Read the book: «Jesús explicado hoy»
EDICIONES RIALP, S.A.
MADRID
© 2016 by JOSÉ BENITO CABANIÑA
© 2016 by EDICIONES RIALP, S.A.
Colombia, 63, 28016 Madrid
(www.rialp.com)
Imagen de cubierta: © Photoaisa
Rembrandt (1606-1669), Cristo y la Samaritana en las ruinas (1634).
Museo del Petit Palais, París (Francia).
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN: 978-84-321-4699-2
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
«Tú, hombre, debes reconocer qué eras, dónde estabas y a quién estabas sometido; eras una oveja perdida, estabas en un lugar desierto y árido, te alimentabas de espinas y de maleza; estabas confiado a un asalariado que, al llegar el lobo, no te protegía. Ahora, en cambio, has sido buscado por el verdadero pastor que, por tu amor, te ha cargado sobre sus hombros, te ha llevado al redil que es la casa del Señor, la Iglesia: aquí es Cristo tu pastor y aquí han sido reunidas las ovejas para morar juntas. […]Tu pasto es la Palabra de Dios, y sus mandamientos son los dulces campos donde te apacienta» (san Agustín, Sermón 366, 3).
«Un territorio ocupado por el enemigo: eso es lo que es este mundo. El cristianismo es la historia de cómo llegó aquí el verdadero rey, disfrazado, si queréis, y nos convocó a todos para tomar parte en una gran campaña de sabotaje» (C. S. Lewis, Mero cristianismo, p. 62).
PRESENTACIÓN
En los últimos años, he tenido que preparar para el Bautismo a algunas personas adultas que, después de recibir un “toque” extraordinario de la gracia de Dios, deseaban conocer a Jesucristo para establecer una relación personal con Él y entrar en la Iglesia católica.
La mayoría de estas personas no sabían nada de Jesús. Durante un tiempo estuve buscando algún libro que pudiera servirles, a ellas y a mí, como guía, durante el período de formación previa al Bautismo. Encontré muchos libros y muy buenos sobre Jesús y sobre la fe católica, pero todos ellos daban por supuesto las nociones más elementales, precisamente las que esas personas necesitaban adquirir en primer lugar.
A la primera mujer que vino a pedirme ayuda para recibir el Bautismo empecé a hablarle de Jesús de Nazaret, la Persona que constituye el núcleo de nuestra fe. Enseguida me di cuenta de que ella no podía entender lo que le decía, pues no conocía nada sobre la historia de Israel, el pueblo elegido por Dios para darse a conocer y entrar en nuestro mundo. Pero incluso para situar la historia de Israel al alcance de aquella mujer, proveniente de un país lejano, tenía que buscar primero ese terreno común constituido por las inquietudes que compartimos todos los seres humanos. De ahí salieron las dos primeras partes del libro, indispensables para poder presentar a Jesús de Nazaret.
Mi propósito es explicar con un lenguaje asequible las realidades básicas que permiten encuadrar a Jesús de Nazaret, nuestro Salvador. Las explicaciones son sencillas, al alcance de todo el mundo. Las fuentes principales son: la Sagrada Escritura, contenida en la Biblia, que cito en la versión elaborada por la Conferencia Episcopal Española en el año 2010, y la Tradición custodiada por la Iglesia, que recibió de Jesús la misión de extender por el mundo lo que Él había hecho y enseñado.
Este libro no pretende abarcar todo lo que la Iglesia vive y enseña. Para eso está el Catecismo de la Iglesia Católica. Mi intención es proporcionar un encuadre general, de manera que quienes lo lean dispongan de las coordenadas básicas para situar en el lugar que les corresponde las enseñanzas que reciban sobre la Persona de Jesucristo.
Espero que este libro pueda ser de utilidad a todas las personas que quieran acercarse por primera vez a la Persona de Jesucristo resucitado, y también a los que necesiten un marco amplio de la fe católica que ya tienen y tratan de vivir, a fin de asimilar mejor lo que lean o escuchen acerca de Jesús y su Iglesia.
Barbastro, 22 de agosto de 2015
LISTA DE ABREVIATURAS DE LOS LIBROS DE LA BIBLIA
Génesis – Gn
Éxodo – Ex
Levítico – Lv
Números – Nm
Deuteronomio – Dt
Josué – Jos
Jueces – Jc
Rut – Rt
Samuel – 1 S, 2 S
Reyes – 1 R, 2 R
Crónicas – 1 Cro, 2 Cro
Esdras – Esd
Nehemías – Ne
Tobías – Tb
Judit – Jdt
Ester – Est
Macabeos – 1 M, 2 M
Job – Jb
Salmos – Sal
Proverbios – Pr
Eclesiastés (Qohélet) – Qo
Cantar de los Cantares – Ct
Sabiduría – Sb
Eclesiástico (Sirácida) – Si
Isaías – Is
Jeremías – Jr
Lamentaciones – Lm
Baruc – Ba
Ezequiel – Ez
Daniel – Dn
Oseas – Os
Joel – Jl
Amós – Am
Abdías – Ab
Jonás – Jn
Miqueas – Mi
Nahúm – Na
Habacuc – Ha
Sofonías – So
Ageo – Ag
Zacarías – Za
Malaquías – Ml
Mateo – Mt
Marcos – Mc
Lucas – Lc
Juan – Jn
Hechos de los apóstoles – Hch
Romanos – Rm
Corintios – 1 Co, 2 Co
Gálatas – Ga
Efesios – Ef
Filipenses – Flp
Colosenses – Col
Tesalonicenses – 1 Ts, 2 Ts
Timoteo – 1 Tm, 2 Tm
Tito – Tt
Filemón – Flm
Hebreos – Hb
Epístola de Santiago – St
Epístolas de Pedro – 1 P, 2 P
Epístolas de Juan – 1 Jn, 2 Jn, 3 Jn
Epístola de Judas – Judas
Apocalipsis – Ap
PARTE I.
LAS GRANDES PREGUNTAS
1. ORIGEN DE LAS RELIGIONES
A todos los hombres y mujeres, antes o después, nos vienen a la cabeza las “grandes preguntas”: ¿Quién ha hecho el universo: las estrellas, el sol, los planetas, la tierra, la luna? Y en la tierra, ¿quién ha hecho el mar, las plantas, las fuentes, los pájaros, los peces, los animales? ¿Quién me ha dado la vida, tan distinta de la que tienen los animales y las plantas? ¿Por qué puedo pensar y amar, y decidir qué hacer? ¿Quién me ha enseñado a distinguir lo que está bien y lo que está mal? ¿Cuál es la causa del mal y del dolor? ¿Quién ha puesto dentro de mí el ansia de ser feliz y de vivir siempre? ¿De dónde han salido las primeras personas humanas? ¿Qué va a pasar cuando muera: se acaba todo aquí… o hay otra vida después de la muerte?
Las religiones naturales de los pueblos primitivos surgen de la necesidad de encontrar alguna respuesta a esas grandes preguntas. Generalmente esas religiones naturales recogen leyendas antiguas que explican el origen del mundo y de los hombres. Esos relatos cuentan que existen unos dioses en el mundo o fuera de él, de los que salieron todas las cosas que vemos. Pero los hombres no solo estamos interesados en conocer nuestro pasado sino también nuestro futuro. Prácticamente todas las religiones naturales tienen ceremonias para los muertos que demuestran que creían en una vida después de la muerte, y establecen unas maneras propias de tener contentos a sus dioses, ofreciéndoles lo más valioso que poseen, como ganado o frutos del campo o incluso niños. Con estas prácticas, que se llaman “sacrificios”, tratan de evitar los fenómenos naturales que les hacen daño, como terremotos, tormentas que destruyen las cosechas, plagas, enfermedades, etc., porque piensan que proceden del enfado de los dioses con ellos. A veces esos dioses son elementos de la misma naturaleza, como el sol, la luna, los truenos, etc. Otras veces son personajes inmortales que viven en otro mundo y sus historias son explicaciones de las virtudes y de los vicios de los hombres.
La religión cristiana —que toma su nombre de Jesucristo— se distingue de esas religiones naturales porque su origen no está en los hombres, sino en el único Dios, que desea darse a conocer para que todas las personas puedan encontrar una respuesta verdadera a las grandes preguntas.
Si un día, de paseo por la ciudad, escuchamos una música de piano bien ejecutada que sale de una casa, lógicamente pensamos que allí vive un artista con una exquisita sensibilidad musical. Sin embargo, poco más podemos saber acerca de la persona que interpreta esa música que nos arrebata. El sonido de las notas no nos dice si el artista es un hombre o una mujer, ni si es joven o mayor, ni de qué color son sus ojos, ni qué carácter tiene, ni dónde ha nacido, ni a qué familia pertenece.
Todas las realidades materiales que podemos observar a nuestro alrededor, el universo, con las estrellas, los planetas, las puestas de sol, los amaneceres, el movimiento del mar, las migraciones de los pájaros, los sonidos de la naturaleza, son como una sinfonía de una belleza que impresiona. Cuando hemos tenido la oportunidad de estar en contacto con la naturaleza en un entorno especialmente hermoso, al captar la armonía de los colores de los árboles, los cantos de los pájaros y los perfumes de las flores silvestres, hemos sentido el deseo de conocer al Artista que las ha hecho. Sin embargo, lo único que podemos averiguar, cuando observamos la belleza de la naturaleza, es que su Autor tiene muy buen gusto, una inmensa inteligencia, mucho poder, y mucho amor hacia nosotros, los hombres, porque nos ha regalado todas esas maravillas. Pero nada más.
La ciencia, que tanto ha avanzado en los dos últimos siglos, puede responder a muchas preguntas sobre esas realidades que nos llenan de asombro: cómo es el suelo de la luna, a qué distancia están algunas estrellas, cuál es la velocidad de la luz, qué propiedades tienen los minerales que se encuentran en la tierra e incluso puede formular teorías bien fundamentadas sobre cómo empezó la expansión del universo. Pero la ciencia, con todo su prestigio, no puede responder a la primera de esas grandes preguntas: ¿Quién ha hecho y organizado todo esto? De todas formas, hay algo que la ciencia puede decir y no es poco importante: que todo esto no se ha hecho y organizado solo.
