Read the book: «Campesinos y señores en la Edad Media»


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
Título original: Paysans et seigneurs au Moyen Âge. VIIIe-XVe siècles Armand Colin, 2007
© Laurent Feller, 2007
© De esta edición: Universitat de València, 2015
© De la traducción: Lluís To Figueras, 2015
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Diseño del interior y maquetación: Inmaculada Mesa
Ilustración de la cubierta: Speculum Virginum (ca. 1310) Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-370-9774-9
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
I.EL PESO DEL GRAN DOMINIO EN LA ÉPOCA CAROLINGIA (SIGLOS VIII-X)
Las fuentes de la historia económica y social: capitulares y polípticos
Documentos normativos y administrativos
Los polípticos
Funciones de los polípticos
El régimen de las tierras
Factores de diversidad del gran dominio
Los esfuerzos de racionalización de la explotación señorial
Los constreñimientos de la economía señorial entre la generosidad y la necesidad
Las opciones de gestión
II.LOS ESTATUS: LIBRES Y NO-LIBRES EN LA SOCIEDAD DE LA ALTA EDAD MEDIA
El trabajo forzado y la cuestión de la esclavitud en la alta Edad Media
¿Qué es un esclavo?
¿Una institución en declive?
El reclutamiento de esclavos
La esclavitud en la alta Edad Media en las estructuras de producción
Los libres ante el gran dominio
¿La crisis de la alodialidad?
Contratos y dependencias
Transformaciones y resistencias
III.EL MUNDO RURAL: HÁBITAT, NOTABLES Y COLECTIVIDADES EN LA ALTA EDAD MEDIA
El hábitat de la alta Edad Media y la cuestión de la aldea
El hábitat campesino
Presencia de casas «privilegiadas»
Hábitats señoriales
Las iglesias
Jerarquías, colectividades, comunidades
Dentro del gran dominio
Mediadores sociales y criterios de distinción
Los libres y el dominio
IV.LAS TRANSFORMACIONES SOCIALES DE LOS SIGLOS IX-XII
Propiedad, producción e intercambio en los periodos de invasiones y guerras civiles (siglos IX-XI)
¿El final de los lugares centrales?
La transformación de los patrimonios
Una sociedad en mutación
La propiedad y la explotación campesina de fines del siglo IX al siglo XII
¿El mantenimiento de la propiedad campesina en los siglos IX y X?
El crecimiento de la presión señorial en el siglo XI
Las transformaciones del señorío
Las formas del señorío
Características del régimen señorial
El hábitat y el marco vital
V.LA ECONOMÍA SEÑORIAL: GASTOS, INVERSIONES Y RENTA (SIGLOS XI-XIII)
La economía señorial
Unas necesidades en alza
Las exigencias del rango y el mantenimiento de la riqueza
Gastos de inversión
Problemática de los ingresos señoriales
Los «retornos de la inversión»
Decisiones necesarias
¿Rentas en dinero o rentas en especie?
Los ingresos obtenidos del ban
El señorío y la vida económica
VI.LOS ESTATUS CAMPESINOS DESDE EL SIGLO XII A PRINCIPIOS DEL SIGLO XIV
El final aparente de las servidumbres (siglos XIII-XIV)
La servitud en la Edad Media central
Las engañosas apariencias del movimiento de enfranquecimiento del siglo XIII
La lucha y el conflicto
Las nuevas servidumbres
La questalité gascona
La remença catalana
El villainage inglés: la significación económica de la servidumbre
VII.DE LA COMUNIDAD RURAL A LA COMUNA: LA ORGANIZACIÓN DEL MUNDO CAMPESINO DEL SIGLO XII AL XIV
Comunidades, señores y cartas de franquicia
Cronología y tipología
Atributos de la comuna
Ejemplos regionales
La comuna, el campesino y el señor
El papel de las élites en la comunidad
Parroquia y señorío
Señores y comunidades: las luchas en la aldea
VIII.SEÑORES Y CAMPESINOS EN LA COYUNTURA DE LA BAJA EDAD MEDIA
El señorío: la evolución de las grandes fortunas territoriales
En Inglaterra, las tierras de la gentry
Las dificultades de la explotación directa: una reserva y su destino, Vaulerent
Los éxitos de un gran dominio: la fortuna de Thierry de Hireçon
Las encomiendas provenzales de San Juan de Jerusalén y sus problemas
La explotación campesina
La centralidad del mercado campesino de la tierra en la baja Edad Media
Crédito, endeudamiento y desposesión campesina
Procesos de alienación y contratos
El salariado
IX.REVUELTAS Y RESISTENCIAS CAMPESINAS A FINES DE LA EDAD MEDIA
Coste del trabajo, actitudes campesinas y reacciones señoriales
La tijera de precios y salarios
La reacción
Las revueltas
Los grandes movimientos campesinos del siglo XIV
Elementos explicativos
La conquista de la libertad jurídica: los remences y el rey de Aragón.
El Tuchinat y la guerrilla en Normandía al final de la guerra de los Cien Años
BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE ANALÍTICO
INTRODUCCIÓN
Desde Marc Bloch a la generación que encabezaba el mundo académico en los años 1960-1970, el tema de «los hombres y la tierra» ha sido uno de los sectores más brillantes de la historia medieval francesa. El tema ha sido tan estudiado que, si no se ha agotado ya, ha perdido mucho de su atractivo.1 Sin embargo aún se mantiene como un tema central por dos razones: una evidente y otra historiográfica.
Empecemos por la evidencia: en la sociedad medieval, donde casi la totalidad de la población obtiene sus recursos, directamente o no, de la agricultura, las relaciones entre los dueños del suelo y los productores reviste una importancia crucial y su estudio se mantiene como un sector clave de la historia de la Edad Media. A continuación, la razón historiográfica: desde hace una treintena de años la historia social del mundo rural medieval ha experimentado, como otras ramas de la disciplina, una importante renovación provocada por la intrusión de problemáticas de carácter antropológico en su ámbito. Si, en Francia, los estudios relativos al mundo rural medieval parecen haber marcado un poco la pauta y si actualmente la historia rural de la baja Edad Media ha sido abandonada por los investigadores, no sucede lo mismo con los demás periodos. Por otro lado, en otros países europeos el desarrollo de la historia rural ha sido notable: la escuela española es hoy una de las más importantes que existen.2 El ámbito se ha internacionalizado –de manera que, por ejemplo, los mejores especialistas de la Provenza rural, hoy en día están en Canadá– y su progreso ha sido considerable. Su complejidad actual, así como sus progresos, justifican el proyecto de escribir una síntesis, aunque sea incompleta, que cubra el periodo de los siglos VIII-XV.
Se ha escogido empezar por la época carolingia y detenerse en las revueltas campesinas de los siglos XIV y XV. Efectivamente, es entre los siglos VIII y X cuando se construye el señorío, cuya existencia estructura durante mucho tiempo la sociedad rural occidental. La violencia de las crisis del fin de la Edad Media lo hace doblegarse pero no supone su fin: el fracaso de los asaltos lanzados contra el señorío durante las espectaculares revueltas de los siglos XIV y XV, justifica terminar el estudio en los años 1480. El periodo aquí ha sido tomado como un bloque y los acontecimientos sociales de los siglos X-XI, serán considerados como un ajuste en el interior de una estructura ya consolidada, y no como una transformación radical que se produce antes, cuando el gran dominio apareció como el fundamento de la vida económica y como la «estructura que sostiene» la vida social occidental.
La idea de que el señorío existe desde el siglo VIII, en el marco del gran dominio, debe justificarse aunque para algunas historiografías sea algo evidente. Se basa en la idea que el propietario del suelo ejerce sobre los hombres que lo ponen en cultivo una autoridad que va más allá de la relación económica o de un intercambio en el cual la renta entregada o el trabajo efectuado remuneraría la cesión de una tierra. Porque detenta la tierra y la posee, el señor ejerce un poder multiforme sobre los hombres que la trabajan. Los protege, y esta es su función principal, tanto judicial como militarmente. Ejerce, pues, una función de mediación entre los poderes superiores y los hombres más desprovistos de medios de defensa. La protección puede entenderse como un simple patronazgo, a cambio del cual solo se exigen unos regalos rituales de reconocimiento. El señor también manda. Su derecho puede llegar hasta el ejercicio de un dominio puro y simple que permite la extorsión de bienes y servicios, si es necesario por la fuerza. El predominio de una de las dos formas, patronazgo o dominio, es correlativa al interés demostrado por los miembros de la aristocracia por el carácter local de su poder, restringido durante la alta Edad Media e intenso a partir del siglo X.3 Su fortuna, hasta la época carolingia, dependía en gran medida de sus relaciones con la autoridad monárquica y de su capacidad para constituir patrimonios en un área al menos regional. La desaparición de los poderes centrales empuja los grupos dirigentes a edificar espacios de dominio a una escala puramente local, algo no visto hasta entonces. Un salto cualitativo se opera cuando los señores extienden los derechos que tenían sobre los campesinos que trabajaban sus tierras al conjunto de habitantes dependientes de su centro de poder. Es lo que había observado Georges Duby en su tesis y que, en cierto modo, permanece en el corazón de cualquier análisis social de la Edad Media central.4 Sin embargo, el derecho a exigir trabajo o rentas en especie y la capacidad de hacerlo, si es preciso con el uso de la fuerza, son previos al hundimiento del Estado carolingio. El señorío banal, o territorial, permite extenderlos e intensificar la explotación, pero estos derechos no son nuevos.
¿Quién es señor? Cualquier individuo o institución que posea suficientes tierras para vivir holgadamente sin necesidad de trabajarlas por si mismo y detentando por ello un poder sobre los trabajadores que las ponen en cultivo. Este poder se ejerce a través de instituciones específicas como la servitud (servage) que es una de las múltiples variantes de la servidumbre (servitude) medieval.5 Se expresa también a través del control del territorio, poseído con una de las formas de la propiedad medieval, el alodio o el feudo, o a título del control político y militar ejercido sobre el mismo. La alianza de la propiedad y el control territorial es una especificidad aparecida como muy tarde en el siglo X. Se encarna, literalmente, en el castillo, sea cual fuere su forma, mota castral o castrum mediterráneo, fortaleza pública de antigua fundación o aldea nueva provista en su seno de un dispositivo militar perteneciente al señor. Por último, a partir del siglo XI, las formas de sujeción campesina evolucionan. La aparición del señorío territorial, caracterizado por el acaparamiento de la justicia, la capacidad de exigir punciones arbitrarias y de imponer corveas a todos los habitantes de una misma jurisdicción, induce a una transformación extremadamente importante de la sociedad –no una mutación radical: los elementos que han intervenido entonces ya estaban presentes desde el siglo VIII; y solo se trata de una cuestión de intensidad de la coerción, no de su naturaleza.
Existen importantes matices. Provienen del hecho que el mundo campesino no ha permanecido inerte durante la fase de edificación del señorío, y ha manifestado una sólida capacidad de adaptación a los cambios que se le impusieron y que no habrían podido producirse si no los hubiesen aceptado o si no le hubiesen encontrado ventajas.6
La sociedad campesina está vinculada a un cierto tipo de organización económica.7 El objetivo de la explotación campesina es conseguir alimentar a sus miembros. El dinero solo juega en ella un papel secundario o inexistente. No es una empresa que, para perdurar, deba generar beneficios permanentemente, simplemente porque la tierra no se considera solo como un capital que sería preciso remunerar. Incluso si se la percibe como un instrumento de producción, la tierra sigue siendo lo que es, es decir un elemento de la naturaleza sobre el que la familia ejerce un cierto número de derechos que no se consideran incompatibles con los del señor o el cura que exige el diezmo.
La producción tiende a adaptarse a las necesidades más inmediatas: la alimentación de los miembros de la familia, la reposición de las herramientas o del ganado, las generosidades necesarias para con los lugares de culto, además del diezmo, las rentas señoriales, los dones y los regalos hechos a amigos y vecinos para mantener el prestigio y la amistad, las dotes de las hijas (o de los hijos si el sistema matrimonial incluye las «dotes indirectas»). No es necesario producir más y, sobretodo, los campesinos solo trabajan de manera marginal para el mercado. El señorío es el organismo que permite, mediante la coacción o la persuasión, intensificar la producción campesina, y precisamente, abastecer los circuitos comerciales.8
A menudo, los campesinos son propietarios de sus explotaciones, más a menudo en la alta Edad Media que después del siglo XI: la Edad Media central experimenta, del siglo XI al XIII, un proceso de desposesión del campesinado que ve como su acceso a la tierra se vuelve cada vez más difícil y sobretodo, a medida que avanzamos en el tiempo, cada vez más costoso. Sin embargo, es raro que, incluso si no tienen la propiedad del suelo en el sentido romano del término, los campesinos medievales pierdan el conjunto del entramado de derechos en el que se basa su relación con la tierra. Como mínimo tienen el de explotar y, con ciertas condiciones, pueden heredarla (o designar su heredero) o venderla. No se trata de derechos absolutos: los ejercen bajo el control de un señor a quién deben entregar tasas para poder proceder a estas operaciones. En algunas situaciones límite como en el Lacio del siglo XIII, los campesinos solo tienen un derecho de explotación provisional sobre la tierra que ponen en cultivo y solo se quedan con una mínima parte de la producción.
Más que la cuestión de la propiedad de la tierra, la del trabajo ocupa un lugar central en el mundo medieval. Este ignora en gran parte el salariado: el gran dominio carolingio y el manor inglés hasta fines del siglo XII funcionan sin utilizarlo. La explotación campesina no paga salarios porque sus miembros forman parte de un colectivo de trabajo y vida en el que todas las necesidades van a cargo del grupo. La mano de obra necesaria para la puesta en cultivo de las tierras señoriales se obtiene de la corvea. Esta supone la existencia de un aparato coercitivo importante que ya estaba establecido en el siglo IX en sus dimensiones policial e ideológica: la primera formulación de la teoría de los tres órdenes en Auxerre, en los años 880, corresponde precisamente a las necesidades del Estado carolingio en un momento en el que debe desplegar todas sus fuerzas, a través de procesos sobre estatus, para mantener o extender el estatus de siervo.9
En el periodo llamado feudal no se observa un empeoramiento significativo de los estatus jurídicos, ni tampoco un endurecimiento de las corveas. En cambio se observa su extensión a todo un conjunto de trabajadores que hasta entonces escapaban de estas. Sin embargo, en general, la liberación de las energías es la característica esencial del periodo que va del siglo X al XII en el que, además, el campesinado globalmente se enriquece y las élites consolidan sus posiciones.
A partir del siglo XI, los señores, por su parte, sustraen rentas más numerosas y más duras, en especie y en dinero, sobre un mayor número de sujetos. Les permiten cubrir sus necesidades domésticas y obtener los productos de lujo inseparables de su estatus. De este modo establecen nuevas coacciones que obligan a la sociedad campesina a multiplicar los contactos con la sociedad envolvente y a salir de los determinismos de una pura economía de subsistencia: el nivel de necesidades señoriales, que condiciona la fuerza de la presión ejercida sobre el mundo campesino, determina, de manera indirecta, la producción de la explotación y la conduce, efectivamente, a orientarse al mercado.
Por último, durante todo el periodo considerado, la sociedad campesina ha generado unas jerarquías que le son propias. Ya en el seno del gran dominio carolingio podemos discernir un pequeño grupo de oficiales mejor provistos que los cultivadores ordinarios de los mansos. La carga que el dueño les ha confiado establece sin duda su nivel de riqueza y, probablemente, también su rango. En las aldeas del siglo IX, se destaca un grupo de notables. Puede proceder de la sociedad envolvente y entonces se trata de oficiales públicos que deben contribuir al encuadramiento del mundo rural. Igualmente puede nacer de la sociedad local y aspirar a jugar un papel de mediación a la vez que ejerce una forma de dominio sobre la localidad. Las aldeas de los siglos XII y XIII han producido grupos de este tipo donde los más ricos, capaces de pagar un equipamiento de combate, no están muy lejos de pasar a formar parte del orden feudal asociándose a los que luchan a caballo. Las situaciones no se mantienen siempre inmóviles y la sociedad sigue siendo lo bastante plástica, al menos hasta el siglo XIII, como para permitir, por ejemplo, escapar de la servidumbre gracias al enriquecimiento: la libertad se compra. También se obtiene de manera subrepticia, por ejemplo a través del matrimonio con la hija de un noble empobrecido.
Hacia mediados del siglo XIII, sin embargo, los signos se invierten. Los señores se enfrentan a una crisis de sus ingresos, excepto en los sectores más innovadores, orientados hacia el intercambio comercial y estructurados por el salariado. Las economías de renta, especialmente las de los grandes monasterios, también experimentan dificultades considerables. El campesinado sufre sus consecuencias. Se encuentra sometido a una presión renovada, debido a la modernización de ciertos sectores de la economía señorial. Su posición se degrada frecuentemente y surgen nuevas relaciones sociales, basadas en una vinculación puramente económica, especialmente opresiva. El siglo XIII se muestra en ciertas regiones, la de Padua y el Lacio, como un periodo de desposesión campesina relacionada precisamente con la modernidad de la explotación señorial que, a veces, se orienta hacia al latifondo.
La crisis estructural de fines de la Edad Media comporta consecuencias contradictorias y hace nacer tensiones sociales muy fuertes. Mientas el trabajo asalariado se generaliza en los dominios señoriales y aparece un verdadero mercado del trabajo, el juego de la oferta y la demanda se vuelve muy favorable a los trabajadores a sueldo. Al mismo tiempo, los señores desarrollan una política de reacción y de exigencias en relación a sus derechos que comporta una agravamiento de las tensiones sociales. Estas desembocan en las grandes revueltas de los siglos XIV y XV, todas vencidas, excepto una, la de los hombres de remença catalanes.
Los tres primeros capítulos están dedicados al estudio de la sociedad rural de los siglos IX y X a través de las cuestiones planteadas por la distribución de la propiedad territorial (capítulo 1), la libertad y la esclavitud (capítulo 2), y la existencia de colectividades y jerarquías (capítulo 3). El capítulo 4 está dedicado a las transformaciones de la sociedad rural entre los siglos X y XII. Los siguientes abordan la cuestión de la renta señorial (capítulo 5), los estatutos jurídicos y la servidumbre (capítulo 6), las comunidades y las instituciones aldeanas (capítulo 7). La crisis de fines de la Edad Media se abordará en los capítulos 8 y 9, donde trato sucesivamente la coyuntura y sus incidencias sociales, y luego las revueltas.
Este libro está dedicado a los estudiantes de licenciatura que en la Universidad de Marne-la-Vallée y luego en la de París I acompañaron su gestación del 2003 al 2006.
1.Exposición del problema y bibliografía exhaustiva en Bisson 2000.
2.Sabaté 2006.
3.Esta es substancialmente la tesis desarrollada por C. Wickham en Framing the Middle Ages (Wickham 2005).
4.Duby 1953.
5.Davies 1996.
6.Sobre la cuestión del consentimiento, Wickham 2005, p. 263 sq.
7.Mendras 1976, pp. 38-40.
8.Britnell 1993.
9.Le Goff 1983.
I. EL PESO DEL GRAN DOMINIO EN LA ÉPOCA CAROLINGIA (SIGLOS VIII-X)
La época carolingia, es decir los siglos VIII-X, ocupa un lugar importante en la historia de Occidente por más de un motivo. Los soberanos de la «segunda raza» efectivamente se propuesieron a la vez devolver la unidad a un espacio político fragmentado desde fines del siglo V y construir una sociedad verdaderamente cristiana: la organización de los poderes públicos solo tenía sentido para ellos si se la consideraba en la perspectiva de la salvación. Para la historia del señorío, el periodo es fundamental porque nos ha dejado una documentación relativamente abundante, aunque su interpretación es delicada, y nos ofrece indicaciones sobre el funcionamiento de las explotaciones territoriales, así como el de los poderes situados en su interior. El objetivo de este capítulo es presentar el gran dominio insistiendo en el aspecto económico de la cuestión para poder aclarar las relaciones sociales que hay en su seno.
Antes de abordar la descripción del señorío territorial de la alta Edad Media, se imponen algunas precisiones historiográficas. Los comentaristas alemanes y franceses de principios del siglo XX pusieron en pie una teoría del gran dominio que aún es ampliamente utilizada hoy en día y que es necesario presentar a grandes rasgos.
Las informaciones proporcionadas por la documentación, esencialmente por los polípticos, nos permiten, efectivamente, describir grandes conjuntos territoriales divididos en dos grandes partes. La primera, reservada al señor, es explotada directamente por él gracias a una mano de obra igualmente bipartita. Esclavos prebendarios son mantenidos en el centro del dominio donde forman un grupo que a veces es numeroso y del cual el señor obtiene una gran parte de la fuerza de trabajo necesario para el cultivo de las tierras: por lo tanto el esclavismo clásico no ha desaparecido, aunque no debería asimilarse el gran dominio a un sistema del tipo plantación. En efecto, esta mano de obra era completada por la de los campesinos, libres o no, instalados en las tenencias, es decir en explotaciones dependientes, satélites de la reserva, que deben entre otras cargas, corveas en cantidad variable para ser ejecutadas en la reserva señorial. Por este motivo existe un vínculo orgánico entre la reserva y las tenencias, el dominio solo puede funcionar si la mano de obra de las explotaciones dependientes contribuye a su cultivo. Este es un punto verdaderamente esencial: es la sustracción operada en la fuerza de trabajo presente en las tenencias y puesta a disposición en el marco de un sistema coercitivo lo que hace simultáneamente original y funcional este modo de organización.
Desde el punto de vista territorial, las tenencias forman la segunda parte del dominio. Allí los señores han instalado –se dice «casado», del latín casatus– hombres de condición diversa, libre y no-libres, en tierras inicialmente adaptadas a su estatus. Las explotaciones, así configuradas se llaman «mansos» palabra que designa en principio la casa y que, por transferencia del sentido, ha terminado por designar a toda la explotación.1 Esta estructura empezó a constituirse a partir del siglo VII entre el Loira y el Sena, sin duda por el impulso de los reyes merovingios. Sitúa al señor en una posición particular, ya que se convierte a la vez en explotador del suelo por el cultivo de la reserva, y rentista por las tenencias que le han sido agregadas. Se trata de algo nuevo y no es en modo alguno herencia de las estructuras territoriales antiguas que desaparecieron como muy tarde en el siglo VII.
Organismos económicos de este tipo tienen unas finalidades muy distintas del autoconsumo. Producen, necesariamente, un excedente comercializable que justifica la implicación del señor en el proceso de producción: la forma misma del dominio está relacionada con su intensificación. En efecto, los dueños de la tierra y su séquito, sea militar o doméstico, consumían cantidades muy importantes de comida. Les eran necesarias abundantes reservas alimenticias, sobretodo para hacer frente a los desplazamientos que el servicio al soberano había convertido en obligatorios. El consumo aristocrático se extendía también a los productos de lujo que era preciso comprar. Aunque el nivel de las exigencias de las clases dominantes posiblemente era inferior al de otras épocas esta partida era indispensable e incompresible y la satisfacción de estas necesidades implicaba la existencia de ingresos monetarios que la explotación dominical permitía obtener.
