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EL CAMINANTE

Juan Ignacio González Montejano

Primera edición: noviembre de 2021

© Copyright de la obra: Juan Ignacio González Montejano

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-124212-4-8

Código ISBN digital: 978-84-124212-5-5

Depósito legal: B 15014-2021

Ilustración portada: Cristina Lamata

Corrección: Teresa Ponce

Maquetación: Cristina Lamata

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions

www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»

A mi madre, Josefa Montejano Moreno

DICHOS DE UN CORAZÓN DE DIAMANTE

¿Qué dedo me corto?, ¿de cuál me separo?, ¿cuál de mis frases sientes como tuya?, ¿cuál de mis dichos más te ha marcado?

Que si la zapatilla me quito y a dormir calentico, de comer hay comida o voy a hacer un recado.

¿Qué dedo me corto?, ¿de cuál me separo?

No hay una perra, como coja camino, no hagas eso que te, que te, mira a ver si tu padre vino.

¿Qué dedo me corto?, ¿de cuál me separo?, mis ocho almas, mis hijos, siempre estaréis a mi lado.

Frita como un chicharrón o porque lo dices tú, que si eres mujer o porque te lo digo yo.

¿Qué dedo me corto?, ¿de cuál me separo?

Prólogo

Y así resulta imposible llegar a resolver el enigma de cuándo se producirá el acontecimiento que lo cambiará todo, que dará inicio a esa chispa, a ese instante que te coloca en la verdadera casilla de salida, con el que se emprenderá un camino de no retorno que acabará tejiendo la historia de tu propia vida, de la vida de cada uno de nosotros.

Porque, al fin y al cabo, ¿qué conforma ese camino si no se trata de la distancia recorrida y que transcurre entre cada nueva experiencia?

Y durante todo ese trayecto, esa senda, ese camino, el tiempo que discurre es cambiante. Días afligidos y tristes se entrelazan con otros dichosos, y, a cada paso dado, amor, desamor, sosiego, dolor, desilusión, alegría, esperanza... Toda una amalgama de sentimientos y sensaciones variopintas que siempre serán parte de la mochila en ese extraordinario y efímero peregrinaje que simple y llanamente comporta la vida misma.

Esa vida que confluye ramificada junto a otros caminos, de ahí que cada decisión tomada o no, cada frase enunciada o callada, cada obra, cada acto omitido o llevado a cabo acabará teniendo repercusión y consecuencias que determinarán la dirección y devenir del resto de caminantes que coinciden a tu lado en algún punto.

De todo eso trata El caminante. De cómo tras la idea primigenia de buscar a alguien pueden llegar a descubrirse las casualidades e imprevistos más inverosímiles, los reencuentros más demenciales, las sorpresas más inusitadas... Todo mezclado en un entramado de mentiras, medias verdades, desgracias personales y superación, junto un final tan mordaz como insospechado.

CAPÍTULO 1

Duele, ¿verdad?

—Una ambulância, Tiago, pegue o telefone e peça ajuda, vamos lá!

—Companheiro, por Deus, volte! Você prometeu, Danilo e seu futuro depende de você, meu amigo!

—¡Vamos, abre los putos ojos! ¡Piensa en Danilo, tío, tienes que luchar!

A pesar del miedo y el agobio, esa poderosa y terrible angustia ―ante la que en mil ocasiones su amigo hizo alarde de afrontar con entereza e incluso indiferencia, llegando a rozar la locuacidad― no estaba siendo procesada con la misma mesura y templanza por parte de Joao, quien observaba aturdido a su vez como su amigo y compañero se desangraba a través de una herida infligida a escasos centímetros del corazón, causada por una bala disparada por parte del malnacido que instantes antes se la había dispensado de forma gratuita e inexplicable, sin mediar palabra alguna.

Hacía tiempo que el hombre que se encontraba postrado en el suelo frío de esa sucia y degradada callejuela había abandonado la idea de portar, como prenda indispensable para llevar a cabo su tarea, el chaleco antibalas que le proporcionaba protección y seguridad, esperando que por fin y de una vez por todas un proyectil o un trozo de metralla hiciese blanco en su cuerpo. Procediese de donde procediese, no haría culpable a nada ni a nadie de su trágico destino, daba igual que surgiera de fuego amigo u oponente. Y al fin parecía que había llegado el momento, ese dulce momento en el cual dejar de lado ese resquicio de monótona vida sin expectativa ni demanda de ilusión alguna para sí mismo, hastiado de ver tanto sufrimiento, decepcionado con la condición humana en su más amplio sentido.

La cámara fotográfica que instantes antes portaba en sus manos y con la cual capturaba todo tipo de detalles de los asentamientos y gentes de la favela Fazenda Coqueiro, una de las más extensas de Río de Janeiro, se encontraba a unos cinco metros de distancia. Arrojada en la vía pública ―el sustantivo de vía quedaba exagerado para dicho camino-senda entre chabolas―, el teleobjetivo se había partido por la mitad debido al brutal golpe al caer. El tiempo parecía haberse detenido, ralentizado, fluía extraño, transcurría de idéntica forma que si lo hiciese entre fotogramas, como si de un sueño a retales por partes se tratase.

—Ñao me foda, ñao me foda, vamos lá, volte agora!

Joao apretaba fuertemente la herida con un trozo roído de su camiseta de tirantes azul. A pesar de haberse visto envuelto involuntariamente en alguna que otra pelea en su Lisboa natal debido a los celos que ofuscaban a los enfurecidos novios de las chicas que se sentían atraídas por él, le violentaba cualquier tipo de circunstancia similar. Había tenido referencia de muertes violentas en las favelas brasileñas a través de algún reportaje dominical que la televisión portuguesa ofertaba en su programación semanal, pero ahora lo estaba viviendo en primera persona, el que ahora yacía en el suelo no era otro que su amigo y Joao era ante todo… hombre de paz.

Joao, hombre de complexión atlética, unos ciento noventa centímetros de fornida presencia, rozando los treinta y uno, bien llevados, muy bien llevados, piel agradecida color caoba, pelo moreno, rizado, labios gruesos y carnosos, ojos de un azul tan profundo que ejercían un influjo inquietante, entre admiración y sorpresa, no era de extrañar que tanto él como su malherido amigo fuesen asediados por parte de mujeres tan variopintas como bellas durante las noches frenéticas que se dispensaba en la zona del barrio Alto de la capital lisboeta y discotecas circundantes bajo el puente del Veinticinco de Abril. Se conocieron por primera vez en un club de ambiente africano con música en directo, un lugar donde se exaltaba el cóctel de mestizaje y fusión de composiciones y danzas de diversos países.

Joao era el hijo único de un prestigioso y acaudalado arquitecto de la capital portuguesa de nombre Adalberto Botelho, quien contrajo nupcias treinta años atrás con una bella y escultural mujer de Cabo Verde, Isla de Fogo, de nombre Cesária. Adalberto Botelho se había granjeado buenas e influyentes amistades entre empresarios y políticos de varios países. Con fama de hombre sosegado y seguro, embaucaba a conocidos y clientes mediando no poca dosis de confianza y buena gestión en cada edificación u obra llevada a término y que oportunamente publicitaba promocionando a su vez nuevas ejecuciones. Por el año 2005, entreviendo el más que factible auge económico de aquellas maravillosas islas icónicas que constituyen el archipiélago de Cabo Verde y habiéndose priorizado en la última década reformas ingentes y privatizaciones en el sector turístico ante la seguridad jurídica que recientemente se estaba instalando en el país, Adalberto aprovechó esta circunstancia haciendo valer su reputada fama para ganar muchísimo dinero a través de la construcción de varias cadenas hoteleras de renombre.

Mientras su padre acrecentaba el patrimonio familiar, Joao se formaba en la Universidad Técnica de Lisboa en Ingeniería Genética y Virología. Cualquiera diría que su propio genoma había sido manipulado sistemáticamente en una probeta mediante alguna metodología que finalmente y como consecuencia de ello aportó a cada una de las partes de su cuerpo su imponente aspecto. Era un poco cómico el ver como las chicas reían clamando que no hacía falta que se inventase que era licenciado en dicha disciplina, ya que con su porte sobraba para sentirse atraídas por él. No obstante, además de la licenciatura y tras años de carrera, había obtenido un doctorado mediante un estudio realizado en un laboratorio de Berlín en base a coincidencias sobre algunas mutaciones víricas, así como la elaboración preliminar y en pruebas de un fármaco susceptible de poder llegar a combatir la resistencia de algunos tipos de virus ―trabajo que nunca vio la luz toda vez que una empresa dedicada al sector de la farmacéutica se otorgó la titularidad de la investigación efectuando el desembolso de grandes emolumentos al laboratorio con la promesa de dar curso a dicho descubrimiento, si bien pasados ya varios años nada se sabía del mencionado fin, pues probablemente su verdadera intención fuera callarlo, ya que lo que siempre ha aportado pingues ingresos e ingentes cantidades de dinero no es otra cosa que la cronificación de las enfermedades―.

Joao no ansiaba dinero, había vivido gracias a su padre prácticamente en la opulencia, no deseaba reconocimiento, condescendencia o gratitud alguna, solo registrar su hallazgo y ponerlo desinteresadamente a disposición de todas las personas, de cada organización y estamento global, de cada empresa, ¿de quién…? Desde los albores de los tiempos la vanidad humana ha prevalecido sobre la caridad y la empatía ante el dolor y sufrimiento ajeno.

Dado que, hiciera lo que hiciera en el campo de la investigación, incluido conseguir una posible solución a varias dolencias, su trabajo sería siempre afanadamente enmudecido ante los oídos de aquejados y enfermos, dejó de transigir con todos y cada uno de los laboratorios por donde fue plasmando a su paso sus inquietudes y conclusiones.

Tiago había telefoneado con un viejo y obsoleto terminal a urgencias médicas, si bien una vez realizada la llamada y puesta en conocimiento la ubicación, zona alta de favela Fazenda Coqueiro, el interlocutor alegó la imposibilidad de mandar ayuda alguna, tenían instrucciones de que debían prestar asistencia siempre en compañía y con protección policial, no encontrándose disponible en ese momento ninguna dotación debido a unos altercados que se estaban ocasionando en la otra parte de la ciudad, a la vez que reyertas y detenciones en otras favelas de la inmensa urbe.

Tiago, resignado ante la adversidad, trasladó a Joao lo que le habían manifestado de forma aséptica, como si de un puto contestador se tratase, sin ápice alguno de interés.

Ese hombre, ese que yacía en la callejuela, expuesto, desvalido, indefenso, que inicialmente añoraba el fin de su existencia y que había ansiado que su muerte fuese precisamente de esta forma, abrió los ojos de repente…

—¡Joder, qué dolor! ¡Mierda! ¡Me cuesta respirar!

La ensoñación de una muerte rápida, dulce e indolora se había desvanecido de forma tan precipitada como igualmente rauda fue la bala en llegar hasta su dolorido cuerpo. Comprobó por sí mismo que dicho deseo no había sido otra cosa que figuraciones en su mente, parecía mentira, después de haber visto morir a tantos hombres, habiendo envidiado su trágico final, ahora él estaba comenzando a cambiar la bucólica opinión de aquel desenlace.

—No vas a hacerme esto, tío, no te voy a dejar hacerme esto. ¡Levanta!

Mediando en él mismo una inusitada fuerza, conminó a Tiago a que le ayudara con su amigo, para levantarlo en volandas del suelo mientras entre ambos obturaban la lesión.

Comenzaron a deambular de forma torpe e inconexa, Joao a la izquierda y Tiago a la derecha del maltrecho desventurado.

Cada escaso tramo recorrido era vigilado por parte de los moradores de cada chozo de favela Fazenda Coqueiro, si bien nadie intervenía, nadie parecía condolerse de aquellos sujetos que requerían auxilio a cada paso dado, amparo que no fue dispensado a pesar de aquellas miradas inertes en su expresión de todo atisbo de empatía.

Cuando parecía que estaba todo perdido y que de ninguna forma llegarían a tiempo a la zona baja del asentamiento, lugar donde podrían solicitar el traslado a algún centro facultativo, un hombre menudo, delgaducho, de pelo moreno a media melena, barba de varios días, pero bien cuidada, tez blanca algo amarillenta, pasados ya los cuarenta, con aspecto doliente y achacoso, se dirigió hasta los foráneos y les instó a que con premura introdujesen a su colega en la parte trasera de una furgoneta azul descolorida y oxidada, tipo pick-up, que bien podría definirse como una especie de tartano deteriorado, confeccionado pieza a pieza con partes de otros vehículos, siendo el rugir de su motor análogo al de una motosierra en apuros.

Subieron torpemente a su amigo a la furgoneta, en el mismo instante que súbitamente volvió a desvanecer…

—Acelere, amigo, ñao há tempo!

Transcurridos quince interminables minutos y tras callejear entre edificios y construcciones erigidas de forma absurda e incoherente en la colina, llegaron hasta la unión de una carretera que daba trayecto a una zona de la ciudad algo más desarrollada y a su vez segura, como si se tratase de la desembocadura de un afluente en su río principal que cursaba sus aguas hasta el mar.

De forma ininteligible, una ambulancia había llegado al mismo tiempo que ellos, como sincronizada, a ese trozo de asfalto esperanzador. Lo que desconocían tanto Joao como Tiago es que el piadoso conductor de ese destartalado vehículo había telefoneado instantes antes a un conocido, quien casualmente le debía el favor de haber encontrado trabajo como chófer de equipo de emergencia metropolitana por medio de su influencia. A su vez, el agraciado había requerido el favor de un enfermero amigo para que le acompañase a la práctica del traslado.

En el instante en el cual procedían a transferir al herido entre vehículos, este entreabrió nuevamente sus ojos. Viendo de forma desdibujada y confusa, extendió sus brazos y, dirigiéndose a quien cooperó de forma desinteresada bajándoles hasta la carretera en su pick-up, balbuceó…

—¡Ron! ¡Ron! ¡Eres tú! ¡Eres tú!

Tras lo cual se fundió nuevamente en una preocupante somnolencia debido a la extremada pérdida de sangre.

Antes de emprender el camino hacia el hospital más próximo, Joao interpeló al altruista individuo por su nombre, a lo que este alegó:

—Marcelo, meu nome é Marcelo.

—Obrigado, Marcelo.

CAPÍTULO 2

Tiempos de transformación

Montepardo de la Duquesa no era un pueblo al uso, emanaba cierto toque bucólico, campestre. En lo alto de un monte de exigua elevación se alzaban las ruinas de lo que en su día fue un enclave fortificado testigo de singulares momentos de la historia de España. Construido a fin de otorgar defensa y bastión ante el avance raudo y frenético de los sarracenos, había sido asediado y sitiado durante varios años hasta su caída final a manos de un general del califato de Córdoba.

Las murallas exteriores, altas y robustas en sus orígenes, debido al inexorable transcurso del tiempo habían dado paso a una especie de dispersos y escasos amontonamientos de piedra.

La parte central del castillo fue restaurado a mediados del siglo xviii por un conde residente en Madrid, que, prendado del paraje, procedió a la recuperación para sí de tan sobrecogedora ruina, conminando a la que era su esposa a realizar un cambio de residencia desde la capital del reino hasta dicha ubicación.

De todo aquel despropósito surgió finalmente la denominación del pueblo: Montepardo de la Duquesa. Las definiciones de monte y de duquesa eran inherentes a la vista y a la historia del lugar, a la vez que el color parduzco le fue otorgado por parte de sus habitantes recurriendo a la tonalidad de las inmediaciones de la loma en la que se asentaba el poblado y su castillo.

A escasos metros de las ruinas, junto a una atalaya de vigilancia igualmente semiderruida, se encontraba una laguna de escasa profundidad, cenagosa, y a la cual se le atribuían ciertas propiedades de mejoría y curación respecto a algunas enfermedades reumatoides.

La vegetación circundante estaba formada por pinos e innumerables carrascas, si bien existía en dicho lugar un árbol al que todo el mundo se refería con el sobrenombre de Máximo, debido a su imponente altura y proporción. Máximo era un cedro procedente del Atlas marroquí cuya edad se había datado en unos trescientos cincuenta años. Casi con toda probabilidad pudiera haber sido plantado por algún nostálgico en rememoración de los tiempos en los cuales aquellas tierras habían formado parte de una cultura musulmana, como reflejo de lo que en su día fue tierra de antepasados.

El pueblo estaba formado por unos mil trescientos vecinos aproximadamente, y entre ellos había un grupo de amigos que destacaban sobre los demás por su locuacidad y simpatía: se hacían llamar los Volaos. Integrantes de aquel grupo tan heterogéneo eran Julio, José, Alberto, Laura y Alicia.

Julio era el hijo del por entonces alcalde de la localidad. Estudiante que acababa de comenzar el Curso de Orientación Universitaria sin tener determinada todavía la rama que más se acercaba a sus expectativas académicas, era alto, esparragado, de pelo moreno y unos ojos verdes que causaban animadversión en todos los otros chicos de los pueblos cercanos y admiración y deseo en las féminas. Hablaba un casi perfecto inglés, toda vez que su padre, Julián el alcalde, debido a ser hombre inquieto y bohemio había estado viajando por toda Europa y residido cinco años en Londres, donde conoció a Erin, la cual quedó locamente enamorada de este e inició un exilio voluntario hacia España para instalarse definitivamente en Montepardo de la Duquesa junto al padre de Julio, estableciéndose como nuevos propietarios de una tienda de comestibles. Si bien inicialmente no habían gozado de buen nombre entre los pobladores por no haber nacido en la localidad, con el paso del tiempo los reticentes vecinos les fueron conociendo y otorgando su plena confianza, fidelizándose como sus nuevos clientes y a la postre eligiendo de alcalde a Julián una década después de su llegada.

La antítesis de guapo era su mejor amigo, José, aunque por su carácter bonachón y el léxico del lugar era llamado por sus colegas con el sobrenombre de Josico. Entrado ya en kilos, de pelo moreno, ojos pardos y nariz achatada, era hijo de María y Manolo, único panadero de la población ―hombre afable y simpático, aunque sus problemas dorsales habían mermado un poco su ángel―. Discutir con Josico era simplemente una quimera, no daba pie a iniciar una disputa. Si él era el aludido por algún desprecio o alguna palabra malsonante o insulto, él mismo zanjaba el asunto con un «será como tú dices», «ea», «no lo pongo en duda», «llevas razón» o un concluyente «no ni ná».

Alberto era un bala perdida. Su padre, José Martínez, al que todos llamaban Pepe, era un empresario dedicado a la manufacturación textil que, a través de una imponente fábrica denominada PM ―haciendo referencia a las siglas de su filiación― y ubicada a las afueras, daba trabajo a buena parte de los habitantes de Montepardo de la Duquesa. La mujer de este, de nombre Arabela, era oriunda del norte de España, algún año menor que él, físicamente bastante llamativa, de muy buena planta, si bien de carácter algo introvertido y distante con el resto de vecinos.

Alberto, físicamente, no así en la personalidad, era el fiel reflejo de su progenitora. Aunque de natural era rubio, rara era la semana que no teñía su cabello de color distinto, unas veces moreno, otras pelirrojo, otras de distintos colores; eso sí, sus cejas siempre seguían siendo rubias, de ahí las risotadas que le dedicaban el resto de jóvenes y chiquillos del lugar. No tenía para nada mala fisionomía, y hacía ya años que, debido a su amaneramiento, sus amigos ya habían intuido cuál iba a ser su orientación sexual. Siempre manifestaba que en un futuro no muy lejano sería un importante modisto del país, y la fábrica de prendas de su padre no hacía otra cosa que facilitarle un lugar donde refugiarse para así poder practicar en momentos fugaces con algunas de sus evocaciones de diseño, con patrones inusualmente atrevidos para la época que por entonces se vivía.

