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Rosas Estadista es un análisis de la historia argentina desde el 25 de Mayo hasta el presente desde la perspectiva de las luchas entre los poderosos de estas tierras y el pueblo con sus dirigentes. El método también es singular: desde la Revolución en 1810 hasta 1852 el examen se realiza con el coro popular como fondo pero desde el examen de las acciones de los líderes más destacados de cada momento. De ahí en adelante se abandona el centro del estudio a través de los líderes y la historia está observada desde el ejercicio del poder por la corriente más trascendental dentro del formato de nación que quedó instaurado. La tesis que se sostiene es que, con mucho más poder del que se advierte porque en rigor se trata de un extendido sentido común social, en su sentido cultural profundo aún seguimos luchando por las metas de los revolucionarios de Mayo.
Rosas estadista
La cabeza de Goliat
José Massoni

Rosas estadista - La cabeza de Goliat
José Massoni, 2020
1a edición, 2020
ISBN: 978-987-47727-3-2
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Buenos Aires
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Massoni, José
Rosas estadista : la cabeza de Goliat / José Massoni. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Ediciones A capela, 2020.
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ISBN: ISBN 978-987-47727-3-2
1. Historia Argentina. 2. Política Argentina. I. Título.
CDD 320.0982
Introducción
Ante todo dejamos claro que cuando tratamos de la historia argentina y las divisiones antagónicas y secundarias que en ella se desplegaron, el escenario geográfico está constituido por su actual territorio y extensiones limítrofes cuando era parte principal de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y por sobre todo que constituirá esencialmente la relación de hechos y sucesos del país de los blancos, que creció en lucha para la dominación de los pueblos originarios, sobre cuyo papel —enfrentado siempre y aliado a veces— en relación con la culturización blanca, trataremos de no eludir cuando la colecta de elementos documentales, sepultados por desprecio u olvido, hayan dejado huellas levantables significativas. No olvidemos, por tanto, que la siguiente relación se refiere a sólo uno de los lados de la primera y profunda grieta cavada entre los conquistadores y su descendencia y los pueblos originarios.
La historia de la Argentina blanca es la de sus luchas de clases con las particularidades propias de un país rico en recursos naturales pero marginal en extremo geográficamente, dependiente de las grandes potencias económicas y con dirigentes influidos cultural e ideológicamente por los intelectuales, políticos y filósofos que sucesivamente fueron brotando en los países asiento de aquellas fuerzas productivas dominantes en el mundo occidental del que procedemos.
Cuando decimos Argentina sucede entonces que nos estamos refiriendo a la asociación de los habitantes blancos —y luego mayoritariamente mestizos— de su suelo, que llevan pujando por más de doscientos años procurando construir una sociedad que se gobierne con independencia de esa sujeción material y cultural a los poderes extranjeros, públicos y privados, en pos de lograr una nación que privilegie el buen progreso y la buena vida de los miembros de su pueblo.
Ello significa que esa asociación, como toda sociedad contemporánea, contiene dentro de sí plurales sectores con objetivos específicos que pueden ser paralelos, convergentes desde distintas fuentes, coincidentes sólo en tramos, y hasta antagónicos siempre. La amalgama, influida en su composición por un constante movimiento interno, la construye un claro sentido de libertad de acción como colectivo singular dentro de la multiplicidad del mundo, con el fin de lograr la insoslayable independencia económica de aquellas usinas de poder que le permita asegurar, a un tiempo, el objetivo final de todas sus aspiraciones, que no son otras que el desarrollo pleno de las posibilidades existenciales como seres humanos de todos y cada uno de sus miembros.
Esa masa que hoy incluye —meros ejemplos extremos— pueblos aborígenes, peones hacheros esclavos en las devastaciones forestales, exquisitos científicos, obreros, intelectuales y artistas aplaudidos internacionalmente, técnicos, operarios y empresarios de producciones diversas, han tenido como pegamento objetivo aquel interés nacional y de organización democrática igualitaria en el que coinciden, porque con hartos motivos lo conciben o intuyen como paso ineludible para sus concepciones de mejor vida y progreso.
En formulación esquemática —sucinta pero medular— esa masa nacional, popular y democrática lleva dos siglos y diez años enfrentada a quienes, también nacidos en esta tierra, han tenido posiciones extranjerizantes, elitistas y aristocráticas. Ha sido la lucha por la independencia política y económica, la democracia y la igualdad social, contra sus enemigos abiertos o solapados, propios o ajenos. Habiéndose dado todos los matices y mezclas imaginables, fugaces y no tanto, pero ubicándose esencial y realmente a un lado o el otro. Esa es la grieta que divide la sociedad argentina y que no debemos cerrar, porque su desaparición por sutura sólo significaría —inevitablemente por potencia objetiva y cultural— la completa victoria del lado oscuro, el de los poderosos por explotación y latrocinio, los que desprecian toda manifestación de igualdad entre los humanos, los cipayos que se alían o se aceptan como administradores locales de las corporaciones internacionales y los gobiernos imperiales.
La brecha sólo puede desaparecer —y con ello el advenimiento de la paz social— por la independencia de nuestro pueblo para manejar sus intereses y la concreción de plena y buena vida de todos sus miembros, que conlleva por necesidad la hegemonía rotunda y extensa en el tiempo del campo democrático, popular y nacional.
La grieta, como fenómeno político, social y económico, reconoce una larga historia, tanto que puede hallarse en el período histórico de la humanidad que nos plazca, en las distintas civilizaciones.
Pero aquí nos ocuparemos de la nuestra como país, en lucha por su independencia desde 1810 hasta el presente, en guerra que no ha cesado. Nunca.
Primeras dos décadas
Aviso. Los análisis que se ensayarán tomarán en cuenta las corrientes públicas, visibles, de los acontecimientos históricos, pero procurará observar también las subterráneas de las contradicciones y desplazamientos en la economía y en sus reflejos sociales. Con frecuencia harán eje en los protagonistas, tanto por estimación del papel del individuo en la historia como, más todavía, por su aptitud para gozar y usufructuar de los aportes de sus encarnaduras vitales en los procesos visibles y ocultos que con deliberación o por azar objetivamente interpretaron.
Nuestro nacimiento, la Revolución de Mayo, fue tan solo la firme intención de un pequeño núcleo dirigente que capturó el vértice de los cursos en desarrollo contra la oprimente inmovilidad política, social y económica existente, cuando acontecen episodios exteriores e interiores trascendentes que la habían zamarreado. Su fuerza transformadora, raigal, tuvo la fulgurante potencia para plantar el hito inicial de una patria y su fuerza sigue marchando con obcecado e incólume denuedo en la persecución de sus ideales de libertad, igualdad, fraternidad —a los que aún no ha llegado— grabada de manera inequívoca e indeleble en el mojón liminar.
Ni los eventos de ese 25 de mayo de 1810 ni los personajes que ese día actuaron emergieron en ese instante, sin historia. No eran un montón de circunstancias y personas reunidas y mezcladas sin concierto. Transitaban separados por grietas, ya entonces.
La más notoria y decisoria separaba los intereses de España y sus administradores locales de todos los demás.
Con respecto a la ubicación en el mundo la primera gran división pasaba entre, por un lado, los partidarios de la permanencia sin cambios de la relación con la metrópoli europea y su expresión de monopolio comercial en lo económico, con régimen realista absolutista en lo político, y por el otro, todos los que se les oponían desde el republicanismo revolucionario.
El escenario era el virreinato cuyo nombre daba cuenta de su causa económica: la plata de Potosí(1). Ese metal más cobre, estaño y oro bajaba a través del Tucumán, transitando en carretas «el camino real(2)» hasta llegar al puerto de Buenos Aires para su traslado a la metrópoli. La protección de este puerto y de la frontera oriental del imperio contra el incesante avance portugués determinó que España creara el Virreinato del Río de la Plata con sede en la lejana e intrascendente Buenos Aires, desde la que también comenzó una necesaria actividad militar contra los indios que ocupaban la pampa, especialmente hacia el sur y el suroeste, con la creación de los fuertes y pueblos de frontera en una línea imaginaria a la vera del río Salado (las guardias de Chascomús, Ranchos, Monte, Lobos, Navarro, Mercedes, Salto, Rojas) y el desplazamiento de las compañías de blandengues(3), llevadas coercitivamente a habitar el confín de la pampa, así como la instalación de colonos ubicados en pueblos aledaños a los fuertes para, al par que avanzar sobre los territorios en poder de los indios, asegurar la contención de los ganados cimarrones para el abastecimiento de carne y cueros a la capital y sobre todo conseguir «civilización y domicilio de una multitud de hombres que viven de lo que roban, sin conocer a Dios, ni al Rey, limpiándose los campos de estas abandonadas familias… al reducirlos a una conducta cristiana y civil ganándose para dios y para el rey muchos vasallos(4)». Está claro que el objetivo religioso y civilizador era una excusa, y que el aludido «robo» no era sino la recuperación por los indios de ganado mostrenco que por ocupación ancestral del suelo era antes propiedad de ellos que de los invasores.
Como único asentamiento urbano entre Córdoba y el extremo del continente, la ciudad de Buenos Aires constituía el agrupamiento humano más austral del mundo, en rigor poco más que una aldea con unos treinta mil habitantes que se ocupaban de artesanías y comercio. Su población blanca estaba compuesta por abundantes inmigrantes portugueses judíos conversos que huían de la Inquisición peninsular, quienes junto a sus colegas comerciantes españoles y criollos actuaron como factor de progreso económico y ejercieron con éxito el difundido contrabando, con el que se inició la prosperidad de la región; hacia 1600 eran numerosos y fracasaron las persecuciones civiles y eclesiásticas, porque adquirían la calidad de vecinos desposándose con mozas de la ciudad y luego ocupaban posiciones de primera fila en el comercio o en las estancias; hacia 1700 era de sangre en parte judía buena parte de la «gente principal», como surge del estudio de sus apellidos ligeramente cambiados(5). Se sumaban los españoles «puros» de origen y sus descendientes, y todos esos blancos estaban rodeados de una cohorte mucho más numerosa de mestizos euro-indígenas a los que después se añadieron africanos genuinos y mulatos cuando se creó el mercado de esclavos negros(6).