Las prestaciones económicas de estas explotaciones son objeto de debate. Como resultado de múltiples revisiones y relecturas de textos, desde hace una veintena de años, se ha llegado a reconsiderar muy profundamente su eficiencia y su racionalidad. En efecto, a partir de los estudios de C. E. Perrin y sus puntualizaciones sobre la sobrepoblación del manso en la región parisina, las opiniones de los historiadores eran extremadamente negativas sobre este punto, mucho más de lo que pudieron serlo en la generación precedente, en tiempos de Marc Bloch. Según ellas el gran dominio se caracterizaba por grandes derroches y sobretodo por un mal control de las tenencias campesinas que los señores, incapaces de gestionar adecuadamente, dejaban desmembrarse o en las que la población se amontonaría sin que los dueños del suelo se preocuparan de organizar desplazamientos de mano de obra o roturaciones. Tanto para Georges Duby como para Robert Fossier, en los años 1960 y 1970, los polípticos nos informan sobre un periodo muy oscuro, de precariedad y miseria, durante el cual las sociedades agrícolas, mal provistas de herramientas y mal dirigidas, están permanentemente al borde de la hambruna. Sin embargo, Duby, en una visión matizada, admitía que existían espacios donde el crecimiento demográfico ya había empezado, pero que en su conjunto las estructuras de la propiedad territorial estaban mal adaptadas y no permitían un aumento significativo y duradero de la producción. Así, el verdadero crecimiento no empezaría hasta más tarde con el fin de las últimas invasiones.2 Desde los años 1970, los estudios de Adriaan Verhulst, Pierre Toubert y Jean Pierre Devroey han modificado profundamente nuestra percepción de la organización económica carolingia y de su finalidad. Ahora se considera la racionalidad de los organismos económicos implantados: el gran dominio fue un instrumento que permitió crear las condiciones de un crecimiento ciertamente moderado pero real y que posiblemente empezó en el siglo VIII.3
LAS FUENTES DE LA HISTORIA ECONÓMICA Y SOCIAL: CAPITULARES Y POLÍPTICOS
La documentación económica de los siglos IX y X merece por sí misma una presentación bastante larga porque, por un lado, forma una tipología particular y de un volumen reducido, que es objeto de una revisión permanente, y por otro lado plantea problemas de crítica que es necesario tratar sumariamente.
Típicamente, los polípticos y los grandes capitulares carolingios atraen y retienen la atención de manera casi exclusiva.
Documentos normativos y administrativos 4
Hubo una verdadera política económica de los carolingios. Se manifiesta a través de instrucciones y prescripciones muy precisas, que a menudo producen efectos: la redacción de polípticos era voluntad de los soberanos francos y es por incitación muy expresa o, a veces, por orden de ellos que esta documentación ve la luz. Sin embargo debemos evitar pensar que, dada la diversidad geográfica y social del imperio, las soluciones imaginadas para resolver cuestiones relacionadas con la producción hayan sido idénticas en todas partes. Por eso si, evidentemente, se deben estudiar las prescripciones no hace falta atribuirles un alcance y una eficacia demasiado grande. Finalmente, los textos legislativos nos informan más sobre las intenciones de los soberanos que sobre la eficacia real de su poder. No obstante, debemos abstenernos de pensar que las medidas que tomaron solo tuvieron un valor simbólico: elaboradas y promulgadas, responden a necesidades y aportan soluciones a los problemas prácticos de todo tipo que planteaba la gestión de las fortunas territoriales.
Los capitulares
El más famoso de los textos legislativos de tipo económico es sin lugar a dudas el capitular de Villis.5 Se trata de un documento cuya datación resulta difícil, se remonta, según parece, a fines del siglo VIII, y del cual, después de debatirlo, se admite generalmente que afecta a todos los territorios carolingios con la excepción de Italia. Contiene un conjunto de prescripciones que constituyen un cuerpo de reglas de la buena gestión dominical con un espíritu reformador. El hecho que no sea del todo seguro a qué área geográfica se aplica el texto es perfectamente secundario, si tenemos en cuenta la gran banalidad de la mayoría de las órdenes dadas.6 Sin embargo las informaciones que ofrece, aunque sean puramente teóricas, son de primer orden. En efecto, es una de las raras ocasiones en las que se observa al poder soberano preocuparse directamente por problemas concretos de funcionamiento del trabajo, la organización agrícola y la jerarquía social en el interior del dominio. Las cuestiones de orden agronómico no se encuentran ausentes y los autores del capitular entran detalles hasta el punto de, por ejemplo, dar largas listas de plantas para cultivar en los huertos, un verdadero placer, pero también rompecabezas para los agrónomos que han intentado identificarlas e interpretar su presencia en términos de dieta o régimen alimentario. Otro ejemplo, el de las roturaciones, no está del todo claro: si seguimos el texto, ya hay pastos en los yermos a fines del siglo VIII pero son frenados por las autoridades que gobiernan el dominio, como si la voluntad de controlar de cerca a los campesinos y sus eventuales iniciativas pasase por delante de la búsqueda de beneficios de la producción. La iniciativa solo puede venir del señor y en este contexto los campesinos solo serían ejecutantes, y el capitular ofrece unos marcos generales para evitar transferencias subrepticias de propiedad y una explotación irracional de las tierras y la mano de obra.
Los Brevium Exempla
Solo nos ha llegado un único manuscrito de este capitular. Esta fechado en los años 830-850 y contiene otros tres textos completamente diferentes porque se trata de formularios destinados a servir como modelos para inventarios. Estos, previstos por el capitular, pueden afectar a grandes propiedades eclesiásticas, laicas o fiscales, es decir pertenecientes a la corona. Se llama a estos textos los Brevium Exempla ad describendas res ecclesiasticas et fiscales: se inspiran en situaciones reales, es decir inventarios que se realizaron de verdad, y ofrecen ejemplos para cada tipo de propiedad, proporcionando así modelos a los administradores.
EL BREVE DE STAFFELSEE7
Para los bienes eclesiásticos, el ejemplo tomado es el de un dominio bávaro, Staffelsee, que pertenece al obispo de Ausburgo. Es un poco posterior al 800. Allí, el inventario menciona, en primer lugar, una casa solariega, es decir una residencia señorial, y hace una estimación de la superficie de las tierras y prados que la acompañan (740 jornales de tierras de labor). Los prebendarios, es decir los esclavos que residen en o cerca de la casa del dueño, debidamente contados, son 72. Se contabilizan las reservas alimenticias –en realidad son poco abundantes–, luego es enumerado el ganado, y finalmente se hace inventario de las herramientas y el mobiliario. Un taller de mujeres, dedicado al trabajo del textil, es mencionado, brevemente, a continuación. Finalmente vienen los mansos, 42 en total, divididos en dos categorías jurídicas, libres y serviles.
Los mansos libres son 23. No están descritos uno por uno, sino agrupados por categorías de renta. Seis deben rentas pesadas. Sus tenentes están obligados a entregar cantidades importantes, pero fijas, de cereal, ganado y productos manufacturados, como piezas de lino fabricadas por las mujeres en el mencionado taller. Deben también 5 semanas de corveas al año, es decir 30 días: si se considera que un año equivale a 250 días laborables, esto representa 1/8 de su fuerza de trabajo en corveas. Igualmente realizan trabajos en cantidades importantes: cultivan una fracción de la reserva que les es atribuida bajo la forma de lo que se llama un lote-corvea (alrededor de 3 ha), efectúan una parte de la siega del heno así como un servicio de mensajería. Una segunda categoría de mansos libres, que son cinco, solo proporciona ganado (dos bueyes cada año) y deben un servicio de cabalgada sin precisar más, y que es un servicio de mensajería o bien un servicio militar. Estas tenencias están al margen del dominio: podría tratarse de beneficios. En cualquier caso no están integradas al sistema productivo, no deben corveas, ni rentas significativas de la producción. Se puede formular la hipótesis de que servían al mantenimiento de vasallos militares del abad, cuyo servicio vendría definido por la tierra que les es atribuida.
La tercera categoría de mansos libres, que suman cuatro, deben esencialmente trabajo: sus ocupantes ponen en cultivo 9 jornales de tierra todos los ingresos de los cuales van para el señor, efectúan la siega del heno, hacen 6 semanas de corveas al año (36 días). Un último manso debe trabajos de labranza y de siega del heno, así como entregar un caballo.
Las tenencias llamadas serviles, 19, están sometidas rentas mucho más duras: además del ganado menor y el mantenimiento de un lote-corvea, ofrecen al señor tres días de trabajo a la semana, es decir alrededor de 150 días al año. La esposa, también está sometida a rentas –en este caso prestaciones de tipo doméstico como cocer el pan, preparar la malta para la cerveza o entregar una pieza de tela. Esta cantidad de tres días a la semana debe considerarse como un límite: más allá la atribución de un manso carecería de sentido porque el campesino no tendría tiempo para dedicarse a su propia explotación. Tratándose de mansos serviles, es decir atribuidos originariamente a esclavos, esto constituye una manera de mejorar su estatus ya que en vez de deber la totalidad de su trabajo al dueño solo le deben la mitad: un poco más si se tienen en cuenta las entregas de productos alimenticios.
Para los bienes de los laicos, es un dominio alsaciano, cerca de Wissembourg el que sirve de modelo. En este caso el texto esta muy mutilado. En cuanto a los fiscos, es el de Annapes, cerca de la actual Villeneuve d’Ascq el que se tomó como ejemplo. Este último es particularmente célebre porque nos da un inventario de lo que se encuentra en una explotación de grandes dimensiones en materia de edificios y herramientas, y también indicaciones sobre sus rendimientos. La utilización de esta última indicación es delicada y a veces incluso engañosa: los cálculos de Georges Duby mostraban un rendimiento de 1,8 a 1,6 grano recolectado por cada grano sembrado. La cantidad de granos disponible para el consumo es inferior en este caso a la cantidad necesaria para la simiente, algo totalmente incomprensible. Estos rendimientos de miseria son quizás la excepción provocada por una cosecha muy mala.8 No entraremos aquí en el debate muy animado suscitado por esas cifras: basta con mencionarlas para hacer comprender la dificultad que puede suponer hablar de economía carolingia apoyándose en documentos que son inventarios y no registros de contabilidad. Por lo demás, el fisco de Annapes nos muestra un dominio muy infradotado en herramientas, pero bastante bien provisto de infraestructuras como molinos, lugares para la elaboración de cerveza y puentes. La orientación económica de este conjunto fiscal parece ser la remonta del ejército o de las caballerizas del soberano (58 yeguas y 7 potras, 3 caballos). De manera general, en Annapes, la cría de ganado juega un papel muy importante.
Hay una mentalidad de gestor que se expresa tanto a lo largo de la documentación normativa como a lo largo de los brevium exempla. No es rudimentaria pero su formulación, posiblemente, está inacabada y no permite obtener de la economía y sociedad carolingias una visión tan completa como sería deseable. Por último, los administradores no han llegado a poner a punto contabilidades de verdad, y se han satisfecho con la técnica del inventario.
Los polípticos
Los polípticos son documentos destinados a hacer posible la gestión de conjuntos territoriales importantes y frecuentemente dispersos. Son característicos del siglo IX y principios del X, el más reciente es probablemente el políptico de Santa Giulia di Brescia, fechado del 906. Ofrecen inventarios poco más o menos normalizados de los conjuntos de bienes que poseen sus autores o comanditarios. Aunque de un políptico a otro las diferencias pueden ser importantes, la realidad descrita es siempre aproximadamente la misma: se trata de describir tierras, enumerar ingresos así como los hombres obligados a entregarlos. Los complejos de posesiones afectadas pueden ser bastante extensos e incluir varias regiones. Efectivamente, es del todo habitual que los monasterios posean tierras en varias zonas distintas. Es el caso de Saint-Germain-des-Prés y también de Prüm. Los diferentes conjuntos territoriales están normalmente relacionados de forma regular los unos con los otros.
Las unidades de producción y de residencia, las explotaciones, se llaman villa (pl. villae) o, en Italia, curtis (pl. curtes). Como se acaba de decir, cada una se divide en dos sub-conjuntos, la reserva o mansus indominicatus, es decir el manso señorial, y los mansos campesinos.
Indudablemente el políptico más antiguo, y probablemente el mas impresionante, es el llamado de Irminón, compilado a inicios del siglo IX para la abadía de Saint-Germain-des-Prés. Pasa por ser el modelo del género. La teoría del gran dominio se ha elaborado en gran parte a partir de este documento y es preciso presentarlo.
El políptico de Irminón
El políptico de Saint-Germain fue compilado entre 811 y 829 en época del abad Irminón. Aunque mutilado, contiene aún la descripción de 25 unidades territoriales situadas en la región parisina, la Beauce y el Orlanesado. Algunas posesiones periféricas se encuentran en Normandía, el Berry y el Anjou. En total, el complejo territorial recubre unas 54.000 hectáreas. El inventario se realizó villa por villa, cada una dando lugar a la redacción de un breve. Está normalizado y contó con un cuestionario: los agentes encargados de reunir los datos no tuvieron que improvisar. La redacción final probablemente permitió homogeneizar las respuestas. Por este motivo, el esquema es repetitivo, cada breve se presenta de la misma manera, de tal modo que informa de las mismas rúbricas.
•Descripción de la reserva: los agentes enumeran en primer lugar los elementos que la constituyen. Ofrecen luego una estimación de la superficie y la capacidad productiva de las tierras de labranza: en efecto han reunido indicaciones sobre las cantidades sembradas y cosechadas. A continuación el breve da la superficie de las viñas y de los prados de siega. La superficie cubierta por el bosque está indicada según un método que no facilita la estimación: solo se menciona su perímetro lo que convierte en algo aleatorio el cálculo de su superficie. Finalmente el breve ofrece las informaciones disponibles sobre la capacidad productiva del bosque indicando cuántos puercos permiten abastecer las bellotas, ya que el bosque es el lugar normal de pastoreo de los rebaños de puercos.
•Descripción de la iglesia aneja al dominio: esta que, a veces, es el origen de la iglesia parroquial está dotada con un «pequeño dominio», es decir tierras en reserva, cultivadas directamente por el cura o sus sirvientes, y algunos mansos atribuidos a la iglesia para que permitan al sacerdote llevar una vida digna. La iglesia rural, y este es un hecho importante, es indisociable de las tierras que le han sido atribuidas y hacen de ella un elemento que proporciona beneficios a la vez que un lugar de culto. Además, la iglesia está integrada en el sistema de producción ya que debe servicios a la reserva del señor.
•Los mansos, por último, son descritos con todos sus elementos. Para cada uno de ellos, los redactores establecen la lista de campesinos que lo habitan, indican su estatus jurídico (libre, semi-libre o lite, y servus), así como el número y nombre de los hijos. Por regla general, se trata de una pareja y sus hijos pero eso no es una regla absoluta, algunos mansos, sobre todo en la región parisina, acogen a varias parejas. La explotación incluye siempre una cantidad variable de tierras de labor, prados y viñas. El manso está sometido al pago anual de rentas que toman la forma de un cierto número de cabezas de ganado, sumas de dinero o trabajo. Finalmente, son también muy importantes los exenia, o regalos consuetudinarios, de poco peso económico para el dependiente pero de un gran valor simbólico: señalan el reconocimiento por parte del dependiente en relación al que le protege y le ofrece los medios de subsistencia. Significan también la existencia de un vínculo particular entre el cultivador y su señor. En efecto, su relación es compleja porque comporta a la vez un dominio que sitúa al campesino en una posición muy humillante, pero también una verdadera protección para la que existe la obligación de expresar su gratitud.
Los polípticos en su contexto
Los polípticos, para ser juzgados en su justo medida, deben ser situados en un contexto más general. Forman parte de un amplio movimiento de recuperación del control de la sociedad que se ha venido llamando la reforma carolingia, reforma religiosa, o con objetivos religiosos, pero también cultural, querida o dirigida por los señores. Uno de sus aspectos más espectaculares es probablemente la introducción del escrito en las normas de gestión de las tierras señoriales, previsto en el capitular de Villis. En efecto, este llega a prever la utilización de contabilidades anuales y la división de los ingresos en categorías. La puesta en orden de la sociedad emprendida por los carolingios implica también que los señores se preocupen por sus derechos y rentas, unos y otros evidentemente están relacionados. La hipótesis según la cual los polípticos derivarían de documentos de la misma naturaleza utilizados durante la Antigüedad tardía y cuyo uso se habría mantenido durante la alta Edad Media en estas condiciones no debe darse por válida. Aunque los carolingios han encontrado capacidades escriturarias y contables entre el personal monástico o eclesiástico, este ha debido hacer frente a una situación nueva: los dominios son de creación relativamente reciente en el momento en el que florecen los polípticos, y el régimen territorial, como el de la corvea, no tiene un precedente inmediato que pudiese ser utilizado por parte de los compiladores.
Sin embargo la práctica de la escritura en el señorío plantea problemas bastante complejos. Muestra el fortalecimiento de la intensidad del control social operado sobre los productores. En primer lugar es preciso que cada señor deseoso de redactar un políptico elabore un protocolo para que los datos recogidos sean utilizables. La primera etapa, necesariamente, consistió en poner a punto el cuestionario. Aquí, ejemplos de los formularios, como el de Staffelsee, tuvieron su utilidad aunque cada compilación obedece a la lógica específica que dictan las realidades locales y las sensibilidades o intereses de los comanditarios: ¿qué quieren retener de sus derechos? Luego los encargados del inventario debieron hacer su trabajo con los campesinos en su lengua vulgar, lo que obligó a operaciones de traducción. A continuación fue preciso volver al latín. Las múltiples traducciones ofrecieron otras tantas oportunidades de alterar el significado de las palabras, tanto en las preguntas como en las respuestas. Estamos pues en presencia de una doble traducción: la lengua del resumen sintético que constituye el políptico es un filtro, y los redactores no necesariamente han encontrado el equivalente latín de la palabra empleada en lengua vulgar.
La operación, en la mayoría de los casos, era puramente privada, es decir que era ordenada por un señor laico o eclesiástico. En algunas circunstancias especiales, pudo ser organizada por el soberano o sus representantes: a veces, los missi han tenido que ocuparse de la cuestión de los derechos y deberes de los campesinos en relación a su señor, como sucedió en Italia, a fines del siglo VIII, en las tierras de San Vicenzo al Volturno, o durante el siglo IX, en Italia del Norte, en Limonta, en el marco de procesos judiciales. También ocurre que el emperador directamente tuviera que ocuparse de un conflicto cuya solución pasaba por los inventarios como sucedió en Mans, en el 800. Pero, por regla general, los polípticos fueron elaborados a iniciativa de un señor: las autoridades del Estado solo fomentaron y observaron.
Finalmente, los agentes redactaron su propio informe, fijaron por escrito prácticas y costumbres locales, hasta entonces transmitidas oralmente. El inventario permite, por lo tanto, formalizar la ley del dominio, es decir el conjunto de normas que rigen su funcionamiento y fija los deberes de cada uno.
La forma material definitiva del documento, muy cuidada en el caso del políptico de Saint-Germain-des-Prés plantea algunas dudas sobre la comodidad en el empleo de este tipo de documentos. ¿Eran realmente documentos vivos destinados a facilitar la gestión del dominio? La naturaleza misma del trabajo de campo efectuado, además, hace que los agentes ofrezcan una imagen estática, de tipo fotográfico, del estado del dominio inventariado, aunque los ejecutores hayan sido lo bastante hábiles para no normalizar el conjunto y, especialmente, encontrar los medios para describir de manera adecuada los dominios que estaban formándose: el carácter fijo de la imagen no impide discernir las dinámicas en marcha en el interior del dominio. Los polípticos ha veces se rehacen, prueba que los gestores les atribuyen una eficacia real. Así, poseemos dos versiones diferentes del políptico de San Colombano di Bobbio, en los Apeninos ligures, el primero data del 863 y el segundo del 883. Si bien la estructura general del dominio y la sustracción no varían, en cambio, se anotan con meticulosidad las modificaciones territoriales que han hecho necesaria la revisión del documento, sin duda muy costosa. Efectivamente, entre los dos momentos de redacción hubo roturaciones y es preciso tenerlas en cuenta en la segunda versión. Asimismo, polípticos como el de Saint-Rémi de Reims contienen las trazas de su utilización como instrumento de gestión: añadidos y correcciones que efectivamente fueron agregados, a veces, mucho después de su redacción. En resumen, los polípticos son documentos vivos que los gestores utilizan y que pueden evolucionar. Establecen sus derechos, pero también los limitan, y fijan por mucho tiempo las costumbres locales que se les imponen a ellos y a sus sucesores. En efecto, el documento escrito sirve de recordatorio pero también de prueba y es impensable, en el siglo IX, pedir más de lo que hay anotado en el pergamino.
Funciones de los polípticos Grandes dominios e ingresos públicos
La naturaleza de estos documentos y de sus funciones exactas siempre han sido objeto de debate. Mencionemos en primer lugar el que animó la comunidad de medievalistas en los decenios 1980-2000. En los años 1980, dos eruditos, Jean Durliat y Élisabeth Magnou-Nortier, prolongando las hipótesis de W. Goffart propusieron una nueva lectura de los polípticos.9 No se trataría de documentos destinados a facilitar la administración del dominio sino de instrumentos de gestión de las finanzas públicas. En el marco de esta hipótesis sería preciso imaginarse a los abades de los grandes monasterios comanditarios de los polípticos como delegados del poder público encargados de cobrar los impuestos públicos en nombre del Estado. Las villae y los mansos no serían explotaciones agrícolas sino circunscripciones fiscales y las rentas, especialmente los censos, constituirían un impuesto territorial entregado al soberano por medio de los beneficiarios de estas atribuciones o delegaciones. Detrás de esta tesis, llamada fiscalista, respaldada con argumentos sólidos y una gran erudición, se encuentra la idea de que las instituciones financieras y fiscales del Imperio romano, tal como se habían constituido en el siglo IV, sobrevivieron a la dislocación del Imperio y que los soberanos «bárbaros» consiguieron mantenerlas en funcionamiento hasta el siglo IX. Esta teoría, si se verificase, haría vanos todos los esfuerzos por utilizar los polípticos como fuentes directas de la historia económica y social. Serían, entonces, los testimonios de una historia de las instituciones del Estado, conteniendo de manera subsidiaria indicaciones de orden económico.
Las refutaciones de la tesis fiscalista han sido numerosas y también están bien argumentadas. Discuten la validez del método utilizado por Jean Durliat para demostrar la continuidad de las instituciones fiscales en un periodo tan largo. Sin embargo, la cuestión esencial reside en el examen de dichas instituciones. Si son bien conocidas hasta el siglo V, a continuación, ya no disponemos de informaciones directas. El sistema fiscal antiguo se basaba en gran parte en la colaboración entre las élites sociales y el Estado. Esto ya no existe a partir del siglo VI y se ha generalizado la hostilidad a la idea de gravar las riquezas con un impuesto territorial. La Iglesia, protegida por sus inmunidades, evidentemente, se opone, pero sobretodo los grandes son refractarios y conducen, allí donde pueden, operaciones de resistencia a la percepción del impuesto, convertida en algo imposible a principios del siglo VII.10
De esta teoría, al menos subsiste un punto que debe retenerse: los grandes señores, efectivamente, cobran un cierto número de tributos de naturaleza pública, porque ocupan un lugar en la organización de los poderes públicos. La manera como estas sumas revierten al soberano solo puede indicarse de manera hipotética. Cada año, todos los grandes deben llevar al soberano munera, regalos que le son entregados en el curso de ceremonias anuales a las que participan condes, obispos y abades. No está descartado que los impuestos de origen público en relación al ejército, por ejemplo, se presenten como dones ofrecidos, mientras que en realidad se trata de una punción operada en su fortuna. Las prestaciones de servicio, y especialmente el servicio militar, completan este tipo de tributación.