Laura era una chica indescriptiblemente bella para su edad. De pelo castaño, liso y muy largo, en su cara se disponían aquellos ojos redondos y enormes de color azul y se le marcaban unas pequeñas pecas en sus mejillas que no hacían otra cosa que realzar todavía más si cabe su exuberante hermosura. Cuando se encontraba superando la adolescencia ya aparentaba ser una mujer hecha. Su padre había muerto prematuramente debido a una enfermedad coronaria, extremo que en ningún momento le hizo replantearse al buen hombre que debía dejar de fumar para por lo menos menguar la posibilidad de abandonar este mundo de forma tan precipitada. Su madre, Pilar, la cual había enviudado cuando ella tendría apenas cuatro años, era maestra en el colegio y con el paso del tiempo se convirtió en la actual directora. Laura siempre había idealizado la fuerza, tenacidad e imagen de su progenitora, siendo su deseo el comenzar los estudios de magisterio y emular dicho empleo. Estaba locamente enamorada de Julio y este parecía corresponderle.

Por último, estaba Alicia. ¿Qué decir de esta criatura? Alicia era una chica menuda, de pelo moreno siempre recogido en coleta y aspecto normalito, ni fea ni guapa. Vestía de forma poco femenina, sus amigos no recordaban haberla visto jamás portando una falda o vestido, y ante todo era una escritora en potencia, analizaba cada vivencia, cada instante, cada frase, escrutando cuidadosamente cualquier detalle que pudiese aportarle algún argumento para sus obras, las cuales eran publicadas y publicitadas para muy pocas personas en el colegio del municipio mediando la inestimable colaboración de su amiga Laura junto a la madre de esta, la directora del centro educativo. Alicia era la hija de Adelina, una mujer extrovertida y cercana que años atrás se instaló en el pueblo accediendo no sin poca fortuna a la única plaza de auxiliar administrativo que por aquel año se promocionó en el Ayuntamiento de Montepardo de la Duquesa y que se dedicaba a la intendencia y administración de la oficina del Consistorio realizando labores acordes a las de secretaría sin llegar a ostentar el cargo. Madre soltera, madre abnegada, madre de Alicia.

CAPÍTULO 3

El despertar

—¡Por fin! Tío, te daba por perdido. ¿Cómo te encuentras? Cinco días adormecido te has tirado, ahora parece que razonas.

—Bien, dolorido y con la boca seca. Anda, dame agua.

—No puedo darte agua, mójate un poco los labios. Toma, pero no bebas, lo ha dicho el doctor.

—¿Qué mierda pasó? Estaba haciendo una foto a un balcón de la favela y noté un dolor jodidamente seco en el hombro izquierdo.

—¿No recuerdas? Un loco con un pañuelo que le cubría la cara te encañonó con una pistola a escasos tres metros y te disparó por la espalda, a la altura del corazón. No dijo nada, solo se acercó, disparó y se alejó caminando tranquilamente, sin mirar atrás ni un instante.

—Joao, incorpórame un poco.

La habitación del hospital donde le habían trasladado era cutre ―paredes rozando lo grisáceo, a lo sumo de unos siete u ocho metros cuadrados―, pero al menos había una pequeña ventana por donde entraba la luz del sol y estaba solo, salvo por la compañía de Joao, quien, recostado en una especie de sillón roto, no se había separado de la habitación excepto para poder degustar algún que otro bocadillo y café de un bar cercano mientras Tiago le suplía en la vigilancia.

—Cuando me subisteis a la ambulancia pude ver a una persona, un hombre al que conozco.

—¿Te refieres al hombre que desinteresadamente nos bajó de favela Fazenda Coqueiro? Nos ayudó a subirte a su furgoneta y bajó a toda prisa por las callejuelas. Por su forma de conducir, conocía cada esquina, cada punto exacto de ese maldito lugar. A Tiago le hubiese costado el doble de tiempo bajarnos. Según indicó el cirujano, cinco minutos más y no lo cuentas. Pero... ¿qué estás diciendo, que lo conoces? ¿De qué…?

Joao era su amigo, su compañero de viaje y de aventuras, pero no podía revelarle la razón por la cual había manifestado ante él que dicho rostro le era familiar, no le creería o de hacerlo pensaría que se encontraba bajo los efectos de los analgésicos.

—De nada, qué tontería acabo de decir, supongo que estaría atolondrado por las circunstancias y la herida. Déjalo, en serio.

Joao frunció el ceño, no era la primera vez que su amigo le mentía, y su actitud balbuceante denotaba que no le estaba diciendo toda la verdad. Aun así lo dejó estar.

—Descansa, tienes que recuperarte. Los doctores no se explican todavía cómo la lesión no te afectó al corazón ni a la columna, podrías incluso haber quedado tetrapléjico por escasos centímetros. Además, la policía ya nos tomó declaración a Tiago y a mí sobre lo ocurrido, y ya te adelanto que, debido a los pocos datos que pudimos facilitarles sobre las características físicas de ese cabrón, nos indicaron que va a resultar prácticamente imposible detener al autor del disparo.

—Tranquilo, Joao, te agradezco lo que has hecho por mí, no te preocupes.

—De acuerdo, de nada, tú lo habrías hecho por mí, pero a partir de ahora, si te veo sin el chaleco antibalas debajo de la camiseta, te daré un puñetazo en la cara.

Ambos rieron, todavía de forma asustadiza y contenida, pero él y solo él sabía que la cara del buen samaritano que accedió a ayudarle le era muy pero muy familiar.

Transcurrida una semana más se produjo el alta, previas advertencias facultativas de no ejercer actividad o esfuerzo de intensidad hasta que la lesión así lo permitiese, siéndole administrados unos fármacos para acelerar su recuperación.

Transcurridos unos días y tras reponerse en la habitación de su hotel ubicado en Praia de Botafogo, telefoneó a Joao y le conminó a encontrarse con él en un bar cercano cuyo nombre le propició una leve sonrisa.

No habían transcurrido ni treinta minutos, siendo aproximadamente las nueve y media de la mañana, cuando ya se encontraban tomando un café en un local llamado Obrigado Pelo Seu Dinheiro (gracias por tu dinero), donde comenzó de nuevo una conversación entre los tres que a Joao y Tiago no hizo ni ápice de gracia.

—Joao, voy a subir. Tú puedes quedarte aquí, no tienes por qué exponerte. Tengo que saber de la persona que me ayudó y no voy a cejar en mi empeño. Me da igual lo que digas, no acepto consejos ni mucho menos imposiciones de ti. Te quiero como a un hermano, pero es algo que sí o sí tengo que hacer, no lo entenderías.

—Tiago, aquí acaba tu contrato conmigo —dirigiéndose esta vez a quien había realizado todo ese tiempo el trámite de guiarle por aquellas callejuelas.

Le entregó un sobre que contenía cinco mil reales brasileños, equivalentes a unos mil euros según el cambio actualizado. Tiago, con mirada condescendiente y agradecida, lo abrazó, le deseó buena suerte y abandonó el establecimiento. Había sido un espléndido guía por las calles de Río de Janeiro, mostrando sus favelas y lugares más recónditos e inaccesibles a esos dos forasteros durante los dos meses que se prestó a ello a pesar de las discrepancias y reticencias de su mujer.

—¡Qué mierda dices! ¿Estás loco o te lo haces? No, definitivamente lo estás, eres un inconsciente. Te he seguido hasta aquí para dar conocimiento al mundo, para visibilizar la terrible expectativa y falta de futuro de las personas que malviven de forma inhóspita y cruel en las favelas, que se dirimen entre la droga y la miseria y una muerte temprana, para que de alguna forma tenga notoriedad tu proyecto, el proyecto de ayudar a los más desvalidos, a los niños de los orfanatos. Para eso hemos venido, ¿no? Para realizar unas fotos y alguna entrevista, no para morir. ¡No para eso, imbécil! Ni tampoco para ver como lo haces tú. Además, está ese crío... Danilo necesita de ti, lo sabes, si no le ayudas…

—¡Óyeme! Fuiste tú quien decidió emprender junto a mí esta aventura, no te forcé a ello, lo elegiste tú así. El plan inicial era que me acompañarías, luego yo haría lo propio junto a ti, viajando hasta el Amazonas por tu puñetera investigación de no sé qué mal que está aquejando a esas tribus alejadas del mundo civilizado y captando fotografías de tus logros a la hora de descubrir algún tipo de cura.

—Efectivamente, y llevamos todo el tiempo sin haber salido tan siquiera de esta urbe, donde, por cierto, casi te matan.

—Joao, entiende que…

—¡No, no sigas, cállate de una puta vez! Ibas a hacer el maldito reportaje, ayudar a Danilo como buenamente pudieras e irnos a otro lugar. Sí, a la puta selva, hay más personas que nos necesitan. Y con toda sinceridad, incluso me estoy replanteando volver a Lisboa y dejar aparcado el cometido que yo mismo me impuse, estoy pagando de mi propio bolsillo la ayuda que otros deberían dispensar a sus congéneres.

—¿Pagar?, ¿no querrás decir del bolsillo de tu padre? Y me lo dices así, sin más. ¿No te das cuenta que tanto tú como yo siempre huimos? No afrontamos los problemas, los miedos. Si algún proyecto ilusionante llama a la puerta, le das la espalda. ¿Qué creías, que con tu doctorado y las influencias de papá todas las farmacéuticas se postrarían a tus pies?, ¿que te harían entrega de la piedra filosofal?, ¿que te darían recursos ilimitados y hallarías la solución a cada enfermedad de este mundo? No te quejes tanto, no te he visto buscar alternativas ni hacer un mínimo esfuerzo por enfrentarte a esa carroña. La gente está esperando tu ayuda, y tú te refugias en un «es que no me dejan hacer», «no se puede luchar contra lo imposible»… Te aprecio mucho, pero a veces eres patético.

La cara de Joao, a pesar de su color caoba, se tornaba roja por momentos. A punto de explotar, estaba intentando contenerse, no vilipendiar a su amigo tal y como este acababa de hacer con él, pero se sentía ultrajado, herido en lo más profundo de su ser y ahora le tocaba exponer lo que pensaba y que había callado tanto tiempo.

—Mira, siempre supuse que algo terrible te había ocurrido, ya lo intuí la noche que nos conocimos. Tu forma de expresarte, la tristeza de tu mirada, me contaste todos y cada uno de los momentos que viviste como corresponsal de guerra y como reportero sin fronteras, cada muerte, cada vida sesgada, cada sonido, cada grito de dolor, todo se había quedado grabado en tu mente como si de una aflicción, una pesadumbre inexorable se tratase. Aun así sé que todo ello era la huida que emprendiste por algo que te pudo suceder años atrás, pero no me has hecho partícipe de ello, solo sé que has deseado morir. A pesar de las risas, de la diversión, de todos los buenos momentos, siempre has sido un puto loco. Crees dar lo mejor de ti a los que te rodean, pero en la soledad no eres más que una persona amargada, decaída, y no irradias esa luz que parece que te envuelve cuando portas tu mierda de cámara entre tus manos. Estás vacío, y me das mucha lástima.

—Bueno, ¿ves, amigo? Te ha costado, pero al final has vomitado todo lo que verdaderamente piensas sobre mí. Después de tantas vivencias, de tantos momentos, hemos tenido que tomar un café en un barezucho de una playa perdida y lejos de nuestra querida península para que ambos por fin nos sinceremos, un español y un portugués unidos por las desavenencias y por las casualidades de la vida.

Pagó las consumiciones, se levantó, dio un beso en la frente a Joao y le deseó lo mejor. Tras ello salió a la calle y desapareció entre los viandantes.

Joao se quedó quieto, inmóvil. Esperó unos minutos con la mirada perdida en el suelo del local antes de abandonarlo. No podía creer lo que acababa de decirle a su amigo, a su mejor amigo, a su camarada incondicional y leal compañía en los malos momentos. Apesadumbrado, se alejó para deambular pensativo por la fina arena de la playa, inmerso en tantos instantes compartidos, buenos, malos y peores.

CAPÍTULO 4

¿Un día cualquiera?

Ese caluroso 30 de agosto los chicos habían quedado a las siete de la tarde en la base del titán de madera apodado por el pueblo como Máximo a fin de determinar entre todos cómo podrían dirigirse a una población cercana que se encontraba disfrutando de las fiestas patronales. Si bien la distancia era relativamente escasa entre los dos puntos, debido a su edad ninguno de ellos se hallaba en posesión del carné de conducir, circunstancia por la cual solicitaron ayuda a Pacote, un chico mayor que ellos, de unos veintitrés años, buena gente, pero muy introvertido, quien ya ejercía su actividad laboral en la labranza y cuidado de las tierras de su padre y que desde hacía un tiempo atrás sufría por no verse correspondido por parte de Alicia.

Alicia en primera instancia mostró su disconformidad, pues seguramente no podría deshacerse de la insoportable presencia de su pretendiente en toda la noche, si bien, como quiera que Pacote era la única persona a la que podían interpelar por contar con el pertinente permiso y la vieja furgoneta de su padre, donde cabrían al menos ocho ocupantes ―siendo ellos ya un grupo integrado por cinco personas, era indispensable un vehículo de gran capacidad―, se llegó a la conclusión de que esa noche Paco, el aspirante a novio de Alicia, sería agraciado con convertirse en el improvisado chófer de los Volaos.

Así se conformó la estratagema y a las diez de la noche todos conminaron a Alicia para que en el interior del pub y de forma coqueta se aproximara a Pacote, quien se encontraba solo degustando una cerveza sin alcohol, y le expusiese la idea. Este hizo un gesto inequívoco de aprobación elevando el dedo pulgar de su mano derecha, cual emperador romano con el propósito de perdón de su deidad a los apenados gladiadores.

Alicia no era muy femenina, pero un poco de pintalabios, colorete y lápiz de ojos, que previamente Laura le había aplicado en su casa, parecían otorgarle dicho calificativo.

La furgoneta tenía un asiento de copiloto roído y desgastado en el que Alicia a regañadientes acomodó su trasero; atrás un sillón de tres plazas donde a continuación se adaptaron Julio, Laura y Josico, y un último compartimento en el que finalmente se repantigó Alberto ―esa noche su pelo era verde, parecía un duende salido de la frondosidad de la arboleda―.

A pesar de que el firme por donde viajaban estaba en aparente buen estado y la mayor parte del trayecto se encontraba con inexistencia de curva alguna, Pacote no superaba los sesenta por hora, hecho este que no pasó desapercibido a Josico, quien le presionó para que condujese con más premura. Pacote, aprovechando la infinita recta que recorrían, sacó el volante de su ubicación y se lo cedió a Josico...

—Tómalo tú, a ver si vas más rápido.

La cara de terror de los pasajeros del siniestro vehículo lo decía todo, Josico con el volante en sus manos solo atinaba a balbucear:

—Mae mía, mae mía.

El único que reía ante dicha tesitura era Julio, quien conocía de antemano que el volante de la furgoneta se extraía con facilidad debido a un problema mecánico que Pacote le había mencionado recientemente y que, colocado de nuevo en su lugar, seguía realizando la función de pilotaje.

Pacote puso de nuevo el volante en su posición inicial y todos exclamaron frases de agradecimiento, sumidos entre el pánico y la risa por la ocurrencia del conductor.

No habían transcurrido veinte minutos cuando ya se vislumbraban los destellos de las luces de una discoteca portátil que había sido instalada en una de las plazas del pueblo.

Estacionado el medio de transporte a las afueras, los seis caminaron hasta la plazuela donde concurría la juventud de esa y otras localidades próximas. Sonaban los éxitos del momento y otros pasados ―Modern Talking, Roxette, Depeche Mode―, y por supuesto el grupo preferido de Julio, que por esas fechas era muy influyente en el rock español: Héroes del Silencio.

Empezó a sonar Entre dos tierras. Julio creía que esa canción…, esa canción era el preludio de lo que sería su vida, no sabía por qué, pero así lo sentía…

Déjalo ya,

no seas membrillo y permite pasar.

Y si no piensas echar atrás,

tienes mucho barro que tragar.

Déjame,

que yo no tengo la culpa de verte caer,

si yo no tengo la culpa de verte.

Entre dos tierras estás

y no dejas aire que respirar.

Varias chicas que se encontraban en la plaza, al percibir la presencia de Julio, quien ya era reconocido por ellas como el joven más guapo de la comarca, se aproximaron entre risas, empujando hacia él a una de las más tímidas, quien le preguntó por su nombre a pesar de saber fehacientemente cuál era de antemano.

A Laura parecía no importarle los intentos desmesurados de aquellas chicas por entablar conversación con su novio, es más, le otorgaba plena confianza; al igual que los celos en Julio no tenían cabida pese a constatar como ella era rodeada por todo un enjambre de testosterona.

Alberto iniciaba un frenético baile, idolatraba a un cantante de un grupo inglés, The Communards, e intentaba emular sus pasos, moviendo reiteradamente de forma compulsiva un brazo y otro al ritmo descompasado de sus caderas. Si a todo ello se le añadía la extravagancia del color verde de su pelo, bien pareciera que una enorme rana se encontraba dando saltos con la finalidad de cazar la innumerable cantidad de mosquitos que degustaban la dulce sangre de los allí presentes.

Josico había ido a por una ronda de cervezas a la barra y cuando regresaba con seis botellas, tres en cada una de sus manos, fue increpado por un grupo de exaltados niñatos, quienes, teniendo conocimiento de la amistad que le unía a Julio, siendo este por quien suspiraban todas las mozuelas de la zona, escupieron a sus pies.

—¡Rechoncho inútil! Pareces una patata, eres un puto perro igual que tus amigos. La única que se salva es Laurita, que está para mojar. Tú, feo y ridículo, pareces un tumor con patas, el espantajo amariconado de pelo verde parece un sapo salido de una charca y la loca marimacha esa viste como un tío y escribe gilipolleces. Además está el chulito de tu colega, ¿qué se cree, un sex-symbol? Gordo, pierde el culo y lárgate, que nos produces arcadas al verte.

Josico se acercó a quien parecía erigirse como el cabecilla de dicha turba y le espetó:

—Si tú lo dices, será así.

—¡No me jodas, excremento, que te llevas una hostia!

De no haber sido por la cercanía de Pacote, que se dirigía raudo a ayudar a Josico con las botellas que portaba, con toda probabilidad hubiese sido agredido, si bien ante la amenazante mirada del conductor de la furgoneta del averno dieron un paso atrás y se alejaron, pues era más que notoria y acreditada la fuerza de Pacote a la hora de repartir estopa en las reyertas ocasionales de los pueblos cercanos.

—¿Pasa algo con esos payasos?

—Qué va, Pacote, los tontuzos no dicen más que pamplinas, no hay problema.

—¿Seguro?

—No ni ná.

Esa última expresión hizo sonreír a un tímido Pacote, quien dio una palmada en la espalda de Josico haciéndole saber que le apreciaba, a su vez que Josico le emuló con una mueca de satisfacción.

