Read the book: «La fuerza de la esperanza»

Font::

La fuerza de la esperanza

Camino de plenitud

Lázaro Albar Marín


© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: secretaria.edit@sanpablo.es - www.sanpablo.es

© Martín, Lázaro Albar

Distribución: SAN PABLO. División Comercial Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: ventas@sanpablo.es

ISBN: 9788428561853

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).

www.sanpablo.es

Cristo Resucitado,

fuente de la gran esperanza

de la humanidad,

deseamos alcanzar el cielo,

participar de tu gloria,

en un amor eterno

y en una fiesta

que no tenga fin

DIOS, LA FUENTE DE NUESTRA ESPERANZA

Quiero hacer

un canto de esperanza,

y decir al mundo que Dios

es la fuente de nuestra esperanza.

Quiero cantar, gritar,

y pregonar a los cuatro vientos

que no podemos vivir sin esperanza,

porque hay un Dios que nos ama

y es la fuente de nuestra esperanza.

Quiero saltar de gozo,

alegrar los corazones de todos

con el bálsamo

de la virtud de la esperanza,

porque tenemos un Dios

que nos acompaña,

que es fuente de vida,

la fuente de nuestra esperanza.

Quiero decir a los apocados,

a los tímidos, a los miedosos,

que todo será transformado,

si se tiene fe en el Dios

que levanta nuestra esperanza.

Quiero alegrar el corazón

de los que viven en la oscuridad,

en la duda o confusión,

cansados de la vida,

envueltos en miles de dificultades,

y siendo impacientes no esperan nada,

porque Dios tiene para ellos

una palabra de esperanza.

Si te falta el trabajo,

si eres inconstante en tus luchas,

si estás triste o angustiado,

si tienes miedo al compromiso,

si te falta amor y paz,

y abres tu corazón,

puede brotar en ti la esperanza.

Y quiero mirar siempre más arriba,

ir más allá de los simples sueños

para alcanzar los grandes ideales,

porque creo en un Dios

que es la fuente de nuestra esperanza.

Sí, conozco esa fuente

cuya agua corre y corre por todo mi ser,

porque allí en las aguas más profundas

brota la sabiduría de quien tiene a Dios,

y sabe que Dios es nuestra gran esperanza.

Prólogo

El libro que tienes entre manos pretende ser un instrumento de la Nueva Evangelización. El papa Francisco en su Exhortación apostólica Evangelii gaudium nos alienta a vivir y extender la alegría del Evangelio, una alegría que no está sino en Cristo Resucitado y el poder de su amor, fundamento de toda esperanza. Nuestra cultura actual está padeciendo un drama profundo que el autor, el P. Lázaro Albar, conoce de primera mano tanto por su labor pastoral en Campamento (Cádiz) como por su experiencia ya dilatada en retiros y convivencias de restauración espiritual. Bien puede afirmar el autor con el Santo Padre: «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Esa no es la opción de una vida digna y plena, ese no es el deseo de Dios para nosotros, esa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado»[1].

De esta realidad cruda y cruel ha brotado la crisis que ha herido al corazón humano. Y así se habla de crisis económica, crisis de valores, crisis política, crisis de fe. El paro, la pobreza, la corrupción, la violencia, crean una sensación de vértigo, miedo, impotencia e incluso desesperación. Pero el cristiano, que sabe que todo esto es consecuencia del pecado de un modelo de hombre sin Dios, no pierde la esperanza y sabe que solo Dios puede levantar al hombre de su miseria.

Esto es lo que el autor, el P. Lázaro Albar, ha deseado expresar con sencillas palabras: escribir unas reflexiones que hablen de esperanza, de que el hombre agarrado a Dios es capaz de salir adelante, de recuperar fuerzas, de realizar lo imposible. Si el hombre cuenta con Dios todo puede cambiar, la más espantosa realidad convertida en un árido desierto puede ser transformada en un maravilloso vergel o en un precioso oasis de manantiales de agua de vida. Por eso este libro quiere ser un grito a esta sociedad y a este mundo cuya tierra pisamos, para que levante la mirada al Dios que no deja de amarnos, que se preocupa profundamente de sus hijos, y que en su Hijo Jesucristo tiende su mano a todo aquel que le abre su corazón y recibe el Espíritu Santo.

La esperanza es el gran motor de la vida, unida profundamente a la ilusión. Dios Padre está lleno de ilusión por nosotros y nos quiere comunicar su proyecto por medio de su Espíritu Santo. Sobre la certeza de su Amor invencible el hombre moderno puede construir su vida asumiendo la fatiga del camino por la grandeza de la meta y la compañía del Dios-con-nosotros a lo largo de él. Como dijo el papa emérito Benedicto XVI en su Encíclica sobre la esperanza: «Necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas– que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar»[2].

Invito al lector a dejarse guiar en esta búsqueda por el autor que sin duda le ayudará a encontrar a aquel que es «el Camino, la Verdad y la Vida», la esperanza que no defrauda: Cristo Jesús.

+ Rafael Zornoza Boy

obispo de Cádiz y Ceuta

Introducción

En mis paseos con personas que se sentían angustiadas, turbadas, confusas o culpables..., donde he escuchado tantas historias de dolor, he reproducido la acción de Jesús, el Señor, cuando tendió la mano al apóstol Pedro para que no se hundiera en las aguas del mar de Galilea. Así me he sentido, dando la mano, levantando, animando, infundiendo esperanza, porque a quien se deja mirar por Jesús y le mira a él fijamente, su vida se le llena de esperanza. Y esta ha sido mi misión, llevar a las personas al encuentro con Cristo, el Señor, fuente de vida y esperanza. ¿Por qué he podido hacerlo? Porque primero lo he experimentado como vivencia personal, sintiendo cómo la mano del Señor me agarraba y me levantaba. Experiencia que también nos describe santa Teresa de Jesús en el Libro de la Vida: «Porque para caer, había muchos amigos que me ayudasen; para levantarme hallábame tan sola, que ahora me espanto cómo no me estaba siempre caída, y alabo la misericordia de Dios, que era solo el que me daba la mano. Sea bendito por siempre jamás, amén» (V 7,22). Quien se siente levantado por Dios puede levantar a los demás, dejando que Jesús en uno mismo tienda su mano a los que la necesitan.

Los retiros espirituales han propiciado que las personas me hayan abierto su corazón, el recinto sagrado de su intimidad, y gracias a ello he podido tenderles la mano para levantarlas y mostrarles el camino. La limpieza de corazón abre puertas a la vida espiritual. Cuando uno se encierra en sí mismo se hunde, pero cuando abre su corazón al hermano dedicado a la vida del Espíritu las puertas se abren. La revisión de vida, el examen de conciencia, el proyecto de vida, el acompañamiento espiritual, la oración, los sacramentos, la palabra de Dios, son medios para levantar la esperanza, para caminar hacia delante, para avanzar, crecer y madurar.

He visto matrimonios rotos, mujeres que se han sentido defraudadas por sus maridos o viceversa; padres de familia que perdieron su trabajo, cuya principal preocupación ha sido y es buscar el pan de cada día; el cáncer que ha aparecido como un fantasma en la vida de tanta gente conocida; jóvenes luchando consigo mismos para vencer el egoísmo, y menos jóvenes queriendo salir de la dependencia del alcohol o la droga viendo cómo se les iba la vida... tantas realidades humanas que llevan a la muerte, a la asfixia, e incluso, a la desesperación. A esta triste realidad se suma toda una información negativa de corrupción, guerras, hambre, cataclismos, injusticias, muerte... Brota así un miedo paralizante cuya única alternativa es la esperanza. Sabias son las palabras de Benedicto XVI: «El hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza»[3]. Y añade: «El hombre necesita de Dios, de lo contrario queda sin esperanza»[4].

Ante todo esto, ¿tiene el cristiano alguna palabra que decir? Sí, esa palabra es Jesús. Jesús es nuestra esperanza, quien mira a Jesús y se deja mirar por él levanta la esperanza y se pone manos a la obra. La esperanza es un don del Espíritu Santo y se identifica con la persona de Jesús. A aquel que se encuentra con Jesús su vida se le llena de esperanza, atravesará cañadas oscuras pero no perderá la luz. Él bien lo dijo, y no para unos pocos sino para todo el mundo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Aquel que va a Jesús, a aquel que descarga sus agobios en Jesús se le alivia el corazón, se siente consolado, amado y respira esperanza, porque el Señor viene a hacerlo todo nuevo: «He aquí que yo lo hago todo nuevo» (Ap 21,5). Es verdad, la oscuridad la convierte en luz, la tristeza en alegría, el llanto en risa, la guerra en paz. Él todo lo hace nuevo, todo lo recrea, todo lo revive. Por eso no dejes de dejarte mirar por Jesús, porque su mirada es amor y cuando experimentas su inmenso amor tu vida se llena de una hermosa esperanza.

Nuestra tierra, nuestro mundo, necesita levantar la esperanza, mirar la realidad con ojos de esperanza. Únete a Jesús, entra en comunión con él, vive la intimidad con él, y tu mirada será la mirada de Cristo. Y la mirada de Cristo es una mirada de esperanza que transmite a su Iglesia para que la lleve al mundo. Podrás estar pasando por un momento difícil en tu vida o acompañando a alguna persona cuya vida es bastante dura o penosa, pero no puedes olvidar que nuestro Dios es el «Dios de los imposibles», que para Dios nada es imposible, como le dijo el ángel a María (cf Lc 1,37). Basta que tengas confianza, que sepas esperar en el Señor, porque él quiere lo mejor para ti.

He querido escribir este libro sobre la esperanza porque la veo necesaria ante la situación de crisis acuciante que estamos viviendo y ante la realidad dolorosa que tantas personas están padeciendo. Donde no hay esperanza hay muerte e infierno, y donde hay esperanza nace la vida y se alcanza el cielo. La esperanza levanta el ánimo y nos hace más felices. Por eso, como cristiano, siento una profunda llamada a levantar la esperanza.

