Read the book: «El pueblo judío en la historia»
EL PUEBLO JUDÍO:
POLÍTICA, SOCIEDAD,
RELIGIÓN Y CULTURA
Juan Pedro Cavero Coll

ISBN: 978-84-15930-21-1
© Juan Pedro Cavero Coll, 2013
© Punto de Vista Editores, 2013
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Índice
El autor
Introducción
Una panorámica global
I. Origen y evolución del conflicto de Oriente Próximo
Una carrera de obstáculos
Mucho sufrimiento hasta la paz
Necesidad de acuerdos
II. Los judíos en la actualidad
El número de judíos
Israel, gran diversidad a pequeña escala
Los judíos de la diáspora
Muchos retos por delante
III. El judaismo: un único dios
Una de las tres religiones monoteístas
Fuentes del judaísmo
El Dios de la Biblia escoge al pueblo judío
Vivir el judaísmo
Judaísmo «a la carta»
IV. Otros hijos del mismo dios
El judío Jesús de Nazaret, un antes y un después
La Palabra y el Pan
Más errores que aciertos
La Iglesia pide perdón
Mahoma, enviado de Alá
V. Un breve recorrido cultural
Visión de conjunto
Esplendor cultural medieval
En todas las ciencias, en todas las artes
Conclusión
El autor
Juan Pedro Cavero Coll (Madrid, 1965) es licenciado en Geografía e Historia y diplomado en Ciencias Religiosas. Amplió sus estudios cursando el programa de doctorado «Estado y nacionalismo en España y Latinoamérica» y realizando, entre otros, un curso de Altos Estudios Internacionales.
Dedicado a la docencia, Cavero Coll ha escrito varios libros sobre el pueblo judío y publicado artículos sobre temas educativos, históricos y del presente. En la actualidad colabora en la revista digital Anatomía de la Historia. En Punto de Vista Editores ha publicado también El pueblo judío en la historia: desde los comienzos hasta el Holocausto.
A todos, y especialmente a los míos
Introducción
Una panorámica global
Al escribir este libro me he propuesto ofrecer una visión de conjunto del pueblo judío en la actualidad. Como en otras ocasiones, mi criterio para considerar judía a una persona difiere del establecido por las corrientes rabínicas ortodoxas. Para estas, como recordaremos de nuevo más adelante, es judío todo aquel nacido del vientre de una mujer judía (a este respecto no importa, pues, si el padre es judío o no) y toda persona convertida al judaísmo (independientemente de su raza) según las normas aprobadas por las correspondientes autoridades religiosas.
Aunque sean pocos los conversos, dejar la puerta abierta a la conversión para ser judío, como permiten las normas del judaísmo ortodoxo, conlleva entre otras las siguientes consecuencias: es judío/a. cualquier nacido/a. de una mujer judía (independientemente de su raza y ascendencia), sea cual sea su raza y opción religiosa o, en su caso, no religiosa (aunque algunos rabinos excluyen a los idólatras); el «judaísmo biológico» o, mejor, la identidad judía, no se hereda del padre y, por tanto, cualquier hijo/a. de padre judío y madre gentil (no judía) debe hacer un acto formal de conversión al judaísmo para ser judío; cumpliéndose una de las situaciones anteriores, y al margen de lo que opinen los progenitores o incluso el propio interesado, la identidad judía está reconocida.
Lejos de esa rigidez a la que se oponen también las ramas liberales del judaísmo, e incluso independientemente de las doctrinas de estas últimas corrientes, nosotros consideraremos judía o judío ―como hemos hecho en otras publicaciones― a cualquier descendiente de madre, padre, abuela o abuelo judíos (sean estos por ascendencia o por conversión), así como a aquellas personas formalmente convertidas al judaísmo. Pensamos que, de esta manera, es más fácil ofrecer una visión global de cuanto guarda relación con los judíos, grupo heterogéneo de personas tanto en su aspecto físico como en su modo de pensar y preparación cultural, cuyos miembros, además, han atravesado por diferentes circunstancias políticas, sociales y económicas.
Rechazado, pues, cualquier monolitismo, a lo largo del libro podremos percatarnos de las tendencias centrífugas y centrípetas que se aprecian en los judíos actuales, en los que, a pesar de las muchas excepciones, pueden destacarse unos denominadores relativamente comunes: algunas generaciones precedentes han compartido experiencias pasadas, cierta relación ―sentimental, política, económica, cultural― con el estado de Israel e interés por la seguridad y bienestar de los judíos en el mundo. Como es lógico, los lazos de unión son más fuertes en los judíos de la diáspora más satisfechos de su identidad (que suelen ser los más integrados y activos en sus respectivas comunidades judías) así como en muchos otros de nacionalidad israelí, por cuanto se sacrifican y benefician a un tiempo de la existencia del estado de Israel; estos últimos, además, no tienen que hacer esfuerzos especiales para recordar y mantener psicológicamente viva su identidad judía.
Uno de esos vínculos esenciales que, aunque algunos no lo reconozcan, unen de hecho a los judíos es, como hemos indicado, el pasado común, más o menos compartido en función de las coordenadas espacio-temporales donde se han desarrollado las diferentes comunidades judías. Hay más historia común cuantos más son los ancestros judíos (a este respecto, no es igual tener madre y padre judíos que, por ejemplo, uno de los progenitores o de los abuelos/as.). Y evidentemente, hay experiencias cotidianas (la educación judía, atenerse a las normas de alguna corriente del judaísmo, residir en un país, hablar determinada lengua) o vivencias extraordinarias (como el Holocausto, haber padecido acosos o sufrido atentados terroristas) que, probablemente, unen más a quienes las han probado o sufrido. En cualquier caso, siempre acaba llegándose a una pareja (el patriarca Abraham y su esposa Sara) de la que todos descienden (caso de los judíos biológicos) o a unos contenidos religiosos (como ocurre con los conversos) con los que se comulga.
Ese pasado común a tantos judíos lo narré en otro libro (El pueblo judío en la Historia: desde los comienzos al Holocausto). En el presente volumen me he centrado en describir ―y a veces comentar― aspectos políticos (especialmente sobre el conflicto de Oriente Próximo y el estado de Israel), sociales (la situación de los judíos en Israel y en la diáspora), religiosos (las corrientes del judaísmo y algunas de las principales relaciones, semejanzas y diferencias entre las religiones monoteístas) y culturales (aportaciones grupales e individuales a la humanidad). Dichos aspectos, junto con ese conocimiento histórico que explica tantos hechos del presente, contribuirán a darnos, en mi opinión, una buena perspectiva global del pueblo judío en la actualidad.
Acabo agradeciendo el interés que mis familiares y amigos han puesto durante la redacción de esta obra y los consejos y confianza de José Luis Ibáñez Salas, director editorial de Punto de Vista Editores, sello que, al igual que el volumen antes mencionado, publica también este libro.
I. Origen y evolución del conflicto de Oriente Próximo
Una carrera de obstáculos
Ocurre con frecuencia entre los no judíos que cuesta comprender el valor especial de la tierra de Israel para muchos que sí lo son. Esa calurosa zona de Oriente Próximo fue durante siglos el hogar judío, el lugar donde el pueblo forjó su «personalidad» al acoger sus penas, alegrías y retos cotidianos. El judaísmo, desde luego, ha contribuido de forma decisiva a mantener y elevar el carácter de esos vínculos ―aunque sin concretarlos políticamente― al reconocer en ellos la voluntad divina. Sin embargo, a pesar de esa larga tradición histórica entre tierra y pueblo el judaísmo no ofreció una concreción política a dicho vínculo.
La existencia del actual estado de Israel tendría que esperar al progresivo desarrollo del sionismo, corriente de pensamiento y de acción relativamente reciente que el diplomático israelí Jacob Tsur definió y contextualizó así hace unas décadas:
«El sionismo es el movimiento de liberación nacional del pueblo judío. Se inserta en el gran proceso histórico de la emancipación de las naciones, que se inició en Europa, desde Italia a los Balcanes, en la primera mitad del siglo XIX, con las primeras revoluciones nacionales, y que culminó con la independencia de casi todos los pueblos de Asia y de África después de la Segunda Guerra Mundial.»
Durante el siglo XIX la secularización ganó partidarios en muchas comunidades judías de Europa occidental y central. Mientras los que vivían en la zona oriental conservaban sus costumbres centenarias, trabajando en actividades agrarias casi como único medio de vida, entre sus hermanos del oeste creció el número de los que relegaron la educación religiosa para aprovechar la enseñanza laica de los gentiles e introducirse en sectores influyentes.
Uno de los judíos que optaron por esa vía fue Theodor Herzl (1860-1904), fundador del sionismo político. Nacido en Budapest e instruido en Viena, donde conoció las dificultades que un judío debía superar para situarse en la sociedad, Herzl encontró en el periodismo un medio con el que ganarse la vida. Gracias precisamente a su actividad como corresponsal de un diario vienés en París, Herzl pudo vivir en directo las pasiones que levantó el caso Dreyfus. Además de esta experiencia, el conocimiento de las persecuciones antisemitas desencadenadas en Rusia, así como su percepción del ambiente de hostilidad hacia los judíos que se estaba creando en Alemania, le impulsaron a reconsiderar su apoyo a los judíos que abogaban por la asimilación.
En 1896 Herzl publicó en Viena El Estado de los judíos, cuyas ideas dieron comienzo al sionismo político organizado. Según Herzl, el problema judío sólo encontraría solución definitiva con la creación, por medios políticos y diplomáticos, de un estado judío. La importancia dada al factor político no existía en otras concepciones sionistas aparecidas a mediados del siglo XIX. Así, Asher Guinzburg (1856-1927), que firmó sus obras con el nombre de Ahad Haam, había preconizado la necesidad de establecer en Israel no un hogar nacional o una casa común, sino un centro espiritual que reavivara en la conciencia judía el deseo de recuperar una identidad que podía perderse. Haam, padre del que contradictoriamente se ha llamado «sionismo espiritual», hizo una gran labor dirigida a reavivar en las comunidades hebreas la cultura y las costumbres de siempre.
Anhelo por Sión
La palabra “Sión”, de origen incierto, es utilizada cerca de 150 veces en la Biblia. En la primera de ellas (2 Sam, 7) Sión da nombre a una fortaleza de Jerusalén conquistada a los jebuseos por el rey David. Con el tiempo, Sión extendió su significado a la ciudad de Jerusalén y, más tarde, al conjunto de Tierra Santa. Los Profetas emplearon el término con sentido religioso, pero también nacional, preocupados como estaban por la supervivencia del pueblo. Terminada la Biblia, la palabra Sión continuó formando parte de la cultura judía (aggadot, oraciones, poesías y canciones) con el doble significado religioso y nacional.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el anhelo por Sión acabó impulsando a bastantes familias a establecerse en esa tierra. Unos cuantos escritores hicieron lo mismo (Jacob Fichman, Yehuda Karni, David Shimoni, Rachel Bluwstein, Uri Zvi Greenberg, Yitzhak Lamdan, Avraham Shlonsky y Levi Ben-Amiati, entre otros). Estas migraciones se produjeron pocos años después o paralelamente, según los casos, al impulso que experimentó el sionismo político con las obras de Edmund Eisler, Theodor Herzl, Edward Bellamy, Elhanan Leib Levinsky, Henry Pereira Mendes, Isaac Fernhof y Shalom Ben Avram.
El sionismo político ejerció sin embargo mucha mayor influencia. Es cierto que las ideas de Herzl no gozaron de acogida inmediata entre los judíos de la Europa occidental y que encontraron incluso la oposición de personas destacadas, como algunos miembros de la familia Rothschild y el barón de Hirsch. Pero no sucedió lo mismo en los países de Europa oriental. En estos no se había producido ningún tipo de asimilación y los judíos continuaban unidos, viviendo pobremente como hicieron sus antepasados y sometidos además a una creciente oleada de pogromos. Por eso, los protagonistas de la primera aliyá o migración a Israel no sólo fueron judíos procedentes de Oriente Próximo (Yemen, por ejemplo), sino principalmente de Rusia.
Aliyá
Literalmente «ascenso», la palabra aliyá designa en este contexto la migración de judíos para establecerse en Israel. El término, popularizado a partir de la deportación de judíos a Babilonia en el siglo VI a.C., hace referencia a la aliyá la’reguel o peregrinación que los varones judíos, tres veces al año, debían hacer al Templo de Jerusalén. Tras su destrucción en el 70 d.C. dicha obligación fue abolida, aunque continuaron realizándose viajes a Jerusalén.
En el impulso a la creación del estado de Israel fueron determinantes los congresos sionistas. El primero, celebrado en Suiza en 1897, aprobó el llamado «programa de Basilea», en el que se establecía como interés prioritario del sionismo «crear para el pueblo judío un hogar en Palestina asegurado por el derecho internacional». El planteamiento era, desde luego, totalmente novedoso. En aquellos momentos, además, ese hogar imaginario no era más que una pequeña parte del Imperio otomano, al que pertenecía desde el siglo XV, alejado del centro de decisión turco y con escaso interés económico. Poco poblado, vivían allí principalmente árabes dedicados a labores agrarias y sin gobierno propio.
Herzl, convertido ya en presidente de la Organización Sionista Mundial, trató en vano de conseguir del gobierno turco una carta (charter) que permitiera a los judíos realizar una colonización masiva en Palestina. Desilusionado y presionado por la brutalidad de los pogromos en Rusia, y buscando como fuera un refugio frente al antisemitismo, Herzl aceptó otros lugares para hacer realidad sus sueños: el desierto del Sinaí y Uganda, áreas dependientes de Gran Bretaña. También llegó a considerarse Argentina. Sin embargo, estos planes terminaron abandonándose. Era lógico porque a través de los siglos el pueblo judío siempre había manifestado, como afirman los historiadores Shlomo Ben Ami y Zvi Medin, un «nexo esencial con la Tierra de Israel».
Herzl falleció en 1904. Iosi Goldstein, autor especialmente interesado en la influencia de los grandes protagonistas de la historia judía, ha escrito algunas consideraciones sobre la trascendencia política de Herzl:
«El gran aporte de Biniamin Teodoro Herzl al liderazgo judío fue su habilidad para traducir el potencial de cambio en hechos políticos concretos, como la creación de una Organización Sionista Mundial (1897) o elementos organizativos y financieros para liderar un movimiento nacional organizado, reconocido por la opinión pública mundial y en especial por el liderazgo político europeo de la época. [...] Herzl fue ante todo el prototipo de líder judío total, dedicado sin concesiones a la causa nacional judía, sacrificando para esta causa a su propia familia y carrera profesional, sea como abogado, periodista o escritor dramaturgo. La política fue quizás su mejor arte o profesión, entrelazada con la diplomacia. Herzl supo trascender los límites del ghetto judío, sintetizar la imagen del judío emancipado ―casi asimilado― que retorna a sus raíces y trae la panacea nacional, casi mesiánica.
«Como líder en una era de crisis y transición, supo también acentuar la importancia de la unidad nacional, de la inclusión de amplios sectores del Judaísmo en el seno de la organización sionista. Su llamado era aglutinante, evitaba las disputas o polémicas internas, lo que desdibujó líneas ideológicas, pero no logró eliminarlas. Temas conflictivos como la identidad religiosa o la educación judía fueron barridos debajo de la alfombra para dejar el escenario libre y todos los esfuerzos focalizados en la meta política: la obtención del charter, de la autorización imperial para asentarse en Eretz Israel o en un territorio nacional en otra parte del mundo. Su obsesión por el consenso lo llevó a abandonar el programa Uganda, al notar que el tema territorial se convertía en otro elemento polémico que podría llevar a rupturas internas. En última instancia, el liderazgo herzeliano era la política de la vía media, del diálogo permanente en búsqueda de consenso. Ésa es también su gran debilidad.»
Muerto Herzl, su propósito de obtener permiso del gobierno turco para poblar el territorio deseado quedó supeditado al objetivo de Chaim Weizmann de acelerar la colonización. Con razón afirma el historiador español Luis Suárez, refiriéndose a la década anterior a la Primera Guerra Mundial, que «el sionismo político y el práctico se equilibraron». Weizmann, nacido en Bielorrusia, había estudiado bioquímica en Alemania, de donde marchó a Ginebra y después a Manchester para trabajar como profesor universitario. Su visión del sionismo, que conjugaba el pragmatismo político de Herzl con el espiritualismo de Haam, fue esencial para impulsar el asentamiento de judíos en Oriente Próximo. En una tierra propia, pensaba Weizmann, los judíos podrían no sólo librarse de las dificultades del antisemitismo sufrido en países como Polonia y Alemania, sino también beneficiarse cultural y espiritualmente de la labor de sus propias instituciones.
Durante la segunda aliyá (1903-1914) cerca de treinta mil judíos, en su mayoría procedentes de Europa oriental y principalmente de Rusia, abandonaron sus hogares para dirigirse a la paupérrima región otomana de Palestina, cuyas áridas tierras de inmediato empezaron a trabajar. Dadas las condiciones, la agricultura se convirtió en la actividad central de los nuevos inmigrantes. Numerosos pantanos fueron desecados por estos pioneros, para quienes el trabajo tenía una dimensión religiosa y social que empujaba a un esfuerzo constante en beneficio de la comunidad. En 1909 se fundó el primer kibbutz y no cesó de aumentar el asentamiento de judíos en ciudades como Tel Aviv, Haifa y Jaffa. A comienzos de la Primera Guerra Mundial (1914) la población judía en Palestina rondaba ya las noventa mil personas.
Tales resultados no hubieran sido posibles sin apoyo financiero, porque las colonias judías se establecieron en terrenos comprados a los árabes. Antes de la celebración de los congresos sionistas ya existía la Palestine Jewish Colonisation Association (PICA), fundada por el barón Edmond de Rothschild para facilitar el envío de dinero y de personal judío cualificado a esas tierras turcas. En 1899 nació el Banco Colonial Judío (Jewish Colonial Trust), del que surgió el Anglo-Palestine-Bank, presente en la zona desde 1902 y origen del futuro Banco Nacional de Israel. También con el propósito principal de proporcionar medios para comprar y colonizar tierras se crearon, sucesivamente, el Fondo Nacional Judío (1901), el Keren Hayesod (1920) y la Agencia Judía (1929). Aunque las adquisiciones fueron continuadas, en 1948 no alcanzaban todavía el 10% del territorio.
Mientras se realizaba ese esfuerzo colonizador, Europa se sumió en un conflicto que terminó afectando a los cinco continentes. En 1914 el decadente Imperio otomano, como hizo Bulgaria un año después, firmó un acuerdo con Alemania que le condujo finalmente a participar en la Primera Guerra Mundial junto a los imperios de Alemania y Austria-Hungría. Frente a ellos lucharon los países de la Entente (Gran Bretaña, Francia y Rusia), las naciones atacadas (Serbia, Bélgica) y otras que se unieron progresivamente a la coalición (Japón, Italia, Rumania, Portugal, Grecia, Estados Unidos, China y varias repúblicas suramericanas).
La coalición bélica del Imperio otomano con los imperios centrales europeos avivó el deseo de las potencias de la Entente de hacerse con los grandes territorios otomanos de Oriente Próximo y, cuando pudieron, emprendieron su conquista. En enero de 1917 el ejército inglés comenzó la invasión de Palestina. Funcionarios ingleses habían hecho promesas políticas a grupos árabes para conseguir su apoyo, que por fin obtuvieron, aunque este no llegó a ser especialmente significativo.
Otros acontecimientos internacionales alcanzaron mayor trascendencia histórica. En Rusia el descontento popular provocó revoluciones sucesivas (febrero y octubre de 1917), la última de las cuales ocasionó la implantación de un Consejo de Comisarios del Pueblo que decretó el cese de las hostilidades contra otras naciones. Pero la retirada rusa no cambió el resultado general de las operaciones, gracias en parte a la entrada en guerra de Estados Unidos contra Alemania (abril de 1917) y Austria-Hungría (diciembre de 1917). Las ofensivas aliadas continuaron y, finalmente, los imperios centrales y otomano pidieron el armisticio: el Imperio otomano, en concreto, tras perder en el frente palestino (septiembre de 1918) y poco después Alemania y Austria (octubre de 1918).
En agosto de 1920 los gobiernos de los estados vencedores de la guerra firmaron con el gobierno otomano el Tratado de Paz de Sèvres, no ratificado por el parlamento otomano, que supuso el fin del Imperio otomano y la desintegración de buena parte de su territorio. En Oriente Próximo, Francia logró los Mandatos de Siria y Líbano y Gran Bretaña los antiguos dominios otomanos Transjordania y Palestina; en Oriente Medio, Gran Bretaña tomó el control de los territorios otomanos en Mesopotamia. Estas disposiciones fueron confirmadas por la Sociedad de Naciones el 24 de julio de 1922. En concreto, en el prefacio del documento sobre Palestina la Sociedad de Naciones afirmaba:
«Las principales potencias aliadas han aceptado igualmente que el estado mandatario sea responsable de poner en ejecución la declaración hecha el 2 de noviembre de 1917 por el gobierno de su majestad, y adoptada por dichas potencias, en favor del establecimiento en Palestina de un Hogar Nacional para el pueblo judío; quedando bien entendido que no será emprendido nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina.»
Gran Bretaña, como estado mandatario en Palestina, recibió por tanto de la Sociedad de Naciones el encargo de crear allí un estado judío. También se pidió al gobierno inglés que pusiera los medios para favorecer la inmigración judía a la tierra que se les daba en Mandato. El texto se ajustaba a las pretensiones británicas, tal y como se había expresado en la «Declaración Balfour». En este documento ―escrito el 2 de noviembre de 1917― Arthur James Balfour, alto representante del gobierno inglés, había comunicado a lord Rothschild el apoyo oficial británico al sionismo político. Meses antes políticos franceses se habían mostrado favorables a estas demandas, como también hicieron en 1918 algunos italianos y el Presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson. Así dice la famosa «Declaración Balfour»:
«Foreign Office, 2 de noviembre de 1917:
«Querido Lord Rothschild:
«Tengo el placer de transmitirle, en nombre de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía hacia los ideales sionistas judíos, que ha sido presentada y aprobada por el Gabinete:
«“El Gobierno de Su Majestad considera con benevolencia la creación de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina y hará todo lo posible para facilitar la consecución de este objetivo; naturalmente, no debe emprenderse ninguna acción que pudiera perjudicar los derechos religiosos o civiles de las comunidades no judías que habitan en Palestina ni la situación jurídica civil de los judíos que viven en otros países”.
