Read the book: «Corazón de nieve - Una noche en el desierto»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 410 - noviembre 2020

© 2008 Cathy Williams

Corazón de nieve

Título original: Rafael’s Suitable Bride

© 2008 Kim Lawrence

Una noche en el desierto

Título original: Desert Prince, Defiant Virgin

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-930-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Corazón de nieve

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Una noche en el desierto

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

EN UN día en que la mayoría de la gente cuerda se afanaba por estar lejos de la carretera, Rafael Rocchi había decidido prescindir de la comodidad del tren y conducir su Ferrari. Rara vez disfrutaba de la oportunidad de llevarlo, y cuando ésta se le presentaba, lo sacaba de su garaje de Londres, donde su chófer, Thomas, lo mantenía reluciente.

Conducir hasta la casa de su madre en el Distrito de los Lagos sería perfecto. Podría perderse en el placer de estar sentado al volante de un coche tan poderoso como un caballo salvaje. No había nada como esa sensación de libertad, algo inestimable para él, en contraste con su vida diaria tan estructurada. Dirigir el imperio Rocchi, que llevaba solo desde que su padre muriera ocho años atrás, no era precisamente una experiencia liberadora, aunque sí tensa y satisfactoria.

En esa rara ocasión había apagado el teléfono móvil y escuchaba música clásica, pero atento a las condiciones de la carretera. Los últimos días había visto cómo la nieve cubría todo el país, y aunque en ese momento no caía, los campos seguían blancos mientras continuaba su viaje al norte.

Estaba absolutamente convencido de su habilidad para controlar el Ferrari en esos caminos sinuosos, igual que lo estaba de su capacidad para controlar cada aspecto de su vida. Probablemente por eso, a la edad de treinta y seis años, ya era una figura legendaria en el mundo de los negocios, temido tanto por su implacabilidad como por su brillantez.

Incluso había veces que creía que las mujeres le temían de igual manera, lo cual pensaba que era algo positivo. Un poco de temor jamás hacía daño a nadie, y resultaba rentable asegurarse de que una mujer supiera quién controlaba los hilos de una relación. Si es que las aventuras de seis meses podían considerarse relaciones. Su madre prefería describirlas de otra manera, y era la razón que creía que había tenido para dar esa gran fiesta posnavideña con el fin de elevar el ánimo de todos, ya que, según sus propias palabras, no había mes más aburrido que febrero.

Resultaba evidente que su intención era volver a hacer de casamentera, a pesar de que en más de una ocasión Rafael le había dejado claro que le gustaba su vida tal como estaba. Pero para su madre, italiana tradicional que era a pesar de llevar décadas viviendo en Inglaterra, soltero y sin hijos a su edad no podía representar una situación feliz. Ella se había casado con veintidós años y con veinticinco ya lo había tenido a él, y habría traído varios hijos más al mundo si el destino no le hubiera negado esa posibilidad.

También había insistido en que asistiera, lo cual era ominoso, pero su madre era la única persona a la que respetaba de forma incondicional en el mundo. Y ahí estaba, al menos disfrutando de la experiencia de llegar hasta allí, aunque luego se muriera de aburrimiento.

Su madre jamás había terminado de aceptar la verdad de que a él le gustaban las mujeres casi exclusivamente por la apariencia. Le gustaban altas, rubias, complacientes y, lo más importante de todo, temporales.

Al tomar una curva en el camino que llevaba hasta la extensa propiedad campestre de su madre, tuvo que pisar los frenos al ver un coche que se había salido del camino y precipitado contra el arcén nevado. El Ferrari giró y con un chirrido de protesta de las ruedas, se detuvo a menos de un metro del desdichado y, tal y como pudo ver en cuanto bajó de su ladeado coche, abandonado Mini.

Al menos había alguien sobre quien poder volcar su bien merecida ira. Alguien de pie del otro lado del Mini, mirándolo con expresión sobresaltada. Una mujer. «Típico», pensó.

–¿Qué diablos ha pasado aquí? ¿Estás herida? –la mujer avanzó y parpadeó–. ¿Y bien? –demandó él. Entonces pensó que lo mejor que podía hacer era mover su propio coche por si otro vehículo aparecía por la curva. Aunque el camino siempre estaba desierto, no tenía sentido correr riesgos–. He de mover mi coche –le dijo a la mujer que parecía muda.

Cuando bajó del Ferrari ya aparcado, descubrió que ella había vuelto a desaparecer.

Con creciente irritación, rodeó la parte trasera del Mini y la encontró arrodillada en el suelo, buscando algo con la ayuda de la luz de su teléfono móvil.

–Lo siento –fue la disculpa ansiosa que ofreció ella–. De verdad que lo siento. ¿Estás bien? –lo miró unos instantes y volvió a centrarse en su búsqueda.

–¿Tienes idea de lo peligroso que es que dejes tu coche ahí? –con sequedad indicó el Mini.

–Intenté moverlo, en serio, pero las ruedas no paraban de resbalar –se levantó, abandonando la búsqueda a regañadientes y se mordió los labios nerviosa.

En ese momento pudo ver que la mujer apenas sobrepasaba el metro cincuenta y cinco. Baja y regordeta, por lo que parecía. Lo que no mejoró en nada sus decrecientes niveles de paciencia. De haber sido espigada y hermosa, su encanto quizá se hubiera activado automáticamente. Pero en ese instante, lo único que pudo hacer fue mirarla con expresión de desagrado.

–Entonces, ¿decidiste dejarlo donde estaba, indiferente al riesgo que sometías a cualquiera que pudiera aparecer por esa curva, y te dedicaste a hurgar en el camino? –preguntó con sarcasmo.

–De hecho, no estaba hurgando. Estaba… me froté los ojos para despejarme y se me cayó una lentilla. Vengo conduciendo desde Londres. Debería haber tomado el tren, pero pretendo marcharme a primera hora de la mañana y no quería ser grosera y tener que despertar a alguien para que me llevara a la estación –lo miró ansiosa–. A propósito, hola –extendió una mano pequeña y observó al desconocido.

Era el extraño más atractivo que había visto en toda la vida. De hecho, bien podría haber salido de la portada de una revista. Era muy alto y llevaba el pelo oscuro hacia atrás, para despejar cualquier distracción de la belleza esculpida en su cara. Su cara ceñuda.

Cristina no pudo evitar esbozar una sonrisa, impasible ante su expresión antipática.

Rafael soslayó la mano extendida.

–Moveré tu coche a un lugar menos peligroso y luego será mejor que te subas al mío. Doy por hecho que vas en la misma dirección que yo. Sólo hay una casa al final de este camino.

–Oh, no tienes que hacerlo –musitó Cristina.

–No, no tengo, pero lo haré porque no quiero el incordio de una conciencia culpable si te pones al volante de tu coche cuando no ves nada y chocas.

Giró en redondo ajeno al fascinado interés con que lo observaba Cristina mientras con pericia llevaba a cabo lo que ella había tratado de hacer sin éxito durante media hora.

–Eso ha sido brillante –le dijo con sinceridad cuando lo tuvo otra vez delante.

Rafael sintió que parte de su enfado se evaporaba.

–En absoluto –repuso–. Pero al menos el condenado coche ya se encuentra en un lugar más seguro.

–Ahora yo ya puedo conducir –se vio obligada a reconocer–. Quiero decir, llevo unas gafas en el bolso. Siempre las llevo porque nunca sé cuándo las lentillas van a empezar a irritarme los ojos. ¿Usas lentes de contacto?

–¿Qué?

–Olvídalo –frunció levemente el ceño al considerar tardíamente el aspecto que ofrecía y lo que quedaba por delante.

–¿Y bien? –Rafael esperaba junto a su coche, con la puerta del lado del acompañante abierta, ansioso por dejar de hablar en un lado del camino con el viento silbando a su alrededor.

Cristina avanzó un par de pasos aún con expresión ansiosa y renuente.

–Es que… bueno… –extendió las manos–. Mírame. No puedo llegar con este aspecto –apenas conocía a su anfitriona, María. La había visto un par de veces en Italia, cuando había estado viviendo allí con sus padres antes de trasladarse a Londres, y le había parecido una dama agradable, pero no la conocía lo suficiente como para pedirle que la ayudara a arreglarse porque había perdido una lentilla. En ese momento tenía las manos sucias de tantear el suelo, las medias rotas y ni siquiera se atrevía a pensar en su cabello, ya de por sí rebelde en el mejor de los casos.

–No seas ridícula –le dijo con desdén–. No pienso mantener una conversación sobre tu apariencia aquí afuera, con esta temperatura –con amabilidad, decidió no indicarle que había muy poco que se pudiera arreglar al respecto para hacerla parecer sexy. Tenía la complexión de una pequeña pelota y el viento jugaba de forma poco halagüeña con su pelo.

Sin embargo, mientras ella parecía clavada en el suelo en una especie de agonía, bochorno e indecisión, y como él empezaba a sentir cada vez más frío e impaciencia, Rafael se decidió por la única solución posible.

–Saca las cosas de tu coche y me aseguraré de que entremos por atrás. Luego te llevaré a una de las habitaciones de invitados y podrás hacer lo que sea que creas que debes hacer.

–¿En serio? –no pudo evitar admirar el ingenio y la consideración mostrados por él al manejar antes la situación de su coche y en ese momento encontrar la solución del espinoso problema de su aspecto. Sí, era cierto que no irradiaba vibraciones de simpatía, pero mientras recogía su bolsa de viaje y el abrigo de su coche, llegó a la conclusión de que era perfectamente comprensible. Después de todo, acababa de sufrir un susto terrible al girar por la curva y enfrentarse al peligro de empotrarse contra su Mini.

–Date prisa –Rafael miró la hora y se dio cuenta de que la fiesta ya estaría en su apogeo.

Le había prometido a su madre que llegaría con bastante antelación, pero, desde luego, las exigencias del trabajo habían ido socavando sus buenas intenciones.

–Eres muy amable –le dijo Cristina cuando él recogió su bolsa y abrigo y los metió en el maletero casi invisible al ojo humano.

Rafael no recordaba la última vez que lo habían descrito como una persona amable, pero se encogió de hombros sin decir una palabra. Arrancó.

–¿Cómo vas a saber dónde está la entrada posterior?

En ese momento se sintió inclinado a explicarle la relación que mantenía con la anfitriona. Era evidente que ella no tenía idea de su identidad y prefirió que siguiera así. Al menos por el momento. Había conocido a suficientes mujeres en la vida a quienes su dinero les resultaba un afrodisíaco. A veces resultaba divertido. Aunque la mayoría aburría.

–No has llegado a decirme cómo te llamas –le comentó, cambiando la conversación, y al mirarla vio que se ruborizaba y que parecía consternada.

–Cristina. ¡Cielos, qué grosera soy! ¡Acabas de rescatarme y yo ni siquiera soy capaz de presentarme! –trató de no quedarse boquiabierta y de actuar como la mujer de veinticuatro años que era.

Sin embargo, todos los intentos de sofisticación eran frustrados por su personalidad intrínsecamente jovial y su naturaleza impresionable. Había conocido a muchos hombres a lo largo de su vida por su educación privilegiada en Italia, y luego por quedarse con su tía en Somerset al ir al internado. Pero la experiencia que tenía con ellos en un plano de intimidad era limitada. De hecho, inexistente, por lo que jamás había llegado a adquirir el cinismo que surgía con el corazón roto y las relaciones fallidas. Poseía una inagotable fe en la bondad de la naturaleza humana y, por ende, se mostraba imperturbable a la reacción poco acogedora de él a su charla.

–¿Cómo te llamas tú? –preguntó con curiosidad.

–Rafael.

–¿Y de qué conoces a María?

–¿Por qué te preocupa tanto la clase de impresión que causes? ¿Conoces a la gente que estará en la fiesta?

–Bueno, no… Pero… No soporto la idea de entrar en una habitación llena de gente con las medias rotas y el pelo por toda la cara –miró sus manos y suspiró–. Y también mis uñas están hechas un desastre… y pensar que ayer mismo fui a hacerme la manicura –sintió que se le humedecían los ojos por cómo había estropeado su aspecto y con decisión contuvo las lágrimas.

El instinto le advirtió de que se hallaba en presencia de un hombre que probablemente no recibiría de buen grado la visión de una desconocida chillando en su coche.

Pero se había esforzado tanto. Al ser nueva en Londres y sin tener aún alguna amistad sólida allí, la invitación de María la había entusiasmado y de verdad se había esforzado en arreglarse para la ocasión. A pesar de los intentos cariñosos de su madre, había sentido que jamás había logrado estar a la altura de la posición en la que había nacido. Sus dos hermanas, las dos casadas y con más de treinta años, habían sido bendecidas con el tipo de atractivo que requería muy poco trabajo.

Ella, por otro lado, había crecido casi como un niño, más interesada en el fútbol y en jugar en los amplios jardines de la casa de sus padres que en los vestidos, en el maquillaje y en todas las cosas de niñas. Más adelante había desarrollado un amor por todo lo que tuviera que ver con la naturaleza y había pasado muchos veranos adolescentes siguiendo al jardinero, preguntándole todo tipo de cosas sobre las plantas. En algún momento había sospechado que su madre se había rendido en la misión de convertir a la hija menor en una dama.

