Read the book: «Esposa de nueve a cinco»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1998 Harlequin Books S.A.

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Esposa de nueve a cinco, n.º 1059 - septiembre 2020

Título original: Wife by Agreement

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-127-2

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

HANNAH metió la llave en la cerradura con mucho cuidado. Dentro sólo se oía el reloj de pared. Por suerte no había nadie levantado. Se apoyó en la puerta y suspiró aliviada. ¡Por fin!

No se molestó en encender la luz, pero se quitó agradecida los zapatos, los tomó y se acercó a la gran mesa que había en el centro de la habitación. Ansiaba una ducha caliente. El que alguien encendiera de repente la luz la hizo quedarse petrificada ada en el sitio.

–¿Son necesarios todos estos subterfugios? –dijo Ethan yendo a sentarse a la mesa con una copa de brandy en la mano.

La vaga ironía de su voz era evidente.

–¿Qué ha sucedido? –añadió.

Lo último de lo que Hannah quería hablar era de la última hora y la última persona con la que quería hacerlo era con Ethan.

Llevó la mano inconscientemente a la abierta camisa, pero ese gesto sólo hizo que él se fijara en ello. ¿Qué había estado él haciendo sentado en la oscuridad? Hizo una mueca y bajó la mirada.

La desagradable luz eléctrica reveló que estaba mucho peor de lo que había pensado. Tenía las piernas llenas de barro y las medias destrozadas, la falda de terciopelo estaba rota por algunos sitios, lo mismo que la camisa de seda.

–Parece mucho peor de lo que es –dijo.

Pero sabía que no era así. Los arañazos de sus mejillas estaban empezando a dolerle.

Con un gesto de impaciencia, Ethan se rebeló contra ese intento de apaciguarlo.

–¿Has tenido un accidente de coche?

–No exactamente.

La verdad era que no se podía decir que saltar de un coche que iba a cincuenta kilómetros por hora fuera un accidente. Sabía muy bien que Ethan diría que había sido una locura. Pero él no había estado allí.

Ethan estiró un brazo y la tocó.

–¡Cielos, estás helada!

Se levantó, se quitó la bata y se la puso a ella antes de añadir.

–Siéntate antes de que te caigas al suelo.

Entonces la hizo sentarse en un sillón.

–Te vas a enfriar –protestó ella.

Bajo la bata, Ethan llevaba sólo unos pantalones de pijama. Habían llevado a los niños al sur de Francia en junio y ella se percató de que él seguía bronceado.

–Bébete esto –dijo él obligándola a tomarse un trago de coñac–. Y ahora dime lo que ha pasado.

–Quiero darme una ducha.

Pero él le puso una mano en el hombro para impedirle levantarse.

–Después de que me lo expliques. Creía que ibas a comer con tus compañeros de la escuela nocturna.

La voz de él reflejaba que pensaba que creía que aquello era mentira.

¿Por qué necesitaría ella mentirle? ¿Se creía que llevaba una doble vida o algo así?

–Yo… lo hice. Debbie y Alan me recogieron. Luego Craig Finch, que ha empezado las clases recientemente, se ofreció a traerme a casa. Me dijo que le pillaba de camino y así le ahorraría a Alan un desvío. Pero él fue el que se desvió y, cuando yo se lo dije, él…

–¿Qué hizo?

Ethan dijo eso tranquilamente, pero sus párpados se habían entornado y un músculo se movió en su mandíbula.

–Se rió.

Ella sintió ganas de vomitar sólo con recordar la expresión de Craig. Ya le habían molestado algunos de los comentarios que él había estado haciendo, pero fue su sonrisa la que la hizo alarmarse.

–¿Se rió?

Estaba claro que no era eso lo que Ethan se esperaba oír.

–¡Tú no estabas allí! Él me había estado… diciendo cosas.

–¿Te hizo daño?

Ethan parecía ahora mucho más amenazador que lo que había sido Craig. Ella se sintió culpable por hacer esa comparación. Ethan tenía sus fallos, pero era un hombre decente, y razonable, a pesar de la forma en que la estaba interrogando ahora. Normalmente no se metía en su vida.

–No, esto me pasó cuando salté del coche.

Algo de la violencia de los rasgos de él se esfumó y fue reemplazada por la sorpresa. Ethan Kemp no era un hombre al que se pudiera sorprender con facilidad. Sus grandes manos dejaron de formar los puños que había apretado instintivamente.

–¿Estaba parado entonces?

Ella negó con la cabeza y lo miró exasperada. Normalmente, Ethan no era tan lento.

–Tuve suerte de que él no hubiera echado el seguro a la puerta.

–Ya veo que puedes darle las gracias a tu buena estrella –comentó irónicamente.

–Aterricé en unas zarzas y la ropa se me rompió al salir de ellas. Me escondí en una zanja un rato, por si se le ocurría volver. Luego volví aquí andando por el campo.

–¿Dónde sucedió todo esto?

–En el cruce cerca de Tinkersdale Road.

–Eso está a más de diez kilómetros.

–Me pareció más, pero puede que tengas razón. No te preocupes, no me vio nadie.

Eso lo dijo para tranquilizarlo. El que vieran a la esposa de Ethan Kemp andando por el campo en ese estado no era algo que él aprobara, seguro. A Ethan le preocupaba la imagen que daban a los demás.

–¿No se te ocurrió llamarme, o a la policía?

–Dejé el bolso en el coche cuando salté; no tenía dinero. Y a la policía no le interesan los delitos que no han sucedido. La verdad es que él no me tocó.

–¿Estás segura de que lo iba a hacer?

–Fue una de esas situaciones en las que prevenir es mejor que curar –dijo ella, enfadada–. No suelo dejar que la imaginación me domine, Ethan.

Aquello no había manera de discutirlo. Hannah Smith era la mujer más plácida y práctica que él había conocido en los treinta y seis años de su vida. Frunció el ceño. Después de un año de matrimonio, todavía pensaba en ella como Hannah Smith, no Kemp. Si esa mañana alguien le hubiera dicho que ella era capaz de saltar de un coche en marcha, se habría reído por lo absurdo de la idea.

