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LA CENSURA

DE LA PALABRA

ESTUDIO DE PRAGMÁTICA

Y ANÁLISIS DEL DISCURSO

LA CENSURA

DE LA PALABRA

ESTUDIO DE PRAGMÁTICA

Y ANÁLISIS DEL DISCURSO

José Portolés

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Del texto: José Portolés Lázaro, 2016

© De esta edición: Universitat de València, 2016

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Communico-Letras y Píxeles S. L.

ISBN: 978-84-370-9957-6

A mis hijas, Luisa y Elena

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

PARTE I LA CENSURA DESDE LA PRAGMÁTICA Y EL ANÁLISIS DEL DISCURSO

1. EL CENSOR COMO TERCERO

1.1 El motivo de censurar

1.2 La censura prototípica: el censor como tercero

1.3 La comunicación inferencial

1.4 La complejidad del censor

1.4.1 La censura oficial.- 1.4.2 La censura por organizaciones no oficiales.- 1.4.3 La censura grupal.- 1.4.4 La heterogeneidad dentro del grupo censor.- 1.4.5 La censura del individuo: la identidad censoria.

2. LA IDEOLOGÍA COMO NORMA

2.1 La ideología

2.2 Ideología e identidad

2.3 El poder

2.4 La periferia de la censura

3. EL MENSAJE CENSURABLE

3.1 Los actos de habla como amenaza

3.2 La imagen

3.3 Poder relativo. El control

3.4 La distancia entre el censor y el censurado

3.4.1 La identidad social.- 3.4.2 La identidad de género.

3.5 El grado de imposición

3.5.1 La atenuación- 3.5.2 La intención informativa.- 3.5.3 Mensajes esópicos.- 3.5.4 El recurso a la neolengua del censor.- 3.5.5 La compensación de la amenaza.

3.6 El grado de difusión

3.6.1 La transmisión de las ideas.- 3.6.2 La publicidad del acto censurable.

3.7 La ocasión del mensaje censurable

4. LAS CONDICIONES DEL ACTO CENSORIO

4.1 Diferencias entre el acto censurable y el acto censorio

4.2 La (no) satisfacción del acto censorio

4.2.1 El espacio.- 4.2.2 El tiempo.- 4.2.3 Mensajes accesibles para el censor.- 4.2.4 La responsabilidad.

PARTE II ¿CÓMO ACTÚA LA CENSURA?

5. LA INTERACCIÓN CON LA CENSURA

5.1 La autocensura

5.1.1 Autocensura del emisor.- 5.1.2 Autocensura del receptor.

5.2 La censura activa

5.2.1 La interacción emisor/censor.- 5.2.2 La interacción destinatario/ censor.- 5.2.3 Una nueva interacción emisor/destinatario. La palinodia censoria.- 5.2.4 La interacción censor/destinatario. La publicidad del acto censorio.

6. LAS RELACIONES DE IDENTIDAD DEL CENSOR

6.1 La identidad del censor y la identidad del censurado

6.2 El censor coligado con el destinatario

6.3 El censor coligado con el emisor

6.4 El censor no-coligado

7. ¿QUÉ SE CENSURA?

7.1 Los asuntos

7.1.1 La realidad interdicta. La libertad de información.- 7.1.2 La prohibición de opiniones. La libertad de opinión.

7.2 El emisor

7.2.1 La persona del emisor.- 7.2.2 Opera omnia.- 7.2.3 Grupos de personas.- 7.2.4 Organizaciones y medios de comunicación.

7.3 El receptor

7.3.1 El censor coligado.- 7.3.2 El censor no coligado.

7.4 Los modos

7.4.1 Hablar.- 7.4.2 Leer y escribir.- 7.4.3 El alfabeto y otros aspectos formales.- 7.4.4 La comunicación multimodal.

7.5 La formulación

7.5.1 La lengua.- 7.5.2 Léxico y gramática.- 7.5.3 Actos de habla.- 7.5.4 Géneros discursivos.

7.6 Los textos

7.6.1 Discurso y texto.- 7.6.2 In totum y expurgación.- 7.6.3 La selección de los discursos.- 7.6.4 La traducción.

7.7 La interpretación

8. LA IMPOSICIÓN Y LA REESCRITURA DEL MENSAJE

8.1 La elusión censurable

8.2 Los censores creadores

8.2.1 Consignas y otras imposiciones no manifiestas.- 8.2.2 Intrusiones manifiestas del censor.- 8.2.3 La censura por adición.- 8.2.4 La recontextualización.

9. ¿EN QUÉ MOMENTO SE CENSURA?

9.1 El paso de la representación mental a la representación pública

9.2 La censura de soportes y terminales

9.3 La censura de las tecnologías de la comunicación

9.4 La censura de los sectores y servicios de comunicación

9.4.1 Servicios de comunicación asincrónicos o diferidos.- 9.4.2 Servicios de comunicación sincrónicos o instantáneos.

9.5 La censura anterior a la difusión de un mensaje

9.5.1 La censura editorial.- 9.5.2 La censura previa. La libertad de imprenta.

9.6 La censura de la circulación de textos

9.6.1 La censura de los impresores, libreros o distribuidores.- 9.6.2 La incautación de copias y ejemplares.- 9.6.3 La destrucción de textos.- 9.6.4 La incautación de bibliotecas.

RECAPITULACIÓN

BIBLIOGRAFÍA

ÍNDICE ANALÍTICO

INTRODUCCIÓN

Muy posiblemente el texto que más ha influido en la libertad de expresión tal como se entiende en la actualidad haya sido la primera de las diez enmiendas –Bill of Rights– de 1791 a la Constitución de EE. UU.

Enmienda I

El Congreso no hará ley alguna por la que se establezca una religión, o se prohíba profesarla, o se limite la libertad de palabra, o la de prensa, o el derecho del pueblo a reunirse pacíficamente y pedir al Gobierno la reparación de sus agravios.1

Pues bien, pocos años después de su aprobación, la Sedition Act (1798) –condicionada por las noticias llegadas de la Francia revolucionaria– condenaba escribir, imprimir, proferir o publicar escritos escandalosos o maliciosos contra el Gobierno de los Estados Unidos, el Congreso o el presidente.2 Y es que censurar no constituye algo excepcional, lo verdaderamente extraordinario es que se hable o se escriba sobre muchos asuntos solo pensando en los posibles destinatarios y sin temer una prohibición o un castigo por ello. De hecho, actualmente padece una censura oficial (§ 1.4.1) buena parte de la humanidad y tampoco es una situación ajena a las personas que viven en los países democráticos.3 Más todavía, el escritor John M. Coetzee (2007 [1996]: 23) nos advierte de que mientras que en la década de 1980 los intelectuales compartían la opinión de que lo deseable era el menor número posible de restricciones legales a la expresión, en la actualidad, conforme ha pasado el tiempo, hay voces que defienden sanciones contra todo aquello que consideran ofensivo.4

Esta universalidad de la censura explica que se ocupe de ella una amplia bibliografía.5 El presente libro pretende, no obstante, aportar un punto de vista que aspira a ser original: su análisis a partir de distintos conceptos propuestos por la pragmática y el análisis del discurso. Estas dos disciplinas de la lingüística estudian el uso de una lengua en los contextos concretos y, en las últimas décadas, han planteado una serie de instrumentos teóricos que permiten describir de un modo más ajustado las situaciones que se dan en la interacción verbal. Estas son, pues, las herramientas con las que se procura iluminar el fenómeno censorio. Para iniciar esta tarea, comencemos con dos teorías pragmáticas ya tradicionales: la teoría de actos de habla de John Searle y el análisis de la conversación.

De acuerdo con Searle (1997), los hechos del mundo no son todos de la misma clase. Existen, al menos, dos tipos: hechos brutos y hechos institucionales. Una piedra, un árbol, una carretera o una tachadura en un papel son hechos brutos; un informe geológico para una prospección petrolera, las subvenciones al olivar de la Unión Europea, la preferencia en los cruces de los coches de bomberos o los índices de libros prohibidos de la Inquisición española son hechos institucionales. Si nos fijamos, hemos nacido y hemos crecido en una cultura construida a partir de hechos institucionales que nos son tan cercanos como los propios hechos brutos: los padres tienen responsabilidades para con sus hijos, pagan con el dinero que ganan en sus trabajos sus alimentos y la casa en la que habitan, y los niños cada mañana van a la escuela, donde los profesores tienen unas obligaciones y ellos otras. ¿Son estos hechos institucionales –las responsabilidades de los progenitores, el dinero, la enseñanza escolar y sus deberes– menos reales que el hielo de los polos o los rayos ultravioletas? Así las cosas, en su argumentación, Searle basa la existencia de las distintas instituciones humanas en una primera: el lenguaje, ya que sin él no se explicaría el resto. Comprobémoslo con un primer ejemplo de censura oficial: el bando nacional promulgó en plena Guerra Civil española una ley de prensa que estuvo vigente hasta 1966 (BOE, 23-04-1938). A raíz de su aprobación se requirió un permiso especial para ejercer como periodista,6 a las nuevas publicaciones se les exigía una autorización administrativa, se regulaba, asimismo, la intervención gubernativa en la designación del personal directivo de los periódicos –se imponía un cierto censor interno– y, por último, se instituía la censura previa (§ 9.5.2): los periódicos y revistas debían enviar a la censura aquello que iba a aparecer en sus páginas antes de ser publicado –artículos, fotografías, dibujos o publicidad–.7 Todo este complicado aparato censor precisaba de la existencia del lenguaje, se ocupaba de él y había de estar condicionado por sus propiedades. En suma, volviendo a Searle, el hecho institucional primario del lenguaje permitía y determinaba los hechos institucionales de la censura franquista.8

Desde una perspectiva de estudio distinta de la teoría de actos de habla, los investigadores del análisis de la conversación (Conversation Analysis) llegan a unas conclusiones similares. Aquellos analistas que se dedican a la elucidación de la comunicación oral en las instituciones mantienen que, bajo sus peculiaridades comunicativas, se advierten las características propias de la conversación cotidiana. Lo que sucede es que algunos hechos que se encuentran esporádicamente en las conversaciones se vuelven recurrentes en interacciones institucionales por estar sus tareas fuertemente orientadas a un fin determinado.9 Este vínculo entre lo diario y lo institucional va a posibilitar que acercarse al funcionamiento de la interacción verbal permita comprender mejor los distintos tipos de interdicción censoria: desde la prohibición de unos padres de que sus hijos discutan de política en la mesa, a la compleja censura oficial de prensa de la España franquista. Se trata de partir de los conocimientos adquiridos en los estudios del uso cotidiano de la lengua para poder también iluminar la censura en el discurso público, esto es, en aquel discurso –oral o escrito– que acontece en el domino público propio de algún tipo de institución social. Este discurso público se produce tanto en los medios de comunicación o la política como en cualquier otra comunicación en los ámbitos institucionales: una queja del cliente de una empresa, una consulta al médico o una pregunta en clase. En definitiva, se defiende en este estudio que se puede transitar de una pragmática tout court a la que Sarangi (2011) denomina pragmática social.

En cuanto a la denominación del objeto de estudio –la censura–, se ha de tener presente que la pragmática recurre frecuentemente a términos del habla cotidiana. Emplea cortesía, conversación, contexto o ironía de un modo técnico que, si bien no es aplicable a todas las apariciones de estos sustantivos en las conversaciones diarias, tampoco les es absolutamente ajeno. Algo semejante va a suceder con el uso terminológico del sustantivo censura y del verbo censurar en estas páginas. Por una parte, quienes las lean reconocerán la mayor parte de los fenómenos discursivos estudiados como ejemplos de censura, pero, paralelamente, serán conscientes de que otros usos habituales de estas dos palabras quedarán fuera de la categoría que se delimita. Se contempla, pues, un conocimiento metalingüístico propio de los hablantes que se refleja en el léxico general y se intenta perfilar de un modo que sea útil para análisis más técnicos.10

El término censura proviene de la magistratura romana ejercida por el censor. Este sustantivo, a su vez, deriva del verbo censeo (‘valorar, clasificar’) y de census (‘censo’). El origen de esta magistratura se explica por el carácter timocrático de la sociedad romana, en la que desde sus inicios los deberes y los derechos de los ciudadanos se basaban en sus propiedades. El censor romano distribuía a los ciudadanos en las clases censitarias y establecía el impuesto correspondiente. Para llevar a cabo esta tarea, era precisa una detallada información de sus propiedades y de sus relaciones familiares y, en consecuencia, el censor obtenía noticia de su vida personal. Este tipo de conocimiento condujo a que el censor no se ocupara únicamente de los bienes de los ciudadanos, sino que también atendiera a sus costumbres (cura morum), en la convicción de que la clase alta romana debía conservar las costumbres tradicionales y ser ejemplo para las demás.11

Si este es el origen de la palabra, el Diccionario del español actual [DEA] de Seco, Andrés y Ramos (1999, s.v.) recoge reprobación como primera acepción en el español general del sustantivo censura. Una de las citas que presenta como ejemplo es: «... para aguantar cara a cara las miradas de censura de mi tía Juana» (J. Benet). Sin embargo, no es esta la acepción que nos interesa en nuestro estudio, sino la segunda: «Examen oficial de publicaciones, emisiones, espectáculos o correspondencia, con el fin de determinar si hay algún inconveniente, desde el punto de vista político o moral, para su circulación, emisión o exhibición». De acuerdo con esta segunda definición, existe un tipo de interacción de varios participantes en la que un tercero –quien actúa como censor–examina lo que un emisor quiere comunicar a su destinatario (§ 1.2). Obsérvese que esta característica fundamental de la segunda acepción no se da necesariamente en la primera, ya que para la reprobación son precisos únicamente dos participantes en la interacción: quien reprueba –la tía Juana– y quien ha cometido la acción reprobable –el sobrino que sufre sus miradas–. Así pues, si se toma como rasgo distintivo de la categoría pragmática de censura el criterio de tratarse de un hecho interaccional con un tercer participante –una interacción triádica–, los casos en los que el uso de la palabra se limita a una simple reprobación quedan fuera de nuestro uso terminológico.

De todos modos, tampoco la segunda acepción del DEA se acomoda por completo a nuestros intereses. Es demasiado restrictiva para un estudio que aspire a fijar un concepto pragmático, pues se ocupa únicamente del prototipo histórico de censura: la censura previa oficial (§§ 1.4.1 y 9.5.2). En realidad, cualquier persona puede censurar, aunque no pertenezca a una institución oficial. También censura quien marca como inapropiado el comentario de una noticia a sabiendas de que, con esta indicación, los administradores de un periódico digital la eliminarán de la página web. Adviértase que, de nuevo, en esta interacción existen al menos tres participantes –quien colgó el comentario, quienes tal vez desearían leerlo y quien lo marca para que desaparezca–.12

En cuanto al carácter peyorativo de la palabra y del concepto censura, se ha de señalar que se trata de una connotación relativamente reciente. En su Contrato social Jean-Jacques Rousseau (2005 [1762], capítulo VII) todavía mantiene:

Así como la declaración de la voluntad general se hace por la ley, la declaración del juicio público se hace por la censura; la opinión pública es la especie de ley de la que el censor es el ministro, y que él no hace más que aplicar a los casos particulares a ejemplo del príncipe.

Así pues, lejos de ser el tribunal censorial el árbitro de la opinión del pueblo, no es más que su declarador, y tan pronto como se aparta de ella, sus decisiones son vanas y sin efecto.

En definitiva, para él, no todos los censores son malvados. Aquellos que siguen la opinión del pueblo no lo son.13 En realidad, hasta las vísperas de la Revolución francesa, fue inhabitual la opinión de que la publicación de un libro debía ser libre.14 Con posterioridad, ya en 1849, el Bulletin de censure francés cambia su denominación por Revue de l’ordre social15 y en la actualidad censura es un término que se trata de evitar.16 En el presente estudio, para no acarrear las connotaciones peyorativas de este sustantivo,17 se podría haber empleado otro sin esta rémora, pongamos por caso, el sintagma nominal interdicción ideológica jerarquizada. Ahora bien, ¿quién lograría terminar un libro en el que se tuviera que repetir a cada momento este sintagma? En fin, es más sencillo advertir que en estas páginas se utiliza censura de acuerdo con una definición técnica.18

Censura quien, por motivos ideológicos, impide y/o castiga la comunicación entre un(os) emisor(es) y su(s) destinatario(s).19

Introducidos el término y el concepto de censura, pasemos a un breve acercamiento a la pragmática y el análisis del discurso. Estas disciplinas de la lingüística se han desarrollado en el último cuarto del siglo XX a partir de una nueva explicación de la comunicación.20 Su conveniencia se debe a que los seres humanos acostumbramos a manejarnos con un análisis demasiado simple del funcionamiento de la lengua: pensamos que una persona tiene una idea, la codifica en un enunciado determinado y crea un mensaje que la representa literalmente. Su interlocutor, que conoce la misma lengua, descodifica el mensaje y lo comprende. Sin embargo, esta explicación es más apropiada para la comunicación con las máquinas que entre las personas. Cuando marcamos nuestro código secreto en el cajero automático del banco, tecleamos exactamente el número –la idea– que tenemos en mente y la máquina lo comprende también exactamente. Procuramos que nadie vea lo que hacemos, no nos interesamos por cómo se siente la máquina, ni ella se enfada si pedimos los movimientos de la cuenta del último mes y no únicamente de la última semana.

