Read the book: «Lo que sabemos y lo que somos»

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Sobre este libro

Como en la tradición de los grandes detectives, detecta los signos de parálisis lírica que envuelven al mundo, para poder descubrir también que esos males eran sus secretos tesoros, guardados como sarcasmo dolido en su propia conciencia.

Horacio González

Índice

Sobre este libro

A modo de presentación

EZRA ALCAZAR

La araña, otra vez

DIEGO AMEIXEIRAS

Olor a siete machos

RAÚL ARGEMÍ

Para la malaria

BRUNO ARPAIA

La red patito

ELIA BARCELÓ

Universos paralelos

JORGE BELARMINO FERNÁNDEZ

El mejor personaje

JUAN RAMÓN BIEDMA

El principio de la incertidumbre

PINO CACUCCI

Recuerdos del pasado, del presente y de algún futuro también

IMANOL CANEYADA

Regreso a la ciudad sin lluvia

JUAN CARRÁ

Querida Ana

MARC COOPER

Una república de lectores

BERNARDO FERNÁNDEZ

Llamaradas vacías

KIKE FERRARI

Todo es sueño

FRITZ GLOCKNER

Cenizas de la memoria

FERMÍN GOÑI

El comandante que fumaba hojas de amor

FRANCISCO HAGHENBECK

A oídos sordos

LORENZO LUNAR

Como un arma secreta

RAFAEL MARÍN

Guadalupe, 1958

ANDREU MARTÍN

¿Será capaz?

ALFONSO MATEO-SAGASTA

El armisticio

NAHUM MONTT

Siete pedos contra la dictadura

REBECA MURGA

Chinga tu madre, dijo el abuelito

GUILLERMO ORSI

Hora de cierre

RODOLFO PÉREZ VALERO

Belascoarán me la suda

ELENA PONIATOWSKA

Un mundo poblado de dragones

ALEXIS RAVELO

Los héroes y los mártires

SÉBASTIEN RUTÉS

Alex construye un muro

CARLOS SALEM

Cuánta soledad, carajo

JUAN SASTURAIN

A las cinco de la tarde

GABRIEL TRUJILLO MUÑOZ

El lazo más fuerte de todos


Lo que sabemos y lo que somos: un festejo de la vida y la literaturade Paco Taibo II / Ezra Alcazar ... [et al.] ; compilado por Kike Ferrari ;editado por Carlos Zeta. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :Punto de Encuentro, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-4465-48-11. Narrativa. I. Alcazar, Ezra. II. Kike Ferrari, comp. III. Zeta, Carlos, ed. CDD 863

© Punto de Encuentro 2021

Av. de Mayo 1110, Ciudad Autónoma de Buenos Aires

(54-11) 4382-1630

www.puntoed.com.ar

Cuidado de la edición: Carlos Zeta

Diseño: Cristina Angelini

Conversión a eBook: Daniel Maldonado

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito de la editorial.

Lo que sabemos y lo que somos
Un festejo de la vida y la literatura de Paco Taibo II


Kike Ferrari

Antologador

Lo que sabemos y lo que somos
Un festejo de la vida y la literatura de Paco Taibo II


“Me siento a la máquina con rabia, porque no sé qué otra cosa hacer. Porque cuando llueve mierda, cuando te quieren meter a la cárcel por razones políticas, cuando el mundo se oscurece, cuando los amigos se mueren, eso es lo que hago.

Escribo. Eso es lo que sé y lo que soy”.

Paco Ignacio Taibo II

A modo de presentación

¿Por qué este libro? ¿Por qué ahora?

Digamos que es un proyecto hijo de dos certezas. La primera: hay que huir de la lógica necrológica de los tributos post mortem. Tenemos que homenajear a los nuestros cuando están acá. Y la segunda: el momento de hacerlo es cuando la reacción —llamalos gusanos, gorilas, escualos, fachas, fifis— los atacan.

Eran los últimos días de diciembre. Andaba dándole vueltas a esas ideas y haciendo la última corrección de mi novela —en la que hay una reescritura de varios personajes de Paco— cuando decidí que entonces este era, es, el momento justo para que festejar —más que homenajear— su vida y su trabajo. Su amor por el oficio de escribir, su pasión militante, su guevarismo cultural. El momento para juntar esa red —una parte de esa red— que viene tejiendo hace años por el mundo, la de los que tenemos la suerte de tenerlo como amigo, camarada, colega o maestro.

***

Al primero que le escribí con la idea fue a Bef. Misteriosas fuerzas me unen a mi alma gemela asimétrica y chilanga. Enseguida busqué complicidad en Marina, la hija de Paco, y me lancé a la convocatoria. A esa lista primitiva, Marina —y después Paco Haghenbeck— le agregaron algunos nombres. Más lo pensaba y más me entusiasmaba la idea: juntar un montón de autores de distintos lugares del mundo (finalmente fuimos una treintena, de siete países, con más de sesenta años entre una punta y otra del arco etario) con la consigna de escribir un texto con un personaje de Paco, o Paco mismo como personaje. Que se cruzaran la ciencia ficción y el policial, la crónica y la poesía, la ficción histórica y la de aventuras, el género negro con la semblanza. Ver qué teníamos para decir, decirnos, decirle.

Y, claro, había que mantener el secreto. Paco no podía enterarse hasta que fuera un hecho consumado porque las posibilidades de que nos mandara a la chingada —a mí, a todos los cómplices y al libro— eran altas. Altísimas, podríamos decir.

***

De a poco los textos fueron llegando.

El maestro Andreu Martín, que cuando lo convoqué me había contestado que no estaba seguro de poder hacerlo, fue el primero en mandar el suyo, apenas un par de semanas después. El último, apenas pasado de la fecha de cierre, Nahum Montt, inmerso en la locura de su nueva tarea en el FCE colombiano. A Elena Poniatowska le pedimos permiso para usar, levemente actualizado, un texto–semblanza de Paco que había sido prólogo de 68 y a Marc Cooper una crónica que escribió para el semanario The Nation.

El libro se llenó de excepciones. Aunque la idea era que cada uno eligiera su personaje, a Fritz Glockner le sugerí que usara —¿podemos decir que lo presioné?— uno de los personajes a los que Paco les dio nombre. Carlos Salem hizo un crossover con su propio detective. Lorenzo Lunar sorprendió con un poema. Pino Cacucci hizo una crónica que también incluye una entrevista. Algunos relatos, como el bellísimo texto de Rafa Marín, necesitaron menos del mínimo que nos habíamos propuesto para decir lo que querían decir. Otros, como el de Fermín Goñi, llegaron a doblar el límite. El Belar usó apenas una carilla.

Intenté invitar a participar a Cesare Battisti quien, durante su exilio en México, se hizo escritor después de leer a Paco, pero las autoridades de la cárcel italiana en la que cumple condena no le dejaron llegar la carta, que volvió a mi casa, abierta.

Varios colegas, tapados de trabajo, no pudieron, aunque lo intentaron, terminar el texto. La última en bajarse —batallando al mismo tiempo con la editorial, una bebé y algunos problemas de salud— fue Carmen Moreno. No fue la única. Pienso en Iris y Benito, Gabriela y Carlos. En Cristina, Karla, Leo y Claudia, entre otros. Era de esperar, claro, pero no por eso deja de dar bronca. Y cuando recibí el mensaje de Juan Manuel Fajardo contándome la tonelada de tareas que se habían interpuesto entre él y el Sandokan taibolero que se había propuesto escribir, me di cuenta de que era importante decirlo. Decir que este es el libro de todos. De los que pudimos estar y de los que no. Que nadie se equivoque. De todos.

***

Imanol me acompañó de cerca y me dio una mano con las primeras lecturas. Y para todo, todo el tiempo, conté con el apoyo y la ayuda de un tipo que me enorgullece llamar mi amigo: el imprescindible José Ramón Calvo.

Y para que este festejo, que no está hecho sólo de textos, pudiera ser un artefacto completo, eran necesarios otros aportes fundamentales: Ángel de la Calle —actual director de la Semana Negra de Gijón— nos dio una acuarela para la portada y Eduardo Penagos —brigadista de Para Leer En Libertad— las fotografías que ilustran el libro.

Con el plan en marcha, había que pensar quién lo iba a editar. Porque, por supuesto en un proyecto taibolero —de base, que recorra librerías y ferias, bibliotecas y salas de lectura, buscando a sus lectores por abajo, cerca del pueblo— el lugar de enunciación es central. Así fue que, aunque es muy probable que alguna de las grandes lo hubiera publicado, una mañana —después de una charla con Fritz, frente al mar, en Acapulco— decidí que lo mejor era que lo hicieran editoriales independientes, cercanas, compañeras: Nitro en México, Punto de Encuentro —con el aporte de Sudestada en la distribución— en Argentina, Cazador de Ratas en España, la Brigada Para Leer en Libertad, el formato digital. Otra vez la idea de red, de cofradía.

***

Habrán notado que, aunque estoy hablando de un plan de muchas cabezas, se repitió hasta acá, molesta, la primera persona del singular. Es porque aunque las consulté con varios de los participan en este proyecto, todas las decisiones terminé tomándolas yo.

Es decir: los logros y los aciertos de este proyectos son colectivos; las falencias —ausencias injustificables, presencias perturbadoras, errores o tropiezos—, solo míos.

En fin.

Fueron unos meses de mucha ansiedad pero acá estamos.

Esto somos: los espartaquistas sandokanianos del subrealismo subsocialista, la red Patito, los brigadistas hammetianos y philipdickeros. La taibolera. Una internacional —la Quinta— aventurera, negra y criminal.

Alcemos nuestros vasos, camaradas, y brindemos por la vida y la literatura de uno de los mejores de los nuestros.

¡Salud!

Por el placer de seguir estando con vos, Paco.

Kike Ferrari

Buenos Aires, julio de 2019

EZRA ALCAZAR, el benjamín del libro, nació en la Ciudad de México ayer nomás: en 1993.

Es escritor, periodista, crítico pero, sobre todo, un lector voraz. Fue parte de la Brigada para Leer en Libertad y hoy trabaja con Paco en la aventura del FCE, lo que no siempre es fácil: “más de una vez he pensado en que debería morir antes de seguir haciendo esto”, dice sonriendo.

En su relato vuelve, una vez más, la araña, uno de los grandes personajes de los relatos febriles de Paco.

La araña, otra vez

La evocación es un archivo saqueado, leyendas desvanecidas, insistencias ópticas

Carlos Monsiváis

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Naciste como todos, y como todos fuiste condenado a repetir la historia que no conocías. Creciste en el más o menos que es mantra de los tuyos, en el más o menos estudias mientras más o menos te alcanza para comer, te dieron un trabajo más o menos que pagaba igual, conseguiste la propuesta del sindicato para más o menos salir adelante. Vives en el país del más o menos y sin embargo no dejas de pensar todo el tiempo en esa nota:

El pasado está vivo y en entenderlo radica la verdadera transformación


La transformación empezó hace mucho —o eso decían—, cuando tú apenas estabas en la secundaria diurna número 79. Ahí estabas con tu suéter verde y pantalón Príncipe de Gales comprado en Soriana cuando llegó el cambio. Pero nunca entendiste cuál era ese cambio. Nunca te hiciste esa pregunta hasta ahora; ahora que el cambio se ha generado, que vives en los frutos de eso y dejaste tu segundo suéter verde para regresar a un pantalón —también comprado en el Soriana— que usas en tu chamba de office boy. Fue ahí donde viste aquel mensaje. Un post it cualquiera con aquella nota y una pequeña araña dibujada debajo de él. Algo parecido habías escuchado decir a Roberto, aquel hombre viejo del sindicato, tan harto del trabajo pero que por ancas o por ranas le tocó una Ley Federal del Trabajo que según él nunca lo dejaría jubilarse. Y dicho y hecho, Roberto se murió en el hospital, pero no interno sino limpiando los pisos. “El pasado está vivo y ahí radica la verdadera transformación”, al principio creíste que era una frase un tanto poética, caminabas por Palacio viendo las placas que conmemoraban a los héroes. Pero los héroes eran estatuas y placas olvidadas, que miraban todo y que todos miraban sin entender realmente, como tú también hacías.

Los funcionarios son pinches, pero los funcionarios mexicanos son pinchísimos, son como corchos que siempre logran flotar


Y ahí estaba otra vez, ahora lo entendías bien. El mensaje no fue poético, era real. Tocaba entender que el pasado viciado seguía ahí, enraizado al “cambio”, a un cambio que fue más o menos cuando las viejas voces se callaron. ¿Pero cuáles eran esas voces? ¿Cómo se callaron?

Antes de dejar el hospital te enamoraste más o menos de una enfermera a la que dejabas poemas de Ángel González en su tarjeta del checador. Cuando dejaste el hospital y viniste aquí, también la dejaste a ella. Así eran las cosas aquí, no había tiempo para los poemas pero sí para los discursos y las ceremonias, para el protocolo. Vives en una velocidad que apenas te deja entrever lo que haces, meditarlo un poco, y cuando lo haces ya cayó un nuevo golpe y sigues. ¿De eso se trataba el cambio?

Ayer te tocó recoger las cartas de renuncia, llegó una nueva administración que barre con lo que existía y como tú eres de esta misma que entró no te queda más que seguir y tragar tus sentimientos. La justicia no existe para los justos, la justicia no existe cuando estás de este lado ni cuando estás del otro. Te toca exigirla a veces o callarte cuando te la exigen a ti. ¿Cómo empezó esto? ¿O es que nunca empezó?

Al salir del Palacio una nota más:

Las horas extra se pagan doble


Ahí vuelves a soñar. Recuerdas las primeras marchas, los días de lucha agarrado de tu madre. Caminar sobre Reforma al lado de un gordito bigotón que logra atraer a las masas como el flautista de Hamelín. Habla de otros tiempos, de la lucha de los trabajadores, de los villistas, de Zarco, de la libertad que tanto buscamos y que cuando parece que más nos acercamos alguien nos jala de regreso y nos deja fuera de su alcance. Pero la libertad nunca la conociste como la pintaban, la libertad estuvo cuando te enamoraste de aquella enfermera, cuando leíste ese libro, cuando bailaste. La libertad nunca estuvo en los cuadros de formación ni en la transformación nacional. La libertad estuvo en escribir los poemas para tu novia, en combatir con el palillo de dientes que es la palabra a los abusos sistemáticos del poder. En el hospital aprendiste que la lucha sindical había desaparecido para convertirse en el paraíso del charrismo. Intercambios de favores entre los miembros, tira y afloja de sobornos entre patrón y dirigentes ¿quién pediría horas extra cuando sabes que tu mismo secretario general te mandará a madrear?

Siempre creíste que la política era lo tuyo, pero la política no eran los discursos ni las ideologías, la política eran los favores y los compadrazgos. Eso iba a cambiar, eso te dijeron. Pero no fue así. Poco a poco quienes lo gritaban a los cuatro vientos, quienes se partieron la vida por eso, se fueron yendo, y quedó este cúmulo de funcionarios sin militancia ni ideología. Nuevos herederos del sistema contra el que tanto se había luchado.

