Read the book: «Confesor»
CONFESOR

JOSÉ ALBERTO CALLEJO
CONFESOR
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2016
CONFESOR
© José Alberto Callejo
© de la imágenes de cubiertas:
Fotografía: José Luis Gutiérrez | http://jlgfotografo.com
Modelo: Juan José Martín
Maquillaje:Ana Capablanca
Ayudantes: Irene Callejo | Mariana Callejo | Paula Herrera
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Corrección:
Estilo: Celia Santos
Tipográfico: Daniel Gil
Iª edición
© ExLibric, 2016.
Editado por: ExLibric
C.I.F.: B-92.041.839
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su contenido está protegido por la Ley vigente que establece penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica.
ISBN: 978-84-16848-02-7
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
JOSÉ ALBERTO CALLEJO
CONFESOR
Índice de contenido
Portada
Título
Copyright
Índice
PRÓLOGO
AGRADECIMIENTOS
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Epílogo
PRÓLOGO
Abordar la creación de una obra literaria es una tarea ingente. Todo escritor se enfrenta a un reto de notables proporciones, y cuando se sumerge en la aventura creativa, es difícil vislumbrar la dimensión del trabajo que tiene por delante. Si además se trata de la primera obra, a veces sorprende que un escritor novel logre resolver de forma airosa esta difícil cruzada.
Confesor es uno de esos casos. No solo plantea un dilema moral interesante, un asunto de actualidad que sorprende por la reacción social que previsiblemente provocaría, sino que además estamos ante una completa novela policíaca, o negra, dependiendo del prisma con que se observe.
Se ha escrito mucho sobre la diferencia entre ambas, y tal vez se ha encontrado la unanimidad en el hecho de que la novela policíaca necesita para ser tal un crimen cuyo autor es desconocido, y un detective que trata de descubrir al culpable. Y ello a través de unos personajes que casi siempre se enmarcan en un escenario estático en cuanto a la conducta de los mismos. Sin embargo, la novela negra proporciona una mirada más profunda al mundo de la criminalidad y la delincuencia. Este subgénero narrativo ha alcanzado cotas muy significativas en las últimas décadas, porque indaga en la contextualización humana y social del hecho criminal, al tiempo que permite dibujar personajes realistas, con matices, dudas y contradicciones.
Por tanto, circunscribir la obra de José Alberto Callejo al género policial, o incluso hablar de ella como una novela negra, sería quedarse corto. Desde luego, se ve el deseo del autor de cumplir fielmente con la labor de documentarse, de no fallar en el principio básico de dibujar a fondo los perfiles de los personajes, sus conductas, su modo de proceder. Confesor es una obra en la que la mayoría de los protagonistas son guardias civiles, con sus jerarquías, sus procedimientos, y todos son creíbles y sirven al propósito de la novela.
Sin duda, el protagonista principal es el que proporciona el nombre a la obra, el Confesor, y es precisamente este personaje el que permite al autor dotarla de una vertiente distinta, muy actual, que le hace superar la barrera de lo policial o negro, hasta alcanzar las cotas propias del libro de intriga. Y por todo ello, más allá de la barrera imprecisa entre géneros, surgen en el mercado literario de vez en cuando híbridos interesantes, que consiguen que los lectores se entreguen a su lectura. Este es nuestro caso, porque José Alberto Callejo ha conseguido que todos los elementos de la obra estén subordinadas a un fin: que el lector lo pase bien, y no solo por la trama oscura de hechos inauditos, sino sobre todo por la crítica social que encierra, o bien el dilema, porque a todos los lectores les resultará difícil discernir si estamos ante un Confesor héroe o más bien ante un Confesor villano. Incluso nos hará preguntarnos si haríamos lo mismo, o al menos si lo aprobaríamos, si la conducta de alguien que somete a su particular interrogatorio a criminales reconocidos a los cuales la justicia tiene problemas para poner entre rejas, es reprobable, o tal vez digna de vítores.
La novela despliega su contenido a través de una estructura narrativa lineal, de corte casi cinematográfico, y ello contribuye a que el lector conforme su propia idea, saque sus propias conclusiones. Y además, lo hace de una forma sugerente, llevando al lector en volandas hacia el final, tirando de él en cada capítulo.
En definitiva, estamos ante la obra de un autor que, a través de este debut literario, de esta novela creíble y actual, nos hace pensar que va a continuar escribiendo, creando historias y entreteniéndonos.
Póngase cómodo y prepárese para entrar en un apasionante libro.
MIGUEL RUIZ MONTAÑEZ*
* Miguel Ruiz Montañez es autor de: “La Tumba de Colón”, “El Papa Mago” y recientemente de “El país de los Espíritus”. Sus novelas han sido traducidas a más de 10 idiomas.
AGRADECIMIENTOS
Disculpas a los lectores…
Es mi primera novela y como en todo en la vida, también puede ser la última. Espero que entiendan que los agradecimientos serán largos. Así que, siéntanse en la libertad de pasar pagina desde este mismo instante.
Mi principal agradecimiento, en general, es para ese mundo extraordinario que se encuentra dentro de los libros y el cine; fue lo que me animó a escribir historias.
El resto de los agradecimientos son casi por orden cronológico…
A mi padre, por todo lo que se esmeró en darme y enseñarme; pero sobre todo, por darse cuenta de que la única forma de introducir en la lectura a un alma rebelde como la mía, era a través del Selecciones de Reader´s Digest. Él encontró el único camino posible para que me interesara por leer, cuando era un adolescente.
A mi madre, por todo; especialmente por guiarme hacia otro mundo extraordinario y diferente en la lectura: las enciclopedias. Nunca se rindió en su esfuerzo porque yo leyera algo. Y siempre, siempre, nos empujó a mis hermanos y a mí, a leer y estudiar más, sin rendirse en su empeño.
A mis 3 hermanos por ser una parte muy importante de esta preciosa aventura que es la vida. Especialmente porque me enseñaron, sin ellos saberlo, el valor de amar a aquellos que son de tu sangre y la fuerza tan grande que esto tiene. ¡¡Gracias Mary Carmen, Carlos y Oscar!! Son únicos.
A Selecciones de Reader´s Digest, por mostrarme un mundo increíble a través de sus micro-‐ historias y artículos con temas sorprendentes. He alimentado mi imaginación en miles de sus páginas; todos los meses, durante casi tres décadas.
A George Lucas y Steven Spielberg por volverme adicto al cine y por mostrarme lo que se puede hacer cuando exprimes tu imaginación.
A Mario Puzo, por escribir la novela y a Francis Ford Coppola por crear la película, de la historia que más ha marcado mi vida, “ El Padrino”.
A Thomas Harris, por “El Silencio de los Corderos”, y a su Director Jonathan Demme; por escribir y dirigir la historia que más me ha motivado a escribir y uno de mis libros favoritos.
A todos los cabrones que me asaltaron en cuatro diferentes ocasiones, dos de ellas con mucha violencia. Gracias por sacar a flote el odio y los sentimientos de venganza mas oscuros que habitaban en mi alma. Especialmente al que me puso la pistola en el corazón con el gatillo recortado y listo para disparar. Por su culpa, vi la muerte cara a cara, lo más cercano posible. Gracias porque me infundiste unas ganas enormes de hacer justica con mano dura, sin andarme con rodeos, sin temor a desear el sufrimiento de los delincuentes que me arrebataron algo más que dinero y joyas.
A Samuel Johnson, por mostrarme un camino más recto y frió, “La venganza es un acto de pasión, la revancha de justicia”.
A José Luis Segón y a los hermanos Julio y Javier Hernández, que fueron los que me insistieron desde hace muchos años, en mi juventud, para que me animara a escribir todas aquellas historias que alguna vez les comenté, entre copa y copa. Son las tres personas que más quiero, que no son de mi sangre.
A Arturo Pérez-‐Reverte, por darme, a través de sus escritos, los argumentos para sentirme cómodo con mis sentimientos de venganza; pero sobre todo, por enseñarme a no sentirme culpable por tenerlos. Igualmente por su estilo de escritura, con tanta fuerza.
A Juan Manuel de Prada, por enseñarme los conceptos mas rectos de justica, desde la perspectiva de la moral y de los valores universales, vistos desde un prisma más simple y llano. Igualmente por su estilo, siempre con una venda en los ojos, como debería de ser la justica: ciega e imparcial.
A Carlos Herrera, por mostrarme el camino directo para decir las cosas sin cortapisas, sin importar el foro en el que te encuentres, sin lamentaciones, ni arrepentimientos, haciendo a un lado lo que es política y socialmente correcto para decir lo que realmente siente uno.
A las periodistas Ángels Barceló, Pepa Bueno, Isabel Gemio, Gemma Nierga y Julia Otero, porque de su indignación ante ciertos delitos, se alimentaron mis más crudos sentimientos de justicia.
A Lorenzo Silva, por iniciarme en el mundo interno de la Guardia Civil a través de sus historias y de los extraordinarios personajes que ha plasmado; un mundo que para mi era desconocido, como mexicano que soy.
A todos los grandes escritores iberoamericanos, con lo que descubrí que la magia también se escribe con eñe. Porque nombrarlos sería interminable. Aunque quiero agradecer especialmente a Laura Esquivel, por su novela “Como agua para chocolate”, me marcó para siempre.
A Ana Sanz-‐Magallón, por su libro “Cuéntalo bien”, que fue el detonante para que me lanzara de una vez por todas al mundo de contar historias. Por hacerme sentir cómodo utilizando el lenguaje llano y especialmente por enseñarme que: si pones a unos chicos a tocar la zambomba al final de un gran concierto, como el de los Rolling Stones, esos chicos deben de ser mucho mejores que los artistas principales (El Epilogo). ¡¡Gracias!! Tu libro ha sido mi mas fiel aliado.
A todos los escritores que han dedicado su tiempo y experiencia para escribir libros de creación literaria; que te enseñan y orientan en el complicado mundo de contar historia. Sin ellos no hubiera podido escribir nada en condiciones. Sin ellos, no habría escritores autodidactas como yo.
A Rafael Caumel Daza, por enseñarme los beneficios de orientar correctamente mis sentimientos de venganza hacia la tinta y el papel. Igualmente, por enseñarme el uso de herramientas de escritura más adecuadas para mí, en el momento más conflictivo que tuve como escritor: justo a media novela escrita. También por saber entrar en la mente de cada alumno, para sacar la mejor parte de todos nosotros.
A mis hijas Irene y Mariana, por apoyarme en todo lo que inicio, pero especialmente por regalarme mucho del tiempo que debería dedicarles por las noches y los fines de semana; tiempo que necesité para escribir esta historia, que me tomó casi 5 años. ¡¡Las adoro!!
A mis cuñadas, Ingrid Saldaña y Mashy Moguel, por apoyarme en todo lo que hago, por creer en mis ideas y aplaudir mis locuras. Pero sobre todo por escucharme y por su inmenso cariño.
A las personas que me orientaron, con sus opiniones más objetivas en esta primera aventura editorial. A los que yo llamo “mis segundos lectores”: Silvia Hernández Fernández, Natividad Bonill Jiménez, Rafael Moreno Reyes y Federico Jiménez Frasca.
A José Luis Gutiérrez, FOTÓGRAFO, así con mayúsculas, como el enorme trabajo que siempre ha realizado, cada vez que le he solicitado que participe en algún proyecto conmigo. Como en la portada de esta novela.
A Ricardo Sánchez, porque cada vez que lo llamo, siempre esta ahí, para colaborar en todo lo que puede, poniendo su mejor esfuerzo como el gran profesional que es.
Como mención especial, gracias a la escritora Celia Santos, porque además de corregir mi estilo, me corrigió el talante, modificando mi escritura en algo más cercano, sin perder la esencia de lo que cuento. Además, por su inagotable paciencia.
A todos los elementos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional de Málaga, especialmente a los de la Dirección General de la Guardia Civil de Madrid, por resolver todas mis dudas y por brindarme toda la información que podían darme. Especialmente a Juan Antonio O´Donnell el primer lector de esos cuerpos de seguridad, que tuvo esta novela; por orientarme desde su formación profesional e indicarme algunos protocolos existentes entre ambas instituciones.
Igualmente al escritor y amigo Miguel Ruiz Montañez, que fue quien con sus sabios consejos y apoyo me introdujo en el mundo literario. En especial por ser quien más me ha orientado en esta nueva aventura de contar historias y poder plasmarlas sobre tinta y papel. ¡¡Muchas Gracias!!
Por último, a la persona más importante de mi vida; mi primera lectora, mi más dura crítica, mi compañera de vida, mi amiga, la madre de mis hijas, mi paño de lágrimas, mi confesora de histerias y de historias, mi cómplice de locuras y socia de millones de risas: Irene Garrido Lomeña. Gracias por todo y por tanto. No tengo que ponerlo por escrito, sabes bien todo lo que significas para mí, desde el primer día que te vi.
En fin, que el resumen de una parte de mi vida a lado de todos ustedes: familia, conocidos, amigos, amistades profesionales, personas desconocidas y famosas a las que admiro por su trabajo e imaginación; son en buena medida responsables de que yo escriba historias, en especial, de esta primera novela. Y en su caso, también de las que vengan…
Gracias de corazón, de ese corazón que por suerte, no consiguió apagar una bala.
José Alberto Callejo Silva
“Todo Santo tiene un pasado
y todo Pecador tiene un futuro”
Oscar Wilde
1
Lunes 7 de septiembre, 09:28 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Acceso principal; puerta de la calle Guzmán el Bueno
Madrid
La alarma del escáner de alta seguridad que analizaba la correspondencia y paquetería comenzó a pitar de forma intermitente. El tono estridente y profundo era similar al de las alarmas militares previas a un bombardeo. Segundos después, en la parte superior de la estructura, se iluminó una pequeña luz de aviso giratoria de color rojo.
La pantalla del ordenador se bloqueó congelando la última imagen del paquete sospechoso. Un mensaje sobre fondo negro en letras amarillas empezó a parpadear:
¡Peligro, posibilidad de explosión!
Todos los civiles que estaban en la recepción se quedaron petrificados cuando se activó la alarma. Aquellos instantes se hicieron larguísimos para las doce personas que se encontraban allí. Pocos movimientos, solo cruces de miradas de terror. Cuando por fin reaccionaron, salieron corriendo despavoridos.
Uno de los tres guardias civiles que estaban al frente de la oficina activó la alarma general del recinto y salió apresuradamente a la calle. Debía evitar que nadie accediera por esa puerta.
El segundo guardia se aseguró de que no hubiera quedado nadie en el patio interior. El tercero se lanzó a detener al mensajero que había colocado el paquete en el escáner y que había salido corriendo al activarse la alarma. Este no opuso resistencia, de hecho se entregó en cuanto escuchó a sus espaldas la orden de detenerse; por el rabillo del ojo había visto cómo el agente se dirigía corriendo hacia él.
Cerca de quinientos guardias civiles abandonaron su puesto de trabajo y comenzaron a desalojar el cuartel por las cuatro puertas de emergencia. El miedo se podía oler en el aire. Ríos de personas surgían de cada pasillo en dirección a las salidas de emergencia. La mayoría lo hacía con rapidez pero con el debido orden y sin agolparse. Se notaba la disciplina que deja la formación policial y militar. Hubo pocos casos de pánico durante el desalojo. Solo dos mujeres muy jóvenes y un guardia civil retirado que tuvieron que ser auxiliados por sus compañeros debido a un ataque de ansiedad.
Una vez fuera del recinto, el caos se extendió a las calles colindantes, invadidas por aquel medio millar de personas, más el desconcierto del resto de los peatones que pasaban a esa hora por aquella zona.
En pocos minutos se puso en marcha el protocolo de seguridad para que acudiera un equipo del tedax.[1] No tardaron ni diez minutos en llegar con todo lo necesario para desactivar o explosionar el paquete bomba.
Después de valorar la situación, el coordinador del equipo de artificieros dio la orden de no desalojar los otros edificios del recinto, de momento. Por el tamaño del paquete dedujeron que no podría provocar daños graves en el resto de las instalaciones, aunque fuera un explosivo potente, ya que existe una distancia considerable entre los edificios. Sin embargo pidieron que todo el mundo estuviera atento a nuevas órdenes.
El edificio principal y el contiguo ya estaban vacíos. Los artificieros esperaron cinco minutos más a que un par de agentes de apoyo se asegurasen de que no quedaba nadie dentro. Mientras tanto, los tedax comenzaron a planear la ubicación de los artefactos antiexplosivos.
Era la segunda vez que recibían un paquete bomba en dos semanas. El primero, que llevaba muy poca cantidad de material explosivo, había detonado dentro del escáner, hiriendo de forma leve a uno de los guardias de turno y dañando seriamente la valiosa máquina. Aun así, no estaban totalmente seguros del alcance de aquel nuevo envío, hasta no verificar el tipo de explosivo que contenía la caja.
Quince minutos después, las calles que rodeaban el recinto quedaron cerradas al paso por una veintena de patrullas de la Policía Nacional y de la misma Guardia Civil.
Siendo lunes y a esa hora de la mañana, las calles colindantes estaban muy concurridas ya que en esa zona se encuentran la Agencia Estatal de Administración Tributaria, un edificio de Loterías y Apuestas del Estado, la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación, un estudio de la televisión pública y la Gerencia del Catastro. Cerca de veinte mil personas trabajando en solo cien metros a la redonda, lo cual contribuyó a generar más caos.
Un equipo de cuatro artificieros, ayudados por tres guardias civiles, comenzó a precintar rápidamente con una cinta roja un perímetro de diez metros desde la entrada principal. A continuación colocaron un segundo precinto a veinte metros de distancia con una cinta amarilla. Los tres agentes controlaban el acceso ya que solo los artificieros podrían acceder a la zona roja. El resto de oficiales debía permanecer en la zona amarilla.
En la entrada principal el silencio era aplastante. Solo se escuchaba el ligero murmullo de la multitud que se alejaba para resguardarse en el parque Santander, el zumbido de los helicópteros que se acercaban a la zona y alguna orden corta a través de un walkie.
Todo el personal estaba a la expectativa de lo que iba suceder.
1 Artificieros del servicio de desactivación de explosivos. Expertos en desactivación de bombas y artefactos explosivos que se encuentran de guardia permanente en uno de los edificios contiguos.
2
Lunes 7 de septiembre
El confesionario
En algún lugar de España
—Ave María Purísima…
Unos segundos después:
—Ave María Purísima…
Minuto y medio después:
—Ave María Purísima…
Cuando Antonio comenzó a recobrar el conocimiento sintió su cuerpo totalmente inmovilizado. En los músculos de sus piernas notaba una tensión extraña: estaban medio adormecidos. Una fuerte presión en su pecho no le dejaba respirar bien y no veía casi nada.
Sus ojos tardaron unos minutos en adaptarse a la poca luz que entraba por una pequeña ventana ubicada en el lado derecho del habitáculo. Se dio cuenta de que estaba sentado en una especie de silla de madera maciza y gruesa. Olía a biblioteca antigua e incienso y se percibía humedad en el ambiente.
Una vez que su visión se adaptó a la semioscuridad se dio cuenta de que estaba dentro de un confesionario. Aún continuaba un poco aturdido por los sedantes. Su nerviosismo se disparó cuando se dio cuenta que estaba dentro, en el mismo lugar donde suelen sentarse los curas.
Había estado en muchos confesionarios durante su infancia y adolescencia. Sus padres eran muy católicos y durante años le obligaron a asistir a misa los domingos y a confesarse una vez al mes.
El confesionario era muy antiguo y espacioso, de madera tallada y cerrado por tres de sus cuatro lados. Una gruesa y añeja cortina de color burdeos tapaba el único lateral abierto por donde accedían los curas.
Estaba completamente sujeto del cuello para abajo. Tenía las manos atadas con cinta adhesiva y colocadas por detrás del respaldo de la silla. Su pecho estaba sujeto a la parte alta del respaldo con muchas vueltas de la misma cinta y tres amarres de cuero desde el pecho a la cintura. Sus pies estaban sujetos entre sí atados a las patas traseras de la silla, de tal manera que las puntas de los pies apenas rozaban el suelo. Aquello le ocasionaba una sensación incomoda de estiramiento extremo en los músculos superiores de las piernas.
La voz paciente lo devolvió a la realidad:
—Ave María Purísima…
Unos segundos más y de nuevo la réplica:
—Ave María Purísima… Antonio, ¿has despertado?
—¡Sí, hijo de la gran puta! —balbuceó—. ¡Estoy despierto, y cuando me sueltes y me entere de quién coños eres te voy a matar, cabrón de mierda! —gritó aún medio aturdido y con la voz ronca, típica de quien se acaba de despertar.