«Le quedaría agradecido si usted quisiera hacer llegar esta declaración a la asociación sionista.
«Atentamente
«Arthur James Balfour»
Desde que Palestina quedó bajo el mandato de la Sociedad de Naciones (1922) su población judía, que hasta entonces no llegaba al 10% del total, creció extraordinariamente. Las perspectivas que se ofrecían impulsaron a decenas de miles de judíos a abandonar Europa, en particular Rusia, para establecerse en aquellas tierras añoradas. Esta ola migratoria se completó con otras dos que, procedentes de Polonia y Alemania, tuvieron lugar antes de la Segunda Guerra Mundial. Gracias al alto nivel de especialización científica de muchos de los recién llegados, la región comenzó a desarrollarse con rapidez. Como las anteriores, las nuevas aliyás contribuyeron decisivamente a fortalecer la sociedad judía del futuro Israel.
Pero no podía olvidarse la secular presencia árabe en aquellas tierras. Desde el principio, a pesar de los buenos resultados conseguidos en reuniones a alto nivel entre judíos y árabes, la mayoría de estos se negaron a la creación del estado de Israel. El rechazo se expresó tanto en el primer Congreso Nacional Palestino (1919), que se opuso a la «Declaración Balfour», como en ataques contra las colonias judías, que los árabes consideraban ajenas a su entorno social. Pese a no existir «conciencia de nación» en las aldeas árabes, la fuerza del movimiento sionista aunó los intereses de aquel pueblo que, hasta entonces, no había ejercido nunca una soberanía nacional que empezó a echar en falta. Se trataba indudablemente de un interés legítimo, como en el caso judío, aunque con antecedentes históricos distintos.
Consciente de la importancia de gozar del apoyo de un pueblo tan numeroso, el gobierno británico comenzó a mostrar sus preferencias por la causa de los árabes. Gracias a su presión, en 1923 Gran Bretaña aceptó la autonomía del emirato de Transjordania, al oeste del río Jordán. El territorio administrado directamente por los ingleses quedó así reducido en tres cuartas partes. Pero los dirigentes árabes rechazaron también la posibilidad de perder un futuro control de la parte restante y procuraron frenar la inmigración judía.
Para controlar mejor la situación y tranquilizar a los árabes, las autoridades británicas hicieron público en 1922 el Libro Blanco, al que siguió otro Libro Blanco en 1930, y otro en 1939. En estos «Libros Blancos» se fijaban las directrices generales inglesas en la zona, más proclives a los intereses árabes que a los sionistas, y se expresaba la pretensión de establecer límites a la inmigración de judíos procedentes de otros países. También se aprobaron leyes que procuraban frenar la compra-venta de tierras entre judíos y árabes, como el Land Transfer Regulations Act de 1939, que dividió el territorio palestino en tres zonas: en la más extensa (63% del total de la tierra) se prohibió vender tierra a judíos; en otra zona (32% del territorio) la venta quedó condicionada, reduciéndose la libre transferencia de terrenos a una tercera zona que sólo suponía el 5% de la superficie palestina. Pero ni las medidas que limitaron la inmigración ni las relativas al intercambio de terrenos tuvieron efectividad, y la presencia judía siguió aumentando en personas y en propiedades.
Como consecuencia, la corriente árabe más radical ganó adeptos y estalló la violencia. Desde 1936 los extremistas árabes, apoyados por Egipto, Siria, Iraq y varias potencias europeas se unieron contra judíos, ingleses y árabes moderados, que sí deseaban la convivencia de ambos pueblos. La insostenible situación de violencia condujo a las autoridades británicas a proponer un nuevo reparto del territorio que seguían administrando directamente, es decir, el que quedaba tras la primera y más importante división de Palestina. Los extremistas palestinos, al mando de Hadj Amin ―gran mufti o jefe religioso musulmán de Jerusalén― se negaron en rotundo a aceptar el plan: así mostraban su rechazo a cualquier entendimiento, porque conseguir sus propósitos implicaba negar toda concesión a los judíos. Estos, por el contrario, sí habían admitido el plan inglés del segundo reparto.
Lo acontecido en Europa central durante este tiempo no resultó ajeno en Oriente Próximo. El ascenso del nazismo en Alemania desencadenó una huida masiva de judíos germanos, que no pudieron entrar legalmente en Palestina a causa de la prohibición inglesa. La negativa británica continuó, a pesar de conocerse las vejaciones nazis a los judíos. Finalizada la Segunda Guerra Mundial y difundido el alcance del Holocausto, el asesinato de un tercio de la judería mundial ejerció, como no podía ser menos, una tremenda sacudida en los dos tercios restantes.
Si hasta entonces el apoyo a los ideales sionistas había despertado entre los judíos escaso entusiasmo, millones de muertos fueron argumentos de peso para convencer a muchos miembros de las comunidades hebreas que aún quedaban. Se consideró necesario y urgente poner todos los medios para encontrar un lugar donde ser judío no constituyera un peligro potencial, un factor de aislamiento social o un riesgo de permanecer en la pobreza. ¿Y qué mejor para conseguirlo que respaldando la creación del estado de Israel? Más que argumentos religiosos, fundamentales para tantos, el Holocausto fue el motor inesperado de lo que algunos han llamado «nacionalismo de diáspora».
Las nuevas circunstancias apremiaron a colaborar a las comunidades judías del mundo entero. La Aliyá Bet o inmigración clandestina promovida por el Yishuv (los judíos residentes en el Mandato británico de Palestina) consiguió introducir en Palestina a miles de rescatados de los campos de concentración. Y la Agencia Judía, órgano rector de la población hebrea presidido por David Ben Gurión, comenzó a recibir importantes cantidades de dinero de la diáspora, que respondió generosamente a las peticiones de ayuda de Golda Meir, embajadora de la causa sionista. La defensa de la población judía fue encargada a una organización militar, la Haganah; fundada en 1920, esta institución aumentó su protagonismo desde los años treinta, al multiplicarse los problemas y constatarse la necesidad de proteger más los intereses judíos.
Las dificultades no frenaron el desarrollo de instituciones políticas, económicas y sociales que en el futuro cimentaran con firmeza la construcción de un nuevo país. Muchos eran los inconvenientes, pero también las ventajas: entre ellas, la buena formación académica de numerosos inmigrantes, cuyo trabajo pronto contribuyó a elevar el nivel de vida. La asamblea constituyente, embrión del futuro parlamento israelí, asumió en 1920 la más alta representación política y desde el mismo año la Histadruth o Confederación General de Trabajadores ―de tendencia socialista― emprendió la defensa de los intereses sociales. El esfuerzo de cimentación nacional se benefició desde el exterior gracias al creciente apoyo de judíos de la diáspora, cada vez más convencidos de las ventajas de apoyar la existencia de un estado judío.
Era Gran Bretaña, sin embargo, quien gobernaba Palestina. Aunque desde 1944, en pleno Holocausto, miles de judíos participaron con el ejército inglés en frentes de guerra contra los países del Eje, Gran Bretaña continuó impidiendo la entrada de judíos en Palestina ―también en su propio territorio―, limitándola a 1.500 personas tras la llegada al poder del nuevo gobierno laborista. El rechazo progresivo por miembros del Yishuv a la política inglesa impulsó la formación de grupos judíos armados clandestinos, dispuestos a emplear medios violentos para acabar con el dominio británico y frenar la presión árabe.
Bandas extremistas y militantes eran la Organización Militar Nacional de Israel (Irgún Zwaí Leumí Be Israel), fundada en 1931 por disidentes de la Haganah, y desde 1940 los Luchadores por la Libertad de Israel (Lohamey Herut Israel, o Leji), grupo procedente del Irgún y dirigido al principio por Abrahán Stern (por eso los británicos también denominaban Stern al grupo). Tales bandas, insatisfechas con la estrategia de fomentar la inmigración ilegal desarrollada por las instituciones judías, optaron por la violencia. En respuesta a la represión del ejército inglés, en 1946 el Irgún hizo explotar las sedes administrativas civiles y militares del Mandato británico de Palestina, situadas en el hotel Rey David de Jerusalén, provocando la muerte de 91 personas de varias nacionalidades ―incluidos ingleses, árabes y judíos― e hiriendo a otras 46. El atentado careció del apoyo de las instituciones judías en Palestina y fue muy criticado por los dirigentes sionistas.
A pesar de la presión interior, el mayor impulso para la fundación de un estado judío independiente llegó de fuera. Como adelantamos, el Holocausto fue la prueba principal de la necesidad de resolver urgentemente el «problema judío» ―que era sobre todo, a la vista de los escasos apoyos, un «problema para los judíos»― de la manera menos mala: con un estado propio. «Sin Hitler, Israel no existiría», llegó a escribir el historiador alemán Sebastian Haffner; aunque también es cierto ―añadimos nosotros― que, si los deseos del dictador nazi se hubieran cumplido, no habrían quedado judíos para fundarlo. Entre otros, George Steiner recuerda esa relación entre el Holocausto y el nacimiento del estado israelí:
«Shoah es el viento negro de la matanza. Pero Ben Gurión lo dijo claramente: el estado de Israel surgió de la catástrofe de la Europa judía. Y aunque todavía no se comprenden los detalles (los archivos todavía no están abiertos), si la Unión Soviética de Stalin reconoce a Israel inmediatamente (como los Estados Unidos) es porque la Segunda guerra mundial había creado una situación única, singular, que permitía que este estado aspirara a la legitimidad.»
El gran problema de esa decisión era que, en parte de esas tierras, se encontraba ya una población asentada. Esta, sin embargo, nunca gozó de autonomía política porque, como indicamos, a su secular dependencia del Imperio otomano había sucedido el dominio británico. Pero Gran Bretaña se vio superada por los acontecimientos, mostrándose incapaz de controlar el clima de violencia creado por algunos ingleses, árabes y judíos. El 14 de febrero de 1947 el gobierno británico, enfrentado con los intereses de ambas partes en conflicto, hizo público por medio de su ministro de asuntos exteriores Ernest Bevin su propósito de «remitir el problema en su conjunto a las Naciones Unidas».
La Asamblea General, en su primer período extraordinario de sesiones (abril de 1947), decidió constituir una Comisión Especial para Palestina (United Nations Special Committee on Palestine, UNSCOP). La mayoría de sus 11 miembros propuso dividir Palestina en un estado árabe y otro judío, reservando Jerusalén a la jurisdicción internacional. Poco después, una subcomisión redujo escasamente la parte asignada al futuro estado judío. El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Resolución 181 (II) por 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones. En virtud de dicha resolución, Palestina quedó dividida en tres partes: el 56,4% para un estado judío, el 42,9% para un estado árabe y el 0,7% ―correspondiente a Jerusalén― declarado «zona internacional» y administrada por las Naciones Unidas. Además, la ONU fijó el fin del Mandato británico a mediados de mayo de 1948.
¿Cómo reaccionaron a estas decisiones las partes más implicadas? Aunque Jerusalén quedó fuera del control judío, el organismo judío aceptó la resolución. No ocurrió igual con los dirigentes árabes que, de inmediato, promovieron un ataque sistemático contra los judíos y sus intereses. Gran Bretaña, que tampoco quedó contenta, declaró su disconformidad con el dictamen de la ONU. Tras la aprobación del texto de Naciones Unidas, la lucha armada se intensificó y se generalizó el clima de violencia. El Plan de Partición de Palestina quedó sometido a los resultados de los enfrentamientos entre árabes y judíos, sin fuerzas internacionales que intervinieran para hacerlo cumplir.
El 14 de mayo de 1948 Gran Bretaña renunció a su Mandato sobre Palestina y retiró sus tropas. El mismo día David Ben Gurión, máximo representante de la comunidad judía, leyó en Tel Aviv el Documento de Independencia que declaraba «el establecimiento de un estado judío en Palestina, que será denominado estado de Israel». Unos 650 mil judíos vivían entonces en el nuevo país, así como y 1.300.000 árabes. Para los primeros las palabras de Ben Gurión suponían el cumplimiento de un sueño y para muchos, además, la oportunidad de superar las vejaciones nazis.
Tras casi dos milenios, la Tierra Prometida del pueblo judío volvió a ser realidad. Como afirma el escritor argentino Mario Satz, «con la creación del estado judío, aquellos que quisieron y pudieron hacerlo se deslizaron de la coordenada del tiempo a la del espacio». Para ellos comenzó entonces una etapa nueva, en la que desde el principio pudieron percatarse de la dificultad de resolver el que sigue siendo el mayor problema de los israelíes: el rechazo de quienes ocupaban antes parte de esas tierras.
Mucho sufrimiento hasta la paz
El 14 de mayo de 1948 el Consejo Nacional, que representaba a la comunidad judía en Palestina, proclamó la creación del estado de Israel en el territorio asignado por la Resolución 181 (II) de 29 de noviembre de 1947, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Muchos palestinos y varios estados árabes opuestos a la resolución de la ONU iniciaron sus ataques para acabar con Israel. Desde entonces, el conflicto árabe-israelí acompaña la existencia de millones de habitantes de la zona. La negativa de los dirigentes árabes a reconocer la nueva situación política degeneró en una espiral de violencia continua, tan perjudicial para los ciudadanos de Israel y el desarrollo de su país como para los habitantes de los estados limítrofes y sus economías.
Horas después de su nacimiento, los israelíes hubieron de enfrentarse a las tropas dirigidas por el mufti de Jerusalén y a los ejércitos de Egipto, Jordania, Siria, Arabia Saudí, Iraq y Líbano. A pesar de la escasez de recursos y de la inferioridad numérica, las defensas israelíes rechazaron los ataques y controlaron nuevos territorios, entre los que se encontraban algunos asignados al estado árabe en el Plan de Partición de 1947. Según la ONU, cerca de 750 mil palestinos abandonaron sus tierras y se convirtieron en refugiados. En 1949 la ONU consiguió el cese de las hostilidades, tras la firma por separado de acuerdos de armisticio entre Israel y los países árabes implicados a excepción de Iraq, que rehusó la negociación. Uno de los enclaves ocupados por Israel fue la parte oeste de Jerusalén, convertida desde diciembre de ese año (1949) en capital del estado, quedando la zona oriental de la ciudad en poder de Jordania. Excepto unos meses, esta situación territorial se mantuvo hasta la guerra de 1967.
El 29 de octubre de 1956 Israel inició la segunda guerra árabe-israelí, también llamada Campaña del Sinaí. La crisis que condujo al conflicto comenzó tras la orden del panarabista egipcio Abdel Nasser de cerrar el canal de Suez y los estrechos de Tirán, para convertir Israel en un gueto sin intercambios con el exterior. Además de esta decisión, la acumulación en los países árabes de armas procedentes de la Unión Soviética, la firma de una alianza militar entre Egipto, Jordania y Siria, y el deseo de Gran Bretaña y Francia de vengarse contra Nasser por el cierre del canal de Suez impulsaron al primer ministro israelí Ben Gurión a pactar en secreto con esos dos países europeos. Israel ocupó la península del Sinaí y la franja de Gaza, que abandonó al año siguiente por presiones de Estados Unidos, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la ONU. A cambio se abrieron los estrechos de Tirán, fundamentales para el comercio exterior israelí y la importación de petróleo, entre otros bienes.
A mediados de 1967 estalló una nueva guerra entre Israel, de una parte, y Egipto, Jordania y Siria de otra. Como en anteriores ocasiones, la prehistoria del conflicto se remonta años atrás. Desde 1963, a la tradicional incomprensión se sumó la incompatibilidad de los proyectos jordano e israelí sobre el control de las aguas del río Jordán y sus afluentes. Agresiones y represalias aumentaron por ambas partes en número y gravedad, y el ambiente se hizo cada vez más insoportable.
El 15 de mayo de 1967 las tropas egipcias de Nasser empezaron a concentrarse en el Sinaí, y el 22 de ese mes los estrechos de Tirán se cerraron a los barcos con rumbo a Israel. El día 30 el rey Hussein de Jordania firmó en Egipto un tratado de cooperación militar. Mientras fuerzas militares de Iraq, Arabia Saudí y Kuwait se concentraban en Jordania, los medios de comunicación árabes azuzaban el sentimiento antiisraelí entre la población. El plazo para negociar solicitado por Estados Unidos, que durante días aceptó Israel, solo reforzó la posición árabe. El fracaso del esfuerzo diplomático israelí también se debió a las simpatías soviéticas por la causa árabe, así como a la nula reacción de los países occidentales.
Israel, aislado en el concierto internacional y en una difícil situación, prefirió atacar antes que ser atacado. Comenzó entonces la Guerra de los Seis Días, así llamada por el tiempo que duró la operación militar. El 5 de junio de 1967 aviones israelíes inutilizaron aeródromos y cientos de aeronaves de combate enemigas en incursiones en Egipto, Jordania, Siria e Iraq. Inmediatamente después se emprendió la batalla terrestre en el Sinaí, que en poco tiempo quedó fuera del control egipcio. Allí el ejército israelí apresó a miles de soldados árabes y dejó a otros miles desprovistos de lo necesario para subsistir. En el frente oriental el rey Hussein de Jordania ordenó comenzar las hostilidades atacando la parte judía de Jerusalén. Durante el contraataque Israel se hizo sucesivamente con Jerusalén este y con Cisjordania. Desde el día 9 se contestaron los bombardeos del ejército de Siria, hasta la invasión de parte de su territorio de los Altos del Golán. La derrota de los países árabes fue rápida y total.
El 22 de noviembre de 1967 el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó por unanimidad la Resolución 242, que puso las bases para alcanzar la paz en Oriente Próximo. El documento exigió a Israel la retirada de los territorios recientemente ocupados y proclamó el necesario «reconocimiento de la soberanía, integridad territorial e independencia política de cada uno de los estados del área», subrayando «su derecho a vivir en paz dentro de fronteras seguras y reconocidas, libre de amenazas o actos de fuerza». También reafirmó la necesidad de «lograr una solución justa del problema de los refugiados».
Egipto, Jordania e Israel aceptaron la resolución, pero con importantes diferencias. Los dos países árabes pretendían conseguir la retirada de Israel de los territorios ocupados antes de la celebración de negociaciones, mientras el estado judío quería tratar esa cuestión y el problema de los refugiados pactando directamente con los estados árabes y concertando un tratado general de paz. Siria, por su parte, rechazó la Resolución 242 por considerar que supeditaba la salida de Israel de los territorios ocupados a las concesiones árabes, y la OLP también se opuso con rotundidad a ella alegando que reducía el problema palestino a la cuestión de los refugiados.
Abba Eban, ministro de Asuntos Exteriores de Israel en 1967 y testigo o protagonista de excepción de los acontecimientos narrados, describió años después la situación de su país tras la Guerra de los Seis Días:
«El de 1967 fue el verano inolvidable de Israel. Tras seis días de lucha, los centros poblados de Israel quedaron separados de los ejércitos hostiles por una franja de territorio de tres veces la superficie anterior de Israel. Israel había soportado un duro ataque diplomático. Su red de relaciones internacionales se extendía a todos los continentes del mundo. La Diáspora judía, que había estado atemorizada por la perspectiva de la aniquilación de Israel, se tornó más solidaria y generosa para con el país. En los territorios que habían pasado a estar bajo control israelí había un conflicto profundamente arraigado, pero también una medida sorprendente de tranquilidad cotidiana. En Israel había incomodidad ante la perspectiva de gobernar un pueblo extranjero. Pero en la política y doctrina de Israel esto fue considerado como una paradoja temporaria que se resolvería en el futuro, dentro de un contexto de paz.
«A primera vista, todo en Sión llamaba a la tranquilidad. Pero esa misma sensación de mayor seguridad instó a los israelíes a volver sus miradas sobre sí mismos. Ser o no ser no era ya la cuestión. Cómo ser y cómo no ser –era esa la cuestión. Ya no se relacionaba con el hecho de la existencia misma, sino con la naturaleza y calidad de la sociedad. Los israelíes comenzaron, pues, a plantearse profundos interrogantes, muchos de los cuales han seguido reverberando por varias décadas. ¿Cómo debía Israel reconciliar sus intereses de seguridad con su deseo de no dominar a otra nación? ¿Cómo debía Israel cerrar las brechas que parecían amenazar la cohesión nacional: la brecha entre la población ya veterana y los nuevos inmigrantes, la brecha entre las nuevas clases opulentas y los que vivían en las barriadas? También estaba la brecha generacional: la brecha entre los fundadores del estado y las nuevas generaciones que no habían conocido el drama del Holocausto ni la lucha de Israel por la independencia.»
Otra consecuencia de la guerra de 1967 fue la importancia política que alcanzó la cuestión palestina, hasta entonces centrada en la situación de los refugiados y el reconocimiento entre Israel y los demás estados árabes. Ya nos referimos al rechazo de la Resolución 242 (1967) por la OLP. Fundada en 1964 para promover la existencia de un estado palestino, autoproclamada representante legítimo del pueblo palestino y financiada por la Liga Árabe, la OLP se radicalizó tras la ocupación israelí de Gaza y Cisjordania (1967). Un año después quedó bajo control de Yasser Arafat, por entonces máximo dirigente del grupo guerrillero Al-Fatah (Movimiento para la Liberación Nacional de Palestina). En su Congreso Nacional (1968) la OLP se pronunció a favor de la lucha armada como instrumento más eficaz para la desaparición de Israel, aprobó las acciones de los comandos terroristas y decidió impulsar la guerra de liberación popular. Paralelamente Egipto inició una guerra de desgaste contra Israel en la zona del canal de Suez que, por fin, acabó con el alto el fuego de 1970, tras numerosas e inútiles pérdidas de vidas humanas.
