Read the book: «El caso de Betty Kane»

Font::

EL CASO DE BETTY KANE


JOSEPHINE TEY

EL CASO DE

BETTY KANE

TRADUCCIÓN DE PABLO GONZÁLEZ-NUEVO


SENSIBLES A LAS LETRAS, 34

Título original: The Franchise Affair

Primera edición en Hoja de Lata: junio del 2017

Tercera edición: septiembre del 2018

© The National Trust for Places of Historic Interest and Natural Beauty, 1948

© de la traducción: Pablo González-Nuevo, 2017

© de la ilustración de la cubierta: Wind of Change, Dee Nickerson, 2015

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial SL, junio del 2017

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212, Xixón, Asturies [España]

info@hojadelata.net / www.hojadelata.net

Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección de pruebas: Olaya González Dopazo

ISBN: 978-84-18918-36-0

Producción del ePub: booqlab

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

1

Eran las cuatro de una tarde de primavera y Robert Blair solo pensaba en irse a casa.

Por supuesto, la oficina no cerraba hasta las cinco, pero si eres el único Blair de Blair, Hayward y Bennet te puedes ir a casa cuando lo crees conveniente. Y cuando tu trabajo se reduce mayormente a redactar testamentos y a llevar a cabo traspasos e inversiones, tus servicios no son muy necesarios a última hora de la tarde. Y si además vives en Milford, donde el último correo sale a las 3.45, el día ha perdido por completo su pulso mucho antes de las cuatro en punto.

No era probable que el teléfono fuera a sonar. Sus compinches del club de golf estarían en esos momentos entre el hoyo catorce y el dieciséis. Nadie lo convidaría ya a cenar, pues en Milford las invitaciones aún se escriben a mano y son enviadas por correo. La tía Lin no llamaría para pedirle que recogiera el pescado para la cena de camino a casa pues hoy era el día en que, puntualmente y cada dos semanas, iba al cine y en esos momentos ya llevaría veinte minutos perdida en su película, por así decirlo.

De modo que ahí estaba, sentado en su despacho en la indolente atmósfera de una tarde primaveral en un pequeño pueblo, contemplando el último rayo de sol desplazándose sobre la superficie de su escritorio (el mismo escritorio de caoba con remates de latón con el que su abuelo había conseguido escandalizar a toda la familia al encargar que se lo trajeran directamente desde París) y pensando en marcharse a casa. Bajo la tibia luz del sol reposaba la pesada bandeja para el té, y la hora del té era algo que en Blair, Hayward y Bennet se tomaban muy en serio. Exactamente a las 3.50 cada día laboral, la señorita Tuff entraba en su despacho cargada con una bandeja lacada y cubierta por un delicado paño blanco sobre el cual reposaba una taza de té de porcelana fina con exquisitos motivos en tonos azules y un platillo a juego con dos galletitas; de mantequilla los lunes, miércoles y viernes, y digestivas los martes, jueves y sábados.

Al observarla ahora ociosamente, pensó lo bien que ese objeto representaba el equilibrio y la solidez de Blair, Hayward y Bennet. Esa porcelana era para él algo que formaba parte de su vida tan estrechamente como sus primeros recuerdos de infancia. La bandeja ya estaba en la cocina de su casa cuando él era pequeño y esperaba cada mañana la llegada del panadero. Y tiempo después había sido rescatada por su joven madre, que la había llevado a la oficina para servir el té en esas mismas tazas con delicados arabescos azules. El mantelillo había llegado años después con el advenimiento de la señorita Tuff. La señorita Tuff era un legado de los tiempos de la guerra; la primera mujer que tuvo el privilegio de sentarse en uno de los escritorios del respetable despacho notarial de Milford. La llegada de la señorita Tuff, una mujer delgada, severa y de aire algo desgarbado, supuso en su momento una absoluta revolución. La firma, sin embargo, había sobrevivido al evento sin apenas inmutarse y ahora, casi un cuarto de siglo después, resultaba inconcebible pensar que la digna señorita Tuff, de cabellos ya canos, hubiera sido la sensación del despacho en otros tiempos. De hecho, la única alteración que en realidad supuso a efectos prácticos fue la introducción del mantelillo para la bandeja. En cualquier caso, las pastas nunca debían ser servidas directamente sobre la bandeja. El mantelillo o un tapete eran requisito imprescindible. Desde el principio la señorita Tuff había mirado con desaprobación la bandeja desnuda. Más aún, consideraba las vetas de su barniz protector un elemento inquietante, raro y capaz incluso de llegar a quitar el apetito. De manera que un buen día trajo el paño de su casa, decente, liso y blanco, tal y como corresponde a cualquier elemento sobre el cual se ha de colocar la comida. El padre de Robert, a quien le gustaba especialmente la bandeja lacada, contempló entonces aquel fino mantel blanco e inmaculado y no pudo evitar emocionarse ante aquella muestra de preocupación por parte de la joven señorita Tuff por los intereses de la firma. De modo que el mantel se quedó y a día de hoy formaba parte de la vida en el despacho del mismo modo que el archivo con los títulos de propiedad, la placa de bronce en la puerta de entrada y el resfriado anual del señor Heseltine.

Cuando su mirada reposó de nuevo sobre el platillo, ahora vacío, volvió a experimentar la misma extraña sensación en su pecho. Aquello no tenía absolutamente nada que ver con las dos galletitas digestivas que se acababa de comer, al menos no físicamente. Estaba sin duda relacionado con la inevitable rutina de tener que comérselas, con la plácida certidumbre de que los jueves serían digestivas y los lunes tocaban las de mantequilla. Hasta el año pasado aproximadamente, semejante placidez no le había supuesto el menor problema. Nunca había querido ningún otro modo de vida, ninguna otra cosa que la tranquila y amigable existencia propia del lugar donde uno ha crecido. Y seguía sin desear algo diferente. Sin embargo, en los últimos tiempos, un pensamiento en apariencia irrelevante, algo que le resultaba al mismo tiempo extravagante y ajeno, se le había metido entre ceja y ceja sin poder hacer nada por evitarlo. De haber sido capaz de ponerlo en palabras rezaría más o menos así: «Esto es todo lo que tendrás». Dicho pensamiento se presentaba siempre acompañado de una momentánea punzada en el pecho, casi una reacción de pánico. Algo que le hacía recordar la angustia que precedía indefectiblemente a sus citas con el dentista cuando tenía diez años.

Esto irritaba y confundía a Robert, quien se consideraba, en términos generales, una persona feliz y afortunada; un adulto en resumidas cuentas. ¿Por qué le golpeaba entonces sin previo aviso esa sensación que, aun a pesar de resultarle del todo ajena, le atenazaba el pecho sin que pudiera ponerle freno? ¿Qué faltaba en su vida que un hombre pudiera extrañar?

¿Una esposa?

De haberlo querido podría haberse casado. Al menos eso suponía. Había muchas mujeres disponibles en el distrito y ninguna de ellas daba muestras de disgusto al saludarlo cuando se cruzaban por las calles del pueblo.

¿Una madre devota, quizá?

¿Acaso una madre podría manifestarle una mayor devoción que la que su tía Lin —la querida y cariñosa tía Lin— le profesaba?

¿Riqueza?

¿Qué deseaba en su vida que no se pudiera comprar? Pero si no era riqueza lo que buscaba, entonces ¿qué era?

¿Una vida más emocionante?

Él nunca había deseado otra cosa que una vida tranquila. Un día a día sin mayor excitación que la que le pudiera procurar una jornada de caza o llegar con un empate al hoyo dieciséis.

¿De qué se trataba entonces?

¿A qué se debía ese pensamiento recurrente, ese: «Esto es todo lo que tendrás»?

Quizá se debía, pensó mientras mantenía la mirada fija sobre el platillo azul donde habían estado las galletas, a que aquel viejo deseo suyo de infancia de conseguir algo-maravilloso-algún-día había logrado sobrevivir silenciosamente a lo largo de los años en el adulto que era, y tan solo ahora, después de haber cumplido los cuarenta, se manifestaba de forma consciente, como el llanto deliberado de un niño que quiere llamar la atención de sus padres.

Lo cierto es que Robert Blair siempre había deseado que su vida discurriese por el camino marcado hasta el fin de sus días. Desde que iba a la escuela supo con certeza que entraría a trabajar en la firma y que algún día sucedería a su padre. Siendo niño, observaba con una especie de piedad exenta de maldad a los muchachos y compañeros de escuela que, al contrario que él, carecían de la perspectiva de una buena colocación en el futuro, de un Milford repleto de amigos y buenos recuerdos a la vuelta de la esquina, y que nunca serían partícipes de esa raigambre típicamente británica que a él le estaba reservada gracias a Blair, Hayward y Bennet.

En la actualidad no había ningún Hayward en el bufete —ni lo había habido desde el año 1843—, por lo que un joven retoño de la rama de los Bennet ocupaba actualmente el despacho del fondo del pasillo. Y «ocupar» era en efecto la palabra indicada, ya que por regla general resultaba altamente improbable que aquel joven sacara partido a su tiempo desempeñando alguna actividad provechosa para la firma. Su principal interés en la vida era escribir poemas de tan prístina originalidad que tan solo ese joven Nevil —así se llamaba— los entendía. Robert aborrecía sus versos, aunque disculpaba su ociosidad ya que, cuando él mismo había ocupado ese despacho, solía pasarse las horas lanzando una pelotita de golf contra el sillón de cuero que había en la habitación con su palo del número 6.

La luz del sol siguió deslizándose sobre el escritorio hasta dejar atrás el platillo y Robert decidió que había llegado la hora de irse. Si se marchaba ahora aún podría pasear por la calle High antes de que la acera del lado este quedase envuelta en las sombras que anuncian el declinar del día. Además, caminar por Milford seguía siendo una de esas cosas que sin duda lo complacían. No es que Milford fuera lo que se dice un lugar de interés turístico. Sus calles eran casi una réplica de las de cualquier otro pueblo al sur de Trent. Sin embargo, sin pretenderlo simbolizaban todo lo bueno capaz de definir la vida británica a lo largo de los últimos trescientos años. Desde la antigua vivienda que alberga las oficinas de Blair, Hayward y Bennet, construida durante los últimos años del reinado de Carlos II, la calle High descendía por una suave loma salpicada de edificios de ladrillo georgiano, construcciones isabelinas de madera y yeso, de piedra victoriana y de estuco estilo Regencia, hasta llegar a su fin en una zona en la que se alzaban, tras altas hileras de olmos, varias mansiones eduardianas. Entre los rosas, los blancos y marrones, llamaba de cuando en cuando la atención, con el atrevimiento propio del advenedizo que se presenta en una fiesta inadecuadamente vestido, alguna fachada cuya puerta de entrada había sido pintada de color negro. En cualquier caso, los buenos modales del resto de edificios pronto conseguían restarle importancia al exabrupto. Incluso los variopintos negocios repartidos por sus calles habían tratado a Milford con indulgencia. Cierto es que los tonos escarlatas y dorados del Bazar Americano relucían ostentosamente en el extremo sur, ofendiendo a diario el sentido del buen gusto de la señorita Truelove, quien, con el apoyo económico de su hermana y una reputación digna de Ana Bolena, regentaba la tetería sita en el noble edificio isabelino que se alza justo enfrente. Por otro lado, el Banco Westminister, con una humildad difícil de encontrar desde los tiempos de la usura, había conseguido adaptar el Weavers Hall a sus necesidades sin hacer uso de mármol alguno. Y los Soles, químicos mayoristas, habían mantenido intacta la fachada delantera de la vieja residencia de los Wilson después de su adquisición.

Era una calle bonita, alegre y ajetreada, salpicada de tilos que se alzaban noblemente desde el pavimento, algo que Robert Blair personalmente adoraba.

Se disponía a levantarse cuando sonó su teléfono. En otros lugares del mundo, es bien sabido, los teléfonos son atendidos previamente en el exterior de los despachos por secretarias que responden al aparato, preguntan cuál es el motivo de la llamada y hacen esperar al interesado antes de ponerlo en contacto con la persona con quien quiere hablar. Pero no en Milford; nada semejante habría sido tolerado allí. En Milford, si alguien llama por teléfono a John Smith espera que sea John Smith en persona quien responda al aparato. De modo que cuando el teléfono sonó esa tarde de primavera en las oficinas de Blair, Hayward y Bennet, lo hizo sobre el mismo escritorio de caoba con remates de latón de Robert.

Años más tarde, Robert seguiría preguntándose qué habría ocurrido de haber sonado el teléfono tan solo un minuto después. Un minuto —sesenta estériles segundos— le habría bastado para recoger su abrigo del perchero, asomar la cabeza en el despacho del otro lado del pasillo para decirle al señor Heseltine que daba por concluida su jornada, salir a la calle y, bajo los ya débiles rayos del sol, comenzar su paseo de camino a casa. El señor Heseltine habría respondido la llamada telefónica y habría informado a la mujer de que el señor Blair ya se había ido. Ella habría llamado a otro y todo lo ocurrido tan solo tendría para él un interés puramente académico.

Pero el teléfono sonó justo a tiempo y Robert solo tuvo que extender el brazo y descolgar el auricular.

—¿Está el señor Blair? —preguntó una voz de mujer. Era una voz de contralto que en circunstancias normales a buen seguro era capaz de transmitir confianza y seguridad en sí misma, pensó él, pero que en ese preciso instante le pareció jadeante y apresurada—. ¡Oh, cuánto me alegra haberle localizado! Me llamo Sharpe, Marion Sharpe. Vivo con mi madre en La Hacienda. El caserón de la carretera de Larborough. Sin duda sabrá cuál es.

—Así es —dijo Blair.

Conocía de vista a Marion Sharpe, del mismo modo que conocía a todo el mundo en Milford y en el distrito. Era una mujer alta y delgada, de tez morena y unos cuarenta años, cuya costumbre de llevar pañuelos de seda de vivos colores le daba cierto aire de gitana. Conducía un desvencijado y viejo coche con el que iba a la compra todas las mañanas en compañía de su anciana madre, de aspecto delicado y blancos cabellos. Esta siempre viajaba sentada en el asiento trasero, en pose muy erguida y en cierto modo incongruente con su medio de transporte, y daba la sensación de obligarse a sí misma a permanecer en silencio, como si pretendiese reprimir algún tipo de protesta u objeción que supiera inútil. Vista de perfil, la anciana señora Sharpe recordaba a la mujer que Whistler retrató como su madre en su famoso cuadro. Y cuando se giraba y era posible ver de frente su rostro pálido, frío y enérgico, rematado por dos ojos de gaviota, se parecía más a una sibila. Una mujer vieja y desagradable.

—Usted no me conoce —prosiguió la voz—, pero yo sí. Le veo a menudo en Milford y siempre me ha parecido un hombre amable. Necesito un abogado. Quiero decir que lo necesito ahora, en este mismo instante. El único que conocemos trabaja en Londres, en un bufete londinense, quiero decir, y de todas formas ya no trabaja para nosotras. Nos representaron temporalmente con motivo de una herencia. Pero ahora estoy en apuros y necesito asesoramiento legal. Me he acordado de usted y pensé que podría…

—Si se tratase de su coche… —comenzó Robert.

En Milford la palabra «apuros» solía significar dos cosas: una orden de pago de una pensión alimenticia o una multa de tráfico. Puesto que el caso tenía como implicada a Marion Sharpe, posiblemente se trataría de lo segundo. Aunque no suponía una gran diferencia, pues en ninguno de los casos Blair, Hayward y Bennet estarían interesados en hacerse cargo. Sin duda se lo pasarían a Carley, el brillante muchacho del final de la calle, que disfrutaba trabajando en los juzgados y había probado en más de una ocasión que era más que capaz de sacar de los infiernos bajo fianza al mismo diablo. «¡Sacarlo bajo fianza!», había dicho alguien una noche en el Rose & Crown, «¡Sería capaz de hacernos firmar a todos con tal de conseguir liberar al Viejo Pecador!».

—Si se trata de su coche…

—¿Mi coche? —respondió ella, dubitativa como si en el mundo que actualmente habitaba fuera difícil recordar lo que era un automóvil—. Oh, ya entiendo. No. Oh, no. No se trata de nada de eso. Es algo mucho más serio. Se trata de Scotland Yard.

—¡Scotland Yard!

Para este apacible caballero y abogado de provincias llamado Robert Blair, la mención de Scotland Yard era algo tan exótico como oír hablar de Xanadú, de Hollywood o de paracaidismo. Como ciudadano respetable que era, se hallaba en buenos términos con la policía local, y ahí terminaba su conexión con el mundo del crimen. Lo más cerca que había estado de Scotland Yard fue jugando al golf con el inspector local, un buen tipo con un juego bastante equilibrado que ocasionalmente, cuando conseguía llegar al hoyo diecinueve, se dejaba llevar y cometía leves indiscreciones hablando sobre su trabajo.

—No he asesinado a nadie, si es eso lo que está pensando —se apresuró a decir la voz al otro lado del hilo telefónico.

—Lo importante es: ¿se le acusa de haber asesinado a alguien?

Fuera cual fuera el delito que se le imputaba, sin duda aquel era un caso para Carley. Debía decirle que se pusiera rápidamente en contacto con Carley.

—No, no se trata de ningún asesinato. Me acusan de haber raptado a alguien. O de haberlo retenido, o algo así… No puedo explicarlo por teléfono. Y sea como fuere necesito a alguien ahora, de inmediato, y…

—Pero, escúcheme, no creo que sea a mí a quien necesita —dijo Robert—. No sé prácticamente nada sobre derecho penal. Mi bufete no está preparado para un caso como ese. El hombre que usted precisa…

—No quiero a un abogado criminalista. Quiero un amigo. Alguien que permanezca a mi lado y que sea capaz de defenderme. Quiero decir, que sea capaz de decirme cuándo no he de responder si no quiero. Ese tipo de cosas. No necesita usted formación penal para algo así, ¿no es cierto?

