Read the book: «La tentación del millonario»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2016 Kat Cantrell
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La tentación del millonario, n.º 184 - enero 2021
Título original: The Pregnancy Project
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-217-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo Uno
Ironías de la vida, Dante Gates, con un doctorado en Bioquímica, tenía un problema de química que no sabía solucionar.
Ningún dato de su tesis doctoral le proporcionaba una pista para resolver aquel rompecabezas. Nada de lo que había investigado para su programa de televisión, La ciencia de la seducción, le ofrecía ni siquiera un indicio. Ni tampoco el trabajo que había realizado para demostrar la eficacia de los modelos de la química cuántica en el análisis de las proteínas, por el que había estado a punto de ganar el Nobel.
Dante estaba más que frustrado por la falta de progreso en descifrar el problema que le suponía la doctora Harper Livingstone.
Hacía diez años que eran amigos. Ella era el patrón por el que juzgaba a las demás mujeres, lo que implicaba que lo irritaba mucho no encontrar a ninguna tan hermosa ni tan inteligente como Harper. Ella le convencía en todos los aspectos positivos.
O más bien negativos, porque eran amigos. Su relación con Harper era una constante en su vida, lo único con lo que contaba. Había entre ellos un vínculo sagrado que valoraba y que no quería romper.
Dante se había convencido de que el único motivo de que sintiera aquello por Harper era que no podía conseguirla. Era indudable que si trataban de que su relación subiera al siguiente nivel, fracasarían.
En cuanto él hubiera probado el fruto prohibido, Harper perdería todo su atractivo. No volvería a pensar en ella de ese modo.
El problema era que, después de haber empezado a imaginar lo delicioso que sería ese fruto, era incapaz de dejar de hacerlo.
Esa mañana, Harper le había llamado para decirle que estaba en el aeropuerto de Dallas, a punto de subirse al avión, y que llegaría a su casa al cabo de un par de horas. No había ido a verlo a Los Ángeles durante los tres años que llevaba viviendo allí. Tenía que ser algo importante. Parecía el momento oportuno para resolver su problema de química de un modo u otro.
El aeropuerto de Los Ángeles era un caos, como siempre. Solo Harper podía hacer que fuera allí cuando no iba a tomar un avión. Dante consultó su reloj. Hacía diez minutos que avión de Harper había aterrizado, pero los pasajeros aún no habían desembarcado.
Por fin, salió un grupo de gente con mochilas, almohadas y botellas de agua. Dante, apoyado en el poste más cercano, esperaba a Harper.
No era difícil distinguirla. Su cabello pelirrojo destacaba entre la multitud y su forma de actuar la diferenciaba de los demás, pues salió disparada. Para Harper, la duda no existía. Era la cualidad que él prefería de ella.
Lo vio y el rostro se le iluminó con una sonrisa de oreja a oreja que lo conmovió. Antes de que Dante pudiera procesarlo, Harper dejó el equipaje en el suelo y se lanzó a sus brazos. Él la recibió y la estrechó contra sí porque era de lo más agradable.
–Hola –murmuró él contra su cabello, aspirando su aroma.
El perfume de Harper se le introdujo en los sentidos y en la sangre, que no era lo que solía hacer un perfume. Un perfume olía bien, pero no se suponía que le tuviera que dar ganas de besarla hasta dejarla sin aliento.
No hizo caso de aquel deseo. No era fácil, pero tenía mucha práctica.
Harper, por suerte, se soltó del abrazo con la suficiente rapidez como para no notar lo inadecuado de lo que le estaba sucediendo allá abajo.
–¿Qué haces aquí? –exclamó ella mirándolo con ojos brillantes–. Hace mucho tiempo que nadie venía a recogerme a la puerta de desembarque. Se me había olvidado lo agradable que es. ¿Cómo has podido pasar sin un billete de avión?
Él rio.
–Muy sencillo. He comprado uno. ¡Sorpresa!
Dante viajaba muy a menudo debido a su trabajo en la televisión, por lo que podría cambiar el billete más tarde, cuando de verdad tuviera que utilizarlo. Y aunque no fuera así, ¿qué más daba? Por Harper podía derrochar una cientos de dólares.
Ella le dio una palmada en el brazo.
–No tenías que haberlo hecho, pero me encanta. Creí que hoy estabas grabando el programa. Iba a tomar un taxi.
Si hubiera sido otra persona, él le habría mandado un coche a recogerla.
Dante se encogió de hombros, agarró la bolsa de viaje y se la echó al hombro.
–Hemos terminado pronto y ahora tengo dos semanas libres, que pienso pasar contigo. Tu inesperada visita se ha producido en el momento más oportuno.
También lo era para superar su atracción por ella. Sin duda bastaría con un beso. Un simple beso. Sería extraño, pero suficiente. Y volverían a ser amigos.
–¿No vas a pasarlas con tu novia, la modelo? ¿Cómo se llama? –Harper chasqueó los dedos un par de veces.
–Selena –respondió él–. Pero lo hemos dejado.
Había perdido el interés por Selena en cuanto empezaron a salir. Pero que le fotografiaran con ella beneficiaba su carrera, y el sexo no era terrible, así que siguió con ella más tiempo de lo debido.
Era una mujer dulce de una larga lista de mujeres dulces que le dirigían una mirada ausente cuando comenzaba a hablar de cristalografía de rayos x o materiales autosintetizados. Harper era la única con la que podía hablar de todo.
–Lo siento, pero seguro que es lo mejor, ya que ella no era lo bastante buena para ti –Harper sonrió–. Se me olvidaba: Cass está embarazada.
–Qué bien –dijo él. Y era sincero. Un bebé era algo maravilloso… para los demás.
Hacía mucho tiempo que Harper y Cass eran amigas, desde la universidad, cuando decidieron crear una empresa junto a otras dos amigas, Alex y Trinity. Así había nacido Fyra Cosmetics, en la que Harper era directora científica.
Dante estaba muy orgulloso de lo que ella había conseguido después de obtener el doctorado en Química Analítica. Hacía diez años que conocía a las cuatro amigas, pero, como tenía más en común con Harper, era más amigo de ella.
–Gage está muy contento –Harper suspiró y puso los ojos en blanco–. Como esposo, es perfecto para Cass. Pero yo lo mataría si me tratara como la trata. «Trabajas demasiado», le dice. «Voy a cuidarte» o, mi preferida: «Aunque tengas ganas de comer patatas fritas, debes tener ganas de comer verdura». Hombres… Como si supieran algo del embarazo.
