Read the book: «Best Man»

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BEST MAN

Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

11:00 h

9:00 h

9:49 h

10:23 h

14:26 h

14:45 h

15:06 h

15:35 h

16:30 h

17:46 h

18:34 h

21:06 h

23:36 h

02:06 h

03:10 h

03:30 h

04:02 h

05:02 h

06:18 h

07:08 h

09:28 h

10:38 h

11:00 h

11:16 h

11:25 h

30 de junio

15:00 h

Queridos lectores

Agradecimientos

Sobre la autora

Página de créditos
Best Man

V.1: septiembre de 2020

Título original: Best Man

© Katy Evans, 2019

© de la traducción, Isabel Fuentes García, 2020

© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2020

Todos los derechos reservados.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: Viorel Sima | Shutterstock

Publicado por Principal de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-17972-35-6

THEMA: FR

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Best Man
Es la boda de sus sueños, pero con el novio equivocado…

Lia va a casarse con Aaron y ha planeado hasta el último detalle de la boda. Pero Aaron se ha olvidado los anillos en casa, así que Lia decide conducir cinco horas para ir a buscarlos. La acompaña Miles Foster, el mejor amigo del novio y padrino de la boda. Cuando una tormenta de nieve los deja atrapados toda la noche en un refugio, Lia se preguntará quién es el mejor hombre para su futuro.

Una novela autoconclusiva de la autora best seller de las series Real y Pecado

«Adorable, sexy, divertida, una road movie con mucha nieve, pero muy tórrida.»

BJ's Book Blog

11:00 h
7 de diciembre


El vestido es de Carolina Herrera, sin tirantes, y tiene capas y capas de organza fina como una caricia. Es carísimo y acaba con el mantra de «menos es más», pero como Eva dijo el día que lo compramos en el centro de Denver, «cuando lo sabes, lo sabes». Estamos en el suntuoso hotel Midnight Lodge, colgado en las Rocosas de Colorado, y cada diminuto detalle del lugar le cuesta más de un año de salario a mi padre. Los veintitrés invitados de parte de la novia están allí reunidos. Es una escena de fantasía digna del cuento de hadas que toda niña sueña cuando es pequeña.

Es mi fantasía.

Al menos, la que había imaginado hasta hoy, cuando todo ha cambiado.

Eva me sonríe.

—¿Lista para cumplir tus sueños?

Me miro en el espejo. Parezco Cenicienta, si la madrastra malvada se hubiera materializado en el castillo el día de la boda de Cenicienta y hubiera asesinado al Príncipe Azul a sangre fría. También estoy a tres minutos de vomitar el cóctel que me he tomado a toda velocidad por la mañana. Iba a morderme las uñas, pero he recordado que Eva me ha hecho la manicura, y lo último que quiero es que él vea que me las he mordido.

Se fija en esas cosas. Es muy observador.

Y quiero estar perfecta para él.

Él.

El único problema es que «él» no es el «él» correcto.

Dios mío.

Quiero morderme el labio pero tampoco puedo, porque los tengo lacados con brillo rosado, color rosa chicle, y probablemente también se fijaría si el pintalabios termina en mis dientes. Hoy tengo prohibidos todos mis tics nerviosos.

Es el día de mis sueños, el día que he planeado hasta el último detalle para evitar cualquier calamidad que me haga perder los papeles.

Pero esto es lo que siento. Dios mío, y más fuerte que nunca.

Llevo toda la vida esperando este día.

El día perfecto, en que el sol brilla, la nieve se derrite, los pájaros cantan y el cielo es del azul más intenso que he visto jamás.

Pero hay un problema.

Un problema en forma de un hombre atrozmente guapo, pretencioso, con barba y un metro ochenta de altura, que se pasea por el mundo despreciándolo y pensando que es mejor que todos.

El mejor amigo de mi prometido. Su padrino de boda, Miles Foster.

Todo es culpa suya.

—¿Estás bien? —me pregunta Eva.

—Sí —insisto y me aparto el infernal velo de novia de la cara por enésima vez—. Es que el vestido pica como mil demonios.

Me levanto y me estiro el vestido por las axilas, izándolo por encima de mis pechos. Trato de dar un paso, pero hay demasiada tela en todas direcciones. Es un milagro que no me ahogue en este mar textil. En este mar, o en el lío en el que me he metido yo solita. Me vuelvo a sentar en el taburete y me quejo:

—Estoy atrapada.

En más de un sentido.

Eva toma puñados y puñados de organza, me ayuda a erguirme y deposita la pila de tela detrás de mí, con cuidado. Me bamboleo hasta el espejo de cuerpo entero y me miro. No parezco ni una novia ni una princesa de cuento de hadas; más bien, un prisionero al que acaban de comunicarle su sentencia de muerte.

—Es demasiado suelto —vuelvo a lloriquear. No tengo un escote despampanante, y el vestido no hace más que evidenciarlo. ¿Por qué me decidí por uno sin tirantes?—. Seguro que he perdido volumen en las tetas por culpa de la dieta. ¿Y si se me cae mientras camino hacia el altar?

Eva sonríe, burlona.

—Seguro que a Aaron le encantaría.

La mera idea me revuelve el estómago todavía más. Hasta ahora he vivido para agradar a Aaron. Cada vez que tenía que elegir entre hacer algo, ya fuera asistir al estreno de una película o comprar un jersey en una tienda, o cambiarme el peinado, me preguntaba qué pensaría Aaron de esa decisión. Pero, ahora que Eva pronuncia su nombre, me doy cuenta de que lo que piense Aaron me importa un comino. La única opinión que me importa ahora es la del hombre que estará precisamente a medio metro a la izquierda de mi futuro marido.

Soy una idiota redomada.

En menos de quince minutos estaré avanzando por las losas de piedra en el exterior de Midnight Lodge, hasta una pintoresca glorieta al pie de las colinas, del brazo de mi padre, que se ha gastado todos sus ahorros para hacer que este día sea el sueño perfecto de su única hija. Tomaré la mano del hombre que ha estado a mi lado durante los últimos cinco años, desde que lo conocí en un sótano frío y húmedo de una fraternidad en la universidad, durante mi primer año de carrera. Me uniré a este hombre, con el que he pasado toda mi vida adulta, en sagrado matrimonio, hasta que la muerte nos separe.

Me convertiré en la señora de Aaron Eberhart.

Pero sé que estaré mirando más allá de mi futuro marido, al hombre que, hasta hace doce horas, creía que odiaba. Miles Foster.

Y me preguntaré: «¿Y si…?».

Ojalá escoger marido fuera tan sencillo como elegir vestido.

«Cuando lo sabes, lo sabes».

Yo lo sabía, o eso pensaba. Hasta hace doce horas, creía que Aaron Eberhart era mi verdadera media naranja, el hombre con el que pasaría el resto de mi vida, feliz y contenta. Y las cosas han cambiado de repente.

Ahora no sé ni cómo me llamo.

Y tengo la sensación de que estoy a punto de cometer el mayor error de mi vida.

9:00 h
6 de diciembre


Eva llama a la puerta de mi habitación del hotel y grita para que todos nos oigan:

—¡Felicidades, mañana te casas!

Sonrío mientras los sueños de los cuentos de hadas se disuelven en mi cabeza y me enfrento a la realidad, que, por una vez, es mejor.

Voy a casarme, joder.

Me siento en la pequeña cama doble y parpadeo bajo la luz del sol. Mañana por la noche será mi noche de bodas y compartiré la espectacular suite presidencial con mi marido. Solo estaremos mi marido, una enorme cama con sábanas de seda y yo.

Y sexo. Un montón de sexo ardiente; sexo de noche de bodas.

Se me acelera el pulso al pensar en mi guapísimo novio, Aaron. Llevamos juntos media década y es probable que hayamos practicado sexo mil veces. Pero como marido y mujer, seguro que será diferente, ¿verdad? ¿Más intenso, más sexy?

Me estremezco de nuevo solo de pensarlo. Seré la esposa de Aaron.

Diosmíodemivida.

Tengo veintitrés años y en menos de veinticuatro horas, ¡me convertiré en la esposa de Aaron Eberhart!

Salgo de la cama con un pequeño baile de alegría y abro la puerta de par en par con una enorme sonrisa pintada en la cara. Eva lleva el pelo rubio recogido en un moño, pantalones de licra y una sudadera, recién salida de su clase de yoga de la mañana. También sostiene una bolsa de brioches con pasas y dos enormes tazas de café.

—¿Cómo está mi novia favorita? —canturrea.

Me froto las manos y acepto el café que me ofrece.

—Genial. Dime que es café solo, por favor.

—¿Qué tipo de mejor amiga crees que soy? Después de veinte años, creo que ya sé cómo tomas el café. —Abre la bolsa, saca un brioche redondo y lo deja encima de una servilleta. Se sienta frente a la mesita, dobla las rodillas hasta el pecho y muerde una frambuesa—. ¿Quieres uno?

Arrugo la nariz mientras sorbo el café.

—Tengo que meterme en un vestido, ¿recuerdas?

—¿De verdad? ¿Para qué? —Finge que no lo sabe. Luego sonríe—. Luego puedes utilizar la elíptica del gimnasio. Espero que estés lista para pasar el día en el spa del hotel.

—Oh, sí. Tengo ganas. Necesito magia para estas uñas.

Se las enseño y ella las inspecciona. Me las he mordido casi hasta la raíz por culpa de mi energía nerviosa. Soy un desastre, me muerdo las uñas sin pensarlo.

—Ugh. Necesitas una manicura y pedicura urgentes, definitivamente. ¿Tu padre lo paga todo? —Saca el folleto del spa del Midnight Lodge de la bolsa—. Porque creo que sería un lujo regalarnos el masaje de cuerpo y facial con chocolate y champán.

Me encojo de hombros.

—Dijo, y cito textualmente: «Mi única hija no se casa todos los días. ¡Disfruta y haz lo que quieras!». Y mi madre se ha lanzado de cabeza. Pero ¿chocolate y champán? Acabo de engordar cinco quilos solo con oírte.

Observa mis curvas, a las que he domado con clases de pilates y yoga y un régimen interminable desde que Aaron me pidió la mano, hace diecinueve meses.

—Estás estupenda.

Giro frente al espejo de cuerpo entero y me fijo en el trasero, enfundado en los pantaloncitos cortos que llevo puestos. He hecho suficientes sentadillas como para desarrollar una estantería debajo de la espalda, y ya casi no tengo ni rastro de michelines.

—Estoy tan contenta. No puedo esperar a ver la cara de Aaron cuando camine hacia el altar. Solo sueño con eso.

Sonríe.

—No te preocupes, no te quitará los ojos de encima.

Frunzo el ceño. De hecho, Aaron casi no se ha fijado en mi transformación, pero es porque suelo llevar ropa ancha. Con el vestido puesto, y con ayuda del corsé para entrar la cintura e impulsar los pechos hacia arriba, será evidente.

—Más vale que así sea.

