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SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL

José María López Piñero

Universitat de València

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© De la primera edición: José María López Piñero, 2006

© De esta edición: Herederos de José María López Piñero, 2014

© De la fotografía de la sobrecubierta: Padró

© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2014

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Fotocomposición y maquetación: Artes Gráficas Soler, S. L.

Diseño de la sobrecubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9605-6

Sumario

Introducción

La histología en España anterior a Cajal

Niñez y adolescencia en el Alto Aragón (1852-1869)

Estudiante de medicina en Zaragoza durante el periodo revolucionario (1869-1873)

Médico militar en la tercera guerra carlista y en la de Cuba (1873-1875)

El doctorado y las oposiciones a cátedras de anatomía (1875-1883)

Cuatro años en Valencia (1884-1887), punto de partida de su obra científica

La dedicación a la neurohistología y el magisterio de Luis Simarro

Cuatro años en Barcelona (1888-1892): un nuevo concepto sobre la estructura histológica del sistema nervioso

Dos décadas en Madrid (1892-1914): periodo culminante de una vida dedicada a la investigación

Las dos últimas décadas (1914-1934): declinación de un gran sabio

La Escuela Histológica Española

Índice onomástico

Introducción

Como todos los científicos importantes, Cajal sufre en cada aniversario de su biografía una avalancha de publicaciones oportunistas y de pintorescos actos conmemorativos, que se limitan a reiterar los tópicos y errores de su mitificación falseada. Casi todos proceden de la «polémica de la ciencia española», cuyo residuo continúa siendo uno de los principales obstáculos para conocer seriamente su vida y su obra. Todavía son muy numerosos los que ignoran, o fingen ignorar, que dicha polémica fue una mera proyección de prejuicios procedentes de ideologías que mantenían posturas opuestas: los panegiristas ensalzaron las «glorias de la ciencia española» con la intención de justificar la estructura social, la organización política y el sistema de valores que los negativistas pretendían invalidar con su negra imagen de «látigo, hierro, sangre y rezos». Sin embargo, los excesos retóricos triunfalistas, revestidos en ocasiones de falsa erudición, y las lamentaciones masoquistas de sus contradictores coincidieron en rechazar por completo la investigación del tema. Resultaba impertinente cualquier acercamiento serio y los que lo hicieron fueron ignorados o duramente descalificados por los mandarines culturales de turno.1 Esta conducta culminó en una serie de afirmaciones prepotentes de José Ortega y Gasset. Por una parte, ensalzó el burdo acercamiento histórico limitado a las «grandes figuras» con una imagen de los científicos españoles como «seres de una pieza, que nacen sin precursores, por generación espontánea».2 Por otra, basó la peculiaridad de la cultura española en una interpretación etnocéntrica de la europea, que se manifiesta en su famosa frase:

Europa = ciencia: todo lo demás le es común con el resto del planeta.3

Apenas puede concebirse nada más opuesto al objetivo de nuestra especialidad: la investigación del cultivo de las ciencias como un aspecto integrado en la cultura de todas las sociedades.

También Severo Ochoa llegó a decir:

No es fácil explicar por qué España ha ido siempre muy por detrás de otras naciones en el cultivo de la ciencia y mucho menos fácil explicar cómo en ese terreno árido ha surgido la figura de un Cajal … Cajal fue un autodidacta … Cómo surgió Cajal en el páramo científico de la España de su tiempo es para mí un milagro.4

Esta afirmación refleja su absoluta falta de interés por la historia de la ciencia, que contrasta con la extraordinaria importancia que le concedieron, como es sabido, Rudolf Virchow, Ludwig Aschoff, Albert Einstein, Erwin Schrödinger, Charles S. Sherrington, John F. Fulton, Harvey W. Cushing, William Osler, etc. Para explicarla no puede aducirse su exilio en los Estados Unidos, cuyos numerosos profesionales de nuestra especialidad dedicaron entonces a la actividad científica en España investigaciones tan importantes como las de Lynn Thorndike, I. Bernard Cohen, Charles D. O’Malley, Ursula Lamb y Barbara G. Beddall. Las relativas a la histología en España no eran precisamente una novedad, ya que sobre Crisóstomo Martínez, por ejemplo, se habían realizado casi un centenar de trabajos en diferentes idiomas desde su Éloge publicado en París el año 1740.5

Un caso significativo es lo que ha sucedido con los estudios sobre el granadino Aureliano Maestre de San Juan, el primer maestro de Cajal. En 1935, Eduardo García del Real, catedrático de historia de la medicina de Madrid, le dedicó un importante trabajo,6 pero la guerra civil interrumpió la trayectoria de nuestra especialidad, como la de todas las demás. Durante la postguerra, además de publicar un libro que presentaba a Cajal poco menos que como un fascista,7 se insistió en que era una especie de «caudillo» autodidacta con la delirante fabulación de que había sido el primer español que hizo una autopsia y que utilizó el microscopio. La investigación histórica sobre la histología anterior a Cajal no se reanudó hasta las comunicaciones que María Luz Terrada presentó al I Congreso Español de Historia de la Medicina (1963), en colaboración con dos de sus discípulos.8

Las ideologías y los intereses económicos son las únicas razones para organizar continuamente conmemoraciones de determinados «seres de una pieza» y para excluir otros. Así se explica que el sesquicentenario del nacimiento de Luis Simarro (2001) haya sido totalmente ignorado incluso en Valencia, donde hasta 1941 tenía dedicada la calle que hoy se llama «de Micer Mascó». Por otra parte, la única conmemoración de los cien años transcurridos desde que ocupó la primera cátedra española de psicología ha consistido en una exposición con innumerables «lindezas»: llamar «eruditos del Renacimiento» a Luis Vives, Gómez Pereira y Juan Huarte de San Juan; hablar de «un joven Simarro educado en el ambiente romántico de la Valencia de mediados del siglo XIX», que en 1862 «ingresa en el Colegio de Nobles de San Pablo de Valencia», es decir, en una institución del siglo XVII; titular tres obras pictóricas de su padre con el rótulo «pueblo levantino», dos de ellas con el interrogante «¿Xátiva?», etc.9 La relación con Cajal quedaba todavía más empobrecida que en los tópicos de costumbre.

Durante la conmemoración politizada en Madrid del sesquicentenario de la muerte de Cajal, el generoso reconocimiento que hizo del magisterio de Simarro no ha sido tenido en cuenta. Se ha continuado diciendo que era «un aficionado a la histología» y que Maestre de San Juan carecía de información sobre la estructura microscópica del sistema nervioso. Así se manifiesta el rigor de un ambiente que ha hecho el ridículo internacional publicando, al mismo tiempo, un retrato de Cajal ya octogenario con el siguiente pie:

D. Santiago Ramón y Cajal, época de la Guerra de Cuba.10

Las mitificaciones falseadas excluyen, por supuesto, cualquier limitación o defecto, presentando a las «grandes figuras» como auténticos modelos de todas las virtudes. A este respecto, Hollywood ha llegado al colmo. Baste recordar la vieja película sobre Marie Sklodowska Curie, protagonizada por Greer Garson, en la que aparecía como cumbre de la fidelidad conyugal y de la castidad. Son muy escasos los libros sobre Vesalio, Newton, Claude Bernard o Einstein que no consisten en hagiografías laicas.11

La peor consecuencia de tan lamentables conductas es que Cajal continúa figurando entre los pocos científicos de primer rango sin edición rigurosa de sus obras completas y de su correspondencia. El 6 de abril de 1996, la Fundación Residencia de Estudiantes, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y la Fundación de las Ciencias de la Salud formalizaron un acuerdo en torno al Legado Cajal, que parecía apropiado para contribuir a la superación del vergonzoso atraso de la investigación sobre el gran neurohistólogo y su obra. Sin embargo, solamente trabajamos con entusiasmo durante cuatro años María Luz Terrada y yo, con la colaboración del joven y competente Alfredo Rodríguez Quiroga, a quien le han puesto todo tipo de barreras para que no se profesionalice como historiador de la ciencia. En la línea iniciada por Bibliographia Paracelsica (1894-1899) de Karl Sudhoff, comenzamos con una Bibliografía Cajaliana, que incluye 3.381 referencias pormenorizadas de ediciones de sus escritos, situándolas en repertorios y en bibliotecas de todo el mundo, así como 718 trabajos sobre su vida y su obra, con clara conciencia de que era incompleta. Rodríguez Quiroga y yo continuamos con la correspondencia, reuniendo 2.914 cartas, la más antigua fechada en Valencia el 1 de enero de 1885 y la última, en Madrid el 17 de octubre de 1934, pocas horas antes de su muerte, aparte de casi centenar y medio sin lugar ni fecha. Como teníamos noticia de otras muy importantes, sobre todo en Latinoamérica y en los institutos histórico-médicos centroeuropeos, entre ellos, el de la Universidad de Zurich, que había dirigido mi maestro Erwin H. Ackerknecht, planificamos una labor de muy larga duración. Para no retardar excesivamente la publicación, decidimos confeccionar una especie de antología, que titulamos Epistolario selecto de Santiago Ramón y Cajal. Ediciones Doce Calles se encargó de imprimir la Bibliografía y el Epistolario selecto, cuyas pruebas llegamos a corregir en febrero de 1999, cuando el proyecto en torno al Legado Cajal ya estaba totalmente frustrado. Nadie nos lo comunicó y si nos enteramos fue porque Francisco Javier Puerto Sarmiento tuvo la generosidad de hacer adrede un viaje para evitar que siguiéramos trabajando inútilmente. Él también había sufrido otra frustración: la de la serie Biblioteca de Clásicos de la Farmacia Española, que había culminado con la edición facsímil de la gran Flora peruviana, et chilensis de Hipólito Ruiz y José Pavón (1995), interrumpida tras el volumen tercero, a pesar de ser, con gran diferencia, la publicación más importante de la Fundación de Ciencias de la Salud.

Aunque dispongo de numerosa información acerca de las causas del completo fracaso del proyecto en torno al Legado Cajal, voy a limitarme a citar unos párrafos de lo que dijo su nieta María Ángeles Ramón y Cajal Junquera en el número de la Revista Española de Patología titulado Homenaje a Cajal en el sesquicentenario de su nacimiento:

Inexplicablemente, los sucesivos directores del Instituto Cajal, a partir del Dr. Sanz Ibáñez, desconocen unos hechos que están ahí, como es la testamentaría de Ramón y Cajal… Se empieza a considerar como bienes propios del Instituto, todas las propiedades de los herederos de D. Santiago… Es justo decir que, partiendo de este lamentable y fundamental error, se firma, en 1996, un convenio entre el CSIC, que presidía D. José María Mato, la Fundación Ciencias de la Salud Glaxo-Wellcome y Fundación Residencia de Estudiantes, referente a los fondos constitutivos del legado … La realidad convierte el convenio en nulo, porque vulnera la voluntad testamentaria de Ramón y Cajal.12

El triste destino que tienen los legados de los científicos españoles queda de manifiesto en lo que ha pasado con los de Simarro y Cajal. Tras la guerra civil, la biblioteca y los materiales científicos de Simarro fueron arrinconados en el último piso de un edificio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, donde bastantes materiales quedaron destrozados y algunos libros fueron robados para ser vendidos por anticuarios sin escrúpulos. Durante el centenario de la cátedra de psicología, en el archivo de la Fundación Simarro, lo que queda de sus preparaciones microscópicas continuaba sin inventariar con la siguiente denominación: «dibujos en plaquitas de cristal». La «Gran Subasta de Primavera» convocada en Madrid por Fernando Durán para el 25 y el 26 de mayo de 1999 ofrecía: diez fotografías de Cajal, dos de ellas dedicadas; las primeras ediciones de Fotografía de los colores (1912) y de Chácharas de café (1920) con dedicatorias autógrafas; ejemplares de la medalla y del programa de actos conmemorativos del primer centenario de su nacimiento; cinco cartas manuscritas de Cajal y otras cinco que le dirigieron nada menos que Albert von Kölliker y Gustaf Magnus Retzius; veintiuno de sus dibujos histológicos; seis placas fotográficas en color realizadas por el propio Cajal con su método, dos de las cuales contienen autorretratos. Los precios de salida llegaban a 400.000 pesetas.13 Como dijo Quevedo y me gusta tanto repetir: «Poderoso caballero es Don Dinero».

La Fundación de Ciencias de la Salud ni siquiera nos autorizó, tras su fracaso, la publicación a nuestra costa de la Bibliografía Cajaliana, aunque acabamos ignorando tan absurda prohibición (2000).14 Las referencias posteriores pueden obtenerse consultando, directamente o a través de Internet, Bibliografía histórica sobre la ciencia y la técnica en España.15 Por el contrario, Epistolario selecto sigue inédito.

Mis maestros me enseñaron que una de las funciones de nuestra especialidad es la divulgación médica. Por ello, he publicado síntesis de la biografía y la obra de Cajal, la dos primeras prologadas por Laín Entralgo (1985, 1988),16 para difundir la investigación sobre el tema, a la que he intentado contribuir con más de una treintena de libros y artículos. En la tercera (1995),17 aparte de rectificaciones de detalle, incorporé la información procedente de fuentes dadas a conocer poco antes, las más importante de las cuales eran el manuscrito autobiográfico de Pío del Río Hortega acerca de su relación con Cajal y la correspondencia entre ambos. La cuarta (2000)18 fue editada por una de las multinacionales hoy dominantes en el mundo cultural con varios nombres. Tras una intensa campaña de mercadeo, me comunicaron la desaparición de Debate, el nombre utilizado, aunque han seguido vendiendo ejemplares hasta agotarlos recientemente, lo que me ha producido el disgusto de no poder enviar ninguno a varios extranjeros interesados por Cajal. Con mucha mayor destreza, mi amigo Juli Peretó ha conseguido a través de Internet adquirir el que quizá sea el último, también para un extranjero. A él se debe la iniciativa de que esta nueva síntesis la edite la Universitat de València, acogida con gran generosidad por Antoni Furió, eficacísimo responsable de sus publicaciones. Les manifiesto mi gratitud con la sinceridad propia de un jubilado hace ya más de siete años.

Un propósito central de la presente síntesis continúa siendo integrar la biografía y la obra de Cajal en la trayectoria de la histología en España, dentro de la cual Valencia ocupa una posición tan destacada. En consecuencia, el capítulo inicial resume dicha trayectoria, ya que por primera vez no me lo impide el consumismo de las multinacionales. Apenas hace falta decir que aspira también a integrarlas en las circunstancias políticas, socioeconómicas y culturales que las condicionaron, contexto ineludible para situar adecuadamente a cualquier científico, pero especialmente necesario frente a una mitificación falseada.

Valencia, diciembre de 2005

1 Cf. J. M. López Piñero, «Obstáculos para la investigación histórica de la ciencia». En: La historiografía de la ciencia y los estudios sobre la sociedad española durante la Edad Moderna, Valencia, Gráficas Antolín, 2005, pp. 1-36.

2 J. Ortega y Gasset, «La ciencia romántica», El Imparcial, 4 de junio de 1906.

3 J. Ortega y Gasset, «Asamblea para el Progreso de las Ciencias», El Imparcial, 27 de julio de 1908.

4 S. Ochoa, Prólogo. En: S. Ramón y Cajal, Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad, Madrid, Espasa-Calpe, 1995 [13ª ed. en Colección Austral], pp. 9-10.

5 Cf. las referencias bibliográficas en: J. M. López Piñero, El Atlas anatómico de Crisóstomo Martínez, grabador y microscopista del siglo XVII, 3ª edición, nuevamente revisada y ampliada, Valencia, Ajuntament de València, 2001, pp. 69-80.

6 E. García del Real, «Dos precursores de Ramón y Cajal: Maestre de San Juan y López García», Trabajos de la Cátedra de Historia Crítica de la Medicina, 4, 479-494 (1935).

7 G. Durán Muñoz, Del sentimiento e idea política en Don Santiago Ramón y Cajal. Prólogo de Julián Sánchez Duarte, Madrid, Editora Nacional, 1949.

8 M. L. Terrada Ferrandis, J. A. Campos Ortega, R. Marco Cuéllar, «El interés hacia lo histológico en la medicina española del siglo XVIII». En: Actas del I Congreso Español de Historia de la Medicina, Madrid, Sociedad Española de Historia de la Medicina, 1963, pp. 177-180. M. L. Terrada Ferrandis, J. A. Campos Ortega, R. Marco Cuéllar, «Nota previa acerca de la histología española del siglo XIX anterior a Cajal». En: Actas del I Congreso Español de Historia de la Medicina, Madrid, Sociedad Española de Historia de la Medicina, 1963, pp. 495-502.

9 H. Carpintero, J. Javier Campos, J. Javier Bandrés, dirs., Luis Simarro y la psicología científica en España. Cien años de la Cátedra de Psicología experimental en la Universidad de Madrid, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2002, pp. 13-14, 51, 55, 93.

10 Real Academia Nacional de Medicina, D. Santiago Ramón y Cajal en la Real Academia Nacional de Medicina, Madrid, Programa de colaboración de la Real Academia Nacional de Medicina con las Fundaciones «Banco Bilbao Vizcaya», «Ramón Areces» y «Caja Madrid», 2003, p. 11.

11 Como ejemplos de los libros que no ocultan o ignoran las limitaciones y defectos, pueden citarse los siguientes: J. J. Barcia Goyanes, El mito de Vesalio, Valencia, Real Academia de Medicina de la Comunidad Valenciana-Universitat de València, 1994. R. S. Westfall, The life of Isaac Newton, Cambridge, Cambridge University Press, 1996 (trad. cast. con Bibliografía en lengua castellana por J. M. López Piñero: Isaac Newton. Una vida, Cambridge, Cambridge University Press, 1996). M. D. Grmek, Raisonnement expérimental et recherches toxicologiques chez Claude Bernard, Genève-Paris, Librairie Droz, 1973. L. Pyenson, The Young Einstein. The Advent of relativity, Bristol, Adam Hilger, 1985 (trad. cast.: El joven Einstein. El advenimiento de la relatividad, Madrid, Alianza Editorial, 1990).

12 M. A. Ramón y Cajal Junquera, «Orígenes del Museo Ramón y Cajal, del Legado y sus vicisitudes», Revista Española de Patología, 35, 497-498 (2002).

13 Gran Subasta de Primavera. Maestros Antiguos de los Siglos XIX y XX. Escultura, Muebles, Plata y Colección de Objetos de Vitrinas. Fernando Durán. Madrid, 25 y 26 de Mayo de 1999 a las 6,00 p. m., números 290-326.

14 J. M. López Piñero, M. L. Terrada Ferrandis, A. Rodríguez Quiroga, Bibliografía Cajaliana. Ediciones de los escritos de Santiago Ramón y Cajal y estudios sobre su vida y obra, Valencia, Albatros, 2000 [a partir de ahora, cit. Bibl. Cajaliana].

15 M. L. López Terrada, V. Salavert Fabiani, et al. «Bibliografía histórica sobre la ciencia y la técnica en España». Publicada anualmente en Cronos. Cuadernos Valencianos de Historia de la Medicina y de la Ciencia. Accesible en la web del Instituto de Historia de la Ciencia y Documentación López Piñero (http://www.uv.es/-Fresquet/ TEXTOS).

16 J. M. López Piñero, Ramón y Cajal. Prólogo: Pedro Laín Entralgo, Barcelona, Biblioteca Salvat de Grandes Biografías, 1985. 2ª ed., ibid., 1988.

17 J. M. López Piñero, Ramón y Cajal, Barcelona, Biblioteca Científica Salvat, 1995.

18 J. M. López Piñero, Cajal, Madrid, Debate, 2000.

La histología en España anterior a Cajal

SIGLO XVII

Los primeros cultivadores españoles de la histología fueron varios protagonistas del vigoroso movimiento de renovación que durante el último tercio del siglo XVII rompió de modo abierto y sistemático con las doctrinas tradicionales procedentes de la Grecia clásica. Los novatores, término entonces despectivo que les aplicaron los partidarios de la tradición, no sólo introdujeron los saberes, las técnicas y los métodos de la Revolución Científica, sino también conceptos fundamentales y supuestos básicos como la idea de progreso y el derrocamiento del criterio de autoridad. Denunciaron, además, valientemente la marginación de la actividad científica española y su consiguiente retraso. Junto a otras importantes novedades, como la fisiología moderna, la iatroquímica y la iatromecánica, impusieron la investigación micrográfica de las formas orgánicas.1 En este terreno destacaron Juan Bautista Juanini y, sobre todo, Crisóstomo Martínez, aunque también hay que tener en cuenta los estudios que Juan Bautista Corachán y Tomás Vicente Tosca dedicaron al microscopio desde la física.

Tras desplegar una notable actividad como grabador, el valenciano Crisóstomo Martínez (1638-1694),2 comenzó a trabajar hacia 1680 en un atlas anatómico, para cuya realización y edición la Universidad de Valencia le concedió una importante ayuda económica, que en 1687 le permitió trasladarse a París, donde se dedicó a terminar la labor iniciada en Valencia en relación con el ambiente científico de la Académie des Sciences, que era entonces el más avanzado de la capital francesa y estaba enfrentado con la postura reaccionaria de los catedráticos de medicina de la Sorbonne. Una de las grandes láminas de su atlas fue publicada en París en 1689 y reimpresa tres años después en Frankfurt y Leipzig. Su obra debió alcanzar gran prestigio, porque en 1740 y 1780 aparecieron, también en París, reediciones acompañadas de otra de gran tamaño y de un folleto que incluye un Éloge de Martínez y textos explicativos revisados por el gran anatomista danés Jacobus Benignus Winslow. Las dieciocho láminas del atlas contienen representaciones macroscópicas del esqueleto humano en las que resulta patente la preocupación por la interpretación funcional de las formas anatómicas, característica típica de la morfología de la época. Su parte más nueva e importante es, sin embargo, la dedicada a investigar la fina estructura ósea por distintos medios y, muy en primer término, con el microscopio. Coetáneo de Malpighi, Leeuwenhoek, Swammerdam, Bellini, Hooke y Grew, el grabador y anatomista valenciano pertenece a la primera generación de micrógrafos europeos. Sus grabados y sus escritos no son los de una persona ocasionalmente interesada por el nuevo instrumento, sino los de un investigador con hábito de trabajo que se ha planteado las dificultades técnicas y las precauciones que hay que tomar para asegurar la objetividad de las observaciones:

Esto requiere mucha maña y diversidad de huesos … unos crudos, otros cocidos y otros secos o medio secos, y variedad de vidrios, esto es, unos que descubran una gran parte, con aumento y claridad fiel, para hacerse capaz de lo total; después se examina una parte de esta parte con otro vidrio que aumenta más, y así por grados hasta llegar a examinar con un microscopio muy fino una partecilla tenuísima… y no haciéndolo de esta suerte se corre agradablemente al engaño; porque aunque es verdad que el

Microscopio de Crisóstomo Martínez. Detalle de la lámina V de su Atlas anatómico (c. 1680-1690).


Autorretrato de Crisóstomo Martínez.

microscopio descubre agradablemente las cosas, con todo eso, si se consulta sin más ni más, tal vez desfigura las cosas, esto es, como todo lo aumenta, aumenta la luz de que los objetos están tocados y brillan sumamente, y más si los objetos están húmedos, mojados u oleaginosos, y añadiendo a esta luz la que los vidrios reflejan, resulta que una simple membrana parece una tela de plata con maravillosa labor que alegra y dexa absorta la imaginación, y sólo un plieguecito en ella, parece un nervio que se va ramificando … y a este modo se ofrecen muchos engaños, y así es menester mucho examen, mucha cautela y tiempo para no engañarse.3

Crisóstomo Martínez estudió minuciosamente la textura de la inserción ligamentosa y muscular, la del periostio, la de la sustancia ósea compacta y la del hueso esponjoso. Sin embargo, la irrigación ósea fue el principal tema en el que centró sus investigaciones, ofreciendo un detenido análisis de la distribución y conexiones de la irrigación arterial y venosa y de su relación con la inervación, así como de la estructura de la médula ósea.

