Read the book: «La vida no admite representantes»



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Introducción
Hace casi veinte años escribí este texto para el anuncio público de la aparición en España de la revista Mente Sana, un magazine mensual sobre temas de desarrollo humano que yo dirigiría y editaría durante más de una década, con gran repercusión y mayor orgullo:
Hablo de felicidad,
pero no de la felicidad confundida con alegría, sino de aquella ligada a la serenidad absoluta que solamente puede dar la certeza de caminar en el rumbo correcto.
Hablo de libertad,
pero no de la libertad absurda que muchos confunden con omnipotencia, sino de aquella que nos hace responsables de todo lo que hacemos y decimos, así como de todo lo que decidimos callar o no hacer.
Hablo del amor,
pero no de cualquier amor, sino solamente del verdadero amor. Ese que poco tiene que ver con la pasión enamoradiza. Ese que no condiciona, que no impone y que no quiere poseer ni dominar. Del amor que no es excluyente ni tiene límites. Ese que sólo pretende el bienestar y el crecimiento de aquello que es objeto de su amor, porque le regocija la sola existencia de la persona amada; nada más y nada menos.
Hablo, por eso, de aquellos que hemos aprendido que el amor a los demás se potencia en el amor por uno mismo; que el valor de la propia libertad sólo la pueden comprender los que trabajan por ser libres, y que la felicidad puede ser mucho más que un momento si nos hacemos responsables de hacer de nuestros propósitos, un rumbo.
Hablo, en fin, para aquellos que aprendimos a amar sintiéndonos libres, felices y amados alguna vez; todos los que aprendimos en carne propia la incuestionable verdad de aquella frase de William Schutz, que le diera nombre a su libro:
Todos somos uno
Una idea poderosa que deja al descubierto el hecho de que incluir a otros, próximos o lejanos, en nuestras vidas es, paradójicamente, la mejor manera de ser solidaria y sanamente egoístas.
Hoy, alejado de la tarea editorial, veo ese texto en mi pantalla y al releerlo me sorprendo tanto como me alegro al darme cuenta de que sigo pensando exactamente lo mismo respecto de estos puntos.
Alegría por haber podido mantener en el tiempo, desde todos los foros, esas mismas banderas, lo que me reafirma en su verdad esencial. Sorpresa, querido lector, querida lectora, porque de muchas maneras —ni yo ni ustedes— somos los mismos de entonces, y porque más allá de nosotros, el mundo que habitamos, seguramente, tampoco es el mismo.
Sólo en los últimos veinte años, muchas cosas han pasado:
Sufrimos los atentados en las Torres Gemelas, en Nueva York, y en Atocha, Madrid.
Las redes sociales en internet se popularizaron en todo el mundo, volviéndose el foro excluyente de comunicación masiva.
Tsunamis y terremotos arrasaron Japón e Indonesia.
Se descifró el genoma humano.
Se desarrolló el método CRÍSPR.
Vivimos varias pandemias de nuevos virus, como el H1N1 y el SARS-CoV-2.
Murieron Michael Jackson, Stephen Hawking y Robin Williams.
La más grave crisis económica desde los años treinta azotó el mundo
La masacre de la escuela de Beslán nos mostró a terroristas chechenos colocando a niños como escudos en las ventanas de la escuela tomada.
Por primera vez un hombre negro fue elegido presidente en Estados Unidos.
Se desató la Primavera Árabe.
Varios grupos terroristas vinculados al fundamentalismo islámico mantuvieron en alerta a todo Occidente.
Aparecieron Facebook y el teléfono móvil inteligente.
Se difundió por el planeta la lucha por la igualdad de la mujer y el modelo social inclusivo.
El escándalo de la página web de WikiLeaks.
El Reino Unido anunció el Brexit.
La Catedral de Notre Dame se incendió reduciendo gran parte de su estructura a cenizas.

