Read the book: «Miguel Strogoff (texto completo, con índice activo)»
Julio Verne
Miguel Strogoff
(texto completo, con índice activo)
e-artnow, 2021
EAN 4064066373412
Índice
PRIMERA PARTE
1. UNA FIESTA EN EL PALACIO NUEVO
2. RUSOS Y TÁRTAROS
3. MIGUEL STROGOFF
4. DE MOSCÚ A NIJNI-NOVGOROD
5. UN DECRETO EN DOS ARTÍCULOS
6. HERMANO Y HERMANA
7. DESCENDIENDO POR EL VOLGA
8. REMONTANDO EL KAMA
9. EN TARENTA NOCHE Y DÍA
10. UNA TEMPESTAD EN LOS MONTES URALES
11. VIAJEROS EN APUROS
12. UNA PROVOCACIÓN
13. SOBRE TODO, EL DEBER
14. MADRE E HIJO
15. LOS PANTANOS DE LA BARABA
16. EL ÚLTIMO ESFUERZO
17. VERSOS Y CANCIONES
SEGUNDA PARTE
1. UN CAMPAMENTO TÁRTARO
2. UNA ACTITUD DE ALCIDE JOLIVET
3. GOLPE POR GOLPE
4. LA ENTRADA TRIUNFAL
5. «¡ABRE BIEN LOS OJOS! ¡ÁBRELOS!»
6. UN AMIGO EN LA GRAN RUTA
7. EL PASO DEL YENISEI
8. UNA LIEBRE ATRAVIESA EL CAMINO
9. EN LA ESTEPA
10. EL BAIKAL Y EL ANGARA
11. ENTRE DOS ORILLAS
12. IRKUTSK
13. UN CORREO DEL ZAR
14. LA NOCHE DEL 5 AL 6 DE OCTUBRE
15. CONCLUSIÓN
Julio Verne
PRIMERA PARTE
Índice
1. UNA FIESTA EN EL PALACIO NUEVO
Índice
—Señor, un nuevo mensaje.
—¿De dónde viene?
—De Tomsk.
—¿Está cortada la comunicación más allá de esta ciudad?
—Sí, señor; desde ayer.
—General, envíe un mensaje cada hora a Tomsk para que me tengan al corriente de cuanto ocurra.
—A sus órdenes, señor —respondió el general Kissoff.
Este diálogo tenía lugar a las dos de la madrugada, cuando la fiesta que se celebraba en el Palacio Nuevo estaba en todo su esplendor.
Durante aquella velada, las bandas de los regimientos de Preobrajensky y de Paulowsky no habían cesado de interpretar sus polcas, mazurcas, chotis y valses escogidos entre lo mejor de sus repertorios.
Las parejas de bailadores se multiplicaban hasta el infinito a través de los espléndidos salones de Palacio, construido a poca distancia de la «Vieja casa de Piedra», donde tantos dramas terribles se habían desarrollado en otros tiempos y cuyos ecos parecían haber despertado aquella noche para servir de tema a los corrillos.
El Gran Mariscal de la Corte estaba, por otra parte, bien secundado en sus delicadas funciones, ya que los grandes duques y sus edecanes, los chamberlanes de servicio y los oficiales de Palacio, cuidaban personalmente de animar los bailes. Las grandes duquesas, cubiertas de diamantes y las damas de la Corte, con sus vestidos de gala, rivalizaban con las señoras de los altos funcionarios, civiles y militares de la «antigua ciudad de las blancas piedras». Así, cuando sonó la señal del comienzo de la polonesa, todos los invitados de alto rango tomaron parte en el paseo cadencioso que, en este tipo de solemnidades, adquiere el rango de una danza nacional; la mezcla de los largos vestidos llenos de encajes y de los uniformes cuajados de condecoraciones ofrecía un aspecto indescriptible bajo la luz de cien candelabros, cuyo resplandor quedaba multiplicado por el reflejo de los espejos.
El aspecto era deslumbrante.
Por otra parte, el Gran Salón, el más bello de todos los que poseía el Palacio Nuevo, era, para este cortejo de altos personajes y damas espléndidamente ataviadas, un marco digno de la magnificencia. La rica bóveda, con sus dorados bruñidos por la pátina del tiempo, era como un firmamento estrellado. Los brocados de los cortinajes y visillos, llenos de soberbios pliegues, empurpurábanse con los tonos cálidos que se quebraban centelleantes en los ángulos de las pesadas telas.
A través de los cristales de las vastas vidrieras que rodeaban la bóveda, la luz que iluminaba los salones, tamizada por un ligero vaho, se proyectaba en el exterior como un incendio rasgando bruscamente la noche que, desde hacía varias horas, envolvía el fastuoso palacio.
Este contraste atraía la atención de los invitados que sin estar absortos por el baile se acercaban a los alféizares de las ventanas, desde donde se apreciaban algunos campanarios, confusamente difuminados en la sombra, pero que perfilaban, aquí y allá, sus enormes siluetas. Por debajo de los contorneados balcones se veía también a numerosos centinelas marcar el paso rítmicamente, con el fusil sobre el hombro y cuyo puntiagudo casco parecía culminar en un penacho de llamas bajo los efectos del chorro de fuego recibido del interior. Oíanse también las patrullas que marcaban el paso sobre la grava, con mayor ritmo que los propios danzarines sobre el encerado de los salones. De vez en cuando, el alerta de los centinelas se repetía de puesto en puesto, y un toque de trompeta, mezclándose con los acordes de las bandas, lanzaba sus claras notas en medio de la armonía general.
Más lejos todavía, frente a la fachada y sobre los grandes conos de luz que proyectaban las ventanas de Palacio, las masas sombrías de algunas embarcaciones se deslizaban por el curso del río cuyas aguas, iluminadas a trechos por la luz de algunos faroles, bañaban los primeros asientos de las terrazas. El principal personaje del baile, anfitrión de la fiesta y con el cual el general Kissoff había tenido atenciones reservadas únicamente a los soberanos, iba vestido con el uniforme de simple oficial de la guardia de cazadores. Esto no constituía afectación por su parte, antes reflejaba la habitud de un hombre poco sensible a las exigencias del boato. Su vestimenta contrastaba con los soberbios trajes que se entrecruzaban a su alrededor y era esa misma la que lucía la mayoría de las veces entre su escolta de georgianos, cosacos y lesghienos, deslumbrantes escuadrones espléndidamente ataviados con los brillantes uniformes del Cáucaso.
Este personaje, de elevada estatura, afable apariencia y fisonomía apacible, pero con aspecto de preocupación en aquellos momentos, iba de un grupo a otro, pero hablando poco y no parecía prestar más que una vaga atención tanto a las alegres conversaciones de los jóvenes invitados como a las frases graves de los altos funcionarios o de los miembros del cuerpo diplomático, que representaban a los principales gobiernos de Europa. Dos o tres de estos perspicaces políticos —psicólogos por naturaleza— habían observado en el rostro de su anfitrión una sombra de inquietud, cuyo motivo se les escapaba, pero que ninguno de ellos se permitió interrogarle al respecto. En cualquier caso, la intención del oficial de la guardia de cazadores era, sin lugar a dudas, la de no turbar con su secreta preocupación aquella fiesta en ningún momento y como era uno de esos raros soberanos de los que casi todo el mundo acostumbra acatar hasta sus pensamientos, el esplendor del baile no decayó ni un solo instante.
Mientras tanto, el general Kissoff esperaba a que aquel oficial, al que acababa de comunicar el mensaje transmitido desde Tomsk, le diera orden de retirarse; pero éste permanecía silencioso. Había cogido el telegrama y, al leerlo, su rostro se ensombreció todavía más. Su mano se deslizó involuntariamente hasta apoyarse en la empuñadura de su espada, para elevarse a continuación, a la altura de los ojos, cubriéndoselos. Se hubiera dicho que le hería la luz y buscaba la oscuridad para concentrarse mejor en sí mismo.
—¿Así que, desde ayer, estamos incomunicados con mi hermano, el Gran Duque? —dijo el oficial, después de atraer al general Kissoff junto a una ventana.
—Incomunicados, señor; y es de temer que los despachos no puedan atravesar la frontera siberiana.
—Pero, las tropas de las provincias de Amur, Yakutsk y Transballkalia, ¿habrán recibido la orden de partir inmediatamente hacia Irkutsk?
—Esta orden ha sido transmitida en el último mensaje que ha podido llegar más allá del lago Baikal.
—¿Estamos en comunicación constante con los gobiernos de Yeniseisk Omsk, Semipalatinsk y Tobolsk desde el comienzo de la invasión?
—Sí, señor; nuestros despachos llegan hasta ellos y tenemos la certeza de que, en estos momentos, los tártaros no han avanzado más allá del Irtiche y del Obi.
—¿No se tiene ninguna noticia del traidor Iván Ogareff?
—Ninguna —respondió el general Kissoff—. El jefe de policía no está seguro de si ha atravesado o no la frontera.
—¡Que se transmitan inmediatamente sus señas a Nijni-Novgorod, Perm, Ekaterimburgo, Kassimow, Tiumen, Ichim, Omsk, Elamsk, Koliván, Tomsk y a todas las estaciones telegráficas con las que todavía mantenemos comunicación!
—Las órdenes de Vuestra Majestad serán ejecutadas al instante —respondió el general Kissoff.
—No digas una palabra de todo esto.
El general hizo un gesto de respetuosa adhesión y, después de una profunda reverencia, se confundió entre el gentío y abandonó el Palacio sin que nadie reparase en su partida.
En cuanto al oficial, permaneció pensativo durante algunos instantes, pero cuando decidió mezclarse entre los militares y políticos que formaban grupos en varios puntos de los salones, su rostro había recuperado el aspecto habitual.
Sin embargo, los graves acontecimientos que habían motivado la conversación anterior no eran tan secretos como el oficial de la guardia de cazadores y el general Kissoff creían. Si bien es verdad que no se hablaba de ello ni oficialmente, ya que las lenguas, siguiendo «órdenes oficiales» no podían desatarse, algunos altos personajes habían sido informados más o menos extensamente sobre los acontecimientos que se desarrollaban más allá de la frontera. Pero lo que ignoraban era que, cerca de ellos, dos personajes desconocidos hasta para los miembros del cuerpo diplomático, y que no lucían uniforme ni condecoración alguna que les distinguiera entre los invitados a aquella recepción del Palacio Nuevo, conversaban en voz baja y parecían haber recibido información muy precisa.
¿Cómo? ¿Por qué medio? ¿Gracias a qué estratagemas sabían estos dos simples mortales lo que tantos altos personajes apenas sospechaban? No era tan fácil de precisar. ¿Poseían el don de adivinar o de prevenir? ¿Tenían un sexto sentido que les permitía ver más allá de los estrechos horizontes a los que está limitada la mirada humana? ¿Tenían un olfato particular para captar las noticias más secretas? ¿Se había transformado su naturaleza gracias a ese hábito que era ya connatural en ellos? Casi podía afirmarse.
Estos dos hombres, inglés uno y francés el otro, eran ambos altos y delgados. Éste, moreno como un provenzal. Aquél, rubio como un caballero de Lancashire. El inglés, calmoso, frío, flemático, parco en sus gestos y en sus palabras, parecía no hablar ni gesticular sino a impulsos de un estímulo que operaba a intervalos regulares. El galo, por el contrario, vivo, petulante, expresándose a la vez con los labios, ojos y manos, tenía mil maneras de hacerse entender, mientras que su interlocutor no parecía poseer más que una, inmutable y estereotipada, postura.
Lo contradictorio entre estas dos personalidades habría sorprendido hasta al menos observador de los hombres; pero un fisonomista, observando un poco a estos dos extranjeros, habría determinado rápidamente la particularidad fisiológica que caracterizaba a cada uno de ellos diciendo que el francés era «todo ojos» y el inglés «todo oídos».
En efecto; el hábito de la observación había agudizado singularmente su vista. La sensibilidad de su retina era tan fulminante como la de los prestidigitadores, que reconocen una carta nada más que con un rápido movimiento en un corte de baraja, o por cualquier marca, imperceptible para otra persona. Este francés poseía, pues, en el más alto grado, lo que se llama «memoria visual.»
El inglés, por el contrario, estaba especialmente preparado para oír y captar cualquier sonido. Cuando su aparato auditivo había percibido el tono de una voz, no lo olvidaba jamás y, al cabo de diez o veinte años, lo podía reconocer entre mil. Sus orejas no tenían, ciertamente, la facultad de orientarse como las de los animales dotados de grandes pabellones auditivos; pero, ya que los sabios han dejado constancia de que las orejas humanas no son totalmente inmóviles, se hubiera podido decir que las del referido inglés se enderezaban, torcían o inclinaban en busca de sonidos, de manera poco ostensible para un naturalista.
Es preciso observar que esta perfección de la vista y oído de estos dos hombres les servía maravillosamente en sus tareas. El inglés era corresponsal del Daily Telegraph y el francés lo era del... De cuál o de qué periódicos era corresponsal, él no lo decía jamás. Y cuando alguien se lo preguntaba, respondía que era corresponsal de su «prima Magdalena». En el fondo, este francés, bajo su apariencia de frivolidad, era sumamente perspicaz y astuto. Pese a que hablaba un poco a tontas y a locas, puede que para camuflar mejor su deseo de oír, no se extravertía jamás. Su misma locuacidad era como un mutismo y resultaba, si cabe, más cerrado, más discreto que su compañero del Daily Telegraph. Si ambos asistían a esta fiesta dada en el Palacio Nuevo la noche del 15 al 16 de julio, era en calidad de periodistas y con el único propósito de informar a sus lectores.
Huelga decir que estos dos hombres amaban apasionadamente la misión que la vida les había encomendado; disfrutaban lanzándose como hurones a la caza de la más insignificante noticia, sin que nada ni nadie les amedrentase ni les hiciera desistir en su empeño. Poseían una imperturbable sangre fría y la espartana bravura de los hombres de su profesión. Verdaderos jockeys de carreras de obstáculos de la información, saltaban vallas, atravesaban ríos y sorteaban todos los obstáculos con el ardor incomparable de los purasangre, que se matan por llegar a la meta los primeros.
Además, sus periódicos no les regateaban el dinero —el más seguro, rápido y perfecto elemento de información conocido hasta hoy—. Pero había que reconocer también en su honor que jamás fomentaban sensacionalismo y que únicamente se ocupaban en asuntos político-sociológicos.
En resumen, hacían lo que viene llamándose desde hace varios años «el gran reportaje político-militar.» Siguiéndoles de cerca veremos que la mayoría de las veces tenían una singular manera de interpretar los hechos y, sobre todo, sus consecuencias, poseyendo cada uno de ellos su «propia opinión». Pero, al fin y al cabo, como jugaban limpio, tenían dinero abundante y no lo regateaban dada la ocasión, nadie les criticaba.
El periodista francés se llamaba Alcide Jolivet. Harry Blount era el nombre del inglés. Acababan de saludarse por primera vez, en esta fiesta del Palacio Nuevo, de la cual tenían que informar a sus lectores por encargo expreso de sus respectivos periódicos. Las diferencias de carácter, unidas a una cierta competencia profesional, eran motivos suficientes para que no reinase entre ellos una mutua simpatía, sin embargo, no sólo no trataron de evadir el encuentro, sino que cada uno de ellos puso al otro al corriente de las noticias del momento. Eran, después de todo, dos profesionales que cazaban en el mismo predio y con las mismas reservas; así, la pieza que a uno se le escapaba podía ser abatida por el otro. Por su propio interés, les convenía estar «a tiro».
Aquella noche estaban los dos al acecho y, efectivamente, algo flotaba en el ambiente.
—Aunque se trate de falsos rumores —se decía Alcide Jolivet— conviene cazarlos.
Cada uno de los dos periodistas buscó charlar intencionadamente con el otro durante el baile, momentos después de la partida del general Kissoff, y procuraron sondearse mutuamente.
—A todas luces, señor, es una fiesta encantadora —dijo Alcide Jolivet, con sus aires de simpatía, creyendo que debía entrar en conversación con esta frase tan típicamente francesa.
—Yo ya he telegrafiado que es sencillamente espléndida —respondió Harry Blount con estas palabras, reservadas especialmente para expresar la admiración de un ciudadano del Reino Unido.
—Sin embargo —añadió Alcide Jolivet— he creído que debía advertir también a mi prima...
—¿A su prima? —preguntó Harry Blount a su colega, en tono de sorpresa.
—Sí —respondió Alcide Jolivet—, a mi prima Magdalena... Es a ella a quien envío mis crónicas. A mi prima le gusta estar bien informada y con rapidez... Por eso he creído que debía advertirle que durante esta fiesta una especie de nube parece ensombrecer la frente del Soberano.
—Pues a mí me ha parecido que estaba radiante —respondió Harry Blount, queriendo disimular su propio pensamiento respecto a este asunto.
—Y, naturalmente, lo habrá hecho usted «resplandecer» en las columnas del Daily Telegraph.
—Exactamente.
—¿Recuerda usted, señor Blount —dijo Alcide Jolivet—, lo que ocurrió en Zaket en 1812?
—Lo recuerdo como si lo hubiera presenciado —respondió el periodista inglés.
—Entonces —prosiguió Alcide Jolivet— sabrá usted que en medio de una fiesta que se celebraba en honor del zar Alejandro, se le anunció que Napoleón acababa de franquear el Niemen con la vanguardia del ejército francés. Sin embargo, el Zar no abandonó la fiesta, pese a la gravedad de la noticia, que podía costarle el Imperio, ni dejó entrever ningún atisbo de inquietud...
—De la misma manera que nuestro anfitrión no ha mostrado ninguna cuando el general Kissoff le ha notificado que acaba de ser cortada la comunicación entre la frontera y el gobierno de Irkutsk.
—¡Ah! ¿Conocía usted este detalle?
—Sí, lo conocía.
—Pues a mí me sería difícil desconocerlo, ya que con mi último cable ha llegado hasta Udinsk —dijo Alcide Jolivet con aire satisfecho.
—Y el mío hasta Krasnoiarsk solamente —respondió Harry Blount con no menos satisfacción.
—Entonces ¿sabrá usted que han sido transmitidas órdenes a las tropas de Nikolaevsk?
—Sí, señor, al mismo tiempo que se ha telegrafiado una orden de concentración a los cosacos del gobierno de Tobolsk.
—Nada tan cierto, señor Blount; conocía también esos detalles. Y puede estar seguro de que mi querida prima sabrá rápidamente alguna otra cosa.
—Como también lo sabrán los lectores del Daily Telegraph, señor Jolivet.
—¡Claro! ¡Cuando se ve todo lo que ocurre!...
—¡Y cuando se oye todo lo que se dice...!
—Toda una interesante campaña a seguir, señor Blount.
—La seguiré, señor Jolivet.
—Entonces, es posible que nos encontremos en algún terreno menos seguro que el encerado de este salón.
—Menos seguro, si, pero...
—¡Pero también menos resbaladizo! —respondió Alcide Jolivet, sujetando a su colega en el momento en que perdía el equilibrio, al dar unos pasos hacia atrás:
Después de esto, los dos corresponsales se separaban, contentos de saber cada uno de ellos que el otro no le aventajaba en cuanto a noticias se refiriese. En efecto, estaban empatados.
En aquel momento se abrieron las puertas de las salas contiguas al Gran Salón, donde aparecían ricas mesas admirablemente servidas y cargadas profusamente de preciosas porcelanas y vajillas de oro. Sobre la grada central, reservada a príncipes, princesas y miembros del cuerpo diplomático, resplandecía un centro de mesa de precio incalculable, procedente de una fábrica londinense, y, alrededor de esta obra maestra de orfebrería, centelleaban mil piezas de la más admirable vajilla que saliera jamás de las manufacturas de Sèvres.
Los invitados empezaron a dirigirse hacia las mesas donde estaba preparada la cena.
En aquel instante, el general Kissoff, que acababa de entrar, se acercó apresuradamente al oficial de la guardia de cazadores.
—¿Qué ocurre? —preguntó éste, con la misma ansiedad con que lo había hecho la primera vez.
—Los telegramas no pasan de Tomsk, señor.
—¡Un correo, rápido!
El oficial abandonó el Gran Salón y quedó esperando en otra pieza del Palacio Nuevo. Era un vasto gabinete de trabajo, sencillamente amueblado en roble y situado en un ángulo de la residencia. Colgadas de sus paredes se veían, entre otras telas, algunos cuadros firmados por Horacio Vemet.
El oficial abrió la ventana con ansiedad, como si el aire escaseara en sus pulmones y salió al gran balcón para respirar el aire puro de aquella hermosa noche de julio.
