Read the book: «Canción dulce»

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CANCIÓN DULCE


PRIMERA EDICIÓN marzo 2017 DÉCIMA EDICIÓN marzo 2020 TÍTULO ORIGINAL Chanson douce

Publicado por

EDITORIAL CABARET VOLTAIRE S.L.

info@cabaretvoltaire.es www.cabaretvoltaire.es

©2016 Éditions Gallimard

©de la traducción, 2017 Malika Embarek López

©de esta edición, 2017 Editorial Cabaret Voltaire SL

IBIC: FA

ISBN-13: 978-84-190470-8-3

DEPÓSITO LEGAL: B-3601-2017

Producción del ePub: booqlab

Dirección y Diseño de la Colección MIGUEL LÁZARO GARCÍA JOSÉ MIGUEL POMARES VALDIVIA

Cubierta: Series Out My Window ©Gail Albert Halaban Guarda: Leila Slimani ©Catherine Hélie

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro -incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet- y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.

Para Émile

Miss Vezzis había venido del otro lado de la Frontera para cuidar a unos niños en casa de una familia […] La señora declaró que Miss Vezzis no valía nada, que no era limpia y que no mostraba ningún interés. Ni por un momento pensó que Miss Vezzis tenía que vivir su propia vida, preocuparse de sus propias cosas, y que para ella estas eran lo más importante que tenía en el mundo.

RUDYARD KIPLING,

Cuentos de las colinas

«Entiéndame, caballero, ¿sabe lo que significa que uno no tenga ya un lugar adonde ir?» La pregunta que Marmeladov le había hecho la víspera le acudió de pronto a la mente. «Pues todo hombre debe tener un lugar adonde ir.»

DOSTOYEVSKI,

Crimen y castigo

El bebé ha muerto. Bastaron unos pocos segundos. El médico aseguró que no había sufrido. Lo tendieron en una funda gris y cerraron la cremallera sobre el cuerpo desarticulado que flotaba entre los juguetes. La niña, en cambio, seguía viva cuando llegaron los del servicio de emergencias. Se debatió como una fiera. Había huellas de forcejeo, fragmentos de piel en sus uñitas blandas. En la ambulancia que la conducía al hospital se agitaba, presa de convulsiones. Con los ojos desorbitados, parecía buscar aire. La garganta la tenía llena de sangre. Los pulmones, perforados, y se había dado un fuerte golpe en la cabeza contra la cómoda azul.

Fotografiaron la escena del crimen. Los policías recogieron huellas y midieron la superficie del cuarto de baño y del dormitorio de los niños. En el suelo, la alfombra de princesas estaba empapada en sangre. El cambiador, medio volcado. Se llevaron los juguetes en unas bolsas transparentes precintadas. La cómoda azul también servirá en el juicio.

La madre estaba en estado de shock. Eso dijeron los bomberos, repitieron los policías, escribieron los periodistas. Al entrar en el cuarto donde yacían sus hijos, lanzó un grito desde lo más hondo, un aullido de loba. Las paredes temblaron. La noche se abatió sobre ese día de mayo. Vomitó, y así fue como la halló la policía, con la ropa sucia, en cuclillas, quebrada en sollozos como una loca. Aullaba hasta desgarrarse los pulmones. El enfermero de la ambulancia hizo un gesto discreto con la cabeza, la pusieron de pie, a pesar de su resistencia, de sus patadas. La alzaron despacio y la joven interna del SAMU le administró un sedante. Era su primer mes de prácticas.

A la otra también tuvieron que salvarla. Con la misma profesionalidad y sangre fría. No supo morir. Solo dar muerte. Se cortó las venas de las muñecas y se clavó el cuchillo en la garganta. Perdió el conocimiento al pie de la cunita de barrotes. La incorporaron, le tomaron el pulso y la tensión. La pusieron en la camilla, y la joven médica en prácticas mantuvo la mano presionada contra su cuello.

Los vecinos se han agolpado a la entrada del edificio. Mujeres más que nada. Se acerca la hora de recoger a los niños del colegio. Observan la ambulancia, con los ojos cuajados de lágrimas. Lloran y quieren enterarse. Se alzan de puntillas. Intentan distinguir lo que ocurre tras el cordón policial, dentro de la ambulancia que ha arrancado con las sirenas a todo volumen. Se susurran información al oído. Ya corre el rumor. Ha sucedido una desgracia a los niños.

Es un bonito edificio de la Rue d’Hauteville, en el distrito 10. Un edificio donde los vecinos, sin conocerse, se saludan con calidez. La casa de los Massé está en la quinta planta. Es la más pequeña del inmueble. Paul y Myriam construyeron un tabique en mitad del salón cuando nació el segundo hijo. El dormitorio de ellos es diminuto, situado entre la cocina y la ventana que da a la calle. A Myriam le gustan los muebles vintage y las alfombras bereberes. En la pared ha colgado unas estampas japonesas.

Hoy llegó a casa más temprano que de costumbre. Abrevió una reunión y aplazó hasta el día siguiente el estudio de un caso. Sentada en un vagón de la línea 7 del metro había pensado en darles una sorpresa a los niños. Al llegar, se detuvo en la panadería. Compró una baguette, un postre para los críos y un bizcocho a la naranja para la niñera. Es su preferido.

Pensó que los llevaría al tiovivo. Irían juntos a hacer la compra para la cena. Mila le pediría un juguete. Adam mordisquearía un trozo de pan en su cochecito.

Adam ha muerto. Mila va a sucumbir.

«Sin papeles, no. Espero que estés de acuerdo. Si se tratara de una asistenta o de un pintor de brocha gorda, no me importaría. Esa gente tendrá que vivir de algo, pero cuidar de los niños es distinto, es muy arriesgado. No quiero a una persona que tema llamar a la policía o ir a un hospital en caso de una urgencia. Aparte de eso, que no sea demasiado mayor, que no lleve pañuelo y que no fume. Lo principal es que sea una mujer dinámica y que tenga tiempo para nosotros. Que trabaje para que podamos trabajar.» Paul ha preparado todo. Ha establecido una lista de preguntas y calculado media hora por entrevista. Dedicarán la tarde del sábado a encontrar una niñera para sus hijos.