No podía ver el rostro de su confesor, solo distinguía su silueta. Aquel debía de ser el cura hijo de puta que lo había encerrado en esa especie de jaula para perros.
—Entiendo tu rabia.
—¿Qué coño quieres de mí? ¿Dinero? ¿Es eso lo que quieres? —preguntó el apresado con exceso de soberbia.
—Antonio, te repito que entiendo tu rabia —dijo en tono paternal la voz que le hablaba desde el otro lado del confesionario—, pero estás aquí para encontrar la paz. Y sobre todo para darla.
—¡Ni paz, ni pollas! Dime, ¿cuánto cuesta mi libertad? —Su rabia llenaba todo el habitáculo.
—No te equivoques, no necesito dinero. Quiero datos. —La voz paternal adquirió un tono de firmeza.
—¿De qué coño quieres datos?
El apresado se violentó. Su cuerpo ya reaccionaba mejor y la adrenalina empezó a hacer efecto sobre sus músculos. Entonces comenzó a moverse con fuerza intentando romper sus ataduras. Pero el esfuerzo fue inútil; en un par de minutos acabó completamente agotado. Durante ese tiempo, la voz no hizo más que rezar en un murmullo.
—¿Ya se te pasó el enfado, Antonio? —No recibió contestación, solo un gemido de rabia al otro lado de la cortina—. Bien, volvamos a empezar —continuó—. Créeme, tengo todo el tiempo del mundo.
—¿Qué quieres saber? —contesto Antonio jadeando.
—Te voy a dar la última oportunidad, por las buenas, de que confieses tus pecados —puntualizó con autoridad—. Que me digas en qué banco suizo depositaste el dinero que estafaste a todas esas buenas personas, gente a la que robaste los ahorros de toda una vida de trabajo.
Se hizo un silencio. Solo se escuchaba la respiración de ambos; la de Antonio más corta, rápida y sonora. Él mismo podía escuchar el fuerte latido de su corazón. Su instinto de supervivencia le hizo afinar sus sentidos. Se dio cuenta de que en la parte inferior de la ventanilla había un pequeño micrófono. Aquel no era un confesionario normal. El terror lo invadió. Entendió perfectamente de qué iba todo aquello. Su captor tenía demasiados datos sobre él.
—¡No tengo ni puta idea de qué me hablas! —dijo fingiendo una gran seguridad.
—Piénsalo bien, es la última oportunidad que te doy. Después todo será dolor y sufrimiento. Créeme, al final acabarás confesando tus pecados —sentenció con dureza.
—¡Vete a tomar por culo, cabrón! ¡No tienes huevos de sacarme ni una puta palabra, cura de mierda!
—Tú mismo hijo, tú mismo…
La vieja cortina de color burdeos se abrió y apareció una mano enfundada en un guante de látex portando una jeringuilla. Le inyectó una sustancia en la pierna derecha. Antonio se desvaneció en pocos segundos mientras continuaba forcejeando con sus ataduras.
Al abrir los ojos de nuevo pudo comprobar que continuaba en el confesionario. Sintió una sensación similar a la vez anterior pero ahora su cabeza y su cuello también estaban inmóviles. Volvió a tardar un poco en acostumbrarse a la penumbra. Una nueva cinta lo sujetaba por la frente al respaldo del asiento. Otra cinta que pasaba por su cuello rodeaba un collarín ortopédico de almohadilla sujetándolo con fuerza a la altura de la garganta e impidiendo que la tensión de la cinta lo ahorcara. Podía respirar aunque con dificultad.
Sintió una presión excesiva en las fosas nasales, que le provocaba un dolor nuevo e incómodo. De pronto un foco de bajo voltaje iluminó de forma tenue el confesionario y pudo ver el interior con claridad. Unos tubos de plástico, similares a los de las botellas de suero, salían de sus fosas nasales y continuaban unos treinta centímetros más abajo. Allí conectaban con una pieza plástica con forma de Y, volviendo a unirse a otro tubo que subía hasta la boca de una botella colgada boca abajo. Esta pasaba por una polea rudimentaria de madera y latón ubicada en la parte más alta del confesionario. Le pareció reconocer la marca de gaseosa de la botella, sin embargo el liquido no era trasparente, no pudo apreciar el color en la semioscuridad del confesionario, solo que era turbio.
El miedo le hizo reflexionar sobre qué más podría tener metido en su cuerpo. Hizo un reconocimiento mental de toda su anatomía intentando identificar cualquier otro objeto extraño, pero solo sintió la presión de los tubos de plástico metidos en sus fosas nasales.
—Ave María Purísima…
La voz volvió a surgir de la ventana del confesionario. Cuánta tranquilidad trasmitía cuando iniciaba la confesión, con qué serenidad respondía a cada improperio que él lanzaba, pensaba Antonio Bustos. Comenzó a sentir pánico, pero no pensaba doblegarse fácilmente.
—Antonio, es la última oportunidad que te doy antes de que sufras de verdad. ¿Quieres confesarlo todo?
Con la voz gangosa debido a los tubos que tenía introducidos en la nariz, le respondió:
–—¡Primero muerto! –—con ira desmedida.
—Muy bien, no digas que no te lo advertí. Te he dado tres oportunidades para arrepentirte. Una en nombre del Padre, otra en nombre del Hijo y esta última, en nombre del Espíritu Santo —dijo su confesor manteniendo el mismo tono de voz, tranquilo y pacífico. Era una voz plana, pero firme.
Entonces se escuchó un ruido seco de arrastre, como el roce de los cordones de los zapatos, cuando se tira de ellos con fuerza. La botella comenzó a subir lentamente mientras sonaba el chirrido de la polea de madera. Lo último que pudo ver con claridad fue el líquido subiendo hacía su nariz por las sondas mientras la botella se elevaba por el sencillo efecto de vasos comunicantes.
3
Lunes 7 de septiembre, 09:49 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Madrid
Los dos artificieros asignados para manipular y explosionar el paquete bomba se dispusieron a entrar al edificio. Iban protegidos con trajes antibomba de alta tecnología fabricados en Israel.
El escuadrón lo dirigía, en la distancia, el capitán Armando Talavantes, que coordinaba la operación desde el cuartel general de los tedax, en Valdemoro. Decidieron ejecutar el operativo a distancia ya que tardarían mucho en llegar hasta el centro de Madrid y el tiempo apremiaba. Había desestimado la utilización del robot antibombas dentro de la zona roja ya que no se tenían más datos del paquete. Sin embargo ordenó que lo ubicaran dentro de la zona amarilla, por si acaso.
Talavantes llevaba diez años dirigiendo la Unidad Central Operativa del tedax de la Guardia Civil. De formación militar, había participado en la guerra del Golfo, donde fue condecorado con la Medalla al Mérito por su valiosa ayuda a la hora de desactivar bombas lapa de los carros de combate y de los paquetes bomba que enviaba la guerrilla iraquí. Con poco menos de cincuenta años, tenía un cuerpo atlético, aunque no era muy alto. Siempre llevaba la cabeza afeitada al cero. De facciones muy rectas, casi cuadradas, lucía una perilla entrecana muy corta y de trazos delgados e igualmente rectos. Su voz ronca, al igual que sus facciones, era rígida. Vestía siempre con alguna prenda militar informal, como si continuara en un cuartel del desierto. A primera vista, su apariencia era la de un militar de corte duro. Era un hombre de carácter frío, tranquilo y calculador. Perfecto para realizar su trabajo como jefe del escuadrón antibombas; un titubeo podía costarle la vida, o la de muchos otros.
Los sargentos Álvarez y Beltrán fueron los elegidos para manipular el paquete bomba, por su experiencia en desactivar detonadores complejos.
Entraron caminando sigilosamente, vigilando cada paso que daban. Álvarez llevaba un inhibidor de frecuencia en la mano derecha y un pendrive en la izquierda. A primera vista, tenían el aspecto de dos astronautas, pero con trajes color verde oscuro. Al acceder tuvieron que sortear varias cajas y sobres que, al salir corriendo, los mensajeros habían soltado por el suelo.
Muy cerca del mostrador había una caja grande, muy voluminosa, similar a las que se utilizan para embalar lavadoras. La habían dejado cerca del escáner y aún estaba colocada sobre la carretilla que la trasportaba. Estorbaría un poco a la hora de maniobrar el explosivo. Mientras la rodeaban para acceder al interior del mostrador, Álvarez pensó que esa caja era enorme, tan grande como para que no la hubieran podido analizar en el escáner. Se sentó frente al aparato y Beltrán se quedó de pie, unos dos metros detrás de él.
Álvarez introdujo con mucho cuidado una llave en forma de prisma hexagonal que le permitió acceder a un programa del escáner. Tecleó un par de claves y por fin se detuvo el sonido ensordecedor de la alarma y se apagó la luz giratoria. Inmediatamente después instaló y conectó el inhibidor de frecuencia para evitar que el paquete bomba pudiera ser activado con un mando a distancia. No obstante, eso no eliminaba todo el peligro. La mayoría de las bombas que se enviaban por correspondencia también podían explotar por medio de un temporizador, o con un detonador interno que se accionaba al manipular el paquete.
Por otro lado, en el momento en que Álvarez pusiera en marcha el inhibidor, el sistema de intercomunicación que llevaba incorporado en su casco quedaría anulado. No escucharía nada hasta que sus compañeros pudieran rastrear la transmisión codificada del pendrive para enlazarla con el sistema de comunicación digital. Durante un par de minutos no tendrían comunicación con el exterior; ni de sonido, ni de imagen.
En cuanto Álvarez conectó el inhibidor, metió el pendrive e inmediatamente se iluminó un pequeño led de color rojo. Esperó unos segundos y cuando la luz se volvió amarilla exhaló un suspiro contenido con notas de optimismo. En cuanto sus compañeros localizaran una frecuencia digital adecuada, al menos podrían transmitir por audio.
Giró con cuidado la llave a la derecha hasta que sintió un ligero clic. Las puertas blindadas del escáner comenzaron a cerrarse lentamente. Se cercioró de escuchar un segundo clic, esta vez más intenso, que bloqueaba las puertas por completo. Pegó el teclado del ordenador a su cuerpo para no tener que mover mucho los brazos y evitar así cualquier vibración innecesaria.
Comenzó a teclear con suavidad hasta que por fin se desbloqueó la pantalla, que mostraba la imagen congelada del paquete sospechoso. Tenía el aspecto de una radiografía pero en colores.
—Sala de mandos, ¿me reciben? —No hubo respuesta. Después de unos diez segundos de espera, Álvarez lo intentó de nuevo.
—Sala de mandos, ¿me reciben? —Continuaba sin recibir señal. Esperó otros diez segundos.
—Sala de mandos, ¿me escuchan…?
4
Lunes 7 de septiembre
El confesionario
En cuanto la botella topó con la polea, el líquido turbio penetró en su nariz. Antonio sintió como si le metieran lava por las fosas nasales. El ardor subía con rapidez hacia la parte trasera de sus ojos y continuaba hasta la zona superior del cerebro abriendo todo a su paso. Sintió que se ahogaba y tensó todo su cuerpo endureciendo cada músculo, desde el cuello hasta los pies; se le marcaban como si fuera un culturista.
En un brusco acto reflejo su espalda se arqueó, pero los tres amarres de cuero que sujetaban su tórax le impedían desplazar su cuerpo hacia delante. Estos estaban tan tensos que dos de ellos se le clavaron entre las costillas produciendo aún más dolor.
Dos minutos más tarde sintió como si ríos de ácido le quemaran la cara. De pronto el líquido comenzó a bajar por el velo del paladar quemándole a su paso la garganta. No entendía qué podía contener aquella maldita sustancia que lo estaba abrasando por dentro. Sus alaridos eran aterradores. En ese momento su vista se nubló por completo, como si estuviera debajo del mar. Tenía los ojos inundados de lágrimas y no eran de llanto.
De repente sintió como si el cura le estuviera rebanando el cuello con un cuchillo de sierra; como no podía ver bien, estaba completamente confundido y no sabía si tenía cerca al cura o no. Lo extraño era que aún podía respirar por la boca, con esfuerzo, pero podía hacerlo. Eso le hizo pensar que no era un cuchillo rebanándole el cuello, sino el ácido que le estaba quemando por dentro. El dolor era terrible.
Segundos después sintió un par de punzadas afiladas que le atravesaban ambos oídos, como si le hundieran dos picahielos, desde el tímpano hacia el centro de su cabeza. Entonces el dolor se volvió insoportable.
Comenzó a rezar a Dios para sus adentros, con tal de que acabara su sufrimiento, consciente de que podía morir en cualquier momento.
En un momento todo se volvió negro.
5
Lunes 7 de septiembre, 09:59 horas.
Cuartel de operaciones de la Guardia Civil
Valdemoro
Madrid
En la sala de control de operaciones, el capitán Talavantes, junto con el cabo Martínez, un antiguo hacker informático reciclado en agente especial, y el sargento Núñez, experto en química de explosivos y su mano derecha, intentaban localizar la frecuencia de comunicación de Álvarez y Beltrán.
—Probando… ¿Nos escuchan? —Solo se oía alguna interferencia estática de fondo, el resto era silencio.
—Equipo, ¿nos escuchan? —El mismo resultado en otro canal.
—¿Nos escuchan? —repetían en diferentes canales con el mismo resultado.
En el muro frontal de la sala de mandos había cinco pantallas planas de cincuenta pulgadas formando una estructura semicircular. Ninguna mostraba señal de vídeo.
—Sala de mandos, ¿me escuchan? —preguntó de nuevo Álvarez.
—Te escuchamos, pero no tenemos imagen —respondió Martínez—. ¡Ya la tengo! —exclamó con euforia—. La señal se emite por la frecuencia 13.06. —Los otros dos agentes ajustaron dicha frecuencia en sus ordenadores.
Mientras, en la central de Madrid, el sargento Álvarez sonrió al ver cómo la luz del led de su pendrive se volvía azul intenso; ahora también las cámaras de sus trajes, podrían trasmitir señal de video.
En la sala de mandos de Valdemoro las cinco pantallas del panel comenzaron a iluminarse una a una. En la de la izquierda aparecía la imagen que transmitía la cámara instalada en el casco de Beltrán. En la siguiente, la del casco de Álvarez. En la pantalla central, las del sistema del escáner. Eso les permitía observar todas las imágenes en tiempo real. En la cuarta, la imagen de la cámara instalada en el techo de la recepción. Y la última pantalla mostraba los datos del programa informático de explosivos químicos que controlaba el sargento Núñez.
—Ya tenemos todas las imágenes sincronizadas —dijo Talavantes—. ¡Manos a la obra! Álvarez, pasa el escáner por el espectro de gama azul —indicó el capitán desde la sala de mandos.
—Entendido.
La pantalla se iluminó en tonos grises y azul turquesa. Esta mostraba una caja más pequeña dentro del paquete que parecía metálica.
—Álvarez, conecta el espectro ultrasónico —ordenó Talavantes.
—Sí, señor —obedeció y lo puso en marcha.
La pantalla cambió de color mostrando las imágenes del interior de la caja. Se podían apreciar unas láminas metálicas con la misma forma de las tabletas de píldoras comunes.
—Álvarez, ¿qué crees que es? —preguntó Núñez.
—Ni puta idea —respondió—. Parecen tabletas de pastillas, pero podría ser nitroglicerina o c4.[2] Ya hemos recibido antes pastillas de este tipo en paquetes bomba. —Álvarez continuó hablando—. ¿Os habéis fijado en el círculo metálico grande que sobresale?
—Sí, lo hemos visto —confirmó el capitán Talavantes—. Núñez asegura que es un cd.
—Podría ser parte del detonador. Tiene toda la pinta de ser una bomba casera —comentó Álvarez con firmeza.
—Nosotros pensamos lo mismo. Ten mucho cuidado —le recomendó, con tono de cautela, su capitán.
—Capitán, ¿y el objeto de la derecha con forma de fuelle circular? Parece que contenga algo de líquido —volvió a cuestionar Álvarez por la radio.
—Puede tratarse de un explosivo binario,[3] lo cual sería más preocupante —respondió Talavantes.
—Capitán —se escuchó decir por primera vez a Beltrán—, lo del fondo a la izquierda parece una botella de refresco, como las de dos litros de Coca-Cola.
—Eso parece, con más razón podría tratarse de un explosivo binario casero, que son aún más difíciles de manipular —aseguró Talavantes.
—Álvarez —dijo Núñez, que permanecía inmóvil frente a su pantalla—, pon el sistema en modo de cámara normal y busca la etiqueta, quiero saber a quién iba dirigido el paquete.
—Entendido —respondió este con seguridad.
Tecleó una clave y la pantalla se iluminó. Por suerte la etiqueta quedaba en la parte superior. El destinatario y la dirección estaban escritos con letra antigua y tinta negra, la típica tipografía de máquina de escribir Olivetti, en un folio blanco adherido a una caja de cartón sin anuncios. La etiqueta estaba perfectamente alineada y los cierres de embalar eran rectos, centrados casi al milímetro. A través de la pantalla la caja parecía inofensiva.
—¡Va dirigida al capitán Santiago Ybarra! —exclamó Álvarez con incredulidad.
Los tres se quedaron pensativos mirándose unos a otros. ¿Un paquete bomba dirigido a un investigador de la Guardia Civil? Aquello era muy extraño, pensó Talavantes. Su instinto le decía que podía tener cierta lógica. Ybarra era experto en resolver casos difíciles, pero ninguno que implicara terroristas, mercenarios o exmilitares peligrosos.
Talavantes descolgó el teléfono interno y pidió que localizaran al capitán Ybarra lo más pronto posible. Mientras tanto su equipo continuó trabajando.
—Álvarez, dale al espectro electromagnético —ordenó Núñez.
—Entendido, señor.
Continuaron revisando el paquete. El escáner mostraba un objeto rectangular pequeño del tamaño de una pastilla de jabón.
—Álvarez, eso debe ser lo que ha hecho saltar la alarma. Parece el espectro de un explosivo semisólido —afirmó Talavantes.
—Estoy de acuerdo. ¿Qué cree que es, capitán? —preguntó Álvarez.
—Lo vamos a verificar en el ordenador —respondió el capitán.
—¿Ninguno de los otros elementos muestra un espectro explosivo? —preguntó Beltrán.
—No, solo este —le respondió Núñez.
—Qué raro —exclamó Beltrán con tono de preocupación.
—Daos prisa, llevamos ya quince minutos aquí y esto no tiene buena pinta, podría explotar en cualquier momento —dijo Álvarez, notando la incertidumbre que se percibía en la voz de todos.
—No tardaremos mucho, pero por si acaso no os mováis ni un centímetro —respondió con energía Talavantes por el micrófono.
Núñez recortó la imagen de la sustancia que había en la caja pequeña, la colocó en el buscador y el programa comenzó a buscar imágenes similares. Medio minuto después el ordenador mostraba una coincidencia.
—Es nitrocelulosa gelatinizada —exclamaron Núñez y Talavantes con un tono que dejaba ver un atisbo de tranquilidad.
—No he oído bien. ¿Habéis dicho nitrocelulosa? —preguntó Álvarez.
—Sí —afirmó Talavantes—, la misma que en la explosión anterior.
—Entonces podemos estar un poco más tranquilos —respondió con alivio Álvarez.
—La estructura del escáner podría contener la explosión, siempre y cuando la pastilla pese menos de cien gramos —comentó Núñez mientras consultaba los datos técnicos del químico en la pantalla.
—Si explota sería el segundo que se cargan en solo quince días —soltó Álvarez con tono ácido.
La explosión anterior había dejado completamente inservible el otro escáner, y cada aparato rondaba los doscientos cincuenta mil euros.
—Álvarez, vamos a intentar calcularlo —dijo de nuevo Talavantes—. Núñez combinará las imágenes de los cuatro espectros para calcular el ancho y poder determinar el volumen y el peso del explosivo. Tened paciencia, no parece nada grave.
—De acuerdo, capitán —respondió Álvarez muy confiado.
La tranquilidad reinaba en la sala. Si el objeto explotaba sería muy difícil que causara el más mínimo daño a los dos artificieros.
—Álvarez, ¿has visto eso? —exclamó Beltrán muy sobresaltado.
Este fijó rápidamente la vista en la pantalla buscando algo anormal pero no vio nada.
—No veo nada —respondió.
—La caja grande. ¡Se ha movido sola! —dijo de nuevo Beltrán incrédulo.
—Chicos, daos prisa —bromeó Álvarez rompiendo todas las formalidades—. Beltrán se está poniendo nervioso. Dice que la caja grande se ha movido.
—Negativo —contestaron ambos con un ligero tono de ironía. El capitán Talavantes no contestó, en un intento por mantener las formas; no le gustaban las bromas en ese tipo de situaciones.
