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EL FUEGO Y EL COMBUSTIBLE

JUANJO ÁLVAREZ CARRO
EL FUEGO Y EL COMBUSTIBLE
Un preludio para Antequera Blues
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2019
EL FUEGO Y EL COMBUSTIBLE
© Juanjo Álvarez Carro
© de la imagen de cubiertas: Juanjo Álvarez Carro
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2019.
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ISBN: 978-84-17845-11-7
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JUANJO ÁLVAREZ CARRO
EL FUEGO Y EL COMBUSTIBLE
Un preludio para Antequera Blues
A Pilar, que lo es en mi vida. A Laura, Pablo y Joaquín.
A quienes creen vivir con un hilo corto.
A Antequera.
Todas las horas, todos los besos,
cada recuerdo que fuimos echando en el fuego
un día tal vez darán calor.
Y más allá del espectro visible, habremos
sido el fuego y el combustible.
Jorge Drexler
La vida es encontrar un deber. Uno personal, que tú te creas y descubras por ti mismo y no el que otro quiera ponerte. Y a ese deber dárselo todo, pase lo que pase: te festejen o te maldigan, ganes o pierdas, cuando te
recompense o sea tu cruz.
Lejos del corazón. Lorenzo Silva
PRÓLOGO
Dicen que un escritor es lo que ha leído más lo que ha vivido junto a lo que ha inventado.
Desde muy crío me ha gustado leer. Pero, a ciertas edades, no siempre se tiene independencia para elegir lo que se lee. Por eso, quien se atreva a recomendar lecturas a un niño ha de tener cuidado con lo que hace.
Recuerdo mis primeras lecturas con Pinocho, de Carlo Collodi. Yo debía de estar en primero de primaria y a mi tío Pepe, profesor de una escuela mercantil, se le ocurrió aconsejarme la versión original, ni más ni menos, que yo disfrutaría con provecho dada mi inclinación a la lectura. Se me hizo largo —muy largo— ese relato.
Igualmente, después vino Edmondo de Amicis con Corazón y De los Apeninos a los Andes, relato en el que se basó la serie japonesa de Marco. De esos conservo una huella profunda: me hicieron consciente de la importancia de la amistad, la nobleza y los valores familiares, pero también me adentraron en las asperezas de la emigración, tan dura en origen como luego en destino. Así que, como ven, lo responsabilizo a él, a mi tío Pepe, tan de derechas él, de que le saliera este sobrino tan de… Pongan ustedes en ese espacio vacío lo que quieran, porque lo anterior seguirá siendo totalmente verdad.
Nacido en plena Guerra Fría, todo aquello que leí vino a sumarse a lo que viví. El cine de entonces tiene una temática casi exclusiva. Fuera el género el que fuera, todo desembocaba siempre en la lucha por la defensa de los valores de la sociedad occidental. Los japoneses y los chinos eran los malos, se los mirara como se los mirara. Qué decir de los nazis y luego los comunistas, entre quienes la fidelidad se imponía por ley y la disidencia conducía al desastre. Pero en nuestras sociedades democráticas, tanto si lo eran de forma sana o solo en apariencia, podían existir los disidentes, a quienes se toleraba un cierto grado de descreimiento, precisamente por lo descrito de los otros sistemas, con tal de que, a la hora de la verdad, no tuvieran dudas. Todos los héroes del momento —excepto los superhéroes de cómic, claro— eran disidentes intelectuales del régimen y, en la hora crítica, los únicos valores por los que se sacrificaban eran la dignidad, la fidelidad a sus principios y la honestidad. Recuerden los memorables papeles de Bogart, Mitchum o Peck interpretando a Marlowe, Sam Spade u otros en las junglas urbanas de la posguerra, con la conciencia todavía rota por sus acciones durante el segundo de los conflictos mundiales.
A eso hay que añadir la parte más moderna de la Guerra Fría, la tecnología. No les voy a hablar de la fascinación que ejercía un personaje como James Bond, nacido para colmo en la cuna de los espías, Gran Bretaña, sobre la mente hambrienta de historias de un crío en una ciudad pequeña del interior de Argentina, ciudad que, por cierto, había sido cuna y refugio de importantes activistas de la subversión guerrillera de los terribles setenta en aquellos lares.
No es extraño, como comprenderán, que todos los héroes que han andado por este ordenador sean militares, es decir, humanos hasta lo más elemental pero conscientes de que, por eso precisamente, hemos de vivir con valores mínimos autoimpuestos si no queremos que brote el mamífero cabrón que llevamos dentro. Amistad, fidelidad, la palabra dada como obligación moral.
Hablando de tecnología, recuerden quienes puedan a mi adorado Capitán Escarlata, serie británica de muñecos movidos por hilos. Les juro que sigo viendo los capítulos de los años sesenta por internet con el mismo deleite que tenía a los nueve años. Captain Scarlet vivía atado a unos hilos muy cortos. Literalmente.
Hoy en día me dedico a la enseñanza, así que soy consciente —como imaginan— de la responsabilidad con que manejo esos viejos valores. Por eso, algunos me dicen que escriba sobre cosas más próximas a la educación. Les pido siempre disculpas porque la narrativa tiene para mí ese componente de aventura, riesgo y lucha irrenunciable contra enemigos, de los reales y de los que lo son menos, pero presentes y necesarios. Si no, imagínense al primero que contó una historia al público junto al fuego en la caverna. Seguro que eran historias de osos o leones, o de la tribu del otro lado del río. De ahí la palabra rival.
Y ocurrió. En esta historia hay mucho de docencia.
En cualquier caso, les quiero contar de antemano que esta vez sí que me ha salido una historia bastante más cercana a nuestro mundo, el de la ciudad que me verá morir, y también cercana a lo que hago como profesor desde hace ya tres décadas.
Como niño recibí el empujón, la mano guiadora de alguien que quiso ser causa y efecto. El problema radica en entender que primero somos efecto y luego nos volvemos la causa para producir efecto en el siguiente. Somos de pequeños la llama hermosa del fuego, para ir aprendiendo poco a poco que luego, inevitablemente, tendremos que ser el combustible. Que siempre será así. Que, como canta Jorge Drexler, más allá del espectro visible, a lo largo de nuestra vida habremos sido tanto el fuego como el combustible.
El combustible del que está hecha esta historia se llama Emily Brontë, William Faulkner, García Márquez, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Julio Verne, Emilio Salgari, Sven Hassel, Julio Cortázar, Joseph Conrad, Rodolfo Walsh, Hergé, Stan Lee, Hugo Pratt, las hermanas Giussani y, por supuesto, Arturo Pérez-Reverte y Lorenzo Silva, junto a sus colegas británicos John Le Carré y Frederick Forsyth.
Pero también mis abuelos, principio de movimientos de aquí para allá del océano durante cinco generaciones ya. En ambos árboles genealógicos.
Y el hecho, para mí ya indiscutible, de que debe ser uno quien elija dónde y cuándo colocar el arbolito de navidad. No lo que figura en la partida de nacimiento.
Alguien dijo, no recuerdo quién, que un adulto creativo es un niño que ha sobrevivido. Posiblemente Pilar, mi mujer. Nuestros chicos en el cole son hoy el efecto de esto. Trabajamos para que entiendan lo antes posible que el mundo desde siempre ha sido una historia imparable de idas y venidas. Que la historia se vive, no se cambia. Y que si conseguimos que lleguen a sentirse como la llamita hermosa que nos ilumina todos los meses de junio en el patio de las columnas de nuestro colegio, como en cualquier colegio del mundo; si conseguimos que entiendan que son el efecto de nuestro trabajo, se vayan preparando con resignación, es decir, con responsabilidad, para ser en el futuro el combustible que yo ya soy ahora. Y no queda mucho.
Ojalá les guste este relato y me lo puedan decir.
Juanjo Álvarez Carro
1
El Ejido, Málaga
Viernes, 18 de julio de 2003 9:35 h.
—Ahí viene —avisó por la radio a su jefe.
—Vamos allá. Graba lo más cerca que puedas —deseó el teniente Azpilcueta.
—No sé. Esto está muy oscuro, Jabo —se quejó el sargento Amaya.
El garaje del edificio era amplio aunque mal iluminado, pero se veía con claridad que el abuelo se había hecho una coleta con las canas. Allí tenía una plaza de aparcamiento y había sido él quien había elegido el sitio. Vestido con elegancia —un polo verde claro y unos vaqueros nuevos—, estaba allí de pie junto a su BMW clásico. Abrió el maletero de su coche cuando aparecieron los del Audi A8 y se detuvieron junto a él. El abuelo los invitó a aparcar, pero se negaron.
—Tiene matrícula española. Bien. Comprueba, Lucía —pidió el teniente Azpilcueta por teléfono cuando Amaya le recitó el número desde dentro del garaje, cabreado por la falta de luz—. Ocho, tres, siete, ocho. Charlie, Delta, Víctor.
—No se ve bien, Jabo. El del Audi ha metido la cabeza en su maletero, pero poco más. El que está dentro del coche no se ve bien.
—No te preocupes. Yo les sigo de todas formas. Tú inténtalo.
Solo se había bajado del Audi el que conducía, que parecía muy joven. De traje, sin corbata. El otro no levantó la cabeza de algo que tenía en su regazo, un teléfono móvil quizá. Entonces el abuelo sacó un bulto largo, envuelto en cartón, y lo pasó al recién llegado. Una vez en el maletero del Audi negro, sin mayor intercambio ni saludos, se subió al coche, rodearon la calleja del garaje y enfilaron la salida a toda prisa. El abuelo se quedó apoyado en su coche, mirando cómo salían de aquel oscuro lugar. Era quizá una forma de despedirse y desear que su aportación llegara a buen puerto.
—Bien, manos a la obra —despejó dudas Azpilcueta por si quedaba alguna.
Durante el rato que había estado aparcado en la calle, Azpilcueta se relamía ante la expectación que aquel coche le mandaba a las tripas. El entorno que le ceñía los riñones, bien ajustado como un baquet de carreras, y el tacto áspero del volante le prometían dulces expectativas. Aunque la persecución que estaba a punto de empezar planteaba ahora pocas ilusiones lúdicas sobre el Clio V6. La tremenda responsabilidad de terminar con éxito un operativo un tanto raro era mayor que el rato que iba a pasar con aquel juguete, esa maquinita que habían decidido prestarle desde la comandancia. Ajustó la distancia del asiento por última vez. Lo que venía era un acto de compra, uno de venta, alguien que paga y alguien que entrega, solo que con más artistas invitados de los previstos. Pero esas habían sido las instrucciones del abuelo. Y el abuelo mandaba. El encuentro se iba a producir en algún lugar del norte de la provincia, donde el mediador esperaba. El transporte, sin embargo, había sido elección del vendedor. Y habían elegido a alguien joven, en Audi A8 alquilado, según se veía en lo datos que Lucía le volcaba desde el otro lado del teléfono a la eficiente carpeta de Amaya. En proceso todavía lo de averiguar la identidad del propietario y del cliente.
Al salir del garaje, el Audi negro tomó a toda velocidad la única dirección posible calle abajo. Azpilcueta casi los pierde nada más empezar. De cualquier modo, la autovía hacia Córdoba-Granada no ofrecía muchas dificultades. Al bajar desde el conservatorio superior, el Audi enfiló hacia Fuente Olletas. Allí tuvieron que parar en un semáforo. Cuando la luz se puso verde, el coche negro arrancó con un chirrido de neumáticos y fue serpenteando de forma agresiva entre los otros vehículos. Todo menos discreto, se quejó Azpilcueta en voz alta y nerviosa.
