Read the book: «Historia de la República de Chile»


EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
www.ediciones.uc.cl
1826
HISTORIA DE LA REPÚBLICA DE CHILE VOLUMEN 2
LA BÚSQUEDA DE UN ORDEN REPUBLICANO PRIMERA PARTE
LA BÚSQUEDA DE UN ORDEN REPUBLICANO 1881
Fernando Silva Vargas (Editor)
Juan Eduardo Vargas Cariola (Editor)
Misael Camus Ibacache
José Ignacio González Leiva
Alejandro Guzmán Brito
Carlos Tromben Corbalán
Waldo Zauritz Sepúlveda
©Inscripción N° 295.287
Derechos reservados
Octubre 2019
ISBN edición impresa 978-956-14-2457-9
ISBN edición digital: 978-956-14-2458-6
Diseño: versión productora gráfica SpA
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
CIP - Pontificia Universidad Católica de Chile
Historia de la República de Chile / Fernando Silva Vargas (editor), Juan Eduardo Vargas Cariola (editor).
Incluye notas bibliográficas.
1.Chile - Historia - Siglo 19.
2.Chile - Política y gobierno - Siglo 19.
I.Silva Vargas, Fernando, editor.
II.Vargas Cariola, Juan Eduardo, editor.
201998DCC23RDA

AUTORES
MISAEL CAMUS IBACACHE
Doctor en Historia de la Iglesia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma; postdoctorado en Teología Pastoral, Universidad Católica de Lovaina; diplomado en Jurisprudencia Canónica por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma; académico de la Universidad Católica del Norte.
JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ LEIVA
Profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica, Pontificia Universidad Católica de Chile; diplomado en Estudios Geográficos Aplicados por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Quito; doctor en Geografía por la Universidad de Barcelona; profesor del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile; miembro de número de la Academia Chilena de la Historia.
ALEJANDRO GUZMÁN BRITO
Diplomado en Ciencias Políticas y Administrativas por la Universidad de Chile; licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Universidad Católica de Valparaíso; doctor en Derecho por la Universidad de Navarra; profesor de Derecho Romano en las universidades Católica de Valparaíso y de Chile; miembro del Instituto Internacional de Derecho Indiano; miembro de la Academia Chilena de la Historia.
FERNANDO SILVA VARGAS
Licenciado en Derecho por la Pontificia Universidad Católica de Chile; estudios de Doctorado en la Universidad de Sevilla; exprofesor agregado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile; exprofesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile; miembro de la Academia Chilena de la Historia.
CARLOS TROMBEN CORBALÁN
Ingeniero Naval Mecánico de la Academia Politécnica Naval; Master of Science in Aeronautical Engineering (Naval Postgraduate School, Monterey, California; magister en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Doctor of Philosophy in Maritime History por la Universidad de Exeter, Gran Bretaña; investigador del Centro de Estudios Estratégicos de la Armada de Chile.
JUAN EDUARDO VARGAS CARIOLA
Profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica, Facultad de Filosofía y Educación, Pontificia Universidad Católica de Chile; doctor en Historia por la Universidad de Sevilla; exprofesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile; exprofesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile; especializado en historia colonial y republicana de Chile; miembro de número de la Academia Chilena de la Historia.
WALDO ZAURITZ SEPÚLVEDA (1947-2015)
General de División; magister en Ciencias Militares y en Historia Militar y Pensamiento Estratégico; director de la Corporación de Conservación del Patrimonio Histórico y Militar; miembro de la Academia de Historia Militar.
ÍNDICE
DOS PALABRAS
PRIMERA PARTE:
TERRITORIO Y SOCIEDAD
CAPÍTULO I.
EL ESPACIO FÍSICO
CAPÍTULO II.
LA EVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA
CAPÍTULO III.
URBANIZACIÓN Y CAMBIOS EN LA COMPOSICIÓN SOCIAL
CAPÍTULO IV
LA VIDA COTIDIANA EN LAS CIUDADES
CAPÍTULO V
LA POBLACIÓN Y LA “SALUD PÚBLICA”
CAPÍTULO VI.
LA POBLACIÓN RURAL Y MINERA
CAPÍTULO VII.
LA POBLACIÓN INDÍGENA
SEGUNDA PARTE:
LAS INSTITUCIONES REPUBLICANAS
CAPÍTULO I.
LA EVOLUCIÓN JURÍDICA
CAPÍTULO II.
LA REORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA EN CHILE: 1828-1878
CAPÍTULO III.
LAS FUERZAS ARMADAS
A. El Ejército de Chile, 1826-1881
B. La Marina de Chile, 1826-1881
TERCERA PARTE:
LA EVOLUCIÓN POLÍTICA
CAPÍTULO I.
LA CAPITAL Y LAS PROVINCIAS, 1810-1826
CAPÍTULO II.
LOS GOBIERNOS DE FREIRÉ Y PINTO Y EL FIN DEL FEDERALISMO
CAPÍTULO III.
INSERTARSE EN EL MUNDO
CAPÍTULO IV
EL ORDEN Y LA REPÚBLICA
CAPÍTULO V
PRESIDENCIA DE JOAQUÍN PRIETO
CAPÍTULO VI.
PORTALES Y LA GUERRA CON LA CONFEDERACIÓN
CAPÍTULO VII.
EL FIN DEL GOBIERNO DE PRIETO
CAPÍTULO VIII.
RECONOCIMIENTO DE LA INDEPENDENCIA Y DEBILITAMIENTO DEL AMERICANISMO
CAPÍTULO IX.
EL PRIMER GOBIERNO DE MANUEL BULNES (1841-1846)
CAPÍTULO X.
EL SEGUNDO GOBIERNO DE MANUEL BULNES (1846-1851)
CAPÍTULO XI.
LA POLÍTICA EN LAS CALLES
CAPÍTULO XII.
VIEJOS Y NUEVOS PROBLEMAS INTERNACIONALES
CAPÍTULO XIII.
EL PRIMER GOBIERNO DE MANUEL MONTT (1851-1856)
CAPÍTULO XIV
LAS CUESTIONES INTERNACIONALES
CAPÍTULO XV
ORDEN Y PROGRESO
CAPÍTULO XVI.
EL SEGUNDO GOBIERNO DE MANUEL MONTT (1856-1861)
SIGLAS
ABOArchivo de don Bernardo O’Higgins, Academia Chilena de la Historia.
AChH, AEAcademia Chilena de la Historia, Archivo Errázuriz.
AChH, AACAcademia Chilena de la Historia, Archivo Álvaro Covarrubias.
AGEArchivo General del Ejército.
AHIChAnuario de la Historia de la Iglesia Chilena. Seminario Pontificio Mayor, Santiago, Chile.
AIChAnales del Instituto de Chile.
AJAAArchivo Jaime Antúnez Aldunate.
AJLSArchivo Judicial de La Serena.
AJZArchivo Julio Zegers (propiedad particular).
AMAEArchivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (España).
ANHArchivo Nacional Histórico.
ASVArchivo Secreto Vaticano.
AUChAnales de la Universidad de Chile.
BAChHBoletín de la Academia Chilena de la Historia.
BSCDBoletín de Sesiones de la Cámara de Diputados.
BSSBoletín de Sesiones del Senado.
CHCuadernos de Historia, Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Chile.
EDSMÁlvaro Góngora Escobedo (ed.), Domingo Santa María González (1824-1889), Epistolario, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2015.
EMMCristóbal García-Huidobro Becerra (ed.), Epistolario de Manuel Montt (1824-1880), dos vols., Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2015.
FMG, ANHFondo Ministerio de Guerra y Marina.
FVM, ANHFondo Vicuña Mackenna.
HAHRThe Hispanic American Historical Review, The Duke University Press. Historia Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago.
LOLegislatura Ordinaria.
LELegislatura Extraordinaria. MI Archivo del Ministerio del Interior.
MJCArchivo del Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública. MRREE Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. RC La Revista Católica (primera etapa, 1843-1874). RChHD Revista Chilena de Historia del Derecho. RChHG Revista Chilena de Historia y Geografía. REH Revista de Estudios Históricos. REHJ Revista de Estudios Histórico-Jurídicos.
RHSMRevista de Historia Social y de las Mentalidades, Departamento de Historia, Universidad de Santiago de Chile.
RMChRevista Musical Chilena.
RMeChRevista Médica de Chile.
SCLSesiones de los Cuerpos Legislativos.
DOS PALABRAS
El volumen que el lector tiene en sus manos tardó casi cinco años en concluirse. Nuestra intención, al entregar el anterior, era hacerlo en no más de tres. Pronto, sin embargo, nos dimos cuenta de que ese plazo era estrecho, sobre todo por la intención de que se elaboraran textos cuyo contenido correspondiera a lo que entendemos como narración histórica. Desde nuestro punto de vista esa opción historiográfica era la manera pertinente de acercarse al pasado, al ser la que ofrece más posibilidades para reconstituir la vida, que es en definitiva la meta que persigue el historiador.
Dada la necesidad de darle coherencia a la exposición, ese propósito exigía consultar la mayor cantidad posible de fuentes, y examinar la abundante bibliografía nacional y extranjera que existe sobre los temas que se seleccionaron. Un camino que habría disminuido esa ardua tarea, acortando el tiempo dedicado a esta obra, hubiera sido constituir equipos de trabajo. Esto fue desechado, convencidos de la necesidad de que los autores tuvieran una relación directa con las fuentes. Solo así se evitaría la distorsión que suele producirse cuando ese cometido, al encargarse a otros, responde a inquietudes historiográficas que no son necesariamente las propias de cada investigador. La decisión indicada, discutible, como cualquier otra, importó dedicar muchas horas a la revisión de periódicos, revistas, sesiones del Congreso, archivos públicos y privados. El resultado, como era de esperar, se tradujo en el acopio de gran cantidad de material, al punto de que fue necesario distribuir el periodo que se estudia —1826-1881— en dos volúmenes.
El paso siguiente, en una suerte de segunda etapa, consistió en el análisis de esa abundante documentación, hasta conseguir sistematizarla de tal manera que permitiera organizar “una exposición ordenada y sistemática…, en vista a convertirla en una historia… en forma de relato”, en el cual se le dio una función esencial a la cronología*. Al adoptar ese camino se tuvo en cuenta que el producto final, esto es, la narración, se acercara a la época estudiada, si bien nunca se perdió de vista que los datos seleccionados y la “mente del historiador” provocan, muchas veces de manera involuntaria, graves distorsiones del pasado. Se procuró mitigar ese peligro cotejando con especial cuidado los antecedentes y discutiendo las interpretaciones que se formulaban, hasta que los autores, concluido ese ejercicio, tuvieran cierta seguridad de que sus textos no deformaban la esquiva realidad.
Quienes los escribieron tenían claro que ese objetivo solo sería posible en la medida en que los protagonistas de sus monografías fueran los diferentes grupos sociales que formaban nuestra sociedad, los hombres y mujeres, en suma, que la integraban. De lo contrario, el trabajo solo contendría información ordenada e interesante, pero carente de vida. La intención indicada explica que se escogiera describir en este tomo, a través del hábitat, la vida en el campo y en las ciudades, la evolución demográfica, la vida cotidiana, la sociabilidad, la salud y el mundo indígena, la conducta pública y privada de dichos grupos. Y que se optara, a través de la política, el derecho, la diplomacia, la iglesia y las fuerzas armadas, por mirar al país desde el horizonte de la participación que le cupo a los sectores dirigentes en su conducción, con la precaución de eludir cualquier asomo que apuntara a entender su intervención como una suerte de enfrentamiento entre “buenos” y “malos”, o como una pugna entre quienes defendían soluciones adecuadas a las circunstancias y quienes sostenían postulados equivocados. Ese esquema, que suele caracterizar las obras que tratan la historia política, fue descartado, adoptándose en cambio el principio de presentar la patria como fruto del empeño de todos, dando por sentado de que los actores —individuales o colectivos, y de cualquier condición social— defendían los ideales que consideraban más apropiados para que Chile “progresara”, sin estar del todo conscientes de que esa meta no dependía solo del tesón de cada uno, sino también de factores que no dominaban y, desde luego, del imponderable azar.
Ese es el juego de fuerzas que generan nuestro pasado y que, entrelazándose, se constituyen, a través de la narración, en parte de la trama de este libro.
Los editores
______________
*Jaume Aurell, Tendencias historiográficas del siglo XX, Globo Editores, Santiago, 2008, p. 114 y 116.
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
EL ESPACIO FÍSICO
JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ LEIVA*
EL PAISAJE
El paisaje del territorio chileno de la emancipación y de los decenios iniciales de la república, que corresponde a la región de clima mediterráneo de Chile, con predominio del tipo forestal esclerófilo, es decir, de especies de hojas duras, no difería demasiado del existente en los siglos anteriores. Así, las descripciones de Jerónimo de Vivar de la zona de Atacama y Coquimbo en el siglo XVI, con los sorprendentes “árboles extraños de ver, sin hojas”, las cactáceas columnares, son muy semejantes a las de Gay o de Domeyko en el siglo XIX. Sin embargo, en dicho siglo se produjeron cambios dignos de considerarse.
Continuando un proceso que en el norte del país se había iniciado ya durante la monarquía, aumentó el ritmo de la eliminación de la flora nativa, tanto por la acción de los mineros como por la de los agricultores. La Ordenanza de Minería de Nueva España, que comenzó a regir en Chile en 1785 y se aplicó hasta 1874, cuando entró en vigencia el Código de Minería, consultaba el “denuncio de bosques”, que permitía al minero asegurarse judicialmente la tala de los árboles para obtener madera y combustibles en beneficio del yacimiento y de la fundición de los metales. Tal regulación, más los contratos de abastecimiento de leña suscritos entre los terratenientes y los mineros, contribuyeron a la veloz reducción de árboles y arbustos. Así, el algarrobo (Prosopis chilensis), que predominaba hasta avanzado el siglo XIX y se encontraba incluso en el sector norte de Santiago, fue cortado para su uso como combustible y para enmaderar los piques en las minas. Otro tanto ocurrió con el espino (Acacia caven)1. Extensos espinales existían desde el río Copiapó hasta Concepción, en particular en el valle central y en los faldeos de las cordilleras de los Andes y de la costa, ocupando, por su gran adaptabilidad, los suelos semiáridos característicos del clima mediterráneo de Chile. Los viajeros extranjeros del decenio de 1820 fueron unánimes en subrayar la ausencia de otros árboles que no fueran algarrobos y espinos en Coquimbo —que entonces comprendía también a Atacama—y en los alrededores de Santiago2. Aunque el espino fue ampliamente utilizado en el norte en la minería, y en la fabricación de carbón vegetal en el centro del país, en que crece en topografía plana y en las colinas, su capacidad de rebrote y su elevadísima tasa de germinación le permitió subsistir en todas aquellas áreas que no fueron destinadas a la explotación agrícola. Cuando se las dedicaba a esta actividad se procedía a talar los espinos, a arar la tierra, a sembrar trigo durante un año y a dejar después el lugar para pastoreo. Otras especies alimentaron también los hornos de fundición o debieron ceder ante la agricultura, como el chañar (Geoffrey decorticans); el molle (Schinus latifolius), el olivillo (Aextoxicon punctatum), el guayacán (Porliera chilensis) y el pimiento (Schinus molle). En el norte, el aprovechamiento de la resina extraída de la brea (Thessaria absinthioides) para calafatear embarcaciones llevó a la virtual extinción de ese arbusto en los primeros decenios del siglo XIX3.
En las terrazas marinas costeras de la zona central la vegetación original de arbustos esclerófilos fue desplazada en el siglo XIX por el intenso cultivo de trigo, avena y legumbres, lo que originó un proceso de erosión que se hizo especialmente visible en el siglo siguiente. También en la cordillera de la costa, en especial en su vertiente occidental, la vegetación esclerófila de arbustos altos y de árboles pequeños fue talada para producir leña y carbón, y para el uso de la tierra en el pastoreo de cabras y ovejas y en la agricultura de secano4. En el extenso sector comprendido entre los cerros El Roble y La Campana en la cordillera de la costa entre Santiago y Valparaíso y la cordillera andina de Colchagua, por el norte, y los ríos Ñuble, en el sector andino, e Itata, en el sector costero, por el sur, abundaba el roble maulino o hualo (Nothofagus glauca)5. Muy pronto la tala para la obtención de madera, leña y carbón o para destinar los terrenos a labores agrícolas de tipo migratorio, a lo que deben agregarse los incendios forestales, llevaron a la virtual desaparición de los bosques de hualo en la cordillera de la costa. Revela la magnitud de este proceso el hecho de que entre 1819 y 1836 los barcos que salían del río Maule con productos del bosque destinados al norte o a Valparaíso eran el 56 por ciento del total del movimiento marítimo de Constitución6. Sin embargo, el elevado costo a que llegaba la madera a los yacimientos mineros por la ausencia de un adecuado sistema de transporte terrestre impulsó el traslado de las fundiciones a la costa de la zona central y, en especial, al golfo de Arauco7.
Entre los ríos Choapa e Itata la aridez de la depresión intermedia contrastaba con la mayor humedad de las dos cordilleras, donde se encontraban tupidos bosques. Pero el sostenido proceso de construcción de canales, el aprovechamiento de las nuevas tierras bajo riego y las facilidades para el transporte gracias al ferrocarril cambiaron durante el siglo XIX la fisonomía del paisaje de la depresión intermedia y de sus valles de suelos más profundos. Después del terremoto de 1822 comenzaron a regarse los áridos llanos del Maipo gracias al canal de San Carlos, lo que provocó una impresionante alza del valor del suelo entre la capital y Rancagua, y una expansión de la superficie agrícola8. Hasta Curicó se extendía en 1874 la zona cultivada, y al sur de esa localidad la vegetación natural cubría las riberas de los ríos y las quebradas, donde aún se veían cactáceas9. Tanto el cultivo de nuevas tierras como la necesidad de proveer de combustible al ferrocarril —que utilizó la leña hasta después de la guerra del Pacífico10— conspiraron para eliminar las masas boscosas de bellotos (Beilschmiedia berteroana)11, de bellotos del norte (Beilschmiedia miersii), de lingue (Persea lingue), de quillay (Quillaja saponaria), de pataguas (Crinodendron patagua), de peumos (Cryptocarya alba); de boldos (Peumus boldus); de litres (Lithraea caustica) y de muchas especies más, cuyas poblaciones encontraron refugio formando bosquetes en quebradas y en las laderas de ambas cordilleras.
El transporte de cabotaje y el ferrocarril permitieron en la segunda mitad del siglo XIX un continuado abastecimiento de madera y de leña a los centros urbanos, en especial a Santiago, lo que constituyó un importante factor en la reducción de los bosques. Además, la ampliación de la red ferroviaria originó una demanda de durmientes, que provenían generalmente de los robles12. Así, por ejemplo, Ángel Custodio Gallo, minero de Copiapó y accionista, con su familia, del ferrocarril de Valparaíso a Santiago, tuvo una flota de siete veleros destinados exclusivamente al transporte de durmientes desde Constitución, Curanipe y Llico para la mencionada vía férrea13.
Los campos que iban quedando despejados en las terrazas marinas costeras de la zona central fueron utilizados para cultivos de secano de cereales y legumbres, pero los terrenos que no tenían aptitud para ellos se destinaron a la explotación ganadera extensiva, con énfasis en la ovejería14.
También desaparecieron de la zona central algunas herbáceas como el pangue (Gunnera tinctoria), utilizado durante la colonia y parte de la república para curtir los cueros, hasta que fue reemplazado para ese fin por la corteza del lingue. De la abundancia del pangue, en especial en las quebradas y en los sectores húmedos, da prueba la toponimia.
Se acepta como verdad inconcusa que a la llegada de los conquistadores se extendían espesísimos y a menudo infranqueables bosques desde el sur del río Laja hasta el extremo austral del país. En verdad, ellos se encontraban en las laderas de los cerros y en los piedemontes andino y de la cordillera de la costa, en tanto que los sectores llanos estaban en general despejados, lo que ocurría en la zona de Concepción, en Arauco, en la región entre los ríos Itata y Toltén, al sur del cual había un espeso bosque, en el río Cautín, y al sur de Valdivia, territorio dotado de extensísimos llanos15. Todos los testimonios indican que muy pronto, junto a la ocupación de las tierras planas, se inició el aprovechamiento del bosque para la obtención de madera. Pero parece evidente que de esa labor no se siguió la desaparición del bosque nativo. Un extranjero, Edmond Reuel Smith, que recorrió la zona araucana a mediados del siglo XIX desde Negrete a Quepe, tenía la convicción, probablemente exagerada, de que la costumbre de los indígenas de “quemar todos los años los pastos estaba destruyendo rápidamente las selvas del sur de Chile”16. Es muy posible que al desaparecer la presencia de los españoles en la Araucanía después del alzamiento de 1598, muchos de los terrenos despejados que en algún momento se destinaron al cultivo desarrollaran renovales, con la consiguiente reconstitución de los bosques. Pero es innegable que en la región austral coexistieron bosques y extensos llanos, como para el sector de Osorno y La Unión lo subrayaron, entre otros, Charles Darwin y Vicente Pérez Rosales17.
La progresiva ocupación de la Frontera implicó un desarrollo del cultivo del trigo en el siglo XVIII, aunque, por los problemas del transporte, solo se hacía en sectores próximos a los puertos. En la segunda mitad del siglo XIX la demanda por dicho cereal le proporcionó un enorme impulso a su cultivo. Esa actividad, realizada con maquinarias modernas, suponía una previa preparación de los terrenos. Esta consistía, en primer lugar, en el “floreo” de los bosques, es decir, el aprovechamiento de las especies maderables, y a continuación, mediante la acción del fuego —los “roces”—, se procedía a la limpieza de los potreros. Una larga labor posterior de destronque, con la consiguiente desaparición de la flora nativa, dejaba el suelo en disposición de ser arado y sembrado. Un cuadro parecido se produjo con la ocupación de las tierras al sur de Los Llanos hasta Puerto Montt, en la que los incendios forestales desempeñaron un papel fundamental, como lo relató detalladamente Vicente Pérez Rosales18. Por cierto que no todas las labores de despeje se tradujeron en ganancias para los cultivos agrícolas, como quedó de manifiesto en el sector entre Puerto Varas y Puerto Montt, por no ser las tierras aptas para los cultivos, o en grandes sectores de la cordillera de la costa, que muy pronto fueron víctimas de la erosión19. Tan grave como lo anterior fue que la tala de los bosques favoreció la invasión de la franja costera por las dunas, según al concluir el siglo XIX el naturalista alemán Federico Albert lo puso de relieve respecto del departamento de Chanco20. Y no deja de sorprender que la preocupación que existía en el siglo XVIII en las autoridades ante la corta de la palma chilena para la obtención de miel no se reprodujera en el siglo XIX frente a la paulatina eliminación del bosque nativo. Cabe sospechar que semejante actitud fuera otra muestra del ansia por el progreso: sustituir la selva hostil, enmarañada y peligrosa por potreros ordenados, bien sembrados o con empastadas que alimentaran a grandes masas de ganados.
Coincidió con ese proceso de reducción de la flora nativa la introducción de especies vegetales nuevas, como el álamo, que por su adaptación a los suelos y al clima del país y por el fácil trabajo de su madera se difundió desde la emancipación con extraordinaria rapidez. Fue, según se ha afirmado, el provincial de los franciscanos, fray José Javier Guzmán, quien incorporó dicha especie a Chile en 1805 al recibir 20 ejemplares que había encargado a Mendoza, que plantó en su convento y repartió entre algunos vecinos21. Se utilizó para el diseño de alamedas en las ciudades, con Santiago como ejemplo, pero fue su empleo en el deslinde de propiedades rurales y de potreros y en dar sombra a los caminos lo que lo convirtió en uno de los elementos más característicos del paisaje, en especial en la zona central.
A fines del decenio de 1830 llegaron a Chile semillas de diversas especies arbóreas, y en 1841 se realizaron ensayos para introducir el pino marítimo de Francia en Copiapó22. El sauce llorón (Salix babylonica), bastante diferente del sauce chileno (Salix chilensis), se propagó con gran rapidez en el campo por su notable capacidad para controlar los cursos de agua, con la sombra para el ganado como beneficio adicional.
A lo anterior se debe agregar, según se examina en otro capítulo, la sostenida política llevada oficialmente desde el gobierno de Manuel Bulnes por la Quinta Normal de Agricultura para introducir nuevas especies vegetales desde Europa y los Estados Unidos. Así, palmeras de innumerables variedades, robles, castaños, pinos, arces, encinas, olmos, fresnos, acebos, hayas, alisos, tuliperos y muchos más se hicieron comunes en los parques de los fundos, en las plazas y en los caminos. En 1857 Matías Cousiño plantó eucaliptus (Eucaliptus globulus) con el propósito de enmaderar los piques mineros23, si bien según Abdón Cifuentes fue Manuel José Irarrázaval quien lo introdujo en el decenio de 1860.
Antes de la generalización de los alambrados para cercar los potreros se utilizaron algunas especies vegetales foráneas con tal objeto, como la zarzamora o murra (Rubus ulmifolius Schott.) y el espinillo (Ulex europaeus), ambas llegadas a mediados del siglo XIX y que se convirtieron en agresivas invasoras. Se afirma que la primera fue traída por los colonos alemanes24, en tanto que la segunda lo fue probablemente por la Quinta Normal, en cuyo conservatorio había en 1853 varias macetas con ese arbusto25.
RECONOCIMIENTO DEL TERRITORIO
Una vez afianzada la Independencia, las nuevas autoridades republicanas comenzaron a hacer efectivo su dominio en los espacios territoriales que no habían sido ocupados materialmente durante el periodo monárquico, para lo cual se optó por incorporarlos mediante un proceso de colonización. Para lograr ese propósito se crearon centros poblados y se construyeron vías de comunicación con las áreas ya consolidadas26.
La ocupación del territorio chileno fue un proceso paulatino que se estructuró desde el centro del país hacia los extremos norte y sur. En algunos casos este fenómeno obedeció a la iniciativa privada, en otros fue el Estado el que impulsó su realización, y en no pocos casos correspondió a una complementación de ambos. Hubo en el siglo XIX un evidente cambio de ritmo en ese proceso, al incorporarse por el norte Tarapacá y Antofagasta —lo que, por ocurrir después de 1881, no es tratado aquí— y por el sur, la Frontera, la zona austral y Magallanes. En las áreas marítimas y patagónicas el Estado dirigió el proceso, de manera que al finalizar el siglo XIX la mayor parte del territorio nacional había recibido la estructura jurídico-administrativa propia de la república. Sin embargo, había un espacio que permanecía despoblado debido a que sus condiciones geográficas hacían difícil su ocupación: la Patagonia occidental27.
Las autoridades debieron hacer frente a la organización y administración de la nación, y uno de los problemas con que se encontraron fue la carencia de un conocimiento sistemático del territorio. Si bien existían descripciones geográficas y cartografía de la gobernación de Chile, realizadas tanto por funcionarios de la corona como por naturales del territorio, y también por cartógrafos y viajeros de otras nacionalidades, estas eran bastante generales y las representaciones cartográficas, salvo contadas excepciones, no pasaban de ser simples esquicios. Entre las hispanas podemos mencionar el mapa de Chile publicado por Antonio de Herrera el año 1601, que forma parte de la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar océano28; el mapa de Chile elaborado por el gobernador Ambrosio Higgins, de 1768, que presentó en Madrid al ministro de Indias Julián de Arriaga, en el que se indicaba con especial detalle la localización de las misiones de los jesuitas; el notable Mapa de América Meridional del cartógrafo Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, de 1775 y con tres ediciones más hasta 1785, y el Plano General del Reyno de Chile, elaborado en 1793 por el cosmógrafo Andrés Baleato por encargo del virrey del Perú Francisco Gil de Taboada. Entre la cartografía elaborada por criollos se debe mencionar el mapa de Chile que acompaña la obra de 1646 de Alonso Ovalle, Histórica relación del Reino de Chile, así como el mapa Il Chile regno del L’America Meridionale, que forma parte de la obra de Juan Ignacio Molina de 1776, Compendio de la geografía natural y civil del Reino de Chile. Entre los mapas confeccionados por cartógrafos extranjeros está el titulado Chile, Provincia Amplissima, de 1597, que integra el atlas del holandés Cornelius Wytfliet; el mapa del holandés Johannes Laet, de 1625, titulado Chili, que sirvió de modelo a otros cartógrafos europeos para representar a Chile; el mapa del cartógrafo francés Nicolás Sanson d’Abbeville, de 1656, titulado Le Chili. Por su parte, entre los viajeros, cabe mencionar el mapa levantado por la expedición de Alejandro Malaspina del año 1790, que se diferencia de los otros por la base científica con la cual fue elaborado, pero limitado esencialmente a la costa de Chile.
Dada las imprecisiones de los mapas existentes, las autoridades republicanas se abocaron a la tarea de disponer de cartografía confiable tanto del territorio marítimo como del continental. Para satisfacer lo anterior se realizaron diversos intentos. En el plano marítimo, el piloto Claudio Vila, radicado en Valparaíso, interesó en 1823 al ministro del Interior Mariano Egaña para crear allí una academia náutica, la que, además de formar a los pilotos para la navegación, debería levantar cartografía hidrográfica tanto del litoral como de los puertos, teniendo en consideración la extensa costa del país. Sin embargo, la muerte sorprendió al piloto Vila antes de ver hecho realidad su proyecto. Un propósito similar persiguió en 1837 José de Villegas, director de la Escuela Náutica de Valparaíso, junto a Manuel García y Castilla, que tampoco tuvo éxito. Sin embargo, los levantamientos hidrográficos hechos por algunas potencias europeas, en especial Inglaterra y España, comenzaron a ser muy frecuentes en esta parte de América. En ella se inscribió la cartografía del territorio chileno austral y central levantada por el hidrógrafo inglés John William Norie y publicada en 1822 y 1824, labor a la que colaboró posteriormente el Almirantazgo británico. Los marinos españoles, continuadores de la escuela de Vicente Tofiño de San Miguel, hicieron importantes contribuciones a la cartografía náutica de las costas chilenas, como la realizada por la ya mencionada expedición de Alejandro Malaspina de finales del siglo XVIII.
Las exploraciones marítimas de los hidrógrafos británicos durante el segundo y tercer decenio del siglo XIX, en especial en la región austral, merecen especial atención. De suma importancia fue la expedición encargada por el Almirantazgo al comandante Philip Parker King, quien, con las naves Adventure y Beagle y un destacado grupo de oficiales y científicos, realizó el relevamiento hidrográfico del estrecho de Magallanes y canales adyacentes en tres campañas de diciembre de 1826 a marzo de 1827; de enero a agosto de 1828 y de abril a mayo de 1830. Una misión complementaria, al mando del comandante Robert Fitz Roy en el bergantín Beagle, que zarpó de Davenport en diciembre de 1831, dio término a “una labor sin precedentes por lo extensa, seria y completa”, marcada, además, por dificultades de toda índole29. A un gobierno como el británico, que estaba aplicando un sistemático proceso de expansión colonial por todo el mundo para asegurar su comercio, con seguridad no le era indiferente obtener la más completa información sobre el paso marítimo entre los océanos Atlántico y Pacífico, etapa previa a una posible ocupación territorial. En las indicadas campañas los marinos ingleses exploraron y relevaron también los canales que desde la bahía Tamar se abren hacia el norte. Fitz Roy le encomendó a los tenientes Skyring y Graves esos trabajos, quienes, a bordo del Adventure, llegaron hasta el golfo de Penas. Entre los frutos de esa expedición debe anotarse la exploración por el teniente Skyring y el piloto Kirke del asombroso fiordo de Última Esperanza, descubierto en diciembre de 1557 por el capitán Juan Fernández Ladrillero, y reconocido por tierra solo a partir del decenio de 187030. Por su parte, el comandante Pringle Stokes, a bordo del Beagle, realizó el reconocimiento y levantamiento de la costa exterior hasta el área del golfo de Penas, en el sector de la península de Tres Montes31. En lo que corresponde al área conocida como Aysén, a principios del cuarto decenio el capitán Robert Fitz Roy reanudó las exploraciones, y su práctico William Low recorrió el archipiélago de los Chonos, desde Guafo a Tres Montes. Esos trabajos permitieron disponer de las primeras representaciones cartográficas modernas de la zona occidental de Aysén32. La actividad hidrográfica inglesa se reanudó entre 1866 y 1869 con los levantamientos de la corbeta Nassau, al mando del capitán Richard C. Mayne, y los del Alert, en 1880, y del Sylvia, en 1882-188433.
El interés por disponer de una cartografía de calidad para la seguridad de la navegación de cabotaje en las costas chilenas llevó a que el Ministerio de Marina de Chile publicara en 1843 una carta de gran parte del litoral chileno titulada Carta incompleta de la Costa de Chile, basada en los trabajos hidrográficos realizados por Fitz Roy. Entre 1841 y 1844 los marinos Domingo Salamanca y Leoncio Señoret levantaron pequeños tramos del litoral chileno al norte de Chiloé. Los trabajos iniciales se concentraron en el litoral entre Atacama y Aconcagua, en los cursos y en las desembocaduras de los ríos de la zona central y sur, y en la búsqueda de una comunicación entre el archipiélago de los Chonos y el golfo de Penas34.
La labor de hidrógrafos chilenos de la Armada comenzó a tener significación a mediados del siglo XIX gracias a los levantamientos en el litoral de las provincias de Llanquihue y Arauco, así como también por los realizados en los cursos de los ríos Biobío, Toltén, Imperial, Cruces, Calle Calle, Futa, Maullín y las hoyas de los río Valdivia y Bueno35. Conviene recordar que el plano de la desembocadura de este último río, hecho en 1834, es la primera expresión de la hidrografía nacional36. Destacaron de manera especial las labores de la primera comisión hidrográfica a cargo del teniente Francisco Hudson entre 1855 y 1857 en el extenso litoral entre Chiloé y Magallanes. Posteriormente, entre 1870 y 1874, le correspondió al capitán de fragata Enrique Simpson llevar adelante varias campañas de reconocimiento marítimo para garantizar una navegación segura y para tratar de encontrar pasos que comunicaran la Patagonia occidental con la oriental, lo que supuso la exploración de los ríos y de las llamadas internaciones del mar entre los paralelos 44° y 46° de latitud sur37.
En 1874 se creó la Oficina Hidrográfica, dependiente del Ministerio de Marina, cuyo cometido era la publicación de cartas hidrográficas y la elaboración del Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile. A partir de ese año se iniciaron los trabajos de exploración y relevamiento de la región del estrecho por el comandante Simpson, al mando de la corbeta Chacabuco. Este ciclo hubo de interrumpirse entre 1879 y 1884 con motivo de la guerra del Pacífico38. En enero de 1879 el teniente de la Armada Ramón Serrano Montaner inició la exploración interior de la Tierra del Fuego, partiendo desde la bahía Gente Grande y recorriendo un sector de la sección norte de la isla así como la parte central de ella. La existencia de placeres auríferos en varios ríos fueguinos interesó a un ex oficial de marina, Jorge Porter, quien exploró a fines de 1880 la parte noroccidental de la isla y descubrió la bahía que denominó Porvenir, de la cual hizo un levantamiento preliminar cartográfico e hidrográfico39.
En 1880 asumió la dirección de la Oficina Hidrográfica el destacado especialista Francisco Vidal Gormaz, momento a partir del cual los progresos de esa cartografía en el reconocimiento del litoral fueron muy significativos.
La cartografía continental, representada en este caso por la cartografía topográfica, exhibió también un considerable desarrollo, que tuvo implicaciones científicas, económicas y políticas. En cuanto a lo científico, comenzó a ser confeccionada con métodos cada vez más rigurosos, a fin de asegurar la necesaria confiabilidad para conocer, por ejemplo, las verdaderas dimensiones del territorio chileno. En lo concerniente a lo económico, ella se utilizó para determinar la disponibilidad y localización de los recursos humanos y naturales, y en su dimensión política fue la base fundamental para diseñar la organización político-administrativa de la nación y la correspondiente representación ciudadana.
El desarrollo de la cartografía topográfica nacional durante los primeros decenios del siglo XIX supuso numerosos ensayos para contar con un mapa confiable de Chile, antes de disponer de un levantamiento con cierto grado de exactitud. Ejemplo de un intento frustrado fue el realizado en 1823 por Carlos Francisco Ambrosio Lozier junto a Alberto D’Albe40. Un nuevo rumbo se dio en esta materia con la presencia en el país del joven naturalista francés Claudio Gay y después con la del geógrafo y geólogo Amado Pissis.
Claudio Gay (1800-1873) llegó a Chile en 1828 para incorporarse a un proyecto pedagógico que fracasó. En 1830 el gobierno chileno firmó con él un contrato en consideración a su formación científica, siendo Diego Portales ministro del Interior. Mediante dicho contrato, Gay se obligó a hacer un reconocimiento geográfico del territorio41, el que incluía, entre otros aspectos, la realización de una cartografía nacional, tanto general como de cada una de las provincias chilenas. Firmado el convenio, efectuó la exploración del territorio entre 1830 y 1842. A fines de 1830 comenzó su recorrido por la provincia de Colchagua, instalándose en la ciudad de San Fernando, a partir de la cual visitó durante 1831 su sector costero, central y cordillerano. A mediados de ese mismo año regresó a Santiago e incursionó por el norte de la provincia, para posteriormente dirigirse a Valparaíso, donde, a la espera de un barco que lo llevara a Francia, visitó el archipiélago de Juan Fernández a comienzos de 1832. Su viaje a Francia tenía por finalidad adquirir los instrumentos necesarios para efectuar el levantamiento cartográfico comprometido con el gobierno. Tras su regreso en 1834, reinició el reconocimiento del territorio, abordando el área sur y costera de la provincia de Santiago, para seguidamente dirigirse a recorrer las provincias de Valdivia y Chiloé durante los años 1835 y 1836. Remontó el río Valdivia, visitó las localidades de Corral, Osorno, los lagos Llanquihue, Villarrica, Panguipulli y la Isla Grande de Chiloé, entre otros lugares. En mayo de 1836 inició su regreso al centro del país. Durante ese mismo año se dirigió a la provincia de Coquimbo y se instaló en La Serena, a partir de la cual recorrió la costa de la provincia y el valle del río Elqui. Permaneció en la provincia de Coquimbo gran parte de 1837, ocasión en que incursionó en el valle del río Limarí y el centro-sur de dicha provincia, tanto en el sector costero como en su parte central. El final del año 1837 lo destinó a visitar el área costera y central de la provincia de Aconcagua. A principios de 1838 hizo un reconocimiento del sector cordillerano de la provincia de Santiago por el valle del río Maipo, para dirigirse después al centro-sur del país y recorrer las provincias de Colchagua, Talca, Maule y arribar a la de Concepción por su sector costero. En 1839 reinició su viaje de regreso a Santiago por la depresión intermedia, pasando por las localidades de Chillán, San Carlos, Linares, Talca, Curicó, San Fernando y Rancagua, entre otras. En marzo de ese año viajó al Perú con el objeto de buscar documentación para abordar la historia de Chile, tarea que lo mantuvo ocupado prácticamente todo el resto de 1839 y gran parte de 1840. A fines de 1841 se dirigió a Copiapó para visitar la provincia de Atacama, donde reconoció las localidades de Caldera, Tierra Amarilla, Vallenar y Freirina a comienzos de 1842, culminando con ello el recorrido por todas las provincias de Chile. El único sector que no visitó fue la extensa área comprendida entre el sur de la Isla Grande de Chiloé y Magallanes, aunque la consideró en el mapa general de Chile de 1854 que confeccionó42. Allí representó el área comprendida entre el sur de la Isla Grande de Chiloé y el Cabo de Hornos sobre la base en un mapa levantado por la expedición de Alejandro Malaspina de finales del siglo XVIII. Cabe advertir, para el caso específico de Aysén, que solo se tenía una ligera idea de su fachada occidental y se desconocía totalmente su interior, aunque se sabía que se extendía allende la cordillera de los Andes. Muy lentamente se logró entender a Aysén como una unidad territorial claramente diferenciada de Chiloé y su archipiélago, y de Magallanes, aunque carecía de una denominación geográfica43.
Después de recorrer Gay el país, inició en 1834 la cobertura cartográfica, al disponer de los instrumentos necesarios para ese cometido. El resultado final se alcanzó en 1854, cuando se publicó en París el Atlas de la Historia Física y Política de Chile. La obra cartográfica de Gay está compuesta de un mapa general de Chile a escala de 1:2.000.000 aproximadamente, y de un conjunto de 12 mapas particulares que representan las provincias de Chile con escalas variables entre 1:800.000 y 1:1.500.00044. El mérito de la cartografía de Gay radica en que el país pudo contar por primera vez con un levantamiento cartográfico con base científica, pues la localización de una parte importante de los diferentes lugares registrados en los mapas, con su correspondiente latitud y longitud, fueron determinados astronómicamente, y otros tantos mediante el uso de la brújula45. Se ha afirmado, y con razón, que el trabajo de Gay fue “la base del desarrollo cultural y científico posterior del país, pues fue a partir de sus trabajos que naturalistas como Ignacio Domeyko, Amado Pissis, Rodulfo Amado Philippi, entre otros, iniciaron, completaron y aportaron a la obra de reconocer las características físicas del territorio e inventariar sus riquezas naturales”46.
Mientras tanto, y dado el retardo de Gay, motivado, entre otras cosas, por la envergadura y magnitud de la tarea encomendada, el gobierno decidió contratar en 1848 los servicios del geógrafo y geólogo francés Amado Pissis (1812-1889), atendiendo a la necesidad que tenía ahora el país de avanzar hacia su desarrollo económico, por lo que era menester disponer de una representación cartográfica con la localización de los recursos naturales, especialmente mineros, así como de un instrumento para la gestión y la administración territorial. Dicho contrato fue firmado durante el gobierno de Manuel Bulnes con el ministro del Interior Manuel Camilo Vial. Pissis inició de inmediato sus actividades sin recorrer el país previamente como lo había hecho Gay, sino que se abocó directamente a la realización de lo requerido en el contrato:
D. Amado Pissis se obliga a hacer la descripción geológica y mineralógica de la República de Chile, cuya obra se compondrá de texto y mapas. El texto lo dividirá en dos partes: una correspondiente a la geografía del país en que se indicará la posición geográfica, esto es, la latitud y la longitud de las ciudades, pueblos, cerros y otros puntos notables, calculadas por observaciones astronómicas, sus alturas sobre el nivel del mar, y los demás elementos que deben servir de base a los mapas. Al formar esta parte, el señor Pissis dedicará una especial atención a la Cordillera de los Andes, que examinará del modo más prolijo que le sea posible, a fin de señalar con precisión el filo o línea más culminante que separa las vertientes que van a las Provincias Argentinas de los que se dirigen al territorio chileno, y la situación geográfica de los diversos boquetes que permitan el paso por dichas cordilleras a las varias provincias de la República.
La otra parte comprenderá la geología y mineralogía de Chile; y en ella se dará a conocer la composición geológica de cada provincia, y de todos los productos mineralógicos que se encuentren en ella y puedan ser útiles a algunas industrias, como la indicación exacta de sus asientos.
Los mapas serán el complemento y el resumen del texto, presentando al ojo la configuración exacta de cada provincia, la distancia de un punto a otro, sus alturas respectivas, la extensión de cada formación geológica, la posición de las minas y de todos los productos minerales útiles a las artes y agricultura47.
Las operaciones indispensables para el levantamiento cartográfico, basadas en el método de la triangulación geodésica, obligaron a Pissis a recorrer el país desde el desierto de Atacama hasta el sector inicial de la Araucanía, territorio que no pudo visitar a causa de la belicosidad de sus habitantes. Contó con varios colaboradores, muchos de ellos solo ocasionales, como el astrónomo Carlos Guillermo Moesta, el capitán de ingenieros José Antonio Donoso Fantoval, los tenientes Félix Blanco Gana y Alberto Blest Gana, el ingeniero de minas Pedro Lucio Cuadra, el ingeniero geógrafo Enrique Concha y Toro y el agrimensor Gabriel Izquierdo48.
La labor efectuada por Amado Pissis se tradujo, en su parte cartográfica, en el Plano topográfico y geológico de la República de Chile, a escala 1:250.000, publicado en París en 1873, obra compuesta de 13 hojas, realizada mediante una triangulación geodésica, método que aseguraba un levantamiento de calidad y precisión49. Años más tarde, en 1888, siendo jefe de la sección de Geografía de la Oficina Central de Estadística, publicó un mapa geográfico general de todo el país a escala 1:1.000.000, titulado Mapa de la República de Chile desde el río Loa hasta el cabo de Hornos, basado en los datos acumulados para su mapa a escala 1:250.000.
Por otra parte, la relación escrita de su trabajo fue recogida en los diferentes informes publicados en los Anales de la Universidad de Chile a partir de 1850, tanto de índole monográfica como específica de algunas de las provincias visitadas. En ellos dio a conocer las características físicas y humanas del territorio chileno, producto del conocimiento directo adquirido en sus viajes a terreno, así como de la consulta de otros viajeros y exploradores, en especial de lo realizado por Claudio Gay. Entre estos informes cabe destacar “Investigación sobre la altitud de los cerros culminantes de la cordillera de los Andes”, de 1852, y “Descripción de la provincia de Valparaíso”, de 1858. Todo este trabajo tuvo su expresión final en su obra Geografía Física de la República de Chile, publicada en 1875, en la que reseña en su primera parte, y con gran extensión, la orografía, geología, meteorología e hidrografía de país, bajo el título de Reino Orgánico, y en su segunda parte todo lo relacionado con la vegetación, agricultura y fauna, bajo el nombre de Geografía Botánica50.
Los mapas de Pissis, a pesar de las críticas de que fueron objeto, junto con su texto Geografía Física de la República de Chile, tuvieron gran influencia durante el último tercio del siglo XIX y contribuyeron notablemente al conocimiento de la geografía del país, sobre todo en lo referente a sus potencialidades económicas.
En el proceso de descripción del territorio conviene tener presente también a otros individuos que cumpliendo deseos personales o bien encargos del gobierno o de gobiernos extranjeros exploraron con fines científicos el país durante el siglo XIX. Así, se hicieron reconocimiento de zonas más específicas del país, como ocurrió con Valdivia. En ellos participaron los hermanos Bernardo y Rodulfo Amando Philippi, Benjamín Muñoz Gamero —en 1849 reconoció el lago de Todos los Santos51—, los hermanos Guillermo y Eduardo Frick, Guillermo Dðll, que completó el trabajo de Muñoz Gamero y publicó un mapa de la zona, y varios agrimensores, como Reuter, Harnecker, Siemsen, Eisendecher, Geisse y otros52. Guillermo Cox exploró en 1859 la desembocadura del río Petrohué, y en 1862 emprendió un viaje que lo llevó hasta el lago Nahuel Huapi. Consecuencia de estas exploraciones fue, además de las descripciones del territorio y de sus habitantes y de un mejor conocimiento de la flora y de la fauna, la elaboración de una abundante cartografía, como el mapa de la provincia de Valdivia de Bernardo Philippi, impreso en Alemania en 1846; el de Eduard Poeppig, grabado en París en 1859; el de Guillermo Frick, de 1864, y el de este mismo, de una parte de la provincia, de 1885.
Por su magnitud deben recordarse los viajes realizados por Ignacio Domeyko y Rodulfo Amando Philippi, el primero al desierto de Atacama y a la Araucanía, y el segundo también al desierto de Atacama. Ignacio Domeyko, con estudios en la Escuela de Minas de París, ostentaba el título de ingeniero en minas, y fue contratado por el gobierno chileno con el propósito de formar sus propios cuadros de profesionales y técnicos para fortalecer el desarrollo económico, así como para reconocer los recursos naturales de que disponía el territorio. Recién llegado al país se radicó en La Serena como profesor de Química y Mineralogía en el liceo de esa ciudad. Escribió, asimismo, ensayos y artículos referentes a los minerales existentes en el país y recorrió Atacama, poniendo especial interés en Copiapó, Huasco y Chañarcillo53. Al visitar Domeyko la Araucanía en 1845, lo hizo motivado esencialmente por su curiosidad de científico en el pueblo mapuche y en las características de ese territorio. Las opiniones que formuló en sus escritos tuvieron gran importancia para las autoridades de gobierno ante el debate surgido sobre lo que convenía hacer en una región aún no sometida a la soberanía del Estado chileno54.
Rodulfo Amando Philippi, médico de profesión pero naturalista por vocación, se desempeñó como profesor de Geografía y de Historia Natural en el Colegio Politécnico de Cassel. Inducido por su hermano Bernardo, quien actuaba como agente de colonización de Chile, llegó al país a fines de 1851. Muy pronto fue nombrado rector del Liceo de Valdivia, para trasladarse posteriormente a Santiago, donde ejerció el cargo de profesor de Botánica y Zoología del Instituto Nacional. En 1853 fue nombrado director del Museo Nacional de Historia Natural. La contribución de Philippi al país es muy amplia, pero en lo referente al conocimiento del territorio ella se deriva de las diferentes expediciones científicas que lo llevaron a recorrer gran parte del territorio, lo que le permitió hacer interesantes aportes a la taxonomía de la flora chilena. Mediante decreto del 10 de noviembre de 1853 se le encargó explorar y reconocer el desierto de Atacama, misión que emprendió de inmediato junto a Guillermo Dðll y al célebre cateador Diego de Almeida. El objeto de la exploración era conocer la geología de esa parte del territorio y los diferentes minerales que podía contener para su explotación, así como obtener más información geográfica para el mejor conocimiento de esa porción del país y sus posibilidades de recibir asentamientos humanos55. Aunque la formación académica de Philippi no era la misma que la de Ignacio Domeyko o Amado Pissis, fue el primer naturalista en explorar una zona temida por aislada e inhóspita. Su informe, importante en la descripción y sistematización de la flora y fauna del desierto, no fue alentador respecto de las posibilidades de ocupación, así como de la explotación minera, especialmente por la carencia de recursos hídricos.
El 3 de agosto de 1848 el Congreso de los Estados Unidos encargó al secretario de Marina la preparación de una expedición astronómica al hemisferio sur, destinada a calcular la distancia entre la tierra y el sol. Esta tarea, que se centró en Chile y en los territorios interiores de Argentina, fue llevada a cabo entre los años 1849 y 1852 por el teniente de la Armada James M. Gilliss, quien contó con la colaboración de tres ayudantes. A los trabajos astronómicos y sobre magnetismo terrestre agregó numerosas y agudas observaciones sobre Chile, su población, sus actividades económicas y su vida política. Pero también, y sobre la base de los trabajos de Pissis, Allan Campbell, Gay, “los originales inéditos de los archivos de Santiago” y las propias determinaciones astronómicas de la expedición, elaboró tres planchas que cubrían desde los “supuestos límites de Bolivia”, en el paralelo 25, hasta la isla de Chiloé. Al ayudante principal de Gilliss, el teniente Archibald MacRae, le cupo la tarea de hacer observaciones entre Santiago y Buenos Aires, fruto del cual, en lo que hace relación a Chile, fue el mapa de los pasos de Uspallata y Portillo56.
Menos numerosos y más tardíos fueron los viajes de reconocimiento al interior del territorio magallánico. Aunque se sabe que este era recorrido por baqueanos dedicados al comercio con los indígenas y a la caza de caballos salvajes o baguales, escasas son las descripciones de la región. En mayo de 1869 el inglés Charles Chaworth Musters, ex oficial de marina, salió de Punta Arenas con un grupo de soldados enviados a capturar a un grupo de desertores. Musters llegó al establecimiento de Luis Piedra Buena en la isla Pavón, en el río Santa Cruz, y después, junto a un grupo de tehuelches, realizó una travesía de casi tres mil kilómetros hasta llegar a Carmen de Patagones. El relato de su viaje, publicado en Londres en 1871, puso énfasis en la forma de vida de los tehuelches y dio interesantes antecedentes acerca de las relaciones de estos con los mapuches57.
En 1877 el comandante general de Marina dispuso la exploración de los valles orientales de los Andes y en particular de la región situada al sur del río Santa Cruz. Estuvo a cargo de la expedición el teniente Juan Tomás Rogers, más un guardiamarina, dos marinos, dos baqueanos y el joven naturalista Enrique Ibar. El grupo no solo llegó al río Santa Cruz, sino reconoció el lago donde nace, bautizado como Santa Cruz, hoy Argentino. La instrucción que recibió de dar término a la comisión como consecuencia del motín de los artilleros en Punta Arenas frustró los objetivos geográficos, aunque no los científicos de la expedición. Un segundo intento iniciado a principios de enero de 1879 permitió el reconocimiento del macizo montañoso del Paine y del impresionante distrito lacustre de la zona. Con la información proporcionada por Rogers, el ingeniero Alejandro Bertrand pudo diseñar la primera carta de la Patagonia oriental austral58.
Como consecuencia de la suscripción del tratado de límites con Argentina de 1881 y dado que ese país impulsaba el establecimiento de colonos en la Patagonia, en la vertiente oriental de la cordillera andina, el gobierno chileno redobló sus esfuerzos para reconocer puntos y áreas de interés destinados a la colonización en la vertiente occidental de dicho territorio. Por tal motivo encomendó al capitán de fragata Ramón Serrano Montaner la exploración del valle y río Palena, para, por una parte, conocer su potencialidad colonizadora, y por otra, “determinar la relación en que los mismos se encontraban con respecto de la línea divisoria internacional”59, en especial en lo relativo al nacimiento del río sobre la base de la divisoria de las aguas o de las altas cumbres.
LOS LÍMITES DE CHILE
La imprecisa delimitación septentrional de Chile contenida en las constituciones de 1823, 1828 y 1833, el despoblado o desierto de Atacama, es un claro reflejo del desconocimiento que las primeras autoridades republicanas tenían de esa región, unido, con seguridad, a un desinterés por ella. No de otra manera se puede explicar la inercia del gobierno de Santiago ante la medida adoptada por Simón Bolívar, a tres meses de fundarse la nueva república de Bolivia en lo que había sido el Alto Perú, de darle a esta un puerto “a cualquier costo”. La orden fue comunicada por Antonio José de Sucre al irlandés Burdett F. O’Connor, quien, desde Cobija y a bordo del bergantín Chimborazo reconoció la costa hacia el sur. Desechó a Mejillones por carecer de agua, y a Paposo por las dificultades del tránsito desde ese lugar hasta Atacama, concluyendo que Cobija “tenía el mejor fondo para ancla y el puerto más cómodo también”. Por decreto de 28 de diciembre de 1825 Bolívar habilitó a Cobija, como “puerto mayor de estas provincias”, con el nombre de Puerto La Mar60.
Lo más notable de esta determinación de Bolívar —producto de la ignorancia de la realidad americana por parte de los próceres de la independencia, muchos de ellos provenientes de muy distantes lugares del continente, unida a la actuación arbitraria de estos, interesados en rehacer libremente el mapa de América, y a la generalizada inestabilidad producida por el proceso emancipador— fue que la ocupación de territorios pertenecientes al Perú y a Chile y su asignación a una entidad nueva, de naturaleza mediterránea y altiplánica, no generara reacción alguna en los países afectados. Al margen de las normas de la legislación indiana y de la cartografía de la época, muy imprecisa, como se ha indicado, pero perfectamente clara en cuanto a fijar el límite norte de Chile con el Perú —y no con el virreinato del Río de la Plata, al que perteneció el Alto Perú desde 1776, y que nunca pretendió tener costa en el Pacífico— ya en el río Loa61, ya en el Salado o en puntos intermedios, son numerosísimos los testimonios que muestran la presencia de chilenos y los actos positivos de jurisdicción del gobierno en el territorio del despoblado de Atacama. Baste recordar las encomiendas de indios changos que habitaban en la costa otorgadas al conquistador Francisco de Riberos Figueroa, vecino de La Serena y a sus descendientes, todavía en el siglo XVIII62, o los reiterados actos jurisdiccionales del gobernador Ambrosio Higgins, pasando por la concesión de mercedes de tierras, como la de Paposo dada al corregidor de Copiapó Francisco de Cisternas63. Al dar Chile sus primero pasos con alguna autonomía, de no menor importancia fueron los censos realizados en el territorio de Paposo, como el de 1813.
El descubrimiento de guano en Mejillones y de yacimientos de cobre en las proximidades llevó a la dictación de la ley de 31 de octubre de 1842, que declaró de propiedad nacional los guanos de Coquimbo, del desierto de Atacama y de las islas adyacentes. Esto originó un largo debate con Bolivia —matizado con solicitudes a Chile de su mediación ante el Perú para lograr la cesión de Arica—, que se examina en detalle más adelante, y que concluyó con la firma, el 10 de agosto de 1866, de un tratado que fijó como límite entre ambos países el paralelo 24 de latitud sur. Se agregó en el citado instrumento que los derechos de exportación del guano y de los minerales extraídos entre los paralelos 23°, un poco al norte de Punta Angamos, y 25°, casi exactamente en Paposo, se repartirían por mitades entre ambos países. Otro tratado, suscrito el 6 de agosto de 1874, sustituyó al anterior convenio, pero dejó subsistente el límite. Lo que interesa subrayar, en consecuencia, es que a partir de 1866 y hasta 1881, término del periodo aquí examinado, Chile deslindó con Bolivia por una línea recta de mar a cordillera, el paralelo 24° de latitud sur.
Los límites con Argentina no debían dar lugar a dificultades mayores, pues un elemento natural, la cordillera de los Andes, separaba a ambos países. Tal deslinde era, sin embargo, bastante más complejo que lo imaginado en la primera mitad del siglo XIX. ¿Qué criterios habrían de utilizarse para determinar cuál de los varios cordones longitudinales que forman la cordillera era el límite preciso entre Chile y Argentina? En segundo lugar, el análisis de los títulos coloniales agregaba una nueva dificultad. En efecto, el distrito que se le asignó a Pedro de Valdivia para su gobierno en 1548 y 1554 tenía un ancho de 100 leguas, lo que explica que las provincias de Tucumán y Cuyo pertenecieran a Chile, la primero hasta 1563 y la segunda hasta la creación del virreinato del Río de la Plata en 1776, fecha en que fue incorporada a este. Su límite sur, el río Diamante, quedó, pues, como límite norte del Chile transandino, y su límite oriente, el meridiano 65°, que llegaba al Atlántico al sur de la península Valdés, “la península San José, en latitud 42°”, como escribió con precisión Bernardo O’Higgins al indicarle al capitán inglés Coghlan los deslindes de esa parte del país. Son bien conocidos los intentos de los jesuitas de Chiloé de establecerse en las riberas del lago Nahuel Huapi, pero salvo iniciativas de índole misionera, no hubo esfuerzos desde el Chile “antiguo” por conocer y ocupar la Patagonia oriental.
La toma de posesión del estrecho de Magallanes el 21 de septiembre de 1843, el establecimiento del fuerte Bulnes y la posterior fundación de Punta Arenas dieron origen a una tardía protesta argentina, de 15 de diciembre de 1847, en la que el canciller transandino alegó derechos de su país en la región. El gobierno chileno invitó al de Buenos Aires a que ambos exhibieran sus títulos de dominio, lo que no fue aceptado en ese momento por Argentina. Sin embargo, en 1856, al firmarse entre Chile y Argentina un tratado comercial, se incluyó un artículo, el 39, que se refirió a la cuestión limítrofe y dio las bases para resolver las posibles diferencias:
Ambas partes contratantes reconocen como límites de sus respectivos territorios, los que poseían como tales al tiempo de separarse de la dominación española el año de 1810, y convienen en aplazar las cuestiones que han podido o pueden suscitarse sobre esta materia para discutirlas después pacífica y amigablemente, sin recurrir jamás a medidas violentas, y en caso de no arribar a un completo arreglo, someter la decisión al arbitraje de una nación amiga.
Como puede apreciarse, se estableció allí un criterio central en materia de delimitación fronteriza, el principio conocido como uti possidetis de 1810. Aunque esta materia se trata en otros capítulos, es necesario advertir que las negociaciones para llevar adelante la delimitación fronteriza no fueron fáciles. En efecto, los diversos intentos de 1865, 1872, 1876, 1878 (con un tratado ad referéndum rechazado por Chile) y 1879, coincidiendo con el comienzo de la guerra con Perú y Bolivia, se realizaron en buena parte en un ambiente hostil y cargado de tensiones y amenazas. Las autoridades chilenas, al tratar por todos los medios de asegurar para el país en forma prioritaria el estrecho de Magallanes en su totalidad, se despreocuparon paulatinamente de mantener una defensa de los derechos nacionales en la Patagonia oriental, territorio acerca del cual había una llamativa unanimidad para considerarlo inútil. Y mientras el énfasis de los debates entre los negociadores se ponía en la calidad de los títulos alegados por una y otra parte, Julio A. Roca, desentendiéndose con realismo de ellos, impulsó, con la Campaña del Desierto, un sostenido proceso de ocupación del territorio patagónico por Argentina.
El 23 de julio de 1881, seis meses después de que las fuerzas chilenas ocuparon Lima, el cónsul general de Chile en Argentina Francisco de Borja Echeverría y el canciller transandino Bernardo de Irigoyen suscribieron finalmente un tratado que fijó los límites entre ambos países y consultó el arbitraje como medio para resolver las diferencias que pudieren surgir entre ellos. En el citado instrumento se estipuló que el límite entre Chile y Argentina sería, de norte a sur y hasta el paralelo 52° de latitud, la cordillera de los Andes. La línea fronteriza correría en esa extensión “por las cumbres más elevadas de dichas cordilleras que dividan aguas y pasará por entre las vertientes que se desprenden a un lado y a otro”. El estrecho, con ambas orillas, quedó bajo la jurisdicción de Chile y neutralizado. Al norte del estrecho el límite fijado fue una línea que partía de Punta Dungeness, en su boca oriental, se prolongaba hasta Monte Dinero, continuaba hacia el oeste siguiendo las mayores elevaciones de la cadena de colinas existentes allí, hasta tocar en la altura de Monte Aymond, en el meridiano 69°30. Desde allí se prolongaba una línea hasta la intersección del meridiano 70° con el paralelo 52°, y de ese punto seguía un trazo recto hacia el oeste coincidiendo con dicho paralelo hasta el divortia aquarum de los Andes, próximo al meridiano 72°. Los territorios al norte de esa línea serían de Argentina, y de Chile los situados al sur.
En cuanto a la Tierra del Fuego, se convino en dividirla por una línea que, partiendo del cabo del Espíritu Santo en la latitud 52°40’, se prolongaría hacia el sur siguiendo el meridiano 68°34’, hasta tocar en el canal Beagle. La parte occidental de la isla sería chilena, y argentina la oriental. Las islas de los Estados, los islotes próximos y las demás islas en el Atlántico al oriente de la Tierra del Fuego y costa oriental de la Patagonia pertenecerían a Argentina, quedando para Chile todas las islas al sur del Beagle hasta el cabo de Hornos y las situadas al occidente de la Tierra del Fuego.
La fórmula, que no difería mucho de la alcanzada en la negociación iniciada en 1876 por Diego Barros Arana, resultó, sin embargo, extremadamente compleja en su aplicación, en particular en su sector austral, por el desconocimiento de una geografía en extremo hostil, e hizo de las cuestiones limítrofes con Argentina una constante de la política internacional chilena durante el resto del siglo XIX y en todo el siglo XX, quedando aún por precisar el deslinde en el Campo de Hielo Sur.
LA EXPRESIÓN TERRITORIAL DEL GOBIERNO INTERIOR
La necesidad de disponer durante el siglo XIX de una cobertura cartográfica nacional de calidad y dotada de cierto grado de precisión, junto con servir para medir el territorio y conocer la distribución de sus recursos naturales y de la población, entre otros aspectos, fue también indispensable para diseñar la organización y la administración territoriales. En efecto, el modelo de gobierno interior de la nación requería necesariamente conocer el sustento espacial que lo tendría que soportar. La herencia recibida de la monarquía en esta materia, con una cartografía de carácter muy general y una forma de gobierno basada en las intendencias, fue en parte dejada de lado por las autoridades de gobierno de la naciente república. Ella necesitaba, en efecto, una división espacial que asegurara tanto una representación electoral proporcional e igualitaria como la presencia de la administración central en todo el territorio64.
La constitución de 1818 consultó la división del país en tres provincias: Santiago, Concepción y Coquimbo. La de 1822, que reconoció como “límites naturales” de la república, “al sur, el cabo de Hornos; al norte, el despoblado de Atacama; al oriente, los Andes; al occidente, el mar Pacífico”, más el archipiélago de Chiloé y las islas Mocha, Santa María y Juan Fernández “y demás adyacentes” (artículo 3), eliminó las intendencias, consideró a los departamentos como unidades mayores —siguiendo en el nombre el modelo francés— y dispuso que se dividirían en distritos (artículo 142), vinculó la elección de diputados al departamento y al número de habitantes, “uno por cada quince mil almas” (artículos 29 a 33), y facultó al Congreso para “demarcar el territorio del Estado, los límites de los departamentos, situar las poblaciones y titularlas” (artículo 47, N° 28). El Reglamento Orgánico y Acta de Unión del Pueblo de Chile, de 1823, adoptó en su artículo 24 una división del país en seis departamentos, a cargo de sus respectivos intendentes. Los departamentos se dividirían en delegaciones (los territorios conocidos como partidos), y estas en “distritos que hoy se dicen diputaciones” (artículo 27). Siguiendo a la carta de 1822, se elegiría un representante al Congreso General de la Nación por cada 15 mil habitantes.
Para dar cumplimiento al artículo 24 del acta de unión, se nombró el 23 de abril de 1823 una comisión compuesta por Manuel de Salas, Juan Egaña, Santiago Fernández, Antonio Pantaleón Fernández y José María Argandoña, la que debería evacuar el encargo en el “término perentorio” de 15 días65. El informe, de 6 de mayo de 1823, muy general y confuso, que habla indistintamente de intendencias, departamentos y provincias, fue objeto de varias críticas por el Senado Conservador. Se sostuvo allí que tomando en consideración que “jamás han podido conformarse las provincias del Sur y Norte con la preponderancia de la de Santiago”, la solución propuesta para esta podría decretar “la ruina general del Estado”66. Después de debatirse en tres sesiones dicha materia, se acordó dividir al país en ocho departamentos, sumariamente deslindados por accidentes naturales, y a los cuales se les pondría el nombre de “los guerreros que han muerto y que más se han distinguido en la causa de la Independencia”.
La constitución de 1823, promulgada el 29 de diciembre de ese año, recogió la delimitación de Chile de la carta de 1822 (artículo 4) y dividió al país en departamentos, delegaciones (cada una con su respectiva municipalidad), subdelegaciones, prefecturas e inspecciones67.
Como nada práctico se hizo entonces respecto de la división del país, por las diferencias entre el ministerio y el Senado, José Miguel Infante presentó el 14 de enero de 1825 un proyecto de ley para que se pusiera en ejecución el acuerdo de dicho organismo de 1823 que, según indicó erróneamente, “previno la división de la República en seis provincias”.