Buscando entre mis apuntes y preparando un retiro sobre la esperanza, me di cuenta de que en los últimos años había preparado muchos retiros sobre la esperanza, retiros que dándoles forma de libro podían hacer mucho bien y llegar a mucha gente que no se hicieron presentes, pero que gracias a Dios podían leer, meditar y profundizar sobre una de las virtudes que sostiene como columna vertebral la vida espiritual del cristiano. Sí, el cristiano es un hombre o mujer de esperanza y cuando esta falta se pierde la alegría del Evangelio y el deseo de evangelizar, llegamos a perder nuestra identidad cristiana y dejamos de ser luz del mundo y sal de la tierra (cf Mt 5,13-14).

Una Iglesia fecunda es una Iglesia que levanta la esperanza de los pobres de la tierra, pero por mucho que hagamos siempre parecerá que falta mucho por hacer. Por eso debemos amar la fecundidad de la Iglesia, que aunque nos sintamos muy pobres el Señor nos tiene guardada nuestra recompensa, aunque pensemos que no nos la merecemos. Todo es gracia, y a nosotros nos ha tocado servir y amar, y ahí está nuestro gozo y alegría. Estas son las palabras que en unos ejercicios espirituales dirigió el papa Francisco, siendo cardenal, a los obispos españoles: «Amar el misterio de fecundidad de la Iglesia como se ama el misterio de María Virgen y Madre y, a la luz de ese amor, amar el misterio de nuestra servidumbre inútil con la esperanza que nos da la palabra que el Señor pronunciará sobre nosotros: «siervo bueno y fiel»[5].

Como el tiempo de Adviento es un tiempo para cultivar la esperanza, muchas veces haré referencia a este tiempo litúrgico de nuestra Iglesia donde suena la música de Dios como un canto a la esperanza. Al diseñar los apartados de este libro he querido dibujar un paisaje que se inicia con la humildad y culmina con el abandono en Dios, conectado siempre con la experiencia de la vida meditada y contemplada para infundir vida en la vida. Ayudarán para un trabajo personal los textos de meditación y las preguntas que se hacen al final de cada tema.

Como he dicho, parto de la humildad, ya que sin humildad no hay vida espiritual, ni crecimiento personal, ni madurez humana y mucho menos cristiana, y, por supuesto, ni esperanza. La humildad es la puerta que, abierta, nos lleva a contemplar un paisaje de esperanza, porque la humildad es el camino de Dios.

Junto a la humildad, la pobreza, como la tierra que se necesita para cultivar la esperanza. Somos muy pobres, Dios nos quiere muy pobres, y cuando nos sentimos pobres y necesitados de Dios entonces nos brota la esperanza, ya que con Él podemos contar siempre.

El Adviento y toda su espiritualidad confluye en la esperanza, es por lo que me detengo en descubrir sus rasgos más característicos.

Vamos escalando la montaña, la montaña de Dios, y esto se consigue desde la confianza del corazón: «Confía en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (Sal 26,14). Esta confianza, del que todo lo espera del Señor, fortalece nuestra esperanza.

Mirando la angustia y soledad de nuestro mundo, vemos cómo está muy necesitado de esperanza, y en el fondo este mundo espera una respuesta, como nos dice el apóstol Pablo: «La creación, expectante, está esperando la manifestación de los hijos de Dios» (Rom 8,19). Y la forma de manifestarse los hijos de Dios a este mundo es a través del amor, la fe y la esperanza. La Iglesia está llamada a infundir esperanza, a llevar la luz de la esperanza a todos los pueblos.

Pero esta espera no nos adormece, nos lanza a trabajar por el reino de Dios, a colaborar con la gracia que recibimos a través de la acción del Espíritu Santo en nosotros. La esperanza es una espera activa, nunca pasiva.

Hemos sido llamados al seguimiento de Jesús y el encuentro con él nos llena de esperanza. Todo se renueva a la luz de sus pasos, el corazón se ensancha y la vida queda ungida por el Espíritu Santo.

La esperanza es el ánimo de la vida cristiana, lo que nos hace vivir en una fiesta que no tiene fin. Ya nada puede robar la alegría a quien tiene puesta toda la esperanza en el Señor.

¡Qué fuerza tiene el Adviento! Entra en nuestra vida con la esperanza de renovarla, basta ser dóciles a las mociones del Espíritu Santo para preparar el nacimiento de nuestro Salvador y así nuestro corazón llega a resplandecer.

La oración del Adviento en el seguimiento de Jesús tiene sus rasgos que van a hacer que la esperanza se levante como bandera vencedora en la batalla con nosotros mismos y con los enemigos del Reino.

Al final de todo el paisaje, como el que sube a lo más alto de la montaña para lanzarse en los brazos de Dios, así va modelándose nuestra vida hasta el abandono en Dios que adquiere más fuerza al atardecer de la vida. Durante todo este itinerario ha brillado en el cielo de nuestro corazón, María, Estrella de la Evangelización, Madre de la esperanza. Llegar hasta aquí es hacer de la vida como una piedra preciosa tallada que recibe destellos de luz del que es la luz del mundo, Cristo, la fuente de toda esperanza.

1 La humildad, puerta de la esperanza

1. El valor oculto de la humildad

El cristianismo propone una esperanza para la humanidad, incluso después de su muerte, esperanza que descansa en los méritos de Cristo a través de la entrega de su vida y que es dado por Dios solo por gracia para que todo aquel que crea en esta palabra se salve y pueda gozar de todos los beneficios que nos ha prometido Jesús, el Señor. El papa Francisco en su Exhortación apostólica sobre la alegría del Evangelio nos dice: «La verdadera esperanza cristiana, que busca el Reino escatológico, siempre genera historia»[6]. Cuando en el corazón humano brota la humildad es posible acoger el Reino prometido de justicia y paz que empieza a crear una historia de esperanza en que lo mejor está por venir y donde Dios lleva nuestra historia. Un corazón humilde es un corazón que espera, y cuando la esperanza es cristiana el corazón espera en el Señor.

¡Qué importante es la humildad en el camino espiritual! Es la base para emprender un buen camino. Quien elige este camino empieza reconociendo su propio barro, su pobreza, su necesidad de contar con Dios y con los demás para crecer, para avanzar.

El servicio a los demás pertenece a nuestro ser sacerdotal recibido en el bautismo, es darle a Dios nuestro barro, nuestra miseria, para que Él nos modele en cada momento de nuestra vida identificándonos con Cristo desde la pobreza de Belén hasta el fracaso en la cruz. La verdadera humildad es identificación con Cristo, reproduciendo en nuestra vida su misma vida. Me pregunto por qué Jesús nació humillado en un pesebre, donde comen los animales, y murió humillado en una cruz. ¿Por qué la pobreza de Belén y su humillación? ¿Por qué padecer la más alta humillación en el árbol de la cruz?

Y es que la humildad tiene un valor oculto, desconocido por muchos, pero es un verdadero tesoro para quien la descubre. Famosas son las palabras de Antoine de Saint-Exupéry en su obra El Principito: «Lo esencial es invisible a los ojos». La humildad es esencial en el seguimiento de Jesús: «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Todo el hacer de un discípulo de Jesús debe llevar este sello, el sello de la sencillez, la humildad y el amor.

Humildad conecta con la palabra latina «humus», la tierra fecunda para la vida, es decir, la humildad da fecundidad a la vida espiritual. La humildad es muy fecunda, da mucho fruto espiritual. Al menos en su origen la humildad se halla ligada de forma indisoluble a la tierra, en cuanto esta es posibilidad de crecimiento, de desarrollo, de creatividad. La tierra de la humildad está pronta para el milagro de la vida nueva. Es la tierra de la persona que ama, habita y trabaja sin rencor; es la tierra de la semilla de la paciencia; es la tierra de lo que germina desde el interior. En la profundidad del ser sobre todo el amor, pero un amor que se expresa humildemente, delicadamente.

Dietrich von Hildebrand, filósofo y teólogo alemán, nacido en Florencia en el siglo XIX, nos dice: «La humildad es la condición previa, el supuesto fundamental de la autenticidad, belleza y verdad de todas las virtudes. Ella es “mater et caput”, madre y cabeza de toda virtud».

Ser humilde consiste ante todo en atender a la realidad, ser realista. Josef Pieper, también filósofo alemán, nos recuerda que esta virtud consiste ante todo en que el ser humano «se tenga por lo que realmente es»[7]. Sin humildad, sencillamente nos separamos de lo real. Nuestra realidad es pobre y la humildad nos hace reconocer nuestra miseria.

San Jerónimo dice: «Nada tengas por más excelente, nada por más amable que la humildad. Ella es la que principalmente conserva las virtudes, una especie de guardiana de todas ellas. Nada hay que nos haga más gratos a los hombres y a Dios como ser grandes por el merecimiento de nuestra vida y hacernos pequeños por la humildad».

El sufrimiento y la debilidad humanos nos ofrecen un camino hacia la humildad. En la cumbre de la humildad está la humillación. Aquellos que por amor llegan a humillarse como lo hizo Jesús serán ensalzados, esta es una de las promesas de Jesús para los que le siguen: «el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Mt 23,12). Es lo que hace el apóstol Pablo por amor a la comunidad de Corinto: «¿Acaso tendré yo culpa porque me abajé a mí mismo para ensalzaros a vosotros anunciándoos gratuitamente el evangelio de Dios?» (2Cor 11,7). Pero, ¿qué es lo que movía el interior del corazón del apóstol Pablo? Tocado por el fuego del Espíritu, por el amor desbordante de Dios, le impulsaba la fe inquebrantable en el rostro de Cristo y la esperanza de la realización de las promesas del Señor.

2. La humildad brota del amor

La humildad está unida a la modestia, sencillez, pobreza. Estas consisten en apreciarse o valorarse en la medida justa. El novelista francés Honoré de Balzac dice que «sencillo es todo lo verdaderamente grande». Y el filósofo y escritor Blaise Pascal dirá: «La grandeza del hombre está en reconocer su propia pequeñez». Reconocer nuestra pequeñez es indispensable para ayudar al hermano en su pequeñez.

Los clásicos grecolatinos dicen que la persona es un «microcosmos»: un pequeño universo que contiene en sí al universo entero de alguna manera, a través de la inteligencia y de la voluntad. Sin humildad la persona no puede realizarse, su ser y su tarea, su vocación, constituyen el ser y la tarea de la humildad. La humildad es el camino para descubrir nuestro universo interior. Un universo maravilloso que está siempre por descubrir y que en la medida en que el ser humano entra en sus profundidades va encontrándose con la belleza de un Dios que vive locamente enamorado de sus criaturas. Un Dios que te habita y sostiene tu vida.