Mientras esperaban en otro semáforo junto a la fuente, Azpilcueta preguntó a Emilio Amaya si se sabía algo del lugar de intercambio. Al arrancar, el Audi adelantó en unos segundos a los tres coches que lo precedían, en línea continua. El Clio V6 era un juguete con casi trescientos caballos que empujaban con un vigor magnífico, pero aquellos dos no se lo iban a poner nada fácil. A juzgar por las direcciones en las señales, ninguna indicando lo que esperaba, Azpilcueta dedujo que habían decidido ir por el camino largo, pero sumamente más discreto. Maldijo no haber traído consigo a Amaya. Como consuelo, cuando Azpilcueta le describió a su compañero el camino que llevaban, este le anticipó algo que no iba a estar mal del todo.
—Suben a los Montes. Ese es un tramo de los que a ti te gustan, mi teniente. Por ahí van varias carreras de coches.
—Me pongo el cinturón de seguridad, entonces. La madre que lo parió. ¡Cómo va este tío! Esto no es normal.
—Pues si tienes que emplearte, ten cuidado, que hay dos túneles en medio de curvas muy cerradas. Hay dos partes distintas. Al principio es ancho. Luego, arriba se vuelve más estrecho y ahí llevas ventaja, creo.
—Veo que te he instruido bien, mi sargento.
—De adónde van, nada todavía, Jabo. El abuelo dice que todavía no le han dicho nada del lugar del encuentro. Lo siento, mi teniente.
—Id viniendo hacia Antequera, que yo os informo en cuanto pueda.
—Nosotros vamos por la autovía, Jabo. Nos vemos allí.
A solas ya, a toda pastilla detrás del coche negro, Jabo alcanzó a ver en el Audi el rótulo Quattro. Una versión para guerrear. La soltura con que aquel mozalbete trajeado movía el carro de combate que llevaba sólo podía obedecer a un más que generoso caballaje. Y a una técnica bien depurada. Pero kilo a kilo, él tampoco llevaba una máquina mala. El vértigo le venía por la posibilidad de encontrar a alguien de frente si la carretera, como le habían anticipado, se volvía más estrecha. Iba a tener que correr y empezó a repasar las posibilidades. Cuando le entregaron el coche, se fijó en que las ruedas traseras ya acusaban la potencia groseramente emocionante que tenía.
El primer susto se lo llevó al entrar en la curva a izquierda del primer túnel, donde había un grupo de ciclistas medio revuelto, imaginó que a causa del coche negro que perseguía. Le increparon también a él en buen cristiano. Pronto comprendió que aquel seguimiento había enloquecido de manera dramática.
A pesar de la marcha que llevaban, mantuvo a sus perseguidos siempre a la vista. Llegados a una población, Azpilcueta comprobó que el Audi se había detenido en la plaza principal, ante una estatua. Por precaución, él decidió pasar de largo por delante de ellos y se paró un centenar de metros más adelante para consultar un mapa en la guía Repsol. Mientras, intentaba no perder comba mirando por el retrovisor. Así pudo ver que el acompañante se había bajado para ceder su sitio a otro hombre salido de algún lugar de la plazoleta y que ambos se pusieron a hablar por sus respectivos teléfonos móviles. Vio que abrieron muy llamativamente el capó del coche y manipularon dentro durante un minuto, mientras otro sostenía un rollo de cinta americana. Al cerrarlo, el conductor trajeado señaló, temía y sospechaba Azpilcueta, hacia el Clio. Lo habían descubierto. Arrancaron de inmediato y, al llegar a su altura, los del Audi lo miraron y lo invitaron abiertamente a continuar la carrera. Jabo encontró en ellos dos rostros insultantemente jóvenes. Los más de quinientos caballos de aquel monstruo alemán se alejaron del coche de su perseguidor como una exhalación. Azpilcueta entendió que iba a tener que quemar gasolina. Cuando llegaron al cruce, siguieron hacia lo que el teniente vasco había visto en el mapa como Villanueva de Cauche. Por alguna razón, buscaban la carretera de montaña en lugar de la autovía. Seguían por el camino largo, así que tuvo que emplearse.
Una vez en Villanueva de Cauche, volvieron a rechazar la autovía y pasaron por debajo, camino a la otra Villanueva, la de la Concepción. Después de pasada esta población, y durante varios kilómetros, los calores y el peso de los coches habían pulido el asfalto de forma que la subida a la sierra era muy resbaladiza, comprometiendo seriamente la permanencia sobre la carretera, sobre todo si se lleva potencia. Una vez pasada la cresta, la persecución se convertía en algo distinto. Ahora las bruscas frenadas del Audi eran más problemáticas por la bajada y se veía claramente que pasaba más apuros para detener su tonelaje. Después de un par de zonas muy reviradas, en un tramo recto y largo por la falda de la sierra, el Audi iba como un tren de mercancías. En ese momento, desaparecieron unos segundos de su vista por detrás de un cambio de rasante. Fue en ese instante cuando Azpilcueta vio una nube de polvo y fragmentos de coche esparciéndose por el aire.
Apenas un par de segundos después, al asomar por la cresta de la rasante, Azpilcueta iba intentando frenar su coche, que obedecía con más nobleza que el Audi. Lo que encontró fue un accidente de una violencia espeluznante. El Audi había impactado de frente contra otro turismo, del cual solamente se adivinaba que era blanco. Y, catastróficamente, no en todas partes. Para adelantar a un ciclista, aquel pobre diablo se había apartado a su izquierda justo al encontrarse fatalmente con el misil que venía de frente.
Azpilcueta se detuvo, sobrecogido, y apartó su coche de la carretera. Avisó de inmediato a los servicios de la comandancia, pero advirtió primero a Amaya de lo que había ocurrido, pues aquello trastocaba los planes de forma drástica. ETA no admitiría más dilaciones ni accidentes; ellos mismos no querían más dilaciones. El comprador tampoco las quería.
No había sido buena idea seguir a los transportistas. El asunto se podría haber llevado a cabo sin aquella intervención, pero la amistad que tenía con el abuelo y su responsabilidad en el negocio lo habían presionado más de lo que su inteligencia le recomendaba. En apenas siete minutos aparecieron por allí dos unidades, una de Tráfico de Antequera —no debían de andar muy lejos— y otra de Seguridad Ciudadana; poco después, las ambulancias. Mientras Azpilcueta comentaba —no quiso presentarse todavía— con la sargento que comandaba el grupo sobre lo que había pasado, los equipos sanitarios se hacían cargo de los dos del Audi, de los cuales el conductor había llevado la peor parte. Aparecieron entonces otros guardias en la furgoneta de Atestados e Informes para hacer una exploración adecuada del asunto.
Fue entonces cuando uno de los guardias jóvenes, posiblemente en prácticas —notó Azpilcueta—, comentó a la superior que el pasajero del Audi había procedido de forma extraña instantes después de que llegasen los servicios sanitarios. Se había acercado a la parte frontal de su siniestrado coche negro y había hecho algo raro. Había despegado algo y lo había colocado en el otro coche, horriblemente destrozado por aquel brutal impacto. La sargento dispuso a sus compañeros y en la furgoneta comprobaron de inmediato que aquello había sido, antes del impacto, un paquete de cocaína.
Fue en ese instante cuando lo inusual del Renault Clio V6 azul, colocado en los mismos metros cuadrados del atestado, cobró repentino interés en parte de los miembros de Tráfico. Cocaína y un Audi A8 negro. En fila, un carísimo deportivo francés.
—Venga por aquí, caballero, si es tan amable.
Subió al vehículo de Atestados y lo sentaron en la silla de clientes. No hubo más remedio que pedir la presencia de la sargento del grupo. Una vez que se hubo sentado ella, cerraron la puerta principal de la unidad móvil y Azpilcueta mostró su identificación. Hecha la presentación, rogó que se comunicara con la comandancia. Necesitaba marcharse de allí a la mayor brevedad, pero antes tendría que sacar algo del maletero del Audi siniestrado y, a ser posible, con toda la discreción que el asunto requería.
La sargento sacudía la cabeza. Por solidaridad con ella, Azpilcueta prometió una explicación. De las que a él rara vez le habían dado. Pero la suboficial había recibido instrucciones desde Málaga de que facilitara al teniente Xabier Aingeru Azpilcueta Yrigoyen cuanto apoyo le solicitara.
Carretera del Torcal, Antequera (Málaga)
Viernes, 18 de julio de 2003 11:50 h.
La voz de Amaya sonaba providencial. El teléfono había empezado a vibrar en el preciso instante en que se bajaba de la unidad de Atestados. Amaya le comunicó el lugar del encuentro. Cuando Azpilcueta la puso al corriente, la sargento ordenó que un guardia se subiera al asiento de la derecha para dirigir al teniente hasta el lugar elegido para el encuentro. Seis minutos después, una vez en la última rotonda antes de llegar a destino, se bajó. A esas alturas, el joven ya había tenido ocasión de comprender lo útil de los cinturones de arnés.
El paquete, envuelto en cartonaje, menos de un metro, una cuarta de ancho y otra de alto, viajaba en el asiento de la derecha, pues el Renault Clio V6 tiene motor central y no hay plazas atrás. Azpilcueta no conseguía evitar instantes de disfrute cuando oía al propulsor emitir un sonido como el gruñido de un perro al pasar de las cuatro mil vueltas, a las que llegaba por fuerza si quería cumplir horario. Por fin, con veinte minutos de retraso, apareció por el acceso a una pequeña cantera antigua, subiendo por la carretera del Romeral, a la derecha.
Apartándose para subir por el corto carril en rampa, no pudo hacerse una idea exacta de la escena hasta llegar al llano de la cantera, donde se detuvo y apagó el motor. Ocultos los demás invitados dentro de la reducida cantera, vio que no era mal lugar, pues estaba muy cerca de la ciudad. Se volvió un segundo a mirar y la vio abajo, a lo lejos, escapando de la llanura de una vega enorme, recostada en una colina, pidiendo cobijo a las faldas de un castillo. Se tuvo que escapar de su postal para volver a la realidad. No tenía ni tiempo ni compañía para dejarse llevar. Hubo que improvisar, pues los planes habían cambiado de forma drástica.
Tenía ante sí tres vehículos encarados a la rampa de entrada, taponada ahora por el V6 que traía él. Al ver aparecer a Azpilcueta, de uno de los coches —un Jaguar oscuro— bajó un hombre moreno de elegante porte, que le preguntó quién era. Que dónde estaban los tíos del Audi negro. También le pidió inmediatamente que sacara de allí su coche. Azpilcueta entendió que si quería mantener aquel negocio en pie debía obedecer sin demora ni dar lugar a más preguntas de las necesarias. Se subió al coche y lo dejó caer hacia atrás hasta la carretera. Lo aparcó en el estrecho arcén. Cuando volvió a ponerse ante ellos en la cantera, tuvo que explicarse.
—Hemos tenido un accidente al venir. Pero yo traigo el encargo. No hay nada de que preocuparse.
Del todoterreno Volvo, enorme modelo creado solamente para el mercado americano, apareció un hombre bajo, enjuto y pelirrojo. En silencio, observó al recién llegado. Rápidamente debió de concluir que algo en todo aquello no pintaba bien. Dio algunas instrucciones a su conductor, que encendió el coche y empezó a arrimarse lentamente a la rampa de salida. El hombre elegante del Jaguar, que parecía hacer las veces de mediador, empezó a calmar al pelirrojo, quien no entendía palabra de lo que se le decía. Azpilcueta se dirigió a él en inglés y en francés, pidiendo un minuto para sacar el paquete de su coche, a lo que el hombre pareció reaccionar, porque hizo una señal al del todoterreno y este detuvo el coche.