El contenido micrográfico de la monografía sobre el sistema nervioso publicada en Madrid (1691) por el milanés de origen Giovanbattista Giovannini, que castellanizó su nombre como Juan Bautista Juanini (1636-1691), constituye la primera exposición neurohistológica española y una de las más tempranas de Europa. Al ocuparse, por ejemplo, del cerebro expone así la aracnoides:

Una sutilísima membrana que, con poca diferencia, es como la aranea de los ojos, la cual, por ser tan alba y reluciente, apenas con exquisitos microscopios se divisan las delgadísimas fibras que la construyen, las cuales forman un sin fin de insensibles poros, y de ellas se propagan las fibras que construyen los túbulos de los nervios … la parte exterior de esta sustancia alba o medular es compuesta de una infinidad de globitos [entre los cuales] también se interpolan diversas fibras … la corteza, después de separada, si se observa con exquisito microscopio, se verá que tiene una infinidad de globitos … No hallo razón de donde se pueda inferir el que el origen de las primeras cabezas de los nervios sea la corteza del cerebro; aunque pudiese entenderse que esas primeras cabezas de los nervios se derivan de las fibras que contienen los tractus medulares que quedan debajo de la corteza del cerebro, si con diligencia se separan, se reconoce que son compuestos.4

Juanini llegó incluso a fundamentar sus hipótesis neurofisiológicas en datos estructurales de tipo microscópico, comunicando a Francesco Redi, el célebre naturalista que desmintió la generación espontánea, que le parecían equivocadas las de Thomas Willis:

Si él hubiese diligentemente observado la estructura de la red y plexo coroides, hubiese visto que se componen de unas serpentinas circunvalaciones que hacen aquellas arteriolas, como VS las habrá observado muchas veces con los microscopios.5

La anatomía macroscópica tuvo también un lugar destacado en la actividad de Juanini. Se ocupó de la morfología de los aparatos digestivo, circulatorio, respiratorio y, sobre todo, del sistema nervioso, que expuso aprovechando las últimas novedades de la época, entre ellas la entonces recién aparecida Neurographia (1685) de su amigo Raymond de Vieussens, así como la experiencia procedente de las disecciones que había realizado personalmente en el Hospital General de Madrid, la Universidad de Salamanca y el Hospital zaragozano de Nuestra Señora de Gracia. Por otra parte, practicó

Observaciones microscópicas de un fragmento óseo, cuyo tamaño original se representa en un óvalo, con la anotación manuscrita «el original». Dedicadas principalmente a la médula y a la irrigación óseas. Lám. XI del Atlas anatómico de Crisóstomo Martínez.

autopsias con la finalidad de aclarar problemas clínicos o patológicos. Una de ellas fue la que hizo al embalsamar el cadáver de Juan José de Austria, de quien era cirujano de cámara. Conviene recordar que este hijo bastardo de Felipe IV fue el prototipo de los nobles «preilustrados» activamente interesados por la introducción en España de las nuevas corrientes científicas.6

Los valencianos Juan Bautista Corachán (1661-1741) y Tomás Vicente Tosca (1651-1723) fueron los principales novatores de las disciplinas físicomatemáticas, a partir de la «tertulia» científica que ambos formaron el año 1687 junto a Baltasar de Iñigo en el domicilio de este impresor.7 En la amplia serie de manuscritos de Corachán hay varios de tema biológico que reflejan su interés por la investigación micrográfica, entre ellos, Methodus elaborandi componendique telescopia et microscopia y Controversia physica. De sanguinis circulatione, que rectifica la teoría circulatoria de William Harvey (1628) con los capilares descubiertos por Marcello Malpighi (1661). También utilizó la descripción microscópica por Malpighi de las primeras horas del embrión de pollo (1672) en el «diálogo» sobre embriología de su libro de divulgación Avisos del Parnaso, que escribió en 1690 y que más de medio siglo después publicaría Gregorio Mayáns.8 Tosca redactó asimismo la mayoría de los nueve volúmenes de su Compendio Mathematico a finales de siglo XVII, pero en contraste con tanta obra inédita de

Lámina 21 del Compendio Mathematico (1707-1715) de Tomás Vicente Tosca: esquemas de telescopios (46, 47, 48) y de microscopios (49, 50, 51).

Corachán, la primera edición (1707-1715) y las cuatro reediciones que tuvo hasta 1794 contribuyeron decisivamente a la asimilación de las nuevas ciencias físico-matemáticas en España y sus colonias americanas. En el volumen VI explicó, no sólo «la composición y fábrica» de los telescopios, sino también de microscopios, que dividió en «simples» y «compuestos», detallando su construcción y el modo de utilizarlos con tablas ópticas y dibujos esquemáticos.9 Aunque no con la intensidad de las astronómicas, realizó observaciones microscópicas, siendo a este respecto muy claro un texto sobre el problema del punto físico en el libro Filosofía racional, natural, metafísica y moral (1736) de su discípulo José Bautista Berni:

Tosca vio con la ayuda del microscopio en un granito de arena una cueva y dentro un gusanito; y yo he visto que la pierna de una mosca y aún en la punta tiene como pelos, como también que un cabello tiene venas, arterias y poros; y todos hemos de confesar que el más mínimo mosquito tiene cerebro, corazón, estómago, intestinos, etc. ¿Cómo podrán nuestros ojos determinar la cantidad menor del punto?10

En su Compendium Philosophicum (1721), solamente reeditado por Mayáns (1754), Tosca resumió brevemente las nociones básicas de la histología de su época, sobre todo la teoría fibrilar.11 Las «cabalgadas seudohistóricas» que encabezan la mayoría de tratados y manuales de histología atribuyen la teoría celular a los «microscopistas clásicos» del siglo XVII, en especial a Hooke, sobre la única base de una tosca confusión terminológica, sin conocer las fuentes e ignorando lo más elemental de los cambios semánticos. Hooke utiliza la palabra cells para referirse a poros del corcho y del carbón vegetal; Ruysch llama cellulae a los espacios comprendidos entre las fibras del panículo adiposo («tejido celular» es todavía en la actualidad sinónimo de «tejido conjuntivo laxo»); los utriculi seu saculi de Malpighi son cavidades alargadas en los vasos del tallo de los vegetales, etc.12 Por el contrario, las primeras investigaciones micrográficas consolidaron la teoría fibrilar, es decir, la consideración de las fibras como unidades elementales de la estructura de los seres vivos, que hasta entonces se había basado en observaciones realizadas con técnicas como la disección fina, la maceración y la inyección de sustancias. Durante la Ilustración se convirtió en una de las principales doctrinas de los saberes médicos y biológicos, siendo consideradas las fibras no solamente como unidades estructurales, sino también como elementos fisiológicos y patológicos, de forma paralela a lo que sucedería después con las células.

SIGLO XVIII

La anatomía textural y el uso del microscopio siguió en España durante el siglo XVIII una trayectoria paralela a la del resto de Europa, tanto en el terreno de la medicina como en el de la historia natural.13 Desde sus años iniciales las observaciones micrográficas y la teoría de la fibra como unidad elemental de la estructuras vivas eran habituales en ambientes como los de la Universidad de Valencia, la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla y el Anfiteatro Anatómico Matritense. La mentalidad vigente en ellos fue expresada de modo terminante en Idea de una Academia Mathematica (1740) de Antonio Bordázar, el contertulio de Corachán y Tosca:

En la medicina ¿qué progreso podrá hacerse en cualquiera de los sistemas que se propongan sin el conocimiento de la mecánica, de la hidrostática, de la hidráulica y de su combinación para los movimientos? ¿Y en la anatomía sin los microscopios?14

Una de las principales exposiciones de la anatomía textural fibrilarista basada en esta mentalidad fue la que publicó el valenciano José Arnau en su Opus neotericum medicum (1737). Tras considerar la estructura microscópica de la «fibra membranosa» y la «carnosa», afirmó:

Lámina 1 de la Anatomía completa del hombre (1717) de Martín Martínez. Ilustración de la teoría fibrilar con un enfoque básicamente coincidente con el Opus Neotericum (1733-1737) de Juan Bautista Bru, pero de carácter didáctico.

No existen fibras en la sangre, pues no son visibles a los ojos armados con el microscopio … Además de partículas gelatinosas, hay en la sangre otras salinas y otras adiposas o grasientas. Estas últimas, combinadas con aquéllas, constituyen la coloración de la sangre, junto a las visibles en los glóbulos rojos. De esta forma, cuando colocamos sangre todavía caliente en un tubo apropiado de vidrio y la observamos al microscopio, aparece acuosa y cristalina … con infinitos glóbulos rojos flotando dentro, los cuales precipitan en un grumo negruzco al quedarse quietos y privados del motor vital.15

Investigadores como el neerlandés Wijer Willem Muijs (1682-1744) y el alemán Johannes Nathaniel Lieberkühn (1711-1756) agotaron prácticamente durante la primera mitad del siglo XVIII las posibilidades del microscopio compuesto con lentes sin corrección de la aberración cromática. Muijs investigó detenidamente al final de su vida la textura de los músculos y sólo pudo exponer los resultados en una Dissertatio prima (1738), ya que la segunda se publicó póstumamente (1751). Distinguió fibras macroscópicas de tres grosores y comprobó que el filum de las fibrillas microscópicas es de tamaño inferior al de los hematíes. Lieberkühn consiguió un notable avance técnico combinando el microscopio con la inyección de sustancias coloreadas y solidificables, sin los errores que había cometido Ruysch al interpretar, por ejemplo, las ceras extravasadas. Entre sus aportaciones figura la descripción en 1745 de las criptas tubulares y las glándulas tuberosas simples de la mucosa del intestino delgado («criptas» y «glándulas de Lieberkühn»). Fue también autor de uno de los primeros tratados de técnica histológica: Sur les moyens propres a découvrir le construction des viscères (1748). Las limitaciones del microscopio sin lentes acromáticas explica el desinterés por este modo de observación que tuvo un investigador de la talla de Albrecht von Haller. Sin embargo, hubo otros más impacientes que se desorientaron con las deformaciones de la aberración cromática, incluso algunos importantes como Felice Fontana, autor de estudios «clásicos» sobre los movimientos del iris y el veneno de las víboras, que llegó a proponer el «cilindro tortuoso primitivo» como unidad elemental de la materia viva. Se trata de la que Luigi Belloni llamó «micrografía ilusoria», desconocedora de las cautelas que expone el texto de Crisóstomo Martínez antes reproducido. La principal consecuencia fue un periodo de casi completo abandono del microscopio, que fue favorecido por el enfoque metodológico de Condillac, que exigía que los «hechos» fueran comprobados con todos los sentidos.16

Andrés Piquer. Fotograbado (1895).

Uno de los médicos del siglo XVIII en cuya trayectoria se refleja una creciente desconfianza ante las observaciones microscópicas es el aragonés Andrés Piquer Arrufat (1711-1772). Durante sus años juveniles, cuando ocupaba la cátedra de anatomía en la Universidad de Valencia, fue seguidor de un eclecticismo fuertemente inclinado al sistema iatromecánico y en las Theses medico-anatomicae (1742), con las que ganó las correspondientes oposiciones, concedió gran importancia a la indagación microscópica. Por ejemplo, al ocuparse de la masa sanguínea y de los pulmones, dijo:

Los glóbulos rojos … se hacen ovalados y planos en la proximidad de los vasos menores … son pequeñísimos, de tal forma que cien mil de ellos apenas pueden equipararse a una arenilla, pero no obstante, son mucho más gruesos que las otras partículas de la sangre …, son elásticos y cambian fácilmente de figura …

Los bronquiolos son conductos que terminan en membranillas ciegas, colgantes, elásticas, como vesículas ovales colapsadas en estado natural. Estas vesículas componen la sustancia propia de los pulmones y se agrupan en varios lobulillos menores.17

Piquer se fue a Madrid a finales de 1751 como médico de cámara supernumerario de Fernando VI y el traslado coincidió con un cambio profundo de su mentalidad científica. Con un «empirismo racional» opuesto a los sistemas cerrados y basado ante todo en la observación, expresó gran exigencia ante las observaciones microscópicas, desde una postura que María Luz Terrada ha estimado no muy alejada de la metodología de Condillac que serviría de fundamento a la formulación de la noción de «tejido» por Bichat. En sus Institutiones medicae ad usum Scholae Valentinae (1762) afirmó:

Las observaciones certeras acerca de los objetos físicos deben hacerse a través de varios sentidos, de forma que lo que se percibe con la vista también debe verificarse con el tacto y los demás sentidos … Las observaciones microscópicas nos han revelado secretos de la naturaleza imperceptibles a los sentidos desnudos, pero no puede negarse que también muchas otras, no bastante criticadas por la experiencia, contribuyen a ocasionar errores. Se deduce de aquí una segunda dificultad, a saber, que algunos observadores, utilizando el microscopio, se han pronunciado demasiado precipitadamente acerca de lo que han visto y lo han clasificado en determinada clase de cuerpos antes de que existiera suficiente examen … Una tercera advertencia consiste en que, muy a menudo, las cosas que los observadores microscópicos dicen ver no son en realidad tal como nos lo cuentan, sino como eran de antemano en su mente, o como aparecen a primera vista … Así pues, ¿hay que negar todo lo que conocemos a través de observaciones microscópicas? En absoluto. Sino que hay que admitir aquellas que están debidamente realizadas.18

A pesar de residir en Madrid, Piquer destinó sus libros más importantes a la Facultad de Medicina de Valencia. Junto a las Institutiones, destaca Praxis medica. Ad usum Scholae Valentinae (1764-1766), una síntesis de medicina clínica que no sólo fue utilizada para la enseñanza en la Facultad de Valencia, sino en otras españolas y extranjeras. Ello explica que, tras la muerte de Piquer, fuera reimpresa tres veces en España, la última en 1786-1789, una en Amsterdam (1775) y otra en Venecia (1776).19

Escudo de la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla, donde era anatomista Sebastián Miguel Guerrero Herreros Morales.

La aportación más rigurosa a la anatomía textural en la España de la segunda mitad del siglo XVIII fue la del sevillano Sebastián Miguel Guerrero Herreros Morales (ca. 1720 - post 1790), anatomista de la Regia Sociedad de Medicina de su ciudad natal. La hizo principalmente en el primer volumen de su tratado Medicina Universal (1774-1777), que estudia la fibra como unidad elemental de la materia viva:

En todos los animales, registrados sus primeros elementos con el microscopio, se conoce que son fibras, o concrementos inórganicos, rudos, sin formación, ni figura; y de esos concrementos se componen las fibras primeras y simplicísimas, de que se componen el cuerpo viviente sensible; y se llaman partes sólidas, firmes y consistentes. Verdad es que en la fibra se hallan diversos elementos, pero también es cierto que la sola fibra es materia común y verdadero fundamento del cuerpo; de suerte que en el cuerpo viviente no haya parte que no se forme y componga de fibras, aún aquellas donde la vista no las registre, como son el cerebro, la médula espinal y médula de los huesos … de ellas se componen el tejido celular, los vasos todos, las membranas, cartílagos, huesos, ligamentos, tendones, músculos, nervios, los parénquimas, carnes parenquimatosas o entrañas, los pelos y las uñas.20

Con gran cantidad de datos microscópicos y químicos, Guerrero distingue diferentes clases de fibras, de acuerdo con su figura y consistencia, y se ocupa de la estructura y de la composición química de las «fibras mínimas». Se adhiere a continuación al concepto de «tejido celular», propuesto por Albrecht von Haller, como estructura fundamental del organismo. Expone ampliamente esta doctrina textural, de transición entre la teoría fibrilar y la noción de tejido de Bichat, la utiliza como fundamento de la fisiología y, sobre todo, de una concepción patológica general explícitamente morfológica, según la cual la inflamación, los trastornos circulatorios locales, los tumores, etc., serían primariamente afecciones de dicho «tejido celular»:

El tejido celular mismo, en su naturaleza y fábrica, se hace morboso de varios modos, porque se estrecha, se relaja, se atenúa, o se encrasa más de lo que conviene. Estos mismo vicios los comunica a las partes que envuelve, como vísceras, músculos, vasos y fibras, de modo que cuantos vicios se han observado por las anatomías21 en la interioridad del cuerpo se han hallado vestidos y acompañados por tejido celular más amplio, más duro, más craso y degenerado de varios modos. Se ve que las partes que deben estar separadas coalescen y se unen morbosamente. Esto siempre proviene del tejido celular viciado, ya porque haya sufrido alguna supuración; o porque la materia que siempre debe contener se hace dura, callosa y no transpirable; o porque esta materia contenida adquiere naturaleza de mucosidad, fácil a que de ella se formen filamentos, con los que se enreda, implica y enlaza varias partes. Estos vicios son frecuentemente producto de la inflamación, por la cual las membranas se encrasan, los líquidos se viscan y se engendra nuevo tejido adiposo.

De esto proviene que, después de una inflamación de la pleura se crían nuevas fibras, se engendra mucosidad fácil a endurecerse más y más, de modo que la pleura y el pulmón se conglutinan, adhieren y unen. Lo mismo sucede con el peritoneo y algunas vísceras del abdomen…22

La fundación de los Colegios de Cirugía de Cádiz (1748), Barcelona (1764) y Madrid (1787), encabezada por el catalán Pedro Virgili, no sólo condujo a la conversión de los cirujanos en profesionales de categoría equiparable a los médicos, sino también a una elevación del nivel de la enseñanza anatómica. Además de contribuciones muy conocidas, como la primera descripción por el también catalán Antonio de Gimbernat del ligamento que hoy lleva internacionalmente su nombre (1797), ello permitió publicar un tratado riguroso en cinco volúmenes: Curso completo de Anatomía del cuerpo humano (1796-1800) de Jaime Bonells e Ignacio Lacaba.23 El concepto de «tejido celular» ocupa también una posición central en este tratado, por lo que no resulta extraño que la formulación por Bichat de los tejidos orgánicos como unidades elementales de las estructuras vivas alcanzara en España una pronta y amplia difusión: la traducción castellana de los cuatro volúmenes de su Anatomie générale fue publicada en los años 1807-1814 y reeditada todavía en 1831 y 1841. Bonells y Lacaba destacan asimismo la necesidad de la indagación con el microscopio, cuyo manejo describen al ocuparse de las técnicas anatómicas. No suele tenerse en cuenta que en las Actas Capitulares de la … ciudad de Cádiz (1717-1807), que fueron ordenadas por Julio F. Guillén Tato en 1941, figuran documentos titulados Análisis microscópico antes de la fundación del Colegio de Cirugía, concretamente desde el 14 de diciembre de 1730.24 En consecuencia, fue fruto de una larga trayectoria el contenido histológico del Curso completo de Anatomía del cuerpo humano, cuya reedición en 1820 fue, como veremos, el primer texto morfológico manejado por Cajal. Bonells y Lacaba exponen la estructura de los huesos, cartílagos y músculos, los vasos, la piel, las glándulas, las vísceras y el sistema nervioso. Al ocuparse de las glándulas dicen, por ejemplo:

Si se observan con un buen microscopio las eminencias de una glándula … se ve que están compuestas de los mismos vasos absorbentes que, ya agostándose, ya dilatándose en celdillas, dan muchas vueltas y se cruzan formando varios ángulos. En las dilataciones o células25 de los ramos mayores se introducen por todas partes otros ramitos menores, que vierten en ellos el humor que traen o se llevan el que otros habían vertido, y de este modo establecen una comunicación general entre todas las partes de las glándulas conglomeradas.

Para situar adecuadamente este texto, conviene recordar que a finales del siglo XVIII seguía vigente la polémica entre los que consideraban las glándulas «enteramente celulosas», conforme a la concepción de Malpighi, y los que las tenían por «puramente vasculosas», de acuerdo con Ruysch. Especial detalle tiene la exposición de Bonells y Lacaba sobre la textura del sistema nervioso, basada en observaciones propias y en investigaciones microscópicas de Felice Fontana, Georg Prochaska, Alexander Monro y otros autores de la época. Como se trata de la primera información neurohistológica que Cajal estudió cuando sólo tenía diecisiete años, vale la pena citar dos fragmentos con el fin de comprobar la razón que tenía Ortega y Gasset cuando dijo que su obra había nacido por «generación espontánea» y Severo Ochoa al afirmar que era un «milagro»:

Apenas se puede contar el número de filamentos que se juntan en un nervio cuando horada la duramadre y, sin embargo, cada uno de ellos examinado con una lente o con el microscopio, parece todavía compuesto de otros menores de la misma especie. Viste, enlaza y fortalece a estos sutiles filamentos una tela celular tan fina que sólo se descubre con el microscopio, pero la que ata los filamentos mayores de que se compone el nervio es tan perceptible, que a simple vista se distinguen sus fibras, laminitas e intervalos, por los cuales pasan los vasos, y en los que hay ejemplos de haberse hallado gordura …

Cada nervio se compone de muchos cilindros transparentes, homogéneos, uniformes y simplicísimos … cada cilindro … parece formado por una túnica muy sutil y uniforme, llena de un humor transparente, como gelatinoso, pero indisoluble en el agua, que contiene varios corpúsculos pequeñísimos … encierra cada cilindro una vaina compuesta de innumerables hilitos tortuosos y de globulitos ovales; un gran número de estos cilindros con sus vainas forman un pequeñísimo nervio que presenta la apariencia exterior de una tiras blancas que la circuyen en espiral … en fin, muchos de estos nervios juntos componen los nervios mayores que se ven en los animales.26

Lámina III de Aparato para la Historia Natural de España (1754) de José Torrubia: especies fósiles de equínidos, trilobites, milepóridos, esteláridos y ammonites.

Entre los naturalistas españoles de la Ilustración que realizaron investigaciones micrográficas hay que destacar, en primer término, al granadino José Torrubia (ca. 1700-1768), uno de los primeros europeos que utilizó sistemáticamente el microscopio para el estudio de los fósiles.27 Al exponer en su Aparato para la Historia Natural española (1754) «los huesos petrificados de Teruel» afirma, por ejemplo:

Los huesos están petrificados, sin dejar su figura, pero el tuétano o médula de ellos se cristalizó, tomando sus partes una constante determinada configuración, como sucede en las demás cristalizaciones. Observéla con un buen microscopio, y hallé en diferentes huesos, aún en los más petrificados (que no todos lo están igualmente) que la masa medular está cristalizada en esferoides…28

Torrubia no solamente realizó investigaciones en la Península Ibérica y otros territorios europeos, sino también en diferentes zonas de América, Asia y el Pacífico. En sus viajes llevaba un equipo micrográfico, con el que, entre otros hallazgos, aclaró el crecimiento de las «gías», árboles sudamericanos del género Cassearia, y la fosforescencia de las «xicoteas», tortugas del género Pseudemys. Expone así lo que le pasó tras poner en su cuarto una de estas tortugas recién sacada del mar:

Luego que me acosté y se apagó la luz, advertí en aquel sitio un especial fósforo. Levantéme, y llegando a él, extendí con tiento la mano sobre la «xicotea» en aquel lugar donde más luz daba, de que resultó haberme contagiado el dedo con la del fósforo … tomé una buena lente y sólo con su beneficio advertí un confuso movimiento en la materia lúcida, que quedó pegada al dedo. Hice llevar el microscopio de que uso, que es notablemente famoso, como han confesado cuantos lo han visto, y ayudado con las lentes por una luz de vela, vi claramente que aquella materia era de una porción insignificante de insectos que resplandecían unos más que otros … Venido el día 26, ejecuté la observación a mis solas, con más exactitud.29

También se realizaron investigaciones micrográficas en el terreno de la botánica, una de las disciplinas que mayor altura científica alcanzó en la España de la Ilustración. Baste citar como caso sobresaliente las efectuadas por el valenciano Antonio José Cavanilles (1745-1804). Lo más interesante desde nuestro punto de vista es que no las utilizó solamente para estudiar los detalles de la morfología exterior de las plantas «invisibles sin el socorro de un fuerte microscopio» en sus diez Monadelphiae classis dissertationes (1785-1790) y en los seis volúmenes de sus Icones et descriptiones plantarum (1791-1801), que constituyen, como es sabido, una de las cumbres de la botánica descriptiva de la Ilustración. Como ha puesto de relieve María Luz Terrada,30 Cavanilles recurrió asimismo

Colladoa distachia Cav. Lámina del volumen V de Icones et descriptiones plantarum (1799) de Cavanilles, especie botánica filipina de un género que denominó en honor de Luis Collado, el gran anatomista valenciano del siglo XVI.

al microscopio para investigar su textura, exponiendo cómo el «tejido celular» de la raíz, el tallo y las hojas está integrado por «vejiguitas», que corresponden a las que decenios más tarde se denominarían células vegetales:

Las raíces gruesas se ven compuestas de muchas capas concéntricas, de las cuales la exterior, llamada epidermis, es sutil y rugosa, con multitud de agujeritos a donde van a parar los vasos por donde corre el jugo. Bajo esta membrana se halla el tejido celular, sustancia jugosa, compuesta de vejiguitas mezcladas con filamentos sutiles que se extienden en varias direcciones … En el tronco de las dicotiledóneas … bajo esta membrana [epidermis] se halla el tejido celular, sustancia jugosa y ordinariamente verde, compuesta de granitos casi redondos, o bien sean vejiguitas mezcladas con filamentos muy sutiles, que se prolongan en todas direcciones … Consta cada hoja de dos superficies o membranitas, una superior y otra inferior … quedando entre ellas un tejido de vasos, que se dividen y subdividen prodigiosamente … hay en este tejido multitud de vejiguitas.31

Podría pensarse que se redujo a anotar los hallazgos ajenos y que los datos microscópicos de sus publicaciones son únicamente resultados de su erudición libresca. Nada más falso, ya que fue un microscopista práctico, como se manifiesta, entre otros, en los dos textos siguientes:

Al examinar las cajitas y semillas de los helechos, he visto siempre ciertos cuerpecitos algo mayores que las semillas … Me he valido para esto del excelente microscopio de Dellabarre y de su lente número 4, que aumenta los objetos de manera que las cajitas parecen del tamaño de una lenteja…

Conforme a la teoría de este sabio [Linné], y fundado en mis observaciones microscópicas, daré el resultado de ellas en los caracteres siguientes…32

No cabe duda de que figuró entre los numerosos adelantados del celularismo botánico, aunque, por supuesto, era seguidor de la teoría fibrilar. Su inclinación a la física es coherente con los experimentos que realizó para cuantificar las características mecánicas de las fibras como, por ejemplo, su resistencia, que investigó mediante pesas.

