Read the book: «Ernest Lluch»

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JOAN ESCULIES SERRAT

ERNEST LLUCH

Biografía de un intelectual agitador

PREMIO GAZIEL DE BIOGRAFÍAS Y MEMORIAS 2018

Traducido del catalán por

FRANCISCO J. RAMOS MENA


Título original catalán:

Ernest Lluch. Biografia d’un intel·lectual agitador.

Este libro ha recibido el Premio Gaziel de Biografías y Memorias 2018

convocado por la Fundación Conde de Barcelona y RBA Libros. El jurado estaba

formado por Anna Caballé, Màrius Carol, Luisa Gutiérrez, Borja de Riquer

y Sergio Vila-Sanjuán.

El manuscrito original de la obra recibió el apoyo de la Fundación Ernest Lluch (FEL),

cuyos objetivos se concretan en mantener viva la memoria de Ernest Lluch,

su pensamiento y su obra, así como en fomentar el diálogo entre los ciudadanos

de Cataluña, España y Europa. La FEL cuenta con el apoyo institucional de

la Generalitat de Cataluña, la Diputación de Barcelona y el Ayuntamiento de Barcelona.

www.fundacioernestlluch.org

La traducción de esta obra ha contado con una ayuda del Institut Ramon Llull.


© Joan Esculies Serrat, 2018.

© de la traducción: Francisco J. Ramos Mena, 2019.

© de los carteles de las elecciones de 1977 y 1979 de la página 22: CEDOC (UAB).

© de la fotografía de la página 34: La Salle, 1950-1951.

© de la caricatura de la página 181: Serra Quintana (Arxiu Ernest Lluch).

© del poema de la página 213: Salvador Espriu.

© de la nota de la página 333: documento del archivo histórico del socialismo catalán, Fundación Rafael Campalans.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: marzo de 2019.

REF.: ODBO449

ISBN: 978-84-9187-368-6

EL TALLER DEL LLIBRE, S.L. · REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

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PARA TI, LOLA,

PORQUE TAMBIÉN ESTO LO HE HECHO PENSÁNDOTE.

«La gran devoción de mi vida ha sido la vida, porque me gusta la vida.

Lo que la gente vivimos, sufrimos, convivimos, padecemos...

Todo eso, y saber por qué pasa».

ERNEST LLUCH,

entrevista a Ernest Lluch en Catalunya Música, 1999

EL INTELECTUAL Y EL AGITADOR

Una tarde de 1805, Anna Pávlovna, dama de honor de la emperatriz María Fiódorovna, esposa del zar Alejandro III, organizó una soirée en su casa. Pávlovna siempre bullía de animación porque ser entusiasta era su condición social, y, a veces, incluso cuando ni ella misma lo quería, se entusiasmaba para no decepcionar a los que la conocían. La alta sociedad de San Petersburgo llenaba poco a poco el salón de la casa. Ella presentaba a los recién llegados. Además, se encargaba de estar atenta para que ninguna conversación desfalleciera.

Como el contramaestre de la sección de husos de una fábrica textil, que una vez que ha instalado a los obreros en su lugar se pasea arriba y abajo espiando la inmovilidad o el ruido demasiado fuerte, y corre, lo detiene y restablece su buena marcha, igualmente ella, moviéndose en su salón, tan pronto se acercaba a un grupo silencioso como a uno que hablaba demasiado, y, con una palabra, con un desplazamiento de personas, daba cuerda a la máquina de la conversación, que volvía a rodar con un movimiento regular y conveniente. Así conseguía que los grupos, los «husos», trabajaran regularmente en todas partes e hicieran un ruido continuo.[1]

Como el personaje de Guerra y paz de Tolstói, Ernest Lluch era un agitador.[2] Lo que hizo toda su vida, además de muchísimas otras cosas, fue reunir gente a su alrededor para poner en marcha todo tipo de proyectos. Pero no era un agitador —como tantos en los que se podría pensar y que han pasado por la historia— de los que en un Speakers’ Corner le dan la vuelta a una caja de fruta o se suben a una silla e inician una arenga para movilizar a las masas. No, él no era de esos.

Ernest llegaba a un lugar —no importa dónde: un pueblo, una institución, una universidad—, se reunía con su gente y los ponía a trabajar juntos. Tenía una gran facilidad para liderar equipos. Tú harás esto, tú lo otro. Lluch era un agitador porque —utilizando un término al que era especialmente aficionado— le gustaba convoyar, aglutinar a la gente a su alrededor, y también convencerla. Era, como expresaba su amigo Javier Solana, «un componedor».[3]

Disfrutaba de la pasión de deslumbrar a través de nuevas ideas, pero no mediante un mero ejercicio de agitprop. Eso lo diferenciaba de otros, de muchos otros. De ahí que se sintiera cercano al concepto keynesiano de persuasión, porque a través de esta se podían desterrar los prejuicios y abrir nuevas vías todavía inexploradas para mejorar las sociedades. A Ernest le gustaba discutirlo todo, pero de manera civilizada.[4] Y para acabar de redondearlo, además generaba autoestima.

Durante sesenta y tres años se movió por una serie de territorios a los que regresaba de manera periódica para, como Pávlovna, dar nueva cuerda a los husos para que no se detuvieran: el Empordà, Valencia, San Sebastián, Barcelona, Madrid, Santander o Zaragoza. En todos ellos reunió a personas a las que, de entrada, les explicaba historias del lugar donde residían y que ellas desconocían. Lluch no era el profeta que llegaba con un conocimiento profundo de lo que había que hacer, sino alguien que intuía qué era necesario explorar y qué vías había que desbrozar para abrir nuevos caminos.

Aquí y allá, grupos de entusiastas trabajaban en proyectos que sin la labor aglutinadora de una Pávlovna nunca habrían realizado. Un día se daban cuenta de todo lo que habían conseguido, y entonces no salían de su asombro. Por eso tantos se consideraron discípulos suyos, lo fueran realmente o no, y tantos otros han querido llamase «lluchistas» a posteriori.

Pero Ernest no era solo un agitador, o un agitador cualquiera. Era, en primer lugar y ante todo, un intelectual. Alguien que busca, reflexiona y elabora pensamiento crítico sobre múltiples ámbitos y cuestiones. Alguien que, en palabras del profesor y teórico de la cultura George Steiner, lee un libro con un lápiz en la mano y luego genera pensamiento crítico.

Lluch fue, desde muy joven, un devorador y asimilador de libros con una curiosidad infinita sobre los temas más diversos imaginables. Para él no había tema menor. Le interesaba todo y opinaba sobre todo. «El ansia de conocer —aseguraba— te traslada fuera de tu interés originario e incluso de tu campo de trabajo.»[5] Este conocimiento lo adquiría sin dejar de trabajar ni un minuto. Para él, todo era trabajo o susceptible de serlo. En opinión de uno de sus amigos, el catedrático de Historia Rafael Aracil, «su afición era la cita a pie de página».[6]

Los conocidos le decían, utilizando la expresión del médico y pensador de la Generación de 1914 Gregorio Marañón, que era un auténtico «trapero del tiempo», porque lo aprovechaba de manera exhaustiva. Le ocurría lo mismo que a Miguel de Unamuno, quien, ante la pregunta de un joven intrigado por saber cómo era que escribía tanto, el bilbaíno respondió: «Eso es porque sus minutos de usted son lineales, mientras que los míos son cúbicos». Los de Lluch, sin duda, también lo eran.

A primera vista parecía que tenía un profundo conocimiento sobre cualquier cosa, como si ninguna disciplina fuera inalcanzable para él. Pero eso mismo, que cautivó a tanta gente y admiró —y aún admira— a quienes lo conocieron, por lo general no era fruto de una sabiduría previa. Un hombre del siglo XX no podía pretender ser un hombre del Renacimiento: la cantidad de conocimiento lo hacía imposible.

No, Lluch basaba su hacer en su enorme curiosidad y capacidad para prepararse los temas que sabía que habría que tratar o debatir. Como los grandes efectistas tenía también sus trucos, por supuesto, aprendidos de sus maestros. Su mentor, el economista Fabián Estapé, le había transmitido el secreto de uno que él mismo practicaba. Consistía en pasar de vez en cuando por una librería y hojear los prólogos o epílogos de varias novedades. Después, en las conversaciones o en las tertulias, podía montar una disertación sobre el tema. Nadie podía replicarle porque todavía no había podido leerse el volumen. Debido a ello, todo el mundo quedaba boquiabierto.[7]

Pero Ernest, a pesar de haber puesto en práctica el truco, y a diferencia de muchísimos otros, no se quedaba en la superficie. Dedicaba el tiempo a buscar fuentes, leerlas, profundizar en ellas, digerirlas, y después sabía explicarlas como si ese poso le hubiera acompañado desde hacía años, y no desde hacía días. Si iba a un concierto de Schubert, por ejemplo, se empapaba de su vida, obra y milagros, y el día señalado aparecía como un entendido. Esta dedicación a incorporar conocimientos, y luego a lucirlos, dejó tras de sí todo un reguero de personas impresionadas que lo consideraban poseedor de un conocimiento enciclopédico.[8]

Su actuación, sin embargo, no desmerecía. Por el contrario, todo aquel saber compartimentado que adquiría lo incorporaba a su bagaje y aumentaba su perfil de humanista. La ciencia que iba acumulando no pretendía reservársela para sí o transmitirla solo a un reducido núcleo de colegas con intereses similares, que es lo que suelen hacer los profesores universitarios. No, él tenía una clara voluntad de ejercer de intelectual público, de maître à penser, en palabras del periodista Xavier Vidal-Folch.[9] Ernest entendía que «los terrenos del periodismo, de la historia, de la política y de la investigación tienen unos confines que a veces se solapan».[10]

Quería influir y no le daba miedo bajar a la arena para exponer lo que había reflexionado. Estaba dispuesto a que se le corrigiera, en un talante más anglosajón que latino, para continuar aprendiendo y pensando. Justo lo contrario de la actitud de muchos intelectuales que rehúyen la palestra para no entrar en debates que puedan debilitar sus propias convicciones. Cuando publicaba algo o encontraba informaciones que le parecía que podían ser de interés para uno o para otro, lo compartía con el deseo de recibir una réplica razonada.[11]

Como reconoce uno de sus principales discípulos, el economista y político Vicent Soler, «actuaba como un incitador al pensamiento y la reflexión, como un revulsivo intelectual, y disfrutaba promoviendo el debate y la controversia. Pocos permanecían indiferentes ante él. Era polémico por naturaleza y no se privaba de opinar donde fuera necesario».[12]

En efecto, Lluch entraba en el cuerpo a cuerpo de la lucha ideológica y del debate de las ideas con la conciencia de ser y querer ser un personaje situado en la esfera pública. Esto era consecuencia, en buena medida, de su concepción del hombre como ciudadano. «Me gusta la gente —aseguraba— que no solo son grandes músicos, grandes matemáticos o grandes economistas, sino que también son grandes personas, grandes ciudadanos.»[13]

En ocasiones decía que, como uno no se puede pasar el día mareando la perdiz y que al final alguien tiene que chutar el penalti, él estaba dispuesto a hacerlo.[14] Y eso, en un sistema de comunicación de masas en expansión, sobre todo en el contexto de la liberalización de la radio y la televisión en la década de 1990 en España, lo convirtió en un personaje enormemente atractivo y, por supuesto, muy popular. Lluch no era banal, entendía los registros que requerían los medios. Por ejemplo, si había que hablar de la prensa del corazón, se avenía a ello y, además, con conocimiento de causa.

En opinión de un amigo periodista que lo tuvo de tertuliano, Josep Cuní, era «una persona asequible a los medios, algo que no es moneda corriente». Además era «disciplinado, posiblemente tenía una gran capacidad para integrarse en los medios en los que colaboraba —continúa diciendo su amigo—. Cuando hablaba por la radio se adaptaba al lenguaje radiofónico, y cuando lo hacía en televisión sabía acompañarlo con la gesticulación». No era raro que los oyentes dijeran que a aquel señor «¡Sí se le entiende!».[15]

Como admitía Antoni Bassas, que también lo tuvo de tertuliano, «si la redacción tenía que buscar a alguien para que hablara de economía se pensaba en él; si era para discutir del Barça también, y si era para hablar de política también. No quiere decir que Lluch supiera de todo, ni de todo en profundidad, pero tenía suficientes recursos para que un espectador u oyente medio pudiera pensar que sí».

«Y esto —proseguía el periodista—, para los productores, los que buscan los perfiles que deben aparecer en los programas, resultaba muy apetitoso. Además de sus propios campos de experiencia era bastante hábil, había leído mucho; para tirar de un hilo aquí y allá y crear un argumento, era obvio que había que garantizar su presencia.»[16]

Ernest se preparaba sus intervenciones. Por su forma de hablar, por la voz, era un buen comunicador, seducía a corta y a larga distancia tanto en la radio como en la televisión. Además, cuando se apagaban las luces era el mismo de siempre, a todo el mundo le daba el mismo trato. Lluch sostenía que en una tertulia había que saberlo todo e ir a por todas. No era, sin embargo, de los que creían en el concepto de verdad cuasi religiosa que los garantes de las esencias de los partidos y las patrias quisieran imponer.

Dicho de otro modo, y en palabras del escritor Antoni Puigverd, era un «discrepante vocacional»,[17] o, como diría Pasqual Maragall, «deseaba que no pensaras como él para poder discutir su verdad con la tuya. Pero eso sí, deseaba que discurrieras, que defendieras tus ideas con toda la fuerza de tus argumentos. Fue un hombre obsesionado en razonar y en convencer».[18]

También lo veía así Lluís Foix, para quien «era una persona normal, pero muy cultivada. Era un hombre divertido que desplegaba una curiosidad universal y concreta a la vez. Tenía amigos en todas partes y conocía las historias más insospechadas de mucha gente. La conversación con Ernest siempre se tornaba enriquecedora y vivaz, despierta».[19]

De paso era de los que sacaba punta a las cosas más corrientes.[20] Sabía, como se dice coloquialmente, «sazonarlas». No al estilo de un barón de Münchhausen, pero sí condimentando la historia con un poco de sal y una pizca de pimienta. Sabía hacer elucubraciones, sustentar una teoría en una anécdota, hilvanar bien sus argumentos. Y las personas con este tipo de talante son, como todo el mundo sabe, los que al final se llevan el gato al agua frente a otras más rigurosas pero aburridas. Y es que le gustaba descolocar al interlocutor con un libro o una teoría más o menos desconocidos.

Era provocador por definición, y toda la vida fue una figura incómoda por el simple hecho de atreverse a pensar.[21] Era «rebelde porque tenía criterios propios», tal como expresó su íntimo amigo el político Odón Elorza.[22] Como dijo su también amigo y economista Jacint Ros Hombravella, «hay dos Lluchs: el tranquilo, suave, contemporizador... y el agitador de temas candentes, polémicos. Puestos a elegir, me quedo con este último».[23]

Por supuesto que había dos Lluchs, y más, porque Ernest no era lineal, era contradictorio. Y lo era porque quería vivir en plenitud, y la vida, por mucho que uno se esfuerce, no es coherente. No era alguien que viviera al margen de los demás, sino que dejaba que estos le influyeran, lo modularan; sus comportamientos e ideas lo conmovían porque le importaba la Vida —en mayúsculas— y la gente, de toda clase y condición.

Asimismo, Lluch mantuvo siempre un punto de ingenuidad, sin la que no se puede ser receptivo. A pesar de su falta de coherencia —en ocasiones profunda, otras solo aparente—, podía exhibir una postura en absoluto gregaria cuando llegaba a un sitio y convertirse, al mismo tiempo, en alguien enormemente atractivo para los demás.

Se definía como alguien persistente a quien le gustaba la imagen del junco que plasmara el cronista Ramon Muntaner, porque lo mueve el viento, pero vuelve a su posición inicial. Aseguraba que su principal defecto era no saber explicar los sentimientos. Aunque no lo fuera para la familia, en general para los asuntos personales era un hombre reservado, al contrario de lo que de entrada muchos podrían pensar.

Entre sus escritores favoritos figuraban Borges y Cervantes. Sentía simpatía por Josep Pla y se quejaba de que no se le hubiera dado el Premio de Honor de las Letras Catalanas; aunque no por ello se abstenía de criticarlo cuando le parecía. Su héroe de novela era Tirante el Blanco.

También disfrutaba con los versos de Carles Riba, de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz. Pero no con los de Machado, que encontraba excesivamente simples.[24] Era muy aficionado a la poesía, y a lo largo de su vida reunió una importante biblioteca poética.

Entre sus pintores predilectos se contaban Giorgio Morandi, Picasso, Miró, El Bosco, Zurbarán, Turner y Goya. Era amante de la música de compositores como Messiaen, Bach, Beethoven, Mozart y Händel; y en la música contemporánea se consideraba más seguidor de los Beatles que de los Stones.[25]

Era socialista, con la idea básica de que para que haya libertad tiene que haber una mejor distribución de la riqueza. Admiraba —antes de su caída— al eterno líder del Partido Socialista Italiano y primer ministro Bettino Craxi, así como al socialista y primer ministro francés Michel Rocard; pero también a los cancilleres alemanes Willy Brandt y Helmut Schmidt; al primer ministro francés Pierre Mendes-France; al artífice del New Deal, el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, y a los laboristas ingleses.

Era profundamente reformista. Mucho. «He aprendido —sostenía— que al hacer política hay que ser muy sosegado, y que la política es el arte de introducir reformas de manera acompasada; el arte de la política es saber llevar ese compás».[26] Si las reformas se podían hacer a fondo, mejor. En todo caso, tenía claro que había que empezar hoy mismo, y hacer algo aunque fuera poco a poco, pero de manera constante.[27] Por ejemplo, uno de los consejos que dio a sus colaboradores cuando ejerció de ministro fue el de «sostenella y enmendalla»;[28] si no funciona, hay que cambiar.

Y es que, por encima de todo, Lluch era un hombre práctico. La noche de las elecciones del 15 de junio de 1977, las primeras de la Transición, la victoria de la izquierda en Cataluña hizo que el momento se viviera con gran nerviosismo y excitación. Él era el cabeza de lista de los socialistas por Girona, y algunos de sus compañeros, con el recuerdo mitificado de las elecciones de abril de 1931 que habían cambiado un régimen, preguntaban qué había que hacer. ¿Acaso tenían que ir a ocupar los ayuntamientos? En medio de aquella algarabía, en la sede electoral, Ernest cortó el debate de raíz: «Lo que tenemos que hacer es irnos a dormir». El día siguiente sería otro día.[29]


Entre sus referentes económicos se hallaban los clásicos de la economía, desde François Quesnay y Adam Smith hasta David Ricardo y Karl Marx; pero también otros clásicos contemporáneos situados en el campo de la economía política, como Albert O. Hirschman u otro gran partidario de una tercera vía reformista como Paolo Sylos Labini, dos de sus autores predilectos, además de Piero Sraffa. Y, naturalmente, Joseph A. Schumpeter y también Alexander Gerschenkron.

Era catalanista, y mucho, aunque quienes se atribuían el reparto de carnets de catalanidad, desde el atrevimiento de la ignorancia, le quisieran escatimar el adjetivo en más de una ocasión. En palabras de su amigo el periodista Xavier Sardà, que lo tuvo un montón de años en la tertulia de La ventana de la SER, era «de una catalanidad exportable».[30] Se lo facilitaba el hecho de ser una persona culta y leída, y no alguien dogmático o huraño, encerrado en su verdad. Estaba abierto a la postura de los demás, sin que ello significara que tuviera que renunciar a la suya.

A lo largo de su vida conformó una visión de España, o de «las Españas» como a él le gustaba remarcar, no desde el federalismo —aunque a veces hablaba de «federalismo cálido»—, sino a partir del desarrollo de la Constitución y de los estatutos, desde una pluralidad afectiva entre los ciudadanos, que no debían ver al Estado como un mero aparato administrativo.

Le fascinaba el Imperio austrohúngaro y miraba con recelo a Yugoslavia, sobre todo a comienzos de la década de 1990; pero, en cambio, a finales de esa misma década sintió una atracción creciente por Montenegro.[31] De nuevo, su inherente contradicción. Él quería una España en la que todo el mundo pudiera sentirse cómodo; algo tan sencillo y tan complejo como eso. Y se arremangaba para hacerla posible.

Lluch, que deseaba morir tranquilo y consciente, era indulgente con la exageración, quizá porque en ocasiones él mismo incurría en ella.[32] Le gustaban mucho las mujeres. Mucho. Aunque admitía que se sentía más cómodo con las amistades masculinas que con las femeninas, cuya psicología le costaba entender. Por eso siempre iba acompañado de un grupo de muchachos discípulos suyos.[33]

Le gustaba bailar, sobre todo tangos y boleros. Si podían ser de Armando Manzanero, mejor.[34] No era madrugador, pero tampoco noctámbulo. No fumaba, ni bebía. Era cariñoso y sentimental con la familia, en especial con su madre y su hermana.[35] No era partidario de enfrentamientos fuera del ambiente de las tertulias. Si alguien o algo no le gustaba, se apartaba.[36]

Era individualista. No le iba esperar las órdenes de la mayoría. En su partido, el Partido de los Socialistas de Cataluña, lo comprobaron en más de una ocasión, ¡y qué ocasiones! En cambio, se esforzaba mucho en favor del proselitismo y no le importaba ir a los pueblos más recónditos a llevar la buena nueva socialista. En ese sentido, no le hacía ascos a nada. Tampoco era dado a las enemistades ideológicas; no era de filias ni de fobias.

Era muy chismoso. Mucho. Competía con uno de sus amigos-discípulos, el economista Eugeni Giral, por ver quién era la persona más chismosa de Barcelona. Al político e historiador Joaquim Nadal, otro ilustre cotilla, Ernest solía decirle que no lo era tanto como él, ni de lejos.[37] No se escondía de serlo. Al contrario, se sentía orgulloso de ello.

También practicaba un truco para trabajar la familiaridad. Cuando tenía que encontrarse con alguien de su entorno no habitual, se informaba sobre las personas comunes que ambos conocían. De esta manera podía citar a los amigos por su nombre, con lo que pretendía aproximarse más a su interlocutor. Parecía que era algo que le salía de forma natural, pero era fruto de una técnica previa.[38]

Tenía una gran memoria, que le ayudaba a recordar conceptos e informaciones de personas.[39] Esto le valió que, a lo largo de su vida, en más de una ocasión y en más de un ambiente lo miraran con recelo. Era el hombre que descubre el truco de cómo el mago saca el conejo de la chistera. Para algunos, eso era saber demasiado. Por ejemplo, tenía más conocimiento del entramado familiar de la burguesía catalana que sus propios integrantes.

Aseguraba que, si uno no para de trabajar, ejercita la retentiva. Cuando le convenía jugaba a hacerse el despistado, cosa que no era, aunque sí desordenado, pero ya se sabe que el orden siempre lo definen los demás. Todo esto en conjunto le permitía ser un buen relaciones públicas. Tenía dotes de vendedor; sabía ponerse en el lugar del otro. Le gustaba estar en la galería, que lo reconocieran.

Tenía conciencia de ser un hombre popular y sabía trabajarse su personaje. Si hacía falta, recibía a la gente en batín. Tenía una personalidad exuberante, la propia de la clase de personas que no necesitan que nadie les haga propaganda porque se la hacen ellos mismos, como ocurría, por ejemplo, con la escritora Maria Aurèlia Capmany.[40]

Quería vivir muchas vidas a la vez, y eso le perjudicó en algunas de ellas. Se hacía ilusiones de ocupar un cargo u otro. Era ambicioso, tanto académica como políticamente. A veces el afán por obtener algún puesto podía hacer que «se le viera demasiado el plumero», como se dice comúnmente. Cuando le convenía nadaba no entre dos aguas, sino en muchas aguas. No obstante, era depositario de una gran humanidad y procuraba no pisar a nadie para conseguir lo que quería.