La escena no había pasado desapercibida para Julio, con quien el resto de jóvenes parecían no querer llegar a una disputa por tratarse del hijo del alcalde de Montepardo de la Duquesa.

—¡Julio, Julio! ¿Dónde vas? ¡Espera!

No le dio tiempo a Laura a llegar hasta él cuando ya se había encarado con el más gallito del grupo.

—¡Repite lo que has dicho de nosotros, bacín!

Antes de que pudiera pestañear un puño a toda velocidad impactó en su frente haciéndole rodar por los suelos y siete u ocho chicos del pueblo le propinaban patadas y más patadas, ni tan siquiera se veía a Julio entre tantas extremidades que de forma virulenta se dirigían hacia su cuerpo.

Josico, al ver a Laura llorando y gritando en sentido a los agresores, corrió también en ayuda de su amigo. No había llegado hasta estos cuando tropezó y cayó a los pies de dicha infantería: los puntapiés y coces que el pobre se llevó hicieron que se desmayara. Y ahí fue cuando Pacote empezó a repartir cariño entre todos y cada uno de los contrincantes. ¡Qué hostiacina, de las que hacen época!…

Mientras, Alicia contenía a Laura para que dejara actuar a Pacote. ¿Qué podrían hacer ellas? Si acaso, recibir algún golpe perdido o de fuego amigo, así que esperaron el desenlace.

En menos de dos minutos la fuerza enemiga pedía clemencia debido a la inusitada furia de Pacote, que ante los ojos de Alicia esa noche había ganado muchos enteros, y ella decidió ofrecerle otra oportunidad para conocerle mejor.

Y mientras, ¿dónde se encontraba Alberto? Ese aspirante a modisto estaba bailando solo, en trance, a unos cincuenta metros de distancia, increíblemente no se había dado cuenta de nada.

—¿Qué ha pasado? —interpeló Josico tras despertar de su involuntario letargo.

Julio le indicó que gracias a su heroicidad los tobillos de los adversarios estarían doloridos unas semanas. Josico miró a Julio y le contestó:

—¡No ni ná!

Todos reían mientras solicitaban hielo a una camarera para así aminorar los efectos de la inflamación en la frente de Julio, en la cabeza de Josico y cómo no, en los puños de Pacote.

Recogieron a la rana enloquecida y se dispusieron a regresar a sus casas. Esta vez Josico no presionó a Pacote con la destreza y la ínfima velocidad en la conducción, Laura acariciaba la cara de Julio dando gracias por no haberse ocasionado una desgracia, Alicia sonreía furtivamente ante las miradas que le lanzaba Pacote mientras manejaba el trasto móvil y Alberto se había entregado en la parte trasera a los brazos de Morfeo.

Fue una noche extraña, pero que unió todavía más si cabe la íntima relación que mantenía ese grupo de amigos.

CAPÍTULO 5

El inicio de la subida

No sabía de qué forma iba a poder localizar al sujeto que vio cuando se encontraba semiinconsciente, y que de no haber sido por su auxilio bien pudiera haber pasado al mundo de las ánimas, pero tenía muy presente ese rostro a pesar de que lo retuvo en su retina no más de dos segundos. No sabía cómo llegar, no sabía a quién preguntar, no sabía si nuevamente se encontraría con ese despiadado criminal que sin muestra alguna de humanidad apretó el gatillo con intención de arrebatarle la vida, pero sí sabía que no iba a exponer a nadie más, no solicitaría nuevamente la ayuda de Tiago para hacer de guía y salvaguarda, no después de lo sucedido. Antes de emprender ese viaje, que podría ser el último, sentía la necesidad de ver a Danilo. Ese niño había causado una onda e imborrable impresión en sus adentros, le había devuelto por momentos las ganas de vivir.

Cogió la mochila, introdujo con cuidado la cámara fotográfica reparada el día anterior, teniendo que abonar una cantidad demasiado elevada para el daño que presentaba, pero no importaba, todavía tenía a buen recaudo una gran remesa de dinero debido a la gratificación obtenida por su último y fructífero trabajo y que facilitaba sufragarse cualquier acontecimiento inesperado. Metió, esta vez sí, el chaleco antibalas táctico, ligero, pero a la vez eficaz ante disparos de no muy elevado calibre, el cual en su día le fue entregado de forma furtiva en un vestuario por parte de un conocido, mando intermedio del Ejército de Tierra español, y tras ello se dispuso a tomar el maltrecho autobús que le llevaría a su encuentro con aquel chiquillo de apenas seis años recién cumplidos.

Tras apearse de la especie de guagua, escudriñó cada rincón, cada porción de esa desgastada y vieja calle. Ahí, a escasos veinte pasos, de forma solemne e impasible ante el paso de los años se hallaba el orfanato, a la falda de una prominente colina, desde la cual se podía distinguir la incipiente construcción de un muro que haría de línea de contención periférica de los moradores de la penuria y la indigencia, de los seres sin futuro, a la vez que realizaría la función de escudo y facilitaría el divorcio racial y de estatus entre personas. Pero ¿qué más daba? Nadie protestaba, nadie daba el paso, y el que de forma tibia daba cuenta de esa aberración y ponía tenuemente el grito en el cielo era acallado sutilmente mediando variados formatos ―bienes, dinero, amenazas...―, y así las pocas y endebles quejas de los ocupantes del infierno en ese pedazo de tierra inerte de porvenir eran desoídas o mitigadas por parte del poder de la fuerza estamental.

En fin, a escasa distancia de la iniciación de ese muro de las lamentaciones, junto a una tapia adornada de exóticos murales y grafitis ejecutados de forma anárquica, llevados a cabo plasmando más colores de los existentes en el arcoíris, se hallaba un edificio unido a una vieja iglesia carcomida por el paso del tiempo, austera en su contorno, tosca, lo que le otorgaba igualmente cierto carácter. En su ala izquierda, unidas ambas construcciones mediante un pórtico central, se encontraba la edificación que realizaba la función de hospedaje y residencia para una infinidad de inocentes criaturas, las cuales habían sido abandonadas a su suerte. Unos llegaban maltratados por sus progenitores, golpeados, sin cariño, sin compasión; otros por no tener sus padres nada que llevarse a la boca y la manutención serles denegada por selección natural, y otros pocos más eran entregados con la ilusión de que obtuviesen una vida mejor, alejada de la marginalidad, la pobreza y una muerte prematura entre bandas, droga y desesperanza. Ese lugar era dirigido de forma desinteresada por unas diez monjas clarisas, dos de ellas españolas, rondando la suma de sus edades casi el milenio. Se hacían cargo de nada más y nada menos que de unos doscientos niños cuyas edades oscilaban entre los tres o cuatro años y los doce ya avanzados. Al traspasar esa edad, esa terrible barrera, muchos de ellos abandonaban el cobijo y resguardo de esas maravillosas mujeres y desoyendo sus consejos se integraban en las bandas que conformaban todo tipo de delincuencia, convirtiéndose en pequeños camellos, ladrones, traficantes y gentuza de la misma índole o dándose a la prostitución por unos míseros reales. Buena parte de estos morían a los pocos meses de haber abandonado la protección de los muros del orfanato.

El deseo de los pequeñajos no era otro que el llegar a ser adoptados por alguna familia ―mejor si eran residentes en un país distinto―, sentirse apreciados y no como un estorbo al que hay que extirpar, experimentar el afecto, el apego de un hogar, recibir un abrazo cálido mientras una voz sosegada y unos ojos amables les proporcionaran el amor que nunca se les hubo otorgado. Ellos a cambio darían como pago hasta su propia alma.

Aporreó la puerta oxidada. Transcurrido cerca de un minuto, esta fue abierta de forma torpe por sor Caridad, una de las monjas españolas. A sus setenta y dos años aparentaba doblar esa edad. Era bajita, muy bajita, con la nariz respingona, cara alargada y más arrugas en la piel que estrellas en el cielo, pero con una ternura en su rostro que irradiaba tranquilidad. Su semblante se mostraba contrariado, no esperaban visita a esas horas, ya que los viernes a las once tenían misa junto a los niños y el padre Bosco en la iglesia adosada.

—Hola, guapetón, ¿qué haces por aquí a estas horas? Nos vamos ya para escuchar la liturgia y…

No dejó a esa maravillosa mujer terminar la frase.

—Lo siento, madre, es urgente, muy urgente, necesito ver a Danilo, tengo que preguntarle algo.

—No sé, mira, es que no va a llegar a tiempo, ya estábamos entrando a la iglesia. He vuelto yo a abrir la puerta acuciada por los golpes que dabas, pero…

—¡Por favor se lo pido, Caridad! Es vital para mí ver hoy y en este instante a Danilo.

—Veré lo que puedo hacer, pero no prometo nada. Don Bosco es muy estricto cuando se encuentra impartiendo la palabra de Dios y la fe cristiana, fe que por cierto desde hace tiempo te falta a ti.

—Sí, sí, madre, lleva razón. Por favor, si no fuera tan crucial, no se lo pediría.

—Espera aquí, tunante, voy a ver qué puedo hacer.

Si bien habían pasado tres escasos minutos, a él se le hicieron una eternidad. Allí estaba, ese niño, ese párvulo de seis años, pelo moreno y lacio, de mirada brillante, ojos verde albahaca, labios perfectamente definidos y simétricos, delgadito, bien podría hacerse pasar por su hijo debido a la similitud física tan sobresaliente.

Danilo hablaba español perfectamente, sor Caridad se había afanado en ello para así facilitar la posibilidad de ser de interés para parejas de habla hispana que no hubiesen podido procrear.

—Hola, Danilo, perdona por no haber venido estas semanas.

No quería ni deseaba informar a ese pequeñajo de que la razón que le había llevado a no asistir a sus reuniones convenidas cada par de días era el haberse encontrado más cerca del otro mundo ―caso de haberlo― que de este, pero tenía que verle.

—Es muy importante que me contestes una duda que me da vueltas y no me deja conciliar el sueño. Quiero que pienses detenidamente antes de contestar, ya que puede comprometer tu futuro y el mío.

Los ojos de Danilo se iluminaron, la sensación que rondaba su mente de que pudiera caber la eventualidad de que le mostrase su deseo de vivir junto a él se acrecentaba por momentos. Era una sensación muy linda a la vez que vertiginosa.

Miró a Danilo, tragó saliva, mucha saliva, se sintió mareado por momentos y no pudo articular palabra. Casi de forma refleja estuvo a punto de vomitar. Nunca, a pesar de tantos riesgos y exposiciones ante la muerte, creyendo en alguna de esas veces ver a la parca junto a él, jamás había estado tan angustiado. Volvió a mirar al niño, tras ello a sor Caridad, y abandonó a toda prisa el recinto. No miró atrás, no pudo, intentó girarse, volver, pero sus piernas no le dejaban, y se alejó.

Danilo casi en estado catatónico quedó inmóvil, con la expresión tan afligida que fue sor Caridad quien dejó caer dos lágrimas por sus vetustas mejillas al ver la desolación del pequeño. Entonces puso su mano derecha en su cabecita, se giraron y volvieron sobre sus pasos camino de la iglesia.

Ahí estaba él, maldiciéndose por no haberle dicho lo mucho que lo quería, la forma en que su mera presencia apaciguaba su ser y por no haber tenido la valentía de preguntar sin rodeos si podría haber llegado a aceptarle como padre. Pero sabía que tras subir de nuevo a lo alto de la colina había bastantes papeletas de que no volviese a bajar, o de hacerlo lo hiciese de una forma inerte. Y tal era su amor por Danilo que no soportaría que por su culpa este padeciese de nuevo el abandono de quien pudiese llegar a erigirse como su nueva familia. Aunque la idea principal era comunicarle su deseo de adoptarlo, en el último suspiro llegaron a su mente ideas recurrentes viéndose a sí mismo tirado en un callejón abandonado y a sor Caridad explicando a Danilo que él ya no volvería, causándole más dolor, sumando más pesar y aflicción al niño al que tanto idolatraba. Así que no por él, sino por el inconmensurable amor hacia Danilo, calló y se retiró con celeridad.

Se encontraba mirando desde la carretera la inclinación inicial de la colina, cuando se escuchó un silbido agudo y tras ello un gentilicio guasón muy familiar...

—¡Tú, españolito! ¿Crees que me puedes dejar aquí abajo mientras tú solito disfrutas de la aventura? De eso nada, makitruki.

Se giró y observó con deleite como Joao estaba ya junto a él y le daba una contundente palmadita en la espalda, para tras ello cubrir su mirada del sol con una de sus manos mientras que con la otra señalaba el camino a recorrer.

De nuevo juntos, unidos por una atracción enfermiza de ambos hacia lo arriesgado, hacia lo comprometido.

Aun así Joao insistió:

—Solo te lo preguntaré una vez más antes de subir: ¿por qué?, ¿cuál es la finalidad?

—No me creerías, pero tengo que hacerlo, te juro que es primordial para mí.

Joao realizó un gesto de aprobación y comenzaron a subir ante la ojeada continua de todos los que a su paso se iban encontrando.

CAPÍTULO 6

Distracción y promesas

Transcurridas varias semanas desde la contienda, circunstancia que acarreó severos castigos a cada uno de los integrantes del clan de los Volaos tras hacerse pública la noticia en Montepardo de la Duquesa, Josico había propuesto fijar el punto de reunión en las ruinas que en su día fueron inexorables defensas de la fortaleza. La primera en unirse a él fue Laura, haciéndose de rogar la llegada del resto de la manada. La joven, aprovechando la soledad que se encontraban disfrutando y sabiendo de la relación de apego que Josico mantenía con el que era su pareja, interpeló a Josico sobre la determinación y firmeza de Julio por su amor, requiriendo de forma nerviosa e inmediata una respuesta.

—Chica, parece mentira, no entiendo tu inseguridad. Julio te adora, no tiene hartura a la hora de hablar de ti. Me consume de lo repetitivo que se vuelve nombrándote: Laura hizo esto, Laura dijo aquello, Laura, Laura, Laura…

—¿De verdad?

Ella quería seguir oyendo todas y cada una de las sandeces por más ñoñas que fueran acerca de cómo Julio besaba el suelo por donde pisaba.

—¡No ni ná!

Se ruborizó ante tanto alago y ambos quedaron en el más absoluto mutismo. Esa situación incómoda duró poco, al momento ya se encontraba en el lugar Alberto y esta vez…

—¡No jodas! ¿Ahora de naranja? ¿Y esa cresta?

Josico y Laura tuvieron que retener la incipiente risa mordiéndose los labios, autoinfligiéndose dolor ante el avistamiento del peinado, una especie de penacho anaranjado sin tan siquiera haber cortado el resto de cabello por su zona lateral: parecía una versión ridícula de un punki descafeinado.

—¿Pero qué te has hecho, desgraciado?

Laura no pudo reprimir el cosquilleo insoportable de la carcajada, que finalmente emitió ante la pregunta de Josico, y los tres comenzaron a reír y reír durante un par de minutos, hasta que Alberto pudo recobrar la función del habla y exponer ante ellos la cruenta batalla con su cabellera.

—¡Calla, cabronías! He tenido que gastar dos botes de laca para poder ejecutar esta obra de arte, más luego otro de pintura en aerosol naranja para teñirme. No veas, mi padre creía que me había muerto en el baño. Primero el susto por la tardanza y luego el susto al verme. Mi madre ni me habla, y mi padre dice que hoy no ceno, que pique por ahí alguna semilla, ya que parezco una gallina enfermiza.

No había terminado de contarlo cuando de nuevo Josico llorando debido a las contracciones del regocijo exclamó:

—¡Me he meao!

Laura y Alberto miraron el pantalón de Josico, zona cremallera, y constataron la humedad que presentaba la prenda. No hubo tiempo ni remedio de autocontrol, al ver dicha tesitura Alberto no pudo reprimirse y se orinó encima imitando a Josico. De nuevo carcajadas. La escena surrealista duró unos minutos, hasta que, extasiados, se dejaron los tres caer en el césped y, cogidos de la mano, se quedaron mirando al cielo.

Alicia y Julio hicieron acto de presencia a la vez y, viendo a los tres que aguardaban su llegada, promulgaron al unísono que tenían manchados los pantalones. Tras relatar Laura lo acaecido instantes antes, explotaron todos a reír nuevamente en una algarabía risueña y festiva.

Tras una tregua a tanta convulsión cómica, Alicia cambió el tercio, comenzando el relato de una historia que había leído en una revista hacía escasos días. Venía a exponer, según una teoría de un reputado escritor y estudioso de lo anómalo y paranormal, que, bien en este mundo o en otros establecidos en universos paralelos u otra dimensión, se estaría produciendo la particularidad de la existencia de varias personas o seres con increíble similitud física, siendo prácticamente calcos de sí mismos, y que podría haber más de un doble, no descartándose la acción premeditada de una fuerza superior o extraterrestre. Fundamentaba esa afirmación en que en la antigüedad ya se hacía mención a ello en la mitología egipcia y griega, e incluso más recientemente, habiéndose dado el caso de humanos que habían sido testigos de tener ante sí la inquietante presencia de un ser idéntico a ellos, incluso en más cuantía, como si fuesen gemelos, trillizos o…

—¡O un equipo de futbol, no te jode! —respondió espontáneamente Josico ante los temerosos semblantes de los que escuchaban la inquietante narración.

—¿Os imagináis otro tarado como Alberto por ahí, con esos pelos?

La pregunta retórica lanzada al aire por Josico no fue contestada por nadie, no se le podía pasar por la cabeza a ninguno de ellos que un sujeto tan atípico pudiera tener un sosias danzando por ahí fuera.

Entonces Alberto miró a los ojos de Alicia, fijamente, intenso.

—¿Te imaginas que hay dos Pacotes para tu body?

Contuvieron de nuevo la risa. ¿Cuánto? Dos segundos.

Si bien para todo el grupo fue un puntazo la ocurrencia de Alberto, a Alicia no le empezaba a disgustar el pensamiento de tener a su lado a ese chico unos años mayor que ella. ¿Qué había de malo? Era bueno, comprensivo y sabía escuchar. Además, desde lo ocurrido la noche de la reyerta, le estaba empezando a remover un gusanillo por el estómago cada vez que lo veía de forma repentina deambulando por la calle.

—Vamos al interior del castillo —indicó Laura de forma imperativa.

Todos le siguieron, llegando hasta un arco agrietado escoltado por sendas torres ruinosas que daba acceso a lo que en su día pudo ser el patio de armas, la entrada del que fue un magnífico alcázar. Varios recintos se distribuían a un lado y a otro: caballerizas, una especie de celda… Todos y cada uno de los rincones de esa decadente y devastada edificación tenían un encanto especial, único.

—Ven por aquí... —susurró Julio.

Cogió de forma decidida la mano de Laura y ambos se separaron sigilosamente. Escondiéndose de la vista de sus amigos, comenzaron ambos a acariciarse la piel mientras sus labios parecían estar hechos como partes de un puzle que debía ser completado.

En ese momento Laura le prometió que siempre le amaría, y él, con la misma firmeza, prometió que siempre estaría a su lado, cada día, cada noche, hasta el final de su vida.

