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Juan Alvarez Guerra

Viajes por Filipinas: De Manila á Albay


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664185655

Índice

CAPÍTULO I.

CAPÍTULO II.

CAPÍTULO III.

CAPÍTULO IV.

CAPÍTULO V.

CAPÍTULO VI.

CAPÍTULO VII.

CAPÍTULO VIII.

CAPÍTULO IX.

CAPÍTULO X.

CAPÍTULO XI.

CAPÍTULO XII.

CAPÍTULO XIII.

CAPÍTULO XIV.

CAPÍTULO XV.

CAPÍTULO XVI.

CAPÍTULO XVII.

CAPÍTULO XVIII.

CAPÍTULO XIX.

NOTAS

CAPÍTULO I.

Índice

Quietismo.—Fiebres termométricas.—D. Francisco.—Una carta y una visita.—Proyectos de viaje.—El Sorsogon.—Fisonomía del capitán.—Cubierta del Sorsogon.—Faenas de levar.—En marcha.—Bandera de saludo.—Bahía de Manila.—Naig.—Bataan.—Primer almuerzo.—Luís.—Monomanía francesa.—Dos mestizas y un fraile.—Razas.—Gustos y aficiones.—El puerto y la isla.—Cavite y San Roque.—Enriqueta y Matilde.—Costas de Tayabas.—La oración de la tarde.—Francés y vicol.—Fuegos artificiales.—Discreteos.—El cementerio protestante.—Promesa.—Sueño.—¡Fondo!—Tierra de Albay.

Son las cuatro de la tarde del tres de Octubre de 1879 … 37° marca el centígrado, y doscientas y pico de muertes acusa la fúnebre estadística de la última semana, siendo originadas en su mayor parte por una fiebre que los médicos llaman no sé cómo, ni me importa, pero que yo le doy el nombre de fiebres termométricas, pues be observado que en casa donde un doctor aplica un termómetro, hay una baja en la vida, un pedazo de mármol menos en los talleres de Rodoreda, y una página más en los registros trienales de Paco.

El alquiler de cualquiera de los cuartos de los tres pisos que tiene la barriada de mi respetable Sr. D. Francisco, exige un pago adelantado de tres años; si al cabo de ese tiempo no se renueva el inquilinato, se hace el desahucio á golpe de piqueta, sin que nadie tenga derecho á quejarse, puesto que el casero, por boca de la Gaceta, tiene la magnanimidad de conceder un plazo de veinte días.

¿Por qué se llamará Paco al campo-santo? Pregunta es esta á la que jamás han podido darme contestación.

Mientras hago estas observaciones, espanto los mosquitos, rompo el varillaje de un paypay y empapo de sudor dos pañuelos.

Ha pasado un cuarto de hora y el calor es insoportable.

Mi bata, que para ser un completo caballero solo le falta haber nacido en una cuna más alta, me alarga una carta, cuyo contenido me anuncia una espera en la visita de un amigo.

Del recibo de la carta al taconeo de mi amigo medió una hora larga, hora que no puedo datar en mi diario de trabajo, pues la despilfarré con la prodigalidad propia de un millonario, ó de un escéptico de veinte años.

Mi amigo, que se anunció con un resoplido digno de mejores pulmones—pues el pobre no los tiene muy sanos—tomó sillón y alientos.

—¿Has recibido mi carta?

—Sí.

—¿Presumes á qué vengo?

—No.

—Pues vamos al grano. ¿Quieres acompañarme á un viaje?

—¿Por mar ó por tierra?

—Por mar.

—Pero ¡hombre! tú estás empecatado. Es la época de los baguios. El Comercio no duerme por observar las burbujas del Pasig, La Oceanía mira de reojo á su vecino de enfrente, y el Diario profetiza, por boca de no sé quién, que el tifón está poco menos que soplando en los aldabones de la puerta de Santa Lucía, y piensas en viajitos por mar. Vaya, vaya, tú estas malo y tratas de contagiarme.

—Pero, en fin, ¿me acompañas ó no?

—Te lo diré cuando contestes á varias preguntas: ¿Adonde vamos, ó mejor dicho, adonde piensas que vayamos?

—Vamos—dijo mi amigo con todo el entusiasmo de un touriste de pura raza—á la cuna del abacá, á la tierra de los volcanes, á dormir dos noches á la falda del Mayon, á pisar la boca de su cráter, á ser posible; á Albay, en fin.

—¿Quién manda el vapor? Pues presumo no pensarás en barco de vela.

—El barco se llama Sorsogon y lo manda X. Conque ¿te decides ó no?

—Te repito que cuando contestes á todas mis preguntas lo haré á la tuya. Deseo saber de dónde es el capitán, su edad, estado, carácter, circunstancias de su mujer, sí es casado, si tiene suegra, hijos, fortuna y….

—Quién es el sastre que lo viste y qué come, ¿no es verdad? Ni que esto fuera una oficina de policía ó una expendeduría de pasaportes. Ya estoy acostumbrado á tus genialidades, y como quiera que conozco perfectamente al capitán, puedo decirte es andaluz, joven, de buen humor, casado, su mujer es guapa y lo hace completamente feliz; tiene un chiquitín muy mono, algunos miles de pesos y no conoció á su suegra.

—¿Cuándo sale el vapor?

—El sábado cinco á las nueve de la mañana.

—¡Quico!—grite á mi criado.—Ten todo listo para embarcarnos el sábado de madrugada.

—¿Luego vienes? ¿Luego no tienes miedo á los baguios?

—¡Baguios! Baguios montando un buen barco mandado por un capitán inteligente, y por ende andaluz y joven, y rico, y con mujer guapa, y con hijos, y feliz, y sin suegra, no hay temor; yo no tengo nada de eso, su vida responde de la mía, de modo que él cuidado; por otra parte, me seduce este viaje, pues estoy aburrido de Manila y deseo conocer los pueblos bicoles. Toca esos cinco, y hasta el sábado á bordo del Sorsogon.

Mi amigo se marchó, yo me vestí y….

* * * * *

Han pasado dos días. Son las siete de la mañana y nos encontramos sobre la cubierta del Sorsogon. Un prolongado silbido pone en movimiento cadenas, cuerdas y motones.

El complemento de la humana actividad, lo representa el acto de levar un barco. Todo se mueve, todo cruge, todo rechina. El ancla desgarra con sus dientes el lecho de algas en que ha dormido, el carbón chisporrotea en las parrillas dando aliento á los pulmones de acero de la caldera, los engranajes se ajustan, las dobles poleas hacen alarde de su potencia, las burdas, cabos y calabrotes, prueban su elasticidad, las cadenas hieren la cubierta, y en medio de toda aquella vida y de aquel movimiento en que nada está quieto, el barco se columpia libre de toda traba, combinando las palas de la hélice en el fondo de las aguas espirales remolinos que llevan á la superficie entrelazadas ondulaciones en las que se tejen las filigranas de espuma que deja en pos de sí la bullente estela.

El Sorsogon, que obedece las riendas de su timón con una precisión matemática, dobla el malecón del Sur plegando su bandera de saludos, con la que ha dado un cariñoso adiós al Marqués del Duero, una de las más hermosas naves de la Marina española.