Pero la tierra de la humildad muchas veces se ve como un campo de minas que puede estallar de un momento a otro cuando prevalece la soberbia, el orgullo, la egolatría, la vanidad, la presunción, la arrogancia, la vanagloria, la petulancia, la prepotencia, el elitismo, la sofisticación, el narcisismo, la autosuficiencia, la segregación, el despotismo o la creencia en la propia y absoluta superioridad. Son las tempestades que azotan a nuestra humildad. Todas estas realidades son contrarias al camino de la humildad y hacen mucho daño a la persona, pues obstaculizan la obra de Dios en nosotros.

Humilde es el camino que Dios ha elegido y quiere, y en el cual introduce a los pobres y pequeños, a los que privilegia frente a los ricos y poderosos, como canta María en el Magníficat: «(El Señor)… dispersa a los soberbios de corazón, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1, 51-53).

Santo Tomás puso especial atención en subrayar la dimensión religiosa trascendental de la humildad. Sin cierta dosis de humildad no podemos acercarnos con reverencia a ese insondable misterio del «silencio de Dios». A veces Dios calla, a veces no llegas a comprender su silencio, pero Él está ahí amando, siempre amando y esperando que brote en ti la confianza del corazón. El humilde confía y espera, incluso en el silencio de un Dios que a veces parece mudo. Si vas más allá de su silencio verás la luz de su amor, un amor que te reconforta, alivia todas las tristezas, levanta la esperanza, te resucita. Nada hay más grande que su amor. Si te sientes amado, ya te haces humilde, caes de rodillas, en veneración y adoración del misterio.

Hoy nuestra sociedad vive bajo la dictadura de nuestra imagen, seducida y esclavizada por las meras apariencias, al margen del fondo real de las cosas, de su sentido profundo y de su horizonte más alto, en cierto modo indiferente o de espaldas a la verdad y a Dios. Existe un deseo en el interior humano de quedar bien ante los demás. El documento del Sínodo de los Obispos en su XIII Asamblea General Ordinaria sobre la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana dice: «En un tiempo durante el cual tantas personas viven la propia vida como una verdadera experiencia del “desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo de los hombres”, el papa Benedicto XVI nos recuerda que “la Iglesia en su conjunto, así como sus pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”»[8]. ¡Qué misión más enorme y al mismo tiempo tan maravillosa tiene la Iglesia de mostrar el rostro amoroso de Cristo, el rostro que nos muestra la fuente de la Vida! Allí donde esté un bautizado está un ungido por el Señor para sacar a los hombres y mujeres del desierto para llevarlos al Paraíso con Dios.

La humildad está hecha de amor. La humildad es amarte a ti mismo, con todas tus limitaciones e incoherencias y amar cuanto existe desde la Verdad, y saber que Dios te ama en tu debilidad. Amor, humildad y verdad se entrelazan porque no hay virtud auténtica sin amor, y el amor reclama siempre humildad, ya que requiere a su vez el realismo de la verdad. El amor, la humildad y la verdad te hacen danzar al ritmo de Dios. Sintiéndote libre puedes proclamar a los cuatro vientos dónde está la verdadera libertad. Es libre quien vive en Dios y para Dios. El Señor te hace libre para amar y servir. Entonces puedes entregar la vida como ofrenda de amor para que otros encuentren la vida.

El Hermano Rafael, monje trapense, nos dice: «Un pestañear de ojos hecho por amor vale más que un imperio conquistado». El amor siempre es primero en cuanto fundador de todo, y es desde su seno desde donde puede brotar cualquier valor, también la humildad. Sin la humildad, no hay amor fecundo entre las personas; y sin amor, no se puede dar ni puede vivir la humildad. El humilde, al saberse amado, descubre el don que se le hace así, el regalo que viene de Dios y de los demás.

La fuente de la humildad se esconde en el amor sincero hacia los otros. En su centro late un recibir agradecido y un donarse desprendido. Sin amor no podemos llegar a adquirir la humildad. El corazón de la humildad auténtica es aquel en cuyo interior late el amor. Y este amor, en su más hondo alcance, consiste en querer el bien del otro, en anhelar la comunión de las personas. Querer el bien del otro supone traspasar las fronteras de sí mismo. Esta experiencia trascendental del amor no puede darse sin la apreciada humildad.

Ejemplo supremo de la humildad, movida por el amor, lo tenemos en el himno cristológico de Pablo a los filipenses:

«Cristo, a pesar de su condición divina,

no hizo alarde de su categoría de Dios,

al contrario, se despojó de su rango

y tomó la condición de esclavo,

pasando por uno de tantos

y actuando como un hombre cualquiera;

por eso se humilló a sí mismo,

obedeciendo hasta la muerte

y una muerte de cruz.

De modo que Dios lo levantó

y le otorgó el Nombre,

que está sobre todo nombre.

Para que al nombre de Jesús

toda rodilla se doble en los cielos,

en la tierra y en los abismos,

y toda lengua confiese

que Jesucristo es Señor

para gloria de Dios Padre» (Flp 2,6-11).

El amor humano no es sino la respuesta a un amor infinito que nos desborda, y que nos quiere de manera inigualable e incomprensible para nosotros. La vocación es nuestro amor a los demás, pero fundamentalmente, la vocación es el amor de Dios hacia nuestra persona concreta. Edith Stein, monja santa de origen judío, que se convirtió del judaísmo y murió en el Campo de Concentración de Auschwitz, nos dice en uno de sus escritos: «El criterio último del valor de un hombre no es qué aporta a una comunidad (familia, pueblo, humanidad), sino si responde o no a la llamada de Dios». Hacer la voluntad de Dios exige por parte nuestra humildad, y esto es tener vocación, sentirse llamado.

3. Dios es el «infinitamente humilde»

Solo Dios puede amar de forma total y plenamente gratuita. Dios se «abaja», viene desde su altura infinita a lo que se encuentra ilimitadamente lejano, de debajo de sí. Dios es el «infinitamente humilde». Por amor a cada uno de los seres humanos, se hace pequeño hasta convertirse en uno de ellos sin dejar de ser quien es.

Así pues, el que ama primero, despierta poco a poco en nuestro interior el aprecio por Él. Miguel de Cervantes ya lo dijo: «La ingratitud es hija de la soberbia». Palabras preciosas son las que nos dice san Agustín: «Dios, al enseñarnos la humildad, nos dijo: “Yo he venido para hacer la voluntad del que me ha enviado. He venido, humilde, a enseñar la humildad como maestro de humildad… El que viene a mí, será humilde”». En definitiva, se trata de enamorarse de la humildad para llegar a ser mejores discípulos de Jesús.

Ante el misterio de Dios solo cabe la humildad. El misterio supera a la persona y demanda «contemplación». Por eso acojamos las palabras del apóstol Pedro: «Humillaos, pues, bajo la mano de Dios para que, llegada la ocasión os ensalce; confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros» (1Pe 5,6-7). Esto no lo llegamos a comprender, pero pertenece a lo más profundo del misterio de la vida cristiana. La confianza del corazón en Dios abre puertas a la esperanza y, ¿qué sería de nuestra vida sin esperanza?

4. La humildad es una senda de aventura

Para un cristiano la humildad es el desnudo camino que conduce a la felicidad. Nos ayuda a estimar con realismo todo lo que somos o tenemos. Valorar nuestra realidad en su justa proporción nos proporciona gozo. Es la vía de la sencillez, que nos despoja de lo superfluo, para ayudarnos a andar con mayor ligereza hacia lo que en realidad nos enriquece y nos colma de felicidad. A veces caminamos con un caparazón que nos hemos forjado con el paso de los años, es un caparazón de cosas superfluas que a veces tienen más peso que lo esencial. El P. Yves Marie-Joseph Congar, fraile dominico y teólogo católico, uno de los artífices intelectuales del concilio Vaticano II, decía que el concilio de Trento y la reforma que de él surgió dotó a los católicos de un caparazón que los protegió, pero el proceso de secularización nos está arrancando a los católicos este caparazón defensivo. Y por haber desarrollado un caparazón, no hemos desarrollado el esqueleto de la vida cristiana que es la vida interior, es decir, la experiencia de Dios.

Quien es soberbio, en cambio, se encuentra perpetuamente insatisfecho, se condena a sí mismo a la infelicidad, y piensa que la vida siempre le trata insuficientemente bien. La insatisfacción brota del que está convencido de que no se le ha dado nada y sin embargo ha recibido mucho pero no está agradecido y desea más. Por mucho que reciba siempre estará insatisfecho. La esperanza la tiene puesta en sus propias fuerzas. Como no es humilde siempre estará insatisfecho e incluso amargado.

La alegría y la humildad se reclaman mutuamente, pues solo la humildad logra hacer profunda nuestra alegría. Alegría que brota de una vida en comunión con Dios, sin Dios la alegría es como las arenas movedizas y somos enterrados en nuestra propia soberbia.

El sabio persa Afraates acertó al mostrar que la humildad no es un valor negativo, hecho de ausencia y vacío, sino que mostró lo elevado de la humildad: «El humilde es humilde, pero su corazón se eleva a alturas excelsas. Los ojos de su rostro observan la tierra; y los ojos de su mente, la altura excelsa»[9]. Siempre, lo que nos supera debe orientar nuestro mirar y querer ser mejores. La humildad es recta mirada del corazón humano sobre sí mismo y los demás.

Inspirarse en un crucificado, en un vencedor que sale victorioso después de la derrota, es necedad para quien no cree y es poder de Dios para quien cree (cf 1Cor 1,18ss), pero es poder del misterio, de la abnegación total y sin reservas. El camino que nos muestra Jesús es el camino que se manifiesta y crece en la humillación, en la contrariedad permanente de tener que vivir el «escándalo y la necedad de la cruz» (cf 1Cor 1,23), algo inconcebible humanamente, pero una verdadera aventura para todos los seguidores de Jesús.

El camino de Jesús fue de la humildad a la humillación y de la humillación a la gloria. Él solo pudo ser humilde y dejarse humillar, y Dios lo glorificó. Por eso atravesar la pasión de nuestra vida con nuestras cruces y tribulaciones es mirar hacia la gloria, sabiendo que la humillación y el sufrimiento es pasajero, lo eterno es participar de la gloria, y esto nos llena de esperanza.

