A pesar del gesto evasivo de Rivera y de la coincidencia entre las escenas de la vaquería que analizamos, es posible que Os sertões también le hayan proporcionado a La vorágine un conjunto de paneles o imágenes horripilantes. En particular, la descripción de la monstruosa desfiguración facial del vaquero Millán, debida a un fatal accidente, recuerda bastante la versión del escritor brasileño al describir las deformidades físicas causadas por una gran granada en los niños víctimas de la guerra de Canudos.
ESCENAS DE DESFIGURACIÓN FACIAL
Um dos pequenos —franzino e cambaleante— trazia à cabeça, ocultado-a inteiramente, porque descia até aos ombros, um velho quepe reúno, apanhado no caminho... E alguns espectadores tiveram a coragem singular de rir. A criança alçou o rosto, procurando vê-los. Os risos extinguiram-se: a boca era uma chaga aberta de lado a lado por um tiro!73
Tinha nos braços finos uma menina, neta, bisneta, tataraneta talvez. E essa criança horrorizava. A sua face esquerda fora arrancada, havia tempos, por um estilhaço de granada; de sorte que os ossos dos maxilares se destacavam alvíssimos, entre os bordos vermelhos da ferida já cicatrizada... A face direita sorria.74
La bóveda del cráneo y la mandíbula que la sigue faltaban allí, y solamente el maxilar inferior reía ladeado, como burlándose de nosotros.75
¡Y mientras me agobiaba la agitación, me bailaba ante mis retinas la mueca de un rostro herido, que no era rostro, ni era mueca, sino mandíbula de Millán, partida por el golpe de la cornada, que se reía injuriosamente, con risa enigmática y dolorosa.76
Difícilmente podríamos olvidar esas imágenes chocantes de los dos niños con los rostros desfigurados, desfilando frente a los soldados al final de la guerra de Canudos. En una escena, Da Cunha cambia el punto de vista, pasa del narrador hacia algunos soldados, que al comienzo se rieron del niño herido con el rostro cubierto momentáneamente por un gran quepis. Entonces, de repente, la cara del niño se descubre y expone la horrenda deformidad de la boca herida. Un maestro de los efectos irónicos, Da Cunha combina con argucia la comedia (A face direita sorria) con la tragedia (Las risas se extinguieron), algo que Rivera también quiso asimilar. Cambiando el punto de vista del narrador hacia el fallecido Millán, su rostro herido y mutilado ríe de una forma misteriosa y dolorosa (con sonrisa enigmática y dolorosa) hacia las personas que estaban a su alrededor. De hecho, la ironía es notable porque la comedia disfraza la tragedia: una persona muerta puede reír ante a alguien que está vivo (reía ladeado, como burlándose de nosotros).
La ironía en la novela de la selva, como Wylie lo señaló, puede estar encapsulada en la parodia, que “sirve para solapar los discursos europeos de los trópicos”.77 Ciertamente, este uso no se aplica a La vorágine, pero puede ser detectado fácilmente en el lenguaje poscolonial de Os sertões. La dificultad de percibir una serie de ironías en la novela de Rivera se debe al hecho de estar “enterradas” en el texto. Esas “ironías incomprendidas”, como las llama Wylie, más los numerosos préstamos intertextuales, la representación oximorónica de la selva y una compleja estructura narrativa hace de La vorágine un libro poco afecto a “cooperar con el lector”.78 Esa tan comedida disposición en mostrarse más amistoso con ese mismo lector tiene diversas implicaciones en la historia de la recepción de esta novela reputada de “difícil”, y ninguna de ellas es más importante que su sorprendente y también contradictoria popularidad.79
Otra manera de percibir cómo la intertextualidad opera entre Da Cunha y Rivera es examinando la relación entre el texto y la imagen en Os sertões y La vorágine. El escritor brasileño insertó en su libro cuatro mapas, un impreso y tres fotografías, para darle apoyo visual al texto. Rivera incluyó tres fotografías en las primeras cuatro ediciones de su novela en Bogotá y cuatro mapas en la quinta edición y en la sexta, ambas de Nueva York. Originalmente, su intención al usar esas fotografías era reforzar la naturaleza ficcional en relación con la naturaleza histórica de su narrativa, aunque acabaron por comprometer su realismo. También desempeñaron un papel complejo en la historia del género de la prosa literaria y en la crítica de esta novela en particular, como será examinada con más detalles en el quinto capítulo.