CAPÍTULO 7

Rememorando la primera noche

A medio camino, perdidos y sin referencias en ese laberinto, intentando encontrar a un desconocido en una especie de amalgama de chabolas, viviendas prefabricadas y chozas que a duras penas podrían contener el frío, el calor o la lluvia, y sin la ayuda indispensable de Tiago, se encontraban ya exasperados ante la aflicción que empezaba a reinar en sus cabezas atisbándose ya el nerviosismo, dado que cada pregunta dirigida a los residentes del barrio del averno, bien no era tenida en consideración, o arrojaba resultado infructuoso. Joao solicitó a su amigo sentarse en el suelo junto al quicio de una puerta oxidada con restos de color amarillo que daba entrada a lo que bien podría ser considerada como la morada del inframundo, para poder descansar del esfuerzo realizado en tan, hasta el momento, ineficaz pesquisa.

Portaba en el interior de su mochila el chaleco antibalas, pero no hizo ademán alguno de sacarlo y usarlo, a pesar de casi haber sucumbido al disparo de un total desconocido sin poder tan siquiera dilucidar el motivo que llevó al matón a proceder así.

Joao reprochó a su amigo el despropósito de no vestir el chaleco, ya que lo llevaba en el interior de esa especie de petate negro con asas. No obtuvo respuesta alguna.

—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? —interpeló Joao exhalando fuertemente, sin dar por sentado una réplica, pues habían mantenido esa conversación en innumerables ocasiones.

Hacía una semana que su supervisor le había notificado su despido en el laboratorio por no dejar de lado la investigación sobre mutaciones víricas y no haber aportado en fecha el estudio que se le requería y para el cual fue contratado sobre un hongo que se desarrollaba en determinados árboles frutales y terminaba secándolos, por lo que ya no era precisa su presencia en ese maldito país. Con su contrato finiquitado y recibida la gratificación por el tiempo empleado, había regresado a su Lisboa natal a una de las inconmensurables viviendas propiedad de su progenitor.

Se encontraba intentando mitigar los efectos de la incipiente depresión y para tal fin habían mediado ya unos cuatro whiskies on the rocks en uno de los establecimientos de moda denominado B.Leza. Sonaba una versión más actual y lenta de una canción de raíces africanas con la cual se daba notoriedad a la lucha contra el Apartheid de nombre Gimme hope Jo’anna cuando por la puerta del local entró un sujeto musculado, moreno y de ojos verdes que vestía un pantalón vaquero ajustado y un chaleco tipo Coronel Tapioca color beis con bolsillos dentro de los bolsillos y más bolsillos ―parecía una familia de bolsillos con cremalleras residentes en su mundo textil―.

Se dirigió a la barra y se sentó junto a Joao, a quien maravilló su enorme atractivo. Poseía ángel, estilo, pero su semblante era de pesar.

En fin, a Joao le hechizó su apariencia. Hacía muchos años que había hecho las paces con su torturada mente y había reconocido su homosexualidad ante sí mismo y ante su madre y amigos, quienes recibieron la noticia con la más absoluta indiferencia y normalidad al ser de sobra sabido por todos desde su adolescencia.

El guapo varón pidió una consumición en un irreconocible portugués.

—¿Español?

—Sí, mi acento portugués es de lo más exótico. Me manejo en otros idiomas, pero, ya ves, siendo una lengua prima hermana, se me atraganta un poquito.

—Ya he oído, ya. —Joao sonrió y preguntó nervioso—: ¿Te puedo invitar?

—Sí, acepto tu ofrecimiento. Además, veo que tu español es casi mejor incluso que el mío.

—Tanto no, pero yo también me manejo un poco con varios idiomas, es primordial para poder ejercer mi trabajo. Además, tampoco mi portugués es muy ortodoxo: mi madre es de Cabo Verde y allí se habla portugués con una mezcla casi impronunciable de criollo influenciado por una serie de lenguas africanas.

—Interesante. ¿A qué te dedicas?

—Soy ingeniero.

—Buena elección. ¿Ingeniero de caminos, agrícola, industrial...?

Joao sonreía de nuevo mientras solicitaba la misma bebida para su nuevo compañero nocturno. Aunque hubiese dado mucho más tiempo a su interlocutor, no habría adivinado su profesión.

—Soy ingeniero genético, ya sabes, ADN, enzimas, virus, bacterias…

—Ya, ya, complicado e interesante a la vez.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?, ¿que a qué me dedico? Lo mío no es tan monótono. ¡Perdona, no quería decir eso! Me refería a que es más trabajo de campo, de campo abierto.

—Déjame probar a mí. Por la ropa que llevas, diría… Mmm… ¿Arqueólogo?, ¿contratista?, ¿policía?, ¿militar?…

—Casi. Soy reportero, concretamente corresponsal de guerra. Me encuentro en Portugal por una reunión de negocios, me han ofrecido realizar un reportaje fotográfico sobre el estilo de vida en las favelas de Río de Janeiro. Droga, delincuencia, costumbres, marginalidad, esperanza…, ya sabes, y de paso sobre un orfanato y los niños que residen en él.

—¿En serio? ―No podía creer que ese tío pudiera jugarse la vida a fin de salir un instante fugaz en algún noticiario―. Haces reportajes y entrevistas a personas en países en conflicto, das visión a las injusticias, no está nada mal, pero que nada mal.

—Bueno, básicamente hago fotos, las cuales vendo al mejor postor, que estos a su vez vuelven a subastar entre las cadenas más interesadas en su adquisición. Y entre foto y foto, efectivamente, me expongo al entorno.

Lo que no se atrevía a participar a Joao era que dicha exposición era algunas veces casi suicida, como solicitando abiertamente su propia eutanasia programada, sin que, de forma milagrosa en muchas ocasiones o bien por la acción o intervención de un orden superior, fuese llevada a cabo. Más de una vez habían explotado morteros a escasos veinte metros. En dos ocasiones se había introducido en un camino minado en Afganistán. En la frontera que delimita Ucrania y Rusia, un francotirador disparó a su cabeza, impactando el proyectil tenuemente en el casco que llevaba puesto de manera inoperante, rozando su testa, precipitándose desde un segundo piso, que era el lugar donde se encontraba apostado realizando las fotografías. De ese altercado estuvo recuperándose unos cuantos meses. Milagrosamente, la herida de la cabeza fue el menor de los daños corporales ocasionados. Debido a la caída, sufrió la fractura de la tibia izquierda, así como de ambas muñecas y se clavó una costilla en la pleura derecha, si bien, prodigiosamente, sanó en tiempo récord.

Líbano, Irak, Mauritania, Sierra Leona, Nigeria, Yemen y una infinidad de países más. Fue testigo impertérrito de muertes, violaciones, tortura, hambre, desesperanza, tristeza y de la más deplorable deshumanización, de ahí parte de la expresión de su mirada, la cual pocos años atrás era vivaz y tibia.

—Fotos dices, bueno, tendrán que ser de calidad, entiendo que si no fuera así no te las comprarían.

—Ya ves, fotos, simples fotos.

Joao intuía que su nuevo amigo había sufrido de alguna forma que se escapaba a su entendimiento y que el mero hecho de verse involucrado, aunque fuera de forma testimonial, en guerras y desgracias ajenas acabaría por causar estragos en el espíritu de cualquier hombre.

Y la noche transcurrió plácida. La conversación se hizo amena, profunda y, como creían que no volverían a encontrarse, los dos se confesaron mutuamente sus deseos, sus anhelos, sus secretos... Qué más daba.

Lejos de ello, se reencontraron varias noches y días alternos de manera fortuita, bien de nuevo en el B.Leza, bien caminando por el barrio de Belem, Alfama u otros locales asentados en el alternativo barrio Alto de la capital portuguesa. Pareciera como si el destino jugase con ellos, como si este quisiese que los dos unieran su ventura o fatalidad, su fortuna o su estrella.

Y así, muy poco a poco se fue forjando una amistad inquebrantable.

Rara era la noche que no eran asaltados por todo tipo de chicas esplendorosas, juveniles, ávidas de sus respectivos cuerpos masculinos, con apetito de ser cortejadas, de sexo, y siempre dichos ofrecimientos eran sutilmente declinados.

Una noche, Joao, en actitud nerviosa procedió a comunicar a su camarada su orientación sexual, como razón por la cual no se mostraba interesado en la atracción que ejercía en las chicas ―jóvenes, adultas, maduras…―, a lo que el reportero respondió que desde el día que se conocieron ya vislumbraba la posibilidad y que eso pertenecía exclusivamente al ámbito de su intimidad.

Joao quedó laxo, liberado de nuevo, al igual que cuando se cercioró de que su madre y conocidos sabían de su supuesto secreto. Aunque era una idea que ni tenía que haber expuesto verbalmente, necesitaba formularla para evitar malos entendidos y confusiones cuando menos embarazosas.

—Vale, te doy las gracias por normalizar lo que por ende debe ser así y valoro tu mesura al expresarlo, pero ¿qué te lleva a ti a no desear a esas mujeres?, ¿eres…?

—No, Joao, no lo soy y, de serlo, tú serías mi primera opción. Aprecio tu franqueza, pero mi corazón hace tiempo que está jodido. De verdad, no sigas por ahí… Además, si algo necesito en esta etapa de mi vida es una amistad sincera como la tuya, nada más.

Joao se quedó mudo. Era uno de esos instantes que al mismo tiempo que enigmáticos resultaban incómodos, por lo que desde ese momento no volvió a sacar el tema que tanto pesar parecía causar a su colega.

CAPÍTULO 8

El transcurrir del tiempo

Habían pasado unos años, los amigos autodenominados Volaos seguían manteniendo firme su apego y cariño mutuo, unos con afección y necesidad de integración en ese grupo tan heterogéneo, otros con amor y deseo por alguno de sus integrantes.

En Alicia hacía tiempo que había prendido la llama del apego hacia Pacote, siendo aceptada por parte del resto la presencia de este último en todas y cada una de las reuniones y salidas.

Pacote bebía los aires por Alicia, y poco a poco fue sutilmente correspondido. Mientras, Alicia había empezado a escribir pequeños ensayos y relatos cortos. Era una narrativa muy personal con un toque misterioso, al mismo tiempo que muy pero muy amena para los escasos lectores que tenían el privilegio de acceder a esos manuscritos realizados de puño y letra ―que furtivamente Pacote fotocopiaba y repartía entre sus afines en el más absoluto secretismo―. La admiración de los pocos privilegiados que habían podido leer las obras de Alicia, entre los cuales igualmente se encontraban Laura, Julio, Josico y Alberto, fue lo que llevó a Pacote a dar el paso y, tras pensarlo detenidamente, de manera decidida procedió a mandar por correo certificado todos los textos terminados de Alicia a una editorial ubicada en Madrid, lo que despertó el interés de su responsable por conocer en primera persona a la autora de tan prodigiosas obras.

Una mañana soleada de un sábado primaveral, Pacote quedó con Alicia junto a la sombra proporcionada por Máximo.

—Hola, vida, estaba ayudando a mi madre con papeleo del Ayuntamiento. Me pidió que le asistiera con unos ficheros y por eso llego tarde. ¿Qué ocurre? ¿Y los demás? ¿Pasa algo?

—No, cariño, estoy solo yo porque…

Pacote desconocía si Alicia se tomaría con agrado la noticia que en breve iba a exponer o si podría infligirle algún tipo de contrariedad o desazón a su novia.

—Paco, ¿qué pasa? Me estás asustando.

Verás, las novelas que has escrito… son buenas, qué digo buenas, son excepcionales, les han gustado mucho a la pandilla.

—Ya me lo han dicho, Paco, incluso Laura me animó a emprender una carrera como escritora, pero lo hace por condescendencia, porque es una buena amiga.

—Ya, ya, pero es que son muy buenas.

—Paco, te conozco muy bien, estás muy nervioso y me estás poniendo a mí un poquitín alterada. ¿Qué ocurre? ¡Suéltalo ya!

—Verás, tus novelas no solo las han leído los colegas…

—¿Qué? Paco, por Dios, dime que no…

No le dio tiempo a terminar la frase cuando Pacote hizo el gesto inequívoco de la afirmación, bajando y subiendo la cabeza en prueba de que había acertado en sus predicciones.

—Paco, mi vida, mi amor, mi locura, mi… ¡Cabronazo!, ¡serás cabrón! Te dije…, no, os dije a todos que lo que yo escribo no podía salir de mi entorno más cercano, de mi gente, que solo son ensoñaciones de una pobre chica de pueblo que nunca obtendrán compensación ni recompensa. Solo escribo por placer, por mera y absoluta autocomplacencia, no para…, porque sé, en el fondo sé…

Alicia se quedó repentinamente muda.

—¿Qué sabes?

—Que no soy buena, Paco, que no soy buena escribiendo, o al menos eso creo. Y tú…, tú…, la persona que más quiero me traiciona y me avergüenza ante los demás. ¡No sé si podré perdonarte!

—Comprendido, te has expresado sinceramente, ahora me toca a mí. Sé que soy físicamente normalito y no excesivamente abierto y simpático. Trabajar el campo ha sido la única alternativa que he tenido, la escasa capacidad económica de mis padres no daba para ofrecerme la oportunidad de estudiar. No tenía expectativa de futuro, de amar ni ser amado. Pero llegas tú, me das la oportunidad de sentirme distinto, me otorgas confianza, me haces mejor, me apoyas y me quieres. Pues ahora me toca a mí devolver parte de lo recibido. Tú que siempre alardeas de mí ante tus amigos y al principio no habías caído ni en mi mera presencia cuando furtivamente babeaba por cada rincón de las calles que pisabas…

—Cariño, perdona, me he pasado y….

—¡Calla de una puñetera vez! Te quiero con mi alma, pero eres insegura y dependiente, no sé si porque nunca conociste a tu padre, no sé si porque has visto a tu madre luchar y luchar para sacarte adelante sin el apoyo de esa figura paternal, pero para mí y mi corto entender no solo escribes bien, sino que enamoras el alma de quien tiene la gran suerte de poder ojear tus obras, erizas la piel del espíritu. Son magníficas y van a venir a conocer a su autora.

—¿Qué? ¿Quién? ¿Quién quiere conocer mis obras, Paco?

—Un editor de Madrid viene esta tarde a instalarse un par de días en el hostal de la Mari. Le envié tus escritos y ha quedado prendado, quiere hablar contigo, probablemente te ofrezca un contrato para que escribas para él y además publicitar y comercializar las novelas que ya has finalizado.

—Cariño, no sé si besarte o matarte, no lo sé, de verdad…

Tras ello, Alicia se acercó a Pacote, rozó su frente con sus labios, bajando por su nariz, lentamente, y lo besó intensamente, con una pasión inusual para su destinatario.

Cuando hubo acabado el desenfreno, Pacote, exhausto, la miró fijamente.

—Eso sí, ponte una falda y suéltate el pelo, sé por un día algo más femenina, mi amor.

Aunque había sonado algo machista, no era ese el calificativo que podría describir a Paco.

—¡Te mato! ¡Definitivamente te mato!

Las notas de las evaluaciones de Julio eran mejores cada trimestre y se atisbaba un prometedor porvenir en la carrera que cursaba, no daba pie a duda alguna, y su esfuerzo no había sido mermado en absoluto por la relación amorosa que mantenía desde mucho tiempo atrás con Laura.

Su padre ya no era el alcalde de la población, habiéndose dado traslado del bastón de mando a otro vecino de Montepardo.

Laura, al igual que Julio, no quedaba atrás en la tarea y enfilaba el final universitario con unas puntuaciones que, de seguir así, le otorgarían la oportunidad de estar en posesión del título de magisterio, profesorado en EGB, para así poder opositar y concursar a alguna plaza que en el futuro pudiera quedar vacante en el pueblo que tanto le había dado, al igual que había hecho su madre, a la que ella idolatraba, como si se sintiera en deuda con sus raíces y con las generaciones venideras.

Alberto, animado por su padre, había cursado estudios sobre diseño de moda, si bien no había dejado de confeccionar todo tipo de ropa y complementos con identidad propia.

Como quiera que su padre había mantenido buenas y fructíferas relaciones comerciales a través de su fábrica textil con algunos empresarios relevantes de la capital y se había granjeado favores al solventar in extremis alguna que otra crisis en el sector evitando el desabastecimiento a sus clientes, consiguió mediante estos mecenas poner en contacto a Alberto con el afamado diseñador Amador del Sol. Su verdadero nombre era Amador Soriano Parreño, un tío excéntrico y singular, pero bastante jovial y cercano, adelantado a su tiempo. Había decidido tomar el sobrenombre del rey astro tras denotar que para triunfar necesitaba, además de buenas ideas y buen género para llevar a cabo sus proyectos, un alias contundente, con chispa. Amador del Sol, sin dudarlo un segundo, tras intuir el talento de Alberto lo llevó con él en calidad de becario aprendiz a su estudio de moda.

Hicieron buenas migas. Amador del Sol vestía de forma estrambótica, con largas túnicas multicolor con capuchas desorbitadas en relación al conjunto de la vestimenta, si bien era uno de los modistos más admirados en la pasarela Cibeles. Y a su lado, cómo no, Alberto con el pelo azul celeste y sus cejas rubias amarillo trigo.

Josico ayudaba en la panadería, interiorizando la forma de llevar a cabo cada enseñanza impartida desde que era un crío sobre las cantidades exactas de harina de fuerza, levadura, sal, agua y azúcar que debían mezclarse para parir a diario el mejor pan de la comarca, empleándose con tal pericia que llegaron a otorgarle el sobrenombre del Alquimista por la semejanza del color de ese pan con el oro, así como por el intenso olor y sabor que desprendía, un deleite para el olfato y el gusto de los clientes.

Además del buen trabajo ejecutado en la panadería, algo tendría que ver la masa madre con la que iniciaban el proceso y a la cual cincuenta años atrás el abuelo de Josico había dado vida propia, siendo alimentada casi a diario por parte del docto anciano y de su sagaz predecesor hasta que finalmente dicho secreto le fue revelado a Josico para que la mezcla siguiera aportando su puntito de acidez almibarada que tanto encandilaba a los clientes.

A Josico le encantaba su labor, no así el horario, eso de tener por obligada rutina la de levantarse a las cinco de la madrugada pesaba un poco en su ánimo, pero su compromiso con el negocio familiar era fuerte e inalterable.

Todos y cada uno de los miembros de los Volaos añoraban semanalmente la llegada del viernes para poder reencontrarse. Julio y Laura regresaban de sus estudios en la universidad; Alberto de la capital, tras el visto bueno de Amador del Sol; Josico, Alicia y Pacote esperaban impacientes ese momento en Montepardo de la Duquesa.

CAPÍTULO 9

Buscando a Marcelo

Joao dirigió la mirada nuevamente a su amigo y le invitó a que significara la razón por la cual era tan primordial para él intentar localizar al sujeto, al buen samaritano, del que únicamente sabían su nombre, Marcelo, siempre y cuando fuese esa su verdadera identidad. Además, no había que obviar la circunstancia de que un psicópata armado, al igual que otros tantos, se encontraba por la zona y que, de constatar que seguía con vida, podría verse abocado a tener que finalizar la tarea dejada a medias. El panorama era completado por pandilleros, drogadictos, críos que les seguían requiriéndoles algo de dinero o caramelos y una algarabía de perros asilvestrados que, más que parecer animales de compañía, parecían bestias luciferinas.

No hubo réplica, se miraron y con solo ese detalle ambos dieron por finalizado el pequeño descanso.

—¡Por favor, un hombre llamado Marcelo, sobre cuarenta y cinco años, delgado, pelo moreno, media melena, con barba y que pudiera estar enfermo!

Nadie atendía a sus demandas, si bien cientos de ojos acompañaban sus siluetas a cada paso dado, aunque dicha circunstancia no era nueva, ya lo habían vivido en sus carnes los días en que Tiago les orientaba por la zona.