Dante no se imaginaba a una mujer tan fuerte como Harper dejando que Gage le dijera lo que debía hacer.
–Hablando de embarazos, ¿cómo está Alex?
–Ahora que ya está en el segundo trimestre, mucho mejor. Ya no tiene náuseas.
Dante no se había dado cuenta de que lo que últimamente les sucedía a sus amigas tenía que ver con bebés. El tema le hacía sentir levemente incómodo, seguramente por su historia personal. Las parejas comenzaban deseando tener hijos, pero nadie sabía lo que desearían al año siguiente y al otro. Después de haber sido trasladado de familia en familia de acogida, cuando era un niño, conocía de primera mano esa falta de constancia.
Se dirigieron a recoger el equipaje. Ella lo tomó de la mano mientas charlaba sobre sus amigas y socias. Lo hacía como amiga. Al menos, así lo consideraría ella. Dante sentía un ardiente deseo de ella, incrementado por el brillo de su rostro. Ese brillo era nuevo. ¿De dónde procedía?
Se ajustó las gafas con la otra mano, pero el brillo no desapareció. ¿Por qué ese día, ni más ni menos, ella estaba más hermosa que nunca?
Debería besarla lo antes posible o aquel viaje sería un desastre.
–¿Qué tal el vuelo?
Harper se apartó los rizos del rostro.
–No ha estado mal, pero en la máquina expendedora de la puerta de embarque no había las magdalenas que me gustan. Me muero de hambre.
–Vamos –dijo él.
Entraron en una de las tiendas del aeropuerto y buscaron las magdalenas que a ella le gustaban especialmente. Él agarró la caja entera y se la dio a la empleada, junto con la American Express.
Harper se echó a reír.
–¡Dante! Solo quiero una, no veinte. No querrás que me ponga gorda, ¿verdad?
La cajera miró fijamente a Dante y luego echó un vistazo a la tarjeta.
–¡Doctor Gates! Me encanta su programa. ¿Me puedo hacer una foto con usted, por favor?
Ella sacó el móvil porque la respuesta fue, desde luego, afirmativa. Los seguidores formaban parte del trabajo y, puesto que los productores de La ciencia de la seducción ingresaban millones de dólares en la cuenta de Dante, no podía quejarse. Pero, secretamente, odiaba casi todo lo relacionado con el programa.
El dinero estaba bien, no iba a negarlo, pero echaba de menos la verdadera ciencia, la que cambiaba la forma de entender el universo conocido. Ayudar a alguien a encontrar un compañero sexual no era significativo para el orden superior de las cosas, por muy bien que él hiciera su trabajo.
La ciencia había sido su refugio durante mucho tiempo, cuando nadie se preocupaba por él. Sin embargo, había abandonado sus raíces por el sensacionalismo.
Dejó que la cajera le adulara. Harper lo observaba, divertida.
Por fin logró escapar de la cajera y le entregó a Harper la caja de magdalenas.
–Perdona por la escenita. Son gajes del oficio.
Harper sonrió.
–¿Bromeas? Ha sido estupendo. No tengo muchas ocasiones de verte desempeñar el papel de doctor Sexy. Ha sido una compensación porque me hayas dejado de hacer caso.
Él sonrió a su vez.
–Tengo que estar a la altura del lema del programa.
El doctor Dante Gates hace ciencia sexy. El lema había aparecido en la portada de las revistas y había servido para hacer publicidad del programa. Dante no se había imaginado que acceder a conducir un programa sobre cómo utilizar la ciencia para atraer a un amante implicaría convertirse en un emblema. Claro que él se había presentado como un experto en el tema, sin darse cuenta de que las mujeres le rogarían que comprobara sus teorías en ellas.
Que le prestaran atención le halagaba, al menos al principio. Al fin y al cabo, era un ser humano. El campo de investigación merecía que se dedicara a él, a causa de la atención que despertaba en las mujeres. Y hacía tiempo que reconocía que el hecho de que su madre biológica le hubiese abandonado y entregado a una familia de acogida había provocado en él el ansia de ser aceptado. No era para tanto. Lo gracioso era que ninguna de aquellas hermosas mujeres había eclipsado a Harper y su atracción por ella.
Porque Harper era la única mujer a la que, probablemente, no podría conseguir.
Ella puso los ojos en blanco cuando llegaron a la zona de recogida de equipajes.
–Para ser sexy, no te hace falta aparecer sin camisa en un anuncio de detergente, tonto. Tu mayor atractivo es el cerebro.
Ella le sonrió. Dante había dejado pasar la referencia de Harper al doctor Sexy porque formaba parte del personaje de su programa. Pero aquello… ¿Estaba flirteando con él?
¿Esos matices estaban presentes antes, pero no los había percibido porque se esforzaba en considerar a Harper una amiga?
Ella acababa de reconocer que le resultaba atractivo, lo que le gustaba más de lo necesario. ¿Y si ella le hubiera estado lanzando sutiles señales todo el tiempo, con la esperanza de que él diera el primer paso? Probablemente creería que estaba ciego. Aquel viaje imprevisto a Los Ángeles tal vez estuviera destinado únicamente a corregirle la vista.
Con esas ideas en mente, la condujo a una zona aislada de la recogida de equipajes, entre dos oficinas cerradas. La gente que los rodeaba estaba atenta a la cinta de equipajes, que no se movía, lo cual significaba que tenía a Harper para él solo unos minutos, al menos hasta que comenzaran a aparecer las maletas.
–Por si se te ha olvidado, los científicos no son famosos por sus abdominales –murmuró inclinándose hacia ella–. Me he ejercitado mucho para ganar músculo, tras haberme pasado muchos años inclinado sobre páginas llenas de ecuaciones. Si alguien quiere pagarme por quitarme la camisa, no voy a negarme.
Aquella conversación sobre quitarse la ropa echaba chispas. ¿Las notaba ella también?
Harper parpadeó al mirarlo, aún sonriente. Se pasó la lengua por los labios y él la siguió con la mirada, para, después, volver a mirarla a los ojos. El calor de las mejillas de ella reflejaba el que él sentía en su interior.
Y ella también lo notaba.
Tal vez se hubiera dado cuenta de que él era una propiedad valiosa. Dante no dejaba que el éxito se le subiera a la cabeza, pero las mujeres hacían cola ante él. Las pruebas indicaban que había algo en su cabello castaño de punta, sus gafas de pasta y su cuerpo atlético que les gustaba.
Ya era hora de solucionar su inconveniente atracción hacia Harper. Si él la había malinterpretado, se echarían unas risas y no pasaría nada. Y habría demostrado que solo sentía un sano aprecio por una estupenda mujer. La electricidad del ambiente y la sensación de anticipación solo eran producto de su imaginación.