—Capitán, ¿puede revisar las imágenes? Estoy seguro de que la caja se ha movido —insistió Beltrán.
—Lo haremos —respondió el capitán un tanto condescendiente—, pero tranquilo, de momento la situación no parece grave.
Uno de los oficiales se conectó con el sistema de trasmisión de la cámara de Beltrán y rebobinó las imágenes hacía atrás.
—Daos prisa con el cálculo, por favor —pidió Beltrán un tanto nervioso—. El paquete podría explotar en cualquier momento. Acordaos lo rápida que fue la explosión anterior. Si tengo que desactivar el paquete prefiero hacerlo con tiempo.
—Ya casi está —respondió Núñez—. ¡Lo tenemos! Son cincuenta gramos aproximadamente.
—¡Joder, qué alivio! —Álvarez sabía que, aunque el paquete les explotara de frente, los trajes aguantarían sin problema la onda expansiva.
—Solo nos falta determinar qué tipo de detonador utiliza. Conecta el filtro de infrarrojos —pidió Talavantes.
—Entendido, capitán —obedeció Álvarez.
Este realizó el último reconocimiento con bastante tranquilidad. Ahora se movía con más confianza y rapidez.
—¿Qué coño es eso? —preguntó Álvarez asombrado al ver la imagen que aparecía en la pantalla—. Parecen pimientos. ¡Hay pimientos pequeños dentro de una bolsa!
—Eso parece —contestaron con asombro desde la sala de mandos.
—No veo ningún detonador, no hay cables ni conexiones. ¿Vosotros veis algo? —preguntó Álvarez.
—No. Tranquilos, estamos revisando las imágenes de cada espectro y no hay nada que pueda detonar la nitrocelulosa —les contestó Núñez, con tono de cierta tranquilidad.
—Qué raro —dijo Beltrán un poco desconcertado.
El capitán Talavantes y Núñez continuaban revisando las imágenes una por una. Mientras, el cabo Martínez estudiaba las grabaciones de la cámara de Beltrán y la del techo para verificar si la caja grande se había movido.
—Álvarez, Beltrán, tengo malas noticias —anunció Talavantes.
—¿Qué pasa, capitán? —preguntaron.
—La caja grande sí se ha movido, muy poco; lo hizo de forma regular, con un leve contorneo en su base. Beltrán tenía razón. No me gusta nada este asunto —sentenció el capitán.
Se hizo un silencio total. Las risas, el buen humor y la tranquilidad de minutos antes dieron paso al temor y la incertidumbre, en segundos. El silencio duró poco, les dio tiempo a los cinco a imaginar todo tipo de situaciones; desde una broma de mal gusto hasta lo peor…
—Señor —preguntó Beltrán—, ¿cree que la caja del escáner podría ser un señuelo y la bomba esté en la caja grande? Todo parece planeado para hacernos perder el tiempo.
—Efectivamente, eso pienso también yo. —El tono de Talavantes denotaba gran preocupación.
—¿Qué hacemos, capitán? —preguntó Álvarez. Durante unos segundos, que se hicieron eternos, todos esperaron las ordenes correspondientes.
Por primera vez Talavantes se sintió algo inseguro ante el giro que había dado la situación. Se llevó las manos a la cara y se frotó lentamente oprimiendo su rostro, tratando de encontrar una respuesta lógica. Sabía que la caja grande no podría entrar en el escáner, ni siquiera podría ser manipulada por el robot antiexplosivos. Y por el tamaño, tenía pinta de contener algo pesado y móvil. Si contuviera algún explosivo potente podría causar daños en un centenar de metros a la redonda; una verdadera tragedia, pensó Talavantes.
—Capitán, la caja se ha vuelto a mover. Esta vez sí lo he visto —les comunico Álvarez con tono de sorpresa.
—Afirmativo, lo hemos visto en la pantalla. Tenemos enfocada una cámara a la caja —respondió Núñez.
El tiempo parecía diluirse cada vez más deprisa. La situación era muy preocupante. Debían actuar con rapidez.
—Capitán, si la caja grande está llena de nitrocelulosa o de un explosivo binario, aunque sea menos potente, puede afectar a buena parte de los edificios de la zona —advirtió Beltrán.
—Lo sé, daré la orden para que procedan a evacuarla. Voy para allá; les daré instrucciones desde el helicóptero —respondió el capitán por primera vez con tono alarmante.
Llamó al coordinador de seguridad y dio la orden de evacuar todos los edificios que se ubicaran en el perímetro del recinto. También avisó por radio para que los recogiera un helicóptero en el patio del cuartel. Llegarían en menos de siete minutos. El tiempo apremiaba.
2 Explosivo plástico muy poderoso, utilizado con frecuencia en operaciones militares. Es pequeño, ligero y muy destructivo.
3 Los explosivos binarios funcionan combinando dos químicos líquidos que, por sí solos, son inofensivos pero que al mezclarse hacen que la sustancia resultante muy inestable y especialmente explosiva a cualquier movimiento brusco. Algo parecido a la nitroglicerina pero mucho más inestable y con más poder de destrucción.
6
Lunes 7 de septiembre
El confesionario
Antonio abrió los ojos lentamente sin saber por un momento dónde estaba. Todo era oscuridad. Entonces comenzó a sentir las mismas molestias en nariz, cuello y pecho. Por unos segundos llegó a pensar que estaba muerto, pero el tiempo y la penumbra le permitieron darse cuenta de que continuaba en el confesionario.
Aún tenía los tubos de plástico en su nariz. El terror que sintió al verse de nuevo en la misma situación se fue tornando poco a poco en alegría: no había muerto; le pareció que había pasado más tiempo que el de un simple desmayo.
La voz del Confesor surgió de nuevo al otro lado de la ventana translúcida del confesionario.
—Ave María Purísima…
Unos segundos más y de nuevo la pregunta:
—Ave María Purísima… ¿Antonio, estás despierto?
—¿Qué coño quieres ahora, cura de mierda? —balbuceó de nuevo con voz gangosa debido a los tubos de la nariz. Su tono era de agotamiento pero no bajó la guardia.
—Ya te lo he dicho, Antonio, quiero datos. Si me los das, tu suplicio acabará pronto. Todo depende de ti. La próxima vez será mucho más doloroso, créeme. Te voy a dejar solo unos minutos para que medites y decidas qué quieres hacer. Y por cierto, no te pongas tan gallito que te measte de miedo. Esta vez no seré tan clemente, el líquido tiene el doble de potencia. Además, he añadido un plus de dolor y ahora tal vez te cagues. Lo dicho: tienes unos minutos.
El reo se volvió a violentar, su instinto le hizo reflexionar sobre su situación: no había muerto, así que seguramente había sido un sistema de tortura químico. No notaba ninguna herida, ni sangre, ni secuela que le preocupara; solo un dolor terrible en el rostro y en la cabeza. Si continuaba allí era porque no había confesado nada. La advertencia de provocarle más dolor le preocupaba de verdad. La vez anterior había sido terriblemente doloroso y no estaba seguro de cuánto más podría resistir.
Su situación le hizo reflexionar de nuevo sobre las palabras de su secuestrador: más dolor. Hizo un reconocimiento mental de todo su cuerpo para poder identificar cualquier otro objeto extraño sujeto a él. En aquella posición y con la cabeza inmóvil solo podía ver parte de sus muslos y las rodillas. No tardó mucho en notar algo extraño; una presión soportable en los lóbulos de las orejas, pero no podía girar la cabeza para saber de qué se trataba.
—¿Qué datos quieres? —preguntó fingiendo que quería colaborar intentando así ganar tiempo para repasar su situación.
—Quiero que me digas en qué cuenta o cuentas de bancos suizos depositaste el dinero que estafaste. No quiero infligirte más dolor pero no pararé hasta que me des los datos y confieses tus delitos. Te repito que tengo todo el tiempo del mundo —arguyó el Confesor de forma pausada.
—¡Los datos te los va a dar tu puta madre! —respondió Antonio de nuevo alterado.
—Tú lo has querido…
Una nueva botella tirada por el amarre de la polea comenzó a subir. Los gritos de pánico rompieron el silencio y Antonio solo pudo escuchar sus propios alaridos durante unos segundos. Una sacudida eléctrica pasó de un oído a otro a través de las pinzas que tenía sujetas a las orejas. Entonces comenzó a tener visiones. Una imagen brillante en forma de espiral de espinas puntiagudas en blanco y negro giraba de adentro hacia afuera sin parar. Lo veía todo dentro de una cortina de electricidad estática. Sintió cómo las ondas le pinchaban el cerebro en todas direcciones. El ácido hirviente empezó a abrirse paso de nuevo en su cabeza desde la nariz hasta la parte trasera de los ojos, penetrando a su paso por todos los rincones de su cara. El dolor era insufrible. Sintió de nuevo como si le rebanaran el cuello. Esta vez era más intenso, como si fuera una sierra de carpintero. No se podía mover ni un milímetro, su cuerpo estaba paralizado debido a la intensa corriente eléctrica. Aunque no escuchaba sus propios gritos, sí podía sentir cómo su boca se abría constantemente cuando intentaba inhalar algo de aire.
Entre gritos ahogados comenzó a suplicar clemencia y le dio al Confesor todos los datos que le había pedido.
7
Lunes 7 de septiembre, 10:24 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Madrid
Algunos agentes de Protección Civil, que esperaban para actuar desde hacía media hora, ayudaron a evacuar los edificios aledaños. Todos los ocupantes fueron dirigidos también al parque Santander. El caos reinaba en las calles que rodean el recinto de la Guardia Civil y en varios bloques a la redonda.
A las diez y media en punto se escuchó el helicóptero que transportaba a Talavantes y el resto de su equipo. Bajaron rápidamente y entraron directamente al cuartel de los tedax. Los tres llevaban trajes antiexplosivos ligeros que se habían puesto durante el vuelo.
En una sala improvisada, los otros cuatro artificieros habían montado cinco ordenadores portátiles sincronizados con las frecuencias que les fue indicando el cabo Martínez desde el helicóptero. Se acercaron y se colocaron los micrófonos.
—Beltrán, ¿me escuchas? —preguntó Talavantes a modo de confirmación.
—Veamos —comenzó a decir el capitán—, si la persona que mandó esto hubiera querido, lo habría hecho explotar antes de que llegáramos nosotros. De hecho, la caja pequeña es un aviso de que en la grande seguramente hay un explosivo. Tampoco hay ningún detonador, ni el inhibidor ha detectado señales de detonación a distancia —prosiguió.
—Así es, capitán —respondieron ambos al unísono.
—Creo que todo esto no es más que una advertencia —sentenció de nuevo Talavantes—. Confiad en mí.
—Siempre lo hacemos, señor —respondieron.
—Somos artificieros y nuestro deber es intervenir esas cajas —dijo con energía, consciente de la responsabilidad de sus decisiones—. Álvarez, saca la caja del escáner muy despacio y ábrela. Corta el cartón con cuidado por las aristas superiores. No se ve ningún cable que pase por ahí ni nada que pueda hacerla detonar. Saca la pastilla de nitrocelulosa y llévala al tambor para que la explosionen —ordenó.
—Entendido —respondió Álvarez.
—Beltrán —continuó diciendo el capitán—, en cuanto salga Álvarez inspecciona la caja grande de cerca y dinos qué ves o escuchas. Y por el amor de Dios, no la muevas mucho. Dime si vibra o si oyes algo que nos permita averiguar qué coño hace que se mueva.
—Entendido, señor. —La situación para Beltrán seguía siendo grave. No sabía qué tipo de explosivo iba a manipular y tendría que hacerlo sin ayuda.
Álvarez tecleó en el ordenador del escáner y las puertas se desbloquearon. Al cabo de unos quince interminables segundos sacó el paquete y lo llevó al mostrador de atención al público. Cortó tres de las cuatro aristas superiores y levantó con cuidado la tapa de cartón. Identificó claramente la nitrocelulosa y la sacó. Parecía una pastilla pequeña de jabón de glicerina translúcida envuelta en un plástico de cocina. Dentro tenía un papel a modo de etiqueta. ¿Podría estar el detonador en algo tan fino?, se dijo a sí mismo.
—Álvarez, parece que hay algo escrito en la etiqueta. ¿Qué pone? —se interesó Talavantes.
—No lo sé, no puedo verlo bien con el vaho del casco —respondió Álvarez con fastidio—. Además, el reflejo de la luz de mi lámpara en el plástico no me permite apreciarlas bien. ¿Quiere que me acerque para que lo puedan ver mejor?
—¡No! —dijo Talavantes alarmado—. Podría explotar cerca de tu casco y lesionarte el cuello. Coge tu cámara y haz un par de fotos, pero sin flash. Podría tener un detonador fotosensible.
Álvarez hizo la foto lo más cerca que pudo, no estaba muy seguro de que estuviera bien enfocada. El vaho del casco le impedía ver bien. Cogió las pinzas largas que le había entregado Beltrán y llevó la pastilla al tambor. Salió al patio lentamente sujetando el paquete con firmeza. Depositó la pastilla en el fondo del tambor, instaló una carga explosiva pequeña, la cubrió con un costal de arena especial, para absorber gran parte del impacto de la deflagración; aseguró el tambor con una tapa perforada y se retiró a la zona amarilla. Una vez estuvieron todos resguardados, uno de los artificieros explosionó la carga con un mando a distancia.
La detonación fue ligera. Apenas se notó un rastro de vapor caliente, parecido al que se genera en el asfalto de las carreteras en días muy calurosos. Inmediatamente comenzó a oler a caucho y tierra quemada, mientras caía una lluvia tenue de arenisca blanca alrededor del tambor. Aquel olor penetrante permaneció unos minutos flotando en el ambiente.
Nada más escuchar la explosión, Beltrán, siguiendo las instrucciones de su superior, se acercó a la caja y comenzó a palparla. No detectó nada; ni vibraciones, ni ruidos. Parecía como si la caja estuviera hueca.
—Capitán…
—Dime, Beltrán —respondió Talavantes algo impaciente.
—Por la parte superior parece vacía —aseguró Beltrán.
—¿Y más abajo? —continuó preguntando.
—Sí, aquí siento un poco de presión, pero muy ligera —respondió Beltrán intrigado.
—Continúa un poco más abajo —ordenó el capitán.
—Capitán, aquí siento más presión, como si hubiera una masa pesada en el fondo de la caja.
—Prueba por todo el perímetro —continuó diciendo Talavantes.
Beltrán pasó la mano alrededor de la caja por la parte más pegada al suelo.
—¡Capitán! —dijo de repente sobresaltado.
—¿Qué ocurre, Beltrán?
—Se ha movido, ha reaccionado a la presión —exclamó aún con el susto en el cuerpo—. Apenas lo he notado pero juro que se ha movido.
De repente, algo le hizo pararse en seco y permanecer alerta.
—Señor, he oído algo —aseguró todavía inmóvil—. Dirá que estoy loco capitán, me pareció que era como… el llanto de un gatito.
Talavantes meditó unos segundos. ¿Un gatito maullando? Aquello sonaba a broma perversa.
—Beltrán, acércate al escáner y observa la cinta de embalar de la imagen de la caja y dime si se parecen. Fíjate en cada detalle: color, tamaño…
—Sí, señor —obedeció este.
Buscó la imagen y la analizó con atención comparándola con la caja grande.
—Capitán, las dos cintas son idénticas —afirmó.
Talavantes tuvo una nueva corazonada. Todo comenzaba a cuadrar; aquello era un ardid para que la caja grande llegara a su destinatario final: el capitán Ybarra.
—Muy bien, Beltrán —continuó el capitán—. Ahora haz lo mismo; empieza a cortar por las aristas. Si te topas con lo más mínimo que detenga o frene el filo de la cuchilla, para de inmediato.
—Entendido, capitán —respondió solícito.
Empezó a deslizar el cúter por las aristas sin ningún contratiempo. Cuando llegó a la tercera buscó algún indicio de cables o mecanismo que activara la posible carga explosiva. No había nada que indicara la presencia de un detonador. Entonces miró hacía el fondo de la caja.
—¡Pero qué coño…! —gritó alterado el sargento—. Señor, ¿pueden ver lo que yo veo?
Al escuchar la expresión de Beltrán, Talavantes y Núñez imaginaron lo peor.
—Negativo, con la sombra solo apreciamos un gran bulto embalado —respondió Núñez esta vez.
Beltrán encendió la linterna que llevaba instalada en un lateral del casco. Un potente haz de luz iluminó hacia donde dirigía su mirada.
—¡Dios Santo! —exclamó Talavantes. Salió corriendo hacia la recepción dejando a Núñez y Martínez al mando de los sistemas.
En el fondo de la caja había un hombre casi desnudo, amordazado, atado de pies y manos y con claros síntomas de agotamiento, pero respiraba y parpadeaba, aunque muy lentamente. Estaba colocado en posición fetal, recostado sobre su lado izquierdo y rodeado por completo por metros y metros de cinta americana. Tenía la frente pegada a las rodillas y la nariz metida entre los muslos. Estaba totalmente inmovilizado. De hecho, pese a que el cartón no era muy grueso, estaba tan bien embalado que era imposible que pudiera romperlo. En la parte del muslo derecho que quedaba hacia arriba tenía escrito con letras rojas la palabra culpable. La tipografía era estilo esténcil, la misma que se utiliza en las cajas de madera de las mercancías marítimas.
Todos los agentes dispuestos en ambas zonas de seguridad corrieron a ayudar al sargento Beltrán. Álvarez fue el primero en entrar.
Se quitaron los cascos y los guantes para poder maniobrar con más libertad y retiraron la carretilla con suavidad para no lastimar a aquel pobre desgraciado, que además olía realmente mal, seguramente se había meado no pocas veces. Terminaron de desmontar la caja con el cúter y, con mucho cuidado, continuaron con los metros de cinta que cubrían el cuerpo de aquel hombre.
—¡Salgan todos inmediatamente! —ordenó Talavantes al entrar—. Solo quiero aquí a Beltrán y Álvarez. Cualquiera de estos paquetes podría contener otro explosivo; seguiremos el protocolo de actuación como es debido.
En pocos minutos se vieron rodeados de varios guardias civiles que, junto con los artificieros, les ayudaron a liberar al desdichado. El personal sanitario se colocó al ras del límite de la zona roja de seguridad, como indica el estricto protocolo en esos casos.
Mientras terminaban de liberar el cuerpo, Talavantes se colocó un casco antibombas, cumpliendo igualmente con el protocolo. Le gustaba dar ejemplo, solía decirse a sí mismo, de que «el buen pastor comienza por casa».
Aquel individuo estaba rodeado de más metros de cinta de los que aparentaba a simple vista. Una vez hubieron retirado el último trozo, lo sacaron entre cuatro guardias civiles de la oficina de acceso, para que pudieran actuar el equipo sanitario de la ambulancia
Tendieron al hombre, que se había desmayado por hiperventilación, en el suelo. Lo estiraron con cuidado y lo colocaron en la camilla. Una vez en la ambulancia, comprobaron sus constantes vitales y le tomaron una vía de suero en vena.
8
Lunes 7 de septiembre, 10:45 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Madrid
Una vez liberado el sujeto que venía dentro de la caja, Álvarez y Beltrán se dispusieron a revisar los paquetes y sobres que había desperdigados por el suelo de la recepción. Activaron de nuevo el escáner y los pasaron uno a uno por la cinta transportadora revisándolos con cautela pero con más tranquilidad. Estuvieron inspeccionando paquetes unos veinte minutos más. No encontraron nada sospechoso. Solo un par de sobres grandes sin remitente en los que tampoco había nada.
Al mismo tiempo, el personal de la sala de mandos repasaba cada imagen grabada en busca de algún detalle que se les hubiera podido escapar. Pusieron especial atención en las imágenes grabadas por la cámara instalada en el techo de la recepción. Estudiaron el momento en que el mensajero entraba con ambos paquetes. Buscaban un cómplice, alguien que hubiera actuado de forma sospechosa en los minutos previos a que se activara la alarma. No encontraron nada.
El capitán Talavantes ordenó a todo el personal que se reuniera en la sala de conferencias de la quinta planta. También hizo llamar a Ybarra y al equipo de la policía científica. Les esperaba a todos en una hora.
9
Lunes 7 de septiembre, 11:11 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Explanada central
Madrid
Los médicos tardaron al menos diez minutos en estabilizar al sujeto. Tuvieron que administrarle oxígeno y colocarle dos vías con suero glucosado y salino. Cuando estaban sujetando al paciente para subirlo a la ambulancia, se escuchó una voz a sus espaldas:
—¿Este es el hombre que venía dentro de la caja? —dijo Santiago Ybarra con tono autoritario.
—Sí, señor —respondió el jefe del equipo sanitario.