5. Solo el perdón derriba la soberbia

San Juan Crisóstomo, venerado santo de la pobreza, nos dice: «Porque la soberbia fue la raíz y la fuente de la maldad humana: contra ella pone [el Señor] la humildad como firme cimiento, porque una vez colocada esta debajo, todas las demás virtudes se edificarán con solidez; pero si esta no sirve de base, se destruye cuanto se levanta por bueno que sea».

La humildad siempre perdona, es más, es capaz de humillarse para alcanzar el perdón. La humildad ejerce la compasión, la misericordia y el perdón.

Perdonar, muchas veces, es muy difícil, parece casi imposible, incluso casi milagroso. Pero lo cierto es que sin perdón no puede haber vida, ni convivencia.

El perdón auténtico es libre, y se da como una gracia, brota del corazón humano, es su regalo. El perdón nos exige siempre humildad.

Fiódor Dostoyevski tuvo que perdonar y perdonó, y no solamente eso sino que tuvo que perdonarse a sí mismo. Perdonó a la nación rusa que le condenó sin razón; perdonó a su padre alcohólico, violento y codicioso, que maltrató a su familia; perdonó a un mundo que le privó de su bondadosa madre y de sus seres queridos; perdonó a toda una sociedad, que pareció incapaz de reconocerle su entrega a la causa de su salvación; y tuvo que perdonarse a sí mismo, su imprudencia e ingenuidad, sus errores de juventud, sus fracasos, sus debilidades como fue la ludopatía. Y todo esto supo hacerlo, lo hizo, desde el único lugar que es posible: la humildad.

Siempre hay mucho que perdonar y que perdonarse, y siempre hay alguien a quien perdonar, o alguien a quien pedir humildemente perdón, sea en nuestro propio nombre o en el de uno de los que nos acompañan. El perdón está en el corazón del espíritu cristiano, pertenece a la esencia de un verdadero amor. Sentirse perdonado nos levanta la esperanza y perdonar es dar una nueva oportunidad para reconstruir la familia de Dios.

6. Colaborar en construir un mundo mejor

Todos deseamos un mundo mejor, pero ese logro no se realiza sin la colaboración de servir a los hermanos y sobre todo a los más pobres y a los que más sufren. Dicha colaboración siempre exige cierto grado de humildad. La humildad acerca los corazones, acerca a las personas, mientras que la soberbia los separa.

Cuando alguien es soberbio, desprecia o excluye cualquier posibilidad de valor real presente en todo lo de los demás. Por eso, no es abierto al otro, accesible a él, y por tanto no se halla disponible para colaborar con los demás, ni es receptivo a lo que los demás puedan aportarle. Por tanto, la soberbia dificulta, en suma, el acoger verdaderamente toda forma de bien proveniente de otros. La soberbia cierra las puertas de la esperanza.

Colaborar requiere configurar alguna forma unitaria de vida, de trabajo en común, y eso conlleva esfuerzos prácticos que pide a sus miembros generosidad. Es el esfuerzo por «conocerse y adaptarse» mutuamente. El grupo cristiano exige, en sus relaciones, humildad.

Ser humilde no equivale a renunciar a la lucha, ni a dejar de esforzarse por mejorar las situaciones. Ser humilde no es ser pesimista, sino que la humildad y la «magnanimidad» o grandeza de ánimo son caras de una misma moneda. La humildad es la posibilidad de crear la civilización del amor, una nueva humanidad; la posibilidad de transformar nuestro mundo en reino de Dios.

La educación también reclama la humildad. Solo quien se sabe mejorable y quiere progresar se prestará a ser educado y a educarse. Donde hay educación hay posibilidad de un mundo mejor. Servir al Señor sirviendo a los hermanos con humildad y alegría es un reto para todo cristiano en su progreso de santidad.

7. María, maestra de la humildad

El P. Ignacio Larrañaga, fundador de los Talleres de Oración y Vida, psicólogo y hombre espiritual, nos describe magníficamente lo que es para él una persona humilde:

«El humilde no se avergüenza de sí

ni se entristece;

no conoce complejos de culpa

ni mendiga autocompasión;

no se perturba ni encoleriza,

y devuelve bien por mal;

no se busca a sí mismo,

sino que vive vuelto hacia los demás.

Es capaz de perdonar

y cierra las puertas al rencor.

Un día y otro el humilde aparece

ante todas las miradas vestido

de dulzura y paciencia,

mansedumbre y fortaleza,

suavidad y vigor,

madurez y serenidad»[10].

Rasgos que muy bien pueden aplicarse a María, nuestra Madre. Es la humildad de María la que muestra su misteriosa fecundidad. Después de Jesús, María va por delante en este camino, como muestra en el canto del Magníficat, «porque ha mirado la humillación de su esclava» (Lc 1,48), y en sus palabras al ángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). María tiene ante todo su fuente de inspiración en la humildad absolutamente infinita de Dios, revelada en Jesús.

Un hermoso himno, referido a María, de san Efrén, nos transmite esto de forma incomparable:

«El Señor vino a ella

para hacerse siervo.

El Verbo vino a ella

para callar en su seno.

El rayo vino a ella,

y nació el Cordero, que llora dulcemente.

El seno de María

ha trastocado los papeles:

quien creó todo

se ha apoderado de él, pero en la pobreza.

El Altísimo vino a ella (María),

pero entró humildemente.

El esplendor vino a ella,

pero vestido con ropas humildes.

Quien da de beber a todos

sufrió la sed.

Desnudo salió de ella,

quien todo lo reviste (de belleza)»[11].

El salmista pide al Señor que le enseñe sus caminos, que le instruya en sus sendas. Pero más adelante afirma: «el Señor enseña sus caminos a los humildes» (Sal 24,9). Ellos son obedientes, se dejan modelar por Dios. Para acoger lo que de Dios necesitamos, la humildad. El autosuficiente, el que se cree que sabe más que nadie, ese no se va a dejar enseñar por Dios.

La humildad es de suma importancia para el camino cristiano. San Pablo pondrá alerta a la comunidad de Filipos: «No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás» (Flp 2,3). Y exhorta a los miembros de esa comunidad a mantenerse unidos en la humildad (Flp 2,1-4), pues la humildad impide la división, mientras el egoísmo, el orgullo y la arrogancia la promueven.

Terminemos esta meditación sobre la humildad con las palabras del profeta Isaías, que muy bien podemos aplicar a María: «En ese pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras» (Is 66,2)[12]. Cómo quisiera un cristiano tener la humildad de María, por eso puedes decirle: «Madre mía, enséñame el camino de la humildad». Esa mirada de Dios hacia el humilde y el pobre levanta la esperanza y nos pone en movimiento de amor hacia nosotros mismos y hacia los demás. María siempre va por delante y nosotros tan solo tenemos que seguir sus huellas.

8. Para meditar

«Nosotros entramos en contacto con la santidad de Cristo de dos maneras y de dos maneras también se nos comunica esa santidad: por apropiación y por imitación. La más importante de las dos es la primera, que se realiza en la fe y por medio de los sacramentos:

“Os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu Santo” (1Cor 6,11).

La santidad es, ante todo, don, gracia, y es obra de toda la Trinidad. Del hecho de que somos más de Cristo que de nosotros mismos (cf 1Cor 6,19-20), se sigue a la inversa que la santidad de Cristo es más nuestra que nuestra propia santidad. “Lo que es Cristo es más nuestro que lo que es nuestro” (Nicolás Cabasilas). Este es el golpe de ala en la vida espiritual. Su descubrimiento no se hace, de ordinario, al comienzo, sino al final del propio itinerario espiritual, una vez que se han experimentado todos los demás caminos y se han comprobado que no llevan muy lejos.

Pablo nos enseña cómo se da este “golpe de audacia” cuando declara solemnemente que no quiere ser hallado con una justicia –o santidad– proveniente de la observancia de la ley, sino únicamente con la que proviene de la fe de Cristo (cf Flp 3,5-7). Cristo –dice– es para nosotros “justicia, santificación y redención” (1Cor 1,30). “Para nosotros”: por tanto, podemos reclamar su santidad como nuestra a todos los efectos. Un golpe de audacia es también el que da san Bernardo cuando exclama: “Yo tomo (literalmente: usurpo) de las entrañas de Cristo lo que me falta”.

¡“Usurpar” la santidad de Cristo, “arrebatar el reino de los cielos”! Es este golpe de audacia que hay que repetir a menudo en la vida, especialmente en el momento de la comunión eucarística. Después de recibir a Jesús podemos decir: “Soy santo, la santidad de Dios, el Santo de Dios, está dentro de mí. Puede que yo no vea en mí más que miseria y pecado, pero el Padre celestial ve en mí a su Hijo y siente que sube de mí hacia él el aroma de su hijo, como Isaac cuando bendijo a Jacob (cf Gén 27,27)”.

Junto a este medio fundamental que es la fe y los sacramentos, deben ocupar también un lugar la imitación, las obras, el esfuerzo personal. No como un medio independiente y distinto del primero, sino como el único medio apropiado para manifestar la fe, traduciéndola en hechos. La oposición fe-obras es en realidad un falso problema, que se ha mantenido más que nada debido a la polémica histórica. Las obras buenas, sin la fe, no son obras “buenas”, y la fe sin obras buenas no es verdadera fe. Es una fe muerta, como diría Santiago (cf Sant 2,17). Basta con que por “obras buenas” no se entienda principalmente (como por desgracia ocurría en tiempos de Lutero) indulgencias, peregrinaciones y otras prácticas piadosas, sino la guarda de los mandamientos, en especial el del amor fraterno. Jesús dice que en el juicio final algunos quedarán fuera del reino por no haber vestido al desnudo ni dado de comer al hambriento. Por tanto, no nos salvamos por las buenas obras, pero tampoco nos salvaremos sin las buenas obras.

En el Nuevo Testamento se alternan dos verbos al hablar de santidad, uno en indicativo y el otro en imperativo: “Sois santos”, “Sed santos”. Los cristianos están santificados y han de santificarse. Cuando Pablo escribe: “Esta es la voluntad de Dios, que seáis santos”, es evidente que se refiere a la santidad que es fruto del esfuerzo personal. En efecto, añade, como si quisiera explicar en qué consiste la santificación de la que está hablando: “Que os apartéis del desenfreno, que cada cual sepa controlar su propio cuerpo santa y respetuosamente” (1Tes 4,3-4).