Sin apartar la vista de sus ojos, le acarició la línea de la mandíbula, no como amigo ni compañero, sino con intención.
–¿Qué haces? –le preguntó ella frunciendo el ceño–. Esto no es… No somos…
–¿No te pica la curiosidad de saber cómo sería? –la interrumpió él.
–¿Cómo sería? ¿El qué?
Cuando comenzó a entenderlo lo miró con los ojos como platos.
Él tenía tiempo de echarse atrás, si la idea de subir la relación de nivel acababa siendo la peor del mundo, pero la oportunidad iba desapareciendo cuanto más seguían allí, envueltos en aquella burbuja de conciencia sexual.
–Lo he pensado muchas veces –prosiguió él, ya que ella no se había apartado ni huido horrorizada–. Este es el mejor momento para averiguarlo.
Antes de que interviniera la lógica para recordarle las razones por lo que aquello podía salir mal, hundió las manos en los rizos de Harper, extendió los dedos sobre su nuca y le levantó la cabeza.
Lentamente, porque quería dar a su cuerpo el tiempo necesario para empaparse de la lección que iba a aprender, bajó los labios hacia los de ella y la besó dulcemente.
Pero el deseo estalló en su interior, sensibilizándolo y apoderándose de él. Harper despertó sus sentidos. Fue entonces cuando se percató de su error. Un beso, y lo único que había demostrado era que aquello no se había acabado. Ni mucho menos.
* * *
Dante la estaba besando.
La sorpresa le abrió la boca sin su consentimiento y él se lo tomó como una invitación y le introdujo la lengua buscando la suya.
La sensación la abrumó y lo único que fue capaz de hacer fue aferrarse a sus hombros, cuando lo que pretendía era empujarlos. Ella no se besaba así ni con Dante ni con ningún otro hombre. Pero no le apartaba porque… ¡madre mía!
Las reacciones químicas de su cuerpo eran fascinantes, sorprendentes. No tenían precedente. Quería más, lo cual era lo más increíble de todo, ya que normalmente evitaba esa clase de contacto.
Los labios comenzaron a cosquillearle. Notó pequeños tirones en el vientre que aumentaban su deseo y se apoyó en él deslizando las manos por su espalda, que era dura y fuerte. La sensación en las palmas era agradable, por lo que siguió bajando. Él soltó un gemido que vibró en el pecho de ella. Fue entonces cuando se dio cuenta de que sus torsos se tocaban.
El pecho esculpido de Dante presionaba el suyo. Él la besaba y ella le besaba. En el aeropuerto. Aquello estaba mal. ¿Qué hacía Dante?
Se apartó de él bruscamente y se apoyó en la pared que había tras ella. Le temblaban las piernas. Miró al que había sido su mejor amigo durante una década.
–Perdona.
Los ojos castaños de él la contemplaron por detrás de las gafas, levemente torcidas. Ella estuvo a punto de colocárselas en su sitio, como había hecho cientos de veces. Pero no lo hizo.
–¿Qué es lo que tengo que perdonar? Soy yo quien te ha besado.
Era cierto, pero ¿por qué?
Preguntas más interesantes eran por qué ella, a su vez, lo había besado; por qué no le había parecido raro; por qué le parecía que tenía el cuerpo hecho un nudo y sumergido en un volcán; por qué, Dante, ni más ni menos, le había despertado el impulso sexual.
Harper sabía perfectamente la respuesta. ¿Cómo iba a explicarle que había reaccionado de manera exagerada a causa de la afluencia de hormonas circulando por su cuerpo, y que había tomado un avión para darle la noticia más emocionante de su vida?
No se le había ocurrido decir «estoy embarazada», en respuesta al beso del hombre al que había acudido en busca de apoyo.
–Pero yo te he dejado seguir.
–Así es.
Como él no le preguntó por qué le había dejado hacerlo, ella le dijo, de todos modos:
–Sentía curiosidad. Pero, por favor, no me malinterpretes.
Se dio cuenta de que él ya lo había hecho. A diferencia de ella, Dante tenía experiencia, y había notado lo mucho que le había gustado besarlo. Para ella también había sido una sorpresa. Hacía años que no la besaban y, la vez que lo habían hecho, la experiencia fue tan horrorosa que no quiso repetirla.
Ese beso había sido como unir un sueño adolescente con una película para mayores de dieciocho años. Aparentemente, su cuerpo había reaccionado al hecho de haber concebido deseando de repente las caricias de un hombre. ¿Qué iba a hacer? ¿Pedirle que volviera a besarla?
–¿Cómo voy a haberlo malinterpretado? –preguntó él.
Harper lo estaba estropeando y si no lo arreglaba, perdería todo lo que le importaba.
–No puede volver a suceder, Dante. Te necesito, como amigo. Por favor, no hagas que nada cambie.
Lo estaba haciendo todo mal. El resultado positivo de las cuatro pruebas de embarazo que se había hecho esa mañana no era el único motivo de que estuviera en Los Ángeles. Su carrera profesional estaba destrozada a raíz de la decisión de Fyra Cosmetics de desarrollar un producto que requería la aprobación de la FDA. Ojalá hubiera sabido la que se avecinaba antes de haber ido a una clínica de fertilidad.
Al borde del desastre profesional y personal, había acudido a la única persona que siempre estaba dispuesta a ayudarla, que siempre estaba de su lado, pero se había dado de bruces con algo que no entendía.
El rostro de Dante adoptó una expresión desconocida.
–Quería besarte, Harper. Sin duda te has dado cuenta de que algo nuevo nos sucede…
–¡No! –gritó ella, al tiempo que, sin poder evitarlo, se le escapaba una lágrima. No hay nada nuevo. Necesito que todo siga como antes. Eres muy importante para mí, como amigo.
Los amigos se apoyaban, estaban a tu lado contra viento y marea, y ella necesitaba saber que él lo haría. Así llevaba diez años considerándolo, hasta ese día. Había reaccionado tan rápidamente al beso de Dante que él se había llevado una impresión equivocada.
Él entrecerró los ojos. Ella conocía esa mirada. Estaba a punto de discutir con ella, pero Harper no tenía tiempo para eso.
Se obligó a sonreír y le tocó el brazo, como llevaba años haciendo.
–Vamos a olvidarnos de esto de momento. ¿Me llevas el equipaje?