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Abdicó el papa Benedicto y se nombró a Francisco I.
ETA e IRA depusieron in aeternum la lucha armada.
Se produjo la masiva llegada de refugiados a Europa huyendo del hambre y de la guerra de Medio Oriente.
Varios países aceptaron el matrimonio igualitario.
Malala Yousafzai recibió con 19 años el premio Nobel de la Paz.
Se descubrió y desarrollo la nanotecnología.
Se demostró que eran posibles la clonación y el desarrollo de células madre.
Se demostró que existe la neurogénesis tanto celular como funcional.
China compite con Estados Unidos por ser primera potencia mundial.
Estos hechos que marcaron el ingreso en el siglo xxi son una parte de aquellos que, a mi parecer, cambiaron el mundo.
Pero también en estos años:
Murió mi madre.
Y pocos años después, murió también mi padre.
Nacieron mis cuatro nietos.
Por primera vez en mi vida me animé a escribir una novela (El candidato) que fue premiada en la ciudad de Torrevieja.
Abandoné mi tarea asistencial y mi consulta.
Murió Héctor, mi amigo y compañero de ruta durante veinticinco años.
Desarrollé en Durango, México, el proyecto Desarrollo Humano para Todos, con el fin de hacer realidad un sueño: demostrar que la educación es la herramienta de corrección de los grandes males de la sociedad.
Fui invitado y visité treinta y ocho de los cincuenta y dos países donde se editan mis libros.
La madre de mis hijos y yo decidimos dejar de ser un matrimonio difícil y nos transformamos en la amorosa familia que somos.
Asumí el desafío de montar frente a ocho mil personas mi performance El circo de tu vida en México y lo repetí después en España.
Con sorpresa fui criticado, injuriado y censurado por algunas personas a las cuales no conozco ni me han leído nunca.
Con igual o mayor sorpresa fui halagado, premiado y recomendado por otras tantas que quizá tampoco saben nada de mí.
Hechos mundiales y personales que, entre todos, sin lugar a dudas, cambiaron mi vida en lo personal.
¿Y tú? ¿Cómo has pasado estos veinte años?
¿Cuál ha sido tu camino?
Te invito a que detengas la lectura y durante cinco o diez minutos te dediques a pensar en las diez cosas —o cinco o tres—, situaciones, cambios y circunstancias que transformaron tu vida y la de aquellos a tu alrededor. Y después, si quieres, te invito a tomar nota aunque sea de los titulares de esos eventos, para pensar más tarde en qué haremos con ellos.
Qué tratamiento les daremos, en qué lugar esconderemos, de qué forma mostraremos, cómo seguiremos, con todas esas cosas, grandes o pequeñas, que han pasado en estos años, en nuestras vidas y la de todos.
Decía el gran Antonio Porchia:

Había una vez dos monjes zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río, una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.
—¿Qué te sucede? —le preguntó el más anciano.
—Mi madre se muere. Está sola en casa, del otro lado del río, y yo no puedo cruzar. Lo intenté —siguió la joven—, pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... Pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora... Ahora que han aparecido ustedes, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar...
—Ojalá pudiéramos —se lamentó el más joven—. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Lo tenemos prohibido... Lo siento.
—Yo también lo siento —dijo la mujer. Y siguió llorando.
El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:
—Sube.
La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su hatillo de ropa y subió a horcajadas sobre el monje.
Con bastante dificultad, el monje cruzó el río, seguido por el joven.
Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó al anciano monje con intención de besar sus manos.
—Está bien, está bien —dijo el viejo retirando sus manos—, sigue tu camino.
La mujer se inclinó con gratitud y humildad, recogió sus ropas y corrió por el camino hacia el pueblo.
Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio. Aún les quedaban diez horas de caminata...
Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:
—Maestro: usted sabe mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No obstante, cargó sobre sus hombros a aquella mujer a través de todo lo ancho del río.
—Yo la llevé a través de todo lo ancho del río, es cierto, pero ¿qué te pasa a ti que todavía cargas con ella sobre los tuyos?
La sentencia de Porchia suena contundentemente cierta, y aunque veinte años no son cien años, son muchos años.
Ojalá puedas coincidir conmigo y aceptar sin dudarlo la secuencia de los hechos históricos que, más allá de nuestra valoración de ellos, anidan en nuestros recuerdos. En lo personal sé que gracias a estos hechos de dentro y de fuera, buenos y malos, alegres y tristes, y especialmente gracias a la forma en la que se presentaron, soy quien soy.