EUCLIDES DA CUNHA, RIVERA Y RANGEL
Da Cunha escribió el prefacio de Inferno verde, de Alberto Rangel, en un gesto casi paternal de iniciar a su “hijo” en el universo de las letras. De muchas maneras, para entender el papel de Rivera en la historia y literatura amazónicas, debemos examinar la relación triangular con esos otros dos autores. Saul de Navarro, el crítico brasileño más entusiasta de Rivera, le escribió al escritor colombiano:
No conozco en el género de la novela nada que sea superior a su VORÁGINE [sic]. El mundo amazónico quedó plasmado en sus páginas nerviosas y luminosas, dentro de las cuales hay a veces fulguraciones dantescas. Leí su libro de una sentada, y debo confesar que no esperaba que fuera a generarme tan extraordinaria impresión. Su libro es superior al Infierno verde [sic] de Alberto Rangel. En su novela hay pasajes poderosos que valen por un magnífico sueño trágico, como los que aparecen en los versos eternos de Dante. Euclides da Cunha, nuestro admirado escritor y estilista, que escribió fragmentos esquilianos sobre el Amazonas, no dudaría en poner su firma al pie de algunas de sus páginas magistrales. El prosista no es inferior al poeta.80
Navarro y Trigueros fueron los primeros críticos en asociar a Rivera con Rangel. Navarro también fue el primero en identificar en La vorágine la imagen dantesca, evidentemente, extraída del “Infierno” de la Divina comedia. Con el tiempo, dos otros lectores de la novela vieron semejanzas entre Dante, Rangel y Rivera: León Hazera y Seymour Menton. El crítico chileno Torres-Ríoseco sugiere que, “[a] pesar de todas las bárbaras escenas en El infierno verde [sic], comparado con La vorágine, nos resulta de un ambiente de relativa serenidad [...] En El infierno verde hay luz y sombras; en La vorágine solo horrorosa oscuridad”.81
La negación del precursor es algo que nunca se puede eludir con éxito, aunque, aparentemente, Rivera haya querido borrar cualquier posible trazo de la escritura de Da Cunha. Es más probable que Rivera haya negado tomar préstamos de Da Cunha para resaltar la propia originalidad de La vorágine, pretendiendo superar así el alcance del precursor, al expandir los sentidos de los términos empleados.82 Aquí, expansión no significa exactamente una mejoría en las fuentes, porque Rivera desea continuar siendo fiel a ellas. En la comparación de abajo, el énfasis en la ironía que Da Cunha observa en el heroísmo de los criminales caucheros o patrones de las caucherías (“Há, realmente, neste lance, um traço comovente de heroísmo”) se duplica a la perfección por Rivera (“Hay un valor magnífico en la epopeya de esos piratas”). Aquí, los dos escritores definen heroísmo por su sentido contrario, un tipo de cobardía. También Roger Casement mostró esa disparidad y observó que, “aquí, el rifle Winchester en las manos de un desperado puede intimidar y subyugar a una tribu entera, aunque no sean cobardes”.83 Un único Winchester contra muchas flechas posibles sugiere el desequilibrio de fuerzas que está en la raíz de la ironía de Da Cunha, retrabajada por Rivera. El aspecto inmoral de esos canallas está ejemplificado adelante con la imagen de la consciencia culposa in absentia (“o recém-vindo deixa a consciência” / “se despojaron de la conciencia”).
FALSO HEROÍSMO Y CONCIENCIA CULPOSA
À entrada de Manaus existe a belíssima ilha de Marapatá —e essa ilha tem uma função alarmante. É o mais original dos lazaretos— um lazareto de almas! Ali, dizem, o recém-vindo deixa a consciência...84
Há, realmente, neste lance um traço comovente de heroísmo. O homem perdido na solidão absoluta vai procurar o bárbaro, levando a escolta única das dezoito balas de seu rifle carregado.85
Hay un valor magnífico en la epopeya de esos piratas que esclavizan a sus peones, explotan al indio y se debaten contra la selva […] Delirantes de paludismo, se despojaron de la conciencia, y, connaturalizados con cada riesgo, sin otras armas que el winchester y el machete, sufrieron las más atroces necesidades.86
Como ya lo señalamos, los lectores habituales de Da Cunha reconocen en él un talento para la ironía y la paradoja. En la siguiente comparación, las observaciones del escritor sobre el migrante miserable, que dejó su tierra natal desértica asolada por la sequía y se mudó a la Amazonía para convertirse en cauchero, nos hacen ver su nuevo ambiente de trabajo forzado como un lugar ajeno e incluso extranjero para él, algo igual a un territorio que no es brasileño.
PRÁCTICAS CRIMINALES Y CONDICIONES DE TRABAJO DE LOS INDIOS Y MIGRANTES EN LAS CAUCHERÍAS
Mandavam-nos para a Amazônia —vastíssima, despovoada, quase ignota— o que equivalia a expatriá-los dentro da própria pátria.87
Mal sabe o caboclo que, na avidez da sociedade nova acampada no Amazonas, ele, com seu caráter reservado, onde paira certa tristeza de exilado na própria pátria, é um moderador feliz e inabalável.88
Un consuelo triste me reconfortó: con tal que mi hijo residiera en país extraño, yo, para los días que me quedaban, arrastraría gustoso la esclavitud en mi propia patria.89
Esa es la paradoja que Da Cunha propone y que Rangel también perfiló: ser exiliado en la propia patria. La reformulación de la idea central de la paradoja de Da Cunha que hace el colombiano produce resultados ligeramente diferentes, aunque significativos. Él reformula la autocontradicción (esto es, un exiliado en la propia patria) invirtiendo sus términos mediante el añadido de un giro lingüístico: el viejo padre Clemente Silva quiere que el hijo sea exiliado (“con tal que mi hijo residiera en país extraño”), ya que eso significa libertad para el hijo, mientras él, feliz sería esclavizado en su propio país (“yo […] arrastraría gustoso la esclavitud en mi propia patria”). ¿Qué lleva a que Silva piense que es ventajoso ser un esclavo en su propia tierra? Resignación, pérdida de la autoestima o inseguridad, en fin, el resultado de dejar de ser cauchero “bravo” para acabar siendo “manso”, son todas las respuestas posibles. Pero, a pesar de esta degradación moral, Rivera intenta salvarlo construyendo el carácter de Silva con calidez y dignidad, contándonos, al comienzo de la novela, que Silva tiene un fuerte apego telúrico a su suelo natal, por motivos que solamente su personaje conoce. También es exactamente de ese modo que Da Cunha explica, en Os sertões, como el sertanejo tiene fuertes vínculos con su suelo, o está profundamente enraizado en él, incluso pese a verse azotado por la sequía. Según parece, en los dos libros Os sertões y La vorágine, esos motivos no pueden ser deletreados, pues hacerlo exigiría también un alma que buscara o aceptara dolorosamente sus contradicciones e imperfecciones, o algo más misterioso, más allá de nuestra comprensión, como Guedes lo explica y Rivera señaló: “‘A terra prende…’”, dicen, ‘ligando a esse caso algo de maravilhoso’”.90