De la bandera que saluda en lo alto de un trinquete á la que flamea en lo elevado de un muro, encuentro la misma diferencia que en el pañuelo que absorbe una lágrima al que reprime una sonrisa. El muro acusa confianza, su enseña define una patria; la nave indica un peligro, su bandera constantemente escribe en sus pliegues un desconsolador adiós de despedida. El primero, es la quietud, la segunda, el errante viajero que termina sus días ó en la inhospitalaria playa que sepulta sus despojos, ó en las embravecidas ondas que en vertiginoso remolino lo llevan á dormir el sueño eterno á sus misteriosos lechos de coral….

El Sorsogon navega á toda máquina por la extensa bahía.

Manila se achica, se contrae, se confunde, y por último, al aclararse las costas de Cavite, solo una faja de bruma señala en el horizonte el lugar de partida. Después, solo el anteojo percibe cual blanca gaviota posada sobre un copo de espuma, el torreón del faro: más tarde, la espuma se funde en el Océano, la gaviota desaparece en los mundos de la luz, la bruma se disuelve en los cielos, y al borrarse en la retina la última línea de la ciudad murada, se abre un nuevo registro en los misterios de los recuerdos.

A la banda de babor tenemos las costas de Naig; á estribor las agrestes sierras de Bataan, y á proa la isla del Corregidor.

Once campanadas resonaron en la cámara, y tres golpes fueron picados en la campana del castillo de proa.

El almuerzo estaba servido.

La presentación oficial á bordo se hace siempre en la primera comida. Al tomar posesión de un barco, cada cual se ocupa en arreglar su camarote, y en los pequeños detalles que trae en pos de sí la instalación en un nuevo domicilio, por más que esté reducido á un cajón de dos metros en cuadro.

En la primera comida á bordo no se descuida ningún perfil por parte de los viajeros. Luego más tarde entra la confianza y con ella el desaliño; pero lo que es la entrada primera en el comedor de un barco es irreprochable. Ellas se rodean de todos los pequeños detalles de la coquetería, estrenando, por supuesto, el indispensable traje de viaje. Antes de ponerse en marcha tienen que anunciarlo á las amigas, y al anunciarlo es preciso enseñar unas cuantas varas de tela cortadas y cosidas con arreglo al último figurín. El traje de viaje es tan indispensable como el de boda. Decir á una joven ó vieja que encienda la antorcha de himeneo sin recubrir previamente su cuerpo con trapos nuevos y de seguro no da chispas: anunciarle un viajito, que tenga siquiera un trayecto de una veintena de millas y no le presentéis antes un muestrario, y no hay viaje posible. Para una mujer en viaje, su verdadero pasaporte es una factura pagada ó no pagada de una tienda de modas.

Parapetado tras una tripuda botella de lo tinto, y haciendo boca con media libra de salchichón, esperaba pasar una escrupulosa revista á cuanto se pusiese al alcance de mi vista.

Puesto que entre personas de tono, lo primero es la presentación, voy á ir presentando á mis bellas lectoras, y digo lectoras porque ellas son siempre más curiosas que ellos, los bocetos de mis compañeros á bordo. Seis blancas servilletas oprimidas en otros tantos aros de marfil, se ven sobre la mesa. Tres son las desconocidas ó desconocidos que me toca bosquejar, pues en cuanto al capitán y á mi amigo, ya los han visto ustedes, siquiera haya sido á la ligera. En el boceto del capitán poco tengo que añadir. ¿Quién de mis lectoras no conoce á un andaluz joven, buen mozo, bullanguero y galante? De seguro todas. Por lo tanto, al capitán ya lo conocemos. En cuanto á mi amigo, completaremos el cuadro con cuatro brochazos. Se llama Luís, tiene 26 años, es rubio, alto, delgado, viste á la francesa, come á la francesa, piensa á la francesa, y no es francés porque su madre tuvo la debilidad de aligerar su carga en cierto lugarejo del prosáico garbanzo y de la judía, que Luís jamás nombra porque cree es poco francés.

Luís se llama literato; pero conoce más á Balzac que á Cervantes, tararea música, pero á buen seguro que no podrá recordar un aire de Barbieri más siempre una cancionette de Ofembach. La revolución francesa, las jornadas del imperio y las encrucijadas de la Commune las recorre sin tropezar; en cambio da sendos traspiés al entrar en el campamento de Santa Fe ó al pasear los campos de Almansa y de Bailén. A nuestras góticas catedrales y á nuestros moriscos palacios les encuentra el defecto de que al pié de sus muros se alce la albahaca silvestre y el agreste tomillo, circunstancias poco en consonancia con los monumentos franceses.

Luís, no tocándole la cuerda del chic, el esprit y el confort, es un perfecto hombre en su juicio; pero en cuanto se traspasa el tabique de los Pirineos, enristra la lanza de Don Quijote y demuestra que en todos los siglos nacen andantes caballeros. Luís tiene todas las condiciones para ser feliz, y sin embargo, no lo es. Continuamente le atormenta la idea de que no le planchan los cuellos á la francesa, y la de que no toquen los barcos de las mensajerías en Manila. La probabilidad de tenerse que ir en un barco español y el ponerse un cuello planchado con morisqueta le hacen completamente desgraciado.

En el tiempo que he invertido en dar los anteriores brochazos, han ocupado sus respectivos sitios dos mestizas, una vestida de saya y otra á la europea, y al lado de aquellas un anciano y reverendo padre franciscano.

El almuerzo era servido sobre cubierta, gracias á la amabilidad del capitán. Un doble toldo nos preservaba del sol, mas no de las brisas marinas que acariciaban los festones de la lona y de la potente luz de los trópicos que descomponía sus rayos en las talladas copas.