Al entrar al sindicato el futuro se veía prometedor. Tus estudios en Ciencias Políticas auguraban que sabrías moverte dentro del aparato, y podías hacerlo. Poco a poco fuiste escalando y no fue la conciencia la que te alejó de tomar el poder sino la posibilidad de seguir escalando en otro aparato. Subiste —más o menos— en otro escalón. En tu nuevo aparato los lugares ya estaban tomados, moldear la conciencia de muchos para seguir a un sindicato charro no era suficiente. ¿Es eso, el que no puedas escalar o verdadera conciencia lo que ahora te mueve? ¿Esas notas de la araña funcionan en verdad?

Al día siguiente te mandaron con el de Recursos Humanos, una de las despedidas no aceptaba firmar su renuncia. Antes de que terminara la administración anterior la habían hecho firmar una renuncia y la recontrataron, con lo cual perdía inmediatamente la antigüedad de haber trabajado durante 25 años. La jubilación no estaba lejos, pero a nadie le importó. La señora estaba a cargo de sus nietos y ahora había perdido el trabajo. Saliste corriendo de ahí. Estabas enojado, decepcionado y con ganas de lanzar todo al vacío. Olvidar el trabajo y limpiarte de las manchas que se te quedaban pegadas por tener que cumplir con tu trabajo que prometía realizar un cambio que en su época no llegó más que al más o menos de costumbre y que ahora veías caer por completo.

Nos meteremos en sus sueños. Seremos su peor pesadilla.


Llegas a tu casa, más o menos cansado, pero con la terrible necesidad de hacer algo. Le das vuelta y renunciar no sirve de nada. Contratarán a otro, y a otro que siga haciendo el trabajo, que tal vez se dé cuenta de lo mismo que tú y renuncie, y así vendrán más. O no, se quedarán, callados, conservando su empleo y más o menos olvidando su conciencia y todo tipo de moral. Entonces vas a tu escritorio, levantas los papeles, tiras todo de un lado a otro buscando con impaciencia. Ya está, tienes el bloc, y un paquete nuevo de post it; y así empiezas a hacer dibujos, bocetos apenas de una aparente araña morada. Cuando tienes el dibujo perfecto empiezas a llenar el bloc, las hojitas amarillas, una con cada consigna y el dibujo de la araña, que ahora sí pueden estar todos seguros, ha vuelto.

Al día siguiente sales más temprano que nunca. Cuando la gente llega a la oficina tú ya vas por el segundo café y has terminado todas tus tareas. Dejaste la evocación a los héroes del cambio y pasaste a la acción, esa es la transformación. No hay baño, elevador, checador ni computadora que no tenga al menos uno de los mensajes de la araña.

DIEGO AMEIXEIRAS es gallego pese a haber nacido en una ciudad suiza, Lausana, en 1976. Guionista, periodista y escritor, es uno de los grandes narradores —y el más goodisiano— de nuestra generación. Algunos de sus libros son Conduce rápido, La crueldad de abril y esa novela perfecta que es Dime algo sucio.

En su relato —que toma su título de un capítulo de La vida misma—, plagado de referencias literarias y cinematográficas, se cruzan un José Daniel Fierro retirado en una filmoteca de Galicia con el inmortal Terry Lennox y una Margarita Miller fatal.

Olor a siete machos

José Daniel Fierro se atusó el bigotazo mientras seguía revisando aquel libro con fotografías de John Garfield. La decisión estaba tomada. Ese mes programaría El cartero siempre llama dos veces y Cuerpo y alma. Tay Garnett no había sido muy hábil con la novela de James Cain en el último tramo de la película, pero las piernas de Lana Turner compensaban los despistes del guion. A Robert Rossen, gracias a El buscavidas, le había perdonado su debilidad durante el macarthismo, pero a los chavales les hablaría más de Abraham Polonsky, el guionista, que sí se había negado a declarar. Cuerpo y alma era la perfecta combinación entre boxeo y lucha de clases. En eso seguía pensando JD cuando levantó la vista e invitó a sentar a aquel tipo que había entrado en su despacho.

—Así que ahora se ha metido a dirigir una filmoteca, Fierro.

El extraño era alto y espigado, con estilo. Vestía un traje de color beige y también lucía bigote, aunque más perfilado que el suyo. Tenía cicatrices de arma blanca a ambos lados del rostro. Había pasado por varias operaciones de cirugía estética. JD apretó la mandíbula como Lino Ventura en El clan de los sicilianos y lo miró de arriba a abajo.

—Es menos peligroso que dirigir la policía de Santa Ana. No se acaba en la cárcel por poner películas de Fritz Lang o John Huston. Creo que no se ha presentado.

—Disculpe. Soy Terry Lennox.

JD se quedó frío. Hizo memoria. Lennox tenía la cara de un tal Jim Bouton en la adaptación de Robert Altman de El largo adiós. Un pájaro insustancial, como aquellas vecinas hippies de Marlowe. ¿Habrían sido idea de Leigh Brackett? Qué importaba aquello ahora. El gringo venía directamente de la novela de Raymond Chandler. Era el Terry Lennox de primera generación. El borracho de la terraza de The Dancers, no el muñeco de la United Artists.

—¿No querrá que lo lleve a Tijuana? Conmigo no cuente, amigo. No soy tan incauto como Marlowe. Váyase de aquí antes de que se me ponga la sonrisa de Richard Widmark en El beso de la muerte.

—Necesito que convenza a Margarita Miller para que me incluya en su novela. Quiero recuperar a Marlowe. Éramos amigos.

Fierro sabía que Margarita Miller, autora de insulsos procedimentales, trabajaba en una casa cerca de la playa. La odiaba secretamente. Cuando JD había escrito Muerte al atardecer, al poco de morir Rafael Bernal, hubiese dado su gorra beisbolera por continuar la serie de Filiberto García, el detective de El complot Mongol que nunca lograba acostarse con Martita. Margarita Miller era la elegida para la segunda parte de El largo adiós. A JD nunca le habían ofrecido revivir a nadie. Ni siquiera a un secundario como Dick Foley, al que Hammett había hecho pensar que el agente de la Continental había matado a Dinah Brand en Cosecha roja.

—¿Por qué yo, Lennox? Organizo ciclos de cine, no asesoro a imitadoras de Ed McBain.

—Fue un escritor de primera, Fierro. Su dominio del diálogo en La cabeza de Pancho Villa influyó a Margarita en Desórdenes bajo la luna. Lo supe la noche que me alojé en su inspiración, antes de que desechase mi reencuentro con Marlowe.

Dejó de odiar a Margarita. Era muy sensible al elogio, aunque no recordaba virtud alguna en La cabeza de Pancho Villa. Se estremeció al ver a Lennox transparentándose ante sus ojos, como una pintura perdiendo su color. Desterrado de la inventiva de Margarita Miller, estaba a punto de desaparecer sin poder tomarse un útimo gimlet con Marlowe para limar asperezas. JD tuvo que contener el aliento cuando le estrechó la mano y notó un tacto de filete crudo. Entendió la zozobra de aquel perdedor. La inspiración de JD se había esfumado después de los sucesos de Santa Ana, y con ella la vida de personajes que ya nunca se le aparecerían en sueños con peores modales que los de Terry Lennox.

***

Hacía seis meses que Fierro no fumaba. Se había convertido en un fundamentalista de los ambientes oxigenados, y por eso pensó que aquella nube de tabaco podría provocarle un enfisema. Ya solo bebía agua con gas y refrescos sin azúcar, así que el olor a whisky casi le hizo perder el equilibrio. Tomó asiento. Margarita lo había recibido en su cuarto de trabajo sin dejar de golpear las teclas del ordenador, pero ahora se permitía una pausa y un nuevo lingotazo de Johnnie Walker. Tenía la voz humeante de Lizabeth Scott, la altivez felina de Lauren Bacall y el mechón de pelo que cubría el ojo derecho de Veronica Lake. Fierro tuvo que contener el entusiasmo. Margarita le contó que había dejado su viejo apartamento en Brooklyn buscando soledad y concentración en una casa como aquella, a orillas de la playa de Mortovia, el mismo municipio gallego en el que Fierro había recalado tras su divorcio. En seis meses debía entregar su novela. Margarita quiso saber la historia de JD.

—Es un drama, señora Miller. Dejé de escribir cuando me nombraron jefe de policía en Santa Ana. Me enredaron en un lío de narices y acabé en la cárcel con Canales, Fritz Glockner y el subjefe Barrientos. Cuando salí, mi mujer me pidió el divorcio y mi vida en Ciudad de México me llenó de amargura. Tuve que huir de tanta tristeza.

—Algo me contaron en una Semana Negra de Gijón, antes de ventilarme una botella de JW en el Hotel Don Manuel con unos argentinos, cuando estuve presentando Los cuchillos del miedo.

—Entonces me vine a Galicia buscando la pista de mi tío paterno, un carpintero anarquista al que los fascistas mataron en la guerra. Me gusta este pueblo, aunque con tanta lluvia se me está poniendo la cara de James Cagney en El enemigo público. Tengo a unos arqueólogos de la Brigada por la Memoria excavando cerca del cementerio. Pero todavía no he encontrado nada.

—Me han dicho que van a organizar un ciclo dedicado a John Garfield. Qué lástima de hombre. Tenía el atractivo del proletario con aspiraciones. Me encantaba. Murió demasiado joven. Adoro su química con Patricia Neal en Punto de ruptura.

JD se mordió la lengua. Para química, Bogart y Bacall en Tener y no tener. La versión de la novela de Hemingway, dirigida por Howard Hawks, era más popular que la de Michael Curtiz. Pero le dolió no haber programado Punto de ruptura, más oscura y pesimista. A Margarita le atraían los precipicios. Su odio por ella no solo había desaparecido. Se había vuelto una ambición soñadora.

—¿Puedo saber a qué se debe esta visita, Fierro?

Su voz resultaba ahora más cálida. Tampoco quedaba rastro de su altivez. JD entendió que Lizabeth Scott y Lauren Bacall habían bajado la guardia, pero todavía quedaba el mechón de pelo sobre el ojo derecho de Veronica Lake.

—Tiene que darle una oportunidad a Lennox, señora Miller. Necesita redimirse. Marlowe fue demasiado severo con él.

Margarita se dio la vuelta y pareció encararse con una estantería en la que JD pudo adivinar unas cuantas novelas de Jean-Patrick Manchette. Se enamoró definitivamente de ella. Margarita desveló el perfil de un llanto reprimido y JD se imaginó en el centro de un hard-boiled situacionista.

—Imposible, Fierro. Lennox es como una puta de cincuenta dólares.

—Es un simple derrotista moral. Ya lo dijo Marlowe. Le afectó la guerra. Ahora merece una oportunidad. Introduzca una sub trama o un simple apunte. Lennox y Marlowe en The Dancers o en Victor’s. Unos diálogos reconciliadores y ya está. Después podrá seguir con su plan establecido.

Margarita suspiró. El llanto contenido se había convertido en rabia.

—Mi problema no es Lennox, Fierro. No habrá segunda parte de El largo adiós. Sufro un bloqueo terrible. Se me ha secado la imaginación.

Fierro acudió a un par de indicaciones infalibles, aunque a él ya no le funcionasen.

—Acuérdese del consejo de Chandler. Haga entrar a alguien por una puerta con una pistola y así avanzará la historia. O tenga presente aquella carta que le escribió Marcel Duhamel a Chester Himes. Agarre una idea. Empiece con acción, con alguien que hace algo; con un hombre que saca una mano y abre una puerta, una luz que brilla en sus ojos, un cuerpo que yace en el suelo. Siempre el retrato de la acción. Haga como en el cine. Las escenas, siempre visuales. El flujo de conciencia es de mal gusto. Esta última consideración es mía.

—¿Qué gana usted con esto, Fierro? ¿Para qué quiere que siga escribiendo?

—Quizá porque sé que aprecia La cabeza de Pancho Villa. O porque yo he fracasado como escritor y no quisiera que una mujer con su talento, aunque en alguna ocasión se le haya ido la mano imitando a Ed McBain, conozca esos infiernos. La escritura de una novela siempre nos reserva una niebla por disipar. Lo dijo Patricia Highsmith, que desalojaba tantas botellas de whisky como usted.

Margarita Miller buscó los brazos de JD con pasión y su cabeza de Veronica Lake se hundió en su hombro. El cuerpo de Fierro se electrificó. Sobre su coronilla afloró el sombrero de Alan Ladd en Contratado para matar y su autoexilio gallego cobró sentido. Pensó en su tío de la CNT y en sus pastillas para la tensión. Margarita notó el perfume de un cloroformo exquisito y se quedó dormida. Roncaba en los brazos de Fierro como un tubo de escape roto.

***

Un año más tarde, JD se desvió en su paseo matinal por la playa para detenerse ante la casa en la que había vivido Margarita Miller. Seguía cerrada. Tras aquel encuentro en el que habían hablado de Terry Lennox y los demonios de la escritura, la mujer había regresado a Nueva York de forma abrupta, sin despedirse. Fierro suspiró y se encaminó hacia su despacho en la filmoteca. Había un bulto sospechoso sentado ante su mesa.

—Esto se nos está yendo esto de las manos, Fierro. Necesitamos un golpe de timón.

Era Ramiro Vilas, el concejal de cultura. Su rostro aunaba la papada de Edward G. Robinson y los ojos de Peter Lorre. A los pocos meses de su llegada a Mortovia, el Frente Municipalista había nombrado a JD director de la filmoteca. Vilas admiraba su talla intelectual, pero no su obsesión por el noir y su rechazo por toda expresión fílmica posterior a 1949. Lo más moderno que habían visto los cinéfilos de Mortovia, desde la designación de Fierro, había sido Al rojo vivo, de Raoul Walsh.

—Habla claro, Vilas. No te entiendo.

—El portavoz del Municipalismo Frentista pedirá tu cabeza si sigues programando crímenes en callejones sombríos y angustia existencial. Recuerda que no tenemos mayoría. Si esa gente nos retira su apoyo, estamos jodidos. Hay que buscar consensos.

Fierro se ajustó su gorra beisbolera y se sacó la cera de los oídos con una cerilla. Luego la prendió, pero no hizo fuego. Era una de sus manías, como mear sentado y hacer el zumo de naranja en el exprimidor eléctrico, pero sin enchufarlo.

—¿Qué es lo que quieren? ¿New Queer Cinema? ¿Documentalismo de vanguardia?

—Variedad, Fierro. No hace falta un salto tan radical. Una evolución hacia el melodrama en Technicolor es suficiente. Pero no más ciclos con Veronica Lake. Si volvemos a programar La llave de cristal, nos tumban los presupuestos.