—No, pero sería usted mucho mejor atendida por una firma acostumbrada a lidiar con casos policiales. Una firma que…

—¿Lo que trata de decirme es que no está interesado? Es eso, ¿verdad?

—No, por supuesto que no —respondió Robert rápidamente—. Honestamente creo que lo más inteligente sería…

—¿Sabe usted cómo me siento? —le interrumpió—. Me siento como alguien a punto de ahogarse en un río porque es incapaz de alcanzar la orilla. Y usted, en lugar de ofrecerme su mano, me señala la otra orilla diciéndome que me resultará más fácil alcanzarla.

Hubo un momento de silencio.

—Pero, al contrario —dijo Robert—, lo que le ofrezco no es otra cosa que un experto salvavidas. En comparación con él yo soy un mero aficionado. Benjamin Carley tiene más experiencia como defensor que nadie desde aquí hasta…

—¿Quién? ¡Ese terrible hombrecillo de los trajes a rayas! —su voz pareció quebrarse y de nuevo hubo un momentáneo silencio—. Eso es una estupidez. Verá, cuando he decidido llamarle no ha sido porque le considere inteligente o capaz —«¿Verdad que no?», pensó Robert—, sino porque estoy metida en problemas y necesito el consejo de alguien que me sepa entender. Y usted parece de los míos. Señor Blair, hágame el favor de venir. Le necesito. Hay gente de Scotland Yard en mi casa. Si entonces decide que se trata de algo en lo que no quiere verse envuelto siempre puede poner mi caso en manos de otro. ¿No es así? Después de todo, quizá ni siquiera llegue a ser necesario. Si pudiera venir hasta aquí y «velar por mis intereses», o como quiera que se diga, solo durante una hora, quizá todo acabaría. Estoy segura de que se ha cometido algún error. ¿Lo haría por mí?

En términos generales Robert Blair pensaba que podía hacerlo. Era demasiado afable para rechazar una propuesta razonable. Además ella le había facilitado una salida en caso de que la situación se complicara. Y, pensándolo con detenimiento, no quería dejar a aquella mujer en manos de Ben Carley. A pesar de la bobada sobre los trajes a rayas, era capaz de entender su punto de vista. Si uno ha hecho alguna fechoría de la que quiere librarse, sin duda Carley es un regalo del cielo. Pero para una persona en apuros, desconcertada e inocente, quizá la ruda personalidad de Carley no fuera la mejor ayuda imaginable.

Sea como fuere, mientras colgaba el auricular, deseó que su aspecto al pasearse por las calles de Milford hubiese resultado más amenazante. Parecerse a Calvino o a Calibán, a cualquiera de los dos, siempre y cuando ello le sirviera para desalentar a mujeres desconocidas que albergaran la intención de arrojarse en sus brazos al verse en problemas.

¿A qué podía referirse al hablar de rapto?, se preguntó mientras daba un rodeo hasta el garaje en Sin Lane para sacar su coche. ¿Estaba tipificado semejante delito en las leyes británicas? ¿Y a quién querría raptar? ¿A un niño? ¿Algún «niño bien»? A pesar de vivir en una gran casa en la carretera de Larborough, aquellas dos mujeres daban la impresión de tener muy poco dinero. ¿Se trataría de un niño «maltratado» por sus guardianes naturales que se había escapado de casa para toparse con un destino aún más rocambolesco? Quizá. El rostro de la anciana hacía pensar en una fanática. Y en cuanto a Marion Sharpe, si la costumbre de condenar a mujeres a arder en la hoguera no hubiera pasado de moda, no sería descabellado pensar que tal cosa podría llegar a ser su destino natural. Aunque posiblemente se tratara de un caso malinterpretado de filantropía. Rapto «con intención de privar a sus padres, tutores, etc., de su posesión». Deseó recordar algo más de los tiempos en que había estudiado el manual de Harris y Wilshere. No estaba seguro de si algo así suponía un delito tipificado y con pena de trabajos forzados o era considerado una falta. «Secuestro y detención.» Semejante caso no había entrado en los archivos de Blair, Hayward y Bennet desde diciembre de 1798, cuando el mayorazgo de Lessows, después de haber abusado del vino clarete, había subido en volandas sobre la grupa de su caballo a la joven señorita Gretton en pleno baile, en el mismísimo hogar de los padres de esta, para llevársela sin mediar palabra a galope tendido hacia los pantanos. Y, en todo caso, en aquella ocasión nadie albergó la menor duda en cuanto a los motivos del caballero.

En fin, quizá tras la entrada en escena de Scotland Yard todas las partes se mostrarían más dispuestas a razonar. Él mismo estaba sorprendido por la implicación de Scotland Yard. ¿Tan importante era la muchacha que el asunto había despertado el interés del cuartel general?

Nada más adentrarse en Sin Lane se vio inmerso una vez más en el aciago conflicto que afligía a sus conciudadanos desde tiempo inmemorial. Aunque, afortunadamente, él ya había aprendido a mantenerse al margen. (Según los etimólogos —en caso de que estén ustedes interesados—, la palabra sin no es más que una perversión de la palabra sand.1 Aunque por supuesto los habitantes de Milford, más duchos en la materia, saben que antes de que todas esas viviendas municipales fueran construidas en los prados de la parte baja del pueblo, la avenida conducía directamente hasta el paseo de los enamorados en High Wood.) A lo largo de la estrecha calle, frente a frente y en perpetua enemistad, se alzaban el establo municipal y el garaje más moderno del pueblo. El garaje asustaba a los caballos (según los responsables del establo) y la actividad de la caballeriza bloqueaba continuamente el tránsito de la calle con el transporte de paja, forraje y Dios sabe qué más (siempre según el propietario del garaje). Pero el problema no termina ahí. El garaje era propiedad de Bill Brough, antiguo miembro del reme,2 y Stanley Peters, perteneciente al Cuerpo Real de Comunicaciones. Y para el viejo Matt Ellis, exmiembro de la Guardia de Dragones de Rey, estos no eran sino meros representantes de una generación que había destruido la caballería y, en resumidas cuentas, una ofensa viviente para la civilización.

En invierno, cuando iba de caza, Robert escuchaba de primera mano la versión de la historia desde el punto de vista de la caballería. Y el resto del año escuchaba lo que el Real Cuerpo de Comunicaciones tenía que decir al respecto mientras limpiaban su coche, le cambiaban el aceite, llenaban el depósito o lo recogían con grúa. Hoy los de Comunicaciones querían saber la diferencia entre libelo y calumnia y en qué consistía exactamente la difamación. ¿Suponía un delito de difamación decir que un hombre era un «buhonero que vive rodeado de latas y no es capaz de diferenciar un huevo de una castaña»?

—Pues no lo sé, Stan —respondió Robert apresuradamente mientras arrancaba—. Tendría que pensarlo.

Esperó para dejar paso a tres cansados jamelgos que regresaban cargados con dos niños gordezuelos y un mozo después de su paseo vespertino («¿Ves a lo que me refiero?», oyó decir a Stanley) y giró en dirección a la calle High.

A medida que uno avanzaba por el extremo sur de la calle High podía observar que cada vez había menos tiendas y más viviendas con pequeños escalones que terminaban directamente en la acera. Más adelante las casas se alzaban a unos metros del pavimento y tenían pórticos de entrada de mayores dimensiones. Después, suntuosas villas con árboles en sus jardines y, finalmente, prados y campo abierto.

Era una región agrícola, una tierra de interminables campos cercados en los que había pocas casas. Una tierra rica pero solitaria en la que uno podía viajar durante kilómetros sin encontrarse a un solo ser humano; una tierra apacible, tranquila y que había permanecido inalterable desde la guerra de las Dos Rosas.3 Parcelas y cercados se sucedían unos tras otros y la línea del cielo permanecía inalterable hasta donde alcanzaba la vista. Y el único indicador capaz de revelar al viajero el siglo en que se encontraba eran los postes de telégrafo que se alzaban por doquier.

A lo lejos, más allá del horizonte estaba Larborough. Hablar de Larborough era sinónimo de bicicletas, armas cortas, tachuelas de estaño y salsa de arándanos Cowan. Pero sobre todo significaba hablar del millón de almas que vivían hacinadas en casas de ladrillo rojo y que de cuando en cuando escapaban de su cautiverio ansiosas por disfrutar brevemente de los dones de la naturaleza. Sin embargo, no había mucho más en Milford que pudiera atraer su atención y cuando Larborough se iba de vacaciones viajaba como un solo hombre hacia el oeste en busca de las montañas y el mar, de modo que las regiones del norte y el este permanecían tan tranquilas y desiertas como lo habían sido en tiempos del Sol Esplendoroso.4 En resumen, Milford era en esencia un lugar aburrido. Y esa maldición era también su salvación.

A dos kilómetros por la carretera de Larborough estaba el caserón conocido como La Hacienda, construido a la vera de la carretera y con una incongruente cabina telefónica en sus inmediaciones. En los últimos tiempos del periodo de Regencia alguien había comprado el prado que todos llamaban La Hacienda y construido en mitad del mismo una gran casa blanca, que después había sido rodeada por un alto y sólido muro de ladrillo con un portón doble de la misma altura, situado frente a la fachada principal. Su perímetro no tenía relación alguna con las fincas colindantes. No había granero ni edificios agrícolas y tampoco puertas laterales que comunicaran la propiedad con los prados adyacentes. Los establos habían sido construidos, según la costumbre de la época, en la parte trasera de la casa, pero también al arropo de los muros. Aquel era un lugar tan olvidado y carente de importancia como un juguete abandonado por un chiquillo hastiado a la vera de un camino. Hasta donde Robert podía recordar, la casa siempre había estado habitada por el mismo anciano. Pero dado que los moradores de La Hacienda tenían entonces por costumbre hacer sus compras en Ham Green, el pueblo más cercano en dirección a Larborough, nunca habían sido vistos en Milford. De forma repentina, sin embargo, Marion Sharpe y su madre hicieron su aparición en el mercado del pueblo y todo el mundo supuso que habían heredado el caserón al morir el viejo.

¿Cuánto tiempo llevaban viviendo allí?, se preguntó Robert. ¿Tres años? ¿Cuatro?

De cualquier manera, no tenía demasiada importancia que personas como ellas no participaran en la vida social de Milford. La anciana señora Warren, sin ir más lejos, la mujer que había comprado la última de las villas que se alzaban bajo los tilos al final de la calle High hacía ya veinticinco años, con la esperanza de que el benéfico aire del interior resultara más propicio para su reumatismo que la brisa marina, aún era conocida por los nativos como «esa dama de Weymouth» (aunque era de Swanage, para ser exactos).

Las Sharpe, en cualquier caso, no parecían interesadas en establecer lazos sociales con la comunidad. Ambas irradiaban un curioso aire de suficiencia, de independencia. Había visto una o dos veces a la hija en el campo de golf, jugando (probablemente como invitada) con el doctor Brothwick. Golpeaba las bolas largas como un hombre y movía sus delgadas y morenas muñecas como un jugador profesional. Y eso era cuanto Robert sabía de ella.

Al detener el coche frente a las altas puertas de hierro, vio que había otros dos automóviles aparcados en las inmediaciones. Con solo una mirada al más cercano —tan discreto, circunspecto y bien vestido iba su conductor, inmóvil en el interior del vehículo— supo a quién pertenecía. ¿En qué otro país de este mundo se toman las fuerzas del orden tantas molestias por resultar educados y discretos?

Al fijarse en el otro coche, el más alejado, vio que era el de Hallam, el inspector local que destacaba por su juego en el campo de golf.

Había tres personas en el coche de policía: el conductor, una mujer de mediana edad en el asiento trasero y, a su lado, lo que parecía ser un niño o una jovencita. El conductor le dedicó a Robert una breve pero atenta mirada de policía y después apartó la vista. En cuanto a los rostros de la parte de atrás, no pudo distinguirlos.

Las altas puertas de hierro estaban cerradas —Robert no recordaba haberlas visto nunca abiertas—, de modo que cuando empujó una de las pesadas hojas lo hizo embargado por la curiosidad. El antiguo forjado de las puertas originales había sido cubierto tiempo atrás, seguramente como fruto de un victoriano deseo de privacidad, por planchas de hierro fundido y el muro era demasiado elevado como para permitir ver algo del interior. De tal modo que, a excepción de su tejado y chimeneas, nunca había visto ni un metro cuadrado de La Hacienda.

Su primer sentimiento fue de total decepción. No era solo su aspecto de venida a menos —aunque resultaba evidente—, sino la absoluta fealdad de aquella casa. O su construcción había comenzado demasiado tarde para compartir la gracia de un periodo elegante o el constructor carecía por completo de talento para la arquitectura. Sin duda había intentado expresarse en el estilo de su tiempo, pero era evidente que uno y otro no hablaban el mismo idioma, por así decirlo. Todo parecía tener pequeños defectos: las ventanas tenían el tamaño equivocado por unos quince centímetros y habían sido dispuestas en el lugar menos adecuado. La puerta de entrada no tenía la anchura correcta y la altura de las escaleras era insuficiente. Y el resultado era que, en lugar de la insulsa alegría propia del periodo en que se construyó, la impresión general que transmitía la casa era de una insólita dureza. Parecía que aquel edificio le dirigiera al visitante una mirada hostil y ambivalente. Al atravesar el patio en dirección a la poco acogedora puerta principal supo a qué le recordaba todo aquello: le hacía pensar en un chucho que se despierta debido a la repentina llegada de un extraño y se incorpora sobre sus patas delanteras, dudando por un instante si atacar o simplemente limitarse a ladrar. Sin duda, tenía la misma expresión de estar a punto de decir: «¿qué demonios haces tú aquí?».

Antes de que pudiera llamar al timbre alguien le abrió la puerta. No era una criada, sino Marion Sharpe en persona.

—Le he visto llegar —dijo, alargando la mano—. No quería que hiciera sonar el timbre porque mi madre se acuesta un rato todas las tardes, y espero sinceramente que podamos liquidar todo este asunto antes de que se despierte. No tiene por qué saber nada al respecto. No sé cómo agradecerle que haya venido.

Robert murmuró algo y se dio cuenta entonces de que sus ojos, que esperaba fueran de un brillante castaño gitano, eran de color gris avellana. Lo condujo hacia el pasillo y, mientras dejaba su sombrero sobre un aparador, se dio cuenta de que la alfombra que cubría el suelo se veía raída y deshilachada.

—Ya está aquí la policía —dijo mientras empujaba una puerta y lo invitaba a pasar a un salón.

A Robert le habría gustado hablar con ella un momento a solas para hacerse una idea más detallada de la situación, pero ya era demasiado tarde para sugerir tal cosa. Y era evidente que ella había querido que así fuera.

Sentado en el borde de una silla estaba Hallam, con aires de cordero degollado. Y junto a la ventana, cómodamente instalado en una silla estilo Hepplewhite, estaba el representante de Scotland Yard, un hombre bastante joven, enjuto y vestido con un buen traje sastre.

Cuando ambos se levantaron, Hallam y Robert asintieron con la cabeza en gesto de reconocimiento.

—¿Conoce usted, entonces, al inspector Hallam? —preguntó Marion Sharpe—. Este es el inspector Grant, de la jefatura.

Al escuchar la palabra «jefatura», Robert se preguntó si aquella mujer ya se habría visto antes envuelta en tratos con la policía o simplemente trataba de evitar la connotación ligeramente sensacionalista de «Scotland Yard».

Grant le estrechó la mano y dijo:

—Me alegra que haya venido, señor Blair. No solamente en interés de la señorita Sharpe, también en el mío.

—¿El suyo?

—No era posible proceder sin que la señorita Sharpe contase con algún tipo de apoyo, amistoso o legal. Pero si es legal, tanto mejor.

—Ya veo. ¿Y de qué la acusan?

—No ha sido acusada de nada… —comenzó a decir Grant, pero Marion lo interrumpió.

—Soy sospechosa de haber secuestrado y haberle dado una paliza a alguien.

—¡Una paliza! —exclamó Robert, asombrado.

—Sí —respondió la mujer, como si se deleitase ante semejante enormidad—. Al parecer la he golpeado hasta dejarle cardenales.

—¿La?

—Así es, una chica. Ahora mismo está ahí fuera, sentada en uno de esos coches.

—Creo que lo mejor será empezar por el principio —dijo Robert, apegándose al procedimiento.

—Quizá deba ser yo quien exponga los detalles —propuso Grant, con suavidad.

—Sí, hágalo —dijo la señorita Sharpe—. Después de todo es su historia.

Robert se preguntó si Grant había percibido la ironía. Se preguntó también qué clase de persona tiene la suficiente sangre fría como para burlarse de un agente de Scotland Yard, allí sentado en una de sus mejores sillas en el salón de su casa. Por teléfono su voz no le había resultado en absoluto serena. Más bien excitada, casi desesperada. Quizá ahora la presencia de un aliado le había infundido algo de valor. O quizá sencillamente había recuperado la compostura.