Habían transcurrido ya tres horas desde el inicio de la andadura por ese lugar abandonado de la mano de Dios. Dando la misión prácticamente por estéril e infructuosa, a punto de desistir tras el inconmensurable esfuerzo realizado, un chico joven se acercó a Joao y le indicó en portugués que le acompañara.

Los dos, sin emitir ningún resquicio de desacuerdo fueron escoltando a su desinteresado guía.

Allí estaba, el mismo edificio decrépito y vetusto, el lugar preciso en el que se produjo el ataque del asesino morador de la barriada y que casi le cuesta la vida al amigo de Joao.

—É aquí, Marcelo mora naquela casa.

Tras esa afirmación, el chico emprendió la carrera cuesta abajo sin mirar hacia atrás. ¿Miedo? ¿Recelo? ¿Por qué se alejaba de manera tan rauda?…

Golpeó la puerta mediando unas leves patadas en la parte inferior, mohosa y corroída. Repitió la acción esta vez sin el beneplácito de Joao, quien estaba empezando a sentirse un poco angustiado por la profusa animación que comenzaba a amontonarse en torno a la entrada.

Una chica abrió la maltrecha puerta, bajita, de pelo moreno, corto y muy rizado, piel tan negra y brillante como el azabache, mirada asimétrica, ojituerta, y la nariz roma ―los dos agujeros nasales parecían nacerle prácticamente de la cara―. Con todo, vestía de forma elegante en comparación a la gente de por allí, que ya había formado diversos grupos en la mal llamada vía pública.

—O que você quer? Quem é você?

—Estamos procurando Marcelo. Meu amigo está vivo graças a ele e queremos agradecè-lo.

La chica sacó un terminal del bolsillo izquierdo de su pantalón y marcó un número. Tras unos susurros ininteligibles les instó a que la siguieran. Deambularon por una especie de pasillo desastrado de color anaranjado de unos quince metros de distancia del cual se ramificaban distintas habitaciones de forma laberíntica ―bien podría deducirse que cada recinto se comunicaba con otro y así sucesivamente― y que finalizaba en otra puerta aparentemente blindada y de un gran espesor.

La chica bizca silbó tres veces, a intervalos muy cortos, y dio dos golpes consecutivos en la puerta.

Una especie de mirilla cobró animación propia y tras verificar que la que se encontraba al otro lado era la antiestética persona, que acompañaba a dos sujetos, se oyó el ruido inquietante de varias cerraduras y cadenas.

La pesada puerta se abrió, esta vez lenta, pausada, calmosa, encontrándose en ese recinto la presencia de un hombre fuertemente armado: mantenía un AK47 en sus manos y en su cintura una pistola semiautomática.

—Venha agradecer Marcelo —alegó la mujer.

Esa especie de guerrillero bien vestido sonrió y solicitó la presencia de un tercero. Un hombre alto y musculado, con parecida indumentaria, peinado al estilo gánster italiano, exploró a los visitantes con un detector de metales alargado color negro, pasando el aparato pausadamente por sus cuerpos mientras emitía todo tipo de pitidos chirriantes e intermitentes, deteniéndose junto a las hebillas de las correas de cada pantalón y las decenas de bolsillos de los dos extraños. Tras ello revisó la mochila negra y sacó el chaleco antibalas y la cámara de fotos con su gran objetivo, la examinó cuidadosamente, volvió a introducir los objetos e indicó el sentido de la marcha que debían seguir.

El interior de ese recinto era recargado, abarrocado, adornadas las paredes con innumerables cuadros en cada una de las estancias. Picasso, Monet, Kandinsky, Renoir, Richter, Kiefer, Marlene Dumas… Cuadros de artistas clásicos más que conocidos y otros contemporáneos.

Cada apartado estaba decorado con antiguos complementos chinos, egipcios, griegos y romanos, así como otros actuales que daban un punto rompedor y variado a dicha linealidad.

—Qué buenas imitaciones, ¿verdad, Joao?

La conductora deforme pareció entender al amigo de Joao y rompió a reír a carcajadas. Daba miedo, esa turbadora risotada parecía la versión femenina de la terminación del vídeo musical Thriller, del cantante Michael Jackson.

Finalmente llegaron a un gran salón con cortinas de tela tupida que flanqueaban los cristales blindados que dejaban ver toda la colina, amueblado con dos grandes sofás de piel color rojo y una enorme mesa ovalada de madera de caoba donde por fin se encontraba Marcelo junto a cinco hombres igual de armados que el que les dio acceso un minuto antes.

Todos dirigieron la mirada hacia el esperpento de mujer, como solicitando a esta una razón por la cual había guiado a dos desconocidos hasta el sanctasanctórum de la vivienda sin haber esperado órdenes para hacerlo.

Joao anticipándose con la voz temblorosa alegó:

—Olá, Marcelo, este é meu colega espanhol e eu queria ver você agradecer por salvar sua vida.

Marcelo con semblante serio hizo un ademán inequívoco para que todos abandonaran el salón. La adefesio, los dos hombres de la entrada y los cinco que se encontraban despachando con Marcelo abandonaron la sala de inmediato. Después, señalando uno de los sofás, el anfitrión les invitó a sentarse.

—No hace falta que hables en portugués, hablo español perfectamente, mi madre era asturiana, tuvo la desgracia de enamorarse de uno de los hombres más despreciables de este país.

Dirigió ahora su mirada hacia Julio.

—¿Tú qué miras de esa manera? ¿Te gusto? Dile a tu amigo que está tentando su propia desgracia.

Marcelo ni tan siquiera permitía a ninguno de los vasallos a su cargo fijar su vista directamente en él sin una muestra inequívoca de beneplácito, y el acompañante de Joao estaba empezando a incomodar a esa figura que instantes antes de conocer había sido idealizada por parte de los dos foráneos.

No daba crédito, no era posible, pero sí, era él. No cabía duda, ¿o sí?

CAPÍTULO 10

Los disfraces y la noticia

Esa noche de sábado Alberto contactó con cada uno de los miembros de la tribu de los Volaos ―en la cual Pacote estaba ya totalmente integrado gracias a la relación amorosa que mantenía con Alicia― solicitándoles que a las nueve de la noche fuesen a la fábrica de textiles. Había pedido a su padre que, dado que era su cumpleaños, le otorgase el deseo de poder celebrar en dicha instalación de manufactura un pequeño convite junto a sus amigos para conmemorar su natalicio, lo que se resolvió de forma positiva para Alberto.

No habían llegado las nueve menos cinco de la noche cuando todos se encontraban a la puerta de la fábrica, alumbrada mediante dos farolas, una a cada lado de las respectivas esquinas frontales. Alberto, ataviado con un pijama de seda ocre y el cabello teñido de color verde, abrió las puertas correderas y facilitó el tránsito a los que impacientemente esperaban en la calle.

—Buenas noches, bienvenidos a mi mundo, esta noche será inolvidable para todos, espero me hayan agraciado con muchos y variados regalos.

—¡Mira que eres tonto! —le espetó Alicia ante tan absurdo recibimiento sin ya reparar siquiera en su nuevo y colorido pelaje.

—¡No ni ná! —concluyó Josico.

Entraron de forma ansiosa. A pesar de conocer a Alberto desde que eran unos niños, jamás habían accedido a la fábrica de ropa más famosa de la comarca, y eso que daba empleo a buena parte de la población de Montepardo de la Duquesa.

Montones de cajas empaquetadas, etiquetas, muchas, de todos los colores y formas, pantalones vaqueros, chinos, camisas de manga larga y corta, unas apiladas encima de las otras, superpuestas y colgadas en enormes perchas formadas por sendas bases triangulares y unidas por un largo resorte metálico, hilos, infinidad de estos, carretes y enormes bobinas de hilo y algún que otro patrón de costura en papel kraft, que igual valdrían para forrar paquetes, arrojados en el suelo de forma dispersa.

Los techos se encumbraban varias decenas de metros de forma monumental, y al final de la edificación se alzaba una oficina con cristales tintados, donde el padre de Alberto se dedicaba al abasto, logística y administración de la empresa.

—Jooooder, no me imaginaba que fuese tan grande, bueno, desde fuera lo parece, pero desde dentro es todavía más imponente si cabe.

—Ya ves, Julio, obra de mi padre, un grande.

Todos rieron el calificativo que Alberto concedía a su progenitor, un grande...

El padre de Alberto se encaprichó de la fábrica cuando era un joven emprendedor y apostó por invertir todo su dinero, ahorrado con muchísimo esfuerzo y conseguido como camarero en los por entonces exitosos locales nocturnos de Benidorm. La fábrica, que por entonces no era otra cosa que un depósito de cereales construido durante el inicio de la dictadura franquista, estaba cayéndose a trozos. La reformó, cediéndole más metros de una obra colindante que existía muchos años atrás, y elevó las paredes. No había transcurrido un año cuando inauguró el negocio con cuatro telas y retales procedentes de sus fugaces viajes a Portugal y Marruecos, mediando la inestimable colaboración de algunas mujeres del pueblo para confeccionar alguna que otra prenda y los consejos de unos pocos conocidos que se había granjeado en Benidorm dedicados al incipiente sector textil, sumados a los de un primo suyo que había sido un innovador. Se puede decir que Pepe fue un visionario, y a la vista estaba que, con el paso del tiempo, lo que al principio eran recelos y desconfianza se tornó admiración y agradecimiento por emplear a gran parte de los vecinos de la localidad devolviendo así el favor que en su día a él de forma condescendiente le fue dispensado.

Entraron a la oficina, donde uno a uno fueron depositando en una mesa rectangular los regalos con los que obsequiarían a su amigo cumpleañero.

—¡Tengo una sorpresa! —dijo Alberto señalando al mismo tiempo una caja de cartón de grandes dimensiones e invitando a los perplejos amigos a que mirasen en ella.

—¿Qué mierda es esto?

Pacote sacó de la gran caja un disfraz de burro junto a otro de gallina.

Cada disfraz tenía rotulado un nombre.

—Es mi cumpleaños y me tenéis que conceder el deseo, vamos a disfrazarnos, cenaremos, bailaremos y beberemos hasta que nos dé un espasmo.

Todos aceptaron de buena fe el reto lanzado por Alberto, y cada uno fue cogiendo su respectivo disfraz: Pacote de burro, Alicia de gallina, Julio de perro, Laura de gato, Josico de oso y Alberto lo que bien parecía un lagarto ―el pelo ya le servía como complemento―.

Fue al verse los unos a los otros cuando esa escena cómica arrojó el sumun de la felicidad, no podían aguantar tanta risa, tanta diversión, si bien cada indumentaria de bicho enfundada por la peña de los Volaos había sido detenidamente estudiada por Alberto según su mente retorcida y juguetona iba reflexionando sobre los rasgos de personalidad de sus conocidos.

A Pacote no le quedaba mal el traje de burro, toda vez que sus formas y modales no se adecuaban al resto de la pandilla. Eso sí, Alberto siempre pensó que era una buena persona, agradable, y lo más importante es que su amiga Alicia era feliz, muy dichosa a su lado, y eso para él era sagrado.

Para Alicia se había decantado por la gallina, dado que no se atrevía a hacer públicas las novelas que escribía y que tan buena crítica habían recibido tras su lectura.

A Julio el de perro, por su fidelidad, honestidad y valentía a la hora de defender el rebaño.

A Laura el de gata por su inteligencia, sagacidad, e inquietud.

Josico el de oso por su prominente obesidad y su actitud bonachona, o al menos así lo había idealizado según las películas de dibujos animados.

Y para él, como no podía ser de otra forma, el de camaleón ―aunque sus amigos lo confundieran con un simple lagarto―, por sus coloridos cambios de cabellera y de estado emocional.

En una mesita agregada a la de mayor tamaño se encontraba gran variedad de comida, que por supuesto ni Alberto ni su padre se habían molestado en preparar, nada más lejos de la realidad, ya se había encargado de ello una empresa de catering contratada para tal festejo.

Piruletas de gamba blanca, pulpo crujiente caramelizado, minirrollitos de tortilla, pato asado cantonés… Y como colofón final una majestuosa tarta de diversos tipos de chocolates adornada con una especie de muñeco deforme en la parte superior que podría aludir a la figura de Alberto, dado que tenía el pelo de punta multicolor.

—Está todo buenísimo, pero falta lo mejor en cualquier mesa que se precie.

—¿Qué puñetas dices, Josico?

Alberto no salía de su asombro tras dicha afirmación.

—Pan, machote, pan, el mejor de la provincia, el mío.

Pacote afirmó con el cuello y el resto le siguieron imitándole al unísono.

Y transcurrieron varias horas mientras degustaban, mientras conversaban de cómo les iba a todos, de las piedras que iban sorteando en el camino, de unión, de amistad.

—Bueno, ¿quién quiere ron del bueno?

Alberto le había detraído a su padre unas botellas añejas que conservaba secretamente junto a otras tantas más en la despensa familiar del enorme chalet en el que residía, presentadas en un cofre con una publicidad en la que se leía: «Ron Barbarroja, la bebida de los piratas».

Josico cogió un vaso de copa alta que se encontraba esperando destinatario, lo llenó con tres cubitos de hielo dispuestos en una cubitera metálica blanca, alargó el brazo para que le fuese llenado esa especie de cáliz e ingirió de forma afanosa cada gota del elixir.

Todos llenaron su vaso y Julio alzó la mano verbalizando un particular brindis, primero en atención y agradecimiento al anfitrión, segundo para todos sus allegados.

—Gracias a nuestro querido camaleón por esta increíble velada. Cambia de color cuantas veces desees, pero nunca cambies tu forma tan particular de ser y, por encima de todo, nunca cambies de amigos. Brindo por todos nosotros, os quiero muchísimo, sois imprescindibles en mi vida… Y sobre todo brindo por Laura.

—¡Por Laura! —gritaron a la vez, enaltecidos por el mágico instante.

Julio, dio dos pasos hacia ella, clavó su rodilla izquierda de perro sin dejar de mirarla, claudicando ante su gata, su chica, su deidad personal, y sacó un pequeño anillo de plata que días atrás le había regalado su madre para que dispusiese con él lo que quisiera, adivinando Erin que lo que verdaderamente deseaba su primogénito era colocarlo en el dedo anular de Laura.

Laura se tapó la boca, excitada y nerviosa ante dicha situación tan inesperada para ella.

—¿Querrás en un futuro no muy lejano ser mi mujer, aceptarme con mis pocas virtudes y con tantos y tantos defectos y ser mi compañera de vida?

Alargó el anillo y Laura, rauda, temblando, lo recogió ante el asombro reinante y lo introdujo en su dedo.

—¡Ahora y siempre!

Ambos sellaron dicho pacto con un beso apasionado, comenzando una tormenta de aplausos y abrazos incontenidos.

Habiéndose hecho la calma y ante el regocijo de los enamorados que no se soltaban de la mano, tomó la palabra Pacote.

—Ha sido fantástico, y bueno, como esta noche parece mágica, yo también tengo algo de lo que informaros…

—Como bien sabéis, Alicia ha escrito siempre desde que era una niña, y ha redactado varias obras que todos hemos leído.

—No, Paco, no es el momento, no quiero que se pierda esta magia, déjalo para otro día.

—De eso nada, deben saberlo.

La cuadrilla de animales humanizados se miraba desconcertada ante la enérgica respuesta de Paco a Alicia.

—Bueno, un editor de Madrid ha leído sus relatos y ha decidido darle una oportunidad, parece que son de su agrado, sobre todo una novela de misterio, ya sabéis, El caminante.

El caminante trataba de la particularidad que le ocurría a una persona que viajando por el mundo constató como el destino le deparaba una colosal sorpresa cuando de forma fortuita tuvo ante sí a varios individuos físicamente idénticos sin que guardara en primera instancia relación familiar alguna con ellos y de cómo solventó dicha contingencia.

La novela estaba inspirada en una publicación de una revista que daba curso a lo fantástico, a lo paranormal, llamada Distinta Dimensión y que años atrás había leído y comentado con sus amigos mientras se encontraban disfrutando de un día de campo arrojados en el césped fresco y frondoso que rodeaba las ruinas de la fortaleza de Montepardo de la Duquesa.

Quedaron boquiabiertos ante tal fabulosa noticia, tan inesperada como inaudita.

—¡Toma, toma y toma! Ya decía yo que ibas a llegar lejos cuando te decidieras a dar el paso.

—Alberto lleva razón. Soy tu mejor amiga y siempre te he animado a que dieras un paso al frente y abandonaras tu inseguridad. Nunca me has hecho ni caso, ¿y ahora viene este y te mete en razón persuadiéndote de lo que te llevamos diciendo mucho tiempo los demás?…

Pacote no sabía si esa última pregunta expuesta de forma impersonal por parte de Laura llevaba implícita algún tipo de reproche o de halago que él no llegaba a interpretar.

—¡Te como a besos, te como! —dijo Laura abrazando a Pacote con un achuchón tan fuerte que tuvo que implorar clemencia para que sus pulmones pudieran expandirse de nuevo y recobrar el aliento.

—¿Quién es la mejor escritora de España?

Julio expuso una pregunta tan retórica como zalamera.

—¡Alicia!, ¡Alicia!, ¡Alicia! —clamaron todos a la par.

—¡No ni ná! —concluyó Josico.

Alicia se regocijaba de forma prudente, atenuada por su timidez, mientras la nueva noticia daba paso a muchos más brindis a la albina luna llena, que esa noche era testigo inerte de tantas emociones.

La figura perruna, quien, debido al nerviosismo acumulado durante los días anteriores a su declaración ―en los que le había dado mil vueltas para exponerla a su novia de la forma más brillante―, había ingerido precipitadamente varios campanazos del líquido bucanero de elevada graduación alcohólica dejando ya entrever un estado incipiente de embriaguez, fue estrujada por el cuello por parte de su incondicional aliado osezno y salieron juntos al aire libre.

Primero vomitó Julio, derramando su regurgitación en los pies de Josico. Tras ello, por no ser menos y por la angustia que le generó el hedor pestilente del fluido tibio, espeso y con tropezones a medio digerir de su amigo, Josico hizo lo propio en la espalda de Julio.

Se observaron en silencio una vez finalizadas las arcadas y los esporádicos espasmos que aún les producían los síntomas de la borrachera. La noche era apacible, plácida, solo rompía ese influjo especial el ruido cansino y repetitivo de algunos grillos cercanos ocultos en el yerbajal.

Ese momento fue aprovechado por Josico para sincerarse con Julio.

—¡Te quiero un huevo, tío! Siempre te he admirado y considerado un hermano, desde que éramos unos nanos me defendiste ante los abusones, cuando se reían de mí por mi físico te revelabas ante todos, callabas sus desprecios, siempre estabas ahí, hemos vivido mil situaciones, unas buenas, otras no tanto, pero siempre juntos...

Julio hizo ademán de interrumpir a Josico.

—¡No, joder, déjame continuar! Eres junto a mis padres lo más grande que tengo en la vida, tenemos una conexión especial y te juro por Dios que tanto tú como Laura, a la que aprecio profundamente, sois y seréis siempre mi clan, mi gente. Estoy a muerte contigo, y lo sabes.

Mientras que formulaba esa última locución golpeaba con el puño cerrado el pecho de Julio aportándole a esa acción una muestra de afectividad.