—La verdadera oposición es el Municipalismo Frentista. Siempre lo dije. Ahora desprecian al mejor Hammett y les gusta llorar con Douglas Sirk. Son peores que la Unión Conservadora.

—No exageres. Si gobierna la derecha nos machacarán con ciclos de Charles Bronson. Piénsalo. El mes que viene quiero unos cuantos folletines con Rock Hudson haciendo de millonario desgraciado.

Vilas cerró la puerta sin despedirse. JD se quedó pensando en la posibilidad de llegar a un acuerdo con el Municipalismo Frentista sugiriéndoles un par de comedias románticas. Me casé con una bruja y Detengan a esa rubia podían servir para tender puentes con aquellos reformistas. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que alguien había dejado un paquete sobre su mesa. Intuyó el tacto de un libro. Al abrirlo se quedó de piedra. El título, La piscina vacía, era inequívocamente chandleriano. El texto de la contraportada anunciaba el reencuentro entre Terry Lennox y Philip Marlowe tras El largo adiós.

La persuasión de JD, aquella tarde en la que Margarita Miller se había balanceado en sus brazos, había salvado su carrera literaria. Por un instante barajó la posibilidad de dirigir unos cursos de escritura creativa, pero su obligación era la filmoteca. Se lanzó a devorar la novela. La tarde se volvió noche, llegó la madrugada con su silencio compacto y el amanecer, en el último capítulo, se escurrió por la ventana hasta lanzar sobre su rostro el primer rayo de sol de la mañana. Fierro se frotó los ojos y notó una bola de plomo en el estómago. La piscina vacía le quemó las manos. Arrojó la novela al suelo, lleno de rabia, y se lanzó a las calles con la desesperación de Paul Muni en Soy un fugitivo. Una furgoneta de reparto estuvo a punto de llevárselo por delante. En la cúspide de su cólera le pareció ver a Terry Lennox con una risa burlona en el camino que llevaba a la playa. No era una visión. Su transparencia era un físico real y compacto a lo Robert Mitchum. A Lennox le sorprendió la irrupción de JD con aquella pachorra. No había burla en su sonrisa. Era una suave complacencia.

—¿Cómo ha sido capaz, Lennox?

—No me culpe. Intenté evitarlo, pero no fue posible. De todos modos, estoy en deuda con usted, Fierro. Fue maravilloso reencontrarme con Marlowe.

—Pero ahora está herido. Tiene una bala en el pecho.

—Quise detener el impulso de Margarita Miller en el último capítulo, pero no me hizo caso. La novela tenía un final redondo en Victor’s, cuando Marlowe sacaba a bailar a la hija de Preston Farrell, el nuevo director del Journal. Pero a Margarita, tras una noche en blanco, se le ocurrió que era buena idea hacer aparecer a Mendy Menéndez por una puerta, armado con una pistola.

Fierro maldijo el día en el que le recordó a Margarita el consejo chandleriano. La piscina vacía acababa con Marlowe con un agujero en el pecho y Glenda Farrell rota en lágrimas.

—Es un ser detestable, Lennox. Transparéntese de mi vista.

—La imaginación de Margarita Miller es un animal extraño. En el penúltimo borrador de la novela me obligó a arrojarme al vacío desde la terraza de un hotel. Por suerte, acabó por reescribir esa parte y me mandó a una casa de reposo para quitarme los pensamientos suicidas.

—Compró una gran parte de mí, Terry. Con una sonrisa, un gesto con la cabeza, un ademán cómplice, una conversación en mi despacho. Hasta otra, amigo. No le diré adiós. Se lo dije cuando tenía un significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.

El Gordo Soriano sí que había hecho un buen trabajo con Marlowe, juntándolo con el Flaco de Laurel y Hardy. JD se estremeció al pronunciar aquellos adjetivos maestros. Triste, solitario y final. Fue entonces cuando un Rolls Royce Silver Wraith salió de la nada, como por arte de magia, y se detuvo ante Lennox. Un chófer le abrió la puerta y el gringo se despidió con un suave ademán. Fierro no se inmutó. Se volvió, apesadumbrado por el dolor, y a su espalda rugió el motor del Rolls hasta desaparecer.

***

Mientras volaba a Ciudad de México, JD pensaba en el triste espectáculo de sus últimos días como director de la filmoteca de Mortovia. La proyección de Me casé con una bruja había desatado las hostilidades definitivas entre los socios del gobierno municipal, con reproches y enfrentamientos hasta los puños. Se había visto obligado a dimitir. Vilas le censuró la estrategia de deslizar una comedia romántica en el programa mensual, buscando acercar posturas entre su enferma devoción por el noir y la insistencia de los reformistas por el melodrama. Además, la protagonista de aquella película, cuyo título entusiasmaba a Fierro, era de nuevo la dichosa Veronica Lake. JD pensó en lo que le parecería a su tío tener un nieto al que había hecho dimitir una alianza entre unos marxistas y unos reformistas pusilánimes, y el hecho de haber sido alabado después por la Unión Conservadora, a cuyo secretario le parecía una excelente medida la exaltación de la comedia romántica y el olvido de los muertos por el franquismo.

Qué extraña era la política. Y qué tristeza constatar que los arqueólogos de la Brigada por la Memoria no habían encontrado ni rastro de su tío Emilio Fierro, el carpintero libertario que había trabajado de extra en Aurora de esperanza. ¿Por qué se la habría ocurrido marcharse de Barcelona y volver a Mortovia, en manos de los fascistas tras el estallido del golpe? Nunca lo sabría. Fierro se lo imaginó con una inquebrantable vocación actoral que excedía sus apegos anarquistas, buscando un papel en un musical de Benito Perojo.

El vuelo le dejó la espalda molida, pero sus tormentos ciáticos se acrecentaron todavía más durante el viaje en autobús hasta Santa Ana. Tenía ganas de llegar y abrazar a bocajarro a Canales, a Fritz, a Barrientos. Después volvería a Ciudad de México para comenzar una nueva vida y resistirse a la tristeza. Recordó el día que lo habían convencido para hacerse jefe de la policía. Aquella Santa Ana hostigada por los caciques y la represión sobre las organizaciones populares. Se instaló en el Hotel Florida, atravesado por la nostalgia, y durmió un par de horas. Estaba medio desnudo, a punto de darse una ducha, cuando sonó su teléfono.

—No ha sido fácil localizarlo, Fierro. En la filmoteca me dijeron que había vuelto a México, pero no supieron concretar su destino.

La voz de Margarita Miller parecía enmarcada por los violines de Max Steiner. Fierro se sobresaltó. El final de la película le había alcanzado con sus peores calzoncillos. No esperaba volver a oír aquella voz ronca y acariciante. El ronroneo de Margarita le diluyó la ciática y le disparó la tensión. Pero no aflojó. Le debía a aquella harpía unos cuantos reproches.

—¿Por qué ha dejado a Marlowe al borde de la muerte, señora Miller? Pensé que había sido cosa de Lennox. El detective más famoso de la historia de la novela negra está a punto de morir por su culpa. Estoy destrozado.

—No me acuse, Fierro. Fue asunto de mi editor, que se cree un showrunner de la HBO. Me obligó a dispararle por mediación de Mendy Menéndez. Pero Marlowe se recuperará, se lo aseguro. Estoy con la tercera parte. Marlowe se pasa diez capítulos en un hospital de Los Ángeles hasta que recibe el alta y se pone a investigar el caso de una herencia envenenada. Ya tengo el desenlace.

—Me utilizaron como a un muñeco. Mis palabras no sirvieron de nada.

—Eso no es cierto, Fierro.

—Mis consejos no alimentaron su inspiración. Tenía a su maldito editor moviendo los hilos en todo momento. Fue ese canalla quien le dijo a Terry Lennox que se presentase en mi despacho con aquellas majaderías. También jugaron con él. Estuve a punto de matarlo si no llega a marcharse en un Rolls.

—Está delirando, Fierro. Lennox estaba al tanto. Quería recuperar a Marlowe.

—Miente más que Barbara Stanwyck en Perdición. Diga la verdad. Necesitaba un estímulo de la realidad para introducir en su novela a ese cretino que dirige la filmoteca de Pasadena en el capítulo seis. Me eligieron a mí. Para construir una caricatura de mierda.

—Le juro que hubiese querido escribir La piscina vacía sin el capítulo de la filmoteca. No quería ridiculizarlo.

—¿Entonces por qué lo hizo?

—Mi editor era mi marido. Se puso muy celoso cuando le relaté nuestro encuentro.

—¿Qué pretendía esa rata utilizando a Lennox? No me diga que solo quería ablandarme.

—Quería que introdujese en la novela un escritor atormentado como Roger Wade. Se enteró de que usted se había instalado en Mortovia, incapaz de escribir una línea, y lo atrajo hasta mí por mediación de Lennox para incentivar mi imaginación. Pero José Daniel Fierro no era un alcohólico agresivo y delirante como el Roger Wade de El largo adiós. Era un antiguo jefe de policía honesto y cinéfilo, el autor de La cabeza de Pancho Villa. Un hombre maravilloso. Mi marido intuyó que habían saltado chispas entre nosotros y me obligó a ridiculizarlo. No tenía elección, Fierro. Lo hice por amor a Philip Marlowe. Si me negaba, me rescindiría el contrato y Jim Carlson se encargaría de escribir la novela.

—¿Carlson? Ese palurdo destrozó a Lew Archer en la remake de El martillo azul.

Margarita Miller soltó una risa dulce y apasionada.

—Lennox sabía desde el principio que aparecería en la novela, pero lo necesitábamos para llegar a usted. A cambio le escribí el capítulo con Marlowe en Victor’s. Mi venganza vino después. En cuanto salió el libro, le pedí el divorcio a mi marido y ahora lo han relegado a un puesto menor en la editorial. Ya no tiene influencia sobre mí. El nuevo editor, por el contrario, es encantador. Me dijo que quería enviarle a Linda Loring, la amante de Marlowe, en compensación por las molestias. ¿Vendrá a visitarme a Nueva York, Fierro? Me siento en deuda con usted.

—Tengo unos asuntos que resolver en Santa Ana. Quizá más adelante.

—La noche que me dormí en su hombro me embriagó su extraña fragancia.

—Ya estaba usted embriagada de sobra con el Johnnie Walker.

—Su olor se me quedó grabado a fuego.

JD sonrió. La vida era aun más extraña que la política y la gestión de filmotecas.

—La colonia Siete Machos es una aportación mexicana al mundo de los perfumes. Huele a violetas usadas y a alcohol de caña.

—Lo recuerdo como si fuese ahora. ¿Vendrá o no?

—Dígale a su editor que no me mande a Linda Loring. No quiero líos con Marlowe.

—Sin problema. Cuénteme, Fierro. ¿Por qué acabó en la cárcel en Santa Ana?

—Pregúntele a mi colega Paco Taibo. Le dará todos los detalles.

Margarita Miller suspiró llevándose todo el oxígeno del Hotel Florida. Hasta por teléfono era capaz de esos prodigios. JD volvió a acordarse de su tío Emilio. Se le humedecieron los ojos. ¿En qué actriz inalcanzable pensaría mientras los falangistas cargaban armas, antes de fusilarlo?

—Le esperaré, Fierro. Igual que Lilian Hellmann esperaba a Dashiell Hammett.

Fierro se sonó los mocos y se le contracturó un músculo del cuello con la emoción. Estaba amaneciendo y la luz que venía del este parecía entrar lentamente por calle principal de Santa Ana, aclarando los blancos de las casas a trescientos metros y lamiendo las paredes más cercanas. JD pensó que podría volver a ser escritor junto a su querida Margarita Miller porque la vida, en efecto, es lo suficientemente extraña y crea caminos, cascadas y recodos.

RAÚL ARGEMÍ, a quien algunos de sus amigos llaman Sopeto, nació en La Plata, en 1942. Fue guerrillero y preso político. Es periodista y escritor. Después de salir de la cárcel vivió en la Patagonia y, en el año 2000, se fue a España. Es allá donde su trabajo como escritor empezó a ser publicado, traducido y premiado. Su última novela es A tumba abierta.

En el relato de Raúl, además de un Belascoarán con argentinismos, vamos a encontrar a personajes de Paco que antes fueron personajes del gran jefe de la novela de aventura: Emilio Salgari.

Para la malaria

La limusina blanca se había alejado abriéndose paso entre la selva y esperábamos sentados un termitero muerto. El vasco, que parecía tener una necesidad inagotable de tabaco, fumaba mirando de soslayo hacia lo alto de los árboles, por donde la luz del sol se escurría hacia el ocaso.

A estas alturas del trópico se pasa del día hacia la noche en un suspiro o, mejor dicho, en un aleteo de mosquito, que eso era lo que poblaba el aire.

Se levantó para estirar las piernas y dijo, como al pasar:

—Había un cuento de Roberto Arlt donde a un tipo se lo comían las hormigas de un termitero…

Tal vez para impresionarlo, diría Freud, disparé el título:

—El criador de gorilas.

Sonrió con un expresivo movimiento de bigotes, que en esas horas que pasamos juntos me acostumbraría a reconocer, y dijo:

—Te agarré, pinche güey. Eres argentino. Me lo sospechaba.

—Nadie es perfecto.

—Como los argentinos son medio gringos siempre dejan la duda.

—Y sí… cuando uno es argentino y sartreano, se puede pensar cualquier cosa. Especialmente si alguien tiene una mente estalinista.

Frunció el ceño, movió el bigote, y se tomó el tiempo de encender un cigarrillo con el pucho del que tiraba.

—Eso es un insulto —masculló— pero lo voy a dejar pasar porque, no sé cómo vas a hacer, pero espero que me saques de esta mala historieta antes de que nos coman las arañas pollito.

—No se preocupe, está todo calculado.

Rió como si se comiera la risa para agregar:

—He tenido muchas historias raras, raras de verdad, como encontrar un gladiador romano muerto, como si estuviera cagando, en el baño de mi casa; pero que me secuestre un existencialista era lo que me faltaba.

Y se sentó a seguir fumando. La nube de mosquitos chiflaba con aspiraciones de soprano gorda haciendo de valquiria. Pero, todo hay que decirlo, a mí no me picaban y al vasco Belascoarán Shayne tampoco. Es lo que tiene la mala sangre, diría mi abuela. Entreverados con los mosquitos una horda de bichitos de luz afirmaba que había caído la noche en la selva.

Lo había estado esperando junto al poste que indica la parada del único autobús que se detiene en estos andurriales, muy de tarde en tarde, camino de la capital. Mostraba, como si estuviera en un aeropuerto internacional, un cartel que reclamaba a un tal Velasco Aram, que lo convertía en armenio. El error gráfico no era casual. En ese punto perdido de Belice, al que había sido invitado como estrella de un supuesto festival de novela negra, era de esperar que los enviados de los hoteles fueran iletrados.