El perfil de Ybarra era poco frecuente entre la Benemérita. Licenciado en criminología por la Universidad de Valencia, con un postgrado universitario en Madrid y un año de intercambio con el departamento de investigadores de Scotland Yard.
Su físico tampoco pasaba desapercibido: un metro noventa y dos centímetros de estatura y ochenta kilos. Vestía siempre con camisa blanca inmaculada, con los puños y el cuello tan almidonados que parecía que las estrenase cada día. Siempre con corbata negra lisa y de seda, con un nudo estilo español de trazo perfecto (tenía siete iguales, una para cada día de la semana). El traje, de casimir inglés y siempre de tonos oscuros, era de color gris grafito. Era su particular forma de ir uniformado. Su cargo de investigador jefe no le hacía olvidar su gusto por los uniformes. Ahora no tenía que llevarlo, pero él se uniformaba a su manera. La disciplina y la rectitud se adivinaban hasta en su forma de andar. A punto de cumplir treinta y ocho años, estaba casado y tenía seis hijos, más otro que venía en camino. Pertenecía a la comunidad del Camino Neocatecumenal, o los kikos[4], fundada por Kiko Argüello.
Participante activo de su comunidad religiosa, Ybarra era un predicador frecuente en los seminarios juveniles. Sus conceptos de lealtad, respeto al prójimo, honestidad y rectitud hacían de él un modelo a seguir.
De tez trigueña, pelo negro liso y abundante, su rostro era alargado, con las facciones angulosas y marcadas en parte gracias a las dos horas diarias de correr y gimnasio. Solía utilizar gafas de pasta negra, de esas entre clásicas y antiguas, que lucen como el último modelo retro.
Santiago Ybarra tenía pocos vicios. Solo fumaba dos puritos habanos al día, de esos que se lían a mano en Cuba; uno después de comer y otro después de cenar. Solo bebía alcohol en ocasiones especiales, casi siempre vino, su pasión. Acostumbraba a tomar una copa tres o cuatro veces por semana.
Un paso por detrás del capitán Ybarra se encontraba su ayudante, el teniente Roberto Negrete; un verdadero personaje. Guardia civil forjado a la vieja usanza, o como él decía, «a base de muchas hostias». Tenía cincuenta y cinco años y treinta y cuatro de servicio, diez de los cuales había servido en la policía local y veinticuatro en la Guardia Civil. Se negaba a retirarse, antes prefería morir en el cumplimiento del deber. Era lo opuesto a Ybarra; tan diferentes como la noche y el día. Mientras Ybarra parecía un gentleman inglés, Negrete era lo más parecido a un gorila, un espalda plateada, incluyendo la prominente y dura barriga que los caracteriza.
Era temido en todo el cuartel, y con razón. Su fuerza era algo fuera de lo normal para una persona de su edad, y sobre todo de su estatura; un metro sesenta y ocho centímetros de músculo comprimido. Para rematar su aspecto, sus colmillos sobresalían ligeramente de la línea circular medía de su encía y eran un poco más alargados, que el resto de los dientes. En una ocasión le soltó una colleja a un chaval imberbe de una tribu urbana de góticos que le preguntó dónde le habían hecho esos colmillos tan «alucinantes».
Sí existe un vínculo genético entre el hombre y el gorila, Negrete era una muestra de ello. Y su inusual fuerza, la confirmación de la teoría. Los gorilas espalda plateada tienen diez veces mas fuerza que el humano promedio.
Había algo que Ybarra y Negrete tenían en común: su rectitud y moral. Eran leales e incorruptibles. Hombres con altos estándares de ética y justicia, de los que quedan pocos hoy en día. Aunque Negrete era más bien de mano dura, casi tanto que se manejaba en la delgada y delicada línea que separa la legalidad de la ilegalidad. Sin embargo, cuando actuaba bajo el velo de la ilegalidad, era porque consideraba que algo era injusto, debido a los vacíos legales o leyes absurdas que regían el país.
Esto no acababa de convencer mucho a Ybarra, que intentaba respetar las leyes a rajatabla. Pero si tenía que poner en una balanza lo bueno y lo malo de Negrete, lo bueno hacía que esta se inclinase a su favor, por mucho.
Así como Ybarra parecía vivir atrapado en los años ochenta, Negrete se había quedado en los sesenta. Usaba un par de americanas de piel negra que alternaba diariamente y que debían ser de buena calidad, ya que llevaba años con ellas. Vestía camisas de colores claros lisos, siempre abiertas hasta un botón antes del pecho, por lo que se podía apreciar lo extremadamente velludo que era. Ese detalle le daba un ligero aire de chulo de aquella época, así como su crucifijo de oro antiguo. Su rostro ancho, anguloso y comprimido estaba enmarcado por un mentón prominente. El cabello abundante y ligeramente rizado le brotaba desde la parte media de la frente, la cual era muy estrecha por la enorme cantidad de pelo que tenía. Utilizaba gomina y se peinaba hacia atrás, lo que le hacía parecer aún más un homínido. Un bigote denso y recortado al estilo Groucho Marx era su rasgo más distintivo. Tenía la nariz deformada y las orejas eran lo más parecido a dos coliflores, consecuencia de su paso por el boxeo amateur, deporte que había practicado durante quince años.
Ybarra levantó ligeramente la mascarilla de oxígeno del embalao, como ya lo habían apodado. El hombre continuaba inconsciente. Lo observó un momento y volvió a colocarle la mascarilla con suavidad. Hizo una seña a su compañero y este también le echó un vistazo. Levantó las cejas como señal de sorpresa pero no dijo nada. Ambos se miraron fijamente y asintieron con la cabeza. No mediaron palabra pues cada uno sabía lo que pensaba el otro.
—¿A qué hospital lo van a trasladar? —preguntó Ybarra al jefe de los médicos
—Al Hospital Central, señor —respondió uno de ellos de forma protocolaria.
Ybarra le hizo un gesto a Negrete con la mirada y este asintió. Se retiró un par de metros para hacer una llamada.
—En cuanto lleguen al hospital, un par de nuestros agentes les estarán esperando —dijo muy serio el capitán al médico—. Tendrán órdenes estrictas de no separase de este hombre en ningún momento. Solo lo harán en caso de que tenga que pasar por un quirófano. Por favor, informe a sus superiores en el hospital, es de suma importancia.
—Entendido, capitán —obedeció el sanitario.
Cerraron las puertas de la ambulancia y con las sirenas puestas lo trasladaron al hospital, escoltados por una patrulla de la Policía Nacional que les iba abriendo camino y otra que los resguardaba por detrás. Ybarra se dirigió hacia Negrete, que ya había terminado de hablar por el móvil.
—¿A quién has enviado? —le preguntó mientras se aproximaba a él.
—Al Ruso y al Negro. Harán guardias de seis horas hasta que salga del hospital. De momento los dos van para allá —aseguró Negrete con confianza.
—Bien, pero manda a otros dos —insistió Ybarra—. No quiero que se despeguen de esa puerta ni para mear. Quiero al menos un hombre en todo momento, y dos en las horas de más visitas.
—Vale, jefe. —Negrete se disponía a hacer una llamada cuando Ybarra lo interrumpió.
—Vamos, Talavantes y los de la científica nos esperan en la sala de conferencias.
—¿En la sala de conferencias? —preguntó con sorpresa Negrete.
—Sí, por lo visto somos tantos que no cabemos en la sala de reuniones.
—¿Y tantos para qué? —cuestionó de nuevo Negrete.
—Ni idea, me parece que habrá jaleo —respondió Ybarra ligeramente molesto—. Este asunto ha provocado mucho escándalo y los de arriba quieren respuestas. Ve llamando a los nuestros, seguro que vamos a necesitar refuerzos. Nos van a meter presión.
Negrete continuó dando instrucciones por teléfono para que enviaran un par de refuerzos al hospital, y dando instrucciones a varios de los agentes que investigaban ese caso.
Los hombres de confianza de Negrete para el trabajo duro, el que suponía un esfuerzo físico fuera de lo habitual, eran el Ruso y el Negro; dos guardias civiles con una excelente preparación física, auténticos atletas. Su aspecto físico les había hecho merecedores de sus apodos. Uno podría ser el prototipo de agente de la kgb. Aunque había nacido en Nerja, se notaban claramente los genes de su abuelo alemán. El otro, no era de raza negra, pero era tan moreno que tenía el aspecto de un agente secreto caribeño, aunque era originario de Barcelona. Igualmente se podía apreciar en él la herencia genética de sus antepasados mulatos.
Ambos formaban una de las mejores parejas de investigadores a cargo del capitán Ybarra.
4 Los Kikos forman una escisión de la Iglesia católica, que fue apoyada por Juan Pablo II. Es una comunidad más estricta, dura y ortodoxa que el Opus Dei.
10
Lunes 7 de septiembre, 12:00 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Sala de conferencias
Madrid
La sala comenzó a llenarse. Poco a poco empezaron a llegar agentes de las diferentes divisiones: artificieros, policía científica y el equipo de investigación del capitán Ybarra. Talavantes y los cuatro artificieros que intervinieron en la operación, entre ellos Beltrán y Álvarez, fueron los últimos en entrar.
En la zona donde generalmente se colocan los ponentes se sentaron Talavantes e Ybarra. Junto a ellos, el jefe de la policía científica, el capitán Sergio de la Bárcena. Un hombre con aspecto de profesor universitario, medio calvo, con el pelo liso y peinado con raya al lado. Su rostro ovalado aún reflejaba las huellas de una viruela agresiva padecida en la infancia, tenía buena parte de la cara con la piel picada.
De la Bárcena había sido, veinte años atrás, uno de los pioneros en la formación del grupo de la policía científica. Biólogo de profesión, ingresó en la Guardia Civil gracias a un amigo de su padre que pertenecía al cuerpo. En la facultad obtuvo una de las calificaciones más altas de su promoción y su coeficiente intelectual rondaba la categoría de genio. Pero en inteligencia emocional era deficiente. No era nada empático, más bien arisco y un tanto huraño. Eso le había impedido llegar más lejos de lo que su brillante mente prometía. No obstante, llevaba diez años dirigiendo el laboratorio científico del cuartel general de la Guardia Civil con bastante éxito. Aunque un sonado caso había dejado a su departamento mal parado. Uno de los científicos de su laboratorio confundió los restos óseos de unos roedores con los de unos niños asesinados. Aquel error ralentizó el juicio, que tuvo una gran repercusión mediática. La mala imagen profesional ante sus superiores y ante la opinión pública afectó considerablemente a su carrera, incluso su puesto se tambaleó. Al final, su currículum y la gran cantidad de casos resueltos en los últimos diez años jugaron a su favor. Eso y el hecho de que se demostrara que él no firmó ningún documento correspondiente a dicho caso.
Más de veinte agentes esperaban en la sala. Talavantes, que dirigía la reunión, le cedió la palabra a Ybarra.
—Buenas tardes, señores. —Todos contestaron el saludo—. Imagino que algunos de ustedes no saben muy bien a qué se debe esta reunión. —Varios de los presentes afirmaron con la cabeza—. El objetivo es reunir todas las piezas para intentar identificar al sujeto que nos envió al embalao, o al menos trazar un perfil.
Todos asintieron de forma gutural. La sorpresa y consternación se reflejaba en los rostros de los asistentes. No estaban acostumbrados a trabajar en casos como aquel, tan típicos de países como Estados Unidos o Reino Unido.
—Hemos identificado al individuo de la caja como José Ruiz Navarrete, de cuarenta y un años y residente en Almería. —El capitán Ybarra cogió el informe que tenía sobre la mesa y continuó leyendo—: Acumula una larga lista de delitos de pederastia, desde tráfico de vídeos y fotos en Internet hasta el abuso de un niño y una niña, por lo que fue condenado a diez años de prisión. Hace dieciocho meses, cuando llevaba cumplidos seis años de condena, consiguió la libertad condicional por buena conducta y por no haber cometido delitos de sangre. —El capitán siguió pasando páginas mientras leía—. El verano pasado fue acusado de nuevo del presunto secuestro de dos niñas y un niño de entre nueve y doce años. Dos hermanas y un primo de estas; los niños García, de los cuales aún no hay rastro, sin embargo se encontraron pruebas suficientes en su piso como para procesarle. —En ese momento Ybarra cerró el expediente y lo dejó caer sobre la mesa para continuar hablando—: Él niega todos los hechos. Pudimos detenerle a través de un operativo conjunto entre varias ciudades donde detuvimos también a media docena de pederastas. Entre los archivos intervenidos encontramos fotografías de los niños García. Hace dos semanas se fugó a la salida de una vista en el juzgado. Aprovechó el revuelo que se formó entre la turba que lo quería linchar. Desde ese día no habíamos vuelto a saber nada de él.
Iba a continuar hablando cuando Beltrán levantó la mano.
—Dígame, sargento —atendió Ybarra.
—Supongo que ya han contemplado esa posibilidad pero, ¿han investigado a los familiares de los niños?
—Más de treinta agentes de paisano de la policía nacional han vigilado cada paso de los posibles sospechosos —respondió Ybarra—. Nueve familiares para ser exactos; cuatro consanguíneos y cinco parientes cercanos. Son los que identificamos en los vídeos que nos proporcionó la televisión local.
—Entonces el paquete lo podría haber enviado algún otro familiar en complicidad con alguno de estos —comentó otro de los agentes.
—Negativo, agente —respondió con contundencia Ybarra, que tenía informes muy detallados de los movimientos de cada uno de los familiares y amigos de la familia de los niños García. Además, hemos intervenido los teléfonos de todos los familiares.
—Tiene razón el capitán Ybarra —comentó Núñez dirigiéndose a Talavantes—. El envío del paquete bomba que explotó dentro del primer escáner fue anterior a la fuga de este sujeto. Y el material utilizado para explosionarlo fue el mismo, incluida la cantidad. Por lógica se trata de la misma persona. Algo ha debido pasar entre medias. Quizá en otra comunidad o en otra dependencia…
—Núñez tiene razón —respondió Talavantes atajando la respuesta en el aire—, pero eso lo comentaremos más tarde en una reunión con el resto de artificieros que estuvieron ese día de la explosión. —Su tono de voz se volvió cauteloso, como advirtiendo de forma sutil a Núñez que se callara.
—De acuerdo, capitán —afirmó Núñez con un ligero tono de sumisión, consciente de su error. Había hablado más de la cuenta llevado por la inercia de los acontecimientos en su afán por querer encontrar coincidencias.
A Ybarra aquel gesto no le pasó desapercibido.
En ese momento, un agente del laboratorio que aún llevaba puesta la bata blanca, entró en la sala y le entregó un sobre a de la Bárcena. Todos se mantuvieron expectantes mientras este le echaba una ojeada rápida. Entonces se levantó y se dirigió a los asistentes.
—Ya tenemos la lista del contenido de la caja. A ver qué conclusiones podemos sacar —dijo este, y empezó a leer—: Además de la pastilla de nitrocelulosa, la caja contenía una botella de gaseosa La Casera de litro y medio casi vacía, una caja de ibuprofeno de cuarenta comprimidos, de los cuales faltan dieciocho, una caja de pastillas efervescentes Alka-Seltzer de veinte comprimidos a la que le faltan solo dos, una caja de sobres antigripales de la que faltan seis, siete guindillas extrapicantes dentro de su empaque original. Hay una nota del laboratorio que indica que, considerando el peso que aparece en la etiqueta y el de cada guindilla, al parecer faltan entre cuatro y cinco unidades. —De la Bárcena continuó enumerando los diferentes elementos de la lista—: Una sonda de plástico en forma de Y con una goma de silicona en un extremo, un bote pequeño de vaselina, un cd que están analizando en el laboratorio de sonido y un ticket de compra sin más indicación que unas cantidades que suman un total de nueve euros con cincuenta. —El capitán mostró una fotocopia en color ampliada del ticket—. Y por supuesto no hemos encontrado ni una sola huella ni tampoco nada que pudiera detonar la nitrocelulosa —aseguró Talavantes—. Solo la utilizó para que se accionara la alarma del escáner y que inspeccionáramos el paquete.
Mientras tanto, Ybarra repasaba mentalmente la lista del contenido de la caja. Estaba seguro de que ese ticket era clave, si no, no lo habría incluido. ¿Qué indicarían todas aquellas cantidades? Pensó en la imagen del embalao con la palabra culpable escrita en el muslo. Un explosivo que no podía explotar, el cd, las guindillas, las pastillas efervescentes, la botella de gaseosa, la sonda, la vaselina, el ibuprofeno…
De repente, una idea le vino a la cabeza. Pasó un par de hojas del informe del laboratorio y se detuvo en la foto de la caja de ibuprofeno. Sin decir nada, sacó su móvil y llamó a su secretaria.
—Buenos días, Chari —se dirigió educadamente a la mujer—. ¿Podrías, por favor, subirme la caja de ibuprofeno que hay en el cajón de mi mesa? Gracias. —Inmediatamente colgó el teléfono.
—Sergio, ¿puedes hacer que suban la caja de ibuprofeno de la lista? —preguntó entusiasmado a de la Bárcena.
—¿Qué ocurre, Santiago? —preguntó este mientras hacía un gesto a uno de sus agentes para que fuese a por el medicamento.
—Tengo una corazonada.
Ybarra continuaba repasando mentalmente la lista de la caja. Las guindillas era lo único que no le cuadraba pero debían tener alguna conexión con el resto de los objetos. Entonces recordó una charla que tuvo años atrás con uno de sus agentes sobre torturas en países del tercer mundo. En ese momento irrumpió en la sala Chari, la asistente de Ybarra. Una morena no muy alta, delgada y atractiva que provocó un silencio inmediato. Se dirigió a Ybarra y le entrego los calmantes, que eran de la misma marca que los encontrados en la caja del embalao. Aquel buscó inmediatamente el precio recomendado por el laboratorio. Entonces cogió la fotocopia del ticket.
—¡Lo sabía! Dos euros con cincuenta —afirmó con tranquilidad. Todo empezaba a cuadrar en su cabeza—. Nos ha mandado la cuenta de la confesión. Hacerle confesar sus crímenes le costó nueve euros con cincuenta. Si no me equivoco, las cantidades del ticket corresponden a los precios de cada uno de los productos de la lista. Y me jugaría el cuello a que el cd contiene una grabación de la confesión del pederasta.
—Pero señor —replicó Álvarez—, en la lista hay ocho productos y en el ticket constan nueve cantidades. Algo no cuadra.
—Sí, hay algo que se nos escapa, aunque estoy seguro de mi teoría —dijo mientras se giraba hacia su ayudante—. Negrete, llama a Mendoza y dile que venga inmediatamente.
Negrete salió de la sala mientras sacaba su móvil.
—Perdona, Santiago ¿quién es Mendoza? —preguntó Talavantes intrigado.
—Uno de nuestros agentes especializado en mafias latinoamericanas —respondió—. Se ha formado en la policía judicial mexicana y es experto en «confesiones atípicas».
—Explícate —pidió de la Bárcena levantando la ceja con suspicacia.
—Son confesiones en las que se recurre a torturas que no dejan huella, muy utilizadas por la policía mexicana y muchas otras de países latinoamericanos. Así los jueces no pueden revocar una sentencia por malos tratos o tortura al detenido —explicó Ybarra.
—No quiero ni imaginármelo —respondió de la Bárcena.
—No te haces una idea de lo que son capaces de hacer en la policía mexicana para obtener una confesión —sentenció el capitán.
El agente que había ido al laboratorio a por la caja de ibuprofeno entró en la sala y se la entregó a Ybarra. Este la revisó y sonrió entre dientes: ¡qué listo!
—¿Qué pasa? —preguntó de la Bárcena.
—Que el muy hijo de puta le quitó el código de barras para que no pudiéramos hacer un seguimiento del lote e identificar dónde lo compró. Sin embargo sí que dejó el precio; dos euros con cincuenta. Seguramente habrá hecho lo mismo con las pastillas efervescentes y los antigripales. —De la Bárcena sacó su móvil y llamó al laboratorio. Unos instantes después miró a Ybarra y afirmó con un gesto confirmando su teoría.
Se abrió la puerta y apareció el teniente Melchor Mendoza, que se dirigió directamente a Ybarra.
Mendoza era español pero su físico dejaba al descubierto su ascendencia mexicana. Su abuela materna era una india mestiza descendiente de la tribu de los olmecas. Nacido en Santander, se había formado en química en la Universidad Complutense de Madrid. Posteriormente había cursado un máster en bioquímica por la Universidad de Granada. Terminó su formación en Ciudad de México, gracias a una beca de intercambio entre la Guardia Civil y la Policía Judicial mexicana. Había trabajado en México, Guatemala, Colombia y El Salvador con los grupos más violentos de cada país.