Se sucedieron después años de tranquilidad relativa, en los que la sociedad y el ejército israelíes percibían, por contraposición a los constantes sobresaltos anteriores, mayor seguridad. Las fronteras ampliadas en 1967 alejaban las zonas de peligro de los núcleos de población más importantes, y la victoria de ese año hizo suponer que los ejércitos árabes carecían de preparación suficiente para enfrentarse con éxito a las fuerzas de Israel. Así lo confirmaban también las persistentes pero teóricas amenazas del presidente egipcio Sadat. Por eso la concentración de tropas egipcias en el canal de Suez se interpretó como una operación de maniobras, y el servicio de información militar israelí comenzó a acostumbrarse a la falsa alarma.
El 6 de octubre de 1973, cuando en Israel muchos judíos celebraban la jornada religiosa del Yom Kipur (Día de la Expiación), Egipto y Siria iniciaron un nuevo ataque. Las tropas egipcias cruzaron el canal de Suez y se adentraron en el desierto del Sinaí, mientras los soldados sirios se lanzaron sobre los Altos del Golán. A pesar del factor sorpresa y de la superioridad numérica árabe, la reacción israelí fue inmediata y eficaz. En pocos días, su ejército forzó la retirada de las milicias sirias a 32 kilómetros de Damasco, quedando la línea de guerra en Egipto a sólo 70 kilómetros de El Cairo. Anwar el-Sadat, presidente de ese país, pidió el alto el fuego.
Como entre otras razones la situación en Oriente Próximo afectaba a buena parte del planeta, las superpotencias y otros países intervinieron en los acontecimientos. En una época en que la Unión Soviética y Estados Unidos capitaneaban bloques opuestos, el conflicto árabe-israelí se convirtió en ocasión para aumentar las tensiones. De hecho los soviéticos enviaron armamento a sus aliados árabes y dispusieron tropas para acudir en su ayuda, y otro tanto hicieron los estadounidenses con Israel. La Europa sedienta de petróleo presionó para acabar la guerra. El 22 de octubre el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 338, que instó al cese de las hostilidades y a la aplicación de la Resolución 242 (1973). Israel aceptó el alto el fuego siempre que los árabes también lo cumplieran y hubiese intercambio de prisioneros. Pero la guerra prosiguió, porque Egipto tardó varias horas en responder afirmativamente a la demanda de la ONU y porque Siria optó por continuarla.
A petición de Egipto, cuya situación bélica empeoró con rapidez, el Consejo de Seguridad se reunió de nuevo. El 23 de octubre se aprobó la Resolución 339 (1973), que reafirmó la anterior. A falta de acuerdo entre la Unión Soviética y Estados Unidos, la primera de esas superpotencias partidaria de cesar el fuego, como quería el presidente egipcio Anwar el-Sadat, y la segunda opuesta a ello, el Consejo de Seguridad de la ONU se reunió otra vez. El nuevo proyecto de resolución, respaldado el día 24 por un grupo de terceros estados, reiteraba la petición de alto el fuego y solicitaba al secretario general de la ONU el aumento de observadores internacionales y el envío de fuerzas de emergencia a la región. En esa fecha Siria aceptó el alto el fuego, finalizando la guerra. Al día siguiente (25 de octubre) el proyecto patrocinado por esos países fue aprobado como Resolución 340 del Consejo de Seguridad. Se creó entonces la segunda Fuerza de Emergencia de Naciones Unidas (FENU-II) para mantener la paz, que supervisó la retirada de tropas.
Había terminado la conflagración, pero el balance de las bajas humanas y las pérdidas económicas fue lo suficientemente importante en ambos bandos para que ninguno pudiera proclamarse vencedor. Además, creció como nunca el descontento de la población israelí, se temió la posibilidad de tener que devolver los territorios ocupados en 1967, el país quedó sumido en una crisis política y 25 países africanos rompieron las relaciones diplomáticas con Israel.
Balance de la guerra árabe-israelí de 1973
• Siria: 30.000 bajas (entre 11.000 y 12.000 muertos) soportadas por Siria e Iraq, 500 prisioneros, 180 aviones perdidos, cerca de 1.000 vehículos blindados destruidos o capturados y 8 barcos lanza-cohetes hundidos.
• Egipto: 25.000 bajas (de ellas, casi 8.000 muertos), 8.000 prisioneros, 250 aviones perdidos, 500 carros de combate destruidos o capturados por Israel y 4 lanchas lanza-cohetes hundidas.
• Israel: 6.000 bajas (de ellas, 2.521 muertos: 609 oficiales, 1.154 suboficiales y 758 soldados), 120 aviones perdidos, 620 vehículos blindados destruidos y 600 prisioneros capturados por los árabes.
La guerra de 1973 contribuyó sin embargo al prestigio internacional de la OLP. En 1974 la OLP fue reconocida representante de los palestinos por la Liga Árabe. Y en septiembre del mismo año 56 estados miembros de Naciones Unidas pidieron que la «cuestión de Palestina» se incluyera en el programa de la Asamblea General, en el que continúa desde entonces tras aprobarse la propuesta. Igualmente la Asamblea General aprobó la Resolución 3236 (XXIX), de 22 de noviembre de 1974, en la que se reafirmaron los derechos del pueblo palestino a la libre determinación, a la independencia y soberanía nacionales, así como al regreso de los refugiados a sus hogares y a recuperar sus bienes. Su contenido, desde entonces, se ha ratificado anualmente.
El mismo día, la Asamblea General decidió mediante una nueva Resolución [3237 (XXIX)] invitar a la OLP a participar en sus reuniones «en calidad de observadora», categoría que se extendió después a las demás instituciones de Naciones Unidas. A pesar del apoyo internacional al pueblo palestino, Israel siguió negándose a reconocer sus derechos, entre otras razones porque ni los representantes palestinos (la OLP) ni la mayoría de los estados árabes aceptaban la existencia del estado judío, decidida desde 1947 por la ONU.
Como consecuencia de los hechos anteriores aumentó la inestabilidad en Oriente Próximo, aunque más en unos lugares que en otros. El empeoramiento fue especialmente intenso en la frontera entre Israel y el Líbano, cuya inmigración de palestinos procedentes de Jordania creció desde 1970. Dos años después, en represalia por las incursiones palestinas en su territorio, el ejército israelí atacó los campamentos de refugiados palestinos en el Líbano. El gobierno de este país solicitó entonces la mediación de la ONU para acabar las hostilidades, operación que fue supervisada por observadores militares internacionales de Naciones Unidas. A pesar de ello, entre marzo y junio de 1978 el ejército de Israel invadió el Líbano y desde entonces la frontera entre ambos países siguió siendo inestable.
Gracias a la mediación diplomática norteamericana, las negociaciones entre árabes e israelíes produjeron entretanto algunas satisfacciones. Aunque la intransigencia del gobierno sirio imposibilitaba cualquier avance con ese país, la actitud conciliadora de los egipcios dio sus frutos en 1977 con la visita de Anwar el-Sadat a Jerusalén. En septiembre de 1978, bajo el amparo de Estados Unidos y con la total oposición de numerosos estados árabes y de la OLP, Egipto e Israel concertaron los históricos acuerdos de Camp David, en virtud de los cuales se firmó un tratado de paz entre ambos países (marzo de 1979). Egipto reconoció el derecho de Israel a existir y ofreció estabilidad en la frontera; a cambio, el estado judío se retiró del Sinaí (abril de 1982). Israel también aceptó en Camp David iniciar conversaciones con Jordania y los palestinos para el autogobierno de los habitantes de Cisjordania y Gaza por un periodo de cinco años previo a un acuerdo definitivo, así como un tratado de paz jordano-israelí. Sin embargo, la negativa de los dirigentes palestinos convirtió este proyecto en un fracaso.
A pesar de ello, los Acuerdos de Camp David probaron que era posible el entendimiento entre árabes y judíos. Aun así, el problema principal seguía siendo la cuestión palestina. ¿Por qué Israel se negaba a un estado palestino? Parte de esa culpa correspondía a la OLP, opuesta a posturas conciliadoras y cada vez más fuerte. Esta entidad ya disponía de mayores ingresos, porque las ayudas de estados árabes aumentaron tras el alza en los precios del petróleo; además su posición política era más fuerte porque, entre otras razones, Arafat consiguió más apoyos de países del Tercer Mundo difundiendo las ventajas del idealismo socializante. En ese momento, desde luego, el robustecimiento de la OLP fue perjudicial para la paz, porque a juicio de Arafat la afirmación de los palestinos como pueblo implicaba necesariamente la destrucción de Israel, incitando a la guerra y al terrorismo como medios eficaces para conseguirlo.
Entretanto las difíciles condiciones de vida de los campamentos de refugiados palestinos en los territorios ocupados por Israel ―que tampoco los grandes capitales árabes se esforzaron demasiado por mejorar―, el crecimiento de asentamientos judíos en fronteras no reconocidas por nadie y la necesidad del petróleo árabe para el desarrollo económico condujeron a un casi total aislamiento internacional de Israel. Este, empeñado en usar todos los medios a su alcance para subsistir, siguió recurriendo en ocasiones a la expansión territorial para reforzar su seguridad, práctica que también comenzaron a cuestionar muchos judíos de la diáspora.
Para eliminar la infraestructura de la OLP, suprimir esa amenaza cerca de sus fronteras y responder al intento de secuestro de su embajador en Gran Bretaña por el grupo terrorista dirigido por el palestino Abú Nidal, en 1982 el gobierno de Israel ordenó a su ejército invadir el Líbano. Durante más de dos meses Beirut fue asediada y las falanges libanesas aliadas de Israel asesinaron a cientos de civiles palestinos en los campos de refugiados de Shatila y Sabra. El gobierno israelí trató de justificar ante su opinión pública la invasión denominándola «Operación Paz para la Galilea», porque así lo consideraba. Por eso, a pesar de la petición de la ONU para que se retirara [Resolución 509 (1982)], el ejército israelí permaneció en Líbano como fuerza invasora hasta 1985, año en que emprendió su repliegue.
De todos modos, en la zona libanesa fronteriza con Israel se instaló el llamado «Ejército del Líbano meridional», aliado del estado judío y asesorado por fuerzas de defensa de Israel asentadas en el territorio. Dicho espacio libanés fue considerado «zona de seguridad» por Israel que, en repetidas ocasiones, ha asegurado que no tiene el menor interés en apropiarse de territorios o recursos libaneses, sino que solo quiere garantizar la seguridad en su frontera septentrional. A pesar de ello, las reiteradas provocaciones del grupo islámico radical Hizbulá condujeron en 1993 y en 1996 («Operación Uvas de la ira») a sucesivos ataques del ejército israelí y a una situación de alerta permanente. Por fin, entre el 17 de abril y el 2 de mayo de 2000 el ejército israelí se retiró tras la línea territorial determinada por Naciones Unidas.
Nuevamente en 2006 el ejército israelí repelió con dureza los ataques perpetrados por Hizbulá desde el Líbano. Las hostilidades de la llamada «Segunda Guerra del Líbano» o «Guerra de julio» comenzaron el 12 de ese mes, cuando miembros de Hizbulá mataron a varios soldados israelíes y secuestraron a otros en la frontera israelo-libanesa. Desde entonces el ejército israelí contraatacó con fuerza y, a su vez, Hizbulá lanzó más de 4.000 misiles contra blancos civiles israelíes, provocando 44 muertos y cuantiosos daños económicos.
Las muertes de civiles y militares del conflicto en el Líbano cesaron por fin tras adoptarse el 11 de agosto de 2006 la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU y entrar en vigor tres días después. La resolución pidió a ambas partes el cese de las hostilidades, exigió a Hizbulá la liberación de los soldados secuestrados, resaltó la importancia de que el gobierno libanés controlara todo su territorio y le instó a desplegar sus fuerzas conjuntamente con la UNIFIL (Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano). A su vez, la Resolución 1701 solicitó negar la venta de armas al Líbano ―excepto con autorización del propio gobierno libanés― y pidió a Israel la entrega de los mapas de minas terrestres en el Líbano que estuvieran en su posesión.
Desde el cese de las hostilidades en 2006 hasta 2013 Hizbulá mantiene su rechazo a Israel y, según numerosos informes internacionales, ha logrado rearmarse lo suficiente como para convertirse de nuevo en un factor de preocupación para el gobierno israelí. Además, la precaria situación política de Siria e Irán, países tradicionalmente soportes de Hizbulá, puede contribuir a desestabilizar un movimiento ya de por sí radical y aumentar las tensiones en la frontera israelo-libanesa.
Años antes, en diciembre de 1987, las difíciles condiciones de vida en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza habían provocado el comienzo de una insurrección popular palestina que se prolongó hasta 1993. La sublevación, que recibió el nombre de Intifada (Levantamiento) y cristalizó en huelgas, protestas, resistencia a pagar impuestos y otras formas de rebeldía contó con el apoyo masivo de la población. Utilizando piedras como armas arrojadizas y aprovechando cualquier oportunidad, los jóvenes palestinos se lanzaron al ataque de las tropas israelíes de ocupación.
Según el profesor francés Gilles Kepel, especialista en el mundo musulmán, la primera característica de la Intifada fue precisamente «la emergencia de la juventud como figura política autónoma, [...] que ninguno de los dirigentes palestinos de cualquier tendencia supo prever». A falta de ejército regular, las piedras fueron los medios para rechazar la ocupación militar de una potencia extranjera y los asentamientos israelíes en sus tierras. La represión israelí produjo graves violaciones de los derechos humanos, contándose por centenares las víctimas palestinas y por decenas los muertos israelíes.
Las consecuencias de la primera Intifada fueron enormes. El sufrimiento palestino atrajo la compasión y simpatía de la opinión pública mundial, incluyendo la conmiseración de judíos del mundo entero, y la situación se hizo insostenible. La propia OLP, sorprendida por el levantamiento popular, trató de controlar la insurrección para evitar su radicalización por grupos integristas. Su deseo condujo a la celebración en Argel de una histórica reunión del Consejo Nacional Palestino (el parlamento en el exilio) que, en noviembre de 1988, hizo públicos dos documentos fundamentales.
En el primero expresó mediante un «Comunicado Político» su decisión de solucionar el problema palestino en el marco de la Carta Nacional Palestina y de las resoluciones de Naciones Unidas. Ello suponía de hecho, aunque no se especificara, aceptar por vez primera el derecho a existir de Israel y renunciar al terrorismo, condiciones exigidas por Estados Unidos para reconocer a la OLP. El «Comunicado» convirtió en caduca la Carta Nacional Palestina, hasta entonces en vigor. El segundo documento, una «Declaración de independencia del estado de Palestina», anunció la creación de dicho estado con capital en Jerusalén y en conformidad, entre otras, con la Resolución 181 (II) de la Asamblea General, de 1947.
Admitido de hecho por la OLP el derecho de Israel a existir, el estado judío se vio en la obligación de presentar un plan de paz. La organización dirigida por Arafat había demostrado que, al menos en teoría, podía compatibilizar el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación con el del pueblo judío a la suya, así como con el derecho de Israel a su seguridad. La respuesta israelí se plasmó en el llamado «Plan Shamir» (mayo de 1989), que presentó una propuesta de paz basada en los Acuerdos de Camp David. Dicho plan reiteró el deseo israelí de terminar la guerra con los países árabes y expresó la necesidad de ayuda económica internacional para los Territorios Ocupados, a la vez que hizo un llamamiento a la solución del problema palestino, que sería negociada con representantes libremente elegidos por los habitantes palestinos de Cisjordania y Gaza.
En 1991 parecieron darse buenas condiciones para avanzar en la solución del conflicto. Varios países árabes habían participado en la coalición formada para liberar a Kuwait de la invasión de Iraq, que sí apoyó la OLP. La ruptura de la unidad árabe contribuyó sin embargo a la moderación de algunos de estos estados. Además, la desaparición del sistema de bloques ―que eliminó la obsesiva rivalidad soviético-americana― favoreció el clima adecuado para abordar con profundidad los problemas de Oriente Próximo. El lugar elegido para hacerlo fue Madrid, como indicaba la invitación dirigida a los participantes en la Conferencia:
«Tras amplias consultas con los estados árabes, Israel y los palestinos, Estados Unidos y la Unión Soviética creen que existe una oportunidad histórica para hacer avanzar las perspectivas para una genuina paz en toda la región. Estados Unidos y la Unión Soviética están dispuestos a ayudar a las partes a conseguir un acuerdo justo, amplio y duradero mediante negociaciones directas en dos ámbitos, entre Israel y los estados árabes y entre Israel y los palestinos, basadas en las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU. El objetivo de este proceso es una auténtica paz. A este fin, el presidente de EE.UU. y el presidente de la URSS le invitan a una conferencia de paz, bajo el patrocinio de ambos países, seguida de forma inmediata de negociaciones directas. La conferencia se reunirá en Madrid el 30 de octubre de 1991.»
Las partes invitadas respondieron afirmativamente a la propuesta soviético-americana y la Conferencia de Paz sobre Oriente Próximo de Madrid se prolongó del 30 de octubre al 3 de noviembre de 1991. Reunir en torno a una mesa a árabes e israelíes y conseguir la continuación del diálogo fueron los mayores logros de esta histórica reunión. Además del desarrollo de negociaciones multilaterales sobre asuntos de interés común (refugiados, seguridad, limitación de armamento, medio ambiente, agua, desarrollo económico), Israel vio cumplido su deseo de conversar directamente con los representantes de cada uno de los estados árabes vecinos (Jordania, Siria y Líbano) y con los palestinos, integrados en una delegación con los jordanos.
Aunque a mediados de 1993 las negociaciones bilaterales parecieron estancarse, en las conversaciones secretas mantenidas en Oslo por Israel y la OLP se alcanzó un consenso que se hizo público en agosto de ese año. En virtud de los Acuerdos de Oslo de 10 de septiembre de 1993 Israel y la OLP intercambiaron notas de reconocimiento mutuo, el primero aceptando a la OLP como representante del pueblo palestino y esta admitiendo el derecho de Israel a existir.
El 13 de ese mismo mes de septiembre los representantes de Israel y de la OLP firmaron en Washington una «Declaración de principios», seguida de un apretón de manos entre Isaac Rabin, primer ministro de Israel, y Yasser Arafat, presidente de la OLP. El texto de la Declaración, inspirado en las resoluciones 242 (1967) y 338 (1973) del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, estableció el objetivo de instaurar durante no más de 5 años un gobierno autónomo provisional palestino elegido por los habitantes de Cisjordania y Gaza como primer paso para la solución global del conflicto. En ese periodo se iniciarían conversaciones sobre el estatuto permanente en las que se abordarían asuntos de interés común (refugiados, seguridad, Jerusalén, agua, cooperación, etc.).
El 4 de mayo de 1994 comenzó el periodo provisional previsto en la «Declaración de principios» de Washington. En esa fecha Israel y la OLP firmaron en El Cairo el Acuerdo para la Autonomía de Gaza y Jericó, por el que Israel se retiró de parte de Gaza y también de Jericó. En esta ciudad se estableció la sede de la recién constituida Autoridad Nacional Palestina (en adelante, ANP), órgano análogo a un gobierno provisional pero subordinado de hecho a la OLP, con competencias en Gaza y Cisjordania limitadas por los acuerdos palestino-israelíes a los campos de la educación, sanidad, hacienda, servicios sociales, turismo y policía. Israel se reservó, sin embargo, las decisiones principales en materia de seguridad.
El acuerdo propició también la creación de un Consejo Autónomo con funciones parlamentarias elegido por sufragio directo. En calidad de presidente de la ANP, Yasser Arafat volvió en julio de ese año a vivir en tierra palestina tras 27 años de exilio. A su muerte fue sucedido en el cargo por Mahmoud Abbas (o Abu Mazen, como también se le llama), más dialogante que su predecesor.
La voluntad israelí de progresar en las negociaciones con los palestinos favoreció la obtención de buenos resultados con otro interlocutor. En octubre de 1994 Israel y Jordania firmaron un tratado de paz por el que se reconocieron mutuamente (el segundo estado árabe en tomar esta decisión, después de Egipto), acabando así 46 años de guerra entre ambos países.
El 28 de septiembre de 1995 se firmó en Washington el Acuerdo Provisional sobre Cisjordania y Gaza, en el que se estableció un calendario para el traspaso de poderes y responsabilidades a la ANP, con objeto de poner en práctica lo pactado en la «Declaración de principios» de septiembre de 1993. También se fijaron las formas de participación en elecciones de los palestinos de Jerusalén, Gaza y Cisjordania. Esta última región fue dividida en tres zonas (A, B, C) en las que se asignaron desigualmente las competencias de seguridad. En concreto, la seguridad de la zona A, donde se encuentran las principales ciudades palestinas (Jenin, Kalkiliya, Tulkarm, Naplusa, Ramallah, Belén y Hebrón), quedó encomendada a los palestinos; en la zona B, que abarca casi todas las demás poblaciones, Israel se reservó las principales competencias sobre seguridad; la protección de la zona C, constituida por los asentamientos y las bases militares israelíes, siguió dependiendo de Israel.
El 4 de noviembre de 1995 el proceso de paz sufrió la pérdida de Isaac Rabin, asesinado por un judío en Tel-Aviv. La crispación de radicales de ambos bandos, las matanzas realizadas por terroristas palestinos y las consiguientes represalias de las fuerzas de seguridad israelíes no han frenado, sin embargo, los intentos de avanzar en la solución del conflicto: Acuerdo de Alto el Fuego entre Israel y Líbano de 26 de abril de 1996, Protocolo para el Repliegue de Hebrón del 18 de enero de 1997, Memorandum de Wye River de 23 de octubre de 1998, Memorandum de Sharm el-Sheik (versión corregida de los Acuerdos de Wye Plantation) de 4 de septiembre de 1999, aprobación por el Gobierno de Israel de la Retirada del sur del Líbano tras 18 años de ocupación militar (la Orden se aprobó el 5 de mayo de 2000 y se completó el día 24 de ese mes), nueva Cumbre de Camp David (julio de 2000), Conferencia de Annápolis (27 de noviembre de 2007)...