Bajó como quien se zambulle, manoteando sus bolsillos, y encendiendo un cigarrillo. Con la primera pitada había respirado como un buzo que sale del agua después de quedarse sin aire en los tanques.

No sé dónde habían conseguido la limusina blanca, y no quise preguntar. En estos negocios es buena política aceptar las cosas como se presentan.

Le abrí la puerta para que se acomodara y dejé su valija en el maletero. Después abrí la otra puerta y me senté a su lado.

La movida le despertó un aire de sospecha, pero lo tranquilicé diciendo:

—Soy su bareto. ¿Coca Cola con ron?

El asiento que nos separaba del chofer, un tipo que puse en marcha con un golpecito en el cogote, era el delirio de un barman. Había de todo. Y todo, estoy seguro, de contrabando. El principal atractivo de Belice.

—Coca Cola sola, y natural— reclamó.

Preparé un negroni, partes iguales de vermut rojo, gin y campari, para mí. Descubrí que, en la neverita, como un augurio de desgracias, no había hielo, y me consolé con un dicho de polacos: para el frío, vodka natural, y para “la calor”, lo mismo. A él serví esa mierda que tomaba.

—Bon profit— lo tantée en catalán.

Aceptó el brindis y, revoleando el bigote, atacó de frente, como un infighter, como Joe Frazier cuando entraba al cuerpo a cuerpo.

—Algo huele a mierda en Dinamarca. ¿Por qué no me explicas como viene esta torcida mano?

Un dedo amarillo de nicotina señalaba los árboles, la selva, que desfilaba al paso traqueteante de la limusina por un camino de herradura.

—Lo del festival es puro verso, ya se habrá dado cuenta. Acá, como los bichos del monte no lean… Mi contratante quiere verlo en plan amigable.

—Ta… Por eso me manda un secuestrador argentino. Sospeché desde el minuto uno: ¿Quién me podía mandar una limusina, a mí, que siempre viajo en tercera?

No le pude contestar porque nos distrajo una pareja de monos que había aterrizado sobre el capó y follaba como si se viniera el fin del mundo. Corto, el polvo de los monos. Aullaron y saltaron hacia la jungla.

Belascoarán Shayne puso cara de que eso le era cosa de todos los días y me interrogó:

—¿Te paga bien tu jefe?

—Más o menos, lo mío es a tiempo parcial. Soy free lance.

—¿Y a qué te dedicas los otros días? Digo, cuando no estás secuestrando boludos.

—Compongo guarachas, corridos y milongas con contenido social.

Se rió, con ruidos de perro atragantado con un hueso, y me hizo un gesto con la botellita de Coca Cola vacía. Apreté el botón correspondiente, el tacho de basura se abrió como la caja de Pandora, pero sin malas noticias, y le destapé otra.

—¿No tendrás algún chachachá ecológico?

—Solo a pedido, y si pagan antes. Los ecologistas se acostumbraron a internet y quieren todo gratis.

—Sí, está jodido con esa lacra capitalista de los derechos de autor; compañero.

Lo juné, para saber si hablaba en serio y, por esas cosas que luego le achacan al síndrome de Estocolmo, nos echamos a reír.

Pero nos duró poco, porque la limusina se metió en un bache monstruoso que nos hizo dar contra el techo.

Toqué el hombro del chofer, que apenas si giró la cabeza, y le hice señas de que fuera más despacio. Su respuesta fue zambullirnos en el cruce de un arroyo que bañó el auto con barro, sanguijuelas y crías de lamprea.

-¿Es loco o sordo?

-Es malayo. Vaya uno a saber en qué habla. Lo único que sé es que se llama Sambiglion, y es de toda confianza de mi contratante.

–Me estás jodiendo. Ahora decime que tu jefe es Sandokán y cartón lleno.

Dudé un segundo:

–No exactamente. Y no es mi jefe. Soy free lance.

Hizo un gesto de preocupación, porque sacaba el último cigarrillo del paquete, pero lo tranquilicé apretando botones hasta dar con el indicado. Con el himno de Asturias a pura gaita, aparecieron varias pilas de los puchos que fumaba. Le mangué un cigarro, y abrí las ventanillas para no morir fumigado.

Me preparé otro negroni, natural, para “la calor” y, así, fumando como colegas, llegamos al claro de la selva donde nos abandonaron Sambiglion, su limusina y la maleta del vasco que olvidé retirar del baúl. Por las dudas de que le faltaran, él y yo nos habíamos llenado los bolsillos de paquetes de cigarrillos.

No tuvimos que esperar mucho. Una como luz mala avanzaba hacia nosotros desde lo más intrincado del monte. A poco distinguimos una columna de tipos extraños, mezcla de japoneses, guías de turismo y bucaneros que se acercaba con antorchas encendidas. Se detuvieron al borde del claro, y se adelantó uno, que nos hizo señas de seguirlos. Si se puede imaginar un faquir gordo, ese era un faquir gordo. Calvo y con una barba canosa que le llegaba hasta las pelotas, literalmente, porque iba desnudo. Estaba tan cubierto de pinturas y colores que parecía un mal día de Picasso.

Con algo así como un mugido en chino nos hizo señas de que lo siguiéramos y pegó la vuelta con su corte de malencarados.

Nos hizo caminar más de una hora, dando vueltas por la selva, para desorientarnos, hasta que, en un claro, avistamos una mansión estilo tudor iluminada a pleno con luz eléctrica.

Un negro enorme, con ademanes de mayordomo inglés nos abrió la puerta y, pocos pasos más allá, me mostró cómo le sacaba la batería a mi celular y me lo devolvía. Lo recibí sin una protesta porque me quedaba claro que el hombre no quería localización satelital y, además, era un punguista de dedos ágiles, porque ni me enteré de que me lo había afanado. Tengo un gran respeto por los buenos profesionales.

Entonces nos separaron. Al vasco le indicó el camino con una reverencia sutil, de cejas. A mí me agarraron de los brazos los hombres del faquir y me arrastraron en otra dirección, mientras su jefe hacía mutis por el foro.

Cruzamos puertas, bajamos un nivel, y terminamos en una cocina enorme. En una mesa frailera, muy larga, estaba todo listo para un té con leche masivo. Los piratas se sentaron a la mesa y me dejaron una silla libre. Se les notaba el origen plebeyo porque agarraban las tazas con el meñique levantado.

Intenté conversar, pero fue inútil. Yo no existía, lo único que les importaba era mojar los scones en el té con leche.

Estuvimos mucho rato en ese empate, porque yo tampoco les daba bola, hasta que se sintieron unos pasos y como si eso fuera alguna orden se fueron y me dejaron recontando miguitas.

El dueño de los pasos entró, abrió un armario, preparó dos gin tonic y me puso uno por delante, para sentarse también a la mesa.

–Para la malaria– dijo.

Tengo que describirlo antes de que la memoria y el tiempo me jueguen la mala pasada de siempre.

Tenía un bigote fino, a lo Clark Gable, y una barba de perilla a lo D´Artagnan. Pero la ropa, una camisa de mangas cortas y pantalones caqui, lo acercaban más a un cazador en tiempos de safari africano. Lo que me lo hacía extraño era que no le podía calcular la edad. Tal vez porque su piel, que parecía normal, era un continuo de pequeñísimas arrugas, casi invisibles.

–Yáñez, me imagino– aventuré.

–Y vos, si no sos Livingstone, sos Carlitos Herrero. Treinta y dos años. Compositor mercenario. Descendiente de judíos marranos de España.

Me sorprendió, porque nunca me habían dicho algo parecido.

–El apellido te delata –dijo– Pero no hay problemas, yo soy Yáñes, con “S”; de los judíos marranos de Portugal. A Salgari lo camelé con “z”, para no ponerme las cosas difíciles. Cualquiera puede tener un alias.

–Ya… y…

–¿Belascoarán? Le cuesta asimilar que es judío por el lado de los Shayne. Lo he dejado fumando en el balcón. No soporto los cigarrillos con filtro.

–Claro –murmuré cauteloso– cada uno tiene sus manías.

Me empezaba a preguntar si me pagaría lo convenido por mail o me haría trinchar por su banda de facinerosos, cuando me apuntó con un dedo entre los ojos y dijo:

–Hasta ahora vienes bien, casi de confianza. Si fueras por ahí hablando gilipolleces nadie te iba a creer, y si te creyeran, mal te iba a ir. No tenemos nada que ocultar, así que puedes darte un paseíto por la guarida yucateca de los Tigres de Mompracem. Cuando se desocupe, una de mis nietas te hará compañía.

–No sé si debo…

–Estás pensando que la curiosidad mata al gato. Pero, te diré algo –tenía un velo de tristeza en los ojos– mucho peor, porque mata muy lentamente, es el aburrimiento. Cuando uno ha vivido… mucho tiempo, la curiosidad se agota y manda el aburrimiento.

Como para disimular algo que solo él tenía a la vista, sacó de la camisa cazadora un largo y delgado habano. Se dio un minuto para quemarle la punta con un encendedor de oro, y agotando de un saque su gin tonic, se puso de pie.

–Bien, te dejo, tengo que hacer algunos acuerdos con el vasco.

Y Yáñez, que para mí será siempre con zeta, se fue echando humo.

No sé, tal vez media hora más tarde, me había perdido en el laberinto de pasillos y habitaciones de la mansión. El negroni con dos rocas que me había preparado, aprovechando que esa vez sí había hielo, se me había terminado y ya no sabía qué hacer con el vaso. Algunas puertas estaban abiertas y eran un muestrario de estilos, desde el rigurosamente victoriano a un pastiche oriental que me puso a tararear el Bolero de Ravel. Detrás de otras puertas, las cerradas, pude oír voces, murmullos de hombres y mujeres, pero no me atreví a abrirlas. Los piratas pueden ser muy susceptibles y, además, estaba el problema del idioma.

Había llegado a un cruce de escaleras, tratando de convencerme de que podía volver al punto de partida, cuando escuché una voz de mujer:

–Un vaso vacío es como una vieja culpa, siempre incomoda.

Me volví, para enamorarme de golpe.

Era una belleza indescriptible. Un cruce de lo mejor de todas las razas de la Tierra. Tan bella que casi se me escapa un plagio a Dashiell Hammett cuando describía al halcón maltés: estaba hecha con la materia de los sueños. Me sacó el vaso de la mano, hizo sonar una campanilla minúscula que llevaba a la cintura, y se materializó una réplica del mayordomo de la entrada, pero idéntico a Gunga Din, aquel chupamedia de los lanceros de Bengala. Se tocó la frente con dos dedos y desapareció con el vaso.

¿Debería preguntarme por qué todas las comparaciones que se me ocurren son de hace medio siglo, cuando yo no había nacido? ¿O por qué los mosquitos me ignoran como si no existiera? La navaja de Ockham me diría que la respuesta más simple es, probablemente, la verdadera. Pero, ante lo solamente probable puedo hacerme el idiota.

–Seguime– dijo, ella.

Ese uso verbal tan argentino me descolocó, pero debía ser adivina, porque agregó:

–Me parece de cortesía básica hablar la lengua de nuestro interlocutor. Te voy a mostrar lo que, en el fondo, es lo único que puede interesarte. El secreto de la larga vida.

En rigor, lo único que me interesaba era ella, lo confieso, aunque me daba un poco de miedo. Era hermosa hasta el dolor, y exageradamente amable con este compositor de guarachas a pedido, pero sospechaba que detrás de su piel de alabastro acechaban ríos tumultuosos.

Estábamos, según mis precarios cálculos, en el piso más alto de esa mansión inglesa trasplantada a la selva tropical, cuando abrió una puerta y nos encontramos en una mansarda vacía. Vacía, salvo un reloj de arena más alto que yo, conectado a unos aparatos desconocidos. Dos ampolletas de cristal, en cono curvado, unidas por los vértices, y el deslizamiento de un fino hilo de arena que abandonaba la superior para llenar la de abajo, donde la arena alcanzaba un tercio de su altura.

–Tenés suerte -dijo ella con una sonrisa– estás por ver el milagro. Ah, me podés llamar Esmeralda.

–Ese es el color de tus ojos.

–Sí, supongo que algo tuvo que ver con mi nombre. Aunque en ese tiempo mi madre contrabandeaba esmeraldas. Al fin, ¿qué son las fronteras para los tigres de Mompracem? Es ahora…

–¿Qué?

–Es ahora– dijo, señalando el coronamiento del reloj de arena. Un aparato que copiaba su circularidad había empezado a zumbar, con una luz titilante. El zumbido creció gradualmente, y en el cono superior se produjo un furioso remolino que absorbió la arena de la ampolla de abajo; hasta que el hilo del tiempo comenzó a caer nuevamente, desde el principio.

–Mientras no se llene la de abajo, el tiempo se detiene. Es arena ferrosa de la Patagonia argentina. Y lo de arriba es un imán muy eficiente.

–¿No me estás tomando para la joda? Me resulta difícil creer que ese aparato...

–Ah, creer o no creer, ese es el dilema. Si dejás de creer te convertirás en ceniza que se lleva el viento.

–Me leí todo Salgari, hasta las novelas apócrifas que se escribieron en Argentina, y en ninguna sale nada parecido.

–Es cierto… –dijo, y salió al pasillo, dando por descontado que la seguiría– Fue un regalo de Engels, el socio de Marx. De cuando el abuelo le cuestionaba sus teorías, afirmando que los orangutanes eran más humanos que los humanos. Este invento era parte de un libro inédito de Julio Verne. Parece que se carteaba con Engels y Salgari.

-¡Pará, pará! -dije, ofendido, enojado- Verne y Salgari son antagónicos; enemigos podría decirse. Los personajes de Verne, siempre blancos, o sirvientes si no eran blancos, imponían la supremacía europea en donde cayeran, así fuera una isla desierta.

–Es cierto. Y Salgari era, aunque no lo sabía, un tercermundista, un enemigo del colonialismo. Pero, ustedes tienen un refrán: a caballo regalado no se le miran los dientes.

Entonces hizo algo que me comprometió a creerle todo lo que me contara, y todo es todo. Extendió una mano, me rozó la cara, y dijo:

–Enojado estás empezando a gustarme. Y no sé si es una buena noticia… para los dos.

Minutos después estábamos otra vez ante la mesa frailera, donde Belascoarán ya iba por la tercera Coca Cola, con cara de pocas fiestas. Una esbelta milf con delantal de criada y botas negras hasta las ingles, bien domina sadomaso, le hacía de mesera.

Descargué los paquetes de cigarrillos que acarreaba y me pareció que el bigote del vasco se relamía a sí mismo.

–Tengo que hablar con éste– dijo, cerrado, con un gesto hacia la mujer.

Ella y Esmeralda lo miraron como con lástima y salieron dando un portazo. Nunca tuve más ganas de cagar a patadas a Belascoarán.

–Estamos metidos en un fregado mierdoso, pinche güey –dijo, apuntándome con su dedo más alquitranado.

–Estará metido usted. Yo… argentino.

