Read the book: «Falange y literatura»

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© José-Carlos Mainer, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO824

ISBN: 9788490565797

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

DEDICATORIA

NOTA PRELIMINAR A LA SEGUNDA EDICIÓN

INTRODUCCIÓN. HISTORIA LITERARIA DE UNA VOCACIÓN POLÍTICA (1920-1956)

BIBLIOGRAFÍA

Para una bibliografía primaria de los autores de la Antología

ANTOLOGÍA

LOS PRECURSORES

Luys Santa Marina. Tras el águila del César

Ernesto Giménez Caballero

Rafael Sánchez Mazas. La revolución a paso gentil

GuillénSalaya. El diálogo de las pistolas

Ernesto Giménez Caballero. Genio de España

2. MEMORIAS GENERACIONALES

Samuel Ros. El hombre de los medios abrazos

Agustín de Foxá Madrid, de Corte a checa

Rafael García Serrano. Eugenio o proclamación de la primavera

Rafael García Serrano. Historia de una esquina

José María Fontana tarrats. Los catalanes en la guerra de España

3. LA GUERRA Y LOS HÉROES

Rafael García Serrano. La fiel infantería

Felipe Ximénez de Sandoval. Camisa azul

Víctor de la Serna. Elogio de la alegre retaguardia

Víctor de la Serna. En la muga de Europa

Ernesto Giménez Caballero. ¡Hay Pirineos!

4. CRISIS

José María Alfaro. Leoncio Pancorbo

Gonzalo Torrente Ballester. Javier Mariño

Ismael Herráiz. Italia fuera de combate

Dionisio Ridruejo. Cuadernos de la campaña de Rusia

Dionisio Ridruejo. Umbral de la madurez

Luys Santa Marina. Años después

5. NUEVOS CAMINOS PARA EL ARTE

Eugenio D’ors À quoi revent les jeunes gens?

Ernesto Giménez Caballero Arte y Estado

Gonzalo Torrente Ballester Razón y ser de la dramática futura

Luis Felipe Vivanco El arte humano

Federico Sopeña Notas sobre la música contemporánea

6. LA NOSTALGIA DE LA HISTORIA

Antonio Tovar. En el primer giro

Eugenio Montes. El viajero y su sombra

Münster de Westfalia, tumba española

Despertar de primavera

Víctor de la Serna. Castilla ha cumplido mil años

Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco. La mejor reina de España

7. LA NOSTALGIA BURGUESA

Agustín de Fox.á Poemas románticos

Rafael Sánchez Mazas. Rosa Krüger

Rafael Sánchez Mazas. Museo de las familias (1890)

Pedro MourlaneMichelena. Arte de repensar los lugares comunes

Julián Ayesta. Relatos

[II] Helena o el mar del verano

8. LOS CAMINOS DEL HUMOR Y LA FANTASÍA

Antonio de Obregón. Hermes en la vía pública

Jacinto Miquel Arena. Don Adolfo el libertino

Agustín de Foxá. Viaje a los Efímeros

Alvaro Cunqueiro. La historia del caballero Rafael

Ángel María Pascual. Amadís

JOSÉ-CARLOS MAINER FALANGE Y LITERATURA

NOTAS

PARA LOLA, DE NUEVO

NOTA PRELIMINAR A LA SEGUNDA EDICIÓN

La primera edición de Falange y literatura apareció en el lejano año de 1971 en el marco de la colección Textos Hispánicos Modernos (de la desaparecida editorial Labor), que había creado y dirigía Francisco Rico. Fue mi primer trabajo de algún vuelo y tuvo una difusión significativa, además de suscitar numerosas reseñas, una —inolvidable para mí— de Dionisio Ridruejo en Destino, que más tarde se integró en su libro póstumo Sombras y bultos (1983). Se la agradecí en una carta, que ahora veo publicada por Jordi Gracia en el epistolario El valor de la disidencia (que más de una vez he de citar en las páginas que siguen), y quizá su lectura pueda orientar al lector sobre mis propósitos de entonces al escribir aquel volumen.