La función militar en parte se deriva, en sus aspectos de logística y de reclutamiento, a los monasterios del tipo de Saint-Germain-des-Prés, en Francia, o San Colombano di Bobbio, en Italia. Por lo que se refiere a este último, la documentación muestra que alberga un arsenal. Sin embargo, muchos hombres libres no quieren o no pueden acudir al ejército y efectuar un servicio de varios meses al año. Por lo tanto pagan una compensación entregada a los monasterios reales o imperiales porque estos se ocupan por si mismos del reclutamiento y la dirección de las tropas. Finalmente, durante todo el siglo IX una parte de las tierras de los establecimientos monásticos sirve para instalar a vasallos militares susceptibles de ser llamados por los abades para efectuar el servicio debido al rey. Así pues, el organismo económico que constituye el dominio no tiene como única finalidad el mantenimiento de los posesores y sus clientes. También está íntimamente ligado al funcionamiento de las instituciones públicas que son sostenidas y financiadas con los excedentes de producción de las tierras monásticas.
La gestión de las tierras
Sin embargo, al fin hay que considerar los polípticos como lo que son, es decir instrumentos muy sofisticados de gestión de las tierras y los hombres que las ponen en cultivo.11 Efectivamente, ¿para qué sirven? En primer lugar tienen como función asegurar la estabilidad de los bienes descritos. Es por esta razón que su descripción es tan minuciosa y comprende todos sus elementos. Los grandes procuran saber de qué cantidad de tierra disponen y con qué título: se esfuerzan también por localizarlas y dar cuenta de todos los elementos constitutivos del valor económico de los bienes que poseen.
Segundo aspecto: se contabilizan los ingresos lo que supone operaciones complejas de evaluación e inventariado bien conducidas por un personal competente. En efecto, los administradores intentan conocer la producción real de la reserva en el año en curso, su potencial productivo en un año medio, así como el producto de las diversas cargas que pesan sobre las tenencias (corveas, prestaciones en especie, rentas en dinero). La contabilización de los ingresos supone que existe efectivamente una gestión conjunta de las explotaciones constitutivas del patrimonio.
La administración económica de estos últimos es compleja. Saint-Germain-des-Prés, a principios del siglo IX, posee al menos 54.000 ha repartidas en 25 villae. A principios del siglo X, Santa Giulia di Brescia tiene 85 conjuntos territoriales: aunque la superficie total nos es desconocida, su patrimonio es evidentemente muy importante. La gestión de estos patrimonios intenta asegurar la continuidad del sistema y mejorar su eficacia. Los autores de los polípticos también quieren gobernar a los hombres que los pueblan, crear o formalizar unas relaciones de derecho. Inventariando los hombres, estos textos enumeran las cargas que pesan sobre ellos y establecen de manera definitiva la costumbre señorial que en adelante regirá las relaciones entre habitantes/cultivadores del dominio y señores, elementos constitutivos de lo que anteriormente se ha llamado la ley del dominio.
Las numerosas funciones de los polípticos son uno de los signos del esfuerzo general de racionalización de la vida que anima a los grupos dirigentes de la época carolingia y que afecta también al sector económico. La producción y el intercambio ocupan su lugar en las mentalidades señoriales al lado de la competición en la búsqueda del lujo, el consumo ostentatorio, así como la generosidad en relación a las instituciones piadosas o incluso en relación a los pobres. Estos últimos datos estructuran el comportamiento aristocrático y determinan despilfarros y destrucción de riquezas. No es menos cierto que de manera aparentemente contradictoria la actitud señorial en relación a la producción y la circulación de riquezas también tiene una vertiente perfectamente racional en el sentido en que lo entienden los economistas: se movilizan recursos con el objetivo de alcanzar un fin concreto.
EL RÉGIMEN DE LAS TIERRAS
De los comentarios de estos conjuntos documentales nació a principios del siglo XX, la teoría del gran dominio bipartido que hemos recordado anteriormente. Sin embargo, dicha teoría por muy satisfactoria que sea para explicar las situaciones en algunas zonas del imperio, particularmente en la región parisina, o de manera más general entre el Sena y el Rin no sirve para dar cuenta de todas las situaciones. Ciertamente permite comprender bien, y a veces detalladamente, el dinamismo económico real del gran dominio así como su plasticidad. Pero no da cuenta de la verdadera diversidad de los territorios que forman parte del imperio carolingio. Ciertamente, la forma inicial puede experimentar variaciones considerables en función de distintos parámetros. Algunos son de orden natural, otros de orden económico y otros, por último, socio-políticos.
En efecto, los factores naturales juegan un papel considerable no porque las sociedades de la alta Edad Media estén desvalidas frente a la naturaleza sino al contrario porque saben aprovecharla: no se pueden someter las tierras de Provenza, Île-de-France, Sajonia e Italia meridional al mismo régimen agrícola por razones relacionadas con el clima y el tipo de suelos.
Desde un punto de vista económico, el determinante principal reside en la proximidad a un centro de consumo distinto del monasterio y la presencia en sus inmediaciones de dominios cuya población no se limite a la familia monástica o señorial. Ello hace posible, incluso necesaria, la existencia de un mercado para dar salida a sus excedentes –cuya presencia, a fin de cuentas, está prevista en el capitular de Villis. Este último menciona frecuentemente la necesidad de comprar y vender distintos productos, y en primer lugar figuran el vino y el cereal.12 El intercambio mercantil existe en el marco de la economía dominical y probablemente no es marginal. Los gestores compran y venden en el interior del círculo de posesiones señoriales, pero también fuera de él: la autarquía, sea en el interior de una villa o en el todo el señorío en manos de un poderoso, sea laico o eclesiástico, jamás se ha alcanzado y probablemente tampoco es el objetivo. Por lo tanto, la circulación de mercancías está prevista y al hilo de los textos se descubre su importancia. Así, los monasterios no olvidan nunca obtener la exención de los impuestos que pesan sobre el transporte de mercancías. Por otro lado, si seguimos los análisis recientes de C. Wickham, el gran dominio aparece como una forma particularmente adaptada a la intensificación de la producción. Los señores, al disponer de grandes superficies en explotación directa orientan la producción y controlan el trabajo campesino para beneficiarse de las ganancias de la comercialización de la producción.13
Por último, desde el punto de vista socio-económico, también debe tomarse en consideración la facultad del detentor del suelo de actuar en el territorio y controlar efectivamente a los hombres que les están sometidos. La amplitud de las posesiones, la superficie social, entendida como la capacidad para organizar y gestionar las redes clientelares, familiares o amicales, así como la mayor o menor proximidad del poder real son factores esenciales para la construcción de la estructura, y luego tanto para su eficacia como para su continuidad.
Factores de diversidad del gran dominio
A partir del esquema relativamente simple que se puede establecer gracias al políptico de Irminón, los Brevium Exempla o el capitular de Villis, las variantes son infinitas. No hay un tipo ideal de dominio que se reproduzca en todas partes sino toda una gama de tipos muy amplia, en función de diversos parámetros.14
Los elementos determinantes que permiten dar un sentido a las descripciones en nuestro haber son numerosos. Probablemente la lista que vamos presentar no es exhaustiva. Pero ante todo se pueden considerar los siguientes factores.
1.El alejamiento del dominio en relación al centro señorial. En el políptico de Irminón, la villa infra mare, situada en la desembocadura del Sena no puede tener las mismas funciones que el dominio de Villeneuve-Saint-Georges. De este último se espera, probablemente, que provea a las necesidades más inmediatas del monasterio, la comunidad monástica y su familia. Próximo al centro de consumo y redistribución que constituye la abadía debe abastecerla de dinero, trigo y vino, sin perjuicio de que los excedentes obtenidos por los monjes luego sean vendidos en París o incluso en los mercados del mar del Norte. Igualmente, en Italia central, las tierras más próximas a Montecassino o a San Vincenzo al Volturno no tienen la misma utilidad para los monasterios que las que poseen en los Abruzos.15 Por lo tanto deben ser gestionadas de manera diferente. Se espera de las tierras más alejadas o bien rentas especializadas o bien dinero pero no los productos indispensables para la vida cotidiana de los monjes, estos se producen en sus alrededores. Así, San Vincenzo al Volturno va a buscar en algunos dominios de los Abruzos el sericum, es decir el minio, un mineral indispensable para la elaboración de la pintura roja con la que se decoran los manuscritos en algunas partes llamadas «rúbrica» precisamente por esta razón. San Ambrosio de Milán hace venir mineral de hierro del dominio de Palazzolo y aceite de sus posesiones cercanas al lago de Como. De todos modos, es evidente que los productos pesados se desplazan lo menos posible y que los gestores intentan transformarlos in situ.
2.La situación en relación a los grandes centros de producción o consumo. En el auténtico sistema económico formado por los dominios de Saint Germaindes Prés hay una especialización manifiesta en algunos dominios que deben sobretodo barricas y corveas de acarreo o transporte, son herramientas de un comercio de vino entre distintos polos del conjunto. En particular, Saint-Germain posee dominios boscosos cuya utilidad es servir de soporte material a los desplazamientos del vino entre centros productores situados en el Loira y el gran centro de consumo que ya entonces constituye París. Más allá, existen unas etapas hacia la desembocadura del Sena y conexiones manifiestas en dirección al gran tráfico del mar del Norte. Cada villa ocupa una posición en el interior del sistema de intercambios del propietario. Los dos conjuntos territoriales de Nully y el de la villa infra mare revelan la existencia de esa complementariedad. El primero está situado en el actual departamento del Orne, a mitad de camino entre París y el valle del Loira. Allí se trabaja la madera para producir tablillas o materiales necesarios para la fabricación de barricas. Por otra parte, sus dependientes están sometidos a corveas de transporte que pueden conducirles o a París o al Loira. La conexión entre las regiones se basa en la existencia de este dominio. En las orillas de la Mancha, en la desembocadura del Sena, los tenentes de la villa infra mare, en lo que a ellos se refiere, están sometidos a un servicio naval porque deben integrar las tripulaciones de las embarcaciones que navegan por el Sena, entre París y la desembocadura. Aquí se encuentran reunidos todos los elementos de un sistema complejo, interno al monasterio, que también le permite participar en una vida de intercambios. Así pues los patrimonios monásticos no están gestionados uno por uno, en función de una lógica de autoconsumo. Se perciben como conjuntos donde todos sus elementos son solidarios y se complementan para producir ingresos. Lo mismo sucede en los fiscos reales de la época carolingia. Están en condiciones de hacer frente a una estancia más o menos prolongada del soberano y su corte, e igualmente son susceptibles de responder a las demandas de todo tipo cuando se produzcan. Así, el capitular de Villis insiste en la gestión de los excedentes que deben venderse al mejor precio o almacenarse, así como en la de las manadas de caballos.
3.Las cualidades pedológicas de las tierras. Las aptitudes determinadas por el clima también tienen su importancia: existen dominios especializados en la producción de tal o cual producto, como el aceite, en los márgenes de los lagos italianos, desde fines del siglo VIII. Igualmente, el gran dominio bipartido se ha desarrollado más precozmente y más fácilmente en las llanuras limosas del norte de Francia, como también en la llanura del Po o en Sajonia.16 Unas grandes extensiones de suelos particularmente fértiles hacen interesante la constitución de amplios campos de cultivo (culturae). En estos campos de una sola pieza los resultados de la corvea pueden ser óptimos y la organización bipartida particularmente rentable.
4.La existencia de políticas de poblamiento. Si se considera que los siglos VIII y IX experimentaron fases de crecimiento, entonces también se admitirá que pudieron existir frentes pioneros, a pesar de las reticencias que suscita en este punto la lectura de un pasaje ambiguo del capitular de Villis. Este no prevé la posibilidad de desplazar a las personas, sino que por el contrario parece organizar su inmovilización en la tenencia que se les ha asignado. Además, las disposiciones del mismo texto, limitan estrictamente las roturaciones. Una lectura más atenta de los polípticos o en general de los documentos susceptibles de servir a la historia económica de la alta Edad Media nos demuestra que no era así. Desde el siglo IX un monasterio como San Vincenzo al Volturno parece perfectamente dispuesto a desplazar hombres desde zonas superpobladas a zonas infra-pobladas y constituir nuevos dominios a costa del yermo cuando es posible o necesario. No es el único caso, en Baviera los aristócratas laicos desde el siglo IX tienen una verdadera política de población.
5.La desigual distribución del suelo. Los grandes propietarios no son en todas partes propietarios hegemónicos. Si en algunos dominios de Saint-Germain-des-Prés en la región parisina, como Villeuneuve-Saint-Georges o Palaiseau, es preciso admitir que no hay espacio en el territorio que rodea la villa para algo que no sea la propiedad del abad, en muchos otros sitios no es así.17 Los inmensos campos de las llanuras que van desde la cuenca parisina hasta Flandes, y que podían ser verdaderamente gigantescos no se encuentran en todas las regiones del imperio carolingio. En Italia, por ejemplo, la gran propiedad es raramente de una sola pieza: sea cual sea la extensión de los dominios es normal que no sean compactos sino fraccionados y parcelados. Entre sus elementos constitutivos se hallan posesiones de otros actores, sean explotaciones campesinas parcelarias u otros complejos territoriales. Este es un punto fundamental para comprender el mantenimiento a largo plazo de sociedades locales dominadas por un campesinado alodial que puede prosperar al margen del gran dominio. Los ejemplos clásicos son para Italia la región de Padua estudiada por Gerard Rippe, o la Toscana descrita por C. Wickham.18 La situación catalana del siglo X es totalmente análoga.
UN DOMINIO ITALIANO
Un documento del 762 describe un dominio que pertenece al obispo de Lucca, Peredeo, gran propietario territorial a escala local. La tierra, situada en Rosignano, al sur de Pisa, está formada por cuatro campos cultivados con cereales, dos piezas de viña, un huerto y un bosque. Se menciona un edificio de la explotación pero está en ruinas o abandonado. Este dominio de reducidas dimensiones está además muy fraccionado.
6.Por último, en otro orden de cosas, la proximidad del poder imperial, real o principesco juega un papel esencial en la posibilidad de organizar o no las grandes explotaciones como estructuras bipartidas. A. Verhulst había hecho notar que los primeros indicios de una organización de este tipo se encuentran en la región parisina en el siglo VII, en tiempos del rey Dagoberto I (629-639) y eran concomitantes con la voluntad de recobrar el control de la aristocracia de la Neustria. La proximidad de un poder fuerte, efectivamente, es una necesidad para que los interesados puedan mantener la propiedad de sus tierras y controlar la población servil, condiciones sin las cuales no es posible ninguna organización estable.
SANTA SOFÍA DE BENEVENTO19
La política territorial de Arichis de Benevento ofrece un ejemplo de esta afirmación. En 774, este príncipe funda un monasterio femenino dedicado a santa Sofía y lo dota con varias tierras, pesqueras e iglesias. En los decenios sucesivos los príncipes vigilan de cerca la fundación. Se sirven de ella como un anejo de su fisco, le confían a menudo hombres que han perdido la libertad como consecuencia de un crimen, o sus tierras, o las dos cosas. Así por ejemplo, en 847, Gisulf II entrega al monasterio dos hombres condenados a la esclavitud por homicidio, junto con su familia, que sin embargo conserva la libertad. En 840, el príncipe Radelchi le ofrece cuatro hombres que han perdido la libertad por haber huido al lado de un enemigo del príncipe.20 Los soberanos beneventanos se preocupan concienzudamente no solo del enriquecimiento del monasterio sino también de su capacidad de control los esclavos, limitando sus posibilidades de liberarse, e incluso en un caso autorizándole a anular liberaciones ya efectuadas.21 Por otro lado, las usurpaciones de tierras son vigiladas y reprimidas: cuando un cultivador, sea cual sea su estatus, intenta agregar a su patrimonio una tierra de propiedad monástica (o fiscal) es reprimido en cuanto es detectado.
El control de los príncipes permite transformar las posesiones monásticas en un conjunto próximo a la estructura dominical, en el que las tierras gestionadas directamente por el monasterio se completan con las tenencias, sean estas serviles o no. Un precepto que exonera a la abadía del pago del teloneo (tonlieu) especifica en qué tipo de bienes los agentes del fisco renuncian a cobrar sus derechos: opone así las tierras señoriales (dominicales) a las tierras explotadas por los siervos o los dependientes libres del monasterio.
En el momento de su constitución, el patrimonio de Santa Sofía está compuesto esencialmente por tierras dispersas, organizadas alrededor de oratorios rurales y puestas en cultivo por esclavos casati,22 sin que se haga ninguna mención a una reserva. En los años 820, en el momento de la concesión de la exención del teloneo (tonlieu), los gestores se orientan hacia la constitución de un dominio bipartido y una fracción al menos de las posesiones es gestionada en explotación directa. Ya no sabemos más sobre la organización del patrimonio territorial de Santa Sofía de Benevento. El apoyo constante de los príncipes les ha permitido por un lado controlar la población servil y por el otro organizar la gestión de las tierras estableciendo la complementariedad entre reserva y tenencias.23
La multiplicidad de condiciones locales así como la complejidad de los elementos que determinan la existencia de dominios son tales que no se puede reducir la economía dominical a un tipo ideal hacia el que tendería cualquier organización. Por el contrario, existen diversos tipos, adaptados a diferentes circunstancias de la naturaleza y, además, a la misma estructura de la propiedad o a las disponibilidades de mano de obra.
Tipología de dominios
Es a partir de esta constatación que en los años 1970, Pierre Toubert presentó en una Semana de Spoleto un estudio de la Italia rural como una tipología flexible y no como un sistema.24 En efecto, la perspectiva tipológica presenta la ventaja de dar cuenta de situaciones extremadamente diversas. Sin poner en cuestión el principio mismo de la economía rural de los siglos VIII y IX que se basa fundamentalmente en la asociación del trabajo servil y la corvea así como en el carácter orgánico del vínculo entre reserva y tenencia, este método permite integrar formas que parecen irreductibles al modelo. De una manera u otra, la estructura fundamental del dominio se encuentra un poco por todas partes en el imperio, sea porque los conquistadores francos lo propusieran como modo de gestión de las tierras, sea porque se impusiera por sí solo debido a condiciones sociales y económicas semejantes en toda Europa. Por un lado la rarefacción de la mano de obra servil y por el otro la reactivación de la economía de intercambios, obligan a encontrar soluciones análogas para problemas comunes. Presento aquí esta tipología: es perfectamente aplicable a otras regiones además de Italia. El interés de esta forma de clasificación es que permite ordenar sin tener que excluir ningún elemento con el pretexto de que se aleja de la norma. Por consiguiente permite extender desmesuradamente el abanico de elementos que entran el campo de análisis.
•Dominios pioneros
En las zonas afectadas por las roturaciones la reserva se reduce y puede estar muy fragmentada. El yermo proporciona lo esencial de los beneficios del dominio. La presencia de trabajadores especializados en los bosques y en el espacio pastoral es importante. El vínculo entre tenencias y reservas es débil: las corveas exigidas no son numerosas porque la puesta en cultivo de vastas superficies no es la preocupación esencial del dueño. Las tenencias están yuxtapuestas a una reserva poco estructurada. Sin duda los casos mejor documentados se encuentran en la Italia central o en las zonas de roturación de la llanura del Po.
DOS EJEMPLOS DE DOMINIOS PIONEROS NULLY EN EL GÂTINNAIS Y LOS BIENES DE FARFA EN LOS ABRUZOS.
En la Italia central, en los Abruzos, cerca de la ciudad abandonada de Forcona, al sur de la actual aglomeración de L’Aquila (ciudad fundada en 1257), Santa Maria di Farfa poseía en el siglo VIII, un conjunto territorial considerable del que disponemos de un inventario, lo más próximo a un políptico que existe en la Italia central. Sin embargo en el documento solo se mencionan los nombres de los tenentes casati, sus esposas y sus hijos, así como la calidad y el número de sus animales de tiro o carga. Las tenencias están someramente localizadas. En el centro del dominio hay una casa solariega donde se localiza un taller, aparentemente para tejer. Allí viven unos cincuenta esclavos especializados en tareas específicas. En total suman 230 tenencias que contienen alrededor de un millar de servi, repartidos en una cincuentena de subconjuntos dominicales organizados en torno a iglesias o simples oratorios rurales. No se sabe qué debían los siervos descritos de este modo a la reserva. Pero parece que esta tenía una superficie muy reducida y que sobretodo estaba formada por un conjunto dedicado al aprovechamiento del bosque. Las prestaciones en trabajo son menos importantes que las punciones efectuadas a la producción campesina, en el contexto de un sistema de renta bien documentado en Italia.
En Francia, existen igualmente dominios que entran en esta categoría, con importantes variantes: los ejemplos que conocemos a través de los polípticos son los de dominios integrados al sistema económico constituido por el patrimonio. El políptico de Saint-Germain-des-Prés nos ofrece un ejemplo notable con Nully del que ya hemos hablado. Este dominio, situado en el Eure, tiene una reserva de pequeñas dimensiones (40 bunuarias de tierra arable) y sobretodo muy fragmentada (10 parcelas). A título de comparación recordemos que Villeneuve-Saint-Georges posee una reserva de 172 bunuarias de tierra arable explotadas en la forma de grandes campos. Los 6 mansos que dependen de Nully, aunque muy poblados solo proporcionan un poco de trabajo en la tierra. Por el contrario, los tenentes como se ha visto están obligados a corveas de acarreo entre París y el Anjou. Fabrican materiales para la elaboración de toneles (duelas, zunchos y antorchas) y los entregan a la abadía. Los trabajadores deben también ofrecer al señor planchas y tablas. Manifiestamente, Nully sirve también para proveer al monasterio en madera para armazones y cubiertas de los edificios. El trabajo en la reserva no es lo esencial pero las corveas de transporte son fundamentales para la inserción de Saint-Germain en una economía de intercambios.25
•Dominios mixtos
En estos dominios, el sector silvo-pastoril está menos desarrollado. La reserva puede, igualmente, estar fragmentada en piezas de tierra de tamaños diversos y si la parte del yermo es menos importante que en el categoría precedente, en cambio desarrollan cultivos y actividades especializadas, como pueden ser en los países mediterráneos el olivar y a lo largo de los ejes de comunicación, la viña. Estos cultivos especulativos proporcionan importantes ingresos en dinero: la especialización hace innecesario intentar aumentar la extensión de las superficies cultivadas. No obstante, solo tiene sentido si existe un centro de consumo cerca del complejo territorial.