Los criollos blancos descendientes de europeos —españoles y otros— entraron en contacto con la realidad socio cultural del occidente más avanzado cuando fueron estudiantes en las universidades de Charcas y Córdoba. No porque fuera parte de sus currícula sino porque inmersos esos jóvenes —por debajo y sin acceso a la capa de los españoles de origen— en el ambiente de estudios y curiosidad intelectual que los claustros generaban, entraron en contacto con los autores mentores de la Revolución Francesa, con las banderas que ésta levantara y los hechos que produjera. No les fueron ajenas tampoco las doctrinas económicas fisiocráticas de los reformistas, aplicadas en la metrópoli por los Borbones Carlos III y IV. Se fue conformando así en Buenos Aires un grupo de intelectuales que formaron una corriente claramente opositora al régimen español de monopolio y despotismo realista. La decisiva participación de las fuerzas criollas en la derrota de poderosas invasiones inglesas, por dos veces (1806 y 1807) le dieron prueba del poderío propio con el que contaban. La grieta entre blancos había surgido con posibilidades de trascendencia efectiva.
El crecimiento de la diferencia se acercó a una coyuntura ansiosa de fractura cuando la proyección de la revolución francesa hacia el resto del continente por las tropas napoleónicas colocó en España a José Bonaparte como rey y fue desconocido por una Junta Central de Sevilla que se arrogó el gobierno del reino, que pasó de enemigo a aliado de Inglaterra.
La opción que quedó en la superficie fue tan nítida que, debajo de ella, aparecía una contradicción antagónica: de un lado, quienes fieles a España proponían seguir los dictados de la Junta Central, por el otro, los que aducían que debían permanecer fieles al destronado Fernando VII, cuando éste en puridad no reinaba, por lo que en verdad pretendían era independizarse de España.
Los detalles cronológicos de la gesta los obviamos para centrarnos en la trayectoria y las ideas de protagonistas esenciales, que encarnaron el espíritu y rumbo señero, por más de dos siglos hasta hoy, de la Revolución de Mayo.
Mayo
En el ideario económico de los revolucionarios quien jugaba un rol de liderazgo en Buenos Aires era Manuel Belgrano. Estaba estudiando en España cuando aconteció la Revolución Francesa y asimiló su influencia por vía de Montesquieu y Rosseau, así como admiró a George Washington(7).
En la materia económica, por influencia de las políticas de las cortes borbónicas, tomó las ideas innovadoras de François Quesnay, surgidas en Francia cuando el capitalismo aún no se había desarrollado bastante e imperaban en ese país las relaciones feudales. Aquél criticó la tesis de los mercantilistas según la cual la ganancia capitalista se originaba en la circulación y acertó en que la ganancia se creaba en la producción. Un gran avance, acorde con la alborada del capitalismo, aunque encontraba esa ganancia únicamente en la producción agrícola, creando así la corriente que se llamó fisiocracia, no llegando a ver el fenómeno que se producía en la industria y en las relaciones entre los capitalistas y sus empleados. La importancia de Quesnay fue singular y Adam Smith, el creador de la economía política, le rindió tributo en su obra fundamental La Riqueza de las Naciones. De regreso Belgrano en Buenos Aires desde 1794, ejerció como secretario del Consulado —árbitro en controversias mercantiles— donde estuvo en permanente conflicto con los vocales del cuerpo, todos grandes comerciantes con intereses en el comercio monopólico con Cádiz, que rechazaron año tras año sus propuestas librecambistas, donde sostenía que «El comerciante debe tener libertad para comprar donde más le acomode, y es natural que lo haga donde se le proporcione el género más barato para poder reportar más utilidad(8)». Escribió en el primer periódico de esta tierra, el Telégrafo Mercantil y colaboró asiduamente en el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, dirigido por Hipólito Vieytes. Allí exponía sus ideas económicas complementarias y extensivas a las puramente fisiocráticas: promover la industria para exportar lo superfluo, previa manufacturación; importar materias primas para manufacturarlas; no importar lo que se pudiese producir en el país ni mercaderías de lujo; importar solamente mercaderías imprescindibles; reexportar mercaderías extranjeras; y poseer una marina mercante. Es de relevancia suma que Belgrano, con las ideas políticas de la Revolución Francesa y estas concepciones de economía política fuera un integrante principal de la Primera Junta y que, desde allí fuera un precursor de Juan Bautista Alberdi en cuanto a su insistencia en contar con una «política económica», y que este último se reconociera fuertemente inspirado por Adam Smith. Ambos próceres fueron, cada uno a su tiempo, seguidores de las teorías y consecuentes prácticas del capitalismo, naciente para la época de Belgrano y en arrolladora expansión en las sociedades europeas y norteamericana en el mundo de Alberdi. Son ejemplos significativos de que nuestro estado-nación en lo económico tuvo, desde que se lo intuyó como sociedad independiente de la colonia, una impronta capitalista. Acomodada, por mérito de nuestro «provincianismo» periférico, a un paralelo diferido con los tiempos en los que aquel sistema productivo crecía marcando el rumbo de las economías y luego de las políticas en los países centrales, que devendrían imperialistas.
Mariano Moreno fue el indiscutido numen de los hombres revolucionarios de Mayo, que se mostró por medio de su tarea ímproba y brillante en los pocos meses que ejerció como secretario de la Primera Junta. Sus palabras, acordes con sus efectivos actos consecuentes, fueron reveladores de su apego irrestricto a los ideales de la Revolución Francesa en cuanto a libertades e igualdad y tuvieron el empuje de la convicción y decisión hondamente transformadoras, tan conocidas que no cabe aquí enumerarlas. Sí nos interesa el aspecto menos tratado de su ideario, el de sus concepciones económicas. La fuente principal para darles luz es su Representación de los hacendados, escrito en el que actuó como abogado de ellos y de los labradores, ante el virrey Cisneros. En síntesis, su pensamiento económico se encuentra dentro de la doctrina fisiocrática el estímulo a la agricultura como medio de desarrollo, en cambio de una economía muy dependiente de los negocios de importación y exportación y su desvío, el contrabando. Le dice al virrey que «no puede ser verdadera ventaja de la tierra la que no recaiga inmediatamente en sus propietarios y cultivadores» y, más adelante, «el viajero a quien se instruyese que la verdadera riqueza de esta Provincia consiste en los frutos que produce se asombraría cuando, buscando al labrador por su opulencia, no encontrase sino hombres condenados a morir en la miseria». En un marco de asfixiante monopolio colonial hispano explotador, ataca con fuerza a quienes se oponen a la única salida coyuntural de esa trampa, que eran las reglas liberadoras y democráticas del libre comercio, «afectando interesar en su causa la santidad de la religión y pureza de nuestras costumbres». Insiste en que «El que sepa discernir los verdaderos principios que influyen en la prosperidad respectiva de cada provincia, no podrá desconocer que la riqueza de la nuestra depende principalmente de los frutos de sus fértiles campos…» y fundamenta la necesidad de abrir el libre comercio con la nación inglesa como remedio para las penurias económicas de la colonia. Destaca que si concediéramos que abrir el comercio es un mal, es necesario e imposible de evitar debiendo procurarse sacar provecho de él haciéndolo servir a la seguridad del estado. Puntualiza una realidad a la que aludimos antes: desde la primera invasión inglesa «el Río de la Plata no se ha perdido de vista en las especulaciones de los comerciantes de aquella nación; una continuada serie de expediciones se han sucedido; ellas han provisto casi enteramente el consumo del país; y su ingente importación, practicada contra las leyes y reiteradas prohibiciones, no ha tenido otras trabas que las precisas para privar al erario del ingreso de sus respectivos derechos, y al país del fomento que habría recibido con las exportaciones de un libre retorno». En otras palabras señala que en realidad el libre comercio con los ingleses se ha convertido en un hecho que, a falta de legalidad, se realiza por medio de un contrabando que califica de impune y escandaloso. Plantea «en la economía política la gran máxima es que un país productivo no será rico mientras no se fomente por todos los caminos posibles la extracción de sus producciones y que esta riqueza nunca será sólida mientras no se forme de los sobrantes que resulten por la baratura nacida de la abundante importación de las mercaderías que no tiene y le son necesarias». Añade: «La plata no es riqueza, pues es compatible con los males y apuros de una extremada miseria; ella no es más que un signo de convención con que se representan todas las especies comerciables: sujeta a todas las vicisitudes del giro, sube o baja de precio en el mercado según su escasez o abundancia, siempre que por otra parte no crezcan o disminuyan las demás especies, que son representadas por ella, pero los caminos de nuestra felicidad están cifrados por la misma naturaleza». Por si cupiera duda sobre la inscripción del pensamiento económico de Moreno, vale de modo incontestable lo que sigue: «ésta (la naturaleza) nos ha destinado al cultivo de sus fértiles campañas, y nos ha negado toda riqueza que no se adquiera por este preciso canal. Si V. E. desea obrar nuestro bien es muy sencilla la ruta que conduce a él; la razón y el célebre Adam Smith… que es sin disputa el apóstol de la economía política, hacen ver que los gobiernos en las providencias dirigidas al bien general, deben limitarse a remover los obstáculos» [los del monopolio y su burocracia]. Finalmente, disipa temores sobre un dominio inglés sustituto del de España, opinando que «los ingleses mirarán siempre con respeto a los vencedores del cinco de julio y los españoles no se olvidarán que nuestros hospitales militares no quedaron cubiertos de mercaderes, sino de hombres del país que defendieron la tierra en que habían nacido, derramando su sangre por una dominación que aman y veneran(9)».