Ante sus ojos, bañado por la luz de la luna, se perfilaba un recinto fortificado en el cual se elevaban dos catedrales, tres palacios y un arsenal. Alrededor de este recinto se distinguían hasta tres ciudades distintas: Kiltdi-Gorod, Beloï-Gorod y Zemlianoï-Gorod, inmensos barrios europeo, tártaro y chino, que dominaban las torres, los campanarios, los minaretes, las cúpulas de trescientas iglesias, cuyos verdes domos estaban coronados por cruces plateadas. Las aguas de un pequeño río, de curso sinuoso, reflejaban los rayos de la luna. Todo este conjunto formaba un curioso mosaico de diverso colorido que se enmarcaba en un vasto cuadro de diez leguas.
Este río era el Moskova; la ciudad era Moscú; el recinto amurallado era el Kremlin, y el oficial de la guardia de cazadores que con los brazos cruzados y el ceño fruncido oía vagamente el murmullo que salía del Palacio Nuevo de la vieja ciudad moscovita, era el Zar.
2. RUSOS Y TÁRTAROS
Índice
Si el Zar había abandonado tan inopinadamente los salones del Palacio Nuevo en un momento en que la fiesta dedicada a las autoridades civiles y militares y a los principales personajes de Moscú estaba en pleno apogeo, era porque graves acontecimientos estaban desarrollándose más allá de la frontera de los Urales. Ya no cabía ninguna duda. Una formidable invasión estaba amenazando con sustraer las provincias siberianas al dominio ruso.
La Rusia asiática, o Siberia, cubre una superficie de quinientas sesenta mil leguas, pobladas por unos dos millones de habitantes. Se extiende desde los Urales, que la separan de la Rusia europea, hasta la costa del Pacífico. Limita al sur con el Turquestán y el Imperio chino, a través de una frontera bastante indefinida, y en el norte limita con el océano Glacial, desde el mar de Kara hasta el estrecho de Behring. Está formada por los gobiernos o provincias de Tobolsk, Yeniseisk, Irkutsk, Omsk y Yakutsk; comprende los distritos de Okotsk y Kamtschatka y posee también los países kirguises y chutches, cuyos pueblos están también sometidos en la actualidad a la dominación moscovita.
Esta inmensa extensión de estepas, que comprende más de ciento diez grados de oeste a este, es, a la vez, una tierra de deportación de criminales y de exilio para aquellos que han sido condenados a la expulsión. La autoridad suprema de los zares está representada en este inmenso país por dos gobernadores generales. Uno reside en Irkutsk, capital de la Siberia oriental. El otro en Tobolsk, capital de la Siberia occidental. El río Tchuna, afluente del Yenisei, separa ambas Siberias.
Ningún ferrocarril surca todavía estas planicies, algunas de las cuales son verdaderamente fértiles, ni facilita la explotación de los yacimientos de minerales preciosos que convierten a esas inmensas extensiones siberianas en más ricas por su subsuelo que por su superficie. Se viaja en diligencias o en carros durante el verano, y en trineo durante el invierno.
Un solo sistema de comunicaciones, el telegráfico, une los límites este y oeste de Siberia, a través de un cable que mide más de ocho mil verstas de longitud (8.536 kilómetros). Más allá de los Urales pasa por Ekaterimburgo, Kassimow, Ichim, Tiumen, Omsk, Elamsk, Koliván, Tomsk, Krasnoiarsk, Nijni-Udinsk, Irkutsk, Verkne-Nertschink, Strelink, Albacine, Blagowstensk, Radde, Orlomskaya, Alexandrowskoe y Nikolaevsk. Cada palabra transmitida de uno a otro extremo del cable vale seis rublos y diecinueve kopeks. De Irkutsk parte un ramal de línea que va hasta Kiatka, en la frontera mongol y, desde allí, a treinta kopeks por palabra, se transmiten telegramas a Pekín en catorce días.
Ha sido esta línea, tendida entre Ekaterimburgo y Nikolaevsk, la que acaba de ser cortada, primeramente más allá de Tomsk y, algunas horas después, entre Tomsk y Koliván. Por eso el Zar, al escuchar al general Kissoff cuando se presentó a él por segunda vez, sólo dio por respuesta una orden: «Un correo rápido.» Hacía sólo unos instantes que el Zar permanecía inmóvil frente a la ventana de su gabinete cuando los ujieres abrieron de nuevo la puerta, por la que entró el jefe superior de policía.
—Pasa, general —dijo el Zar con gravedad— y dime lo que sepas acerca de Iván Ogareff.
—Es un hombre extremadamente peligroso, señor —respondió el jefe superior de policía.
—¿Tenía el grado de coronel?
—Sí, señor.
—¿Era un jefe inteligente?
—Muy inteligente, pero imposible de dominar y de una ambición tan desenfrenada que no retrocede ante nada ni ante nadie. Pronto se metió en intriga secretas y fue por lo que Su Alteza, el Gran Duque lo degradó y más tarde envió exiliado a Siberia.
—¿En qué época?
—Hace dos años. Después de seis meses de exilio fue perdonado por Vuestra Majestad y volvió a Rusia.
—¿Y desde esa época no ha vuelto a Siberia?
—Sí, señor. Volvió; pero esta vez voluntariamente —respondió el jefe superior de policía, añadiendo en voz baja—: hubo un tiempo, señor, en que cuando se iba a Siberia ya no se regresaba.
—Siberia, mientras yo viva, es y será un país de que se vuelva.
El Zar tenía sobrados motivos para pronunciar estas palabras con verdadero orgullo, ya que había demostrado muy a menudo, con su clemencia, que la justicia rusa sabía perdonar.
El jefe superior de policía no respondió, pero era evidente que no se mostraba partidario de las medias tintas. Según él, todo hombre que atraviesa los Urales conducido por la policía, no debía volverlos a franquear; el que esto no ocurriera así en el nuevo reinado, él lo deploraba sinceramente. ¡Cómo! ¡No más condenas a perpetuidad por otros crímenes que los del derecho común! ¡Exilados políticos regresando de Tobolsk, Yakutsk, Irkutsk! En realidad, el jefe superior de policía, acostumbrado a las decisiones autocráticas de los ucases, que no perdonaban jamás, no podía admitir esta forma de gobernar. Pero se calló, esperando a que el Zar le hiciera más preguntas. Éstas no se hicieron esperar.
—¿Iván Ogareff —preguntó el Zar— no ha vuelto por segunda vez a Rusia, después de ese viaje a las provincias siberianas, cuyo verdadero motivo desconocemos?
—Ha vuelto.
—¿Y, después de su regreso, la policía ha perdido su pista?
—No, señor, porque un condenado no se convierte en verdadero peligro más que el día en que se le indulta.
El ceño del Zar se frunció por un instante, haciendo temer al jefe superior de policía que había ido demasiado lejos, pese a que el empecinamiento que mostraba en sus ideas era, al menos, igual a la devoción que sentía por su soberano. Pero el Zar, desdeñando estos indirectos reproches respecto a su política interior, continuo con sus concisas preguntas.
—Últimamente, ¿dónde estaba Iván Ogareff?
—En el gobierno de Perm.
—¿En qué ciudad?
—En el mismo Perm.
—¿Qué hacía?
—Al parecer, no tenía ninguna ocupación y su conducta no levantaba sospecha alguna.
—¿No estaba bajo la vigilancia de la policía?
—No, señor.
—¿Cuándo abandonó Perm?
—Hacia el mes de marzo.
—¿Para ir a...?
—Se ignora.
—¿Y desde entonces, no se sabe qué ha sido de él?
—Nada, señor.
—Pues bien, yo lo sé —respondió el Zar—. He recibido algunos avisos anónimos que no han pasado por las manos de la policía y, a juzgar por los hechos que se están desarrollando más allá de la frontera, tengo motivos para creer que son exactos.
—¿Quiere decir, señor, que Iván Ogareff tiene algo que ver con la invasión tártara?
—Exactamente. Y voy a ponerte al corriente de lo que ignoras. Iván Ogareff, después de abandonar Perm, ha pasado los Urales y se ha internado en Siberia, entre las estepas kirguises, intentando allí, no sin éxito, sublevar a la población nómada. Se dirigió después hacia el sur, hacia el Turquestán libre, y en los khanatos de Bukhara, Khokhand y Kunduze ha encontrado jefes dispuestos a lanzar sus hordas tártaras sobre las provincias siberianas, provocando una invasión general del Imperio ruso en Asia. El movimiento fomentado secretamente acaba de estallar como un rayo y ahora tenemos cortadas las vías de comunicación entre Siberia oriental y Siberia occidental. Además, Iván Ogareff, ansiando vengarse, quiere atentar contra la vida de mi hermano.
El Zar iba excitándose mientras hablaba y cruzaba la estancia con pasos nerviosos. El jefe superior de policía no respondió nada, pero se decía a sí mismo que, en los tiempos en que un emperador de Rusia no perdonaba jamás a un exilado, los proyectos de Iván Ogareff no hubieran podido realizarse. Transcurrieron algunos instantes de silencio, después de los cuales el jefe superior de policía se acercó al Zar, que se había dejado caer en un sillón, diciéndole:
—Vuestra Majestad habrá dado, sin duda, las órdenes necesarias para que la invasión sea rechazada inmediatamente.
—Sí —respondió el Zar—. El último mensaje que ha podido llegar a Nijni-Udinsk ordenaba poner en movimiento a las tropas de los gobiernos de Yeniseisk, Irkutsk y Yakutsk y las de las provincias de Amur y del lago Baikal. Al mismo tiempo, los regimientos de Perm y Nijni-Novgorod y los cosacos de la frontera se dirigen a marchas forzadas hacia los Urales, pero, desgraciadamente, transcurrirán varias semanas antes de que se encuentren frente a las columnas tártaras.
—Y el hermano de Vuestra Majestad, Su Alteza el Gran Duque, aislado en estos momentos en el gobierno de Irkutsk, ¿no ha tomado más contactos directos con Moscú?
—No.
—Pero, gracias a los últimos mensajes, debe conocer las medidas que ha tomado Vuestra Majestad y qué refuerzos puede esperar de los gobiernos más cercanos al de Irkutsk.
—Lo sabe —respondió el Zar—, pero lo que ignora es que Iván Ogareff, al mismo tiempo que el papel de rebelde, se dispone a desempeñar el de traidor, y mi hermano tiene en él un encarnizado enemigo personal. La primera gran desgracia de Iván Ogareff se debe a mi hermano y, lo que es peor, no conoce a este hombre. El proyecto de Iván Ogareff es entrar en Irkutsk con nombre falso, ofrecer sus servicios al Gran Duque y ganarse su confianza. Así, cuando los tártaros cerquen la ciudad, él la entregará, franqueándoles la entrada y con ella a mi hermano, cuya vida estará directamente amenazada. Éstos son los informes que tengo; esto es lo que ignora mi hermano y que necesita saber.
—Pues bien, señor, un correo inteligente, con coraje...
—Lo estoy esperando.
—Y que actúe con rapidez —agregó el jefe de policía— porque, permitidme que lo recalque, señor, no hay tierra más propicia a las rebeliones que Siberia.
—¿Quieres decir que los exiliados políticos harán causa común con los invasores? —gritó el Zar, perdiendo su dominio ante la insinuación del jefe superior de policía.
—Perdóneme Vuestra Majestad... —respondió, balbuceando, el interlocutor del Zar, pues era evidente que ése había sido el pensamiento que había atravesado por su mente inquieta y desconfiada.
—¡Yo supongo mayor patriotismo en los exiliados! —replicó el Zar.
—Hay otros condenados, aparte de los políticos, en Siberia —respondió el jefe superior de policía.
—¡Los criminales! ¡Oh, general, a ésos los dejo de tu cuenta! ¡Son el desecho del género humano! ¡No pertenecen a ningún país! Además, la sublevación, y mucho menos la invasión, no va contra el Emperador, sino contra Rusia, contra este país al que los exiliados no han perdido la esperanza de volver... ¡y al que volverán! ¡No, un ruso no se unirá jamás a un tártaro para debilitar, ni siquiera por una sola hora, el poderío de Moscú!
El Zar tenía sus razones para creer en el patriotismo de aquellos a quienes su política momentáneamente había alejado. La clemencia (que era la base de su justicia cuando podía controlarla personalmente) y la dulcificación tan considerable que había adoptado en la aplicación de los ucases, le garantizaban que no podía equivocarse. Pero, aun sin que estos poderosos elementos apoyasen la invasión tártara, las circunstancias no podían ser más graves, porque era de temer que una gran parte de la población kirguise se uniera a los invasores.
Los kirguises se dividen en tres hordas: la grande, la pequeña y la mediana, y cuentan alrededor de cuatrocientas mil «tiendas», o sea, unos dos millones de almas. De estas diversas tribus, unas son independientes y otras reconocen la soberanía, ya sea de Rusia, ya sea de los khanatos de Khiva, Khokhand y Bukhara, es decir, de los más terribles jefes del Turquestán. La horda más rica, la mediana, es, al mismo tiempo, la más numerosa y sus campamentos ocupan todo el espacio comprendido entre los cursos del Sara-Su, Irtiche e Ichim superior, el lago Hadisang y el Aksakal. La horda grande, que ocupa las comarcas al este de la mediana, se extiende hasta los gobiernos de Omsk y de Tobolsk.
Por tanto, si estas poblaciones kirguises se sublevaran, significaría la invasión de la Rusia asiática y, por tanto, la separación de Siberia al este del Yenisei.
Ciertamente, los kirguises son verdaderos novatos en el arte de la guerra y constituyen más bien una banda de rateros nocturnos y asaltantes de caravanas que una formación de tropas regulares. Por eso ha dicho Levchine que «un frente cerrado o un cuadro de buena infantería podría resistir a una masa de kirguises diez veces más numerosa y un solo cañón provocaría en ellos una verdadera carnicería». Pero para ello es necesario que ese cuadro de buena infantería llegue al país sublevado y que los cañones se trasladen desde los parques de las provincias rusas hasta lugares alejados dos o tres mil verstas. Aparte, salvo la ruta directa que une Ekaterimburgo con Irkutsk, las estepas, frecuentemente pantanosas, no son fácilmente practicables, y pasarían varias semanas antes de que las tropas rusas se encontraran en condiciones para enfrentarse a las hordas tártaras.
Omsk es el centro de la organización militar de Siberia occidental, encargada de mantener sumisas a las poblaciones kirguises. Allí se encuentran los límites de estos nómadas, no sometidos totalmente y que se han sublevado en más de una ocasión, por lo que al Ministerio de la Guerra no le faltaban motivos para temer que Omsk se viera ya seriamente amenazada. La línea de colonias militares, es decir, de puestos de cosacos que se escalonan desde Omsk hasta Semipalatinsk, era de temer que hubiera sido cortada en varios puntos. Además, posiblemente los grandes sultanes que gobiernan aquellos distritos kirguises habían aceptado voluntariamente la dominación de los tártaros, musulmanes como ellos, que aportarían a la lucha el rencor provocado por la servidumbre a que estaban sometidos y el antagonismo de las religiones griega y musulmana. Porque desde hace mucho tiempo, los tártaros del Turquestán y, principalmente, los de los khanatos de Bukhara, Khokhand y Kunduze, buscaban, tanto por la fuerza como por la persuasión, sustraer a las hordas kirguises de la dominación moscovita.
Pero digamos algo sobre los tártaros.
Pertenecen principalmente a dos razas distintas: la caucásica y la mongol. La raza caucásica, que según Abel de Rémusat «se considera en Europa el prototipo de la belleza de nuestra especie porque de ella proceden todos los pueblos de esta parte del mundo», reúne bajo una misma denominación a los turcos y a los indígenas de puro origen persa. La raza puramente mongólica comprende, en cambio, a los mongoles, manchúes y tibetanos. Los tártaros que amenazaban el Imperio ruso eran de raza caucásica y habitaban principalmente el Turquestán, extenso país dividido en diferentes estados, gobernados por khanes, de cuyo nombre procedía la denominación de khanatos. Los principales khanatos son los de Bukhara, Khiva, Khokhand, Kunduze, etc.
En la época a que nos referimos, el khanato más importante era el de Bukhara. Rusia había tenido que enfrentarse varias veces con sus jefes que, por interés personal y por imponerles otro yugo, habían mantenido la independencia de los kirguises contra la dominación moscovita. Su jefe actual, Féofar-Khan, seguía las huellas de sus predecesores.
El khanato de Bukhara se extiende de norte a sur entre los paralelos 37 y 40, y de este a oeste entre los 61 y 66 grados de longitud, es decir, sobre la superficie de unas diez mil leguas cuadradas. Este estado cuenta con una población de dos millones y medio de habitantes, un ejército de sesenta mil hombres, que se triplicaban en tiempos de guerra, y treinta mil soldados de caballería. Es un país rico, con una producción variada en ganadería, agricultura y minería y engrandecido considerablemente por la anexión de los territorios de Balk, Aukoi y Meimaneh. Posee diecinueve grandes ciudades, entre las que se encuentran Bukhara, rodeada de una muralla flanqueada por torres, que mide más de ocho millas inglesas; ciudad gloriosa que fue cantada por Avicena y otros sabios del siglo X, está considerada como el centro del saber musulmán y es una de las ciudades más célebres del Asia central; Samarcanda (donde se encuentra la tumba de Tamerlan) posee el célebre palacio donde se guarda la piedra azul sobre la que ha de venir a sentarse todo nuevo khan que suba al poder y está defendida por una ciudadela extremadamente fortificada; Karschi, con su triple recinto, situada en un oasis envuelto por un pantano lleno de tortugas y lagartos, es casi impenetrable; Chardjui, defendida por una población de más de veinte mil almas y, finalmente, Katta-Kurgan, Nurata, Dyzah, Paikanda, Karakul, Kuzar, etc., forman un conjunto de ciudades difíciles de someter. El khanato de Bukhara, protegido por sus montañas y rodeado por sus estepas es, por tanto, un estado verdaderamente temible y Rusia iba a verse obligada a oponerle fuerzas importantes.
El ambicioso y feroz Féofar-Khan, que gobernaba entonces ese rincón de Tartaria apoyado por otros khanes, principalmente los de Khokhand y Kunduze, guerreros crueles y rapaces, dispuestos siempre a lanzarse a las empresas mas gratas al instinto tártaro, y ayudado por los jefes que mandaban las hordas de Asia central, se había puesto a la cabeza de esta invasión, de la que Iván Ogareff era el verdadero cerebro. Este traidor, impulsado tanto por su insensata ambición como por su odio, había organizado el movimiento de los invasores de forma que cortase la gran ruta siberiana.
¡Estaba loco si, de verdad, creía debilitar el Imperio moscovita! Bajo su inspiración, el Emir —éste era el título que tomaban los khanes de Bukhara— había lanzado sus hordas más allá de la frontera rusa, invadiendo el gobierno de Semipalatinsk, en donde los cosacos, poco numerosos en ese punto, habían tenido que retroceder ante ellas. Había avanzado luego más allá del lago Baljax, arrastrando a su paso a la población kirguise, saqueando, asolando, enrolando a los que se sometían, apresando a los que ofrecían resistencia, iba trasladándose de una ciudad a otra, seguido de toda la impedimenta típica de un soberano oriental (lo que podría llamarse su casa civil, mujeres y esclavas), todo ello con la audacia de un moderno Gengis-Khan.
¿Dónde se encontraba en este momento? ¿Hasta dónde habían llegado sus soldados a la hora en que la noticia de la invasión llegó a Moscú? ¿Hasta qué lugar de Siberia habían tenido que retroceder las tropas rusas? Imposible saberlo. Las comunicaciones estaban interrumpidas. El cable, entre Koliván y Tomsk, ¿había sido cortado por unas avanzadillas del ejército tártaro, o era el grueso de las fuerzas quien había llegado hasta las provincias de Yeniseisk? ¿Estaba en llamas toda la baja Siberia occidental? ¿Se extendía ya la sublevación hasta las regiones del este? No podía decirse. El único agente que no teme ni al frío ni al calor, al que no detienen las inclemencias del invierno ni los rigores del verano; que vuela con la rapidez del rayo: la corriente eléctrica, no podía circular a través de la estepa, ni era posible advertir al Gran Duque, encerrado en Irkutsk, sobre el grave peligro que le amenazaba por la traición de Iván Ogareff.
Únicamente un correo podría reemplazar a la corriente eléctrica, pero ese hombre necesitaba tiempo para franquear las cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros) que separan Moscú de Irkutsk. Para atravesar las filas de los sublevados e invasores, necesitaba desplegar una inteligencia y un coraje sobrehumanos. Pero con esas cualidades se va lejos.