SIGLO XIX

El profundo colapso de la actividad científica española desde 1808 hasta 1833, es decir, durante la Guerra de la Independencia y el reinado de Fernando VII, redujo la actividad relacionada con la micrografía a la mera asimilación libresca de las nuevas corrientes europeas. Es indudable que dicho hundimiento se produjo, en primer término, por la acción destructiva que tuvo la contienda. Sin embargo, si éste hubiera sido el único factor, durante la postguerra se habría desarrollado la reconstrucción en las nuevas condiciones que exigían las grandes novedades que se estaban produciendo, como sucedió en el resto de la Europa occidental. Las causas fueron mucho más profundas y hay que referirlas a un país económicamente arruinado que había perdido su rango internacional y cuyas estructuras sociopolíticas habían entrado en una profunda crisis, ante la cual las minorías dirigentes adoptaron dos posturas contrapuestas: considerar un error el esfuerzo de renovación, estimando prioritario el mantenimiento del ancien régime, o defender desde posturas afrancesadas o liberales que había que proseguir dicho esfuerzo, activándolo y radicalizándolo. Casi todas las instituciones científicas desaparecieron o vegetaron de modo lamentable. Salvo en el fugaz intervalo del trienio liberal (1820-1823), la información de lo que se hacía en Europa fue muy deficiente, ya que la represión absolutista obstaculizó la edición de publicaciones científicas y la difusión de las extranjeras. Parte de los principales científicos ilustrados murió inmediatamente antes o durante la Guerra de la Independencia, sin que su labor pudiera ser continuada por nadie. La inmensa mayoría de los supervivientes pasaron a convertirse en elementos indeseables, unos por afrancesados y otros por liberales, ideologías por las que sufrieron postergación, persecución y destierro. Uno de ellos fue Antonio de Gimbernat, quien durante la ocupación napoleónica permaneció en Madrid, llegando a presidir el Consejo Superior de Sanidad Pública. Al terminar la contienda fue depuesto de todos sus cargos y, hasta su muerte en 1816, vivió en las circunstancias más penosas, casi ciego, trastornado mentalmente y en una situación económica precaria.

El grave retroceso en las disciplinas morfológicas se refleja en que el único libro que se editó hasta el trienio liberal (1820-23) fuera la quinta reedición en 1818 del Compendio anatómico y fisiológico (1751) de Juan de Dios López y en que, incluso en el paréntesis de la represión absolutista durante dicho trienio, los únicos publicados fueran la segunda del tratado de Bonells y Lacaba (1820), que como ya sabemos fue el primer texto de la disciplina manejado por Cajal, y la traducción del manual de Jacques Pierre Maygrier (1820).33 Esta última la realizó Manuel Hurtado de Mendoza, un afrancesado que en su exilio de París se había convertido en ferviente seguidor de la teoría especulativa de François Joseph Victor Broussais que reducía la anatomía patológica de las «fiebres esenciales» y otras «enfermedades generales» a una gastroentérite. Con su Tratado elemental completo de anatomía (1829-1830), Hurtado fue el principal iniciador de la mera asimilación libresca de la «anatomía fina» de Pierre Augustin Béclard y otros discípulos de Bichat, que no se limitaron a «las diferentes cualidades exteriores de los tejidos» y comenzaron a utilizar el análisis químico, lupas y microscopios para estudiar su textura, concluyendo que los elementos anatómicos eran «los glóbulos y la materia coagulable», con lo cual volvieron a las descripciones fibrilares que había rechazado Bichat.34

Este planteamiento y sus variantes dominó durante más de dos decenios la información española sobre el tema a través de una serie de traducciones, resúmenes y «arreglos» de libros franceses, junto a tres compendios basados en ellos. Entre las obras traducidas figuraron las de Antoine L. J. Bayle y Henri Holland (1828 y 1838), del propio Béclard (1832), de Jacques Gilles Maisonneuve (1837-1838) y Louis François Marchessaux (1845).35 Los compendios fueron publicados por Agapito Zuriaga (1838), Lorenzo Boscasa (1844) y Mariano López Mateos (1853), ninguno de los cuales, por distintas razones, llegó a dedicarse a la anatomía y mucho menos a utilizar el microscopio.

El Compendio de Anatomía general y descriptiva del aragonés Agapito Zuriaga Clemente (1814-1866) fue sólo el trabajo de un estudiante aventajado, ya que lo publicó tres años antes de terminar la licenciatura. Se basa en varios manuales franceses desde la perspectiva de las ideas de Bichat y de sus inmediatos seguidores, en especial Béclard. Tras obtener la cátedra de anatomía de la Facultad de Valencia (1845), Zuriaga se dedicó por completo al ejercicio profesional privado, abandonando el cultivo de los saberes morfológicos, sobre los que no volvió a publicar trabajo alguno.36 La trayectoria del valenciano Lorenzo Boscasa Igual (1786-1857), como la de muchos otros miembros de su generación, quedó truncada por la Guerra de Independencia y la dura represión que sufrió la actividad científica durante el reinado de Fernando VII. No obstante, realizó una modesta pero eficaz labor informativa mediante traducciones que adicionó con notas, capítulos y apéndices propios. La del compendio de anatomía de Maisonneuve (1837) le sirvió de punto de partida para redactar un Tratado de Anatomía (1844), síntesis puramente libresca, pero rigurosa y al día en lo que respecta a la anatomía descriptiva. En cambio, la textural continúa basada en la noción de tejido y en los planteamientos inmediatamente anteriores a la formulación de la teoría celular. Su principal contribución consiste en la depuración de la terminología anatómica castellana, que entonces estaba llena de innumerables errores procedentes de los galicismos, de forma parecida a lo que hoy sucede con los anglicismos.37 Muy inferiores desde todos los puntos de vista son los Tratados de Histología y Ovología, arreglados al programa remitido al gobierno (1853), pomposo título que el toledano Mariano López Mateos (1802-1863) puso a poco más de doscientas páginas en octavo. El año 1831 sucedió en Granada a un tío suyo como catedrático de anatomía en el «Colegio de Prácticos en el Arte de Curar», destinado a la formación de profesionales de segunda clase que sólo podían practicar cirugía menor y asistir partos, ya que el centralismo sólo había dejado Facultades de Medicina en Madrid y Barcelona. Una de las continuas reorganizaciones políticas de la enseñanza médica, la de 1847, suprimió dicho Colegio e introdujo como asignatura «la histología y la anatomía de los tejidos y la ovología y desarrollo sucesivo de los órganos, aparatos y sistemas». Obligado a trasladarse a Valencia como titular de la misma asignatura durante dos cursos (1847-1849), aprovechó la oportunidad para redactar apresuradamente sus Tratados, que publicó tras su regreso a Granada, donde en 1857 pasó a la cátedra de fisiología e higiene, que ocupó hasta su muerte. En el decenio anterior (1843) se había traducido al castellano Allgemeine Anatomie de Jakob Henle, primera exposición sistemática de la nueva histología basada en la teoría celular, y cuatro años después apareció Del microscopio en su aplicación al diagnóstico (1857) de Carlos Silóniz, que asocia, como anotaré más adelante, una excelente información de las últimas novedades sobre la teoría celular con una amplia experiencia personal de microscopista. Sin embargo, el oportunismo de López Mateos le condujo a que la parte de sus Tratados dedicada a histología continuase todavía subordinada a los planteamientos de Bichat, sin aportar novedad alguna a las obras españolas anteriores sobre el tema, hasta el punto de que sigue utilizando «célula» con el significado que le había dado Ruysch en el siglo XVII, mientras que su apresuramiento y falta de información motivó que se contradijera en la relativa a la «ovología», apoyándose en el limitado celularismo de Schwann. Me he detenido quizá demasiado en este minúsculo librito porque López Mateos ha sido glorificado como «el primer histólogo español» y el responsable de «la introducción de la teoría celular en España».38 El ridículo no se limita a la mitificación falseada de Cajal.

Si se supera el tosco acercamiento histórico de las «grandes figuras», no sorprende que la introducción en España de la teoría celular y la nueva histología basada en ella fuera un complejo proceso, como vienen demostrando numerosos trabajos desde hace más de cuatro décadas.39

Las circunstancias vigentes en la España isabelina (1834-1868) no fueron óptimas para el cultivo de la ciencia, pero es innegable que mejoraron en comparación con las de la etapa anterior. El retorno de los exiliados liberales y las mayores facilidades para la edición y circulación de publicaciones científicas pesaron de modo notable. Los exiliados importaron los conocimientos y las técnicas que habían aprendido durante sus años de destierro, las publicaciones extranjeras se difundieron ampliamente, aumentó extraordinariamente la edición de libros, sobre todo los traducidos, y se consolidó el desarrollo del periodismo científico, que influyó de modo decisivo en la información continuada y al día de las corrientes europeas. Conviene destacar el relieve de esta «etapa intermedia», porque el brillo de las «grandes figuras» posteriores, muy en primer término el de Cajal, ha difundido la imagen arbitraria de unas obras carentes de raíces, a la que me vengo refiriendo. Frente a ello, hay que subrayar la importancia de la labor de los científicos que trabajaron durante el tercio central del siglo XIX. A ellos se debió la recuperación de los hábitos de trabajo científico, así como la elevación del nivel informativo y docente. Formaron, además, grupos que iniciaron una tradición que continuó después gracias a la dedicación de sus discípulos en muchas disciplinas, entre ellas, la histología. Dicha tradición tuvo casi siempre una base socioeconómica muy precaria, dependiendo del empeño de personas que, en ocasiones, llegaron a conectar con la comunidad científica internacional y, en algunos casos, a influir en ella, pero que trabajaban al margen de la sociedad en la que vivían.

Los años siguientes a la revolución democrática de 1868, cuando Cajal estudió medicina, significaron, en primer término, una liberación de la nueva opresión ideológica a la que se había llegado durante la parte final del reinado de Isabel II. En el terreno de las ciencias médicas, el cambio más significativo correspondió precisamente al evolucionismo darwinista, uno de los principales fundamentos de su obra neurohistológica, que pasó de ser conocido y defendido privadamente por un número limitado de médicos y naturalistas, entre los que destaca Rafael Cisternas Fontseré, a ser expuesto y debatido acaloradamente en público. El liberalismo radical tuvo, además, como consecuencia la afirmación del principio de la completa libertad de enseñanza, cuya expresión normativa fue el decreto de octubre de 1868 firmado por Manuel Ruiz Zorrilla como ministro de Fomento. Aparte de proclamar inequívocos principios generales («la enseñanza es libre en todos sus grados y cualesquiera que sea su clase»; «todos los españoles quedan autorizados para fundar establecimientos de enseñanza»), uno de sus artículos disponía:

Las diputaciones provinciales y los ayuntamientos podrán fundar y sostener establecimientos de enseñanza, aquéllas con fondos de la provincia y éstos con los del municipio.40

El decreto permitió la fundación de numerosas «escuelas libres» de medicina, muchas de las cuales tuvieron escasa altura y medios muy precarios, como vamos a comprobar que sucedió con la de Zaragoza, en la que estudió Cajal. Sin embargo, hubo algunas que, sin las trabas habituales de los políticos, se convirtieron en instituciones de vanguardia, principalmente para el cultivo práctico de las disciplinas básicas de la nueva «medicina de laboratorio» y para la enseñanza de las nacientes especialidades. Los médicos del Cuerpo Facultativo de la Beneficencia Provincial de Madrid organizaron una «Escuela Teórico-Práctica de Medicina y Cirugía», que destacó por la docencia clínica que en ella impartió Ezequiel Martín de Pedro, principal introductor en España de la nueva fisiopatología experimentalista, y por el amplio desarrollo que en su plan de estudios tuvieron las especialidades. Algunas de ellas las impartieron médicos tan destacados como el dermatólogo José Eugenio de Olavide, el psiquiatra José María Esquerdo y el pediatra Mariano Benavente.41 También inició la enseñanza de las especialidades la «Escuela Libre de Medicina» fundada en Sevilla a instancias del cirujano Federico Rubio y mantenida por el Ayuntamiento y la Diputación Provincial. La peculiaridad de esta «Escuela» sevillana fue, no obstante, la importancia que concedió a las disciplinas básicas. En ella se dotó la primera cátedra española de histología, que ocupó Rafael Ariza tras formarse en Berlín junto a Virchow, como veremos más adelante, y se instalaron laboratorios bien dotados de micrografía, química y fisiología, este último tomando como modelo el de Karl Ludwig en Leipzig.42 La misma orientación experimentalista tuvo la «Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía» que instaló el cirujano Pedro González de Velasco en el Museo Antropológico que fundó en Madrid con la cuantiosa fortuna que había reunido con su prestigioso ejercicio profesional, tras visitar los más importantes de Europa. En esta Escuela enseñaron Federico Rubio, Rafael Ariza, Eugenio Gutiérrez González, Luis Simarro y Leopoldo López García, todos ellos cultivadores de la histología, y otros importantes científicos como el clínico e higienista Carlos María Cortezo, el paleontólogo Juan Vilanova Piera y el zoólogo Joaquín González Hidalgo. Órgano de expresión del Museo, la Escuela y la Sociedad Anatómica, también fundada por González de Velasco (1873), fue la revista El Anfiteatro Anatómico Español (1873-1880), una de las de mayor altura científica del periodismo médico español de la época. Cajal tuvo relación directa con la institución fundada por González de Velasco, ya que, aparte del magisterio de Simarro, su Laboratorio de Investigaciones Biológicas se instaló, como veremos, en los locales del Museo.43

Además de «escuelas libres de medicina», durante los años revolucionarios se crearon otras instituciones dedicadas al cultivo de los métodos experimentales aplicados a la medicina. El mismo 1868 organizó en Madrid un «Instituto Biológico» el catedrático de anatomía Rafael Martínez Molina, quien diez años después, en 1878, sería el primero que apoyaría la carrera académica de Cajal, tras promover en 1871 la dotación de una cátedra de histología para su maestro Aureliano Maestre de San Juan. Aunque destinado en principio a complementar la limitada enseñanza médica oficial, este Instituto, que contaba con una magnífica biblioteca y excelentes laboratorios de micrografía y de química fisiológica, se convirtió en un activo núcleo de

El Museo Antropológico fundado en 1873 por Pedro González de Velasco, en cuya Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía enseñaron Federico Rubio, Rafael Ariza, Eugenio Gutiérrez González, Luis Simarro y Leopoldo López García, todos ellos cultivadores de la histología, y que un cuarto de siglo después albergó el Laboratorio de Investigaciones Biológicas dirigido por Cajal.

cultivadores de las disciplinas biomédicas experimentales.44 En Barcelona, un grupo de discípulos de Juan Giné Partagás, encabezado por el futuro gran cirujano Salvador Cardenal Fernández, fundó «El Laboratorio» (1872), punto de partida de la Academia de Ciencias Médicas de Cataluña, en la que Cajal ofrecería por vez primera una exposición sistemática de su «nuevo concepto de la histología de los centros nerviosos» (1892).45

El paso de una asimilación puramente libresca a la recuperación de la micrografía práctica, de acuerdo con los nuevos conceptos y recursos técnicos, se inició en los años cincuenta y se afianzó en las dos décadas siguientes, durante las que se publicaron varios centenares de trabajos histológicos españoles.46 Contribuyeron notablemente a este proceso varias de las instituciones fundadas al amparo de la completa libertad docente implantada por la revolución democrática de 1868.

El principal adelantado en Madrid fue Rafael Martínez Molina (1816-1888), médico y doctor en ciencias naturales, profesor de anatomía en la Facultad de Medicina y fundador, como acabo de anotar, de un Instituto Biológico. Dentro de la nueva investigación de laboratorio, se interesó sobre todo por la histología normal y patológica, iniciando en 1856 sus publicaciones micrográficas con el estudio histopatológico de un cáncer de mama operado por el anatomista y cirujano Juan Fourquet, aunque la más importante fue la relativa a «un gran tumor adenítico» (1858),47 Aparte de sus trabajos originales, tradujo y presentó (1863) la segunda edición del excelente manual de anatomía microscópica de Etienne Michel van Kempen, discípulo de Theodor Schwann. Dedicó una revisión titulada La anatomía, sus progresos y aplicaciones (1867) a los fundamentos científicos de la histopatología, en la que integró la histología con la embriología, la anatomía comparada y, sobre todo, con la bioquímica, que llamaba «anatomía fisiológica»:

La anatomía patológica no podía permanecer indiferente a los progresos de la anatomía fisiológica; ésta había penetrado en el seno de nuestros órganos para descubrir su composición molecular y era preciso que el clínico, ávido de averiguar las lesiones de la muerte en el teatro mismo de las acciones moleculares, persiguiera con el microscopio todos los elementos componentes, si es que esta indagación póstuma había de dar también alguna luz sobre la esencia de la enfermedad. Hoy empieza a levantarse llena de fe y de esperanza una histología patológica que, sostenida y conducida por robustos adalides, tan fuertes en su ojo para observar como en su cerebro para discurrir, si bien no muy conformes en ciertos hechos y teorías, tiende a dominar el campo patológico….48

La disconformidad se refiere a las teorías histológicas del francés Charles Robin y a las de Rudolf Virchow, que compara ampliamente.

Rafael Martínez Molina, fundador del Instituto Biológico de Madrid y adelantado en España de la moderna histopatología. Promovió la dotación de la cátedra de histología para Maestre de San Juan y luego fue el primero que apoyó la carrera académica de Cajal.

Andrés Busto López (1832-1899), otro profesor de la Facultad de Medicina de Madrid, en la que llegó en 1877 a ocupar la cátedra de obstetricia, también figuró entre los tempranos defensores de la investigación de laboratorio interesados preferentemente por la histología normal y patológica, cuya introducción en la enseñanza y la práctica médicas defendió a partir de los años cincuenta. Tras dedicarle numerosos artículos, publicó una ambiciosa síntesis acerca de las leyes de la materia y de la vida (1877), en la que demostró disponer de una sólida información sobre citología, embriología y fisiología general, así como acerca de cuestiones relacionadas con el evolucionismo y la biogénesis.49 Como veremos, lo mismo que Martínez Molina, apoyó primero a Maestre de San Juan y luego a Cajal, cuando se incorporó al claustro de la Facultad de Madrid.50 Éste le recordó en sus memorias así:

Caballeroso marqués del Busto, quien, deseando proteger el Laboratorio de Histología de San Carlos, le cedió durante muchos años, y hasta su muerte, sus emolumentos de director de Clínicas.51

Por sus trabajos de anatomía patológica microscópica destacaron asimismo en el Madrid de estos años el dermatólogo Olavide, el oftalmólogo Delgado Jugo y el cirujano militar Fernández Losada.

El madrileño José Eugenio Olavide Landazábal (1836-1901) estudió medicina en la Universidad Central y completó su preparación en varios hospitales de París desde 1858 hasta 1860. A su regreso ganó la plaza de médico del Hospital de San Juan de Dios, que se convirtió gracias a su esfuerzo en el auténtico núcleo de la constitución de la dermatología como especialidad en España. Durante toda su vida fue un defensor de los puntos de vista de la escuela dermatológica francesa encabezada por Pierre L. A. Cazenave, M. G. Alphonse Devergie y Pierre A. E. Bazin. En consecuencia, aparte de un excelente observador clínico, fue un entusiasta cultivador de los estudios histopatológicos y parasitológicos y, más tarde, de los bacteriológicos. Su primer trabajo histopatológico, dedicado a un lipoma submuscular, apareció en 1859, fecha temprana incluso en un contexto europeo.52 Durante los años siguientes realizó, además, investigaciones experimentales sobre diversos parásitos microscópicos, en parte en colaboración con el cirujano Federico Rubio. También colaboraron ambos en sus primeras indagaciones bacteriológicas, publicando, por ejemplo, en 1872, un examen de los gérmenes existentes en el vapor atmosférico del servicio hospitalario de Ezequiel Martín de Pedro.53 El mismo año pronunció Olavide su discurso El parasitismo o morbidismo vegetal54 y en 1881 consiguió que se instalara en el Hospital de San Juan de Dios un laboratorio anatomopatológico y microbiológico, cuya dirección encargó al micrógrafo gaditano Antonio Mendoza. Fue autor de un número muy elevado de libros, folletos y artículos, entre los que destaca la gigantesca obra Dermatología general y clínica iconográfica de enfermedades de la piel o dermatosis (1871-1873), cuyo segundo volumen es un espléndido atlas de 168 láminas cromolitográficas, que incluyen, junto a la iconografía clínica, numerosas imágenes histopatológicas y parasitológicas.55 Su producción interesó en otros países europeos, llegando incluso a publicarse en 1888 una traducción francesa, prologada por un especialista tan importante como Etienne Lancereaux, de las lecciones que sobre las «dermatosis reumáticas» había pronunciado nueve años antes en el Hospital de San Juan de Dios.56

Tras estudiar medicina en las Universidades de Caracas y de Lima, el venezolano Francisco José Delgado Jugo (1830-1875) se formó principalmente como oftalmólogo en París bajo el magisterio de Auguste Louis Desmarres, en cuya Clinique Ophtalmologique llegó a tener un cargo directivo y se hizo amigo de Albrecht von Graefe. La estrecha relación científica que el resto de su vida mantuvo con él pesó poderosamente en su adhesión a la patología celular y la clínica basada en ella. Recordemos que Graefe las había aprendido desde sus inicios porque fue discípulo de Schleiden, Schwann y Henle en la Universidad de Berlín, donde luego fue catedrático de oftalmología, y que había hecho la famosa afirmación «nos ha descubierto un nuevo mundo» cuando Helmholtz inventó el oftalmoscopio (1850), que utilizó inmediatamente en varios trabajos, entre ellos, los que dedicó a exponer las primeras observaciones de cisticercosis retiniana y el descubrimiento de la embolia de la arteria central de la retina como causa de ceguera súbita. A Delgado Jugo le gustaba relatar las continuas informaciones que recibía de Graefe, cuya orientación científica compartía plenamente. El año 1858 se trasladó a Madrid, donde organizó cursos libres en su domicilio que condujeron a la fundación en 1872 del Instituto Oftálmico, punto de partida del desarrollo en España de la oftalmología, que hasta 1911 no llegaría a ser una asignatura obligatoria. Resulta lógico que, además de realizar trabajos de histopatología ocular, se ocupase de cuestiones generales como la inflamación. En 1864 publicó un amplio estudio crítico de la teoría de Virchow aplicada a la oftalmía granulosa, cuya conclusión final es la siguiente:

Fases de la inflamación experimental del tejido corneal. Grabados de Histología de las afecciones de la córnea (1873) de Francisco José Delgado Jugo.