La adscripción de Moreno a los fundamentos de la democracia republicana liberal y a las leyes del capitalismo naciente como política para nuestras tierras es de claridad diáfana y, más aún, es explícita su opinión de que sus frutos deben aprovechar a quienes las trabajan. Su idea de la obtención de los frutos de las tierras presuponía su propiedad en dimensiones cuando más medianas, pues era incompatible con grandes latifundios que impondrían una explotación extensiva, imposible sin un régimen de esclavitud como el del sur de Estados Unidos. Su visión del propietario de la tierra era la de quienes fueron los farmers en el país del norte.
Juan José Castelli era primo de Manuel Belgrano. Estudió lógica dos años en el Real Colegio de San Carlos y luego cinco para el sacerdocio en Córdoba. Cambió de rumbo en 1786 e ingresó en la exigente Real Academia Carolina de Practicantes Juristas de Charcas, en cuyo ambiente estudiantil entró en contacto con los iluministas españoles y Montesquieu. Vuelto a Buenos Aires, su bufete le permitió comprar el único bien que tuvo su patrimonio, su domicilio en una chacra del actual barrio de Núñez.
Sus ideas políticas comenzaron a tomar más precisiones desde 1796 trabajando como secretario suplente de Belgrano en el Consulado de Comercio de Buenos Aires, y con él compartió nítida oposición al monopolio comercial español y a la carencia de derechos para los criollos de Buenos Aires. Otro campo para su desarrollo partidista fueron sus notas en el periódico creado por el Consulado en 1801, El Telégrafo Mercantil y luego en el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio que apareció en 1802 y expuso concepciones económicas fisiocráticas, sosteniendo que «Todo depende y resulta del cultivo de las tierras; sin él, no hay materias primas para las artes. Por consiguiente, la industria no tiene cómo ejercitarse, no puede proporcionar materias para que el comercio se ejecute». Desde esa base se ocupaba de la libertad de comercio; la rotación de los cultivos y abonos; del establecimiento de escuelas rurales; de la forestación y la cría de ganado; y, detalle esencial, del reparto equitativo de tierras y —también él, como Moreno y Belgrano— de su propiedad para quienes las trabajaban. En circunstancias de la primera invasión inglesa ya se aprecia en los hechos la audacia de Castelli en su militancia libertaria. Como integrante del grupo de patriotas criollos que entendían la liberación de España junto con cambios económicos y sociales revolucionarios, no dudó vincularse con James Florence Burke, presunto representante de Gran Bretaña, cuyo apoyo podría ser útil dentro del plan del patriota venezolano Francisco de Miranda para la emancipación de la corona española de todo el continente. En esa misma línea, preso el jefe William Beresford luego de su derrota en la primera invasión inglesa, cuando se aproximaba la segunda invasión fue ayudado a fugarse por el grupo que integraba, con la misión de que en Montevideo reclutara al jefe de las fuerzas inglesas para que se aplicara el proyecto del venezolano, dado que Miranda y Home Popham se habían reunido para tratar acerca de liberar a América del Sur con ayuda británica. Cuando Popham inicia la segunda invasión, sin previo acuerdo, fue evidente que los ingleses sólo planeaban cambiar una metrópoli por otra y Castelli, Belgrano, Martín Rodríguez, Domingo French, Antonio Beruti y otros abandonaron por completo aquella posible alianza y combatieron duramente contra quienes habían intentado coligarse y fueron protagonistas, también ellos, de la segunda victoria sobre el imperio británico.
Castelli actuó con creatividad y tenacidad por una liberación de España con contenido revolucionario. Con José Bonaparte en el trono de España, la hermana de Fernando VII, Carlota Joaquina, reclamaba la regencia de las colonias. Castelli, con acuerdo de Belgrano y otros criollos, redactó una propuesta a Carlota de asunción una corona nominal en una monarquía constitucional, pero la infanta rechazó el convite porque su aspiración era un régimen absolutista tradicional.
A comienzos de 1809 Castelli da nueva prueba de su plasticidad ante las coyunturas para mantenerse con firme coherencia en una política revolucionaria patriótica y popular. Apoya al virrey Liniers contra la revuelta encabezada por Martín de Álzaga —de relevante actuación en la segunda invasión inglesa y acaudalado comerciante de armas y esclavos— porque el objetivo del sedicioso, más que desplazar al sospechado por su origen francés, como se invocaba, era mantener la supremacía de los españoles sobre los criollos. La victoria de Liniers redundó en un aumento notorio del poder de los nativos patriotas y sus cuerpos armados.
Cuando en julio de 1809 llegó el nuevo virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros, la propuesta de Castelli fue la más radicalmente independentista: creación de una junta de gobierno sin españoles. Pero primó la opinión de Saavedra de postergar las acciones, llegándose así al 14 mayo de 1810, cuando se supo que la Junta Suprema Central de Sevilla, que había asumido el gobierno de España, había sido disuelta por los franceses. La actividad criolla se tornó febril, con Castelli, Belgrano y Saavedra como sus líderes más notorios. La consigna era que la ausencia de esa Junta obligaba a los pueblos a tomar en sus manos la bandera de la fidelidad al prisionero Fernando VII. El historiador Enrique De Gandía escribió en su Historia Argentina: «Las memorias de los testigos y protagonistas de esos días mencionaron a Castelli en multitud de sitios y actividades: negociando con los hombres del Cabildo, en casa de los Rodríguez Peña participando de la planificación de los pasos a seguir, en los cuarteles arengando a las milicia. El propio Cisneros, al describir los acontecimientos al Consejo de Regencia, llamó a Castelli “el principal interesado en la novedad […] cual era de examinar si debía yo cesar en el gobierno superior y reasumirlo el cabildo”». El 21 de mayo se reunió gente en la plaza reclutada entre el bajo pueblo por tres eficaces agitadores(10) y provocaron la convocatoria al Cabildo Abierto del 22. Allí apareció la división más importante, la de colonialistas contra independentistas. El obispo Lué defendió el derecho de los españoles —hasta el último que quedara, dijo— para gobernar estas tierras y propuso la continuidad de Cisneros, con dependencia de la Real Audiencia de Charcas. Le respondió Castelli con una pieza de singular calidad retórica, tan legal como fogosa, sosteniendo la doctrina de la retroversión de la soberanía de los pueblos: cuando no existe autoridad legítima, la soberanía regresaba al pueblo y éste debe gobernarse a sí mismo. Su elocuencia hizo que desde entonces fuera conocido como “el orador de la revolución”. La votación favoreció la posición criolla por 38 votos a 6. Siguieron agitadas y exitosas maniobras políticas del sector conservador durante los dos días siguientes, que culminaron con un acuerdo sobre el establecimiento de una Junta presidida por Cisneros acompañado por representantes de los estados militar, judicial, clero y comercio. Se consumó una distorsión completa de lo resuelto, con clara derrota para los criollos independentistas firmes, que sólo contarían con Castelli —representando al “estado judicial”— para defender su causa. Se dio por primera vez en nuestra historia, ocurrido el cabildo abierto nítidamente independentista del 22 de mayo, la unión y triunfo de los conservadores nativos en colusión con los colonizadores extranjeros. Los revolucionarios respondieron como tales al arreglo entre conservadores ajenos y propios: con un golpe popular, que en eso consistió el 25 de Mayo. Ocuparon la plaza de Mayo y adyacencias con gente armada, se hizo saber a Cisneros que había cesado y fue designada una Junta con miembros de las distintas extracciones de la política local.
Los tres días transcurridos entre el 22 y el 25 de mayo de 1810 pusieron en el escenario, por primera vez en tiempos de independencia de estas tierras del imperio colonial, una diferencia antagónica, brecha o grieta —como se la quiera llamar— entre una concepción progresista, popular, nacional y democrática independiente de la corona de España y su contraria, una conservadora del orden establecido aunque por momentos aceptaran retoques insustanciales en las formas.
Hemos reseñado sucintamente los perfiles e influencia en ellos de quienes encarnaron de manera más pura la posición patriótica sin ambages: Moreno, Castelli y Belgrano. Sus señales vibraron desde entonces durante toda la historia argentina y perduran hoy con vigencia plena. La de sus contrarios, también.
Después del 25 de mayo
Pero aunque las circunstancias impusieron la presencia en la Primera Junta, el primer gobierno patrio, de algunos integrantes «moderados», resaltaba un detalle esencial: Moreno, Castelli y Belgrano estaban en él, el primero como Secretario. Castelli y Moreno compartían el ideario de El Contrato Social de Rousseau, y como cabezas de las posturas más radicales en favor de concretar la revolución empezaron a ser tildados de «jacobinos». No dudaban en propiciar las medidas más extremas si eran necesarias para el triunfo de la libertad y la igualdad. Por caso, una de las primeras decisiones de la Junta a instancias de Castelli fue la expulsión de Buenos Aires de Cisneros y los oidores de la Real Audiencia, a los que se embarcó rumbo a España. Además, el 27 y 29 de mayo la Junta y el Cabildo de Buenos Aires dirigieron comunicaciones a las ciudades y villas del virreinato explicando los motivos de la deposición del virrey y pidiendo el reconocimiento de su autoridad provisional y el envío de diputados para formar un gobierno de todas las provincias. El sector revolucionario de la Junta no ignoraba que las provincias, bajo dominio de capas más conservadores, actuarían en su contra aduciendo, por caso, que quedarían como colonias de segundo grado en beneficio de los porteños. Por esa razón, «por si acaso», la comunicación iría acompañada por un ejército que partiría para asegurar la «libertad de los pueblos» en la selección de los diputados. De esta forma aparecía en el horizonte la posibilidad de una guerra civil entre quienes apoyaban a la Junta revolucionaria de Buenos Aires y quienes sostenían el Consejo de Regencia de Cádiz.