Nunca quise reimprimirlo, ni revisarlo, aunque tuve después de 1975 bastantes ofrecimientos al propósito. Pero el tiempo iba trayendo nueva, importante y alguna vez disuasoria bibliografía sobre los temas que trataba y, por otro lado, el clima político de la Transición envejeció en seguida las cautelas que esta obra tuvo que tomar y, sobre todo, dató buena parte de mi análisis del fascismo como ideología. Cuando prologué en 2003, a petición de sus autores, el ameno e informado volumen de Mónica y Pablo Carbajosa, La corte literaria de José Antonio, formalicé este compromiso personal de no volver sobre los pasos de 1971, a la vista de aquel libro y de otro coetáneo de Mechthild Albert, Vanguardistas de camisa azul, ambos excelentes. Pero ahora, diez años después, aquella promesa podía darse por prescrita y ya no supe resistir la sugerencia de sus nuevos editores.

Releer un libro escrito hace más de cuarenta años por quien entonces tenía veinticinco siempre es una experiencia ingrata y algo masoquista. Era ya sabedor de algún olvido, error o confusión lamentables (no sé si el pintor Álvaro Delgado me ha perdonado que le confundiera con su casi homónimo Teodoro, ilustrador de Vértice). Todo esto tenía remedio, pero mucho más difícil era que el libro perdiera el tono de impertinencia autosuficiente y la mezcla indigesta de la benevolencia con respecto al falangismo, en nombre de la buena fe de algunos falangistas, y de un análisis demasiado convencional —aunque, por supuesto, condenatorio— de los intereses de los otros vencedores de la guerra civil, todo ello manufacturado por añadidura en una terminología que, a menudo, resultaba delatoramente sesentayochesca.

Este es otro libro y también el mismo. La nueva redacción, mucho más extensa, no ha dejado línea sin ampliación ni dogmatismo sin atenuante y responde al desarrollo de mi visión de los hechos, que supongo más madura y matizada, como ya creo que podía advertirse en los numerosos trabajos de detalle sobre el tema que publiqué en fechas posteriores; algunos se verán citados en su lugar de las notas al prólogo. Sin embargo, mantengo el esqueleto de la introducción de 1971 y, por tanto, el establecimiento de los antecedentes y las etapas de la historia intelectual del fascismo español. También hago lo mismo en cuanto a la organización de la antología de textos que fue, quizá, la aportación más original de Falange y literatura. Me propuse esbozar el paisaje de temas, actitudes y refugios que definen una experiencia fascista y, en esta nueva salida, se han incorporado más escritos, pero lo cierto es que la inmensa mayoría de las inclusiones de ahora habían sido desestimadas por razón de espacio y, sobre todo, de cautela política en la fecha de la primera redacción.

La bibliografía (que entonces era tan escasa) ha adoptado una nueva disposición y he suprimido las breves semblanzas finales de los autores seleccionados. He preferido que aquellos datos biográficos (que hoy son más accesibles que entonces para el lector interesado) se diluyan en la introducción y, sobre todo, en las consideraciones que preceden a los apartados de la parte antológica. Ahora estas han ganado mucho en extensión y se han incluido valoraciones literarias más desarrolladas, que así contrapesan los datos ideológico-políticos de la introducción.

Una vez más, debo agradecer a su primer editor, Francisco Rico, la existencia de Falange y literatura, que fue una idea suya, formulada a la vista de algunos trabajos míos previos. A los amigos que me pidieron reimprimirlo —entre los que cuento a Juan Manuel Bonet, Ferran Gallego, Jordi Gracia, Domingo Ródenas de Moya y Andrés Trapiello— les debo gratitud por su generosa insistencia, lo mismo que a Manel Martos, su nuevo editor. Ojalá esta nueva versión esté a la altura de tanta confianza, de tanto afecto y del sello editorial que ahora acoge sus páginas.

INTRODUCCIÓN
HISTORIA LITERARIA DE UNA VOCACIÓN POLÍTICA
(1920-1956)

Si las juventudes están disconformes con lo que encuentran, no tienen necesidad de justificar con muchas razones su actitud. No tienen que explicar la disconformidad, tarea que absorbería su juventud entera y las incapacitaría para la misión activa y creadora que les es propia.

RAMIRO LEDESMA RAMOS,

Discurso a las juventudes de España

Frente al homo oeconomicus del marxismo, nosotros afirmamos que el hombre vive de todo menos de pan... A las masas, como a las mujeres, hay que ofrecerles fiestas, guerras, pasiones, botines, torbellinos, indecibles embriagueces.

ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO,

Los secretos de la Falange

Y volverá Fray Juan de la Cruz a cantar y el maestro Vitoria a regir y se llenarán los claustros de estudiantes y las ventas de caballeros y los caminos de poetas, y un día, bajo el sol de oro de la nueva historia, ante el pasmo del Mundo, volverá Don Quijote a su locura de enhebrar estrellas, de estrellar rufianes con su lanza y de batir monstruos, castillos y rebaños por el honor de una dama: ¡Nuestra Señora España!

FERMÍN YZURDIAGA,

Discurso al silencio y voz de la Falange

¡Qué asco da no saber nada cuando se tiene tanto corazón!

RAFAEL GARCÍA SERRANO,

La fiel infantería

SOBRE EL FASCISMO

Los exergos de la página precedente permiten comprobar que —en cuestión de fascismo— cada loco va con su tema. Pero que la locura de fondo es idéntica: antes que nada, todos los autores hablan de sí mismos. Y esa dimensión privada, psicológica, de revelación y fe, es la que se va considerar de preferencia en estas páginas. El fascismo fue una patología internacional de la conciencia política que, desde hace bastantes años, nos parece venturosamente lejana del primer plano de la vida civil. A la fecha, sus herederos más genuinos son masas de acoso a las que aglutina la vivencia de alguna pasión deportiva o grupúsculos políticos de signo fundamentalmente racista y antisistema, que se remiten con cautelas al fascismo de ayer. Aunque también cuenten lo suyo movimientos de carácter popular e incluso de aire izquierdista, signados por el fundamentalismo ideológico y la intransigencia, tan propicios a la automitificación nacional como al culto a la personalidad de los líderes. Tuvieron importancia en América Latina desde los lejanos años treinta, donde fueron versiones más o menos exóticas del fascismo europeo, pero los de hoy jamás se reconocerían como herederos del este, e incluso a menudo se proclamarían virtuosamente antifascistas. Y es que seguramente obedecen a otras consecuencias del gregarismo hoy imperante, favorecido por los medios de difusión que están al alcance de las religiones políticas al uso. El fascismo histórico como fenómeno cultural —que ha de ser nuestro tema— fue una importante zona (aunque errónea) de la modernidad y tanto su pedigrí intelectual como su desarrollo fueron cosa bastante más compleja.

En los años que van de 1918 hasta el decenio de 1960, sus encarnaciones ideológicas y culturales fascinaron a muchos y sus huellas están, más o menos bien disimuladas, en la prehistoria de la conciencia de numerosos políticos, pensadores y artistas ilustres. No es tan frecuente que lo estén en su edad madura, lo que añade un elemento de interés a su etiología. Logró colonizar aquellos ámbitos personales porque contaba con muchas ventajas a su favor: se presentaba como un impulso tan irracional como imperativo, o como una revelación del destino, por lo que nunca fue un modelo rígido sino plural y hasta contradictorio; centró su atención en lo elemental y espontáneo (las patrias, la camaradería, los enemigos fácilmente discernibles) y afectó desdeñar por igual lo que tenía a su derecha y a su izquierda políticas, lo uno por arcaico y egoísta, lo otro por materialista y mezquino. Y al ofrecerse como un ideal colectivo de redención y como la iluminación de la vida personal, podía por igual suministrar soluciones a los individualistas y a los colectivistas.