—Buenos días, capitán —saludó a Ybarra. Después se dirigió al resto de los asistentes—: Buenos días a todos.
—Gracias por venir, Melchor —le agradeció Ybarra—. Supongo que Negrete te habrá puesto un poco al tanto de lo sucedido esta mañana.
—Más o menos. Ayer estuve de guardia y llegue hace un par de horas —respondió.
—Te presento al capitán Armando Talavantes, jefe del escuadrón de artificieros de Madrid, y al capitán Sergio de la Bárcena, director del laboratorio de criminalística.
—Permíteme la lista del contenido de la caja, Sergio —solicitó Ybarra a de la Bárcena.
Mientras Mendoza leía, Ybarra comenzó a explicarle:
—Estos son los objetos que encontramos en la caja que llegó esta mañana. Me gustaría que explicases a los compañeros para qué se utilizan —le pidió a al agente Mendoza.
Este echó otro vistazo a la lista.
—¿Esto es todo? ¿No había nada más, capitán? —dijo girando el folio intentando descubrir algún otro elemento que añadir a la lista.
—¿Como qué? —intervino de la Bárcena.
—Un suero salino, de esos que suelen venir en envases con forma de acordeón, como los utilizados para lavativas oculares o nasales —explicó Mendoza.
—Si no viene en la lista, imagino que no —sentenció de la Bárcena.
—Seguro que lo utilizaron, aunque no venga dentro de la caja —respondió Mendoza con absoluta seguridad.
—Ese será el noveno producto de la lista —afirmó Talavantes—. Álvarez, Beltrán, ¿recordáis el objeto en forma de fuelle?
—Sí, señor, era algo parecido a lo que describe el teniente Mendoza —respondió Álvarez.
—Imagino que aún están buscando huellas y se les ha pasado anotarlo en la lista —se disculpó de la Bárcena tratando de exculpar momentáneamente a los agentes del laboratorio.
—Sergio, ¿te importaría verificar si el envase del suero estaba dentro de la caja? —solicitó Ybarra de forma condescendiente.
—Sin problema. —De la Bárcena hizo un gesto al agente que había traído el ibuprofeno y este salió de nuevo hacia el laboratorio.
—Mientras tanto, ¿podrías explicarnos el uso de estos artilugios? —le pidió el capitán a Mendoza.
—Por supuesto, señor. —Mendoza se colocó en la zona de ponentes y empezó a hablar—: Este es el método al que recurre la policía mexicana para obligar a confesar a alguien que, generalmente, es débil física o mentalmente. Se cogen tres chiles habaneros, una de las guindillas más picantes que existen, y se golpean ligeramente intentando no romper la vaina. Así las semillas y las venas internas, que contienen la mayor parte del picante, se separan y se abren liberando la sustancia picante en la carne de la vaina. Después se tuesta a fuego lento para que se deshidrate y se concentre más el picante, que además se potencia con el calor del fuego. Se dejan enfriar y se baten con agua hasta que quedan completamente líquidos. Esta mezcla se añade a la botella de gaseosa, con cuidado para que no libere mucho gas. Es necesario para que la mezcla penetre bien dentro del cuerpo.
Se dirigió a la pizarra blanca que tenía tras de sí y dibujó el perfil de una cabeza humana.
—Se cubre bien la nariz internamente con vaselina —continuó diciendo mientras indicaba en el esquema cómo se aplicaba cada elemento—. Esto tiene una doble función: la primera es que las pastillas efervescentes, que se introducen partidas por la mitad, una en cada fosa nasal, penetren bien. La segunda es evitar que con la mucosa se active la efervescencia en las pastillas. También permite introducir fácilmente la sonda tubular en cada fosa nasal. Después se une el tercer extremo de la sonda con la pieza de silicona a la boca de la botella de gaseosa con el picante batido y se levanta unos treinta centímetros por encima de la cabeza.
¡No me lo puedo creer! —exclamó indignado el capitán Talavantes—. ¿Y así es capaz de confesar un crimen un delincuente? Parece una simple lavativa nasal.
—Mendoza, explícale al capitán lo que pasa en el cuerpo cuando reaccionan esas «sustancias tan inofensivas»— comentó Ybarra con un toque muy irónico.
—Si me lo permite, señor —se excusó Mendoza—, creo que primero es conveniente que les explique cómo reacciona el cuerpo humano a la capsicina, la sustancia que hace que los chiles y las guindillas piquen. Esta sustancia genera en el cerebro la misma respuesta química que cuando el cuerpo se quema con fuego. Por eso uno suda tanto cuando come mucho picante, para refrescar el cuerpo y bajar la temperatura de la supuesta quemadura. Especialmente cuando es muy picante, la señal es similar a la de una quemadura de segundo o tercer grado. Al mismo tiempo, el cerebro también libera endorfinas para que el cuerpo quede un poco anestesiado. Por eso, después de comer mucho picante, el cuerpo recibe esa sensación de placidez que dura entre una y dos horas.
—Visto así, no parece tan agresivo como para hacer confesar un crimen de pederastia y secuestro. —Talavantes mostró su incredulidad.
—Señor, con el debido respeto, no se hacen una idea de lo agresivos que son algunos chiles, especialmente estos que vienen en el paquete —advirtió Mendoza—. Esta especie está entre los cinco más picantes del mundo. Para que se hagan una idea, cada chile contiene la misma cantidad de capsicina que treinta botellas de salsa tabasco. Cuando un picante tan intenso invade zonas del cuerpo tan sensibles y delicadas como las mucosas interiores, que no están acostumbradas a recibir el impacto de una sustancia tan irritante, el mensaje que llega al cerebro es de estar sufriendo quemaduras de al menos segundo grado.
»Los vasos sanguíneos se dilatan para hacer llegar más humedad a la piel y las mucosas que, se supone, se están quemando. Cuando el chorro de agua con gas, mezclado con el picante, pasa por las pastillas efervescentes, provoca una espuma terriblemente irritante que invade todo el sistema respiratorio, desde la garganta hasta la parte más alta de la nariz, inundando incluso los senos nasales y colándose a las glándulas de los lagrimales. Las mucosas faciales se inflaman emitiendo un moco muy líquido en respuesta a la agresión, lo que ocasiona una sensación de ahogo absoluto. Aunque uno continúa respirando por la boca, no lo siente, ya que tienes los sentidos bloqueados y confundidos. Es como si se te cerrase la entrada de aire al cuerpo. El dolor es tan intenso que parece que los ojos se van a salir de sus órbitas, los oídos te arden como si tuvieran quemaduras internas, la cara parece que fuera a estallar. Lo más impresionante es cuando sientes cómo el líquido sale por el velo del paladar hacia la boca. Es como si te rebanaran el cuello de lado a lado, como un corte doloroso con una sierra gruesa y poco afilada. En ese momento sientes como si te clavaran algo punzante en los oídos que te atravesara de un lado a otro. El dolor es insoportable, señor.
»Al final todo acaba en cinco interminables minutos. Entonces viene la segunda oleada de dolor. Para limpiarte te hacen un lavado con el suero salino. Todo te vuelve a arder en una segunda reacción química de las mucosas, pero con menos intensidad. A veces se necesitan dos lavativas para que el sistema respiratorio quede completamente limpio.
En ese punto, Mendoza finalizó su explicación. Los asistentes permanecieron callados intentando asimilar lo que acababan de escuchar. Fue el propio de la Bárcena quien rompió el silencio.
—Lo que no me queda muy claro, agente, es cómo, con esa sensación de ahogo total, el torturado es capaz de confesar. ¿En qué momento lo hace? —pregunto un tanto consternado.
—Es difícil de saber, señor. Uno ni siquiera recuerda haber pronunciado palabra alguna. Lo único que escuchas son tus propios gemidos ahogados. En ocasiones eres incapaz de escuchar tus propios gritos. En esos momentos de dolor y trance no ves más que algunos destellos en una visión completamente borrosa. Entonces sientes varias oleadas de un dolor tremendo. Sin que te des cuenta confiesas lo que te preguntan.
—¿Y durante esos cinco minutos la persona respira? —preguntó de nuevo de la Bárcena.
—En todo momento, señor —aseguró Mendoza—. A veces ahogado, hasta hiperventilado, pero uno no lo percibe. La sensación mientras tragas esa espuma ardiente es de falta el aire. Al mismo tiempo sientes que parte de esa espuma se va a los pulmones —continuó explicando—. Todo ocasionado por un bloqueo sensorial que confunde los sentidos. En realidad todo se traga y va directo al estómago en un acto reflejo de supervivencia.
—Entonces, el torturado podría confesar algo que no ha hecho… —insistió de la Bárcena.
—No, señor —le aclaró Mendoza—, el estado de trance es tal que anula la capacidad de mentir. Uno no es consciente de lo que dice, es el subconsciente el que habla. Este tipo de torturas no se utiliza para hacer confesar algo que uno no ha hecho, sino para obtener información específica. No se trata de afirmar algo, se trata de proporcionar datos.
En ese momento entró en la sala el agente del laboratorio que había ido a confirmar la existencia del envase de fuelle con el mismo dentro de una bolsa del laboratorio. Se lo entregó a Ybarra y este se lo mostró a Mendoza sin mediar palabra.
—¿Huellas? —preguntó de la Bárcena al agente.
—Ninguna, señor.
—¿Ni una sección parcial? ¿Nada que nos pueda servir? —insistió.
—Nada —aseguró el agente del laboratorio—. Ni en el paquete, ni en las cintas de embalar las cajas, ni en las etiquetas, ni en la cinta que envolvía el cuerpo. Ni siquiera un cabello o vello corporal. Solo se encontraron las huellas del mensajero en el exterior de ambas cajas.
—Por cierto, ¿cómo va el interrogatorio? ¿Se sabe algo nuevo? —pregunto Talavantes a Ybarra.
—De momento nada; será lo que imaginábamos, un mensajero anónimo —respondió el capitán resignado.
—¿Anónimo? —cuestionó incrédulo de la Bárcena.
—Sí, así solemos llamarles —aclaró Ybarra—. Indigentes a los que ofrecen dinero, generalmente una cantidad que no pueden permitirse el lujo de rechazar. Les entregan el paquete y un papel con las indicaciones y les pagan por adelantado. Después les amenazan con darles una paliza o matarles si no cumplen con su trabajo. Es un método muy utilizado por todas las mafias en general.
—¿Y qué ha dicho hasta ahora el mensajero?
—Aún continúan interrogándole. Hace una hora que hablé con los agentes que están con él, pero no han conseguido nada que nos pudiera servir.
—De la Bárcena hizo un gesto a su agente para que se sentara y se quedara a escuchar el resto de la exposición. Después le pidió a Mendoza que continuara; el capitán Talavantes lo interrumpió.
—Perdón, teniente, en todo momento hablaba usted en primera persona.
—Sí, señor, he pasado por ese martirio —respondió Mendoza sin inmutarse.
—¿Le torturaron, teniente? —preguntó Talavantes asombrado.
—No, señor. Bueno… —titubeó—, en realidad sí, fue de mutuo acuerdo.
—¿Me está usted diciendo que lo hizo por voluntad propia? —Talavantes no salía de su asombro.
—Sí, señor.
—¡O está usted loco o es un auténtico salvaje! —Inmediatamente se arrepintió de sus palabras al ser consciente de que se dirigía a una persona con sangre mestiza. Talavantes cambió el tono y se dirigió a él de forma casi paternal—: No pretendía ofenderle. Si no es indiscreción, ¿por qué lo hizo?
—Por incrédulo y por chulito —respondió Mendoza con un punto de humor y un toque de ironía—. Fui tan escéptico con ese método de confesión como usted. Cuando ingresé en la policía mexicana les rebatía sus métodos constantemente, pues me parecían poco fiables. Estaba convencido de que cualquiera, con un poco de entrenamiento militar o policial podría aguantar esa práctica —siguió contando Mendoza con una medio sonrisa amarga en la boca—. Ellos me retaron a ponerme a prueba. Mi orgullo y mi amor propio hicieron el resto, así que acepté. Escribí una confesión personal dentro un sobre lacrado y firmado y lo guardé en mi taquilla con un candado. Prepararon una mezcla más ligera de la que suelen utilizar, con solo dos chiles pequeños. El reto era que confesara lo que había escrito dentro del sobre. Cuando terminaron y me recuperé, me contaron todo lo que había dicho durante mi trance. No recuerdo en qué momento confesé pero tenían la respuesta de lo que había dentro del sobre.
—¿Y el ibuprofeno y los antigripales? —preguntó Talavantes, aún consternado con la explicación.
—Dos comprimidos de antibiótico, dos de ibuprofeno y un sobre de antigripal cada seis horas y en tres días, máximo cinco, uno está como si no hubiera pasado nada —aseguró Mendoza—. Ni dolor, ni inflamación, ni irritación de mucosas. Nada de nada.
—¿Y aún se sigue utilizando ese método, teniente?
—En realidad siempre se ha utilizado. Antiguamente lo hacían en la alegalidad —aclaró—, ya que no había un reglamento interno que lo prohibiera explícitamente. Desde la entrada en vigor de la ley de los Derechos Humanos es ilegal, aunque me consta que se sigue aplicando. Evidentemente ellos lo niegan, y lo aplican con mucha menos frecuencia y solo en casos realmente necesarios.
—Agente Mendoza —preguntó uno de los agentes de la policía científica—, por lo que usted cuenta, sí faltan dos pastillas efervescentes y entre cuatro y cinco guindillas, eso significa que le aplicaron un solo «tratamiento», ¿no?
—Seguramente, eso se lo podrá confirmar el mismo sujeto. Eso seguro que lo recordará —dijo casi para sí mismo.
—El sujeto está inconsciente —le informó Talavantes.
—En cuanto se despierte podrá contarlo todo. Una vivencia así queda grabada a sangre y fuego en la memoria. Créame, no lo olvidará nunca.
Otro agente irrumpió en la sala con cara de sorpresa. Por su expresión parecía que tenía información importante. Era el responsable del laboratorio de sonido. Se dirigió a de la Bárcena y le entregó el informe. Este leyó el folio de principio a fin mientras asentía con la cabeza.
—Ybarra, tenías razón —afirmó—. El informe es largo pero se resume todo en el párrafo final. Leo textualmente: «La duración de la grabación es de cuarenta y ocho minutos y treinta y siete segundos. En todo momento se escucha el diálogo entre lo que parece un sacerdote y otra persona. La grabación tiene muchos cortes. Se escuchan amenazas de dolor y sufrimiento por parte del supuesto sacerdote hacia su interlocutor. Posteriormente se escuchan sonidos difíciles de identificar, similares a los de persianas de cerramiento. Segundos después, gritos de dolor ahogados y entrecortados. En el minuto cuarenta y cinco de la grabación, entre gritos de ahogo, llanto y súplica, la voz del que grita confiesa haber cometido los asesinatos los de los niños Ángela, Martín y Dolores García».
—Eso no serviría ante un juez —interrumpió Talavantes—, y menos aun sabiendo cómo se consiguió la confesión.
—No tan de prisa, Armando. El sujeto ha confesado el lugar exacto donde enterró a los niños. Es lo último que se escucha en la grabación —respondió con autoridad de la Bárcena.
—¿Y dónde están enterrados? —preguntó Ybarra.
—En Berja, un pueblo cercano a Almería —le informó de la Bárcena.
Un silencio se apoderó de la sala para dar paso a murmullos que fueron creciendo en segundos. Debían actuar con rapidez. Eran casi las tres de la tarde y hasta el día siguiente no podrían organizar la búsqueda, pues requería mucho personal y recursos. Una cosa que sí podían hacer, era enviar un equipo para que custodiara el terreno y sus alrededores.
11
Lunes 7 de septiembre, 15:15 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Madrid
La reunión finalizó después de tres eternas horas de recopilación de datos e informes.
Todos los equipos se marcharon con alguna tarea por realizar o alguna línea de investigación que seguir. Se les convocó de nuevo para el día siguiente a las seis de la tarde. Así tendrían tiempo de recopilar más información. La reunión la coordinaría el capitán Talavantes, ya que de la Bárcena e Ybarra viajarían con Negrete a Almería.
A la salida, Talavantes y el sargento Núñez siguieron comentando algunos puntos de la reunión. Ybarra y Negrete iban detrás de ellos. El capitán Ybarra quiso aprovechar que estaban solos para hacerles un par de preguntas. Le hizo un gesto a Negrete para que se alejara por el otro pasillo.
—¡Armando! —gritó mientras se dirigía hacia Talavantes. Cuando estuvo a su altura le comentó: Hay algo a lo que no dejo de darle vueltas desde hace rato.
—Dime —afirmó amablemente Talavantes.
—Si con el segundo envío, o si preferís llamarlo «aviso de la llegada del paquete» —enfatizó ese preferís, involucrando a ambos en la respuesta—, no había ningún mecanismo que activara el explosivo, ¿por qué creéis que explosionó el primer envío destruyendo el primer escáner? No tiene ningún sentido. ¿O me he perdido algo? —cuestionó con un delicado toque de ironía, lo suficientemente perceptible como para que ambos se dieran cuenta de que Ybarra había leído bien entre líneas el dialogo de ambos en la sala de conferencias.
Ambos se miraron un segundo. Talavantes cerró los ojos pausadamente y asintió con la cabeza. Con aquel gesto autorizaba a Núñez a darle toda la información pertinente a Ybarra.
—Sí, algún motivo debe haber, capitán, pero aún no lo acabamos de entender —explicó Núñez—. No podemos andarnos con rodeos. La situación es bastante atípica y cada minuto que pasa se complica más. —Exhaló un suspiro antes de continuar—: Hay una cosa que casi nadie sabe: el primer escáner tuvo problemas técnicos, solo funcionaban los sistemas más básicos pero no podía identificar explosivos.
—¿Y por qué no lo arreglaron? —cuestionó Ybarra un tanto indignado.
—El escáner llegó estropeado de Alemania, o se dañó durante su traslado. Los técnicos alemanes tenían programada su reparación la semana posterior a la explosión.
—¿Y cuánto tiempo estuvo funcionando así? —preguntó de nuevo Ybarra con tono represivo.
—Unos diez días —respondió Núñez—, hasta que lo destruyó la explosión.
—¿Y cuándo llegó el segundo escáner? —continuó con su interrogatorio el capitán Ybarra.
—A finales de la semana pasada. Tenían uno listo para la policía italiana pero ante el desaguisado nos lo mandaron inmediatamente.
—Entiendo… —respondió Ybarra.
—Es información confidencial —intervino Talavantes por primera vez—. ¿Te imaginas la que nos caería desde el sindicato de la Guardia Civil si se enteran de que el aparato explotó y lesionó a un guardia porque no funcionaba correctamente?
—Lo entiendo perfectamente. Esto quedará entre nosotros, háganme un favor.
—Dime —asumió Talavantes.
—Necesito saber con total seguridad si el explosivo es exactamente el mismo y si lo envió la misma persona —exigió Ybarra.
—Cuenta con ello —se comprometió Talavantes—. Mañana en la reunión te lo confirmaré.
Cada uno se marchó rumbo a su departamento e Ybarra se fue más tranquilo. Sería difícil que volvieran a ocultarle información durante la investigación. Los artificieros están hechos de otra pasta; se jugaban la vida en cada intervención. Eran el departamento que más y mejor trabajaba en equipo. Sus vidas dependen de ello. Son como una hermandad, para lo bueno y lo malo, especialmente para cubrirse las espaldas.
Ybarra dejó los expedientes del caso en su oficina. Ya casi eran las cuatro de la tarde y tenía hambre. Llamó a Negrete, que había ido al archivo para recopilar la documentación sobre el caso del pederasta, y quedó con él para comer algo. El día sería más largo de lo normal.
12
Lunes 7 de septiembre, 18:00 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Madrid
El mensajero continuaba detenido en la sala de interrogatorios. Esperaba esposado y vigilado por dos guardias civiles. Su tranquilidad era desesperante. Los primeros agentes que lo interrogaron no habían conseguido sacarle nada de información. Repetía lo mismo una y otra vez: su nombre, su apodo, y que le había pagado un hombre muy educado para que entregara los paquetes. Enseguida se dieron por vencidos. Se notaba que era un simple indigente con un mono de trabajo común. Aquel hombre no sabía nada más. Además, el hedor que desprendía aquel pobre desgraciado era insoportable y vomitivo.
Entonces apareció el agente Fonseca, un psicólogo experto en interrogatorios. Su misión era intentar descubrir algún rasgo sobre la persona que había contratado al indigente a partir de lo que este contara.
La situación se estaba volviendo tensa. Ya era tarde y no tenían ni una sola pista. El revuelo que se había ocasionado con la llegada del embalao no permitía que se olvidara el asunto en poco tiempo.