En mi cabeza, la escena está lista: las montañas a lo lejos, el aire frío y limpio, el cielo de color turquesa, y yo rodeada de una familia que me quiere y que ha llegado de todo el país. Y frente a mí, el hombre. El hombre de mi sueños. Me emociono por milésima vez en una hora, y tomo una camiseta y unos pantalones de yoga para cambiarme. Me recojo el pelo en una coleta y digo:

—¡Lista!

Me encanta la idea de bajar. Quizá es porque he invitado a más de quinientas personas, pero me siento como si fuera la dueña del hotel. Allá donde miro, hay alguien conocido al que quiero. Abrazo a algunas amigas de la universidad de camino al ascensor y, cuando bajo al vestíbulo, una tropa de primos, tías y gente que no conozco silban la marcha nupcial. Sonrío y hago una reverencia, me sonrojo, y todos aplauden.

Quiero embotellar este momento para siempre.

Lo único que lo haría más perfecto sería que Aaron estuviera aquí conmigo.

Pero no está. Busco por el gran vestíbulo, pero no lo veo por ninguna parte. Quizá esté desayunando.

Dejamos atrás la chimenea que va del suelo al techo y nos dirigimos a la zona de restauración, siguiendo el sonido de la charla y los cubiertos de la gran sala, llena de gente. Miro a mi alrededor y veo a mis diez damas de honor, a las dos muchachas que llevarán los ramos y al portador del anillo, todos sentados alrededor de una mesa redonda.

Pero Aaron no está.

Eva y yo caminamos hacia mis damas de honor. Natalie y Cara son buenas amigas desde el instituto, y Eva también las conoce, pero las demás son familiares más lejanos, y también hay algunos de Aaron, a los que no conozco tan bien. Pero tiene tantos amigos, sobre todo de la fraternidad de la universidad, que no podía limitarse a diez. Así que para equilibrar las cosas, invité a gente casi desconocida.

Abrazo a Natalie y Cara, saludo a los demás y les mando besos a mi trío de primas de cinco años.

—¡Hola! ¿Todo el mundo se lo está pasando bien? ¿Listos para el spa a las diez?

Todos asienten, y las niñas, que llevan camisetas estampadas de flores a conjunto, aplauden. Las abrazo con fuerza y les beso las mejillas sonrosadas de nuevo:

—¡Las tres vais a estar preciosas! —digo.

Natalie silba.

—Eh, chica. ¿Ya sabes lo de la despedida de soltero?

Mmmm. No estoy segura de querer saber nada. La piel de la nuca se me eriza.

—¿Qué pasa?

—Nada. Pero Mike no llegó a casa hasta las seis.

Mike es su marido, y es cierto que cuando lo saludé parecía un poco apagado. En su caso, no es algo negativo. Aaron tiene fama por las fiestas que da, así que pensé que un par de acompañantes más bien sosos impedirían que las cosas se descontrolaran.

No parece que fuera así.

—¿A las seis de la mañana? —repito de manera estúpida.

Asiente.

Me enderezo. Bueno, eso explica por qué Aaron no está por ningún lado. Pero no lo entiendo, porque la despedida de soltero consistía en ir a esquiar a Winter Park. Quizá tomaran algunas cervezas y fueran de bares por allí, pero Aaron me había dicho que como mucho sería un poco de diversión para relajarse después del esquí, nada más.

Sin embargo, lo de volver a las seis de la madrugada… Parece preocupante, como mínimo. No puedo evitarlo, y el estómago me da un vuelco.

—¿Y qué hicieron?

Se encoge de hombros.

—Se fueron a una discoteca o algo así. Pero cuando volvió, me dijo que olía como si fuera una fábrica de cerveza y fue a vomitar al baño.

—¿Una discoteca? Eso no parece muy relajado. —Me froto las sienes; estoy preocupada porque Aaron tiene un pasado juerguista bastante notable.

Un pasado que me prometió que había dejado atrás porque me ama.

Dios mío.

Eva se percata de mi preocupación y me tira del brazo.

—Seguro que no será nada, ya verás.

Yo no estoy tan segura.

Aaron se enorgullecía de ser el alma de la fiesta. Si un amigo montaba un numerito, él montaba dos. Si un miembro de la fraternidad bailaba sobre la barra de su bar privado en el D-Phi, él lo hacía desnudo. Su nombre en clave en la fraternidad era Gluppy porque bebía como un pez, todo el rato. Glup. Glup. Glup.

Si había un límite y tenía que ver con el alcohol, Aaron debía cruzarlo.

Nos peleábamos como el perro y el gato porque jamás le decía que no a ninguna mujer que flirteara con él. Y a veces hacía algo más que flirtear, sobre todo cuando había bebido.

Miro a Natalie.

—¿Mike te dijo algo acerca de Aaron?

Me mira, apenada.

—No, lo siento.

Me quedo callada porque soy la anfitriona y no es momento de sufrir una crisis de ansiedad, pero en cuanto puedo alejarme con discreción, marco el número de Aaron.

Salta el buzón.

Llamo de nuevo con la esperanza de que responda, pero sigue sin descolgar. Otra vez el buzón.

Un desfile de imágenes a cada cual más escalofriante pasa por mi mente. Winter Park lleno de dulces conejitas esquiadoras con trajes apretados, y a Aaron siempre le han gustado las chicas guapas.

Más que gustar, cuando bebe. Por eso rompimos la última vez.

¡Dios, Lia, tranquilízate! Estás exagerando.

Eso fue hace diecinueve meses, antes de que madurara, me pidiera matrimonio y se convirtiera en otro hombre. Claro que todavía bebe, pero aparte de eso, ahora es prácticamente un santo. Solo espero que ayer no se pasara con la bebida e hiciera algo de lo que pueda arrepentirse.

Le mando un mensaje rápido: «¿Estás bien?».

Miro la pantalla como si así fuera a contestarme más rápido, pero no sucede. Luego, levanto la mirada y veo un rostro amable y conocido que me sonríe desde el otro lado del restaurante.

Es Mimi. Tiene noventa años, es mi bisabuela y ha venido desde Sacramento. Hace años que no la veo.

Casi derribo a un camarero que venía con una bandeja de desayuno en mi carrera hacia ella. Para cuando llego, ya estoy llorando a lágrima viva. Está muy arreglada, a su estilo: un traje de poliéster rosa y un pintalabios del mismo color a juego. Lleva el pelo teñido de color platino, como si Barbie ya fuera abuela. La abrazo muy animada.

—¡Mimi, voy a casarme!

—Lo sé, cariño —dice con voz suave pero ronca mientras me acerco a su mesa—. Estás espléndida, Dahlia. No podía perderme el gran día de mi bisnieta favorita.

No soy su bisnieta favorita, porque no tiene favoritos entre los treinta que estamos repartidos por todo el país, y nunca se pierde el cumpleaños de ninguno. Sé que es probable que se me hinche la cara debido a las lágrimas, pero no puedo evitarlo.

—Estoy tan contenta de que hayas venido.

—¡Pues claro que he venido! Aunque pensaba que Weston sería el primero en casarse. ¿Dónde está?

Miro a mi alrededor en busca de mi hermano Weston. Lo invitaron a la despedida de soltero de ayer por la noche, pero dijo que estaba «más allá» de todo eso porque acababa de cumplir treinta años. Y, además, nunca hace nada excepto trabajar. Es una pena, porque habría sido genial contar con su informe de la velada.

—Puede que esté en el gimnasio o trabajando. Ya lo conoces.

Sacude la cabeza, decepcionada.

—¿Sabes al menos si tiene novia?

Niego con la cabeza. West tiene muchas chicas, tantas que he perdido la cuenta. Se las traga y las escupe para pasar el rato.

—Nadie especial.

—Qué pena, con lo guapo que es. Por cierto, hablando de hombres guapos, ¿dónde está tu prometido? ¿Aaron, verdad? He oído que es bastante atractivo, y me gustaría conocerlo.

—Claro que sí —respondo a la vez que me muerdo el labio, aunque seguro que eso tampoco es bueno para mi aspecto—. Ayer fue la despedida de soltero y parece que estuvieron hasta bastante tarde, pero vendrá pronto. ¿Cómo ha ido el vuelo? ¿Qué te parece este lugar? Tu nieto no ha reparado en gastos.

—Está bien. —Mira a su alrededor con los labios fruncidos—. Sí, está bien. Pero ya sabes que lo que importa es el hombre, no la ceremonia, ¿verdad?

—Sí, claro. Quería decir que…

—Todo esto es bonito… —Se inclina más cerca como si fuera a darme un sabio consejo marca de la casa Mimi—, pero no es necesario, en el fondo.

—Bueno, no. Pero un día es un día, ¿no? Más vale hacerlo bien y a lo grande.

—¿Bien y a lo grande? Tu bisabuelo y yo nos casamos en el ayuntamiento y compartimos un pastelillo industrial en el paseo de Santa Mónica para celebrarlo. Y a nosotros nos pareció maravilloso —dice, y sus ojos se entelan un poco, cautivada por el recuerdo.

Sonrío y acaricio la finísima piel de sus manos. Entiendo que dice Mimi, pero Aaron y yo estábamos de acuerdo en que había que tirar la casa por la ventana. A él le encantan las fiestas, vive para ellas. Y yo quería algo que la gente recordara de por vida. Esta es la mejor forma de hacerlo. He soñado y planeado este momento desde siempre, y es así como tiene que ser.

Me levanto y digo:

—Bueno, cuando baje Aaron te lo presentaré. ¿Vienes al balneario?

Sacude la cabeza.

—Oh, no. Eso es para las jovencitas.

—¡Pero si tú también eres joven!

Agita la mano.

—Vamos, vamos, Dahlia.

—Vale, de acuerdo… ¿Nos vemos después?

Asiente.

—Pásatelo bien, cariño.

La abrazo de nuevo, aspiro el olor de su colonia, y luego voy en busca de Eva y del resto de las chicas, que me esperan.

Compruebo el teléfono. La cita en el balneario es a las diez y faltan unos quince minutos. Ya me imagino la escena: yo, sumergida en un baño de barro, inmóvil y nerviosa mientras pienso dónde estará Aaron, o si se habrá ahogado con su propio vómito. Seguro que me relajo mucho.

—Eva… ¿por qué no te adelantas con las chicas y empezáis sin mí? Voy a comprobar qué le pasa a Aaron.

Arruga la nariz.

—¿Seguro?

La animo con un gesto de la mano mientras me alejo:

—Sí, estoy segura. No tardaré nada.

Subo al segundo piso en el ascensor, voy a su habitación y llamo a la puerta. Escucho. Nada.

Llamo más fuerte.

Genial. Ha sido el novio modelo, responsable y centrado, durante los últimos diecinueve meses, ¿y escoge este momento para saltarse las reglas?

Llamo hasta que me duelen los nudillos.

Nada.

—Eh, vale ya. Ni Godzilla hace tanto ruido, aunque eres una digna descendiente, «Novzilla».

Al escuchar la profunda voz a mi espalda, me pongo rígida. Solo hay una persona en el mundo con ese tono de barítono.