En realidad, nuestra comunicación es mucho más compleja. Este libro, por ejemplo, tiene como origen una ponencia presentada en un congreso en la Universidade do Minho (Braga, Portugal) sobre la censura y la interdicción.21 A los asistentes a esa ponencia no les hablé como lo hubiera hecho a una máquina, por lo pronto, intenté mantener su atención; asimismo, si yo hubiera exclamado a mitad de intervención: «¡Cuánto ruido!», hubieran comprendido que les rogaba que bajaran la intensidad de sus cuchicheos, algo que no habría dicho de forma expresa; aún más, la mayor parte del auditorio de esta ponencia no hablaba castellano, como yo no hablo portugués, cuando lo intentamos, chapurreamos la otra lengua –es decir, marcamos mal casi todas las cifras del código– y, sin embargo, generalmente nos entendemos o al menos eso creemos. En definitiva, quienes hablamos, además de conocer el código lingüístico, sabemos usar una lengua.

La pragmática es la disciplina lingüística que estudia este uso de la lengua y el análisis del discurso es aquella otra que se ocupa de los resultados de estos usos; desde esta perspectiva, nos acercaremos a la censura.22 Su estudio con este instrumental teórico ofrece dos intereses principales. En primer lugar, presenta una descripción del fenómeno censorio que no es idéntica a la que proporcionan los estudios históricos, jurídicos o sociológicos. Se percibirán, pues, aspectos difíciles de delimitar de otro modo. En segundo lugar, y en dirección opuesta, al enfrentarse a la censura y a su historia, el pragmatista ha de esforzarse en tener en cuenta realidades comunicativas a las que habitualmente no se acerca; así, el análisis de la censura que se lleva a cabo en estas páginas va a resaltar la complejidad de la comunicación humana. Esta realidad nos obliga a enriquecer nuestra teoría con nuevos conceptos y a perfilar mejor los que ya manejamos. Hay, pues, por una parte, una aplicación de lo ya sabido y, por otra, una serie de propuestas nacidas con el fin de dar cuenta de un tipo de realidades comunicativas que, por complejas, acostumbran a ser desatendidas.23

Con todo, y precisamente por lo amplio de su objeto de estudio, se impone una limitación de partida: se estudia la censura de la palabra –oral y escrita– y no la censura de los gestos o de la imagen, si bien con frecuencia palabra, gesto e imagen se acompañan.24 De ahí que el libro se titule La censura de la palabra y no simplemente La censura. Veamos tres ejemplos de gestos censurados: el primero, un movimiento del cuerpo con un objeto –un gesto objetoadaptador–; el segundo, un movimiento de dos partes del cuerpo –uno autoadaptador–; el tercero, una reacción hacia lo que se ha dicho –uno exteriorizador–.25 En 1945, ante el avance del ejército soviético hacia el río Neisse, los oficiales alemanes del IV Ejército Panzer confiscaron todos los pañuelos blancos de sus soldados para impedir que los emplearan como signo de rendición.26 Se trata de un caso de censura, pero no es censura de la palabra, sino de un gesto objetoadaptador; también es censura de gestos –en este caso, autoadaptadores– la prohibición del presidente bielorruso Aleksandr Lukashenko del aplauso en manifestaciones;27 o, por último, la denuncia en 1530 ante la Inquisición de la canaria Aldonza de Vargas por haber sonreído equívocamente –gesto exteriorizador–, en opinión del delator, cuando se mencionó a la Virgen María.28

Por su parte, la imagen y el discurso exhiben profundas divergencias, y los instrumentos teóricos con los que acercarse a ellos no son en muchos casos intercambiables. Destaquemos, por lo pronto, algunas diferencias: los discursos se procesan de manera sucesiva y lineal, y sus partes tienen relaciones sintácticas, mientras que las imágenes se perciben en el espacio y sus distintas partes tiene relaciones espaciales; asimismo, las imágenes son icónicas, remedan de algún modo lo representado, y los discursos no lo hacen:29 las palabras casa, maison o house no se parecen a una casa y, en cambio, nos la recuerda la abarrotada 13, rúe del Percebe del dibujante Francisco Ibáñez. Por cierto, en su segundo derecha vivió de 1961 a 1964 un doctor que, como Frankenstein, creaba monstruos. El censor recomendó a la editorial que desapareciera ese personaje por ser blasfemo: solo Dios podía generar vida.30 A ello se debe que, en la revista Tío Vivo que recuerdo de mi infancia, ya ocupara ese domicilio un sastre vago y guasón. En fin, de nuevo la diferencia entre imagen y palabra: han seguido mi exposición verbal de forma lineal, pero, cuando caiga en sus manos el tebeo, su mirada no subirá en el ascensor desde el portal sino que saltará directamente al piso segundo para comprobar si en su ejemplar reside el doctor o el sastre.

Centrado, pues, en la palabra y su censura, el libro se divide en dos partes. En la primera se delimita con criterios pragmáticos y de análisis del discurso qué se entiende por censura en esta investigación y, en la segunda parte, se examina cómo actúa esta censura. Como hemos avanzado, la hipótesis de partida propone que el acto censorio es un hecho habitual en la interacción entre las personas y que las censuras que normalmente se reconocen –ya sean o no oficiales– no son más que muestras de un comportamiento humano que busca impedir y/o castigar los mensajes que considera amenazantes para una ideología. Con este fin, los cuatro capítulos de la primera parte tratan de proporcionar razones a favor de esta tesis. En el primero se presenta al censor como un tercer participante en la interacción (§ 1). Se recuerda en el segundo la teoría de los actos de habla para defender cómo la palabra puede constituir una acción amenazante y, en consecuencia, censurable por quien tiene poder censorio (§ 2). En el tercer capítulo (§ 3), se recurre a la fórmula propuesta en la teoría pragmática de la cortesía para analizar el acto verbal censurable como una amenaza a la ideología de quien censura. Y en el capítulo cuarto se revisan las diversas condiciones que se han de producir para que se satisfaga la acción de quien censura (§ 4).

Después de recopilar muy diversa documentación sobre actos censorios y sobre instituciones que, a lo largo de la historia, se han ocupado de censurar, se recogen en la segunda parte del libro una serie de circunstancias que también conviene tener presentes: ¿cómo se interactúa con la censura? (§ 5), ¿cómo se presenta a sí misma? (§ 6), ¿qué se censura? (§ 7), ¿cómo se impone la palabra? (§ 8) y ¿en qué momento del proceso comunicativo actúa? (§ 9). El último apartado consiste en una recapitulación de todo lo expuesto con el fin de afianzar lo que se recuerda de su lectura.

En fin, supongo que quien lea estas páginas, como me ha sucedido a mí mientras las redactaba, se admirará de lo proteica e insidiosa que resulta la censura, de lo cercana que es a cada uno de nosotros –tanto que en muchos casos no la advertimos ni cuando la ejercemos– y también de nuestra responsabilidad moral con quienes han sufrido un castigo por decir aquello que pensaban a quienes deseaban escucharlo.

Termino agradeciendo a Paloma Pernas su constante apoyo y consejo en la elaboración de este libro y a mis amigos colegas Inés Fernández-Ordóñez, Antonio Briz, Daniel Cassany y José Manuel Cuesta Abad su generoso esfuerzo para ayudarme en su publicación. La investigación que lo sustenta ha sido financiada gracias al proyecto FFI2013-41323-P del Ministerio de Educación español.

1. Amendment I

Congress shall make no law respecting an establishment of religion, or prohibiting the free exercise thereof; or abridging the freedom of speech, or of the press; or the right of the people peaceably to assemble, and to petition the Government for a redress of grievances. (Disponible en línea: <www.archives.gov/exhibits/charters/bill_of_rights_transcript.html>).

2. Paxton (2008: 3), Muñoz Machado (2013: 112-113 y 161-163). Se consideró inconstitucional en 1832. Tanto esta información histórica como otras que aparecerán a lo largo del libro pretenden únicamente facilitar la buena comprensión del texto por parte de lectores que no son especialistas en los hechos históricos que se mencionan.

3. La asociación Freedom House <www.freedomhouse.org> estudia, entre otras libertades, la libertad de los medios de comunicación en los distintos países. De acuerdo con su informe de 2014, solo el 14% de la población mundial vive en países con una completa libertad de los medios. (Disponible en línea: <https://freedomhouse.org/sites/default/files/FOTP_2014.pdf>). Se puede encontrar información actualizada sobre casos contemporáneos de censura en la página web de la organización Index of Censorship. (Disponible en línea: <www.indexoncensorship.org>).

4. Pasadas dos décadas de la afirmación de Coetzee, su apreciación continúa siendo válida; léase, como ejemplo, el texto de John Carlin (Disponible en línea: <www.elpais.com>, consulta: 9-11-2015).

5. De hecho, las obras consultadas para la redacción de este estudio, aunque muchas, constituyen una mínima parte de las publicadas. Existe, incluso, además de revistas especializadas, una enciclopedia sobre la censura en cuatro volúmenes (Jones, 2001).

6. En 1940 se crea el Registro Oficial de Periodistas. El carné n.º 1 fue para el general Franco. Para inscribirse en este registro, era preciso asistir previamente a una Escuela Oficial de Periodismo (1941), que, con distintos criterios, funcionó hasta la creación de las facultades de Ciencias de la Información en 1971 (Pizarroso, 1992: 171-173 y 198; Bordería, 2000: 30; Martín de la Guardia, 2008: 23).

7. Sinova (1989a), Bordería (2000), Chuliá (2001), Martín de la Guardia (2008).

8. Para conocer las publicaciones existentes sobre la censura franquista, véase la revista electrónica Represura (disponible en línea: <www.represura.es>). Esta censura comenzó el 28 de julio de 1936 con la censura previa militar a todo impreso que se pudiera difundir. En diciembre de ese mismo año la Junta Técnica del Estado declaraba ilícitas las publicaciones socialistas, comunistas, libertarias, pornográficas y «disolventes». En 1937 se creó la Delegación del Estado de Prensa y Propaganda. Dependerá del Ministerio de Interior, y se desdobla en 1938 en una Jefatura Nacional de Prensa, que se ocupa de la prensa periódica, y en otra de Propaganda, que atiende a la prensa no periódica. Ese mismo año una orden del 29 de abril desarrolla la censura previa de publicaciones no periódicas y una Ley de Prensa, que citamos más arriba (BOE, 23-04-1938), se ocupa de la censura de las periódicas. Con una orden ministerial de 1939 se creó la Sección de Información y Censura dentro de la Jefatura Nacional de Propaganda. Entre 1941 y 1945 la censura se subordinó a la Vicesecretaría de Educación Popular dentro de la Secretaría General del Movimiento, que dependía de la Falange. Posteriormente, de 1945 a 1951 estuvo adscrita al Ministerio de Educación Nacional y, a partir de ese año hasta el final del régimen, al Ministerio de Información y Turismo (Gracia y Ruiz Carnicer, 2004: 72-79; Martínez Rus, 2014: 19, 84-85 y pássim; Larraz, 2014: 58-62; Ruiz Bautista, 2015: 53-55; Sánchez Illán, 2015: 387-389).

9. Heritage y Clayman (2010).

10. Sobre el conocimiento metalingüístico que se refleja en la propia lengua, Loureda (2003a) y Casado, González Ruiz y Loureda (2005).

11. Se trataba de una magistratura de gran prestigio, por lo que las recriminaciones públicas de un censor podían, incluso, abortar el acceso al Senado (Suolahti, 1963: 47-54).

12. En un estudio sobre las interdicciones lingüísticas, Allan y Burridge (2006: 24) distinguen entre the censorship of language –la censura oficial– y the censoring of language –cualquier tipo de censura lingüística, incluida la oficial–. El presente libro pretende ocuparse de la segunda, así como mostrar el vínculo que existe entre ambas.

13. Censores españoles ilustres de la época fueron José Cadalso, Nicolás Fernández de Moratín o Gaspar Melchor de Jovellanos (Reyes, 2000, I: 584-585). El sentido de censura como «prohición» no es anterior a la Ilustración. El término en los siglos XVI y XVII se interpretaba como un examen crítico del contenido de una obra, sin sentido represivo. Es en la segunda mitad del siglo XVII cuando en Francia se comienza a denominar censeurs a los revisores de textos para su aprobación (Vega, 2013: 25; Infelise, 2014: 20).

14. «A lo sumo se podía discutir el modo en que el censor debía operar: una cosa era el fraile obtusamente empeñado en la defensa de la ortodoxia y otra, el letrado llamado a realizar esa tarea en virtud de su propia sensibilidad» (Infelise, 2004: 26).

15. Sierra Corella (1947: 336). Se trataba de una publicación de orientación católica que se anunciaba como revista indispensable para que las familias estuvieran advertidas contra «les erreurs de l’époque».

16. Puede darse el caso –como el de la República Democrática Alemana (1949-1990)– de que, pese a haber una institución oficial censoria, estuviera prohibido hablar de su existencia (Darnton, 2014: 148); es decir, se censuraba el hablar de la censura.

17. En opinión de Ruiz Bautista (2008: 45), en España se generalizarían estas connotaciones peyorativas a lo largo de la década de 1940. Ya en la década siguiente el propio ministro de Información en ocasiones elude la palabra censura y habla de «consulta previa» o de «aprobación previa» (Arias Salgado, 1955: 127 y 163). Gabriel Arias-Salgado fue en 1951 y hasta 1962 el primer ministro de Información y Turismo, año en el que fue sustituido por Manuel Fraga Iribarne.

18. Esta definición no sigue las reglas de la tradición lexicográfica. Las definiciones a partir de un sustantivo censor o de un verbo censurar comunican una clase –el sustantivo– o una actividad (con un aspecto verbal determinado) –el verbo–; no obstante, todos corremos alguna vez y no somos «corredores», ni un modo de acción verbal de realización –tal como se concibe la censura en este libro– se define bien con un infinitivo, cuyo significado aspectual se corresponde mejor con un estado o con una actividad homogénea.

19. A lo largo del texto, se empleará destinatario para aquella persona a la que se dirige el emisor y receptor para aquella persona, incluido el destinatario, que recibe el mensaje. El censor, por ejemplo, puede prohibir un mensaje pensando que un niño –receptor– puede escucharlo, pese a no ser él el destinatario. Con todo, también en este caso el verdadero destinatario del mensaje puede verse afectado por esta censura.

20. Para una primera introducción a los asuntos tratados por la pragmática y el análisis del discurso, se pueden consultar Escandell (1996), Calsamiglia y Tusón (1999), Fuentes (2000), Gutiérrez Ordóñez (2001), Portolés (2004) y López Alonso (2014).

21. Portolés (2009).

22. En relación con lo que aquí se pretende, también Jef Verschueren (2012: 199) defiende la pragmática lingüística como una disciplina que puede proporcionar unas nuevas perspectivas y herramientas a las otras ciencias sociales.

23. En este punto es oportuno situar la propuesta de estudio que se desarrolla en estas páginas frente a una corriente con gran predicamento: el análisis crítico del discurso (ACD, Critical Discourse Analysis). El ACD busca el fortalecimiento social de los grupos que se encuentran dominados y se ocupa de los problemas que les afectan, en general, cualquier tipo de discriminación por medio del discurso (Rojo, Pardo y Whittaker, 1998; Fairclough y Wodak, 2000; van Dijk, 2009; Wodak, 2011; Fairclough, 2012). Ahora bien, pese a que en nuestro estudio habrá una amplia ejemplificación de situaciones de dominio de unos grupos sociales por otros, el enfoque elegido es más amplio y no se circunscribe a esta situación. De hecho, como ya se ha advertido, todos los seres humanos censuramos, si bien los poderosos lo hacen con más facilidad, con más frecuencia y con mayores efectos.

24. Dicho con otras palabras, la comunicación acostumbra a ser multimodal (§ 7.4.3).

25. Para estos términos técnicos, Poyatos (1994).

26. Beevor (2012: 1033).

27. Los opositores utilizaban el aplauso como forma de rechazo al Gobierno. El presidente recibió el paródico Ig Nobel Prize de la Paz de 2013 por esta prohibición y por la detención ese mismo año de una persona manca que había aplaudido. Disponible en línea: <www.improbable.com/ig/ig-pastwinners.html#ig2013>, consulta: 12-12-2015.