Las negociaciones terminaban a veces con acuerdos y otras con desacuerdos, pero la tensión no impedía conversar. Fue entonces cuando los palestinos más violentos y Ariel Sharon, dirigente radical del Likud y por entonces jefe de la oposición en Israel, contribuyeron con su conducta a un nuevo estallido de la violencia.
El 28 de septiembre de 2000 Ariel Sharon visitó en Jerusalén el Monte del Templo, conocido por los musulmanes como la Explanada de las Mezquitas (su tercer lugar sagrado), donde se levantan la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa. Quien era todavía jefe de la oposición en Israel acudió allí con intención de recordar la trascendencia para el judaísmo de aquel lugar, el más sagrado del mundo por ser la antigua sede de los templos judíos primero y segundo.
La visita fue la excusa que provocó el estallido del segundo gran levantamiento palestino, la Intifada de Al-Aqsa (2000-2001), así llamada por el lugar donde se inició. Dirigida principalmente por el movimiento político-militar Al Fatah ―presidido por Arafat― los insurrectos reivindicaron una Palestina independiente y la expulsión de colonos judíos de los Territorios Ocupados; además, aprovecharon para protestar contra la mala gestión del gobierno de Arafat, acusado repetidas veces de corrupción por su propio pueblo. Una vez más, los disturbios engendraron una espiral de violencia que ha seguido aumentando las víctimas del conflicto, además de agravarse la situación económica en los Territorios Ocupados.
En plena violencia, en febrero de 2001 tomó posesión en Israel un gobierno presidido por Ariel Sharon, que revalidó su mandato en las elecciones de 2003, en ambas ocasiones sin mayoría suficiente para gobernar en solitario y coaligado con otros partidos para mantenerse en el poder. Varios hechos relacionados con el conflicto de Oriente Próximo merecen ser destacados en estos últimos años. Uno de ellos es la muerte de Arafat, que se equivocó de estrategia en la última etapa de su vida y apoyó de nuevo el terror, quedando aislado internacionalmente e ignorado por la Administración estadounidense de George Bush. La sustitución del carismático dirigente palestino por Mahmoud Abbas contribuyó sin duda a desbloquear el proceso de paz y a mejorar las expectativas.
Pero quizá el hecho más destacado fue la aceptación por Israel, los palestinos y la mayoría de la comunidad internacional de la Hoja de Ruta, un plan político encaminado a conseguir la convivencia pacífica y segura de dos estados independientes, Israel y Palestina. Elaborado por un cuarteto compuesto por representantes de Estados Unidos, la Unión Europea, la Federación de Rusia y las Naciones Unidas, en el texto se reconocía que el fin de la violencia y el deseo por ambas partes de alcanzar una solución negociada son requisitos indispensables para la paz, estableciéndose además un calendario para la aplicación del plan:
Fase I (hasta mayo de 2003): fin del terror y la violencia, normalización de la vida de los palestinos y creación de instituciones palestinas.
Fase II (junio de 2003-diciembre de 2003): transición, en la que «los esfuerzos se centran en la opción de crear un estado palestino independiente con fronteras provisionales y atributos de soberanía basado en la nueva constitución, como paso hacia un acuerdo sobre un estatuto permanente». Entre los proyectos destacaban el restablecimiento de las relaciones anteriores a la Intifada (oficinas comerciales) entre estados árabes e Israel, así como la reactivación del compromiso multilateral sobre distintas cuestiones (recursos hídricos, medio ambiente, desarrollo económico, refugiados y control de armas).
Fase III (2004-2005): acuerdo sobre un estatuto permanente y fin del conflicto israelo-palestino. Los objetivos eran «la consolidación de la reforma y la estabilización de las instituciones palestinas, el logro de progresos sostenidos y efectivos por parte de los palestinos en materia de seguridad, y negociaciones entre israelíes y palestinos a fin de llegar a un acuerdo sobre un estatuto permanente en el año 2005». Entre los puntos incluidos en esta fase destacan el fin de la ocupación iniciada por Israel en 1967, la solución acordada de la cuestión de los refugiados, la solución negociada del estatuto de Jerusalén que proteja los intereses religiosos de judíos, cristianos y musulmanes de todo el mundo, la aceptación por los estados árabes de plenas relaciones normales con Israel y la seguridad para todos los estados de la región.
El primer gran avance desde entonces fue el llamado «Plan de desconexión», una histórica iniciativa aprobada por el gobierno de Sharon (6 de junio de 2004) y por la Knéset (25 de octubre de 2004), que contó con el apoyo mayoritario de la opinión pública israelí. Especialmente significativo fue el respaldo que recibió el plan de los principales mandatarios de la ANP (presidente Mahmoud Abbas), Egipto (presidente Hosni Mubarak) y Jordania (rey Abdala II) durante el encuentro que celebraron en la localidad egipcia de Sharem el-Sheik (8 de febrero de 2005), al que también asistió el presidente del gobierno de Israel.
La cumbre sirvió igualmente para adoptar diversos acuerdos entre Sharon y Abbas: declaración de cese del fuego, finalizando formalmente con la violencia y el terrorismo padecidos desde el comienzo de la Intifada de Al-Aqsa; inicio de un proceso de transferencia en materias de seguridad en zonas palestinas, previo a la aplicación del plan; liberación de cientos de prisioneros palestinos; y aceptación de la construcción de un puerto marítimo en Gaza. Aun sin pretensiones de sustituir la Hoja de Ruta, el «Plan de desconexión» contenía, entre otras, las siguientes disposiciones: evacuación de todos los asentamientos judíos de Gaza y de varias aldeas del norte de Samaria (cerca de 9 mil personas en total), retirada del ejército de Israel de la Franja de Gaza y continuación de la construcción de la cerca antiterrorista de seguridad en Cisjordania, aprobada por el gobierno israelí en julio de 2001.
La retirada de Gaza, comenzada a mediados de agosto de 2005 y finalizada el 12 de septiembre del mismo año, fue sin duda un avance histórico hacia la solución del conflicto. Aunque la mayoría de los 240 mil colonos judíos residentes en los Territorios Ocupados vive en Cisjordania y el «Plan de desconexión» solo afectó a menos del 5%, la iniciativa israelí mostró la voluntad de su ejecutivo de solventar su principal problema.
En respuesta, las autoridades palestinas reconocieron el esfuerzo pero lo consideraron insuficiente: continuaron el control israelí del agua y del espacio aéreo de Gaza, las restricciones a la libre circulación de personas y mercancías entre los territorios palestinos y, sobre todo, se mantuvieron los asentamientos judíos y la ocupación militar en Cisjordania, donde los gobernantes israelíes decidieron levantar lo que llamaron una «valla de seguridad». A pesar de ello, los legítimos representantes del pueblo palestino tienen por delante el desafío de administrar con eficacia los recursos que generen sus ciudadanos y los que facilite la comunidad internacional para mejorar las condiciones de vida de su pueblo. Es además previsible que siga la presión diplomática para que Israel abandone definitivamente Cisjordania y cualquier control sobre territorios que no sean suyos, en conformidad con las resoluciones al respecto aprobadas por la ONU.
Difícilmente estos deseos se harán realidad si no cesan los atentados terroristas de grupos islámicos radicales y no acaban los actos de violencia perpetrados por palestinos contra ciudadanos e intereses israelíes. Conviene recordar que, hasta 1988, el Consejo Nacional Palestino no reconoció el derecho de Israel a existir y que los máximos representantes palestinos consideraban legítimo cualquier medio para hacerlo desaparecer. Otros estados árabes también se oponían a las resoluciones de la ONU sobre la existencia de Israel.
A pesar de que varios países árabes aceptan ya la existencia de Israel, otros siguen sin hacerlo y algunos de ellos promueven el nacimiento o aceptan el proceder de movimientos radicales dispuestos a atacar al estado judío. Grupos islámicos como Al-Qaeda, Jihad y Hizbulá cuentan con medios abundantes para perpetrar actos terroristas, obligando a las fuerzas de seguridad israelíes a reforzar la vigilancia. Tanta o más capacidad tiene la organización islámica extremista Hamás. Tras triunfar dicho grupo en las elecciones legislativas de enero de 2006 y formar gobierno de unidad nacional con el partido Al Fatah, las divergencias entre ambas facciones palestinas condujeron a la disolución del gobierno y a la proclamación del estado de emergencia. Los milicianos de Hamás lograron en junio de 2007 el control de la Franja de Gaza y desde entonces ―al menos hasta 2013, año en que escribimos― allí han gobernado.
Hamás ha seguido perpetrando acciones violentas ―especialmente a través de su brazo armado las Brigadas de Azedín al Kasem― y la mayoría de sus miembros ha continuado empeñada en destruir Israel, que acostumbra a contestar desproporcionadamente a las provocaciones de su vecino. Respecto a la acción de gobierno del grupo palestino, no puede calificarse de éxito. Hamás sobrevive en Gaza, aunque a duras penas, gracias a la ayuda económica de Irán y de otros estados árabes y sufre un duro bloqueo económico de Israel.
Al menos, desde el punto de vista político el ascenso de regímenes islamistas producido tras la llamada Primavera árabe (2010-2013) ha beneficiado a Hamás. Por lo demás, el partido lleva más de un lustro promoviendo una gradual islamización social (prohibición a las mujeres de participar en maratones mixtos, de fumar la pipa de agua en lugares públicos y de ir en moto detrás de un hombre, introducción de un código de vestimenta para las estudiantes universitarias, separación obligatoria de niños y niñas en las escuelas, etc.) que está encontrando cierta resistencia entre algunos habitantes de la Franja.
Fatah, por su parte, desde que en 2007 perdiera el control de la Franja de Gaza no se ha visto acusada por la comunidad internacional de ser responsable de los continuos lanzamientos de cohetes a Israel. Nadie tampoco ha culpado a Fatah de cuanto ocurre en ese territorio tan pobre y difícilmente gobernable que es la Franja de Gaza. En Cisjordania, donde Fatah ocupa el poder, la lluvia de millones recibida anualmente de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países posibilita el cobro puntual de los salarios por los funcionarios y la construcción de infraestructuras, además de impulsar la economía. Incluso el rechazado control militar israelí permite a Fatah confiar en que no habrá incursiones de Hamás en Cisjordania. ¿Compensa a Fatah perder estas prebendas por un acuerdo con un Hamás inflexible? ¿Será capaz Hamás de adoptar una postura lo suficientemente conciliadora como para facilitar la formación de un único gobierno en Cisjordania y la Franja de Gaza?
No resulta fácil saber qué rumbo tomará a corto plazo el conflicto palestino-israelí. Sin embargo, desde la desaparición del Mandato británico de Palestina hasta la actualidad puede apreciarse en israelíes y en palestinos una tendencia ―aun con altibajos― a consolidar su presencia en esa zona. Unos y otros cuentan con instituciones que gobiernan poblaciones asentadas en territorios y, tanto Israel como Palestina, son reconocidos como estados por la mayoría de los países del mundo. Uno de los últimos hitos en ese afán por aumentar la presencia internacional fue el reconocimiento de Palestina como «estado observador» de la ONU, aprobado por la Asamblea General de dicha institución el 29 de noviembre de 2012.
Ciertamente, esta tendencia a la consolidación puede cambiar. Sin embargo, quien se empeñara en no aceptar la creciente fortaleza de Israel y de Palestina como naciones estaría remando contra lo que ha ido aconteciendo. Desconocemos por ahora, por ejemplo, si la ya madura asunción de responsabilidades de gobierno llevará a Hamás a adoptar un pragmatismo que le haga abandonar principios generales tan quiméricos como los que, en el otro extremo, tienen los ultranacionalistas judíos. No sabemos si, a diferencia de grupos como Al-Qaeda, Jihad y Hizbulá los dirigentes de Hamás acabarán convenciéndose de que, en el escenario internacional, no es posible conseguir siempre todo lo que uno se propone y carece de sentido, por tanto, insistir en ello.
Pero la paz no depende solo de la mayor o menor voluntad palestina. El ritmo negociador para alcanzar una solución pacífica también ha dependido del interés de los primeros ministros que Israel ha tenido desde el comienzo de las conversaciones (Menajem Beguin, 1977-1983, Isaac Shamir, 1983-1984 y 1986-1992, Isaac Rabin, 1992-1995, Simón Peres, 1984-1986 y 1995-1996, Benjamín Netanyahu, 1996-1999, Ehud Barak, 1999-2001, Ariel Sharon, 2001-2006, Ehud Olmert, 2006-2009, Benjamín Netanyahu, 2009…), así como de los apoyos parlamentarios que les han sostenido.
El contexto internacional actual es ajeno a las rivalidades que dividieron parte del mundo en bloques capitaneados por las superpotencias. Ello ha impulsado iniciativas a favor de una pacífica solución del conflicto de Oriente Próximo, como pudo comprobarse durante la Conferencia de Annapolis (Estados Unidos, 27 de noviembre de 2007), en la que el presidente de la ANP Abbas y el primer ministro israelí Olmert acordaron relanzar las negociaciones de paz.
En los últimos lustros Estados Unidos ha mostrado reiteradamente su apoyo a la existencia de los estados palestino e israelí. El 24 de marzo de 2009 el presidente estadounidense Barack Obama declaró que «para nosotros es crucial progresar hacia una solución de dos estados, donde israelíes y palestinos puedan vivir lado a lado en sus propios estados con paz y seguridad». Y el 21 de marzo de 2013, en la misma línea, Obama afirmó en el Centro de Convenciones de Jerusalén ante cientos de jóvenes israelíes que para que «siga habiendo un estado judío y democrático debe haber al lado un estado palestino». Nobles aspiraciones que conllevan un programa de acción de largo alcance.
Necesidad de acuerdos
El fin del conflicto palestino-israelí requiere consenso. ¿Quiénes han de llegar a dicho consenso y qué temas principales precisan acuerdos? A la primera parte de la pregunta responderemos que quienes deben encontrarse son los protagonistas del desencuentro: en términos generales las sociedades palestina e israelí y, por extensión, todos aquellos países que niegan el reconocimiento a los estados de Palestina e Israel.
Respecto a los temas que demandan pactos entre los contendientes, el fundamental es el reconocimiento del derecho del otro a existir, con lo que eso conlleva: tierra donde asentarse, comida y agua para subsistir, trabajo para desarrollar las propias capacidades y obtener medios de vida, así como paz y seguridad para disfrutar de la existencia. En concreto, la solución del conflicto palestino-ísraelí exige entre otras condiciones alcanzar compromisos sobre los siguientes temas: cese de los ataques palestinos ―y en lo posible, de los grupos fundamentalistas radicales― a Israel y de las consiguientes represalias del estado judío, la identificación de los refugiados palestinos, el fin de los asentamientos israelíes en los territorios ocupados, el estatuto de Jerusalén y el reparto del agua.
Como en cualquier disputa, el fin de los problemas en Oriente Próximo requiere voluntad de alcanzar acuerdos por ambas partes, que ha de plasmarse en primer lugar en el reconocimiento a existir del otro y en su consideración de interlocutor válido para comenzar a negociar. Tras décadas de rechazo, el 9 de septiembre de 1993 el gobierno israelí y la OLP aceptaron el reconocimiento mutuo en sendas cartas firmadas por Isaac Rabin, primer ministro de Israel, y Yasser Arafat, presidente de la OLP; días después, el 13 del mismo mes, tanto el gobierno israelí como la OLP aceptaron la creación de la ANP como organización administrativa autónoma para el gobierno de la Franja de Gaza y de parte de Cisjordania.
Como hemos visto, la situación es diferente entre Hamás e Israel. A pesar de su experiencia de gobierno en la Franja de Gaza, Hamás continúa siendo una organización yihadista que se niega a reconocer al estado de Israel, contra el que atenta con ataques armados en cuanto puede. El estado judío, por su parte, persiste en considerar a Hamás una organización terrorista, como también hacen la Unión Europea y Estados Unidos. Al menos hasta mediados de 2013 Jaled Meshal ―dirigente de Hamás― y sus colaboradores en el gobierno de la organización persisten en oponerse a negociar con Israel y rechazan una solución de paz del conflicto palestino-israelí basada en la existencia de dos estados.
Respecto a la posibilidad de contar o no con intermediarios para alcanzar acuerdos que conduzcan a la solución del conflicto palestino-israelí, la historia demuestra que ―a pesar de los errores― la ONU, Estados Unidos, la Unión Europea y Egipto han ejercido de una u otra manera labores de mediación que han dado fruto. De poco sirven, por ejemplo, juicios críticos como el mostrado por el escritor palestino-estadounidense Edward Saïd quien, en su libro Orientalismo, publicado en 1978, calificó a los estudios occidentales sobre Oriente Próximo y Medio de «discursos del poder, ficciones ideológicas, grilletes forjados por la imaginación», que desprecian los matices y los diversos contextos y forjan estereotipos que contribuyen a fomentar la animadversión.
Tras considerar la posición de Said «un asalto al saber», el historiador estadounidense David Landes ―partiendo implícitamente de la posibilidad de llegar a conocer y comprender las razones y circunstancias de la conducta ajena― afirmaba en su libro La riqueza y la pobreza de las naciones mostraba su desacuerdo con quienes piensan que hay que formar parte de un grupo humano para entender sus razones y penetrar en su pasado y su cultura:
«Debe rechazarse categóricamente la idea de que la exterioridad descalifica: que solo los musulmanes pueden comprender el Islam, que solo los negros entienden la historia negra, que solo una mujer puede comprender los estudios femeninos, etc. Eso solo conduce a la segregación y el diálogo entre sordos. También se renuncia a las valiosas ideas extranjeras y se abre la vía al racismo.»
Particular importancia tienen también en el fin del conflicto palestino-israelí los dirigentes o las autoridades de las tres grandes religiones monoteístas ―judaísmo, cristianismo e islamismo―, tanto por su especial influencia en las conductas de los fieles de sus respectivas religiones como por los vínculos que les unen hacia ese territorio en disputa. No olvidemos que los monoteístas honran por razón de santidad la tierra de Israel y Palestina como ninguna otra del planeta. Esa zona forma parte de la identidad religiosa y nacional del pueblo judío porque, según el judaísmo, fue prometida por Yahvé y porque en ella vivieron o anhelaron vivir patriarcas, profetas, reyes y antepasados judíos. Allí se desarrollaron las raíces del pueblo, como subraya la liturgia judía.
Pero grande es también el interés de los cristianos por ese territorio, escogido por Dios ―según la doctrina cristiana― como escenario de los hechos narrados en el Antiguo Testamento y elegido por Jesucristo para vivir en el mundo, como repetidas veces han recordado romanos pontífices y otros miembros de la jerarquía eclesiástica. Los musulmanes, por su parte, afirman que el Corán identifica a los primitivos israelitas por sus creencias y no por la posesión de una tierra y reconocen la santidad ejemplar de los patriarcas bíblicos ―especialmente de Abrahán, al que consideran padre espiritual― y de Jesucristo, a quien honran como profeta. Los musulmanes sienten además especial veneración por Jerusalén, escenario de importantes acontecimientos para judíos y cristianos y ciudad querida por Mahoma; esa urbe también guarda, para los seguidores del profeta, lugares santos.
Aunque las diferentes doctrinas y tradiciones religiosas han establecido pautas generales de comportamiento, hay tantas formas de relacionarse con Dios como creyentes. Y es innegable que, a lo largo de su historia, las religiones monoteístas y otros credos han tenido adeptos fanáticos. Igual ha ocurrido entre agnósticos, ateos y nacionalistas radicales cuando sus opiniones o acciones han conllevado el atropello de las libertades de los demás. En la actualidad, como sabemos, grupos fundamentalistas islámicos y ultranacionalistas judíos ―algunos con mezcolanzas religiosas― niegan el diálogo como medio de solución del conflicto palestino-israelí.
Respecto a estos últimos, hace décadas el pensador marxista Roman Rosdolsky sostuvo en su libro Engels y el problema de los pueblos “sin historia” que el nacionalismo judío
«se revela como un antisemitismo al revés; mientras este considera a los judíos como enemigos del mundo entero, aquel declara al mundo entero enemigo de los judíos. Y así como el antisemitismo, gracias a su vehemente exageración del papel y del poder de la “subhumanidad judía”, hace que los judíos, muy contra su intención, aparezcan como una raza especialmente valiosa y capaz, también el nacionalismo judío, gracias a su absurda generalización, debe conducir a una conclusión totalmente indeseable para él.»
Uno de los movimientos político-religiosos judíos más intransigentes es Gush Emunim («Bloque de los Fieles»), fundado en 1974, recién concluida una de las guerras árabe-israelíes. Desde su aparición, el Gush ha intentado acabar con el laicismo del sionismo. Otro de sus objetivos es fomentar en la sociedad israelí el deseo de extender las fronteras al Israel bíblico (Eretz Israel), mucho mayor que el estado actual, con la esperanza de que así lo encuentre el Mesías en su venida a este mundo. Con tácticas violentas, miembros del Gush han presionado para sustituir las fronteras legales reconocidas internacionalmente por otras religiosas imposibles de alcanzar.
Desde los años setenta del siglo XX ha crecido la influencia de varios movimientos religiosos judíos en la política israelí. El hecho forma parte de un proceso de retorno al judaísmo suscitado por miembros de comunidades judías de la diáspora y por israelíes de diversos ámbitos sociales y profesionales. A diferencia de los laicistas, los protagonistas de este proceso no piensan que la religión estorbe a la política, ni a la economía, ni a la ciencia, ni al progreso social, sino todo lo contrario. Por eso se está abriendo en la sociedad judía israelí una brecha entre unos y otros.