Se despacharon de inmediato dos expediciones militares, una al Paraguay al mando de Belgrano y otra hacia el Alto Perú. La expedición al Paraguay tuvo numerosas dificultades de reclutamiento y logísticas que dificultaron su llegada a destino. Con más relevancia aún, llevaba una equivocada evaluación de la realidad paraguaya, engañada por las informaciones de José Espínola, militar paraguayo nativo que por dos veces había sido desplazado del gobierno en su país y el 25 de mayo estaba en Buenos Aires gestionando su reposición ante Cisneros. Según informó a la Junta 200 hombres armados serían suficientes para auxiliar a los paraguayos que anhelaban, en su mayoría, adherir al movimiento porteño. Belgrano dijo, después, que el gobierno creyó lo que decía Espínola porque era «fácil persuadirse de lo que halaga». La realidad era tan otra como que Pedro Alcántara de Somellera —exfuncionario en Paraguay desde 1807 por designación de Liniers y promotor de la anexión al gobierno revolucionario en el Río de la Plata— sostuvo sobre Espínola que «no había un viviente más odiado por los paraguayos», lo que confirma su historia personal de oportunismo personalista y despotismo desplegado en sus tierras. Por encima de todo, se sumaba el elemento esencial, cuanto era que Paraguay llevaba ya una larga historia de sumisión económica al Buenos Aires colonial, que decidía sin consultas el corte de su tránsito fluvial y el comercio de sus frutos del país, lo que en el plano subjetivo había alimentado una prevención, rayana con el odio, hacia los dueños del puerto. «La mayor influencia de los comerciantes porteños sobre las autoridades coloniales en comparación con sus colegas del Alto Plata generó en las distintas áreas que componían dicha región (Paraguay, las provincias del Litoral, sur del Brasil) un profundo sentimiento de suspicacia y recelo hacia la poderosa ciudad-puerto(11). No ayudaba tampoco que el enfrentamiento, en sus formas, era entre “españoles”: los que defendían a la Junta de Cádiz y los que lo hacían con Fernando VII. El resultado fue que, como lo informara Belgrano, se encontró con un país al que no debía anoticiar de las «buenas nuevas» y contribuir a su liberación, sino a conquistarlo. La guerra terminó con la derrota de Tacuarí y el retiro de las tropas rioplatenses. En tanto, los cambios políticos ocurridos en Buenos Aires con el triunfo de saavedristas sumado a conservadores del interior, en su ofensiva desplazaron a Moreno, separaron de sus mandos a French y Berutti por morenistas y lo enjuiciaron a Belgrano por su derrota. En ese juicio, en el que insólitamente no se lo escuchó a él, todas las declaraciones fueron muy favorables al comandante y finalmente el tribunal en agosto de 1811, declaró que Manuel Belgrano « […] se ha conducido en el mando de aquel ejército con un valor, celo y constancia dignos de reconocimiento de la patria; en consecuencia queda repuesto a los grados y honores que obtenía y que se le suspendieron…; y para satisfacción del público y de este benemérito patriota, publíquese este decreto en La Gazeta(12). Una brecha nítida quedó manifestada entre morenistas y conservadores. Éstos, aupados en el perfil de impronta cultural colonial que le dio la incorporación de los diputados del interior a la llamada Junta Grande que sucedió a la Primera, no eludieron atacar de todas formas al sector revolucionario de Mayo, con decisiones ejecutivas y juicios. Otra secundaria pero potente, que se manifestó una y otra vez a lo largo de la historia argentina también quedó a la luz: la frecuente y fundada desconfianza del interior hacia los porteños.
De las dos expediciones ordenadas por la Primera Junta, la más importante fue despachada hacia el Alto Perú, camino a Lima, el reducto más poderoso del realismo en América del Sur. A sumarse a ella marchó Castelli, en principio con el cargo de comisario político, acudiendo para que se cumplieran las instrucciones que había dado la Junta a la Expedición: fusilar a los dirigentes de un alzamiento contrarrevolucionario ocurrido en Córdoba, con Liniers al mando, aprisionados por la expedición patriota pero cuyos jefes sólo habían detenido a los sediciosos, enviándolos hacia Buenos Aires. Castelli con una pequeña escolta dirigida por French encontró a las fuerzas que traían a los apresados a la altura de la Cabeza de Tigre, en las cercanías de Cruz Alta, en el límite de Buenos Aires con Santa Fe y el 26 de agosto los diez prisioneros fueron fusilados y enterrados en una zanja junto a la iglesia. De regreso en Buenos Aires la Junta lo nombró su representante con plenos poderes para dirigir las operaciones del ejército, con instrucciones tales como las de poner todas las administraciones de los pueblos en manos patriotas, ganar el favor de los indios, arcabucear» (fusilar) a Vicente Nieto, gobernador de Chuquisaca, al gobernador de Potosí Francisco de Paula Sanz, al general José Manuel de Goyeneche y al obispo de La Paz Remigio La Santa y Ortega por las atrocidades cometidas cuando derrotaron el primer levantamiento libertario americano, ocurrido en Chuquisaca en mayo de 1809. Castelli tomó el mando político, puso a su frente al coronel González Balcarce y el 7 de noviembre los realistas fueron derrotados en Suipacha, cerca de Tupiza (en la actual Bolivia) por las tropas de Buenos Aires fortalecida por salteños, jujeños, oranenses, tarijeños e indios chichas. Dos hechos importantes se habían producido poco antes: el 14 de septiembre, con el marco de sublevaciones indígenas anticoloniales, el coronel Francisco del Rivero depuso al gobernador de Chuquisaca y se adhirió a la junta de Buenos Aires. Un mes después, en septiembre, el capellán José Andrés de Salvatierra había tomado Santa Cruz de la Sierra, donde un cabildo abierto formó una «junta provisoria», liderada por Antonio Vicente Seoane, a quien Rivero, desde Chuquisaca, designó delegado para esa ciudad. Una semana antes de la batalla de Suipacha, el 6 de octubre, se levantó Oruro, que diez días después se unió a las anteriores para cerrar por el norte a las fuerzas realistas. Pasada apenas una semana de la liberación de Suipacha, el 14 de noviembre, el ejército de independentistas derrotó a los realistas en la planicie de Aroma y provocó el pronunciamiento de la ciudad de La Paz en favor de la Junta de Buenos Aires. Al mismo tiempo, en la poderosa Potosí un cabildo abierto obligó a retirarse de su territorio al general realista Goyeneche. Castelli le exigió a la Junta juramento de obediencia y la entrega de Francisco de Paula Sanz y del general José de Córdoba, quienes fueron fusilados. El dominio del virrey Abascal sobre el Alto Perú quedó destruido y éste, que había sido anexado por el virreinato del Perú, quedó recuperado para las Provincias Unidas del Río de la Plata. Es necesario valorar este escenario en conjunto para apreciar que las ideas libertarias de Mayo —en una zona sin la autonomía asentada en la autosuficiencia que tuviera Paraguay— despertaron aceptación masiva entre los criollos e indios altoperuanos y que Castelli lejos se hallaba de ser un desatinado que abordaba objetivos imposibles con su accionar revolucionario.
Castelli instaló su gobierno en Chuquisaca y desde allí inició tan posibles como profundos cambios en el régimen colonial. Ordenó la reorganización de la Casa de Moneda de Potosí, la reforma de la Universidad de Charcas y proclamó el fin de la servidumbre indígena en el Alto Perú, anulando el tutelaje y otorgándoles calidad de vecinos y derechos políticos iguales a los de los criollos. También prohibió que se establecieran nuevos conventos o parroquias, para evitar que, bajo la excusa de evangelizarlos, los indios fueran sometidos a servidumbre por las órdenes religiosas. Más hondamente, en lo económico estructural autorizó el libre comercio, expropió tierras y las repartió entre los antiguos trabajadores obrajeros, publicando el decreto en español, guaraní, quechua y aimara; también abrió varias escuelas bilingües. El 25 de mayo de 1811, primer aniversario de la Revolución, lo festejó en el templo de Kalasasaya en Tiahuanaco —al extremo oeste de la actual Bolivia, límite con Perú— con los indios y caciques, como símbolo de homenaje a los antiguos incas. Allí los arengó a rebelarse contra las autoridades virreinales y defender su condición de hombres libres e iguales a todos los habitantes de América, luchando contra los españoles y realistas, que incluían criollos. Castelli sabía bien de la grieta producida entre el mensaje que traía desde Buenos Aires y la mayor parte de la aristocracia nativa, que lo apoyaba sólo por el temor que les provocaban las masas populares y su ejército. Lejos estaban esos sectores criollos pudientes de apoyar la causa de Mayo, a pesar haberse cumplido cabalmente con las órdenes de la Junta —destinadas a romper la alianza entre las elites criolla y española— con la designación exclusiva de nativos americanos en todos los cargos de importancia. Había una fisura notoria y Castelli se hallaba con nitidez en uno de sus lados, como lo estaban del otro los terratenientes y grandes comerciantes (unidos, obviamente, los criollos a los españoles).
Castelli, dado el panorama revolucionario favorable que los pueblos criollos e indios, más la expedición militar, habían extendido por todo el Alto Perú, plasmó un plan ofensivo que en noviembre envió a la Junta. Cruzaría la frontera con el Virreinato del Perú atravesando el río Desaguadero, tomando el control de Puno, Cuzco y Arequipa, porque consideraba que era urgente sublevarlas contra la capital Lima, dado que ésta dependía de ellas económicamente y quedaría así dañado el principal centro realista del continente. El plan fue rechazado —ya por la Junta Grande— por estimarlo temerario y se le requirió a Castelli atenerse a las órdenes originales (en Buenos Aires Moreno ya había sido derrotado dentro del gobierno, Belgrano —como vimos— estaba en campaña hacia el Paraguay). Castelli debió obedecer, pero la Junta Grande volvió a expresar su tendencia cuando perdonó a cincuenta y tres españoles que Castelli había desterrado a Salta, argumentando que había actuado basado en calumnias infundadas. Resultado: los disculpados, apenas cinco meses después, protagonizaron un alzamiento armado contra las fuerzas patriotas.