La adopción de la provincia como unidad para dividir el territorio chileno tuvo su origen tanto en el propósito de imponer el federalismo, al que se atribuía el grado de desarrollo y progreso alcanzado en los países que lo habían adoptado, como los Estados Unidos y México, como en replicar el sistema aplicado por Francia, y que le dio un “grado inmenso de prosperidad”: la “acertada división territorial que se hizo durante la revolución”. Esta había consistido en dividir el país en departamentos, a cada uno de los cuales se le asignó una superficie y una población más o menos similares para asegurar en cierta medida la igualdad de las unidades territoriales68.
La situación política en la que se encontraba el país a comienzos de 1826 incidió en el fortalecimiento del federalismo. Ausente Ramón Freire del gobierno para encabezar personalmente la ocupación militar de Chiloé, asumió la conducción de la nación un Consejo Directorial encabezado por el principal defensor del federalismo, José Miguel Infante. El triunfo de las ideas federales en 1825 y 1826 puso en discusión el ordenamiento político-administrativo que se deseaba establecer en el país. Esto explica que en ese periodo se aprobaran diversas normas que pretendieron organizarlo según el esquema federal. Para el éxito de tal objetivo parecía fundamental una nueva división del territorio, medida que debía asegurar un efectivo ordenamiento y una adecuada gestión político-administrativa del espacio69.
Las primitivas tres provincias que se reconocían a partir de 1812, Coquimbo, Santiago y Concepción, correspondían a grandes extensiones territoriales, cuyos límites estaban dados por accidentes geográficos naturales fácilmente identificables, como los ríos, a saber, el Choapa, el Maule y el Toltén, respectivamente. Ahora se pretendió definir unidades de menor superficie, para reducir el poder central y darles mayor autonomía a las autoridades locales, las asambleas provinciales, en la administración de su territorio. El proceso se llevó a cabo con la dictación del decreto de 31 de enero de 1826, que creó cinco nuevas provincias, que se agregaban a las tres existentes, determinación que debía ser sometida previamente al Legislativo para su aprobación70. Después de largos debates en torno a si era conveniente designar primero a las autoridades o bien el número y los límites de las provincias, el Congreso se inclinó por la última opción, y sancionó el 30 de agosto de 1826 la división político-administrativa que regiría al país. El territorio de Chile quedó dividido en ocho provincias: Coquimbo, desde el despoblado de Atacama hasta la orilla norte del río Choapa, con su capital La Serena; Aconcagua, desde la orilla sur del río Choapa hasta la cuesta de Chacabuco y su cordón de montañas hasta el mar, con su capital San Felipe; Santiago, desde Chacabuco hasta la orilla norte del río Cachapoal, con su capital la ciudad de este nombre; Colchagua, desde la orilla sur del río Cachapoal hasta el río Maule, con su capital, la villa de Curicó; Maule, desde la orilla sur del río Maule hasta el río Ñuble en su nacimiento de la cordillera, siguiendo su curso hasta su confluencia con el Itata, “y desde aquí de este río hasta su embocadura en el mar”, con su capital la villa de Cauquenes; Concepción, “desde los límites indicados a la anterior hasta los que hoy reconoce con el Gobierno de Valdivia”, con su capital, la ciudad de ese nombre; Valdivia, “todo el territorio que hoy se recorre bajo la dirección del gobierno de Valdivia”, con su capital la ciudad del mismo nombre; Chiloé, formada por el archipiélago de ese nombre, con la ciudad de Castro como capital71.
La referida división originó numerosas reclamaciones, como las presentadas ante el Congreso por el representante de Coquimbo y su Asamblea Provincial, que impugnaron el límite sur de la provincia; la designación de Curicó como capital de Colchagua, objetada por Talca; la insatisfacción de Valparaíso, que quería ser una provincia separada de Santiago, y la pretensión de Chillán de ser la capital de la provincia de Concepción72.
Con la creación de las cinco nuevas provincias en 1826, Aconcagua, Colchagua, Maule, Valdivia y Chiloé, nuevamente fueron los accidentes geográficos naturales, ríos y cordones montañosos, los que sirvieron de límites entre ellas.
La constitución de 1828 no solo indicó, como sus predecesoras y con una discutible técnica jurídica, cuáles eran los límites generales del país, sino que agregó en su artículo 2 que se dividía en las ocho provincias ya aludidas73. Sin embargo, al detallar las atribuciones exclusivas del Congreso, dispuso en su artículo 46, N° 8 que a este le correspondía “crear nuevas provincias” y “arreglar sus límites”74. Aunque para la elección de los miembros de la Cámara de Diputados al artículo 25 consideró únicamente el número de habitantes —un diputado por cada 15 mil personas y fracción que no bajara de siete mil—, la de los senadores tenía una base territorial: serían elegidos por las asambleas provinciales, a razón de dos senadores por provincia (artículo 30).
PROVINCIAS Y DEPARTAMENTOS DESPUÉS DE LA CONSTITUCIÓN DE 1833
El proceso de relacionar la representación política con el número de habitantes y el territorio culminó con la constitución de 1833. Ella estableció en su artículo 115 que el territorio se dividía en provincias; estas, en departamentos; los departamentos, en subdelegaciones, y las subdelegaciones, en distritos, a cargo, respectivamente, del intendente (artículo 116), del gobernador (artículo 117), del subdelegado (artículo 120) y del inspector (artículo 121)75.
Como el artículo 18 dispuso que los diputados se elegían por departamentos, fue necesario iniciar la división de las provincias, aunque sin establecer los límites de la mayor parte de ellos hasta después de 1850. Por otra parte, la elección de segundo grado de senadores y de presidente de la república requirió de electores. La elección de los electores de senadores se hacía por departamentos (artículo 25), al igual que la de electores de presidente (artículo 63), que se hacía en número triple al de diputados. Así, la creación de departamentos estuvo vinculada a la necesidad de establecer no solo la representación ciudadana al Congreso sino también la elección del Presidente de la República. Conviene subrayar que este proceso se realizó de manera espontánea a lo largo del siglo e impulsado por normas particulares y no como consecuencia de un plan general, que nunca existió76.
De las provincias creadas en 1812 y 1826 —Coquimbo, Santiago, Concepción, Aconcagua, Colchagua, Maule, Valdivia y Chiloé— conviene recordar las divisiones en departamentos que experimentaron. Coquimbo, que perdió una extensa parte de su territorio al formarse la provincia de Atacama, se dividió en los departamentos de La Serena, Combarbalá, Elqui, Ovalle e Illapel, cuyos límites se fijaron en 1855, 1864, 1853, 1851 y 1874, respectivamente. La provincia de Santiago se dividió en los departamentos de Melipilla y Santiago, con sus límites fijados en 1863 y 1833. Concepción fue dividida en siete departamentos: Concepción, Talcahuano, Chillán, Coelemu, Lautaro, Puchacay y Rere, con deslindes fijados en 1833, 1885, 1849, 1885, 1885 y 1886, respectivamente. Aconcagua quedó dividida en los departamentos de Putaendo, creado y delimitado en 1833, Petorca, La Ligua, San Felipe y Los Andes, cuyos límites fueron establecidos en 1888, 1858, 1854 y 1858, respectivamente. Colchagua quedó formada por los departamentos de Caupolicán, Curicó y San Fernando, que fueron deslindados en 1863,1847 y 1869. Maule se dividió en cinco departamentos: Linares, Parral, Cauquenes, Itata y San Carlos, con límites de 1885, 1863, 1859, 1854 y 1861. Valdivia fue dividida en los departamentos de Valdivia y Osorno, con límites establecidos en 1864 y 1863. Chiloé, por último, quedó formada por los departamentos de Ancud, Castro y Quinchao, todos delimitados en 1833.
Cuando la subdivisión del país comenzó a intensificarse, por variados motivos, entre ellos las rivalidades locales, fue imprescindible un conocimiento más pormenorizado del territorio. De ahí la importancia que para este propósito tuvo la cartografía elaborada por Claudio Gay y Amado Pissis.
Así, en 1833 se originó la provincia de Talca, nacida a consecuencia de la presión política ejercida por la elite de esa ciudad sobre el gobierno central. Con motivo de la aprobación de la Constitución de ese año no solo los representantes ante el Congreso José Ignacio Cienfuegos y José María Silva y Cienfuegos se negaron a suscribirla, sino que el cabildo se negó a jurarla mientras Talca continuara siendo un departamento de Colchagua. Por orden del ministro del Interior Diego Portales el intendente de esa provincia Pedro Urriola debió trasladarse a la ciudad de Talca para tratar de salvar ese rechazo. Ante el fracaso de la gestión, Portales se comprometió a lograr la creación de la provincia de Talca si era jurada la nueva constitución. El proyecto enviado al Congreso con tal propósito fue aprobado por ley de 30 de agosto de 1833. Su conversión en provincia le permitió a Talca tener representación parla-mentarla77. La nueva circunscripción incluyó la parte sur de la provincia de Colchagua, quedando su territorio comprendido entre los ríos Mataquito, Lontué y Colorado por el norte y el Maule por el sur78. Constó de un solo departamento, el de Talca, el que en 1847 definió sus límites.
En 1842 se creó la provincia de Valparaíso, con un sector de la provincia de Aconcagua y parte importante del territorio del noroeste de la provincia de Santiago, en atención a la magnitud del intercambio comercial alcanzada por el puerto, así como por su rápido crecimiento demográfico, estimado por entonces en unos 40 mil habitantes. El mismo año 1842 fue dividida en cuatro departamentos y se fijaron sus límites, siendo ellos Valparaíso, Quillota, Limache y Casablanca.
La provincia de Atacama data de 1843, y nació como respuesta al vertiginoso desarrollo de la minería y a la necesidad de no depender administrativamente de Coquimbo, lo que implicaba, entre otras cosas, que los mineros debían desplazarse hasta La Serena, capital provincial, para inscribir sus yacimientos. Junto con crearse la provincia con la parte norte de Coquimbo, se dividió en los departamentos de Copiapó, Vallenar y Freirina, cuyos límites se fijaron tardíamente en 1868, 1885 y 1885, respectivamente.
De 1848 es la provincia de Ñuble, nacida como consecuencia de la importancia agrícola del valle del río homónimo, así como de la localización estratégica de la ciudad de Chillán, punto de comunicación hacia el norte, sur y poniente de dicha área. Su creación corresponde a una provincia mediterránea formada por territorios que se le restaron al sector oriental a las provincias de Maule y Concepción. Posteriormente quedó formada por los departamentos de San Carlos y Chillán.
En 1852 se estableció la provincia de Arauco, paso necesario en la definitiva incorporación de la Araucanía al régimen de gobierno interior que imperaba en el resto del país. El ámbito físico de la provincia quedó circunscrito al área definida por los ríos Laja por el norte y Toltén por el sur. Dentro de él se determinó un sector denominado Territorio Fronterizo de la Provincia de Arauco, que limitaba al norte con el río Biobío y al sur con el río Toltén. La presencia de la cordillera de Nahuelbuta tuvo como consecuencia la instauración del Territorio de Colonización de Angol, área del departamento de Angol perteneciente a la provincia de Arauco. Dada sus especiales características de administración, quedó bajo la dependencia directa del Presidente de la República.
El mismo año 1852 se creó la Colonia de Magallanes, que comprendía desde el paralelo 47 de latitud sur hasta el cabo de Hornos, y en 1853 esta y Llanquihue, sustraída de la provincia de Valdivia, se convirtieron en territorios de colonización. Semejante estructura administrativa no estaba contemplada en la organización político-administrativa de la nación, pero permitió darle a esas regiones una dependencia directa del Presidente de la República, en especial por el carácter geopolítico y de colonización que tenían. Por ley de 22 de octubre de 1861 Llanquihue se transformó en una provincia con un amplio territorio, con sectores continentales e insulares situados entre el río Bueno por el norte y el paralelo 47° de latitud sur por el mediodía. Por el oeste se le añadió el sector costero desde el río Bueno hasta el canal de Chacao, que había sido de Valdivia y Chiloé. La provincia quedó dividida en los departamentos de Osorno, Llanquihue y Carelmapu79.
En 1865 nació la provincia de Curicó ante la solicitud de los pobladores de esa ciudad de dejar de ser un departamento de la provincia de Colchagua y cambiar de categoría, petición que contó con el apoyo del ministro del Interior de la época, Álvaro Covarrubias. Esto, además, podía solucionar la antigua rivalidad existente entre las ciudades de Talca y Curicó. Para su generación se le restó la parte sur a la provincia de Colchagua, y quedó formada por los departamentos de Curicó y Vichuquén. En 1873 se estableció la provincia de Linares en el territorio situado al este del departamento de Cauquenes de la provincia del Maule, consecuencia del importante desarrollo agrícola de las localidades de Linares y Parral. Fue también una provincia mediterránea formada por los departamentos de Parral y Loncomilla.
La provincia del Biobío, nacida en 1875, fue una expresión más del propósito gubernativo de fortalecer el proceso de colonización que impulsaba con fuerza en el sur del país. Quedó demarcada por el río Laja por el norte y el Renaico por el sur y formada por los departamentos de Nacimiento, Laja y Mulchén.
De este modo, al comenzar el octavo decenio del siglo XIX, el país contaba con 17 provincias y el Territorio de Colonización de Magallanes, dependientes del Ejecutivo a través de la extensa red formada por intendentes, gobernadores, subdelegados e inspectores, y sus funcionarios auxiliares.
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*Con la colaboración de Luis Velozo Figueroa.
1Claudio Donoso Zegers, Bosques templados de Chile y Argentina. Variación, Estructura y Dinámica. Ecología forestal, Editorial Universitaria, S.A., Santiago, 1998, p. 302.
2Valeria Maino, “Cambios en el paisaje rural de la zona central, 1840-1880”, en Academia Chilena de la Historia, Vida rural en Chile durante el siglo XIX, Santiago, 2001, pp. 240-242.
3Pablo Camus Gayán, Ambiente, bosques y gestión forestal en Chile. 1541-2005, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, LOM ediciones, Santiago, 2006, pp. 123-124.
4Donoso Zegers, op. cit., p. 294.
5Donoso Zegers, op. cit., p. 304.
6Maino, op. cit., p. 244.
7Maino, op. cit., p. 245.
8Maino, op. cit., pp. 252-253.
9Maino, op. cit., pp. 256-257.
10Maino, op. cit., p. 254.
11Claudio Donoso Zegers (Editor), Las especies arbóreas de los bosques templados de Chile y Argentina. Autoecología, Marisa Cuneo Ediciones, Valdivia, 2006, pp. 174 y 178.
12Camus Gayán, op. cit., pp. 131-132.
13Maino, op. cit., p. 249, nota 31.
14Maino, op. cit., p. 249.
15Sobre la alternancia de llanos y bosques y el predominio de estos en los cordones montañosos y en las quebradas, Camus Gayán, op. cit., pp. 54-69.
16Citado por Camus Gayán, op. cit., p. 84.
17Camus Gayán, op. cit., p. 90.
18Vicente Pérez Rosales, Recuerdos del pasado (1814-1860), Imprenta Barcelona, Santiago, 1910, pp. 406-407.
19Camus Gayán, op. cit., p. 122.
20Camus Gayán, op. cit., pp. 153-154.
21Camus Gayán, op. cit., p. 139.
22Camus Gayán, op. cit., pp. 140-141.
23Maino, op. cit., p. 246.
24Adriana E. Hoffmann J., Flora silvestre de Chile, zona araucana, Ediciones Fundación Claudio Gay, Santiago, 1997, p. 174.
25Luis Sada, La Quinta Normal y la enseñanza de la agricultura en Chile, Imprenta del Ferrocarril, Santiago, 1860, p. 82.
26Hernán Santis, Chile y su desarrollo territorial, Universidad de Santiago, Santiago, 1984, p. 20.
27Adolfo Ibáñez Santa María, “La incorporación de Aysén a la vida nacional, 1902-1936”, en Historia, 11, 1972-1973, p. 260.
28Antonio de Herrera, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar océano, cuatro vols., Imprenta Real de Juan Flamenco, Madrid, 1601-1615.
29Sobre las expediciones hidrográficas británicas, Mateo Martinić, Historia del estrecho de Magallanes, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1977, pp. 86-91.
30Mateo Martinić, Última Esperanza en el tiempo, Ediciones de la Universidad de Magallanes, Punta Arenas, 1985, pp. 33-34.
31Martinić, De la Trapananda al Áysen, Una mirada reflexiva sobre el acontecer de la Región de Aysén desde la Prehistoria hasta nuestros días, Pehuén Editores, Santiago, 2005, p. 69; del mismo, Historia del estrecho, pp. 88-89.
32Martinić, De la Trapananda, p. 70.
33Martinić, Historia del estrecho, p. 92.
34Rafael Sagredo Baeza, “Ciencia, Estado, territorio y soberanía en el siglo XIX”, en Iván Jaksic y Francisca Rengifo, Editores, Historia política de Chile, 1810-2010, II, Estado y sociedad, Fondo de Cultura Económica Chile S.A., Santiago, 2017, pp. 161.
35Gabriel Guarda OSB, Nueva historia de Valdivia, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 2001, p. 614.
36Sagredo Baeza, op. cit., pp. 160-161.
37Sobre las cuatro importantes campañas de Simpson, Sagredo Baeza, op. cit., pp. 162-167.
38Martinić, Historia del estrecho, p. 92.
39Mateo Martinić, La Tierra de los Fuegos, Artegraf Ltda., Punta Arenas, 1982, pp. 28-30.
40Sobre el ingeniero geógrafo Lozier, cfr. Jean-Pierre Blancpain, Francia y los franceses en Chile (1700-1890), Hachette, Santiago, 1987, pp. 83-84, quien lo incluye entre los estafadores franceses que llegaron a Chile en los años iniciales de la república.
41El artículo 1° del contrato expresa que “se obliga a hacer un viaje científico por todo el territorio de la República en el término de tres años y medio, con el objeto de investigar la Historia Natural de Chile, su Geografía, Geología, Estadística y cuanto contribuya a dar a conocer las producciones naturales del país, su industria, comercio y administración, y presentar al Gobierno, en el término de cuatro años por medio de una comisión que inspeccione sus trabajos”. En el punto 2° de dicho artículo se alude al contenido de “La Geografía física y descriptiva de Chile, con observaciones sobre clima y temperatura de cada provincia; adornada de cartas geográficas de cada una, y de láminas de vistas y planos de las principales ciudades puertos y ríos”, en Carlos Stuardo Ortiz, Vida de Claudio Gay, 1800-1873, I, Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina, Editorial Nascimento, Santiago, 1973, pp. 91-93.
42Rafael Sagredo, “De la historia natural a la historia nacional. La historia física y política de Claudio Gay y la nación chilena”. Estudio introductorio a Claudio Gay, Historia física y política de Chile, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica de Chile, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2007, pp. xxi-xxxi.
43Martinić, De la Trapananda, p. 69.
44Cabe hacer presente que el notable trabajo de Claudio Gay culminó en 1864, con 30 tomos: dos de documentos, ocho de historia, ocho de botánica, ocho de zoología, dos de agricultura y dos del atlas.
45José Ignacio González, “Primeros levantamientos cartográficos generales de Chile con base científica: los mapas de Claudio Gay y Amado Pissis”, en Revista de Geografía Norte Grande, 2007, N°38, p. 34.
46Sagredo, “De la historia natural”, p. liv.
47Ernesto Greve, Don Amado Pissis y sus trabajos geográficos en Chile, Imprenta Universitaria, Santiago, 1946, pp. 40-41.
48José Ignacio González Leiva y Belisario Andrade Johnson, introducción a Amado Pissis, Geografía Física de la República de Chile, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica de Chile, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2011 p. xxxi, nota 26.
49El levantamiento de Amado Pissis tuvo defensores y detractores; entre los primeros se encuentra José Toribio Medina y entre los segundos Alberto Edwards, quien afirmó que tuvo sin merecerlo una influencia considerable desde su publicación, en desmedro de otros esfuerzos. Su crítica la fundó en que las personas familiarizadas con el mapa de Pissis, como Alejandro Bertrand, opinaban que en los detalles fue inferior al de Gay y que la triangulación geodésica era deplorable. Cfr. Alberto Edwards, “Un nuevo mapa para Chile”, RChHG, 1, 1911, pp. 49-70.
50González Leiva y Andrade Johnson, op. cit., p. xvi.
51Guillermo E. Cox, Exploración de la Patagonia Norte. Un viajero en el Nahuel Huapi (1862-1863), Ediciones Continente, Buenos Aires, 2006, pp. 34-35.
52Gabriel Guarda OSB, Cartografía de la colonización alemana. 1846-1872, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 1982, pp. 17-27.
53Zenobio Saldivia Maldonado, La Ciencia en el Chile Decimonónico, Ediciones Universidad Tecnológica Metropolitana, Santiago, 2005, p. 154.
54Jorge Pinto Rodríguez, “Ignacio Domeyko, Viaje a la Araucanía en el año 1845 y otros documentos sobre la frontera”, estudio introductorio a Ignacio Domeyko, La Araucanía y sus habitantes, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica de Chile, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2010, p. xv.
55Saldivia, op. cit., p. 163. Un ameno relato de la expedición de Philippi en Benjamín Vicuña Mackenna, El libro de la plata, Imprenta Cervantes, Santiago, 1882, pp. 325-363.
56J. M. Gilliss, The U. S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere during the years 1849-’50-’51-’52, dos vols., A. O. P Nicholson, printer, Washington, 1855.
57George Chaworth Musters, Vida entre los patagones, Septiembre Ediciones, Santiago, 2014.
58Martinić, Última Esperanza, pp. 44-51.
59Martinić, De la Trapananda, p. 85.
60Roberto Querejazu Calvo, Guano, salitre, sangre. Historia de la Guerra del Pacífico, Editorial Los Amigos del Libro, La Paz-Cochabamba, 1979, pp. 4-5.
61Abundó en este punto Miguel Luis Amunátegui en La cuestión de límites entre Chile y Bolivia, Imprenta Nacional, Santiago, 1863, p. 61 y ss.
62Jaime Eyzaguirre y Fernando Silva, “Nuevos testimonios de la jurisdicción del reino de Chile en el desierto de Atacama”, en Historia, 5, 1966, pp. 191-192.
63Amunátegui, op. cit., p. 125.
64María Carolina Sanhueza, “La primera división política-administrativa de Chile, 1811-1826”, en Historia, 41, II, p. 450.
65SCL, VII, pp. 68-69.
66SCL, VII, pp. 197-198.
67Constitución de 1823, artículo 190 y siguientes, en Luis Valencia Avaria, Anales de la República, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1986, Primera parte, p. 139 y ss.
68Sanhueza, op. cit., pp. 449-450.
69Sanhueza, op. cit., p. 480.
70SCL, XII, p. 241
71SCL, XII, p. 431.
72Joaquín Erlbaum Thomas, El federalismo en Chile, 1826-1827, Memoria de prueba para optar al grado de licenciado en Derecho, Escuela de Derecho, Universidad Católica de Chile, Santiago, 1964, inédita, pp. 30-33.
73Valencia Avaria, op. cit., Primera parte, p. 153.
74Valencia Avaria, op. cit., Primera parte, p. 158.
75Valencia Avaria, op. cit., Primera parte, pp. 190-191.
76Rafael Sagredo Baeza, José Ignacio González Leiva y José Compan Rodríguez, La política en el espacio. Atlas histórico de las divisiones político-administrativas de Chile. 1810-1940, Instituto Geográfico Militar, Pontificia Universidad Católica de Chile, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2016, p. 22.
77Gustavo Opazo Maturana, Historia de Talca, 1742-1942, Imprenta Universitaria, Santiago, 1942, pp. 262-263.
78 Sagredo, González y Compan, op. cit., p. 30.
79Sagredo, González y Compan, op. cit., p. 32.
CAPÍTULO II
LA EVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA
FERNANDO SILVA VARGAS
LOS PRIMEROS CENSOS REPUBLICANOS
El primer censo general de la república fue levantado en dos etapas. En 1831 se censó a la población de Chiloé, Valdivia, Concepción y Maule, y de varios departamentos de Santiago. En 1835 se completó el trabajo con Talca, Colchagua, Aconcagua y Coquimbo, provincias a las que se agregaron los departamentos de Santiago no censados en 1831. Este primero censo, muy deficiente en su origen, arrojó un millón 10 mil 336 habitantes, con distinción de sexo y estado civil. Esta medición hubo de superar, como fue lo habitual en el siglo XIX, no solo los obstáculos puestos por la población, siempre recelosa de actividades estatales de semejante índole, de las que se sospechaban eventuales consecuencias militares y tributarias, sino los derivados de la ausencia de reglas comunes para la recolección y sistematización de los datos80.
Un viajero aludió a los problemas con los que se enfrentaban los censos, haciendo mención al de 1831:
El prejuicio popular y el relieve ofrecen a las autoridades de estos países serios obstáculos para realizar censos que merezcan alguna fe. El primero se opone decididamente a tales ensayos, pues ignorando su propósito los ciudadanos de las clases bajas ven en ellos un preparativo para imponer nuevas contribuciones u otra clase de gabelas personales. Los huasos piensan de inmediato en una obligación para prestar servicio militar, que les desagrada en forma extremada y que, en efecto, impone a los afectados el cruel yugo de la pobreza y de las más duras privaciones.
Por tales motivos procuran sustraerse en lo posible al censo, incluso pagando como precio para lograrlo un exilio voluntario durante algún tiempo. […] Otra dificultad especial está representada por fluctuaciones, comparables a las mareas, bajo cuya influencia se encuentra la población de países menos civilizados […]. Tales manifestaciones son a menudo el resultado del repentino descubrimiento de una rica mina, que a veces se agota pronto; y, por otra parte, puede ser también la consecuencia de medidas impuestas a los habitantes o de la situación política del pueblo81.
El segundo censo, efectuado en 1843, cubrió todo el país, pero no pudo dar una información específica acerca de la distribución de los habitantes en provincias, departamentos, subdelegaciones y distritos, porque semejante esquema de división político-administrativa estaba comenzando a aplicarse, sin contarse siquiera con un plan previo. Si bien se ha estimado que los errores cometidos en ambos censos son menores del 10 por ciento, hay buenos argumentos para sostener que el porcentaje de error es mayor que esa cifra82.
En 1853 el Presidente Manuel Montt dictó la Ley de Censos, que dispuso que estos se harían con una frecuencia decenal. En el periodo abordado en esta parte de nuestro estudio se efectuaron de acuerdo a dicha ley los censos de 1854, 1865 y 1875. El primero de ellos buscó entregar información relevante para la administración pública, y pretendió servir de instrumento idóneo para determinar el número de asientos en la Cámara de Diputados. En efecto, como ya se indicó, la Constitución de 1833 vinculó la elección de diputados, senadores y electores de presidente a los departamentos y a las provincias.
El censo de 1854 intentó separar la calidad civil de la persona de su incorporación a los registros parroquiales, y fijó a la residencia como base del sistema. Los resultados de ese objetivo fueron muy modestos, e incluso el censo fue levantado y publicado siguiendo no la división administrativa del país, incompleta e ignorada incluso por las propias autoridades, sino los territorios de las parroquias. Este censo experimentó las dificultades propias de un proyecto que pretendió ser riguroso y elaborado sobre pautas bien diseñadas. Los problemas radicaron en el desconocimiento del territorio nacional; en las distancias entre los centros urbanos; en la carencia de personal idóneo para contar a la población; en la extrema movilidad de los habitantes y, por último, en la falta de criterios bien establecidos para distinguir la ciudad del campo y, por consiguiente, para poder conocer la cantidad de habitantes urbanos y rurales83. No obstante esas deficiencias, las cifras arrojaron un dato esencial que, aunque sabido y fácil de percibir, carecía de una expresión numérica: la población urbana ascendía a 202 mil 753 personas, en tanto que la rural sumaba 854 mil 814 personas. Chile era, pues, un país profundamente marcado por la ruralidad, la cual, evidentemente, ponía enormes trabas a la eficiencia de la acción estatal.
El censo siguiente, el de 1865, fue efectuado por provincias, y se sirvió de diversas técnicas demográficas utilizadas en Europa. Pero tanto los resultados de este censo como los del anterior subestimaron la población. En el caso del de 1865 parece haber influido el mal tiempo en diversas provincias del país, la inaccesibilidad de muchos lugares, la movilidad de la población rural y la renuencia de esta, y también de la población indígenas, a ser censada.
El censo de 1875, por último, cuyos principios científicos fueron elaborados por el geógrafo Amado Pissis, incluyó los territorios de Angol y de Magallanes, y mostró serias deficiencias respecto de los mapuches, solo parcialmente contados. Todos estos censos, y muchos de los que los siguieron exhiben numerosos problemas metodológicos, no obstante los mejoramientos introducidos en las estadísticas nacionales: poca cobertura territorial, altos márgenes de error y deficiencias en el proceso de recolección de datos. Por tal motivo sus cifras deben considerarse solo indicativas, a pesar de las correcciones de que han sido objeto por parte de los demógrafos, todas las cuales, por cierto, difieren entre ellas84.
Debe agregarse que los indicadores posibles de elaborar a partir de los censos, como las tasas de natalidad y de mortalidad, con todas sus variantes, muestran limitaciones similares, con el agregado de que muchos de ellos, por las deficiencias técnicas de las fuentes, solo pueden ser construidos desde fines del siglo XIX.
Las cifras de población total correspondientes al periodo en estudio, con los ajustes del caso, son las siguientes85:
| Año | Población | % crecimiento |
| 1835 | 1.111.370 | |
| 1843 | 1.192.181 | 7.3 |
| 1854 | 1.516.387 | 27.2 |
| 1865 | 1.819.223 | 20.0 |
| 1875 | 2.075.971 | 14.1 |
Dejando de lado las sorprendentes variaciones en la tasa de crecimiento demográfico, que bien pueden explicarse por la mala calidad de las fuentes, el hecho más significativo es que en un plazo de 40 años la población de Chile prácticamente se duplicó.
Las escasas cifras sobre tasas de natalidad de que se dispone para este periodo se refieren al promedio de los años 1870 a 1874 y 1875 a 1879, y son de 43.0 por mil y 39.1 por mil86. Ellas podrían explicar la velocidad del incremento de la población, y, además, parecen mostrar que el país se encontraba en su primera fase de desarrollo, común a todos los países, y caracterizada por altas tasas de natalidad, que oscilan entre 35 y 55 por mil. Carecemos de cifras sobre mortalidad infantil, indispensables para corregir las de nacimiento y extraer conclusiones seguras sobre el incremento demográfico, pero son muy abundantes los testimonios acerca de los elevadísimos niveles de ella durante todo el siglo XIX. La tasa de 338 por mil para el periodo 1890-1894 es una buena ilustración de la afirmación anterior87.
La información sobre mortalidad general también es limitada. Como es característico de las sociedades preindustriales, fue muy alta en el periodo examinado. A las frecuentes epidemias de viruela y de fiebre tifoidea, se agregaron otras, como la de escarlatina, enfermedad desconocida antes de 1831, que en 1832 causó, según Poeppig, muchas víctimas “en las clases inferiores”88. Hacia 1850 el doctor Juan Mackenna estimaba, sobre la base de las dudosas estadísticas de la época, que para 1848 la mortalidad en el país había sido de 50 por ciento, estando constituida la mayoría por párvulos de uno a siete años89. Para los promedios 1870-1874 y 1875-1879 se la calculó en 26,7 y 28,2 por mil. Tales antecedentes permiten elaborar las tasas de incremento natural de la población, que para los mismos promedios de años son de 16,3 y 10,9.
Otros elementos cuantitativos importantes, como la tasa de fertilidad o la información sobre legitimidad, son también tardíos. Sobre este último punto, el promedio de hijos legítimo nacidos vivos en el periodo 1870-1874 fue de 63 mil 932, frente a 21 mil 804 ilegítimos. Para el quinquenio 1875-1879 fue de 95 mil 112 legítimos y 19 mil 354 ilegítimos. Podría afirmarse que, en general, los ilegítimos nacidos vivos representan el 25 por ciento del total de nacidos vivos, cifra que es extremadamente elevada.
Conviene considerar aquí otro elemento que si bien no tuvo una influencia mayor desde el punto de vista cuantitativo, sí lo tuvo en sus consecuencias. La inmigración, constante en Chile desde la monarquía, fue de escasa envergadura. También fue reducida la que llegó durante el periodo en estudio. El contingente mayor de inmigrantes a Chile estuvo constituido, de acuerdo a las cifras de los censos de 1854, 1865 y 1875, por los argentinos, que de 10 mil en el primero de los años indicados, pasaron a siete mil en el último —la cifra es solo indicativa de las magnitudes, para los propósitos de hacer las comparaciones del caso, porque la cantidad de argentinos no censados debió de ser elevada—; gran parte de ellos oficiaba de jornaleros. Pero el contingente radicado en Chile durante el gobierno de Rosas, aunque en su mayoría lo hizo en forma temporal, tuvo decisiva influencia en el desarrollo intelectual del país. Frente a esos números los alemanes representaron, para los mismos años, mil 929, tres mil 629 y cuatro mil 33 personas90; los franceses, mil 650, dos mil 330 y tres mil 192 —en general, empleadas en el servicio doméstico, artesanías varias, peluquería y sastrería91—, y los ingleses, mil 940, dos mil 972 y mil 409 personas92.
DEMOGRAFÍA URBANA
La información disponible para el periodo en estudio, por ser limitada y poco confiable, solo permite dar una idea aproximada acerca de las tendencias. En 1865 había dos ciudades que podían ser calificadas de grandes: Santiago, con 115 mil 377 habitantes, y Valparaíso, con 70 mil 438, representando esta, en consecuencia, algo menos de dos tercios de aquella. Para tal fecha ninguna de las ciudades más antiguas de Chile, como Concepción y La Serena, alcanzaba a los 20 mil habitantes. Solo a mediados del decenio de 1880 llegaron a esa cifra o la superaron levemente las ciudades de Chillán, Concepción y Talca. Puede afirmarse, por consiguiente, que la tónica del periodo está dada por una marcadísima diferencia entre dos ciudades, Santiago y Valparaíso, y el resto de los centros urbanos del país. En 1875 el censo arrojó 129 mil 807 habitantes para Santiago, y 97 mil 737 para Valparaíso. El puerto había aumentado su población, en apenas 10 años, en 27 mil personas, es decir, en más que todos los habitantes de una ciudad como La Serena, y equivalía a los tres cuartos de la población de la capital, de la que la separaban solo 30 mil habitantes. Y esto último se explica con facilidad: en esos mismos 10 años la capital había aumentado su población en solo 14 mil 500 personas, es decir, en la mitad de lo que lo había hecho el puerto.
______________
80Andrés Estefane Jaramillo, “Un alto en el camino para saber cuántos somos…” Los censos de población y la construcción de lealtades nacionales. Chile, siglo XIX”, en Historia, 37, I, 2004, pp. 36-37.
81Eduard Poeppig, Un testigo de la alborada de Chile (1826-1829), Empresa Editora Zig-Zag, S.A., Santiago, 1960, p. 185.
82Markos Mamalakis, Historical Statistic of Chile. Demography and Labor Force, 2, Greenwood Place, Westport, Connecticut - London, England, 1980, p. 10.
83Sobre las dificultades en materia estadística y en la realización de los censos en el siglo XIX, cfr. Sol Serrano, Macarena Ponce de León y Francisca Rengifo, Historia de la educación en Chile (1810-2010), I, Aguilar Chilena de Ediciones S.A., Santiago, 2012, pp. 93-118.
84Una útil recapitulación de los problemas metodológicos en la utilización de las fuentes provenientes del servicio estadístico oficial en Eduardo Cavieres, “Valparaíso en la segunda mitad del siglo XIX. Historia urbana y aproximaciones demográficas”, en Jaime Valenzuela Márquez (editor), Historias urbanas. Homenaje a Armando de Ramón, Instituto de Historia, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 2007, pp. 127-130.
85Mamalakis, op. cit., 2, p. 13.
86Ibíd. p. 18.
87Mamalakis, op. cit., 2, p. 40.
88Poeppig, op. cit., p. 204.
89Marco Antonio León León, “¿Una ‘ciudad de muertos’? Consideraciones sobre la mortalidad en Santiago de Chile, 1883-1932”, en RChHG, 163, 1997, p. 175.
90Sobre la inmigración alemana, Jean-Pierre Blancpain, Les Allemands au Chili (1816-1845), Böhlaus Verlag Köln Wien, Colonia, 1974.
91Para la inmigración gala, Jean-Pierre Blancpain, Francia y los franceses en Chile (1700-1980), Hachette, Santiago, 1987 y Francine Agard-Lavallé y Bernard Lavallé, Del Garona al Mapocho: comerciantes y viajeros de Burdeos a Chile (1830-1870), Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2005.
92Mamalakis, op. cit., 2, p. 114.
CAPÍTULO III
URBANIZACIÓN Y CAMBIOS EN LA COMPOSICIÓN SOCIAL
FERNANDO SILVA VARGAS
NUEVAS FUNDACIONES Y OCUPACIÓN DE LOS ESPACIOS FÍSICOS
En la primera mitad del siglo XIX la república, que había heredado el propósito de la monarquía de dar relieve a la vida urbana frente a la extendida dispersión de los habitantes en los campos —mecanismo indispensable para facilitar el ejercicio del poder central—, también procedió a alentar nuevas fundaciones de villas o a regularizar las que por razones económicas se estaban formando espontáneamente, como fue el caso, de norte a sur del país, de Caldera, en la bahía del mismo nombre (1850); Coquimbo, puerto de La Serena y modestísimo caserío cuyo plano solo fue aprobado en 185093; Ovalle (1831), al sur de La Serena, en el valle del río Limarí; Los Vilos (1855); Viña del Mar, al norte de Valparaíso (1874); Buin (1844); Rengo, originariamente un pueblo del siglo XVII, refundado en 1825 como Villa Deseada, para recibir su actual nombre en 1831; San Javier (villa en 1852 y ciudad en 1881); Chillán, refundada en otro lugar en 1837, después del terremoto de 1835, que arruinó por completo a la antigua ciudad de ese nombre, y con título de ciudad en 1848; Tomé (comenzó su formación hacia 1842); Lota, en la bahía de Arauco (surgida alrededor de 1850, recibiendo el título de ciudad en 1875); Coronel, también en la bahía de Arauco (villa en 1865); Lebu, en la margen sur del río del mismo nombre (1862); Los Ángeles, fuerte y villa del siglo XVIII, saqueada varias veces por los indígenas e incendiada en 1820; repoblada más adelante y dotada con el título de ciudad en 1852; Mulchén, fuerte en 1862, con el título de ciudad en 1875; Angol, con larga historia desde la conquista, y con numerosas destrucciones y refundaciones, lo fue una vez más por el coronel Cornelio Saavedra en 1862; Cañete, de azarosa existencia desde la conquista, refundada en 1868; Collipulli, también fundación del coronel Saavedra en 1867; Traiguén, fuerte establecido en 1879; Purén (1869); Lumaco, fundación del coronel Saavedra en 1869; Lautaro (fuerte en 1881); Contulmo, a orillas del lago Lanalhue, formada en 1868 alrededor de un fuerte; Toltén, plaza militar fundada en 1867; Temuco, plaza militar cuya construcción se inició en 1881; San José de la Mariquina (1850); La Unión (1827, aunque su fundación en el lugar que hoy ocupa se hizo en 1843; el título de ciudad se le confirió en 1890), Puerto Octay (1858), Puerto Varas (1854), Puerto Montt (1853) y Punta Arenas (1848).
Estas fundaciones o, en su caso, la conversión de plazas militares en villas y ciudades o el desenvolvimiento tardío de urbes ya existentes pero estancadas y en proceso de decadencia, obedecieron a diversas causas. El auge de la minería explica la fundación de Caldera, puerto de Copiapó, que había experimentado un explosivo crecimiento gracias al descubrimiento del mineral de Chañarcillo. El puerto de Coquimbo se desarrolló al ritmo de las explotaciones de los minerales situados en las proximidades de La Serena, como Brillador y Arqueros, y más adelante, Tamaya. En el sur, en la zona de Talcahuano, dotada de excelentes puertos, el movimiento comercial creado en torno a la exportación de trigos y harinas explica el surgimiento de centros urbanos. El fondeadero de Lirquén dio paso a una aldea en la que se instalaron molinos, establecimientos de fundición de minerales y fábrica de ladrillos, y fue habilitado para el cabotaje en 1846. Los pueblos de la bahía de Arauco como Lota y Coronel se originaron a consecuencia de la extracción del carbón, como fue también el caso de Curanilahue, situado en el interior y más adelante estación terminal del ferrocarril de Concepción a Arauco.
Un estímulo poderoso al nacimiento de nuevas urbes fue el proceso de asentamiento en la cada vez más permeable frontera con los mapuches. La ciudad de Chillán, con su gran feria ganadera, sirvió de centro para el intercambio comercial con los productores de más al norte y fundamentalmente con los indígenas, pero fue, al mismo tiempo, el eje desde el cual se vertebró la labor misionera de los franciscanos. Restablecido en 1832 el Colegio de Chillán, los franciscanos iniciaron una sostenida acción pastoral en un territorio extremadamente extenso, aunque el mayor peso de ella estuvo en la Araucanía. Esta realidad llevó a que en 1847 se fijara una división en las responsabilidades respecto de la labor misionera. En efecto, los franciscanos de Chillán se hicieron cargo a partir de 1847 de la evangelización hasta el norte del río Imperial, quedando la región de Valdivia a cargo de misioneros capuchinos94.
La presencia de foráneos, el establecimiento de misiones, la paulatina conversión de los indígenas y el comercio de estos con los “huincas” facilitaron una activa penetración en la frontera, tanto desde el norte como desde Valdivia y Osorno. La demanda de alimentos para una mano de obra que crecía con rapidez gracias a la minería del carbón en el golfo de Arauco dio un sustento económico de cierta solidez a la instalación de chilenos en esa zona. De esta manera, enclaves de precaria vida durante la conquista, como Angol o Cañete, iniciaron en este periodo su consolidación definitiva. Cañete, por ejemplo, un año después de su refundación alcanzó a los mil habitantes, provenientes de Maule, Ñuble y Concepción95. Pero el gran periodo de las refundaciones o nuevas fundaciones de ciudades en la zona araucana corresponde al decenio de 1880, coincidiendo con la ocupación militar de ese extenso territorio.
La llegada a Chile a mediados del siglo XIX de un grupo de colonos alemanes tuvo notables consecuencias económicas, sociales y urbanas en la región comprendida entre Valdivia y el seno de Reloncaví. No solo dio nueva vida a la vieja ciudad fluvial, sino que estimuló el desarrollo de Osorno y de La Unión, e impulsó la fundación de San José de la Mariquina, Puerto Montt, Puerto Varas y Puerto Octay.
Una situación especial exhibió Chiloé. Desde su ocupación por las fuerzas chilenas en 1826 prácticamente no experimentó modificaciones respecto de lo que había sido durante la monarquía. Su precaria vida urbana se desarrollaba en San Carlos de Ancud —capital de la provincia desde 1834 y sede del obispado creado en 1840 y erigido canónicamente cuatro años después—, en Castro y en Achao, en la isla de Quinchao96. Los numerosos testimonios de viajeros y de funcionarios acerca de la pobreza de esas ciudades y de sus habitantes, así como el miserable estado de los campesinos, reflejaban el notorio desinterés de las autoridades de la capital hacia una provincia cuyos habitantes habían mostrado una conducta política contraria a los ideales republicanos. Un buen índice de lo anterior es la ausencia de obras públicas de cierta entidad, como caminos y muelles. Volcada la vida de los chilotes de preferencia a una agricultura de subsistencia que no generaba excedentes, no puede sorprender que se encontrara en la caza de lobos y en la tala de alerces y cipreses las únicas fuentes de ingresos de alguna consideración. Describió Bernardo Philippi el desplazamiento estival y temporal de los chilotes hacia Melipulli al trabajo en los alerzales en enero de 184297. Años después, en 1867, Felipe Westhoff, fundador de Melinka y subdelegado marítimo de las Guaitecas, ofreció un negativo cuadro de esa actividad:
En el último verano el Archipiélago de los Chonos ha sido poblado accidentalmente por cerca de tres mil peones ocupados en la corta de madera y en la preparación. Esta cantidad de gente ha sido ocasión de violencia, tropelías, asesinatos y otros crímenes que la autoridad no ha podido evitar por falta de fuerza armada a su disposición.
Esa misma cantidad de peones, sin sujeción, sin Dios ni ley, puede decirse, y sin nada que les impida llevar adelante sus caprichos o sus fechorías, incendian los bosques en donde quiera les da la gana o inutilizaban de esa manera una gran cantidad de madera…98
La indiferencia de la capital hacia Chiloé hace sospechar que para el poder central la importancia de la isla radicaba fundamentalmente en el número de parlamentarios que podía hacer elegir.
Por último, razones de índole estratégica y de expresión de soberanía llevaron a la ocupación del estrecho de Magallanes, que se tradujo, primero, en la erección de Fuerte Bulnes en 1843, cerca del Puerto de Hambre —lugar en que Pedro Sarmiento de Gamboa había fundado Rey Don Felipe en 1584—, asentamiento que se mantuvo precariamente allí hasta el otoño de 1848, cuando fue trasladado a mediados de junio de ese año a Punta Arenas, con el desafortunado signo de colonia penal99.
Como se ha indicado, la malla cada vez más densa de enclaves urbanos que sostenidamente estaba cubriendo el territorio mostraba notables variaciones desde el punto de vista demográfico. Ciudades que por el número de sus habitantes y por su infraestructura podían recibir el nombre de tales, coexistían con modestas aldeas desprovistas de los más elementales servicios. Esto constituyó un permanente estímulo para la migración interna —del campo a pueblos menores y de estos a capitales de provincias y después, a Santiago— y externa, y efectivamente tales fenómenos están presente durante todo el periodo en estudio, exhibiendo variaciones, de acuerdo a la coyuntura económica, como se examina más adelante. Lo que resulta manifiesto en el periodo estudiado es el sostenido proceso de urbanización, cumplido de manera desordenada y sin previsión alguna en la provisión de la infraestructura indispensable100.
LAS CIUDADES DEL NORTE
Al comenzar el siglo XIX La Serena y Copiapó no habían experimentado cambios mayores, y su escaso crecimiento demográfico exhibió leves oscilaciones a lo largo de la centuria. El reducido peso de esas ciudades queda reflejado en los resultados del censo de 1854, que arrojó para La Serena la cantidad de 11 mil 805 habitantes. Sin embargo, las dos principales ciudades del norte habían recibido de la minería un considerable impulso, y cabía esperar por ello un crecimiento mayor. El primer gran descubrimiento ocurrió en la sierra de Agua Amarga, al sureste de Vallenar, donde en 1811 se inició la explotación de un riquísimo venero de plata, que todavía se explotaba, aunque ya en decadencia, en 1869. Los descubrimientos del yacimiento de plata de Arqueros, próximo a La Serena, en 1825; el del mismo metal en Chañarcillo, al sur de Copiapó, en 1832, y el de Tres Puntas, al noreste de esa ciudad, en 1848, no solo modificaron radicalmente la forma de vida en la región —y en Chile central—, sino que estimularon la organización de nuevas empresas mineras y el surgimiento de otros asentamientos urbanos. El desenvolvimiento de Ovalle, en tanto, estuvo ligado al laboreo de los yacimientos de cobre de Panulcillo, que empezó a producir en 1832, y especialmente de Tamaya, explotado con enormes beneficios desde fines de 1849.
El auge de la minería se expresó en un explosivo crecimiento demográfico en Atacama, consecuencia del avecindamiento en Copiapó o en las localidades vecinas de numerosos empresarios, comerciantes, empleados, artesanos y operarios provenientes de variadas regiones chilenas y del extranjero, en especial de Argentina. Vallenar, que a un viajero le pareció en 1835 casi de igual tamaño que La Serena, “agradable y hermosa” y bien construida, había crecido en los últimos años y debía su prosperidad a los minerales de plata101. Es indispensable subrayar que en el Norte Chico, así como en la zona central y centro-sur, la vida urbana no solo se desarrolló en las capitales de provincia, sino también en pueblos menores o villas, como fue el caso de Caldera, Vallenar y Huasco, en la provincia de Atacama, y Coquimbo, Ovalle, Combarbalá e Illapel, en la de Coquimbo. A la existencia de yacimientos mineros se agregaba la de importantes propiedades agrícolas, que originaron demandas de variada naturaleza, en particular de servicios. La construcción de caminos, de vías férreas y de líneas telegráficas contribuyó a la consolidación de algunos centros urbanos menores.
En 1854 el departamento de Copiapó tenía 30 mil habitantes, un tercio de los cuales vivía en la ciudad, de trazado de damero, con una gran plaza y con las dependencias de la Intendencia, el cuartel y la cárcel frente a ella. Contaba también con un teatro que atrajo a connotados artistas. Las casas eran en su mayoría de adobes y los techos eran de juncos amarrados y cubiertos con capas de barro. Con pocas ventanas y pintadas de blanco, la modestia de los exteriores era compensada, al menos en las casas de la elite, por la ostentación en el interior, en la que abundaban los utensilios y los adornos de plata102.
Junto al crecimiento de la ciudad y de sus habitantes surgieron nuevas necesidades, y para satisfacerlas se radicaron en Copiapó numerosos artesanos chilenos y extranjeros, como carpinteros, herreros, sastres, plateros, zapateros y albañiles103.
Ya en el decenio de 1820 se instaló en Copiapó la compañía inglesa Chilean Mining Association, en la que estuvo empleado, en calidad de ensayador, el alsaciano naturalizado inglés Charles St. Lambert, conocido en Chile como Carlos Lambert, quien tuvo más tarde decisiva influencia en el desarrollo de la minería del cobre en el país. La empresa trajo, incluso, algunos operarios desde Cornwall. También los establecimientos mineros del colombiano Bernardino Codecido, en Copiapó, contaron con mineros ingleses104. La compañía británica fue uno de los pocos adquirentes, tanto en Copiapó como en La Serena, de los bienes raíces eclesiásticos objetos de la desamortización llevada a cabo durante el gobierno de Freire.
La traza urbana de Copiapó exhibió, frente a la ciudad “civilizada”, una contrapartida pobre y popular, como el barrio de la Chimba o la calle Yerbas Buenas, en que muchas de las modestas chozas que allí había funcionaban como chinganas o lugares de esparcimiento para los trabajadores, donde estos jugaban y bebían, y que fueron sometidas al pago de patente y reguladas a partir de 1854105. Y muy próximo a la ciudad, a tres kilómetros hacia el Este y en la misma margen del río, estaba el pueblo de indios de San Fernando.
No deja de llamar la atención que el crecimiento económico de la provincia de Coquimbo no se reflejara en un incremento demográfico de su capital, La Serena. En efecto, los 11 mil 805 habitantes que arrojó el censo de 1854 subieron a 13 mil 550 en 1865, si bien descendieron a 12 mil 293 en 1875, para remontar 10 años después. Con todo, se originó una expansión del área urbana, que se produjo hacia el este, con el barrio de Santa Lucía, y hacia el sureste, con el barrio Quinta, que empezó a formarse después de 1852106. Un sector de este barrio pertenecía a la extensa zona situada al sur de la ciudad conocida como La Pampa, asiento de numerosas quintas. La apertura, en 1833, de la calle de la Pampa, permitió la instalación de nuevos vecinos y la construcción del convento del Buen Pastor y de la iglesia de San Isidro107. Al igual que ocurrió en buena parte de las ciudades chilenas, en La Serena las tierras “de propios”, es decir, del municipio, fueron paulatinamente ocupadas por los sectores pobres, ya bajo la modalidad de arrendamiento, ya en forma ilegal, para dedicarlas a actividades hortícolas108.
Las transformaciones arquitectónicas de la ciudad, con las nuevas construcciones de la elite y de los grupos medios, que se abordan más adelante, cambiaron la fisonomía de sus calles principales. Los sectores de escasos recursos vivían dentro de la ciudad, donde hasta bien avanzado el siglo XIX abundaban los sitios eriazos —consecuencia del incendio de la ciudad por los piratas en 1680, clara muestra de la larga parálisis urbana provocada por aquel—, pero también lo hacían en sus bordes: en las proximidades del sector pantanoso denominado La Vega, en los márgenes del barrio de Santa Lucía y en las cercanías del río Elqui.
El desarrollo del puerto de Coquimbo fue consecuencia de la actividad minera y del crecimiento de La Serena. Ya en los años iniciales de la república empezó a adquirir importancia, y en 1819 el convento de San Francisco vendió “la estancia y sitios del puerto”, con una bodega que poseía allí, a Charles William Wooster109. Pablo Garriga, como apoderado de Wooster, vendió a su turno los terrenos, en 1823, a Antonio Pizarro, reservándose el vendedor y Garriga algunos retazos110. En el decenio de 1830 no exhibió mayor crecimiento, como se deduce de la descripción hecha por el cirujano de la Marina norteamericana William Ruschenberger:
“El puerto”, según la denominación que se le da para distinguirlo de la ciudad [de La Serena], consiste en una docena de ranchos, igual número de ramadas, la aduana y un edificio de dos pisos, que ocupa hoy día el capitán del puerto y que fue construido por una de aquellas entusiastas y mal manejadas compañías mineras organizadas en Inglaterra, quebrada mucho ha111.
El puerto fue asiento del establecimiento de fundición de cobre de Joaquín Edwards Ossandón, alzado en terrenos que pertenecían a sus suegros Pablo Garriga y Buenaventura Argandoña. La fundición ocupaba tres cuadras de extensión, contaba con siete hornos y tres calcinadores y elaboraba los minerales provenientes de Tambillos, Ovalle y del norte de La Serena. Al morir Joaquín Edwards, el establecimiento fue comprado a la testamentaría por dos de sus hijos, Joaquín y Jorge Edwards Garriga. Pero en torno a él habían comenzado a surgir, espontáneamente, construcciones de variada índole, y el Fisco promovió un juicio contra los herederos de Garriga. El pleito concluyó en una transacción, de fecha 8 de enero de 1846, en cuya virtud se cedieron al Fisco los terrenos necesarios para calles, plazas y edificios públicos, comisionándose al francés Juan Herbage para que, previo al levantamiento de un plano y con el acuerdo de la Intendencia de Coquimbo, hiciera las correspondientes demarcaciones. El plano fue aprobado por el Gobierno por decreto de 13 de agosto de 1850112. Los terrenos que quedaron en poder de la sucesión Edwards Garriga fueron aportados a una sociedad, que el 10 de febrero de 1851 procedió a sortear entre sus integrantes los lotes o sitios fijados en un plano elaborado por Eduardo Wering113.
La Serena y Coquimbo estuvieron unidas primero por un camino y a continuación, desde abril de 1862, por la vía férrea. En tanto, en la caleta de Guayacán, inmediatamente al sur de Coquimbo, y en la protegida bahía de la Herradura, se alzó en 1852 el importante establecimiento de fundición de cobre de Urmeneta y Errázuriz, que llegó a contar con 35 hornos. Guayacán, unido más adelante a Ovalle por una línea férrea, adquirió en 1858 la categoría de puerto menor114.
El desenvolvimiento de Ovalle estuvo ligado, como se ha indicado, al laboreo de los yacimientos de cobre de Tamaya y Panulcillo. El pequeño puerto de Tongoy sirvió desde 1840 para la exportación de los minerales traído del interior, y en 1850 y 1851 quedó más marcada su vocación minera con la construcción de hornos de fundición de cobre115. Tongoy se unió a Ovalle y a Tamaya mediante un camino y, más tarde, por una línea férrea. También un camino unía a Ovalle con Coquimbo, al que se agregó a continuación el ferrocarril, inaugurado en 1862, cuya línea férrea atravesaba al puerto a todo su largo hasta llegar al muelle, y mejoró la conectividad de la ciudad del Limarí. La construcción de un camino hacia el este permitió ofrecer las producciones de la zona a los consumidores de los centros mineros116.
La multiplicación de las actividades en torno a la extracción del cobre ante la sostenida demanda proveniente de Europa y los Estados Unidos, unida a la difusión de nuevas técnicas metalúrgicas y a la constitución de numerosas sociedades mineras, convirtieron a Ovalle, La Serena y Coquimbo en polos de atracción de emigrantes, tanto chilenos como extranjeros. En torno a la plata de Arqueros y al cobre de Brillador, Tamaya y otros yacimientos se dieron cita comerciantes de metales, habilitadores, mecánicos, fundidores, constructores, comerciantes minoristas, contratistas, intermediarios de mano de obra y toda la extensa y multifacética gama de personas vinculadas a la minería. No puede olvidarse, por ejemplo, la necesidad de servirse de especialistas extranjeros para las labores de fundición en Panulcillo, en Tongoy y en Guayacán, en su mayoría ingleses, norteamericanos, alemanes y franceses117. Muchos de estos migrantes, chilenos o extranjeros, contrajeron matrimonio con naturales de la región, y los que ocupaban cargos de responsabilidad lo hicieron en general con mujeres pertenecientes a la elite local. El incremento demográfico en Tamaya fue de tal envergadura que la autoridad eclesiástica se vio en la necesidad de establecer allí una viceparroquia que atendiera la alta demanda de servicios religiosos118.
La formación de empresas comerciales, muchas de ellas con sede en Valparaíso, que se encargaban de habilitar a los mineros y adquirirles la producción, constituyó otro incentivo para la constante presencia de empresas extranjeras, en especial inglesas, cuyos principales empleados eran también foráneos119. Cabía esperar, por tanto, la construcción de extensas redes comerciales y mineras de extranjeros, preferentemente británicos, cuyos principales centros eran Copiapó, La Serena, Valparaíso y Concepción. Aunque carecemos de estudios sobre esas empresas, conviene tener presente que no solo estaban ligadas a sus lugares de origen y a las redes locales, sino también a Buenos Aires y a Lima. En el decenio de 1830 se debe recordar, entre otras, a Thomas Kendall, Britain Waddington y Cía., Waddington, Templeman y Cía., Taylor y Cía., Barclay y Cía., Sewell y Patrickson y Wylie Miller y Cía. Con el establecimiento de la Chilean Mining Association llegaron a La Serena Alexander Caldcleugh, minero y fundidor, y bien conocido por sus aportes a la botánica, Carlos Lambert y Thomas Chadwick, este último con larga descendencia. La Asociación de Minas Chilena y Peruana trajo a Thomas M. Raynolds, Thomas Maxwell Bagnolds y Ricardo D. Cummings120.
Como ya se subrayó en el tomo I de esta obra, al contraer los inmigrantes matrimonios con hijas de familias de la elite, adquirían de inmediato el nivel de estas —fenómeno constante desde el periodo monárquico y que habla del papel fundamental de la mujer en la ampliación y consolidación de los sectores altos—, y al mismo tiempo pasaban a sumarse a la red social a la que ellas pertenecían. Y es muy posible que el aspecto físico del extranjero, el hecho de ser “blanco”, constituyera un elemento importante en el imaginario social de la elite121. Pero la calidad de extranjeros, que los vinculaba a otros de su misma condición, facilitó la rápida integración de estos a la elite por la vía del matrimonio. Y, por cierto, dentro de ese conjunto se reproducían las prácticas endogámicas. El sueco Bladh dio una explicación, que parece convincente, acerca del éxito de los extranjeros en su inclusión dentro de la sociedad chilena:
Casi todos los matrimonios que han contraído extranjeros con chilenas han sido felices, cuando el esposo ha sido prudente. Este ha sido el caso de los ingleses, y dada [la] facilidad natural para amoldarse de las chilenas a los gustos del marido, aquellos han logrado, poco tiempo después de la boda, inculcarles el comportamiento y el delicado tacto de una “lady” inglesa.
El cariñoso comportamiento de los extranjeros, sobre todo de los ingleses, para con sus esposas, y su costumbre de pasar todos los ratos libres exclusivamente en el hogar, no puede dejar de parecer agradabilísimo a las chilenas, sobre todo cuando compara[n] este trato con el que dan sus propios compatriotas a sus esposas. Los extranjeros gozan así de una gran consideración entre las damas chilenas122.
Tal vez lo más llamativo de Copiapó y La Serena, y en parte producto de su reducido peso demográfico, fue la fácil inserción de los migrantes en las estructuras sociales existentes, lo que, además de contribuir a renovarlas, introdujo elementos más complejos a las cada vez más extensas redes de relaciones y parentescos, en que la endogamia continuó teniendo un peso relevante.
Es muy sugerente el examen del grupo fundado a comienzos del siglo XIX por un extranjero en matrimonio con una integrante de la familia Iribarren, de La Serena. El médico inglés Jorge Edwards Brown, radicado en esa ciudad, casó en 1807 con la serenense Isabel Ossandón Iribarren, hija de Diego Ossandón de la Vega y de María del Rosario Iribarren Niño de Cepeda. Los hijos de Jorge Edwards se dedicaron a los menesteres comerciales y mineros, en tanto que las hijas casaron con extranjeros también volcados a los negocios mineros. Así, Teresa Edwards Ossandón contrajo matrimonio en 1824 con el norteamericano natural de Filadelfia Washington Stewart, y al enviudar de este contrajo en 1826 nuevo matrimonio con el también norteamericano natural de Nueva York Pablo Délano, con numerosa sucesión. Carmen Edwards Ossandón casó con el escocés David Ross, dedicado a la habilitación y al comercio de metales123, y la hija de estos, Juana Ross Edwards, lo hizo con su tío Agustín Edwards Ossandón. Jacoba Edwards Ossandón casó con el norteamericano Thomas F. Smith, de Boston, también comerciante de minerales, con sucesión124. Pero lo más interesante es que otras dos hermanas Ossandón Iribarren, cuñadas de Jorge Edwards, contrajeron matrimonio, una, con el norteamericano Daniel W. Frost y la otra, con su sobrino Samuel Frost Haviland125.
La familia Edwards Ossandón se vinculó con la fundada por Pablo Garriga Martínez, natural de Mollet, en Cataluña. Había casado este en 1812 con Ventura Argandoña Subercaseaux, la cual, viuda de Garriga, contrajo segundo matrimonio con Jorge Edwards Brown, viudo a su vez de Isabel Ossandón Iribarren126. De los siete hijos Garriga Argandoña, Paula casó con el norteamericano Felix Fineas Lovejoy y viuda, con el argentino Gabriel Meollo y Gorbea, sin sucesión; Rafaela Dolores casó con el escocés Paulino Campbell; Ramón Jesús, con su prima hermana Peta Argandoña O’Shee; Margarita del Socorro con Joaquín Edwards Ossandón, y Jesús, con Santiago Edwards Ossandón, ambas con extensísima sucesión. Otra Argandoña O’Shee, Josefa, contrajo matrimonio con Juan Bautista Edwards Ossandón, con larga descendencia.
Hacia 1828 pasaron a América los hermanos Juan y Edmundo Eastman para atender los intereses del padre de ambos. Juan se radicó en Buenos Aires, en tanto que Edmundo viajó a Chile para dedicarse a las actividades mineras. El mismo año 1828 aparece formando parte del comercio de La Serena127. En 1832 casó en Sotaquí con Tomasa Quiroga y Darrigrande, y fueron padres de ocho hijos, con familias en La Serena, Valparaíso, Santiago y Ecuador128. Ese matrimonio le permitió vincularse a la familia Urmeneta, pues José Tomás había casado con Carmen Quiroga Darrigrande.
A ellos es posible agregar otros extranjeros que formaron familia en la región, como el norteamericano Amadeo Gundelach129, el inglés natural de la isla de Madera Guillermo Canningham, los hermanos Juan y Guillermo Carter, naturales de Escocia, el canadiense Luis Tondreau, los alemanes Juan Clausen, Juan Federico Flotow (Floto), y Guillermo Schreiber (Escríbar), el francés Agustín Fontaine y varios más.
Pero no solo se radicaron en La Serena ingleses, norteamericanos, alemanes y franceses. También lo hicieron de otras nacionalidades, como españoles —los gallegos Juan Bautista Carneiro e Higinio Ripamonti, el carmonense Antonio Galeno, el gaditano Isidoro Cuadrado y Angulo, el catalán José Coromina y Tolosa—, y otros provenientes de países americanos. Así, por ejemplo, cuando en 1829 el escocés David Ross contrajo matrimonio con Carmen Edwards, le sirvieron de testigos los peruanos naturales de Lima Ventura y José Piñera, vinculado este último a la actividad minera en Arqueros130. José Piñera, abogado y funcionario en su patria, se radicó en La Serena entre 1824 y 1826, y casó en 1827 con Mercedes Aguirre y Carvallo131. También del Perú llegó a radicarse a La Serena Mariano Daza.
Entre los chilenos establecidos en La Serena en la primera mitad del siglo XIX hubo varios provenientes de Santiago, atraídos por la minería. Se reprodujo en esta ocasión el modelo ya analizado con anterioridad: una o más familias de prestigio sirvieron de eje en torno al cual se fueron insertando los migrantes, lo que, a su vez, facilitó el desarrollo de prácticas endogámicas. En el periodo examinado cabe recordar a dos hermanos Ruiz-Tagle Lecaros radicados en La Serena: Nicanor, casado con Carolina Salcedo Iribarren y Carlos, con Salustia Solar Vicuña.
De Valparaíso llegó a La Serena Pedro Nolasco Valdés Muñoz, quien fue uno de los suscriptores de la compañía minera que se formó para explotar una pertenencia en el mineral de plata de Arqueros en 1825132. Cinco años más tarde Valdés era socio de Rodríguez, Cea y Cía., sociedad que se formó en Vallenar con un capital de 281 mil pesos, y que en 1831 y 1833 tenía intereses en el valle de Aconcagua133. En 1839 Valdés se asoció en Copiapó con Juan Sewell, de quien era apoderado Roberto Walker. Pedro Nolasco Valdés contrajo matrimonio en 1822 en La Serena con Rosario Munizaga Barrios, hija del rico minero, armador, comerciante y terrateniente Juan Miguel Munizaga y Trujillo134. Ya en 1829 aparece Valdés como propietario de Titón, importante predio rústico del valle de Elqui135. Una hija de Pedro Nolasco Valdés, Juana, contrajo matrimonio con Eduardo Abbott de Fleury, miembro de una familia inglesa de comerciantes con al menos tres generaciones en el Medio Oriente, concretamente en Damasco, nacido, sin embargo, en Calcuta, y radicado en La Serena, desde donde intervino activamente en el comercio del cobre, quienes dieron origen a una extensa y vinculada descendencia136.
Un caso muy peculiar fue el de los hermanos serenenses Isidoro y Manuel Antonio Cordovez del Caso, radicados ambos en Colombia y casados con las colombianas Agustina y Javiera Fernández de Moure, con extensa sucesión en ese país y en Ecuador. Simón Cordovez Moure, hijo de Manuel Antonio y Javiera, emigró a Chile y se casó en La Serena en 1854 con Carolina Aguirre y Rivera, con muchos descendientes, entre ellos el obispo de Rancagua Eduardo Larraín Cordovez137.