Hasta la fecha, los análisis de los textos de Rangel y su vínculo con el de Rivera han sido un tanto superficiales o intuitivos. El de Lydia León Hazera fue tal vez el primer esfuerzo real por establecer nexos entre los dos escritores, pero su opinión quedó incompleta. Carlos Páramo, por ejemplo, escribe que “la sensibilidad de Rangel es sorprendentemente similar a la del novelista colombiano [Rivera]” y concluye que “es sobre todo en la prosa de Rangel, de una agilidad y un lirismo absorbentes como la selva misma, que percibimos su influencia en Rivera, y por ende, en la configuración del mito selvático”.91 Desgraciadamente, esas observaciones generales no nos dicen mucha cosa sobre la intertextualidad entre Inferno verde y La vorágine, tampoco sobre hasta dónde exactamente Rangel influencia a Rivera, como podemos verlo en la siguiente cita:
[S]u [de Rangel] obra etnográfica sustantiva se concentra en los once relatos que lo [Inferno verde] conforman, y los cuales, estamos seguros, fueron conocidos por José Eustasio Rivera, a pesar de que hasta la fecha no hayamos encontrado fuente alguna que nos lo confirme [...]. Para Rivera hubiera resultado fácil adquirir el tomo en Manaos, donde sí sabemos estuvo en 1923, o conocerlo a través de su amigo, el cónsul colombiano y patriota Demetrio Salamanca Torres.92
Investigaciones bibliográficas y de archivo nos revelaron que Rivera adquirió un ejemplar de Inferno verde en São Gabriel da Cachoeira, en el río Negro. Sin embargo, el primer contacto que debe haber tenido con el texto de Rangel fue por intermedio del prefacio de Euclides da Cunha al Inferno verde. En este preámbulo al libro, Da Cunha examina una de las imágenes más impresionantes de Rangel: el apuizeiro, una enredadera tropical en forma de pulpo que sofoca al árbol del cual depende:
DESCRIPCIONES DE LA ENREDADERA TROPICAL MATAPALO (O APUIZEIRO)
O apuizeiro é um polvo vegetal. Enrola-se ao indivíduo sacrificado, estendendo sobre ele milhares de tentáculos [...] Cada célula microscópica, na estrutura de seu tecido, se amolda numa boca sedenta. E é a luta sem um murmúrio.93
Por doquiera, el bejuco de matapalo —rastrero pulpo de las florestas— pega sus tentáculos y retorciéndolos, para injertárselos y transfundírselos en metempsicosis dolorosas.94
Es posible que el matapalo haya causado en Rivera una impresión significativa al conocer ese vegetal. Los detalles sobre esa planta, también en Os seringaes, son totalmente gráficos, y, después de leerlos, Rivera anotó de su propio puño “matapalo”, al lado de la descripción que ofrece Guedes de esa enredadera amazónica bastante curiosa.95 Otra importante nota marginal se encuentra en el propio ejemplar de Inferno verde (19) en la biblioteca de Rivera, en el cual el autor colombiano subraya una lección inolvidable, compilada de Euclides:
Pensamos demasiado en francés, en alemán o, incluso, en portugués. Vivimos en plena colonia espiritual casi un siglo después de la autonomía política. Desde la construcción de frases hasta en la ilación de ideas respetamos demasiado los preceptos de las culturas exóticas que nos deslumbran y formamos singulares estados de conciencia a priori, ciegos a cuadros reales de nuestra vida, de manera que el propio carácter se nos desaparece, desplazado por otros atributos que lo truncan o que menguan las aristas originarias.96
Rivera asimiló profundamente esa lección sobre nuestra autoctonía y la aplicó en su novela, lo que le permitió presentarse como escritor serio y comprometido en su época, época en que, dicho sea de paso, algunos importantes temas nacionales estaban siendo debatidos. Del otro lado del continente, Da Cunha también era visto como un escritor de igual calado. Tan fervoroso era su nacionalismo que más de un crítico se equivocó en pensar que él quería definir “lo que era Brasil”, cuando su esfuerzo “se destinaba, en realidad, a presentar su idea de aquello en que el país debería convertirse”.97 Aquí reside, entonces, su visión única en un intento teleológico de superar las limitaciones por las cuales otros escritores se vieron afectados.
La conexión de Inferno verde con La vorágine puede ser vista en el homenaje de Rivera al monseñor Pedro Massa: en su novela, el novelista transformó al religioso en un personaje de ficción. Massa fue la persona que le presentó a Rivera la ficción de Rangel y, el 1.° de julio de 1923, en São Gabriel da Cachoeira, en el río Negro, le obsequió un ejemplar de la tercera edición (1920) de Inferno verde. Los dos también viajaron juntos, en barco, a Manaos, en donde desembarcaron el 13 del mismo mes. Carmen Millán de Benavides nos cuenta parte de la historia de ese encuentro:
[M]onseñor Pedro Massa, obispo [sic] de San Gabriel, a orillas del Río Negro, le regala Inferno verde, de Alberto Rangel (1871-1945), ingeniero, poeta [sic] y escritor nacido en Recife, amigo de Euclydes da Cunha, quien prologa el libro [...] Una novela [sic] sobre la selva en la que acuña la expresión “infierno verde”, que de allí en adelante será usual para referirse a la selva amazónica, regalo que reconoce una hora de charla, cuyo tema no es difícil adivinar.98

FIGURA 1. Dedicatoria en el frontispicio del ejemplar de Inferno verde que monseñor Massa le obsequió a Rivera
Fuente: Biblioteca de Filosofía y Teología Mario Valenzuela, S. J., Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia.