Aun gustándole la popularidad de la calle, no era especialmente presumido ni meticuloso en el vestir. Sin embargo, nunca perdía el aire de señor. Si tenía que subir en un remonte en Sierra Nevada, lo hacía con americana y corbata. Se contaba la anécdota de que, con motivo de realizar un dictamen económico para el Ayuntamiento de Barcelona, había pedido que le pagaran en especie: quería las camisas que llevaban los empleados de los transportes públicos porque le parecían cómodas. Otra vez, por dar una conferencia, le regalaron una chaqueta, que llevaría con satisfacción.[41]

En cierta ocasión había ido con su amigo el galerista Joan Gaspar a la final de la Copa del Rey, un Barça-Madrid en Zaragoza. Como era inconcebible que Lluch no aprovechara un viaje para hacer una visita histórico-cultural, antes pasaron por la catedral y por el Museo de Tapices de La Seo. En la entrada de este último, y a diferencia de ellos, el escolta —en aquella época Lluch era ministro— no quiso pagar y mostró sus credenciales.

Este hecho reveló que uno de los dos escoltados era ministro. El guía hizo entonces una visita particular dirigiéndose en todo momento a Gaspar, más elegante, como si él fuera la autoridad. Ambos le dejaron hacer para regocijarse más tarde con la metedura de pata.[42] Así pues, Ernest era, en general, un hombre llano que si podía iba en autobús, aunque no por ello dejaba de fascinarle la pompa de la realeza. En cierta ocasión, en el metro de Barcelona, el hombre que iba delante le dijo: «¡Oiga, si no fuese usted en metro creería que es Lluch!».

Le gustaba que lo reconocieran. Más de una vez, en Barcelona, en un autobús, los pasajeros le habían aplaudido de manera espontánea. Y también le había sucedido algo similar en San Sebastián. Después de cenar en un restaurante, al salir, un grupo de señoras le aplaudió. Sus acompañantes le preguntaron: «¿Qué pasa contigo, Ernest? ¡Si normalmente a los políticos la gente casi siempre los mira mal...!». Él, con su coquetería habitual, respondió: «No es eso, es que creen que soy Walter Matthau».[43] Y es cierto que, de mayor, se parecía un poquito al actor.

Era, ciertamente, el resultado de una amplia gama de colores. Había muchos Lluchs, y cada uno tenía, todavía tiene, el suyo. Político, historiador, economista, ministro, rector, melómano, atleta, apasionado del fútbol, articulista, tertuliano y, sobre todo, profesor de universidad. Él reiteraba: «No soy historiador, ni geógrafo ni filósofo; soy economista».[44]

En estas y otras múltiples facetas subyacía una voluntad de ejercer de pensador público con una misión implícita. Lluch formaba parte de una generación de catalanes nacidos durante la guerra civil o en la inmediata posguerra, los cuales, a partir de finales de los años cincuenta, trabajaron para recuperar la normalidad de la cultura catalana y en pro de su conocimiento y divulgación, ya que esta había quedado subyugada a raíz de la contienda.

En su agitación destacaba el compromiso político, y su objetivo no era tan solo la lengua y la cultura, sino que englobaba desde la literatura hasta el urbanismo pasando por la economía. Desde el principio, Ernest formó parte de los cenáculos —minoritarios, pero muy activos— formados por los miembros de la pequeña menestralía ilustrada.[45]

Esa es la razón de que una tarde cualquiera, por ejemplo, le preguntara al periodista cultural Albert de la Torre qué había sido de la compañía Adrià Gual y del director teatral Ricard Salvat, y aquella misma noche, asombrado de que este tuviera dificultades para dirigir en Cataluña, orquestase una campaña para ponerlo de actualidad.

No tardaron en aparecer artículos en la prensa, se hablaba de ello en la radio, y cualquiera, incluyendo al propio Salvat, podía pensar que habían sido los periodistas culturales quienes se habían puesto de acuerdo para hablar de él. Solo años después de haber dirigido el Teatre Lliure y de ser objeto de diversos actos y exposiciones, descubrió que toda aquella campaña la había montado a través de sus múltiples amistades una única persona.[46]

Lluch era, en síntesis, un intelectual agitador. No un agitador intelectual, un publicista de ideas. De este tipo hay muchos, y se puede serlo sin generar ningún pensamiento propio. No era su caso: él lo generaba y después lo difundía. Sí, era un intelectual que agitaba. No se trata de una mera alteración en el orden de las palabras; el cambio es sustancial.

Todos quienes le conocieron, escucharon, vieron, han leído o han oído hablar de él saben ya cómo termina esta historia. Y no de la manera que les habría gustado. Una biografía no puede cambiar ese hecho. Pero así como a la apasionada Barcelona de los años sesenta llegó un joven trepador y enigmático, el Lleonard Pler de Terenci Moix, y seguir el hilo de aquella época era conocer el retrato más irreverente de su mundo cultural, seguir ahora los pasos de este intelectual agitador es adentrarse en las distintas geografías que pisó y en las personas con las que se relacionó.[47]

Así fue su vida. Este era Ernest Lluch.

PRIMERA GEOGRAFÍA: BARCELONA (1937-1969)

Lluch estaba orgulloso de haber nacido en una familia de la menestralía barcelonesa en la que el trabajo lo era todo y fuera de él no había casi nada. El trabajo dignificaba al hombre, que se realizaba a través de él; definía la moral de cada uno, y si se era capaz o no de sacar adelante a la prole.[1] El trabajo no era una obligación, era un deber. En el universo del que procedía Ernest las personas no se clasificaban en inteligentes o ricas, sino en si eran trabajadoras o no.

La filosofía de este mundo, reducida y diáfana, lo acompañó toda la vida. Nunca supo descansar de su trabajo si no era trabajando en otra cosa. Hasta el punto de reconocer que con personas que consideraban el trabajo como valor fundamental, ético y moral, no había tenido discrepancias importantes.[2] No podía estar más en desacuerdo, pues, con Pavese. No, lavorare no stanca.[*]

Este celo por el trabajo hizo que, hasta cierto punto, Ernest tuviera una visión distorsionada de la realidad y se permitiera criticar a aquellos que tenían hobbies. «Si trabajo los fines de semana es porque disfruto». Para él, el trabajo era el hobby, en gran medida porque de adulto fue de los afortunados que pudieron compaginar profesión y pasión. «Transformar los hobbies y hacerlos rentables tiene que ser una de las claves de la felicidad», aseguraba, a pesar de ignorar, a conciencia, que eso no es lo más corriente.[3]

Y no porque uno no tenga interés, sino por la manifiesta falta de salidas laborales que se acomodan a las expectativas de las personas. Lluch podía llegar a ser muy tajante en este tema. «El hedonismo me da asco y la pereza me repugna», aseguraba. No soportaba no hacer nada, no entendía el ocio. «Hay gente que hace el vago y hay gente tan inmoral que tiene hobbies... Conozco a gente que tiene hobbies y no lo oculta. Si yo alguna vez tuviera un hobby acabaría haciéndome un profesional del hobby».[4]

Esta concepción de la vida lo llevaba, por ejemplo, a no saber hacer vacaciones y, en todo caso, a no saberlas disfrutar si no formaban parte de algún proyecto que llevara entre manos. Una versión contemporánea de su perfil diría que Lluch era un adicto al trabajo, un workaholic. Valoraba tanto el trabajo y sus frutos que cuando recibía un artículo publicado en una revista académica le daba un beso.[5] Y es que, aparte de unos días en Menorca durante los que se había aburrido, encontraba una soberana tontería que le propusieran, por ejemplo, ir al Valle de Arán de excursión.

En cambio, era capaz de obligar a su esposa, Dolors Bramon, a hacer la ruta de «El Sevillano» para situarse en primera persona en el trayecto del tren que en la década de los cincuenta y sesenta siguieron miles de inmigrantes andaluces para llegar a Cataluña en viajes de diecisiete horas. O bien dedicar unos días con sus hijas a atravesar los Monegros, de pueblo en pueblo.[6]

Si se desplazaba, Lluch solo lo hacía para ir a ver al Barça o para cazar alguna documentación en archivos y bibliotecas, como cuando fue a la población toscana de Pescia a buscar los trabajos del economista e historiador suizo de la primera mitad del siglo XIX Jean-Charles-Léonard Simonde de Sismondi.[7] También, claro está, para asistir a algún congreso. Entonces sí que la estancia se podía alargar algún día para «hacer turismo», pero siempre de carácter cultural. Esto podía llevarlo al extremo de vivir situaciones surrealistas.

Por ejemplo, en 1978, en una visita a Berlín con motivo de unas jornadas catalanas, fue con el resto de los ponentes a la parte oriental de la ciudad, donde se cargó de libros. Al volver a la zona occidental por el famoso Checkpoint Charlie —hoy convertido en museo—, todo el mundo pasó excepto él. «¿Y Ernest? ¿Dónde está Ernest?» Un rato después fue «liberado». La policía lo había retenido porque de ninguna manera había permitido que pasara un libro sobre fisiocracia. «¡Se lo han quedado!», no paraba de exclamar sumamente indignado.[8]

HIJO DE MENESTRALES Y DE CARDENALES

La extracción social de Lluch era completamente convencional. Su abuelo, Enric Lluch Tagell, había nacido en Barcelona en 1878 y con catorce años había empezado de aprendiz en Matas & Cia, una empresa importante de fabricación de cintería, gomas elásticas y cinturones establecida en Gracia. Sin embargo, había decidido probar fortuna en La Habana.

Después de un malentendido con un desfalco de dinero, del que posteriormente se aclaró que él no había sido responsable, en 1898 volvió tan «pelado» como se había ido y entró a trabajar en Rivière, una empresa de telas metálicas. De allí Enric pasó a Palés, una empresa de harinas, y de nuevo a Matas & Cia.

Al comenzar el nuevo siglo se casó con la barcelonesa, también de familia menestral, Antònia Casas Amat, en la parroquia de la Mercè, en la plaza homónima del Barrio Gótico. El matrimonio tuvo nueve hijos. El primero, bautizado como el progenitor, nació el 29 de julio de 1902. Enric Lluch Casas sería el padre de Ernest.

Antònia Casas, sin embargo, quedó viuda con sus hijos a los cuarenta años y vivió en un piso del barrio de Santa María del Mar, con visitas esporádicas a Esparraguera, donde tenía familia. Era una mujer inteligente, asidua lectora de prensa y que, a pesar de su situación, procuraba formarse por las noches.[9]

Para mantener a sus hijos se hizo cargo de un negocio familiar, una agencia de aduanas de transporte internacional, la Agencia Lluch. Como a uno de ellos le recomendaron el aire del mar, la familia se trasladó a Vilassar de Mar. En aquel primer cuarto del siglo XX y en una población pequeña, que una mujer recibiera forasteros no estaba bien visto y la gente murmuraba. Hastiada, un día atendió a los clientes de la Agencia en la calle para que todo el mundo viera a qué se dedicaba.

Cuando estuvo en edad de trabajar, su primogénito entró en la misma empresa donde lo había hecho su padre, Matas & Cia, y llegó a ejercer de viajante de comercio. En Vilassar, Enric Lluch Casas conoció a la que sería la madre de Ernest, Jacinta Martín Julià, que había nacido en 1905 y había ido a la escuela hasta los catorce años. La madre de Jacinta, Rosa Julià Sust, era barcelonesa, pero el padre, Francisco Martín Forteza, era ibicenco de nacimiento y ejercía de médico en Vilassar, Cabrils y Cabrera.

La familia de este último procedía del pueblo de La Horcajada, cerca de la sierra de Gredos, en Ávila. El padre de Francisco era un militar chusquero destinado a Baleares, donde su hijo había aprendido medicina. El médico Martín Forteza murió de la gripe española y Rosa Julià tuvo que hacerse cargo de sus siete hijos.

Enric y Jacinta, por tanto, eran hijos de dos viudas que habían quedado al cargo de familias numerosas. No era raro que el afán por el trabajo imperara en ambas ramas. Se casaron el 26 de mayo de 1927, en plena dictadura de Primo de Rivera, y fueron a vivir a Vilassar de Mar. Él iba y venía en tren para trabajar en Barcelona.

Su primogénito, bautizado con el nombre de Enric como el padre para seguir la tradición familiar, nació el 19 de febrero de 1928. El año siguiente lo hizo Montserrat y en 1931 Francesc, también en Barcelona, quien murió de forma prematura. A pesar de vivir en Vilassar, los tres nacieron en Barcelona porque Jacinta iba a dar a luz a casa de su madre, que entonces vivía en la calle Consell de Cent. El último de los hermanos en venir al mundo fue Ernest Lluch Martín, el 21 de enero de 1937. Los padres le pusieron este nombre en recuerdo de un tío de la madre, Ernest Julià Sust, el tío Ernestu, capitán de barco, que al comenzar la guerra civil fue asesinado por el comité local de Vilassar por desavenencias anteriores.[10]

En otras circunstancias, el chico también habría nacido en una ciudad, pero lo hizo en Vilassar de Mar porque la guerra no le permitió a su madre trasladarse a la ciudad para dar a luz como con sus otros hermanos. Además, el entramado familiar de fuera de Barcelona les permitía soportar mejor las circunstancias derivadas de la vida en la retaguardia.[11] Y es que, durante la contienda, los Lluch no pararon de moverse. De Vilassar fueron a la Barceloneta, y de allí a Esparreguera para huir de los bombardeos.[12] El padre de familia, que al estallar la guerra tenía treinta y cuatro años, simpatizaba con Acció Catalana, partido catalanista, republicano y liberal.

Cuando nació Ernest, apenas hacía diez días que el consejero primero y de Economía del Gobierno de la Generalitat, Josep Tarradellas, había llevado al consejo ejecutivo lo que se conocerían como los decretos de S’Agaró. El artífice entre bambalinas del conjunto de medidas económicas que se proponían para hacer frente a las necesidades de la guerra —referidas a la hacienda de la Generalitat y de la municipal, régimen de apropiaciones, regulación del comercio exterior y de los funcionarios, entre otros— era el prestigioso economista Joan Sardà.[13]

El nacimiento de Ernest no había venido anunciado por una noche de vientos huracanados como el de Alejandro Magno, pero para los aficionados a buscar augurios la proximidad con los decretos de S’Agaró, como ascendente para un futuro historiador del pensamiento económico, es una señal que no se puede pasar por alto.

Ernest pasó su infancia al amparo del ritmo que marcaba su hermano Enric, nueve años mayor. Terminada la guerra, para intentar curar unos ganglios pulmonares de Enric, la familia se trasladó a Vilada, en la comarca del Berguedà. Más adelante, a mediados de los cuarenta, en pleno inicio de la dura posguerra franquista, la familia Lluch fue a vivir primero a la calle Mare de Déu del Coll de Barcelona, y después a una travesía de esta, el pasaje Garcia i Robles, en el barrio de Vallcarca, distrito de Gràcia, estableciéndose allí de manera definitiva. No obstante, las visitas a los parientes de Vilassar eran frecuentes, sobre todo en los veranos, que los hermanos aprovechaban para salir de excursión por la cordillera litoral, o para navegar en patín o a remo.

Después de años en la empresa Matas, el padre conocía bien el negocio de las ligas, los tirantes, los cinturones y las pieles curtidas, y se estableció con un socio, Joan Deulofeu, por cuenta propia —aunque el empresario Matas tenía una participación— con un pequeño taller en la calle Cotoners, en los bajos de una casa de tres pisos heredada por la rama de los Lluch, que también daba a la calle Princesa, en el barrio de la Ribera, junto a Via Laietana.[14] Muchos años después, un jovencísimo pintor, Miquel Barceló, se alojaría en el gallinero de este edificio durante su vida bohemia en Barcelona y mientras estudiaba en la Escuela Massana de Arte y Diseño.

El negocio de la familia Lluch se completaba con una pequeña fábrica en Horta, con media docena de telares y una decena de personas en unos bajos alquilados en Can Sabastida, una masía de los barones de Albi. Cuando tenían visitas, el barón le pedía a Lluch Casas que las trabajadoras no hicieran ruido, o directamente que no fueran, y él mismo les pagaría el trabajo. No quería que se supiera que su menguada economía lo llevaba a tener inquilinos.

Allí, los tres hermanos pasaban las horas que no tenían colegio y aprendieron a hacer cinturones y a grabar piel.[15] Llegó un momento, sin embargo, en el que los tres socios decidieron partir peras. En el reparto, a Enric Lluch le tocó el pequeño taller de la calle Cotoners.

Los Lluch Martín eran antifranquistas y, dentro de las posibilidades, en su casa se respiraba un ambiente liberal y catalanista. Así era como se consideraban, catalanistas, nunca nacionalistas catalanes, una terminología que no usaban para designarse, como le gustaba remarcar a Ernest.[16] Aunque la familia de Jacinta hablaba en castellano, en casa el matrimonio siempre lo hizo en catalán.

En la mesa se discutía de política. El padre tenía en buena consideración al socialista italiano Pietro Nenni, en aquellos años vicepresidente del Consejo de Ministros y ministro de Exteriores de Italia, y al también socialista y primer ministro de la India, Jawaharlal Nehru. Escuchaban la BBC y, si sintonizaban Radio Nacional, apagaban el aparato antes de que sonara el himno franquista. Leían la revista Destino y La Vanguardia, de la que eran suscriptores.[17]

La visión austera de la vida, que tanta huella dejaría en los tres hijos, se la transmitió sobre todo Jacinta, una mujer trabajadora, con un gran sentido del deber y de la renuncia.[18] Ernest, al contrario de Enric, que siempre fue más distante respecto a la familia, fue el hijo que aglutinó a los hermanos en torno a la madre, a la que admiraba más que a su padre, con el que la relación nunca funcionó.[19]

Jacinta era monárquica —aunque no le gustaba don Juan de Borbón, entre otras razones porque iba tatuado—, muy aficionada a oír misa, y un persona que daba mucha importancia a la cultura. Era serena, pero dominadora, y le gustaba que se notara que era la madre. Mandaba e insistía mucho en el respeto familiar. Casi siempre le gustaba destacar que era hija de un médico y otorgarse un cierto pedigrí. Algo que, cuando le convenía, Ernest también usaba para remarcar que venía de una familia de comerciantes, aunque también de cardenales.[20]

A esta altisonante conclusión de su estirpe había llegado por azar. Entre los papeles familiares había encontrado una libreta de un hermano de su padre, Pau Lluch i Casas, que durante la guerra murió tuberculoso combatiendo por el bando republicano y fue enterrado en Valdeganga, una población de Albacete. Su tío se había dedicado a anotar lo que sabía de sus antepasados, a partir de una libreta anterior que otro pariente, Antoni Lluch Garriga, había confeccionado en 1843.[21]

El hallazgo llevó a Ernest a enterarse de que una tatarabuela suya, Elisea Lluch Garriga, se había casado, el 25 de mayo de 1854, con Joaquim Rubió i Ors, lo Gaiter del Llobregat.[22] Este hecho le permitía asegurar incluso que «mi familia desciende del primer autor de la Renaixença catalana».[23] Entre los antepasados mencionados en las páginas aparecía, además, el cardenal manresano del siglo XIX Joaquín Lluch Garriga, de quien Ernest descubriría años más tarde una placa conmemorativa en su casa natal de la plaza Mayor de Manresa.

Estaba, pues, emparentado con un cardenal... o dos, porque un primo de su abuela, Anselm M. Albareda —que era benedictino—, también había llevado el birrete cardenalicio.[24] No está nada mal. Sobre todo si en un momento u otro había que reivindicar frente a alguien, aunque solo fuera para fastidiar y mencionarlo con socarronería, que él también venía de buena cuna, aunque fuera de refilón.

EL ALUMNO DE LA SALLE GRÀCIA

De pequeño, Ernest, que era muy aprensivo, estuvo enfermo durante algunos periodos. Años después, con el gracejo que sabía poner a las cosas que otros describían de una manera más insulsa, explicaba que la base de su conocimiento la había adquirido en aquellas semanas de reposo y lecturas en la cama.

Era cierto que una infección tuberculosa lo había llevado unos días al sanatorio, pero pretender que su infancia había sido similar a la de un gran convaleciente como Salvador Espriu era pura coquetería, surgida del interés por construir un relato de sus años de formación.[25]

A los diez años, en el curso 1947-1948, comenzó a cursar la enseñanza media en el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle, en la calle Marquès de Santa Anna, junto a la iglesia de los Josepets. Una escuela que se podía considerar para la clase media.[26] Allí, junto con el resto de las materias pertinentes, Lluch aprendió catalán con alguno de sus maestros, lo que le resultó muy útil porque de este modo después pudo corregir textos de colegas suyos que lo aprendieron más tarde.

Ernest era estudiante de notables y sobresalientes, sobre todo en letras, en materias como geografía, historia y religión o lenguas. En cambio, en matemáticas iba más justo. En el curso 1952-1953 aprobó esta asignatura y lengua española en septiembre con un aprobado y un sobresaliente.[27]

De aquellos años quedó la anécdota de que, con motivo de una de las visitas de Franco a Barcelona, un hermano de La Salle preguntó a los alumnos si alguno tenía inconveniente en ir a saludar al dictador. Solo Ernest y un compañero suyo, hijo de taxista, mostraron su disconformidad.[28] A esta incipiente línea subversiva, se pueden añadir también algunas pintadas hechas en las paredes de la calle con un par de amigos, en 1951, con motivo de la huelga de tranvías.


Su hermano Enric había ido a la escuela en Vilassar de Mar durante la guerra y después había aprendido latín con el cura de Vilada. Debido a los ganglios pulmonares se había retrasado en los estudios y cuando volvió hizo siete cursos en cuatro años, también en La Salle. Allí tuvo de compañero de clase al futuro escritor Albert Manent. Algunos días, los dos amigos hacían el camino a casa en medio de larguísimas disquisiciones. Ernest los seguía a una prudente distancia y si pedía ir más deprisa se arriesgaba a que su hermano le riñera.[29]

En aquellos años fue cuando se aficionó a la práctica del deporte, en particular del atletismo, sobre todo a las carreras de medio fondo. Comenzó con carreras de resistencia en Collbató y luego pasó por los Lluïsos de Gràcia, por el Círculo Católico de ese mismo barrio y, al final, a entrenarse en Montjuïc con el Club Natación Barcelona.

Lo hizo con el entonces presidente de la Federación Catalana de Atletismo, Nemesio Ponsati. Este, una de las figuras destacadas del deporte catalán, en particular como pedagogo, era seguidor del espíritu novecentista que había vivido en su juventud y que se basaba en la filosofía higienista.[30]

Para Ernest y sus compañeros —como Romà Cuyàs, que acabaría siendo secretario de Estado para el Deporte, y José Rodríguez, futuro locutor de Radio Juventud—, correr era un juego. En cambio para Ponsati era un trabajo y repetía que «el trabajo forma al hombre». Un hecho que recordaba la concepción del trabajo que Lluch vivía en su casa.

De esta relación nació también su visión del deporte como una «escuela de ciudadanía». El deporte aglutinaba «unos valores —aseguraba— que tienen una extraordinaria importancia en la formación humana (orden, voluntad, sacrificio y todo aquello que representa lo que denominamos fairplay)».[31]

Como la mayoría de los atletas entrenados por Ponsati, Lluch practicó la natación y participó en el Atleta Completo, una competición que consistía en una serie de pruebas combinadas de atletismo y natación, y que respondía al modelo de atleta polivalente al estilo inglés. A pesar de los esfuerzos de Ernest y de alguna victoria, Ponsati le recomendó que, como sacaba muy buenas notas, se concentrara en los estudios porque «en atletismo nunca serás una figura».[32]

No obstante, de adolescente, Lluch no solo se interesó por la práctica del deporte, sino que también le gustaba ejercer de cronista deportivo. Le gustaba participar, pero también relatar lo que sucedía en el estadio. Esto hizo que, a los dieciséis años, con un par de amigos diseñara y autopublicara una revista, La Sexta, de la que aparecieron cuatro números. Se trataba de un par de hojas dobladas en formato de cuartilla, con la cubierta escrita e ilustrada a mano y el resto a máquina. Lluch se reservó el papel de redactor deportivo.[33]

Al finalizar 1953, Ernest se inscribió, medio a escondidas, en el examen de grado superior de bachillerato. Lo pasó a mediados del mes de diciembre con una calificación definitiva de notable: 6,6.[34] Pero tal como quería su padre y él se había visto obligado a hacer, muy a su pesar, Enric tuvo que estudiar mientras trabajaba en el negocio familiar.