La detención en el avance hacia el norte provocó un armisticio de hecho, que Castelli procuró convertir en acuerdo formal, que cuando menos implicaría el reconocimiento de la Junta como un interlocutor legítimo del virreinato del Perú. En esa situación de quietud militar, los miembros pudientes de la población realista y criolla altoperuana, pivoteando en las actitudes anticlericales de Castelli —en especial de su secretario Bernardo de Monteagudo— motivadas por el apoyo de la Iglesia a los realistas, sumadas al rechazo que le causaba a los vecinos acaudalados el buen trato a los indios y sobremanera el reparto de tierras, dieron base para erosionar el liderazgo de Castelli. No estaban solos, pues tuvieron el obvio apoyo de Lima, pero también el de los saavedristas de Buenos Aires, que lo comparaban con Robespierre. La principal figura de la Junta Grande, el Deán Funes, llamaba a Castelli y Monteagudo «esbirros del sistema robesperriano de la Revolución francesa», cavando una profunda hendidura con el sector revolucionario de Mayo. Era el ahondamiento de la grieta dentro de los americanos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, mientras la Junta Grande desarrollaba una política de espera y cautela ante los sucesos de la contrarrevolución y de España. No sólo estaban ausentes de Buenos Aires Moreno, Castelli y Belgrano, tampoco se hallaban las ideas esenciales del 25 de Mayo. Con ese escenario político en Buenos Aires y la inacción militar ofensiva en el frente norte, tras un incidente en la zona fronteriza el 6 de junio de 1811, el 17 Castelli recibió la negativa del Cabildo de Lima a un arreglo pacífico. El armisticio estaba roto. Los mejores ejércitos realistas marcharon desde Lima hacia el límite marcado por el río Desaguadero. El día anterior a la batalla de Huaqui las fuerzas del Ejército Auxiliar del Alto Perú se aprestaron en un amplio abanico y el 29 de junio el ejército realista cruzó el río, iniciando la batalla. Su desarrollo duró muchas horas y fue enredado, con fuertes encuentros parciales de resultado incierto, habiendo incidido desacuerdos y desencuentros durante su curso entre jefes patriotas como Viamonte, Díaz Vélez y Rivero, que sumados a azares propios de la confusa situación y las eficaces decisiones de los generales realistas Goyeneche y Tristán culminaron en lo que pasó a conocerse como «el desastre de Huaqui». Que no resultó aciago para las provincias del Río de la Plata porque los realistas fueron detenidos por la heroica resistencia guerrillera de criollos e indios, durante años, que contó con innumerables héroes, como la mítica Juana Azurduy.
En agosto Castelli recibió de la Junta Grande la orden de bajar a Buenos Aires para ser enjuiciado pero luego, instalado el Primer Triunvirato, primero decidió que quedara confinado en Catamarca, pero después lo requirió nuevamente para ser juzgado.
Como el juicio tardaba en iniciarse, en enero de 1812 Castelli reclamó su realización. Es probable que impulsara su apuro el comienzo de su sufrimiento por un cáncer de lengua, que le entorpecía el habla progresivamente. El trámite no dejaba en claro si era un juicio por su accionar militar o consistía en una mera valoración personal dirigida a su desacreditación política; no había acusación precisa. En términos y prácticas actuales, judicializaron la expedición política y militar para perseguir un líder popular. No buscaban la responsabilidad en la derrota de Huaqui sino, por ejemplo, sobre haber tenido trato carnal con mujeres, ingerir bebidas fuertes o jugar de modo escandaloso. También si nuestra religión santa fue atacada en sus principales misterios por el libertinaje de miembros del ejército. Se le imputaron también actos de ferocidad y crueldad, sin particularizar. La totalidad de los testigos dijeron que nada de lo que se le endilgaba —cuando era discernible en la confusa demanda— había ocurrido, ni en su conducta personal ni como jefe militar, dando explicaciones y fundamentos a sus manifestaciones exculpatorias. Nicolás Rodríguez Peña dijo que cualquiera que quisiera cumplir con los mandatos que le diera la patria hubiera actuado como Castelli… «que fuimos crueles ¡Vaya con el cargo! Mientras tanto, ahí tienen ustedes una patria que no está ya en el compromiso de serlo. La salvamos como creímos que había que salvarla… nosotros no vimos ni creímos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos. Arrójennos la culpa a la cara y gocen los resultados… nosotros seremos los verdugos, sean ustedes los hombres libres». Bernardo de Monteagudo —que estuvo a la cabeza en el levantamiento de Chuquisaca de 1809, junto a Castelli como su secretario en el Alto Perú y fuera luego muy estrecho colaborador de San Martín y finalmente de Bolívar— fue otro de quienes lo defendieron con enjundia en el juicio.
En Buenos Aires, Mariano Moreno, el principal ideólogo de la Junta, trabajó febrilmente por la extensión y consolidación de la revolución independentista con libertad e igualdad para los pueblos. No ignoraba los peligros internos. Premonitoriamente decía que en el nuevo camino «… después que la nueva autoridad haya escapado a los ataques a que se verá expuesta por sólo la calidad de ser nueva, tendrá que sufrir los de las pasiones, intereses e inconstancia de los mismos que ahora fomentan la reforma. Un hombre justo que esté al frente del gobierno será tal vez la víctima de la ignorancia y de la emulación». Fue el autor de la proclama del día 28 de mayo, por la que la Primera Junta anunciaba su instalación a los pueblos del interior y a los gobiernos del mundo, y convocaba a los representantes de las demás ciudades a incorporarse a la misma. En sólo siete meses, estableció una oficina de censos y una Biblioteca Pública Nacional; reabrió los puertos de Maldonado (Uruguay), Ensenada y Carmen de Patagones; mediante varios decretos, liberó de restricciones monopólicas coloniales al comercio y las explotaciones mineras, dictó ordenanzas militares para los oficiales y cadetes y organizó la policía municipal. Fundó y dirigió el periódico oficial la Gazeta de Buenos Ayres, donde publicó la traducción de El Contrato Social de Rousseau y casi todas las semanas detalladas notas de gobierno, que reunidas llenan cientos de páginas. Publicó un decreto de libertad de prensa según el cual se podía publicar cualquier cosa que no ofendiera la moral pública, ni atacara a la Revolución. En política económica procuró desarticular el entramado monopólico colonial y en lo exterior buscó a Inglaterra como aliado contra el más poderoso imperio de la época, justamente el de España del que nos liberábamos. Pero advertía en La Gaceta, sobre los ingleses o cualquiera otro, que «El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse. Recibámoslo en buena hora, aprendamos las mejoras de su civilización, aceptemos las obras de su industria y franqueémosle los frutos que la naturaleza nos reparte a manos llenas. Pero miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes, que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les habían producido los chiches y abalorios…». Con decisión revolucionaria, no descuidaba formar fuerzas efectivas contra los enemigos internos y creó un nuevo regimiento de milicias, llamado Regimiento de la Estrella, con sus seguidores French y Beruti al mando, debilitando relativamente a las fuerzas de Saavedra, a quien también limitó la autoridad exclusiva como presidente de la Junta ordenando que las resoluciones a adoptarse debían contar con la firma de cuatro miembros incluida la del secretario, lo cual le daba a él capacidad de veto en cualquier asunto de gobierno o de índole militar que pasara por su Secretaría.
Pero a fin de año acontecieron hechos que cambiarían el rumbo del gobierno. Llegaron los diputados del interior, convocados el 28 de mayo. Como era la letra y espíritu del llamado, la intención de Moreno era la integración de un Congreso constituyente pero, dirigidos por Gregorio Funes, deán de la catedral de Córdoba y con el apoyo de Saavedra, adujeron que si bien eso era cierto, a ese momento lo conveniente era que se incorporaran a la Junta para que dejara de ser solo porteña. Los influjos conservadores de la cultura colonial, bajo una excusa antiporteñista, se conjugaron en una acción continuista que desechó la luego bien demostrada opinión de Moreno sobre la inoperancia de un ejecutivo colegiado tan amplio. La votación sobre el punto, en la que por decisión de Saavedra participaron los mismos diputados del interior, selló la suerte política de Moreno, que debió renunciar. Bajo la forma de una misión diplomática a Londres partió al exilio y murió en el viaje, envenenado según fuertes indicios y las palabras de su hermano y Tomás Guido, que lo acompañaban(13). Tenía 32 años.
Los tres grandes de Mayo dejaron para los tiempos los objetivos de la revolución de los argentinos, y aunque no fuera su intención pero sí su previsión, cavaron una grieta entre el futuro rumbo del pueblo y quienes pugnaron sin tregua por impedirlo y, cuando les fue posible, hacerlo retroceder al pasado.
Veamos cómo fue el tránsito por una y otra vera, la de la izquierda y la de la derecha, aceptando la posición en las bancas en la Asamblea de 1789, dado que nuestros mentores del conservadorismo «insultaron» a los revolucionarios tildándolos de «afrancesados y jacobinos».