Unos días antes, mientras Myriam comentaba que estaba buscando a alguien que cuidara de los niños a su amiga Emma, esta se quejó de la mujer que se ocupaba de los suyos. «Tiene dos hijos aquí, así que nunca puede quedarse un poco más tarde o cuando la necesito. No es práctico. Considéralo al entrevistarlas. Si tiene hijos, más vale que los haya dejado en su país.» Le agradeció el consejo, pero en el fondo el discurso de Emma la había incomodado. Si alguien que quisiera contratarla se hubiera referido a ella o a alguna de sus amigas de ese modo, se habrían indignado ante semejante discriminación. Le parecía horrible descartar a una mujer porque tuviera hijos. Prefiere no tratar ese tema con Paul. Su marido es como Emma. Un pragmático que pone a los suyos y su carrera por delante de todo.

Esta mañana, fueron al mercado en familia, los cuatro. Mila sobre los hombros de Paul y Adam dormido en su cochecito. Han comprado flores y están ordenando la casa. Quieren dar una buena impresión a las niñeras que van a entrevistar. Recogen los libros y revistas desperdigados por el suelo, debajo de la cama y hasta en el cuarto de baño. Paul le pide a Mila que ordene sus juguetes y los ponga en los cajones de plástico. La niña protesta lloriqueando y al final él los amontona contra la pared. Doblan la ropa de los niños, cambian las sábanas de las camas. Limpian, tiran cosas a la basura y procuran a toda costa airear esta casa en la que se asfixian. Les gustaría que ellas vieran que son correctos, serios y ordenados, unos padres que buscan lo mejor para sus hijos. Que entiendan que ellos son los que mandan.

Mila y Adam están durmiendo la siesta. Myriam y Paul, sentados en el borde de su cama de matrimonio. Angustiados y confusos. Nunca han puesto a sus hijos en manos de nadie. Myriam estaba acabando la carrera de derecho cuando se quedó embarazada de Mila. Sacó el título dos semanas antes de dar a luz. Paul entonces hacía prácticas en empresas, las que se presentaran, con ese optimismo que la había seducido cuando lo conoció. Estaba seguro de que podía trabajar por los dos. Seguro de triunfar en la producción musical, a pesar de la crisis y de los recortes.

Mila era un bebé delicado, irritable, que lloraba sin cesar. No engordaba, rechazaba el pecho de su madre y los biberones que le preparaba su padre. Siempre asomada a la cuna de la pequeña, Myriam se había olvidado hasta del mundo exterior. Sus ambiciones se limitaban a intentar que aquella criatura frágil y llorona engordase algunos gramos. Los meses pasaban volando. Paul y Myriam no se separaban jamás de Mila. Fingían no notar que sus amigos estaban hartos, que comentaban a sus espaldas lo inadecuado de llevar a un bebé a un bar o de colocarlo en el banco de un bistró. Pero Myriam no quería saber nada de recurrir a una canguro. Ella era la única capaz de responder a las necesidades de su hija.

Apenas había cumplido Mila año y medio cuando Myriam se quedó de nuevo embarazada. Siempre alegó que había sido un accidente. «La píldora no es segura al cien por cien», decía riéndose con sus amigas. En realidad, había sido un embarazo premeditado. Adam fue la excusa para seguir disfrutando de la dulzura del hogar. Paul no emitió reserva alguna. Acababan de contratarlo como asistente de sonido en un conocido estudio, donde trabajaba día y noche, rehén de los caprichos de los artistas y de sus horarios. Su esposa parecía satisfecha con esa maternidad animal. La vida en una burbuja, lejos del mundo y de los demás, los protegía de todo.

Pero el tiempo empezó a resultarles eterno, la perfecta mecánica familiar se había atascado. Los padres de Paul, que les solían echar una mano cuando nació la pequeña, ahora pasaban temporadas más largas en su casa de campo, ocupados con unas reformas. Un mes antes del parto de Myriam, organizaron un viaje de tres semanas por Asia y avisaron a Paul en el último momento. Le sentó fatal, se quejó a Myriam del egoísmo de sus padres, de su falta de consideración. Pero para ella fue un alivio. No soportaba tener a Sylvie hasta en la sopa. Escuchaba sonriente los consejos de su suegra, se reprimía cuando la veía registrar la nevera y criticar los alimentos que contenía. Sylvie era de las que compraban productos ecológicos. Le preparaba la comida a Mila pero dejaba la cocina patas arriba. Myriam y ella nunca estaban de acuerdo sobre nada, y en la casa reinaba un malestar concentrado, hirviente, que amenazaba cada segundo en transformarse en gresca. «Deja que disfruten tus padres. Tienen razón de pasárselo bien ahora que están libres», acabó diciendo Myriam a Paul.

No había medido el alcance de lo que se avecinaba. Con dos hijos todo se complicaba: hacer la compra, bañarlos, llevarlos al médico, limpiar la casa. El agobio le pasaba factura. Myriam perdía vitalidad. Cada vez odiaba más las salidas al parque infantil. Los días de invierno se le hacían interminables. Las rabietas de Mila la sacaban de quicio, los primeros balbuceos de Adam la dejaban indiferente. Su necesidad de salir a caminar sola iba en aumento. De gritar como una loca en la calle. «Me están comiendo viva», se decía a veces.

Envidiaba a su marido. Al caer la tarde esperaba impaciente su llegada. Se quejaba durante un buen rato de los gritos de los niños, de lo pequeña que era la casa, de lo mucho que se aburría. Cuando le tocaba a él hablar y le contaba las sesiones maratonianas de grabación de un grupo de hip-hop, ella le soltaba con rabia: «¡Qué suerte tienes!». Él contestaba: «La que tiene suerte eres tú. Cuánto me gustaría verlos crecer». En ese juego nadie salía ganando.