«¿Encontraré tanta inteligencia y tal corazón?», se preguntaba el Zar.
3. MIGUEL STROGOFF
Índice
Poco después se abrió el gabinete imperial y un ujier anunció al general Kissoff.
—¿Y el correo? —le preguntó con impaciencia el Zar.
—Está ahí, señor —respondió el general Kissoff
—¿Has encontrado ya al hombre que necesitamos?
—Respondo de él ante Vuestra Majestad.
—¿Estaba de servicio en Palacio?
—Sí, señor.
—¿Lo conoces?
—Personalmente. Varias veces ha desempeñado con éxito misiones difíciles.
—¿En el extranjero?
—En la misma Siberia.
—¿De dónde es?
—De Omsk. Es siberiano.
—¿Tiene sangre fría, inteligencia, coraje...?
—Sí, señor. Tiene todo lo necesario para triunfar allí donde otros fracasarían.
—¿Su edad?
—Treinta años.
—¿Es fuerte?
—Puede soportar hasta los extremos límites del frío, hambre, sed y fatiga.
—¿Tiene un cuerpo de hierro?
—Sí, señor.
—¿Y su corazón?
—De oro, señor.
—¿Cómo se llama?
—Miguel Strogoff.
—¿Está dispuesto a partir?
—Espera en la sala de guardia las órdenes de Vuestra Majestad.
—Que pase —dijo el Zar.
Instantes después, el correo Miguel Strogoff entraba en el gabinete imperial.
Miguel Strogoff era alto de talla, vigoroso, de anchas espaldas y pecho robusto. Su poderosa cabeza presentaba los hermosos caracteres de la raza caucásica y sus miembros, bien proporcionados, eran como palancas dispuestas mecánicamente para efectuar a la perfección cualquier esfuerzo. Este hermoso y robusto joven, cuando estaba asentado en un sitio, no era fácil de desplazar contra su voluntad, ya que cuando afirmaba sus pies sobre el suelo, daba la impresión de que echaba raíces. Sobre su cabeza, de frente ancha, se encrespaba una cabellera abundante, cuyos rizos escapaban por debajo de su casco moscovita. Su rostro, ordinariamente pálido, se modificaba únicamente cuando se aceleraba el batir de su corazón bajo la influencia de una mayor rapidez en la circulación arterial. Sus ojos, de un azul oscuro, de mirada recta, franca, inalterable, brillaban bajo el arco de sus cejas, donde unos músculos supercillares levemente contraídos denotaban un elevado valor —el valor sin cólera de los héroes, según expresión de los psicólogos— y su poderosa nariz, de anchas ventanas, dominaba una boca simétrica con sus labios salientes propios de los hombres generosos y buenos.
Miguel Strogoff tenía el temperamento del hombre decidido, de rápidas soluciones, que no se muerde las uñas ante la incertidumbre ni se rasca la cabeza ante la duda y que jamás se muestra indeciso.
Sobrio de gestos y de palabras, sabía permanecer inmóvil como un poste ante un superior; pero cuando caminaba, sus pasos denotaban gran seguridad y una notable firmeza en sus movimientos, exponentes de su férrea voluntad y de la confianza que tenía en sí mismo. Era uno de esos hombres que agarran siempre las ocasiones por los pelos; figura un poco forzada pero que lo retrataba de un solo trazo.
Vestía uniforme militar parecido al de los oficiales de la caballería de cazadores en campaña: botas, espuelas, pantalón semiceñido, pelliza bordada en pieles y adornada con cordones amarillos sobre fondo oscuro. Sobre su pecho brillaban una cruz y varias medallas. Pertenecía al cuerpo especial de correos del Zar y entre esta elite de hombres tenía el grado de oficial. Lo que se notaba particularmente en sus ademanes, en su fisonomía, en toda su persona (y que el Zar comprendió al instante), era que se trataba de un «ejecutor de órdenes». Poseía, pues, una de las cualidades más reconocidas en Rusia —según la observación del célebre novelista Turgueniev—, y que conducía a las más elevadas posiciones del Imperio moscovita.
En verdad, si un hombre podía llevar a feliz término este viaje de Moscú a Irkutsk a través de un territorio invadido, superar todos los obstáculos y afrontar todos los peligros de cualquier tipo, era, sin duda alguna, Miguel Strogoff, en el cual concurrían circunstancias muy favorables para llevar a cabo con éxito el proyecto, ya que conocía admirablemente el país que iba a atravesar y comprendía sus diversos idiomas, no sólo por haberlo recorrido, sino porque él mismo era siberiano.
Su padre, el anciano Pedro Strogoff, fallecido diez años antes, vivía en la ciudad de Omsk, situada en el gobierno de este mismo nombre, donde su madre, Marfa Strogoff, seguía residiendo. En ese lugar, entre las salvajes estepas de las provincias de Omsk, fue donde el bravo cazador siberiano educó «con dureza» a su hijo Miguel, según expresión popular. La verdadera profesión de Pedro Strogoff era la de cazador. Y tanto en verano como en invierno, bajo los rigores de un calor tórrido o de un frío que sobrepasaba muchas veces los cincuenta grados bajo cero, recorría la dura planicie, las espesuras de maleza y abedules o los bosques de abetos, tendiendo sus trampas, acechando la caza menor con el fusil y la mayor con el cuchillo. La caza mayor era nada menos que el oso siberiano, temible y feroz animal de igual talla que sus congéneres de los mares glaciales. Pedro Strogoff había cazado más de treinta y nueve osos, lo cual indica que igualmente el número cuarenta había caído bajo su cuchillo. Pero si hemos de creer la leyenda que circula entre los cazadores rusos, todos aquellos que hayan muerto treinta y nueve osos han sucumbido ante el número cuarenta.
Sin embargo, Pedro Strogoff había traspasado esa fatídica cifra sin recibir un solo rasguño.
Desde entonces, Miguel, que tenía once años de edad, no dejó de acompañar a su padre, llevando la ragatina, es decir, la horquilla para acudir en su ayuda cuando sólo iba armado con un cuchillo. A los catorce años Miguel Strogoff mató su primer oso sin ayuda de nadie, lo cual no era poca cosa; pero, además, después de desollarlo, arrastró la piel del gigantesco animal hasta la casa de sus padres, distante muchas verstas, lo cual revelaba que el muchacho poseía un vigor poco común.
Este género de vida le fue muy provechoso y así, cuando llegó a la edad de hombre hecho, era capaz de soportarlo todo: frío, calor, hambre, sed y fatiga. Era, como el yakute de las tierras septentrionales, de hierro. Podía permanecer veinticuatro horas sin comer, diez noches consecutivas sin dormir y sabía construirse un refugio en plena estepa, allí donde otros quedarían a merced de los vientos.
Dotado de sentidos extremadamente finos, guiado por unos instintos de Delaware en medio de la blanca planicie, cuando la niebla cubría todo el horizonte, aun cuando se encontrase en las más altas latitudes (allí donde la noche polar se prolonga durante largos días), encontraba su camino donde otros no hubieran podido orientar sus pasos.
Su padre le había puesto al corriente de todos sus secretos y las más imperceptibles señales, como: proyección de las agujas del hielo, disposición de las pequeñas ramas de los árboles, emanaciones que le llegaban de los últimos límites del horizonte, pisadas sobre la hierba de los bosques, sonidos vagos que cruzaban el aire, lejanos ruidos, vuelo de los pájaros en la atmósfera brumosa y otros mil detalles que eran fieles jalones para quien supiera reconocerlos. Y Miguel Strogoff había aprendido a guiarse por ellos. Templado en las nieves como el acero de Damasco en las aguas sirias, tenía, además, una salud de hierro, como había dicho el general Kissoff y, lo que no era menos cierto, un corazón de oro.
La única pasión de Miguel Strogoff era su madre, la vieja Marfa, que jamás había querido abandonar la casa de los Strogoff, a orillas del Irtiche, en Omsk, donde el viejo cazador y ella habían vivido juntos tanto tiempo. Cuando su hijo partió de allí fue un duro golpe para ella, pero se tranquilizó con la promesa que le hizo de volver siempre que tuviera una oportunidad; promesa que fue escrupulosamente cumplida.
Cuando Miguel Strogoff contaba veinte años, decidieron que entrase al servicio personal del emperador de Rusia, en el cuerpo de correos del Zar. El joven siberiano, audaz, inteligente, activo y de buena conducta, tuvo la oportunidad de distinguirse especialmente con ocasión de un viaje al Cáucaso, a través de un país difícil, hostigado por unos turbulentos sucesores de Samil. Posteriormente volvió a distinguirse en una misión que le llevó hasta Petropolowsky, en Kamtschatka, el límite oriental de la Rusia asiática. Durante estos largos viajes desplegó tan maravillosas dotes de sangre fría, prudencia y coraje que le valieron la aprobación y protección de sus superiores, quienes le ascendieron con rapidez.
En cuanto a los permisos que le correspondían una vez realizadas tan lejanas misiones, jamás olvidó consagrarlos a su anciana madre, aunque estuviera separado de ella por miles de verstas y el invierno hubiese convertido los caminos en rutas impracticables. Sin embargo, Miguel Strogoff, recién llegado de una misión en el sur del imperio, por primera vez había dejado de visitar a su madre.
Varios días antes se le había concedido el permiso reglamentarlo y estaba haciendo los preparativos para el viaje, cuando se produjeron los sucesos que ya conocemos. Miguel Strogoff fue, pues, llamado a presencia del Zar ignorando totalmente lo que el Emperador esperaba de él.
El Zar, sin dirigirle la palabra, lo miró durante algunos instantes con su penetrante mirada, mientras Miguel Strogoff permanecía absolutamente inmóvil. Después, el Zar, satisfecho sin duda de este examen, se acercó de nuevo a su mesa y, haciendo una seña al jefe superior de policía para que se sentara ante ella, le dictó en voz baja una carta que sólo contenía algunas líneas.
Redactada la carta, el Zar la releyó con extrema atención y la firmó, anteponiendo a su nombre las palabras bytpo semou, que significan «así sea», fórmula sacramental de los emperadores rusos.
La carta, introducida en un sobre, fue cerrada y sellada con las armas imperiales y el Zar, levantándose, hizo ademán a Miguel Strogoff para que se acercara.
Miguel Strogoff avanzó algunos pasos y quedó nuevamente inmóvil, presto a responder.
El Zar volvió a mirarle cara a cara y le preguntó escuetamente:
—¿Tu nombre?
—Miguel Strogoff, señor.
—¿Tu grado?
—Capitán del cuerpo de correos del Zar.
—¿Conoces Siberia?
—Soy siberiano.
—¿Dónde has nacido?
—En Omsk.
—¿Tienes parientes en Omsk?
—Sí, señor.
—¿Qué parientes?
—Mi anciana madre.
El Zar interrumpió un instante su serie de preguntas. Después, mostrando la carta que tenía en la mano, dijo:
—Miguel Strogoff; he aquí una carta que te confío para que la entregues personalmente al Gran Duque y a nadie más que a él.
—La entregaré, señor.
—El Gran Duque está en Irkutsk.
—Iré a Irkutsk.
—Pero tendrás que atravesar un país plagado de rebeldes e invadido por los tártaros, quienes tendrán mucho interés en interceptar esta carta.
—Lo atravesaré.
—Desconfiarás, sobre todo, de un traidor llamado Iván Ogareff, a quien es probable que encuentres en tu camino.
—Desconfiaré.
—¿Pasarás por Omsk?
—Está en la ruta, señor.
—Si ves a tu madre, corres el riesgo de ser reconocido. Es necesario que no la veas.
Miguel Strogoff tuvo unos instantes de vacilación, pero dijo:
—No la veré.
—Júrame que por nada confesaras quien eres ni adónde vas.
—Lo juro.
—Miguel Strogoff —agregó el Zar, entregando el pliego al joven correo—, toma esta carta, de la cual depende la salvación de toda Siberia y puede que también la vida del Gran Duque, mi hermano.
—Esta carta será entregada a Su Alteza, el Gran Duque.
—¿Así que pasarás, a todo trance?
—Pasaré o moriré.
—Es preciso que vivas.
—Viviré y pasaré —respondió Miguel Strogoff.
El Zar parecía estar satisfecho con la sencilla y reposada seguridad con que le había contestado Miguel Strogoff.
—Vete, pues, Miguel Strogoff —dijo—. Vete, por Dios, por Rusia, por mi hermano y por mí.
Miguel Strogoff, saludando militarmente, salió del gabinete imperial y, algunos instantes después, abandonaba el Palacio Nuevo.
—Creo que has acertado, general —dijo el Zar.
—Yo también lo creo, señor —respondió el general Kissoff—, y Vuestra Majestad puede estar seguro de que Miguel Strogoff hará todo cuanto le sea posible a un hombre valiente y decidido.
—Es todo un hombre, en efecto —dijo el Zar.
4. DE MOSCÚ A NIJNI-NOVGOROD
Índice
La distancia que Miguel Strogoff tenía que franquear entre Moscú e Irkutsk era de cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros). Cuando la línea telegráfica aún no existía entre los montes Urales y la frontera oriental de Siberia, el servicio de despachos oficiales se hacía mediante correos, el más rápido de los cuales empleaba dieciocho días en recorrer la distancia de Moscú a Irkutsk. Pero esto era una excepción y lo general era que para atravesar la Rusia asiática se emplease, ordinariamente, de cuatro a cinco semanas, aunque todos los medios de transporte estaban a disposición de estos emisarios del Zar.
Como hombre que no temía al frío ni a la nieve, Miguel Strogoff hubiera preferido viajar durante la ruda estación invernal, que permite organizar un servicio de trineos en toda la extensión del recorrido. De esta manera, las dificultades que entraña el empleo de diversos medios de locomoción quedaban, en parte, disminuidas sobre aquellas inmensas estepas cubiertas de nieve, ya que hay menos cursos de agua que atravesar y el trineo se desliza fácilmente sobre aquel manto helado. Ciertos fenómenos atmosféricos de esta época son temibles, como la persistencia e intensidad de las nieblas, el frío extremado, además de las largas y terribles ventiscas, cuyos torbellinos lo envuelven todo y hacen desaparecer caravanas enteras. Ocurre también que los lobos, acosados por el hambre, cubren a millares las llanuras. Pero era preferible correr esos riesgos porque, con la crudeza del invierno, los invasores tártaros se verían obligados a acantonarse en las ciudades, sus Merodeadores no correrían por la estepa, todo movimiento de tropas sería impracticable y Miguel Strogoff podría pasar más fácilmente. Pero él no había podido elegir su tiempo ni su hora y debía aceptar las circunstancias para partir, cualesquiera que fueran.
Ésta era la situación que Miguel Strogoff apreció claramente, preparándose para afrontarla.
Además, no se encontraba en las condiciones habituales de un correo del Zar, ya que era preciso que nadie sospechara esta circunstancia mientras realizara su viaje, porque en un país invadido, los espías abundan y él sabía que su misión era muy comprometida. Por eso el general Kissoff se limitó a entregarle una importante suma de dinero para el viaje, e, incluso, el medio de facilitárselo hasta cierto punto, pero sin entregarle ninguna orden escrita en la que constara que estaba al servicio del Emperador, «Sésamo» que abría todas las puertas; entrególe únicamente un podaroshna.
Este podaroshna, extendido a nombre de Nicolás Korpanoff, comerciante domiciliado en Irkutsk, autorizaba a su titular para hacerse acompañar en caso necesario por una o varias personas, y era valedero hasta en los casos en que el gobierno moscovita prohibía a sus súbditos abandonar el territorio ruso. El podaroshna es una autorización para tomar caballos de posta, pero Miguel Strogoff no podía emplearlo más que en las ocasiones en que poseer este documento no le hiciera sospechoso, es decir, que únicamente podía hacer uso de él mientras estuviera en territorio europeo. En resumen, cuando se encontrase en Siberia, es decir, cuando atravesara las provincias sublevadas, no podría actuar como dueño de las paradas de posta, ni hacerse entregar caballos con preferencia a cualquier otro, ni requisar medios de transporte para su uso personal. Miguel Strogoff no debía olvidar esto: él no era un correo, sino un simple comerciante llamado Nicolás Korpanoff, que iba de Moscú a Irkutsk y, como a tal, sometido a todas las eventualidades de un viaje ordinario.
Pasar desapercibido, con más o menos rapidez, pero pasar. Tal debía ser su programa.
Treinta años atrás, la escolta de un viajero importante no comprendía menos de doscientos cosacos a caballo, doscientos infantes, veinticinco jinetes baskires, trescientos camellos, cuatrocientos caballos, veinticinco carros, dos lanchas transportables y dos cañones. Tal era el material necesario para un viaje por Siberia. Pero él, Miguel Strogoff, no tenía cañones, ni jinetes, ni infantes, ni bestias de carga.
Iría, si podía, en coche o a caballo; si no había más remedio, iría a pie.
Las primeras mil cuatrocientas verstas (1.493 kilómetros), que comprendían la distancia entre Moscú y la frontera rusa, no debían ofrecer dificultad alguna. Ferrocarriles, diligencias, buques a vapor y caballos de refresco en todas las paradas, estaban a disposición de todo el mundo y, por consiguiente, a la merced del correo del Zar.
Aquella mañana del 16 de julio, desprovisto de su uniforme, portando un saco de viaje sobre sus espaldas y ataviado con un simple traje ruso compuesto de túnica ceñida al talle, cinturón tradicional de mujik, anchos calzones y botas cinchadas al jarrete, Miguel Strogoff se dirigió a la estación para tomar el primer tren que le conviniera.
No llevaba ningún tipo de armas, al menos ostensiblemente; pero bajo su cinturón se ocultaba un revólver y en su bolsillo una especie de machete, de esos que tienen tanto de puñal como de alfanje y con los cuales un cazador siberiano sabe destripar a un oso tan limpiamente que no deteriora en lo más mínimo su preciosa piel.
La estación de Moscú estaba a rebosar de viajeros y es que las estaciones de los ferrocarriles rusos son lugares de reunión muy frecuentados, tanto por los que parten como por los que son simples espectadores de la partida de trenes. Se toma como una pequeña bolsa de noticias.
El tren en el que tomó asiento Miguel Strogoff debía llevarle hasta Nijni-Novgorod, en donde, por aquella época, se detenía el ferrocarril que, enlazando Moscú con San Petersburgo, debía proseguir hasta la frontera rusa. Esto significaba un trayecto de unas cuatrocientas verstas (426 kilómetros), que el tren franqueaba en una decena de horas.
Una vez en Nijni-Novgorod, Miguel Strogoff tomaría, según las circunstancias, la ruta terrestre o uno de los buques a vapor del Volga, con el fin de llegar a los Urales lo antes posible. Se acomodó, pues, en su rincón, como digno burgués a quien no inquieta demasiado la marcha de sus negocios y busca matar el tiempo durmiendo. Pero como no iba solo en el compartimiento, no durmió más que con un ojo y escuchó con los dos oídos.
Sus vecinos, como la mayor parte de los viajeros que transportaba el tren, eran mercaderes que se dirigían a la célebre feria de Nijni-Novgorod; conjunto necesariamente heterogéneo, compuesto por judíos, turcos, cosacos, rusos, georgianos, calmucos y otros, pero casi todos ellos hablando la lengua nacional.
En efecto, el rumor de la sublevación de las hordas kirguises y de la invasión tártara había trascendido algo y los viajeros que el azar le destinó como compañeros de viaje lo comentaban con cierta circunspección. Se discutía, pues, los pros y contras de los graves acontecimientos que se desarrollaban más allá de los Urales, y los comerciantes temían que el gobierno ruso se hubiera visto obligado a tomar medidas restrictivas, sobre todo en las provincias limítrofes con la frontera, con lo cual se resentiría el comercio.
Naturalmente, estos egoístas no consideraban la guerra, es decir, la represión de la revuelta y la lucha contra la invasión, más que bajo el punto de vista de sus intereses particulares amenazados. La sola presencia de un simple soldado uniformado hubiera sido suficiente para contener las lenguas de estos mercaderes, pues ya se sabe cuán grande es la importancia que se da al uniforme en Rusia. Pero en el compartimiento ocupado por Miguel Strogoff, nada hacía sospechar la presencia de un militar, y el correo del Zar, viajando de incógnito, no era de los hombres que se traicionan.
Limitábase, pues, a escuchar.
—Se afirma que el té de las caravanas está en alza —dijo un persa, que se identificaba por su gorro forrado de astracán y su oscura túnica de anchos pliegues, rozada por el uso.