El padre no quería, de ninguna de las maneras, que obtuvieran el título y se dedicaran a estudiar, sino que continuaran en el taller. Esta voluntad paterna se encontraba, en gran medida, en medio de la tensa relación que mantenía con sus hijos. Pero su obstinación produjo el efecto contrario, y con creces.

De entrada, Enric compaginó el trabajo con un peritaje textil en la Escuela Industrial, unos estudios que fueron una especie de concesión hacia su padre. Pero no le gustaba, y lo dejó cuando le faltaba una asignatura para completar el título. A continuación se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, donde entró con más edad de la que le correspondía y estudió Geografía.

Su trayectoria repercutió en la de su hermano pequeño, que sintió aún más la presión del padre para que fuera él quien siguiera el negocio familiar. Y aunque su idea inicial no distaba de la de su hermano mayor, de entrada se avino. Ernest nunca tuvo el carácter rebelde y frentista de Enric.

CONOCER LAS ESPAÑAS

El trabajo en el taller llevó a Ernest, a partir de los diecisiete años, a hacer de viajante, a recorrer España como representante de comercio de ligas, tirantes de goma y cinta de persiana, cinturones, piezas de terciopelo, y muestrario de ante y de piel del negocio familiar. Posteriormente, estas estancias de semanas o meses se convirtieron, con el gracejo característico de Lluch, en el relato de su propio pasado en lo que, según explicaba, era la base de su conocimiento de España o de «las Españas».

Pero más que estos conocimientos, lo que le reportó el oficio de viajante fue el trato de primera mano con personas de condición y origen diverso, lo que sin duda fue una escuela formativa muy útil para cuando al cabo de unos años se dedicara a la política. La de comercial era, sobre todo, una labor de ganar voluntades y aprender a ponerse en la piel del interlocutor. Algo que también sabía bien, por ejemplo, Josep Tarradellas, que era viajante de comercio de profesión.[35]

Al mismo tiempo, y más importante aún, aquellas estancias fuera de casa sirvieron para que se diera cuenta de que su futuro no estaba en el trabajo de representante, ni tampoco en el taller del padre. Por ello, en cuanto tuvo oportunidad, en octubre de 1955, se matriculó en el curso de preuniversitario de letras, idioma francés, en el Instituto de Enseñanza Media Ausiàs March de Barcelona.

De nuevo, tuvo que hacer el curso medio a escondidas y preparándolo cuando el trabajo se lo permitía. En sus idas y venidas, además, no dejó de entrenarse y en 1956 incluso venció en el Campeonato de Cataluña Junior en los 10.000 metros de marcha atlética.

Cada tres o cuatro días, Ernest escribía a su padre para comunicarle los progresos hechos con las ventas y los contactos con los diferentes agentes comerciales que se encargaban de mover el género del negocio. Es difícil saber con qué profundidad conoció los lugares que visitó, pero la verdad es que el joven Lluch recorrió una buena parte de la geografía española y que se interesó —y mucho— por lo que vio.

El día de Reyes de 1956, por ejemplo, estaba en Burgos. Una semana después en Zaragoza. Tres días después en Madrid y a finales de mes en Villanueva de la Serena, en la provincia de Badajoz.[36] Lo que más le sorprendió en estos viajes fueron las atrasadas condiciones de vida en las que se vivía a seiscientos kilómetros de su casa, dentro del mismo país.

Villanueva, por ejemplo, era «un pueblo de dos mil habitantes sin agua corriente, pero muy limpio». En Extremadura visitó Mérida, Badajoz, Zafra, Plasencia y Cáceres. Estuvo por allí durante la primera quincena de febrero. Y aunque recibió las quejas de algún comerciante que no había recibido los pedidos solicitados, las ventas fueron mejor que en Madrid.

De vez en cuando, sin embargo, se sinceraba. «Estoy en Cáceres. Extremadura es peor de lo que os podéis imaginar. Las calles de los pueblos son los desagües de las casas (basura, orinales, agua sucia, etc.). Hay mucha gente que solo calzan alpargatas los domingos y van descalzos en medio de esa porquería. Aquí todo el mundo está delgado y las calles apestan. Badajoz es un pueblo indecente, lleno de gitanos y de gente que vive de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro».[37]

«Lo único bueno es el café porque es de Brasil, entra de contrabando —continuaba—. De Badajoz a la frontera hay seis horas. La provincia tiene una tierra muy fértil pero no está nada cultivada, hay un retraso de seiscientos o setecientos años [respecto a Barcelona]. Cáceres y su provincia es aún más pobre y más sucia. La ciudad es un pueblo, pero bastante bonito. En ningún hotel hay agua corriente, la comida es muy grasienta y picante, todo a base de chorizo extremeño».

Extremadura fue, sin duda, lo que más le cautivó de su periplo comercial. Muchos años después todavía recordaría que en uno de los viajes por aquellas tierras había ido en un vagón de tren donde había un banco dispuesto en vertical al sentido de la marcha, de cara a la ventana, para que los jornaleros pudieran dejar con más facilidad sus herramientas, las horcas y las azadas.[38] De su paso por la región le quedó el gusto, de por vida, por el gazpacho extremeño.

Después de pasar unos días en Madrid, a mediados de marzo fue a Pamplona y Vitoria, y luego a San Sebastián. Desde allí exploró las posibilidades que se abrían para el negocio en pueblos como Eibar y Elgoibar. También visitó Bilbao. Una vez vista Extremadura, lo que encontró en el norte le pareció otra cosa. Además de enviar de vez en cuando alguna carta al entrenador Ponsati, si podía iba a ver partidos de fútbol. Lluch se descubrió como un gran apasionado de este deporte y, sobre todo, del FC Barcelona.

«Aquí, en el norte, hay un ambiente favorable al Barça, la opinión general es que ganará la Liga. Dicen que el Bilbao está muy desinflado».[39] Se equivocó. Los leones se llevaron el título 1955-1956 en la última jornada, el 22 de abril, con un punto por encima de los culés. La competición terminó con Alfredo Di Stéfano como máximo goleador y Antoni Ramallets como portero menos goleado.

Cuando el trabajo se lo permitía, enviaba cartas a la familia por lo general con descripciones de su estancia. «Mi viaje sigue inmejorablemente, el tiempo es primaveral: de dieciséis a dieciocho grados. Los fríos han causado unos perjuicios enormes. Todos los pinos están quemados, aquí en el norte son una de las principales riquezas, hay miles de leñadores que viven de ellos. El mar Cantábrico está completamente calmado, parece un lago; el mes pasado destrozó varios paseos de San Sebastián y de Fuenterrabía. Estoy aprendiendo el vasco, es más difícil de lo que se pueden imaginar».

A finales de marzo, vía Logroño, fue de nuevo a Madrid. Desde allí, a mediados de abril, a Talavera de la Reina y a Salamanca, donde visitó a unos parientes. Encontró que esta última era «una población muy bonita y antigua, lástima que solo estuve dos días». También se hizo eco de un rumor que aquellos días circulaba con fuerza por la capital española a pesar de los intentos de la dictadura para tapar la cuestión.

El 29 de marzo, mientras el futuro rey Juan Carlos de dieciocho años por aquel entonces y su hermano Alfonso de quince jugaban en Estoril con una pistola, en apariencia descargada, esta se disparó. El pequeño murió en el acto de un disparo en la región frontal de la cabeza. Lluch no hacía más que repetir lo que oía. «Por aquí todo el mundo dice que el Príncipe fue el que mató a su hermano con la pistola».

Después de ir de nuevo a Extremadura, a mediados de mayo volvió a casa para pasar, a finales de mes, el examen de preuniversitario, el PREU, en el que obtuvo una calificación de apto con una lógica asistencia «dispersa» y una capacidad «regular».[40] A principios de julio volvía a estar en el País Vasco. Vitoria era «una pequeña capital deliciosa, sus calles son anchas y bien urbanizadas».

También fue a Bilbao, pero sería en San Sebastián donde se sentiría más como en casa y se prometió a sí mismo, en un pensamiento propio del adolescente que era entonces, que cuando fuera mayor se compraría un piso allí.[41] «Esta semana ha hecho un tiempo espléndido. Me he bañado cada día en la Concha. Es una playa de una arena tan fina que se pega al suelo. Cuando hay marea alta no se cabe y cuando está baja, apenas. Está más llena que la Barceloneta.»

Le maravilló el turismo de esta ciudad. «En San Sebastián hay un gentío de miedo, casi todos son madrileños». De hecho, Lluch fue a la capital guipuzcoana con cierta predisposición a que le gustara. Su madre le había dicho, aunque no había ido nunca, que era la ciudad más bonita de España.[42] Aparte de haberla visto en fotografías, bien podía ser que se lo hubiera comentado porque sabía que los reyes de España veraneaban allí.

Ernest, entonces ya un ávido lector, no perdió el tiempo durante los dos años largos que fue arriba y abajo recorriendo las Españas. En los trayectos en tren y en las horas muertas, además de una manifiesta voluntad para comprender el país como denotan sus notas, leyó muchos libros, entre ellos las obras del médico y pensador Gregorio Marañón o, incluso, el tratado La caracterología de la juventud de Fritz Künkel. A mediados de julio tuvo que ir a Castilla, a Palencia, donde coincidió con unos compañeros de atletismo, que participaban en unas pruebas clasificatorias. Después visitó Valladolid, «una ciudad de un urbanismo muy moderno».

En el ajetreo del trabajo se evidenciaron, una vez más, las diferencias de criterio con su padre. «Ahora tiene usted toda la razón, la relación enviada va mejor (de numeración de pedidos). De todos modos, puedo ver que no está contento con nada de lo que hago, lo que es francamente desmoralizador. Me he hartado de visitar clientes, he visitado en San Sebastián a varios confeccionistas, en Bilbao, en Vitoria...».

«Si he hecho algo mal —continuaba quejoso—, como con la numeración de pedidos, no ha sido por mala fe como usted deja traslucir o por presunción. Nunca encuentra bien nada de lo que hago, solo una vez me escribió: “Te felicito por el pedido”. Excepto esa vez, de la que me acuerdo muy bien, nada». La desavenencia presagiaba lo que sucedería poco después.

EL ESTUDIANTE DE ECONÓMICAS

Para que no lo destinaran lejos de casa y poder ayudar en el negocio familiar, Ernest se presentó voluntario al servicio militar. Lo alistaron en el Regimiento del 7.º de Artillería, que se ocupaba, entre otras cosas, de la vigilancia del castillo de Montjuïc. En una de las numerosas guardias que se le asignaron, aseguraba haber coincidido y conversado con Joan Comorera, detenido en 1954 tras instalarse de manera clandestina en Barcelona.[43] El exdirigente del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) moriría en 1958 en Burgos.

Sin embargo, lo más relevante de sus días de soldado no fue esta anécdota —que, aunque no debemos dudar de ella, se non è vera è ben trovata—, sino el hecho de haber coincidido como compañero con Enric Brotons. Este le explicó que combinaba la mili con los estudios universitarios de Economía porque las clases eran por la noche. Precisamente, en esta franja era cuando Ernest quedaba liberado de las tareas del servicio militar y del taller.

Lluch, que se consideraba medio de letras y medio de ciencias, se matriculó en Económicas sin una convicción específica, más allá de que era de las pocas carreras que podía cursar por razones de horario. Se enroló, claro está, a escondidas de su padre. Su hermano Enric, así como Jacinta, tuvieron un importante papel en el momento de frenar al cabeza de familia cuando se enteró de que su hijo pequeño se había matriculado en la universidad.[44]

Pero sobre todo fue determinante su hermana Montserrat, quien, con Enric distraído por los estudios de Geografía, sería la que más se iría implicando en el negocio familiar, que acabaría dirigiendo. Ernest decía de ella con admiración que, a pesar de que no había podido estudiar, parecía tener las carreras que no había cursado.[45]

Montserrat fue una persona muy importante en su vida y actuó, en ciertos momentos, como una madre. Él le estuvo siempre muy reconocido porque gracias a su trabajo y apoyo pudo utilizar las horas libres de que disponía para ir a la universidad. A la vez, ella le protegía mucho.

Los estudios de Económicas apenas estaban empezando a funcionar. El curso de 1954-1955 había sido el primero de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales —aunque la sección de Políticas solo se cursaba en Madrid— de la Universidad de Barcelona. Cada año se implementaba uno de los cinco cursos que conformaban la licenciatura. Los cuatro primeros eran comunes y el quinto se desglosaba en tres especialidades: Economía General, Economía de la Empresa y Seguros.

La actividad se llevaba a cabo en las aulas del patio de Letras del edificio histórico de la universidad y solo había un único grupo, que impartía los cursos por la tarde en las aulas que dejaban vacías los de Derecho.[46] Para empezar, la docencia se conformó a base de enviar a profesores de otras carreras. El catedrático de Economía Política y Hacienda Pública, Josep Lluís Sureda, procedente de Derecho y que impartiría Teoría Económica, tuvo un importante papel como secretario de la comisión organizadora de la nueva facultad.[47]

En Económicas, aunque no solo en esta facultad, existió un importante núcleo de catedráticos y profesores que en aquel momento insuflaron un soplo de aire fresco y contribuyeron de manera notable a los cambios que, a partir de finales de la década de los cincuenta, se produjeron en la Universidad de Barcelona. Entre ellos destacaban, además de Sureda, Manuel Sacristán, que procedía de Filosofía e impartía Lógica; Enrique Linés, que procedía de Ciencias y daba Matemáticas, y el historiador Jaume Vicens Vives, que enseñaba Historia Económica Mundial y posteriormente Historia Económica de España.

Estos y otros profesores ejercieron una notable influencia sobre los estudiantes, entre los que se contaba Ernest. Eran islas de competencia académica e intelectual en medio de la mediocridad general y abrían los ojos a sus discípulos.

La promoción de Lluch, la tercera, la Gamma, la del curso 1956-1957, era muy dinámica. Él enseguida destacó. Económicas era una carrera para progresar, para mejorar socialmente. Algunos de los matriculados procedían de carreras cortas o del profesorado mercantil. Él era mayor que el resto de su promoción y esto se evidenciaba. Era, asimismo, extrovertido, y expresaba sus opiniones a diestro y siniestro. Se notaba que tenía un bagaje más amplio que la mayoría y que había corrido más mundo —las Españas— que el resto de sus compañeros, entre los que estaban Joan Martínez Alier y Joaquim M. de Nadal.

Aquel primer curso de Ernest en la facultad fue también el de las primeras movilizaciones universitarias con un cierto eco. En noviembre de 1956 hubo una manifestación en contra de la entrada de las tropas soviéticas en Hungría, dominada por los comunistas, que derivó en una protesta contra el franquismo. El 14 de enero de 1957 tuvo lugar una huelga de tranvías después de que en diciembre se anunciara una nueva subida de tarifas en Barcelona, que no se había consumado a raíz del parón de 1951.[48]

El PSUC llamó al boicot, y los estudiantes universitarios politizados, aunque no eran muchos, se sumaron a él. En el marco de las manifestaciones, algunos de los participantes se refugiaron en el edificio histórico para huir de la policía. Eso hizo que en los días siguientes los incidentes continuaran. El rector, el zaragozano Francisco Buscarons, intentó evitar que la policía entrara en el edificio, sin éxito, y en un hecho inaudito dimitió. Las clases se suspendieron hasta nueva orden.

A principios de febrero, el gobierno franquista inició la represión contra los participantes y líderes de la breve revuelta con la aplicación del Reglamento de Disciplina Académica. Se abrieron varios expedientes, y el vicerrector cordobés Francisco García-Valdecasas pasó a actuar de facto como máxima autoridad académica.[49] Las clases se reanudaron de manera escalonada a mediados de mes, pero se mantuvo la presencia policial en los porches del rectorado.

En los días 18 y 19 de febrero se produjeron varias muestras de protesta contra las autoridades académicas. El día 21 cerca de ochocientos estudiantes se reunieron en el Paraninfo de la Universidad para constituir la Primera Asamblea Libre de Estudiantes de la Universidad de Barcelona. Se pidió la supresión del Sindicato Español Universitario (SEU), la retirada de la policía, la anulación de las sanciones académicas y multas, y la dimisión del ministro de Educación. Los asistentes fueron desalojados y la represión continuó.[50]

A la crisis económica y las huelgas, y al despertar político del movimiento obrero y catalanista, se sumaba el hecho de que la universidad iba creciendo. Ya no solo eran los hijos de las minorías privilegiadas los que podían ir a ella, sino que la base social se ampliaba. Esto, junto con el cambio de actitud de algunas figuras como las mencionadas, que pronto serían referentes intelectuales y que en algunos casos pasarían de mantener posiciones falangistas o nacionalcatolicistas a posiciones de izquierdas, produciría un fuerte impacto en el mundo académico.

La masificación de la universidad no se produciría hasta los sesenta, cuando Lluch ya no era estudiante. Mientras tanto, los centros universitarios se fueron diversificando. Ernest, sin embargo, en todo momento fue muy consciente de su extracción. La mayoría de los estudiantes no habían estudiado, como él, con una beca del Fondo de Igualdad de Oportunidades.[51]

«Siempre he visto —reconocía— que muchas de las personas con las que me relacionaba, también en la universidad, pertenecían a una familia de clase más alta que la nuestra. Yo no sabía jugar al tenis, ni al bridge... Terminamos la carrera treinta y siete: unos siete debíamos de ser de clase media y los otros treinta me parecían de clase más alta».[52]

En ese momento, en el movimiento estudiantil penetraban con fuerza las corrientes de izquierda. En el último año, en el terreno político se había hecho evidente que la evolución liberal de las instituciones del régimen no era plausible, y las nuevas generaciones de estudiantes se incorporaron a las filas más combativas de la oposición a la dictadura, con una aproximación al movimiento obrero y al marxismo.

También existía en la clandestinidad la Federació Nacional d’Estudiants de Catalunya (Federación Nacional de Estudiantes de Cataluña; FNEC), que se convirtió en una plataforma juvenil de partidos políticos integrada por estudiantes de la Unió Democràtica de Catalunya (Unión Democrática de Cataluña; UDC) y del Front Nacional de Catalunya (Frente Nacional de Cataluña; FNC), y, en un principio, también por los del Moviment Socialista de Catalunya (Movimiento Socialista de Cataluña; MSC), fundado de manera simultánea en Cataluña, Toulouse y México en 1945.

En este ambiente aparecieron algunos núcleos politizados formados por jóvenes como Max Cahner, Jordi Maluquer, Ramon Bastardes y el propio Enric Lluch. Este grupo enlazó con catalanistas que habían pasado por la universidad en la década anterior —mientras Enric cursaba el peritaje—, como Josep Benet, Alexandre Cirici, Albert Manent, Joan Triadú y otros. Algunos de ellos daban clases clandestinas en catalán, conferencias y seminarios de cultura catalana.

Unos procedían de familias franquistas y de ambientes católicos, y en la Facultad de Derecho había un grupo formado por Salvador Giner, Octavi Pellissa, Joaquim Jordà y algunos más.[53] Otros eran de tendencia comunista, como Jordi Solé Tura o Feliu Formosa, y estaban conectados con el PSUC.

Estos dos mundos, el cristiano y el marxista, se habían encontrado en octubre de 1954 en unas conferencias en el Colegio Mayor San Jorge. A partir de entonces, dichos encuentros se seguirían produciendo. Y es que, a mediados de esa década, y bajo la aparente inmovilidad de la mayoría de los estudiantes, iba cuajando un cambio de mentalidad en una generación distinta a la de aquellos que habían vivido la posguerra siendo jóvenes.[54]

Para Ernest empezaba un camino que ya no abandonaría. Como escribiría una década y pico después, «para el nacionalismo, el papel de los intelectuales es al menos tan decisivo como para el socialismo. Cuando la enseñanza superior ya no queda limitada a los hijos de las clases estrictamente dominantes o con puestos de trabajo predeterminados, las universidades pueden comenzar a suministrar unos intelectuales que tomen conciencia de su pueblo, que le “pongan cara”».[55]

A él lo detuvieron por primera vez a raíz de una concentración de estudiantes demócratas y catalanistas en Montserrat llamada «la Ruta». Benet, inspirado por la ruta de los estudiantes franceses en Chartres, lanzó la iniciativa de la Ruta Universitaria a Montserrat. La primera de la media docena que se celebraron tuvo lugar aquel 1957. Se subía desde Monistrol, pero algunos empezaban en Martorell o en Barcelona. Durante el camino se discutían los temas preparados.[56]

Lluch llevaba unos apuntes ciclostilados, y los miembros de la Brigada Político-Social los confundieron con propaganda. Pasó un par de días retenido. La segunda vez lo detuvieron por haberse encerrado en la universidad. Aún lo detendrían un par de veces más y también le abrieron un expediente como estudiante.

DELEGADO DEMOCRÁTICO DEL SEU

En la misma época en la que Lluch iniciaba la carrera, el alumnado antifranquista comenzó a cuestionar al Sindicato Español Universitario. El SEU se había creado en 1933 en Madrid pocos días después de la fundación de la Falange Española y desde el principio los estudiantes eran de base mayoritariamente falangista. Pretendía «fomentar el espíritu nacional entre los estudiantes tendiendo a la sindicación nacional única y obligatoria».[57]

A partir de 1937 el sindicato falangista pasó a ser la única organización estudiantil legal en la España de Franco. Y en los primeros años de la posguerra fue uno de los instrumentos de los falangistas para sacar adelante sus doctrinas nacionalsindicalistas. A partir de 1943, el SEU se convirtió en el sindicato universitario obligatorio y cualquier alumno, por el mero hecho de estar matriculado en la enseñanza superior, ya quedaba integrado en él.

El SEU se encargaba de la represión contra los estudiantes demócratas y llevaba a cabo tareas asistenciales y administrativas de ideología corporativa bajo los mandos del Movimiento. El ingente aparato burocrático se mantenía a partir de las cotizaciones obligatorias de los estudiantes. Vendía libros, organizaba viajes, deportes, comedores y ejercía de enlace entre los estudiantes y el decano, el rector o el Ministerio si, por ejemplo, había que resolver alguna queja.[58]

En los primeros años cincuenta el régimen franquista se había estabilizado y consolidado después de que la mayoría de los países del bloque occidental lo reconocieran en plena guerra fría. La oposición se encontraba también en horas bajas. A la universidad empezaron a llegar generaciones nacidas durante la guerra civil, como la de Lluch, o inmediatamente posteriores.

También entonces se produjeron los primeros tanteos de una política de liberalización cultural por parte del Ministerio de Educación, que posibilitaron la expresión de las ansias de democratización y de renovación política e ideológica. Los más contrarios a las posiciones del propio Ministerio de Educación, que desde febrero de 1956 dirigía Jesús Rubio García-Mina, fueron los núcleos falangistas que aún quedaban dentro del SEU.