El caso de los islamistas radicales violentos es distinto y especialmente grave. Tergiversando la doctrina musulmana tradicional, los fundamentalistas islámicos partidarios de la lucha armada justifican su posición aludiendo a su particular concepción de la yihad contra Israel y las naciones occidentales, consideradas cuna del laicismo. Para generar un caos social que solo a ellos beneficia, sus cabecillas procuran ganar adeptos exacerbando a las masas y bendiciendo a quienes participan en la contienda que predican. Según el sociólogo francés Bruno Étienne, «en el caso del islamismo se trata más de un sueño político que se efectúa más a través de una lectura política del islam que de una renovación religiosa».
Interpretando a su manera el Corán, los radicales violentos incitan a conculcar la legalidad e inducen al terrorismo suicida, convenciendo a sus seguidores de alcanzar la salvación eterna tras morir con violencia y arrastrar a muchas víctimas consigo. Esa transformación del islam en ideología ―dicho de otra manera, esa instrumentalización del fervor religioso en función de los intereses políticos―, propia del fundamentalismo islámico, conlleva el rechazo a valores considerados occidentales como la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, la democracia, el estado aconfesional, la libertad religiosa sin discriminaciones y el respeto de los derechos humanos.
Como ocurriera hace décadas con la aceptación de la teología marxista de la liberación por algunas comunidades cristianas, la subordinación de la religión a la política que implica el fundamentalismo islámico constituye una muestra más del rechazo a costumbres ajenas y a nuevos modos de vida que implican respetar la libertad de los demás. Desde esa perspectiva, Israel no es solo el origen del problema palestino sino una activa avanzadilla de los valores occidentales en Oriente Próximo. También por diferenciarse tanto de un estado en el que se aplicara literalmente la sharia o derecho islámico, piensan los fundamentalistas musulmanes violentos, Israel debe desaparecer.
En general, las prédicas incendiarias de los imanes radicales ―en los últimos años especialmente vigilados por numerosos servicios de inteligencia y seguridad― no se limitan a avivar el fuego antiisraelí. Sus soflamas subversivas político-pseudorreligiosas han logrado persuadir a mentes demasiado influenciables y, junto a otros factores, han contribuido a la extensión del terrorismo islámico por doquier. Ciudades de estados occidentales que han padecido grandes matanzas son Nueva York (11 de septiembre de 2001), Madrid (11 de marzo de 2004) y Londres (7 de julio de 2005); asesinatos indiscriminados consumados han sufrido también núcleos urbanos como Ámsterdam (2 de noviembre de 2004), Fráncfort (2 de marzo de 2011), Toulouse (19 de marzo de 2012) y Boston (15 de abril de 1913); afortunadamente en otros casos, como ocurrió en Estocolmo (12 de diciembre de 2010), el atentado acabó en una acción fallida.
Además de Israel ―la nación más sacudida por el terrorismo islamista― y de los países occidentales, otros muchos estados han sufrido o sufren atentados terroristas islamistas cuyas víctimas ―no solo judías y cristianas―, en total, se cuentan por decenas de millares. Entre esos países se encuentran Afganistán, India, Pakistán, Líbano, Indonesia, Egipto, Yemen, Arabia Saudí, Sri Lanka, Irak, Siria, Jordania, Libia, Turquía, Argelia, Rusia, Nigeria, China, Tanzania, Kenia, Túnez, Marruecos, Somalia, Tailandia, Filipinas, Bangladesh, Argentina, Tailandia y Malí.
La preocupación de Israel por su seguridad no solo guarda relación con la multitud de ataques terroristas padecidos, sino también con su situación geopolítica. El país está rodeado por otros que albergan importantes grupos de población que desean su desaparición y debe permanecer alerta frente a las posibles acciones violentas de gobernantes extranjeros que, en ocasiones, no han ocultado sus deseos de atentar contra los israelíes. Entre los ejemplos más conocidos de antisionismo radical pueden citarse a los difuntos presidentes de Siria (Hafez al-Hasad) e Irak (Sadam Husein).
Especial atención merece el caso de la República Islámica de Irán que, desde su creación en 1979, tanto apoyo ha prestado a los palestinos más violentos. Días después de triunfar la revolución islámica iraní, su dirigente supremo el ayatolá Ruholá Jomeini (1979-1989) declaró en público que el «régimen corrompido de Israel debe ser aniquilado». La animadversión a Israel de los prebostes religiosos y políticos iraníes ha continuado: el ayatolá Alí Jamenei, sucesor de Jomeini en la jefatura del estado, considera que Israel es un «tumor canceroso en el corazón del mundo musulmán»; quien fuera presidente del gobierno Mahmud Ahmadineyad (2005-2013) afirmó, entre otras frases, que «Israel debe ser borrado del mapa»; y su sucesor Hassan Rouhani ha reiterado la hostilidad de Irán contra el «régimen sionista» israelí.
Prueba de la inestabilidad de algunos países árabes es su dificultad para adaptarse a prácticas democráticas que equilibren sus gobiernos y amortigüen sus tendencias sociales más violentas. Ese autoritarismo político, reflejo del escaso dinamismo que tiene la sociedad civil en algunas naciones musulmanas, se ha interpretado ya como una muestra de debilidad. Por ejemplo el egipcio Nazih Ayubi, especialista en el mundo árabe contemporáneo, ha escrito: «Que el estado árabe sea un estado autoritario, y que se muestre tan reacio a la democracia y resistente a sus presiones, no debe interpretarse, evidentemente, como un signo de fortaleza, sino todo lo contrario.»
En los últimos años se ha intentado determinar la responsabilidad de los estados árabes cercanos a Israel que, de alguna manera, no han prevenido con la «debida diligencia» las actividades terroristas que desestabilizan la vida en el estado judío. Ante hechos de este tipo, la legislación internacional se encontraba en una disyuntiva que resolvió con un criterio general ―la obligación de prevenir actos terroristas contra otros estados o contra sus nacionales― que habría de aplicarse a los casos particulares. Así lo explica Joaquín Alcaide, profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales:
«Después de 1945, la determinación de la responsabilidad de un estado por la violación de esta obligación es más problemática porque, además de exigirse obviamente la prueba de la negligencia del estado territorial, debe tenerse en cuenta la incidencia de la distinción que el Derecho Internacional contemporáneo traza entre actos terroristas y actos de resistencia de los pueblos en ejercicio del derecho a la libre determinación (por ejemplo, la situación en Oriente Próximo, en particular los actos de violencia que se organizan en el Líbano y se cometen en Israel).
«No obstante, la Asamblea General de las Naciones Unidas consagró de modo general en su Resolución 2625 (XXV) que los estados están obligados a cooperar en la prevención de los actos terroristas en otro estado: “todo estado tiene el deber de abstenerse de organizar, instigar, ayudar o participar [...] en actos de terrorismo en otro estado o de consentir actividades organizadas dentro de su territorio encaminadas a la comisión de dichos actos, cuando los actos a que se hace referencia en el presente párrafo impliquen el recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza” y “todos los estados deberán [...] abstenerse de organizar, apoyar, fomentar, financiar, instigar o tolerar actividades armadas, subversivas o terroristas encaminadas a cambiar por la violencia el régimen de otro estado [...].»
En Oriente Próximo la diversidad religiosa complica lo que es, sin embargo, un problema fundamentalmente político de consecuencias también económicas. Los judíos consiguieron un estado tras el impacto que la ignominia del Holocausto causó en la comunidad internacional. Pero los palestinos, dados sus escasos recursos propios, aún carecen de medios suficientes ―a pesar de las cuantiosas donaciones internacionales― para ejercer con autonomía todas las competencias de un estado.
Estrechamente relacionados con la cuestión anterior hay temas de obligada negociación entre palestinos e israelíes. Algunos problemas surgieron del proceso que llevó a la existencia del estado judío; otros atañen al control de Israel sobre los territorios palestinos (bloqueo de la Franja de Gaza y ocupación parcial de Cisjordania), sumidos en una grave crisis económica por la falta de recursos y la ineficacia de su administración. Los palestinos de Cisjordania (2,72 millones en 2013 y previsiones de 2,93 en 2016, según la Oficina Central de Estadísticas de Palestina) y de la Franja de Gaza (1,7 millones en 2013 y previsiones de 1,88 millones en 2016) disponen de escasa renta per cápita y muchos viven en poblaciones con infraestructuras básicas insuficientes, hacinados en viviendas pequeñas de mala calidad.
La economía de los territorios palestinos, además, depende en parte de Israel, porque muchos productos comprados y vendidos ―en concreto, en Cisjordania― proceden de intercambios con empresas israelíes y porque el estado judío puede amenazar con cerrar las fronteras. Esto último ha sido una práctica habitual de Israel desde que en 2007 Hamás se hiciera con el control de la Franja de Gaza y comenzara su prolongada campaña de ataques armados sistemáticos al estado judío.
En concreto, los bloqueos israelíes a la Franja de Gaza conllevan el cierre de los cinco pasos fronterizos entre el territorio palestino y el israelí y la prohibición de entrada de mercancías, con la excepción de los bienes de primera necesidad aportados por organismos internacionales de ayuda humanitaria. Sorprende sin embargo que, con frecuencia, quienes con razón critican esos bloqueos no insten a los dirigentes de Hamás a esmerarse para evitar que desde la Franja de Gaza se lancen continua e indiscriminadamente proyectiles contra la población de Israel, incluidos ancianos y niños.
Si en los territorios palestinos hay cierre de fronteras forzado por las autoridades israelíes pronto se desabastecen los mercados palestinos, crecen los precios y aumenta el desempleo. El paro, a su vez, reduce la liquidez de las familias palestinas y frena el consumo de los escasos productos industriales fabricados en la Franja de Gaza y Cisjordania. Todo ello provoca el estancamiento de la economía, incapaz de librarse de la dependencia de la ayuda internacional y del sector primario. ¿No podrían los países más ricos del mundo, incluyendo las opulentas naciones árabes que flotan sobre yacimientos de petróleo, coordinar planes de ayuda más ambiciosos que contribuyan eficazmente a la autonomía productiva de los territorios palestinos?
Otro problema de Oriente Próximo es la penuria de agua en Jordania, Israel y sobre todo en los territorios palestinos, que afecta especialmente a la agricultura pero también a otras actividades económicas, al crecimiento de la población y a sus costumbres de vida. Los expertos han llegado a calificar la situación de «estrés hídrico» porque el agua disponible es escasa y su precio alto ―superior para los palestinos de la Franja de Gaza y Cisjordania que para los israelíes― y porque su calidad no es la deseable. Las principales fuentes de suministro de agua, insuficientes para la demanda existente, son el río Jordán y sus afluentes y los acuíferos subterráneos de Cisjordania y la Franja de Gaza. Pero su control por los israelíes, origen de continuos conflictos, requiere también una solución.
Dadas las condiciones climáticas de Oriente Próximo es preciso que sus habitantes se esfuercen en racionalizar al máximo los recursos hídricos, evitando las pérdidas ocasionadas por la mala gestión y por el uso de técnicas agrícolas despilfarradoras. Para contribuir a remediar su problema Israel ha puesto en marcha el plan de reutilización de aguas residuales más avanzado del mundo y, desde hace años, ha impulsado con eficacia sistemas de riego por goteo y de desalación de agua del mar. Pero también, según informes entre otros organismos de Amnistía Internacional, Israel ha limitado drásticamente el derecho de acceso al agua a la población palestina. En opinión de los técnicos, además, para aliviar la escasez hídrica en la zona es necesario ejecutar un programa de alcance regional que gestione el agua considerando más las fronteras hídricas que los límites nacionales. Y esta es otra cuestión pendiente en las negociaciones palestino-israelíes que, en este caso, afecta también a otros estados como Jordania y Líbano.
Una de las cuestiones más complicadas en las negociaciones palestino-israelíes concierne a la soberanía de Jerusalén, ciudad santa para judíos, cristianos y musulmanes, miles de millones de personas distribuidas por todo el mundo. Dado el carácter especial de esa urbe la Asamblea General de la ONU, en su Resolución 181 (II) de 29 de noviembre de 1947, decidió que «la ciudad de Jerusalén será constituida como corpus separatum bajo un régimen internacional especial, y será administrada por las Naciones Unidas».
Según dicha resolución el Consejo de Administración Fiduciaria, en dependencia directa de la ONU, redactaría un estatuto para la ciudad que contendría sus normas esenciales de funcionamiento: designación de un gobernador, que no podría ser ciudadano de los estados árabe y judío que pensaban formarse al finalizar el Mandato británico; elaboración de las leyes por un consejo legislativo elegido «por sufragio universal y votación secreta» por los adultos residentes en la ciudad, reservándose al gobernador el derecho de vetar las leyes incompatibles con el estatuto; poder judicial independiente; y para garantizar el orden público y la protección de los Santos Lugares, dotación de un cuerpo policial dependiente del gobernador e integrado por miembros reclutados fuera de Palestina.
Dicho estatuto especial tendría una primera vigencia de diez años, a partir «a más tardar el 1 de octubre de 1948» y sería después reexaminado por el Consejo de Administración Fiduciaria y acompañado de un referendum en el que los residentes de la ciudad pudieran expresarse sobre posibles cambios en su articulado. El plan de la ONU para Jerusalén fue aceptado por la comunidad judía de Palestina, pero rechazado por los árabes. De hecho, esa fue una de las causas de la guerra que estalló entre unos y otros nada más proclamarse el estado de Israel. Terminado el conflicto en 1948, Jerusalén se dividió: su parte oriental, el Este, que comprendía la Ciudad vieja, quedó bajo control de Jordania, mientras Israel tomó posesión de la parte occidental, el oeste. La mayoría de la comunidad internacional, incluyendo los miembros de la Liga Árabe, no reconoció a jordanos ni a israelíes la legitimidad de su ocupación de Jerusalén.
A pesar de ello Jordania e Israel consolidaron el control de sus respectivas zonas en la ciudad, insistiendo tanto el rey jordano como el parlamento israelí (Knéset) en la legitimidad de sus anexiones. El 23 de enero de 1950 la Knéset proclamó Jerusalén oeste capital del estado de Israel. Durante la Guerra de los Seis Días (junio de 1967) Israel ocupó, entre otros territorios, Jerusalén este. El 27 de ese mes la Knéset aprobó la Ley de orden de las municipalidades (Enmienda 6) y la Orden de ley y de administración (Enmienda 11), que concedieron al gobierno de su país el poder de aplicar las leyes, jurisdicción y administración israelíes a los enclaves anexionados. Se aprobó igualmente una Ley de protección de los Santos Lugares.
Muchos países condenaron la política de Israel, al igual que hizo la ONU por medio de varias Resoluciones. A pesar de ello Israel continuó su estrategia. La Ley básica del 30 de julio de 1980 proclamó Jerusalén, sin división, capital del estado de Israel y sede de sus principales instituciones: presidencia, Knéset, gobierno y tribunal supremo. La protesta mundial no se hizo esperar y de todas partes llovieron las críticas hacia la posición israelí. En la actualidad, no reconocen legitimidad a la ocupación israelí de Jerusalén oriental ni la ONU, ni Estados Unidos, ni la Unión Europea.
Una solución factible sería dividir la ciudad: Jerusalén este, anexionada por Israel durante la Guerra de los Seis Días, pasaría a soberanía de la ANP, permaneciendo Jerusalén oeste en poder de Israel. En cuanto a los Santos Lugares, las posibilidades son, entre otras, las siguientes: administración directa de la ONU, soberanía compartida por Israel y Palestina y, en el caso la Explanada de Las Mezquitas, control palestino de la superficie, de una parte, y, de otra, subsuelo en poder israelí, por su valor arqueológico para los judíos y su significado religioso para el judaísmo.
El Vaticano no se ha definido sobre la soberanía territorial de la ciudad pero es partidario de dotar a los Santos Lugares de un estatuto especial, garantizado por la ONU, que posibilite la libertad de culto en ellos y el acceso a quienes quieran visitarlos, reservando la administración de cada lugar (Muro Occidental o Muro de las Lamentaciones, Cúpula de la Roca, mezquita de Al Aqsa, etc.) a las autoridades de la religión más interesada.
Probablemente, el problema más difícil de resolver en Oriente Próximo sea el futuro de los refugiados palestinos y su relación con la tierra de donde fueron expulsados. La huida masiva de muchos palestinos en 1948, que denominan la nakba o «catástrofe», estaba ya en la mente de los dirigentes sionistas antes de que se produjera y ha sido desde entonces la mayor fuente de conflicto en la región. Según ha estudiado entre otros el historiador palestino Nur Masalha, después de su fundación el estado de Israel ha creado una estructura normativa para legitimar y afianzar la posesión de tierras que los palestinos ―el 80%, según este autor― abandonaron por la fuerza:
«Israel confeccionó un sistema jurídico para legalizar y consolidar su ocupación masiva de la propiedad de los refugiados. La Ley de la Propiedad Absentista, promulgada en 1948, disponía que todo árabe que hubiera abandonado su residencia habitual entre el 29 de noviembre de 1947 y el 1 de septiembre de 1948 para trasladarse fuera de Palestina, o a zonas dentro de Palestina ocupadas por fuerzas militares árabes sería considerado “ausente”, y sus tierras y propiedades confiscadas [...].
«El objetivo de la política aplicada ―militar, diplomática y legal― por el estado judío era consolidar el poder y la dominación étnica de la mayoría judía de Israel. Un elemento clave en ese esfuerzo fue la prohibición del regreso de los refugiados palestinos ―residentes dentro o fuera de las fronteras del nuevo estado― a sus hogares y propiedades ancestrales. Ese objetivo ha sido hasta hoy la premisa fundamental que informa toda política israelí hacia los refugiados palestinos.
«El resultado de la guerra de 1948 proporcionó a Israel el control de más de dos millones de hectáreas de tierra palestina. Tras su victoria el estado israelí se hizo con las tierras de 750.000 refugiados que tenían prohibido el retorno, y sometió a la restante minoría palestina a leyes y regulaciones que la privaba del disfrute efectivo de buena parte de su tierra.
«Desde entonces, toda la ofensiva masiva para hacerse con la tierra palestina (de refugiados y no refugiados) se ha llevado a cabo de acuerdo con la estricta legalidad. Entre 1948 y principios de los años noventa, Israel ha promulgado unos treinta estatutos para transferir las tierras de propiedad privada árabe a la propiedad del estado (judío). En las Naciones Unidas, Israel rechazó el derecho de los refugiados palestinos a regresar a sus hogares y aldeas, y se opuso muy particularmente a la Resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas de diciembre de 1948.»
Según el Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (en inglés United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees, UNRWA), creado el 8 de diciembre de 1949 con funciones humanitarias,
«los refugiados palestinos son personas cuyo lugar habitual de residencia entre junio de 1946 y mayo de 1948 fue Palestina, que perdieron sus casas y medios de vida como resultado del conflicto árabe-israelí de 1948, y que se refugiaron en Jordania, Líbano, la República Árabe de Siria, el territorio de Cisjordania, controlado entonces por Jordania, o la franja de Gaza, que administraba Egipto.»
La UNRWA incluye en su definición a «los descendientes de las personas que se convirtieron en refugiados en 1948». La Organización de Naciones Unidas calcula el número de refugiados originales en cerca de 726.000 musulmanes y cristianos que, gracias a su rápido crecimiento natural, alcanzaron los 4.919.917 a fines de 2012. Sin embargo, la OLP sostiene que en esa fecha había ya más de 7,5 millones de refugiados ―la mayoría viviendo a menos de 150 kilómetros de la frontera israelí―, al incluir en esta condición a varios grupos:
4.919.917 refugiados registrados por Naciones Unidas.
1,5 millones de expulsados por la guerra de 1948 y sus descendientes, no registrados por Naciones Unidas porque no se inscribieron o porque no necesitaban asistencia cuando se convirtieron en refugiados.
950.000 desplazados por la guerra árabe-israelí de 1967 y sus descendientes.
350.000 desplazados residentes en Israel y sus descendientes.
Los refugiados palestinos reconocidos por Naciones Unidas viven principalmente en Gaza, Cisjordania, Jerusalén Oriental, Jordania, Siria y Líbano. De ellos, casi el 30% (en torno a 1,5 millones) residía a fines del 2012 en los 61 «campos» oficiales. Un «campo» es «un terreno puesto por el gobierno anfitrión a disposición de la UNRWA para acomodar a los refugiados palestinos e instalar servicios, con objeto de atender a sus necesidades». Los solares donde se asientan estos campos son propiedad de los países que los prestan o se arriendan a dueños locales, y de su administración y vigilancia responden los países anfitriones, mientras la UNRWA se encarga de proporcionar a sus residentes los servicios sociales básicos.
El 1 de julio de 2012 había 58 campos de refugiados reconocidos por la UNRWA instalados en Jordania (10 campos), Líbano (12), Siria (9), Cisjordania (19) y la Franja de Gaza (8). En dicha fecha la distribución de los refugiados era la siguiente:
| Área de operaciones | Campos oficiales | Refugiados registrados |
| Jordania | 10 | 2.018.735 |
| Líbano | 12 | 438.917 |
| Siria | 9 | 492.890 |
| Cisjordania | 19 | 735.249 |
| Gaza | 8 | 1.185.550 |
| Total | 58 | 4.871.341 |
A 31 de diciembre de 2012, según la Oficina Central de Estadísticas de Palestina, la población mundial palestina era de 11,6 millones, de los que 4,4 vivían en territorios palestinos (2,7 millones en Cisjordania y 1,7 millones en la Franja de Gaza), 1,4 en Israel (de los que el 36,5% tenían menos de 15 años), 5,1 en países árabes y unos 655 mil en otros países. En la misma fecha casi un 44,2% de la población que vivía en territorio palestino eran refugiados: en concreto, un 41,4% en Cisjordania y un 58,6% en la Franja de Gaza.