28. Kamen (20042: 173); Escudero (2005: 28).

29. Kress (2010: 82).

30. Ibáñez (2009: s.p.).

PARTE I

LA CENSURA DESDE LA PRAGMÁTICAY EL ANÁLISIS DEL DISCURSO

Capítulo 1

EL CENSOR COMO TERCERO

1.1 EL MOTIVO DE CENSURAR

Para estudiar la censura de la palabra, se debe partir del hecho de que quien habla o escribe hace algo y eso que lleva a cabo puede importunar a otros. Con hacer no solo se ha de pensar en que articula sonidos al hablar o dibuja trazos al escribir, sino también que realiza algo con esos sonidos o esos trazos: cambia el estado mental de otras personas. Del mismo modo que, cuando se construye un puerto, la costa es distinta a como era antes, en el momento en el que se le ordena algo a otra persona su mundo es diferente: quien ha ordenado se sitúa en una posición superior –puede ordenar– y emplaza al otro a cumplir su mandado. Esto también sucede si simplemente se asevera algo. Al escuchar, pongamos por caso: «Esa camisa te sienta muy bien», la camisa no cambia, pero nosotros sí. Esas palabras nos confirman que acertamos al comprar la camisa, nos muestran que otra persona se preocupa de nosotros, nos alegran; en fin, después de escucharlas no somos los mismos.

En los cuentos y en los milagros también se actúa con palabras sobre las cosas. Con «Ábrete, Sésamo», Alí Babá franquea la entrada de una cueva y Jesucristo resucita el cuerpo muerto de Lázaro diciendo: «Levántate y anda», pero, por eso mismo, son cuentos o milagros. Lo habitual es que los seres humanos no podamos hacerlo y nos limitemos a actuar con nuestras palabras en lo que podemos: la mente de otros seres como nosotros. El filósofo John Austin (1982 [1962]) consideró central este hecho para explicar la comunicación humana: hacemos cosas con las palabras. En su teoría diferenció en los actos de habla tres tipos de actos: actos locutivos, actos ilocutivos y actos perlocutivos.

Los actos locutivos consisten en decir o escribir algo. En cuanto a los actos ilocutivos de Austin, constituyen aquello que se hace con los actos locutivos, con «Esa camisa te sienta muy bien» se han dicho unas palabras, pero también se ha aseverado –no se ha preguntado, ordenado, sugerido o pedido, como pudiera suceder con otros enunciados– lo bien que le sienta a alguien la camisa. Y una tercera distinción de Austin es la de los actos perlocutivos. Estos constituyen los efectos o consecuencias, buscados o no buscados, que ocasiona en el interlocutor un acto ilocutivo; así, el enunciado anterior alegró a quien vestía la camisa, otro enunciado podría haberlo intrigado, indignado, persuadido de algo o desanimado.

En resumen, se hacen cosas con las palabras y esas acciones puede que, en el caso de la censura, incomoden de algún modo –acto perlocutivo– a quien puede prohibir. Recordemos un ejemplo histórico. La teología de la contrarreforma denominaba propositio –con algún tipo de modificador (blasphema, erronea, haeretica, impia, injuriosa, insana, piarum aurium offesivae, sapiens haeresim, scandalosa, seditiosa, entre otros muchos)– a los delitos verbales.1 En las conversaciones de la gente corriente las proposiciones erróneas más frecuentemente perseguidas por la Inquisición eran afirmaciones irreverentes sobre el clero o la doctrina católica –v. gr. que el cuerpo de Cristo no estaba en la comunión–, o sobre el sexo –v. gr. que fornicar no era pecado–; pues bien, entre 1579 y 1635 casi un tercio de los condenados por la Inquisición en Cataluña lo fueron por lo que dijeron y no por lo que hicieron, es decir, los inquisidores castigaron a unas personas porque consideraban sus palabras como una amenaza.2

1.2 LA CENSURA PROTOTÍPICA: EL CENSOR COMO TERCERO

Varios lingüistas –el pragmatista Jef Verschueren (2002: 110 y ss.) o el sociolingüista Florian Coulmas (2005), entre otros– sitúan la idea de elección en el centro del estudio del uso de la lengua. En su opinión, el uso de una lengua consiste en una continua elección que se lleva a cabo de un modo consciente o inconsciente. Se elige una lengua –aquellos que hablan más de una–, una construcción sintáctica determinada, una unidad léxica o una estrategia discursiva. En casi todas estas elecciones quienes nos comunicamos tenemos presente quiénes son nuestros interlocutores y acostumbramos a adaptarnos a ellos en la formulación lingüística de los enunciados; elevamos la voz con las personas que no oyen bien, simplificamos el vocabulario cuando nos dirigimos a niños o repetimos nuestras palabras cuando alguien toma nota de ellas. Sin embargo, en ocasiones lo que escucha o lee nuestro destinatario no se debe a una elección de la formulación lingüística de acuerdo con nuestro criterio como hablantes, sino a restricciones impuestas por terceros, ya sean instituciones oficiales, grupos sociales o personas particulares. En muchos de estos casos se puede hablar de censura. Coetzee (2007 [1996]: 59), quien como sudafricano ha conocido la censura durante décadas, lo explica del siguiente modo:

Trabajar bajo censura es como vivir en intimidad con alguien que no te quiere, con quien no quieres ninguna intimidad pero que insiste en imponerte su presencia. El censor es un lector entrometido, un lector que entra por la fuerza en la intimidad de la transacción de la escritura, obliga a irse a la figura del lector amado o cortejado y lee tus palabras con desaprobación y actitud de censura.

Coetzee identifica, pues, a tres participantes en la interacción verbal con censura: quien habla o escribe, a la persona a quien se dirige –«el lector amado»– y quien censura –«el lector entrometido»–. Se trata del prototipo de censura que se estudiará en estas páginas: una interacción triádica. Ahora bien, no solo existe censura en el discurso escrito, como el que nos acerca Coetzee, también se da en el oral, es decir, quien censura no solo lee, también escucha. En 1959 el preso político Bao Ruo-Wang recibe por fin la visita de su esposa en la prisión china en la que se encuentra. Ella ya sabe que le han condenado a doce años de «reeducación» y le pregunta: «¿Cómo podré cuidar yo sola a los niños durante doce años?». La reacción del guardián es inmediata: «¡No se te permite hablar de ese tema!» (Bao y Chelminski, 1976: 141).

La caracterización de la censura como un tipo de interacción de tres participantes limita en nuestro estudio sobre la censura algunos usos que se han hecho de este término, en concreto el de «censura estructural» del sociólogo francés Pierre Bourdieu. Bourdieu (2001: 100) explica la comunicación como un mercado en el que los signos lingüísticos son bienes simbólicos por los que se obtienen beneficios. Esto hace que el hablante se esfuerce en obtener un máximo de beneficios. Considera, asimismo, que la coerción del mercado reviste una forma de censura –de autocensura, en concreto– porque determina como un pago tanto la manera de hablar entre dos personas como aquello que podrían decirse. Con el tiempo, este comportamiento configura el habitus del hablante, es decir, el conjunto de disposiciones que conducen a las personas a actuar y reaccionar de una cierta manera.3 Esta interpretación de la comunicación identifica al interlocutor con un censor, puesto que se iguala la autocensura (§ 5.1) con las habituales actividades de imagen y de acomodación del hablante al interlocutor.

Me explico. Los estudios pragmáticos sobre la cortesía verbal conciben las relaciones en la interacción verbal de un modo distinto al de Bourdieu. Parten de las propuestas del sociólogo canadiense Erving Goffman (1972), quien defendió que, al comunicarnos, los seres humanos presentamos una imagen (face) de nosotros mismos que esperamos que respete nuestro interlocutor. Para conseguirlo, en la interacción se produce una serie de actividades de imagen (facework). Supongamos que un hablante de un pueblo de la provincia de Sevilla varía por elección propia su ceceo habitual por el seseo de la capital cuando se afinca en ella o que una profesora pasa del tuteo al uso del usted ante un estudiante demasiado insistente en sus reclamaciones. No hay autocensura de acuerdo con la definición que se adopta en estas páginas, sino las actividades de imagen inevitables en quienes interactúan con los demás. Se trata de actividades que son propias de toda interacción: cómo nos presentamos a nosotros mismos y cómo esperamos que los demás nos acepten. El hablante del pueblo sevillano intenta que se le admita como a un capitalino más y la profesora procura mantener una prudente distancia con el estudiante.

Dentro de la psicología social y la sociolingüística, un concepto cercano al de actividad de imagen de la pragmática es el de acomodación. Howard Giles propuso la teoría de la acomodación en el habla –posteriormente, teoría de la acomodación en la comunicación (Communication Accommodation Theory)–en la década de 1970. La acomodación consiste en el ajuste verbal o no verbal de los comportamientos comunicativos entre los participantes en una interacción. Por otro lado, del mismo modo que puede existir una acomodación entre interlocutores, puede darse una falta intencional de acomodación. Así, un policía puede acomodar su modo de comunicación con ciertos ciudadanos –convergencia–, pero no acomodarse a los que considera delincuentes –divergencia–.4

No tener en cuenta lo consustancial con el ser humano de estas actividades de imagen y de acomodación encamina a Bourdieu a hallar una generalización de formulaciones de compromiso –«eufemismos», en sus términos– en la mayor parte de los discursos debida a una transacción entre el interés expresivo (lo que hay que decir) y lo que sería una censura inherente a las particulares relaciones de producción lingüística.5

Sin embargo, este planteamiento parte de una simplificación de la comunicación. No hay que confundir lo que se quiere comunicar y una expresión en concreto fuera de todo contexto, una expresión que, forzados por las circunstancias, casi siempre se traicionaría. Si a un pasajero del autobús, siguiendo la norma española le decimos: «Perdón» o «¿Va usted a salir?»,6 le estamos pidiendo que se aparte para dejarnos bajar. Esta no es una forma censurada frente a: «Apártate», sino la que transmite lo que se tiene intención de comunicar sin añadir una ofensa. No existen expresiones naturales en una lengua que se correspondan a un buen salvaje absolutamente desinhibido en un mundo sin circunstancias; todas son estímulos que pretenden comunicar de un modo ostensivo lo que se desea en un contexto determinado. Los franceses que saludan con un «bonjour, madame» no se censuran frente a los españoles que se dirigen a una señora con un simple «buenos días» –esto es, sin la forma apelativa de tratamiento– se limitan tan solo a saber hablar en francés.

De acuerdo con este punto de partida, no se ha de identificar la exigencia de formas de cortesía o de acomodación –«eufemización», en términos de Bourdieu– con censura. Existen, incluso, culturas que se caracterizan por la elusión del verbalismo y no por ello hemos de apreciar que sean culturas intrínsecamente censuristas; así, por ejemplo, la cultura japonesa no comparte con la occidental la preocupación por comunicar todo con palabras. Los japoneses educados limitan la expresión de sus deseos y opiniones personales, porque se podrían considerar ofensivos; y se valoran como inmaduras las personas que no saben comportarse de este modo.7

Asimismo, no se podría considerar autocensura la limitación en la formulación de un discurso por la que el propio emisor evita expresar ciertas ideas no por temor a un tercero, sino por los límites de actuación que él mismo se ha impuesto. No sería, pues, censura –de nuevo, tal como se entiende en este estudio–, sino un caso de actividad de imagen lo que la escritora Elvira Lindo (en El País Domingo, 31-10-2010: 15) denomina «autocensura» en el siguiente texto:

Cuando los estudiantes de periodismo me preguntan si me someto a autocensura en estos artículos respondo aquello que en principio no esperan oír: ¡claro que sí! Pienso dos veces lo que escribo, me arrepiento si he herido sin fundamento a alguien y no me fío de las personas que presumen de soltar lo primero que se les viene a la boca.

Como sucede con el resto de los hablantes, Lindo sabe que sus palabras afectan a otras personas y actúa en consecuencia. Elige la mejor formulación de su discurso para comunicar lo que desea y, de acuerdo con sus principios morales –no los de un censor–, evita ofender. Una primera elección comunicativa de cualquier hablante es la de callar, la de permanecer en silencio. Dejamos de decir cosas que pudieran herir a otros y no por eso, de acuerdo con la definición que aquí se adopta, nos autocensuramos.

Pese a esta ubicación de la censura dentro de la interacción triádica, existen casos en los que en interacciones verbales de dos personas –interacciones diádicas– sí puede tener lugar una verdadera autocensura: cuando se teme la delación (§ 5.2.2). En estas ocasiones, el censor –sea una institución o un grupo– no accede directamente a aquello que se dice en una interacción verbal determinada, pero el receptor del mensaje puede llevar a cabo una delación y comunicárselo. Hay que tener muy presente que en muchas situaciones históricas la delación se extiende y, por ende, trae consigo una autocensura generalizada. No es difícil documentar, por poner un ejemplo extremo, el hecho de denuncias de hijos contra sus propios padres.8 El franciscano fray Bernardino de Sahagún (1988 [1577], libro X, capítulo 27: II, 633) recoge en su Historia general de las cosas de Nueva España que algunos de los muchachos que se educaban en su colegio de Tlatelolco delataban a sus padres si «hacían idolatría siendo bautizados». Y, más recientemente, el régimen soviético convirtió en héroe y mártir al niño Pávlik Morózov, que, de acuerdo con la propaganda, había denunciado a su padre por un comportamiento «contrarrevolucionario». Su delación se enseñaba como ejemplo de conducta en las escuelas de la URSS.9

En definitiva, y volviendo al término de Bourdieu, hay censura estructural cuando en un régimen censurista se teme constantemente la delación o el castigo por parte de un tercero que no es el destinatario directo de nuestro mensaje y, en cambio, no la hay cuando nos limitamos a intentar no ofender o procuramos presentarnos a nosotros mismos de un modo determinado.

1.3 LA COMUNICACIÓN INFERENCIAL

Hasta no hace muchos años la comunicación se comprendía como un proceso de codificación y descodificación de enunciados. Era lo que habíamos aprendido del Curso de Lingüística General de Ferdinand de Saussure (1973 [1916]). Cuando un hablante quería comunicar algo, lo codificaba, recurriendo al código que es una lengua determinada; el oyente, que conocía este código, descodificaba el enunciado recibido y comprendía lo que se le quería comunicar. Sin embargo, la comunicación humana no constituye únicamente un proceso de codificación y descodificación, sino también, y muy principalmente, una labor de inferencia. Nuestros enunciados no representan punto por punto la realidad, sino que constituyen estímulos para que nuestro interlocutor se represente en la mente aquello que se le quiere comunicar.

En el Madrid de la posguerra hubo una publicidad de una sombrerería que se hizo célebre: «Los rojos no usaban sombrero». Quien lo leía no solo reparaba en algo que ya conocía –la aversión del Madrid revolucionario por el sombrero burgués–, sino que llegaba a la conclusión de que debía comprarse un sombrero para no ser confundido con uno de los perdedores. Esto último, aunque en realidad no se había dicho, constituía lo esencial de la intención comunicativa del comerciante.

Así pues, toda comunicación verbal consta de una parte codificada y de otra parte producto de inferencias, esto es, de ciertos procesos mentales que llevan a conclusiones como la anterior de deber comprarse un sombrero. Los hablantes nos comunicamos presentando lo dicho como un estímulo para desencadenar estas inferencias. La simple descodificación nunca es suficiente, pues la comunicación humana es esencialmente una comunicación inferencial. El filósofo del lenguaje H. Paul Grice (1975) destacó este hecho esencial y denominó a aquello que el hablante desea comunicar significado del hablante (speaker’s meaning) y a las conclusiones no dichas sino inferidas («Cómprese un sombrero») implicaturas conversacionales (conversational implicatures).

Para dar cuenta del significado del hablante, a la explicación habitual de la comunicación, aquella que habla únicamente de codificación y descodificación, hay que añadirle al menos dos aspectos fundamentales: el contexto y unos mecanismos psicológicos que vinculan lo lingüísticamente codificado con ese contexto.