Me giro y me encuentro con Miles. Casi dos metros de hombre, y mi cara se contorsiona en una mueca de enfado. Ese es el efecto que el mejor amigo de mi prometido causa en mí.

Cruzo los brazos y trato de ignorar el hecho de que no lleve camisa y esté empapado en sudor. Lleva unos pantalones cortos que se pegan a sus músculos perfectamente definidos. Una toalla le cuelga de un hombro, y tiene el pelo negro húmedo. Miles Foster es perfecto en todos los sentidos.

Y lo sabe, el muy engreído.

Su habitación queda justo delante de la de Aaron. Se detiene frente a su puerta y saca la llave mientras me brinda una panorámica completa de su ancha espalda. Sí, también es perfecto desde este lado. No tiene ni un maldito grano, le sobran músculos que harían llorar de admiración a un escultor y no digamos a una chica, y en la parte baja de la espalda se forma una flecha perfecta que señala a su trasero. También perfecto, por cierto.

Tengo pocos recuerdos de nuestra primera noche juntos, pero de lo que me acuerdo… preferiría no hacerlo. No quiero, pero es imposible olvidar ciertas cosas, como que su culo es un perfecto juguete para las manos. Si lo tocas una vez, ya no puedes dejar de jugar.

Es muy injusto que Dios le concediera esos dones a un tipo arrogante como él.

—Estás poniendo el suelo perdido, idiota —le digo.

Saca la llave, la pasa por la cerradura electrónica y abre la puerta de la habitación. Me ignora; es una táctica que ha perfeccionado durante los cinco años que hace que nos conocemos.

Entra y está a dos segundos de cerrarme la puerta en la cara cuando le grito:

—¡Espera!

Sostiene la puerta y se gira lentamente a la vez que se acaricia la barba de dos días.

—¿Sí?

Señalo a mi espalda.

—¿Me ayudas?

Se recuesta sobre el quicio de la puerta, toma la punta de la toalla y se frota el pelo para secárselo al mismo tiempo que se despeina. Algunas gotitas de agua me salpican en la cara. Capullo.

—¿Qué?

—Bueno… —Suspiro con desesperación—, saliste con él anoche, ¿verdad? ¿Está ahí dentro? ¿Está bien? Tengo quinientos invitados abajo que preguntan por él.

Sus labios exhiben una media sonrisa divertida.

—Sí, estuve con él. Sí, fuimos a esquiar y luego a una discoteca. Sí, llegamos tarde. Y sí, está bien. Así que deja de preocuparte, Novzilla. Tienes veinticuatro horas hasta el acontecimiento del año. Tu boda perfecta será perfecta, no te preocupes.

Frunzo el ceño.

—¿Es mucho pedir verlo? ¿Hablar con él?

Cruza el pasillo y se acerca a mí. Está tan cerca que huelo el cloro de su sesión de natación y veo las motas verdes en el iris de color azul tormenta de sus ojos. Soy casi seis centímetros más baja que él, algo que jamás ha sido tan obvio como en este instante en que me mira desde arriba, con su cuerpo perfecto y desnudo a mi alcance.

Casi me atraganto al respirar.

La puerta de su habitación se cierra mientras dice:

—¿No tienes que ir a que te envuelvan en algas de mar o algún tipo de tortura similar que crees que te ayudará a estar más guapa mañana, pero que, en realidad, no tendrá más efecto que vaciar todavía más la cartera de tu padre?

—Yo… —Esa es la habilidad de Miles. Dejar a la gente pasmada y sin saber qué decir. Es tremendamente perceptivo: sabe ver el alma de una persona, meter su mano en ella y pulsar todas las teclas. Como un mago. Es el tipo de hombre que, al principio, crees que va a su rollo y nada más, y luego te percatas de que es jodidamente brillante. Odio que sea así—. ¿Qué? Oye, solo quiero hablar con Aaron. Mi prometido.

Me mira fijamente y me evalúa con la misma superioridad de siempre y que me hace sentir diminuta como una seta. Luego dice:

—Tienes que hacerte la manicura.

Miro hacia abajo. Sí, tengo las uñas hechas un desastre. ¿Cómo lo sabe? ¿Me ha mirado los dedos? ¿Qué tipo de hombre va por ahí mirando las uñas de las mujeres?

Cierro las manos para ocultar las uñas. Podría darle un puñetazo.

Probablemente no es la mejor forma de pasar las veinticuatro horas previas a mi boda. Con la suerte que tengo, me rompería la mano contra esa tabla de madera que tiene por abdominales, y seguro que la luna de miel en Maui con una escayola no es lo mismo.

Me aparto de él y voy hacia el pasillo.

—Mira, dile que me llame cuando se despierte, ¿vale? Tiene que bajar, cuanto antes mejor. Gracias.

Camino a toda prisa, con la piel de gallina después del encuentro. Sé que todavía me mira y que no se pierde ni uno de mis pasos mientras me alejo.

No puedo creer que él y yo, una vez…

Ugh. No quiero pensar en eso el día antes de casarme con su mejor amigo.

Me pregunto si el Midnight Lodge tendrá tratamientos antipiojos.

9:49 h
6 de diciembre


Ugh. Miles Foster.

Es asombroso que Aaron y yo hayamos durado tanto, si tenemos en cuenta lo mucho que desprecio a su mejor amigo. Miles es tan malo que casi hizo que me lo pensara dos veces antes de seguir con Aaron. Cuesta creer que durante la primera fiesta de la fraternidad de la universidad de Colorado a la que fui, cuando estudié a todos los miembros del grupo que había en ese sótano húmedo, me fijara precisamente en él.

Sí, vale. Todas las chicas que había en aquel sótano hicieron lo mismo.

Aaron es el típico rubio americano y Miles es su lado oscuro. Es insoportablemente guapo. Mirarlo es como tocar el fuego.

Pero su atractivo se queda en nada en cuanto abre la boca.

Por desgracia, ninguno de los dos habló demasiado aquella noche; quizá eso me habría ayudado. Era mi primera fiesta universitaria, estaba borracha de libertad, y también borracha de alcohol. La música estaba muy alta.

¿Cómo iba a saber que una noche de diversión tendría repercusiones tan grandes en mi vida?

Así que hice lo que tenía que hacer. Fingí que no había pasado nada y nunca más volví a mencionarlo. Y él tampoco. Conociéndolo, y sabiendo cómo trata a todas las mujeres que entran en su órbita, puede que ni siquiera se acuerde.

Mientras me apresuro a bajar al balneario, trato de sacudirme las malas vibraciones que el encuentro con Miles me ha dejado (casi siempre me pasa lo mismo con él), y me entra la risa. ¿Qué clase de idiota se fija en las uñas de una chica? ¿Y lo de Novzilla, qué? Por favor.

Bueno, estamos empatados. No debería haber dejado que me afectara tanto. Miles jamás me ha preguntado cómo me va. Siempre dice algo así como «Vaya, aquí viene Miss Bajita» o «¿Qué miras, tontorrona?». Así que lo de Novzilla no debería afectarme tanto.

Es un imbécil. Y también el mejor amigo de Aaron. No es una situación ideal, pero si quiero a Aaron, tendré que tolerarlo. El matrimonio significa compromiso y aceptar al otro. Ya lo dicen: en lo bueno y en lo malo. Y no cabe duda del lado al que pertenece Miles.

Miles vivía en el centro de Denver y nosotros, en Boulder, lo cual era un alivio, pues con el tráfico que había y lo ocupados que estábamos todos, casi no teníamos tiempo para vernos. El año pasado solo habíamos coincidido un par de veces, para cenar y tomar unas copas.

Decido no perder más tiempo pensando en el amigo idiota de mi futuro marido y voy hacia el vestíbulo y luego al balneario. Allí está Eva, estirada en una toalla mientras disfruta de su masaje facial de chocolate y champán. Y yo solo me he tomado un café, así que el aroma del cacao me hace la boca agua.

Eva levanta la barbilla y me contempla con ojos felizmente adormilados.

—¿Lo has visto?

Sacudo la cabeza y me recuerdo por enésima vez que no debo morderme el labio. Lo último que quiero es tenerlo irritado para cuando llegue el primer beso de marido y mujer con Aaron.

—No te preocupes. Seguro que está bien.

—Eso me ha dicho su padrino de boda cuando me lo he encontrado —digo con una mueca.

Gime. Ha escuchado todas mis historias sobre lo imbécil que es Miles, excepto aquella vez en la que terminamos… No, no voy a pensar en eso.

—¿Qué problema tiene? Ayer, cuando volvió, le dije que la chaqueta de esquiador le sentaba de muerte y me respondió que no le pusiera la mano encima.

Arqueo una ceja.

—¿Lo intentaste?

—Bueno, ya me conoces.

Sí, la conozco. A Eva le gusta mucho tocar, y a Miles no le gusta nada. Debe de tener TOC, porque no soporta que la gente toque sus cosas o entre en su espacio personal. Aaron es de lo más desorganizado del mundo y me contó que la habitación de Miles en la residencia universitaria era como un museo, y que no podía tener compañero de habitación porque era obsesivo con el orden. Hay un motivo por el que lo apodaron «Sargento capullo»: lo hacía todo con precisión militar. Si le rozas el brazo o algo parecido, se vuelve loco. Sí, es difícil de creer, teniendo en cuenta que nos acercamos mucho cuando…

¡Joder! Por última vez, ¡olvídate de eso!

—¡Te dije que no lo hicieras! Es un tipo muy raro en ese aspecto.

Suspira.

—Sí, es más raro que un perro verde. ¿Tiene fobia a los gérmenes o qué? Pero Dios, está tan bueno… Muchísimo.

—Y lo sabe —murmuro. Mi móvil empieza a sonar. Lo abro. Es mi amor. Descuelgo y susurro, cariñosa—: Hola, ¿estás bien?

Eva me observa con atención mientras la voz ronca de Aaron dice:

—Sí. Hola, preciosa, ¿qué tal?

—Nada, ¿qué tal tú? Me he preocupado cuando no te he visto en el desayuno. La gente pregunta por ti.

—Estoy bien. Es solo que ayer llegamos un poco tarde, ya sabes. Los chicos querían seguir de fiesta. La última ronda y todo eso.

Suelto una risita.

—Sí, claro, lo entiendo. Bueno, me alegro de que salieras ayer por la noche, en lugar de hoy. ¿Todo bien para la boda, entonces?

—Claro, cariño. Por supuesto —responde con esa voz sexy y suave que hace que desee estar con él en este preciso momento—. Solo tengo un pequeño problema.

Aprieto los dientes. No quiero pequeños problemas. Se supone que todo será perfecto. No estoy segura de si mis nervios pueden asumir más problemas, por muy pequeños que sean.

—¿Qué?

—¿Recuerdas los anillos?

Los anillos. Los anillos. Lo dice como si fuera una tontería. No puede estar hablando de los anillos de platino que son el símbolo íntimo de nuestra unión duradera. Trato de pensar en algún otro sentido, en otra descripción para ellos. Pero no puedo.