Las dos mestizas comían y callaban, el capitán servía, el fraile se reservaba, Luís mascullaba el prosáico español cocido, y un servidor de ustedes espiaba la ocasión para tomar un buen punto de luz que llenase por completo á mis modelos. Sobre la paleta tenía combinadas dos tintas desde que principié á analizar á las dos mestizas que comían frente á mí. Es imposible contemplar en criatura humana unos ojos más negros y aterciopelados, cual los que tenía delante, un pelo más en armonía con los ojos, y unos dientes más en contraposición con el color del pelo. Las dos mestizas indudablemente eran hermanas y no diré gemelas, pues á simple vista se notaba entre ambas una desproporción de edades, que si no llegaba á la suposición de que fuesen madre é hija, en cambio completaba la de que eran hermanas. En sus fisonomías había rasgos salientes y notablemente acentuados, que denunciaban la unión de la raza europea con la raza india. La mestiza que lleva en sus venas una sola gota de sangre china, jamás puede confundirse ni con la cuarterona ni con la mestiza de india y europeo. Es imposible encontrar en las razas humanas una fuerza de atracción como la que se nota en la china y japonesa. Que haya unión de chino y europea ó viceversa, y de seguro los hijos son chinos; que la haya de india con chino y la prole es china y siempre china, no dándose ni aun el caso del salto atrás, pues tan chino es el biznieto de chino como el tataranieto, por más que este nazca en Europa y no se conozca en la familia el más leve recuerdo del Celeste Imperio. Los ojos chinos no los corrige ni las conjunciones de sangre, ni el bisturí del operador, ni los cosméticos del tocador. La hija de mestiza europea y de padre europeo, ó sea la cuarterona, también se distingue y se define perfectamente, no dando lugar á que se confunda con la mestiza pura de india y europeo. Esta última es morena, sus ojos por lo regular son negros, su nariz algo deprimida, su pelo largo y de gruesa hebra y sus labios ligeramente abultados. El rasgo característico que define á la cuarterona de la mestiza, es que esta última conserva en toda su pureza las tradiciones de su airoso y pintoresco traje. La saya suelta, la diminuta chinela, la bordada piña, el alto pusod, la aplastada peineta y los pequeños aretes, constituyen su atavió, que jamás deja, á no ser que la Epístola de San Pablo se encargue de modificar trajes y costumbres, cosa que suele acontecer, casándose con europeo. En este caso, una de dos: ó el europeo se hace indio ó la india se hace europea; y digo india, pues que las costumbres de la mestiza por regla general, son las mismas de su madre. Las impresiones, hábitos y costumbres de la infancia no se borran con facilidad; así que la morisqueta, el lechón, el pequeño buyito, el lancape, el petate en el suelo, el cigarrillo á hurtadillas, el pelo suelto y la decidida afición al poto, á la bibinca, al sotanjú, á la manga verde y al gulamán es muy difícil hacerlas olvidar: en cuanto á que dejen de coser sentadas sobre el petate y á que hablen castellano con sus criadas, eso es imposible. En cambio en la cuarterona es muy común encontrar tipos que no solamente no usan chinelas, sino que aun dentro de casa están oprimidas con el corsé y las botitas; cuarteronas que dicen no hablan tagalo, ni comen lechón ni morisqueta y que tienen cama en alto, suscripción á La Moda Elegante, batas encañonadas, pendientes largos y escote cuadrado. En reserva les diré á ustedes que con mucho sigilo me dijo en una ocasión una india que servía á una mestiza cuarterona, que ó pesar de todo cuando decía su ama, de cuando en cuando mascaba un chiquirritín buyito y saboreaba un cigarrillo; pero que siempre lo hacía teniendo cerca el cepillo de los dientes y el agua perfumada. En cuanto al lechón—me dijo la doméstica—que solía comerlo, pero pura y exclusivamente por no desairar á alguna amiga.

Con arreglo á los anteriores apuntes, no nos cabe duda que nuestras dos desconocidas son mestizas de pura raza: el traje de la mayor hace suponer que es casada, y casada con europeo.

Durante los primeros platos que se sirvieron no tomaron parte en la conversación.

Miraban y comían con el embarazo propio de quien sabe es observado. Varias veces que la hermana menor alzó los ojos, encontró frente á frente los míos, que procuraban investigar lo que se albergaba tras aquellas negrísimas pupilas. El fondo de todo abismo es negro. Los ojos de la primera mujer que pecó no sé de qué color serían, pero los de la primera que obligó á pecar, de seguro eran negros.

Habiendo notado que por momentos se cubría de palidez el rostro de la más joven, no pude menos de interrogarla; su hermana se fijó un ella y repitió mi pregunta, con las circunstancias de hacerla más familiar y concluirla con un nombre.—¿Qué tienes, Enriqueta?—Nada,—replicó la interrogada,—sin duda un poco de mareo.—Vamos,—continuó aquella,—está visto que no puedes embarcarte ni en un bote; y es extraño; pues figúrense ustedes,—añadió dirigiéndose á nosotros,—que está bien acostumbrada á la mar, pues ella es del Puerto y yo de la Isla.

—¡Caramelo!—dije en mi interior,—pues menudo chasco me he llevado, yo que creía habérmelas con dos hijas de este extremo Oriente y me encuentro de manos á boca con Cádiz y San Fernando disfrazados de saya y candonga.

—Bien, pero esta señorita se embarcaría en ferrocarril.

—¡Cá! No señor—replicó aquella con la mayor naturalidad,—siempre nos hemos embarcado en baroto ó en parao.

—Pero, señora, ni en Cádiz ni en San Fernando hay barotos, ni menos paraos.

—Pero sí en Cavite y en San Roque.

—¡Ah! vamos, con que esta señorita es de San Roque y V. de Cavite.

—Cabal, ella del Puerto y yo de la Isla.

Entonces recordé que las caviteñas se llaman andaluzas, conociendo á Cavite por el nombre de la Isla y á San Roque por el del Puerto, siendo tan marineras y tan resaladísimas las dichosas niñas, que en una ocasión una de aquellas, que veía que á un chiquillo lo iba á tirar el caballo que montaba, le gritó:—¡Fondea, muchacho, fondea!

El mareo de Enriqueta debió ir en aumento, pues antes de concluir la comida se levantó, diciéndole á su hermana:—Acompáñame, Matilde.

Enriqueta y Matilde, pues ya sabemos sus nombres, abandonaron la mesa, quedando solamente el sexo fuerte.

El almuerzo terminó, y siguiendo la añeja costumbre, el fraile se despidió de nosotros para buscar una tranquila y cómoda digestión en unas horas de siesta. En la ligera conversación que tuvimos durante el café, supe que aquel reverendo padre hacia la friolera de cuarenta y siete años que arribó á estas playas. Mientras saboreó el café habló largamente con su criado, quien en su larga práctica de quince años que estaba á su servicio, debía conocerle perfectamente sus gustos y necesidades. Siento no poder trasladar ni una sílaba de lo que se dijeron, pues lo hicieron en bicol, única forma de entenderse, pues el criado no conocía ni una sola palabra de las que forman la rica y armoniosa lengua castellana.

Sentados en cómodos sillones de bejuco y aspirando, sino el aroma, por lo menos el humo de un segundo habano, quedamos sobre cubierta, Luís, el capitán y mi persona. Se habló del viaje, de las costas que íbamos perdiendo en los horizontes y de varios episodios de abordo, quedando, por último, en silencio, aletargados de esa dulce somnolencia á que predispone un buen almuerzo, una temperatura agradable y una retorcida hoja de Cagayan.

Las horas de la tarde fueron anunciándose una á una en los golpes del bronce, dados por el vigilante guarda de proa.

A las cinco se sirvió la comida.

Las mestizas no se presentaron.

La mar se había rizado á las caricias de un fresco Noroeste.

Los balances cada vez más sensibles avivaron la comida, que fué servida en la cámara.

Cuando subimos sobre cubierta se desvanecía en los horizontes del Poniente la luminosa transparencia del día, yendo poco á poco borrándose los contornos de los monstruosos grupos que dibujan en las nubes los últimos destellos del sol.

A la tenue y melancólica luz del crepúsculo divisamos á la banda de babor una cenicienta faja. Eran las costas de Tayabas. Sobre aquellos picachos de eterna verdura fijaba mi vista con la misma insistencia con que lo hace el que trata de reconocer á larga distancia las facciones de un sér querido.

La campana de proa anunció la oración.

La marinería cesó en sus faenas, reinó el silencio y la plegaria alzó su vuelo á otros mundos. La mía fué un recuerdo para los seres queridos que habitan aquella lejana tierra que iba perdiéndose entre los crespones de la noche. El nombre de Tayabas arrancará siempre una vibración á nuestra alma.

Concluída la oración nos dimos las buenas noches, siguiendo las legendarias costumbres de nuestros abuelos, cubrimos nuestras cabezas y tomamos asiento al abrigo de la camareta del timón.