–¿Sabés que quiere Yáñez?

–Con “s”. Yáñes, con “s”.

–¿Tú también, Bruto? Además de tener que hablar en mexicano para turistas, ¿querés que me haga cargo de ser judío?

–Los buenos estalinistas son antisemitas…

Se levantó como un resorte revoleando la silla de una patada y con las venas del cuello a punto de reventar: —¡Me cago en la rechingada madre que los parió a todos!

Me abrí de su furia y gasté unos minutos en montarme un negroni con dos rocas. Fue el tiempo que necesitó para empinarse la Coca Cola, encender otro cigarrillo y serenarse.

–Quiere que me sume a su conspiración, al regreso glorioso de los piratas de Mompracem en su lucha contra el imperialismo mundial. Y, lo peor, quiere que convenza al jefe, a Paco Ignacio Taibo.

–Bueno, Taibo siempre dice que es marxista salgariano…

–¡Él… él…! ¡No me chumbes, pichicho existencialista! ¡No me chumbes! Si por lo menos Sandokán fuera Sandokán, se podría pensar…

–No me diga que pudo ver a Sandokán…

Se acodó en la mesa, con la cabeza entre las manos, murmurando algo que no entendí.

–¿Eh?

–Digo que vos también lo viste…

–¿Cuándo?

–El faquir gordo pintarrajeado. Tuvo un brote místico, o de esquizofrenia de la Malasia; yo qué sé, y ahí anda.

–Como Tarzán, en pelotas y a los gritos. ¡Carajo! Ser testigo de la muerte de una leyenda no es para corazones débiles.

–Decime si no es para pegarse un tiro, o hacer un tango. Pero en eso el especialista sos vos, pelafustán.

Un rayo había caído sobre mi cabeza. Me arrimé al armario de las bebidas, le alcancé una Coca Cola fría e, inspirado por la consternación, le mandé un potente chorro de vodka a mi negroni.

Bebí un trago muy largo y propuse un brindis:

-Por insultos como pelafustán, que me hacen sentir clásico entre los clásicos.

Entonces la puerta se abrió para dar paso a Yáñez. El mayordomo negro se quedó en el umbral.

Con una sonrisa distendida el portugués se preparó un gin tonic antes de arrimarse a la mesa.

-Para la malaria- dije, con una risita estúpida, culpa del vodka, que me pega rápido- A mí no me pican los mosquitos.

-A mí tampoco, pero algunas tradiciones vale la pena conservarlas. Bueno… amigo Belascoarán… no hemos llegado a ningún acuerdo y tienen que apresurar la partida. Es noche de luna llena.

-Y salen los lobisones a masticar gente.

-No- dijo, muy seco, como para que entendiera que no hablaba conmigo-. Habrá docenas de avionetas de contrabandistas buscando pista, y apagaremos todas las luces, para que no se confundan y nos aterricen en el techo.

Dejé a un lado el negroni potenciado y me propuse ser un chico bueno y formal. Con alguna gente es mejor no hacerse el gracioso.

-Para ser más operativos van a viajar juntos, a México. Falta mucho para el amanecer.

-Ya me lo veo -masculló el vasco-, sin luces y en una limusina manejada por un demente.

-De ninguna manera -Yáñez sonreía amistosamente-. Como prueba de aprecio les hemos preparado una salida reservada para los príncipes. Lorenzo de Cuba…

-Servidor- dijo el negro de la puerta.

-Lorenzo será vuestro guía hasta que crucen el Río Hondo, la frontera con México. Ah, antes de que se me olvide. Ha sido un gusto tenerlos en nuestra humilde morada. Y, por favor, Belascoarán Shayne, trasmita un sentido abrazo a Paco Ignacio Taibo, de su más fiel lector.

Un rato más tarde, iluminados por antorchas porque la mansión se hundía en la oscuridad más cerrada, trepábamos con ayuda de Dios y una escalera, a la espalda de un elefante; a la canasta o como se llame, de madera y mimbre, que llevaba sobre el lomo. Y partimos. El cornac, o sea el chofer de nuestro transporte, lo aguijoneaba con un bichero.

Eran dos los elefantes y los dos llevaban, a modo de máscara protectora, un antifaz acolchado que le cubría hasta la mitad de la trompa. Abría camino el elefante de Lorenzo de Cuba, y tres piratas armados con kampilan, criss y yataganes, todas cosas muy filosas. A nosotros nos acompañaban el esmirriado Gunga Din y un malayo que sacó de un bolsillo una frutita redonda y se puso a masticar. A poco babeaba un jugo rojizo y estaba en otro mundo, enrollado en el suelo de la canasta. Cabreado, Gunga Din le quitó el AKA 47 y puso cara de guerrero.

Costaba fijarse en esos detalles, porque estar sobre un elefante que avanza a paso redoblado por la selva no es moco de pavo. El vasco y yo nos agarrábamos de donde podíamos, y aprendimos rápido que cuando el cornac levantaba una mano al cielo había que hacer cuerpo a tierra, para cruzar debajo de alguna rama gorda y asesina que pasaba lamiéndonos el culo. Así, oyendo de tanto en tanto los motores de las avionetas que volaban a oscuras, atravesamos la selva hasta la orilla belicense del Río Hondo. No soplaba una gota de viento y sudábamos como marranos. Judíos marranos, diría Yáñez.

Los elefantes entraron en el agua y avanzaron un poco caminando y otro poco a nado. Entonces sucedió que el nuestro se plantó de golpe barritando y sumergió la trompa en el agua. Cuando la sacó enlazaba un caimán tamaño limusina, que insistía en morderlo.

Se dio maña para ensartarlo tres veces en los colmillos, y después lanzarlo por el aire hasta la orilla mexicana.

-¡Mierda! ¡Esta escena la leí en una novela de Salgari!

-Sí -confirmó, fascinado, Belascoarán-, pero era un gavial, que es un cocodrilo del Ganges.

Salimos del río, y nuestro elefante se desvió unos metros, para pisotear enconadamente lo que quedaba del caimán. El cornac lo dejó sacarse la bronca y luego le ordenó acuclillarse, agacharse, o como se llame, y todos descendimos en tobogán por el costado.

Nos juntamos con Lorenzo de Cuba, para que uno de sus piratas le entregara a Belascoarán la maleta perdida y a mí la batería del celular. Hubiera jurado que se trataba de Sambiglion, pero de noche todos los gatos son pardos, aunque la luna llena iluminaba magníficamente esa orilla pantanosa, y los millones de mosquitos que zumbaban sobre nuestras cabezas.

-Ya están en México -dijo el negro Lorenzo-. Sigan este sendero hasta la ruta asfaltada y, en menos de una hora, estarán en un sitio civilizado. Con autobuses y hasta teléfonos.

Por cortesía esperamos a que ellos partieran, pero antes de trepar a su elefante, Lorenzo de Cuba me puso algo en la mano. Una fina cadena de plata con una esmeralda.

-Ya imagina quién le manda este recuerdo -dijo, con empaque muy inglés-. La señorita dice que le hubiera pedido que se quedara, pero, nuestro mundo no es para incrédulos.

Caminábamos, turnándonos con la maleta de Belascoarán. El sendero era muy evidente por las huellas de neumáticos todo terreno, de madereros o contrabandistas. Las nubes de mosquitos hacían piruetas en el aire, pero no nos picaban. Tema que se me había vuelto una obsesión.

-Mi abuela decía que si no te pican es porque tenés mala sangre. ¿Usted qué opina, Belascoarán?

-Primero, que no tengo por qué privarme de un cigarro…

Encendió uno, y le mangué otro, para no dejarlo solo.

-Supongo que leíste a Borges…

-Soy un argentino de ley, ¿Cómo no voy a leer a Borges?

-No me interrumpas -dijo, con una calada profunda, y la brasa le pintó el bigote con luz roja-. Leíste, entonces, Las ruinas circulares. Un tipo, en una isla de un río, que se propone dar vida a un hombre soñándolo…

-Sí, claro, hasta que un incendio que no lo quema le dice que está siendo soñado por otro.

-Exactamente. Eso mismo, lo del fuego, sucede con los mosquitos. Yo, al menos, sé quién me está soñando, y también lo sabe Yáñez. Vos, que sos existencialista sartreano, me parece que estás en babia.

De golpe se me paralizaron las piernas, el corazón y hasta los pulmones. La navaja de Ockham, pensé; y tuve que correr para alcanzarlo porque él ya se alejaba. Adelante, bastante cerca, las luces de un camión que pasaba me decían que estábamos a un paso de la ruta.

Lo que siguió después fue la vida normal del asfalto y la ciudad. Pero, hasta hoy, no pude sacarme esa espina: ¿Quién me estará soñando?

BRUNO ARPAIA nació en Nápoles, donde vive, en 1957. Es escritor, periodista y traductor. Ha publicado, entre otras, las novelas I forestieri, Il futuro in punta di piedi, L’Angelo della storia y Il passato davanti a noi y también libros de ensayos como Per una sinistra reazionaria.

Es amigo de Paco hace más de treinta años y su texto nos cuenta los orígenes de esa relación.

La red patito

La primera vez que escuché hablar de la Red Patito fue en la víspera de una Navidad de hace treinta años. Marco Tropea, el editor que teníamos en común en aquel tiempo, había decidido ir a visitar a Paco Taibo a la Ciudad de México y me pidió de que lo acompañara.

Ese 24 de diciembre, apenas había bajado del avión, y no había tenido tiempo ni de rasparme de la garganta la patina gris y casi eterna de smog y niebla que envuelven al DF, ni de sumergirme en la marea de niños, niñas, autos, vendedores ambulantes de turrones y calzoncillos, lustradores de zapatos, escupidores de fuego e improbables hombres de negocios que llenaban las calles del centro histórico, cuando ya había sido catapultado por Marco en medio de la tribu Taibo que se preparaba para festejar la Navidad con una cena enorme.

Eran las seis de la tarde, hora local.

No conocía a nadie ahí, y aun no había leído ninguna novela de Paco.

Pero a las seis y cinco ya me sentía como en casa. No solo eso: me parecía conocer a cada miembro de la tribu de toda la vida.

–Bienvenido a la Red Patito– dijo Paco, abrazándome.

Soy tímido por naturaleza, así que no pregunté nada. Y tampoco tenía ganas de parecer ignorante tan rápido. Media hora después, Paloma, la mujer de Paco, me mostró una habitación vacía mientras me enseñaba la casa,

–Es la 440, está reservada para aquellos que ganan la beca Patito–, me explicó un poco misteriosa.

Necesité varios días de discretas alusiones, preguntas capciosas y sintéticas respuestas, para entender lo que me dijo. Patito no era el nombre en código de una conspiración antimperialista internacional; tampoco era una institución, una ONG, o un club como el de las Marmotas Jóvenes. Era mucho menos, pero infinitamente más: un grupo de amigos, sobre todo escritores y periodistas, dispersos por el mundo, que trataban de ayudarse. Y de ayudar a quien más lo necesitara. Los cubanos, por ejemplo. Para ellos, en esa época, era dificilísimo salir de su país o entrar en contacto con editores y colegas fuera de la isla. Con frecuencia, llegaban llenos de maravillas y buenas intenciones, pero con apenas suficiente dinero para un café en los bolsillos

La Red Patito, además, ayudaba a buscar a los desaparecidos argentinos, a promover la campaña contra el racismo o a reivindicar la libertad de expresión en los países del este europeo, antes y después de la caída del Muro. Servía para discutir de literatura y de política, para intercambiar experiencias, y recomendarse recíprocamente libros para leer (o para escribir); servía para enviar un mapa de Los Ángeles a un cubano que escribía una novela ambientada en aquella ciudad y que no tenía manera de conseguirlo, o para localizar material sobre la P2 para un colega argentino exiliado en México, o para apasionarse –gracias a los relatos de los demás– de los acontecimientos de países lejanos.

Amigos, amigos de verdad, que aún teniendo el mismo oficio sentían la camaradería y no la competencia.

Y cada amigo, traía otros, y el círculo se agrandaba, y cada uno sabía que tenía, en caso de necesidad, un techo y una persona amiga en París, en Milán, en la Ciudad de México, en La Habana, en Buenos Aires o en Sofía.

Y en el centro de ese vaivén de afectos, emociones, solidaridad, apoyo, estima literaria y humana, estaba Paco Taibo. Era él, el tejedor de aquella telaraña mundial, una prefiguración de la web pero en carne y hueso y no solo virtual. Sí, el motor de la Red Patito vivía en Colonia Condesa en la Ciudad de México, bebía cinco litros de Coca Cola al día y escribía jodidamente bien.

Y éramos amigos.

Desde aquella época han pasado muchas cosas, y aquella amistad se ha hecho siempre más fuerte y profunda. Aprendí a no sorprenderme más de su capacidad de escribir en los momentos más disparatados, generalmente trabajando tres o cuatro textos simultáneamente. En su cómoda casa de dos pisos en la Colonia Condesa, donde he sido huésped muchas veces en la 440, lo he visto con frecuencia abstraerse durante horas frente a la computadora, para luego ponerse furiosamente a golpear sobre el teclado, mientras la confusión a su alrededor era total, el teléfono sonaba insistentemente y quizás en el estudio había amigos de paso, editores, periodistas o hasta un vendedor de billetes de lotería que pasaba a tomar un café.

A partir del noir, y sin renegar del género, Paco se lanzó al descubrimiento de nuevos territorios, de espacios más amplios. Aventurero de la literatura, llegó a aquello que ha llamado la nueva novela de aventura: el encuentro, digamos, entre algunas corrientes de la novela de acción que provenían de la tradición del siglo XIX, de la novela popular, y las posibilidades que ofrecían la novela histórica y la buena ciencia ficción, sobre todo aquella que se ocupa de utopías y distopías. A esto se sumaban, como cortina de fondo, elementos típicos del género policial y de la literatura urbana: la ciudad como personaje, el encanto y la fuerza de la trama como motivación de la literatura. Una lección que guió siempre mi escritura.

Pero la participación de Paco en mi trabajo no fue solo teórica. Cuando estaba escribiendo una novela sobre Walter Benjamin y un militante de la guerra civil Española que había participado en la revolución de Asturias en 1934, me fui de su casa con una valija llena de fotocopias y de material que él me había conseguido. Sin su ayuda, jamás hubiera podido escribir ese libro. Y mi miliciano tomó el nombre de parientes suyos que habían combatido en aquella revolución.

Recientemente, Paco puso a mi disposición toda su biblioteca sobre la CIA para que pudiera seguir el rastro de un personaje que debería protagonizar mi próxima novela.

Por último, he participado en la emocionante aventura de la Brigada para Leer en Libertad. Nacida por iniciativa de Paloma y de Paco, el más maravilloso experimento de promoción de la lectura del mundo: en los eventos de la Brigada he firmado centenares de libros -algo que no me había sucedido jamás en la vida- y he constatado con mucha emoción la carga de pasión política y cultural que la Brigada infunde en su público; así como escenas desconcertantes de personas que a punta de codazos buscan comprar libros a bajo precio, mientras que en el país de donde vengo se lamentan por la crisis del libro y de los consumos culturales. En estas experiencias he encontrado también esperanza, voluntad para no rendirme y ganas de seguir adelante.