Hannah no era exactamente tímida, aunque sus maneras reservadas hacían que algunos lo pensaran, pero no era de la clase de mujer que se pusiera a andar tranquilamente por el campo después de salir de una situación peligrosa. Por lo menos, él no había pensado que lo fuera. ¿Le habría contado ella todo aquello si no la hubiera esperado allí? ¿Habría pretendido aparecer en el desayuno como si nada hubiera sucedido?

–Tendríamos que llamar a la policía.

–¿Por qué? No ha pasado nada. Me imagino que pensarían que soy otra neurótica más. Pero sí que me gustaría que me devolviera el bolso. Llevaba dentro la cartera.

–¿No querrías ver a ese cerdo detenido? –gruñó él incrédulamente.

Le resultaba difícil identificarse con la gente que ponía la otra mejilla.

–¿Si me gustaría? Lo que me gustaría sería hacerle experimentar por cinco minutos la clase de impotencia y terror que yo… Raramente obtenemos lo que queremos, Ethan –dijo ella conteniendo la furia.

–Esa es una filosofía muy deprimente.

La profundidad de la pasión de ella le sorprendió. ¡El que tuviera pasión era lo que le sorprendía! Más que eso, lo hacía sentirse incómodo. ¿Qué otras sorpresas se esconderían bajo ese plácido exterior?

–Es sólo una observación. Ahora, si no te importa, me gustaría irme a la cama.

Él la agarró del brazo, como si se esperara que se fuera a caer en cualquier momento. En la puerta de su dormitorio, ella se quitó la bata.

–Gracias. Lo siento si he estado un poco gruñona. Buenas noches, Ethan.

Esa despedida, educada pero firme, pareció hacer que él cambiara de opinión acerca de lo que iba a decir. Ella le sonrió vagamente y luego entró en su dormitorio. Segundos más tarde, oyó cerrarse la puerta del dormitorio de Ethan.

Mientras se desnudaba hizo una mueca de disgusto. Aunque hubiera podido salvar sus ropas, las habría tirado a la basura.

Se miró al espejo de cuerpo entero y se sorprendió. Llevaba el castaño cabello despeinado y salpicado de barro. Se le notaban mucho los arañazos de la mejilla derecha. Los restos de maquillaje le daban el aspecto de un panda asustado. Y la cantidad de piel que se veía por los agujeros de la camisa era hasta indecente. No le extrañaba que Ethan se hubiera sorprendido tanto.

Fue un alivio meterse bajo la cálida ducha y dejar que el agua se llevara algo de la tensión que la embargaba. Pero por mucho que se frotara, pensar en Craig seguía haciéndola sentirse sucia. ¿Cómo podía un hombre que parecía tan normal actuar de esa manera? ¿Le habría dado ella la impresión de que accedería a sus pretensiones? Apartó ese horrible pensamiento. No, aquello no había sido culpa suya.

En su inocencia, se había imaginado que llevar una alianza en el dedo le daba a una chica una protección instantánea ante los flirteos no deseados. Miró automáticamente el dedo y le pareció extrañamente desnudo sin la alianza. Se puso de rodillas y buscó en el fondo del baño. No estaba allí. Un pánico fuera de toda proporción se apoderó de ella.

Salió de la ducha y se rodeó el cuerpo con una toalla. Siguió sus pasos hasta el dormitorio. La alianza no estaba por ninguna parte.

–He llamado –dijo Ethan cuando apareció en la puerta que comunicaba los dos dormitorios.

Era la primera vez que la utilizaba y, aunque sabía que era ridículo, se sentía un extraño en su propia casa. Al principio no vio a Hannah, pero luego la descubrió en cuclillas cerca de la mesa, con las lágrimas corriéndole por las mejillas. La conclusión evidente a la que llegó fue que ella no le había contado todo lo que había sucedido. Cuando pensó lo peor, su rostro se ensombreció.

–¡He perdido mi anillo! –gimió ella.

–¿Qué anillo?

–Mi alianza.

Él se sintió aliviado.

–¿Eso es todo?

Hannah no pareció oírlo.

–Puede que esté en la cocina. O en las escaleras. Tengo que ir a ver –dijo ella poniéndose en pie demasiado rápidamente.

–No vas a hacer nada de eso –dijo él tomándola por los brazos desde detrás, impidiendo que se cayera.

Luego la tomó en brazos. Era increíblemente ligera. ¿Era así naturalmente o todavía le quedaban más sorpresas en forma de desórdenes alimenticios? ¡Nada le sorprendería después de lo de esa noche!

–La alianza no importa; te puedo comprar otra.

Cuando él la dejó en la cama, Hannah se dijo a sí misma que no debía extrañarle la falta de emoción en él. ¿Por qué habría reaccionado ella de esa manera? ¿Por qué un anillo que simbolizaba su matrimonio de conveniencia debía ser tan precioso para ella? Debía tener más cuidado. Probablemente él estaría sospechando que se había casado con una loca.

–Lo siento –susurró.

–Has tenido una mala noche.

Las lágrimas de ella lo hacían sentirse incómodo. Se le ocurrió que no había visto tanto anteriormente de su esposa. Incluso en la playa ella siempre había llevado una gran camiseta sobre el bañador y, ni siquiera los ruegos de los niños la habían hecho meterse en el agua.

La toalla que la cubría le llegaba justo sobre la curva de sus pequeños senos y terminaba… Sus piernas eran muy largas en comparación con su pequeño tamaño. Entonces su mirada se encontró con un par de solemnes ojos azules que lo observaban, así que apartó la mirada repentinamente.

–Te he traído esto para los arañazos –le dijo mostrándole un tubo de crema de antibióticos.

–Eras muy amable, Ethan.

–Tienes la espalda muy arañada.

–No la puedo ver.

–Ni tocar. Me imagino que ya lo notarás mañana. Algunos de los arañazos son muy feos. ¿Estás vacunada del tétanos?

–Creo que sí.

–Eso no es suficiente. Mañana deberías ir al ambulatorio. Ahora date la vuelta, que te pondré un poco de crema en la espalda.