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Dicho de otra forma, soy (como tú) resultado de todo lo que viví, padecí o disfruté, y cualquier cosa diferente habría producido un Jorge Bucay diferente con un presente distinto.
Pensemos en esto: si me satisface ser este que soy, y serlo es consecuencia de todo lo anterior, debería yo tener cuidado y honrar permanentemente mi historia, haya cursado con risas o con lágrimas, haya sido fácil o complicada, haya sido cuesta abajo o cuesta arriba.
Con este planteamiento, se comprende perfectamente que si no me satisface lo que soy, lo que siento y como vivo, reniegue de todas esa “malditas cosas” que no era justo que pasaran, me enoje con mi pasado y me queje de mi destino.
Una vez más...
Me hicieron de cien años algunos minutos que se quedaron conmigo, no cien años.
El final de un ciclo, el comienzo de otro
Siempre cuento que una tarde, mientras regresaba a mi casa desde el centro de la ciudad, me percaté de que el contador de kilómetros de mi automóvil marcaba 9999. Obviamente no era importante ni debería ser significativo en ningún sentido; y sin embargo, registré de pronto un pequeño escalofrío diferente, mezcla de excitación y repentino interés por ese número, que sabía igual, exactamente igual a todos los anteriores, pero que me puso más alerta, un pelín ansioso y tan pendiente del hecho como para bajar la velocidad y anclar el rabillo del ojo en el pequeño reloj de mi tablero. Luego, cuando el pequeño número cambió a 10,000, la sensación se transformó en una gran alegría inexplicable que me dibujó una sonrisa en el rostro y me dejó hasta llegar a casa con una cierta absurda vivencia de plenitud y liviandad.
Al entrar en la casa y pasar frente al espejo del vestíbulo, mi sonrisa un poco mayor que la de los otros días me obligó a preguntarme: ¿de dónde proviene todo este bienestar y este inusitado entusiasmo extra?
Los números redondos arrastran consigo una especie de magia, ¿no es cierto?
Recuerdo el movimiento brutal que presenciamos tú y yo cuando el mundo entero festejó el final del año 1999 y la llegada del 2000 y los festejos “diferentes” que planeamos cuando nosotros o alguien de nuestros afectos está a punto de cumplir los cuarenta o los cincuenta o los ochenta.
Se me ocurre que es el resultado de nuestra costumbre de empaquetar las cosas, los tiempos y las situaciones en “lotes” de determinado número de componentes. Ese cero, al final de cuentas, produce en quien lo registra la idea de un “final de algo” y un “comienzo de otra cosa”. Y aunque el final no sea tal y el comienzo se parezca demasiado a lo anterior, ese número redondito produce un cierto efecto de “página en blanco”, que nos fuerza a pensar, por lo menos, en la idea de un nuevo ciclo.
Los números “redondos”, que no tienen por qué ser “redondos” ni cuadrados, ni angulares, ni distintos, nos producen, con la misma “in-justificación” una sensación similar a la vivida cada 31 de diciembre, día en la que al unísono aguardamos con cierta exaltación la llegada del primero de enero del año que comienza, llenos de proyectos para el nuevo año.
Estos momentos mágicos, que simbolizan fines de un ciclo y nuevos comienzos en cualquier sistema, estos “hitos” puramente racionales, nos hacen pensar que hemos “cumplido” una parte de la tarea, que hemos llegado a algún lugar lleno de significado y que motivados por ello podemos y queremos encarar lo que sigue limpios y frescos, con toda la experiencia de lo aprendido en el ciclo anterior y toda la fuerza del deseo de comenzar “de nuevo”. (Tantos entrecomillados podrían darnos la certeza de que nada es lo que parece y de alguna forma es exactamente así, excepto por la motivación renovada que es real y muy útil.)
Los que son más pragmáticos, o menos románticos, aunque se llamen realistas, sostienen que esto es poco menos que un autoengaño. Que ninguna fecha ayudará a que seamos distintos de como siempre hemos sido, que todo seguirá su curso, más allá de la redondez del número de la cuenta y de los caprichos de los almanaques y de los documentos de identidad, que no hay más diferencia que un par de momentos entre esos ceros y el siguiente uno. Pero aquellos que, como yo, creemos en la posibilidad de las personas de transformarse, preferimos pensar que nuestra capacidad creadora necesita y utiliza algunos estímulos para motivarse y que al hacerlo, con cualquier excusa, es capaz de romper, real y efectivamente, la inercia de cualquier cosa que venga, encarando lo que sigue con una actitud positiva y constructiva.
Parafraseando al gran poeta portugués Fernando Pessoa:
Nada cierto nos une con nosotros, los de antes.
De un día a otro, nos desamparamos.
Porque somos quienes somos
y es cosa vista por dentro,
que también somos los que fuimos.