Esa breve interacción con monseñor Massa no pasó desapercibida para dos críticos, Carlos Páramo y Roberto Franco, quienes aluden al hecho de que es el monseñor Massa el que le ayuda al propio Rivera ofreciéndole “la gasolina de la misión para seguir a Umarituba”.99 Como veremos abajo, Inferno verde también le dio a Rivera una imagen que el colombiano retira de “Maiby”, uno de los cuentos que componen el libro de Rangel. El destino de la heroína Maiby (ser torturada hasta la muerte) se asemeja al de Alicia en la pesadilla del protagonista Cova en La vorágine. Para Rangel, esa imagen era tan fuerte que él decidió usar ilustraciones de la autoría del artista brasileño Arthur Lucas en la carátula y en una página particular de su obra (fig. 2, 84). En ella, la india Maiby aparece desnuda, amarrada a un árbol, y su sangre es drenada de las heridas del cuerpo hacia pequeñas petaquillas introducidas en su carne, las petaquillas que el cauchero inserta en las incisiones hechas en el árbol de caucho:
MAIBY (INFERNO VERDE) Y ALICIA (LA VORÁGINE)
Uma mulher, completamente despida, estava amarrada a certa seringueira. Não se lhe via bem a face na moldura lustrosa, em forro negro e denso, dos cabelos fartos [...] Atado com uns pedaços de ambécima à “madeira” da estrada, o corpo acanelado da cabocla adornava bizarramente a planta que lhe servia de estranho pelourinho. Era como uma extravagante orquídea, carnosa e trigueira, nascida ao pé da árvore fatídica. Sobre os seios túrgidos, sobre o ventre arqueado, nas pernas rijas, tinha sido profundamente embutida na carne, modelada em argila baça, uma dúzia de tigelas. Devia o sangue da mulher enchê-las e por elas transbordar, regando as raízes do poste vivo que sustinha a morta.100
Volvía a ver a Alicia, desgreñada y desnuda, huyendo de mí por entre las malezas de un bosque nocturno, iluminado por luciérnagas colosales. Llevaba yo en la mano una hachuela corta, y, colgando al cinto, un recipiente de metal. Me detuve ante una araucaria de morados corimbos, parecida al árbol del caucho, y empecé a picarle la corteza, para que escurriera la goma. ¿Por qué me desangras?, suspiró una voz desfalleciente. Yo soy tu Alicia, y me he convertido en una parásita.101

FIGURA 2. Carátula e ilustración de la primera edición de Inferno verde (1908), de Alberto Rangel, donde se describe la tortura de Maiby
Fuente: Carátula de la 1.ª ed. de Inferno verde (Genova, S.A.I. Chichés Celluloide Bacigalupi, 1908). Colección del autor.
Desnudas y desgreñadas, Maiby y Alicia se convierten en víctimas de la brutalidad. Una tiene el cuerpo atado a un árbol; la otra, Alicia, es el propio árbol, y las dos mujeres sangran como un caucho. No deja de haber aquí una ironía difusa y una monstruosa inversión del mito de Apolo y Dafne. En La vorágine, Cova, en la pesadilla que lo aflige, persigue a Alicia desesperanzado y la va a encontrar transformada en una araucaria. En Inferno verde, el torturador de Maiby transforma, figurativamente, a la mujer protagonista en un árbol. Las dos mujeres son torturadas de forma bárbara, sufriendo cortadas en los cuerpos y sangrando. Rangel compara a Maiby con una extravagante orquídea y Rivera, usando la creencia popular de que las orquídeas son parásitas debido al hecho de vivir en árboles, opera una metamorfosis en Alicia. De árbol ella se transforma en “parásita”, esto es, una orquídea.
Además de eso, el título original de la novela de Rivera, La vorágine, podría haber sido sugerido por un cuento de Rangel, Inferno verde, en el cual el escritor usa la palabra portuguesa poco común voragem para expresar la brutal voracidad, o vórtice, de la selva tropical:102 “Un hombre había muerto de una cornada en la hamaca en que dormía. Era todo un rebaño cogido en un navío fantasma, para ser lanzado a una vorágine; y con el rebaño, una carga pillada por corsarios”.103
OS SERINGAES, DE MÁRIO GUEDES, Y LA VORÁGINE
Cuando se comparan esas anotaciones hechas en Os seringaes, de Mário Guedes, con las que Rivera hizo en Inferno verde, estas son bastante limitadas en términos de cantidad y de calidad de la información. Es claro que es necesario que se haga un análisis más profundo del ofrecido aquí para demostrar la importancia de Os seringaes y de cómo este libro constituye una fuente inexorable de datos sobre los medios de extracción del caucho y la industria de ese producto en la Amazonía, una minienciclopedia, útil incluso para quien está familiarizado con el asunto.
De las varias notas marginales que Rivera escribió en su ejemplar de Os seringaes, las más relevantes son: apuí (23)104, marfim-vegetal (24)105, la relación hombre-naturaleza (25), el color oscuro de las aguas del río Negro (27), ygapó (40)106, las deudas absurdas acumuladas por las caucheros (100), el proceso de ahumar el caucho (114-115)107, la coagulación del caucho (113-114), el uso del buião o boião (114-115), la diferencia entre siringa y caucho (118), el aviado (119)108, los varios usos que el cauchero hace de su rifle (134, 138-139), el uso del jamaxi (138)109, ríos navegables en la Amazonía (145), expresiones regionales (154)110, negociaciones en las ventas de caucho (166), inmigrantes del Ceará (167, 170-171), nombres de animales (223-228), la masacre de indios (235) y el futuro de la región amazónica (237).