En estos treinta años, en fin, Paco y yo nos hemos encontrado varias veces en distintas partes del mundo, y hemos participado en festivales y mesas redondas donde presentamos nuestros libros recíprocos, intercambiamos reflexiones e ideas literarias y políticas, pero finalmente siempre he sido yo quien ha chupado energía y vitalidad de su inagotable reserva. Gracias a Paco, conocí a decenas de personas en varios países y aprendí a amar a escritores a los que no había leído. También afiné, en horas y horas de apasionadas discusiones, mis ideas sobre la literatura y hasta los instrumentos del oficio. Si no tuviera miedo de ser retórico, diría incluso que aprendí un poco más sobre la vida. Gracias por todo, carnal.

(Traducción: José Ramón Calvo)

ELIA BARCELÓ nació en Alicante en 1957 y desde 1991 vive en Austria, donde es profesora de literatura hispánica.

Aunque ha escrito tanto narrativa juvenil –El almacén de las palabras terribles– como novela policial –El caso del crimen de la Ópera– se la reconoce sobre todo por libros como El mundo de Yarek o Futuros peligrosos que la transformaron en una de las voces más importantes de la ciencia ficción en castellano.

Dice de su primer encuentro con Paco, en Madrid, hace más de 20 años: “en mi vida, el hada madrina apareció con bigote, vestido de tela vaquera y con libros bajo el brazo”. Su relato propone un enroque fantástico entre autor y personaje.

Universos paralelos

Don Héctor Belascoarán Shayne es un hombre difícil de contactar. Según ha dicho en otras de las raras entrevistas que ha concedido a lo largo de su carrera, su timidez congénita le impide sentirse a gusto en una posición de preeminencia. Sin embargo, esta vez, después de su reciente Premio Cervantes, el eminente escritor se ha avenido a recibirnos esta mañana en el modesto hotel donde se ha instalado en Madrid. Llega vestido con su sencillez habitual –nadie lo ha visto jamás con traje o con corbata–, saluda con cortesía y se somete, casi resignado, a la sesión fotográfica mientras nos cuenta que no duerme bien y de ahí las ojeras que luce.

–¿Qué ha supuesto para usted la concesión del Premio Cervantes, maestro?

–No me llame usted así. Yo no soy maestro de nadie. Nunca he querido enseñar nada. El premio ha supuesto, sobre todo, una gran sorpresa. Jamás pensé que un escritor de novela negra como yo pudiera ser elegido.

–Es que, de hecho, es la primera vez que sucede, pero parece que su personaje, el gran Paco Ignacio Taibo II, ha logrado conquistar no solo a millones de lectores en todo el mundo, sino también a los miembros del jurado.

Belascoarán se encoge de hombros y esboza una tenue sonrisa.

–Ahora me preguntará usted por qué he creado un personaje tan poco verosímil, con un nombre tan raro... un hombre que, además de ser detective independiente, es también historiador, activista político, creador e impulsor de ferias y festivales... y algo muy raro en las novelas de detectives: buen esposo y buen padre...

–Pues sí, la verdad, esa era mi siguiente pregunta.

–Me lo han preguntado muchas veces y tengo que confesarle que ni siquiera yo lo sé. En ocasiones, siento que Paco está más vivo que yo mismo. No puedo decir que lo inventé yo. A mí me pasó como a Zeus: cuando nació Atenea de su cabeza, ya era adulta y venía vestida y armada.

–Pero... ¿por qué crear un personaje mexicano, profundamente mexicano, enamorado de México, aunque muy crítico con su país, pero nacido en Asturias, hijo de emigrantes españoles?

–No sé bien... Yo también soy mexicano y, cuando empecé a escribir las primeras novelas de Paco Taibo, aún vivía allí y me sentía muy unido a esa terrible y maravillosa ciudad que empecé a explorar de su mano. Yo también soy hijo de un vasco y una irlandesa, de padres europeos emigrados. Al principio él y yo éramos bastante parecidos. Luego yo me vine a vivir a España, me españolicé, pero él siguió siendo todo lo que yo ya no podía ser, y fue creciendo, expandiéndose, haciendo cosas que yo, años antes, jamás habría imaginado.

–¿Es Paco Ignacio Taibo II el reverso de usted?

–¿A qué se refiere?

–Usted nunca se casó ni tuvo hijos; él, en la última novela, ha celebrado su cuarenta aniversario de boda. Su esposa Paloma es uno de los personajes centrales en todos sus casos; es con ella con quien el detective comenta sus investigaciones y más adelante, también con su hija Marina e incluso con su yerno, José Ramón. Déjeme que le diga que es absolutamente inaudito en la novela negra que el detective privado tenga un yerno.

Se ríe suavemente y enseguida me corrige.

–Privado no. Independiente. Detective independiente. Pero, como de eso no se vive teniendo familia, además de investigar, Paco hace muchas otras cosas. Y lo de tener yerno... eso le da credibilidad al personaje. Es lo que suele suceder con el tiempo cuando uno tiene una hija. –Sonríe, con algo de sorna, da la impresión–. Taibo no es mi reverso. Es un personaje completo; es él mismo, aunque a algunos les resulte raro que sea una persona íntegra, que sea solidario, luchador, infatigable. Además, en algunas cosas nos parecemos: los dos fumamos, a pesar de la mala prensa que tiene en la actualidad, ninguno de los dos tomamos alcohol y, a cambio, somos demasiado aficionados a un refresco dulce que no voy a nombrar. También detestamos ambos las corbatas, aunque él suele vestir con camisetas con inscripciones y camisas de mezclilla y yo, sin embargo, prefiero los pantalones y camisas e incluso en ocasiones muy especiales me echo encima una americana, si lo creo necesario.

–¿Y su manera de ver la sociedad, de concebir la vida? ¿Son parecidos también ahí?

–Es difícil decir que mi personaje, que es casi todo lo que a mí me habría gustado ser, es igual que yo. Supongo que es demasiado bueno para ser verdad, pero creo que es justo lo que enamora a los lectores: que es un hombre decente, que sabe que la sociedad en la que vive es una basura, que los malos siempre son los que ganan y los pobres pierden casi siempre pero que, a pesar de ello, no se amilana. Sale a la calle y trabaja, y lucha, y trata de llevar la cultura a los de abajo, a los que nunca han tenido oportunidad de aprender, ni voz que alzar frente a los poderosos. Hace trabajitos de investigación, intenta no usar nunca el arma que tiene y que ya va estando algo anticuada y, en la penúltima novela de la serie, incluso hace sus pinitos de escritor romántico cuando vuelve a casa de madrugada y su mujer ya está durmiendo. Se sienta a un ordenador descacharrado que ha comprado de segunda mano a propósito para eso y escribe historias tristes mientras escucha boleros muy bajito.

–Si quiere que le diga la verdad, maestro, esto ya me pareció un poco excesivo.

–Es cuestión de imaginación y de llevar las cosas a su conclusión natural. Uno no puede estar siempre rodeado de fango y realidad. Hace falta una escapatoria: la fantasía. Y Paco, como yo, duerme poco, y mal.

–Pero él siempre ha escrito biografías y artículos históricos entre caso y caso.

–Todo cansa, amigo mío. Aunque nunca dejará de escribir ensayos. Los casos criminales que intenta resolver, las investigaciones de archivo, las biografías y la fabulación... todo está muy ligado y, en mi opinión, hacen al personaje más creíble, más redondo.

–¿Quiere decirnos algo de la última novela, que ha salido esta misma semana?

–En esta, Paco vuelve a Austria, un país de oscuro pasado que, por desgracia, después de una época de gobiernos socialistas, se ha ido inclinando cada vez más a la derecha. Taibo ya lo visitó hace años cuando se estaba documentando para la biografía de Irmfried Eberl, el primer comandante del campo de exterminio de Treblinka, austríaco, médico y abogado, un auténtico monstruo. Entonces entró en contacto con un historiador de Innsbruck, Klaus Eisterer, y con su mujer, Elia, española, forense, con los que forjó una buena amistad. Ahora, en esta novela, Elia ha sido asesinada y Klaus pide ayuda a Taibo para esclarecer el crimen, que tiene ramificaciones políticas.

–¿Piensa seguir usted con la serie? Mientras tanto son ya veintiséis novelas... conocemos a Paco Ignacio Taibo II desde que tenía treinta y pocos años y aún vivía con otros compañeros en un piso de la ciudad. Toda la historia de México ha ido desarrollándose en esas novelas frente a nuestros ojos, como la historia de España en las novelas de Vázquez Montalbán, con Pepe Carvalho.

–Sí, ese era el desafío: ir contando el país a través de un personaje que va evolucionando novela a novela y que, si al principio puede parecernos un poco falso y exagerado, poco a poco se nos va haciendo querido y yo hasta diría que necesario, porque conocemos su devenir, sus dudas, sus seguridades, sus deseos, su lucha, su amor por Paloma, por su familia, por la gente que no tiene quien la defienda, quien hable por ella.

–Es un detective extraño. No todos sus casos se solucionan por completo ni terminan bien. Eso es también muy original.

–Siempre traté de reflejar la realidad en mis novelas. Por eso hay varios casos paralelos y además mezclados con problemas personales que a veces lo desconcentran o lo llevan por otro camino. Él, como yo, tiene dos hermanos con los que se lleva bien, pero no solo es eso: sus padres han vivido mucho tiempo, y su hija lo ha hecho tener que confrontarse con otras formas de ver el mundo, con lo cual siempre he podido mostrar las opiniones y formas de vida de al menos tres generaciones. A mí nunca me ha interesado la novela enigma, ni las novelas basadas en avances científicos de la ciencia forénsica. Yo soy heredero de Hammett. A mí me gusta explorar la negrura en el ser humano, en la sociedad; el deseo de poder que lleva a aplastar al de abajo; la egolatría de los que se creen superiores a los demás; la corrupción de nuestra sociedad, de nuestros políticos...

–¿Piensa regresar a México, maestro?

–Le he dicho que no me llame maestro, joven. Voy con frecuencia, de viaje, de vacaciones, a ferias... pero no creo que vuelva a vivir allí. Leo las noticias, hablo con mis amigos, estoy al día de lo que sucede... el resto lo hace la imaginación.

–¿Nunca se le ha ocurrido pensar que quizás, en un universo paralelo, usted podría haber sido la criatura de su personaje, que Paco Ignacio Taibo II hubiera podido ser un escritor astur–mexicano que hubiese creado a Héctor Belascoarán Shayne, detective independiente de nombre y ascendencia raras?

El maestro ríe suavemente.

–Le va a parecer extraño, pero sí que lo he pensado alguna vez. Espero que, en ese caso, Taibo me hubiese dado al menos la posibilidad de llevar pistola en una funda sobaquera, y gabardina, y me hubiese permitido dormir en el sillón desvencijado de un despacho alquilado, compartido con un plomero. Y también que me hubiese concedido algunas aventuras galantes.

En este momento, como conjurada por sus palabras, una mujer joven y esbelta, con el pelo recogido en cola de caballo, entra en el salón con una sonrisa de disculpa, le susurra unas palabras al oído, le da algo que Belascoarán oculta en el cuenco de la mano, y vuelve a marcharse.

–Perdón –nos dice. Se sirve un vaso de agua del jarro que hay sobre la mesa, se toma una pastilla y luego, con resignación, se coloca sobre un ojo un parche de satén negro–. Aún tengo vista –nos explica–, pero con tanta luz se me cansa un poco y debo cuidarlo cuando estoy de viaje.

–¿Un accidente?

–Sería bonito decir que me pegaron un tiro, una esquirla del suelo que salió disparada hacia mi ojo cuando yo me había tirado a la alfombra para evitar que me asesinaran, pero no sería verdad. Lástima. Eso podría haberle pasado a mi detective, a Paco, no a mí. Y ahora, caballeros... si me disculpan... El gran Paco Taibo no se cansa jamás, aunque las ojeras le lleguen a la boca y el bigote se le ponga blanco de agotamiento, pero yo no soy él...

Nos despedimos con un fuerte apretón de manos, agradeciéndole el tiempo que nos ha concedido y el regalo que ha supuesto para los lectores la existencia de ese gran personaje inmortal: Paco Ignacio Taibo II, el detective independiente de la Ciudad de México.

JORGE BELARMINO FERNÁNDEZ, el Belar, nació en México en 1947.

Es historiador y activista. Ha escrito Cuestión de sangre, Buscando a Belarmino Tomás, y Los asturianos en los orígenes del exilio en México, 1939, entre otros. Lo primero que supe de él fue que cuando Paco, enojado por las declaraciones elogiosas a Videla que Borges había hecho a días de la desaparición de Haroldo Conti, tiró todos los libros del argentino por la ventana, fue Belarmino quién los recogió. Y que al rato le tocó timbre para reclamarle que le había faltado tirar El Aleph.

Le alcanzó una cuartilla para hacernos su retrato de Paco. Mandate a mudar, Belar, hacerme insistir tanto. Jeje.

El mejor personaje

Presentando uno de sus primeros libros dije que Paco era, con mucho, el mejor personaje creado por él. Bueno, se me olvidaban los padres, sin quienes no se explica, pues lo formaron para tal.

Nos conocimos gracias a PIT I, quien en una playa donde yo andaba entre buscando la revolución y por completo perdido, me empaquetó al departamento del hijo. Viajé dos mil kilómetros, timbré, abrió. No había duda: estaba frente al personaje clasemediero más interesante que conocía. Alrededor suyo, espléndidos pares.

No describiré la situación, pues seguro alguien más lo hará, y salto seis meses para encontrarlo dos pisos arriba, en el cuarto de azotea que sería su primer hogar con Paloma. ¿Cómo no iba a estar perdidamente enamorada mi vieja amiga? Ese auténtico nicho exudaba pasión y futuro cocinándose al calor ahora de dos.

Luego vi una foto de los seis años, creo. El niño muy estilo surrealismo italiano tenía algo mágico –mido bien las palabras–.

Más tarde resultaría casi imposible descubrir tales cosas, entre trabajo desquiciado y fama.

Treinta décadas luego, ojeando sus cuatrocientas ediciones en una docena de idiomas, pensé: Sí que tuve razón. Y hoy: Desbordó el sueño; cómo se sentirá algo así.

Paro, porque los grandes personajes solo consiguen explicarse por sí mismos. Antes de marchar, reitero la advertencia: olviden al que ven en charlas, series televisivas y discursos. Deben buscar vaya a saberse dónde, a estas alturas. ¿En Mark Knopfler escuchado a solas horas y horas por habitaciones dispersas en cien ciudades? ¿Sí, carnal?