El agente Fonseca debía obtener cualquier dato que les permitiera elaborar un perfil sobre la personalidad del remitente de los paquetes. O al menos algún rasgo físico que ayudara a la policía.
—Buenas tardes, Pedro —saludó Fonseca con amabilidad y utilizando su nombre de pila para provocar más cercanía.
—Buenas —respondió este con desinterés y por mera educación.
—Soy el agente Guillermo Fonseca y estoy aquí para interrogarle —continuó diciendo—. Mis compañeros me han dicho que usted no tiene nada que ver con los delitos cometidos. Pero usted ha participado por dinero en algo ilegal. Si nos ayuda con lo que sepa saldrá pronto de aquí. De lo contrario, este interrogatorio podría ser muy largo y cansado.
—¿Me van a dar de comer? —preguntó con exigencia el mendigo.
—Si colabora, le prometo que le daremos comida.
—¡Quiero comer ahora! Tengo hambre. Ya se lo dije a sus compañeros; si no como, no hablo —gritó enfadado.
—Solo puedo ofrecerle comida si colabora, y mientras más rápido lo haga, más pronto se la podré dar —respondió Fonseca con calma.
—¿Lo promete? —preguntó suspicaz—. Sus compañeros han sido unos cabrones, no me han dado ni agua.
—Se lo prometo; si usted me ayuda, le daremos de comer. —Entonces pidió que le llevaran agua para ganarse la confianza del detenido.
—Bueno, ¿qué quiere saber?
De pronto, a Fonseca le dio una arcada sin previo aviso. Llevaba unos minutos aguantando el insoportable hedor que desprendía el indigente. Tuvo que salir rápido hacia el baño para vomitar, conteniendo el vómito con la mano. A los pocos minutos volvió con dos pegotes de Vick Vaporub en la nariz y el labio superior. Parecía el bigote de Charles Chaplin pero de gel blancuzco. En cuanto volvió a entrar, el indigente se echó a reír. Fue la única manera que encontró Fonseca de disfrazar el olor. Así pudo continuar el interrogatorio que duró más de una hora.
—Lo siento —dijo el detenido entre avergonzado y divertido.
—No se preocupe, Pedro —dijo Fonseca y cambió de tema—. ¿Por qué no ponemos ambos de nuestra parte para que pueda marcharse pronto a comer algo?
—Vale, ¿qué quiere saber?
Entonces comenzó el interrogatorio. Los únicos datos fiables que Fonseca consiguió fueron prácticamente los que ya tenían: que lo había contratado un hombre de aproximadamente cuarenta años, muy educado, de formas y manera de hablar muy cuidadas, que le inspiraba confianza y tranquilidad. Le pagó trescientos euros por adelantado. Le había indicado claramente cómo hacerlo: debía entregar los paquetes a las nueve y media de la mañana en punto. Y que cuando terminara la entrega, se podía quedar la carretilla. No pudo describir su rostro, pues dijo que llevaba un gorro y gafas.
Fonseca hizo una anotación en su informe: el gorro era blanco y llevaba bordado el número siete, como el famoso jugador del Real Madrid. De entrada, no le dio mucha importancia. Era un gorro muy común entre los aficionados de ese equipo. Fonseca pensó que seguramente lo había hecho para desviar la atención.
13
Lunes 7 de septiembre, 21:14 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Madrid
Ybarra estaba escribiendo un resumen de la situación en su portátil. Después de comer repasó todos los archivos y documentación del caso de pederastia. Quiso aprovechar aquellas horas de silencio de la noche, cuando apenas quedada nadie en el cuartel y el teléfono solo sonaba para asuntos verdaderamente importantes.
Había mandado a Negrete a casa para que descansara un poco. La semana anterior había sido muy complicada y esta sería peor. Estaban agotados, y apenas era lunes. El estrés de la amenaza de bomba no había ayudado. Trataba de ordenar un esquema de hechos. Había marcado una línea de sucesos intentando encontrar alguna pista que les permitiera identificar al remitente del embalao. No tenían nada con que señalar a un posible culpable.
Continuó dibujando durante media hora más en una gran pizarra que tenía colgada de la pared. Aquel dibujo parecía más el diagrama de un programa informático que un esquema de sucesos. A cada elemento que consideraba importante le asignaba un color. Se sintió frustrado cuando se dio cuenta de que solo tenía cinco colores, aun así se las arregló. Por más que se estrujaba el cerebro, buscando cualquier dato que le pudiera servir de referencia, la información que tenía era insuficiente. Además, su instinto le decía que aquel no sería el único paquete humano que recibiría. El modus operandi, el cuidado en cada detalle, lo bien planeado de la entrega… Aquello era más propio de un asesino en serie que de un justiciero. Así es como se consideraba el remitente: un justiciero o un vengador.
La alarma de su móvil interrumpió el silencio. Era el capitán Armando Talavantes.
—Dime, Armando —respondió Ybarra.
—Santiago, tenemos la imagen de la etiqueta que venía en la pastilla de nitrocelulosa —aseguró Talavantes sin ni siquiera saludar—. A los informáticos les ha costado un poco reconstruir la imagen, ya que la foto estaba muy movida y la letra era muy pequeña, pero lo han conseguido. Ven ahora y te lo enseño.
—Ahora estoy un poco liado —se excusó Ybarra—. ¿Qué pone la etiqueta?
—Preferimos que vengas. Quiero explicarte algunas cosas en persona —insistió Talavantes.
Ybarra captó el mensaje. No debían comentar nada por el móvil. Tardó muy poco en llegar al cuartel de los artificieros.
—Pasa —dijo Talavantes al escuchar los pasos de Ybarra.
—¿Qué ocurre? —preguntó alarmado.
—Esto es lo que encontramos al aplicar varios filtros digitales a la imagen —le contestó Talavantes al tiempo que le mostraba una copia a color impresa en un folio.
—¡Qué hijo de puta! —exclamó muy sorprendido Ybarra—. Este capullo está jugando con nosotros.
En la imagen se leía, con letra de máquina de escribir antigua del tipo Olivetti, sobre un trocito de post-it, el texto:
Qué bien que al fin han podido reparar el escáner. ¡Enhorabuena!
—Este cabrón sabía que el primer escáner no funcionaba bien —afirmó Núñez.
—No lo tengo tan claro —lo contradijo Ybarra con contundencia—. Él habla de un solo escáner, tal vez no sepa que lo cambiaron. Por la forma en que lo dice, creo que solo sabe que ya funciona.
—Entonces, él sabía que no funcionaba bien cuando lo instalaron —intervino Talavantes.
—Sería lo lógico, o bien se dio cuenta de ello —respondió Núñez a su capitán.
—Pues la cosa está jodida —intervino Beltrán—. Puede ser uno de los nuestros, alguien de dentro, un guardia civil.
—Es una posibilidad —afirmó Talavantes.
—No lo creo. Hay algo que no me cuadra —respondió Ybarra.
Los tres artificieros lo miraron interrogantes.
—Él sabía que este escáner funcionaba. Y si cuando voló el primer escáner, no funcionaba, es porque también lo sabía —afirmó de forma retórica—. Si no es uno de los nuestros, solo hay una posibilidad de que él supiera que no funcionaba; que el remitente hubiera enviado algo anteriormente que no activó la alarma del primer escáner.
Los tres artificieros asentían a cada deducción de Ybarra.
—Así se dio cuenta de que el escáner no funcionaba, pues no hubo respuesta de alarma a un posible primer envío —dedujo el capitán muy seguro de lo que decía—. La pregunta es: qué coño mandó, cuándo lo mandó y… —se quedó pensando un segundo— ¿a quién se lo mandó?
—Joder, Santiago, blanco y en botella. Si este paquete venía a tu nombre, seguro que el primero también iba dirigido a ti —respondió Talavantes con contundencia—. La pregunta es cuándo lo envió y dónde coño está ese paquete.
Ybarra marcó un número en su móvil. A los pocos segundos le contestó Chari, su secretaria. Le preguntó por los paquetes recibidos a su nombre en las últimas tres semanas. Colgó y sonrió levemente con aire de culpabilidad.
—¿Qué pasa? —preguntó Talavantes.
—Creo que os voy a dar más trabajo esta noche —se lamentó Ybarra—. Han llegado varios sobres grandes a mi nombre, de esos de publicidad que recibimos todos cada mes. Suelo abrirlos cada dos semanas, o cuando me acuerdo. Tendremos que revisar los de los últimos dos meses. Sin embargo Chari no recuerda que haya llegado ningún paquete, solo sobres.
—Eso no significa nada —respondió Talavantes—, el primer escáner lo hizo volar un sobre grande. Por eso el muy hijo de puta mandó el paquete completo, para poder montar su show.
—Tienes razón, Armando —asintió Ybarra con culpabilidad, mordiéndose el lado izquierdo del labio superior.
—¿Cuántos paquetes serán aproximadamente, capitán? —le preguntó Beltrán, el agente que mejor conocía el funcionamiento del escáner.
—No lo sé —respondió Ybarra resignado.
—¿Podría decirme aproximadamente el peso o el volumen?
—Aproximadamente creo que cabrían en una caja como esa —dijo señalando la caja de una impresora láser que estaba en el suelo.
—Vale, entonces lo haremos de una vez —dijo Beltrán aliviado—. El escáner detectará cualquier cosa que haya dentro de todo ese volumen. Tardaremos más en ponernos los trajes y trasportar la caja con el robot hasta el escáner, que en revisar su correspondencia.
—Lo siento mucho, chicos —volvió a lamentarse—. Me adelanto e intento recopilar toda mi correspondencia, ¿vale?
—¡De eso nada! Desde este momento, y siguiendo el protocolo de seguridad, tú no regresas a tu oficina —lo increpó Talavantes—. Ven conmigo a la sala de mandos para que puedas guiar a Beltrán por la pantalla de vídeo. Él se encargara de recoger todo y llevarlo al escáner. Núñez vendrá con nosotros. Con uno que se la juegue esta vez es suficiente. Además, necesito que alguien me ayude con los ordenadores, el resto de los artificieros ya se fueron a casa.
—Pues yo soy el menos indicado para manejar programas informáticos —sentenció Ybarra.
—No te preocupes, el programa es muy intuitivo. Solo necesito que nos ayudes a guiar a Beltrán, así acabaremos antes. Ya casi es media noche.
Capitán, ¿quiere que mande acordonar la zona de oficinas? —preguntó Núñez.
—Solo la del capitán Ybarra y el trayecto hasta el escáner, y por cumplir con el protocolo de seguridad —afirmó Talavantes—. Si hay algo que aún no ha explotado, será porque no lleva mecanismo de detonación, como el resto de envíos. Aun así, tomaremos las precauciones correspondientes, aunque sean las mínimas.
—Armando, ¿no te da la sensación de que con todo esto, lo de los envíos con material explosivo, lo que pretende el mensajero es causar alarma entre la gente y que llegue a los medios de comunicación sin que podamos detenerla? —preguntó Ybarra a Talavantes.
—Eso parece, Santiago —afirmó Talavantes—. Si no, para qué querría montar un show como el de esta mañana. Con que te enviara el paquete con el embalao bastaría para que le tomáramos en serio.
14
Lunes 7 de septiembre, 23:01 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Sala de mandos de la Unidad de Artificieros
Madrid
Ybarra era el investigador de la Guardia Civil con más casos resueltos por delitos de sangre. Era intuitivo, frío y calculador. Un sabueso que olía lo que el resto no era capaz de percibir. Tenía un instinto natural para seguir pistas de la nada o leer el lenguaje corporal de cualquier persona. Observando algunos gestos de su interlocutor, intuía su comportamiento a corto plazo, o lo que ocultaban sus palabras entre líneas. Su coeficiente intelectual estaba por encima de la media. Pero sobre todo, su inteligencia emocional estaba fuera de lo normal. Era capaz de empatizar con cualquier persona, incluso con aquel aspecto serio que le otorgaba un halo de respeto.
Fue uno de los guardias civiles que defendió con vehemencia la utilización de confesiones pactadas, o de chivatazos, para atrapar delincuentes o resolver casos en tiempos difíciles. Muchos jueces las desestimaban como pruebas válidas. Especialmente en tiempos en los que los derechos humanos, forzados por la legislación de la Unión Europea, prohibían el uso de la fuerza o de métodos agresivos de confesión, ya fueran físicos o psicológicos. Algunos jueces se opusieron en su momento a aceptar ciertas pruebas en casos en los que Ybarra participó. Aunque él encontró la forma jurídica para poder actuar. Eso sí, siempre apegado a la legislación nacional. Por eso los jueces lo respetaban. A algunos jueces les incomodaba tener casos en los que Ybarra hubiera participado en la investigación. Era el investigador más respetado en el sistema jurídico. Tenía dos grandísimos defectos: era mal tirador, su calificación más alta era de siete, y la informática, que se le daba de pena. Cualquier programa ligeramente complejo, por más intuitivo que fuera, le hacía perder los nervios. Y eso pocas veces le sucedía, por muy duro y violento que fuera el día de trabajo en las calles.
Talavantes introdujo las claves en los cinco ordenadores que había en la sala de mandos, lo que hizo que Ybarra se sintiera aún más incómodo. Le aterraba entorpecer el trabajo de los artificieros con su ineficiencia en informática.
Las cinco pantallas se iluminaron. La pantalla central emitía las imágenes del casco de Beltrán. La primera mostraba la imagen del escáner de la recepción. La segunda pantalla trasmitía la imagen del robot antiexplosivos. En la tercera pantalla se podía observar la cámara del traje antiexplosivos de Beltrán. La cuarta estaba sin señal. Y la quinta mostraba la ventana de inicio del programa de análisis de explosivos. Ybarra abrió los ojos asombrado cuando vio que esa pantalla quedaba frente a él. Talavantes, que ya sabía que Santiago no era muy ducho en la informática, se giró hacia él.
—No te preocupes, si necesitamos utilizarlo cambiaremos las imágenes de posición para que Núñez pueda acceder al programa de explosivos —dijo Talavantes intentando calmarle—. Tú solo tienes que observar la cuarta pantalla, que aparecerá con imágenes en cuanto Beltrán instale una cámara con un gran angular en una esquina de tu oficina. Así podrás indicarle dónde debe de buscar el paquete.
—Gracias —respondió Ybarra aliviado.
Tardó unos quince minutos en prepararlo todo. De pronto, la cuarta pantalla comenzó a emitir imágenes del despacho de Ybarra. Beltrán se colocó en la esquina contraria para que, entre las dos imágenes, tuvieran una imagen lo más tridimensional posible de la oficina. Esta vez Beltrán no llevaba ningún artefacto para manipular explosivos manualmente, solo el mando para manipular el robot antiexplosivos.
—Capitán, todo listo —se escuchó a Beltrán por la radio de la sala de mandos.
—Muy bien. Santiago, ¿dónde está la caja con tu correspondencia?
—En esa estantería que se ve a la derecha de mi escritorio —indicó Ybarra.
—¿A qué altura, capitán? Desde aquí no se ve nada —preguntó Beltrán con seguridad.
—Mira en la parte de abajo, junto a esa caja de cartón. Desde este ángulo no se ve bien, lo tapa la esquina de mi escritorio —indicó el capitán.
Beltrán dirigió el robot hasta el ángulo apropiado. Se veía claramente una caja de cartón, recortada por su parte superior, llena de catálogos promocionales y algunos sobres corporativos.
—¡Ahí está! —exclamó Ybarra
—Ya la veo, capitán —afirmó Beltrán—. Por el peso y el tamaño, seguro que podré manipularla con normalidad.
El robot sujetó la caja con sus tenazas y Beltrán lo dirigió al escáner.
La ventaja de este robot es que lleva adaptado un sistema electrónico de estabilización que compensa los movimientos. Así la mercancía que trasporta se mantiene técnicamente inmóvil.
Todo fue mucho más fácil que por la mañana. A esas horas había poca gente y el cordón de seguridad no causó tanto revuelo.
Metieron al robot en el ascensor de la segunda planta, donde estaba la oficina de Ybarra, hasta la planta baja. Desde allí continuó su recorrido hasta el escáner. Beltrán colocó la caja en el interior del escáner y activó los sistemas de transmisión.
—Capitán, ¿recibe correctamente la señal? —era la imagen de la cámara estándar en colores. En ella solo se veían los sobres dentro de la caja.
—Sí, procede directamente con el filtro para identificar explosivos —ordenó Talavantes.
—Sí, señor.
De pronto, entre todos los sobres, apareció una imagen que identificaba claramente una pequeña pastilla de nitrocelulosa. A primera vista, tenía una cuarta parte de tamaño que la otra.
—Ahí la tienes —dijo Talavantes—. Aplica el resto de los filtros mientras calculamos el peso; no creo que sea peligrosa, ni que tenga un mecanismo de detonación.
—Sí, capitán —obedeció Beltrán.
Este continuó analizando minuciosamente los sobres con cada filtro pero no encontró nada. Como intuyó Talavantes, aquello era solo una forma de llamar la atención.
Cuando comprobaron que todo era seguro, sacó la caja, identificó el paquete y lo abrió. Dentro había solo una pastilla pequeña de nitrocelulosa gelatinizada envuelta en el mismo film que la pastilla de la mañana, y un folio en blanco con un mensaje:
La paz que otorga la verdadera justicia, no es asunto de reyes, ni de jueces, ni abogados. Es cuestión de valores divinos. Dios siempre ha juzgado y castigado el mal, con dureza.
Zayin 
P. D.
Pronto recibirán mi primer obsequio de paz…
15
Lunes 7 de septiembre, 23:30 horas.
Barrio de La Latina
Madrid
Roberto Negrete llegó agotado a casa. La tensión por la amenaza de bomba, el revuelo del embalao, la interminable reunión de la sala de juntas, la organización de la búsqueda en Almería para el día siguiente y la organización de las guardias en el hospital pudieron más que el ejercicio que realizaba todos los días. Estaba reventado, y eso que no había ido al gimnasio esa mañana. Después de subir las escaleras hasta el quinto piso donde vivía, llegó jadeando.
Al menos podría dormir tranquilo. Le habían notificado que dos patrullas de la Guardia Civil de Almería y una de la Policía Nacional ya estaban apostadas y haciendo guardia en la casa del pederasta en Berja, Almería.
Abrió su viejo frigorífico General Electric, sacó una jarra de agua bien fría y bebió de golpe medio litro. Cerró los ojos y se concentró en sentir el enorme placer de saciar la sed, especialmente cuando hasta la parte interior de los labios y el velo del paladar están secos.
Una vez que la ola refrescante llegó a su estómago, abrió los ojos y se encontró de frente con las fotos de su esposa y su hija, las mismas que había quitado del salón para colgarlas en la cocina. Así podría tener siempre presentes la imagen de su Lola y de su pequeña Cristina. Pasaba poco tiempo en casa, y cuando lo hacía, siempre estaba en la cocina o en su cuarto, donde estaba su mejor amigo, como él solía llamarlo; un sofá reclinable de terciopelo burdeos desde el que veía la televisión o dormía la siesta los fines de semana.
El marco de las fotos era antiguo, a juego con los muebles del salón estilo Luis XV de madera oscura y tapicería verde de la sala. Ahora esos marcos desentonaban en la cocina, de estilo más bien moderno, o al menos lo fue en los ochenta. ¿Pero… a quién le importaba si los marcos hacían juego con la cocina? Ya casi nadie iba a casa de Negrete para criticar si las fotografías estaban donde correspondía. La única visita que recibía, un par de veces al año, era la de su único hijo Pepe, cuando este venía de Valencia a visitarlo por su cumpleaños o en Navidad.
No tomó nada más, no tenía hambre. Se sentó en la cocina con la mirada perdida, tratando de organizar sus pensamientos. Algo dentro de él le hacía sentirse bien, una extraña alegría. Era un sentimiento contradictorio, nada propio de un guardia civil: alguien había tenido los huevos suficientes para secuestrar a un criminal y arrancarle una confesión. Y no cualquier criminal; un pederasta asesino de niños. Seguro que había sido un alivio para los padres, pensó. Si los datos de Almería eran correctos, podrían fundir en prisión a aquel grandísimo hijo de puta. Si la información del agente Mendoza era cierta, solo había costado unos cuantos euros hacerle confesar. Increíble. ¿Cómo abordaría un juez aquel caso? ¿Qué pistas deberían seguir para atrapar al remitente del embalao? De momento no tenían nada. ¿Debían atraparlo o darle una medalla al mérito ciudadano?
Así, mientras seguía mirando las fotografías, su mente fue saltando de un pensamiento a otro, que lo llevaron a reflexiones éticas y morales, sentimientos encontrados de carácter personal. Recuerdos amargos y culpas añejas que aún latían, con mucho dolor, a flor de piel.
