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JORGE EDUARDO SIMONETTI

A Dios lo que es del César


Simonetti, Jorge Eduardo

A Dios lo que es del César / Jorge Eduardo Simonetti. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Autores de Argentina, 2021.

300 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-87-1390-8

1. Ensayo Sociológico. I. Título.

CDD 306.6

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com La foto de tapa fue tomada por el autor en la plaza de San Pedro, en la ciudad del Vaticano, en abril de 2019 Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723 Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

Prólogo

Reflexiones Iniciales

Capítulo I La Iglesia católica en el mundo (primera parte)

Cristinos y católicos

Referencias históricas

Los seis grandes períodos históricos de la Iglesia católica

Capítulo II La Iglesia católica en el mundo (segunda parte)

El regalismo

La Ilustración

La Revolución Francesa y la Restauración

El liberalismo

El mundo del trabajo y la cuestión social

La iglesia católica en el siglo XX

Concilio Vaticano II

La Iglesia del cambio de milenio

Capítulo III Política y Religión

El hecho político y el hecho religioso

Modelos de catolicismo

Capítulo IV Iglesia y Estado

Algunos conceptos

Estado confesional o Estado laico

Capítulo V Iglesia Católica En la Argentina

Período colonial

La revolución y la independencia

La cuestión constitucional

El pensamiento liberal y la Iglesia

Capítulo VI Militarismo, peronismo y catolización

Entre dictaduras y democracia

La Nación Católica en los gobiernos militares

Peronismo e Iglesia

El mito de la nación peronista

Guerrilla, terrorismo, represión e Iglesia

Capítulo VII La Iglesia y la Nueva Democracia

La recuperación democrática

¡Dacci la tua parola, Francesco!

Un papa con pasaporte argentino

Dios y el César (Mateo, 22,21)

El partido clerical

La quinta pata del operativo “lawfare”

Capítulo VIII Educación e Iglesia

Evolución histórica

Período democrático

Mapa de la laicidad educativa

La cultura es la levadura de la libertad

Capítulo IX Recursos Económicos de la Iglesia Católica

Presupuesto público, diezmo y recursos propios

Capítulo X Pobreza e Iglesia

El alcance de la pobreza

Riqueza y desigualdad social

La pobreza en la historia cristiana

La doctrina moral de la pobreza

Mérito y caridad

El mérito, un enemigo del Estado populista

Igualación e igualdad

Capítulo XI Francisco

Política e Iglesia

Francisco y los argentinos

Francisco y el populismo

Un pancho a veces tibio y desabrido

Nuevo revolucionario, ni joven ni proletario (pendejo)

Capítulo XII Iglesia y Abusos

¿Alcanza con pedir perdón?

Una luz al final del túnel

Capítulo XIII La Religiosidad en Números

Reflexiones Finales

Bibliografía

Notas

Sinopsis

Cuando el mundo dejó de girar y sus luces se apagaron, cuando nos ganó la oscuridad, se enturbió nuestra mirada y el alma entró en el cono ensombrecido de la incertidumbre; …en ese instante sentí tu mano que tomaba la mía, seguías ahí, a mi lado, como si nada hubiere ocurrido. Me fortalecí en tus pliegues, descansé en las dársenas de tu puerto seguro. Para ti, Gise, que iluminas mi vida con tu luz

“Hay dos formas de vivir la vida: una, como si nada fuera un milagro; la otra, como si todo lo fuera”.

–Albert Einstein

Prólogo

El autor de la publicación me ha concedido el honor de prologar uno de sus libros, lo que consiento gustoso por la calidad de la obra.

El recorrido recreativo del pasado enlazado con el presente, dan sus frutos en la excelente interpretación del mismo, esa amalgama del hombre político y el religioso, producen efectos diferentes en los tiempos, lineales o cíclicos que aborda el investigador.

Desde los inicios de la humanidad, el ser humano ha enfrentado el dilema de vivir en sociedad con seres diferentes, aceptando la otredad, respetando sus creencias e ideologías, o consumiéndose en un todo regido por dios o dioses generosos e implacables a la vez.

Así, aborda los diversos períodos de las religiones conocidas, bucea históricamente con buen uso de material bibliográfico disponible los encuentros y desencuentros entre las dos espadas, la del emperador y la del papa de los cristianos; antes de ello, con perfecto conocimiento del pasado, abreva en las fuentes primigenias del judaísmo, forjado en doce tribus que muestran variantes desde antaño.

De esa huella gigantesca del monoteísmo hebreo nacerá el cristianismo, fruto de los apóstoles predicadores proselitistas, especialmente de la mano de Pablo de Tarso, hoy conocido como San Pablo, el que escribirá el guión de esa gran empresa institucional que pasará a denominarse Vaticano, al amparo del Imperio romano, pasando los cristianos de ser perseguidos a perseguidores.

Nunca fue buena tarea pensar diferente en los tiempos pasados y actuales, desarrolla con mucho tino el fenómeno histórico llevándonos de la mano al escenario del cristianismo dividido y sus crueles guerras religiosas, los tribunales de la inquisición de unos y otros muestran una Europa en llamas, la legislación castellana e hispano americana es un ejemplo de ello, la limpieza de sangre exigía que no hubiera moros ni judíos, todo pensamiento distinto era heterodoxia.

Ese bagaje llega en las naves de Colón para el encuentro de dos culturas, ambas ricas en ciencias, la de América será inferior en armas y terror, la dominación se produce junto a la explotación bajo el signo de la cruz y la espada, más tarde llegarán los esclavos de color oscuro, para posteriormente sumarse los blancos irlandeses (esclavitud blanca).

El inicio colonial de nuestras tierras está impregnado de intolerancia y explotación, asesinatos en masa de originarios que se extenderán hasta nuestros días. Todo ello con excelente desarrollo aborda claramente el autor.

En el período del derecho patrio que abarca de 1810 a 1853, nada cambia, las primitivas constituciones y reglamentos muestran claramente el reconocimiento de la religión católica como única y verdadera, circunstancia que, como veremos, cambian el ropaje pero no los objetivos. Por un lado Corrientes, que en su bandera expresa “Patria, Libertad y Constitución”, por el otro Quiroga, Religión o muerte, esos gritos funestos serán repetidos a lo largo de nuestra historia.

La mejor ocasión para observar este escenario, el debate en la Convención Constituyente de Santa Fe en 1852/ 1853, muestra claramente las posiciones, el culto oficial y la libertad de cultos. Por una parte se toman posiciones como sostener el culto católico, el presidente debe ser católico y los indios deben ser explotados (evangelizados) por el catolicismo. Triunfa la libertad de cultos relativamente, porque registro civil, cementerios, educación permanecen en manos católicas hasta la generación de 1880, la que por ley 1420 dispone la educación laica en los horarios de clases, se secularizan los cementerios, registros civiles, etc.

No obstante, la situación seguirá hasta entrado el siglo XIX. La reacción aparece pronto, a fines del siglo XIX y comienzos del veinte, el terror del socialismo y comunismo nacido al amparo de reclamos de todo tipo en Europa, desde 1840 en adelante y mucho antes en Inglaterra, genera el mito del demonio rojo, el peligro comunista, anarquista, socialista. Pío IX fulmina el modernismo, el liberalismo y todo cuanto encuentra en su camino.

La Argentina poderosa y aluvional con millones de inmigrantes, recibe la democracia relativa con el voto libre, obligatorio, secreto, masculino. El autor con lujo de detalles destaca cada período, las variantes papales y su injerencia de la iglesia católica en el Estado Argentino. En 1930 se produce el quiebre total de la democracia, el uriburismo, la alianza del poder político con la iglesia y dará sus frutos con el levantamiento militar de 1943, en que comienza y se consolida un estado nazi fascista, cooptando la educación, las fuerzas armadas e instituciones civiles, su semilla será una seguidilla de levantamientos de los traidores a la patria (art.29 Constitución Nacional y art.36) que dejarán las secuelas antidemocráticas y totalitarias en las que muchos nos criamos.

Surge de la lectura un profundo análisis de cada período, con lujo de detalles, el mito de la nación católica, el ser nacional, el antisemitismo bullendo en las entrañas del pensamiento integral, con la caída del respeto a los derechos constitucionales y humanos, las terribles tiranías que destruyeron sueños de crecimiento económico, social y político. Este estado de cosas se extiende hasta 1983, gracias a la llegada al poder de Raúl Ricardo Alfonsín, quién como una antorcha de esperanza, recita la constitución nacional, revive las esperanzas perdidas.

No obstante, el totalitarismo enraizado con la presencia de gremios, iglesia católica, civiles emparentados con los anteriores, forjaron en el crisol de la intolerancia un movimiento populista sin límites, tener razón es su derecho, según sus creencias. El gran presidente argentino soportar ataques militares, gremiales, clericales; la amenaza de juicio político por ley de divorcio vincular (la Corte Suprema dispuso antes el divorcio vincular), la excomulgación como última intimidación. La fusión de la iglesia y el Estado varió, pero nunca dejó de estar presente, lo demuestra la ley del aborto actual.

Todo lo narrado está perfectamente desarrollado por el autor, los tremendos costos que los argentinos soportamos para mantener privilegios inconstitucionales de un solo credo. Algo se avanzó con la reforma de 1994, el presidente puede creer en lo que se le ocurra y los originarios, indios, no están sujetos a la evangelización obligatoria, pero quedó la rémora del art. 2 de la Constitución Nacional.

El desarrollo claro y perfecto de lo económico me exime de comentarios, el libro responde todo lo que queda en el tintero, desde la vinculación argentina con el nazismo, a la influencia de jefes vaticanos en la política como el caso de Francisco actualmente, muestran la calidad y excelencia de la obra, se comparta o no con el autor algunas opiniones.

Deja abierta la esperanza de un cambio, si no lo hacemos continuaremos con el cambio de trajes, como en el gato pardo, hagamos como que todo cambia, para que todo permanezca como está.

Es necesario y casi obligatorio leer esta obra, valiente y arrojada, como debe ser quien ejerce el derecho a la resistencia a la opresión, tan antiguo como la humanidad misma hoy consagrado en el art. 36 de nuestra Constitución Nacional.

Los blancos y vacíos que no afronto son a propósito, el autor me exime con su claridad de todo comentario.

Dr. Enrique Eduardo Galiana

Profesor Extraordinario de la Universidad Nacional del Nordeste

A Dios lo que es del César
Reflexiones Iniciales

Éste no es un libro de religión, tampoco de teología ni de historia, no interpela la fe del lector como creyente católico o de otra confesión, no intenta desentrañar los insondables vericuetos de la mente humana con sus convicciones religiosas, con su ateísmo o con su agnosticismo.