Su contacto era impersonal, firme pero delicado. Ella se sintió cálida, relajada y, por primera vez desde que saltó del coche, a salvo.

–Vas a tener que soltarte un poco esto –dijo él tirando del borde de la toalla.

La sensación de calidez que la había envuelto se vio sustituida por una ansiedad irracional.

–No, así está bien.

–Probablemente seré capaz de contenerme al verte la piel.

–No creo que…

Ella sabía que él no la encontraba atractiva, pero aun así sus siguientes palabras le dolieron.

–Estás demasiado delgada.

–Ya lo sé.

Cuando era adolescente, había fantaseado con que una mañana se despertaría y se encontraría con que sus líneas angulosas habían desaparecido y se habían transformado en bonitas curvas. Pero ahora sabía que nunca sería así.

–¿Comes bien?

–Ya sabes que sí.

Pero la verdad era que normalmente era raro que comieran juntos, sólo cuando cenaban fuera o tenían invitados. Ella solía comer con los niños y Ethan lo hacía solo más tarde. Además, él siempre estaba muy ocupado con sus negocios.

Normalmente, a ella no le importaban sus ausencias, ya que se sentía mucho más cómoda cuando él no estaba. No era que encontrara su compañía opresiva, pero siempre que estaba con él era muy consciente de sus propias deficiencias. Cuando él la miraba, siempre estaba segura de que la estaba comparando desfavorablemente con su primera esposa. Como siempre, pensar en Catherine la hizo estremecerse.

–La señora Turner te puede confirmar que como estupendamente.

No quiso poner por testigos a los niños, ya que no serían imparciales, pero supuso que él se fiaría del ama de llaves.

–Bueno, yo sólo te he visto juguetear con tu comida –dijo él subiéndole de nuevo el borde de la toalla–. Ya está. Los arañazos no son muy profundos, así que no te quedarán cicatrices.

¿Debía decirle que, normalmente, estaba tan nerviosa por no equivocarse en las ocasiones a las que él se refería que su estómago se negaba a aceptar nada? Decidió que no.

–Creo que, bajo estas circunstancias, esas clases de francés no son una buena idea –murmuró él.

Esas palabras provocaron en ella un principio de rebelión.

–Pero el jueves es mi noche libre, Ethan.

¿Tu noche libre? Ya no eres la niñera, Hannah. Eres mi esposa.

–Pero sigo trabajando para ti, Ethan. Ahora te llamo así, no «señor Kemp». El contrato es más permanente y menos flexible. Eso es todo.

Él no podía haber parecido más sorprendido si le hubiera tirado de la nariz. Se puso tenso y la miró fijamente.

–No es necesario que pienses de esa manera de ti misma –dijo él irritado.

–Entonces, como tu esposa, no es necesario que acepte tu… consejo.

Consejo era una palabra más suave que orden.

–Tal vez debieras pensar un poco en tus últimas decisiones antes de tirarme a la cara mi consejo.

–¿Te refieres a alguna decisión en particular?

–¿Tal vez la de meterte en un coche con un perfecto desconocido? Sólo una completa idiota haría algo tan irresponsable. Emma, con sus siete años, tendría más sentido común.

Había sido una estúpida por imaginarse que podría ganar en una discusión con Ethan.

–No dirías eso si yo fuera un hombre.

Ethan parpadeó. ¡Ella estaba haciendo pucheros! ¡Hannah! La visión de esos inesperadamente llenos labios rosados tuvo un efecto de lo más inesperado en su cuerpo.

–Bueno, pero no eres un hombre. Y, tal como estás ahora, es de lo más evidente.

Hannah se ruborizó y, después de mirarse el cuerpo, empezó a tirar más de la toalla, pero no pudo hacerlo mucho porque se le subía por debajo.

–Lo siento si mi delgado cuerpo te ofende la vista, pero yo no te he invitado a entrar en mi habitación.

–Tendré en cuenta eso en el futuro.

–No he querido decir… Mira, esas clases de francés significan mucho para mí.

–Eso es evidente.

–Necesito sentirme yo misma.

–¿Significa eso quitarte habitualmente el anillo de bodas?

Hannah sólo lo pudo mirar sorprendida. No podía creerse de verdad…

–Lo he perdido.

Siempre le había quedado grande. Si no le desagradara tanto pedirle algo, se lo habría dicho.

–Pareces muy apasionada por esas clases nocturnas.

–¡Para ti es sólo eso, una clase! –le gritó ella–. Pero tú tienes docenas de amigos. Sales todos los días y conoces a gente. Yo sólo veo a los niños.

Y, por mucho que quisiera a Emma y Tom, eso no era suficiente.

–Tenemos una vida social muy activa. Mis amigos…

–Tus amigos me desprecian. Sólo me soportan porque me tienen por un apéndice tuyo. Y, además, a mí tampoco me caen nada bien. Por lo menos, no la mayoría.

–¿Entonces por qué no me lo has dicho antes?

–No pensé que fuera algo relevante. Estoy dispuesta a aceptar tanto lo bueno como lo malo.

Pero no estaba dispuesta a dejar las clases de francés. No fue necesario que añadiera eso, ya que Ethan no era tonto.

–Eso es muy generoso por tu parte. ¿Consideras que ha habido mucho más de eso malo durante este año pasado?

–Lo siguiente que vas a decir es que yo estaba en el arroyo cuando me conociste –lo cortó ella impacientemente–. Puedes esperar mi lealtad, pero no mi gratitud servil, Ethan. Si lo recuerdas, te advertí que podría ser que yo no fuera la mejor anfitriona, pero soy una buena madre.

–Madre sustituta.

Nada más decir eso, la expresión de él indicó que se arrepentía de esa desagradable respuesta, así que añadió:

–Los niños te quieren mucho. ¿Y tú? ¿Te parezco un marido tan poco generoso?

–Yo no he dicho eso.

–No, no lo has hecho. Pero es evidente que estás descontenta. Y yo no tenía ni idea hasta ahora.

–¿Cómo podías?