Es obligado asociar el nacimiento del fascismo a la pavorosa crisis que surgió de la guerra de 1914. Fue, en efecto, el resultado de la humillación política de una Alemania perdedora, víctima de la revuelta social y del empobrecimiento causado por la inflación, y tuvo como fermento el desconcierto de Italia, discutible vencedora en 1918 y no menos irritada por las escasas rentas de un triunfo que le había resultado tan costoso. Pero tampoco debe olvidarse que los últimos meses de la guerra registraron en todos los países contendientes numerosos motines de soldados y marineros, deserciones en los frentes de batalla, huelgas laborales y dos revoluciones callejeras en la retaguardia (en Viena y Berlín, capitales de los Imperios Centrales). Y esto provocó mucho miedo y un renovado fervor por el orden. La pérdida de tantas vidas en las trincheras reveló la miseria de la vida política, la vana retórica de los belicistas, la incompetencia de los jefes militares y la convicción de que los lucros del capitalismo se habían incrementado al calor de los combates. Y en todas partes, se puso en primer plano un deseo de certezas y a veces, como posibles nuncios de aquellas, se idealizó a los abnegados excombatientes. Con la misma fuerza, se evidenció también el temor a la revolución comunista de 1917: el fascismo tuvo mucho de un anticomunismo más expeditivo y resuelto que el de los viejos partidos agrarios o el de los grupos cristianos más conservadores. La represión de las revueltas espartaquistas en Alemania y el miedo a los consejos de fábrica en el norte de Italia hicieron que la burguesía y las clases medias apoyaran las precoces manifestaciones del fascismo, pero también sucedió lo mismo en el oriente de Europa, primera línea de la guerra contra la presunta amenaza soviética. Las dictaduras preventivas que surgieron en muchos países y los partidos nacionalistas que encuadraron a los pequeños propietarios y a los empleados experimentaron un rápido proceso de fascistización que fue irreversible cuando la crisis económica de 1929 lo alteró todo y había ya un activo modelo —la Italia de Mussolini, desde la triunfante Marcia su Roma, de octubre de 1922— en el que mirarse con envidia.

No obstante, la primera genealogía del fascismo fue anterior a la conmoción de la guerra de 1914. Los nacionalismos despechados que lo alentaron venían de atrás y el francés, por ejemplo, había desarrollado iconos, referencias e ideas mucho más elaborados y populares que los del alemán y los del italiano, pese a lo cual Francia nunca conoció un fascismo unitario y fuerte como el de los otros dos países. Desde la década de 1880, la iconoclastia de la prensa radical, la emergencia del poder intelectual y la proliferación de partidos políticos movilizaron a los descontentos y anunciaron eficazmente el paso a sociedades más abiertas y discutidoras, en un tono invadido por la demagogia, las amenazas y las sospechas de conspiración que fueron el caldo de cultivo de los autoritarismos populistas. Allí circularon muchas fáciles coartadas ideológicas que el futuro fascismo hizo suyas; entre ellas, destacaron la frustración de las ambiciones colonialistas nacionales y el desarrollo del antisemitismo, aireada la primera como una culpa más de la oligarquía dominante y el segundo como una denuncia de los parásitos inveterados de la vida económica, ajenos al verdadero tejido biológico de las sociedades.

Es cierto que los futuros fascistas aborrecieron el siglo XIX, al que tildaron de hipócrita y sentimental (ambas cosas eran para ellos sinónimos de liberal), pero heredaron de él mucho más de lo que podían llegar a pensar. Tras centuria y media de humorismo y caricatura políticos, la difusión del fascismo usó ampliamente de estos vehículos de descalificación de sus enemigos, quizá por sus afanes destructivos y lo muy personalizado de sus enconos, quizá también porque el humorismo moderno había transparentado una reacción de inseguridad ante el mundo y, en el fondo, muchos de los humoristas más feroces han sido de derechas. Los fascistas lo eran, aunque no lo admitieran, y conocían muy bien el acre sabor de la inseguridad. Del siglo antepasado vino también la afición por lo esotérico, como sustituto de la religión, que tanta importancia tuvo en los fascismos, y la tendencia al irracionalismo, al vitalismo y a la cerril masculinidad como fuentes superiores de la moral. Y es que, sobre todo, del XIX romántico llegó hasta ellos la exaltación de lo juvenil, del macho joven. Paulatinamente, la juventud se identificó con la generosidad y la entrega pero también con el sacrificio heroico y, por ende, con los cultos a la muerte y a la obediencia ciega al liderazgo tribal, que habrían de caracterizar —tras la experiencia de la guerra europea— uno de los periodos más sombríos de la historia de nuestro continente. Aunque también conviene recordar aquí que, tanto las bohemias intelectuales de fin del siglo XIX como los movimientos artísticos que vindicaron para sí el nombre militar de vanguardia, defendieron la insolencia, la provocación y la rebeldía como derechos del creador y como manifestación del clima estimulante e iconoclasta de la modernidad.