Desde 1810 hasta 1820
Durante esta década las disputas dentro de los sectores independentistas consistieron en vaivenes incesantes protagonizados por patriotas cautelosos y conservadores reaccionarios. El Primer Triunvirato intentó corregir la parálisis ocasionada por la Junta Grande, que mutada a Junta Conservadora se encargó de dictar un Reglamento Orgánico, una suerte de constitución. Los triunviros tuvieron actitudes contradictorias: por un lado disolvieron la Junta Conservadora porque se había reservado demasiados poderes, frustró el golpe saavedrista del «Motín de las Trenzas» protagonizado por el regimiento de Patricios y expulsó a los diputados del interior por haberlo alentado, aniquiló una conspiración realista encabezada por Álzaga y españoles a los que fusiló y colgó, aprobó el uso de la escarapela celeste y blanca, creó el regimiento de Granaderos a Caballo con el mando de San Martín y fundó la Comisión de Inmigración para fomentar la inmigración y colonización del territorio. Pero, con contenido opuesto, adoptó una actitud estratégica defensiva: en el litoral, cuando fuerzas de Portugal/Brasil avanzaron sobre la Banda Oriental en apoyo de los realistas de Montevideo, el Triunvirato negoció con el virrey y puso fin al sitio de Montevideo; y le ordenó a Belgrano que, en caso de un avance realista por el norte, replegarse hasta Córdoba, abandonando la totalidad de la provincia de Salta, que en ese momento incluía también las actuales provincias de Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca (Belgrano, fiel a su ideario, desobedeció esa orden y cuando los realistas avanzaron los venció en Tucumán y Salta, sucesivamente, llevándolos hasta la frontera altoperuana). Estos últimos sucesos derrumbaron un prestigio menguado y la acción conjunta de la Logia Lautaro que integraban San Martín, Monteagudo, Alvear y otros, junto a la Sociedad Patriótica (morenista), la movilización de vecinos y la ocupación de la Plaza de Mayo por los Granaderos y los Arribeños determinaron el fin del Primer Triunvirato y la designación del Segundo. Éste a fines de 1812 creó una comisión para redactar una constitución; convocó y reunió la Asamblea General Constituyente, conocida como Asamblea del Año XIII; creó la Escuela de Medicina bajo la dirección de Cosme Argerich y la Intendencia de Cuyo, decisión vinculada a los planes de San Martín, y también la escuadra, que en 1814 acabó con la armada española en el Río de la Plata.
La realización de la Asamblea del año XIII fue el más destacable logro del Segundo Triunvirato aunque los diputados del congreso no llegaran hasta su objetivo principal, que era dictar una Constitución para el estado independiente, porque sí decretó medidas históricas conducentes a ese fin. Tales fueron el establecimiento de un escudo nacional, un himno nacional, la libertad de vientres, la eliminación de los mayorazgos y títulos de nobleza, la liberación a los indígenas del pago de tributo, la acuñación de la primera moneda nacional, la abolición de la inquisición, la tortura y el tráfico de esclavos, y la instauración del 25 de Mayo como fiesta patria. En resumen, todas medidas que refirmaban la línea política de construcción de un país por completo independiente de España y sin lugar a dudas enfrentado a su imperio, asegurando la esencia de la Revolución, a la que se otorgaban símbolos y faustos inequívocos.
Puede afirmarse así que las fuerzas predominantes en la dirección política de las Provincias Unidas habían retomado con claridad el rumbo revolucionario, transitando el lado independentista, liberal e igualitario de la grieta principal, dejando en la vera opuesta a los defensores de los valores coloniales. Pero también es cierto que rehuyó la ocasión revolucionaria de reforzar su esencia popular y democrática, ahondando la transformación política, institucional y económica, dado que había patriotas, con pueblos detrás, que marchaban por senderos más revolucionarios, posibles y hasta necesarios. Esa pérdida de oportunidad tuvo su primera muestra con el rechazo a la incorporación de los diputados que concurrieron desde la Banda Oriental. Se adujeron motivos formales, que no se aplicaron a otros delegados porque en rigor las razones eran políticas sustanciales. Las instrucciones de los diputados orientales eran las del Congreso de las Tres Cruces realizado en Montevideo en abril de 1813 inaugurado por el caudillo José Gervasio de Artigas expresando: «La soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y ostentada, como objeto único de nuestra revolución; la unidad federal de todos los pueblos e independencia de España sino de todo poder extranjero». En desarrollo de esa premisa, las instrucciones de los diputados eran postular en la Asamblea, además de la declaración de independencia con ese alcance, otras veinte precisas medidas, entre las que se hallaban que el congreso debería decidir un sistema de confederación por pacto recíproco de las provincias; que Maldonado y Colonia con sus respectivas aduanas serían puertos libres para toda exportación e importación; que el despotismo militar sería aniquilado con trabas institucionales que aseguraran las inviolabilidad de los derechos de los pueblos; y que era indispensable que la residencia del futuro gobernador de las Provincias Unidas no fuera Buenos Aires. Los intereses de Buenos Aires eran opuestos a una confederación, a la instalación de varios puertos, a ceder la residencia del gobierno. Mucho menos compartía —y esto era más esencial aún— las políticas sociales y económicas de Artigas. Éste había ido a Buenos Aires para ponerse a las órdenes de la Junta Grande cuando ella ya estaba en el gobierno; en febrero de 1811 en nombre del caudillo se produjo «el grito de Asencio» y sus hombres tomaron Mercedes, luego San José y tras ello en mayo triunfaron en Las Piedras, primera gran batalla en la que los independentistas criollos derrotaron a las tropas realistas, en ese caso al mando del virrey de Elío, instalado en Montevideo. Artigas, ascendido a coronel, convocó a las tribus charrúas que le permitieron dominar la campaña oriental y sostener la lucha contra los portugueses que no cesaban en sus ataques: con 500 blandengues y 450 indios los derrotó en Belén en diciembre de 1811. Pero lo «peor» eran sus ideas y prácticas económicas y políticas, que cimentaban el apoyo de los pueblos criollos e indios de la provincia. Cuando logró realizar el Congreso de Oriente o de Los Pueblos Libres, éste dispuso una reforma agraria, expropiando las tierras que fueran de los realistas y los latifundios de cualquiera, para otorgar en propiedad a cada familia de campesinos «una suerte de estancia» para la explotación agrícola. Esas familias debían estar compuestas, preferentemente, por criollos pobres, indios, mestizos o negros. Una «suerte de estancia», según el artículo 16 de su Reglamento de Tierras de 1815, era un terreno de una legua y media de frente por dos de fondo (algo menos de siete mil hectáreas) medida apta para explotación pecuaria más agrícola. La superficie podía ser algo más o menos extensa según la calidad de las tierras, pero debía contar con aguadas. Estaba prohibido venderlas o afectarlas a préstamos. El sistema, antagónicamente opuesto al colonial, respondía a la idea de «no hay que invertir el orden de la justicia; hay que mirar por los infelices y no desampararlos sin más delito que su miseria»; «olvidemos esa maldita costumbre que los engrandecimientos nacen de la cuna» y respecto de los indios «que se gobiernen por sí, ellos tienen el principal derecho y sería una degradación vergonzosa excluirlos por ser indianos» (instrucciones al gobernador de Corrientes). Como recordaba el general Paz en sus Memorias las ideas de federación proclamadas por Artigas y sus tenientes «hallaban eco hasta en los más recónditos rincones de la república. Textualmente «El Manco» escribió: «Debe agregarse el espíritu de democracia que se agitaba en todas partes. Era un ejemplo muy seductor ver a esos gauchos de la Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe dando la ley a las otras clases de la sociedad, como para que no deseasen imitarlos los gauchos de las otras provincias […]. Acaso se me censurará que haya llamado “espíritu democrático” al que en gran parte causaba esa agitación, clasificándolo como salvajismo; mas, en tal caso, deberían culpar al estado de nuestra sociedad, porque no podrá negarse que era la masa de la población la que reclamaba el cambio(14)». Artigas postulaba la aceptación integral de los principios liberales y republicanos, que por mediación de su secretario —el cura franciscano y político José Benito Monterroso— abrevaba en Tomas Payne y en de la Constitución de Massachusetts de 1780, ostensiblemente más democrática que la de Filadelfia(15), que le permitió trazar un esbozo constitucional síntesis entre las vaquerías y las doctrinas modernas, así como al primer proyecto de reforma agraria del continente. Como «Protector de los Pueblos Libres» promovió la rebelión en Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe, la absoluta independencia de España, organizar el país de forma federal, elegir gobernadores por cada provincia, separar los tres poderes del Estado, establecer formalmente la Provincia Oriental, fijar la capital fuera de Buenos Aires.
Así fue como Artigas se convirtió en «el enemigo» para los dirigentes porteños —comerciantes, dueños de tierras, profesionales— con preeminencia unitaria, quienes luego de intentar sobornarlo infructuosamente con la independencia de la Banda Oriental que quedaría a su mando, no se arredraron ante la traición y pactaron con los portugueses que terminaran con su influencia a cambio de la entrega de ese territorio. Las tropas imperiales al mando del mariscal portugués Carlos Lecor, con la espuria complicidad de Buenos Aires y colaboración por motivos secundarios de algunos federales del litoral terminaron con las fuerzas del caudillo —en su mayoría indios— en enero de 1820, en Tacuarembó, iniciando la retirada de Artigas hacia el territorio ahora argentino que terminó con su exilio, definitivo, en Paraguay.
Terminó casi una década de un fulgurante proyecto y realización de un proyecto litoraleño de corte latinoamericanista, federal, democrático, igualitario, nítidamente progresista y heredero fiel de Mayo de 1810.
La grieta permanecía bien abierta, pero ahora transcurría por un trayecto ubicado más cerca de los conservadores y la reforma agraria no ocurriría jamás.