Dante, que era un caballero en cualquier circunstancia, apretó los labios e hizo lo que le pedía, antes de conducirla a su elegante Ferrari rojo. El silencio y la incomodidad se instalaron en el vehículo, mientras recorrían la autopista hacia la casa de él, en Hollywood Hills.
Harper apenas pudo apreciar el paisaje que pasaba ante su vista. ¿Qué podía decir para que todo volviera a ser como antes?
Dante detuvo el coche ante la verja, pulsó el control remoto y la puerta de hierro forjado se abrió. Condujo por su propiedad hasta llegar frente a la villa de estilo español, todo ello sin decir una palabra.
Y así siguió hasta subir los escalones de la casa y entrar. Dejó las maletas en las baldosas mejicanas del amplio vestíbulo y miró a Harper con el ceño fruncido.
–Hace mucho tiempo que somos amigos. ¿Por qué va a cambiar eso, si exploramos qué más podríamos ser?
–Porque no quiero que seamos nada más –le espetó ella–. Todo esto me asusta.
¿Cómo iba a enfrentarse a los problemas en la empresa, al embarazo, al parto y a los dieciocho años siguientes con un hijo, si no contaba con la amistad que la había sostenido durante los diez años anteriores?
–Ven aquí.
Antes de que ella pudiera reaccionar, él la estrecho en sus brazos, algo que a ella siempre le había gustado, pero que ahora le resultaba distinto.
Muy distinto. Su torso le produjo cosquillas en sitios en que no debería producírselas. Se apartó de él, destrozada por no poder abrazarlo, porque las cosas hubieran cambiado sin su consentimiento.
Él la miró con expresión dolorida, pero se rehízo y se cruzó de brazos.
–¿Así que ahora no puedo abrazarte?
–Claro que puedes, si pierdes diez kilos de músculo –contestó ella, antes de darse cuenta de lo que le decía. Trató de arreglarlo rápidamente–. Quiero que las cosas sean como antes de convertirte en el doctor Sexy.
Lo cual no era una explicación mucho mejor.
Él llevaba mucho tiempo siendo el doctor Sexy. Lo que Harper quería decir era como antes de que se ella se hubiera dado cuenta.
Él sonrió.
–Creía que te gustaba.
Así era. Y ese era el problema.
Dante era uno de los pocos amigos que le quedaban que seguía siendo el mismo de siempre. O eso había creído ella hasta ese momento. No entablaba amistad con facilidad. Cass y Alex, dos de las tres mujeres con las que había creado Fyra Cosmetics, habían pasado a una nueva fase vital, ya que se habían casado y fundado una familia, lo cual era estupendo. No envidiaba su felicidad, pero notaba que la estaban dejando atrás.
Por eso había decidido tener un hijo sola, sin un esposo que esperara cosas de ella que no podría darle: intimidad, control y una promesa de amor eterno que nadie podía garantizar, ya que el amor solo era una serie de confusas señales químicas cerebrales.
Los hombres lo complicaban todo.
–¿Cuántos amigos tengo, Dante? Te será fácil calcularlo, ya que no se necesito un título universitario para contar hasta cuatro: Cass, Alex, Trinity y tú. Ahora supón que dos de mis amigas acaban de casarse y de formar una familia. Todo cambia a mi alrededor sin que pueda hacer nada para evitarlo. Necesito que tú sigas igual.
Porque ella era la que ya había cambiado las cosas, la que se había quedado embarazada, por lo que, por defecto, Dante debía ser la constante de la ecuación.
Pareció que él la entendía.
–Te da miedo que las cosas cambien.
–Estoy segura de que es lo que te acabo de decir.
Él se inclinó hacia ella y la agarró de los brazos.
–Así es, pero trato de entenderte. Lo que te importa no es que te haya besado, sino que tienes miedo de perder nuestra relación. Pero yo tampoco quiero perderla.
Sus ojos de color chocolate traspasaron los de Harper y, de repente, a ella no le gustó como la miraba. Sin embargo, siempre la había mirado así, y ella lo atribuía al afecto que sentía como amigo suyo. Pero ahora que él se había salido por completo de la vía amistosa, la incomodaba que él la acabara de besar de un modo que no podía calificarse precisamente así.
Ella negó con la cabeza y agarró las maletas como si fuera a hacer algo con ellas.
–Oyes lo que te conviene. Claro que me importa que me hayas besado, y todo lo que eso conlleva y lo que sucede después.
–¿Todo? –murmuró él–. ¿Te refieres al sexo?
Apareció en su rostro una expresión de deseo que hizo que el cuerpo de ella despertara a la vida con la promesa de sentirse como lo había hecho cuando él la había besado. Quería más y lo quería ya.
–Sí –ella cerró los ojos y lanzó un gemido–. No. Nada de sexo. Pero ¿qué conversación es esta? He venido a ver a mi amigo. ¿Cómo hemos comenzado hablar de sexo?
–Lo has planteado tú –le recordó él, lo que era innecesario–. Yo solo intentaba aclararme.
–El sexo no forma parte de esta conversación.
–¿Y si queremos que lo haga? –preguntó él en voz baja al tiempo que le subía las manos por los brazos para agarrarla por los hombros–. Tú también oyes lo que te conviene, si pasas por alto con tanta facilidad lo que intento decirte.
Pillada en falta, lo miró, desesperada por volver a un lugar donde pudiera estar a salvo en su relación con él.
–¿Qué intentas decirme?
–Nuestra amistad es lo más importante de mi vida, por eso intento salvarla. No puedo deshacer el beso. Y ahí hay algo que no va a desaparecer hasta que no lo exploremos. Harper… –dijo su nombre con veneración, y su sonido resonó en el cuerpo de ella–. Vuelve a besarme. Tómatelo como un experimento. Veamos hasta dónde llega esto, para que podamos solucionarlo de una vez por todas.
Ella cerró los ojos.
–Eso es todo un desafío.
–Dime que no y lo retiraré.
–No –automáticamente, él la soltó. Ella abrió los ojos y vio que se había alejado unos pasos y que la miraba con los ojos entrecerrados.
–¿Puedo saber, al menos, cuáles son las principales objeciones? Si acaso hay algo…
–Estoy embarazada, Dante –no sabía si reír o llorar–. Y esa es solo la primera de una larga lista de objeciones.
Capítulo Dos
La sangre huyó del cerebro de Dante.
¿Que estás… qué? –susurró.
–Embarazada –repitió ella.
–¿De un niño?
–La ciencia aún no ha conseguido cruzar el ADN humano con el de otra especie. Así que sí, de un niño. No quería decírtelo así, pero no me has dejado otra opción.