Por la noche, Paul se quedaba profundamente dormido a su lado, con el sueño del que ha trabajado todo el día y merece un buen descanso. Ella se reconcomía por la amargura y la insatisfacción. Pensaba en el esfuerzo realizado para acabar la carrera, a pesar de la falta de dinero y de apoyo de sus padres, en la alegría que sintió al acceder a la abogacía y vestir por primera vez la toga, en la foto que le hizo entonces Paul, con ella puesta, delante del portal, orgullosa y sonriente.

Durante meses fingió que aceptaba su situación. Ni siquiera pudo confesar a Paul lo avergonzada que estaba. Cómo se sentía morir por no tener nada que contar más que las monerías de los niños y las conversaciones entre desconocidos a los que espiaba en el supermercado. Empezó a rechazar todas las invitaciones a cenar de los amigos, a no responder a sus llamadas. Desconfiaba en particular de las amigas. ¡Podían ser tan crueles! Le entraban ganas de estrangular a las que fingían que la admiraban, o, aún peor, que la envidiaban. Estaba harta de oírlas quejarse de su trabajo, de no ver con más frecuencia a sus hijos. Pero a quien más temía era a los desconocidos. Esos que preguntaban inocentemente en qué trabajaba, y se daban media vuelta ante la evocación de una vida de ama de casa.

Un día, al salir del Monoprix del Boulevard Saint-Denis, se dio cuenta de que sin querer había sustraído unos calcetines de niño, olvidados en el cochecito. Aunque estaba a muy pocos metros de su casa, hubiera podido regresar a los almacenes para devolverlos, pero desistió. No se lo contó a Paul. Era un incidente sin interés, aunque no dejaba de pensar en ello. Tras este episodio acudía con regularidad a Monoprix y escondía un champú, una crema o una barra de labios que nunca iba a usar. Estaba convencida de que si la pillaban, bastaría con interpretar el papel de madre desbordada de trabajo. Creerían, sin dudarlo, en su buena fe. Esos robos ridículos la exaltaban. Se iba riendo sola por la calle, con la impresión de burlarse del mundo entero.

Cuando se topó por casualidad con Pascal, lo interpretó como un buen augurio. En un primer momento, su antiguo compañero de la facultad de Derecho no la reconoció: ella llevaba un pantalón que le quedaba grande, unas botas muy gastadas y el pelo sucio recogido en un moño. Estaba de pie, ante el tiovivo del que Mila se negaba a bajar. «Esta es la última vuelta», le decía cada vez que su hija, agarrada con fuerza al caballito, pasaba delante de ella y le hacía una seña con la mano. Myriam alzó la vista: Pascal estaba sonriéndole con los brazos abiertos, en ademán de sorpresa y alegría. Ella le devolvió la sonrisa, con las manos aferradas al cochecito de Adam. Pascal no tenía mucho tiempo pero, casualmente, había quedado con alguien a dos pasos de la casa de Myriam. «De todas formas, yo ya me iba. ¿Hacemos el camino juntos?», le propuso ella.

Myriam se abalanzó sobre Mila, que gritaba a todo pulmón. Se negaba a andar, y Myriam se obstinaba en sonreír, en fingir que dominaba la situación. No dejaba de pensar en el viejo jersey que llevaba debajo del abrigo, y en que Pascal habría notado lo desgastado que estaba el cuello. Se pasaba la mano frenéticamente por las sienes, como si ello bastara para ordenar su cabello seco y enredado. No parecía que Pascal se diese cuenta de nada. Le habló del bufete que había montado con dos compañeros de promoción, de los inconvenientes y las alegrías de trabajar por cuenta propia. Myriam bebía sus palabras. Mila la interrumpía sin cesar. Habría dado cualquier cosa para que la niña se callara. Sin dejar de mirar a Pascal, registró en el bolso, en los bolsillos, para encontrar un caramelo, cualquier chuchería que comprara el silencio de su hija.

Pascal casi ni se fijó en los niños. No le pregunto cómo se llamaban. Ni siquiera Adam, dormido en su cochecito, con una expresión apacible, adorable, lo había emocionado o enternecido.

«Es aquí.» Pascal le dio un beso en la mejilla. Dijo: «Me ha encantado verte», y entró en el edificio. El ruido de la pesada puerta azul al cerrarse sobresaltó a Myriam. Se puso a rezar en silencio. Allí mismo. Estaba tan desesperada que se habría sentado en el suelo y echado a llorar. Se habría enganchado a las piernas de Pascal, le habría suplicado que la llevara con él, que le diera una oportunidad. Llegó a casa agotada. Se quedó observando cómo Mila jugaba tranquilamente. Bañó al bebé, diciéndose que esa felicidad, sencilla, muda, carcelaria, no bastaba para consolarla. Pascal debió de burlarse de ella. Quizá incluso telefoneó a algunos antiguos compañeros de la facultad para contarles la vida patética de Myriam que «ya no se parece a nada» y que «no ha tenido la carrera que uno hubiera esperado de ella».

Se pasó toda la noche imaginando unas conversaciones que la atormentaban por dentro. Al día siguiente, apenas salida de la ducha, oyó el sonido de un SMS. «No sé si has pensado en volver a la abogacía. Si te interesa, podemos hablarlo.» Por poco se pone a gritar de la alegría. Empezó a brincar por la casa y besó a Mila que decía: «¿Qué pasa, mamá, por qué te ríes?». Después, Myriam se preguntó si Pascal habría notado lo desesperada que estaba o si, sencillamente, consideró una bendición llovida del cielo su encuentro con Myriam Charfa, la estudiante más seria que jamás había conocido. Quizá también pensó en lo afortunado que era de poder contratar a alguien como ella, y encarrilarla de nuevo hacia las salas de audiencia.

Myriam se lo comentó a Paul, y su reacción la decepcionó. Él se encogió de hombros. «No sabía que querías trabajar.» Ella se enfadó mucho, de un modo desproporcionado. La conversación se agrió enseguida. Ella lo trató de egoísta. Él, de incoherente. «Vas a trabajar. Me parece bien. ¿Y qué hacemos con los niños?» Esbozó una risita burlona, como ridiculizando sus ambiciones, y ello reforzó su sensación de estar encerrada a cal y canto en aquella casa.