El contexto de los participantes en una conversación es siempre mental y está formado por las creencias que residen en su memoria, pero también por aquellas que se derivan de su percepción inmediata de la situación o, simplemente, de lo que se ha dicho antes.10 Muy posiblemente cualquier español actual considere que la canción de José María Peñaranda Se va el caimán (1941) trata de un reptil –en concreto, un caimán– que nada hacia la ciudad de Barranquilla; sin embargo, este porro colombiano se cantó en contra de Franco –el caimán– cuando comenzó una presión internacional para que se restaurara la monarquía y se fuera el general. El régimen reconoció este significado del hablante: durante algún tiempo prohibió que la canción se transmitiera por radio y llegó a multar a quienes la cantaban.11 Lo codificado en la letra de la canción puede ser idéntico en la actualidad y en la década de 1940, pero el contexto de quienes la escuchan es muy distinto; por ello, ningún político español contemporáneo se siente amenazado por la canción.12

Por otra parte, en opinión del antropólogo francés Dan Sperber y la lingüista inglesa Deirdre Wilson (Sperber y Wilson, 19952; Clark, 2013), la comunicación se logra por una relación entre esfuerzo y beneficio que guía el que denominan principio de pertinencia o, con otra traducción, de relevancia. Se trata de un principio cognitivo que guía el comportamiento comunicativo humano. La comunicación precisa que las inferencias que forman parte esencial de ella sean inmediatamente previsibles tanto para el hablante como para el oyente y esto sucede porque ambos comparten inexcusablemente este mismo principio. El principio de pertinencia se resume en: «Todo enunciado comunica a su destinatario la presunción de su pertinencia óptima». Las personas buscamos en la relación entre lo dicho y el contexto la pertinencia mayor; es decir, el efecto cognitivo mayor –la mayor información– en relación con el esfuerzo de tratamiento más pequeño. En todos los hablantes de todas las culturas por el hecho de ser seres humanos, el principio de pertinencia guía el proceso de obtención de las inferencias. Por ello, los lectores de las sociedades censuristas, que saben que los emisores no pueden manifestar de un modo ostensivo algo que pudiera acarrearles un castigo, se esfuerzan en hallar en los textos una intención soterrada –Franco es el caimán–.

Esto es posible porque quienes reciben un mensaje buscan su pertinencia, es decir, buscan beneficios comunicativos de él. Esta propiedad de la comunicación humana permite distintas lecturas de un mismo texto. Si el censor se limita a una primera lectura, el lector avisado puede observar una segunda lectura más costosa, pero de la que obtenga un beneficio superior. El siguiente texto es el fragmento de una carta que en 1937 envió Jimena Menéndez Pidal a su padre, que se encontraba en Estados Unidos:

Habrás estado estos días esperando el cable que no ha llegado. Hay que tener paciencia. Seguiremos en esta casita donde el invierno se irá pasando [...]. El abuelo de Arnau dice que podría venir pronto; pero esto es un poco frío y le digo que acaso le convenga para su salud esperar un poco a que pase el rigor del invierno (Catalán, 2005: 136).

Don Ramón («el abuelo de Arnau») lo comprendió aproximadamente del siguiente modo: ten paciencia, las cosas no están bien («esto es un poco frío»), no vuelvas a España hasta que la situación mejore. Esta interpretación muy posiblemente se le escapó a quien revisaba la correspondencia de la familia Menéndez Pidal.

Los espectáculos con público facilitan especialmente las lecturas esforzadas. En estas situaciones el espectador no solo interactúa con lo que se dice en el escenario, sino también con las reacciones del resto del auditorio. El aplauso, la risa o el murmullo de alguien pueden indicar que es preciso un mayor esfuerzo para obtener una segunda lectura en un pasaje del texto.13

1.4 LA COMPLEJIDAD DEL CENSOR

Consideremos que las sociedades se organizan en tres niveles estructurales: el institucional, el grupal y el interpersonal;14 pues bien, los tres se pueden advertir en la actuación censoria. Quien censura se reconoce como parte de un grupo: ya sea una organización –oficial o no– (§§ 1.4.1-2), ya sea un grupo social sin jerarquía interna (§ 1.4.3) o ya sea un individuo que generalmente se identifica en una actuación concreta como parte de un grupo (§ 1.4.5).

1.4.1 La censura oficial

Seguramente, el prototipo de censor que le viene a la mente a cualquier lector es aquel que pertenece a una institución oficial censora.15 En la Edad Moderna la censura oficial se centró primero en asuntos religiosos para pasar después a los políticos.16 La Inquisición española es un ejemplo de una institución de censura religiosa (censores fidei).17 Disponía de una organización compleja y bien establecida.18 En ella, se podían distinguir sujetos con tareas diferentes: los delatores, los visitadores de librerías y navíos,19 los calificadores, los tribunales inquisitoriales, el Consejo de la Inquisición y el inquisidor general. Quien ponía en conocimiento del Santo Oficio algún hecho punible era un delator. Se trataba de colaboradores inquisitoriales –calificadores, consultores, visitadores, comisarios–, pero también con frecuencia eran simples vecinos o conocidos del denunciado.

Existieron tribunales inquisitoriales tanto en Europa como en América. Un tribunal estaba compuesto, entre otras personas, por dos o tres inquisidores, el fiscal, el receptor, los notarios, los médicos, los cirujanos, el capellán y los alguaciles;20 junto con ellos se deben considerar los comisarios y familiares de la Inquisición, que constituían un personal auxiliar del Santo Oficio que no cobraba salario, pero que disfrutaba de una serie de privilegios. En el caso de las publicaciones, los tribunales inquisitoriales consultaban a expertos –los calificadores–,21 en muchos casos miembros de órdenes religiosas, pero también universitarios –generalmente de Salamanca o de Alcalá–, que evaluaban los hechos conocidos de acuerdo con los criterios inquisitoriales que se publicaban como reglas (§ 7.6.2). Con estos informes, el Consejo de la General y Suprema Inquisición tomaba las decisiones que consideraba adecuadas. Este Consejo estaba presidido por el inquisidor general y acostumbró a estar formado por siete miembros –inquisidor general, cinco consejeros y un fiscal–. Consejo e inquisidor general juntos formaban la Suprema.22

Prosigamos con el funcionamiento de esta institución oficial censoria: si el Consejo consideraba que un libro debía ser prohibido o expurgado, enviaba a los tribunales de distrito una carta acordada en la que comunicaba su decisión. En ocasiones esta carta iba acompañada de un edicto del inquisidor general que debía ser hecho público. Se acostumbraba a leer en misa y después se clavaba en la puerta de la iglesia. Esta decisión censoria habitualmente se reflejaba en el siguiente índice de libros prohibidos23 (§ 7.6.2).

Pero estas complejas censuras oficiales no son cosa de otra época. En la actualidad la mayor censura oficial es la de la República Popular China. Uno de los servicios de comunicación a los que más atiende la censura china es internet. No ha de extrañar, pues ya en 2012 538 millones de personas utilizaban internet en China. Esta censura china se ocupa de que la entrada desde el exterior a la red china de internet solo se pueda llevar a cabo por unos pocos operadores autorizados; de ellos depende qué consulten los ciudadanos chinos fuera de su país y qué sitios web chinos se puedan consultar desde fuera. Así pues, el internet chino es más parecido a una intranet que al sistema descentralizado occidental. Esta censura china hacia el exterior se denomina «la gran muralla de fuego» o en otras traducciones «el gran cortafuegos» (Great Firewall24) y, en consecuencia, se habla de «saltar la muralla» (fanqiang) al hecho de conseguir acceder a los sitios web extranjeros censurados. Dentro del país, su actuación es distinta: los nodos de comunicación de cientos de ciudades tienen su propio equipo censor formado por unos mil censores en cada una de ellas; aparte, hay de 20.000 a 50.000 miembros de la policía de internet que dependen del Ministerio de Seguridad Pública del Gobierno chino.25

Por último, tampoco es extraño el hecho de que una institución oficial que se ocupa de muy diversos asuntos atienda entre ellos a un tipo de censura. El lord Chamberlain inglés, oficial que se ocupaba de la organización de la Corte británica, ostentó la prerrogativa de la censura del teatro entre 1737 y 1968.26

1.4.2 La censura por organizaciones no oficiales

No obstante, esta censura por parte de organizaciones no se ejerce solo por instituciones oficiales como el Santo Oficio o el Ministerio de Seguridad Pública chino, sino también por otros tipos de grupos sociales. Muy posiblemente la organización censora, al tiempo que educadora, más próxima a todos nosotros haya sido la familia. La organización jerárquica de la familia ha impuesto que algunos de sus miembros puedan ser censurados por otros que se consideran con el derecho a hacerlo. Carmen Martín Gaite (1994: 112) se refiere a la actitud impositora que en la posguerra española los hermanos varones ejercían sobre el comportamiento de sus hermanas, actitud que, en opinión de esta autora, con el tiempo extendían a sus novias. En la actualidad esta censura familiar se puede mecanizar: en 2000 todos los receptores de televisión estadounidenses debían tener un chip que permitiera a los padres seleccionar los programas que sus hijos pudieran ver. Para conseguir esta selección, las emisoras marcan con un código los programas. Sistemas similares se proporcionan en los descodificadores de televisión por satélite y por cable.27

Las empresas privadas han podido actuar, igualmente, como censoras sin tratarse de instituciones oficiales. A partir de la década de 1870, las agencias de noticias empiezan a convertirse en grandes empresas internacionales. A principios del siglo XX la agencia francesa Havas, la británica Reuters y la alemana Wolff formaron un cartel que dominaba la transmisión de noticias internacionales. Concretamente en España, a comienzos de la década de 1870 la agencia francesa Havas compró la fundada en España por Nilo María Fabra y Deas en 1865 y la convirtió en su sucursal. Esta agencia detentará prácticamente el monopolio de la información internacional que se reciba en España hasta la llegada de las agencias norteamericanas en la década de 1930.28 Así las cosas, sin tratarse de una institución censora oficial, esta agencia privada ejerció la censura con criterios ideológicos. Desde un primer momento, y sobre todo durante la Primera Guerra Mundial y también en relación con asuntos coloniales, la agencia Fabra seleccionó desde criterios favorables a los intereses franceses tanto la información que distribuyó en España como las noticias españolas que vendió en otros países.29

Detengámonos, de nuevo, en otros ejemplos más recientes de organizaciones no oficiales que censuran. La asociación norteamericana Accuracy in Media, fundada en 1969 y de ideología conservadora, vigila las noticias que publican los medios de comunicación y, si no las comparte, presiona para conseguir su rectificación. Con este fin, se procura parte de su accionariado para poder intervenir en las juntas de accionistas. Distintas compañías privadas, entre otras varias petroleras, financian esta fundación.30 También ha actuado como censor en distintos medios el grupo proisraelí Committee for Accuracy in Middle East Reporting in America (CAMERA); en especial, ha tenido transcendencia su labor en la reescritura favorable a Israel de entradas en Wikipedia.31 Su comportamiento llevó a que en 2008 cinco editores pertenecientes a CAMERA fueran sancionados con su exclusión por los administradores de esta enciclopedia en línea.32 En todos estos casos, existe censura, si bien por parte de una organización no oficial.

1.4.3 La censura grupal

En los grupos organizados, como las instituciones que acabamos de ver, sus miembros ocupan posiciones jerarquizadas: jefe, subordinado o colaborador, pongamos por caso; mientras que en los grupos no organizados no se dan estas posiciones, simplemente, se pertenece al grupo. Incluso es habitual que, pese a identificarse con él, los miembros del grupo no se conozcan entre sí. Es precisamente esta misma identidad (§ 2.2) la que va a dirigir parte de su comportamiento a falta de un guía jerárquico.33

Un ejemplo de censura de un grupo no organizado es la censura grupal que facilita internet. La expresión china ren’rou sou’suo se ha traducido como «motor de búsqueda asistido por humanos», y da nombre a la colaboración de los internautas chinos en una búsqueda. Esta colaboración se ha hecho especialmente intensa en averiguar datos de quienes, en opinión de un grupo, han cometido un acto reprobable. En abril de 2008, Grace Wang terció en la Universidad de Duke (EE. UU.) entre un grupo de manifestantes chinos y otro de estudiantes defensores de un Tíbet independiente. Para conseguir apaciguar los ánimos, la muchacha consintió en escribir «Free Tibet» en la espalda de uno de los manifestantes. El hecho se publicó en la red. A raíz de aquello, internautas chinos indagaron todos sus datos y los de su familia y, a partir de entonces, comenzó su persecución en persona y por internet en EE. UU. En China su domicilio familiar sufrió pintadas y se ensució con excrementos.34 De esta manera, un grupo de internautas sin organización jerárquica castigó como censor el texto de una compatriota que consideraba ofensivo.35 En el caso de que el castigo de esta censura grupal consista en inmediatos comentarios insultantes en las redes sociales como reacción a una opinión o acción que se considera punible, se habla de shitstorm.36

1.4.4 La heterogeneidad dentro del grupo censor

Una advertencia antes de avanzar: los grupos sociales no constituyen bloques monolíticos. Con frecuencia entre sus miembros se producen luchas por su control con el fin de que el grupo social o la organización defiendan la posición que cada uno considere más conveniente.37 Esta heterogeneidad se refleja también dentro de los grupos censores, incluidos los oficiales. Desde la apertura en 1998 del Archivo Vaticano que contiene los documentos de la Inquisición Romana, uno de los hechos que ha llamado la atención a los investigadores ha sido las divergencias que se constatan entre los distintos órganos censores e, incluso, entre estos y el Papado.38 Tomemos como ejemplo de estas incoherencias la postura católica ante Erasmo de Róterdam: en 1535, poco antes de su muerte, el papa le había ofrecido nombrarlo cardenal y, en cambio, el índice español de 1559 prohíbe catorce títulos suyos en español y el posterior de 1612 lo convierte en uno de los auctores damnati, es decir, con toda su obra prohibida (§ 7.6.2).39

Dentro de esta heterogeneidad censoria, también puede suceder que personajes o grupos que se sitúan en una posición superior al censor oficial consideren que su actuación haya sido demasiado comedida o demasiado exigente. La Iglesia católica fue una institución que durante buena parte del franquismo juzgó que la actuación de los censores era insuficiente. El órgano de la Dirección Central de la Acción Católica Española, la revista Ecclesia –fundada en 1941 por el cardenal Gomá–, tenía un sistema de «orientación bibliográfica» que clasificaba los libros ya aprobados por la censura oficial en relación con su moralidad, y también difundía la calificación de las películas que –ya censuradas por la Junta correspondiente– se proyectaban.40 En el ámbito de los libros escolares esta doble censura estaba apoyada por el Concordato de 1953. En él se reconocía expresamente a la Iglesia la capacidad de exigir que se retirara cualquier libro, publicación o material de enseñanza contrarios al dogma y la moral católicos.41

1.4.5 La censura del individuo: la identidad censoria

El concepto de identidad aparece en los estudios sociales en el cambio de siglo del XIX al XX y constituye uno de los conceptos centrales de las ciencias sociales en la actualidad. Un acercamiento intuitivo a este concepto lo facilita la respuesta a la pregunta: ¿Quién eres? La contestación puede ser de una identidad individual: nací en... trabajo en...; una identidad relacional: una madre (en relación con los hijos) o una profesora (en relación con los estudiantes); o una identidad colectiva: una gallega, un musulmán o una persona adulta; así pues, la identidad puede tener múltiples facetas, del mismo modo que una persona se puede describir a sí misma de diversos modos.42

Evidentemente, existen participantes en una interacción que se identificarían a sí mismos como censores, pues pertenecen a una institución oficial censora (§ 1.4.1). Durante la Primera Guerra Mundial el romanista Leo Spitzer revisó como censor del ejército austriaco cartas de los prisioneros italianos.43 En aquellos años Spitzer hubiera respondido que él era censor, incluso en momentos en los que no se hallaba realizando su trabajo. En este caso, se podría decir que Spitzer tenía una identidad global de censor reconocida por la sociedad. Por su parte, Primo Levi (2010: 417) y otros presos judíos italianos de Auschwitz no podían dirigir la palabra a una compatriota –Flora– que limpiaba el taller en el que trabajaban; en este caso, los censores –los vigilantes del campo– pertenecían a un grupo organizado –el formado por alemanes y colaboradores de otras nacionalidades– que mantenía una ideología –una ideología que consideraba a los judíos como seres inferiores y, en consecuencia, privados de cualquier derecho–; estos vigilantes no hubieran respondido que ellos fueran censores, pero actuaban como tales en todos los momentos en los que se daba una situación de interacción con los presos (§ 1.4.2). Por último, en la España franquista se evitaba dar opiniones sobre asuntos que pudieran ser comprometidos y se acostumbraba a utilizar como consejo o como imposición –según fuera su relación de poder– a conocidos demasiado locuaces la expresión «No te signifiques».44 No obstante, quien así actuaba no se hubiera considerado a sí mismo como censor o perteneciente a un grupo censor, por lo que su identidad censora no era global, sino local. Se trata de una identidad discursiva.