El concilio pone claramente de relieve estos dos aspectos de la santidad, el objetivo y el subjetivo, que se basan respectivamente en la fe y en las obras:

“Los seguidores de Cristo, llamados y justificados en Cristo nuestro Señor, no por sus propios méritos, sino por designio y gracia de Él, en la fe del bautismo han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y por lo mismo, santos. Esa santidad que recibieron deben, pues, conservarla y perfeccionarla en su vida con la ayuda de Dios” (LG 40).

Solo que hay que recordar que la obra de la fe no se agota con el bautismo, sino que se renueva –y renueva el propio bautismo– cada vez que damos un golpe de ala de los que he hablado» (Raniero Cantalamessa, Un himno de silencio. Meditaciones sobre el Padre, Monte Carmelo, Burgos 2001, 31-33).

Preguntas para reflexionar

 ¿Cómo relacionas la humildad con la esperanza cristiana?

 ¿Es tu corazón un corazón humilde que todo lo espera del Señor y nunca pierde la esperanza?

 ¿Cómo definirías el valor oculto de la humildad relacionado con la esperanza?

 ¿Qué te ocurre cuando tu humildad y esperanza se sienten asediadas por la soberbia, el orgullo, la egolatría, la vanidad, la presunción, la arrogancia, la vanagloria, la prepotencia, la autosuficiencia...?

 ¿Cuáles son para ti los frutos de la humildad? ¿Qué ocurre en tu vida cuando eres humilde?

 ¿Qué lección has sacado cuando te has sentido humillado? ¿Y qué palabra tiene la esperanza cuando te llega la humillación?

 ¿Asumes tu realidad humildemente, reconociendo tus defectos y debilidades, pero sabiendo que Jesús viene en tu ayuda para que los superes?

 ¿Cómo es tu espera y tu confianza cuando parece que Dios permanece mudo y no llegas a comprender su silencio?

 Cuando tu humildad ejerce la compasión, la misericordia y el perdón, ¿cómo actúa la esperanza en ti y en los que se sienten compadecidos y perdonados?

 ¿Qué es lo que más te sorprende de Jesús, de María y de san Pablo respecto de la humildad?

 

2 La pobreza, tierra para cultivar la esperanza

1. Miremos la vida con la mirada de Dios

Pertenece a la Revelación esa preferencia de Dios hacia los pobres y los desheredados de la tierra. Su mirada está fija en sus hijos, los más pobres de la tierra, que gritan al mundo pidiendo la solidaridad de sus hermanos los más ricos. Un corazón solidario sabe que nuestra mirada debe ser la mirada de Dios y para ello necesitamos vivir una profunda intimidad con Él.

El sufrimiento, la humillación, la muerte de tantos millones de seres humanos es lo que más preocupa nuestra vida, pues conocemos las palabras de Jesús: «Lo que hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). O lo que es igual: «lo que hago o dejo de hacer a los pobres, eso es lo que hago o dejo de hacer a Jesús». Hay en estas palabras una llamada radical: yo me relaciono con Jesús y con Dios en la medida en que me relaciono con los pobres, es decir, me relaciono con Jesús y con Dios si mi relación con los pobres es la que Jesús quiere. Es verdad que Jesús se hace presente de muchas formas en nuestra vida, pero él ha querido identificarse con los pobres y los que sufren.

Si tomamos conciencia de la situación real que estamos viviendo, el veinte por ciento de la población mundial consume el ochenta por ciento de la riqueza de la tierra, por lo que el ochenta por ciento de los habitantes del planeta se tiene que conformar con el veinte por ciento de los recursos y de la riqueza de este mundo. En el año 2013 había 845 millones de personas con hambre crónica en el mundo. Así pues, tenemos que decir que la inmensa mayoría de las gentes de este mundo se muere literalmente de hambre.

¿Y cuál es nuestra respuesta? ¿Hacemos todo lo que podemos hacer? Los pecados que van a decidir la última suerte de cada ser humano son los pecados de omisión. Se pierde para siempre el que deja de dar pan al hambriento, agua al sediento, etc. Esto fue lo que ocurrió en la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro. El rico no le hizo ningún daño al pobre, ni siquiera le echó de su puerta. Simplemente lo dejó como estaba. Y eso precisamente fue la perdición del rico. Una breve oración debería caminar con nosotros durante toda nuestra vida aquí en la tierra: «Señor Jesús, haz que sepa reconocerte en el pobre y en el que sufre, como Cristo sufriente que caído al suelo alza su mano en espera de que alguien lo levante. Que al verte, enseguida mi corazón arda de amor por ti, y me disponga a servirte con prontitud en mis hermanos, los más desfavorecidos».

«La pobreza es un gran tesoro», como lo afirma Jesús cuando le dijo al joven rico: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19,21). Francisco de Asís vivió esa pobreza e intentó transmitirla diciendo: «La pobreza es un tesoro oculto para cuya compra es preciso vender todo lo demás y despreciar todo lo que no se puede vender. Todos los bienes de la tierra no son nada comparados con el valor de la pobreza». San Juan Crisóstomo también valora la riqueza de la pobreza: «Qué locura colocar vuestras riquezas donde no habéis de vivir, y no colocarlas en donde habéis de ir para siempre. Colocad vuestros tesoros en vuestra Patria, que es el cielo». Y san Agustín añade: «Abandonad los bienes de la tierra y recibiréis los del cielo; porque la pobreza compra el reino de los cielos».

El que la pobreza sea un tesoro es porque las verdaderas riquezas no se componen de los bienes de este mundo, que hemos de dejar un día, sino que consisten en valores eternos que nos han de acompañar después de la muerte: la gracia, el ejercicio de la caridad, la amistad de Dios...

Pero, ¿qué ocurre si uno se toma en serio la pobreza y la causa de los pobres? Enseguida somos tachados de imprudentes y revolucionarios y, muy pronto, tendremos conflictos, problemas y enfrentamientos. A los que van hasta el fondo en el asunto de los pobres se les llama desequilibrados. Y es que, por lo visto, el equilibrio está en hacer lo mínimo, sin que nadie toque nuestra comodidad y bienestar; el equilibrio está en quedarse con los brazos cruzados ante la muerte inevitable de miles y miles de personas que mueren cada día de hambre y desnutrición, de falta de higiene, de droga, de Sida, etc., mientras que otros enferman de exceso de alimentación y de los abusos que lleva consigo el consumismo y el despilfarro.

En el fondo de todo esto hay una llamada a la conversión, que si se produce puede llenar de esperanza a muchos pobres. El papa Francisco dice que la Iglesia sabe involucrarse para lavar los pies a los más pobres, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo: «...la Iglesia sabe “involucrarse”. Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a sus discípulos: “Seréis felices si hacéis esto” (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo»[13].

Una Iglesia que está a favor de los pobres y lucha para liberarlos de su pobreza es una Iglesia que levanta la esperanza. Cuando los pobres no tienen a nadie, cuando buscan el pan de cada día, miran al cielo, en espera de que Dios mande una mano solidaria o haga un milagro. Dios es su única esperanza. De aquí surge una pregunta incisiva: ¿hasta dónde tu vida está implicada con los más pobres? Jesús, el Señor, espera tu respuesta.

2. El amor de Dios es amor preferencial por los pobres

El Dios trinitario es un Dios que derrama su amor infinito sobre todos, pero preferentemente sobre los pobres. Es tanto el amor del Padre que nos envía a su Hijo, el Pobre de Nazaret, que nace en un pesebre, no tiene donde reclinar la cabeza y muere desnudo en una cruz. Y es tanto su amor que cuando el Hijo es elevado a los cielos nos envía su Espíritu, que espera a la puerta del corazón humano a ser acogido para habitar en él. El Espíritu Santo derrama su amor en los pobres de espíritu, necesitados de Dios y de los hermanos. Como un pobre, espera a la puerta para enriquecernos con su pobreza. Por eso el Espíritu será llamado «Padre de los pobres». Este es el misterio de amor donde Dios se hace presente en el pobre.

La Iglesia siempre ha querido expresar este amor de Dios hacia los más pobres a través de la defensa de los derechos humanos, de buscar la paz y la solidaridad de entre todos los pueblos, y esto es un canto de esperanza para toda la tierra, como nos dice el papa Francisco: «...el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo»[14].

3. Dios escucha el clamor de los pobres

El Dios de Israel vio la opresión de su Pueblo, oyó sus gritos y bajó a liberarlo (cf Éx 3). Los profetas declararon aberrante la religión que antepone el culto ritualista a la justicia con los pobres: «El ayuno que yo quiero es este –oráculo del Señor–: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con los hambrientos, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte tu corazón a tu propia carne. Entonces romperá tu luz, sobre la aurora, enseguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor» (Is 58,6-8).

Los pobres son aquellos que carecen de recursos para subsistir, pero, sobre todo, son los que sufren la carga que supone mantener la riqueza y, en ocasiones, el lujo de otros. Es lo que denuncian los profetas, por eso –en nombre de Dios– se ponen a favor del pobre. Todo bautizado es profeta, participamos del profetismo de Cristo, para anunciar lo que es de Dios y denunciar lo que va en contra del proyecto de Dios.

Pero es sobre todo Dios quien opta, en primer lugar, por los pobres: «ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Dt 15,11)[15].

El hacer de Dios es la liberación de los que sufren. Por lo tanto, se relaciona con Dios y conoce a Dios el que se entrega a la tarea de Dios, que es la liberación de los pobres y de los que sufren la esclavitud. Hay tantos tipos de pobreza y de sufrimiento. Tú puedes dejar que tus manos sean las de Jesús, para estrechárselas a todos aquellos que están necesitados de un poco de solidaridad, de generosidad y de esperanza. Una mirada limpia sabe reconocer el grito de Jesús en los pobres, en los pecadores, en los desvalidos, en los marginados y excluidos. El papa Francisco dice que quiere una Iglesia pobre para los pobres, y añade: «Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también en ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos»[16].

4. La buena noticia del Padre para los pobres es el Hijo

El Padre nos ha dicho lo que quiere de nosotros a través de su Hijo. Por la Encarnación, el amor universal de Dios se hace misericordia entrañable, camino samaritano y cercanía sanadora, como dicen las Escrituras:

– Misericordia entrañable: «Su padre le vio de lejos y se entristeció; salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc 15,20). Cada vez que nos sentimos pobres, pecadores, y experimentamos la misericordia infinita de Dios en el sacramento de la reconciliación nos llenamos de paz y de esperanza.