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Podemos elegir, cada día, la manera de trabajar con lo de afuera y lo de adentro para llegar a ser lo que queremos ser, para hacer lo que hacemos de la mejor manera posible, para llegar al lugar en el que siempre quisimos estar. Es cierto que nuestro pasado nos condiciona, pero puede hacerlo más de lo que nos gustaría o menos de lo esperado, dependiendo de nuestra actitud (la experiencia es maravillosa, el condicionamiento no tanto). Somos capaces, todos, de reinventarnos cada día. ¿Podría acaso dejar mi tarea de escritor o de terapeuta y dedicarme al cultivo de las fresas? Por supuesto que podría, aunque tuviera para eso que pasar a una zona de menos confort durante un tiempo, aunque nada garantiza que me convierta en un buen agricultor, aunque nadie pudiera asegurarme de que sería capaz de vivir de esa actividad, pero seguramente podría cambiar mi actividad por ésa o por otra si estoy dispuesto a correr algún riesgo. Y de hecho supongo que este ciclo terminará alguna vez, como lo hizo el ciclo de tener una consulta y atender pacientes.
El comienzo de un ciclo nos recuerda una verdad que siempre ha estado allí. Nos reconcilia con la certeza de que basta con decidirlo para hacer de cualquier momento un nuevo comienzo, pero que nos es más sencillo apoyarnos en un hecho externo para llevarlo a la práctica.
C uentan que una vez, un estudiante avanzado del zen viajó hasta la ermita del viejo maestro Qian Feng para hacerle una pregunta que había estado ponderando desde hacía mucho tiempo. Cuando finalmente estuvo frente al maestro que aguardaba en calma sobre su tatami, el estudiante se arrodilló y dijo:
—Maestro, sé que todas las direcciones conducen a la morada de Buda, pero también sé que sólo un camino lleva hasta las puertas del Nirvana. Sólo te pido, maestro, que me digas dónde comienza ese camino.
Qian Feng se puso entonces de pie, dio un par de pasos hacia el estudiante y, con el extremo de su bastón, trazó una línea sobre la tierra justo delante del rostro de su discípulo.
—Aquí —dijo.
Y sonriendo, el maestro volvió a sentarse sobre su tatami.
Ciertamente el camino del cambio, como el de la congruencia, como el de la excelencia, como el de la consciente continuidad, siempre puede comenzar aquí y ahora, en el momento exacto en que así lo decidimos, ya que el momento oportuno es este instante, pero... ¿Por qué no aprovechar el empujón que nos da el abracadabra matemático de un numero redondo, o de una situación especial, cualquiera que sea, para renovar el interés o el compromiso con nuestra existencia?
Vuelvo a pensar en la revista Mente Sana, cuyos editoriales durante una década dieron nacimiento a los textos de este libro. Recuerdo cómo nos fuimos encontrando todos los que pretendíamos hacer un producto cuidado y noble que llevara las palabras, que alguna vez algunos maestros nos enseñaron, a las casas de todos. Pasamos por momentos gloriosos y de los otros, prósperos y austeros, de siembra y de cosecha, de sorpresa y de confirmación. Y la salida del número 100 por esta estúpida historia del redondeo pareció ser el galardón que confirmaba que lo habíamos conseguido...
Me honra pensar que algunos de aquellos rebeldes —junto a mí— contribuyeron aunque sea tibiamente a cambiar en muchas personas la imagen que tenían de algunas cosas; especialmente cambiar el prejuicio que sostiene con convicción que no se debe pensar en el propio bienestar.
Es cierto que la palabra egoísmo sigue teniendo cierta carga negativa y reprochable; es verdad que se la sigue confundiendo con la incapacidad de querer al prójimo, con la egolatría, con la vanidad y con la codicia, es indudable que en el lenguaje coloquial nos sigue sonando a insulto; pero nos es menos cierto que la mayoría de nosotros ha aceptado que una parte de las herramientas necesarias para la búsqueda de una mínima calidad de vida se apoya en el sentimiento saludable de cierto amor por uno mismo.
Pretendíamos entonces lo mismo que deseamos ahora: que nadie se deje engañar por los hipócritas de la doble moral, que se llenan la boca acusando a todo y a todos de individualistas o egoístas, levantando enormes banderas de loas al altruismo mientras ocultan de nuestra mirada sus vidas mezquinas, su historia corrupta y su conducta verdaderamente inmoral. Me satisface saber que hemos hecho lo que mejor pudimos para cumplir esa misión y que de muchas formas el resultado es bueno.
Y tú, amado lector, amada lectora, que me has acompañado desde entonces, o tú que te has sumado a mi desafío en algún momento de este medio siglo, o tú que por primera vez te acercas a esta ventana, te pregunto:
¿Qué te propones ser y hacer en tus próximos diez años? Atrévete a imaginarlo.
Esta respuesta podría ser, y quizá sea, el primer paso de un nuevo ciclo en tu vida.
Un ciclo en el que tú eres lo único imprescindible.
Un nuevo tiempo que, si tú lo deseas, comienza ahora.