Una vez que se hubieron sosegado, ambos estudiaron pacientemente las opciones posibles. Era ya finales de enero: inútil pensar en encontrar plaza en un parvulario o en una guardería. No conocían a nadie en el Ayuntamiento. Y si ella se ponía a trabajar, estaría en la escala de salarios menos ajustada a la realidad: demasiado ricos para acceder por vía de urgencia a una ayuda y demasiado pobres para que el sueldo de una niñera no representara un sacrificio. Fue esa la opción que eligieron al final, después de que él afirmara: «Sumando las horas extra, la niñera y tú ganaréis casi lo mismo. Pero en fin, si crees que con ello te sentirás más realizada…». De aquella conversación ella conserva un gusto amargo. Se quedó resentida hacia Paul.

Quiso hacer las cosas bien. Para estar segura, se dirigió a una agencia de servicio doméstico que acababa de abrir en el barrio. Una oficina pequeña, decorada con sencillez, llevada por dos treintañeras. El escaparate, de un azul celeste, estaba adornado con estrellitas y pequeños camellos dorados. Myriam tocó el timbre. A través del cristal, la dueña la miró de arriba abajo. Se levantó despacio y asomó la cabeza por la puerta entreabierta:

«—¿Sí?

—Buenas.

—Si viene a inscribirse, necesitamos un expediente completo: su currículum y referencias firmadas por las señoras con las que ha trabajado.

—No vengo para eso. Estoy buscando una niñera para mis hijos».

El rostro de la joven cambió por completo. Parecía alegrarse al ver a una clienta entrar por la puerta, y a su vez estaba violenta por haberla tomado por lo que no era. ¿Quién hubiera pensado que aquella mujer agotada, con ese pelo enmarañado y crespo, fuera la madre de esa niñita tan mona que lloriqueaba en la acera?

La encargada abrió un enorme catálogo sobre el que se inclinó Myriam. «Siéntese», le propuso. Decenas de fotografías de mujeres, en su mayoría africanas o filipinas, pasaban ante sus ojos. Mila decía divertida: «Esta es fea, ¿verdad?». Su madre la reprendía, y con el corazón encogido regresaba a aquellos retratos borrosos o mal enfocados. Ni una mujer sonriente.

Le asqueaba la encargada. Su hipocresía, la cara redonda y enrojecida, el fular raído alrededor del cuello. Y ese racismo que había mostrado al principio. Todo le daba ganas de salir huyendo de allí. Se despidió con un apretón de manos. Prometió que lo hablaría con su marido, y no volvió jamás. En lugar de ello, colgó un anuncio en las tiendas del barrio. Aconsejada por una amiga, inundó los sitios de Internet con más anuncios indicando URGENTE. Al cabo de una semana, habían recibido seis llamadas.

Espera a la niñera como se espera al Salvador, aunque le aterroriza la idea de dejar a sus hijos. Sabe todo sobre ellos y desearía mantener secreto ese saber. Conoce sus gustos, sus manías. Adivina enseguida que están tristes o que se van a poner malitos. Siempre ha estado pendiente de ellos, convencida de que nadie mejor que ella podría protegerlos.

Desde que nacieron, siente miedo de cualquier cosa. Miedo de que se mueran, sobre todo. Nunca habla de ello, ni con sus amigos ni con Paul, aunque sabe que ellos también lo han pensado. Está segura de que, como ella, alguna vez se han quedado mirando a sus hijos mientras duermen, preguntándose qué pasaría si sus cuerpecitos fuesen cadáveres, y los ojos cerrados los tuvieran para siempre. Es superior a sus fuerzas. Unos escenarios atroces se alzan ante ella, los aleja de un movimiento de cabeza y recita oraciones, tocando madera o la manita de Fátima que cuelga de su cuello, heredada de su madre. Para alejar el mal de ojo, la enfermedad, los accidentes, los apetitos perversos de los depredadores. Sueña por la noche que los pierde de pronto, en medio de una muchedumbre indiferente. Grita: «¿Dónde están mis hijos?». Y la gente se echa a reír. Se creen que está chiflada.

«Se está retrasando. Mala señal.» Paul se impacienta. Se acerca a la puerta de entrada y observa por la mirilla. Son las dos y cuarto de la tarde, y la primera candidata, una filipina, no ha llegado aún.

A la dos y veinte, Gigi toca sin mucha energía a la puerta. Myriam va a abrirle. Observa enseguida que la mujer tiene unos pies pequeñísimos. A pesar del frío, lleva unas zapatillas de lona y unos calcetines blancos con un volante en el tobillo. Con casi cincuenta años, tiene pies de niña. Elegante, peinada con una trenza que le cae por la espalda. Paul le comenta con sequedad su retraso y Gigi, cabizbaja, murmura unas palabras de disculpa. Se expresa muy mal en francés. Paul inicia sin gran convencimiento una entrevista en inglés. Gigi habla de su experiencia. De los hijos que ha dejado en su tierra, del pequeño al que lleva diez años sin ver. Él no la piensa contratar. Le hace unas cuantas preguntas justo para salir del paso y a las dos y media la acompaña a la puerta. «La llamaremos. Thank you.»

Llega después Grace, una marfileña sonriente y sin papeles. Carolina, una rubia obesa con el pelo sucio, que durante toda la entrevista se queja del dolor de espalda y de sus problemas de circulación. Malika, una marroquí de cierta edad, que insiste en su experiencia de veinte años en el oficio y en lo que le gustan los niños. Myriam le ha dejado claro a Paul que no quiere contratar a una magrebí para cuidar de sus hijos. «No estaría mal», intenta convencerla él. «Les hablaría en árabe, puesto que tú no quieres hacerlo.» Pero ella se niega rotundamente. Teme que se establezca una complicidad tácita, un exceso de familiaridad entre ellas. Que la otra le haga comentarios en árabe. Le cuente su vida y en poco tiempo le pida mil cosas en nombre del idioma y la religión que las une. Siempre ha desconfiado de lo que ella llama la solidaridad entre inmigrantes.