– Camino samaritano: «Un samaritano, que iba de viaje, llegó a donde estaba el hombre y, al verlo, le dio lástima; se acercó a él y le vendó las heridas echándoles aceite y vino; luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó» (Lc 10,33-34). Jesús es el buen samaritano que sale a nuestro encuentro para curarnos las heridas, cuidarnos y amarnos, a fin de que nosotros hagamos lo mismo con todos los que están tirados en la cuenta de la vida.

– Cercanía sanadora: «Él la cogió de la mano y la llamó diciendo: “Niña, ponte en pie”. Le volvió el aliento y se levantó al instante; él mandó que le dieran de comer» (Lc 8,54-55; cf 8,44). Sentir la cercanía de Jesús en nuestra vida es siempre una experiencia sanadora. Constantemente él nos está sanando con su presencia y cercanía, basta que le abras el corazón. Hay tanta gente que se encuentra como muerta, con el alma seca, y Jesús a través de ti hace posible el milagro de poner la vida donde no la hay. Basta que tú lo desees y cuentes con él.

El Señor acoge a los pecadores (Lc 5,20), se sienta a la mesa con los marginados (Lc 5,30), se hospeda en sus casas (Lc 19,1-10), busca lo que estaba perdido (Lc 15,1-7), sana las dolencias de los excluidos (Lc 8,26-39), y preside una nueva fraternidad donde los pobres son los primeros y los preferidos (Lc 13,15-24). Su predicación se torna con frecuencia en denuncia para los instalados y en buena noticia para los desechados.

En los ambientes progresistas se habla de que tenemos que optar por los pobres. Pero esto es una afirmación superficial. Tenemos que optar por todos como Jesús optó por todos. La diferencia es que Jesús optó por todos desde los pobres. Es por lo que desde la situación de los pobres y marginados es como mejor podemos comprender a Dios, los designios de Dios, la voluntad de Dios. Jesús dijo que Dios se revela a los pobres y a la gente sencilla, mientras que se oculta a los entendidos y bien situados (Mt 11,25).

Nuestro modelo de pobreza es Jesús, quien siendo dueño de las riquezas por ser el Creador de todas las cosas, nace pobre, vive pobre y muere pobre. No podemos olvidar las palabras del apóstol Pablo: «Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2Cor 8,9).

El gran escándalo del cristianismo es que a los pobres no les llegue el Evangelio; en otras palabras, que en ambientes cristianos no haya gozo para los pobres, sino tal vez humillación, marginación, explotación o, simplemente, descuido y olvido.

Habrá cristianismo y habrá evangelización en el mundo en la medida en que los pobres vivan la Buena Noticia de liberación, pues así lo anunció Jesús en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lc 4,18).

5. Llevar el Evangelio a los pobres

El mismo Espíritu que ungió a Jesús para enviarlo a anunciar el Evangelio a los pobres conduce ahora a sus discípulos hacia la misión de continuar la obra salvadora hacia los más abandonados. Asumiendo la pobreza de Jesús los discípulos tienen una total disponibilidad al soplo del Espíritu. Si por el bautismo fuimos ungidos, hoy los discípulos del Señor deben sentirse ungidos, consagrados, para llevar la buena noticia del Evangelio a los pobres. Es algo que siempre me ha llamado la atención, en nuestras Cáritas se ha atendido a los pobres, se les ha gestionado sus papeles, se les ha dado comida, se les ha pagado facturas, pero no se les ha evangelizado. Estamos viviendo una renovación de la Iglesia a la que nos está invitando el papa Francisco y entre otras cosas está el llevar el Evangelio a los pobres: «La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración de la fe»[17].

La opción por el pobre es condición absoluta del seguimiento, si queremos escuchar la voz de Jesús: «Venid, benditos de mi Padre... cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,34-40). Más que exigencia, la opción por los pobres es expresión de la coherencia de quien participa de la vida y misión del Señor.

Es el Espíritu Santo quien suscita el carisma de la caridad en el discípulo, reconociendo la presencia de Jesús en el pobre. Es el Espíritu Santo quien nos ilumina para ver más allá de la pobreza material:

«Tuve hambre». Hay tanta hambre de pan, de trabajo, de tener lo indispensable para vivir. Hay tanta hambre de Dios, de felicidad, de fraternidad. Tú Señor eres quien puede saciar el hambre de toda la humanidad.

«Tuve sed». Hay tanta sed de agua, de justicia, de amor, de perdón, de paz. Hay tanta sed de que Dios reine en los corazones. Escucharé cada día tu grito en la cruz, Jesús: «tengo sed» y me preguntaré por tu sed, por mi sed y por la de mis hermanos.

«Era forastero». Te reconocí pobre y te abrí mi casa, te acogí para que no te sintieras solo, sin casa y sin patria. Tantos transeúntes, tantos inmigrantes que llegan a nuestras costas.

«Estaba desnudo». Me sentía sin Dios, angustiado, desesperado, como desnudo, sin un sentido en la vida pero me escuchaste y me diste tu mejor vestido.

«Estaba enfermo». Enfermo de cáncer, de Sida..., enfermo de soledad, enfermo del alma. Enfermo a causa de mi egoísmo. Estaba enfermo y me visitaste, curaste mis heridas, me liberaste.

«Estaba en la cárcel», a causa de la droga o del mal que había cometido. «Estaba en la cárcel» como encarcelado, encerrado en mí mismo y viniste a verme, encontré la libertad.

Esta misión puedes acompañarla de tu oración: «¡Ven, Santo Espíritu! Derrama tu luz para que pueda ver tantos rostros de pobreza, tantos rostros donde Jesús se hace presente. ¡Ven, Santo Espíritu!»[18].

6. Para meditar

«“Oh, Señor, haz que sea pobre como tú”. ¡Cuán a menudo pedimos lo contrario!

“Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2Cor 8,9).

“Cultiven con diligencia los religiosos y, si es preciso, expresen con formas nuevas la pobreza voluntaria abrazada por el seguimiento de Cristo, del que, principalmente hoy, constituye un signo muy estimado. Por ella, en efecto, se participa en la pobreza de Cristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros a fin de enriquecernos con su pobreza” (PC 13; cf LG 8.9.43.46; PO 17).

La expresión “La Iglesia de los pobres” no significa que queramos que las personas se queden pobres, sino más bien que nos esforzaremos por elevar su nivel de vida en todos los aspectos.

“Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres sean capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por medio de Jesucristo. A los pastores atañe manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo y prestar los auxilios morales y espirituales para instaurar en Cristo el orden de las cosas temporales. [...] Entre las obras de este apostolado sobresale la acción social de los cristianos, que desea el santo concilio se extienda hoy a todo el ámbito temporal, incluida la cultura” (AA 7; cf GS 60.69.72.88).

Poseer como si no poseyésemos nada; vender como si no vendiésemos; comprar como si no comprásemos; no tener nada pero comportarnos como si fuésemos dueños de todo; no pedir nada pero estar dispuestos a darlo todo: este es el espíritu de pobreza.

“Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla” (Lc 12,33).

“Aunque viven en el mundo, sepan siempre, sin embargo, que no son del mundo, según la sentencia del Señor, nuestro Maestro. Disfrutando, pues, del mundo como si no disfrutasen, llegarán a la libertad de los que, libres de toda preocupación desordenada, se hacen dóciles para oír la voz divina en la vida ordinaria. De esta libertad y docilidad emana la discreción espiritual con que se halla la recta postura frente al mundo y a los bienes terrenos” (PO 17; cf LG 39.42; GS 37; PC 13; AA 4).

La pobreza no significa carecer de bienes, lo cual en realidad constituye miseria y degradación. En realidad la pobreza significa justa distribución de los bienes materiales. No digas: “¡No es más que una taza de café o un vaso de cerveza!”. El goce de estas cosas puede ser resultado de mucho esfuerzo, de duro trabajo y hasta de sacrificio por parte de quienes los han producido. Incluso un cigarrillo podría significar el afán de algún anónimo trabajador.

“Jesús les contestó: En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros” (Jn 6,26; cf 1Tes 4,11-12; 2Tes 3,7-9).

“Aquellos que están dedicados a trabajos muchas veces fatigosos deben encontrar en esas ocupaciones humanas su propio perfeccionamiento, el medio de ayudar a sus conciudadanos y de contribuir a elevar el nivel de la sociedad entera y de la creación. Pero también es necesario que imiten en su activa caridad a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en los trabajos manuales y que continúan trabajando en unión con el Padre para la salvación de todos. Gozosos en la esperanza, ayudándose unos a otros a llevar sus cargas, asciendan mediante su mismo trabajo diario a una más alta santidad, incluso con proyección apostólica” (LG 41; cf GS 33.34.35.57.67)» (François-Xavier Nguyen Van Thuan, Vivir las virtudes a la luz de la Escritura y del concilio Vaticano II, Ciudad Nueva, Madrid 2012, 59-62).

Preguntas para reflexionar

 ¿Qué pasos tendría que dar nuestra Iglesia para llevar a cabo la opción preferencial por los pobres?

 «Ser pobres no es carecer de las cosas, es no necesitarlas». ¿Eres materialista y consumista o vives la austeridad evangélica?

 ¿Vivirás pobre sin renunciar a la calidad de vida? ¿Cómo avanzarás en la llamada del Señor a vivir la pobreza?

 ¿Ves la pobreza evangélica como un tesoro? ¿Qué rasgos hay en tu vida que expresen la pobreza evangélica como un tesoro?

 ¿Qué experiencia tienes de vivenciar el relato evangélico del juicio final (cf Mt 25,31-46), vislumbrando el rostro de Jesús en los pobres: «Tuve hambre, tuve sed, era forastero, estaba desnudo, estaba enfermo, o en la cárcel»?

 ¿Qué respuesta evangélica das con tu vida a los desheredados de la tierra: pobres, marginados, excluidos, desfavorecidos, rechazados...? ¿Haces lo suficiente o puedes hacer más?

 ¿Cómo es tu relación con los más pobres? ¿Tienes algún amigo pobre? ¿Eres esperanza para algún pobre?