Es una obra que tiene el propósito de mostrar la tensión histórica entre dos instituciones que, integradas y conducidas por seres humanos, han producido el hecho incontrastable de la coexistencia permanente, sin que ninguna de las dos pudiera desentenderse definitivamente de la otra ni tampoco imponer sus propias reglas en detrimento de jurisdicciones que se suponen claramente establecidas.

Nos referimos al Estado y a la Iglesia, en este último caso a la católica. En dos mil años, no son muchos los momentos de la historia en que la vida común de las sociedades pudo sustraerse a las consecuencias de una relación a veces carnal, muchas veces conflictiva, varias de confrontación directa.

El Estado, como dispositivo necesario para organizar y arbitrar sobre las condiciones gregarias y sociales del hombre, y la Iglesia como estructura terrena que intenta canalizar orgánicamente las incertidumbres existenciales de la condición humana, están destinados casi fatalmente a la convivencia perpetua.

Tener una casa común, que es el mundo, y un mismo material social, que es el conjunto de personas que lo habitan, los ha colocado en caminos que deberían circular en un mismo sentido, que los debería incluir, pero que muchas veces se presentaron estrechos para transitarlos en perfecta armonía.

Más adelante veremos la consustancialidad humana del hecho político y el hecho religioso. Los dos existen porque somos producto natural de nuestra esencia de seres con conciencia, que no podemos todo, que necesitamos de apoyos que nos faciliten la subsistencia digna y que nos ayuden a transitar hacia dónde sea que esté en definitiva nuestro destino.

El ser humano es consciente de su finitud, sabe que tiene un comienzo y un final en la dimensión terrena. Pero, a la par, no conoce los porqués de su finitud, como tampoco si la misma es absoluta y permanente o existe, en otra parte, en otro lugar, en otro espacio, una prolongación de su ser individual más allá de esta vida.

Esa incertidumbre es, quizás, la razón principal de nuestras cavilaciones siempre inconclusas. Sin embargo, a la par, los bastones que nos procuramos para darle sentido trascendente a nuestra vida, que supere la indignidad inexplicable de la nada, de la oscuridad permanente, de la insubsistencia perpetua, nos han servido para encontrarle algún sentido a lo que no percibimos como condición de nuestra propia naturaleza, ya sea divina o no.

No trato de ingresar, no es el propósito de esta obra ni tengo los elementos suficientes de una pretensa sabiduría en la materia, en el debate nunca concluso de las razones de la existencia humana, de saber si somos producto de la decisión de un ser superior que todo lo creó de acuerdo a su plan, o si provenimos de las causalidades de combinaciones naturales que sólo la ciencia podría explicar, o, finalmente, si apenas constituimos el resultado grandioso de la casualidad.

Cómo sea, no busco internarme en el ámbito constituyente de la vida, pretendo bucear apenas en el terreno de las imperfecciones humanas, en el ámbito constituido de aquello que existe, porque nos fue dado o porque se combinaron factores mensurables de las potencialidades naturales.

Decía yo que, desde los albores de la civilización, los hombres pusieron de manifiesto su instinto gregario, esa natural inclinación a juntarse con otros seres humanos, compartir un espacio común, ayudarse, complementarse, buscar las maneras de calmar las necesidades básicas1.

Sin embargo, no es sólo la indigencia humana la que empuja al hombre hacia los demás, tampoco es únicamente su carácter esencialmente social, es su condición de “zoon politikon”, que sabe expresar lo conveniente y lo dañoso, lo justo y lo injusto, tener conciencia del bien y del mal.

De tal modo, es el propio hombre el que construye la organización común, que es el Estado, para que arbitre, confiera normas, legalice legitimidades y castigue desvíos.

Pero, como dije, no sólo tiene el hombre una razón utilitaria en su vida, también necesita de una fuerza espiritual que motorice sus potencialidades, confiera el significado trascendente a su existencia y sustento moral a su conducta.

Allí aparece, ante la pretensión de la trascendencia, la búsqueda de mayores razones para el hecho inexplicable de la vida. Y esta necesidad es tan vieja como la humanidad misma.

Y así como teorizamos acerca de la constitución del Estado como consecuencia necesaria de la existencia del hecho político, también es posible hacerlo con la constitución de la Iglesia como resultado incontrastable del hecho religioso.

En otros tiempos, el Estado tenía una cara mirando hacia arriba, a un ser superior y otra hacia los hombres; los gobernantes estaban dotados de poder por una divinidad y lo ejercitaban sobre el conjunto social. Hoy, salvo algunas teocracias, sólo tiene una cara, la cara humana del ser social, de dónde proviene el poder de sus representantes y hacia dónde van sus acciones.

La Iglesia católica, como creación divina según el dogma y organización humana como representantes de Dios en la tierra, conserva su origen divino como hecho revelado, pero también un rostro de frente a la sociedad, también a ella le debe respuestas.

Y si el hecho político genera el Estado, y el hecho religioso la Iglesia, el ciudadano es el resultado humano de la organización política, y el feligrés de la organización religiosa.

Ciudadano y feligrés no son la misma cosa, aunque estén reunidos en la misma persona. Ser ciudadano es un derecho, feligrés una elección.

Pero en la historia, así como muchas veces se ha confundido el hecho político con el hecho religioso, las competencias del Estado con las de la Iglesia, el ser humano en su integralidad suele guiarse en sus concepciones políticas, sociales, morales, por sus creencias religiosas, las que suelen suministrarle los parámetros para todos los ámbitos de la vida.

Es ésta, y no otra, la consustancialidad de la persona con la política y la religión, la causa última de una tensión histórica entre el Estado y la Iglesia, entre las normas jurídicas y las reglas religiosas, una disputa que no ha terminado de saldarse y que probablemente no tenga manera de hacerlo.

En este libro pretendemos dar un repaso a dos mil años de convivencia del Estado en sus diversas formas, imperio, monarquía, república, democracia, con la Iglesia católica, esa relación de amor-odio que marcó épocas de gran tensión o de confluencias maritales.

Lo hacemos con el propósito, no de la exposición de una erudición intimidante de la que carecemos, sino de hacer ver al lector que aquello que transcurre en nuestros días, es sólo un capítulo de toda una vida de relación que parece repetirse y tomar diferentes formas a cada momento de la historia.

Conferimos particular espacio al análisis de la confluencia de la política y la religión en nuestro país, la Argentina, que interpela permanentemente al creyente y al ciudadano, aunque en la mayoría de los casos estén coexistentes en una misma persona.

La última ley, la de la legalización del aborto, nos ha mostrado que el debate histórico no ha quedado saldado, y que nuevas confrontaciones vendrán por delante.

De cualquier modo, queremos que la contribución principal de esta obra sea la de aportar un granito de arena en la amplitud de ideas, en la tolerancia de los disensos, en la clarificación de las concepciones, en la consolidación de las visiones humanitarias.

Capítulo I
La Iglesia católica en el mundo (primera parte)
Cristinos y católicos

A través de esta tabla2, el lector tendrá una aproximación sobre las diferencias entre cristianos y católicos, aun cuando éstos puedan considerarse una especie de aquéllos.


CristianosCatólicos
CreenciaReligión monoteísta mesiánica basada en la vida y acciones y mensajes de Jesús de Nazaret.
Jerarquía y estructura organizativaEstructura descentralizada.Depende de cada doctrina.Estructura centralizada (el Papa como autoridad máxima).Papa.Cardenales.Obispos.Presbíteros.Diáconos.Monjas.
Posición respecto al PapaOrtodoxos: solo reconocen al papa en calidad de patriarca de Occidente, pero no como figura superior.Otras confesiones: la mayoría no reconoce al Papa.El Papa es la máxima autoridad y se considera infalible.
Texto sagradoDiferentes versiones según la confesión:Cristianos protestantes: canon hebreo o palestinense, compuesto por 65 libros.Otras confesiones: canon alejandrino y pueden incluir algunos textos adicionales, como el salmo 151.La Biblia (72 libros. Se agregan los libros de Tobías, Judit, 1º y 2º libro de los Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico y Baruc).
Dogmas centralesOrtodoxos: tienen las mismas creencias que los católicos, excepto el dogma de la Inmaculada concepción.Protestantes:Sacerdocio universal, que implica la libre interpretación de las escrituras.Justificación solo por fe.Transustanciación.La Iglesia como autoridad para la interpretación de las escrituras y la absolución de los pecados.La fe debe estar acompañada por buenas obras.Mediación de la Virgen María y los santos ante Jesucristo.Dogma de la Inmaculada concepción.
SacramentosDependen de cada confesión.Ortodoxos y coptos: mismos sacramentos que católicos (7 en total).Anglicanos y protestantes:Bautismo.Cena del SeñorBautismo.Confirmación.Eucaristía.Reconciliación.Matrimonio.Unción de los enfermos.Orden sacerdotal.
Celibato sacerdotalNo existe o no es obligatorio.Es obligatorio.
Posición con respecto a MaríaProtestantes: se reconoce como la madre de Dios, pero no creen que haya sido virgen después del nacimiento de Jesús. Tampoco se admite su veneración ni su adoración.Demás confesiones: es la madre de Dios y es intermediaria ante su hijo Jesucristo. Se admite su veneración, no su adoración.Es la madre de Dios y es intermediaria de su Hijo. Se admite su veneración, no su adoración.
Posición con respecto a los santosNo está permitida su veneración ni su adoración.Se permite su veneración, pero no su adoración.
Posición con respecto a las imágenesProtestantes: no están permitidas o están restringidas a ciertos lugares y funciones.Ortodoxos: están permitidas y son consideradas un vehículo de teología. No se admite su adoración pero sí su veneración a través de los iconos.Se permite su uso, pero no su adoración. Suelen promoverse como instrumento didáctico para la enseñanza de la doctrina.
Vida después de la muerteCreen en dos destinos posibles para el alma humana:Cielo.Infierno.Creen en tres destinos posibles para el alma humana:Cielo.Purgatorio (destino transitorio).Infierno.
Juicio finalFin del mundo conocido. Dios juzgará a los vivos y a los muertos.