—Justo antes de Pascua —comenzó Grant, con un lacónico estilo policial—, una muchacha llamada Elisabeth Kane, que vive con sus tutores cerca de Aylesbury, se fue a pasar unas breves vacaciones a casa de una tía suya casada en Mainshill, el suburbio de Larborough. Fue en autobús, ya que la línea Londres-Larborough atraviesa Aylesbury y también pasa por Mainshill antes de llegar a Larborough. De ese modo podía bajarse del bus en Mainshill y estaba a tres minutos paseando de casa de su tía, en lugar de ir en tren hasta Larborough para después desandar todo el camino hasta allí. Al finalizar la semana, sus tutores —el señor y la señora Wynn— recibieron una postal de la joven en la que les decía que lo estaba pasando muy bien y que había decidido quedarse más tiempo. Ellos obviamente imaginaron que se quedaría mientras durase su periodo de vacaciones, es decir, otras tres semanas. Al no aparecer el día en que se reanudaban las clases dieron por hecho que estaba haciendo novillos y decidieron escribirle a su tía para que la subiera en el siguiente autobús de regreso. La tía, en lugar de responder mediante una llamada telefónica o un telegrama, envió a los Wynn una carta en la que les explicaba que su sobrina había regresado a Aylesbury hacía ya quince días. El intercambio de cartas se prolongó durante buena parte de otra semana, de modo que, cuando los tutores acudieron a la policía para denunciar la desaparición, la chica llevaba cuatro semanas desaparecida. La policía dispuso el operativo habitual, pero antes de que la investigación se iniciara propiamente, la chica apareció. Se presentó bien entrada la noche en su casa, cerca de Aylesbury, ataviada únicamente con un vestido y unos zapatos y en un estado de completo agotamiento.

—¿Cuántos años tiene la muchacha? —preguntó Robert.

—Quince. Casi dieciséis. —Esperó un instante, por si Robert tenía alguna otra pregunta, y continuó (Sin duda un gesto de deferencia entre profesionales, pensó Robert complacido. Una conducta que armonizaba con el automóvil tan cuidadosamente aparcado en el exterior de la casa)—. Dijo que había sido «secuestrada» en un coche. Esa fue toda la información que pudieron obtener de ella en los dos días siguientes, durante los cuales permaneció en un estado semiinconsciente. Cuando se recuperó, unas cuarenta y ocho horas más tarde, consiguieron obtener de ella el resto de la historia.

—¿Consiguieron?

—Los Wynn. Por supuesto, la policía quería encargarse personalmente del interrogatorio, pero la muchacha se ponía histérica ante su mera mención. De modo que puede decirse que obtuvieron la información de segunda mano. Contó que, mientras esperaba la llegada del autobús de regreso a Mainshill, un coche con dos mujeres a bordo se detuvo a su lado. La más joven de las dos, que conducía, le preguntó si estaba esperando el autobús y si quería que la llevaran a algún lado.

—¿La muchacha estaba sola?

—Sí.

—¿Por qué no fue nadie a despedirla?

—Su tío estaba trabajando y su tía había asistido como madrina a un bautizo. —De nuevo hizo una pausa en espera de algún comentario de Robert—. La joven les explicó que estaba esperando el autobús procedente de Londres y ellas le dijeron que ya había pasado. Dado que había llegado muy justa a la parada y su reloj no era especialmente preciso, creyó lo que le decían. De hecho, estaba casi convencida de que había perdido el autobús antes de que el coche se detuviera. Comenzaba a inquietarse, pues ya eran las cuatro de la tarde, llovía y la luz comenzaba a declinar. Las dos mujeres se mostraron muy amables y se ofrecieron a llevarla hasta un lugar cuyo nombre no entendió bien y desde donde sin duda podría coger otro autobús hacia Londres en una media hora. Ella aceptó agradecida, subió al coche y se sentó, junto a la mayor de las dos mujeres, en la parte trasera.

Robert se imaginó entonces a la anciana señora Sharpe, sentada muy erguida e intimidante en su pose habitual, en el asiento trasero. Dirigió una mirada a Marion Sharpe, pero su expresión parecía tranquila. Al fin y al cabo ella ya conocía la historia.

—La intensa lluvia golpeaba las ventanillas e impedía ver claramente el paisaje que atravesaban, de modo que la muchacha comenzó a hablar sobre sí misma con la anciana y dejó momentáneamente de prestar atención al rumbo que tomaba el automóvil. Cuando por fin salió de su ensimismamiento ya había oscurecido bastante y tuvo la sensación de que llevaban mucho tiempo en la carretera. Les dijo entonces que le parecía un gesto extraordinariamente amable por su parte llevarla alejándose tanto de su ruta. Fue entonces cuando la mujer más joven, hablando por primera vez desde que el coche se pusiera en marcha, le dijo que no se habían desviado en absoluto, al contrario, aún tendría tiempo para tomarse algo caliente con ellas antes de que la acercaran a la parada. Ella manifestó sus dudas pero la mujer más joven le dijo que sería una tontería esperar veinte minutos bajo la lluvia cuando podía estar caliente, seca y con el estómago lleno mientras tanto. Ella se mostró de acuerdo. Finalmente la mujer joven detuvo el coche, se bajó un instante para abrir lo que a la muchacha le parecieron unas puertas automáticas y enseguida el coche continuó avanzando hasta apagar el motor ante una casa que la oscuridad reinante no le permitió ver. La condujeron entonces hasta una gran cocina…

—¿Una cocina? —repitió Robert.

—Sí, una cocina. La anciana puso café en el fogón mientras la más joven preparaba unos sándwiches. «Sándwiches sin tapa», en palabras de la chiquilla.

—Smorgasbord. 5

—Sí. Mientras comían y bebían, la más joven le dijo que en esos momentos no tenían asistenta y le preguntó si no le gustaría trabajar para ellas. Ella respondió que no. Trataron de convencerla pero ella insistió en que no era ese el tipo de trabajo que buscaba. Sus rostros se volvieron borrosos a medida que ella hablaba y, cuando le sugirieron que al menos podía acompañarlas a la planta superior para ver el bonito dormitorio que ocuparía si se quedaba, su mente estaba demasiado aturdida como para oponerse a lo que le sugerían. Recuerda haber subido un primer tramo de escaleras cubierto por alfombras y caminar sobre algo más duro a medida que ascendían. Y eso es todo lo que afirma recordar hasta que la luz del amanecer la despertó al día siguiente tendida en una carriola, en un austero y diminuto ático. Solo llevaba puesta su combinación y no pudo ver por ningún lado el resto de su ropa. La puerta estaba cerrada y la pequeña ventana redonda por la que se colaba la luz no se abría. En cualquier caso…

—Una ventana redonda —dijo Robert, algo incómodo.

En esta ocasión, sin embargo, fue Marion quien respondió.

—Así es —dijo—. Un tragaluz en el tejado.

Dado que su último pensamiento justo antes de entrar en la casa lo había dedicado precisamente a esa diminuta ventana redonda y tan mal dispuesta, se arrepintió de haber hecho el comentario. Grant prolongó aún unos instantes su habitual pausa de cortesía y continuó.

—Enseguida se presentó en la habitación la mujer joven con un bol de gachas de avena. La muchacha lo rechazó y exigió que le devolvieran su ropa y que la dejaran marchar. La mujer le respondió que ya comería cuando tuviera hambre y se marchó, dejando las gachas. Estuvo sola hasta el anochecer, cuando la misma mujer le trajo un poco de té y un platillo de galletas recién hechas e intentó convencerla de nuevo para que aceptara el trabajo a modo de prueba. La joven volvió a negarse y durante días, siempre según su historia, se vio sometida en repetidas ocasiones a ese juego de engatusamientos e intimidaciones, llevado a cabo alternativamente por ambas mujeres. Entonces pensó que, si lograba romper la pequeña ventana redonda, sería capaz de trepar hasta el tejado, protegido por un pretil, para tratar de llamar la atención de algún transeúnte o un vendedor que por casualidad se aproximase a la casa. Desafortunadamente, el único instrumento a su disposición era una endeble silla, con la que tan solo logró quebrar el cristal antes de que la mujer más joven irrumpiera en la habitación hecha una furia. Le arrancó la silla de las manos y golpeó a la muchacha hasta que se quedó sin aliento. Después se marchó llevándose la silla, y la joven pensó que había llegado el final para ella. Sin embargo, minutos después la mujer regresó empuñando lo que a la joven le pareció una fusta para perros y nuevamente la golpeó hasta que perdió el conocimiento. Al día siguiente, la anciana se presentó en el ático cargada con varios juegos de sábanas y le dijo que si no estaba dispuesta a trabajar, al menos cosería. Si no cosía no habría comida. Estaba demasiado dolorida para coser, por lo que se quedó sin comer. A la mañana siguiente volvieron a amenazarla con otra paliza si no cosía. De modo que remendó algunas sábanas y le dieron un cuenco con estofado para la cena. El acuerdo perduró varios días, pero si su costura les resultaba inadecuada o insuficiente, de nuevo la golpeaban o la privaban de alimentos. Hasta que una noche la anciana subió a llevarle su cuenco de estofado y al marcharse olvidó cerrar la puerta con llave. La joven esperó, pensando que se trataba de una trampa que terminaría con una nueva paliza. Pero pasado un tiempo se aventuró a salir hasta el rellano. No oyó nada, por lo que bajó apresuradamente el tramo de escaleras sin alfombrar y a continuación el segundo tramo hasta el primer rellano. Desde allí pudo escuchar a las dos mujeres hablando en la cocina. Se arrastró hasta la planta baja y corrió con desesperación hacia la puerta principal. No estaba cerrada y sin pensarlo dos veces huyó tal como estaba, perdiéndose en la noche.

—¿Vestida con las enaguas? —preguntó Robert.

—Olvidé mencionar que la combinación había sido sustituida de nuevo por su vestido. No había calefacción en el ático y vestida únicamente con una combinación es posible que hubiera muerto o caído enferma.

—Si es que alguna vez estuvo en el ático —dijo Robert.

—En efecto. Si, como usted dice, estuvo en el ático — consintió el inspector con suavidad. Y, sin su acostumbrada pausa de cortesía esta vez, continuó—: No recuerda gran cosa después de eso. Caminó durante mucho tiempo en la oscuridad, según dice, por una carretera. Pero no había tráfico y no se encontró con nadie. Largo rato después, en la carretera principal, un camionero la vio dando tumbos ante sus focos y se detuvo para recogerla. Estaba tan cansada que se quedó dormida de inmediato. Despertó mientras alguien la ayudaba a ponerse de pie en la carretera. El camionero se rio de ella y le dijo que parecía una muñeca de trapo que había perdido todo el relleno. Aún era de noche. El camionero le dijo que estaba en el lugar donde le había pedido que la llevara y acto seguido se marchó. Después de un rato reconoció la esquina. Estaba a menos de tres kilómetros de su casa. Oyó un reloj señalar las once. Y poco antes de la medianoche llegó a casa.

__________

1 Sin significa pecado, y sand, arena. Todas las notas son del traductor.

2 Siglas del Royal Electrical and Mechanical Engineers, Cuerpo Real de Ingenieros Eléctricos y Mecánicos.

3 Guerra civil que enfrentó en Inglaterra entre los años 1455 y 1487 a los partidarios de las casas de Lancaster y York.

4 Cuando Ricardo III reinaba y coincidiendo con la guerra de las Dos Rosas.

5 Bufé de platos variados, fríos y calientes, típico de Suecia.

2

Hubo un breve silencio.

—¿Y esta chica es la que está ahora mismo sentada en un coche a las puertas de La Hacienda? —dijo Robert.

—Sí.

—Imagino que tiene sus motivos para traerla hasta aquí.

—Así es. Cuando la chica se recuperó lo suficiente, pudieron convencerla para que contase su historia a la policía. Fue transcrita por un taquígrafo mientras lo hacía. A continuación leyó la versión escrita y la firmó. En su declaración había dos aspectos que ayudaron especialmente a la policía. Estos son los fragmentos más relevantes:

«Después de un rato pasamos junto a un autobús con un letrero iluminado que ponía milford. No, no sé dónde está Milford. No, nunca he estado allí.»

—Ese era uno. Este es el otro:

«Desde la ventana del ático podía ver un muro alto de ladrillo con un gran portón de hierro justo en el centro. En el lado exterior del muro había una carretera, pude ver incluso los postes de telégrafo. No, no podía ver pasar el tráfico porque el muro era demasiado alto. Sí, la parte superior de la carga de algún camión, en varias ocasiones. No es posible ver nada a través del portón porque está cubierto con planchas de hierro desde el interior. Dentro de la propiedad, el camino discurría en línea recta durante un trecho y después se bifurcaba en dos hasta terminar frente a la puerta principal. No, no había jardín, solo hierba. Sí, césped, supongo. No, no recuerdo ningún arbusto. Solo la hierba y el sendero.»

Grant cerró el pequeño cuaderno de notas que había estado leyendo.

—Hasta donde sabemos, y siempre de acuerdo a los avances de la investigación a día de hoy, no hay ninguna otra casa entre Larborough y Milford que se ajuste a la descripción de la muchacha salvo La Hacienda. Más aún, parece ajustarse al detalle. Cuando la chica vio el portón y el muro al llegar esta tarde aseguró que sin duda este era el lugar. Aunque por supuesto, aún no ha reconocido el interior. Antes debía explicarle los particulares a la señorita Sharpe y averiguar si estaba dispuesta a ver a la chica. Enseguida sugirió que debía estar presente algún testigo.

—¿Comprende ahora por qué necesitaba ayuda con tanta urgencia? —dijo Marion Sharpe, volviéndose hacia Robert—. ¿Se puede imaginar una pesadilla más absurda?

—La historia de la muchacha es sin duda la más extraña mezcla de hechos y dislates que pueda escucharse. Comprendo que es difícil hoy en día encontrar un buen servicio doméstico —dijo Robert—, pero, ¿acaso tanto como para llegar a secuestrar a un potencial sirviente? Eso por no hablar de golpearlo y matarlo de hambre…

—Ninguna persona normal haría algo así, por supuesto —respondió Grant, manteniendo la mirada sobre la de Robert para evitar que se desviara hacia Marion Sharpe—. Pero créame, en mis primeros doce meses en el cuerpo he visto al menos una decena de casos mucho más increíbles. Parece no haber límite para las extravagancias de la conducta humana.

—Estoy de acuerdo. Pero la extravagancia es igualmente aplicable a la conducta de la muchacha. Después de todo, esto ha empezado por ella. Es ella quien ha estado desaparecida durante…

Hizo una pausa a modo de interrogante.

—Un mes —respondió Grant.

—Durante un mes. Mientras, por otra parte, no hay nada que sugiera que la rutina en La Hacienda haya variado en lo más mínimo en todo ese tiempo. ¿No posee la señorita Sharpe ninguna coartada para el día en cuestión?

—No —dijo Marion Sharpe—. Se trata, según el inspector, del día 28 de marzo. Ya ha pasado mucho tiempo y nuestros días no varían demasiado, si acaso lo hacen en absoluto. Nos resultaría imposible recordar qué fue lo que hicimos el 28 de marzo… Y más improbable aún me parece que alguien más vaya a hacerlo.

—¿Su asistenta, quizá? —sugirió Robert—. Los criados tienen maneras de ordenar la vida doméstica a menudo sorprendentes.

—No tenemos asistenta —dijo ella—. Nos resulta difícil conservarlas, pues La Hacienda está muy alejada de todo.

El instante amenazaba con convertirse en un momento incómodo, por lo que Robert se apresuró a cambiar de tema.

—Esta chica… No sé cómo se llama, por cierto.

—Elisabeth Kane. Conocida como Betty Kane.

—Oh, sí, es cierto. Me lo había dicho. Lo siento. Esta muchacha… ¿Sabemos algo de ella? Imagino que la policía la habrá investigado antes de aceptar la supuesta veracidad de su historia. ¿Por qué vive con sus tutores y no con sus padres, por ejemplo?

—Es una huérfana de guerra. Fue evacuada al distrito de Aylesbury cuando era pequeña. Era hija única y fue acogida por los Wynn, que ya tenían un niño cuatro años mayor. Unos doce meses después los dos progenitores resultaron muertos en el mismo «incidente», y los Wynn, que siempre habían querido una hija y le habían cogido mucho cariño, decidieron adoptarla. Para ella son como sus padres, ya que apenas puede recordar a los verdaderos.

—Ya veo. ¿Y su historial?

—Excelente. Una niña tranquila, según todos los que la conocen. Buena en la escuela, aunque no brillante. Nunca se ha metido en problemas, ni en la escuela ni fuera de ella. «De una inmaculada honestidad», fue la frase que empleó su última maestra.

—Cuando por fin regresó a casa, tras su ausencia, ¿había aún alguna evidencia de los golpes que dice haber recibido?

—Oh, sí. En efecto. El médico de los Wynn la examinó a la mañana siguiente y afirmó que había sido brutalmente golpeada. De hecho algunas magulladuras aún eran evidentes tiempo después, cuando se presentó en la jefatura a prestar declaración.

—¿No tiene historial de epilepsia?

—No. También consideramos esa posibilidad durante el inicio de la investigación. Me parece necesario añadir que los Wynn son gente muy sensata. Han pasado por momentos muy difíciles pero nunca han tratado de exagerar la situación ni han caído en dramatismos. Tampoco han permitido que la chica se convirtiera en objeto de interés o piedad. Han llevado todo el asunto admirablemente.

—Por lo que, en lo que a mí se refiere, también tendré que esforzarme en llevar todo esto con admirable frialdad —dijo Marion Sharpe.

—Comprenda mi posición, señorita Sharpe. La muchacha no solo ha descrito la casa en la que fue detenida, también a sus dos habitantes. Y lo ha hecho con gran precisión. «Una anciana delgada, de cabello blanco, sin sombrero y vestida de negro; y otra mujer más joven, alta y delgada y morena como una gitana, sin sombrero y con un pañuelo claro de seda cubriendo su cuello.»

—Oh, sí. No se me ocurre ninguna explicación, pero comprendo su posición. Y ahora creo que deberíamos hacer entrar a la muchacha. Aunque antes me gustaría decir…

La puerta se abrió entonces sin emitir ruido alguno y la anciana señora Sharpe apareció en el umbral. Tenía el cabello erizado en algunas partes alrededor de la cabeza, tal como la almohada los había dejado, y más que nunca su aspecto hacía pensar en el de una bruja.

Cerró la puerta tras de sí y contempló la reunión con malicioso interés.

—¡Vaya! —exclamó, emitiendo un sonido que recordaba al chillido gutural de una gallina—. ¡Tres desconocidos!