El vasco sacó el paquete y abrió el cartonaje con sumo cuidado de no romperlo, pues se volvería a usar. Abrió la caja y la volvió hacia el pelirrojo, que intercambió unas palabras con su conductor. Ruso, opinó Azpilcueta. Mientras, de soslayo, miraba al tercer coche, de quien nadie se había mostrado todavía. Había en él una sola persona. Al menos, que se viera desde donde estaba él.
El moreno y el ruso se sumaron a la curiosidad de Azpilcueta y miraron, ya sin ningún reparo, hacia el tercer coche, un modesto Renault 19 gris, comparado con el parque presente en la cantera. Al fin, cuando la tardanza parecía ya imprudente e inexplicablemente larga, se abrió la puerta del conductor. Del coche bajó una mujer que se cubría la cabeza con la capucha de una sudadera. La talla no le correspondía a la que era sin duda la cobradora de aquel negocio, pues la prenda le quedaba ridículamente enorme. Vestía una falda vaquera corta y unas zapatillas de lona. Llevaba puestas unas gafas de sol igualmente grandes. Cuando vieron a la mujer fuera del coche, el pelirrojo hizo una seña y el conductor del todoterreno asomó una bolsa de papel por la puerta derecha. La sostuvo hasta que la mujer se acercó a cogerla. Ella la abrió, comprobó la suma billete a billete y, al terminar, sacó un cantidad que entregó al moreno que había mediado, según indicaciones que el abuelo había hecho.
La mujer volvió a meterse en el coche y quiso ser la primera en marcharse. Al pasar ante el grupo, aún con la capucha y detrás de las gafas oscuras, se detuvo un instante. Bajó el cristal, como para decir algo a los allí presentes, pero pareció pensárselo mejor. Cerró la ventanilla y, con ella, el pico. Se largó de allí con calma, cuesta abajo. Al pisar el asfalto, giró a la izquierda en dirección a Antequera.
El cobro hecho y el dinero contado, todo ello sin mayores novedades, salvo un muerto más en la cuenta de aquel día y los que vendrían, tal vez, tras la intercesión de San Virila.
2
Málaga
Siete días antes
11 de julio de 2003
Tener —o no— la suerte de que tu destino sea el que uno desea pende de ese hilo que los humanos hemos venido colgando en los dioses desde tiempos inmemoriales. Dioses más o menos crueles, más o menos benevolentes, instalados casi siempre en cielos lejanos y de muy difícil acceso. O tal vez no tanto. Pero hay quienes, como los que han decidido tener una vida picoleta, admiten por decisión propia un hilo más corto que el de los demás. El por qué es así es lo que nos queda por averiguar, pues así ha sido desde Ulises, pasando por Alatriste hasta Rubén Bevilacqua. Y en esa averiguación, en la de por qué algunos quieren y aceptan esa abnegación casi religiosa, hemos dado en llegar hasta este punto de la historia universal que nos ha tocado ocupar.
Jabo Azpilcueta se sentó en el vagón preferente del Talgo, todavía incrédulo ante lo que había sido claramente una equivocación. Miraba a un lado y a otro como quien busca una explicación. Bendita equivocación —pensaba— aquella que te permite enfocar la vida desde otro ángulo, el de la primera clase, aunque sea por un corto viaje de un par de horas largas con destino al sur. Por la ventana, la elegancia de la estación de Atocha le permitió prolongar un rato su buena suerte, la de sentarse en el lugar caro, de mayor espacio por asiento, menos plazas en vagón, acceso a sala club en estaciones y prensa diaria. Tres cuartos de hora más tarde, cuando el error parecía durar ya más de lo esperable, después de la parada en la estación de Puertollano, decidió dejar de preocuparse. Y mientras la pantallita marcara que el tren se movía a 260 kilómetros por hora, a esa velocidad se iba alejando del momento embarazoso de tener que cambiar de vagón en compañía de un emisario o emisaria de los dioses para regresar al purgatorio de clase turista.
Cuando las llanuras se le empezaron a llenar de olivos, naranjos y jazmines, Jabo pensaba en cuál era la postal con la que debía quedarse, y ya entendía que la hermosa visión que aquella pantalla lateral le dejaba ver valía más que el lujo dentro del vagón.
Lo que veía por la ventana no habría desmerecido ser una de aquellas postales que le mostraba su madre. Sentado a la falda, sus ojos de niño veían playas llenas de gente, colores de sombrilla y bañador. O las que años después enseñaban las revistas del corazón que él veía en el hogar donde lo habían abandonado, algo casposas ya, de baronesas alemanas con una morenez trasnochada. O aquellas otras, muy distintas, que ya vio de mayor y que sin duda él prefería: fotos en blanco y negro con Sinatra, Hemingway y Ava Gardner en un autobús de Torres, dejándose ver de paseo en la plaza de toros de Ronda. No podía evitar cierto recelo en el que, a decir verdad, verlos tan libres, tan afortunados, tan ricos le llevaba a maldecir lo llano y proletario de su quehacer diario en la picolicie. Pero no se resistía a volver a mirarlas. Porque, quizá, le producían el mismo efecto que aquel tren moderno y caro en el que ahora se sentaba, camino de ese mismo sur en el que su madre se había perdido.
Así y todo, cada vez que llegaba a Andalucía gustaba de mantener esa visión de ellos, la de los libres y los ricos, para hacer turismo interior, ese de postal costumbrista. Y cada vez que venía, todas y cada una de las veces que venía, buscaba la postal con una cerveza fresca tras una cortina de tiras y un cartel de chapa de Tío Pepe en la pared. Fuera, las moscas y el calor. Y, sentado en un rincón para mirar y entender lo más posible del local, se dedicaba a recorrer el paisaje, buscando pistas que lo pudieran conducir a ella, con ese punto de vista siempre de guardia para contemplar hilos cortos de verdad en los demás con el fin de olvidar en lo posible lo corto del suyo propio.
No conseguía entender por qué, pero desde niño había tenido la habilidad de, como quien se tira a una piscina, entrar en las fotos. Tenía la extraña capacidad de quedarse colgado en las postales que él mismo acababa buscando, como si en ellas le fuera el oxígeno. Y así, parecía que siempre hallaba en ellas alguna clase de felicidad. Nada efervescente; se trataba más bien de algo apacible, como una siesta veraniega. Y extraía de ellas un correr imparable de cuentos, de personajes cuyos asuntos cotidianos eran parte de esa felicidad. A veces se recriminaba que tal vez no era más que un liso y llano culo veo, culo deseo. Esa compulsión a dejarse llevar por la imagen, a veces una calle quieta por la que él se empeñaba en pasear; otras veces gente sentada, mirándole a él de soslayo; o quizá un coche blanco —quizá un deportivo descapotable— aparcado con alguien dentro a la sombra de una arboleda, en una carretera junto a una fuente, de esas que había siempre cuando eso todavía se podía hacer. Esa vida, contenida en las fotos, que le hablaba en un lenguaje silencioso —pero incontenible— desde un marco colgado en la pared; esa habilidad para sacar un jugo sabroso era lo que definitivamente había acabado conduciéndolo al arte. O eso decía, al menos, el diploma firmado por Su Majestad y el rector de la Universidad del País Vasco.
Con el tiempo, aquellas largas horas en solitario mirando las fotos de las paredes, primero en el orfanato de Treviño y de ahí al de Vitoria, pasaron a ser horas para la tarea escolar que, a falta de tutor, estaban desprovistas de toda proximidad humana. Las fotos fueron sus primeros diálogos con el mundo. Fotos, en su mayoría, desangeladas y medio borradas por el tiempo, que eran para él, sin embargo, ventanas a la libertad y al aire que le salvaban del encierro de la sala de estudio del hospicio o del vagón del tren en el que le solían llevar a Burgos. Tanto, que alguno de los adultos que lo cuidaban en el orfanato había diagnosticado en el niño, en aquellos largos silencios, una idiotez grave.
Los naranjales de Cártama le anunciaban Málaga ya a un par de carteles de distancia. Empezó a destrenzar dedo a dedo y a mirar hacia la maleta, que viajaba apenas a tres metros de su asiento. Calculando el movimiento necesario para alcanzar la maleta y su contenido sin estorbos, dado lo poco ocupado del vagón, y la distancia a la puerta de salida, la escapatoria estaba casi asegurada. Aunque ya eran pocas las probabilidades de que, a estas alturas del viaje, viniera alguien de la compañía ferroviaria a arruinarle las pocas horas que se disponía a pasar en la Costa del Sol y hacerle pasar un rato de vergüenza.
Al abrirse las puertas del tren, recibió el golpe de calor del andén con alivio, fuera ya de peligro. Pero un momento después le asaltó la idea de que, pensándolo mejor, aquel trayecto en la zona pija del Talgo bien se podría haber tratado de un regalo interesado de Maite, pues nada hacía ella por descuido, como eficaz agente de viajes que era. Si había sido así, entonces tendría que entrar a valorar el coste que afrontar después del regreso. Espantó modosamente la sonrisa que se le puso al imaginar la de ella, poco adecuada para ser un picoleto de la Sección Fiscal de la Ribera de Bilbao. Cuando entró en el gran salón principal de la estación de Málaga, pensaba que Maite bien valía una misa. O dos. No tardó en ver allí al que debía de ser el sargento Amaya, al pie de las escaleras mecánicas, con un ejemplar de El País y una carpeta de cartulina bajo el brazo. Vaqueros nuevos, sin romper ni desteñir, en contra de las modas más o menos idiotas, como todas las modas, y una camisa blanca, según había descrito escuetamente por teléfono. Vio pulcritud y profesionalidad. También juventud.
—El teniente Azpilcueta, supongo —recibiendo a su superior con la mano franca de Stanley al pie de los lagos africanos.
—En la foto no se le ve tan joven, sargento Amaya.
—Emilio, por favor.
—Prefiero que me llames Jabo, entonces. —Anotó Azpilcueta que el sargento había saludado sin errores en el apellido.
Salieron de la estación sin prisa, a pesar de las indicaciones del protocolo de seguridad, pues ninguno de los dos entendía —a saber por qué razones— que sus vidas pudieran correr el peligro de verse interrumpidas por el balazo mesiánico de un pistolero.
Andalucía tenía ese efecto sedante sobre Azpilcueta. Y si el picoleto vasco de cepa hecha al protocolo no lo seguía, el andaluz lo asumió con armonía y tacto. Una vez fuera, cuando Jabo buscaba las indicaciones de Amaya respecto hacia dónde dirigirse, el sargento lamentó informar de que tendrían que ir en transporte público hasta el acuartelamiento.
—Están revisando el coche que nos van a conceder y no les ha dado tiempo de acabarlo. Pero parecía poca cosa, así que me dijeron que pasara a recogerlo nada más llegaras.
—Como he venido en clase preferente en el tren, me temo que me he aburguesado dolorosamente. Así que con lo que no he pagado por ello te voy a invitar a ir en taxi, Amaya.
—Emilio, por favor.
—Emilio. Perdona. No me imagino en un autobús urbano con esta maleta.
La luz de las cinco de la tarde es intensa. Como el calor. Y el olor dentro del taxi. Pero hay que elegir entre el aire acondicionado del coche y aquella otra presencia persistente. No lo sometió a debate el conductor, pues arbitró en favor de la temperatura fresca. Los dos clientes imaginaron que había decidido a juzgar por el acento que tenía el viajero de más edad.