Todas estas contradicciones nos hacen pensar que la cuestión de la naturaleza de las granulaciones no está aún resuelta, y que aún son necesarias nuevas y prolijas investigaciones micrográficas, hechas en piezas en las que puedan apreciarse aisladamente las transformaciones que va experimentando la mucosa en la oftalmía granulosa.57

Nueve años después confirmó la teoría sobre la inflamación de Julius F. Cohnheim con casos de lesiones corneales en una conferencia que fue resumida en El Anfiteatro Anatómico, la revista de González de Velasco. Comenzó exponiendo la textura histológica de la córnea y cómo la teoría del francés Charles Robin «la derribó más tarde la escuela histológica alemana». Reiteró la critica a la de Virchow y se adhirió a la de Cohnheim, aunque estimándola incompleta:

Muchas más pruebas experimentales y profundos razonamientos adujo, como ya hemos dicho, el Dr. Delgado Jugo, manifestando, por último que a su juicio faltaba, sin embargo, algo a la teoría de Cohnheim, y era explicar la manera por la cual el leucocito, convertido en glóbulo de pus, atraviesa las paredes de los capilares para producir las queratitis supurativas, si bien existen ya algunos hechos experimentales que parecen demostrarlo.58

El gallego Cesáreo Fernández de Losada (1837-1911), comenzó a estudiar medicina en Santiago de Compostela el año 1848 y por su afición a la anatomía fue nombrado ayudante de disector cuando todavía estaba en el tercer curso. A pesar de ello, terminó la licenciatura en Madrid (1856) y casi inmediatamente ingresó en la sanidad militar. Se vio obligado a llevar una vida frenética, debido a las sangrientas contiendas de la época, desde las provocadas por los enfrentamientos entre carlistas, conservadores y revolucionarios, hasta las guerras de Marruecos y Cuba. Publicó trabajos sobre la higiene en circunstancias bélicas, pero en su actividad quirúrgica se volvió a manifestar el interés por los saberes morfológicos. Aprovechando los periodos de paz, efectuó de modo regular desde los años sesenta análisis histopatológicos de las lesiones correspondientes a los casos que operaba en el Hospital Militar de Madrid. Además de aprovecharlos para las lecciones que allí impartía,59 publicó los de mayor interés. El primero fue un encondroma del maxilar superior (1866). Como hacía sistemáticamente, expuso el análisis histopatológico entre la descripción macroscópica y el análisis químico:

Examen microscópico del tumor. Examinada con un aumento de 300 diámetros una porcioncita de este seudoplasma, tomada en la parte media y central de la rama del maxilar, se observó una sustancia intercelular incolora y homogénea, donde existían algunos aunque pocos espacios vacíos, y una multitud de células cartilaginosas, redondeadas unas, más o menos irregulares otras, con prolongaciones laterales las más, y todas conteniendo en su interior mayor o menor número de núcleos. Colocando del mismo modo en el microscopio otra porcioncita del tumor correspondiente a uno de los tabiques que circunscribían las geodas del cuerpo del maxilar, se vio que la sustancia intercelular, en vez de ser una masa homogénea como la anterior, estaba formada por una trama de fibrillas incoloras y muy finas, más caracterizadas que las del cartílago verdadero, entre cuyas mallas existían unas areolas de 0,04 mm a 0,08 mm de diámetro, en cuyo interior se encerraban de 1 a 4 glóbulos, dentro de los cuales existían núcleos con sus gránulos y algunas células de grasa.60

Son muy significativos los cambios de título de la revista que dirigió antes de la revolución de 1868: de Revista de Sanidad Militar Española y Extranjera (1864-1865) pasó a Revista de Sanidad Militar y General de Ciencias Médicas (1866) y a Revista General de Ciencias Médicas y de Sanidad Militar (1867). El laboratorio en el que realizaba los análisis acabó integrándose en el Instituto Anatomo-Patológico de la Sanidad Militar, del que fue nombrado director y cuyos trabajos dio a conocer en una memoria.61

Particularmente tempranas fueron las contribuciones a la histología normal y patológica de Antonio Mendoza y Carlos Silóniz, dos andaluces formados originalmente en la tradición morfológica de los Colegios de Cirugía, que realizaron sus obras desde cátedras de la Facultad de Medicina de Barcelona.

El malagueño Antonio Mendoza Rueda (1811-1872) estudió medicina y cirugía en el Colegio de San Carlos de Madrid. Poco después de obtener el título, ingresó en el cuerpo de sanidad militar e hizo las campañas del País Vasco y de Cataluña durante los siete años de la primera guerra carlista. Terminada la contienda, se asentó en Barcelona, ciudad en la que residió el resto de su vida, siendo catedrático de anatomía quirúrgica de su Facultad de Medicina a partir de 1845. De mentalidad científica avanzada y rigurosa, conocía de modo muy directo las novedades europeas, gracias a sus viajes de estudio al extranjero y, sobre todo, merced a su excepcional preparación en idiomas. Además de las lenguas clásicas, sabía francés, inglés, alemán e italiano y, a pesar de su origen andaluz, hablaba y escribía correctamente en catalán. Impuso una docencia basada en la enseñanza clínica, frente al tono casi exclusivamente libresco de la docencia médica española de la época. Fue asimismo uno de los primeros que utilizaron y estudiaron en España la anestesia por inhalación. No obstante, el aspecto más sobresaliente de su labor fue incorporar la investigación y el trabajo de laboratorio como base de la patología y la clínica quirúrgicas. Se interesó, en especial, por la micrografía. Difundió las doctrinas histológicas e histopatológicas de Charles Robin y, más tarde, las de Rudolf Virchow. Introdujo como práctica habitual el examen microscópico de la sangre, las secreciones mucosas, el pus y el sedimento urinario, así como de las lesiones anatómicas, en especial de los tumores. Todos estos elementos se manifiestan ya plenamente en las cuatro partes de sus Estudios clínicos de cirujía (1850-1852), a pesar de la temprana fecha de publicación de este importante tratado. También aparecen en las memorias anuales que desde 1848 recogieron los casos más notables de su servicio hospitalario.62 Por ejemplo, inicia así un estudio sobre la inflamación:

El examen microscópico ha penetrado hasta su intimidad los fenómenos locales de la inflamación y los resultados de estas investigaciones no han proporcionado solamente pormenores curiosos y demostrativos del trabajo inflamatorio, también ofrecen las bases más positivas para establecer la teoría de este morboso estado. Para cerciorarse del modo real de acción de los capilares en la inflamación, se coloca bajo el microscopio una rana por el sitio correspondiente a su membrana interdigital, se la humedece con alcohol y, al cabo de pocos segundos, se puede observar que la sangre es movida en todos los vasos de la membrana con una rapidez extrema, siguiendo así mientras dure la aplicación del alcohol, y sin que al principio se manifieste ningún síntoma de inflamación; muy al contrario, los vasos vuélvense más pequeños y pálidos que antes del contacto del alcohol. Después de esta primera prueba, se somete al microscopio otra parte de la rana con signos evidentes de hallarse inflamada, y entonces obsérvanse los vasos considerablemente dilatados, y el movimiento de la sangre es en extremo débil. En varios puntos en que la inflamación es más intensa, la circulación enteramente cesa. Si se vierte alcohol sobre la membrana inflamada, la sangre comienza a moverse donde se halla estancada, el calibre de los vasos se angosta, la membrana pierde su color y los intersticios de los vasos se vuelven menos opacos a medida que se acelera el movimiento.63

Mendoza fue el principal promotor de El Compilador Médico (1865-1869), primera revista de la «medicina de laboratorio» en el ambiente barcelonés. En ella tuvo como colaboradores, entre otros, a Juan Giné Partagás y Bartolomé Robert Yarzábal, que realizaron la traducción castellana (1868) de la Cellularpathologie de Rudolf Virchow manejada por Cajal durante sus años de estudiante en Zaragoza.64

El gaditano Carlos Silóniz Ortiz (1815-1898) estudió en el Colegio de Cirugía de su ciudad natal y amplió después su formación científica con varias estancias en París entre 1840 y 1843. A comienzos de 1844 fijó su residencia en Barcelona, de cuya Facultad de Medicina fue profesor agregado y director de trabajos anatómicos hasta obtener en 1847 la cátedra de anatomía, que ocupó desde 1847 hasta su jubilación. En 1857, cuando ni siquiera Aureliano Maestre de San Juan había iniciado su labor de micrógrafo, publicó, como he adelantado, Del microscopio en su aplicación al diagnóstico, defensa de la indagación microscópica para aclarar numerosos problemas patológicos y clínicos, en especial la tuberculosis y los tumores malignos. Asocia una excelente información de las últimas novedades europeas con una amplia experiencia personal de microscopista. Sus párrafos iniciales son los siguientes:

La medicina, siguiendo a la física y la química en sus adelantos progresivos, es en gran parte deudora de estas ciencias de la exactitud y precisión que ha llegado a alcanzar en el presente siglo. Jamás, en ninguna época de la historia, se ha formado el diagnóstico de muchas enfermedades con la certeza que en el día; las de los pulmones y del corazón, las del aparato génito-urinario, del glandular, del circulatorio y de los centros y sistema nervioso. En todas partes ha penetrado el análisis químico y el análisis microscópico, en la sangre, las orinas, el moco, el pus, para deducir signos diagnósticos, y mucho es lo que se debe esperar de tales investigaciones, porque el ingenio humano ya en tan fecunda vía seguirá siempre adelante y no sabemos dónde hará su descanso … La anatomía patológica busca en las autopsias la razón de los fenómenos observados en vida; en los casos, numerosos, por desgracia, en que la muerte queda muda ante el escalpelo, el análisis microscópico viene en ayuda del diagnóstico, enseñándonos en los cuerpos elementos hasta ahora ignorados, sólidos de forma y propiedades diferentes, susceptibles de ser demostrados donde quiera que se hallen, por mínimas que sean las partes que deben someterse a examen.65

En la línea iniciada por Crisóstomo Martínez a finales del siglo XVII y proseguida por Andrés Piquer durante la Ilustración, no rehúye el problema de la desconfianza ante las observaciones microscópicas:

Y no se teman las ilusiones ópticas de que tanto mérito se hace para desvirtuar las operaciones microscópicas, pues con un buen instrumento es fácil adquirir el suficiente hábito para superarlas y, en lo general, las dudas entre los micrógrafos han versado más bien sobre la explicación que dan sobre la imagen percibida que de la misma imagen, la que es igual para todos. No negaremos, sin embargo, que la determinación precisa de los productos patológicos presenta a veces dificultades que ningún interés tenemos en ocultar.66

Silóniz volvió a París desde 1859 hasta 1862 y estuvo también varias veces en Londres para completar la preparación de sus Cursos de Anatomía Descriptiva y General (1869-1870). En ellos incorporó la embriología posterior a la obra de Ernst von Baer, junto a numerosos aspectos de la anatomía comparada predarwinista,67 e incluyó con portada propia un Tratado de Anatomía General, que fue el segundo compendio español de histología plenamente basado en la teoría celular después del publicado por José María Gómez Alamá tres años antes.68 Utilizó principalmente trabajos de autores alemanes, desde Schwann y Henle hasta Rudolph Albert von Kölliker y K. F. Theodor Krause, los dos histólogos con los que Cajal iniciaría más tarde su relación con la comunidad científica internacional. La segunda edición se publicó en 1871 y la parte de anatomía descriptiva fue reimpresa en 1894, acompañada de un breve Epítome de Embriología por Antonio Riera Villaret, entonces director de trabajos anatómicos en la Facultad de Medicina de Barcelona.69

Otro temprano núcleo de cultivadores de la histología celular fue el que iniciaron en la Facultad de Medicina de Valencia el anatomista Gómez Alamá y el cirujano Sánchez Quintanar.

José María Gómez Alamá (1815-1874) fue el principal responsable de la recuperación de la enseñanza anatómica durante la «etapa intermedia». Nacido en Valencia, estudió medicina en su Universidad, comenzando a interesarse por la anatomía en 1833, cuando la cursó con el catedrático Vicente Llobet, infatigable disector que había sufrido la represión absolutista. No fue algo momentáneo, ya que el resto de su vida estuvo dedicada exclusivamente a la enseñanza de la asignatura. En 1836 fue nombrado ayudante de disector y. tras varios años de profesor sustituto y agregado, consiguió en 1848 una de las dos cátedras anatómicas. Los principales méritos que le valieron este nombramiento fueron sus «brillantes y especiales servicios» que realizó en la propia Facultad, sobre todo un excelente museo o «gabinete» morfológico:

La mayor parte de las [preparaciones anatómicas] que se admiran en el mencionado gabinete son debidas a la laboriosidad y destreza del doctor don José Gómez… Este digno profesor, auxiliado por dos ayudantes, fue el que tomó la iniciativa en el asunto que se trata y llevó a cabo, en tiempo de vacaciones, su laboriosa empresa.70


José María Gómez Alamá. Contraportada de su Compendio (1867).

Como producto de su amplia experiencia docente, publicó al final de su vida dos ediciones de un manual: Compendio de Anatomía descriptiva y elementos de la general, con nociones de Anatomía microscópica (1867-1868) y Tratado elemental de Anatomía humana descriptiva, general y microscópica (1872). Aparte de sintetizar de forma clara y rigurosa la anatomía descriptiva, fue el primer manual español de la asignatura que incluyó un resumen de anatomía microscópica basado sin restricciones en la teoría celular. Tras exponer la célula como «elemento anatómico inmediato», estudia los tejidos con estricto criterio celularista y un elevado número de datos micrográficos.71 Sobre el tejido óseo figuran, entre muchos otros, los siguientes:

Inspeccionado atentamente con el microscopio el tejido óseo, se ve que está compuesto de una sustancia fundamental o intercelular y de corpúsculos o células estrelladas propias. La sustancia fundamental o intercelular está compuesta de laminillas homogéneas, sin apariencia de textura, sólo perforadas por un número considerable de pequeños orificios, unidas entre sí por dientes muy finos y arrolladas en forma de tubos, concéntricos e invaginados. Estos tubos son los conductitos de Havers … En una laminita longitudinal delgada colocada sobre fondo negro y mirada con el microscopio, se presentan estos conductitos bajo la forma de estrías amarillentas. Ellos son los que dan al tejido compacto el aspecto fibrilar que se nota a simple vista … Las células propias de los huesos son una pequeñas capsulitas óseas lenticulares y muy numerosas, situadas entre las laminillas de la sustancia fundamental … Los corpúsculos contienen cada uno una célula cuya membrana reviste las paredes de su cavidad y envía sus prolongaciones a los conductitos calcóforos … Para entender los fenómenos microscópicos de la osificación debemos tener presente que los cartílagos temporarios, lo mismo que los permanentes, mirados con el microscopio se ven formados de una sustancia fundamental sembrada de pequeñas cavidades llamadas cápsulas cartilaginosas, en las cuales están contenidas las células.72

Gómez Alamá introdujo, además, prácticas obligatorias sobre el manejo del microscopio y las preparaciones histológicas, Les dedicó una parte de la segunda edición de su Arte de disecar (1872), en la que se ocupó de «las ilusiones que pudieran inducir a error» y destacó:

La anatomía microscópica excita con justo motivo la curiosidad y debe generalizarse pronto, puesto que está prestando grandes servicios a la ciencia.73


Lámina litográfica de la segunda edición del Arte de disecar (1872) de José María Gómez Alamá. Representa cuatro de los instrumentos que utilizaba en las clases prácticas de anatomía microscópica que introdujo en la enseñanza: el «doblete», pequeño aparato con dos lentes plano-convexas y un diafragma, el «microscopio simple de Raspail», y el «microscopio compuesto de Amici o de Chevalier» de tubo acodado y recto.

Otra publicación suya fue un Discurso sobre la importancia de la anatomía humana (1872) para oponerse al evolucionismo darwinista, defendiendo la fijeza de las especies y la existencia de un «reino humano», de acuerdo con las ideas de Georges Cuvier.74

El manchego León Sánchez Quintanar (1801-1877) cursó sus estudios secundarios en Cuenca y los de «médico-cirujano» en el Colegio de San Carlos de Madrid. Aparte de reunir numerosos materiales en torno a la historia de la medicina española, con la intención de continuar la obra de

Portada de la monografía de León Sánchez Quintanar sobre el llamado «flegmón difuso» (1861).

Antonio Hernández Morejón, que había sido su maestro, realizó una notable obra quirúrgica. En 1844 fue nombrado catedrático de «anatomía topográfica, patología y clínica quirúrgicas, y vendajes» en el «Colegio de Prácticos del Arte de Curar» de Sevilla, explicó allí un curso académico y, tras una brevísima estancia en Santiago de Compostela, se trasladó a la Facultad de Medicina de Valencia como catedrático de patología quirúrgica, puesto en el que permaneció hasta su muerte. Tenía una mentalidad anatomoclínica basada principalmente en relacionar la observación de los enfermos con la anatomía patológica macroscópica, pero abierta a los datos y los nuevos planteamientos de la microscópica. Ello se refleja en sus dos obras más importantes, que corresponden al contenido de su enseñanza: Nuevas consideraciones teórico-prácticas acerca de la inflamación ilimitada o no circunscrita llamada flegmón difuso (1861) y La inflamación al alcance de los cursantes de cirugía (1871).75

Elías Martínez Gil (1822-1892) sucedió en 1846 a Gómez Alamá como «director de los Museos Anatómicos de la Facultad de Medicina». El plural «museos» se refería a la secciones de «anatomía normal, patológica y micrográfica», que sirvieron de principal escenario inicial de la práctica sistemática en Valencia de la histología y la histopatología basadas en la teoría celular. El desarrollo que llegaron a alcanzar, frente a la postura siempre adversa del centralismo político, se refleja en el hecho de que la Facultad celebrara en 1873 un «claustro en favor de la histología», que elevó una protesta al gobierno porque se hubiera dotado únicamente la cátedra madrileña de la disciplina. Los nueve puntos en los que se basó la protesta no necesitan comentarios:

Glóbulos sanguíneos humanos y de las aves, reptiles, anfibios y peces; «glóbulos deformes, muriformes, vibriones [coléricos]». Lámina 11ª del Tratado de anatomía de los humores o de hidrología orgánica general del cuerpo humano (1883) de Elías Martínez Gil.

1º) Que desde hace algunos años vienen dándose en las cátedras de anatomía descriptiva y general y en la de anatomía topográfica o quirúrgica de esta Facultad explicaciones de histología, todo lo extensas y minuciosas que permiten asignaturas tan vastas … 2º) Que antes de que por el decreto de 9 de noviembre de 1866 se exigieran en la enseñanza de la anatomía general las nociones y uso del microscopio, se empleaba ya éste en las lecciones de histología dadas en esta escuela; 3º) Que igualmente se emplea este medio de demostración en la asignatura de fisiología; 4º) Que en las clínicas, cuando algún caso patológico lo requiere para establecer el diagnóstico de una dolencia de un modo fijo y preciso, o para comprobar previamente el formado, se recurre a las demostraciones de los elementos morbosos y de las metamorfosis que los tejidos experimentan, lo cual constituye conocimientos detallados en anatomía patológica; 5º) Que para satisfacer a estas necesidades del servicio de la enseñanza, cuenta la Facultad con preparaciones microscópicas frescas que oportunamente se confeccionan, con las naturales conservadas y las ampliaciones artificiales que facilitan en gran manera la comprensión de lo que en el microscopio se observa … 6º) Que posee y emplea esta Facultad los medios necesarios para la disección, inyecciones y preparación completa de objetos microscópicos destinados a la enseñanza y preparados en la sección de museos anatómicos, haciendo uso para las demostraciones de los microscopios más perfeccionados de Amici, Chevalier, Nachet y Harnack; 7º) Que en las cátedras de patología quirúrgica y médica y en la de ginecología sirven de base las alteraciones de los elementos constitutivos de los tejidos y órganos para el estudio de las enfermedades; 8º) Que en la obra de anatomía descriptiva y general publicada por uno de los catedráticos de esta asignatura en Valencia [la de Gómez Alamá] se exponen las ideas más útiles si bien elementales en el ramo de la histología … y asimismo el catedrático de patología quirúrgica, autor de un trabajo de la inflamación [León Sánchez Quintanar], funda el estudio de ésta en las evoluciones de los elementos anatómicos comprobadas con el microscopio; 9º) Que deseoso este centro de enseñanza de dar toda la extensión posible a los estudios histológicos, propuso al Ministerio de Fomento, el 31 de enero de 1872, el establecimiento de un gabinete y cátedra práctica de experimentación con objeto de ampliar los conocimientos adquiridos en las diferentes asignaturas … y a pesar de no haber correspondido el gobierno a las instancias del rectorado, se halla establecida y agregada a los museos anatómicos una sección práctica de histología e histoquimia, aplicadas a las exigencias de la enseñanza médica.76

El interés por la histología era compartido también por los estudiantes, que convirtieron a Schwann y a Virchow en figuras mitificadas. Cuando, cinco años después de esta protesta institucional, se jubiló Schwann, la Sociedad Médica Escolar le dirigió una felicitación que éste contestó con una interesante carta.

La excepcional competencia técnica de Martínez Gil condujo a que fueran premiados con medallas los «trabajos anatómicos» que, en nombre de la Facultad, presentó en la Exposición Universal de París (1867) y en la de Viena (1873). En el terreno histopatológico, destacan sus análisis microscópicos de las lesiones, en especial los tumores de los casos operados por Enrique Ferrer Viñerta, como veremos a continuación. Ambos pertenecieron a la Sociedad Histológica Española desde su fundación en 1874 por Aureliano Maestre de San Juan, el primer maestro de Cajal. La labor de Martínez Gil culminó con su Tratado de anatomía de los humores o de hidrología orgánica general del cuerpo humano, con sus deducciones aplicables a la higiene, a la patología y a la terapéutica (1883). En esta obra, que sobresale desde el punto de vista técnico, asoció su experiencia micrográfica con una rigurosa información sobre química fisiológica e incluso con algunos materiales de las entonces nacientes biofísica y microbiología médica. La parte introductoria, que parte de supuestos fundamentales basados en el «movimiento molecular», admite las «lagunas» del conocimiento científico de los humores orgánicos. La segunda está dedicada a una consideración general de la «materia líquida en el organismo», distinguiendo entre «caracteres» (numéricos, físicos, químicos y organolépticos) y «propiedades», vocablo que designa los procesos hidrodinámicos, químicos y vitales. La tercera, a la «composición elemental de los humores», tanto desde el punto de vista químico como anatómico. Tras el estudio monográfico de una veintena de «elementos químicos», se incluye el de casi un centenar de «principios inmediatos» divididos en «principios minerales o no carbonados» (cloruros, sulfatos y fosfatos), y «orgánicos». A continuación figuran los «elementos anatómicos de los humores», siendo especialmente detallada la exposición de los hematíes, los leucocitos, los espermatozoides y los óvulos. El texto termina con una propuesta de «clasificación de los humores derivada de los estudios biológicos» y una síntesis de su composición. En páginas aparte, se incluyen 62 figuras micrográficas, «según las observaciones del autor y de los más autorizados biologistas», que responden a las técnicas minuciosamente expuestas en los distintos capítulos.77

Diez años después de la muerte de Gómez Alamá y al siguiente de la publicación del Tratado de Martínez y Gil, Cajal pasó a ocupar una de las cátedras anatómicas de la Facultad de Medicina de Valencia. Conocía muy bien la labor de ambos, entre otras razones, porque su padre, como veremos, se había licenciado en ella.