—Permite que te los presente, madre —dijo Marion, mientras los tres se ponían en pie—. Este es el señor Blair, de Blair, Hayward y Bennet. El bufete que tiene ese hermoso edificio casi al final de la calle High.

Mientras Robert hacía una pequeña inclinación, la anciana lo escrutaba con sus ojos de gaviota.

—Les hace falta renovar todos esos azulejos —dijo ella.

Y era cierto, aunque no era ese el tipo de saludo el que él había esperado.

Lo reconfortó el hecho de que la bienvenida que le dedicó a Grant fuera aún menos ortodoxa. Lejos de parecer inquieta o impresionada por la presencia de Scotland Yard en el salón de su casa aquella tarde de primavera, se limitó a responder con tono cortante:

—No debería estar sentado en esa silla. Pesa usted demasiado.

Cuando su hija le presentó al inspector local, la anciana se limitó a lanzarle una mirada oblicua y, tras inclinar levemente la cabeza, se abstuvo de hacer el menor comentario. Hecho que Hallam, a juzgar por su expresión, pareció considerar particularmente desagradable.

Grant observó inquisitivamente a la señorita Sharpe.

—Te explicaré lo que ocurre, madre —dijo esta—. El inspector desea que veamos a una joven que está ahora mismo sentada en un coche aparcado a las puertas de la casa. Desapareció de Aylesbury durante un mes y cuando volvió a aparecer —en condiciones bastante lamentables— dijo que había sido retenida por unas mujeres que querían obligarla a ser su sirvienta. Cuando se negó la encerraron, la golpearon y casi la matan de hambre. Describió el lugar y a esas mujeres con gran detalle y resulta que tú y yo nos ajustamos perfectamente a tal descripción. Y también nuestra casa. Al parecer estuvo encerrada en la habitación de la ventana redonda del ático.

—Muy interesante —dijo la anciana señora, mientras se sentaba con gesto algo teatral en un sillón estilo Imperio—. ¿Y con qué la golpeamos?

—Con una fusta para perros, por lo visto.

—¿Tenemos una fusta para perros?

—Tenemos uno de esos chismes para llevarlos. Puede servir de fusta, llegado el caso. En fin, lo importante es que al inspector le gustaría presentarnos a la chica, para que pueda identificarnos como la gente que la retuvo, o no.

—¿Tiene usted alguna objeción, señora Sharpe? —preguntó Grant.

—Al contrario, inspector. Ya lo espero con impaciencia. No todas las tardes una se acuesta a dormir la siesta siendo una vieja aburrida y se despierta convertida en un monstruo en potencia.

—Entonces, si me permiten, iré a buscar a la…

Hallam hizo un leve gesto, ofreciéndose a ir en su lugar, pero Grant negó con la cabeza. Era obvio que quería estar presente en el momento en que la chica atravesara las puertas.

Mientras el inspector salía, Marion le explicó a su madre el motivo de la presencia de Blair allí.

—Ha sido algo extraordinariamente amable de su parte venir tan rápido y sin previo aviso —añadió.

Y Robert sintió una vez más el impacto de aquella mirada pálida y brillante de la anciana. No le cabía la menor duda de que, por su dinero, la vieja señora Sharpe era más que capaz de golpear sin pestañear a siete personas diferentes, entre el desayuno y la comida, los siete días de la semana si era necesario.

—Cuenta usted con toda mi simpatía, señor Blair —dijo ella, sin el menor asomo de tal afecto.

—¿Por qué, señora Sharpe?

—Imagino que Broadmoor está un poco alejado de su jurisdicción.

—¡Broadmoor!

—El asilo de criminales lunáticos.

—Lo encuentro extraordinariamente estimulante —respondió Robert, dispuesto a no dejarse intimidar por ella.

Su respuesta pareció agradar a la buena señora y en su cara destelló algo parecido a una sonrisa. Robert tuvo la extraña sensación de que de repente le caía bien, aunque de ser eso cierto no hizo el menor amago de manifestarlo verbalmente. Al contrario, respondió con voz seca y cortante:

—Sí, creo que las distracciones en Milford son pocas y no demasiado excitantes. Mi hija, sin ir más lejos, se dedica varios días a la semana a perseguir un pedazo de gutapercha por el campo de golf…

—Ya no se le llama así, madre —puntualizó la hija.

—En cualquier caso, a mi edad, Milford ni siquiera puede ofrecerme ese tipo de distracción. He de conformarme con pasar el rato rociando con herbicida las malas hierbas… Una forma legítima de sadismo al mismo nivel que el ahogamiento de pulgas. ¿Tiene usted por costumbre ahogar pulgas, señor Blair?

—Me limito a aplastarlas. Pero mi hermana tenía la costumbre de perseguirlas con una pastilla de jabón.

—¿Jabón? —repitió la señora Sharpe, con genuino interés.

—Tengo entendido que las golpeaba con el lado blando y húmedo y se quedaban pegadas.

—Muy interesante. Nunca había oído hablar de esa técnica. La probaré la próxima vez.

Al tiempo que conversaba con la anciana procuraba prestar atención a lo que Marion le decía al desairado inspector local.

—Juega usted muy bien, inspector —la oyó decir.

Tenía la sensación de estar a punto de despertar de un sueño, cuando todo el absurdo y la falta de sentido pierden importancia porque uno tiene la certeza de que está a punto de regresar al mundo real. Algo, en cualquier caso, que siempre resulta engañoso, pues en ese momento volvió el inspector Grant. Él entró en primer lugar, para estar en una posición que le permitiera observar la expresión de todas las caras implicadas en aquel asunto, y sujetó la puerta para que pasara una funcionaria del cuerpo en compañía de la muchacha.

Marion Sharpe se puso en pie lentamente, como si creyera que debía enfrentarse sin ambages a lo que se le venía encima. Su madre, por el contrario, permaneció sentada en el sillón como quien está a punto de dirigirse a una audiencia, con su espalda en pose victoriana, tan erguida como la de una chiquilla, y las manos serenamente posadas sobre el regazo. Ni siquiera sus desgreñados cabellos lograban desmentir la impresión de que era la dueña de la situación.

La joven llevaba puesto su abrigo del colegio y unos zapatos de tacón bajo, también parte del uniforme, que le daban un aire algo torpe e infantil, por lo que a Blair le pareció más joven de lo que había imaginado. No era muy alta y desde luego no era especialmente bonita. Sin embargo, tenía —¿cómo decirlo?— cierto atractivo. Los ojos, de un azul oscuro, bien separados en uno de esos rostros de los que la gente dice que tienen forma de corazón. Su pelo era de color castaño claro, pero nacía de su frente dibujando una hermosa línea. Bajo cada uno de los pómulos, un leve hoyuelo, delicadamente moldeado, que daba encanto y cierto dramatismo al conjunto de su cara. El labio inferior era generoso y, sin embargo, su boca resultaba demasiado pequeña. Y también sus orejas eran demasiado pequeñas y estaban excesivamente pegadas al cráneo.

Una muchacha corriente, después de todo. Desde luego no de las que destacan entre la multitud. Mucho menos el tipo de heroína que acapara portadas en la prensa sensacionalista. Robert se preguntó qué aspecto tendría con otro tipo de ropa.

La mirada de la muchacha se detuvo primero en la anciana y después siguió hasta encontrarse con Marion. Sus ojos no traslucían ni sorpresa ni triunfo, y tampoco demasiado interés.

—Sí, estas son las mujeres —dijo.

—¿No tienes ninguna duda? —le preguntó Grant, y a continuación añadió—: Es una acusación muy grave.

—No, no tengo ninguna duda. ¿Cómo podría?

—¿Son estas dos señoras quienes te retuvieron, te arrebataron la ropa, te obligaron a coser ropa de cama y te azotaron?

—Una embustera excelente —dijo la anciana señora Sharpe, en el mismo tono en que podría haber dicho: «Un retrato excelente».

—Sí, estas son las mujeres.

—Dices que te invitamos a tomar café en la cocina —dijo Marion.

—Sí, lo hicieron.

—¿Puedes describir la cocina?

—No presté mucha atención. Era grande, con suelo de piedra, creo. Y una hilera de campanillas.

—¿Cómo eran los fogones?

—No me fijé en los fogones pero el cazo en el que la anciana preparó el café era de color azul pálido con el borde superior azul oscuro y muy descascarillado en la parte inferior.

—Dudo que haya una sola cocina en toda Inglaterra en la que no haya uno exactamente igual —dijo Marion—. Tenemos tres de esos.

—¿Es virgen la chiquilla? —preguntó la señora Sharpe, con el mismo tono amable e inofensivo de quien pregunta: «¿Es un Chanel?».

En la incómoda pausa que siguió al comentario, Robert no pudo dejar de percibir la escandalizada expresión de Hallam, cómo la sangre ruborizaba las mejillas de la muchacha y la llamativa ausencia de algún comentario recriminatorio por parte de la hija. Se preguntó si su silencio era de tácita aprobación o si después de toda una vida en común la señorita Sharpe ya estaba inmunizada ante ese tipo de sobresaltos.

Grant intervino con frialdad, diciendo que dicha cuestión carecía de relevancia en el asunto que les ocupaba.

—¿Eso cree? —dijo la anciana dama—. Si yo hubiera desaparecido de mi casa durante un mes, es lo primero que mi madre querría saber. En fin, da igual. Ahora que la chica nos ha identificado, ¿qué es lo que propone? ¿Arrestarnos?

—Oh, no. No adelantemos acontecimientos. Quiero llevar a la señorita Kane a la cocina y al ático, para que sus descripciones puedan ser verificadas. De ser así, informaré sobre el caso a mi superior y él será quien decida qué medidas se han de tomar.

—Ya veo. Admirable precaución, inspector —se puso lentamente en pie—. Pues bien, si me disculpan, intentaré retomar mi interrumpido descanso vespertino.

—Pero, ¿no quiere estar presente cuando la señorita Kane inspeccione?… ¿Oír lo que tiene que…? —soltó bruscamente Grant, perdiendo por primera vez la compostura.

—Oh no, querido —dijo la anciana en tono irascible y frunciendo levemente el ceño mientras alisaba con ambas manos su vestido negro—. ¡Han logrado dividir átomos invisibles, pero a nadie se le ha ocurrido inventar un material que no se arrugue! No me cabe la menor duda de que la señorita Kane podrá identificar debidamente el ático. De hecho, me sorprendería muchísimo que no lo consiguiera.

Comenzó a caminar hacia la puerta y en consecuencia hacia la muchacha y, por primera vez, los ojos de la joven transmitieron cierta emoción difícil de definir y un espasmo de alarma crispó su rostro. La funcionaria de la policía dio un paso hacia delante, con ademán protector. La señora Sharpe continuó su parsimonioso avance hasta detenerse a algo más de un metro de distancia de la joven para que pudieran mirarse cara a cara. Durante cinco segundos, mientras la anciana observaba con interés aquel rostro, todos se mantuvieron en silencio.

—Para ser dos personas que supuestamente han llegado a las manos no estamos muy familiarizadas —dijo finalmente—. Espero llegar a conocerla mejor antes de que todo este asunto termine, señorita Kane. —Se volvió hacia Robert e hizo una leve inclinación con la cabeza—. Adiós, señor Blair. Espero que siga encontrándonos interesantes.

E ignorando al resto del grupo salió por la puerta que Hallam mantenía cortésmente abierta para ella.

En cuanto se hubo marchado, una evidente sensación de decepción pareció apoderarse de todos los presentes y Robert, en parte a su pesar, sintió cierta admiración por la anciana señora. No era poco meritorio conseguir arrebatarle el protagonismo nada menos que a una heroína ultrajada.

—¿No tiene inconveniente en permitir que la señorita Kane vea las partes relevantes de la casa, señorita Sharpe? —preguntó Grant.

—Por supuesto que no, pero antes de seguir adelante me gustaría declarar ahora lo que pretendía decir antes de que trajera a mi casa a la señorita Kane. Me alegra que ella esté presente para poder oírlo. Es lo siguiente. No había visto a esta joven en toda mi vida. No la he llevado en mi coche a ninguna parte, jamás. Ni mi madre ni yo la hemos traído a esta casa y menos aún ha permanecido aquí encerrada. Me gustaría que eso quedara claro.

—Muy bien, señorita Sharpe. Comprendemos que su actitud es la de negar por completo la historia de la muchacha.

—La niego rotundamente, de principio a fin. Y ahora, ¿quieren ver la cocina?

3

Grant y la muchacha acompañaron a Robert y Marion durante la inspección de la casa, mientras Hallam y la agente esperaban en el salón. Cuando llegaron al rellano de la primera planta después de que la joven examinara la cocina, Robert dijo:

—Según la señorita Kane, el segundo tramo de escaleras estaba cubierto por «algo duro». Sin embargo, la misma alfombra continúa hasta la segunda planta.

—Solamente hasta donde gira la escalera —dijo Marion—. Lo suficiente para «aparentar». De ahí en adelante no hay más que una simple esterilla. Era un modo típicamente victoriano de ahorrar. Hoy en día, si uno es pobre, se limita a comprar una alfombra más barata con la que cubrir la escalera de principio a fin. Pero en aquellos tiempos aún importaba lo que los vecinos pensaran. De modo que los artículos de lujo llegaban solo hasta donde alcanzaban las miradas indiscretas. Ni un centímetro más.

La joven también estaba en lo cierto con respecto al tercer tramo de escaleras. Los peldaños que conducían al ático también estaban al descubierto.

La estancia de tan crucial importancia era una diminuta habitación cuadrada, cuya techumbre se inclinaba bruscamente siguiendo el tejado a tres aguas de esa parte de la casa. La única fuente de iluminación provenía de la pequeña ventana redonda que daba a la fachada delantera, separada del pretil por un breve tramo de tejado cubierto con pizarra. El vano estaba dividido en cuatro, y uno de los cristales presentaba una grieta con forma estrellada. Era evidente que aquel ventanuco no había sido diseñado con la intención de que nadie lo abriera.

El ático carecía por completo de mobiliario. Se diría incluso, pensó Robert, que estaba anormalmente vacío, puesto que se trataba de una estancia de fácil acceso dentro de la vivienda, idónea para ser utilizada como almacén.

—Había muchas cosas aquí cuando nos instalamos en esta casa —dijo Marion, como si le respondiera especialmente—, pero en cuanto tuvimos claro que no contaríamos con ninguna ayuda decidimos deshacernos de todo.

Grant se volvió hacia la joven como si tuviera intención de preguntarle algo.

—La cama estaba allí —dijo ella, señalando la esquina más alejada de la ventana—. Y junto a ella había una cómoda de madera. En esta esquina, tras la puerta, había dos maletas y un arcón de tapa plana. Y también una silla, pero ella se la llevó cuando intenté romper la ventana —se refirió a Marion sin emoción alguna, como si no estuviera presente—. Justo ahí está el golpe.

A Robert le pareció que la grieta llevaba ahí mucho más que unas pocas semanas, pero era innegable que allí estaba.

Grant se acercó a la otra esquina y se agachó para examinar el suelo desnudo, aunque no habría sido necesario. Incluso desde donde estaba Robert, de pie junto a la puerta, se podían ver las marcas de ruedecillas sobre el suelo, donde la cama había estado.

—Ahí había una cama —dijo Marion—. Fue unas de las cosas de las que nos deshicimos.

—¿Qué hicieron con ella?

—Déjeme pensar. Ah, se la dimos a la mujer del vaquero de la granja Staples. Su hijo mayor había crecido demasiado para compartir habitación con sus hermanos y lo trasladaron al desván. Siempre le compramos los lácteos a Staples. No se puede ver su granja desde aquí, pero solo nos separan cuatro parcelas por encima de esa loma.

—¿Dónde guardan los baúles que no usan, señorita Sharpe? ¿Tienen otro trastero?

Por primera vez Marion pareció dudar.

—Tenemos un gran baúl cuadrado de tapa plana, pero mi madre lo utiliza para guardar sus cosas. Cuando heredamos La Hacienda había una cómoda cajonera muy valiosa en el dormitorio de mi madre. Pero la vendimos y por eso usamos en su lugar un baúl con tapizado de cretona. Mis maletas las guardo en el armario del primer rellano.

—Señorita Kane, ¿recuerda cómo eran las maletas?

—Oh, sí. Una era de cuero marrón con esa especie de remaches en las esquinas. Y la otra una de esas de estilo americano, con forro de lona a rayas.

Bueno, la descripción era bastante precisa.

Grant examinó la habitación durante unos instantes, estudió la vista desde la ventana y se dio la vuelta para salir.

—¿Podemos ver las maletas del armario? —le preguntó a Marion.

—Por supuesto —dijo Marion, pero no parecía alegrarse.

En el primer rellano de la escalera abrió la puerta del armario y se apartó para que el inspector pudiera echar un vistazo. Cuando Robert se hizo a un lado para dejarle paso pudo ver, durante un segundo, la irreprimible expresión de triunfo en el rostro de la muchacha. Alteró de tal modo la expresión tranquila y casi infantil mantenida hasta el momento, que se sobresaltó. Aquella era una emoción salvaje, primitiva y cruel. Y verdaderamente sorprendente viniendo de una colegiala de quien se decía era el orgullo de sus tutores y maestros.

El armario tenía varios estantes con ropa de cama y en el suelo había cuatro maletas. Dos de ellas eran de fuelle, una de fibra prensada y la otra de piel sin curtir. En cuanto a las otras dos, una era de cuero con protectores en las esquinas y la otra una sombrerera cuadrada de lona con una ancha franja de rayas multicolores en el centro.

—¿Son estas las maletas? —preguntó Grant.

—Sí —dijo la joven—. Esas dos.

—No tengo intención de volver a importunar a mi madre esta tarde —dijo Marion, con repentino enfado—. El baúl de su habitación es bastante grande y de tapa plana, pero ha estado ahí sin excepción durante los últimos tres años.