PD: mandate mudar, Kike, metiéndome en este enredo, jeje.

JUAN RAMÓN BIEDMA nació en Sevilla en 1962. Su trabajo –El manuscrito de Dios, El humo en la botella, La lluvia en la mazmorra, entre otros títulos– que cruza el género negro y el gótico, la novela psicológica y la fantástica, en lo que podría ser catalogado como new wierd, se caracteriza por sus personajes fronterizos y un excelso uso de lenguaje. JR fue señalado hace casi una década por Paco como uno de los cuatro o cinco renovadores del policial en castellano.

En su relato nos presenta una continuación de Muertos incómodos, el libro escrito a cuatro manos entre el jefe y el subcomandante Marcos.

El principio de la incertidumbre

Según el cual es imposible medir simultáneamente, y con precisión absoluta, el valor de la posición y la cantidad de movimiento de una partícula.

Werner Karl Heisenberg

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La vibración del móvil me reactivó el cerebro pero el brazo derecho seguía dormido debajo de mi cuerpo, a dos mil kilómetros de la mesita de noche; cuando logré alcanzarlo, se invirtieron los términos: el brazo recuperó su sensibilidad y el cerebro regresó definitivamente al mundo de los sueños.

—Soy yo.

—...

—Estoy en la habitación 212 de la Residencia Virgen de Guadalupe.

—...

—En Madrid.

Y colgó.

Veintisiete años sin noticias de mi padre —que cuando repasé cuentas y recuerdos se convirtieron en treinta—, y reaparece para despertarme a las cuatro de la única madrugada en la que había conciliado un sueño decente en los últimos meses.

***

Si no fuera febrero (los músicos de orquestas verbeneras nos morimos de asco en invierno), si me quedara alguna familia, si los amigos no estuvieran todos emparejados, si la casa no se me viniera encima de día y mucho más de noche o si tuviera algo urgente que hacer en los próximos años no habría estado en la estación de Atocha dos días después de la llamada y hubiera prolongado otros treinta años el reencuentro con mi viejo.

***

—Buenas tardes, creo que Salvador Morales Garibay está ingresado en esta residencia.

—No —pero me sonrió y comenzó a teclear tras el mostrador, no para verificar la información sino para que no pudiera acusarla de negligente—. ¿Ve? No tenemos ningún interno con ese nombre —con un cerrado acento mexicano.

—Él mismo me ha dicho que vive aquí, en la habitación 212.

—¿212?

—Eso es.

—¿Cuándo se lo dijo?

—Hace un par de días.

—¿Es usted familiar suyo?

—Su hijo —a mis cuarenta y cinco había perdido el hábito de identificarme como el hijo de nadie.

—Siento decirle que el señor que ocupó durante los últimos años la habitación 212 ha fallecido.

—... —no fue necesario decirle que no se molestara con el pésame.

—Tengo que advertirle que nunca supimos su nombre.

—¿Tenía alguna enfermedad neurológica o algo así?

—No, permaneció lúcido hasta sus últimos días —se encogió de hombros—. Simplemente se negaba a hablar de sí mismo.

—¿Puedo verlo?

—Sus restos han sido incinerados.

—¿Tiene alguna foto suya?

La chica giró 180º la pantalla del ordenador para mostrarme la imagen.

Aquella sonriente cara de hijo de puta se me parecía lo suficiente para legarme un último recuerdo de mierda aún después de muerto.

***

Habría sido más razonable sentarme a esperar el autobús en la parada próxima al asilo para evitar el riesgo de quedarme aislado en ese barrio dejado de la mano de Satanás, pero no pude sustraerme al deprimente consuelo que me ofrecía la luz mortecina de un sucio bar de barrio.

No estaba dispuesto a volver a la pensión ni a rondar por Madrid ni al tren que me devolvería a Barcelona enajenado en la página más podrida del catálogo de mis recuerdos, pero a la mitad de la primera cerveza ya estaba embobado con las estampas mentales que conservo bajo la marca de Morales —nunca pensé en él como mi padre ni siquiera como en el amante de mi madre que terminó llevándola a la tumba, para mí fue solamente Morales—, y estoy regresando a México, al México que nunca he visitado, a su México.

Al Chiapas de los inicios del alzamiento zapatista en los años 90. Allí Morales era conocido como el comandante Daniel, uno de los dirigentes militares del movimiento revolucionario al que traicionó en lo que sería el primer paso de una larga vida de infamias generales y particulares.

A sus tejemanejes con la CIA y su colaboración en el secuestro de un taquero al que hicieron pasar por Osama Bin Laden.

A las selvas de Montes Azules donde destruyó la forma de vida de la población indígena organizando el hostigamiento de las fuerzas paramilitares.

A las salas de tortura donde ponía su máximo empeño en extraer hasta la última gota de información con la sangre de sus antiguos compañeros insurgentes.

—Se parecen —el anciano se ha materializado en el taburete de al lado.

—¿Perdón?

—Puedo invitarle? Invitarles a ustedes es casi una tradición para mí. Su padre no tenía nada.

—¿Usted le conoció?

—Creo que yo era la única persona con la que hablaba —me tiende la mano—, Adrián Berdeles, para servirle. No he podido evitar oírle hablar con la señorita de la residencia.

—Encantado —no lo estoy de conocer a nadie que apreciara a mi padre, pero me vence la curiosidad—. Me llamó hace unos días, supongo que empezaba a sentirse mal, a vislumbrar su muerte.

—¿Mal? Nada de eso, su padre tenía una salud de hierro.

—¿Está seguro?

—Lo estoy.

—Entonces, no lo entiendo —me estoy sincerando con él antes de tomar la decisión de hacerlo—. Hace treinta años que no nos encontrábamos, jamás se ocupó de mí ni de mi madre.

—No estaba enfermo, pero últimamente andaba —mira a nuestro alrededor por si alguien puede escucharnos—, preocupado. Alerta. Como si algo le amenazara. Ni siquiera iba a ver a su amiga a las partidas de ajedrez. Se pasaba los días sin salir del dormitorio.

—¿Quién era esa amiga?

—Una chica muy curiosa, bueno, una chica... tendrá más de cincuenta. Mexicana como él. Se gana la vida con lo que saca de las apuestas ilegales en las partidas de ajedrez que se organizan en la trastienda de un bar de la Latina llamado Apertura Eslava de Rey.

***

Me costó encontrar el Apertura Eslava de Rey, creo que pasé cién veces por la puerta sin reparar en un establecimiento sin edad, carácter ni más distintivo que su nombre en un membrete de madera oscurecida.

Un bar largo y estrecho, con las paredes ahumadas como herencia de tiempos menos restrictivos que desembocaba en unas escaleras descendentes como tantos otros en Madrid, la única diferencia consistía en que, al final, no estaba el mingitorio sino un sucio almacén lleno de cajas de cerveza alrededor de una mesa de tijera donde tenía lugar una partida entre un joven negro y la única mujer del lugar; el resto del espacio se lo disputaba una parroquia inclasificable que vigilaba las pringosas piezas con ojos extraviados.

La mujer tumbó el rey mientras ejecutaba un paso de baile y se volvió sin mirar a su contendiente para recoger los billetes que le tendía un anciano con pajarita.

Vestía como una gótica de los ochenta pero con las tetas más gordas y la mirada mucho más afilada.

Me interpuse en su camino cuando buscó la escalera, sin saber cómo identificarme pero no fue necesario.

—Eres SU hijo —afirmó.

—Me han dicho que venía a verte jugar al ajedrez.

—Tienes el corte de su rostro pero te falta la maldad y la retranca —la reseña es para sí misma.

—¿Podemos hablar un momento?

—Lo siento, jefe; me están esperando fuera, un chingado con mucha guita me ha contratado para una partida privada. Hasta me ha enviado un pinche auto para buscarme.

—¿Cuándo podríamos vernos? Mi padre me llamó hace un par de días pero cuando llegué había muerto. A lo mejor usted puede ayudarme a comprenderle.

—¿Muerto? —la carcajada obligó a volverse a más de un rostro—. No sea pendejo, hombre. El diablo no se muere nunca.

—... —No sabía si recriminarle la risa o sumarme a ella.

—Mire, ahorita tengo que irme, pero venga mañana y platicamos.

Un nuevo paso de ballet para esquivarme y se perdió escaleras arriba.

***

Hasta que fui a pagar el bocata de calamares en la madriguera oriental situada junto a la pensión donde me alojaba, no me percaté de que me habían robado la cartera con toda la documentación, seguramente en el garito del ajedrez. Estaba demasiado cansado para desplazarme a una comisaría donde interponer la denuncia, así que aboné la cuenta con unas monedas que conservaba en el pantalón y volví a mi habitación para compartir la cama con los piojos que me estarían echando de menos.

Por suerte había dejado los billetes de tren en la maleta, así que no tendría que quedarme para siempre en aquella ciudad demente.

***

Dediqué la mañana a dar de baja la documentación y a proceder con la denuncia del robo ante un policía que me miraba con asco mientras tecleaba con un dedo artrítico en el ordenador; creo que al final ni siquiera guardó los datos del documento porque se quedó medio dormido mientras le contaba mi historia.

Como aún quedaban varias horas para la salida del tren, tenía tiempo de pasarme por el Apertura Eslava de Rey, lo que no tenía era dinero ni para tomarme una caña.

Cuando vi al tipo de la pajarita, que parecía el encargado de organizar las apuestas le pregunté, por la gótica ajedrecista.

—¿Viene usted a jugar o a apostar? —desconfiado.

—A ninguna de las dos cosas. Hemos quedado para charlar sobre un tema.

—Pues no va poder ser.

— ...

—Murió anoche.

—¿Qué ha dicho?

—Degollada —estaba claro que esa palabra lo aclaraba todo para él y que también debía ser suficiente para mí, por que me dio la espalda y siguió con sus negocios.

***

A la salida del antro, las calles parecían moverse como una montaña rusa y eso que no había tomado una cerveza en todo el día.

Estaba pensando en que, quizás, aquel vértigo se debiera precisamente a que no había tomado nada desde ayer, cuando alguien me siseó desde un portal.

Adrián Berdeles, el compañero de la residencia de ancianos de mi padre, me esperaba oculto entre las sombras con un periódico en una mano y una maleta en la otra.

Haciéndome señas de que no hiciera ruido, me condujo al interior de un portal.

—Sabía que vendrías por aquí —me susurró.

—¿Se marcha? —Le señalé la maleta.

—Y tú deberías hacer lo mismo —me tendió el periódico y encendió una cerilla para que pudiera leer el titular de un breve, donde se constataba que El nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador crea una comisión para investigar los crímenes paramilitares contra la insurgencia en México.

—No entiendo nada.

—Una vez, solo una vez, hace unos pocos días, no sé si fue el tequila, la soledad o el aburrimiento, tu padre se sinceró conmigo —no dejaba de mirar hacia la calle, estaba claro que alguien lo perseguía o que él se imaginaba en peligro—. Me enseñó este artículo y me dijo que hace quince años lo mató en el DF un detective tuerto y cojo tirándolo por unas escaleras. Se reía. Que desde entonces había vivido feliz e invisible en Madrid, pero que ahora se había acabado todo.

—No lo entiendo

—Al día siguiente de su... confidencia, me miró de forma extraña y no volvió a hablar conmigo —vistazo al exterior—. Ayer intentaron atropellarme. A la ajedrecista le han cortado el cuello.

—Sigo sin entender nada.

—No conozco a nadie que haya visto el cadáver de tu padre en la residencia. A nadie.

—¿Insinúa que no está muerto?

—Insinúo que tenía que desaparecer y que tú y yo nos hemos convertido en sus últimos cabos sueltos.

***

En el tren de vuelta a Barcelona, el dolor de cabeza y las náuseas me mantenían con un pie a cada lado del sueño, alternando imágenes distorsionadas de las cocinas del Hotel Reina Sofía, donde trabajaba mi madre, el hotel en el que Morales la sedujo a cambio de unos billetes y un poco de atención, con otra secuencia en la que me veía en el escenario, sentado ante mi batería pero incapaz de encontrar las baquetas mientras el público me abucheaba.

Al final, me quedé profundamente dormido y desperté con el vagón en penunmbra y completamente desierto; me habían robado la maleta y el teléfono móvil.

No había un alma en la estación y yo me encontraba demasiado enfermo para quedarme allí ni un minuto más, así que decidí marcharme a casa y posponer una denuncia que, con toda seguridad, no serviría para nada.

***

Cuando llegué andando a mi casa, de madrugada, estuve a punto de pasar de largo.

Lo más asombroso fue la falta de sensación de asombro.

La vivienda había ardido hasta los cimientos. Eso sí, el fuego estaba tan bien dirigido que apenas había afectado a las de alrededor.

Pensé en que tal vez Morales no era el verdadero nombre de mi padre y en que si Moriarty, el Napoleón del crimen, hubiera nacido en Latinoamérica, muy podría haberse llamado Morales.

Me quedé allí, mirando los restos calcinados de mis últimas pertenencias, de todo lo que había sido.

Y llegué a la conclusión, casi con alivio, de que había dejado de ser un cabo suelto.

PINO CACUCCI nació en Alesandria en 1955. Vivió en Bologna, París y Ciudad de México. Allí, hace treinta años, conoció a Paco. Es escritor, guionista y traductor. Traductor de Paco, por ejemplo, y mío. Gustos que uno se da. Algunos de sus trabajos son Tina –biografía de la fotógrafa italiana–, Demasiado corazón y San Isidro Fútbol.

Su texto navega entre la crónica, la semblanza y la entrevista para contarnos un Paco rechazado por las editoriales y en guerra con la crítica. Y, sobre el final, dialoga sin saberlo con el de Carlos Salem.

Recuerdos del pasado, del presente y de algún futuro también

Héctor Belascoarán Shayne era un investigador privado en la más grande, caótica, asombrosa y viva megalópolis del mundo: la Ciudad de México. Un perdedor nato, pero lejos de estar dispuesto a rendirse. Cada nueva investigación se reveló para Héctor como un imán de problemas, hasta la que tenía que ser la última, en la que se ganó una ración de balazos que lo dejó tirado en medio de una calle de su amada ciudad, El Querido Monstruo. Entonces, era 1981, Paco Ignacio Taibo II –PIT2 para ahorrar tiempo en las firmas de libros– creía que se había liberado de él, poniéndole como título al último libro de la saga No habrá final feliz, justo para aclarar a los lectores que no había futuro para Belascoarán, y dedicarse al resto de la avalancha de ideas que se mezclan en su cabeza sin parar. Nada que hacer: debajo de su casa le escribieron cordiales súplicas con pintura de spray, recibió algunas cartas de lectores ofendidos, y unas cuantas llamadas de teléfono ofensivas. Y cierto número de amigos lo trataron con resentimiento, como si fuera responsable de un homicidio. Nada comparable con las persecuciones que se desataron contra Arthur Conan Doyle cuando hizo morir a Sherlock Holmes, pero las protestas iban aumentando con el paso de los meses. Así que, PIT2 se resignó a resucitar a Belascoarán, que mientras tanto se había vuelto protagonista de una película, en la que nos lo encontramos tuerto y cojo, con mucho miedo a dormir solo, o dando vueltas en la calle de noche. Así que no estaba muerto, solamente gravemente herido.