En una de las discusiones que se suscitaron, Luís, siguiendo su eterna manía, trató de convencer al Padre de que el guingón que se fabricaba en Francia aventajaba en mucho al que producen los telares de Barcelona; el buen Padre que no conocía Francia, ni su guingón, que era español rancio y por ende castellano viejo, que se levantaba invariablemente á las cinco, comía la prosaica olla con mucho azafrán, sobra de jamón y falta de huesos, á las doce, que la monumental jícara de espeso chocolate le era tan necesaria al cuerpo á las cinco, como necesarios para la guarda de su regla los maitines á las doce, oía sin pestañear á mi buen amigo Luís, sonriendo maliciosamente. En el curso de la conversación, Luís mezclaba no pocas palabras francesas. El Padre tenía constantemente detrás de su sillón á su criado, quien encendía más de una caja de fósforos para cada tabaco que fumaba su amo. Siempre que este dirigía la palabra á aquel lo hacía en bicol, de modo que como el abuso del francés en Luís era muy frecuente y los fósforos en el doméstico no lo eran menos, puede asegurarse que la lengua española estaba en minoría. En un momento en que Luís se separó de nosotros, no pudo por menos de decirme el Padre:—Pero, diga V., ¿por qué no quita á su amigo ese vicio de hablar en otra lengua que la nuestra?—En aquel momento cortó la interrogación la centésima vez que se le apagaba el tabaco, volvió la cabeza y en perfecto bicol sostuvo una conversación con su criado, conversación que sin duda debió versar sobre lo incombustible de la hoja, ó lo combustible del fósforo, pues tan pronto señalaba la escueta caja como estrujaba la mascada colilla que para llegar á tal estado había pasado por la llama de cien palitos.—Con que decía V. Padre, cuando se le apagó el cigarro, por qué no procuraba quitar á Luís el resabio de hablar francés con españoles, pues es muy sencillo—le dije muy bajito—porque todos tenemos nuestra correspondiente viga en el ojo, viendo la paja en el ajeno; la viga de Luís es el francés, la viga de V. es el bicol. Quince años dice que le sirve ese criado, pues bien, en ese tiempo él debía hablar español y no V. bicol. Esta razón le debió parecer tan fuerte que se sonrió, sacó de la manga otro tabaco, y … en efecto, pidió en bicol á su criado el primer fósforo, inaugurándose la segunda parte de fuegos artificiales.

Veinticinco Säkerhets-Tandstikor, que es como si dijéramos veinticinco émulos de Cascante habían rozado el amorfo betún de la caja cuando sonaron las diez en el reloj de la cámara. Políticamente dimos las buenas noches, y en efecto, buena la fué para mí, pues no tardé en quedarme dormido el tiempo que invertí en contar unos cien golpes de la hélice, golpes que entre sueños los asemejaba yo á otras tantas pulsaciones de aquel monstruo de hierro, en cuyas entrañas dormía con la tranquilidad del que jamás había roto un plato.

Aquí vendrían bien dos líneas de puntos suspensivos, ó el obligado cuentecito de duendes y aparecidos; pero como no se me apareció nadie, ni soñé que me cogía un toro, ó cosa que lo valga, renuncio á los puntitos y á soporíferas relaciones, limitándome á decir que con la luz del alba de un nuevo día volví á la vida real, entrando en el concurso social, como diría un aprendiz á objetivo subjetivo, habiendo previamente cubierto mis calzoncillos con telas menos ligeras.

Salí de la cámara. La mar estaba tan perfectamente dormida, cual yo lo había estado dos horas antes. Una brisita impregnada de puras emanaciones azoadas daban elasticidad y bienestar á todo el cuerpo. Bienestar que en mí se aumentó al ver el inverosímil pié, por lo pequeño, de Enriqueta, la que subía por la escalera de la cubierta recogiendo ligeramente su saya de fuertes colores.

Con la confianza que da el vivir bajo un mismo techo, y la que presta todo viajero, me acerqué á la mestiza, sirviéndome de introductor su pasado mareo. Hablamos de varias cosas, indiferentes al principio, acentuadas después, é intencionadas más tarde. Enriqueta tenía suelto su rizado y hermoso pelo, este arrancó de mis labios la primera palabra del arriesgado lenguaje de las personalidades. La mestiza por lo general es muy susceptible, así que es difícil abordar esos sabrosos discreteos en que entran en juego la galante frase, la emboscada promesa y las incipientes sensaciones.

—Con tanto pelo como V. tiene no me extraña le duela la cabeza.

—Gracias por la lisonja,—contestó Enriqueta sonriendo, al par que instintivamente jugaba con las espirales de uno de sus hermosos rizos.

—No hay lisonja alguna, pues presumo no aceptará como tal el que la duela la cabeza.

—Antes de los dolores que solo son presuntivos se ha ocupado de una abundancia que por mucha que sea, jamás creemos excesiva las mujeres.—Esta contestación me hizo comprender que no solo tenía á mi lado una mujer hermosa sino también una mujer discreta.

A las dos horas de conversación estoy completamente seguro que Enriqueta lo estaba también de no haberse equivocado al conceptuarse bonita, circunstancia que la sabe toda la que lo es, antes de que la pongan el primer vestido largo, pero que las gusta comprobar siempre que se presenta ocasión, no en la luna del espejo sino en la frase y en los ojos del hombre con quien hablan. La mujer hasta los treinta años, constantemente está alerta, á la primera palabra que se cruza con un individuo del sexo opuesto, se pone en guardia; si no le agrada contrae las cejas y su contestación fría y displicente le dice atrás paisano, siguiendo imperturbable su camino; si por el contrario le agrada, entonces el disimulo es imposible, en este caso procede una proclama incendiaria y el motín es casi seguro.

La impertinente voz de Matilde llamando á su hermana cortó nuestra conversación.

Hasta el almuerzo no volvió á salir Enriqueta de su camarote. Mientras duró aquel se habló de distintas cosas, sin que pudiese reanudar la conversación pendiente, pues no bien se sirvió el café se volvieron á la cámara las dos mestizas.

Por la tarde tuve ocasión de acercarme á Enriqueta de quien supe varios detalles de su vida. Aquella era mestiza inglesa, su padre respetable comerciante escocés había heredado de sus mayores toda la rigidez de los principios puritanos, en cuya doctrina hacia dos años había bajado á la tumba, dejando á Enriqueta bajo la guarda de Matilde, casada hacia algún tiempo con un comerciante español quien á la sazón se encontraba en la provincia de Albay dedicado á su profesión.

Enriqueta varias veces había significado sentimiento por ausentarse de Manila; traté de indagar la causa y á vuelta de algunos rodeos supe que aquella iba todos los sábados al cementerio protestante, en cuyo solitario recinto descansaban los restos de su padre, cuya tumba tenía limpia de ramas y malezas el filial cuidado de Enriqueta, quien me dijo que el pequeño enverjado que cierra el mausoleo estaba recubierto de las rojas campanillas de las trepadoras enredaderas, á cuya sombra se resguardaban gran número de macetas en las que se criaban pintadas y caprichosas flores.

—Siento no estar en Manila en esta ocasión,—dije cuando concluyó

Enriqueta de darme aquellos pormenores.

—¿Y por qué lo siente V.?—me replicó aquella.

—Lo siento porque quizás cuando V. vuelva á Manila encontrará secas y mustias las flores, mientras que si yo estuviese allí las hallaría cual las dejó.