Llegaron al acuartelamiento de Málaga, en la avenida del Arroyo de los Ángeles, nombre más que adecuado para el lugar, pues vecino al cuartel se halla el Hospital Materno-Infantil de Málaga. Amaya acompañó al teniente hasta pasada la garita principal, donde quedó en compañía del guardia de puertas. Mientras, avisó al comandante y desapareció para traer el coche. Apenas un minuto tardó en brotar desde detrás de los Nissan Patrol y algunas furgonetas. El Citroën C4 azul marino debía de ser la joya de la corona del acuartelamiento, pues era tan nuevo que compensó con su olor característico, de adquisición reciente, el que traían incrustado todavía en sus respectivos olfatos desde la estación.
Mientras olfateaba todavía el interior del coche nuevo, a punto de subirse, alguien apareció desde el edificio principal por detrás de Azpilcueta. Se disculpó por no haber podido ir personalmente a la estación.
—No era una avería, sino la revisión de los primeros tres mil, teniente Azpilicueta. Un placer —saludó el comandante Valeiras—. Te llevas un buen carro y a un buen compañero, Azpilicueta.
—A sus órdenes, mi comandante. Es Azpil, Azpilcueta. Pero puede llamarme Jabo, mi comandante.
—Sin formalismos, Jabo. Somos casi de la misma edad. Vamos a tutearnos, si no tienes inconveniente —con un fuerte acento gallego todavía—. Me dicen que vienes de la Sección Fiscal de Bilbao. Cuéntame algo, Jabo. Tengo que reconocerte que no es frecuente que recibamos a nadie de por allí, salvo por las cosas del Estrecho y eso.
—Bueno, efectivamente vengo de Fiscal, pero digamos que no es un asunto estrictamente ligado a cosas de Hacienda ni impositivo. Más bien se trata de mi especialidad. Obras de arte.
—¡Obras de arte! ¿Tu especialidad?
—Esa es la deformación profesional que padezco, mi comandante.
—Llámame Luis, por favor, Jabo. ¿Y qué te mandan a hacer por aquí? Llegan con décadas de retraso, Jabo. —Rio el gallego con estruendo.
—Sí. Me lo figuro. Como en muchas otras cosas. Ya sabes, Luis, aquello de las mangas verdes —señaló Azpilcueta mientras metía la maleta en el coche—. Pero creo que deberíamos ir yendo, porque si no hay novedades, esta noche debo tomar un avión de vuelta a Bilbao.
—¿Esta noche? Es corta la cosa, entonces.
—Espero que lo sea. Hay mucho trabajo por allá —se disculpó Azpilcueta.
—Tienes razón. Ya me contarás. Quedo a tu disposición. Amaya te puede dar mi correo electrónico y mi teléfono personal para lo que quieras, Jabo.
Con la leve esperanza de que el comandante hubiera entendido su educada mirada de ruego y respeto, Azpilcueta subió al coche, desde cuyo interior Amaya le había abierto la puerta y esperaba pacientemente. El coche era de gasolina, con esos andares suaves y silenciosos a los que los diésel nos han desacostumbrado. Raro que el Cuerpo hiciera esa compra, observó Azpilcueta.
—Es un decomiso, Jabo —explicó Amaya—. La novia de un traficante gallego, que formaba lote con un pisito muy mono aquí, en Rincón de la Victoria. Como un divorcio exprés, ya sabes. Pierdes mujer, coche y casa de una tacada.
—Así es, Emilio. Hay que ver la de cosas que podemos perder de una sola tacada.
Aunque no dijo nada, el puntito amargo de la observación que hizo el recién llegado atropelló a Amaya, que andaba distraído con las cosas del oficio.
—Creo que hacia allí vamos, precisamente. En Rincón de la Victoria buscamos la carretera de Benag… Benagla… —rebuscaba Azpilcueta en sus papeles.
—Benagalbón.
—Eso es. Correcto. Cuando la tomemos, buscamos este número. —Mientras, le enseñaba una foto grande, en la que se veía una casa baja, bonita, sin mucho oropel ni pretensiones.
Por la avenida, al pasar delante del hospital, el teniente vasco estaba ya en modo benemérito, observó el sargento Emilio Amaya mientras lo dejaba acomodar y revisar papeles. Y no quiso ir más allá de lo que su tacto le aconsejaba. El teniente vasco no había sido muy explícito con el comandante Valeiras y creyó oportuno dejar que fuera él quien decidiera poner —o no— a su subalterno al corriente como compañero de hechos. Pensó que tal vez no fuera más que una manera de postergar el momento en que había que iniciar la conversación. Mientras, Azpilcueta seguía confirmando piezas en su mapa mental. Iba comprobando la memoria que mantenía en su archivo personal: Alameda de Colón, plaza de la Marina, avenida larga hacia la Malagueta y después la cementera, por orden. Ah, es verdad, los Baños del Carmen. El Tintero, dice en voz alta.
—Para la cena, mi teniente, si no tiene otra orden.
—Hemos quedado… —dijo Azpilcueta sin terminar, mientras se iba girando para ver sitios, calles y nombres.
—¿Hemos quedado para la cena?
—Hemos quedado en que me llames Jabo, Emilio.
Sobre las seis y diez de la calurosa tarde malagueña, se pararon delante de la casa. Amaya la había encontrado más rápido de lo que Jabo esperaba. Cuando acusó recibo de la mirada sorprendida, Amaya repuso de inmediato:
—Es que me tocó a mí mismo tomar esa foto, Jabo. Hace dos días. Ni idea, por supuesto, de por qué.
Era, según rezaba la notilla que revisó en su propia carpeta de cartulina, el domicilio oficial de René Alphonse Van den Berghe y Nuria Gutiérrez de Madariaga.
—¿Te suena de algo el nombre, Emilio? —preguntó Azpilcueta al joven sargento mientras pulsaba el botoncillo del portero electrónico.
—Debo decir que no, mi teniente. ¿Tendría?
—¿Diga? —una voz femenina atendió al interfono.
—Buenas tardes. El señor Van den Berghe, por favor.
—¿De parte de quién, si es tan amable?
—Guardia Civil. Teniente Azpilcueta —dijo sonriendo, malévolo, al imaginar la posible impresión de la interlocutora.
La verja se abrió con un zumbido repentino e incómodamente alto, como el carraspeo de un viejo cascarrabias. Desde el recibidor de la casa, a unos quince metros, les atendió una mujer de cierta edad ya, el aire a fräulein Rottenmeier, pero sin las gafas en la punta de la nariz, idéntica a aquella que había aterrorizado a toda la generación que vio Heidi en versión japo. Les explicó que los señores no se encontraban en casa. Pero que, sin duda, les esperaba de vuelta en cualquier momento.
—El señor Van den Berghe me anunció que vendrían ustedes. Aunque lo cierto es que no estoy segura de lo que puedan tardar. El señor es diabético y de vez en cuando se encuentra mal. Al ser insulinodependiente, a veces tiene que ir a urgencias…
—Bueno. Esperamos fuera. Estaremos en el coche —explicó el teniente.
Mientras se acomodaban para esperar a su objetivo del día, Azpilcueta tocó a Amaya en el brazo. No habían tenido tiempo ni de cerrar las puertas del coche, donde Amaya, esperanzado, se disponía a entablar una rueda informativa.
—Ahí viene.
Un lustroso BMW 2002 TII de los sesenta, color Málaga, apareció por detrás de ellos y entró al jardín pisando por los dos caminitos de piedra laja que partían la cuidada manta de césped en tres.
Nuria detuvo el coche con suavidad sin entrar en la cochera, en atención a los dos hombres que les esperaban. Por la puerta de la derecha se bajó un hombre de largos cabellos blancos y un bigote muy normando, enseñoreando el lugar detrás de sus Ray-Ban Aviator. Con su paso lento, grave, portaba una vejez más ajada de la que Azpilcueta habría esperado. Cuando el oficial estiró la mano hacia él, se la rechazó de una palmada. El hombre mayor atrajo hacia sí al teniente y lo abrazó en silencio, con la falta de respeto de un abuelo a su nieto, durante un rato lo suficientemente largo para informar al joven sargento Amaya de que Erik el Belga y su teniente vasco no eran unos desconocidos.
Rincón de la Victoria (Málaga)
11 de julio de 2003 18:30 h.
—Aún tienes el BMW. Lo has pintado —comentó el teniente Azpilcueta mientras se sentaban en el cómodo salón.
—Sigues teniendo el ojo hábil. Pues sí. De ese burdeos que los alemanes llamaron Málaga. Me costó una pasta conseguir el tono original. Pero es muy apropiado, como ves.
—Bueno. Lo primero es lo primero. Vienes del médico, Erik. ¿Cómo estás?
—Estoy viejo y jodido. Tanto azúcar. Y el corazón, Jabo.
—La vida rea que has llevado, mira tú. ¿Aún pintas?
—Claro que pinto. Mucho —dijo entre los dientes de su sonrisa.
—A veces más de lo que debe —terció Nuria—. Tiene que pasear más y se le olvida. Lo tengo que obligar a dejar el taller y salir.
Así, sin más dilaciones, para no dar pie al rato vengativo de Nuria y su discurso sobre el niño grande del que ella cuidaba, Erik invitó a los dos guardias civiles a bajar con él. Era toda una huida, y más trayendo todavía las orejas calientes de su rato en las urgencias del Parque San Antonio.
—Ven, Jabo Aingeru. Te voy a enseñar lo que he hecho desde la última vez que estuviste aquí.
—Permíteme que te presente, Emilio, a Erik el Belga, nombre de guerra para René. Ha sido el más grande falsificador y traficante de arte de la historia de la península y de Europa, antes de la caída del muro —describió Azpilcueta sin tomar aliento, mientras el abuelo le daba una colleja.
—Un placer, sargento. Le ruego que me disculpe. Ya sé que este hombre es su superior, pero le puedo excusar de la obediencia debida mientras estén ustedes en mi casa. Yo le llamo Aingeru. Imagino que sabe usted que significa Ángel en euskera.
—El gusto es mío, señor Van den Berghe —dijo Amaya, encajando con elegancia el currículo del hombre sin pestañear, pronunciando con inusual esmero el apellido belga.
Preciso. Y maneja idiomas. Nuevas entradas en el registro de Azpilcueta.
Mientras, bajaban al sótano por la parte trasera de la casa, construida sobre un solar en declive que permitía a Amaya ver un taller iluminado por la luz natural de una gran cristalera, lleno de pinturas, acabadas o no, todas ocupando al completo el enorme lugar de trabajo del pintor. Al fondo, había un gran armario empotrado que mostraba lienzos acomodados en su interior de la manera más racional para dejar espacio a los siguientes. Abundaban las vírgenes y otros temas religiosos.
—Siempre has sido un meapilas, Erik.
—¿Por eso sigues sin querer que te llame por tu segundo nombre? Tú sabes que a mí me gusta. Aingeru. Suena bonito.
El abuelo reía con franqueza, arqueando el bigote de aquella manera tan cómica que había conquistado el corazón de muchos. De tantos como cuerpos policiales había en el Viejo Continente, a quienes había tenido detrás y delante en distintas épocas de su vida.
—Como ves, Emilio, se puede recorrer la historia del arte pictórico europeo con echar un vistazo alrededor. El arte religioso es su debilidad profesional, pues es un gran copiador. Siempre me ha gustado más lo que haces en contemporáneo, Erik.
Durante más tiempo que aquel del que disponían, según había protestado Azpilcueta al salir del cuartel, Amaya asistió a un reencuentro de viejos amigos, con sus chistes privados, sus reproches y su anecdotario, más la puesta al día. Tuvo que asomarse Nuria desde lo alto de la escalera para que Erik retomara el hilo.
—Bueno. Pasemos a lo que te trae por aquí, Jabo.