En la zona de Ovalle trabajaron José Tomás de Urmeneta García y el santiaguino Ramón Lecaros Alcalde, exitosos empresarios en Tamaya138. El segundo, propietario de varios fundos en el departamento de Ovalle y de numerosas pertenencias mineras, casó primero con la serenenses Rita Guerrero Varas, hija de Juan Antonio Guerrero Gayón de Celis y de Francisca Varas Noriega, con una hija que no tuvo sucesión. Casado en segundas nupcias con su pariente Juana Vicuña Alcalde, tuvo descendencia139.
El establecimiento de mineros y habilitadores en Atacama, en general del centro del país y también del extranjero, originó cambios profundos en la sociedad local, hasta entonces muy ligada a la de La Serena. Entre los ingleses que impulsaron el desarrollo minero debe mencionarse a los hermanos Walker. Dos de ellos, Juan y Alejandro, contrajeron matrimonio con las hermanas Mercedes y Teresa Martínez Martínez, naturales de Copiapó, en tanto que Roberto Walker, que no era pariente de aquéllos, casó con Custodia Martínez Martínez, hermana de las anteriores, dejando extensas y vinculadas descendencias en la región y en Santiago. El norteamericano Juan Melitón van Buren, contratado para la construcción del ferrocarril de Caldera a Copiapó, se radicó en esa ciudad y allí contrajo matrimonio con Damiana Vallejo y Vallejo en 1856, con sucesión en Valparaíso140. El francés Constante Quesney casó en Copiapó hacia 1830 con María Dolores Ossa Cerda, con sucesión en Santiago.
A partir del decenio de 1830, las luchas políticas argentinas, por una parte, y el auge minero en Atacama y Coquimbo, por otra, impulsaron una considerable migración transandina. Junto a los numerosísimos que llegaron a prestar sus servicios como peones, peluqueros, sastres, plateros, pintores, herreros y carpinteros, debe agregarse a quienes, por contar con medios de fortuna, se incorporaron a los negocios mineros, sin perjuicio de que no siempre perdían la esperanza de realizar alguna intentona contra el gobierno de Rosas, como fue el caso de Domingo Francisco García, acusado de introducir armas al país vecino. También realizó actividades mineras en Copiapó el ex director del Banco de Buenos Aires, Mariano Fragueiro, cuyas ideas en una materia desconocida en Chile sirvieron para difundir, a partir de 1844 y por medio de El Progreso de Santiago, “los conocimientos necesario sobre la naturaleza de los bancos”141. En La Serena se radicaron Francisco Iñiguez-Pérez y Zeballos, de Mendoza; Bernardo Videla, casado hacia 1850 con la serenense Mercedes Aracena; Gabriel Meollo y Gorbea, de Catamarca; Mariano González Bulnes, de Córdoba, con larga sucesión en la capital de Coquimbo; los hermanos Félix, Jacinto y Octaviano Pulido y Moreno, de la Rioja, con extensa descendencia142; José María Castro y Albarracín, que formó familia en el valle de Elqui, y Lino Castro, de Buenos Aires. El mendocino Juan José Cobo Sáez, con parientes instalados en Chile desde fines del siglo XVIII, casó en La Serena con Tránsito Valdés Munizaga, y se avecindó en Copiapó en 1834 para trabajar en Chañarcillo143. Juan de Dios Arias, Eugenio Balbastro, Alejandro del Carril, Pastor Castro, Salvador Escola, Manuel Antonio García Villacorta, Carlos Lynch Sabaleta, Pablo Mendoza y Dávila, Francisco Solano Quiroga, Gabriel Real de Azúa y Cires, Manuel Rizo-Patrón y Vera, Juan Gualberto Rodríguez y Varas, Diómedes Ruiz y Echegaray, Pedro Isaías Salazar y Villafañe y Roque San Román y Gordillo son algunos argentinos que formaron familia en Copiapó. Se advierte, asimismo, la presencia de numerosas mujeres argentinas que contrajeron matrimonio con chilenos o con extranjeros residentes en la provincia.
Debe aludirse, por último, a numerosos inmigrantes provenientes de otras regiones americanas, que fundaron familias tanto en Copiapó como en La Serena. Conviene recordar al peruano Félix María Bazo y Riesco, hijo de un oidor de la Audiencia de Chile huido a Lima y de una chilena; a Bernardino Codecido, colombiano establecido en 1835 en Copiapó; a Emilio Beéche y Arana, salteño que provenía de Sucre, Bolivia; a José María Boyle, de Montevideo; a Pedro Pineda y Castillejo, de Lima144; a José Gregorio Benítez Méndez, natural de Guayaquil, casado en 1823 con la serenense Marcelina Guzmán Espinoza145; a Manuel María Moure y Sánchez, natural de Popayán, Colombia146; a Antonio Escobar y Arce, de Panamá, casado con Manuela Ossa y Varas; a Diego Sutil, de Curazao y casado con venezolana, que se avecindó hacia 1850 en Copiapó y cuya hija Clara Rosa Sutil Borges contrajo matrimonio en la misma ciudad con el serenense Santiago Marcial Edwards Garriga. También se instalaron en esa época en La Serena algunos italianos como Lorenzo Gertosio147.
La presencia de argentinos en el Norte Chico, a la que se aludió más arriba, se comprende no solo como consecuencia de los problemas políticos existentes en el país vecino, sino también por la natural complementación de las respectivas economías. Tras la caída de Rosas se intensificó el comercio con Chile, y en él intervinieron activamente los argentinos. El abastecimiento de ganado, por ejemplo, generó un interesante intercambio con los territorios transandinos, en particular Catamarca, La Rioja y San Juan, transportándose desde Caldera y por la vía de Copiapó mercaderías europeas hacia ellos148. Al terminar el periodo no había comercio de ganado hacia Atacama, pero por Rivadavia, en Elqui, ingresaban casi cinco mil cabezas al año149.
Si bien la minería interesó de preferencia a los extranjeros, el comercio al menudeo fue también un incentivo para su instalación en la región. En Copiapó, por ejemplo, la oferta de alimentos, de materiales para el laboreo de las minas y de artículos de lujo estaba en manos de argentinos150. Otras actividades, como la herrería, la ebanistería y la construcción, permitieron la inserción de los inmigrantes en el Norte Chico. El francés Juan Allard se dedicó exitosamente al transporte marítimo, y casó con serenense. El canadiense Valin y el norteamericano Cuthbert abordaron la construcción de carruajes.
El dinamismo de la sociedad copiapina, muy propio de una ciudad minera y fronteriza, no era demasiado diferente del exhibido por La Serena. Con todo, muchos mineros y habilitadores enriquecidos en las ciudades del norte, como Agustín Edwards, Matías Cousiño, Francisco Ignacio Ossa o José Tomás de Urmeneta, pronto se trasladaron a escenarios mayores, es decir, a Valparaíso o a Santiago151. Este proceso fue descrito para el periodo comprendido entre 1860 y 1870 por Ramón Subercaseaux Vicuña:
En ocupaciones de minas y un poco de agricultura empleaba su tiempo la gente de La Serena; pero el que por esa vía hacía fortuna se podía tener por casi seguro que iría a emplearla en Santiago, comprando casa y hacienda. […] No había, pues, que extrañarse del aire moroso de toda la ciudad [de La Serena], que parecía no haber salido del periodo español152.
El incremento de la población en las provincias septentrionales como consecuencia de los requerimientos de mano de obra supuso un estímulo tanto para las actividades comerciales como para las agrícolas en Chile. Las primeras estuvieron dirigidas, en primer término, a suplir las necesidades de bienes básicos de la minería. La cal proveniente de Coquimbo, por ejemplo, tenía una segura demanda en Talcahuano153. En materia de alimentación se estableció un fluido intercambio con Tomé y Talcahuano para el abastecimiento de harinas, en tanto que las necesidades de charqui, grasa, legumbres, fruta seca y alcohol eran satisfechas por los valles de Atacama y Coquimbo.
El comercio al menudeo exhibió también un notorio repunte, como producto de una demanda en alza, aunque su desarrollo estuvo muy a menudo limitado por la carencia de circulante. El desarrollo de variados sistemas de crédito y la emisión de vales y fichas permitieron, en parte, suplir esas deficiencias. Era habitual la circulación de vales en los minerales, como ocurría en Condoriaco, mineral de plata próximo a Arqueros154, y en Quitana155.
Estos rápidos y notables cambios experimentados en Atacama y Coquimbo impulsaron modificaciones en la propiedad de la tierra y en los cultivos. En efecto, numerosos mineros y mercaderes, enriquecidos en la extracción y comercialización de la plata y del cobre, diversificaron sus inversiones y adquirieron tierras, ya sea en los valles de la región o, de preferencia, en la zona central156.
Debe advertirse que la necesidad de garantizar un adecuado abastecimiento a los yacimientos también impulsó el ingreso de los empresarios mineros a la actividad agrícola, la que, obligada a satisfacer las demandas de cientos y a veces de miles de operarios, llevó a la construcción de canales de regadío y de caminos, indispensables los primeros para aumentar y asegurar la producción y estos para extraer los frutos. Es posible que tal razón indujera a Miguel Gallo Vergara en 1828, antes de convertirse en el riquísimo minero de Chañarcillo, a adquirir el fundo Apacheta, en el curso superior del río Copiapó157. La compra de tierras en la zona central fue una tendencia sostenida de los mineros de las provincias del norte. Así, la familia Gallo adquirió en 1841 la hacienda Requínoa y, más adelante, las haciendas Gultro y Pichiguao, en la zona de Rancagua158. Todavía en 1880 un miembro de esa familia, Manuel Gallo Montt, adquiría las tierras de Manquehue, al oriente de Santiago159. José Santos García Sierra, natural de Combarbalá y minero de cobre y fundidor en Catemu, compró Vichiculén, en el valle del Aconcagua, y en 1875, al morir su cónyuge, heredó la hacienda un sobrino, José Letelier Sierra, también minero160. Este y su hermano Wenceslao compraron Aculeo a Patricio Larraín Gandarillas con el fin de aprovechar el bosque nativo para abastecer de combustible a una fundición de cobre161. Francisco Ignacio de Ossa Mercado, minero de Chañarcillo, fue dueño de las haciendas de Calleuque, Codao y Almahue, en Colchagua162. Ramón Subercaseaux Mercado, uno de los afortunados mineros de Arqueros, adquirió la hacienda de Pirque o Santa Rita, dividida tras su muerte en 1859 en seis hijuelas, más una chacra en el Llano de Maipo163. Hacia 1860 la hacienda de Machalí, en Rancagua, era propiedad del minero copiapino José Ramón Ossa Mercado.
Las modificaciones en la composición de las elites de Copiapó y La Serena fueron paralelas a otras protagonizadas por el bajo pueblo, de mucha mayor envergadura cuantitativa estas, pues significó el desplazamientos de grandes masas humanas hacia los establecimientos mineros, en torno a los cuales se improvisaron centros habitados, que desaparecían con el término de las faenas. Es lo que ocurrió con Arqueros, primero, y más adelante con Chañarcillo y Tamaya.
La imperiosa necesidad de contar con abundante mano de obra, base de una extracción minera muy primitiva y carente de elementos mecánicos que le asegurara mayor eficiencia, impulsó un vasto movimiento de trabajadores hacia los yacimientos de la provincia. Empleados como barreteros y apires, sus remuneraciones, aunque bajas, parecen haber sido superiores a las pagadas en el resto del país. Esto lo justificaba, por cierto, el durísimo trabajo físico que realizaban, en especial los apires. No está de más indicar que en 1866 se contabilizaron en Atacama 199 minas de cobre y 177 de plata en explotación164.
La escasez de operarios que se advertía a comienzos del decenio de 1850 obligó a la Junta de Minería de Atacama a poner en práctica una campaña para atraer a los posibles interesados, con el ofrecimiento de buenos salarios, puntualidad en el pago, alimentación y condiciones de estabilidad y seguridad. La Junta contó con agencias para enganchar a peones en Coquimbo, Valparaíso, Constitución, Talcahuano y Chiloé165. Pero el problema principal radicó no tanto en contratar trabajadores como en retenerlos166. Hay indicios de haberse practicado modalidades de retención de los trabajadores mediante las deudas en las pulperías167.
Sobre la forma de vida de los trabajadores los antecedentes disponibles indican, por una parte, la existencia de elevados salarios, como medio de atraer a la mano de obra, junto a deficiencias en materia de alojamiento y alimentación. Las malas condiciones sanitarias, agravadas por constantes epidemias de viruelas, que, por ejemplo, afectaron a la zona de Ovalle en 1839, 1863-1864, 1871, 1873, 1877-1878 y 1882, eran paliadas en algunos minerales con el establecimiento de lazaretos. Las enfermedades más habituales eran la difteria, la disentería y los cólicos, pero los mayores estragos obedecían a la tuberculosis168. Los accidentes del trabajo parecen haber sido numerosos, aunque se carece de información cuantitativa al respecto169. En los yacimientos coquimbanos los operarios ganaban, en promedio, 30 pesos al mes, con una ración consistente en una telera de pan, frejoles e higos secos. Cada tres o cuatro días el minero pedía un vale de dos o tres pesos para adquirir mercaderías en la pulpería del establecimiento. Cuando recibía su remuneración se dirigía a la placilla, “donde los salones llenos de vistosas damiselas, vestidas con trajes de diversos colores y con blanqueo o coloretes en la cara, esperan a los parroquianos, los que llegan pidiendo un vaso de ponche para refrescarse, y este vaso generalmente es un potrillo”170.
Sin embargo, el broceo de las minas o la reducción del precio de los minerales llevaba a la cesantía a los obreros, a quienes se les abrían pocas opciones: el retorno a sus lugares de origen, la emigración a los países vecinos o, simplemente, el vagabundaje. Son numerosas las denuncias de bandidaje en Atacama en el decenio de 1880, cuando ya habían concluido los ciclos de la plata y del cobre. En enero de 1886 el intendente de Atacama solicitaba al Ministerio del Interior fondos para establecer una patrulla rural en la zona de Freirina, por haber “muchos vagos en los caminos, lo que ha traído desconfianza de la gente para transitar por ellos”171. Y otra petición de auxilio extraordinario aludía con más detalle al problema: “La criminalidad en este Departamento [Copiapó] es extraordinaria, debido en primer término a la decadencia de la industria minera, que deja sin colocación [a] centenares de brazos que, no teniendo centros de trabajo donde ganar la vida, se dedican al pillaje y al asesinato”172. No puede extrañar, en consecuencia, que a los minerales que aún seguían en explotación llegaran personas “más interesadas en ejercer sus perversos instintos”. Este cuadro de la ciudad y de su región es expresivo de la situación que vivía como consecuencia de la crisis de la minería del cobre y de la plata. Una situación parecida se repetía en Coquimbo. El intendente José Velásquez informaba en noviembre de 1886 que en el mineral de Condoriaco se iba formando “no una población ordenada e industriosa, sino un agrupamiento de individuos de costumbres licenciosas, dispuestos a cometer toda clase de desmanes, especulando con el robo de minerales, denominado vulgarmente cangalleo”173.
VALPARAÍSO Y VIÑA DEL MAR
A la inseguridad de la bahía de Valparaíso para las embarcaciones —“tiene fama universal de ser uno de los peores que visitan las naves”, aseguró Alberto Fagalde en 1906174— se añadió el limitado espacio plano que podía utilizarse para la construcción de bodegas, almacenes y casas. La imagen que pudo formarse un viajero y naturalista alemán, Eduard Poeppig, al llegar al puerto a principios de 1827, no correspondió a lo que parecía “prometer su bello nombre”:
Paralelamente a la costa roqueña, y a apenas a una distancia de 200 pies de ella, se elevan por doquier cerros parados, con flancos a menudo perpendiculares como una muralla, y que dejan libre en su base, en la parte occidental de la bahía, un camino que solo está seco cuando baja la marea. En este reducido espacio se encuentra la única calle de Valparaíso, torcida y estrecha; una pequeña plaza inaparente y algunas callejuelas, que constituyen en conjunto lo que allá se llama, específicamente, el puerto o centro de todos los negocios175.
Y al desembarcar, Poeppig, que esperaba encontrarse con “lo curioso de las costumbres nacionales”, sufrió un nuevo desengaño:
Uno recorre la única calle que conduce al mercado, de insignificante apariencia. A ambos lados hay tiendas llenas con los productos de la industria europea, exhibidos en parte con igual buen gusto que en nuestras ciudades mayores. Alternan con las grandes bodegas de las casas comerciales británicas de primer rango y con las tabernas de los marineros, de las que salen sonidos que también se podrán escuchar en Londres o Hamburgo. Es cierto que, excepción hecha de las horas caniculares del mediodía, la gente se aglomera en esa calle de gran movimiento comercial, pero en su mayoría son extranjeros, y casi se oye hablar más la lengua de Inglaterra que los sonidos más sonoros de la península hispana. Los trajes nacionales desaparecen entre el vestuario para mí inexpresivo de la moda del norte de Europa, e incluso los puestos del mercado no ofrecen nada que recuerde las costas del Océano Pacífico176.
El teniente de la Real Armada británica, Hon. Frederick Walpole, se refirió a Valparaíso, hacia 1845, calificándolo como “el agujero más horrible de las costas del mundo”177. Sin embargo, precisaba que en los “barrios respetables” las casas eran “grandes y hermosas”, y que la ciudad había duplicado su extensión en 10 años. “Hacia el lado sur se está levantando, en forma muy rápida, una jurisdicción o arrabal hermoso y grande, llamado el Almendral”178.
La imagen que del puerto dejó una viajera austríaca, Ida Reyer de Pfeiffer, que estuvo en él durante algunas semanas en 1846, no difiere demasiado de las anteriores. Además del aspecto “aburrido y monótono”, le sorprendieron los “tristes cerros” a cuyos pies se hallaba la ciudad179.
Múltiples razones, ligadas a la falta de higiene, a la presencia de pordioseros —muchos autorizados para mendigar y llevando al cuello un rótulo con el nombre del municipio180—, marineros y prostitutas; a las quebradas, que con las lluvias invernales transportaban grandes caudales de lodo y piedras que se deslizaban por las laderas de los cerros; a los perros vagos, “salvajes como los que infestan las ciudades turcas”181, hicieron huir del reducido plano de la ciudad a sus habitantes, especialmente a los extranjeros182. Hacían especialmente ingrata la vida en el puerto los vientos del suroeste, que levantaban enormes polvaredas en las calles, cubiertas, según Ida Reyer de Pfeiffer, “con 30 centímetros de arena y polvo”183. Francisco Antonio Pinto, que decidió veranear en Valparaíso en febrero de 1857, no dejó de quejarse de “los vientos fuertes y fríos que reinan en la presente estación” y de “los malditos vientos que son intolerables”184. De la violencia de los fenómenos meteorológicos fue muestra la torrencial lluvia que cayó en diciembre de 1875 sobre el puerto cuando en él se encontraba el naturalista inglés Henry Nottidge Mosley. No solo se inundaron las calles, sino que las aguas llevaban tanto barro que las líneas de los tranvías quedaron sepultadas bajo dos pies de tierra185. Aunque la mayor amplitud del Almendral había permitido allí la existencia de casas y quintas de cierta extensión, los comerciantes ingleses y alemanes prefirieron habitar en dos colinas muy próximas a la sede de sus negocios: los cerros Alegre y Concepción. Ya desde el decenio de 1830 se iniciaron las obras de urbanización de esos cerros, con el pavimento y la apertura de calles y la canalización de los cauces que corrían por las quebradas. Las residencias, aisladas y con antejardín, le dieron a estos cerros un inconfundible aire anglosajón y sus propietarios vieron aumentar con rapidez el precio del suelo186. Anotó Ida Reyer que en el Cerro Alegre se encontraban las “más bellas quintas, con elegantes jardines y una vista al mar extraordinariamente hermosa”187. Para quienes estaban dispuestos a soportar viajes más largos, las grandes quintas de la subida de Las Zorras ofrecieron cómodas formas de vida semirrural188.
En los restantes cerros y en las quebradas se fueron instalando los sectores menesterosos, en deplorables condiciones higiénicas y con gran escasez de agua para el consumo doméstico. “Las chozas de los pobres son miserables”, anotó Ida Reyer, por lo que no mostró especial interés en conocer su interior, pensando que debía corresponder al exterior, “pero más tarde me sorprendí al ver no solo buenas camas, mesas y sillas, sino que a menudo elegantes y pequeños altares adornados con flores”. Y sus habitantes “estaban lejos de encontrarse mal vestidos”189. En las quebradas se habían alzado numerosos hornos de tejas y ladrillos, que contribuyeron a la desaparición de los arbustos que había en ellas para ser usados como combustible. Con esto se hizo irrefrenable el violento escurrimiento de aguas, lodo y piedras durante los temporales190.
Lugar de domicilio de compañías chilenas y extranjeras que intervenían en los negocios tanto en el país como en el exterior, Valparaíso había atraído a numerosos empresarios, comerciantes y empleados, y se convirtió en el centro de prósperos establecimientos mercantiles y fabriles. La llamativa presencia de foráneos le dio al puerto un sello del que carecía Santiago. Se estimó en 1827 en 20 mil el número de habitantes del puerto, de los cuales más de tres mil eran extranjeros191. A los ingleses, ligados al comercio de exportación y de importación como representantes y empleados de empresas de la Gran Bretaña, se debe agregar a franceses, alemanes, norteamericanos, italianos y españoles, unidos los primeros al alto comercio, y los dos últimos al minorista, así como la de súbditos de muchos países de América del Sur, en especial argentinos, peruanos y bolivianos. Las guerras civiles en Argentina originaron varias oleadas de emigrantes, y las de 1831 y 1841 obligaron al desplazamiento de muchos miembros de las elites de Salta y Jujuy192. Ilustra sobre la cuantía de la inmigración en Valparaíso el hecho de que entre 1850 y 1899 se otorgaron en el puerto mil 371 testamentos de extranjeros. De estos, mil 196 correspondían a europeos (entre los que exhibían las cifras más elevadas estaban los alemanes, con 300, los ingleses, con 229, los franceses, con 155, los italianos, con 147, los españoles, con 123, y los escoceses, con 86) y 165 a americanos, con predominio de Estados Unidos, Argentina y Perú193.
La naturaleza de las empresas establecidas en Valparaíso obligaba a sus empleados a una gran movilidad, razón que explica que solo una minoría de inmigrantes pudiera constituir familia en Chile. Conviene detenerse en algunos de ellos, por el aporte que significaron a la consolidación de las elites del puerto y de la capital.
Tal vez hacia 1819 se había radicado en el puerto el inglés Josué Waddington, quien fundó en 1825 una importante casa comercial. En 1838 contrajo matrimonio con María del Rosario Urrutia Gutiérrez. Dedicado también a las labores agrícolas, hizo construir un gran canal desde La Calera hasta Limache, la llamada “acequia Guarintonia” por los campesinos. De sus ocho hijos, uno fue diputado, y otro, Guillermo, fue ministro de Hacienda del presidente Manuel Montt.
El inglés Jorge Lyon Thomas, llegado a Chile en 1827 y empleado en la casa comercial de Diego Portales y a continuación en la de Dubern, Rejo y Cía., contrajo matrimonio en 1830 con Carmen Santa María Artigas y fue padre de 11 hijos, todos de destacada participación en actividades políticas y de negocios en Valparaíso y en Santiago.
Con la misión de abrir la casa Huth & Co. en Valparaíso, se radicó en el puerto el londinense de origen irlandés Bartolomé Jorge Browne. Establecido originalmente en el Perú, donde había contraído matrimonio en 1831 con Manuela de Aliaga Calatayud, fue padre de siete hijos cuyas alianzas son una buena muestra de la extraordinaria plasticidad social del periodo: dos mujeres casaron con los ingleses Hugo Plunket Bourchier y James Law Benett, otras tres lo hicieron con los chilenos José Luis Santa María Capetillo, Francisco Subercaseaux Vicuña y Gregorio Ossa Cerda, y los hombres con Virginia de Sarratea y Herrera, hija de argentino y chilena, y con la chilena Juana Vicuña Correa.
El ciudadano británico Roberto Forbes Budge se instaló en 1827 en Valparaíso para dedicarse a negocios de importación y exportación. Casado en 1834 con María Mercedes Prats Urízar, sus 10 hijos le dieron a la familia numerosas vinculaciones sociales y financieras.
Los hijos del escocés David Ross, llegado a Valparaíso en 1826 y radicado en La Serena, y de la serenense hija de inglés Carmen Edwards Ossandón se avecindaron en el puerto: Agustín Ross, dedicado a actividades bancarias y políticas; Juana, casada con Agustín Edwards Ossandón, que destinó parte importante de su fortuna a obras de caridad en Valparaíso, La Serena, Coquimbo, Santiago y otras ciudades del país, y Jorge, casado con Lucía Santa María Carrera, con sucesión que participó en el mundo de los negocios y en la política.
El argentino Manuel de Tezanos Pinto, emigrado a Chile en 1840, desarrolló labores comerciales en Valparaíso y casado con Carolina Grinwood, formó una familia cuyos hijos se radicaron en Chile y Argentina.
Los ejemplos anteriores, que ayudan a comprender la veloz ampliación de las elites de Valparaíso y de Santiago —y su sorprendente complejidad—, no pueden ignorar la existencia, además de los nombrados, de numerosos otros inmigrantes durante el periodo en estudio, como los ingleses Mateo Armstrong, Enrique Cood, Jorge Wormald, Carlos Wood, Juan Tomás Smith —de familia católica y, como tal, educado en el Real Colegio de Ingleses de Valladolid—, Alfredo Waugh, Charles Swinburn y Juan Mouat; los franceses Adolfo Couve (1849)194, Carlos Próspero Renard y Leoncio Segnoret; los belgas Eduardo Boonen y Juan Francisco Doursther; los italianos Pedro Alessandri, Jerónimo Costa, Juan Bautista de Ferrari y sus hijos Pablo y Luis, Ángel Guarello y los hermanos Carlos y Juan Bianchi; los alemanes Hermann Fischer, Gustavo A. Hörmann, Gustavo Adolfo Claude y Francisco Nebel, y el danés Pedro Severin195, todos con descendientes que destacaron en las más variadas actividades. Pero también muchos chilenos residentes en otras regiones del país concluyeron radicados en Valparaíso por razones de negocios.
El puerto sirvió de base para un activo intercambio con las provincias del norte196 y también con los países vecinos, y desde allí, por ejemplo, salían las mercaderías compradas por comerciantes de Bolivia y del norte argentino, que eran reexpedidas a Tacna y a Cobija, y llegaba la plata piña o amonedada en pago de las cuentas197. Algo similar ocurría con Cuyo, que exportaba ganado, cueros y sebo, y abundantes frutas secas, reexpedidas a California en el decenio de 1850198. Buena parte de las sociedades comerciales que operaban en Perú y Bolivia tenían asiento en Valparaíso, al igual que las representaciones de las principales casas extranjeras que negociaban en la costa del Pacífico.
La conversión de Valparaíso en el principal centro mercantil del país impulsó la concentración en el puerto de numerosas actividades artesanales, como tipografía, litografía, encuadernación, carrocería, ebanistería, talabartería, zapatería y sastrería. De este fenómeno se hizo eco Domingo Faustino Sarmiento al comparar, al concluir 1850, el empuje exhibido por Valparaíso frente a una capital que mostraba cada día menos movimiento199. Y ya en 1858 los italianos Pedro Martín y Juan Pigati pusieron en marcha una fábrica de cerveza200. También fueron italianos, y desde el decenio de 1840, quienes establecieron fábricas de tallarines: ya por 1876 había siete fábricas de fideos que utilizaban motores de vapor y pertenecientes a italianos201. Pero la industria más importante del puerto fue la Refinería de Azúcar de Viña del Mar, del alemán Julio Bernstein, nacida en 1872 al amparo de medidas de protección que desmentían en la práctica el supuesto triunfo del librecambismo consagrado en las ordenanzas aduaneras de 1864.
No obstante la estrecha vinculación entre Santiago y Valparaíso, considerado por los santiaguinos como el puerto de la capital, las diferencias en las elites de ambos eran muy notorias. No puede extrañar que, como en todos los puertos, primara en él un cosmopolitismo que no exhibía Santiago. El permanente asentamiento de migrantes de otros puntos del país o del extranjero por razones comerciales, laborales —a menudo con permanencias breves— o políticas le imprimió a su elite un carácter liberal, pragmático, crítico de las pautas aristocráticas respetadas por la sociedad de Santiago, alejado de los intereses políticos y preocupado preferentemente del trabajo y de consideraciones crematísticas202. Pero, como es obvio, las formas de sociabilidad no eran muy diferentes, como no diferían de las de ciudades de provincias. Subrayó Ida Reyer la decoración de los salones de europeos y chilenos, que hablan ya de un evidente refinamiento:
Pesadas alfombras cubre todo el suelo, ricos tapices cuelgan de las murallas, muebles y espejos de las más costosas clases se traen desde Europa y en las mesas se ven esparcidos magníficos álbumes, adornados con los más artísticos grabados203.
Ya en 1885 el puerto exhibía señales que sugerían un cambio en su trayectoria. El censo de ese año, en efecto, mostró que la capital había alcanzado los 189 mil 332 habitantes, contra los 104 mil 952 de Valparaíso. En otros términos, el puerto mostraba hacia esa fecha un rezago en su crecimiento demográfico respecto de Santiago, y esta casi lo duplicaba en el número de habitantes204.
Dicho proceso puede explicarse por la convergencia de varios fenómenos: la instalación de muchas familias de Valparaíso en la vecina Viña del Mar e, incluso, en localidades interiores, como Limache; el lento y continuo desplazamiento de otras hacia Santiago, debido a la convicción de que allí se tomaban las decisiones que de una u otra manera importaban a las actividades desarrolladas en todo el país, proceso al cual contribuyó en gran medida el fácil tránsito entre la capital y el puerto gracias al ferrocarril, y el surgimiento de nuevos centros de desenvolvimiento económico en los territorios ocupados por Chile como consecuencia de la guerra del Pacífico y en la frontera araucana tras la pacificación. Y no puede ignorarse que el surgimiento de comunicaciones marítimas regulares pudo haber influido en la pérdida de importancia del puerto como emporio del Pacífico. Antes, por consiguiente, de que se produjera la inversión del tráfico marítimo por la apertura del canal de Panamá, Valparaíso había comenzado a experimentar un visible freno demográfico y una pérdida relativa de su importancia como centro comercial.
Es esclarecedor el examen de los efectos producidos en la evolución de Valparaíso por la construcción del ferrocarril a la capital. El primero fue la consolidación de Viña del Mar, primero una pequeña estación con “hermosos jardines” y una “excelente posada servida por un matrimonio inglés”205, que dio paso a un pueblo creado espontáneamente a partir del arriendo de lotes de la hacienda de ese nombre por su propietaria, Dolores Pérez de Álvarez, y desarrollado de manera sostenida desde que el yerno de aquella, José Francisco Vergara Echevers, iniciara en 1874 la venta de solares206. La existencia de una estación lo convirtió, primero, en un suburbio de Valparaíso —así calificaba el cónsul británico en el puerto en 1895 a lo que llamaba Población Vergara207—, y, a continuación, en un lugar de veraneo de fácil acceso para los habitantes de Santiago. El terremoto de Valparaíso de 1906, que produjo enormes destrucciones en el puerto, dejó bastante indemne a la vecina Viña del Mar, lo que constituyó un comprensible aliciente para nuevos traslados hacia esta208. También la proximidad al puerto le dio nueva vida a Limache, relacionada con la minería del oro desde la conquista, al igual que Quilpué. La estación ferroviaria de Villa Alemana dio origen a un pueblo, y el yacimiento de calizas de La Calera, situado en las tierras que habían pertenecido a los marqueses de la Cañada Hermosa, en la margen sur del curso inferior del río Aconcagua, permitió el nacimiento de otro pueblo que contó con molinos de harina y desde comienzos del siglo XX adquirió un carácter marcadamente industrial y centro de la industria del cemento.
EL CASO DE SANTIAGO
La capital mantuvo su estructura social casi sin variaciones después de la traumática experiencia revolucionaria. Los viejos núcleos de la nobleza colonial, que habían experimentado notorias modificaciones desde finales del siglo XVII como consecuencia de la llegada de migrantes procedentes de la cornisa cantábrica, de Navarra y del País Vasco, con vinculaciones familiares en numerosos puntos del territorio americano y con una fuerte presencia en el sector mercantil, incorporaron a personas que se destacaron en el servicio de las armas durante la guerra de la Independencia, tanto chilenas como extranjeras y que formaron familias que, por su fácil ingreso a las estructuras de poder, exhibieron una presencia determinante en el país tanto en el campo político como en el social: Ramón Freire, Manuel Blanco, Manuel Bulnes, Joaquín Prieto, Luis José de Pereira, Juan Mackenna, Benjamín Viel, Jorge Beauchef, Vicente Claro y Guillermo de Vic Tupper, entre otros. Las secuelas de esa guerra, que significó para muchos la pérdida de sus bienes, secuestrados y después rematados, permitió el surgimiento de riquezas inmobiliarias de nueva data. Pero también se incorporaron a la elite santiaguina, y muy pronto, los mineros y los comerciantes que habían hecho su fortuna en el norte. Algo similar ocurrió con quienes, a partir del decenio de 1850, encontraron en la agricultura, y concretamente en el cultivo del trigo, una fuente de considerables ingresos. Se suele emplear el término burguesía para referirse a estos hombres nuevos —que no siempre lo eran—, pero no parece adecuada la aplicación a Chile de un modelo social propio de los países europeos y, más específicamente, de Francia. La burguesía y los burgueses son categorías que, difundidas por la historiografía marxista y convertidas en herramientas de uso obligado tras la aparición, en 1913, de la difundidísima obra de Werner Sombart, muestran una marcada ambigüedad al tratar de aplicarlas al sector social alto chileno209. No está de más subrayar que esta supuesta burguesía no aspiraba a oponerse ni a desplazar a las familias provenientes de la nobleza colonial: según los criterios de diferenciación social imperantes durante la monarquía, en general sus miembros no se diferenciaban de los de aquellas. En algunos casos se trataba de familias con pocas generaciones en Chile; en otros, de familias que eran santiaguinas pero habían hecho su fortuna en la provincia; en otros, de extranjeros o hijos de extranjeros avecindados y enriquecidos en provincia; en otros, de integrantes de familias de escaso caudal que, gracias a un afortunado hallazgo minero, habían modificado su situación patrimonial.
Es digno de destacarse el hecho de que durante los decenios iniciales del siglo XIX se sumaron a la elite, sin mayores dificultades, numerosos inmigrantes peninsulares, con el expediente ya indicado de contraer matrimonio con hijas de familias distinguidas. Algunos que participaron activamente como militares en las guerras de la emancipación y se habían casado con chilenas, concluido el conflicto retornaron al país; otros, retenidos como prisioneros, decidieron quedarse en Chile. Fueron los casos, entre muchos, del comandante del regimiento Talavera, Rafael Maroto, casado en 1815 con Antonia Cortés García, de la familia de los marqueses de la Cañada Hermosa, vuelto a Chile en 1847, después de una destacada y criticada actuación en la península, al igual que uno de sus ayudantes, Antonio García y Aro, llegado el mismo año, que se había casado en 1816 con Tadea Reyes Saravia210; del teniente Vicente Fornés, subordinado de García y Aro en Chile y después en España, y casado en 1844 con Isabel García Reyes, hija de su jefe211. Muy llamativo es el caso de algunos tripulantes de la fragata María Isabel, hechos prisioneros al ser capturada esa nave en 1818 por Manuel Blanco Encalada. Varios de ellos se radicaron en Chile y dieron origen a familias extensas y vinculadas a las elites de Santiago y de las provincias. Fue el caso del oficial de la real hacienda Victorino Garrido, casado con Rosa Falcón Ramírez; del médico Juan Miquel, casado en 1823 con Ignacia Rodríguez Zorrilla y Fernández de Leiva, sobrina del obispo de Santiago212; del catalán Francisco Rivas Besa, casado con Nieves Cruz Canales de la Cerda213; del andaluz Manuel Alfonso, natural de Carmona y casado en La Serena con Agustina Cavada y con larga sucesión en La Serena, Ovalle y Santiago214; de Francisco Domínguez Heras, casado primero con Dolores San Roque y después con Tomasa Valenzuela Morán, con dilatadísima sucesión, y de Manuel Valledor Blanco, casado con Josefa Pinto Díaz, hermana del presidente Francisco Antonio Pinto.
Aunque no se perciben cortes en las estructuras sociales como consecuencia de la emancipación, no faltaron quienes, por su condición de realistas —chilenos y españoles— y por las malas experiencias vividas durante la confrontación bélica, abandonaron Chile y se negaron a retornar. Fueron, entre otros, los casos de Ignacia Villota y Pérez Cotapos, cónyuge del peninsular Santiago de Ascasíbar y Murube; de su hermana Isabel Villota y de su marido el rico comerciante Pedro Nolasco de Chopitea —quien en forma novelesca salvó su vida de la pena de muerte dictada por los patriotas—, radicados con sus hijos en Barcelona215, y de Luis de Urrejola y Leclerc de Bicourt, quien, enviado en 1815 a una comisión a España, jamás volvió y formó allí su familia216.
Tampoco faltaron los peninsulares realistas que, tras abandonaron Chile debido al triunfo patriota, optaron por regresar una vez consolidado el nuevo régimen, como lo hicieron en 1826 el vasco Domingo de Amunátegui y Aldecoa, comerciante de Chillán; el también vasco Francisco de Echazarreta y Osinalde, regidor de Santiago en 1815 y huido a Lima después de la batalla de Chacabuco217, o el doctor Félix Francisco Bazo y Berry, oidor de la Real Audiencia, cónyuge de María del Tránsito Riesco, pasado a Lima en 1811, reincorporado a su plaza en 1815 hasta la extinción del tribunal en 1817, retornado a España en 1822 y en Chile dos años más tarde218. Pero el contingente mayor estuvo representado por inmigrantes espontáneos que probablemente buscaban un mejor destino en América ante las turbulencias políticas —como ocurrió con Juan Francisco de Zegers y con José Joaquín de Mora— y la mala situación económica en la península. Los matrimonios de muchos de ellos con mujeres de la elite les permitieron su rápida incorporación a esta. Cabe indicar entre otros al gaditano José Montes Orihuela, casado con María Loreto Rosales y Mercado y con una abundante descendencia marcada por la endogamia; al vasco Francisco de Bernales y Trucíos, casado con Dolores Urmeneta Astaburuaga; al también vasco Agustín Llona Beláustegui, casado en 1835 con la limeña Josefina Alvizu Reynals; a los hermanos Joaquín y Ramón Noguera, oriundos de Cataluña, casados en el decenio de 1840 con dos hermanas Opazo Silva; a Antonio Besa y Barba, casado en la primera mitad del siglo con Antonia de las Infantas; al navarro Vicente de Cruchaga y Amigot, casado en 1820 con Josefa Montt Armaza; a los riojanos Braulio Fernández y Fernández, en Chile en 1849 por su pretensión al vínculo de Bucalemu, casado en 1855 con Amalia Vicuña Guerrero y retornado a su país en 1861219; Valentín Fernández Beltrán, agricultor y fundador en 1854 de la Sociedad de Beneficencia Española, llamado por su tío el comerciante riojano Rafael Beltrán Íñiguez220; Manuel Fernández Cereceda, casado en 1849 con Ana María Íñiguez Ovalle, con larga sucesión221; Domingo Fernández de la Mata, en Chile en 1850, casado con Enriqueta Jaraquemada Vargas, también con numerosa descendencia222, y el catalán José Cerveró y Moxó, casado con su parienta chilena Mercedes Larraín Moxó. Es necesario tener en cuenta que esta inmigración, pequeña en número, parece haber obedecido, al menos en parte, al denominado traslado por requerimiento, es decir, al llamado de parientes ya radicados en Chile. Solo a partir de 1888, y estando en funciones la Agencia General de Colonización, la emigración española adquirió un mayor volumen223.
Los ingleses y alemanes desempeñaron un papel destacado en el reforzamiento de la elite santiaguina, no obstante que numéricamente no tuvieron la preponderancia que exhibieron en Valparaíso. Se debe tener presente, sin embargo, que muchas de las familias fundadas por extranjeros en Valparaíso y en La Serena se establecieron finalmente en la capital. Al médico inglés Nataniel Cox (en Chile en 1814) y al médico irlandés Guillermo Blest (en Chile en 1827), se deben agregar el médico Tomás Armstrong, procedente de las Canarias, aunque de origen escocés, casado en 1839 con Micaela Gana López; Eduardo Mac Clure, comerciante en Santiago en 1830, y casado con Manuela Matte Messía; el alemán Jorge Huneeus, natural de Bremen, radicado en Inglaterra, y en Chile en 1829, en representación de la firma Huth, Grünning & Co., casado en 1835 con la española Isidora Zegers Montenegro, viuda del coronel Guillermo de Vic Tupper, con una extensísima descendencia224; el hamburgués Enrique Teodoro Moller, casado en Santiago en 1847 con Carolina García de la Huerta Ramírez, y el médico austriaco Pedro Pablo Herzl, casado en 1849 con Irene Lecaros Valdés. A estos debe agregarse a inmigrantes americanos, como el boliviano Javier Gumucio Echichipea, llegado antes de 1850, y el ecuatoriano José Gregorio Benítez, casado en La Serena en 1823, como ya se indicó.
El incremento del comercio, las actividades mineras en el norte y en la zona de Concepción, el sostenido desarrollo de la agricultura, en especial del cultivo del trigo, el ejercicio profesional, los servicios financieros y las inversiones en países como Perú y Bolivia no solo incrementaron la riqueza pública y privada, sino también la importancia de Santiago como centro de decisiones políticas y económicas. El crecimiento de la capital y, sobre todo, su indiscutible preeminencia política y social sobre las demás ciudades de Chile, tuvieron expresiones visibles en la renovación urbana que se aceleró en la segunda mitad del siglo XIX. La construcción de viviendas, tanto para los miembros de la elite como para los sectores medios, que se examina en otro capítulo, fue la parte visible del desarrollo de la ciudad.
La creación de nuevos servicios, las obras públicas, la construcción, que tomó gran fuerza desde el decenio de 1860, y el desenvolvimiento de la actividad comercial representaron una sostenida demanda de trabajadores, desde el gañán, en general proveniente del campo, hasta el artesano, el cochero o el sirviente. Hasta el término de la primera mitad del siglo se conservaron las antiguas modalidades de servicio doméstico características del Chile indiano, marcadas por el paternalismo. Así, en las casas de los miembros de la elite los esclavos emancipados continuaron sirviendo a sus antiguos amos, al igual que lo hacían las “chinitas” e “indiecitos” comprados a los indígenas a través de intermediarios, o los hijos del personal dependiente entregados a sus patrones para que los “crecieran”. Sin embargo, la regulación de los contratos de trabajo con la vigencia del Código Civil fijó un nuevo marco en las relaciones laborales y, aunque intentó limitar la movilidad de los trabajadores, en la práctica no lo logró225. Pero no solo hubo desplazamiento de hombres hacia la capital; también las mujeres migraron desde el mundo rural, para encontrar en el servicio doméstico santiaguino una fuente de ingresos económicos periódicos que no les proporcionaba el agro. La demanda de mano de obra desde Santiago explica, pues, la sostenida recepción de personal no calificado desde ciudades menores y desde el campo, en especial del aledaño a la capital, como Colina y Lampa. Estima Luis Alberto Romero que a partir de 1875 Santiago comenzó a absorber población proveniente de lugares más distantes del valle central226. Domingo Faustino Sarmiento, testigo atento del fenómeno, calculaba en 1842 que en la capital había unos 10 mil desocupados, muchos de los cuales vendían en las calles mote, huesillos, frutas y zapatos227. Otros sectores en crecimiento, como el transporte, el abasto y el artesanal-manufacturero, también requirieron, en forma estable o temporal, a trabajadores no calificados228. Y fue precisamente la temporalidad de algunos trabajos, tanto agrícolas como urbanos la que empujó al gañán a retornar al campo, a otras ciudades, e, incluso, a las minas del Norte Chico, de acuerdo a las demandas estacionales.
Estos migrantes, carentes de raíces en la capital, estaban también desprovistos del más primordial de los elementos para radicarse de manera aceptable: la casa. Asentados precariamente como allegados, al decidirse por una radicación definitiva lo hacían generalmente en las áreas más marginales, es decir, en los bordes de la ciudad229. Marcadas por la miseria, las áreas situadas tanto al sur de la Alameda como al poniente de la actual avenida Brasil y al norte del río Mapocho congregaron a los pobres de la urbe. La segregación residencial así producida no significaba que en los sectores centrales de Santiago no existieran conventillos, “piezas redondas”, es decir, desprovistas de ventanas, y sitios eriazos en que se instalaban malamente los más desposeídos.
El crecimiento demográfico de Santiago, imparable desde el decenio de 1880, supuso, por una parte, el diseño de nuevos barrios para los sectores altos y, también, el desarrollo de barrios más modestos para los grupos medios. Pero no se supo enfrentar la situación de los pobres desde el punto de vista urbano sino hasta comienzos del siglo XX. El dinámico avance de la periferia de Santiago se hizo tanto con la inclusión de antiguos caseríos como con la construcción de nuevos núcleos residenciales, que fueron conocidos con el nombre de “poblaciones”. Pero hubo dos determinaciones del gobierno que influyeron en el desenvolvimiento futuro de la capital. Uno fue la creación de la Quinta Normal de Agricultura, institución destinada a la realización de trabajos científicos y de fomento agrícola y que se instaló en un predio de 31 cuadras adquirido por el Fisco a la familia Portales entre 1841 y 1850. El otro fue la adquisición entre 1842 y 1843, también por el Fisco, de terrenos agrícolas situados al sur de la Alameda con el objeto de establecer en ellos algunos regimientos que se encontraban en el sector central, y crear una extensa elipse en la que los soldados pudieran realizar sus ejercicios. En ambos casos se originaron límites al oriente y al sur de Santiago, los que, al poner un freno a la expansión de la ciudad, sirvieron de estímulo a una intensa actividad inmobiliaria, con subdivisión de predios, compra de los mismos a elevados precios, apertura de nuevas calles y construcción de casas230. La Quinta Meiggs —“una de las más hermosas y ricas de Sud-América por la extensión, hermosura, elegancia y riqueza de sus edificios, y por el arte y delicado gusto que domina en todas sus plantaciones, paseos, caballerizas, etc.”, según la describió un contemporáneo231— dio nacimiento, a partir de 1869, a las avenidas República y España. La subdivisión de la quinta que fue de José Antonio Ugarte Castelblanco, en 1871, significó delinear dos vías perpendiculares a la Alameda, la Avenida del Ejército Libertador y la calle Vergara232. El barrio creado entre la Alameda y el nuevo Campo de Marte se vio favorecido por la construcción de la lujosa residencia de Luis Cousiño Squella, quien, entre 1870 y 1873 financió la creación de un gran parque en las inmediaciones. A ello se agregó la adquisición, en 1870 y en ese mismo sector, de los terrenos de la chacra Padura para construir un Club Hípico233.
Detrás del nombre de “poblaciones” subsistieron realidades muy diferentes: desde una simple acumulación de miserables ranchos construidos por quienes arrendaban un retazo al propietario de los terrenos, que veía en ese negocio una segura fuente de rentas, hasta modelos más regulares, con casas mejor construidas y destinadas a ser arrendadas a los sectores medios. Entre las primeras debe recordarse la paupérrima y extensa población, ya existente en 1840, surgida en la antigua chacra de “El Conventillo”, desde la actual Avenida Matta hasta el Zanjón de la Aguada, y entre las calles Santa Rosa y San Ignacio, de unas 110 hectáreas, y que Benjamín Vicuña Mackenna denominó el “Potrero de la Muerte”234. En 1860, coincidiendo con la construcción de la Estación Central del Ferrocarril, en el sector occidental de la Alameda, surgió una peligrosa población en sus vecindades, en Chuchunco235. Al norte del río Mapocho, entre Independencia, la antigua Cañadilla, y Vivaceta, se desarrollaron dos zonas de extrema pobreza, El Arenal y Ovalle236.
Los conventillos y los “cuartos redondos” en que vivían los pobres estimularon el surgimiento de lugares de expendio de alcohol, que a menudo eran almacenes o, incluso, un rancho cualquiera. Y junto a ellos prosperaban los prostíbulos y las casas de empeño237.
Entre los proyectos de mejor calidad, con casas destinadas a familias de los sectores medios, cabe recordar la Población Ugarte, situada al sur de la Alameda e iniciada en 1862238. El barrio de Yungay, constituido a partir de la subdivisión de la chacra de Portales, inducida con gran fuerza, como se ha dicho, por el diseño de la Quinta Normal de Agricultura, careció, en cambio, de homogeneidad, tanto por la gran extensión de aquella, como por el hecho de que los loteos fueron realizados por diversas empresas y en momentos diferentes239. Incluso en la parte norte de ese mismo sector, pero al sur del río Mapocho, se generó un núcleo de extrema miseria240. Otra razón de la falta de homogeneidad de estos barrios radicó en las reducidas facultades de la Municipalidad de Santiago respecto de los proyectos de subdivisión, no obstante las sucesivas modificaciones introducidas a la normativa correspondiente241.
Con la designación del multifacético Benjamín Vicuña Mackenna en la Intendencia de Santiago por el Presidente Federico Errázuriz Zañartu en 1872 la capital vio la creación de un límite claramente discernible mediante el camino de Cintura. Este separaba a la “ciudad propia”, es decir, la civilizada, según lo entendía el intendente y la elite santiaguina, de los suburbios, donde vivía el bajo pueblo. De ese camino se construyeron solo su trazado oriente, hoy Avenida Vicuña Mackenna, y sur, hoy Avenida Matta242. El proyecto, además de proponer una segregación residencial, comprendía una modificación del plano urbano con la apertura de las nuevas avenidas Ejército Libertador, hacia el sur de la Alameda, y de la Paz, hacia el Cementerio General, y el despeje de calles tapadas, como era el caso de la de Moneda; la construcción de nuevas plazas, como la de Gamero (Ercilla), al final de la Avenida Ejército, y el rescate de los barrios situados al sur de la Alameda. Los trabajos de transformación del cerro de Santa Lucía, lugar de refugio de vagabundos y delincuentes, y por mucho tiempo utilizado como cementerio de disidentes, en un lugar bien forestado y con jardines y caminos de adecuada traza, también tuvieron en Benjamín Vicuña al principal impulsor. La ampliación del abastecimiento de agua potable, la habilitación de mataderos y mercados, la renovación del pavimento y el abovedamiento de canales fueron otras tantas preocupaciones del activo intendente de Santiago243.
Desde el punto de vista social esta nueva forma de vivir, que significó la sustitución del austero mobiliario colonial y los sencillos elementos de decoración por muebles franceses Regencia, Luis Felipe y Segundo Imperio, cuadros, espejos, lámparas de lágrimas, finas alfombras, grandes jarrones de porcelana, relojes, candelabros, estatuas, adornos de bronce y muros cubiertos con géneros, llevó a crear manifiestas diferencias incluso dentro de la elite. Y estas se expresaron también en la vida en el campo, donde los dueños de recientes fortunas mercantiles y mineras hicieron inversiones de magnitud. Estas no solo se tradujeron en el impulso a actividades como la vitivinicultura, la molinería o la lechería, sino también en la construcción de grandes casas rurales cuyos diseños e interiores contrastaban con las casonas de raíz colonial, sencillas y no muy diferentes de las de los inquilinos, salvo por su extensión244. Estas estaban, además, rodeadas de bodegas, patios de matanza y corrales, y generalmente frente a su ingreso se alzaban los ranchos de los inquilinos y peones. A partir de la segunda mitad del siglo, en cambio, se reprodujo en los fundos el mecanismo urbano de separación residencial, que también en ellos tenían un motivo de seguridad frente al bandidaje rural: las casas patronales fueron rodeadas de grandes parques y estos, a su vez, fueron cercados por muros y rejas.
LAS CIUDADES DE CHILE CENTRAL
Las vías férreas, al permitir una unión fácil y rápida con Santiago y Valparaíso, le dieron un impulso sostenido a ciudades que, como Rancagua, San Fernando, Curicó, Talca y Linares, habían llevado una vida de extrema languidez durante la primera mitad del siglo XIX. La existencia de solares sin construir en el sector más central de esas ciudades hasta muy entrada la segunda mitad de ese siglo, la inexistencia o la mala calidad de sus servicios más esenciales, como el abastecimiento de agua y, en especial, la tendencia de los terratenientes a vivir en sus propiedades o, en el extremo, en la capital, fueron elementos que contribuyeron a mantener la inercia de las urbes de provincia.
Esos centros siguieron un esquema de desarrollo no muy diferente al de Santiago. A la ciudad formal, “civilizada”, con la plaza, la iglesia parroquial, la municipalidad, las principales dependencias de la administración, los colegios, el teatro, el hospital y el comercio de más calidad en el centro, sector donde tenían sus casas los integrantes de la elite, se oponían las barriadas de las áreas exteriores, miserables, carentes de los servicios básicos y a menudo, próximas a cementerios o a pequeños establecimientos fabriles.
Las dificultades en el desarrollo de Curicó nacidas del desinterés de los propietarios agrícolas por la vida urbana experimentaron un cambio con la llegada, en 1868, de la vía férrea a la ciudad. Esta no solo dio un fuerte impulso al intercambio comercial y al envío de los productos del agro a Santiago, sino que facilitó el movimiento de las personas, en especial de los peones, que pudieron buscar mejores expectativas en la capital, en Valparaíso o en la emigración. Conocemos con cierto detalle el caso de Curicó en lo relativo a los sectores modestos. Si bien ellos vivían dentro de la ciudad, alzando sus rancheríos en los sitios eriazos —lo que indujo a la dictación de una ordenanza de policía en 1873 que obligaba a los propietarios a cerrarlos con paredes de ladrillo o adobe—, también lo hicieron en la calle Nueva, paralela a la línea férrea, y en la falda del cerro Buena Vista o Condell, donde la Municipalidad daba en arriendo retazos de terrenos para que los pobres construyeran sus ranchos de paja, reproduciendo el hábitat rural245.
Las trabas experimentadas por Talca en su propósito de adquirir una cabal estructura urbana surgieron en buena parte, como en Curicó, del desinterés de los terratenientes por abandonar sus haciendas, tendencia contra la cual habían luchado infructuosamente las autoridades durante la monarquía. Se entiende, sin embargo, esa actitud, tanto por las dificultades para trasladarse ante las manifiestas deficiencias de los caminos, como por la inseguridad de los viajes y por la necesidad de defensa de los predios. Pero no solo los bandidos amenazaban a los fundos y a sus dueños. También bandas como la de los Pincheira, que decían luchar por el rey, aliadas con los indios, hicieron, con sus inesperados ataques, muy difícil la vida en las zonas rurales hasta el decenio de 1830. Conocido es el caso del asalto al fundo “Astillero” en Talca, en 1826, con la captura de la joven Trinidad Salcedo Opazo, hecho que produjo enorme impresión y que fue motivo de inspiración de los pintores Rugendas y Monvoisin. En todo caso, poco a poco las principales familias terratenientes de la zona, como Silva, Donoso, Vergara, Maturana, Concha, Cienfuegos, Ramírez, Opazo, Cruz y otras decidieron radicarse en las ciudades de Talca, Curicó o San Fernando. Ya en 1844 Talca contaba con un liceo, que funcionó como establecimiento de alumnos externos hasta 1845, año en que se creó el internado. Desde 1849 el establecimiento tuvo una biblioteca246. En todo caso, el progreso de Talca fue especialmente notable a partir de la segunda mitad del siglo XIX: iluminación de parafina en 1855 y de gas en 1875; agua potable mediante pilones en varios puntos de la ciudad a partir de 1872; fundación del Club de Talca el 18 de septiembre de 1868; creación del Seminario, por iniciativa del cura y vicario de Talca Miguel Rafael Prado, que abrió sus puertas en 1870; cuerpo de bomberos ese mismo año; inauguración, en 1874, del teatro, construido según los planos del de Quillota. Sin duda que a ese notable desarrollo contribuyó la continuación de los trabajos de construcción del ferrocarril central, que permitieron la recepción en esa ciudad del primer convoy el 15 de septiembre de 1875247. Hacia 1877 la mayor parte de sus calles principales estaban pavimentadas con adoquines y sus veredas, con asfalto. Y desde 1869 esas calles estaban numeradas, según acuerdo de la municipalidad que aceptó la idea del regidor Daniel Barros Grez, para, con ello, “hacer de la ciudad de Talca la única de Sud América que tuviera este sistema propio de los Estados Unidos”248.
Linares contaba en 1840 con 80 manzanas y 21 calles, todas sin pavimentar, aunque las aceras tenían piedras de huevillo y lozas. Había 270 casas con techos de tejas, y ranchos en los suburbios, y en 1843 sus habitantes sumaban poco más de dos mil249. En torno a su única plaza estaba el edificio del cabildo y la cárcel, y a dos cuadras de ella, la Alameda, paseo de cuatro cuadras de oriente a poniente, ornada con cuatro hileras de árboles frondosos. Había solo una escuela pública, sostenida por el municipio, al igual que la cárcel. Dos vigilantes para el servicio diurno y dos serenos para el nocturno eran los cortos elementos destinados a la seguridad pública. Solo a partir de 1872 se iniciaron las obras de mejoramiento en la plaza y en algunas calles, y al año siguiente, con la conversión de la ciudad en capital de provincia, se constituyó la municipalidad. A esta le correspondió aplicar un programa de mejoramiento urbano250.
CONCEPCIÓN Y LA FRONTERA
En el centro-sur del país la evolución de Concepción muestra también la estrecha vinculación existente entre el desarrollo económico y el crecimiento demográfico. Las consecuencias de la guerra de la emancipación, que la dejaron a muy mal traer, eran visibles todavía en 1828, cuando la visitó Poeppig:
Sin observarse los indicios que anuncian en otras partes la vecindad de una gran ciudad, uno se acerca a Concepción y avanza entre una larga fila de ranchos aislados, construidos en parte sobre las ruinas de edificios más bellos. Se alcanza la plaza entre sitios incendiados, llegando así al sector central de una ciudad que se encuentra abierta en todas direcciones. Es sensible el aspecto de la miseria que se cobijó en chozas sucias, entre extendidas ruinas, a través de cuyas ventanas se observan todavía los adornos dorados y las pinturas ennegrecidas por el humo, como restos de tiempos mejores. Han desaparecido sus pobladores, y el odio y afán de destrucción no perdonaron siquiera los árboles frutales plantados por aquellos...251
A las grandes dificultades que experimentó la ciudad para superar las consecuencias de la guerra se agregó el devastador terremoto de 1835, que también arruinó a las ciudades del centro. Sin embargo, el auge cerealista y el desarrollo de la molinería le permitieron iniciar una sostenida recuperación. A lo anterior se unió el comienzo de la explotación del carbón en Coronel, Lirquén, Puchoco, Lota, Curanilahue, Carampangue, Colico y Maquehua, que en ocasiones dio impulso a actividades complementarias, como la fundición y refinación de minerales de cobre traídos del norte, y la fabricación de ladrillos refractarios, de botellas y de vidrios planos. Una vez más, como había ocurrido en Copiapó, La Serena y Valparaíso, la presencia de los extranjeros fue decisiva en el impulso a estas actividades.
La sociedad de Concepción, con estrechos nexos con Chillán y Los Ángeles, estuvo marcada con fuerza por su carácter fronterizo, y conservó en los primeros decenios republicanos el sello militar que la había caracterizado durante la monarquía, sello que estaba dado no tanto por la guerra secular con los indígenas —guerra que en verdad fue imaginada—, sino por la presencia de contingentes militares, de las milicias y de todo el aparato administrativo anexo, cuyos principales integrantes se establecieron en la zona, contrajeron matrimonio con mujeres de la localidad, adquirieron tierras de los indígenas y, exactamente como ocurrió durante la monarquía, se ocuparon de manera preferente de sus actividades agrícolas y ganaderas, lo que habitualmente hacían con el concurso de los soldados de la guarnición. Las familias Rioseco, Cruz, Larenas, Santa María (Escobedo), Benavente, Del Río (Gastetuaga), Lamas, Ojeda, Prieto (Seixas), Bulnes, Freyre de Andrade, Manzano, Vial y Squella, entre otras, en su mayoría de origen castrense, tuvieron presencia en la región, en especial en la segunda mitad del siglo XVIII, y se vincularon a otras del siglo anterior y del XVI, muchas también de raigambre militar, como Roa, Riquelme de la Barrera, Alarcón, Sanhueza-Palafox, Serrano, Navarrete (Álvarez de Toledo), Henríquez, Meza, Vásquez de Novoa, Del Solar, Sotomayor, Merino, De la Barra, Urrutia (Avellaneda), y otras. También durante el siglo XVIII se incorporaron a Concepción familias que, como Martínez de Rozas, Urrejola, Zañartu, Unzueta, Eguiguren, Ibieta y Urrutia-Mendiburu, alcanzaron un lugar destacado en la elite local y en la de Santiago en el siglo XIX.
Uno de los ejes de la elite de Concepción estuvo constituido por la familia Carvajal-Vargas, fundada en el siglo XVII por el limeño Juan Marcelino de Carvajal-Vargas y Quezada, llegado a Chile como comandante general de la caballería. Casado con Luisa de Roa y Alarcón, fue progenitor de Fermín Francisco de Carvajal-Vargas, quien contrajo matrimonio con su prima limeña Joaquina de Brun y Carvajal, condesa del Puerto y de Castillejo y titular del cargo hereditario de Correo Mayor de Indias. Fermín Francisco de Carvajal negoció el reintegro del Correo Mayor a la Corona, en compensación de lo cual recibió el título de duque de San Carlos, con Grandeza de España y residencia en la península. El título de conde de la Unión obtenido para uno de sus hijos y el de conde de Montes de Oro para su hermano Carlos Adriano, que permaneció en Concepción, situó a la familia en un plano social muy elevado, y durante el proceso emancipador se mantuvo realista, al igual que las familias Urrejola, Eguiguren, Lantaño y muchas otras. Como era evidente, tal actitud les originó a esas familias considerables pérdidas patrimoniales al producirse el descalabro de la monarquía.
El creciente auge de la ciudad a partir del decenio de 1830 abrió el camino a un sostenido proceso inmigratorio, en el cual, al igual como sucedía en Valparaíso y en Ancud, los extranjeros eran en su mayoría desertores de las naves que llegaban a Talcahuano o a Tomé. Hubo, por cierto, inmigrantes que, ellos mismos o sus hijos, se dedicaron a actividades comerciales, agrícolas y mineras, se radicaron en Concepción y fundaron allí familias muy destacadas. Entre estos debe recordarse a los ingleses Thomas Andrews, Antonio Plummer, Thomas K. Sanders, Thomas Hodges (avecindado en 1828), los hermanos Onofre y Grosvenor Bunster, a los daneses Severo Möller y Juan Bartholin, y a numerosos franceses que, a partir de 1825, fundaron las familias Aninat, Mathieu, Ferrier, Maillard, Lacourt, Maudier, Onfray, Harriet, Bordeu, Langevin, Ginouvés, Coddou, Duhart, Gigoux, Larroulet, Lamoliatte, Recart, Viale-Rigo y Versin, entre otras252. De esta manera, a los 287 ingleses, escoceses e irlandeses registrados por el censo de 1854, se agregaban 242 estadounidenses, y, más lejos, 77 franceses. En 1865 los británicos continuaban siendo los más numerosos, con 322 personas, seguidos de los alemanes, con 250. En 1875 los alemanes superaban ya a los ingleses: 351 y 335. En 1885 ambos grupos seguían siendo los principales: 436 y 312. Es posible que como consecuencia de las luchas de la emancipación y, más adelante, de la guerra con España de 1865, la inmigración peninsular fuera muy débil, representando en 1885 solo 105 personas, es decir, el 7,6 del total de europeos. El aumento del número de españoles solo se produjo al concluir el siglo XIX253. No puede olvidarse, por último, a un reducidísimo pero muy influyente grupo de inmigrantes argentinos que huyó de la tiranía de Rosas. Así, el abogado Ramón Gil Navarro de Velasco, natural de Catamarca, tuvo hijos que formaron familias en Concepción y en Argentina, en tanto que varios miembros de la familia Ortiz de Ocampo, de La Rioja, se instalaron en Chile, entre ellos Buenaventura Ocampo y Luna y Domingo de Ocampo y Herrera, el segundo con sucesión en Concepción. Hermano de este último fue el célebre jurisconsulto y autor del Código de Comercio chileno, José Gabriel Ocampo, con sucesión en Argentina y en Santiago.
Buena parte de la molinería, de la exportación de granos, de la industria textil, de la extracción del carbón, de las fundiciones y de las actividades navieras estuvo asociada a extranjeros o directamente en manos de estos. A los ingleses Andrews, Armstrong, Biggs, Bunster254, Evans, Elton, Greene, Hodges, Leigh, Lindsay, Mackay, Mulgrew, Plummer, Wormald, Sanders, Stevenson y Rogers, se deben agregar los norteamericanos Délano, Grant, Green y Jackson255. La incorporación de los británicos a la molinería del trigo tiene un rasgo de interés: muchos provenían de Valparaíso, si bien al cobrar impulso la actividad ingresaron a ella algunos miembros del grupo foráneo radicado inicialmente en la zona. Ya en 1835 se había constituido la sociedad Tomás Walford y Cía. para elaborar harina en un molino instalado en Lirquén, en la que participaba Fineas Lovejoy, residente en La Serena, lo que habla de la temprana formación de redes comerciales interprovinciales256. Otro ejemplo de interés es el de Enrique Rogers, quien compró el molino de Lirquén de Tomás T. Smith en sociedad con el norteamericano Samuel Frost Haviland, empresario minero del norte257. Aunque varios integrantes de este núcleo contrajeron matrimonio con mujeres de la elite de Concepción, muchos exhibieron escaso arraigo en la región258. También en la incipiente industria textil fue importante la presencia anglosajona. De las 155 personas que laboraban en la Fábrica de Paños de Bellavista de Tomé, 25 eran norteamericanos259. Como lo ha subrayado Mazzei de Grazia, no se formó en Concepción un empresariado propiamente regional, y si bien algunos empresarios locales se interesaron en la explotación del carbón, muy pocos se mantuvieron en esa actividad asociados con foráneos. La mayoría optó por continuar en las actividades agrícolas tradicionales, menos lucrativas, pero a la vez menos riesgosas260.