—Mi ausencia será corta, pues mi cuñado trata de realizar su negocio, y nos volveremos en seguida; entretanto he dejado bien gratificado al guarda, con promesa de aumentar el premio, si á mi vuelta encuentro en perfecto estado el pequeño jardín que sombrea los dorados caracteres que señalan sobre el mármol el nombre de mi padre.

Enriqueta al pronunciar aquellas palabras se quedó callada, vagando su mirada por el Océano en cuyo majestuoso desierto quizá evocaría su querida memoria. Hay silencios que deben respetarse. Enriqueta por largo tiempo no separó sus negrísimas pupilas de las azules ondas, cuya movible superficie retrataba las cenicientas nubes que preceden á la noche. Esta bien pronto nos envolvió con sus sombras.

—¿Conoce V. la provincia de Albay?—dijo Enriqueta rompiendo el silencio.

—No, señora; es la primera vez que voy á ella, y lo hago como el que nada busca ni desea.

—Ya deseará y buscará.

Yo no pude sondear toda la intención de aquellas palabras.

—¿Y piensa V. describir su viaje?—añadió Enriqueta.

—No pienso escribir una línea más. Todos los hombres nacemos con una cruz que llevar y un calvario que recorrer, la cruz del escritor es muy pesada y su calvario muy largo, así que creo imposible el que vuelva á emprender tan espinoso camino.

—Creo haber oído ó leído no sé en donde, que la palabra imposible no estaba en el diccionario español.

—Si V. la borra del mío, de seguro no estará—repliqué no con malicia sino con ingenua seguridad.

—De modo que si yo borro esa palabra, no habrá imposible para V.; pues bien,—me dijo con gran viveza,—queda borrada, escriba V.

—¿Lo manda V.?

—Si tuviera derecho para ello lo mandaría; Como no lo tengo solo me limito á expresar un deseo.—Al decir esta última palabra, sin duda creyendo había ido más allá de lo que se proponía, se levantó, dándome las buenas noches, al par que me tendía una de sus manos.

—Puesto que V. me manda que escriba, escribiré—la dije, reteniéndola un momento,—y es más, la prometo que el primer ejemplar de mi nuevo libro será para V.

—No lo hará V.

—Juro que sí.

Al alejarse Enriqueta de mi lado experimenté un triste vacío dentro de mi alma.

A los pocos momentos oí se cerraba su camarote.

Dormí aquella noche, pero no cual la anterior: soñé que Enriqueta y yo arrancábamos juntos las gramas de la tumba de su padre.

* * * * *

Al amanecer del día 7 teníamos á la vista un extenso caserío.

El Sorsogon disminuyó su marcha, evitando con grandes precauciones los bajos de que estaban sembradas aquellas mares.

Una boya que se balanceaba á un tiro de pistola de un rústico pantalán de madera se puso al alcance de las maniobras del barco y … ¡fondo! gritó el capitán, confundiéndose él ruido de hierro de la cadena, con el del bronce de dos campanas que tocaban en tierra. La una se alzaba en el torreón de la iglesia, la otra en la puerta de un almacén de depósito. La religión llamaba al cristiano, el trabajo convocaba al obrero. Aquel pueblo se despertaba á la voz de la fe y á la voz del trabajo. ¡¡Sacrosanto lenguaje, que hace feliz á todo el que comprende!!….

Quico quedó en el encargo de recoger los equipajes. Luís y yo pusimos el pie en la plancha; nos columpiamos dos minutos sobre las movibles tablas del pantalán y pisamos tierra de Albay.

Estábamos en Legaspi.

CAPÍTULO II.

Índice

La provincia de Albay.—Situación.—Etimología.—Pueblo de Albay—Su aspecto—Casa Real.—La Administración de Hacienda.—El Tribunal.—La cárcel.—Su mala disposición.—Obras principiadas.—Principios humanitarios convertidos en inhumanitarios.—Monumento á Peñaranda.—La iglesia.—El Gogong y el Ligñion—La raza bicol.—Estadística.

La provincia de Albay se encuentra situada en el extremo S. de la isla de Luzón; palabra cuya raíz es Lúsong, nombre con que se conoce el mortero en donde descascarilla el indio el palay; antiguamente el lúsong no solo era un utensilio doméstico, si que también un instrumento de guerra. Cuando había alarmas batían la cavidad del mortero con el mazo de su servicio, dando en sus broncos sonidos voces de alarma.

Luzón según algunos cronistas se llamó isla Manila, tomando el nombre de la capital; otros, entre ellos el erudito Padre Colín, tratan de aclarar la noche de los tiempos queriendo ver en las islas Maniolas que marca Ptolomeo á los 142° long., en sus tablas geográficas formadas en el segundo siglo de nuestra era, el origen de la palabra Manila: sea de esto lo que quiera, es lo cierto que en la llamada hoy Isla de Luzón, y en su extremo Sur, se encuentra la provincia de Albay.

El nombre de Albay, es una corruptela según unos, de Ibat, régulo que imperaba á la llegada de los españoles en dicha parte de tierra, y según otros se la hace derivar de Ibalón, voz que procede del término local ivald, que quiere significar toda cosa que está al otro lado de algún río ó brazo de mar.

Con el nombre de Ibalón se conocía de antiguo la provincia de Albay, tomado sin duda de su primitiva cabecera así llamada, situada en Gaditaan—hoy visita de Magallanes;—este barrio lo separa un brazo de mar de sus vecinas islas de San Diego, Tinacos y Bagatao, como asimismo se interpone entre aquel y las islas de Ticao y Samar, el estrecho de San Bernardino; separándole por último la bocana de la bahía de Larsogon de Tumalaytay y Macalaya, donde estuvo también algún tiempo la capital de la provincia, siéndolo hoy el pueblo de Albay que le da nombre.

La palabra albay, es corrupción de albay-bay; al preposición castellana, y bay-bay palabra bicol que significa playa; de modo, que unida la palabra española á la bicol, resulta albay-bay, ó sea á la playa. Sabido es que antiguamente se vivía por lo general tierra adentro para evitar las sorpresas de los desembarcos moros ó de los mismos barangayanes enemigos, y acaso entre aquellos habitantes habría algún europeo que al mandarlos á la playa, construiría la palabra albay-bay. El abuso que hace el indio del apócope, justifica que la palabra albay-bay quedase reducida á la de Albay. El primitivo pueblo fué el conocido hoy por el de Legaspi, y al cual muchos naturales le siguen llamando Vanuangdaan, ó sea Albay viejo.

El lugar que ocupa en la actualidad la cabecera, se denominaba tay-tay que significa fila ó hilera.