La belleza del mundo es la primera manera con la que Dios se nos da a conocer. Hoy en día, la mayor parte de la población mundial vive en ciudades. La luz de las farolas de las calles impide contemplar el firmamento por la noche. El asfalto ha tapado la tierra y, en muchas calles, las únicas plantas que podemos ver son las que encontramos en las tiendas de flores o en los invernaderos. Las luces de neón, la prisa, las imágenes virtuales que nos brindan el cine, la televisión y los móviles, nos han quitado la capacidad de descubrir la belleza que Dios nos ofrece gratuitamente en la naturaleza. Necesitamos recuperar la mirada de asombro de los niños ante las maravillas que suceden a su alrededor. Los niños no dan nada por supuesto. Para ellos todo es nuevo y sorprendente. Sus ojos se abren ante lo pequeño y lo grande, ante la mosca que se mueve en el cristal de la ventana y la nieve que pinta todo de blanco. Necesitamos unos ojos nuevos para mirar con asombro y una inteligencia aguda capaz de descifrar el mensaje que Dios ha grabado en sus obras. No es fácil leer ese mensaje divino escrito en la belleza de la naturaleza, quizá porque para leerlo, además de una inteligencia brillante hace falta un corazón limpio. Y nuestros corazones se manchan con facilidad, ya desde el comienzo de nuestra vida. Aquí asoma ahora la más complicada de las grandes preguntas: ¿Cuál es el origen del mal y del dolor? Cada día leemos en los periódicos noticias que nos estremecen: pueblos que tratan de eliminar a otros pueblos con matanzas horribles, como sucedió en Ruanda hace pocos años; guerras provocadas por personas o gobiernos que buscan conseguir riquezas naturales como petróleo, oro, diamantes, etc.; terremotos y maremotos, accidentes de barcos, aviones y coches, asesinatos, robos, violencia en las calles y en las casas, y un largo etcétera.
Por otro lado, están las enfermedades que causan la muerte rápidamente a miles de personas, como la malaria, el sida, el ébola y muchas más. Está también el sufrimiento de millones de seres humanos que no tienen lo necesario para alimentarse y necesitan salir de sus países para buscar lugares donde vivir con un mínimo de dignidad; y están esas miles de muertes producidas por el naufragio de barcos con emigrantes.
A toda esa oleada de catástrofes en la sociedad hay que añadir el mal que anida en cada corazón humano. ¿Quién no siente atracción hacia cosas que nos hacen daño porque ofrecen un momento de felicidad pero crean una dependencia que nos esclaviza, como el alcohol, la droga, la pornografía, el comercio sexual, etc.? ¿Qué se ha roto dentro de nosotros para que la ira o el orgullo o el afán de tener éxito o de dominar a los demás nos cieguen y nos empujen a usar la mentira y la violencia que nos envilecen y avergüenzan después, cuando nos calmamos? ¿Por qué usamos mal de nuestra libertad haciéndonos daño a nosotros mismos y a los demás? El que nos hizo, ¿se equivocó al fabricarnos o hemos sido nosotros los que hemos ensuciado su obra? ¿Cuándo y cómo ha sucedido esto?
Las respuestas a estas preguntas se han ido elaborando a lo largo de la historia de la humanidad, con valiosas aportaciones de diferentes culturas, trasmitidas al principio solo oralmente y más tarde por escrito. Muy recientemente, hace solo treinta y ocho siglos, un hombre llamado Abrán, natural de Ur, ciudad de Mesopotamia (el actual Irak), que vivía con su familia en Jarán, un pueblo de Siria, oyó un día a Dios que le llamaba para decirle: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12, 1-4).
En estas palabras, Dios le hace a Abrán tres promesas:
le dará una tierra y convertirá a su familia en una gran nación (Abrán descubrió pronto que esa tierra era Canaán, el actual Israel);
lo bendecirá y hará de Abrán un personaje importante, con la autoridad de un rey;
por medio de Abrán y del pueblo que él va a fundar, Dios traerá una bendición para todas las naciones del mundo.
Dios comienza su acercamiento a los hombres con la fundación del pueblo que sale de Abrán, que se llamará Israel. Así cumple la primera promesa hecha a Abrán, pues de sus descendientes forma un pueblo al que protege de manera especial y al que se da a conocer poco a poco, adaptándose a la mentalidad de sus gentes y haciendo con ellos unos acuerdos o pactos —llamados alianzas— en los que Dios se compromete a cuidarlos si ellos le obedecen.
Esta intervención de Dios junto a otras anteriores y posteriores, fueron transmitidas oralmente, en forma de relatos, de generación en generación hasta que, pasados muchos años, incluso siglos, hombres sabios las pusieron por escrito para que no se perdieran. Los autores de estos libros, escritos en diferentes épocas y lugares, con lenguajes, estilos y formas literarias diversas, recibieron una especial ayuda de Dios para que, a través de sus escritos, pudieran llegar hasta nosotros luces divinas que nos permitieran encontrar respuestas a las “grandes preguntas”. En estos libros, llamados Antiguo Testamento —aquí “testamento” equivale a “alianza”– se recogen viejos relatos llenos de sabiduría, inspirados muchas veces en otros mucho más antiguos, procedentes de distintos lugares, donde se cuenta el origen del mundo y de los hombres, y algunos acontecimientos que sucedieron antes de Abrán, con formas literarias propias de esas épocas, a las que no cabe exigir la precisión y exactitud con que se escribe ahora la historia. Los libros que componen el Antiguo Testamento, escritos en hebreo, arameo y griego, constituyen quizá el monumento literario más importante del mundo, por su belleza y, sobre todo, por su influencia. Precisamente en el primero de ellos, llamado Génesis, palabra griega que significa generación o nacimiento, podemos encontrar muchas respuestas a esas grandes preguntas que todos los hombres nos hacemos. Las tradiciones primordiales del Génesis, parecidas a las de otros pueblos que vinculan su origen al comienzo del universo, tratan sobre tres orígenes o nacimientos: del mundo, de los hombres y de Israel.
2. EL COMIENZO DEL MUNDO
«Al principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1). En el primer capítulo del libro del Génesis, Dios se nos da a conocer como el único y verdadero Dios. Dios es uno. No hay más dioses que Él. También nos enseña que todo lo que existe es obra suya. Antes de que Él hiciese todas las cosas, solo existía Dios. Este hacer cosas de la nada se llamar crear. Por eso a esta obra de Dios se la llama “creación”. Nosotros empleamos también la palabra creación para referirnos a algo que inventamos, como una obra de arte o un libro, pero todas las “creaciones” humanas necesitan contar con un material previo: papel, pluma, tinta, lienzo, pintura, mármol, etc. Solo Dios crea de la nada, pues llama a la existencia a esas obras suyas sin sacarlas de sí mismo ni de una materia previa. Eso es crear.
La palabra “cielo” no significa aquí el firmamento, sino el mundo espiritual, sobre todo los ángeles, que son espíritus sin cuerpo y, por tanto, invisibles, con inteligencia y voluntad. Los ángeles son los seres personales más perfectos que ha hecho Dios, y no mueren.
El relato de la creación del mundo visible está dividido en seis días. El sentido de la palabra “día” aquí es “período de tiempo”. En los primeros “días”, Dios crea un mundo apto para que puedan vivir en él los seres vivos: día y noche (tiempo); firmamento, mar, tierra (espacio). Después crea el sol y la luna, que marcan el tiempo del día y la noche; las aves y los peces que pueblan el firmamento y el mar; y al final, los animales y los seres humanos que viven en la tierra.
Dijo Dios: «“Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años, y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra”. Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas» (Gn 1, 14-16). Así aclara el autor sagrado que ni el sol ni la luna son dioses, sino algo que Dios ha creado.
Después de crear cada una de esas cosas, el Génesis añade: «Y vio Dios que era bueno». Todo lo que Dios ha creado —la luz, el firmamento, el mar, la tierra, la hierba, las plantas y los árboles, el sol, la luna y las estrellas, los peces y los pájaros y todos los animales— es bueno. Dios quiere, de este modo, quitar el miedo que los hombres antiguos sentían ante las fuerzas de la naturaleza a las que consideraban dioses malos.
3. LA CREACIÓN DEL HOMBRE Y DE LA MUJER
El libro del Génesis recoge dos relatos para explicar cómo Dios hizo al hombre y a la mujer. Los seres humanos son lo último y lo más valioso de toda la obra creadora de Dios. Estos relatos contienen enseñanzas profundas sobre nosotros: quién nos ha dado la vida, de qué manera, cómo somos y para qué nos ha hecho Dios.
«Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra”. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gn 1, 26-27). Si un día vemos una escena o una persona que nos gusta y queremos recordarla, hacemos una foto o pintamos un cuadro que representa esa escena o a esa persona. Así, cada vez que vemos la imagen que hemos fotografiado o pintado, nos ponemos mentalmente en relación con esa escena o esa persona. Una imagen, por tanto, sirve para ponerme en contacto con la realidad que representa. Cuando la Biblia dice creó Dios al hombre a su imagen, nos está enseñando que Dios creó al hombre de manera que pudiera establecer una relación personal con Dios. En esto está la grandeza del hombre, lo que lo sitúa por encima de los demás seres. Además, Dios le confió el cuidado de los demás seres visibles para que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra.
En el libro del Génesis se dice más adelante que «Adán tenía ciento treinta años cuando engendró un hijo a imagen suya, a su semejanza y lo llamó Set» (Gn 5, 3). Todos los hombres somos hijos de Dios, porque Dios nos creó a su imagen y semejanza. Y si tenemos a Dios como Padre común, todos somos hermanos. Un hijo es semejante a su Padre porque se parece a él. ¿En qué nos parecemos los hombres a Dios? ¿Qué tenemos en común con Dios? Dice el Génesis: «El Señor Dios se dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle a alguien como él, que le ayude”». El ser humano está hecho por Dios para amar y por eso necesita a alguien semejante a él, a quien poder amar, darse. Los cristianos sabemos que Dios es Amor porque nos lo enseñó Jesucristo. Y las personas humanas podemos ponernos en relación con Dios precisamente porque Dios nos ha creado para amar y ser amados.