—No esperaba menos de mi abuelo Erik. Y te agradezco la eficiencia. Así no traicionas mis expectativas. Vamos a ello.
Azpilcueta abrió la misma carpeta de la que había sacado la foto de la casa de Erik. Sacó, esta vez, dos fotografías grandes, de doce pulgadas. La de color mostraba la imagen de una talla. La otra foto era en blanco y negro y se veía un retablo, según alcanzó a ver Amaya de soslayo.
—San Virila. Madera. Una pieza hermosa, se la mire como se la mire. Fíjate, Jabo. Es la que sostiene el pajarillo, un ruiseñor, con la mano derecha.
—San Virila —observaba Azpilcueta mirando con un guiño prolongado a Amaya.
—¿Dónde habéis encontrado esto, Jabo?
—Pues sobre eso vamos después. Déjame que te haga unas preguntas antes. ¿Qué sabes tú de esa figura, Erik?
Se mordió el labio y sonrió algo incómodo, pues los dos sabían que sabían. Hubo un corto pero elocuente silencio, mientras el abuelo parecía buscar las palabras. Buen hábito de quien gusta de la comunicación clara y sin descuidos.
—Cuando yo estaba en la cárcel de Soria, lo robaron de su templo de Leyre, en Navarra. Es una pieza de madera, no muy grande como ves, quizá unos setenta centímetros. Está policromada y bastante bien conservada.
—Seguro que no anduviste lejos de ella, Erik.
—Claro que la vi. Pero solo la vi, Jabo.
—¿Dónde y cuándo la viste?
El abuelo hizo memoria en silencio. Uno de aquellos silencios que Azpilcueta le había conocido cuando se puso delante de él por primera vez a principios de los noventa, acabando el siglo viejo.
—Sería… a finales de 1998. Alguien que me conocía me llamó para que mediara en la compraventa. Yo hablaba con el comprador. Un italiano. Quería que le ayudara a saber si era bueno o no. Y a tasarlo.
—¿Y es bueno, Erik?
—Claro que es bueno. Lo único que no sabemos es su datación verdadera. Pero puede ser de finales del siglo diecisiete. Podría ser más antiguo…
—¿Y?
—Bueno, ya sabes. La desamortización, papeles falsos, copias admitidas como buenas hace cientos de años, copias de buenas piezas que la misma Iglesia vendía… La historia de siempre, Jabo.
—¿Y cuánto lleva desaparecido? ¿Lo sabes?
—En esa época yo ya estaba bastante fuera del gremio, Jabo. Además, tú sabes que empezó a llegar gente nueva y más… desaprensiva.
—¿Qué gente, Erik?
—Ya sabes, Jabo. Empezaron a venir los rusos, los tipos del Este, los serbios, los croatas. Esos no tenían, ni tienen, respeto por el arte ni por nada. Esos solamente saben de dinero y de pegar tiros.
Azpilcueta miró zumbón al abuelo cuando hablaba de tiros y de dinero, consciente de las líneas en el currículo del belga, que hablaban de sus días como mercenario en África, en el descongole general de los setenta. Nuria no tardó en escuchar la tos de su marido y decidió bajar las escaleras con una infusión. Traía bebidas para la visita también.
—¿Y llegaste a tasarlo entonces?
—Sí. Creo que sí.
Azpilcueta posó la segunda foto sobre la mesa. El retablo que aparecía en la foto en blanco y negro le resultaba más familiar.
—Una figura como esta se lleva y se mueve más fácilmente. Eso ayuda a que el precio mejore sustancialmente. Lo del retablo es más difícil.
No escapó a Amaya una corta y rápida mirada del belga a Azpilcueta cuando se refirió al retablo. El abuelo bebió un sorbo largo de su taza bajo la escrutadora mirada de Nuria. Hablaba la abogada penalista, más que la mujer de un tasador.
—Teniente, si nos cuenta por qué ha venido, quizá terminemos antes.
El sargento Amaya alcanzó en ese momento a entender lo profundo del mar en el que nadaban su superior y el belga de cabellos blancos. Unas aguas exigentes para los hechos a la navegación. Corrientes por abajo y vientos en la superficie. Mala cosa, de todas formas, para quienes se quisieran aventurar sin haber pasado el examen. Malas aguas aunque se fuera filibustero o pirata. Azpilcueta mascó un par de palabras antes de abrir la boca y dejarlas salir.
—Nosotros tenemos el San Virila.
Erik se ahogó con su último sorbo y volvió a toser, mojando la camisa con un pequeño derrame. Sosteniendo la taza ante su boca abierta, miraba con atención al teniente.
—¿Que tenéis el San Virila? —reía ya abiertamente—. Así que tenéis un rehén. ¿Entonces vosotros sois el GAL?
Aunque predispuesto al deporte, Azpilcueta no aceptó bien el chiste de Erik. Por respeto a su abuelo, no dijo nada.
—Lo encontramos hace unos días. Fue por pura casualidad, Erik.
—Venga, Jabo. No le cuentes historias al abuelo. La casualidad y la búsqueda son hermanas y viven en la misma casa…
—Gente nuestra lo encontró en un accidente de tráfico, Erik. Sin bromas.
El belga no daba por terminada la sesión de risotadas. Al cabo, y después de un pequeño aparte personal de los dos guardias civiles, el viejo se desató, más que nada para ilustrar al sargento.
Empezó por contarles la trascendencia del San Virila entre los presos de ETA de la cárcel de Soria.
—Cuando yo estaba con ellos, solían mantener verdaderos debates ideológicos sobre la figura, porque siendo propiedad del monasterio de Leyre, en Navarra, no se lo podía considerar un bien intocable. Otros rebatían que, si se habían de mostrar rigurosos, Nafarroa y cualquier bien económico, cultural o humano que algún día podría formar parte de Euskadi unida, grande y libre se debía respetar. Había quienes, sin embargo, no daban un duro por ninguna cosa que tuviera que ver con la Iglesia y otros mostraban una ortodoxia total.
Amaya ya no ocultaba una cierta fascinación por el personaje que tenía delante. El abuelo rara vez se hacía consciente de que sus narraciones causaban ese efecto cinematográfico.
—Las chicas, Jabo, por lo visto, eran las más duras al respecto. Dentro de la cárcel hice mucha amistad con gente de ETA. Allí llegaron a ser como ciento cincuenta los presos de la organización en aquellos años. En Barcelona, después, también conocí a gente dura. Eran como los talibanes.
Nuria suspiró, impaciente, y decidió recoger las tazas. Subía las escaleras con la bandeja, mientras Erik la miraba con amor y ella callaba, torciendo el gesto y meneando la cabeza. Una vez ella desapareció de su vista, se mostró más relajado, cruzó las piernas y colocó las manos en el regazo. Estaba dispuesto a escuchar, decía su actitud. Azpilcueta no se planteó otra manera más que la única que sabía. La petición del día era simple, clara y concisa.
—Erik, queremos que nos digas cómo volver a poner esto en el mercado.
Petite Bayonne (Francia)
5 de junio de 1977
—Jabo, espera un segundo dentro del coche y por nada del mundo te bajes. ¿De acuerdo?
—Si me llamas Aingeru, ama. No quiero que me llames otra cosa.
—Pero tú sabes que aita quiere que te llames como él.
—Pues no me llamo Jabo. Yo soy Aingeru.
—Bueno, pues espera un momento en el coche. Anda, hazlo por mí. Ya eres mayor. Has cumplido seis ya, Jabo.
Hace un rato muy largo que se han bajado del coche. Seguro que sus padres se han olvidado ya de él. Ya se lo decía sor Fuencisla en el hospicio de Vitoria. Que si no hablaba mucho con sus padres nuevos lo iban a devolver; que tenía que ayudarlos y hacer siempre lo que le decían. Todo lo que le decían y cuando se lo decían.
Aingeru se cansa de esperar. Lleva toda la vida esperando. Esperando a que su madre vuelva, como le dijo. Y nunca volvió. Dentro del coche hace calor. Hace mucho calor y al final de la calle se ve un puente muy bonito. Seguro que allí se está fresquito. Y toda esa gente que va y viene por el puente parece pasarlo muy bien mirando al río. A él también le apetece ver el río. Le encantaba ver el río allá en Vitoria, cuando sor Fuencisla lo llevaba al médico y se paraban en el parque.
O los escaparates de por allí. En aquella calle hay muchas tiendas con unas cosas muy bonitas que mirar detrás de los cristales.
Se fijó en que sus padres habían entrado al bar Le Patio, en el centro de la calle, pero le han dicho que es mejor no entrar allá, porque van a ver a gente de Bilbao que no puede volver a su casa. No entiende por qué no pueden volver a sus casas.
Vuelve a mirar hacia adelante y ve un hombre ahí, sentado en un banco, que mira al coche y a él desde hace un buen rato. Eso lo pone nervioso. Unos minutos después son ya dos los hombres que hablan y señalan hacia el coche mientras hablan entre ellos… Hace calor y se está mal dentro, así que Aingeru quiere que su madre vuelva ya. Además, hay tantas cosas bonitas que mirar en aquella calle. Pero su madre le ha prometido un helado después de ese rato, si se porta bien.
Mientras dilucida si la recompensa vale la pena, se sienta, suspirando de calor y cansancio. Vuelve a ponerse de pie y cuando pisa la alfombra ve que asoma un montón de volantes y octavillas como las que su padre reparte en el bar. Tal vez si sale del coche y empieza a repartir octavillas, como ha visto a sus padres nuevos cientos de veces desde que vive en Atxuri con ellos, a su padre le guste. Por fin ve que los dos hombres que no han dejado de mirarlo se acercan y toman de sus manos uno de los papeles. Mientras sigue con el reparto, hace lo que su madre le ha enseñado: se acerca al final de la calle para leer la placa con el nombre. Es la rue Pannecau. Recuerda que le encanta leer, pero no entiende todavía lo que ponen los papeles que reparte por toda la calle. En grandes letras: «Amnistia. Herriak ez du barkatuko».
Ha repartido un buen montón de octavillas. Eso sí, de una en una, como le decían en el bar los amigos de su padre, batetik bestera. Casi las ha repartido todas.
Por fin ve a sus padres a lo lejos venir hacia el coche. Pero es su padre el que se adelanta. Mientras se acerca a grandes zancadas, el niño quiere ayudar a su padre, pues nunca ha tenido mucho interés por él en lo que lleva en esa casa nueva. Solo su madre parece quererlo. Así que se esfuerza en que todo el mundo coja un papel de aquellos. A su padre eso le gustará.
Su padre le grita desde la distancia. Jabo, deja eso. Métete en el coche. No hagas eso. ¡Jabo!
—Que dejes eso ya. Y vete al coche.
Mientras corre, su padre sigue gritando a voz en cuello que deje de hacer aquello.
—¡Yo no me llamo Jabo! ¡Soy Aingeru, aita!
Reparte a manos llenas los boletines hasta que su padre llega a su altura. Espera una felicitación.
Su padre lo detiene con una bofetada que lo derriba de cabeza al suelo y le quita las octavillas de un manotazo.
El Tintero, Málaga
11 de julio de 2003
22:00 h.
Bares y tascas son, en España, escenarios de reuniones que americanos o británicos sostienen en los pasillos de sus lugares de trabajo. Y los restaurantes, para nosotros, son lo que para ellos sus salas oficiales. No debimos —no deberíamos, dictaminaba Luis Valeiras, el comandante que los había citado en El Tintero para cenar tras la visita a la casa de Rincón— perder nuestro sentido de la civilización. Las ventajas, un ahorro de tiempo no siempre cuantificable, además de la gradación y atemperación de ánimos ligada a la mesa, al buen vino y al momento de refacción de fuerzas. Las desventajas, el ruido y, sin que de momento hayamos encontrado término medio, nuestro proverbialmente escaso sentido de la discreción.