Los extranjeros tuvieron una actuación destacada en la minería del carbón en los yacimientos de Lota, Coronel y Lebu, y el establecimiento de numerosas fábricas indujo un reasentamiento de la población, una sostenida demanda de mano de obra y un flujo significativo de foráneos. Cabe recordar entre ellos a Federico Schwager, de incierta nacionalidad, y a Juan Mackay, médico escocés llegado a la bahía de Concepción en 1840. Ya al año siguiente Mackay estaba explotando el yacimiento de Tierras Coloradas, a orilla del río Andalién, y 10 años después adquirió una propiedad minera en Coronel, que en 1855 vendió a Matías Cousiño261. En 1866 formó una compañía con José Tomás de Urmeneta y Maximiano Errázuriz para explotar los yacimientos de Lebu y vender la producción a los establecimientos de fundición de Tongoy y Guayacán262. Este nexo con los mineros del norte explica la presencia de serenenses en Concepción, como fue el caso de Jorge Rojas Miranda, a cargo de una fundición en Talcahuano hacia 1849, y convertido en importante empresario del carbón con el descubrimiento de yacimientos en Puchoco, cerca de Coronel.
Como antes se ha advertido, no solo debe considerarse a los extranjeros que desarrollaron actividades empresariales o gerenciales en la zona de Concepción. Al igual que lo ocurrido en la minería del cobre, para la del carbón se contrató mano de obra extranjera. En Lota, por ejemplo, había más de 50 operarios escoceses263.
La migración desde el campo hacia los nuevos polos industriales y mineros originó en la zona de Concepción, en paralelo a lo sucedido en el norte del país, una masa de operarios desarraigados, a menudo sin familias, que sufría agudas deficiencias en materia de alimentación, vestuario y habitación, y que estaba expuesta a los accidentes del trabajo y a toda suerte de enfermedades. El clima, lluvioso e inclemente, hacía aún más dura la vida del trabajador264. Estas migraciones, que iniciaron la ruptura de las estructuras del mundo rural de la provincia y de otras próximas, obedecieron, con todo, a decisiones perfectamente racionales: siempre el operario de una industria obtendría una remuneración más elevada que en el campo; además, tendría la seguridad de que se le pagaría oportunamente y, más importante aún, le atraía la posibilidad de encontrar en la ciudad ventajas materiales desconocidas en el agro.
El caso de Chillán, por su interés, merece una consideración especial. Después del terremoto del 20 de febrero de 1835, que dejó a la ciudad en ruinas, se dispuso su traslado, con la oposición de muchos vecinos, varios de los cuales permanecieron en lo que después se conoció como Chillán Viejo. El gobierno adquirió el fundo “Huadum”, del vecino Domingo Amunátegui y Aldecoa para alzar allí la nueva ciudad. El plano de ella, con trazado de cuadrícula, fue obra de Ambrosio Lozier, y se concluyó en enero de 1836. Hacia 1840 se habían construido algunas casas, el hospital, la cárcel, los edificios públicos, la recova y el local para la escuela municipal265. A mediados del referido decenio Chillán Nuevo tenía menos habitantes que la ciudad antigua. Según el censo de 1854, la población era de 12 mil 665 personas, estimándose que ocho mil residían en el pueblo viejo266. A partir de 1857 el empedrado de algunas calles, la iluminación de la plaza de armas, el alumbrado público con faroles de parafina en 1865, la conclusión de la parroquia en 1872, el establecimiento del Banco de Valparaíso al año siguiente mostraban el progreso de la ciudad, que si bien era sostenido y rápido, era a la vez inorgánico267. Ese desarrollo se explica porque Chillán, situada en el centro de una rica zona agropecuaria, se benefició del auge del trigo y de la molinería, como consecuencia de la apertura de los mercados de California, de Australia y, en el decenio de 1860, de Europa, y, al mismo tiempo, del desarrollo de la ganadería. La ciudad se convirtió así en la mayor feria de animales de la región, donde concurrían tanto los ganaderos del sur del río Maule como los de la frontera araucana268. El desenvolvimiento económico de Chillán se encontraba frenado, sin embargo, por las dificultades para extraer los productos hacia la costa. En 1852 se dispuso la construcción de un camino a Tomé, caleta de pescadores hacia 1835, que comenzó a poblarse por 1842 al alzarse molinos harineros en las márgenes del río Tomé269. El camino, iniciado en 1854 y concluido al año siguiente, significó un nuevo impulso a Tomé y al crecimiento de Chillán. Pero tal camino no fue suficiente, y, después de algunos estudios previos, en diciembre de 1867 se llamó a propuestas públicas para construir un ferrocarril entre Chillán y Talcahuano. Las obras se iniciaron en 1869 y quedaron concluidas en 1872, pero el tren solo comenzó a circular dos años después270.
LAS CIUDADES DEL CHILE MERIDIONAL
Una ley de 30 de agosto de 1826 dividió al Chile meridional en dos provincias, Valdivia y Chiloé. Esta última comprendía no solo el archipiélago, sino el territorio continental desde el grado 47 sur hasta las tierras magallánicas. Castro permaneció como capital de esta última provincia hasta 1834, no obstante las recomendaciones del intendente Aldunate, hechas en marzo de 1826, de que se prefiriera a San Carlos de Ancud, por su mejor situación geográfica271.
La carencia de cifras confiables hace difícil determinar la magnitud del despoblamiento de la ciudad de Valdivia, que sufrió la ocupación por las armas patriotas y sus consecuencias, pero en 1850 Bernhard Eunom Philippi calculaba la población de Valdivia en mil 500 a dos mil habitantes272. En 1854, el censo dispuesto por el intendente Juan Astorga arrojó dos mil 506 habitantes para el núcleo urbano de Valdivia, 981 habitantes para Osorno y 249 para La Unión. Las confiscaciones de dineros, alhajas y ganados y la imposición de contribuciones forzosas a las familias realistas de la elite originaron un manifiesto empobrecimiento de ellas. Ramona Henríquez de Agüero, la mujer más rica del Chile austral, tenía en el primer decenio del siglo XIX una fortuna estimada en 100 mil pesos. El inventario de sus bienes hecho después de su fallecimiento en 1828 arrojó un capital de poco más de 14 mil pesos. Suerte parecida sufrieron las familias patriotas. El hacendado Antonio Manrique de Lara, el más rico propietario de Los Llanos, fue víctima de los abusos protagonizados tanto por las tropas patriotas como por las realistas, que se apoderaron de sus caballos para el servicio de las armas y de su ganado para la alimentación de los contingentes. Cuando Rodulfo Amando Philippi lo conoció, ya anciano, estaba tan empobrecido que, según anotó el científico alemán, quedó “feliz cuando yo después de una visita le rogué que llevara un poco de yerba mate y azúcar”273. Las amenazas de invasión procedentes de Chiloé, más las revueltas locales y la anarquía del ejército patriota no hicieron sino acentuar el mal. Las actividades industriales, como los hilados de Osorno, los aserraderos, la construcción naval, la molinería y las curtiembres, también experimentaron una sensible decadencia. Parecido descenso se advierte en las actividades comerciales, con la quiebra de importantes mercaderes y el traslado de otros a la zona central del país274. Tan grave como lo anterior fue la emigración de muchos miembros de la elite: 42 al menos a Lima; tres a España; 26 a Santiago y cuatro a Valparaíso275. Todos los informes de los intendentes subrayan el estado de miseria de la provincia y de la ciudad, incrementado por los terremotos de 1835 y 1837, imagen que coincide con las impresiones de los viajeros y de los primeros alemanes que llegaron a la región, como Bernhard Eunom Philippi. A Rodulfo Amando Philippi, quien viajó a Valdivia en 1852, cuando ya se estaban incorporando los inmigrantes alemanes, la imagen de decadencia no le resultó menor276. Con todo, entre 1820 y 1850 habían llegado 145 extranjeros, alemanes, españoles, italianos, franceses e ingleses, entre otros, muchos de los cuales, como ocurría en el resto del país, contrajeron matrimonio con mujeres de la localidad277.
El hombre decisivo en interesar a los posibles inmigrantes para viajar a Chile fue Bernardo Eunom Philippi, quien había estado en Chile en 1831 y más tarde, en 1836, para volver después de un viaje al Perú y dedicarse a la exploración de Chiloé y del archipiélago de los Chonos. El propósito original de Bernardo Philippi fue hacer la colonización como iniciativa privada, con el apoyo económico de empresarios de Valparaíso. Su hermano Rodulfo se ocupó de seleccionar a un pequeño número de artesanos con conocimientos agrícolas, para asentar a los cuales adquirió la hacienda San José de Bellavista, cerca de La Unión. En 1848 el gobierno de Bulnes nombró a Bernardo Philippi agente de colonización de Chile en Alemania, y, a pesar de las numerosas trabas que encontró, logró dar a conocer las ventajas del lejano país americano para la emigración278. En 66 buques arribados hasta 1875 llegaron los colonos alemanes que se instalaron preferentemente en Valdivia, Osorno y Puerto Montt. En ellos cabe distinguir a los venidos por cuenta del Estado o de particulares, en general pertenecientes a los sectores populares, y a los espontáneos, integrantes de la burguesía movidos por razones políticas —la revolución de 1848—, pero también, y en no poca entidad, por posturas románticas y utópicas279. Un caso, no único, pero tal vez extremo, fue el del pintor Carl Alexander Simon, quien en carta a su cónyuge manifestó bien el espíritu que movía a varios inmigrantes:
Si hablo de las bellezas de este país se trata de una obligación justa que debo a la verdad. ¡Oh! En la paz de este hermoso país, en las noches poéticas de estos maravillosos bosques, a la vista de las tranquilas cabañas, donde vive despreocupadamente gente feliz que goza livianamente de la vida modesta280.
Y Domeyko dejó un sabroso retrato de un amigo alemán llegado a Chile impulsado por la fiebre minera, que, cansado de los secos parajes del norte, optó, impulsado “por su fértil imaginación”, por los bosques húmedos del sur, y se instaló en la Isla del Rey:
Por su aspecto, vestimenta y ademán sombrío, en este islote deshabitado parecía un Robinson en la isla de Juan Fernández. Era doctor en derecho y en ciencias naturales de la Universidad de Berlín, conocía a fondo varios idiomas y la literatura antigua; era, además, buen químico, físico, carpintero, ensayador y músico. Trajo consigo bastante capital, un montón de libros griegos y latinos, obras de filosofía de Kant y Schleiermacher, un buen gabinete de química, un valioso piano y herramientas de diversa clase. […] Le cayó en gracia la Isla del Rey por sus bosques y porque estaba deshabitada. Se construyó allí una casita, taló un trozo del bosque […] Tenía allí también un jardincito, porque estaba igualmente fuerte en jardinería281.
Se ha calculado la estructura profesional de los inmigrantes de Valdivia del periodo 1850-1875, que arroja un 45,1 por ciento de artesanos; un 28,5 por ciento de agricultores; un 13,4 por ciento de comerciantes, un 8,3 por ciento de funcionario e intelectuales, y un 4,7 por ciento de otros sin precisar282.
El proceso colonizador, que originó variadas proposiciones sobre la mejor forma de llevarlo a cabo, fue, desde el punto de vista administrativo, un modelo de improvisación. El gobierno desconocía algo tan obvio como la localización y la extensión de las tierras fiscales en que aspiraba a establecer a los inmigrantes. Y lo que suponía que eran tierras de esa naturaleza eran de propiedad de particulares. Esto, como era evidente, debía entorpecer el establecimiento de los colonos, lo que en efecto ocurrió. Pero la historiografía, sobre la base de las afirmaciones de Vicente Pérez Rosales contenidas en sus amenísimos y poco confiables Recuerdos del Pasado, adoptó el punto de vista de este:
Los especuladores, que solo buscan la más ventajosa colocación de sus caudales, solo vieron en la futura inmigración la feliz oportunidad de acrecerlos, y sin perder momentos, comenzaron a hacerse de cuantos terrenos aparentes para colocar colonos se encontraban en la provincia.
Siguiendo el ejemplo de estos caballeros, muchos vecinos, más o menos acaudalados de la provincia, hicieron otro tanto, sin acordarse de que esta ansia de lucro mal entendido y prematuro, cavaba, al lado de los cimientos que la ley había echado para alzar sobre ellos el asilo de los inmigrantes, una fosa que debía desplomar por completo el edificio y las risueñas esperanzas que el buen sentido fundaba en ella283.
Sin embargo, un examen detenido del problema permite llegar a la conclusión ya anticipada: fueron la desidia burocrática y la absoluta ignorancia que existía en Santiago sobre la zona austral las que dificultaron los primeros pasos de la colonización germana284. El propio Pérez Rosales confirmó esa ignorancia con inigualable candor:
Ni yo ni los hijos del norte sabíamos a punto fijo lo que era entonces la dichosa provincia de Valdivia, salvo la vulgar creencia de que era grande, en extremo despoblada y que llovía en ella 370 días de los 365 de que consta el año; y tanto era así, que en los momentos de emprender el viaje acababa de recibir del señor Ministro don Jerónimo Urmeneta un oficio en el que me decía que habiendo sabido con sentimiento que en la provincia no se daba el trigo, creía llegado el caso de decirme que le parecía conveniente comenzar a tomar medidas prudenciales para la traslación de los inmigrados al territorio de Arauco285.
A los 245 alemanes llegados en 1851 se agregaron en los años siguientes nuevos grupos, de manera que en 1857 sumaban dos mil 519. No obstante los comprensibles desencuentros entre los inmigrantes y los valdivianos, producto de las profundas diferencias culturales entre unos y otros, las consecuencias del proceso fueron notables. La ciudad, construida en el codo formado por el río Calle Calle, estaba rodeada de lagunas que, convertidas más adelante en humedales, comenzaron a ser rellenadas a partir de 1846. Por tener la calidad de terrenos fiscales, fueron rematados, admitiendo viviendas de particulares286.
Un informe de Pérez Rosales, intendente de Valdivia y encargado de la colonización en Llanquihue, elevado al ministro del Interior el 10 de diciembre de 1852 se refiere a los progresos de la ciudad: arreglo de calles, cierre de solares, reforma de la “parte que miraba al río”, que estaba “cubierta de ranchos andrajosos e inmundos”, con el trazado de una “hermosa calle, que será en un año más la más interesante de Valdivia”; remate de los médanos al censo de cuatro por ciento, con la obligación del nuevo propietario de desecarlo en el plazo de cuatro años; iluminación de las calles con faroles, arreglo del cuartel de artillería y de la botica de la ciudad. Advirtió que por falta de recursos poco se había podido hacer en materia de educación, salvo la “inesperada adquisición” para el colegio de Rodulfo Amando Philippi, “antiguo director de la Escuela Politécnica de Cassel”. Observó Pérez Rosales en su informe que durante el invierno se había trabajado en los caminos a Osorno y a Reloncaví, haciendo notar que en el último “han figurado hasta 500 hachas a un mismo tiempo”. Le anunció al ministro su pronta partida a la “naciente Colonia de Llanquihue”, y concluyó así su informe:
Antes de regresar dejaré fundadas las tres ciudades necesarias de que he hablado a US. en mis notas anteriores. La primera al norte de la Laguna [de Llanquihue] y en el acabo del camino de Osorno, con el nombre de “Muñoz Gamero”; la segunda en el sur, donde parte el camino a Reloncaví, con el nombre de “Varas”; y la tercera en el remate de este en el seno, y que debe ser el puerto de la Colonia y la principal salida de los puertos [productos] de Osorno, con el de S.E. el señor Presidente de la República. Espero que estos nombres no serán alterados287.
Ya en 1854 se contaron en Valdivia 208 edificios nuevos y más de 300 refaccionados, así como fábricas de ginebra, cerveza —Carlos Anwandter la estableció en su propia casa en 1851 y a partir de 1858, y ya en manos de sus hijos, inició un sostenido desarrollo, con la venta del producto en el centro y norte del país288—, ladrillos, lozas, curtiembres, molinos de harina, aceite y sidra, y sierras de agua. En 1867 Vidal Gormaz aludía a la existencia en Valdivia, de “seductora belleza”, de hoteles, paseos públicos, un liceo, varios colegios, biblioteca, hospital y dos clubes. Del Club Alemán, fundado en 1853 por Carlos Anwandter, que pronto llegó a contar con 140 miembros, dependían una escuela, una sociedad gimnástica y una sociedad de música289. Las casas particulares, aunque eran de madera, presentaban “un aspecto elegante y alegre: en el techo se emplea una teja especial de forma triangular y [de] hierro galvanizado en vez del alerce, de que solo se hace uso en los trabajos interiores”290. La sostenida renovación urbana de Valdivia, que alcanzó a las plazas, a los edificios públicos y a las iglesias, y a la que obligaron incendios, huracanes e incluso un tornado en 1881 —que arrasó el centro de la ciudad, con casas particulares, la iglesia mayor y la intendencia—, fue en gran parte obra de constructores y artesanos alemanes altamente calificados291. Hacia 1870 se daba cuenta de la existencia en Valdivia de una imprenta que publicaba el periódico Eco del Sur dos veces a la semana, cuatro hoteles y dos cafés292. La integración de los recién llegados fue bastante rápida, como lo pudo comprobar un viajero alemán en 1859:
A pesar de que procedían de diversos países de Alemania, los germanos se comportaban muy solidarios en la vida pública y en la sociedad, y jamás tuve oportunidad de conocer en la América del Sur una ciudad donde predominara la concordia como en Valdivia293.
No puede extrañar, por tanto, el juicio que se formó un chileno de la ciudad, cuando la visitó tal vez a mediados del decenio de 1870:
Llegué en seguida a Valdivia, que me produjo la sensación de un lugar extranjero, no tanto por los alemanes que la poblaban en gran parte, como por la diferencia de todo lo que se veía respecto a lo conocido en las provincias del centro. Corrían sobre el río alegres vaporcitos y en su tersa superficie se reflejaban casitas de madera y fábricas más grandes, de cervecerías y otras industrias, todas de estilo simple pero denotando nuevas disposiciones que correspondían a la gente también nueva que las ocupaba.
Esos buenos colonos alemanes habían prosperado poco a poco, y sin saberlo habían dado a la ciudad su cierto aire de antiguo villorrio del Rin o del Elba294.
Aunque parte importante de los inmigrantes se radicó en Valdivia, otros se dirigieron al interior, a los pueblos de Osorno y La Unión. El primero tenía, hacia 1840, cinco calles que corría de oriente a poniente, con siete cuadras de extensión, y siete calles de norte a sur, con cinco cuadras de extensión. Ninguna de las calles estaba empedrada. Se contaban 320 casas y 256 sitios abiertos y sin edificar, además de 32 ranchos de paja. Los únicos edificios públicos eran la iglesia parroquial, construida de piedra cancagua, y la municipalidad, del mismo material, con dos dependencias anexas, la escuela y la cárcel295. Ambas se encontraban en la plaza de armas, dibujada por Rodulfo A. Philippi en 1852. Los alemanes construyeron sus casas, también de madera, sobre las ruinas de la antigua ciudad según Paul Treutler, con jardines y huertos provistos de árboles frutales, y pronto la ciudad vio alzarse curtiembres, un molino de trigo y otro de aceite, una botica y varios hoteles, con el infaltable Club Alemán, como lo pudo apreciar el ya referido Treutler al iniciarse el decenio de 1860296.
La villa de La Unión o de Los Llanos tenía en 1846, de acuerdo a la memoria del intendente Salvador Sanfuentes, ocho calles, una plaza principal y 35 casas, más iglesia, casa de cabildo y cárcel. Era, en verdad, un pueblo en formación, y para estimular tal proceso el municipio cedió sitios a los interesados en radicarse. Es posible que el interés de algunos inmigrantes en instalarse en esa villa obedeciera al hecho de que a 20 kilómetros de ella los hermanos Bernardo y Rodulfo Amando Philippi habían comprado el fundo “San Juan de Bellavista”, del que el segundo tomó posesión en 1852. Al contrario de lo ocurrido en Osorno, los alemanes que se instalaron en La Unión no se dedicaron en un primer momento, salvo contadas excepciones, a las actividades agrícolas, prefiriendo la molinería, como fue el caso de Friedrich Grob, las curtiembres, las destilerías de alcohol de grano y la fabricación de cerveza, iniciada en 1852 por Julio Boettcher297. La escasa construcción de casas llamó la atención a Treutler, quien estimó la población de La Unión en 400 habitantes, de los cuales 50 eran alemanes298. En la pampa de Negrón, en Río Bueno, y en las proximidades de la misión de Cudico, al poniente de La Unión, el gobierno radicó a 62 colonos con sus familias.
En 1850 Pérez Rosales salió de Valdivia en compañía de Guillermo Frick para dirigirse a La Unión y Osorno. Desde allí, dejando atrás Los Llanos y siguiendo rumbo sureste, los viajeros se internaron en “un bosque tan espeso, que ni las cartas podía leerse a su sombra”, hasta llegar al lago Llanquihue. Pérez Rosales encargó a un indígena que rozara el bosque, que ardió durante tres meses299. Los terrenos así desbrozados, planos y de gran calidad, se prestaban especialmente para la agricultura, por lo que numerosos colonos pudieron radicarse en la margen norte del lago. La construcción de un camino hasta la ribera norte del lago Llanquihue fue muy dificultosa, por lo pantanoso del terreno, por lo que fue necesario “plancharlo”, es decir, cubrir los sectores más peligrosos con troncos de árboles tendidos transversalmente y con la parte superior canteada. La ocupación de las márgenes del lago debía resultar más fácil desde el mar, y más concretamente desde el lugar denominado Melipulli, excelente rada y varadero en el seno de Reloncaví. En 1852 se construyó allí un galpón y pronto llegaron 44 matrimonios de alemanes, con 212 personas. En 1853 se fundó en ese lugar Puerto Montt, y allí comenzaron a arribar los buques con inmigrantes. El ímprobo y sostenido trabajo de estos, en un sector cubierto de espesos bosques, pronto comenzó a dar frutos. Ya hacia 1870 el pueblo tenía 800 casas, todas de madera y de solo un piso, alumbrado de faroles de parafina, una plaza donde estaba la Intendencia y la parroquia, y otra con el hospital y la capilla protestante, una plaza de abastos, dos paseos públicos y tres calles principales paralelas al mar, rectas, anchas y bien niveladas, y con sus aceras cubiertas con tablones de alerce300. Así describió Pérez Rosales la forma de vida de los inmigrantes, una vez consolidado Puerto Montt:
Cada casa, por modesta que sea la fortuna de quien la habita, posee, aunque en pequeña escala, todas las comodidades de que sabe proporcionarse el europeo; en todas reina el más prolijo aseo, y, a falta de mejor ornato, no hay una que no exhiba, tras las limpias vidrieras de sus ventanas a la calle, grandes macetas de flores escogidas. Sus amueblados, hechos todos con maderas del país y por ebanistas de primer orden, son cómodos y lucidos al mismo tiempo. En Puerto Montt no se comprende que pueda nadie edificar sin designar ante todas cosas el lugar que puede ocupar el jardín. En todos ellos, alternando con las flores y las legumbres tempraneras, se ven árboles cargados de frutos cuya posibilidad de cultivo solo ahora comienzan a creer realizable los envejecidos moradores de los contornos. Molinos, curtidurías, cervecerías, fábricas de espíritus, excelentes panaderías, artesanos para todos los oficios y, en general, cuantos recursos y comodidades tienen asiento en las grandes ciudades, salvo el teatro y la imprenta, existen en aquella población modelo que, por un rasgo que le es característico, persigue como crimen la mendicidad301.
No resultó fácil la construcción del camino de Puerto Montt al lago Llanquihue, por la densidad del “tupido bosque de árboles corpulentos” y por los humedales que hacían muy fatigoso el tránsito de las cabalgaduras. Fue preciso, entonces, “planchar” la senda. Ya en 1859 se le pudo dar un ancho de 10 a 15 metros, y se concluyó de plancharla en toda su extensión de 36 kilómetros. A Mariano Sánchez Fontecilla, intendente de Llanquihue desde 1865, le correspondió la tarea de reformar la vía y convertirla en un camino ripiado302. De esta manera, pocos años después unas 80 carretas de cuatro ruedas permitían transportar los productos de los colonos del lago hacia Puerto Montt, que en 1869 recibió 54 buques. A partir de 1851 se fueron instalando algunos inmigrantes en el seno suroeste del lago, que aumentaron en los años siguientes y formaron un pequeño caserío, que tomó el nombre de Puerto Varas, dado a uno de los tres distritos en que en 1859 fue dividida la subdelegación de Llanquihue303. Con la construcción de un vapor en 1872 para el servicio de carga y pasajeros se logró establecer un sistema de comunicación entre Osorno y Puerto Montt, gracias a la construcción del camino, a partir de 1851, desde la primera de esas ciudades hasta Puerto Octay, que debió haberse llamado Muñoz Gamero304.
LAS CIUDADES DE CHILOÉ
La sostenida tendencia de las autoridades de la monarquía a impulsar la fundación de ciudades en América, que en Chile alcanzó especial fuerza en el siglo XVIII, no se replicó en Chiloé, donde se fundaron seis pueblos durante todo el periodo indiano. De ellos solo uno, Castro, alcanzó el título de ciudad, y los cinco restantes, el de villa: San Miguel de Calbuco —originalmente un fuerte—, San Antonio de Chacao, San Antonio de Carelmapu, San Carlos de Chonchi y San Carlos de Ancud. Es posible que tal escaso desarrollo obedeciera a que después de la rebelión indígena de 1598-1604 el corte de las comunicaciones con el Chile continental supusiera la creación de lo que Urbina Burgos denomina “frontera cerrada”, es decir, la inexistencia de nuevos inmigrantes españoles y las restricciones a la salida de vecinos asimentados en la isla, lo que, entre otras cosas, produjo la supervivencias de formas culturales arcaicas305. No obstante haber sido fundados Castro y Chacao en el siglo XVI, Carelmapu y Calbuco a principios del siguiente, con los huidos de la destrucción de Osorno por los indios en 1602, y Chonchi y Ancud en la segunda mitad del siglo XVIII, estos pueblos prácticamente no exhibieron crecimiento. Sus habitantes prefirieron establecerse de manera muy dispersa en sus explotaciones agrícolas y en la proximidad de las numerosas capillas alzadas por los misioneros en el archipiélago. Por tal motivo Castro y las indicadas villas fueron, en rigor, centros de servicios y residencia ocasional de sus vecinos. En cambio, en torno a las capillas se consolidaron numerosos caseríos, como Quemchi, Quicaví, Tenaún, Dalcahue, Llau Llao, Quilquico, Achao, Curaco de Vélez —con 32 casas en el borde costero en 1850306—, Rilán, Quetalco, Nercón y muchos más307. Estos villorrios, situados en la costa y de reducidísima población permanente, se comunicaban tanto por el borde del mar, utilizado en calidad de camino entre localidades cercanas durante la baja marea, como fundamentalmente por la vía marítima. Esto explica el inexistente desarrollo vial en el boscoso interior, cruzado solo por un sendero “planchado”, el Caicumeo, que desde el siglo XVIII unió a San Carlos de Ancud con Castro, y que en enero de 1835 fue recorrido por Darwin:
La ruta en sí misma es muy curiosa; consiste en toda su longitud, a excepción de algunas partes muy espaciadas, en grandes trozos de madera que, o bien son anchos y se hallan dispuestos en forma longitudinal, o bien son estrechos y están colocados transversalmente. En verano ese camino no es muy malo; pero en invierno, cuando la lluvia ha puesto resbaladiza la madera, se hace muy difícil viajar por él. En esa época del año reina el lodo a ambos lados del camino, que a menudo queda cubierto por las aguas; se está, pues, obligado a consolidar los largueros longitudinales amarrándolos a postes hundidos en el suelo a cada lado del camino308.
Todavía al concluir el siglo XIX Ancud seguía unida a Castro por el Caicumeo, “camino de herradura que no acepta ninguna clase de rodados”, del que salían ramales a Dalcahue, Quicaví y Tenaún. Este camino era “áspero en general, pantanoso en partes y con numerosos puentes de madera”309. Existió, asimismo, una senda desde Castro hasta el lago Huillinco, que, a pesar de ser muy mala, permitía llegar a Cucao, pequeño poblado en la costa del Pacífico, donde Darwin encontró 30 o 40 familias indígenas.
El predominio de la vida agrícola tuvo como una de sus consecuencias que en Chiloé no existiera una diferenciación marcada entre la vivienda rural y la urbana, como podía comprobarse incluso a principios del siglo XX310. En ellas, de madera y de un volumen sencillo a dos aguas, con techo pajizo o de tablones de alerce —después de tejuelas—, el punto central era la cocina, donde se desarrollaba buena parte de la vida familiar. Salvo en las casas de las familias pudientes, la pobreza material, el hacinamiento de humanos y de animales y la suciedad imperaban en las de los sectores más modestos. La descripción hecha por Francisco J. Cavada al concluir el siglo XIX de una casa campesina chilota bien podía aplicarse a una vivienda urbana:
[El] interior de las casas, generalmente sin pintar ni empapelar, ofrece un aspecto ahumado y renegrido por efecto de la acción constante del humo sobre el cielo, paredes y puertas. El exterior de las viviendas corresponde al interior311.
La ley de 30 de agosto de 1826, que creó la provincia de Chiloé, le dio a Castro el título de capital, y lo fue hasta 1834. Al llegar Darwin a fines de ese año a Castro, encontró a la ciudad “triste y desierta”, con las calles y la plaza cubiertas de pasto donde ramoneaban los ovinos. Le llamó la atención la iglesia, completamente construida de madera y que no carecía “ni de aspecto pintoresco ni de majestad”. Y dio algunas informaciones sobre la situación económica de sus habitantes, de quienes subrayó su cortesía:
El hecho de que uno de nuestros hombres no pudo lograr adquirir en Castro ni una libra de azúcar ni un cuchillo ordinario dará una débil idea de la pobreza de esa ciudad, aunque vivan aún en ella algunos centenares de personas. Ninguno de ellos posee ni reloj de bolsillo ni péndulo, y un anciano, que tiene fama de calcular bien el tiempo, da la hora con la campana de la iglesia en absoluto cuando a él le place312.
Una impresión algo mejor tuvo al concluir el siglo el capitán de fragata Roberto Maldonado, al comprobar la existencia del gran edificio del convento franciscano, de un hotel con regulares comodidades, “propias para los pocos viajeros que visitan la ciudad”, y de un comercio de cierta importancia, “muy poco inferior al de Ancud”. Anotó el marino el abundante trigo que se sacaba de los alrededores de Castro, así como papas, cebada y cebadilla. “El pueblo —anotó— es esencialmente agricultor y politiquero. Esta última es, puede decirse, la nota dominante de esa sociedad”313.
San Carlos de Ancud, de plano irregular y caprichoso, con “altibajos que aparecen en sucesión interminable”, solo en la parte baja tenía calles rectas. Situada próxima a la desembocadura del río Pudeto y al borde de la bahía, se convirtió después de la ocupación de la isla en 1826 en el primer centro de abastecimiento con el que se encontraban las naves que venían desde el Atlántico. Igual papel cumplió para los buques balleneros, lo que permitió algún desarrollo del comercio vinculado a la provisión de las naves. En 1834 se le dio la calidad de ciudad, con el nombre de Ancud, y de capital de la provincia. Ese mismo año se creó el obispado. Sus casas estaban construidas mayoritariamente de maderas, y fue víctima de grandes incendios en 1844 y 1859. Con el desarrollo de la navegación de vapor, el puerto alcanzó cierto movimiento, no obstante el embancamiento de la bahía. Y del comercio de la madera provino el impulso económico: desde los denominados “astilleros”, es decir, los campamentos donde trabajaban los hacheros, los tablones eran transportados a grandes depósitos en Balcacura, Nal y Punta Arenas, para su embarque en las naves de alto bordo que en gran número fondeaban en la bahía314. Entre 1850 y 1870, como consecuencia de ese desarrollo, la población subió a seis mil habitantes, para comenzar a disminuir al concluir el siglo315. Incluso en 1858 había un vicecónsul de los Estados Unidos en Ancud316. El establecimiento de Puerto Montt le aseguró una constante relación mediante lanchas, en especial en los años iniciales de la inmigración alemana a Llanquihue. Más adelante los buques que hacían el cabotaje desde Valparaíso hacia el sur fondeaban en Ancud antes de dirigirse a Puerto Montt. No puede sorprender, por consiguiente, que en ese puerto, al igual que en Valparaíso, fuera habitual la presencia de extranjeros, en especial de desertores. Por 1878 se veía en sus calles marineros chinos, japoneses e ingleses317. La ciudad tenía hacia 1870 el edificio de la municipalidad, la residencia del obispo, cuartel, cárcel, iglesia parroquial, un par de capillas, un liceo, un seminario y cinco escuelas públicas que funcionaban en casas particulares318. En 1879 un incendio destruyó el comercio y alrededor de 500 casas, la catedral y los edificios públicos.
LA COLONIA DE PUNTA ARENAS
Tras la toma de posesión en la punta Santa Ana de “los estrechos de Magallanes y su territorio en nombre de la República de Chile” el 21 de septiembre de 1843 por el capitán Juan Williams, el teniente Manuel González, el piloto norteamericano Jorge Mabon, el naturalista prusiano Bernardo Philippi y el sargento Eusebio Pizarro, a mediados de octubre se inició la construcción de un pequeño fortín, labor que concluyó a principios de noviembre. La elección del lugar, justificada tal vez desde el punto de vista militar, fue desafortunada para el asentamiento permanente de una colonia por la mala calidad del suelo, la violencia de los vientos que la azotaban, la falta de agua y la distancia del bosque maderable319. El fortín fue entregado al teniente González, quien fue nombrado gobernador provisorio, con 10 personas más, dos mujeres entre ellas. De esta modestísima envergadura fue, pues, el primer establecimiento chileno en el estrecho320. A principios de febrero de 1844 fondeó la goleta Voladora, con el sargento mayor Pedro Silva, nombrado gobernador en propiedad por Domingo Espiñeira, intendente de Chiloé, más un capellán, soldados, algunos con sus mujeres, un carpintero y un herrero. La nave conducía, además, alimentos, plantas, semillas y animales. El gobernador Silva, que se dedicó a ampliar el fortín con nuevas construcciones, fue sustituido a fines de junio por el sargento mayor Justo de la Rivera, designado por el gobierno, a quien acompañaron un médico, oficiales y voluntarios, así como pertrechos y animales. El incremento de los habitantes del fortín obligó a nuevas ampliaciones del recinto. Desde los primeros momentos de la ocupación los gobernadores recibieron las visitas de grupos de indígenas tehuelches o aónikenk, a los cuales era necesario halagar tanto para mantenerlos alejados de la influencia de las autoridades argentinas de Río Negro, como para obtener de ellos carne de guanaco y hacer frente así a las serias privaciones de alimentos que sufrían los colonos. En 1845 se hizo cargo del fuerte el ex gobernador Pedro Silva, quien, como su antecesor, consideraba muy improbable su subsistencia por la precariedad en que se desenvolvía. La llegada de un nuevo gobernador en 1847, el sargento mayor José Santos Mardones, significó un cambio radical en la viabilidad del establecimiento. Coincidiendo con sus antecesores en la imposibilidad de asegurar su permanencia en el lugar en que se encontraba, después de un numeroso intercambio de informes con las autoridades, y obviando las trabas burocráticas, dispuso, sin la autorización del gobierno, y por cierto sin su ayuda, el traslado de la colonia a una lugar más apto, previamente explorado, Sandy Point o Punta de Arena, Punta Arena y finalmente, Punta Arenas, a la vera del Río del Carbón, el cual se completó, con enormes esfuerzos, en diciembre de 1848321. Al concluir el año 1849 habitaban 139 personas en la colonia, que a fines de 1851 y con un nuevo gobernador, el capitán de fragata Benjamín Muñoz Gamero, superaban las 400 almas.
Al debilísimo apoyo dado por el gobierno a la colonia, que se tradujo en la carencia de elementos esenciales para la vida de sus pobladores, se agregó una determinación que tuvo lamentables consecuencias: su conversión, desde antes de 1847, en lugar de relegación para reos de delitos comunes, militares y políticos. El peligro que significaba esa política era evidente, y así lo subrayó Muñoz Gamero al gobierno:
No cumpliría con mi deber, Señor, si dejase de hacer presente a VS. lo sumamente perjudicial que es la remisión a este punto de hombres manchados con los crímenes más atroces, como son no solo varios de los que han venido ahora, sino muchos de los que de antemano existían. Los asesinos y ladrones no son a mi juicio la clase de personas que deben componer la población de un lugar en donde, más que en ningún otro, debería consultarse la moralidad de sus habitantes, y sin duda que la existencia de semejantes individuos en Magallanes no es el resorte más favorable que podía haberse tocado para atraer a los buques extranjeros a preferir el paso del Estrecho al Cabo de Hornos. […] Por las razones expuestas no se le ocultará a VS. cuán necesario es que en lo sucesivo no se envíen aquí hombres de esa clase, y que sería de la mayor conveniencia el retirar los que ya se han mandado322.
Que los temores del gobernador eran plenamente justificados lo probó el motín iniciado el 21 de noviembre de 1851 por el teniente Miguel José Cambiazo, que significó no solo el asesinato de Muñoz Gamero, del capellán fray Gregorio Acuña, de algunos extranjeros pertenecientes a dos naves, una inglesa y otra norteamericana, y de algunos indígenas, sino el saqueo y la destrucción de la colonia. Dos acometidas de los indígenas completaron la ruina y el abandono de Punta Arenas hacia abril de 1852323.
No obstante la opinión generalizada en Santiago de que se debía abandonar el intento colonizador en Magallanes, el gobierno de Montt encargó la repoblación a Bernardo Philippi, conocedor de la zona y cuya notable labor en Valdivia y Llanquihue había sido calificada positivamente. Philippi logró interesar a un pequeño grupo de alemanes de Valdivia para que se trasladaran a Magallanes, entre ellos el pintor Carl Alexander Simon, y con algunos soldados y artesanos recogidos en Ancud formó el contingente repoblador que a bordo de la barca Infatigable, al mando del teniente Juan Williams Rebolledo, hijo del que había tomado posesión del estrecho, fondeó el 18 de agosto de 1852 en Punta Arenas. Iniciados los trabajos de reconstrucción y reanudados lo contactos con los indígenas, Philippi dejó al mando de la colonia al capitán José Gabriel Salas y se dirigió hacia el interior, precedido por el pintor Simon, para visitar a los tehuelches. Pero Philippi y su auxiliar, el capataz Enrique Villa, fueron asesinados, según se supuso, por algunos indios que los acompañaban, probablemente con la complicidad de los tehuelches. Igual suerte corrió Simon.
Un decreto de 8 de julio de 1853 convirtió a Magallanes en Territorio de Colonización, con dependencia directa del Presidente de la República a través del Ministerio del Interior. El nuevo gobernador, además de civil, era extranjero, el danés y profesor de ciencias naturales Jorge Cristián Schythe, quien se hizo cargo de sus funciones el 15 de agosto de 1853. Su larga gestión de más de 11 años, marcada por el empeño en la construcción, en las labores agrícolas y en la crianza de animales —recomendó, por ejemplo, la crianza de ovejas—, intentó, sin éxito, “moralizar” a los habitantes. Las normas de conducta pública que impuso, absolutamente comprensibles desde la óptica de un europeo culto, pero bien ajenas a las modalidades de la vida fronteriza, unidas a las duras sanciones a los transgresores, pronto le enajenaron la voluntad de sus gobernados. Pero a los abusos y a los maltratos de palabra y obra que se le imputaban se agregaron otros cargos, siendo el principal de ellos su participación en el comercio de licores, en especial con los tehuelches324. Sustituido a mediados de 1866 por Damián Riobó, el breve gobierno de este quedó marcado por sus diferencias con el jefe castrense, el teniente Maximiano Benavides. Su sucesor, el capitán de corbeta Oscar Viel, a cargo de la colonia entre 1868 y 1874, le imprimió un profundo giro al desarrollo de esta, gracias a sus cualidades personales y a las facilidades otorgadas a la colonización por un decreto de 2 de diciembre de 1867. De gran importancia fue, asimismo, el acuerdo alcanzado en 1865 entre el gobierno chileno y la Pacific Steam Navigation Company para establecer una línea de vapores entre Europa y la costa del Pacífico. Pero antes de que estuvieran terminados los cuatro buques de hélice que la empresa mandó construir para tal propósito, en mayo de 1868 zarpó de Valparaíso el vapor de ruedas Pacific con destino a Liverpool y con varias escalas, entre ellas Punta Arenas. Decretos de 13 de julio y 21 de septiembre convirtieron a la colonia en puerto menor y en puerto libre. Esto habría de facilitar el comercio, la recalada de naves y la llegada de inmigrantes325.
Arribó el nuevo gobernador trayendo en el vapor Arauco, además de algunos presos, a familias procedentes de Aconcagua y a un contingente mayor de chilotes reclutado en Ancud. Viel se formó una mala impresión del plano urbano de Punta Arenas, hasta ese momento un modesto conjunto de calles estrechas y tortuosas. Procedió, entonces, a intentar su reforma. Trazó la plaza principal, de 100 metros por lado, a la que denominó Muñoz Gamero, y de ella hizo salir calles de 20 metros de ancho, que formaron manzanas de una hectárea de extensión. Cada manzana fue dividida en 10 sitios de igual tamaño, reservándose las cuatro laterales de la plaza para los edificios fiscales. Este grupo de manzanas fue rodeado por tres avenidas de 50 metros de ancho, después de las cuales se consultó la delineación de nuevas manzanas. Tras hacer entrega gratuita de terrenos a los solicitantes, dispuso el cierre de ellos, lo que permitió limpiar los espacios reservados para las calles326. Hacia 1870 Punta Arenas contaba con 150 casas, todas de madera327.
Contribuyó al desenvolvimiento de la colonia el creciente comercio de pieles y plumas con los tehuelches, la producción de madera —a partir de 1875 se instalaron aserraderos de vapor en Río de los Ciervos y Leñadura por cuenta de Cruz Daniel Ramírez en sociedad con Guillermo Bloom y Enrique Reynard328— y la caza del lobo de dos pelos, en el que comenzó a destacar un portugués, José Nogueira. En 1869 el lavado de arenas auríferas en el río del Carbón o de las Minas interesó a muchos habitantes de la colonia, y el descubrimiento de algunas pepas de oro de buen tamaño indujo a Viel a considerar la introducción de máquinas para lavar la arena, proyecto que no fructificó. Tan importante como lo anterior fue la incorporación a la colonia de un número cada vez mayor de inmigrantes, despachados algunos desde Buenos Aires por el ministro Guillermo Blest Gana, y otros llegados en forma espontánea. Un contingente de suizos contratados por el gobernador Viel con Alberto Conus comenzó a arribar en diversos grupos desde abril de 1876329. Con los primeros inmigrantes suizos Viel formó la Colonia Presidente Errázuriz en Agua Fresca, al sur de Punta Arenas.
El 8 de octubre de 1874 Viel fue sustituido en su cargo por el sargento mayor Diego Dublé Almeida, quien a fines de 1876 llevó desde las islas Falkland 300 ovejas, base del espectacular desarrollo ganadero de la región. Preocupado, al igual que el ex gobernador Schythe, de “moralizar” a una población en que eran habituales la embriaguez, el juego y las riñas, dictó un reglamento de policía a comienzos de 1875 que castigaba con multas o privación de la libertad las infracciones a aquel. El desafecto que con ello se ganó el gobernador Dublé se acentuó por sus disputas con el capellán Mateo Matulski. En un ambiente cargado de tensiones se produjo en la madrugada del 12 de noviembre de 1877 el motín de la compañía del regimiento de Artillería de Línea que desde 1876 había reemplazado a la compañía de la Brigada de Artillería de Marina. El “motín de los artilleros”, como es conocido el sangriento alzamiento, llevó una vez más la muerte y la destrucción a Punta Arenas. Del nuevo desastre el pueblo comenzó a recuperarse con la reconstrucción de casas y almacenes, bajo la administración del sargento mayor Carlos Wood, nombrado gobernador en febrero de 1878330. Una de las primeras medidas de este fue levantar un censo de la población, que registró mil 95 habitantes, de los cuales 257 eran extranjeros, signo inequívoco de que, a pesar de tamañas desgracias, la consolidación de Punta Arenas era definitiva.
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93Sobre la pobreza de Coquimbo en el primer tercio del siglo XIX, Jorge Pinto Rodríguez, La Serena colonial. La ciudad y sus valles hace dos siglos, Ediciones Universidad de Valparaíso, Universidad Católica de Valparaíso, Valparaíso, 1983, pp. 89-90.
94Diego Milos Sotomayor, Misión moral. Misión política. Franciscanos en la Araucanía. 1843-1870, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, 2007, II, p. 13. Para la labor evangelizadora en Valdivia, dependiente hasta 1848 del Colegio de Chillán, vid. María Pía Poblete S., Misiones franciscanas en Valdivia. Cartas de Fray Antonio Hernández Calzada (1823-1844), Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, 2007.
95Sergio Villalobos R., La vida fronteriza en Chile, Editorial Mapfre S.A., Madrid, 1992, p. 403.
96Marco Antonio León León, Chiloé en el siglo XIX. Historia y vida cotidiana de un mundo insular, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Santiago, 2015, pp. 35-39.
97Comité de Defensa y Adelanto Regional de Puerto Montt, Libro de la provincia de Llanquihue, Imprenta y Editorial San Francisco, Padre Las Casas, 1943, p. 73.
98León León, op. cit., p. 31.
99Mateo Martinić, Historia de la región magallánica, I, Universidad de Magallanes, Santiago, 1992, pp. 394-429.
100Sergio Grez Toso, De la “regeneración del pueblo” a la huelga general. Génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890), Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 1997, p. 79.
101Charles Darwin, Viaje de Valparaíso a Copiapó, edición bilingüe por David Yudilevich, Editorial Universitaria, Santiago, 2007, p. 56.
102Fernando Purcell Torretti, “Una aproximación a las diversiones populares en el Norte Chico: las chinganas en Copiapó, 1850-1860”, en RChHG, 164, 1998, p. 129.
103Grez Toso, op. cit., p. 80.
104Benjamín Vicuña Mackenna, El libro del cobre i del carbón de piedra en Chile, Imprenta Cervantes, Santiago, 1883, pp. 152-153.
105Purcell, “Una aproximación”, en op. cit., pp. 137-138.
106Juan Galdames Galdames, “La Serena y su evolución urbana”, en RChHG, 132, 1964, pp. 170-171.
107Galdames, “La Serena”, en op. cit., p. 176.
108Examina este proceso Gabriel Salazar Vergara en Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena del siglo XIX, Ediciones Sur, Santiago, 1985, p. 47 y ss.
109ANH, NLS, 68, fs. 70, con datos importantes sobre los orígenes de Coquimbo.
110ANH, NLS, 70, fs. 26.
111William Ruschenberger, “Noticias de Chile, 1831-1832, por un Oficial de Marina de los EE. UU. de América”, en RChHG, 71, 1930, p. 143.
112La I. Municipalidad de Coquimbo contra Joaquín Edwards, 11 de junio de 1874, fs. 5. El expediente formaba parte de la biblioteca de Domingo Edwards Matte, y pasó a la propiedad de Alamiro de Ávila Martel.
113Obra nueva. El Fisco con Mac-Auliffe y Cía. y Joaquín Edwards, 22 de agosto de 1901, fs. 65. Propiedad de Alamiro de Ávila Martel.
114Eugenio Chouteau, Informe sobre la provincia de Coquimbo, Imprenta Nacional, Santiago, 1887, p. 15.
115Chouteau, op. cit., p. 208.
116Luis Valenzuela Enríquez, Mineros y Minería en una Región del Norte Chico. Ovalle, 1830-1880, LOM Ediciones, Santiago, 2000, pp. 31-33; Luis Riso Patrón, Diccionario Jeográfico de Chile, Santiago, 1924, p. 254.
117Guillermo Pizarro Vega, “Inmigración extranjera registrada en la parroquia San Vicente Ferrer de la ciudad de Ovalle desde mediados del s. XIX a principios del s. XX”, en REH, 40, Santiago, 1996-1997, pp. 161-179.
118Guillermo Pizarro Vega, “Extranjeros de origen europeo y norteamericano que vinculan con familias limarinas en el área de la antigua viceparroquia del mineral de Tamaya a mediados del siglo XIX”, en REH, 40, Santiago, 1996-1997, pp. 237-246.
119Para el peso de la presencia de anglosajones en Coquimbo, vid., Patricio Campos Ríos, “Libro de matrimonios de disidentes de la parroquia del Señor San Pedro del puerto de Coquimbo (1864-1927)”, en REH, 42, Santiago, 2000-2001, pp. 215-229.
120ANH, AJLS, leg. 127, pza. 11 y leg. 24, pza. 5.
121Un norteamericano, John F. Coffin, detenido por los realistas en Talcahuano entre 1817 y 1819, dejó unos interesantes recuerdos, con agudas observaciones sobre la sociedad de Concepción. Apuntó en su obra que “el orgullo de familia más grande de los descendientes de los antiguos españoles consiste en haber conservado la piel en toda su pureza y sin mezcla de sangre india”, en J. F. Coffin, Diario de un Joven Norteamericano Detenido en Chile Durante el Periodo Revolucionario de 1817-1819, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, 1967, p. 110.
122C. E. Bladh, La República de Chile, 1821-1828, Imprenta Universitaria, Santiago, s.f., pp. 47-48.
123Luz María Méndez Beltrán, La exportación minera en Chile 1800-1840. Un estudio de historia económica y social en la transición de la Colonia a la República, Editorial Universitaria, Santiago, 2004, p. 172.
124Juan E. Berrios Barth, “Extranjeros llegados a La Serena en el siglo pasado (3a parte), en REH, 37, 1993, pp. 275-276.
125Barrios Barth, “Extranjeros llegados a La Serena en el siglo pasado (4a. Parte)”, en REH, 40, 1996-1997, pp. 247-248.
126Barrios Barth, “Extranjeros llegados a La Serena… (4a. Parte)”, en REH, 40, 1996-1997, pp. 250-252.
127ANS, NLS, vol. 73, fs. 530.
128J. Luis Coo Lyon, “Familias extranjeras en Valparaíso en el siglo XIX” (Primera parte), en REH, 15, 1968-1969, pp. 51-53.
129Barrios Barth, “Extranjeros llegados a La Serena… (4a Parte), en REH, 40, 1996-1997, pp. 259-260.
130APLS, Lib. 3o. Mat., fs. 126. Sobre las actividades mineras de Piñera, ANS, NLS, vol. 73, fs. 87.
131ANH, ANLS, vol. 73, fs. 535 v. Dote en ANH, ANLS, vol. 73, fs. 519. En el estudio de Patricio Legarraga Raddatz, “Piñera: familia de Sebastián Piñera, Presidente de Chile”, en REH, 54, 2012, pp. 7-119, no se hace referencia a Ventura Piñera.
132ANS, ANLS, vol. 71, fs. 110.
133Luz María Méndez, “Los mineros de la región de Aconcagua. Familia y actividades económicas, 1818-1840”, en RChHG, 168, 2004-2005, pp. 29-30.
134Juan Barrios Barth, “Munizaga. Varonía del conquistador Juan Bautista Pastene”, en REH, 24, 1979, p. 50; ANS. NLS, vol. 69, fs. 117. Muerto en 1846, Juan Miguel Munizaga dejó una fortuna estimada en 700 mil pesos; antecedentes sobre sus bienes y sus negocios, los préstamos entre ellos, en Horacio Aránguiz Donoso, “Notas para el estudio de algunos hacendados, mineros y comerciantes serenenses. Siglos XVI al XIX”, en BAChH, 103, 1993, pp. 219-221.
135ANS, NLS, vol. 73, fs. 535 v.
136Barrios Barth, “Munizaga”, en op. cit., pp. 50-51; Juan Luis Espejo, Nobiliario de la Antigua Capitanía General de Chile, II, Santiago, 1921, p. 228.
137Juan Eduardo Barrios Barth, “El conquistador Francisco de Aguirre y su descendencia”, REH, 1, 1949, pp. 52-53.
138Valenzuela Enríquez, Mineros, pp. 73-77.
139Rafael Reyes Reyes, “El linaje de Lecaros”, en REH, 32, 1987, pp. 180-181.
140Coo Lyon, op. cit., Segunda parte, en REH, 19, 1974, pp. 22-23.
141René Millar Carvacho, Políticas y teorías monetarias en Chile, 1810-1925, Universidad Gabriela Mistral, Santiago, 1994, p. 64 y ss.
142Juan Eduardo Barrios Barth, “Vinculaciones familiares de extranjeros iberoamericanos con diocesanos del antiguo Obispado de La Serena”, REH, 23, 1978, p. 183.
143Barrios, “Vinculaciones”, cit., p. 167.
144Barrios, “Vinculaciones”, cit., p. 182.
145Barrios, “Extranjeros (1a. Parte)”, pp. 50-52.
146Barrios, “Vinculaciones”, cit., p. 179.
147Juan Eduardo Barrios, “Extranjeros llegados a La Serena durante el siglo pasado (4a. Parte)”, en REH, 40, Santiago, 1996-1997, pp. 247-280.
148Pedro Santos Martínez, op. cit., p. 317.
149Chouteau, op. cit., p. 19.
150Purcell, “Una aproximación”, en op. cit., p. 130.
151Luis Ortega Martínez y Pablo Rubio Apiolaza, “La guerra civil de 1859 y los límites de la modernización en Atacama y Coquimbo”, en RHSM, Año X, vol. 2, 2006, pp. 22-23.
152Ramón Subercaseaux, Memorias de ochenta años, I, Editorial Nascimento, Santiago, 1936, p. 224.
153Chouteau, op. cit., p. 25
154Chouteau, op. cit., p. 138.
155Chouteau, op. cit., p. 153.
156Valenzuela Enríquez, Mineros, pp. 79-82.
157Pilar Álamos Concha, Epistolario de Miguel Gallo Goyenechea, 1837-1869, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2007, p. 20, nota 29.
158Sobre los propósitos de Candelaria Goyenechea de Gallo de comprar tierras en la zona central, cfr. Miguel Gallo G. a Tomás Gallo G., Santiago, 19 de febrero de 1845, en Álamos Concha, op. cit., p. 121. Información sobre Requínoa en poder de la familia Gallo en Teresa Pereira, Hernán Rodríguez y Valeria Maino, Casas de campo chilenas. Desde el valle del Maipo hasta el valle del Maule (II), RE Producciones ltda., Santiago, 2005, pp. 68-69.
159Carlos J. Larraín, Las Condes, Editorial Nascimento, Santiago, 1952, p. 148.
160Pereira, Rodríguez y Maino, op. cit., Desde el valle de Elqui hasta el valle del Maipo (I), pp. 54-56.
161Pereira, Rodríguez y Maino, op. cit., I, p. 222.
162Pereira, Rodríguez y Maino, op. cit., II, pp. 128 y 172.
163Pereira, Rodríguez y Maino, op. cit., I, pp. 186 y 200.
164Juan Galdames, “Aspectos geográficos de la ciudad de Copiapó”, en RChHG, 134, 1966, p. 147.
165Purcell, “Una aproximación”, cit., en RChHG, 164, pp. 135-136.
166Valenzuela, Mineros, p. 39.
167Valenzuela, Mineros, p. 46.
168Chouteau, op. cit., p. 159.
169Valenzuela, Mineros, pp. 44-45.
170Chouteau, op. cit., p. 153.
171Oficio del intendente Manuel Carrera Pinto al ministro del Interior, 16 de enero de 1886, en ANH, MI, 1.382, s.f.
172ANH, MI, 1.382, s.f.
173ANH, MI, 1.382, s.f.
174Alberto Fagalde, Informe sobre los trabajos y estudios para mejorar la condición de los puertos chilenos, s.f y s.p.i, p. 7.
175Poeppig, op. cit., p. 78.
176Poeppig, op. cit., p. 69.
177Federico Walpole, “Visión de Valparaíso al finalizar la primera mitad del siglo XIX”, BAChH, 6, segundo semestre de 1935, p. 321.
178Walpole, op. cit., p. 322.
179Rafael Vargas Hidalgo, “Una aventura en Chile: Ida Reyer de Pfeiffer”, en BAChH, 103, 1993, p. 264.
180Walpole, op. cit., p. 340.
181Walpole, op. cit., p. 328.
182Juan Eduardo Vargas Cariola, “Aspectos de la vida privada de la clase alta de Valparaíso: la casa, la familia y el hogar entre 1830 y 1880”, en Historia, 32, 1999, pp. 620-623.
183Vargas Hidalgo, op. cit., p. 266.
184Francisco Antonio Pinto a Aníbal Pinto, Valparaíso, 4 y 11 de febrero de 1857, en AJAA.
185Rafael Vargas-Hidalgo, “Testimonio sobre Chile del naturalista Henry Nottidge Mosley (1844-1891)”, en RChHG, 164, 1998, p. 93.
186Gonzalo Cáceres Quiero y Francisco Sabatini Downey, “Suburbanización y segregación urbana en el Chile decimonónico: hipótesis sobre la formación histórica del Gran Valparaíso”, en Jaime Valenzuela Márquez (editor), Historias urbanas, p. 103; Juan Eduardo Vargas Cariola, “Aspectos de la vida privada de la clase alta de Valparaíso: la casa, la familia y el hogar entre 1830 y 1880”, en Historia, 32, 1999, pp. 620-627.
187Vargas Hidalgo, op. cit., p. 268.
188Recaredo S. Tornero, Chile Ilustrado. Guía descriptiva del territorio de Chile, de las capitales de provincia i de los puertos principales, Librerías y ajencias del Mercurio, Valparaíso, 1872, p. 215.
189Vargas Hidalgo, op. cit., p. 268.
190Recaredo S. Tornero, op. cit., p. 131.
191Poeppig, op. cit., p. 87.
192Viviana E. Conti, “Circulación de mercaderías y mercaderes por el espacio sur andino (1820-1850)”, en Teresa Pereira y Adolfo Ibáñez (eds.), La Circulación en el Mundo Andino, 1760-1860, Fundación Mario Góngora, Santiago, 2008, pp. 222-223.
193Benjamín Rojas y Pablo Reyes, “Testamentos de extranjeros en Valparaíso otorgados entre los años 1850 y 1899”, en REH, 26, 1981, pp. 119-147.
194Agard-Lavallé y Lavallé, op. cit., p. 79.
195Coo Lyon, op. cit., Primera parte en REH, 15, 1968-1969, pp. 37-84, y Segunda parte, REH, 19, 1974, pp. 13-37.
196Luz María Méndez Beltrán aborda esta materia en La exportación minera en Chile 1800-1840, ya citado.
197Conti, op. cit., pp. 229-230
198Pedro Santos Martínez, Mendoza durante la escisión nacional, 1852-1862, C.E.I.H.C., Mendoza, 2007, pp. 468-474.
199Grez Toso, op. cit., p. 89.
200Grez Toso, op. cit., p. 102.
201Grez Toso, op. cit., p. 106.
202Fernando Silva Vargas, “Formas de sociabilidad en una urbe portuaria: Valparaíso 1850-1910”, en BAChH, 117, enero-junio de 2008, p. 82.
203Vargas Hidalgo, op. cit., p. 265.
204Las cifras en Mamalakis, op. cit., p. 411 y ss.
205Francisco Antonio Pinto a Aníbal Pinto, Valparaíso, 18 de febrero de 1857, en AJAA.
206Cáceres y Sabatini, op. cit., pp. 109-113.
207Armando de Ramón, “Estudio de una periferia urbana: Santiago de Chile 1850-1900”, en Historia, 20, Santiago, 1985, p. 214.
208Regina Claro Tocornal, “A un siglo del terremoto de Valparaíso, 1906-2006”, en BAChH, 116, enero-junio 2007, p. 29.
209Los problemas en el uso de estos términos quedan de manifiesto en Sergio Villalobos, Origen y ascenso de la burguesía chilena, Editorial Universitaria, Santiago, 1987.
210J. Rafael Reyes Reyes, “El talaverano don Antonio García y Aro y su descendencia”, en REH, 30, 1985, pp. 212-213.
211Ibídem, p. 225 y ss.
212Manuel Torres Marín, “Miquel-1818 (Estudio genealógico preliminar)”, en REH, 34, 1989, pp. 285-294.
213Marcial Pedrero Leal, Zemita-Virgüin. Haciendas de Ñuble, Universidad de Concepción, Universidad del Biobío, Municipalidad de Ñiquén, 1999, p. 27.
214Juan E. Barrios Barth, “Algunos extranjeros llegados a La Serena y su jurisdicción durante el siglo pasado (Primera parte), en REH, 35, 1990, p. 15 y ss.
215J. Rafael Reyes R., “La Venerable Sierva de Dios doña Dorotea Chopitea de Serra y su familia”, en RHE 28, 1983, pp. 73-90.
216Eduardo Urrejola Montenegro, Los Urrejola de Concepción. Vascos, Realistas y Emprendedores, Centro de Estudios Bicentenario, Santiago, 2010, p. 117 y ss.
217Álvaro Castellón Covarrubias, “Echazarreta”, en REH 35, 1990, p. 124.
218Javier Barrientos Grandon, La Real Audiencia de Santiago de Chile (1605-1817). La institución y sus hombres, Fundación Histórica Tavera, 2000, pp. 704-705.
219Sergio Fernández Larraín. “Ruta hispanoamericana de los linajes de Blanco de Salcedo y Fernández de Tejada, en REH 17, 1972, pp.150-151;
220Juan Antonio García Sánchez, La Rioja y los riojanos en Chile (1818-1970), Instituto de Estudios Riojanos, Logroño, 2002, p. 36.
221Ibídem, p. 162.
222Ibídem, p. 164 y ss.
223García Sánchez, op. cit., pp. 41-43 y 66.
224Ingeborg Schwartzemberg de Schmalz, “Origen de algunas familias alemanas radicadas en Chile”, en REH, 15, 1968-1969, p. 98.
225Grez Toso, op. cit., pp. 140-143. Sobre el intento de limitar la movilidad de los sirvientes, Luis Alberto Romero, “Rotos y gañanes: trabajadores no calificados en Santiago (1850-1895)”, en CH, 8, diciembre 1988, pp. 65-66.
226Romero, “Rotos y gañanes”, op. cit., p. 39.
227Grez Toso, op. cit., pp. 80-81.
228Romero, “Rotos y gañanes”, op. cit., pp. 46-47.
229Romero, “Rotos y gañanes”, op. cit., pp. 48-54.
230Armando de Ramón, Santiago de Chile (1541-1991). Historia de una sociedad urbana, Editorial Sudamericana Chilena, Santiago, 2000, p. 141.
231Tornero, op. cit., p. 427.
232De Ramón, “Estudio”, cit., p. 218.
233De Ramón, Santiago, cit., p. 142.
234De Ramón, Santiago, cit., p. 143.
235De Ramón, Santiago, cit., p. 144.
236De Ramón, Santiago, cit., p. 144.
237Ivonne Urriola Pérez, “Espacio, oficio y delitos femeninos: el sector popular de Santiago. 1900-1925”, en Historia, 32, Santiago, 1999, p. 448.
238De Ramón, “Estudio”, cit., p. 217.
239De Ramón, “Estudio”, cit., p. 218.
240De Ramón, Santiago, cit., p. 144.
241De Ramón, “Estudio”, cit., p. 233.
242De Ramón, Santiago, cit., p. 146.
243De Ramón, Santiago, cit., p. 146.
244Teresa Pereira, Hernán Rodríguez y Valeria Maino, Casas de campo chilenas, I, p. 15.
245Jaime Valenzuela Márquez, “Estructuración del espacio popular en una ciudad intermedia: Curicó, 1870-1900”, en Historia, 25, Santiago, 1990, pp. 258-259.
246Gustavo Opazo Maturana, Historia de Talca, 1742-1942, Imprenta Universitaria, Santiago, 1942, pp. 323-325.
247Opazo Maturana, op. cit., pp. 346-347.
248Opazo Maturana, op. cit., p. 365.
249Juan Mujica de la Fuente, Historia de Linares, Imprenta Chile, Santiago, 1945, pp. 269-270.
250Mujica, op. cit., p. 271.
251Poeppig, op. cit., pp. 333-334.
252Fernando Campos Harriet, Historia de Concepción, 1550-1988, Editorial Universitaria, Santiago, 1989, pp. 96 y 264.
253Leonardo Mazzei de Grazia y Ximena Larreta Lavín, “La colectividad española en la provincia de Concepción”, en Baldomero Estrada (Editor), Inmigración Española en Chile, Departamento de Ciencias Históricas, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, Santiago, 1994, pp. 144-146.
254Andrés Valenzuela Searle, “La familia Bunster de Chile”, en REH, 39, 1995, pp. 47-125.
255Fernando Campos Harriet, Historia de Concepción, 1550-1988, Editorial Universitaria, Santiago, 1989 (4), p. 97.
256Leonardo Mazzei de Grazia, “Orígenes del establecimiento británico en la región de Concepción y su inserción en la molinería del trigo y en la minería del carbón”, en Historia, 28, 1994, pp. 222.
257Mazzei, “Orígenes”, en op. cit., p. 224.
258Mazzei, “Orígenes”, en op. cit., pp. 222-223.
259Campos, Historia, p. 256.
260Leonardo Mazzei, “Expansión de gestiones empresariales desde la minería del norte a la del carbón, Chile, siglo XIX, en Historias, 46, mayo-agosto de 2000, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México D. F., p. 100.
261Mazzei, “Orígenes”, cit., pp. 230-233.
262Mazzei, “Orígenes”, cit., p. 236.
263Mazzei, “Orígenes”, cit., p. 239.
264Campos, Historia, pp. 266-267.
265Félix Leaman de la Hoz, Historia Urbana de Chillán (1835-1900), Talleres del Instituto Profesional de Chillán, 1982, p. 14; Marco Aurelio Reyes C., Breve Historia de Chillán, 1835-1939, Cuadernos del Bío-Bío, Impresos Andalién, Concepción, 1999, pp. 17-30.
266Reyes, op. cit., p. 30.
267Reyes, op. cit., pp. 40-42.
268Leaman, op. cit., p. 27.
269Luis Riso Patrón, Diccionario Jeográfico de Chile, Imprenta Universitaria, Santiago, 1924, p. 887.
270Leaman, op. cit., pp. 122-123.
271Blancpain, Les Allemands, p. 36.
272Blancpain, Les Allemands, p. 52.
273Gabriel Guarda O.S.B., “La economía de Chile austral antes de la colonización alemana, 1645-1850”, en Historia 10, 1971, pp. 309-310.
274Guarda, “La economía”, p. 277.
275Gabriel Guarda O.S.B., Nueva historia de Valdivia, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 2001, pp. 509-510.
276Blancpain, Les Allemands, pp. 56-57.
277Guarda, Nueva historia, pp. 510-511.