RAZA, NACIÓN Y CULTURA EN LA VORÁGINE
La configuración étnica de la Amazonía durante el apogeo de la industria del caucho es compleja, una vez que varias y diferentes nacionalidades coexistían y competían entre sí. Debido a sus vastos recursos naturales y a la enorme mano de obra nativa, la Amazonía atrajo un grupo diverso de personas en busca de riquezas. La novela de Rivera retrata esa amalgama con enorme competencia. En el libro transitan, de modo totalizador o con simples alusiones, indios no aculturados, individuos mestizos (como el personaje El Pipa), barones del caucho (Arana y Funes), un poderoso cauchero de origen sirio (Pezil), un regateador árabe (Zoraida Ayram), un odioso contratador de mano de obra (Narciso Barrera), un comerciante judío (Barchilón), un italiano aventurero (Peggi), un francés explorador y científico (el “mosiú”), un fugitivo de la Guayana Francesa (El Cayeno) y un grupo de caucheros brasileños (Manuel Cardoso, Lauro Coutinho y Souza Machado). Durante el auge de la extracción de látex, en el periodo 1900-1920, miles de extranjeros e inmigrantes continentales se sumaron a los indios. La región también abriga varios países diferentes y, en esa época, en constantes disputas fronterizas. Además, en ese mismo periodo, los esfuerzos de los gobiernos y otros interesados en categorizar territorios y personas anduvieron en contravía de la mayoría de sus pueblos, para los cuales la identidad nacional tenía poca o ninguna importancia. Históricamente, las poblaciones nativas y mestizas de los llanos suramericanos y de la selva se resistieron a esas categorías. Por lo menos hasta finales del siglo XIX, pese a las campañas gubernamentales, los individuos comunes de la región mostraban menos preocupación por ser colombianos, brasileños o venezolanos que por su derecho a vivir libremente en lo que todavía era un área amorfa y que aún hoy continúa siendo vasta. Vivir en libertad en ese contexto significaba mucho más que sobrevivir; quería decir plantar raíces en la tierra sin fronteras. Nada ilustra más esa compleja situación geopolítica que la respuesta de Griselda a la pregunta:
—¿Eres colombiana de nacimiento?
—Yo soy únicamente yanera, del lao de Manare. Dicen que soy craveña, pero no soy del Cravo; que pauteña, pero no soy del Pauto. ¡Yo soy de todas estas yanuras! Pa qué más patria, si son tan beyas y tan dilatáas!111
En su novela, Rivera representa al grupo multiétnico, multinacional de Cova que se mueve rápidamente por toda la selva. La vorágine trae varias menciones al orgullo nacionalista de ese grupo, y, cuando él aparece con problemas, el autor soluciona con prontitud la tensión. Los nacionalismos de Cova y de Silva se manifiestan de modos diversos. El de Silva es intuitivo y resulta, principalmente, de su propio apego al suelo, como lo hemos demostrado. El de Cova es de distinta naturaleza: se deriva de su indignación ante la falta de interés de su gobierno y del abandono de “miles de trabajadores colombianos en las caucherías pertenecientes en gran parte a extranjeros. El silencio del Gobierno, para críticos como Rivera, equivalía a una complicidad tácita”.112 La situación geopolítica del siglo XIX, durante la cual continuó la fragmentación de la Amazonía hasta la década de 1920, contribuyó a la constante redefinición cartográfica de esa porción del continente suramericano: los países fueron divididos políticamente al inicio del siglo XX, con Perú, por ejemplo, disputando territorios con Colombia y Brasil.113
Rivera destaca el papel de Brasil en esa dinámica geopolítica, económica y cultural de la Amazonía por medio de cuadros que captan la vida de sus caucheros, su geografía y la lengua portuguesa. Al contrario de otras novelas del periodo, La vorágine mezcla el español y el portugués sin tildar a este de “idioma extranjero”. El portugués fue una lengua que Rivera apreció mucho y con la cual se sintió cómodo: “pues el portugués lo traduzco por adivinación, dada la similitud de nuestro idioma”.114
De las 195 palabras que incluyó en el glosario de la novela, doce son de origen portugués/tupi-guarani o son usadas corrientemente en Brasil. Aunque el diccionario español registre palabras como rapaces, palo a pique y yantar, estas no son usadas comúnmente en el lenguaje cotidiano. En la época, esas expresiones habrían sido más familiares para un hablante de portugués (por ejemplo, rapazes, pau a pique, farinha, jantar) que para un individuo de lengua española. En la novela, Rivera asocia veintiuna palabras a Brasil (sin contar los nombres propios). Algunas de ellas son portuguesas, otras son de origen tupi-guarani: fábrico115, rapaces (175, 331), estrada (245, 288), contos de réis (248), pirarucu (279), jacarandá (286, 320), balatá (298, 339), igarapé (302), saudades (327), tabari (332), mirití (332), massaranduba (338), cachaza (343), sernambí (366), batelón (369), palo a pique (318) y yantar (342).
A medida que nos aproximamos al final de la novela y los personajes viajan por el territorio brasileño para descubrir su destino, son mencionados otros nombres históricos asociados a Brasil: Pezil, João Castanheira Fontes, Monsenhor Massa, la quinta Naranjal (Laranjal), San Marcelino (São Marcelino), San Gabriel (São Gabriel da Cachoeira), Umarituba y Casa Rosas116 (fig. 3).