–No sé qué me hizo pensar que podría encontrar una lente de contacto en el suelo, y menos con nieve –confesó con tono lóbrego. Se miró las rodillas–. Las medias rotas, y no he traído otras de repuesto. Supongo que no tendrás un par extra por ahí…

Rafael la miró y vio que ella le sonreía. Tuvo que reconocer que tenía una rápida capacidad de recuperación, por no mencionar la intensa habilidad de pasar por alto el hecho de que resultaba evidente que no se sentía inclinado a dedicar el resto del trayecto a hablar del estado de su aspecto.

–No es la clase de artículo con el que suelo viajar –repuso con seriedad–. Quizá mi… Quizá haya algún par extra en alguna parte de la casa…

–Oh, seguro que María tiene cajones llenos de medias, pero no tenemos precisamente la misma complexión, ¿verdad? Ella es alta y elegante y yo, bueno, he heredado la figura de mi padre. Mis hermanas son todo lo opuesto. Son muy altas y con piernas largas.

–¿Y eso te da celos? –se oyó preguntar.

Cristina rió. Un sonido inesperado y contagioso.

–Cielos, no. Las adoro, pero no cambiaría ni un ápice de mi vida por la de ellas. ¡Quiero decir, entre las dos tienen cinco hijos y una exagerada vida social! Siempre están en cenas y en cócteles, agasajando a clientes en el teatro o en la ópera. Viven demasiado cerca la una de la otra y ambas están casadas con hombres de negocios, lo que significa que siempre están en el escaparate. ¿Puedes imaginártelo… no poder salir jamás de tu casa sin una tonelada de maquillaje encima y ropa y accesorios a juego?

Como las mujeres con las que él salía nunca abandonaban el dormitorio sin una capa completa de maquillaje y accesorios a juego, era capaz de entender ese estilo de vida.

Pudo ver la casa de su madre, una amplia mansión campestre de piedra amarilla, con las chimeneas elevándose orgullosas y el patio delantero lleno de coches, igual que la larga entrada hacia la casa. Incluso en la oscuridad resultaba fácil apreciar la belleza y simetría de la construcción. Aguardó la predecible manifestación de asombro, pero no se produjo.

Lo sorprendió un poco, porque en el pasado alguna vez había llevado allí a una amiga y siempre que la casa se había mostrado en todo su perfecto esplendor, invariablemente había oído una exclamación de maravilla y deleite.

Al mirarla, vio que Cristina jugaba nerviosa con el bajo de su vestido y que su rostro mostraba de nuevo el leve fruncimiento de ceño.

–Hay muchísimos coches –comentó casi inquieta–. Realmente me sorprende tanta asistencia con este tiempo –inquieta y un poco consternada. Le desagradaban los grandes acontecimientos sociales, y ése tenía pinta de ser enorme.

–La gente aquí arriba es más dura –señaló Rafael–. Los londinenses son muy blandos.

–¿Tú vives en Londres?

Asintió y rodeó al patio, dirigiendo el coche hacia el sendero de la parte de atrás y entrada de servicio.

–Creí que podrías vivir por aquí –comentó Cristina–. Lo que tal vez pudiera justificar que conocieras la casa y esas cosas.

Intentó llevar la observación a la lógica conclusión, pero su mente no paraba de adelantarse al pequeño problema de adecentarse y ponerse presentable para toda la gente que habría dentro… por no mencionar a María, quien había sido lo bastante amable como para invitarla.

Para su alivio, la entrada trasera se veía menos ajetreada. Sólo había que pasar ante el personal.

–Tengo que decirte que soy el hijo de María –Rafael apagó el motor y se volvió hacia ella.

–¿Sí? –lo miró en silencio durante unos segundos. Estaba pensando que María era una mujer encantadora, amable y sincera, y ese tipo de personas por lo general tenían hijos amables y sinceros. Le dedicó una sonrisa radiante porque comprendió que, sin importar lo seca que pudiera parecer su actitud, él era tan amable como en un principio lo había considerado–. Tu madre es una persona maravillosa.

–Me alegro de que pienses así. Al menos en eso coincidimos –sin darle tiempo a responder, bajó del coche y la ayudó a hacer lo mismo, mientras un hombre que pareció materializarse de la nada corrió a ocuparse del equipaje.

Eso sólo podía significar que su madre había solicitado que estuvieran atentos a la llegada del hijo impuntual, lo cual era un incordio, teniendo en cuenta que en ese momento era un renuente caballero con reluciente armadura que debía llevar a su inesperada carga a una de las habitaciones de invitados de la primera planta… cualquiera que estuviera desocupada, ya que sospechaba que algunos invitados iban a quedarse a pasar la noche allí.

Mantuvo una breve y rápida conversación con Eric, el hombre encargado de toda la casa desde que tenía memoria, y luego le hizo una señal a Cristina.

A la implacable luz del vestíbulo trasero, lo sorprendió ver que en realidad no era la mujer corriente que en un principio habría creído.

Desde luego, nadie podría llamarla hermosa. Era demasiado… «robusta»… no precisamente gorda, sino de complexión sólida. Tenía un rostro alegre y cálido, y aunque todavía parecía nerviosa, percibió que era una persona dada a una risa fácil.

Y tenía unos ojos enormes de un castaño líquido, como los de un cocker cachorro.

De hecho, era el equivalente humano de un cocker cachorro. La antítesis de los estilizados y ágiles galgos que él prefería. Pero un trato era un trato, y él había prometido ayudarla a salir del aprieto en el que se encontraba.

–Sígueme –le dijo con brusquedad sacándola fuera de la cocina y conduciéndola a través de habitaciones. El sonido de voces reflejaba que la fiesta tenía lugar en la parte delantera de la casa.

Por supuesto, la casa era demasiado grande para su madre tras el fallecimiento de su padre, pero ella no quería ni oír hablar de venderla.

–No soy tan mayor, Raffy –le había dicho–. Cuando no pueda subir escaleras, pensaré en venderla.

Conociéndola, ese día jamás llegaría. Mostraba tanta energía con sesenta y pocos años como cuando tenía cuarenta, y aunque había alas en la casa que rara vez se usaban, muchas de las habitaciones eran ocupadas en distintas épocas del año tanto por amigos como por familiares.

No tardó en introducir a Cristina en un dormitorio de una de esas alas, donde ella lo miró con expresión desolada.

–Oh, por el amor de Dios –movió la cabeza y la estudió.

–Sé que estoy siendo una molestia –suspiró ella–. Pero… –vio la expresión en la cara de él y se sonrojó–. Sé que no tengo una figura perfecta… –musitó abochornada. Se le ocurrió que un hombre con ese aspecto, capaz de frenar en seco a una mujer, sólo llegaría a codearse con su equivalente femenino… que no sería una mujer inexperta de veinticuatro años con problemas de peso–. He seguido innumerables dietas –soltó en el creciente silencio–. No te creerías cuántas. Pero como he dicho, heredé el cuerpo de mi padre –rió un poco más alto que lo necesario y luego calló en un silencio avergonzado.

–Tu vestido tiene un roto.

–¿Qué? ¡No! Oh, cielos… ¿dónde?

Antes de poder inclinarse para estudiar su traicionero atuendo, tuvo a Rafael delante de ella, arrodillándose y alzando la tela tenue de su vestido de seda suelto, estilo túnica, con un intenso estampado de flores rojas y blancas sobre un fondo negro, que debería haber sido más que suficiente para camuflar un desgarro. Por desgracia, mientras él lo alzaba, el desgarro pareció crecer hasta que fue lo único que pudo ver con ojos horrorizados.

Sin embargo, a través de su horror fue muy consciente del delicado roce de los dedos de él contra su pierna. Le provocó un escalofrío intenso por todo el cuerpo.

–¿Ves?

–¿Qué voy a hacer? –murmuró.

Se miraron y Rafael suspiró.

–¿Qué otra cosa has traído? –se preguntó desde cuándo se ocupaba de rescatar a damiselas en apuros.

–Vaqueros, vestidos, botas de goma por si quería dar un paseo por el jardín. Me encanta estudiar los jardines. Soy adicta a ello. La gente más aburrida a veces puede manifestar unas ideas creativas maravillosas en el modo en que arregla su jardín. Estoy divagando, lo siento, desviándome del tema… que es que no tengo absolutamente nada apropiado que ponerme…

Rafael nunca había conocido a una mujer que llevara sólo lo necesario. Durante unos segundos lo embargó un silencio aturdido, luego le dijo a regañadientes que le buscaría algo en el guardarropa de su madre. Tenía suficientes trajes como para vestir a toda Cumbria.

–¡Pero es mucho más alta que yo! –exclamó Cristina–. ¡Y más delgada!

Pero él ya salía de la habitación, dejándola sumida en una profunda autocompasión.

Regresó unos diez minutos más tarde con una selección de prendas, todas las cuales parecían odiosamente brillantes, en absoluto apropiadas para alguien de una talla más robusta.

–Bien. No puedo perder mucho más tiempo aquí, así que desnúdate.

–¿Qué? –abrió los ojos incrédula y se preguntó si había oído bien.

–Desnúdate. He traído algunas prendas… pero tendrás que probártelas y con rapidez. De hecho, ya llego tarde.

–No puedo… no contigo aquí… mirando…

–Nada que no haya visto antes –le divirtió ese súbito ataque de mojigatería.

Sin embargo, Cristina se negó y él esperó, mirando de vez en cuando el reloj, mientras ella se probaba la ropa en la intimidad del cuarto de baño adjunto.

Cuando al fin salió, giró con la intención de decirle lo que quería oír. Cualquier cosa para seguir adelante con la velada, porque tenía trabajo y se vería obligado a desaparecer casi inmediatamente después de hacer acto de presencia.

La miró fijamente antes de musitar el obligado:

–Es muy bonito…

No había esperado algo así. En absoluto era espigada, pero tampoco tenía el sobrepeso que había sugerido el vestido. De hecho, había una clara indicación de curvas y tenía unos pechos abundantes, apenas contenidos por la elástica tela de color lila. Mostraba la tonalidad dorada de alguien criado en climas más generosos, y sus hombros, desnudos por el vestido sin mangas, eran redondeados pero firmes. Por primera vez desde que tenía uso de memoria, fue incómodamente consciente de buscar algo más que decir, y evitó el dilema abriendo la puerta y haciéndose a un lado para dejarla pasar.

–Gracias –dijo Cristina con sinceridad, y siguiendo un impulso, se puso de puntillas y le dio un beso inocente en la mejilla.

De repente fue como si hubiera entrado en contacto con una chispa eléctrica. Pudo sentir que la piel se le calentaba, y no se pareció a ninguna otra experiencia que hubiera podido tener en la vida. Se apartó casi al mismo tiempo que él y lo precedió para salir de la habitación.

Casi le resultó un alivio bajar al encuentro de esa mezcla de voces que le proporcionó un telón de fondo en el que poder fundirse de forma conveniente.

Pero no antes de revelarle su presencia a María.

Una vez allí, pudo apreciar su entorno… los finos cuadros en las paredes, las dimensiones elegantes del enorme salón, que se fundía con otra sala de recepción también llena de gente. En diversas mesas y en el aparador de roble que debía medir unos tres metros, había jarrones con flores fragantes y coloridas. La atmósfera rebosaba júbilo y la gente se divertía. Tomó una copa de vino de una bandeja que llevaba una camarera y luego interrumpió a María, que había estado dando instrucciones acerca de la hora en que debía servirse la cena.

–Ese vestido… –la anfitriona frunció el ceño, desconcertada.

No por primera vez, Cristina reconoció que era una mujer increíblemente hermosa… elegante sin intimidar, con una dicción exquisita pero sin alardear de ello.

Se lanzó a una generosa explicación de cómo había terminado luciendo uno de los vestidos de la anfitriona. María, con la cabeza ladeada y una sonrisa divertida, escuchó hasta el final y luego le aseguró que estaría encantada de que se quedara con él, porque desde luego a Cristina le quedaba mucho mejor que lo que alguna vez le había sentado a ella.

–Jamás he logrado llenar la parte de arriba de la misma manera –confesó, potenciando de inmediato la autoestima de la joven–. Y ahora cuéntame cómo están tus padres…

Charlaron durante unos minutos, luego María comenzó a presentarle gente cuyos nombres Cristina tuvo dificultad en recordar. Cuando María volvió a desaparecer entre la multitud, se encontró felizmente sumergida en una animada conversación acerca de los jardines de algunas de las personas que vivían por la zona.

En el otro extremo del salón, Rafael la observó distraído antes de ir en busca de su madre, quien sin duda le regañaría por llegar tarde. Se preguntó si eso lo ayudaría a marcharse pronto, ya que tenía una importante conferencia telefónica con el extranjero que había programado para las once y media.

Pero no le mencionó que llegara tarde, y en unos segundos descubrió la causa.

–No tuve elección –musitó–. Esa mujer se había metido en el arcén y buscaba una lentilla perdida como si albergara alguna esperanza de poder encontrarla.