Dios crea al hombre a su imagen, es decir, le da capacidad de ponerse en relación con Dios y lo hace a su semejanza, para que se relacione con Dios como un hijo con su Padre, es decir, de forma amorosa. Dios da a Adán una compañera, otro ser humano con un cuerpo distinto, pero con la misma dignidad que Adán. «Entonces el Señor Dios hizo caer un letargo sobre Adán, que se durmió; le sacó una costilla, y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios formó, de la costilla que había sacado de Adán, una mujer, y se la presentó a Adán. Adán dijo: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será ‘mujer’, porque ha salido del varón”» (Gn 2, 18, 21-24). Y esta igualdad se ve en esa breve narración donde se muestra a Dios fabricando a la mujer del mismo material que hizo a Adán. Los primeros seres humanos que Dios crea son un hombre y una mujer, y de esta primera pareja de personas procedemos todos nosotros.
Además de enseñarnos que los seres humanos estamos hechos para amar —solo así somos felices—, que Dios creó al principio una sola pareja y que el hombre y la mujer tienen la misma categoría porque los dos son personas humanas, el Génesis dice: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo» (Gn 2, 7). Hasta este momento, el libro del Génesis ha narrado cómo Dios creaba todas las cosas con su palabra. Ahora, cuando describe la creación del hombre, el narrador parece acercarse a la escena con un “zoom”, puesto que presenta a Dios modelando con sus manos una figura de barro. Así expresa la Biblia dos verdades sobre el ser humano: por un lado, nuestro cuerpo está hecho del mismo “material” que los animales, y por eso tenemos elementos comunes a ellos; pero estamos a otro nivel: entre los demás seres y nosotros hay una distancia inmensa. El Génesis explica esta diferencia cuando dice: «Dios insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo». Todos los seres vivos tienen un cuerpo y un principio de vida que llamamos alma. Pero los seres humanos tenemos además “el aliento de Dios”, que llamamos espíritu. Somos carne y espíritu unidos. Pero nuestro espíritu no se destruye cuando el cuerpo muere, como les sucede a los animales y a las plantas, sino que vive para siempre.
«Dios los bendijo (al hombre y a la mujer) y les dijo Dios: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla”» (Gn 1, 28). Estas palabras se entienden mejor si se leen a la luz de otras que dice un poco más adelante: «Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gn 2, 24). Dios no destina al hombre y a la mujer para que se reproduzcan como los animales, sino que los bendice para que por amor decidan libremente unir sus vidas para fundar una alianza amorosa, permanente y fecunda: el matrimonio. Así se forma una familia, ámbito adecuado para que puedan nacer y desarrollarse como personas los hijos que nazcan como fruto de su unión en “una sola carne”. Más adelante, cuando Jesucristo nos dé a conocer que por ser Dios Amor, es Uno en tres Personas, veremos que en la familia fundada en la unión de un hombre y una mujer bendecidos por Dios en el matrimonio, se refleja Dios.
«Y habiendo concluido (Dios) el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó» (Gn 2, 1-4). De una manera sencilla, para que todos los hombres lo entiendan, la Biblia nos muestra que toda la obra creadora de Dios está dirigida hacia el día séptimo, el último y más importante día de la semana porque Dios lo ha bendecido y consagrado. Ese día, por tanto, el hombre debe descansar de su trabajo y dedicarse a adorar a Dios. Adorar es alabar a Dios, reconocer que Él nos ha hecho y que, por tanto, es nuestro Amo, nuestro Señor, porque todo lo que somos y tenemos es fruto de su amor por nosotros. Adorar a Dios es manifestarle nuestro agradecimiento por la grandeza y belleza de toda la creación, que Él ha hecho para nosotros. La adoración a Dios, que se expresa también con el cuerpo, inclinándonos o doblando nuestras rodillas, nos ayuda a descubrir nuestra verdad más profunda: que venimos de un Dios que nos ama. Para todos los hombres, adorar a Dios es lo primero. Si falta la adoración a Dios, el hombre se pierde.
4. EL ORIGEN DEL MAL
«Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín y el árbol del conocimiento del bien y del mal. (…) El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara. El Señor Dios dio este mandato al hombre: “Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir”» (Gn 2, 8-10, 15-18). La imagen de un jardín maravilloso describe el mundo en el que Dios pone a los dos primeros seres humanos. Era un mundo lleno de unidad y belleza, como una casa acogedora que calienta y alimenta, sin peligros ni amenazas. Dios confía este mundo al hombre, no para que lo explote a su gusto como si fuese su propiedad personal, sino para que lo cuide y lo cultive. El trabajo se presenta aquí como la invitación de Dios para que el hombre colabore con Él, de forma agradable, en la tarea de conservar la creación. En este relato, al plasmar la familiaridad entre Dios y las dos primeras personas humanas, se respira un ambiente de bondad, de fiesta. El dominio que Dios les concede sobre toda la creación sugiere que dentro de ellos había una armonía que nos resulta difícil imaginar ahora.
Respecto a la prohibición de comer del árbol del bien y del mal, en el lenguaje de la Biblia es frecuente emplear dos realidades opuestas para expresar la totalidad; por ejemplo, “entrar y salir” quiere decir “vivir”. “Conocer el bien y el mal” puede significar conocer todo, pero esto es solo propio de Dios. Lo que Dios les prohíbe, por tanto, es que intenten reemplazar a Dios o “ser como Dios”. El hombre y la mujer son y siempre serán criaturas, es decir, seres dependientes de Dios. Dios les había dado la vida y, con ella, un espíritu inmortal, para que pudieran conocer el bien y el mal, no inventarlo. Ellos no eran Dios, por muy perfectos que Dios los hubiese hecho y por muy altos que los hubiera colocado en el mundo. La libertad del hombre tiene un límite, que él debe respetar: Dios y sus mandatos.
«La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Con que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?”. La mujer contestó a la serpiente: “Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: ‘No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis’ ” . La serpiente replicó a la mujer: “No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal”» (Gn 3, 1-6). La serpiente es imagen del ángel Satán —palabra hebrea que significa “enemigo”—, que habiendo sido creado bueno por Dios, se rebeló con otros ángeles contra su Creador y escogió separarse para siempre de Dios. Este ser, llamado también demonio o diablo, actúa movido por su odio a Dios e intenta apartar a los hombres de Dios. Es espíritu sin carne y tiene mucho poder porque conserva la inteligencia que Dios le dio. Por eso el relato del Génesis califica a la serpiente de “astuta” y la Biblia llama al demonio “padre de la mentira” y “homicida desde el principio”, porque incitó con engaño a Adán y Eva a rebelarse contra su Creador, y por eso perdieron su verdadera “vida”, que era la relación amorosa con Dios.
«Y (la serpiente) dijo a la mujer: “¿Con que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?”» (Gn 3, 2). Con esta pregunta insidiosa, que deforma la verdad —ya que Dios no les había dicho eso— el diablo busca destruir la confianza en Dios de nuestros primeros padres y sembrar en ellos la sospecha contra la bondad de Dios. En el fondo, quiere cambiar la idea que tienen de Dios, presentándolo como enemigo de la libertad del hombre, porque no les deja comer de los árboles del jardín. Y aunque la mujer le aclara a la serpiente que no es verdad lo que pregunta, sin embargo, el veneno de la sospecha contra Dios ya está sembrado en el corazón de Adán y Eva. Desde ese momento, comienzan a ver a Dios no como un Padre amoroso que les ha regalado todo y los ha puesto en la cima de la creación visible, sino como alguien que molesta porque pone límites a su libertad.
Una vez preparado el terreno, el diablo se lanza abiertamente a engañar a Adán y Eva, presentando a Dios como mentiroso y envidioso de la felicidad de los hombres: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal» (Gn 3, 4-6). La serpiente les confirma que, si desobedecen a Dios, no solo no morirán sino que “serán como Dios”. En estas últimas palabras está la fuerza del anzuelo tentador: “Seréis como Dios”, es decir, ya no dependeréis de nadie, vuestra libertad no tendrá ninguna limitación, podréis hacer lo que os dé la gana. En el fondo, lo que atrae al hombre es no depender de nadie, pero esto equivale a dejar de ser lo que es, criatura. El diablo le presenta el pecado, que es desobediencia y rebelión contra Dios, como una liberación de los límites propios de su condición de creatura, que ahora ven como una atadura insoportable.
«Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, Adán y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín» (Gn 3, 6-9). El diablo es un mago en el arte de deformar la realidad y así hace que lo que nos daña —la rebelión contra Dios— aparezca a nuestros ojos como algo atractivo y apetecible. Aquí se describe magistralmente la tentación, esa manipulación de la mentira que hace el demonio para que la veamos como una promesa de felicidad: seréis como dioses. Pero las cosas son como son y esta rebelión de nuestros primeros padres contra Dios produjo unos efectos terribles que llegan hasta nosotros.
Al romper la relación filial que tenían con Dios, se destruyó la armonía que había dentro de ellos. Desde entonces, nuestra razón ya no tiene tanto dominio sobre nuestros sentidos como antes del primer pecado. Desde pequeños, todos tenemos esta experiencia: a veces nos apetecen cosas que nos hacen daño como comer o beber demasiado, vengarnos de alguien que nos ha tratado mal, usar la violencia para arreglar un problema, etc. La desobediencia a Dios ha provocado que, dentro de nosotros, los sentidos y las apetencias también desobedezcan a nuestra razón. Y esto es lo que expresan estas palabras del Génesis: «descubrieron que estaban desnudos» (Gn 3, 7). Antes de narrar la primera caída de nuestros primeros padres, el Génesis dice: «Los dos estaban desnudos, Adán y su mujer, pero no sentían vergüenza uno del otro» (Gn 2, 25). Después del pecado sienten vergüenza porque sus ojos y su corazón no están limpios y, al mirarse mutuamente, les cuesta vencer el egoísmo de buscar la propia satisfacción en la unión amorosa. El problema no está en la desnudez del cuerpo humano sino en los deseos que suscita el mirarlo con un corazón manchado.
«El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás?”. Él contestó: “Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí”. El Señor Dios le replicó: “¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?”. Adán respondió: “La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí”. El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?». La mujer respondió: “La serpiente me sedujo y comí”» (Gn 3, 9-14). Adán y Eva ahora sienten miedo de Dios y por eso se esconden de su vista. Y, por cómo Adán acusa a su mujer, se nota que también algo se ha roto entre ellos.
«“El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón”» (Gn 3, 14-16). Es sorprendente que Dios, al castigar a la serpiente, símbolo del diablo, prometa ya, aunque de manera velada, la llegada de un Salvador: un descendiente de la primera mujer que aplastará la cabeza del Tentador, es decir, lo vencerá y le quitará el dominio que había adquirido sobre los hombres, debilitados ahora por su alejamiento de Dios a causa del pecado. Este es el primer anuncio de la venida de Jesucristo, nuestro Salvador, a la tierra.