Rivera enfatizó la tienda de departamentos Armazéns o Casa Rosas, en la época un punto central de la economía regional. Ese nombre aparece siete veces en La vorágine117 y una vez en su informe oficial como “Casa Rosas”.118 Aunque muchos comerciantes ricos de Manaos tuvieran tiendas bien abastecidas y algunos ofrecían una variedad de productos, ninguna se comparaba a la Casa Rosas. Esa tienda de departamentos fue fundada en 1879, con la denominación de Araújo Rozas & Irmão, y sus propietarios se volvieron conocidos, después, por prestarles dinero a los dueños de caucherías. La Casa Rosas era administrada por dos portugueses, sus propietarios: José Gonçalves de Araújo Roza y Joaquim Gonçalves de Araújo. Con el transcurso de los años, su razón social fue cambiada varias veces y hoy es conocida con el nombre de J. G. Araújo. Los hermanos Araújo también abrieron otras tiendas en Iquitos, Porto Velho (río Madeira), Santa Isabel (río Negro), y en Vista Alegre (río Branco). La Casa Rosas tenía el monopolio local sobre los negocios del caucho y abastecía de mercancías a diversas regiones del Amazonas, a lo largo de los ríos Branco, Putumayo/ Iça y Negro. En su informe oficial, Rivera declara que, por un colega pasajero —agente de la Casa Rosas— del vapor “Inca”, él supo de la deuda de un enemigo, Leonidas Norzagaray Elicechea, con los hermanos Araújo.119 Para saldar parte de esa deuda, la Casa Rosas envió a Norzagaray Elicechea a Bogotá con el fin de conseguir la aprobación del gobierno para explotar varias áreas de caucho, inclusive las situadas a lo largo de los ríos Inírida y Papunagua. Esa historia, contada al novelista por un viajero de la Casa Rosas, ilustra el poder y el control que tenía ese negocio sobre los caucheros. También explica las diversas alusiones a la Casa Rosas en La vorágine, ya que esta firma desempeñó un papel muy influyente y comercialmente cuestionable en la industria amazónica del caucho.
Como intentamos demostrar en este capítulo, es significativa la relación entre Rivera y Brasil. Los indicios presentados aquí muestran que esa relación no fue tenue ni superficial, como pensaban algunos críticos. Durante su viaje por la Amazonía brasileña y su navegación por los ríos, Rivera entrevistó a las personas que se encontró a lo largo del camino. Algunos eran caucheros, otros comerciantes, autoridades locales, y uno era clérigo. En Manaos se reunió con el poderoso hombre de negocios J. G. Araújo y obtuvo de él importante información.120 Incluso es sorprendente cómo Rivera hace un buen uso de ciertos libros brasileños, no por la cantidad de ítems que tomó prestados, sino por la calidad de esas obras. Uno de ellos se volvió indispensable para su total conocimiento de la operación de las caucherías (Os seringaes, de Mário Guedes), otros probaron ser vitales para su empresa artística (por ejemplo, Os sertões y À margem da história, de Euclides da Cunha, e Inferno verde, de Alberto Rangel). Ciertamente, no fueron, de nuevo, esos libros los únicos elementos con los que Brasil contribuyó a la novela del autor colombiano. También hubo fotografías, encontradas y adquiridas, pero probablemente en Manaos, que produjeron un gran impacto sobre la ontología de La vorágine, como lo veremos adelante.

FIGURA 3. Armazéns “Rosas”, la tienda de J. G. Araújo en Manaos
Fuente: Museu Amazônico da Universidade Federal do Amazonas, Manaos, AM, Brasil.
NOTAS
1 Lesley Wylie, Colonial Tropes and Postcolonial Tricks: Rewriting the Tropics in the Novela de la Selva (Liverpool: Liverpool University, 2009), 3.
2 Lesley Wylie, Colonial Tropes and Postcolonial Tricks: Rewriting the Tropics in the Novela de la Selva (Liverpool: Liverpool University, 2009), 3. Se puede encontrar una visión general de ese corpus en Francisco Foot Hardman, A vingança da Hileia (São Paulo: Unesp, 2009), 25-35.
3 Otros títulos de ese autor son O cacaulista (1876, publicado bajo el seudónimo de Luiz Dolzani), Histórica de um pescador (1876), O coronel sangrado (1877) y Contos amazónicos (1892).
4 Hilda Soledad Pachón Farías (ed.), José Eustasio Rivera intelectual: textos y documentos (1912-1928) (Bogotá: Imprenta Editorial Universidad Nacional de Colombia, 1991), 43.
5 José Eustasio Rivera, La vorágine (Madrid: Cátedra, 2006), 380.
6 Véase Jornal do Commercio (Manaos), del 14 de julio de 1923.
7 Véase Gazeta da Tarde (Manaos), del 17 de julio de 1923; Jornal do Commercio (Manaos), del 20 de julio de 1923; Folha do Norte (Belém), del 27 de julio y del 8 de agosto de 1923, y Estado do Pará (Belém), del 27 de julio de 1923.
8 Hilda Soledad Pachón Farías (ed.), José Eustasio Rivera intelectual: textos y documentos (1912-1928) (Bogotá: Impresa Editorial Universidad Nacional de Colombia, 1991), 43. Salamanca Torres es el autor de La Amazonía colombiana (1916), un libro en el que Rivera se inspiró vastamente.
9 Larrázabal también tomó una foto de Rivera al lado de la tumba de Terán. Peña Gutiérrez, Breve historia de José Eustasio Rivera (Bogotá: Cooperativa Editorial, 1988), 42.