El problema radica, para algunos, en que nunca se sabe en qué momento dejamos de estar en una reunión de trabajo para estar en una comida entre compañeros o cuándo ocurre lo contrario, que termina un excelente rato culinario para pasar a ser una mesa de conferencias. Afortunadamente, hay lugares en el mundo donde no hay fronteras. Bendita confusión.
—Bueno, y aquí un gitano, un vasco y un gallego para dar comienzo al chiste— rompió el hielo Amaya.
El comandante Valeiras ya conocía de los encantos personales de Amaya, luciendo un talento social que muchos atribuían a su condición étnica. Azpilcueta, que ya había comprobado la elegancia y el saber estar de Amaya, asentía, sonriendo. Pero Amaya sabía que quizá la sonrisa del vasco se debía más al éxito de la charla que habían terminado con Erik el Belga una hora antes en Rincón de la Victoria.
—¿Qué te apetece, Jabo? —hizo las veces de anfitrión el comandante—. Sabes que aquí podemos probar muchas cosas.
—En El Tintero ya he estado antes. Así que cualquier cosa que propongáis bien me parece.
Esa alteración de la sintaxis, tan vasca, le salió del alma al de Bilbao. Amaya estuvo a punto de terminar el chiste, pero administraba su talento con comedimiento. Un par de platos de rosada a la plancha, mejillones y unas verduras a la parrilla sirvieron de tapa para la conversación. La metedura de pata vino con el pulpo a la parrilla.
—Así que especialista en arte, Jabo. ¿Y en Fiscal de Bilbao?
—Sí. Pero creo que ahí tiene más que ver mi acento de Atxuri que mis conocimientos de arte.
—Ya. Pues fíjate que, aunque sin acento, este y yo también pasamos por allí —comentó Valeiras, ensombrecido—. Seis meses en Vergara. Yo era un pipiolo todavía, cuando lo del enterrador.
—Yo hice el curso del GAR —añadió Amaya, con sonrisa ladeada.
—Entonces estoy hablando con dos txakurras en lejía.
Hacía tiempo que no usaban la palabra. Que no la oían pronunciada con aquel acento euskaldún. En ese momento, Azpilcueta supo que les había enfriado la espalda a ambos. Que les había abierto el álbum de fotos por la página menos adecuada. El comandante Valeiras levantó la mirada hacia la barra para pedir uno de los platos al camarero que pasaba, al estilo de El Tintero, y Amaya se acomodó la servilleta en el regazo, elegante como un príncipe, el muy cabrón.
Y el vasco dio por sentado que les debía, como mínimo, una atención.
—Pues no os pienso distraer con mis historias, par de rositas.
Las aguas retornaron a su cauce y el vino, a su lugar de rigor. Tres copas vacías del tirón después, el sargento disparó su curiosidad sobre René, el personaje de esa tarde, a sabiendas de que Azpilcueta se lo debía.
—René Van den Berghe, Jabo.
—Así que has venido a ver a Erik el Belga —dio comienzo al interrogatorio el comandante—. Imagino que aquí nuestro joven sargento está al corriente del personaje.
—Lo estoy ahora, mi comandante. Vaya tarde ilustrada he pasado hoy.
—Pero creo que está retirado del todo, ¿no? Bueno, ya sé que me vas a decir que un tío así no se retira nunca…
—Así es, Luis. No lo está del todo. Ha hecho varias cosas con nosotros —explicó Azpilcueta.
—¿Sí? Cuenta.
—Bueno, ya sabes. Tasaciones, certificar piezas con ese ojo que el talento y la vida le han dado. Incluso ha colaborado en devoluciones. Hasta algún museo se ha cabreado con nosotros. Mucho. Por decir que tienen en sus catálogos alguna joyita más falsa que la falsa monea.
—¿Y tú en qué andas ahora con él?
La camarera bajó la bandeja hasta la mesa. Pesaban las botellas y la bisoñez. Con una amable sonrisa, pidió disculpas y retiró lo que ya no servía. Ese lapso dio aliento para retomar el asunto que les había enfriado la espalda un rato antes.
—Pues vengo a varias cosas. La primera es que quería mostrarle un par de fotos. Una es la imagen de un santo, de madera, muy venerado en Navarra. Desapareció del monasterio de Leyre hace unos cuantos años. A pedirle una opinión sobre su valor y su precio. Y a que la certifique, evidentemente. Ya podéis imaginar cómo se mueven las cosas en ese mundo, las verdaderas y las falsas.
—¿Y cómo te ha ido? ¿Lo esperado?
—Tengo que decirte que Erik nunca te decepciona.
—¿Lo has conseguido? Quiero decir, el valor y eso…
—Pues me ha dicho que tiene que hacer un par de llamadas y dará un veredicto dentro de unos días.
—Y, además, veo que no te has ido de vuelta a Bilbao esta noche. Imagino que tiene ya el ojo clínico algo viejo…
—No es eso, exactamente.
Amaya y el comandante miraron con curiosidad a Azpilcueta. Hubo un segundo de indecisión, pero prefirió considerar aquello como un pago compensatorio para sus dos colegas malagueños.
—El tema es que la cotización ha sufrido alteraciones últimamente. Desde el 11 de septiembre, ya sabéis.
—¿Hasta eso ha alterado Bin Laden? Joder.
—Lo que ha pasado es que, como sabéis, la administración Bush ha decidido incluir a ETA, a Herri Batasuna y a todo el entorno KAS dentro de la lista de los malos.
—Pues sí que han tardado, cojones.
—Tampoco vayas a pensar que nos ayudan mucho. Después del 11-S hubo gente nuestra por allá, en la sede de Langley en Virginia. Alucinaron con la escasa información que tenían de ETA. Nada comparada con la que tenían de Iraultza, unos iluminados que solo ponían bombas en intereses americanos. No sé si los recordaréis siquiera.
—Bueno, la verdad es que eso no es nada nuevo. Se ha dicho que fallaron estrepitosamente…
—Pues sí —admitía entre dientes Azpilcueta—. Tanto como los chismes de seguimiento de los misiles o de coches que usamos nosotros y que ellos nos prestan. Si no llega a ser por un subinspector de la nacional que los echó a andar sin tener ni puta idea de inglés… Y eso fue en el 99, mi comandante.
—Una dolorosa y negligente incompetencia.
—Pues eso, la decisión americana digo, ha hecho que se reduzcan las fuentes de recursos de la organización. Ahora es más difícil mover remesas, hay más controles. Todo se ha vuelto más arriesgado para ellos, así que andan algo escasos.
—¿Quieres decir que se están tirando a buscar otras fuentes de financiación? —aventuró el comandante.
—Así es, Luis. Y lo sorprendente es que ya no andan solamente a cobrar el impuesto revolucionario. Que, por cierto, ya no piden en exclusiva a empresarios o industriales. Ya van por todo tipo de empresas, los artistas incluidos, los cocineros de la tele, periodistas de éxito…
—No andarán también trapicheando por la calle…
—Pues eso es lo poco que les falta, amigos míos.
Dieron una batida con la mirada alrededor de la mesa, de manera casi simultánea los tres. Terminado el proceso automático del modo picoleto, Azpilcueta prosiguió:
—Hasta se han tirado al tráfico de drogas. La cocaína sigue siendo muy rentable. Y como ya están en la clandestinidad del gremio, no tienen problemas de intendencia. Y al tráfico de armas también.
—Y, por lo que nos insinúas, ¿al de piezas de arte también?
Aseveró con un par de movimientos de cabeza, mirando alternativamente a sus dos compañeros de mesa y cuerpo.
—Por lo que le has dicho, entiendo que la estatuilla está en poder de la Guardia Civil. ¿Entonces es cierto lo del accidente de tráfico?
—Sí y no. Cierto es que lo tenemos. Pero hay que confirmar alguna cosa todavía sobre lo del coche. Hace dos semanas, una tarde, nos llaman de Endarlatsa, que es un pueblecito de Navarra casi en la raya de Francia, para decirnos que habían encontrado la figura en un coche medio volcado en una ladera, después de salirse de una pista forestal. Matrículas dobladas y eso. Ya sabéis. Un Opel Corsa. Lo habían traído de Francia, robado. Las matrículas pertenecían a un chaval de Lesaka. Nada que ver, de momento, con el chaval, pero todo anda en averiguaciones todavía. Cuando abrieron el maletero encontraron una caja de madera, muy recia, pero barnizada y perfectamente limpia, envuelta en cartonaje para evitar rayaduras y raspones. Imaginad por un momento el canguelo… Entre que llamaron, llegaron los Tedax y vieron que no había explosivos y me llamaron a mí, casi ocho horas. El que fuera tuvo tiempo de fugarse a Rusia.
—No hay mucha gente de Patrimonio tan experta, supongo —comentó Valeiras.
—Pues no. Fuera quien fuera, esto de ahora es de película de Berlanga. Resulta que es un abuelo el que encontró el coche, mientras iba de caza con la escopeta. Nos dijo que el coche estaba solo, con el motor encendido. Así que imaginamos que el que conducía o se fue o se lo llevaron. El abuelo pasó por allí y se le ocurrió no moverse del sitio. Dijo que por si había un incendio. Al final, llamó y esperó hasta que llegaron los de la Policía Local… Eso es lo que hay, o es que el abuelo sabe más y nos miente. No sé. Tampoco podemos descartar nada, ni que el del coche supiera lo que iba transportando. Últimamente, los colaboradores de la cosa andan escasos de oficio.
—Es llamativo que el abuelo no quisiera moverse del sitio —observó Amaya—. Le podían haber dado dos tiros…
—Por ahí me da que pensar que el abuelo conocía al del coche y no quiso que siguiera. Imagínate un nieto descarriado y el abuelo tomando el toro por los cuernos. Yo qué sé. El asunto es que para no explicar demasiado a Erik me inventé lo del accidente.
—Pero bueno, como sabemos que Erik tiene amigos hasta en el infierno, nos va a iluminar con su arte.
—Tú lo has dicho, mi comandante. Erik tiene amigos etarras. De cuando la prisión de Soria y luego en Barcelona. No sería nada extraño que quisieran ponerse en contacto con él si las cosas están así ahora para la banda.
—Y tú has venido a averiguar eso también —completó Amaya—. Usando la segunda foto.
Azpilcueta no pudo evitar una mirada de admiración hacia el gitano.
—Pero si pareces un picoleto y todo, mi queridísimo Amaya. Supongo que te diste cuenta de que no dijo ni mu de la segunda foto. Ese es mi as en la manga. Los de ETA saben ya, o deben de saber, que la figura está quemada. Que la tenemos nosotros. Pero si es Erik el que la inserta otra vez en el torrente del tráfico, quizá quieran ponerse en contacto con él.
—¿Y qué pasa si no quiere meterse en líos con ellos?
—Para eso traigo la segunda foto. Por si el abuelo tuviera algún prejuicio. El retablo es una causa aún pendiente de Erik con la justicia española. No prescribe precisamente ahora por delitos relacionados con el terrorismo. La voz de la conciencia, que a veces viene de visita desde el pasado —remachó Azpilcueta con serenidad profesional, aunque con un tono amargo.
Mientras les duró la botella de vino —magia gallega con punto dulce y aguja—, terminaron de ver el álbum de fotos con las mejores instantáneas de cada uno, obviando alguna página de común y tácito acuerdo. El comandante y Amaya disputaron por pagar la cuenta. Azpilcueta terció diciendo que si todo iba bien ninguno iba a pagar. Iba a ser una amable invitación, como confirmó puntualmente el gerente de don René Alphonse Van den Berghe.