Estos veían cómo cada vez más dicho sindicato se iba alejando del nacionalsindicalismo inicial, y que su gran estructura burocrática iba careciendo progresivamente de una doctrina u orientación ideológica que la sustentase. Eso, junto a una tímida liberalización ministerial, permitió de manera gradual que los propios estudiantes usaran las estructuras «seuistas» en beneficio propio.[59]

La incapacidad del SEU para encuadrar políticamente al alumnado, sumada a la pérdida de nervio ideológico, había acentuado el divorcio entre representantes y representados. En las universidades de Madrid y Barcelona, donde el fracaso de la política franquista de socialización juvenil era patente, la hegemonía del sindicato oficial era solo formal y se hallaba restringida a los cargos superiores, en gran manera extrauniversitarios y nombrados por las jerarquías de la Secretaría Nacional del Movimiento.[60]

Las elecciones a delegados de curso del SEU, por ejemplo, cada vez se controlaban menos políticamente. Eso favoreció que entre los elegidos se «colaran» algunos estudiantes de pensamiento liberal. La creciente presencia de grupos estudiantiles y políticos organizados, y el aumento de las actividades culturales y de la unidad de acción resultaron decisivos para utilizar las posibilidades legales ofrecidas por las propias estructuras universitarias oficiales como las del SEU.

Esto llevó a desarrollar una amplia práctica democrática de masas con la elección de delegados, reuniones de departamentos y asambleas.[61] En esta tarea los estudiantes vinculados al PSUC tuvieron un papel muy relevante. Aunque no fueron los únicos que se movieron. También el MSC —a cuyos miembros se les conocía como los «músicos», por el acrónimo, aunque a veces también se les tildaba de «socialdemócratas» en tono peyorativo— logró cierta presencia entre los estudiantes y se mostró dispuesto a infiltrarse en el SEU.

Menor fue el papel de los de universitarios encuadrados en la democracia cristiana y en el FNC que rechazaban la táctica entrista, y el de otros grupos como el denominado CC (siglas identificadas habitualmente con «Cristo y Cataluña»), fundado en 1954 por Raimon Galí, y con Xavier Muñoz y Jordi Pujol entre sus seguidores.

A partir de 1957 fue cuando el trabajo de infiltración en el SEU se convirtió en el principal instrumento de convocatoria pública y de acción de masas. De entrada, porque se acabó el proceso de desfalangización del sindicato, que ya era una carcasa vacía de contenido político con casi la única misión de controlar las reivindicaciones de los estudiantes.

También contribuyó a todo ello el retroceso de la Falange de las posiciones de gobierno con la incorporación del Opus Dei en los cambios de gobierno de febrero de aquel año. El nuevo sector tecnócrata del ejecutivo del régimen inició una liberalización económica que supuso un nuevo rumbo político con los consecuentes cambios socioeconómicos para España.

El ingreso en el SEU, sin que quienes lo hicieron pudieran ser acusados de colaboracionistas, se produjo porque con acciones previas como las del Paraninfo, el movimiento democrático estudiantil ya había plantado cara al Sindicato y demostrado su oposición. Por lo tanto, todo el mundo entendía que el entrismo era instrumental, para aprovecharse de él en beneficio del estudiante y a fin de conseguir un régimen democrático.

En julio de aquel año se anuló el carácter del SEU como sindicato de la FET y las JONS y se integró en la Delegación Nacional de Asociaciones del Movimiento. El franquismo se dio cuenta de que empecinarse en su continuismo era contraproducente porque los estudiantes no lo secundaban.

En octubre de 1958, cuando Ernest comenzaba el tercer curso, una orden gubernamental reorganizó el SEU e introdujo la creación de consejos de curso formados por diez estudiantes, a diferencia de la mera existencia de un delegado y un subdelegado, y de las cámaras de facultad compuestas por los consejeros de todos los cursos.

En las primeras elecciones salieron elegidos un buen número de estudiantes antifranquistas. Fueron muy importantes la formación de candidaturas democráticas unitarias y la campaña electoral de cada curso, el funcionamiento de los consejos y cámaras como órganos colectivos y la edición de boletines legales de facultades, muchos de ellos en catalán.

En noviembre fueron detenidos dirigentes del MSC como Joan Reventós, profesor de Economía de la Facultad de Derecho y de la de Económicas, donde lo conoció Lluch, y algunos estudiantes, trabajadores y abogados que lo impulsaban. La presencia del MSC entre los universitarios siguió viva, pero ahora de la mano de Raimon Obiols.

Obiols, que era tres años más joven que Ernest, estudiaba Geológicas. Su padre, pintor de profesión, había militado en Acció Catalana en tiempos de la República. Vivían en Sarrià, y entre sus conocidos figuraban J.V. Foix, Joaquim Folguera, Josep M. López-Picó, Marià Manent, Carles Riba y Clementina Arderiu.[62]

Por aquellas fechas Ernest conoció a Raimon en los Escolapios de Balmes, a donde los habían invitado por separado para hablar de economía y geografía. Terminada la conferencia, fueron a tomar un café a un bar de la plaza Gala Placídia, donde descubrieron sus afinidades, entre ellas su mutua prevención ante la izquierda dogmática. Aunque admiraban la labor antifranquista del PSUC, ni el uno ni el otro iban más allá.

Ernest simpatizó enseguida con los «músicos». Se sentía próximo al MSC, aunque nunca se afilió. La relación con Obiols continuó porque este a menudo iba a casa de Lluch para encontrarse con Enric, que profesaba —como haría durante toda la vida— un catalanismo progresista, pero sin militar en ningún partido.[63]

A partir de las plataformas estudiantiles que se habían ido poniendo en marcha en los últimos tres o cuatro años para mejorar la representatividad y transgredir el inmovilismo ideológico del franquismo, cabe destacar la incorporación de nuevas hornadas de universitarios hartos del discurso de la guerra como legitimación del régimen. Estas circunstancias hicieron que durante el curso 1958-1959 se formara un Comité de Coordinación Universitaria (CCU), integrado por el MSC, el PSUC y la Nova Esquerra Universitària (Nueva Izquierda Universitaria; NIU).

La Nova Esquerra Universitària era la sección universitaria de la Associació Democràtica Popular de Catalunya (Asociación Democrática Popular de Cataluña; ADPC), vinculada al socialista Frente de Liberación Popular (FLP), fundado en Madrid, con organizaciones homologables a la catalana en el ámbito universitario de toda España y que se inspiraba en experiencias revolucionarias del tercer mundo como la cubana y la argelina, y pretendía una política de alianza con el PSUC y el Partido Comunista de España (PCE).

Alfons Comín, José Ignacio Urenda y Joan Massana dirigían la ADPC, y en la NIU se integraban nombres como Isidre Molas, Pasqual Maragall, Xavier Folch, el físico Oriol Bohigas, Joaquim Sempere o Manuel Vázquez Montalbán.[64]

A finales del tercer curso, cuando tocaba celebrar el paso del ecuador —la mitad de la licenciatura—, en vez de un evento folclórico para celebrarlo como se estilaba, Ernest y su compañero Pere Vicens Rahola propusieron organizar unas conferencias de economía a las que se invitaba, sobre todo, a profesores de Madrid.

Esta iniciativa, cuya escasa acogida a priori parecía clara porque era muy poco lúdica, fue muy bien recibida. Significaba tener acceso y escuchar unas voces apenas oídas en Barcelona, y recibir nuevos aires de pensamiento, a la vez que constituía una oportunidad para saber qué se «cocía» en la capital o en otros núcleos universitarios.

El pensamiento de Lluch marcó un punto de inflexión. Nunca se había hecho algo similar en el marco del SEU. Él, por supuesto, acompañaba a los ponentes y se encargaba de presentarlos. Eso le sirvió para destacar ante sus compañeros, y también para que, por lo menos, su cara les empezara sonar a algunas figuras madrileñas.

De la propuesta de Ernest se derivarían dos consecuencias: una a corto plazo y otra a largo, que le resultarían muy útiles. Entre otras razones porque casi siempre supo sacar provecho de las personas a las que conoció a lo largo de su vida, en beneficio de su propia carrera o de las de otros.[65]

La primera consecuencia de su propuesta fue que la popularidad que ganó o redondeó con las conferencias le ayudó a salir elegido como delegado de Económicas en las segundas elecciones a cámaras de facultad, las del curso 1959-1960, en las que los grupos de oposición sindical se habían coordinado a partir del CCU.

Por aquel entonces Lluch formaba parte de un grupo de oposición y catalanista junto con Joan Martínez Alier, Xesc Moll, Jordi Petit, Santiago Ponseti y Antoni Montserrat, entre otros.[66] Muchos de sus compañeros lo consideraron el primer delegado estudiantil elegido democráticamente en Económicas.

De este modo, Lluch pasó a integrarse en la coordinadora entre facultades, denominada «Inter», que sería decisiva para orientar el trabajo sindical, académico y de sensibilización cultural, y para hacer confluir en luchas generalizadas las iniciativas que en cada uno de los ámbitos se iban abriendo paso contra las estructuras oficiales. Había, pues, una coexistencia de consejeros y delegados elegidos por los estudiantes y por los mandos del Movimiento.

En la Inter destacaron también nombres como los de Isidre Molas y Jordi Borja en Derecho, o Albert Balcells y M. Rosa Borràs en Letras.[67] Al ver que las figuras del SEU perdían las elecciones, algunas voces del Ministerio expresaron que «si los estudiantes conseguían ese método de designación de sus representantes, los productores (obreros) podrían reclamar lo mismo».

Precisamente, en ese mismo curso los delegados electos del SEU promovieron diferentes actividades académicas de carácter reivindicativo en algunas facultades y escuelas.[68] Ello sirvió para que los diversos grupos del antifranquismo consolidaran las bases unitarias del movimiento universitario.

Se expresó, por ejemplo, la solidaridad con varios líderes detenidos y se quemó La Vanguardia en el patio de la Universidad por el caso Galinsoga. Se participó en los hechos del Palau de la Música y tras la detención de Jordi Pujol, Lluch y muchos otros hicieron pintadas pidiendo la libertad con lemas emblemáticos como, por ejemplo, «Pujol Catalunya». A él incluso le detuvieron. Lo delató la pintura de las manos.[69]

PRIMERAS COLABORACIONES EN LA PRENSA: «PROMOS», «GERMINABIT» Y «SERRA D’OR»

Paralelamente a la consecución del cargo de delegado, Lluch empezó a publicar a partir de mayo de 1959 en Germinabit, donde ya colaboraba su hermano Enric, y a partir de otoño en la revista mensual de política y economía Promos. Dicha publicación ya no era la misma de su primera etapa, iniciada dos años antes, dirigida a cuadros de empresa y creada alrededor del grupo CC, sino, según su impulsor Xavier Muñoz, «un cuasi órgano de divulgación ideológica de una resistencia, plural, al franquismo».[70]

Pronto sería su director el economista Joaquim de Nadal, que reunió en el consejo de redacción a compañeros suyos, muchos de ellos miembros del Front Obrer de Catalunya (Frente Obrero de Cataluña; FOC). El FOC era el heredero de la ADPC, y sus miembros se definían como socialistas revolucionarios.

Ernest empezó a colaborar en Promos a caballo entre las dos etapas, en el momento en que languidecía la primera, pero con incidencia sobre todo en la que comenzó en 1960. Lo hizo en una sección denominada «Información extranjera», en la que analizaba cuestiones de economía de lugares tan dispares como Estados Unidos, Cuba o el Congo. Publicaba de uno a cuatro artículos por número.[71] Seguiría en Promos hasta 1965, después de escribir veinticinco colaboraciones.

En aquel tiempo Ernest constataba que «cada día se habla más de economía, y no solo en los círculos económicos y financieros, sino también en un amplio sector de la opinión pública. Se multiplican los cursos y conferencias; se amplían las secciones económicas de los periódicos y revistas, y las editoriales comienzan a lanzar series de libros de economía».[72]

No es que Lluch tuviera una relación especial con Montserrat, más allá del hecho de que su abuela Antònia —que viviría hasta los ciento tres años— fuera oblata benedictina y de que, de vez en cuando, su familia fuera allí para celebrar fiestas o conmemorar aniversarios. Tampoco se consideraba montserratino más allá de valorar que bajo el amparo del monasterio se podía mover el catalanismo y la democracia.[73] Pero por mediación de su hermano Enric entró en contacto con Ramon Bastardes, Max Cahner y Albert Manent.

El mayor de los Lluch incluso había formado parte de un grupo de estudiantes universitarios convocado por el abad Aureli Maria Escarré, en 1955, «deseoso de conocer el clima de la lucha nacionalista entre los jóvenes».[74] En el encuentro le pidieron que el monasterio, «bajo el paraguas del Concordato con la Santa Sede, lanzara una revista que acogiera a los intelectuales del país».

El proyecto se encargó a Bastardes y a Cahner. En aquellos momentos coexistían dos publicaciones patrocinadas por Montserrat, Germinabit, de los antiguos alumnos de la Escolanía —con un equipo con Ramon Bastardes y Josep Benet—, y Serra d’Or, la publicación de los trabajadores del monasterio. A finales de 1959 ambas revistas se fusionaron en la que se consideró la segunda etapa de Serra d’Or.

La revista quería «representar para nuestro pueblo al mismo tiempo una orientación de criterio netamente cristiano, aunque no clericalista, constituir un elemento de concordia, un estímulo para nuestra gente en cuanto a mantenerse fiel a los valores autóctonos, una ayuda a los escritores catalanes y a sus editores, y un fomento de la propia cultura».

Pronto se convirtió en una plataforma para los intelectuales catalanes dentro de las posibilidades de activismo cultural que se podían desarrollar en el marco de la censura franquista. Fue, además, la primera revista de difusión general en catalán tras la guerra civil.

Ernest echó mano de los conocidos de Enric, sin que ello significara que su hermano lo «enchufara» en ninguna parte. Y es que esto último habría ido en contra de sus principios, que eran de una ortodoxia extrema. El hermano pequeño empezó a colaborar en Serra d’Or en el número de marzo-abril de 1960 con un «Informe sobre la ley de la reforma agraria cubana», que era un refrito de un artículo publicado en Promos aquel mismo mes y que fue criticado por un sacerdote residente en Cuba por los elogios a Fidel Castro.[75]

Ya no dejaría de colaborar en la revista, con más o menos intensidad, a lo largo de toda su vida. Llegó a publicar, sobre todo en los primeros quince años, alrededor de ciento veinte textos entre reportajes, entrevistas, artículos de opinión, y análisis y reseñas bibliográficas.

Principalmente Lluch enfocó sus textos en las siguientes temáticas: el pensamiento económico, en que analizaba el pensamiento de destacados economistas, el modelo económico socialista y la evolución del capitalismo; las políticas públicas, en las que se centraba en el urbanismo, y el regionalismo económico, para tratar la problemática de las regiones económicas que no eran estados. También escribió sobre la economía catalana, abordando aspectos económicos vinculados al turismo, la agricultura o la demografía en diferentes lugares de Cataluña; acerca del desarrollo económico de Valencia; sobre la burguesía y el capitalismo financiero en Cataluña, incluyendo estudios sobre la ideología y el comportamiento económico de las clases altas catalanas según la perspectiva histórica, y acerca de cuestiones literarias y lingüísticas o universitarias.[76]

Además de los Lluch —directores de la sección de Geografía y Economía—, en aquellos momentos el consejo de redacción estaba formado por Josep Benet y Jaume Casajoana, Jordi Carbonell, Albert Manent, Joan Triadú, Agustí Duran i Sanpere, Alexandre Cirici-Pellicer, Oriol Bohigas, Josep Soler, Miquel Porter y Miquel Xancó, con Cahner y Bastardes como jefes de redacción. Hasta finales del verano de 1961 no empezarían a cobrar algo por su trabajo.[77]

La incursión, y no poca, en publicaciones con un cierto eco como Promos y Serra d’Or sirvió a Lluch para que su firma fuera conocida en la prensa de la época y en un determinado ambiente catalanista, de izquierdas —aunque no exclusivamente— y antifranquista. Sus artículos pronto se convirtieron no solo en una necesaria ventana de análisis de la realidad económica catalana, sino también mundial a partir de una visión local, propia, y de apertura hacia las influencias extranjeras de corrientes y pensadores. En resumen, el lector podía beneficiarse de la curiosidad de Ernest y de su voluntad de plantear enfoques nuevos en los temas más dispares.

LA ESTAPÉ «CONNECTION»

Para la carrera académica de Lluch, resultó trascendental la entrada de un nombre en su vida: el de Fabián Estapé. Ambos se conocieron a raíz de una conferencia que el entonces catedrático de Economía y Hacienda Pública de la Universidad de Zaragoza impartió en el marco de las charlas que Ernest organizó con motivo del paso del ecuador de su curso en la Universidad de Barcelona.[78]

En la charla, Estapé habló de la magnífica biblioteca que albergaba la universidad de la que procedía, mejor surtida, aseguró, que la de Barcelona. Ernest y un compañero suyo, Salvador Condominas, se desplazaron a la capital aragonesa para comprobarlo. Este afán por conocer y su curiosidad sorprendió al académico, que era catorce años mayor que Lluch.[79]

Poco después de aquel encuentro, en octubre de 1960, Estapé tomó posesión de la cátedra de Política Económica de la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona. Se encargó de los tres últimos cursos, tercero, cuarto y quinto, el que entonces Ernest se disponía a comenzar. En este último curso 1960-1961, entre las tres especializaciones que se podían escoger Lluch optó por Economía general.

La relación entre Estapé y Lluch fue fruto de un amor a primera vista. Un amor con altibajos, como todos, pero que el alumno supo llevar, por propio interés y porque admiró al profesor hasta el final de su vida. Una relación que muchos otros fueron incapaces de mantener. Algo que no era nada raro, ya que decir que el carácter de Estapé era complicado es quedarse muy corto. Al mantenimiento de su relación también ayudó el que durante toda la vida Ernest respetó la jerarquía universitaria.[80]

Estapé, que en más de una ocasión sintió celos de su discípulo, le correspondió y siempre le consideró su mejor alumno y el de más ambición académica de los más de treinta y cuatro mil que, según sus cálculos, había tenido.[81] Enseguida quedó fascinado por un estudiante que entonces ya era una de las cabezas visibles de la inquietud política universitaria y el líder en rendimiento académico del curso. Un muchacho al que, según el catedrático, «siempre le sobró una elegancia natural que sorprendía —no siempre— a propios y extraños».[82]

Lluch transmitía todos los cotilleos, lo que le generó algunas enemistades o prevenciones.[83] Tenía un barniz de autoridad y al mismo tiempo un punto de inteligencia relacional que le permitía mantener un equilibrio en el trato con los compañeros y en las actuaciones que se llevaban a cabo. Pero sobre todo, y sin exagerar, era un alumno ávido de conocimientos como pocos. Además, ya empezaba a tener claro que quería dedicarse a la historia del pensamiento económico, uno de los campos de conocimiento y de interés de Estapé.[84] Por si fuera poco, cuando estudiaba a algún personaje quería conocer su vertiente personal, sus intimidades. Hecho que compartía con Fabián.[85] La conexión estaba servida.

El catedrático abrió un seminario de Política Económica al que, además de Ernest, se apuntaron Condominas, Josep Jané Solà, Jacint Ros Hombravella, Marcel·lí Costafreda, Pere Vicens Rahola, Joan Martínez Alier, Milagros García Crespo y otros.[86] Dado su tamaño más reducido, en los seminarios era más fácil destacar, o que un profesor se fijara en algún alumno, que en una clase de un centenar dentro de una facultad de un millar de estudiantes.

Y si, además, algún día había que vigilar a los alumnos de los primeros cursos, los mayores que se prestaban a hacerlo, como Ernest, ya eran vistos como alguien cercano al profesor. Era fácil diferenciarse y hacerse visible, lo que hizo de Lluch un «chuleta», simpático y muy popular. Hasta el punto de que en el Festival de la Canción de Derecho, dedicado a reírse del profesorado, los alumnos le dedicaron una composición por el hecho de ser delegado y tener un punto autoritario cuando ejercía de ayudante.[87]

Según otro de sus profesores, Jordi Nadal, que lo había tenido en primero y segundo, «era uno de esos alumnos de los que te acuerdas, al que encontrabas para todo. No era ni el más estudioso, ni el más brillante, era el chico que tenía las antenas más largas, que estaba pendiente de todo, que se interesaba por todo. Era de una inquietud fuera de lo común».

Nadal reconocía haber tenido estudiantes más brillantes y aplicados, «pero más inquietos que él ninguno, nunca».[88] También entonces, con su compañero Brotons, el que le había dado la idea de enrolarse en Económicas, Ernest publicó un par de volúmenes de ejercicios de teoría económica que terminaron de conferirle la pátina de alumno aventajado.[89]

Asimismo, Estapé fue importante para Lluch en el marco de la teoría política. El catedrático —que había conocido a Joan Reventós en el seminario de Historia del Derecho del catedrático Luis García de Valdeavellano, una autoridad en la historia de las instituciones—, introdujo en España a través de su seminario y sus clases lo que entonces se conocía como el «socialismo de cátedra».[90]

Había una serie pensadores que explicaban a nivel teórico las condiciones necesarias para que el sistema socialista democrático fuera posible a pesar de las pocas experiencias existentes. Entre estos académicos estaba el economista austriaco Joseph A. Schumpeter con su Capitalismo, socialismo y democracia.[91] Esta obra, publicada en Londres en 1942, constituía la cumbre de la producción de este profesor y fundador de la escuela de Viena, además de militante socialcristiano, ministro de Finanzas de Austria tras el Tratado de Versalles y banquero emigrado a Estados Unidos en 1935.

En su libro, Schumpeter primero homenajeaba el pensamiento de Karl Marx a pesar de estar lejos de compartir sus análisis. El teórico consideraba ineludible la descomposición del sistema capitalista, no por sus contradicciones internas, como decía el fundador del socialismo, sino porque sus éxitos lo condenarían y harían inevitable el surgimiento del socialismo.

El austriaco consideraba que las democracias liberales evolucionaban desde un capitalismo liberal hacia una democracia socialista, a través del desarrollo de instituciones de autogestión de los trabajadores, de la democracia industrial y de instituciones reguladoras de la actividad económica.[92]

En 1950, Estapé escribió el artículo «El profesor Schumpeter y el porvenir del sistema económico» en la por aquel entonces prestigiosa revista de economía Moneda y Crédito.[93] A partir de ahí, y de la traducción de la obra del austriaco al castellano y de su lectura en inglés y francés, el socialismo de cátedra se convirtió en una conversación recurrente en los círculos no solo del seminario de Política económica, sino también de los ambientes políticos socialistas como el MSC y su entorno.

En el ámbito del partido capitaneado por Obiols se debatía sobre esta teoría y en él se reunían jóvenes como Lluch y algunos de sus compañeros de facultad, más jóvenes, como Eugeni Giral o Josep Maria Carreras, quienes, aunque no formaran parte de esta organización, se sentían cercanos a ella.

SECRETARIO DEL CÍRCULO DE ECONOMÍA

Además del ámbito teórico y estrictamente académico, la conexión con Estapé pronto produciría unos frutos tangibles para Lluch. Gracias a aquel, Lluch se convirtió en el primer secretario del Círculo de Economía a principios de la década de los sesenta. El catedrático asesoraba a un grupo de jóvenes burgueses en la concreción de esta entidad, que debía completar la formación que les proporcionaban los estudios superiores y la práctica profesional en las empresas familiares.

El proyecto había surgido una década antes en una conversación entre el empresario y economista —con estudios de peritaje en la Escuela Industrial— Joan Mas Cantí y Carlos Ferrer Salat. Este último había cursado estudios de Comercio, y, como su familia tenía empresas químicas, había estudiado Ingeniería Química en el IQS (Instituto Químico de Sarrià). Asimismo, era licenciado en Filosofía y Letras y en Ciencias Económicas.[94]

Como el régimen solo permitía registrar asociaciones deportivas, Mas y Ferrer bautizaron su proyecto con el nombre de Club Comodín de Ajedrez. Su finalidad, sin embargo, no era la que constaba de manera oficial. Al principio, el Club se instaló en un local de la calle Laforja y después en su inmueble definitivo, en la Diagonal esquina con Tuset. Los que ya formaban parte de él elegían a aquellos que querían que se les unieran, y así sucesivamente. La financiación corría a cargo de los socios.