—¡Oh! El té no ha de temer la baja —respondió un viejo judío, de gesto ceñudo—. El que se encuentre en el mercado de Nijni-Novgorod se expenderá fácilmente por el oeste, pero, desgraciadamente, no ocurrirá lo mismo con los tapices de Bukhara.
—¡Cómo! ¿Está usted esperando algún envío de Bukhara? —preguntó el persa.
—No, pero sí lo espero de Samarcanda, y no está menos expuesto. ¡Cuenta con las expediciones de un país en el que se han sublevado todos los khanes desde Khiva hasta la frontera china!
—¡Bueno! —respondió el persa—. Si no llegan los tapices, supongo que tampoco llegarán las letras de cambio.
—¡Y los beneficios, Dios de Israel! ¿No significan nada para usted? —exclamó el pequeño judío.
—Tiene razón —dijo otro viajero—. Los artículos de Asia central corren el peligro de escasear en el mercado. Y ocurrirá lo mismo con los tapices de Samarcanda, las lanas, sebos y chales de Oriente.
—¡Pues tenga cuidado, padrecito! —respondió un viajero ruso de aspecto socarrón—. ¡No vaya usted a engrasar horriblemente los chales si los mezcla con los sebos!
—¡No es cosa de risa! —respondió el comerciante, a quien no parecían gustarle mucho esta clase de bromas.
—Aunque nos tiremos de los pelos y nos rasguemos las vestiduras no haremos cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Y menos el de las mercancías! —respondió el viajero.
—¡Bien se ve que no es comerciante! —hizo observar el judío.
—No, a fe mía, digno descendiente de Abraham. No vendo lúpulo, ni edredón, ni miel, ni cera, ni cañamones, ni carne salada, ni caviar, ni lana, ni madera, ni cintas, ni cáñamo, ni lino, ni marroquinería, ni...
—Pero, ¿compra usted? —preguntó el persa, cortando la retahíla del viajero.
—Lo menos posible, y sólo para mi consumo particular —respondió éste, guiñándole un ojo.
—¡Es un bufón! —dijo el judío dirigiéndose al persa.
—¡O un espía! —respondió éste bajando la voz.
—No nos fiemos y hablemos lo menos posible. La policía no es precisamente blanda en los tiempos que corren y uno no sabe nunca al lado de quién viaja.
En el otro rincón del compartimiento se hablaba un poco menos de las transacciones mercantiles y un poco más de la invasión tártara y sus funestas consecuencias.
—Los caballos de Siberia van a ser requisados —dijo un viajero— y las comunicaciones entre las distintas provincias de Asia central se harán bien difíciles.
—¿Es cierto —pregunto su vecino— que los kirguises de la horda mediana han hecho causa común con los tártaros?
—Eso se dice —respondió el viajero, bajando la voz—, pero quién puede presumir de saber algo en este país.
—He oído hablar de concentraciones de tropas en la frontera. Los cosacos del Don se han reunido en el curso del Volga y se les va a enfrentar con los kirguises sublevados.
—Si los kirguises han descendido por el curso del Irtiche, la ruta a Irkutsk no debe de ser muy segura —respondió el vecino—. Además, ayer intenté enviar un telegrama a Krasnoiarsk y no pudo pasar. Me temo que las columnas tártaras hayan aislado la Siberia oriental.
—En suma, padrecito —replicó el primer interlocutor—, estos comerciantes tienen razón al estar inquietos por sus negocios y por sus pedidos. Después de requisar los caballos se requisarán los barcos, los coches y todos los medios de transporte, hasta que llegue el momento en que no se pueda dar un paso en toda la extensión del Imperio.
—Me temo que la feria de Nijni-Novgorod no termine tan brillantemente como comenzó —respondió el segundo interlocutor, moviendo la cabeza—, pero la seguridad y la integridad del territorio ruso está ante todo. ¡Los negocios no son más que negocios!
Si en este compartimiento el tema de las conversaciones no variaba mucho, tampoco era distinto en los otros coches que componían el tren; Pero en todas partes un buen observador hubiera advertido la extrema prudencia en el planteamiento de las impresiones que intercambiaban. Cuando alguna vez se adentraban en el terreno de los hechos, jamás llegaban a insinuar las intenciones del gobierno moscovita, ni siquiera a apreciarlas.
Esto fue justamente advertido por uno de los pasajeros que iban en el vagón de cabeza. Este viajero, evidentemente extranjero, lo miraba todo con ojos bien abiertos y no paraba de hacer preguntas a las cuales sólo se le respondía con evasivas. A cada instante sacaba la cabeza fuera de la ventanilla, de la que tenía el cristal bajado, con vivo desagrado de sus vecinos, y no perdía detalle del paisaje de la derecha; preguntaba el nombre de las más insignificantes localidades, su situación, cuál era su comercio, su industria, el número de sus habitantes, el nivel medio de vida de cada sexo, etc.; y todo lo iba anotando en un bloc ya sobrecargado de citas.
Era el corresponsal Alcide Jolivet, que si hacía tantas preguntas insignificantes era porque entre tantas respuestas como provocaba, esperaba sorprender algún hecho interesante para su prima. Pero, naturalmente, se le tomó por un espía y delante de él no se decía ni una sola palabra que tuviera relación con los acontecimientos del día.
Viendo, pues, que no podría averiguar nada sobre la invasión tártara, escribió en su bloc: «Viajeros, de una discreción absoluta. En materia política, muy duros de gatillo.»
Y mientras Alcide Jolivet anotaba minuciosamente todas sus impresiones sobre el viaje, su colega, que había embarcado en el mismo tren y con igual motivo, estaba entregado a idéntico trabajo de observación en otro compartimiento. Ninguno de los dos había visto al otro aquel día en la estación de Moscú e ignoraban recíprocamente que iban a visitar el teatro de la guerra. Únicamente que Harry Blount, hablando poco y escuchando mucho, no había inspirado a sus compañeros de viaje la desconfianza que Alcide Jolivet con sus preguntas. De manera que no le habían tomado por un espía y sus vecinos, sin apurarse, conversaban ante él, llegando a veces más lejos de lo que su circunspección natural les hubiera debido permitir. Por tanto, el corresponsal del Daily Telegraph había podido comprobar hasta qué punto los acontecimientos preocupaban a los hombres de negocios que se dirigían a Nijni-Novgorod y la amenaza que pesaba sobre los intercambios comerciales con Asia central; por lo que no dudó en anotar en su bloc esta justa observación: «Los viajeros, extremadamente inquietos. Sólo se habla de la guerra, y con una libertad que asombra entre el Vístula y el Volga.»
Los lectores del Daily Telegraph no podían estar menos informados que la prima de Alcide Jolivet. Además, como Harry Blount iba sentado en la parte izquierda del tren y no se había fijado más que en esta mitad del paisaje, sin molestarse en contemplar una sola vez el de la derecha, formado por amplias planicies, no tuvo ningún reparo en apuntar en su bloc, con todo su aplomo británico: «Paisaje montañoso entre Moscú y Wladimir.»
Sin embargo, era evidente que el gobierno moscovita, en presencia de tan graves eventualidades, estaba tomando severas medidas hasta en el interior del Imperio. La sublevación no había franqueado la frontera siberiana, pero en estas provincias del Volga vecinas del país de los kirguises, eran de temer desagradables influencias.
En efecto, la policía no había encontrado aún la pista de Iván Ogareff, el traidor que había provocado una intervención extranjera para vengar sus rencores particulares y parecía haberse reunido con Féofar-Khan, o puede que intentara fomentar la revuelta en el gobierno de Nijni-Novgorod que, en esta época del año, encerraba una población compuesta por elementos tan diversos. ¿No habría entre tantos persas, armenios y calmucos que afluían al gran mercado, agentes suyos encargados de provocar un movimiento interior? Todas las hipótesis eran posibles en un país como Rusia.
Este vasto imperio, que tiene una extensión de doce millones de kilómetros cuadrados, no puede tener la homogeneidad de los estados de Europa occidental. Entre los diversos pueblos que lo componen, forzosamente han de existir diferencias que van más allá de los simples matices autóctonos. El territorio ruso en Europa, Asia y América, se extiende desde los 15 grados de longitud este hasta los 133 de longitud oeste, es decir, a lo largo de cerca de 200 grados (unas 2.500 leguas) y desde el paralelo 38 al 81 de latitud norte, o sea, 43 grados (unas 1.000 leguas). Cuenta con setenta millones de habitantes que hablan treinta lenguas distintas. La raza eslava es, sin duda, la dominante y comprende, además de los rusos, a los polacos, lituanos y curlandeses, y si a ellos añadimos los fineses, estonianos, lapones, chesmiros, chubaches, permios, alemanes, griegos, tártaros, las tribus caucasianas, las hordas mongoles, los calmucos, samoyedos, kamchadalas y aleutios, se comprenderá que la unidad de tan vasto estado es difícil de mantener y no podía ser más que obra del tiempo, ayudado por la sagacidad de los gobernantes.
Sea como fuere, Iván Ogareff había sabido, hasta entonces, escabullirse de las pesquisas de la policía y, probablemente, debía de haberse unido a los ejércitos tártaros. Pero en cada estación donde se detenía el tren, se presentaban inspectores de policía que revisaban a todos los pasajeros y les sometían a minuciosa identificación, pues tenían orden expresa del jefe superior de policía de buscar a Iván Ogareff. El Gobierno, en efecto, creía saber que el traidor aún no, había tenido tiempo de abandonar la Rusia europea. Cuando un viajero parecía sospechoso, tenía que identificarse en el puesto de policía y el tren volvía a ponerse en marcha sin ninguna inquietud por el que quedaba atrás.
Con la policía rusa, excesivamente expeditiva, es inútil razonar. Sus miembros ostentan graduaciones militares. No hay más remedio que obedecer sin rechistar las órdenes de un soberano que tiene potestad para encabezar sus ucases con la fórmula: «Nos, por la gracia de Dios, Emperador y Autócrata de todas las Rusias, de Moscú, Kiev, Wladimir y Novgorod; Zar de Kazan, de Astrakán; Zar de Polonia, Zar de Siberia, Zar del Quersoneso Táurico; Señor de Pskof; Gran Príncipe de Smolensko, de Lituania, de Volinia, de Podolla y Finlandia; Príncipe de Estonia, de Livonia, de Curlandia y de Semigalia, de Bialistok, de Karella, de Iugria, de Perm, de Viatka, de Bulgaria y de muchos otros países; Señor y Gran Príncipe del territorio de Nijni-Novgorod, de Chernigof, de Riazan, de Polotosk, de Rostof, de Jaroslav, de Bielozersk, de Udoria, de Obdoria, de Kondinia, de Vitepsk, de Mstislaf; dominador de las regiones hiperbóreas; Señor de los países de Iveria, de Kartalinia, de Gruzinia, de Kabardinia y de Armenia; Señor hereditario y soberano de los príncipes cherquesos, de los de las montañas y otros; Heredero de Noruega; Duque de Schlewig-Holstein, de Stormarn, de Dittmarsen y de Holdenburg.» ¡Poderoso soberano, en verdad, aquel cuyo emblema es un águila de dos cabezas que sostiene un cetro y un globo, rodeada de los escudos de Novgorod, Wladimir, Kiev, Kazan, Astrakán y Siberia, y que está envuelta por el collar de la Orden de San Andrés y rematada con una corona real!
En cuanto a Miguel Strogoff, lo tenía todo en regla y quedaba al abrigo de cualquier medida de la policía.
En la estación de Wladimir el tren se detuvo durante algunos minutos, los cuales le bastaron al corresponsal del Daily Telegraph para hacer una semblanza extremadamente completa, en su doble aspecto físico y moral de esta vieja capital rusa.
En la estación de Wladimir subieron al tren nuevos pasajeros, entre ellos una joven que entró en el compartimiento de Miguel Strogoff.
Ante el correo del Zar había un asiento vacío que ocupó la joven, después de depositar todo su equipaje. Después, con los ojos bajos, sin haber echado una mirada a los compañeros de viaje que le destinó el azar, se dispuso para un trayecto que debía durar aún algunas horas.
Miguel Strogoff no pudo impedir fijarse atentamente en su nueva vecina. Como se encontraba sentada de espaldas al sentido de la marcha, él le ofreció su asiento, por si lo prefería, pero la joven rehusó dándole las gracias con una leve reverencia.
La muchacha debía de tener entre dieciséis y diecisiete años. Su cabeza, verdaderamente hermosa, representaba al tipo eslavo en toda su pureza; raza de rasgos severos, que la destinaban a ser más bella que bonita en cuanto el paso de los años fijaran definitivamente sus facciones. Se cubría con una especie de pañuelo que dejaba escapar con profusión sus cabellos, de un rubio dorado. Sus ojos eran oscuros, de mirada aterciopelada e infinitamente dulce; su nariz se pegaba a unas mejillas delgadas y pálidas por unas aletas ligeramente móviles; su boca estaba finamente trazada, pero daba la impresión de que la sonrisa había desaparecido de ella desde hacía mucho tiempo.
Era alta y esbelta, a juzgar por lo que dejaba apreciar el abrigo ancho y modesto que la cubría. Aunque era todavía una niña, en toda la pureza de la expresión, el desarrollo de su despejada frente y la limpieza de rasgos de la parte inferior de su rostro, daban la impresión de una gran energía moral, detalle que no escapó a Miguel Strogoff. Evidentemente, esta joven debía de haber sufrido ya en el pasado, y su porvenir, sin duda, no se le presentaba de color de rosa; pero parecía no menos cierto que debía de haber luchado y que estaba dispuesta a seguir luchando contra las dificultades de la vida. Su voluntad debía de ser vivaz, constante, hasta en aquellas circunstancias en que un hombre estaría expuesto a flaquear o a encolerizarse.
Tal era la impresión que, a primera vista, daba esta jovencita. A Miguel Strogoff, dotado él mismo de una naturaleza enérgica, tenía que llamarle la atención el carácter de aquella fisonomía, y, teniendo siempre buen cuidado de que su persistente mirada no la importunase lo más mínimo, observó a su vecina con cierta atención.
El atuendo de la joven viajera era, a la vez, de una modestia y una limpieza extrema. Saltaba a la vista que no era rica, pero se buscaría vanamente en su persona cualquier señal de descuido.
Todo su equipaje consistía en un saco de cuero, cerrado con llave, que sostenía sobre sus rodillas por falta de sitio donde colocarlo.
Llevaba una larga pelliza de color oscuro, liso, que se anudaba graciosamente a su cuello con una cinta azul. Bajo esta pelliza llevaba una media falda, oscura también, cubriendo un vestido que le caía hasta los tobillos, cuyo borde inferior estaba adornado con unos bordados poco llamativos. Unos botines de cuero labrado, con suelas reforzadas, como si hubieran sido preparadas en previsión de un largo viaje, calzaban sus pequeños pies.
Miguel Strogoff, por ciertos detalles, creyó reconocer en aquel atuendo el corte habitual de los vestidos de Livonia y pensó que su vecina debía de ser originaria de las provincias bálticas. Pero ¿adónde iba esta muchacha, sola, a esa edad en que el apoyo de un padre o de una madre, la protección de un hermano, son, por así decirlo, obligados? ¿Venía, recorriendo tan largo trayecto, de las provincias de la Rusia occidental? ¿Se dirigía únicamente a Nijni-Novgorod, o proseguiría más allá de las fronteras orientales del Imperio? ¿La esperaba algún pariente o algún amigo a la llegada del tren? Por el contrario, ¿no sería lo más probable que al descender del tren se encontrase tan sola en la ciudad como en el compartimiento, en donde nadie —debía de pensar ella— parecía hacerle caso? Todo era probable.
Efectivamente, en la manera de comportarse aquella joven viajera, quedaban visiblemente reflejados los hábitos que se van adquiriendo en la soledad. La forma de entrar en el compartimiento y de prepararse para el viaje; la poca agitación que produjo en su derredor, el cuidado que puso en no molestar a nadie; todo ello denotaba la costumbre que tenía de estar sola y no contar más que consigo misma.
Miguel Strogoff la observaba con interés, pero como él mismo era muy reservado, no buscó la oportunidad de entablar conversación con ella, pese a que habían de transcurrir muchas horas antes de que el tren llegase a Nijni-Novgorod.
Solamente en una ocasión, el vecino de la joven —aquel comerciante que tan imprudentemente mezclaba el sebo con los chales— se había dormido y amenazaba a su vecina con su gruesa cabeza, basculando de un hombro al otro; Miguel Strogoff lo despertó con bastante brusquedad para hacerle comprender que era conveniente que se mantuviera más erguido.
El comerciante, bastante grosero por naturaleza, murmuró algunas palabras contra «esa gente que se mete en lo que no le importa», pero Miguel Strogoff le lanzó una mirada tan poco complaciente que el dormilón volvióse del lado opuesto, librando a la joven viajera de tan incómoda vecindad, mientras ella miraba al joven durante unos instantes, reflejando un mudo y modesto agradecimiento en su mirada.
Pero tenía que presentarse otra circunstancia que daría a Miguel Strogoff la medida exacta del carácter de la joven.
Doce verstas antes de llegar a la estación de Nijni-Novgorod, en una brusca curva de vía, el tren experimentó un choque violentísimo y después, durante unos minutos, rodó por la pendiente de un terraplén.
Viajeros más o menos volteados, gritos, confusión, desorden general en los vagones, tales fueron los efectos inmediatos ante el temor de que se hubiera producido un grave accidente; así, incluso antes de que el tren se detuviera, las puertas de los vagones quedaron abiertas y los aterrorizados viajeros no tenían más que un pensamiento: abandonar los coches y buscar refugio fuera de la vía.
Miguel Strogoff pensó al instante en su vecina, pero, mientras los otros viajeros del compartimiento se precipitaban fuera del vagón, gritando y empujándose, la joven permaneció tranquilamente en su sitio, con el rostro apenas alterado por una ligera palidez.
Ella esperaba. Miguel Strogoff también.
Ella no había hecho ningún movimiento para salir del vagón.
Miguel Strogoff no se movió tampoco.
Ambos permanecieron impasibles.
«Una naturaleza enérgica», pensó Miguel Strogoff. Mientras, el peligro había desaparecido. La rotura del tope del vagón de equipajes había provocado, primero el choque, después la parada del tren, pero poco había faltado para que descarrilara, precipitándose desde el terraplén al fondo de un barranco. El accidente ocasionó una hora de retraso, pero al fin, despejada la vía, el tren reemprendió la marcha y a las ocho y media de la tarde llegaban a la estación de Nijni-Novgorod.
Antes de que nadie pudiera bajar de los vagones, los inspectores de policía coparon las portezuelas examinando a los viajeros.
Miguel Strogoff mostró su podaroshna extendido a nombre de Nicolás Korpanoff, y no tuvo dificultad alguna. En cuanto a los otros pasajeros del compartimiento, todos ellos con destino a Nijni-Novgorod, no despertaron sospechas, afortunadamente para ellos.
La joven presentó, no un pasaporte, ya que el pasaporte no se exige en Rusia, sino un permiso acreditado por un sello particular y que parecía ser de una especial naturaleza. El inspector lo leyó con atención y después de examinar minuciosamente el sello que contenía, le preguntó:
—¿Eres de Riga?
—Sí —respondió la joven.
—¿Vas a Irkutsk?
—Sí.
—¿Por qué ruta?
—Por la ruta de Perm.
—Bien —respondió el inspector—, pero cuida de que te refrenden este permiso en la oficina de policía de Nijni-Novgorod.
La joven hizo un gesto de asentimiento.
Oyendo estas preguntas y respuestas, Miguel Strogoff experimentó un sentimiento de sorpresa y piedad al mismo tiempo. ¡Cómo! ¡Esta muchacha, sola, por los caminos de la lejana Siberia en donde a los peligros habituales se sumaban ahora los riesgos de un país invadido y sublevado! ¿Cómo llegará a Irkutsk? ¿Qué será de ella...?
Finalizada la inspección, las puertas de los vagones quedaron abiertas, pero, antes de que Miguel Strogoff hubiera podido iniciar un movimiento hacia la muchacha, ésta había descendido del vagón, desapareciendo entre la multitud que llenaba los andenes de la estación.
5. UN DECRETO EN DOS ARTÍCULOS
Índice
Nijni-Novgorod, o Novgorod la Baja, situada en la confluencia del Volga y del Oka, es la capital del gobierno de este nombre. Era allí donde Miguel Strogoff debía abandonar la línea férrea, que en esta época no se prolongaba más allá de esta ciudad. Así pues, a medida que avanzaba, los medios de comunicación se volvían menos rápidos, a la vez que más inseguros.