 A Jesús se le ha llamado el «pobre de Nazaret» y al Espíritu Santo el «Padre de los pobres», y tú, ¿qué nombre te pondrías en relación con la pobreza?

 Piensa en la historia de tu relación con la pobreza y con los pobres. ¿Qué oración te brota de este recuerdo? Haz una oración por todos los pobres que te has encontrado en el camino de la vida.

 ¿Qué experiencia tienes de la misericordia entrañable, del camino samaritano y de la cercanía sanadora, de Jesús hacia ti y de ti hacia los demás?

 

3 Adviento, la apertura del corazón a la esperanza

1. La espiritualidad propia del Adviento

Podríamos decir que hay una llamada al ejercicio de las virtudes teologales a través del año litúrgico, si bien es todo el año para cultivar estas virtudes; destacamos como tiempos propicios la Cuaresma y Semana Santa para avivar la Caridad, la Fe en el tiempo Pascual y la Esperanza en Adviento. Cuando crecemos en caridad, crecemos en fe y esperanza y así con las tres virtudes, hay una correlación y un influjo mutuo.

Al adentrarte en este tiempo fuerte de nuestra vida cristiana descubre las llamadas de Dios a la luz de su Palabra y pon todo tu interés y entusiasmo para llevarlas a cabo. Sumérgete en esta espiritualidad a fin de que avances poco a poco o como el Señor quiera en una espiritualidad comprometida, en un esfuerzo hecho para recuperar la conciencia de ser Iglesia para el mundo, transmisora de la esperanza y del gozo evangélico. Más aún, de ser Iglesia esposa de Cristo, vigilante en oración y exultante en la alabanza del Señor que viene. Por eso vas a adentrarte en algunos rasgos que diseñan esta espiritualidad: esperanza contra toda desesperanza, camino de conversión, autenticidad y sencillez de vida, alegría del que sabe esperar en Dios, estar despiertos y vigilantes, la paciencia para crecer espiritualmente, el testimonio hasta el final.

Pero antes de ir desarrollando algunos aspectos de la espiritualidad del Adviento quiero hablar de la esperanza porque es la virtud de la esperanza la que envuelve todo el ambiente ya que las grandes figuras del Adviento, el profeta Isaías, Juan el Bautista y María son personajes que vivieron de la esperanza y la transmitieron a los demás.

En un comentario al salmo 118, Hilario de Poitiers se hacía eco de la pregunta que muchos gritan a los cristianos: «Cristianos, ¿dónde está vuestra esperanza?». Para un cristiano la esperanza es una responsabilidad de la que hay que responder a quien nos pregunte, como dice la primera carta de Pedro: «Estad siempre dispuestos para responder a cualquiera que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros» (1Pe 3,15). Hoy esta responsabilidad constituye uno de los retos decisivos de la Iglesia. Como cristiano, ¿eres capaz de infundir esperanza a personas concretas y de mostrar que hoy sigue valiendo la pena vivir y morir por Cristo?

Estamos en una «sociedad de la incertidumbre», como dice el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Es época de cambio, como un paso a algo nuevo porque muere la modernidad, las ideologías y el régimen de cristiandad, caminamos hacia una renovación del cristianismo que llena de esperanza donde todos debemos poner lo mejor de nosotros mismos y no instalarnos en la mediocridad sino lanzarnos a la acción del Espíritu Santo. Y para ello debemos combatir los dos enemigos de la esperanza, que la impresión dominante nos presenta: la indiferencia y el sinsentido. No vivas indiferente ante la realidad que ven tus ojos sino da una respuesta desde tu amor cristiano y no pierdas el sentido de la vida ya que Cristo, nuestro Señor, nos lo ha marcado.

San Agustín afirma que «la esperanza es lo único que nos hace propiamente cristianos» (La ciudad de Dios 6, 9, 5). Es decir, el cristiano dota de un sentido nuevo y distinto a las cosas y a las realidades, e incluso a todas las relaciones humanas. Es la esperanza la que sostiene al ser humano en camino, la que le hace capaz de futuro.

El cristiano encuentra en Cristo su esperanza, el sentido último de todas las realidades y relaciones, como nos dice el apóstol Pablo: «Cristo Jesús, nuestra esperanza» (1Tim 1,1). La esperanza es la que te puede hacer vivir con alegría y serenidad cuando aparecen las tribulaciones, las pruebas y los sufrimientos, incluso el martirio. Pues como dice también san Agustín: «Nuestra historia es ahora esperanza; después será eternidad» (Comentario a los salmos 103, 4, 17).

2. Esperanza contra toda desesperanza

«¿Qué tienes, alma mía, que te abate? ¿Por qué gimes en mi interior? Confía en Dios. Aún le cantaré a Dios mi salvador» (Sal 42,5); «Que Dios, fuente de toda esperanza, os conceda esa fe que da frutos de alegría y paz, y así os sintáis cada día más esperanzados gracias al poder del Espíritu Santo» (Rom 15,13).

Si Dios es la fuente de toda esperanza, ¿por qué a veces estás abatido? ¿Por qué llegas a perder la confianza? Cuando te encierras en ti mismo ya no ves a Dios, la mirada de la fe se te nubla y pierdes la esperanza. Te visita la angustia y la desesperación. Hoy la Iglesia necesita «profetas de esperanza». Para el filósofo francés Gabriel Marcel la esperanza es «una lucha activa contra la desesperación».

El profeta Isaías es un testigo de esperanza, con la luz del Espíritu descubría en los acontecimientos históricos la presencia permanente de Dios cumpliendo sus promesas. Él sabía esperar con confianza la manifestación suprema y decisiva del amor de Dios para con su pueblo.

Como profetas de esperanza hagamos prender la llama de una esperanza que comience quemando la falsedad y comprometiéndonos seriamente con la construcción del proyecto divino. El Pueblo de Dios sabe descubrir la manifestación de Dios en los acontecimientos de cada día. Asume su papel de elegido, de consagrado, porque su razón de ser es precisamente responder con esperanza a esa vocación de hacer presente a Dios y llevar adelante sus proyectos. Esto llena de sentido la vida de todo seguidor de Jesús. Cuando el corazón se te ensancha al realizar la voluntad de Dios tu vida se abre a horizontes de esperanza porque más allá de la oscuridad sabes que hay una luz, es la luz de Cristo que ilumina los corazones.

Hay gente que no espera nada porque cree que ya lo ha conseguido todo. No son capaces de mirar hacia su interior para darse cuenta de que su corazón está cerrado, ni son capaces de mirar hacia fuera para ser conscientes de que forman parte de una humanidad en la que hay mucha gente que sufre. Y hay otro tipo de gente que tampoco espera nada porque se ha desengañado de todo. La vida ha perdido para ellos sentido e interés, pues le ha sido muy dura y no han encontrado a nadie que les tendiera una mano. Vemos cómo Jesús, en el Evangelio, se acerca a la gente que se encuentra en su camino, y les ayuda a despertar la esperanza que llevan en su interior. A quien no espera nada, Jesús no tiene nada que decirle, ni puede hacer nada por él. Los que tienen esperanza y se encuentran con Jesús son invitados a buscar más, a encontrar la fuerza del amor pleno que es Dios y su Reino.

Jesús siempre nos está llamando a reforzar nuestra esperanza. Cada gesto de amor, cada momento de felicidad, cada dolor superado, cada injusticia vencida, cada experiencia de confianza en Dios Padre, fortalece nuestra esperanza y hace posible la realización del Reino.

Pero la gran esperanza cristiana está puesta en ese momento último y pleno de alcanzar la vida eterna, cuando Dios reuna a sus hijos e hijas en su cielo nuevo, donde ya no habrá dolor ni penas ni tristezas. Mientras tanto vive en esperanza, contagiando esperanza, presentando a Dios como el manantial de toda esperanza.

3. Camino de conversión

«Por aquellos días apareció Juan el Bautista proclamando en el desierto de Judea: “Convertíos porque ya llega el Reino de los Cielos”» (Mt 3,1-2); «Toda la tierra se acordará del Señor y a él se volverá. Todos los pueblos, razas y naciones ante él se postrarán» (Sal 22,28).

En el Adviento escuchas la llamada de Juan Bautista a la conversión, con la esperanza de que la conversión es posible. Es la mejor forma para acoger el misterio de la Encarnación. Se trata de que Dios sea Dios, que Él lleve tu vida, un «dejarle hacer».

Eres invitado a acoger un misterio muy grande y para ello necesitas un cambio de mentalidad a la luz de la palabra de Dios, y de la adecuación de tus criterios a los del Señor; y un cambio del corazón para que tus actitudes y comportamientos sean los que exige la implantación del reino de Dios. El momento culminante de este proceso se expresa en un gesto de humildad para celebrar el sacramento del perdón. Como dice Enzo Bianchi: «El cristiano funda la explicación de su esperanza en el perdón, testimoniando que el mal cometido no tiene el poder de cerrar el futuro de su vida; narra su esperanza configurando su presencia entre los hombres desde la fe en que el acontecimiento pascual expresa la voluntad divina de salvación de todos los hombres»[19].

La conversión va de la mano de la experiencia de la reconciliación. Si no te reconcilias contigo mismo, con los demás y con Dios no podrás avanzar por este camino. Necesitas la gracia del sacramento para tener fuerzas en tus luchas y tareas cotidianas.

4. Autenticidad y sencillez de vida

«Y ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Lc 3,9).

Juan el Bautista denunciaba tajantemente la hipocresía de los fariseos y saduceos. Pedía sinceridad, limpieza de corazón. Todas nuestras hipocresías han de quedar purificadas, quemadas a fuego, porque para recibir al Señor anhelamos solo vivir en la verdad.

El rigorismo y el cumplimiento de la ley, buscando un perfeccionismo, no deja que hagamos fiesta en nuestro corazón, lo que produce es amargura. Cuando falta el amor falta todo, ya no hay esperanza, ni ilusión, ni entusiasmo. La autenticidad de vida exige el amor y cuando hay amor la vida se llena de esperanza.

«Él debe crecer y yo disminuir» (Jn 3,30). Estas palabras de Juan el Bautista nos inducen a pensar que el centro de nuestra vida no somos nosotros, el centro de todo cristiano es Cristo. Por eso si quieres seguir a Cristo, descéntrate, y pon a él en el centro de tu vida, es necesario que tú te apagues y él resplandezca, que los demás vean en ti su presencia, su amor.