EL FASCISMO EN ESPAÑA: PRIMEROS SÍNTOMAS

El análisis de los fascismos presenta dosificaciones muy diversas de estos ingredientes. Antes que nada, aquellos movimientos fueron nacionalistas y recelaron unos de otros, por lo que sus alianzas siempre fueron frágiles, pese a lo que exaltaba su propaganda. No existió nunca, aunque se buscó, una Internacional fascista y las conferencias de Montreux (en diciembre de 1934 y abril de 1935), organizadas por el fascismo italiano, registraron muchas ausencias, empezando por la del nazismo y acabando por la exigua representación española, siempre a título personal: en la primera la ostentó el infatigable Ernesto Giménez Caballero; en la segunda y solo como visitante de paso, José Antonio Primo de Rivera. Lo que sobrevivió a la derrota militar de 1945 no fue tanto un cuerpo de doctrina como el culto a los jefes derrotados y muertos, la nostalgia de los días felices de la horda patriótica y, al cabo, la posibilidad latente de una deriva totalitaria de los resentimientos políticos que aún pervive en el seno de grupos o individuos que se sienten incómodos con su suerte.

En el caso español de 1920-1936, el fascismo fue un cúmulo de síntomas que solamente en 1930 segregó, como veremos más adelante, una línea política identificable aunque de escasa consistencia y discutible unidad; logró ambas a favor de la guerra civil y de la incorporación del fascismo como un referente simbólico fundamental de la dictadura de Franco y, en tal orden de cosas, compartió con el integrismo católico una cómoda hegemonía hasta 1945. Pero, tras la derrota del Eje, solo perduró como culto subalterno y, sobre todo, como una nutrida nómina de beneficiarios de la frondosa administración del Estado, de las mutualidades y de los sindicatos verticales, todo aquello que adoptó pronto el vago nombre de «Movimiento Nacional».

En la constitución del fascismo español faltó, como es sabido, el componente bélico principal que ya se ha señalado. España solo vio como espectadora conmovida la contienda europea de 1914, y el papel que esta desempeñó en los fascismos del continente no pudo ser reemplazado por el recuerdo cercano de 1898 y, solo de forma limitada, lo fue por los reiterados sobresaltos y humillaciones africanos (las campañas rifeñas de 1893, y, en especial, los desastres de 1909 en el Barranco del Lobo y Annual, en 1921). La guerra hispanonorteamericana de 1898 solo dejó el efímero legado ideológico del regeneracionismo que se dividió por añadidura en dos corrientes bien diferenciadas: una de carácter más conservador, con visos autoritarios, que marcó la obra de políticos como Francisco Silvela y Antonio Maura, y otra de signo popular y más difuso, que integró fenómenos sociales de ideología elemental y casi milenarista, pero moderna, como el anticlericalismo, el antimilitarismo y aquel anticaciquismo que compartía parcialmente con los reformistas burgueses. Las escaramuzas africanas, por su parte, dejaron mucho resentimiento popular, pero que no se elaboró como afrenta colectiva más allá del universo de sus víctimas principales. Y el conflicto estalló en la Semana Trágica barcelonesa de julio de 1909, donde un motín contra el embarque de tropas desembocó con significativa facilidad en una orgía anticlerical en la que se quemaron conventos, iglesias y colegios.

Poco después, también se generaron movimientos reivindicativos en la oficialidad colonial, donde se fue gestando un activo grupo africanista que, en buena medida, protagonizó años después el golpe militar de julio de 1936. Veremos más adelante y con mayor detalle que la frustración colonial africana fue un ingrediente en los tránsitos del nacionalismo al fascismo que experimentaron Ernesto Giménez Caballero —más cercano entonces a un patriotismo regeneracionista y crítico—, Luys Santa Marina y Tomás Borrás, cuyas fantasías rifeñas tuvieron más resonancias románticas, además de Francisco Guillén Salaya, con su prosa campanuda, casi involuntariamente paródica. Hubo, por último, una literatura africanista popular y patriotera, pero escasamente fascista: un ejemplo podría ser el libro de Juan Ferragut (seudónimo del periodista Julián Fernández Piñero) Memorias del legionario Juan Ferragut (1925), a medias entre el reportaje heroico y el melodrama cursi, donde busca que su personaje «fuera el símbolo de lo que debiera ser la guerra: una aventura generosa, romántica y desesperada». Pero, curiosamente, las afirmaciones más llamativamente fascistas del libro se pueden leer en el prólogo que puso al volumen el novelista rosa y complaciente crítico de arte José Francés, a quien no se conoce otra veleidad de este tipo. En ellas, Francés contrapone «una casta de jóvenes desdeñosos, negativos y secados precozmente», en la que abunda «el onanista intelectual» y los «seminaristas de falsas izquierdas ideológicas», y «otra casta de jóvenes formados en contacto con la vida, que no por amar los libros evitan a la mujer [...]. Jóvenes más iconoclastas aún que los otros, más violentos, más contagiados del odio sano que hace fuertes y nobles a los hombres».1 A despecho de las resonancias bohemias del texto y de la pacífica personalidad de su autor, allí estaba, en efecto, el imprevisto germen de un discurso fascista.