A continuación, el Señor Dios va señalando las consecuencias del primer pecado: los dolores del parto para la mujer; la tendencia del hombre a dominar a la mujer; la fatiga que comporta desde entonces el trabajo; las dificultades para cultivar la tierra, porque también se ha trastocado la armonía que había entre el hombre y las demás criaturas, y finalmente la muerte, «pues eres polvo y al polvo volverás» (Gn 3, 19).
Adán y Eva habían recibido unos regalos que estaban por encima de lo natural —la amistad con Dios, la condición de hijos de Dios y otros privilegios como el de no morir— no solamente para ellos dos, sino para todos sus descendientes, ya que el género humano forma como un cuerpo, donde sus miembros están unidos y lo que le sucede a uno repercute en los demás. Por eso todos los hombres heredamos las consecuencias del primer pecado de Adán y Eva, como hubiéramos heredado sus privilegios si ellos no se hubiesen rebelado contra Dios. Aunque sabemos que al nacer todos recibimos esos efectos del pecado, no podemos explicar cómo se transmite ese pecado desde Adán y Eva a nosotros. Desde luego, en Adán y Eva, su pecado es diferente que en nosotros, porque para ellos fue un pecado personal, pero para nosotros no. Ellos lo cometieron, nosotros lo contraemos al ser engendrados. Es como si alguien fabrica un virus peligroso y se infecta con él al manipularlo. Pero una vez fabricado, ese virus pasa a sus descendientes. Estos no son responsables pero lo padecen, están infectados. Se llama “pecado original” a ese “virus” que rompe nuestra armonía interior y con los demás seres racionales, que procede no de un pecado personal nuestro sino de un pecado “personal” de nuestros primeros padres, y que está en la base de nuestros “pecados personales”. El pecado original es un “estado” —nacemos “infectados”—, no un acto, como fue en Adán y Eva.
El pecado de Adán y Eva cortó las relaciones de amistad de nuestros primeros padres con Dios y, por eso, en esta primera familia del mundo se empezaron a manifestar las consecuencias de esta separación de Dios: Caín, uno de los hijos de Adán y Eva, mató por envidia a su hermano Abel. Después, con el paso del tiempo, el corazón de los hombres se corrompió de tal forma que la tierra se llenó de violencia. La Biblia cuenta que entonces llovió intensamente durante cuarenta días, la tierra se inundó y murieron todos sus habitantes, salvo un hombre justo, Noé, al que Dios prometió que nunca más volvería a suceder algo semejante, y como señal de su promesa hizo salir un magnífico arco iris en aquel lugar. Noé tuvo tres hijos, Sem, Cam y Jafet. Con el paso del tiempo, los hombres perdieron la memoria del único Dios verdadero que les había creado y comenzaron a adorar al sol, la luna, las estrellas, a los grandes ríos e incluso a las cimas de las montañas. Pasados muchos años, de uno de los descendientes de Sem, llamado Teraj, nació Abrán, un hombre al que Dios se dio a conocer y al que guio para fundar un pueblo, Israel, en el que Dios iba a cumplir la promesa de salvar a los hombres, que había hecho después del pecado de Adán y Eva.
PARTE II.
DIOS SALE AL ENCUENTRO DE LOS HOMBRES
5. LA HISTORIA DE LOS PATRIARCAS
La llamada de Dios a Abrán, en el siglo XVIII antes de Cristo, es la entrada de Dios en la historia humana. Dios se da a conocer a Abrán como el único y verdadero Dios y le pide que salga de su tierra y se ponga en camino hacia un país que Él le indicará. Para animarle a obedecer, Dios promete a Abrán que será padre de una nación. Abrán cree a Dios y se pone en camino desde Jarán, en Mesopotamia, hasta la tierra de Canaán, al sur, la tierra que hoy ocupan Israel, Jordania, Líbano y Siria. Una vez llegado a Canaán, Dios fortalecerá la fe de Abrán poniéndola a prueba varias veces. Primero le confirma con palabras solemnes la promesa que le había hecho antes de salir de casa de su Padre: «Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tus descendientes para siempre. Haré a tus descendientes como el polvo de la tierra: el que pueda contar el polvo de la tierra podrá contar a tus descendientes. Levántate, recorre el país a lo largo y a lo ancho, pues te lo voy a dar» (Gn 13, 15-18).
En su relación con Abrán, Dios se adapta a los usos y costumbres de la época. En aquellos tiempos, cuando dos reyes querían firmar un pacto o acuerdo para fundar una alianza entre ellos, ofrecían a Dios unos animales —terneros, corderos, etc.—, los mataban, los partían por la mitad y ponían una parte frente a la otra. Después pasaban por en medio para expresar de una manera simbólica que, si no cumplían ese pacto, los partiesen a ellos también por la mitad como ellos habían hecho con esos animales ofrecidos a Dios. Y Dios, para sellar su alianza con Abrán, le mandó ofrecer el sacrificio de un ternero, una cabra, un cordero, una tórtola y un pichón, y que los partiera por la mitad. Al anochecer, una antorcha ardiente pasó por la mitad de esos animales y Dios prometió a Abrán: «A tu descendencia le daré esta tierra» (Gn 15, 18). Y poco después, Dios confirmó esa alianza con Abrán en los siguientes términos: «Por mi parte, esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán (padre de multitudes), porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti, y reyes nacerán de ti. Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios…
»Por tu parte, (…) esta es la alianza que habéis de guardar: sea circuncidado todo varón entre vosotros. Os circuncidaréis la carne del prepucio y esa será la señal de mi alianza con vosotros. A los ocho días de nacer serán circuncidados todos los varones de cada generación» (Gn 17, 4-13).
Pero Abrahán tenía una pena: Sara, su mujer, no le había dado hijos y ahora los dos eran mayores. ¿Cómo iba Dios a hacerle padre de un pueblo tan numeroso, si no tenía un hijo? A pesar de todo, Abrahán confía en Dios y le cree cuando al cabo de un tiempo se le aparece en forma de tres viajeros junto a la encina de Mambré y le dice: «Cuando yo vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo» (Gn 18, 10). Y efectivamente, «Sara concibió y dio a Abrahán un hijo en su vejez, en el plazo que Dios le había anunciado. Abrahán llamó Isaac al hijo que le había nacido, el que le había dado Sara» (Gn 21, 2-4).
Cuando Isaac creció y se convirtió en un muchacho, Dios «puso a prueba a Abrahán. (…) Dios dijo: “Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré”» (Gn 22, 1-3). Abrahán hizo lo que el Señor le ordenó, pero cuando iba a matar a su hijo escuchó la voz de un ángel: «No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo» (Gn 22, 12). Y el Señor confirmó a Abrahán sus promesas: «Por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa. (…) Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz» (Gn 22, 16-18).
La Biblia narra que Isaac se casó con Rebeca, hija de un lejano pariente de Abrahán llamado Betuel. Rebeca no lograba engendrar hijos. Isaac pidió a Dios que le concediese un hijo y, cuando llevaban veinte años casados, Dios atendió su petición y nacieron dos hijos: Esaú y Jacob. Entre estos dos hermanos surgió una enemistad grande porque el pequeño, Jacob, consiguió mediante un engaño que su padre Isaac le transmitiese los derechos que correspondían al primogénito Esaú. Antes, Esaú había vendido sus derechos a su hermano por un plato de lentejas. Jacob tuvo que huir de Esaú. Desde Canaán, donde vivían los dos hermanos, se puso en camino y, al llegar la noche, se detuvo y durmió con la cabeza apoyada sobre una piedra. La Biblia cuenta que, mientras dormía, vio una escalera que, desde la tierra, llegaba hasta el cielo y por ella bajaban y subían los ángeles de Dios. En lo alto estaba Dios, que dijo a Jacob: «Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás a occidente y a oriente, a norte y sur; y todas las naciones de la tierra serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré dondequiera que vayas, te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido» (Gn 28, 13-16). Al despertarse, Jacob llamó a aquel lugar Betel, que significa “casa de Dios”.
Siguió Jacob su camino y se dirigió al norte, hacia Jarán, de donde había salido su abuelo Abrahán. Allí vivía su tío Labán, al que sirvió muchos años. Jacob tomó como esposas a las dos hijas de Labán, Lía, la mayor, que le dio diez hijos, y Raquel, la menor, de la que tuvo dos hijos, José y el más pequeño, Benjamín, en cuyo parto murió Raquel. Veinte años después de llegar a Jarán, Jacob se puso en camino con toda su familia y regresó a Canaán para reconciliarse con su hermano Esaú. Los dos hermanos se abrazaron y Jacob se estableció en Betel, donde había tenido el sueño de la escalera que unía el cielo y la tierra.
Jacob tenía predilección por su hijo José, el primero que le había dado su esposa Raquel, de la que estuvo siempre enamorado, y un día le regaló una túnica especial. Este regalo y unos sueños que tenía José, donde siempre aparecía dominando a los demás, pusieron a sus hermanos contra él. Un día, Jacob envió a José a buscar a sus hermanos, que pastoreaban su ganado en Siquén. Al verlo venir, primero planearon matarlo, pero después de bajarlo a una cisterna seca, lo vendieron a una caravana de comerciantes que se dirigían a Egipto. Al llegar a este país, José, que era esclavo, fue comprado por Putifar, jefe de la guardia del Faraón. José se ganó enseguida el reconocimiento de su amo por sus cualidades y pasó a vivir en casa de Putifar porque este lo nombró administrador de su hacienda. La mujer de Putifar intentó seducir a José, pero él se resistió y, como consecuencia, ella acusó a José de haber querido forzarla. José fue encerrado en la cárcel y allí se hizo amigo de dos funcionarios del Faraón, a los que interpretó un sueño que se cumplió tal como José había predicho.
Una noche, el faraón tuvo dos sueños que lo dejaron preocupado porque no sabía qué sentido tenían y nadie pudo interpretarlos. Uno de los funcionarios que había estado en la cárcel con José, lo recomendó al faraón, que lo mandó llamar para que le interpretara los sueños. José se los describió al faraón —siete vacas hambrientas devoraban a siete vacas gordas, y siete espigas raquíticas devoraban a siete espigas lozanas— y le desveló su significado: vendrían siete años de abundancia y grandes cosechas y luego siete años de escasez y hambre. El faraón premió la sabiduría de José nombrándole virrey de Egipto, el puesto más importante después del Faraón.