Miro el anillo de compromiso que compramos hace diecinueve meses: el aro es de platino y tiene un diamante solitario en forma de pera. No estaba seguro de qué anillo me gustaría cuando me pidió matrimonio, así que lo hizo sin anillo y, luego, lo compramos juntos.

—¿Te refieres a los anillos de boda?

—Sí. Creo que…

Oh, no. No, no, no.

Tengo el corazón en la garganta porque conozco a Aaron. Siempre lo hace todo en el último momento, no planifica nada. De hecho, la única que ha organizado cosas para esta boda he sido yo. Si hubiera esperado a que lo hiciera él, ni siquiera habríamos fijado una fecha.

Por ejemplo: yo hice la maleta para este viaje y para nuestra luna de miel en Hawái tres semanas antes. Él hizo las suyas cinco minutos antes de salir y fue como si hubiera estallado una bomba de ropa en su apartamento.

—Aaron, no me digas que te has olvidado los anillos —susurro.

Hay una pausa.

—Me he olvidado los anillos.

—¡Nooooo! —grito tan fuerte y durante tanto tiempo que todos los que están en el balneario me miran, y a la mujer que le está cubriendo los muslos con chocolate a Eva se le cae el pincel. Las tres muchachas que se están haciendo la manicura se echan a llorar. No puedo parar—: No, no, no. Por favor, ¡dime que es broma!

—Ojalá, preciosa —añade, y está demasiado tranquilo para mi gusto—. Pero no te preocupes. Son solo un símbolo, no significan nada. No sé, podemos utilizar ganchos de pesca o alambre o cualquier otra cosa.

Por un instante, siento como si me hubiera golpeado en el corazón. Mi prometido acaba de sugerir que nos casemos intercambiando anillos hechos con alambre.

Pensaba que lo amaba. Ahora no estoy tan segura.

—Aaron… —Trato de conservar la calma, pero la bilis me sube por la garganta—. Esto no es un pequeño problema. ¿Podemos ir a por ellos? —pregunto y compruebo la hora en el reloj de la pared—. Si salimos ahora, cinco horas de ida y cinco de vuelta, podemos volver a tiempo para el ensayo de la cena.

Suelta un bufido de exasperación.

—Joder, Lia. Ojalá pudiera, pero tengo una resaca tremenda. Siento martillazos en la cabeza. Me he tomado dos calmantes, pero no sé cuándo estaré en forma.

Agarro el móvil con tanta fuerza y lo aprieto contra la oreja de tal manera que me sorprende no reventarme el cráneo. Miro enloquecida a mi alrededor y aprieto las mandíbulas.

—Vale, te diré lo que vamos a hacer. Iré a buscarlos.

—No, no, cariño, no hace falta que…

—Cállate. En serio, no hay tiempo que perder. Dime dónde los dejaste.

—Están en mi mesita de noch… —Se detiene de repente—. Lia, espera. ¿Te das cuenta de lo que dices? No puedes…

Como la gente todavía me mira, me aparto para que las chicas no oigan la conversación y cubro el teléfono con la mano.

—Aaron, por favor. Es nuestra boda. Llevamos mucho tiempo planeando esto y todavía hay tiempo. De verdad, no quiero expresar mi amor por ti con algo que se utiliza para empalar a los peces.

Silencio.

Cierro los ojos y cuento hasta tres, pero sigue sin decir nada, ni siquiera algo remotamente parecido a: «Lia, cariño, ya iré yo a buscarlos. Será la boda perfecta, preciosa, como siempre hemos querido».

Vuelvo a sentir la urgencia de que la boda sea perfecta. Murmuro:

—Subo ahora mismo para que me des las llaves de tu apartamento.

Cuelgo y me fijo en que todo el mundo me observa, excepto las niñas que se han tapado la cara con las manos y sollozan flojito.

—Un problemilla —digo y fuerzo una sonrisa.

—¿Vas a irte? —pregunta Natalie detrás de su mascarilla facial blanca mientras la asistente le pone una rodaja de pepino en el párpado.

Eva se incorpora con los codos y golpea la mesa con el puño.

—No, joder, no. ¡Esto es una intervención! ¡Me niego a dejar que conduzcas por todo el país el día antes de tu boda solo porque el idiota de tu prometido te ha dejado en la estacada! Ahora deberías estar relajándote y disfrutando de tu día. Que vaya uno de los chicos.

Sacudo la cabeza.

—Todos tendrán resaca.

—¿Y tu hermano?

—No tengo ni idea de dónde está West. Y no puedo confiar en ellos, igual que tampoco puedo fiarme de Aaron ahora mismo. —Me encojo de hombros—. No pasa nada. Estoy demasiado nerviosa de todos modos; salto a la mínima de cambio. Será bueno tener algo que hacer, no me importa.

Eva me mira, entristecida.

—¡Pero a mí sí que me importa! No puedes irte, Lia. Llevas eones soñando con este momento. ¿Qué hay del ensayo de la cena?

—Es a las ocho de la tarde. Ya habré regresado para entonces.

Mi madre aparece envuelta en un tupido albornoz, con el pelo recogido en una toalla.

—Cariño, ¿estás segura? Al fin y al cabo, quizá no necesitas los anillos.

Sacudo la cabeza. No puedo imaginar cómo quedarían las fotografías del álbum si salimos con alambres en los dedos como símbolo de nuestro amor.

—Necesito los anillos. Dice que están en su mesita de noche. Y ya me conoces, a mí no me gustan los masajes y las mascarillas. No pasa nada.

«Además, así le ahorro el gasto a mi padre».

Ugh. ¿Por qué me tomo en serio lo que me ha dicho el Sargento Capullo?

Mi madre se acerca y me masajea los hombros tensos.

—Puedes pedirle a tu padre que vaya.

—No, mamá. Ya sabes que nunca pasa de cincuenta, ni aunque el Apocalipsis le estuviera persiguiendo. No pasa nada —repito—. Confía en mí.

Abrazo a mi familia y a las damas de honor y subo a la habitación a toda prisa para tomar el bolso y las llaves. Mientras me cierro la cremallera de la sudadera y me pongo las gafas de sol de camino a la habitación de Aaron para recoger las llaves de su apartamento, veo una silueta alta y delgada por el vestíbulo.

El Sargento Capullo en persona.

Lleva una camisa de cuadros abierta, tejanos y una gorra de lana, y juega con algo que arroja al aire y lo vuelve a recoger. Si llevara un hacha, sería un Paul Bunyan ridículamente sexy.

—Sabes que se acerca una tormenta de nieve, ¿verdad, genio?

Tuerzo el gesto.

—No me hables del clima. Lo he monitorizado como si fuera un satélite ruso, teniendo en cuenta que voy a casarme al aire libre mañana mismo. ¿O no te has enterado de que estamos aquí por mi boda?

Sonríe, irónico.

—¿De verdad crees que llegarás a Boulder antes de que se desaten todos los cielos?

—Sí, por supuesto que sí. Solo será un chaparrón y caerá cuando ya haya anochecido. Durará un par de horas, a lo sumo, así que para cuando tenga que desfilar hacia el altar, el sol brillará. El patio estará decorado con servilletas de tonos malva Pantone 511 y crema Pantone 5035, junto con doce estufas industriales, así que, para entonces, no quedará ni una brizna de nieve. La nieve no está invitada a mi boda. A partir de ahora, prohíbo cualquier mención a la nieve. —Abro la aplicación meteorológica en el móvil y se la coloco bajo la nariz para demostrárselo, con cuidado de no tocarlo.

No lo miro, solo me obsequia con una sonrisa burlona, como si él supiera más que yo.

Dios, cuánto lo odio.

Trato de dejarlo atrás y avanzar hacia la habitación de Aaron, pero balancea lo que tiene en la mano frente a mí. Son las llaves del apartamento de Aaron. Trato de agarrarlas pero las aparta y me indica que no con el índice, como si riñera a una alumna maleducada.

—No se toca. Yo me ocupo.

Lo miro hasta que, de repente, comprendo lo que quiere decir.

—No vas a venir conmigo.

—Sí.

Agh. La mera idea hace que se me revuelva el estómago. Preferiría compartir el trayecto con un perro rabioso en el asiento del pasajero.

—De ninguna manera.

—Pues te aguantas. No voy a dejar que vayas sola.

Debe de estar de broma.

—Pero si nos odiamos. Es posible que nos saquemos los ojos antes de llegar a las montañas, derrapemos por un acantilado y, para cuando nos encuentren, seamos dos hermosos esqueletos con las manos huesudas alrededor del cuello del otro.

Asiente.

—Es posible, pero tu prometido me pidió que cuidara de ti. Estoy seguro de que puedo contener mis instintos asesinos en lo que a ti respecta durante unas diez horas.

—Felicidades —murmuro, me aparto de él y agarro el bolso sobre mi hombro—. Yo no estoy segura de lo mismo.

10:23 h
6 de diciembre


Los rollos de una noche son una terrible equivocación, la verdad.

No es que sea una experta.

Solo he tenido uno en toda mi vida.

Era alumna de primero en la Universidad de Colorado, y dormía en la residencia universitaria. Aparte de un par de antiguos alumnos de mi instituto, no conocía a nadie. Acababa de meterme en el catálogo de asignaturas, con cientos de posibilidades entre los que escoger. No sabía qué hacer. De repente, se me ocurrió que no tenía que ser Dahlia Ripley, la empollona con notas lamentablemente mediocres, con un notable de media, y el currículum que demostraba que no había hecho nada importante o destacable durante los primeros dieciocho años de mi vida.

Podía ser cualquiera.

Animada por esa emocionante idea, durante la primera semana de clase fui una extrovertida de manual, como mi amiga Eva. Era una mariposa social. Al principio me sentía incómoda, pero conocí a todas y cada una de las chicas de mi planta en la residencia.

Esa primera semana fue una semana de muchas primeras veces.

Cuando empezaron a tomar chupitos de Everclear, ahí estaba yo.

¿Marihuana? También.

Y cuando se corrió la voz de que iba a celebrarse la primera fiesta de la temporada en agosto, estaba más que dispuesta a tener una pequeña aventura, probablemente a causa del alcohol y de la maría.

Delta Phi estaba en la esquina de la hilera de las casas de las fraternidades y era la más grande e imponente del bloque. Cuando se fundó la facultad, el presidente de la universidad había vivido allí, así que todavía exhibía símbolos de la elegancia de finales del siglo xix. Según las chicas más experimentadas de mi residencia, esa fraternidad tenía fama de celebrar las fiestas más divertidas y de contar con los chicos más guapos.

Y no era mentira.

Cuando bajé las escaleras que crujían y entré en la sala, me sentí como una cría en una tienda de golosinas. Los miembros de D-Phi estaban buenísimos, cada uno era más guapo que el anterior. Y eran chicos mayores, llevaban un tiempo en la universidad y actuaban como si fuera suya. Estaban detrás de la barra de madera oscura, sujetaban vasos de plástico llenos de cerveza y observaban a cada estudiante primeriza que entraba por la puerta como si fuera un filete de carne. Sus miradas no dejaban lugar a dudas sobre lo que pensaban: «Sabes que no vas a salir de aquí hasta que le hayas chupado la polla a uno de nosotros».