—Muy bien, señorita Sharpe. Ahora el garaje, si hace el favor.

En la parte trasera de la casa, donde los establos habían sido reconvertidos en cochera largo tiempo atrás, el pequeño grupo se detuvo al entrar para contemplar el desvencijado y viejo coche gris. Grant leyó la poco técnica descripción que había hecho la muchacha. Se ajustaba, aunque por otra parte también habría sido perfectamente válida para más de un millar de coches que aún circulaban por las carreteras de toda Gran Bretaña, pensó Blair. No probaba nada. «Una de las ruedas estaba pintada de un tono diferente a las otras y daba la impresión de no pertenecer al mismo coche. Era la rueda delantera del lado en que yo iba sentada», terminó de leer Grant.

En silencio, los cuatro observaron el gris notablemente más oscuro de la rueda delantera derecha. No había mucho más que añadir, al parecer.

—Muchas gracias, señorita Sharpe —dijo Grant por fin, cerrando su cuaderno y guardándolo en el bolsillo—. Muy amable, su colaboración nos ha sido de gran ayuda. Le doy las gracias. Quizá necesite llamarla en algún momento por teléfono durante los próximos días.

—Oh sí, inspector. No tenemos intención de irnos a ninguna parte.

Si Grant percibió la evidente ironía en la respuesta de la mujer, no dio muestras de ello.

Dejó de nuevo a la muchacha al cargo de la funcionaria de la policía y las dos mujeres salieron sin volver la vista atrás. Y a continuación, él y Hallam se despidieron. Este último aún con la expresión de quien pide disculpas por haber entrado sin pedir permiso en propiedad ajena.

Marion los había acompañado hasta la entrada, dejando a Blair a solas en el salón. Cuando regresó sostenía una bandeja con una botella de jerez y dos copitas.

—No espero que se quede a cenar —dijo mientras dejaba la bandeja sobre la mesilla y llenaba las copas—, en parte porque nuestras «cenas» son simples y frugales; algo a lo que no creo que esté usted acostumbrado. ¿Sabía usted que las comidas de su tía son famosas en Milford? Incluso yo he oído hablar de ellas. Por otro lado, bueno, como bien dijo mi madre, imagino que Broadmoor está muy lejos de su línea de trabajo, si no me equivoco.

—En cuanto a eso —dijo Robert—, ¿se da usted cuenta de que esa joven tiene una enorme ventaja sobre ustedes? En lo que se refiere a las pruebas, quiero decir. Es libre de describir cualquier objeto que le plazca como parte de su casa. Si por casualidad está, será una prueba a favor de ella. Si no aparece, tampoco será una prueba a favor de ustedes; pues se inferirá que se han deshecho de él. Si las maletas, por ejemplo, no hubieran estado, ella podría haber argumentado que usted las ha tirado, ya que —siempre según su versión— las había visto en el ático y podían ser descritas.

—Pero el hecho es que ha podido describirlas, sin haberlas visto nunca.

—Ha descrito dos maletas. Si sus cuatro maletas fueran parte de un mismo juego tan solo habría tenido una posibilidad, quizá entre cinco, de acertar. Sin embargo tiene usted una de cada clase y de las más comunes, lo que ha hecho que jugase con ventaja.

Cogió la copa de jerez que ella había dejado a su lado, tomó un trago y se sorprendió al encontrarlo delicioso.

Ella le sonrió y dijo:

—Nos vemos obligadas a ahorrar, pero no escatimamos con el vino.

Y él se ruborizó ligeramente, preguntándose si su sorpresa había sido tan obvia.

—Y también está la rueda del coche. ¿Cómo ha podido saberlo? Toda esta situación me resulta extraordinaria. ¿Cómo nos conocía a mi madre y a mí o cómo ha podido saber cómo es nuestra casa? Las puertas nunca están abiertas. Incluso en el caso de que hubiera podido entrar… Aun así, sigo sin comprender qué estaría haciendo ella a solas en esta apartada carretera… Aunque hubiera conseguido abrirlas y entrar a la casa, ¿qué podía saber de mi madre y de mí? ¡Nada!

—¿No es posible que conociera a alguna de las sirvientas? ¿O al jardinero?

—Nunca hemos tenido jardinero. Aquí solo crece la hierba. Y hace más de un año que no tenemos asistenta. Ahora suele venir a limpiar una vez a la semana una chica de la granja.

—Es una casa muy grande para que una sola persona se haga cargo de ella —dijo Robert, empáticamente.

—Cierto, aunque hay dos cosas que ayudan. No soy de esas mujeres que se enorgullecen de su casa. Además, me sigue pareciendo tan maravilloso tener de nuevo un hogar que las desventajas quedan en un segundo plano. El viejo señor Crowle era primo de mi padre, aunque no sabíamos de su existencia hasta que murió. Mi madre y yo siempre hemos vivido en una pensión en Kensington —dijo. Y esbozando una seca sonrisa, continuó—: Se puede imaginar la popularidad de mi madre entre el resto de inquilinos. —La sonrisa se había esfumado de su cara—. Mi padre murió cuando yo era muy pequeña. Era uno de esos optimistas que viven con la esperanza de que van a hacerse ricos al día siguiente. Cuando descubrió que sus especulaciones no le habían dejado dinero suficiente ni para comprar una barra de pan, se suicidó y dejó a mi madre sola a cargo de todo.

Robert pensó que aquello explicaba, en cierto modo, el carácter de la señora Sharpe.

—Nunca pude prepararme para ejercer una profesión y a lo largo de mi vida he pasado por todo tipo de trabajos. No domésticos, claro está —aborrezco las tareas domésticas—, pero sí de ayudante en ese tipo de negocios femeninos que tanto abundan en Kensington. Tiendas de lámparas, flores, baratijas. He trabajado hasta de informadora turística. Cuando murió el anciano señor Crowle yo estaba empleada en un salón de té. Uno de esos lugares donde las chismosas se reúnen cada mañana, desde bien temprano. Lo sé, es algo difícil…

—¿A qué se refiere?

—Imaginarme entre tazas de té.

Robert, que no estaba acostumbrado a que le leyeran el pensamiento —a la tía Lin le resultaba complicado incluso seguir el curso de sus propios pensamientos—, se sintió algo desconcertado. Pero ella no se refería a él en ese momento.

—Empezábamos a acostumbrarnos a este lugar, a sentirnos en casa, seguras. ¡Y ahora esto!

Por primera vez desde que le había pedido ayuda, Robert percibió entre ellos cierta camaradería.

—Y todo a causa del desliz de una chiquilla que necesitaba una coartada para cubrir sus desmanes —dijo él—. Debemos averiguar todo lo que podamos sobre Betty Kane.

—Una cosa sí le puedo decir. Esa chiquilla es una lujuriosa.

—¿Es eso simple intuición femenina?

—No. No soy muy femenina que digamos y carezco de intuición. Pero nunca he conocido a nadie con ese color de ojos que no lo fuera. Ese azul oscuro casi opaco, como un azul marino desvaído. Nunca falla.

Robert le sonrió con indulgencia. Después de todo, era una mujer muy femenina.

—Y no vaya usted a sentirse superior solo porque esta certeza mía no sea fruto de una lógica más propia de leguleyos —añadió—. No tiene usted más que observar con cierto detenimiento a sus propios amigos y lo comprobará.

Antes de poder evitarlo pensó en Gerald Blunt y en el escándalo de Milford. Cierto, Gerald tenía los ojos azul pizarra. Y también Arthur Wallis, el friegaplatos del White Hart, que pagaba semanalmente nada menos que tres pensiones alimenticias. Y también… ¡Dichosa mujer! ¡No tenía ningún derecho a hacer una ridícula generalización como esa y además estar en lo cierto!

—Resulta fascinante especular con lo que habrá estado haciendo durante todo un mes —dijo Marion—. Me complace pensar que alguien le zurró lo suficiente como para dejarle el cuerpo lleno de moratones. Al menos hay una persona en este mundo que ha llegado a tomarle la medida. Espero conocerlo algún día y estrecharle la mano.

—¿Conocerlo?

—Con esos ojos, estoy segura de que se trata de un hombre.

—Bueno —dijo Robert, mientras se disponía a marcharse—, dudo que Grant tenga aún caso suficiente como para llevarlo ante un tribunal. Sería la palabra de ella contra la de usted, sin nada concreto que respalde la versión de ninguna de las partes. Contra usted estaría su declaración jurada: tan detallada como circunstancial. Contra ella, lo inherentemente improbable de su historia. No creo que consiguiera un veredicto.

—Pero aún en ese caso el asunto no desaparecerá, llegue o no al juzgado. Y no me refiero solamente a los archivos de Scotland Yard. Tarde o temprano, algo así trascenderá y la gente empezará a chismorrear. No estaremos tranquilas hasta que todo quede completamente aclarado.

—Oh, todo se solucionará si está de mi mano. Sin embargo, creo que lo mejor será esperar un día o dos para ver qué decide Scotland Yard. Poseen más y mejores recursos que nadie para llegar a la verdad. Desde luego, muchos más que los que nosotros tendremos nunca.

—Viniendo de un abogado, lo que acaba de decir es todo un tributo a la honestidad de la policía.

—Créame, quizá la verdad sea una virtud, pero en el caso de Scotland Yard hace tiempo que se ha convertido en un activo comercial más. No quedarán satisfechos con otra cosa que no sea la verdad.

—Si finalmente fuéramos a juicio —dijo ella, mientras lo acompañaba hasta la puerta—, y obtuviéramos un veredicto, ¿qué consecuencias tendría eso para nosotras?

—No estoy seguro de si serían dos años de prisión o siete de trabajos forzados. Como ya le dije, no estoy muy ducho en lo que a procedimiento penal se refiere. Pero me informaré.

—Sí, hágalo. Hay una gran diferencia.

Decidió que le agradaba su costumbre de bromear. Especialmente ante la posibilidad de ser acusada de un delito tipificado en el código penal.

—Adiós —dijo ella—. Ha sido muy amable al venir. Su presencia me ha reconfortado.

Y Robert, recordando lo cerca que había estado de pasarle el muerto a Ben Carley, se sintió avergonzado mientras caminaba hacia la puerta.

4

¿Has tenido un día atareado, querido? —preguntó la tía Lin mientras desplegaba una servilleta y la colocaba sobre su mullido regazo.

Era esta una frase que, aunque nacía de una sincera preocupación e interés, con el paso del tiempo había perdido su significado. Era una manera más de dar comienzo a la cena, tanto como el gesto de extender su servilleta o de tantear el suelo con los pies hasta dar con el escabel en el que los apoyaba para compensar la brevedad de sus gordezuelas piernas. En cualquier caso, no esperaba respuesta alguna. O, más bien, puesto que no se percataba de haber hecho la pregunta, tampoco prestaba atención a la respuesta.

Robert levantó la vista de la mesa y la miró con una benevolencia aún mayor que de costumbre. Tras su insólita visita de esa tarde a La Hacienda, la serenidad de tía Lin le resultaba reconfortante y observó con ojos nuevos aquella pequeña y sólida figura de cuello gordezuelo, cara redonda y sonrosada y cabellera de color gris acero cuyos rizos se escapaban de las grandes horquillas que pretendían contenerlos. Linda Bennet vivía inmersa en su pequeño mundo de recetas de cocina, estrellas de cine, criaturitas de Dios y mercadillos caritativos en la parroquia. Y era obvio que no necesitaba nada más. La alegría y la satisfacción la envolvían como un manto que protege contra el frío. Leía cada día la Sección Femenina del periódico (artículos del tipo «cómo elaborar una boutonnière a partir de unos viejos guantes de seda») y, que Robert supiera, nada más. A veces, cuando cogía el periódico después de que Robert lo leyera —tenía la costumbre de dejarlo abierto sobre la mesa—, la anciana se dedicaba a leer algunos titulares y los comentaba: «¡UN HOMBRE PONE FIN A UN AYUNO DE OCHENTA Y DOS DÍAS! ¡Estúpida criatura!»; «¡DESCUBREN PETRÓLEO EN LAS BAHAMAS! ¿Te he contado, querido, que la parafina ha subido un penique?». Sin embargo, daba la impresión de que nunca creía realmente que lo que contaban los periódicos fuera verdad. El mundo de la tía Lin empezaba con Robert y terminaba en un radio de menos de dos kilómetros de distancia.

—¿Qué te ha retenido hasta tan tarde, querido? —preguntó ella, al terminar la sopa.

Gracias a una larga experiencia, Robert supo que la pregunta entraba en una categoría diferente a, por ejemplo, «¿Has tenido un día atareado, querido?».

—He tenido que ir a La Hacienda. La casa que hay en la carretera de Larborough. Necesitaban asesoramiento jurídico.

—¿Esa gente tan extraña? No sabía que las conocías.

—Así es, no las conocía. Solo querían hacerme una consulta.

—Espero que te paguen por tus servicios. No tienen ni un penique, ¿sabes? El padre estaba metido en algún negocio de importación —frutos secos o algo por el estilo— y bebió hasta morir. Las dejó en la ruina, pobres mujeres. La vieja señora Sharpe regentó durante un tiempo una pensión en Londres para poder llegar a fin de mes, y la hija se empleaba donde podía como chica para todo. Estaban a punto de quedarse de patitas en la calle, tan solo con sus muebles, cuando murió el viejo de La Hacienda. ¡La Providencia!

—¡Tía Lin! ¿De dónde sacas esas historias?

—Pero es cierto, querido. Absolutamente cierto. He olvidado quién me lo contó, fue alguien que vivía entonces en su misma calle en Londres. Pero la información es de primera mano, te lo aseguro. Ya sabes que no soy como esas gallinas ociosas que se dedican a difundir chismorreos que no se sostienen. ¿Es bonita la casa? Siempre me he preguntado qué había tras esa enorme puerta de hierro.

—No, bastante fea. Pero aún tienen algunos bonitos muebles.

—Seguro que no tan bien conservados como los nuestros —dijo mientras contemplaba satisfecha el perfecto aparador y las hermosas sillas colocadas contra la pared—. El vicario dijo ayer mismo que si esta casa no fuera obviamente una vivienda haría a la perfección las veces de museo.

La mención del vicario siempre parecía recordarle alguna otra cosa:

—Por cierto, trata de ser especialmente amable estos días con Cristina. ¿Lo harás? Creo que va a ser «salvada» una vez más.

—Oh, pobre tía Lin, qué inconveniencia para ti. Pero ya me lo temía. Había un pequeño mensaje en el platillo de mi té esta mañana temprano. «¡Tú eres el Dios que ve!», ponía, escrito en un rollito de papel rosa con un bonito diseño de lirios de Pascua como fondo. ¿De veras va a cambiar de iglesia una vez más?

—Sí. Al parecer ha descubierto que los metodistas son todos unos «fariseos». De modo que ha ido a ver a esa gente de la congregación que se reúne en el piso que hay sobre la panadería de Benson y será bautizada cualquier día de estos. ¡Se ha pasado toda la mañana cantando himnos a voz en grito!

—Pero eso siempre lo hace.

—¡No, esta vez eran esos himnos airados que alaban la ira del Señor! Mientras salmodia su «perlada corona» y su «dorado sendero» todo va bien. Pero en cuanto la oigo cantar sobre la «espada del Señor» sé que ese día me tocará a mí ocuparme del horno.

—Bueno, querida, tú cocinas tan bien como Cristina.

—Oh, no, eso no es cierto —dijo Cristina, mientras entraba con una fuente de carne. Era una criatura corpulenta y entrada en carnes, de desordenado pelo liso y con un ojo vago—. Solo hay una cosa que su tía Lin hace mejor que yo, señor Robert: los panecillos de Pascua. ¡Y eso ocurre una vez al año! Y si no se me aprecia en esta casa, me iré adonde sepan hacerlo…

—¡Cristina, querida! —dijo Robert—. Sabes muy bien que no podríamos imaginarnos esta casa sin ti, y si te marcharas yo mismo te seguiría hasta el fin del mundo. Aunque solo sea por tus tartaletas de crema. Por cierto, ¿puedes hacerlas mañana?

—Las tartaletas de crema no son para los pecadores impenitentes. Además, no hay crema. Pero ya veremos. Mientras tanto, señor Robert, examine usted su alma y deje de tirar piedras sobre su propio tejado.

La tía Lin suspiró suavemente mientras la puerta se cerraba tras la mujer.

—Veinte años —dijo, pensativa—. Quizá no te acuerdes de cuando llegó del orfanato. Quince años, y tan delgadita, la pobre chiquilla. Se comió un bollo entero de pan con su té, y me dijo que rezaría por mí durante el resto de su vida. Y creo que ha cumplido su promesa, ¿sabes?

Algo parecido a una lágrima brilló en uno de los azules ojos de la señorita Bennet.

—En fin, espero que posponga su salvación hasta que haya hecho esas tartaletas —dijo Robert, con brutal pragmatismo—. ¿Te ha gustado la película?

—¡Ay, querido! ¡No se me iba de la cabeza que tuvo nada menos que cinco mujeres!

—¿A quién te refieres?

—Las tuvo, querido. Una después de otra. Gene Darrow. He de decir que esos pequeños programas que reparten son muy informativos, aunque algo decepcionantes. Era un estudiante, ¿sabes? En la película, quiero decir. Muy joven y romántico. Pero yo no dejaba de pensar en esas cinco mujeres, y la cosa ha acabado por estropearme la tarde. ¡Pero qué encanto tenía! Se dice que en una ocasión dejó a su tercera mujer colgando de la ventana, sujeta por las muñecas, hasta que se cansó. Pero eso no puedo creerlo, no. Para empezar, no creo que sea lo suficientemente fuerte. Parece que tuvo algún problema pulmonar cuando era niño. No me parece lo suficientemente fuerte para sostener a nadie de esa manera. Y menos aún desde un quinto piso.