EL PATRIMONIO DE TOTONE DE CAMPIONE26
Para la región del lago de Como poseemos un precioso dossier de 24 documentos centrados en las actividades económicas de una familia, entre los años 720 y 844. Se trata, en buena parte, del archivo del último posesor de la tierra, Totone, hijo de Arochis, de Campione, cerca de Castelseprio que por testamento hizo donación del conjunto de sus bienes a San Ambrosio de Milán, en 777, pero que se mantuvo en aquel lugar hasta su muerte acaecida a principios del siglo IX. No hay inventario de estas posesiones: no sabemos nada de las superficies en juego y poca cosa sobre su gestión. Los documentos nos informan sobre las transferencias de propiedad no sobre la estructura de las explotaciones, y se interesan más por atribuir la renta que por describir la manera como se produce. Pero, del contenido de los documentos es posible deducir que 1) Totone es un productor de aceite y que comercia con este producto: el mercado urbano de Milán, con sus importantes necesidades de aceite, particularmente para la iluminación de las iglesias, está cerca. 2) Sus tierras se explotan en gran parte con una mano de obra de esclavos instalados en tenencias que entregan rentas. Antes de morir, los libera parcialmente pero sometiéndolos a la corvea, una medida que no tendría sentido si no tuviesen explotaciones y si aún no existiese una reserva. Si la existencia de estas corveas es innegable, en cambio, se desconoce su importancia. 3) La propiedad está muy parcelada, pero no se precisan ni el contenido de la reserva ni su extensión. En cambio una buena parte de las rentas se fundamenta igualmente en las punciones efectuadas en las explotaciones de los massari, es decir cultivadores consuetudinarios que solo disponen de un contrato oral: en efecto se venden y se intercambian estos bienes como elementos que producen rentas, no como tierras yermas que se deben poner en cultivo. Posiblemente, esto es una reliquia de una organización en la que habría coexistido una reserva trabajada exclusivamente con esclavos clásicos y un sector más borroso, con dependientes que deben pagar una renta sin necesidad de participar en el cultivo de las tierras señoriales como es el caso en la Italia centro-meridional en el siglo IX.
En el mismo sentido, en esta categoría, las infraestructuras costosas y de peso, pero de un rendimiento muy elevado, como molinos, cervecerías o viveros, también se hallan presentes. Presuponen dominar la energía hidráulica lo que no implica problemas técnicos serios pero requiere inversiones importantes que no están al alcance de pequeños campesinos actuando por sí solos. Dominios de este tipo son difíciles de detectar y, a menudo, solo se consideran del tipo del «gran dominio» porque por un lado su propietario ejerce una función de mando y por el otro porque se mencionan corveas. En lo que concierne a Totone de Campione, por su riqueza pertenece a una élite aldeana más que a un grupo aristocrático definido por su relación con el poder: no ejerce ninguna función pública y su patrimonio es puramente local.
•Dominios cerealícolas
En este caso, los grandes campos se cultivan con esclavos prebendarios y campesinos casati. A menudo, estos dominios se encuentran cerca del centro general de la explotación. Sirven en primer lugar para cubrir las necesidades alimenticias de las comunidades y no tienen costes de desplazamiento de mercancías demasiado importantes. Cercanos al centro, son más fáciles de controlar y pueden dar lugar a todo tipo de innovaciones. La extensión de las reservas es muy variable. No son siempre tan compactas como las que se encuentran en el norte de Europa. En Italia, frecuentemente, cuando no habitualmente, están fragmentadas y dispersas, dando una impresión de fragilidad e inconsistencia.
PALAISEAU
El ejemplo de Palaiseau, en la región parisina, es a la vez el más característico y el más cómodo de analizar. Es el primero que describe el políptico de Irminón. La reserva está constituida por 287 bunuarias de tierra divididas en 6 grandes campos donde se pueden recoger 1.300 modios de cereal, 127 arpentes de viña que igualmente deben producir 800 modios de vino. Se cuentan 4 molinos que son cedidos a censo y entregan cada año al monasterio 153 modios de cereal. La iglesia del dominio posee 17 bunuarias de tierra en reserva y un manso así como 6 huéspedes que tienen cada uno un jornal de tierra y deben un día de corvea a la semana. Completan este conjunto 117 mansos, de los cuales 108 son libres.
El dominio no es una estructura rígida, al contrario, es una organización flexible que se puede adaptar a diferentes circunstancias y coyunturas. La construcción económica que representa es racional o tiende a serlo: el dueño de la tierra intenta sacar el máximo provecho posible del conjunto de factores a su alcance. El despilfarro y el derroche existen, ciertamente, pero la propia existencia de la documentación a nuestra disposición muestra una preocupación económica, un deseo de organización del trabajo y de la producción, a través de una gran diversidad de situaciones. El esfuerzo de organización que representa la constitución de reservas con su sistema de corveas tiene sentido si los ingresos esperados de este control son importantes. La alternativa es un sistema de explotación totalmente indirecto en el que los dueños del suelo confían explotaciones a campesinos de quienes solo esperan una renta. Se privan, entonces, de la posibilidad de orientar la producción y sacar provecho de los mercados.27
Los logros historiográficos de los últimos decenios también muestran, contra la opinión desarrollada por las generaciones precedentes, la extrema atención puesta en las cuestiones de población. Ahora se ven mejor los signos de roturaciones y desplazamientos de hombres de lugares superpoblados hacia otros menos densamente poblados y menos intensamente cultivados. Finalmente, se admite que la organización dominical obedece a una serie de cálculos racionales en los que lo económico –es decir el deseo de constituirse un patrimonio y una renta– tiene un papel estructurante junto con otras consideraciones vinculadas a la naturaleza de la sociedad aristocrática de la alta Edad Media.
LOS ESFUERZOS DE RACIONALIZACIÓN DE LA EXPLOTACIÓN SEÑORIAL
La economía señorial de época carolingia es dual. En efecto, al lado de la producción de riquezas y la búsqueda de beneficios, se debe considerar que está relacionada con una economía de la donación que también organiza los comportamientos aristocráticos. Las dos racionalidades coexisten.
Los constreñimientos de la economía señorial entre la generosidad y la necesidad
Durante la alta Edad Media, los señores están en una posición ambigua e incluso contradictoria. La reproducción del orden social que legitima o explica su existencia implica un comportamiento de generosidad extrema que puede ser empobrecedor y a veces lo es. Al mismo tiempo, se comportan como actores económicos racionales, es decir orientados hacia la gestión óptima de sus «asignaciones de recursos» y el crecimiento de la producción.
La redistribución de las riquezas es un signo del comportamiento nobiliario. El prestigio, la autoridad y el reconocimiento social que forman parte del estatus derivan en parte de la capacidad de contribuir al enriquecimiento de los amigos, parientes y ciertos lugares de oración, indisociables del poder de la familia.28 Hay que dar para ser tenido en cuenta: dar tierras, ciertamente, pero también dar bienes muebles o caballos a los clientes militares, y bueyes o instrumentos de trabajo a los clientes productores. Por consiguiente la sociedad y la economía de la alta Edad Media experimentan una intensa circulación de las riquezas a través de la donación en el interior de los grupos de estatus, pero también de un grupo de estatus a otro. La donación toma la forma de rentas para el campesinado pero para los señores incluye obligaciones morales de protección que se extienden a la esfera económica. No es anormal que un dominante efectúe gratificaciones a los dominados o que participe en intercambios desiguales en los que su aportación toma la forma de una donación. En las compras y ventas de tierra, por ejemplo, los pagos efectuados con herramientas de trabajo o animales de tiro son frecuentes. En estos casos la transacción no ha dado lugar al pago de un precio sino a la cesión de una contrapartida que establece o consolida una relación entre el comprador y el vendedor. Una vez pagado el precio, compradores y vendedores se consideran satisfechos. Pero cuando el pago se efectúa bajo la forma de contrapartidas no monetarias, la transacción no se salda y una de las partes, normalmente la que ha recibido un bien mueble, queda en deuda con la otra.
Satisfacer las necesidades cotidianas de un grupo doméstico ampliado a los servidores y clientes es la segunda necesidad del grupo aristocrático. Es preferible no tener que comprar los alimentos y la producción también se organiza en función de ello. El ideal aristocrático sigue siendo el autoconsumo. La producción en las reservas señoriales como la de las tenencias está parcialmente orientada hacia el almacenamiento y el consumo doméstico: abastecer el mercado no se contempla hasta que no se han satisfecho estas exigencias primordiales. De hecho, una corte real o aristocrática como un gran monasterio, son grandes consumidores y tienen necesidades que se deben satisfacer imperativamente. Corbie, en los años 820, en el momento en el que el primo de Carlomagno, Adalhard, era su abad, alojaba de 350 a 400 monjes. Es posible que, en el siglo VIII, los monasterios italianos más grandes hayan superado el medio millar de monjes. Si a eso se le añade la presencia alrededor de los monasterios de un personal de servicio destinado a secundar a los monjes en el cumplimiento de las tareas físicamente más duras, y si se considera igualmente que el monasterio está obligado a practicar la caridad, se entiende lo que representa el mantenimiento cotidiano de una gran abadía. A fines del siglo IX, en Cluny, que entonces tenía 300 monjes, cada año, son precisos 2.000 sextarios de cereal solo para su alimentación en pan, es decir la carga de 2.000 asnos.29 Todo ello supone una organización económica compleja que apunta simultáneamente a la generosidad y al consumo. Esta es la primera preocupación de los gestores: la intensificación de la producción también tiene causas domésticas. Se pueden hacer observaciones similares a propósito de las cortes reales o de los séquitos aristocráticos, desde luego eminentemente móviles, mientras que los monjes, son, estables e inmóviles. Al menos en tiempos del imperio, también se debe tener en cuenta, el aprovisionamiento del ejército en durante las campañas: los fiscos y palacios reales están obligatoriamente implantados a lo largo de los ejes que recorren los ejércitos y las cortes en sus desplazamientos. Deben estar abastecidos de tal manera que en todo momento puedan hacerse cargo de las necesidades del soberano y su séquito. De todos modos, el mercado juega un cierto papel en este sistema. Es más cómodo comprar in situ que no transportar lejos lo que se ha producido: para obtener dinero se precisa vender los excedentes de los dominios periféricos, lo cual es la práctica corriente de Cluny en el siglo XI.
Por lo tanto la economía dominical se estructura mediante tres elementos: la obligación social de la redistribución a través de la donación, las necesidades de consumo de las familias, las cortes o los monasterios, y la búsqueda del beneficio a través de la comercialización. Nos hallamos en presencia de constreñimientos contradictorios que dificultan la comprensión del sistema. Los señores de cualquier rango, durante la alta Edad Media, al tener que mostrarse generosos y dar cuanto más mejor, parecen poco preocupados por el mantenimiento del capital económico en el interior de su familia: fácilmente lo ceden a los monasterios para la salvación de su alma, incluso cuando hay herederos, a riesgo de disminuir considerablemente el patrimonio y poner en entredicho los ingresos, como si el futuro y la continuidad del linaje fuesen una preocupación menor que la salvación del alma del detentor de los derechos sobre la tierra.30 Sin embargo, estas generosidades tienen contrapartidas: abades y obispos están obligados socialmente a devolver todas o parte de las tierras adquiridas mediante donación, bien a la familia del donante –a la que a menudo pertenecen–, o bien a otros laicos de quienes quieren obtener la amistad. Paralelamente, se toman medidas para mantener el nivel de ingresos o incluso aumentarlo. No obstante, en lo que se refiere a los patrimonios laicos, estas disposiciones son insuficientes por si solas. Una familia no puede conservar mucho tiempo su fortuna –y por lo tanto su rango– sin realizar nuevas adquisiciones territoriales, a cada generación, que puedan compensar las generosidades anteriores con el fin de, por lo menos, mantener los recursos a un nivel estable. Las estrategias matrimoniales, las compras en el mercado de la tierra y las adquisiciones de tierras a los grandes establecimientos monásticos a través de contratos precarios, permiten recomponer los patrimonios y las explotaciones. Sin embargo, la principal fuente de enriquecimiento de las grandes familias aristocráticas son las generosidades reales. Pero estas no pueden darse por descontadas: dependen de las carreras personales, la capacidad de los grupos familiares de resituarse en el entorno real a cada generación, las capacidades militares, administrativas o religiosas de los individuos, y por último al apoyo de la corte. La ausencia de un vínculo directo entre un grupo de familias y una realeza comporta, a más o menos largo plazo, su empobrecimiento. En los escalones inferiores de la sociedad aristocrática, se produce un proceso análogo; los grandes, por su parte, deben contribuir al enriquecimiento de los suyos, sean estos clientes o establecimientos religiosos. Esto funciona mientras la realeza está en condiciones de redistribuir riquezas para que los grandes las hagan circular. De este modo, Georges Duby ha podido demostrar como, a fines del siglo X, las familias de la aristocracia del Mâconnais, en la periferia de los reinos post-carolingios, y muy empobrecidas por sus donaciones a Cluny, a corto plazo, tienen su propia reproducción amenazada porque están excluidas de cualquier fuente de renovación de sus fortunas. Su toma de conciencia habría sido uno de los factores causantes del proceso de cambio social que él describió en su tesis de 1952 y luego ha seguido una buena parte de la historiografía europea.
A corto plazo, es decir en el intervalo de una generación, mantener o aumentar los ingresos familiares conduce a preocuparse tan de cerca como sea posible por la gestión de los patrimonios, es decir los ingresos. El interés por la producción y su incremento existe en la sociedad del siglo IX tanto entre los laicos como entre los eclesiásticos o los soberanos. La organización y la racionalización de la vida económica están al orden del día y deben equilibrarse con las necesidades del don.
Las opciones de gestión
Los administradores deben escoger entre dos tipos de gestión: o bien intervienen directamente en la producción, tomando las riendas de la organización y la disciplina del trabajo, o bien delegan esta este cometido en agentes económicos, que se encarguen de garantizarles unos ingresos. La primera solución es la practicada más a menudo y la que ha dejado más documentación. La segunda es la adoptada por un cierto número de grandes propietarios territoriales para el conjunto de su patrimonio o solo para una parte del mismo.
¿Comportamientos rentistas?
La economía agrícola de la Galia merovingia así como la de la Italia lombarda se sustenta en un sistema de explotación directa en el que los trabajadores de la tierra, frecuentemente esclavos, están instalados en explotaciones autónomas. Solo los cultivos especializados como el vino, porque son comercializables, dan lugar a un control específico. Los ingresos señoriales se perciben en forma de renta y las fortunas aristocráticas se basan en un gran número de estas explotaciones más o menos independientes. Lo esencial es que los señores, con este sistema, intervienen muy poco en la producción, no la orientan y dejan lo esencial de la iniciativa en manos del cultivador. El gran dominio, cuando se desarrolla implica un comportamiento económico distinto, puesto que a través de la reserva, el señor es igualmente un productor que debe preocuparse de almacenar para consumir y también para comercializar. Esto no es incompatible con actitudes intermedias. En efecto, en el siglo IX, el señor puede desvincularse completamente o parcialmente del proceso de producción. Su compromiso en la organización económica y la creación de riqueza puede no ser exclusivo. Existen otras formas de explotación de los patrimonios territoriales.
En algunas circunstancias, confiar la administración de los dominios a un gestor ha podido parecer una buena solución. Es empleada en la Inglaterra de los siglos XI y XII, también lo es en la Italia del siglo IX, donde se observan abades que se desprenden de la gestión directa a cambio de la garantía de un pago anual en dinero. Sin embargo, para que esto sea posible es preciso que la moneda circule en cantidad suficiente y que existan mercados para que puedan obtenerse las provisiones que ya no produce la institución.
EL MONASTERIO DE FARFA Y EL ARRENDAMIENTO DE LA CURTIS DE INTEROCRO
Para la Sabina tenemos un ejemplo notablemente precoz de lo que se podría llamar un «arriendo general». Se refiere a un liberto que ha conseguido subir a la cima de la jerarquía de los dependientes del monasterio. En agosto del 856, Gaipon, hijo de Gui, toma en arriendo el conjunto de la curtis de Interocro, en las montañas de la Sabina. Se trata claramente de un contrato de cesión: el compromiso solo dura tres años, del 856 al 859. Gaipon se compromete a entregar anualmente 200 sueldos de dineros romanos al abad y hacerse cargo de poner en cultivo este gran dominio. Además debe proporcionar cantidades nada despreciables de vino y cebada, sin embargo lo esencial de su prestación sigue siendo el pago en dinero. Recordemos que en los vecinos Abruzos, donde se ha podido medir la inversión operada por algunos notables durante toda su vida, para los más importantes se alcanzan cifras de 400 a 500 sueldos. Un esclavo doméstico, mercancía de gran lujo, se vende en esta época, en la misma región, por 35 sueldos. La cifra de 200 sueldos en dinero es pues considerable y lo es más todavía porque la Sabina es una región donde el numerario pasa por ser escaso.31 En este caso, el dinero sirve para pagar anualmente una renta. Sin embargo, para reunir la cantidad que debe pagarse en monedas locales es preciso 1) que la acuñación sea lo suficiente activa como para hacer posible la operación y, 2) que los circuitos de intercambio sean lo suficientemente estables y fiables como para que la exigencia tenga sentido. Por lo tanto es necesario que exista un mercado, muy activo, para que un contrato semejante sea posible. No sería sorprendente en la Inglaterra del siglo IX. En el Lacio del siglo XI es un caso algo aislado.
No sabemos si esta solución ha sido utilizada habitualmente. Sin embargo, en un periodo de precios estables, y siempre que haya moneda disponible, es totalmente racional y coherente. Para el monasterio supone minimizar los gastos de explotación y gestión, y por último lo libera de las preocupaciones de mantener una administración compleja. De todos modos presupone que los monjes abandonan, por lo menos parcialmente, el ideal benedictino de la autarquía; actitud que tanto en Italia como en la Francia occidental es más bien la excepción, los monjes son y serán por mucho tiempo explotadores agrícolas involucrados en la producción, en su organización y en la comercialización de sus frutos.32
La explotación directa y la movilización del patrimonio territorial
Cuando intervienen directamente en la gestión de sus tierras, los señores son sensibles a un cierto número de necesidades. La primera que perciben deriva de la presión demográfica. Les lleva a parcelar fragmentos de la reserva o, desde el siglo IX, a dirigir roturaciones para tratar de evitar situaciones de sobrepoblación y a la vez sacar provecho del crecimiento de la población. Dos ejemplos italianos nos permitirán ilustrar este punto.
•El políptico de Bobbio y los bienes infra valle
El monasterio de Bobbio, en los Apeninos centrales, había compilado un políptico en los años 860. Los gestores lo rehacen en los años 880 siguiendo las mismas normas y describiendo los mismos dominios que por lo tanto están descritos dos veces. Hay diferencias sustanciales entre las dos descripciones. Uno de estos dominios, Porcili, que no está muy lejos del monasterio es particularmente interesante.
Situado en un bloque de bienes que el políptico sitúa infra valle, dentro del valle, en 863, incluye la reserva que tiene una extensión de 36 modios, es decir entre 12 y 18 ha, a la que añaden unas viñas así como una pocilga.33 Las tenencias se dividen en dos categorías. La primera está constituida por explotaciones regidas por la costumbre, que ponen en cultivo 12 massari, hombres libres casati. Todos ellos, conjuntamente, entregan 60 modios de cereal, 4 ánforas de vino y 4 sueldos. La segunda categoría de explotaciones dependientes está formada por tenentes beneficiados con de un contrato escrito: un livello. Se trata de un auténtico contrato agrario que fija, durante su periodo de validez, el valor de las percepciones exigibles y esperadas. Estos livellarii son en total 18. Dan una cuarta parte de la cosecha, algo que el texto evalúa en 54 modios de cereal (medida volumétrica en este caso). Y además deben conjuntamente 23 modios de castañas y 2 sueldos en moneda.
En 883, la superficie de tierra arable destinada a la reserva es idéntica: 36 modios. Pero esta vez hallamos 18 massari, que entregan conjuntamente 70 modios de cereal y 4 ánforas de vino. Los livellarii esta vez son 25, y deben todavía la cuarta parte de la cosecha en cereal, y de media entregan anualmente 93 modios de cereal. Por lo tanto la renta del monasterio calculada en cereal ha aumentado, solo en este dominio, en unos 49 modios, pasando de 114 a 163 modios de cereal, es decir un incremento de aproximadamente el 30%.
En este caso, como la superficie de tierra destinada a sembrar se mantiene estable (36 modios), es preciso que se hayan producido roturaciones algo que los monjes no esconden, a pesar de que parecen lamentar haber tenido que sacrificar los árboles. Las nuevas tenencias, en este caso, no se han desgajado de la reserva sino que por el contrario se han formado a costa del yermo. No tenemos informaciones sobre este dominio, sobre las cantidades de trabajo que se obtienen de la corvea. De todos modos, es evidente que existen las corveas, el aumento del número de tenencias ha permitido el del número de jornadas de trabajo disponibles para una reserva que se mantiene estable. El trabajo más intenso en la reserva puede dar lugar a una producción mayor, en igualdad de condiciones técnicas.34

Por otra parte, si se calcula la media aritmética se hace patente que la presión ejercida sobre el grupo de los massari ha disminuido sensiblemente, mientras la que se ejerce sobre los livellarii se ha vuelto mucho más dura. Por último, las rentas medias exigibles para cada uno de los dos tipos de tenencia tienden a igualarse, como si los monjes ya no hiciesen distinciones entre las dos categorías. Pero, sobretodo, como las rentas de los tenentes que se benefician de un livello, son proporcionales a la cosecha, cabe deducir un aumento de la productividad de las tenencias algo nada sorprendente tratándose de tierras recientemente desbrozadas. Este aumento compensa, y de largo, la disminución de las exigencias que pesan sobre los massari.
Por lo tanto, poner a disposición de los monjes nuevas superficies de tierra ha tenido tres efectos: el aumento de su renta, un relativo aligeramiento de las exigencias que pesan sobre los que al principio están peor provistos de tierras y por último la igualación de las condiciones de sustracción sobre las dos categorías de tierras. Esto hace posible la intensificación del trabajo en la reserva, si las tenencias son explotadas en condiciones estables. La operación de poner en cultivo el yermo tiene resultados importantes y parece poco probable que, al menos en parte, los gestores no los hayan previsto. En este caso al haber espacio disponible, no ha sido imprescindible sacrificar la reserva parcelándola para repartirla entre las nuevas explotaciones autónomas. Los efectos inducidos por la puesta en cultivo de nuevas superficies van más allá del simple crecimiento de la producción. La roturación tiene consecuencias en la distribución de las tierras y comporta una mejora relativa de la situación de los campesinos: el número de explotaciones ha crecido y la población también. Probablemente, nos hallamos ante uno de los mecanismos que han hecho posible poner en marcha y dar continuidad al crecimiento agrícola desde la alta Edad Media. Durante la Edad Media central, los mecanismos económicos y sociales no son distintos.
•Santa Cristina de Corteolona
Si no hay yermo disponible y los gestores quieren preservar sus bosques, la parcelación de la reserva es una alternativa. Durante el siglo X o a principios del XI los monjes de Santa Cristina di Corteolona en el norte de Italia, por ejemplo, toman la decisión de sacrificar las zonas centrales de su propiedad. El políptico compilado en Santa Cristina entre fines del siglo IX y 1010 no abunda en detalles. Sin embargo, una interesante anotación nos indica que la reserva se encuentra en fase de subdivisión a fin de aumentar el número de tenencias: describiendo una tierra de una sola pieza, los autores del inventario la describen como «amplia y espaciosa» y precisan que a partir de ella se pueden crear 12 mansos.35 Se ha escogido una opción, la de movilizar las superficies insuficientemente aprovechadas confiándolas a cultivadores de parcelas colocados bajo la dirección del monasterio al que deben trabajo, productos y dinero. Por último, estas decisiones muestran un interés por los movimientos de población: la administración del dominio es receptiva al crecimiento demográfico y a la presión sobre la tierra que de él se deriva.