José, durante los años de prosperidad, hizo acopio de grano de trigo de tal modo que, cuando llegaron los años de sequía y faltó el grano, todos los pueblos de alrededor acudían a comprar grano a Egipto. Allí envió también Jacob a sus hijos, los hermanos de José, a buscar trigo. José los reconoció, pero ellos no lo reconocieron a él. Así, poco a poco se fue informando de la situación de su padre y sus hermanos en Canaán, hasta que en uno de los viajes se dio a conocer e invitó a sus hermanos a instalarse en Egipto, donde el faraón les dio tierras en la zona de Gosen, al norte. Jacob bajó con su familia a Egipto y habitó allí los últimos años de su vida. Antes de morir, bendijo a sus doce hijos, que fueron los jefes de las doce tribus de Israel, el pueblo elegido. Al bendecir a su hijo Judá, lo constituyó jefe de la familia con unas palabras proféticas con las que anunció la llegada del Salvador: «No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos» (Gn 49, 10). La muerte de Jacob se sitúa en el siglo XVII antes de Cristo. Sus descendientes crecieron y se multiplicaron en Egipto durante cuatrocientos años, hasta que subió al trono un Faraón que vio con malos ojos la prosperidad de los israelitas porque temió que llegasen a ser más numerosos y poderosos que los egipcios. Para evitarlo, los convirtió en esclavos y los empleó en la construcción de las ciudades de Pitón y Ramsés. Además, ordenó a las comadronas que cuando naciese un varón hebreo lo arrojasen al Nilo.
6. HISTORIA DE MOISÉS
La Biblia cuenta que una mujer israelita tuvo un hijo varón, lo ocultó en su casa durante tres meses y después lo metió en una cesta y lo depositó entre los juncos a orillas del Nilo. La hija del faraón descubrió a este niño, lo adoptó y le puso el nombre de Moisés, que significa “salvado de las aguas”. Moisés fue educado como un príncipe en la corte del faraón, pero al llegar a la mayoría de edad tuvo que huir de Egipto porque mató a un egipcio que estaba pegando a un hebreo, y este suceso llegó a conocimiento del faraón. Moisés se refugió en Madián, una zona situada al oeste de la actual Arabia, y fue acogido por un hombre llamado Jetró. Allí se casó con Séfora, hija de Jetró, y se dedicó a cuidar el ganado de su suegro.
El relato nos cuenta que un día, cuando pastoreaba las ovejas en el monte Horeb, vio Moisés una zarza que ardía pero no se consumía y, llevado por su curiosidad, se acercó para ver ese prodigio. Antes de llegar a donde estaba la zarza ardiente, oyó la voz de Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es lugar sagrado. Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra sus opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel. (…) Ahora marcha, te envío al faraón para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel» (Ex 3, 5-11).
Moisés se llenó de temor ante la misión que Dios le confiaba, pero el Señor lo ayudó a aceptarla prometiéndole que estaría siempre con él y anunciándole que en ese mismo monte, el Horeb, el pueblo de Israel daría culto a Dios. Cuando Moisés preguntó a Dios cuál era su nombre, el Señor le contestó: «Yo soy el que soy; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros» (Ex 3, 14). Además, Dios le encomendó que reuniera a los jefes de Israel y les dijera que se le había aparecido el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, porque quería sacar a los israelitas de Egipto. Después, tendría que presentarse ante el Faraón y pedirle que dejara salir al pueblo de Israel al desierto para ofrecer un sacrificio a Dios. Y añadió: «Yo sé que el rey de Egipto no os dejará marchar ni a la fuerza; pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con prodigios que haré en medio de él, y entonces os dejará marchar» (Ex 3, 19-21). A Moisés le costaba creer que los jefes de Israel le hicieran caso y el Señor hizo varios milagros para convencerlo. Finalmente, Moisés le dijo a Dios que él no tenía facilidad de palabra y el Señor le dio a su hermano Aarón para que fuese su portavoz. Cuando Moisés salía de Madián, el Señor le mandó que dijera al faraón: «Así dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito. Yo te digo: Deja salir a mi hijo para que me dé culto. Si te niegas a dejarlo salir, yo daré muerte a tu hijo primogénito» (Ex 4, 22-23). Al llegar a Egipto, Moisés reunió a los ancianos de Israel y les contó que el Señor le había confiado la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto para llevarlo a una tierra que mana leche y miel.
7. LA PRIMERA PASCUA
Moisés y Aarón, conforme les había ordenado Dios, se presentaron ante el faraón para pedirle que permitiese al pueblo de Israel caminar tres días por el desierto para ofrecer un sacrificio al Señor. El faraón les negó esa petición y, además, endureció aún más las condiciones de trabajo de los israelitas. Moisés y Aarón, guiados por el Señor, se presentaron de nuevo ante el faraón para reiterarle su petición, realizando delante de él algunos prodigios y, como el faraón no cedía, Dios ordenó a Moisés que tocase con su bastón las aguas del Nilo y estas se convirtieron en sangre. Murieron todos los peces y el pueblo pasó sed. Esta fue la primera de las diez plagas con las que Dios castigó la obstinación del faraón. Después de cada una de ellas siempre sucedía lo mismo: el faraón cedía si se acababa la plaga, pero, al terminarse esta, volvía a negarle el permiso para salir de Egipto. Entonces el Señor informó a Moisés de la última y definitiva plaga, tras la cual, el Faraón les dejaría salir de Egipto: «Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto» (Ex 12, 12).
Dios ofreció a su pueblo, por medio de Moisés, la manera de salvar esa noche a sus hijos primogénitos de la muerte: «Escogeos una res (cordero) por familia e inmolad la Pascua. Tomad un manojo de hisopo, mojadlo en la sangre del plato y untad de sangre el dintel y las dos jambas; y que ninguno de vosotros salga por la puerta de casa hasta la mañana siguiente. El Señor va a pasar hiriendo a Egipto, pero cuando vea la sangre en el dintel y las jambas, el Señor pasará de largo y no permitirá al exterminador entrar en vuestras casas para herir» (Ex 12, 21-24).
Esta fue la primera Pascua, el primer “Paso del Señor”. Y el faraón, al fin, cedió: «El faraón llamó a Moisés y Aarón de noche y les dijo: “Levantaos, salid de en medio de mi pueblo, vosotros con todos los hijos de Israel, id a ofrecer culto al Señor, como habéis pedido. Llevaos también las ovejas y las vacas, como habéis dicho; marchad y rogad por mí”. Los egipcios urgían al pueblo para que saliese cuanto antes de la tierra, pues decían: “Moriremos todos”. El pueblo recogió la masa sin fermentar y, envolviendo las artesas en mantas, se las cargaron al hombro» (Ex 12, 31-35). Por tener que salir tan de prisa de Egipto, los israelitas no tuvieron tiempo de esperar a que fermentara el pan y por eso lo cocieron sin levadura. El Señor Dios, que había velado esa noche para sacar a su pueblo de Egipto, mandó a los israelitas que, cada año, en la misma fecha en que los había liberado de la esclavitud, velasen también ellos sacrificando un cordero macho de un año, sin defecto, asándolo y comiéndolo de esta manera: «la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano» (Ex 12, 11).
Desde entonces, los israelitas reviven este acontecimiento de salvación, siguiendo las indicaciones del Señor: «Esa noche comeréis la carne (del cordero) asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas. (…) Y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor» (Ex 12, 8.11). La fiesta de la Pascua —su fiesta más importante— dura una semana, en la que comen pan ázimo, sin fermentar. Además, para recordar y agradecer a Dios la liberación de sus primogénitos de la muerte, el Señor les ordenó que le consagraran todos sus primogénitos, tanto de hombres como de animales. «Y cuando el día de mañana tu hijo te pregunte: “¿Qué significa esto?”, le responderás: “Con mano fuerte nos sacó el Señor de Egipto, de la casa de esclavitud. Como el faraón se había obstinado en no dejarnos salir, el Señor dio muerte a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde el primogénito del hombre al del ganado. Por eso yo sacrifico al Señor todo primogénito macho del ganado. Pero a los primogénitos de los hombres los rescato”» (Ex 13, 14-16).
La Pascua judía fue una preparación para la Pascua cristiana o “Paso del Señor” definitivo, que tendría lugar doce siglos después, cuando Jesucristo, Dios hecho hombre, se ofreciese a sí mismo a Dios en Jerusalén como Cordero inmaculado para liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte eterna, por la entrega amorosa de sí mismo en la Cruz. Los cristianos revivimos la Pascua de Cristo de una forma solemnísima en la fiesta del Domingo de Pascua y, cada semana, en el Domingo, el día del Señor, con el Santo Sacrificio de la Misa.
8. EL ÉXODO Y LA TRAVESÍA DEL DESIERTO DE SINAÍ
Se llama “Éxodo” a la salida de los israelitas de Egipto. Es también el título del libro que cuenta, con rasgos épicos, su caminar por el desierto. Primero se dirigieron hacia el norte y, después de atravesar el mar Rojo, bajaron al sur, siempre protegidos por Dios, que iba delante de ellos para señalarles el camino: por el día los guiaba una nube vertical y por la noche una columna de fuego. Cuenta el libro del Éxodo que, cuando informaron al faraón de que los israelitas se habían ido, se arrepintió de haberlos dejado marchar y ordenó a su ejército que los persiguiera y los obligara a regresar a Egipto para que le sirvieran como esclavos. En ese momento, los israelitas estaban acampados frente al mar Rojo, al norte de Egipto. Al ver los israelitas al ejército egipcio detrás de ellos, se llenaron de miedo y echaron en cara a Moisés que los hubiese sacado de Egipto para traerlos a morir al desierto. Moisés rogó a Dios que los salvase y Dios lo escuchó. La nube que los guiaba se colocó detrás del pueblo de Israel, impidiendo así que los egipcios pudiesen ver a los israelitas. Después, Dios hizo soplar un fuerte viento del este que dividió las aguas del mar y dejó un pasillo seco en medio por donde atravesó el pueblo judío el mar Rojo durante la noche. Los carros del Faraón se lanzaron en persecución de los israelitas entrando en el mar al amanecer, cuando ya todo el pueblo de Israel estaba al otro lado. Cuando las tropas egipcias estaban en medio del mar —cuenta el Éxodo— Moisés extendió su mano y las aguas volvieron a su lugar normal y sepultaron a los soldados del Faraón. Con este milagroso paso por entre las aguas del mar Rojo para liberar a los israelitas de la esclavitud, Dios preanunciaba el Bautismo que, con las aguas consagradas por la Palabra de Dios, nos libera de la esclavitud del pecado y nos hace hijos de Dios y herederos del cielo, la verdadera Tierra Prometida.