Siempre había sido un guardia civil muy polémico, tantas veces condecorado como sancionado. Una «mala bestia», como solían referirse a él sus compañeros y hasta sus propios jefes.
Había episodios de su carrera que aún se contaban con tintes de heroísmo entre los agentes más jóvenes. Era una especie de mito viviente, un fósil policial y todos le guardaban un respeto especial. Quizás la anécdota más conocida y comentada era aquella por la cual lo sancionaron tres meses sin placa y sin sueldo en la época de la famosa movida madrileña.
Harto de los grafiteros que pintaban en su barrio, e impotente al ver cómo les atrapaban y salían impunes para volver a pintar los portales, una noche que vio la pared de su edificio pintada por completo, decidió darles su merecido. Una mañana decidió pintar de blanco la pared de un callejón cercano que ya habían pintado anteriormente. Era un folio en blanco, un muro virgen. Era tan obvia la provocación que pensó que no caerían en la trampa. Pero no fue así. Seis horas más tarde se presentaron cinco individuos con los botes de spray en la mano. Dejó que se regocijaran en su arte durante un rato, sobre todo para tener pruebas de su vandalismo. Salió a detenerlos él solo y, a punta de pistola, consiguió atrapar a tres. Los acorraló en el mismo callejón y se lio a golpes y patadas con ellos. Después esposó a dos de ellos juntos a un tubo para que no se pudieran escapar. Al tercero lo cogió de la mano y lo llevó a un contenedor cercano. Le ordenó abrir la mano, le quitó el bote de pintura que llevaba en la chaqueta y lo golpeó con el canto inferior en la falange del dedo índice, el mismo que presiona el atomizador del bote de pintura. Lo hizo con tanta fuerza que le fracturó la unión de los huesos, así como el ligamento que los une. Los gritos del chico se escucharon en el callejón y las calles contiguas; los vecinos, al ver que era el policía, paraban sus protestas. Después agitó el bote y le roció los ojos dejándole una franja plateada de oreja a oreja. El joven no paró de gritar en todo momento. Lo agarró del pelo por la nuca y lo obligó a arrodillarse. Entonces volvió a rociarle el spray en las fosas nasales. Cuando empezó a ahogarse, el joven tosió compulsivamente y empezó a vomitar. Un acto reflejo para que su organismo expulsara la pintura que le había entrado en el sistema respiratorio.
Hizo lo mismo con los otros dos, que no pararon de pedir auxilio. Uno de ellos se había orinado del pánico. Al segundo también le fracturó el dedo y le metió otro buen chorro de pintura en la boca. Al tercero le dejó el dedo medio aplastado y le aplicó otro chorro de pintura en la boca al tiempo que le gritaba: «¡Os vais a comer la puta pintura, hijos de perra! ¡Y si tenéis cojones, volved por aquí a pintar en las paredes!».
Varios vecinos observaban la escena desde sus ventanas. Sabían que se trataba del policía que vivía en el barrio que estaba dándoles su merecido a los grafiteros que tanto les molestaban. Cuando acabó con los jóvenes, se escucharon algunos aplausos escuetos pero fuertes. Era la forma de aprobar el comportamiento de Negrete.
Dejó a los tres jóvenes en el callejón revolcándose de dolor y vomitando. Eso sí, él mismo llamó a una ambulancia para que fueran atendidos.
No dijo nada sobre el incidente en el cuartel. A los tres días llegó una denuncia de la madre del líder. A su hijo le tuvieron que tratar los ojos y no podría ver durante al menos tres semanas. A los otros dos les tuvieron que hacer un lavado de estómago por la cantidad de pintura tóxica que habían tragado, aparte de que no podrían mover el dedo índice en meses. Cuando se enteró, Negrete se echó a reír. Aquellos cabrones se lo pensarían mucho antes de volver a pintar un puto grafiti.
El juicio tardó mucho en celebrarse. Negrete obtuvo todo el apoyo de sus compañeros y de algunos vecinos que declararon en su favor. Sin embargo el juez dictó sentencia: sin arresto pero con suspensión de tres meses de empleo y sueldo. Eso sí, en su barrio nunca se volvió a ver un solo grafiti.
Cada mes encontraba bajo la puerta de su casa un sobre con dinero, una cantidad similar a la de su sueldo. Los vecinos, junto con algún compañero, hacían una colecta para suplir la falta de su sueldo. Aquellos meses lo pasó bastante mal. No sabía estar sin trabajar. Se refugió en el gimnasio, lo cual le permitió ponerse aún más en forma para seguir luchando con toda la mierda que había suelta por la calle.
Cada vez que encontraba un sobre se llenaba de orgullo. Consideraba que había hecho lo correcto y, de algún modo, aun en silencio, la sociedad aprobaba su comportamiento. Disfrutaba de su pequeño triunfo fuera de la ley escrita. Según él, esta se había vuelto demasiado proteccionista, absurda y estúpida, especialmente con los delincuentes menores. Negrete los veía como termitas: «Una termita no era problema, muchas termitas eran un gran problema».
Cuando volvió a la realidad se vio sentado en el lateral de su cama, ya sin ropa y listo para acostarse. Mientras programaba el despertador para levantarse a las seis de la mañana, se colocó la camiseta de tirantes blanca y los calzoncillos de color azul claro. Le gustaba dormir cómodo, sin arrugas que pudieran molestarlo. Se metió en la cama y ni siquiera encendió la tele. Había que madrugar para coger el avión a Almería. Estaba realmente cansado.
Por la mañana se levantó optimista. Debían encontrar cualquier pista que sirviera para meter entre rejas a ese pederasta hijo de la gran puta. Había dormido bien, sin pesadillas. Los demonios que le atormentaban con sus propios remordimientos no habían aparecido esa noche. Mejor así, el día iba a ser largo.
16
Martes 8 de septiembre, 07:15 horas.
Madrid – -Almería
Negrete llegó puntual al hangar de la Guardia Civil ubicado cerca de la terminal 1 del aeropuerto de Barajas. Esta vez Ybarra no le podría reprochar nada. Él era muy puntual y nunca le perdonaba a Negrete ni un solo minuto de retraso, especialmente cuando salían fuera de Madrid en misiones especiales de casos delicados. Cuando lo hacía, siempre recibía alguna frase irónica de su compañero. Negrete era un desastre controlando su tiempo.
Santiago Ybarra estaba al pie de la escalera de la avioneta esperando a Negrete y a Sergio de la Bárcena, que les acompañaría para dirigir al equipo de la policía científica de Almería. Este llegó justo detrás de Negrete. Subieron a la avioneta y despegaron a los pocos minutos.
Durante el trayecto Ybarra puso al corriente a Negrete de lo ocurrido la noche anterior en su despacho con la correspondencia. Le mostró una fotocopia del mensaje que venía dentro del sobre.
—¿Zayin? No sé quién será. El texto parece copiado de la Biblia —comentó Negrete sorprendido.
—No tenemos ni idea —respondió de la Bárcena—. Mi equipo está intentando averiguar qué significa o qué intenta decirnos con ese texto.
—Si no te importa, Sergio, le pediré a Chari que le mande una copia del mensaje a un amigo experto en teología de la Universidad de Salamanca. —Ybarra podía hacerlo sin la autorización de de la Bárcena, ya que él dirigía este caso, aunque le gustaba respetar la autoridad de cada departamento.
—Sin problema, toda ayuda es bienvenida. Solo una cosa, Santiago —le advirtió de la Bárcena—: sobra decir que debes guardar total discreción. Este asunto nos puede dar muchos dolores de cabeza. El remitente, o como quiera que se llame, no es un delincuente común. Está fuera de cualquier estereotipo que haya visto en toda mi carrera policial. Y piensa que mi departamento será el más cuestionado por todo este asunto.
—Cuenta con ello —respondió Ybarra con firmeza y en voz alta debido al ruido de las turbinas de la avioneta—. Este experto en teología es un buen amigo y alguien de toda confianza.
De la Bárcena les mostró el análisis dactilar del sobre. Los técnicos del laboratorio no habían encontrado absolutamente nada. Lo único que tenían claro era que la nitrocelulosa, al igual que el embalao, fueron utilizados como reclamo, pues era imposible que este pudiera explotar. Les habían confirmado que en ambos casos el compuesto era de fabricación casera. Era imposible seguir su rastro como línea de investigación, ya que la cantidad producida era muy pequeña.
Negrete les informó de cuál era personal asignado para custodiar la casa de Berja. Todos estaban citados a las diez en punto de la mañana, hora en la que entrarían las unidades a la vez. También les entregó una copia de la orden judicial para acceder a la propiedad. Las patrullas que custodiaban la casa no habían encontrado a nadie al llegar. Tampoco habían notado ningún movimiento extraño, fuera de los vecinos curiosos que se acercaron cuando vieron llegar a tantos policías. Berja es un pueblo pequeño, de algo más de quince mil habitantes. Según los informes del equipo de Negrete, la propiedad estaba registrada a nombre de los abuelos maternos del pederasta, ambos habían fallecido.
En el aeropuerto les esperaba un vehículo especial, un sedán cuatro puertas azul metalizado. Conducía el sargento Gabriel Melero, director de la Unidad de Investigación de la Guardia Civil de Almería. Había preferido recogerlos personalmente y así informarles de lo que habían adelantado durante la noche. Les quedaban unos cuarenta y cinco minutos de camino hasta llegar a Berja.
Una vez hechas las presentaciones, de la Bárcena preguntó directamente a Melero:
—Sargento, en las investigaciones previas, ¿no habían encontrado esta propiedad? ¿No sabían que existía? —dijo notablemente sorprendido.
—No, capitán. Nunca imaginamos que el pederasta tuviera más propiedades —contestó sin titubear y con seguridad. Mientas más amplias eran sus respuestas, más se notaba el típico acento de la gente de la Alpujarra almeriense. Un acento rítmico y rico en matices que, a diferencia de otros andaluces, marcan de forma especial las letras y los diptongos con a y casi todas las palabras que terminan por esa letra.
—¿Lo pasaron por alto o simplemente lo descartaron por poco probable? —insistió de la Bárcena.
—No, señor. Nos centramos en investigar las propiedades de él y de sus padres, los dos fallecidos hace varios años —explicó el sargento amablemente—. Investigamos hasta las que pudieran estar a nombre de los pseudónimos que utilizó en la red, pero no encontramos nada. Era el camino lógico, lo que marca el protocolo de la investigación.
—¿Y no tenían ni una sola pista que condujera a esta propiedad? —De la Bárcena quería llegar al fondo del asunto y saber por qué no tenían conocimiento de aquella casa.
—No es normal que alguien no haga el cambio de titularidad de una casa en tres generaciones. No sabemos si este sujeto no lo hizo por descuido o porque le convenía —aclaró el sargento Melero—. El caso es que no hay ningún pariente que pueda reclamar esa propiedad, ya que tanto él como sus padres eran hijos únicos. Y mientras pague los impuestos, nadie podrá reclamarle nada, especialmente en un pueblo tan pequeño, sin sistemas de gestión informatizados y dependiendo de otro municipio lejano.
—Entonces, el pederasta tenía un lugar perfecto para cometer sus crímenes —interrumpió Ybarra al notar la incomodidad de Melero ante el interrogatorio de de la Bárcena—. Además aquellos que lo vieran llegar al pueblo sabrían que era el nieto de los antiguos propietarios, y los niños podrían ser sus hijos…
—Tienes razón, Santiago —respondió de la Bárcena ya con tono más condescendiente—. Disculpe si he sido un poco brusco con mis preguntas, sargento, pero la información nos llegó de una forma bastante inusual y atípica.
—Lo entiendo —dijo con cierta resignación—. El agente Negrete me llamó ayer por la tarde y me ha puesto al corriente de todo. No he profundizado en el asunto con mis agentes. No quiero que trascienda nada, de momento.
—Bien hecho, Gabriel —observó Ybarra mientras le daba una palmadita afectiva en la espalda.
Melero les informó de que había solicitado perros entrenados para detectar cadáveres y una excavadora pequeña que estaría a punto de llegar al terreno.
La entrada a Berja era un tanto llamativa. La carretera llegaba a un pequeño valle enclavado en lo alto de una sierra. Las montañas lo rodeaban en una especie de semicírculo dejando un trozo libre como acceso al valle. Al llegar pudieron ver perfectamente todo el pueblo ya que la carretera accedía por lo alto.
Melero se desvió por un camino rural que rodeaba buena parte del pueblo. Llegaron a una zona de casas rurales separadas, en su mayoría, por terrenos de cultivo. Desde la carretera pudieron ver a lo lejos una vieja casa de dos plantas dentro de un terreno árido rodeada de hierba silvestre. Allí estaban: cuatro patrullas de la Guardia Civil, tres de la Policía Nacional y una excavadora pequeña que les esperaba. Eran más de las diez de la mañana. Llegaban tarde.
Ybarra, con la orden judicial en la mano, ordenó entrar a las patrullas sin previo aviso. Si había alguien vivo dentro, debían sacarlo cuanto antes. La casa estaba vacía. Se notaba que había tiempo que nadie iba por allí, pues todo estaba cubierto por una ligera capa de polvo. Mientras Negrete y un equipo revisaban la planta de arriba, otra patrulla soltó los perros en el solar contiguo. Estos no tardaron mucho en encontrar un rastro. Ambos canes se detuvieron cerca de una esquina del terreno sin dejar de ladrar.
17
Martes 8 de septiembre, 10:30 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Acceso principal; puerta de la calle Guzmán el Bueno
Madrid
No era normal que hubiera tanta gente entre semana. Al verse obligados a cerrar las oficinas por la amenaza de bomba, el trabajo se les había acumulado. Cuando más ocupados estaban los agentes atendiendo a todas las personas que hacían cola, la alarma del escáner empezó a pitar.
Los guardias que estaban ese día en la recepción no eran los mismos del día anterior. El capitán Talavantes les había alertado sobre cómo actuar en una posible situación similar, aun así, tardaron en reaccionar. Cuando lo hicieron, el mensajero que había dejado el paquete ya se había marchado. Entonces todo el mundo echó a correr. Ninguno de los agentes recordaba cómo era físicamente, pues había varios mensajeros entregando paquetes a la vez. Uno de ellos activó la alarma general y procedieron como indicaba el protocolo. Una vez más, empezaron a desalojar el recinto. No se produjo tanto pánico como el día anterior; más bien era una extraña combinación entre consternación y algo de temor.
Era la segunda amenaza de bomba en dos días. Los agentes no tenían ningún dato, ya que la investigación se estaba llevando a cabo en absoluto secreto. Algunos estaban convencidos de que la posibilidad de explosión era más factible que el día anterior. Uno de ellos avisó por radio al capitán Talavantes, como había ordenado a los responsables del escáner.
Una vez desalojado el edificio comenzó el protocolo de seguridad para que pudiera actuar el escuadrón de artificieros. Lo que más tiempo les tomó fue acordonar la zona, como siempre. Se repitió la misma maniobra del día anterior y con los mismos responsables del escuadrón de artificieros.
Veinte minutos después de la llegada del segundo paquete aparecieron en la recepción los sargentos Álvarez y Beltrán enfundados en sus trajes especiales. Esta vez caminaban con más seguridad. Todo aquello ya les resultaba familiar y estaban convencidos que la posibilidad de explosión era nula. Por instinto, lo primero que hicieron fue buscar la caja grande. Estaba junto al mueble de la recepción, a un metro del escáner y sobre una carretilla.
—Capitán, ¿me recibe? —preguntó Beltrán por la radio.
—Afirmativo.
—Tenemos una situación similar, señor: una caja enorme sobre una carretilla.
—¡Joder! —exclamó Talavantes visiblemente molesto—. Seguro que es otro embalao. Aun así debemos de actuar conforme al protocolo, no vaya a ser que lo de ayer fuera un señuelo.
—Sí, señor.
—Y daos prisa. Si hay otra persona dentro de la caja, estará en las mismas condiciones que el de ayer. Pero no toquen la caja grande hasta que verifiquemos el contenido de la que está dentro del escáner —advirtió—. Beltrán, acércate a la caja grande y dime si está embalada tan meticulosamente como la de ayer.
—Así es, capitán. Idéntica —confirmó Beltrán unos segundos después.
Mientras tanto, el sargento Álvarez se sentó frente al escáner e introdujo la llave hexagonal para acceder al programa. Beltrán lo ayudó a conectar el inhibidor de frecuencia para así ahorrar tiempo. Perdieron la comunicación durante un par de minutos. Cuando desde la sala de mandos localizaron la frecuencia, comenzó el operativo.
Álvarez empezó a aplicar todos los filtros, dejando el de rayos x para el final. Como todos esperaban, de nuevo encontraron en la pantalla la imagen de una pastilla similar a la del día anterior.
—Capitán, ¿la ven? —preguntó Álvarez.
—Sí. Estamos calculando de nuevo el volumen de la pastilla, a simple vista parece idéntica a la de ayer —aseguró Talavantes—. Mientras, pasad los rayos x para verificar el contenido. Debemos ganar tiempo.
En cuanto activaron los rayos x, la pantalla mostró las mismas imágenes que el día anterior. La caja contenía los mismos objetos. Hicieron varios encuadres a diferentes distancias hasta verificar todo el contenido.
—Parece que contiene lo mismo que la caja de ayer, incluidas las guindillas picantes.
—De acuerdo —respondió Talavantes—. La pastilla de nitrocelulosa es del mismo tamaño y no lleva ningún detonador. Sacadla del paquete y llevadla al tambor de explosivos. Antes comprueba si hay alguna etiqueta. Si es así, haz un par de fotos, esta vez procura no moverte mucho, por favor. Recuerda que la de ayer salió muy borrosa.
Mientras los artificieros manipulaban la pastilla explosiva, desde la sala de mandos verificaban que una ambulancia estuviera lista cuando liberasen al embalao que viniera en la caja.
Efectivamente, la pastilla llevaba una etiqueta. Beltrán la colocó junto a la entrada del escáner e hizo un par de fotos en alta resolución. Después la cogió con las pinzas y la llevó al tambor. En cuanto la lluvia de arenilla blanca se disipó, entró el personal médico ayudado por dos agentes. Beltrán había quitado la tapa de la caja grande y había cortado con cuidado las cuatro esquinas. En cuanto cortó la última, se retiró un poco y la caja se abrió dejando a la vista a otro embalao. Talavantes salió a toda prisa hacia la recepción en cuanto vio la imagen en su monitor. Hasta que regresaran Ybarra y de la Bárcena, él era el responsable del caso. De camino, llamó al laboratorio para que enviasen un par de agentes a recoger todo el material y analizarlo.
El embalao estaba exactamente igual que el anterior: desnudo, amordazado, maniatado, en posición fetal, recostado de lado y precintado por la circunferencia que formaba su cuerpo al estar recostado. En su muslo, igualmente, tenía escrito con letras rojas la palabra culpable. La única diferencia con el anterior era que este estaba completamente inconsciente. Parecía muerto y desprendía un olor aún más vomitivo. Estaba claro que se había vomitado, meado o cagado. O todo lo anterior junto.
Tardaron poco tiempo en desembalarlo. Lo colocaron en una camilla y los médicos intentaron reanimarlo sin éxito. Le pusieron dos sondas intravenosas de suero y le colocaron una mascarilla de oxígeno. Continuaba inconsciente, con las constantes vitales muy bajas, pero dentro de los parámetros aceptables. Le revisaron las pupilas y los reflejos nerviosos. No era nada grave, simplemente estaba muy sedado.
18
Martes 8 de septiembre, 10:30 horas.
Berja, Almería
Los perros encontraron enseguida el rastro de los cuerpos de los tres niños García. Estaban enterrados junto a los cuerpos de otras dos niñas. El forense calculó que, por la estatura, tendrían entre diez y doce años. Aunque no lo sabrían con exactitud hasta que se hicieran los análisis correspondientes, ya que los cuerpos estaban en fase avanzada de descomposición. El forense consideró que llevarían unos tres meses enterrados.
Olfatearon los cinco mil metros cuadrados de terreno, no encontraron más rastros. Dentro de la casa tampoco identificaron ningún ser vivo ni ningún cadáver. En la parte trasera de la cocina, la que daba acceso al terreno, uno de los pastores alemanes se detuvo junto a un mueble alto que había entre el muro y el frigorífico y empezó a gemir. Era como si el perro hubiera encontrado un rastro pero a la vez dudara del mismo. El guardia que lo guiaba le insistió señalándole el mueble y la puerta, el animal solo rodeaba el mueble por los dos lados que podía hacerlo y volvía a gemir. Estaba entrenado para identificar humanos, o lo que quedase de ellos, incluso la ropa que hubieran utilizado recientemente. Pero no parecía que fuese nada de eso lo que identificase.