Luego llegó Louise. Cuando Myriam cuenta esa primera entrevista le encanta decir que fue una evidencia. Como un flechazo amoroso. Insiste en evocar cómo su hija se comportó con ella. «Fue ella quien la eligió», le gusta aclarar. Mila acababa de levantarse de la siesta, despertada por los gritos ensordecedores de su hermanito. Paul fue a buscar al bebé, seguido de cerca por la niña, que se escondía entre sus piernas. Louise se levantó. Myriam describe esta escena y sigue fascinada por la determinación de la niñera. Cogió con delicadeza a Adam de los brazos de su padre y fingió no ver a Mila. «¿Dónde está la princesa? Creí ver a una princesa pero ha desaparecido.» Mila se echó a reír a carcajadas, y Louise siguió con su juego, buscando por las esquinas, debajo de la mesa, detrás del sofá, a la misteriosa princesa desaparecida.

Ellos le hacen algunas preguntas. Ella contesta que su marido ha muerto y su hija, Stéphanie, ya es mayor —«casi veinte años, parece mentira»—, por lo que dispone de mucho tiempo libre. Tiende a Paul un papel en el que están escritos los nombres de las personas con las que ha trabajado. Habla de los Rouvier, que encabezan la lista. «Con ellos estuve mucho tiempo. También tenían dos hijos. Dos chicos.» Ha seducido a Paul y a Myriam, por su semblante abierto, su sonrisa franca, unos labios que no tiemblan. Parece una mujer imperturbable. Con la mirada de alguien que puede entender todo, perdonar todo. Su rostro es como un mar en calma, del que nadie sospecharía los abismos que encierra.

Esa misma tarde, llaman al teléfono de la primera familia de la lista que Louise les ha dejado. Contesta una mujer, algo cortante. Al oír el nombre de Louise, cambia inmediatamente de tono. «¿Louise? ¡Qué suerte tienen ustedes de haber dado con ella! Fue como una segunda madre para mis hijos. Se nos rompió el corazón cuando tuvimos que separarnos de ella. No le digo más que, en esa época, incluso pensé en tener otro hijo para que se quedara con nosotros.»

Louise abre las persianas de su apartamento. Son las cinco de la mañana pasadas y en la calle las farolas siguen encendidas. Un hombre camina pegado a las fachadas de las casas para resguardarse de la lluvia que no ha dejado de caer en toda la noche. El viento silbaba en los canalones del tejado e invadió sus sueños. Se diría que la lluvia cae horizontal para golpear con dureza el edificio, las ventanas. A Louise le gusta mirar afuera. Justo enfrente, entre dos edificios siniestros, hay un chalet pequeño rodeado de un jardín cubierto de maleza. Una pareja joven se mudó allí a principios de verano, unos parisinos del centro, cuyos hijos juegan en el columpio y limpian el huerto los domingos. Louise se pregunta qué habrán venido a hacer a este barrio.

La falta de sueño le provoca escalofríos. Con la uña rasca una esquina de la ventana. Por mucho que los limpie con furia, dos veces por semana, siempre le parece que los cristales están opacos por el polvo y llenos de chorretones negros. Hay momentos en que querría limpiarlos hasta resquebrajarlos. Rasca cada vez con más fuerza con la punta del dedo índice, y se le rompe la uña. Se lleva el dedo a la boca y lo muerde para que deje de sangrar.

El apartamento solo tiene un cuarto que hace las veces de dormitorio y salón. Cada mañana recoge cuidadosamente el sofá cama y lo cubre con su funda negra. Come en la mesita baja, con la televisión siempre encendida. Pegadas a la pared hay unas cajas de cartón sin abrir. Contienen quizá unos cuantos objetos que podrían dar algo de vida a este estudio sin alma. A la derecha del sofá, está la fotografía de una adolescente con el pelo rojo, enmarcada con una moldura brillante.

Ha dispuesto delicadamente sobre el sofá su falda larga y su blusa. Recoge las bailarinas que ha dejado en el suelo, un modelo comprado hace más de diez años, que ha cuidado tanto que le parece nuevo. Son zapatos de charol, muy sencillos, con el tacón cuadrado y un discreto lazo. Se sienta y se pone a limpiar uno de ellos, humedeciendo un trozo de algodón en un bote de crema desmaquilladora. Sus gestos son lentos y precisos. Limpia con un cuidado obsesivo, absorta de lleno en su tarea. El algodón se ha cubierto de suciedad. Acerca el zapato a la lámpara colocada sobre el velador. Cuando juzga que el charol brilla lo suficiente, lo deja en el suelo y coge el otro.

Es tan temprano que le da tiempo a pintarse las uñas que se le han descascarillado con la limpieza. Rodea el índice de la uña rota con una tirita y aplica un discreto esmalte rosa en los demás dedos. Haciendo una excepción, y a pesar del precio, se ha teñido el pelo en la peluquería. Se lo recoge en un moño por encima de la nuca. Se maquilla, y la sombra de ojos azul la envejece, pese a su silueta tan delicada, tan menuda, que de lejos se le echaría apenas veinte años. Tiene, sin embargo, el doble.

Se mueve de un lado a otro del cuarto que le parece ahora más pequeño, más estrecho que nunca. Se sienta y no tarda nada en levantarse. Podría encender la televisión. Tomarse un té. Leer una revista femenina atrasada que tiene cerca de su cama. Pero teme relajarse demasiado, dejar que el tiempo corra, ceder a la indolencia. Este despertar tan madrugador la ha vuelto frágil, vulnerable. El simple vuelo de una mosca le haría cerrar los ojos un minuto, se podría quedar dormida y llegaría tarde. Debe mantenerse alerta, concentrar toda su atención en su primer día de trabajo.