Al Comodín se invitaba a personas a dar conferencias y en él se organizaban conciertos y obras de teatro. El historiador Jaume Vicens Vives fue capital en la concreción del Club. El catedrático pensaba que tras la derrota de la guerra civil había que volver a enderezar la sociedad, y que esta tarea debía estar liderada por una nueva burguesía industrial emprendedora, moderna y europea.

Ferrer Salat contactó con Vicens Vives para que los orientara en sus lecturas y reflexiones, y enseguida este último estableció un contacto semanal con Ferrer y sus amigos —Mas Cantí, Carlos Güell de Sentmenat, Guillermo Casanovas, Artur Suqué, Joan Albert Valls y otros—. En aquellas tertulias el historiador insistió mucho en que la burguesía industrial, capital en el siglo XIX como motor del desarrollo económico, tenía que serlo de nuevo.

La relación con Vicens Vives facilitó que aquellos muchachos entraran en contacto con profesores universitarios e intelectuales como Josep Benet; el político, periodista y sobre todo catedrático de Historia contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid Jesús Pabón; el catedrático de Historia de la Filosofía española Rafael Calvo Serer, miembro destacado del Opus Dei opuesto al franquismo y miembro del consejo privado de don Juan; el filósofo y ensayista Josep Ferrater Mora cuando viajaba desde Estados Unidos; el político y escritor Maurici Serrahima; el historiador y divulgador del cine Miquel Porter Moix, y muchos otros.

Lluch había tenido a Vicens Vives como profesor en la facultad, donde impartía Historia económica de España.[95] De él recordaba que entraba en la clase «con paso firme y aire sobrado. Le acompañaban Frederic Rahola y Jordi Nadal. A veces Josep Fontana... El pelo blanco, acaso con luminex. Un micrófono pendiente de un magnetófono que grababa su futuro Manual de historia económica de España, en colaboración con Nadal, te hacía sentir protagonista de cómo se fabrica un libro que haría época [y que se publicó en 1959]. La economía de la calle, entraba, por primera vez, en el aula».

«Arrancaba con el tema preparado durante unos veinte minutos con un ritmo de locomotora. De improviso distendía el ambiente con una anécdota trivial... de la que nos volvía a tirar hacia la sólida argumentación. Dibujaba bien con el yeso asaltando la pizarra hasta acabar unos segundos veinte minutos, al final de los cuales resumía lo que había dicho y lo que diría. El anochecer sumía ya la plaza de la Universitat y esperábamos que pasado mañana llegara», constataba Lluch admirado.[96]

Ernest recordaba que Vicens Vives «no tenía aspecto de rata de biblioteca» y que «empezaba siempre con un hecho corriente que tuviese raíces históricas». «Él estudiaba y lo mostraba». Consideraba, además, que tenía tanta aura porque había escrito libros innovadores y bien titulados. Fue una figura insustituible. También, sin duda, por la transformación del Comodín en un proyecto serio.

A medida que los jóvenes burgueses asesorados por Jaume Vicens Vives pasaron a ocupar responsabilidades en las empresas familiares o de amigos, se optó por dejar atrás el aire estudiantil del Club y darle otro más británico. En los años cincuenta no se podía fundar una asociación que tuviera como objetivo hacer política, pero la economía era un foco de atención cada vez más importante e implicaba una transversalidad que permitía tocar temas muy vinculados con aquella.

Se trataba de crear un espacio para conversar mediante coloquios y encuentros. Sin embargo, había quien quería que dicho espacio fuera recreativo y quien prefería que fuera más formativo. Entre sus integrantes, quienes querían limitarse al aspecto lúdico terminaron afiliándose sobre todo al Círculo Ecuestre, y los segundos transformaron el Comodín, aunque muchos pertenecían a ambos.[97]

A finales de la década de los cincuenta, el Comodín pasó a llamarse Círculo de Economía, aunque no estuviera registrado como tal. El Círculo, pues, se fundó propiamente en la fase de transición entre la autarquía económica y el plan de Estabilización de 1959, que sentaba las bases del inicio de la liberalización económica y del desarrollismo.[98]

En el Círculo estaban representadas tanto la vieja burguesía como la burguesía emprendedora. Las actividades se centraban en conferencias a cargo de personalidades que permitieran el diálogo entre la empresa privada, la universidad y el sector público. Naturalmente, siempre autorizadas de manera previa por el Gobierno Civil.

Sin embargo, en junio de 1960, Vicens Vives, la figura central sin la que la entidad no se habría fundado en los términos en que lo hizo, murió de cáncer. Tenía solo cincuenta años.

A medida que el Círculo, ya sin su mejor guía, fue ampliando el número de asistentes, el perfil de la institución se fue haciendo más heterogéneo —dentro de ciertos límites— y empezaron a asistir economistas procedentes de la universidad y de la empresa, así como técnicos de la Administración. Eso permitió que Casanovas presentara a Estapé, primero aún en Zaragoza, al resto del grupo. El catedrático pronto pasó a ejercer como asesor económico del Círculo.

Tras unos primeros meses sin tener uno, se escogió a Ferrer Salat como primer presidente de la nueva etapa. La transformación del club de amigos en un proyecto serio hizo que pronto la junta necesitara un secretario. Fue entonces cuando Estapé le propuso a Ferrer Salat el nombre de Lluch para ocupar este puesto.[99]

Más adelante el cargo se transformaría en el de secretario general. Así fue como Ernest entró en contacto con un mundo de conocimientos a los que no habría tenido acceso de ninguna otra manera, con aquellos a quienes llamaba los «jóvenes patronos» y también con sus invitados.[100]

Por el Círculo pasaron Joan Sardà, entonces director del Servicio de Estudios del Banco de España; Enrique Fuentes Quintana; José Luis Sampedro; Manuel Jiménez de Parga; Josep Lluís Sureda; Josep Vilarasau; Jordi Nadal; Manuel Sacristán, y muchos más.[101] Algunos de estos nombres habían participado en las conferencias que Lluch había organizado con ocasión del paso del ecuador de la licenciatura. Esta era, precisamente, la segunda consecuencia derivada de dicha acción: su nombre ya no era el de un desconocido en ese nuevo ámbito que se escapaba del estricto mundo estudiantil.

Posteriormente, a mediados de mayo de 1961 se organizó la primera reunión Costa Brava con el título «Problemática del desarrollo económico español». En ella se pretendía poner en relación a técnicos de la Administración, profesores universitarios, empresarios y economistas preocupados por la modernización económica y social del país. Ello hizo que jóvenes de las aulas de Económicas asistieran a las conferencias coloquios del Círculo. En 1962, Ernest pasaría a ser al mismo tiempo vocal de la junta del Círculo, hasta que en abril de 1964 Fortunato Frías lo sustituyó como secretario general.

EL OTRO LLUCH

Estapé, que era muy dado a mofarse de quien quería, inventó la expresión l’honest i l’Ernest («honesto y Ernesto»), que pronto se popularizó y casi pasó a considerarse apócrifa en el submundo universitario. Era un juego de palabras que remitía a la obra de teatro de Oscar Wilde The importance of being Earnest («La importancia de ser Honesto»);[*] la pieza, una crítica a las convenciones sociales de la época victoriana, llevaba por subtítulo A trivial comedy for serious people («Una comedia trivial para gente seria») y se representó por primera vez en Londres en 1895.

Aunque se podía suponer que en la burlesca referencia de Estapé a los hermanos Lluch había un fondo de verdad, lo único cierto era que desde las múltiples similitudes entre ellos —por ejemplo, era imposible averiguar cuál de los dos había escrito un texto porque su letra era idéntica— dibujaba de manera clara el carácter tan dispar de ambos.

Enric era muy inteligente y sabía expresarse. Habiendo asistido en la posguerra a los cursos de los Estudios Universitarios Catalanes, en los que tuvo como maestros a los historiadores Ferran Soldevila y Jordi Rubió, en la Universidad de Barcelona, donde se decantó por los estudios de Geografía, fue discípulo de Manuel Riu y del propio Vicens Vives.

Ambos hermanos se profesaban veneración y eran, en cierto modo, vasos comunicantes. Para Ernest, Enric era como un espejo, sobre todo en sus años de formación. Lo consideraba un sabio. Lo era todo para él, lo respetaba mucho y copió su forma de trabajar. Enric era muy dado a enviar por correo recortes de prensa con informaciones a los corresponsales a quienes consideraba que les podrían interesar. Ernest siguió este método y entre ambos la correspondencia fue constante, aunque vivieran en la misma ciudad.

Tanto el uno como el otro cada día echaban cartas en el buzón. Ernest ni siquiera esperaba a salir de casa para hacerlo, sino que iba de inmediato, una vez preparadas. También enviaba postales, fuera o no de viaje, con papelitos pegados o bien escritas a lápiz para que se pudieran aprovechar y no se estropearan.

Cuando ya no vivían juntos, Ernest iba a verlo, pero no a hablar de cuestiones familiares, sino de cualquier otro tema. Enric no se podía considerar su maestro, más allá del ascendiente de hermano mayor, pero con los años se iría convirtiendo en un sparring de lo que hacía, un oráculo cuya orientación podía pedir y con quien contrastar sus propias decisiones.

El hermano mayor constituía una especie de control moral de comportamiento del pequeño. Aunque después Ernest acabara haciendo lo que le pareciera, y a pesar de que a menudo discutiera con él porque la relación no siempre era idílica. Discutir con Enric no era fácil, no todo el mundo se atrevía a hacerlo porque imponía. Tenía las ideas muy claras. Era diplomático, pero costaba hacerle cambiar de parecer. Era más ortodoxo y radical en su pensamiento que Ernest, más moderado.

En cambio, en el ámbito académico, aunque ambos eran muy curiosos, el mayor era más prudente, y, si no conseguía la perfección, consideraba que no tenía sentido publicar algo. Enric era tímido, introvertido, no le gustaba hacerse notar. Hasta cierto punto algunos le consideraban un excéntrico, capaz de salir en anorak y alpargatas, o de ir por casa con alpargatas, camisa, corbata y en bañador.

Ernest, en cambio, a pesar de tener un cierto complejo de inculto comparado con su hermano, no daba tanta importancia a este factor, ni era de lejos tan meticuloso. Era más atrevido, quería divulgar ideas aunque se le pudiera cuestionar.[102] Era curioso, tenía mucha memoria y quería que se supiera. No soportaba estar en algún sitio y saber menos de un tema —fuera cual fuera este— que alguna otra persona.

Le gustaba ser protagonista y ser, o parecer, muy cercano. Era de los que cuando iba por la calle, si lo paraban, se paraba. Su carácter tranquilo era una influencia de su madre, y le gustaba ser educado y que se notara. En cambio, no le gustaba que se blasfemara. Aseguraba que era de «la liga de las buenas palabras». A Enric no le preocupaba el dinero; a Ernest le preocupaba más, sobre todo en lo referente a no gastarlo.

El hermano menor, como su madre, era —moderadamente— creyente, aunque no practicaba. «Creo en una cierta cosa», aseguraba, que no sabía definir más allá de reconocer que sobre todo le había influido el humanismo cristiano. «Si fuera creyente sería jansenista», remarcaba.[103] En una línea similar, en cierto modo Enric había llegado a sus posicionamientos de izquierdas tras la lectura del Evangelio.

Enric no era nada futbolero, decía que los que iban a los partidos eran como borregos. Por eso, las pocas veces en las que había acompañado a su hermano a ver al Barça, lo hacía salir de su casa, en Vallcarca, cuando empezaba el partido y llegaban solo para ver un trozo. Su padre era socio del club.

El hermano mayor había ido un año a Liverpool en 1958 a efectuar una estancia de lector de lengua catalana. Hacia el curso de 1960 se sumó al proyecto del Colegio Costa i Llobera, catalán, laico, ubicado en Sarrià, y fundado por los pedagogos Pere Darder y Pau López. En él se impartían clases desde parvulario hasta bachillerato. Ernest llegó a dar algunas clases. Enric también estuvo vinculado con la Escuela de Maestros Rosa Sensat.

A lo largo de su carrera de profesor, Enric dejó muchos discípulos y siempre solía ir rodeado de chicas, las llamadas Lluch girls. Ernest, en cambio, solía tener un séquito de muchachos más jóvenes.[104] Para Pasqual Maragall, por ejemplo, que lo conoció en Económicas y que era seis años menor, era un «maestro amigo», alguien de quien, siendo un compañero, se aprendía. Pero sobre todo en aquel tiempo era un líder universitario.[105]

LA CULMINACIÓN DE LA CARRERA DE ECONÓMICAS

La década de los sesenta sería la del boom universitario. En 1961 había casi nueve mil estudiantes en la Universidad de Barcelona y en 1968 habría cerca de dieciocho mil. No se acabaría con el clasismo, pero el ingreso de hijos de capas medias contribuyó a que en el mundo universitario entrara una tradición familiar catalanista, republicana y liberal, como la de Lluch, partidaria de un modelo económico europeo occidental frente a la propuesta del régimen franquista. Este hecho, al mismo tiempo, dinamizaría aún más la oposición en este frente.[106]

Los días 25 y 26 de marzo de 1961 se iba a celebrar en París la Conferencia de los Países de la Europa Occidental por la amnistía en España, convocada por un amplio abanico de fuerzas políticas e intelectuales para hacer un llamamiento a las embajadas de Madrid, a juristas, a la ONU, al Papa —a quien en casa de los Lluch siempre se referían como el «Santo Padre»— y a los gobiernos europeos a fin de obtener la amnistía para los presos y exiliados políticos, así como la supresión de las diversas medidas represivas, entre otras cosas. También hubo adhesiones en el Estado.

En la Universidad de Barcelona, se adhirieron a esta iniciativa las facultades de Letras, Derecho y Económicas. También se hicieron pintadas, y se desplegaron y pegaron carteles. La reacción de la universidad no se hizo esperar. Se suspendieron las actividades de las cámaras de la facultad donde se había discutido el tema y se expedientó a sus miembros. Al igual que ocurrió con los representantes de Letras y de Derecho, Lluch fue destituido como delegado de Económicas. Como respuesta, las facultades hicieron huelga durante todo el mes de abril.[107]

El empuje democrático de base que experimentaba el SEU hizo que se sustituyera al jefe nacional del sindicato, Jesús Aparicio-Bernal, por Rodolfo Martín Villa, que más adelante sería gobernador civil de Barcelona, ministro y vicepresidente de Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo. Incluso se aceptó la elección democrática de delegados de facultad, algo que en la práctica ya se había hecho el año anterior, aunque el Movimiento se reservaba el nombramiento de altos cargos y otras atribuciones. No era poca cosa.

El trabajo de oposición dentro del SEU crecía, y los grupos coordinados en la Inter llegaron a casi todas las facultades y escuelas superiores del distrito universitario barcelonés. Al darse cuenta de su éxito, los estudiantes quisieron ir más lejos. Consideraron que había llegado el momento de sustituir el SEU por una plataforma sindical, independiente de los grupos políticos.

En este sentido, la Inter hizo una declaración de principios opuesta al SEU. La lucha contra el régimen, por medio del combate en el marco del sindicato, tendría un coste muy elevado para Ernest. Aunque en aquel tiempo no pudiera esperarlo, en pocos años su vida se desviaría por completo de lo que entonces proyectaba.

En septiembre de aquel 1961, Lluch se licenció en Ciencias Políticas Económicas y Comerciales, sección de Económicas y Comerciales, con sobresaliente y premio extraordinario de una carrera en la que, además de las influencias de Estapé y Vicens Vives, reconocía las de los profesores José Ramón Lasuen, adjunto de la cátedra de Teoría Económica, y de Enrique Linés en Matemáticas.

A pesar de la alta calificación, como estudiante había destacado básicamente en las materias que le interesaban. No había seguido la carrera con una hoja académica impoluta. En el primer curso había obtenido una matrícula de honor en Historia Económica Mundial y notables en Teoría Económica 1, Sociología y Metodología y Derecho Civil. En cambio, había suspendido Análisis.

El curso siguiente repetiría la matrícula en Historia Económica de España, pero suspendió Estructura e Introducción a la Economía y también, por dos veces, Formación Política. En tercero obtuvo un excelente en Teoría Económica 2 y finalmente aprobó Formación Política. En cuarto obtendría una matrícula en Política Económica, pero suspendió dos veces Derecho Administrativo.

En el último curso había sobresalido en Política Económica, Sistemas Fiscal Español y Comparado, y Sistema Español Comparado, y obtendría un notable en Historia de las Doctrinas Económicas. Sin duda, fue el tirón que dio en quinto lo que le valió la calificación final en la carrera. En el resto de las materias, combinó los aprobados y los notables.[108]

TRIAS FARGAS Y LA ECONOMÍA REGIONAL

Una vez licenciado, en febrero de 1962, Ernest experimentó la alegría de ver publicado el número monográfico de la revista del Ministerio de Comercio, Información Comercial Española, sobre la economía catalana a cuya creación había contribuido. En 1959, la revista había inaugurado una nueva etapa bajo la dirección de Enrique Fuentes Quintana, director del Servicio de Estudios Económicos del Ministerio, dedicando el primer monográfico de una región española a Cataluña. El número, que tendría una repercusión notable en su ámbito, se tituló «Noticia económica de Cataluña», en referencia a la obra Noticia de Cataluña, de Vicens Vives.

Los artículos del monográfico eran fruto de la labor que en el último curso habían llevado a cabo los participantes del seminario de Estapé, en donde habían analizado el primer e importante libro que en otoño de 1960 la Sociedad de Estudios y Publicaciones (SEP) había editado a Ramon Trias Fargas, La balanza de pagos interior. Estudio relativo a la provincia de Barcelona.[109] Incluso habían encontrado errores en los cálculos que había hecho sobre la balanza comercial de 1944-1945, y en la balanza de pagos interior para 1955, que había efectuado con un cálculo metodológico innovador.

Ramon Trias Fargas, hijo del médico Antoni Trias, en 1961 acababa de conseguir la cátedra de Economía Política y Hacienda Pública en la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia. Hacía pocos años que había vuelto de su exilio familiar en Suiza y Colombia con un doctorado en Derecho en Bogotá y una licenciatura en Economía en la Universidad de Chicago. De nuevo en Barcelona, cuando aún no había cumplido la treintena, se asentó en dicha ciudad a comienzos de los años cincuenta, primero como profesor adjunto de Economía en la Facultad de Derecho.

Desde mediados de esa década, Trias Fargas se hallaba vinculado al Banco Urquijo, una entidad vasco-madrileña. En junio de 1956 publicó en Moneda y Crédito. Esta revista mensual, con una década a sus espaldas, pretendía presentar las últimas tendencias en los estudios económicos y constituirse en el altavoz de una economía abierta en el contexto de la autarquía franquista.

Sus directores, Agustín Viñuales y Julio Tejero, también estaban vinculados al Urquijo. Franco consideraba que estos círculos eran como una quinta columna. La revista publicaba trabajos de los mejores economistas del país. Trias Fargas presentó en ella «El espacio en el análisis económico», en el que explicaba que formaba parte de un estudio que pretendía determinar la balanza de pagos interregional española. Amparó el estudio la SEP, fundada a partir del acuerdo entre el Urquijo y una de sus filiales, la Compañía Financiera y Mercantil.

El artículo situó a Trias al frente de la divulgación de la economía regional en España. La idea de introducir el espacio en la economía la había iniciado, apenas comenzada la década de 1950, el norteamericano Walter Isard, que solo dos años antes, en 1954, había fundado la Regional Science Association. En el mundo académico se conocía como «ciencia regional» la aplicación de la variable espacio en los modelos económicos.

En Cataluña, la principal motivación consistía en estudiar la economía catalana con su propia entidad y compararla con unidades similares. Eso, que con el tiempo resultó ser una obviedad, en la España franquista había que hacerlo con un cierto disimulo porque era una osadía. No era tan sencillo explicar que, con datos desagregados, se podía hacer economía catalana y balanzas de pagos.

Entrar en estos cálculos era toda una revolución. Hasta entonces no había datos, ni tampoco se había prestado atención a los que no correspondían a España en su conjunto. No era extraño, sin embargo, que Lluch y el resto de los estudiantes del seminario de Política Económica se sintieran atraídos por el trabajo de Trias Fargas. Como decía Estapé, los alumnos más interesantes eran los más politizados porque querían trasladar lo que se explicaba en la facultad a la estructura del país.[110] Y, precisamente, eso es lo que permitía la economía regional.

Lluch participó en el monográfico «Noticia económica de Cataluña» con un artículo escrito junto con Jordi Petit Fontserè, que se licenció aquel año, sobre «La industria corcho-taponera».[111] Ernest también firmó «La balanza comercial interior de Cataluña» con Núria Bozzo, Martí Capdevila, Antoni Casahuga, Manuel Esteve, Jordi Estrada, Clemente Martínez del Campo y Guillem Sànchez Juliachs.[112]

El estudio presentaba una tabla de outputs y una balanza comercial de Cataluña correspondiente a 1957. Los autores, además, repasaban la tradición temática que provenía del siglo XIX y en las conclusiones se determinaba que el intercambio era ventajoso para la economía catalana. Además, se detectaba que las exportaciones de las industrias mecánicas habían desplazado a las del sector textil. También se exponía la necesidad de analizar otras sub-balanzas de la balanza de pagos y criticaba la falta de información estadística.

Ese mismo febrero de 1962, Ernest publicó su primer artículo sobre economía en Destino, donde colaboró de manera esporádica.[113] Continuó, además, escribiendo artículos relacionados con la economía regional.[114] Incluso intentó concebir todas las políticas de la desaparecida Mancomunidad de Cataluña en términos de regionalismo económico, y justificar que el ente se hubiera endeudado para asegurar unos servicios públicos nuevos sin contar con el traspaso correspondiente de impuestos.[115]

Entretanto, aquel mismo año se quebró el periodo de calma que se había vivido entre 1959 y 1961 impuesto en el mundo del trabajo por la dureza de las primeras consecuencias en el plan de Estabilización y en la universidad por la consolidación interna de nuevas organizaciones. El Comité de Coordinación Universitaria promovió una campaña de agitación para reclamar las libertades nacionales y culturales de Cataluña, las libertades políticas democráticas, la democratización del sindicato universitario, la amnistía de presos y exiliados, etcétera.[116]

En primavera, los estudiantes de la Universidad de Barcelona se movilizaron en solidaridad con las huelgas de trabajadores que tenían lugar en Asturias. Un grupo de afiliados al PSUC fueron detenidos, entre ellos la futura historiadora Anna Sallés y su pareja, el escritor Manuel Vázquez Montalbán, al que la policía golpeó en la cabeza en el patio de Letras hasta dejarlo ensangrentado.

Tras pasar por los interrogatorios de los hermanos Creix en la temida comisaría de Via Laietana, fueron llevados a la cárcel. Vázquez Montalbán y otros, como Salvador Clotas o el compañero de seminario Martí Capdevila, fueron trasladados a la cárcel de Lleida, donde estuvieron más de medio año. A pesar de estar muy ajetreado, Lluch fue algún domingo a visitarlos. Y eso no lo hacía todo el mundo.[117]

El día de San Jorge nació Edicions 62, el proyecto impulsado por Cahner y Bastardes, con Nosaltres, els valencians («Nosotros, los valencianos») de Joan Fuster, que para Lluch era «una mezcla perfecta de historia, literatura, política y cultura, pero también de economía, lo que todavía me admiraba más».[118] De entrada, la editorial se centraba en el ensayo y en libros sobre la cultura popular catalana, y tenía su sede en la Gran Via de les Corts Catalanes, pero pronto se convertiría en una editorial generalista.

En su proceso de creación, los dos directores conectaron con varios intelectuales para concretar la orientación de la nueva empresa. Intervinieron algunos como el mismo Fuster, Joaquim Molas, Alexandre Cirici-Pellicer y Josep Benet, pero también con los hermanos Lluch.

Ernest fue el que tuvo la idea de que la primera colección se llamara Llibres a l’Abast («Libros al alcance»), en la que apareció el libro, que se convertiría en mítico, del intelectual de Sueca. De este modo pasó a ser asesor no retribuido de la editorial, que a la larga le publicaría una buena parte de sus trabajos.