Distraído, mientras bebía su whisky con soda y la miraba a través de la gente, volvió a pensar que era una joven de proporciones generosas en todos los sitios adecuados.

–Es encantadora –comentó María, siguiendo su mirada–. Conozco a sus padres desde hace bastante tiempo. Son los dueños de esa cadena de joyerías… ¿sabes a las que me refiero? Le suministran diamantes a la mejor gente… a personas muy influyentes, si me entiendes.

Rafael había estado escuchando a medias, pero en ese instante sus oídos se centraron en lo que oían, más por la entonación en la voz de su madre que en lo que decía, aunque captó algunas frases. Que eran italianos, desde luego, de aspecto muy tradicional aunque no asfixiantes… Que estaban contentos de que su hija menor viviera y trabajara en Londres… Y entonces, como salidas de la nada, las palabras: «Sería perfecta para ti, Raffy, y ya va siendo hora de que pienses en sentar la cabeza…»

Capítulo 2

NO, MADRE!

Estaban sentados en la cocina rústica con una jarra de café entre ellos y el sonido de la radio de fondo que les informaba de que el mal tiempo continuaría.

Aún no eran las seis y media, pero él ya llevaba despierto una hora, conectado al mundo por el teléfono móvil y el ordenador portátil, y María simplemente porque le resultaba imposible dormir más allá de las seis.

–Ya no eres tan cruasán, Raffy –mientras cortaba un trozo de croissant de su plato, intentó urdir un modo de instarlo a pensar como ella, tarea siempre descomunal para cualquiera–. ¿Quieres hacerte viejo cambiando cada semana de amante?

–¡No cambio de amante cada semana! –le informó–. Me gusta mi vida tal como está. Además, seguro que es una chica agradable, pero no es mi tipo.

–¡No, yo he conocido a tu tipo! Todo apariencia y nada de sustancia.

–Madre, así es como me gustan –sonrió, pero no obtuvo una respuesta similar–. No quiero una relación. No tengo tiempo para eso. ¿Te haces idea del tiempo libre que me queda en la vida?

–Tan poco como el que tú mismo deseas tener, Rafael. No puedes estar huyendo siempre –le dijo su madre con gentileza.

Frunció el ceño ante el rumbo que tomaba la conversación, aunque su madre era inmune a esas expresiones.

–De verdad, no quiero hablar de esto, mamá.

–Y yo creo que necesitas hacerlo. Te casaste joven y se te rompió el corazón cuando ella murió… pero, Rafael, ¡han pasado diez años! ¡Helen no habría querido que vivieras tu vida en el vacío! –para sus adentros, pensaba que probablemente era justo lo que habría querido su ex mujer, pero calló; siempre se había reservado para sí misma la opinión que le merecía la esposa de su hijo.

–¡Por última vez, madre, no vivo mi vida en el vacío! ¡Da la casualidad de que disfruto de ella tal como es! –«y no necesito que intentes buscarme una esposa apropiada», pensó, pero no se atrevió a decírselo, ya que siendo hijo único, sabía que cabía esperar un poco de interferencia en su vida personal. ¿Pero esa chica? Sin duda su madre lo conocía lo suficiente como para saber que físicamente no era su tipo.

También debería haber sabido que cualquier conversación sobre Helen era tabú. Era una parte de su vida relegada al pasado, para no ser resucitada jamás.

María se encogió de hombros y se puso de pie.

–Debería ir a cambiarme –comentó de forma neutral–. La gente empezará a bajar en cualquier momento. No me gustaría incomodarlos viéndome en bata. Lamento que pienses que soy una vieja entrometida, Rafael, pero me preocupo por ti.

Él le sonrió con cariño.

–No pienso que seas una entremetida, madre…

–La niña es un poco ingenua. Conozco a sus padres. ¿Es tan raro que siente una cierta obligación moral de saber que está bien?

–A mí me parece que lo está –aseveró Rafael–. No he oído quejas sobre su vida en Londres. Probablemente se lo está pasando en grande.

–Probablemente –de espaldas a su hijo, se cercioró de que todo lo necesario para el desayuno estuviera listo. Desde luego, Eric y Ángela, que llevaban con ella desde siempre, se habrían asegurado de que todo se encontrara preparado para los invitados… doce de los cuales se habían quedado allí a pasar la noche. Pudo captar la culpabilidad en la voz de su hijo, pero su sentido maternal del deber lo soslayó–. ¿Quizá al menos podrías asegurarte de que su coche está en perfectas condiciones para su regreso a Londres? –lo miró en busca de confirmación–. Anoche le dije que lo harías y dejó las llaves del coche en la mesa que hay junto a la entrada principal.

–Claro –ese pequeño favor parecía más que aceptable dado el giro que iba tomando la conversación. Se encargaría de sus correos electrónicos más tarde, lo que resultaba irritante pero inevitable.

Abandonó la casa antes de que pudiera sufrir más distracciones y se dirigió hasta donde habían dejado el Mini toda la noche. El cielo ya empezaba a mostrar esa tonalidad peculiar amarilla grisácea que precede a una nevada. Comprendió que como no se marchara pronto, podría encontrarse inmovilizado en la casa de su madre, sujeto a conversaciones importantes sobre su forma de vivir.

No se hallaba preparado para lo impensable… un Mini cuyo motor había decidido hibernar.

Después de una hora infructuosa dedicada a intentar arrancarlo, regresó malhumorado.

Abrió la puerta de la casa y se encontró con Cristina allí de pie, enfundada en unos vaqueros y un jersey. La fuente de todos sus problemas.

–Está muerto –le informó, cerrando de un portazo mientras se limpiaba los pies en un felpudo. Se quitó la vieja chaqueta de piel y la miró furioso.

Cristina se mordió el labio. María le había dado la impresión de que no sería ninguna molestia para Rafael echarle un vistazo a su coche. Pero la expresión lóbrega que mostraba él en ese momento indicaba claramente lo contrario.

–Lo siento de verdad –se disculpó–. Debería haber ido yo a tratar de ponerlo en marcha. De hecho, estaba a punto de…

–¿Crees que tú lo habrías podido arrancar?

–No, pero… –se movió nerviosa y luego le dedicó una sonrisa insegura–. Muchas gracias por intentarlo, de todos modos. ¿Hace mucho frío? Si quieres, puedo prepararte una taza de chocolate. Me sale muy rico.

–Chocolate no. Café solo –fue hacia la cocina y agradeció que aún no hubiera sido invadida por los invitados. Como una ocurrencia tardía, y sin darse la vuelta para mirarla, le ofreció una taza.

–Ya he tomado una taza de té. Gracias.

Lo miró. Incluso con el pelo revuelto por el viento y furioso, resultaba poderosamente sexy, igual que cuando apareció para rescatarla. Ese recuerdo la animó.

–¿Crees que podría ponerme en contacto con un taller para que alguien venga a echarle un vistazo? –preguntó a la espalda de Rafael.

–Es domingo y va a nevar –giró y la observó–. Creo que la respuesta a tu pregunta es no.

Cristina palideció.

–En ese caso, ¿qué voy a hacer? No puedo quedarme aquí indefinidamente. Tengo mi trabajo. ¡No puedo creer que mi coche decidiera hacerme esto ahora!

–Dudo que fuera un acto deliberado de sabotaje –comentó él con sequedad, consciente de que aún le quedaba mucho trabajo. La carretera estaría bien, aunque empezara a nevar, pero avanzar por los caminos que salían de la casa de su madre podría resultar un desafío con mal tiempo, en especial en un coche deportivo diseñado para circular por buenas carreteras.

Cristina sonrió y Rafael fue vagamente consciente de que realmente tenía una sonrisa que le iluminaba la cara, dándole un aspecto fugaz de belleza. Sin embargo, fue más consciente de que el tiempo apremiaba.

–Realmente he de irme –acabó la taza de café y se preguntó si tendría alguna idea de los planes descabellados que albergaba su madre. Decidió que no.

–Sé que es una imposición enorme, pero, ¿crees que podrías llevarme a Londres… hasta la estación de metro más próxima a tu casa? Es que realmente necesito volver y… desde allí podría pedir que el taller fuera a arreglar mi coche y que alguien lo lleve a Londres.

–O podrías quedarte y ocuparte de ello mañana a primera hora. Quiero decir que seguro que tu jefe te permitirá no ir a trabajar debido a una emergencia.

–No tengo jefe –repuso con un deje de orgullo–. Trabajo por mi cuenta.

–Mucho mejor. Puedes darte el día libre –arreglado eso, dejó la taza en el fregadero y comenzó a dirigirse hacia la puerta. Pero la imagen de su cara decepcionada lo hizo maldecir en voz baja y mirarla otra vez–. Me marcho en una hora –soltó, y vio cómo la desilusión se desvanecía como una nube oscura en un día soleado–. Si no estás lista, me iré sin ti, porque hay predicción de nieve y no puedo permitirme el lujo de quedarme atrapado aquí.

–Podrías pedirle a tu jefe que te diera el día libre –Cristina sonrió–. A menos que tú seas el jefe, en cuyo caso siempre podrías darte el día libre.

Hizo la maleta con rapidez y eficiencia. No había desayunado, pero decidió que a su figura le sentaría bien saltarse una comida. Y María, a pesar de sus protestas, le aseguró que ella misma llamaría al taller para asegurarse de que le llevaran el coche a Londres. Conocía a Roger, el propietario del taller, y le debía un favor después de haberle dado una generosa propina por los caballos.

Rafael quedó menos contento con el arreglo, aunque sabía que su madre no tenía la culpa del estado en el que se encontraba el Mini.

Pero mientras una hora más tarde conducía por caminos comarcales, no pudo evitar pensar que, de algún modo, sentía que lo habían manipulado para compartir su espacio con una perfecta desconocida.

Y extremadamente locuaz, a pesar de que él llevaba puestos unos auriculares inalámbricos para hablar por teléfono. Con paciencia esperó hasta que las conferencias de negocio terminaron y entonces se sintió libre de preguntarle por su trabajo.

–¿Es que nunca te relajas? –.preguntó, consternada después de que él le hiciera un breve resumen de cómo era su día.

Estaban empezando a dejar atrás los primeros copos de nieve y a regañadientes abandonó sus planes de llamar a su secretaria, Patricia, para pedirle que lo pusiera al día de la negociación con Roberts.

–Hablas como mi madre –le respondió con frialdad, pero ante el silencio desconcertado por su rudeza, cedió. Después de todo, sólo le quedaba un par de horas más en compañía de ella–. Supongo que, siendo tu propia jefa, sabes que dirigir una empresa es un compromiso de veinticuatro horas. A propósito, ¿a qué te dedicas tú exactamente?

Cristina, que se había sentido un poco herida por la falta de curiosidad mostrada por él acerca de su vida, sonrió, más predispuesta a ofrecerle el beneficio de la duda. Después de todo, era evidente que se trataba de un hombre muy, muy importante que dirigía un imperio propio. No le extrañó que se concentrara tanto en el trabajo y apenas tuviera tiempo para conversar con ella.

–Oh, a nada muy importante –respondió, súbitamente un poco avergonzada de su ocupación tan prosaica.

–Ahora has despertado mi curiosidad –sonrió a medias.

Y ese simple gesto le provocó escalofríos. Era estimulante y aterrador al mismo tiempo.

–Bueno… ¿recuerdas que te dije cuánto adoro los jardines y la naturaleza?

Rafael tenía un vago recuerdo, pero asintió de todos modos.

–Soy dueña de una floristería en Londres. Quiero decir, no es gran cosa. Cada una de nosotras heredó algo de dinero al cumplir la mayoría de edad y yo elegí gastar mi parte en eso.

–¿En Inglaterra? ¿Por qué? –aunque tenía el aspecto de alguien que podría dirigir una floristería.

Cristina se encogió de hombros y se sonrojó.

–Me apetecía estar fuera de Italia. Quiero decir, tengo unas hermanas perfectas que llevan una vida perfecta. Fue agradable alejarme de las comparaciones. Pero, por favor, no le menciones eso a tu madre, por si se lo cuenta a mis padres.

–No lo haré –prometió con solemnidad. ¿Es que imaginaba que hablaba de ese tipo de cosas con su madre?

No obstante, el reconocimiento fue conmovedor, al igual que el entusiasmo mostrado hacia su profesión. Esa mujer era una enciclopedia andante sobre árboles y plantas y Rafael se sintió satisfecho de escucharla hablar de su tienda, de los planes que tenía para ampliar en algún momento el negocio hacia el paisajismo, empezando con pequeños jardines londinenses para luego pasar a cosas más importantes. Adoraba la exposición floral de Chelsea, a la que había asistido un par de veces y que jamás dejaba de asombrarla. Su sueño era exponer algún día sus flores allí.

–Creía que tu sueño era el paisajismo –indicó él, avivado su cinismo por tanta ambición optimista.

–Tengo muchos sueños –la timidez la llevó a callar unos segundos–. ¿Tú no?