—¡Ahora me toca a mí, mamonazo! Eres mi socio, mi debilidad junto a Laura y mi mejor amigo, siempre lo has sido y siempre lo serás, mi confidente, mi pañuelo de lágrimas, mi colega de farras y aventuras, y te juro que siempre vas a estar en mi vida y en la de Laura.

—Por cierto, llegado el momento, claro, en unos años tal vez, ¿querrás ser tú mi testigo de boda?

Josico no estaba preparado para asumir esa frase, le cogió desprovisto de argumentos, dejó entrever una mueca condescendiente al mismo tiempo que de satisfacción y unas lágrimas furtivas de emoción cayeron de sus chispeantes ojos.

Se volvieron a abrazar y entraron al interior de la fábrica entrelazados por sus hombros mientras que el resto de los convidados seguían congratulándose de tantas y buenas primicias.

—¡Mirad el par de dos! ¡Madre mía, cómo vieneeen!

Alberto fue el primero en verificar el lamentable estado en el que se encontraban amigo oso y amigo perro, pero, cuando acercaron más sus posiciones, aquel olor era tan evidente y notorio como insoportable.

—¡Madre míaaaa! ¡Qué pestuzooo! ¿Pero que habéis hecho ahí fuera, Zipi y Zape?

Julio hizo ademán de besar a Laura aunando y expandiendo fuertemente sus labios hacia ella, que cogió a su particular chico canino de los morros, que continuaban pegados y alargados, y le llevó hasta el grifo más próximo, donde le lavó la cara de forma expeditiva.

La chanza y la mofa del momento fueron tan memorables y la estampa tan ridícula que todos explotaron a reír.

CAPÍTULO 11

¿Conversamos con el gánster?

—Perdona a mi compañero, es demasiado impetuoso y sus modales a veces dejan mucho que desear.

Joao acababa de corroborar que el sujeto que el día que dispararon a su amigo había intercedido para salvarle la vida, haciendo que pudieran llegar a tiempo de producirse el milagro gracias a que bajaron de la favela a toda prisa en su furgoneta pickup, no era una buena persona, sino un delincuente. A la vista estaba, peligroso, amenazante.

Había sido un error descomunal subir, una fatalidad acompañarle, en definitiva, un desatino, y no tenía muy claro que pudiesen salir de ese lugar de forma íntegra, respirando y de una pieza.

Su boca se estaba empezando a secar, le sumió una sudoración inesperada y empezó a marearse.

—Vosotros no sabéis quién soy, ¿verdad? O estáis muy locos o sois muy tontos o tenéis muchos cojones de presentaros en mi casa.

El amigo de Joao mantenía su mirada firme, invariable en la cara de Marcelo. Era él, no era su voz, pero estaba seguro de que era él, o al menos como él…

Callado, sereno, sin gesto alguno de inquietud, miró cada parte del inmueble, escudriñando de forma minuciosa cada fragmento, y tras ello volvió a clavar esa mirada, esa inusitada mirada, en Marcelo.

—No tenéis ni idea, ¿verdad?

—Déjame que adivine. Eres un hombre que infunde respeto, pero ese respeto se nutre únicamente del miedo que inculcas a los que te rodean. Seguramente manifiestes abiertamente que la vida te trató mal por haber nacido en el estrato más bajo de la sociedad, que te has hecho a ti mismo desde que eras un crío, has robado, traficado, seguramente tus ojos hayan sido testigos de algún que otro crimen en esa inmerecida infancia perdiendo la inocencia que antaño poseías. Con el favor de algún pez gordo de toda esa chusma, te alzaste hasta un nivel que no habrías nunca soñado, escalaste posiciones seguramente de forma deshonesta y traicionando a otros de tu calaña. Y ahora, bien posicionado desde tu zona de confort de mierda, te atribuyes el mérito de dar ¿qué? ¿Miedo? Eres triste y patético. Y si estoy ahora aquí no es para darte las gracias por nada, ni tan siquiera por haberme salvado la vida, es otra cosa, otra circunstancia que ni siquiera tú con tu mente limitada y carente de sentimientos comprenderías.

Joao no cogía en sí mismo ante la desmedida arenga ofertada por Julio a Marcelo de la cual acababa de ser testigo y ahora daba por hecho que iban a morir sí o sí.

—Você é um filho da puta muito ousado! —intervino Marcelo ofuscado antes de dar curso a su réplica—. Verás, loco, efectivamente has acertado en algunas de tus predicciones, no en todas ellas. Pasé por varias etapas de mi vida no recomendables, menos todavía si cabe siendo un menor de edad, pero no traicioné a nadie, ni tan siquiera mis principios. No he traficado nunca con droga, oportunidades aquí nunca me faltaron. Mi padre fue tasador de antigüedades y un erudito en arte, cuadros, figuras... Cualquier mierda de piedra descubierta en cualquier excavación arqueológica del mundo, ahí estaba él. Un ejemplo, un referente a seguir. Viajó por motivos comerciales a España, a un pequeño pueblo asturiano colindante con Galicia. Al parecer, un vecino había descubierto accidentalmente una talla celta junto a la ribera del río. Allí conoció a mi madre. ¡Sí, mi madre! Prácticamente una niña, tendría unos veinte años recién cumplidos. Se enamoraron locamente, se querían. Ella lo dejó todo por él: su familia, su entorno, sus amistades, e incluso dejó plantado a un novio portugués que la visitaba con asiduidad. Se trasladaron a Río, a una lujosa residencia en una de las zonas exclusivas de la ciudad: Leblon. Al inicio de la relación mi madre ya había quedado en cinta y, ya ves, vine al mundo. Mi padre recibía innumerables visitas de hombres de alta alcurnia y poderío económico, hasta que un día la policía efectuó una redada en casa. Mi madre, casi una niña todavía, desconocía que la buena ventura de su marido procedía del lavado de dinero que realizaba en las distintas tasaciones y pujas que se celebraban con obras de arte previamente sustraídas por mafias dedicadas a tal fin.

»Quedó en libertad tras dos años. Durante ese tiempo mi madre, sin su esposo, desprovista de dinero y con un hijo de corta edad, intentaba sobrevivir en la calle, dado que la lujosa casa adosada en la que éramos felices fue decomisada y aportada como fianza tras su venta para así obtener la libertad del cabronazo que acabó jodiendo nuestras vidas. Después, nos instalamos aquí, en esta favela. Frío, hambre, sed, tristeza…, lo único bueno de este infierno siempre fue, ha sido y será su gente. Él empezó a beber y a esnifar disolvente, barato pero eficaz para eludirse de todo y de nosotros. El puto borracho empezó a golpearme, día tras día, noche tras noche, primero a mí, luego a mi madre tras intervenir y cobijarme mientras me parapetaba en su cuerpo.

»Un día, siendo ya un adolescente, no pude más. Estaba durmiendo en el único camastro de la casucha donde malvivíamos, cogí una botella de cristal del vino agrio e insípido que bebía, la rompí contra el suelo, y con uno de los cristales lo degollé. No sentí nada, ni nervios ni miedo…, únicamente paz. Entonces desperté a mamá, estaba en otra habitación contigua, casi hundida, tirada en una pequeña colchoneta mugrienta en el suelo, y le confesé lo que había hecho. Ella me miró y se abrazó a mí mientras lloraba desconsolada; yo seguía sin sentir nada.

»A la mañana siguiente me entregué de forma voluntaria a la policía mientras ella seguía llorando y suplicando compasión por mí. Cumplí varios años en un correccional, afinado junto a otros trescientos desgraciados más. Cuando prácticamente estaba a días de cumplir la mayoría de edad, la rabia e impotencia por el trato me llevó a amotinarme al igual que muchos otros. La policía de choque entró para sofocar el levantamiento y herí gravemente con un punzón fabricado por mí a uno de sus efectivos. Por eso, cumplí otros añitos más, esta vez de prisión, aquí, en estas cárceles. Te garantizo que no son como las de tu querida España, te lo aseguro, más que centros penitenciarios parecen corrales de pelea, salir vivo de ahí es ya una proeza.

»Al salir, mi madre, a la que tanto idolatraba, se había esfumado, cual bocanada de aire exhalado en un frío día de invierno. No hubo despedida, no hubo consuelo para mi rabia, mi aversión a la confianza en las personas se hizo cada vez más y más extrema, llegué incluso a abominar mi mera existencia, y me juré a mí mismo que no volverían a causarme ningún daño, al menos emocional. Así que de nuevo, y esta vez solo, empecé a buscarme la vida. Y no lo hice mal, ya ves, me la busqué bien, supe con quién tratar. Al inicio con delincuentes de poca monta, luego con mandos intermedios de organizaciones un poco más vastas y tras ello soy yo quien impone las reglas. No me mancho las manos con droga, no me lucro con secuestros ni trata de seres humanos, simplemente sigo el negocio familiar, pero esta vez se roba al rico y se distribuye entre los desfavorecidos, en la favela, entre mi gente. Por supuesto, yo me llevo mi parte. Una gran parte, eso sí. ¿Te ha gustado mi biografía?

—No sé qué decirte —contestó Julio.

Su cara cobró una apariencia distinta, un aire de estupor, e igualmente recapacitó para sí mismo sobre todas y cada una de aquellas casualidades tan extrañas, las singularidades tan sorprendentes que tiene de vez en cuando esta existencia efímera para los seres humanos. Ese relato ya lo había escuchado antes, no hacía tanto, y ahora sabía quién era en realidad Marcelo, incluso mejor que él mismo. Lo sabía, conocía cada detalle de ese personaje, pero todavía no era el momento de desvelarlo a nadie, ni tan siquiera a Joao, caso de salir ilesos de ese lugar.

—Un poco larga la verdad, pero al menos no ha estado aburrida ―sentenció Julio ante los ojos enrojecidos del malhechor.

—No le haga caso, Marcelo, lo dice por su estado de nervios, no piensa lo que sale por su boca —intervino ahora Joao angustiado por el miedo.

—Dejadme ahora que os cuente otra cosa.

—¿Otro cuento? Vamos, adelante —interrumpió Julio acomodándose y expandiendo sus brazos hacia el respaldo del sofá, como resignándose a otra ponencia del interlocutor dueño de la morada.

Marcelo se giró hacia Joao y le señaló con su dedo índice de arriba abajo.

—¿Joao, verdad? —preguntó.

El virólogo asintió.

—Verás, tontorrón, llevas dos meses y medio en Brasil, te fue concedida una estancia única de noventa días, aceptaste el estudio inicial sobre un patógeno. ¿Se dice así, patógeno? Bueno, ya me entiendes, una mierda de virus que está mermando la población de una tribu perdida del Amazonas. Esos reductos de aldeas indígenas todavía esperan tu llegada y ayuda, pero lejos de eso te has dedicado acompañar a este imbécil a realizar reportajes y entrevistas por todo Río, para acabar siendo su escudero, auxiliándole a fotografiar cada ínfimo detalle de esta favela y sirviéndole de traductor. Tu tiempo ha sido bien empleado, ¿no?

No era una pregunta, sino un reproche por lo que debía haber hecho Joao y ni tan siquiera había iniciado.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Ya ves, tengo mis fuentes. Y ahora viene lo mejor…

Se giró esta vez hacia el otro visitante.

—De ti sé qué has estado haciendo, dónde has estado en cada momento en esta ciudad, pero todavía no sé tu verdadero nombre, me informaron de que te llamas Jorge.

—Julio, me llamo Julio, menos mal que estabas al tanto de todo.

Examinó unas notas manuscritas de puño y letra por alguno de sus hombres y murmuró de forma malhumorada en voz baja.

—Julio, bien. Llegasteis juntos a Río, te mostraste muy interesado en fotografiar a niños de un orfanato en la zona baja de la favela, al principio hasta creí que eras un maldito pederasta. Te fuiste encariñando con un crío llamado Danilo, quien ha sido cuidado junto al resto de pequeños de forma no tan altruista como crees, soy yo quien hace llegar mensualmente una remesa de alimentos y de dinero a la parroquia, que se encarga de gestionarlo con mi beneplácito. El padre Bosco, el cura, es gratificado también sistemáticamente. Quiero el bien de todos esos niños, pero sobre todo el bienestar del que tú precisamente has ido a visitar de forma asidua desde el primer día que llegaste, de Danilo.

Julio se mostró ahora más sorprendido si cabe, no llegaba a comprender la relación que Marcelo podría mantener con ese pequeñajo al que tanto cariño había cogido y al que de una forma casi enfermiza se sentía ya apegado.

—¡Esa criatura es mi hijo! —sentenció así Marcelo su enigmático relato―. Sí Julio, Danilo es mi hijo, y lo sé todo: cada día que has entablado conversación con él, cada tarde que le has llevado golosinas, cada tarde riendo juntos, cada detalle... Tengo informadores por todos sitios, todavía más si cabe en las inmediaciones del orfanato. No sé a qué mierda te dedicas, solo que visitas a mi hijo casi todos los días y que te acompaña tu amigo Joao en la práctica totalidad de las veces. Pero, de la noche a la mañana y lejos de estar ambos como deberías estar en la zona más selvática y recóndita, os vi junto a un paisano preguntando gilipolleces a los que viven aquí, a mi gente, realizando fotos a edificios y calles de la favela, y pienso: ¿no trabajarán para la policía?, ¿estarán usando a Danilo para acercarse hasta mí?, ¿estarán tratando de sacar información, de realizar un cotejo, un plano de las callejuelas, de cada choza y edificio, de sus entradas y salidas? Entonces lo medité y, por si acaso, tomé la determinación...

Marcelo hizo una pausa como esperando que sus invitados tomaran la palabra para interesarse por el final. Tras cinco escasos segundos que se hicieron eternos Julio reanudó la conversación.

—Y entonces mandaste matarme, ¿verdad? —preguntó retóricamente.

—¡Premio para el guapito arrogante de los ojos verdes! Solo que cuando te vi la cara, no entiendo qué pasó, todavía no lo asumo, me estremecí de forma inaudita, sentí escalofríos, noté una inmensa tristeza al verte sangrando arrojado en el suelo, muriendo, y lo que más desasosiego me causa es que creo que nos conocemos de toda la vida sin tan siquiera haber coincidido contigo jamás.

»Para más inri abriste los ojos cuando te trasladábamos a bordo del vehículo de uno de mis hombres, me señalaste y me llamaste Ron, varias veces. ¡Explícate o te juro por lo más sagrado que no sales entero de esta habitación!

Lo que Marcelo guardó para sus adentros a fin de no ser considerado un lunático aludía a que, durante cada noche y desde hacía varios años, venía adoleciendo de unas enigmáticas y recurrentes ensoñaciones, en las cuales una especie de presencia difusa con rasgos físicos similares a los suyos le hablaba y le instaba a encontrarse con una vieja amistad.

Igualmente, en aquella amalgama de insólitas y fantasiosas secuencias de imágenes superpuestas aparecía un pequeño pueblo en el cual se alzaba un robusto y enigmático árbol.

Una de aquellas utópicas visiones se transformó recientemente en una inquietante pesadilla en la que aquel ser análogo en fisionomía le llamaba con el sobrenombre de Ron una y otra vez, de forma tan reiterativa como desquiciante.

Nuevamente se hizo el silencio, Joao miraba a Julio implorándole una respuesta coherente que les permitiese salir airosos de aquel angustioso momento.

CAPÍTULO 12

Evolución

Otra velada en Montepardo de la Duquesa, otro concilio de la peña, otra noche que desembocaría en memorable.

Habían transcurrido unos años desde la pedida de mano de Laura y la noticia de la publicación de un libro de Alicia. Alberto ya había comenzado a destacar en la moda gracias al apoyo incondicional de su mentor Amador del Sol, quien había mediado para que vistiese en un vídeo musical a una cantante adolescente que había triunfado en un concurso de la televisión italiana de nombre Ora canti (Ahora canta tú). Varios vestidos diseñados por Alberto que se exponían en el corto tuvieron un éxito sin parangón, todas las fans quinceañeras del momento decidieron emular aquella vestimenta, generándose una demanda inusitada que le lanzó al estrellato. Alberto abandonó su estatus de modisto novel para alcanzar otro nivel.

Laura acababa de terminar magisterio y esperaba impaciente la publicación en el Boletín Oficial de la Junta de Comunidades de la convocatoria de plazas. Tal y como había supuesto su madre, ofertaron dos vacantes para Montepardo de la Duquesa. Se encontraba preparada y ansiaba el momento.

El padre de Josico padecía desde hacía años la extenuante dolencia de varias hernias discales y tras ser operado de alguna de estas, a pesar de no encontrarse todavía en edad de jubilación, no quedó el hombre en un estado físico óptimo para seguir al mando de la ocupación que había llenado su vida, por lo que Josico dio un paso al frente y, poniendo a punto las habilidades adquiridas por tantos años de experiencia al lado de su progenitor, sacó a flote el negocio.

Alicia no solo había triunfado con la publicación de su novela El caminante, sino que, tras la edición de otras dos novelas más, El guarda y Las lecturas de Josefa, se había hecho hueco en las mejores librerías del país y le habían otorgado un premio literario en un certamen recientemente celebrado.

Pacote seguía con sus tareas agrícolas, cuidando los campos de sus padres, que pronto serían suyos. Mientras estuviera a su alcance, nunca permitiría que les faltase nada a los que tanto le habían dado, que no era otra cosa que cariño y respeto, a la vez que un oficio incluso más digno si cabe que otros que requerían de más estudio, no así de conocimientos.

Alicia había sido tentada para dejar la población e instalarse en Madrid, pero declinó la oferta: ella era feliz en su pueblo natal, junto a su madre y Paco. Una mañana, se sintió indispuesta e inicialmente achacó aquellos vómitos al atracón de palomitas de la noche pasada, cuando junto a Paco se encontraban viendo una película. Aun así, corrió a la farmacia y solicitó un test de embarazo, contuvo en el baño la respiración y constató como las dos rayitas de la ventana del palito se tornaban visibles. No cabía duda, iba a ser madre. Se sintió feliz, exultantemente viva, el disfrute efímero de una noche de pasión había dado como resultado el futuro nacimiento de un ser que, lejos de haber sido premeditado, sería bien recibido, al menos por ella. Tras comunicarlo a Pacote, asustada y dudosa ante su reacción, ambos lloraron juntos abrazados, unidos por el mismo júbilo.

Ni que decir tiene que aquella noticia corrió rápidamente por todos y cada uno de los integrantes de los Volaos, así como del resto de habitantes de Montepardo.

Por su parte, Julio había aprobado con solvencia la carrera de periodismo y le atraía el mundo de las ondas, por lo que entró a trabajar como becario en una cadena de radio provincial. Sin embargo, lo que realmente le apasionaba era el periodismo de calle y la fotografía. Rara era la ocasión en la que no se encontraba con su cámara réflex colgada al cuello realizando todo tipo de instantáneas en blanco y negro, pues, según él, le daba un realce dimensional distinto a las fotos, siendo los paisajes de Montepardo y Laura la mayor parte de las veces sus principales objetivos y destinatarios de sus flashes.

Esa noche, habían quedado todos en el lateral de las ruinas del castillo. Josico fue quien llegó primero, amontonó leña caída de los árboles cercanos e improvisó una pequeña hoguera. Todo alrededor se impregnó de una luminosidad mágica, parecía que el fuego había cobrado vida propia y jugaba con las sombras retorciendo el contorno de cada figura.