Aquel verano, cinco años después de haber tenido la idea de la necesidad de crearlo, Trias Fargas fue nombrado director del Servicio de Estudios del Banco Urquijo en Barcelona.[119] Dicho servicio enseguida adquirió una gran influencia, además de ser un motor de la economía catalana y de formación de economistas, vinculado al mundo cultural e intelectual barcelonés. Juan Lladó era el presidente del Banco Urquijo, mientras que el financiero y político mallorquín Félix Escalas Chamení estaba al frente del patronato del Servicio de Estudios. También formaban parte, entre otros, Pere Duran Farell, Carlos Ferrer Salat y Fabián Estapé.

La conexión con el catedrático, la labor del Círculo de Economía y el hecho de haber participado en el estudio «La balanza comercial interior de Cataluña» propiciaron que Lluch entrara en contacto con Trias Fargas. Este le dio trabajo en el Servicio de Estudios, el primer trabajo «decente» que tuvo y que podía compaginar con el de secretario de la junta del Círculo. Tenía veinticinco años.

En septiembre de aquel 1962 firmó con el propio Trias Fargas la comunicación «Balance of payments studies for the Region of Catalonia», que presentaron en el coloquio de la Asociación de Ciencia Regional celebrado en Zúrich.[120] Se trataba de un análisis sobre las diferentes balanzas comerciales de Cataluña con el resto del Estado desde el siglo XIX en adelante.

Esa incursión en la economía regional también influiría en los artículos que publicaba en Promos. Hasta entonces se habían centrado en el ámbito internacional, pero a partir de ese momento sus artículos pasarían a abordar temas de economía catalana y española, desde las balanzas de pagos hasta cuestiones relacionadas con la vivienda. Aunque en esa etapa sus colaboraciones fueron espaciándose.[121]

PARÍS Y LOS PAPELES

A finales de octubre de 1962, Lluch se trasladó unos meses a París con una beca en la École Pratique des Hautes Études. Fue para estudiar Comercio Internacional con Jean Weiller, un estudioso de las balanzas de pagos; Estadística Económica con André Piettre, autor de obras sobre el marxismo y el capitalismo, e historia económica y agraria con una de las máximas autoridades en historia de Cataluña y de España, Pierre Vilar.[122]

Durante su estancia investigó sobre la economía y los economistas españoles con el objetivo de presentar un artículo en el Journal des Économistes. El trabajo solo se publicó de manera parcial, pero al volver amplió las prospecciones de la búsqueda para obtener una visión general del pensamiento económico de España entre 1800 y 1860. Esta etapa fue decisiva para su futura dedicación a la historia del pensamiento económico.

Este primer estudio y la influencia de Estapé fueron la causa de que escogiera como tema de su tesis doctoral el pensamiento económico del grupo de Gilbert Guillaumin, fundador del Journal des Économistes, y su influencia en la España de la segunda mitad del XIX. A pesar de las dificultades para abrirse camino de manera inmediata, por aquel tiempo ya tenía clara la idea de dedicarse a la carrera universitaria. El proyecto de la tesis, sin embargo, acabaría por cambiar.

A principios de 1963, y tras volver de París, se enroló como ayudante de las clases prácticas de Estapé sobre Política Económica. Era, por lo tanto, un profesor no numerario (PNN, o, coloquialmente, «penene») con un sueldo que por fuerza tenía que compaginar con otras actividades.[123] No solo su interés, sino también esta necesidad pecuniaria, fueron la causa de que entonces se volcara en una vorágine tanto de trabajo como de publicación de artículos, monografías, traducciones y libros, que ya no abandonaría.

Se trataba, además, de hacerse un nombre, de engrosar el currículum, porque, tal como repetía: «Es igual un asno que un sabio ágrafo», y de conseguir apoyo si no quería verse obligado a volver al taller familiar.[124] Detrás de esta manera de sentir ya había una inclinación a convertir el estudio en lucha cultural y en acción política, incidiendo en la vida intelectual del país, porque, como insistía a menudo, «hay que causar impresión».[125]

Se implicó en múltiples proyectos. La mayoría de ellos —pero no solo— estaban relacionados con la economía, que era su know-how. No se podía permitir ser remilgado. Era un pluriempleado. A través de su trabajo Lluch tomaba conciencia de los cambios fundamentales que se producían en la economía catalana de los años sesenta.[126]

Participó en la redacción de textos sobre economía española, demografía, vivienda y turismo para El libro del año de 1962 y 1963, que publicaba la editorial Alcides. Allí coincidió con el poeta Joan Oliver; con el químico y reorganizador de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en el interior, Heribert Barrera, uno de los académicos más influyentes en los estudios de literatura catalana y primer catedrático de Lengua y Literatura catalana de la Universidad Autónoma de Barcelona; con el escritor y editor Joaquim Molas, y con el poeta Francesc Vallverdú, entonces secretario de redacción de la revista trimestral Nous Horitzons del PSUC.

Uno de los artículos más interesantes de este proyecto fue «El núcleo de desarrollo económico de Tarragona», en el que contemplaba una posibilidad de crecimiento de una gran ciudad alejada de Barcelona, gracias a múltiples factores: la localización de muchas nuevas industrias en la zona industrial, la influencia del turismo, el crecimiento extraordinario de la avicultura reusense, la nueva especialización en la fruta del valle del Ebro y el aumento del tráfico del puerto de Tarragona.[127]

Lluch utilizaba plumilla y apuntaba sus ideas de manera muy pausada, en papeles casi transparentes. Después enganchaba las notas en la habitación o en el despacho, y finalmente las reunía en el orden que le parecía más conveniente para construir el discurso que quería.[128] Al margen del trabajo, también tenía tiempo para hacer alguna incursión en la poesía. Por ejemplo, en octubre de 1963 escribió un poema titulado «Sota un cel ben clar amb un sol ben fort» («Bajo un cielo bien claro con un sol bien fuerte»):

Amb el dubte / de que si hagués sigut, hagués estat / i si fos seria / en la llisa i plana llenca / pensó / mentre mans nues s’entrecreuen en jocs d’amor i de foc / I a dintre meu / l’esperança de l’esperat / i que no és segurament el que viu en mi ara, aquí, / sota un cel ben clar amb un sol ben fort. / Aire penjat, mans movents, paraules no plenes / mentre els papers relligats jeuen al costat / mostrant el camí / a seguir a poc a poc per mi / per a mi i els altres / mentre que nido una falsejada o certa esperança / dintre meu pel viarany marí / a seguir / a poc a poc, per mi / per a mi i els altres / un lent viarany / sota un cel ben clar amb un sol ben fort.[*][129]

A los veintiséis años se enfrentaba a una realidad que «si hubiera sido, habría sido», y tenía la esperanza de hacer cosas a partir de unos papeles encuadernados que le indicaban el camino a seguir, el cual aunque entendía que sería lento y difícil, tenía que recorrer, por él mismo y por los demás. Fue entonces cuando, en uno de sus viajes de prospección sobre el terreno en el Empordà para continuar con el estudio de la industria taponera, que había iniciado un par de años antes, en una sobremesa en casa de un pequeño fabricante de corcho de Palafrugell, conoció a Dolors Bramon.

Ella era cinco años más joven y pertenecía a una familia de veterinarios de Banyoles. Fue un amor a primera vista. Unos meses después se reencontraron por casualidad cuando ambos buscaban un taxi en la plaza Lesseps. Lo compartieron, y empezó su relación. Por aquel entonces, Dolors estaba dedicada al estudio de la Licenciatura en Filosofía y Letras, sección de Filología Semítica, en la Universidad de Barcelona.[130]

Mientras tanto, Lluch iniciaba la preparación de su tesis bajo la dirección de Estapé. Tras descartar el proyecto inicial centrado en el Journal des Économistes, se decantaría por la estructura del pensamiento económico sobre el que se había basado la Revolución de 1868 y que había determinado la aparición de una economía liberal en España.

Su intención era la de centrar la tesis en Laureano Figuerola Ballester (1816-1903), ministro de Hacienda desde septiembre de 1868 hasta junio de 1869 y desde noviembre de 1869 hasta diciembre de 1870, creador de la peseta en 1868 y de la reforma arancelaria de 1869 que dio origen, a pesar de su carácter moderado, a un importante revuelo entre los industriales catalanes.

Lluch quería investigar el pensamiento económico de la Revolución de 1868 hasta 1874 en el conjunto de España. Empezó animado, reuniendo documentación y fuentes, hasta que, para su sorpresa y disgusto, desistió al ver que los papeles más importantes que necesitaría se habían quemado en un incendio del Ministerio de Hacienda.

Eso hizo que, de nuevo, cambiara el objeto de estudio y decidiera centrarse en el pensamiento económico catalán entre 1760 y 1840 con la sospecha de que los antecedentes teóricos del frente proteccionista opuesto a la eclosión liberal de 1868 procedían de muchos años antes.[131] Como para lo que en un principio quería hacer ya se encontraba inmerso en el tema del librecambismo y el proteccionismo, se decantó por continuar la tarea emprendida, pero retrocediendo en el tiempo.[132]

DIVULGADOR DE LA ECONOMÍA

En noviembre de 1963 Lluch pasó a asumir un destacado papel como divulgador de la economía en Cataluña. «¡Esto lo podríamos publicar!», decía siempre. Lo hizo a través de la editorial Oikos-Tau, a la que estaría vinculado hasta 1988. Su propietario era Jordi Garcia Bosch, amigo de infancia de Enric en Vilassar de Mar. Desde una pequeña imprenta, Garcia se proponía iniciar varias colecciones de libros destinados al mundo de la universidad y las escuelas técnicas.

Su padre, Pepet Garcia, era un empresario de artes gráficas. Los hermanos Lluch enseguida se implicaron en el proyecto. Su misión consistió en aportar contactos y conocimientos del mundo intelectual para sacarlo adelante. En un primer momento, la editorial se llamaba Ediciones de Occidente, pero como había una revista homónima, Ernest propuso el nuevo nombre.[133]

Durante su existencia, la editorial impulsó la publicación de más de un millar de libros. El primer volumen fue Cómo estudiar, en 1964, en la colección Tau de Ciencia y Cultura. Durante muchos años los volúmenes de Oikos-Tau estuvieron presentes en las universidades españolas y del mundo sudamericano. Cada ámbito del conocimiento tenía su encargado. Enric Lluch de Ciencias Sociales y Geografía, Ernest de Economía y Management, Paco Izquierdo de Publicidad y Marketing, y Juan Gostínchar de Agronomía, entre otros.[134]

A partir de entonces y de este proyecto, Lluch pudo desarrollar una de sus primeras ambiciones: incidir en la sociedad a través de las ideas, por medio de la promoción y divulgación de pensadores de la economía. En Oikos-Tau impulsó la publicación de las obras de importantes economistas del siglo XX, más de cien títulos, dentro de la colección de libros de Oikos Economía que él dirigía.

A través de la editorial, ejerció como introductor de nuevas corrientes y de libros, herramientas básicas para la teoría económica, la política económica y el cálculo macroeconómico. Su sueldo consistía en el cinco por ciento de cada libro vendido de los que hubiera propuesto.[135]

En 1964, publicó Síntesis de la evolución de la ciencia económica y sus métodos, de Joseph A. Schumpeter, con prólogo de Estapé, y Schumpeter, científico social, de su discípulo Seymour Harris en 1965. En 1966 también tradujo la obra Ensayos, de Schumpeter, con Joaquim Silvestre y Jordi Planas.

Lluch, influido por su director de tesis, estudió las obras del austriaco, de John Kenneth Galbraith y de Albert O. Hirschman. Con este bagaje teórico comenzó a construir su pensamiento. Ernest creía que el socialismo no tenía que ser incompatible con la economía de mercado, y que, por encima de todo, debía basarse en una sociedad democrática. No le gustaban las expresiones del tipo «democracia burguesa» o «democracia proletaria»; consideraba que la democracia lo era a secas, sin adjetivos.[136]

Definía a Schumpeter como «un raro economista que con el conjunto de su obra ha construido un esquema de interpretación general de la vida económica y social». Había realizado esta labor entre 1912 y 1950 y, además, había dedicado una atención extraordinaria a la historia del pensamiento económico «aplicando a partes iguales su formación teórica y su fabulosa erudición».

Ernest lamentaba que a sus colegas y al público en general no les preocupasen los problemas que planteaba este académico, como el desarrollo económico y la historia del análisis económico, que les parecían demasiado teóricos, y que, en cambio, les preocupara más —o solo— la coyuntura económica del momento.[137]

Asimismo, trabajó con los también economistas Josep M. Bricall, Josep M. Vegara y Alfons Barceló, uno de los primeros introductores de las corrientes neorricardianas, con autores como Piero Sraffa, del que en 1966 hizo publicar Producción de mercancías por medio de mercancías y Preludio a una crítica de la teoría económica.[138]

La obra de Sraffa, amigo de Antonio Gramsci, que tuvo que marcharse al Reino Unido huyendo de Mussolini, representaba la liquidación de la teoría subjetivista del valor de los autores neoclásicos y marginalistas. Para Lluch, este profesor de Cambridge —adonde acudió invitado por John Maynard Keynes— era «el economista más importante del siglo XX», incluso por delante del propio Keynes y de Schumpeter, maestro de Fabián Estapé.

La teoría de Sraffa se basa en la producción, y analiza cómo se produce un excedente dentro del ciclo de esta. Para el italiano, el problema de la distribución era una cuestión fundamental. También resolvió un problema que Marx dejó sin concluir: el de la transformación de los valores en precios.[139] A lo largo de su trayectoria, Lluch escribió numerosos artículos haciendo referencia a los trabajos de Sraffa.[140]

También en Oikos-Tau se encargó de la publicación de El capital en la teoría de la distribución, de Pierangelo Garegnani. El autor criticaba la teoría marginalista de la distribución y era el albacea literario de Sraffa. Su aportación representaba una síntesis entre las posiciones clásica y marxista sobre el valor de la distribución, reformulada por Sraffa y por él mismo, y la teoría de la demanda efectiva de John Maynard Keynes.

En varias ocasiones, Lluch explicaría y utilizaría las teorías de Keynes, Robinson, Michał Kalecki o Maurice Dobb, y, en general, el pensamiento de los autores de la llamada Escuela de Cambridge. Reconocía la importancia de Keynes, el cual había formulado una teoría que, sin menospreciar el funcionamiento de un mercado libre, hacía intervenir al Estado en caso de desequilibrios, a fin de conseguir estabilidad y cohesión sociales.

En cambio, era crítico con la macroeconomía clásica, con el monetarismo de Milton Friedman y con los economistas de la nueva escuela clásica, como Robert Lucas y Robert Sargent, para quienes la estabilidad de la demanda agregada era básica y los precios se ajustaban con rapidez. También estaba en desacuerdo con la escuela de los ciclos económicos reales, liderada por Edward Prescott, de la Universidad de Minnesota, o con las fracasadas teorías sobre las expectativas racionales, de John Muth, Robert Lucas y Robert Barro.

Asimismo, en 1966 hizo publicar un libro fundamental de Paolo Sylos Labini, Oligopolio y progreso técnico,[141] un autor básico para entender la competencia oligopolística o el papel que desempeña el progreso de la técnica como factor endógeno del desarrollo.[142] Sylos Labini se suma a la crítica de Sraffa contra la teoría marshalliana de la formación de los precios, plantea un modelo cíclico y elabora un análisis sobre el comportamiento de los oligopolios, sobre cómo se determinan los precios y acerca del papel que el progreso técnico desempeña en ello, y sobre cómo se distribuyen los frutos del progreso técnico.[143]

Las publicaciones definían cuál era el pensamiento de Lluch y hacia dónde se orientaba. Para él, las teorías de Sraffa y Sylos Labini, pese a no ser hegemónicas ante el peso de los enfoques neoclásicos, habían supuesto un factor decisivo de renovación porque planteaban la distribución del excedente entre las diferentes clases sociales, y ponían el énfasis en el tiempo histórico, a la vez que proponían una nueva teoría de la producción ligada a la técnica.

También a partir de mediados de los sesenta, y hasta el final de la década, se encargó de publicar autores radicales y heterodoxos como Michio Morishima y George Catephores, o Los costes del desarrollo económico, de Edward J. Mishan, que plantea el problema de los costes sociales que generan las empresas en el proceso de producción y que deben ser absorbidos y soportados por la colectividad. Y, por tanto, por agentes externos a los que los provocan, los denominados costes sociales.

Asimismo, Ernest tuvo interés en publicar autores que contribuyen a mejorar las técnicas de análisis económico, como Renta nacional, contabilidad social y modelos económicos, de Richard y Giovanna Stone, y Hacia una economía mundial, de Jan Tinbergen, o libros de E.S. Kirschen.

ECONOMÍA Y URBANISMO

En paralelo a su intensa dedicación a Oikos-Tau, Lluch continuó con los artículos en Serra d’Or. En el ejercicio de su labor en el marco del consejo de redacción, a finales de agosto de 1964 escribió a Ferran Soldevila para encargarle la preparación de una visión crítica conjunta de la obra Cataluña en la España moderna, que Pierre Vilar había publicado en tres volúmenes en París dos años antes y que a partir de ese año se publicaría en catalán en cuatro volúmenes en Barcelona. En la visión de conjunto debían participar Josep Benet, Enric Lluch, Ferran Soldevila, Jordi Nadal, Emili Giralt, Josep Fontana y Fabián Estapé con artículos de tres a cuatro páginas.[144]

En el marco de sus múltiples tareas de aquellos momentos también escribió el apéndice «La població catalana» con uno de sus compañeros economistas que colaboraban con él, Eugeni Giral, para la traducción catalana, publicada por Edicions 62 en 1964, del libro de Alfred Sauvy La población. Asimismo tradujo con Jordi Petit La economía del siglo xx, de François Perroux, que ese mismo año editó Ariel, bajo la dirección de Joan Reventós.[145]

En medio de su creciente perfil de pluriempleado y con la mirada puesta en su deseo de casarse con Dolors Bramon, Lluch comenzó a colaborar con despachos de arquitectos como encargado de los aspectos económicos de las planificaciones urbanísticas. No era extraño que le surgiera trabajo por ese lado.

A comienzos de la década de los sesenta, el estudio de las relaciones entre la economía y el territorio —que habían introducido en el ámbito español autores como Romà Perpiñà Grau o Manuel de Torres y, posteriormente, José Luis Sampedro y el propio Ramon Trias Fargas— experimentó un gran auge en Cataluña.

En aquellos años en el pensamiento económico se desarrollaron propuestas tendentes a incorporar la variable espacio en los modelos vigentes, derivadas principalmente de la teoría de la localización, desarrollada antes por los geógrafos. El interés creciente hizo que desde el urbanismo se reclamara la intervención de los economistas y que muchos proyectos incluyeran dicho perfil.

Lluch formó parte de un equipo, liderado por el arquitecto Lluís Cantallops, que colaboró en algunos proyectos de ordenación urbanística. Asimismo, escribió artículos sobre cuestiones urbanísticas, algo que nunca dejaría de hacer.[146] Elaboró informes para la empresa Dorsch-Germann, una consultora sobre autopistas, en relación con el tramo Barcelona-La Junquera, y también aprovechó la información para escribir artículos.[147]

Ernest mantenía, además, contactos con profesionales de la arquitectura, como Oriol Bohigas, con quien coincidía en Serra d’Or. Y también, naturalmente, en Geografía por mediación de su hermano, e incluso cuando era delegado de curso había invitado a hablar en la Facultad al profesor de urbanismo Manuel Ribas Piera. No era por casualidad. Estapé y Ribas habían establecido una buena sintonía entre sus respectivos departamentos.[148]

El interés por el urbanismo y por el campo profesional que este abría hizo que Lluch asistiera a jornadas sobre urbanismo organizadas por el Colegio de Arquitectos. Así, poco a poco fue profundizando en la economía urbana y del territorio, dedicando una buena parte de su actividad profesional durante los primeros años tras su licenciatura.

Estos contactos con arquitectos y urbanistas lo llevaron a formar parte, a partir de aquel 1964, del equipo de la revisión del Plan Comarcal de Barcelona de 1953. Lluch ya había colaborado como estudiante en la memoria que en 1959 se había publicado sobre el Plan de la provincia de Barcelona y que no se aprobaría hasta 1963. Para efectuar la revisión del Plan Comarcal se creó un grupo pluridisciplinario con arquitectos, ingenieros, abogados, economistas y sociólogos.

En la etapa que se iniciaba se dedicaron muchos esfuerzos para justificar la organización del área metropolitana y para delimitar dicha área. El equipo en el que trabajaba Ernest Lluch utilizó criterios de espacio por habitante y unas proyecciones de población para la delimitación, y el espacio pasó de 478 km2 a 3.297 km2, y de los 28 municipios iniciales a 136.

En paralelo, y vinculado al seminario de Política Económica de Estapé, Lluch coordinó una investigación que debía concretarse en la obra Estructura econòmica de Catalunya, en la que también intervenían Condominas, Josep Jané y Jordi Petit. La obra quedó inconclusa, pero parte de la labor realizada se aprovechó para un trabajo que Trias Fargas publicaría, el año siguiente, en el Servicio de Estudios del Banco Urquijo como Estructura de la base económica de Cataluña y en el que colaborarían otros autores.[149]

Asimismo, junto con el historiador de su misma promoción, y que se convertiría en el principal especialista de la historia agraria contemporánea en España, Ramon Garrabou, escribió el apéndice «Notes sobre el desenvolupament de l’economia del Principat de Catalunya (1750-1964)», en la edición catalana del libro Història de l’economia moderna de G.D.M. Cole que publicó Edicions 62.

A Ernest, estas primeras tareas le sirvieron sobre todo para conocer Cataluña, para poner en práctica la parte teórica que había aprendido en la facultad, y para trabajar en la interdisciplinariedad y hacer nuevas amistades. Fue un tiempo no solo de un rendimiento intelectual y pecuniario interesante, sino también una buena base para cuando años más tarde ejerciera como diputado, puesto que podría presentarse como alguien que ya conocía el terreno, y que, en cualquier caso, disponía de las herramientas necesarias para seguir haciéndolo, si convenía, y sobre todo para entenderlo.

A su padre todo esto le interesaba más bien poco, ya que él habría preferido que su hijo menor hubiera continuado en el taller. Es imposible saber si más adelante habría cambiado de opinión, ya que Enric Lluch Casas murió en marzo de 1965. Nunca habían mantenido una relación estrecha, y en los años siguientes Ernest casi nunca habló de ello. Al margen de otras cuestiones familiares, pesaban las dificultades interpuestas para poder estudiar y seguir un camino que no pasara por el taller.

Por pocos meses, el progenitor no estuvo a tiempo de asistir a la boda de su hijo con Dolors Bramon en la parroquia de Porqueres, en la comarca del Pla de l’Estany. La ceremonia se celebró el viernes 1 de octubre. Como aquel era el Día del Caudillo —en aquella fecha de 1936, en Burgos, se había investido a Franco con poderes de jefe de estado— cada año era día festivo y resultaba sencillo reunir a los invitados.

Para contrarrestar la nube franquista sobre la fecha de su boda, en una boutade, Lluch alegaba que se había casado ese día porque el 1 de octubre de 1949, después de entrar en Pekín, Mao Zedong había proclamado la República Popular China.[150] La pareja fue a vivir a Vallcarca con Jacinta, la madre de Lluch. Él, pues, no se movió de su casa.

Casi dos meses después, entre los días 26 y 28 de noviembre, Ernest participó en Toledo en el segundo de los coloquios entre Cataluña y Castilla. El objetivo de dichos coloquios era la creación de un clima de entendimiento entre intelectuales catalanes y castellanos al amparo del Congreso por la Libertad de la Cultura.