La identidad discursiva se concibe como una identidad que las personas presentan en la interacción y no como algo que simplemente son esas mismas personas independientemente de lo que hagan. Esta propuesta teórica tiene su origen en los estudios de la interacción al hablar de la década de 1960 de Harvey Sacks (1992) y continúa su desarrollo en la etnometodología y el análisis de la conversación más recientes.45 Desde esta perspectiva, se puede considerar que la identidad de alguien en una interacción particular puede ser la de un censor siempre que realice un acto de interdicción censoria y, en consecuencia, cualquier persona o grupo puede ser censora si actúa como tal, esto es, si impide o trata de impedir que otra persona comunique algo a alguien por considerarlo un acto amenazante para una ideología (§ 2.2). En Qatar muchas trabajadoras domésticas emigrantes tienen censurada la palabra por sus patronos. Estos consideran que su posición social los autoriza a limitar cuándo y de qué pueden hablar sus empleadas. Una de estas trabajadoras denunció a Amnistía Internacional que se le había prohibido conversar con los otros empleados de la familia, que, si salía con la señora de la casa, no debía departir con nadie ni responder a nadie que se dirigiera a ella y que, con su madre, solo le permitían una conversación telefónica de veinte minutos cada dos semanas. En esta conversación no podía referirse a su trabajo y para efectuarla debía utilizar el teléfono de sus patronos.46 Estos patronos cataríes no poseen una identidad censoria global, ni forman parte de una institución, pero, en cada ocasión que prohíben la comunicación de su empleada, se guían por una ideología compartida por un grupo (§ 2.2) y adquieren una identidad discursiva censoria.

1. Vega (2012: 19-20, 2013a: 49-50).

2. Kamen (20042: 251-252). No obstante, las herejías perseguidas por la Inquisición no eran solo de palabra, también había actos no necesariamente verbales, como las relaciones homosexuales, el bestialismo o la bigamia.

3. Bourdieu (2001: 113-115).

4. Auer (2007), Giles et al. (2007), Moreno Fernández (2012: 33-34 y 238-240).

5. Bourdieu (2001: 116).

6. Muchos latinoamericanos dirían: «Permiso».

7. Goddard y Wierzbicka (2000: 339-342).

8. «Para probar el delito de herejía en el Santo Oficio se admiten al hijo contra el padre y al padre contra el hijo, a la esposa contra el marido y al marido contra la esposa, al siervo contra el amo y al amo contra el siervo» (E. Masini [1621], cito por Mereu, 2003: 203).

9. Shentalinski (2006: 303).

10. Sperber y Wilson (19952).

11. Esta canción volvió a hacerse popular en la Nicaragua del dictador Somoza con la misma intención. Disponible en línea: <http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_4687000/4687080.stm>.

12. Los inquisidores eran conscientes de estos cambios de opinión de acuerdo con las circunstancias. En el siglo XVI se recurría a la expresión malitia temporum para justificar el rigor censorio con obras que habían sido permitidas. En los nuevos «malos tiempos» no se podía leer, como se había hecho anteriormente, el Decamerón sin expurgar (Vega, 2012: 30-31).

13. Durante la dictadura franquista, «los estrenos de Buero [Vallejo] eran escuchados con extraordinaria atención y un espectador que hubiera caído de la estratosfera o de un país con más libertad de expresión y que desconociera totalmente la situación española, se quedaría asombrado ante momentos en que el público aplaudía interrumpiendo el hilo de la acción, ante las sonrisas de inteligencia que provocaban ciertas alusiones, ante el énfasis de los actores al pronunciar determinadas frases. Se estaba representando una obra de teatro, es verdad, pero, a la vez, se estaban difundiendo secretos a voces que no se podrían decir de otro modo» (Sánchez Reboredo, 1988: 30).

14. Moreno Fernández (2012: 51).

15. Abellán (1982) identifica censura con censura previa oficial: «Por censura hay que entender el conjunto de actuaciones del Estado, grupos de hecho o de existencia formal capaces de imponer a un manuscrito o a las galeradas de la obra de un escritor –con anterioridad a su publicación– supresiones o modificaciones de todo género, contra la voluntad o el beneplácito del autor». Larraz (2014: 22), después de revisar distintos conceptos de censura, también se centra en la censura previa oficial y considera que «implica la existencia de un cuerpo legislativo o, al menos, de unas normas de actuación, de unos criterios que determinen qué texto es publicable y cuál no lo es. Su objetivo es la protección de un régimen político y, más concretamente, de los fundamentos y discursos que lo justifican». Darnton (2014: 235), por su parte, la amplía a toda la censura estatal, tanto anterior a la publicación como posterior.

16. Briggs y Burke (2002: 100). No obstante, hay asuntos en los que lo religioso y lo político se mezclan, por ejemplo, la autoridad o no del Papado sobre los reyes. En otros casos, como en la sublevación catalana de 1640, se utilizó la Inquisición para castigar como heréticos aquellos textos –v. gr. Proclamación católica de Gaspar Sala– que presentaban a catalanes y franceses como pertenecientes al pueblo escogido por Dios y a los castellanos como sus enemigos (Peña Díaz, 2015: 141-164).

17. El Papado comenzó a utilizar el método inquisitorial a finales del siglo XII y comienzos del XIII. Su nombre se debe a que, en el procedimiento inquisitivo, el mismo juez «inquiría» –es decir, investigaba, buscaba, examinaba– y dictaba sentencia. El inquisidor era, pues, acusador y juez. Por otra parte, actuaba no necesariamente a instancias de una parte sino motu proprio (Mereu, 2003: 175-245; Martínez Millán, 2007: 47 y ss.). Con los antecedentes de la Inquisición medieval francesa y ya en la Edad Moderna, la Inquisición española nace el 1 de noviembre de 1478 con una bula del papa Sixto IV a petición de los Reyes Católicos y perdura hasta el 15 de julio de 1834, con dos breves paréntesis en las épocas liberales –de 1813 a 1814 y de 1820 a 1824– (Martínez Millán, 2007: 184-190). La romana –Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición– se origina con la bula Licet ab initio del papa Paulo III en 1542 y toma como ejemplo la española (Mereu, 2003: 58 y 76). Dentro de los cambios propios del Concilio Vaticano II, el 7 de diciembre de 1965 el papa Pablo VI sustituyó el Santo Oficio romano por la Congregación para la Doctrina de la Fe. Se trata de una institución de menor rango. De acuerdo con Burke (2002: 185), la censura protestante de los comienzos de la Edad Moderna no era más tolerante que la católica, sino menos efectiva por encontrarse fragmentada en diferentes Iglesias.

18. Para la organización inquisitorial española, tuvieron especial importancia las Instrucciones nuevas (1561) promulgadas por el inquisidor general Fernando de Valdés, que configuraron su derecho procesal (Tellechea, 2003: 309; Martínez Millán, 2007: 129).

19. La Inquisición española inspeccionó librerías desde 1530, visitó navíos desde 1553 y desde 1550-1551 se ocupó de que no se embarcaran en Sevilla libros prohibidos para las Indias (Reyes, 2000, I: 143, Pérez García, 2006: 159-160).

20. Aunque el número de miembros de un tribunal inquisitorial no fue siempre el mismo, no sumó nunca menos de quince personas (Martínez Millán, 2007: 218).

21. Se corresponderían con los «lectores especialistas» de la censura franquista (Ruiz Bautista, 2015: 64); si bien, los calificadores no atendían únicamente a escritos sino a cualquier prueba sospechosa de herejía (Maqueda, 1992: 214).

22. Kamen 20042 (139 y ss.), Martínez Millán (2007: 192 y ss.).

23. Pinto (1983), Pardo (1991: 26-27), Escudero (2005), Peña Díaz (2015: 22).

24. Se cita también por sus siglas GFW –Great Firewall– o GFFW –Great Focking Firewall–. El término se creó en 1997 en la revista Wired (Morozov, 2012a: 78).

25. Castells (2009: 371), Morozov (2012a: 180), Feng y Guo (2013), King et al. (2013).

26. Donohue (2004: 22-23). La Licensing Act de 1737 ordenaba que el empresario teatral enviara al Examiner of Plays de la oficina del Lord Chamberlain para su aprobación todas las obras nuevas, adiciones o antiguas obras –incluidos los prólogos y los epílogos– al menos quince días antes de la representación. El incumplimiento de esta norma acarreaba una multa de 50 libras.

27. Paxton (2008: 91).

28. Pese a haberse nacionalizado en 1927, siguió dependiendo informativamente de la francesa. La Agencia EFE reemplazó a la Agencia Fabra en 1938 (Seoane y Sáiz, 1998: 43).

29. Paz (1989a).

30. Chomsky y Herman (2013 [1988]: 65-66).

31. Wikipedia la fundaron James Wales y Larry Sanger en 2001 (Burke, 2012: 317).

32. Wikipedia (en línea: s. v.).

33. Spears (2011: 214).

34. Frédéric Bobin (disponible en línea: <www.lemonde.fr>, consulta: 23-8-2008); Morozov (2012a: 347).

35. Que no exista organización jerárquica no excluye que los grupos sociales tengan «líderes de opinión» que encaminen su comportamiento o que actúen como gatekeepers informales –controladores del flujo de información–. Los estudios sobre la importancia del líder de opinión en los grupos comienzan con el sociólogo vienés emigrado a EE. UU. Kurt Lewin (1890-1947) (Mattelart y Mattelart, 2010: 42; McQuail, 2010 [1994]: 328).

36. Disponible en línea: <elpais.com>, consulta: 27-04-2015.

37. Mumby y Clair (2000: 264-265).

38. Fragnito (2010: 40).

39. Kamen (20042: 92 y 111).

40. Gutiérrez-Lanza (2000: 33 y 55).

41. Viñao (2004: 70), Larraz (2014: 61).

42. Vignoles (2011); Vignoles, Schwartz y Luyckx (2011); Benigno (2013: 55-82).

43. Fruto de esta tarea es su libro de 1921 (Spitzer, 2014 [1921]). Para una enumeración comentada de censores de libros de la época de Franco, Larraz (2014: 88-94); por lo general, también tenían otro trabajo.

44. Gil (20073: 11). «El verbo significarse, de claras connotaciones políticas, se usaba mucho en la posguerra española y entrañaba una toma de partido, así como el derecho, por parte de la sociedad a investigar en determinada conducta. ¿Cómo va a estar ése empleado en Abastos? ¿No se había significado con los rojos?, se podía oír, por ejemplo» (Martín Gaite, 1994: 185-186).

45. Schegloff (1991), Antaki y Widdicombe (1998).

46. Disponible en línea: <www.elpais.com>, consulta: 22-04-2014.

Capítulo 2

LA IDEOLOGÍA COMO NORMA

Los seres humanos comparten intenciones y ello los conduce a cooperar. No se trata únicamente de algo aprendido de sus progenitores, sino que se asienta en una base evolutiva: estamos biológicamente adaptados para actuar cooperativamente como miembros de un grupo. De acuerdo con Tomasello (2013: 132), es casi inimaginable que dos chimpancés colaboren espontáneamente en transportar un objeto pesado o en fabricar algo, un comportamiento que, sin embargo, los seres humanos llevamos a cabo desde la infancia.

Esta cooperación humana conduce a que tengamos expectativas en el comportamiento de nuestros congéneres, expectativas que, cuando pasan al dominio público, se convierten en normas. De hecho, un niño de dos o tres años ya busca normas en la conducta de los adultos.1 La esencia de una norma social se encuentra en la presión del grupo sobre el individuo para que la cumpla bajo la amenaza de algún tipo de un castigo. No obstante, este comportamiento no se encuentra en otros primates. Cuando un chimpancé le hurta un alimento a otro, quien ha sufrido el robo lo hostiga e intenta que no disfrute de lo robado; ahora bien, el resto de los chimpancés no actúa del mismo modo: no persigue al ladrón. Entre los chimpancés, contrariamente a lo que sucede con los humanos, no hay claramente un castigo por parte de terceros ante las acciones que no se acomodan a lo establecido.2

Como vimos más arriba (§ 1.1), los seres humanos no solo actuamos de un modo físico, sino también con la palabra y, por tanto, no ha de extrañar que se hayan desarrollado normas también en este ámbito. El censor se ocupa como tercero de que se cumplan algunas de ellas impidiendo que se comunique algo.

2.1 LA IDEOLOGÍA

Con todo, cualquiera que trata de impedir que se comunique algo no adquiere una identidad censoria. No es un censor, por ejemplo, un joven que no desea que sus amigos revelen que se ha enamorado de una compañera de clase. Esto es así porque el censor no defiende únicamente sus opiniones personales, sino las creencias del grupo que representa o que cree representar en un momento dado. Defiende lo que se ha llamado una ideología. Van Dijk (2000: 54-56) explica su concepción de la ideología con una metáfora: como sucede con las gramáticas de las lenguas, que condicionan los usos particulares de los hablantes, las ideologías son «gramáticas» de las prácticas sociales específicas de un grupo. Les dicen a las personas qué deben pensar sobre distintas cuestiones sociales. Con otras palabras del mismo autor, se trata de sistemas de creencias evaluativas –opiniones– socialmente compartidas por grupos. Facultan a las personas que forman parte del grupo para «organizar la multitud de creencias sociales acerca de lo que sucede, bueno o malo, correcto o incorrecto –según ellos– y actuar en consecuencia» (van Dijk, 1999: 21). Así pues, para que haya censura, es preciso que alguien, por motivos ideológicos compartidos por un grupo, comprenda el respeto a su ideología como una norma que los demás también han de cumplir.

Cuando en 1959 el entonces director de La Vanguardia Española Luis Martínez de Galinsoga interrumpió a un sacerdote que oficiaba la homilía en catalán y no en castellano –la única lengua oficial en la España franquista–, no lo hizo de forma individual, sino arrogándose el papel de defensor de la ideología del régimen político que se encontraba en el poder. Tampoco los patronos cataríes de la empleada que tenía su expresión limitada actuaban de un modo particular, sino respaldados por una ideología de la que participa un buen número de miembros de aquella sociedad.

En cambio, existen casos de prohibiciones o castigos que no parecen ser censorios. No parece un acto de censura basado en una ideología el hecho de que el director de cine soviético Aleksei Kapler fuera detenido en 1943 por haber flirteado con la hija de Stalin –Svetlana–. No hay censura a idea contrarrevolucionaria alguna, sino la intromisión de un padre poderoso en los asuntos de su hija.3 Un caso de restricción generalizada de la información sin censura se produjo en los inicios de la BBC: hasta 1938 la BBC carecía casi de noticias, pero ello se debía a la presión de los periódicos para impedir la competencia de la radio pública, no a motivos ideológicos. Había un único boletín informativo breve y más tarde de las 19 h, cuando los periódicos ya habían vendido sus ediciones.4 Tampoco el revisor profesional de un texto original o de una traducción –en la mayor parte de las ocasiones se trata de escritos sobre asuntos prácticos– se ha de comprender como un censor, sino como un lector modelo que exige al autor o al traductor que se sigan unas normas lingüísticas, ortográficas y ortotipográficas para que el texto tenga una calidad suficiente para ser recibido por los lectores.5 No hay detrás de su labor una ideología que vaya más allá de unas normas profesionales. Asimismo, extrañaría ver como censores a unos padres que obligan por la noche a apagar la luz a una hija aficionada a la lectura. No le prohíben la lectura de algo determinado de acuerdo con su ideología de grupo, al día siguiente puede seguir con su libro. Solo quieren que, cuando se levante para ir al instituto, haya descansado lo suficiente.

De nuevo de acuerdo con van Dijk (1999: 187), otra condición para que se pueda hablar de ideología es que el grupo que la comparte no ha de ser efímero. Supongamos que una persona se erige como portavoz de unos pasajeros que se quejan del trato que les concede una compañía aérea. Esta persona, al exponer sus motivos, no defiende una ideología, esto es, no se puede hablar de la ideología de los pasajeros de un avión o de los asistentes a un concierto que se quejan de un sonido deficiente.

Que la ideología es importante en la labor del censor se refleja precisamente en que quien censura no ha de atender a todo tipo de discursos. Al censor le preocupan unos asuntos, pero se desentiende de otros que no amenazan su ideología. Eso explica que quienes temen a la censura rehúyan hablar de ciertos temas y pasen a comentar otros (§ 5.1). Durante las purgas soviéticas de la década de 1930,6 el temor a los castigos hizo que el crítico y literato ruso Kornéi Chukovski se especializara en literatura infantil y en la traducción de clásicos juveniles.7 Del mismo modo, en España, el periodista Mariano José de Larra (1809-1837) en los momentos en los que arreciaba la censura oficial se demoraba en la crítica teatral y los artículos de costumbres8 y, un siglo después, el filólogo y poeta Dámaso Alonso, que había pertenecido al mismo grupo poético que Federico García Lorca –fusilado en 1936– o que los exiliados Pedro Salinas, Jorge Guillén y Rafael Alberti, confesaba que se sentía cómodo enseñando Filología Románica en la Universidad de Madrid –y no Literatura Contemporánea, pongamos por caso–: no se le podía denunciar por su explicación de las teorías de la diptongación en las lenguas románicas o de la doble d cacuminal.9

Adviértase que, pese a todo, el hecho de que una ideología guíe la actuación del censor no trae consigo reconocer necesariamente una ideología contraria en el censurado. Es posible, incluso, que quien sufre la censura carezca de una ideología reconocible en su discurso y que, de todas formas, el censor considere inconveniente lo que comunica. En 1999 el ministro saudí de Comercio pidió a la compañía de refrescos 7 Up que cambiara su logo porque, en opinión de un denunciante, se asemeja al nombre de Alá escrito en árabe.10 Tampoco se ha de reconocer necesariamente un grupo detrás del censurado. La compañía 7 Up no forma parte de un grupo con una ideología determinada, algo que sí sucedía con Martínez de Galinsoga o los empleadores cataríes, es decir, con aquellos que adquirían una identidad censoria en su actuación.