La ubicación de los campos, como refleja la tabla, muestra con claridad que cualquier negociación sobre esos millones de refugiados palestinos no solo incumbe directamente a la ANP y a Israel, sino también a los principales países de acogida (Jordania, Siria y Líbano). El tema concierne igualmente a los demás estados miembros de la comunidad internacional, sobre todo a los más poderosos, algunos de los cuales llevan décadas aportando grandes cantidades de dinero para el mantenimiento de muchos palestinos, sean o no refugiados. La ONU, por su parte, lleva décadas esforzándose por alcanzar acuerdos justos y, a través de la UNRWA, ha contribuido de forma decisiva a mejorar las condiciones de vida de los refugiados, responsabilizándose de cubrir sus necesidades básicas (alimentación, vivienda, sanidad, vestido y educación).
¿Cuál es el futuro de esos millones de personas? En 2005 Peter Hansen, comisionado de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA) entre 1996 y 2005 concluyó ese último año un artículo insistiendo en la necesidad de alcanzar una solución política como única vía para arreglar el problema de los refugiados palestinos:
«A pesar de los esfuerzos de la UNRWA y sus ayudantes durante este prolongado período, y para alguien como yo que ha servido con orgullo a los refugiados palestinos durante nueve años, creo que es esencial que todas las partes, incluyendo la comunidad internacional, reconozcan que los problemas políticos no pueden solucionarse únicamente mediante intervenciones humanitarias, sino que requieren de soluciones políticas.»
El gobierno de Israel distingue entre los «refugiados», que abandonaron sus casas como consecuencia de la guerra de 1948, y los «desplazados», que son todos los demás. Por cuestiones humanitarias, Israel estaría dispuesto a recibir a varios miles de esos «refugiados», pero no a los «desplazados». Las autoridades israelíes argumentan que acoger tanto a los «refugiados» como a sus descendientes, los «desplazados», supondría tal avalancha que peligraría la identidad judía de Israel. Este país contaba ya en 2013 con una población árabe superior a 1,7 millones de personas sobre un total ligeramente superior a 8 millones de israelíes (de ellos, poco más de 6 millones de judíos), según la Oficina Central de Estadísticas de Israel.
Los gobernantes israelíes afirman, además, que muchos de los palestinos que entraran en Israel pretenderían acabar con el estado judío. Por eso la mayoría de los políticos israelíes considera que conlleva más riesgos que ventajas admitir el retorno masivo de quienes se marcharon o fueron expulsados y la entrada por vez primera de sus descendientes. Desde Israel se alega, asimismo, que su estado hubo de hacerse cargo de los judíos expulsados por las naciones árabes en 1948.
La OLP, por su parte, afirma que el término «refugiado» hace referencia a un status legal y sostiene que todos los refugiados tienen el derecho a volver a su tierra, así como a una compensación económica por los daños causados. Según esta organización a todos los refugiados se les debe dar la opción de regresar a sus casas, tal y como está reconocido por el Derecho Internacional, dejando que sean ellos mismos quienes elijan su futuro con otras opciones si voluntariamente rechazan la de regresar: reasentándose en terceros países, reasentándose en una nueva Palestina independiente o normalizando su situación legal en el país que actualmente les acoge. Lo importante es, según la OLP, que sean los propios refugiados quienes elijan qué opción prefieren sin que nadie se la imponga.
También consideramos nosotros que esa es la solución óptima, si bien esa elección solo debería corresponder, en nuestra opinión, a los refugiados que la ONU reconociera para la ocasión. Sin embargo, hay que tener en cuenta que no siempre lo mejor es realizable. En el caso que nos ocupa, numerosos países consideran que el derecho de los palestinos a elegir ha de ser compatible con los derechos de Israel a su seguridad y a mantener su carácter de «hogar» para todos los judíos del mundo.
Aunque difícil de conseguir, lo ideal es que las preferencias de cada refugiado ―al menos, de la gran mayoría de ellos― coincidan con las de las restantes partes afectadas (según el caso, la ANP, Israel, Jordania, Siria y Líbano). Por eso, antes de adoptar una medida oficial sobre el futuro de los refugiados palestinos convendría hacer un sondeo (si no total, al menos una muestra representativa) para conocer su elección en caso de que pudieran hacerlo. De esa manera, la ONU y los países directamente implicados en el problema podrían trabajar con más datos.
La ANP no parece excesivamente interesada en recibir a todos los refugiados en los territorios que gobierna porque se agravarían los difíciles problemas que afronta en la actualidad. Más complejo aún sería la entrada masiva de nuevos refugiados en la Franja de Gaza. Los países limítrofes, por su parte, deseosos de normalizar cuanto antes su situación interna, quieren arreglar pronto la cuestión. Como ya indicamos, solo Jordania ha concedido la nacionalidad a los refugiados. Pero esto no basta. Por eso, una solución sería convencer a los refugiados para que renuncien a esas tierras ―las que reclaman en Israel y, si así conviene a la ANP, las que les corresponderían en los territorios bajo su jurisdicción― a cambio de indemnizaciones. De estas compensaciones se beneficiarían también la propia ANP y, por supuesto, los países que hicieran el esfuerzo de admitir a esos antiguos refugiados en su nueva condición: la de ciudadanos permanentes.
El pago de indemnizaciones a título de compensación a los refugiados palestinos que renunciaran a volver a sus hogares ya se contempló en la Resolución 194 (III), aprobada por la Asamblea General de la ONU el 11 de diciembre de 1948. Reiterada numerosas veces por la ONU, dicha resolución afirma en su apartado 11 que
«los refugiados que deseen regresar a sus hogares y vivir en paz con sus vecinos que lo hagan así lo antes posible, y que deberán pagarse indemnizaciones compensatorias por los bienes de los que decidan no regresar a sus hogares y por todo bien perdido o dañado cuando, en virtud de los principios del derecho internacional o por razones de equidad, esta pérdida o este daño deba ser reparado por los gobiernos o autoridades responsables».
¿Quién pagaría tamaña operación? Puesto que esta opción favorece a Israel, parece evidente que al estado judío correspondería aportar una buena parte del desembolso de las indemnizaciones. Pero la suma necesaria es tan grande que conseguirla requiere la colaboración internacional. Convendría que los países desarrollados ―Estados Unidos, Canadá, los estados miembros de la Unión Europea, Japón y Australia, entre otros― adoptaran un compromiso sobre este tema, pues la tranquilidad en Oriente Próximo favorece la paz mundial. Conviene también tener en cuenta que uno de los factores de la estabilidad en los precios del petróleo, que tanto beneficia a las economías más avanzadas del mundo, guarda relación con la situación en Oriente Próximo.
De optarse por indemnizar a los refugiados a cambio de su renuncia voluntaria a volver a su hogar o al de sus antepasados, es de esperar también una generosa aportación de las naciones musulmanas más ricas. A todos extrañaría que estos países, que tan altas rentas disfrutan procedentes de las exportaciones de petróleo y de las inversiones realizadas gracias a esas ventas, no fueran más magnánimos con el pueblo palestino, con quien mantienen estrechos vínculos culturales y en muchos casos también religiosos.
A pesar de los problemas que suscita el conflicto árabe-israelí, en las últimas décadas han mejorado mucho las relaciones entre las partes directamente implicadas: Yasser Arafat, quien durante tantos años dirigió la OLP (1969-2004), reconoció en 1986 el derecho a existir de Israel, al igual que hizo de hecho el Consejo Nacional Palestino en julio de 1988 al aceptar las resoluciones 242 (1967) y 338 (1973) del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El reconocimiento mutuo oficial se alcanzó en septiembre de 1993. En 2005 se produjo un avance significativo en la resolución del conflicto palestino-israelí: el ejército de Israel se retiró de Gaza y se desmantelaron los asentamientos judíos que se establecieron desde su conquista en la guerra de 1967. Aun con altibajos ―frenar el aumento de los asentamientos israelíes en Cisjordania y abandonar los existentes, por ejemplo, constituye una exigencia palestina clave―, el curso de los acontecimientos induce a la esperanza.
II. Los judíos en la actualidad
El número de judíos
Contar los judíos que hay en el mundo es tarea difícil. Los cálculos que recogemos en estas páginas son siempre estimaciones y, como afirman algunos demógrafos, están sujetos a una valoración «permanentemente provisional». Dicha provisionalidad afecta también a los datos facilitados por las instituciones oficiales más fiables, incluidas las del estado de Israel, por varias razones. Entre ellas, aplicables más a tiempos pasados que a los actuales, la dispersión geográfica de las personas que se pretenden contar (que ha retardado o dificultado la realización de estadísticas en países poco desarrollados donde vivían comunidades judías) y las migraciones internacionales de bastantes miembros.
También complica la elaboración de estadísticas el proceso de identificación del conjunto de la población judía de un país. Como afirmamos en anteriores ocasiones, incluso ajustándose a la ley religiosa ortodoxa, que reconoce la condición judía a los descendientes de madre judía (y así sucesivamente, siempre que se conserve la línea materna), hay personas que desconocen ese aspecto de su identidad ―ignorado también por la comunidad judía del país en cuestión― y en consecuencia no lo declaran cuando se hacen los cómputos, quedando por tanto fuera de ellos.
Otros, sabiéndose judíos, no desean hacerlo público ni revelarlo a terceros ni a instituciones oficiales porque no lo juzgan conveniente ―por ejemplo, por prudencia― o por prejuicios personales o sociales, o por respeto a miembros de la propia familia que no quieren darlo a conocer. En estos casos, si tal identidad judía es desconocida por quienes hacen los censos ―y no es extraño que falte información sobre este aspecto― los miembros de esa familia tampoco quedan incluidos en ellos. ¿Aportan pistas fiables los apellidos para determinar la identidad judía?
A veces ciertos apellidos proporcionan indicios sobre la procedencia de una persona y su posible pertenencia al pueblo judío (por ejemplo los de origen hebreo Levy, Cohen, etc.). De todos modos, no siempre quienes los llevan se consideran judíos ni tienen porqué serlo. Ocurre igualmente que apellidos que podrían revelar alguna información se han cambiado o figurarían en segundo, tercero, cuarto u otro lugar. Determinados documentos históricos ―por ejemplo, los censos de las juderías y los condenados por judaizar en los juicios de la Inquisición española― constituyen fuentes de información que, para el caso que nos ocupa, además de tener que contrastarse tienen la desventaja de retrotraerse demasiados siglos atrás para poder seguirles la pista hasta la actualidad. Por otro lado, también es habitual hallar judíos con apellidos comunes entre sus compatriotas.
Como ocurría con frecuencia entre griegos y romanos, los apellidos judíos más antiguos son patronímicos. En concreto, el nombre paterno iba precedido según los casos de las palabras hebreas «ben» («hijo de») o «bat» («hija de») y, en el caso de los judíos de lengua árabe, «ibn» («hijo de»). En Sefarad los apellidos hereditarios (con frecuencia, como los cristianos, topónimos o derivados de los oficios desempeñados) comenzaron a usarse ―por influencia de los judíos de lengua árabe― en torno a los siglos IX y X. Desde Sefarad se extendió una diáspora de judíos con apellidos originada por la expulsión de quienes permanecieron en el judaísmo de los territorios de las coronas de Castilla y Aragón (1492) y de los reinos de Portugal (1496) y Navarra (1498). Algunos de esos apellidos cambiaron en función de las características fonéticas de las lenguas de los nuevos lugares de acogida. En la Sefarad posterior a 1492 tanto los judeoconversos verdaderos como los marranos adoptaron con frecuencia los apellidos de sus padrinos de bautismo.
En el Sacro Imperio Romano Germánico los asquenazíes, más aislados, tuvieron que adoptar un apellido desde 1788 ―que hasta entonces, en Europa oriental, solo era usado habitualmente por la comunidad judía de Praga― como consecuencia de un decreto firmado el año anterior por el emperador José II de Habsburgo. A dicho texto siguió en 1805 otro para ser aplicado en la parte de Galitzia anexionada por el imperio tras la tercera partición de Polonia. Aunque la redacción de ambas normas es similar, la diferencia principal es que en el primer caso los judíos se daban el apellido que querían mientras en el segundo se les asignaba uno de forma arbitraria, según el parecer del funcionario de turno. Durante los siglos XVIII y XIX la conveniencia de facilitar la recaudación de impuestos y el reclutamiento militar dio lugar a normas sobre la adopción obligatoria de apellidos para los judíos en los estados alemanes (según los casos, entre 1790 y 1852), en el Imperio ruso (1804), en el francés (1808) y en el llamado reino de Polonia (1821).
Como afirma Alexander Beider, especialista ruso-francés en etimología judía, los apellidos adoptados por los judíos asquenazíes ―muchos coincidentes con apellidos cristianos― tuvieron orígenes muy variados: aunque no faltaron los de origen hebreo descendientes de linajes (Levi) asociados a veces a oficios (Cohen, sacerdote), muchos otros son patronímicos, designan oficios, cualidades personales, plantas, animales, metales, piedras, fenómenos naturales, alimentos y utensilios domésticos. Si bien hay apellidos despectivos, en general designan realidades positivas o neutras. En cualquier caso, la adopción de apellidos ―en las respectivas lenguas nativas, además― contribuyó a la integración de las minorías judías europeo-orientales. Muchos de estos apellidos serían después cambiados en Israel, en unos casos «hebreizando» los que se tenían y en otros inventando nuevos en hebreo.
Si escasa información sobre la identidad aportan los apellidos, otra dificultad para contar el número de judíos que hay en el mundo es encontrar una definición adecuada sobre el particular. ¿Quién es judío y debe incluirse en los recuentos? ¿Quién no lo es y tiene por tanto que ser excluido? En los últimos lustros, por ejemplo, durante la emigración masiva desde la antigua Unión Soviética hacia Israel, se ha reconocido la identidad judía a quien se ha declarado como tal. Lógicamente, la diversidad de criterios que se use para determinar la identidad judía producirá resultados estadísticos distintos.
El texto actual de la Ley del retorno de Israel, que implica la consideración del estado como “hogar nacional judío” ―no judío, sino de sionistas con kipá, según los rabinos ultraortodoxos contrarios a la existencia del mismo― reconoce el derecho a emigrar a ese país a cualquier persona nacida de madre judía o que se haya convertido al judaísmo. La ley mencionada especifica además que tales derechos «serán otorgados también al hijo y al nieto de un judío, al cónyuge de un judío, al cónyuge del hijo de un judío y al cónyuge del nieto de un judío, exceptuando quien era judío y cambió de religión por voluntad propia». ¿Habría que incluir a algunos de ellos o a todos en los censos de población judía? ¿O quizá a ninguno?
Hay quienes consideran que el margen de la Ley del retorno es amplio, al reconocer el derecho a inmigrar a Israel no solo a quienes tienen vínculo de consanguinidad con un judío hasta el tercer grado, sino también a la relación conyugal hasta ese mismo grado. Sin embargo, como pudo comprobarse en el caso del carmelita hebreo Daniel Rufeisen, el Tribunal Supremo de Israel consideró en un principio que la Ley del retorno excluía a los judíos convertidos a una religión distinta del judaísmo. Finalmente Rufeisen logró la nacionalidad israelí, tras declararle el principal órgano judicial del país «ciudadano hebreo (no judío) del estado de Israel» pero «de religión cristiana». Así, la sentencia medio-solucionó (no del todo, pues sigue vigente el texto de la Ley del retorno sobre el cambio de religión) un complejo y vergonzoso problema jurídico israelí y, a la postre, sentó precedente para casos análogos que surgieron después. Si Rufeisen siguiera vivo, ¿habría que incluirle en el censo de judíos?
El caso Rufeisen
Hijo de judíos polacos, Oswald Rufeisen (1921-1998) perteneció en su juventud al movimiento sionista Akiva. Huyendo de los nazis, en 1941 acabó en la actual ciudad bielorrusa de Mir, adonde llegó con una falsa documentación que le permitió trabajar como traductor para la policía local. Ello le posibilitó recabar información sobre los planes policiales, dando a conocer a los judíos del gueto de Mir la pretensión nazi de deportarles a campos de concentración, facilitándoles además el suministro de armas. Gracias a sus servicios escaparon del gueto de Mir unos 200 judíos.
Liquidado el gueto los nazis acabaron descubriendo la verdadera identidad de Rufeisen quien, a pesar de ser detenido, logró escapar y esconderse en un cercano monasterio de monjas, donde permaneció de agosto de 1942 a noviembre de 1943 y donde también decidió convertirse al cristianismo. A continuación se unió a los partisanos, debiendo ser protegido por los escapados del gueto de Mir tras las acusaciones que le hicieron algunos soviéticos de haber colaborado con los nazis.
Acabada la guerra Rufeisen volvió a Polonia y, tras convertirse al cristianismo, ingresó en la orden de los Carmelitas y se ordenó sacerdote.
Después de llegar en 1958 al monasterio carmelita Stella Maris, en la ciudad costera de Haifa, el hermano Daniel (como pasó a llamarse Rufeisen) pidió la nacionalidad israelí, pero le fue denegada por el ministerio de Interior. A pesar de recurrir a la justicia, en 1962 el Tribunal Supremo apoyó la decisión administrativa por cuatro votos contra uno. Finalmente el hermano Daniel obtuvo la nacionalidad israelí en 1963, gracias a las disposiciones generales sobre naturalización contenidas en la Ley de Ciudadanía y permaneció hasta la muerte en el monasterio carmelita Stella maris, en la ciudad costera de Haifa.
Tras el caso Rufeisen, otros problemas han surgido después en relación con la cuestión acerca de quién es judío y los derechos que puede por tanto alegar ante el estado de Israel.
Pensando en la decisión inicial de las autoridades israelíes ―avalada por los magistrados del tribunal supremo― de negar al hermano Daniel la nacionalidad israelí, nos preguntamos: ¿habrían los secuaces de Hitler respetado su integridad por ser cristiano? ¿Quedaron o quedarían libres de las matanzas de los Einsatzgruppen nazis los judíos que expresamente renegaron del judaísmo, los judíos ateos, agnósticos, cristianos, musulmanes o budistas? ¿Se librarían de las cámaras de gas los hijos y nietos cristianos de madre, abuela o bisabuela judías? ¿Habrían obtenido pasaporte israelí y sido admitidos en Israel si este estado hubiera existido durante el Holocausto o se les habría aplicado la excepción sobre la conversión religiosa incluida en la Ley del retorno? Y si la situación actual empeora en otros países, ¿cuál sería el criterio del gobierno y de los tribunales israelíes sobre este tema?, ¿cuál sería el juicio de los rabinos?
El criterio identitario ―al menos, el usado para reconocer derechos específicos― de la Ley del retorno de Israel no suele ser empleado por la mayoría de los demógrafos dedicados a calcular la población judía mundial, que prefieren estudios basados en la ascendencia familiar (algunos se limitan a contar las generaciones directas y cercanas y otros incluyen antepasados más lejanos) y/o en el vínculo religioso. Sin embargo, las controversias religiosas sobre el concepto «judío», tan relacionadas a su vez con la Ley del retorno de Israel, han llevado a algunos autores a obviar este criterio como fuente estadística y a preferir el más subjetivo de «población judía nuclear», que comprende a quienes se reconocen como tales y a los que así son reconocidos por sus familiares más directos. Estos recuentos excluyen tanto a los descendientes de judíos convertidos a otras religiones como a quienes niegan su identidad judía. Desde esta perspectiva, ser judío es cuestión de elección.
De todos modos, para acercarse con mayor exactitud a la realidad, esos mismos demógrafos se sirven de los conceptos de «población judía extendida» y «población judía ampliada». La población judía extendida incluye la suma de (a) la población judía nuclear y (b) de todas aquellas personas de familia judía que actualmente no son judíos (o durante el tiempo en que se realizó la investigación). En función de dichos criterios estos no-judíos con antecedentes judíos, hasta donde puedan calcularse, incluyen: (a) personas que se han convertido a otras religiones, aunque continúan afirmando ser judíos desde el punto de vista étnico; (b) otras personas con familia judía que niegan ser judíos.
Por su parte, la población judía ampliada, como indica el israelí Sergio Della Pergola ―probablemente el mayor especialista en demografía judía― «además de los que conforman la población judía extendida, incluye también a todos los miembros no judíos de sus hogares (esposas, hijos, etc.). Tanto por razones conceptuales como prácticas esta definición no incluye cualquier otro pariente no judío que viva en otra parte, en hogares exclusivamente no judíos». La población judía ampliada se extiende, pues, no solo a quienes tienen lazos de consanguinidad (los hijos) sino también al cónyuge.
La primera de las tablas que ofrecemos a continuación, incluida en el Resumen estadístico de Israel (Nº 63, 2012) publicado por la Oficina Central de Estadística de Israel (en adelante, OCE), muestra la población judía en Israel y en el mundo a lo largo de una serie de años. Las cifras del número de judíos que pueblan el mundo (columna derecha) incluyen a quienes se definen a sí mismos como tales. Los datos no reflejan por tanto el total de población judía, pues hay judíos ajenos e incluso contrarios al compromiso que puede suponer, fundamentalmente en la diáspora, reconocer la propia identidad. Sin embargo, las cifras que mostramos constituyen casi con seguridad los datos más fiables en que apoyarse; al fin y al cabo ser judío tiene, para quien asume dicha identidad, mucho de opción personal.
| POBLACIÓN JUDÍA EN EL MUNDO Y EN ISRAEL | |||
| Año | En Israel | En el mundo (en millones) | |
| Porcentajes (1) | Miles | ||
| 1882190019141916-191823-X-1922 (2)192518-XI-1931 (3)193915-V-1948195519701975198019851990199520002003200420052006200720092011 | 011——1—36132023252730353840404141414243 | 24508556841361754496501.5902.5822.9593.2833.5173.9474.5224.9555.1655.2385.3145.3935.4785.7045.908 | 7.80010.60013.500—14.40014.80015.70016.60011.50011.80012.63012.74012.84012.87012.87012.89212.91412.98613.03313.09013.15513.23213.42113.746 |
| Del total (2011) | |||
| En Estados Unidos | 5.425 | ||
| En Francia | 0.480 | ||
| En Australia | 0.112 | ||
| En Alemania | 0.119 | ||
| En Argentina | 0.182 | ||
| En la Federac. Rusa | 0.194 | ||
| En Reino Unido | 0.291 | ||
| En Canadá | 0.375 | ||
| (1) Porcentaje de judíos en Israel respecto al total de la población judía mundial(2) Censo durante el período de Mandato Británico(3) Idem | |||
Mentes brillantes al servicio del pueblo judío
El Instituto de Planificación de Política Judía (IPPJ) es una organización sin carácter lucrativo con sede en Jerusalén, fundada en 2002 por la Agencia Judía para Israel. Fue establecido «como un cuerpo de análisis independiente cuya misión es contribuir a la continuidad del pueblo judío, del judaísmo y su futura prosperidad».