–Pienso que no es rentable pensar demasiado en el futuro, el cual, si no me equivoco, es el reino de los sueños, así que supongo que mi respuesta debe ser que no –para su sorpresa, habían llegado a Londres antes de lo esperado. Ella vivía en Kensington, cerca de su ático de Chelsea, y además en una zona residencial, que supuso que habrían pagado los padres discretamente ricos que tenía.

Por primera vez pensó en las ventajas de una mujer a la cual su dinero le inspirara indiferencia. Casi siempre las mujeres con las que salía estaban impresionadas por la enormidad de su cuenta bancaria. Y las que habían heredado dinero, en un sentido eran casi siempre peores, ya que se veían motivadas por el rango social, e invariablemente querían exhibirlo como la presa del día.

Esa joven no parecía motivada por esas cosas. Ni tampoco daba la impresión de estar interesada por él. En ningún momento había tenido lugar ese coqueteo descarado.

–Parece un poco drástico trasladarte hasta aquí para evitar comparaciones con tus hermanas.

–Oh, he estado en Inglaterra cientos de veces. Fui a un internado en Somerset. De hecho, ahora mismo vivo en el apartamento de mis padres. Y no vine para huir de las comparaciones. Bueno… en realidad, sí. ¿Te haces una idea de lo que se siente al tener dos hermanas preciosas? No, supongo que no. Roberta y Frankie son perfectas. Perfectas en un sentido bueno, si entiendes lo que quiero decir.

–No, no lo entiendo.

–Algunas personas son perfectas de un modo desagradable… cuando lo saben y quieren que también el mundo lo sepa. Pero Frankie y Roberta son, simplemente, adorables, con talento, divertidas y amables.

–Suenan como ciudadanas modelo –comentó con sarcasmo. En su experiencia, esas criaturas no existían. Estaba convencido de que, como tantas otras cosas, eran simples leyendas urbanas.

–Lo son, de verdad –Cristina suspiró–. En cualquier caso, son hijas modelo. Las dos son bastante mayores que yo. Creo que yo fui una especie de error, aunque mis padres jamás lo reconocerán, y he de reconocer que disfruté de una vida maravillosa siendo la pequeña de la familia. Mi padre me llevaba a ver un montón de partidos de fútbol. De hecho, ése es otro de mis sueños. Quisiera ser entrenadora de fútbol. Solía jugar mucho siendo joven, y se me daba bastante bien, pero luego lo dejé y ahora me encantaría volver. No a jugar, sino a entrenar. Puede que ponga un anuncio en los periódicos. ¿Qué piensas?

Lo que pensaba era que en la vida había conocido a una mujer tan locuaz. Empezaba a sentirse un poco aturdido.

–Fútbol –dijo despacio.

–Sí. ¿Conoces el deporte? Es ese que requiere un montón de hombres bien desarrollados corriendo por un campo detrás de una pelota…

–¡Sé lo que es el fútbol!

–Sólo bromeaba –empezaba a creer que ahí había un hombre para quien el mundo era un asunto muy serio–. No eres precisamente una persona dicharachera, ¿verdad? –musitó en voz alta.

Rafael la miró mudo por primera vez en la vida.

–¿Eso qué significa? –espetó.

–Oh, cielos. Lo siento –se disculpó ella–. No era mi intención ofenderte.

–¿Por qué iba a sentirme ofendido por algo que puedas decir?

–Eso no es muy agradable.

–Es la verdad –expuso con brutal sinceridad. Giró por Gloucester Road. El comentario de ella lo molestó, y al entrar en la calle donde vivía, aparcar y apagar el motor, se volvió para mirarla–. Pero tengo curiosidad por saber qué has querido decir.

Cristina se ruborizó y lo miró.

–Oh, sólo que no parece que tengas mucho tiempo para divertirte. Quiero decir… –frunció el ceño levemente–. Anoche, en la fiesta de tu madre, no diste la impresión de estar pasándotelo bien.

–Explícamelo.

–Ahora estás enfadado conmigo, ¿verdad?

–¿Por qué habría de estar enfadado contigo?

–Porque aunque dices que quieres que sea sincera contigo, no es así. Quizá porque no estás acostumbrado a que otras personas te digan lo que piensan de verdad.

–Trabajo en el negocio más despiadado del mundo. ¡Claro que estoy acostumbrado a que la gente me diga lo que piensa! –ladró, sin saber muy bien cómo había terminado teniendo esa discusión con ella.

–Bueno, quizá no mujeres, entonces.

–Quizá prefiero que mis mujeres sean un poco más complacientes.

–¿Significa eso que tienen que mostrarse de acuerdo con todo lo que dices?

–Ayuda.

Cristina pensó que sonaba muy aburrido, y como era obvio que no se trataba de un hombre aburrido, se preguntó cómo podía tolerar una vida amorosa aburrida… pero antes de poder explayarse, él abrió la puerta del coche.

–No. Ahórrame tu respuesta. No me considero capaz de asimilar más verdades caseras y refrescantes.

Mortificada, bajó como pudo del coche y se lanzó a ofrecerle una serie de disculpas no solicitadas ni deseadas mientras Rafael le sacaba la bolsa de ropa del maletero diminuto y se dirigía hacia la entrada de su edificio.

–¡Ya basta! –alzó una mano imperiosa y la miró con ceñuda impaciencia–. No es necesario que te ahogues disculpándote. ¿Cuál es el número de tu piso? Y antes de que me digas que puedes ir tú sola con la bolsa, es posible que no sea una persona dicharachera, pero sí poseo ciertos modales rudimentarios.

–¡Oh, sé que los tienes! –se apresuró a asegurarle–. En la última planta –hurgó en su bolso en busca de la llave, y al sacarla, él se la quitó de los dedos y empujó la puerta del edificio.

Era la clase de vivienda que pocas personas jóvenes podrían soñar con tener alguna vez, con los techos altos y la elegancia mayestática de un edificio de estilo georgiano rehabilitado. Pero Cristina no era la mayoría de la gente. Debajo de la fachada de chica siempre lista para sonreír y parlanchina, estaba el mullido soporte del dinero familiar.

Entraron en el ascensor pequeño, tan pequeño que de no ser por la bolsa que los separaba, prácticamente se habrían tocado.

–¿Cuánto tiempo llevas aquí? –preguntó Rafael al rato. De algún modo, el silencio prolongado en su presencia parecía algo antinatural.

–No tienes que contentarme con una conversación forzada y educada –le dijo Cristina, con la vista clavada en el panel de los botones del ascensor en vez de en los espejos que rodeaban el habitáculo, que marcarían el contraste entre su poca atractiva figura y la complexión magnífica de él.

Él la consideraba incoherente. Era cierto que se trataba de una persona conversadora. Le gustaba considerarse a sí misma como amigable, la clase de persona a quien le resultaba fácil tranquilizar a otras personas. En ese momento se le ocurrió que Rafael podría ser la clase de hombre que no quería que lo tranquilizara una persona que no dejaba de hablarle.

–¿A qué viene de repente eso? –preguntó él justo cuando las puertas se abrían.

Cristina no respondió de inmediato. Se mantuvo atrás mientras él abría la puerta y luego pasó por delante. El apartamento tenía dos niveles, con la entrada situada en el del dormitorio y un tramo corto de escalones que llevaba a la cocina pequeña y al salón. Era un piso pequeño, pero de proporciones hermosas, que los diseñadores de interiores habían convertido en una vivienda moderna, equipada con lo mejor que podía comprar el dinero.

Durante unos instantes se sintió tentada a mostrarse distante, pero eso era algo que no surgía de forma natural en ella, de modo que lo encaró y lo miró directamente a esos asombrosos ojos azules.

–Me da la impresión de que he estado hablando demasiado –confesó con su habitual franqueza–. Y si he sido demasiado… demasiado sincera contigo… entonces lo siento.

–¿Qué te hace pensar que no me gusta tu sinceridad? –cortó la disculpa que le iba a ofrecer y subió los escalones. Realmente era muy pequeño pero decorado con un gusto exquisito.

–¿Adónde vas? –preguntó Cristina a su espalda.

–Bonito lugar.

Al desaparecer de su vista, fue tras él y lo encontró inspeccionando la cocina, abriendo la nevera y escrutando el interior, que contenía una selección poco sana de platos precocinados, quesos y diversos artículos dulces que siempre resultaban ineludibles cuando se sentía un poco baja de ánimo.

–No deberías estar curioseando en mi nevera –anunció, cerrándole la puerta e irguiéndose para mirarlo–. Sé que en este momento no sigo la dieta más sana del mundo…

Rafael la estudió. Aún no se había quitado el jersey, estirado y tenso a la altura de los pechos. Allí de pie, con los brazos cruzados a la defensiva, se parecía a un cachorrito airado al que hubieran sorprendido mordisqueando un mueble.

–Ante mí no tienes que defenderte de tus hábitos de alimentación –le informó con suavidad.

–No me estoy defendiendo –mintió, ruborizándose–. Sólo…

–Tener dos hermanas perfectas realmente te ha condicionado, ¿verdad? –siempre trataba de no ahondar demasiado en la psique femenina, pero en esa ocasión parecía algo inevitable.

–No sé de qué hablas. Simplemente me doy cuenta de que no me vendría mal perder unos kilos, y sé lo que puedes llegar a pensar al meter las narices en mi nevera –intentó mantener un silencio sano y digno después de esa declaración, pero en el acto lo estropeó añadiendo–: Estás pensando que debería comer un montón de ensalada y beber litros de agua mineral. Y, sí, para tu información, como ensaladas –«de vez en cuando»–. Muy a menudo. Ya lo tienes.

–¿Estás contenta una vez que has aclarado ese punto? –lo sorprendió darse cuenta de que se sentía más divertido que irritado por esa explicación–. Además, un montón de hombres prefieren mujeres que no son… flacas.

–¿En serio? –no supo de dónde mostró un sarcasmo desconocido para ella–. No según cada revista de todos los quioscos del país –suspiró–. De pequeña era flaca, y luego no sé qué pasó –se sintió tentada a abrir la nevera y sacar la tarta de queso que había comprado el viernes para consolarse un poco, pero se contuvo. Fue vagamente consciente de que no deseaba que él pensara lo peor de ella.

–En cualquier caso –comentó Rafael con vigor–. No estás gorda. Eres curvilínea.

Ella soltó esa risa tan contagiosa.

–¡Es lo mismo que me repito a mí misma!

Rafael la miró y experimentó un momento de absoluta locura en que quiso tocarla, sentir su cuerpo debajo de esa ropa poco favorecedora y averiguar por sí mismo cuán curvilínea era de verdad, cuán generosos y suculentos eran realmente esos pechos abundantes.

Giró súbitamente.

–A pesar de lo fascinante de esta conversación, voy a tener que dejarte. Me queda trabajo por hacer.

–Es domingo.

–Intenta explicarle eso al resto del mundo –fue hacia la escalera.

Cristina lo siguió, insegura de si debería volver a verlo. A pesar de lo considerado que había sido el día anterior al auxiliarla y de lo sexy que era, consiguiendo ponerle el cuerpo siempre en tensión, había demasiada agresividad latente dentro de él, aparte de que era un adicto al trabajo. Podía respetar esa intensa ética laboral, pero era un rasgo que jamás le había gustado demasiado en un hombre. Los pocos chicos con los que había salido habían sido espíritus libres que, como ella, habían preferido estar al maravilloso aire libre antes que en el mortífero interior de un despacho.

Dicho eso, no pudo evitar sentir una profunda decepción cuando él abrió la puerta y se volvió hacia ella.

–Gracias por traerme –le dijo–. Por supuesto, le enviaré a tu madre una nota de agradecimiento, pero si hablas con ella, por favor, dile que fue muy amable al invitarme y que disfruté de una velada maravillosa. Creo que vendrá a Londres algún día del próximo mes cuando mi madre venga de visita.

Aguardó la posibilidad de que le pudiera decir que tal vez volvieran a encontrarse, pero sólo obtuvo silencio y que la mirara con la cabeza ladeada.

–Y no trabajes demasiado –sonrió–. De vez en cuando, deberías ir a dar un paseo al parque. Es precioso, incluso en invierno –estuvo a punto de lanzarse a narrarle lo que hacía cuando iba al parque, pero en el último instante logró contenerse.

–Gracias por el consejo –aceptó él–. Lo pensaré cuando mi jornada laboral termine a las nueve.

–Ahora te estás burlando de mí.

–Dios me libre.

No sabía cómo lo había conseguido ella, o quizá le había sentado bien escapar de Londres una noche, pero se hallaba perfectamente relajado cuando llegó a su casa de Chelsea.

A diferencia de Cristina, ocupaba un ático enorme que abarcaba las dos últimas plantas de una mansión de ladrillo rojo visto. Igual que el de ella, estaba impecablemente decorado, y con un minimalismo que dejaba sitio para toques personales. Tal como a él le gustaba. Ninguna foto familiar adornaba las superficies, ningún recuerdo de unas vacaciones, ningún libro sobre una mesa para que alguien pudiera hojearlo. La zona del salón la dominaban dos extensos sofás de piel color beige entre los cuales había una mullida alfombra clara con apenas un dibujo visible y que había costado una pequeña fortuna.