No resulta extraño que Enrique Ferrer Viñerta (1830-1891), principal cirujano valenciano de la «etapa intermedia» y uno de los introductores en España de la antisepsia, utilizara de modo habitual análisis histopatológicos, sobre todo porque, después de formarse en la Facultad de Valencia, ocupó durante cuatro años una cátedra en la de Granada, donde entabló amistad y recibió el influjo de Aureliano Maestre de San Juan, a cuyas iniciativas continuó asociado el resto de su vida. En su modelo de historia clínica concedió gran importancia a dichos análisis, cuya presencia fue constante desde el curso 1872-73. Muchos fueron realizados por Martínez Gil, como he adelantado. El año 1873, en el volumen de clínica quirúrgica que publicaba cada curso académico, anotó elogiosamente:

El ilustrado director de los museos anatómicos de esta Facultad se encargó de hacer las preparaciones microscópicas que se creyeron necesarias, cuidando igualmente de preparar, con destino a los gabinetes de la misma, las piezas anatomo-patológicas dignas de ser conservadas.78

Desde 1881 contó, además, con la colaboración de Tomás Ferrer Navarro, quien como presidente de la Sociedad Médica Escolar había escrito la carta de homenaje a Schwann a la que ya me he referido. Ferrer Viñerta dedicó una atención continuada a los tumores que culminó con una extensa monografía sobre su diagnóstico clínico (1878). En ella reiteró su opinión de que la clasificación de los tumores en «benignos» y «malignos» es indispensable para la práctica quirúrgica y, aunque valoró al máximo los hallazgos histopatológicos, juzgó que eran todavía insuficientes:

No es nuestro propósito negar la importancia de los trabajos histológicos, ni tratamos tampoco de rebajar en lo más mínimo la poderosísima influencia que los estudios micrográficos han venido ejerciendo en el conocimiento de las alteraciones anatomo-patológicas de numerosísimas enfermedades, cuyos trastornos materiales o físicos eran no hace muchos años completamente desconocidos y hoy nos lo presenta la anatomía microscópica de una manera casi matemática … Muy al contrario de esto: reconocemos el gran valor de las investigaciones microscópicas aplicadas al esclarecimiento de los cambios y modificaciones que un tejido o un elemento anatómico experimentan en sus diversos estados o fases patológicas; admiramos cada día más, si cabe, el interés, la solicitud y el afán con que distinguidos profesores nacionales y extranjeros se dedican al minucioso cultivo de la anatomía patológica, sujetando al poder amplificador de las lentes una pequeña parte del tejido morboso, en busca de la metamorfosis de una fibrilla apenas visible, una diminuta célula o una inapreciable granulación, hayan podido sufrir durante el trámite patológico que trastorna por completo las funciones del órgano que padece, ora se considere a la alteración elemental del mismo como causa o como efecto de la enfermedad; y somos, en fin, los primeros en apreciar los inmensos beneficios y las importantes aplicaciones que en el terreno científico-práctico debe la patología a la anatomía microscópica, así como no hemos sido los últimos en ponerlos a disposición de esta Escuela de Medicina, en lo que a los neoplasmas hace referencia, en nuestras explicaciones clínicas.79

Dos catalanes formados en la Facultad de Medicina de Barcelona enriquecieron la práctica de la histología normal y patológica en la de Valencia

Estructura microscópica de una vellosidad corial y corion en un embarazo de medio mes. Xilografías a contrafibra del Tratado completo de obstetricia (1878) de Francisco de Paula Campá.

durante el decenio anterior a la incorporación de Cajal a su claustro. El primero de ellos fue Francisco de Paula Campá Porta (1838-1892), catedrático de «obstetricia y de enfermedades de la mujer y de los niños» desde 1872 hasta 1889. Nacido en Vic, estudió medicina en la Facultad de Barcelona y, tras ejercer cuatro años en su ciudad natal, volvió a la capital catalana como profesor clínico, iniciando entonces su dedicación a la tocoginecología y sus trabajos histopatológicos. En Valencia, sus dos primeras publicaciones, ambas de 1873, fueron Del eclecticismo experimental como base constitutiva de la ciencia médica y un largo estudio sobre la inflamación y ulceración del útero, basado en la patología celular de Virchow. Resulta lógico que se integrara en el grupo experimentalista valenciano, fundando en 1877 La Crónica Médica, su principal revista, junto a Amalio Gimeno Cabañas y Juan Aguilar Lara. Desplegó una gran actividad de publicista, siendo, como ha demostrado Carmen Camilleri, el tocoginecólogo español del siglo XIX con mayor producción circulante a nivel internacional. Entre sus libros didácticos destacan Tratado completo de Obstetricia (1876; 2ª ed, 1885) y Lecciones de Ginecopatía, o enfermedades especiales de la mujer, profesadas en la Facultad de Medicina de Valencia (1881).80 La forma en la que basó su docencia en los resultados de la investigación histológica puede ejemplificarse en el resumen sobre la morfología del amnios que incluyó en el primero:

El amnios no es más que la hoja externa del blastodermo, que está en contacto, por dentro, con la hoja interna, por fuera, con la membrana vitelina; pero al poco tiempo se engruesa y aparecen en su superficie un gran número de vellosidades por germinación también de la sustancia blastodérmica y, como ésta, compuesta de células poliédricas, con un núcleo y un nucleolo central, que se aprietan y condensan, presentando luego una estructura homogénea y de color grisáceo. Estas vellosidades, vistas al microscopio en un huevo de 8 milímetros de diámetro, se presentan … cilíndricas, de longitud de un milímetro a uno y medio, divididas en dos o tres ramas de vértice cónico o redondeado; son huecas, terminan en dedo de guante en todas sus ramificaciones y, por su base abierta, comunican con la cavidad del corion, pasando por delante de ellas la hoja interna blastodérmica. Son más numerosas y están mejor desarrolladas en la porción del corion que corresponde a la superficie de implantación del huevo, y permanecen sin vasos hasta que el crecimiento de la alantoides lleva a ellas las ramificaciones de los vasos alantoideos que han de constituir el elemento vascular de la placenta. Estas vellosidades vienen a sustituir a la membrana vitelina, que se atrofia por completo. En el tiempo que media entre la desaparición de las vellosidades vitelinas y la formación de la circulación alantoidea provee a la nutrición del feto, absorbiendo por capilaridad los jugos de la mucosa útero-placentaria y de la caduca refleja, con la cual está en contacto directo.

Las vellosidades sufren más tarde otras modificaciones; crecen en proporción con el huevo, representando en toda su superficie una cubierta completamente erizada de filamentos, que llegan a tener hasta algunos milímetros de longitud. Luego, cuando la circulación placentaria se desarrolla, al paso que las vellosidades que corresponden a la mucosa útero-placentaria crecen, engruesan, multiplican sus ramificaciones y, englobadas con la sustancia alantoidea, forman primero el placenta frondosum y enseguida, fijándose en el epitelio uterino, completan esa masa de gruesos cotiledones vasculares, que es la verdadera placenta; las del resto de la membrana se obliteran por la introducción en ellas del magma reticulado o sustancia alantoidea trasformada, se atrofian y acaban por representar durante la mayor parte de su existencia unos sencillos filamentos capilares, poco perceptibles, que mantienen la unión entre la superficie externa del corion y la caduca.81

Campá publicó, además, cerca de doscientos artículos, en su mayoría dedicados a temas de su especialidad. Aparte de numerosos casos clínicos con análisis histopatológicos, sobre todo de tumores uterinos, estudió en ellos cuestiones como la fisiopatología de la menstruación y la sepsis puerperal, cuya patología y prevención analizó desde los supuestos de la microbiología médica.82

El segundo catalán, José Crous Casellas (1846-1887), también estuvo familiarizado con las nuevas corrientes experimentalistas desde su época de estudiante de medicina en la Universidad de Barcelona, principalmente a


Esquema de la estructura del cerebelo. Xilografía a contrafibra del Tratado elemental de anatomía y fisiología normal y patológica del sistema nervioso (1878) de José Crous y Casellas. Muestra el estado de la cuestión en el ambiente en el que, diez años después, inició Cajal sus investigaciones.

través del magisterio de Juan Giné Partagás y de Antonio Coca Cirera. En colaboración con Simón Bruguera Martí, más tarde destacada personalidad de la estomatología y del positivismo médico en Cataluña, se encargó de completar y editar la obra póstuma de Coca Prolegómenos de clínica médica (1873). Tras ser ayudante y profesor clínico en la Facultad de Barcelona, ganó las oposiciones a la cátedra de patología médica de Valencia, que ocupó hasta su muerte. Combinó un auténtico entusiasmo por los planteamientos experimentalistas de la «medicina de laboratorio» con una oposición frontal al materialismo, desde las ideas del neoescolasticismo tomista, que encabezaba en España el cardenal Ceferino González. La convivencia de una postura innovadora en el terreno científico y técnico con una actitud integrista en el religioso y filosófico no fue algo excepcional durante el siglo XIX, ni tampoco lo ha sido en el XX. Recuérdese que se dio incluso en Laennec y Pasteur. En el caso de Crous, como en otros muchos, condujo a compromisos ideológicos, como declararse seguidor del «vitalismo cristiano» y del «somaticismo espiritualista», que tuvieron muy contadas repercusiones en su enfoque de los saberes patológicos y ninguna en los aspectos técnicos de su práctica médica. Significó, no obstante, un cierto aislamiento para Crous en el ambiente médico valenciano de la época, integrado mayoritariamente por seguidores o simpatizantes del darwinismo. Esta fue la razón de que apenas colaborase en el Boletín del Instituto Médico Valenciano, que no lo hiciera en La Crónica Médica y que editara sus propias revistas: Archivos de la Medicina Valenciana (1881-1882) y Las Ciencias Médicas (1884). A pesar de su escasa duración, ambas tuvieron notable altura dentro de una corriente estrictamente experimentalista. Aparte de los trabajos del propio Crous, en ellas se publicó, por ejemplo, el primer artículo de Cajal en Valencia y el estudio inicial de Ferrán acerca de la vacunación colérica, así como numerosas noticias y traducciones de importantes aportaciones extranjeras, entre ellas, las primeras comunicaciones de Pasteur acerca de la vacunación antirrábica.

La primera publicación importante de Crous en Valencia fue su Programa-sumario de patología médica (1877), modesto título de un volumen de más de quinientas páginas que constituye uno de los más tempranos manuales españoles de medicina interna íntegramente atenidos a la investigación de laboratorio. Sus principales bases fueron las obras de Virchow y Claude Bernard, la patología experimental y la «patología química» de Frerichs, en parte asimiladas a través de las obras de François Sigismond Jaccoud, el introductor en Francia de la medicina fisiopatológica alemana. Comienza analizando, como procesos morbosos generales, la embolia y la trombosis, la inflamación de acuerdo con las investigaciones posteriores a las teorías de Virchow y Cohnheim, las infiltraciones y degeneraciones, la atrofia, hipertrofia e hiperplasia, las neoplasias según los criterios de Virchow y la fiebre como trastorno funcional de la «calorificación». Se detiene después en la infección y el contagio, cuya explicación considera que «sólo hipotéticamente puede tratarse, ya que la ciencia está muy lejos de haber pronunciado la última palabra sobre el particular» pero, con estas cautelas, se adhiere a la «teoría infecto-contagio-genésica» de Pasteur, cuyos trabajos resume. Esta adhesión a la naciente microbiología médica, con la que Crous fue consecuente hasta el final de su vida, corresponde a una fecha muy temprana, incluso a nivel europeo. El resto del libro está dedicado a la exposición de las enfermedades de los distintos aparatos y sistemas, generalmente precedida por la morfología y fisiología patológicas de los mismos. El único aspecto que no corresponde a los planteamientos experimentalistas es el referente a la doctrina de las «diátesis», que se entiende en el sentido «vitalista hipocrático» como «trastornos permanentes de la unidad vital» y que se aplican principalmente a la tuberculosis, el reumatismo, la gota y a algunos carcinomas.83 De forma más detallada, Crous estudió después con el mismo enfoque capítulos especializados en sus libros Tratado elemental de anatomía y fisiología normal y patológica del sistema nervioso (1878), Lecciones clínicas sobre la tisis pulmonar (1881) y Elementos de frenopatología (1882). Entre los trabajos que publicó en revistas destacan los que dedicó a exponer las observaciones clínicas recogidas en su servicio hospitalario. Se refleja en ellos la práctica habitual de autopsias, de microscopía histopatológica y microbiológica, análisis químico de la orina y otros humores orgánicos, así como el uso cotidiano de las distintas formas de endoscopia (oftalmoscopio, rinoscopio, otoscopio, laringoscopio) y de la termometría, espirometría, electrodiagnóstico, etc. La importancia que concedía a la tecnificación de los métodos exploratorios le llevó incluso a interesarse por las aplicaciones a la auscultación del teléfono, el micrófono y el fonógrafo. Su Tratado elemental de anatomía y fisiología normal y patológica del sistema nervioso (1878), que corresponde al primer curso sobre neurociencias impartido en las universidades españolas, contiene textos y figuras sobre la estructura de la médula espinal, el tálamo óptico y el cuerpo estriado, el cerebelo y la corteza cerebral tal como lo enseñaba en la Facultad de Medicina de Valencia durante la década anterior a la que Cajal inició en ella las investigaciones que tan profundo cambio iban a significar. Por ejemplo, comienza así la textura del cerebelo:

Dado un corte transversal al cerebelo, fácil es hacerse cargo de la manera cómo están repartidas sus sustancias componentes. Por un lado, se presenta la capa gris periférica y, por otro, la más blanca central, empero con la particularidad de destacarse en el campo de esta última las llamadas olivas del cerebelo, una por cada hemisferio. Estas olivas, denominadas con más precisión cuerpos romboidales, vienen constituidas por sustancia gris, en el modo y forma que luego se dirá,

La capa cortical se compone de otras dos. La profunda de estas dos se encuentra constituida por una serie considerable de células voluminosas de forma especial. Semejantes células, por su parte más periférica, ostentan varias y delicadas prolongaciones, cada una de las cuales aboca a su respectiva celulita. Casi podríamos ver en aquellos elementos celulares, células de Purkinje, atributos de orden motor y en éstos de carácter sensitivo. Problemática y, por tanto, incierta es la existencia de células esféricas, pequeñas y brillantes con o sin conexiones respecto a las de Purkinje y colocadas por dentro de ellas, Tubos nerviosos sólidos desde éstas van a parar en sentido convergente a los elementos de los cuerpos romboidales. La disposición laminosa y replegada a modo de bolsa que se observa en la sustancia gris de las verdaderas olivas nótase igualmente en las llamadas del cerebelo. De los cuerpos romboidales parten fibras divergentes, que acaban por formalizar tres manojos o pedúnculos por parte, esto es, dos superiores, dos medios y [dos inferiores. Cruzados entre sí los de cada grupo, tenemos que los superiores marchan por los pedúnculos cerebrales, paralelamente a los manojos innominados, los medios terminan en la sustancia gris motriz, situada inmediatamente por encima del verdadero puente de Varolio y los inferiores contribuyen a continuar, por arriba, la disposición histológica de los cordones posteriores de la médula.84


Aureliano Maestre de San Juan, primer maestro de Cajal e iniciador de la Escuela Histológica Española.

El granadino Aureliano Maestre de San Juan Muñoz (1828-1890) no sólo fue maestro de Cajal, en las circunstancias y con el emocionado reconocimiento por parte de éste que más adelante comprobaremos. Influyó en la formación histológica de Martínez Gil y de Ferrer Viñerta, como acabo de anotar, e iremos viendo que de modo parecido también lo hizo en la de otros de su generación o la siguiente, como Andrés Busto, Delgado Jugo, Juan Creus, Benito Hernando, Federico Rubio, Rafael Ariza, Luis Simarro, Peregrín Casanova e incluso en las del botánico Rafael Colmeiro y el químico Rafael Puerta. Por otra parte, fueron discípulos directos suyos los histólogos profesionales Eduardo García Solá, Leopoldo López García, Manuel Tapia y el propio Cajal. Su ejemplar labor docente condujo a la institucionalización de la disciplina y a que en un país cuya actividad científica había sido marginal durante el siglo XIX se constituyera la Escuela

Instrumentos utilizados por Maestre de San Juan para sus trabajos histológicos: 1. Microscopio mediano de Nachet; 2. Mesa diseñada por el propio Maestre; 3. Jeringa y cánulas de Ordóñez; 4. Microtomo Nachet; 5. Microscopio químico de L. Smith; 6. Cuchillo de Strauss; 7. Cuchillo doble de Valentin. Grabados de su Tratado de anatomía general (1872). Con instrumentos semejantes comenzó Cajal su obra.

Histológica Española, tanto el grupo de Cajal y sus discípulos directos, como el sucesivamente encabezado por Nicolás Achúcarro y Pío del Río Hortega. Todo esto irrita especialmente a los oportunistas que mantienen la mitificación falseada de Cajal en sus conmemoraciones. Sin la posibilidad de desconocer los resultados de la investigación histórica, por su amplia difusión actual, no les quedan otros recursos que los de la peor política: censurar y emitir descalificaciones arbitrarias.

Maestre de San Juan estudió medicina en las Facultades de Granada y Madrid, orientándose tempranamente a los saberes morfológicos bajo el magisterio de Marcos Viñals Rubio (1812-1895), generalmente recordado por sus investigaciones acerca de la porción petrosa del hueso temporal. Ejerció la profesión, especialmente como cirujano, hasta que en 1860 ganó las oposiciones a una de las cátedras de anatomía de la Facultad de Medicina de Granada. A partir de entonces, se dedicó a la histología, completando su formación entre 1863 y 1867 con estancias en diferentes laboratorios de Francia, Alemania, Bélgica y Holanda.85 Su principal maestro fue Eloy Carlos Ordóñez, histólogo venezolano discípulo de Charles Robin residente en París, a cuyos cursos, como veremos, asistió también Federico Rubio. Ello explica la influencia que las ideas de la escuela histológica francesa ejercieron durante casi un decenio sobre su obra, aunque luego asumió plenamente las de Rudolf Virchow. En 1871 participó en las oposiciones a una de las dos cátedras de anatomía en la Facultad de Medicina de Madrid y, aunque no las ganó, consiguió impresionar a los miembros de mayor altura científica del tribunal, entre los que se encontraba alguien tan significativo como Martínez Molina. Este prestigio circunstancial, unido al que había alcanzado con sus publicaciones, pesó de modo decisivo en la dotación en dicha Facultad de la primera cátedra oficial española de histología (1873), que ocupó por concurso, Realizó desde ella una intensa labor didáctica, no solamente teórica sino, sobre todo, práctica. En su laboratorio se iniciaron en las técnicas micrográficas numerosos médicos de todas las especialidades, entre ellos, el anatomista Peregrín Casanova y los histólogos profesionales Leopoldo López García, Manuel Tapia Serrano y Cajal. Fue también el fundador de la Sociedad Histológica Española (1874), asociación que logró integrar los esfuerzos de la inmensa mayoría de los cultivadores de la disciplina y organizar cursos teórico-prácticos a los que asistieron médicos y naturalistas de toda España. Entre sus miembros más activos figuraron los antes citados Andrés Busto, Francisco Delgado Jugo, Enrique Ferrer Viñerta y Elías Martínez Gil, así como el anatomista Pascual Hontañón Cabeza, los cirujanos Juan Creus Manso y Federico Rubio, el otorrinolaringólogo Rafael Ariza, el ginecólogo Manuel Candela Pla, el botánico Miguel Colmeiro y el químico Rafael Puerta Ródenas. Bajo su presidencia, la Sociedad organizó el 27 de mayo de 1874 unas «Jornadas sobre la inflamación», tema de la tesis doctoral dirigida por él que Cajal presentó tres años después. En la «recapitulación final» de las Jornadas que publicó El Anfiteatro Anatómico Español, la revista de González de Velasco, figuran los siguientes párrafos:

La doctrina del gran Virchow fue expuesta y sostenida con gran copia de datos por los Sres. Sáez, Segarra, Cortezo y Busto, la del célebre Cohnheim por el Sr. Ustáriz, la de los neuristas por el Sr. Morales y la del Dr. Robin por el Sr. Escribano, todos los cuales a porfía defendieron sus opiniones … demostrando profundos conocimientos sobre la ciencia histológica en general y el difícil e intrincado proceso inflamatorio … [Maestre de San Juan] manifestó enseguida la necesidad de ser conocidas por el experimentador todas las teorías histológicas, sobre lo cual hizo algunas disgresiones, así como acerca de la utilidad del perfecto manejo del microscopio y conocimiento de la acción de los reactivos sobre los órganos … congratulándose sobremanera porque su digno compañero el Dr. Busto hubiese honrado la discusión … prometiéndose que en el venidero la Sociedad Histológica había de conseguir nuevos laureles, no sólo en el terreno de la discusión, sino que también el práctico, pues si bien ya se había demostrado presentando a este cuerpo científico preciosas preparaciones ejecutadas por los señores socios, esperaba serían éstas más numerosas en lo sucesivo ….86

En el mismo volumen de esta revista apareció resumida la comunicación sobre un caso de tumor fibroso uterino presentada por Maestre y el valenciano Manuel Candela Pla a la Sociedad Histológica durante su año inaugural.87 Otros recursos educativos que utilizó fueron una serie de conferencias en el Ateneo Científico y Literario de Madrid y artículos insistiendo en la necesidad de que todos los hospitales españoles tuvieran laboratorios histológicos.88 Diseñó incluso para su laboratorio de Granada una «mesa para trabajos microscópicos».

Antes de ser catedrático de Granada, Maestre publicó artículos sobre diversas cuestiones anatomopatológicas, en uno de los cuales describió por vez primera el síndrome hipogonadismo-anosmia (1856)89 y, a partir de


Ocho tipos de células nerviosas. Página 371 del Tratado elemental de Histología (1879) de Aureliano Maestre de San Juan, que se ocupó de cuestiones neurohistológicas desde 1860 hasta poco antes de su muerte en 1890.

1860, medio centenar, en su mayoría para exponer el resultado de sus investigaciones, aunque también se preocupó de redactar síntesis. En relación con Cajal, resultan muy significativas Consideraciones sobre la anatomía de los ganglios nerviosos, su lección inaugural en la cátedra de Granada (1860), Consideraciones sobre la textura de los centros nerviosos (1880) y Progresos realizados por la Histología en el más exacto conocimiento del tejido nervioso (1885), su discurso de recepción en la Real Academia de Medicina de Madrid.90 En 1872 apareció su Tratado de Anatomía general … precedido del conocimiento y manejo del microscopio, de la preparación y conservación de objetos micrográficos, que en las dos ediciones siguientes tituló Tratado de Histología normal y patológica, precedido de un resumen de técnica histológica (1879 y 1885), debido a que el término anatomie générale, procedente de Bichat, había sido desplazado por el que hoy continúa vigente. Las tres ediciones destacan por el profundo conocimiento de las publicaciones de la época y, sobre todo, por la minuciosa verificación personal de los datos que realizó en sus laboratorios.91 Precisamente, el final de su vida parece simbolizar el carácter heroico de su dedicación científica. Como dice Cajal en sus Recuerdos :

Sucumbió a las resultas de un accidente de laboratorio. Una salpicadura de sosa cáustica, producida por la ruptura de un frasco, determinó la pérdida de la vista, a que siguió una pasión de ánimo tan grande, que arrebató en pocos meses al maestro.92

Epitelioma de células pavimentosas y epitelioma de células cilíndricas. Xilografías a contrafibra del Tratado de Patología general y de Anatomía patológica (1874) de Eduardo García Solá.

Durante sus años en la Facultad de Granada, Maestre fue maestro de Eduardo García Solá e influyó, como sabemos, en Ferrer Viñerta y también en Juan Creus Manso, otro cirujano importante.