278Guarda, Nueva historia, p. 525 y 529-531.
279Guarda, Nueva historia, p. 529.
280Alexander Simon a su esposa Amelia Carlota Kindermann, Valdivia, 5 de junio de 1850, en Eugenio Pereira Salas, “El pintor alemán Alexander Simon y su trágica utopía chilena”, en BAChH, 77, 1967, p. 17.
281Ignacio Domeyko, Mis viajes. Memorias de un exiliado, Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, 1978, II, p. 722.
282Patricio Bernedo Pinto, “Los industriales alemanes de Valdivia, 1850-1914”, en Historia 32, 1999, p. 11.
283Vicente Pérez Rosales, Recuerdos del pasado (1814-1860), Imprenta Barcelona, Santiago, 1910, p. 380.
284Guarda, en Nueva historia, pp. 541-554, analiza en detalle este punto, en especial el papel desempeñado por Pérez Rosales. Deja de manifiesto, asimismo, que nunca existió la donación de la isla Teja hecha, según Pérez Rosales, por Benjamín Viel para instalar a los primeros inmigrantes, pues dicha isla pertenecía a la municipalidad.
285Pérez Rosales, op. cit., pp. 399-400.
286Gabriel Guarda, O.S.B., Cuatro siglos de evolución urbana. Valdivia 1552-1910, Universidad Austral de Chile, Instituto de Arquitectura y Urbanismo, Valdivia, 2009, plano p. 24.
287El Correo del Sur, Concepción, 13 de enero de 1853.
288Bernedo, op. cit., p. 12.
289Tornero, op. cit., pp. 665-666; Guarda, Nueva historia, p. 646.
290Tornero, op. cit., p. 662.
291Guarda, Nueva historia, p. 571-573.
292Tornero, op. cit., p. 665.
293Treutler, op. cit., pp. 292-293.
294Ramón Subercaseaux, op. cit., I, p. 222.
295Descripción anónima, en Juan Anselmo Escobar Escobar, Osorno, testimonios de su pasado, Impresur Ediciones, Osorno, 1992, pp. 121-126.
296Treutler, op. cit., p. 448.
297Osvaldo Leal L., Historia de la Ciudad de La Unión en su 150 aniversario, 1821-1971, Impresos Planet, Santiago, 1971, pp. 33-34 y 112.
298Treutler, op. cit., p. 442.
299Pérez Rosales, op. cit., pp. 406-407.
300Tornero, op. cit., p. 677.
301Pérez Rosales, op. cit., p. 434.
302Tornero, op. cit., p. 682.
303Bernardo Horn Klenner, Puerto Varas y la región del lago, 131 años de historia, Imprenta y Librería Horn y Cía. Ltda., Puerto Varas, 1983, p. 46.
304Gabriel Guarda O.S.B., Provincia de Osorno. Arquitectura en madera. 1850-1928, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 1981, p. 28.
305Rodolfo Urbina Burgos, Chiloé, foco de emigraciones”, en Chiloé y su influjo en la XI Región. II Jornadas Territoriales, Universidad de Santiago, Santiago, 1988, p. 31, nota 1.
306Carlos Oyarzún Cárdenas, Apuntes históricos de Curaco de Vélez, un pueblo de Chiloé, Impresos Printus, 2006, p. 64.
307Hernán Montecinos Barrientos, “Vivienda y urbanismo”, en Chiloé y su influjo en la XI Región, Universidad de Santiago, Santiago, 1988, p. 56.
308Charles Darwin, Darwin en Chile (1832-1835), Viaje de un naturalista alrededor del mundo, Editorial Universitaria, Santiago, 1995, p. 180. Sobre las formas de circulación tradicional en el archipiélago, Philippe Grenier, Chiloé et les chilotes. Marginalité et dépendance en Patagonie chilienne. Étude de géographie humaine, Édisud, Aix-en-Provence, 1984, p. 47 y ss.
309Roberto Maldonado, Estudios geográficos e hidrográficos sobre Chiloé, Establecimiento Poligráfico Roma, Santiago, 1897, p. 262.
310Rodolfo Urbina Burgos, La vida en Chiloé en los tiempos del fogón, 1900-1940, Editorial Puntángeles, Valparaíso, 2002, pp. 72-74.
311León León, op. cit., p. 51.
312Charles Darwin, Darwin en Chile (1832-1835). Viaje de un naturalista del mundo, Editorial Universitaria, Santiago, 1995, pp. 158-159.
313Maldonado, op. cit., p. 151.
314Pedro J. Barrientos Díaz, Historia de Chiloé, Ancud, 1948, p. 206.
315Barrientos Díaz, op. cit., p. 202.
316Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores, 1861, cuadro de funcionarios diplomáticos y consulares, sin paginar.
317Oyarzún Cárdenas, op. cit., p. 100.
318Tornero, op. cit., p. 694.
319Martinić, Historia, I, p. 406.
320Martinić, Historia, I, p. 381 y ss.
321Martinić, Historia, I, pp. 406-418.
322Oficio de Muñoz Gamero, 27 de octubre de 1851, en Martinić, op. cit., I, p. 430.
323Martinić, op. cit., I, pp. 430-434. Trató en detalle este motín Armando Braun Menéndez en Cambiazo, el último pirata del Estrecho, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, 1971.
324Martinić, op. cit., I, pp. 444-465.
325Martinić, Historia, I, pp. 497-498.
326Martinić, Historia, I, p. 501.
327Tornero, op. cit., pp. 707-708.
328Martinić, Historia, I, p. 514.
329Martinić, Historia, I, pp. 518 y 546-547.
330Un examen de este acontecimiento en Armando Braun Menéndez, El motín de los artilleros, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, 19722.
CAPÍTULO IV
LA VIDA COTIDIANA EN LAS CIUDADES
FERNANDO SILVA VARGAS
LOS SERVICIOS
El mejoramiento de las calles fue el propósito prioritario de todas las administraciones municipales a lo largo del país. Lentamente, por las permanentes restricciones financieras que ellas experimentaban —años hubo en que en ciertas ciudades fue imposible realizar trabajo público alguna, por falta de fondos—, las calles de tierra fueron empedradas, y los municipios económicamente más sólidos comenzaron a sustituir el pavimento de piedras de río por adoquines. Este trabajo, no es ocioso recordarlo, solo concluyó a mediados del siglo XX tanto en Santiago como en las capitales de provincia. Las aceras, por su parte, recibieron pavimento de laja o de pizarra importada, y a falta de estos elementos se utilizaba la greda para el asentamiento de pequeños guijarros llamados porotitos. En las ciudades del sur el proceso de mejoramiento vial fue más lento. En 1870 las calles de Valdivia no estaban empedradas y solo las principales tenían sus veredas pavimentadas con laja331. En Puerto Montt, en cambio, hacia esa misma época las aceras estaban cubiertas con tablones de alerce332.
Una modernización urbana digna de destacarse fue la construcción de líneas férreas para el servicio de carros de sangre, es decir, tirados por caballos. Desde mediados del siglo XIX muchas municipalidades chilenas conocieron proyectos destinados a desarrollar ese medio de locomoción urbana, aunque pocos pudieron llevarse a la práctica. En general, la construcción estaba a cargo de empresarios privados, y el municipio les entregaba en concesión la franja de la calle por la cual debían ir los rieles. En Santiago la Empresa del Ferrocarril del Sur tendió en 1857 una vía que partiendo de la estación concluía en la parte oriente de la Alameda, frente a la iglesia de San Diego, en la esquina de la calle del mismo nombre. Más de 20 carros tirados por caballos ofrecían un aceptable servicio a los usuarios. Al concluir el siglo sumaban alrededor de 200333. En 1863 el banquero David Thomas fundó una empresa de ferrocarril urbano en Valparaíso, que constaba de una línea de cinco kilómetros de extensión desde la estación del ferrocarril hasta los almacenes fiscales, servida por 45 carros334. De 1886 es el contrato entre la Municipalidad de Viña del Mar y Teodoro von Schroeder para establecer un ferrocarril urbano en dicha ciudad335. Ese mismo año se aprobaron las bases para construirlo en Valparaíso336. En 1886 la Municipalidad de Santiago entró en conversaciones con Ricardo Goldsborough para construir una línea para un ferrocarril de vapor que circundara a la ciudad337.
La dotación de agua potable fue otro de los aspectos más relevantes de la acción municipal en el periodo en estudio. El incómodo y poco higiénico abastecimiento mediante los pozos que cada casa tenía, o el proporcionado por pilones o simples acequias a los sectores más pobres, dejó paso al entregado por cañerías conectadas a una red que, al menos como aspiración, había de cubrir todo el espacio urbano. Los trabajos de instalación de cañerías comenzaron en La Serena en 1885, y al año siguiente había más de 60 personas que habían hecho pedidos particulares de agua338. También de un elevado costo, porque, además de que las fuentes de abastecimiento no siempre estaban próximas a las ciudades, la construcción de la red dentro de ellas fue lenta y comprendió solo las áreas centrales de las mismas. En Santiago, por ejemplo, los barrios de los márgenes, es decir, los más pobres, quedaron privados de ese servicio, y otro tanto ocurrió en los cerros de Valparaíso. Esa limitación indujo a la municipalidad del puerto a continuar por su cuenta la provisión de agua de toda la ciudad, habida consideración, entre otros aspectos, de que la viruela era estimada allí como una enfermedad endémica, y que, como se subrayaba con exactitud, “la provisión de agua ha tenido una influencia eficaz y notable en la mejora de la higiene de la población”339. En esta última ciudad había un problema adicional, la carencia de una fuente que asegurara permanentemente el abastecimiento, y esto solo pudo solucionarse en el siglo siguiente con la construcción de una represa artificial en el sector de Peñuelas. En Curicó, en 1874, el agua potable solo llegaba a 87 casas, y el resto de la población debía recurrir a pilones o a alguna acequia de aguas contaminadas340. Pero no siempre una red de agua potable garantizaba la calidad del producto que entregaba. Se denunciaba, por ejemplo que la acequia que surtía al depósito de agua potable de San Fernando pasaba antes por muchas pequeñas propiedades, cuyos habitantes arrojaban a ella los “estrujes” de sus riegos, lavaban la ropa, se bañaban y echaban los desperdicios de sus casas341. En 1886 se iniciaron los trabajos del tendido de cañerías de fierro en Talcahuano,342 y el mismo año la Municipalidad de Talca contrató un empréstito de 60 mil pesos para el ensanche y mejoramiento del servicio de agua potable de la ciudad343.
Un aspecto central de la higiene urbana, la evacuación de las aguas servidas mediante alcantarillados, apenas se abordó en el siglo XIX, no obstante conocerse la importancia que ella tenía en el combate de epidemias como el cólera. Las ciudades chilenas, salvo el caso de Valparaíso, mantuvieron, en consecuencia, las redes de acequias que con tal propósito existían desde el periodo monárquico. Esto, junto con impedir un mejoramiento de las prácticas de higiene de todos los sectores sociales, aseguraba la circulación de ratas y ratones, vectores de numerosas y graves enfermedades. Además, las acequias se utilizaban como medio de eliminación de los desperdicios sólidos que se generaban en las casas, no obstante existir, al menos en Santiago, un sistema formal de retiro de ellos mediante unos 200 carretones empleados por la municipalidad. Tal procedimiento, al facilitar que se cegasen los cauces, era causa de los frecuentes anegamientos de los inmuebles. Por eso una ley de 30 de abril de 1870 facultó al Presidente de la República para aprobar las ordenanzas sobre arreglo y nivelación de las acequias. Es lo que por 1870 se hacía en Talca en las 35 acequias que se distribuían por la ciudad344. Así se hizo también en Chillán en 1872 y años después otras ciudades emprendieron tales mejoramientos. Al apoyar el intendente de Aconcagua una solicitud en tal sentido del municipio de San Felipe, describía los problemas originados por el primitivo sistema de evacuación de aguas servidas en uso, que se podían aplicar a las restantes ciudades del país:
Las acequias que sirven para el aseo interior de las propiedades han consistido siempre en un simple rasgo sobre la tierra, sin preparación alguna para impedir que el agua produzca filtraciones perjudiciales, y lo que es peor, en extremo nocivas a causa del cieno que se va aglomerando, y de la descomposición de las mismas aguas con las materias pútridas que arrastran y se detienen, infectando el aire, lo cual hace a la ciudad malsana345.
Solo en febrero de 1881 una empresa británica, The Valparaíso Drainage Company, Ltd., inició los trabajos para establecer un sistema de alcantarillados en el puerto, que abordó solo una parte del plan y no cubrió las necesidades de los cerros. Los trabajos, que concluyeron en mayo de 1882, no satisficieron las expectativas de los porteños, que con razón se quejaban de los hedores que se desprendían de la red346.
El alumbrado había sido, desde la monarquía, el servicio que más había preocupado a los gobernantes y a los ciudadanos. La ley de 23 de octubre de 1835 autorizó al Presidente de la República para hacer un nuevo reparto de la contribución denominada de serenos que pagaba el vecindario de Santiago y el de los demás pueblos donde existía esa institución, a fin de que con parte de ella se pudiera mantener un servicio de alumbrado público, que utilizaba el aceite y, más adelante, el kerosene o parafina como combustible. Decretos de 1846, 1852 y 1868 reglamentaron la prestación del servicio347. De mediados del siglo XIX fue la aparición de otra innovación de enorme importancia: el alumbrado de gas. En 1848 se presentó un presupuesto para dotar con ese alumbrado a las calles y plazas de Santiago. Se calculaba que para iluminar el centro de la capital con un farol a mitad de cada calle y en cada cruce de estas, más cuatro para la Plaza de Armas y 38 para edificios públicos, conventos y cuarteles, se necesitarían 600 lámparas. Gracias a una iniciativa de Guillermo Wheelwright, Copiapó fue la primera ciudad chilena que contó con ese servicio al inaugurarse en 1853 el alumbrado de gas con 450 faroles distribuidos cada media cuadra. A partir del 18 de septiembre de 1856 Valparaíso, que tenía lámparas de aceite desde 1844, se pudo iluminar también con gas. En la ceremonia inaugural el propio intendente encendió el gas “al frente de la casa nueva del Sr. Edwards”348. La Municipalidad de Santiago recibió varias propuestas de nacionales y extranjeros para instalar esa iluminación. Dicha corporación suscribió un acuerdo con Maximiano Errázuriz, detrás del cual estaba su suegro José Tomás de Urmeneta, y después de la obtención de una ley que aseguraba al favorecido el privilegio exclusivo por 30 años para la fabricación y venta de gas en Santiago, se constituyó la sociedad Urmeneta Errázuriz y Cía., con Adolfo Eastman, también yerno de Urmeneta, en calidad de tercer socio. La empresa inició con celeridad la construcción de la fábrica de gas, de un gasómetro y de la correspondiente red de distribución, y el 18 de septiembre de 1857 se inauguró el servicio, con 600 lámparas; en 1867 la ciudad era iluminada por 717 lámparas de gas y 122 de parafina349. La referida sociedad se transformó en 1865 en una sociedad anónima llamada Compañía de Gas de Santiago350.
La Serena tuvo su instalación de gas de alumbrado en 1865, y Concepción, en 1871. También las ciudades más pequeñas optaron por la nueva modalidad de iluminación. En 1872, por ejemplo, Eduardo Briekles suscribió un contrato con el intendente de Aconcagua José Miguel Rodríguez Velasco para proporcionar a San Felipe alumbrado público con “gas hidrógeno carburo”351. Otras, en cambio, como Talca, Chillán y Ancud, continuaron con la débil iluminación proporcionada por la parafina. En el decenio de 1880 la iluminación de gas empezó a ser sustituida por la eléctrica en las calles y en los edificios públicos352. Ya en 1860 Luis Zegers había tratado de establecer la iluminación eléctrica en Valparaíso y Santiago, pero solo en 1882 se inició la instalación del nuevo sistema en la capital353.
El abastecimiento de alimentos en las ciudades fue un objetivo prioritario de las municipalidades, tanto para permitir el fácil acceso de la población a los bienes de consumo cuanto por constituir esa actividad una fuente de ingresos para ellas. En efecto, los mercados de abasto generaban un tributo por las carnes muertas, y otro tanto ocurría con las recovas o mercados y las ferias, constituyendo estas últimas la instalación transitoria de un grupo de vendedores en ciertas calles o plazas. La conducción de los productos en carretas originó el pago de una patente por estas y, en general, por toda clase de coches y carruajes. Muy tardíamente, en la década de 1880, se dictaron los reglamentos para el funcionamiento de mercados y mataderos, y los informes de los intendentes reiteraban las serias deficiencias que unos y otros mostraban. El comercio al menudeo se practicó en almacenes y despachos, en los cuales muy frecuentemente se expendía vinos y licores. También aquéllos eran fuente de crédito para los sectores de más escasos recursos, al permitirles la postergación de los pagos, lo que suponía un encarecimiento de los productos que adquirían.
Tanto la policía de seguridad como las cárceles dependían, en general, de las municipalidades, cuyo permanente estado de insolvencia repercutía en graves limitaciones para una y otras. La situación de las cárceles era, sin duda, extremadamente precaria, tanto por la falta de seguridad de los edificios como por los cortos recursos con que contaban aquellas para el pago de la guardia y el de la alimentación de los reclusos. Por eso fue habitual que las municipalidades contrataran, al concluir el año, un préstamo a corto plazo para atender a los gastos de la alimentación de los presos354. Es posible que esta situación justificara la mantención de la isla de Juan Fernández como lugar de reclusión tanto de presos políticos como de delitos graves contra las personas y la propiedad. El presidio ambulante355, destinado a los presos por delitos comunes en reemplazo de dicha isla, ensayado a partir de 1837 con desalentadores resultados, no impidió que se la siguiera utilizando para tal fin. La construcción de la Penitenciaría de Santiago, que empezó a recibir a los primeros reclusos en 1847, debía significar un cambio en la política penitenciaria, pero su falta de capacidad para custodiar a los presos indujo al ministro Salvador Sanfuentes en 1847 a servirse de la colonia de Magallanes como centro receptor de los condenados por delitos políticos y militares, determinación muy negativa para la consolidación de aquella356. En el decenio de 1870 el ex presidente Montt, entonces senador, sostuvo que, fuera de la Penitenciaría de Santiago, “el estado y la condición de los presidios y establecimientos penales en toda la república son tan malos que no ofrecen seguridad ninguna para guardar a los detenidos”357.
La cárcel más importante, después de la Penitenciaría de Santiago, fue la penitenciaría de Talca, establecimiento creado en 1860, que recibía a los reos provenientes de todas las provincias desde San Fernando al sur. Esto le significaba a la corporación municipal de aquella ciudad gastar más de 10 mil pesos mensuales para la mantención de 250 presos en promedio358.
Abundaron al concluir el periodo los acuerdos para reformar esos servicios, expresados, paradójicamente, en la reducción del personal. Así, en 1886 se acordó disminuir a 804 individuos el número de componentes de la Guardia Municipal de Seguridad, de los cuales 99 formaron una compañía especial denominada Guardia Civil359. Los testimonio que se recogen sobre su falta de suficiencia son reiterativos: “Defectuosa constitución de plana mayor […], deficiencia de su número y exigüidad de sus remuneraciones; está muy lejos de ser una fuerza bien organizada y apta para el desempeño de sus funciones”, se diría de la Guardia Municipal de La Serena, juicio aplicable a cualquier otra ciudad de Chile360.
FORMAS DE SOCIABILIDAD
El proceso emancipador, concluido en el decenio de 1820, trajo evidentes cambios en la sociedad, que parecen haber sido más bien exteriores. La sustitución del régimen monárquico por otro republicano supuso la desaparición de los signos que representaban las diferencias en una sociedad dotada de ciertos rasgos estamentales y que contaba con grupos privilegiados. A la eliminación de los títulos de nobleza y de los escudos de armas de las casas, llevados a cabo durante el gobierno de O’Higgins, siguió la abolición de los mayorazgos. Parece necesario tener en cuenta la mantención de las antiguas elites, lo que facilitó la recomposición de los patrimonios de sus integrantes. Este proceso es muy visible en Santiago, pero algo similar ocurrió en las restantes ciudades chilenas. En efecto, en el norte la independencia tuvo un tono menor, pues en ella prácticamente no hubo recurso a las armas; en el sur, en cambio, la guerra, extremadamente cruenta, ocasionó un empobrecimiento generalizado de la elite. Con todo, la economía regional no demoró demasiado en adquirir un nuevo ritmo, y fueron las mismas familias anteriores a la emancipación las que continuaron ocupando las situaciones de preeminencia en la sociedad local, sin perjuicio de la incorporación de nuevos integrantes. En 1828 Poeppig encontró en la semidestruida Concepción solo “unas pocas familias caracterizadas por su viejo abolengo o su riqueza”361. Después del reajuste político, proceso que durante 15 años constituyó un verdadero campo de experimentación, las viejas estructuras administrativas de la monarquía se adaptaron, con cambio menores, a los requerimientos de la república.
Si durante la monarquía el sector superior, la nobleza, distaba de ser homogéneo, durante la república, el mismo sector o grupo alto, denominado la “gente decente” en la terminología de la época, tampoco lo fue. No obstante la continuidad que se advierte en los integrantes de la elite, hubo cambios en ella, cuya velocidad y extensión estuvo marcado por el enriquecimiento generalizado de las personas, por la difusión de modas provenientes del extranjero, muy decisiva en la adopción de mecanismos de diferenciación social e, incluso, por la coyuntura política.
En sus líneas generales, la consolidación de la república no cambió sino lentamente la estructura de la sociedad. Y las elites fueron modificando también con lentitud sus formas de vida características. Ellas eran congruentes con la modestia, más bien pobreza, que exhibían —que en los casos de Concepción y Valdivia se manifestó en una abierta miseria como consecuencia de la guerra y de los secuestros de que fueron víctimas las familias realistas—, y que se reflejaba en la sencillez de las casas principales, a las cuales hacia 1826 comenzaron a llegar, de la mano de los extranjeros, los papeles murales pintados, los suelos enmaderados y las alfombras362. Hacía notar por entonces el alemán Poeppig la influencia que estaba ejerciendo en la vida social de las clases altas chilenas la “civilización europea” y llamaba la atención hacia las “contradicciones bruscas e inconexas” en las costumbres y en el menaje de las casas, resultado, según el viajero, “de la penetración rápida y sin preparación previa de la cultura europea”. Pero concluía que esas disparidades estaban desapareciendo y que “en pocos años la clase superior de Chile no se distinguirá en nada de la europea que ocupa igual nivel”363. Una percepción similar tuvo el polaco Ignacio Domeyko en La Serena, en 1838:
Llegué en los primeros tiempos de la independencia chilena; no habían pasado ni veinte años desde la dominación de los españoles, quienes durante los tres siglos de su gobierno y presencia echaron raíces tan profundas en la población y en el estado social, que pese a la guerra y a la sacudida revolucionaria, pese a la afluencia de extranjeros, a la apertura del comercio y relaciones con todo el mundo encontré aquí intactas aún las leyes, hábitos y costumbres de este pueblo, particularmente en la vida interior y familiar. Este estado de la sociedad, violentamente remecido en sus fundamentos y expuesto a la influencia foránea, hostil al pasado y a las tradiciones coloniales, está cambiando tan rápidamente que dentro de veinte años los jóvenes chilenos no tendrán una idea de lo que son ahora sus padres364.
La mantención de ciertas formas de sociabilidad al concluir el decenio de 1820, como las desarrolladas en los cafés, en las que participaban miembros de las elites y de los sectores medios —repletos, según Poeppig, de “bebedores de las clases superiores”—, así como extranjeros, se entiende con facilidad si se considera que en general eran actividades en que participaban hombres solos, y en que, además de beber café, licores y la “preciosa sustancia llamada gaseosa”—conocida en Chile por 1843—, comer y jugar a las cartas o al billar, se conversaba y se discutía de política365. Recordaba José Joaquín Vallejo que en Copiapó el café era el lugar en que “la tertulia argentina se ha declarado en sesión permanente” para hablar en contra de Rosas y de sus seguidores. Todavía hacia 1840 predominaban en los cafés los hombres solos, sin perjuicio de que tanto en Santiago y Valparaíso existieran locales con “salas para señoras”, que ofrecían refrescos y “helados del mejor gusto”366.
En el famoso Café de la Baranda, que funcionaba en Monjitas con San Antonio desde 1831, se había construido un tablado al que subían algunas conocidas chinganeras a interpretar uno que otro sainete, pieza teatral corta y jocosa que gozaba de gran aceptación popular.
Los extranjeros calificaban de “agradabilísima” la vida social en Santiago, en especial por el hecho de que apenas presentado, el individuo pasaba a ser miembro de las tertulias de la casa. El sueco Carlos Eduardo Bladh, en Chile entre 1821 y 1828, dejó unos perspicaces cuadros de la sociabilidad en Santiago y Valparaíso. Al referirse a la tertulia anotó que era bastante austera: dulces servidos en una bandeja con un vaso de agua. No podía ser de otra manera, pues la esencia de la reunión era la ausencia de formalidades. Las señoras, sentadas en un sofá, eran rodeadas por las señoritas formando un semicírculo. Detrás de las damas los caballeros formaban otro semicírculo. Después de un momento de charla, breve por la manifiesta impericia de los varones para mantener una conversación de algún interés, como subrayaban todos los viajeros, los concurrentes persuadían a una de las hijas de la casa a que se sentara ante el piano y ejecutara algunas piezas. Pronto, a petición de la dueña de la casa, se iniciaba el baile con una contradanza —ya en la capital se bailaba de preferencia la cuadrilla francesa, recién introducida y en general mal ejecutada—, a la que seguían valses, gavotas y minués. Algunas de las señoritas y señoras asistentes cantaban acompañadas de guitarras, y no se olvidaban los bailes nacionales: el cuándo, una de las danzas preferidas, la zamacueca, que se bailaba en todas las casas, tanto acomodadas como modestas, y la refalosa. No pudo dejar de referirse Bladh a “una costumbre extraña y desagradable”: la llegada de conocidos y desconocidos a observar el baile, hasta “señoras decentes tapadas”, a las que se alude a continuación367. La fácil entrada de los extranjeros a los hogares pudientes de las ciudades chilenas, en especial en Valparaíso, les permitía a estos conocer a las muchachas de la familia, lo que facilitaba la iniciación de relaciones que podía concluir en matrimonios368. Y es interesante anotar que en la concertación de esos matrimonios, tanto con extranjeros como con nacionales, no parece haber influido de manera decisiva la situación económica del novio369. En cuanto a la religión de los extranjeros, el hecho de no profesar el catolicismo no constituyó obstáculo para su integración a la vida social chilena.
Domeyko dejó agudos bocetos acerca de la sociabilidad en La Serena, en que precisamente se advierten las “contradicciones bruscas” en las costumbres a que aludía Poeppig. Muy ilustrativa es la descripción de una recepción dada por el intendente Francisco de Borja Irarrázaval Solar con motivo del onomástico de su esposa Mercedes Undurraga Gallardo. Después de cruzar con dificultad el portal de la casa y de atravesar el patio “repleto por el populacho”, logró Domeyko entrar al salón, cuyo tercio o cuarto estaba ocupado por un público que no formaba parte del baile.
La concurrencia danzante de las elegantes damas y de los bailarines se rozaba, por decirlo así, con la presión de hombres y mujeres de diversa condición social, que a través de las puertas y ventanas y aun […] en una parte del salón, eran solo espectadores y constituían la parte exterior del baile. Esta parte de la sociedad se compone, según me enteré pronto, de los llamados tapados. Había entre estos, señoras y caballeros de la clase elevada; había también burgueses, mozos y negros. Cada tapada llevaba un velo, un pañuelo u otro chal rodeándole la cabeza en forma tal que solo los ojos, y a veces un solo ojo, negro y grande, quedaba visible. Y los hombres llevaban sus redondas capas españolas echadas sobre los hombres hasta los ojos, y los sombreros también metidos hasta los ojos, porque estos tapados caballeros tienen el derecho a permanecer cubiertos hasta en el interior del salón, junto a la puerta. Entre estos, como pares inter pares, hay también gente de condición obrera, con ponchos blancos o de colores chillones, y con sombreros de paja, e incluso criados al lado de señoras de buena posición, escondiendo su cara tras pañuelos multicolores, contemplan con calma el tono superior de la velada370.
Comprendiendo la sorpresa de Domeyko, el intendente le expresó que en Europa seguramente se ordenaría a los lacayos dispersar a la plebe o bien poner policías para impedir el paso al portal. Un invitado recién llegado de Santiago opinó que, en efecto, aquello no se avenía con el “buen tono”. Domeyko, a su turno, confirmó que en su país se pondría una guardia ante el portal.
¡Ay! —dijo [el intendente]—, porque entre ustedes hay un gran afán de libertad y de igualdad. También entre nosotros en nuestra capital, Santiago —dijo volviéndose al santiaguino—, nos tienen a los viejos por aristócratas, creyéndose ellos mismo liberales e introduciendo novedades de los ingleses y franceses, a quienes estiman muy liberales. Aquí, en otros tiempos, poco se hablaba de liberalismo, pero vivíamos siempre cerca de la gente de toda condición social, nos relacionábamos con el pueblo, sin merma alguna para la debida sumisión. Mi padre, el marqués [...], daba bailes y grandes recepciones en la capital, pero siempre con puertas y ventanas abiertas. El paso libre para todos: tanto para los invitados como para los tapados. Y cuidado con que a alguien se le ocurriera por orgullo o por capricho cerrar las puertas y ventanas, como ya comienza a ser la moda en nuestra nueva sociedad; el pueblo haría saltar los vidrios de las ventanas y quebraría las puertas en pedazos371.
Un decenio después tapados y tapadas habían desaparecido de bailes y recepciones. Solo en los matrimonios de los miembros de las elites se mantuvo la presencia de los sectores populares en el interior de las iglesias en que se celebraba la ceremonia. Sin embargo, el manto negro con el cual las mujeres de todas las condiciones sociales se cubrían la cabeza se usó hasta el primer decenio del siglo XX, con seguridad por su asociación a las prácticas religiosas372.
En las tertulias de más importancia se servía el “ponche en leche” —leche, ron y azúcar— y en los grandes bailes abundaban la comida y el lujo. Para estas ocasiones, y para asegurar el brillo de la recepción, las familias distinguidas prestaban espejos, cuadros, lámparas, alfombras, muebles, cuchillería, cristalería y porcelanas. Los grandes bailes eran ofrecidos, en general, por grupos y corporaciones: ingleses, franceses o los municipios. En ellos se ofrecía también comida, y Bladh anotó que existía la “bulliciosa manera inglesa” de acompañar los brindis, propuestos en largos discursos, con el “hip, hurra” de los asistentes y haciendo ruido con los platos373.
En los años iniciales del siglo XIX, recuerda un contemporáneo, Santiago brindaba todos los placeres que buscaba un hombre educado a la española: “muchas tertulias en varias casas respetables para pasar una noche alegre entre el canto, música, baile, juegos de prendas”374. Era habitual el paso de la conversación y de los juegos al baile. Así, en una tertulia en casa de José Antonio Pérez-Cotapos, en Santiago, cuando se pudo reunir un número suficiente de personas se inició el baile con un minué, al que le siguieron alemandas, cuadrillas y danzas españolas375. También había veladas musicales en las casas, recordándose en especial las de José Manuel Astorga y de Isidora Zegers Montenegro. A las de esta última acudían los pintores Rugendas y Monvoisin, e intelectuales y escritores como Andrés Bello, Ignacio Domeyko y José Joaquín Vallejo, entre otros. La señora Zegers, notable cantante, pianista y compositora, cuya acción fue fundamental en el desarrollo de la cultura musical chilena, conducía sus reuniones con gran refinamiento y llegaron a contarse entre las más importantes de Santiago376. Las casas de Juan Agustín Alcalde y Bascuñán, José Joaquín Pérez, Domingo Matte Messía y José Manuel Guzmán acogieron activas tertulias sociales y políticas377. En el salón de doña Mercedes Marín Recabarren de Solar, la célebre poetisa hija del secretario de la primera Junta de Gobierno, se congregaban Andrés Bello, Isidora Zegers, Manuel Antonio Tocornal y el pintor alemán Mauricio Rugendas, y se leía a Fénelon, Chateaubriand, Madame de Staël y Cervantes378.
Este modelo se repetía en las ciudades de provincia. Francisco Antonio Pinto, intendente de Coquimbo en 1826, reunía en su casa a la buena sociedad y a algunos visitantes extranjeros; “agregad a esto —recuerda un viajero francés— una docena de hermosas señoritas muy alegres, como todas las americanas, y no os sorprenderéis de que nuestras veladas en casa del señor Pinto fueran encantadoras”379.
El norteamericano Edmond Reuel Smith dejó un vivo retrato de la sociedad de Los Ángeles, ciudad a la que llegó después de un fatigoso viaje. Alojado en la residencia del intendente, fue llevado a una casa vecina donde se celebraba un cumpleaños. A pesar de su cansancio, debió bailar polcas, valses, cuadrillas y zamacuecas hasta las dos de la madrugada. Y se refirió así a la concurrencia:
Casi todas las damas eran bonitas y de buena figura; todas, bien vestidas y de agradable trato; eran vivas e inteligentes y, sin ser muy instruidas, poseían un grado de refinamiento que era extraño encontrar en un lugar de poca importancia, tan alejado de la capital. Los jóvenes se mostraban verdaderos provincianos, con bastante pretensión de elegancia exagerada, aunque vestidos con trajes pertenecientes a modas un poco antiguas. No fue esta la primera oportunidad que se me presentó de observar —como no puede menos de hacerlo todo extranjero en Chile— la superioridad inexplicable, tanto intelectual como física, de las mujeres380.
En Valdivia, los inmigrantes le dieron un impulso extraordinario a la vida cultural. En torno al destacado médico argentino José Ramón Elguero, huido de la tiranía de Rosas, eximio latinista, primer rector del liceo de Valdivia, fundado en 1845, y uno de los padres de la psiquiatría chilena, se había formado un círculo de elevada cultura, con integrantes de las familias Adriasola, Castelblanco, Mujica, Pérez de Arce y Lopetegui381. Y a este impulso a las actividades intelectuales contribuyeron desde muy temprano los colonos alemanes, algunos de sólida formación académica. Muchos se dedicaron a la indispensable tarea de reconocer la geografía de la provincia, labor cuyo fruto fue el notable plano levantado por Guillermo Frick. Pero también se preocuparon de la climatología —ya en 1852 Carlos Anwandter había instalado una estación meteorológica—, de la fauna y de la flora. Fue tal vez en las bellas artes donde el aporte germánico destacó con mayor fuerza. El dibujo, indispensable herramienta para los naturalistas, tuvo representantes de indiscutida calidad en los hermanos Bernardo y Rodulfo Amando Philippi y en los hermanos Guillermo y Ernesto Frick; este último impartió clases de dibujo en el liceo y en su casa382.
Gran importancia alcanzaron las tertulias de eclesiásticos, “sano y agradable solaz”, a las que también acudían laicos, que fueron retratadas por el arzobispo e historiador Crescente Errázuriz. En ellas se daba noticias de los amigos ausentes, se conversaba de los asuntos que interesaban a la opinión pública y se hablaba de política, en especial durante la vacancia del arzobispado de Santiago. Estas tertulias tenían lugar en las casas de los sacerdotes, pero también en las de “respetables caballeros y señoras”. Entre las más conocidas se contaron la de Ramón Astorga, la de José Miguel Arístegui, la de Jorge Montes y la de Dolores Ramírez de Ortúzar383.
No es ocioso recordar que estas reuniones se iniciaban habitualmente en torno a una mesa de malilla o de rocambor. El juego, al igual que en los siglos de la monarquía, ejercía una irresistible atracción en Santiago y en las otras ciudades chilenas sobre personas de todas las condiciones sociales y de las más variadas actividades, como lo advirtió un viajero:
En un rincón de la pieza se encuentra alrededor de mesas bajas un grupo apretujado de hombres de edad. Guardan silencio, hasta que una causa que el observador todavía ignora motiva exclamaciones fuertes, pero rápidamente contenidas. Están jugando384.
Los salones no solo congregaban a las personas para conversar, jugar o disfrutar de la música. Eran los lugares en que se anudaban amistades entre personas de sexo opuesto. En las casas en que había hijas en estado de merecer se acostumbraba a abrir las puertas no solo a los amigos, sino a quienes estos introducían, solicitando anticipadamente su admisión385.
La tertulia pronto dejó paso a modalidades más complejas de sociabilidad, que supusieron evidentes progresos en el arte de la conversación, como las tertulias intelectuales o las políticas. Entre las primeras han de recordarse la de los Egaña, padre e hijo, en Peñalolén, a la que acudían Andrés Bello, José Miguel de la Barra y Manuel Carvallo, además de extranjeros residentes, para hablar de política, de ciencia, de educación y de economía, y la de Enriqueta Pinto de Bulnes, a la que asistían los escritores surgido del movimiento literario de 1842386. Cabe anotar que una hija de esta, Lucía Bulnes de Vergara, mantuvo a su turno, a partir de 1880 y hasta el siglo XX, un salón que no solo se caracterizó por la agudeza de la conversación y la variedad de los invitados, sino por la calidad de los manjares y bebidas ofrecidos en la reunión. En torno al periódico La Semana, fundado en 1858 por los hermanos Arteaga Alemparte, se reunió el Círculo de los Amigos de las Letras, de clara tendencia liberal387. Emilia Herrera de Toro, que recibía en su salón a los emigrados argentinos, al llegar el verano se desplazaba a su fundo de Lo Águila, donde se continuaban las tertulias388.
Destacaron entre las tertulias políticas las realizadas en las casas de Domingo Fernández Concha, de Manuel Antonio Tocornal y de los hermanos Miguel Luis y Gregorio Víctor Amunátegui, esta última, conocida como “La Picantería”, la más célebre por su marcado signo liberal y por haber contado con su ameno historiador, Joaquín Santa Cruz389.
Los bailes se hacían tanto en lugares de acceso libre y pagado como en las casas. Los bailes, fundamentalmente los de máscaras, constituyeron actividades características de la vida social de Valparaíso. En esa ciudad tuvieron gran éxito los bailes ofrecidos con motivo de las Fiestas Patrias, en los que la concurrencia era muy variada, con gran presencia de los sectores populares. Mucho éxito tuvieron los bailes de disfraces, en que los asistentes eran, hacia mediados del siglo XIX, mujeres de los sectores medios y bajos, que llevaban “trajes pomposos y extraños”, empleados del comercio y marinos algo bebidos, en tanto que las señoras y la “gente de respeto” se sentaban en los palcos a presenciar el extravagante espectáculo390. En la capital los bailes en lugares públicos se realizaban en la Sociedad Filarmónica, fundada en 1826 con la participación de Isidora Zegers, que propagó el conocimiento de los bailes europeos, y, desde la segunda mitad del siglo, en el Club de la Unión.
A partir del decenio de 1850 se generalizó la afición por grandes bailes de larga y costosa preparación ofrecidas por las familias principales, en que los invitantes hacían una cuidadosa selección de los participantes. Los bailes de fantasía eran actividades en que los invitados no solo se mostraban en un lugar cerrado, haciendo exhibición del lujo de sus vestiduras, sino que se convertían en objeto de información periodística, es decir, en noticia. Uno de ellos, “sin precedentes en los anales de la sociedad”, fue el ofrecido por Manuel Antonio Tocornal en el decenio de 1860391. Al gran baile dado por Enrique Meiggs en 1866 se deben agregar los ofrecidos por Claudio Vicuña Guerrero en el palacio de la Alhambra, en 1877392, y por Víctor Echaurren Valero en 1885. Ellos constituyeron una muestra muy característica de las diversiones de la clase alta, que perseguía múltiples objetivos, como marcar las diferencias sociales, ejercitar las buenas maneras, permitir la interacción entre los sexos, desenvolverse dentro de un marco de comportamiento rígidamente codificado, establecer alianzas políticas y económicas y realizar negocios393. Hacia 1853 se bailaban polcas, redowas, valses y cuadrillas; en 1877 se habían agregado mazurcas, galopas y cotillón394. La complejidad de los bailes era tal, que, además de exigir algunos la presencia de un maestro que los dirigiera, aconsejaba en ocasiones publicar en la prensa las piezas que se tocarían y las figuras que se bailarían en el cotillón, como ocurrió en el baile dado por Claudio Vicuña395.
Le extrañó a Bladh, como a otros viajeros de los decenios de 1820 y 1830, la ausencia de “buenos modales en la mesa”, que se manifestaba, entre otras cosas, en que la dueña de casa o una de sus hijas ofrecía al invitado, con su propio tenedor, los mejores trozos de un manjar, debiendo aquel devolver la cortesía396. La falta de modales era, por cierto, más general, pero muy pronto los sectores altos trataron de adquirirlos. La labor de los colegios ingleses para señoritas en Valparaíso y las relaciones con los extranjeros fueron muy decisivas en este aspecto, así como la publicación de obras sobre el tema, como el celebérrimo Manual de urbanidad y buenas maneras, del venezolano Manuel Antonio Carreño, publicado en 1859, y con numerosísimas ediciones en diversos países americanos, o el Manual del Buen Tono, traducción del argentino Ramón Gil Navarro Ocampo. Este no dudó en hacer un inmisericorde retrato de la alta sociedad de Santiago, en que los dardos iban dirigidos contra los varones,
mal vestidos y feos como un dolor de muelas, huasos y sin maneras, como aldeanos. En balde quieren ser como los de Valparaíso, pues les falta el roce con los extranjeros, que es lo que da a estos más tono y maneras397.
No cabe dudar, por cierto, de la influencia de los extranjeros en el progresivo refinamiento de las elites chilenas. Pero a esto ha de agregarse otro elemento fundamental: los viajes de los chilenos al exterior, de preferencia a Francia. Muchos padres de familia llegaron al convencimiento de que la instrucción, “para ser buena, solo podía adquirirse en la culta Europa”. Ya en 1821 habían viajado a Francia Calixto, Lorenzo y Víctor Guerrero y Varas, tres hermanos Larraín Moxó, José Manuel Ramírez Rosales y Ramón Undurraga Ramírez; en 1826 se embarcaron hacia Gran Bretaña Carlos Pérez Rosales y Juan Enrique Ramírez, en tanto que a Francia viajaron ese mismo año Santiago Rosales Larraín, Manuel Solar, Lorenzo, Ramón, Manuel y Miguel Jaraquemada Carrera, José Luis y Adriano Borgoño, Bernardo, Domingo, Alonso y Nicasio de Toro Guzmán, Antonio y José de la Lastra, Ruperto Solar Rosales y Vicente Pérez Rosales. Más tarde, y también a Francia, viajaron José Manuel Izquierdo y Manuel Talavera398.
A los estudiantes enviados a Francia deben sumarse varios oficiales del Ejército: José Agustín Olavarrieta, en 1844; Manuel Valdés y Adriano Silva, en 1846; 13 alumnos aventajados de la Escuela Militar en 1847. En 1848 cursaban sus estudios castrenses en Francia Ricardo Marín, Alberto Blest Gana, Félix Blanco Gana, Benjamín Viel y Toro, Tomás Walton, Selenio Gutiérrez, Luis Arteaga, José Francisco Gana Castro y Antonio Donoso399. No está de más recordar que Alberto Blest, Félix Blanco y Ricardo Marín colaboraron en el levantamiento topográfico de la Picardía, lo que les permitió más adelante ayudar a Amado Pissis en sus trabajos cartográficos en Chile.
Estos viajes, originalmente de formación, se convirtieron, cuando el desarrollo económico y el enriquecimiento personal lo permitieron, en viajes de placer. Estos podían durar años y sus costos, elevadísimos, solo podían ser asumidos por fortunas muy sólidas400. Las largas permanencias en París, similar a las de peruanos y argentinos ricos, dieron nacimiento a los “trasplantados”, analizados de manera implacable en la novela homónima de Alberto Blest Gana, él, a su vez, un destacado ejemplo del trasplantado401.
Un elemento esencial de diferenciación, al que en parte se ha hecho ya referencia, fue la tendencia de las elites al lujo, no solo en sus hogares, sino también en las personas, materia que debe tenerse en cuenta por la creciente importancia que adquirió con el enriquecimiento del país. Una expresión de esta actitud, importante por su visibilidad, fueron los coches, muchos importados desde Francia, como calesas, cupés y berlinas, que, conducidas por cocheros y lacayos con libreas, eran forzados a “balancearse como buque” por las piedras redondas y los hoyos de las calles402. En rigor, el lujo no fue un rasgo distintivo del siglo XIX, ya que la tendencia hacia él y las medidas para combatirlas, especialmente de la Iglesia, habían sido una constante durante toda la monarquía. Pero en la república el fenómeno fue más notorio por la mayor riqueza de las elites, por la escala en que se dio y por el refinamiento que alcanzó, impensable en los siglos anteriores.
Los sectores medios habían existido ciertamente durante todo el antiguo régimen, y continuaron existiendo bajo la república, si bien es posible que con el repentino auge del comercio y de la minería muchas personas descubrieran nuevos campos de acción y experimentaran un enriquecimiento más veloz y un paralelo ascenso social. Las huellas de los integrantes de los sectores medios son perfectamente documentables, por lo que no deja de sorprender que la historiografía chilena haya sostenido que la aparición de la “clase media” es un fenómeno del siglo XX. Aunque es difícil caracterizarlos, en especial por su dinamismo interno, puede entenderse que a ellos pertenecían los integrantes de los grupos medios coloniales —piénsese en los estanquilleros, en los tenderos, en ciertos artesanos como plateros, constructores, talabarteros, ebanistas, empleados de las escribanías, de las aduanas y de los tribunales—, a los que se agregaron los miembros de las viejas familias coloniales en decadencia, los pequeños agricultores y comerciantes, los mineros, los empleados del comercio, de la banca, de la industria y del agro, los militares, marinos, pequeños agricultores y funcionarios menores de la administración, los migrantes de las provincias y buena parte de los inmigrantes extranjeros. Por último, el bajo pueblo urbano, en el que se mezclaban indios, negros, mestizos, mulatos y las diversas combinaciones entre ellos, así como numerosos extranjeros, mantuvo las mismas características del periodo anterior, si bien, como la documentación lo indica, aumentó su movilidad y, por consiguiente, su inestabilidad.
LUGARES DE SOCIABILIDAD
Las ciudades chilenas contaron desde el periodo monárquico con espacios públicos de sociabilidad claramente delimitados. El principal de ellos había sido la plaza, centro en torno al cual se desplegaban las grandes construcciones públicas: la catedral, el palacio de gobierno y la municipalidad, en el caso de Santiago, a lo que se había agregado desde antiguo un sector comercial que encontró su mejor expresión en el Portal de Sierra Bella y en la Galería de San Carlos. Propiedad el primero de los condes de ese título, fue arrendado en 1826 por Ambrosio Aldunate y Carvajal, quien, con acuerdo de la propietaria, construyó un gran edificio de cal y ladrillo de tres pisos. Incendiado en 1848, tras la exvinculación de los mayorazgos el portal fue adquirido en 1869 por Domingo Fernández Concha, quien lo reconstruyó con gran magnificencia403. Una doble galería en cruz, el pasaje Bulnes, se construyó en la misma manzana en que estaba el Portal Fernández Concha, una de las cuales desembocaba en este. Esa galería fue comprada más adelante por Domingo Matte a la sucesión del general Manuel Bulnes, y fue conocida como Pasaje Matte404. En el costado oriente de la plaza se construyó el portal Mac-Clure, concluido en 1864405.
En torno a la Plaza de Armas de La Serena existió primero la parroquia, y después en ese lugar la catedral, la intendencia, los tribunales y la municipalidad. Quedaron inmediatos a la plaza edificios como el ocupado por el liceo femenino, por el teatro y por el correo. Otro tanto puede decirse de las plazas de Copiapó y de La Serena, en el norte, y de Concepción, en el sur, así como las diseñadas en las ciudades del valle central, todas las cuales exhibieron un esquema similar.
Estas plazas, que siempre fueron duras, de acuerdo a la tradición peninsular, empezaron a experimentar modificaciones hacia mediados del siglo XIX, en concordancia con las pautas inglesas o francesas. El amplio y liso espacio que había servido indistintamente en otro tiempo para corridas de toros, representaciones teatrales, evoluciones militares o procesiones religiosas, sin olvidar la presencia del pequeño y activo comercio ambulante, empezó a recibir árboles, arbustos ornamentales, estatuas, fuentes, quiosco de música y bancos. La plaza se convirtió así en un lugar abierto que invitaba al paseo, al descanso y al intercambio. La Plaza de Armas de Santiago, o de la Independencia, como se la llamó, tenía en su centro un jardín circular rodeado de una reja de fierro, en el medio del cual destacaba una pila de mármol con un grupo alegórico, la por entonces llamada “pila de Rosales”, por haber sido adquirida en Francia por el encargado de negocios de Chile en ese país, Francisco Javier Rosales. En la parte externa, árboles, fuentes y bancos se ofrecían a los paseantes406. En las restantes ciudades de Chile se advierte un proceso similar, cuyos resultados finales tuvieron más o menos éxito. En todo caso, parece indudable que las plazas fueron, durante largos decenios, los más destacados lugares abiertos de sociabilidad urbana.
En competencia con la Plaza de Armas de Santiago deben mencionarse el Tajamar y, más adelante, la Cañada que, como Alameda de las Delicias, se convirtió en un apreciado lugar para pasear, ver y ser visto.
La aparición en Valparaíso de otro género de jardines públicos, con acceso limitado y a menudo cerrado durante la noche, parece algo peculiar del puerto, y está probablemente ligado a la presencia de extranjeros. El Jardín Polanco, en el Almendral, con amplios salones donde se interpretaba música, se bailaba y se vendían refrescos, era también el lugar en que los extranjeros se reunían en grandes banquetes para celebrar sus aniversarios patrios. Más exclusivo y característico de la elite porteña fue el Jardín Abadie, cuyas refinadas actividades sociales, como los paseos musicales, tenían como telón de fondo un espléndido jardín que fue, además, un importante centro difusor de la flora exótica407.
Creciente importancia en el periodo examinado tuvieron los clubes, creados por la influencia de los extranjeros residentes en Valparaíso y después, en las ciudades australes. En el puerto fueron numerosos y variados, y constituidos para ser utilizados por empresarios y empleados de compañías extranjeras, ofrecieron numerosos servicios a sus usuarios, que iban desde la alimentación y las bebidas hasta los libros y, especialmente, los diarios en los idiomas de sus lectores. Desde el decenio de 1850 las compañías de bomberos, si bien estaban destinadas al específico propósito de combatir los incendios, también exhibieron el carácter de centros de sociabilidad, consecuencia, con seguridad, de la creación de fuertes vínculos entre los bomberos por la arriesgada, gratuita y voluntaria labor que realizaban. En Valparaíso y en Copiapó fueron interesantes centros de sociabilidades las logias masónicas, que crecieron con fuerza durante la segunda mitad del siglo. Una vez más, la presencia de extranjeros, en particular en el puerto, con ingleses, franceses y alemanes, le dio a dichas logias una vida muy activa.
Pero la institución que habría de servir de modelo en esta forma de sociabilidad fue el Club de la Unión de Santiago. Fundado el 8 de julio de 1864, pretendió estar por encima de las diferencias políticas de sus socios y convertirse en un lugar de conversación, de cultivo de la amistad, de intercambio civilizado, respetuoso de las personas y en que se aplicaba especial cuidado a las maneras. Las características personales de su primer presidente, Manuel José Irarrázabal Larraín, facilitaron la consolidación del espíritu de convivencia perseguido por la institución408. Era, por cierto, el lugar de reunión de los hombres de la elite santiaguina, que eran, al mismo tiempo, quienes desempeñaban los principales papeles políticos en el gobierno del país. Existieron en Santiago, además, otros clubes, como el de Septiembre, el de la Reforma, claramente político, al congregar a los miembros del montt-varismo, y el de Amigos del País, de los conservadores409. Este modelo fue replicado en buena parte de las ciudades chilenas, como La Serena, Valparaíso, Viña del Mar, Talca o Concepción, y también en ellas los clubes sirvieron de lugar de reunión de las respectivas elites locales. Los clubes, por su calidad de centros de reunión de hombres solos, contribuyeron a la progresiva desaparición de las tertulias.
Otro espacio de sociabilidad que adquirió especial preeminencia en esta época fue el teatro. No obstante que en el decenio de 1830 Andrés Bello, en las páginas de El Araucano, advertía que la “poca concurrencia inutiliza los esfuerzos del empresario, y quita el estímulo a los actores”, de manera bastante coincidente en el tiempo ciudades como Copiapó, La Serena y Valparaíso procuraron contar con teatros de cierta calidad, en tanto que en Santiago se pretendió establecer otro en reemplazo del de la Universidad —al fondo del patio de la clausurada Universidad de San Felipe— o del más popular de la Cañada Sur y de la República, en la calle del Puente410.
En el debate, que se arrastró hasta el decenio de 1850, sobre el alejamiento de las familias principales de Santiago de las representaciones teatrales, se culpó a las chinganas de esa desafección, y también, según Bello, que ejerció la crítica teatral en El Araucano, a “la guerra que muchos individuos del clero hacen al teatro en el púlpito y en el confesionario”411. Con todo, Valparaíso vio la inauguración, en 1844, del Teatro de la Victoria, incendiado en 1878412. Se trató, en general, de iniciativas individuales que recogieron e hicieron suyas las municipalidades, las que a menudo debieron recurrir a empréstitos para abordar la construcción de los edificios.
Tal vez lo más interesante de los teatros del periodo examinado, al menos hasta el decenio de 1850, fue la amplitud del repertorio presentado. A las obras teatrales de Hartzenbuch, Zorrilla, Ventura de la Vega, Bretón, Scribe, Hugo, Dumas, Sué y otros, se agregaron danzas populares, como la zamacueca, música vocal, arias de óperas, operetas —el éxito de las obras de Offenbach era siempre seguro—413, zarzuelas, música instrumental y, desde el decenio de 1840, óperas completas, en su mayoría italianas414. Incluso en 1850 se conoció en Chile el ballet romántico415. Como ya se indicó, para los empresarios del Teatro Victoria de Valparaíso los bailes constituyeron una fuente de financiamiento, en especial aquellos programados para determinadas celebraciones.
El municipio de Copiapó, cargado de deudas por créditos solicitados a bancos, al hospital y a particulares, declaraba con satisfacción, al concluir el pago de la edificación del teatro, construido por el ingeniero Vicente Cumplido e inaugurado en 1847, que contaba “con un coliseo de nuestra exclusiva propiedad, uno de los mejores de la República y de los más ricos en decoraciones y útiles de escena”416. Allí, al igual que en la capital, Valparaíso y otras ciudades chilenas, el predominio de la ópera era absoluto, con la participación de los más destacados intérpretes que llegaban al país. Concurrían a ella tanto los elegantes como los mineros afortunados, que, cubiertos con sus ponchos, expresaban sus opiniones en forma ruidosa417.
También en La Serena la vida cultural estuvo dirigida fundamentalmente hacia la música, y mantuvo salas ocasionales hasta enero de 1851, cuando los vecinos José Monreal y Félix Marín inauguraron un defectuoso y estrecho teatro, ampliado años después por el arquitecto alemán Guillermo Schemberg. Allí se desarrollaba una activa vida musical, que se reproducía en las casas de las familias de la elite por numerosos grupos de aficionados, muchos de ellos discípulos del profesor de piano Enrique Manfredi418. En 1886 el municipio autorizó al intendente Emilio Gana para levantar un empréstito de 60 mil pesos a fin de construir uno nuevo en el lugar entonces ocupado por el cuartel de policía419. Ese mismo año la Municipalidad de Quillota contrató un préstamo para adquirir y arreglar un teatro alzado allí en 1852 por una sociedad anónima420. Talca tenía un teatro hacia 1850; en 1860 se construyó otro que, demolido en 1872, fue reemplazado por uno de gran calidad421.
Los teatros, aunque en general eran de proporciones reducidas, contaban con las comodidades propias de esos locales, y facilitaron complejos procesos de diferenciación social vinculados al vestuario femenino y masculino y, en especial, al costo de los asientos preferentes y de los palcos422. Desde este punto de vista, el Teatro Municipal de Santiago construido en 1857 sobre el solar en que había estado la Universidad de San Felipe, destruido por un incendio en 1870, y reconstruido en el mismo lugar y entregado al público en 1873, se convirtió para la elite en un indicador de la importancia relativa de sus integrantes.
Es interesante destacar la situación de Valdivia, ciudad en la que según el pintor Simon le subrayó a su cónyuge, “ante todo se ama la música”423. Esto fue, sin duda, consecuencia de la influencia de los colonos alemanes, que si bien no alzaron un teatro como en otras ciudades chilenas, fueron capaces de organizar conjuntos vocales e instrumentales de calidad. Así, el mismo Simon, obligado por sus vecinos, debía cantar lieder acompañado de una guitarra. La interpretación de música vocal o instrumental en las casas o en las asociaciones musicales, en que, al contrario que en el resto del país, no imperaba la ópera italiana sino los conciertos y la música de cámara, fue, sin duda, un elemento fundamental de la sociabilidad valdiviana. Pero no se satisfacía con eso la vertiente melómana de sus habitantes. Llama la atención, en efecto, la sostenida actividad creadora de obras para piano, canto y orquesta. Así, por ejemplo, del polifacético Guillermo Frick se cuentan más de 150 composiciones, desde lieder hasta una opereta424.
El predominio de la ópera, que supuso la actuación de cantantes extranjeros y el tránsito de los gustos musicales desde Rossini a Bellini y Donizzeti y de estos a Verdi, dio origen a otra actividad, la crítica musical, tempranamente ejercida desde la prensa. En el Teatro de la Victoria las funciones de ópera constituían el gran atractivo de Valparaíso, con representaciones ofrecidas dos veces por semana en la temporada que iba de octubre a marzo. Pero los viajeros coincidían en que no era el gusto por la música el principal atractivo de la temporada. Refiriéndose a las mujeres, un extranjero estimaba que “a ellas les gusta ver y ser vistas, pues a nadie le agrada más la multitud que a mis bellas amigas chilenas”425.
También la música instrumental tuvo entusiastas adherentes, y a su difusión contribuyó poderosamente la gira que en 1866 hizo al país el pianista y compositor norteamericano Louis Moreau Gottschalk, quien incluso dirigió una orquesta de 350 músicos en el Teatro Municipal santiaguino426.
LA SOCIABILIDAD POPULAR
Los sectores populares tenían, como lugares muy propios de sociabilidad, las chinganas, especies de fondas establecidas en las áreas marginales de las ciudades, y, en el caso de Santiago, en el sector sur, donde los días festivos se reunían más de 10 mil individuos a cantar, bailar y beber427. Con ser espacios aparentemente públicos, tenían ciertos códigos de conducta que impedían la participación de grupos diferentes. Al alcohol, al canto, al baile y a la violencia se unían también el juego de cartas, la comida y el sexo428. Andrés Bello hacía en 1832 una tenebrosa descripción de las chinganas, en la que tenían especial fuerza los problemas de carácter moral que ellas originaban, lo que le ayudaba a reforzar sus argumentos en favor del teatro:
Se ha restablecido con tal entusiasmo el gusto por las chinganas, o más propiamente, burdeles autorizados, que parece que se intentase reducir la capital de Chile a una grande aldea. No se crea que pretendemos criticar el justo desahogo a que naturalmente se entrega el hombre para aliviar las fatigas del trabajo; nos dirigimos contra ese frenesí que se va difundiendo a gran prisa por placeres nada decentes. Cada cual sabe la clase de espectáculos que se ofrecen al público en esas reuniones nocturnas, en donde las sombras y la confusión de todo género de personas, estimulando la licencia, van poco a poco aflojando los vínculos de la moral, hasta que el hábito de presenciarlos abre la puerta a la insensibilidad y sucesivamente a la corrupción. Allí los movimientos voluptuosos, las canciones lascivas y los dicharachos insolentes hieren con vehemencia los sentidos de la tierna joven, a quien los escrúpulos de sus padres o las amonestaciones del confesor han prohibido el teatro429.
Sobre el funcionamiento de las chinganas y sus consecuencias se escribía en un periódico de Copiapó, que llamaba a prohibirlas:
En ellas se baila, se canta en un tablado por tres o cuatro personas a lo más, que son las que forman el espectáculo, estando el resto, que nunca baja de 200 personas, de espectadores, bebiendo, aplaudiendo a los que bailan y poniéndose cufifos, como vulgarmente se dice…430
El Ferrocarril calculaba en 1857 en 40 el número de chinganas existentes en la capital, que abrían los domingos y lunes de cada semana431. Muy próxima a Ovalle, la Chimba era una aldea a la que los mineros iban a divertirse, pues “cada casita es una chingana”432. Las chinganas no fueron solo lugares de esparcimiento popular urbanos, pues también existieron en las haciendas, a menudo vinculadas a ciertas faenas como la trilla, el rodeo o la matanza433.
Pero lo más interesante de estas críticas contra las chinganas radicó en el alcance político que le asignaron los liberales. Asombrado Rafael Valdés de los desórdenes en unas chinganas en Renca, adonde la gente decente iba a comer fresas y la plebe a divertirse —“noviembre: mes de las frutillas y de las jaranas de Renca”, según Vicuña Mackenna—, preguntó por qué razón el gobierno no abolía aquella costumbre, “germen de vicios, enfermedades, desmoralización y asesinatos”.
Y quedé aún más sorprendido cuando se me dijo que, lejos de eso, la Administración actual la fomentaba con el objeto, según se decía, de tener a la masa divertida y que no pensase en política; que aquellas chinganas eran una costumbre nacional, pero que en tiempos en que mandó el General Pinto había empezado a extinguirse por los esfuerzos del gobierno […], pero que el funesto triunfo del partido llamado estanquero había hecho que reviviese, por la razón ya dicha, que el primero que había establecido una chingana en esta última época era el Vicepresidente Dn. Diego Portales, a la que asistía personalmente dos veces por semana; que el gobierno tenía en cada una un espía que le daba parte de cuanto oía a los circunstantes referente a la política434.
Mucho después, en 1853, y como prueba de que esta modalidad de diversión obedecía a causas más profundas que las políticas, se dictó un reglamento para el departamento de Santiago que le dio una regulación legal a chinganas, canchas de bolos, reñideros de gallos y otras “casas de diversiones públicas”, con las disposiciones del caso en torno al pago de patentes y requisitos para instalar tales recintos. Normas similares se dictaron durante el año, en orden cronológico, para Valparaíso, San Felipe, Chillán, La Serena, Talcahuano, Los Andes, Petorca, Laja, Rere, Elqui, Coelemu, Ovalle, Ancud, Combarbalá. Freirina, Copiapó, Caldera, Lautaro, Illapel, Nacimiento-Arauco y San Fernando435.
______________
331Tornero, op. cit., p. 368.
332Tornero, op. cit., p. 373.
333Romero, “Rotos y gañanes”, cit., p. 46.
334Tornero, op. cit., pp. 203-204; Samuel J. Martland, Construir Valparaíso: tecnología, municipalidad y Estado, 1820-1920, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2017, pp. 89-99.
335ANH, MI, 1.385, s.f.
336ANH, MI, 1.835, s.f.
337ANH, MI, 1.836, s.f.
338ANH, MI, 1.382, s.f.
339ANH, MI, 1.835, s.f.
340Valenzuela Márquez, “Estructuración”, cit., pp. 259-260.
341ANH, MI, 1.837, s.f.
342ANH, MI, 1.838, s.f.
343ANH, MI, 1.388, s.f.
344Tornero, op. cit., p. 294.
345ANH, MI, 1.384, s.f.
346Martland, op. cit., pp. 144-145.
347ANH, MI, 1.835, s.f.
348Martland, op. cit., p. 84. El establecimiento del gas es examinado en pp. 72-87.
349De Ramón, Santiago, cit., p. 152.
350Ricardo Nazer Ahumada, José Tomás de Urmeneta. Un empresario del siglo XIX, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 1993, pp. 135-154, con especial énfasis en el manejo económico de la empresa. Abordó esta materia María Piedad Alliende Edwards en su tesis Los comienzos del alumbrado de gas en Chile y los orígenes de la Compañía de Consumidores de Gas de Santiago S.A. 1865-1900, Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 1990.
351ANH, MI, 1.384, s.f.
352ANH, MI, 1.382, s.f.
353De Ramón, Santiago, cit., p. 153.
354ANH, MI, 1.382, s.f.
355Marco Antonio León León, Encierro y corrección. La configuración de un sistema de prisiones en Chile, II, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Universidad Central de Chile, Santiago, 2003, p. 294 y ss.
356León León, Encierro y corrección, II, p. 322.
357León León, Encierro y corrección, I, p. 166.
358ANH, MI, 1.388, s.f. Para las dificultades experimentadas en el funcionamiento de esa penitenciaría, cfr. León León, Encierro y corrección, II, p. 491 y ss.
359ANH, MI, 1.386, s.f.
360ANH, MI, 1.382, s.f.; ANS. MI, 1.384, s.f.
361Poeppig, op. cit., p. 335.
362Poeppig, op. cit., pp. 86-87.
363Poeppig, op. cit., p. 89.
364Ignacio Domeyko, Mis viajes, I, p. 357.
365Una amena descripción de los cafés santiaguinos en los años iniciales de la república en José Zapiola, Recuerdos de treinta años (1810-1849), Editorial Francisco de Aguirre, S. A., Buenos Aires, 1974, pp. 25-31.
366Fernando Silva Vargas, “Los cafés en la primera mitad del siglo XIX”, en vv.aa., Formas de sociabilidad en Chile 1840-1940, Fundación Mario Góngora, Santiago, 1992, pp. 324-326 y 328-334.
367C.E. Bladh, La República de Chile, pp. 45-46.
368Juan Eduardo Vargas Cariola, “Aspectos de la vida privada de la clase alta de Valparaíso: la casa, la familia y el hogar entre 1830 y 1880”, en Historia, 32, 1999, p. 639.
369Vargas Cariola, op. cit., pp. 641-644.
370Domeyko, op. cit., I, p. 367. Sobre las tapadas, Rolando Mellafe, “Las tapadas y los tapados”, en Formas de sociabilidad, cit., pp. 225-236, con una interpretación del fenómeno que no compartimos. Ha abordado el tema Marco Antonio León León, “Entre lo público y lo privado: acercamientos a las tapadas y cubiertas en España, Hispanoamérica y Chile, en BAChH, 103, 1993, pp. 273-311.
371Domeyko, op. cit., I, p. 368.
372León León, op. cit., pp. 304-305.
373Bladh, op. cit., p. 46.
374“Apuntes autobiográficos del general don Francisco Antonio Pinto”, en BAChH, 17, 1941, p. 87.
375Maria Graham, op. cit., p. 199.