Los cuadros de las paredes eran abstractos, salpicaduras de color que resultaban exigentes en vez de sosegadas. También habían costado una fortuna.

Dejó el maletín en el suelo, se sirvió un vaso de agua y de inmediato fue a comprobar el contestador automático. Nueve mensajes. De ocho se podría ocupar más tarde. El noveno…

Lo repitió con expresión irritada.

Delilah. En su momento había pensado que era un nombre estúpido, pero había estado dispuesto a pasarlo por alto porque era de una belleza exquisita. Muy alta, piernas interminables y con un rostro serenamente angelical que con inteligencia ocultaba la personalidad de una bruja.

Ésa había sido una de las pocas relaciones que había permitido que se alargara, principalmente porque había estado fuera del país casi todo el tiempo como para que pudiera establecerse un enfrentamiento cara a cara, algo que él no había buscado. Delilah era propensa a la histeria, y si algo no podía soportar era a una mujer histérica.

En ese momento, casi cuatro meses después, reaparecía. Recordó las palabras de su madre… amantes diferentes cada semana… huir de un pasado que nunca había querido volver a visitar… vivir en un vacío…

Se reclinó en el sofá, cerró los ojos y pensó que tal vez, sólo tal vez, fuera hora de pensar en asentarse.

Capítulo 3

ESE pensamiento había desaparecido de su mente en cuanto despertó el lunes debido al insistente pitido de su teléfono móvil a la inhumana hora de…

¡Las cinco de la mañana!

Y un mensaje de texto de Delilah. Que le informaba de que había estado fuera, unas vacaciones prolongadas en el Caribe, pero que ya había vuelto y que le encantaría que se vieran para ponerse al día.

Una vez que una relación se acababa, Rafael era la clase de hombre que seguía adelante. No eran para él esos escenarios que involucraban quedar con una ex para hablar de los viejos tiempos ante una copa de vino. Había dejado atrás a Delilah, aunque reconocía que no había sido una ruptura limpia.

Sin darse tiempo para activar su personalidad de trabajo, marcó el número de ella y sólo tuvo que esperar dos llamadas hasta que contestó. No era una buena señal. Las mujeres que esperaban junto a los teléfonos eran mujeres que se volvían dependientes demasiado deprisa, y una mujer dependiente era un valor pasivo, una responsabilidad.

No fue una conversación cómoda y supo que deberían haberla mantenido cara a cara. Con optimismo, había conjeturado que su ausencia deliberada de escena y la falta de comunicación serían indicios suficientes de ruptura, pero la verdad era que había sido perezoso.

Por lo tanto, apenas podía culparla de las lágrimas, las acusaciones, los insultos, cuya amplia variedad de adjetivos lo sorprendió, y, lo peor de todo, la lastimera y retórica pregunta de lo que había hecho mal.

Eran casi las seis cuando pudo cortar la comunicación, y cerca de las ocho cuando estuvo duchado y vestido, dirigiéndose hacia la puerta después de haber enviado algunos correos electrónicos.

Se encontraba de pésimo humor después de la conversación con Delilah y habría pasado por alto la floristería de no haber estado abierta para una entrega en el momento en que pasaba por delante.

Nunca antes se había fijado en el local, aunque eso no resultaba sorprendente. Las floristerías no ocupaban un lugar importante en la lista de destinos deseados y tampoco iba a menudo a pie al trabajo. Era una caminata vivaz de unos veinticinco minutos y casi nunca podía darse el lujo de perder ese tiempo.

A la desolada y grisácea luz invernal, la fragancia invadió sus fosas nasales y en un arrebato, se detuvo y entró en la tienda.

Era pequeña, pero se hallaba a rebosar de flores, la mayoría de las cuales exhibía un color vibrante y exótico. Un lado de la pared estaba destinado por completo a las orquídeas. Pediría que enviaran un par a la casa de Delilah con una nota apropiada, pero antes de poder realizar el pedido, la joven que se estaba encargando de la entrega le informó de que aún no habían abierto. Que lo hacían a las diez.

–Se lo compensaré –dijo, mirando su reloj de pulsera. Tendría que ir volando para llegar a tiempo a su primera reunión. Sacó la cartera y extrajo un fajo de billetes, luego señaló dos de las orquídeas más exquisitas–. Quiero que las entreguen en esta dirección… –escribió la dirección de Delilah en el dorso de una de sus tarjetas personales–. Doy por hecho que no habrá problema, ¿verdad? –miró a la chica, quien a su vez miró por encima del hombro y sonrió débilmente.

–En absoluto, señor. ¿Qué mensaje ponemos en la tarjeta?

Rafael frunció el ceño y se encogió de hombros.

–«Estás mejor sin mí. Te deseo lo mejor. R.» –la joven mostraba un intenso rubor mientras transcribía las palabras al papel y Rafael enarcó las cejas divertido–. ¿Diría que es un mensaje apropiado para una relación que ha llegado a su fin?

–¡No! ¡Es horrible!

Giró en redondo al oír la voz y se encontró ante un par de ojos llenos de desaprobación. Durante unos segundos no supo qué decir. El destino había decretado que de todas las pequeñas floristerías en las que podría haber entrado en la calle una brumosa mañana de febrero, hubiera elegido la que pertenecía a Cristina.

–¿Es tu tienda?

–Anthea, me ocupo yo –Cristina, enmarcada en el umbral de su pequeño despacho en la parte de atrás del local, cruzó los brazos y lo miró. Luego giró la cara en el momento en que un hombre se acercó desde el despacho hasta situarse junto a ella y le dedicó una sonrisa luminosa–. Entonces, ¿puedo llamarte esta semana? –le preguntó.

–A cualquier hora después de las seis.

Rafael observó ese breve intercambio con ojos entrecerrados. El hombre era de complexión gruesa pero musculoso, alguien que pasaba tiempo al aire libre. Tenía el pelo lacio y muy rubio, y llevaba un pendiente que a Rafael no le gustó un ápice. Ceñudo, miró alrededor a la espera de que ella terminara la conversación.

–¿Quién era ése? –preguntó en cuanto el hombre se marchó.

–¿Qué diablos haces aquí?

–¿Qué crees que estoy haciendo? Y no has contestado mi pregunta.

–Anthea… –Cristina fue consciente de que su ayudante miraba hipnotizada a Rafael–. ¿Por qué no vas a calcular los costes de la entrega? Sé lo que haces aquí –siseó luego, recordando por qué había saltado–. Comprar flores. ¡Pero me sorprende que hayas venido a mi local! ¿Cómo supiste el nombre de mi tienda? No recuerdo habértelo dicho.

–No lo hiciste. Dio la casualidad de que iba caminando a mi oficina y que necesitaba mandar algunas flores a…

–¿A alguien que ha permanecido más tiempo que el prudente? –habiéndose criado devorando novelas románticas y películas con finales felices, se crispó en simpatía por la receptora de las flores más caras de su tienda.

Rafael se sonrojó sombríamente.

–De haber sabido que este lugar era tuyo, habría ido a otra parte –soltó–. De hecho, deberías estar agradecida de que te haya proporcionado una buena venta. No imagino que a una floristería pequeña en el centro de Londres le pueda ir tan bien.

–¡Pues da la casualidad de que nos va muy bien! Nos especializamos en flores poco corrientes –en su naturaleza no figuraba el sarcasmo, pero la diablesa que llevaba dentro la impulsó a añadir–: Quizá los hombres de negocios con sentimiento de culpabilidad saben que les funciona comprarles flores a sus amigas. Incluidas las descartadas.

–El sarcasmo no va contigo, Cristina.

–¿Cómo puedes acabar una relación con una nota y un ramo de flores?

No acostumbrado a recibir críticas, frunció el ceño.

–¿Sueles salir corriendo de tu despacho para atacar a la gente que transmite mensajes que a ti no te gustan? ¿No se excede un poco de un buen servicio al cliente?

–No pude evitar escucharlo –musitó ella–. Reconocí tu voz –se preguntó cómo sería esa mujer misteriosa.

–¿Tu empleada puede ocuparse de la tienda durante un rato? –con una llamada le bastaría para cancelar su primera reunión, y como jamás había cancelado trabajo por una mujer, llegó a la conclusión de que ésa debía ser la primera. Quizá se la hubieran impuesto, pero, no obstante, sentía cierto sentido del deber hacia ella. Eso incluía aclararle la naturaleza poco escrupulosa de los hombres de Londres.

–¿Por qué?

–Hay una cafetería cerca. Pasé delante de camino aquí.

–¿No ibas a trabajar?

–¿Has olvidado que soy el dueño de la empresa?

–Voy a darte un sermón sobre cómo deberían ser tratadas las mujeres –se sintió obligada a exponerle, aunque la idea de tomar un café con él la había llenado con una sofocante sensación de excitación–. ¿Sigues queriendo invitarme a tomar café?

–Dame cinco minutos para llamar a mi secretaria…

–Bien, primero quitémonos de en medio el sermón.

–Sé que no tengo derecho a sermonearte…

–No –la miró por encima de la taza de capuchino. Ella bebía lo mismo y delante tenía un plato con unas pastas danesas. En una época de dietas y tallas ínfimas, representaba un cambio refrescante.

La ropa que llevaba ese día iba más allá de lo casual y se aproximaba al reino de lo extraño. Un peto y un jersey amplio a rayas que parecía centrado en ampliar las proporciones generosas de quien lo llevaba. Como detrás de su elección no radicaba la falta de dinero, sólo podía concluir que se trataba de otra rebelión contra esas hermanas supuestamente perfectas.

–Por lo general no le sermoneo a la gente.

–Entonces, ¿por qué romper esa costumbre?

–¿Por qué sobrepasó su tiempo de bienvenida? –contrarrestó Cristina. Dejó su taza en el plato y dio un mordisco delicado a una pasta–. ¿Qué hizo que estuvo tan mal?

–¿Vives en el mundo real, Cristina?

–¿Por qué dices eso?

–No hizo nada malo.

–¿Simplemente te cansaste de ella?

–Es lo que pasa a veces en las relaciones. Las personas se cansan las unas de las otras. Delilah era… inadecuada.

–Eso es muy duro, Rafael.

–Tienes migas en la boca –recogió la servilleta de ella y se las quitó; Cristina se echó para atrás, sobresaltada–. No te preocupes. No me voy a insinuar –rió, divertido por su reacción–. Y no estaba siendo duro –continuó–. Delilah y yo disfrutamos de una breve relación. Yo jamás hago promesas y es lamentable que ella no entendiera los límites de lo que teníamos. Créeme, no fue por falta de sinceridad.

–Qué triste.

–¿Qué? ¿Qué es triste? –frunció el ceño, indiferente a la simpatía no solicitada en la voz de ella. Adelantó el torso–. Triste es cuando dos personas se unen esperando un final de cuento de hadas y descubren que no existe. Triste es cuando la esperanza y las expectativas se desintegran. Sin esperanzas ni expectativas, entonces lo que obtienes es una relación libre de trabas y sin ataduras –no supo por qué se molestaba en darle una explicación de sus teorías sobre los enigmas entre hombres y mujeres, y menos cuando lo miraba como si estuviera cavando su propia fosa.

–¿Nunca has estado enamorado?

¿Amor? Sí, había estado ahí, o el menos eso había creído. Mentalmente vio a su ex mujer, Helen, hermosa, etérea, a rebosar de amor y prometiéndole la tierra. Con qué rapidez el tiempo había disuelto esa ilusión.

–¿Y tú? –le devolvió la pregunta y vio cómo sus ojos se tornaban soñadores.

–Nunca. Me reservo para el hombre adecuado. Quiero decir –corrigió con presteza– que no me lanzo a una relación porque sí.

–¿A qué te refieres con eso de que te reservas para el hombre adecuado? –enarcó las cejas con manifiesto cinismo y luego, con algo de diversión, musitó–: ¿No me digas que eres virgen…? –ni se le pasaba por la cabeza, pero por la expresión en la cara de Cristina, comprendió que inadvertidamente había dado en el blanco, lo que le produjo un aturdimiento extraño.

–¡No! –ella lanzó una mirada agónica a su alrededor y luego se concentró en su capuchino–. De acuerdo. ¿Y qué si lo soy? ¡No hay nada malo en eso!

Rafael se recobró y comentó:

–Sólo resulta un poco inusual… –para un hombre que jamás se dedicaba a hablar de los sentimientos, lo sorprendió descubrir que disfrutaba con esa conversación. Demostraba que un elemento novedoso era bueno para el espíritu.

Cristina se sintió espantosamente mortificada por el reconocimiento. Jamás se lo había confiado a alguien, ni a sus hermanas ni a sus amigas. Descubrir que se lo había revelado a un hombre que pensaba que ir acostándose por ahí era lo normal le parecía increíble.

Y lo que empeoraba las cosas era que él no hubiera soltado una carcajada, porque bajo su silencio podía percibir su incredulidad.

–Comprendo que debes de considerarme patética –alzó el mentón, pero contener las lágrimas de bochorno fue todo un acto de voluntad.

–Patética… no –apoyó los codos en la mesa–. ¿Nunca sentiste la tentación? –preguntó con curiosidad.