Todos excepto uno.

Estaba más al fondo que los demás, en la mesa de ping-pong. Al principio no lo vi. Si lo hubiera hecho, no me habría fijado en nadie más.

Pero los demás chicos fueron a por nosotras en cuanto entramos. Éramos un puñado de chiquillas resplandecientes, con la cintura al aire, el pelo perfumado, los pantalones más cortos que habíamos encontrado y risas ebrias e infantiles. Pronto comprendimos que nos arreglábamos demasiado para la universidad: no hacía falta prepararse tanto. Y esos tíos buscaban a la chica que se tumbara bocarriba y se abriera de piernas lo más rápido posible.

Las frases eran las mismas.

¿Cómo te llamas? ¿Qué estudias? ¿Estás en primero?

Las respondí mil veces. Me encantaba la universidad y me encantaba la vida. Me encantaban las fiestas y la atención.

La atención.

El instituto había sido una época difícil para mí: pasé desapercibida y habría matado por atraer el interés de todos los chicos atractivos que recorrían los pasillos. Y aquí, a la escasa luz de aquel sótano, con las manos en el aire mientras bailaba y agitaba las caderas lentamente al son de una canción de The Chainsmokers, sí que me hacían caso.

La atención despertó un monstruo en mi interior. Me sentí invencible. Sonreía de manera seductora a todos los hombres que me miraban y me deseaban.

Entonces lo vi.

Él era el único que no me observaba.

Y por supuesto, me hizo sentir una curiosidad terrible.

En primer lugar, me fijé en su pelo oscuro, porque estaba justo bajo la luz de la bombilla y era tan alto que casi emanaba un aura sobrenatural; un halo que arrojaba formas fascinantes sobre sus facciones esculpidas. Arqueó una ceja oscura, escéptico, y frunció los labios como si estuviera pensando algo muy seriamente. Se concentró en algo que había frente a él. Estaba inclinado hacia delante mientras se acariciaba la mandíbula, pensativo. En aquel entonces no tenía barba.

Era guapísimo.

Solo sabía que me moría de ganas por saber qué miraba. Estiré el cuello con la intención de divisar qué había captado su atención.

El sótano estaba lleno de gente, y había cada vez más chicos a mi alrededor. ¿Qué estudias, dónde vives, cuántos años tienes?

Los aparté como si fueran moscas. Ya no me interesaban.

Mientras me balanceaba, logré atisbar más cosas. Espalda ancha, pero no demasiado. Atlético, pero no hinchado. Tenía más estilo que las hordas de chicos enfundados en camisetas arrugadas de bandas que nadie conocía. Llevaba una camisa de cuadros, sin arrugas, abotonada. Parecía mayor, más maduro.

Tampoco pertenecía a aquel sótano.

Y, de repente, yo tampoco quise pertenecer.

Entonces, la multitud se apartó un poco y vi qué observaba.

Birra-pong.

Ah.

Estaba completamente concentrado en el juego. Parecía tratar de descodificar un mensaje encriptado del que dependiera el destino del mundo entero, y en cambio…, no. Solo era un estúpido juego de ping-pong y cerveza.

Recuerdo que me sentí un poco decepcionada por eso. No parecía el tipo de hombre que se entretuviera con juegos de alcohol. Más bien, el presidente del club de debate, o de la Sociedad de Honor Nacional.

Observaba a uno de los demás chicos, atractivo pero sin la menor chispa, con una camiseta de D-Phi manchada de cerveza y que estaba jugando. El guapísimo dios se inclinó y le dijo algo al tipo más bajo mientras señalaba el tablero de la mesa. El más bajo asintió, sacó la pelota y todo el mundo vitoreó. Una chica patética, que ya estaba bastante bebida, tuvo que tragar más cerveza.

Me alejé del centro del sótano y me acerqué al borde de la mesa. Seguí contemplando al chico más alto, pero ni siquiera parpadeó para mirarme, aunque estaba a solo unos pasos de distancia. El más bajo sí que se fijó en mí.

Sonrió.

—Tenemos una nueva candidata.

Jamás había jugado al ping-pong en mi vida, y mucho menos con un juego de chupitos de por medio. Di un paso atrás.

—¡Oh, no! Solo estoy mirando.

—Vaya, eso no es nada divertido. ¿Cómo te llamas?

—Lia.

Me tendió la mano.

—Soy Aaron. —Y señaló a su amigo—, y este es Miles.

Miles seguía absorto en la mesa de ping-pong. O bien estaba muy bebido o en una zona de concentración personal. Hice ademán de saludarlo, pero no prestaba atención.

Algo dentro de mí se retorció. Sentí la necesidad de que me mirara. Se me había pasado el efecto del Everclear, porque no estaba tan borracha como necesitaba: lo bastante como para que no me importara nada.

Aaron chasqueó los dedos frente a la cara de Miles. Este parpadeó y achicó los ojos, enfadado. Me vio y su mirada era tan seductora que sentí como si me hubiera quedado sin aire en los pulmones.

Me observó de arriba abajo y su labio se torció en un gesto de disgusto. De repente, me hizo sentir como si fuera demasiado insignificante como para respirar el mismo aire que él.

—¿Cómo dices que te llamas?

—Lia.

Emitió un «Mmm» y volvió a concentrarse en el juego.

Vale.

Genial.

Desanimada, miré a Aaron.

Este me devolvió una sonrisa cálida, que compensó la falta de modales de su amigo, y murmuró:

—No le llaman Sargento Capullo por nada.

—¿Ah, sí?

—Sí. Cuando entramos en la fraternidad nos dan motes. Yo soy Gluppy.

Y me contó por qué lo llamaban así, aunque no presté demasiada atención. Miraba a Aaron, pero seguía molesta por el comportamiento altanero de su amigo. ¿Qué problema tenía conmigo?

Miles no abría la boca, pero su amigo sí. Durante los cinco primeros minutos de conversación que mantuve con Aaron, me enteré de todo lo necesario. Sabía que estudiaba ingeniería, que era presidente de la fraternidad, y por la manera en que la gente lo saludaba y chocaba esos cinco, el tipo más popular del lugar.

Y yo le gustaba, estaba claro.

—Eh, ¿quieres otra cerveza? Voy a buscártela —dijo y se dirigió a la barra.

Me dejó con su amigo Miles. Con el taciturno, callado, obseso del ping-pong y guapísimo amigo Miles.

Y Miles no me dijo ni una palabra. Ni siquiera me miró. No era ni un pedazo de porquería en la suela de su zapato, porque si lo hubiera sido, al menos, habría tenido que reconocer mi existencia.

En ese momento decidí que odiaba a Miles Foster.

Si al menos hubiera seguido pensando lo mismo el resto de la noche…

Por desgracia, la cerveza no dejó de circular y las cosas se alargaron hasta el amanecer, y, de algún modo (que ahora no quiero recordar), terminé entre las sábanas de la impecable cama/altar de Miles.

¿Por qué? ¿Por qué lo hice? Ojalá hubiera seguido mi instinto, el que me dijo que era un imbécil integral.

Quizá entonces esto no sería tan terriblemente incómodo.

Miles y yo. En mi diminuto Mini Cooper, juntos durante las siguientes diez horas. Pero esta vez voy a darle la razón a todo. No quiero decir ni una palabra. Ni una maldita sílaba.

Así que lo diré ahora y callaré para siempre: los rollos de una noche son una terrible equivocación.

Apenas nos hemos alejado un kilómetro de Midnight Lodge. Todavía veo las instalaciones del hotel por el espejo retrovisor y Miles ya me molesta. Su cuerpo llena el asiento del pasajero y, como es tan alto, ha empujado el asiento hacia atrás, lo que significa que es posible que haya aplastado todo lo que tengo en la parte trasera. Masca un chicle mientras se aferra al agarradero de la ventanilla, y me da la sensación de que piensa que no conduzco bien. Lleva gafas de sol para apartarse de un mundo que cree que está por debajo de él.

En cuanto salimos de los terrenos del hotel, solo se ve una extensión de tierra inmensa, así que tengo buena visibilidad por la autopista al llegar a la intersección. Hay una señal de stop, pero como no viene ningún coche, giro a la izquierda y me deslizo hacia la autopista sin detenerme del todo.

Sacude la cabeza.

Típico del pasajero.

—Soy muy buena conductora —señalo, tratando de hablar con voz animada.

—Casi tanto como jugadora de ajedrez.

También soy buena jugadora de ajedrez. El problema es que él es mejor que yo. Hace mucho que no jugamos, desde mi primer año en la universidad. Al principio, jugábamos muy a menudo, en la residencia universitaria, mientras los demás se emborrachaban. Y siempre me ganaba.

—Bueno, no soy tan obsesivamente competitiva como tú, bicho raro.

—Ajá. Es decir, que no tienes una mente estratégica.

Chasqueo la lengua.

—Tuviste mucha suerte, ¿sabes? Era demasiado estúpida como para comprender que ninguno de los chicos de la fraternidad quería jugar contigo porque eres un engreído. ¿De verdad has encontrado una tonta en Denver dispuesta a aceptar esa tortura?

—¿Es tu manera de preguntar si tengo novia?

Me muerdo las mejillas, irritada.

—Es mi manera de preguntar si tienes algún tipo de amistad o si has logrado alienar a toda la población de Denver.

No contesta, así que debe de ser que sí. El Sargento Capullo ya se ha trabajado a Denver y allí tampoco ha hecho amigos.

A veces me asombra que Aaron llegara a formar parte de su reducido círculo de amistades. De hecho, es imposible formar un círculo de nada con alguien como Miles. Hasta donde yo sé, Aaron es el único a quien le cae bien Miles, probablemente porque mi prometido se lleva bien con casi todo el mundo. Y Miles no oculta que a él no le gusta casi nadie, cosa que tiende a ser mutuo entre él y el mundo.

—Juegas contra el ordenador, ¿verdad? —pregunto—. Apuesto a que ni siquiera el ordenador te soporta. Seguro que te pasas las horas leyendo libros a solas. Y que te compraste una pipa para sentarte frente a la chimenea de tu apartamento en Denver mientras miras el programa de teatro con un vaso de jerez.

Se queda callado un rato, pero no le he insultado. De hecho, a él le gusta ser un bicho raro.

—No tengo chimenea en el apartamento.

—Mmm… No sabría qué decir, teniendo en cuenta las veces que nos has invitado allí.

Eso hace que se calle. Durante tres años, nos extrañó que jamás nos invitara a su casa, pero ahora nos limitamos a bromear al respecto.

Pongo una emisora de radio y suena Thomas Rhett. A Aaron y a mí nos gusta la música country. Justo cuando empiezo a seguir el ritmo, Miles se inclina y, sin preguntar, cambia de emisora. Pone un programa de entrevistas donde se oye a un tipo sabelotodo que no para de hablar sobre las próximas elecciones presidenciales.