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Conocerse mejor
Te propongo un juego. Es un ejercicio terapéutico, pero no esperes rigor científico en esta oportunidad, tómalo como una vía para avanzar unos milímetros en el camino de conocerte más. Se trata de la ventana de Johari, y de alguna forma intenta mostrar la manera en que te relacionas con el mundo.
Mira el cuadrado que tienes abajo. Es tu área de trabajo. Dibújalo en un papel y ve haciendo el ejercicio a medida que lees, eso te dará más oportunidades de descubrir cosas de ti mismo que si lo realizas después de conocer exactamente lo que revela este test y sus resultados.
Así que adelante.
Copia en una hoja cualquiera este cuadrado y comencemos

PRIMER PASO. Tienes que contestar una pregunta. Pero antes, un punto importante: ¡no mientas! No trates de contestar “lo correcto”. Sé sincero para sacar provecho de ello —aunque sea por una vez.
Tomando la línea horizontal superior del cuadrado, como si fuera una escala que va de 0 a 100, ¿cuánto te importa lo que los demás digan de ti? Lee de nuevo la pregunta antes de determinar la respuesta. ¿Quizá necesites saber quiénes son “los demás” a los que me refiero? Trabajaremos en la referencia del grupo social intermedio, es decir, las personas que no son tus amigos íntimos ni tu familia. Hablamos de vecinos, compañeros de trabajo, compañeros de futbol, o de clases de salsa...
Como guía te diré que el 0 es para los que dicen: “A mí no me importa lo que digan o si les gusto o no”, “Si no pertenecen a mi grupo cercano, paso de ellos, que digan lo que quieran, me importa un bledo”.
En la otra mano, el 100 corresponde a los que padecen el “síndrome del adivino”, llamado así en honor a ese cuento en el que se cruzan dos adivinos y uno le dice al otro: “¿Qué tal?”, y el segundo contesta: “Tú bien. ¿Y yo cómo estoy?”. Es para los que saben y aceptan que viven pendientes de lo que los demás opinan sobre ellos.
Entre esos dos extremos absurdos e imposibles estamos el resto, y cualquier respuesta es válida (salvo 50, que es mentira... y habíamos acordado no mentir).
Decídete y pon tu marca.
Si yo tuviera que poner la mía en esa escala de 0 a 100, creo que hoy sería 78.
SEGUNDO PASO. Ahora la segunda y última pregunta: de 0 a 100, ¿cuánto te animas a decir lo que opinas, le moleste a quien le moleste? Pon una marca en la línea vertical izquierda del cuadrado. El 0 es para los que en caso de votación esperan a los demás para sumarse a la mayoría. El 100 es para los que orgullosamente dicen: “¡Ah, no! He gastado mucho dinero en psicoterapia para tirarlo a la basura, así que yo siempre digo lo que me sale, porque si no, se me perfora la úlcera”. Como antes, el 50 (respuesta numérica del falso “más o menos” diplomático) lo dejamos censurado por mentiroso.
Mi segunda respuesta es 32.
Tu cuadrado debería quedar así con las marcas en los valores que hayas puesto:

TERCER PASO. Ahora se trata de prolongar en el cuadrado tu marca superior hacia un lado dividiéndolo en dos rectángulos.

Y luego rayar o pintar el rectángulo formado a la derecha para diferenciarlo del otro. El mío queda tal como puede verse.
Si imaginamos que todo lo que soy, todo lo que pienso y siento, la suma de mis creencias, virtudes y defectos está representada en los puntos del cuadrado dibujado; y resultará que en el rectángulo de la izquierda está simbolizada la suma de todo lo que sé que los demás dicen de mí. Y lo sé porque lo escucho, porque los demás lo dicen y porque a mí me interesa. Nadie escucha lo que no le interesa.
En cambio, el rectángulo de la derecha es la suma de todo lo que otros dicen de mí, pero yo no escucho. Y no lo escucho porque no me importa. El asunto podría parecer intrascendente, pero como expuso el investigador Joseph Luft, el primer diseñador de esta ventana, lo que soy capaz de escuchar determina cuánto sé de mí, ya que es innegable que los demás ven cosas de mí que yo no alcanzo a percibir. Para ver mi rostro, por ejemplo, la parte que más me define, necesito de un espejo, no puedo mirarme con mis propios ojos. Del mismo modo necesito de otros para ver aquellas cosas mías que están en un punto ciego de mi mirada. Nos guste o no, el espejo que refleja lo que somos y no vemos es la mirada de los demás y la línea trazada determina hasta dónde estoy dispuesto a escuchar a los otros. El rectángulo de la izquierda muestra cuánto sé de mí y el de la derecha lo que decido ignorar, aunque los demás lo vean con nitidez.
CUARTO PASO. Ahora prolonga hacia la derecha la segunda marca y raya también el rectángulo inferior, en otra dirección o píntalo de otro color. Mi cuadrado queda así.