El siguiente en llegar fue Alberto, vistiendo uno de los trajes usados por aquella chica italiana que tan inestimable ventura le había ocasionado, salpicado de colores blancos, negros y marrones, eso sí, con el pelo de punta color granate. A Josico le pasó por la cabeza que bien podría ser la réplica de una abubilla.

Al cabo de unos minutos llegaron Laura y Julio cogidos de la mano, ñoños, enfermizamente empalagosos.

Y transcurrido un escaso margen de tiempo hicieron acto de presencia Alicia y Pacote, quien no paraba de emplazar su mano en la barriga de su chica, como arropando al futuro retoño, al que le quedaban seis meses más para ver la luz.

—Qué bueno, chicos, os va a todos de escándalo.

Josico inauguró la jornada ofreciendo un suculento trozo de bizcocho elaborado por él con maestría a cada uno de los asistentes a la reunión clandestina. Sí, clandestina, dado que quedaba prohibido en las inmediaciones del castillo prender fuego alguno, tal y como quedaba refrendado en un cartel dimanante del Ayuntamiento a fin de la conservación del patrimonio local, con advertencia incluida de una cuantiosa sanción si se incumplía el reglamento.

Todos ya sentados en el suelo, cogieron un trozo y, exaltados por el trance que proporcionaba el calor de la hoguera, lo elevaron en alto como aquella vez en la fábrica propiedad del padre de Alberto y brindaron. Lo hicieron por ellos, por permanecer siempre unidos, por su amistad.

Laura ya estaba abrazada a la cintura de Alicia, acariciando su tripa, cuando Julio y Josico iniciaron al unísono una melodía, una canción más que conocida por cada uno de los presentes llamada Son tus perjúmenes, mujer de Carlos Mejía Godoy, un éxito que siempre había sonado en locales y discotecas desde que eran pequeños y tantas noches de alegría les había proporcionado, la mayoría cuando ya se encontraban en estado sumamente ebrio, mientras ellas dos, Alicia y Laura, se contoneaban suavemente.

La noche transcurrió plácida, cada cual exponía sus experiencias, las últimas anécdotas, sus aspiraciones futuras.

Siendo aproximadamente las dos de la madrugada se despidieron hasta el día siguiente, ya que Josico unas horas más tarde debía estar ya abasteciendo de pequeños troncos de roble y haya y calentando el único horno de leña que quedaba en la provincia, donde se producía uno de los mejores panes de hogaza de todo el país.

Convinieron en quedar al día siguiente tras la comida a fin de tomar café en el pub del pueblo, y con apremio apagaron los restos de ascuas de la hoguera con el agua de una garrafa abandonada que previamente habían llenado de la laguna cercana.

Mientras que todos habían salido ya en dirección a sus respectivos domicilios, quedaron atrás, bastante retrasados, Julio y Laura, debido a las incesantes muestras de afecto y amor que se procuraban: arrumacos, caricias cómplices, no daban ni diez pasos cuando de nuevo volvían a parar y besarse.

Habiendo traspasado la única curva que había a la entrada de la localidad, así como en los pocos kilómetros que separaban Montepardo de la Duquesa de otro pueblo cercano, y a escasos cien metros de la posición de Julio y Laura, un vehículo mantenía sus luces de larga distancia, cegando a ambos en su travesía, realizando una maniobra que casi cuesta una desgracia. Se trataba de un turismo, Honda, color blanco.

Cuando el vehículo estaba a su misma altura, Julio recriminó la acción al conductor, quien de un brusco frenazo paró en mitad de la calzada. Del interior se apearon dos hombres con muy mal semblante. Uno de ellos, el acompañante, parecía más rudo si cabe que el conductor suicida. Cuarenta y tantos, pelo sucio, parecía que le habían escupido y relamido un rebaño de llamas. Todas las venas de sus brazos parecían enormes, atrofiadas. Llevaba tatuado en el brazo izquierdo la figura de la parca ataviada con una túnica y una guadaña, y vestía un vaquero roído y una camiseta de tirantes blanca. El otro, el piloto, era bastante más menudito, más o menos de la misma edad, calvo y con una marca en su cara desagradable a la vista.

—¿Qué pasa, tío? ¿Tienes algún problema? ¿Tienes algo que decirnos?...

Laura cogió fuertemente a Julio del brazo derecho para que lo dejase ir y no se hiciera el héroe, la pinta de esos sujetos no otorgaba confianza alguna, más bien daba pavor ver como se aproximaban hasta ellos de forma tan amenazadora.

—Mira el tontito, tiene que sujetarle su chica, que, por cierto, ¡qué buena estás!

Ese último comentario sacó de sus casillas a Julio, quien solicitó una disculpa.

—Y si no me sale de los huevos, ¿qué va a pasar, chaval? ¿Me vas a pegar, chulito?

A Julio le estaban empezando a temblar las piernas, pero la adrenalina le hizo sentirse fuerte por instantes, o eso creyó él. El primer golpe se lo dispensó el calvo, de un fuerte cabezazo impactó con su cocorota en la nariz de Julio tras haber permitido a este aproximarse en demasía. Cuando hubo caído al suelo prácticamente grogui las patadas de ambos matones eran tan desconsideradamente violentas que Laura, a riesgo de ser igualmente golpeada, se interpuso entre los asaltantes y su novio llorando y pidiendo auxilio, gritando que, por favor, les dejaran en paz y que se fueran.

Julio hizo ademán de incorporarse, corrigiendo por un momento su posición de vencido y llegando a atizar con su puño al hombre del tatuaje un somero y superficial guantazo en su rostro.

Este tras ello sacó una navaja tipo mariposa, la esgrimió y se la mostró mientras, irritado, se lamía la sangre de las sucias encías que sustentaban los pocos y podridos dientes que le quedaban.

—¡No, por favor! ¡No era nuestra intención molestaros, os lo pido por Dios, déjanos ir! —rogó aterrorizada Laura.

Al mismo tiempo que el grandullón se acercaba intimidante portando el arma blanca hacia Julio, el bajito calvo empezaba a bajarse la cremallera del pantalón anticipando la idea más que probable de que, tras el trágico final que iban a dispensar a Julio, pudiera consumarse igualmente algún tipo de agresión sexual a Laura.

—¡Si la tocáis os mato, hijos de puta!

Julio miró un segundo al cielo de esa noche estrellada y esperó que su contrincante se acercara. Cuando ya daba todo por perdido, un leñazo terrible impactó esta vez en la cabeza del agresor armado, que cayó a la carretera maltrecho. Se trataba de Josico, se había olvidado de comunicarle a su mejor amigo que al día siguiente no podría tomar café con la cuadrilla debido a que su padre se encontraba adolecido de una de sus hernias y tantas protrusiones, por lo que volvió para decírselo a Julio.

Fue el calvo quien recogió la navaja del suelo que había esgrimido su colega y, sin darle tiempo a reaccionar, la clavó hasta en tres ocasiones en el vientre de Josico, que cayó prácticamente sin vida.

Los dos hijos de mala madre montaron en el coche blanco a toda prisa y abandonaron el lugar.

La escasa luz amarillenta procedente de una farola cercana irradiaba melancolía y tristeza a lo que acababa de acontecer.

Julio se arrojó al suelo y recogió la cabeza de su amigo entre sus piernas mientras indicaba a Laura que pidiese ayuda. Ella corrió gritando a la entrada del pueblo, donde finalmente fue atendida por dos vecinos, quienes telefónicamente dieron traslado a la Guardia Civil, que por falta de efectivos se encontraba vigilando las instalaciones de un polígono ubicado en otro pueblo bastante distante en el cual las noches anteriores habían robado en varias naves industriales.

—¡No te vayas! ¡No te vas a ir, joder! ¡No me puedes dejar porque te necesito! Te necesito, ¿me oyes?, ¡te necesito!

Presionaba con fuerza cada herida abierta en las carnes de su amigo, pero la mirada de Josico ya estaba prácticamente ausente, vacía, si bien logró enunciar tenuemente una sola palabra…

—Cuídala.

Ya no estaba, quedaba su cuerpo, pero Josico había dejado de respirar, había perdido la batalla y, ensangrentado, con la cabeza apoyada en el regazo de Julio, se fue a buscar otra dimensión distinta, otro lugar.

Cuando hubo llegado la ayuda de varios vecinos, Laura y la doctora a la cual despertaron con urgencia, ya era tarde. Laura se postró ante Josico y lloró desconsolada mientras miraba a Julio, quien permanecía acariciando su pelo, lleno de ira, confuso al mismo tiempo.

Los homicidas no tardaron ni unas horas en ser detenidos por los detalles aportados por Laura y Julio a los efectivos policiales. Fueron acusados de homicidio doloso y lesiones, así como de robo con fuerza. Estarían a buen recaudo durante un largo tiempo.

El sepelio de José Roncero Fernández se celebraría a las cinco de la tarde, tal y como reflejaba el rótulo expuesto a la entrada de la fría habitación del tanatorio.

Se aproximaba la hora del último acto de despedida para dar cristiana sepultura a Josico, por lo que las instalaciones se encontraban repletas. No solamente habían hecho acto de presencia prácticamente todos los habitantes de Montepardo de la Duquesa, también hicieron lo propio muchos vecinos de los pueblos cercanos, quienes compraban pan asiduamente tanto a José como con anterioridad a su padre y abuelo.

Alberto, sin poder contener las lágrimas, vestía un traje totalmente negro y se había lavado la cabeza, apareciendo ante el resto del mundo con el rubio primigenio de su cabello, que desde que era un niño nunca había vuelto a mostrar.

Pacote arropaba a Alicia intentando consolarla, sufriendo por el amigo ausente a la vez que temiendo que dicho dolor pudiera causar estragos en el embarazo.

Laura había ido a buscar varias veces a Julio al domicilio de sus padres, quienes ya se encontraban en el tanatorio junto al resto de vecinos, conocidos, familia y allegados. Nerviosa interrogó prácticamente a todos, se acercaba la hora y Julio no daba señales de vida, ni tan siquiera estuvo la noche anterior junto al resto de la pandilla llorando la terrible pérdida.

Los padres de Julio, aunque al principio reticentes e inquietos, se acercaron a los de Josico. El panadero se encontraba ausente mirando el rostro de su hijo, impasible ante el féretro donde yacía su propia carne, sangre de su sangre.

La madre del finado, a pesar de tener los ojos ensangrentados por el dolor, de forma condescendiente y cortés se aproximó hasta ellos y besó sus mejillas.

El padre de Josico se giró esta vez, se levantó torpemente debido a la condición de su desecha columna, dio tres pasos quedando frente a frente con el padre de Julio y estrecharon sus cuerpos sollozando, tragando sus propios fluidos, salados, consistentes.

Julio era para el panadero y su mujer un hijo más, desde que tenía ocho años no había día que no estuviese merodeando por el horno, manchado de harina mientras jugaba con Josico. Más de una noche se había quedado a pernoctar con ellos, y su vástago había hecho lo propio en casa de Julio, incluso habían veraneado en común ambas familias en un pequeño pueblo de Granada de donde era la madre de Josico.

Nadie había podido ingerir nada, simplemente no entraba por la laringe, cerrada, obstruida por los sentimientos a flor de piel.

Las cuatro y media y Julio seguía sin aparecer. A pesar de ser ya prácticamente un hombre, se encontraba subido a la parte más alta de Máximo. No podía pensar con claridad, no podía ni tan siquiera llorar, le costaba coger aire, un aire que le resultaba denso, cargado, nocivo.

La ceremonia estaba a punto de comenzar, iban a cerrar la tapa del ataúd y trasladarlo a la iglesia para iniciarse el tradicional rito de exequias.

—¡Parad! ¡Por favor, unos minutos! ¡Os los suplico!

Julio acababa de llegar, accediendo por la zona trasera a la entrada del mortuorio, donde ya quedaban únicamente los padres y un empleado del tanatorio.

El panadero hizo un gesto inequívoco al trabajador del centro para que detuviera el cierre de la caja, esa maldita caja de madera contrachapada prensada que contenía lo más querido para él y que le había sido arrebatado por dos hijos de Satanás.

Se acercó hasta Josico eludiendo la mirada de sus progenitores, se inclinó ante el finado y le besó la frente, brillante, fría. Pegó su rostro al de su amigo intentando ofrecerle calor…

—Te juro que siempre vas a estar a mi lado, todo lo que me quede de vida, compañero. Nos vemos pronto.

Volvió a besar su frente y salió corriendo de la habitación.

Los padres de Josico sintieron, a la vez que una profunda tristeza, un miedo indescriptible por las palabras enunciadas por el mejor amigo de su hijo y esperaban que no fuese a hacer alguna locura, ya que Julio era para ellos como el segundo hijo que nunca llegaron a tener, pese a haberlo intentado en infinidad de ocasiones.

Más tarde, estaba procediéndose ya al cierre del nicho cuando Alberto dio un leve codazo a Laura, señalándole una esquina del camposanto. Allí estaba, impertérrito, distante, como si ese circo de lamento ya no fuera con él. Laura se acercó lentamente y enfrentó sus ojos a los ojos de la persona que más quería en este mundo.

—¿Dónde estabas? ¿Crees que eres el único que está hundido? ¿Piensas que nadie se aproxima al pesar de tu duelo?

Él apartó su mirada de ella para dirigirla a la muchedumbre que se agolpaba para darle el último adiós a su mejor compañero.

—Lo siento, no puedo…

—¿Qué no puedes?, ¡¿qué no puedes, por Dios…?!

—Te voy a amar siempre, perdóname.

Julio salió a paso ligero de ese lúgubre lugar dejando a lo más apreciado, valorado y querido por él en aquel cementerio: la mejor de las amistades y el más puro e irremplazable amor.

Mientras Laura, pálida y sorprendida por la reacción de Julio, quedó sollozando en el suelo.

CAPÍTULO 13

Dialogando (segunda parte)

—Me llamaste Ron, varias veces, ¡explícate!

Julio dejó entrar todo el aire que pudo en sus pulmones, como preparando una respuesta que por ende sería extensa.

—Ron es el apodo que yo y únicamente yo le decía en privado a un amigo al cual dos hijos de puta asesinaron. Murió por mí y salvó a mi novia de ser violada y quién sabe qué más. Era mi hermano, mi confidente y parte importante de la alegría de vivir. El sobrenombre se debe a que su primer apellido era Roncero. Además desde críos ya empezamos a disparar en las casetas de tiro que montaban en la plaza por las fiestas patronales del pueblo, apuntando con esos viejos y usados rifles a las botellitas de alcohol que por entonces se ofertaban como premio al derribarlas con un corcho, empezando nuestras primeras relaciones en el mundo de la bebida con pequeños frasquitos de ron.

»El que te llamase a ti, pedazo de escoria, con ese calificativo cariñoso mientras agonizaba tirado en la calle únicamente se debe al gran parecido físico que mantienes con el ser tan maravilloso que era mi amigo José, pero no posees ni la milésima parte de su humanidad.

Joao, boquiabierto, no podía creer lo que estaba escuchando, había abandonado el miedo que ese delincuente le había infundido durante todo el tiempo y ahora estaba solo pendiente de las palabras de Julio.

—¿Quieres saber más?

Marcelo asintió para que continuase.

—Antes de la trágica muerte de José, una amiga en común había escrito por entonces una novela con la que obtuvo muy buena crítica y ventas, se llamaba El caminante. Ideó el relato a raíz de la lectura de unos párrafos de una revista. Trataba de un sujeto que tras una fuerte depresión comenzó a viajar por el mundo, caminando por lugares nunca imaginados por él, conviviendo con todo tipo de gentes, intentando descubrir alguna razón que le aportara felicidad de nuevo, y por casualidad del destino encontró en su búsqueda varias personas con idénticos rasgos a los de él, pero que hablaban otros idiomas y no tenían relación de parentesco alguna.

—¿Y por eso viniste aquí entonces, a buscar a tu amigo muerto?

—Aquí y a cientos de lugares más, países en guerra la mayoría de ellos. No solo añoraba de forma física a mi amigo ausente, sino que por momentos deseaba su mismo destino, para mí la muerte no era otra cosa que el remedio a mi tristeza, a mi aflicción, a mi desidia continua.

»Tras el entierro de mi mejor amigo y dado que estaba en posesión de mi título de periodista, solicité una de las plazas que menos demanda tenían por su penuria y peligrosidad, la de corresponsal de guerra. Al inicio ni me tuvieron en cuenta debido a mi edad y corto bagaje profesional, que se limitaba a haber sido becario en una radio provinciana de poca repercusión. Tras moverme por el ambiente adecuado, me aceptaron en la agencia EFE, especializada en noticias internacionales, y ahí empezó mi periplo por muchos y variados infiernos. Vi de todo, lo mejor y lo peor del ser humano, siempre expuesto ante cualquier trágico desenlace. Al principio tomaba precauciones, luego dejé de hacerlo, ni casco ni chaleco, daba igual. Oí las balas silbar junto a mí cientos de veces. Una de las pocas ocasiones en las que portaba el casco casi me revientan el cerebro y, ¿sabes?, maldigo el momento en que decidí llevarlo ese día. Pero de forma enfermiza empecé a tomar fotografías, de todo, de todos, eran buenas, realmente buenas, y llegaron los premios, el reconocimiento y el dinero, pero a mí no me importaba en absoluto, porque no encontraba lo que andaba buscando. Tras varios años de mi particular peregrinaje por el mundo, hastiado de observar tanta maldad, tanta desgracia, me fue ofertada la tarea de realizar un reportaje en una favela de Río de Janeiro, de explorar sus calles, conocer y entrevistar a sus habitantes a la vez que debía hacer fotografías de algún orfanato y entablar conversación con alguno de los niños amparados en él. Y desde el primer día Danilo…

—¿Te refieres a mi hijo?

—Sí, a tu hijo, esa pequeña criatura inocente hablando un perfecto español se acercó el primer día y me dio la mano, me llevó hasta el altar de la iglesia y me pidió que rezara junto a él. Yo le pregunté por qué quería que pidiésemos a Dios, me miró con unos ojos indescriptiblemente bellos, cándidos, y me contestó: «¿No lo ves? Es por ti, ¡por ti!, recemos por ti, tu alma está muy apenada». Esa frase, esa contundencia al expresarlo, saliendo de la boca de un crío de seis años me revolvió el interior. Me senté junto a él y recé las pocas oraciones que recordaba. Pedí a Dios que José hubiese encontrado un buen sitio a su lado, confortable, e hice las paces conmigo mismo, sentí sosiego, paz, por primera vez en mucho tiempo. Desde ese día no podía dejar de visitar a ese niño, tu hijo, su mera presencia me era placentera, me calmaba.

Joao absorto en la narración de Julio acababa ahora de entender el sufrimiento que su compañero de viaje llevaba tanto tiempo callándose. Muchos habían sido los días y noches que habían conversado sobre cualquier tema y ámbito, y nunca, jamás le había sido revelado dicho secreto.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No era necesario, créeme. Además, solo te hubiese infligido pena, no quería tu compasión, y tu amistad me ayudó a salir adelante, a tener una perspectiva distinta. Acepté este proyecto y dejé de lado de una vez por todas las crónicas de cualquier conflicto bélico animado por un conocido en Madrid.

—Y si ha sido así, ¿por qué no te pusiste el chaleco debajo de la camiseta al subir a la favela como hicimos Tiago y yo? ¿Todavía anhelas la muerte?