El cristianismo es una religión de carácter monoteísta fundada en las enseñanzas de Jesús de Nazaret, así como en su vida, muerte y resurrección. Tiene varias vertientes, conformadas por diversas comunidades e iglesias:

 Iglesia católica: es la corriente con más adeptos en el mundo. El Papa es la máxima autoridad eclesiástica. Plantea que la Iglesia es la representación de Dios en la tierra. Por lo tanto, media entre Dios y los hombres a través de la interpretación de las escrituras y de la absolución de los pecados. Se rige por las enseñanzas de Jesucristo, compendiadas en el Nuevo Testamento de la Biblia, así como por las enseñanzas del catecismo

 Iglesia ortodoxa: surge después del Cisma Oriental del año 1054. Es bastante extendida en los países de la Europa oriental y en algunos países del Medio Oriente. Las más conocidas son la rusa y la griega, pero también existe la siria, la libanesa, la rumana, etc.

 Iglesias protestantes: surgen después del cisma impulsado por Martín Lutero en el siglo XVI, llamado la “Reforma”, cuyo propósito era reformar a la Iglesia católica que, para entonces, enfrentaba una crisis de legitimidad en diversos ámbitos. A diferencia de la Iglesia católica, creen en el sacerdocio universal, esto es, en la libre interpretación de las escrituras y en el perdón de los pecados por la fe justificadora. Dentro del protestantismo destacan la iglesia luterana, anglicana, pentecostal, evangelistas, cuáqueros, entre otros.

Para los católicos, el origen de la Iglesia se remonta al siglo I, cuando Jesús nombró a Pedro como “piedra de la Iglesia”, de modo que lo consideran el primero de los Papas. Tras siglos de predicación y persecuciones, el emperador Teodosio oficializó el cristianismo mediante el edicto de Tesalónica, promulgado en el año 380. A partir de ese momento se usó el calificativo “católica” para describir a la Iglesia, el cual significa “universal”. Este apelativo acogía a todas las comunidades creyentes dispersas en los dominios del imperio romano3.

Referencias históricas

Gran parte de la historia de la humanidad en los últimos veinte siglos, podría decirse con bastante certeza, está relacionada con la historia de la Iglesia católica.

Según Kenneth Shouler, en el mundo existen hoy cerca de 4.200 religiones vivas4, y si bien es casi imposible determinarlas con precisión, esa estimación es la más aceptada a nivel mundial.

Podríamos mencionar como las principales, sin que el orden tenga ninguna valoración ni cronología, el cristianismo -en la que se incluye el catolicismo como una de sus especies-, el judaísmo, el hinduismo, el islamismo, el budismo, el taoísmo, el sintoísmo, el sijismo, el brahmanismo.

El cristianismo es la religión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Los cristianos -discípulos de Cristo- se incorporan por medio del bautismo a la comunidad visible, que lleva el nombre de Iglesia.

“En una hora precisa del tiempo y en lugar determinado de la tierra, el Hijo de Dios se hizo hombre e irrumpió en la historia humana. El lugar de nacimiento de Jesús fue Belén de Judá; la hora, cuando reinaba en Judea Herodes el Grande y Quirino era gobernador de Siria, bajo la autoridad suprema del emperador de Roma, César Augusto. La vida de Dios entre los hombres se prolongó hasta otro momento de la historia, bien preciso también: la Pasión, Resurrección y Muerte de Jesucristo tuvieron lugar en Jerusalén, a partir del día 14 del mes de Nisán del año 30 de la Era Cristiana. Caifás desempeñaba el cargo de Sumo Sacerdote, gobernaba Judea el “procurador” Poncio Pilato y reinaba en Roma el emperador Tiberio” 5 .

Por aquél entonces, reinaba entre el pueblo judío una concepción político-nacional de un esperado Mesías, al que consideraba una especie de caudillo terrenal que habría de liberar la nación del yugo romano y restaurar el Reino de Israel6. Pero Jesús no respondía a esa imagen, su reino no era de este mundo, por eso fue rechazado por el pueblo y condenado a morir en la cruz.

Jesucristo no sólo fundó una religión -el cristianismo- sino además una iglesia, cimentada sobre el apóstol Pedro, a quién Cristo prometió el primado (“Y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”) y lo confirmó después de la Resurrección cuando le dijo “apacienta mis ovejas”.

Así la describe Jesse Lyman Hurlbut: “La iglesia cristiana en toda época ya sea pasada, presente o futura, ha consistido y consiste en todos los que creen en Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios, que le aceptan como Salvador personal de su pecado y que le obedecen como a Cristo, el Príncipe del Reino de Dios sobre la tierra”7.

“La constitución de la Iglesia se consumó el día de Pentecostés, y a partir de entonces comienza propiamente su historia”, escribe José Orlandis Rovira8.

Intentaremos efectuar un breve repaso de su historia y lo haremos con el esquema propuesto por Hurlbut para una mejor comprensión.

Los seis grandes períodos históricos de la Iglesia católica

En la obra que mencionamos, Hurlbut agrupa en seis períodos los tiempos de la iglesia, fundado en los grandes acontecimientos de la historia cristiana, a saber:

1 La iglesia apostólica: desde la ascensión de Cristo (30 d.C.) hasta la muerte de San Juan (100 d.C.).

2 La iglesia perseguida: desde la muerte de San Juan (100 d.C.) hasta el edicto de Constantino (313 d.C.).

3 La iglesia imperial: desde el edicto de Constantino (313 d.C.) hasta la caída de Roma (476 d.C.).

4 La iglesia medieval: desde la caída de Roma (476 d.C.) hasta la caída de Constantinopla (1453 d.C.).

5 La iglesia reformada: desde la caída de Constantinopla (1453 d.C.) hasta el fin de la guerra de los treinta años (1648 d.C.).

6 La iglesia moderna: desde el fin de la guerra de los treinta años (1648 d.C.) hasta la actualidad.

1. La iglesia apostólica

El punto de partida de la iglesia de Cristo es el Monte de los Olivos, muy cerca del muro oriental de Jerusalén. En ese lugar, alrededor del año 30 d.C., después de resucitar en el huerto, Jesucristo dio sus últimos mandamientos y ascendió a su trono celestial.

Durante el ministerio de Jesús, sus discípulos creyeron que él era el esperado Mesías de Israel (“Mesías”, palabra hebrea, y “Cristo”, palabra griega, significaban “El Ungido), por ello prohibió a sus seguidores que lo proclamasen cómo el Mesías hasta su resurrección.

La iglesia comienza el día de Pentecostés (tradicional celebración judía establecida en el Viejo Testamento), cincuenta días después de la Resurrección y diez días de la Ascensión.

Bajo la dirección de San Pedro9, San Pablo y sus inmediatos sucesores, la iglesia se estableció durante dos generaciones en casi todos los países, desde el Eufrates hasta el Tíber y desde el Mar Negro hasta el Nilo10.

Pero, en rigor, la iglesia comenzó en Jerusalén y se limitó a la misma ciudad durante los primeros años. Sus integrantes eran, en ese entonces, exclusivamente judíos, nadie imaginaba que los gentiles (no judíos), formarían parte.

La iglesia pentecostal era relativamente pequeña, todos eran de una misma ciudad, de una raza común, y los doce apóstoles administraban su gobierno. Durante ese período primitivo, el práctico Simón Pedro era el líder de la iglesia, y al lado estaba el espiritual y contemplativo Juan.

Durante los discursos de Pedro, podrían advertirse tres doctrinas según Hurlbut: la primera y la más importante era “el carácter mesiánico de Jesús”, la segunda la “resurrección de Jesús” y la tercera la “segunda venida de Jesús”.

La Resurrección de Jesucristo, según Orlandis Rovira11, constituye el dogma central del cristianismo y la prueba decisiva central de su doctrina. “Si Cristo no resucitó -escribió San Pablo-, vana es nuestra predicación y vana nuestra fe” (I Cor, XV, 14). Desde entonces, los apóstoles se presentarían a sí mismos como “testigos” de Jesucristo resucitado, y lo anunciarían al mundo entero.

Dice Hurlbut12 que “al principio de este grandioso esfuerzo, este puñado de gente sencilla necesitaba ayuda sobrenatural pues se proponía, sin armas ni prestigio social, transformar una nación, a pesar de que tenía que afrontar los poderes de la iglesia nacional y del estado”.

Los primeros cristianos eran perseguidos por el Sanedrín (órgano establecido por la ley judía cuya misión era administrar justicia interpretando y aplicando la Torah, la ley sagrada), y pronto se desvincularía de la Sinagoga. La muerte del diácono San Esteban, lapidado por los judíos, marcó el inicio de una gran persecución y la separación definitiva entre judaísmo y cristianismo.

Por oposición a un carácter nacional y cerrado de la religión judía, el cristianismo se mostró universalista y abierto a los gentiles (no judíos), quienes fueron declarados libres del cumplimiento de la Ley Mosaica.

A Antioquía de Siria, una de las grandes ciudades de la antigüedad, llegaron discípulos de Jesús, fugitivos de Jerusalén, y es allí donde comenzaron a llamarse cristianos. Muchos de ellos eran judíos helenistas, más abiertos que los judíos palestinos, que comenzaron a anunciar el Evangelio a los gentiles.

En Jerusalén, la noticia de que Pedro había suministrado el bautismo a gentiles incircuncisos causó estupor. Allí comenzaron a comprender que el cristianismo era universal y que la Iglesia estaba abierta a todos.

Pero la definitiva victoria del universalismo, la determinación de las relaciones entre la vieja y la nueva ley, y la independencia definitiva de la iglesia respecto de la sinagoga, se produjo a partir del primer “concilio”, que se realizó en el año 49 en la ciudad de Jerusalén, siendo conocido como el “Concilio de Jerusalén”.

A propuesta de Santiago, obispo de Jerusalén, el concilio acordó no impone cargas superfluas a los conversos gentiles, como la circuncisión, quedando de esa manera resuelta la disputa y separada definitivamente la religión cristiana de la judía. “Los gentiles podían entrar al redil cristiano mediante una fe sencilla en Cristo y una vida recta, sin someterse a requisitos legales”13.

Los grandes propulsores de la expansión del cristianismo fueron los apóstoles, aunque no los únicos, también fueron hombres desconocidos, humildes -funcionarios, comerciantes, soldados, esclavos-, los portadores de las primicias del Evangelio, lo que determinaría que en el siglo IV la penetración cristiana se había producido en gran parte del mundo conocido.

Los cristianos paulatinamente fueron formando comunidades locales, iglesias en todo el imperio, bajo la autoridad de un obispo. Ya por ese entonces, se estableció el “primado romano”, que atribuía el obispo de Roma el carácter de sucesor de Pedro y, consecuentemente, la autoridad máxima de la iglesia.