No puede seguir esperando en casa. Todavía no son las seis, es muy pronto, pero ya se dirige deprisa a tomar el tren de cercanías. Tarda más de un cuarto de hora en llegar a la estación de Saint-Maur-des-Fossés. En el vagón se sienta frente a un viejo chino que se ha quedado dormido, con el cuerpo encogido y la frente apoyada en la ventanilla. Observa su rostro cansado. En cada parada, duda si debe despertarlo. Teme que se despiste, que vaya demasiado lejos, que abra los ojos y se encuentre solo, en el final de la línea y se vea obligado a deshacer el recorrido. Pero no le dice nada. Es más sensato no hablar con desconocidos. En una ocasión, una chica morena muy guapa por poco le da un bofetón. «¿Acaso tengo monos en la cara, por qué me miras?», le gritaba.

Al llegar a la estación de Auber, Louise salta al andén. Ya empieza a haber gente, una mujer la empuja mientras sube las escaleras para acceder al metro. Un olor repugnante a cruasán y chocolate quemado se le agarrota en la garganta. Toma la línea 7, en dirección a Opéra, y sale a la superficie en la estación de Poissonnière.

Como lleva casi una hora de adelanto, se sienta en la terraza del Paradis, un café sin encanto desde el que puede observar el portal del edificio. Juega con la cucharilla. Mira con avidez al hombre sentado a su derecha, chupando un cigarrillo con unos labios gruesos y viciosos. Querría arrebatárselo y darle una intensa calada. Ya no puede esperar más, paga el café y entra en el silencioso portal. Tocará el timbre dentro de un cuarto de hora. Mientras tanto, se sienta en un escalón, entre dos pisos. Oye un ruido, apenas tiene tiempo de levantarse. Es Paul, que baja trotando por las escaleras, con una bicicleta bajo el brazo y un casco rosa en la cabeza.

«—¡Louise! ¿Lleva usted aquí mucho rato? ¿Por qué no ha entrado?

—No quería molestar.

—Usted no molesta, al contrario. Tome, estas son sus llaves —le dice, sacando un llavero del bolsillo—. Suba, está usted en su casa.»

«Nuestra nunú es un hada.» Es lo que dice Myriam cuando cuenta la irrupción de Louise en sus vidas. Debe de tener poderes mágicos para haber transformado esta casa asfixiante, exigua, en un lugar apacible y luminoso. Ha empujado las paredes. Ha conseguido que los armarios sean más profundos, los cajones más anchos. Que la luz entre a raudales.

El primer día, Myriam le da algunas consignas. Le enseña cómo funcionan los aparatos. Insiste, mientras le muestra los objetos o alguna prenda de vestir: «Tenga cuidado con esto. Le tengo mucho aprecio». Le advierte especialmente sobre la colección de discos de vinilo de Paul, que los niños no deben tocar. La niñera asiente, muda y dócil. Observa cada cosa con el aplomo de un general ante una tierra que se dispone a conquistar.

Durante las semanas siguientes a su llegada, convirtió esta casa desordenada en un perfecto interior burgués. Impuso sus anticuados modales, su gusto por la perfección. Myriam y Paul no se lo pueden creer. Cose los botones de las chaquetas que llevan meses sin usar por pereza de buscar el costurero. Repasa los dobladillos de faldas y pantalones. Zurce la ropa de Mila que Myriam pensaba tirar sin más. Lava los visillos oscurecidos por el tabaco y el polvo. Cambia las sábanas una vez por semana. Myriam y Paul no caben en sí de gozo. Este le dice sonriente a Louise que tiene un parecido con Mary Poppins. No está muy seguro de que haya entendido el piropo.

Por la noche, el matrimonio, con la sensación de frescor de las sábanas limpias, ríe, incrédulo de su nueva vida. Como si hubieran encontrado un mirlo blanco o les hubieran echado una bendición. Evidentemente, el salario de Louise pesa en el presupuesto familiar, pero Paul ha dejado de quejarse. En pocas semanas, la presencia de la niñera se ha vuelto indispensable.

Cuando Myriam llega a casa del trabajo, a última hora de la tarde, se encuentra la cena lista. A los niños, tranquilos y peinaditos. Louise suscita y satisface las fantasías de la familia ideal, y Myriam se avergüenza de alimentarlas. Ha enseñado a Mila a ir recogiendo lo que desordena y, ante la mirada asombrada de los padres, la niña cuelga su abrigo en el perchero.

Los trastos inútiles han desaparecido. Con Louise, nada se acumula, ni la ropa ni los cacharros sucios, ni las cartas que uno se olvida de abrir y encuentra de pronto debajo de una revista atrasada. Nada se pudre, nada caduca. Nunca descuida nada. Es meticulosa. Anota todo en una libreta con tapas de florecitas. Los horarios de la clase de danza, de la salida del colegio, de las citas con el pediatra. Anota el nombre de las medicinas que toman los niños, el precio del helado que les compra cuando los lleva al tiovivo y la frase exacta que le ha dicho la maestra de Mila.

Al cabo de unas semanas, ya no duda en cambiar las cosas de sitio. Vacía por completo los armarios, cuelga bolsitas de lavanda entre los abrigos. Coloca flores en los jarrones. Siente una serena satisfacción cuando, Mila ya en el colegio y Adam dormido, se sienta y contempla su tarea. El piso en silencio está íntegramente bajo su yugo, como un enemigo que pide clemencia.

Pero en la cocina es donde realiza las maravillas más extraordinarias. Myriam le confesó que no sabe hacer nada y que no le apetece intentarlo. La niñera prepara unos platos que a Paul le saben a gloria. Los niños los devoran sin rechistar y sin que sea necesario ordenarles que se acaben lo que tienen delante. Myriam y Paul han recuperado la costumbre de invitar a sus amigos, que disfrutan con la blanquette de ternera, el pot-au-feu, el jarrete a la salvia y las verduras crujientes que Louise cocina con tanto amor. Felicitan a Myriam, la cubren de cumplidos, pero ella siempre les confiesa: «Nuestra niñera lo ha hecho todo».