2.2 IDEOLOGÍA E IDENTIDAD

Se puede pensar que una ideología es una de las características de la identidad de un grupo, pero esta hipótesis de partida no carece de problemas. Ciertamente, del mismo modo que sucede con la ideología, las identidades no son efímeras; al fin y al cabo, la propia identidad personal se fundamenta en saber quién se ha sido en el pasado y en que se va a continuar siendo la misma persona en el futuro. Esta continuidad es precisamente uno de los motivos de la existencia de la identidad.11 También, los grupos sociales procuran que su identidad tenga continuidad, aunque, en realidad, existan cambios; por ello, no es extraño que reinterpreten su pasado para mostrar una pervivencia en su historia que no se constata necesariamente. Es ilustrativo saber que en la Europa comunista no era posible que un líder que hubiera caído en desgracia fuera mencionado por su acción pasada como dirigente «ortodoxo» del régimen: a partir del momento en que alguien era considerado un traidor, se juzgaba que siempre había sido un traidor.12 Se le otorgaba, pues, una identidad constante y se actuaba en consecuencia. Por el mismo motivo, cuando en las purgas de la época estalinista eran condenados autores soviéticos cuya obra había sido ampliamente difundida en años previos por el mismo poder que ahora los castigaba, la condena acarreaba la retirada y destrucción de todas sus obras de las bibliotecas públicas y privadas, lugares adonde previamente el poder había enviado los ejemplares.13

En cualquier caso, en la relación entre identidad e ideología, si bien es verdad que un grupo con una identidad propia se puede describir por una ideología que lo caracteriza –se puede ser católico, ecologista o nacionalista húngaro–, también es cierto que la correspondencia directa –a una identidad grupal se le atribuye una ideología– puede llevar a equivocaciones. Así, grupos que comparten una misma identidad puede que varíen en su ideología o que crean que existen diferencias en cómo aplicarla (§ 1.4.4). Por otra parte, mientras que la identidad del grupo puede conservarse a lo largo de la historia, la ideología de los grupos sociales puede evolucionar.14 Los censores franquistas de mi edición infantil del Quijote, guiados por la ideología católica conservadora del momento, tenían especial cuidado con los asuntos sexuales –puta era una palabra prohibida en una edición que pudieran leer niños–; en cambio, el índice inquisitorial del cardenal Zapata (1632) ordenaba expurgar la frase: «y advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada»,15 porque se pudiera reflejar en ella una interpretación de la caridad que no coincidía con la ortodoxia católica del Concilio de Trento (1545-1563). Otro ejemplo de cambio de intereses ideológicos con una continuidad en la identidad, en este caso la de la escuela estadounidense: en una primera época el libro de Mark Twain Huckleberry Finn (1885) fue censurado en las bibliotecas de estas escuelas porque se consideró que el comportamiento de sus protagonistas constituía una mala influencia para los lectores jóvenes y, en cambio, en la actualidad se desaprueba por la aparición en él de palabras como el hispanismo nigger, que se aprecian como racistas.16

También aconseja la distinción entre identidad e ideología el hecho de que algunos censores –sobre todo, cuando forman parte de una censura oficial–puedan actuar de acuerdo con una ideología, pero sin compartirla; después de todo, ejercer la censura dentro de una institución puede ser un medio de vida. En la década de 1970 el encargado de la editorial MacMillan para Oriente Medio acudió a la oficina de censura en Yida (Arabia Saudí); en su visita, lejos de hallar a un estricto moralista saudí, encontró a un joven palestino que apreciaba vivamente los libros que debía censurar y que no compartía el wahhabismo dominante en el reino. El joven censor se justificó diciendo con tristeza y levantado los brazos: «Es mi trabajo» (Mostyn, 2002: 22). Esto es, se identificaba como censor, pero no compartía la ideología.17

Una última posibilidad es que alguien adquiera una identidad censoria por sus actos, pero que ni se identifique como censor ni necesariamente comparta la ideología. Durante el 18.º Congreso del Partido Comunista Chino (Pekín, 2012) se convirtió en censores a los taxistas que conducían a los delegados: debían llevar las ventanillas de su vehículo cerradas. La autoridad había comprobado que los congresistas arrojaban pelotas de ping-pong con textos censurables.18 Así las cosas, estos taxistas actuaron como censores, pero ni posiblemente se identificarían como tales, ni necesariamente habrían de compartir, aunque la reconocieran, la ideología ortodoxa del PCCh. Se trata de un censor forzado, sin ideología ni identidad global de censor, solo con la identidad censoria del momento.

En definitiva, la relación entre ideología e identidad, más que necesaria, constituye un criterio que puede ayudar a clasificar a quien lleva a cabo un acto censorio.

2.3 EL PODER

Querer imponer como norma el respeto a una ideología no es suficiente para que exista un acto censorio. Para censurar es preciso, además, poseer poder, pues existen grupos sin poder que –pese a participar de una ideología–19 carecen de capacidad de censura. Este es el caso de la petición de rechazo por parte de la US National Science Advisory Board for Biosecurity de la publicación de un artículo en la revista Nature. En él se explica cómo se puede modificar un virus de gripe aviar para que afecte a los mamíferos. En opinión de este comité había un riesgo de que esta información pudiera causar un daño mayor que los beneficios que se obtuvieran de su publicación. Por ello, recomendaba una comunicación restringida, bien limitando información sobre métodos y datos, bien evitando la publicación abierta a todo el público del artículo.20 La revista desestimó la recomendación y el artículo se publicó íntegro el dos de mayo de 2012. Así las cosas, esta petición no se puede considerar un acto censorio, pues no existe una relación de poder entre el comité que la hace y quien la recibe: no hay ni pudo haber prohibición y/o castigo. Al fin y al cabo, quien tiene poder consigue que los demás hagan aquello que no harían si no lo tuviera; influye, de esta forma, en las decisiones de otros de manera que se favorezcan sus intereses, sus valores o se cumpla su voluntad, sin que las otras personas o grupos sociales puedan, a su vez, influir en el poderoso.21 Existe, por tanto, entre el censor y el censurado una relación asimétrica, ya que el primero trata al segundo de una manera distinta a como es tratado:22 es el censor quien prohíbe y no al contrario.

Esta asimetría era acusada en la relación entre la Inquisición y sus sospechosos de herejía. Un ejemplo suficientemente representativo es el arresto de fray Bartolomé Carranza en agosto de 1559. Carranza era arzobispo de Toledo y primado de España. Había participado en el Concilio de Trento y su relación con el nuevo rey Felipe II era tal que había formado parte de su comitiva cuando, siendo príncipe, visitó Inglaterra para casarse con María Tudor y, posteriormente, cuando se trasladó a Flandes. Carranza, incluso, había ejercido de calificador del propio Santo Oficio y había predicado en Valladolid en el auto de fe del reformista Francisco de San Román. Estos antecedentes de poco le sirvieron: la Inquisición le acusó de ser un hereje, en particular por sus Comentarios sobre el Cathechismo Christiano (Amberes, 1558), pese a que el dominico los había escrito durante su estancia en Inglaterra para contrarrestar, precisamente, la propaganda reformista. El arzobispo Carranza permaneció en prisión –parte en España y parte en Roma– el tiempo que duró su proceso: diecisiete años. Falleció poco después de ser dictada sentencia (1576).23 Si un arzobispo de Toledo llegaba a sufrir estos padecimientos, piénsese cuál era el poder de esta institución censora sobre el resto de la población de la Monarquía hispana de aquellos años.

Así pues, la relación entre el censor y el censurado es asimétrica y de poder. De este modo, aunque se pueda leer que en la Divina comedia Dante censura a sus contemporáneos, desde los criterios teóricos que aquí se manejan no se comprende como un tipo de censura de la palabra, ya que Dante carecía de poder para prohibir las obras y castigar a las personas.

Por otra parte, la existencia de una ideología es importante en el uso de ese poder (§ 2.2). Quien en un momento dado tiene poder legitima su censura con una ideología que pertenece no únicamente a su persona sino a un grupo, es decir, quien censura considera que tiene derecho a ser obedecido porque lo apoya una ideología.24 Cuando este poder se basa en una institución, se habla de dominación25 y, cuando quien lo posee consigue que los demás actúen de una manera determinada como si fuera natural o hubiera un consenso indiscutible, se habla de pensamiento hegemónico.26 Así, por ejemplo, se puede considerar que en las sociedades patriarcales el poder que se ejerce sobre las mujeres es hegemónico, pues se presenta como natural e indiscutido.27

Una vez establecida una ideología apoyada por un pensamiento hegemónico, los cambios repentinos causan una profunda desorientación. Bao Ruo-Wang refiere el aturdimiento que en 1960 produjo en la sociedad china la nueva relación con la URSS:

Hacía tiempo que habíamos aprendido de memoria nuestros recitados ideológicos, y la verdad era que nos sentíamos muy cómodos al poder responder a cualquier nueva situación recurriendo a estereotipadas frases catequistas. Pero en aquellos momentos se nos había lanzado, repentina y cruelmente, en aguas peligrosas, sin cartografiar (Bao y Chelminski, 1976: 306).

Ahora bien, pese a lo que se pudiera aventurar, no todo poder es perverso,28 ni toda interdicción de la palabra tiene tampoco por qué serlo. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos, por ejemplo, que ampara la libertad de opinión, no lo hace con los discursos que incitan al odio y a la violencia (v. gr. Otegui Mondragón contra España, 15-3-2011), incluida la difusión del negacionismo del holocausto judío,29 es decir, no juzga como perversa la proscripción de algunos discursos. A su juicio, pues, existen censuras justas. Otro ejemplo de censura que en opinión de muchos sería justa: la que se impone a aquellos que deben custodiar una información privilegiada, es decir, una información que han logrado en virtud del puesto que desempeñan y que no puede transmitir a otros, salvo que estos estén también autorizados a conocerla. En tales ocasiones el custodio tiene que actuar de censor de sí mismo, si no quiere ser sancionado. La Comisión Nacional del Mercado de Valores española reconoce una serie de transmisores de información privilegiada, directivos o empleados de la empresa, y receptores de información privilegiada, que van desde notarios o abogados hasta traductores. Tanto transmisores como receptores deben salvaguardar el secreto de este tipo de información, pues la información privilegiada condiciona las intenciones de inversión de terceros y permite el beneficio de unos pocos en perjuicio de otros.30

Admitido que el ejercicio del poder no tiene por qué ser necesariamente malo, se puede añadir que no todo poder es obligatoriamente dominante ni hegemónico. El grupo Anonymous, cuyos miembros comparten una ideología anarquista en el gobierno de internet, no defienden el pensamiento hegemónico en las sociedades en las que vive y, pese a ello, detenta el poder suficiente para censurar páginas web de gobiernos e instituciones públicas y privadas. Esto sucedió, entre otros casos, en diciembre de 2010 cuando miembros del grupo atacaron las páginas web de la Fiscalía sueca y de diferentes compañías privadas que apoyaban las medidas coercitivas del Gobierno de EE. UU. contra la organización WikiLeaks.31

También sería un acto censorio nada dominante ni hegemónico, y ahora al alcance de cualquier usuario de internet, la repetición de un comentario por parte de quien opina sobre una noticia en una publicación digital con el fin de desplazar fuera de la pantalla –la medida textual del nuevo medio– los anteriores comentarios de aquellos otros que no comparten sus ideas. Y es que el poder no es una fuerza estática e independiente de cada situación, sino una forma de comportamiento en una situación determinada.32 Thornborrow (2002: 8-9) considera que el poder es «a contextually sensitive phenomenon», en el que la asimetría entre los participantes no ocurre únicamente en la comunicación institucional, sino que también puede darse en la comunicación cotidiana. La diferencia en el caso de la interacción dentro de una institución se encuentra en que la identidad y el papel de los participantes y, en consecuencia, la asimetría se reconoce en el propio contexto, si bien se redefine en cada momento de la interacción. En cambio, en la interacción conversacional coloquial la simetría o asimetría entre los participantes se crea en la construcción de turnos. En definitiva, el poder de aquel con una identidad censoria en muchos casos se limita simplemente a la capacidad de que su acto de censura tenga efecto –se satisfaga (§ 4.2)– en un momento determinado, más que a una dominación y a una hegemonía ideológica en la sociedad en la que vive.

2.4 LA PERIFERIA DE LA CENSURA

De acuerdo con una definición de una censura prototípica como la que se ha adoptado, es esperable encontrar casos periféricos en los que se compartan algunas de las características del prototipo censorio y no otras. Por ello, la categorización de una interdicción de la palabra como censura con frecuencia no es sencilla.

En nuestra caracterización de la censura, hemos defendido como criterio de diferenciación una propiedad del comportamiento humano: la aplicación de normas por parte de terceros. No obstante, a causa del temor a la delación, en muchas ocasiones es difícil diferenciar cuándo, por parte de un emisor, hay una acomodación convergente en sus palabras hacia el destinatario de su mensaje (§ 1.2) o cuándo existe autocensura por temor a un grupo social que puede recibir el mensaje a través de la delación de un receptor (§ 5.1).

Otra duda que se presenta a la vista de los hechos recogidos es cuándo los miembros de un grupo, libremente adscritos a él, se convierten en censores del resto de sus compañeros al exigirles un comportamiento verbal determinado. En la Neakademia, que reunió en la Venecia de inicios del XVI el impresor Aldo Manuzio, era obligatorio hablar en griego y quienes no lo hacían debían pagar una multa. La cantidad recogida se utilizaba para abonar comidas comunes en las que se cantaban y recitaban poemas.33 Por su parte, el historiador de las ideas Peter Burke (1996: 146) cuenta cómo en la década de 1950 durante las comidas en el St John’s College de Oxford se reprobaba decir más de cinco palabras en una lengua extranjera, hablar fuera de lugar o mencionar a una señora. Quien transgredía estas normas debía pagar la cerveza de los otros comensales. Pues bien, ¿eran unos terceros censores Manuzio o Burke?

Si la aplicación del concepto de tercero alberga dudas, no son menores las que acarrea el de ideología. A lo largo de la historia han sido muchos quienes han prohibido adivinaciones por distintos motivos ideológicos. El emperador Augusto ordenó quemar buena parte de los libri fatidici (libros de profecías) en el 12 a. C. y, a comienzos del s. V, el general Estilicón hizo lo mismo con los libros sibilinos. Por su parte, la Iglesia católica en el Quinto Concilio de Letrán (1516) prohibió que los predicadores predijeran la llegada del Anticristo y, en concilios posteriores, la adivinación.34 Así las cosas, cuando leemos que Jacobo I de Inglaterra decidió en 1603 que los pronósticos meteorológicos de los almanaques debían ser aprobados por jueces, nuestra primera impresión es que se trata de un caso más de prohibición de la adivinación; sin embargo, pudiera no ser así: se había comprobado que pronósticos de malas cosechas ocasionaban el acaparamiento de grano y ello traía como consecuencia el desabastecimiento y, en definitiva, el hambre.35 No habría, pues, ideología contraria a la adivinación, pero, de todos modos, ¿se puede hablar de una ideología relativa al buen gobierno? Algo semejante sucede con la prohibición a los científicos de las empresas privadas de la publicación de sus descubrimientos.36 ¿Es el secreto empresarial un tipo de ideología?

También el criterio de prohibición tiene problemas. Michel Foucault (1971) considera censura la exclusión de discursos como impropios de una disciplina –el hecho de que, por ejemplo, un tipo de exposición se considere no científico–.37 Con todo, opinar que un texto es más propio del curanderismo que de la medicina o de la astrología que de la astronomía no es censurarlo de acuerdo con los criterios que aquí se han propuesto: no compartir unas ideas y negarse a difundirlas sin prohibir que otros las difundan no es censura, tampoco es censura que el receptor se niegue a escuchar o leer aquello que no le interese y que delegue en otros la criba de los discursos que puedan llegarle. En este último caso habría la actuación de lo que Daniel Cassany (2007: 26) denomina un lector filtro –registro, secretaría, gabinete de prensa o comunicación, bibliotecario o programa anti-spam– que bloquea la difusión de un documento en una organización. Ahora bien, también es legítimo preguntarse hasta qué punto quienes dominan las disciplinas se limitan a no difundir lo que consideran equivocado y en qué casos pasan a impedir que otros distintos de ellos mismos difundan algo.