10 La primera edición (1914) y la segunda (1920) fueron publicadas en Río de Janeiro, por Jachintho Ribeiro dos Santos. Rivera usa la segunda edición. Desafortunadamente, la mayoría de los estudiosos de la Amazonía desconoce la biografía de Guedes. El nombre completo de Guedes era Mário Guedes Naylor, graduado en el Colegio Pedro II, en Río de Janeiro, alrededor de 1920. Publicó dos ediciones de Os seringaes y escribió una tesis bajo el título A ideia de independencia na América, con la cual se candidatizó a un cargo docente en el mismo colegio donde estudió. Además de eso, escribió Pequena mithologia y colaboró en el diario Jornal do Commercio, de Río de Janeiro. Fue nombrado para el Puesto Fiscal en el río Caeté, en Acre, y falleció en Río de Janeiro el 20 de junio de 1936.
11 Véase Carmen Millán de Benavides, “Baquianas colombianas: una vista a la biblioteca de José Eustasio Rivera”, http://revistanumero.net/2006/51/baqui.html (consultada el 5 de diciembre de 2010), 476. Neale Silva fecha la llegada de Rivera a Puerto Colombia el 21 de septiembre de 1923.
12 Es bastante probable que Rivera haya adquirido À margem da história, de Euclides da Cunha, en Belém. Al contrario de los otros libros, que tenían sellos de librerías de esta ciudad o de Manaos, este ítem en particular no tiene sello. Por lo tanto, como Contrastes e confrontos fue comprado en Belém, estamos suponiendo que también haya comprado À margem da história en la misma localidad.
13 No logramos identificar cuándo ni dónde Rivera adquirió Os seringaes. En la penúltima página del libro de Guedes, Rivera escribió “el 19 de agosto de 1923 leí y anoté este libro, /en altamar a bordo de “Camoens”, /viajando de Belém do Pará hacia la isla de Trinidad”.
14 En el manuscrito original: que era es…
15 Sonsaque: acto de robarle un trabajador a un patrón para transferirlo a otro.
16 En el manuscrito original: los empatrones. Muchos salían a contratarlo gomeros en las ciudades en pueblos lejanos pero al llegar con ellos llegar/traerlos a los al siringales, estos los enganchados los peones se burlaban del contratista, enganchándose en otra empresa Muchos…
17 En el manuscrito original: pueblos los peones de la cosecha cuadrillas…
18 En el manuscrito original: mas estos los…
19 En el manuscrito original: empresa. Hasta [ilegible]. Hoy…
20 En el manuscrito original: S. F. del At. existe crearon…
21 En el manuscrito original: reglamento que por corregir este inconvenien que…
22 En el manuscrito original: entre contratistas los…
23 En el manuscrito original: derecho [ilegible] a que garantice a exigirle…
24 José Eustasio Rivera, La vorágine [Manuscrito], Biblioteca Nacional de Colombia, http://www.bibliotecanacional.gov.co/content/manuscrito-de-la-vor%C3%A1gine.
25 José Eustasio Rivera, La vorágine (Madrid: Cátedra, 2006), 250-251.
26 Otros textos de narrativas de la selva son Heart of Darkness (El corazón de las tinieblas, 1899), de Joseph Conrad; ensayos sobre la Amazonía (1904-1909), de Euclides da Cunha; Inferno verde (1908), de Alberto Rangel; El salvaje (1920), de Horacio Quiroga; La selva (1930), de José Maria Ferreira de Castro; Los pasos perdidos (1953), de Alejo Carpentier, y, de Mario Vargas Llosa, La casa verde (1963), Pantaleón y las visitadoras (1973), El hablador (1987) y El sueño del celta (2010).
27 Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), 232-260.
28 Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), 245-246.
29 Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), 407, 424, 425.
30 Referencia que el autor hace a la novela del autor mexicano Mariano Azuela (1873-1952), Los de abajo, publicada en folletines en 1915 (El Paso, Texas) y en forma de libro al año siguiente.
31 Véase David Rivera, “Rivera íntimo”, en José Eustasio Rivera, José Eustasio Rivera: obras completas (Medellín: Editorial R. Montoya y Montoya, 1963), 19.
32 Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), 261, 289.
33 Sin embargo, Rivera dejó un legado de ideas que César Uribe Piedrahita utilizó en su novela, Mancha de aceite (1935), una narrativa sobre la explotación de petróleo en Zulia, Venezuela.
34 Euclides da Cunha, “Correspondência”, en Vida literária, artística, scientifica e social (Río de Janeiro: Febrero 18 1932), 12-13.
35 Pedro Maligo, Land of Metaphorical Desires: The Representation of Amazonia in Brazilian Literature (Nueva York: Peter Lang, 1998), 85.
36 Euclides da Cunha dejó Río de Janeiro el 13 de diciembre de 1904; llegó a Manaos el 30 del mismo mes y año, y el 5 de abril partió hacia el río Purus. Regresó a Manaos el 23 de octubre de 1905, donde permaneció más o menos hasta el 16 de diciembre del mismo año. Desembarcó en Río de Janeiro el 5 de enero del año siguiente. Rivera dejó Bogotá el 19 de septiembre de 1922; llegó a Caicara (Venezuela) el 22 de octubre; viajó por la Amazonía y dejó Belém el 16 de agosto de 1923. Da Cunha y Rivera permanecieron en la región amazónica más o menos un total de doce y diez meses, respectivamente.
37 Euclides da Cunha, “Correspondência”, en Vida literária, artística, scientifica e social (Río de Janeiro: febrero 18 de 1932), 268-269.