Esas palabras se le escaparon a ella antes de poder evitarlo. Pero algunos días apenas intercambiaban palabra.

–No estoy descontenta, sólo cansada –añadió.

La soledad de la posición en que se encontraba le fue evidente una vez más, y aquello era más de lo que podía soportar por una noche. Deseó mentalmente que él se fuera y la dejara en paz.

Como si le leyera el pensamiento, Ethan se volvió repentinamente y le dijo:

–Ya hablaremos tú y yo por la mañana.

Hannah pensó entonces que ahora ya tenía algo que esperar. La puerta se cerró y ella se quedó allí, pensando. En sus sueños más secretos, se había imaginado que él entraba por esa misma puerta. Pero lo cierto era que él siempre había parecido inmune a sus encantos. Y, en ninguno de esos sueños, ella había tenido tantos arañazos ni los ojos llorosos.

Enamorarse de Ethan Kemp era la única cosa realmente espontánea que recordaba haber hecho en su vida. No había que ser una fantasiosa creyente en el amor a primera vista como para eso sucediera. Y ella era la prueba viviente de aquello. Su alma prosaica se había rendido desde el mismo momento en que lo vio. Él era alto, con un cuerpo atlético, y unos ojos brillantes que indicaban que su cerebro estaba a la altura de esos músculos. Ella, que nunca antes se había dejado impresionar por la belleza superficial, se había visto inexplicablemente atraída por él. Pero, por suerte, ninguna de sus coloristas fantasías se le habían notado durante la primera entrevista. Si así hubiera sido, estaba segura de que no habría conseguido el trabajo.

Por suerte también, no tenía que verlo mucho y, como él estaba contento con su trabajo como niñera, su interés por ella había sido mínimo.

Pero cuando él empezó a mostrar algún interés por su amistad con Matt Carter, un profesor de la escuela local, ella casi se había permitido a sí misma pensar que él podría estar empezando a verla como una persona, no como un mueble.

Luego resultó que él sólo había temido que la historia se repitiera. Emma y Tom habían tenido tres niñeras el año antes de que ella llegara. Tom entonces tenía un año y simplemente respondía a cualquiera que le ofreciera cariño. Pero su hermana era otra cosa. Cuando Hannah llegó a la casa tenía cinco años y había tenido que luchar para ganarse la confianza de la niña. Su corta vida le había enseñado a Emma que era doloroso amar a alguien y que luego desapareciera. Pero lentamente se había ganado la confianza y el amor de la niña, hasta que, al final de ese primer año, se había transformado en una parte integral de las vidas de los niños.

Fue entonces cuando Ethan pensó en las posibilidades de que Hannah siguiera el ejemplo de los dos niñeras anteriores e hiciera algo inconveniente, tal como enamorarse o quedarse embarazada. Realmente no quería una esposa y, por si a ella le quedaba alguna duda, se lo había hecho saber muy claramente.

Cuando le ofreció un hogar y seguridad económica, ya conocía su historia. No le cabía duda de que él creía irresistible la oferta para una mujer que estaba completamente sola en el mundo. Ella nunca tendría que volver a ganarse la vida, tendría la familia que había soñado siempre.

El «pero» era que él nunca la había visto como nada más que una empleada a la que pagaba. El acuerdo pre matrimonial que habían firmado sólo había servido para recalcar ese hecho.

Probablemente, él se habría congratulado a sí mismo por su sutil pero inteligente presentación de la oferta cuando ella apareció a la mañana siguiente, más pálida que de costumbre y había dado el sí más importante de su vida.

Ethan no habría parecido tan feliz si hubiera sospechado que, sin importar lo tentadora que pudiera parecer su oferta a una chica que ansiaba tener raíces y estabilidad, era el amor el ingrediente vital para la ecuación. El amor la había hecho ignorar la parte lógica de su cerebro que le decía que semejante unión sólo podía darle dolor.

Capítulo 2

TOM despertaba normalmente a Hannah metiéndose en su cama, a menudo antes de las seis de la madrugada. Pero esa mañana, cuando ella se despertó, se encontró sola. Saltó de la cama y fue a ver a los niños. Pero no estaban en su habitación.

–¿Por qué no me ha despertado nadie? –preguntó ansiosa cuando entró corriendo en la cocina y se dio de bruces contra Ethan.

–Yo les dije que no lo hicieran –respondió él.

Ella fue muy consciente del íntimo contacto de sus cuerpos durante el breve momento que él tardó en equilibrarla y apartarse. Ese breve contacto fue suficiente para hacer que se le acelerara el pulso.

–¿Qué estás haciendo aquí?

Hannah deseó inmediatamente que esas palabras no hubieran salido de su boca. El breve intervalo de intimidad y relación personal de la noche anterior ya había terminado y seguramente Ethan deseara volver a su comportamiento habitual de antes.

Él enarcó una ceja.

–Yo vivo aquí, ¿recuerdas?

El seco tono de su voz la hizo ruborizarse.

–¿No deberías estar trabajando?

Mientras hablaban, Hannah se dio cuenta de que no estaban solos; a pesar de las apariencias, por lo menos un par de oídos se estaban quedando con cada una de sus palabras. El ama de llaves nunca había hecho ningún comentario acerca de la curiosa elección de esposa por parte de su jefe, pero no sería humana si la situación no la intrigara.

Hannah a veces se preguntaba qué diría sobre ellos a su marido cuando la mujer volviera a su casa. Había estado allí en vida de la primera esposa de Ethan, y se había esperado que mantuviera las distancias con ella como lo hacía la mayoría de los amigos de Ethan. Pero para su alivio, ése no había sido el caso. Mientras tanto ella no traspasara su territorio, la señora Turner parecía estar muy a gusto con la situación.

Ethan no participaba normalmente en las actividades mañaneras de la familia, ya que normalmente se marchaba antes de que desayunaran.

–Esta mañana no, Hannah. ¡Cielo Santo! –exclamó cuando vio la mancha de mermelada que tenía en la manga de la chaqueta–. ¿Cómo se las arregla Tom para salpicar hasta tan lejos?