Albay, ó sea la capital de la provincia de la que toma el nombre, se encuentra situado entre los pueblos de Daraga y Legaspi, distando de este último, y por consiguiente de la mar, 3 km. escasos. El aspecto del pueblo no demuestra ser la cabecera de una de las provincias más ricas del archipiélago filipino. La Casa Real, residencia del Gobernador, es una destartalada vivienda de construcción mixta, predominando en ella la tabla y la nipa. La Administración de Hacienda tiene techo de hierro, y el Tribunal, pobrísimo edificio, es al par que casa municipal cárcel de partido. Esta cárcel dividida en dos reducidas cuadras, ocupa los bajos del Tribunal y alberga no solo los presos preventivos, si que también los que procedentes de causas sustanciadas en aquel juzgado, fueron condenados á menos de dos años de prisión. La provincia que nos ocupa tiene una gran masa de población, y aunque su criminalidad no es mucha, siempre hay que contar entre los detenidos por el Gobierno, juzgado y administración, y los que extinguen condena, con unos 150 á 200 individuos por término medio, amontonados en los sucios sótanos de aquella cárcel. Es de advertir que Albay es una de las provincias que más rendimiento llevan á las cajas locales, siendo la última que dejó de pagar la contribución llamada tanorias, importante unos 25.000 duros. Estos ingresos, visto el desamparo y la carencia absoluta de edificios públicos, prueba no se les da su verdadero destino; cierto es que á saliente de la plaza del pueblo se alzan los muros de una soberbia cárcel, pero ciertísimo es también que ya se han agotado no sabemos cuántos presupuestos, y que los muros siguen poco menos que en cimientos, que las maderas acopiadas se pudren y que los hierros y sillares desaparecen. Y al hablar de la cárcel no podemos pasar en silencio un hecho que se verifica, no solamente en la de Albay, si que también en la mayoría de las de Filipinas. Un Gobernador general práctico y conocedor de las necesidades del indio, consiguió del Gobierno supremo un Real decreto por el que se le autorizaba á dar permisos á los jefes de provincias, para que á los presos preventivos no solamente se les dejara salir de las cárceles, con la competente custodia, á bañarse, lavar la ropa y hacer aguada, si que también á ocuparlos en trabajos moderados que revistieran caracteres puramente higiénicos. Esta concesión como se ve, teniendo en cuenta la estrechez, malas condiciones de las cárceles y fuertes temperaturas de aquellos climas, era benéfica y humanitaria: pero en efecto, el tiempo y las circunstancias han convertido el principio humanitario en inhumanitario y cruel, y el trabajo regenerador, higiénico y voluntario del preso preventivo, en el infamante, durísimo y forzoso del condenado. Se dirá, ¿y el indio por qué no reclama? Pues es muy sencillo; el indio de cárcel pertenece á la clase desheredada que ni defiende derechos ni muchas veces los conoce, y á falta de ese conocimiento, elevamos nuestra débil voz á los poderes públicos pidiéndoles hagan desaparecer este monstruoso abuso que ha introducido la costumbre en no pocas provincias filipinas.

Frente á la Casa Real hay un hermoso y espacioso jardín en cuyo centro se alza un sencillo monumento dedicado á la memoria del Gobernador D. José María Peñaranda. La iglesia es de una sola nave, y tanto su construcción como cuanto contiene, es muy pobre. Su administración corre á cargo de un clérigo indígena.

Nada tiene este pueblo de particular que, de contar sea, salvo recordar la bellísima vega en que se asienta, y las aguas termales del Gogon, cuyo manantial se encuentra á las faldas del Sigñion, heraldo del grandioso Mayon, que se alza á su espalda.

En Albay como en toda la provincia se habla el bicol siendo esta raza inferior á la tagala, y así se ve que donde quiera que aparece un tagalo, bien pronto se impone.

El espíritu de provincialismo no está tan arraigado como en otras provincias, no siendo por lo tanto extraño ver votar para Gobernadorcillos á individuos de corta radicación, hecho que jamás se registra en los pueblos tagalos, en donde las cartas de naturaleza tardan muchísimo tiempo en otorgarse.

Albay tiene 56 cabecerías, 1.052 tributos y 4.365 almas. Según los libros parroquiales, se consumaron 40 casamientos, 410 bautizos y 282 inhumaciones. Hay en su población 11 europeos y 12 chinos; asisten á las escuelas unos 230 niños y 85 niñas, siendo escaso el número de las que hablan español. Se procesaron 15 individuos.

Sería una verdadera profanación tourista, ocuparse de Albay y no consagrar las primeras páginas al gran Mayon ó Buquid, como le llaman algunos indios.

Cumplamos, pues, con este deber, en el siguiente capítulo.

CAPÍTULO III.

Índice

El Mayon.

Al hablar de Albay no es posible dejar de consagrar un recuerdo al Mayon. El Mayon es uno de los montes más bellos que se conocen en el mundo. Se alza á más de 8.000 piés en una inmensa cañada, formando su cono desde la base hasta los límites de su altura, suaves é iguales ondulaciones por todos sus lados, lo que hace que á cierta distancia se asemeje á una gigantesca tienda de campaña. Al darle esta configuración el autor de lo creado, parece quiso recordar al mortal lo pequeñísimo de sus obras. La justicia humana acampa sus legiones en un puñado de tierra cubriendo sus ejércitos con cuatro varas de lona; la Divina justicia hace dormir bajo dilatadas sábanas de candente lava, poderosas fuerzas cuyo solo aliento remueve montañas llevando la muerte y la destrucción por doquier.

Las zonas del monte son dignas de estudio por distintos conceptos. En las primeras estribaciones fructifica toda la flora filipina. Desde la delicada sensitiva al añoso tronco de la pintada marra, y desde el agreste lagundi á las poéticas casuarinas, tienen allí su representación. La artemisa con las tradicionales virtudes de sus jugos; la yerba buena con las delicadas emanaciones de sus ásperas hojas; el adusto romero con su salvaje independencia, adornan las faldas del coloso, esparciendo á su alrededor finísima fragancia.

Cuando el ábrego hiere las copas de las casuarinas produce en sus delicadas ramas una armonía extraña y conmovedora. Varias veces hemos recorrido los bosques de casuarinas que adornan al Mayon, y al perdernos en aquella revuelta vegetación, hemos caído en esos misteriosos ensueños á que tan propensos son todos los dolores, y en medio de aquellos sueños en que el corazón palpita con fuerza y la imaginación vuela á otras regiones, hemos encontrado una bienhechora sensación en las extrañas vibraciones producidas por las casuarinas. Estas tienen un no sé qué indefinible, imposible de expresar. Las raíces de las casuarinas se extienden entre las muertas cenizas, y los raros filamentos que forman sus ramas dan sombra á extensos campos de ruinas. La sombra que proyecta la casuarina, parece encerrar un hálito venenoso. Al pie de su áspero tronco no crece planta alguna; solo sus ramas se alzan sobre las candentes arenas sembradas de monstruosos bloques. La casuarina tiene en el balete un hermano que gusta de las ruinas tanto como ella. En la dilatada planicie que se encuentra á la derecha del camino que dirige de Daraga á Camalig, llama poderosamente la atención del viajero, tres grupos de exuberante vegetación que se destacan sobre la monotonía de aquel movedizo arenal. Saliendo del camino y tomando la dirección de aquellos canastillos de verdura, se divisa primero un roto torreón, cuyas grietas son otras tantas macetas en que la potente vegetación de los trópicos encuentra vida y alimento. Más cerca, los grupos de follaje descubren las antiguas ruinas de tres edificios. Las retorcidas ramas de los baletes ocultan los restos de una noche de luto y de lágrimas. Aquellos desunidos sillares formaron en otro tiempo la iglesia, el tribunal y la escuela de Cagsaua, pueblo que fué sepultado en la memorable noche del 1.° de Febrero de 1814. Noche de terror y espanto en que el Mayon lanzó sobre los dormidos pueblos todos sus gérmenes de destrucción. De la populosa y rica Cagsaua, solo queda la tradición escrita en informes restos. Estos desaparecerán ante el poder del tiempo, si antes no son sepultados por nuevas avalanchas de lavas y cenizas, y entonces Cagsaua ira á dormir el sueño eterno del olvido al lado de otros cien pueblos que á su vez desaparecieron en otros siglos ante las espantosas y rojizas llamas del volcán.