Él extendió la mano para buscar una superficie dura en que apoyarse, que fue una mesita de la habitación adyacente. Las piernas no lo hubieran sostenido mucho más tiempo.
–No lo entiendo. ¿Sales con alguien?
Era imposible. No podía haber nadie a quien ella respondiera con la misma intensidad que cuando la había besado; nadie a quien estuviera tan unida como hubiera jurado que lo estaba a él. Además, le hubiera contado que había un hombre en su vida. Pensó en la última vez que lo había hecho y tuvo que remontarse a la época universitaria.
Harper negó con la cabeza.
–No, ha sido inseminación artificial.
–¿Cómo se te ha ocurrido hacer algo así? –preguntó él con dureza.
Un niño necesitaba una familia, un padre. Ella quería ser madre soltera voluntariamente. Era inexcusable.
–No me interesa compartir la labor de educar a un hijo con nadie, así que me pareció perfecto recurrir a un donante dispuesto a renunciar a sus derechos paternos.
Aquello mejoraba por momentos; mejor dicho, empeoraba. Él rio sin alegría.
–Casi todo el mundo tiene un compañero con quien decide tener hijos, porque están enamorados y quieren formar una familia. ¿Lo has pensado alguna vez?
–Ni una sola. Una relación sentimental lo complicaría todo.
–Un niño necesita un modelo masculino –insistió él–. No es una opinión. Muchos estudios…
–¡Lo sé, Dante! –con los brazos en jarras, lo sobrepasaba en estatura, ya que él se había apoyado en la mesita–. ¿Por qué crees que te he dicho que te necesitaba, tonto? Para eso he venido. Quiero que tú seas ese modelo masculino. Y yo soy tan estúpida que creía que nuestra amistad era lo bastante sólida para incluir a un niño, y tú vas y me besas.
Dante parpadeó, estupefacto.
–¿No pensaste en consultármelo antes de quedarte embarazada?
Harper sabía que, si lo hubiera hecho, él la habría disuadido.
–Es mi vida y es mi cuerpo –afirmó con expresión culpable.
Harper debería haber previsto que reaccionaría así porque sabía su historia y lo que sentía por los niños. Pero, de todos modos, se había quedado embarazada.
–Sabes que un donante anónimo no siempre dice la verdad sobre su historia médica. Vete a saber qué tienes ahí dentro, desde el punto de vista genético.
Le indicó el abdomen con la cabeza. Ella tenía un bebé en el vientre, que, de pronto, se había convertido en un lugar sagrado que no estaba disponible para la clase de actividades en las que estaba pensando hacía unos minutos.
De hecho, buscaba una estrategia para que ella volviera a sus brazos y seguirse besando. ¿Cómo, si no, iba a exorcizar su atracción hacia ella? Lo poco que había probado solo le había abierto el apetito. A ella también, evidentemente, a pesar de que lo negara.
Al fin y al cabo, él era un experto. Ella lo deseaba tanto como él a ella.
Pero Harper ya negaba con la cabeza.
–Por eso mi donante no era anónimo. Investigué antes de tomar una decisión y elegí cuidadosamente al padre. El doctor Cardoza es…
–¿El doctor Cardoza es el padre?
Dante se encolerizó. Abrió y cerró los puños para no descargar su frustración en la pared.
–Es un famoso químico –le explicó ella.
–Lo sé –afirmó él entre dientes–. Por si no lo recuerdas, por su culpa no gané el Nobel.
Harper lo miró con los ojos como platos.
–Bueno, sí, pero eso fue hace siglos. Es indudable que lo habrás superado, sobre todo si tenemos en cuenta que cambiaste de campo.
Sin poder evitarlo, Dante se echó a reír. De todos los hombres que Harper podía haber elegido para ser el padre de su hijo, había seleccionado al ser humano más repugnante del mundo, y ahí incluía a sus propios padres, fueran quienes fueran.
No, no lo había superado. Cardoza era el motivo de que se hubiera visto obligado a trabajar en la televisión. Si no hubiera hecho trampas sobre la metodología, no habría ganado el Nobel y Dante habría tenido una oportunidad. Después de que Cardoza lo ganara, el interés de Dante por la investigación desapareció y se quedó sin laboratorio, sin fondos y desesperado por que alguien le diera una oportunidad.
Y así nació La ciencia de la seducción.
Con el programa se había enriquecido, pero una cuenta bancaria de nueve cifras no compensaba que le hubieran arrebatado el trabajo científico.
–Por pura curiosidad –dijo cuando pudo hablar sin revelar la emoción que lo embargaba–. ¿Por qué elegiste a Cardoza?
–Hace poco me encontré con Tomas en un congreso en St. Louis. Creo que te había hablado de él. Tomas presentaba una ponencia y me encantaron sus conclusiones. Cuando lo volví a ver en el vestíbulo del hotel, me presenté y hablamos.
–Os hicisteis amigos, ¿no? –dijo él en tono casi desdeñoso.
–Claro, es un hombre brillante. Tiene unos pómulos preciosos. Pero lo que me interesaba de él era su genética.
Dante sintió una opresión en el pecho.
–Te sedujo.
–¿Qué? No. Bueno sí, si consideras una forma de «seducirme» que me preguntara si pensaba quedarme embarazada de la forma clásica –ella acompañó sus palabras marcando las comillas con los dedos, sin darse cuenta de que a Dante se le había revuelto el estómago–. Entonces, sí, me sedujo.
–Por favor, dime que le dijiste que no.
Ella lo miró con el ceño fruncido.
–Por supuesto. No me interesa esa clase de relación con ningún hombre.
La sensación de alivio que Dante experimentó fue enorme. La idea de que Cardoza hubiera puesto sus sucias pezuñas en Harper… Se tragó la bilis.
En el caso de otra persona que no fuera Harper, ese hubiera sido el momento de preguntarle si prefería a las mujeres. Pero él había notado su reacción al tenerla en los brazos.
Era cien por cien heterosexual.
–Con ninguno salvo conmigo.
–Pues no, contigo tampoco. ¿Es que no has prestado atención a lo que te decía?
Había escuchado cada una de sus palabras, con gran pesar.
–Te intereso, Harper. Te intereso tanto que no lo soportas.
La forma en que ella se le había aferrado, su lengua contra la de él… Reviviría todo eso en sueños cargados de deseo, esa noche.
Claro que le interesaba esa clase de relación con él. Y era evidente que no le hacía gracia, pues su forma de reaccionar ante el beso había provocado aquel jueguecito de las confesiones.
Estaba embarazada. Como confesión para arruinar el momento, se llevaba la palma.