Cuando la niña está en el colegio, Louise sujeta a Adam a su cuerpo con un fular grande. Le gusta sentir sus muslos rellenitos sobre su vientre, la baba que se desliza por su cuello mientras duerme. Canta todo el día para este bebé, se emociona ante su pereza. Le da masajes, se enorgullece de lo rollizo que está, de sus mofletes sonrosados. Por la mañana, el bebé la recibe con gorjeos, echándole los bracitos. Durante las semanas siguientes a su llegada, Adam dio sus primeros pasos. Antes lloraba todas las noches, ahora duerme con un sueño apacible hasta la mañana.

En cambio Mila es más arisca. Es una niña frágil con porte de bailarina. Louise la peina con unos moños tan tirantes que los ojos se le achinan. Entonces se asemeja a una de esas heroínas de la Edad Media, de frente ancha y mirada noble y fría. Es una cría difícil, agotadora. Ante cualquier contrariedad reacciona gritando. Se tira al suelo en plena calle, patalea, se arrastra, se resiste, para humillar a Louise. Cuando esta se agacha e intenta hablar con ella, Mila mira para otro lado. Se pone a contar en voz alta las mariposas del papel de la pared. Se mira en el espejo mientras llora. Esta niña está obsesionada por su propio reflejo. En la calle, se fija continuamente en los escaparates. En varias ocasiones, ha tropezado contra algún poste o con algún obstáculo de la acera por estar distraída contemplándose a sí misma.

Mila es lista. Sabe que la gente vigila y que Louise se puede avergonzar. La niñera cede con más facilidad cuando hay público delante. Tiene que dar un rodeo para no pasar frente a la juguetería de la avenida, pues la niña lanza unos gritos estridentes ante el escaparate. Camino del colegio, Mila arrastra los pies. Roba una frambuesa del puesto de una frutería. Se sube a los salientes de las tiendas, se esconde en los portales y sale corriendo a toda velocidad. Louise trata de correr tras ella, empujando el cochecito del bebé, grita el nombre de la niña y esta solo se detiene al llegar a la esquina. A veces, Mila se arrepiente. Se preocupa por la palidez de Louise y los sustos que le hace pasar. Se acerca a ella, zalamera, mimosa, para que la perdone. Se agarra a sus piernas. Llora y reclama su afecto.

Lentamente, Louise se conquista a la niña. Día tras día, le cuenta cuentos con los mismos personajes. Huerfanitos, niñas que se pierden, princesas prisioneras y castillos abandonados, habitados por unos ogros terribles. Una fauna extraña, hecha de pájaros con picos deformes, osos con una sola pata y unicornios melancólicos, puebla los paisajes de Louise. La niña se queda callada, a su lado, atenta, impaciente. Exige que vuelvan esos personajes. ¿De dónde vienen esos cuentos? Emanan de ella, en un continuo tropel, sin que lo piense, sin el menor esfuerzo de memoria o de imaginación. ¿De qué lago negro, de qué frondoso bosque ha extraído esos cuentos crueles en los que los buenos mueren al final, no sin antes haber salvado el mundo?

Siempre que oye abrirse la puerta del despacho por las mañanas, Myriam se siente contrariada. Hacia las nueve y media van llegando sus compañeros. Se sirven un café, los teléfonos empiezan a sonar frenéticamente, el parqué cruje, se ha roto la calma.

Myriam llega a la oficina a las 8. La primera. Solo enciende la lámpara de su mesa. Bajo ese halo de luz, en un silencio monacal, recupera la concentración de sus años de estudiante. Se olvida de todo y se sumerge con placer en el examen de los expedientes. A veces camina por el pasillo oscuro, con un papel en la mano, hablando sola. Fuma un pitillo en el balcón mientras se toma un café.

El día que empezó a trabajar de nuevo, se despertó al alba, llena de una excitación infantil. Se puso una falda nueva, tacones, y Louise exclamó: «Está usted guapísima». Despidiéndola en la puerta, con Adam en sus brazos, la niñera empujo hacia la salida a la señora de la casa. «No se preocupe por nosotros —insistió—. Por aquí, todo irá bien.»

Pascal recibió a Myriam con afecto. Le asignó el despacho que comunica con el suyo por una puerta que a menudo dejan entreabierta. Apenas dos o tres semanas después de su llegada, Pascal le atribuyó unas responsabilidades a las que los colaboradores experimentados nunca pudieron aspirar. Al cabo de unos meses, trata ella sola los asuntos de una decena de clientes. Pascal la alienta a hacerse con el oficio y a dejar que brote su potencial de trabajo, que él sabe que es inmenso. Ella nunca dice que no. No rechaza ninguno de los expedientes que le encarga, nunca se queja por quedarse hasta tan tarde. Pascal le dice a menudo: «Eres perfecta». Durante varios meses se sumerge en unos casos de poca monta. Defiende a miserables traficantes de droga, a perturbados mentales, a un exhibicionista, a atracadores sin talento, a alcohólicos detenidos al volante. Trata asuntos de deudas, fraudes con las tarjetas de crédito, usurpaciones de identidad.

Pascal cuenta con ella para conseguir nuevos clientes y la anima a dedicar tiempo al turno de oficio. Dos veces al mes acude al Tribunal de Bobigny y se sienta a esperar en los pasillos hasta las nueve de la noche, con los ojos clavados en el reloj, viendo cómo el tiempo no pasa. En alguna ocasión ha perdido la paciencia, respondiendo con brusquedad a unos clientes desorientados. Pero pone su voluntad en hacer las cosas bien y obtiene todo lo que está a su alcance. Pascal se lo repite continuamente: «Te tienes que saber de memoria el caso que llevas». Ella se esfuerza a fondo. Se lee las actas hasta bien entrada la noche. Detecta la mínima inexactitud, el más leve error de procedimiento. Se empeña con un furor obsesivo, que dará sus frutos. Antiguos clientes la recomiendan a sus amigos. Su nombre circula entre los detenidos. Un joven al que consigue librar de una pena de prisión firme promete recompensarla. «Me has salvado, no lo olvidaré jamás.»

Una vez la llamaron en plena noche para asistir a un detenido. Era un antiguo cliente del despacho, acusado de violencia conyugal, aunque le había dicho en una ocasión que era incapaz de levantar la mano contra una mujer. Myriam se vistió a oscuras, a las dos de la madrugada, sin hacer ruido, se inclinó sobre Paul para darle un beso. Él soltó un gruñido y se dio la vuelta.