En las faldas del Mayon crecen adheridas á las rocas ó abrazadas á los añosos troncos gran variedad de orquídeas y parásitas, á las que llaman dapos los naturales. La leyenda, la poesía y la medicina tienen en aquellas especies maravillosas páginas. Según Homero con los jugos del Nepenthes—ó sea el dapo que llaman los indios jarro—hizo el rey de Egipto olvidar á la bella Helena todas sus amarguras. La palabra Nepenthes deriva de la partícula negativa Ne y de penthes que significa duelo, aflicción, melancolía. Hablando de esta parásita que tantísimo abunda en el Mayon, dice en su Flora filipina el Padre Blanco lo siguiente: «Esta planta singularísima y hermosa, es parásita y fácil de enredarse con otros árboles por medio de los jarros ó vinageras; estos casi hacen una taza de agua, y tanto el cordón de la boca, como el del tallo y peciolos de las hojas, son encarnados. Cada hoja tiene su jarro, lo cual hace una perspectiva, rara y extraordinaria. No es del todo cierto que estos jarritos se abran y cierren todos los días. Lo más singular es la tapadera que cierra tan exactamente la boca que es imposible se derrame una gota de agua, aunque haya vientos fuertes, ó se vuelva el jarrito boca abajo: á esta firmeza de la tapadera contribuye el diente ó laminilla, que tiene por debajo, hacia donde suelen estar los goznes de una vinagera, la cual encaja entre una pequeña abertura que dejan entre sí los extremos del cordón. Es, pues, este vegetal digno de admiración y asombro por su estructura tan singular.»

En los jarritos de la parásita que queda descrita, encuentra el cansado viajero donde saciar su sed. El agua que aquellos contienen se conserva fresca, sin que le den mal sabor las paredes que la guardan. El dapo mariposa es de lo más fantástico que puede verse: es de largas y flexibles ramas, oscilando en cada una de ellas cientos de menuditas flores completamente blancas. Cuando el viento mueve las ramas y las miles de florecillas tiemblan bajo sus flexibles tallos, se asemejan á una bandada de blancas mariposas, revoloteando alrededor de un canastillo de verdura. A más de la anterior orquídea se encuentran en las zonas del Mayon gran variedad de aquellas que vienen siendo hace algún tiempo objeto de comercio, exportándose con grandes cuidados á Europa, figurando en los suntuosos salones como uno de los más bellos y raros adornos.

No solo se encuentran en el Mayon curiosísimos ejemplares de la flora, si que también los hay de la fauna. En las hojas de los árboles se halla una gran variedad de esos monstruosos y misteriosos seres, llamados por la ciencia Fasmidos, los mismos que son conocidos en el lenguaje vulgar por bichos hojas, bichos palos y bichos troncos. Quien no haya visto uno de estos extraordinarios animales, no es posible pueda figurarse la absoluta semejanza que tienen con los vegetales. Son, ni más ni menos, una rama, un tronco ó una hoja más del vegetal en que viven. El bicho hoja, produce durante la noche un canto agudo y monótono, parecido al del grillo de Europa, si bien el del primero guarda intermitencias más cortas que el del segundo. Los indios llaman á aquellos fasmidos, garau-garau.

El balor, el bató-bató, la tórtola y una gran variedad de palomas tienen su nido en los bosques del Mayon. El milano de las regiones intertropicales bate sus alas por cima de los precipicios, siéndole difícil remontar el vuelo hasta contemplar la cabeza del coloso.

A medida que se hace la ascensión del Mayon va desapareciendo la vegetación, hasta que, por último, se entra en la zona de las muertas cenizas. De allí, solo aridez, solo precipicios, solo lagos de movedizas arenas, salpicados de ennegrecidos bloques. En las cavidades de las masas basálticas habita el más terrible de los reptiles. Entre el hueco de dos piedras suele verse la chata y verde cabeza del Upon, reptil que figura en la familia de los votrofídeos, cuya mordedura es mortal.

Al Mayon constantemente lo adorna un penacho de humo, que unas veces lo abate el viento, en cuyo caso se revierte por los dentados cortes del cráter, y otras se alza orgulloso y altanero por cima de la región de las nubes. El humo del Mayon revela que los gigantescos cíclopes de los oscuros antros vigilan al pie de hirvientes lagos las enrojecidas montañas de candentes bloques, cuyas monstruosas y desiguales masas son azotadas de continuo por abrasados torrentes de cenizas y escorias.

El coloso del Estrecho con la regularidad matemática á que necesaria y fatalmente sujeta toda ley perfecta, acumula en sus calcinadas entrañas gérmenes de espanto y desolación. ¡Desgraciado el día en que abra la válvula! ¡Infeliz del pueblo en que sacie su cólera!

Todo lo que la ilusión reviste de sombrío y terrible el fondo del Mayon, la realidad lo presenta en su exterior de sonriente, grandioso y sublime. Dentro, impenetrables misterios, medrosas tinieblas, luto y espanto; fuera, límpidos horizontes, aires purísimos, melancólicas armonías, luz, perfumes, espacios sin fin y caricias eternas de una mar bravía que viene sumisa y obediente á besar los pies del coloso, cual besan los blancos copos de las altas nubes su altanera cabeza. Dentro, la noche sin fin; fuera, el día sin crepúsculos.

* * * * *

¡La muerte y la vida, la sonrisa y la lágrima, la fuerza que destruye y el botón que germina, el mal y el bien, el arcángel rebelde y el arcángel sumiso!

CAPÍTULO IV.

Índice

Iraya.—Tabaco.—Sorsogon y Cantanduanes.—De Albay á Daraga.—¿Cagsaua ó Daraga?—Culebras domésticas.—Etimologías.—M. Montano y sus viajes por Filipinas.—Iglesia y cementerio.—Pintacasi de Daraga.—Gustos europeos.—Banquetes chinos.—La bandala.—Hospitalidad.—Recuerdos.—Días tristes.—Estadística.—Comparación de razas.—El patadeon.——La línea curva.—Mercado de Daraga.—Vendedoras de sampaguitas.—Tertulias al aire libre.—La casa de Aramburo.

La provincia de Albay se divide en cuatro distritos ó partidos llamados Iraya, Tabaco, Sorsogon y Catanduanes: el primero lo componen los pueblos de Cagsaua ó Daraga, pues con ambos nombres se le conoce. Camalig, Guinobatan, Ligao, Oás, Palangui, Libon, Quipia, Donzol y Pilar. El segundo, ó sea el de Tabaco, lo forman los de Albay, Legaspi, Libog, Bacacay, Malilipot, Tabaco, Malinao, y Tiui. El tercero, denominado como hemos dicho, Sorsogon tiene los pueblos de Castilla, Sorsogon, Casiguran, Juban, Magallanes, Bulan, Matnog, Bulusan, Barcelona, Gubat Bacon, y Manito: y en el cuarto, ó sean las Islas Catanduanes, se encuentran los pueblos de Calolbon, Virac, Bato, Viga, Payo, Bagamanoc, Pandan y Caramoran.