Generalizaciones
La mayor dificultad afecta la cuestión demográfica. Ch.-E. Perrin constataba en 1945 el considerable agolpamiento de población en los mansos pertenecientes a los dominios de Saint-Germain-des-Prés, en la región parisina.36 De ello se ha deducido una falta de gestión de la mano de obra por parte de unos señores indiferentes a las realidades humanas de sus explotaciones. Acabamos de ver que el señorío carolingio se muestra capaz de sacar provecho del crecimiento de la población en el norte de Italia. ¿Qué sucede en otras partes?
En la medida que los espacios vacantes estaban disponibles, la gestión de la población –nosotros diríamos de los recursos humanos– se tradujo en roturaciones que implican la organización de migraciones. Durante la alta Edad Media estas se producen en distancias muy cortas: estamos muy lejos de las grandes empresas de repoblación que, en el siglo XII, comportan el desplazamiento de grupos importantes a centenares de kilómetros.
Sin embargo sabemos que los traslados de población existen en el siglo IX. Se efectúan de manera individual, en el interior del dominio, mediante la constitución de nuevos mansos a expensas de la reserva (se trata de los mansi absi, vacantes porque están en proceso de formación); también se producen de manera más sistemática a partir de las zonas cultivadas y pobladas hacia los confines del territorio. Los polípticos y las listas de tenentes nos ofrecen indicios congruentes con la constitución de apéndices de los dominios ya existentes con la ayuda de los excedentes de mano de obra: en este aspecto la gestión es mucho más dinámica de lo que se piensa tradicionalmente, los señores están atentos a como sacar el mayor provecho posible de la coyuntura demográfica.
MANSI ABSI37
El ejemplo de la locución mansi absi, que se puede traducir por mansos vacantes es, desde este punto de vista, revelador. Hasta los años 1970 esta expresión se interpretaba de manera negativa. Los mansos vacíos eran el signo de una crisis del dominio y el abandono era considerado como la hipótesis más plausible, producido como consecuencia de una operación militar o epidemias. Se veía en ello la prueba de las dificultades del estado carolingio y el señorío –incapaces de retener y proteger las poblaciones– o de la economía dominical incapaz de producir lo suficiente para asegurar un sustento estable. También sabemos que hay tenencias vacías porque sus ocupantes han huido, tal como sucede en los dominios del monasterio de Farfa en los Abruzos donde se dice que diversos tenentes han huido hacia la vecina región de la Sabina. Desde los años 1970, J.-P. Devroey ha demostrado que los mansi absi, en realidad estaban vacíos porque estaban en curso de constitución. Administrativamente, estaban unidos a la reserva y por consiguiente, probablemente, aún eran explotados con la ayuda de corveas. Estaban a la espera de un tenente y cuando lo nombraban estos mansos eran desgajados de la reserva. Por lo tanto, su presencia en la documentación, salvo indicación clara de signo contrario, significa un cambio en la organización de la producción y el aumento del nombre de cultivadores dependientes.
También existen indicios de desplazamientos colectivos de poblaciones en el marco de la economía dominical.38 Para realizar las roturaciones, se transfieren hombres y mujeres desde las tenencias donde la mano de obra es excedentaria. De esta manera en los Abruzos, a mediados del siglo IX, los monjes de San Vincenzo al Volturno constituyen dominios nuevos e instalan en ellos parejas recientemente formadas: en efecto, la división del trabajo entre sexos en una explotación agrícola obliga a movilizar no a solteros sino a parejas, preferentemente en el inicio de su ciclo reproductivo. El señorío monástico absorbe así y moviliza el excedente, fruto del crecimiento demográfico reciente y aún en curso. También asegura el crecimiento de la producción de alimentos aumentando las superficies cultivadas. Por último, en estos casos bloquea cualquier posibilidad de extensión de las iniciativas alodiales: la ocupación de la tierra por parte de los siervos de los monjes impide físicamente cualquier tentativa de roturación conducida por campesinos libres. Por esto, aquí, el dominio aparece claramente como una empresa dotada de una cierta elasticidad. No se encuentra en posición defensiva; está adaptado a las necesidades cambiantes de una economía que parece experimentar un crecimiento lento pero real.
El carácter racional de la gestión dominical no aparece solo en las cuestiones de población, sino también en las de la organización económica general y en las políticas de adquisición e inversión.
En el siglo IX, los señores de los dominios procuran desarrollar un sector de servicios con el objetivo de revalorizar su producción y crear un nuevo mecanismo de sustracción de la producción campesina multiplicando la construcción de molinos e instalaciones para la elaboración de cerveza. No se trata de algo muy sistemático y evidentemente no estamos en presencia de una política de planificación de construcción de infraestructuras. Sin embargo el resultado final es considerable. El número de molinos puede ser importante como lo es en Saint-Germain-des-Prés (84 molinos o sea 17 molinos por cada 1.000 ha) o en Saint-Pierre-de-Lobbes (12 molinos por cada 1.000 ha). En los dos casos esta densidad es extraordinariamente elevada. Cuando se puede calcular, lo más habitual es que se sitúe alrededor de la mitad. Naturalmente todos estos molinos no fueron construidos por los monjes que a menudo los consiguen a través de donaciones, aunque fuese para devolverlos en precario al donador. Pero incluso si no se trata de una auténtica política de inversión el resultado es que la reserva dispone de molinos en cantidad suficiente y sobretodo accesibles, es decir no muy alejados centro dominical, desde donde se gobierna el dominio. Lo mismo ocurre con las tenencias, ya que los cultivadores directos, a menudo, disponen de una de estas instalaciones cerca de su explotación.
No cabe duda que por parte de los señores existe una clara capacidad de comprender la necesidad de las inversiones y el interés en aceptarlas o de sacar provecho de las inversiones realizadas por otros en el caso de las adquisiciones por donación. A menudo, en las donaciones de villae encontramos molinos entre sus elementos productivos. Pero el políptico de Saint-Germain atribuye la construcción de siete molinos, en activo a principios del siglo IX, al abad Irminón que habría mandado restaurar algunos más. Las políticas de adquisición, a través de donaciones, compras o intercambios, enriquecen la dotación de molinos a disposición de los monjes.39
Los gestores del patrimonio son pues capaces de tomar las decisiones necesarias para aumentar los ingresos del señor. De este modo mejoran las condiciones materiales de la explotación para el conjunto de los trabajadores de la tierra: ¿cuántas veces desde Marc Bloch no se ha subrayado la liberación que representa el molino? El tiempo y la energía que ya no se destinan a moler a mano pueden emplearse mejor en las tierras. Por otra parte, la voluntad de crear nuevos sectores de beneficios donde y cuándo sea posible no es ajeno a la mentalidad señorial.40 Los estatutos de Adalhard de Corbie, escritos en 822, destinan una atención muy especial a los molinos, de los que esperan una renta en especie de 2.000 modios, es decir entre 800 y 1.100 hectolitros anuales que permiten cubrir las considerables necesidades alimentarias de una comunidad que oscila entre los 350 y los 400 monjes.41 Según todos los indicios, hay 15 molinos que funcionan casi exclusivamente al servicio de la abadía. Otros parecen representar un sector de beneficio puro que permite drenar una parte suplementaria de los excedentes de la producción campesina, simplemente haciendo pagar por el servicio de la molienda. En Italia del Norte encontramos desde fines del siglo IX, contratos agrarios que muestran la importancia que toma el molino en la constitución de la renta señorial.
UN MOLINO ITALIANO A FINES DEL SIGLO IX42
El 6 de enero del 890, el arcipreste de la catedral de Plasencia, concede a un libre, por un periodo de veinte años, un molino situado fuera de las murallas de Plasencia, con las tierras que le están vinculadas así como su canalización. El alquiler previsto es muy gravoso: el tomador se compromete a dar cada semana 4 modios de trigo mezclado, un modio de trigo de la mejor calidad y 4 sextarios pro fugacies (¿hogazas?). Estas cantidades deben ser entregadas al agente del señor. Se precisa de todos modos que los días de helada o en caso de sequía, si no se muele, el tomador no entrega nada. El propietario proporciona el equipamiento y, en particular, subraya que la muela cuyo valor es de 5 sueldos debe seguir siendo de su propiedad si el tomador se va. Además, los hierros indispensables para el funcionamiento del molino no son considerados como propiedad del molinero, incluso si ha debe remplazarlos. En este caso nos hallamos ante un auténtico artesano, un molinero especializado en su actividad, que es considerada como remuneradora para él y para el propietario. La clientela lo es realmente porque no hay en este momento ningún mecanismo que pueda forzar los detentores del cereal a llevarlos a un molino en concreto. Estamos en el contexto más comercial que se pueda imaginar para el siglo IX.
Las condiciones generales de la economía dominical no son pues tan primitivas como se había dicho hasta los años 1980. Los grupos dirigentes no están desprovistos de recursos ni de medios de acción con una eficacia real. La misma organización del gran dominio es lo más racional posible. Como se ha observado está en condiciones de promover un crecimiento real. La posibilidad de dar y de manifestar su generosidad –sea esta a través del don o a través de los intercambios no mercantiles que utilizan contrapartidas no monetarias o parcialmente monetarias– se articula sobre una conocimiento en materia de producción de riquezas y aparentemente también de comercialización.
1.Ver Devroey 2004, p. 55.
2.Duby 1973ª, pp. 94-97. Para Duby, el periodo carolingio es un periodo de estancamiento demográfico y, de manera general, un periodo de no-crecimiento económico. Dossier 1981.
3.Toubert 1984.
4.Sigo aquí la exposición de P. Toubert en Toubert 1986.
5.Existe una traducción al italiano acompañada de comentario: B. Fois Ennas, Il «capitulare de Villis», Milán, 1981.
6.Toubert 2004, p. 40 sq. Algunas indicaciones relativas al trabajo de mineros que podrían aplicarse a las minas de plata de Melle, en la región de Poitiers, parecen sugerir un origen geográfico en el sudoeste de Francia.
7.Brevium exempla ad describendas res ecclesiasticas et fiscales, ed. A. Boretius, MGH, Leges, Capitularia Regum Francorum, I, 1881, pp. 251-252.
8.Duby 1962, pp. 85-86.
9.J. Durliat 1990; Goffart 1972; Magnou-Nortier 1994; crítica en Wickham 1993.
10.Wickham 1993; Devroey 2004, p. 231-214 constituye la presentación más simple y más práctica.
11.Devroey 1992.
12.Capítulo 8 para el vino, capítulo 23 para el grano excedente, capítulo 62 para los mercados dominicales y otros.
13.Wickham 2005 p. 289 sq. C. Wickham, habiendo citado las ciudades, que experimentan entonces una fase de desarrollo, sugiere que las necesidades de abastecimiento de los ejércitos en campaña, que no están garantizada por el soberano, pueden explicar en parte la intensificación de la producción y la multiplicación de los mercados para la venta de cereales que los soldados deben obtener en sus desplazamientos o antes de partir.
14.Toubert 1973b; véase también Devroey 1985.
15.Del Treppo 1995.
16.Verhulst 1966.
17.Sobre la distribución del suelo en la Île-de-France, véase últimamente, Wickham 2005, pp. 398-406.
18.Rippe 2003; Wickham 1988.
19.Toubert 1987.
20.Chronicon Sanctae Sophiae (=CSS), CSS, p. 471 n. II, 20 (a. 747); p. 464 n. II, 16 (a. 820).
21.CSS, n. II, 5, p. 43, p. 460, n. II, 15.
22.En francés chasés, es el nombre que se da a los esclavos o libres dotados de una tenencia para diferenciarlos de los esclavos clásicos que siguen siendo alimentados y vestidos por su dueño. (N. del t.)
23.CSS, p. 379, n. I, 26. Cf. Feller, 2003b.
24.Toubert 2004, p. 124 sq.
25.Devroey 1984.
26.S. Gasparri y C. La Rocca 2005.
27.Wickham 2005, p. 281 sq.
28.Le Jan 1995
29.Duby 1952.
30.Bougard, La Rocca, Le Jan 2005.
31.A. Rovelli 1995, 2000; ead., contra, Toubert 1983.
32.Britnell 1993, p. 41.
33.El modio era una medida de superficie de siembra cuyo reconocimiento empírico por parte de sus contemporáneos se daba por descontado. En la Italia central, se estima que el modio vale entre 1/4 y 1/3 de ha.
34.Inventari altomedievali di terre, coloni e redditi, p. 130 y p. 151; Fumagalli 1966.
35.Inventari altomedievali, p. 36.
36.Perrin 1945.
37.Devroey 1976.
38.Feller 1994.
39.Champion 1996, pp. 32-33.
40.E. Champion, ibid., p. 54.
41.Corpus Consuetudinum Monasticorum, pp. 374-376, pp. 378-379. Sammler y Verhulst 1962.
42.Galetti 2003, p. 284.
II.LOS ESTATUS: LIBRES Y NO-LIBRES EN LA SOCIEDAD DE LA ALTA EDAD MEDIA
La disponibilidad de la mano de obra depende al menos parcialmente de su estatus: el objetivo de este capítulo es responder a la pregunta de saber hasta que punto las sociedades occidentales de la alta Edad Media han sido sociedades esclavistas.1
La institución de la esclavitud es considerada como natural durante toda la alta Edad Media. Sin embargo, hay un largo trecho entre la presencia de esclavos domésticos en el interior de una morada aristocrática que nunca supone ningún problema, y la esclavitud de trata o clásica. En esta última forma el hombre es utilizado en la producción como si se tratase de una herramienta y en el intercambio como una mercancía: es lícito traficar con él y explotar su trabajo, como los dueños de las plantaciones lo han hecho en América o en las Antillas hasta la abolición. La alta Edad Media, ni tampoco la Antigüedad tardía, no ha conocido una estructura de este tipo y de esta violencia. Los esclavos de trata –cuya fuerza de trabajo es acaparada por el amo en su totalidad– existen. Pero no son utilizados en el marco de una economía de plantación y no constituyen lo esencial de la mano de obra.
La ausencia de libertad jurídica puede cubrir una gama muy heterogénea de situaciones individuales o colectivas en las que la libertad, a menudo, es solo uno de los factores que definen la posición de un individuo y su familia en relación a su señor.2 En efecto, el estatus jurídico, o civil, no determina una posición particular en el aparato productivo y tampoco no es el único factor que permite clasificar un individuo o un grupo en el seno de una jerarquía. Los grupos de estatus y los grupos sociales efectivamente son distintos: un libre puede ser menos rico porque está peor dotado en tierras que un servus vecino. Igualmente puede ser menos poderoso y, finalmente, peor considerado que tal individuo tenido por no-libre al cual su señor ha confiado un puesto en la administración del dominio.
El problema de la libertad se sitúa en el corazón del señorío, vinculado tanto con su origen como con su funcionamiento. La presencia de esclavos no impide de ninguna manera recurrir al trabajo forzado de trabajadores casati, sea cual sea su estatus. La institución servil es complementaria de la conversión en casati, es decir la instalación de campesinos dependientes, sean o no esclavos, en tenencias satélites de la reserva.
Al final de la alta Edad Media se asiste a la vez a la desaparición de la institución servil y al mantenimiento de las estructuras dominicales. Al mismo tiempo, durante este periodo se asiste al mantenimiento, e incluso la difusión, de formas duras de sujeción. La cronología del retroceso de la esclavitud, así como sus causas, sus modalidades y sus consecuencias están en el centro de debates de ideas, a veces extremadamente animados. En cualquier caso, la desaparición de la esclavitud es una de las mayores transformaciones que haya experimentado la sociedad occidental. Sin embargo, las cosas no son simples: los términos y conceptos utilizados son inestables y se oscila entre la terminología «indígena», para hablar como los etnólogos (de ahí la reticencia habitual a traducir la palabra servus o la palabra mancipium) y la terminología contemporánea sobre la que a veces es difícil ponerse de acuerdo.3
EL TEMA DE LA ESCLAVITUD EN LA HISTORIOGRAFÍA FRANCESA
El tema es lo suficientemente importante como para haber sido tratado por la mayoría de los historiadores especializados en el estudio de la sociedad: Duby, en primer lugar, en la Economía rural y vida campesina y luego en Guerreros y campesinos desarrolló una posición que retomaba las conclusiones de un artículo póstumo de Bloch publicado en 1947.4 En este artículo, Bloch demostraba que el marco del dominio hace menos útil la esclavitud desde el punto de vista económico a causa de la generalización de la instalación en tenencias de los campesinos productores. De ello deriva una regresión de la institución. Bloch atribuía un papel importante a la socialización y a la aculturación, inevitable por la práctica de la religión cristiana, pero concluía que era la evolución de las estructuras de producción la que, en cierta medida, había vuelto inútil la esclavitud y demasiado costosa para poder ser mantenida. Más recientemente, en 1986, P. Bonnassie publicó una contribución importante que marcó un hito y a la que, posteriormente, todos se refieren. Recuperó el debate pero debe ser leída en función de lo que era la principal clave de lectura de la historia de la Edad Media en los años 1970-1990, en Francia, a saber la idea que la transición esencial, la gran mutación de la sociedad, no se produjo al final de la Antigüedad sino a fines de la alta Edad Media, hacia el año mil, cuando por todas partes, precisamente, la esclavitud rural retrocedía hasta desaparecer como institución social. Otros autores también han tratado el tema: cabe mencionar las páginas de Pierre Toubert sobre la cuestión en su tesis Les structures du Latium medieval. Según él, lo esencial no es la esclavitud, que cree ya liquidada en la Italia central desde el siglo VIII, sino el colonato, es decir la pequeña explotación puesta en cultivo familiarmente, en el marco de una dependencia bastante laxa en relación a un gran propietario.
Por su parte, Dominique Barthélemy, en las páginas que dedica a la libertad, no se interesa por la institución servil en sí misma sino por las formas muy diversas que adquiere la servidumbre en la Edad Media y que, en función de los momentos y los lugares, es más o menos intensa. Para él, existe una continuidad institucional y social entre esclavitud, servidumbre y dependencia.
Interrogarse sobre la esclavitud es ante todo, intentar saber cómo está organizada concretamente la producción y por lo tanto como se utiliza y explota el trabajo humano. En las sociedades que como la sociedad carolingia ignoran casi totalmente el trabajo asalariado una de las posibles soluciones para poner en cultivo las tierras es privar de libertad una parte de la población y hacerla trabajar por nada, del mismo modo que se hace trabajar a los animales, cuyo mantenimiento solo cuesta la alimentación. Los problemas antropológicos e históricos que plantea esta institución son extremadamente numerosos.
EL TRABAJO FORZADO Y LA CUESTIÓN DE LA ESCLAVITUD EN LA ALTA EDAD MEDIA
¿Qué es un esclavo?
La definición que se da a la esclavitud orienta la comprensión que tenemos de la economía de la alta Edad Media. Existe una definición maximalista que considera al esclavo un hombre que es a la vez una mercancía (que se compra y vende) y una herramienta, o ganado. Se utiliza su fuerza y su energía para actividades mecánicas (por ejemplo para accionar las muelas manuales para moler el cereal) o para cultivar la tierra. Los esclavos ocupan diversas funciones en el aparato productivo. Existen esclavos domésticos entregados al mantenimiento de la casa del dueño. Otros se destinan a la producción propiamente dicha. Pueden trabajar en grupo, bajo la dirección de un jefe de equipo también esclavo. En el siglo IX, la mayor parte son casati, instalados en tenencias. No deben la integralidad de su trabajo a su dueño y se inscriben también en un sistema de rentas.
Ser o convertirse en esclavo
Se nace esclavo: los hijos de una mujer no-libre quedan automáticamente incorporados al estatus de su madre. No obstante, a pesar de la reprobación que puede pesar sobre las uniones entre libres y no-libres, los matrimonios mixtos son frecuentes. Constituyen un mecanismo no desdeñable de cambiar de estatus para algunos linajes. Sin embargo, en la mayor parte de los casos, los señores están particularmente atentos a que se mantenga la sujeción hereditaria.
La transformación de un hombre en mercancía, siempre posible, viene provocada a menudo por un acto degradante. Durante la alta Edad Media entregar las armas en el curso de una batalla, es decir no pelear hasta la muerte, significa abdicar de la propia calidad y renunciar a su estatus nobiliario aceptando una forma de muerte social: el esclavo, servus, es frecuentemente alguien a quién se ha perdonado la vida, servatus, en el campo de batalla.5 Beda el Venerable explica que, en el curso de un combate, en 678, un noble anglosajón de nombre Imma fue herido y capturado; pero no fue reconocido inmediatamente. Cuando se descubrió su calidad, a causa de su aspecto general, sus vestidos y su manera de hablar, su vencedor consintió en dejarle salva la vida, a pesar de tener el derecho y todas las razones para matarlo: habiendo muerto todos sus parientes durante el combate hubiera podido darle muerte para vengarles. Lo dejó vivir pero lo vendió como esclavo en Frisia.6
Los avatares de la vida también pueden transformar el estatus individual. La vida de san Emmeram, escrita en Baviera en el siglo VIII, cuenta otro episodio. Un peregrino que intentaba ir hasta Ratisbona a la tumba del santo fue capturado por unos paganos que hacían una incursión y se lo llevaron como esclavo a Francia. Los francos le revendieron en Turingia, al dueño de un gran dominio. El cautivo era un excelente molinero; así que su dueño, para recompensarlo y vincularlo definitivamente le ofreció simultáneamente una tenencia y una mujer, amenazando que si los rechazaba o intentaba escaparse lo vendería a los paganos sajones.
La trata todavía existe en el siglo VIII: en este caso está ligada al bandidaje de los paganos. Más a menudo está en relación con la guerra cuya función es también conseguir esclavos.7 No obstante, en la Italia del siglo VIII, es posible obtener esclavos francos, es decir a priori cristianos, en el mercado. Así, en Milán, en el 725, un notable de un pueblo cercano a la ciudad compra un niño originario de Francia, por un precio de 12 sueldos, probablemente para integrarlo en su domesticidad, y transacciones de este tipo son aún frecuentes en la segunda mitad del siglo IX.
El estatus y sus implicaciones
En una definición maximalista, el esclavo está totalmente entregado al trabajo, y obligado de todas las formas posibles. Puede ser encadenado, castigado, azotado y golpeado con varas sin juicio alguno. Se le vapulea para que trabaje pero también para castigarlo. Las penas corporales son normales e incluso frecuentes. Eventualmente pueden sufrir mutilaciones o ser desfigurados lo que les castiga haciendo de ellos un ejemplo viviente sin por ello disminuir su fuerza de trabajo. Pierre Bonnassie insiste sobre un punto que no es secundario: el libre es quién, justamente, no sufre nada de esto. No puede ser maltratado como lo es un esclavo. Inversamente, el dueño es responsable civilmente y penalmente de las acciones de su esclavo. Totalmente puesto al margen de la humanidad, socialmente muerto, no puede poseer nada como propio, ni bienes ni hijos: no existe propiedad del esclavo como tampoco no hay familia del esclavo. También le está vedada la institución matrimonial porque implica la estabilidad, establece una filiación y regula los problemas de propiedad, que no pueden producirse tratándose de este grupo de estatus. Por último, el hijo puede ser arrebatado a sus padres, del mismo modo que las parejas, puramente consuetudinarias, pueden ser separadas en función de los intereses y necesidades del dueño. Pero de hecho, desde el siglo IV, como mínimo, el estatus ya no implica semejantes consecuencias. El esclavo, por ejemplo, tiene acceso a un tipo de matrimonio que comporta el reconocimiento de su familia y la estabilidad de su grupo doméstico.