–No sé cuándo has desarrollado ese ego monumental, pero estás equivocado.
Él lanzó un bufido.
–Por favor, engáñate si quieres, pero a mí no me engañas. No lo has hecho cuando mi boca estaba en la tuya. Hasta el último poro de mi piel ha notado tu interés.
No era cuestión de ego. Bueno, un poco sí, porque le enorgullecía mucho, incluso en aquel momento, recordar la fervorosa respuesta de ella. Se había lanzado de cabeza a besarlo, como lo hacía todo. Se le había metido prácticamente en los pantalones mientras la besaba, y él la hubiera dejado.
La atracción era mutua, tanto si le gustaba como si no.
Ella se sonrojó.
–Son las hormonas.
Esa observación le hizo reír.
–Claro, así funcionan normalmente. ¿Te has olvidado de lo que aprendiste en la universidad?
Cuál no sería su sorpresa al ver que ella se sentaba en el sofá y se sujetaba la cabeza con las manos. Los hombros comenzaron a temblarle y ahí fue cuando el mal humor de Dante desapareció en favor de lo que debería haber sentido desde el principio: preocupación por la mujer que le importaba.
Se sentó a su lado y la abrazó sin decir nada, porque ¿qué iba a decirle? Ya le había estropeado la gran noticia, que ella le había dado bajo presión, porque había hecho que se sintiera muy incómoda.
Ella se relajó en sus brazos, como si fuera normal. El olor de su cabello le hizo cerrar los ojos, como siempre, pero había pasado por alto la atracción física de Harper durante mucho tiempo. Seguiría siendo su amigo, que era como ella le había dejado claro que lo necesitaba.
–Lo siento –murmuró él y Harper asintió–. Es que no lo entiendo. ¿Por qué quieres tener un hijo? ¿Y para colmo mediante inseminación artificial?
–Ya te lo he dicho –masculló ella contra su camisa–. El amor romántico no es lo mío. Es un conjunto de reacciones químicas que la gente confunde con un sentimiento. Cuando dichas reacciones cesan, ¿qué te queda? Mi forma de hacerlo es mucho más fácil.
A él se le acumularon en el cerebro todos los argumentos en contra de los de ella, y a punto estuvo de comenzar a enumerarle hechos que había descubierto en sus investigaciones sobre la química entre dos personas, pero se contuvo. Ella no necesitaba su opinión personal ni profesional. No era el momento adecuado, pues ya había tomado la decisión.
–Pues felicidades –dijo escuetamente. Haber vivido en familias de acogida había influido en su consideración de las personas que tenían hijos y de las diversas formas en que acababan convirtiendo la vida de los niños en un infierno. Callaría hasta que pudiera ser objetivo sobre aquel bebé–. Y que sepas que esas reacciones químicas son muy potentes.
–No puedo opinar al respecto –dijo ella con una voz tan apagada que apenas la oyó.
De repente, entendió el subtexto: ella no hablaba únicamente del amor.
–¿Sigues siendo virgen?
Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar rápidamente. Ella se lo había confesado una noche en la universidad, pero él suponía que, posteriormente… Claro que, de haber sido así, se lo hubiera contado. Se reprochó su estupidez.
–He estado muy ocupada estudiando el doctorado y creando la línea de productos de Fyra. No he tenido tiempo.
Él apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y miró al techo. ¡Menudo seductor estaba hecho! Le había pasado totalmente desapercibido el aspecto más importante de la dinámica que estaba teniendo lugar allí. Harper tenía miedo de lo que él la hacía sentir. Había asustado a alguien que normalmente era valiente porque ella desconocía los placeres entre hombre y mujer. Era una metedura de pata de primer grado.
Y una bendición. Su determinación se consolidó. Dante tenía la increíble oportunidad de ser el primero. Así, por fin llevaría ventaja a Cardoza, indudablemente, y no iba disculparse por presumir de ello. Harper y él se librarían de su mutua atracción, volverían a ser amigos y todo seguiría igual. Todos saldrían ganando.
–Eso no cambia nada –dijo ella a la defensiva–. Sigo estando embarazada y necesitando tu apoyo, con independencia de lo que pienses sobre mi elección de donante o de método de impregnación. Esto no lo puedo hacer sola. ¿Cuento contigo como amigo? ¿Me ayudarás?
La realidad de la situación se le vino encima. Su mejor amiga estaba embarazada del hijo de su rival más odiado, y lo único en que pensaba era en arrastrar a Harper a un terreno plagado de testosterona.
Ella lo conocía lo bastante bien para saber cuáles eran sus mayores conflictos, pero eso no cambiaba la opinión de él sobre el hecho de tener hijos. Si le decía que la apoyaría, tendría que hacerlo. Cumplir la palabra dada era importante para él, al igual que su amistad con Harper. Había que predicar con el ejemplo.
–Desde luego que puedes contar conmigo.
Era verdad, pero no iba a echarse atrás con respecto a la atracción que había entre ambos. En vez de desanimarlo, ella le había desafiado de un modo que no podía pasar por alto. La deseaba, incluso más ahora que antes, gracias a su confesión.
Necesitaba un plan nuevo. Solo serviría la seducción en toda regla. Además, tenía una necesidad innegable de dedicar toda su energía a comprobar que las estrategias que promovía en el programa de televisión funcionaban, incluso con una mujer que no había tenido un amante. Incluso con una amiga, una amiga embarazada. ¿Era un experto o no?
Tenía dos semanas para averiguarlo.
La casa de Dante en Hollywood Hills era preciosa y a Harper le encantó. El ama de llaves la condujo a la suite de invitados y le mostró la cocina, el comedor y la terraza con la piscina.
¡Madre mía! Harper estiró el cuello cuando la mujer atravesó la triple puerta que daba a piscina. El agua ondeaba al sol; más allá las buganvillas y palmeras camuflaban la valla de hierro forjado que rodeaba la propiedad. Los Ángeles se extendía en la base de las colinas.
A Dante le había ido muy bien.
El ama la condujo a la parte trasera de la casa. Abrió una puerta. Harper parpadeó ante el lujoso salón a un lado, con una televisión de pantalla plana. Al otro había una gran cama. Era una habitación preciosa.
–El baño está al otro lado de esas puertas –le indicó el ama de llaves sonriendo cortésmente–. Si necesita algo, dígamelo. Soy la señora Ortiz y mi hija, Ana Sophia, cocina para el señor Dante. Vivimos en la antigua cochera, cerca de la valla. Juan, mi esposo, es el encargado del mantenimiento.
–Muy bien.