376Sobre la obra musical de Isidora Zegers, concebida para ser ejecutada en el ámbito privado, y la de José Zapiola, en el espacio público, cfr., Luis Merino Montero, Rodrigo Torres Alvarado, Cristián Guerra Rojas y Guillermo Marchant Espinoza, Prácticas sociales de la música en Chile, 1810-1855: el advenimiento de la modernidad en la cultura del país, RIL Editores, Santiago, 2013, pp. 35-63.
377Guillermo Edwards Matte, El Club de la Unión en sus ochenta años (1864-1944), Santiago, 1944, p. 11.
378Manuel Vicuña, La Belle Époque chilena. Alta sociedad y mujeres de elite en el cambio de siglo, Editorial Sudamericana, Santiago, 2001, p. 89.
379Gabriel Lafond de Lurcy, Viaje a Chile, Imprenta Universitaria, Santiago, 1911, p. 125.
380Smith, op. cit., pp. 133-134.
381Sobre Ramón Elguero del Campo, médico en Chile en 1853, en 1861 médico exclusivo de la Casa de Orates de Santiago, primer profesor de la cátedra de Enfermedades Mentales en la Escuela de Medicina, y diputado suplente por Osorno, ver Claudia Elena Araya Ibacache, Profesionalización de la psiquiatría en Chile: saberes y práctica, 1826-1949, tesis para optar al grado de Doctor en Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 2015, pp. 149-152.
382Guarda, Nueva historia, pp. 623-624.
383Crescente Errázuriz, Algo de lo que he visto, Editorial Nascimento, Santiago, 1934, pp. 257-263.
384Poeppig, op. cit., pp. 90-91.
385Errázuriz, op. cit., p. 25.
386Hernán Godoy Urzúa, “Salones literarios y tertulias intelectuales en Chile. Trayectoria y significación sociológica”, en vv.aa., Formas de sociabilidad en Chile, cit., pp. 138-139.
387Francisco Javier González Errázuriz, Aquellos años franceses, 1870-1900. Chile en la huella de París, Aguilar Chilena de Ediciones S.A., Santiago, 2003, pp. 27-28.
388Godoy Urzúa, op. cit., p. 149; Vicuña, op. cit., p. 87.
389Joaquín Santa Cruz, “Recuerdos de la Picantería”, RChHG, 60, 1928, pp. 40-92.
390Walpole, op. cit., p.338.
391Ramón Subercaseaux Vicuña, Memorias de ochenta años, I, Editorial Nascimento, Santiago, 1936, p. 30.
392Su descripción en Francisco Ramón Undurraga Vicuña, Recuerdos de ochenta años, s.p.i. y s.a., pp. 57-65.
393Soléne Bergot, “Baile de fantasía ofrecido por don Víctor Echaurren Valero, 24 de septiembre de 1885, en Santiago de Chile”, BAChH, 116, julio-diciembre de 2007, pp. 362-364.
394Bergot, op. cit., p. 371.
395Bergot, op. cit., p. 372.
396Bladh, op. cit., pp. 49-50.
397Silva Vargas, “Formas de sociabilidad”, en op. cit., pp. 90-91.
398Vicente Pérez Rosales, Recuerdos del pasado, Imprenta Barcelona, Santiago, 1910, pp. 73-74; Eduardo Balmaceda Valdés, De mi tierra y de Francia, Ediciones Ercilla, Santiago, 1932, pp. 28-33.
399González Errázuriz, op. cit., p. 386.
400González Errázuriz, op. cit., p. 389 y ss.
401Blancpain, Francia, pp. 173-177.
402Ramón Subercaseaux, op. cit., I, p. 32.
403Domingo Amunátegui Solar, Mayorazgos y títulos de Castilla, Imprenta, Litografía y Encuadernación Barcelona, I, Santiago, 1901, pp. 43-46.
404Tornero, op. cit., pp. 35-36
405Tornero, op. cit., p. 37.
406Tornero, op. cit., p. 18.
407Luz María Méndez Beltrán, “Paisaje y costumbres recreativas en Chile. Valparaíso en el siglo XIX”, en Historia 22, 1987, pp. 170-171.
408Edwards Matte, op. cit., pp. 15-16.
409Tornero, op. cit., p. 95.
410Eugenio Pereira Salas, Historia de la música en Chile (1850-1900), Publicaciones de la Universidad de Chile, Editorial del Pacífico, S.A., Santiago, 1957, p. 13.
411Merino y otros, Prácticas sociales de la música, p. 99.
412Juan Eduardo Vargas Cariola, “El Teatro de la Victoria: un espacio de sociabilidad en Valparaíso durante el siglo XIX (1844-1878)”, en BAChH, 106, 1996, p. 260.
413Pereira Salas, Historia de la música, pp. 144-146.
414Merino y otros, Prácticas sociales de la música, p. 103.
415Pereira Salas, Historia de la música, p. 31 y ss.
416ANH, MI, 1.382, s.f.
417Pereira Salas, Historia de la música, pp. 23-24.
418Pereira Salas, Historia de la música, pp. 126-127.
419ANH, MI, 1.382, s.f.
420Pereira Salas, Historia de la música, p. 142; ANH, MI, 1.385, s.f.
421Pereira Salas, Historia de la música, p. 143.
422Vargas Cariola, “El Teatro”, cit., pp. 263-268, Julio Heise González, Historia de Chile. El periodo parlamentario, 1861-1925, I, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1974, p. 167 y ss.
423Pereira Salas, Historia de la música, pp. 17-18.
424Examina el desarrollo musical valdiviano Guarda en Nueva Historia, p. 625 y ss.
425Walpole, op. cit., pp. 337-338.
426Pereira Salas, Historia de la música, pp. 121-125.
427Tornero, op. cit., p. 95.
428Fernando Purcell Torretti, “La chingana como espacio privado de diversión popular. Colchagua, 1850-1880”, en Lo público y lo privado en la historia americana, Fundación Mario Góngora, Santiago, 2000, pp. 200-203.
429Merino y otros, Prácticas sociales de la música, p. 98.
430El Copiapino, 2 de julio de 1849, en Merino y otros, Prácticas sociales de la música, pp. 101-102.
431Merino y otros, Prácticas sociales de la música, p. 96; Zapiola, op. cit., pp. 31-33, quien afirma que el auge de las chinganas en la capital se debió a la llegada, en 1831, de las célebres Petorquinas.
432Chouteau, op. cit., p. 165.
433Purcell Torretti, op. cit., pp. 204-205.
434Merino y otros, Prácticas sociales de la música, p. 97. Zapiola alude al rumor difundido por los “maliciosos de entonces” en op. cit., p. 33.
435Purcell Torretti, op. cit., pp. 215-216.
CAPÍTULO V
LA POBLACIÓN Y LA “SALUD PÚBLICA”
JUAN EDUARDO VARGAS
La construcción de la República, tarea a la que se abocaron las elites a partir de 1810, supuso un esfuerzo sostenido para instaurar bases políticas, legales, económicas, sociales y culturales diferentes a las que existieron hasta entonces. La llamada “salud pública” tampoco quedó ausente de esta fiebre reformista, pero los planes que se trazaron no supusieron, a diferencia de los anteriores, un intento de corte absoluto con el pasado. Antes bien, podría decirse que los gobiernos republicanos se sumaron, aunque con mucho más énfasis, a la preocupación de los Borbones por el combate a las enfermedades, apoyándose incluso en algunas de sus instituciones. En realidad y, al igual que dichos monarcas, lo que persiguieron fue incrementar el número de habitantes del país, convencidos de que la medicina y los médicos tenían las herramientas para hacerlo y que, por otra parte, la nación que daba sus primeros pasos jamás sería poderosa si carecía de una gran población.
LA POBLACIÓN Y SUS ENFERMEDADES
El número 5 de la Aurora de Chile, correspondiente al 4 de febrero de 1813, incluyó un artículo en el cual se escribía, entre otras cosas, que
si se reflexionase [en] el inmenso costo que produce a la Sociedad la manutención y educación de un hombre hasta llegar a la edad de la pubertad, la autoridad tutelar cuidaría con más eficacia de su conservación. Un gobierno se cree satisfecho de cumplir con sus sagrados deberes con solo evitar las guerras exteriores y vigilar sobre el orden interior para conservar la vida de los ciudadanos. Pero las más sangrientas guerras no hacen a veces tanto estrago cuanto un defecto en la legislación, o una omisión sobre la salud pública […]. Un sabio gobierno debe escrupulosamente atender a todos aquellos ramos que son indispensables a la conservación de la raza humana, de cuyo aumento pende la prosperidad de una nación436.
La relación que se hacía entre “salud pública”, “raza humana” y “prosperidad de una nación” no era, en realidad, una novedad. Constituía una de las trilogías ilustradas, bien expuesta por Campomanes en la segunda mitad del siglo XVIII, al aseverar, siguiendo la lógica mercantilista en boga437, que “la población numerosa y destinada es el mayor bien de un Estado y el fundamento de su verdadero poder”; y proponer, para alcanzar ese objetivo, que se “impidiera la emigración y se ordenase la inoculación contra la viruela”438. Esta última medida, así como la preocupación por formar médicos y contar con hospitales, integraron lo que con alguna exageración se podría denominar el plan de “salud pública” que los Borbones pusieron en práctica en España y América. Las autoridades de la monarquía no dudaban de que esos medios permitirían disminuir la mortalidad y que, como consecuencia, se contaría con la cantidad de población que se requería para que el Imperio tuviera el “poder militar y económico”439 que, unido a otras condiciones, le daría la condición de potencia europea.
América no quedó ausente de las acciones apuntadas, ni tampoco Chile. Aquí, en efecto, con el propósito de que se dispusiera de facultativos se abrió en 1756 la carrera de medicina en la Universidad de San Felipe. En un plano diferente, se destinaron 30 mil pesos, parte del monto obtenido por el remate de los bienes de los jesuitas, a la construcción de hospitales. Y, en fin, cuando 30 años después se dio vida al Protomedicato —que estaba integrado casi exclusivamente por médicos y cuyo objetivo era regular el ejercicio de las profesiones médicas y dar asesoría a los gobiernos en materia de salud— se pretendía que su opinión orientara la acción de la autoridad a la hora de hacer frente a epidemias y enfermedades440. Con todo, la llegada de la vacuna antivariólica al país, en 1808, representaba el último esfuerzo de la Corona para velar por la salud de la población, convencida, con fe racionalista ilustrada, de que gracias a la ciencia y a los médicos sería posible poner freno a esos padecimientos y, así, disminuir la alta mortalidad441.
Los gobiernos republicanos, según se insinuó, hicieron suya la idea de los Borbones respecto de población y salud. De ahí que Juan Egaña aseverara que “la salud pública” debía ser el “principal objeto” de los estadistas442, y que la Junta Providencial de Sanidad, a su vez, señalara en 1812 que la vacuna era un “precioso preservativo de la humanidad, y [un] poderoso medio de llenar el vacío de nuestra población”443. Y que la constitución de 1818, al disponer que una de las responsabilidades del Director Supremo era “cuidar del fomento de la población”444, no hiciera otra cosa que reiterar ese propósito. Si bien en los textos constitucionales siguientes nada se dijo al respecto, dicha convicción siguió viva, como queda de manifiesto al comprobar el ahínco que se puso para contar con instituciones que combatieran las enfermedades y, en fin, al comprobar que en la Memoria del Ministerio del Interior correspondiente a 1859 se sostuviera, casi recordando a Campomanes, que “la población de un país es, por lo general, la expresión de su poder y riqueza, y su rápido incremento revela a la vez el bienestar presente y su futura prosperidad”445. Ignoramos si la trilogía ilustrada integrada por población, salud y poder mantuvo su fuerza durante la segunda mitad del siglo XIX. Lo que sí resulta evidente es que los gobiernos, las elites y los médicos continuaron sus empeños a favor de la salud, construyendo hospitales y vacunando, si bien los mismos no dieron los resultados que se aguardaban.
¿Cuáles eran las principales enfermedades que afectaban a la población al iniciarse el proceso de emancipación? No es fácil responder a esa pregunta, pues los diagnósticos, al ser imprecisos o equivocados, no conducen a los verdaderos males que entonces afligían a los habitantes del país. Solo a modo de precaria aproximación de los mismos se pueden enumerar, de acuerdo al registro de ingresos que reproduce el doctor Enrique Laval, correspondiente al Hospital San Juan de Dios de Santiago446, los siguientes:
ahogos, aire, almorranas, asma, apostema, calentura, cólico, contuso, corrimiento, constipado, chavalongo, desintería (sic), dolores, ectico [fiebre, tal vez], empacho, “entró y no habló más”, escorbuto, esquilencia [debe ser esquinencia, esto es, anginas], estómago, fatiga, fiebre, fístola, flusión, gálico, garganta, golpe, gota coral, heridos, hidropesía, hora, lepidia, obstrucciones, oídos, parálisis, pasmo, pujos, pulmonía, puna, puntada, quebrado, quemado, reuma, resfrío, “sin diagnóstico”, tiricia, tumor y viruelas.
En la lista indicada, al compararla con la Cartilla del campo447, que en parte corresponde a un compendio de los saberes que debían conocerse para enfrentar diversas dolencias, se aprecia que tanto la ciencia —si se acepta al hospital de San Juan de Dios como representante de la misma— como los habitantes comunes y corrientes, al referirse a las enfermedades, estaban en condiciones de identificar algunas con cierta seguridad, como la sífilis, el chavalongo o la viruela; pero que también designaban como tales a las fiebres, fatigas, ahogos o dolores, sin capacidad para distinguir si estas últimas correspondían a síntomas de una dolencia seria o eran afecciones pasajeras. Respecto de las que se individualizan, dicho autor estableció que predominaban las siguientes:
| Gálico (sífilis) | 38% |
| Heridos | 12,5% |
| Chavalongo (tifus) | 10,5% |
| Puntada (tal vez neumonías y pleuresías) | 8% |
| Viruela | 7,8% |
| Pujos (que pueden corresponder a disenterías) | 5% |
| Hidropesía | 2,5% |
El afectado por alguna de ellas, o por otras, estaba prácticamente indefenso. Los médicos, como se sabe, carecían de armas para atacarlas, y no existían remedios para mitigarlas. Si la enfermedad se presentaba en el campo, donde no habían facultativos, el paciente se veía obligado a visitar al compositor o al curandero, o, simplemente, recurrir a sus propios conocimientos —que mucho tenían que ver con las yerbas— para intentar sanarse o, al menos, aplacar los trastornos que padecía. En el caso de Santiago, donde sí los médicos ejercían la profesión448, da la impresión de que no tenían demasiada clientela. Su escaso prestigio social y profesional alejaba a los pacientes, los que preferían muchas veces, antes que solicitar sus servicios, echar mano a dichos medios curativos o paliativos. En una u otra situación lo habitual era que los enfermos se recuperaran en sus hogares. Solo los pobres buscaban muy a última hora refugio en los hospitales, donde se les atendía con la intención de procurar sanarles el cuerpo y el alma, entendiendo que el cuidado que se les prestaba de parte de los médicos y de las elites era una obra de caridad, inexcusable con los más necesitados.
Es cierto que con el correr del siglo XIX los médicos ganaron en reputación pública y profesional. Pero también lo es que su nueva situación no significó que la mayoría tuviera fe en su capacidad para curar, o creyera demasiado en las bondades de la ciencia. Los escasos resultados que conseguían449, como por lo demás lo comprobaba la alta mortalidad, les restaba credibilidad y contribuía a que conservara fuerza una suerte de estructura de larga duración: la generalizada convicción de que el origen de las enfermedades y, sobre todo, el de las epidemias, tenía más de algún vínculo con los pecados de cada cual o con las faltas de la sociedad, siendo el remedio de las mismas las plegarias, los sacrificios y los arrepentimientos. Esa certidumbre, que adquirió vigor durante la Edad Media450, siguió viva en América. Así, Juan de Zumárraga, en su Regla cristiana breve, explicaba que era preciso “atender primero los males del alma y después los del cuerpo” y censuraba las “reglas de Avicenas, […] muy contrarias muchas veces a las de Jesucristo nuestro redentor […], porque Avicenas y los de su profesión trabajan de curar el cuerpo y regalarle, y la ley evangélica tiene por fin curar el alma”. El médico, por lo mismo, no debía tratar a un enfermo sin que primero “reciba sus sacramentos” y como las “enfermedades del alma son causa de las del cuerpo”, y estas últimas correspondían a un “daño mandado por Dios, primero se debe llamar al médico de las ánimas para luego llamar al de la medicina corporal”451.
Pareciera que esa creencia, que no decayó durante la Colonia, persistió en el siglo XIX. Así, en 1813 la comisión médica que se debía preocupar de la sífilis afirmaba que se trataba de un “azote de la Divina Justicia”452. Diez años después Adriana Montt, una integrante de la elite, a propósito de esa dolencia que padecían dos arrieros, aseveraba que debían “pagar su pecado por golosos”, sin perjuicio de que les recetara, de acuerdo a sus saberes, algunos remedios para que se recuperaran453. José Joaquín Vallejo, por su parte, al relatar las reacciones que se produjeron en la casa de un “paciente acomodado”, comentaba que había quienes pedían, antes de llamar al médico, que se tuviera en cuenta que “su salvación estaba primero”454. Vicuña Mackenna, a su turno, matriculándose con el progreso científico del siglo XIX, se refería, con indisimulado sarcasmo, a la dura competencia455 que les hacían a los facultativos los “santos con sus curaciones milagrosas, o simplemente caseras”456. Y en fin, el arzobispo Mariano Casanova, adherido a la lógica católica medieval, hacía notar, a propósito del peligro del cólera, que
parece que Dios ha querido ocultar a los ojos de los hombres la verdadera naturaleza de este flagelo para hacerlo más temible y por lo mismo un instrumento más poderoso de su justicia y de mayor eficacia para sus designios providenciales. La fe del género humano siempre ha creído ver en las calamidades que afligen a los pueblos la mano omnipotente de Dios, que se vale de sus mismas obras para castigar o probar saludablemente a los que quiere salvar457.
Dicha visión de la enfermedad, sin embargo, comenzó a resquebrajarse en sectores de las elites y en los grupos medios, influidos tal vez por las enseñanzas de los facultativos o por la recibida en los liceos; seducidos por los avances de la ciencia o, simplemente, por un decidido desapego de la Iglesia. De esta manera la visión religiosa empezó a ser reemplazada por otra que apuntaba, todavía en el decenio de 1860, a interpretaciones de las enfermedades que se explicaban por el “temperamento y los efectos cósmicos” que decían relación con cada cual458. Así, por mencionar un ejemplo, el doctor Ramón Elguero aseguraba en 1853 que
las pasiones de todo género que nos acompañan desde la cuna hasta la tumba tienen tanto en lo moral como en lo físico una acción incontestable sobre el corazón; todas agitan y desorden más o menos sus funciones […]. Las pasiones tristes son las que vician más directamente su vitalidad; ellas hacen sentir al corazón un peso que oprime y embaraza sus movimientos: las palpitaciones vienen a anunciar una reacción contra la causa deletérea porque se ve agobiado459.
Esa manera de entender las afecciones dio pábulo para que el mundo culto aceptara que las “enfermedades concordaban con el carácter del paciente” e, incluso, yendo más lejos, que se estimara que los males eran “un resultado de la voluntad” de cada persona460. En cualquiera de esas situaciones, resulta explicable que quienes hicieron suyas esas teorías se sintieran impulsados a una suerte de introspección, que les permitiera conocerse y saber cómo eran sus “temperamentos”, para así predecir o entender los padecimientos que, inexorablemente, en algún momento sufrirían. Quizás la frenología, que tuvo no pocos simpatizantes, refleje ese deseo de autoanalizarse, que por lo demás coincidía tan bien con el “temperamento” romántico que, de diversas maneras, incitaba a perfilar los rasgos de cada cual.
Las ideas médicas ejercieron, como se dijo, una decidida influencia en ese sector minoritario de la población. La falta de confianza en ellos y en la ciencia, sin embargo, siguió viva en la mayoría, como bien se patentiza, por ejemplo, en la convicción, generalizada durante el siglo XIX, de que “vacunarse era apestarse” o que “la vacuna era la causa de la viruela”461; o en el hecho de que solo una número escaso de sifilíticos consultaba al especialista y que los más, quizás por vergüenza, dado el juicio moral que los condenaba462, prefirieran los “consejos” populares o las recomendaciones de los “charlatanes”463. Esa suspicacia, en fin, es la que también permite entender los “fantásticos rumores” que durante la epidemia de cólera de 1886 aseguraban, entre otras cosas, que las aguas hervidas habían sido “envenenadas” por los extranjeros464. Y otros que aseveraban que el gobierno, con el concurso de los médicos, aprovecharía ese drama para “matar a todos los pobres” y para entregar el país a Argentina. Ese bulo alcanzó tanta fuerza entre las “gentes del pueblo”, que algunos de sus integrantes amenazaron a los facultativos que atendían a los “coléricos”465, expresando así su ira contra quienes, según creían, terminarían con sus vidas.
Es comprensible que las enfermedades, en medio de ese escepticismo hacia los médicos, y sin que estos profesionales conocieran sus orígenes ni tuvieran medios efectivos para combatirlas, no retrocedieran y provocaran que el porcentaje de fallecidos, a comienzos del decenio de 1860, alcanzara a 28,6 por ciento466. De ahí que la esperanza de vida en las primeras décadas del siglo XIX rondara en los 25 años de edad467, y que se estimara que la vejez se iniciaba pasado los 40. Ante esa realidad, hombres y mujeres no hacían más que comprobar que la vida era algo efímero, que se nacía para morir468 en cualquier momento y circunstancia, sin que existieran recursos humanos o científicos, tradicionales o modernos, que sirvieran para prolongarla. Así, la muerte se tornaba un hecho cercano y natural, que se esperaba sin grandes ansias y con la confianza, en el mayoritario mundo de los creyentes, de que tras las penurias terrenales se podría alcanzar, merced a los auxilios de la religión y a la misericordia divina, la vida eterna469. En el “bajo pueblo”, incluso, se aguardaba ese momento con serena resignación, como solía suceder cada vez que fallecía un niño470, puesto que sus familiares, convencidos de que el difunto se convertiría en un intercesor de la ayuda de Dios para sus difíciles existencias, lo velaban como si se tratara casi de un feliz acontecimiento.
El doctor Augusto Orrego Luco, con la mirada del científico, reprobaba esa conducta y la calificaba como una detestable “superstición”, y a esta última como una “hija desnaturalizada del sentimiento religioso”471. Ese comportamiento, desde luego, repugnaba a su racionalismo, le resultaba incomprensible, al igual que sucedía con buena parte de los médicos en el último tercio del siglo XIX, que veían que la “ignorancia” y la “superstición” eran dos de los mayores obstáculos que impedían que la ciencia penetrara en la sociedad, con los consiguientes beneficios para la vida de sus miembros. Quizás, en el fondo, el comportamiento que se describe —de rechazo a la modernidad científica o a la “medicalización”472, si se prefiere— también refleje el grado de libertad con que se podía desenvolver la población, incluso el “bajo pueblo”, al menos hasta que el Estado consiguió restringirla, al imponer autoritariamente el cuidado de la salud en el siglo XX. Pero nunca limitarla, al punto de hacerla desaparecer.
LA “SALUD PÚBLICA” Y SUS INSTITUCIONES
Las cifras esbozadas no dejaron indiferente a las autoridades, las cuales creyeron que con el concurso de los médicos y de las instituciones de salud coloniales, además de la creación de otras nuevas, sería posible dar mayor eficacia a la lucha contra la “desproporcionada mortalidad”. Esta última llamaba la atención ya en el decenio de 1820473, y desde luego conspiraba en contra del objetivo de incrementar la población, tan caro a los gobiernos republicanos.
Durante la llamada Patria Vieja, el Protomedicato y la escuela de medicina de la Universidad de San Felipe, que eran instituciones con raíces coloniales, no experimentaron modificaciones de nota. Las nuevas autoridades, con todo, dejaron patente, al establecer Juan Egaña en su proyecto de constitución política la llamada Junta Provincial de Sanidad, la necesidad de fortalecer las existentes, incluyendo siempre en ellas a los médicos, tal como por lo demás sucedía en el caso de aquéllas. En dicha Junta, en efecto, que era una suerte de organismo rector de la salud, participarían, entre otros, médicos y boticarios. Su objetivo sería ocuparse de las epidemias y los hospitales, y realizar estudios sobre los tres reinos de la naturaleza. Al año siguiente se reorganizó la Junta de Vacuna y en 1813 se dio vida a la Comisión de Salud Pública, en la cual parece que los médicos también formaron parte, toda vez que se le encargó la prevención de los males venéreos474.
Las autoridades de las primeras décadas del siglo XIX, devotas de la fe racionalista ilustrada, estimaron que era indispensable la presencia de los médicos en esas instituciones, dado que poseían los conocimientos modernos para tratar científicamente las enfermedades. Su intervención, sin embargo, no significó que las elites quedaran, con excepción del Protomedicato, al margen de aquéllas475. Su participación, como se adelantó, no experimentó merma alguna y se justificaba, al igual que en el periodo monárquico, por el deber que tenían de ejercer la caridad con los más necesitados. El ejemplo de lo sucedido con la vacuna enseña esa doble composición —en la que se unía la misericordia de unos con la ciencia de otros— que se aprecia en casi todos los organismos de la salud. En 1812, la Aurora de Chile informaba que la Junta [¿Provincial de Sanidad?] “que vela sobre la salud pública” consideraba, ateniéndose al informe del procurador general de Santiago, que el “arbitrio más útil y eficaz que puede adoptarse para su difusión y permanencia [de la vacuna], es la institución de una Junta compuesta de personas de carácter, piadosas, desocupadas y benéficas”. A sus 24 integrantes (o “diputados”), además de un “delegado”, se les encargaba que, a “nombre de la patria, se presten a estos oficios, que reclama la humanidad de su notorio celo religioso”. Dicho “delegado”, que era Judas Tadeo Reyes, redactó sus instrucciones, indicando que a dos de sus miembros les correspondería asistir a “la operación de la vacuna”, la que estaría a cargo “del facultativo vacunador”476; y para marcar su sello caritativo, subrayaba que esa Junta debía entenderse como una “asociación de misericordia”477.
Las instituciones aludidas tendieron a eclipsarse durante la llamada Reconquista478. Pero nada más ponerse término a esa etapa se retomó la senda iniciada en 1810. Así, el celo de O’Higgins por incrementar la población se tradujo en su decisión, que adoptó en 1817, de “reactivar” la Junta Nacional de Vacunas, obligando a los “médicos y cirujanos […a] la propagación de la vacuna por turno, y por ahora sin sueldo”479. Y también en su determinación de organizar, en 1822, la Junta Suprema de Sanidad. En ella participaban 11 personas (dos eran médicos), y su misión era proponer medidas para enfrentar los problemas “de higiene, salud y medicina que presentaba el país”480. En 1826, a raíz de las sugerencias que formuló el doctor Guillermo Blest, el gobierno de Blanco Encalada sustituyó el Protomedicato por la Sociedad Médica, asignándole a esta última, formada por los facultativos de Santiago, las funciones que hasta entonces cumplía aquél. Ramón Freire, por su parte, decidió reemplazarla por la Inspección General de Medicina481. Y Francisco Antonio Pinto, a su vez, repuso la Sociedad Médica, la que tuvo corta vida.
La inestabilidad que padecieron esos organismos, sujetos a desapariciones y transformaciones, tendió a aminorarse desde la llegada de Ovalle y Portales al poder482. Quizás el cambio más determinante que introdujeron radicó en que se dispusiera, de acuerdo a la constitución de 1833, que “todos los objetos de policía y todos los establecimientos públicos están bajo la suprema inspección del Presidente de la República”483, a diferencia de lo que acontecía en la carta de 1828, que entregaba esas materias al cuidado de las asambleas provinciales y las municipalidades484. Una de las primeras manifestaciones que anunciaba ese nuevo criterio se encuentra en la decisión de Ovalle y Portales de reinstalar, en 1830, el Protomedicato, dando fin a la existencia de la Sociedad Médica485. El periódico La Opinión, que aplaudió esa medida, decía que el
establecimiento de la Sociedad [Médica] no trajo utilidad alguna, antes por el contrario dejó un lamentable vacío en la destrucción del antiguo protomedicato, quien velaba sobre la conducta profesional de los médicos y cirujanos, de los farmacéuticos y sobre el precio, preparación y bondad de sus medicamentos, deberes que no podía llenar la Sociedad por estar compuesta por todo el cuerpo de facultativos, no quedando individuo alguno sobre quien ejercer la autoridad, ni pudiendo esperarse que la ejerciese entre sus socios, a quienes precisamente debía afectar el espíritu de cuerpo486.
El decreto que restableció el Protomedicato, continuaba el editorialista, persigue
los adelantamientos de la ciencia, ya sea por sí solo o excitando con su autoridad el celo de los demás profesores, y de modo que vele enérgicamente sobre el cumplimiento y ejecución de leyes benéficas bien conocidas, establecidas tiempo ha, y consonantes con el resto de nuestra legislación487.
Da la impresión de que la idea de Portales era, por un lado, situar al Protomedicato bajo la dependencia directa del ministro del Interior, autoridad que designaría a sus integrantes, quienes ciertamente debían coincidir con los propósitos que perseguía el gobierno en materia de salud488, y, por otro, darle la fuerza suficiente a fin de que ejerciera la autoridad y encauzara el ejercicio de la profesión y la salud de acuerdo a lo que dictaba la modernidad científica. Ese mismo año un decreto de Ovalle y Portales reorganizó la Junta de Vacuna, precisando que la misma se compondría de siete miembros nombrados por el gobierno, y que su finalidad sería fomentar el uso de la vacuna, y organizar la inoculación entre los habitantes del país489.
La manifiesta centralización que pretendían esas medidas —que, en rigor, le daban al gobierno el control sobre las organizaciones de salud— tuvo su mejor expresión en las disposiciones que se tomaron respecto de los hospitales. Quien tenía responsabilidad hasta entonces en su dirección en Santiago, el llamado intendente de Hospitales, se opuso, como era de esperar, a cualquier cambio y alegó que su dependencia era de la asamblea provincial y de la municipalidad de la capital, tal como por lo demás lo disponía la constitución de 1828. El gobierno, con todo, convencido de que la sujeción al Ministerio del Interior impediría que “los intereses destinados al alivio de los miserables sean devorados por la vil avaricia”490, dictó un decreto en abril de 1832 en virtud del cual se constituyó la Junta Central de Beneficencia y Salud Pública. Se indicaba en dicha disposición que estaría integrada por 12 miembros, uno de los cuales debía ser médico. Sus amplias atribuciones apuntaban a “velar sobre todos los establecimientos de beneficencia y salud pública de Santiago y provincias, proponiendo al gobierno las reformas que fuere necesario”. Debía, asimismo, “observar los movimientos de la población, y si fueren desfavorables, indagar acerca de las causas de los mismos”; examinar “las enfermedades y proponer los remedios que sean convenientes; proponer mejorar a la policía de salubridad; [y] proponer los ramos de industria que sean más a propósito de la clase indigente”. El decreto mencionado ordenaba por último que en cada capital de provincia se instalara una junta similar, compuesta de cuatro miembros, designados por el intendente, que la presidiría491. En materia de hospitales, se sabe que dicha Junta introdujo reformas en su régimen económico y también en los de los otros establecimientos de Beneficencia. Tres meses después, a instancia de la asamblea provincial de Santiago, el gobierno dio vida a una Junta Directora de Hospitales y Casa de Expósitos, integrada por cinco miembros de la elite de la capital. En el mismo decreto se indicaba que los hospitales serían dirigidos por un administrador, nombrado esta vez por el ministro del Interior, entre cuyas facultades estaba la de remover a los médicos que servían en ellos492. La autoridad, asimismo, se reservó la aprobación de los gastos que se hicieran en esos nosocomios, supeditando al administrador al control del gobierno, y reproduciendo, en cierto modo, la solución política que Portales aplicó en todo orden de cosas: someter la marcha del país al poder del gobierno, en cualquier materia, la salud pública en este caso.
Fueron las instituciones mencionadas —Protomedicato, Junta de Vacuna, Junta Central de Beneficencia y Junta Directora de Hospitales, entre otras— las que el Estado empleó en la batalla contra las enfermedades. Su constitución y orientación, sin embargo, que era muy similar a la que tuvieron las organizaciones de beneficencia durante la Colonia, pronto fueron censuradas por los médicos, argumentando, como decía el doctor Cox en 1842, en su calidad de Protomédico, que “si el Supremo Gobierno [no] pone bajo la dirección de hombres dotados de conocimientos científicos los diversos ramos que afectan la salud pública, para que estos ilustren con absoluta independencia a los encargados de llevar a efecto las medidas que crean oportunas, cada día una epidemia particular emanada de un estado de insalubridad permanente, irá destruyendo a pasos agigantados la población”493.
Los facultativos, sin embargo, no tuvieron poder para cambiar las cosas. Quedaron, en realidad, sujetos a lo que decidieran los actores políticos, y la mayoría de estos optó, casi hasta finales del siglo XIX, por conservar la organización existente.
LOS MÉDICOS
Cuando los médicos defendían las ideas del doctor Cox —con atrevimiento, a partir de la década de 1860— gozaban, como se adelantó, de un creciente prestigio entre las elites y en algunos sectores medios. El Ferrocarril comentaba, a propósito de ese ascendiente, que “al doctor [Guillermo] Blest como a su colega el doctor [Nataniel] Cox [les] cupo la ruda tarea de levantar la profesión médica del triste estado de postración en que había vegetado hasta la época en que ellos ingresaron al país. Habiendo encontrado la ciencia médica vilipendiada, escarnecida y entregada a empíricos, a fuerza de tesón, de constancia y de inteligentes esfuerzos, operaron el cambio radical que venimos presenciando”494. Cox llegó a Chile en 1814 y Blest en 1823. Es muy posible que los anteriores, como aseguraba dicho periódico, sean figuras determinantes en la primera valorización que experimentó esa profesión, aunque no puede silenciarse que, junto a ellos, también ejerció un grupo importante de médicos foráneos, formados casi todos en universidades europeas y que, con seguridad, también contribuyeron al proceso indicado495.
El juicio formulado por dicha publicación fue confirmado por Eduard Poeppig, médico alemán que permaneció en el país entre 1826 y 1829, al asegurar que era algo muy reciente el “respeto público” de que disfrutaban los médicos, y al agregar que esa “actividad” se hallaba, antes de la llegada de los facultativos extranjeros, “en manos de gente muy ignorante” y que varios de ellos eran de “color”, rasgos que los situaba “a un nivel solo poco superior a la de un barbero”496. Su observación sugiere que el aprecio profesional que se ganaron Blest y Cox tenía como base su “ciencia”, pero también el hecho de que, al no ser “gente de color”, carecían de una de las tachas que eran incompatibles con los prestigios nobiliarios que campearon durante el siglo XVIII497 e, incluso, hasta bien entrado el siglo XIX498. Ese rasgo físico —que algunos médicos fueran “gente de color”— permite suponer que en una sociedad marcada por dicho imaginario social los hijos de las elites no ingresaran a estudiar medicina, como por lo demás se aprecia al comprobar que entre 1758 y 1810 apenas se cuentan siete estudiantes de esa carrera en la Universidad de San Felipe, en circunstancia de que 120 ingresaron a estudiar teología y 72 a derecho499. Esa indiferencia continuó durante la Patria Vieja, cuando los estudios de medicina se trasladaron al Instituto Nacional, y persistió sin grandes cambios hasta al menos el decenio de 1840500. Manuel Montt atribuyó esa frialdad al escaso interés de la juventud por las ciencias y, asimismo, a lo que llamaba “añejas preocupaciones”, que probablemente correspondían a la persistencia del desdoro que pesaba sobre dicha profesión501.
La fundación de la Universidad de Chile, en la que se incluía la Facultad de Medicina, no parece haber cambiado el escaso entusiasmo hacia esa carrera. Tampoco lo hicieron las palabras de Andrés Bello, con ocasión de su establecimiento, al subrayar que las
ciencias médicas, que felizmente empiezan a cultivarse por nuestros ciudadanos, necesitan de un centro común de estudio y de fomento, donde reciban el lustre y la popularidad que les corresponde y donde deban hacerse para la generalidad más útiles y benéficas que lo que han sido hasta el presente. La facultad de estas ciencias, creada en la Universidad, debe llenar semejantes objetos, estudiar especialmente las enfermedades del país y trabajos en este ramo, así como en los de higiene pública y privada, tan descuidadas entre nosotros502.
O las que escribió en 1848, asegurando que para la
medicina está abierto en Chile un vasto campo de exploración, casi intacto hasta ahora, pero que muy pronto va a dejar de serlo, y en cuyo cultivo se interesan profundamente la educación física, la salud, la vida, la policía sanitaria y el incremento de la población503.
Nada parecía incentivar a los jóvenes, ni siquiera el hecho de que los estudios tendrían ahora el respaldo de una escuela universitaria504. Así lo sugiere el hecho de que en 1853 tan solo 14 seguían la carrera, cifra que representaba alrededor de un 10 por ciento de la población universitaria. Ignacio Domeyko, a esas alturas, estimaba que esa conducta no obedecía tanto a la falta de prestigio social de la profesión cuanto a “los defectos del programa”, que se traducían en que los estudios se alargaran demasiado505. Esas dificultades solo se solucionaron en 1860506, al poder cursarlos con mayor regularidad y, sobre todo, en menos años que antes. Es posible que ese cambio influyera en el hecho de que, a partir del decenio de 1860, el distanciamiento hacia la medicina tendiera a debilitarse, al punto de que en 1868 se contaba nada menos que con 78 alumnos. Pero también hay que contemplar en esa atracción la circunstancia de que muchos de los que ahora se matriculaban —provenientes de liceos, un cierto número de provincia y algunos cercanos a los grupos medios— lo hacían porque se sentían identificados con una profesión que, por su condición de carrera científica, les permitía algo que les parecía fascinante: creer que dispondrían de las herramientas para cambiar la sociedad, basándola ahora en los dictados de la ciencia, que era lo mismo que decir la verdad, y desestibándola de su carga tradicional, la rémora de lo católico, que impedía acercarse a lo que eran las naciones “civilizadas” y que “progresaban”. Imbuidos de ese norte, que era casi una utopía, muchos jóvenes anhelaban ahora ser médicos, seducidos también porque esa profesión los habilitaba para ejercer una suerte de “caridad laica” o filantropía con quienes más la necesitaban: la “humanidad doliente”507. No cabe duda de que luchar por cimentar la sociedad sobre la base de la ciencia y dedicarse a aliviar a los más débiles, sin arredrarse por el riesgo de contagiarse y perder la vida, era un ideal que atrapaba a cualquier muchacho. Esa dedicación profesional o, más bien, humana, hacía que muchos se sintieran futuros héroes y hasta mártires del “progreso”.
Casi al mismo tiempo que la juventud comenzaba a mostrar esa inclinación, los médicos se consolidaban como cuerpo profesional, como bien lo sugiere el hecho de que se presentaran en el espacio público con la energía necesaria para defender sus intereses profesionales y, desde luego, procurar “medicalizar” a la sociedad508. Su prestigio de hombres de ciencia les dio un vínculo estrecho con grupos ligados al liberalismo y con el Partido Radical, esto es, con parte del poder político509. Así, Federico Errázuriz Zañartu, que tenía fe en lo que la ciencia haría por Chile, decidió que Francisco Puelma Tupper, Manuel Barros Borgoño, Máximo Cienfuegos y Vicente Izquierdo fueran a Europa a profundizar sus estudios de medicina. El presidente Santa María, por su parte, angustiado por la mortalidad, dispuso que Vicente Izquierdo fuera diputado a fin de que contribuyera, desde su escaño510, a que el país tuviera un “pueblo sano”511. Balmaceda, a su turno, tuvo también una estrecha relación con los médicos. Sin contar los hospitales que se construyeron durante su administración512, hay que recordar que los doctores Adolfo Valderrama y Federico Puga Borne fueron ministros de algunos de sus gabinetes, y la creación, impulsada por la epidemia de cólera que se padeció entre 1886 y 1888, del Consejo Superior de Higiene, organización entendida como una institución estatal para “combatir las epidemias”513.
Pareciera que los presidentes liberales, al designar a médicos como ministros e influir para que otros llegaran al Congreso, buscaban valerse de quienes creían que poseían, gracias a su ciencia —que a esas alturas era principalmente el higienismo—, el saber necesario para enfrentar algunos de los grandes problemas que aquejaban del país, sobre todo los indesmentibles asomos de la llamada “cuestión social”514. El higienismo, como se sabe, que no está lejos de la utopía515, enseñaba de qué manera se debía reglamentar la vida de la población, al propugnar nociones y reglas respecto de la habitación, el vestido, el aseo, el baño, los “cosméticos”, la alimentación, el agua potable e, incluso, las conductas privadas516. Se trataba, en suma, de una suerte de programa integral que, según se suponía, sería eficaz para combatir las enfermedades y ofrecer respuestas a la miseria que se derramaba principalmente en el mundo urbano. Así en Santiago, según cálculos de Macarena Ponce de León, nada menos que cerca del 70 por ciento de los habitantes tenían la condición de “desvalidos” en la década de 1880517. Ante ese dramático panorama, los médicos proponían lo que llamaban la “higiene de los pobres”, entendiendo por tal un programa que, al fomentar el “saneamiento de las calles, el alejamiento expedito de las inmundicias, el abastecimiento de agua potable, la inspección de las casas de arriendo, la vigilancia sobre el comercio de los alimentos de primera necesidad, etc.”518, contribuiría a disminuir el elevadísimo porcentaje de pobres que vivía en la capital.
Esa enorme tarea que se proponían los médicos —o misión, si se prefiere— requería, entre otras cosas, de nuevas instituciones, con efectivo poder sobre la población, y poner a los hospitales bajo su directa responsabilidad. En otras palabras, lo que pretendían era cambiar totalmente la organización que tenían las instituciones de salud desde la Colonia.
LOS MÉDICOS Y LAS INSTITUCIONES DE SALUD
En materia de salud los médicos, como se adelantó, fueron críticos de las organizaciones que existían en ese campo. El doctor Adolfo Murillo afirmaba en 1877, a propósito de la organización que tenían aquéllas, que la
centralización de los establecimientos de beneficencia pública es de una indisputable necesidad y de una reconocida conveniencia. Una administración central de supervigilancia y dirección es siempre celosa y muy económica. Así lo han comprendido casi todos los países europeos y así lo practican519.
La Revista Médica de Chile, algunos años después, escribía al respecto que
entre los progresos que puede realizar una nación, ninguno es tan fecundo como la organización de una administración sanitaria […]. Si una conveniente y sabia administración política es para un país una poderosa palanca, que lo impulsa sin cesar hacia el adelantamiento, las instituciones sanitarias bien dirigidas y con fuerza de ley son también un medio seguro para llegar con paso rápido al campo de una verdadera grandeza y del bienestar que ambicionan las sociedades modernas […]. Algunas naciones han llegado […] hasta [a] constituir administraciones sanitarias que abarcan todo el conjunto de preceptos higiénicos […]. El imperio germánico suministra a este propósito un ejemplo digno de ser estudiado. Su Oficina sanitaria imperial, anexa a su gran Cancillería, dirigida por un Consejo Higiénico Central, subdividida en numerosas ramificaciones que tienen a su cargo el comercio y ejercicio de la farmacia, la vacunación, la asistencia a los desvalidos, las falsificaciones de las materias alimenticias, es un bello ejemplo que muchos pueblos nuevos podrían seguir, seguros de haber realizado un importantísimo progreso520.
El nuevo criterio que se proponía importaba darle una cabeza común a los diferentes organismos existentes (juntas de beneficencia, junta de vacuna, protomedicato y otras), disminuir el papel que las elites desempeñaban en su dirección y, sobre todo, entregar al Estado la conducción de la salud, con las atribuciones necesarias para imponer las políticas que se estimaran adecuadas. De esta manera los médicos, influidos por el modelo alemán521, se convertían en los grandes defensores de la acción del Estado en ese campo y, por otra parte, en críticos de las funciones directivas que cumplían las elites en aquéllas. “Basta de falsa caridad —reclamaba el doctor Adolfo Valderrama, militante radical—, de ostentación vanidosa con que se engaña al público”522, haciendo así una evidente alusión a los integrantes de dicho grupo, muchos de los cuales eran católicos, que dedicaban su tiempo a servir en los hospitales y en otras instituciones de Beneficencia, impulsados por su espíritu de caridad, y posiblemente también porque ese servicio era reconocido como un honor propio del grupo social al que se pertenecía.
La prédica de los médicos, sin embargo, que se dirigió a instaurar el Consejo Superior de Higiene y la vacunación obligatoria, y a promover que la dirección de los hospitales quedara en sus manos, no tuvo gran resonancia. La verdad es que la “medicalización” que propugnaban no pudo sortear el rechazo ideológico de algunos grupos políticos y, por otra parte, la oposición de importantes sectores de la población para los cuales, como se verá en el caso de la vacuna, poco o nada significaba la modernidad científica que se les quería imponer.
EL CONSEJO SUPERIOR DE HIGIENE
En 1882, dos médicos que eran diputados, los doctores Adolfo Murillo y Tomás Torres, presentaron un proyecto de ley que creaba el Consejo Superior de Higiene Pública. Entre sus consideraciones, apuntaban que la organización de la higiene pública era
defectuosa e insuficiente, que los problemas que más directamente afectan a los intereses de la vida y de la salud de la población, se encuentran apenas bosquejados, esperando la solución de los hombres de buena voluntad que quieran estudiarlos. Las autoridades administrativas no encuentran de ordinario corporaciones o grupos de ciudadanos ilustrados, organizados de una manera conveniente, a quien consultar sobre los intereses a ellos confiados, de tal modo que o no se toman medidas para corregir los males que se notan, o estos no llevan el sello de la meditación científica que requieren. La mortalidad verdaderamente asombrosa […], sobre todo la de párvulos […]; la organización de la asistencia domiciliaria y de la beneficencia pública, las causas de las endemias y epidemias, la salubridad de las localidades y habitaciones, la estadística médica, el examen de los alimentos y las bebidas, y otra multitud de asuntos […] deben ser materias de detenidos estudios por corporaciones o centros científicos bien organizados y con atribuciones bien determinadas523.
Teniendo en cuenta esa realidad, dichos parlamentarios proponían la fundación del Consejo Superior de Higiene, dependiente del Ministerio del Interior e integrado por cuatro profesores de medicina y uno de química o farmacia, tres de los cuales serían nombrados por el gobierno y dos por la Facultad de Medicina y Farmacia. A este nuevo organismo se le traspasarían las facultades del Protomedicato, que desaparecía, y se le entregaría un control sobre la higiene pública de todo el país. Las municipalidades, que tenían importantes atribuciones en materia de higiene, quedaban subordinadas a ese Consejo, cuyos criterios deberían servir para que aquéllas orientaran sus políticas en materia salud.
El proyecto que se reseña se estrelló con la cerrada oposición de sectores liberales y conservadores. Su argumentación nacía del rechazo de los anteriores a cualquier ley que importara aumentar las atribuciones del Presidente de la República. Así, en un editorial de El Independiente, firmado por Zorobabel Rodríguez, se sostenía que sus autores, impresionados por males y abusos reales
han querido hacer algo para remediarlos, y a este intento nada de tan eficaz encuentran como pedir al Presidente de la República que cree una junta general de higiene […]. Pero recurrir al Presidente de la República —que nunca se niega para aceptar encargos en que hay honores y sueldos que distribuir— es más fácil que dar a las Municipalidades vida propia, y por eso se recurre al Presidente de la República, sin advertir que a medida que se robustezca la centralización se irán aumentando y haciendo más y más insuperables los obstáculos que se oponen a la correcta organización del Poder Municipal […]. ¿I cuáles serían al fin los resultados prácticos de esa incesante concentración de facultades en unas solas manos? […] la decadencia de la administración y la ruina del país. Bajo el paternal gobierno de nuestros presidentes, seríamos tan libres y felices como lo fueron los franceses bajo el de Luis XIV524.
Algún tiempo después, respondiendo a quienes defendían en la prensa la creación del Consejo Superior de Higiene a base del ejemplo francés, el citado periódico escribía que
todos nuestros defectos de organización que los hombres progresistas señalan […], son hijos de nuestro prurito de copiar a Francia. El exagerado cesarismo de nuestras instituciones es un remedo del cesarismo francés […]. El Estado invadiéndolo y compenetrándolo todo […]; el Estado omnipotente, omnisciente, omnipresente, el Estado legislador sin vallas, juez, pontífice, maestro, médico, tutor, Providencia universal; el Estado monstruo voraz que se alimenta […] con todas las libertades y todos los derechos sociales e individuales ¿es ése el dechado que se nos propone imitar?525
La oposición indicada —de carácter ideológico y social— era poderosa. El sector conservador y parte del liberal rechazaba, según se dijo, cualquier proyecto que supusiera aumentar las atribuciones del Presidente de la República y que, por otra parte, importara excluir a las elites cercanas a dichas tendencias políticas de las funciones que siempre habían cumplido en las instituciones de Beneficencia. El golpe que ese proyecto le daba a la influencia que el mundo católico y la Iglesia ejercía en aquélla, al “laicizar” sus instituciones, generaba un conflicto que caía de lleno en las “cuestiones doctrinarias” que a partir del decenio de 1860 separaron tajantemente al mundo político. Así, el debate en torno a la salud pública pasó a formar parte de las luchas políticas de la segunda mitad del siglo XIX, al igual que la educación, y su resolución quedó en manos de quienes contaran con la mayoría en el Congreso. Sin embargo, los parlamentarios médicos y sus colegas radicales y liberales que los apoyaban carecieron de la fuerza necesaria para imponer sus ideas y debieron resignarse, tal como aconteció en el caso de la vacunación obligatoria, a que se modificara poco o nada la institucionalidad existente.
LA VACUNACIÓN OBLIGATORIA
El doctor Ramón Allende Padín, que formaba parte de las filas del radicalismo, “en medio de la epidemia asoladora” de viruela de 1876 presentó un proyecto que obligaba a ciertos sectores de la población a vacunarse526, si bien “por respeto a la libertad de los individuos” no se establecía ese deber para todos los habitantes del país527.
La verdad es que el proyecto de Allende Padín, al no implantar la vacunación obligatoria, no encontró la oposición de quienes con más fuerza defendían la libertad individual. Por eso Zorobabel Rodríguez, una de las figuras más destacadas del Partido Conservador, afirmaba que “la idea de vacunación forzosa en el proyecto no tiene la gravedad que algunos le dan, porque tal como está redactado ella no es más que una excepción, puesto que no se hace obligatoria a todos los ciudadanos, sino como condición precisa para aquellos que ingresan por cualquier motivo en los establecimientos sostenidos por el Estado”528. En 1881, el proyecto indicado todavía no era aprobado por la Cámara de Diputados. El gobierno consideraba que esta tardanza era dañina, pues su sanción, si bien podía “importar una limitación de la libertad individual”, era necesaria “mientras nuestro pueblo adquiere la suficiente versación en preceptos higiénicos”529. Al año siguiente, el proyecto fue aprobado por dicha corporación, pasando al Senado para el trámite correspondiente.
Benjamín Vicuña Mackenna, senador por Coquimbo, estimó que el proyecto en cuestión era el “más grave a que pudiera consagrar su atención el Senado, después del gran problema de la guerra”530. Pero, a continuación, rechazó el despachado por la Cámara de Diputados, aduciendo que era “tímido en su alcance, porque en vez de abrazar la regla general de la vacunación […], excluyen a la gran masa de la población”531. Esa debilidad —agregaba— obedecía a que Justo Arteaga Alemparte y Zorobabel Rodríguez, “fascinados por el idealismo absoluto de la libertad individual, [… ] restringieron la vacunación forzosa”532; olvidando que “toda libertad individual para ser tal necesita las limitaciones de la libertad ajena [… y que] delante [de la salud pública] toda libertad individual desaparece”533. Estas ideas534, y la convicción de que la vacunación forzosa era “una salvación”, lo impulsaron a proponer “sustituir el complicado proyecto de ley en discusión” por otro que simplemente “declarase obligatoria la vacunación para todos los chilenos nacidos en el territorio de la República”535.
La posición de Vicuña Mackenna, respaldada por Ramón Allende Padín y Francisco Puelma Tupper, que eran senadores, médicos y radicales, no encontró mayor resistencia en el Senado, y se tradujo en un proyecto que, sin más, establecía “la vacunación obligatoria para todos los habitantes de la República”536.Votado favorablemente en general, se inició su discusión en particular en la cámara alta. Sin mayores modificaciones, fue enviado a la Cámara de Diputados, donde fue rechazado debido a que no “respetaba las garantías individuales”537. El Senado, por su parte, defendió el proyecto inicial. Corría el año 1886, y si la Cámara de Diputados insistía no habría ley. El diputado Enrique Tocornal y el conservador Ventura Blanco Viel, que se oponían a la vacunación obligatoria, alegaban que el “bien por la fuerza es un atentado; y los medios que ahora se proponen importan la violación de los derechos individuales”538. El diputado y médico Augusto Orrego Luco, por su parte, miembro del Partido Liberal, respondió señalando que incluso Adam Smith, el “escritor [que] encarnó el espíritu de resistencia a las medidas coercitivas”, admitía que “con el mismo derecho que interviene el magistrado para evitar los estragos de una peste material, debe intervenir para evitar los estragos de la ignorancia […]. Hasta tal punto le parecía claro e indiscutible este derecho de limitar la libertad individual en presencia de una epidemia, que lo tomaba como término de comparación, como prueba de que “hay casos en que el derecho a limitar la libertad individual está fuera de toda discusión”539. La prensa, a su vez, terció en el debate. Así La Época, diario radical y de gobierno540, en el que escribía el doctor Orrego Luco, fue partidario del proyecto, expresando que “el deber ineludible de todo Gobierno de conservar la salud pública y cuidar de ella [debe hacerse] a costa de cualquier sacrificio”541. El Mercurio542 y El Independiente, en cambio, fueron críticos, escribiendo este último que “la vacunación obligatoria […] es una negación audaz de las garantías individuales, del respeto a los hogares y de la dignidad de la persona humana. Es una extralimitación evidente de las facultades del Estado que no puede tener derecho de imponer a los ciudadanos lo que él estima más propio a la conservación de la salud, o a la adquisición de la fortuna, de la virtud, de la ciencia o de la felicidad”543.
El no al Estado se volvía a imponer. En realidad, y como se dijo, se trataba de un rechazo de carácter ideológico, que se sustentaba en el valor que se le daba a la libertad de cada cual y en el temor de muchos de que el Presidente de la República, a través del Estado, adquiriera más poder para violar las “garantías individuales”, como por lo demás ya lo hacía en materia electoral.
La última batalla de los facultativos apuntó a influir para que los hospitales se modernizaran y desecharan la función directiva que desde la Colonia cumplían las elites en ellos.
LOS HOSPITALES
Al menos desde comienzos del decenio de 1840 el doctor Cox, en su calidad de Protomédico, sostuvo la necesidad de “poner bajo la dirección de hombres dotados de conocimientos científicos los diversos ramos que afectan la salud pública”. La campaña en tal sentido, en el caso de los hospitales, solo fue respondida en 1870, cuando después de dos años de estudio la Junta de Beneficencia de Santiago dio a luz un reglamento en virtud del cual se establecía que los médicos de los hospitales tendrían “una intervención […] en [...su] marcha técnica”544. Esa fue la única medida que les dio a los médicos, hasta fines del siglo XIX, cierta injerencia en el manejo de los hospitales. No hubo otra. De esta manera puede decirse que la tradición hospitalaria —en la que se mezclaban ideales religiosos, sociales y políticos— tuvo más fuerza que los afanes de esos profesionales por “medicalizar” o modernizar tales establecimientos.
La sociedad nacida de la mano de los conquistadores se moldeó en parte importante de acuerdo a fuerzas que tenían antigua data y que, en mayor o menor medida, mantenían su vigor en el siglo XVI. Así, las disposiciones que entonces se pusieron en práctica respecto de los pobres tenían su origen en la sociedad medieval, cuando fueron considerados como necesitados con los que, de acuerdo a la enseñanza evangélica, debía ejercerse la caridad. Los hospitales fueron uno de los lugares que hicieron posible la práctica de esa virtud, pues en ellos eran acogidos quienes no tenían donde curarse o donde morir. Este hecho les dio un marcado sello religioso y explica que su regulación corriera por cuenta de la Iglesia. En América, sin embargo, la situación fue diferente debido a que la Iglesia, en virtud del patronato, quedó en materia de hospitales en parte subordinada al monarca. De ahí que el emperador Carlos V, en 1541, ordenara a virreyes, audiencias y gobernadores “que con especial cuidado provean que en todos los pueblos de Españoles e Indios de sus Provincias y jurisdicciones, se funden hospitales donde sean curados los pobres enfermos y se ejercite la caridad cristiana”. La Ordenanza de Poblaciones, por su parte, precisó que los hospitales debían erigirse junto a las iglesias con el objeto de que los enfermos tengan “consuelo espiritual [...y se les administren] con prontitud […] los Sacramentos; y a la vista de los altares se exciten a hacer a Dios y a los Santos con más fervor sus ruegos”545.
En el siglo XVIII la mirada sobre los pobres, tan propia de los siglos anteriores, tendió a cambiar. La mentalidad ilustrada, en efecto, no dudó de que esa condición pudiera ser modificada a través de la educación y el trabajo, convirtiéndolos en hombres “útiles” para ellos mismos y para la sociedad. Esta nueva consideración, sin embargo, en nada hizo variar la idea de que los miserables, en caso de enfermarse, debían ser atendidos en los hospitales, donde, como siempre había sucedido, se les trataría de mejorar y se les acogería con caridad, en un ambiente empapado de religiosidad. No debe extrañar, por lo mismo, que en esos recintos se celebrara misa a primera hora de la mañana y que a mediodía se rezara “un padre nuestro y avemaría a los pies del Crucifijo, lo mismo que a la noche y después el Rosario pidiendo a Dios por la salud del Rey, conservación y aumento del Hospital”546. Tampoco que su personal estuviera integrado preferentemente por religiosos y que entre las obligaciones del médico figurara, hasta 1850, la de “recetar los sacramentos, esto es, determinar la necesidad de confesión, comunión y aplicación de la extremaunción a los enfermos” que lo requerían547. Así y todo, esa espiritualidad que se fomentaba se resquebrajó muchas veces, dependiendo la misma del prior a cargo de dichos hermanos y, sobre todo, del ministro protector. Este último, que siempre fue un miembro de la elite, tenía a su cargo la administración del establecimiento y su empeño era decisivo para su buena marcha, como sucedió durante el gobierno de O’Higgins, cuando se estimó que debía cerrarse el hospital de San Juan de Dios. Sin embargo, Manuel Ortúzar, su mayordomo o ministro protector, evitó esa decisión poniendo orden en sus finanzas y demostrando “amor e interés por la casa, su compasión y lástima por los enfermos, [y] su empeño en que todos, desde el religioso hasta el último sirviente, estuviesen en las salas y atentos al pronto socorro de estos infelices”548.
A comienzos del siglo XIX se contaba con hospitales en La Serena, Santiago, Valparaíso, Talca, Chillán, Concepción y Valdivia. Camilo Henríquez, al describirlos, aseveraba que eran “domicilios de las miserias y las calamidades humanas, […] asilo de la pobreza enferma de nuestros compatriotas infelices y forasteros desamparados”; pero que el “pueblo necesita, y esta necesidad debe contarse entre las más urgentes, […] un hospital grande, cómodo […], y que esté al cuidado y bajo la dirección de los principales vecinos”. Y no dudaba de que era menester recurrir a la “caridad y misericordia” para conseguir los recursos que se requerían, recordando que el “Apóstol Santiago llama religión pura y sin mancha a las obras de caridad a favor de los desvalidos”549. El Observador Eclesiástico, en esa misma línea, formulaba en 1823 un llamado para que los fieles, “en lugar de dotar en sus testamentos tantas novenas, tantas fiestas, tantos aniversarios, se acuerden de instituir legados para los hospitales […]. El espíritu del Evangelio es la caridad, la caridad es su fin, la caridad es el lazo que nos une con Dios y con nuestros prójimos. Esta caridad pide socorrer las miserias de nuestros semejantes que se presentan de montón en nuestros hospitales […]. Se desea que nuestro clero inculque estas verdades a los fieles”550.
Casi monótonamente se repiten esos llamados y las críticas sobre la situación de dichos recintos. Veinte años después La Revista Católica los reiteraba, al comentar que los pacientes del San Juan de Dios estaban en tal “estrechez e incomodidad […] que es difícil que los moribundos puedan confesarse sin el peligro de que sean sabedores los vecinos que los rodean de las fragilidades que revelan y que todo hombre desea ocultar bajo la seguridad de un profundo y riguroso sigilo”551. El Amigo del Pueblo, por su parte, periódico cercano a la Sociedad de la Igualdad, subrayaba en 1850 que el pobre tenía “derechos […] para pedir el socorro de sus males”, pero que las autoridades y los “poderosos” no se conmovían ante la “miseria”. Y en relación a los hospitales reconocía que eran “casas de caridad” y aseveraba que en el “asilo de la desgracia debe siempre reinar la humanidad y la caridad, y estas virtudes son allí tanto más indispensables, cuanto que el ejercerlas no cuesta a los señores encargados de los enfermos ningún sacrificio pecuniario”552. Sus administradores, a esas alturas, seguían siendo integrantes de las elites, cuyos servicios tenían la impronta de ser obras de caridad. Así sucedía con Diego Antonio Barros, quien sirvió ese cargo entre 1833 y 1848 en el Hospital de San Juan de Dios, “con tanta abnegación que se imponía hasta la obligación de consolar al paciente y auxiliar personalmente al moribundo; sin faltar un solo día a su asistencia que se prolongaba, a veces, hasta las diez de la noche […]. Creó allí la Escuela de Anatomía y regaló el mejor instrumental de cirugía que existía en el país”553.
El mundo humano que asistía a los hospitales, tomando como base a quienes ingresaron al San Juan de Dios entre 1850 y 1880, estaba compuesto mayoritariamente por “gañanes”; les seguían los “pequeños artesanos”, zapateros, policías urbanos, carpinteros, sirvientes, servidores urbanos y vendedores ambulantes, por mencionar a los cuantitativamente más importantes554. La viruela, el tifus, la tuberculosis y la sífilis eran los principales males que los afectaban, tal como por lo demás parece acontecer en 1810555. Como siempre se reclamó que la cantidad y capacidad de los hospitales era insuficiente, los gobiernos, con el concurso de las elites, incrementaron su número: de los ocho que se contabilizaban en 1810, se pasó a 18 en el decenio de 1860, distribuidos en Copiapó, Vallenar, Illapel, Quillota, San Felipe, Los Andes, Rancagua, San Fernando, Curicó, Cauquenes y Ancud, a los que se agregaban los que funcionaban en 1810556.
En la segunda mitad del siglo XIX los hospitales se continuaban financiando (tal vez no todos) gracias a las donaciones (casas, censos, haciendas y otras) que realizaban los particulares, en el entendido de que eran ineludibles obras de caridad. Dado que esos fondos casi nunca cubrían todas las necesidades, el Estado contribuyó en un porcentaje que paulatinamente tendió a ser cada vez más importante557. En todo caso, sus aportes siempre resultaron insuficientes y hubo casos en que los hospitales se edificaron casi exclusivamente gracias al desprendimiento de las elites. Uno de los casos más ejemplares en este sentido corresponde al Hospital del Salvador y al de San Vicente de Paul, que se construyeron en la década de 1870, al oriente de Santiago, el primero, y al norte el segundo. La iniciativa correspondió al conservador Abdón Cifuentes, cuando era ministro del presidente Errázuriz Zañartu, movido por el propósito de paliar la “alarmante mortalidad” que azotaba la capital. Su idea, que se debatió en el consejo de ministros, fue finalmente desoída, en atención a la falta de recursos que existía en esos momentos. Javier Casanova, sin embargo, un católico de escasa figuración, al enterarse de esa dificultad, se acercó a dicho ministro y casi con timidez le comentó:
Como yo suelo ir a los hospitales a visitar a los enfermos, me da mucha lástima ver la multitud de ellos que son rechazados por la falta de local y hace tiempo que me ocupo de juntar algunas limosnas para ayudar a la construcción de otro. Tengo juntos ya cuarenta mil pesos […] y venía a ponerlos a su disposición. Solo pediría que a una de las salas del nuevo hospital se le ponga el nombre de San Francisco Javier, por ser el santo de mi nombre”558.
El resto de lo que se necesitaba lo entregaron alrededor de 50 personas. En total, las donaciones sumaron 500 mil pesos, monto con el cual se compraron los terrenos y se costeó la edificación de los que se convertirían, a la vuelta de pocos años, en los nosocomios más modernos del país559.
Los nuevos hospitales no pudieron esconder que un cierto número —quizás la mayoría— funcionaba en condiciones más bien precarias, poco más o poco menos como había sucedido siempre 560. Así, el doctor Schneider, que se formó como médico en Alemania, refiriéndose al Hospital de San Juan de Dios, decía en 1877 que el
edificio […está] mal arreglado en general en cuanto a condiciones higiénicas […]. Toda la administración es defectuosa […] y los medios pecuniarios insuficientes para un número de enfermos demasiado considerable.
Influjo médico en la administración no existe, pues cada sala tiene su médico nombrado por el administrador, que considera a aquél como una especie de sirviente […] y removible a su entera voluntad y a cada instante […].
Piezas diversas para baño, tinas de baño transportables […], no se conocen; lavatorios, paños de mano, peines, etc., etc., solo existen en el deseo del médico. El arreglo de la comida es defectuoso.
También en dicho año el doctor Adolfo Murillo aseguraba que, dada la mortalidad que se producía en el Hospital de San Juan de Dios, no era “un hipérbole cuando afirmé que era la mejor sucursal del cementerio” 561. Esa imagen provocó que quienes precisaban de sus servicios —principalmente el bajo pueblo562— lo solicitaran de tarde en tarde, o muy a última hora, convencidos de que ocupar alguna de sus camas, sería, casi siempre, la antesala de la muerte.