Atxuri, Bilbao
26 de diciembre de 1980
—Venga, pasa.
—¿Usted vive aquí, Santiago?
—Sí. ¿Te gusta mi casa? Mira. Ese es Farruco, mi gato.
—Yo ya estuve aquí. Aquí vivía un chico que estaba en mi clase antes.
—Pues sí. Ese era mi sobrino, seguro.
—¿Y adónde han ido, Santiago?
—Se volvieron a Galicia. Su madre es mi hermana. ¿Tú la conocías?
—¿Santiago? ¿Ya estás de vuelta? —pregunta una mujer joven que viene del lavadero.
—Y esa es Dora, mi mujer, Jabo.
—Que soy Aingeru.
—Eso, perdona. Aingeru. Mira, Dora. Te presento a Aingeru. Es hijo de Jabo Azpilcueta, del bar Txindoki.
Dora interroga con una mueca a su marido. Qué hace con un niño tan chico en casa un domingo a esa hora. Qué van a decir sus padres.
—Es que le he preguntado si había merendado mientras jugaba ahí en la calle y me ha dicho que no. Así que lo he invitado.
Dora sigue sin entender y lo censura con su mirada ruin mientras enchufa la tostadora. El sargento Oleiros se señala la mejilla izquierda para que Dora mire al chico. Trae una mano marcada en ese lado. La piel roja late con rabia.
—Aingeru me ha dicho que sus padres están ocupados en el bar y no ha merendado todavía. Le he dicho que haces unas tostadas con mantequilla y colacao muy ricas. Pero bueno, merendamos y bajamos otra vez. ¿A que sí?
El niño decide coger las tostadas tibias, las huele y se llena de mantequilla la nariz. Dora lo limpia y le abre la puerta. El chico baja las escaleras saludando. Vuelve al segundo tiempo de su partido.
—Ya lo he visto un par de veces, Dora. Jabo no sabe ser padre. He visto al chico esconderse debajo del mostrador del Txindoki. Y se lo he dicho.
—No te puedes meter en eso, Santi.
—No quiero meterme, Dora. Pero tampoco puedo dejar que haga lo que hace. Sobre todo cuando Marta no está.
—Es cosa de ellos. Ellos han decidido adoptar al niño y no es cosa tuya meterte en cómo lo hacen con él…
—Dora…
—…porque ha sido decisión suya.
—Dora…
—¿A ti te gustaría que viniera uno de fuera a decirte cómo criar a tu hijo?
—¡Dora! ¡Le pega! Este verano, cuando Marta se fue a Francia a su casa, una tarde tuve que quitarle al niño de las manos.
—Algo habría hecho, Santi. Y él es su padre.
—Un padre no pega de esa forma a un hijo de nueve años, Dora.
—Tiene que criarlo lo mejor que sabe.
—Bofetadas y cinturón, Dora. No creo que haya nada que un crío de nueve años pueda hacer para aguantar eso.
—El niño viene de un centro de acogida. Seguro que aguanta eso y más, Santi. No es cosa tuya…
—No se trata de que lo aguante él. Soy yo quien no lo aguanta, Dora.
Atxuri, Bilbao
27 de diciembre de 1980 Ambulatorio de Santutxu
—Hola, Santiago.
—Hola, paisana.
—Hoy no me viene solo, Santiago —dice la doctora mirando a Jabo.
—Vengo acompañado de un amigo mío del barrio. Aquí está mi amigo Jabo.
Jabo le tira de la manga a Santiago y le dice en voz muy baja que prefiere que le llamen Aingeru.
—Bueno, paisana. Mi amigo dice que prefiere que le llamen por su nombre de Vitoria, que es Aingeru.
—¿Y me viene a ver por Aingeru, entonces? ¿O es la espalda otra vez, Santiago? Esas horas de guardia y el peso del arma, ¿verdad?
—Hoy vengo realmente a hablar con usted, doctora.
Aingeru se concentra en un cartel que hay en la consulta, una foto enorme en la que se ve a una mujer joven con un bebé en brazos. Sin que el niño se dé cuenta, absorto en la foto, Santiago Oleiros le remarca a la doctora un derrame que cubre toda la mejilla izquierda, que abarca la oreja. La doctora entiende y pregunta. Santiago Oleiros sale al quite y dice que el muchacho le contó que se había dado un golpe jugando con otros niños en un parque detrás de su casa.
—Vaya, Aingeru. Hay que levantar la cabeza cuando se juega al fútbol. Si no, no ves a tu equipo ni sabes cómo hacer las cosas…
Le untó al niño una pomada a base de árnica montana, lo mejor de la abuela, y acabó por indicarle que se la pusiera tres veces al día. La médica empezó a buscar algo por la consulta. Rebuscó aquí y allá hasta que dio con un bolígrafo y un taco de notas que regalar al chiquillo. Mientras Jabo Aingeru salía de la consulta, el sargento Oleiros quedó atrás, entornando la puerta, para hablar unas palabras con ella a solas. La doctora se puso a escribir.
—Ahora me pongo con ello. Se lo acerco hoy cuando pase para casa, Santiago. Me llevará un rato, pero estará listo para entonces.
—Se lo agradezco, doctora. No espero que con esto se termine, pero no voy a pasarlo más.
Tres minutos más tarde, Aingeru y Santiago marchan a buen paso hacia el barrio. Santiago invita al niño a desayunar unos churros y chocolate, pero cuando pasan por el cine, Jabo se para a mirar la cartelera. De lejos ya ha visto caballos y sombreros. Es Frisco Kid, con Harrison Ford.
—¿Te gustan las de vaqueros, Jabo? Perdón. Aingeru.
Asiente con firmeza y decisión. El sargento Oleiros se vuelve hacia el cartel y comprueba los horarios. Una invitación al cine es un exceso. Sus padres… De pronto, recuerda. Sin mediar palabra, siguen los dos su camino hasta Atxuri. Al llegar a la esquina de su calle, entra en el bazar de Peio. En el escaparate había visto unas figuritas de plástico. Vaqueros, indios y caballos.
—Los que quepan en cien pesetas, Peio.
Al salir, Jabo Aingeru lleva una docena y media de figuritas. Todos indios menos un caballo y un sheriff.
Málaga
11 de julio de 2003
Azpilcueta había asumido que no volvería esa noche a Bilbao. Maite también lo sabía. Cuando Azpilcueta comprobó el sobre que le había dado ella con los billetes, vio que la vuelta era para el domingo. El Athletic jugaba ese sábado en La Rosaleda y, aunque Jabo no tenía devoción suficiente por el fútbol, había alguien de Fiscal de Bilbao, con la sede a pocos metros al otro lado de la ría, que pillaba entradas cada vez que quería. Y Maite, además del asiento en clase preferente en el Talgo, le había incluido dos entradas para el partido en el sobre.
Maite bien vale una misa, se dijo. Y por lo mismo pensaba que debía alejarse de ella. Pero para alejar de ella lo que él arrastraba consigo. Ella lo conocía ya lo suficientemente bien como para tomarse la prerrogativa de entender que a Azpilcueta bien le valía la pena intentar ver a sus viejos y únicos amigos, entre los que la propia Maite se hallaba, para aclarar, para averiguar lo que no era nada ambiguo. Y como sabía lo que sabía, entendía que la vida elegida por Azpilcueta les había supuesto a todos cambiar de dirección, tomar caminos separados que allí, en la Euskadi que les había tocado vivir, les habían pasado una factura con costes más allá de los usuales, que no todas las personas que crecen y se hacen adultas están dispuestas a pagar. Y una de las líneas de aquella factura, la del abanderamiento, contenía un muy alto precio a pagar.
La loca carrera de la vida, que siempre deja arrinconados en la cuneta, había generado otras víctimas. La cuadrilla de Jabo al completo no había sobrevivido a la muerte del sargento Oleiros. Después del atentado, uno más de los ciento treinta y tres de 1980, los niños habían dejado de venir a su casa. A pesar de estar en el casco viejo. Aun a pesar de los retratos de presos o fugados en las paredes del Txindoki, de los homenajes, de la hucha para la causa que su padre mantenía siempre llena sobre la barra.
Pocos meses después, el día que Jabo cumplía diez años, solamente se presentó en la casa uno de los amigos de siempre. Después de todo aquello, aún hubo una vez más: la última vez que pudo juntarlos fue el día que enterraron al viejo Jabo Azpilcueta Iribarren, dueño del café Txindoki, en Atxuri alto. La misma barra bajo la que se escondía Aingeru cuando su padre le pegaba sirvió de altar en el acto de despedida, conscientes de que aquella era la última vez.
Por eso Maite se había propuesto, como miembro femenino nunca admitido en el grupo, pero siempre presente, conseguir juntarlos. Hacía lo posible para que el encuentro tuviera lugar. Poco a poco, llegó a la conclusión de que ese reencuentro solo se podría producir en tierra de nadie. En medio, entre las trincheras. En ese lugar extranjero donde el abanderamiento baja de octanaje. Y para que se produjera en ese lugar, además, había que estar dispuesto a ir. Y él lo estaba, aun asumiendo que lo que uno hallará entre las trincheras enfrentadas serán solamente agujeros, obuses sin explotar y cuerpos de valientes que se levantaron y salieron por eso mismo, por valientes. Otros, tal vez, por puro y simple hartazgo.
Pocas eran las ocasiones que le quedaban ya de ver a sus amigos de Atxuri de la época del bar de su padre. Todos compañeros del colegio, hoy dos de ellos en la directiva del Athletic. Siempre amigos, pero jamás un txikito en el casco viejo ni una llamada. De ahí pasaron a evitar el saludo o a hacerlo en la distancia. Al volver de la academia, lo único que quedaba ya de aquello eran las fotos que guardaba en su álbum personal. Aparte de eso, quizá un adiós insinuado en las tascas del casco de una tarde de poteo o alguna vez mirándose de lejos paseando por Somorrostro. Ellos lo entendían. Azpilcueta no.
Ocho años después de que Oleiros muriera junto a la barra del Txindoki, con la mayoría de edad y el instituto terminado, Jabo descubrió que había estado agazapado durante demasiado tiempo ya como para no tomar un rumbo. Ya había escuchado a muchos gritar que la muerte de los txakurras hacía a su país un sitio mejor. El idiota, callado y observando las fotos de la taberna Txindoki, decidió una mañana prender fuego a su pasado y a su futuro. Ninguno de ellos estaba allí cuando su padre le daba aquellas palizas. A ninguno de ellos se había oído. El único que había levantado la voz ante los golpes de su padre había sido Oleiros, un guardia civil gallego. Si su país se había hecho un sitio mejor sin el sargento, era él quien ahora quería levantar la voz para que su país no se convirtiera en un lugar de supervivientes que no se saludaban. Y tomó partido.
Málaga oeste
12 de julio de 2003
8:00 h.
Erik llamó temprano por la mañana. Tanto que Azpilcueta estaba todavía acostado, pues nada había en aquella mañana malagueña que lo urgiera a levantarse. Amaya escuchó a Azpilcueta asentir un par de veces y pactar una visita para las nueve y media, otra vez en su casa de Rincón.
El piso de alquiler de Amaya estaba bien. Cerca del parque del Oeste, tenía una habitación de sobra que Azpilcueta no pudo rechazar, a instancias del anfitrión y del propio comandante Valeiras, y que aceptó dado que el verano, en marcha a toda vela, no habría facilitado encontrar un sitio a esa hora de la noche, después de un par de copas y el norte como tema de fondo en la banda sonora. Amaya se presentó en la habitación sin falta justo después de la llamada.