La biografía científica del malagueño Eduardo García Solá (1845-1922) estuvo condicionada por estudiar medicina en la Facultad de Granada y tener entre sus profesores a Maestre de San Juan. En 1872 obtuvo la cátedra de patología en la misma Facultad, que ocupó hasta su jubilación, y fue uno de los primeros profesionales españoles de la histología y la histopatología, así como uno de los más tempranos cultivadores de la microbiología. Publicó, por una parte, medio centenar de artículos para exponer los resultados de sus trabajos de laboratorio y, por otra, una serie de excelentes síntesis. Su Tratado de patología general y anatomía patológica (1874), reeditado en cuatro ocasiones hasta 1906-1907, acertó a integrar de forma rigurosa y actualizada los enfoques de la histopatología y la fisiopatología experimental con la orientación etiológica desarrollada en torno a la bacteriología. En la primera edición expuso así las «células del cancroide pavimentoso» al ocuparse de los epiteliomas:

Las células del cancroide pavimentoso corresponden siempre al tipo epitelial (epidermis, epitelium mucoso), pero circunstancias accidentales, ligadas a su desenvolvimiento y a su asociación, hacen que se las observe bajo las formás más variadas. Unas son completamente esféricas, otras poligonales, algunas fusiformes, habiéndolas además ovoideas, aplastadas en forma de lámina, dentelladas, etc. etc. Por lo común, sólo contienen un núcleo, provisto de su correspondiente nucleolo granular. Las células polinucleares suelen ser las más pequeñas. Cuando los elementos nucleares tienen la forma de láminas, es decir, cuando son aplastados, suelen aplicarse los unos sobre los otros, a la manera de las capas de una cebolla, de lo cual resultan unos cuerpos redondeados, u ovales, apreciables en ciertos casos a simple vista, y que se denominan globos epidérmicos.93

El Manual de microquimia clínica (1876) de García Solá figuró entre los más tempranos textos europeos dedicados a los análisis clínicos y en la monografía Examen crítico de las teorías histogénicas dominantes (1882) expuso su actitud favorable a la teoría citogenética de Virchow, matizada por los trabajos de Ernst Haeckel sobre el Bathybius y por las investigaciones microbiológicas, no como una opinión libresca, ya que está basada en indagaciones micrográficas y experimentos propios.94 Algo parecido puede decirse de su Tratado elemental de histología e histoquimia normales (1888), fruto de la paciente y rigurosa labor de verificación en el laboratorio de su cátedra de Granada, que había aprendido de Maestre.95 Que éste la transmitía a sus discípulos se manifiesta en que fue muy semejante a la que realizó simultáneamente Cajal en Valencia para preparar su compendio histológico. Una diferencia entre ambos consistió en que Cajal se interesó de modo fugaz por la microbiología con motivo de la vacunación anticolérica de Ferrán (1885), mientras que García Solá se dedicó preferentemente a ella desde 1878, aunque continuó colaborando como histopatólogo en las importantes investigaciones de Benito Hernando sobre la lepra. Cajal, como veremos, siguió en la tesis doctoral (1877) el esquema sobre la inflamación de su Tratado de patología general y anatomía patológica (1874) y García Solá reconoció con generosidad la extraordinaria importancia de la investigaciones que su colega aragonés realizó a partir del decenio siguiente. Para comprobarlo basta consultar la segunda edición de su Tratado elemental de histología e histoquimia normales (1904), que contiene numerosas citas elogiosas y cuyo prólogo dice:

Nos hemos valido de algunas observaciones propias, pero más principalmente de los fecundos trabajos realizados en estos últimos años en Alemania …, Francia …, Italia …, Suecia …, Inglaterra …, Bélgica … y en España, por Cl. Sala, P. Ramón, C. Calleja, Simarro y especialmente por el Profesor R. Cajal, cuyas determinativas y transcendentes investigaciones han ilustrado, entre otros muchos, los puntos más fundamentales de la neurología.96

Tras cursar ciencias físicas y químicas en la Universidad de Madrid y ser profesor ayudante, Benito Hernando Espinosa (1846-1916) había estudiado medicina, obteniendo en título de doctor en 1868. Cuatro años después ganó las oposiciones a la cátedra de terapéutica de la Facultad de Medicina de Granada, que ocupó hasta 1887, fecha en la que pasó a titular de la misma cátedra en Madrid. En Granada impartió, además, enseñanza libre de dermatología. Su relieve histórico se debe principalmente al libro De la lepra en Granada (1881),97 que Cajal calificó así:

Concienzuda labor de anatomía patológica y de clínica, menos conocida y encomiada de lo merecido.98

La obra fue fruto de diez intensos años de trabajo, durante los cuales contó con la colaboración de García Solá y otros compañeros de claustro. Recibió asimismo la ayuda personal de grandes investigadores extranjeros, entre ellos, Rudolf Virchow y André Victor Cornil, el descubridor del Mycobacterium leprae Gerhard H. A. Hansen y Albert L. S. Neisser, que mejoró sus técnicas de tinción. La publicación del libro fue costeada por su propio autor, que no pudo pagar la edición de las láminas y las tablas estadísticas, que quedaron inéditas.99 Ya veremos la relación personal de Hernando con Cajal, tras el traslado de ambos a Madrid.

El manchego Juan Creus Manso (1828-1897) estudió medicina en la Facultad de Madrid, donde influyeron en su formación el anatomista Juan Fourquet y sobre todo el cirujano Diego de Argumosa, al que siempre consideró su maestro. En 1854 ganó por oposición una cátedra de cirugía en la Facultad de Medicina de Granada, que ocupó hasta que en 1877 se trasladó a la Universidad de Madrid, de la que llegó a ser rector (1884). Seis años más tarde solicitó la jubilación por motivos de salud, retirándose a su casa de Granada, en la que permaneció hasta su muerte. Formó una nutrida escuela, en la que destaca José Ribera Sans. Junto a Antonio Mendoza, Enrique Ferrer Viñerta y Federico Rubio, contribuyó de manera importante a la introducción en España de la llamada «revolución quirúrgica», ocupándose de los problemas de la anestesia y difundiendo diversos métodos hemostáticos y antisépticos. También figuró entre los primeros cirujanos que recurrieron a la histopatología, debido a la influencia de Maestre, contando con su colaboración para los análisis durante sus años en Granada y después, en Madrid, con la de su discípulo Manuel Tapia Serrano. Las dos ediciones de su Tratado elemental de anatomía médico-quirúrgica (1861, 1872), generalmente considerado el mejor libro español sobre el tema, conceden gran relieve a la morfología microscópica celularista.100 Lo mismo puede decirse de la mayoría del centenar de sus libros y artículos, entre ellos, las monografías Ensayo teórico-práctico sobre las resecciones subperiósticas (1862), Estudios sobre las heridas de armas de fuego (1870, 1881) y Una página sobre la historia de los pólipos naso-faríngeos … Adicionado con el análisis histopatológico practicado por el Doctor Aureliano Maestre de San Juan (1878).101 Durante más de un decenio dedicó especial atención a «una especie de tumores de los huesos que pueden llamarse mielomas», dedicándoles cuatros artículos desde 1867 hasta 1879.102 El último incluye un «examen histológico» de Manuel Tapia:

El examen histológico, hecho por el distinguido ayudante, hoy licenciado, D. Manuel Tapia y Serrano, cuya nota copio a continuación, demuestra que el tumor es un sarcoma de los que en mi monografía, publicada en 1887, llamé mielomas, por estar formados por hiperplasia de los elementos de la médula ósea. La nota dice así:

Examinados a simple vista los pequeños trozos que nos fueron entregados para su estudio, observamos estar constituidos por partes óseas y por partes blandas; algunos de aquéllos, formados casi exclusivamente por éstas, fueron endurecidos por el alcohol, y los otros hubieron de ser descalcificados previamente, para poder así practicar finos cortes. Separadas de una y otras porciones delgadas laminitas, fueron entintadas por el picrocarminato amoniacal y preparadas convenientemente para su observación al microscopio. Ésta demostró: en las porciones formadas exclusivamente por tejidos blandos y que eran los más superficiales de la neoplasia, la existencia de multitud de elementos celulares, de forma variada, pero más especialmente fuso-celular, sin ectoblasto, de protoplasma granuloso y varios núcleos, unidos entre sí por una sustancia amorfa y regados por una multitud de vasos, que se presentaban, ya cortados al revés, ya longitudinalmente. Esta masa, sarcomatosa, evidentemente, hallábase en relación, por su parte externa o periférica, con los elementos epitélicos de la mucosa gingival que la revestía en toda su extensión, y por su parte interna o central se continuaba (como pudimos apreciar en las preparaciones decalcificadas) con la sustancia propia del maxilar, mediante un tejido de transición u osteiforme, en el cual, además de los elementos sarcomatosos ya descritos, destacábase claramente entre éstos gran número de myeloplaxias de C. Robin, de forma irregular, y numerosos núcleos. Estos datos, sacados de la observación directa de las preparaciones adjuntas, nos inducen a creer que la neoplasia en cuestión pertenece al grupo de los sarcomas en su variedades fuso-celular y principalmente myeloides.103

Tapia se encargó asimismo de publicar las historias clínicas de Creus, por supuesto, «adicionadas con análisis histológicos».104

En Madrid, fueron ayudantes de Maestre sus discípulos Manuel Tapia Serrano y Leopoldo López García. El primero trabajó casi exclusivamente en histopatología, especialmente en relación con cuestiones quirúrgicas, como acabamos de ver, mientras que al segundo le interesó sobre todo la enseñanza.

Leopoldo López García (1854-1932) era madrileño y estudió medicina en la Universidad Central, donde tuvo como catedrático a Maestre, que le transmitió desde el primer curso su pasión por la docencia de la asignatura. Siendo todavía estudiante, participó activamente en las reuniones casi semanales de la Sociedad Histológica, haciendo, por ejemplo, las preparaciones de los casos que presentaba el propio Maestre. No sólo enseñó en esta asociación, en el laboratorio de la Facultad, del cual era el principal ayudante cuando Cajal cursó el doctorado, en la Escuela Práctica Libre de Medicina fundada por González de Velasco y en la cátedra de Valladolid, sino también en la sección histológica de la Academia Médico-Quirúrgica Española. La memoria sobre la técnica histológica que leyó en su inauguración interesó tanto que, aparte de ser resumida en una revista, tuvo dos ediciones. Expuso luego casos de tumores y dio una conferencia acerca del Mycobacterium tuberculosis que Koch acababa de descubrir.105

«Carcinoma medular difuso del hígado». Corte de una porción central y profunda de la víscera. Grabado del estudio histopatológico por Leopoldo López García de un caso clínico de Juan Manuel Mariani (1883).

Por indicación de Maestre, se fue a París en 1879 para completar su formación junto a Louis Antoine Ranvier, de quien llegó a ser uno de los discípulos más apreciados. El hecho de que casi al mismo tiempo hicieran otro tanto Eugenio Gutiérrez y Simarro explica la gran influencia que el Manuel technique y otros textos de Ranvier tuvieron, como veremos, en la formación de Cajal. De regreso a España, López García se reincorporó al laboratorio de Maestre y un año después obtuvo la cátedra de histología de la Facultad de Medicina de Valladolid, que ocupó hasta su jubilación. Se encontró con una situación muy precaria: por un error típico de los malos arquitectos, no había sala de disección ni laboratorios. Sin desanimarse, comenzó a trabajar incansablemente en el laboratorio de su domicilio y llevando uno de sus microscopios a un desván de la Facultad que sólo tenía una mesa y una silla. Entre los análisis histopatológicos que entonces publicó figura el relativo a un caso de carcinoma hepático asistido por el internista Juan Manuel Mariani Larrión, celebridad clínica que llegó a presidir la Academia Médico-Quirúrgica Española. El detenimiento y la rigurosidad de López García pueden ejemplificarse en un breve fragmento de esta extensa publicación (1883):

Porciones centrales y profundas de la víscera. En cortes hechos en varias direcciones y estudiados con un aumento de 480 diámetros, se ve en unos puntos los nódulos característicos, pero con los alvéolos más ovoideos y prolongados llenos de células algo apiñadas. Un tejido conjuntivo fasciculado forma la ganga, y en ciertos puntos del límite de los nódulos y donde el tejido patológico está en infiltración se comprueba que los islotes de células hepáticas están algo aplanados; multiplicándose, sus elementos vienen a convertirse en células de los focos patológicos, pues los caracteres patológicos son distintos y se conducen de diferente manera por los reactivos colorantes. El tejido conjuntivo que constituye la ganga general de las preparaciones y rodeaba los islotes de las células hepáticas, viene a contener esas reuniones de células patológicas, formando después los alvéolos de limitación.106

No obstante, el aspecto más destacado de su labor fue la docencia, aunque por su carácter autocrítico sólo se publicaron en 1905 sus Lecciones de técnica histológica normal y sus Lecciones de técnica anatomopatológica y bacteriología general, recogidas por su hijo Ángel López Pérez.107 A pesar de la gran limitación de medios que tuvo hasta su jubilación, consiguió dar una enseñanza teórica y práctica que despertó, entre otras vocaciones histológicas, la de Pío del Río Hortega, en las circunstancias que más adelante veremos.108

Desde que López García enseñó a Cajal a manejar el microscopio, ambos mantuvieron una cordial relación durante el resto de sus vidas. El catedrático vallisoletano reconoció con amplia generosidad las decisivas aportaciones neurohistológicas de Cajal y éste no solamente le remitió sus publicaciones, sino también preparaciones con las que intentó contribuir a mitigar las precarias condiciones en las que realizaba su ejemplar labor docente. Dicha relación se refleja de modo muy expresivo en la carta que le escribió López García en noviembre de 1899, al recibir el primer volumen de la Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados. Comienza así:

Ya había leído el primer fascículo y esperaba poder completar tan interesante libro cuando usted con su recuerdo cariñoso se ha anticipado a mis deseos. Muchísimo le agradezco tal envío y le doy las gracias por su cariñosa dedicatoria. Es una obra fundamental que honra a usted y a nuestro país y demuestra la perseverante y honda labor científica que durante tantos años lleva usted realizando en beneficio de la ciencia y de nuestra cultura nacional; permítame le felicite cordialmente y con todo mi entusiasmo.

Aprovecha la ocasión para informarle que había pronunciado aquel año el discurso de apertura de la Universidad de Valladolid, que dedicó a la utilidad de la anatomía patológica:109

Pude en él desahogarme algo; pero de nada ha servido, pues los discursos de los catedráticos no políticos rara vez llegan a las alturas; además con esta corriente de economías no podía esperarse nada y gracias que no han suprimido esta Universidad, lo cual por otra parte no hubiera tenido nada de particular, pues para tener universidades sin dotación para material, como casi ocurre aquí, más vale suprimirlas. Hemos empezado el curso sin una peseta en la Facultad pues del Ministerio de Fomento no mandan la consignación desde el mes de julio; y al venir los fríos no ha habido dinero para comprar carbón ni para adquirir aparatos; ni aun cristales, portas y cubres.

En consecuencia, le hace dos peticiones:

Si tiene sobrantes algunas preparaciones de retina y órgano del gusto y oído, se acuerde de mí y me las reserve … que si hay posibilidad de tener una preparación microscópica del bacilo de Kitasato-Yersin en acético o en el pus del bubón, me haga el obsequio de guardármelas para poder enseñar a los alumnos ese microbio tan mortífero. Sé que es difícil adquirir éste, pero siendo usted el director del Instituto de Sueroterapia puede que le sea más fácil tener algunas preparaciones recogidas de los comisionados de Oporto.

Para situar esta segunda petición conviene recordar que, durante la epidemia de peste padecida en Hong Kong el año 1894, el japonés Shibasaburo Kitasato y el francosuizo Alexandre Yersin descubrieron la Pasteurella pestis. Esta epidemia fue el inicio de la pandemia de finales del siglo XIX. Desde Hong Kong, la peste se transmitió por vía marítima a los puertos más importantes del mundo, siendo yugulada o no, según las condiciones de recepción. Por ejemplo, esta oleada extendió la terrible enfermedad a los Estados Unidos y Sudáfrica, parcialmente en forma de «peste selvática», debida al contagio de roedores como la ardilla de campo californiana y el Gerbillus sudafricano, que ha causado hasta fechas recientes epidemias o brotes humanos. En Europa, la peste llegó en junio de 1899 desde Bombay a Oporto, donde hubo en menos de tres meses 84 casos y 63 defunciones. La alarma ocasionada condujo al gobierno español, cuyo presidente era Francisco Silvela, a restablecer en agosto de dicho año la Dirección General de Sanidad, que había sido suprimida en 1892, y a encargar de la misma a Carlos María Cortezo Prieto, quien entre otras muchas medidas, nombró una comisión para estudiar in situ la epidemia, encabezada por Amalio Gimeno y Ángel Pulido. En septiembre de 1899, el mes siguiente de ser nombrado director general de sanidad, Cortezo fundó el Instituto de Higiene y Seroterapia Alfonso XIII, como institución central destinada a la preparación y expedición de vacunas y sueros, la realización de análisis bacteriológicos y químicos, la custodia y conservación del parque sanitario y la dirección de los servicios generales de higiene, especialmente los de las vacunaciones antivariólica y antirrábica, y nombró a Cajal director.

Por último, López García se refiere a la estancia de Cajal en los Estados Unidos el verano anterior, invitado por la Clark University, medio año después de la firma en París del tratado con el que terminó la guerra entre España y dicho país, para pronunciar una serie de conferencias en el ciclo que dicha institución norteamericana había organizado con motivo del décimo aniversario de su fundación:

Supe este verano la cordial acogida que tuvo usted en los Estados Unidos, lo bien que lo trataron y que el viaje resultó agradable y de satisfacción para usted, de lo cual me alegro y como no había tenido ocasión de manifestárselo lo hago ahora. De seguro habrá podido V. estudiar las costumbres universitarias y escolares de ese pueblo yankee, en que parece que todo se hace rápidamente y con todos los adelantos; no sé yo en ciencias cómo se encontrarán y V. habrá podido apreciarlo y ver qué resultados da esa competencias de Escuelas Libres de Medicina, rivalizando en enseñar más pronto y en dar títulos a domicilio. Una descripción sumaria vi en una carta publicada en la Revista de Medicina del Dr. Valledor,110 pero no sé si habrá publicado usted impresiones del viaje en algún otro periódico. Me figuro que después de los viajes realizados anteriormente por usted no habrá podido encontrar en los yankees grandes novedades científicas.111

Este párrafo de López García refleja el desprestigio que entonces tenía la enseñanza médica norteamericana. A ella se refiere una frase muy citada de William H. Welch, que fue uno de sus grandes reformadores:

La educación médica probablemente no ha tenido en ningún sitio y en ninguna época un nivel tan bajo como el que tuvo en nuestro país durante gran parte del pasado siglo.112

Todavía a finales de la centuria, muchas escuelas médicas no exigían estudios previos y algunos de sus matriculados eran casi analfabetos, y bastantes de ellas concedían títulos tras sólo dos años de enseñanza. Esta situación comenzó a superarse gracias a la llamada University Revolution, que comenzó en 1876 con la fundación, según el modelo alemán, de la Johns Hopkins University de Baltimore, cuya escuela de medicina, inaugurada en 1893, tuvo como principal organizador al propio William H. Welch, formado en la Universidad de Berlín. En ella estudió Abraham Flexner, autor en 1910 de un famoso informe, generalmente considerado como el punto de partida de la enseñanza médica moderna en los Estados Unidos.113

Federico Rubio Galí (1827-1902), nació en el Puerto de Santa María y estudió medicina en la Facultad de Cádiz, donde tuvo entre sus profesores a Manuel José de Porto y José de Gardoqui, miembros de la importante escuela anatomoclínica gaditana que había encabezado durante las décadas anteriores Francisco Javier Laso de la Vega. Era todavía exclusivamente macroscópica la anatomía patológica que le enseñó Porto, cuyo Manual de la asignatura, primero publicado en España (1846), solamente incluyó la microscópica con las notas añadidas por José Cordón Pérez a la cuarta edición (1867), siete años después de su muerte, cuando ya ocupaba la cátedra de anatomía Pascual Hontañón Cabeza, que luego difundió su docencia histológica en Lecciones de Anatomía general dadas en la Facultad de Medicina de Cádiz (1874).114 Rubio fue un alumno muy aplicado, que ganó la plaza de ayudante de disector en 1845 e incluso publicó un Manual de Clínica Quirúrgica (1849), un año antes de graduarse. Terminados sus estudios se asentó en Sevilla, ciudad en la que no tardó en adquirir un gran prestigio como cirujano, al mismo tiempo que se relacionaba con sus ambientes intelectuales, resultando principalmente influido por Federico de Castro Fernández, catedrático de metafísica en la Universidad y discípulo del krausista Julián Sanz del Río. Dicho influjo se refleja en El libro chico (1863), folleto que Rubio dedicó a resumir sus ideas filosóficas y psicológicas, que desarrolló en El Ferrando (1864), volumen de casi trescientas páginas publicado para defenderse de una crítica adversa.115 Seguidor de ideas izquierdistas desde su época de estudiante, se adhirió al republicanismo federal a partir de la revolución de 1854 y las represiones gubernamentales le obligaron en 1860 y 1864 al exilio, que supo aprovechar para completar su formación. En la segunda de las fechas citadas, tras una breve temporada en Montpellier, completó su preparación quirúrgica en París bajo la dirección de Alfred Velpeau, Pierre Paul Broca y Auguste Nélaton, asistiendo también a los cursos histológicos del venezolano Eloy Carlos Ordóñez, lo mismo que Maestre. La revolución de 1868 favoreció, tras regresar a Sevilla, el desarrollo de sus proyectos. Ya sabemos que por iniciativa suya la junta revolucionaria local fundó en octubre de dicho año la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Sevilla y también que esta institución fue la primera en España que tuvo cátedras de especialidades y de disciplinas básicas como la histología. Rubio se encargó en ella de la enseñanza de la clínica quirúrgica. Añadiré que en enero de 1869 fue elegido para representar a Sevilla en las Cortes constituyentes, como cabeza de la candidatura republicana, volviendo a ser diputado en 1871 y, al año siguiente, senador. La República lo nombró un año después embajador en Londres pero, como la monarquía británica se negó a reconocer al nuevo régimen español, aprovechó su estancia allí desde el punto de vista científico. También realizó el mismo año un viaje a los Estados Unidos, donde comprobó el bajo nivel de los principales centros quirúrgicos de Nueva York, Filadelfia y Chicago. A su regreso, fijó su residencia en Madrid, donde prácticamente vivía desde comienzos de 1870 y, lo mismo que en Sevilla, consiguió un gran éxito profesional como cirujano. Se apartó de la política activa a partir de 1875, pero continuó relacionado con los ambientes intelectuales, en especial con el de Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza. Desde el punto de vista médico se integró en las instituciones que, de acuerdo con el principio revolucionario de libertad de enseñanza, intentaron superar las estructuras anquilosadas del mundo académico oficial, siendo profesor en la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Pedro González de Velasco y colaborando con Ezequiel Martín de Pedro y José Eugenio de Olavide. También sabemos que fundó en 1880 el Instituto de Terapéutica Operatoria. A pesar de contar con unas instalaciones modestas en el Hospital de la Princesa, se organizó de modo muy exigente, ya que tenía salas para enfermos hospitalizados y dispensarios con consultas de ortopedia, otología y laringología y, más tarde, de urología, ginecología y otras especialidades, disponiendo asimismo de gabinete de electroterapia, de anfiteatro anatómico y de laboratorios de histología y anatomía patológica. Desarrolló una gran labor en la formación de graduados, convirtiéndose sobre todo en el núcleo de cristalización en España del especialismo quirúrgico, gracias a colaboradores como Rafael Ariza, Enrique Suénder, Eugenio Gutiérrez, etc. Su actividad científica se difundió en sus Reseñas anuales y, a partir de 1899, a través de la Revista Iberoamericana de Ciencias Médicas.116 En 1896 el Instituto se trasladó desde sus locales en el Hospital de la Princesa a un edificio construido en la Moncloa con fondos procedentes, en su mayor parte, de una suscripción pública. El año anterior, Rubio había fundado en su seno la «Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría», que inició la enfermería moderna en España.

Además de promotor de instituciones renovadoras, Federico Rubio fue el cirujano más brillante de los que introdujeron en España las intervenciones que permitió la «revolución quirúrgica». Anotaré solamente las fechas en las que comenzó a practicar la ovariotomía (1860), la histerectomía (1861), la nefrectomía (1874) y la extirpación total de la laringe (1878), ésta sólo cinco años después de la efectuada por Theodor Billroth. Prestó gran atención a las técnicas de anestesia y hemostasia, a la antisepsia y luego a la asepsia, pero destacó su interés por la histología normal y patológica y por la microbiología, de las que fue uno de los más tempranos cultivadores españoles. Entre sus trabajos histopatológicos, iniciados el año 1871, sobresalen los dedicados a los tumores. En el relativo a un caso de fibroma intrauterino (1878), describió así la membrana mucosa:

Esta membrana, que debiera ser la continuación de la normal intrauterina, no ofrece ningún carácter que haga recordar su procedencia. Primeramente no existe lámina epitelial ni vestigios en ella en ningún punto de la extensión del tumor, ni tampoco demuestra el microscopio célula epitelial ninguna como resto ni detritus. El estroma que debiera corresponder a la capa subepitelial, también se encuentra alterado, hasta el extremo de no ofrecer ninguno de sus caracteres propios. En esta parte no existen ni conductos, ni folículos, ni vestigios de órganos secretorios de ninguna especie. Todo se reduce a un magma de tejido embrionario sin diferenciación celular y en el que sólo se advierte cierta disposición en la superficie desigualmente mamelonada, sembrada de conductos vasculares sin paredes propias y máculas sanguíneas más o menos grandes.117

En colaboración con José Eugenio de Olavide, no sólo realizó un examen de los gérmenes existentes en el vapor atmosférico del servicio hospitalario de Ezequiel Martín de Pedro (1872), como antes he anotado, sino también expuso la clasificación y el significado etiológico de las bacterias (1872), además de realizar investigaciones experimentales sobre diversos parásitos microscópicos. Por otra parte, fue uno de los primeros médicos que formuló de modo preciso la patología social, principalmente en su discurso La Socio-patología (1890) y en el libro La Felicidad. Primeros ensayos de patología y de terapéutica social (1894), que publicó firmado con el seudónimo de «Doctor Ruderico».118

Nacido en Écija, Rafael Ariza Espejo (1826-1887) comenzó a estudiar medicina, trabajando como mancebo de botica para mantenerse, en la Facultad de Sevilla y al suprimirse ésta (1845), se trasladó a la de Cádiz, donde obtuvo el título de licenciado tres años después. Volvió entonces a Sevilla, ciudad en la que permaneció hasta 1873, dedicado al ejercicio profesional. De gran inquietud científica e intelectual, recibió la influencia de Federico Rubio, a quien había conocido cuando era estudiante en Cádiz, y la de los krausistas sevillanos. Amplió su formación en el extranjero, sobre todo en el laboratorio berlinés de Rudolf Virchow. A su regreso, como he adelantado, ocupó la cátedra histológica de la Escuela Libre de Medicina y Cirugía, en la que impartió una enseñanza eminentemente práctica y utilizó como libro de texto la versión castellana del Handbuch de Albert von Kölliker, que tradujo del alemán José Moreno Fernández, otro profesor de la Escuela. Desde 1873 residió en Madrid y ya sabemos que enseñó histología en la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Pedro González de Velasco y que fue un activo miembro de la Sociedad Histológica Española. Dirigió el servicio de otorrinolaringología del Instituto de Terapéutica Operatoria, el primero en España de la especialidad, e introdujo la otoscopia y la laringoscopia. Aunque publicó numerosos trabajos otológicos, los más importantes fueron los que dedicó a los trastornos de la inervación de la laringe y, sobre todo, a la tuberculosis laríngea, cuyas formas hipertróficas y vegetantes fue uno de los primeros que describió en Europa.