El amable monólogo continuó mientras degustaban el pudin. Robert enseguida perdió interés y meditó sobre el asunto de La Hacienda y no volvió al mundo real hasta que ambos se levantaron de la mesa y se dirigieron al salón para tomar el café.

—Es una prenda muy favorecedora. Si las asistentas se convencieran de ello… —dijo ella.

—¿A qué te refieres?

—El delantal. La protagonista trabajaba en un palacio, ¿sabes? Y llevaba uno de esos ridículos trapitos de muselina. ¡Tan discretos! Por cierto, ¿tiene sirvienta esa gente de La Hacienda? ¿No? Bueno, no me sorprende. Mataron de hambre a la anterior, ¿lo sabías? Le daban…

—¡Por favor, tía Lin!

—Te lo aseguro. Para desayunar le daban las raspas del asado del día anterior. Y cuando había pudin de leche…

Robert no quiso escuchar la historia del pudin. A pesar de la deliciosa cena, se sintió repentinamente cansado y deprimido. Si ni siquiera la dulce y algo ingenua tía Lin era capaz de ver el daño que hacía al repetir esas absurdas historias, ¿qué llegarían a decir en Milford si tuvieran motivos reales para montar un escándalo?

—Y hablando de sirvientas… Oh, se ha terminado el azúcar moreno, querido, así que tendrás que tomar terrones por esta noche… Hablando de asistentas, la chiquilla de los Carley se ha metido en problemas.

—¿Quieres decir que alguien la ha metido en problemas?

—Así es. Arthur Wallis, el friegaplatos del White Hart.

—¿Quién? ¡Wallis, otra vez!

—Sí, la cosa ya pasa de castaño oscuro, ¿no te parece? No entiendo por qué ese hombre no se casa. Le saldría mucho más barato.

Pero Robert ya no escuchaba. De nuevo se encontró mentalmente en el salón de La Hacienda donde, sintiéndose completamente impotente, era objeto de burla de su propia intolerancia legal hacia la injusta divulgación de chismes absurdos. De nuevo en aquella destartalada habitación, rodeado de muebles sin encerar, de sillas invadidas por montones de cosas que nadie se preocupaba de ordenar…

Y donde, ahora que lo pensaba, nadie lo perseguía, cenicero en mano, para que apagase su cigarro.

5

Había transcurrido más de una semana cuando el señor Heseltine asomó su pequeña y encanecida cabeza por la puerta del despacho de Robert para decirle que el inspector Hallam estaba en la sala de espera y quería hablar con él un momento.

La habitación del otro lado del pasillo, en la que el señor Heseltine tiranizaba a los administrativos, era conocida como «la oficina». Aunque, tanto el cuarto que ocupaba Robert como el más pequeño al fondo del pasillo, utilizado por Nevil Bennet, eran igualmente —a pesar de sus alfombras y sus escritorios de caoba— oficinas al uso. Había una sala de espera oficial detrás de «la oficina», una pequeña estancia que debería haber ocupado el joven Bennet pero que, puesto que nunca había sido muy popular entre los clientes de Blair, Hayward y Bennet, se había decidido destinar a un fin más práctico. Por lo general, los clientes se colaban directamente en el despacho para anunciar su presencia y se dedicaban al comadreo hasta que Robert estaba libre para atenderlos. La pequeña «sala de espera» era, desde hacía tiempo, el feudo de la señorita Tuff. Allí solía transcribir las cartas de Robert, lejos de las distracciones de las visitas y del habitual fisgoneo de los recaderos.

En cuanto el señor Heseltine fue a buscar al inspector, Robert se dio cuenta, algo sorprendido, de que estaba inquieto como no lo había estado desde que, siendo un muchacho, llegaba el momento de acercarse al tablón de anuncios para ver las calificaciones de los exámenes. ¿Era su vida tan plácida que el contratiempo de unos extraños lo turbaba de ese modo? ¿O se debía a que, después de haber estado pensando en las Sharpe durante toda la semana, estas ya habían dejado de ser unas desconocidas para él?

Se preparó, pues, para lo que Hallam fuera a decirle y fue a encontrarse con él. Sin embargo, lo que Hallam expuso con sus habituales frases, siempre tan medidas y cuidadosamente formuladas, fue que Scotland Yard había dado a entender que no iba a tomar ninguna medida con las pruebas presentadas hasta el momento. Blair reparó en la expresión «pruebas presentadas» y calibró su verdadero significado. No abandonaban el caso. ¿Es que lo hacía Scotland Yard alguna vez? Sencillamente se limitarían a esperar sentados, a aguardar su momento.

Sin embargo, la mera idea de que Scotland Yard adoptara dicha actitud no era algo particularmente tranquilizador en las actuales circunstancias.

—Entiendo que carecen de pruebas contrastables, de testigos que puedan corroborarlas —dijo.

—No han podido encontrar al camionero que la recogió —respondió Hallam.

—Algo así no los pillaría de sorpresa.

—No —reconoció Hallam—. Ningún camionero va a arriesgar su pellejo confesando que recogió a alguien en la carretera a horas intempestivas. Especialmente a una chiquilla. Los patrones en el sector del transporte son muy estrictos con ese tipo de cosas. Y si se trata de una joven que se ha metido en problemas y es la policía quien hace las preguntas, ningún hombre en su sano juicio estaría dispuesto a reconocer ni tan siquiera haberla visto.

Cogió un cigarrillo que Blair le ofrecía y continuó:

—Necesitaban a ese camionero —dijo Hallam—. O algo semejante.

—Sí —dijo Blair, pensativo—. ¿Qué piensas de ella?

—¿La muchacha? No lo sé. Una buena chica. Me ha parecido sincera. Podría haber sido una de las mías.

Eso, pensó Blair entonces, era un buen ejemplo de lo que les esperaba si el caso seguía adelante. Para todo hombre de buen corazón, la chiquilla en el estrado de los testigos sería como la propia hija de cualquiera. No porque fuera una niña abandonada, sino precisamente porque no lo era. El decente uniforme escolar, su pelo castaño claro, su joven cara de rasgos aún por definir, con esos atractivos hoyuelos bajo los pómulos y esa mirada cándida. Sin duda era la víctima soñada por cualquier fiscal.

—Como cualquier otra chica de su edad —añadió Hallam, considerando el asunto—. No tengo nada en contra suya.

—De modo que tú no juzgas a la gente por el color de sus ojos —dijo Robert distraídamente, pensando aún en la muchacha.

—¡Oh! ¡Y tanto que sí! —respondió Hallam, pillándolo por sorpresa—. Créeme, hay especialmente un tono azul bebé que para mí siempre es sinónimo de culpabilidad en un hombre. Antes incluso de que haya abierto la boca. Mentirosos casi con plena seguridad, todos ellos. —Hizo una pausa para darle una larga chupada a su cigarrillo—. Y lo mismo ocurre en caso de asesinato, ahora que lo pienso. Aunque no me he topado con demasiados asesinos a lo largo de mi carrera.

—Me sorprendes —dijo Robert—. En el futuro daré más importancia a los ojos de color azul bebé.

Hallam hizo una mueca parecida a una sonrisa.

—Mientras tengas la cartera controlada no habrá problemas. Todas las mentiras de los de ojos azul bebé son por dinero. Solo matan si llegan a verse demasiado enredados en sus propios embustes. El rasgo distintivo de los asesinos no es el color de ojos sino su disposición en el rostro.

—¿Su disposición?

—Así es. Están colocados de un modo especial. Los dos ojos, quiero decir. Al mirarlos, uno tiene la sensación de que pertenecen a caras diferentes.

—Pensé que no habías conocido a muchos.

—No, pero he leído historiales y examinado muchas fotografías. Siempre me ha sorprendido que la cuestión no se mencione en ningún libro especializado. Esa particularidad fisonómica, quiero decir.

—De modo que es una teoría tuya.

—Resultado de la observación, así es. Deberías intentarlo alguna vez. Es fascinante. Yo me encuentro casos allí donde miro.

—¿Por las calles, quieres decir?

—No, aún no he llegado a tanto. Pero sí me fijo en cada nuevo caso de asesinato que nos entra. Espero las fotografías, y cuando las veo me digo: «¡Ahí está! ¡Justo como había pensado!».

—¿Y cuando llega una foto y los ojos son matemáticamente simétricos?

—En la mayoría de los casos suele tratarse de una muerte accidental. El tipo de asesinato en el que podría verse envuelto cualquiera en las circunstancias propicias.

—Y si un día observaras una fotografía del respetado vicario de Nethar Dumbleton mientras está siendo homenajeado por sus agradecidos parroquianos tras cincuenta años de devotos servicios y de repente observaras esa asimétrica tipología, ¿a qué conclusión llegarías?

—Pues pensaría que su esposa le satisface, que sus hijos le obedecen, que su salario es suficiente para cubrir sus necesidades, que no profesa ninguna ideología política, que se lleva bien con los peces gordos de su comunidad y tiene permitido celebrar el tipo de servicios que quiere. En suma, que nunca en su vida ha tenido la más mínima necesidad de matar a nadie.

—Ya veo. Tú te lo guisas y tú te lo comes.

—¡Ah! —exclamó Hallam, con cierto disgusto—. Pierdo el tiempo explicando los métodos policiales a un abogado. Pensaba —añadió, poniéndose en pie para salir— que una mente legal como la tuya agradecería algunos buenos consejos acerca de cómo juzgar a perfectos extraños.

—Lo único que estás consiguiendo —dijo Robert— es corromper a una mente inocente. A partir de ahora ya nunca seré capaz de examinar a un nuevo cliente sin que mi subconsciente registre el color de sus ojos y la simetría con la que están dispuestos en mitad de su cara.

—Bueno, me conformaré con eso. Ya era hora de que aprendieras algunas cosas acerca de cómo funciona este mundo.

—Gracias por venir a ponerme al día sobre el caso —dijo Robert, de nuevo con seriedad.

—El teléfono en este pueblo —dijo Hallam— procura tan poca discreción como la radio.

—En cualquier caso, muchas gracias. Informaré ahora mismo a las Sharpe.

Cuando Hallam salía por la puerta, Robert descolgó el auricular.

No podía, como bien había dicho Hallam, hablar abiertamente por teléfono, pero al menos podía decirles que iría a visitarlas de inmediato y que las noticias eran buenas. Así les quitaría un pequeño peso de encima. En esos momentos la señora Sharpe estaría disfrutando de su siesta, de modo que quizá esta vez conseguiría evitar al viejo dragón. Y, por supuesto, tendría también oportunidad de mantener un pequeño tête-à-tête con Marion Sharpe, aunque este último pensamiento lo dejó a medio formular, en un rincón apartado de su mente.

Pero nadie respondió a su llamada.

Con la reticencia y desgana habituales, la centralita transfirió sus llamadas durante al menos cinco minutos, pero sin obtener respuesta. Las Sharpe no estaban en casa.

Mientras aún hablaba con la centralita, Nevil Bennet entró en el despacho vestido con su espantoso traje de tweed, una camisa color salmón y una corbata púrpura. Mirándolo por encima del auricular, Robert se preguntó por enésima vez qué sería de Blair, Hayward y Bennet cuando la sociedad cayera en manos del joven vástago de los Bennet, una vez que él ya no estuviera. Sabía que el chico era inteligente, pero la inteligencia no le llevaría muy lejos en Milford. La pequeña comunidad de Milford esperaba que todo hombre dejara de comportarse como un estudiante en cuanto hubiera alcanzado la edad suficiente para ser considerado adulto. Pero aún no había ni un solo indicador de que el joven Nevil fuera a aceptar a corto plazo la idea de adaptarse a la realidad existente más allá de su cuadrilla de amigos. Quizá inconscientemente, no dejaba ni un solo momento de intentar impresionar al mundo. Y su forma de vestir era un claro ejemplo de ello.

No es que Robert sintiera deseos de ver al muchacho vestido con los clásicos trajes de riguroso negro. Él mismo llevaba un traje de tweed gris y su clientela del campo solía mirar con cierta desconfianza esas ropas de ciudad. «Ese terrible hombrecillo con sus trajes a rayas», había dicho Marion Sharpe del abogado urbanita durante su inesperada llamada telefónica. Pero es que afortunadamente había diversos tipos de tweed, y los trajes de Nevil Bennet formaban parte de una espantosa categoría.

—Robert —dijo Nevil, mientras su interlocutor se daba por vencido y colgaba el auricular—, ya he terminado con los papeles del traspaso Calthorpe, así que creo que iré a Larborough esta tarde si no quieres que me ponga con otra cosa.

—¿No puedes hablar con ella por teléfono? —preguntó Robert.

Nevil se había comprometido recientemente, de manera algo informal como es habitual en los tiempos modernos, con la tercera hija del obispo de Larborough.

—Oh, no voy a ver a Rosemary. Se ha ido a Londres una semana.

—Un mitin de protesta en el Albert Hall, imagino —dijo Robert, contrariado por no haber podido ponerse en contacto con las Sharpe para comunicarles las buenas noticias.

—No, en el Guilhall —dijo Nevil.

—¿De qué se trata esta vez? ¿La vivisección?

—A veces da la sensación de que te has quedado atrapado en el siglo pasado, Robert —dijo Nevil, con su habitual aire de solemne paciencia—. Ya nadie, excepto algunos carcas, se opone hoy en día a la vivisección. La protesta es contra la negativa del gobierno a dar asilo al patriota Kotovich.

—Ese patriota está entre los criminales más buscados de su país, según tengo entendido.

—Por sus enemigos, sí.

—Por la policía. Se le acusa de dos asesinatos.

—Ejecuciones.

—¿Es que te has convertido en discípulo de John Knox, Nevil?

—¡Por Dios, no! ¿Qué tiene eso que ver?

—También él creía en los verdugos que actuaban por su cuenta. Pero esa idea ya está algo pasada en este país, me parece. Sea como sea, si tengo que escoger entre la opinión de Rosemary sobre Kotovich y el punto de vista de la División Especial, me quedo con la División.

—La División Especial solo hará lo que le ordene el Ministerio de Asuntos Exteriores. Todo el mundo lo sabe. Pero, en fin, si me quedo a explicarte todas las ramificaciones del caso Kotovich llegaré tarde a ver la película.

—¿Qué película?

—La película francesa que voy a ver en Larborough.

—Supongo que sabes que la mayoría de esas chorradas francesas por las que se mueren los intelectuales británicos son consideradas más bien malas en su país. En fin, no tiene importancia. ¿Crees que podrás hacer una breve parada en La Hacienda de la que vas y dejar una nota en su buzón?

—Podría. Siempre he querido ver lo que hay tras esos muros. ¿Quién vive ahí ahora?

—Una anciana y su hija.

—¿Su hija? —repitió Nevil automáticamente, levantando las orejas.

—Su hija de mediana edad.

—Ah, está bien. Cogeré mi abrigo.

Robert escribió únicamente lo que pretendía decirles por teléfono, que saldría a resolver unos asuntos durante una hora más o menos pero que volvería a llamarlas tan pronto como le fuera posible y que Scotland Yard no tenía caso a día de hoy, y así lo reconocía.

Nevil volvió a entrar en el despacho con su horrendo raglán colgado del brazo, cogió la nota con cierta brusquedad y desapareció anunciando: «Dile a tía Lin que quizá llegue tarde. Me ha invitado a cenar».

Robert se puso su sobrio sombrero gris y salió en dirección al Rose & Crown para encontrarse con su cliente, un viejo granjero y el último hombre en toda Inglaterra que aún padecía de gota crónica. El anciano todavía no había llegado cuando él entró y Robert, por lo general de temperamento apacible y afable, trató de contener su impaciencia. El ritmo con el que pasaban sus días parecía haberse alterado. Hasta ahora su vida transcurría de acuerdo a un pulso equilibrado. Pasaba de un asunto a otro sin urgencia y sin emoción. Ahora, sin embargo, había un foco de interés y el resto de su mundo comenzaba a girar en torno a él.

Se sentó en una de las sillas forradas de cretona del salón y miró los manoseados periódicos que había sobre la mesa de al lado. El único reciente era un ejemplar del Watchman — una publicación semanal— que cogió reacio, pensando una vez más en cómo le desagradaba el seco tacto del papel y que el borde dentado de las hojas le hacía rechinar los dientes a veces. El cuanto al contenido, nada más que la habitual colección de protestas, poemas y pedanterías. Entre la selección de protestas ocupaba un lugar de honor la columna escrita por el futuro suegro de Nevil, en la que este se dedicaba casi por entero a glosar el oprobio que caería sobre Inglaterra si se le negaba un santuario al patriota fugitivo.

El obispo de Larborough llevaba años difundiendo la filosofía cristiana según la cual el desvalido siempre tiene razón. Era muy popular entre los revolucionarios de los Balcanes, en los comités de huelga británicos y también entre los habituales inquilinos del sistema penitenciario. La única excepción entre estos últimos era el reincidente crónico Bandy Brayne —que despreciaba profundamente al buen obispo y reservaba su afecto para el gobernador—, para el cual una lágrima no era más que una simple gota de H2O y que no dudaba en echar por tierra, cada vez que tenía ocasión, las sensibleras historias del viejo santurrón del modo más expeditivo y carente de emoción. No había historia, por muy exagerada que fuera —decían afectuosamente los más empedernidos ladrones y presidiarios—, que el viejo no estuviera dispuesto a creer.

Normalmente Robert encontraba al obispo vagamente divertido, pero hoy su actitud le pareció sencillamente irritante. Trató de leer dos poemas, sin ser capaz de encontrarle el menor sentido a ninguno de ellos. De modo que volvió a dejar el periódico encima de la mesa.

—¿Problemas en Inglaterra una vez más? —preguntó Ben Carley, parándose junto a su silla y girando la cabeza para mirar la cubierta del Watchman.

—Hola, Carley.

—El Marble Arch de los ricachones —dijo el abogadillo, hojeando el periódico desdeñosamente con un dedo manchado de nicotina—. ¿Quieres beber algo?