Ahora la mitad superior del rectángulo representa lo que muestro de mí y todo lo que queda debajo de la línea que acabas de prolongar es lo que escondes de los otros. (Porque como recordarás es la línea que marca lo que no te animas a mostrar.)
Si eres como yo y como la mayoría de las personas que hacen este test, quizá sientas ahora la tentación de cambiar alguna línea. Incluso sostendrás que entendiste mal... Resiste la tentación y analiza tu cuadrado como está ahora. No te enojes con él, es sólo un recurso para aprender.
RESULTADO DEL EJERCICIO. Todos somos la suma de muchos yoes fundidos en uno.
Y si somos la suma de todos esos puntos del cuadrado, debemos admitir que hay aspectos de mí que conozco (a la izquierda de la vertical) y otros que ignoro. Así como hay partes de mí que me animo a mostrar (arriba de la horizontal) y otras que prefiero que no se vean.
Las dos líneas que se cruzan determinan cuatro sectores y cada uno de ellos podríamos ponerle un nombre que lo identifique, siguiendo en la línea de este “psicologismo salvaje”.
Seré yo el conejillo de Indias ya que no tengo otro cuadrado que analizar.
Hay, arriba y a la izquierda, un sector que llamaremos el Jorge libre que contiene lo que sé de mí y me animo a mostrar sin conflicto.
Hay también —¡cuánto me duele admitirlo!— arriba y a la derecha la zona de contenidos de un Jorge negado. Es donde están esos aspectos que me cuesta aceptar, aunque los demás, acercándose un poco, los noten sin esfuerzo.
Asimismo existe un Jorge secreto, abajo y a la izquierda, que contiene lo que sé que soy y reconozco, pero me ocupo voluntariamente de esconder de la mirada de la mayoría. Mencionemos por último el sector del Jorge oculto, el pedazo de mí que ni yo ni los demás podemos ver con facilidad, el más oscuro de todos.

Ésa es la mía hoy, tu ventana se parecerá a ella o no pero siempre tendrá cuatro sectores.
Básicamente hay cuatro tipos de ventanas; veamos qué significa y a qué corresponde cada una de ellas:

1. Esta ventana, como la mía, pertenece a las personas abiertas a escuchar a los demás, pero más reacias a mostrarse. Algunos pueden ser algo intrigantes y estar llenos de secretos.

2. Es la ventana de los que les cuesta aceptar las críticas y a veces llegan a romper vínculos, disgustados, porque consideran la opinión de los otros injusta y hostil.

3. Todos los que están en proceso de duelo o de grandes cambios suelen tener ventanas como ésta. Corresponde a personas que no quieren exponerse ni tienen demasiado interés en los demás. Es la ventana de los que sienten miedo, están deprimidos o atraviesan un momento difícil.

4. Y por último la mejor ventana que se podría tener. Es la más luminosa y corresponde a la de los seres libres, auténticos y abiertos. En ella se puede encontrar un gran yo libre, un poco de yo negado y algo de privacidad para el yo secreto. También existe un minúsculo yo oculto listo para ser descubierto.

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Yo creo firmemente que la luz entra a nuestras vidas por el cuadrante libre. Y cuanto más grande sea esa parte, mejor y más auténtica podrá ser nuestra existencia.
Si esto es verdad, la pregunta sería: ¿cómo se construye una ventana así? ¿Qué podría hacer alguien que hoy se encuentra con sinceridad con una ventana muy oscura, con un yo oculto demasiado grande? El ejercicio señala el camino. Debería desplazarse la línea vertical hacia la derecha y la horizontal hacia abajo... Fácil de decir.
Pero, en la práctica, ¿cómo se hace? Pues escuchando más y animándonos a mostrarnos más tal y como somos.