Dante tenía empleados, más de uno ¿Habría oído alguno la conservación que habían tenido en el vestíbulo? Harper cerró los ojos. Ya era tarde. Dante podía haberla avisado de que no estaban solos en la casa, mientras ella se dedicaba a hablar de asuntos personales.
Pero parecía que sorprenderla se estaba convirtiendo en una costumbre. Le daba igual.
–Gracias, señora Ortiz –dijo muy amablemente. La mujer no tenía la culpa de que el patrón se dedicara a hacer locuras.
El ama de llaves asintió y cerró la puerta al salir. Harper deshizo el equipaje en unos minutos, pero no los suficientes para que dejara de temblar.
Después de que el desastre del beso la hubiera obligado a soltar la noticia bomba de su embarazo, Dante se había evaporado, probablemente para darle tiempo a que se instalara, pero más probablemente para concederles a ambos un respiro. ¿O era solo ella la que lo necesitaba?
Antes de subirse al avión con destino a Los Ángeles, la relación con Dante tenía sentido. Sus sentimientos hacia él eran sencillos y eternos, a diferencia de lo que inevitablemente sucedería en una relación romántica. Por eso nunca se había planteado tenerla con ningún hombre, y mucho menos con alguien que le caía tan bien como Dante.
Pero él lo había vuelto todo del revés al besarla.
¿Qué podía hacer ella para volver a tener a su amigo a su lado agarrándole la mano en aquella nueva aventura?
Porque lo necesitaba. Y mucho.
El embarazo comenzaba a ponerle los pelos de punta.
Le asustaba haber tomado una decisión errónea.
Le asustaba haber elegido el momento inadecuado, ya que su carrera profesional podía irse a pique. Le asustaba no haber cubierto todos los aspectos legales de la utilización de un donante. Nunca se cuestionaba a posteriori decisiones como aquella, pero ahora lo único que deseaba era meterse debajo de una manta, que Dante le acariciara el cabello y le dijera que todo iba a salir bien.
Las cosas no estaban yendo como esperaba. Quería que el embarazo fuera una experiencia hermosa con la que establecer un nuevo vínculo con Alex y Cass, que acababan de ser madres o iban a serlo, y reforzar el que ya tenía con Dante, porque él sería, desde luego, el tío preferido de su hijo.
O eso esperaba.
No quería volver a ver la expresión de su rostro al decirle que estaba embarazada. Pero la seguía viendo en su mente una y otra vez. Había juzgado equivocadamente cuál sería su reacción, pero no sabía si estaba enfadado porque no se lo había consultado o porque seguía sintiendo cierta amargura por no haber ganado el Nobel. O por las dos cosas.
Cabía la posibilidad de que Dante, a pesar de haberle dicho que la apoyaría, cambiase de idea y no quisiera saber nada del bebé, lo cual la destrozaría.
La angustia se apoderó de ella. ¿Dónde estaban la lógica y la razón habituales en ella? Aparecía un bebé y no sabía qué hacer.
Se quitó la ropa del viaje y se puso un vestido veraniego de tirantes.
Toda aquella introspección no resolvería el problema principal: cómo volver a la normalidad. Harper se guiaba por verdades absolutas, y solo Dante podía proporcionárselas.
«Obtén los datos, formula el problema y resuélvelo».
Su relación con Dante sería la misma ese día que el anterior o, al menos, se esforzaría al máximo para que así fuera. Se negaba a que el bebé o el beso los separaran, cuando tantas otras cosas escapaban a su control; la primera de ellas, el rechazo de la FDA.
Muy decidida, deambuló por la casa buscando la cocina, con la esperanza de encontrar a Dante y tomarse un té. Vio su cabeza inclinada sobre algo.
Entró y rodeó la mesa de la cocina. Dante alzó la vista.
Su mirada se suavizó y sus ojos cobraron el color del chocolate derretido. Si miraba a otras mujeres así, no era de extrañar que hicieran cola para estar con él.
Una idea muy desagradable. ¿Miraba a otras mujeres así, con esa mezcla de preocupación y afecto? ¿Y a ella qué le importaba? Dante era su amigo y podía mirar a una mujer como le diera la gana.
Salvo a ella. A ella no podía mirarla así.
–Iba a preparar té –dijo él, como si nada hubiera cambiado.
Ella se dijo que así era. La había besado inducido por la idea equivocada de que había algo entre ellos. Ella se la había quitado de la cabeza, y ya estaba.
–Estupendo.
Tragó saliva para deshacer el nudo que notaba en la garganta y deseó que la tensión se pudiera eliminar tan fácilmente.
El té era una de las pasiones que ambos compartían. Cuando Dante iba a Dallas le llevaba un paquete de su marca de té verde preferida, que compraba en el aeropuerto, y se lo tomaban en el jardín de casa de ella, con vistas a un parque.
A ella le encantaba ese ritual, más por la conversación que por el té, aunque le bastaba con aspirar su aroma para que la boca se le hiciera agua.
Dante le indicó con la cabeza el recipiente del té a granel, que estaba en la encimera, cerca de su codo.
–Voy a hervir el agua. Llena tú en huevo del té.
La conocida rutina la tranquilizó. Tal vez fuera ella sola la que se sentía rara. Si se comportaba como si todo fuera bien, iría bien.
Una vez preparado el té, llevaron las tazas a la terraza que daba a la piscina. Dante se sentó en un sofá y dio unas palmadas en el cojín al lado del suyo para que ella lo imitara.
–Tienes una casa preciosa –comentó ella–. ¿Cómo he tardado tanto en venir a verla?
–Buena pregunta. ¿Cuál es la respuesta?
–Que siempre estoy muy ocupada. Últimamente ha habido muchos problemas en Fyra, y Cass y Alex tienen asuntos personales que resolver, lo que solo nos deja a Trinity y a mí para que las cosas funcionen.
Sin embargo, Dante siempre sacaba tiempo para ir a verla. Ella lo atribuía a su agenda viajera, ya que a él le resultaba mucho más fácil pasarse por Dallas que a ella ir a Los Ángeles.
En ese momento, en que estaba analizando cada detalle de su relación, le pareció que existía un desequilibrio.
–¿Por qué has venido ahora? –preguntó él, lo cual le dio a ella la oportunidad que esperaba.
–Me he hecho la primera prueba de embarazo esta mañana –dijo, por muy incómodo que le resultara. Con independencia de lo que le había contado antes, era un tema delicado del que tenían que seguir hablando–. Y luego me hice otras tres.
Él sonrió.
–Porque con cuatro tienes más posibilidades de que el resultado sea acertado.