—Gracias, pero estoy esperando al viejo señor Wynyard. Nunca da un paso más allá de lo necesario, últimamente.

—¡No! El pobre viejo. Los pecados de los padres, sin duda. ¡Es terrible sufrir las consecuencias de un oporto que nunca bebiste! Por cierto, vi tu coche aparcado el otro día frente a La Hacienda.

—Sí —dijo Robert, quedándose pensativo por un instante.

No era propio de Ben Carley ser tan atrevido. Obviamente, si había visto su coche también había visto los de la policía.

—Si las conoces entonces podrás aclararme algo. Siempre he querido saber algo más de ellas. ¿Son ciertos los rumores?

—¿Rumores?

—¿Son brujas?

—¿Es eso lo que dicen? —preguntó Robert, sin darle mucha importancia.

—Es la opinión generalizada en toda la comarca —contestó Carley, lanzando a Robert una breve y elocuente mirada con sus brillantes ojos negros para después observar a su alrededor con su habitual curiosidad.

Robert comprendió que el hombrecillo le estaba ofreciendo tácitamente una información que, consideraba, le sería útil.

—Ah, vaya —dijo Robert—. Tenía entendido que desde la llegada del cine a estos lugares apartados, Dios los bendiga, se habían acabado las cazas de brujas.

—No estés tan seguro. Dales a estos palurdos una buena excusa y dedicarán toda su energía a una buena presa. Una chusma de degenerados congénitos es lo que son, si quieres saber mi opinión. Aquí está el viejo. Bueno, nos vemos.

Uno de los principales atractivos de Robert para la gente era que parecía genuinamente interesado en sus problemas. Y ahora se vio obligado a escuchar la prolija y confusa historia que el señor Wynyard tenía que contarle, con una amabilidad que pronto se ganó la gratitud del anciano —y también consiguió que este añadiera una generosa propina al total de su factura—. Sin embargo, en cuanto el motivo de su reunión quedó solventado, se levantó, se despidió y fue directo hacia el teléfono del hotel.

Había demasiada gente alrededor, por lo que decidió probar suerte en el garaje de Sin Lane. La oficina ya estaría cerrada y además le cogía de camino. Si telefoneaba desde el garaje, pensó mientras cruzaba la calle, tendría su coche disponible si es que ella… Si le pedía que se acercara a hablar sobre su caso, algo que debían hacer. Era necesario encontrar un modo de desacreditar la historia de la muchacha, hubiera o no hubiera caso. Había sentido un gran alivio tras escuchar de boca de Hallam que Scotland Yard no tenía intención de…

—Buenas noches, señor Blair —dijo Bill Brough al entrar en la oficina con su gran corpachón mientras la expresión de su cara redonda y gordezuela le daba la bienvenida—. ¿Ha venido a por su coche?

—No, en principio solo quiero utilizar el teléfono, si no tienes inconveniente.

—Por supuesto, adelante.

Stanley, que estaba bajo uno de los coches, asomó su cara de cervatillo y preguntó:

—¿Alguna novedad?

—Nada en absoluto, Stan. Hace meses que no apuesto.

—Ya he perdido dos libras con un penco llamado Brillante Promesa. Eso me pasa por depositar mi fe en los caballos. La próxima vez que tengas algún soplo…

—Cuenta con ello. Pero seguirán siendo caballos.

—Mientras no sea otro penco… —dijo Stan, volviendo a desaparecer bajo el coche.

Robert siguió caminando hasta entrar en la pequeña oficina excesivamente iluminada y descolgó el teléfono.

Fue Marion quien respondió, y su voz sonaba cálida y agradecida.

—No se imagina qué alivio supuso para nosotras la nota que nos envió. Ya nos veíamos condenadas a trabajos forzados indefinidamente. Haciendo estopa… ¿Aún se hace, por cierto?

—Creo que no. Hoy en día se proponen cosas algo más constructivas, según tengo entendido.

—Terapia ocupacional.

—Más o menos.

—No creo que horas de costura obligatoria vayan a mejorar mi carácter.

—Probablemente encontraría algún quehacer más agradable para usted. Va en contra de la sensibilidad moderna obligar a los prisioneros a hacer cosas que no quieren.

—Es la primera vez que le oigo hacer un comentario cínico.

—¿Ha sonado cínico?

—Pura Angostura.

Bueno, ya que había sugerido el tema de la bebida, quizá le invitaría a volver a tomar un jerez antes de la cena.

—Qué sobrino tan encantador tiene, por cierto.

—No es mi sobrino —respondió Robert secamente. ¿Por qué el hecho de ser tío conseguía que a uno siempre le echaran más años encima?—. Es mi primo segundo, aunque me alegra que le haya caído bien. —Así no llegaría a ningún lado, debía coger al toro por los cuernos—. Me gustaría volver a verla para discutir sobre lo que podemos hacer para arreglar las cosas. Para proteger…

Esperó.

—Sí, por supuesto. ¿Podríamos pasarnos una mañana por su despacho cuando vayamos de compras? ¿Qué podríamos hacer? ¿Qué opina usted?

—Quizá una pequeña investigación por nuestra cuenta. Prefiero no hablar de esto por teléfono.

—No, por supuesto que no. ¿Qué le parece si vamos este viernes por la mañana? Es nuestro día de compras. ¿O quizá es el viernes un día demasiado ajetreado para usted?

—No, el viernes me viene bien —dijo Robert, ocultando su decepción—. ¿A mediodía?

—Muy bien. A las doce en punto pasado mañana. Adiós y gracias de nuevo por su apoyo y su ayuda.

Una despedida firme y concisa, sin los habituales gorjeos y vacilaciones que Robert estaba acostumbrado a recibir por parte de las mujeres.

—¿Quiere que saque su coche, entonces? —le preguntó Bill Brough, emergiendo de la tenue luz natural del garaje.

—¿Qué? Ah, el coche. No, no lo necesitaré esta noche, gracias.

Como cada anochecer, se dispuso a disfrutar del paseo de camino a casa por la calle High, tratando de no sentirse desairado. Para empezar, no es que estuviera ansioso por volver a La Hacienda. Ya en la primera ocasión se había mostrado reacio y era evidente que ella había cortado por lo sano evitando que se repitiera la misma situación. De esa manera la relación se ceñía de nuevo a lo estrictamente profesional y se resolvería en el despacho, del modo más impersonal. De ahora en adelante sería mejor así, para no verse implicado más allá de lo necesario.

«Ah, bien —pensó dejándose caer al fin en su sillón favorito del salón junto al fuego de la chimenea y abriendo la edición de la tarde del periódico, impresa esa misma mañana en Londres—, quizá cuando vengan el viernes al despacho pueda encontrar el modo de encarar el segundo encuentro de forma más cálida y personal para borrar el agrio recuerdo del primer rechazo.»

La antigua y silenciosa casa lo tranquilizaba. Cristina llevaba dos días encerrada en su cuarto, rezando y meditando, y la tía Lin estaba en la cocina preparando la cena. Esa misma mañana, Robert había recibido una alegre carta de su única hermana Lettice. Durante años había conducido un camión, en tiempos de la maldita guerra; después se enamoró de un canadiense, alto y silencioso, y abandonó Inglaterra, y actualmente criaba a cinco chiquillos rubios en Saskatchewan. «Ven pronto, querido Robin», terminaba diciendo, «antes de que estos pequeñines crezcan demasiado y de que empiecen a salirte canas. ¡Sabes que la tía Lin no te conviene!». Podía oírla diciendo esas últimas palabras. Ella y la tía Lin nunca estaban de acuerdo en nada.

Sonreía plácidamente, recordando, cuando el silencio y la tranquilidad se hicieron añicos con la llegada de Nevil.

—¿Cómo pudiste no decirme que era así? —exclamó Nevil.

—¿De qué me hablas?

—¡Esa mujer! ¡La Sharpe! ¿Por qué no me lo habías dicho?

—No creí que fueras a conocerla —dijo Robert—. Lo único que tenías que hacer era dejar la nota en su buzón.

—No había tal buzón, así que llamé al timbre. Acababan de llegar de donde quiera que hubieran ido. En cualquier caso, fue ella quien abrió.

—Pensé que dormía por las tardes.

—No creo que duerma nunca. No parece en absoluto humana. Es puro acero y fuego.

—Lo sé, puede ser una anciana algo brusca.

— ¿Anciana?¿De quién estás hablando?

—De la vieja señora Sharpe, por supuesto.

—Ni siquiera la he visto. Me refiero a Marion.

—¿Marion Sharpe? ¿Y cómo has sabido que se llama Marion?

—Ella misma me lo dijo. Le hace justicia, ¿no es cierto? No podría llamarse de otra manera.

—Parece que habéis tenido un encuentro la mar de íntimo.

—Oh, me invitó a tomar el té.

—¡El té! Pensé que tenías prisa por llegar a ver una película francesa.

—Cuando una mujer como Marion Sharpe me invita a tomar el té, desaparece la prisa por hacer cualquier otra cosa. ¿Te has fijado en sus ojos? Por supuesto que lo has hecho, eres su abogado. Ese maravilloso tono gris avellana. Y esas cejas bien dibujadas sobre ellos, como las pinceladas de un pintor que ha alcanzado la maestría. Cejas como alas desplegadas. Escribí un poema sobre ellas de camino a casa. ¿Quieres oírlo?

—No —dijo Robert con firmeza—. ¿Te gustó la película?

—Oh, no fui.

—¿Que no fuiste?

—Te lo he dicho, me quedé a tomar el té con Marion.

—¿Quieres decir que estuviste en La Hacienda toda la tarde?

—Supongo que sí —dijo Nevil, ensimismado—. Pero, Dios mío, no me parecieron más de siete minutos.

—¿Y qué ha pasado con tu amor por el cine francés?

—Pero Marion es cine francés. ¡Incluso tú te habrás dado cuenta! —Robert sintió una punzada en su orgullo al oír las palabras «incluso tú»—. ¿Por qué perder el tiempo persiguiendo sombras cuando tienes la realidad delante de tus ojos? Realidad. Esa es su mejor cualidad, ¿no crees? Jamás he conocido a nadie tan real como Marion.

—¿Ni siquiera Rosemary?

En momentos como ese la tía Lin solía decirle que parecía estar «ido».

—Ah, Rosemary es un encanto y voy a casarme con ella, pero esto es algo completamente diferente.

—¿Lo es? —dijo Robert con engañosa mansedumbre.

—Por supuesto. La gente no se casa con mujeres como Marion Sharpe, igual que uno no puede hacerlo con el viento ni con las nubes del cielo. ¡O con Juana de Arco! Es una blasfemia considerar la posibilidad de una relación de ese tipo con una mujer semejante. Me habló muy bien de ti, por cierto.

—Muy amable de su parte.

El tono fue tan seco que incluso Nevil lo percibió.

—¿Acaso no te cae bien? —preguntó, observando sorprendido unos instantes el rostro de su primo sin creerse del todo lo que ocurría.

Robert había dejado de ser por un momento el amable, algo perezoso y tolerante Robert Blair. Ahora era simplemente un hombre que aún no ha disfrutado de su cena y que acusaba el cansancio de un largo día y la frustración de un reciente desaire.

—En lo que a mí respecta —dijo—, Marion Sharpe es solo una escuálida mujer de cuarenta años que vive con su anciana y ruda madre en una casa vieja y ruinosa y que necesita desesperadamente asesoramiento jurídico.

Pero antes incluso de terminar de pronunciar aquellas palabras se arrepintió de haberlas dicho, como quien se da cuenta de que acaba de traicionar a un amigo.

—No, probablemente no es de tu estilo —dijo Nevil, tolerante—. Siempre las has preferido menudas, rubias y algo tontas. ¿No es así?

Hablaba sin malicia, como quien se limita a decir algo que resulta obvio.

—No sé de dónde has sacado eso.

—Todas las mujeres con las que has estado a punto de casarte eran así.

—Yo nunca he estado a punto de casarme —dijo Robert, más tenso aún.

—Eso es lo que tú crees. Nunca sabrás lo cerca que estuvo de pillarte Molly Manders.

—¿Molly Manders? —dijo la tía Lin mientras entraba en la habitación, algo acalorada después de trajinar en la cocina y cargada con una bandeja—. Qué muchacha tan boba. Pensaba que una plancha de cocina solo servía para hacer tortitas. Y siempre estaba mirándose en ese espejito de bolsillo.

—La tía Lin te ahorró un montón de tiempo. ¿No es verdad, tía Lin?

—No sé de qué hablas, Nevil querido. Deja de pasearte de un lado para otro y echa un poco de leña a ese fuego. ¿Te gustó esa película francesa, querido?

—No he ido. Estuve tomando el té en La Hacienda —dijo mirando hacia Robert, en un nuevo intento de analizar su reacción.

—¿Con esa gente tan extraña? ¿De qué hablasteis?

—De las montañas, de Maupassant, de gallinas…

—¿Gallinas, querido?

—Sí, de la malvada expresión de las gallinas cuando las observas muy de cerca.

La tía Lin parecía confundida y se volvió hacia Robert como si esperase encontrar tierra firme.

—¿Quieres que las llame, querido? Si tienes intención de conocerlas… ¿O quizá que avise a la mujer del vicario para que hable con ellas?

—No creo que me interese involucrar a la mujer del párroco en algo tan irrevocable —dijo Robert, con sequedad.

Ella pareció dudar durante un instante, pero las obligaciones de su hogar hicieron que se olvidara pronto del asunto.

—No tardéis mucho en terminaros el jerez o se estropeará lo que tengo en el horno. Gracias a Dios que Cristina volverá con nosotros mañana. Al menos eso espero. En otras ocasiones su salvación nunca le ha llevado más de dos días. Y no creo que vaya a llamar a esa gente de La Hacienda, si no te parece mal. Además de ser unas completas extrañas son muy raras y, francamente, me dan miedo.

Sí, esa era una muestra del tipo de reacción que podía esperar del resto del pueblo en lo que concernía a las Sharpe. Hacía tan solo unas horas, Ben Carley se había asegurado de dejarle claro que, en caso de que la policía se viera implicada finalmente en el asunto de La Hacienda, no debía esperar en absoluto una actitud carente de prejuicios por parte de la pequeña y apacible comunidad. Debía asegurarse de proteger a las Sharpe. Cuando se reuniera con ellas el viernes les sugeriría iniciar una investigación privada, contratando a un detective. La policía siempre estaba desbordada por el trabajo —desde hacía ya más de una década— y un hombre trabajando solo y dedicándole plena atención a su caso tendría más posibilidades de éxito que la ortodoxa investigación policial llevada a cabo hasta el momento.

6

Pero cuando llegó la mañana del viernes ya era demasiado tarde para tomar medidas con las que proteger La Hacienda.

Robert contaba con la debida diligencia por parte de la policía, también esperaba que los rumores se difundieran lentamente. Sin embargo, jamás se le pasó por la cabeza que una publicación como Ack-Emma6 fuera a entrometerse.

El Ack-Emma era el último ejemplo de prensa sensacionalista que había logrado abrirse paso en Gran Bretaña fruto de la influencia del otro lado del océano. Funcionaba de acuerdo a un principio: enfrentarse a una demanda de dos mil libras por daños y perjuicios era un precio nimio a pagar a cambio de unas ventas de medio millón. Sus titulares eran de un negro más intenso, sus fotografías más sensacionalistas y sus editoriales mucho más indiscretos que los de cualquier otro periódico publicado hasta el momento en Gran Bretaña. En la calle Fleet tenían un nombre para algo así —de dos sílabas e imposible de publicar—, pero no conocían modo alguno de protegerse de ello. La prensa siempre había practicado la autocensura, decidiendo qué era o no permisible de acuerdo a su propio sentido del buen gusto y de lo razonable. Si una publicación fuera de control decidía no regirse por tales principios, no había nada que hacer al respecto. En diez años, las ventas diarias del Ack-Emma habían conseguido sobrepasar en medio millón a las de los periódicos más vendidos del país. En los vagones de cualquier tranvía suburbano o tren de cercanías, siete de cada diez personas leía la edición matinal del Ack-Emma de camino al trabajo.

Y fue el Ack-Emma precisamente el tabloide que consiguió abrir para el mundo entero las puertas de La Hacienda.

Robert había salido temprano la mañana del viernes para visitar a una anciana moribunda que quería modificar su testamento. Era esta una actuación que representaba de forma regular cada tres meses, aunque su médico no albergaba la menor duda de que llegaría a apagar las cien velas de un solo soplido. Por supuesto, un abogado no puede decirle a un cliente que lo llama con urgencia a las ocho y media de la mañana que no diga idioteces. De modo que Robert cogió unos cuantos formularios testamentarios, recogió su coche en el garaje y salió del pueblo. A pesar de la habitual pelea para escapar de las garras del sueño tirano, disfrutó contemplando el esplendor primaveral de la campiña. Incluso tarareó una tonada de regreso a casa, esperando el momento de encontrarse con Marion en menos de una hora.

Decidió que podía perdonarla a pesar de haberle gustado Nevil. Después de todo, a Nevil nunca se le había ocurrido pasarle su caso a Carley. Uno ha de ser justo.

Volvió a meter el coche en el garaje mientras los habituales que entraban y salían del establo lo observaban con curiosidad, aparcó y, recordando que ya había pasado el primero de mes, se dirigió a la oficina para pagarle la mensualidad a Brough, que se ocupaba de la parte administrativa. Sin embargo, fue a Stanley a quien se encontró en la oficina, que en ese momento rebuscaba entre documentos y recibos, con esas manos suyas sorprendentemente grandes para sus delgados brazos.

—Cuando estaba en Comunicaciones —dijo Stanley, volviéndose hacia él con la mirada ausente— solía creer que el tipo de Intendencia era un granuja, pero ya no estoy tan seguro.