Nijni-Novgorod, que en tiempos ordinarios no contaba más que de treinta a treinta y cinco mil habitantes, albergaba ahora más de trescientos mil, o sea, que su población se había decuplicado. Este crecimiento era debido a la célebre feria que se celebraba dentro de sus muros durante un período de tres semanas. En otros tiempos había sido Makariew quien se había beneficiado de esta concurrencia de comerciantes; pero desde 1817, la feria había sido trasladada a Nijni-Novgorod.
La ciudad, bastante triste habitualmente, presentaba entonces una animación extraordinaria. Diez razas diferentes de comerciantes, europeos o asiáticos, confraternizaban bajo la influencia de las transacciones comerciales.
Aunque la hora en que Miguel Strogoff salió de la estación era ya avanzada, se velan aun grandes grupos de gente en estas dos ciudades que, separadas por el curso del Volga, constituyen Nijni-Novgorod, la más alta de las cuales, edificada sobre una roca escarpada, está defendida por uno de esos fuertes llamados kreml en Rusia.
Si Miguel Strogoff se hubiese visto obligado a permanecer en Nijni-Novgorod, difícilmente hubiera encontrado hotel o ni siquiera posada un tanto conveniente porque todo estaba lleno. Sin embargo, como no podía marchar inmediatamente porque le era necesario tomar el buque a vapor del Volga, debía encontrar cualquier albergue. Pero antes quería conocer la hora exacta de salida del vapor, por lo que se dirigió a las oficinas de la compañía propietaria de los buques que hacen el servicio entre Nijni-Novgorod y Perm.
Allí, para su disgusto, se enteró de que el Cáucaso —éste era el nombre del buque— no salía hacia Perm hasta el día siguiente al mediodía. ¡Tenía que esperar diecisiete horas! Era desagradable para un hombre con tanta prisa, pero no tuvo más remedio que resignarse. Y fue lo que hizo, porque él no se disgustaba jamás sin motivo.
Además, en las circunstancias actuales, ningún coche, talega o diligencia, berlina o cabriolé de posta ni veloz caballo, le hubiera conducido tan rápido, bien sea a Perm o a Kazan. Por ello más valía esperar la partida del vapor, que era más rápido que ningún otro medio de transporte de los que podía disponer y que le haría recuperar el tiempo perdido.
He aquí, pues, a Miguel Strogoff, paseando por la ciudad y buscando, sin impacientarse demasiado, un albergue donde pasar la noche. Pero no se hubiera preocupado mucho si no fuera por el hambre que le pisaba los talones, y probablemente hubiera deambulado hasta la mañana siguiente por las calles de Nijni-Novgorod. Por eso, lo que se proponía encontrar era, más que una cama, una buena cena, pero encontró ambas cosas en la posada Ciudad de Constantinopla.
El posadero le ofreció una habitación bastante aceptable, no muy llena de muebles, pero en la que no faltaban ni la imagen de la Virgen ni las de algunos iconos, enmarcadas en tela dorada. Inmediatamente le fue servida la cena, teniendo suficiente con un pato con salsa agria y crema espesa, pan de cebada, leche cuajada, azúcar en polvo mezclado con canela y una jarra de kwass, especie de cerveza muy común en Rusia. No le hizo falta más para quedar saciado. Y, por supuesto, se sació mucho más que su vecino de mesa que en su calidad de «viejo creyente» de la secta de los Raskolniks, con voto de abstinencia, apartaba las patatas de su plato y se guardaba mucho de ponerle azúcar a su té.
Terminada su cena, Miguel Strogoff, en lugar de subir a su habitación, reemprendió maquinalmente su paseo a través de la ciudad. Pero pese a que el largo crepúsculo se prolongaba todavía, las calles iban quedándose, poco a poco, desiertas, reintegrándose cada cual a su alojamiento.
¿Por qué Miguel Strogoff no se había metido en la cama como era lo lógico después de toda una jornada pasada en el tren? ¿Pensaba en aquella joven livoniana que durante algunas horas había sido su compañera de viaje? No teniendo nada mejor que hacer, pensaba en ella. ¿Creía que, perdida en esta tumultuosa ciudad, estaba expuesta a cualquier insulto? Lo temía, y tenía sus razones para temerlo. ¿Esperaba, pues, encontrarla y, en caso necesario, convertirse en su protector? No. Encontrarla era difícil y en cuanto a protegerla... ¿Con qué derecho?
«¡Sola —se decía—, sola en medio de estos nómadas! ¡Y los peligros presentes no son nada comparados con los que le esperan! ¡Siberia! ¡Irkutsk! Lo que yo voy a intentar por Rusia y por el Zar ella lo va a hacer por... ¿Por quién? ¿Por qué? ¡Y tiene autorización para traspasar la frontera! ¡Con todo el país sublevado y bandas tártaras corriendo por las estepas...!»
Miguel Strogoff se detuvo para reflexionar durante algunos instantes.
«Sin duda —pensó— la intención de viajar la tuvo antes de la invasión. Puede ser que ignore lo que está pasando... Pero no; los mercaderes comentaron delante de ella los disturbios que hay en Siberia y ella no pareció asombrarse... Ni siquiera ha pedido una explicación... Lo sabía y sin embargo continúa... ¡Pobre muchacha! ¡Ha de tener motivos muy poderosos! Pero por valiente que sea —y lo es mucho, sin duda—, sus fuerzas la traicionarán durante el viaje porque, aun sin tener en cuenta los peligros y las dificultades, no podrá soportar las fatigas y nunca conseguirá llegar a Irkutsk...»
Mientras reflexionaba, Miguel Strogoff no cesaba de caminar al albur, pero como conocía perfectamente la ciudad, no tendría dificultad alguna en encontrar el camino de la pensión.
Después de haber deambulado durante una hora fue a sentarse en un banco adosado a la fachada de una gran casa de madera que se levantaba en medio de otras muchas que rodeaban una vasta plaza.
Estaba sentado hacía unos cinco minutos cuando una mano se apoyó fuertemente en su hombro.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó con voz ruda un hombre de elevada estatura al que no había visto venir.
—Estoy descansando —le respondió Miguel Strogoff.
—¿Es que tienes la intención de pasar aquí la noche? —replicó el hombre.
—Sí, si ello me interesa —contestó Miguel Strogoff con un tono demasiado acre para pertenecer a un simple comerciante, que es lo que él debía ser.
—Acércate para que te vea —dijo el hombre.
Miguel Strogoff, acordándose que debía ser prudente antes que nada, retrocedió instintivamente.
—No hay ninguna necesidad de que me veas —respondió.
Y con toda su sangre fría, interpuso entre él y su interlocutor una distancia de unos diez pasos.
Observándolo bien, le pareció entonces que se las había con uno de esos bohemios que uno se encuentra en todas las ferias y con los cuales hay que evitar cualquier tipo de relación. Después, mirándolo más atentamente a través de las sombras que comenzaban a espesarse, distinguió cerca de la casa un gran carretón, morada habitual y ambulante de los cíngaros o gitanos que acuden en Rusia como un hormiguero allá donde hay algunos kopeks a ganar.
Mientras tanto, el bohemio había dado dos o tres pasos adelante y se preparaba para interpelar más directamente a Miguel Strogoff, cuando se abrió la puerta de la casa y apareció una mujer, apenas visible entre las sombras, la cual avanzó vivamente y, en un lenguaje rudo que Miguel Strogoff identificó como una mezcolanza de mongol y siberiano, dijo:
—¿Otro espía? Déjalo y vente a cenar. El papluka está esperando.
Miguel Strogoff no pudo evitar sonreírse por la calificación que le aplicaba la mujer, precisamente a él, que temía sobremanera a los espías.
El hombre, en el mismo lenguaje, pero empleando un acento muy distinto al de la mujer, respondió algunas palabras que venían a decir, poco más o menos:
—Tienes razón, Sangarra. Por lo demás, mañana nos habremos ido.
—¿Mañana? —replicó a media voz la mujer, con un tono que denotaba cierta sorpresa.
—Sí, Sangarra, mañana —respondió el bohemio— y es el mismo Padre el que nos envía... adonde queremos ir.
Y después de esto, hombre y mujer entraron en la casa, cerrando cuidadosamente la puerta tras ellos.
«¡Bueno! —se dijo Miguel Strogoff—. Si estos bohemios tienen interés en que no les entienda, tendría que aconsejarles que empleasen otra lengua para hablar delante de mí!»
En su calidad de siberiano y por haber pasado toda su infancia en la estepa, Miguel Strogoff —como queda dicho— comprendía casi todos los idiomas empleados desde Tartaria al océano Glacial. En cuanto al preciso significado de las palabras de los bohemios, no se preocupó demasiado por averiguarlo. ¿Qué interés podía tener para él?
Como era ya hora avanzada, Miguel Strogoff decidió volverse al albergue con la intención de descansar un poco. Siguiendo el curso del Volga, en donde las aguas desaparecen bajo las sombras de innumerables embarcaciones, encontró fácilmente la forma de orientarse para volver a la pensión. Aquella aglomeración de carretones y casas ocupaba, precisamente, la vasta plaza donde se celebraba cada año el principal mercado de Nijni-Novgorod, lo cual explicaba la afluencia de tal cantidad de saltimbanquis y bohemios que acudían de todas partes del mundo.
Una hora más tarde, Miguel Strogoff dormía con sueño algo agitado, en una de esas camas rusas que tan duras parecen a los extranjeros. El día siguiente, 17 de julio, sería su gran día.
Las cinco horas que le quedaban aún por pasar en Nijni-Novgorod le parecían un siglo. ¿Qué podía hacer para ocupar la mañana, como no fuese deambular por las calles como la víspera? Una vez tomado su desayuno, arreglado el saco y visado su podaroshna en la oficina de policía, no tenía nada más que hacer hasta la hora de la partida. Pero como no estaba acostumbrado a levantarse después que el sol, se vistió, colocó cuidadosamente la carta con las armas imperiales en el fondo de un bolsillo practicado en el forro de la túnica, apretó el cinturón sobre ella, cerró el saco de viaje y echándoselo sobre los hombros salió de la posada. Como no quería volver a la Ciudad de Constantinopla, liquidó su cuenta, contando con almorzar a orillas del Volga, cerca del embarcadero.
Para mayor seguridad, Miguel Strogoff volvió a presentarse en las oficinas de la compañía para reafirmarse de que el Cáucaso partía a la hora que le habían anunciado. Un pensamiento le vino entonces a la mente por primera vez. Ya que la joven livoniana había de tomar la ruta de Perm, era muy posible que tuviera el proyecto de embarcar también en el Cáucaso, con lo que no tendrían más remedio que hacer el viaje juntos.
La ciudad alta, con su kremlin, cuyo perímetro medía dos verstas y era muy parecido al de Moscú, estaba muy abandonada en aquella ocasión; ni siquiera el gobernador vivía allí. Sin embargo, la ciudad baja estaba excesivamente animada.
Miguel Strogoff, después de atravesar el Volga por un puente de madera guardado por cosacos a caballo, llegó al emplazamiento en donde la víspera se había tropezado con el campamento de bohemios. La feria de Nijni-Novgorod se montaba un poco en las afueras de la ciudad y ni siquiera la feria de Leipzig podía rivalizar con ella. En una vasta explanada situada más allá del Volga se levanta el palacio provisional del gobernador general, que tiene la orden de residir allí mientras dura la feria, ya que a causa de la variada gama de elementos que a ella concurrían, necesitaba una vigilancia especial.
Esta explanada estaba ahora llena de casas de madera, simétricamente dispuestas, de forma que dejaban entre ellas avenidas bastante amplias como para que pudiera circular libremente la multitud. Una aglomeración de casas de todas formas y tamaños constituía un barrio aparte y en cada una de estas aglomeraciones se practicaba un género determinado de comercio. Había el barrio de los herreros, el de los cueros, el de la madera, el de las lanas, el de los pescados secos, etc. Algunas de estas casas estaban construidas con materiales de alta fantasía, como ladrillos de té, bloques de carne salada, etc., es decir, con las muestras de aquellos artículos que los propietarios ofrecían a los compradores con esa singular forma de reclamo tan poco americana.
En esas avenidas bañadas en toda su extensión por el sol, que había salido antes de las cuatro, la afluencia de gente era ya considerable. Rusos, siberianos, alemanes, griegos, cosacos, turcos, indios, chinos; mezcla extraordinaria de europeos y asiáticos comentando, discutiendo, perorando y traficando. Todo lo que se pueda comprar y vender parecía estar reunido en esa plaza. Porteadores, caballos, camellos, asnos, barcas, carros, todo vehículo que pudiera servir para el transporte estaba acumulado sobre el campo de la feria. Cueros, piedras preciosas, telas de seda, cachemires de la India, tapices turcos, armas del Cáucaso, tejidos de Esmirna o de Ispahan, armaduras de Tiflis, té, bronces europeos, relojes de Suiza, terciopelos y sedas de Lyon, algodones ingleses, artículos para carrocerías, frutas, legumbres, minerales de los Urales, malaquitas, lapizlázuli, perfumes, esencias, plantas medicinales, maderas, alquitranes, cuerdas, cuernos, calabazas, sandías, etc. Todos los productos de la India, de China, de Persia, los de las costas del mar Caspio y mar Negro, de América y de Europa, estaban reunidos en aquel punto del globo.
Había un movimiento, una excitación, un barullo y un griterío indescriptibles y la expresividad de los indígenas de clase inferior iba pareja con la de los extranjeros, que no les cedían terreno sobre ningún punto. Había allí mercaderes de Asia central que habían empleado todo un año para atravesar tan inmensas llanuras escoltando sus mercancías, y los cuales no volverían a ver sus tiendas o sus despachos hasta dentro de otro año. En fin, la importancia de la feria de Nijni-Novgorod era tal que la cifra de las transacciones no bajaba de los cien millones de rublos.
Aparte, en las plazas de los barrios de esta ciudad improvisada, había una aglomeración de vividores de toda clase: saltimbanquis y acróbatas, que ensordecían con el ruido de sus orquestas y las vociferaciones de sus reclamos; bohemios llegados de las montañas que decían la buenaventura a los bobalicones de entre un público en continua renovación; cíngaros o gitanos —nombre que los rusos dan a los egipcios, que son los antiguos descendientes de los coptos—, cantando sus más animadas canciones y bailando sus danzas más originales; actores de teatrillos de feria que representaban obras de Shakespeare, muy apropiadas al gusto de los espectadores, que acudían en tropel. Después, a lo largo de las avenidas, domadores de osos que paseaban en plena libertad a sus equilibristas de cuatro patas; casas de fieras que retumbaban con los roncos rugidos de los animales, estimulados por el látigo acerado o por la vara del domador; en fin, en medio de la gran plaza central, rodeados por un cuádruple círculo de desocupados admiradores, un coro de «remeros del Volga», sentados en el suelo como si fuera el puente de sus embarcaciones simulaban la acción de remar bajo la batuta de un director de orquesta, verdadero timonel de su buque imaginario.
Por encima de la multitud, una nube de pájaros se escapaba de las jaulas en que habían sido transportados. ¡Costumbre bizarra y hermosa! Según una tradición muy arraigada en la feria de Nijni-Novgorod, a cambio de algunos kopeks caritativamente ofrecidos por buenas personas, los carceleros abrían las puertas a sus prisioneros y éstos volaban a centenares, lanzando sus pequeños y alegres trinos.
Tal era el aspecto que ofrecía la explanada y así permanecería durante las seis semanas que ordinariamente duraba la feria de Nijni-Novgorod. Después de este ensordecedor período, el inmenso barullo desaparecería como por encanto, y la ciudad alta reemprendería su carácter oficial, la ciudad baja volvería a su monotonía ordinaria y de esta enorme afluencia de comerciantes pertenecientes a todos los lugares de Europa y Asia central, no quedaría ni un solo vendedor con algo que vender, ni un solo comprador que buscase alguna cosa que comprar.
Conviene precisar que, esta vez al menos, Francia e Inglaterra estaban cada una representada en el gran mercado de Nijni-Novgorod por uno de los productos más distinguidos de la civilización moderna: los señores Harry Blount y Alcide Jolivet.
En efecto, los dos corresponsales habían venido en busca de impresiones que pudieran servirles en provecho de sus lectores y ocupaban de la mejor forma las horas que les quedaban libres, ya que ellos también embarcaban en el Cáucaso.
En el campo de la feria se encontraron precisamente uno y otro, pero no se mostraron muy sorprendidos, ya que un mismo instinto debía conducirles tras la misma pista; pero esta vez no entablaron conversación y limitáronse a cruzar un saludo bastante frío.
Alcide Jolivet, optimista por naturaleza, parecía creer que todo iba sobre ruedas y, como el azar le había proporcionado por suerte para él mesa y albergue, había anotado en su bloc algunas frases particularmente favorables para la ciudad de Nijni-Novgorod.
Por el contrario, Harry Blount, después de haber buscado inútilmente un sitio para cenar, había tenido que dormir a la intemperie, por lo que su apreciación de las cosas tenía un muy distinto punto de vista y trenzaba un artículo demoledor contra una ciudad en la cual los hoteles se niegan a recibir a los viajeros que no piden otra cosa que dejarse despellejar «moral y materialmente».
Miguel Strogoff, con una mano en el bolsillo y sosteniendo con la otra su larga pipa de madera de cerezo, parecía el más indiferente y el menos impaciente de los hombres. Sin embargo, en una cierta contracción de sus músculos superficiales, un observador hubiera reconocido fácilmente que tascaba el freno.
Desde hacía unas dos horas deambulaba por las calles de la ciudad para volver, invariablemente, al campo de la feria. Circulando entre los diferentes grupos, observó que una real inquietud embargaba a todos los comerciantes llegados de los lugares vecinos de Asia. Las transacciones se resentían visiblemente. Que los bufones, saltimbanquis y equilibristas hicieran gran barullo frente a sus barracas se comprendía, ya que estos pobres diablos no tenían nada que perder en ninguna operación comercial, pero los negociantes dudaban en comprometerse con los traficantes de Asia central, sabiendo a todo el país turbado por la invasión tártara.
También había otro síntoma que debía ser señalado. En Rusia el uniforme militar aparece en cualquier ocasión. Los soldados se mezclan voluntariamente entre el gentío y, precisamente en Nijni-Novgorod durante el período de la feria, los agentes de la policía están ayudados habitualmente por numerosos cosacos que, con la lanza sobre el hombro, mantienen el orden en esta aglomeración de trescientos mil extranjeros.
Sin embargo, aquel día, los cosacos u otras clases de militares, estaban ausentes del gran mercado. Sin duda, en previsión de una partida inmediata, estaban concentrados en sus cuarteles.
Pero, mientras no se veía un soldado por ninguna parte, no ocurría así con los oficiales ya que, desde la víspera, los ayudas de campo con destino en el Palacio del gobernador se habían lanzado en todas direcciones, todo lo cual constituía un movimiento desacostumbrado que sólo podía explicarse dada la gravedad de los acontecimientos. Los correos se multiplicaban por todos los caminos de la provincia, ya hacia Wladimir, ya hacia los montes Urales. El cambio de despachos telegráficos entre Moscú y San Petersburgo era incesante. La situación de Nijni-Novgorod, no lejos de la frontera siberiana, exigía evidentemente serias precauciones. No se podía olvidar que en el siglo XIV la ciudad había sido tomada dos veces por los antecesores de estos tártaros que ahora la ambición de Féofar-Khan lanzaba a través de las estepas kirguises.
Un alto personaje, no menos ocupado que el gobernador general, era el jefe de policía. Sus agentes y él mismo, encargados de mantener el orden, de atender las reclamaciones, de velar por el cumplimiento de los reglamentos, no descansaban un instante. Las oficinas de la administración, abiertas día y noche, se veían asediadas incesantemente, tanto por los habitantes de la ciudad como por los extranjeros, europeos o asiáticos.
Miguel Strogoff se encontraba precisamente en la plaza central cuando se extendió el rumor de que el jefe de policía acababa de ser llamado urgentemente al palacio del gobernador general. Un importante mensaje, se decía, había motivado esta llamada.
El jefe de policía se presentó, pues, en el palacio del gobernador y enseguida, como por un presentimiento general, la noticia circulaba entre la gente; contra toda previsión y contra toda costumbre, iba a ser tomada una medida grave.
Miguel Strogoff escuchaba cuanto se decía para, en caso de necesidad, sacar provecho de las noticias.
—¡Se va a cerrar la frontera! —gritaba uno.