–¡Cómo me conoces! –bromeó ella de forma automática, pero se arrepintió de haberlo hecho.
–¿Qué sentiste cuando viste que el resultado era positivo?
Había sentido muchas cosas. ¿Cómo describírselas a otra persona, a un hombre, para colmo?
–Temor, alegría, haber alcanzado un logro personal…
Había elegido al donante adecuado, ya que el procedimiento había funcionado a la primera. Por supuesto. Había llevado a cabo una amplia investigación sobre genética, aspectos legales y probabilidades, y el doctor Cardoza resultó ser la elección evidente.
Tomas tenía dos doctorados, antepasados españoles y una piel oscura que, con suerte, le garantizaría que su hijo no tendría que embadurnarse de protector solar como su madre irlandesa. Había accedido a ser el donante y a renunciar a sus derechos paternos.
A Harper le pareció que a Dante no le gustarían semejantes detalles.
–Esto no me gusta nada –ella dejó la taza y se volvió a mirarlo–. Me parece estar pisando huevos, que debo tener cuidado con lo que digo para que no iniciemos otra pelea.
Él ladeó la cabeza.
–¿Otra pelea? No nos estamos peleando.
–Antes sí, cuando te dije que estaba embarazada. Eso fue una pelea –él se había sentido muy decepcionado y se había enfadado con ella.
–Fue una conversación –la corrigió él y dejó la taza para agarrarla de la mano con fuerza y mirarla a los ojos–. Sobre algo de tu vida. Y no lo supe encajar. Me sorprendiste. Pero me importas, y quiero saberlo todo. No está bien que creas que no puedes contármelo todo.
Ella notó la calidez de su mano. Lo miró y, de repente, se transformó en el hombre que quería desde hacía diez años. Y la calidez le llegó al pecho, cuando él le sonrió. Era tan normal, y le supuso tal alivio, que estuvo a punto de llorar.
Sin embargo, ella había cambiado las cosas. Lo que más miedo le daba era haber dañado irrevocablemente la relación al quedarse embarazada. Dante y ella se contaban chistes sobre químicos y hablaban de la mecánica cuántica, no de pañales ni de lactancia.
–Pues empecemos de nuevo, Dante. Estoy embarazada.
Él enarcó las cejas, falsamente sorprendido.
–Es una noticia estupenda. Felicidades. Me muero de ganas de conocer a esa pequeña versión de ti que tienes nadando en tu interior.
Y, contra todo pronóstico, eso convirtió el embarazo en algo real.
Una vida se desarrollaba en su vientre. Un niño que sería suyo y solamente suyo y que sería una brillante adquisición para el mundo de la ciencia desde muy joven. Le ofrecería las mejores oportunidades educativas y lo sería todo para él, ya que sería su único progenitor.
Ahí comenzó a sentir pánico.
Era un bebé, un pequeño ser indefenso, incapaz de comunicar sus necesidades. Ella tendría que adivinarlas, sola. El pulso se le aceleró y le resonó en los oídos.
«Respira. Otra vez». Ella lo había querido así. El amor entre una madre y su hijo era absoluto. Estaba predeterminado. No había posibilidad de error, a diferencia del amor romántico, que todo lo volvía confuso con señales que el cerebro era incapaz de interpretar. Aquel niño satisfaría una necesidad de su vida que ningún hombre podría satisfacer. No volvería a estar sola ni anhelaría algo que no sabía cómo denominar.
Además, consolidaría su posición entre sus socias, que valoraban la maternidad. Al menos, Cass y Alex. Trinity iba a su aire, pero Harper y ella estaban de acuerdo en que el valor de un hombre de forma permanente en la vida de ambas era nulo.
Salvo el de Dante. Le apretó la mano y trago saliva.
–Tengo miedo.
–¿De qué? –desconcertado, le colocó un mechón de cabello tras la oreja–. Eres la mujer más capaz que conozco. No me cabe la menor duda de que podrás hacerlo.
–Hay más cosas. Tenemos problemas en Fyra.
–¿Qué pasa? Sea lo que sea, buscaremos la solución.
La opresión que sentía en el pecho disminuyó. Había ido a Los Ángeles precisamente porque Dante era la única persona a la que podía recurrir. Si podía hablar con él, tal vez se le ocurriera un plan, un modo de salir del agujero profesional en el que había caído. Entonces, la decisión de quedarse embarazada no le parecería tan inoportuna.
–Ha sucedido algo con la aprobación por parte de la FDA de la nueva fórmula de Fyra –los ojos comenzaron a escocerle. Ella no lloraba. ¿Iban a ser así las cosas en adelante? ¿Un sinfín de emociones las veinticuatro horas del día?
–¿El qué?
La Fórmula-47 había sido su primer hijo, concebida y creada en el laboratorio con el propósito de eliminar las cicatrices y las arrugas mejor que la cirugía plástica, mediante el empleo de una clase de nanotecnología que ella había desarrollado. Era brillante, pero tal vez no vería la luz.
No, ella lo solucionaría.
Respiró hondo.
–Sabes que Phillip, el senador Edgewood, nos estaba ayudando con el proceso de aprobación de la fórmula por parte de la FDA.
–Sí, lo recuerdo.
–Pues el comité ha suspendido la petición.
Oírselo decir a Phillip había sido casi el peor momento de su vida. El proceso debería haber sido sencillo: solicitar la aprobación de la fórmula, que ella llevaba dos años perfeccionando, enseñarle al comité de la FDA el laboratorio, explicarle la metodología y enviar muestras. La aprobación para la venta de la fórmula era cosa segura.
Nada había salido como estaba previsto.
–¿Qué? –la expresión de Dante acompañó el tono indignado de su voz–. ¿Por qué?
–Porque tienen dudas sobre las muestras y sobre el laboratorio.
El improperio que profirió él la hizo sonreír.
–Tus métodos son irreprochables. ¿Cómo se atreven a dudar de algo de tu laboratorio?
Ella no pudo evitar deleitarse en su apoyo incondicional, que era precisamente lo que había ido a buscar. Sus socias no entendían lo que las alegaciones del comité significaban para ella tanto en el terreno profesional como en el personal.
Dante lo había entendido inmediatamente.
–Y hay más. Creo que las dudas han surgido porque alguien ha saboteado las muestras –la mera mención de la odiosa sospecha le revolvió el estómago.
Es era lo esencial. Había un traidor en el laboratorio. En su laboratorio, en su santuario. Se temía que, hasta que no lo solucionara, no disfrutaría de los nueve meses siguientes.
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