–No quiero hablar de esto –susurró–. De verdad, no sé cómo… Nunca he hablado de este tema con nadie –pero había algo en ese hombre. Una parte de ella respondía ante él, y esas reacciones parecían hallarse fuera de su control. Era como si hubiera llegado a su interior y tirado de algo poderoso y hasta entonces desconocido, un lado secreto aún sin explotar–. Fue un desliz –se defendió.

–Tu secreto se encuentra a salvo conmigo.

–Supongo que no tienes ni idea de por qué… bueno, por qué…

–Me cuesta asimilarlo –se había preguntado cómo sería la sensación de ese cuerpo. Y en esos momentos los pensamientos pasajeros adquirieron una intensidad que lo sorprendió. Se recordó la razón por la que se había sentido tentado a invitarla a tomar café y entonces pareció incluso más relevante.

–Bueno, ahora que hemos desnudado nuestras respectivas almas…

–Yo no diría que tú has desnudado la tuya.

–Todavía no me has dicho quién era ese hombre encerrado en tu despacho mientras tu pobre ayudante no sabía qué hacer.

–Anthea es muy capaz de llevar la tienda –respondió, temporalmente distraída–. Siempre se ocupa del negocio si yo no estoy. He sido muy afortunada en encontrarla…

–No puedo decir que sienta un gran interés en escuchar el currículum de tu ayudante –interrumpió él antes de que se lanzara por una de esas tangentes que parecía tan aficionada a seguir–. Lo que me interesa es ese hombre que había en la tienda. No estaba allí para ayudar con la entrega, ¿verdad?

–¿Quién, Martin? No.

¿Martin? Carecía de experiencia con el sexo opuesto, era nueva en la escena londinense y desconocía las costumbres del típico depredador… No le extrañó que su madre hubiera estado preocupada por ella y, más o menos, le hubiera pedido que la vigilara. Tampoco le extrañó que la hubiera visto como una candidata para el papel de esposa. La gentil inocencia de Cristina habría llegado al corazón tradicional de su madre.

Era una joven decididamente inocente. Y le gustara o no a él, necesitaba algo de protección, aunque sólo fuera de su propia ingenuidad.

Decidió que él asumiría la onerosa tarea de cerciorarse de que activara uno o dos mecanismos de defensa que la ayudarían a tratar con situaciones desafortunadas, como en la que se hallaba en ese momento.

–Martin –Rafael suspiró y se reclinó en la silla para poder estudiar su rostro acalorado–. Disculpa si sueno como un sabelotodo, pero tengo bastante más experiencia que tú.

–Me doy cuenta de eso –volvió a reconocer.

–Razón por la que voy a preguntarte desde hace cuánto que conoces a ese hombre.

–¿A quién? ¿A Martin?

–¿De qué otra persona podría estar hablando? –repuso irritado.

–Bueno… desde hace poco –se ruborizó–. De hecho, ayer contestó al anuncio que puse en el periódico.

–¿Pusiste un anuncio en un periódico? –se quedó horrorizado. Se preguntó cómo sus padres habían podido enviarla tan contentos a tierras extranjeras cuando era evidente que se encontraba indefensa–. ¿Tienes idea de lo condenadamente peligroso que puede ser eso? ¿Es que no aprendiste nada durante tu infancia? ¿Tanto te protegieron?

–¡No sé lo que quieres dar a entender, Rafael! –exclamó a la defensiva.

–Quiero dar a entender –comenzó despacio como si le hablara a una persona especialmente obtusa– que deberías haberte dado cuenta de que poner anuncios en los periódicos para buscar a la pareja perfecta es jugar con fuego. No sé cómo es ese tal Martin, pero tiene pinta de matón. Y encima lleva pendiente.

–Yo no he puesto un anuncio…

–Eres inexperta, Cristina. Asimismo, tienes una naturaleza confiada. Es una combinación letal.

–No soy una completa idiota, Rafael.

–No, no eres idiota, y no intento decirte lo que debes hacer. Sólo te estoy ofreciendo unos consejos amistosos.

–¡No necesito tus consejos amistosos!

Mirándola, Rafael pensó lo contrario. Incluso vestida de esa manera tan poco favorecedora, aún poseía curvas y una figura que un hombre podría desear. Y algo en su rostro era suavemente femenino con esos ojos grandes y oscuros, las pestañas largas y esa boca que prometía satisfacción. Aunque estaba tan obsesionada con las comparaciones con esas hermanas suyas, que ni ella misma lo sabía. No lograba llegar hasta ella, y ya había perdido la primera reunión del día.

Miró el reloj de pulsera, y antes de que pudiera decir algo, Cristina se puso de pie, repentinamente consciente del paso del tiempo y de que todavía había mucho que hacer con el reparto de flores antes de abrir el local.

–He de irme –manifestó.

Rafael, que había estado a punto de decir exactamente lo mismo, no estuvo seguro de que le gustara que lo descartaran de esa manera. Ni lo apaciguó la disculpa sincera de Cristina aduciendo que debía terminar unos pedidos.

–No hemos acabado nuestra conversación –soltó, siguiéndola hacia la puerta y luego por la acera mientras ella iba a paso ligero por el camino que habían recorrido antes.

Se volvió y le dedicó una de esas sonrisas suyas, en esa ocasión de pesar.

–Lo sé, pero, de todos modos, no me gustaba por dónde iba la conversación.

–¿Que no te gustaba por dónde iba la conversación? –hablar con esa mujer representaba todo un enigma, ya que no tenía ni idea de lo que diría a continuación. Y acostumbrado como estaba a que las mujeres respondieran a él como hombre, la crudeza de Cristina era una sacudida para su orgullo.

–Prácticamente me estabas acusando de ser una incompetente en mi trato con otras personas –explicó, consciente de su poderosa presencia–. Supongo que tu intención es buena, pero en realidad es un poco insultante.

–¿Insultante? ¿Insultante? ¡Explícamelo, porque no veo cómo te insulto tratando de ayudarte! ¡Pareces olvidar que fuiste tú quien me insultó al insinuar que no trato bien a las mujeres! –empezaba a sentirse un poco acalorado.

–No soy tonta, y si me hubieras escuchado, te darías cuenta de que lo has malinterpretado a tu antojo.

–¿Malinterpretado qué? –se preguntó si con toda la experiencia que acumulaba intentaría convencerlo de que sabía más que él acerca de la naturaleza depredadora de algunos hombres.

–¡No he estado poniendo anuncios en el periódico en busca de una cita a ciegas! ¡Además, en la actualidad ya nadie hace eso! ¡Hoy en día la gente que quiere encontrar a otras personas recurre a Internet!

–¿Cómo voy a saberlo?

–Puse un anuncio en el periódico porque quería averiguar si existía alguna oportunidad para que entrenara a un equipo femenino de fútbol. Martin respondió. Él entrena en uno de los colegios de la zona y pensó que las chicas podrían animarse más a practicar ese deporte si tuvieran una entrenadora mujer.

Rafael hizo una mueca.

–Deberías haberlo dicho desde el principio –la reprendió.

–¡No me diste la oportunidad!

Habían llegado a la tienda y ella lo miró suspirando.

–Supongo que sientes algún tipo de obligación hacia mí por la relación que mantienen nuestros padres –indicó con amabilidad, aunque le dejaba un mal sabor de boca que alguien la considerara una obligación–. Pero no es necesario. ¡Nunca, jamás, intentaría encontrar a mi pareja a través de un anuncio en el periódico!

–¿O sea que me estás contando que ahora tienes un segundo trabajo en alguna escuela? –se preguntó si sabría lo peligrosos que podían ser algunos colegios, y de inmediato se recordó que ella no era su responsabilidad.

–No, un trabajo no –empujó la puerta y Rafael la siguió al interior. Todas las entregas estaban ordenadas y clasificadas. Cristina lo miró–. Me he ofrecido voluntaria para entrenar un par de clases después del colegio. La primera el martes. Martin no sabe cuál será el resultado, pero quiere que funcione.

–¿Dónde está la escuela?

Ella le dedicó una sonrisa que le iluminó toda la cara.

–Bastante cerca de aquí, de modo que puedo dejar la floristería a cargo de Anthea y estar allí a las cinco. Tengo ganas de empezar. ¡Yo también necesito el ejercicio!

–Es imposible saberlo bajo todas esas capas de ropa.

Sintió que los ojos de él la quemaban y el alegre y seguro cambio de tema la dejó algo mareada.

–Y tú probablemente necesites ir a trabajar –le recordó.

–Cierto.

Abandonó el aroma a flores, pero su mente se negó a permanecer controlada en el santuario ordenado de su cómoda oficina. Todas las reuniones salieron según lo planeado, pero estaba distraído y podía sentir a su secretaria nerviosa a su alrededor, consciente de que algo no encajaba.

Nada lo hacía. Su especialidad era establecer categorías. Las mujeres pertenecían a una y el trabajo a otra, y nunca, jamás, se solapaban.

Esa mujer era una responsabilidad.

Llamó a su secretaria por el teléfono interno y en un impulso le preguntó qué tenía programado para el día siguiente.

Como esperaba, conferencias y una inauguración en una de las galerías de arte. Estaba rodeado por obras de arte francamente caras y aún no había podido asistir a ninguna de las galerías de la ciudad.

–Cancela todo lo que tenga después de las cuatro –instruyó–. Mantendré la cita de la galería. Asistirán algunas personas importantes.

Se sentía mejor sabiendo que iba a abordar la espinosa situación de Cristina y su reunión con un perfecto desconocido en una escuela desconocida. En cuanto se cerciorara de que todo iba a salir bien, podría concentrarse en vez de verse constantemente distraído por ella.

Una vez establecido un placentero y elevado terreno moral, al fin pudo dedicar su habitual ciento diez por ciento al trabajo, que continuó en casa hasta las doce de la noche.

Y al día siguiente se encontraba en una excelente disposición de ánimo. No le cupo duda de que el altruismo era un elixir, y no sólo el altruismo impersonal de los donativos a obras de caridad o beneficencia. Entregaba grandes cantidades de dinero a diversas causas nobles, tanto a través de sus empresas como personalmente, pero nunca se había sentido tan revitalizado por el proceso como en ese momento, cuando sabía que hacía lo correcto al proteger a alguien desvalido, sin importar que esa persona lo quisiera reconocer.

Cuando a las cuatro y media, justo antes de estar a punto de marcharse, Patricia le comentó que de buen humor asustaba tanto como cuando estaba hosco, le resultó divertido y rió.

–Está riendo –indicó suspicaz–. Ríe y se va temprano del trabajo. Por favor, no me diga que hay otra Fiona.

Fiona era una de sus ex que se había mostrado especialmente irritante al acabar la relación, y había desterrado cualquier posibilidad de una separación amigable al llevar el resentimiento a su lugar de trabajo, para diversión de Patricia. Ésta, cuyo contacto con sus amigas sólo existía a través de los diversos regalos que les compraba y las flores que les enviaba, nunca le había permitido olvidar el «Fionagate», tal como lo había bautizado. Se había librado de ello porque llevaba trabajando siglos para él y ya no la intimidaba. En eso era única.

–¿Sería tan estúpido? –le preguntó mientras se ponía la gabardina y se aseguraba de llevar el móvil en el bolsillo.

–¿Por qué no? –preguntó ella con ironía–. La mayoría de los hombres lo son.

–Excepto, desde luego, Geoff. ¿Te he dicho alguna vez la pena que siento por ese sufridor marido que tienes?

–Varias veces. Bueno, ¿quién es? ¿Le tendré que enviar unas rosas rojas dentro de un mes?

En el espacio de unos pocos días le habían recordado varias veces sus relaciones con las mujeres. Tuvo una visión fugaz de sí mismo siendo mayor, persiguiendo todavía a mujeres hermosas para mantener aventuras breves. Un hombre viejo y triste. No resultó una visión agradable.

–Es un proyecto –explicó.

–Espero que meritorio.

–Eso… –miró a su secretaria con expresión pensativa– es algo que nos dirá el tiempo.

Hacía frío y soplaba un aire helado y ya comenzaba a oscurecer. Decidió caminar, algo que últimamente hacía poco, principalmente porque no disponía del tiempo, y el ejercicio le sentaría bien. Recordó cuando solía practicar deportes. Todos los deportes, en cuya mayoría había sobresalido. Esos tiempos parecían pertenecer a otra vida, antes de que el trabajo se hubiera convertido en el monstruo que todo lo consumía.

Antes de dedicarse al inútil ejercicio de la reminiscencia, volvió a concentrarse en lo que lo ocupaba… llegar al colegio, cuyo nombre Patricia había encontrado sin dificultad, localizar a Cristina y evaluar a ese tal Martin en persona.

No le sorprendió que el campo estuviera situado fuera de la escuela, a unos quince minutos a pie. Una amable señora de la dirección del colegio le indicó cómo llegar, y lo hizo veinte minutos después de que hubiera comenzado la sesión de entrenamiento.

Pudo distinguirla bajo los resplandecientes focos del campo, rodeada por un escaso grupo de chicas que parecían moverse en estado letárgico, mientras a los lados un numeroso grupo de chicos manifestaba en voz alta lo que pensaba de que las chicas irrumpieran en su territorio. Las mofas eran inocentes pero vocingleras, y un par de las chicas se alejaron del campo para situarse junto a los chicos.