Y una vez que volvió a ponerse en forma, dio vida a Algunas nubes, y luego a Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia, que tal vez sea la mejor novela de la serie Belascoarán Shayne Detective.

Esto no impidió a su creador escribir otras historias y cualquier otra cosa, para rebasar el centenar de libros publicados.

Conocí a Paco por los años 80, mientras presidía una reunión de redacción para el suplemento cultural de la revista Siempre. Todos se amontonaban en el apocalíptico estudio de su casa, empañado por una niebla de Gitanes, los cigarrillos que luego sustituyó por los cubanos, los únicos que quedan todavía hechos con tabaco negro, y siempre rodeado de botellas de Coca Cola, que Paco bebe en cantidades industriales.

Pocos meses después todos serían despedidos, por manifiesta incompatibilidad política con la línea del semanario. Paco sabía perfectamente que todo iba a acabar así, pero hasta que duró, nunca renunció a burlarse de la intelectualidad “descafeinada”, como dice él, de la capital mexicana, ridiculizando a dinosaurios sindicales y políticos corruptos.

No fue menos turbulenta su permanencia en el mundo académico: el departamento de Historia de la Universidad Nacional Autónoma de México empezó a buscar la forma de deshacerse de él apenas un día después de haberlo contratado. Y no tanto por su manera de presentarse en las reuniones oficiales, en playera y pantalones de mezclilla, con el perenne cigarrillo prendido, sino por sus provocadores y corrosivos escritos periodísticos que lo convertían en el enemigo público número uno del senado académico. Se iría cuando el juego ya no lo divirtiese. “Si te mueves rápido, no logran fotografiarte” es el lema que ama repetir, es decir, no les des nunca tiempo para encasillarte y catalogarte; sorpréndelos siempre, y no lograrán chingarte. Por eso su vasta producción literaria está muy lejos de disminuir el ritmo. Paco aborda todos los géneros literarios y temas, pero siempre mantiene esta constante: una descarada simpatía por los anarquistas y los quijotes perdedores (derrotados, muchas veces, pero nunca vencidos), y una cruel ironía para enfrentar cualquier tipo de autoritarismo, no importa el color que vista.

En los años 80 yo vivía en la Ciudad de México, y busqué a Paco para entrevistarlo, pero sobre todo para conocer su opinión sobre Tina Modotti, la fotógrafa y revolucionaria italiana sobre la cual buscaba información para escribir un libro que saldría en Italia en 1988 (el primero de por lo menos tres que publicaría sobre su vida llena de aventura y misterios no resueltos).

Sin dudar, me invitó a su casa, y de golpe, me encontré en medio de aquella inolvidable reunión de redacción. Desde aquel día nació entre nosotros una amistad que hoy puedo calificar de fraternal, y con cada nuevo encuentro me cuenta más pedazos de su vida, de su trabajo, de sus pasiones indomables, las mismas que nos unen.

Y su familia me recibió como uno más de ellos, dándome la posibilidad de conocer a muchos otros escritores más que pasaban por casa de Paco y de su esposa Paloma –y de su hija Marina, que en aquellos tiempos era una niña– y también en la gran casa de su padre Paco Taibo I y de su madre Mari Carmen, en donde departí en varias comidas con todo el clan Taibo, con sus hermanos Benito y Carlos, y tantos otros invitados, muchos de los cuales se volverían también queridos amigos.

En el 68 Paco tenía 19 años, y militaba con entusiasmo incontenible en el movimiento estudiantil. Todo acabó con la matanza de Tlatelolco, cuando el ejército y la policía abrieron fuego contra una manifestación pacífica, decretando un estado de guerra contra de cualquier forma de antagonismo. Cientos de muertos, tal vez miles, y el inicio de la retirada para muchos, o de la clandestinidad guerrillera para pocos. Aquella experiencia lo marcó profundamente, y el 68 mexicano, con su carga de rebeldía total y su inmensa riqueza expresiva, emerge a menudo en sus escritos, incluso en sus novelas policíacas o negras. Pero tuvo que dejar pasar más de veinte años para encontrar la distancia necesaria para plasmarlos en un ensayo, titulado lacónicamente 68. “¿Cómo se cocinó la magia? ¿De dónde salieron los 300 mil estudiantes que llegaron al Zócalo el día de la manifestación del silencio? ¿Quién estaba detrás de la puerta de la prepa uno el día del bazukazo? ¿Cómo regresan envueltos en rumores los nombres de los desertores y de los suicidas? ¿Dónde arrojaron a nuestros muertos…?”, se pregunta Paco en la contraportada, preguntas a las que ha intentado dar respuestas en su pequeño, dolido libro, en ciento dieciséis páginas de recuerdos desgarradores.

Pero PIT2 no es una persona propensa a macerarse con las heridas de la memoria. Hace años, estuvo en el centro de un verdadero escándalo nacional, cuando denunció la reescritura de la historia mexicana para uso y consumo de los poderosos vecinos del Norte. Todo empezó con la reforma de los libros de texto para las escuelas secundarias impuesta por el entonces presidente Zedillo. Paco los lee, y descubre que han desaparecido aquellos personajes que defendieron la dignidad de un pueblo y el derecho a la autodeterminación combatiendo en contra de los ocupantes españoles primero, y los invasores yanquis después. Fue suficiente que sonara la alarma en un periódico, para que se desatara un gran lío. Secretarios de Estado incómodos en televisión, profesores tartamudeando en la radio, directores de periódicos que no sabían cómo detener las protestas de sus lectores. Y tuvieron que retroceder, restaurando la presencia de los parias antiimperialistas en esos libros de texto escolares torpemente depurados.

***

En el 58 la familia Taibo decidió dejar atrás España para siempre, mudándose de Gijón, en Asturias, a la Ciudad de México. El padre de Paco todavía era un joven durante la Guerra Civil Española, y creció entre acaloradas discusiones que dividían a las familias entre socialistas y anarquistas, para luego encontrarse luego todos unidos en la lucha contra el franquismo y el estalinismo en dos frentes. Después de la derrota, Paco Ignacio Taibo senior, joven periodista y escritor, tuvo que darse cuenta de que ya no había lugar para él en la España franquista. Y que la única forma de escapar de la persecución y la falta de trabajo, por sus ideales nunca ocultos, era emigrar al otro lado del océano. Papá Taibo en México pronto se establecería como periodista de televisión, para luego continuar en medios impresos y dirigir la sección cultural de El Universal, donde creó la caricatura del Gato Culto, el felino seráfico de bromas cortantes que, con sus bigotes y mirada astuta, se parecía mucho a su autor; pero Taibo I también se dio a conocer como narrador, crítico de cine y autor de teatro. Muchas de sus obras están dedicadas al tema del exilio y del rescate de la memoria colectiva e individual contra el olvido de la Historia escrita por los ganadores.

Una noche de 1966, Paco Ignacio Taibo fue despertado por su homónimo hijo, que tenía entonces 17 años y tocaba insistentemente a la puerta.

–Papá, estoy escribiendo un libro.

–¿Ah, sí? Bravo... pero ¿por qué vienes a decírmelo a las dos de la mañana?

–Es que… no sé cómo firmarlo.

–Primero escríbelo, y luego decides qué nombre usar. Hablemos de eso mañana.

Madre y hermanos ayudaron a callarlo. Cinco años después, Paco junior publicaba su primera novela. Y desde aquel momento, el padre se vio obligado a firmar sus libros agregando un “I” a su nombre, mientras que el hijo se volvió “Segundo” o “dos”, por comodidad.

***

Se debe enfatizar que, a pesar de ser un escritor exitoso a nivel internacional, y por lo tanto sujeto a todas las tentaciones posibles para disfrutar de los laureles de la notoriedad, Paco nunca pierde la oportunidad de involucrarse en las luchas de los vendedores ambulantes en el mercado callejero un día, y otro, en la de los niños de la calle que fueron víctimas de redadas; más de una vez pasó días enteros frente a una fábrica ocupada, con bote en mano pidiendo dinero a los transeúntes para apoyar la huelga. Una vez incluso llevó a cabo una investigación febril sobre un caso de asesinato, demostrando que el joven de 17 años arrestado era en realidad inocente: escribió un libro de denuncia, lo publicó con su propio dinero y, finalmente, logró obtener una revisión del proceso. En su vida, sin embargo, sigue habiendo un misterio insoluble, al menos para mí: aún no he logrado explicarme cómo puede escribir un promedio de tres o cuatro libros al año, a pesar del movimiento perpetuo que lo hace volar de una parte del planeta a otra, entre conferencias, eventos culturales y políticos, traducciones del inglés e invectivas periodísticas, reuniones y mítines, organización de encuentros internacionales y, sobre todo, la incesante actividad de la Brigada Para Leer en Libertad, que organiza decenas de ferias de libros tanto en la capital como en varias ciudades del país y distribuye millones de libros gratuitos y asequibles para todos. Y sin embargo, en la noche duerme, no la pasa escribiendo, ya sea en un hotel o en su casa. Su esposa y su hija conocen el secreto, pero solo sacuden la cabeza sonriendo: “Paco puede terminar una novela en tres semanas. Y para pensarla, dispone de mucho tiempo en los aviones, en los coches y en el metro... Algunos libros le han tomado un año o dos o incluso diez, pero mientras tanto, escribía otros cuatro más a la vez”.

***

Una cosa es segura: a él le cuesta mucho menos escribirlos que a los numerosos traductores, entre los que me cuento con mucho entusiasmo para las ediciones en Italia, recabar las versiones relativas en los principales idiomas del mundo...

¿Adrenalina pura? No solo eso, porque Paco siempre está jovial y disponible, es un agitador, pero no está agitado. Será su carácter inquebrantablemente optimista, será la cafeína de los cuatro litros de Coca Cola que bebe todos los días, pero la primavera de Paco Ignacio Taibo II nunca parece agotarse. En una esquina de su estudio, en medio del escritorio sumergido de historias contadas o por contarse, su computadora se erige como un Moloch. Trabaja a toda hora libre de todo lo demás, incluso cuando la confusión en su casa es total, el teléfono suena continuamente y, a dos pasos de distancia, sentados en el sofá, están tres amigos con ganas de bromear o un editor italiano, unos periodistas llegados de lejos, tres o cuatro activistas de la Brigada, y un vendedor de boletos de lotería que fue a tomar un café.

***

En estos 35 años de amistad, he entrevistado a Paco en innumerables ocasiones sobre diversos temas para periódicos, revistas y radio italianos, pero hubo una ocasión, hace algún tiempo, en la que pude conversar con él durante varias horas y Paco me dijo cómo comenzó su aventura de escritor. Y escribí esto:

«Taibo cuelga el teléfono después de la enésima llamada, enciende otro cigarrillo, me mira y sonríe bajo su grueso bigote. Ahora, dice.

No es fácil empezar. ¿Debemos partir de sus novelas policíacas, las que lo hicieron famoso en todo el mundo y cuyo protagonista es Belascoarán, un investigador medio ciego que se mueve a gusto en una megalópolis de 25 millones de habitantes como la Ciudad de México? ¿O es mejor preguntarle cómo inventó la compleja arquitectura subyacente en dos novelas como Cuatro manos y La bicicleta de Leonardo? ¿Y si, en cambio, empezara con los ensayos históricos, aquellos sobre el octubre de 1934 en Asturias, el del Che en Santa Clara o las biografías monumentales de Ernesto Guevara o Pancho Villa, y los volúmenes recientes de Patria? ¿O los libros que son más difíciles de clasificar, Sombra de la sombra, La vida misma, De paso, Sintiendo que campo de batalla? Mejor preguntarle sobre los comienzos, cómo comenzó a publicar.

–Fue muy extraño. A los 20 años, en 1969, sin tener ninguna conexión con el mundo editorial o incluso con otros escritores, comencé a escribir una novela. Por lo general, cuando eres joven y en esas condiciones, ¿qué haces? Tomas tu manuscrito y lo llevas a las editoriales que te gustan. El primer editor lo rechazó, y no me explicó por qué. También el segundo lo rechazó, y tampoco allí me explicaron nada. Ídem el tercero. En la cuarta editorial, además de rechazarlo, me dieron una fotocopia de la tarjeta de lectura, obviamente eliminando el nombre del lector. No entendí nada, incluso tuve la impresión de que el lector no lo había leído. Pero fue una suerte que lo rechazaran las cuatro. La novela era pésima, extraordinariamente caótica, sin oficio, mal escrita, mal organizada, pero con un par de buenas ideas. El problema es que nadie me lo dijo, nadie señaló ese par de buenas ideas ni me invitó a trabajar en ellas. Doce años tuvieron que pasar para que yo ganara el premio Grijalbo con esa misma novela, después de haberla reescrito cuatro veces. Pero entonces, esa basura me desmoralizó. Pasaron cinco años, cinco años de intensa vida militante, en los que no escribí ni una sola línea de ficción. Escribía volantes, documentos sindicales, apelaciones... Trabajé como periodista, ocupándome de cosas extrañas. A mediados de 1974, en medio de una crisis política, de una fuerte derrota del movimiento sindical, me volteé hacia mí mismo. Trabajé como director de Teleguía. Y alguien, aburrido como yo, me dijo: “Habría que escribir una novela policíaca en horas de oficina”. Me lo tomé en serio y, justo en horarios de oficina, comencé a escribir Días de combate, la primera novela de Belascoarán. Trabajaba a un ritmo muy regular, cinco cuartillas al día durante un mes, luego hice una revisión, una reescritura, y en tres meses estaba terminado. Salió naturalmente, como si tuviera dentro de mí una serie de ideas almacenadas durante años. ¿Debería volver a caminar otra vez el vía crucis de las editoriales? Me prometí no publicarlo, pero mi esposa Paloma me instó a que lo intentara. “Los libros no se escriben ni para el ejercicio ni para el autoconsumo”, me dijo. Así que lo envié, sin conocer a nadie, a la que entonces era la editorial más popular de México, Grijalbo. Después de quince días, me llaman y me dicen: “Lo publicamos. Te enviamos el contrato y el cheque”. Yo estaba desconcertado. Pensé que teníamos que pagar para publicar... Desde entonces, nunca he tenido una negativa editorial. Y mi carrera ha sido bastante fácil: mis libros siempre han estado en las listas con una enorme continuidad. Cada uno vendía el cincuenta por ciento más que la anterior, conquistaba nuevos lectores. Y todo sucedía a la sombra de una especie de guerra de muerte con los críticos mexicanos.

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Volume:
281 p. 3 illustrations
ISBN:
9789874465481
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