Entre otros, asistieron el filólogo y lingüista Antoni Badia i Margarit, Pedro Laín —el médico, químico y escritor que con Dionisio Ridruejo representaba el espíritu más liberal de la Falange—, el académico gallego Domingo García Sabell, el abogado y escritor Maurici Serrahima, Joan Reventós, Enrique Tierno Galván, Marià Manent y el periodista Vicent Ventura, una figura que muy pronto sería clave en la vida de Lluch. También estaba previsto que asistiera el intelectual Joan Fuster, pero no lo hizo.

Ernest presentó una ponencia sobre organización económica; de hecho, estaba previsto que esta presentación la hiciera Joan Sardà, que tampoco asistió. Para la mayoría, pues, él era simplemente «un muchacho». Pero su nombre se les quedó grabado, a algunos con estupefacción, cuando, con el atrevimiento que da la juventud, dejó caer, como fruto del conocimiento adquirido en el estudio de la economía regional, un planteamiento todavía muy osado para aquella época.

«Resulta —dijo— que de Cataluña sale el veinticinco por ciento de la recaudación del Estado y que, pagados todos los gastos que pueden ser considerados de carácter general —enumerados con un criterio muy generoso—, de lo que queda, en proporción, Cataluña recibe un cuarenta y cinco por ciento de lo que ha pagado. Por tanto, no puede disponer de unos servicios adecuados para la complicación y complejidad de su vida económica y social —la que le permite pagar aquel veinticinco por ciento—: el Estado vive —esto lo digo yo [sic]— a nuestra costa...».[151]

Huelga decir que su ponencia fue la que más impactó. Y decir eso no era cualquier cosa. Serrahima lo recogió así: «Estuvo realmente magnífico: sereno, sobrio, intencionado, viéndolos venir y respondiendo sin perder nunca el nivel y, cuando era necesario, con un cierto aire amablemente irónico. ¡De primera! La verdad es que, hasta los que más se opusieron a algunas de las afirmaciones básicas —quiero decir, historicopolíticas—, como [el historiador y ensayista valenciano] José Antonio Maravall, terminaron dejándose convencer por la soltura con la que les respondió».[152]

Tres meses después de su espléndida intervención —que, como se verá, tendría unas positivas consecuencias para él—, en febrero de 1966, se presentó el llamado Plan Director del Área Metropolitana de Barcelona. Ello generó un conflicto entre sus instituciones promotoras. Pero el trabajo era demasiado extenso, tres volúmenes con un total de seiscientas páginas, además de veinte más dedicadas a la información del área. El resultado: el Plan se guardó en un armario, y el personal, Lluch entre ellos, fue despedido.

Los argumentos para la suspensión adujeron la amplia extensión del área, la gran importancia de la futura aplicación del Plan, la necesidad de una autoridad con medios suficientes para controlar su aplicación y el obligado aumento de las inversiones públicas en la zona. Algunas voces, como la del propio Lluch o la de Oriol Bohigas, se quejaron públicamente por dicha suspensión, pero sin éxito.[153] El recién casado debería buscar remuneración en otras partes.

AUSENTE EN LA CAPUCHINADA

En la primavera de 1965, las osadas acciones de los universitarios lograron una proeza: el régimen disolvió el SEU, lo que significaba que el Gobierno franquista reconocía el desprestigio e inutilidad de esta herramienta de afiliación masiva y obligatoria. Era una medida completamente excepcional. Como alternativa, se crearían las también obligatorias Asociaciones Profesionales de Estudiantes (APE), con un resultado pésimo.

Los estudiantes barceloneses querían fundar un sindicato libre, democrático y alternativo, y plantearon la creación del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB). El impulso surgió del trabajo previo realizado por el Comité de Coordinación Universitaria. Su asamblea constituyente, en la que se debían aprobar la declaración de principios y los estatutos del sindicato, tuvo lugar el 9 de marzo de 1966 en el convento de los Padres Capuchinos de Sarrià. Se buscaba así la protección jurídica fruto de los acuerdos suscritos entre el régimen franquista y la Iglesia católica.

Lo que se pretendía era crear una unitaria organización estudiantil de masas que superara ampliamente el número de personas movilizadas por el activismo universitario, integradas en los grupos o partidos. El PSUC fue, en gran medida, la fuerza movilizadora.[154]

Para apoyar a los cerca de quinientos representantes de los estudiantes —se reunieron consejeros y delegados de curso, y observadores de los cursos de preuniversitario de algunos institutos y escuelas—, al acto asistieron una treintena de profesores e intelectuales —como Jordi Rubió i Balaguer, Enric Lluch, entonces también profesor no numerario, Obiols, Solé Tura, Xavier Folch, Carlos Barral, Oriol Bohigas, Maria Aurèlia Capmany, Salvador Espriu y Ricard Salvat, entre otros—, media docena de periodistas y un par de sacerdotes.[155]

Una vez descubiertos, la policía, a las órdenes del comisario Antonio Juan Creix, sitió el convento. Precisamente cuando Ernest llegaba con su esposa, que era la que conducía el coche, se encontraron con el despliegue policial y se dieron la vuelta.

Según la versión de Estapé, él había quedado con Lluch y Condominas para ir juntos, pero de camino le habían comunicado que algunos catedráticos —entre ellos, Sureda, Jiménez de Parga y Antoni Badia i Margarit, además de dos estudiantes— se reunirían antes en el despacho particular del también catedrático Ramon Trias Fargas, en la rambla de Catalunya, para redactar una carta de apoyo a los estudiantes (que al final sería interceptada). Ernest y Salvador le habrían estado esperando más de una hora en el bar de enfrente, pero cuando vieron que llegaba la policía y rodeaba el convento, se fueron.

Esta versión no parece tan plausible como la de Bramon, de entrada porque no está nada claro que los catedráticos, aparte de prestar apoyo moral, tuvieran previsto asistir al acto. En todo caso, Ernest llegó tarde a la asamblea, y eso le permitió ver a los hombres de Creix rodeando el convento. Este fue el motivo de que no resultara encausado.[156]

En un primer momento se aconsejó abandonar el edificio, pero debido al miedo a las represalias y al hecho de que la policía quería identificar a los asistentes, la reunión se convirtió en un encierro. Durante los tres días de bloqueo, los estudiantes recibieron el apoyo de diversas entidades culturales y profesionales, de algunos eclesiásticos, y de diversos personajes del mundo cultural. El 11 de marzo, el comisario franquista ordenó entrar en el convento de manera violenta.

El resultado de lo que pasaría a conocerse como la «Capuchinada» fue la detención de la mayoría de los reunidos y la posterior imposición de sanciones económicas. A Enric Lluch le impusieron una multa de 25.000 pesetas. A otros, como Jordi Rubió i Balaguer, Antoni Tàpies o Barral, de 200.000; a Pere Quart de 150.000; a Espriu, Solé Tura o el profesor Manuel Sacristán —que había evolucionado desde el falangismo para convertirse en un intelectual de referencia del PSUC— de 100.000, y a Xavier Folch de 55.000.[157]

Ante esa situación, varios componentes de las fuerzas políticas de oposición, como Joan Reventós del MSC interior, Antoni Gutiérrez Díaz del PSUC y Jordi Carbonell, decidieron que había que hacer algo. En un encuentro posterior se sumarían Joan Armet; Joan Cornudella (hijo), del FNC; Joan Ballester, de Estat Català (Estado Catalán); Pere Portabella, Josep M. Castellet y el propio Ernest.

La defensa jurídica de los encerrados se encargó a Josep Benet y a Agustí de Semir. Benet, en su vertiente de agitador, también tuvo un papel relevante en lo que respecta a difundir lo que había ocurrido. Por su casa pasaron estudiantes, intelectuales y gente de partido para organizar la solidaridad con los detenidos y centralizar la información.

A partir del lunes 14 de marzo el lugar de las reuniones se alternaría entre el despacho de Salvador Casanovas y la casa de Ernest.[158] Las iniciativas en favor de los encausados por la constitución del SDEUB cristalizaron en una serie de reuniones semanales formales de un grupo de antifranquistas, de entrada a título personal y no como representantes de partidos —aunque la intención era ir en esa dirección—, que darían origen a la plataforma denominada Taula Rodona (Mesa Redonda). Con el tiempo, de esta iniciativa surgirían otras propuestas, como la Comisión Coordinadora de Fuerzas Políticas de Cataluña (CCFPC), en febrero de 1968.

Fue precisamente la incorporación del MSC de Reventós a la Mesa —que reunió por primera vez a socialistas, comunistas, nacionalistas y democristianos— la que propició su escisión con el MSC del exilio, dirigido por Josep Pallach, un anticomunista acérrimo debido a su experiencia durante la guerra civil y su procedencia del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). La ruptura del MSC y la radicalización de los grupúsculos socialistas que albergaba propiciarían que el PSUC tuviera un papel más relevante que el socialismo en los últimos años del franquismo.[159]

El día 23, Lluch firmó una carta junto con Benet, Carbonell, Josep M. Castellet y Marià Manent para pedir la solidaridad de los intelectuales españoles demócratas:

Los recientes acontecimientos en Barcelona están desencadenando una fuerte reacción en la prensa de Madrid y provincias de típico corte «anticatalán»; se trata de una reacción que era previsible, pero no por ello menos molesta para quienes creemos que nada es tan peligroso —para todos— como volver a atizar los rescoldos de la vieja y mal planteada querella del «separatismo catalán».

Y proseguía:

... por otra parte —y esto es lo más doloroso—, esa reacción de los servicios de propaganda del Régimen y de elementos afines se produce, como es natural, en las actuales circunstancias, sin que las voces amigas puedan tratar, públicamente, esos acontecimientos con ánimo de comprensión o de solidaridad. Precisamente, en estos días se ha notado muy especialmente en Barcelona, las ausencias de esas voces amigas que, desde el centro o la periferia de España, en otras circunstancias se hubieran unido públicamente —con todos los matices que se quiera— a la lucha que creemos común.

Finalmente se añadía:

... algunas cartas asiladas recibidas previamente, no han hecho sino más evidente la falta de adhesión colectiva. Este hecho ha sido amplia y desfavorablemente comentado; casi diríamos que nos ha sido «reprochado» a quienes, desde siempre, mantenemos un diálogo cordial con todos ustedes.[160]

Ernest también fue a París con Maria Aurèlia Capmany y el estudiante Pere Comas en un viaje relámpago organizado por los estudiantes de la Unión Nacional de Estudiantes Franceses (UNEF), para explicar el significado de la Capuchinada. En la rueda de prensa estaba la RTV francesa, y también asistieron exiliados como Francesc Vicens, Jordi Sales y Jordi Borja. De hecho, Capmany no estaba convencida de que nadie hubiera visto la rueda de prensa. Lo que más les preocupaba era que al llegar al Prat los detuvieran. Pero no lo hicieron.[161]

CARTA INESPERADA DESDE SUECA

A las puertas del San Juan de 1966, cuando los efectos de la Capuchinada todavía estaban muy vivos, Lluch recibió una carta desde Sueca. «Resulta —expresaba su autor— que unos representantes del capitalismo local (tendencialmente monopolista, dicho sea de paso) tienen la pretensión de confeccionar un libro gordo y serio sobre eso que llaman “la economía valenciana”: el Banco de Valencia, quiere llamarse el Banco Central, quiere llamarse —a escala doméstica— el señor Villalonga».[162]

Se trataba de Joan Fuster, el intelectual valenciano, escritor, agitador, abogado, que entonces tenía cuarenta y cuatro años, y con el que había estado a punto de coincidir en Toledo. «La idea me parece muy razonable y digna de apoyo, ya que se trata de un papel —dos o tres volúmenes— meramente “descriptivo”. No hay precedentes de ello en este rincón del mundo. Por tanto: “Hágase el milagro, hágalo el diablo”».

Estaba claro que la participación en los estudios de economía regional y muy probablemente su intervención en los Coloquios en los que estaba presente Ventura —intelectual y periodista de Castellón de la Plana, que entonces tenía cuarenta y dos años— habían dado sus frutos. Ernest se había ganado un cierto prestigio, a pesar de su juventud, de savoir faire. Fuster y Ventura mantenían, ya entonces, una relación constante.

«Bien, los representantes en cuestión han venido a mí y a mis amigos —proseguía el de Sueca— con la esperanza de que podamos sacarles las castañas del fuego. Nuestra incompetencia es absolutamente clara pero hemos accedido a intervenir como “consejeros”. Hemos estudiado la manera de obviar nuestra falta de competencia y para ello hemos pensado en ti. Parece que tienes fama de chico listo y de experto en la materia (si no en la variante “valenciana”, al menos en general). ¿Podríamos ponerlo a prueba?».

Fuster le ofreció ir unos días a Valencia para hablar del esquema del libro proyectado. Le pagarían viajes y estancia, y algún dinero complementario. «¡Pero no te hagas ilusiones! La experiencia muestra que el capitalista indígena no se distingue por su generosidad», recalcaba aquel hombre tan agudo. El trabajo no era incompatible con cualquier otro que tuviera entre manos, y eso interesaba a Ernest especialmente.

No era del todo un contacto a ciegas aunque lo pareciera. «De hecho, yo no sé dónde ni para quién trabajas, pero si trabajas es seguro que lo haces para un capitalista u otro». Así que se despidió con un «¡qué los dioses te sean propicios y te ayuden a decir que sí!».[163] Lluch, sin embargo, no aceptó de entrada. Tenía que pensarlo.

Entretanto, la inestabilidad universitaria en Barcelona se iba haciendo cada vez más patente. Desde el verano de 1965, Francisco García-Valdecasas era rector de la Universidad en sustitución del antropólogo y físico barcelonés Santiago Alcobé, que lo había sido un par de años.

Lo habían relevado porque este último tenía fama de débil en la represión a los estudiantes, después de que el matemático tarraconense Antonio Torroja, entre 1957 y 1963, hubiera dejado una cierta estela de dureza. Alcobé ya no contaba con la complicidad del Gobierno Civil, y la universidad era una bomba de relojería que había que controlar.

El ministro de Educación, Manuel Lora Tamayo, en el cargo desde 1962, había nombrado a García Valdecasas, quien, junto con Mario Pifarré como decano de la Facultad de Economía, formaban un tándem represivo en el momento en que el régimen fulminó el SEU. Se había buscado, pues, un perfil al que no le temblara el pulso a la hora de actuar contra los contestatarios.

Durante el decanato de Pifarré, entre los años 1965 y 1968, se expedientó a más de trescientos alumnos y a seis catedráticos, entre ellos el propio Estapé. Desde su primera intervención represiva como vicerrector en 1957, García-Valdecasas no había dejado de dirigir o de intervenir en este tipo de actividades.

Y es que la situación en la universidad preocupaba mucho al régimen, que veía cómo crecía el nivel de conflictividad a partir de reivindicaciones genéricas de corte democrático junto con otras centradas en la autonomía económica e institucional de la propia educación superior. Dado, además, que habían fracasado en el intento de encuadrar políticamente a los estudiantes, el franquismo solo se planteaba la opción de mano dura.

Esa decisión fue contraproducente, porque la misma represión aplastó a las direcciones estudiantiles, hasta cierto punto contemporizadoras, y radicalizó y fragmentó a los núcleos dirigentes. A ello contribuyó, además, que el perfil de los estudiantes cambiara porque cambiaban los tiempos y porque su extracción socioeconómica era diferente de la de los estudiantes de antes. Eso haría, irónicamente, que el propio SDEUB entrara en decadencia en un año.[164]

LO IMPOSIBLE. LA EXPULSIÓN DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA

Ante las medidas tomadas por el régimen a raíz de la Capuchinada, unos setenta penenes —entre los que se hallaban los hermanos Lluch— pidieron la destitución del rector y el sobreseimiento de las sanciones. Lo hicieron por medio de una carta y un telegrama dirigidos al ministro. En ella decían —autoinculpándose, aunque en el caso de Ernest no era cierto— que habían asistido a la Capuchinada y contribuido en la redacción de los documentos del Sindicato Democrático de Estudiantes.

En lugar de valorar la petición, la respuesta inmediata de las instancias franquistas fue designar un juez instructor, el rector de la Universidad de Murcia, Manuel Batlle Vázquez, y expedientar a los sesenta y nueve profesores y a los seis catedráticos firmantes. Para ello se ampararon en el criterio sancionador de una antigua normativa según la cual, cuando se pedía reemplazar a una autoridad, lo primero que había que hacer era dar cuenta de aquello que se pretendía cambiar.[165]

Es decir, no se les expedientaba por pedir la destitución del rector, sino, con una argucia jurídica, por no entregar el telegrama con las firmas a su superior —el propio García-Valdecasas—, que era tal como administrativamente correspondía hacerlo antes de dirigirlo al Ministerio.[166]

El expediente de correcciones disciplinarias a profesores y alumnos de la Universidad de Barcelona, del 13 de septiembre de 1966, le impuso a Ernest, entonces ayudante de la Facultad de Económicas, la separación de dos años de la universidad, la menos dura de las sanciones por falta grave previstas por el Reglamento de Disciplina Académica del 8 de septiembre de 1954.

La retirada de la venia docendi significaba que durante ese tiempo no podría ejercer como profesor en la Universidad de Barcelona al considerarse que había cometido el delito de estimular manifestaciones hostiles y de insubordinación a la autoridad.

Lo mismo le ocurrió a Obiols, ayudante de la Facultad de Ciencias; a Bohigas, encargado de curso de la Escuela Superior de Arquitectura; a Enric Lluch, adjunto provisional de la Facultad de Filosofía y Letras, así como a Josep Termes; a Solé Tura, ayudante de la Facultad de Derecho; a Josep M. Bricall, adjunto también en esta última, y a Jacint Ros Hombravella, Josep Fontana y Ramon Gabarrou, ayudantes de la Facultad de Económicas. A otros se les inhabilitó durante dos o tres años para cursar estudios o fueron amonestados públicamente, mientras que algunos alumnos fueron expulsados a perpetuidad.

La cuestión, sin embargo, acabó siendo más grave. La disposición de la separación del servicio de profesor no numerario por dos años se publicó en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el 15 de septiembre de 1966. Pero tan solo cinco días antes se había dictado y publicado en el BOE una norma según la cual no podían ser propuestos como ayudantes o encargados de curso aquellas personas que, ejerciendo como tales, hubieran sido objeto de sanción académica en el mismo distrito universitario.

El plato estaba perfectamente cocinado, ya que ello implicaba, de manera muy malévola, que los dos años de suspensión eran, de hecho, indefinidos. A quien se le apartaba de la universidad se le cerraba el paso para volver más tarde. Lluch, que se había inscrito en el concurso-oposición a profesor adjunto de Política Económica, vio de pronto que no podría presentarse, simplemente porque en la Universidad de Barcelona ya no tenía futuro.[167]

Esta situación inesperada dio un giro a la vida de Lluch, que se vio abocado a la expulsión de la facultad. Este hecho le decidió a aceptar el encargo que se le hacía desde el sur. «¡Por fin, Lluch ha dado señales de vida!», decía Fuster. En efecto, el 23 de septiembre visitó Sueca. Allí, junto con Vicent Ventura, se hilvanó la idea de un libro que llevaría por título L’estructura econòmica del País Valencià («La estructura económica del País Valenciano»).[168]

El periodista Juan José Pérez Benlloch, un año mayor que Lluch, puso en marcha el proyecto como secretario del consejo de redacción de la entidad denominada Economía y Sociedad de Valencia. A través de este encargo, que financió el Banco de Valencia, Lluch entró en contacto con el político y empresario valenciano Joaquim Reig y con el promotor cultural Adolf Pizcueta. La elaboración del libro sería lenta, pero cuando estuviera listo marcaría un antes y un después tanto para el territorio como para Ernest.[169]

Como es lógico, la disposición del BOE causó un importante alboroto. El 26 de octubre de 1966, en el vestíbulo de la Facultad de Derecho tuvo lugar un «acto contra la represión» convocado sin el permiso correspondiente y al que asistieron unas dos mil personas para protestar contra las sanciones impuestas por el Ministerio de Educación y Ciencia.

Ernest habló en dicho acto, lo que sirvió para darle aún más notoriedad. También lo hicieron Pere Comas, Albert Puigdomènech, el abogado Maurici Serrahima, el filósofo Jordi Maragall —promotor de los valores democráticos y catalanistas y padre del futuro alcalde de Barcelona— y el doctor Joan Colomines.[170] Un mes después detuvieron a Lluch. Este intentó justificarse diciendo que pensaba que se contaba con el visto bueno de la facultad porque se había hecho propaganda del acto. Pero este argumento no le sirvió de nada.

El Tribunal de Orden Público le pidió seis años y un día por un delito de reunión no pacífica tras un proceso que le llevó a declarar, en marzo de 1967, a Madrid, junto con el resto de los oradores. Les defendieron Benet, Gregorio Peces Barba y Tomàs Roig Llop, padre de la escritora en ciernes Montserrat Roig. Ernest y el resto de los encausados por el acto de la Facultad de Derecho fueron absueltos.[171]

El hecho de que siempre saliera Benet en su biografía no era baladí. Salía en la de muchos. Con él, además, hacía pocos meses que Ernest formaba parte de una comisión técnica que presidía el dirigente católico, profesor de Lengua y Literatura Hispánicas, presidente de Pax Romana y auditor laico del Concilio Vaticano II, Ramon Sugranyes de Franch, íntimo de Tarradellas, para intentar resolver un conflicto de intereses entre la Iglesia y unos campesinos que se habían constituido en grupo sindical. Se intentaba solucionar un conflicto de propiedad en Lleida.[172] Ernest, como buen agitador, también estaba presente en todos los frentes.

A raíz de la expulsión, su hermano Enric estuvo casi dos años sin trabajo, hasta que en 1968 le encargaron la creación del departamento de Geografía de la Facultad de Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona, que por aquel entonces estaba en sus inicios. Durante aquel tiempo, su esposa, Montserrat Galera, fue la que tuvo que sacar adelante a la familia, es decir, a sus cuatro hijos.

Enric empezó a trabajar casi gratis. De hecho, era tan ortodoxo en sus planteamientos que no opositó nunca a ninguna plaza en la universidad y toda la vida fue profesor no numerario. Era un rara avis cuyos méritos para ocupar una cátedra todo el mundo reconocía.

Se presentaba, sin embargo, como un rebelde del protocolo legal para la promoción universitaria, un rasgo contrapuesto a Ernest. No creía que un tribunal tuviera que juzgar sus conocimientos. Tampoco quería jurar los principios del Movimiento. Su antifranquismo era tal que, aunque no tenía carné de conducir, en su casa compraron un Citroën 2CV porque consideraba que la Seat era la fábrica de Franco.

Enric se convirtió en un profesor de geografía muy destacado y reconocido.[173] Desempeñó un papel clave en la renovación de este ámbito: constituyó un puente entre la escuela geográfica de antes de la guerra civil y las generaciones que empezaron a estudiar en los años sesenta. Fue el introductor de las corrientes de la geografía moderna, preocupado por la docencia y la divulgación de esta última.

Para él, la geografía era un instrumento para la conciencia ciudadana, lo que conectaba con la visión de su hermano sobre este último concepto. Según Enric, la geografía tenía un carácter instrumental y no solo servía para comprender la realidad, sino para transformarla en beneficio de la colectividad.[174]

Los hermanos Lluch encontraron la manera de proseguir su andadura académica. El caso de ambos, sin embargo, fue paradigmático de cómo el régimen franquista perdió su dominio, control e influencia en la universidad. El hecho de que Ernest lo constatara en Serra d’Or en el artículo «Estrictament universitari» («Estrictamente universitario») fue la causa de que la dirección general de prensa abriera un expediente administrativo sancionador a dicha revista. El Monasterio de Montserrat tuvo que afrontar la responsabilidad moral y económica derivada de ello.[175]

«Las ganancias —arrancaba el texto— alcanzadas por los movimientos estudiantiles de los últimos años han sido notables, y casi nadie negará que ya constituyen unas conquistas irreversibles». A continuación se hacía eco de una carta de los estudiantes de Económicas dirigida a catedráticos y profesores en la que mostraban su decepción porque los nombres de los futuros catedráticos ya circulaban antes de que se celebraran las oposiciones.