La cambio de nuevo.

—Perdona, ¿te he dado permiso para cambiar de emisora?

—No es tu emisora —dice y la vuelve a quitar—. ¿O es que tu padre no ha comprado también esta mierda de coche?

—Sí, pero me lo regaló por mi graduación, así que los papeles están a mi nombre. Y no es una mierda de coche.

—Claro que sí. Es un coche de risa, para payasos. Es medio coche.

—No necesito más.

—¿Tú? A juzgar por el circo que has montado, necesitas mucho más.

—No soy ese tipo de mujer. Nadie tiene que mantenerme —murmuro—. Por Dios, mira cómo llevo las uñas.

—Créeme, lo he hecho. —Quita una mota de polvo imaginaria del salpicadero, baja la ventanilla y la tira—. ¿Cuánto consume este coche? ¿Dos litros y medio por kilómetro? Y en la nieve debe de ser una mierda.

—No lo es. Y no vamos a descubrirlo hoy. Y, por cierto, ¿qué te dije de las palabras malsonantes? —Vuelvo a poner la cadena de música country con un gesto firme, y cuando vuelve a estirar la mano para cambiarla, levanto el dedo índice—. Toca ese botón de nuevo y te mato.

Mantiene la mano en el aire y la balancea, como si fuera a acariciar el botón. Me pone nerviosa, pero no llega a tocarlo. Lo hace para tomarme el pelo. Vaya tío más raro.

—Es un coche de mierda. ¿Lo escogiste tú o perdiste una apuesta con tu papaíto? Pensaba que iríamos en el jeep de Aaron.

Tengo ganas de frenar en seco y dejarlo tirado en la cuneta, y no me arrepentiría en lo más mínimo, pero eso me haría perder unos minutos que no tengo.

—Escúchame: no me gustas. Yo a ti tampoco. Así que quédate donde estás, al otro lado del coche, cállate y no toques nada. ¿Entendido? Y quizá sobrevivamos a este viaje.

Suelta un bufido y se cruza de brazos.

—Vale, Novzilla. Pero «el otro lado del coche» en este pedazo de mierda es decir muy poca cosa: estoy prácticamente sentado en tu regazo.

—Por última vez, no vuelvas a llamarme Novzilla. Y si en algún momento tengo la mala suerte de que acabes sobre mí, te aseguro que te sacaré los ojos.

—Lo que tú digas —responde mientras mira por la ventanilla hacia las montañas lejanas, que tendremos que cruzar para llegar al apartamento de Aaron. El sol brilla con tanta fuerza que hace calor en el coche, así que enciendo el aire acondicionado.

No, no es el hombre que tengo a mi lado lo que me hace sentir acalorada. De ninguna manera. Hace tiempo pasamos una noche de sexo bastante más que adecuado, pero eso fue en otra vida. Ahora es un idiota.

Con el aire acondicionado en marcha se está bien. También bajo un poco la ventanilla. No hay ni una nube en el horizonte.

¿Así que va a caer una tormenta en unas horas, eh? Los meteorólogos han vuelto a equivocarse.

Ve que miro el cielo y me dice:

—Sí que lloverá.

—Te equivocas. Como he dicho, la tormenta no está invitada a mi boda.

—¿Ah, sí? ¿Eres Dios? ¿Controlas los cielos? Y una tormenta en una boda sería algo bonito.

—En mi boda no. De ninguna manera. No me gustan las tormentas.

Suelta una carcajada irónica.

—Pues suerte que vives en Colorado, donde no hay tormentas, ni nieve ni nada de nada…

—No solo hay nieve en Colorado.

—Es el deporte nacional. Las mejores estaciones de esquí del país están aquí. ¿Alguna vez has esquiado?

Frunzo el ceño.

—¡Cállate ya!

La respuesta es no. Jamás he practicado esquí. Cuando hace frío, se me pone la piel rara. De hecho, odio el frío y odio los deportes. Pero más que eso, nací con dos pies izquierdos. Soy una patosa y punto. Cuando después de un año de clases de patinaje sobre hielo todavía era incapaz de tenerme en pie, mis sueños olímpicos se desvanecieron. Así que pensé que no valía la pena probar con el esquí.

Por desgracia, el estúpido que tengo al lado no sabe de qué le hablo. Era un jugador de rugby muy bueno en el instituto, y casi llegó a los equipos olímpicos de esquí y de natación en Colorado. Y esos son los únicos talentos de los cuales tengo noticia, porque intento no fijarme en él. Es especial en todos los sentidos. Seguro que es una de esas personas que destacan en todo lo que hacen.

Cuando empiezo a pensar que lo del alambre no era tan mala idea, Miles levanta la mirada del móvil.

—Dime, ¿de quién fue la genial idea de casaros el Día D?

Y ha vuelto a abrir la boca. ¿Por qué no se queda callado como le he pedido? Le chisto como si estuviera en un cine.

De repente, caigo en lo que ha dicho.

—¿Cómo?

Sonríe burlón.

—¿O es que ni siquiera sabías que tu aniversario de boda coincidirá con un día que vivirá para siempre en la infamia?

Lo miro, confusa, por encima de las gafas de sol.

—Debías de estar dormida durante la clase de historia en el instituto. —Arquea una ceja con aire de superioridad—. El 7 de diciembre de 1941. Pearl Harbor. ¿Te suena?

Claro que sí, pero no me había dado cuenta.

—Bueno, tampoco pasa nada. Eso fue hace años. Prefiero mirar hacia delante, no hacia atrás.

—Así que estás condenada a repetir la historia, ¿no?

Lo miro enfadada. Hay un hecho histórico en mi pasado que seguro que no repetiré, y será la noche de mi primera fiesta universitaria.

—Lo creas o no, cada día del año es el aniversario de algo horrendo. Por ejemplo, el once de septiembre, el asesinato de Kennedy, la explosión del Challenger… Si la gente se guiara por eso, jamás llevarían a cabo celebraciones.

—Sí, pero el bombardeo de Pearl Harbor es algo bastante…

—Que no me hables.

—Vale —dice y se encoge de hombros.

El silencio dura hasta el final de la siguiente canción. Después de eso, se rasca la barba de dos días y dice:

—Esa dama de honor tuya… ¿cómo se llama?

—Eva. —Suspiro. Seguro que va a mencionar que trató de tocarlo mientras esquiaban—. ¿Qué le pasa?

—Solo preguntaba. Está buena. ¿Tiene novio?

No puedo evitarlo, aparto la mirada de la carretera y lo miro, boquiabierta. ¿Le parece que Eva está buena? A ver, es guapa. Es alta, esbelta, rubia y parece salida de las páginas de una revista de moda. Aaron también dice que es guapísima. Pero es la primera vez que oigo a Miles lanzar un cumplido acerca de… Acerca de nada, la verdad.

Por mucho que quiera a Eva, también he pasado por momentos de envidia. En primer lugar, su familia es asquerosamente rica y, aunque ella es muy discreta, como somos muy amigas, siempre salta a la vista. Cuando se va de vacaciones, viaja por todo el mundo, y la gente se vuelve a mirarla allá donde va. La gente no se fijaba en mí en el instituto, en parte porque se quedaban deslumbrados por su aura dorada.

Y por supuesto, sale con los chicos más guapos, así que supongo que Miles no es ninguna excepción. Es posible que, si fueran actores de Hollywood, se convirtieran en una de esas parejas míticas: la llamarían «Meva» o «Eviles».

Cuando Eva volvió a casa de Yale durante la primera pausa del semestre (olvidaba mencionar que también es absolutamente brillante) y le presenté al guapísimo Aaron, fue la primera vez que sentí que tenía algo que ella no tenía. Mi novio era popular, atractivo y me adoraba, mientras que ella seguía anclada en el mundo de los perdedores de las fraternidades que no estaban interesados en relaciones estables.

—No. Está soltera. —Lo miro de reojo—. Me dijo que casi la matas porque te dijo que le gustaba tu chaqueta de esquí. Así que si tratabas de hacerte el interesante, te has lucido.

—¿Ah, sí? —Piensa que lo he dicho en serio—. Me tocó. ¿Le dijiste que no me tocara?

—Sí. No me hizo caso. Le gusta tocar, a diferencia de ti.

—No me molesta en las circunstancias adecuadas.

Pienso en él flirteando con Eva porque, de hecho, jamás flirteó conmigo, y una punzada amarga se me clava en el estómago. No. Flirtear está por debajo de Miles. Sé muy bien cómo se lleva a las mujeres a la cama. Se hace el tipo duro, fuerte y silencioso.

Pues en cuanto abre la boca, huyen.

—¿Esas circunstancias adecuadas implican que las chicas estén desinfectadas de pies a cabeza?

Me ignora y se acaricia la barbilla, pensativo.

—Bueno…

Me quedo un poco sorprendida, no puedo evitarlo. Aaron me dijo una vez que Miles no tiene pareja porque sus expectativas son terriblemente altas. Según Aaron, nadie está a la altura de su idea de la mujer perfecta. Es probable que quiera una chica que tenga pechos grandes, la cara de una modelo y Dios sabe qué más. Eva es guapísima y quizá estaría a la altura, pero…

Estoy anonadada. ¿Alguien real habrá penetrado la burbuja de perfección de Miles?

Bueno, aparte de mí, quiero decir. Pero sucedió esa única noche, y fue un enorme error de borrachera.

Lo cierto es que me interesa lo que piensa.

—Espera, ¿de verdad te gusta Eva?

Se ríe.

—Deberías saber que a mí no me gusta nadie. Pero hay excepciones.

Claro. Excepciones. Dejará que Eva le ponga la mano encima de manera excepcional, lo justo para que pueda correrse.

Ahora estoy enfadada.

—En serio, aléjate de mis amigas. Hazme caso, ninguna es adecuada para ti.

Me mira con curiosidad.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Cómo sabes lo que es adecuado para mí?

—Quiero decir que no están locas de atar. Como tú. —Me doy cuenta de que estaba soltando el acelerador cuando un camión cruza la línea de separación y me adelanta a toda velocidad. Aprieto el pedal con la sandalia—. Quieren cosas determinadas de los hombres. Es decir, alguien que no se muera del asco cuando lo toquen.

—Depende del tipo de contacto del que estemos hablando.

Sí, ya sé que no está en contra de que lo toquen. Vaya si lo sé. Mi primera noche con él lo dejó más que claro.

¡Pero no quiero pensar en eso ahora! Si hay un día que vivirá para siempre en la infamia de la historia, es ese.

—Basta. No está interesada en ti. Jamás lo estará. Y punto, ¿vale?

Se encoge de hombros.

—Quién sabe. Con la cantidad de alcohol necesaria, las luces lo bastante apagadas…

Ya. Sé perfectamente cómo va eso.

Llevamos quince minutos de ruta. ¿Cómo se supone que aguantaré las siguientes nueve horas y cuarenta y cinco minutos?

Sencillo.