El escenario internacional
Cuando se juzga la conducta de los gobernantes del Río de la Plata por esos años se olvida de modo sistemático la situación internacional en la que se hallaba nuestro naciente país. En apretada síntesis, sus dirigentes convocaron y organizaron la Asamblea del año XIII que dio inequívocas señales de liberación y progreso social, pero no declaró la independencia, ni dictó la Constitución y cerró instaurando como gobierno el Directorio, un ejecutivo unipersonal que tras vaivenes terminó en manos del ambiguo, aunque en alternativa preferible, Juan Martín de Pueyrredón. Se convocó al Congreso de Tucumán —con ausencia de las provincias Oriental, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y Misiones ya independientes bajo la dirección de Artigas— que trabajosamente y bajo la insistente presión de San Martín desde Mendoza, logró arribar a su momento estelar de la declaración de la independencia el 9 de julio de 1816. Pero el Congreso culminó sus trabajos con el dictado de la Constitución de 1819, claramente unitaria y, cuando menos, poco democrática.
Pero es excepcional se recuerde que, para entonces, cuando San Martín entre 1815 y 1817 —con medios que se procuraba del Cuyo que gobernaba y salteadas ayudas que exigía a Buenos Aires y lograba parcialmente merced a impulsos de Pueyrredón— preparaba su expedición libertadora a Chile y Perú, la relación de fuerzas en occidente se había volcado nítidamente a favor de España y los realistas de América. Derrotado Napoleón en Waterloo, la Santa Alianza reunida en el Congreso de Viena, en el marco de su propósito de sepultar la Revolución Francesa definitivamente con el retorno a los regímenes absolutistas para siempre, restableció la dinastía de los borbones en España, cuya vuelta al poder se manifestó en América con la recuperación y pacificación total de Perú y Chile por el virrey Abascal, la captura y muerte de José María Morelos en noviembre de 1815 en México y el avance imparable del cuerpo expedicionario español en Venezuela y Nueva Granada, haciendo que el único territorio libre de España de todo el continente fueran las solitarias Provincias Unidas del Río de la Plata, hacia donde la metrópoli restauradora decidió enviar una gran expedición armada, a finales de 1815.
Las Provincias Unidas del Río de la Plata eran el único territorio libre y republicano del continente, tenían dificultades económicas ímprobas, desavenencias y luchas internas, estaban rodeadas de enemigos por todos los costados y bajo la amenaza de una fuerza militar enorme que preparaba la derecha reaccionaria en Europa. Tenía, también, un pueblo y una dirigencia con vocación de libertad inquebrantable. En ese marco debe juzgarse la inmensidad del valor político del libertador San Martín, verdadero padre de la patria. En esos momentos límite pugnó incansablemente para que el renuente Congreso de Tucumán hiciera la formal declaración de independencia y tras una colosal labor de reclutamiento, entrenamiento, logística de transportes y armamentos y estrategias políticas de alianzas con los indios y patriotas chilenos e inteligentes maniobras de distracción, condujo a su ejército a un cruce de la cordillera de los Andes realmente épico, para caer sobre el Chile realista, recuperarlo para la libertad y continuar la gesta hasta la liberación del Perú para culminar en el encuentro con Bolívar que, después que el Ejército de los Andes, había comenzado su trayectoria liberadora desde Caracas.
La situación era harto difícil, en rigor, dramática. El declive del imperio español era muy incipiente y el retorno de Femando VII al trono de España con la ayuda del ejército inglés conducido por Wellington, como pieza del triunfal movimiento de restauración absolutista realista para el continente europeo y sus colonias que condujo la Santa Alianza, había fortalecido las fuerzas que se proponían aplastar la liberación en los países de América. El repuesto rey era partidario de una pronta y fuerte Gran Expedición contra Buenos Aires, a un costo de unos 100 millones de reales.
El crecimiento de Inglaterra como potencia estaba aún en ciernes, tanto más el de Estados Unidos. Este contexto implicaba a la vez serios riesgos y nuevas posibilidades para el movimiento separatista hispanoamericano. Posibilidades, sobretodo, a través de la creciente aunque discreta ayuda británica, en provisiones y armas a los ejércitos patriotas al debilitarse la alianza que tuviera con España. Los Estados Unidos, por su lado, habían firmado la paz con Inglaterra (Gante, 1814) y se interesaban en dar paso a una política más favorable a los patriotas del sur del continente(16). Las condiciones en España, además, no eran estables. Hubo una revolución liberal en la que se concibió a las colonias americanas integrando una comunidad hispánica renovada, donde gozarían, «de una representación y libertad que los hace iguales a nosotros y los libera de toda diferenciación odiosa(17)». Restablecido otra vez el absolutismo en España en 1823, por decisión de la Santa Alianza y ejecución de Francia de Luis XVIII, llegó demasiado tarde para que aquélla pudiera recuperar sus colonias. Por el contrario, este regreso al absolutismo español provocó una actitud más decidida de Inglaterra en favor de los insurgentes hispanoamericanos, mientras que en Estados Unidos, en ese 1823, el presidente Monroe decía a la Europa de la restauración su hostilidad a toda empresa que buscase la reconquista de América. Recuerdo que llama a calificar los hechos y sus doctrinas de arreglo su momento histórico, pues entonces fue concebida por sus autores, en especial el ministro John Quincy Adams, como proclamación de respuesta a la amenaza que suponía la factible instauración en territorio americano de la restauración monárquica de Europa y la Santa Alianza.
En el transcurso de esos años las amenazas para nuestra patria provenientes del mundo europeo, cuando se hallaba completamente sola y en labores de parto, fueron de origen tan amplio como que incluía a todas las potencias que no eran España. En la conferencia de Aquisgrán en 1818 entre Austria, Prusia, Rusia y Reino Unido, como uno de los muchos asuntos allí tratados se propuso a finales de octubre la pacificación de las colonias españolas y se consideró presionar a los «insurgentes» americanos con medidas de fuerza, boicot comercial y amenazas de intervención armada, postura que al final no prosperó por la oposición de Gran Bretaña. Obvio que esas maniobras eran conocidas por los patriotas del Río de la Plata, y por ejemplo Rivadavia operaba en Londres —centro de las negociaciones— para establecer contactos entre los realistas españoles y los «insurgentes» para la formalización de un armisticio, previo al establecimiento de negociaciones entre plenipotenciarios españoles y americanos(18).
En síntesis, reiteramos, la posición nacional era harto complicada y riesgosa. La grieta que es centro de nuestra observación mantuvo su esencia de hendidura entre revolucionarios continuadores de Mayo y quienes objetivamente jugaron papeles quietistas o retrógrados, pero en punto a la valoración de los hombres por su ubicación al frente de las fuerzas políticas que actuaron en uno u otro lado de la línea de separación cabe ser cautos y considerar la amenazante situación de contexto internacional que envolvía a casi todos.
De 1820 a 1830
En toda la extensión del territorio de las provincias la situación se tornó inestable, cambiante. El estado colonial había sido desmantelado, sus instituciones destruidas y diferentes grupos sociales, en su gran mayoría independentistas, competían por llenar el vacío. No erraba la comisión del Congreso de 1824 cuando —como argumento para un país centralizado— describía como la más notable de las circunstancias físicas de nuestro país «la que ofrece la despoblación de sus provincias. Muchas de las que llevan ese nombre, o no tienen, o apenas tienen quince mil habitantes, esparcidos en distancias enormes. Las más son pobres y algunas en extremo». Como jefe de la oposición federal a los unitarios que dominaban el cuerpo, Manuel Dorrego aceptaba esa realidad y argumentaba que podría ser superada mediante la creación de regiones y proponía los siguientes Estados: Entre Ríos, Corrientes y Misiones recordando la República de Entre Ríos que instaurara Francisco Ramírez, Santa Fe junto con Buenos Aires con capital en San Nicolás o Rosario, La Rioja con Catamarca, Santiago del Estero con Tucumán, y las tres de Cuyo. Estimaba suficientes por sí mismas a la Oriental, Córdoba, Salta (que comprendía entonces a Jujuy) y Paraguay(19). Cabe una acotación para la actualidad. Más allá de los cambios que los tiempos produjeron, es una cuestión siempre soslayada como política de estado, pendiente, deseable y posible, tanto que la Reforma Constitucional de 1994 previó formas de realización.
En aquel marco de diversidades locales, sin instituciones centrales, surgieron como actores principales los caudillos que, producto de las guerras de la independencia, se fueron convirtiendo en jefes políticos y militares de las poblaciones rurales y urbanas de las distintas regiones del interior. Sus seguidores lo eran de una suerte de patrón pródigo del que obtendrían seguridad y bienes. Para el pueblo eran más seguras las promesas personales de un caudillo que lo esperable del ofrecimiento anónimo de una institución. De ese modo la conjunción de patrones y trabajadores rurales, soldados, adeptos, clientes, se convirtió en uno de los pilares fundamentales del caudillismo en las nuevas repúblicas. El caudillo era guerrero, jefe regional, hacendado y patrón. Pero se dio una particular singularidad: en la lucha por la independencia los sectores más bajos se levantaron no sólo contra el centro colonial sino también contra el régimen que les negaba derechos, el progreso a todos, la igualdad a los indios, la libertad a los esclavos.
Una parte de la élite criolla, sobretodo la acomodada, se opuso a estas demandas, mientras que, desde una visión ilustrada, sectores intelectuales de ella, imbuidos de pensamientos políticos europeos sobre formas de gobiernos e instituciones republicanas, la acompañó y le dio alimento teórico. Esas dos formas principales adquirió la brecha histórica que separó lados enfrentados. Aunque los protagonistas no son emplazables en una u otra orilla tan ligeramente como se ha realizado en la historiografía nacional.