Tres días después de salir de Egipto empezó a faltar el agua. Al llegar a Mara vieron una fuente, pero era de aguas amargas y el pueblo comenzó a murmurar. Moisés rezó al Señor, echó un madero al agua y esta se volvió dulce. Reanudaron la marcha, llegaron al desierto de Sin y el pueblo de Israel volvió a quejarse de falta de comida y a añorar el pan y las ollas de carne que comían en Egipto. Entonces, por la tarde, el Señor les envió una bandada de codornices que cubrió el campamento para que comieran carne; y por la mañana, al evaporarse el rocío, apareció en el desierto como un polvo fino parecido a la escarcha, que los israelitas llamaron “maná”. Con este alimento Dios alimentó a su pueblo durante los cuarenta años que duró la travesía por el desierto. Dios mandó a Moisés que tomase una ración de maná y la guardase «para que las generaciones futuras vean el pan con que os alimenté en el desierto, cuando os saqué de la tierra de Egipto» (Ex 16, 32). Así nos preparó Dios para regalarnos el “verdadero pan del cielo”, la Eucaristía, donde el mismo Jesucristo se nos entrega a los cristianos como alimento para que ya en esta vida tengamos una prenda o señal de la vida eterna.
Los israelitas se dirigieron hacia el sur y llegaron a Refidín. Aquí volvió a faltar el agua y el pueblo murmuró contra Moisés diciendo que los había sacado de Egipto para hacerlos morir de sed en el desierto. Moisés elevó a Dios esta queja y el Señor le mandó que tomase el bastón con que tocó el Nilo y con algunos ancianos de Israel golpease la roca de Horeb. Moisés alzó el brazo, golpeó la roca dos veces y brotó tanta agua que pudieron beber todos los israelitas y sus ganados. Moisés llamó a aquel lugar Masa (prueba, tentación) y Meribá (litigio, disputa), porque los israelitas tentaron y disputaron con el Señor. También al propio Moisés le faltó confianza en Dios, a pesar de todos los prodigios que había visto, pues golpeó dos veces la roca. Por esa razón, «el Señor dijo a Moisés y Aarón: “Por no haberme creído, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los hijos de Israel, no haréis entrar a esta comunidad en la tierra que les he dado”» (Nm 20, 12).
En Refidín, el pueblo de Israel fue atacado por los amalecitas. Moisés ordenó a Josué que escogiese a unos cuantos israelitas y atacase a Amalec, mientras él, acompañado por Aarón y Jur, subía a una montaña cercana para orar. Cuando Moisés oraba al Señor con los brazos extendidos, vencían los israelitas; pero si los bajaba por la fatiga, vencía Amalec. Por eso, Aarón y Jur tomaron una piedra para que Moisés se sentase y ellos le sujetaban los brazos para que siempre los tuviese extendidos. Gracias a esta oración de Moisés, vencieron los israelitas. Moisés, con los brazos extendidos orando por su pueblo que lucha contra Amalec, nos recuerda a Jesucristo que, doce siglos después, con los brazos extendidos en la Cruz, consiguió la victoria sobre el poder del demonio.
Los israelitas dejaron Refidín y, a los tres meses de su salida de Egipto, llegaron al desierto del Sinaí.
9. LA ALIANZA DEL SINAÍ Y LOS “DIEZ MANDAMIENTOS”
En el desierto del Sinaí, acamparon al pie del Horeb, el monte en el que Moisés había visto la zarza que ardía sin consumirse y donde oyó por primera vez la voz de Dios. Este monte, que también se llama Sinaí, fue el lugar escogido por Dios para establecer un solemne pacto con el pueblo de Israel. El Señor ya se había servido de esta forma de acuerdo entre reyes o jefes de tribus llamada “Alianza”, en sus relaciones con Abrahán y los demás patriarcas. Ahora volvió a llamar a Moisés a esa montaña y le encargó que transmitiera a los israelitas este mensaje: «Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra» (Ex 19, 4-6). También le dijo a Moisés: «Voy a acercarme a ti en una nube espesa, para que el pueblo pueda escuchar cuando yo hable contigo, y te crean siempre» (Ex 19, 9). Por encargo de Dios, Moisés mandó al pueblo de Israel que lavase sus vestidos y se preparasen durante dos días, pues al tercer día escucharían a Dios hablando con Moisés desde la nube; asimismo, Moisés trazó un límite en la base del Sinaí que nadie debería cruzar, pues solo él subiría al monte para hablar con Dios. Al tercer día, Moisés sacó a los israelitas del campamento y los situó de pie alrededor del Sinaí. Al pueblo de Israel reunido en asamblea orante para recibir de Dios el regalo de los Diez Mandamientos y acoger la Alianza que le ofrecía el Señor se le denomina “iglesia” (del griego ecclesia, que traduce el término hebreo qahal). De ahí tomará el nombre la Iglesia de Jesucristo, como nuevo Israel, que se reúne ante el altar de Dios para recibir la salvación que Jesús nos alcanzó mediante la Nueva Alianza, la que ratificó con su sangre cuando fue sacrificado en el altar de la Cruz.
«Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre la montaña; se oía un fuerte sonido de trompeta y toda la gente que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés sacó al pueblo del campamento, al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie de la montaña. La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre ella en medio de fuego. Su humo se elevaba como el de un horno y toda la montaña temblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. El Señor descendió al monte Sinaí, a la cumbre del monte. El Señor llamó a Moisés a la cima de la montaña y Moisés subió» (Ex 19, 16-21). Primero subió Moisés solo, después bajó y subió, por mandato de Dios, con Aarón. «Entonces el Señor pronunció estas palabras:
“Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud.
No tendrás otros dioses frente a mí. No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo el pecado de los padres en los hijos, hasta la tercera y la cuarta generación de los que me odian. Pero tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y guardan mis preceptos.
No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.
Recuerda el día del sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas, pero el día séptimo es día de descanso, consagrado al Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el emigrante que reside en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en ellos; y el séptimo día descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.
Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás falso testimonio contra tu prójimo.
No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo”» (Ex 20, 2-17).
El pueblo estaba aterrorizado antes los truenos, relámpagos y fuego que salía del monte, de manera que suplicó a Moisés que fuese él, y no Dios, quien les hablase, pues temían morir. Y así lo hizo Moisés, que volvió a subir el monte para recibir de Dios el llamado “Código de la Alianza”, unas leyes para Israel que regulaban las relaciones con Dios —normas para celebrar el culto a Dios: cómo construir el altar, consagrar a los sacerdotes, etc.– y también la vida social —las fiestas, los delitos que deberían ser castigados con la muerte, normas sobre los esclavos, las lesiones corporales, etc.—. Después bajó de nuevo Moisés del monte y contó al pueblo lo que le había dicho el Señor y todos sus decretos. Y el pueblo respondió con una sola voz: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor» (Ex 24, 3). Moisés escribió todas estas leyes que había escuchado de Dios, mandó edificar un altar y jóvenes del pueblo ofrecieron sacrificios a Dios; a continuación, leyó el documento de la Alianza ante todo el pueblo, que respondió: «Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos» (Ex 24, 7). Entonces Moisés tomó la sangre del sacrificio de los terneros y roció con ella al pueblo, como era costumbre cuando se firmaba una Alianza con otro pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras» (Ex 24, 8).
Para ratificar solemnemente esta Alianza por la que Israel se comprometía a guardar todos esos mandatos, y Dios, por su parte, a proteger a su pueblo, subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y setenta ancianos de Israel al Monte Sinaí y «vieron al Dios de Israel: bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, brillante como el mismo cielo. Él no extendió la mano contra los notables de los hijos de Israel, que vieron a Dios y después comieron y bebieron» (Ex 24, 10-11). Los israelitas jamás olvidarían el lugar y el día en que firmaron la Alianza que Dios les ofreció. De hecho, en adelante, celebrarían este importante acontecimiento de su historia con una fiesta llamada “De los 50 días” (en griego, Pentecostés) o “De las semanas” (shavuot, en hebreo), pues la aparición de Dios en el monte Sinaí y la entrega de la Ley (Torá, en hebreo) con los Diez Mandamientos y demás Normas del Código de la Alianza tuvieron lugar a los cincuenta días de la Pascua. En los días de esta fiesta, antes de la Alianza del Sinaí, tenía lugar en los pueblos de alrededor la recolección de los primeros frutos de la tierra, cuyas primicias ofrecían a sus dioses. En esas mismas fechas, doce siglos más tarde, descenderá el Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesucristo en Jerusalén, donde Jesús había celebrado su última Cena de Pascua cincuenta días antes. Y el Espíritu Santo, que descendió con estruendo y llamaradas de fuego como en el Sinaí, transformará profundamente a los discípulos de Jesús, iluminando sus mentes, fortaleciendo sus voluntades y encendiendo sus corazones. Así comenzó su andadura la “Iglesia” de Jesucristo, el cual había ratificado en la Pascua anterior la “Nueva Alianza” con su Sangre, derramada en la Cruz cuando entregó por amor su vida para salvarnos.
Los judíos siempre han visto los Mandamientos de Dios como el regalo de la Alianza. Para ellos, esos mandatos divinos son luz que ilumina el camino de la vida, una ayuda imprescindible para acertar al tomar decisiones. Esto se ve en toda la Biblia, pero especialmente en el libro de oraciones que tanto ellos como los cristianos usamos para orar, el libro de los Salmos. Dice así, por ejemplo, el salmo 119: «¡Cuánto amo tu ley!: todo el día la estoy meditando; tu mandato me hace más sabio que mis enemigos, siempre me acompaña; soy más docto que todos mis maestros, porque medito tus preceptos. Soy más sagaz que los ancianos, porque cumplo tus mandatos; aparto mi pie de toda senda mala, para guardar tu palabra; no me aparto de tus mandamientos, porque tú me has instruido. ¡Qué dulce al paladar tu promesa: más que miel en la boca! Considero tus mandatos, y odio el camino de la mentira. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero; lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos» (Sal 119, 97-107).