—¡El regimiento de Nijni-Novgorod acababa de recibir orden de marcha! —respondía otro.
—¡Se dice que los tártaros amenazan Tomsk!
—¡Aquí llega el jefe de policía! —se oyó gritar por todas partes.
Súbitamente se produjo un gran barullo que fue disminuyendo poco a poco hasta que fue sustituido por un silencio absoluto. Todos presentían que el gobernador iba a dar algún comunicado grave.
El jefe de policía, precedido por sus agentes, acababa de abandonar el palacio del gobernador general. Un destacamento de cosacos le acompañaba e iba abriendo paso entre la multitud a fuerza de golpes, violentamente dados y pacientemente recibidos.
El jefe de policía llegó al centro de la plaza y todo el mundo pudo ver que tenía un despacho en la mano.
«DECRETO DEL GOBERNADOR DE NIJNI-NOVGOROD.
»Artículo primero. Prohibido a todo individuo de nacionalidad rusa abandonar la provincia, bajo ningún concepto.
»Artículo segundo. Se da la orden a todos los extranjeros de origen asiático de abandonar la provincia en el plazo máximo de veinticuatro horas.»
6. HERMANO Y HERMANA
Índice
Estas medidas, tan funestas para los intereses privados, estaban justificadas por las circunstancias.
«Prohibido a todo individuo de nacionalidad rusa abandonar la provincia bajo ningún concepto.» Si Iván Ogareff se encontraba aún en la provincia, esto le impediría, o le impondría serias dificultades al menos, reunirse con Féofar-Khan, con lo que el terrible jefe tártaro contaría con un gran auxiliar.
«Orden a todos los extranjeros de origen asiático de abandonar la provincia en el plazo máximo de veinticuatro horas.» Esto significaba alejar en bloque a los traficantes venidos de Asia central, así como a las tribus de bohemios, egipcios y gitanos, que tienen más o menos afinidad con las poblaciones tártaras o mongoles y a los cuales había reunido la feria. Por cada persona era de temer un espía, por lo que su expulsión era aconsejable, dado el estado de cosas.
Pero se comprende fácilmente que estos dos artículos hicieron el efecto de dos rayos abatiéndose sobre la ciudad de Nijni-Novgorod, necesariamente más amenazada y más perjudicada que ninguna otra.
Así pues, los nacionales que tenían negocios que les reclamaban más allá de la frontera siberiana no podían dejar la provincia, momentáneamente al menos. El tono del primer artículo era serio. No admitía excepciones. Todo interés privado debía sacrificarse ante el interés general. En cuanto al segundo artículo del decreto, la orden de expulsión era, asimismo, inapelable. No concernía a otros extranjeros que a los de origen asiático, pero éstos no tenían más remedio que empaquetar sus mercancías y reemprender la ruta que acababan de recorrer. En cuanto a todos los saltimbanquis, cuyo número era considerable, tenían cerca de mil verstas que recorrer antes de llegar a la frontera más próxima y para ellos esto significaba la miseria a corto plazo.
Inmediatamente se elevó un clamor de protesta contra esta insólita medida, un grito de desesperación que fue prontamente reprimido por los cosacos y los agentes de policía. Casi al instante comenzó el desmantelamiento de la vasta explanada. Se plegaron las telas tendidas delante de las barracas; los teatrillos de feria se desarmaron; cesaron los bailes y las canciones; se desmontaron los tenderetes; se apagaron las fogatas; se descolgaron las cuerdas de los equilibristas; los viejos caballos que arrastraban aquellas viviendas ambulantes fueron sacados de las cuadras para ser enjaezados a las mismas. Agentes y soldados, con el látigo o la fusta en la mano, estimulaban a los rezagados y derribaban algunas de las tiendas, incluso antes de que los pobres bohemios hubieran tenido tiempo de abandonarlas. Evidentemente, bajo la influencia de tales medidas, antes de la llegada de la tarde, la plaza de Nijni-Novgorod estaría totalmente evacuada y al tumulto del gran mercado le sucedería el silencio del desierto.
Es preciso repetir todavía, porque se trataba de una agravación obligada de las medidas, que a estos nómadas a los que les afectaba directamente el decreto de expulsión, les estaban también prohibidas las estepas siberianas y no tendrían más remedio que dirigirse hacia el sur del mar Caspio, bien a Persia, a Turquía o a las planicies del Turquestán.
Los puestos del Ural y de las montañas que forman como una prolongación de este río sobre la frontera rusa, no podían traspasarlos. Tenían, pues, ante ellos, un millar de verstas que se verían obligados a atravesar, antes de pisar suelo libre.
En el momento en que el jefe de policía acabó la lectura del decreto, por la mente de Miguel Strogoff cruzó instintivamente un pensamiento:
«¡Singular coincidencia —pensó— entre este decreto que expulsa a los extranjeros originarios de Asia y las palabras que se cruzaron anoche entre los dos bohemios de raza gitana! “Es el Padre mismo quien nos envía a donde queremos ir”, dijo el hombre. Pero “el Padre” ¡es el Emperador! ¡No se le designa de otra forma entre el pueblo! ¿Cómo estos bohemios podían prever la medida tomada contra ellos?, ¿cómo la conocían con anticipación y dónde quieren ir? ¡He aquí gente sospechosa a la cual el decreto del gobernador parece serle más útil que perjudicial!»
Pero estas reflexiones, seguramente exactas, fueron cortadas por otra que ocuparía todo el ánimo de Miguel Strogoff. Y olvidó a los gitanos, sus sospechosos propósitos y hasta la extraña coincidencia que resultaba de la publicación del decreto... El recuerdo de la joven livoniana se le presentó súbitamente.
—¡Pobre niña! —exclamo como a pesar suyo no podrá atravesar la frontera...
En efecto, la joven había nacido en Riga, era livoniana y, por consecuencia, de nacionalidad rusa y no podía, por tanto, abandonar el territorio ruso. El permiso que se le había extendido antes de las nuevas medidas, evidentemente ya no era válido. Todos los caminos de Siberia le estaban inexorablemente cerrados y, cualquiera que fuese el motivo que la conducía a Irkutsk, ahora le estaba totalmente prohibido.
Este pensamiento preocupó vivamente a Miguel Strogoff, el cual se decía, aunque muy vagamente al principio, que sin descuidar nada de lo que su importante misión exigía de él, quizá le fuera posible servir de alguna ayuda a esta valiente muchacha. La idea le agradó. Conocedor de los peligros que él mismo, siendo hombre enérgico y vigoroso, tenía personalmente que afrontar en un país del cual conocía perfectamente todas las rutas, no tenía más remedio que pensar en que estos peligros serían infinitamente más temibles para una joven. Ya que iba a Irkutsk, tenía que seguir su misma ruta, viéndose obligada a atravesar las hordas de invasores, como él mismo iba a intentar conseguir. Si, por otra parte, ella no tenía a su disposición más que los recursos necesarios para un viaje en circunstancias ordinarias, ¿cómo podría llevarlo a cabo en unas condiciones que las circunstancias habían hecho, no solamente peligrosas, sino tan costosas?
«¡Pues bien! —se dijo, ya que toma la ruta de Perm, es casi imposible que no la encuentre. Así podré velar por ella sin que se dé cuenta, y como me da la impresión de que tiene tanta prisa como yo por llegar a Irkutsk, no me ocasionará ningún retraso.»
Pero un pensamiento sugiere otro y no había pensado hasta entonces que en la hipótesis de que pudiera realizar esta buena acción, recibiría un buen servicio. Una idea nueva acababa de nacer en su mente y la cuestión se presentó ante él bajo otro aspecto.
«De hecho —se dijo— yo puedo tener más necesidad de ella que ella de mí. Su presencia no me será perjudicial y me servirá para alejar de mí las sospechas, ya que un hombre corriendo solo a través de la estepa puede fácilmente ser tenido por un correo del Zar. Si, por el contrario, me acompaña esta joven, puedo tranquilamente pasar ante los ojos de todos como el Nicolás Korpanoff de mi podaroshna. Es, pues, necesario que me acompañe. ¡Es preciso encontrarla! ¡No es probable que desde ayer por la tarde haya conseguido encontrar un coche para abandonar Nijni-Novgorod! ¡A buscarla, pues, y que Dios me guíe!».
Miguel Strogoff abandonó la gran plaza de Nijni-Novgorod, en donde el tumulto provocado por la ejecución de las medidas prescritas había llegado a su punto álgido. Recriminaciones de los extranjeros proscritos, gritos de los agentes y cosacos que la emprendían a golpes con ellos... Era un barullo indescriptible. La joven que buscaba no podía estar allí. Eran las nueve de la mañana. El vapor no partía hasta el mediodía, por tanto, Miguel Strogoff disponía de unas dos horas para encontrar a aquella que quería convertir en su compañera de viaje.
Atravesó de nuevo el Volga y recorrió otra vez los barrios de la otra orilla, donde la multitud era bastante menos considerable. Puede decirse que revisó calle por calle de la ciudad alta y baja, entró en las iglesias, refugio natural de todo aquel que llora, de todo el que sufre y en ninguna parte encontró a la joven livoniana.
—Y, sin embargo —se repetía— no puede haber abandonado todavía Nijni-Novgorod. ¡Continuemos buscando!
Miguel Strogoff continuó errando durante dos horas sin pararse en ninguna parte ni sentir la fatiga; obedecía a un sentimiento imperioso que no le permitía reflexionar. Pero fue en vano.
Le pasó entonces por la imaginación que podía ser que la joven no conociera el decreto, circunstancia improbable, ya que un golpe como ése no podía asestarse sin ser conocido por todo el mundo. Además, interesada evidentemente por conocer cualquier noticia proveniente de Siberia, ¿cómo podía ignorar las medidas tomadas por el gobernador y que tan directamente la afectaban?
Pero, en fin, si ella las desconocía, estaría a aquellas horas en el embarcadero y allí, cualquier insoportable agente le negaría sin miramientos el pasaje. Era necesario verla antes a cualquier precio, para que gracias a él evitara tal contrariedad.
Pero fueron vanos todos sus esfuerzos y estaba perdiendo toda esperanza de encontrarla. Eran entonces las once. Miguel Strogoff, aunque en cualquier otra circunstancia no era necesario, fue a presentar su podaroshna a la oficina del jefe de policía. El decreto no podía, evidentemente, afectarle, ya que esta circunstancia estaba prevista, pero quería asegurarse de que nada se opondría a su partida de la ciudad.
Tuvo, pues, que volver a la otra orilla del Volga, en donde se encontraban las oficinas del jefe de policía. Allí había gran afluencia de gente porque aunque los extranjeros tenían que abandonar el país, estaban igualmente sometidos a las formalidades de rigor. Sin esta precaución cualquier ruso más o menos comprometido en el movimiento tártaro hubiera podido, gracias a cualquier ardid, pasar la frontera, lo que pretendía evitar el decreto. Se les expulsaba, pero necesitaban un permiso de salida.
Así, pues, saltimbanquis, bohemios, cíngaros, gitanos, mezclados con los comerciantes persas, turcos, hindúes, turquestanos y chinos, llenaban el patio y las oficinas de la policía.
Todos se apresuraban, ya que los medios de transporte iban a estar singularmente solicitados por tal multitud de expulsados y los que llegasen tarde corrían el riesgo de no poder cumplir con el plazo fijado, lo cual les expondría a la brutal intervención de los agentes del gobernador.
Miguel Strogoff, gracias al vigor de sus codos, pudo atravesar el patio, aunque entrar en la oficina y llegar hasta la ventanilla de los empleados era una hazaña realmente difícil. Sin embargo, unas palabras dichas al oído de un agente y la entrega de unos oportunos rublos fueron suficientes para abrirle paso.
El agente, después de introducirle a la sala de espera, fue a avisar a un funcionario de más categoría. No tardaría, pues, Miguel Strogoff, en estar en regla con la policía y libre de movimientos.
Mientras esperaba, miró a su alrededor y... ¿qué vio? Allí, sobre un banco, echada más que sentada, una joven, presa de muda desesperación, aunque no pudo apenas distinguir su rostro porque únicamente su perfil se dibujaba sobre la pared.
Miguel Strogoff no se había equivocado. Acababa de reconocer a la joven livoniana.
Desconociendo el decreto del gobernador, había venido a la oficina del jefe de policía para hacerse visar su permiso... Pero se le había negado el visado. Sin duda estaba autorizada para ir a Irkutsk, pero el decreto era formal y anulaba todas las autorizaciones anteriores, por lo que los caminos de Siberia se le habían cerrado.
Miguel Strogoff, dichoso por haberla encontrado al fin, se acercó a ella.
La joven lo miró un instante y sus ojos brillaron por un momento al volver a ver a su compañero de viaje. Se levantó instintivamente de su asiento y, como un náufrago que se agarra a su única tabla de salvación, iba a pedirle ayuda...
En aquel momento, el agente tocó la espalda de Miguel Strogoff.
—El jefe de policía le espera —dijo.
—Bien —respondió Miguel Strogoff.
Y, sin dirigir una sola palabra a la que tanto había estado buscando, sin prevenirla con algún gesto que podría haberlos comprometido a los dos, siguió al agente a través de los grupos compactos de gente.
La joven livoniana, viendo desaparecer al único que podía acudir en su ayuda, se dejó caer nuevamente sobre el banco.
Aún no habían transcurrido tres minutos cuando reapareció Miguel Strogoff acompañado por un agente. Llevaba en la mano su podaroshna que le franqueaba las rutas de Siberia.
Se acercó entonces a la joven livoniana y, tendiéndole la mano, le dijo:
—Hermana...
¡Ella comprendió y se levantó, como si una súbita inspiración no le hubiera permitido dudar!
—Hermana —prosiguió Miguel Strogoff— tenemos autorización para continuar nuestro viaje a Irkutsk. ¿Vienes conmigo?
—Te sigo, hermano —respondió la joven enlazando su mano con la de Miguel Strogoff.
Y juntos abandonaron las oficinas de la policía.
7. DESCENDIENDO POR EL VOLGA
Índice
Poco antes del mediodía, la campana del vapor atraía al embarcadero a una gran cantidad de gente, ya que allí acudieron los que partían y los que hubieran querido partir. Las calderas del Cáucaso tenían la presión suficiente. Su chimenea dejaba escapar una ligera columna de humo, mientras que el extremo del tubo de escape y las tapaderas de las válvulas se coronaban de vapor blanco.
No es necesario decir que la policía vigilaba la partida del Cáucaso y se mostraba implacable con aquellos viajeros que no reunían las condiciones exigidas para abandonar la ciudad.
Numerosos cosacos iban y venían por el muelle, prestos para acudir en ayuda de los agentes, aunque no tuvieron necesidad de intervenir, ya que las cosas se desarrollaron sin incidentes.
A la hora fijada sonó el último golpe de campana, se largaron amarras, las poderosas ruedas del vapor golpearon el agua con sus palas articuladas y el Cáucaso navegó entre las dos ciudades que constituyen Nijni-Novgorod.
Miguel Strogoff y la joven livoniana habían tomado pasaje en el Cáucaso, embarcando sin ninguna dificultad. Ya se sabe que el podaroshna librado a nombre de Nicolás Korpanoff autorizaba a este negociante a hacerse acompañar durante su viaje a Siberia. Eran un hermano y una hermana los que viajaban bajo la garantía de la policía imperial.
Ambos, sentados a popa, miraban alejarse la ciudad, tan agitada por el decreto del gobernador.
Miguel Strogoff no había dicho ni una palabra a la joven y ella tampoco le había preguntado nada. Él esperaba a que hablase ella si lo creía conveniente. Ella tenía deseos de abandonar la ciudad en la que, sin la intervención de su providencial protector, hubiera quedado prisionera. No decía nada, pero su mirada reflejaba su agradecimiento.
El Volga, el Rha de los antiguos, está considerado como el río más caudaloso de toda Europa y su curso no es inferior a las cuatro mil verstas (4.300 kilómetros). Sus aguas, bastante insalubres en la parte superior, quedan purificadas en Nijni-Novgorod gracias a las del Oka, afluente que procede de las provincias centrales de Rusia.
Se ha comparado justamente el conjunto de canales y ríos rusos a un árbol gigantesco cuyas ramas se extienden por todas las partes del Imperio. El Volga forma el tronco de este árbol, el cual tiene sus raíces en las setenta desembocaduras que se extienden sobre el litoral del mar Caspio. Es navegable desde Rief, ciudad del gobierno de Tver, es decir, a lo largo de la mayor parte de su curso.
Los buques de la compañía que hacía el servicio entre Perm y Nijni-Novgorod recorren bastante rápidamente las trescientas cincuenta verstas (373 kilómetros) que separan esta última ciudad de Kazan. Es cierto que estos buques sólo tienen que descender la corriente del Volga, la cual aumenta en unas dos millas por hora la velocidad propia del vapor. Pero cuando se llega a la confluencia del Kama algo más abajo de Kazan, se ven obligados a remontar la corriente de aquel afluente hasta la ciudad de Perm. Por ello, aunque las máquinas del Cáucaso eran poderosas, su velocidad no llegaba más que a las dieciséis verstas por hora y contando con una hora de parada en Kazan, el viaje de Nijni-Novgorod a Perm duraría alrededor de sesenta a sesenta y dos horas.
El buque de vapor estaba en buenas condiciones y los pasajeros, según sus recursos, ocupaban tres clases diferentes de pasaje. Miguel Strogoff había podido conseguir dos de primera clase para que la joven pudiera retirarse a la suya y aislarse cuando quisiera.
El Cáucaso iba atestado de pasajeros de todas las categorías. Había entre ellos un cierto número de traficantes asiáticos que habían considerado que lo más prudente era salir cuanto antes de Nijni-Novgorod. En la parte del buque reservada a primera clase iban armenios con sus largos vestidos, tocados con una especie de mitra; judíos identificables por sus bonetes cónicos; acomodados chinos con sus trajes tradicionales, largos y de color azul, violeta o negro, abiertos por delante y por detrás y cubiertos por una túnica de anchas mangas, cuyo corte es parecido al de las que usan los popes; turcos portando todavía su turbante nacional; hindúes, con su bonete cuadrado y un cordón en la cintura (algunos de los cuales se designaban con el nombre de shikarpuris), que tenían en sus manos todo el tráfico de Asia central; en fin, los tártaros, calzando botas adornadas con cintas multicolores y el pecho lleno de bordados. Todos estos negociantes habían tenido que dejar en la bodega y en el puente sus abultados bagajes, cuyo transporte les debía de costar caro ya que, según el reglamento, cada persona no tenía derecho más que a un peso de veinte libras.
En la proa del Cáucaso se agrupaban los pasajeros en mayor número, no solamente extranjeros, sino también aquellos rusos a los que el decreto no prohibía trasladarse a otras ciudades de la provincia.
Allí había mujiks, tocados con gorros o casquetes y portando camisas a cuadros pequeños bajo sus bastas pellizas; campesinos del Volga, con pantalón azul metido dentro de las botas, camisa de algodón de color rosa atada por medio de un cordón y casquete chato o bonete de fieltro. Se veían también mujeres vestidas con ropas de algodón floreado, con delantales de vivos colores y pañuelos de seda roja sobre la cabeza. Éstos constituían principalmente el pasaje de tercera clase a los que, por suerte para ellos, la perspectiva de un largo viaje de retorno no preocupaba demasiado. Esta parte del puente estaba muy concurrida y por eso los pasajeros de popa no se aventuraban demasiado a transitar entre aquellos grupos tan heterogéneos que tenían señalado su sitio delante de los tambores.
Entretanto, el Cáucaso desfilaba a toda máquina entre las orillas del Volga, cruzándose con numerosos buques que los remolcadores arrastraban remontando la corriente del Volga y que transportaban toda clase de mercancías con destino a Nijni-Novgorod. Pasaban trenes cargados de madera, largos como esas interminables hileras de sargazos del Atlántico y chalanas cargadas a tope con el agua llegándoles hasta la borda. Todos ellos hacían un viaje inútil ya que la feria acababa de ser suspendida en sus comienzos.
Las orillas del Volga, salpicadas por la estela del buque, coronábanse con numerosas bandadas de patos salvajes que huían lanzando gritos ensordecedores. Un poco más lejos, sobre aquellas secas llanuras bordeadas de alisos, sauces y tilos, se esparcían algunas vacas de color rojo oscuro, rebaños de ovejas de lana parda y piaras de cerdos blancos y negros. Algunos campos, sembrados de trigo y centeno, se extendían hasta los últimos planos de ribazos a medio cultivar pero que, en suma, no ofrecían ninguna particularidad digna de atención. En estos paisajes monótonos, el lápiz de un dibujante que hubiera buscado algún motivo pintoresco, no habría encontrado nada digno de reproducir.