En esos tiempos primitivos, la iglesia estaba formada principalmente por gente de condición humilde, aunque estaba abierta a judíos y gentiles, pobres y ricos, libres y esclavos.

Cuando se celebró el Concilio de Jerusalén, ningún libro del Nuevo Testamento se había escrito y la Iglesia se guiaba por las memorias de los primeros discípulos. Sin embargo, en el 68 d.C. (martirio de San Pablo), una gran parte del Nuevo Testamento estaba en circulación, incluyendo las epístolas de San Pablo y Santiago, Primera y tal vez Segunda de Pedro14.

En una segunda etapa, que va hasta la muerte de San Juan, se escribieron los últimos libros del Nuevo Testamento: Hebreos, tal vez Segunda de Pedro, las Epístolas y el Evangelio de Juan, Judas y Apocalipsis, aunque el reconocimiento universal de estos libros como inspirados y canónicos vino más tarde.

Durante ese período comienzan a acentuarse las persecuciones, primero con Nerón y luego con el emperador Domiciano, aunque en ese tiempo eran esporádicas y locales.

Este primer período culmina con la muerte del último de los apóstoles, San Juan, que ocurriría alrededor del año 100 d.C.

2. La iglesia perseguida

Orlandís Rovira nos expresa que “el Cristianismo nació y se desarrolló dentro del marco político-cultural del Imperio Romano. Durante tres siglos, el Imperio pagano persiguió a los cristianos, porque su religión representaba otro universalismo y prohibía a los fieles rendir culto religioso al soberano”15

Durante los siglos II y III, el hecho más relevante en la historia de la iglesia fue la persecución que los emperadores romanos llevaron a cabo sobre los cristianos. Aunque no fue continua, siempre se esperaba que estallara de un momento a otro y adquiriera formas terribles.

La unidad del mundo greco-latino conseguida por Roma, creaba un amplísimo espacio geográfico de orden y paz que favorecieron la circulación de las ideas. Facilitaba la comunicación y el entendimiento entre los hombres la existencia de una unidad lingüística, sobre la base del griego primero y del griego y el latín después.

La crisis del paganismo ancestral generaba el anhelo de genuina religiosidad de gran parte de la gente, todo lo cual sumó para la propagación de la doctrina de Cristo.

Pero la adhesión a la fe cristiana implicaba también dificultades, porque significaba apartarse de las prácticas tradicionales de culto a Roma y al emperador.

Los autores señalan una variedad de causas de la existencia del antagonismo entre los emperadores al cristianismo. Alguna de ellas, las principales, fueron que el paganismo adoptaba nuevas formas y objetos de adoración, la idolatría al emperador constituía una prueba de lealtad y las diferencias entre los hombres (fundamentalmente por la esclavitud) fueron las bases de la sociedad romana; mientras que el cristianismo excluía la simbología pagana, no aceptaba la adoración al emperador y no hacía diferencia entre los hombres.

La religión cristiana fomentaba el respeto y obediencia a la legítima autoridad. El mismo Cristo dijo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Así San Pedro exhortaba a sus discípulos: “temed a Dios, honrad al rey”.

Las circunstancias que rodearon a la primera persecución, la neroniana, fueron pródigas en consecuencias, pero limitadas geográficamente. No parecieron extenderse más allá de los muros de Roma.

El cristianismo fue considerado desde el siglo I como “superstición ilícita”, por lo que su práctica fue considerada delito. Ello trajo aparejado que en el siglo II las persecuciones se originaron, no tanto en la acción de emperadores y magistrados, sino en denuncias populares. Por esa razón, la persecución no fue general ni continua, a tiempos de tensión sucedían largos períodos de tranquilidad, sin que por ello no vivieran en situación de zozobra permanente.

En el siglo III, las persecuciones tomaron un nuevo cariz, porque, luego de un período de anarquía militar, se buscó dar un nuevo impulso al Imperio, y por ello la restauración del culto a los dioses y al emperador, como expresión de fidelidad hacia Roma y sus autoridades.

La nueva oleada de persecuciones, fueron ahora promovidas por la autoridad imperial, se hicieron más generales y continuas y consecuentemente de mayor rigor.

La mayor persecución se llevó a cabo en los comienzos del siglo IV, en el marco de las reformas llevadas a cabo por el emperador Diocleciano. Cuatro edictos contra los cristianos fueron dictados entre enero del 303 y febrero de 304, con el propósito de terminar de una vez y para siempre con el cristianismo y la iglesia. Muchos mártires se hicieron a lo largo y lo ancho de todo el Imperio.

Sin embargo, todo terminó en un absoluto fracaso, el cristianismo continuaba extendiéndose y Diocleciano terminó por renunciar al trono imperial.

Si bien sus sucesores, Galerio y Constancio, continuaron con las persecuciones por seis años más, fue Constantino (el hijo de Constancio), que no profesaba la religión católica, el que expidió su famoso “Edicto de Tolerancia” en el año 313 d.C. que legalizó el cristianismo y concluyó con las acechanzas.

Aunque el hecho más sobresaliente de la historia de la iglesia durante los siglos II y III lo constituyeron las persecuciones, puede decirse que también se produjeron grandes adelantos en la organización y doctrina cristianas.

Los libros del Nuevo Testamento se terminaron al principio del siglo II, pero no fueron inmediatamente aceptados como canon o regla de fe con autoridad divina. No puede fijarse una fecha precisa, pero su reconocimiento completo, tal como lo tenemos en la actualidad, no puede fijarse antes del 300 d.C.

El crecimiento y el alcance que tuvo la iglesia hizo necesarias la organización y la disciplina. Llegó a ser tan vasta, que excedió los límites del imperio, llegando hasta la India. Ello hizo necesario la existencia de líderes locales.

Hay que destacar que el cristianismo no nació en una república sino en un imperio, dónde las autoridades no se elegían en forma democrática. Su organización, por ello, adquirió una tipología algo autocrática, con una estricta jerarquía y obediencia.

Otra característica de este período fue el desarrollo de la doctrina. “… la fe poco a poco llegó a ser mental, una fe del intelecto. Una fe que creía en un sistema de doctrina riguroso e inflexible”16.

La más antigua y sencilla declaración de fe, el credo de los apostoles, compuso su doctrina durante este período, en el que hubo tres escuelas teológicas: la de Alejandría, fundada en el 180 d.C. por Panteno, la de Asia Menor y la del norte de África, con sede en Cartago.

Sin embargo, los cristianos de ese tiempo no sólo debieron luchar contra los enemigos externos, sino además contra lo que denominaban “sectas” o “herejías”, grupos y doctrinas que se apartaban de la visión oficial.

Orlandís Rovira17 las distingue en tres grupos de “herejías”: de una parte, un judeo-cristianismo herético, negador de la divinidad de Cristo y de la eficacia redentora de su muerte; un segundo grupo, de un fanático rigorismo moral, estimulado por la creencia de un inminente fin de los tiempos, en el que el “montanismo” fue uno de sus principales manifestaciones; y un tercero, que para este autor fue la mayor amenaza, el “gnosticismo”, que era una corriente ideológica tendiente al sincretismo (hibridación o amalgama), muy de moda en los finales de la Antigüedad, que se presentaban como expresión de la tradición cristiana más sublime y reservada a unos pocos.

3. La iglesia imperial

La libertad le llegó a la iglesia cuando apenas se habían acallado los ecos de la última gran persecución. Puede decirse que, en muy poco tiempo, pasó de Iglesia perseguida a Iglesia oficial del imperio.

En 305 d.C., cuando Diocleciano abdicó el trono imperial, la religión cristiana estaba terminantemente prohibida. En ese mismo siglo, años más tarde, se reconoció al cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano. “En un instante, los cristianos pasaron del anfiteatro romano, donde tenían que enfrentarse con los leones, a ocupar un sitio de honor en el trono que regía al mundo”18.

Galerio, sucesor de Diocleciano, emitió en 311 d.C. un edicto que establecía para los cristianos un estatuto de tolerancia: “existan de nuevo los cristianos y celebren sus asambleas y cultos, con tal de que no hagan nada contra el orden público”. Así, ser cristiano dejaba de ser un delito para el imperio y el cristianismo una superstición ilícita.

El tránsito de la tolerancia a la libertad religiosa fue rápido, merced a la victoria de Constantino sobre Majencio, cuyos ejércitos se enfrentaron en el Puente Milvian, sobre el Tíber, a dieciséis kilómetros de Roma, en 312 d.C. Majencio representaba al elemento pagano perseguidor, Constantino era amistoso con los cristianos, aunque en ese tiempo no profesaba ser creyente19.

Los emperadores Constantino y Licinio promulgaron el Edicto de Milán en 313 d.C., que contenía una directriz política de respeto a todas las opciones religiosas, incluido el cristianismo. La actitud de Constantino fue gradualmente decantándose en favor del cristianismo.

El emperador Teodosio designó al cristianismo como religión oficial del imperio por medio del Edicto de Tesalónica en el año 380, a partir del cual se comenzó a designar a la Iglesia con la nominación de “católica”. Antes del fin del siglo II, el término “católico” comenzó a definir lo que se consideraba la verdadera Iglesia y su doctrina, diferenciándola de la de grupos disidentes.

Del reconocimiento del cristianismo como religión oficial del imperio, surgieron algunos buenos resultados para el pueblo y la iglesia. La crucifixión se abolió, el infanticidio (permitido en ese entonces para los recién nacidos no queridos por sus padres) se frenó y reprimió, el trato con los esclavos (más de la mitad de la población lo era) mejoró, los juegos de gladiadores se prohibieron.

No obstante lo bueno de algunos resultados, la alianza del estado con la Iglesia también trajo muchos males. Todo el mundo buscaba ser integrante de la Iglesia, tanto los sinceros como los hipócritas que procuraban ganancia personal. La persecución del paganismo fue la contracara oscura del cristianismo oficial. En poco tiempo, la iglesia se había convertido de perseguida en perseguidora.

Refiriéndose a ello, dice Hurbult: “Debido al poder ejercido por la iglesia, no vemos al cristianismo que transforma al mundo a su ideal, sino al mundo que domina a la iglesia”20.

A partir de su reconocimiento como religión oficial, la Iglesia se dedicó a construir poder, especialmente a través del primer obispo romano denominado como papa, Siricio I, quién impuso una concepción absolutista, una fuerte centralización, con leyes doctrinales severas y pautas de conductas estrictas21.