Como afirma en su presentación, el IPPJ «pretende ensamblar algunas de las mentes judías más brillantes en el mundo para dedicarse a la planificación de política orientada hacia la acción, que le permita a las instituciones judías y al liderazgo comunitario anticipar los cambios en la dinámica global y apuntar a las necesidades contemporáneas y futuras.
Su función es identificar oportunidades que promuevan la prosperidad del pueblo judío y evadir catástrofes latentes.» Sus actividades «están dirigidas a contribuir al avance del liderazgo judío, tanto presente como futuro y la promoción del discurso efectivo preparando materiales de trasfondo y documentos de posición para los encargados de la toma de decisiones.»
Estos datos se complementan con otras cifras de gran interés publicadas por el Instituto de Planificación de Política Judía (en adelante IPPJ) en su Evaluación anual 2011-2012, que ofrecemos a continuación en dos partes. La primera especifica los países y grandes áreas geográficas y económicas donde han residido y residen las mayores comunidades judías, indicando las cifras de los años 1970 y 2010, así como la proyección de población judía para el 2020 en esos estados y áreas. Siguiendo el mismo orden, la segunda tabla refleja en cifras aspectos socioeconómicos relevantes sobre la vida de las comunidades judías en Israel y en el resto del mundo.
| POBLACIÓN JUDÍA EN EL MUNDO Y EN ISRAEL (Principales comunidades, por países y grandes áreas geográficas) | |||
| País | Población judía (definición nuclear) | ||
| 1970 | 2010 | Proyección 2020 | |
| MUNDO | 12.633.000 | 13.647.500 | 13.917.000 |
| Israel | 2.582.000 | 5.912.600 | 6.543.000 |
| América del Norte | 5.686.000 | 5.650.000 | 5.581.000 |
| Estados Unidos | 5.400.000 | 5.275.000 | 5.200.000 |
| Canadá | 286.000 | 375.000 | 381.000 |
| América Latina | 514.000 | 389.600 | 364.000 |
| Argentina | 282.000 | 182.300 | 162.000 |
| Brasil | 90.000 | 95.600 | 90.000 |
| México | 35.000 | 39.400 | 42.000 |
| Otros países | 107.000 | 72.300 | 70.000 |
| Europa (no países ex-URSS) | 1.331.000 | 1.158.800 | 1.070.000 |
| Francia | 530.000 | 483.500 | 482.000 |
| Reino Unido | 390.000 | 292.000 | 278.000 |
| Alemania | 30.000 | 119.000 | 108.000 |
| Rumania | - | 9.700 | - |
| Bulgaria | - | 2.000 | - |
| Hungría | 70.000 | 48.600 | 34.000 |
| Otros países UE | 171.000 | 163.200 | 134.000 |
| Otros países no-UE | 140.000 | 40.800 | 34.000 |
| Ex-URSS | 2.151.000 | 330.000 | 173.000 |
| Rusia | 808.000 | 205.000 | 130.000 |
| Ucrania | 777.000 | 71.500 | 25.000 |
| Resto de países ex-URSS europeos | 312.000 | 34.900 | 15.000 |
| Ex-URSS en Asia | 254.000 | 18.600 | 3.000 |
| Asia (resto) | 104.000 | 19.200 | 21.000 |
| África | 195.000 | 76.200 | 60.000 |
| Etiopía | - | 100 | - |
| Rep. Suráfrica | 118.000 | 70.800 | 57.000 |
| Marruecos | - | 2.700 | - |
| Otros | - | 2.600 | - |
| Oceanía | 70.000 | 110.000 | 101.000 |
| Australia | 65.000 | 103.000 | 95.000 |
| Nueva Zelanda y otros | 5.000 | 7.600 | 8.000 |
| INDICADORES SOBRE LA POBLACIÓN JUDÍA MUNDIAL | ||||
| País | IDH (1) Puesto mundial | Índice de matrimonios mixtos (%) | Alguna visita a Israel (% judíos) | Aliá (emigración a Israel) |
| 2011 | Más reciente | Más reciente | 2011 | |
| MUNDO | - | - | - | 16.845 (2) |
| Israel | 17 | 5 | 100 | - |
| América del Norte | - | - | - | 2.551 |
| Estados Unidos | 4 | 54 | >35 | 2.339 |
| Canadá | 6 | 35 | >65 | 212 |
| América Latina | - | - | - | 894 |
| Argentina | 45 | 45 | >50 | 220 |
| Brasil | 84 | 45 | >50 | 157 |
| México | 57 | 10 | >70 | - |
| Otros países | - | 15-95 | >50 | - |
| Europa (no ex-URSS) | - | - | - | 2.910 |
| Francia | 20 | 40-45 | >70 | 1.619 |
| Reino Unido | 28 | 40-45 | >75 | 464 |
| Alemania | 9 | >60 | >50 | 97 |
| Rumania | 50 | - | - | 41 |
| Bulgaria | 55 | - | - | 33 |
| Hungría | 38 | 60 | - | 128 |
| Otros países UE | - | 33-75 | >50 | - |
| Otros países no-UE | - | 50-80 | - | - |
| Ex-URSS | - | - | - | 7.225 |
| Rusia | 66 | 80 | - | 3.678 |
| Ucrania | 76 | 80 | - | 2.051 |
| Resto europeos | - | 65-75 | - | 625 |
| Ex-URSS Asia | - | 50-75 | - | 871 |
| Asia (resto) | - | - | - | 233 |
| África | - | - | - | 2.933 |
| Etiopía | 174 | - | - | 2.666 |
| Rep. Suráfrica | 123 | 20 | >75 | 173 |
| Marruecos | 130 | - | - | - |
| Otros | - | - | - | 94 |
| Oceanía | - | - | - | 97 |
| Australia | 2 | 22 | >65 | - |
| N. Zelanda y otros | - | - | - | - |
| (1) IDH: Índice de desarrollo humano(2) Incluyendo los países no especificados | ||||
Además de los anteriores, ¿qué otros datos relevantes conciernen a la población judía? ¿Y cuáles son las principales conclusiones que se derivan de la información demográfica disponible? De entrada, conviene resaltar que la población judía actual continúa siendo claramente inferior a la existente antes de las grandes matanzas perpetradas durante el Holocausto (16,6 millones en 1939). Incluso las proyecciones realizadas para el año 2020 (en torno a 13,83 millones de judíos) y 2050 (14,5 millones) siguen mostrando el descalabro demográfico que provocó el Holocausto, no solo por los asesinados sino por aquellos que pudieron haber nacido y no lo hicieron.
Otro aspecto relevante es que, desde hace décadas, disminuye la población judía respecto a la mundial. En 1945, por ejemplo, los casi 11 millones de judíos representaban en torno al 5 por mil de la población mundial, mientras en 2012 los 13,75 millones de judíos constituían menos del 2 por mil del total mundial. Además, fuera de Israel continúan en aumento los matrimonios mixtos o de cónyuge no judío (más de la mitad en la mayoría de las comunidades) proclives a perder su identidad psicológica judía y a trasladar a los hijos su propia asimilación a la cultura del entorno.
En cuanto a la distribución demográfica por países destacan Israel y Estados Unidos, con más del 80% de la población judía total y en ambos casos con propensión al crecimiento demográfico judío, seguidos de lejos por otras estables y ricas democracias (Francia, Canadá, Gran Bretaña, Australia y Alemania). En general, la tendencia demográfica desde la creación del estado de Israel ha sido un espectacular aumento de la población en dicho país y un progresivo descenso y envejecimiento en la diáspora, donde todas las comunidades judías nacionales son minoritarias. Sin embargo, tanto Norteamérica como Europa occidental han mantenido su población judía, mientras han experimentado fuertes descensos de la misma ―hasta perderla en ciertos casos― los países islámicos de Asia y África así como Europa oriental, tras la desintegración de la URSS.
Según Della Pergola, desde 1880 a 2008 ―incluso hasta 2013, añadimos nosotros, año en que escribimos― las migraciones internacionales judías han experimentado tres grandes picos de crecimiento: los masivos traslados desde Europa oriental a Norteamérica antes de la Primera Guerra Mundial, frenados por las cuotas migratorias impuestas a comienzos de los años veinte; la segunda etapa coincide con el fin de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto (1945), la liquidación del imperio británico y el nacimiento del estado de Israel (1948); la última gran migración comenzó tras la caída del Muro de Berlín (1989) y la posterior desintegración de la URSS. Otro acontecimiento destacable que suscitó una ola migratoria fue el colapso del imperio norteafricano francés.
Puesto que en epígrafes posteriores prestaremos especial atención a Israel, nos detendremos aunque sea brevemente para exponer algunas características de la segunda potencia demográfica judía del mundo. El informe Población judía en Estados Unidos, 2012 publicado por el Instituto Berman, de la Universidad de Connecticut, eleva la cifra de judíos estadounidenses en 2012 a 6,72 millones de judíos (más alta que el cálculo de la OCE, realizado con metodología distinta) ―el 2,2% de los ciudadanos del país― y afirma que, en dicho año, el mayor número de ellos vivían en el noroeste (el estado de Nueva York, por ejemplo, concentraba el 26,2% del total), el suroeste (18,2% en California) y el sureste (9,5% en Florida), territorios que se encuentran entre los económicamente más dinámicos del país.
Es indudable que algunos cambios producidos desde la fundación de Israel son muy positivos. Para un pueblo que tanto ha sufrido a lo largo de la historia, especialmente en el siglo XX, un “hogar nacional” ofrece una confianza que no han disfrutado las generaciones judías durante dos mil años. La especial situación creada tras el Holocausto o hitos históricos como el derrumbe y desintegración de la Unión Soviética han contribuido de forma especial a llenar Israel de judíos, convirtiéndolo en determinados períodos en un potente imán. Si no ejemplar, el modo en que se ha hecho y sigue realizándose la absorción de inmigrantes de la diáspora ha sido al menos muy correcto. Pocos países del mundo, si es que hay alguno, han tenido que enfrentarse con un proceso de tal magnitud proporcional.
Sin embargo, también es cierto que conviene tener en cuenta las tendencias demográficas actuales al pensar en el futuro. Cualquier estado, grupo humano o comunidad cultural debe atender al comportamiento demográfico de sus integrantes si en ello se juega algo, como así ocurre en entidades formadas por seres con un tiempo de vida. En este sentido, no es lo mismo una asociación deportiva o musical que un grupo más complejo y dependiente del ciclo vital y reproductivo de sus miembros. Así sucede en las familias, cuyas posibilidades demográficas son crecer (cuando nacen más de los que mueren), estancarse (nacen tantos como mueren) o decrecer (mueren más que nacen). En este último caso, si la reducción es prolongada, la familia en cuestión puede desaparecer. Los estados desarrollados consiguen defenderse de su progresivo declive demográfico interno recurriendo a la inmigración de jóvenes procedentes de otros países, aumentando la población al incorporar en su ciudadanía a estos y a sus hijos.
Como los demás grupos humanos, también el pueblo judío tiene tres posibilidades demográficas: crecer, estancarse o decrecer. Y puestos a hacer comparaciones, el pueblo judío es más parecido a una familia que a un estado, ya que no puede crecer recurriendo a la inmigración, medio que sí puede emplear Israel. El pueblo judío e Israel no son por tanto realidades idénticas, por mucho que Israel se considere un «estado judío». Y ello no solo porque en Israel vive una numerosa comunidad árabe, sino porque la incorporación al pueblo judío no depende de la voluntad política de admitir a cierto número de inmigrantes, como sí sucede en Israel. Dicha estrategia puede facilitar el crecimiento del pueblo judío, pero no la asegura.
Tanto en la diáspora como en Israel los cónyuges no judíos de una mujer o un varón judíos pueden convertirse al judaísmo o no hacerlo, solidarizarse intensamente con la cultura e historia judías o rechazarlas, decidir la educación judía de su prole de acuerdo con sus consortes o negarse a ello. De todos modos, ¿qué grado de adhesión debe considerarse un éxito? ¿Quién puede erigirse en representante de los demás judíos para valorar la cuestión, en el caso de que alguien deba hacerlo? ¿Quizá los rabinos? Y si es así, ¿qué rabinos? Ya veremos que las corrientes del judaísmo son muy variadas y que esa religión carece de una autoridad superior reconocida por la mayoría de sus fieles.
¿Acaso deben juzgar las decisiones personales y familiares los gobernantes de Israel? ¿Y los dirigentes de las organizaciones judías más importantes? Es indudable que unos y otros, como todos los demás, pueden analizar la situación del pueblo judío desde el punto de vista de la asimilación de no judíos. ¿Pero qué criterios determinan que un proceso de este tipo sea calificado de forma positiva o negativa? ¿Tal vez el cumplimiento de algunas normas religiosas, o la adhesión a determinados valores culturales, o la asunción de ciertos principios políticos? ¿Acaso dos de los argumentos anteriores o los tres a la vez? De nuevo, la pluralidad de pareceres sobre la identidad judía tiene mucho que ver en este tema.
Otra cuestión estrechamente relacionada con la anterior es la disparidad de criterios para contar o descontar no ya a los cónyuges de judíos, sino a quienes pueden serlo según ciertos criterios y no serlo según otros. La variedad de situaciones que se dan en la actualidad, tanto en la diáspora como entre centenares de miles de inmigrantes llegados a Israel en las últimas décadas, requiere gran flexibilidad mental al determinar quién es judío y quién no lo es.
La definición halájica (basada en el judaísmo) amplía la identidad judía a muchos que no se saben o no se consideran judíos y la niega, en cambio, a otros que se identifican como tales pero que no están dispuestos a someter su idea de sí mismos al criterio de la mayoría de los rabinos, bien porque han elegido otro credo o porque los han rechazado todos. Puesto que la propia realidad impone la diversidad, ¿no sería mejor alejarse de posturas rígidas, más cuanto tanto cuesta a tantos asumir en la diáspora la propia identidad? Los resultados cambian mucho si se aplican unos criterios u otros y también varían, aunque menos, las tendencias demográficas.
Sean cuales sean las decisiones que adopten unos u otros, podemos extraer nuevas consecuencias de los datos demográficos que hemos indicado. Por su extensión, Israel tiene aún gran potencial de crecimiento de población aunque, de aquí a unas décadas, las posibilidades de residencia en el país de todos sus ciudadanos judíos y árabes son limitadas, tanto para unos como para otros. Además, si bien se piensa que la natalidad de los árabes israelíes experimentará un declive progresivo, a medio plazo su crecimiento natural seguirá siendo bastante mayor que el de los judíos. Uno de los efectos de esta circunstancia es la reducción de la proporción de judíos en Israel. Si en el 2000 los judíos representaban el 81% de la población israelí, las proyecciones para el 2050 reducen tal representación al 74%, excluyendo los Territorios Ocupados y considerando un descenso de la natalidad de los árabes israelíes hasta igualar ese año el ritmo de la natalidad judía.
A la vista de los datos de población más relevantes, Sergio Della Pergola considera que el principal reto demográfico de Israel es preservar su mayoría judía y que el gran desafío de las minorías de la diáspora es preservar su cohesión, importancia espiritual y creatividad cultural, al tiempo que disfrutan de las oportunidades de un mundo abierto. Según el demógrafo israelí ―algo intranquilo por los datos y tendencias demográficos judíos― la comunidad judía mundial debe procurar mejorar la interacción entre Israel y la diáspora. Della Pergola sostiene que cualquier plan de futuro de los dirigentes judíos ha de tener en cuenta, entre otros, los siguientes objetivos: estimular nuevos modos de migración y absorción de población judía en Israel, ayudar a las familias numerosas, tratar de eliminar en los matrimonios mixtos los «efectos erosivos» (con estas palabras probablemente Della Pergola se refiere a la posibilidad del contrayente judío de ser asimilado), reforzar los aspectos positivos de la de identidad judía en Israel y en la diáspora, así como promover la conversión al judaísmo de las familias con miembros judíos.
Las ventajas de Israel pueden tornarse inconvenientes si no se aprovechan adecuadamente. La durante siglos añorada patria es hoy una realidad. Ya existe un «hogar nacional», se han hecho grandes esfuerzos para «amueblarlo» bien y aunque, por culpa de todo el «vecindario» (Israel incluido), quedan por solucionar problemas en la «comunidad», por fin van camino de un arreglo pacífico. Pero encerrarse en «casa» no sería una buena decisión porque una de las principales fuentes de enriquecimiento humano del pueblo judío ha sido precisamente su gran capacidad para convivir con pueblos muy distintos, adaptándose a modos de vida muy variados. La asimilación, que algunos consideran un peligro y otros una consecuencia natural de la vida misma, es una cuestión objetiva pero a la vez subjetiva, como también lo es para cualquier judío conservar su identidad. Y la propia subjetividad, por el mero hecho de ser real, tiene una parte objetiva.
Israel, gran diversidad a pequeña escala
Israel tiene una superficie de 20.770 kilómetros cuadrados, sin contar los territorios ocupados en 1967. Gracias a su condición de encrucijada entre Asia, África y Europa, este pequeño país se encuentra situado en una zona estratégica mundial. Linda al norte con Líbano y Siria, al este con Jordania, al oeste con el mar Mediterráneo y al suroeste con Egipto; también limita al este con Cisjordania y al oeste con la Franja de Gaza, regiones administradas por la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y Hamás, respectivamente. La ANP, como vimos, sigue reivindicando el control total de sus tierras y el desalojo de los asentamientos judíos aún instalados en ellas; Hamás, por su parte, pretende hacer desaparecer el estado de Israel.
En términos generales, Israel está dividido en dos grandes unidades geográficas: al sur, el desierto de Néguev; en la zona septentrional la variedad es mayor, al sucederse una estrecha y larga llanura costera occidental, un conjunto de montes y colinas de norte a sur y un valle oriental recorrido por el río Jordán. El clima de Israel es principalmente mediterráneo, con cerca de 700 mm. de precipitaciones al norte, que disminuyen conforme se avanza al centro del país. Escasean las lluvias en la zona septentrional del desierto de Néguev, siendo casi nulas al sur.
Desde el punto de vista demográfico, aquella primera comunidad judía de seiscientas mil personas del Israel de los comienzos tuvo los brazos abiertos para recibir a todos los judíos que quisieran entrar. Muchos familiares, amigos y conocidos de estos descansaban hechos cenizas en las lejanas tierras de Europa central y oriental, donde millones de judíos acababan de ser asesinados durante el Holocausto. A pesar de ello, tanto los primeros israelíes como los recién llegados al nuevo país eran conscientes de que había que tratar de superar los traumas. La propia urgencia de las nuevas tareas favorecieron mirar adelante: durante los tres primeros años de la historia de Israel llegaron al país setecientos mil inmigrantes judíos procedentes del resto del mundo, duplicándose con creces la población judía inicial.
Y es que, junto con el crecimiento natural, la inmigración ha contribuido especialmente al aumento de la sociedad israelí: en concreto, según la OCE, en el periodo 1948-2012 el número de inmigrantes llegados a Israel ―judíos, la práctica totalidad― fue de 3.108.760 personas. Gracias a ello, la variación experimentada por los distintos grupos religiosos a lo largo de más de medio siglo confirma en 2013 la consolidación de los judíos como primera mayoría del país. También es destacable la importancia numérica de la población musulmana, muy superior al tercer grupo, compuesto principalmente por familiares no judíos de inmigrantes judíos.
Ofreceremos en adelante diversos datos estadísticos relativos a significativos parámetros demográficos y económicos del estado de Israel. Aunque las cifras varían de un año a otro (en 2013, por ejemplo, la población alcanzó los 8,05 millones de personas) en circunstancias normales los datos que mostramos están sujetos a cambios no excesivamente grandes y, por tanto, proporcionan una visión realista y duradera de las magnitudes básicas de Israel. En concreto, la próxima tabla clasifica la población israelí a 31 de diciembre de 2011, según la OCE, en función de los grupos religiosos más numerosos o, en su caso, otras opciones de vida (incluidas estas en las cifras totales). Como puede observarse, la población judía es mayoritaria (algo más de las tres cuartas partes del total) pero existe una importante minoría árabe musulmana (casi el 21%) a la que, muy por detrás, siguen los cristianos árabes y los drusos.
| Año | Grupos religiosos | ||||
| Drusos | Cristianos | Musulmanes | Judíos | Total | |
| 1949 | 14,5 | 34 | 111,5 | 1.013,9 | 1.173,9 |
| 1995 | 92,2 | 120,6 | 811,2 | 4.522,3 | 5.612,3 |
| 2011 | 129,8 | 155,1 | 1.354,3 | 5.907,5 | 7.836,6 |
| 2013(1) | 318 | 1.658 | 6.042 | 8.018 | |
| (1) Abril de dicho año. | |||||
Israel es, en comparación con muchos otros, un país densamente poblado (387 habitantes por kilómetro cuadrado en 2013). Sigue aumentando además su población, tanto por su crecimiento natural interno como por el incremento de judíos llegados de otros lugares del mundo. Así ha ocurrido especialmente en los últimos lustros gracias a la descomposición de la Unión Soviética y a la apertura a la emigración de los nuevos países surgidos de ella, que ha provocado un éxodo masivo hacia Israel de judíos ―muchos auténticos y otros no― de esas tierras. De hecho, el periodo 1990-1999 (la URSS se disolvió entre el 11 de marzo de 1990 y el 25 de diciembre de 1991) ha sido hasta 2013 el de mayor inmigración en la historia de Israel: 956.319 inmigrantes según la OCE y el 30,8% del total en la historia de inmigración a Israel (por comparación, el segundo periodo fue 1948-1951 con 687.624 inmigrantes y un 22,1% del total).