Tengo que «apagarlo» y entrar en mi zona de tranquilidad. Debo recordar que mañana me caso con Aaron y que, a partir de entonces, brillará el sol y habrá arcoíris. Mañana será el mejor día de mi vida.

Tengo que ignorar a Miles Foster.

Así que murmuro:

—Lo sé perfectamente. Es la mejor forma de que alguien cometa el error más grande de su vida.

Y, con eso, le cierro la boca.

14:26 h
6 de diciembre


De hecho, a Miles y a mí se nos da muy bien fingir que el otro no existe.

Porque, a pesar del odio apasionado que sentimos el uno por el otro, a menudo pasamos tiempo juntos porque compartimos a Aaron.

Jamás fue cómodo, pero nos tocó apechugar.

Y lo más raro es que cuando los tres estamos juntos, Aaron siempre lo menciona como si fuera una broma divertidísima, porque para él sí lo es. Le encanta rememorar el pasado, especialmente las escapadas llenas de borracheras estúpidas en nuestra época universitaria, ya que en lo que respecta a escapadas y borracheras, él es el mejor.

—¿Eh, recordáis aquella vez, antes de que Lia y yo estuviéramos juntos…? ¿Os acordáis de que tú y ella…?

Sí. Divertidísimo. Me parto de risa.

Y, en general, cuando eso pasa, Miles y yo hacemos todo lo posible por fingir que el otro no existe.

Entonces, le recuerdo educadamente a Aaron que todos estábamos muy borrachos. Al fin y al cabo, pasó lo que pasó porque Aaron se fue a buscarme una cerveza y no volvió. Se entretuvo jugando a chupitos de cerveza. Se desmayó y, como el juego consistía en beberse el chupito con los pies hacia arriba y desnudo, dice que se quedó «¡en el bar y con la polla al aire!».

Según la leyenda local de Delta Phi, a Aaron le encantaba quedarse dormido y con el pene al aire. Cada miembro de la fraternidad te puede contar alguna anécdota sobre eso. Pero ninguno te contará una historia similar sobre Miles.

Después, cuando el momento incómodo ya ha pasado, alguno de los dos dice algo así como: «¡Sí, qué bien que aquel desastre de noche ya pasó!».

Y sí, es cierto, lo hemos dejado atrás. Por completo.

Así que con una muralla imaginaria entre los dos, pasan los minutos mientras cruzamos la cordillera de montañas que separa el Midnight Lodge de Boulder.

Tras la primera conversación, no hablamos ni una sola vez.

Escucho mi emisora favorita de música country hasta que se pierde la señal, y luego conecto con la lista de favoritos, que alterna el country y el pop. Miles se pone unos auriculares y escucha otra cosa… Tal vez a un puñado de viejos que debaten sobre no sé qué. Cuando bajamos por la montaña, me siento feliz.

El cielo está despejado, el sol brilla y voy a casarme mañana. Y Miles se ha callado la boca.

La vida es buena.

Tengo que echar gasolina al Mini antes de que volvamos, así que paro en una gasolinera Shell. Estiro la mano hacia sus pies para tomar mi bolso. En cuanto lo hago, se quita los auriculares.

—Espera, te dejo pasar.

Sale del coche. Al principio, pienso que trata de ser caballeroso, pero veo cómo estira los brazos por encima de la cabeza y las articulaciones de los hombros. Solo quiere estirar los músculos porque lleva demasiadas horas metido en mi diminuto coche.

Lo miro por el espejo retrovisor mientras levanta los brazos al cielo. La camisa también se le alza unos centímetros y aparecen esos abdominales de piedra. Mi mente se despista por un camino peligroso y me doy cuenta de que avanza hacia mí.

Como una idiota, cierro los ojos con fuerza.

De repente, oigo un tamborileo en la ventanilla del coche.

Levanto la mirada y veo que me observa:

—¿Ochenta y nueve?

Por un instante, vuelo hacia su habitación, dispuesta como un museo, y él y yo estamos haciendo un sesenta y nueve.

Sí, aunque parezca increíble, Don Limpio y yo lo hicimos como conejos aquella noche, en un puñado de posiciones que ni siquiera sabía que existían. Por la mañana, los dos estábamos sucios, sudados y…

¿Qué demonios estoy haciendo?

Mi temperatura se dispara hasta que me obligo a olvidar la estampa. «Idiota. Pregunta por la gasolina».

—Noventa y uno, por favor. —Saco la Mastercard del monedero por la ligera apertura de la ventanilla.

Niega con la cabeza.

—Regalo de boda anticipado de mi parte.

«Genial, pero preferiría una lobotomía».

Trato de no mirar mientras llena el depósito. Tomo el móvil y repaso los mensajes. El primero es de Eva: «He oído que estás con el idiota. Pobrecita». Respondo: «Sí, acabamos de llegar. Volvemos en cinco horas».

Miro el reloj. Son las dos y media en punto, así que si vamos a toda prisa hacia el apartamento de Aaron, recogemos los anillos y conducimos de vuelta sin parar, llegaremos al hotel hacia las siete y media, lo cual me dará el tiempo suficiente para enfundarme en el vestido para el ensayo de la cena. Perfecto.

Para entonces, Aaron estará sobrio y listo. Trato de no ser una aguafiestas en lo que respecta a él y a cómo le gusta divertirse porque sé que le gusta muchísimo, pero si insiste en salir con sus amigos esta noche, después del ensayo, tendré que prohibírselo. La noche pasada ya fue su última noche. No necesita ninguna otra. Y Gluppy puede evitar beber como un pez al menos durante una noche.

Aunque también sé que eso solo le pasa cuando tiene a sus amigos cerca y a los compañeros de la fraternidad. La mayor parte está repartida por todo el país y los ve mucho menos, así que es una ocasión especial.

Me percato de que me estoy mordiendo el labio de nuevo mientras pienso en lo que pasó la última vez que él y sus amigos estuvieron juntos, hace diecinueve meses, durante una fiesta pregraduación de la D-Phi.

No fue bueno.

Fue peor que malo.

Tan malo que no quiero pensar en ello.

Así que tecleo: «¿Has visto a Aaron?».

Un momento después: «Sí. Él y el resto de sus amigos se han aposentado en el restaurante y están arrasando con todo».

Mmmm. Qué suerte tiene Aaron, que no se tiene que preocupar por meterse en su traje, como me pasa a mí con el vestido.

Salgo del chat y compruebo si Aaron me ha escrito. Nada. Por supuesto que no; cuando está con sus amigos, libera al universitario que lleva dentro. Es decir: se olvida de que existo.

Y eso me preocupa.

West no lo soporta. Nunca me lo ha dicho, pero estoy segura de que piensa que su futuro cuñado es un imbécil. Por eso no fue a la despedida de soltero. A West ya no le gustaban las juergas ni las borracheras cuando estaba en la universidad, y aunque usa a las mujeres como si fueran un kleenex, es un buen hermano mayor. Una de mis personas favoritas. Y defiende mi honor como si fuera un caballero andante.

Fue él quien me consoló cuando, justo antes de mi graduación, creía que Aaron y yo habíamos roto para siempre.

Suspiro al oír el clic del depósito lleno. Miles levanta la manguera y la devuelve al surtidor, luego saca el recibo y abre la puerta mientras escribo un mensaje a West.

«West, por favor, ¿puedes vigilar que Aaron no…».

Cuando levanto la vista, Miles me está observando. No le veo los ojos porque lleva las gafas de sol, pero tengo la sensación de que sabe exactamente qué estoy escribiendo. Maldito Dumbledore.

Mis ojos se posan en el mensaje a medio escribir. «¿Que no haga qué, exactamente?». Dios, me siento estúpida y posesiva. Voy a casarme con Aaron. Es el hombre a quien voy a entregarle mi corazón. Confío en él.

Al menos, así debería ser.

No, no. Es así. Por eso nos casamos.

Me demostró que había cambiado. Sí, claro, tuvimos algunos problemas antes de graduarnos, pero desde que me pidió matrimonio todo ha ido como la seda.

Borrar, borrar, borrar.

Meto el móvil en el bolso.

—¡Nos vamos! —exclamo animada.

Gruñe.

Es curioso. Cuando Miles está de mal humor, me pongo de buen humor de manera automática. Es como si fuéramos personalidades opuestas. Si no es odio en estado puro, no sé lo que es.

—¡Gracias por la gasolina, amigo! —digo. Me aguanto las ganas de dar un golpecito amistoso a sus grandes bíceps envueltos de franela—. Ahora vamos a por esos anillos, Sam!

Me mira sorprendido.

—¿Sam?

—Sí, claro. Yo soy Frodo.

—Entonces, ¿Aaron es Gollum?

Pongo los ojos en blanco.

—Bueno, vale, no es una analogía perfecta, pero puedo tomarme libertades. ¡Mañana me caso!

—Ajá —dice y se concentra en el móvil—. Hacia Mordor.

14:45 h
6 de diciembre


El apartamento que Aaron tiene en Boulder está frente al parque de bomberos y a una manzana del campus universitario. También está a tiro de piedra de la fraternidad D-Phi. Aunque nos graduamos hace diecinueve meses, todavía es el invitado de honor de las fiestas. Cursaba una carrera de siete años y se graduó al mismo tiempo que yo, aunque tiene tres años más.

¿Qué puedo decir? Ya no va a la universidad, pero sigue conectado a ese mundo. Todavía considera esa época la mejor de su vida, y puede que ese sea el motivo por el que siempre habla de lo que hicimos allí.

Eso sí, no le ha ido mal desde que se licenció. Es ingeniero eléctrico, y su padre, el presidente de una empresa de ingeniería en el centro de Boulder, así que le consiguió un muy buen trabajo. En un par de años podría llegar a ser directivo, si sigue trabajando bien. Lleva tiempo ahorrando para comprarnos una casa.

¿Y yo? Bueno, esa es otra historia. Me licencié en Literatura inglesa y no encontré trabajo. Envié currículums a todas partes, pero nada. Así que decidí matricularme en un máster de Biblioteconomía, para arruinarme todavía más con préstamos de estudios. Vivo en el mismo apartamento que tenía cuando fui a la universidad, pero se me acaba el contrato a final de año. Cuando nos casemos, me iré a vivir con Aaron.

Ese es el plan.

Y lo estoy deseando, la verdad. Mi apartamento en el campus es como un dormitorio universitario. La idea de compartir su piso, de empezar nuestra vida como marido y mujer, me encanta. Quizá, por fin me sentiré como en casa.

A mi lado, Miles tamborilea las manos en sus muslos. Solo lo hace cuando está nervioso, me he fijado.

Mmmm. ¿Por qué será?

Miles es el mejor amigo de Aaron, pero no vivió la fraternidad D-Phi como él. Se transformó de manera sutil cuando salió del campus. Se graduó summa cum laude en cuatro años, con una doble licenciatura de Matemáticas y Económicas, y prácticamente no mantiene el contacto con D-Phi ni con nadie de la universidad, excepto Aaron. Luego, encontró trabajo como director de inversiones en una importante empresa de Denver, y allí ascendió rápidamente hasta el cargo de vicepresidente. Le va muy bien, aunque no lo parezca, ya que le gusta más vestirse como un leñador que con trajes y corbatas. Aaron siempre dice que es un «hijo de puta afortunado», pero creo que es más que suerte.