A poco de la constitución del cristianismo como religión de estado, una nueva capital se escogió para el imperio como sede de autoridad: la antigua ciudad griega de Bizancio, que existió durante más de mil años, fue elegida por Constantino como tal. Su ubicación, en el punto de contacto entre Europa y Asia, fue un elemento determinante para el nacimiento de la “ciudad de Constantino”, Constantinopla, cuyo nombre se mantendría por mucho tiempo. Hoy se denomina Estambul.

Después de fundada la nueva capital, vino la división del imperio. En 375 d.C., Teodosio completó la separación, y a partir de ese momento el mundo romano se dividió en Occidental y Oriental, separados por el mar Adriático.

La división del imperio tuvo honda repercusión en la Iglesia y fue un presagio de la futura división. La parte occidental, que coincidía aproximadamente con las regiones de lengua y cultura latinas, tuvo como única sede apostólica la ciudad de Roma y el pontífice romano fue el único patriarca de Occidente. La parte oriental, de cultura griega, siria y copta, tuvo varias sedes apostólicas con sus respectivos patriarcas, tal el caso de las ciudades de Alejandría, Antioquía y Jerusalén y Constantinopla.

Roma reclamaba para sí la autoridad apostólica. El traslado de la capital de Roma a Constantinopla, lejos de aminorar la influencia del obispo romano, la aumentó considerablemente. En Constantinopla, el emperador y su corte dominaban a la Iglesia. En Roma, no había emperador que intimidara al obispo romano.

El Concilio I de Constantinopla, atribuyó a esa ciudad el rango patriarcal y atribuyó a sus obispos la primacía, detrás del obispo romano.

De esta manera surgió que el obispo de Roma o papa comenzara a considerarse como cabeza de la Iglesia en Roma y como autoridad principal de la Iglesia a nivel general. El fundamento dogmático del primado romano es que Cristo había atribuido la primacía a Pedro, del que los papas y obispos romanos eran sus legítimos sucesores.

El reconocimiento de la primacía romana por parte de la iglesia oriental se limitaba al terreno doctrinal, no así en cuánto a las potestades disciplinarias y jurisdiccionales que conservaban para sí.

Los emperadores cristianos prestaron numerosos servicios a la Iglesia, pero su permanente injerencia, especialmente en las orientales, produjeron numerosos abusos, lo que se conoció como “cesaropapismo”.

Otro peligro, sin embargo, avanzaba sobre el imperio romano occidental: los bárbaros. A veinticinco años de la muerte de Constantino, en 337 d.C., cayeron las fronteras, y en menos de ciento cuarenta años se derrumbaba un imperio que había existido por más de mil años.

Sucesivas invasiones y divisiones hicieron del imperio un pequeño territorio alrededor de la capital, hasta que en 476 d.C. cae la ciudad de Roma en poder de una tribu germana liderada por Odoacro, quién se proclama rey de Italia y desaparece definitivamente el imperio romano de Occidente.

El imperio oriental, en cambio, que tenía como capital a Constantinopla, duraría hasta 1453 d.C.

Sin embargo, el cristianismo, aún vital y activo en esa época, convierte a su religión a las razas conquistadoras, las que eran todas paganas a excepción de los godos, que ya se habían convertido al cristianismo por intermedio de Arrio.

La literatura de defensa cristiana, denominada “apologética”, fue producto de la continua elaboración de los denominados “padres apostólicos”, que a partir del siglo I comenzaron a producir pacientemente la interpretación de la religión, dirigida sobre todo al pueblo menos preparado, y contradiciendo las numerosas especies calumniosas que circulaban.

Un instrumento fundamental de la elaboración dogmática de la doctrina, fueron los concilios ecuménicos, que fueron ocho en su primera etapa, entre los siglos IV a IX22.

4. La Iglesia medieval

Este período comprende casi mil años de historia que culminan con la caída del Imperio Romano de Oriente en 1453 d.C.

Durante los comienzos de la Edad Media, la iglesia se vio involucrada en intrincadas redes vasallático-beneficiales de patrocinio y servicio, que vinculaban al hombre con el hombre, que articularon aquella sociedad.

“Pontificado e Imperio fueron las dos columnas sobre las que se asentó la Cristiandad medieval. El Papa representaba la potestad espiritual, y el emperador, el poder temporal. El ideal -pocas veces plenamente logrado- fue el entendimiento y la armónica colaboración entre las dos potestades”23, expresa Orlandís Rovira.

Según Hurlbut24, el hecho más notable de los diez siglos de la edad media, lo constituía el desarrollo del poder papal. El papa de Roma ya no afirmaba sólo ser el obispo universal y cabeza de la Iglesia, también se proclamaba gobernador de las naciones, sobre reyes y emperadores. Este período tuvo tres etapas: las de crecimiento, culminación y decadencia.

El período del crecimiento del poder papal comenzó con Gregorio I25, “el Grande”, convirtió a la iglesia en virtual gobernante en la provincia alrededor de Roma, preparándola de esta manera para su relación con el poder temporal o político. Fue uno de los administradores más capaces de la iglesia romana.

El poder de los papas estaba cimentado en su capacidad para ejercer la justicia. La iglesia estaba colocada entre los príncipes y sus súbditos para reprimir la tiranía e injusticia, para defender a los débiles y para demandar los derechos del pueblo. Sin perjuicio de las muchas excepciones de papas que adulaban a príncipes impíos, el espíritu general del papado en la baja Edad Media era en favor del buen gobierno.

Durante todos estos siglos, Europa estuvo en condición decadente a raíz de las luchas permanentes entre señores y príncipes que no duraban en el poder, no llegó a consolidarse una autoridad temporal plena y continua.

Las rivalidades e incertidumbre del poder secular estaban en marcado contraste con la firmeza y uniformidad del gobierno de la Iglesia. Los gobiernos de los estados cambiaban una y otra vez, ante la permanencia del imperio de la Iglesia.

Como elemento negativo, cabe señalar que muchas veces se intentaba consolidar el poder eclesiástico en función de los “fraudes píos”26, consistentes en documentos falsos que apoyaban esa mirada, pero que fueron aceptados y no investigados sino hasta fines de la Edad Media.

Hay que señalar que la inestabilidad a raíz de los conflictos permanentes entre los señores feudales tuvo una época de contraste absoluto con el reinado del hijo de Pipino, Carlomagno.

A finales del siglo VIII, asumió como Carlos I (742-814), los alemanes lo proclamaron como Carlos el Grande y los franceses como Carlomagno27.

Carlos se constituyó a sí mismo en amo de casi todos los países en la Europa occidental, al norte de España, Francia, Alemania, los Países Bajos, Austria e Italia. Fue uno de los grandes forjadores de la cristiandad medieval, como conquistador, reformador, legislador, protector de la educación y de la Iglesia.

En teoría, su imperio duró mil años, hasta los tiempos de Napoleón, pero la propia excepcionalidad de un hombre como Carlomagno, sembró a futuro la decadencia de su imperio con sus sucesores que, aunque los hubo de suficiente porte, no pudieron sostener su incolumidad.

Se formó luego, en 962, el denominado Sacro Imperio Romano Germánico28, con la parte oriental de las tres en que se repartió el reino franco de Carlomagno. Fue la entidad que predominó en Europa central durante casi un milenio, hasta su disolución en 1806.

El segundo período papal, el de culminación, se produjo entre los años 1073 y 1216 d.C., en el que el papado tuvo un poder casi absoluto en Europa, no sólo sobre la iglesia sino también sobre las naciones.

Hasta Carlomagno, los papas habían sido elegidos por el pueblo de Roma, luego con el feudalismo cayeron bajo la influencia de los señores, y bajo el Sacro Imperio Romano Germánico, debían contar con la aprobación de los soberanos. Se necesitaba una doble reforma: independizar la iglesia de la influencia de los emperadores y renovar la disciplina interna.

En 1059, Nicolás II produjo la reforma eclesiástica. Reglamentó la elección de los futuros pontífices, que en adelante serían elegidos por los cardenales sin necesidad de ninguna aprobación del emperador.

Con este nuevo sistema, la Iglesia logró una destacada posición, lo cual se alcanzó durante el papado de Gregorio VII, el único papa más conocido por su nombre de familia: Hildebrando.

Hombre muy culto y piadoso, aunque sumamente enérgico, fue el personaje destinado a ser el gran reformador y una de las figuras cumbre de la iglesia en todos los tiempos.

Hildebrando reformó el clero29, impuso el celibato al sacerdocio, liberó a la iglesia de la dominación del estado al poner fin a la designación de papas y obispos por los reyes y emperadores, creó las “cortes eclesiásticas” para el juzgamiento de todas las cuestiones relacionadas con la iglesia. Hizo que la iglesia fuese suprema sobre el estado: “Gregorio VII no aspiraba a abolir en gobierno del estado, sino subordinarlo al gobierno de la iglesia. Deseaba el poder secular para gobernar al pueblo, pero bajo la más elevada jurisdicción del reino espiritual, como él lo consideraba”30.

Otro papa que en ese período demostró un alto grado de poder fue Inocencio III (1198-1216), quién en su discurso inaugural manifestó que “el sucesor de San Pedro ocupa una posición intermedia entre Dios y el hombre. Es inferior a Dios más superior al hombre. Es el juez de todos más nadie lo juzga”.

La reforma gregoriana preparó los tiempos de esplendor del cristianismo durante los siglos XII y XIII de la Edad Media, cuyo centro ocupó el papado de Inocencio III: “La vitalidad de la Europa cristiana fue desbordante: se reunieron concilios ecuménicos, nacieron las universidades, se fundaron grandes órdenes religiosas”31.

Fueron también los tiempos conciliares de la Edad Media. Ninguno de los concilios ecuménicos, se reunieron en Occidente durante el primer milenio. En cambio, en este tiempo se celebraron seis concilios universales32 en el ámbito de la cristiandad occidental: cuatro sínodos lateranenses -romanos-, dos lugdunenses y todavía un séptimo concilio -el de Viena (1311-1312), aunque corresponda ya al siglo XIV, debe incluirse en el mismo ciclo conciliar.

Estos siglos de la cristiandad también fueron la época clásica de las ciencias sagradas: la teología y el derecho canónico.

La escolástica, que nació a finales del siglo XI, fue la corriente filosófica y teológica por excelencia de la Edad Media. Se basó en la coordinación entre fe y razón, que en cualquier caso siempre suponía una clara subordinación de la razón a la fe (Philosophia ancilla theologiae: “la filosofía es sierva de la teología”).