Lo que no se produjo fue —como sucedió en Italia y Alemania— una presencia de excombatientes desmovilizados, preparados para la toma del poder. Y nada pudo parecerse a lo que en la Alemania prenazi se había llamado Front-gemeinschaft y en Italia, por parte del propio Mussolini, la trincerocrazia. Esta fue una situación que solamente se pudo suscitar al final de la guerra civil, en 1939, pero entonces había muchos y muy distintos acreedores de la Victoria y beneficiarios potenciales de aquella condición, los unos como héroes de los frentes de batalla y otros como excautivos de la «horda roja» o como descendientes del copioso martirologio que recontaba la Causa General. Y de hecho, las asociaciones de excautivos y la más tardía Hermandad de Alféreces Provisionales (que se constituyó en 1947, en el décimo aniversario de la creación de los cursillos de promoción de los futuros oficiales) nunca fueron sino un organismo de gestión de pensiones, en el primer caso, y en el segundo, un desmedrado grupo de presión que solo conoció alguna vitalidad en la década de 1960, en medio de aquel «crepúsculo de las ideologías» que bautizaron los desarrollistas del Régimen. Tardíamente, un joven fascista de la década de 1930, Juan Arias-Andreu, luego reconvertido en funcionario franquista, contó una observación de su admirado Ernesto Giménez Caballero, quien fue, como veremos, el inventor del fascismo español. Esto debió de suceder en 1932 o 1933:

Fue Ernesto Giménez Caballero el que me dijo en su casa de Canarias, 45 —en su despacho rodeado de grandes carteles de ferrocarriles— lo que yo intuía densamente, y es que España lo que necesitaba era de excombatientes. Como en tantas naciones. Y es que, en cuanto hubiese excombatientes, todo y absolutamente todo se alcanzaba.2

Tal efecto movilizador no lo tuvo tampoco el antisemitismo, indudablemente por la falta de una comunidad hebrea visible a la que culpabilizar de los males patrios. Solamente en el sector más reaccionario del fascismo español —las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, del vallisoletano Onésimo Redondo, vinculadas a los propietarios agrarios de la zona y a un vago regionalismo castellanista— abundaron las citas de Los protocolos de los Sabios de Sión, biblia del antisemitismo del siglo XX. Pero Redondo también había leído La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, cuya traducción fue prologada con irresponsable entusiasmo por Ortega y Gasset e hizo estragos en su momento, y más cuando muchos estuvieron dispuestos a corroborar su convicción de que solo un pelotón de soldados era capaz de salvar las civilizaciones desfallecientes y agotadas.

No hubo tampoco un pleito de rivalidades internacionales en la gestación del fascismo español: nadie había considerado seriamente a Estados Unidos como un enemigo histórico de España en 1898, ni reprochó a Alemania que comprara en 1890 las islas Carolinas, o que tuviera pretensiones sobre Tánger, cuando el propio káiser visitó la ciudad en 1905. Tampoco se vio Francia como un rival ventajista en el reparto del Reino de Marruecos que se pactó en Algeciras a comienzos de siglo. Aunque algunos fascistas españoles de la década de 1930 sintieran como una humillación que la compañía telefónica española fuera propiedad de una empresa estadounidense, o que los populares almacenes SEPU tuvieran capital judío, lo cierto es que la percepción de «enemigos de la nación» se enderezó mucho más a los rivales internos, al «enemigo interior», y así ha seguido ocurriendo: el nacionalismo español tendió a ver los peores agravios en las actitudes de los nacionalismos periféricos vasco y catalán con respecto a la unidad política común. E incluso el siempre arbitrario Pío Baroja —en su sarampión de republicano radical, hacia 1910— llegó a establecer una peligrosa identidad entre catalanistas y judíos, que ni el escritor llevó más lejos, afortunadamente, ni fue una de las cosas que le reprocharan sus oponentes políticos del momento.