Trabajando, además, activamente como micrógrafo en el laboratorio del Hospital de San Juan de Dios y en el de su propio domicilio, Ariza


Tres ilustraciones del estudio histopatológico por Rafael Ariza de un tumor mamario (1874).

contribuyó a que el estudio micrográfico fuera una tarea habitual en la medicina madrileña. Su Exposición y juicio crítico de las escuelas histológicas francesa y alemana (1872) favoreció el predomino de los planteamientos de Rudolf Virchow a partir de los años setenta, frente a la influencia que los de Charles Robin habían tenido con anterioridad. Desde 1872 hasta 1887 publicó cerca de treinta trabajos histopatológicos, la mayoría en la revista de González de Velasco El Anfiteatro Anatómico Español, que fueron recogidos en tres volúmenes un año después de su muerte. Entre ellos figuran los de las siguientes lesiones: un tumor mamario (1874), un pólipo del conducto auditivo (1875), una «concreción» extraída del útero (1877), una tumoración de la cara interna de la epiglotis (1877), una tuberculosis laríngea (1878) y un papiloma laríngeo (1887).119 Estos volúmenes contienen también varias revisiones, entre ellas, el juicio critico de las escuelas francesa y alemana, así como las reseñas sobre las dos ediciones del compendio histológico de Maestre y la Microquimia clínica de García Solá.120 En el trabajo sobre un tumor mamario expone de este modo la textura microscópica de su zona posterior:

Es una pequeña agrupación de células adiposas en contacto con una banda de tejido conjuntivo, colocada en una región lejana del centro activo de la degeneración, pero donde ya empiezan a sentirse los primeros destellos del trabajo patológico. Por eso, una de dichas células adiposas está llena de núcleos redondos y ovales que no esperan más que la destrucción de la membrana celular madre para convertirse en células independientes y autónomas; otra tiene su núcleo, granuloso ya y cargado de protoplasma, todavía pegado a la pared de la membrana, porque el trabajo de fertilidad no ha hecho más que iniciarse; algunas, en fin, ofrecen el núcleo desprendido de la pared, libre en el contenido grasiento, tomando diversas formas, entre la que es digna de llamar la atención la de semiluna o riñón que tiene uno de ellos, lo que indica que está próximo a la división endógena. El tejido conjuntivo vecino parece a primera vista normal, pero si bien se examina se notará en él algunas células fusiformes y linfoides que revelan principia a alterarse en su textura.121

El santaderino Eugenio Gutiérrez González (1851-1914) estudió medicina en la Facultad de Valladolid, donde se licenció en 1873. Tras ejercer durante cuatro años como médico titular de la localidad cántabra de Lamadrid, se fue a París, en cuyos hospitales se formó como tocoginecólogo bajo la dirección de Camille L. A. Champetier de Ribes y otros importantes especialistas. También estudió histología normal y patológica en el laboratorio de Louis Antoine Ranvier, en compañía de Leopoldo López García, que era amigo suyo. De regreso a España, entró en relación con Federico Rubio a través de Francisco Giner de los Ríos, y se hizo cargo en 1881 del laboratorio histopatológico y del servicio de ginecología del Instituto de Terapéutica Operatoria. El mismo año dio un curso de micrografía, en colaboración con López García, en la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Pedro González de Velasco. Durante las tres décadas siguientes, su actividad científica y profesional no sólo tuvo como marco el Instituto de Terapéutica Operatoria, sino también la Sociedad Ginecológica Española, de la que llegó a ser presidente. Desde el punto de vista ideológico, perteneció al ambiente de la Institución Libre de Enseñanza. Como era «jefe de los trabajos histológicos» del Instituto, en su juventud realizó análisis micrográficos ajenos a la tocoginecología, entre ellos, los de un pólipo auricular extirpado por Rafael Ariza. Éste los utilizó en una lección que comenzó así:

La sesión de microscopía que vamos a tener hoy puede considerarse como la continuación de la lección clínica que dimos hace pocos días sobre los pólipos del oído. Recordaréis que antes y después de la extirpación del que fue objeto de nuestra observación en aquella conferencia os manifesté que se trataba de un fibroma. Y aunque todos Vds. convinieron en que este diagnóstico de la estructura era exacto, dados los caracteres externos de la neoplasia, ni mi ánimo ni el vuestro quedaba satisfecho con esta afirmación, pues todos sabemos que, para decidir sin apelación de la naturaleza histológica de un producto, hay que someterlo a la piedra de toque del microscopio. Por eso supliqué al joven y aventajado Dr. Gutiérrez, jefe de los trabajos histológicos de esta institución, que hiciese algunas preparaciones del pólipo extirpado … Cumplido satisfactoriamente mi encargo … podemos estudiar de una manera completa la anatomía patológica del caso.

«Pólipo auricular»: zonas alternadas de tejido fibroso y osteiforme. Grabado del artículo Histología de los pólipos auriculares (1881), que publicaron en colaboración Rafael Ariza y Eugenio Gutiérrez.

Pero, con objeto de que en esta sesión práctica profundicemos todo lo posible la histología de los pólipos auriculares, examinaremos, además de las preparaciones hechas por el Dr. Gutiérrez, otras que yo conservo, procedentes de observaciones de mi práctica privada…122

Gutiérrez se dedicó más tarde a temas de su especialidad, realizando a partir de 1882 notables aportaciones al estudio de los tumores uterinos y ováricos y a su tratamiento quirúrgico, sobre todo mediante la histerectomia vaginal y la ovariotomía.123

Espero que una selección de fragmentos muy cortos de fuentes y las fechas de las investigaciones históricas permitan situar la reiteración de que Cajal fue el primer español que utilizó el microscopio y de que su obra «nació por generación espontánea» o consistió en un «milagro». Voy a terminar esta apretada síntesis con una breve nota sobre los estudios micrográficos en la Sociedad Española de Historia Natural, cuya fundación acordó en 1871 «una docena de naturalistas, profesionales y amadores de la naturaleza, pobres la mayor parte de ellos, como gente que de la enseñanza vivía, pero entusiastas todos de sus estudios». A pesar de las duras pruebas de indiferencia, e incluso de hostilidad, que sufrió por parte de los políticos, esta asociación se consolidó.124 A partir de 1872 editó unos Anales, revista que consiguió prestigio internacional por los importantes trabajos de investigación que incluyó, muchos de ellos micrográficos. Junto a fundadores de avanzada edad como Martínez Molina, González de Velasco y el botánico gallego Miguel Colmeiro Penido (1816-1901), quien, como sabemos, perteneció a la Sociedad Histológica Española,125 en ella publicó Ignacio Bolívar, el más joven con gran diferencia.

Nacido en Madrid, Ignacio Bolívar Urrutia (1850-1944), estudió en la Universidad Central derecho, que nunca ejerció, y ciencias naturales. En 1875 obtuvo por oposición una plaza de ayudante del Museo de Ciencias Naturales y, dos años después, la de catedrático de entomología. Se dedicó especialmente a los ortópteros y hemípteros, formó las colecciones entomológicas del Museo y de la Universidad, además de contribuir a la revisión regular de las de Lisboa, París, Oxford y otras ciudades extranjeras. Fue un investigador de primer rango internacional que describió por vez primera nuevos géneros, sobre todo de las familias de los tetigónidos y de los acrídidos. Desde su laboratorio en el Museo de Ciencias Naturales encabezó, además, una auténtica renovación de los estudios biológicos, reuniendo en su torno un grupo dedicado principalmente a los animales inferiores que, entre otras aportaciones, inició en España los estudios sobre la nueva genética mendelmorganiana, labor en la que destacaron sus discípulos José Fernández Nonídez y Antonio Zulueta.126 Como veremos más adelante, Cajal mantuvo con él una relación directa que comenzó durante una visita a su laboratorio en 1887, se consolidó en la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y condujo al final de sus vidas a la coincidencia de criterios ante los estudios históricos sobre la actividad científica en España.

Imágenes microscópicas sobre la serpentina de Ronda. Lámina de un trabajo geológico de José Macpherson Hemas (1875).

Imágenes microscópicas del tallo del pinsapo (Abies pinsapo Boiss). Una de la cuatro láminas que ilustran la investigación sobre el tema por Joaquín María de Castellarnau Lleopart (1880).

Dos grandes microscopistas se incorporaron luego a la Sociedad Española de Historia Natural y publicaron algunos de sus trabajos más importantes en los Anales: el geólogo gaditano José Macpherson Hemas (1839-1902) y el ingeniero de montes catalán Joaquín María Castellarnau Lleopart (1848-1943). Macpherson inició, junto a Ferdinand Zirkel y Harry R. Rosenberg, la aplicación del microscopio con lentes acromáticas a la investigación petrográfica, analizando millares de muestras. Su primer trabajo sobre el tema, relativo al origen peridótico de la serpentina de la Serranía de Ronda, aparecido en los Anales (1875), fue traducido al inglés el año siguiente.127 Castellarnau se dedicó, por una parte, a la anatomía microscópica vegetal, con resultados tan brillantes como una clave para clasificar las maderas de las coníferas por sus caracteres histológicos (1880) y un Estudio micrográfico del tallo del pinsapo, la famosa especie endémica de Andalucía y el Norte de Africa Occidental (Abies pinsapo, Boiss), publicado el mismo año en los Anales. Por otro lado, fue una de las máximas autoridades de la paleofitología de su época, que recibió materiales para identificar de todo el mundo, comenzando por las maderas fósiles recogidas en la prospección geológica del Sahara occidental del año 1866.128

El propio Cajal, que fue asimismo un activo miembro de la Sociedad Española de Historia Natural, llegando a ser nombrado presidente honorario, publicó quince trabajos de investigación en sus Anales. El primero fue La retina de los teleósteos y algunas observaciones sobre la de los vertebrados superiores (1890) y el último, Las sensaciones de las hormigas (1921). Entre ambos figuran algunos de los que realizó con el método de Golgi y Estructura del protoplasma nervioso (1896), cuya posición crucial en la transición a las técnicas de tinción neurofibrilares consideraré con cierto detalle.129

1 Cf. J. M. López Piñero, La introducción de la ciencia moderna en España, Barcelona, Ariel, 1969. J. M. López Piñero, «La nueva ciencia en la sociedad española del siglo XVII». En: Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, Barcelona, Labor, 1979, pp. 371-455. M. L. Terrada Ferrandis, «La anatomía normal y patológica en la España de Carlos II». En: Actas del Segundo Congreso Español de Historia de la Medicina, Salamanca, Sociedad Española de Historia de la Medicina, 1966, vol. I, pp. 359-367. M. L. Terrada Ferrandis, La anatomía microscópica en España. La doctrina de la fibra y la utilización del microscopio en España durante el Barroco y la Ilustración, Salamanca, Seminario de Historia de la Medicina Española, 1969, pp. 11-19. J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada Ferrandis, «Los comienzos de la indagación microscópica». En: Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 83-86.

2 J. M. López Piñero, El Atlas anatómico de Crisóstomo Martínez, grabador y microscopista del siglo XVII, Valencia, 3ª edición, nuevamente revisada y ampliada, Valencia, Ajuntament de València, 2001. Como antes he anotado, incluye (pp. 69-80) referencias bibliográficas de casi un centenar de trabajos sobre Crisóstomo Martínez en diferentes idiomas, desde su Éloge publicado en París el año 1740.

3 Atlas anatómico, 3ª ed., p. 103.

4 J. B. Juanini, Cartas escritas a los muy nobles Doctores, el Doctor don Francisco Redi … y al muy noble Doctor d. Juan Mathias de Lucas …, Madrid, Imprenta de Andrés Velasco, 1689, p. 80.

5 J. B. Juanini, op. cit. (1689), pp. 7-8.

6 Cf. J. M. López Piñero, «Giovanbattista Giovannini (1636-1691) e gli inizi in Spagna della medicina moderna e della iatrochimica», Castalia, 21, 89-98 (1965) [publicación en castellano: Medicina moderna y sociedad española (siglos XVI-XIX), Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1976, pp. 149-173].

7 Cf. V. Peset Llorca, «La Universidad de Valencia y la renovación científica española», Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura, 42, 70-79 (1966). V. Navarro Brotóns, «La renovación de las ciencias físico-matemáticas en la Valencia preilustrada», Asclepio, 24, 367-369 (1972). V. Navarro Brotóns, La revolución científica en España. Tradición y renovación en las ciencias físico-matemáticas, Valencia, tesis doctoral, 1977. V. Navarro Brotóns, «Corachán, Juan Bautista». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. I, pp. 250-252. V. Navarro Brotóns, «Tosca, Tomás Vicente». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. II, pp. 368-371. J. M. López Piñero, V. Navarro Brotóns, «El moviment novator». En: Història de la ciència al País Valencià, València, Edicions Alfons el Magnànim, 1995, pp. 229-289. J. M. López Piñero, V. Navarro Brotóns, «El punto de partida: El movimiento novator de finales del siglo XVII». En: La actividad científica valenciana de la Ilustración, Valencia, Diputació de València, 1998, vol. I, pp. 17-45.

8 J. B. Corachán, Controversia physica. De sanguinis circulatione. En: Miscellanea, vol. I (Biblioteca Archivo Hispano-Mayansiana, Ms. 439). J. B. Corachán, Methodus elaborandi componendique telescopia et microscopia. En: Fragmenta Mathematica (Biblioteca Archivo Hispano-Mayansiana, Ms, 413). J. B. Corachán, Avisos del Parnaso… Los publica a expensas de la Academia Valenciana, Don Gregorio Mayáns y Síscar…, Valencia, por la Viuda de Antonio Bordázar, 1747, pp. 32-38.

9 T. V. Tosca, Compendio Mathematico, en que se contienen todas las materias más principales de las Ciencias, que tratan de la Cantidad, 9 vols., Valencia, A. Bordázar, 1707-1715, vol. VI, lám. 21, p. 422. Reediciones: Madrid, A Martín, 1727; Valencia, J. García, 1757; Valencia, J. T. Lucas, 1760. Reimpresión parcial: Valencia, hermanos de Orga, 1794.

10 J. B. Berni, Filosofía racional, natural, metafísica y moral, 4 vols., Valencia, por Antonio Bordázar de Artazu, 1736.

11 T. V. Tosca, Compendium Philosophicum, 5 vols., Valentiae, A Balle, 1721. Reedición póstuma: Valencia, H. Conejos, 1754.

12 Cf. H. B. Adelmann, Marcello Malpighi and the Evolution of Embriology, 5 vols., Ithaca, Cornell University Press, 1966. L. Belloni, Marcello Malpighi. Opere scelte, Torino, UTET, 1967. A. Berg, «Die Lehre von der Faser als Form- und Funktionslement des Organismus», Virchows Archiv, 309, 333-460 (1942). J. M. López Piñero, «La anatomía microscópica y textural. La biogénesis y el preformacionismo embriológico». En: La medicina en la historia, Madrid, La Esfera de los Libros, 2002, pp. 312-323. A. Schierbeek, Jan Swammerdam (1637-1680). Zijn leven en zijn werken, Lochen, Tijdstroom, 1947. A. Schierbeek, Antoni van Leeuwenhoek. Zijn leven en zijn werken, 2 vols., Lochen, Tijdstroom, 1947.

13 Cf. M. L. Terrada Ferrandis, J. A. Campos Ortega, R. Marco Cuéllar, «El interés hacia lo histológico en la medicina española del siglo XVIII». En: Actas del I Congreso Español de Historia de la Medicina, Madrid, Sociedad Española de Historia de la Medicina, 1963, pp. 177-180. M. L. Terrada Ferrandis, «La indagación microscópica en Valencia durante la primera mitad del siglo XVIII». En: Actas del III Congreso Nacional de Historia de la Medicina, Valencia, Sociedad Española de Historia de la Medicina, 1969, vol. II, pp. 243-250. M. L. Terrada Ferrandis, La anatomía microscópica en España. La doctrina de la fibra y la utilización del microscopio en España durante el Barroco y la Ilustración, Salamanca, Seminario de Historia de la Medicina Española, 1969, pp. 21-67. J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada Ferrandis, «Antecedentes dieciochescos de la anatomía patológica». En; Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 87-105.

14 A. Bordázar, Idea de una Academia Mathematica…, Valencia, Oficina del Autor, 1740, p. 27.

15 J. Arnau, Opus neotericum medicum theorico-practicum…, Valentiae, Typ. Antonius Bordazar, 1733-1737, vol. 1, p. 228.

16 Cf. A. Berg, op. cit. (1942). C. Castellani, La storia della generazione. Idee e teorie dal diciassettesimo al diciottesimo secolo, Milano, Longanesi & C., 1965. C. Castellani, «Anatomía de la Ilustración». En: P. Laín Entralgo, dir., Historia Universal de la Medicina, Barcelona, Salvat, vol. 5, 1973, pp. 21-36. J. M. López Piñero, «La anatomía microscópica y textural. La biogénesis y el preformacionismo embriológico [de la Revolución Científica a la Ilustración]». En: La medicina en la historia, Madrid, La Esfera de los Libros, 2002, pp. 312-324.

17 A. Piquer Arrufat, Theses medico anatomicae pro Anatomiae Cathedra obtinenda…, Valentiae, In Officina Josephi Garcia… 1742, pp. 12, 23.

18 A. Piquer Arrufat, Institutiones medicae ad usum Scholae Valentinae, Matriti, Joachinus Ibarra, 1762, p. 26.

19 Cf. J. B. Peset Vidal, Memoria biográfica, bibliográfica y crítica acerca de D. Andrés Piquer, Valencia, Imp. Ferrer de Orga, 1878. J. Magraner Marinas, Ensayo biográfico-bibliográfico del Dr. Andrés Piquer y Arrufat, Valencia, Imp. F. Doménech, 1895. V. Peset Llorca, «Nuevos papeles del Doctor Andrés Piquer», Clínica y Laboratorio, 67 (1959), 232-240; 68 (1960), 435-437; 73 (1962), 317-320; 76 (1963), 201-205. M. L. Terrada Ferrandis, op. cit. (1969), pp. 24-30, 43-45. J. M. López Piñero, «La mentalidad antisistemática en la medicina española del siglo XVIII». En: Medicina moderna y sociedad española (siglos XVI-XIX), Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1976, pp. 191-214. J. M. López Piñero, V. Navarro Brotóns, M. L. López Terrada et al., La actividad científica valenciana de la Ilustración, Valencia, Diputació de València, 1998, vol. I, pp. 52-53, 85-88, 177-181.

20 S. M. Guerrero Herreros Morales, Medicina Universal, o Academias Médicas, Chirúrgicas, Chymicas y Pharmacéuticas. Tratado General de Medicina, y Cirugía…, Sevilla, M. N. Vázquez, 1774-1777, pp. 14-16.

21 «Anatomías» = disecciones.

22 S. M. Guerrero Herreros Morales, op. cit. (1774-1777), pp. 226-227. Cf. L. S. Granjel, Anatomía española de la Ilustración, Salamanca, Seminario de Historia de la Medicina Española, 1963, pp. 74-75. M. L. Terrada Ferrandis, La anatomía microscópica en España. La doctrina de la fibra y la utilización del microscopio en España durante el Barroco y la Ilustración, Salamanca, Seminario de Historia de la Medicina Española, 1969, pp. 45-48. A. Hermosilla Molina, Cien años de medicina sevillana (La Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias, de Sevilla, en el siglo XVIII), Sevilla, C.S.I.C., 1970. M. L. Terrada Ferrandis, «La teoría de la fibra y el tejido celular en la obra de Sebastián Miguel Guerrero (1774)». En: IV Congreso Español de Historia de la Medicina. Actas, Granada, 1973, vol. I, pp. 197-199. J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada Ferrandis, Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 24-27, 99-100. J. M. López Piñero [Sebastián Guerrero Herreros], Investigación y Ciencia, 95 (1984), 4-5.

23 Cf. D. Ferrer, Historia del Real Colegio de Cirugía de la Armada de Cádiz, Cádiz, 1961 [reimpreso con el título Un siglo de Cirugía en España, Barcelona, Edit. Pentágono, 1962]. D. Ferrer, Biografía de Pedro Virgili. Fundador, restaurador de la Cirugía en España, Barcelona, Tip. Emporium, 1963. L. S. Granjel, Anatomía española de la Ilustración, Salamanca, Seminario de Historia de la Medicina Española, 1963, pp. 25-30, 63-84. L. S. Granjel, La Medicina española del siglo XVIII, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1979, pp. 68-72, 139-155, 197-213.

24 Cf. M. L. Terrada Ferrandis, «La estequiología en el “Curso completo de Anatomía” de Bonells y Lacaba». En: La anatomía microscópica en España. La doctrina de la fibra y la utilización del microscopio en España durante el Barroco y la Ilustración, Salamanca, Seminario de Historia de la Medicina Española, 1969, pp. 49-55.

25 Por supuesto, el término célula no tiene en el tratado de Bonells y Lacaba el significado actual. Sería lamentable caer en patrioterismos iletrados como los motivados por cells de Hooke, cellulae de Ruysch, utriculi seu saculi de Malpighi, etc.

26 J. Bonells, I. Lacaba, Curso completo de anatomía del cuerpo humano … 5 vols., Madrid, En la Imprenta de Sancha, 1796-1800, vol. IV, pp. 55, 63.

27 Cf. M. L. Terrada Ferrandis, «José Torrubia». En: La anatomía microscópica en España. La doctrina de la fibra y la utilización del microscopio en España durante el Barroco y la Ilustración, Salamanca, Seminario de Historia de la Medicina Española, 1969, pp. 59-61. M. L. Terrada Ferrandis, «José Torrubia, José». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. II, pp. 367-368.

28 J. Torrubia, Aparato para la Historia Natural de España, Madrid, Herederos de Agustín Gordejuela, 1754, p. 50.

29 J. Torrubia, op. cit. (1754), pp. 133-134.

30 M. L. Terrada Ferrandis, «Antonio José Cavanilles». En: La anatomía microscópica en España. La doctrina de la fibra y la utilización del microscopio en España durante el Barroco y la Ilustración, Salamanca, Seminario de Historia de la Medicina Española, 1969, pp. 63-65. Cf. J. M. López Piñero, M. L. López Terrada, «Bibliografía de Antonio José Cavanilles (1745-1804) y de los estudios sobre su vida y su obra» (3ª ed. revisada y actualizada). En: Segundo centenario de la muerte de un gran botánico, Valencia, Real Sociedad Económica de Amigos del País, 2004, pp. 287-313. Publicado también como estudio introductorio en: A. J. Cavanilles, Icones et descriptiones plantarum quae aut sponte in Hispania crescunt aut in hortis hospitantur, 6 vols. Matriti, ex Regia Typographia, 1791-1801. Reed. facsímil. Valencia, Real Sociedad Económica de Amigos del País, 2004 [disco compacto].

31 A. J. Cavanilles, Descripción de las plantas que demostró en las lecciones públicas del año 1801, precedida de los principios elementales de la Botánica, 2 vols., Madrid, Imprenta Real, 1801, pp. X, XIII, XXV.

32 A. J. Cavanilles, op. cit. (1801), p. 236.

33 J. P. Maygrier, Nuevo manual de anatomía… Traducido del francés al español por D. Manuel Hurtado de Mendoza…, Madrid, Calleja, 1820.