El siglo de oro de la escolástica fue el siglo XIII y su obra maestra fue la construcción del aristotelismo cristiano, “empresa preparada por San Alberto Magno (1193-1280) y llevada a buen término por Santo Tomás de Aquino (1226-1274), la mayor lumbrera de la Teología junto a San Agustín, cuya obra doctrinal sentó los fundamentos de una concepción católica del mundo y de la vida, que hoy sigue siendo básicamente válida. La obra maestra de Santo Tomás fue la “Suma Teológica” (Orlandís Rovira)

El tercer período, el de decadencia del poder papal, inicia con Bonifacio VIII en 1303, cuando Europa comenzaba a entrar en la etapa crepuscular de la Edad Media.

Desde 1305 y durante más de setenta años, los papas se eligieron bajo las órdenes de los reyes de Francia y estaban subordinados a su voluntad. Ese período se conoce como la “Cautividad Babilónica”, dónde la sede papal se trasladó a Aviñón, en el sur de Francia. Los papas perdieron todo poder real, sus órdenes se desconocían libremente y las excomuniones se obviaban.

En 1378 la sede papal volvió a Roma con Gregorio XI, aunque continuaron con el poder menguado durante mucho tiempo.

Con la creación el islamismo, a principios del siglo VII, comenzó a extenderse el poder musulmán. El fundador del islamismo (sumisión, obediencia al poder de Dios) fue Mahoma. Según sus creencias, existe un solo Dios que se llama Alá, todos los hechos buenos y malos fueron prestablecidos por él, y entregó a Mahoma por medio del ángel Gabriel, las revelaciones que están contenidas en el Corán. “Dios envió profetas inspirados a los hombres, de ellos los más grandes fueron Adán, Moisés, Jesús, y, sobre todos los demás, Mahoma”33.

Mahoma encabezó a unidos y feroces árabes a la conquista de los incrédulos. Ocuparon Palestina y Siria, y luego una tras otra fueron cayeron las provincias del Imperio Greco Romano. Se extendieron por casi toda el Asia, el norte de África y el sur de España. Tres de los cuatro patriarcados orientales cayeron bajo el avance musulmán: Alejandría, Antioquía y Jerusalén. Solo se mantendría Constantinopla.

Frente al espíritu invencible y conquistador de las fuerzas mahometanas, estaba la naturaleza sumisa y débil de los griegos asiáticos. Según los autores, el islamismo era superior al paganismo, pero también al tipo de cristianismo que encontró y venció.

Aislada del resto, el oriente cristiano se identificó desde entonces con la iglesia griega o bizantina, es decir con el patriarcado de Constantinopla34.

Otro gran movimiento en la Edad Media fueron las Cruzadas, ocho las principales, y se realizaron bajo el impulso de defender la Tierra Santa del influjo musulmán.

La primera cruzada fue anunciada por el papa Urbano II en el Concilio de Clermont en 1095, dónde doscientos setenta y cinco mil caballeros tomaron las armas bajo la conducción de Godofredo de Bouillon y otros jefes, tomando la cruz como insignia y con la consigna de expulsar a los sarracenos de Tierra Santa. La octava cruzada, la última, se llevó a cabo entre los años 1270 y 1272, bajo el mando de Luis IX y de Eduardo de Plantagenet, luego Eduardo I de Inglaterra.

Mirando en retrospectiva, puede decirse que las cruzadas fracasaron en el objetivo de liberar Tierra Santa del dominio musulmán. Los reyes y príncipes que conducían el movimiento estaban siempre en discordia, recelosos de cada uno, contra una raza intrépida en la guerra y siempre unida bajo el dominio absoluto de un comandante, sea califa o sultán.

Sin embargo, para Europa hubo algunos buenos resultados, como la protección que el imperio turco realizó sobre los peregrinos, y el desalojo de los moros de la mitad de España por los Reyes Católicos.

La separación de las iglesias latina y griega merece mención aparte. Formalmente se realizó en el siglo XI, aunque en la práctica sucediera mucho antes.

Durante cien años, la relación entre los papas y los patriarcas se caracterizó por la lucha. Al final, en 1054, el mensajero del papa puso sobre el altar de Santa Sofía, en Constantinopla, el decreto de excomunión. Como respuesta, el patriarca de turno expidió el decreto de excomunión a Roma y a las iglesias que se sometían al papa.

Doctrinalmente, la principal diferencia estaba en la doctrina conocida como “la procedencia del Espíritu Santo”35 .

Diferencias había también en los usos y costumbres de las ceremonias, el matrimonio de los sacerdotes estaba prohibido en la iglesia occidental no así en la oriental, la adoración de imágenes era propia de la religiosidad latina, en cambio en las iglesias griegas sólo podían verse cuadros.

El factor más poderoso de la separación desde el punto de vista confesional, fueron las continuas reclamaciones de Roma de ser la iglesia dominante y su papa ser el “obispo universal”. Hay que señalar que en Roma la Iglesia dominó poco a poco al Estado, en Constantinopla en cambio estaba sumisa a él.

Sin embargo, más determinante para la división de las iglesias fue la causa de la independencia de Europa del trono de Constantinopla, con el establecimiento del Santo Imperio Romano en el 800 d.C.

El monacato fue uno de los fenómenos religiosos característicos de la edad media durante los siglos XI y XII36. A los cristianos que lo practicaban se los denomina “monjes” y a la comunidad, monasterio. El monacato cristiano hace referencia a la forma de vida de un determinado número de fieles de las diferentes denominaciones cristianas, caracterizada por la separación, sea radical o más o menos radical, del mundo.

Al crecer estas comunidades, se fue forjando una organización y gobierno. Con el tiempo nacieron cuatro grandes órdenes: La primera fue la de los benedictinos, fundada por San Benedicto en 529 d.C. Luego la de los cistersienses, fundada en 1098 por San Roberto en Francia. La orden de los franciscanos la fundó San Francisco de Asís en 1209. Los dominicos eran una orden española que Santo Domingo fundó en 1215.

En la expansión del Evangelio, los monjes fueron los primeros misioneros. En sus comienzos, cada orden era un beneficio para la sociedad37 y se sostenían con la labor de sus ocupantes.

Sin embargo, en los siglos subsiguientes su labor casi cesó por completo y monjes y monjas se mantenían con las rentas de sus propiedades, que aumentaban sin cesar, y con las contribuciones que imponían a la fuerza a las familias tanto ricas como pobres. Al decir de Hurbult, “su rapacidad los condujo a la extinción”.

Se los criticó porque la vida monacal significaba extraer de la sociedad los mejores hombres y mujeres que, capacitados para labores sociales trascendentes, estaban ociosos en los monasterios.

En el principio de la Reforma, en el siglo XVI, sólo dieciséis monasterios existían en el norte de Europa. Estaban tan degradados en el concepto del pueblo, que fueron suprimidos universalmente, obligando a trabajar a quienes vivían dentro de sus paredes.

A partir del siglo XII aparece nuevamente la “herejía” como fenómeno social. La mayor fue considerada la de los “cátaros” o “albigenses”, considerada como un rebrote tardío de una vieja corriente religiosa mezcla de elementos gnósticos con otros dualistas.

La importancia del fenómeno herético dio lugar al nacimiento a una institución de triste fama, la Inquisición, que estableció la muerte en la hoguera como pena para la herejía.

A este largo período suele llamarse la “edad oscura”, sin embargo, puede señalarse que bajo el influjo de la Iglesia dio al mundo grandes beneficios38.

Comenzaba a vislumbrarse los inicios de la Reforma. Los historiadores establecen la caída de Constantinopla, en 1453, como el punto de división entre los tiempos medievales y modernos.

5. La iglesia reformada

El enfrentamiento enconado entre el Pontificado y el Imperio, representados fundamentalmente por los papas sucesores de Inocencio III y el emperador Federico II de la familia de los Staufen, generó que el sistema doctrinal y político de la cristiandad medieval hiciera crisis en el siglo XIII. El enfrentamiento entre güelfos (partidarios del papa) y gibelinos (partidarios del emperador) fue de inusitada violencia.

El declive del imperio coincidió con el auge de otros estados, como Francia, que fue el poder secular dónde vino a apoyarse ahora el Pontificado.

Pero también el Pontificado sufrió las consecuencias de la quiebra del sistema. Entre los pueblos germánicos comenzó a latir un sordo resentimiento contra Roma, y también en el seno de la propia iglesia el deseo de un papado más espiritual y menos implicado en negocios mundanos.

Durante el período de doscientos años, desde la caída del Imperio Romano de Oriente (1453) hasta la Paz de Westfalia (1648) que terminó con la guerra de los Treinta Años, el fenómeno más destacado desde el punto de vista religioso fue la Reforma Protestante.

Nuevos vientos recorrían el mundo, se abandonaban los métodos y propósitos medioevales y se adoptaban los modernos, generados por un movimiento conocido como el Renacimiento.

Durante la Edad Media, el interés de la ciencia y el arte pasaba por lo religioso. Ahora, en cambio, hubo un despertar de Europa por la ciencia, el arte y la literatura separados de la religión, sobre todo en Italia, dónde los líderes de esta nueva época no eran monjes ni sacerdotes sino laicos.

Sin dudas que el Renacimiento debilitaba a la Iglesia Católica Romana. Al norte de los Alpes, en Alemania, Inglaterra y Francia, el nuevo movimiento tenía un carácter más religioso, se despertó un nuevo interés en el estudio de las Escrituras, en el griego y en el hebreo, y en la investigación de los fundamentos de la fe aparte de los dogmas de Roma.

La invención de la imprenta hecha por Gutenberg en 1455 iba a resultar un aliado formidable en la generación del movimiento reformista. El acceso a la lectura del Nuevo Testamento se facilitó de una manera singular, y consecuentemente la posibilidad de un conocimiento más directo sin tanta intermediación del clero romano.

También como elemento determinante del proceso de reforma religiosa, fue el nacimiento de un espíritu nacionalista entre la gente, muy diferente a las luchas medievales que tenían que ver con emperadores y papas39.

La fecha exacta en que los historiadores marcan como inicio de la Reforma, es el 31 de octubre de 1517. En la mañana de ese día, Martin Lutero clavó en la puerta de roble de la Catedral de Wittemberg un pergamino que contenía las noventa y cinco tesis o declaraciones, casi todas relacionadas con la venta de indulgencias, pero destinadas a atacar la autoridad papal y sacerdotal.