En primer lugar, es un genio.

No lo digo por decir.

Aquella noche, cuando lo vi por primera vez, mientras miraba absorto el juego de ping-pong, no había fumado ni bebido, como creía. Más tarde, al ver todas las servilletas que había esparcido a su alrededor, descubrí que trataba de calcular una fórmula para determinar la trayectoria y la velocidad exacta, o lo que fuera (no prestaba atención cuando lo explicó) para que uno de los miembros de la fraternidad le diera al vaso de cerveza, todas las veces. Había hecho la prueba con Aaron, y por eso había logrado emborrachar a todas las pobres chicas que lo retaban.

En algún momento de mi borrachera recuerdo que le pregunté por qué no jugaba él y comprobaba sus teorías en persona, y me contestó:

—Porque no me interesa lo suficiente.

Le pregunté qué le interesaba.

—Tú —respondió, justo antes de besarme.

El corazón me late con fuerza al pensar en aquel momento, pero me obligo a calmarme.

No, no, no. Es el tipo equivocado. Totalmente equivocado.

Mientras entro en el aparcamiento de Grammercy Acres, el edificio donde vive Aaron, trago saliva varias veces y trato de olvidar el sabor de Miles en mi boca. Aunque estaba borracha, conservo muchos recuerdos intactos de aquella noche. Seguro que es una maldición. Es más que probable que él no recuerde nada.

Entro en la plaza de Aaron, que está frente al edificio, apago el motor y le tiendo una mano a Miles. Pero ya está abriendo la puerta y, al salir, dice:

—Voy a buscarlos yo, quédate aquí.

—¿Cómo? No. —Abro la puerta, salgo y lo sigo por el estrecho camino.

Tras recorrer unos metros, se gira y agita el índice hacia mí.

—¿Qué haces? Vuelve al coche.

Me cruzo de brazos con intención de discutir y tratar de amilanarlo aunque me saca una cabeza.

—No, quiero asegurarme de que no se olvidó nada más. Y también necesito ir al baño. Llevo cinco horas sin ir.

Deja escapar un suspiro.

—Vale. Como quieras.

Se dirige al apartamento, apretando la marcha, y casi tropiezo al intentar seguirle el paso. Malditas piernas largas. Cuando llego a la puerta, ya está dentro y la ha dejado entreabierta.

Empujo la puerta y miro a mi alrededor. Sí, está igual que el día que se fue, cuando pasé por aquí antes de emprender nuestro viaje en caravana a las montañas. Hay ropa tirada por todas partes como resultado de su tempestuosa expedición por el apartamento para hacer las maletas. Hay tanta ropa que apenas se ve el enorme sofá rojo, cubierto de cosas.

Mientras voy hacia el dormitorio, Miles aparece en la puerta con un saquito de terciopelo en la mano.

—Tus anillos.

Los tomo y miro dentro de la bolsita. Ahí están. Me estremezco al notar el frío tacto del platino. La tensión que sentía en el cuello desde el principio del viaje desaparece.

—Dios, esto es una pocilga.

Levanto la cabeza y veo que Miles contempla el piso con una mirada de desdén. Jamás he estado en su apartamento en el centro de Denver, pero imagino que su personal de limpieza debe de odiar trabajar para él.

Aun así, tiene razón. Es un piso de soltero. No hay cuadros en las paredes ni ningún elemento decorativo.

—Bueno, no es Martha Stewart. Ya lo arreglaré cuando me mude.

—¿Estás segura? —duda.

Bueno, seguro que no estaremos a la altura de sus estándares. A veces, me sorprende que yo fuera capaz de hacer que se corriera tantas veces.

¡Dios! ¿Por qué pienso en eso?

Le doy los anillos.

—Deberías quedártelos. No los perderás, ¿verdad?

Toma el saquito, se abre el bolsillo de la camisa de franela y los guarda con cuidado.

—No.

Es triste que, a pesar de que lo odie, confíe en él. Miles es un hombre que cumple con su palabra. Hace lo que promete. Si Aaron le hubiera dado los anillos desde un principio, nada de esto habría sucedido.

Cruzo el campo de minas de ropa apilada sobre la alfombra y me dirijo hacia la puerta del baño, que está al otro lado del vestíbulo, frente al dormitorio de Aaron.

De repente, Miles dice, en un tono un poco más alto que de costumbre:

—Espera, ¿adónde vas?

—Al baño, ya te lo he dicho —respondo.

—Ah, vale. —Se relaja. Se mete las manos en los bolsillos y se pasea por el salón, mirando a su alrededor. Le da un puntapié a una pila de zapatillas de Aaron y sacude la cabeza.

«Don Limpio no aguanta más».

Mientras voy hacia el baño, tengo un presentimiento extraño. Y al sentarme en la taza, la sensación se intensifica.

Aaron insiste en que Miles me acompañe.

Miles intenta que no suba al apartamento y que me quede en el coche.

Miles se pone nervioso al ver que voy hacia el dormitorio.

Termino, busco jabón y una toalla para lavarme las manos.

Y entonces se me enciende la bombilla.

En el dormitorio hay algo que Miles no quiere que vea.

Me seco las manos como puedo, porque no hay ninguna toalla, y me digo que eso es una estupidez. Miles actúa de manera extraña, como si estuviera nervioso, porque es un tipo extraño.

Pero para cuando abro la puerta y salgo, sé que no me iré hasta estar segura.

Inspiro profundamente y abro la puerta del baño, que da al vestíbulo. No veo a Miles, así que cruzo sin hacer ruido hasta el dormitorio.

No sé qué espero encontrar. ¿Una mujer desnuda durmiendo allí? ¿Cabellos rubios y largos en la cama? La última vez que dormí aquí (que fue, de hecho, la última vez que nos acostamos) fue hace casi dos meses. Le sugerí a Aaron, y él estuvo de acuerdo, que nuestra noche de bodas sería más excitante si practicábamos un poco de abstinencia.

Todo está como debería. Las paredes blancas y sin pintar, con alguna que otra grieta. Solo hay un cuadro de las montañas Flatiron en la cabecera de la cama. Se lo regalé hace un mes, para su cumpleaños. Lo compré en la galería de un artista local y le hice una promesa: que cuando me mudase a este apartamento, lo convertiría en un hogar. Se convertiría en nuestra casa, no en cuatro paredes y un techo.

Más allá de eso, su inmensa cama, con las sábanas arrugadas en una pila amontonada en el centro. Hay un cajón abierto en su cómoda que vomita ropa.

Nada más.

Pero mis ojos se detienen en la mesita de noche. Jamás he mirado allí, pero debe de ser donde guarda las cosas importantes. Los anillos estaban allí.

Me acerco y la abro de golpe.

Lo primero que veo es una foto gastada de nosotros dos, en una recepción de la D-Phi, hace años. Es mi foto favorita, yo también tengo una copia enmarcada en mi apartamento. Me siento en la cama y la contemplo. Parecemos muy jóvenes.

Vuelvo a mirar en el cajón de la mesita. Y veo el paquete de condones.

Controlo mi primer impulso, que es perder los papeles. Hace años que tomo la píldora y dejamos de usar preservativos hace cuatro años. Quizá es un paquete viejo. Aaron jamás tira nada.

Aunque se mudó aquí hace solo un año y medio… Tiene que haber una explicación.

Levanto el paquete y busco la fecha de caducidad.

Y al hacerlo, encuentro un tubo de lubricante medio lleno.

Medio lleno. Sé perfectamente que jamás lo ha usado conmigo. Siempre intenta que lo hagamos por detrás, pero he sido bastante firme en ese punto. De verdad, es que no lo entiendo. ¿Qué tiene de especial el sexo anal?

Bueno, es posible que usara ese lubricante para masturbarse, ¿no? Así que no debería preocuparme. Pero eso, los condones, y el hecho de que Aaron haya enviado a Miles para evitar que curiosee entre sus cosas…

De repente, veo la silueta de Miles en el umbral.

Me mira y ve los condones y el lubricante en mi regazo. No logro descifrar su expresión.

Luego dice:

—¿Estás lista?

Dejo las cosas de nuevo en el cajón y digo:

—Sí.

Lo sigo a la puerta y no puedo respirar. Pensaba que había solucionado este tema con Aaron. Y ahora tengo un millón de dudas, a menos de veinte horas del día en que se supone que voy a casarme con él.

Necesito aire.

Necesito hablar con Eva.

Necesito un tranquilizante.

Y lo que no necesito es el hombre sarcástico de metro ochenta con el que me toca pasar las próximas cinco horas. Es el amigo de toda la vida de Aaron, y es probable que su cómplice a la hora de ocultarme todo esto.

Camino por el apartamento detrás de Miles, confusa y desorientada. Una parte de mí tiene ganas de golpearlo.

Abre la puerta, pero me adelanto y la cierro con un portazo.

—¿Por eso has venido?

Me mira, enfadado.

—¿Qué?

—Los condones. El lubricante. Jamás lo hemos usado, y…

—¿Cómo? Apártate, enana, o vas a…

Está tirando pelotas fuera. No voy a permitirlo.

—No. Sabes de qué hablo. ¿Te ha pedido Aaron que vinieras conmigo para que no viera lo que he visto?

Me mira, furioso, durante un momento que se hace eterno. Me preparo para lo que tenga que decirme. Casi presiento lo que va a decir, como un bofetón.

Pero no lo dice.

Me aparta con suavidad de la puerta y la abre.

—Ya estabas loca, pero tus próximas nupcias han agravado tu caso.

Sale por la puerta, baja las escaleras y me deja sola.

Quizá tenga razón.

Quizá me esté imaginando cosas.

Pero me juego el resto de mi vida. Y…

Salgo fuera y cierro la puerta. Cuando Miles llega al rellano de abajo, grito desesperada:

—¡Miles!

Se detiene y se gira para mirarme mientras se pone las gafas de sol.

—Por favor. Tú me lo dirías, ¿verdad? Si estuviera… —No quiero decirlo en voz alta—. Ya sabes.

Aprieta la boca en una línea recta. Sé lo que significa.

«Soy el amigo de Aaron, no el tuyo. No me hagas esa pregunta».

Mete las manos en los bolsillos y mira hacia el cielo. Exhala lentamente.

—¿Quieres que conduzca yo?

Trago saliva y bajo las escaleras hasta donde está. No, no me dirá nada. Solo es leal a una persona: Aaron. Es su mejor amigo. Su único amigo.

—No, conduciré yo.

No me fijo en las nubes ni en el aire que se enfría. Cuando llego al coche, un remolino de viento helado atraviesa el aparcamiento y hace que me estremezca. Abro la puerta del coche de un tirón y entro en la calidez del coche.

Y por si fuera poco, en cuanto enciendo el motor, caen los primeros copos de nieve sobre el parabrisas.

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