34 M. Hurtado de Mendoza, Tratado elemental completo de anatomía…, 3 vols., Madrid, Imp. que fue de García, 1829-1830. Cf. A. C. P. Callisen, Medicinisches Schriftsteller-Lexikon der jetzt lebenden Aerzte…, 33 vols., Copenhague y Altona, 1830-1845, vol. IX, pp. 319-321; volumen XXIX, p. 106. F. Méndez Álvaro, «Fallecimiento del Dr. Hurtado de Mendoza», Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, 3.ª serie, 4, 174 (1850). L. Comenge Ferrer, La Medicina en el siglo XIX, Barcelona, Espasa, 1914, pp. 632-633. J. Riera Palmero, «El “Tratado elemental de anatomía” (1829-1830) de Manuel Hurtado de Mendoza», Cuadernos de Historia de la Medicina Española, 9, 197-229 (1970). J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada, Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 30-31, 116-120. J. M. López Piñero, «Hurtado de Mendoza, Manuel». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. I, pp. 463-465.

35 Cf. referencias bibliográficas detalladas en: J. M. López Piñero et al., Bibliographia Medica Hispanica, 1475-1950. Volumen IV. Libros y folletos, 1801-1850. Valencia, Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia, 1991.

36 Agapito Zuriaga Clemente, Compendio de Anatomía general y descriptiva…, 2 vols., Valencia, Oficina de López, 1838. Cf. J. M. López Piñero, «La obra anatómica de Agapito Zuriaga», Medicamenta, 18, 165-168 (1960). J. M. López Piñero, «Zuriaga Clemente, Agapito». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. II, pp. 456-457.

37 Lorenzo Boscasa Igual, Tratado de Anatomía general, descriptiva y topográfica, 2 vols. Madrid. Vda. e hijos de A. Calleja, 1844. Cf. L. Vidal Vidal, Sesión apologética dedicada a D. Lorenzo Boscasa e Igual, Valencia, Instituto Médico Valenciano, 1894. J. M. López Piñero, La obra anatómica de Lorenzo Boscasa, Salamanca. Seminario de Historia de la Medicina, 1960. J. M. López Piñero, «El “Tratado de Anatomía”, de Lorenzo Boscasa». En: J. M. López Piñero et al., Las ciencias médicas básicas en la Valencia del siglo XIX, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim, 1988, pp. 94-105.

38 M. López Mateos, Tratado de Histología y Ovología arreglados al programa remitido al gobierno, Granada, J. M. Puchol, 1853. Cf. E. García Solá, «El primer histólogo español y la primera obra de histología española», Gaceta Médica de Granada, 19 (1896), 373-377. M. Guirao Gea, «Una figura médica de hace un siglo: D. Mariano López Mateos…», Actualidad Médica, 12 (1946), 257-269. J. Aréchaga Martínez, La morfología española en la primera mitad del siglo XIX (1800-1854), Granada, tesis doctoral, 1973, pp. 225-262, 411-424. J. Aréchaga, G. Olagüe, L. García Ballester, La introducción de la teoría celular en España. Edición facsímil del Tratado de Ovología (Granada, 1853) de Mariano López Mateos (1800-1863), Granada, Universidad de Granada, 1977. J. M. López Piñero, «López Mateos, Mariano». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. I, pp. 541-542.

39 Cf. M. L. Terrada Ferrandis, J. A. Campos Ortega, R. Marco Cuéllar, «Nota previa acerca de la histología española del siglo XIX anterior a Cajal». En: Actas del I Congreso Español de Historia de la Medicina, Madrid, Sociedad Española de Historia de la Medicina, 1963, pp. 495-502. J. M. López Piñero, «El saber médico en la sociedad española del siglo XIX». En: Medicina y sociedad en la España del siglo XIX, Madrid, Estudios y Publicaciones, 1964, pp. 31-107. R. Marco Cuéllar, La morfología microscópica normal y patológica en la medicina española del siglo XIX anterior a Cajal, Valencia, tesis doctoral, 1966. J. M. López Piñero, «La contribución de las “generaciones intermedias” al saber anatómico en la España del siglo XIX», Asclepio, 23. 95-130 (1971). J. M. López Piñero, «The Development of the Basic Sciences and their Influence on Clinical Medicine in 19th Century Spain». Clio Medica, 8, 53-63 (1973). J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada Ferrandis, Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 107-254. J. M. López Piñero, «Las ciencias médicas en la España del siglo XIX». En: La ciencia en la España del siglo XIX, dir. por J. M. López Piñero, Madrid, Marcial Pons, 1992, pp. 195-240. J. M. López Piñero, Las ciencias médicas en la España del siglo XIX, Valencia, Real Academia de Medicina de la Comunidad Valenciana, 1996.

40 El texto del decreto y su repercusión inmediata en la enseñanza médica pueden consultarse en El Siglo Médico, 15, 683-685, 691-697 (1868).

41 Cf. A. Espina Capo, «La Escuela Teórico-Práctica de Medicina y Cirugía de la Beneficencia Provincial de Madrid». En: Notas del viaje de mi vida, 3 vols., Madrid, Talleres Espasa-Calpe, 1926-1929, vol. II, pp. 249-254.

42 Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Sevilla, Sevilla, A. Resuche, 1874. G. Sánchez de la Cuesta, «La Escuela de Medicina de Sevilla». En: Ideario y grandeza de Federico Rubio, Sevilla, Escuela Provincial de Artes Gráficas, 1949, pp. 51-57.

43 P. González de Velasco, A. Pulido, «Escuela Práctica Libre Española de Medicina y Cirugía», El Anfiteatro Anatómico Español, 2, 217-29; 3, 443-444; 5, 258-259 (1874-1875). A. Pulido, «Dr. Pedro González de Velasco», El Siglo Médico, 76, 85-88, 107-110, 136-139 (1925). L. Moreno, «El Dr. González de Velasco y la fundación del Museo Antropológico», Trabajos del Instituto Bernardino de Sahagún, 1, 9-22 (1949). J. M. López Piñero, «González de Velasco, Pedro». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro, E. Portela, dirs. Diccionario Histórico de la Ciencia Moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. I, pp. 417-420. E. Arquiola, «González de Velasco, reformador de los saberes morfológicos», Medicina e Historia, nº 14, 1-16 (1986).

44 Homenaje a la memoria del Doctor Martínez Molina, Madrid, Asilo de Huérfanos del Sdo. Corazón de Jesús, 1901. J. M. López Piñero, «La obra de Claude Bernard en la España del siglo XIX», Boletín de la Sociedad Española de Historia de la Medicina, 6, 32-38 (1966). J. M. López Piñero, «Martínez Molina, Rafael». En: Diccionario, vol. II, pp. 36-38. F. Palma Rodríguez, Vida y obra del Doctor Martínez Molina, Salamanca, Seminario de Historia de la Medicina Española, 1968.

45 J. Freixas, «En el cincuentenari de l’Acadèmia i Laboratori de Ciències Mèdiques de Catalunya», Annals de Medicina, 22 (1928) 165-205. J. Danón Bretos, «Apuntes históricos de la Academia», Boletín Informativo de la Academia de Ciencias Médicas de Cataluña y Baleares, 125-128 (1969).

46 Cf. R. Marco Cuéllar, «Aproximación cuantitativa al estudio de la ciencia española. Un modelo: la histología española del siglo XIX, anterior a Cajal», Asclepio, 21, 269-280 (1969).

47 R. Martínez Molina, «Quiste canceroso de la mama izquierda», El Siglo Médico, 3, 163 (1856). R. Martínez Molina, «Extirpación de un gran tumor adenítico situado en la parte lateral del cuello», El Siglo Médico, 5, 195-197 (1858).

48 R. Martínez Molina, «La anatomía, sus progresos y aplicaciones». El Siglo Médico, 14, 90-93, 102-105, 115-119, 134-137, 166-169, 181-184 (1867). El texto citado: p. 90.

49 A. Busto López, «El código de la Naturaleza. Estudios acerca de la materia y de la vida», Memorias de la Real Academia de Medicina de Madrid, 4, 17-222 (1877).

50 Cf. J. M. López Piñero, «Busto López, Andrés». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. I, pp. 141-142.

51 S. Ramón y Cajal, Recuerdos de mi vida, Madrid, J. Pueyo, 1923 [a partir de ahora, cit. Recuerdos], p. 253.

52 J. E. Olavide Landazábal, «Lipoma submuscular en la espalda», La España Médica, 4, 51-52 (1859).

53 J. E. Olavide Landazábal, F. Rubio Galí, «Sobre el examen microscópico de vapor atmosférico de la enfermería del Dr. Martín de Pedro en el Hospital General», El Siglo Médico, 19, 404-407, 418-421, 435-437 (1872).

54 J. E. Olavide Landazábal, «El parasitismo o morbidismo vegetal ante la razón y ante los hechos», Memorias de la Real Academia de Medicina de Madrid, 3, 2.ª parte (1872), 41-71.

55 J. E. Olavide Landazábal, Dermatología general y clínica iconográfica de enfermedades de la piel o dermatosis, 2 vols., Madrid, T. Fortanet, 1871-1873.

56 J. E. Olavide Landazábal, Del reumatismo y de las dermatosis reumáticas…, Madrid, Tipografía del Hospicio, 1881 (trad. francesa, con introd. de E. Lancereaux, París, Doin, 1888). Cf. A. López de la Vega, «El Dr. D. José Eugenio de Olavide», El Anfiteatro Anatómico Español, 2 (1874), 5-7. J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada Ferrandis, Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 40-45, 224-227. J. M. López Piñero, «Olavide Landazábal, José Eugenio». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. II, pp. 121-122. J. Calap, J. J. Padrón Lleó, M. A. Castilla, Un maestro de la dermatología española, José Eugenio de Olavide, Cádiz, Universidad de Cádiz, 1996.

57 F. J. Delgado Jugo, «Doctrina de Virchow sobre la inflamación en general. Aplicación de esta doctrina al estudio de la oftlamía miliar», El Pabellón Médico, 4, 21-22, 34-36, 45-46, 67-68, 91-92, 117-118, 130-131, 210-211 (1864).

58 F. J. Delgado Jugo, «Histología de las afecciones de la córnea [resumen]», El Anfiteatro Anatómico Español, 1, 91 (1873). Cf. E. Hernández Benito, «Tres oftalmólogos españoles del Ochocientos», Clínica y Laboratorio, 67, 395-400 (1959). J. L. Munoa Ruiz, «Historia de la Oftalmología española contemporánea», Cuadernos de Historia de la Medicina Española, 3, 41-87 (1964). L. S. Granjel, Historia de la Oftalmología española, Salamanca, Talleres Gráficos Cervantes, 1964, pp. 97-100. J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada Ferrandis, Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 40-45, 205-212. C. Carles Genovés, «Delgado Jugo, Francisco José». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. I, pp. 276-277.

59 C. Fernández de Losada, Resumen de las lecciones de Cirugía dadas en el Hospital Militar de Madrid, Madrid, Imp. Berenguillo, 1872.

60 C. Fernández de Losada, «Encondroma del maxilar superior. Amputación de la mitad derecha de este hueso. Curación», El Compilador Médico, 1, 519-524 (1866).

61 C. Fernández de Losada, Memoria de los trabajos llevados a cabo por el Instituto Anatomo-Patológico de Sanidad Militar durante el año 1887, Madrid, Imp. Ricardo Fe, 1888. Cf. A. Pulido Fernández, De la Medicina y los médicos, Valencia, Lib. de Pascual Aguilar, 1883, pp. 297-298. A. Couceiro Freijomil, Diccionario Bio-bibliográfico de escritores, 3 vols., Santiago de Compostela, Edit. de los Bibliófilos Gallegos, 1951-1953, vol. II, p, 56.

62 Antonio Mendoza Rueda, Estudios clínicos de cirujía, 4 vols., Barcelona, A. Frexas, 1850-1852. La primera de las memorias anuales de su servicio hospitalario apareció con el título de Reseña de la clínica particular quirúrgica correspondiente al curso 1847 a 1848, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, Barcelona, A. Frexas, 1848. La última que llegó a publicarse fue: «Memoria correspondiente a la clínica de operaciones de la Facultad de Medicina de Barcelona, 1867-1868», El Compilador Médico, 4, 203-206, 223-227, 241-244, 257-261, 293-296, 360 (1869).

63 Antonio Mendoza Rueda, Estudios clínicos de cirujía. Tercera Parte. Comprende el diagnóstico quirúrgico, y correspondiente anatomía patológica, Barcelona, A. Frexas, 1850, p. 36.

64 Cf. J. Roquer Torrents, Bosquejo necrológico del Dr. D. Antonio Mendoza y Rueda, Barcelona, J. J. Roviralta, 1873. J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada Ferrandis, Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 40-45, 153-159. J. M. López Piñero, «Mendoza Rueda, Antonio». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. II, pp. 55-56.

65 C. Silóniz Ortiz, Del microscopio en su aplicación al diagnóstico…, Barcelona, Academia de Medicina y Cirugía, 1857, p. 9.

66 C. Silóniz Ortiz, op. cit. (1857), p. 11.

67 C. Silóniz Ortiz, Primer Curso de Anatomía Descriptiva y General…, Barcelona, Imprenta del Diario de Barcelona, 1869.

68 C. Silóniz Ortiz, Segundo Curso de Anatomía Descriptiva y General…, Barcelona, Imprenta del Diario de Barcelona, 1870. [Tratado de Anatomía General, con portada propia: pp. 321-444].

69 Cf. J. M. López Piñero, «Carlos Silóniz y Ortiz», Asclepio, 23, 103-112 (1971). J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada Ferrandis, Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 36-37, 159-165. J. M. López Piñero, «Silóniz y Ortiz, Carlos». En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. II, pp. 326-327.

70 La Fraternidad. Revista Quincenal de Medicina, Cirujía y Farmacia, 1, 255-256 (1866).

71 J. M. Gómez Alamá, Compendio de Anatomía descriptiva y elementos de la general, con nociones de Anatomía microscópica, Valencia, J. Doménech, 1867-1868, vol. I, pp. 11-31.

72 J. M. Gómez Alamá, op. cit. (1867).

73 J. M. Gómez Alamá, Arte de disecar o de hacer las preparaciones anatómicas del cuerpo humano, 2ª ed., Valencia, J. Doménech, 1872, p. VIII.

74 J. M. Gómez Alamá, Discurso sobre la importancia de la Anatomía humana en sus relaciones con las artes, las ciencias y la religión, Valencia, J. Doménech, 1870. Cf. J. M. López Piñero, «José María Gómez Alamá», Asclepio, 23, 98-103 (1971). J. M. López Piñero, «Las ciencias morfológicas». En: J. M. López Piñero et al., Las ciencias médicas básicas en la Valencia del siglo XIX, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim, 1988, pp. 65-162. J. M. López Piñero, F. Jerez Moliner, A. Martínez Almagro, Clásicos morfológicos valencianos del Renacimiento al siglo XIX, Valencia, Morphos Ediciones, 1997, pp. 107-108, 118-122.

75 L. Sánchez Quintanar, Nuevas consideraciones teórico-prácticas acerca de la inflamación ilimitada o no circunscrita llamada flegmón difuso, Valencia, Imprenta José María Ayoldil 1861. L. Sánchez Quintanar, La inflamación al alcance de los cursantes de cirugía…, Valencia, Imprenta de Ferrer de Orga, 1871. Cf. J. A. Micó Navarro, León Sánchez Quintanar (1801-1877). Vida, obra y biblioteca (1801-1877), Valencia, tesis doctoral, 1986. J. A. Micó Navarro, «León Sánchez Quintanar (1801-1877), médico, historiador y bibliófilo», Asclepio, 43, 95-130 (1991). J. A. Micó Navarro, Catálogo del Fondo Sánchez-Quintanar, Valencia, Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia, 1994.

76 Claustro de la Facultad de Medicina de Valencia, a favor de la histología, La Crónica Oftalmológica, 3, 17-18 (1873).

77 E. Martínez Gil, Tratado de anatomía de los humores o de hidrología orgánica general del cuerpo humano, con sus deducciones aplicables a la higiene, a la patología y a la terapéutica, Valencia, Imprenta de Manuel Alufre, 1883. Cf. J. M. López Piñero, F. Jerez Moliner, A. Martínez Almagro, Clásicos morfológicos valencianos del Renacimiento al siglo XIX, Valencia, Morphos Ediciones, 1997, pp. 134, 145-147. J. M. López Piñero, F. Jerez Moliner, Contribuciones valencianas a la imagen científica del cuerpo humano y de los animales y las plantas del mundo (siglos XVI a XIX), 2ª ed., Valencia, Cátedra de Eméritos de la Comunidad Valenciana, 2004 [CD]. J. M. López Piñero, La medicina y las ciencias biológicas en la historia valenciana, Valencia, Ajuntament de València, 2004, pp. 276-280.

78 E. Ferrer Viñerta, Memoria de la Clínica Quirúrgica de la Facultad de Medicina de Valencia, correspondiente al curso de 1872 a 1873…, Valencia, Imprenta de Ferrer de Orga, 1873, p. 49.

79 E. Ferrer Viñerta, «Del diagnóstico clínico de los tumores», La Crónica Médica, 2, 611-617, 675-680, 707-713, 739-745 (1878) [fragmento citado: pp. 613-614]. Cf. P. Llisterri Ferrer, Recuerdo apologético del Dr. D. Enrique Ferrer y Viñerta, Valencia, Instituto Médico Valenciano, 1919. J. Tomás Monserrat, «La obra quirúrgica de Ferrer y Viñerta». En: Actas del III Congreso Nacional de Historia de la Medicina, Valencia, 1969, vol. II, pp. 509-517. J. M. López Piñero, Enrique Ferrer y Viñerta (1830-1891) y la revolución quirúrgica en Valencia, Valencia, Ajuntament de València, 2000.

80 F. P. Campá Porta, Tratado completo de Obstetricia, Valencia, Librería de Pascual Aguilar, 1878 [2ª ed.: Ibid., 1885]. F. P. Campá Porta, Lecciones de Ginecopatía, o enfermedades especiales de la mujer, profesadas en la Facultad de Medicina de Valencia… Recogidas taquigráficamente por D. Vicente Almar…, Valencia, Imp. José M. Blesa, 1881.

81 F. P. Campá Porta, op, cit. (1885), vol. I, pp. 153-154.

82 Cf. E. Bertrán Rubio, Apuntaciones para una biografía del Dr. D. Francisco de P. Campá y Porta, Barcelona, Imp. J. Jepús, 1892. M. S. Salarich, «Francisco de Paula Campá y Porta (1838-1892)», Ansa, 5, 215-220 (1953). C. Camilleri, La bibliografía tocoginecológica en la España del siglo XIX, Valencia, tesis de licenciatura, 1972. F. Donat Colomer, El nacimiento de la especialidad tocoginecológica en Valencia a través del periodismo especializado, Valencia, tesis de licenciatura, 1975. M. Tortajada Martínez, El nacimiento de la moderna toco-ginecología en Valencia. Estudio de la obra de los catedráticos Campá y Candela, Valencia, Real Academia de Medicina, 1997.

83 J. Crous Casellas, Programa-sumario de patología médica…, Valencia, imprenta de Ferrer de Orga, 1877 [2ª ed., Valencia, Librería de Pascual Aguilar, 1876].

84 J. Crous Casellas, Tratado elemental de anatomía y fisiología normal y patológica del sistema nervioso, Librería de Pascual Aguilar, 1878, pp. 52-53. Cf. L. Campo Pausas, Reseña biográfica del malogrado Dr. D. José Crous y Casellas, catedrático por oposición de Patología y Clínica Médicas de la Facultad de Medicina de Valencia, Barcelona, Imp. Sucesores de N. Ramírez, 1887. V. Peset Llorca, «Los “Elementos de Frenopatología” de Crous Casellas (1882), con algunos comentarios», Cuadernos de Historia de la Medicina Española, 1, 195-212 (1962). J. M. López Piñero, F. Jerez Moliner, A. Martínez Almagro, Clásicos morfológicos valencianos del Renacimiento al siglo XIX, Valencia, Morphos Ediciones, 1997, pp. 132-133, 142-143. J. M. López Piñero, F. Jerez Moliner, Contribuciones valencianas a la imagen científica del cuerpo humano y de los animales y las plantas del mundo (siglos XVI a XIX), 2ª ed., Valencia, Cátedra de Eméritos de la Comunidad Valenciana, 2004 [CD]. J. M. López Piñero, La medicina y las ciencias biológicas en la historia valenciana, Valencia, Ajuntament de València, 2004, pp. 425-429.

85 A. Maestre de San Juan, «Viaje científico y recreativo a Francia, Bélgica, Holanda y Alemania en los meses de Julio, Agosto y Septiembre de 1865. Doce cartas», El Siglo Médico, 13, 285, 364, 477, 524 (1866); 14, 45, 77, 159, 268, 380, 414, 429, 590, 653, 701, 734, 749, 781, 785 (1867).

86 «Jornadas de la Sociedad Histológica sobre la inflamación. Recapitulación final», El Anfiteatro Anatómico Español, 2, 261-262 (1874).

87 A. Maestre de San Juan, M. Candela Pla, «Tumor fibroso del útero. Comunicación a la Sociedad Histológica», El Anfiteatro Anatómico Español, 2, 106 (1874).

88 A. Maestre de San Juan, «Conferencias sobre las aplicaciones del microscopio. Ateneo Científico y Literario de Madrid» [reseñas], Anales de Ciencias Médicas, 4, 561-564 (1877); 5, 227-228 (1878). A. Maestre de San Juan, «De la necesidad de establecer en todos los hospitales de España laboratorios de Histología para los progresos de la Anatomía patológica», La Gaceta de Sanidad Militar, 1, 235-243 (1875).

89 A. Maestre de San Juan, «Falta total de los nervios olfatorios con anosmia en un individuo en quien existía una atrofia congénita de los testículos y del miembro viril», El Siglo Médico, 3, 211 (1856). Maestre había adelantado la descripción del síndrome hipogonadismo-anosmia en una nota a su traducción castellana (1849) del tratado anatómico de Joseph E. Pétrequin. La descripción por Maestre de este síndrome ha sido estudiada en dos artículos: P. García-Peris et al. «Respuesta de la prolactina a los estímulos de tirotrofina-RH (TRH) y clorpromacina en el síndrome hipogonadismo-anosmia», Medicina Clínica (Barcelona), 75, 273-278 (1980). M. Tortajada Martínez, «Apunte histórico del síndrome de Kallmann», Obstetricia y Ginecología Española, 8, 165-167 (1999).

90 A. Maestre de San Juan, Consideraciones sobre la anatomía de los ganglios nerviosos. Discurso leído ante la Universidad de Granada…, Madrid, Imp. Juan M. Puchol, 1860. A. Maestre de San Juan, «Consideraciones sobre la textura de los centros nerviosos» [reseña], Revista de Medicina y Cirugía Prácticas, 6, 190-191 (1880), A. Maestre de San Juan, Progresos realizados por la Histología en el más exacto conocimiento del tejido nervioso, y de su disposición como sistema orgánico. Discurso leído en la Real Academia de Medicina de Madrid…, Madrid, Nicolás Moya, 1885.

91 A. Maestre de San Juan, Tratado de Anatomía general… precedido del conocimiento y manejo del microscopio, de la preparación y conservación de objetos micrográficos…, Madrid, Moya y Plaza, 1872. A. Maestre de San Juan, Tratado de Histología normal y patológica, precedido de un resumen de técnica histológica, Madrid, Moya y Plaza, 1879 [2ª edición, «corregida y notablemente aumentada»: Madrid, Nicolás Moya, 1885].

92 Recuerdos, p. 245, nota. Cf. F. Viñals Torrero, Apuntes biográficos del doctor Aureliano Maestre de San Juan…, Madrid, F. García Herrero, 1885. E. García Solá, «¡El doctor Maestre de San Juan!», Revista de Medicina y Cirugía Prácticas, 26, 617-622 (1890). E. García del Real, «Dos precursores de Ramón y Cajal: Maestre de San Juan y López García», Trabajos de la Cátedra de Historia Crítica de la Medicina, 4, 479-494 (1935). J. M. López Piñero, «Maestre de San Juan, cabeza de la histología española anterior a Cajal», Noticias Médicas, 9-11 (25 de febrero, 1973). J. M. López Piñero, F. Bujosa Homar, M. L. Terrada Ferrandis, Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a Cajal. Spanish Classics on Pathology before Cajal, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1979, pp. 38-41, 193-200. G. Olagüe Ros, «La obra histológica de Aureliano de San Juan y Muñoz (1828-1890)», Histología Médica, 1, 143-146 (1985). J. M. López Piñero, «Maestre de San Juan Muñoz, Aureliano», En: J. M. López Piñero, T. F. Glick, V. Navarro Brotóns, E. Portela, dirs., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, 1983, vol. II, pp. 11-13. J. M. López Piñero, «Los maestros de Cajal», Eidon, 36-44 (1999).

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