El ejemplo del molinero de la vida de san Emmeram, anteriormente mencionado, es una perfecta ilustración sobre este punto. El molinero se casa con la esclava que le ha asignado su dueño por una orden que no se puede discutir. El matrimonio ha tenido lugar según los ritos vigentes en la familia, lo que convierte en pública la unión y garantiza su estabilidad y tiene también la utilidad de establecer una filiación. Si el propietario le ha asignado una esposa, que era viuda, es porque su primer marido tenía a su cargo el molino dominical. El matrimonio ofrece la ventaja de no expropiar a la mujer y asegurarle la continuidad de la explotación excluyendo cualquier otro detentor de derechos sucesorios: solo los descendientes en línea directa pueden, eventualmente, remplazar a los detentores de la explotación.
Los matrimonios mixtos, prohibidos por las leyes bárbaras, son frecuentes, signo de la proximidad de los grupos de estatus. Los señores intentan evitar que estas uniones ofrezcan la oportunidad de escapar a la servidumbre y toman todo tipo de precauciones al respecto.
UN EJEMPLO DE COMPLICACIÓN JURÍDICA FRUTO DE UN MATRIMONIO MIXTO
En 735, en las orillas del lago de Como, Johanacci, un vir devotus, es decir un libre de un cierto nivel social, susceptible de ser convocado al ejército o a la asamblea (placitum), cede el mund que detenta sobre su hermana Escolástica a dos importantes propietarios territoriales de la región, Arichis y Sigherad. En efecto, Escolástica, se ha casado con un esclavo de estos personajes, un tal Ursus. Johanacci recibe por ello 2 sueldos y un tremís. No se trata de la venta de la hermana sino de la regularización de la situación jurídica creada por el matrimonio: el mund es el derecho de proteger y mandar a un individuo, no la persona en sí. La palabra designa la autoridad del padre sobre su hija o del marido sobre su esposa. El mund en este caso no lo ejerce el marido sino sus propietarios. Escolástica deja de ser formalmente libre porque puede mandarle otro hombre que no es ni su padre ni su marido. Su descendencia queda automáticamente bajo el mund de los dos hermanos. Notemos que 1) el matrimonio mixto no supone un problema moral pero da lugar a un reajuste jurídico. 2) Se trata realmente de un matrimonio, el texto habla de uxor y matrimonium. 3) Nos hallamos de todos modos en un ámbito prohibido: si las autoridades públicas hubieran tenido conocimiento del matrimonio antes de la transferencia efectiva del mund, la pareja, según la ley, habría sido entregada al fisco, y 4) la cuestión esencial no es pues la degradación del estatus, sino la posesión del mund, es decir el derecho de mandar y el deber de proteger que pasa del hermano al patrono y no al marido.8
El esclavo puede tener un peculio y en cierta medida puede acceder a la propiedad de la tierra, bajo una modalidad muy controlada.
LOS ESCLAVOS Y LA PROPIEDAD DE LA TIERRA
En 834, el príncipe de Benevento, Sicardo, otorga un diploma a la abadesa de Santa Sofía de Benevento por el que le confirma la propiedad de las tierras que los servi del monasterio han comprado en los confines del ducado de Nápoles y su principado.9 Estas tierras les fueron vendidas por otros servi que pertenecían al príncipe. El documento, verdaderamente notable, nos informa sobre una serie de puntos cruciales. En esta región, en el siglo IX, el servus no tiene un estatus humillado hasta el punto de impedirle el acceso a la posesión de la tierra que trabaja y de la que puede disponer: comprarla y venderla. Las transacciones que los servi realizan entre ellos deben ser confirmadas por su señor. La transferencia de la tierra de un grupo de servi a otro solo tiene efecto y validez si la tierra es considerada como perteneciente al señor, es decir pasa de manos de un señor a las de otro. El señor, aunque sigue siendo el propietario teórico o nominal del bien territorial no ejerce sobre el mismo ningún derecho práctico: no lo incorpora a la reserva ni instala en él a nadie. Los servi beneventanos tienen por lo tanto los medios económicos y jurídicos para proceder a inversiones. Tienen acceso al mercado de la tierra. Este documento nos muestra claramente la elasticidad de una situación que no está bloqueada por normas demasiado exigentes: un siervo puede ser propietario siempre y cuando esté bajo control del señor. Es una situación que también se encuentra en la Inglaterra del siglo XII donde los villanos que supuestamente no tienen ningún derecho sobre su tierra, no obstante consiguen comprar y vender parcelas a condición de pagar las tasas a su señor.10
Además, el estatus comporta un cierto número de incapacidades: los nolibres no tienen acceso a la justicia pública y no gozan de ningún derecho político. Por razones evidentes no pueden acceder al sacerdocio, a la vez porque ser esclavo es estar marcado por una forma de indignidad y porque no tiene sentido, e incluso podría ser peligroso, situar al frente de las comunidades a hombres demasiado sometidos a grandes propietarios.
Por último, el esclavo no tiene wergeld propio. Las compensaciones ofrecidas en caso de ataques a la persona por parte de los autores de delitos o crímenes son entregadas al dueño que es la parte perjudicada por la ofensa. El wergeld es la medida monetaria del honor de un hombre del cual el servus está totalmente desprovisto. Esto crea, ciertamente, una división en las comunidades rurales entre los que poseen esta cualidad y los que no la poseen, pero se mantiene sin incidencias particulares en la organización de la producción.
¿UNA INSTITUCIÓN EN DECLIVE?
El reclutamiento de esclavos
A fines de la alta Edad Media, el estatus práctico del no-libre está muy alejado de su definición teórica. Marc Bloch11 fue el primero en advertirlo. Constató que a partir del siglo VI los esclavos son más numerosos que en los siglos precedentes y que la oferta de esclavos es, en los siglos VI y VII, más abundante de lo que había sido jamás. Por un lado las sociedades germánicas conocen la práctica de la esclavitud, por el otro la guerra es permanente. El derecho de la guerra convierte a cualquier cautivo, incluso los de alto rango, en un esclavo –lo hemos visto con el ejemplo de Imma–, la guerra de la alta Edad Media toma así aspectos de una caza al hombre que alimenta la esclavitud de trata. Sin embargo, estos esclavos recientemente adquiridos no se emplean para trabajar en los dominios como esclavos de plantación. En su mayor parte están instalados y pagan rentas a su dueño. Ponen en cultivo explotaciones de las cuales ceden una parte o todos sus excedentes al señor, sin necesariamente trabajar en la reserva –por lo menos antes del siglo VIII.12
No obstante, con el advenimiento de los carolingios cesan las guerras locales lo que interrumpe una parte del flujo o cambia su naturaleza: Carlomagno efectúa guerras exteriores que, mientras son victoriosas, tienen como consecuencia llevar cautivos hacia el centro del imperio. La deportación masiva de los sajones forma parte de este flujo y constituye, incluso, su elemento principal. No obstante, a partir del reinado de Luis el Piadoso, Occidente está a la defensiva, y ya no es posible alimentar regularmente el stock de esclavos a través de nuevas conquistas. Esto no conlleva la crisis de la explotación dominical porque la esclavitud de trata no es esencial para poner en cultivo de las tierras.
Por otra parte existe un tráfico interno provocado por la miseria: a un padre no le está prohibido vender a sus hijos a causa del hambre. Un capitular de Carlomagno del 803 recuerda que está prohibido matar al padre, la madre o un tío con la excusa que habría querido vender a su hijo como esclavo. Tampoco está prohibido venderse uno mismo o darse uno mismo. Existen rituales para todo ello. Todas las leyes bárbaras prevén esta situación. Algunas condenas judiciales comportan la pérdida de la libertad. Por ejemplo, en el siglo VIII, en Italia, por parte de un libre, el hecho de casarse con un esclavo comporta automáticamente la reducción a la esclavitud. Asimismo, por parte de una monja, el hecho de casarse tras haber tomado el velo, públicamente, comporta también su reducción a la esclavitud. Es el peor castigo tras la pena de muerte. No faltan pues mecanismos judiciales para obtener esclavos. La cuestión es saber si el sistema dominical tiene necesidad de esclavos, realmente y efectivamente, en el sentido más riguroso de la institución o bien si bastan otras formas jurídicas para obtener el trabajo de un individuo o de un grupo.
Por último, la instalación en una tenencia juega un papel esencial porque, entre otras consecuencias, también es la garantía de una buena reproducción biológica del grupo, ya que los esclavos casati ajustan su comportamiento al de los otros miembros de la sociedad. En efecto, durante toda la alta Edad Media, el trabajo de la tierra por parte de esclavos, se efectúa principalmente en el seno de una unidad doméstica reducida al grupo familiar restringido, es decir una familia nuclear. Para la mayoría de ellos, la emergencia del dominio a partir del siglo VII y la obligación de colaborar en la puesta en cultivo de la reserva a través de la corvea no cambia su posición fundamental de cultivador trabajando esencialmente con la mano de obra familiar. Los prebendarios, hombres y mujeres que trabajan permanentemente para el dueño en el centro de la reserva, son una minoría.
Las incidencias de la cristianización
La manera como se percibe el esclavo cambia durante la alta Edad Media. El estatus es aceptado por todo el mundo, pero la cristianización de la sociedad tiene consecuencias. En efecto, es imposible postular una desigualdad de naturaleza entre cristianos. Estamos ante una situación contradictoria bien conocida en la que la posición de la Iglesia es absolutamente esencial.
Es de nuevo Marc Bloch el primero en observar todo esto. En efecto, por un lado advierte que la Iglesia no condena la esclavitud, sino todo lo contrario, pero por otro lado considera que los esclavos son hombres como los demás porque son cristianos.13 La posición dogmática de la Iglesia sobre esta cuestión es una constante: el esclavo debe resignarse a su suerte. El esclavo fugitivo debe ser devuelto a su dueño. El mismo san Pablo devuelve uno –con una epístola– a su propietario. Para san Agustín la esclavitud es justa. Es la sanción de los pecados y más exactamente del pecado original. Está justificado y es normal que la sanción afecte algunos y no a todos. Con Isidoro de Sevilla las cosas van un poco más lejos. Hay una depravación inherente al esclavo. Es perverso. Constituye el signo del mal en acción en el seno de la creación, y la institución de la servidumbre es el mecanismo de su redención, del mismo modo que también es un recordatorio constante de la situación particular de la humanidad. Del siglo IV al IX, la posición de la Iglesia no cambió. Los decretos conciliares recuerdan frecuentemente que el esclavo no puede en ningún caso beneficiarse del derecho de asilo en las iglesias; que favorecer la huida de un esclavo es una falta y que debe lanzarse el anatema sobre su responsable. Fundamentalmente la Iglesia sostiene que los estatus personales deben ser respetados y mantenidos. Al mismo tiempo es un gran propietario territorial que no puede favorecer procesos que conducirían a su empobrecimiento: la Iglesia jamás ha aceptado la liberación de sus propios esclavos porque no es la propietaria de estos bienes. Se trata, pues, de un propietario particularmente puntilloso y estricto.
LAS DESVENTURAS DEL ESCLAVO CELESTINO14
En el 764, el duque de Benevento Arechis II (758-788) debe juzgar un asunto delicado. En los años 730, tres hombres: Celestino, Lobo y Oso, han sido ofrecidos por parte de la duquesa Teoderada al hospital de San Benito de Benevento y luego liberados por el abad Zacarías, en un acto confirmado por el duque Godescalco (738-742) mediante un precepto. Un abad recién elegido o designado, Mauricio, discute que esta liberación sea legal. Los documentos referentes a este asunto se releen en público y se confirma su autenticidad. Sin embargo el duque, durante la audiencia, consulta todas las autoridades canónicas que puede encontrar en su biblioteca: utiliza las actas de los concilios de Nicea y de Ancyra, así como las de un concilio celebrado en Roma ante el papa Silvestre I. En ellas descubre una prohibición absoluta de alienar cualquier tipo de bienes de la Iglesia. Leyendo, por fin, el Edicto de los lombardos, encuentra un pasaje donde se dice que los textos más antiguos deben prevalecer en autoridad sobre los más recientes, lo cual da a los cánones conciliares un valor superior a las demás leyes. Celestino, Oso y Lobo son pues condenados a volver a ponerse en poder del monasterio y efectuar su servicio. Sin embargo, Celestino se había casado con una mujer libre. El duque deja en libertad a los hijos nacidos de la unión.
La Iglesia también alienta como actos piadosos las liberaciones de esclavos por parte de laicos porque el esclavo es un cristiano. Si bien está prohibido traficar, comprar y vender cristianos, los esclavos están bautizados y frecuentan la iglesia como los libres. Ciertamente, no ocupan un lugar destacado y lo que oyen en los sermones debe ser más bien algo que les anima a la sumisión. Pero el simple hecho de estar allí como cristianos resalta la contradicción esencial de su estatus. No se puede estar fuera de la humanidad por cuestiones de trabajo, cuando ello conviene materialmente al dueño, y dentro de la humanidad por cuestiones de salvación, cuando ello conviene espiritualmente e ideológicamente al mismo dueño inquieto por su suerte en el más allá.
Que lo quiera o no, la Iglesia al ejercer su función y al cristianizar contribuye a la dislocación de los fundamentos ideales de la esclavitud aunque intente reforzar su aspecto material o real. Ello no condiciona en absoluto la situación efectiva de los servi, sus deberes y sus cargas.
La liberación
Los actos de liberación constituyen uno de los mecanismos por los que la esclavitud retrocede. Es también la válvula de seguridad de la institución que permite a los esclavos no quedar totalmente desprovistos de esperanza. La Iglesia siempre alentó los fieles a liberar sus esclavos aunque ello entrase en contradicción con los intereses de su familia: no es raro que un individuo al morir libere a todos sus esclavos. Sin embargo hay techos protectores, salvaguardas y vueltas atrás. De entrada, es raro que la liberación sea completa y, que como dicen las leyes lombardas, en el curso de un ritual público, el esclavo sea llevado al cruce de cuatro caminos y se le ofrezca la posibilidad de escoger su dirección, es decir el rito que libera de todo mund, que convierte en amund y fulcfree. Normalmente los ritos son más mesurados: crean o pueden crear toda una gama de estatus intermedios.
LA LIBERACIÓN, RITOS Y CONSECUENCIAS
En los años 724-729, tras una pesquisa, se celebra un juicio cerca de Milán.15 Un hombre llamado Totone es acusado por un tal Lucius de inflingirle malos tratos, es decir de exigirle servicios del tipo que se espera de quienes no son libres. Se dice que los padres de Lucius fueron liberados a principios de siglo. El rito utilizado había sido el siguiente: los padres de Totone dieron 3 sueldos al padre de Lucius lo cual tuvo por efecto transferirle su mund, la donación de dinero le convertía en su propietario. La ceremonia prosiguió en la iglesia: el padre de Lucius quedó liberado en el altar, lo cual significa ante el altar o en una esquina del mismo, en el curso de una ceremonia pública y solemne. No obstante existe un problema legal. Cuando el acto se llevó a cabo, entre el 679 y el 700, este procedimiento no permitía crear la libertad, solo transformaba al servus en aldion, un semi-libre: para liberar un hombre en esta época, según dice la ley, era preciso «darle las cuatro rutas» es decir llevarlo ante un cruce de caminos y allí notificarle la orden –la última que podía serle dada– de escoger su ruta. Solo a partir del reinado de Liutprando (712-744) el rito celebrado en el altar permite instituir a fulcree. Por lo tanto Lucius es un aldion. ¿Cuáles son las consecuencias de ello? Desde hace más de treinta años Lucius y su familia efectúan corveas para la familia de Totone afirmando que son libres. Lucius hace corveas en los prados y en las viñas, y efectúa servicios de correo. Así pues, queda bien sentado que es a título personal, en su condición de aldion, que debe estas prestaciones y no por ningún otro motivo como por ejemplo el disfrute de una tierra. Se puede pensar que Lucius actúa de mala fe y aunque ha quedado liberado como aldion intenta conseguir un estatus mejor. Como no consigue encontrar testigos a su favor el juez confirma su estatus de semi-libre.
Segundo ejemplo, la liberación de los esclavos de León, hijo de Unoald, en 770. Esta vez nos hallamos en el Benevento. León, quizás a punto de morir, se ofrece él mismo y todos sus bienes al monasterio de Montecasino. Entonces libera cierto número de esclavos per cartam, es decir concediéndoles documentos. Las consecuencias inmediatas son que los servi y sus descendientes solo pueden ser obligados a efectuar un servicio para Montecasino. Los liberados deben efectuar cuatro días de corvea al mes en el monasterio; y solo les está permitido alienar sus bienes entre ellos, es decir en el seno de la comunidad de conliberti que forman a partir de entonces. Si uno de ellos muere sin herederos sus bienes deben revertir al monasterio. Se trata de una liberación extremadamente incompleta puesto que los individuos liberados quedan bajo control del monasterio al que deben prestaciones en trabajo significativas. Su derecho de propiedad sobre sus tenencias es real pero limitado porque las tierras solo pueden circular en el interior de su comunidad. Se añade al documento una lista de nombres y tierras que debe servir para localizar a los liberados y sus tierras. La liberación ha creado un doble vínculo, el primero entre el nuevo señor y los individuos liberados y el segundo entre los hombres liberados y las tierras que cultivan.
En los dos casos, las liberaciones han llevado a instaurar no una verdadera libertad, sino unos estatus intermedios que permiten conservar intacto el control sobre la fuerza de trabajo de los individuos: un día de trabajo a la semana constituye una carga que de ningún modo se puede considerar simbólica. Estos liberados no se han convertido en unos iguales a los demás libres sino en dependientes obligado a servicios y cuyos derechos sobre las tierras que cultivan pueden ser restringidos. Se debe ser muy purista para no ver aquí lo que ya a partir del siglo XI se llama servidumbre. Es decir la servidumbre en estos casos no es el estatus de servus sino una situación concreta resultante de una relación de derecho –y con toda verosimilitud de una relación de fuerza– entre un señor y los hombres que trabajan para él y deben cultivar sus tierras. Esto no tiene sentido si no es que el señor posee una reserva importante que debe poner en cultivo. De manera paradójica, una liberación como la de los servi de León, hijo de Unoald, es probablemente un signo de la rigidez del sistema señorial que se impone en la práctica, en el marco de la difusión del gran dominio. Permite resolver de manera flexible la cuestión del aprovechamiento de la reserva porque prevé exigencias en trabajo y organiza la limitación de los derechos de propiedad de los liberados. El cambio de estatus es para los servi una mejora en abstracto. El señor obtiene ventajas para cambiar la naturaleza de las prestaciones que exige porque en adelante incluyen el trabajo mientras que en la Italia meridional del siglo VIII los ingresos señoriales se basan en la renta de las tenencias.
Cualquiera que haya podido ser la importancia moral de un acto de liberación, su alcance queda restringido por la voluntad señorial de mantener lo esencial, el control de la fuerza de trabajo del campesino. Las situaciones creadas, que no reciben necesariamente una caracterización jurídica, son ambiguas y precarias. En el proceso de liberación formal nos aproximamos a menudo a la relación concreta que caracteriza la servidumbre: entonces no son las definiciones jurídicas de alcance general las que importan si no las situaciones locales y las relaciones de fuerza entre los hombres.
La esclavitud en la alta Edad Media en las estructuras de producción
En las tenencias y las explotaciones parcelarias
Encontramos esclavos, llamados mancipia o servi, en varias situaciones. Antes de la difusión de la estructura dominical, los esclavos gestionan de manera autónoma explotaciones que proporcionan al señor una renta. Este modo de explotación domina en la Francia merovingia y lo encontramos activo en la Italia del norte en el siglo VIII y en la Italia meridional en el IX, donde los massari, los cultivadores consuetudinarios, son a menudo esclavos. La renta, que no implica ni cargas muy pesadas en corveas ni un vínculo orgánico con la reserva, es probablemente de un nivel bastante bajo. La cantidad de tenencias en estas condiciones es la base de la fortuna de los miembros de la aristocracia, dentro de un marco que no implica necesariamente la intensificación.
En el interior del dominio, los esclavos pueden, evidentemente, ser titulares de tenencias. Aunque en adelante participan en la explotación de la reserva y la corvea es un elemento esencial de la relación entre dueño y dependiente: es el caso más simple, la instalación de esclavos ahorra tener que alimentarles dándoles una casa y tierra, es decir intimidad además de medios para sobrevivir. La posesión de la tenencia aparece entonces, al menos en teoría, como la remuneración del trabajo proporcionado en la reserva y no como un alquiler pagado por tener derecho a cultivar la tierra: en estas condiciones las tenencias serviles son de reducidas dimensiones y duramente gravadas con servicios y prestaciones. Se trata de una posición difícil de mantener a largo plazo, sobretodo cuando los libres también vienen a trabajar en el dominio. Los servi son, pues, simultáneamente jefes de explotación y hombres a disposición de su señor. Su estatus constituye un argumento para obtener de ellos el mayor trabajo posible. El no-libre está en una mala situación para negociar la cantidad de trabajo o producto que debe a su señor.
También se pueden encontrar servi en explotaciones, como mano de obra a disposición de un pequeño propietario libre o del titular, también no-libre, de una tenencia. Este sistema es el que se observa masivamente en Baviera, región que no conserva ningún políptico pero que proporciona una documentación relativamente abundante y rica, gracias a los cartularios de Frisinga y Ratisbona.
La sociedad bávara experimenta en los siglos VIII y IX la esclavitud en una de sus modalidades más rudas. Baviera es una región periférica del imperio franco. Es de colonización reciente y las formas de dominio señorial en el mundo rural son allí más duras que en otras partes. Los análisis realizados por Carl Hammer a partir de un documento datado del 820 permite ofrecer una visión extrema de la gestión de las grandes propiedades esclavistas.
LA SITUACIÓN BÁVARA EN RELACIÓN A LOS DOMINIOS DE SIGFRIDO
Analizando la documentación escrita relativa al pueblo de Lauterbach, dado a la catedral de San Emmeram de Ratisbona por un noble llamado Sigfrido, Carl Hammer utiliza un documento que contiene un inventario de censos.16 Describe un conjunto territorial, en el 820, que incluye 11 tenencias en las que viven 58 personas. De ellas 47 son tenentes y los miembros de sus familias. El texto los califica de manentes. Los 11 restantes son mancipia, palabra que según Hammer designa a trabajadores serviles, al servicio de manentes. Existe también un herrero que es libre, su especialización no lo vincula a un estatus humillante.
37 mancipia suplementarios son llamados intra domum. Ello significa que no están instalados en tenencias y que viven en la casa del dueño. En este grupo hallamos 21 mujeres dedicadas a trabajos artesanales en el seno del taller señorial.17
Los 16 hombres representan la fuerza de trabajo permanente al servicio del dominio. Es una forma de dominio clásica. La relación entre prebendarios e instalados es de 16 a 47 hombres; sin embargo los instalados también disponen de mano de obra servil. La sustracción operada en la mano de obra femenina es muy dura. Muchas mujeres en un momento u otro de su vida, trabajan en el dominio, en los talleres textiles.