Dos horas después de la partida del Cáucaso, la joven livoniana se dirigió a Miguel Strogoff, diciéndole:
—¿Tú vas a Irkutsk, hermano?
—Sí, hermana —respondió el joven—. Llevamos la misma ruta y, por tanto, por donde yo pase, pasaras tú.
—Mañana, hermano, sabrás por qué he dejado las orillas del Báltico para ir mas allá de los Urales.
—No te pregunto nada, hermana.
—Lo sabrás todo —respondió la joven, cuyos labios esbozaron una triste sonrisa—. Una hermana no debe ocultar nada a su hermano. Pero hoy no podría... La fatiga y la desesperación me tienen destrozada.
—¿Quieres descansar en tu camarote? —preguntó Miguel Strogoff.
—Sí... sí... hasta mañana...
—Ven, pues...
Dudaba en terminar la frase, como si hubiera querido acabarla con el nombre de su compañera, el cual ignoraba todavía.
—Nadia —le dijo la muchacha tendiéndole la mano.
—Ven, Nadia —respondió Miguel Strogoff— y dispón con entera libertad de tu hermano Nicolás Korpanoff.
Y la condujo al camarote que había reservado para ella, situado en el salón de popa.
Miguel Strogoff volvió al puente, ávido de noticias que pudieran modificar su itinerario y se mezcló entre los grupos de pasajeros, escuchando pero sin tomar parte en las conversaciones. Aparte de que si el azar quería que alguien le preguntase y se viera en la obligación de responder, se identificaría como el comerciante Nicolás Korpanoff, al que el Cáucaso llevaba en viaje de vuelta a la frontera, porque no quería que nadie sospechase que tenía un permiso especial para viajar por Siberia.
Los extranjeros que el vapor transportaba no podían, evidentemente, hablar de los acontecimientos del día, del decreto y sus consecuencias, porque aquellos pobres diablos, apenas recuperados de las fatigas de un viaje a través de Asia central, no osaban exteriorizar de ninguna manera su cólera y su desespero. Un miedo con mezcla de respeto los enmudecía. Además, era probable que hubieran embarcado secretamente en el Cáucaso inspectores de policía encargados de vigilar a los pasajeros y, por tanto, más valía contener la lengua. La expulsión, después de todo, siempre era mejor que el confinamiento en una fortaleza. Así pues, entre aquellos grupos, o se guardaba silencio, o se hablaba con tanta prudencia que no se podía sacar de ellos nada provechoso.
Pero si Miguel Strogoff no tenía nada que aprender en aquel sitio ya que, como no lo conocían, hasta algunas bocas se cerraban al verle pasar, sus oídos recibieron los ecos de una voz poco preocupada de ser o no ser oída.
El hombre que tan alegremente se expresaba hablaba en ruso, pero con acento extranjero, y su interlocutor le respondía en la misma lengua, pero notándose claramente que tampoco era su propio idioma.
—¿Cómo? —decía el primero—. ¿Usted, en este barco, mi querido colega? ¿Usted, a quien vi en la fiesta imperial en Moscú y sólo entreví en Nijni-Novgorod?
—Yo mismo —respondió secamente el segundo personaje.
—Pues bien, francamente, no esperaba verme seguido por usted tan pronto ni tan de cerca.
—¡Yo no le sigo a usted, señor, le precedo!
—¿Me precede? ¡Me precede! Digamos que marchamos paralelamente, llevando el mismo paso, como soldados en una parada militar y que, si usted quiere podemos convenir, provisionalmente al menos, que ninguno de los dos adelantará al otro.
—Todo lo contrario. Pasaré delante de usted.
—Eso lo veremos allá, cuando estemos en el escenario de la guerra; pero hasta entonces ¡qué diablos!, seamos amigos de ruta. Más tarde tendremos muchas ocasiones de ser rivales.
—Enemigos.
—¡Sea, enemigos! ¡Tiene usted, querido colega, tal precisión al hablar que me es particularmente agradable! ¡Con usted sabe, al menos, a qué atenerse uno!
—¿Hay algo de malo en ello?
—Nada hay de malo. Pero a mi vez, le quiero pedir permiso para precisar nuestra reciproca situación.
—Precise.
—Usted va a Perm... como yo.
—Como usted.
—Y, probablemente, desde Perm se dirigirá a Ekaterimburgo, ya que ésta es la mejor ruta y la más segura para franquear los montes Urales.
—Probablemente.
—Una vez traspasada la frontera, estaremos en Siberia, es decir, en plena invasión.
—Estaremos.
—Pues bien, entonces y solamente entonces será el momento de decir: «Cada uno para sí, y Dios para...»
—Dios para mí.
—¡Dios sólo para usted! ¡Muy bien! Pero ya que tenemos a la vista unos ocho días neutros y como no lloverán noticias durante el viaje, seamos amigos hasta el momento de convertirnos en rivales.
—Enemigos.
—¡Sí! ¡Justamente, enemigos! Pero hasta entonces, pongámonos de acuerdo y no nos devoremos mutuamente. Yo le prometo guardar para mí todo lo que pueda ver...
—Y yo todo lo que pueda oír.
—¿Está dicho?
—Dicho está.
—Hela aquí.
Y la mano del primer interlocutor, es decir, cinco dedos ampliamente abiertos, estrecharon vigorosamente los dos dedos que flemáticamente le tendió el segundo.
—A propósito —dijo el primero—, esta mañana he podido telegrafiar a mi prima hasta el texto del decreto, después de las diez y diecisiete.
—Y yo lo he mandado a mi Daily Telegraph después de las diez y trece.
—¡Bravo, señor Blount!
—¡Muy bien, señor Jolivet!
—Me tomaré la revancha.
—Será difícil.
—Lo intentaré, al menos.
Diciendo esto, el corresponsal francés saludó familiarmente al corresponsal inglés, el cual, inclinando la cabeza, le devolvió el saludo con toda su ritual seriedad británica.
A estos dos cazadores de noticias, el decreto del gobernador no les afectaba, ya que no eran ni rusos ni extranjeros de origen asiático. Si habían dejado Nijni-Novgorod, continuando adelante, era porque les impulsaba el mismo instinto; de ahí que hubieran tomado idéntico medio de locomoción y siguieran la misma ruta hasta las estepas siberianas. Compañeros de viaje, amigos o enemigos, tenían por delante ocho días antes de que se «levantase la veda» Y entonces, que ganara el más hábil. Alcide Jolivet había hecho los primeros avances y, aunque a regañadientes, Harry Blount los había aceptado. Sea como fuere, aquel día el francés, siempre abierto y algo locuaz, y el inglés, siempre cerrado, comieron juntos en la misma mesa y bebieron un Cliquot auténtico a seis rublos la botella, generosamente elaborado con la savia fresca de los abedules de las cercanías.
Miguel Strogoff, al oír hablar de esta forma a Alcide Jolivet y Harry Blount, pensó:
—He aquí dos curiosos e indiscretos personajes a los que probablemente volveré a encontrar por el camino. Me parece prudente mantenerlos a distancia.
La joven livoniana no fue a comer. Dormía en su camarote y Miguel Strogoff no quiso despertarla. Llegó la tarde y aún no había reaparecido sobre el puente del Cáucaso.
El largo crepúsculo impregnó toda la atmósfera de un frescor que los pasajeros buscaban ávidamente, después del agobiante calor del día. Con la tarde bien avanzada, la mayor parte de los pasajeros aún no deseaban volver a los salones o camarotes y tendidos en los bancos respiraban con delicia un poco de la brisa que levantaba la velocidad del buque. El cielo, en esta época del año y en estas latitudes, apenas se oscurecía entre la tarde y la mañana, y dejaba al timonel la luz suficiente para orientar el barco entre las numerosas embarcaciones que descendían o remontaban el Volga.
Sin embargo, como había luna nueva, entre las once y las dos de la madrugada, oscureció un poco más y casi todos los pasajeros dormían entonces, reinando un silencio roto únicamente por el ruido de las paletas que golpeaban el agua a intervalos regulares.
Una cierta inquietud mantenía desvelado a Miguel Strogoff, el cual iba y venía por la popa del vapor. Sin embargo, una de las veces llegó más allá de la sala de máquinas, donde se encuentra la parte del barco reservada a los pasajeros de segunda y tercera clase.
Allí dormían no solamente sobre los bancos, sino también sobre los fardos, cajas y hasta sobre las planchas del puente. Los marineros de la sala de máquinas eran los únicos que estaban despiertos y se mantenían de pie sobre el puente de proa. Dos luces, una verde y otra roja, proyectadas por los faroles de situación del buque, enviaban por babor y estribor algunos rayos oblicuos sobre los flancos del vapor.
Era necesaria cierta atención para no pisar a los durmientes, caprichosamente tendidos aquí y allá. Para la mayor parte de los mujiks, habituados a acostarse sobre el duro suelo, las planchas del puente debían serles más que suficientes, pero habrían acogido de mala manera a quien les despertase con un puntapié o un pisotón.
Miguel Strogoff, pues, ponía toda su atención en no molestar a nadie y, mientras iba hacia el otro extremo del buque, no tenía otra idea que la de combatir el sueño con un paseo un poco más largo.
Había llegado ya a la parte anterior del puente y subía por la escalerilla del puente de proa, cuando oyó voces cerca de él que le hicieron detenerse. Las voces parecían venir de un grupo de pasajeros que estaban envueltos en mantas y chales, por lo que era imposible reconocerlos en la sombra, pero a veces ocurría que la chimenea del vapor, en medio de las volutas de humo, se empenachaba de llamas rojizas cuyas chispas parecían correr entre el grupo, como si millares de lentejuelas quedaran súbitamente alumbradas por un rayo de luz.
Miguel Strogoff iba a continuar cuando distinguió más claramente algunas palabras, pronunciadas en aquella extraña lengua que había oído la noche anterior en el campo de la feria.
Instintivamente pensó escuchar, protegido por la sombra del puente que le impedía ser descubierto. Pero era imposible que pudiera distinguir a los pasajeros que sostenían la conversación. Por tanto, se dispuso a aguzar el oído.
Las primeras palabras que captó no tenían ninguna importancia, al menos para él, pero le permitieron reconocer precisamente las dos voces del hombre y la mujer que había conocido en Nijni-Novgorod, por lo que multiplicó su atención. No era de extrañar, en efecto, que estos gitanos a los que había sorprendido en plena conversación, expulsados como todos sus congéneres, viajaran a bordo del Cáucaso.
Fue un acierto el ponerse a escuchar, porque hasta sus oídos llegaron claramente esta pregunta y esta respuesta, hechas en idioma tártaro:
—Se dice que ha salido un correo de Moscú a Irkutsk.
—Eso se dice, Sangarra, pero ese correo llegará demasiado tarde o no llegará.
Miguel Strogoff tembló imperceptiblemente al oír esta respuesta que le aludía tan directamente. Intentó asegurarse de si el hombre y la mujer que acababan de hablar eran los que él suponía, pero las sombras eran entonces demasiado espesas y no los pudo reconocer.
Algunos instantes después, Miguel Strogoff, sin ser descubierto, volvió a popa y cogiéndose la cabeza entre las manos trató de reflexionar. Se hubiera podido creer que estaba soñando.
Pero no dormía ni tenía intención de dormir. Reflexionaba sobre esto con viva aprensión:
—¿Quién sabe mi partida y quién tiene, por tanto, interés por conocerla?
8. REMONTANDO EL KAMA
Índice
Al día siguiente, 18 de julio, a las seis y cuarenta de la mañana, el Cáucaso llegaba al embarcadero de Kazan, separado siete verstas (siete kilómetros y medio) de la ciudad.
Kazan, situada en la confluencia del Volga y del Kazanka, es una importante capital del gobierno y del arzobispado griego, al mismo tiempo que gran centro universitario.
La variada población de esta ciudad estaba compuesta por cheremisos, mordvianos, chuvaches, volsalcos, vigulitches y tártaros, entre los cuales estos últimos eran los que habían conservado más especialmente su carácter asiático.
A pesar de que la ciudad estaba bastante alejada del desembarcadero, una multitud se apretujaba sobre el muelle a la espera de noticias. El gobernador de la provincia había publicado un decreto idéntico al de su colega de Nijni-Novgorod. Se veían tártaros vestidos con su caftán de mangas cortas y tocados con sus tradicionales bonetes de largas borlas que recuerdan las de Pierrot; otros, envueltos en una larga hopalanda y cubiertos con un pequeño casquete, parecían judíos polacos y mujeres con el pecho cubierto de baratijas, la cabeza coronada por diademas en forma de media luna, formaban diversos grupos que discutían entre sí.
Oficiales de policía mezclados entre la multitud y algunos cosacos con su lanza a punto guardaban el orden y se encargaban de hacer sitio a los pasajeros que descendían y a los que embarcaban, no sin antes haber examinado minuciosamente a ambas categorías de pasajeros, que estaban compuestos, por una parte, por los asiáticos afectados por el decreto de expulsión y, por la otra, mujiks que con sus familias se detenían en Kazan.
Miguel Strogoff miraba con aire indiferente ese ir y venir propio de todos los embarcaderos a los que se aproxima cualquier vapor. El Cáucaso haría escala en Kazan durante una hora, que era el tiempo necesario para proveerse de combustible. La idea de desembarcar no pasó por su imaginación, ya que no quería dejar sola a la joven livoniana, que aún no había reaparecido sobre el puente.
Los dos periodistas se habían levantado con el alba, como correspondía a todo diligente cazador, y bajaron a la orilla del río mezclándose entre la multitud, cada uno por su lado. Miguel Strogoff vio, por una parte a Harry Blount, con el bloc en la mano, dibujando algunos tipos y tomando nota de algunas observaciones; por la otra, Alcide Jolivet se contentaba con hablar, seguro de que su memoria no podía fallarle nunca.
Por toda la frontera oriental de Rusia había corrido el rumor de que la sublevación y la invasión tomaban caracteres considerables. Las comunicaciones entre Siberia y el Imperio eran ya extremadamente difíciles. Esto fue lo que Miguel Strogoff, sin haberse movido del puente, oyó decir a los nuevos pasajeros.
Estas noticias le causaban verdadera inquietud y excitaban el imperioso deseo que tenía de estar más allá de los Urales para juzgar por sí mismo la gravedad de la situación y tomar las medidas necesarias para hacer frente a cualquier eventualidad. Iba ya a pedir más precisos detalles a cualquiera de los indígenas de Kazan, cuando su mirada fue a fijarse de golpe en otro punto.
Entre los viajeros que abandonaban el Cáucaso Miguel Strogoff reconoció a la tribu de gitanos que la víspera se encontraba todavía en el campo de la feria de Nijni-Novgorod. Sobre el puente del vapor se encontraban el viejo bohemio y la mujer que le había calificado de espía. Con ellos, y sin duda bajo sus órdenes, desembarcaban también una veintena de bailarinas y cantantes, de quince a veinte años, envueltas en unas malas mantas que cubrían sus carnes llenas de lentejuelas.
Estas vestimentas, iluminadas entonces por los primeros rayos de sol, le hicieron recordar aquel efecto singular que había observado durante la noche. Era toda esta lentejuela bohemia lo que brillaba en la sombra, cuando la chimenea del vapor vomitaba sus llamaradas.
«Evidentemente —se dijo— esta tribu de gitanos, después de permanecer bajo el puente durante el día, han ido a agazaparse bajo el puente durante la noche. ¿Pretendían pasar lo más desapercibidos posible? Esto no entra, desde luego, entre las costumbres de su raza.»
Miguel Strogoff no dudó ya de que aquellas palabras que tan directamente le aludieron habían partido de este grupo invisible, iluminado de vez en cuando por las luces de a bordo, y que las habían cambiado el hombre y la mujer, a la que él había dado el nombre mongol de Sangarra.
Con movimiento instintivo se acercó al portalón del vapor, en el instante en que la tribu de bohemios iba a desembarcar para no volver.
Allí estaba el vicio bohemio, en una humilde actitud, poco en consonancia con la desvergüenza natural en sus congéneres. Se hubiera dicho que intentaba evitar hasta las miradas más que atraerlas. Su lamentable sombrero, tostado por todos los soles del mundo, inclinábase profundamente sobre su arrugado rostro. Su encorvada espalda se cubría con una vieja túnica en la que se arrebujaba, pese al calor que hacía. Bajo aquel miserable atuendo hubiera sido muy difícil apreciar su talla y su figura.
Cerca de él, la gitana Sangarra, exhibiendo una soberbia pose, morena de piel, alta, bien formada, con magníficos ojos y cabellos dorados, aparentaba tener unos treinta años.
Varias de las jóvenes bailarinas eran francamente bonitas y tenían el aspecto característico de su raza netamente acusado. Las gitanas son generalmente atrayentes y más de uno de esos grandes señores rusos, que se dedican a rivalizar en extravagancias con los ingleses, no han dudado en escoger esposa entre estas bohemias.
Una de las cantantes tarareaba una canción de ritmo extraño, cuyos primeros versos podían traducirse así:
El coral brilla sobre mi piel morena.
Y la aguja de oro en mi moño.
Voy a buscar fortuna
Al país de...
La alegre joven continuó su canción, pero Miguel Strogoff ya no pudo oír nada más.
Parecióle entonces que la gitana Sangarra lo miraba de una forma especialmente insistente. Se hubiera dicho que quería grabar sus rasgos en la memoria, de forma que ya no se le borraran.
«¡He aquí una gitana descarada! —se dijo Miguel Strogoff—. ¿Me habrá reconocido como el hombre al que calificó de espía en Nijni-Novgorod? Estos condenados gitanos tienen ojos de gato. Ven claramente a través de la oscuridad y bien podría saber...»
Miguel Strogoff estuvo a punto de seguir a Sangarra y su tribu, pero se contuvo.
«No —pensó—, nada de imprudencias. Si hago detener a ese viejo decidor de buenaventuras y su banda, me expongo a revelar mi incógnito. Además, ya han desembarcado y antes de que hayan traspasado la frontera yo ya estaré lejos de los Urales. Bien pueden tomar la ruta de Kazan a Ichim, pero no ofrece ninguna seguridad, aparte de que una tarenta tirada por buenos caballos siempre adelantará al carro de unos bohemios. ¡Entonces, tranquilízate, amigo Korpanoff!»
En aquel momento, además, Sangarra y el viejo gitano acababan de desaparecer entre la multitud.
Si a Kazan se la llama justamente «la puerta de Asia» y esta ciudad está considerada como el centro de todo el tránsito comercial con Siberia y Bukhara es porque de allí parten las dos rutas que atraviesan los montes Urales. Miguel Strogoff había elegido muy juiciosamente la que pasa por Perm, Ekaterimburgo y Tiumen, que es la gran ruta de postas, mantenidas a costa del Estado, y que se prolonga desde Ichim a Irkutsk.
Existía una segunda ruta —la que Miguel Strogoff acababa de aludir—, que evita el pequeño rodeo por Perm, que unía igualmente Kazan con Ichim, pasando Porjelabuga, Menzelinsk, Birsk, Zlatouste, en donde abandona Europa, Chelabinsk, Chadrinsk y Kurgana. Puede que esta ruta fuera un poco más corta que la otra, pero su pequeña ventaja quedaba notablemente disminuida por la ausencia de paradas de posta, el mal estado del terreno y la escasez de pueblos. Miguel Strogoff pensaba con razón que no podía haber hecho mejor elección y si, como parecía probable, los bohemios seguían esta segunda ruta de Kazan a Ichim, tenía todas las probabilidades de llegar antes que ellos.
Una hora después, la campana anunciaba la salida del Cáucaso, llamando a los nuevos pasajeros y avisando a los que ya viajaban en él. Eran las siete de la mañana y el barco ya había concluido la carga de combustible; las planchas de las calderas vibraban bajo la presión del vapor. El buque estaba preparado para largar amarras y los viajeros que iban de Kazan a Perm ocupaban ya sus respectivos lugares a bordo.
En aquel momento, Miguel Strogoff observó que de los dos periodistas únicamente Harry Blount se encontraba a bordo.
¿Iba, pues, Alcide Jolivet a quedarse en tierra?
Pero en el instante mismo en que se soltaban las amarras, apareció Alcide Jolivet a todo correr. El buque había comenzado la maniobra y la pasarela estaba quitada y puesta sobre el muelle, pero el periodista francés no se arredró y, sin dudarlo un instante, saltó con la ligereza de un clown, yendo a parar sobre la cubierta del Cáucaso, casi en brazos de su colega.