Pese a todo, se oyeron, por supuesto, los acordes marciales de las dos redenciones espirituales de Italia y Alemania. De la difícil posguerra de la segunda se supo bastante por la prensa. El joven diplomático y escritor catalán Josep Maria de Sagarra fue corresponsal de El Sol en Berlín entre 1920 y 1921 y dejó una afilada y algo cínica descripción de la desmoralización y la frivolidad públicas, el hundimiento de la moneda, la influencia de los hebreos y las fiebres revolucionarias prosoviéticas.3 Más tarde, otro periodista catalán, Eugeni Xammar, llegó a Alemania en 1922 como corresponsal de La Veu de Catalunya y La Publicitat y consignó con intenciones más críticas la amenaza del autoritarismo y los grupos armados, que promovieron el Putsch de Múnich, en noviembre de 1923, lo que catapultó a la fama a Adolf Hitler.4 Por razones de afinidad lingüística y temperamental, la victoria del fascismo italiano resultó más cercana y la visita de los reyes de España a los de Italia, en noviembre de 1923, suscitó numerosos comentarios, porque desde septiembre Alfonso XIII había aceptado una dictadura militar, tras el golpe de Estado del general Primo de Rivera. El viejo soldado acompañó a los monarcas en la ocasión: «Primo de Rivera... mà secondo di Mussolini», comentó algún gracioso... Pero años antes, el futuro falangista Rafael Sánchez Mazas, corresponsal de ABC en Roma, no había ocultado su entusiasmo por el resultado inapelable de la Marcia su Roma y días después, el 3 de noviembre de 1922, infería sugerentes conclusiones españolas del episodio italiano:

Un partido político —cuyo jefe venía del arroyo radical— alegraba este mediodía de 1922 con un ¡viva el rey! clamoroso y sabía montar a caballo. El fascismo —dijimos— ha ganado definitivamente. Los partidos a caballo han ganado siempre, ganan siempre y siempre ganarán. Por andar a caballo —que es como decir a paso gentil y a paso heroico— un puñado de españoles ganó el Imperio de los incas y el Imperio de los aztecas. Los pobres indios les creyeron hombres maravillosos. Pues ese mismo experimento acaban de repetir los fascistas con el espeso y tupido socialismo italiano de 1922 [...]. Caballo y rey han cantado «las cuarenta» a todo un naipe oscuro de demócratas, de socialistoides, de politicantes, de memos seudocontemporáneos, de crédulos, de antipatriotas y de toda la banda averiada que Italia ha padecido cincuenta años y ha hecho padecer, como engañabobos, a Españas de Ferrer y a Francias de Dreyfus.5

No deja de ser significativo que escritores de formación liberal, pero que sufrían aquel síndrome de posguerra, se expresaran con comprensión ante los hechos de Italia, sin hacer demasiado caso de los golpes de manganello o las dosis de aceite de ricino aplicadas a los disidentes por parte de los squadristi. Fue el caso de Juan Chabás, que vivió en Génova como lector de español en la universidad y que publicó un volumen, Italia fascista, en la Barcelona de 1928, donde reconoció que «el fascismo —Mussolini— ha conseguido infundir en la Italia contemporánea ese heroísmo, ese arriesgado amor a la vida que es tanto como amor del peligro y que produce la más alta tensión del espíritu, la más inquieta y violenta juventud», lo que no dejaba de glosar el famoso lema nietzscheano del movimiento, vivere pericolosamente, y evocar la primera invocación de su himno, giovinezza, giovinezza.6 Un concienzudo archivero y notable ensayista, que también viajó por Italia y casó con una italiana, el malogrado Ángel Sánchez Rivero, se expresó acerca del fascismo en estos ambiguos términos que dejó escritos en Revista de Occidente:

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9788490565797
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