Sigfrido posee otros dominios, dispersos y menos importantes: ninguno de ellos posee las dimensiones del de Lauterbach que cubre una villa entera. En total hay 264 personas bajo su autoridad de los que 144 son manentes. Muy pocos libres, sean encomendados o casati, viven en estos dominios. Se cuentan 120 mancipia sin tierra, en algunos casos asignados a tenencias como subalternos, pero la mayor parte del tiempo viviendo y trabajando en la casa del dueño.
En este caso el grupo de no-libres está relativamente diversificado. La gran mayoría de la población es de estatus servil y designado alternativamente con las palabras mancipium y manens. Solo los artesanos son libres: contrariamente a lo que se puede observar en otras partes de Europa, la especialización resguarda de la servidumbre y permite incluso elevar el propio estatus. La utilización de dos palabras diferentes para calificar un mismo estado divide la población servil en dos categorías. Esto se explica en primer lugar de manera funcional: los que poseen una tenencia son residentes (manentes) y los que no la tienen son sirvientes al servicio de los primeros (mancipia). A veces, los mancipia tienen una parcela de tierra, de la extensión de un huerto, que normalmente no es una tenencia; complementan así la alimentación que normalmente reciben en forma de comidas que probablemente comparten con el dueño de la tenencia y en su misma mesa. En efecto, forman parte de una unidad doméstica que no se circunscribe a la familia nuclear sino que se extiende a todos los miembros del colectivo de trabajo que contribuye a poner en cultivo la explotación: asociados a la producción de los alimentos, pero también a la preparación y al consumo de las comidas.
Todos estos hombres son servi y el señor interviene de manera radical y violenta en sus vidas. El señor, siguiendo los análisis de Carl Hammer, controla muy estrechamente el mantenimiento de una población estable en la tenencia para evitar los dos inconvenientes entre los que navega la gestión del dominio: la partición y el hacinamiento. Es por este motivo que se organizan desplazamientos individuales. Así la vida de un hombre comportaría varias fases que le hacen tomar tres posiciones distintas en el seno del dominio. 1. Adolescente o joven, el servus sería empleado como sirviente bajo el mando de un jefe de explotación y sería entonces, contabilizado como mancipium. 2. Casado, se haría cargo de una explotación y entraría a formar parte del grupo de los manentes. 3. Mayor, finalmente, se retiraría en la explotación de un tercero, quizás la de un hijo, y volvería a ser un mancipium. Dicho de otro modo, los trabajadores no forman un solo grupo de estatus puesto que cambian de posición en función de la edad. Son ellos los que sirven de variable de ajuste puesto que se aparta sistemáticamente el exceso de mano de obra, sea a través de los jóvenes o de los viejos.
LA MOVILIDAD DE LOS SIERVOS Y LA POLÍTICA SEÑORIAL
Sin duda esta visión es demasiado optimista en lo que se refiere al espíritu sistemático de los señores. Ciertamente saben lo que se hacen, es decir calculan el objetivo que quieren alcanzar y establecen los mecanismos para poder conseguirlo. Pero su política económica depende de la cantidad y la calidad de las informaciones de las que disponen y no es seguro que puedan tener suficiente información para definir una política tan sistemática y mantenerla. En efecto, subyacente al análisis se encuentra la idea que los señores dominan el mercado matrimonial y que controlan suficientemente las uniones como para escoger a quiénes instalar y dónde hacerlo. En este sistema, la tierra nunca está disponible para los tenentes que solo pueden obtenerla por voluntad de su dueño. También nos hallamos aquí ante una hipótesis de máximos, en la que los señores tendrían una política constante y perfectamente dominada, sin debilidades ni falta de interés por las cuestiones relativas a la gestión. Es probable que fuera así, efectivamente, en las grandes líneas pero no es nada plausible que las cualidades como gestores y las competencias de los dueños de los dominios se hayan mantenido y transmitido de manera homogénea. El régimen puede ser descrito como extremadamente severo, pero este juicio debe ser temperado por la incompetencia o el desinterés en relación a las cuestiones materiales que puede aparecer en toda familia aristocrática.
Finalmente, parece difícil admitir que las situaciones adquiridas en el curso de la fase de actividad de una pareja sean fácilmente puestas en entredicho en el momento de la vejez y que la gestión de la mano de obra prevea relegar a los trabajadores viejos privándolos de la tenencia en la que han vivido. Tampoco es nada fácil imaginar que los señores estén siempre en condiciones de rechazar que los hijos se queden en la explotación de su padre y que tengan los medios para impedirlo. El sistema de la instalación va ligado al reconocimiento implícito de ciertos derechos para el no-libre: el acceso a la tenencia es uno de ellos. Un componente de pragmatismo debe permitir al señor escoger entre varias opciones: el desplazamiento de la mano de obra no es incompatible con la división de la tenencia entre varios derechohabientes y la permanencia en el mismo sitio de los hijos del tenente.
El desplazamiento de los individuos no es el mecanismo preferido para ajustar la población a las disponibilidades de tierra, incluso si se trata de una opción que los gestores han utilizado alguna vez. Los señores pueden recurrir también a su derecho absoluto de la propiedad de la tierra y dividir las tenencias existentes. Es lo que sucede en algunos dominios de Saint-Germain-des-Prés donde encontramos medios-mansos e incluso cuartos de manso. La división de las tenencias se opera con cierto retraso en relación a la presión demográfica, pero de todos modos se lleva a cabo. Por otra parte, la parcelación de la reserva iniciada a partir del siglo IX –y las roturaciones no hacen del todo indispensable la organización de un ciclo de vida tan forzado y exigente. Mientras haya tierra disponible o accesible, aligerar las obligaciones es probablemente tan rentable como reforzarlas.
De manera aparentemente paradójica, un esclavo también puede ser propietario de otro esclavo. En este caso se integra en la unidad doméstica de su propietario, como un sirviente, o este le instala en una tierra dependiente, reproduciendo a pequeña escala la estructura del dominio. Wendy Davies ha mostrado que en la Bretaña, en los años centrales del siglo IX, la explotación familiar a partir de una cierta dimensión incluye mano de obra servil: se trata de un complemento, agentes de ejecución cuya presencia es, en efecto, obligatoria para que la tierra pueda ser cultivada.18
Los trabajadores dependientes pero libres a veces se integran en la unidad doméstica. A mediados del siglo X, en Sant’Angelo in Theodice, en la Italia central, en un pueblo fundado de nuevo, los cultivadores tienen a subordinados a su lado que el texto designa con el nombre de commenditi, es decir encomendados. En la práctica se trata de domésticos que contribuyen al cultivo de las tierras concedidas a los nuevos habitantes pero que por sí mismos no están destinados a convertirse en jefes de explotación. Se les unen algunos libres, a veces en condiciones dramáticas. Todos participan al lado de los prebendarios en la explotación de la reserva.
En las reservas, prebendarios y corveables: ¿qué tipo de equilibrio?
Por su parte los prebendarios deben la totalidad de su fuerza de trabajo y a cambio de ello son alimentados: la resolución de la cuestión alimentaria es la única ventaja evidente que los miembros de este grupo obtienen de su situación. La instalación en tenencias para ellos supone un progreso concreto. ¿En qué medida se necesita su trabajo y para qué sirve?
Para responder a esta pregunta disponemos de algunas cifras. En Santa Giulia de Brescia, en Italia, a principios del siglo X, el políptico describe un conjunto de 85 curtes.19 Nos indica el número de prebendarios, el de los tenentes así como la cantidad de trabajo que deben estos últimos. La información es de una gran calidad: los otros polípticos no proporcionan detalles de este equilibrio. Los dependientes instalados en tenencias deben en total 60.000 días de corvea al año, lo que significa que, globalmente, cada día 300 dependientes se dirigen a la tierra señorial, si se cuentan 200 días laborables, o 240 si se cuentan 250 días laborables. Por otro lado, hay un grupo de 750 prebendarios. Sin embargo, los redactores del políptico listan este grupo de forma indiferenciada: hombres, mujeres, niños y viejos que no hacen todos lo mismo, es decir, que a veces no hacen nada. El modelo de familia nuclear rige también para la categoría de los prebendarios que forman unidades domésticas independientes, de lo que se deduce que la fuerza de trabajo realmente disponible para el trabajo en los campos es finalmente poco relevante. Si admitimos la hipótesis que los 750 prebendarios forman hogares, aplicando un coeficiente de 1 trabajador por cada 5 individuos, obtenemos un total de 150 trabajadores. Si se aplica el coeficiente muy bajo de 1 trabajador por cada 3 individuos en cada hogar (una pareja casada con un hijo) tendremos un total de 250 trabajadores. En estas condiciones, al lado de los 240 a 300 dependientes presentes cada día, el personal constituido por los prebendarios es o bien minoritario o básicamente el mismo que el personal requerido para la corvea. Pierre Toubert incluso considera que la mano de obra de los prebendarios sirve de apoyo a la mano de obra requerida para la corvea y que se utiliza en tareas especializadas. Digamos simplemente que la parte esencial del trabajo –y especialmente los trabajos estacionales– incluso en un régimen aparentemente muy estricto, lo proporcionan los trabajadores casati. Por lo tanto estamos muy lejos del sistema de plantación.
La aportación cuantitativa de los prebendarios es menor, lo esencial del trabajo es proporcionado por las corveas exigidas a los trabajadores casati, sean estos libres o no. Su aportación cualitativa, por el contrario, es esencial en los trabajos especializados que requieren un buen conocimiento de las técnicas, que les son confiados de forma preferente, al igual que las tareas que exigen continuidad, como las vinculadas a la ganadería o la labranza. El trabajo de los corveables, más indiferenciado, queda restringido a las tareas agrícolas ordinarias (siega del heno, siega de los cereales y vendimia) que requieren una cualificación multiforme normal para los campesinos.
Por otro lado, la tendencia es hacer pasar a campesinos de un grupo al otro, siempre en el mismo sentido, de prebendarios a casati. La disminución del grupo de trabajadores que deben lo esencial de su tiempo de trabajo al señor está en la lógica del sistema. El movimiento es general en el siglo IX. No sabemos nada y no se puede saber nada de su velocidad ni de los desfases geográficos regionales que pudieron producirse. De todos modos es difícil imaginar una sociedad rural occidental perfectamente homogénea donde los movimientos de fondo actuarían a la vez en todas partes. En San Colombano di Bobbio, el políptico nos muestra la coexistencia en el dominio de varios grupos de estatus muy diversos porque tenemos simultáneamente libres sometidos a la corvea –y probablemente encomendados– que son simples cultivadores regidos por la costumbre y campesinos que tienen contratos agrarios, pero, como pasa a menudo, no se ven prebendarios.
El grupo de los prebendarios, no renovado y en ciertas partes minoritario, desde el siglo IX está disminuyendo y a veces en curso de extinción, la instalación en tenencias, por efecto mecánico, hacía menguar sus efectivos. Sin embargo, no es el único mecanismo que alimenta al grupo de los cultivadores instalados. Libres ajenos al dominio a menudo se ven forzados a ingresar en el mismo, empujados por la miseria o la violencia a la que los someten los poderosos.
Desde entonces, la figura predominante es la del cultivador que trabaja la tierra de otro y por la que debe rentas y corveas, es decir el cultivador al que, siguiendo a D. Barthélemy, podemos llamar tributario.20 El estatus, libre o no libre, deja de ser una cuestión central en la medida que el señor dispone de los medios para exigir la prestación de la corvea y que esta se ajusta a sus necesidades. La línea de demarcación, entonces, se desplaza. Lo que importa es la sujeción y la posibilidad de controlar a los grupos sociales. La cuestión del estatus solo importa en la medida que es susceptible de reforzar el control sobre el grupo campesino. Desde el punto de vista simbólico la posibilidad de detentar o poseer hombres privados de su libertad es evidentemente un punto importante para el señor. Desde el punto de vista de la organización de la producción y la disciplina del trabajo, el carácter indispensable del estatus servil es discutible.
Sin embargo, desde el punto de vista social la división de la sociedad rural entre libres y no-libres es un hecho esencial. Debilita las solidaridades internas del grupo campesino, e incluso impide su instauración y fija la posición social de los tenentes, los unos en relación a los otros, como también en relación al señor.21 Por otro lado, los no libres tienen más dificultades para negociar «estatus prácticos», es decir mejorar su situación en el marco del aprovechamiento de su tenencia. Finalmente, los libres casati siempre están en una situación difícil tanto en relación al dominio como en relación a su dueño.
LOS LIBRES ANTE EL GRAN DOMINIO
A partir del siglo VIII, los poderosos intentan reforzar aún más el control que ejercen sobre el campesinado, lo que conlleva dificultades reales para los libres, ya que la presión que se ejerce sobre ellos es temible. La acción del grupo aristocrático tiende a hacer perder su independencia económica a los campesinos con alodios y a hacerlos entrar, de buen grado o por fuerza, en las estructuras de producción dominicales.
¿La crisis de la alodialidad?
La presión de los grandes
La idea que domina la historiografía, y que ha sido reanimada por Chris Wickham en 2005, es que los siglos IX y X fueron periodos de grandes dificultades para el campesinado de Occidente.22 La historiografía tradicional vincula esta crisis a los problemas políticos de fines del periodo carolingio que supuestamente agravan una crisis social que afecta a todos y particularmente a los libres con alodios, es decir campesinos capaces de pagarse su equipo militar y por lo tanto servir en el ejército. Los documentos carolingios, y en particular los capitulares nos dan, al menos para Italia, un cierto número de indicaciones en este sentido.23 Los carolingios italianos se han visto inducidos a tomar medidas legislativas destinadas a protegerlos. Sin embargo, el movimiento es de una gran amplitud, porque pretende permitir el establecimiento de la estructura dominical y por lo tanto transformar el sistema de gestión de las tierras uniendo sus dos elementos territoriales. El objetivo a alcanzar es probablemente la intensificación de la producción y el aumento de los ingresos que se obtienen de la tierra. También lo es la búsqueda del poder social y el aumento del prestigio que ofrece el control de una clientela numerosa. Ante un mar de fondo que conduce a la entrada en dependencia de una masa creciente de libres, las medidas legislativas tienen pocas posibilidades de ser realmente eficaces.
Desde el 811, Carlomagno se preocupa por el proceso de concentración territorial en curso que beneficia ante todo a las iglesias. Los prelados, obispos y abades hacen que se les entreguen tierras, a través de la persuasión o con la amenaza del Juicio Final, en tal cantidad que patrimonios completos acaban desmembrados. Los textos muestran también los mecanismos rudimentarios pero eficaces empleados por los grandes laicos, detentores de la responsabilidad de reunir la hueste, pero igualmente preocupados por acrecentar tanto su patrimonio como su clientela: les basta mandar al ejército tanto tiempo como sea preciso a los propietarios de los bienes que ansían. La ausencia del cabeza de familia que es igualmente el jefe de la explotación basta para empobrecerle y convencerle de ceder su propiedad al poderoso que le devuelve, a título oneroso, un derecho de explotación concediéndosela en tenencia. En cuanto a los libres dependientes nunca son convocados al ejército. Otros textos atestiguan que los condes hacen ejecutar corveas a los libres en sus dominios. En sentido inverso, muestran que, espontáneamente, los libres, para evitar las funciones públicas (es decir el servicio militar), ceden sus bienes a poderosos de quienes se convierten en dependientes. El conjunto de estas medidas legislativas muestra que, efectivamente, existe una ofensiva multiforme y persistente contra la propiedad alodial y cuya existencia está amenazada y con ella la libertad de numerosos campesinos. La consecuencia de ello es la disminución del número de hombres que pueden ser llamados a la hueste, algo que los carolingios no desean en modo alguno pero que, a pesar de todo, se produce.24
El peso de la miseria
Algunos conjuntos documentales italianos nos muestran también a un campesinado en apuros en la segunda mitad del siglo IX. No es necesario esgrimir las presiones de los grandes, el simple juego de las fuerzas económicas se revela suficiente, como en el caso de los campesinos de Cologno Monzese presentado en 1968 por Gabriella Rossetti.
LOS LEOPOGISI DE COLOGNO MONZESE25
Gabriella Rossetti, en el análisis que ofrece de un dossier de documentos del monasterio de San Ambrosio de Milán sobre la localidad de Cologno Monzese, cerca de Monza, presenta el esquema de un empobrecimiento general de la sociedad alodial. Examinando los documentos dejados por una familia alodial, los Leopogisi, muestra los procesos por los que se empobrecen rápidamente y considerablemente durante todo el siglo IX, hasta tener que desprenderse de sus bienes territoriales. El ancestro, Leoperto, activo hasta el 841, tenía tres hijos entre los que, según las normas de la ley lombarda, reparte sus bienes territoriales. No disponemos de informaciones precisas sobre sus dimensiones. Sin embargo, parece que su importancia sitúa a Leoperto entre la élite de la localidad de Cologno. Además, deja un molino, principal elemento susceptible de proporcionar rápidamente liquidez, que se mantiene en la indivisión. De los tres hijos, solo uno tiene descendencia hacia la que converge el conjunto de tierras de Leoperto: así pues la primera división no comporta un efecto mecánico de pérdida del patrimonio. Por razones que se desconocen, la generación de los hijos de Leoperto se endeuda enormemente en relación a San Ambrosio. Los herederos, en su incapacidad de pagar la deuda no tienen otra solución que ceder su patrimonio, pedazo a pedazo, a su acreedor a fin de saldar su deuda. En el plazo de algo más de un cuarto de siglo, entre los años 840 y 870, la familia pasa así del bienestar a la miseria. La última venta, fechada en 876 y referida a una superficie de apenas un cuarto de hectárea, se efectúa explícitamente a causa del hambre. G. Rossetti no dice nada del destino físico de estos hombres y mujeres venidos a menos. En particular es imposible saber si conservaron, aunque sea a título vitalicio, un derecho de explotación de su tierra. Por otra parte, los mecanismos de empobrecimiento se reducen a una serie de operaciones de préstamo con garantía territorial que no se pudieron reembolsar sin que se expliquen las causas de este endeudamiento ni se estudien las causas de las dificultades de reembolso. No por ello es menos cierto que la trayectoria social es espectacular y característica de los riesgos asumidos por los propietarios emprendedores. Partiendo de una posición económica y social dominante en el interior de una localidad, en el intervalo de una o dos generaciones se pueden encontrar en una situación cercana a la miseria y, en cualquier caso, obligados a entrara en una clientela para mantener la posibilidad de seguir explotando tierras una vez desprovistos de sus propiedades. Una lectura análoga se puede hacer con el dossier documental de Karol, hijo de Liutprando, presentado en el siguiente capítulo.
En el contexto milanés de finales del siglo IX, el empobrecimiento de grupos familiares enteros se acompaña de entradas bajo dependencia. Señores territoriales, entregados a una política de concentración de tierras también aprovechan todas las ocasiones para acrecentar el número de sus dependientes, tanto por razones de prestigio social como por razones económicas: es preciso poner en explotación las tierras adquiridas. Así pues, el alodio campesino habría experimentado una erosión continua durante todo el siglo IX mientras que la gran propiedad territorial se habría reforzado. Las condiciones políticas, en la medida que convierten en más o menos obligatoria la búsqueda de una protección eficaz, contribuyen también al empequeñecimiento del grupo de los campesinos libres de cualquier tipo de sujeción.
EFECTOS DE LA FUENTE
Hay que tener en cuenta, aquí, el efecto de la fuente: poseemos conjuntos documentales que describen decadencias y declives sociales por la sencilla razón que los títulos de propiedad han confluido en los archivos monásticos y episcopales. Por ejemplo, en caso que el préstamo contratado por los Leopogisi hubiera sido devuelto, no se hubiera podido formar el dossier documental. En el mismo momento hay ascensiones sociales exitosas y enriquecimientos efectivos como el de Pedro de Niviano presentado más adelante. Son más difíciles de descubrir porque, a priori, salvo accidente biológico, es decir que los agentes mueran sin descendencia, no hay manera de encontrarlos en los archivos eclesiásticos. Estructuralmente es más fácil tener información sobre los fracasos que sobre los éxitos.
Los libres, a veces, no tienen otra solución que aceptar las condiciones más duras que les imponen los dueños de la tierra. En efecto, a fines del siglo VIII y en el IX, sea en las zonas más pobladas o en las zonas periféricas o marginales, todas las tierras están apropiadas. Solo regiones periféricas como Cataluña mantienen un acceso fácil a los yermos. Entrar en posesión de una explotación, para quien no es heredero de una tierra o no tiene suficiente capital para acceder al mercado de la tierra es difícil. Hay que pasar por los contratos agrícolas, a veces con cláusulas leoninas, o por cesiones de tierras según la costumbre, sin contrato, cuyas condiciones pueden ser muy duras.
STAVELENE DE PLASENCIA26
En el 784, cerca de Plasencia, un tal Stavelene, calificado de homo liber, hombre libre, firma un contrato con un gran propietario, Walcausus, hijo de Wincausus, para la puesta en cultivo de una explotación completa, que incluye una casa, un cercado, un huerto, campos, prados, viñas y bosques, de la que se desconoce la superficie. Promete residir en la tierra y ponerla en cultivo por un periodo de 15 años. Durante este periodo las rentas que debe entregar ascienden a un tercio del cereal y el vino que obtenga. Igualmente debe cada año exenia, es decir un par de pollos y 20 huevos; paga igualmente un tremissis (tercio de sueldo) que entrega en lugar de una oveja. Igualmente ejecuta corveas: dos días una semana y un día la semana siguiente, es decir un día y medio a la semana o 78 días al año. Acude a la corvea con sus bueyes y en tal ocasión es alimentado por el señor. Para poner en explotación su casale recibe un par de bueyes, un yugo, una reja de carruca, una oveja, una cabra y un puerco. El propietario ha contribuido a la constitución del capital de explotación y de este modo ha establecido un crédito sobre Stavelene y su trabajo. No es sorprendente que el alquiler exigido sea extremadamente duro. Se puede considerar que el arrendador exige del tomador el máximo de lo que era posible obtener.
La presión señorial, en cierta manera, puede esquivar, pero solo mediante el aumento de la producción: en caso de reparto a partes de la cosecha, como en el contrato de ata Stavelene a Walcausus, para el primero la única manera de arreglárselas es trabajando con más intensidad su tierra para que el excedente sea mayor y no quede limitado a la simple subsistencia. Sin embargo, la insuficiencia de los medios técnicos utilizados impide ser muy optimista sobre este punto. Los beneficios de los progresos de la producción en el marco del dominio en su mayor parte van a enriquecer los miembros del grupo aristocrático que de todos modos saca el mayor partido del trabajo de personajes como Stavelene, puesto que le arrebatan a la vez una parte muy importante del excedente de su producción y de su trabajo en cantidad nada desdeñable.
Contratos y dependencias
Una de las especificidades de la documentación italiana de fines de la alta Edad Media es la de proporcionarnos un gran número de contratos agrícolas aparentemente muy explícitos sobre las condiciones impuestas a los campesinos libres en materia de aprovechamiento de las tierras. Por definición, los no-libres quedan excluidos de esta esfera de la actividad jurídica: no pueden subscribir actos. La presentación de situaciones contractuales no permite esclarecer las relaciones entre señores y campesinos en otro sitio que no sea Italia.