Rafael experimentó una desconocida y ajena sensación de protección, pero no se dio prisa. Se dedicó a buscar con la vista al Hombre Pendiente, claramente ausente.

Luego caminó despacio hacia el grupo cada vez más reducido. A ese ritmo, Cristina no tendría a quién entrenar. ¿Y dónde diablos estaba el hombre que se suponía que tenía que ayudarla el primer día?

Sonrió satisfecho al sentirse reivindicado en su evaluación del sujeto. Puede que no fuera un matón, pero era un idiota.

Al acercarse, lo que debería haber sido una sesión de entrenamiento al parecer se había convertido en una sesión de persuasión, pero incluso entonces vio cómo otras dos chicas desertaban para ir a reunirse con el grupo de chicos.

Ella no lo vio. De hecho, cobró conciencia de su presencia porque las burlas desde los lados habían callado y todos los ojos apuntaban a un punto por encima de su hombro.

Rafael, hábil en el análisis de un público, e incluso más diestro en un tipo de intimidación silencioso pero de brutal eficacia, recurrió a esos dos talentos.

Le dedicó una sonrisa a Cristina, quien lo observaba boquiabierta por el asombro, y luego miró al grupo en ese momento silencioso y, sencillamente, tomó el control.

Capítulo 4

CRISTINA no había sabido muy bien qué esperar, pero la había decepcionado descubrir que no había nada concreto preparado. Martin había comunicado durante su clase de gimnasia con los chicos que iniciarían un curso de entrenamiento de fútbol con el fin de formar un equipo femenino y había reclutado a varias candidatas; pero aparte de eso, poco más había hecho.

De modo que había llegado al campo deportivo escolar, donde encontró a su posible equipo, y a Martin yéndose a toda velocidad porque el equipo de baloncesto en el que estaba jugaba en la otra punta de Londres. Se había mostrado muy compungido y le había dado una arenga a las chicas y callado a los chicos antes de desaparecer, dejándola al mando de un grupo de jóvenes vestidas inadecuadamente y que parecían haber asistido más por curiosidad que cualquier otra cosa.

Al no haber dirigido jamás a un grupo de chicas concentradas en no escuchar ni una palabra suya, y menos aún con deseos de ensuciarse una fría tarde de febrero, se la veía indecisa en el momento de aparecer Rafael. Literalmente, como un caballero al rescate. Otra vez. Había estado a punto de dejarse caer al suelo aliviada.

Y él… había tomado el control. Cristina jamás había visto algo así en la vida. ¡Había aparecido, evaluado la situación y de inmediato se había preparado para ensuciarse las manos, por no hablar de un traje inmensamente caro, con el fin de poder ayudarla!

En un instante olvidó su insistencia previa de que no necesitaba que le echaran una mano, que sabía cuidar de sí misma. Fascinada, había observado cómo había organizado a las chicas, al parecer ansiosas de repente de demostrar las habilidades que poseían en un campo de fútbol.

Una hora después, un número de chicas superior al esperado se apuntaba al curso, y al marcharse del campo, se volvió hacia él con una sonrisa de agradecimiento.

–Siempre me estás rescatando de situaciones complicadas –le dijo con sinceridad–. No sé qué habría hecho si no hubieras aparecido –lo miró con ojo crítico–. Estás embarrado.

–La próxima vez vendré mejor preparado –a pesar de que jamás se había visto a sí mismo rescatando a damas en apuros, se sintió bastante complacido consigo mismo.

–La próxima vez estaré bien. En serio –comenzaron a caminar.

–¿Dónde andaba ese Martin?

–Oh, me presentó a las chicas, pero luego tuvo que marcharse a toda velocidad a un partido de baloncesto. No fue culpa suya.

–Eres demasiado generosa –dijo sucintamente–. Lo menos que podría haber hecho ese tipo era quedarse para guiarte en tu primer día.

–Lo sé –aceptó ella–. Pero tenía concertado el partido desde mucho antes de saber que vendría yo. Estoy contenta de que me haya brindado la oportunidad de hacer esto.

Rafael frunció el ceño, disgustado por el modo en que de inmediato salió en defensa de ese hombre.

–Con esa actitud, se aprovecharán de ti –le dijo con tono lóbrego y sintió que le tocaba brevemente el brazo.

–Eres demasiado cínico, Rafael. ¿Por qué iba a aprovecharse de mí Martin? ¡Me he ofrecido voluntaria para entrenar! Sabe que tengo un trabajo a tiempo completo con la floristería.

–Nunca se sabe. Eres demasiado confiada.

–Bueno, eso no es tan malo, ¿verdad?

Él rió sin humor.

–Cómo voy a saberlo. No es un rasgo que me resulte familiar. En el mundo despiadado de los negocios, tener una naturaleza abierta es como cargar una pistola y apuntarla a tu propia cabeza.

Cristina experimentó un escalofrío.

–Razón por la que jamás tendré algo que ver con ese mundo.

–No, no puedo decir que te vea en él –al imaginarla en una sala de conferencias hablando de fusiones y adquisiciones no pudo contener una sonrisa. Se sentía sorprendentemente bien caminando por las ajetreadas calles de Londres con los zapatos embarrados, el traje para el tinte y la gabardina agitada por el viento–. No tiene sentido que vuelva a la oficina –le dijo de repente–. Te llevaré a cenar.

–No tienes que hacerlo.

–Soy consciente de ello –alargó la mano y como por arte de magia apareció un taxi. Abrió la puerta, le dio la dirección al taxista y se volvió hacia ella–. ¿Y bien?

–¡Sí! –aceptó encantada.

Sabía que no se trataba de ningún tipo de cita. Rafael no era la clase de hombre que pudiera sentirse atraído por ella. No obstante… lo parecía, por lo que se duchó rápidamente y se vistió en consonancia, de forma casual pero sexy como se lo permitían las restricciones que le imponían su figura. Se puso un top ceñido de manga larga de tono albaricoque. No abandonó los vaqueros, aunque se calzó unas botas y se arregló el cabello con las manos y lo dejó suelto.

Tardó menos de cuarenta y cinco minutos y los ojos le brillaban al reunirse con él en la cocina, donde Rafael se había servido agua mineral mientras la esperaba.

Tenía buen aspecto.

La miró asombrado porque la figura apenas vislumbrada antes, en ese momento se revelaba curvilínea y extremadamente femenina. Un escote tentador se asomaba con provocación entre los pliegues de su abrigo.

Siguió observándola con interés hasta que Cristina se encogió bajo su escrutinio.

–¿Qué? –preguntó nerviosa–. ¿Tengo algo en la cara?

–Se te ve bien –era la primera vez que pensaba en una relación que podría ser duradera. Al menos la primera vez desde su desastroso matrimonio años atrás. Entonces había cometido un error terrible y no tenía intención de repetirlo. Nunca había permitido que su madre dictara el camino de su vida amorosa, pero en esa ocasión se hallaba preparado para conceder que el tiempo pasaba.

La visión de un anciano solitario se había extendido ante él en toda su dudosa gloria y no le había gustado.

Esa mujer encajaba en la descripción de esposa cualificada. Y la guinda del pastel era que recibiría la aprobación de su madre, a quien no le había gustado ninguna mujer que había incorporado a su vida, incluida su ex mujer.

–Gracias –Cristina se puso colorada y se recordó que no se trataba de una cita.

–Ahora vamos a mi casa para que pueda ducharme e irnos. ¿Qué tipo de comida te gusta?

–¡Toda!

Charló feliz mientras subían a otro taxi para el trayecto de veinte minutos hasta su dúplex. Confesó que sentía debilidad por los dulces y lo puso al corriente de todas las dietas que había seguido a lo largo de los años, y luego le preguntó con cierta ansiedad si le parecía buena idea el plan del equipo de fútbol.

Era sencilla y nada complicada e instintivamente supo que no lo pondría en la situación de tener que dejarla por haberse extralimitado.

–¿Hablabas en serio al decir que volverías a otro de los entrenamientos? –preguntó ella de repente–. Mencionaste que la próxima vez irías mejor preparado.

Rafael había disfrutado con el partido. En realidad, no había jugado, había permanecido a un lado echándole una mano, pero en ese momento pensaba que tal vez pudiera sacar el tiempo. Había practicado tanto el rugby como el fútbol en el instituto y en la universidad, y en ambos había sobresalido. Pero, como con tantas otras actividades, los había dejado en cuanto su vida laboral lo había absorbido.

Asintió despacio y miró su rostro expectante.

–¿Por qué no? Puedo arreglarlo para venir al menos de vez en cuando, en especial si tu así llamado colega vuelve a largarse.

Sabía que sus esfuerzos valdrían la pena. La cortejaría a la antigua. El matrimonio como una propuesta de negocios no sería de su estilo, y no la culpaba.

Aunque sí funcionaría para él. El amor era una complicación, y después de años de complicaciones imprevistas en su trato con las mujeres, estaba preparado para reconocer que lo que necesitaba era un matrimonio de conveniencia.

–¿En serio?

–Pareces asombrada.

Le dedicó un media sonrisa que le desbocó el pulso.

–Lo estoy –confesó con franqueza–. Tenía la impresión de que no sacabas tiempo en tu vida para muchas actividades de ocio, y menos para el fútbol con un grupo de chicas de instituto.

–He de comunicarte que en mi época fui un excelente jugador.

–¿Qué pasó?

–El trabajo.

–Bueno, nunca es demasiado tarde para aflojar esas cadenas –indicó ella con gentileza.

–¿Cadenas?

–Las que te retienen atado a tu escritorio.

Habían llegado. Cristina se preguntó si era su imaginación o empezaban, con todas las probabilidades en contra, a establecer vínculos. Apenas podía creérselo. Era un hombre completamente fuera de su liga, al menos en términos de atracción física y savoir faire social. Ella, al igual que Rafael, procedía de un entorno privilegiado, pero ahí se terminaba todo parecido. Sin embargo, podía sentir algo indeciso entre ellos. Era aterrador y estimulante al mismo tiempo y hacía que la cabeza le diera vueltas, como si volviera a tener doce años y se subiera a una de esas monstruosas montañas rusas a las que había ido con sus amigos.

Como carecía de experiencias a las que recurrir, se contentó con algunas fantasías placenteras protagonizadas por Rafael.

Cuando éste reapareció vestido, los dos ya habían tenido dos hijos y un par de perros.

Se sonrojó culpable y sintió alivio de que no pudiera leerle la mente.

Fueron a un restaurante tailandés y sólo cuando casi habían acabado una botella de vino Rafael le preguntó de forma casual cómo era que jamás había tenido novio.

–¡Claro que he tenido novios! –corrigió Cristina con vehemencia–. Lo que pasa es que no he conocido a nadie con quien desee quedarme.

–¿Y eso se deba a…?

–Debo de ser muy exigente –respondió con ligereza, agradablemente embriagada después de la botella de vino.

–¿Oh, sí? –adelantó el torso. Cristina tenía las mejillas rosadas y los ojos brillantes. No estaba coqueteando con él, pero había algo innegablemente sexy en ella… el modo en que tenía los labios entreabiertos, cómo se le agitaban los pechos plenos cuando gesticulaba, algo a lo que era propensa. Alargó la mano, tomó una gamba de su plato y se la puso en la boca.

El rubor de su cara se acentuó y mordisqueó la exquisitez que él le ofrecía. Un gesto tan pequeño… pero que le desbocó el pulso y le provocó un hormigueo en la nuca.

–Te estás ruborizando –musitó él, coqueteando de forma descarada aunque manteniendo la expresión seria–. ¿Por qué? ¿Te pongo nerviosa?

–Supongo que un poco –confesó–. ¿Puedo hacerte una pregunta?

–Lo que te apetezca –se reclinó en su silla, bebió un sorbo de vino y la observó por encima del borde de la copa.

–¿Estás coqueteando conmigo?

–¿Perdona?

–¿Estás coqueteando conmigo?

Desconcertado por la pregunta tan directa, buscó una contestación.

–¿Y si así fuera? –respondió al final con otra pregunta.

–Te preguntaría por qué.

No era una conversación que alguna vez hubiera mantenido con una mujer, pero debía reconocer que esa mujer no se parecía a ninguna otra que hubiera conocido.

–¿Y bien? –necesitó valor, pero estaba decidida a averiguar exactamente en qué punto se hallaban. Él era un hombre cosmopolita y no habría nada más humillante que ayudarlo a creer que el objetivo de sus nobles atenciones empezaba a convertirse en un incordio.

–Si coquetear es decirte que te ves sexy, entonces estoy coqueteando –ese enfoque indirecto le estaba resultando extrañamente agradable. De hecho, estimulante.

–¿Sexy? ¿Yo?

La miró serio.

–Soy un conocedor de las mujeres y tienes un cuerpo muy apetecible, Cristina.

–Yo… Yo no estoy segura de aprobar que… que mi cuerpo sea… inspeccionado de esa manera –tartamudeó–. Jamás me han gustado los hombres que… que tratan a las mujeres como objetos.