—Toc, toc. Una toalla, mi teniente. Ya sabes dónde está el baño. Yo termino de afeitarme y pongo el café. Tres minutos.
Resolución, eficacia. Nuevas entradas en el registro.
—¿Con leche o solo?
—¿Sería posible tomar té, Emilio?
—Verde, rojo y negro. No te preocupes por la cama, que ya la arreglo yo.
En la mesita de la cocina tomaron unas tostadas con aceite de oliva de Antequera y el comedido teniente Azpilcueta, mientras tomaba ese té negro, protestó ante la abrumadora acogida del anfitrión. Se propusieron no ser una carga el uno para el otro.
—Yo saco las sábanas y arreglo la cama que he usado y te prometo no darte la mañana con el belga ni cargar conmigo otra noche…
—Pues prefiero que me la des, Jabo. Seguramente usarás las sábanas también esta noche, con lo cual sí que serías una carga usándome dos juegos de sábanas.
Quince minutos más tarde, a las ocho y media, Azpilcueta cargaba la maleta en el C4, a pesar de la insistencia de Amaya.
—Más te habría valido dejar esto arriba, mi teniente. He visto que traes una maleta muy grande para estar un rato aquí, en Málaga.
Jesús mío. Primero Maite y ahora Emilio.
Llegaron a Rincón con tiempo de sobra. Amaya decidió aparcar frente a la playa. Se le ocurrió que podían dar un paseo hasta la hora acordada. Había una brisa deliciosa y fresca, ideal para bajar el desayuno. Rincón mostraba su aspecto más veraniego, lleno de paseantes con la única expectativa de empezar un día que prometiera llegar a su fin de la misma manera que dio comienzo. Cualquier desvío en esa expectativa iría en detrimento de la proverbial calidad turística hispana. Y le dio por pensar que a lo mejor llegaba un día en que tanta bonanza, tanta calma matinera a esa temperaturas dulces harían que un día fueran tantos los que quieran venir a vivirlas que tal vez podríamos morir de éxito. Azpilcueta reconocía que a ese devenir se consagraba nuestra milenaria propuesta vital. Igual al norte que al sur, de Algeciras a Estambul, que cantaba Serrat, el Mediterráneo vive con una luz que compran con tanto éxito quienes solamente han nacido para trabajar. Y, al fin, quizá no hemos aprendido que trabajar en España para los que quieren venir a descansar de su trabajo es consolarnos con el desconsuelo. Cuánta razón, don Miguel de Unamuno.
Media hora de desconsuelo después, la señorita Rottenmeier les abrió la puerta. Nuria también los saludó con una sonrisa mejor que la de ayer desde el balcón que volaba justo por encima de las escaleras del taller. Dentro, Erik daba unas pinceladas a una copia del Raquel Meller, de Sorolla. A mitad de escaleras, la imagen de Erik, la melena blanca sobre los hombros, se ofrecía cándida para montar toda una postal de las que Jabo solía disfrutar en solitario. Por fin, rompiendo un silencio que parecía sólidamente instalado en el lugar, el abuelo se dio la vuelta para saludar.
—Hola. Mira, Jabo. ¿Desde ahí me sabrías decir si esa Raquel es la buena o es una copia?
—Me pides un imposible, abuelo. ¿De dónde la has sacado?
Erik miró alternativamente a Amaya y a Jabo. Luego se cercioró de que Nuria no estuviera oteando desde arriba de la escalera. Debajo del bigote había una sonrisa canalla. Empezó a bajar el tono de voz y parecía un chiquillo travieso confesando haberse comido el helado que quedaba.
—La encontré en casa de un amigo, en Madrid, que a su vez la había sacado de un local de ambiente gay en los años cuarenta. Se llamaba el Violetas Imperiales, en la calle Carretas.
—¿Es…?
—Adivina dónde está la buena. Resulta que una vez estuvieron a punto de quemar aquel local, Jabo. En el 48 o por ahí. Un aristócrata, se llamaba Jaime Dos Torres, la sacó y luego, mucho después, me la regaló, creyendo que era una simple copia. Al cabo de un tiempo llegué a decirle que no era una simple copia.
Otra mirada a lo alto de las escaleras.
—¿Y sabes qué hizo el tío? Se encogió de hombros y me dijo que quién sabe. Y que si me la había regalado, mía era. Desde entonces aquí la tengo. Cuando te cases será mi regalo de boda. Azpilcueta no sabía si quien había hablado era Erik el Belga o René, o quizá una versión con demencia senil de ambos, pero el bigote seguía sonriendo y los ojos también. Y sobre arte ninguno de los dos bromeaba nunca. Siguió, muy concentrado en lo que hacía, con lo más delicado del cuadro.
—Tengo noticias, Jabo. Me han llamado anoche. Dos.
—¿Dos? Caramba.
—Dos. Eso es más que un éxito. Yo mismo estoy sorprendido.
—Cuéntame, Erik. ¿Me puedes decir quiénes son?
Erik se abstuvo de contestar o es que tenía el oído pesado. En cualquier caso, de oficio le iba no responder a ese tipo de asuntos.
—El problema es que dos posibles interesados no son una buena noticia. Ya sabes, Jabo. El que se quede fuera del negocio puede tener un ataque de celos.
—Bien. ¿Qué te han dicho de la valoración?
—Yo les he dicho que un pieza así, pues unos ciento cincuenta mil. Quizá doscientos mil si tuviéramos papeles.
—Las denuncias de robo suelen incluir documentos que sirven para datación y autentificación. Traigo conmigo copia de todo lo que tenemos de entonces.
René torció un gesto de desaprobación. Los papeles, en su oficio, se podían convertir rápidamente en un problema.
—Que no parezca muy policial, por favor.
—No, no te preocupes. Aquí no hay nada que huela a picolicie. Son documentos del monasterio. Suelen tener más cosas que en las iglesias parroquiales, más registros y sus propias bibliotecas llenas de información.
Tras echar un vistazo a los papeles, el abuelo esbozaba una leve sonrisa, quizá por la evocación de tiempos pasados, quizá por hallarse ante un alumno aventajado. Al terminar, dijo sentencioso:
—Caramba. Mi teniente Azpilcueta tiene ya… enjundia. —Y decoró la palabra con sus manos, haciendo un gesto de hervor y florecimiento. En las manos de Erik el Belga, no dejaba de ser todo un halago.
Bilbao
Diciembre de 1980
—¿Todos indios, Aingeru? ¿Por?
—Porque hablan con los caballos. Eso me gusta. Me gusta que casi no lleven ropa. Son libres.
Aingeru, llamado así por preferencia propia, pero Jabo por decisión paterna, no deja de jugar con los indios mientras habla, sentado a la mesa del bar Txindoki. Marta acerca un café a Santiago Oleiros, cliente no grato del lugar.
—Pero escúchame una cosa, Aingeru: en las películas los indios se pelean mucho con los vaqueros.
—Sí. Se pelean porque los quieren dominar. Lo vi en una película que se llama Un hombre llamado caballo. Mi amatxo me llevó a verla.
Jabo Azpilcueta mira de soslayo desde la mesa donde se sienta a leer el periódico después de comer.
—¿Y este? Veo que has escogido a uno que no es indio —razona el sargento Oleiros.
—Sí. He escogido un caballo. Esos sí que son libres, Santiago.
—Claro que son libres. Ya ves. Pero yo digo el vaquero.
—Ese no es un vaquero.
—¿Ah, no?
—Ese es un sheriff. Mírale la estrella ahí. A ese lo he escogido porque no es libre. Tiene que hacer siempre el bien.
Rincón de la Victoria (Málaga)
12 de julio de 2003
Erik le sostiene la mirada desde detrás del atril donde pinta el Raquel Meller.
—Ahora, Jabo, cuéntame qué quieres hacer con esto.
—Nada que tú no hayas intuido ya, Erik. Tal y como te dejé caer por teléfono, sabes que ETA está ahora también en el negocio del arte. Ellos saben que se mueven con facilidad en terrenos ilegales y, desde 2001, buscan cualquier negocio que produzca dinero rápido y en cantidad.
—Y queréis meterles el San Virila para ver hasta dónde os conduce.
—Tú lo has dicho, René.
Erik chasqueó la lengua en señal de desaprobación. Bullían tal vez en su cabeza los viejos trucos, las mañas del oficio, las trampas y los desmanes en los que él mismo fue protagonista, tal vez mediador y muchas veces, las más, muñidor oficial.
—Pues ya te imaginas que lo primero es entender que esto no es fácil. Hay mucha gente nueva en el negocio y, con eso, ha aumentado la desconfianza, la necesidad de seguridad. Ya no es tan fácil moverse por dentro de las cortinas. Todo el mundo pide garantías y seguridades. Y no es divertido, Jabo. Juegan a la ruleta, pero quieren ganar siempre. Eso y el encanto del riesgo no casan.
Azpilcueta entendió que el belga estaba en modo operativo al cien por cien. Se le veía hablar rápido y con esa serenidad pasmosa que los años dan a los veteranos. Tan solo quedaba por ver si Nuria estaría en el mismo modo, allí arriba, con el oído sintonizado en la frecuencia del taller.
—¿Y qué os dice que ETA quiera volver a meterse con una figura quemada, que posiblemente ellos mismos perdieron ese día en el accidente que dices?
—Recuerda que no es algo de lo que estemos seguros. Esperamos que tu creatividad nos ayude un poco.
—A ver, Jabo. ¿De verdad le estás pidiendo a este abuelo que engañe a los de ETA? Yo ya no estoy en esas, teniente.
—No te pido que engañes tú a los de ETA. No les estás engañando porque el San Virila es bueno. Lo que queremos es meter la talla en el mercado sin perderla de vista y seguir el dinero para ver hasta dónde nos lleva.
El abuelo bufó dos veces. Esto va ya más allá de lo que su amor al arte le ha de fiar. Después de años en la parte limpia del mundo, incluso meapilas, el viejo René Van den Berghe, corazón frágil y muy diabético, se mostraba renuente. Azpilcueta no quería abrir la carpeta que guardaba bajo el brazo. Erik miraba hacia ella continuamente mientras hablaba.
—Ya sé, Jabo. No abras la carpeta. Ya he visto la foto antes.
El rostro de René tomó un aire más suplicante y vetusto. Mientras buscaba las palabras, juntó las manos y se aproximó a su alumno aventajado para hablarle en un susurro casi asmático por lo gutural de sus erres:
—Mira, Jabo. No quiero que Nuria me abandone. Es lo último que me puedo permitir ahora, y creo que lo sabes.
—No se me había ocurrido usar malas artes contigo, Erik. Este es un recado de mi comandante, por si no te veías con fuerzas.
—Tú y yo sabemos que ese retablo no fue un trabajo mío.
—Lo sé, porque me lo has explicado hace tiempo, pero la justicia dice que estabas allí y no como un testigo.
—Vale. Deja eso de lado y dime una cosa. Si hay que meterse y contactar con esa gente, ¿quién lo va a hacer?
Azpilcueta no quiso ir más allá de lo estrictamente necesario. De oficio le iba no contestar sobre ciertos asuntos.
—Imagina que yo mismo —dijo secamente.
Amaya abrió los ojos como platos. El amor al arte del picoleto vasco iba por delante, pero de ahí a entrar en la liga de campeones había un trecho. Erik sostuvo la mirada confiada de Azpilcueta durante unos larguísimos segundos que corroboraron lo dicho sobre la mesa. Al final, volvió a suspirar profundamente y, mientras se miraba las manos, dijo en voz baja:
—Pues lo primero es ver si el santo es bueno. Voy a tener que verlo, Jabo.
—Eso está hecho.
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