—Ya creí que el Cáucaso iba a partir sin usted —le dijo éste, mitad en serio, mitad en broma.
—¡Bah! —respondió Alcide Jolivet—. Les hubiera alcanzado aunque para ello tuviera que fletar un buque a expensas de mi prima, o correr de posta en posta a veinte kopeks por versta y por caballo. ¿Qué quiere usted? El telégrafo está lejos del muelle.
—¿A ido usted a telégrafos? —preguntó Harry Blount apretando los labios.
—Sí; he ido —respondió Alcide Jolivet con su más amable sonrisa.
—¿Y funciona todavía hasta Koliván?
—Esto lo ignoro, pero puedo asegurarle, por ejemplo, que funciona de Kazan a París.
—¿Ha mandado usted un telegrama... a su prima?
—Con todo entusiasmo.
—¿Es que ha sabido usted algo?
—Escuche, padrecito, por hablar como los rusos —respondió Alcide Jolivet—, soy un buen muchacho y no quiero ocultarle nada. Los tártaros, con Féofar-Khan a la cabeza, han traspasado Semipalatinsk y descienden por el curso del Irtiche. ¡Aproveche la noticia!
¡Cómo! Una noticia tan grave y Harry Blount la desconocía. Sin embargo, su rival, que la había captado probablemente de alguno de los habitantes de Kazan, la había transmitido ya a París. ¡El periódico inglés estaba atrasado de noticias! Harry Blount, cruzando sus manos en la espalda, fue a sentarse a popa del buque, sin decir ni una sola palabra.
Hacia las diez de la mañana, la joven livoniana abandonó su camarote para subir a cubierta.
Miguel Strogoff se dirigió hacia ella con la mano extendida.
—Mira, hermana —le dijo, después de haberla conducido hasta la proa del barco.
Y, efectivamente, el lugar valía la pena ser contemplado con atención.
En aquel momento, el Cáucaso llegaba a la confluencia del Volga con el Kama y era allí donde abandonaban el gran río, después de descender su curso durante más de cuatrocientas verstas, para remontar el importante afluente a lo largo de un recorrido de cuatrocientas sesenta verstas (490 kilómetros).
En aquel lugar se mezclaban las aguas de las dos corrientes, que tenían distinta tonalidad, y el Kama prestaba desde la orilla izquierda el mismo servicio que el Oka desde la derecha cuando atravesaba Nijni-Novgorod, desinfectándolo con sus limpias aguas.
Allí se ensanchaba ampliamente el Kama, y sus orillas, llenas de bosques, eran realmente bellas. Algunas velas blancas animaban sus aguas, impregnadas de rayos solares. Las costas, pobladas de alisos, de sauces y, a trechos, de grandes encinas, cerraban el horizonte con una línea armoniosa, que la resplandeciente luz del mediodía hacía confundir con el cielo en ciertos puntos.
Pero las bellezas naturales no parecían distraer, ni por un instante, los pensamientos de la joven livoniana. No tenía más que una preocupación: finalizar el viaje; y el Kama no era más que un camino para llegar a ese final. Sus ojos brillaban extraordinariamente mirando hacia el este, como si con su mirada quisiera atravesar ese impenetrable horizonte.
Nadia había dejado su mano en la de su compañero, volviéndose de repente hacia él, para decirle:
—¿A qué distancia nos encontramos de Moscú?
—A novecientas verstas —le respondió Miguel Strogoff.
—¡Novecientas sobre siete mil! —murmuró la joven.
Unos toques de campana anunciaron a los pasajeros la hora del desayuno. Nadia siguió a Miguel Strogoff al restaurante, pero no toco siquiera los entremeses que les sirvieron aparte, consistentes en caviar, arenques cortados a trocitos y aguardiente de centeno anisado, que servían para estimular el apetito, siguiendo la costumbre de los países del norte, tanto en Rusia como en Suecia y Noruega. Nadia comió poco, como una joven pobre cuyos recursos son muy limitados y Miguel Strogoff creyó que debía contentarse con el mismo menú que iba a comer su compañera, es decir, un poco de kulbat, especie de pastel hecho con yemas de huevos, arroz y carne picada; lombarda rellena con caviar y té por toda bebida.
La comida no fue, pues, ni larga ni cara y antes de veinte minutos se habían levantado ambos de la mesa, volviendo juntos a la cubierta del Cáucaso.
Se sentaron en la popa y Nadia, bajando la voz para no ser oída más que por él, le dijo sin más preámbulos:
—Hermano; me llamo Nadia Fedor y soy hija de un exiliado político. Mi madre murió en Riga hace apenas un mes y voy a Irkutsk para unirme a mi padre y compartir su exilio.
—También yo voy a Irkutsk —respondió Miguel Strogoff— y consideraré como un favor del cielo el dejar a Nadia Fedor, sana y salva, en manos de su padre.
—Gracias, hermano —respondió Nadia.
Miguel Strogoff le explicó entonces que él había obtenido un podaroshna especial para ir a Siberia y que por parte de las autoridades rusas, nada dificultaría su marcha.
Nadia no le preguntó nada más. Ella no veía más que una cosa en aquel encuentro providencial con el joven bueno y sencillo: el medio de llegar junto a su padre.
—Yo tenía —le dijo ella— un permiso que me autorizaba ir a Irkutsk; pero el decreto del gobernador de Nijni-Novgorod lo anuló y sin ti, hermano, no hubiera podido dejar la ciudad en la que me encontraste y en la cual, con toda seguridad, hubiera muerto.
—¿Y sola, Nadia, sola te aventurabas a atravesar las estepas siberianas?
—Era mi deber, hermano.
—¿Pero no sabes que el país está sublevado e invadido y queda convertido casi en infranqueable?
—Cuando dejé Riga no se tenían aún noticias de la invasión tártara —respondió la joven—. Fue en Moscú donde me puse al corriente de los acontecimientos.
—¿Y, a pesar de ello, continuaste el viaje?
—Era mi deber.
Esta frase resumía todo el valeroso carácter de la muchacha. Era su deber y Nadia no vacilaba en cumplirlo.
Después le habló de su padre. Wassili Fedor era un médico muy apreciado en Riga donde ejercía con éxito su profesión y vivía dichoso con los suyos. Pero al ser descubierta su asociación a una sociedad secreta extranjera, recibió orden de partir hacia Irkutsk y los mismos policías que le comunicaron la orden de deportación, le condujeron sin demora más allá de la frontera.
Wassili Fedor no tuvo más que el tiempo necesario para abrazar a su esposa, ya bastante enferma por entonces, y a su hija, que iba a quedar sin apoyo, y partió, llorando por los dos seres que amaba.
Desde hacía dos años, vivía en la capital de la Siberia oriental y allí, aunque casi sin provecho, había continuado ejerciendo su profesión de médico. No obstante, hubiera sido todo lo dichoso que puede ser un exiliado, si su esposa y su hija hubieran estado cerca de él. Pero la señora Fedor, ya muy debilitada, no pudo abandonar Riga; veinte meses después de la marcha de su marido, moría en brazos de su hija, a la que dejaba sola y casi sin recursos. Nadia Fedor solicitó y obtuvo fácilmente la autorización del gobernador ruso para reunirse con su padre en Irkutsk y escribió al autor de sus días comunicándole su partida. Apenas tenía con qué subsistir durante el viaje, pero no dudó en emprenderlo. Ella haría lo que pudiera... y Dios haría el resto.
Mientras tanto, el Cáucaso remontaba la corriente del río. Llegó la noche y el aire se impregnó de un delicioso frescor. La chimenea del vapor lanzaba millares de chispas de madera de pino y el murmullo de las aguas, rotas por la quilla del barco, se mezclaba con los aullidos de los lobos que infestaban las sombras de la orilla derecha del Kama.
9. EN TARENTA NOCHE Y DÍA
Índice
Al día siguiente, 19 de julio, el Cáucaso llegaba al desembarcadero de Perm, última estación de su servicio por el Kama.
Este gobierno, cuya capital es Perm, es uno de los más vastos del Imperio ruso, penetrando en Siberia después de atravesar los Urales. Canteras de mármol, salinas, yacimientos de platino y de oro, minas de carbón, se explotan en gran escala en su territorio. Aunque se espera que Perm, por su situación, se convierta en una ciudad de primer orden, ahora es poco atrayente, sucia y fangosa y ofrece pocos recursos. Para aquellos que van de Rusia a Siberia, esta falta de confort les es indiferente, porque van provistos con todo lo necesario; pero aquellos que llegan de los territorios de Asia central, después de un largo y agotador viaje, agradecerían, sin duda, que la primera ciudad europea del Imperio estuviese mejor aprovisionada.
Los viajeros que llegan a Perm venden sus vehículos, más o menos deteriorados por la larga travesía a través de las planicies siberianas. Y es allí también en donde los que van de Europa a Asia compran su coche si es verano o sus trineos en invierno, antes de emprender un viaje de varios meses a través de las estepas.
Miguel Strogoff había planeado ya su programa de viaje y sólo tenía que ejecutarlo.
Existe un servicio de correos que franquea con bastante rapidez la cordillera de los Urales, pero dadas las circunstancias, este servicio estaba desorganizado. De todos modos, Miguel Strogoff, que quería hacer un viaje rápido sin depender de nadie, no hubiera tomado el correo y hubiese comprado un coche, corriendo con él de posta en posta, activando por medio de na vodku suplementarios el celo de los postillones que en el país eran llamados yemschiks.
Desgraciadamente, a causa de las medidas tomadas contra los extranjeros de origen asiático, un gran número de viajeros había abandonado ya Perm y, por consiguiente, los medios de transporte eran extremadamente escasos. Miguel Strogoff no tuvo más remedio que contentarse con lo que los demás habían desechado. En cuanto a conseguir caballos, el correo del Zar, mientras no llegase a Siberia, podía tranquilamente exhibir su podaroshna y los encargados de las postas le atenderían con preferencia; pero una vez fuera de la Rusia europea, no podía contar más que con el poder de los rublos.
Pero ¿en qué clase de vehículo iba a enganchar los caballos? ¿A una telega o a una tarenta?
La telega no es más que un auténtico carro descubierto, de cuatro ruedas, en cuya confección no interviene ningún otro material más que la madera. Ruedas, ejes, tornillos, caja y varas, eran de madera de los vecinos bosques y para el ajuste de las diversas piezas de que se compone la telega se emplean gruesas cuerdas. Nada más primitivo, ni más incómodo, pero también nada más fácil de reparar si se produce algún accidente en ruta, ya que los abetos son abundantes en la frontera rusa y los ejes pueden encontrarse ya cortados prácticamente en cualquier bosque. Es con telegas como se hace el correo extraordinario conocido con el nombre de perekladnoï, para las cuales cualquier camino es bueno, aunque a veces ocurre que se rompen las ligaduras que unen las distintas piezas y, mientras el tren trasero queda atascado en cualquier bache de la carretera, el delantero continúa adelante sobre las otras dos ruedas. Pero este resultado se considera poco satisfactorio.
Miguel Strogoff se hubiera visto obligado a viajar con una telega, si no hubiese tenido la suerte de encontrar una tarenta.
Este vehículo no es que sea el último grito del progreso de la industria carrocera; como a la telega, le faltan las ballestas; la madera, en sustitución del hierro, no escasea; pero sus cuatro ruedas, separadas ocho o nueve pies, le aseguran cierta estabilidad en aquellas carreteras llenas de baches y a menudo desniveladas. Un guardabarro protege a los viajeros del lodo del camino y una capota, que puede cerrarse herméticamente, convierte el vehículo en un agradable protector contra el riguroso calor y las borrascas violentas del verano. La tarenta es, además, tan sólida y fácil de reparar como la telega y no está tan expuesta a dejar su tren trasero en el camino.
A pesar de todo, para descubrir esta tarenta, Miguel Strogoff tuvo que buscar minuciosamente, y era probable que en toda la ciudad no hubiera otra, pero no por eso dejó de regatear el precio, por pura fórmula, para mantenerse en su papel de Nicolás Korpanoff, simple comerciante de Irkutsk.
Nadia había seguido a su compañero en esta carrera a la búsqueda de un vehículo porque, pese a que los fines de sus respectivos viajes eran diferentes, ambos tenían los mismos deseos de llegar y, por tanto, de partir de Perm. Se hubiera dicho que estaban animados por una misma voluntad.
—Hermana —dijo Miguel Strogoff—, hubiera querido encontrar para ti algún vehículo más confortable.
—¡Y me dices esto a mí, hermano, que hubiera ido a pie si hubiese sido necesario, para reunirme con mi padre!
—No dudo de tu coraje, Nadia, pero hay fatigas físicas que una mujer no puede soportar.
—Las soportaré sean cuales fueren —respondió la joven—. Y si oyes escaparse de mis labios una sola queja, déjame en el camino y sigue solo tu viaje.
Media hora más tarde, tras la presentación de su podaroshna, tres caballos de posta estaban enganchados a la tarenta. Estos animales, cubiertos de pelo, parecían osos levantados sobre sus patas. Eran pequeños y nerviosos, de pura raza siberiana.
El postillón los había enganchado colocando el más grande entre dos largas varas que llevaban en su extremo anterior un cerco llamado duga, cargado de penachos y campanillas, y los otros dos sujetos simplemente con cuerdas a los estribos de la tarenta, sin arneses, y por toda rienda unos bramantes.
Ni Miguel Strogoff ni la joven livoniana llevaban equipajes. Las exigencias de rapidez en uno y los modestos recursos en la otra les impedían cargarse de bultos. En estas condiciones esto era una gran ventaja, porque la tarenta no hubiera podido con los equipajes o con los viajeros, porque no estaba construida más que para llevar dos personas, sin contar el yemschik, quien tendría que sostenerse en su asiento por un milagro de equilibrio.
El yemschik se relevaba en cada parada. El que les tenía que conducir durante la primera etapa del viaje era siberiano, como sus caballos, y no menos peludo que ellos, con cabellos largos cortados a escuadra sobre la frente, sombrero de alas levantadas, cinturón rojo y capote con galones cruzados sobre botones en los que tenía grabada la marca imperial.
Al llegar con sus atalajes había lanzado una mirada inquisidora sobre los viajeros de la tarenta. ¡Sin equipaje! «¿Dónde diablos lo habrían puesto?», pensó, al ver su apariencia tan poco acomodada, haciendo un gesto muy significativo.
—¡Cuervos! —dijo, sin preocuparse de ser oído o no—. ¡Cuervos a seis kopeks la versta!
—¡No! ¡Águilas! —respondió Miguel Strogoff, que comprendía perfectamente el argot de los yemschiks— ¡Águilas, comprendes, a nueve kopeks por versta y la propina!
Les respondió un alegre restallido de látigo. El «cuervo», en el argot de los postillones rusos es el viajero tacaño o indigente, que en las paradas no paga los caballos más que a dos o tres kopeks por versta; el «águila» es el viajero que no retrocede ante los precios elevados y que da generosas propinas. Por eso el cuervo no podía tener la pretensión de volar tan rápidamente como el ave imperial.
Nadia y Miguel Strogoff ocuparon inmediatamente sus sitios en la tarenta, llevando un paquete con provisiones que ocupaba poco sitio y que les permitiría, en caso de retraso, aguantar hasta su llegada a la casa de posta, que, bajo la vigilancia del Estado, eran muy bien atendidas. Bajaron la capota para preservarse del insoportable calor y, al mediodía, la tarenta, tirada por sus tres caballos, abandonaba Perm en medio de una nube de polvo.
La manera de sostener el ritmo de las caballerías adoptada por el postillón, hubiera llamado la atención de cualquier otro viajero que, sin ser ruso o siberiano, no estuviera acostumbrado a esta forma de conducir. Efectivamente, el caballo del centro, regulador de la marcha, un poco más grande que los otros dos, sostenía imperturbablemente, cualesquiera que fuesen las irregularidades del terreno, un trote largo y de una perfecta regularidad. Los otros dos animales parecían no conocer otro tipo de marcha que el galope, meneándose con mil fantasías muy divertidas. El yemschik no los castigaba, únicamente los estimulaba con los restallidos de su látigo en el aire. ¡Pero qué epítetos les prodigaba cuando se comportaban como bestias dóciles y concienzudas! ¡Cuántos nombres de santos les aplicaba! El bramante que le servía de guía no le hubiera sido de mucha utilidad con animales medio fogosos, pero las palabras na pravo, a la derecha, y na levo, a la izquierda, dichas con voz gutural, producían mejores efectos que la brida o el bridón. ¡Y qué amables interpelaciones surgían en tales ocasiones!
—¡Caminad palomas mías! ¡Caminad, gentiles golondrinas! ¡Volad, mis pequeños pichones! ¡Ánimo, mi primito de la izquierda! ¡Empuja, mi padrecito de la derecha!
Pero cuando el ritmo de la marcha descendía, ¡qué expresiones insultantes les dirigía y que parecían ser comprendidas por los susceptibles animales!
—¡Camina, caracol del diablo! ¡Maldita seas, babosa! ¡Te despellejaré viva, tortuga, y te condenarás en el otro mundo!
Sea como fuere, con esta manera de conducir, que exigía más solidez de garganta que vigor en los brazos del yemschik, la tarenta volaba sobre la carretera y devoraba de doce a catorce verstas por hora.
A Miguel Strogoff, habituado a esta clase de vehículos y a esta forma de conducir, no le molestaban ni los sobresaltos ni los vaivenes. Sabía que un vehículo ruso no evita los guijarros, ni los hoyos, ni los baches, ni los árboles derribados sobre la carretera, ni las zanjas del camino. Estaba hecho a todo esto. Pero su compañera corría el peligro de lastimarse con los golpes de la tarenta, pero no se quejaba.
Durante los primeros instantes del viaje, Nadia, llevada así a toda velocidad, permanecía callada. Después, obsesionada siempre con el mismo pensamiento, dijo:
—He calculado que debe de haber una distancia de trescientas verstas entre Perm y Ekaterimburgo, hermano. ¿Me equivoco?
—Estás en lo cierto, Nadia —respondió Miguel Strogoff— y cuando hayamos llegado a Ekaterimburgo nos encontraremos al pie mismo de los Urales en su vertiente opuesta.
—¿Cuánto durará la travesía de las montañas?
—Cuarenta y ocho horas, ya que viajaremos noche y día. Y digo noche y día, Nadia, porque no puedo pararme ni un solo instante y es preciso que marche a Irkutsk sin descanso.
—Yo no te retrasaré ni una hora, hermano. Viajaremos noche y día.
—Bien, Nadia. Entonces, si la invasión tártara nos deja libre el paso, antes de veinte días habremos llegado.
—¿Tú has realizado ya antes este viaje? —preguntó Nadia.
—Varias veces.
—En invierno hubiéramos llegado con más rapidez y con mayor seguridad. ¿No es así?
—Sí, sobre todo, con mucha más rapidez. Pero habrías sufrido mucho con el frío y la nieve.
—¡Qué importa! El invierno es el amigo de los rusos.
—Sí, Nadia, pero hace falta un temperamento a toda prueba para resistir tal y tanta amistad. Yo he visto muchas veces, en las estepas siberianas, llegar la temperatura a más de cuarenta grados bajo cero. He sentido, pese a mi vestido de piel de reno, que se me helaba el corazón, mis brazos se retorcían, mis pies se helaban bajo mis triples calcetines de lana. He visto los caballos de mi trineo cubiertos por un caparazón de hielo y fijárseles el vaho de su respiración en las narices. He visto el aguardiente de mi cantimplora convertido en una piedra tan dura que mi cuchillo no podía cortar... Pero mi trineo volaba como un huracán; no había obstáculos en la llanura nivelada y blanca en todo lo que podía abarcar la vista. Ningún curso de agua en el que tuviera que buscar un vado. Ningún lago que hubiera que atravesar en barca. Por todas partes hielo duro, camino libre y paso asegurado. ¡Pero a costa de cuántos sufrimientos, Nadia! ¡Sólo podrían decirlo aquellos que no han vuelto y cuyos cadáveres están cubiertos por la nieve!
—Sin embargo, tú has vuelto, hermano —dijo Nadia.
—Sí, pero yo soy siberiano y desde niño, cuando acompañaba a mi padre en sus cacerías, me acostumbré a estas duras pruebas. Pero tú, Nadia, cuando me has dicho que el invierno no te habría detenido, que irías sola, dispuesta a luchar contra las terribles inclemencias del clima siberiano, me ha parecido verte perdida en la nieve y caída para no levantarte más.
The free sample has ended.