En Italia
Los contratos agrícolas en sentido estricto, es decir los actos concluidos entre un propietario no-cultivador y un cultivador no propietario, en sus estipulaciones organizan la relación entre el derecho del propietario y el del tomador. Prevén la duración de la cesión así como las condiciones en las que se efectúa: pago de una renta en moneda o en especie, ejecución de corveas y donación de pequeños regalos de reconocimiento o exenia. Establecen una relación entre las partes que toma una forma económica, que, naturalmente, no es exclusiva, relaciones de otro tipo, estén o no formalizadas por una ceremonia como las relaciones de clientela o de solidaridad entre individuos de estatus desigual pueden esconderse tras todo tipo de contratos.
Se pueden distinguir varios casos según el punto de vista en el que nos situemos. El contrato agrícola, sea cual sea su forma y su duración, puede, ante todo ser una ayuda a la supervivencia que permite al tomador obtener un medio de subsistencia. Proporcionando una herramienta de trabajo, el señor ayuda también a un miserable a salir de apuros. Es quizás el caso de los esclavos que han debido abandonar sus tenencias serviles en el momento de su manumisión y que se encuentran sin medios de subsistencia como los liberados del gastaldo Hilderico.
LOS MANUMITIDOS DEL GASTALDO HILDERICO27
El Liber Largitorius de la abadía de Farfa, recopilación de los contratos agrícolas de este monasterio situado en la Sabina, contiene un dossier de cinco contratos, concluidos entre 825 y 856, relativos a esclavos liberados por el gastaldo de Rieti, Hilderico a fines del siglo VIII o principios del IX, cuando hacía donación del dominio de Interocro. Los nuevos libres tienen que escoger entre quedarse allí o marcharse. La mayoría se quedan y aceptan tierras en condiciones extremadamente duras: el documento más antiguo del dossier precisa claramente este punto. Los campesinos han sido liberados pero sus explotaciones han sido entregadas al monasterio y, por esto, nos dicen, no tienen absolutamente nada de qué vivir. Por consiguiente su posición en la negociación es muy débil, y, por esto, tres de estos contratos se han suscrito con grupos de hombres que aún manteniendo su libertad deben trabajar en la reserva del monasterio una semana cada dos en los momentos de más necesidad, es decir la siembra, la cosecha y la vendimia –lo que los textos llaman los tres meses. En las épocas restantes solo deben una semana de cada tres. Además entregan rentas en especie de cantidades considerables. Un contrato en concreto no prevé trabajos sino la entrega al monasterio de la mitad del producto bruto de la tenencia.
En este caso el punto de vista del señor es fácil de comprender: redistribuye de manera distinta la fuerza de trabajo y utiliza en provecho propio una mano de obra disponible pero en una situación de debilidad. Por otra parte, ello no excluye una actitud caritativa. Ofreciendo tenencias a campesinos sin tierra, el abad hace un acto encomiable. El punto de vista de los tomadores puede ser otro, si hacemos abstracción del posible resentimiento nacido de la iniquidad de la situación: habiendo aceptado estas tierras porque no tenían con qué procurarse el sustento, los liberados pueden sentirse unidos al monasterio a través de una obligación moral, lo que formalmente se traduce en la obligación en la que se encuentran de tener que proporcionar exenia.
En otras circunstancias el aspecto económico es primordial y el contrato solo ofrece informaciones en bruto sobre la manera en que el señor organiza su renta.
En Italia, desde el siglo IX –pero todavía más en el X– los contratos de livello juegan un papel central en la explotación de los patrimonios territoriales. Tienen varias funciones económicas de las que Pierre Toubert ha sido el primero en señalar la importancia.28 En su mayoría se conceden por veintinueve años, para poder evitar los obstáculos que podrían surgir del recurso a la prescripción treintenaria. Sin embargo, muchos de ellos tienen una duración distinta porque se establece en generaciones, y la terminación se sitúa en la tercera, la quinta e incluso la séptima generación, contando la del tomador.
El recurso a los livelli tiene unos efectos derivados de gran importancia. En efecto, el livello es un modo de acceder a la tierra. El contrato, sea cual sea su duración, tiene consecuencias que van mucho más allá del ámbito económico. Aceptar una tierra vinculada a un dominio, como mínimo para esa fracción de la explotación campesina, es admitir que se forma parte del dominio y se depende de su ley: cualquier conflicto relacionado con la tierra en cuestión es de la competencia del tribunal señorial. Por otra parte es seguro que cediendo un fragmento de su tierra el señor exige a cambio, de un modo u otro, el reconocimiento de su autoridad. En otras palabras, los contratos agrícolas italianos apenas esconden la entrada de los arrendatarios en una relación clientelar cuando no en una dependencia. La multiplicación de los livelli significa para el campesinado como mínimo la pérdida parcial de su independencia y su progresiva inserción en una estructura de encuadramiento de tipo privado, el señorío territorial.
Todo ello se sitúa en el marco de procedimientos judiciales muy rodados que responden a determinadas necesidades económicas (la puesta en cultivo de tierras) y sociales (la constitución de clientelas).29 La evolución del marco jurídico es graduales, pero las transformaciones de la condición campesina pueden ser rápidas, e incluso brutales. No es raro observar a cultivadores vender toda su tierra patrimonial y recuperar en seguida el derecho de cultivarla mediante un contrato agrícola. Cambian entonces de grupo de estatus porque de libres y detentores de alodios se convierten en tenentes: es un proceso frecuente. La naturaleza de las exigencias señoriales establece entre ellos una distinción. Algunos deben dinero en cantidades fijas, otros deben rentas en especie proporcionales a la cosecha y otros aún, deben corveas. Por fin, algunos como Stavelene, deben las tres cosas simultáneamente. Entre los distintos miembros del grupo de tenentes existe por lo tanto una jerarquía. Los más favorecidos son clientes del dueño o patrón. El contrato ha establecido o reforzado una relación de amistad entre arrendador y arrendatario. Los menos favorecidos son apenas algo más que esclavos casati, aunque su profesión de libertad sigue apareciendo escrita en el texto. La flexibilidad de los instrumentos jurídicos al alcance de los actores es suficiente para permitir la instauración de una pluralidad de situaciones.
Dependencias y rentas
El trabajo y la manera como se exige constituye el principal factor discriminante en el seno de la sociedad rural occidental –no solo italiana. La transferencia de una parte de la fuerza de trabajo de la tenencia hacía la reserva permite hacer funcionar el dominio. Igualmente establece una jerarquía en el interior del mundo campesino, en primer lugar entre los que están sometidos a la corvea y los que no lo están, luego entre las distintas categorías inducidas por las cantidades de trabajo exigidas. La prestación puede ser simbólica, pero la mayoría de las veces es dura. Sobre este punto no hay regla fija todo depende de la correlación de fuerzas existente entre señores y campesinos: de la posibilidad que tengan estos últimos de negociar, y de las necesidades de la reserva.
La naturaleza y el peso de las sustracciones operadas en la producción son de una gran variedad. Al campesino le dejan un margen de maniobra algo mayor, puesto que, para producir y fabricar lo que le pide el señor, se organiza como puede o como quiere en el seno de su explotación. Pero las prestaciones en especie orientan en gran medida la producción de la tenencia en el sentido de satisfacer las necesidades señoriales no según el interés campesino. Efectivamente, las exigencias señoriales se dirigen a los sectores que no quedan cubiertos por la producción de la reserva. Es el caso, por ejemplo, de la producción de toneles o de elementos de tonelería, o la fabricación de tablillas, o también la confección de camisas por parte de la esposa del tenente o sus hijas. El dinero exigido a veces tiene la utilidad de compensar un servicio público no efectuado o efectuado por el dueño, a sus expensas, en lugar del tenente que debe contribuir mediante una ayuda específica.
Otras prestaciones, también importantes, tienen ante todo una significación simbólica. Como la capitación del siervo, los exenia o las oublies dadas por el tenente sirven para recordar periódicamente el estatus de la persona y el de la tierra. Sin embargo, estas prestaciones se ofrecen voluntariamente, o al menos esta es la ficción que las convierte en tolerables, y si su peso económico no es considerable su fuerza simbólica es importante. Sirven tanto para recordar a unos y otros su posición respectiva, como para reavivar o reforzar los vínculos existentes entre señores y campesinos.
•Aunque encontramos a servi hasta el siglo X, en el fondo su estatus importa menos que su posición en el sistema productivo, que deriva de las opciones de gestión realizadas por la aristocracia desde el siglo VII. A los grandes propietarios la explotación directa del trabajo de los no-libres les parece menos eficaz que la instalación en tenencias en términos de construcción de los ingresos. En este sentido siguen con el sistema de explotación de las tierras y gestión de los patrimonios de fines de la Antigüedad. La constitución de tenencias confiadas tanto a libres como a esclavos, en el siglo IX, tiene como consecuencia, por una parte homogeneizar las condiciones concretas y por otra crear unas condiciones favorables para el aumento de la producción. El esclavo y el libre instalados en dos explotaciones contiguas no se distinguen mucho el uno del otro si no es por la mácula que puede atribuirse a su posición. A quienes afecta hacen todo lo posible para que sea olvidada, practicando todo tipo de estrategias para deslizarse entre los libres. Inversamente, los señores hacen todo lo posible para que hombres y mujeres sujetos a la servidumbre permanezcan en ella.
•La capacidad de exigir trabajo está en el corazón de la economía dominical, porque es una condición sine qua non para conseguir la producción. En cierta manera, la organización territorial del dominio ha alcanzado en el siglo IX una clase de perfección y no es necesario modificarla en profundidad, si no es para aumentar aún más las capacidades de coerción del señor: la organización de los manors ingleses, tal como aparece en la documentación de los siglos XII y XIII, lleva al máximo o culmina el modelo de la economía dominical del periodo carolingio. Las estructuras de explotación y de aprovechamiento del suelo características del periodo de los siglos X-XIII están en vigor desde el siglo IX. En el interior del dominio, solo se plantea la cuestión de la intensidad de las exigencias señoriales. Pero, si nos fijamos bien, los señores ya toman todo lo que puede ser tomado y por lo tanto difícilmente pueden aumentar la sustracción. Este es el caso de Saint-Germain-des-Prés, por ejemplo, que en un cierto número de señoríos es el único propietario del suelo y por lo tanto está en condiciones de imponer sus exigencias a todos los campesinos, sean estos libres o no. La adquisición de nuevos derechos por parte de los señores, a partir del siglo X, refuerza el sistema sin transformar su naturaleza, la apropiación de la justicia permite extender la esfera tributaria a los libres sin que sea fundamentalmente cuestionado el equilibrio entre corveas y rentas. Sin embargo, los progresos del dominio y la sociedad que lo sustenta tropiezan con la resistencia de quienes ven su posición económica y social amenazada por su integración en la órbita dominical.
Transformaciones y resistencias
La extensión del gran dominio bipartito comporta transformaciones muy profundas de los estilos de vida y las condiciones de la producción, contribuyendo a la ruptura del equilibrio alcanzado durante la alta Edad Media entre aristocracia y campesinado.
Fundamentos de la economía campesina
En 2005, construyendo un análisis marxista, Chris Wickham propuso una nueva y original lectura de la sociedad y la economía de fines de la alta Edad Media.30 Su análisis se basa en la identificación de un modo de producción campesino. Fundamentalmente existen tres maneras de explotar el trabajo humano: esclavitud de plantación, en el cual el señor alimenta y dirige a sus hombres; el sistema feudal caracterizado por la confiscación de los excedentes de la explotación campesina por parte de un señor y el salariado. Tradicionalmente los marxistas distinguen en función de estos tres tipos de dominación y expropiación, tres modos de producción fundados en el tipo de organización de los trabajadores: esclavista, feudal y capitalista. La ausencia de sustracción sistemática por parte del señorío o el Estado permite individualizar un cuarto modo de producción, llamado por C. Wickham «modo de producción campesino». Para construir su modelo, el historiador inglés se inspira, por una parte, en Marx, pero también en las tesis de Chayanov y su transposición en el ámbito de la antropología por parte de Marshall Sahlins; el modo de producción campesino aparece como un concepto análogo a lo que Sahlins llama el modo de producción doméstico.
CHAYANOV
Chayanov (o Tchayanov) es un economista ruso cuya actividad intelectual se desarrolla en los años 1920 y 1930: es víctima de las grandes purgas del año 1937. Su obra principal, traducida en Francia con el titulo de L’organisation de l’économie paysanne [La organización de la unidad económica campesina], data de 1925: escribe en la perspectiva de la NEP y ocupa un lugar importante en los debates teóricos que rodean la colectivización. Difundida tardíamente en Occidente y a veces mediante rodeos indirectos, es poco utilizada por los medievalistas hasta los años 1980: entonces son los modernistas quienes la leen y utilizan sus conceptos. En Francia, debemos esperar a fines de los años 1990 para que sea leído por los medievalistas. Las demás ciencias sociales, y en especial la antropología, la han incorporado mucho más fácilmente. Marshall Sahlins en su obra maestra Âge de Pierre, âge d’abondance [Economía de la Edad de Piedra], lo utiliza abundantemente. Una buena parte de la historiografía inglesa parte de una discusión implícita o no de sus tesis.
Chayanov forjó su concepto de economía campesina basándose en los datos recogidos con ocasión de las grandes encuestas estadísticas realizadas en Rusia en los años 1860, en la perspectiva de la abolición de la servidumbre. Chayanov considera que la explotación familiar es la herramienta económica y social mejor adaptada a la promoción del desarrollo económico debido a su flexibilidad y a su capacidad de reaccionar a los datos de la coyuntura o las necesidades de la sociedad. Con ella la producción puede intensificarse más fácilmente y sus excedentes son los que pueden alimentar una red comercial eficiente. Hay dos elementos centrales en su reflexión: 1) la finalidad de la economía campesina es el bienestar y no el beneficio. Dicho de otra manera, una vez cubiertas las necesidades alimentarias y demás necesidades vitales no hay razón para trabajar y producir más; 2) la explotación rural es un organismo vivo que refleja exactamente el ciclo de vida de los campesinos. Parejas jóvenes, que deben alimentar a hijos de corta edad y por lo tanto con grandes necesidades, trabajan forzosamente con más intensidad e intentan acrecentar su producción por todos los medios, especialmente jugando con las dimensiones de su explotación. Las parejas mayores ven disminuir sus necesidades al mismo tiempo que sus hijos se instalan en otra parte. Trabajan menos y se desprenden de sus tierras mediante ventas o mediante mecanismos de anticipación de la herencia.
Marshall Sahlins transpone la teoría de la economía campesina a la economía de las sociedades llamadas primitivas. El «modo de producción doméstico» se basa en el hogar y experimenta un ciclo calcado del ciclo de vida sus miembros.
El modo de producción campesino de C. Wickham se define mediante tres criterios principales: a) la solidaridad de los hogares entre ellos y la ayuda mutua dentro de la comunidad, b) el carácter poco intensivo del trabajo y c) la producción de desigualdades en la comunidad marcadas por la capacidad de algunos de redistribuir mejor su riqueza que los demás.
La idea esencial es que el elemento central del proceso de producción es el hogar, entendido como un «colectivo de supervivencia», un grupo orientado hacia la producción y el consumo de sus propios productos, lo que significa que todos los miembros del grupo trabajan pero que la acumulación de bienes y la constitución de un patrimonio no son preocupaciones esenciales, ni tampoco la respuesta a las peticiones de un señor.
Así el tamaño de la explotación no es un valor estable sino un elemento que varía en función de la edad del cultivador y del número de hijos susceptibles de trabajar con él: esquemáticamente, desde que los hijos alcanzan la edad de trabajar su padre empieza a aumentar el tamaño de la explotación, comprando tierras o acometiendo roturaciones. Por el contrario, desde el momento en que los hijos empiezan a marcharse, y sobretodo cuando se vuelve demasiado viejo para cultivar él mismo las tierras, el padre disminuye el tamaño de la explotación cediendo parcelas. Dicho de otro modo, el patrimonio no fija el linaje: su conservación en manos de la familia no es un objetivo patrimonial. Solo importa el bienestar de los integrantes de la unidad doméstica.
Para ser verosímil este análisis supone la existencia de tres factores: «una fuerza de trabajo restringida, solo diferenciada en función del sexo, una tecnología simple y unos objetivos de producción limitados».31 Los dos primeros puntos se verifican en el marco de la sociedad de la alta Edad Media. Incluso si el crecimiento demográfico es real, no permite, o raramente, plantear para la explotación campesina, un horizonte que no sea el familiar. Por otra parte, es evidente que el periodo experimenta un estancamiento o estagnación tecnológica que no permite transformaciones en la organización del trabajo familiar.
El último punto, los objetivos de producción limitados, es esencial. Es el que distingue los dos tipos de economías domésticas, la de los cultivadores instalados en una tenencia y la de los cultivadores completamente libres en sus movimientos que son (en teoría) detentores de alodios. En el primer caso, el control señorial se ejerce sobre la familia, objeto de una presión constante para que aumente su producción, para que también pueda aumentar la sustracción. En el segundo caso, la ausencia de presión o su moderación deja a la familia campesina la posibilidad de organizar su ciclo de vida como quiera. La familia fija sus propios objetivos en función de las metas que persigue el hogar.
Estas son necesariamente complejas: si la autosubsistencia es sin duda un ideal, también deben preverse un cierto número de gastos inevitables. El primero de ellos es el remplazo del ganado, es decir de los animales de tiro y las bestias de carga, que requiere algún tipo de previsión. Por lo tanto los cultivadores deben atesorar pequeñas monedas u obtener los objetos susceptibles de ser intercambiados por el ganado o las herramientas cuando sea necesario. Por otro lado, la tierra es utilizada como soporte del ahorro o como reserva de valor, lo que le confiere una función monetaria: se vende una parcela, por ejemplo, para procurarse ganado. La transacción toma entonces la forma de un trueque, lo que significa que la compra y la venta de tierras puede realizarse sin obstáculos: la libertad y fluidez del mercado de la tierra son condiciones esenciales para la existencia de este modo de producción. Ciertamente existen hasta el siglo XI. A partir de entonces su mantenimiento se vuelve más problemático.
Proveer al establecimiento de los hijos fuera de la tenencia paterna, según las normas locales del matrimonio, es una obligación ineludible pero costosa. Efectivamente, el matrimonio comporta normalmente la constitución de un nuevo hogar que se produce simultáneamente a toda una serie de transferencias patrimoniales que anticipan la sucesión del padre. Así, la mayoría de los sistemas jurídicos germánicos prevé que el marido dote a su esposa. La mujer adquiere unos derechos efectivos sobre una parte no despreciable de los bienes de su marido. Por lo tanto este debe conseguir que su padre le ceda tierras para poder instalarse y también proceder a las transmisiones patrimoniales que dan validez al matrimonio. A veces, estas tierras se han comprado con este único objetivo, y el padre tiene igualmente la posibilidad de comenzar a desmembrar su explotación en provecho de sus hijos cuando estos se casan. Ya no necesita mantener su tamaño máximo a partir del momento en que uno de sus hijos se marcha, privando al hogar de su fuerza de trabajo.
En todos los casos, la tierra no es considerada simplemente como una herramienta de producción. También es una reserva de valor y su posesión debe ser considerada bajo el ángulo de la capacidad de anticipación de los actores. La autosubsistencia es un horizonte más o menos lejano porque los comportamientos económicos deben anticipar acontecimientos inevitables (sea la substitución del ganado o los matrimonios) así como las obligaciones sociales. De manera general existen obligaciones sociales que implican la redistribución de los excedentes. Las redes de vecindad, de parientes y de amigos deben revitalizarse o reforzarse constantemente con intercambios de bienes. No ser generoso es peligroso porque a menudo la ayuda mutua es necesaria, especialmente en caso de carestía. Además la generosidad es un factor esencial en la instauración de rangos en el interior de la comunidad. Todo ello tiene un coste, integrado obligatoriamente en los principios de la gestión de las tierras. El interés de un hogar está pues en producir para satisfacer las necesidades de consumo y cumplir con sus obligaciones sociales, pero nada más. La intensidad del trabajo es mínima, porque ninguna potencia, excepto la Iglesia, no le reclama nada y en estas condiciones no supone ninguna ventaja aumentar la producción más allá de cierto punto. El aumento de la producción comporta un crecimiento correlativo de la obligación de redistribuir y solo tiene interés en términos de aumento del rango del hogar y por lo tanto de su poder. Esto no puede ir más allá de cierto punto, puesto que las contrapartidas esperadas de la comunidad son forzosamente limitadas.
Los principios que rigen este «modo de producción» no resisten el surgimiento del gran dominio y la intensificación que comporta. Las nuevas obligaciones que pesan sobre los campesinos comportan la aparición de resistencias multiformes en el centro de las cuales se halla la cuestión del estatus.
Las resistencias campesinas en el siglo IX
Estar situado bajo el dominio de un señor en primer lugar implica la sumisión a un cierto número de limitaciones e incapacidades. La principal se refiere al derecho de propiedad y, de forma correlativa, al mercado de la tierra que se mantiene siempre bajo control del señor, como se ha visto con el ejemplo de los siervos beneventanos. En efecto, hay una adecuación entre la posibilidad de ser considerado como propietario y la libertad. Es una cuestión de derecho pero es igualmente una cuestión práctica: perder la propiedad de la propia tierra comporta necesariamente una pérdida de rango.
Un buen ejemplo nos lo proporciona un proceso de principios del siglo X que enfrenta un oficial real, el gestor de la curtis real de Palazzolo cerca de Milán, a un grupo de campesinos. Estos últimos han sido citados ante el tribunal del conde, porque se negaban a efectuar el servicio que debían. El oficial real arguye que se trata de servi y que tratan de sustraerse al servicio pretendiendo ser libres. Los campesinos le oponen un argumentario basado en la propiedad que convierten en un criterio de clasificación jurídica. En efecto, reconocen ser muy pobres y haber aceptado encomendarse al detentor del dominio, en este caso el rey, y también haber tomado tierras en tenencia en la curtis de Palazzolo. No hay que olvidar que siguen siendo propietarios fuera del dominio. Solo se han encomendado para poder acceder al disfrute de las tierras que cultivan. El tribunal les da la razón y confirma su estatus de hombres libres, considerando como prueba el hecho de ser propietarios.
El encomendamiento es un rito que sitúa a los hombres en una situación de dependencia extremadamente fuerte en relación al beneficiario. Para un campesino, esto significa, que en el curso de una ceremonia solemne, reconoce al señor el derecho de mandarle y castigarle, si es preciso golpeándole. Sin embargo, la libertad jurídica –que entonces es propiamente formal pero de gran importancia tanto desde el punto vista del amor propio como en la evaluación del honor– queda salvaguardada. Los campesinos en esta situación parecen haber sido muy numerosos en Italia. Es una situación en falso que en realidad les sitúa en un vacío social cuya estabilidad no está asegurada. Ciertamente, en el siglo IX, hay garantías legales: la voluntad carolingia de poner orden encaja mal con la confusión y las autoridades imperiales o reales, en la medida de lo posible, se esfuerzan por mantener a cada uno en su estado, multiplicando las prohibiciones para que los poderosos no abusen de su poder reduciendo las poblaciones rurales a la servidumbre. No obstante, es más o menos cierto que cualquier debilidad de la autoridad pública puede comportar el desplazamiento de grupos enteros de la población rural a categorías jurídicas deprimidas.
The free sample has ended.