Tomemos el caso de Martín Miguel de Güemes, caudillo salteño, oficial criollo con origen en una familia rica de Salta, quien por más de cinco años desde 1815 fue gobernador de su provincia. Estratégicamente, la actuación de Güemes en la guerra de la Independencia argentina fue crucial: sin la tenaz resistencia de sus montoneras de gauchos, que progresivamente organizó de acuerdo a las reglas militares en diversos cuerpos dándole a los combatientes jefaturas en gradaciones castrenses, no hubiera sido posible defender la frontera norte del actual país, ni lo hubieran sido las campañas del general San Martín que permitieron obtener tanto la Independencia de Chile como la posterior del Perú. Güemes fue un héroe de la independencia argentina y americana. Bajo su mando, las ciudades de Salta y Jujuy y su campaña defendieron al resto de la las provincias del sur, luego de las derrotas de los ejércitos patriotas en el Alto Perú, sin ayuda desde Buenos Aires. Recién a finales del siglo pasado los estudios históricos sobre esa gesta llamada La Guerra Gaucha concluyeron que el aporte de Güemes a la lucha por la Independencia sudamericana fue esencial para la estrategia del «Plan Continental» llevado a cabo por José de San Martín. Cuando estuvo a cargo del ejército del Norte le transmitió a Güemes su plan de atacar Perú desde Chile, para lo que necesitaba cruzar los Andes con la espalda cubierta por acciones militares que contuviera cualquier intento de avance realista por la frontera norte y su vez los mantuviera ocupados, lejos de Lima. El Libertador, en otra muestra de su talento político y estratégico, antes de marchar hacia Cuyo, designó a Güemes como General en Jefe del Ejército de Observación a cargo de la defensa de la frontera norte y lo mantuvo continuamente informado sobre los movimientos del Ejército de los Andes en la campaña del Pacífico y, cuando el Libertador desembarcó en la costa peruana, Güemes decidió avanzar hacia el Alto Perú, ofensiva que no fructificó pero dejó paralizados a los realistas en la frontera norte. Güemes publicaba decretos autorizando la confiscación de ganados y requisición de propiedades a los hacendados y comerciantes más poderosos. Imponía además donativos obligatorios para sostener los gastos militares y hasta emitió moneda. El régimen populista de Güemes fue la base material para continuar la guerra de la independencia, librada día a día con incontables episodios de heroicos combates a manera de guerrillas, pero además tuvo profundas implicaciones sociales en tanto empoderó a los grupos populares, ajenos a las clases altas. Al no contar con apoyo económico del gobierno central de Buenos Aires, hizo pagar la defensa de la revolución a la aristocracia salteña. El sistema de conducción de Güemes, aunque no pretendió realizar un cambio en la estructura agraria, fue populista en el sentido de cargar los costos de la guerra a los grupos privilegiados, además que con su política el caudillo militarizó y puso en el escenario de la cosa pública a los sectores populares y éstos protagonizaron conscientemente la pelea por la independencia nacional en un escenario que sentían más justo y, por ende, también propio(20).
¿De qué lado de la grieta estuvo Güemes, de familia acomodada salteña? Por lo que hemos visto, sin duda del lado patriota popular, con libertad e igualdad. Por si cupieran dudas, en Buenos Aires hubo quienes publicaron la noticia de su muerte bajo el título «Ya tenemos un cacique menos»; y el artículo demostraba más alivio por la muerte de un enemigo ideológico que pesadumbre por la posible futura pérdida de la ciudad de Salta en manos realistas. Una postura idéntica a la que tuvieron con Artigas.
Por esos años de desorganización nacional y extremo peligro externo del que se hizo cargo San Martín con el ejército de los Andes que formó, el pueblo cuyano blanco, indios y negros y la zaga cubierta por Güemes, también fueron otros caudillos del interior quienes cumplieron relevante papel en el sostenimiento del ideario democrático y popular en el resto de la patria.
Uno especialmente destacable fue Francisco (Pancho) Ramírez. Veinteañero en 1810, organizó las milicias de su pueblo, Concepción del Uruguay, que en 1811 recuperaron para los patriotas de Mayo. Cuando el gobierno de Buenos Aires quiso terminar con el gobierno de Artigas en la provincia Oriental se sumó a él en su lucha contra los portugueses y porteños, a los que reiteradas veces venció en sus intentos de someter a su provincia al Directorio de Buenos Aires. Ramírez se destacó como uno de los más capaces caudillos; era conocido que sus tropas eran muy disciplinadas, mucho más que las de Artigas o las de López. Luchaban en perfecto orden y seguían las mandas de sus superiores con mucha mayor precisión, incluso más que las del Directorio. Ramírez fue un genuino representante de los caudillos del litoral que sostuvieron el ideario democrático y popular de la Revolución de Mayo, y la palabra de los oponentes a ellos es la prueba: Vicente Fidel López aceptaba la invasión portuguesa a la Banda Oriental como opción para acabar con Artigas —y por ende Ramírez y López el santafecino— y criticaba a San Martín por haber desobedecido al gobierno de traer su Ejército de los Andes hacia el litoral porque con sus tropas más las de la Capital y Tucumán «podía haber concentrado diez mil hombres sobre Santa Fe y Entre Ríos y ahogar en el Uruguay, entre la frontera argentina y las tropas portuguesas, todos los caudillos montoneros sin dejar uno sólo capaz de caminar en dos pies(21)».
Los federales litoraleños dirigidos por Ramírez, López y Pedro Campbell (hombre de Artigas) marcharon sobre Buenos Aires y derrotaron a sus tropas en la batalla de Cepeda. Provocaron la caducidad de la Constitución conservadora de 1819 y con Manuel de Sarratea, designado gobernador de Buenos Aires, firmaron el Tratado del Pilar por el que las provincias reasumían su soberanía particular, se llamaba a un congreso general a reunirse en San Lorenzo, se instaba a Buenos Aires a cumplir su deber de defender la Banda Oriental y Ramírez se comprometía a invitar a Artigas a unirse al tratado como «aliado gobernador de la Banda Oriental». Fue un claro triunfo de las fuerzas populares sobre la élite conservadora del puerto.
Pero la relación de fuerzas en Buenos Aires no había cambiado lo bastante como para que Sarratea se sostuviera, y cayó. Sus sucesores porteños de inmediato marcharon contra el litoral, pero finalmente fueron derrotados por López. Buenos Aires quedó acéfala y sobre la Junta de Representantes actuó por primera vez un personaje que sería esencial en la historia argentina: Juan Manuel de Rosas, que presionó con las fuerzas, que había reunido en el campo bonaerense, para que fuera designado gobernador Martín Rodríguez. En noviembre de 1820, con el impulso de Rosas —que lo había pactado con López—, Rodríguez acordó con el santafecino y con el gobernador cordobés Bustos en firmar el Tratado de Benegas, con miras a una Convención en Córdoba. Con esa maniobra quedó anulado el Tratado del Pilar y Ramírez aislado, solo en su empeño de liberar la Banda Oriental. Tanto Bustos como Rodríguez —es decir, Rosas— consideraban que el prestigio de Ramírez y su decidida insistencia en recuperar la Banda Oriental eran una amenaza a la unidad del país. La preocupación que el entrerriano le manifestara a Rodríguez por la abundancia de miembros del Directorio en su gobierno fue, por supuesto, desoída.
La omisión de asistencia a los patriotas orientales por parte de Buenos Aires funcionó como acicate y eficaz ayuda a los portugueses, que derrotaron a Artigas en Tacuarembó. Su obligada retirada lo hizo replegar a Entre Ríos y allí un desafortunado enfrentamiento con Ramírez derivó en su exilio y, posteriormente, coadyuvó al trágico final del caudillo entrerriano.
La estatura política de Ramírez quedó plasmada en la creación, lineamientos institucionales y perfil ideológico de la República de Entre Ríos, que no se proclamó estado independiente del Río de la Plata ni manifestó un propósito secesionista, sino que su nombre resaltaba su oposición a las ideas monárquicas y centralistas que preconizaba Buenos Aires. Ramírez sancionó «reglamentos» para los órdenes militar y político, cuya redacción encomendó a Cipriano de Urquiza, el hermano mayor de Justo José, y José Simón García, quien años después apoyara en su natal Corrientes a todos los gobiernos de Pedro Ferré —de quien trataremos más adelante— y a las rebeliones correntinas contra Rosas, además con notas de prensa defendiendo la postura en favor de la concreción de una asamblea nacional constituyente propuesta por su gobernador, en contra de la estrategia política para la nación que sostenía el jefe bonaerense.
Ramírez efectuó la división del territorio de La República en departamentos, cuyos gobernadores en lo civil y militar eran elegidos por la población de su jurisdicción. Estableció un régimen de administración de justicia, un servicio de correos, ordenó la realización de un censo y decretó la obligatoriedad de la enseñanza primaria, incluyendo la alfabetización y la aritmética. Prohibió además la matanza de ganado cimarrón, promoviendo la cría en estancias y la agricultura. Bajo su auspicio se realizaron los primeros comicios en la región. Organizó su propia fuerza armada y a ellas incorporó indios charrúas y guaraníes. Y sobre el nivel cultural de este caudillo litoraleño vale reproducir un fragmento de carta enviada —en plena campaña militar— al comandante de Corrientes Evaristo Carriego (abuelo): «He visto en una gazeta de Buenos Aires que han nombrado de catedrático de medicina a don Amado Bonpland. Los porteños, después de haber hecho con él un barro, quieren ahora dorarlo sin duda por hallarse entre nosotros, yo le escribo la adjunta ofreciéndomele como siempre. Ustedes deben tenerlo grato y al efecto se lo recomiendo particularmente a Ricardo [López Jordán, su medio hermano] ansioso de que se le franquee y de que nos sirva de honor y de provecho en la República si él pone en planta su curiosidad y sus útiles especulaciones. Tarde se han acordado los porteños de este hombre de ciencia(22)». Con la licencia de Ramírez, Bonpland a mediados de 1821 se estableció en Misiones con «… semillas de algodón superior, de añil, y de tabaco, con el objeto de sembrar allí de todo, a más de dar a los indios para que siembren y animarlos al trabajo(23)».
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