10. LAS INFIDELIDADES DE ISRAEL Y LA PACIENCIA DE DIOS
Moisés subió de nuevo al monte Sinaí y durante más de un mes el Señor le fue mostrando las leyes por las que debería regirse su pueblo. Al notar los israelitas que Moisés no bajaba del monte comenzaron a impacientarse y pidieron a Aarón que les hiciese un dios que los guiase. Aarón mandó que le trajeran los pendientes de oro de sus mujeres e hijas, quizá pensando que así los detendría. Ellos se los dieron y con ese oro fundido Aarón moldeó un becerro, al que pusieron sobre un altar y aclamaron como el dios que les había sacado de Egipto. Al día siguiente hicieron una fiesta en honor a su nuevo dios con banquetes y danzas (escogieron un becerro porque los egipcios representaban a Apis, dios de la fertilidad, en forma de toro y lo mismo los pueblos cananeos de Palestina). Así rompió Israel por primera vez la promesa solemne de guardar la Alianza con Dios, que les había dicho: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto» (Ex 20, 3-5).
Arriba, en la montaña, Moisés acababa de recibir en dos tablas de piedra la Ley, cuando Dios le anunció que Israel había decidido abandonar al Señor y que por eso iba a repudiarlo. Moisés intercedió a favor de su pueblo apelando a las promesas que Dios había hecho a los Patriarcas, y Dios renunció a destruir a Israel. Moisés bajó del Sinaí y pudo comprobar por sí mismo lo que le había comunicado el Señor. Ante aquellas gentes que bailaban en honor del becerro de oro, Moisés destrozó las tablas de la Ley como símbolo de un pueblo que había roto su Alianza con Dios. El pecado de idolatría de los israelitas tuvo, como el pecado original de Adán y Eva, unas consecuencias terribles para el pueblo de Dios. En primer lugar, perdió la excepcional relación que tenía con Dios hasta entonces. El Señor los había constituido un pueblo de sacerdotes de manera que cada padre de familia ofrecía a Dios los sacrificios. En adelante, el culto divino quedaría en manos de la tribu de Leví, los levitas. Por otro lado, todos los aspectos de la vida del pueblo judío fueron regulados por unas normas precisas con las que Dios quería educar a su pueblo para impedir que volvieran de nuevo a adorar a los dioses de Egipto. Por eso les ordenó que ofrecieran sacrificios de becerros —el animal que ellos habían adoptado como dios— y dispuso muchos ritos para ayudarlos a vivir separados de los países vecinos, para que no se contaminasen con sus falsas religiones. Estas leyes y normas no solamente eran un castigo sino un medio para rehabilitarlos.
Moisés subió otra vez al monte Sinaí y Dios le dio otras “Tablas de la Ley” para sustituir a las rotas. Después, Dios renovó la alianza con su pueblo, remarcando la prohibición de adorar a dioses extranjeros. En adelante, la presencia de Dios como guía de Israel en su peregrinación por el desierto se haría visible en una “Tienda”, el Tabernáculo, llamada también la “Tienda del encuentro” porque Moisés recibía allí los mensajes de Dios. Esa Tienda, que después sería sustituida por el Templo de Jerusalén, contenía el Arca de la Alianza, una caja rectangular de madera de acacia revestida de oro por dentro y por fuera donde se guardaban las dos Tablas de la Ley, junto con una copa con maná y el bastón de Aarón. «Entonces la nube cubrió la Tienda del Encuentro y la gloria del Señor llenó la Morada. Moisés no pudo entrar en la Tienda del Encuentro porque la nube moraba sobre ella y la gloria del Señor llenaba la Morada. Cuando la nube se alzaba de la Morada, los hijos de Israel levantaban el campamento, en todas las etapas. Pero cuando la nube no se alzaba, ellos esperaban hasta que se alzase» (Ex 40, 34-37). Esta nube que cubría el “Tabernáculo” simbolizaba el poder de Dios que protegía a su pueblo como una sombra bienhechora. Cuando siglos más tarde, un ángel anuncie a María que el Señor la ha elegido para traer al mundo a Dios, usará esa misma expresión, «el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35) para señalar que la concepción de Jesucristo, el Verbo de Dios hecho Hombre, se haría sin intervención de varón.
Por desgracia, no fue esta la única rebelión del pueblo de Israel contra Dios. Cuando los israelitas se acercaban a Canaán, la Tierra prometida, Moisés envió a unos exploradores para que reconocieran el terreno y le informasen. Los informes que trajeron eran en parte alentadores —aquella tierra “manaba leche y miel” y las viñas daban unos racimos tan grandes que se necesitan dos hombres para transportarlos— y en parte preocupantes, pues sus habitantes eran muy altos y sus ciudades estaban bien fortificadas. Salvo Caleb y Josué, todos los que habían entrado en Canaán pensaban que Israel nunca podría conquistar esos territorios, y así lo comunicaron a la gente, que les creyó y, una vez más, se rebelaron contra Moisés murmurando: «¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto; o, si no, ojalá hubiéramos muerto en ese desierto! ¿Por qué nos ha traído el Señor a esta tierra, para que caigamos a espada, y nuestras mujeres e hijos caigan cautivos? ¿No es mejor volvernos a Egipto?” Y se decían unos a otros: “Nombraremos un jefe y nos volveremos a Egipto”» (Nm 14, 2-5). El Señor les tomó la palabra y les dijo que pasarían cuarenta años vagando por el desierto y allí morirían sin entrar en la Tierra prometida, salvo Caleb y Josué.
Poco después, el Señor ordenó a Moisés que subiese al monte Nebo y desde allí le mostró la Tierra prometida, diciéndole: «Esta es la tierra que prometí con juramento a Abrahán, a Isaac y a Jacob diciéndoles: “Se la daré a tu descendencia”. Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella» (Nm 34, 4). Y allí murió Moisés, pero, antes, impuso las manos a Josué, señalándolo así como el elegido para sucederlo al frente del pueblo de Israel. Moisés, además de un personaje histórico, es también una representación o “figura” de Jesucristo: Aquel salvó a su pueblo de la esclavitud de los egipcios guiándolo hasta la Tierra prometida; Jesucristo nos ha salvado de una esclavitud peor, la del pecado, y nos ha abierto para siempre las puertas del cielo.
Las rebeliones contra Dios no cesaron. Al cabo de cuarenta años, después de que hubieran muerto todos los que habían salido de Egipto por haber murmurado contra Dios, sus hijos, al llegar al territorio de Moab, al este del mar Muerto, comenzaron a relacionarse con mujeres moabitas y fueron arrastrados por estas a abandonar al Dios de la Alianza y ofrecer sacrificios a Baal, el dios de Moab. Solo el nieto de Aarón, Pinjás, fue fiel a Dios, que le prometió la función de sumo sacerdote para sus descendientes. Dios castigó a los israelitas idólatras y les dio una segunda Ley, cuyas normas se recogen, poniéndolas en boca de Moisés, en el libro del Deuteronomio, que significa precisamente “Segunda Ley”. En ella, Dios, a la vista de la dificultad que habían mostrado los israelitas en cumplir las leyes recogidas en el Éxodo y en el Levítico, atenuó en esta “segunda ley” algunas disposiciones, por la dureza de su corazón (de los judíos).
Según una idea que se repite continuamente en todos los libros de la Biblia, la historia de Israel es la historia de su elección por parte de Dios, su infidelidad, su conversión y el perdón de Dios. Y esto, generación tras generación. El salmo 106 describe así este recorrido:
«Hemos pecado como nuestros padres, hemos cometido maldades e iniquidades.
»Nuestros padres en Egipto no comprendieron tus maravillas; no se acordaron de tu abundante misericordia, se rebelaron junto al mar, junto al mar Rojo; pero él los salvó por amor de su nombre, para manifestar su poder.
»Increpó al mar Rojo, y se secó; los condujo por el abismo como por tierra firme; los salvó de la mano del adversario, los rescató del puño del enemigo; las aguas cubrieron a los atacantes, y ni uno solo se salvó: entonces creyeron sus palabras, cantaron su alabanza.
»Bien pronto olvidaron sus obras, y no se fiaron de sus planes: ardían de avidez en el desierto y tentaron a Dios en la estepa.
»Él les concedió lo que pedían, y los hartó hasta saciarlos.
»Envidiaron a Moisés en el campamento, y a Aarón, el consagrado al Señor: se abrió la tierra y se tragó a Datán, se cerró sobre Abirón y sus secuaces; un fuego abrasó a su banda, una llama consumió a los malvados.
»En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba.
»Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en la tierra de Cam, portentos junto al mar Rojo.
»Dios hablaba ya de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente a él, para apartar su cólera del exterminio.
»Despreciaron una tierra envidiable, no creyeron en su palabra; murmuraban en las tiendas, no escucharon la voz del Señor.
»Él alzó la mano y juró que los haría morir en el desierto, que dispersaría su estirpe por las naciones y los aventaría por los países.
»Se acoplaron con Baal Peor, comieron de lo ofrecido a los muertos; provocaron a Dios con sus perversiones, y los asaltó una plaga; pero Pinjás se levantó e hizo justicia, y la plaga cesó; esto se le computó como justicia por generación sin término.
»Lo irritaron junto a las aguas de Meribá, Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos; le habían amargado el alma, y desvariaron sus labios. No exterminaron a los pueblos que el Señor les había mandado; emparentaron con los gentiles, imitaron sus costumbres; adoraron sus ídolos y cayeron en sus lazos.
»Inmolaron a los demonios sus hijos y sus hijas.
»Derramaron la sangre inocente, la sangre de sus hijos e hijas, inmolados a los ídolos de Canaán, y profanaron la tierra con sangre; se mancharon con sus acciones y se prostituyeron con sus maldades.
»La ira del Señor se encendió contra su pueblo, y aborreció su heredad; los entregó en manos de gentiles, y sus adversarios los sometieron; sus enemigos los tiranizaban y los doblegaron bajo su poder.
»Cuántas veces los libró; mas ellos, obstinados en su actitud, perecían por sus culpas.
»Pero él miró su angustia, y escuchó sus gritos.
»Recordando su pacto con ellos, se arrepintió con inmensa misericordia; hizo que movieran a compasión a los que los habían deportado» (Sal 106, 6-47).