La Reforma Protestante fue liderada por Martín Lutero. Si bien no hay que excluir las razones religiosas que influyeron poderosamente en su comportamiento personal40, lo cierto es que muchos de los gérmenes que venían operando desde largo tiempo atrás facilitaron la revolución luterana41: “las doctrinas conciliaristas, el democratismo eclesial, la filosofía nominalista, la presión tributaria de la hacienda papal aviñonesa, el Cisma de Occidente los conflictos entre papas y emperadores o el auge de los nacionalismos eclesiásticos, la decadencia moral del clero y en especial del episcopado” (Orlandís Rovira).

Lutero se forjó un concepto puramente interior de la Iglesia, y por tanto rechazaba todo elemento constitucional, y de modo particular el derecho canónico. La Iglesia, por tanto, no sería depositaria ni intérprete de la Revelación: la sola Escritura, según él, era su fuente y su interpretación correspondía a cada fiel en particular, directamente inspirado por Dios.

Hay que señalar que las doctrinas de Lutero fueron ganando adeptos por razones muy diversas. La supresión del celibato eclesiástico tuvo acogida en no pocos sacerdotes, la eliminación de los votos monásticos fue vista como una liberación entre comunidades religiosas, la “teología de la consolación”, según la cual la fe sin obras se justifica, hacía más cómoda la vida cristiana, el anti-romanismo agradaba a los humanistas como Ultrico de Hutten, y, sobre todo, la posibilidad de adueñarse de los bienes eclesiásticos despertó la codicia de los príncipes.

Elegido emperador Carlos V (1519), Lutero publicó en 1520 tres famosos escritos que implicaban una abierta ruptura con la Iglesia: “A la nobleza cristiana de la nación alemana”, “De la cautividad babilónica de la Iglesia” y “De la libertad del cristianismo”. En 1521 recaía su excomunión.

El luteranismo fue sumando adeptos en principados y ciudades. Cuando Lutero murió, en 1546, la Reforma se había extendido a más de media Alemania.

La revolución religiosa no quedó encerrada en las fronteras alemanas y se extendió por casi toda Europa.

En Suiza, Calvino (1509-1564)42, de una mente más lógica y rigurosa que la de Lutero, abrió nuevos caminos al protestantismo. Tuvo una fuerza superior al luteranismo -casi reducido a Alemania y Escandinavia- y su influencia resultó decisiva para los destinos cristianos de Europa.

En el sur, como Italia y España, la Reforma fue abatida despiadadamente, en Francia y en los Países Bajos, pendía de la balanza de la duda, en las naciones del norte, en cambio, resultaba victoriosa.

En Francia, se formaron dos partidos según se fuera partidario del catolicismo romano o del protestantismo (hugonotes). Éste recibió un golpe casi mortal con la terrible matanza del Día de San Bartolomé, sucedida el 24 de agosto de 1572 y días posteriores, dónde se asesinaron a millares de líderes y adeptos.

En Inglaterra, el movimiento de reforma pasó por varias épocas de avance y retroceso. Empezó en el reino de Enrique VIII, que se separó de Roma porque el papa no aprobaba su divorcio de la reina Catalina de Aragón, creando la Iglesia Anglicana, y mató tanto a romanistas como a protestantes que diferían de sus ideas. La reina María Tudor, fanática romanista, mandó a la hoguera a muchos protestantes. Con el ascenso de Isabel I, las prisiones de abrieron, los exilios se revocaron y fue una etapa floreciente para el reino, nominada como “la época de Isabel”.

Aunque en los países del norte de Europa había diferencias en doctrinas y organización, los reformistas tenían una plataforma común, con cinco principios según Hurlbut: 1) la verdadera religión se funda en las Escrituras; 2) la religión debía ser racional e inteligente; 3) la religión es personal; 4) la religión es espiritual y no formalista; 5) la iglesia es nacional y no mundial; todos ellos por oposición a lo que le atribuían a la doctrina romana de sustitución de la autoridad de la biblia por la autoridad de la iglesia, la adoración de imágenes, la intermediación del sacerdote entre el creyente y Dios, el carácter formalista de las ceremonias y la centralización en el papado.

Hay que hablar, asimismo, del proceso de lo que se llamaría la Contrareforma, es decir el movimiento surgido en la Iglesia Católica Romana destinado a recuperar el terreno perdido en Europa y superar numerosos problemas que originaron el protestantismo.

La Contrareforma dentro de la iglesia se inicia con el Concilio de Trento (Austria), convocado en 1545 por el papa Pablo III. Duró casi veinte años y se componía con todos los obispos y abades de Venecia.

Se hicieron muchas reformas y se establecieron definitivamente las doctrinas de la iglesia. Sus resultados pueden verse, según algunos autores, como una reforma conservadora.

Si bien el Concilio de Trento no pudo ser el de la unión entre los católicos romanos y los protestantes, como se esperaba, su obra fue extraordinaria tanto en el campo doctrinal como en el disciplinar según Orlandís Rovira.

Se trasmitió en el orden doctrinal, ante todo, que la Revelación divina se ha trasmitido por la Sagrada Escritura- interpretada por el Magisterio de la Iglesia- y por la Tradición apostólica. Frente a las teologías luterana y calvinista, estableció que la gracia divina y la cooperación libre y meritoria de la libertad humana obran en concurrencia la justificación del hombre. En el orden sacramental, definió la doctrina de los Siete Sacramentos, y las notas propias de cada uno.

En el plano disciplinar, la obra tridentina también fue muy importante, suprimiendo los abusos eclesiásticos existentes y organizando de mejor manera al clero.

El Barroco fue el estilo artístico de la Reforma católica. Todas las bellas artes -arquitectura, escultura, pintura- sirvieron de cauce para la expresión barroca en España, Italia, los países católicos del centro de Europa y la América hispana.

El inmenso imperio español de América y Extremo Oriente, fueron un campo privilegiado para el desarrollo y expansión cristiana. La monarquía española adquirió la conciencia de ser esencialmente un “Estado misional”.

Los esfuerzos misioneros de la Iglesia Católica Romana deben verse como una de las fuerzas mayores de la Contrareforma, en su mayor parte dirigidos por los Jesuitas, que trajeron como resultado la conversión de todas las razas nativas de América del Sur, México y gran parte del Canadá.

En las Indias Occidentales, tres universidades impartían enseñanza superior: la de Santo Domingo, fundada en 1538, la de Lima en 1551 y México en 1553.

No obstante, la poderosa influencia de la orden creada por San Ignacio de Loyola trajo reacciones dentro y fuera de la Iglesia, lo que le valió que se la prohibiera y, luego, se la reconociera nuevamente43.

Como personalidades destacadas de la Contrareforma, cabe señalar al propio San Ignacio de Loyola, creador de la Compañía de Jesús, y San Francisco Javier, conocido por haber llevado la evangelización al Oriente.

Un siglo después de iniciada la Reforma, como resultado de intereses y propósitos opuestos entre los estados reformados y los católicos de Alemania, comenzó una guerra que a la larga enroló a casi todas las naciones europeas. La denominada Guerra de los Treinta Años, en la que estados de la misma fe a veces se encontraron en bandos contrarios, hizo sufrir a una generación entera.

En el siglo XVII España perdió la primacía europea y Francia pasa a ser la primera potencia mundial.

Finalmente, en 1648, la gran guerra termina con la paz lograda mediante la firma del Tratado de Westfalia, que fija los linderos de los estados católico-romanos y protestantes, casi de la misma manera que han continuado hasta hoy. El ideal de la cristiandad europea queda vencido y abandonado y otra vez comienza a regir el principio cuius regio eius religio (cada estado siga la religión de su príncipe).

6. La iglesia contemporánea

El tiempo que siguió a la paz de Wetsfalia designó a la iglesia con caracteres de modernidad, nuevas relaciones de entretejieron con el poder temporal, y las ideas sociales y políticas imperantes influyeron grandemente en ellas.

Capítulo II
La Iglesia católica en el mundo (segunda parte)
El regalismo

En el siglo XVII, Francia sucedió a España como la gran nación europea de vitalidad cristiana. Las guerras religiosas habían cesado y Francia continuó siendo una nación católica con tolerancia a otros cultos, como los hugonotes a través del Edicto de Nantes.

Fue un tiempo también de disputas teológicas, que demostraron el interés que despertaban los asuntos religiosos, aunque también un estado latente de inestabilidad espiritual.

Para prueba de lo expuesto, es conveniente recordar un acontecimiento que marcaría la época: el proceso de Galileo, en el que su teoría de la inmovilidad del sol y la rotación y traslación de la tierra a su alrededor, la teoría heliocéntrica, fueron condenadas en 1616 por una comisión de teólogos como filosóficamente absurdas y formalmente heréticas, por resultar contrarias a ciertos pasajes de la Biblia dónde se habla de la quietud de la Tierra44.

El acontecimiento, que fue utilizado como argumento de una pretendida incompatibilidad entre religión y ciencia, fue deplorado por el Concilio Vaticano II, que reconoció el grave error de pretender juzgar con métodos teológicos una hipótesis científica, sin respetar la legítima autonomía de la ciencia.

Luis XIV reestableció la unidad católica de Francia al derogar el edicto de tolerancia que favorecía a los hugonotes, pero ello no fue óbice para que entrara en conflicto con la Santa Sede, al pretender extender a todos los obispados y beneficios vacantes los derechos de regalía en favor de la Corona.

Los “Artículos orgánicos” redactados por Bossuet, que se enseñaban en todos los seminarios franceses, negaban al papa autoridad para desligar a los súbditos de su juramento de fidelidad hacia sus príncipes y formulaban una restrictiva doctrina de los derechos primaciales del pontificado romano.

El regalismo (influencia y poder civil sobre ciertos asuntos de la iglesia), fue una posición común de todas las monarquías católicas del siglo XVII.

La Ilustración

El siglo XVIII fue el siglo de la Ilustración, cuya concepción filosófica se estrellaba directamente con los conceptos cristianos.

“La crisis de la conciencia europea”, es una obra escrita por Paul Hazard que analiza los últimos treinta y cinco años del reinado de Luis XIV (de 1680 a 1715), que califica como cruciales en el gran cambio de ideas y de mentalidades que finalmente alumbraría “la Ilustración anticristiana del siglo XVIII”.