SUGERENCIAS FINALES
Los problemas que denunciaba el doctor Murillo no eran los únicos por los que atravesaba la salud pública, ni mucho menos. Los más graves nacían, sin duda, de los exiguos logros conseguidos. Así se desprende de una conversación que el presidente Santa María habría tenido con el doctor Vicente Izquierdo, en la que le confidenció que se había dedicado
en cuerpo y alma, a mejorar la sanidad de nuestro país. He terminado las Casas de Expósitos de Providencia y Concepción, y una serie de hospitales en Valparaíso, Combarbalá, Lontué, Rancagua, Cauquenes, San Carlos, Cañete, Osorno y varios Lazaretos. Puedo decirte que ya tengo 51 hospitales y hemos atendido más de cincuenta mil pacientes en ellos [... Pero] todavía se muere demasiada gente de heridas, tuberculosis y disenterías […]. Dime, ¿qué saco con una red de ferrocarriles de más de mil [kilómetros], llevando toda suerte de mercaderías y pasajeros? […] ¿Qué sacamos teniendo una red de telégrafos con ciento cincuenta oficinas en todo el territorio? […] ¿Qué sacamos que la Pacific Steam, la Kosmos, la Trasatlántica Española y la Marítima Francesa mantengan un buque semanal con Europa [...]? [...]¿Para qué sirven las obras públicas y todo lo demás, si se nos sigue muriendo la gente de gangrena, disentería, tuberculosis y viruela? ¿Para qué todo eso si no hay salud pública? ¿Para qué?563
El presidente no estaba equivocado y la razón de ese descalabro obedecía no tanto a las malas condiciones de esos establecimientos o a la falta de médicos, sino más bien al hecho de que el origen de las enfermedades, al igual que en 1810, seguía siendo incierto y prácticamente no se conocían medios para combatirlas. A lo que se agregaba una cuestión más inmediata: las pésimas condiciones materiales en que vivía buena parte de los habitantes de las principales ciudades del país. De ahí que la mortalidad hacia fines de siglo fuera posiblemente tan elevada o incluso superior a la que se presentaba en 1810564, incidiendo ese flagelo en que la población no creciera de acuerdo a lo que se aguardaba, con esperanzas desmedidas, desde los comienzos del proceso de emancipación. Un extenso artículo publicado en la Aurora de Chile sobre la población en Chile subrayaba, sobre la base del proyecto de poblaciones del jesuita Joaquín de Villareal, de mediados del siglo XVIII, que el crecimiento demográfico chileno, comparado con el de los Estados Unidos, llevaba “una marcha muy lenta”. Tras unos enrevesados cálculos concluía el articulista que se necesitarían 101 años (1913) para que la población llegara a siete millones, cantidad que el país del norte había alcanzado en 35 años, “y que en fin nuestra población llegará a los doce millones el año de 1949”565. En 1913 Chile tenía tres millones 465 mil habitantes, y en 1949, cinco millones 962 mil566.
Esta suerte de frustración demográfica —por darle un nombre— dio alas a los médicos para insistir en la necesidad —cada vez más urgente, decían— de “medicalizar” a la sociedad. Y a otros, con una perspectiva más amplia, derivada de la vinculación que todavía parecían hacer entre población y prosperidad, les servía para ratificar que ese débil crecimiento alejaba a Chile de los “países jóvenes”, con quienes “estuvimos en una época nivelados”567. Al igual que lo sugería el radical Enrique Mac Iver, al aseverar que hoy se contabilizaban “algunos rieles más, algunas escuelas [y] algunos pocos miles de habitantes”; preguntándose en seguida
¿qué importancia tiene esto para juzgar nuestro adelanto, si esos centenares de rieles debieran ser millares, si esas docenas de escuelas debieran ser centenares y si esos pocos miles de habitantes debieran ser millones? […]. En el desarrollo humano el adelanto de cada pueblo se mide por el de los demás […]. ¿Qué éramos comparados con los países nuevos como el Brasil, la Argentina, Méjico, la Australia y el Canadá? Ninguno de ellos nos superaba; marchábamos delante de unos y a la par de los otros568.
La población, agregaba, al no “no aumentar [en] el grado que corresponde a un pueblo que prospera”, retardaba su “progreso”, comprobación que también le valía a dicho político para declarar, con marcado pesimismo, que el “presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad”569.
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436Aurora de Chile, N° 5, Santiago, 4 de febrero de 1813.
437Michel Foucault, Seguridad, territorio, población, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2004, pp. 89-108.
438Ricardo Krebs, El pensamiento histórico, político y económico del Conde de Campomanes, Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, 1960, pp. 216-217.
439Krebs, op. cit., p. 216.
440Ricardo Cruz-Coke, Historia de la medicina chilena, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1995, pp. 239-244.
441En el país, en realidad, se vacunaba desde 1805. El virrey Sobremonte, que había recibido la vacuna en Buenos Aires, la envió ese año a Chile, donde el gobernador Muñoz de Guzmán dio la autorización para que se realizaran las primeras inoculaciones, en Paula Caffarena Barcenilla, Salud Pública, vacuna y prevención. La difusión de la vacuna antivariólica en Chile, 1805-1830, en Historia, 49, vol. II, 2016, pp. 350-351.
442Citado por Claudio Costa-Casaretto, Los primeros becarios chilenos en Europa (1874), en RMeCh, 107, 1979, p. 432.
443Aurora de Chile, N° 11, 23 de abril de 1812.
444Luis Valencia Avaria, Anales de la República, I, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1986, p.72.
445Memoria que el Ministro de Estado en el Departamento del Interior presenta al Congreso Nacional, 1859, p. 41.
446Los datos corresponden a 1814, en Enrique Laval, Historia del Hospital San Juan de Dios de Santiago, Asociación Chilena de Asistencia Social, Santiago, 1949, pp. 98-99.
447Pedro Fernández Niño, Cartilla del campo y otras curiosidades, dirigidas a la enseñanza y buen estilo de un hijo, 1817, en Rafael Sagredo, Nacer para morir o vivir para padecer. Los enfermos y sus patologías, en Rafael Sagredo y Cristián Gazmuri (directores), Historia de la vida privada en Chile, II, Taurus, Santiago, 2005, pp. 13-15.
448Se calcula que no pasaban de siete en Santiago, en Cruz-Coke, op. cit., p. 239.
449A mediados de siglo los conocimientos de los médicos estaban lejos de los avances que había hecho la medicina en Europa. De ahí que aquéllos siguieran creyendo que “el estudio de los temperamentos y de los efectos cósmicos” era decisivo para entender la “producción y evolución de las enfermedades”, en Laval, op. cit., pp. 160-161.
450La relación entre culpa y enfermedad es muy anterior, ya se encuentra en la Antigüedad. Así, en La Ilíada y La Odisea la “enfermedad aparece como castigo sobrenatural”, en Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas, Taurus, Buenos Aires, 2003, p. 49.
451Carlos Aguado Vázquez y Xóchitl Martínez Barbosa, “El concepto de caridad como fundamento de la atención médica en la Nueva España”, en Gonzalo Aguirre Beltrán y Roberto Moreno de los Arcos (coordinadores), Medicina novohispana. Siglo XVI, Historia General de la medicina en México, II, Academia Nacional de Medicina y Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F., 1990, p. 274.
452Alvaro Góngora Escobedo, La prostitución en Santiago, 1813-1931. Visión de las elites, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 1994, p. 69.
453Carta de Adriana Montt a su nuera Mercedes, en Sergio Vergara (estudio, selección y notas), Cartas de mujeres en Chile, 1630-1885, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1987, p. 131.
454El Semanario, Santiago, 20 de octubre de 1842, en Obras de don José Joaquín Vallejo, Biblioteca de Escritores de Chile, VI, Imprenta Barcelona, Santiago, 1911, p. 147.
455Así en el original.
456Benjamín Vicuña Mackenna, Médicos de antaño, Editorial Difusión S.A., Santiago, 1947, p. 145.
457Circular sobre la necesidad de orar para que Dios nos libre del peligro del cólera, 1892, en Obras Pastorales del Ilmo. y Rmo. Señor Dr. Don Mariano Casanova, Friburgo de Brisgovia, Alemania, 1901, p. 267. Este planteamiento, con todo, no significaba desdeñar la acción de los médicos y sus proposiciones. Así puede verse en la Circular sobre higiene en los seminarios y colegios católicos, 1898, en Obras Pastorales, p. 404-421. Y, desde luego, en los esfuerzos para formar médicos católicos que se aprecian desde que en 1888 se fundó la Universidad Católica, en Juan Eduardo Vargas, Benedicto Chuaqui e Ignacio Duarte, Médicos de Ciencia y de Conciencia. La Escuela de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 2005, pp. 14-41.
458Laval, Historia del Hospital, pp. 160 y 161.
459Laval, Historia del Hospital, p. 162.
460Sontag, op. cit., p. 49.
461María Josefina Cabrera, “¿Obligar a vivir o resignarse a morir? Viruela y vacuna: el debate sobre una enfermedad y su prevención a comienzos del siglo XX en Chile”, en María Soledad Zárate Campos (compiladora), Por la salud del cuerpo, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago, 2008, p. 66.
462Se les podía acusar de que la enfermedad obedecía a “transgresiones sexuales” o a la prostitución, en Sontag, op. cit., p. 45.
463Góngora Escobedo, op. cit., pp. 90-91.
464Gonzalo Vial, Historia de Chile (1891-1973), vol. I, tomo II, Editorial Santillana, Santiago, 1981, p. 508.
465Alberto Poblete Garín, Siluetas de Santiago. El Mercado-La Trilla- El Artículo de Costumbres- La Carrera del Niño-El Domingo-Mi Amigo Antonio- Tiempo de la Guerra- El Cólera, Editorial Imprenta Victoria de H. Izquierdo, Santiago, 1887 p. 454, citado por Romero, op.cit., p. 149.
466Vial, Historia de Chile, p. 537.
467El cálculo es muy aproximado. Toma en cuenta que el 89,4 por ciento de los enfermos que ingresaron al Hospital San Juan de Dios en 1814 tenían edades que iban de ocho a 40 años; y que el 68 por ciento tenía edades que iban de 18 a 30 años. Los datos en Laval, Historia del Hospital, p. 97. En Francia se calcula que la esperanza de vida en 1818 era 31 años, en Puga Borne, op. cit., p. 28.
468De acuerdo al título del trabajo de Sagredo, op. cit.
469La “resignación” ante la muerte, según Sagredo, op. cit., pp. 51-53, “a veces era difícil” y hubo quienes incluso, ante el sufrimiento que provocaba la enfermedad, optaron por el suicidio.
470La “espantosa mortalidad” que azotaba a Chile afectaba de preferencia a los niños menores de siete años y constituía el 50 por ciento del total de fallecidos. En todo caso, ese porcentaje crecía en las ciudades, alcanzando a 78,5 por ciento en Santiago y a 70,5 por ciento en Valparaíso, en Jorge Rojas Flores, Historia de la infancia en el Chile republicano, 1810-2010, OchoLibros, Santiago, 2010, p. 108.
471Augusto Orrego Luco, La cuestión social en Chile, en Hernán Godoy Urzúa, Estructura social de Chile. Editorial Universitaria, Santiago, 1971, p. 224.
472Hay que entender dicho concepto como “el proceso por medio del cual un número creciente de aspectos del comportamiento humano que eran previamente considerados normales o anormales por el público en general pasan a ser asignados al control médico y redefinidos como salud o enfermedad”, en Michel Foucault, La crisis de la medicina o la crisis de la antimedicina, en Educación Médica y Salud, Washington, 1976, 10 (2), pp. 152-169; y del mismo autor, Historia de la medicalización, en Educación Médica y Salud, Washington, 1977, 11 (1), pp. 3-25, citados por Diana Obregón Torres, Batallas contra la lepra: Estado, Medicina y Ciencia en Colombia, Banco de la República-Fondo Editorial Universidad EAFIT, Medellín, 2002, pp. 29-30.
473Informe de la Comisión de Policía y Beneficencia, 1823, en ANH, MI, v.35.
474Cruz-Coke, op. cit., p. 273.
475El estudio de los componentes de las Juntas de Beneficencia, entre 1822 y 1886, revela que “la gran mayoría eran vecinos prominentes de la ciudad […], reconocidos por sus grandes fortunas, por sus relaciones sociales y sus vínculos con los poderes del Estado”, en Macarena Ponce de León Atria, Gobernar la Pobreza, Prácticas de la caridad y la beneficencia en la ciudad de Santiago, 1830-1890, Editorial Universitaria-Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos-Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 2011, p. 49.
476Aurora de Chile, N°11, 23 de abril de 1812; y Caffarena Barcenilla, op. cit., pp. 360-362.
477Aurora de Chile, N°11, 23 de abril de 1812. Sobre el sentido de la caridad, que no se trata en este capítulo, ver Ponce de León Atria, op. cit., pp. 276 y ss.
478Cruz-Coke, op. cit., pp. 272 y 273. Según Caffarena Barcenilla, op. cit., p. 363, no se tiene claridad acerca de su funcionamiento entre 1815 y 1816.
479Cruz-Coke, op. cit., p. 282.
480ANH, MI, v.45; también Cruz-Coke, op. cit., 282; Gonzalo Piwonka Figueroa, “Estado y salud en Chile: 1800-1832”, en Dimensión Histórica de Chile, 10,1995, p. 25; y Vicuña Mackenna, Médicos, pp. 216-217.
481Sobre los problemas de esa institución, puede verse ANH, MI, v. 45, f. 144-145
482Piwonka Figueroa, op. cit., p. 39 y ss.
483Valencia Avaria, op. cit., I, p. 186. La Ley Orgánica de Municipalidades, promulgada en 1854, indicó entre sus atribuciones “el cuidado y fomento de los establecimientos de beneficencia que existan en el departamento o territorio municipal”, en Anguita, op. cit., p. 640; y Enrique Laval, Origen de las Juntas de Beneficencia, en Revista Médico-Asistencial, 1, 1949, p. 46.
484Valencia Avaria, op. cit., I, pp. 167-169.
485Cruz-Coke, op. cit., p. 288. Sobre la Sociedad Médica y el Protomedicato, ver Piwonka Figueroa, op. cit., pp. 37-42.
486La Opinión, N°3, mayo de 1830, citado por Piwonka Figueroa, op. cit., p. 40.
487Piwonka Figueroa, op. cit., p. 41.
488Piwonka Figueroa, op. cit., p. 42; y Sol Serrano, Universidad y Nación, Editorial Universitaria, Santiago, 1994, p. 180.
489BLDG, 10 de noviembre de 1831, pp. 14-16.
490Laval, Historia del Hospital, p. 124.
491BLDG, Lib.5, N°5, p. 150 y ss.
492Laval, Historia del Hospital, pp. 124,125 y 138.
493Laval, Historia del Hospital, p. 138.
494El Ferrocarril, 8 de febrero de 1884. Serrano, op.cit., p. 179, sostiene un punto de vista similar.
495Cruz-Coke, op.cit., p. 265 y ss.
496Poeppig, op. cit. p. 205.
497Gonzalo Vial Correa, “Teoría y práctica de la igualdad en Indias”, en Historia, 3, 1964, pp. 145-148.
498Se afirma que en 1860 el gobierno pensó en designar al doctor José Joaquín Aguirre como diplomático en los Estados Unidos, descartándolo, porque “se le hizo el cargo de ser moreno subido”, en Enrique Laval Manrique, Historia del Hospital San Francisco de Borja de Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 2011, p. 101.
499Cruz-Coke, op. cit., p. 222.
500Once eran los estudiantes matriculados en 1833 y 12 en 1841, en Cruz-Coke, op. cit., pp. 320-321; El Semanario de Santiago, N° 3, 28 de julio de 1842.
501El doctor Miguel Semir, que escribía en 1860, aseveraba que el prejuicio de que solo las leyes daban prestigio social lo desarraigaron el ministro Joaquín Tocornal y la familia Vicuña con su decisión de que ingresaran a ella, en 1833, Francisco Javier Tocornal y Juan Mackenna. En 1842, sin embargo, cuando dichos jóvenes concluyeron sus estudios, ese prejuicio no había desaparecido, no obstante lo cual ese hito se estimó como un hecho fundamental —o “mito fundacional”— en la valorización que experimentó la profesión, en Serrano, op. cit., p. 186.
502Andrés Bello, “Establecimiento de la Universidad de Chile”, en Obras Completas, vol. 8, Santiago, 1881-1893, pp. 28-29, citado por Serrano, op. cit., pp. 181-182.
503Citado por Miguel Luis Amunátegui, Vida de Don Andrés Bello, Impreso por Pedro G. Ramírez, Santiago, 1882, p. 498.
504Serrano, op. cit., p. 182.
505El programa que se estudiaba en el Instituto Nacional, de acuerdo a un decreto de marzo de 1833, debía durar seis años. De los 10 alumnos que ingresaron ese año, los primeros cuatro egresaron nueve años después. Algunas de las razones de esa demora obedecieron a que los profesores solían postergar la docencia por el ejercicio privado de la profesión. En 1842, el ingreso a la carrera se hacía cada tres años y dicho programa fue modificado, en Serrano, op. cit., p.181 y nota 100 y p. 182.
506Serrano, op. cit., p. 183.
507Juan Eduardo Vargas Cariola, “Rasgos de la autoimagen social y profesional de los médicos (1872-1925)”, en Ars Medica, vol. 3, N° 4, 2001, pp. 117-121.
508En 1867 fundaron la Sociedad Médica de Chile y publicaron, desde 1872, la Revista Médica de Chile, convirtiendo a ambas en expresiones de sus intereses científicos y profesionales. Un proceso parecido se vivió en Buenos Aires, en Ricardo González Leandri, “La profesión médica en Buenos Aires. 1852-1870”, en Mirta Zaida Lobato (ed.), Política, médicos y enfermedades, Editorial Biblos, Buenos Aires, 1996, pp. 21 y ss.
509Sobre el prestigio del “espíritu científico”, Julio Heise, Historia de Chile, El periodo parlamentario, 1861-1925, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1974, p. 146 y ss.
510Con anterioridad hubo una cantidad importante de médicos en el Congreso Nacional. Así, fueron elegidos como diputados los médicos Ramón Allende Padín, José Arce, Adolfo Murillo, Federico Puga y Nicanor Rojas; en el Senado, en cambio, no figura ninguno. En el periodo que se inicia en 1882, dos médicos, Ramón Allende Padín y Adolfo Valderrama, resultaron elegidos como senadores, y 10 como diputados: los doctores Adolfo Murillo, José Joaquín Aguirre, Augusto Orrego Luco, Tomás Torres, Miguel Guzmán, Francisco Martínez, Francisco Puelma Tupper, Olegario Silva, Guillermo Puelma Tupper y Rafael Barazarte, en El Ferrocarril, 6 de abril de 1882; Luis Valencia Avaria, op. cit. II, 1986, p. 269 y ss., y Cruz-Coke, op. cit., p. 412. También figuran médicos en la convención de la Alianza Liberal, de noviembre de 1875, en La República, 28 y 29 de octubre, y 17, 20 y 25 de noviembre de 1875; y como candidatos a municipales por Santiago, en La República, 12 de mayo de 1876.
511Enrique Campos Menéndez, Una vida por la vida. Vicente Izquierdo Sanfuentes, Ediciones Universidad Católica, Santiago, 1996, pp. 128-129.
512En Pisagua, La Ligua, Buin, San Fernando, Linares, Bulnes, Florida, Collipulli y Temuco, en Cruz-Coke, op. cit., p. 413.
513Cruz-Coke, op. cit., pp. 409-417.
514Ponce de León Atria, op. cit., p. 76.
515“La influencia de la Higiene es fecunda; por los medios que pone en planta para lograr sus fines ella arregla la vida, forma los caracteres, despierta la energía, modera las fuerzas, alienta a los tímidos, fortifica a los débiles; patentiza el poder de la voluntad y el resultado de una buena dirección, comunica la convicción de la propia responsabilidad y de la mínima parte que en todo lo que nos ocurre corresponde al acaso; porque nada de lo que promete, nada de lo que ella es capaz de dar, nada se obtiene sin el concurso de una voluntad perseverante, de una tenacidad sostenida, de una acción incesante para seguir el camino elegido; de una moderación que lleva a la cordura y a la virtud por el mismo camino que conduce a la salud y a la felicidad”, en Federico Puga Borne, Elementos de Higiene, Imprenta Gutenberg, Santiago, 1891, p. 11; y Alejandro Kohl, Higienismo argentino. Historia de una utopía. Editorial Dunken, Buenos Aires, 2006, p. 52 y ss.
516Puga Borne, op. cit., p. 224 y ss. También puede verse Mauricio Folchi Donoso, “La higiene, la salubridad pública y el problema de la vivienda popular en Santiago de Chile, 1843-1925”, en Rosalva Loreto López (coordinadora), Perfiles, habitaciones y condiciones ambientales. Historia urbana de Latinoamérica, siglos XVII-XX, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, 2007, pp. 361-368.
517Ponce de León Atria, op. cit., p. 120.
518Puga Borne, op. cit., p. 30.
519RMeCh, VI, 1877-78, p. 43.
520RMeCh, 15 de julio de 1883, pp. 1 y 2.
521María Angélica Illanes, En el nombre del pueblo, del Estado y de la Ciencia, Editado por el Colectivo de Atención Primaria, Santiago, 1993, p. 55.
522RMeCh, 1872, p. 33, citada por Luis Alberto Romero, ¿Qué hacer con los pobres?, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1997, p. 153.
523La sesión de la Cámara de Diputados de 12 de septiembre de 1882, en Revista Chilena de Higiene, 1 de agosto de 1894, p. 13 y ss.
524El Independiente, Santiago, 15 de septiembre de 1882.
525El Independiente, Santiago, 18 de junio de 1884.
526BSCD, LO, 1877, p. 542.
527BSCD, LE, 1878, p. 349. La vacunación obligatoria era solo para las “escuelas primarias, escuelas especiales, colegios, liceos, universidades, pensionados y asilos sostenidos o subvencionados por el Estado, (y para) las tropas de mar y tierra”; y también en las “cárceles, presidios, penitenciarias, hospitales y hospicios civiles y militares”, en BSCD, LO, 1878, p. 331
528BSCD, LE, 1878, p. 338.
529 Ibídem.
530BSS, LO, 1882, p. 46.
531 Ibídem.
532BSS, LO, 1882, pp. 46-47.
533BSS, LO, 1882, pp. 47.
534Desde un punto de vista más general, Patricia Arancibia estudia la significación de dichas ideas en el debate político interno, en Patricia Arancibia Clavel, “El pensamiento radical frente al Estado y a la Iglesia, 1881-1884”, en Catolicismo y Laicismo, Ediciones Nueva Universidad, Santiago, 1981, p. 189 y ss.
535BSS, LO, 1882, p. 49.
536BSS, LO, 1882, p. 53.
537BSS, LO, 1886, p. 246.
538BSS, LO, 1886, p. 249.
539BSS, LO, 1886, 252.
540Arancibia, op. cit., p. 185.
541La Época, 7 de diciembre de 1886. Con anterioridad dicho periódico, que se consideraba portavoz del radicalismo, había defendido “que cuando el bien de la comunidad lo exige tiene el Estado el derecho para intervenir en aquellos que de ordinario se dejan a la libre administración de los individuos, de las familias o de los municipios”, en La Época, 27 de enero de 1882, citado por Patricia Arancibia Clavel, “El pensamiento radical”, en op. cit., p. 190.
542El Mercurio, 21 de julio de 1886.
543El Independiente, 21 de julio de1886.
544Laval, Historia del Hospital, pp. 200-202.
545Lo expuesto sobre los hospitales en Juan Eduardo Vargas Cariola y Felipe Vicencio Eyzaguirre, “Los pobres, entre las acciones de caridad y los esfuerzos del Estado, 1541-1928”, en AICh, vol. XXVIII, 2009, pp. 21-23; también puede verse, Ponce de León Atria, op. cit., p. 133 y ss.
546Laval, Historia del Hospital, pp. 18, 90 y 91.
547Laval, Historia del Hospital, p. 103.
548Laval, Historia del Hospital, pp. 99-101.
549Aurora de Chile, N° 41, Santiago, 19 de noviembre de 1812.
550El Observador Eclesiástico, N° 26, Santiago, 13 de diciembre de 1823.
551La Revista Católica, N° 57, Santiago, 13 de marzo de 1845.
552El Amigo del Pueblo, N° 36, Santiago, 13 de mayo de 1850.
553Martina Barros de Orrego, Recuerdos de mi vida, Ediciones Orbe, Santiago, 1942, pp. 34-35. También fue administrador de la Casa de Huérfanos, del Hospicio y de la “casa de locos”, ayudando de su “propio peculio a cubrir las necesidades más apremiantes de estas instituciones”, en Ibídem. Puede verse también sobre dicha persona, Laval, Historia del Hospital, p. 127.
554Ponce de León Atria, op. cit., p. 142; para 1864, ver Laval, Historia del Hospital, p. 192.
555Cruz-Coke, op. cit., p.431; y Laval, Historia del Hospital, p. 191.
556Memoria que el Ministro de Estado en el Departamento del Interior presenta al Congreso Nacional, 1863, pp. 36-37. Los gobiernos fueron más lejos en materia de salud. A los hospitales, en efecto, se agregaron las llamadas dispensarías. Las primeras nacieron en Santiago. Funcionaban en una o dos habitaciones, eran atendidas por un médico y recibían a los enfermos crónicos que no tenían cabida en los hospitales; a los que padecían “males” que no eran graves y a los niños que presentaban diversas afecciones (disenterías, herpes, ulceras e inflamaciones a los ojos, entre otras). Esas instituciones eran financiadas por el Estado y comenzaron a extenderse en el país a partir de 1848. En 1876 habían atendido a 77 mil 615 personas y se calculaba que había 90 en 1885, repartidas entre Tacna y Chiloé, en ANH, MI, v. 35 s/f; Illanes, op. cit., p. 58, y Ponce de León Atria, op. cit., pp. 152 y ss. Se pueden agregar también los lazaretos, que Macarena Ponce de León define, en el caso de los llamados “provisorios”, como “galpones construidos de material ligero para poder cerrarlos fácilmente una vez superada la epidemia”, op. cit., pp. 164-165.
557Ponce de León Atria, op. cit., pp. 56-59
558Abdón Cifuentes, Memorias, I, Editorial Nascimento, Santiago, 1936, pp. 413-414.
559Cifuentes, op. cit., p. 415.
560Puede verse, a modo de ejemplo de las limitaciones con que funcionaban esos establecimientos, el artículo de Martín Lara, “Salud y caridad en una villa de Chile central: génesis del Hospital San José de Parral (1875-1885)”, en Anales de Historia de la Medicina, 20 (1), mayo, 2010, pp. 41-42.
561Laval, Historia del Hospital, p. 214.
562Hacia mediados del siglo XIX los pobres no eran los únicos pacientes de los hospitales. Así, el administrador del Hospital San Juan de Dios informaba en 1848 que se había establecido una “pequeña sala […] para recibir a personas decentes que por su escasez de medios para medicinarse quedan reducidas a un absoluto aislamiento en el periodo más crítico de su vida […] para ahorrarles el triste espectáculo de hallarse rodeadas de personas de una condición desigual, con las cuales no es posible tener expansiones morales que tanto rehabilitan al enfermo en medio de su dolor”, en ANH, MI, v. 161, s/f.
563Campos Menéndez, op. cit., p. 128.
564La afirmación se basa en las cifras que proporciona Vial Correa, op. cit., p. 537; y también Francisco Antonio Encina que estima, en Nuestra Inferioridad Económica, Editorial Universitaria, Santiago, 1955, que el aumento “decenal de la población, que había sido 2,61% entre 1843 y 1854, […] baja a 1,33% en el periodo comprendido entre 1875 y 1885 y a 1,11% en el periodo comprendido entre 1885 y 1907”, Encina, op. cit., p. 8.
565Aurora de Chile, 27 de febrero de 1812, N° 3, p. 11.
566Mamalakis, op. cit., 2, p. 4.
567Encina, Ibídem
568Enrique Mac Iver, Discurso sobre la crisis moral de la República, en Godoy, op. cit. p. 285.
569Mac Iver, op. cit., en Godoy, op. cit., p. 283.
CAPÍTULO VI
LA POBLACIÓN RURAL Y MINERA
FERNANDO SILVA VARGAS
LA VIDA EN EL CAMPO
Aunque esta materia se trata con más detalle en otro lugar, es necesario recalcar aquí la importancia que tuvo el agro en la vida chilena del siglo XIX. Se ha sostenido que el mundo rural estuvo marcado por la gran propiedad, concepto muy ambiguo porque en él deben incluirse tanto las extensas estancias del Norte Chico, carentes de riego, montuosas y de escaso valor agrícola, como las más próximas a los centros urbanos, que por ello tenían una salida segura para sus productos. En una primera aproximación, la hacienda del siglo XIX era, como la del precedente, un mundo bastante autosuficiente, con una población de inquilinos con sus familias y de peones en su interior, en que predominaban los cultivos extensivos y la ganadería. Es sabido, sin embargo, que la apertura del mercado peruano a fines del siglo XVII había provocado grandes cambios, primero en los valles del Norte Chico, y a continuación en la zona central, al descubrirse las posibilidades de la agricultura como fuente de ingresos de regular cuantía. En los bordes de las grandes propiedades y en las vecindades de los pueblos se produjeron procesos de fragmentación de tierras, y en ciertos lugares, como en el valle de Elqui o en el sector de la Florida, cerca de Concepción, la mediana y la pequeña propiedad adquirieron una presencia predominante. La pequeña propiedad ha sido, como es notorio, una constante en Chiloé.
Hasta el decenio de 1840 las diferencias entre la vida rural de la colonia y la de la república eran muy reducidas. En la zona central el cultivo extensivo y las abundantes masas de ganado eran respuestas razonables a una demanda reducida y a imperfectas modalidades de comercialización. Por otra parte, la falta de numerario, tan marcada durante todo el siglo XIX, entorpecía la venta al menudeo de productos del agro. Consecuencia de esto fue el predominio de formas alternativas de pago a la mano de obra. El salario en dinero, que muy frecuentemente se pagaba no en efectivo sino en vales, pasaba del patrón al inquilino y, de este, nuevamente a aquél por intermedio de la pulpería o almacén que siempre existió en los predios, única forma de asegurar a los trabajadores agrícolas el abastecimiento de artículos esenciales como aceite, sal, azúcar, telas o velas.
Los inquilinos vivían en sus ranchos de quincha y barro y techo de paja rodeando las casas principales del predio. Así, por ejemplo, frente a las tres casas patronales de las haciendas Lo Campo, San Roque y San Buenaventura, en Panquehue, había 120 ranchos pajizos grandes y 125 medianos y pequeños. Este cuadro se repite en gran parte de las propiedades agrícolas.
La transformación de la actividad rural en una agricultura comercial, que llevó a la reducción del número de inquilinos y de peones estables, obligó a muchos, en especial a los más jóvenes, como ya se ha indicado, a buscar mejores destinos, lo que originó una movilización de personas hacia los más variados lugares. La disminución de la mano de obra por la demanda en las ciudades y, en especial, en obras públicas como el ferrocarril, se hacía sentir con especial fuerza en los meses de la cosecha y de la vendimia, por lo que los propietarios hubieron de recurrir a variadas fórmulas, que iban desde enganches de trabajadores en otras localidades a la mecanización, pasando por el incremento de los jornales. Un periódico de Curicó aseguraba en 1880 que “no hay agricultor regularmente acomodado que no posea una buena máquina trilladora”570. Los aumentos salariales llegaron a ser tan elevados en ciertas regiones, como Casablanca, que muchos propietarios preferían atrasar sus trabajos antes que pagar a los operarios571.
El campo chileno, como es bien sabido, distaba de ser un bucólico lugar de paz. Tradicional centro de variadas manifestaciones de violencia, el bandidaje tenía profundas raíces. Además, la permanente actividad de los cuatreros, que continuó en el periodo a pesar de las severas normas legales contra el abigeato, constituyó un freno a la ganadería. Como forma de combatir la inseguridad rural, una ley de 16 de diciembre de 1881 creó una Policía Rural o Guardia de Seguridad en las subdelegaciones rurales de cada uno de los departamentos del país. El presupuesto de dicha policía era formado por la Junta Departamental, según lo dispuso un decreto de 1 de abril de 1882, y los ingresos provinieron del 20 por ciento de la contribución territorial a que estaban afectos los predios agrícolas y del 100 por ciento de la contribución de patentes rurales572. La medida no produjo mayor efecto, y la violencia rural no amainó. Hubo, por cierto, acusaciones contra la policía rural de ser utilizada con propósitos de intervención electoral573.
MIGRACIONES DE CHILENOS
Abundan los testimonios en la segunda mitad del siglo XIX sobre la tendencia de los chilenos a la migración. Se movieron en busca de otros horizontes hombres de las más diversas condiciones, desde campesinos a integrantes de los sectores medios y de las elites, si bien es posible que el mayor impulso lo diera la pobreza. Migraban los hombres del campo a los yacimientos mineros, a las grandes obras públicas en ejecución tanto en Chile como en el extranjero, y a las ciudades, de preferencia a Santiago, proceso al que se oponían, sin mayor éxito, los agricultores574. También lo hacían los habitantes de villas y aldeas a las minas o a ciudades mayores. No ha de creerse, sin embargo, que este fenómeno era exclusivo de los nacionales. También los extranjeros, de las más diversas condiciones, desde peones hasta empresarios, pasando por campesinos y artesanos, fueron atraídos a las minas y a ciudades como Copiapó, La Serena, Valparaíso, Santiago y Concepción.
La movilidad de los peones, siempre dispuestos a trabajar en los más variados menesteres, tanto en Chile como en Perú, era estimulada por los vaivenes del ciclo económico, que, al estar en su fase descendente, obligaba a cerrar fuentes de trabajo, dejando a vastas multitudes sin él, e induciéndolas a desplazarse hacia donde creían que había demanda de mano de obra: la capital, Valparaíso, los yacimientos mineros o el extranjero575.
En Tarapacá, donde al concluir el periodo en estudio la población chilena estaba constituida por hombres solteros entre 15 y 40 años de edad, las oficinas salitreras ofrecían una nueva forma de trabajo, diferente del tradicional de la minería del cobre y de la plata —autónomo y en que el pago se hacía “a destajo”—, por estar muy mecanizado, despersonalizado y con una remuneración dos o tres veces mayor que el promedio pagado en Chile576. Para 1876, y de acuerdo al censo practicado ese año en Perú, se estimó en nueve mil 664 el número de chilenos en Tarapacá, frente a 17 mil 13 peruanos577. Según Barros Arana, que no cita fuentes, el número de chilenos residentes en el Perú se acercaba a las 40 mil personas, comprendiendo a ancianos, mujeres y niños578.
La migración de los pequeños campesinos y peones de la zona central se hizo preferentemente a las ciudades intermedias, como Curicó, Talca y Linares, donde se incorporaban a los sectores urbanos marginales y se instalaban en los rancheríos que surgían en los alrededores. En un segundo paso podían migrar a la gran ciudad, es decir, Concepción, Valparaíso o Santiago, en la creencia de que en ellas encontrarían una demanda sostenida de mano de obra y mejores remuneraciones579.
Por lo que sabemos, la tendencia centrífuga de los habitantes de minifundios resulta casi una constante. Y en las localidades en que al predominio de la pequeña propiedad se unía la economía de subsistencia y la lejanía de los mercados de consumo la migración se hacía irresistible. Otro tanto se aprecia en la Frontera, donde, no obstante que las tierras eran de gran extensión, se ha podido establecer el movimiento de propietarios en la isla de La Laja hacia Concepción ya desde el siglo XVIII, con el correspondiente traspaso de los inmuebles a recién llegados580. También las corrientes migratorias provenientes de Chiloé fueran antiguas, a pesar de las restricciones existentes durante la monarquía para los desplazamientos fuera de la isla. Esas restricciones fueron alzadas al finalizar el siglo XVIII para asegurar la repoblación de Osorno. El proceso emancipador constituyó un fuerte estímulo a la emigración, la que se acentuó a lo largo del siglo XIX581. Cuando en 1844 un incendio destruyó 140 casas en Ancud, los chilotes que residían en diversas ciudades del país concurrieron con una ayuda de 14 mil pesos, suma superior a la subvención otorgada por el gobierno. Con la fundación de Punta Arenas la migración de chilotes a Magallanes se convirtió en un proceso constante, que incluso traspasó la frontera, al punto de que la colonización del extremo sur argentino también fue hecha por habitantes del archipiélago. La apertura de la colonización en la región de los lagos permitió que los chilotes migraron a las ciudades y a los campos de la zona comprendida entre Valdivia y Puerto Montt582. Pero fue también notable la temprana migración espontánea desde Chiloé hacia el norte y centro del país, de la cual hay antecedentes ya en el siglo XVII.
Abundan en el periodo las quejas de los propietarios agrícolas por la escasez de mano de obra. Es probable que el fenómeno, como ha sido subrayado en varias oportunidades, se debiera a la atracción ejercida por las ciudades mayores, Santiago y Valparaíso, que estaban experimentando un crecimiento acelerado y tenía necesidades crecientes de trabajadores. Es un hecho que hacia finales del periodo se asiste a un notorio incremento de la movilidad de las personas, como lo ponen de relieve las informaciones de los censos. No debe olvidarse, asimismo, el efecto de la demanda generada por los yacimientos mineros, también con serias dificultades para atraer operarios y, en especial, para asegurar una mínima permanencia de ellos. La oferta de mejores remuneraciones en otros minerales, por una parte, y la necesidad de atender a las cosechas en el caso de los operarios que eran, a la vez, pequeños propietarios, incidieron en la discontinuidad de los servicios prestados por una mano de obra esencialmente móvil.
Por último, ciertas situaciones coyunturales, como el descubrimiento de oro en California, la construcción de ferrocarriles, tanto en Chile como en Perú, o el trabajo en las oficinas salitreras de Tarapacá o en las guaneras y en los yacimientos de nitrato del Departamento Litoral de Bolivia fueron otros motivos que impulsaron el movimiento de las personas desde el mundo rural. La fiebre del oro californiana y la emigración de chilenos, sobre la cual se han difundido inverosímiles relatos, difícilmente pudo haber supuesto el desplazamiento de más de mil 500 personas entre 1849 y 1853583. Abundan las informaciones sobre retornos de migrantes desde California, “pertenecientes todos ellos a la clase de peones, y que vuelven al parecer poco contentos de las promesas que avivaron su codicia”584. No fue el caso de la construcción de ferrocarriles en el mismo Chile, el segundo de los cuales, el de Valparaíso a Santiago, supuso la contratación de ocho mil peones585. Debe advertirse que, como es obvio, hacia esos lugares no solo se trasladaron jornaleros del campo, sino también de ciudades como Santiago y Valparaíso. La demanda de mano de obra de los distritos mineros de Perú y Bolivia fue también de considerable magnitud. Para el comienzo del decenio de 1850 se sabe de contratos de enganche para Cobija, Tocopilla e Iquique586. Las extensas obras ferroviarias de Henry Meiggs en Perú —Mollendo a Arequipa, Callao a La Orolla, Ilo a Moquegua, Arequipa a Puno y otros menores, con un total de siete proyectos— significaron un constante proceso de enganche de jornaleros chilenos, iniciado con gran publicidad en 1868 y continuado de manera bastante reservada en los más de tres años siguientes, “para evitar así toda sospecha de que se hace una verdadera leva de gente”, como lo advertía en 1871 el ministro de Chile en Perú Adolfo Ibáñez587. El jornal de 60 centavos diarios ofrecidos por el empresario norteamericano, que casi duplicaba al que se le pagaba al trabajador rural, más la casa y la alimentación, eran estímulos irresistibles para los jornaleros588.
Los minerales de Arqueros, primero, y más adelante de Chañarcillo y Tamaya, se convirtieron en importantes polos de atracción de la mano de obra. En 1844 Tamaya tenía 260 trabajadores, cifra que en 1852 llegó a 692, para montar a mil 345 apenas dos años después, y a cuatro mil 125 en 1872. Pero en 1877 ya el número de operarios había descendido a dos mil 864589. Es posible que parte de esas personas proviniera de la zona central —dirigidas en mayor número hacia Chañarcillo, en Atacama, que hacia Tamaya y Panulcillo, en Coquimbo—, pero al menos en esta última provincia es posible que los migrantes procedieran fundamentalmente de otros departamentos de ella590. Estos, según lo sugieren las cifras, parecen haberse trasladado sin sus familias—hay escasos antecedentes de trabajo infantil, salvo en los lavaderos de oro591 y en las canchas en que se trituraba el mineral de cobre, donde se estaba generalizando hacia 1880 el sistema de emplear niños menores de 10 años592—, y se desempeñaban como barreteros y apires y, cuando comenzó el broceo de los grandes yacimientos, en calidad de pirquineros593. Al acentuarse la crisis minera en el norte chileno después de 1870, los trabajadores se desplazaron hacia el Perú para el tendido de líneas férreas, hacia las salitreras descubiertas en el Departamento Litoral de Bolivia y hacia el yacimiento argentífero de Caracoles, en la zona interior del mismo país.
Las penosas condiciones en que efectuaban sus labores, el peligro de las enfermedades endémicas y el elevado costo de la vida, que reducía el valor adquisitivo del salario que recibían, dieron buenos argumentos a la Sociedad Nacional de Agricultura, a los políticos y a los diarios chilenos en sus campañas en contra de la emigración de compatriotas594.
______________
570William F. Sater, “La agricultura chilena y la guerra del Pacífico”, en Historia 16, Santiago, 1981, p. 139.
571Sater, op. cit., p. 138.
572ANH, MI, 1.388, s.f.
573ANH, MI, 1.388, s.f.
574De Ramón, “Estudio”, cit., p. 233.
575De Ramón, “Estudio”, cit. p. 218
576Julio Pinto Vallejos, “La transición laboral en el Norte salitrero: la provincia de Tarapacá y los orígenes del proletariado en Chile 1870-1890”, en Historia 25, 1990, pp. 212-213; del mismo, Trabajos y rebeldías en la pampa salitrera. El ciclo del salitre y la reconfiguración de las identidades populares (1850-1900), Editorial de la Universidad de Santiago de Chile, Santiago, 1998, pp. 31-41.
577Una discusión sobre la presencia de peones chilenos en Tarapacá y Antofagasta antes de la guerra del Pacífico y, en especial, sobre la violencia generada entre estos y los peones peruanos y bolivianos, en Pinto Vallejos, Trabajos y rebeldías, pp. 59-83.
578Diego Barros Arana, Historia de la guerra del Pacífico, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1979, p. 69.
579Fernando Silva Vargas, “El Chile liberal y los pobres (1871-1920)”, en Anales del Instituto de Chile, XXVI, Santiago, 2007, p. 221.
580Ignacio Chuecas S., Dueños de la Frontera. Terratenientes y sociedad colonial en la periferia chilena. Isla de La Laja, 1670-1845, tesis para optar al grado de Doctor en Historia, Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 2016, pp. 133-137.
581Rodolfo Urbina Burgos, “Chiloé, foco de emigraciones”, en Chiloé y su influjo en la XI Región. II Jornadas Territoriales, Universidad de Santiago, Santiago, 1988, pp. 31-46.
582Grenier, op. cit., 1984, p. 415.
583Sobre la mitología desarrollada en torno a la emigración chilena a California, Gilberto Harris Bucher, Emigrantes e inmigrantes en Chile, 1810-1915. Todo revisitado todo recargado, Editorial Puntángeles, Valparaíso, 2012, pp. 33-45.
584El Correo del Sur, Concepción, 27 de noviembre de 1852.
585Watt Stewart, “El trabajador chileno y los ferrocarriles del Perú”, en RChHG, 85, 1938, p. 131.
586Gilberto Harris Bucher, “Notas sobre las vías ‘visibles’ de la emigración de chilenos hacia la costa Pacífico americana, 1842-1882”, en Miscelánea Histórico-Jurídica de Chile. Siglos XVIII y XIX, Facultad de Humanidades, Universidad de Playa Ancha de Ciencias de la Educación, Valparaíso, 1998, pp. 80 y 83.
587Stewart, “El trabajador”, cit., p. 133; Harris, “Notas”, cit., p. 83.
588Stewart, “El trabajador”, cit., p. 132.
589Valenzuela, Mineros, p. 30.
590Valenzuela, Mineros, pp. 37-48.
591Jorge Rojas Flores, “Trabajo infantil en la minería: apuntes históricos”, en Historia, 32, Santiago, 1999, pp. 379 y 382-383.
592Chouteau, op. cit., p. 157.
593Pablo Rubio Apiolaza, “Miradas políticas de la elite en una zona decadente. El Norte Chico entre 1880 y 1900”, en RHSM, Crisis minera y conflicto social en Chile durante el siglo XIX, Año X, vol. 2, 2006, p. 43.
594La oposición a la emigración está tratada por Stewart, “El trabajador”, cit., pp. 153-163.
CAPÍTULO VII
LA POBLACIÓN INDÍGENA
FERNANDO SILVA VARGAS
LOS INDÍGENAS DEL NORTE Y DE LA ZONA CENTRAL
En el litoral septentrional chileno hasta el difuso límite con Bolivia vivían en las caletas y en las quebradas que llegaban a ellas los indios changos, que habían experimentado un fuerte proceso de mestizaje y que hablaban solo castellano. Philippi pudo conocer en Taltal, en 1853, a un grupo de changos que allí vivía, y describió sus viviendas:
Nada es más sencillo que un rancho. Se fijan en el suelo cuatro costillas de ballenas o troncos de quisco, apenas de alto de seis pies, y se echan encima cueros de cabra, de lobos marinos, velas viejas, harapos y aun solo algas secas, y la casa está hecha. Por supuesto no hay en el interior ni sillas, ni mesas ni catres; el estómago de un lobo sirve para guardar el agua; unas pocas ollas y una artesa completan el ajuar de la casa595.
Observó el científico que las mujeres vestían como en las ciudades, con prendas de algodón, zapatillas, zarcillos y sortijas, y que los indígenas “eran tan políticos como si hubiesen recibido su educación en la capital”. Se alimentaban de pescados y mariscos y los hombres salían al mar en sus balsas formadas con dos cueros de lobos marinos inflados con aire. La pesca del congrio permitía su secado y su posterior venta a los habitantes del interior. Durante el invierno, cuando las bravezas del mar no permitían la pesca, los hombres se dedicaban a la caza de guanacos. Pero la iniciación de faenas mineras llevó a muchos changos a trabajar en esa actividad. Las mujeres, por su parte, pastoreaban cabras en los reducidos sectores en que la orografía y la camanchaca permitían la existencia de pastos. Calculó Philippi que los changos del litoral del desierto sumaban alrededor de 500 personas596.
En Atacama y Coquimbo los pueblos de indios creados en el siglo XVIII comenzaron a desaparecer al iniciarse la república. Debe recalcarse que desde mucho antes el mestizaje había diluido a la población propiamente indígena. Se ha de tener presente que los indígenas del norte y centro del país eran, hacia principios del siglo XIX, de muy diferentes orígenes. Los que encontraron los conquistadores en el norte y centro del país, y que fueron objeto de los primeros repartos eran presumiblemente naturales de la zona que habían experimentado una profunda aculturación, como lo hace pensar la organización dual que exhibían desde los valles del norte hasta la zona de Santiago, o bien procedían probablemente del Perú, de acuerdo con la práctica del incario de trasladar grandes grupos humanos de un sector geográfico del Tiawantinsuyo a otro597. En los decenios iniciales de la conquista se agregaron los huarpes, que eran aborígenes transandinos de Cuyo —fueron traídos en tal cantidad que incluso se formó en Santiago un cementerio especial para ellos598—, y los llamados indios Chile, promaucaes o purunaucas, de la zona central. Como, además, algunas encomiendas se unían o, al disminuir el número de sus integrantes, eran rellenadas con mapuches capturados en la frontera, lo que ocurrió con especial fuerza durante el siglo XVII, era manifiesta la diversidad étnica de los grupos indígenas. Por otra parte, la aludida creación de pueblos de indios a fines del siglo XVIII puso de manifiesto la dificultad de establecer un régimen de separación residencial, pues en forma paulatina se fueron incorporando a ellos indios libres, españoles, mestizo, mulatos y zambos. Parte de las tierras de dichos pueblos era, asimismo, arrendada por los foráneos.
Los intentos de determinar los orígenes étnicos de los indígenas mediante los apellidos registrados en los libros parroquiales o en las matrículas hechas en las visitas a las encomiendas carecen de sustento científico: a menudo eran los de los propios encomenderos, que se los asignaban a aquellos. Así, por ejemplo, en Coquimbo los apellidos Aguirre, Cisternas, Bravo, Roco, Saravia o Cortés se mezclaban en esas listas con los Cuturrufo, Garrote, Jopia, Chepillo, Caniguante, Tabilo599, Carroza y otros apellidos habituales entre los indígenas. La complejidad de este proceso se puede observar en el análisis del censo de 1813, que dio para el valle de Elqui un 58,54 por ciento de españoles americanos y europeos, un 26,59 de indios y mestizos y un 14,83 por ciento de negros y mulatos, espacialmente mezclados600.
En la zona central también el mestizaje había hecho desaparecer a los indígenas, no obstante lo cual algunos “pueblos de indios” creados en el siglo XVIII mantuvieron la diferenciación, a lo cual también contribuyó la subsistencia —tal vez mejor la creación— de mandones o caciques. En 1822 Maria Graham, en un largo paseo que hizo con varios acompañantes hacia el sur y el poniente de Santiago, sintió curiosidad por conocer al cacique de Chiñihue, pero la distancia y le necesidad de retornar a la capital al día siguiente le impidieron realizar ese propósito, por lo que optó por visitar al cacique de Llopeo, pueblo muy próximo a San Francisco del Monte. Pero el cacique no estaba, y el grupo de viajeros fue recibido por su cónyuge, “inteligente y bien parecida mujer”:
Cuando entramos estaba sentada en el estrado con una amiga y una de sus hijas. Otra de ellas, una bellísima muchacha, se ocupaba en amasar pan. La casa, aunque grande y cómoda, es un simple rancho de paja. Los huertos y campos anexos son bellos y perfectamente mantenidos, gracias al trabajo personal del cacique, sus dos hijos y sus mocetones, sobre quienes ejerce todavía una autoridad nominal y una autoridad moral, no menos poderosa aquí que en las naciones más civilizadas. Como se le supone dueño del derecho de la tierra, recibe por cada campo una pequeña contribución voluntaria en productos, a modo de reconocimiento de su dominio. Durante las dos últimas generaciones se le ha despojado de las dos terceras partes del pueblo, de manera que ahora el cacique no es más que una sombra Habla de ir, acompañado de una veintena de sus mejores mocetones, a hablar con el Director, para librarse de la intervención de los comandantes de distritos, que lo vejan y hostilizan de mil maneras. El lenguaje, hábitos y vestidos de estos indios no se diferencian casi de los demás chilenos, de que solo unas pocas costumbres los distinguen; hasta tal punto se han asimilado a sus conquistadores, quienes, por su parte, han adoptado también muchos de sus usos601.
Entre estos usos la viajera inglesa describió un baile de hombres —quienes, según ella lo interpretó, estaban vestidos con atuendos y aderezos femeninos en lugar de llevar el cuerpo pintado y la cabeza adornada con plumas, que sería lo propio de los indígenas que esperaba conocer—, en honor de la Virgen de la Merced, que, con acuerdo de los franciscanos del convento de Talagante, se hacía anualmente, y cuyo costo lo asumían, por turnos, los caciques de Talagante, Llopeo y Chiñihue602.
La breve aunque sustanciosa información transcrita da luces acerca de los pueblos de indios próximos a Santiago, que probablemente cabría extenderla a los otros aún subsistentes en las zonas norte y central del país. Como es sabido, estos pueblos se formaron en su mayoría durante el gobierno de Ambrosio Higgins, quien en enero de 1789 puso término al servicio personal de los indígenas —debe recordarse que la encomienda, en su concepción original, era solo de tributos— y dispuso la reducción de estos a poblaciones. Como las encomiendas habían sido jurídicamente temporales y limitadas en teoría a dos vidas, es decir, al beneficiario original y a su descendiente, cuando quedaban vacantes eran asignadas a otras personas, lo cual obligaba al traslado de los indígenas. De esta manera, al desocuparse las tierras en que habían vivido, pasaban habitualmente a personas que, alegando su vacancia, obtenían un título de merced sobre ellas. A partir del siglo XVII los encomenderos radicaron a sus indios en sus propias haciendas, de manera que al darse término a la encomienda de servicio, es decir, de trabajo, fue necesario buscar un nuevo asentamiento para ellos. Esto se tradujo en la instalación de los naturales ya en tierras de las mismas haciendas de los encomenderos, debidamente transferidas, o bien en las asignadas por las autoridades.
No puede extrañar, por tanto, que la “separación residencial” perseguida por las autoridades fuera un objetivo inalcanzable. Incluso los administradores de los pueblos de indios, no obstante ser españoles o mestizos, vivían dentro de aquellos603. Ya a fines del siglo XVII los pueblos de Aconcagua, Curimón, Apalta y Putaendo casi no tenían habitantes nacidos en ellos, y ahí vivían más mestizos que indios. Y la más importante de las encomiendas del valle, la de Aconcagua, fue traslada al concluir ese siglo a Codao, en Rancagua604. Un informe de 1816 sobre el estado del pueblo de Llopeo determinó la existencia de 18 familias de indios frente a 65 arrendatarios españoles que, con sus familias, sumaban 301 personas, y que tenían 240 animales605.
Los golpes más fuertes a estos grupos, a los que la posesión de un determinado retazo de tierras caracterizaba como indígenas, se iniciaron con los primeros pasos de la nueva república. Por su inspiración liberal todos los recién inaugurados gobiernos americanos tenían a la igualdad como a uno de sus principales objetivos y eran contrarios a la existencia de diferencias y privilegios. Pero, como bien se ha anotado, la ciudadanía y la igualdad legal obtenida entonces por los indios fue “una ilusión falaz”606. Cabe recordar que en agosto de 1821 San Martín decretó en el Perú la abolición de la legislación sobre indígenas, los cuales pasaron a ser llamados “peruanos”. Bolívar, más tarde, decidió la venta de las tierras pertenecientes al estado, con exclusión de las de los naturales. Pero en el mismo decreto les otorgó la propiedad de las que ocupaban, de manera que pudieran venderlas. La supresión de los privilegios legales de los indígenas se inició en México con una ley de 1822 que los declaró “ciudadanos” y les otorgó plena capacidad jurídica607. A continuación principió la división de las comunidades y la venta de sus tierras. En Chile, por ley de 4 de marzo de 1819, en los comienzos del gobierno de O’Higgins, se declaró abolido el régimen de protección de los aborígenes, y se suprimió el cargo de protector de indios. Poco después la ley de 10 de junio de 1823, dictada durante el gobierno de Freire, ordenó a los intendentes de las provincias la determinación de los pueblos de indios existentes o que hubieran existido en sus respectivas jurisdicciones, la medición, tasación y remate de las tierras sobrantes, y la declaración de “perpetua y segura propiedad” de las tierras actualmente poseídas por aquellos. Aunque los remates fueron suspendidos en 1832, algunas de las tierras fueron vendidas y en ciertos casos los pueblos dejaron de existir.
Así como los indios de Elqui vieron desaparecer en el siglo XIX sus pueblos de El Tambo, Marquesa Alta —en un sector de la hacienda de ese nombre se fundó en 1821 la villa de Vicuña, que al norte limitaba con “un terreno fecundo y cultivado donde habitaban los naturales”608—, El Molle y Poya, y otro tanto ocurrió con varios de la zona central, en cambio algunos, como Lora, a orillas del río Mataquito, en la costa de Curicó, pudieron consolidarse y, mediante un notable esfuerzo de reconstrucción de identidad, lograron caracterizarse como una agrupación de naturales609. Es posible que en este proceso hubiera influido la percepción discriminatoria de los vecinos, en especial de los pequeños campesino de los lugares vecinos y de los habitantes de los pueblos cercanos, de que efectivamente aquellas personas eran indígenas, es decir, eran “otros”. Tampoco se pueden desdeñar las actuaciones abusivas de las autoridades locales, tal como lo anotó Maria Graham. Se sabía muy bien, por ejemplo, que los pueblos de Varas y Roco, en Valle Hermoso, frente a La Ligua, río de por medio, se habían formado con los indios de la encomienda del marqués de la Pica y con los de la familia Roco Campofrío de Carvajal, cuyas tierras estaban en La Ligua. Esos indígenas se asentaron en una estancia que había sido de propiedad del marqués. Lo más notable es que ellos no solo se organizaron en torno a un mandón, persona con ascendiente sobre los pobladores, más adelante llamado cacique, sino que fueron capaces de proteger los deslindes de la propiedad mediante recursos judiciales y arrendando las tierras en los sectores limítrofes con las haciendas vecinas. Este proceso, que dio lugar a enfrentamientos entre dichos pueblos y el gobernador y la municipalidad de La Ligua en 1867, cuestión que incluso llegó hasta el Consejo de Estado, concluyó solo en la segunda mitad del siglo XX, con los pueblos convertidos en comunidades agrícolas610.
LOS MAPUCHES
Se indicó en el tomo I de esta obra que durante el conflicto de la emancipación tanto los patriotas como los realistas trataron de atraer a los mapuches a sus respectivos campos. La falta de unidad de los grupos indígenas se tradujo en que ciertos caciques con sus parcialidades apoyaron a los primeros, mientras otros auxiliaron a los realistas. La llamada “guerra a muerte” es un buen ejemplo de la intervención de los indígenas en calidad de aliados de ambos grupos contendores.
El indígena fue uno de los símbolos más utilizados por los patriotas y por el grupo dirigente en dicho proceso, y siguió siéndolo en parte del siglo XIX, como expresión del sentimiento antiespañol, y como una reiterada manifestación crítica hacia la acción peninsular en la conquista y colonización de América. Pero muy pronto se apreció un cambio en la actitud hacia los mapuches, tanto por su participación en la aludida “guerra a muerte” como, más adelante, en las revoluciones de 1851 y 1859. Además, la continua inseguridad en algunos sectores por los asaltos, el robo de animales o el asesinato de algún comerciante protagonizados por grupos indígenas fue generando un sentimiento cada vez más hostil hacia ellos. Junto a esto el gobierno y la opinión pública no podían dejar de advertir que el país aparecía dividido por la existencia de un territorio en que las autoridades no tenían presencia y en que la legislación chilena era inaplicable. Bien conocidos eran los peligros a que estaba sujeto un viajero en la Alta Frontera. Todos estos hechos ponían continuamente en un primer plano la situación irregular que exhibía la Araucanía en la construcción de la república.
Hasta mediados del siglo XIX la línea del Biobío estaba protegida por las plazas militares de Santa Bárbara, Los Ángeles, San Carlos de Purén y Nacimiento; en la costa solo existía la plaza de Arauco. Y desde allí hasta Valdivia no había autoridades chilenas, sin perjuicio de que en el territorio situado al sur del río Laja y al oriente del Biobío, en el sector denominado Isla de la Laja, con Los Ángeles como principal centro urbano, existiera una gran cantidad de grandes, medianas y pequeñas propiedades, buena parte de ellas originadas en mercedes otorgadas desde mediados del siglo XVII por los gobernadores611. La peculiar situación de los terratenientes, muchos de ellos descendientes de ex cautivos de los mapuches y a menudo con estrechos vínculos con ellos, había facilitado el asentamiento al sur de dicho río. Esta ambigua situación, tan característica de las fronteras, ayudaba a que ingresaran a la tierra adentro, al sur y al poniente del río Biobío, numerosos individuos, tanto comerciantes como delincuentes que huían de la justicia chilena. Un norteamericano, Edmond Reuel Smith, miembro de la expedición encabezada por el teniente James M. Gilliss, observó, tras un viaje realizado por la Araucanía en 1849, que “se encuentran chilenos por todo el territorio; casi todos son fugitivos de la justicia, que ganan la vida ocupándose en cualquier trabajo que se les proporciona. Con frecuencia se casan con indias y rápidamente se ponen al nivel de los salvajes, con quienes se asimilan”612. Los indígenas de la cordillera, los pehuenches, muchos de los cuales apoyaron a los montoneros y a los Pincheira en el decenio de 1820, sufrieron las consecuencias de dicha alianza: muertes en escaramuzas, alteración de sus formas de vida, lucha con facciones pehuenches que apoyaban al gobierno, pérdidas de sus ganados. Del deterioro de su estado y de su empobrecimiento dejaron testimonio varios viajeros de la época, como el alemán Eduard Poeppig, que visitó la región a fines de 1827 y principios de 1828; el polaco Ignacio Domeyko, que lo hizo en 1845, y el citado norteamericano Smith, en 1853613.
Después de 1830 y con la consolidación política del nuevo régimen, se asistió a un sostenido desarrollo económico, que en materia agrícola apuntó a la ganadería y, en especial, al cultivo y a la exportación del trigo, cuyo precio experimentó una notable alza. El propio Smith no pudo ocultar su admiración ante “los inmensos trigales, listos para la siega”, que vio en una hacienda próxima a Los Ángeles, así como a los primitivos métodos de cultivo y cosecha utilizados614. La necesidad de disponer de nuevas tierras fue, sin duda, uno de los mayores alicientes para el progresivo desplazamiento de la frontera hacia el sur. Y este proceso no solo consistió en un aumento de la presencia transitoria de mercaderes, conchabadores o faltes, vivanderos, soldados y mestizos, y en un fuerte incremento de los intercambios, sino en la instalación en forma permanente de no indígenas en la zona. Fueron sujetos de las más diversas extracciones quienes, al margen de cualquier acción de un estado que mantenía allí una débil presencia, optaron por radicarse en esas tierras. Era un mundo poblado no solo de “soldados, de vagabundos, de hombres perseguidos por la justicia”, en las palabras de un buen conocedor de la región, Pedro Ruiz Aldea, sino también de pequeños y medianos campesinos el que se estaba formando en los territorios mapuches. En este cuadro las relaciones entre los pobladores estaban dadas por intereses fundamentalmente comerciales, y mientras los indígenas adoptaron muchas de las características de los chilenos, como las vestimentas, estos adquirieron otras propias de los naturales.
Los desplazamientos de los indios maloqueros hacia el virreinato del Plata, que adquirieron especial virulencia y periodicidad en la segunda mitad del siglo XVIII, y que constituyeron una buena muestra de la movilidad que exhibían y de las relaciones mantenidas con los indígenas transandinos —quienes esporádicamente le prestaban ayuda bélica a los indios del sur del Biobío—, fueron sustituidos desde principios del siglo XIX por el tráfico de bienes y animales, que se fue haciendo cada vez más intenso. Al comenzar la primavera cruzaban la cordillera para dedicarse a la caza del ganado cimarrón o bien para robar animales de las haciendas y venderlos en Chile615. Todavía en el segundo decenio del siglo XIX la participación de grupos pehuenches en la banda de los hermanos Pincheira, la cual operó desde los valles cordilleranos en que estos vivían tanto hacia el poniente como hacia el oriente de la cordillera, produjo honda inquietud en las autoridades por sus posibles efectos entre los restantes indígenas616. Eran evidentes, sin embargo, los cambios que se estaban produciendo entre los naturales, en especial en la Baja Frontera. Además de ciertos signos exteriores, como las vestimentas, otras expresiones los confirmaban, y también probaban que se estaban extendiendo hacia el ultra Biobío, en que se advertía el establecimiento permanente de los indígenas y el trabajo de la tierra, no obstante que la ganadería y el comercio seguían predominando. Fue la imagen que dejó Ignacio Domeyko de su paso por el valle del río Imperial, en enero de 1845, que describe el llamado patrón de asentamiento disperso, es decir, carente de aldeas, y que repitió respecto de otros lugares de la Araucanía:
A ambos lados del valle, por el norte y por el sur, se ven chozas indias en las colinas, muy distanciadas entre sí, porque tanto aquí como en toda la Araucanía, los indios sientes aversión por formar aldeas o pueblos. Lo consideran como pérdida de libertad. Junto a cada choza se ven manzanos silvestres y arriates de maíz, habas y papas, estas últimas tan bien cultivadas y plantadas en filas derechas como un cordel, como no las hay mejores en las partes más civilizadas de Europa617.
Más explícito fue Domeyko en otra obra, La Araucanía y sus habitantes, al referirse al mismo viaje por la zona de Imperial:
Los terrenos que se extienden por las orillas del río Imperial hasta la ciudad arruinada los tienen sus dueños por ahora mejor poblados que las nueve décimas partes de la provincia de Valdivia618.
Y la apreciación que hizo de los establecimientos mapuches en el lugar fue igualmente positivo:
Nada de bárbaro y salvaje tiene en su aspecto aquel país: casas bien hechas y espaciosas, gente trabajadora, campos extensos y bien cultivados, ganado gordo y buenos caballos, testimonios todos ellos de prosperidad y de paz619.
De las diversas prácticas utilizadas para la siembra y recolección del maíz y del trigo, así como de la cosecha de las manzanas en la segunda mitad del siglo XIX dejó detalladas y animadas descripciones el cacique Pascual Coña, las cuales permiten apreciar no solo las técnicas agrícolas de los indígenas, sino la clásica modalidad de trabajo comunitario que es la minga620.
El proceso de infiltración, como lo ha denominado Arturo Leiva, se hizo en dos áreas y de manera bastante diferente: por la costa, la denominada Baja Frontera, y por los Llanos, la Alta Frontera, al sur del Biobío y al oriente de la cordillera de Nahuelbuta. La penetración en la Baja Frontera, apoyada en el fuerte de Arauco, recibió a partir de 1840 un fuerte impulso con el desarrollo de la minería del carbón. A mediados del decenio de 1850 existían ya en Lota una fundición de cobre, una fábrica de ladrillos y un muelle. En los Llanos la ocupación tuvo un carácter eminentemente agrícola: la reducción del número de indígenas permitió la instalación de muchos nuevos pobladores, el cultivo de cereales y la cría de ganado ovino y lanar. Hacia 1858 el pueblo de Negrete tenía alrededor de mil 500 habitantes y era centro de un activo comercio621.
Debe advertirse que hacia el interior de la Araucanía, es decir, hacia Cautín, donde habitaba el grueso de la población mapuche, unos 100 mil individuos, según lo calculó el general José María de la Cruz en 1862, el ingreso era poco seguro, y solo se hacía con un pase dado por la comandancia general de armas con el beneplácito de los caciques cuyos territorios se había de atravesar. Además de los agentes del gobierno que se internaban a esa zona, como los comisarios de naciones y los capitanes de amigos, también lo hacían los comerciantes, que trocaban las mercaderías, en general licor, por ganado y mantas622.
La anomalía que para el gobierno, la iglesia, los políticos y la opinión pública constituía la situación de la Araucanía explica que muy tempranamente se discutiera sobre la forma en que debía ser incorporada a la república. A los debates en el Congreso se sumaron numerosos folletos y artículos de prensa sobre esa materia.
Así, por ejemplo, Domingo Faustino Sarmiento, en El Correo del Sur, periódico que había tratado latamente el problema indígena, aludió derechamente a él:
Entre dos provincias chilenas se intercala un pedazo de país que no es provincia y que aun puede decirse que no es Chile, si Chile se llama el país donde flota su bandera y sean obedecidas sus leyes623.