–Y te ofrezco mis disculpas si es la impresión que te he dado.

Les sirvieron la comida, muchos pequeños platos para probar diferentes recetas, con el delicioso aroma a coco y cacahuete.

Mientras miraba la aromática selección, se preguntó por qué engañarse. Le había gustado el comentario de Rafael. Había estado fuera de lugar, pero le había gustado que hubiera estado mirando su cuerpo. Su mente se había disparado y lo había imaginado tocándola. El simple hecho de pensar en ello la encendía y la molestaba.

–De acuerdo –le sonrió con timidez. Ésa era su manera de coquetear. Pensó que habría quedado mejor si no hubiera enrojecido como un tomate, pero era nueva en ese juego.

Sonriéndole, Rafael supo que estaba ganando un juego que comenzaba a tornarse muy agradable. Ni por un momento pensó que se mostraba injusto o que empleara su tremenda y poderosa atracción para meterse bajo la piel de Cristina y anularle las defensas. De hecho, pensaba que le hacía un favor al no discutir los pros y los contras de un matrimonio de conveniencia. Si eso no era respeto por los valores de ella, ¿qué lo era, entonces?

Alzó la copa en un brindis indolente y no dejó de observarla mientras ella bebía vino.

–¿Sabes? –confió Cristina al dejar el tenedor y el cuchillo sobre su plato después de una cena magnífica–. Siento como si te conociera de siempre. ¿No es raro?

–Lo es –convino él. Pensó que era tan transparente como una lámina de cristal. No había el juego de «llegar a conocernos», ninguna insinuación sugerente para avivar su apetito, ninguna mirada pícara que despertara su curiosidad.

–Salvo –frunció el ceño–, que en realidad no te conozco, ¿verdad? –algo en ese hombre, más allá de su extraordinario atractivo, atravesaba su reserva sexual y llegaba hasta su mismo núcleo.

–¿Hasta dónde llegamos a conocer a otra persona? –lo divertía lo cómodo que se sentía en su compañía.

–Ésa es una respuesta tonta –soltó sin rodeos y Rafael le respondió con una carcajada.

–Una respuesta boba… Nooo….

–¿No qué?

–No. He hecho memoria y no recuerdo que alguien dijera alguna vez que algún comentario mío era tonto.

–Te estás burlando de mí.

–¡Dios me libre! –pidió café para los dos. Luego se dedicó a escuchar relajado sus planes a partir de ese punto. Asombrado, se dio cuenta de que entre los dos habían dado cuenta de casi dos botellas de un espléndido vino italiano.

–Lo que pasa es que tú ya lo sabes casi todo de mí. Te he hablado de mi familia, de mis hermanas, de mis estudios, de mi floristería. Sin embargo, tú no me has contado nada de ti. Sé que trabajas mucho y eres un magnate de los negocios, pero, ¿qué más?

Pensó en todas las horas que dedicaba a dirigir compañías en todo el mundo y le divirtió que lo resumiera con «eres un magnate de los negocios».

–Estudié Económicas, Física y Psicología en la universidad.

–¿Psicología? Frankie quería estudiar psicología, pero papá le dijo que no tenía futuro, de modo que se decantó por Historia. La verdad es que jamás utilizó su licenciatura, ya que se casó y tuvo hijos. Aunque supongo que a ti te resulta útil en los negocios… puedes entrevistar a gente y saber lo que realmente piensa.

–Psicología, Cristina –comentó con ironía–, no telepatía –guardó silencio unos momentos y luego tomó una decisión–. Y, sí, supongo que es útil en el mundo de los negocios. Saber cómo tiende a pensar la gente te da ventaja en anticipar sus movimientos, lo cual puede resultar útil en una negociación. Aparte de eso, ha sido menos eficaz de lo que puedas imaginar.

–¿A qué te refieres? –casi contuvo la respiración al percibir que se encontraba al borde de una revelación.

–Estuve casado… –le sonrió sin humor. Había decidido tocar ese tema porque su matrimonio no era un secreto, y tarde o temprano ella se enteraría de la existencia de Helen por su madre. Quería dejar las cosas claras desde el principio. Sin embargo, una vez que las palabras salieron por su boca, descubrió que hablar de su vida privada no era uno de sus talentos, ya que jamás lo había hecho.

–No es necesario que entres en detalles –se apresuró a decir Cristina, en parte porque percibía que a él le resultaba difícil y en parte porque en el mundo de fantasía que no dejaba de pensar, enterarse de la existencia de una mujer que podía resultar haber sido el amor de su vida no era lo que deseaba–. Quiero decir, sé que a los hombres no se les da bien expresar sus sentimientos… –lo había leído en alguna parte–. Aunque es evidente que a algunos hombres sí –añadió por amor a la exactitud–. Algunos hombres pueden ser muy sensibles.

–Por supuesto –confirmó–. Los hombres que pueden llorar con una película y que consideran que tejer no debería ser algo sexista –fue el turno de ella de reír, lo que le provocó una sonrisa–. Me casé con una mujer llamada Helen cuando tenía… Bueno, poniéndolo de una manera clara, siendo lo bastante joven como para engañarme creyendo que era amor.

–¿Y no lo era? –preguntó Cristina esperanzada.

–Fue una catástrofe –ésa era la versión real de los acontecimientos que no le había contado a nadie, ni siquiera a su madre. Era la versión que no tenía intención de contarle a ella, pero que, de algún modo, su cerebro había fracasado en transmitirle a su boca. Llegó a la conclusión de que al menos sería breve–: Nos conocimos en la universidad. En una de esas fiestas en que con demasiada cerveza te emborrachas y todo el mundo regresa tarde a sus residencias.

Cristina trató de imaginar a un Rafael irreflexivo y descabellado, perdidamente borracho, y descubrió que no le era posible.

–Helen estaba allí. A diferencia de todos los demás, perfectamente sobria, un poco apartada de su grupo mientras miraba a su alrededor –recordó esa mirada. Había sido fría y distante y fue precisamente lo que lo atrajo. Y su asombrosa belleza: cabello rubio platino, cuerpo alto y lánguido, ojos de un verde increíble. La había deseado nada más verla, e incluso con veinte años, había sabido que la tendría.

Se oyó explicar el momento en que había sentido algo como nunca antes había experimentado. Y que había continuado sintiendo, como un hombre en trance, incluso cuando habían aparecido rumores que deberían haber despertado las alarmas.

–Resultó que era mayor que yo –continuó sin pasión–. Un pequeño dato que se guardó para sí misma y el hecho es que posiblemente nunca me habría enterado si no hubiera encontrado su pasaporte en el fondo de uno de los cajones. Nueve años mayor, para ser precisos. Tampoco era estudiante universitaria. En realidad, trabajaba en unos grandes almacenes de la ciudad –movió la cabeza–. Nos casamos en cuanto yo terminé la universidad; por ese entonces ella era bien consciente de la extensión de mi fortuna personal. Mi ex mujer fue un elemento vital en demostrarme la verdad que hay en el dicho de que no todo lo que brilla es oro. No tardé mucho en darme cuenta de que lo que le sobraba en belleza le faltaba en fidelidad.

–Qué horrible para ti –musitó Cristina.

Era una buena oyente y le resultó extrañamente liberador abrirle su corazón.

–Para resumir una larga historia… –pidió la cuenta y le echó un breve vistazo antes de entregar su tarjeta de crédito–. No pasó mucho hasta que empezó a lanzar sus redes a otras aguas, al tiempo que seguía disfrutando de un estilo de vida suntuoso que debía de haber buscado toda la vida. Se vio involucrada en un accidente de coche fatal en los Estados Unidos y sólo sé que no era ella quien conducía. Creo que era el instructor de esquí que había conocido el año anterior.

–Es terrible –manifestó ella con sinceridad.

Lejos de sentirse irritado por esa respuesta tópica, lo conmovió la profundidad de sentimiento que había en la voz de Cristina.

–Es… la vida. Y ahora que sabes parte de mi pasado, es hora de irnos a casa. Mañana tienes trabajo. Y yo tengo que asistir a un sitio al que ya llego tarde –se puso de pie, sorprendido por la rapidez con que había transcurrido la velada.

–¿No estarán un poco molestos? ¡Son más de las nueve!

–No es el tipo de asunto que requiere una puntualidad estricta. Pero… –otra decisión inusual–. Tienes razón. La idea de recorrer una galería de arte y de tratar de mostrarme interesado en manchas de color al azar podría ser un esfuerzo serio a esta hora –hizo un par de llamadas rápidas y al cerrar el móvil, su presencia en la galería de arte había quedado cancelada.

Había empezado a llover, unas gotas heladas que cayeron sobre sus caras como agujas finas. Contra ese frío intenso la chaqueta de Cristina servía para poco y le alegró subir a un taxi, reclinarse y cerrar los ojos para revivir una tarde y una noche extraordinarias. La sesión de entrenamiento había empezado con tanta falta de promesa y terminado con ella compartiendo una cena con un hombre por el que se sentía extraña y embriagadoramente atraída.

¡Un hombre atraído por ella!

Que se había abierto a ella. Se preguntó si habría sido algo nuevo para él.

–No te me vas a quedar dormida, ¿verdad? –preguntó Rafael al oírla tratar de contener un bostezo.

–Lo siento –se movió y lo miró somnolienta–. Debe de ser por todo el vino después de la sesión de entrenamiento. Me siento extenuada.

Rafael fue a decir algo, pero notó que a ella se le cerraban los párpados. Comprendió que se estaba quedando dormida en su compañía.

Cuando el taxi se detuvo ante su edificio, la tenía apoyada contra él, con una respiración pausada y dulcemente dormida. El cabello olía fresco y limpio. La movió con gentileza y Cristina despertó con un sobresalto y se incorporó, disculpándose profusamente por haberse quedado dormida.

Parecía un cachorrito encogido.

–Te acompañaré, y antes de que me digas que no es necesario, lo sé. Pero lo haré de todos modos.

Sólo cuando estuvieron en el ascensor, con Cristina completamente despierta, cobró conciencia de la atmósfera que vibraba entre ellos. Algo había cambiado, aunque no era capaz de precisar con exactitud qué. Los dos sabían algo del otro que era exclusivamente para ellos, y esa intimidad parecía haber alterado algo de un modo emocionante y eléctrico. Se afanó en mantener los ojos apartados de él, pero cada nervio de su cuerpo percibía la presencia de Rafael a su lado, con el pelo húmedo por la lluvia y las manos metidas en los bolsillos de la gabardina.

Las puertas del ascensor se abrieron y de repente comprendió lo que había sucedido desde que lo conoció.

Por motivos que se le escapaban, había despertado algo en ella, un lado sexual oculto hasta entonces y que había esperado el momento preciso. Aunque él no era el hombre apropiado, la hacía sentir viva y le ponía los sentidos en alerta máxima.

Y no podía evitar pensar que también sentía algo por ella. Todo apuntaba en esa dirección porque, de lo contrario, ¿qué ganaba fingiendo una atracción inexistente? ¿Qué sentido tendría?

Nunca, ni en sus sueños más descabellados, había llegado a pensar que podría encontrarla sexy, pero eso parecía… y ese descubrimiento era tan poderoso como una droga, y le encendía la sangre y la emborrachaba de excitación.

Le temblaban las manos al introducir la llave en la cerradura para que ambos entraran.

En esa ocasión, no se volvió para darle las gracias y desearle buenas noches; giró la cabeza a medias y le preguntó si le apetecía una taza de café.

Se quitó la chaqueta, la colgó del pasamanos de la escalera y sin darle tiempo a plantear una pregunta, subió los peldaños estrechos con el corazón latiéndole con tanta fuerza que juró que habría podido oírse de no llegarles el ruido de la lluvia.

Pero lo que oyó fue que la seguía.

Al sacar dos tazas de un armario, vio que él se había quitado la gabardina y su jersey beige de cachemira y se había remangado la camisa.

Mientras echaba unas cucharaditas de café en las tazas Rafael permaneció en la misma posición en la puerta, aunque ya apoyado contra el marco y sonriéndole.

–¿Me creerías si te dijera que nunca antes había conocido a alguien como tú? –comentó él relajado.

–¿Es un cumplido?

–¿No lo es siempre cuando alguien te dice que eres única?.

Durante unos segundos, Cristina pensó que en realidad no le había contestado, al menos no de forma muy satisfactoria. Pero los pensamientos se le dispersaron al ver su sonrisa tan expresiva.

Rafael fue hacia ella y le quitó la tetera de las manos temblorosas, luego sirvió el agua hirviendo en las tazas.

–Ya estás otra vez –murmuró con suavidad–. Te comportas como una gata sobre un tejado de cinc caliente. ¿Estás nerviosa porque coqueteé contigo durante la cena?

Cristina, perdida en las profundidades de esos fabulosos ojos azules, movió la cabeza aturdida. Era imposible pensar con claridad cuando se miraban de esa manera.

Alzó la mano y en silencio le acarició la mejilla. Y entonces, poniéndose de puntillas y cerrando los ojos al acercarse a él, le cubrió suavemente la boca con la suya.

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