Mientras hablaba miró fascinado a su hijo, que le devolvió una sonrisa inocente desde su silla.

–¡Quiero bajar! –dijo el niño golpeando la mesa de su silla con la cuchara.

–Ahora, Tom –respondió Hannah automáticamente mientras seguía preguntándose qué haría allí Ethan–. Deberías haberme despertado. Voy a llevar tarde al colegio a Emma.

–Me va a llevar papá, mamá.

Eso de «mamá» era reciente y a Hannah le producía un innegable placer oírlo. Ethan no había comentado nada al respecto del cambio de «Hannah» a «mamá» en boca de su hija, pero ella estaba segura de que no le gustaba.

–¿La vas a llevar? –le preguntó, incapaz de esconder la sorpresa.

–¿Crees que es demasiado complicado para mí?

–Usted sólo siéntese y yo le haré una buena taza de té. El señor Kemp me ha contado el desagradable accidente en que se vio involucrada. Lo que necesita es descansar –le dijo el ama de llaves.

Hannah miró a Ethan y se llevó la mano automáticamente a la raspada mejilla.

–Me siento bien, señora Turner.

–¡Quiero bajar ya! –gritó Tom.

Hannah le soltó y tomó en brazos al niño. El esfuerzo la hizo ser consciente de algunos golpes que no había notado la noche anterior e hizo un gesto de dolor.

–Dámelo a mí –dijo Ethan extendiendo los brazos.

–Estoy bien.

–El martirio es una virtud pasada de moda y bastante tediosa.

Hannah cedió, levemente desconcertada, ya que él no solía desempeñar el papel de padre preocupado.

Pudiera ser que Ethan se arrepintiera de su caballerosidad cuando descubriera que el beso que le había dado su hijo le había dejado una mancha en la recién afeitada mejilla. Un impulso malévolo la hizo contenerse de advertírselo.

–¿Me peinas? –le preguntó Emma, pasándole un cepillo y cintas.

Cuando terminó, Ethan tomó de la mano a su hija y dijo:

–Volveré pronto.

–¿Y el trabajo?

–He cancelado mis citas para esta mañana. Cal Morgan te verá a las diez. Yo te llevaré al ambulatorio. Ya sabes, para la inyección del tétanos.

–Muy bien. Hay que tener cuidado –intervino el ama de llaves–. Tom estará bien conmigo. Yo lo bañaré, ¿no, bonito? Dale un beso a mamá.

Cuando Hannah se libró del abrazo del niño, Ethan se había marchado. Ese nuevo interés en su bienestar se basaba, evidentemente, en su opinión de que no era capaz de valerse por sí misma. Era frustrante darse cuenta de que no tenía a nadie a quien culpar de esa situación, sino a sí misma. Si no la hubiera pillado la noche anterior… Había sido un momento muy poco oportuno para descubrir que el hombre con el que se había casado padecía insomnio o era un bebedor secreto. Posiblemente las dos cosas. Esa idea la hizo sonreír. No se podía imaginar a Ethan con alguna debilidad.

Iba a tener que hacerle ver que era más que capaz de cuidar de sí misma. Ir sola a la consulta del médico era el primer paso. Él se alegraría de verse libre de esa molestia.

Pero cambió rápidamente de opinión cuando salió de la consulta y se encontró con Ethan al lado de su coche. Tamborileaba impacientemente con los dedos en el capó del mismo y parecía estar murmurando algo en voz baja. Se incorporó cuando oyó sus pasos, se volvió y la miró con el ceño fruncido.

–¿A qué demonios estás jugando?

A pesar de que su actitud hacia ella siempre había carecido de calor, Hannah no podía recordar cualquier otra ocasión en que hubiera sido tan poco educado. El destello de ira que se leía en sus ojos estaba bastante claro y eso la desconcertó. ¿Qué había hecho ella?

–No estoy jugando a nada, Ethan.

–No me mires con esa cara de no haber roto un plato en tu vida, Hannah Smith. Ya no te va a servir de nada.

–Es Hannah Kemp.

Él se pasó una mano por el oscuro cabello.

–Eras menos problema como Smith. Te ofrecí traerte porque, evidentemente, no pareces estar en condiciones de conducir. ¿Qué estás tratando de hacer? ¿Terminar de lastimarte las partes que no te heriste ayer?

–¡Eso es una ridiculez! –protestó ella–. Y no creas que eres el único que se está arrepintiendo de este matrimonio.

La expresión de él se endureció más todavía mientras la recorría con la mirada. Bajo su escrutinio, ella se vio obligada a enderezarse, a pesar del dolor que sentía en las costillas.

–Para mí, el matrimonio es una de esas decisiones con las que tienes que aprender a vivir.

–Ahórrate las intimidaciones para los juzgados –le respondió ella de una forma sorprendentemente fría.

–Yo nunca cometería ese error, usar tácticas de fuerza con alguien que parece tan vulnerable y frágil como tú lo pareces ahora me haría perder la simpatía del jurado.

–No he querido lastimar tu orgullo profesional.

–Por suerte, no estamos ahora el un juzgado, así que continuaré comportándome como un animal, ya que parece que te sientes muy cómoda con esa imagen mía. ¿Has visto cómo te mueves? Es evidente que te duele cada paso que das.

Ella hizo una mueca. Eso era casi exactamente lo que Cal, el médico, le había dicho anteriormente, antes de examinarla.

–Tengo las costillas lastimadas, no rotas, y Cal me ha dado una receta para unos analgésicos.

–Bueno, ¡la próxima vez que pienses meterte en un coche con un maníaco, trata de recordar que eres una madre, no una especialista de cine!

¡Cualquiera diría que ella había hecho eso con el único propósito de molestarle a él! A veces Ethan podía ser muy egoísta.

–No te preocupes. No necesito una enfermera. No tienes que perder tu tiempo en casa por mí.

–¡Una enfermera! Estoy empezando a pensar que lo que necesitas es un psiquiatra. Y, con respecto a lo de quedarme en casa, he de ir a un juicio esta tarde. Alexa ha accedido a ir a recoger a Emma al colegio.