Fue visible la marcada ambigüedad exhibida entonces por los chilenos respecto de los mapuches: por una parte, la admiración por la imagen que se había forjado en torno a ellos debido a la capacidad que habían exhibido en el pasado para resistir a los invasores, y, por otra, un profundo desprecio hacia los que se conocían contemporáneamente, los cuales merecían habitualmente los depresivos calificativos de borrachos, flojos y ladrones. Así, el término “indio” se convirtió en un sinónimo que contenía los anteriores conceptos, lo que tal vez explique el desinterés de buena parte de la población en incorporar como propios sus “aportes culturales” a la chilenidad. Y eran semejantes individuos quienes impedían incorporar esas vastas extensiones a la civilización o, más exactamente, a los chilenos interesados en ellas. Fue esta, por lo demás, la percepción de un militar que participó directamente en dicho proceso, Leandro Navarro:
La Araucanía tenía muy buenos terrenos, muchas minas, mucho ganado, y esos tales no podían mirar con ojos enjutos que los indios estuviesen en posesión de tantas riquezas. Los que nada tenían y se proponían hacer su verano con esta ocupación, opinaban que se entregase a sangre y fuego. Los que no estaban por la guerra proponían las colonias de jesuitas y discutían de antemano sobre cuáles eran los mejores obreros evangélicos.
La guerra la pedían los exaltados, porque ella se avenía bien con la impetuosidad de un carácter; y los moderados, las misiones, porque las misiones son como recetas de médicos que se aplican a todas las enfermedades sin curar ninguna624.
La pobre idea que tenía un militar del siglo XIX sobre el posible efecto de las misiones en el comportamiento de los indígenas en nada difería de la que en innumerables ocasiones expresaron los jefes militares y muchos gobernadores en los siglos XVII y XVIII. Parecida fue la opinión de Andrés Bello, expresada en un comentario a La Araucanía y sus habitantes, el ya aludido trabajo de Domeyko: las misiones habían fracasado y solo cabía una ocupación armada, aunque prudente. Y el testimonio de un misionero, publicado en la prensa en 1853, coincidió con los juicios del militar y del académico: estimaba que su viaje había sido infructuoso, que creía que poco se podía esperar de los naturales, que de nada habían servido sus visitas, sus súplicas y sus regalos y que incluso se había visto amenazado “por más de 25 indios medio ebrios armados de sables, blandiéndolos por el aire con una espantosa gritería e intención de asesinarme”625.
Los debates sobre la forma de encarar la cuestión mapuche, realizados en Concepción o, más lejos, en Valparaíso y en Santiago, y con la intervención de muchos que tenían una imagen superficial y a menudo equivocada de la vida fronteriza, no impedían la ya aludida infiltración de chilenos en el territorio conocido como ultra Biobío. Además de los comerciantes, no faltaron los comisarios de naciones, los capitanes de amigos y los individuos pertenecientes a linajes militares de cierta trayectoria en la zona que, sirviéndose del conocimiento que tenían de los loncos mapuches y de la confianza que habían despertado en ellos, adquirieron tierras con las solemnidades del caso, una de las cuales era la presencia de parientes que actuaban como testigos. Pero a esta presión sobre las tierras de los mapuches se unió el desarrollo de una nueva actitud de estos que ha sido subrayada por Leonardo León: la transformación de loncos y de mapuches ricos o ulmenes en verdaderos empresario inmobiliarios, lo que impulsó el desarrollo de un activísimo mercado de bienes raíces en la zona626. No puede sorprender tal comportamiento, pues los indígenas habían adquirido en su contacto con los españoles una innegable habilidad en materias comerciales. Ya a principios del siglo XVIII el gobernador Francisco Ibáñez de Peralta aludía a esa capacidad mercantil de los mapuches en una carta al rey al referirse a los intercambios entre aquellos en la Frontera: “saben tan bien como nosotros lo que valen los géneros, y le sirve de gran celebración a ellos cuando han engañado a un español”627.
Se ha sostenido, desde una perspectiva antropológica, que los mapuches desconocían o le negaban valor a la enajenación perpetua de tierras; podían venderlas, pero concebían esa enajenación como temporal y en la medida en que no afectara a hijos o a parientes. En otros términos, se vendía el derecho al uso temporal de cierta parte de las tierras628. Precisamente en la falta de una comprensión cabal por parte de los indígenas de los efectos de los actos jurídicos de acuerdo al derecho chileno —que, por cierto, no la podían tener— y en los que ellos eran parte parece radicar el origen de los numerosos y graves roces producidos en la Frontera629.
Al margen de las concepciones de los indígenas acerca del alcance de las ventas de tierras, es bien sabido que las hubo desde antes de 1810 y durante el proceso de emancipación, y que se incrementaron en el decenio de 1820, a pesar de las difíciles condiciones de la vida en la región durante ese periodo. Por ejemplo, los terrenos de Puchoco, donde más adelante se explotaría el carbón, fueron adquiridos el 20 de agosto de 1825 por el español Francisco de Paula Mora del cacique Ambrosio Regumilla y de su mujer Santos Neculpi en la suma de 58 pesos de plata, compra efectuada ante el teniente Francisco Arriagada, comandante militar de la plaza de Colcura630. La continuada adquisición de terrenos de variadas dimensiones por algunas familias de la Frontera —Cid, Villagrán, Hermosilla, Matamala, Del Río, Fernández, De la Maza— algunos de cuyos miembros parecen haber actuado como agentes inmobiliarios, permitió la formación de extensos latifundios. Este proceso, que se intensificó en el decenio de 1830, y que abarcó principalmente el sector de la costa, la denominada Baja Frontera, fue protagonizado por una masa variopinta de españoles —el término usado en la región para referirse a los chilenos—, sin la participación de hombres y capitales del centro del país631.
Las operaciones de compraventa de tierras entre 1840 y 1849 se extendieron a Nacimiento y al entorno del río Vergara, y en ellas se pueden apreciar tanto las ventas de indígenas a chilenos como también las realizadas entre chilenos, lo que habla de la consolidación de un auténtico mercado de tierras632. Pareciera, además, que no se trataba de ventas genéricas, sino de terrenos claramente identificados. Pero lo más interesante de este proceso es que abarcó a tierras propiamente autónomas y en las que estaba ausente el aparato del Estado. De esta manera, y siguiendo a León, se formaron verdaderas islas de españoles en territorios tribales633.
Para que las compras de terrenos a los indígenas quedaran legalmente protegidas por el derecho nacional, se generalizó la práctica de reducirlas a escrituras públicas. Estas compraventas, registradas en libros formados a partir del decenio de 1850, y que, según Tomás Guevara, en algún momento estuvieron custodiados en la notaría de Angol, dan cuenta de 582 transferencias hasta 1852. Existe, asimismo, una razón de los terrenos enajenados por los indígenas, elaborada a mediados del siglo XIX en cumplimiento de una norma legal, que permite conocer los nombres de vendedores y compradores y que es una buena prueba de la magnitud del proceso. Es muy posible que, sin perjuicio de la existencia de tales ventas en la zona comprendida entre los ríos Biobío y Malleco, en muchas ocasiones tales radicaciones estuvieran marcadas por la violencia o el engaño634. Pero lo que interesa subrayar es que los indígenas, no obstante estar al margen de la estructura de la propiedad de los peninsulares y que se había establecido en América y, por cierto, también en Chile, vendieron tierras en las cuales vivían y se desplazaban, pero sobre las cuales no podían demostrar un dominio en la forma característica del derecho chileno de la época. El sentimiento de la propiedad individual, como lo recalcó Guevara, no existía en los indígenas635. Pero para los compradores chilenos era esencial contar con una escritura de compraventa, pues era el instrumento que le permitía oponerlo no solo a los terceros, sino fundamentalmente al Estado, que podía sostener que se trataba de tierras fiscales. En efecto, se sabe de la existencia de un inventario de tierras fiscales rústicas en la provincia, hecho en 1853, respecto de las cuales el intendente informó en 1855 que no se conocía otro título de ellas “que la posesión inmemorial de que goza”, posesión que era reconocida incluso por los particulares que las ocupaban636.
El 23 de julio de 1849 zarpó de Valparaíso rumbo a Corral el bergantín chileno Joven Daniel. Entre los pasajeros iban varios destacados vecinos de Valdivia, entre ellos Nicolás Jaramillo Agüero, su prima Elisa Bravo Jaramillo, el cónyuge de esta, Ramón Bañados, y dos hijos de ambos. El 31 de julio el buque encalló en la playa de Puancho, al sur de Puerto Saavedra, quedó totalmente destruido y murieron ahogados los tripulantes y los pasajeros. A raíz de rivalidades internas, el cacique de Toltén corrió la voz de que los náufragos se habían salvado, pero habían sido asesinados por los indios del cacique Curín, quedando con vida y cautivos Elisa Bravo y sus hijos. La impresión que produjo la noticia en el país fue enorme, e impulsó el despacho, a fines de agosto, de una lancha con personal de rescate que naufragó en Mehuín. Otras partidas enviadas por Miguel Bravo Aldunate, el padre de la supuesta raptada, no hicieron sino dar más verosimilitud al acontecimiento, y bajo la presión de la opinión pública se dispuso el envío de una fuerza militar punitiva, de la que surgió el fuerte de Toltén.
Testimonios de la resonancia que tuvo la suerte de Elisa Bravo fueron no solo los artículos de prensa sobre el caso, sino los dos óleos que le dedicó el pintor Monvoisin, uno relativo a la captura de la joven valdiviana y otro en que aparece con dos hijos mestizos.
Al informar Francisco Antonio Pinto a su hijo Aníbal en 1855 sobre el naufragio en la barra del río Imperial del pequeño vapor Maule, que realizaba un levantamiento hidrográfico, le indicó que se había salvado toda la gente:
Estuvo esta expuesta a sufrir la misma suerte que la del Joven Daniel si dos caciques y un misionero no los hubiesen protegido contra la turbamulta que se proponía asesinarlos637.
En 1863 Guillermo Cox, en un viaje de Valdivia al lago Lacar recogió la versión de que Elisa Bravo estaba en poder de un indio que la había hecho su esposa638. Todavía en 1872 el naufragio del Joven Daniel era recordado, con estremecedores e imaginarios detalles, por Recaredo Santos Tornero en su conocida obra Chile Ilustrado:
[Los indios] armados de sables y machetes se precipitaron sobre aquellos infelices y no perdonaron ni aun a la tierna niña, hija de Elisa Bravo, la cual fue estrangulada por el propio cacique Curín. Al día siguiente se veían en las orillas del mar doce cabezas humanas mezcladas en espantoso desorden con piernas y brazos dispersos, muchos de los cuales sirvieron de alimento a los perros, y los demás ocultados después por los indios. Algunos cadáveres tenían en la cabeza enormes tajos que demostraban haber sido hechos a machete639.
La leyenda creada en torno a Elisa Bravo puso en un primer plano el problema de la Araucanía y, en especial, la forma en que debía abordarse. Con mensaje de 30 de agosto de 1848 el Presidente Bulnes había presentado al Senado un proyecto de ley destinado a precisar la situación de la colonia de Magallanes, que dependía de la intendencia de Chiloé, lo que originaba conflictos entre el gobernador de ella, los comandantes de los buques de la Armada y la lejana autoridad administrativa. El proyecto fue enviado a una comisión especial del Senado, la que lo amplió e incorporó disposiciones sobre el régimen y gobierno de las poblaciones indígenas y de las plazas fronterizas del sur del país. Aprobado el texto en la cámara alta, pasó a la de Diputados, donde surgieron diversas dudas, por lo que se acordó postergar la discusión y hacer llegar el proyecto al visitador judicial de la república, cargo desempeñado por Antonio Varas. El 23 de septiembre de 1849 Varas dio término a su informe, que ya en su primer párrafo contenía el juicio que se había formado sobre la materia: “Los territorios de indígenas requieren un régimen y gobierno especial, diverso del que se observa en el resto de la República”. Cuidando de advertir que usaría en su informe el término español para referirse al chileno, según el uso de la Frontera, llamó la atención al hecho de que a los indígenas “sus caciques los gobiernan sin tomar para nada en cuenta [a] las autoridades de la República”, no obstante lo cual reconocían como tales a los jefes militares, al comisario de naciones y a los capitanes de amigos. Había, sin embargo, una jefatura de mayor importancia:
El intendente es el jefe superior a que los indígenas se dirigen. Lo aceptan además como juez en las contiendas en que son parte y lo miran como una autoridad que debe prestarles protección. Sus funciones judiciales entraban sin duda en las atribuciones propias de un intendente en el antiguo régimen, pero conformándose a nuestras leyes actuales han debido abstenerse de ejercerlas. Sin embargo, al presente, los indígenas insisten en pedir que intervenga como juez, sobre todo en sus pleitos con españoles640.
Varas recomendó desarrollar un régimen basado en lo que ya existía: misiones, escuelas y una adecuada regulación de los contactos entre españoles e indígenas. Las misiones estaban “completamente desacreditadas en la frontera” por su escasísimo fruto, pero ello obedecía a su reducido número y a la falta de preparación de los misioneros. “Ninguno de los dos misioneros que funcionaban cuando he visitado la frontera —observó Varas— sabía la lengua de los indígenas”. Una racional organización de las misiones era, a su juicio, indispensable para civilizar y moralizar a los indígenas. Junto a esto debían ayudar a mejorar el nivel de vida de esa población las escuelas dirigidas a niños y a niñas, pero también a los adultos para instruirlos en la agricultura y en los oficios más usuales. Por último, la comunicación de los chilenos con los naturales se regularía con la exigencia de un pasaporte para internarse en la Araucanía y con la renovación de las disposiciones que obligaban a aquellos a aprehender y entregar a las autoridades a los delincuentes que se refugiaran en el territorio. Sugirió, asimismo, ciertas regulaciones para el comercio entre indios y españoles y, respecto de la cuestión más inmediata, las tierras de Arauco, se manifestó partidario de ocuparlas con “pobladores civilizados” para “acelerar la absorción de la población indígena por la española”. Pero como las operaciones de compraventa de terrenos se habían mostrado llenas de dificultades y abusos, propuso seguir el ejemplo de los Estados Unidos: la compra por el Estado de las tierras a los naturales a un “precio equitativo”, para venderlas a continuación a los particulares641. Las anteriores proposiciones debían estar apoyadas en una fuerza militar siempre pronta a actuar tanto para apoyar al cacique frente a sus súbditos como para escarmentar a los sublevados con una represión pronta e inmediata. “¿El suceso del Joven Daniel —se preguntó— será lección perdida? Las crueldades gratuitas ejercidas por los indígenas en los náufragos harto nos dicen qué grado de confianza debe tenerse en sus relaciones pacíficas”642. Concluyó Varas su largo informe sugiriendo una estructura institucional que adoptara en parte los modelos de los Estados Unidos y de Venezuela: un superintendente de indígenas, comandantes generales en ciertos puntos, comandantes particulares en las plazas militares y capitanes de amigos al lado de los caciques gobernadores.
Si bien el informe no se tradujo en lo inmediato en medidas como las sugeridas por Varas, las razones que dio para rechazar una conquista militar “que concluyese con sus guerreros, que sembrase entre ellos el terror y la desolación”, tuvieron la suficiente fuerza como para definir durante el gobierno de Montt un camino esencialmente jurídico para la incorporación de la Araucanía.
Semejante proceso, como ya se ha visto, se estaba produciendo sin intervención del Estado a velocidades desiguales en la zona costera, en la Baja Frontera, y en el centro del territorio, el sector conocido como ultra Biobío. Uno de los aspectos más llamativos de este avance de los chilenos y de su radicación en territorios indígenas fue el progresivo alejamiento del espacio de seguridad dado por las guarniciones militares, lo que podría interpretarse como la existencia de una relación de amistad más estable de los españoles con los loncos643. En 1854 el primer intendente de Arauco, Francisco Bascuñán Guerrero, estimaba en seis mil a ocho mil los individuos que habitaban entre los indígenas644. Dos años después la memoria del intendente calculaba que en el sector comprendido entre los ríos Biobío por el norte, Malleco, por el sur, la cordillera de los Andes por el oriente y la de Nahuelbuta por el poniente vivían unas 13 mil personas que se habían establecido allí en calidad de propietarios de tierras compradas a los indígenas, de inquilinos de aquellos, de arrendatarios de terrenos de naturales y de inquilinos de ellos y también de inquilinos de los indígenas, situación la última que a primera vista parece extraña, pero que era una expresión más del “aindiamiento” de los chilenos que vivían en la frontera y de la “chilenización” de los naturales645. Sobre la descripción de algunos mapuches como “indígenas chilenos españolizados” en los registros notariales de Arauco ha llamado la atención Leonardo León646. Como es evidente, las transferencias de tierras se referían no solo a propiedades de gran extensión, sino a cortos retazos donde se instalaban pequeños campesinos.
La referida ley de julio de 1852, además de crear la provincia de Arauco y fijar de manera muy imprecisa sus límites, que abarcarían los territorios de indígenas situados al sur del río Biobío y al norte de la provincia de Valdivia, más los departamentos y subdelegaciones de las provincias limítrofes que a juicio del Presidente de la República conviniere agregar, facultó a este en su artículo tercero para dictar, dentro del plazo de cuatro años, las ordenanzas que juzgare convenientes “para el mejor gobierno de la frontera, para la más eficaz protección de los indígenas, para promover su más pronta civilización y para arreglar los contratos y relaciones de comercio con ellos”647. Debe hacerse presente que antes de la dictación de esta ley se produjo una visible aceleración en las ventas de tierras, con numerosas transacciones entre integrantes de familias importantes de la frontera: Zúñiga, Villagrán, Bulnes, Martínez, Hermosilla, Alemparte, Cid, Puga, Ulloa, Díaz y De la Maza648. León ha detectado 143 ventas, arriendos o donaciones entre 1858 y 1861 solo en la región costera desde Lebu al norte, el Lafquenmapu, buena prueba de la amplitud adquirida por el proceso649.
Sabemos de importantes transferencias de tierras de indígenas, como la de los terrenos de Nahuelbuta, en el departamento de Cañete, de 14 mil a 15 mil cuadras, donados en 1853 por los caciques y mocetones de Tucapel a José Ignacio Palma, que limitaban con el predio de José Manuel Avello, también donado a este por los indígenas. Palma era propietario, además, del fundo Palo Botado, en el departamento de Nacimiento, de ocho mil a nueve mil cuadras, adquirido por Francisco Javier Méndez Urrejola de Manuel Colima y otros familiares en la suma de dos mil 500 pesos650. En 1850 los caciques Nicolás Patrapia y Pedro Campallante vendieron en 200 pesos a Antonio Bastías 200 hectáreas en el lugar denominado Campamento, en las Vegas de Coronado. En ese mismo lugar el cacique José María Millapi vendió en 1856 a José Ignacio Palma un “excelente superficie de terrenos” por 15 vacas, 25 caballos, 50 cabezas de ganado menor y 20 pesos en dinero. En esa zona también se convirtió en propietario el jefe militar Domingo Salvo y el antiguo guerrillero José Antonio Zúñiga651. Este, que había adquirido de los indígenas alrededor de seis mil cuadras en Picoltué, entre los ríos Bureo y Biobío, frente a San Carlos, las vendió en 1843 a José Ignacio Palma en dos mil pesos. Esta propiedad fue comprada en 1856 por Rafael Sotomayor en 26 mil pesos. Los generales José María de la Cruz y Manuel Bulnes adquirieron tierras en Nacimiento, vendidas las del primero en 1846 a Rosauro Díaz, y poco después las del segundo652. Buena parte de las tierras del cacique Francisco Mariluán fueron vendidas en 1849 por su hija Carmen a Domingo de la Maza en la suma de 150 pesos. El predio deslindaba al norte con el río Renaico, al sur con el estero Tieral y cerros de Huelehuaico, al este con el río Renaico, desde su confluencia con el estero Mininco, y al poniente con el río Malleco653. El teniente coronel Bartolomé Sepúlveda, gobernador del departamento de Nacimiento, adquirió en 1850 del cacique angolino Juan Colima los terrenos de Maitenrehue. Colima continuó enajenando la casi totalidad de sus tierras, y en 1856 cedió sus últimas posesiones en Nacimiento a Rosauro Díaz. José Manuel Abello, otro importante terrateniente de la Araucanía, recibió en donación del cacique Juan Hueramán un enorme terreno de cinco leguas de largo por tres de ancho en el lugar de Caramávida, al este de Tucapel654.
En virtud de la autorización dada al ejecutivo, este dictó varios decretos hasta 1857, que establecieron las bases del régimen de protección estatal sobre los naturales. El 14 de marzo de 1853 y en Los Ángeles, ciudad que visitó el presidente Montt en su gira al sur, firmó un decreto destinado a regular las ventas de terrenos de indígenas a fin de proteger, como decía el primer considerando,
a los vendedores contra los abusos que pudieran cometerse para adquirir sus terrenos, y que dé a los compradores garantías contra los pretextos u objeciones de falta de pago o falta de consentimiento que a veces sin fundamento se alegan por los indígenas, [y evitar así] pleitos y reclamaciones que producen la inseguridad e insubsistencia de las propiedades raíces en esos territorios655.
El sistema discurrido dispuso la intervención del intendente de Arauco —o del gobernador de indígenas especialmente comisionado para ello— en la compra de terrenos hecha a los naturales o verificadas en sus territorios. La participación de esas autoridades tenía por objeto dar seguridad de que el vendedor prestaba libremente su consentimiento, de que el terreno objeto de la operación le pertenecía realmente y de que fuera pagado o se asegurara el pago del precio convenido. Igual formalidad debía cumplirse para el empeño de terrenos o para su arriendo por más de cinco años. La nulidad del contrato era la sanción por el incumplimiento de la indicada formalidad. Las escrituras de venta, empeño o arriendo se debían extender en un libro que llevaría el secretario de la intendencia. Y respecto de los dueños de propiedades rurales en los territorios de Arauco y Nacimiento adquiridas a los naturales “o de cualquier otro modo” —expresión que debe entenderse como ventas hechas a no indígenas, como lo aclaró un decreto de 10 de marzo de 1854656—, el decreto dispuso que debían registrar sus títulos en la secretaría de la Intendencia de Arauco dentro del plazo de un año. Los títulos sometidos a gestiones judiciales o administrativas serían registrados con la anotación de la reclamación a que estuvieran sujetos. Entre quienes adquirieron tierras sujetándose a esas formalidades cabe recordar a Aníbal Pinto, quien compró a los indios José, Pedro, Pascuala e Ignacio Pinolevi los terrenos situados en las subdelegaciones de Negrete y Nacimiento denominados El Balseadero, El Almendro y La Roblería657.
En nota de 11 de abril de 1856 al gobierno, el intendente de Arauco observaba desde Los Ángeles la aparición de un nuevo procedimiento destinado a defraudar a los indígenas:
Una porción de hombres sin ocupación y ansiosos de especular, sin reparar en medio alguno, se han ocupado de poco tiempo a esta parte en recorrer el territorio indígena, llamando la atención de los indios sobre los derechos que aún les corresponde en las ventas que tienen hechas, ofreciéndoles a la vez sus servicios para defenderlos en juicio, cuyo engañoso ofrecimiento, halagando las esperanzas del indio, no ha trepidado este en aceptarlo. Al efecto, los transportan ya a la ciudad de Concepción, ya a las villas de Yumbel y Santa Juana, donde les hacen extender poderes amplísimos para representarlos en juicio, confiriéndoles facultades para transigir, para enajenar, etc.
Careciéndose en esos pueblos de hombres que conozcan el idioma indígena, los especuladores llevan consigo lenguaraces aleccionados que transmiten a los escribanos públicos conceptos distintos de aquellos que el indio emite, pero que están en armonía con los intereses del especulador de mala fe. A este respecto he visto poderes en que se impone a los indios multas de $ 12.000 si llegasen a revocarlos, lo que equivale a su irrevocabilidad o a que deje a su representante todo el producto de los derechos que pudiera sacar de la ventilación del juicio con el cual se le halaga658.
Un decreto de 2 de junio de 1856 obligó a la extensión de tales poderes con las mismas formalidades que las exigidas a las escrituras de compraventa de esos mismos terrenos por el decreto de 14 de marzo de 1853. Por decreto de 23 de marzo de 1853 se dispuso que los poderes otorgados por los indígenas para la venta, empeño o arriendo por más de cinco años debían ser visados por el intendente de la provincia, sin lo cual carecerían de todo valor659.
Un aspecto poco conocido de la política colonizadora del gobierno de Montt fue la instalación, en los terrenos fiscales llamados potrero de Humán, donde se mantenía la caballada de la guarnición de Los Ángeles, de varias familias alemanas, erigiéndose, por decreto de 7 de enero de 1859, el territorio de colonización de Humán660.
El teniente coronel Cornelio Saavedra, nombrado intendente de Arauco el 2 de diciembre de 1857, dio cuenta de las irregularidades que se cometían en la constitución de la propiedad, no obstante las numerosas y oportunas medidas dispuestas para evitarlas. Saavedra, buen conocedor de la vida fronteriza y de los indígenas, y él mismo importante propietario en la frontera, apuntó al profundo problema cultural que hacía ineficaz la estructura legal que se estaba creando para regular el dominio inmobiliario en la zona y, a la vez, proteger a los naturales:
Los indígenas, sin idea precisa de lo que es una cuadra, e incapaces de apreciar el número comprendido en una extensión cualquiera, venden de ordinario un vasto espacio que abraza tres mil y más cuadras por el valor convencional de mil. Si bien estas adquisiciones son viciosas, también es cierto que ellas son el germen de frecuentes pleitos o litigios en que generalmente es víctima el natural por su falta de recursos y ningún conocimiento en los principios que rigen los contratos, circunstancia que se presta a especulaciones deshonrosas y a que cualquier mal intencionado pueda sublevar las pasiones del indígena pretextando una expoliación consentida por la autoridad. Hay otro vicio común en estas enajenaciones y es el precio convencional de la cosa vendida; el indígena no conoce lo que es valor, y estoy seguro que ni aun queda bien penetrado que la cosa que enajena una vez deja de pertenecerle para siempre, así es que la determinación del precio queda siempre al arbitrio del comprador y varía según el grado de retribución que se ofrece al que induce al indígena a vender. Porque regularmente el natural carece de voluntad propia para estas enajenaciones, y si lo hace es seducido por falsas promesas o halagos con que algunos españoles [chilenos] residentes en su territorio explotan su sencillez, de suerte, pues, que el precio de esas vastas porciones de terrenos (calculadas maliciosamente en mil cuadras) no excede ordinariamente de cuatrocientos pesos, cuando su valor real no podría ser menos de veinte o treinta pesos cada cuadra661.
Sin prescindir de la existencia de engaños y de prácticas abusivas en estas adquisiciones, la abundante y bien respaldada información cuantitativa proporcionada por Leonardo León sobre ventas de tierras en que intervinieron activamente loncos y ulmenes obliga a considerar muy plausible su hipótesis acerca del activo papel que ellos desempeñaron en la pérdida del patrimonio territorial de los mapuches. Y esto debiera llevar a una revisión de las repetidas y en ocasiones pueriles explicaciones dadas por sociólogos, antropólogos e historiadores sobre ese punto.
La revolución de 1859 contra Montt significó un cambio radical en lo que hasta entonces había sido la vida fronteriza. Tal como había ocurrido en el movimiento de 1851, la oposición aprovechó sus vinculaciones con los indígenas para inducirlos a participar en el conflicto. La influencia de muchos viejos revolucionarios, entre ellos Bernardino Pradel, sobre algunos caciques, como el temido Mañil, cabeza de los arribanos o wenteches, establecidos en la parte superior del valle central, desde Victoria hasta Temuco, contribuyó a impulsar el alzamiento de estos y, unidos a las montoneras opositoras, llevaron el robo, la destrucción y el incendio a las propiedades situadas en ambas márgenes del río Biobío. También fueron asaltados los puestos militares del Biobío, y el de Negrete fue completamente destruido. En una nota de 1 de febrero de 1859 Cornelio Saavedra informó sobre las consecuencias de la revuelta:
Son inapreciables los perjuicios que han causado estos bandidos con tanta depredación, tanto robo, tanta temeridad. No solo se han contentado con pillar cuanta hacienda han encontrado ultra Biobío, saquear las tiendas de los campos, desnudar hasta de sus vestidos a los infelices moradores de esta parte de la frontera, sino que sus correrías y maldades sin cuento las han reproducido también a este lado del Biobío, llevándose todas las haciendas de San Carlos, y saqueando algunas casas de esta población. Santa Bárbara ha sido también víctima de los mismos latrocinios […]. Innumerables familias han quedado reducidas a la última miseria662.
Tal vez el fenómeno más interesante producido entre los indígenas como consecuencia de la revolución fue el surgimiento de dos grupos que combatieron entre ellos: uno, mayoritario, formado por arribanos encabezados por Mañil y por Calvucoi, y otro, minoritario, de aliados del gobierno de Montt, compuesto de arribanos de Catrileo y Pinolevi, y contingentes de la Baja Frontera dirigidos por Marimán. La suerte de guerra interna entre mapuches, con expediciones de castigo en uno y otro sentido, concluyó con el triunfo del gobierno. Pero ahora los arribanos de Mañil ya no tenían aliados chilenos, sino que se encontraban frente a las exigencias que sobre el gobierno de Santiago empezaron a ejercer las víctimas de las devastaciones de los indígenas.
Este nuevo cuadro, que interrumpió el proceso de instalación de los españoles, originó, según lo ha planteado Arturo Leiva, la presión de los damnificados sobre el gobierno no para pedir incursiones militares en los territorios del ultra Biobío —que consideraban inútiles por la facilidad de los mapuches para retirarse y ocultarse—, sino para ser indemnizados. La argumentación de los chilenos apuntaba a la obligación del gobierno de buscar una forma de reparar los daños sufridos. Y la reparación era sencilla: los naturales tenían animales y tierras663.
Si bien los agricultores y ganaderos chilenos veían con reserva una posible operación militar, ella se efectuó en dos campañas durante los veranos de 1860 y 1861. La primera fue la respuesta a una secuela del movimiento revolucionario de 1859 y tuvo por fin reprimir un alzamiento de mil 500 indios dirigidos por los guerrilleros Patricio Silva y Pedro Cid, cuyo propósito fue atacar la plaza de Arauco. La segunda campaña, con más de mil 300 hombres, concluyó en un sonado fracaso664. No dudó El Mercurio en referirse a ella en duros términos:
¿Por qué 7 mil hombres aguerridos y al mando de buenos oficiales no han podido, hasta el presente, hacer nada de notable contra hordas de salvajes sin táctica y faltos de recursos? ¿De qué provienen esas indecisiones, esta campaña sin efecto, sin lucro y sin victoria? ¿Consisten acaso los hechos de armas de nuestro ejército en hacer prisioneros algunos animales? ¿No son una cosa risible, y más que risible, ridícula, los partes que nos comunican? Verdaderamente no sabemos cómo comprender los resultados de esta campaña, cómo darnos cuenta de su objeto, cuando sus resultados son tan mínimos, tan tristes, tan miserables, tan vergonzosos665.
Parte de la explicación acerca de la inoperancia de las fuerzas militares ante los desafíos que en general provenían de los arribanos radica en algunas observaciones hechas por el coronel Pedro Godoy en un proyecto para la conquista de Arauco que presentó, con fecha 25 de noviembre de 1861, al gobierno. Según Godoy, las expediciones castrenses seguían exactamente el mismo pie que las dirigidas en la frontera 40 años antes por el general Andrés Alcázar, que no diferían demasiado de las practicadas por el Real Ejército en los siglos XVII y XVIII:
El general Alcázar mandaba regularmente tres columnas, a saber, la primera, por la falda de los Andes, o como algunos dicen, la ceja de la montaña, la segunda por los llanos del centro y la tercera por el litoral. Lo mismo hemos hecho nosotros sin discernimiento y copiando al pie de la letra esos movimientos. […] Tres columnas paralelas avanzando, como en procesión, hacia el sur, en un fondo de setenta a ochenta leguas erizado de obstáculos naturales de toda especie, montañas inaccesibles, ríos caudalosos, pantanos y desfiladeros intransitables donde el salvaje se rehace a cada paso, engruesa sus filas con las nuevas tribus que va encontrando, refresca y muda sus caballos. ¿Qué podríamos aguardar de semejante táctica, o para hablar con más propiedad, de semejante farsa? Lo que ha sucedido siempre: ir para volver, una fanfarronada militar sin otro resultado que envalentonar a los araucanos, que ya saben en lo que paran aquellas expediciones de pura rutina666.
La intervención de Cornelio Saavedra modificó el proceso de ocupación de la Araucanía, como se examina en otros capítulos.
LOS HUILLICHES
La población indígena asentada al sur del río Toltén fue tempranamente diferenciada de la mapuche. Aunque el término huilliche se aplicaba a la generalidad de esos naturales, en ocasiones se distinguían diversas parcialidades, entre las cuales reinaba la enemistad: los de la costa, los rancos, los osornos, los puelches, poyas y juncos o cuncos, calificados estos últimos a fines del siglo XVIII por el gobernador intendente de Chiloé Francisco Hurtado como indios “rebeldes, audaces, crueles e insufribles”667. En contra de lo que creían las autoridades, el número de los indígenas en los Llanos era reducido, como quedó de manifiesto después de la ocupación de las ruinas de la antigua ciudad de Osorno y su repoblación. La existencia de misiones y fuertes puso en contacto directo a los naturales y a los españoles, en tanto que la consolidación de instituciones muy específicas de ese territorio, como los caciques gobernadores668, y otras comunes del mundo hispano-indígena, como los comisarios de naciones y los capitanes de amigos, permitió una relación más pacífica entre aquellos. Por otra parte, tal como ocurría en la frontera, el comercio de los indígenas con la plaza de Valdivia siempre fue intenso, y algo parecido ocurría en Los Llanos, Osorno y Río Bueno. Lo anterior no impidió, por cierto, periódicas aunque limitadas manifestaciones de violencia.
Como es sabido, el desarrollo de la región austral fue frenado a consecuencia del proceso emancipador y de la ocupación de Valdivia por las fuerzas patriotas. En un informe de 2 de agosto de 1834 el intendente José de la Cavareda, tras subrayar que el territorio de la provincia “no tiene aún límites fijos”, estimaba en 48 mil el número de sus habitantes, de los cuales 40 mil eran “indios bárbaros” y ocho mil “blancos o españoles”. Sobre estos últimos advirtió que, “exceptuando los que están reducidos a población, son casi tan bárbaros como los mismo indios, pues imitan en todo sus costumbres”669. Se reproducía, pues, en Valdivia el mismo cuadro descrito para la población española de la frontera.
No muy diferente era la situación de los indígenas, pues con la república desaparecieron los mecanismos de protección de estos. Muy clara había quedado expresada esa política en el propósito expresado por Juan Mackenna en 1801 desde Osorno al virrey O’Higgins, de frenar las adquisiciones de tierras de los naturales por parte de los españoles
para evitar las funestas consecuencias que pudiesen resultar de verse los indios desposesionados de sus tierras y de consiguiente de su subsistencia, cuya falta la experiencia manifiesta que en todos tiempos y países ha sido origen de cuantos disturbios y sublevaciones han acaecidos en el pueblo bajo, el que viéndose sin el preciso alimento se arroja a los mayores desórdenes sin reflexionar las consecuencias ni atender a otro objeto que el de su conservación física, la primera y más poderosa ley de la naturaleza670.
La situación se agravó con la desaparición del archivo de gobierno como consecuencia de la ocupación de Valdivia por lord Cochrane671, de manera que los propietarios chilenos carecían de títulos de sus inmuebles. Tal circunstancia favoreció las compraventas fraudulentas de tierras:
La venta de los terrenos de indios se hace por lo común cuando por la embriaguez han perdido el uso de su razón, y la ebriedad se perpetúa entre ellos porque el licor es la moneda con que se les paga. De aquí resulta que cuando vuelven en sí se hallan con una escritura que los deja en la miseria, y para vivir tienen que entregarse al robo y otros vicios. Sucede también que como hay tantas tierras baldías venden las propias y se apoderan de ellas con notable perjuicio de los intereses fiscales672.
Como no había un juez de letras ante quien pudieran acudir los indígenas, debían someterse a la jurisdicción de alcaldes o regidores que en cada departamento conocían los litigios en primera instancia, y que aprovechaban la ocasión para apoderarse de las tierras de los primeros. Y cuando el intendente Cavareda inició su gestión, debió recibir a una “inmensa cantidad de indios que reclamaban justicia contra los españoles y contra los mismos de su raza”. Esto aconsejó al intendente hacer cesar la jurisdicción de las autoridades locales sobre los indígenas hasta que el gobierno regulara la manera de juzgar esos pleitos. Mientras no se resolviera sobre su petición, dispuso que los naturales volviesen “a la costumbre en que habían permanecido desde el principio de su alianza con los españoles”, es decir, que fueran juzgados por los gobernadores con los capitanes de amigos y los comisarios de naciones. Incluso Cavareda consultó al gobierno acerca de “cuáles deben ser los protectores de estos naturales en sus demandas, que a mi juicio creo necesario nombrar”673. Una vez más las autoridades republicanas buscaron resolver un problema siguiendo las prácticas de la monarquía.
Con la llegada de los colonos alemanes el gobierno puso en marcha un plan para averiguar la existencia de terrenos fiscales en la provincia de Valdivia y proceder a su mensura. Respecto de los existentes cerca de Osorno, la tradición atribuía a Ambrosio Higgins su adquisición por donaciones de los indios y por compras a ellos. Un decreto de 20 de julio de 1849, del ministro de Hacienda Antonio García Reyes nombró al sargento mayor de ingenieros Agustín Olavarrieta para determinar la extensión de dichos terrenos. Este recibió el 20 de agosto unas largas instrucciones, que, entre diversos aspectos que debían ser considerados, entre otros las dificultades para calificar un terreno como fiscal, advertía acerca de la compra a los indios de grandes extensiones a precios ínfimos para emprender algunas “especulaciones de colonización”674. Muerto el ingeniero a poco de llegar a Valdivia, fue sucedido por Guillermo Frick, buen conocedor de la zona, quien a fines de 1849 pudo elevar al gobierno un informe con numerosos antecedentes sobre tierras fiscales y de particulares, entre las cuales se hallaba el potrero de Chanchán, de propiedad de varios indios, con títulos reducidos a escrituras después de un pleito sostenido entre ellos675. Frick no había logrado precisar si ese potrero constituía una isla entre las tierras fiscales o bien llegaba hasta la ribera norte del lago Llanquihue. En 1857 el intendente de Valdivia le hacía notar al ministro del Interior la imperfección de los deslindes, formados en “la mayor parte de las veces por líneas imaginarias que atraviesan por espesas selvas donde nunca ha penetrado la planta del hombre”676.
Un decreto de 4 de diciembre de 1855, reproducción del decreto de 14 de marzo de 1853, con las modificaciones pertinentes, constituyó la norma reguladora de las compras de tierras de indígenas o situadas en territorios de estos en la provincia de Valdivia. Para el territorio de colonización de Llanquihue fueron dadas normas similares por decreto de 9 de julio de 1856677. Otro decreto de la misma fecha estableció la obligación de fijar los deslindes de las tierras compradas a los indígenas en Valdivia y Llanquihue678.
LOS INDÍGENAS DE CHILOÉ
La recuperación demográfica de los naturales en el curso del siglo XVIII, víctima en los anteriores de variadas y mortíferas pestes y de represiones por alzamientos, llevó su número, hacia 1800, a unos 11 mil individuos679. En los dos decenios anteriores la población aborigen se había organizado en grupos que contaban con sus propias autoridades: un lonco, dos alcaldes que ejercían sus cargos durante un año, un alguacil mayor, un gobernadorcillo, un sargento mayorcillo y un ayudantillo. Un procurador en Castro y otro en Chacao estaban a cargo de la defensa de los intereses de los indígenas680. Vivían, como la mayoría de los habitantes de las islas, en estrecho contacto con el mar, de donde procedía buena parte de su alimentación, En 1826 José Santiago Aldunate, primer gobernador republicano de Chiloé, dispuso la elaboración de un censo, que probablemente exhibe errores por exceso, y que arrojó sobre 42 mil habitantes681. Ese censo, como los siguientes, no permite identificar a los indígenas, pues el gobierno abolió ese año la distinción entre “indios” y “españoles”. Sin embargo, la secretaría del gobernador provincial de Chiloé estimó en 1832 que la población indígena representaba una tercera parte del total, es decir, unos 14 mil individuos682.
Los numerosos informes de viajeros y de autoridades coinciden en describir a los habitantes de la isla como marcados por la pobreza y viviendo todavía en una economía de subsistencia y de trueque. Y lo más llamativo era que en su forma de vida no se advertía mayor diferencia entre el español, el mestizo y el indio. El cuadro descrito por Darwin, en 1834, de los indios de Quinchao es muy explícito respecto de los efectos del proceso de aculturación que habían experimentado:
Esta familia apenas sabía algunas palabras en español. Es muy agradable el ver que los indígenas han alcanzado el mismo grado de civilización que sus vencedores de raza blanca, por ínfimo que sea ese grado de civilización. Más al sur hemos tenido la ocasión de ver a muchos indios de pura raza, y todos los habitantes de los islotes han conservado sus nombres indios. Según el censo de 1832, había en Chiloé y en sus dependencias cuarenta y dos mil habitantes, de los que la mayor parte son, al parecer, de sangre mezclada. Once mil llevan aun su nombre de familia de indio, aunque es lo probable que en su mayoría no sean ya de raza india pura. Su modo de vivir es en absoluto el mismo de los otros habitantes y todos ellos son cristianos683.
Y el naturalista inglés se refirió asimismo a los indios que en corto número vivían en Cucao, en la costa occidental de la isla. Observó que ellos mismos hacían sus vestidos y que estaban bastante bien ataviados:
Disponen de alimentos en abundancia y sin embargo no parecen hallarse satisfechos; son tan humildes como es posible serlo. Sus sentimientos provienen, a mi parecer, de la dureza y brutalidad de las autoridades locales. Nuestros acompañantes, muy corteses con nosotros, trataban a los indios como a esclavos más bien que como a hombres libres. Les ordenaban que nos trajeran provisiones y nos entregaran sus caballos, sin dignarse decirles lo que les pagarían, ni siquiera si se les pagaría algo. Nosotros, que permanecimos tan solo con esos pobres una mañana, pronto nos hicimos amigos dándoles cigarros y mate. Se repartieron en partes iguales un terroncito de azúcar y todos gustaron de él con la mayor delicadeza. Después los indios nos expusieron numerosos motivos de queja, acabando siempre por decir: “Nos tratan así porque somos pobres indios ignorantes; pero eso no ocurría cuando teníamos un rey”684.
Muy propio de los indígenas, aunque también de la población española, era la creencia en supersticiones y en prácticas mágicas, aplicadas estas últimas a las curaciones de enfermedades por intermedio de los machis685.
LOS INDÍGENAS DEL EXTREMO SUR
En los archipiélagos del Pacífico entre el golfo de Penas y el estrecho de Magallanes se desarrolló la vida de los alacalufes o kaweskar, nómades marinos que supieron adaptarse a una geografía y a un clima extremadamente hostiles. Instalados ocasionalmente en algunas playas, estos indios “canoeros” tenían algunos lugares privilegiados de residencia en islas y canales especialmente inhóspitos en las proximidades del océano, como Edén, Puerto Grapler, Puerto Bueno, Muñoz Gamero, el canal Fallos, los archipiélagos Guayaneco y Madre de Dios y la red de canales entre el Castillo, el Ladrillero, el Brazo Norte y el canal Picton, en la intrincada zona de la isla Wellington686. Pero también por el canal Kirke alcanzaban en sus migraciones tradicionales al seno Última Esperanza y, cruzando desde el seno Obstrucción por el camino de los indios y cargando sus botes, llegaban al seno Skyring. Según Fitz-Roy, en 1830 los alacalufes tenían allí contacto con los tehuelches o aónikenk, con los cuales intercambian pirita de hierro por instrumentos de piedra y pieles de guanacos687. Frecuentaron también el estrecho de Magallanes, al menos hasta la fundación de Punta Arenas, y se sabe de sus viajes a las costas de la isla Dawson y del seno Almirantazgo, a Bahía Inútil, donde pudieron estar en contacto con los onas o selknam, así como a los canales Magdalena y Bárbara, área en que con seguridad se relacionaron con los yaganes o yámanas688.
Como pueblo marítimo que era, su alimentación estaba constituida fundamentalmente por carne y grasa de foca, que era consumida en avanzado estado de putrefacción, aves como el quetro y el cormorán, mariscos, bayas y setas. Y el varamiento de una ballena constituía una fuente casi inagotable de alimento689.
Es imposible determinar el número de kaweskar, si bien los comandantes Parker King y Fitz-Roy observaron en sus viajes de 1826 a 1836 que apenas veían pasar un barco se acercaba más de un centenar, y que cuando eran muy numerosos no vacilaban en atacar a las embarcaciones. Para reunirse, los indígenas utilizaban las señales de humo690. Es muy posible, como lo subrayó Emperaire, que la misma presencia de una nave en lugares abrigados en que también acampaban los alacalufes atrajera a estos al punto de anclaje, dando una errónea impresión de gran densidad demográfica.
Sorprendió siempre a los viajeros que los alacalufes usaran como única vestimenta una capa corta de piel de foca, de nutria, de coipo y a veces de guanaco, con que cubrían sus espaldas, llevando el cuerpo desnudo untado de aceite de foca691. Muy lentamente, y debido al contacto con los tripulantes de los buques, comenzaron a usar ropas de textiles. Prácticamente durante todo el siglo XIX se desplazaron por los canales en canoas hechas con corteza de mañío (Podocarpus nubigena) y dotadas de un mástil y una vela de piel de foca. En el medio de la embarcación y sobre un lecho de arena y conchas se mantenía un pequeño fuego permanentemente alimentado. La inestabilidad de la canoa solía concluir en la muerte de la tripulación, que podía llegar a nueve o 10 personas. También los kaweskar usaron canoas hechas de tres o cinco tablones, de manera similar a las dalcas chilotas, cosidos probablemente con la enredadera leñosa llamada voqui. La última información sobre una canoa de tablas la dio en 1878 el comandante Juan José Latorre, quien la encontró en el seno Skyring692.
La relación de los alacalufes con loberos y hacheros chilotes y extranjeros fue fatal para ese frágil grupo humano. Víctima de diversas enfermedades, principalmente las venéreas, así como del alcohol, ya hacia 1880 comenzó su desaparición. Además, la emigración, voluntaria o forzada, contribuyó a la aceleración del proceso.
Otro grupo aborigen, al que ya se ha aludido, los yaganes o yámanas, fue también un pueblo “canoero”. Se desplazó por el litoral marítimo del sur de la isla grande de Tierra del Fuego, es decir, por el canal Beagle, y por las islas y canales meridionales hasta las Wollaston. Tal como ocurrió con los kaweskar, el nomadismo de los yámanas impidió determinar su número. Hacia mediados del siglo se despertó el interés entre algunos anglicanos ingleses por establecer misiones en la región y evangelizar a los naturales, en una labor increíblemente esforzada impulsada por Allen Gardiner, antiguo capitán de la Armada británica. Este había recorrido sectores del estrecho de Magallanes en 1842 y tres años después, a comienzos de 1845, y sostenido por la Patagonian Missionary Society, llegó a la bahía San Gregorio, en la margen norte del estrecho, entre la Primera y la Segunda Angostura693. Notificado por la tripulación de la goleta Ancud que se encontraba en un territorio sujeto a la jurisdicción chilena, Gardiner se estableció junto a otros colaboradores en la isla Picton en 1848, y más tarde en Puerto Español, en la boca oriental del canal Beagle. La falta de alimentos los llevó a la enfermedad y a la muerte en 1851. La South American Missionary Society decidió, desde las Falkland, organizar otra campaña misionera, contando en esta ocasión con un buque, el Allen Gardiner. Su capitán decidió desembarcar con la tripulación en Wulaia, en la margen occidental de la isla Navarino, sobre el canal Murray, en diciembre de 1859, pero fueron asesinados por los indígenas encabezados por Jimmy Button, quien, llevado por Fitz-Roy a Inglaterra, había retornado a su lugar de origen. Continuó más tarde la labor misionera el pastor Stirling, sustituido después por Thomas Bridges, quien, instalado en 1870 en Ushuaia, dejó bastante información sobre los yámanas. Hacia esa época Bridges estimaba en tres mil el número de estos indígenas. En 1884 levantó un censo de ellos, que arrojó algo menos de mil individuos694. Al igual que los kaweskar, los yámanas, cubiertos con una corta capa de piel de foca, recorrían los canales en canoas de corteza cazando focas y cetáceos, y pescando y recogiendo moluscos, tarea esta última de la que se encargaban las mujeres. Las bayas y las setas, en especial el hongo llamado “pan del indio” (Cyttaria darwini), que crece en árboles del género Nothofagus, completaban su alimentación695. En 1888 el misionero Harry Burleigh abrió una sede en la isla Bayly, en el archipiélago Wollaston, un poco al norte del cabo de Hornos. Ellen Susan Burleigh, su cónyuge, dejó una notable descripción del aprovechamiento por los indios de una ballena varada:
Muy rara vez queda varada una ballena en una de las islas cercanas, y entonces se produce un gran regocijo. Se amontona todo el mundo en ese lugar y muy pronto comienzan a tener mejor aspecto. Se lanzan sobre la carne de ballena y es sumamente asombroso cómo pueden consumir tanto de una vez. En estas ocasiones yo iba a las chozas y veía grandes trozos de ballena tostándose delante del fuego, y al preguntarles de quién era ese trozo, alguno de los hombres o de las mujeres respondía: “Eso es mío para que yo lo coma”, y pronto se ocupaba de esa gran porción.
Les agrada mucho el aceite. He visto a menudo grandes cantidades de grasa delante del fuego con una lata o una concha debajo para recoger el aceite, y los niños y adultos sumergen frutillas en él y las comen de esa manera, haciendo una masa […] También los bebés se deleitan chupando un trozo de grasa696.
En sus transitorias detenciones en tierra, en lugares que les eran habituales y que quedaban marcados por los conchales, los yámanas construían chozas con palos curvados y cubiertos con ramas o cueros de lobos. Su contacto con los occidentales les permitió conocer las herramientas de metal, gracias a lo cual pudieron construir canoas de troncos ahuecados697. Pero ese mismo contacto permitió la difusión del alcoholismo y de verdaderas epidemias de sarampión y tos convulsiva que redujeron velozmente su número698.
Los onas o selknam, indios “de a pie”, como los llamaba Bridges699, habitaron las estepas del norte de la isla grande de Tierra del Fuego y las zonas boscosas del sur de la misma. Étnicamente muy cercanos a los tehuelches, fueron diestros cazadores nómades, que con arcos y flechas capturaban guanacos y cururos, de donde obtenían el alimento y las pieles para la confección de las grandes capas con el pelo hacia afuera con las que se protegían del frío. Acostumbraban, al igual que los yámanas, a pintarse la cara y el cuerpo. Los selknam desarrollaron una estructura social basada en los grupos familiares, de manera que la jefatura de estos radicaba en los más ancianos y respetables; no conocieron, por tanto, el cacicazgo700. Sostuvo Gusinde que la isla grande estaba dividida en 40 circunscripciones, con límites muy precisos y que no se podían traspasar sin el debido permiso, en los que cada grupo familiar cazaba y recolectaba frutos silvestres y huevos701. Las relaciones de este pueblo con los occidentales, que originaron su desaparición, surgieron al concluir el siglo XIX de la explotación de los placeres auríferos y de la ocupación de la Tierra del Fuego por los ovejeros, el primero de los cuales, la sociedad Wehrhahn y Cía., se estableció en 1885 en la bahía Gente Grande con la estancia homónima.
Los patagones, tehuelches o aónikenk, por último, constituyeron también un pueblo de cazadores nómades, que se desplazaban a caballo por las pampas desde el estrecho de Magallanes, por el sur, hasta el río Santa Cruz, por el norte, y desde el Atlántico hasta los contrafuertes cordilleranos. Incluso incursionaban hacia la región de Última Esperanza a fin de capturar baguales, es decir, caballos cerriles. Es necesario recordar que ya a mediados del siglo XVIII los aónikenk habían logrado dominar la crianza y el uso del caballo, lo que dio a sus movimientos una extraordinaria amplitud. Vigorosos y de elevada estatura, empleaban arcos, flechas, lazos y boleadoras como armas, y vestían con quillangos, grandes capas de pieles de guanacos, zorros y chingues, muy bien sobadas y cosidas con tendones. En sus caballos transportaban sus viviendas desarmables, también de cuero, con las que alzaban con rapidez las tolderías al detenerse en el camino. Aunque no conocieron la institución del cacicazgo, aceptaban ocasionalmente la jefatura de algún indio principal702. Con el establecimiento del Fuerte Bulnes en 1843 y, después, con la fundación de Punta Arenas, los contactos entre los chilenos y los aónikenk se hicieron muy frecuentes. Contribuyó a esto tanto el comercio —pieles de guanaco, zorro y chingue de los indios por bisuterías, alimentos, tabaco y, especialmente, alcohol de los chilenos— como las diferencias entre Chile y Argentina por la Patagonia oriental. Varias veces al año los indígenas se hacían presentes en la colonia en grandes cantidades, montando sus caballos y tirando de los pilcheros o caballos de carga en que transportaban las pieles. Para las autoridades de uno y otro país fue muy importante contar con la amistad de los tehuelches, pues, por el cabal conocimiento que tenían de la región, aseguraban el éxito de las comisiones de exploración enviadas por los gobiernos y, en especial, permitían obtener informaciones sobre los movimientos de las fuerzas de los vecinos. No sorprende, pues, que tanto el gobierno de Santiago como el de Buenos Aires buscaran ganarse la buena voluntad de los jefes importantes otorgándoles grados militares y los correspondientes sueldos.
Pero el contacto con chilenos y argentinos, el posterior desarrollo de la ganadería y los efectos de la Campaña del Desierto dispuesta por el gobierno transandino llevaron también a la desaparición de esa etnia.
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595Rodulfo Amando Philippi, Viaje al Desierto de Atacama, Cámara Chilena de la Construcción; Pontificia Universidad Católica de Chile; Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2008, p. 28.
596Philippi, op. cit., pp. 46-47.
597Jorge Hidalgo Lehuedé, Historia andina en Chile, I, Editorial Universitaria, Santiago, 2004, pp. 25-32.
598Alvaro Jara, Legislación indigenista de Chile, Instituto Indigenista Interamericano, México, 1956, p. 14.
599Un notable estudio genealógico sobre esta familia de ascendencia indígena del Limarí en Guillermo Pizarro Vega, “Familia Tabilo”, REH, 49, 2008, pp. 339-357.
600Jorge Zúñiga Ide, La consanguinidad en el valle de Elqui. Un estudio de genética de poblaciones humanas, Ediciones de la Universidad de Chile, Sede La Serena, La Serena, 1980, p. 47.
601Maria Graham, Diario de una residencia en Chile, Andros Impresores, Santiago, 2007, p. 266.
602Graham, op. cit., pp. 264-265.
603María Carolina Odone, “El valle de Chada: la construcción colonial de un espacio indígena de Chile central”, en Historia, 30, 1997, p. 205.
604Carmen Arretx, Rolando Mellafe y Jorge L. Somoza, Estimación de la mortalidad adulta a partir de información sobre la estructura por edades de las muertes. Aplicación a datos de San Felipe en torno a 1787, Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE), Serie A, N° 150, Santiago, 1977, pp.3-4.
605Fernando Silva Vargas, Tierras y pueblos de indios en el Reino de Chile. Esquema histórico-jurídico, Editorial Universidad Católica, Santiago, 1962, p. 202.
606Magnus Morner, “¿Separación o integración? En torno al debate dieciochesco sobre los principios de la política indigenista en Hispano-América”, en Journal de la Société des Américanistes, LIV-1, 1965, p. 44.
607Oscar Dávila Campusano, “La aplicación de las leyes de indígenas en Chile durante la República (1860-1930). La labor de la prensa. La labor fiscalizadora del Congreso Nacional”, en RChHD, 23, 2011-2012, p. 121.
608Héctor Hernán Herrera Vega, Erque, Elqui, Vicuña. Anales de su historia, I, Centro de Estudios Bicentenario, Santiago, 2011, p. 56.
609Mario Manríquez Guerra, “Licantén”, en Víctor Manuel Avilés Mejías, De Curicó a la costa, Salesianos Impresores S.A., Santiago, 2010, p. 106 y ss.
610Un extenso tratamiento de la comunidad de Valle Hermoso en Milton Godoy Orellana y Hugo Contreras Cruces, Tradición y modernidad en una comunidad indígena del Norte Chico: Valle Hermoso, siglos XVII al XX, Editorial Universidad Bolivariana, Santiago, 2008.
611Ignacio Chuecas S., Dueños de la Frontera, cit., p. 46 y ss.
612Edmond Reuel Smith, “Los araucanos. Notas sobre una gira efectuada entre las tribus indígenas de Chile meridional”, en Ítalo Salgado (Compilador), Lorena Villegas y Samuel Quiroga (Investigación), Travesías por la Araucanía. Relatos de viajeros de mediados del siglo XIX, Ediciones de la Universidad Católica de Temuco, Salesianos Impresores, Santiago, 2016, p. 200; Horacio Zapater Equioiz, “La expansión araucana en los siglos XVIII y XIX”, en Sergio Villalobos et al., Relaciones fronterizas en la Araucanía, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 1982, p. 95.
613Sergio Villalobos R., Los pehuenches en la vida fronteriza, Ediciones Universidad Católica de Chile, 1989, p. 234 y ss.
614Smith, op. cit., p. 155.
615Leonardo León Solís, Maloqueros y conchavadores en la Araucanía y las Pampas, 1700-1800, Ediciones Universidad de la Frontera, P. Las Casas-Temuco, 1991, pp. 59-63.
616Ana María Contador, Los Pincheira. Un caso de bandidaje social. Chile, 1817-1832, Bravo y Allende Editores, Santiago, 1998, pp. 167-170.
617Ignacio Domeyko, Mis viajes. Memorias de un exiliado, II, Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, 1978, p. 701.
618Ignacio Domeyko, La Araucanía y sus habitantes, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica de Chile, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2010, p. 68.
619Domeyko, La Araucanía, p. 24.
620Pascual Coña, Memorias de un Cacique Mapuche, Instituto de Capacitación e Investigación en Reforma Agraria, Santiago, 1973, pp. 138-169.
621Villalobos, Relaciones fronterizas, pp. 200-201.
622Manuel Ravest Mora, Ocupación militar de la Araucanía (1861-1883), Editorial y Encuadernación Licanray, Santiago, 1997, p. 15.
623Arturo Leiva, El primer avance a la Araucanía, Angol 1862, Ediciones Universidad de la Frontera, Telstar, Soc. Ltda., Temuco, 1984, p. 22.
624Leandro Navarro, Crónica militar de la conquista y pacificación de la Araucanía desde el año 1859 hasta su completa incorporación al territorio nacional, Pehuén Editores, Santiago, 2008, p. 36.
625“Carta del Reverendo Diego Chuffa”, en El Correo del Sur, 6 de octubre de 1853, en Leiva, op. cit., p. 25.
626Leonardo León, “Ventas, arriendos y donaciones de tierras mapuches en Arauco: sujetos, terrenos y valores, 1858-1861”, en Historia, 49, I, 2016, p. 134.
627Fernando Silva Vargas, Poder y redes: el gobernador de Chile don Francisco Ibáñez de Peralta (1700-1709), Academia Chilena de la Historia, Santiago, 2013, p. 304.
628Rolf Foester G., “Los procesos de constitución de la propiedad en la frontera norte de la Araucanía: sus efectos esperados y no esperados en el imaginario y en la estructura de poder”, en Cuadernos de Historia, 28, marzo de 2008, p. 11.
629Ravest, op. cit., p. 17.
630Pedro Pablo Figueroa, Historia de la fundación de la industria del carbón de piedra en Chile. Don Jorge Rojas Miranda, Imprenta del Comercio, Santiago, 1897, pp. 46-47.
631León, Ventas de tierras tribales, p. 22.
632León, Ventas de tierras tribales, p. 10 y 14.
633León, “Ventas, arriendos”, op. cit., p. 135.
634Seguimos aquí el planteamiento de Leonardo León en su trabajo inédito, Ventas de tierras tribales en el gulumapu septentrional, 1793-1852.
635León, op. cit., p. 22.
636Ricardo Donoso y Fanor Velasco, La propiedad austral, ICIRA, Santiago, 1970, pp. 53-54.
637Francisco Antonio Pinto a Aníbal Pinto, Santiago, 14 de abril de 1855, en AJAA.
638Sergio Villalobos R., Vida fronteriza en la Araucanía. El mito de la guerra de Arauco, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1995, pp. 203-204; Carlos Bascuñán, Magdalena Eichholz y Fernando Hartwig, Naufragios en el Océano Pacífico Sur, II, Aguilar Chilena de Ediciones S.A., Santiago, 2011, pp. 113-114; Gabriel Guarda O.S.B., Nueva Historia, 2001, pp. 514-515.
639Tornero, op. cit., p. 654.
640Cornelio Saavedra, Documentos relativos a la ocupación de Arauco que contienen los trabajos practicados desde 1861 hasta la fecha, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica de Chile, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2009, p. 273.
641Saavedra, op. cit. pp. 286-288.
642Saavedra, op. cit., pp. 294, nota 18.
643León, Venta de tierras tribales, p. 14.
644Leiva, op. cit., p. 30.
645Leiva, op. cit., p. 30.
646León, “Ventas, arriendos”, en op. cit., p. 147.
647El texto de la ley en Jara, op. cit., pp. 31-32. El artículo 4° de esta norma constituyó en dependencia directa del presidente la colonia de Magallanes y “las demás que se establecieren en el Estado”. Los límites más precisos de la provincia de Arauco fueron fijados por decretos de 7 de diciembre de 1852 y 22 y 25 de febrero de 1854.
648León, Venta de tierras tribales, p. 15.
649León, “Ventas, arriendos”, en op. cit., pp. 169-183.
650Leonardo Mazzei de Grazia, La red familiar de los Urrejola de Concepción en el siglo XIX, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2004, pp. 119-120
651Tomás Guevara, Historia de la civilización de Araucanía, III, Imprenta Cervantes, Santiago, 1902, p. 142.
652Guevara, op. cit., p. 142.
653Guevara, op. cit., p. 142.
654Guevara, op. cit., p. 143. Un juicio del propietario del fundo Pino Huacho con la comunidad Avello en 1917 se tradujo en numerosas publicaciones en la prensa, en las que se incluyeron algunos documentos de interés, como la escritura de compraventa de los terrenos de Caramávida. Cfr. El Sur, Concepción, 7 de diciembre de 1917.
655Jara, op. cit., p. 32.
656El texto en Jara, op. cit., p. 34.
657Donoso y Velasco, op. cit., p. 68. Sobre el alcance de estas compraventas, cfr. Leiva, op. cit., p. 31 y ss.
658Donoso y Velasco, op. cit., p. 63.
659Donoso y Velasco, op. cit., p. 67.
660Donoso y Velasco, op. cit., p. 73.
661Donoso y Velasco, op. cit., p. 70.
662Ravest, op. cit., p. 19.
663Leiva, op. cit., pp. 57-59.
664Navarro, op. cit. pp. 45-47; Leiva, op. cit., pp. 59-61.
665El Mercurio, 22 de febrero de 1861, en Leiva, op. cit., p. 62.
666Saavedra, op. cit., p. 341.
667Rodolfo Urbina Burgos, “Chiloé y la ocupación de los llanos de Osorno durante el siglo XVIII”, en BAChH, 98, 1987, p. 231.
668Gabriel Guarda pudo reconstituir la filiación de los caciques gobernadores de Toltén, pertenecientes a la familia mestiza originada en Rodrigo de las Cuevas, capturado niño por los indios en la destrucción de Valdivia en 1599. Cfr. Gabriel Guarda, “Los caciques gobernadores de Toltén”, BAChH, 78, 1968, pp. 43-69.
669Donoso y Velasco, op. cit., p. 93.
670Gabriel Guarda O.S.B., “La economía de Chile austral antes de la colonización alemana, 1645-1850”, en Historia, 10, 1971, p. 312.
671Gabriel Guarda O.S.B., La toma de Valdivia, Empresa Editora Zig Zag S. A., Santiago, 1970, pp. 111-112.
672Informe de José de la Cavareda, 2 de agosto de 1834, en Donoso y Velasco, op. cit., p. 95.
673Donoso y Velasco, op. cit., pp. 94-95.
674Sobre compras de tierras a indios en Valdivia, Guarda, “La economía de Chile austral”, cit., p. 233, nota 162.
675Donoso y Velasco, op. cit., pp. 99-102.
676Donoso y Velasco, op. cit., p. 34.
677El decreto de 4 de diciembre de 1855 en Jara, op. cit., pp. 34-36; el de 9 de julio de 1856 en el mismo, pp 38-39.
678Jara, op. cit., pp.39-40, y en Donoso y Velasco, op. cit., pp. 122-125.
679Isidoro Vázquez de Acuña, “Evolución de la población de Chiloé (siglos XVI-XX), en BAChH, 102, 1991-1992, p. 432.
680 Ibíd.
681Vázquez de Acuña, “Evolución”, op. cit., p. 434.
682Vázquez de Acuña, “Evolución”, op. cit., p. 437.
683Darwin en Chile, p. 157.
684Darwin, op. cit., p. 184.
685Marco Antonio León León, Chiloé en el siglo XIX. Historia y vida cotidiana de un mundo insular, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, 2015, p. 91 y ss.
686Joseph Emperaire, Los nómades del mar, LOM Ediciones, Santiago, 2002, pp. 93-94.
687Emperaire, op. cit., p. 91.
688Emperaire, op. cit., pp. 92-93.
689Emperaire, op. cit., p. 165 y ss.
690Emperaire, op. cit., p. 100.
691Emperaire, op. cit., pp. 180-183.
692Emperaire, op. cit., pp. 211 y ss.
693Mateo Martinić, Historia del estrecho de Magallanes, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1977, pp. 140-141.
694Martin Gusinde, Expedición a la Tierra del Fuego, Editorial Universitaria, S. A., Santiago, 1980, pp. 54-55.
695Giuliana Furci, Hongos de Chile, Fundación Fungi, Santiago, 2016, p.
696Tomás Bridges, Los indios del último confín. Sus escritos para la South American Missionary Society, Zagier & Urruty, Ushuaia, 2001, p. 172.
697Gusinde, op. cit., pp. 75-76.
698Gusinde, op. cit., p. 127.
699Bridges, op. cit., p. 61.
700Mateo Martinić, Última Esperanza en el tiempo, Ediciones de la Universidad de Magallanes, Offset Don Bosco, Punta Arenas, 1985, p. 14.
701Gusinde, op. cit., p. 138.
702Martinić, Última Esperanza, pp. 29-30.
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