—¿Qué pasa? —le preguntó Ybarra al agente.
—No lo sé, capitán. Parece que ha encontrado algo, es extraño. O tal vez sea un rastro muy leve. Parece confundido.
—Insístele —ordenó Ybarra.
El perro volvió a olfatear el mueble, gimió de nuevo y giró sobre sí mismo.
—Quizá sea algún alimento de dentro del frigorífico lo que le está confundiendo —supuso Ybarra.
—El frigorífico ya lo hemos revisado y está vacío, señor —contestó uno de los guardias de la policía científica—. De hecho está desenchufado.
—Inténtenlo con otro perro a ver qué pasa —insistió Ybarra.
El otro animal se comportó casi de igual forma, dudó más que el primero. Simplemente gimió un poco y se sentó.
—Pues algo huelen —insistió Ybarra—. Revisad el mueble, desarmadlo si hace falta.
Mientras lo hacían, Ybarra salió de la cocina hacia el terreno por la puerta trasera.
El capitán de la Bárcena coordinaba el trabajo del personal del laboratorio. El calor en la sierra de Almería, ya aplastante a esa hora de la mañana, le hacía sudar copiosamente. Sus agentes habían montado una carpa con material de laboratorio para poder obtener muestras in situ sin contaminarlas. Había unos veinte botes pequeños y bolsas de plástico con restos de tejido y trozos de metal. Ybarra dio un paseo por el solar buscando alguna pista. Fue entonces cuando vio algo que le llamó la atención. Había flores de beleño blanco por casi todo el terreno; la flor de la muerte, una flor que Ybarra conocía bien. Era la preferida de su madre.
Los galos envenenaban sus flechas con un concentrado hecho a base de esta flor, de ahí el sobrenombre de flor de la muerte. Por aquel entonces no había cura posible a la sustancia tóxica que se obtenía del concentrado de beleño blanco. La muerte era lenta y agónica. Con el tiempo su significado cambió y pasó a ser la flor utilizada para honrar a los muertos. Era una flor blanca fácil de encontrar y muy económica en los pueblos. La madre de Ybarra solía llevar beleños blancos a la tumba de su padre en el aniversario de su muerte.
Ybarra se refugió bajo la sombra de un árbol y entonces apreció una secuencia caótica, aunque constante, en el terreno, solo interrumpida por dos montículos de tierra. En ciertos puntos había grupos de tres ramilletes de beleño plantados juntos. En el resto del terreno solo había algunas plantas sueltas. Un horrible presentimiento se apoderó de él y el corazón empezó a latirle con fuerza. Se dirigió a paso ligero hacia uno de los dos puntos donde habían desenterrado a las víctimas y removió un poco la tierra. No tardó en localizar las tres plantas que habían echado raíces juntas. Luego se dirigió al otro punto y encontró lo mismo: tres plantas. Contó once puntos en total. Se dirigió de nuevo a la casa y buscó a Melero.
—Sargento, una pregunta —le abordó directamente—: ¿estos perros solo identifican cadáveres?
—Principalmente, señor —contestó uno de los tres guardias—. Han sido entrenados para ello.
—¿Y huesos antiguos enterrados? —volvió a interesarse Ybarra.
—También, señor —aseguró de nuevo el guardia—. Están adiestrados principalmente para encontrar personas vivas en catástrofes y terremotos; cuerpos relativamente frescos o en estado de descomposición. Pero si se les da a oler huesos enterrados o una prenda, seguro que siguen el rastro.
—Vale… —Ybarra se giró en dirección de la casa mientras gritaba llamando a Negrete, que estaba dentro supervisando hasta el último rincón de la primera planta.
La ventana del piso de arriba se abrió y asomó Negrete con los guantes de látex, las mangas subidas y una buena mancha de sudor en el pecho, que abarcaba desde el cuello de la camisa hasta el cinturón.
—Negrete, mándame un par de agentes enseguida. Que cojan palas y vengan conmigo —gritó en la distancia Ybarra.
—¿Señor, no prefiere que lo hagamos con la excavadora? —preguntó el agente encargado de dirigir la máquina.
—No. Si hay huesos, como intuyo, antes quiero verificar a qué profundidad están enterrados —sentenció Ybarra—. No quiero dañar algún esqueleto o alguna prueba. La excavadora no daña cuerpos recientes si se topa con ellos, aunque es posible que pueda romper huesos viejos o desordenar un esqueleto.
—Cierto, capitán Ybarra —respondió el operario de la excavadora.
Dos agentes con palas llegaron en un par de minutos. Ybarra ordenó abrir un hoyo en el punto más cercano a la casa donde había tres plantas juntas. El operario de la excavadora se sumó a la tarea con otra pala. Trazó sobre la tierra un óvalo grande alrededor de los ramilletes de tres plantas. Se había dado cuenta que en las dos sepulturas abiertas, los beleños estaban plantados a los pies de los cuerpos y tenían la cabeza apuntando hacia el norte. Así intentó adivinar la orientación, calculando que el largo del óvalo fuera un poco más amplio que la estatura de un niño de trece años.
Sucedió lo que Ybarra intuía; encontraron un cuerpo enterrado, aparentemente hacía muchos años y del que solo hallaron los huesos. Pertenecía a un infante de entre siete u ocho años. La ropa estaba tan deteriorada que no pudieron identificar el sexo a simple vista. Tomaron las fotos de rigor y el forense sacó un fémur con cuidado. Sin apenas limpiarlo y con algunos pegotes de tierra incrustada, se lo dieron a oler al pastor alemán, el perro con el olfato más sensible de los tres. El perro lo olfateó a consciencia. Lo llevaron a cada uno de los puntos que Ybarra iba indicando, donde había ramilletes de tres beleños blancos. En todos ellos el perro dio aviso de encontrar un rastro.
Excavaron un cuarto agujero y encontraron otro cuerpo. Una vez que Ybarra comprobó que las cuatro sepulturas estaban orientadas de igual forma, trazó uno a uno los surcos donde debían cavar para no dañar ningún hueso. Cuando terminó, y mientras se secaba el sudor de la frente con la manga de su camisa, le pareció que alguien lo llamaba desde la casa. Entonces se giró para verificar si se dirigían a él.
—¡Capitán! —gritó uno de los guardias desde la puerta de la cocina. Estaba buscando el rastro extraño que habían identificado los perros—. Parece que hemos encontrado algo importante.
—¿De qué se trata? —preguntó Ybarra mientras dejaba la pala en el suelo y se dirigía rápidamente a la cocina.
—Señor, creo que hemos dado con el escondite donde guardaba su galería de fotos y trofeos —aseguró el agente—. Desde el fondo de este mueble se accede a una escalera pequeña que lleva al sótano.
—Por eso dudaban los perros, porque el rastro estaba muy profundo —dedujo Ybarra.
—No, capitán —le corrigió con respeto el guardia—. Lo que olían era una pila de ropa limpia y planchada de los niños. El perro fue directo hacía ella. No están adiestrados para identificar ropa limpia y aromatizada, especialmente si es una sola prenda. Pero si el montón de ropa es tan grande, el olor a humano se concentra, aunque esté disfrazado entre los aromas del detergente. Los animales percibieron algo, pero muy levemente.
Ybarra y Negrete bajaron al sótano y encontraron una estancia con tres habitaciones. En una de ellas había decenas de fotos de niños pinchadas en un muro con alfileres con cabezas de colores; rosas para las niñas y azules para los niños. Las imágenes estaban colocadas con cuidado, como si fuera un pequeño santuario. De algunos de los alfileres colgaban lazos de varios colores, de los que se utilizan para adornar las trenzas de las niñas. De otros colgaban medallitas o cadenas pequeñas o esclavas de oro. En uno de ellos había colgado un imperdible decorado con tréboles de plástico.
En algunas de las fotos los niños aparecían vivos, otros parecían dormidos o tal vez ya estaban muertos cuando se las hicieron. Extrañamente, todos los que salían vivos mostraban un rostro feliz y tranquilo. Seis velas blancas grandes, con base plateada de estilo clásico y medio consumidas, estaban colocadas en una repisa de madera adosada al muro decorando el trabajado altar. Era como si les venerara. Como si fueran santos o mártires.
Las fotos estaban tomadas en el mismo sótano, en otra de las habitaciones, decorada con estilo infantil. Todo era blanco: las puertas, los armarios, el mobiliario y las sabanas.
Al pie del altar, en una canasta grande de esparto que se encontraba bajo la repisa, había dos pilas de ropa infantil limpia, bien apilada y ordenada. Desde camisetas hasta jerséis. Sin embargo no había ni una sola prenda interior. Todo estaba bien doblado y planchado. A la derecha la de los niños y a la izquierda la de las niñas. Ybarra comentó entre dientes que aquel tipo debía ser un maniático del orden. Intentaba así aportar un dato más a su perfil, mientas la rabia le ardía por dentro.
En la pared de enfrente había un panel de corcho grande con un marco dorado. En él había colocadas muchas fotos de una señora mayor con un niño al que no tardaron mucho en identificar. Era el pederasta durante varias épocas de su vida; desde niño hasta muy joven, aproximadamente unos dieciséis años. Aparecía siempre junto a la mujer, probablemente su abuela, ya que todas las fotos estaban tomadas en aquella misma casa o en el terreno contiguo.
Protagonizaba aquel collage, aparentemente tan familiar e inocente, una foto muy antigua situada en el centro. Era otra foto del pederasta con la mujer. Ybarra la observó con atención y percibió en el rostro del niño algo sucio, un sentimiento de culpabilidad. Su abuela esbozaba una sonrisa radiante, como si estuviera orgullosa de su nieto. El resto de fotos tapaba la imagen completa, dejando a la vista solo ambos rostros.
Ybarra pidió a un agente de la policía científica que fotografiase el retablo antes de tocarlo. Se puso un guante y fue levantando cuidadosamente las imágenes, sin alterar mucho el resto de las fotos. Dejó la imagen central al descubierto lo mejor que pudo. Ambos aparecían desnudos. Ella con los pechos al aire y él metido entre las sábanas encima de ella en la cama de la planta superior. Él tendría unos quince años y ella aparentaba unos sesenta. Probablemente la foto la había tomado ella misma con una cámara Polaroid, pues se podía apreciar parte del brazo en el ángulo derecho. Lo que hoy denominamos selfie.
Ybarra lo vio claro. No era el primer pederasta que había sufrido abusos en su niñez por parte de algún familiar cercano. Y apostaría lo que fuera a que comenzó a cometer sus crímenes poco después de morir su abuela, cuando lo que él conocía como sexo con afecto se había acabado. Una verdadera aberración. Seguramente sus complejos le hicieron buscar seres inocentes y limpios para satisfacer sus deseos sexuales.
En la tercera habitación encontraron una televisión, una cámara de fotos, otra de vídeo, un reproductor y un ordenador con conexión a Internet. También encontraron una colección enorme de fotografías y varios estantes llenos de cintas con todo el material que había grabado con las violaciones de los niños. Y por supuesto, material compartido con otros pederastas por Internet. Lo tenían todo para fundir a aquel hijo de puta y meterlo en la cárcel. Para Ybarra supuso un gran alivio.
19
Martes 8 de septiembre, 15:00 horas.
Berja, Almería
Hicieron un descanso para comer algo, y sobre todo para beber. El calor era aplastante y habían sudado mucho. El guardia al que habían mandado al pueblo apareció con los bocadillos y los refrescos. Se sentaron en la mesa del laboratorio portátil que había quedado libre. Ya habían terminado de recoger todas las muestras posibles de aquel «terreno de los horrores», como lo denominó Ybarra. Localizaron trece enterramientos, dieciséis cuerpos en total. A simple vista todos eran menores de edad. Según el forense, algunos llevaban enterrados cerca de quince años.
Todos estaban agotados. El esfuerzo físico de desenterrar todos aquellos cadáveres era superior al ejercicio que Ybarra hacía en un solo día, que no era poco. Entonces su móvil sonó por enésima vez.
—Es Talavantes —dijo en voz alta mientras descolgaba. Negrete y de la Bárcena lo observaban con curiosidad.
—Dime, Armando.
Negrete pudo observar cómo su compañero abría los ojos y se dilataban sus pupilas. Aquello era indicativo de que pasaba algo importante. Sin embargo, como era normal en Ybarra, su expresión no cambió ni un ápice más. Continuaron escuchando su parte del diálogo, que fue bastante escueta. Este se cuidó de no decir más de la cuenta.
—Vale… ¿a qué hora fue?… ¿Saben quién es?… Aquí terminaremos sobre las cuatro y media… Bien, ahí estaremos. Gracias.
Ybarra colgó el teléfono con la parsimonia y seguridad de costumbre. Le dio un mordisco a su bocadillo y bebió otro poco de refresco, mientras lanzaba una mirada al horizonte sobre el terreno anexo. Observó con tristeza todas las fosas levantadas. Negrete no le quitaba la mirada de encima, esperando que dijera algo. De la Bárcena continuó comiendo, su mirada saltaba de los ojos de uno a los del otro esperando adivinar algo en sus miradas.
—Tenemos que darnos prisa, Sergio —dijo Ybarra sin dejar de mirar el terreno.
—¿Qué pasa? —preguntó de la Bárcena extrañado.
—Nada, un asunto antiguo que requiere de mi presencia inmediata. Una investigación de hace meses. —Negrete sabía que mentía. El resto de los agentes prestaba atención en silencio—. Tenemos que estar listos antes de las cuatro y media, me requieren con urgencia.
—Vete, yo me quedo y espero a que todos terminen —se ofreció de la Bárcena.
—Prefiero que me acompañes —insistió Ybarra—, quiero comentarte qué línea de investigación me gustaría seguir en este caso y necesito que me ayude tu departamento con ella. —De la Bárcena se dio cuenta de que Ybarra no quería o no podía hablar delante del resto de agentes. Ya empezaba a conocerlo.
—Vale, voy a dejar indicaciones para que terminen el muestreo y precinten el terreno y la casa hasta nuevo aviso.
Cuando acabaron de comer, Ybarra se llevó a Negrete y de la Bárcena aparte con la excusa de revisar el inventario de los vídeos incautados. Entonces sacó uno de sus puritos, Negrete hizo lo mismo con su Ducados. Los tres estaban solos, era el momento de hablar.
Os resumo rápidamente. Ha llegado otro embalao. En las mismas condiciones y montando el mismo show en la entrada, esta vez no han podido atrapar al mensajero —comentó Ybarra visiblemente preocupado—. Aún no han identificado al embalao. La única diferencia con el de ayer es que este venía en bastante mal estado y completamente sedado. El asunto ya ha trascendido al Ministerio de Interior y a la Presidencia. Quieren que se sepa lo menos posible para que la prensa no se nos eche encima. El asunto es muy complejo, jurídicamente hablando. Han convocado una reunión de urgencia a las ocho. Un helicóptero nos recogerá para llevarnos al aeropuerto de Almería. La avioneta nos llevará a Madrid a las cinco.
A las cuatro y cuarto un helicóptero de la Guardia Civil descendió en un terreno colindante muy amplio. Los tres estaban listos para subir. Melero se quedó al mando de la investigación en Almería.
20
Martes 8 de septiembre, 20:00 horas.
Dirección General de la Guardia Civil
Sala de conferencias
Madrid
Los asistentes a la reunión eras los mismos que el día anterior. También asistieron tres oficiales de la uei, la Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil. Esta unidad era especialista en rescate de rehenes, secuestros, detención de delincuentes peligrosos, desequilibrados mentales agresivos y amenazas inminentes de atentados.
La situación se había vuelto cada vez más compleja. Ya era de noche y tenían mucho trabajo por delante. A las ocho y media de la mañana debían tener listo el operativo para intentar capturar al remitente. Ybarra y de la Bárcena no estaban seguros de si al día siguiente llegaría otro embalao. No le creían tan estúpido. Aunque había otros tres delincuentes fugados o desaparecidos en las últimas semanas en tres juzgados diferentes de España. Los investigadores intuían que podrían ser otros posibles embalados.
Ybarra, Talavantes y de la Bárcena estaban de nuevo al frente de la reunión.
—¡Señores! —Ybarra intentó por tercera vez callar a los asistentes a la reunión. Subió al máximo el volumen del micrófono y el murmullo descendió de inmediato. Entonces continuó con su exposición—. Ha sido un día muy largo y agotador. Todos queremos descansar, así que vamos a organizarnos, ¿de acuerdo?
A Ybarra se le notaba en el rostro el día tan arduo que llevaba. Su impecable camisa blanca ya no lo era tanto. Estaba muy arrugada, algo inaceptable para él, y la llevaba arremangada y el cuello desabrochado. Había intentado domar su pelo alborotado con la mano sin éxito.
—El operativo de mañana se llevará de la siguiente forma…
—Señor —interrumpió uno de los agentes—, ¿repasaremos al final de la reunión los avances de la investigación? Tenemos bastantes datos…
—Lo sabemos, González, eso lo haremos mañana por la tarde. Ahora la prioridad es planear la estrategia de mañana por la mañana. Son órdenes del general.
—Al menos nos pondrán al tanto de lo que encontraron en Almería, ¿no? —interrumpió de nuevo otro de los agentes.
—Hasta que no veamos qué pasa mañana en la recepción del cuartel, la investigación queda suspendida hasta nueva orden. Si alguno de ustedes requiere información específica, puede ponerse en contacto con el sargento Melero en Almería. Él les facilitará la información necesaria. ¿Alguna otra pregunta? —dijo con un marcado tono de intolerancia. Nadie preguntó nada más—. Bien, ahora escuchen con atención al capitán Talavantes.
Ybarra accionó un pequeño mando y empezó a descender la pantalla en la que se proyectarían las imágenes que iría explicando Talavantes. Al mismo tiempo las luces se apagaron. Aprovechando la oscuridad, Ybarra se acercó a de la Bárcena.
—Hemos identificado al segundo embalado —le susurró.
—¿Cuándo? —preguntó este sorprendido—, apenas nos ha dado tiempo a llegar del aeropuerto aquí, y veníamos juntos.
—Me acaban de enviar una foto desde la uvi del hospital. Es Antonio Bustos, el cerebro de la estafa multimillonaria de los fondos de inversión Capital de Coleccionista. Se creía que se había fugado hace una semana en medio de una vista del juzgado número tres de Barcelona.
—¿Capital del Coleccionista? —preguntó de la Bárcena.
—Sí, los que estafaron a cientos de personas mayores y jóvenes con inversiones ficticias en un supuesto fondo de inversión de colecciones: monedas, piedras preciosas, antigüedades o pinturas. Bustos fue el cerebro y el que desvió decenas de millones a bancos en paraísos fiscales.
—Esto se está poniendo muy jodido —dijo de la Bárcena preocupado.
—Y que lo digas… —contestó Ybarra con la misma preocupación.
En la pantalla aparecieron imágenes aéreas del cuartel general trasmitidas por el Ojo de Dios, el satélite de inteligencia militar de la Unión Europea. El antiguo hacker informático, el agente Martínez, manipulaba con habilidad el programa de posicionamiento geográfico en su portátil. Una imagen de aproximadamente un kilómetro cuadrado alrededor del cuartel apareció en la pantalla. El programa emitía cuatro imágenes a la vez. La central ocupaba un setenta y cinco por ciento del área de proyección. Las otras tres estaban en el lateral derecho. La superior mostraba la avenida principal, la de en medio mostraba la más cercana al cuartel, y la inferior apuntaba al acceso principal del cuartel.
—Señores, antes de nada quiero decirles que el operativo a pie de calle está coordinado por la uei. Ellos dirigirán cada movimiento —advirtió Talavantes mientras sacaba un puntero láser para dar las indicaciones correspondientes—. Estas son las imágenes del Ojo de Dios. Ninguna está en tiempo real, son imágenes hechas esta mañana muy temprano, así podrán observar con claridad cómo se va a ejecutar el operativo de mañana a la misma hora. Todos deberán estar en sus puestos a las nueve en punto, que es cuando se abre al público la entrada de acceso.
Talavantes les mostró imágenes de los dos mensajeros que habían entregado ambos paquetes. Los dos aparecían caminando pero ambos habían llegado por la misma bocacalle. La misión principal era ubicar de dónde saldría el siguiente mensajero y seguir la pista en sentido contrario a sus pasos. Para ello contarían con las trece cámaras que el agente Martínez había conectado al sistema. El operativo debía realizarse con absoluta discreción. La intención no era detenerlo, a menos que estuvieran completamente seguros de actuar.
Ybarra, de la Bárcena y Talavantes estaban convencidos de que no ganarían nada con un operativo de tal magnitud. Pero lo había ordenado el General en común acuerdo con la Presidencia y no había nada que discutir, solo seguir ordenes.
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