Hannah no tuvo tiempo de ocultar su desaprobación.

–Creo que deberías hacer un poco más de esfuerzo para llevarte bien con Alexa. Es la abuela de los niños –añadió él.

¿Que ella se esforzara? Hannah apretó los dientes. Alexa Harding se había quedado horrorizada cuando supo que la niñera iba a tomar el lugar de su hija. El que cualquier otra mujer lo hubiera hecho le habría resultado ya bastante duro, ¡pero la niñera! Aquello era inaceptable para la anciana.

Al principio Hannah pensó que se le pasaría si veía que los niños eran felices, pero cuanto mejor se llevaba ella con los niños, su abuela la soportaba menos. Nunca perdía la oportunidad de meterse con ella delante de Ethan. Y de una forma tan sutil como el ácido sulfúrico. Hannah ansiaba que Ethan se pusiera de su lado en contra de ella, por lo menos alguna vez. Pero él no lo había hecho nunca. Permanecía por encima de esas pequeñeces.

–Es muy amable por su parte –dijo ella con una voz sin expresión–. No le habrás contado lo que ha pasado de verdad, ¿no? Alexa se lo pasaría en grande con esa clase de información.

–¿Importa eso?

Hannah lo agarró por la muñeca.

–Sí, importa.

–Le he dicho que has tenido un accidente de coche.

Hannah suspiró aliviada.

–Gracias.

Dándose cuenta de que le estaba clavando las uñas, le soltó la muñeca.

–La verdad no es precisamente algo que me apetezca ir divulgando por ahí.

–¿Estás tratando de decirme que metiéndome en ese coche yo estaba invitando…?

–¡No seas tan suspicaz! –explotó él–. No estoy diciendo nada de eso. Con suerte, habrás aprendido algo de esa experiencia, pero puede que eso sea pedir demasiado.

¿Es que él nunca cometía un error?

–He aprendido a no esperar ninguna comprensión por tu parte.

–No cuando actúas como una inocente colegiala. Entra en el coche. No, en este, en el mío –añadió él cuando Hannah fue a sacar sus llaves–. Y no las guardes. Ciérralo bien. ¿Es que tienes la costumbre de dejarles una tarjeta de bienvenida a los ladrones de coches?

–Pensé que lo había cerrado. Siempre lo hago –dijo ella a punto de ponerse a gritar.

Una vez dentro del coche, Ethan se dirigió a otro lugar que no era su casa. Se detuvo y le dijo que lo esperara allí unos minutos. No le dijo a dónde iba, pero eso no lo hacía nunca, así que a ella no le extrañó. Pero fuera a lo que fuese, parecía muy enfadado.

Diez minutos más tarde, él abrió la puerta y arrojó dentro el bolso de ella.

–Pensé que te gustaría recuperar esto. Será mejor que veas si está todo dentro.

–¿De dónde lo has sacado? –le preguntó ella, sorprendida.

Ethan arrancó entonces.

–¿De dónde crees?

–¿Cómo has sabido dónde vive él? ¿Qué has…?

–En la universidad han sido muy amables cuando les expliqué que mi viejo amigo Craig se había dejado la cartera en mi coche.

–¿Qué te ha dicho él?

–Demasiado.

–¿Sobre mí? –preguntó ella sintiéndose fatal.

Sólo se podía imaginar qué clase de sórdida historia podía haber contado ese tipo para justificar su actuación. Sintió ganas de vomitar sólo con pensar que Ethan se lo pudiera haber creído. No pudo mirarlo.

–No te preocupes, al final admitió la verdad.

–¿Al final?

Ella miró sus serias facciones. Ethan no era de la clase de hombre que se dejara intimidar por la gente, más bien era él quien podía ser bastante intimidatorio si pensaba que la situación lo requería. Sus siguientes palabras confirmaron sus sospechas.

–Craig ahora tiene bastante miedo. Eso era lo que tú querías, ¿no? No me acordé de cuánto miedo tenías pensado, pero yo siempre he pensado que es mejor la calidad que la cantidad.

La leve sonrisa de él la hizo estremecerse. Aquel no era padre indulgente de esa mañana, era un hombre despiadado, un hombre peligroso. Nunca antes se había dado cuenta de lo atemorizante que podía ser Ethan.

–No lo golpeaste, ¿verdad?

–No hice nada tan desagradable. Sólo le dije lo que le haría si te volvía a tocar a ti o a cualquier otra mujer.

–¿Y eso lo asustó?

–Tenías que haber estado allí –dijo él sonriendo más salvajemente.

Hannah pensó entonces en lo poco que sabía del hombre con quien se había casado.

–¿Y se supone que los abogados os comportáis de esa manera?

–No entré allí con la toga puesta, Hannah. Entré como tu marido. No le puse un dedo encima. Por supuesto, si él hubiera intentado… Pero no lo hizo. He visto a bastantes tipos como él.

Ella apartó la mirada e hizo como si mirara el contenido de su bolso.

–Todo está aquí –dijo sin darse cuenta realmente de lo que tenía delante de los ojos.

Lo que él había dicho acerca de que había entrado en esa casa como su marido le resonaba fuertemente en la cabeza. El calor que le producía eran una ridiculez, ella sabía muy bien que aquello no significaba nada. Pero aun así…

–¿No vas a venir a almorzar? –preguntó ella tratando de parecer como si no le importara una cosa o la otra.

Tenía mucha experiencia en eso, podía oír lo que sonaba como auténtica falta de interés.

–Voy a reunirme con Miranda. Me va a ayudar en el juicio de esta tarde.

Miranda era la nueva adquisición del bufete de Ethan, y todo lo que a Hannah le hubiera gustado ser. No sólo era hermosa, sino que también tenía cerebro. Se había ganado el respeto de un mundo dominado por los hombres.

A menudo se había preguntado si era Miranda la razón por la que Ethan volvía a casa tan tarde. No era razonable suponer que él permaneciera célibe. Era un hombre viril y muy atractivo. Aunque siguiera muy enamorado de Catherine, seguía siendo humano. Sabía que siempre sería discreto y que no se conocerían sus aventuras. El caso era que pensar en él con esa hermosa pelirroja la atormentaba.