Con el tiempo y en plazo no muy lejano, esta inmensa provincia está llamada á ser dividida en tres, formando la Iraya y Tabaco una de término, y Sorsogon y Catanduanes, otra de ascenso y entrada respectivamente.

Para proceder con método vamos á hacer una correría á toda la provincia, visitándola por partidos. Damos la preferencia á la Iraya, y al efecto y puesto que ya conocemos el pueblo de Albay, trasladémonos al de Daraga recorriendo en coche y en veinte minutos la pintoresca y bien conservada carretera que los une.

Daraga ó Cagsaua, pues con ambos nombres se conoce á este bonito pueblo, debía ser, dada su importancia, la cabecera de la provincia.

Cagsaua es término compuesto de Cag- (dueño) y saua (culebra). En el sitio que ocupa el pueblo habría quizá alguna culebra domesticada, y en ese caso de aquí vendría la etimología de aquella palabra, deducción lógica, siendo como es costumbre tener en muchas casas de Filipinas grandes culebras completamente inofensivas y en domesticidad, que hacen el oficio de gatos ó perros ratoneros.

Lo mismo sucede en las bodegas de no pocos barcos filipinos, siendo de notar que tales huéspedes son conceptuados como de buen agüero para los dueños de las casas y barcos donde moran.

La etimología de Daraga la encontramos más adaptable que la anterior, puesto que significando dicha palabra bicol, virgen, y teniendo el pueblo por titular la Natividad de la Virgen, lógico es que se le llamara daraga ó virgen, en recuerdo de la pureza de la Madre de Dios.

El comercio, la industria y la vida de Albay, afluye á Daraga en donde radican las casas más ricas de la provincia.

Mi querido amigo el doctor Montano en su precioso libro de Voyage aux Philipines et en Malaisie dedica no pocas páginas á Daraga, siendo justo en sus apreciaciones, hecho digno de consignarse por escasear obras extranjeras que juzguen á nuestras provincias de Oriente en su verdadero valor.

La plaza del pueblo que nos ocupa está asentada á las faldas de un montecillo en cuya amplia meseta se levanta la iglesia y el cementerio. Como se ve, los muertos no pueden estar más cerca de los vivos.

Las fiestas ó pintacasis de Daraga son renombradas en toda la provincia, pero al objeto de nuestro trabajo poco podremos de ellas decir, por cuanto nuestra misión es dar á conocer costumbres indígenas y no europeas, y es lo cierto que en aquel pueblo se van perdiendo las primeras por el gran número de españoles y extranjeros que allí viven ó transitan. Los bailes, los convites y hasta los gustos líricos ó dramáticos buscan recuerdos europeos, y para oir el característico cutang-cutang indio hay que dejar el pueblo.

De citar es, sin embargo, los convites chínicos de Daraga en sus días solemnes, por figurar en las mesas de sus festines platos tan originales como los de orejas de ratón, nidos de golondrina, aletas de tiburón y cabezas de culebra.

En Daraga, como ya hemos dicho, hay establecidos ricos comerciantes cuyo tráfico se circunscribe á la bandala ó sea el abacá, filamento del que extensamente nos ocuparemos en otro lugar.

La hospitalidad que se dispensa en Daraga no tiene límites, y si á relatar fuéramos nombres y atenciones de que fuimos objeto mientras permanecimos en aquel pueblo, llenaríamos no pocas cuartillas. Estando en aquella provincia, pasamos por amarguísimas penas á consecuencia de pérdidas de seres queridos ausentes, y seríamos harto ingratos si no recordáramos á Aramburo y á su bella y distinguida señora é hijas; á toda la colonia que forman la casa comercial de los Muñozes, al chispeante al par que misántropo Avila, al decidor Carrascoso, tan olvidado de la política que le llevó á aquellas tierras, como ingrata fué con él, al cáustico José María, al servicial Rufino, al inteligente Pasiano, y á tantos amigos y amigas á quienes mandamos en estas páginas un profundo recuerdo de gratitud.

Daraga cuenta con una población de 19.252 almas, repartidas en su caserío, sumando 5.025 tributos. A las escuelas concurren por término medio unos 150 niños y 120 niñas, sabiendo el español 15 de los primeros y 5 de las segundas. Hay radicados 10 europeos y 77 chinos. Se registraron 869 bautizos, 111 casamientos y 631 defunciones. Fueron procesados 9 individuos.

Ya hemos dicho que los bicoles son de raza más inferior que la tagala, y aun la visaya, y buena prueba de ello está en Daraga, en donde si nos es admisible aplicar la palabra caciquismo, diremos que este lo ejercen los tagalos é ilongos allí establecidos.

El bicol es más humilde, más modesto, y menos aparatoso que los tagalos; no predominando ni en sus fiestas, ni en sus trajes la riqueza de que hacen gala los primeros. El patadeon, ó sea esa feísima y única prenda de vestir que usa la mayoría de las bicoles, es casi desconocida en las provincias del centro de Luzón. El patadeon es desde luego muy cómodo, tanto que consiste en una faja de tela más ó menos ordinaria, que da las bastantes dimensiones de largo y ancho para que una mujer se dé con ella una vuelta, sujetándola á su cuerpo bien con una cuerda ó correa, ó bien, y esto es más general, haciéndola un nudo por cima de los pechos.

De algún tiempo á esta parte el característico patadeon bicol principia en la cintura, habiéndose aumentado el traje con la camisa y candonga tagala, pero de todos modos el patadeon es tan poco honesto como buen agente escultural, no escapándose á la flexibilidad de aquellas ligeras telas ni las más ocultas de las líneas, y sabido es que la línea que predomina y define la belleza en el eterno femenino es la curva. Creemos que la coquetería en la mujer es innata en todas las razas, y esto es tan cierto que generalmente la bicol que más usa, abusa y oprime el patadeon á su cuerpo, es la que lo tiene más bonito y esbelto.

En los nocturnos mercados de la plaza de Daraga, se ven no pocos irreprochables patadeones festoneados de hilo de seda, llevados con toda la desenvoltura que consiente la escasez de la tela, por graciosas vendedoras de olorosas sampaguitas, delicadísima flor que crece en gran abundancia en aquellos campos.

En la plaza de Daraga, y tomando por lugar de cita la puerta de cualquier establecimiento, se forman tertulias á las que todas las tardes concurren cuantos europeos viven en aquel pueblo y en los de Legaspi y Albay.

En esas tertulias se derrocha ingenio, agudeza, y hasta su poquita maledicencia, á pesar de tener á la altura de las narices, y muchas veces dentro de ellas, el vecino cementerio que parece debía ser con su presencia valladar á ciertos y arriesgados discreteos.

En época de lluvias, las tertulias al aire libre se trasladan bajo cubierto invadiendo indistintamente cualquier casa de las muchas y buenas que tiene Daraga, descollando entre ellas el verdadero palacio en que Aramburo ha sembrado el dinero á manos llenas; habiendo dirigido la decoración y pinturas al fresco que allí se admiran, el inspirado pintor italiano César Alberoni. Lo que Filipinas ha adelantado en confort y buen gusto de pocos años á esta parte, merece otro capítulo.

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15 January 2025
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170 p. 1 illustration
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4057664185655
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