Este sucederse de infidelidades y conversiones es también la constante en la vida de cada uno de nosotros. Debido a nuestra debilidad y a las tendencias desordenadas que anidan en nuestro corazón, nos descaminamos con facilidad hasta que, abrumados por las consecuencias de nuestras culpas, nos volvemos al Señor al descubrir su paciencia y su amor. Por eso Jesucristo comienza su vida pública con una fuerte llamada a la conversión, es decir, a reconocer que nos hemos alejado de Dios y debemos volver a Él para escucharlo y pedir perdón.
11. EL NACIMIENTO DEL REINO DE ISRAEL
El pueblo de Israel atravesó el Jordán y entró en Canaán, la Tierra prometida. Según nos cuenta la Biblia, Josué, que había sucedido a Moisés, envió dos espías a la ciudad de Jericó. Una prostituta llamada Rajab los alojó y protegió, pues ella sabía que los israelitas contaban con la ayuda de Dios para conquistar Canaán. A cambio de esconderlos en su casa, Rajab pidió a los dos exploradores que, al entrar en Jericó, respetaran su vida y la de su familia. Después de huir por una ventana de la casa de Rajab, los espías contaron a Josué que los habitantes de Jericó estaban atemorizados por la cercanía de Israel. Josué mandó al pueblo que se purificase y al día siguiente ordenó a los levitas que llevaran en procesión el Arca de la Alianza y se dirigieran al río Jordán, la frontera con Canaán. Al tocar los levitas con sus pies las aguas del Jordán, el río se secó y todo Israel atravesó el Jordán y entró en la Tierra prometida.
Sigue contando la Biblia que los israelitas dieron durante seis días una vuelta alrededor de las murallas llevando el Arca y haciendo sonar las trompetas y, al séptimo día, al terminar la séptima vuelta, el pueblo lanzó el grito de guerra con todas sus fuerzas y las murallas de Jericó se derrumbaron. Los israelitas conquistaron la ciudad, de la que solo salvaron a Rajab y su familia. Esta mujer vivió desde entonces en Israel y de su descendencia salió David, el rey más famoso de Israel, antepasado de Jesucristo.
Los israelitas permanecieron fieles a Dios bajo la guía de Josué y conquistaron muchas ciudades cananeas. Cuando cumplió ciento diez años, Josué, al ver que se acercaba el final de su vida, reunió a los jefes de las doce tribus de Israel en Siquén, el lugar donde Dios había prometido a Abrahán que le daría esa tierra, y renovó la Alianza con Dios. Primero les dio la oportunidad de echarse atrás sugiriéndoles que podría ser demasiado duro para ellos servir a Dios, pero el pueblo insistió en que servirían al Señor. «Porque el Señor nuestro Dios es quien nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de Egipto, de la casa de la esclavitud; y quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios y nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos por los que atravesamos. Además, el Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!» (Jos 24, 13-19).
A la muerte de los que habían renovado ante Josué el juramento de fidelidad a la Alianza, Israel se separó de Dios y cayó de nuevo en la idolatría. Los israelitas eran nómadas y, con el paso del tiempo, se sintieron atraídos por la cultura y la religión de los cananeos que vivían en casas de ladrillos dentro de sus ciudades fortificadas. Como consecuencia de su abandono del Señor, las tribus de Israel comenzaron a actuar como unidades independientes y llegaron incluso a enfrentarse entre ellas en una guerra civil donde estuvo a punto de desaparecer la tribu de Benjamín. Divididos entre ellos, los israelitas eran presa fácil de pueblos más fuertes, como los filisteos, que acababan de desembarcar en la costa y serían sus enemigos más odiados. De esta tribu, los Philistim, toma nombre Palestina.
De vez en cuando, el pueblo se acordaba del Señor para pedirle que los librara de la opresión de los filisteos y Dios les enviaba a unos líderes, los “Jueces” de Israel, que derrotaban a los enemigos, pero poco después los israelitas volvían a venerar a los dioses de las ciudades cananeas y, como castigo por sus pecados, Dios permitía que cayesen de nuevo en manos de otros pueblos. Entre los jueces más famosos de Israel están Gedeón, que derrotó con un mínimo ejército a los madianitas; Sansón, un gigante que trajo en jaque a los filisteos durante algunos años; Débora, una mujer que derrotó al rey cananeo Jeber y a su general Sísara en la llanura de Yezrael, a los pies del monte Tabor, al norte de Palestina; y Samuel, el último de los jueces y el primer “profeta” de Israel.
Al final de este período de los Jueces, Israel llegó a un estado de anarquía. Los israelitas, para poner fin a esta situación, decidieron acudir a Samuel para pedirle que les nombrara un rey, como tenían las naciones de alrededor. Samuel se sintió ofendido no solo porque con esta petición rechazaban su liderazgo, sino, sobre todo, porque el único Rey de Israel era Dios. Sin embargo, Dios le ordenó que acogiese los deseos del pueblo y consagrase rey a Saúl, un israelita apuesto y fuerte, de la tribu de Benjamín. Samuel llamó a Saúl y, después de un banquete, derramó sobre su cabeza aceite y lo besó diciendo: «El Señor te unge como jefe de su heredad» (1 S 10, 1). El aceite era la señal visible de que Saúl había sido elegido por Dios. Después de esta unción de Samuel, Saúl se convirtió en “ungido”, que en hebreo se dice “mashiaj” —de donde viene “mesías”– y en griego, “cristo”. Hasta entonces, en Israel se ungía solo a los sacerdotes, que así quedaban consagrados a Dios, es decir, dedicados a su servicio. Con este rito de la unción de los sacerdotes y reyes en Israel, Dios preparaba el camino al verdadero Rey y Sacerdote, Jesucristo, cuyo nombre es Jesús, el Cristo, ungido no con aceite sino con el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo.
Al principio Saúl fue fiel al Señor, pero pronto comenzó a actuar por su cuenta, más preocupado por “utilizar” a Dios para lograr lo que quería que por servirle de verdad. Así, ofreció un sacrificio a Dios en contra de lo que le había mandado Samuel y, poco después, volvió a desobedecer a Dios que, por medio de Samuel, le había indicado que destruyera por completo a los amalecitas con todas sus propiedades. Saúl y su ejército se apoderaron del mejor ganado de Amalec y destruyeron solo lo que no tenía valor. Cuando Samuel le pidió explicaciones sobre este modo de proceder, Saúl le respondió que había guardado esas reses para ofrecer sacrificios al Señor. El profeta le contestó: «¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos tanto como obedecer su voz? La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad, más que la grasa de carneros. (…)Por haber rechazado la palabra del Señor, te ha rechazado como rey» (1 S 15, 22-23).
Dios envió entonces al profeta Samuel a Belén —el pueblo donde mil años después nacería Jesucristo— para que ungiera como rey de Israel a uno de los hijos de Jesé, un hombre de la tribu de Judá. Entre los hijos de Jesé había algunos fuertes y bien plantados, pero la elección divina recayó sobre el último de ellos, David, un muchacho «rubio, de hermosos ojos y buena presencia» (1 S 16, 12), que ni siquiera estaba en casa ese día porque su padre lo había enviado a pastorear sus ganados. Desde el momento en que Samuel ungió a David en medio de sus hermanos, el espíritu del Señor se retiró de Saúl y vino sobre David.
Saúl cayó en un estado de tristeza y sus consejeros mandaron llamar a David, que era un excelente músico, para alegrar al rey. En palacio, David se ganó el afecto de Saúl y de su hijo Jonatán. David se hizo famoso en todo Israel cuando, siendo aún muy joven, venció, por su fe en Dios, a Goliat, el paladín de los filisteos, un gigante fortísimo, que había salido de las filas de su ejército para desafiar en combate singular al luchador que designase Israel. David convenció a Saúl de que lo dejase pelear contra Goliat y lo venció. Así describe la Biblia la primera hazaña de David. «Saúl ordenó armar a David con su propia armadura. Le puso el yelmo de bronce en la cabeza y lo revistió con la coraza. Después le ciñó su propia espada sobre la armadura. David intentó caminar así, pero no estaba acostumbrado. Le dijo a Saúl: “No puedo caminar así, porque no estoy acostumbrado”. Y se despojó de ellos. Agarró el bastón, se escogió cinco piedras lisas del torrente y las puso en su zurrón de pastor y en el morral, y avanzó hacia el filisteo con la honda en mano. El filisteo se fue acercando a David, precedido de su escudero. Fijó su mirada en David y lo despreció, viendo que era un muchacho, rubio y de hermoso aspecto. El filisteo le dijo: “¿Me has tomado por un perro, para que vengas a mí con palos?”. Y maldijo a David por sus dioses.
»El filisteo siguió diciéndole: “Acércate y echaré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo”. David le respondió: “Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina. En cambio, yo voy contra ti en nombre del Señor del universo, Dios de los escuadrones de Israel al que has insultado. El Señor te va a entregar hoy en mis manos, te mataré, te arrancaré la cabeza y hoy mismo entregaré tu cadáver y los del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra. Y toda la tierra sabrá que hay un Dios de Israel. Todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni lanza, porque la guerra es del Señor y os va a entregar en nuestras manos”.
»Cuando el filisteo se puso en marcha, avanzando hacia David, este corrió veloz a la línea de combate frente a él. David metió su mano en el zurrón, cogió una piedra, la lanzó con la honda e hirió al filisteo en la frente. La piedra se le clavó en la frente y cayó de bruces en tierra. Así venció David al filisteo con una honda y una piedra. Le golpeó y le mató sin espada en la mano. David echó a correr y se detuvo junto al filisteo. Cogió su espada, la sacó de la vaina y le remató con ella, cortándole la cabeza. Los filisteos huyeron, al ver muerto a su campeón» (1 S 17, 38-52).
Saúl se llenó de envidia hacia David porque, al regresar de esa batalla, las mujeres cantaban: «Saúl mató a mil, David a diez mil» (1 S 18, 7). Desde entonces Saúl, buscaba la manera de matar a David. Lo intentó varias veces, pero siempre fracasaba. David huyó de Saúl, que no dejaba de perseguirlo, y se refugió en el desierto. David tenía un corazón noble pues en cierta ocasión tuvo en su mano matar a Saúl y no quiso hacerlo por respeto al “ungido” del Señor. Tiempo después, alrededor del 1010 antes de Cristo, Saúl y tres de sus hijos murieron en Gelboé, en una batalla contra los filisteos.
The free sample has ended.