–Eso está bien.

–¿Sí?

–No sé –dijo ella exasperada–. Sólo estaba tratando de ser educada.

–Ahora sé por qué me casé contigo. Por tu buena educación.

–¡No, te casaste conmigo porque querías una esposa que te costara poco y se metiera poco en tu vida!

–Bueno, cualquiera diría eso de ti después de estas últimas veinticuatro horas.

–Si no me hubieras visto, no habrías sabido nada de lo de anoche. ¡Ha sido culpa tuya, por tener insomnio!

–¿Que no lo habría sabido? Ahora que lo pienso, ¿cuántos otros secretos tendrás?

–¿Secretos? ¿Yo? Mira, si te contara todo lo que hago durante el día te mataría de aburrimiento.

–Así que tu vida es aburrida, ¿no?

–Lujosamente aburrida –dijo ella sarcásticamente–. ¿Qué más puede pedir una chica?

Él la miró con una expresión curiosa. Eso hizo que Hannah se humedeciera los labios nerviosamente.

Inesperadamente, él le tomó la barbilla con una mano.

–¿Qué te ha pasado? No eres la misma persona.

Hasta entonces todo había ido muy bien. ¿Por qué habría tenido ella que empezar a actuar como una mujer tan de repente? Y, lo que era peor, ¿por qué estaba él pensando en ella como mujer?

–Tal vez has confundido el silencio con la falta de sentimientos, Ethan.

–¿Y qué despierta tus pasiones?

–Las cosas.

–¿Como las clases de francés?

–Como las clases de francés.

–Tal vez sería más seguro para ti buscar más cerca de casa para satisfacer tus pasiones –dijo él acariciándole la barbilla.

–¿Tú hablas francés?

–No fue la búsqueda de un estímulo intelectual lo que te hizo hacer algo tan peligroso como meterte en ese coche anoche. El tipo ese resultó un idiota, ¿pero y si hubiera sido más sutil? ¿Habría sido inaceptable para ti un beso furtivo en la oscuridad? ¿Era eso lo que querías en secreto?

Ella apartó el rostro.

–¡La única persona que me gustaría menos que me tocara que ese Craig eres tú! –respondió ella muy ofendida.

Irónicamente, la única atención masculina que quería era la de Ethan.

–Valientes palabras.

Más tarde, la lógica le podría decir que había lastimado su ego masculino. Pero la lógica no fue en su ayuda en ese momento.

El beso de él no tuvo nada que ver con los que se había imaginado. La imaginación no tiene textura, calor y sabor. Fue como si se disolviera, y sus labios se abrieron inmediatamente. Su sabor le llenó los sentidos.

Cuando cesó el beso, su desorientación fue total. Estaba extrañamente mareada. se llevó la mano a los labios y miró a Ethan con unos ojos aún nublados. Le produjo una cierta satisfacción ver que él parecía estar igual de anonadado por lo que había hecho.

–Ha sido algo infantil por mi parte –dijo él fríamente de nuevo.

–Yo no creo que haya sido infantil, precisamente.

Lo cierto era que ahora se sentía muy adulta.

–Supongo que esperas que me disculpe.

–¿Por qué? Me ha gustado.

–¡Cielo Santo! –exclamó él, poniéndose más rígido cuando descubrió que ella estaba recorriendo ansiosamente con la mirada sus labios.

Esa exclamación hizo que ella bajara a la tierra y se ruborizó.

–Me refiero a que un beso es sólo…

–¿Un beso?

–Exactamente. No creo que debamos darle más…

–Así que te gustó.

Hannah frunció el ceño.

–Me gustó que perdieras el control.

–Eso es muy generoso por tu parte.

Cuando sonó el timbre de la puerta esa misma tarde, Hannah se preparó para una nueva confrontación con Alexa. Miró el reloj y pensó que llegaba pronto. Estaba sentada en la alfombra jugando con Tom y se puso al niño en el regazo como si fuera una especie de escudo contra el montón de críticas que estaban a punto de caerle encima.

–Señora Kemp, es el señor Dubois.

–¡Jean Paul! –exclamó encantada Hannah al ver quien iba detrás de la señora Turner.

–Hannah, perdona la molestia.

–No es molestia, pasa. ¿Quieres un té, un café?

–Café, por favor.

–¿Le importa, señora Turner? –le dijo sonriendo al ama de llaves–. Siéntate, por favor.

No se le ocurría qué podía estar haciendo allí su profesor de francés, pero habiéndose esperado a Alexa, estaba encantada de su presencia.

Jean Paul Dubois se sentó en un sillón y miró a su alrededor.

–Tienes un hogar encantador –dijo, ajustándose las gafas.

Esas gafas eran lo único de intelectual que tenía, ya que más bien parecía un atleta o modelo que un profesor universitario.

–La casa ha sido de la familia de mi marido desde hace mucho tiempo.

Ethan la había heredado de su padre hacía años y, a pesar de que su madre había permanecido allí un tiempo, se había marchado poco después del primer matrimonio de Ethan. Hannah había conocido brevemente a Faith Kemp en su boda, y la mujer no se había molestado en ocultar su disgusto por la misma. Incluso oyó por sí misma cómo regañaba a su hijo por aquello.

–Y el niño es precioso –dijo Jean Paul riéndose cuando Tom le tiró un elefante de peluche a la cabeza.

–Gracias.

–Te preguntarás por qué estoy aquí, ¿no?

–Me alegro de verte.

–Eres una buena estudiante. Algunas personas tienen un talento natural para los idiomas… y tú eres de ésas.

Hannah se ruborizó. Lo cierto era que le gustaban sus clases, pero no había pensado que fuera nada especial.

–Tengo un buen profesor.

–Es por eso por lo que me gustaría que reconsideraras tu decisión de dejar el curso. Ya sé que se tienen muchas presiones al tener una familia… Y ese desafortunado accidente.