Como reproducimos en la tabla siguiente, a 31 de diciembre de 2011 la población israelí se distribuía en unos pocos núcleos de cierta importancia y, especialmente, en ciudades de tamaño mediano y pequeño, destacando igualmente una población residente en núcleos rurales superior a la media de los países desarrollados, entre los que se encuentra Israel.
| Población (en miles) | |
| Núcleos urbanos | 7.165,5 |
| Núcleos rurales (moshavim, kibbutzim y otros) | 671,1 |
| Jerusalén | 804,4 |
| Tel Aviv-Yafo | 404,8 |
| Haifa | 270,3 |
| Rishon LeZion | 232,4 |
| Petah Tiqwa | 210,4 |
| Ashdod | 212,3 |
| Población de los núcleos urbanos de 100.000 a 199.999 habitantes | 1.243,6 |
| Población de los núcleos urbanos de 50.000 a 99.999 habitantes | 970,2 |
| Población de los núcleos urbanos de 20.000 a 49.999 habitantes | 1.579,7 |
| Población de los núcleos urbanos de 10.000 a 19.999 habitantes | 673,3 |
| Población de los núcleos urbanos de 5.000 a 9.999 habitantes | 372,9 |
| Población de los núcleos urbanos de 2.000 a 4.999 habitantes | 191,3 |
| Localidades rurales | 671,1 |
Ya indicamos que una parte considerable de estas personas procede del exterior. Además de favorecer el crecimiento de población judía, los inmigrantes (olé en singular, olim en plural) han enriquecido culturalmente el país, que se ha beneficiado de la entrada de centenares de miles de personas de costumbres muy variadas, muchas con alto grado de especialización profesional. Sobre la preexistente variedad étnica y religiosa los inmigrantes han trasplantado sus propias lenguas y tradiciones, contribuyendo a crear una sociedad multicultural.
La próxima tabla que ofrecemos a partir de los datos de la OCE muestra la procedencia de la población hebrea israelí según grandes áreas geográficas, especificándose los principales países de origen de cada zona y considerando en el mismo grupo a los nacidos en países extranjeros y a sus hijos, aunque sean ya nativos de Israel (año 2011). A pesar de la caída de la inmigración de los últimos años, las cifras revelan que la inmensa mayoría de los judíos israelíes extienden sus raíces por los cinco continentes y por numerosas naciones de estos territorios.
Además, aunque no falten las excepciones, puede afirmarse que la permanencia en Israel de esos grupos de población judía inmigrante ―llegada a veces por razones culturales o espirituales y, muchas otras también, por deseo de escapar de una situación crítica en su lugar de origen― demuestra un alto grado de integración. También lo prueba el progresivo aumento de los matrimonios entre parejas judías procedentes de distintos continentes y entornos culturales, en particular los originarios de Europa o Norteamérica con los oriundos de África o Asia.
| Población (en miles)SUMA FINAL | Año 20115.855,2 |
| Asia – totalTurquíaIraqYemenIránIndia y PaquistánSiria y LíbanoOtros | 691,877,7234,1138,6141,446,735,517,9 |
| África – totalMarruecosArgelia y TúnezLibiaEgiptoEtiopíaOtros | 890,8492,2134,468,857,0115,023,5 |
| Europa, América y Oceanía – totalAntigua Unión SoviéticaPoloniaRumaniaBulgaria y GreciaAlemania y AustriaRepública Checa, Eslovaquia y HungríaFranciaReino UnidoOtros países de EuropaAmérica del Norte y OceaníaArgentinaOtros países de América Latina | 1.930,9893,1199,8212,048,574,764,270,442,158,1160,762,145,1 |
| Nacidos en Israel – padre nacido en Israel | 2.341,6 |
En la tabla anterior podemos observar que la generación nacida en Israel, de padres oriundos también de allí, no alcanza un tercio de la población judía total. Todos los demás son inmigrantes de otros países o hijos de estos nacidos en Israel. La aportación de la diáspora es, por tanto, imprescindible para explicar la consolidación de Israel como hogar nacional judío. Otros datos destacables son la gran cantidad de judíos procedentes de Europa, América y Oceanía, en su mayoría bien instruidos y capaces de contribuir con sus conocimientos al salto de calidad que Israel necesitaba con urgencia durante sus primeras décadas de existencia. Por países, puede apreciarse la masiva llegada de inmigrantes de la ex-Unión Soviética. La siguiente nación de origen es Marruecos y, como se observa en la tabla, otras comunidades judías israelíes numéricamente importantes son de origen iraquí, rumano, polaco, yemení, iraní, norteamericano, argelino, tunecino, etíope, alemán, austriaco...
Es frecuente describir Israel como un «crisol de diásporas». Sabemos ya qué indica en el contexto judío esa última palabra y nos detendremos de nuevo en su contenido más adelante. Respecto al término «crisol», la primera definición que ofrece el Diccionario de la lengua española publicado por la Real Academia Española es «recipiente hecho de material refractario, que se emplea para fundir alguna materia a temperatura muy elevada»; su segundo significado es «cavidad que en la parte inferior de los hornos sirve para recibir el metal fundido». La comparación de Israel con un crisol parece referirse más a la primera acepción que a la segunda, y más al uso del vaso (fundir materia a muchos grados centígrados) que a sus restantes características. La imagen, pues, representa Israel como un país en el que se funde lo que entra, se uniformiza lo diverso, se unifica lo plural.
La comparación es, sin embargo, en parte acertada y en parte inadecuada. Acertada porque los miembros de las comunidades judías de la diáspora establecidos en Israel han desarrollado una nueva forma de vida que ha reforzado sus lazos comunes. Si mantener la propia identidad estando aislado es un modo costoso, pero eficaz, de reforzar los vínculos con los demás miembros de la comunidad, el mero hecho de vivir con quienes comparten intereses, objetivos, costumbres o historia contribuye a fortalecer ese patrimonio. Los judíos que vivían en Israel antes de la formación del estado (el Yishuv), los inmigrantes (olim) llegados durante décadas y quienes siguen haciéndolo, así como los descendientes de unos y otros nacidos en Israel (sabras) comparten ciudadanía y todo lo que conlleva (tierra, derechos y deberes, idioma, bandera, escudo, moneda, himno e identidad distinta a los nacionales de otros estados) y participan de un proyecto que, en buena medida, ya es realidad.
ISRAEL
Bandera
Inspirada en el taled (manto de oraciones judío), tiene en el centro la estrella de David azul.
Escudo
La menorá o candelabro de siete brazos que, desde su uso ritual en el Templo de Salomón, ha simbolizado muchas veces la tradición del pueblo judío; las ramas de olivo que lo rodean expresan deseo de paz.
Moneda
El nuevo shékel (siclo), nombre de gran tradición histórica.
Himno
Hatikva (La Esperanza).
A pesar de la pluralidad de interpretaciones del credo judío, y de las desavenencias que tales diferencias generan, los israelíes que practican el judaísmo comparten vínculos más profundos que los demás, por fundamentar su vida en idénticas convicciones religiosas. Igual ocurre con los pocos israelíes cristianos de ascendencia hebrea que, como veremos, tanta herencia comparten con los anteriores. El retorno a la tierra de los orígenes, la vida en escenarios que evocan tiempos de patriarcas y profetas, la cercanía al solar donde se levantaban los grandes templos y los restos arqueológicos que se conservan o se siguen descubriendo, la abundancia de sinagogas, las facilidades para descansar el sábado y para comprar comida conforme a los preceptos religiosos del judaísmo son circunstancias especialmente valoradas por muchos creyentes. Incluso los ultraortodoxos extremistas, contrarios al estado de Israel ―que debe esperar, según ellos, a la llegada del Mesías―, no paran de beneficiarse de su existencia.
En general, la condición de ciudadano israelí también contribuye a fortalecer la unidad entre los judíos no practicantes, los agnósticos, los ateos y los judíos devotos. Los primeros legitiman la existencia de su país por motivos históricos, culturales o ambos a la vez, y los segundos añaden a los argumentos anteriores razones de carácter religioso. En cierto sentido cualquier estado medianamente vertebrado constituye un crisol, o un denominador común, por generar intereses colectivos y específicos.
De forma natural, los judíos llegados a Israel procedentes de países muy distintos empiezan a participar de los intereses, objetivos, preocupaciones y circunstancias de quienes ya viven allí. Además de sus esfuerzos para conseguirlo, las exigencias de la vida misma ayudan a integrarles, pues los olim precisan vivienda, trabajo, colegio los jóvenes en edad escolar o universidad los estudiantes que desean especializarse... Cuestiones internas como la amenaza del terrorismo, el proceso de paz con los palestinos y las relaciones con los estados árabes limítrofes, la seguridad nacional, la obligatoriedad del servicio militar, la calidad de la educación o la coyuntura económica pronto empiezan a interesar a esos judíos procedentes del extranjero.
Participar en la vida política votando en elecciones, pagar impuestos, recibir información a través de medios de comunicación, disfrutar con otros las bondades del clima o sufrir sus rigores, pasear por las mismas ciudades o ser consciente de compartir una historia milenaria con más de las tres cuartas partes de los compatriotas son factores que, indudablemente, generan nuevas relaciones de grupo y fortalecen las ya existentes. Por ello la ciudadanía israelí refuerza en los judíos su identidad judía y, en condiciones de paz, facilita su desarrollo.
Hace casi treinta años el Nobel de literatura Saul Bellow aprovechó una peculiar cita ajena ―con la que, evidentemente, se puede estar o no de acuerdo― para exponer sus propias conclusiones sobre algunas de las ventajas que a su juicio tiene, para un judío, vivir en Israel. En relación a una de las funciones que el estado de Israel puede ejercer respecto a la identidad judía merece la pena conocer el punto de vista de estos dos prolíficos escritores judíos.
«El brillante y joven escritor israelí A. B. Yehoshúa ha estremecido a sus lectores al sugerir que hay en los judíos algo que despierta la demencia en otros pueblos. La crueldad de los alemanes para con los judíos fue una singular manifestación de esa demencia. Yehoshúa detecta una insania similar entre los árabes, como también empieza a crecer en Rusia. “Tal vez hay algo excepcional en nuestra condición de judíos ―escribe―, en todos los riesgos que asumimos, en el hecho de vivir al filo de un abismo y saber además cómo hacerlo. Para nosotros, nuestra naturaleza judía es clara, la sentimos como tal, pero cuesta decir que el mundo también la entiende, y debido a cierta clase de lógica uno puede justificar incluso esa falta de entendimiento, porque cuando uno se topa de lleno con el fenómeno del “judío” resulta que es algo no por cierto fácil de entender. Para las naciones que se han encontrado con nosotros en determinadas circunstancias históricas, como es el caso de los alemanes y los árabes, nuestra propia existencia y la incertidumbre que a sus ojos causa nuestra naturaleza bien podría constituir la chispa que encienda cualquier clase de demencia que ya les afecte en ese momento.” No hace falta estremecerse ante tales especulaciones en torno a uno de los grandes crímenes de nuestro tiempo: un crimen como ese bien podría darse de nuevo. Descártese la posibilidad de que un poder de las tinieblas o un espíritu del mal cause todo esto, y uno se verá obligado a pensar que algunos de nosotros, sin saber cómo, tal vez provoquemos en otros la locura y el ánimo homicida.
«Es esa “incertidumbre que causa nuestra naturaleza” lo que los judíos se han propuesto dejar atrás en Israel, renunciando al “misterio” y convirtiéndose en hombres sencillos, en prosaicos agricultores, obreros, mecánicos y soldados, en parte por rechazar el carácter que habían adquirido en el exilio, en parte por evitar prender esa chispa “que encienda cualquier clase de demencia que ya afecte” a sus enemigos potenciales. Los judíos que conocen bien la historia judía no pueden evitar ver brotes de demencia por todas partes. [...] La experiencia nos lleva a pensar que la cordura no es algo sólido, estable, fiable. De ahí el énfasis de los israelíes en la normalidad. Yehoshúa habla de “normalización” de los judíos en su propio país. De no haber tenido que combatir contra los árabes, opina que esa ―que es la tarea principal del sionismo― se hubiera alcanzado.»
Nacimiento, residencia o naturalización son las vías para obtener la ciudadanía israelí. Pero también puede accederse a ella en virtud de la Ley del retorno, aprobada en 1950 y directamente relacionada con los objetivos de creación del estado. Según esta norma, tantas veces mencionada ya en esta obra, tiene derecho a entrar en Israel y a obtener de inmediato la ciudadanía cualquier judío que responda a la definición confesional que en ella se incluye ―«“judío” es todo aquél nacido de madre judía o quien se ha convertido al judaísmo y no es miembro de otra religión»― y a los posteriores añadidos a esa definición (extensión de los beneficios al cónyuge, hijos y nietos). Tras décadas de historia, el número de sabras o nacidos en el país es cada vez mayor; pero, como hemos visto, la aportación demográfica de los inmigrantes sigue siendo muy importante.
El profesor y rabino británico Nicholas de Lange escribió que Israel es un caso único en el mundo judío, ya que su autodefinición como «estado judío» constituye un concepto «nuevo y en gran medida experimental». Tal peculiaridad, entendida más como identidad nacional que como carácter religioso, no tiene porqué ser nociva y merecedora de rechazo. ¿Quién diría que el Vaticano no es también un estado original, diferente, especial o peculiar? Sin embargo, dado que Israel se considera además una democracia, no resulta extraño que su carácter «judío» genere escepticismo sobre la autenticidad de su sistema democrático o despierte cuanto menos curiosidad.
A una pregunta en 2001 sobre cómo pueden los no-judíos reconocerse ciudadanos de pleno derecho en un estado judío, el ex ministro de Exteriores israelí Shlomo Ben-Ami respondió distinguiendo ―como hizo por vez primera el fallecido primer ministro israelí Isaac Rabin― entre «estado judío» y «estado de los ciudadanos»:
«Pueden reconocerse como ciudadanos de pleno derecho porque el estado judío también debe ser un estado de todos los ciudadanos.
«Eso significa que todos los ciudadanos, sea cual sea su confesión religiosa, deben tener acceso a las instituciones, a los derechos, a las funciones públicas, a una educación, etc. Para comprenderlo hay que disociar derechos y obligaciones. Los derechos no dependen de las obligaciones. Todos los ciudadanos deben tener derechos idénticos, incluso aunque sus obligaciones sean diferentes.
«El debate sobre los derechos y los deberes fue uno de los más importantes de la Revolución Francesa en 1789. La opinión elegida en la época fue la de una separación de los derechos y los deberes. Los derechos que cada individuo tiene como ciudadano en el estado son independientes de las obligaciones de pagar impuestos, de hacer el servicio militar, etc. Son derechos del ciudadano como tal, sin otra determinación. Esta dimensión es la del estado de los ciudadanos. Ahí reside el elemento ciudadano del estado judío.
«Por consiguiente, todos los ciudadanos, musulmanes, cristianos o judíos deben tener un acceso igual a las instituciones, a las funciones políticas, a las posibilidades económicas, a las formaciones pedagógicas. Ese debe ser el aspecto del estado de Israel como estado de los ciudadanos, de todos los ciudadanos. Ahora bien, hoy en día el veinte por ciento de árabes que viven en este país está a una distancia astronómica de esta realidad.
«Pero al mismo tiempo es necesario que se perpetúe el otro aspecto: el estado de Israel como estado judío. Esta última expresión designa el estado al que los judíos, tras una historia larga y trágica, han decidido volver para reencontrar su herencia, convertirlo en el lugar de su memoria histórica, desplegar su energía, su capacidad de realizar su civilización y su visión de futuro. Continuará habiendo judíos en Estados Unidos y en otras partes, pero no se sabe cuál será la suerte de las comunidades dispersas en el mundo, ni siquiera en los próximos cien años. La existencia de un estado judío es consecuencia de un deber histórico del pueblo judío.
«La cuestión de la especificidad de este estado judío es muy importante. Adin Steinsaltz, que es un gran rabino, un gran lector del Talmud y un gran hombre, decía que Israel no debía ser simplemente un Singapur en el que se habla hebreo. ¡No necesitamos un estado así!»
Desde este punto de vista, la preferencia que Israel reconoce a los judíos se circunscribe al derecho de estos a obtener la ciudadanía, según las condiciones establecidas en la Ley del retorno. Consideramos que no podría considerarse tal privilegio una discriminación contraria a los derechos humanos si, realmente, esa prerrogativa se extendiera ―como hemos visto, no es el caso― a todos los judíos del mundo con independencia de su opción política o religiosa. La gran mayoría de los países del mundo, por ejemplo, también regulan su poder para conceder la ciudadanía de forma restrictiva e incluso limitan sus permisos de residencia a un período de tiempo.
Quienes ya son ciudadanos israelíes gozan en teoría de iguales derechos aunque, ciertamente, durante décadas han carecido de los mismos deberes. Tal situación en parte acabó. El 31 de julio de 2012 el Tribunal Supremo de Israel juzgó anticonstitucional la llamada Ley Tal, reprobada por muchos judíos israelíes laicos y otros muchos practicantes de un judaísmo tradicional por discriminar en el reparto entre ciudadanos de la pesada carga de la defensa del país. La Ley Tal, aprobada en 2002, garantizaba la situación existente hasta entonces y posibilitaba el retraso del servicio militar a los judíos ultraortodoxos ―les bastaba con declarar su completa dedicación a estudiar la Torá―, ofreciendo incorporarse al ejército en condiciones favorables a quienes, acabados los estudios religiosos básicos, no quisieran seguir en las yeshivot (escuelas de formación en el judaísmo).
El retraso antes mencionado constituía en realidad una exención de incorporarse a filas pues, acabados los estudios religiosos básicos, la inmensa mayoría de los ultraortodoxos continuaban ―y continúan― cultivando y meditando la Torá, se casan y tienen hijos ―causa de exclusión del servicio militar― o, de entrar en el mercado laboral, cumplían un servicio simbólico de cuatro meses y un año de servicio civil. Tras el pronunciamiento del Tribunal Supremo de Israel, desde el 1 de agosto de 2012 los judíos ultraortodoxos deben incorporarse al ejército (las mujeres ultraortodoxas podrán hacer el servicio civil). Por lo que respecta a los árabes musulmanes y cristianos, pocos se alistan voluntariamente (aunque la proporción aumenta entre los árabes beduinos); sin embargo, desde el nuevo «reparto de cargas» estatales decidido en 2012, todos los jóvenes deben realizar un servicio civil obligatorio. En cuanto a los drusos, desde 1949, meses después de la fundación de Israel ―y a petición propia― prestan servicio en el ejército.
Volviendo a la entrevista realizada a Ben-Ami, dejando entrever su laicismo al principio de la respuesta, el diplomático explicó a su interlocutor un modo de incorporar a los ciudadanos israelíes no judíos en un proyecto nacional, afirmó que la paz es imprescindible para conseguirlo y recordó que, según los sondeos, la inmensa mayoría de los árabes israelíes no desea renunciar a su nacionalidad:
«Usted planteaba la cuestión del estatuto de los ciudadanos que no son judíos. Pienso que para ellos será evidentemente difícil asumir la mitología judía o, lo que es lo mismo, nuestra memoria colectiva. Por ello la próxima etapa de la vida del estado de Israel debe ser lo que se ha llamado el patriotismo constitucional. Este es el tipo de patriotismo que hay que desarrollar. Es evidente que en nuestros días los ciudadanos árabes de Israel no tienen ninguna razón para aceptar el patriotismo israelí, puesto que de momento sólo existe un patriotismo judío. Se comprende el difícil dilema de los árabes. Por lo tanto, hay que desarrollar una nueva forma de patriotismo, el de la Constitución, aunque sin abandonar el carácter judío del estado.
«Dos personas de la derecha han formulado la idea de cambiar el himno nacional o, más exactamente, de añadirle una estrofa que exprese ese elemento de participación igualitaria de los judíos y los árabes en un estado de derecho constitucional. Es una buena propuesta, es ahí donde hay que buscar el punto de equilibrio.
«Pero entonces reaparece la cuestión del estatuto de los árabes israelíes, que obliga a considerar otro aspecto. A los árabes les resulta muy difícil llegar a una reconciliación total de su ciudadanía israelí cuando su estado está en guerra con su propio pueblo. Su estado es Israel, su pueblo es el palestino. Es una tragedia. La reconciliación sólo podrá tener lugar cuando haya terminado la guerra de su estado contra su pueblo. Es importante recalcar que en los últimos años, e incluso durante los períodos de graves crisis entre judíos y árabes en este país, todos los sondeos realizados entre los palestinos que viven en Israel han indicado que más del noventa por ciento de los árabes prefieren seguir siendo ciudadanos israelíes que atravesar la frontera y convertirse en ciudadanos de un estado palestino.»
El escritor israelí Ariel Schiller, por su parte, considera peligroso hacer de Israel una realidad supeditada exclusivamente a definiciones étnicas o religiosas pues, como bien afirma, «el estado moderno no admite pueblos elegidos», aunque ―añadimos nosotros― deba respetar las opciones vitales de sus ciudadanos.
«Cualquier intento de añadirle categorías metafísicas o religiosas al estado de Israel ―aparte de las históricas que ya tiene― transformaría a esa sociedad no en un grupo cívico interclasista, sino en un gueto étnico y religioso excluyente guiado por leyes rabínicas, sometido a presiones de la diáspora judía mundial con la que sólo hay vinculaciones culturales, religiosas o familiares (todos tenemos parientes en algún país), pero ningún acuerdo político formalizado que se sepa [...]; o lo que es peor, o más peligroso aún ya que de metafísicas tratamos: un Israel con definición judía étnica o religiosa, o simplemente metafísica irredentista, sería arrastrado a la vorágine del islam fundamentalista que hace tiempo se adueñó de toda la región y de los países vecinos desde Irán hasta Sudán.»
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