Y, por último, no es menos problemático el criterio de castigo. ¿Son los condicionamientos propios de una opinión pública determinada suficientes para hablar de censura? La investigadora alemana Elisabeth Noelle-Neumann defendió una concepción impositiva de la opinión pública en su teoría de la espiral del silencio. De acuerdo con esta teoría, los seres humanos, como seres sociales que somos, tememos quedar aislados por la desaprobación de nuestros congéneres y, en consecuencia, tendemos a unirnos a las opiniones y comportamientos de la mayoría. Para conseguirlo, comprobamos constantemente qué actos son aprobados o desaprobados en nuestro medio. Esta conducta establece una opinión pública: se sigue a la mayoría. La espiral consiste en que el mismo hecho de que una opinión se perciba como dominante hace que crezca todavía más y, en consecuencia, disminuyan sus alternativas.38 Una prueba de este comportamiento sería el llamado «efecto del carro ganador»: desde hace tiempo se conoce que después de unas elecciones las personas que dicen haber votado al partido que las ha ganado son más que las que realmente votaron por él. Una explicación plausible de este hecho es que los ciudadanos temen quedarse aislados ante la mayoría que se ha reflejado en el resultado electoral. Algunos comportamientos ante los discursos parecen tener más relación con la opinión pública que con la censura. El bibliófilo y político inglés Samuel Pepys narra en su Diario (8-2-1668) que, después de leer un libro francés ocioso y pícaro que acababa de comprar –L’école des filles ou La philosophie des dames–, iba a quemarlo. Lo haría, explica Pepys, para no desprestigiar su colección si alguien lo encontraba en su biblioteca.39 Si fue así, Pepys no había actuado por temor a la censura, sino a la opinión pública. Ahora bien, el paso a la censura es sencillo. María José Vega (2013b: 222-223) denomina censura difusa a aquella llevada a cabo en el siglo XVI por guías espirituales, confesores o docentes en asuntos que, en realidad, no atacaban claramente al dogma. Lo denunciado no era punible,40 pero estos personajes lograban crear un sentimiento de culpa –ahí el castigo– en quienes se acercaban a ciertos textos o participaban de ciertas opiniones, un sentimiento que los conducía a desconfiar de muchas lecturas y a rechazarlas.

1. Tomasello (2010a: 67; 2010b; 2013: 155-156); Schmidt, Rakoczy y Tomasello (2011: 535); Rakoczy y Schmidt (2013).

2. Tomasello (2010a: 107-108; 2010b).

3. Beevor y Vinogradova (2012: 244). Kapler pasó diez años en campos de trabajo y solo consiguió la rehabilitación en 1954, una vez fallecido el dictador soviético.

4. Pool (1992 [1981]: 107), Gorman y McLean (2003: 58).

5. Brunette (2002), en concreto, defiende que no hay censura en relación con la evaluación de la calidad de las traducciones.

6. La persecución política en la URSS la ejercieron distintas instituciones –«órganos», en el habla corriente– que generalmente eran conocidas por sus siglas: CHEKA [cheká] (1917-1922), GPU (1922-1923), OGPU (1923-1934), NKVD (1934-1943), NKGB (1943-1946), MGB (1946-1953),MVD (1953) y KGB (1953-1991). La central de estos órganos permaneció en la plaza Lubianka de Moscú, en un edificio que se había expropiado a una compañía de seguros. El sucesor ruso del KGB soviético ha sido el FSK, posteriormente FSB.

7. Berlin (2009: 71).

8. Seoane (1983: 140-141).

9. Lázaro Carreter (2004: 218).

10. Mostyn (2002: 22).

11. Vignoles (2011).

12. Jaworski y Galasiński (2000: 198).

13. Westerman (2009: 191).

14. Verschueren (2012: 12).

15. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Edición de Francisco Rico. Segunda Parte, Cap. XXXVI.

16. Pinker (2007: 433), Paxton (2008: 52 y 60), Hughes (2010: 150-154). Entre otras instituciones académicas, la novela fue retirada en 1982 de una escuela secundaria de Virginia que se llama precisamente Mark Twain.

17. El teniente coronel Celedonio de la Iglesia (1930), que había sido director de la censura de prensa durante buena parte de la Dictadura de Primo de Rivera, se presenta a sí mismo como contrario de la censura previa, pese a haberla ejercido. La defiende, casi exclusivamente, en los casos de la censura militar de asuntos referentes a la guerra en Marruecos.

18. International Herald Tribune, consulta: 1-11-2012.

19. Verschueren (2012: 9, 13 y pássim).

20. Disponible en línea: <http://www.nature.com/nature/journal/v482/n7384/full/482153a. html>, consulta: 31-01-2012.

21. Taylor (2007: 25), Castells (2009: 33). Benigno (2013: 175-198) expone la evolución de distintas teorías sobre el concepto de poder.

22. Goffman (1972: 44). La relación asimétrica entre los participantes en una interacción es estructural en la comunicación institucional, es decir, a cada uno le corresponden diferentes tipos de derechos y obligaciones (Thornborrow, 2002: 4).

23. Tellechea (2003, 2004), Kamen (20042: 157-160).

24. Chilton y Schäffner (2000: 306). La legitimación de la actuación de una institución o de un grupo social se corresponde con la justificación en el caso de una persona particular (van Dijk, 1999: 319).

25. Castells (2009: 33 y 39). Van Dijk (2009: 26, 41, 122, 157 y pássim) utiliza este término para algo distinto: el abuso del poder social por parte de un grupo social. La dominación de van Dijk engloba diversos tipos de «abuso de poder comunicativo», tales como la manipulación, el adoctrinamiento o la desinformación. Curran (2005: 126-128) disiente de este tipo de teoría porque, en su opinión, obvia las contradicciones de cualquier grupo social y presenta una falsa homogeneidad en los grupos de poder.

26. Van Dijk (2000: 43), Fairclough y Wodak (2000: 370). Estos autores de análisis crítico del discurso toman el concepto de hegemonía del filósofo marxista Antonio Gramsci. La hegemonía consistiría, en opinión de Gramsci, en una dirección política, moral, cultural e ideológica que parte de una clase social que domina económicamente. En concreto, en la Italia de las primeras décadas del siglo XX, Gramsci encuentra como hegemónico el pensamiento de Benedetto Croce. En su opinión, era un pensamiento hegemónico en la burguesía y se filtraba hasta el proletariado italiano. Por cierto, la intención de Gramsci no era evitar cualquier pensamiento hegemónico, sino reemplazar el burgués por otro propio de la clase obrera, esta vez guiado por los intelectuales del Partido Comunista (Gruppi, 1978).

27. Lazar (2008).

28. Van Dijk (2009: 40-41).

29. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos en una sentencia de junio de 2003 consideró que negar los crímenes contra la humanidad es un modo de difamación racial a los judíos (Muñoz Machado, 2013: 204).

30. Para ello, entre otras medidas recomienda marcar con «confidencial» o términos similares los documentos que contengan este tipo de información y propone que exista un cargo u órgano del emisor responsable de las medidas de control de la información privilegiada dentro de la empresa. La Comisión Nacional del Mercado de Valores denomina filtración a la difusión selectiva de este tipo de información. (Disponible en línea: <http://www.cnmv.es/cnmvdia/decetes/Borrador_Guia_Inf_Terceros.pd>, consulta: 10-12-2015).

31. Disponible en línea: <http://en.wikipedia.org/wiki/Anonymous_(group)>, consulta: 10-8-2014.

32. Harris (2007).

33. Escolar (1989: 32). Por cierto, no hay que extrañarse por la bebida: la academia humanista –inspirada en Platón– estaba más próxima del «simposio» griego que del «seminario» germánico del XIX (Burke, 2002: 56).

34. Gil (20073: 173-174 y 355), Kleberg (1995: 96), Fuld (2013: 30 y 44).

35. Fuld (2013: 47).

36. Burke (2012: 142 y 172).

37. «La discipline est un principe de contrôle de la production du discours. Elle lui fixe des limites par le jeu d’une identité qui a la forme d’une réactualisation permanente des règles» (Foucault, 1971: 37-38). En la historia, conocimientos que se consideraban científicos como la astrología, la frenología, la parapsicología, la psicología de los pueblos o la eugenesia han pasado a considerarse pseudociencia –término que comenzó a utilizarse en inglés en la década de 1840–(Burke, 2012: 182-191).

38. Noelle-Neumann (2003 [1984]: 259-260).

39. «Es una obra muy licenciosa; pero no es malo, para un hombre serio, hojearla y aprender a conocer la infamia del mundo» (Pepys, 2003 [1660-1669]: 342).

40. Por ejemplo, la morosa delectatio, es decir, el representarse mentalmente algo ilícito. Se trata de un hecho que, en opinión de muchos, favorecía la lectura de novelas de caballerías y de amores, llegando, incluso, a considerar el influyente jesuita Antonio Possevino que la lectura de estos géneros había preparado el campo para el protestantismo en la nobleza francesa (Fragnito, 2010: 46; Vega, 2012: 27).

Capítulo 3

EL MENSAJE CENSURABLE

3.1 LOS ACTOS DE HABLA COMO AMENAZA

De lo visto hasta el momento, se puede concluir que quien censura busca que los demás respeten una ideología como si se tratara de una norma de actuación, porque posee, o detenta, en un momento determinado el poder de hacerlo. Intentemos ahora iluminar con más precisión esta relación entre censurado y censor. Recordemos que los seres humanos no solo efectuamos acciones cuando abrimos una puerta, montamos en el autobús o tendemos la colada; también las realizamos cuando preguntamos la hora, pedimos un billete de tren o comentamos que el arroz está pasado. Tanto en un caso como en otro hemos cambiado el mundo; así, al cabo de unas horas de tender la ropa la recogeremos seca y, así mismo, puede que el cocinero se lleve un buen disgusto si se le dice que ha cocido demasiado el arroz –como veremos, se ha atacado su imagen positiva con nuestra queja, es decir, la imagen de buen cocinero que quiere presentar–. Con nuestras palabras actuamos, pues, sobre otras personas y ellas, que también hablan, actúan sobre nosotros, de ahí que se considere la comunicación verbal como una interacción.

En la interacción propia de la censura existen al menos dos acciones: una acción que pudiera considerarse amenazante para la ideología del censor –el mensaje censurable– y una acción reactiva por parte de este contra la libertad del emisor, del receptor o de ambos –el acto censorio–. En los dos casos hallamos actos que –como veremos–, de acuerdo con los conceptos desarrollados por la teoría pragmática de la cortesía, amenazan unas imágenes sociales.

Centrémonos, en primer lugar, en el acto de quien emite el discurso: el mensaje censurable. De acuerdo con Austin, en él se distinguen: un acto locutivo, un acto ilocutivo y un acto perlocutivo (§ 1.1). No obstante, este último no es de la misma naturaleza que los primeros. El propio Austin admite que es posible que un acto ilocutivo no se corresponda con un acto perlocutivo determinado –quien pretende halagar con una aseveración, por ejemplo, en realidad, puede ofender–.1 Esta diferencia hace que Searle (1980 [1969]) hable no de «acto» perlocutivo, como Austin, sino de «efecto» ilocutivo (illocutionary effect).

Detengámonos en un ejemplo para comprender lo peculiar de los efectos ilocutivos. Al poco de terminar la Segunda Guerra Mundial, Primo Levi (2010: 354) encontró en la ciudad polaca de Katowice a una anciana alemana. Esta mujer había enviado en 1938 una carta a Adolf Hitler en la que le aconsejaba no comenzar una guerra y le anunciaba que, si lo hacía, sería derrotado. Podemos pensar que el efecto ilocutivo que ella buscaba era el cumplimiento del consejo; sin embargo, a los pocos días miembros de la Sección de Asalto del partido nazi (SA) destrozaron su casa y su tienda, y dos semanas después la Gestapo la expulsó de Berlín: su advertencia –acto ilocutivo– había ofendido al régimen y esta ofensa –efecto ilocutivo– había tenido consecuencias distintas de las buscadas. Realidades como esta llevaron a John Searle (1998: 124-125) a considerar que, frente a los actos ilocutivos, los efectos ilocutivos no son intencionales. No hay pregunta –acto ilocutivo– si no existe intención de hacer pregunta, pero, en cambio, alguien puede sentirse ofendido o consolado sin que exista necesariamente por parte del hablante intención de hacerlo.

Para explicar la reacción del censor, a esta primera circunstancia se ha de unir otra no menos importante: en los casos de censura quien reacciona a lo dicho por un emisor no es únicamente su destinatario o alocutor –aquel a quien se dirige–, sino un tercero para quien, en principio, no está pensado el mensaje; con otras palabras, el censor reacciona a mensajes cuyo emisor no formuló necesariamente pensando en él. Obsérvese que textos tan antiguos como la Biblia o el Corán (siglo VII) se incorporaron a la lista de unos cien libros prohibidos que en 1926 elaboró Nadezhda Krúpskaya, viuda de Lenin y encargada del Departamento de Educación Pública;2 tres años más tarde la aduana de EE. UU. impidió la importación de una edición de Las confesiones de Jean-Jacques Rousseau (siglo XVIII) y en 1930 un tribunal del mismo país prohibió las Cartas de amor a Eloísa de Abelardo (siglo XII); en fin, el ayatolá Jomeini proscribió en 1980 el Libro de los reyes de Ferdousí (siglo X).3 En todos estos casos quien escribió los textos censurados no tenía en mente su efecto ilocutivo en la ideología de quien los iba a censurar siglos después.

Asimismo, esta censura diferida en siglos demuestra que la distancia entre la intención comunicativa del emisor y aquello que el censor prohíbe y/o castiga pueda ser enorme. En la posguerra española un comerciante quiso homenajear al régimen llamando a su tienda de material eléctrico: «Por el Amperio hacia Dios» –remedando con una paronomasia el lema de los primeros años de la dictadura: «Por el Imperio hacia Dios»–; sin embargo, la censura de la época, pese a compartir el mismo grupo político, no se lo consintió.4 Aquello que en opinión del comerciante ensalzaba el régimen lo ofendía en la de los censores.

¿Por qué esta censura a textos que, en principio, carecen de una intención comunicativa censurable? Sabemos que la comunicación humana no se fundamenta únicamente en la codificación y descodificación de enunciados sino especialmente en la comprensión de lo que el hablante ha querido comunicar (§ 1.3). El discurso del hablante constituye un estímulo ostensivo para que el oyente logre comprender lo que ha intentado comunicar. Sin embargo, el censor advierte que los textos se pueden comprender de un modo distinto a la intención comunicativa de quien los redactó.

David R. Olson (2009) defiende una explicación para el hecho de que los textos escritos constituyan una invitación a diferentes interpretaciones. Compara la escritura con el discurso reproducido: quien enuncia un discurso como cita no se compromete con la verdad de lo que dice. Es distinto: «Me gustan las acelgas» que «He escuchado: “Me gustan las acelgas”». En el primer caso, quien habla mantiene que a él le gustan las acelgas y, si las rechaza a la hora de comer, podremos acusarle de no haber dicho la verdad. En el segundo caso, si no come las acelgas, no podremos mantener que ha mentido, pues se limita a reproducir lo que ha dicho otro. Con otras palabras, quien profiere una cita –como en el segundo caso– menciona una expresión, pero no la asevera como verdadera. Dicho esto, Olson propone comprender los textos escritos como citas. De este modo, quien los lee se siente de algún modo independiente de la intención de quien los escribió.5

En definitiva, un mensaje no es censurable en sí mismo –esto es, independiente de toda circunstancia– sino para un censor particular en un momento determinado. Así, un criterio que nos sería extraño en la actualidad, pero que han compartido varias ideologías censorias en momentos históricos determinados, ha sido el de «utilidad» o «provecho». De acuerdo con él, se puede prohibir una obra no porque ofenda directamente la ideología del censor, sino porque, en su opinión, carece de valor para quien la pudiera leer. En la Edad Moderna tanto el Consejo Real de Castilla como la Inquisición utilizaron la ausencia de utilidad, provecho, enseñanza o, al menos, gusto para justificar la prohibición de obras que no presentaban problemas doctrinales.6 Ello explica que tanto en el memorial de solicitud de licencia en el Consejo como en la censura de aprobación se añadieran informaciones sobre los beneficios que traería la publicación de la obra.7 Algo semejante se produjo en la GlavLit de la URSS:8 de 1938 a 1939 se prohibieron 4.512 títulos por considerarse que carecían de valor para el lector soviético.9

En los apartados siguientes, se van a analizar algunos criterios para explicitar esta relación entre un mensaje y la reacción del censor.