La abnegación, la austeridad, la sobriedad y la sencillez son virtudes que adquiere quien desea acoger el misterio de la Encarnación. No se puede acoger al Señor que viene sin acoger la pobreza de Belén, y para ello necesitas negarte a ti mismo y dejar que Dios haga su obra. El hombre nuevo, abierto al misterio, aprende a pisar la tierra de la humildad y la sencillez, y tú estás llamado a ello.

5. Alegría del que sabe esperar en Dios

«Los liberados del Señor volverán y llegarán a Sión, cantando de alegría, una felicidad eterna transfigurará sus rostros. Alegría y gozo les acompañarán, el dolor y el llanto habrán llegado a su fin» (Is 35,9-10).

La alegría de la Navidad ha de ser para todo el pueblo de Dios una alegría desbordante, una alegría en el Señor. Pero te puede parecer que la alegría hay que guardarla para la Navidad, desde luego que la gran alegría por la venida del Señor estallará en la Navidad y con más fuerza en la Pascua de Resurrección del Señor. Sin embargo, no hay tiempos para la alegría, la alegría cristiana debe permanecer siempre. Así nos dice el papa Francisco: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús»[20].

En los tiempos más difíciles de la historia de Israel, los profetas invitaban a vivir la alegría de saber que el Señor no les abandonaba, que estaba con ellos, que les guiaba y conducía.

Nuestra alegría es el Señor, merece la pena mirar hacia nuestro interior y vivir la alegría de tener a Dios con nosotros en cada momento, acompañándonos siempre. Que nunca te nuble la alegría superficial de la Navidad, porque el Adviento es una llamada a buscar una alegría más profunda: la alegría de que el Señor nazca en tu corazón. En realidad debe nacer en ti cada día porque cada día tu fe debe renovarse. Vale la pena, en el interior de cada uno, sentir la alegría de su presencia que traspasa todo lo visible y actúa con fuerza en nosotros transformándonos, haciéndonos gustar aquella vida suya que va más allá de todo lo que nosotros podamos programar, organizar y crear. Sea tu gran alegría que Dios viene a salvar, y te ha escogido con un corazón de pobre para llevar a cabo la salvación. Hazte misionero de su alegría y salvación.

6. Estar despiertos y vigilantes

«Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y las preocupaciones por la vida, y se os eche encima de repente aquel día. Estad siempre despiertos» (Lc 21,28.34.36). «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Lo que digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13,33.37).

No es fácil admitir que muchas veces estamos dormidos y que necesitamos estar despiertos. Sin embargo, la palabra de Dios nos insiste en que vigilemos, que estemos en vela.

Velar en espera de Jesús es un sentimiento que se asemeja a la espera de un amigo. Velar es despertar a nuestra realidad, ser consciente de nuestras esclavitudes, de nuestra falta de luz. Muchas veces puedes llegar a depender de la opinión de los demás, de la buena imagen, de que las cosas funcionen bien. Y necesitas estar despierto a tantas cosas que ocurren a tu alrededor, a tantas cosas que vives sin darte cuenta. Pregúntate si tu vida está organizada desde Dios, o desde la pequeñez de tu propio egoísmo. ¿Cómo te encuentras en este momento? ¿Dormido o despierto? ¿Eres consciente de la realidad que pisas y estás dando una respuesta evangélica a esa realidad?

La esperanza cristiana es abrir los ojos, y ver y oír en Jesús una palabra de amor infinito para nosotros, y para ello necesitamos la oración. Con los ojos cerrados a la realidad y muchas veces encerrado en ti mismo no puedes mirar al mundo con la mirada de Cristo y por tanto estás como dormido y necesitas despertar. Una vez me contaba un amigo sacerdote que haciendo ejercicios espirituales y paseando por el jardín de la Casa de Espiritualidad escuchó cómo algo crujía, era como un «crac». Observando los sonidos de la naturaleza descubrió que ese «crac» procedía de las piñas que se abrían y desprendían sus piñones. Entonces su reflexión fue que hacer ejercicios espirituales era abrirse a la gracia divina para poder dar fruto. Y eso era estar despierto, lo contrario sería permanecer en el letargo invernal, a la espera de que otros hagan lo que le corresponde hacer a cada uno. Todos somos responsables de nuestra vida y la vida cristiana es un estar despiertos a la acción del Espíritu. Por eso nunca olvides las palabras del apóstol Pablo: «Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo» (Ef 5,14).

7. La paciencia para crecer espiritualmente

«Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca» (Sant 5,7-8).

La vida es como un camino hacia la plenitud que un día llegará, pero que lo que reclama ahora es constancia, fidelidad, capacidad de descubrir la presencia del Señor. Dentro de las dificultades cultivamos la paciencia, con la que se pone a prueba nuestra fe, esperanza y amor. Hablar de paciencia es mantener la paz de espíritu cuando el seguimiento de Jesús se hace duro o incierto o confuso. Por eso la paciencia se cultiva en sus dos vertientes: no desanimarse ni abandonar el camino de búsqueda de fidelidad a Jesús y su Evangelio, y mantener siempre la paz, la confianza, la esperanza. Pregúntate: ¿qué es lo que te hace perder la paciencia? ¿Qué importancia tiene la paciencia en tu camino de santificación?

8. El testimonio hasta el final

«Vosotros recibiréis el poder, cuando el Espíritu venga sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén y en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra» (He 1,8).

Juan el Bautista llega hasta el final en su testimonio de señalar quién es la luz y para ello su coherencia de vida le exige denunciar la injusticia, e incluso le cuesta la vida, sufre el martirio. Muestra a sus discípulos dónde está para ellos el cordero de Dios y no los acapara como si fuera él la luz que les va a iluminar. Juan es profético, vive en la verdad y anuncia la verdad que viene de Dios. Es valiente para denunciar lo injusto, lo que es contrario a la voluntad de Dios. No se calla y pone los corazones en vilo hasta que den el paso a la conversión. Todo un ejemplo a seguir porque hoy el mundo necesita profetas de la verdad, profetas del amor, profetas de oración, profetas convencidos que entreguen su vida.

El papa Francisco nos pide que seamos testigos de la esperanza pero desde la dulzura, el respeto y la paz: «...en nuestra relación con el mundo, se nos invita a dar razón de nuestra esperanza, pero no como enemigos que señalan y condenan. Se nos advierte muy claramente: “Hacedlo con dulzura y respeto” (1Pe 3,16), y “en lo posible y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres” (Rom 12,18)»[21].

Cada Adviento te exige ser testigo de esperanza, ordenar tu vida para poder acoger a quien es la Vida, abrirte al misterio y a la confianza en Dios. Nada más asombroso y sorprendente que esperar en el Señor, dando testimonio de tu fe, esperanza y amor hasta el final, hasta la entrega de tu vida, entonces brillará el sol por el horizonte de tu corazón en cada amanecer[22].

9. Para meditar

«El cerco se cierra. Si el hombre es la alegría de Dios, Dios es, en mayor medida, la alegría del hombre. Es decir, la verdad de Dios solo puede hacer que resalte y resplandezca la verdad del hombre. ¿Y cuál es la verdad del hombre? Que es un ser amado por el Eterno y, por tanto, desde toda la eternidad, desde siempre y para siempre, por encima de sus méritos y de sus culpas.

Una verdad que provoca de inmediato la alegría. Porque también para el hombre la verdad es experiencia de plenitud interior, de conquista de sí mismo, de sentido de su propia dignidad. Sobre todo si es experiencia vivida ante la verdad de Dios. También cuando la verdad del amor de Dios hace que el hombre descubra aún más profundamente la verdad de su falta de amor, como es lógico, por otra parte: las polaridades opuestas se refieren mutuamente; es evidente, por tanto, que solo ante el amor del Eterno podrá el ser humano pecador descubrir su egoísmo en sus numerosas versiones, más o menos sofisticadas (y que podrían tranquilamente seguir ocultas en un examen de conciencia privado... ante la propia conciencia). Pero también en este caso, más allá de la amargura y tal vez de la sorpresa por su propio pecado, el creyente pecador se siente envuelto en el abrazo del Padre. Y no solo eso, sino que cuanto más descubre su propia maldad y debilidad, tanto más sentirá la grandeza del amor divino, porque es absolutamente inmerecido y, por tanto, es un amor verdadero, un amor seguro, un amor grande, un amor divino... un amor que da alegría.

Podríamos decir que la alegría del cristiano se encuentra en la confluencia de la experiencia radical del amor de Dios y de la conciencia igualmente radical de su propio pecado, es como la resultante de ambas o la prueba de que el camino del autoconocimiento ha tenido lugar a la luz del amor de Dios y, por tanto, ha sido un camino acrisolado y auténtico, recorrido por quien no ha temido percibir la raíz del mal dentro de sí, por un lado, pero justamente por eso ha saboreado también la grandeza de la misericordia del Eterno, como amor que va mucho más allá de la justicia del hombre. Es el «gozo de ser salvado» (Sal 50,14); es el gozo de Pablo que «se gloría» de su debilidad que antes le humillaba; podríamos decir que es el Magníficat de Pablo (cf 2Cor 12,9). Es la alegría del hijo pródigo, sobre todo cuando es abrazado por el padre, el momento en que percibe que es un hijo amadísimo y en el que –al mismo tiempo– comprende también la gravedad de su pecado (cf Lc 15,20-21). Es la alegría de Christian de Chergé, ya mencionada anteriormente, cuando sueña con encontrarse en el cielo junto con aquel que va a quitarle la vida (“amigo del último instante”), ambos “ladrones agraciados... colmados de alegría”. La alegría marca el punto de contacto entre dos polaridades que perecerían inconcebibles: el amor (de Dios) y el pecado ( del hombre), la experiencia del hijo y del pecador. Y que, en cambio, son esenciales para hablar de auténtica experiencia cristiana, pero también de verdadera alegría humana.

La cual, en efecto, es auténtica y segura, estable y profunda solo cuando es consiguiente a estas dos experiencias simultáneas, porque solo entonces se fundamenta sobre la alegría de Dios» (Amedeo Cencini, La alegría, sal de la vida cristiana, Sal Terrae, Santander 2009, 119-121).

The free sample has ended.