–Un momento –dijo ella levantando una mano. Tom se abalanzó sobre Jean Paul y le quitó las gafas–. ¿Qué te hace pensar que voy a dejar el curso? ¿Cómo has sabido que he tenido un… accidente?

–Tu marido ha hablado conmigo.

–¿Lo ha hecho?

–Yo le dije lo mucho que lamentaría dejar de verte por allí. Ya sé que esas clases son para principiantes, pero esperaba que tú progresaras más.

–¿Que progresara más? –le preguntó ella sorprendida.

–¿Has pensado conseguir una licenciatura?

–¿Yo? No podría hacerlo. Dejé los estudios a los dieciséis años.

A esa edad, el estado dejó de ser responsable de ella, y tuvo que asumir que ganarse la vida y realizar estudios superiores no era compatible.

–¿A tu familia no le importó?

–No tenía familia. Luego, estudié para niñera.

–Sé que eres muy joven, Hannah.

–Veintitrés.

–Puedes entrar en la universidad. Normalmente son flexibles con los candidatos adecuados.

–¿Y tú crees que yo lo soy?

Jean Paul sonrió.

–Eres la candidata perfecta. Algunos estudiantes mayores encuentran un problema para pagarse la carrera, pero tú… –dijo él abarcando la habitación con un gesto de la mano.

–No sé qué decir.

¿Podría hacerlo? Ethan nunca estaría de acuerdo. De todas formas, la idea le pareció muy atractiva. Conocía a mucha gente bastante más incapaz que ella que habían ido a la universidad y terminado sus estudios. Algo que a ella siempre le había parecido fuera de su alcance.

–Di que sí, chérie.

Tom le había escondido las gafas, así que Jean Paul añadió;

–Bueno, y ahora, ¿dónde están mis gafas? Si no las encuentro, vas a tener que guiarme con la mano, Hannah. Sin ellas, no veo nada.

Hannah se rió, buscó las gafas y se arrodilló delante del sillón de Jean Paul para ponérselas.

En ese momento, se abrió la puerta y volvió el ama de llaves con una bandeja en la que portaba cafés y bollos.

–He hecho muchos bollos. Sé lo hambrienta que vuelve a casa Emma.

–¿Puedo merendar ya? –dijo Emma entrando en la habitación con su abuela.

La mujer miró a Hannah con un aire de malicioso triunfo.

–Primero ve a cambiarte de ropa –respondió Hannah–. Hola, Alexa. Ha sido muy amable por tu parte ir a buscar a Emma al colegio.

–Hannah, qué deliciosa sorpresa. Esperaba encontrarte en la cama, por lo que me dijo Ethan. Pero tienes un aspecto magnífico, querida. ¿No me vas a presentar a tu amigo?

Decidida a no dejarse amilanar, Hannah se limitó a hacer un gesto con la cabeza hacia Jean Paul.

–Es Jean Paul Dubois, mi profesor de francés. Jean Paul, ésta es Alexa.

Jean Paul se puso en pie y se llevó la mano de Alexa a los labios.

–Madame. No, Hannah, no te levantes. Estás ocupada con tu familia. ¿Pensarás en lo que te he dicho?

Hannah se levantó de todas formas. Como seguía estando dolorida y se le notaba, Jean Paul la ayudó, tomándola del brazo.

–Gracias –dijo ella.– Me ha gustado que vinieras. Adiós.

–Au revoir.

–¿Sabe Ethan que tú andas con hombres mientras él está trabajando? –dijo Alexa sentándose en el mismo sillón que había dejado libre Jean Paul.

Era una mujer atractiva y con muy buena figura. Pero las permanentes arrugas de amargura que tenía en la boca estropeaban un rostro que podría haber sido bastante hermoso.

–No hables en plural. Y estoy segura de que tú misma se lo dirás.

Era muy consciente de que a Ethan ni se le ocurriría pensar que un hombre como Jean Paul pudiera encontrarla atractiva. En parte era por eso por lo que se había casado con ella.

Alexa pareció un poco sorprendida por su tranquilidad.

–Espero que no les des importancia a un par de arañazos. Catherine nunca dejaba que incomodidades como ésa le impidieran hacer lo que quería. No tenía miedo de nada.

Y era por eso por lo que, cuando Tom tenía apenas un mes, ella había decidido montar un caballo conocido por su temperamento indomable y se había matado.

–Yo no soy Catherine.

Alexa se rió amargamente.

–Y estoy segura de que Ethan recuerda su pérdida cada vez que te mira.

Cuando el pequeño Tom tomó una porcelana de la estantería, añadió secamente:

–¡Thomas, deja eso!

–Dáselo a mamá, Tom –dijo Hannah tranquilamente para no asustarlo–. Buen chico.

Dejó la porcelana en su sitio y pensó que las palabras de Alexa no le habrían dolido tanto si no supiera que eran ciertas.

–Era una de las figuras favoritas de Catherine.

–Bueno, ya está a salvo.

–No sé por qué permites que los niños entren en esta habitación. Lo rompen todo.

Hannah suspiró. Ya habían pasado por aquello anteriormente.

–Esto es un hogar familiar, Alexa. No una vitrina de exposición.

La verdad era que todo el edificio le parecía una especie de mausoleo. Había fotos y trofeos de Catherine por todas partes. No sólo había sido una magnífica amazona, sino que navegaba a vela y escalaba. Evidentemente, había sido una de esas personas que, no sólo encontraban atractivo el peligro, sino que eran adictas a él. Su talento no se había limitado a lo deportivo, sino que también llevaba una pequeña firma de ropa deportiva.

–Este lugar parece definitivamente mal cuidado. Ya sé que a Ethan no le gusta tener visitas ahora que no está Catherine, pero… –dijo Alexa arrugando la nariz.

Aquello no era cierto, ya que todas las habitaciones principales habían sido redecoradas hacía un par de meses.

La entrada de Emma interrumpió la conversación.

Hannah sabía que lo que Alexa sentía por ella era algo más que rechazo. A veces pensaba que esa mujer hacía de ella el foco de todo su dolor e ira por la muerte de su hija.

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