3.2 LA IMAGEN

El historiador de las ideas Isaiah Berlin (2004: 205-255) distinguió dos tipos de libertad: la libertad positiva y la libertad negativa. En esta distinción seguía el pensamiento liberal que se había desarrollado en el siglo XIX como reacción a los excesos de la Revolución francesa: la Asamblea, al tiempo que era elegida libremente por los ciudadanos, condenaba a la guillotina a algunos de ellos por sus ideas.10 En opinión de Berlin, gozo de libertad positiva cuando, como en la Francia revolucionaria, elijo a quienes me gobiernan y, en cambio, disfruto de la libertad negativa cuando otros no interfieren en mi actividad, es decir, cuando no me guillotinan por mis ideas. En el caso de la libertad negativa, cuanto mayor sea el espacio de no interferencia, mayor será mi libertad.

El censor limita la libertad de las personas, para lo que actúa principalmente sobre dos objetos: el mensaje y los participantes en la interacción. Prohíbe el mensaje –con términos censorios: aspecto «preventivo» de la censura– y castiga a los participantes –aspecto «punitivo»–. Se ha de tener también presente que el castigo suele traer consigo efectos sobre los mensajes tales como una autocensura posterior, la prohibición de la creación de nuevos discursos o de la difusión de los ya creados.

Dentro de los estudios de pragmática, el concepto de libertad negativa de los politólogos se puede relacionar con el de imagen negativa (negative face) de los pragmatistas.11 Como ya hemos visto (§ 1.2), el concepto de imagen procede del sociólogo canadiense Erving Goffman (1972) y permite diferenciar entre la persona de carne y hueso y aquella representación de sí misma que pretende proyectar ante los demás. Esta imagen posee para la antropóloga Penelope Brown y el lingüista Stephen Levinson dos aspectos relacionados: la imagen positiva y la imagen negativa.

De un lado, la imagen positiva constituye la imagen de sí mismo que el hablante requiere que los demás admitan –v. gr. «soy una persona honrada, se gura de que mis ideas mejorarán la sociedad»–.12 Teniendo en cuenta este concepto, se puede considerar que el mensaje que, en opinión del censor, merece su actuación constituye un acto que amenaza una imagen positiva de la que formaría parte su ideología. De otro lado, igual que sucedía con la libertad negativa de Berlin, la imagen negativa de Brown y Levinson (1987: 13, 61 y pássim) consiste en el deseo de no vernos impedidos en nuestras acciones. Una prohibición, un mandato o una simple pregunta se entrometen en nuestra imagen negativa, esto es –ahora con un término de Goffman– en nuestro territorio, ya que quien los recibe se tiene que ocupar en hacer algo que, sin esa acción externa, no haría. Si alguien me ordena, pongamos por caso, limita mi libertad, porque me apremia a actuar. Se puede considerar, pues, que, por su parte, quien lleva a cabo un acto censorio amenaza la imagen negativa13 del censurado al limitar su libertad de comunicar algo a otros.

Si se admite este acercamiento –ideología del censor/imagen positiva y libertad negativa del censurado/imagen negativa–, para analizar la interacción censoria se puede recurrir a la fórmula que trata de explicar los actos de habla amenazadores (face-threatening act [FTA]) en la teoría de la cortesía de Brown y Levinson (1987). Estos autores tienen en cuenta tres variables sociológicas: distancia social (social distance), poder relativo (relative power) y grado de imposición de un acto en una cultura determinada (rank). Con estas variables Brown y Levinson presentan una fórmula para calcular el peso (weightiness) de un acto que amenaza la imagen (Pesox):

Pesox = Distancia (hablante, oyente) + Poder (oyente, hablante) + Grado de imposiciónx14

Variemos ahora la ecuación para aproximarnos a una mejor descripción del mensaje censurable. Por lo pronto, tendremos el acto amenazante para la imagen/ideología del censor:

Pesox = Poder relativo (censor, censurado) + Distancia (censurado, censor) + Grado de imposiciónx

Siendo x el mensaje, su peso como amenaza a la ideología del censor –que es parte de su imagen positiva– dependerá del poder relativo –con otras palabras, la relación de control (§ 3.3)– que posean el censor y el censurado, la distancia social entre uno y otro (§ 3.4), y el grado de imposición que constituya aquello que quiere comunicarse con x (§ 3.5).

De acuerdo con esta ecuación, la amenaza a la ideología del censor será menor si quien puede ser censurado se sitúa en una posición jerárquica superior al censor –v. gr. el Ministerio de Información del régimen franquista no ejercía censura previa a los discursos de Franco–, si existe una cercanía social del censurado en relación con el censor –v. gr. los censores se ocupaban más de los mensajes de aquellos que no eran adictos al régimen–, ni si aquello que se decía no pretendía cambiar la ideología que se debía defender –v. gr. en 1944, quedaron eximidos de la censura previa la literatura española anterior a 1800, los textos exclusivamente musicales y aquellos con letra anteriores a 1800, y los de carácter técnico y científico–.15

El manejar tres variables –poder relativo, distancia social y grado de imposición– puede explicar mejor casos como el del ciudadano ucraniano Leonid Niévod, que permaneció internado de 1957 a 1964 en un campo de trabajos forzados –acto punitivo del censor– por haber dicho que bajo el gobierno rumano había más embutido16 –mensaje amenazante a la ideología del censor–. Lo que pudiera considerarse un acto con un pequeño grado de imposición –una declaración sobre un asunto menor– se convertía en una ofensa grave por la enorme distancia social entre las personas y el poder soviético.

3.3 PODER RELATIVO. EL CONTROL

Los grupos censores –institucionales o no– tendrán más poder cuanto más control puedan ejercer sobre los demás, es decir, en la medida en que consigan que otros actúen como desean.17 El poder de la Inquisición hispana disminuyó con el paso del tiempo. Mientras que el inquisidor general Fernando de Valdés, para mostrar la independencia de la institución que dirigía, prohibió en su índice (1559) al menos una obra de un miembro destacado de cada una de las principales órdenes religiosas –incluida la suya propia de predicadores–; Carlos III impuso dos siglos después (1768) al Tribunal del Santo Oficio que «oiga a los autores católicos, conocidos por sus letras y la fama, antes de prohibirse sus obras» y que, en caso de haber fallecido o ser extranjero el autor, se nombre un defensor.18 Del siglo XVI al XVIII el poder del censor inquisitorial había disminuido. En la Francia de la Ilustración era obligado el anonimato del censor que calificaba las obras, entre otros motivos, para evitar la presión de algunos autores y editores socialmente bien situados. En una memoria de Malesherbes, director de la Censura Real francesa de la época, se quejaba de que ciertos autores y editores perseguían a los censores con agresividad.19

Es conveniente distinguir entre esta variable y las otras dos –distancia social y grado de imposición–, pues ello nos permite observar que un mayor control no se tiene que identificar necesariamente con una mayor censura; así, por ejemplo, la compleja organización y los medios tecnológicos de los estados democráticos actuales permiten un control mayor que el propio de la Inquisición del siglo XVI, pero las limitaciones legales hodiernas disminuyen la distancia social entre el censor y el censurado, es decir, aumentan una relación social de simetría. Cuando esta distancia varía –pongamos por caso, con un cambio de la legislación–, se puede ejercer la censura de un modo distinto. A raíz del incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933, el presidente alemán Paul von Hindenburg firmó un decreto por el que se suspendían distintos derechos civiles. De acuerdo con esta nueva situación, en la misma tarde de la publicación del decreto distintos operarios comenzaron a tapar con papeles blancos los carteles electorales de los partidos de izquierda de las vallas y las columnas de anuncios: se había prohibido su propaganda.20 Es decir, la capacidad de control del Gobierno alemán era similar a la del día anterior, pero la distancia social (§ 3.4.1) entre Gobierno y gobernados había aumentado.

3.4 LA DISTANCIA ENTRE EL CENSOR Y EL CENSURADO

Como todos sabemos, la distancia social entre dos desconocidos es mayor que aquella entre dos familiares cercanos, por ello, cuando se produce una interacción –una broma idéntica, por ejemplo– puede ser más amenazante a la imagen de otra persona con la que no se tiene relación que a la de un hermano. Este mismo hecho se puede encontrar en la interacción censoria; así, en los estados autoritarios la distancia entre el censor y el censurado se abisma, no son ya dos ciudadanos con los mismos derechos y obligaciones ante la ley. En el régimen soviético la distancia era extrema. Una vendedora tomó nota del número de pastillas de jabón que acababa de recibir en el primer papel que tuvo a mano. Mala suerte, lo hizo en una hoja de periódico justo en la frente de una foto de Stalin. La condena fue de diez años. Un tractorista se calzó para calentarse los pies una octavilla oficial en uno de sus zapatos: otros diez años. Y, en fin, veinticinco años de condena a Irina Tuchínskaya por rezar –se supone que silenciosamente– por la muerte de Stalin.21

3.4.1 La identidad social

El grupo social del censor mantiene una identidad entre cuyas propiedades se encuentra una ideología. Como sucede con la imagen que se considera en las teorías de la cortesía, la identidad no solo se tiene sino que también se negocia con los otros.22 La posición social de estos otros participantes y su distancia en relación con el censor es esencial para explicar su reacción. Siempre han existido individuos que por su cercanía al censor se han librado de sus prohibiciones (§ 5.2.2). Ya los reglamentos medievales de la biblioteca de la Universidad de París permitían la consulta de los libros heréticos a aquellos profesores de teología que debían refutarlos.23 El censor se identificaba por compartir una misma ideología con los teólogos ortodoxos.

Esta cercanía con el censor también se puede conseguir por la adscripción a otra identidad grupal. En septiembre de 1978, el periódico argentino La Razón cargó contra el libro de catequesis Dios es fiel. Su autora era la religiosa Beatriz Casiello. La incriminación del texto por la dictadura trajo un conflicto de jurisdicciones con la Iglesia católica. Rossi, obispo de San Nicolás, recordó en un comunicado que «la única autoridad competente en materia de doctrina católica y su transmisión es el Sumo Pontífice» (cito por Invernizzi y Gociol, 2003: 203). Esta declaración eclesiástica trajo que la identidad social de la hermana Casiello pasara de ser la de una argentina de a pie a la de una religiosa miembro de la Iglesia católica, institución con la que el régimen deseaba mantener buenas relaciones. En definitiva, la distancia social se acortó.

3.4.2 La identidad de género

La identidad de género24 es una de las más enraizadas en el ser humano. Se desarrolla al tiempo que la identidad personal en los dos primeros años de la vida. El género es determinante en las interacciones en la mayor parte de las sociedades, aunque su influencia puede variar de unas sociedades a otras.25 Por lo general, los censores han sido hombres, pero quien es censurado a menudo es una mujer. En este caso, a las diferencias ideológicas se suman las diferencias de género. Los varones censores no se identifican con las mujeres –se sienten «nosotros» frente a «ellas»–. En la Iglesia la cita de san Pablo:

Como en todas las Iglesias de los santos, que las mujeres permanezcan calladas durante las asambleas: a ellas no les está permitido hablar. Que se sometan, como lo manda la Ley. Si necesitan alguna aclaración, que le pregunten al marido en su casa, porque no está bien que la mujer hable en las asambleas (Corintios, I, 14: 33-35).

ha servido como argumento para que teólogos de distintas épocas hayan defendido el silencio de las mujeres sobre asuntos espirituales.26

La discriminación sexual en el uso de la palabra continúa en muchas sociedades, en algunos casos de un modo extremo. Recientemente, los talibanes afganos han impedido la asistencia de las mujeres a la escuela y aquellas que ya tenían formación –profesoras, traductoras, médicas, abogadas o escritoras–eran forzadas a permanecer en sus casas.27 No obstante, solo hay que retroceder algo en el tiempo para encontrar que en el censo de 1797 las escuelas españolas de niños se denominaban «de primeras letras» y las de niñas «de enseñanza». Esta diferencia se debía a que en estas últimas se aprendían forzosamente el catecismo y las labores, pero no necesariamente las letras. No era extraño que, incluso, una maestra española de niñas del siglo XVIII no supiera escribir. El aprendizaje de la lectura y escritura en las escuelas de niñas no fue obligatorio hasta los reglamentos de enseñanza de la década de 1820.28

En este ambiente de discriminación de género, muchas mujeres han ideado estrategias para evitar la censura acercando su identidad a la del censor. Aquellas que escribían sobre asuntos religiosos en los Siglos de Oro podían mostrar que, en realidad, su obra no era original, sino un compendio de sermones y de libros de doctrina, compuestos por varones sabios.29 Por otra parte, sabiendo que la Inquisición ponía una especial atención en los textos que narraban experiencias místicas,30 para ampararse del censor, las religiosas recurrían a distintos medios para narrar sus vivencias. Una posibilidad era hacer notar que escribían una autobiografía espiritual por mandato de su confesor, cuyo nombre, en caso de que se publicase, frecuentemente figuraba como autor. El padre Jerónimo Gracián mandó escribir Las Moradas a Teresa de Jesús y la santa comienza su obra con: «Pocas cosas que me ha mandado la obediencia se me han hecho tan dificultosas como escribir ahora cosas de oración» (Teresa de Jesús, 1984 [1577]: 271). Esta circunstancia, si bien no impedía la actuación del Santo Oficio, sí limitaba la censura de la propia congregación, temerosa casi siempre de ser objeto de algún tipo de persecución inquisitorial.31 María de Ágreda, por ejemplo, quemó sus escritos cuando, fallecido su confesor, perdió su protección.32

3.5 EL GRADO DE IMPOSICIÓN

Otra variable de la ecuación de Brown y Levinson (1987) en su estudio de la cortesía es el grado de imposición. Dentro de las peticiones, la de solicitar un bolígrafo tiene un grado imposición menor que pedir prestado un coche, pues sabemos que, en nuestra sociedad, los bolígrafos cuestan menos que los automóviles y que los objetos más caros se prestan más difícilmente por el perjuicio que supondría perderlos o que se deterioraran. Del mismo modo, según cuál sea la ideología del censor, este puede advertir mayor o menor el grado de imposición en aquello comunicado.

Existen, no obstante, distintos recursos para disminuir el grado de imposición de un mensaje que pudiera considerarse amenazante para la ideología del censor. Se trata de un modo de autocensura de la formulación (§ 5.1). No se suprime por completo aquello que se desea comunicar, pero se modifica la manera de expresarlo en relación con aquella otra que se hubiera empleado si no hubiera habido censura.

3.5.1 La atenuación

La atenuación es una estrategia discursiva que mitiga la fuerza del acto ilocutivo de un mensaje y, en consecuencia, su grado de imposición. Quien recurre a atenuar un mensaje busca, pues, que quien lo recibe lo perciba como menos amenazante para su imagen –en nuestro caso, para su ideología–. Ello explica que, después de una primera censura de Los clarines del miedo (1958), Ángel María de Lera sustituyera las expresiones que debía expurgar –segmentos amenazantes– por otras formas atenuadas.33 Los toreros protagonistas pasan de decir «puta» a «mala», «cachonda» a «frescachona», «toma, hijoputa» a «toma, castrón», «son unos cabrones» a «son unos bestiajos», «mira que es puñetero» a «mira que es aprovechado» o «la puta del pueblo» a «la perdida del pueblo».34 Con correcciones de este tipo la obra se pudo publicar.

3.5.2 La intención informativa

Otro remedio para disminuir el grado de imposición de un acto amenazante es manifestar únicamente una intención informativa. Dan Sperber y Deirdre Wilson (19952) diferencian dos tipos de intenciones en la comunicación humana: una intención informativa y una intención comunicativa. Grice (1957) se había ocupado de la intención comunicativa, a la que denominaba significado del hablante (§ 1.3), pero ahora nos interesa especialmente la primera. Con la intención informativa el hablante pretende únicamente dejar manifiesto a su interlocutor un conjunto de suposiciones, sin que quede también manifiesto que él quiere intencionalmente comunicar eso. En cambio, con la intención comunicativa –la habitual en nuestras conversaciones– el hablante quiere comunicar algo y quiere dejar claro a su interlocutor que él quiere comunicarlo. En casi todos los casos de comunicación humana se da esta intención comunicativa, pero no siempre es así: un hablante puede comunicar algo sin tener intención comunicativa de hacerlo, tan solo informativa. Un editorial titulado «La crisis del elogio», en el que se criticaba el culto a Stalin, pasó la censura franquista. El periódico esperó a publicarlo un 18 de julio, aniversario de la sublevación –el Alzamiento Nacional– de Franco contra la II República. Ese día todos los diarios se deshacían en loas al general.35 La intención en este caso no es comunicativa –no se manifiesta expresamente una crítica de las alabanzas a Franco–, aunque existe una intención informativa: el periodista pretendía comunicar algo, pero de modo que no se le pudiera acusar de ello. Únicamente porque se ha contado con posterioridad, se puede asegurar esta intención. Algo semejante sucedía con las crónicas que en 1974 los periodistas españoles mandaban de la Revolución de los Claveles de Portugal. El desmantelamiento de la dictadura portuguesa se podía comprender como una reivindicación para que sucediera lo mismo Tajo arriba,36 pero no había intención comunicativa en los textos, tan solo informativa.

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