—No, Joao, ya era por mera costumbre, fue un olvido y una mala decisión el no haberlo cogido ese día, pero…

Marcelo intervino contrariado ante la conversación de tú a tú que mantenían Julio y Joao ignorando su presencia a pesar de encontrarse en su casa y pendiendo sus vidas de una decisión suya.

—Pero ¿qué? No te arrepientes, ¿verdad? Sí, deseabas tu fin, ¡dilo!

—No, no lo deseaba, pero eso no significa que ahora tenga miedo. Y no, no voy a otorgarte a ti el placer de mostrar ese sentimiento.

De nuevo intervino Joao, dando contrarréplica a Marcelo.

—No, capullo, te ha dicho que no te teme, ni yo tampoco. Si has de acabar con nosotros, hazlo ya, pero antes yo también querría sincerarme…

Qué dudoso honor tiene el trance de encontrarte ante la tesitura de vislumbrar la cercanía de tu fin, que todo el mundo, cualquiera que sea su posición, estatus, riqueza o pobreza, qué más da, acaba confesando sus miserias, sus pecados y los secretos más profundos ocultos en lo más hondo de cada ser. Probablemente sea ante la inseguridad o esperanza de la salvación del alma o la creencia reconfortante del perdón del ofendido.

—Mira, el portugués gallito. Estás a una palabra más de hacer compañía a los gusanos del cementerio.

Joao, ante el tono exaltado y la brusquedad del gesto realizado por Marcelo pasándose el dedo índice de lado a lado del cuello, depuso momentáneamente su inusitado ataque de valentía.

De todas formas Marcelo se encontraba en su casa, en su parcela, flanqueado por un séquito de matones, y tenía ganas de jugar, de seguir escuchando a ese par de locos que de forma insensata e imprudente, sin haber tomado ningún tipo de medida para preservar su mera existencia, se habían presentado ante él.

—Vamos lá, Joao, foi uma piada, ¿o que você quer dizer?

Marcelo, cambiando la entonación solicitaba ahora que Joao se explicase y que dijera lo que un instante antes iba a soltar por su boca, si bien Joao declinó esta vez dicha invitación.

CAPÍTULO 14

Resignación, una bienvenida y una despedida

Tras el entierro de Josico todo cambió en Montepardo de la Duquesa. Ante la pérdida de Josico y la huida de Julio, el resto de los integrantes de la cuadrilla se encontraban alicaídos, descolocados; hasta el pueblo parecía languidecer, funesto. Habiendo prevalecido el mutismo durante varios días, tal vez por la pena que les comía las vísceras, tal vez porque se encontraban en shock, Alicia requirió la presencia del grupo durante la tarde en su casa.

Cuando llegaron Alberto y Laura, en el salón ya se encontraba Pacote sentado en una silla junto a la anfitriona. Unas pastas caseras decoraban el centro de la mesa. Adelina, la madre de Alicia, las había colocado ahí para que, caso de tener apetito mientras mantenían la reunión, pudieran tener algo que echarse a la boca.

—Hola, chicos, ¿cómo estáis?

La respuesta era absurda, quedaba fuera de lugar ante la obviedad de las caras de todos.

Alicia abrazó fuertemente por la cintura a Laura, a quien se le resaltaban unas grandes y marcadas ojeras moradas de tanto llanto acumulado, y la acercó hasta una silla que quedaba junto a ella. Se sentaron, se hizo un silencio incómodo, y Alicia inició el turno de palabra de nuevo.

—No tuvisteis la culpa de nada, Laura. Los culpables fueron la mala suerte y dos demonios que se cruzaron en vuestro camino. No te inflijas más castigo, piensa que nos volveremos a ver, de una forma u otra volveremos a estar con Josico y él está ahora con nosotros, lo está y lo estará toda la vida, en cada recuerdo, en cada paisaje, cada momento que compartimos, él está y él estará...

Laura, cabizbaja y con la voz quebrada pudo emitir un flojo «lo sé».

Alberto golpeó su cabeza contra el tablero de la mesa dejándose llevar de forma empática con el sentimiento de Laura.

Pacote no sabía ni qué hacer, solo frotaba sus rodillas compulsivamente, de forma nerviosa y cansina.

—¿Qué sabes de Julio? ¿Dónde ha ido?

—No lo sé, aún no me ha llamado.

Alberto por fin se dispuso a emitir un juicio de valor que no agradó a los demás, mucho menos a Laura.

—Puto egoísta, se va y nos deja, no, peor, te deja tirada aquí mientras que...

Calló ante la mirada irascible que le estaba siendo dispensada.

—Está hundido, no lo comprendéis, ninguno podemos ponernos en su lugar. Josico entregó su vida para salvarnos, las puñaladas que recibió estaban destinadas para Julio, y se murió en sus brazos mientras que yo pedía socorro, no fuisteis testigos de aquella barbaridad, de aquellos instantes horribles. Me parece mentira que le juzgues de forma tan a la ligera.

Alberto había caído en la cuenta de que sin filtro alguno, de forma impulsiva e irreflexiva, había dedicado un calificativo a su amigo que no merecía, tal vez llevado por el dolor de la gran pérdida sufrida.

—Tranquila, Julio te adora, no tardará en volver y hablaremos todos, nos apoyaremos todos.

Tras esas palabras Alicia, Laura y Alberto, levantándose de sus sillas, se abrazaron, haciendo lo propio Paco al ser requerido por Alicia para que se uniera al gesto.

Pasaron un par de meses más. Por más visitas que Laura realizaba al domicilio de los padres de Julio, sus padres no aportaban nada nuevo sobre el paradero de su hijo. Las escasas y cortas llamadas telefónicas únicamente aludían a que todo estaba bien y que estaba solicitando una entrevista para un puesto de trabajo que probablemente fuese concedida en Madrid, así como que le manifestaran a Laura que la amaba, que la amaba con todo su ser y que necesitaba algo de tiempo para procesar todo lo que ocurrió esa aciaga noche.

Laura, con el paso de los días, fue abandonando la ilusión por el regreso de Julio, intuyendo que algo no estaba bien en su cabeza, sintiendo que lo perdía, que se alejaba de su vida, que tal vez no podría recuperarlo.

Cuatro meses más. La mañana era soleada, agradable, el pueblo aparentaba haber reverdecido, ya no parecía apocado.

Alicia y Paco llevaban conviviendo juntos desde hacía pocas semanas. Entendiendo que ya se acercaba el alumbramiento y que no era necesario que ambos residieran en domicilios distintos, la futura abuela materna insistió en que Paco se instalase en su casa, para lo que preparó concienzudamente una habitación donde ambos, hija y yerno, pernoctasen e hicieran su propia vida, aunque eso no quitaba que Paco siguiese comiendo en casa de sus padres y continuase con las tareas agrícolas y de labranza en las tierras de la familia.

Pero esa mañana iba a ser distinta a las demás. Alicia sintió que algo se estremecía en su interior. No eran las molestias gástricas a las que hacía ya tiempo que se había acostumbrado. Notaba la tripa dura, durísima, y ese malestar tan profundo en la espalda, rozando la periferia de los riñones. Un pinchazo seco, doloroso, lacerante, la había despertado sobrecogida. Sudorosa, se incorporó de la cama verificando que Paco ya había partido horas antes a su cita con los olivos y cereales. Aunque faltaban todavía dos semanas para llegar a término, la mojadura en las sábanas no dejaba lugar a dudas: estaba de parto.

A pesar de los gritos y quejas incesantes de su hija, Adelina la fue guiando en cada paso a seguir, de forma meticulosa y con un cariño indescriptible, tranquilizándola.

Antes de llegar hasta el vehículo que se encontraba estacionado en la puerta, cogieron unas cremas, un paquete de pañales y un trajecito que con mimo estuvo su madre cosiendo, acompañado de unos patucos de punto color azul con dos lacitos sobrehilados, y, mientras que todo era metido en ese cesto que haría función de aposento y descanso para la futura criatura, Alicia se colocaba un camisón de seda apartado para tal fin y una elegante bata color azul celeste.

Ya en el coche, Adelina condujo hasta la salida del pueblo, paró junto a un repecho elevado junto a la calzada y accionó el claxon del turismo de forma ininterrumpida hasta que Paco observó desde la lejanía del bancal que quien reclamaba su atención no era otra que su suegra, quien cabeza fuera de la ventanilla gritaba esta vez en actitud más nerviosa que instantes antes de salir de casa.

—¡Pacoooo, correeee, que ya está de partooooo!

Bajó del tractor de forma tan negligente que acabó lastimándose un tobillo de tan tremendo salto, pero no sentía nada, solo una mezcla de miedo e ilusión que hacía que se le erizara cada pelo de su piel.

Abrió el coche, se tiró en plancha en la parte posterior.

—¡Arrancaaaaaa, vamooos! —berreaba Paco.

—¡No me griteeees, que estoy pegada a tiiiii! —gruñía Adelina.

—¡Callaos los doooos! ¡Y correeeeeee! ¡Joder, joder, jodeeeer! —intervino Alicia entre ambos dando por zanjado aquel intercambio trivial de sandeces.

El viaje tuvo su momentito de humor ácido, durante el trayecto hubo risas, llantos, palabrotas, y descalificativos varios, para ya a la entrada del hospital transformarse todas esas emociones en una sola, amor, mucho mucho amor.

Antes de dejar a la madre de Alicia en la sala de espera, Paco besó la frente de su suegra y ella le correspondió cogiéndole de la mano.

—Tranquilo, va a salir todo bien, gracias por ser como eres y estar al lado de mi hija.

Ahí, con lágrimas en los ojos se despidieron ambos, regresando de nuevo el miedo y la inseguridad a todos, a cada uno de los tres, pero sobre todo a la parturienta...

—¡Hijo de putaaaaa!, ¿dónde estáaaaas? ¡Ven ya, pero ya he dichoooo, yaaaaa! A mí no me la metes más, ¡cabronazoooooo! ¡Mamááááá!

Tras la estampa ridícula de Paco besando a Alicia sin aportar nada más que su saliva, lágrimas y mocos encima de la frente de esta, ella miró hacia atrás, hacia su chico.

—¡No me chupes más, jodeeeer!

La ginecóloga y la matrona intentaron tranquilizar a Alicia, pero estaba poseída por el mal, intentó morder a la pobre enfermera que ayudaba en la tarea de la logística medicamentosa.

No habían transcurrido dos horas cuando vino al mundo tres kilos seiscientos de una personita maravillosa, con la nariz respingona, ojos enormes y un pelo en esa cabecita que no era acorde con la de un recién nacido. Las carnes le apretaban cada articulación. Paco contó cada dedo en varias ocasiones y constató que entre sus piernas había una protuberancia que bien podría definirse como pene. Descansó aliviado al oír a la doctora que todo había salido a la perfección. Mientras, Alicia era cosida delicadamente tras haber expulsado la placenta y haber sido verificado su estado, y al fin caía dormida, gracias a Dios, debido al cansancio y con ayuda del relajante y analgésico recibido.

Cuando llegó a la habitación 202 el feliz matrimonio ahora convertido en familia, ya se encontraban en el interior ―además de Adelina, madre de Alicia y suegra a su vez de Paco― Alberto y Laura.

No había contención alguna en la alegría y entusiasmo al ver a esa cosita rechoncha adormilada junto al antebrazo de la nueva y orgullosa mamá.

Laura no pudo contenerse y lo cogió en sus brazos mientras que Alicia la miraba con dulzura.

—Es…, es…, es una maravilla de niño. Enhorabuena, mis chicos.

Alberto y su pelo blanco habían llevado un regalo, un pijamita con capucha color beis con decenas de unicornios coloridos diseñado por él mismo.

Cuando estaba mostrando tan prodigiosa prenda a los presentes, la puerta se abrió de nuevo y Laura quedó pasmada unos segundos, catatónica, siéndole arrebatado el pequeño de forma delicada por parte de Paco, que volvió a depositarlo al lado de la madre. Julio, con un inmenso ramo de rosas blancas, se acercó hasta Alicia y la besó fervientemente. Ella le devolvió el gesto, al igual que hizo Paco y la madre de Alicia. No así Alberto, quien decidió salir de la habitación mientras Julio bajaba la mirada suspirando, para tras ello lograr ordenar una amalgama de frases inconexas que había estado practicando antes de llegar.

—¡Cómo me alegro! ¡Es precioso! Como su madre. Sois muy afortunados, los dos, los tres —dijo girando su cabeza hacia la madre de Alicia.

—Gracias, Julio, eres un sol. ¿Cómo estás tú? Nos tenías muy preocupados, tus padres nos dijeron que habías encontrado trabajo y que estabas bien, pero ¿de verdad estás bien?

—Sí, gracias por interesarte, Alicia. He estado pensando y madurando algunos proyectos, pero no me he olvidado de vosotros. Cada día pensaba en todos, en el pueblo, y sobre todo…

Laura le dio la espalda, hizo ver que miraba con interés por la ventana que daba a la calle, desde la cual se observaba un pequeño parque donde varios padres jugaban con sus críos, y que no parecían interesarle las palabras de Julio. Nada más lejos de la realidad, pero Julio, al sentirse rechazado, volvió nuevamente su cabeza hacia Paco y Alicia y se acercó hasta el niño.

—¿Puedo?

—Claro, morenazo, es como si fuera tu sobrino, lo sabes.

Cogió a ese niño y lo estrechó contra él, le olió el cabello, esa pelusita con olor a una embriagadora fragancia, lo besó y lo entregó de vuelta a sus padres.

—Felicidades, os quiero muchísimo.

Abrió la puerta de la habitación y salió al pasillo, mientras Laura quedaba rota, desconsolada, intentando hacer creer a sus amigos que no le afectaba la presencia de su gran amor, quien se disponía a alejarse de nuevo, quién sabe si esta vez para no volverlo a ver jamás.

—Chiqui…, ven, cariño.

Adelina la arropó y Laura totalmente compungida lloró amargamente.

Cuando se encontraba saliendo del hospital una voz conocida le solicitó que parase.

—Hombre, el amigo pródigo, ¿vuelves para causar más daño a Laura o simple y llanamente porque eres así de imbécil?

—Alberto, me alegro mucho de verte, amigo mío.

—¿Amigo tuyo? Tú dispones y los demás tragamos, ¿no? ¿Decides por mí ahora si somos o no amigos? ¿Por qué piensas que tu dolor es distinto al nuestro?

—Mira, no espero que me comprendas, no en este momento. Mi dolor no tiene por qué ser mejor ni peor, es simplemente mío. Añade tu aflicción, tu pena y tormento por haber despedido un amigo común a ver cómo muere en tus propios brazos mientras eres consciente de que deja este mundo, su futuro, sus ilusiones y esperanzas, sus sueños y quién sabe si algún día la fortuna de haber sido padre como Paco y Alicia, y entonces caes en la cuenta de que no lo va a cumplir, que se acabó, que está fuera de juego, joder, por haber intervenido para salvarte a ti la vida. Sé que ahora me odias, yo a ti no, siempre estarás en mi corazón.

Se alejó dejando a Alberto sin argumentos, meditando ahora que probablemente se había vuelto a equivocar a la hora de juzgar tan a la ligera a quien siempre había encarnado una amistad amable y sincera.

Julio, tras la visita protocolaria a varios vecinos del pueblo, entre los que por supuesto se encontraban los padres de José ―Manolo y María―, a quienes hizo saber que echaba muchísimo de menos a su hijo y que él se encontraba medianamente bien, se dispuso a comer y pasar la tarde con sus padres. Hablaron largo y tendido de muchas cosas, sobre todo del duelo, pero también de su aspiración personal y futuro, y, como no, de su relación con Laura.

Ya entrada la tarde noche, Laura fue requerida por parte de su madre para que bajase de su cuarto.

—Mamá, te he dicho ya tres veces que no quiero cenar.

—Baja, hija, es importante, hay algo que tengo que decirte.

Laura bajó por las viejas escaleras que daban tránsito desde su dormitorio hasta el salón principal. Ahí estaba plantado Julio, bien peinado, perfumado y nervioso, muy nervioso.

—¿Podemos hablar? Por favor.

Laura, tras el estupor de verse acorralada, optó por aseverar con un gesto, y salieron ambos a la calle con el beneplácito de su progenitora, quien le dedicó a Julio un tajante «¡suerte!».

Julio observaba tan apasionadamente a Laura que ella no podía ni contenerle el cruce de miradas.

—Mi amor, mira, yo…

—¿Tu amor, Julio? ¿Tu amor? Casi nueve meses, nueve meses sabiendo de ti únicamente a través de tus padres, ni una carta, ni una sola llamada, y hoy, tras nueve meses te presentas aquí ¿y me llamas así? Si de verdad tanto me amas, ¿por qué me haces esto?

—De verdad, yo…

—¿Tú? Josico murió, sí. Cada día que pasa creo que yo morí ese día con él, y que vuelvo a morir cada maldito día al ver tu desprecio y abandono.

—¡Basta!

Julio elevó el tono, no con intención de dañarla ni ofenderla, sino para que depusiera ese ataque que para él, si bien era justificado, era a su vez desproporcionado.

—Te comprendo, de verdad que lo hago, cada vez que llamaba a mis padres les solicitaba que te hicieran saber lo mucho que te quiero, que me cuesta respirar sin ti. Solo necesito un poco de tiempo para poder volver a ser el mismo de siempre. No quiero que vuelvas a sufrir viéndome a mí prisionero de la tristeza, que tengas que estar al lado de un pobre desecho, no te mereces eso, y quería estar seguro de poder volver a hacerte feliz. Te parecerá una locura, el libro de Alicia, El caminante…

—Julio, de verdad, no estoy para hablar de tonterías.

—No, en serio, podría darse, puede ocurrir.

—No te entiendo, y está empezando a hacer frío, mejor lo dejamos para otro día.

—No hay otro día, cariño, es aquí y ahora cuando debo decirte esto. Hay varias personas que han manifestado haber visto en primera persona a otros sujetos con idéntico físico al de ellos, estos meses lo he estado estudiando, lo he verificado, son varias entrevistas y hay un reportaje que habla de ello, imagínate, yo tengo acceso por mi profesión a todos esos documentos, puede darse, puede…

—Josico no está, ¿no puedes entenderlo? Déjale ir, aunque por una improbable casualidad existiera otra persona parecida, no es él, nunca sería él.

Laura acercó sus labios, esta vez a sus mejillas, y de una forma amigable le besó, para tras ello entrar de nuevo a casa, cerrando lentamente la puerta, dejando a quien era todo para ella en la calle, mudo, inmóvil.

Tardó varios minutos en asimilar lo que acababa de pasar, no podía creer que ya estaba, que todo acababa ahí, que Laura no volviese a abrir la puerta y se mostrara arrepentida, que no le fuera perdonado lo que tuviese que serlo si es que había algo que perdonar, no lo creía, y no lo aceptó de buen grado, se sintió ridículo, aun así rehusó presionarla y abandonó mustio y cabizbajo su puerta, deambulando por las calles en un estado emocional rozando lo lamentable.

Julio, ya en Madrid, pensó durante los días posteriores que Laura podría haber expuesto sus palabras de aquella forma debido al despecho y seguramente no había interiorizado todo lo que le espetó en su cara. Razón no le faltaba, Laura continuaba lamentando la forma de dirigirse a su chico, pero desde esa noche intentaría levantar cabeza y pasar página.

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Release date on Litres:
13 November 2025
Volume:
441 p. 2 illustrations
ISBN:
9788412421255
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Bookwire
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