—¿Has perdido algo? —preguntó Robert—. Solo he venido a pagar el recibo del mes. Bill suele tenerlo preparado.

—Espero que esté por aquí —dijo Stanley, aún rebuscando entre aquel desbarajuste—. Echa un vistazo.

Robert, acostumbrado al funcionamiento de la oficina, comenzó a apartar los papeles descartados por Stanley para conseguir llegar, un poco más abajo, hasta donde estaban los documentos de Bill. Al levantar un desordenado legajo dejó al descubierto el rostro de una muchacha, en una fotografía de la primera página de un periódico. No la reconoció en un primer momento, pero le recordó a alguien y se detuvo para observarla con más atención.

—¡Aquí está! —dijo Stanley triunfante mientras extraía una hoja de papel de entre varias otras sujetas con un clip.

Dejó las demás sobre una de las pilas de papeles que decoraban el escritorio y al darse la vuelta se topó con la mirada de Robert petrificada aún sobre la primera plana del Ack-Emma de esa mañana. Al comprobar de qué se trataba, comentó:

—Menudo numerito, ¿verdad? Me recuerda a una novia que tuve en Egipto. Los mismos ojos bien separados. Buena pieza. Contaba las mentiras más originales que puedas imaginar.

De nuevo se dispuso a rebuscar entre los papeles y Robert siguió mirando la foto y el artículo que la acompañaba.

ESTA ES LA JOVEN,

ponía el periódico en enormes letras negras en la parte superior. Y debajo, ocupando dos terceras partes de la página, la fotografía de la muchacha. Después, impreso en letras más pequeñas, pero aun así llamativas:

¿ES ESTA LA CASA?,

bajo las cuales había una foto de La Hacienda.

Al final de la página aparecía la siguiente leyenda:

LA JOVEN DICE QUE SÍ:

¿QUÉ TIENE QUE DECIR LA POLICÍA?

La historia sigue en el interior

Y, en efecto, ahí estaba todo, excepto el nombre de las Sharpe.

Hizo ademán de soltar el periódico, pero volvió a mirar una vez más la escandalosa primera página. Hasta ayer, La Hacienda era una casa protegida por altos muros. Tan discreta y autosuficiente que poca gente en Milford sabía cómo era por dentro. Y ahora, ahí estaba a la vista de todos, disponible en los quioscos del país entero, en el mostrador de cada puesto de periódicos desde Penzance hasta Pentland. Su fachada, adusta y sin apenas rasgos distintivos, constituía el marco perfecto para el rostro inocente que había justo encima.

La fotografía de la chica estaba encuadrada de hombros para arriba y parecía ser un retrato de estudio. Se había arreglado el pelo para la ocasión y llevaba un vestido de fiesta. Sin su uniforme escolar parecía… no menos inocente, tampoco mayor para su edad, no… Buscó la palabra que pudiera expresarlo. Parecía menos, ¿podría decirse tabú? El uniforme del colegio impedía verla como una mujer, del mismo modo que lo haría el hábito de una monja. Podría escribirse todo un tratado al respecto, pensándolo bien; sobre la cualidad protectora de los uniformes. Protectora en dos sentidos: como armadura y como camuflaje. Sin embargo, ahora que el uniforme había desaparecido, era evidente su femineidad, no simplemente su condición de mujer.

Pero aun así, el suyo era un rostro patéticamente juvenil, inmaduro y atractivo. La cándida frente, los ojos separados, el grueso labio inferior que le daba un aire de niña disgustada. El conjunto resultaba admirable, había que reconocerlo. El benévolo obispo de Larborough no sería el único en creerse la historia contada por ese rostro.

—¿Puedo quedarme con el periódico? —le preguntó a Stanley.

—Lléveselo —dijo este—. Solemos hojearlo en los descansos. No hay nada interesante.

Robert se sorprendió.

—¿No te interesa? —preguntó, mientras señalaba la primera página.

Stanley observó el retrato de portada.

—No, en absoluto. Excepto porque me ha recordado a esa novia que tuve en Egipto, sus mentiras y demás.

—De modo que no te crees su historia…

—¿A usted qué le parece? —dijo con desdén.

—¿Dónde crees que estuvo, entonces, todo ese tiempo?

—Si la memoria no me engaña, y recuerdo bien a mi pequeña Sadie del Mar Rojo, diría —¡oh, claro que sí, sin la menor duda!— que ha estado por ahí de picos pardos —dijo Stanley, y acto seguido se fue a atender a un cliente.

Robert cogió el periódico y salió con el ánimo algo apaciguado. Al menos un hombre no se había creído aquella historia. Aunque, sin duda, su actitud se debía tanto a un viejo recuerdo como a su actual cinismo.

Y aunque Stanley obviamente había leído la historia sin prestar atención a los nombres de los implicados o los de los lugares donde transcurría, según las encuestas de Mass Observation, solo un diez por ciento de los lectores hacía lo mismo. El noventa por ciento restante habría leído cada palabra y ahora mismo estaría discutiendo sobre el artículo con diversos niveles de credulidad.

Ya en su oficina, le dijeron que Hallam había estado intentando ponerse en contacto con él por teléfono.

—Cierre la puerta y entre, ¿quiere? —le dijo al viejo señor Heseltine, que se acercó para ponerlo al día al verlo entrar y en ese momento estaba de pie ante la puerta del despacho—. Y échele un vistazo a esto.

Alargó una mano para descolgar el auricular mientras con la otra ponía el periódico bajo las narices del señor Heseltine.

El anciano lo tocó con cuidado con su delicada mano de huesos pequeños, como quien se enfrenta por primera vez a un extraño espectáculo.

—Este es el periódico del que tanto se habla… —dijo.

Y lo examinó con la misma atención que le prestaría a algún tipo de formulario con el que uno no está familiarizado.

—¡Los dos estamos metidos en un brete!, ¿no es así? —dijo Hallam, en cuanto se estableció la comunicación. Y entretanto buscaba epítetos adecuados para describir el infame Ack-Emma—. ¡Como si la policía no tuviera ya bastante con lo que lidiar!

Inevitablemente adoptaba el punto de vista del cuerpo a la hora de afrontar este asunto.

—¿Has sabido algo de Scotland Yard?

—Grant estaba que echaba chispas esta mañana. Pero no hay nada que puedan hacer. Solo poner cara de póquer y aguantar el chaparrón. La policía siempre juega limpio. En cualquier caso no hay nada que tú puedas hacer al respecto.

—Nada en absoluto —dijo Robert—. Tenemos una estupenda prensa libre, ¿no te parece?

Hallam se despachó con unos cuantos comentarios más sobre la prensa.

—¿Lo saben tus clientas? —preguntó.

—Lo dudo. Estoy seguro de que no son lectoras habituales del Ack-Emma y no ha habido tiempo suficiente para que algún alma caritativa les envíe un ejemplar. Pero están a punto de llegar, así que se lo enseñaré enseguida.

—Si me parecía imposible llegar a sentir lástima de ese viejo caballo de batalla —siguió Hallam—, sin duda ha llegado el momento.

—¿Cómo habrá conseguido el Ack-Emma la historia? Creía que los padres —sus tutores, quiero decir— estaban completamente en contra de cualquier tipo de publicidad.

—Según Grant, al hermano de la muchacha no le hizo ninguna gracia que la policía no emprendiera ninguna acción y acudió por su cuenta a los del Ack-Emma. Y a estos les gusta asumir el papel de paladines de la verdad. «¡El Ack-Emma lo solucionará!» Hace tiempo conocí a uno de sus cruzados…

Después de colgar, Robert pensó que, a pesar de todo, lo ocurrido supondría un gran cambio para ambas partes. Por malo que fuera para el caso, señalaba un punto de inflexión. La policía sin duda redoblaría sus esfuerzos para conseguir corroborar o rebatir las pruebas. Por otro lado, la publicación de la foto de la muchacha suponía para las Sharpe la esperanza de que alguien, en algún lugar, la reconociera y dijera: «Esa jovencita no podía estar en La Hacienda en la fecha en cuestión porque se encontraba en tal o cual lugar».

—Una impresionante historia, señor Robert —dijo el señor Heseltine—. Y, si me lo permite, una publicación abominable. De lo más ofensiva.

—Esa casa —continuó Robert— es La Hacienda. Donde viven la anciana señora Sharpe y su hija. Y el lugar adonde fui el otro día, se acordará usted, para proporcionarles asesoramiento legal.

—¿Quiere decir que esas personas son clientas nuestras?

—Sí.

—Pero, señor Robert, ese no es nuestro sector —Robert sintió una punzada en el estómago al escuchar el consternado tono de su voz—. Ese tipo de casos están fuera de… Están más allá de… ¡No estamos preparados!

—Estamos preparados, espero, para defender a cualquier cliente de las acusaciones del Ack-Emma —dijo Robert, en tono cortante.

El señor Heseltine volvió a mirar aquel esperpéntico periodicucho abierto sobre la mesa. Era obvio que trataba de escoger entre una clientela potencialmente criminal y un periódico infame.

—¿Creyó la historia de la muchacha al leer el artículo? —preguntó Robert.

—No veo cómo habría podido inventar algo así —respondió el señor Heseltine llanamente—. La historia es por completo circunstancial, ¿no le parece?

—En efecto, lo es. Pero pude ver a la chica cuando la llevaron a La Hacienda para que reconociera el lugar —fue el día que me marché apresuradamente después del té—, y no me creí una sola palabra de cuanto dijo. Ni una palabra —añadió, satisfecho de poder decirlo en voz alta y clara, convencido al fin de que era eso lo que pensaba.

—Pero, ¿por qué La Hacienda precisamente? ¿Y cómo puede saber todos esos detalles si no estuvo allí?

—No lo sé. No tengo la menor idea.

—Sin duda es una elección bastante improbable. Un lugar remoto, una casa casi invisible, por así decirlo, en una carretera solitaria y en una zona que la gente no suele visitar.

—Es cierto. No sé cómo lo ha hecho, pero estoy seguro de que es todo una gran mentira. No se trata de escoger entre historias sino entre seres humanos. Estoy seguro de que las Sharpe son incapaces de cometer semejantes locuras. Por otro lado, la muchacha me pareció bastante capaz de inventar una historia así de descabellada. Esa es mi opinión —hizo una pausa—. Y tendrá que confiar en mi buen juicio, Timmy —añadió, utilizando el nombre de infancia del viejo oficinista.

Ya fuera a causa del «Timmy» o porque se daba por satisfecho ante los argumentos expuestos, resultó evidente que el señor Heseltine no iba a oponer mayor resistencia.

—Y ahora tendrá ocasión de conocer en persona a las «criminales» —dijo Robert—, porque creo haber escuchado voces en el pasillo. ¿Puede decirles que pasen, por favor?

El señor Heseltine salió sin decir nada, dispuesto a encarar su misión, y Robert le dio la vuelta al periódico, dejando a la vista un comparativamente inocuo titular que rezaba: «JOVEN SECUESTRADA LEJOS DE SU CASA».

La señora Sharpe, quizá movida por un instintivo y tardío apego por las convenciones, se había puesto un sombrero para la ocasión. De satén negro y de copa muy baja, le daba más bien un aire de doctor que de noble dama. Sin embargo, resultó obvio que había logrado obtener con él el efecto deseado, pues la expresión del señor Heseltine era de alivio cuando reapareció en el despacho. Obviamente no se trataba del tipo de clientes que había imaginado. Al contrario, eran más bien la clase de cliente al que estaba acostumbrado.

—No se vaya, por favor —le dijo Robert mientras saludaba a las recién llegadas; y a ellas—: Quiero que conozcan al miembro más antiguo de nuestra sociedad.

A la señora Sharpe le sentaba bien esa nueva y cortés actitud. Sin duda le confería un aspecto decididamente victoriano y de lo más galante, y el señor Heseltine, más que aliviado, parecía haberse rendido por completo. La primera batalla de Robert había concluido.

Cuando se quedaron a solas se dio cuenta de que Marion había estado esperando para hablar.

—Algo extraño ha ocurrido esta mañana —dijo—. Fuimos a tomar un café al Ana Bolena. Lo hacemos bastante a menudo. El caso es que había dos sitios libres y cuando la señorita Truelove vio que nos dirigíamos a uno de ellos, se acercó apresuradamente y colocó las sillas sobre la mesa diciendo que estaba reservada. ¿Cree que el rumor ha empezado a difundirse? ¿Que ha actuado de ese modo porque ha oído ya los chismorreos?

—No, se debe a que ha leído el Ack-Emma de esta mañana —comentó Robert apesadumbrado, mientras le daba la vuelta al periódico—. Siento tener tan malas noticias para ustedes. Tendrán que apretar los dientes y capear el temporal, como suele decirse. Supongo que no acostumbran a leer este venenoso periodicucho. Es una pena que tengan que enterarse de este modo.

—¡Oh, no! —exclamó Marion al ver la foto de La Hacienda.

Durante unos instantes se hizo el silencio, hasta que las dos mujeres consiguieron asimilar lo que aquello significaba.

—Imagino —dijo la señora Sharpe finalmente— que no hay manera de obligarlos a rectificar.

—Ninguna —dijo Robert—. Todo cuanto dicen es cierto. Y se limitan a exponer los hechos, sin comentario alguno. Incluso en el caso de que hubiera comentarios —y no me cabe duda de que pronto llegarán—, aún no se han presentado cargos, por lo que el caso todavía no está sub judice. Son libres de escribir lo que quieran.

—El artículo entero es un gran comentario implícito —dijo Marion—. Están diciendo a gritos que la policía no ha hecho nada. ¿Qué creen que hemos hecho? ¿Sobornarlos?

—Lo que sugieren es que la pobre joven humillada carece de la influencia sobre la policía que poseen los malvados ricos.

—¡Ricos! —repitió Marion, con gran acritud.

—Cualquiera cuya casa tenga más de seis chimeneas es rico en este país. Sea como fuere, por favor, si no están demasiado indignadas, consideren lo que les voy a decir. Sabemos que la chica jamás ha estado en La Hacienda, es imposible, pero…

—¿Lo sabe usted? —interrumpió Marion.

—Sí —respondió Robert.

La fiereza de sus ojos, desafiantes segundos antes, se había apaciguado y bajó la mirada en un gesto conciliador.

—Gracias —dijo ella con suavidad.

—Si la chica nunca estuvo allí, ¿cómo puede haber visto la casa? Ha tenido que verla de alguna manera. Es improbable que se haya limitado a repetir lo que alguien le ha contado. Pero, ¿cómo pudo verla? Desde el exterior, quiero decir.

—Supongo que alguien podría atisbar desde la parte superior de un autobús de dos pisos —dijo Marion—. Pero ese tipo de autobuses no cubre la ruta de Milford. Quizá situándose sobre la carga de uno de esos furgones que transportan heno. Pero no es la época del año para eso…

—Quizá no sea la época del heno —graznó la señora Sharpe—, pero los camiones de mercancías circulan durante todo el año. Y he visto muchos cuya carga es tan alta como la de cualquiera de esos furgones.

—Es cierto —añadió Marion—. Supongamos que quien la recogió no iba en coche sino en un camión.

—Aun así hay un detalle que no encaja. Si un camionero recogió a la muchacha, obviamente ella tuvo que ir en la cabina, aunque eso significara que tuviera que sentarse sobre las rodillas de alguien. De ningún modo pudo ir sobre la carga del camión. Especialmente en una noche lluviosa como la de los hechos. ¿Nunca se ha presentado nadie en La Hacienda preguntando por una dirección, para entregar un paquete o para reparar algo? ¿Alguien que pudiera tener relación con la chica?

Pero no, las dos estaban seguras de que nadie había ido a su casa durante las fechas en que la muchacha se encontraba de vacaciones.

—Entonces hemos de asumir que lo que conoce de La Hacienda lo ha observado desde algún lugar lo suficientemente elevado como para poder ver por encima del muro. Probablemente nunca sepamos cuándo o cómo lo hizo, y quizá tampoco podríamos probarlo aunque lo supiéramos. Por eso nuestros esfuerzos no deben dirigirse a demostrar que ella no estuvo en La Hacienda, ¡sino a que estaba en otro lugar!

—¿Y qué posibilidades tenemos de lograrlo? —preguntó la señora Sharpe.

—Más que antes de que se publicase este artículo —respondió Robert, señalando la primera página del Ack-Emma—. En efecto, esto es lo único positivo hasta el momento en todo este turbio asunto. No estaba de nuestra mano el publicar la fotografía de la muchacha con la esperanza de obtener información sobre su paradero durante ese mes. Sin embargo, ahora que ellos la han publicado —los que están de su lado, quiero decir—, también puede beneficiarnos a nosotros. Han difundido la historia y eso juega en nuestra contra, pero también han publicado la foto. Y si tenemos suerte, alguien en algún lugar se fijará en que la historia y la fotografía no encajan. Y ese alguien podrá atestiguar que la joven no podía estar aquí en el momento en que supuestamente tuvieron lugar los hechos, precisamente porque estaba en otro lugar.

El rostro de Marion se volvió menos sombrío e incluso la huesuda espalda de la señora Sharpe pareció relajarse un poco. Lo que parecía un desastre podía suponer, después de todo, su salvación.

—¿Y qué podemos hacer nosotros a la hora de investigar por nuestra cuenta? —preguntó la señora Sharpe—. Se habrá dado cuenta, espero, de que tenemos muy poco dinero. Y supongo que contratar a un investigador privado no será barato.

—Por lo general los gastos se disparan, así es, precisamente porque es difícil elaborar un presupuesto aproximado a priori. En cualquier caso, yo mismo iniciaré las pesquisas, iré a visitar a las personas implicadas e intentaré definir, si es posible, hacia dónde debemos orientar nuestra investigación. Y de paso descubrir qué se puede esperar de alguien como ella, en opinión de quienes la conocen.

The free sample has ended.

$13.34