El autor cristiano José Orlandís Rovira, nos grafica el conflicto ideológico: “El Cristianismo es una religión revelada, con un contenido de verdades de orden sobrenatural a las que el creyente ha de acceder no por la vía de la experiencia directa, sino de la fe. El racionalismo cartesiano -que desempeñó un papel primordial en la formación del pensamiento moderno- proclamaba como principio del discurso humano la duda metódica y el rechazo de todo aquello que no se impusiera con evidente claridad al supremo tribunal de la razón”45.

Lo concreto es que el racionalismo, al rechazar la Revelación, conducía fácilmente al escepticismo religioso. Nada habría ya seguro, nada cierto, todo lo que se creyó firme era ahora dudoso o erróneo. La corriente hedonista de los “libertinos”, extraían una consecuencia ya descubierta por sus predecesores de tiempos del profeta Isaías y de San Pablo: “comamos y bebamos, que mañana moriremos” (Is XXII, 13; Cor XV, 32).

Surgió, entonces, el “Deísmo” como pretensión de sustitución a la religión. No negaba a Dios -como el ateísmo-, lo consideraba una construcción racional, a menudo panteísta, al margen de toda Revelación. El deísmo alumbró la Masonería, cuyas primeras logias se fundaron en Inglaterra a comienzos del siglo XVIII, que es una sociedad secreta que rechaza toda religión positiva -incluyendo el cristianismo- y fomenta entre sus miembros la fraternidad y la práctica de la filantropía.

El año 1715 -el de la muerte de Luis XIV- es señalado como el de la ruptura de compuertas y el desbordamiento de las aguas racionalistas de la Ilustración. Los filósofos, en las décadas siguientes, impusieron su dominio intelectual y su visión no religiosa. Voltaire (1694-1778) fue uno de sus abanderados.

El rechazo a toda verdad dogmática, que consideraban “a priori” como expresión de intolerancia y fanatismo, condujo necesariamente a la adopción de una actitud antirreligiosa, y fundamentalmente anticristiana.

El libre pensamiento que propugnaban condujo en el plano político a plantear la tolerancia indiscriminada de todas las confesiones. Estados Unidos, que proclamó en su Constitución la separación del Estado y la Iglesia y la libertad de cultos, fue el ejemplo a imitar en la vieja Europa.

El racionalismo, el naturalismo religioso, la rebeldía intelectual de la época fueron factores que contribuyeron decisivamente a forjar la mentalidad ilustrada del siglo XVIII.

Cabe señalar que en la segunda mitad del siglo XVIII la unidad católica de los países latinos de Europa era muy fuerte y extensa entre la población. España e Italia sólo en pequeña escala fueron influenciadas por el pensamiento ilustrado.

Cosa distinta sucedió en Francia, dónde el “espíritu de las luces” floreció en los ambientes de la aristocracia y la alta burguesía, contagiando también a la clase media urbana. Instrumento decisivo para la “popularización” de la ideología ilustrada fue la “Enciclopedia” (Diderot y D´Alembert), que tenía una orientación decididamente hostil al cristianismo.

La Revolución Francesa y la Restauración

Además de las nuevas ideas políticas y sociales que informaron el proceso revolucionario, la Ilustración ayudó a conformar un espíritu anticristiano en la gesta. Se intentó borrar toda huella cristiana de la vida social. Dos papas fueron prisioneros de los gobiernos revolucionarios.

Paradójicamente, la Revolución Francesa comenzaba con una solemne procesión encabezada por Luis XVI y los representantes de los tres Estados Generales, pero a las pocas semanas el panorama cambió radicalmente y el proceso revolucionario avanzó incontenible sobre el orden político, social y religioso.

La Asamblea Constituyente decretó la secularización de todos los bienes eclesiásticos, la supresión de los votos monásticos y la “constitución civil del clero”.

Nacía la iglesia galicana, al margen de la autoridad pontificia, de estructura episcopalista y presbiteriana, dónde los obispos y párrocos eran elegidos por el pueblo y solamente notificados a Roma.

La Convención Constituyente, que sustituyó a la Asamblea Legislativa, decretó el 27 de mayo de 1792 la deportación de los sacerdotes que no juraron la fidelidad a la Constitución política, y comenzó en ese tiempo también la matanza de clérigos. Miles de personas murieron en el patíbulo y se intentó borrar de la vida francesa toda huella cristiana.

La sustitución del calendario gregoriano, la entronización de la “Diosa Razón” en la catedral de Notre Dame y la institución por Robespierre del culto al “Ser Supremo”, fueron episodios de la obra descristianizadora de la revolución.

Napoleón, de espíritu pragmático y realista, intentó recomponer la vigencia del cristianismo teniendo en cuenta el arraigo de la fe cristiana en el pueblo francés.

Un nuevo concordato sirvió para regular las relaciones entre el Pontificado y el Imperio, tuvo sus consecuencias favorables para la restauración de la vida cristiana en Francia, aunque pronto Napoleón intentó colocar a la Iglesia al servicio de sus propios intereses políticos, lo que generó nuevos roces.

Finalmente, la Restauración napoleónica, que pretendió el retorno de Europa al antiguo régimen, fracasó en el ámbito religioso y el dinamismo de la burguesía puso de nuevo en marcha el proceso revolucionario.

El liberalismo

El liberalismo nace como producto de la revolución burguesa, luego de la reacción contra la restauración de las viejas concepciones.

El liberalismo es una concepción del hombre y del mundo, tiene no sólo una doctrina social y política, sino además constituye una ideología que enlazaba con el pensamiento ilustrado del siglo XVIII.

Una concepción antropocéntrica del mundo y de la existencia, constituye la base de la ideología liberal. Los hombres, para ella, serían no sólo libres e iguales sino también autónomos, desvinculados de la ley divina, que no era reconocida socialmente como norma suprema. La libertad de conciencia y de pensamiento, de asociación y de prensa, constituirían derechos inalienables de las personas.

Frente a la doctrina cristiana tradicional, según la cual el poder proviene de Dios, el liberalismo lo hace derivar del pueblo, que sería fuente de toda legitimidad. Ninguna diferencia habría entre el cristianismo y cualquier otra confesión, la religión era un asunto que incumbía sólo a la intimidad de las conciencias.

La iglesia debía estar separada del estado -“iglesia libre en estado libre”-, quedaría al margen de la vida pública y sujeta, como cualquier otra asociación, al derecho común46.

Hacia 1830 tomó cuerpo en Francia un grupo de “católicos liberales”, con el lema “Dios y libertad”: “…una conciliación -no tanto teórica como práctica- de la iglesia con el liberalismo, persuadidos de que éste era el signo de la hora presente del mundo, y la iglesia no podría cumplir su misión específica en un determinado medio histórico sin estar en armonía con él”, dice Orlandís Rovira. Mostraban devoción al Papado, aunque la respuesta romana fue contraria a sus pretensiones.

En su encíclica Mirari Vos de Gregorio XVI, en 1832, se rechazó el programa de los católicos liberales: la igualdad de trato a todas las creencias, que conducía -afirmaba el papa- al indiferentismo religioso; la separación completa entre iglesia y estado, la libertad de conciencia, las libertades ilimitadas de opinión, de prensa, fueron objeto de reprobación pontificia.

El positivismo de Augusto Comte, el idealismo de Hegel, el materialismo de Feuerbach, próximo al marxismo, fueron doctrinas que enfrentaron al cristianismo en el campo de la ciencia, y en particular de las ciencias naturales.

Todo ello, sin embargo, fue causa de una renovada vitalidad cristiana47, que se hizo efectiva fundamentalmente durante el pontificado de Pío IX, que estuvo al frente de la iglesia católica durante treinta y dos años -desde 1846 hasta 1878-, el más largo de la historia.

Pío IX era un hombre liberal en el sentido de su amplitud de criterio, aunque no en el de la doctrina liberal. Inició una serie de reformas en los Estados Pontificios que le acarrearon una inmensa ola de popularidad. Se negó, sin embargo, a encabezar una liga nacional para hacer la guerra santa contra los austríacos que dominaban el norte de la península, lo que degradó el clima popular y a las aclamaciones le sucedieron las invectivas.

Desde entonces, el liberalismo apareció ante sus ojos como un movimiento al que tenía el sagrado deber de oponerse, porque perseguía un ideal no cristiano y en Italia, además, trataba de arrebatar los Estados Pontificios a la Santa Sede.

La toma de la capital por soldados de Victor Manuel II, lo vio al papa recluido en el Vaticano como voluntario prisionero, rechazando la “ley de garantías” que se le ofreciera48.

La postura de la iglesia ante el liberalismo fue fijada por Pío IX en la encíclica Quanta cura, del 8 de diciembre de 1864. La misma llevaba como anexo el Syllabus, una relación de ochenta proposiciones que resumían lo que se consideraban los “errores modernos”49. La última proposición del documento, que rechazaba el pretendido deber del romano pontífice de reconciliarse con el progreso y la civilización moderna, hizo rasgarse las vestiduras a los críticos liberales y enardeció el entusiasmo de los católicos tradicionales.

Un poderoso impulso espiritual animó a la cristiandad durante los tiempos de Pío IX, fue una época de claro florecimiento de la vida interna de la Iglesia, las antiguas órdenes religiosas crecieron y se propagaron de manera considerable, hubo un aumento de las vocaciones sacerdotales y una renovada observancia disciplinar, manifestada visiblemente en la vuelta al uso generalizado del hábito eclesiástico.

El impuso espiritual tuvo dos manifestaciones de singular importancia: la definición del dogma de la Inmaculada Concepción (8-3-1854) y la reunión del Concilio Vaticano I (1869-1870), que aprobó dos resoluciones de fundamental importancia: el dogma de la infalibilidad pontificia y la Constitución Dei Filius, mediante la cual se formula la doctrina sobre la cuestión religiosa medular del siglo XIX: el problema de las relaciones entre la fe y la razón.

A la hora de hacer un balance, desde el punto de vista de los acontecimientos políticos puede decirse que el papado de Pío IX resultó negativo por la pérdida de los Estados Pontificios. Sin embargo, desde el ángulo del credo fue ampliamente exitoso para el cristianismo y la iglesia. Se considera que con él se abrió el período histórico del papado moderno. Hay que decir que fue el primer papa “querido” de la historia moderna, por primera vez los católicos miraron y amaron al papa como a un padre, y su litografía presidió como un retrato familiar los hogares de toda la tierra.

El siglo XIX mostró también la lucha en el campo de la educación, dónde el republicanismo francés se presentaba como abiertamente hostil a la iglesia: “el clericalismo, ¡ése es el enemigo!”. La implantación de la escuela laica fue el objetivo.

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278 p. 14 illustrations
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