Su marido le reprocha a menudo que trabaje tanto, y ella se enfada. Él se ofende por su reacción y exagera su preocupación por ella. Finge que lo que le inquieta es su salud, que Pascal la esté explotando. Ella evita pensar en sus hijos. Evita que la corroa la culpa. Por momentos, se imagina que todos se alían contra ella. Su suegra intenta convencerla de que «si Mila enferma con tanta frecuencia es porque se siente sola». Sus colegas nunca le proponen tomar una copa después del trabajo, y se sorprenden de las noches que pasa en el despacho. «¿Tú no tienes hijos o qué?» Incluso la maestra, que la convocó una mañana para comentarle un incidente absurdo entre Mila y una niña de su clase. Cuando Myriam se excusó por no haber asistido a las últimas reuniones, y haber enviado a Louise en su lugar, la mujer, de pelo gris, hizo un amplio gesto con la mano. «¡Si usted supiera! Es el mal del siglo. Todas esas pobres criaturas abandonadas a su suerte, mientras el padre y la madre están devorados por la misma ambición. No hay duda: se pasan la vida corriendo. ¿Sabe cuál es la frase que los padres repiten más a sus hijos: “¡Date prisa!”. Y, evidentemente, todo recae sobre nosotros. Los niños nos hacen pagar sus angustias y su sentimiento de abandono.»

Myriam había sentido un deseo incontenible de ponerla en su sitio, pero no fue capaz. ¿Sería por culpa de esa silla pequeñita en la que estaba incómodamente sentada, en una clase con olor a plastilina? La decoración, la voz de la maestra la devolvían con fuerza a su infancia, a esa edad de la obediencia y de las imposiciones. Myriam sonrió. Le dio las gracias torpemente y le prometió que Mila se portaría mejor. Se contuvo para no lanzar a la cara de aquella vieja harpía su misoginia y sus lecciones de moral. Temía que la mujer del pelo gris lo pagara con su hija.

Pascal sí que entiende su rabia, su intenso apetito de reconocimiento y de retos a su medida. Entre los dos se ha desatado un combate en el que sienten un ambiguo placer. Él la empuja, ella se le enfrenta. Él la agota, ella no lo defrauda. Una tarde, la invita a tomar una copa después del trabajo. «Pronto cumplirás seis meses con nosotros, hay que celebrarlo, ¿no?» Caminan en silencio por la calle. Le cede el paso en el bistró y ella sonríe. Se sientan al fondo de la sala en un banco tapizado. Pascal pide una botella de vino blanco. Hablan de un caso que tienen entre manos, y enseguida se ponen a evocar recuerdos de sus años universitarios. De la fiesta por todo lo alto que había organizado una amiga en común, Charlotte, en su palacete del distrito 18. Del ataque de pánico, absolutamente tronchante, de la pobre Céline el día de los exámenes orales. Myriam bebe rápido y Pascal la hace reír. No le apetece irse a casa. Le gustaría no tener a nadie a quien avisar de que llegará tarde, a nadie que la espere. Pero está Paul. Y los niños.

Una tensión erótica, sutil, excitante, le arde en la garganta y en los senos. Se pasa la lengua por los labios. Tiene ganas de algo. Por primera vez desde hace tiempo, siente un deseo gratuito, frívolo, egoísta. Un deseo de sí misma. Por mucho que quiera a Paul, el cuerpo de su marido está como lastrado de recuerdos. Cuando la penetra, él entra en su vientre de madre, un vientre pesado, donde su esperma se ha alojado tantas veces. Su vientre de pliegues y ondas, donde han construido juntos su hogar, donde florecieron tantas penas y alegrías. Paul le masajeó sus piernas hinchadas y amoratadas. Vio la sangre desparramarse por las sábanas. Paul le sostuvo la cabeza y la frente mientras vomitaba, en cuclillas. La oyó gritar. Le enjugó el sudor de su rostro cubierto de angiomas mientras empujaba. Extrajo de ella a sus hijos.

Siempre se negó a admitir que los niños fueran un obstáculo a su éxito, a su libertad. Como un ancla que arrastra hasta el fondo, que empuja la cara del ahogado hacia el fango. Saberlo la sumió al principio en una profunda tristeza. Lo consideraba injusto, en extremo frustrante. Se había dado cuenta de que ya no podría vivir sin ese sentimiento de saberse incompleta, de hacer las cosas mal, de sacrificar una parte de su vida en beneficio de otros. Para ella, se había vuelto un drama, pues se negaba a renunciar al sueño de aquella maternidad ideal. Se obstinaba en creer que todo era posible, que cumpliría todos sus objetivos, que no se sentiría amargada ni agotada. Que no jugaría a ser una Madre Coraje ni una mártir.

Casi a diario, Myriam recibe mensajes de su amiga Emma, que cuelga en las redes sociales retratos de color sepia de sus dos retoños rubios. Unos niños perfectos jugando en el parque y que van a un colegio que desarrollará las dotes que ella adivina que poseen. Les ha puesto unos nombres impronunciables, extraídos de la mitología nórdica. Le encanta explicar su significado. Emma también está guapa en las fotos que ha colgado. El marido no aparece nunca, eternamente dedicado a sacar fotografías de una familia ideal de la que forma parte solo como espectador. Aunque hace lo imposible para salir en el encuadre, con su barba, sus jerséis de lana natural y esos pantalones ceñidos e incómodos que se pone para ir al trabajo.

Myriam jamás se atrevería a contarle a Emma ese pensamiento fugaz, esa idea que más que cruel es vergonzante, y que le viene a la mente cuando observa a Louise con sus hijos. Solo seremos felices, se dice, cuando ya no nos necesitemos unos a otros. Cuando cada cual viva su propia vida, una vida que nos pertenezca, en la que nadie interfiera. Cuando seamos libres.

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Release date on Litres:
10 November 2025
Volume:
181 p. 3 illustrations
ISBN:
9788419047083
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