38 Euclides da Cunha, “Preámbulo”, en Alberto Rangel, Inferno verde (Génova: S. A. Clichés Celluloide Bacigalupi, 1908), 4.
39 Euclides da Cunha, “Preámbulo”, en Alberto Rangel, Inferno verde (Génova: S. A. Clichés Celluloide Bacigalupi, 1908), 4.
40 Francisco Foot Hardman, A vingança da Hileia (São Paulo: UNESP, 2009), 67.
41 Euclides da Cunha, Preámbulo al Inferno verde de Alberto Rangel, 4-5.
42 Caspar Whiffen, The North-West Amazons: Notes of Some Months Spent among Cannibal Tribes (Nueva York: Duffield and Company, 1915), 27.
43 Ariano Suassuna, Iniciação à estética (Río de Janeiro: José Olympio, 2009), 53.
44 Euclides da Cunha, À margem da história (São Paulo: Editora da UNESP, 2019), 38.
45 Euclides da Cunha, Ensaios e inéditos (São Paulo: Editora da UNESP, 2018), 95.
46 Euclides da Cunha, À margem da história (São Paulo: Editora da UNESP, 2019), 84.
47 Euclides da Cunha, À margem da história (São Paulo: Editora da UNESP, 2019), 84.
48 Da Cunha. Preámbulo. Inferno verde, 10.
49 Cristóbal de Acuña, Nuevo descubrimiento del Gran Río de las Amazonas (Madrid: Vervuert, 2009), 98. Véanse también las observaciones de Jorge Cañizares-Esguerra sobre el libro Paraíso en el Nuevo Mundo (¿1645-1650?), de Antonio León Pinelo (Cañizares-Esguerra, Nature, Empire and Nation: Explorations of the History of Science in the Iberian World, Stanford, Stanford University Press, 2006, 116-121).
50 Eduardo Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera (México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), 244.
51 Euclides da Cunha, “Correspondência”, en Vida literária, artística, scientífica e social (Río de Janeiro: febrero 8 de 1932), 12. Agradezco al amigo y colega Felipe Rissato por llamar nuestra atención sobre esta carta de Euclides da Cunha dirigida a Afonso Arinos.
52 José Eustasio Rivera, “Carta a Henry Ford”, en Hilda Soledad Pachón-Farías (ed.), José Eustasio Rivera intelectual: textos y documentos (1912-1928) (Bogotá: Impresa Editorial Universidad Nacional de Colombia, 1991), 105.
53 Joaquín Rocha, Memorandum de viaje (regiones amazónicas) (Bogotá: Casa Editorial de “El Mercurio”, 1905), 29.
54 José Eustasio Rivera, La vorágine (Madrid: Cátedra, 2006), 189-190.
55 Horacio Quiroga, “La selva de José Eustasio Rivera”, en Montserrat Ordóñez Vila (comp.), “La vorágine”: textos críticos (Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987), 79.
56 Citado por Neale-Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera (México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1986), 306.
57 José Eustasio Rivera, La vorágine (Madrid: Cátedra, 2006), 357-358.
58 Pedro Maligo, Land of Metaphorical Desires: The Representation of Amazonia in Brazilian Literature (Nueva York: Peter Lang, 1998), 38.
59 Véase el libro de Harold Bloom, The Anxiety of Influence: A Theory of Poetry.
60 José Eustasio Rivera, en Vicente Pérez Silva, José Eustasio Rivera, polemista (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1989), 325. En este libro (307-333), se encuentra un relato completo de la polémica. Sin embargo, incluso Joseph Conrad fue persuadido de que Cunninghame Graham había creado una ópera prima. Como nos lo recuerda French (en Nature, Neo-Colonialism, and the Spanish American Regional Writers [Hanover: Dartmouth College Press, 2005], 120), el número de El Tiempo del 16 de septiembre de 1913, en la sección “Páginas Literarias”, incluyó un ensayo de Cunningham Graham, “que, como miembro del Parlamento [Británico], había asistido al testimonio de Hardenburg”. Existen fuertes motivos para creer que Rivera estaba realmente familiarizado con los textos de Cunningham Graham sobre algunos tópicos relacionados con América del Sur.
61 Véase Frederick C. H. García, “Duas apresentações de Euclides da Cunha”, Luso-Brazilian Review, 7 (1), Summer 1970, 23-34; Fernando Erickson & Glenn Erickson, “Cunninghame Graham’s Plagiarism of da Cunha’s Os sertões and Its Role in Vargas Llosa’s La guerra del fin del mundo”, Luso-Brazilian Review, 29 (2), 1992, 67-85, y Wilson Martins, “O Escocês plagiário”, O Globo, Río de Janeiro, 7 de octubre de 1993, 4.
62 Para una comparación de los pasajes completos de los dos libros, véase Vicente Pérez-Silva Raíces históricas de La vorágine (Bogotá: Buena Semilla, 1988), 312-313.
63 Euclides da Cunha, Os sertões (Cotia: SP, Ateliê, 2006), 223.
64 Euclides da Cunha, Os sertões (Cotia: SP, Ateliê, 2006), 210. El énfasis es mío.
65 José Eustasio Rivera, La vorágine (Madrid: Cátedra, 2006), 120. Los énfasis son míos.
66 José Eustasio Rivera, La vorágine (Madrid: Cátedra, 2006), 121.
67 José Eustasio Rivera, La vorágine (Madrid: Cátedra, 2006), 121. Él énfasis es mío.
68 Euclides da Cunha, Os sertões (Cotia: SP, Ateliê, 2006), 224.
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