«Desde un punto de vista estrictamente universitario —insistía Lluch—, la relación entre el exceso de autoridad, el bajo nivel y el atraso científico siempre es muy significativa». Citaba a Keynes para argumentarlo: «Una frase del economista británico dice: “Los maniáticos de la autoridad, que en todas partes ven fantasmas...”», y se quejaba de que, como las cátedras eran vitalicias, el problema era doblemente grave.

No es de extrañar que el régimen se inquietara con motivo de sus palabras. Ernest era la constatación de que el franquismo había fracasado estrepitosamente en lo referente a ganarse las mentes y los corazones de los jóvenes estudiantes universitarios. Esta fue su derrota más sonada durante sus cuarenta años. Pronto la generación de Lluch pilotaría el camino hacia la democracia.

AL SERVICIO DE BANCA CATALANA

Su nueva situación —casado, trabajando en su tesis y sin trabajo en la universidad ni en el plan de urbanismo— le empujó a buscar otros ingresos, además de los que le llegaban desde Valencia. Los servicios de estudios de los bancos cada vez eran más importantes y necesarios, y, aunque ya funcionaban en las sedes centrales de Madrid, pronto se haría patente que implantarlos en Barcelona también resultaría provechoso.

Dos años después de la creación del Servicio del Banco Urquijo, en 1964, se había creado el de Banca Catalana, una entidad que por entonces tenía un lustro de existencia y que dirigía Artur Saurí. Jordi Pujol, socio del Círculo de Economía —e hijo del principal accionista de la entidad, Florenci—, junto con su cuñado, Francesc Cabana, creían en la expansión territorial de Banca Catalana, lo que se podría llevar a cabo a partir de aquel año, siempre de acuerdo con el Banco de España.

Se consideró conveniente publicar estudios en catalán sobre la zona, comarca o región de las diversas oficinas que reflejaran la realidad económica de sus respectivas áreas de incidencia. Era de todos conocido que Lluch colaboraba con el Banco Urquijo, de modo que le propusieron que dirigiera la nueva colección de estudios comarcales en el marco del nuevo servicio.

El trabajo le ocupaba las mañanas en la quinta planta de la sede de Banca Catalana, donde trabajaba también su hermano Enric al frente de otro ámbito de estudios. Aquí Ernest puso en práctica por primera vez sus dotes de coordinación con una serie de conocidos y estudiantes de Económicas que, dado que eran unos años más jóvenes que él, habían cursado más tarde la carrera.[176]

Bajo su coordinación y con él como autor, en 1967 publicó con Josep Maria Carreras Els recursos hidràulics de Catalunya («Los recursos hidráulicos de Cataluña»), así como el primer estudio realizado sobre la base del conocimiento directo del territorio, L’economia de la regió de l’Ebre («La economía de la región del Ebro»), junto con el joven economista Eugeni Giral.

En medio de estos cambios laborales, el matrimonio Lluch-Bramon alquiló dos pisos, puerta con puerta, uno para Jacinta y otro para ellos, en la calle Sant Eudald, no muy lejos de donde vivían hasta entonces. Allí, el 15 de septiembre de 1967 nació Eulàlia, la primera hija de Ernest y Dolors.[177] Como el piso no era muy grande y en él se juntaba mucha gente —entre alumnos y compañeros— para hablar de política o sobre todo de economía, se veían obligados a utilizar el rellano de la escalera. El periodista Josep M. Huertas, uno de los asistentes ocasionales, lo bautizó como «la escuela del rellano».[178]

En paralelo, Ernest empezó a publicar quincenalmente artículos de economía —en especial sobre la economía catalana— en El Correo Catalán. El director del diario era Andreu Rosselló Pàmies y su subdirector Manuel Ibáñez Escofet.[179] Cuando este último pasó a dirigir Tele/eXpres, a finales de febrero de 1968, Lluch, junto con Josep M. Carreras, empezó a trabajar en este diario, escribiendo artículos sobre la misma temática, una o dos colaboraciones mensuales, aunque a veces se permitía abordar cuestiones de política internacional, sobre todo relacionadas con el socialismo.[180]

Era habitual, además, verlo por la redacción a fin de satisfacer su acendrada curiosidad y enterarse de informaciones del submundo barcelonés. Hasta julio de 1979, cuando dejaría de colaborar en este diario, un año antes de que desapareciera, escribió casi doscientos cincuenta artículos. Aunque en algunas ocasiones estaban firmados por él, los habían redactado sus compañeros más jóvenes, conocidos como los lluchets.[*] [181]

En El Correo Catalán, Ernest dejó también un par de colaboradores —Eugeni Giral y Joan Gaspar— que llenaban su hueco en la sección de economía, sobre todo para temas de economía general, que era lo que habían estudiado, más que de empresa. Lluch también propició la entrada de Jordi Petit, Jacint Ros Hombravella, Manuel Esteve, Francisco Roca, Joan Sentís y Antoni Montserrat en las páginas del diario.

Eso hizo que Ibáñez, de una manera muy exagerada, pero quizá no tan mal encaminado, dijera que Lluch «controlaba el pensamiento económico de dos diarios, lo que le servía además para hacer su política».[182] De hecho, Ernest reunía a sus lluchets, algunos de los cuales también trabajaban bajo sus directrices en los estudios de Banca Catalana, en el conocido snack-bar de enfrente de la sede de la entidad, el Tropeziens, en el paseo de Gràcia entre Provença y Mallorca, y allí decidía quién debía escribir qué.

En ese momento, pues, Lluch empezaba a ser un nombre destacado en el análisis de la economía catalana a través de la prensa. El hecho de publicar en Promos, Serra d’Or y Tele/eXpres a título personal, y el de elegir los temas para El Correo Catalán le permitían tener, en opinión de Ibáñez Escofet, una capacidad de influencia tanto sobre la visión de las cosas como sobre aquello de lo que había que hablar, que lo convertía en una figura singular. Artículo tras artículo su pluma se iba lubricando para argumentar y contraargumentar los temas más dispares.

Afortunadamente para Ernest, tras dos años parado, el Ministerio de la Vivienda le permitió reanudar, en febrero de 1968, el trabajo iniciado con el Plan Director del Área Metropolitana de Barcelona. Como dicho plan fue considerado un trabajo preparatorio, se aprobó una nueva revisión llamada «Estudio de descongestión de la comarca de Barcelona». El trabajo se dividió en tres ámbitos: el Plan de Infraestructuras, el Plan Comarcal y el Plan del Área de Acción inmediata.

El equipo pluridisciplinario de este último plan estaba dirigido por una comisión de técnicos del Ayuntamiento, de la Diputación y de la Comisión de Urbanismo de Barcelona, junto con un triunvirato formado por el arquitecto Manuel Ribas Piera y los ingenieros y urbanistas Albert Serratosa y Josep Soteras, a quien Lluch llamaba «los resplandecientes», en tono burlón refiriéndose a los personajes de La primera història d’Esther, que Salvador Espriu había estrenado en el año 1957.[183]

Ernest incluso había dicho —lo que definía a la perfección cómo era y lo consciente que era de serlo—, que «para ir por la vida» lo que él necesitaba era la «labia, el verbo» de Ribas Piera, el «señorío» de Soteras y la «moral» de Serratosa.[184]

En esta ocasión Lluch fue llamado de nuevo para ejercer —a las órdenes de los «resplandecientes»— como coordinador, junto con Lluís Cantallops y el ingeniero Francisco Germán García Rosales, del Área de Acción inmediata que comprendía todo el Vallès, el Maresme y el Baix Llobregat. Se basaba especialmente en la proyección demográfica en el territorio del área metropolitana de Barcelona.

Se trataba de un trabajo muy bien pagado al que tenía que dedicar tres medias jornadas semanales en la Escuela Industrial. En el equipo del plan director trabajaron, en diferentes momentos y entre muchos otros, el economista Josep M. Carreras, Santiago Ponseti, Emili Gasch, Juli Esteban, Jacint Ros Hombravella, arquitectos como Xavier Subias y el sociólogo Lluís Carreño.[185]

A todo ello añadía, por medio de su incansable capacidad de trabajo, la profundización en el conocimiento del país. Aquel 1968 también con Giral, Lluch publicó en el Servicio de Banca Catalana L’economia de la regió de Tarragona («La economía de la región de Tarragona») y con Emili Gasch y Rossend Termes Bancs i caixes catalans 1925-1965: una aproximació quantitativa («Bancos y cajas catalanes 1925-1965: una aproximación cuantitativa»). Algunos de estos trabajos aparecieron en la Revista Econòmica de Banca Catalana.[186]

Ernest también ejerció como profesor, en el Instituto Bancario, de cuadros directivos de entidades bancarias y dio clases de Pensamiento Económico Catalán en el centro EISA (Estudis i Investigacions Societat Anònima), creado en enero de 1967, junto con muchos otros profesores expulsados, como él mismo, el otoño anterior. Lo financiaba Pujol y contaba con departamentos de Ciencias Políticas, Filosofía, Lengua y Literatura, Ciencia y Tecnología. El proyecto se terminó en diciembre de 1968.[187]

PROFESOR EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

En vistas de lo que había ocurrido y de la imposibilidad de continuar su progresión académica en la Universidad de Barcelona, en donde, a pesar de todo, Estapé seguía dirigiendo su tesis, este último, con la colaboración de profesores como Pedro Schwartz, a quien Ernest había conocido en las conferencias que había organizado en la facultad y en las del Círculo de Economía, le consiguió una plaza de profesor invitado en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).[188]

Schwartz se había doctorado en Ciencias Políticas en la London School of Economics con una tesis sobre John Stuart Mill y también en Derecho en la UCM. Después de trabajar en el Servicio de Estudios del Banco Urquijo, en 1967 obtuvo, por oposición, una plaza en el Servicio de Estudios del Banco de España y en 1970 se encontraba en vías de conseguir la cátedra de Historia de las Doctrinas Económicas de la Complutense.

El académico madrileño formaba parte, por tanto, del limitado grupo de universitarios que se dedicaba al Pensamiento Económico, la disciplina hacia la que se encaminaba Lluch, y en la que, dado que no eran muchos, todos se conocían, lo que facilitó esta opción. En el curso 1968-1969, Ernest ejerció de profesor ayudante de clases prácticas adscrito a la cátedra de Historia de las Doctrinas Económicas de la Complutense.

A pesar de tenerse que desplazar unos días a Madrid, Lluch no dejó su pluriempleo en Barcelona. Además de trabajar en el ámbito urbanístico, escribía los artículos en Tele/eXpres y también en Serra d’Or, de la que continuaba siendo miembro del consejo de redacción. Se discutía a menudo con Cahner, porque, según Manent, «eran dos gallos en un mismo gallinero».[189]

De hecho, el consejo había sido una estrategia del padre Maur M. Boix, que aprovechó que Bastardes y Cahner estaban ocupados con el proyecto de Edicions 62 para conseguir que las decisiones sobre la revista estuviesen repartidas y no dependieran exclusivamente de ambos, ya para los representantes de Montserrat no siempre era fácil entenderse con ellos.

Asimismo, en este periodo Ernest fue el responsable de la sección de economía y escribió ciertas voces para el Diccionario enciclopédico Salvat Universal, que apareció en castellano en cuatro volúmenes (1968-1969), de los que algunaos se adaptarían para el Salvat en catalán (1968-1970). En la sección contaba con Manuel Esteve, Josep M. Carreras, Rafael Tasis Ferrer y Francesc Roca. También participó en artículos de la Gran Enciclopedia Larousse que editaba Planeta, junto con su hermano Enric.[190]

Para acabar de rematar su vida de hombre-orquesta, aquel 1968, por mediación de un tío de Dolors Bramon que era veterinario de Besalú, se enteraron de que en Maià de Montcal, en la comarca de La Garrotxa, se vendía una casa de jornaleros, Ca l’Aiats. La compraron, junto con un pequeño terreno. Estaba en el Pla de Maià, al pie del antiguo camino que unía el pueblo de Dosquers con el sitio de Segueró, en el término municipal de Beuda.

Desde la casa, muy sencilla, de unos noventa metros cuadrados, se divisaba un bosque de pinos y los montes de Santa Magdalena y de Ca n’Alzina. En la entrada de la vivienda había un pequeño cobertizo para la leña, una barbacoa y un par de ventanas con postigos en la fachada.[191]

El matrimonio la acondicionó con una biblioteca, cuadros, una máquina de escribir y un atril que Ernest le pidió al rector de Tossa, Joan Carreras, para poner papeles y libros.[192] De viernes a domingo, podía trabajar en un entorno relajado. Aunque quien se encargaba de la logística familiar era su esposa, él echaba una mano en las cosas de la casa, la limpieza y sobre todo en la cocina. Se levantaba pronto y se ponía a escribir todavía en pijama.

Cuando la pareja llegó a Maià —adonde viajaron en un Seiscientos— no había forasteros, solo las cerca de trescientas personas que vivían allí, y ellos, que se empadronaron en el pueblo. Lluch, como haría desde entonces cada vez que cambiaba de residencia, se imbuyó del lugar. No le gustaba verse como alguien que estaba de paso, sino que se esforzaba por formar parte del sitio en cuestión. Quería jugar en el equipo local. Por eso, por ejemplo, se inscribió en el centro social del pueblo. También allí se interesó por la figura del poeta Verdaguer, que había pasado un tiempo en el cercano santuario de la Mare de Déu del Mont.[193]

Ernest todavía pudo añadir un nuevo trabajo a su nómina. A partir de julio de 1969, mes en el que se publicó el primer volumen de la Gran Enciclopèdia Catalana, fue el asesor y responsable del área de economía de dicha obra. Lo sería hasta el cuarto volumen publicado en mayo de 1973, cuando pasó a ser solo colaborador y se redujo mucho su participación. Algunos de quienes participaron en este proyecto ya lo habían hecho en Salvat.

Su hermano Enric y Max Cahner fueron quienes habían gestado el proyecto de la Enciclopèdia Catalana, que tendría quince volúmenes.[194] Lo que pasaba es que lo habían hecho sin dinero y sin prever sus costes, y enseguida quedó claro que sería una obra muy magna e inasumible. Los dos definían los términos y los encargaban. Al final, el proyecto se desbordó y fue Banca Catalana la que acabó financiándolo. Sin embargo, eso supuso echar a muchas de las personas que colaboraban en él, con los consiguientes enfados.[195]

El 11 de octubre de 1969 nació la segunda hija de Lluch y Bramon, Rosa. Para hacer frente a los gastos que se le venían encima, él continuó en el Servicio de Estudios de Banca Catalana. Jordi Pujol, con el que se profesaban una confianza mutua y mantenían un buen trato, le consultaba cuestiones relacionadas con la expansión del negocio bancario y de ámbito cultural o político.[196] Era, según Pujol, «uno de los hombres más inteligentes que ha tenido Cataluña en los últimos años».[197]

En este periodo, a las órdenes de Saurí, dirigió y publicó, en 1969 y 1970, junto con su amigo el economista y después marchante de arte, Joan Gaspar, Els preus dels terrenys industrials a Catalunya, una primera guia analitzada («Los precios de los terrenos industriales en Cataluña, una primera guía analizada»), en 1970, con Ramon Seró, La Regió fruitera de Lleida («La Región frutícola de Lérida»), más tarde, con Pere Campistol, Les conseqüencies comarcals del turisme a la Costa Brava de Sant Feliu de Guíxols a Palamós («Las consecuencias comarcales del turismo en la Costa Brava de Sant Feliu de Guíxols a Palamós»), y de nuevo con Gaspar Els preus del sòl a Catalunya («Los precios del suelo en Cataluña»).[198]

En aquel momento fue cuando con Josep Termes, Josep Fontana, Joaquim Molas y Ramon Gabarrou surgió el interés por elaborar una revista de investigación científica en catalán, Recerques. Como inicialmente no podía tener un formato de revista porque no les habrían dado permiso, adoptó la forma de un volumen misceláneo que publicaba Ariel, de entrada sin ayudas ni subvenciones.

Como decía su subtítulo, la revista trataba sobre «Historia, Economia y Cultura», y la impulsaban historiadores marxistas. No obstante, era una publicación que no pretendía quedarse en este encuadre, sino dialogar con otras interpretaciones tanto catalanas como extranjeras. Se inspiraba en la revista Past and Present, de la editorial Oxford University Press, fundada en 1952 por un colectivo de historiadores marxistas, y que había sido la revista pionera en el ámbito de la historia social sin constricciones geográficas o temporales. Con altibajos, Recerques ha llegado hasta nuestros días.

El primer número salió en 1970 con textos de Pierre Vilar, Jordi Rubió, Alan Yates y del propio Ernest, que publicó «La Catalunya del segle XVIII i la lluita contra l’absolutisme centralista. El “Proyecto del Abogado General del Público” de Francesc Romà i Rossell».[199] Este fue su primer artículo académico verdaderamente importante. Se notaba que se encontraba en el momento de madurez que da el hecho de haber terminado una tesis doctoral.

LA TESIS

Lluch tenía treinta y tres años cuando, en marzo de 1970, depositó los tres volúmenes —setecientas páginas mecanografiadas— de la tesis que le había dirigido Estapé en la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona con el título El pensamiento económico en Cataluña entre el renacimiento económico y la revolución industrial: la irrupción de la escuela clásica y la respuesta proteccionista.

La defendió el 18 de septiembre ante un tribunal formado por Pedro Schwartz; Joan Sardà, catedrático en excedencia; Sebastián Martín-Retortillo, y Juan Velarde Fuertes, quien delegó el voto en Estapé, también miembro del tribunal, por no poder asistir. De hecho, había tenido la tesis «entretenida durante meses por razones administrativas por las múltiples ocupaciones de la mayoría de los catedráticos de mi tribunal».[200]

Y es que, de entrada, tenía que estar presente José Luis Sampedro, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, pero este se encontraba fuera de España, al igual que Gabriel Solé, también catedrático de dicha universidad.[201] El día de la presentación, y dado que el castellano nunca fue el plato fuerte de Ernest, Martín-Retortillo —más tarde ministro de Suárez— exclamaría: «¡Con este Lluch acabaremos hablando con cantonalismos!».[202]

La tesis, que había recibido una ayuda de veinticuatro mil pesetas del Ministerio de Educación, obtuvo la calificación de cum laude y le valió el título de doctor en Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales. Lluch siempre se consideró más economista que historiador, a pesar de las horas pasadas en los archivos y en las bibliotecas.[203]

En la elección del tema de la tesis había pesado el hecho de formarse en Económicas, donde el pensamiento de Vicens Vives, que después continuaría Jordi Nadal, estaba muy vivo, así como también la influencia de este pensamiento en el propio Estapé.[204] El planteamiento de Vicens, válido también para impulsar el Círculo de Economía, era el de que, al hablar de la derrota de 1939, no solo había que hacerlo desde el aspecto militar y procedente de fuera de Cataluña, sino en el sentido de un hundimiento interior del país, una especie de traición de las clases dirigentes.[205]

Vives sostenía que a dicho hundimiento había contribuido una visión de la historia de Cataluña «llevada por pequeñas pasiones», que había servido de base al proyecto colectivo que naufragaría en 1939. Esta era, en líneas generales, una mitificación de los gloriosos tiempos medievales, que consideraba todo lo que había sucedido desde finales del siglo XV como una larga decadencia, salpicada de algún que otro resurgimiento de corta duración y de trágico final, como las guerras de los Segadores y de Sucesión, hasta que apareció la Renaixença, la cual iniciaría una recuperación de la cultura, seguida posteriormente por la de la política.

Dicho de otra manera, entre Fernando el Católico y las Bases de Manresa no había gran cosa más que una larga decadencia, que culminaba con la derrota de 1714, a la que seguiría una especie de sueño de más de cien años. Esta interpretación de la historia catalana, según Jaume Vicens, pasaba por alto un fenómeno tan decisivo en la formación de la Cataluña contemporánea como el de la industrialización. Con lo que se daba la paradoja de que los mismos que en el terreno político defendían, por encima de cualquier otra cosa, los intereses industriales y que al hablar del presente sostenían que las fábricas eran Cataluña, las sacaban de la historia.

Y es que una visión del catalanismo que en nombre del patriotismo pedía la unanimidad interclasista se podía alimentar de las conquistas de Jaume I o de los discursos de Pedro el Ceremonioso, pero no podía encajar en este marco una historia tan convulsa como la de las revueltas populares y proletarias catalanas de los siglos XIV y XV. Jaume Vicens Vives había querido llenar este inmenso vacío que la partía en dos mitades separadas por tres siglos de oscuridad, empezando por el estudio del siglo XIX y de la industrialización.[206]

En su intención de llenar este vacío destacaba la aparición en 1958 del volumen Industrials i polítics del segle xix («Industriales y políticos del siglo XIX»), escrito con Montserrat Llorens.[207] Se trataba de una obra escrita con la voluntad de que fuera leída en clave política de la actualidad del momento, y que pretendía remover la conciencia de la burguesía catalana. Quería mostrar su fracaso en la configuración de un Estado moderno adecuado a su proyecto político. De ahí que en su momento, y con esa intención, se involucrara para reparar esta carencia con los jóvenes del Club Comodín.

Nadal continuó trabajando en el estudio de ese siglo y siguiendo la misma línea de investigación en lo referente al tema concreto de la industrialización. También, y en cierto modo, lo haría Estapé en su ensayo biográfico sobre Ildefons Cerdà, que no se editaría hasta 1971, pero que había iniciado cinco años antes.[208] Asimismo, el trabajo de Lluch para obtener el doctorado se elaboró bajo la influencia de Vicens Vives, pero tamizado y leído por Estapé, remontándose más atrás en el tiempo, pero dentro del mismo marco.[209]

Desde la historia económica, la tesis coincidía en la idea de la necesidad de estudiar el pensamiento económico de la época de la industrialización del siglo XVIII.[210] Influida también por Pierre Vilar, significó, además, la consolidación en Cataluña de una nueva disciplina de la que ya había habido algunos precedentes, como los estudios de Carles Pi i Sunyer[211] y Josep M. Tallada.[212]

Y también, claro está, del propio Estapé. Gran parte de los apuntes de su asignatura Política Económica en la década de 1960 constituían de hecho una historia del pensamiento económico en el mundo, inspirada básicamente en dos obras que todavía no se habían traducido al castellano: History of economic analysis, de Joseph A. Schumpeter (1954), y A review of economic doctrines 1970-29, de T. W. Hutchison (1953). Poco después Estapé publicaría Ensayos sobre historia del pensamiento económico (1971) y Ensayos sobre economía española (1972).

Sin embargo, ninguno de ellos había abierto, con una obra tan extensa, nuevos caminos de investigación como haría Ernest. Para elaborar la tesis, Lluch entró en las bibliotecas y archivos de la I·lustració Catalana, así como en los de la Sociedad Económica Barcelonesa del País (SEBAP), la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, la Real Academia de Buenas Letras, la Biblioteca Torres Amat de Sallent, el Archivo Biblioteca Dou, el Archivo Dalmases de Cervera, el Archivo de la Junta de Comercio, la Biblioteca de Cataluña, los archivos de los arzobispados de Tarragona, Barcelona y Tàrrega, y entró en contacto con los estudiosos de la ilustración catalana como Enric Moreu-Rey, Pere Molas, Fontana, Joan Mercadé, Vilar, Aurelio Macchioro y Pierangelo Garegnani.

Dentro de la época de la Ilustración, y hasta la aparición del liberalismo, estudió cómo se formó el mercantilismo industrialista, basado en un capitalismo comercial que traficaba no solo con los productos de la agricultura, sino también con las mercancías de la industria incipiente, en un mundo donde los gremios se encontraban también en proceso de transformación.

Explicó y demostró cómo se fue tomando conciencia de la formación de un nuevo modo de producción.[213] Fue el primero en analizar en profundidad el pensamiento de los mercantilistas industrialistas de finales del siglo XVIII y principios del XIX, el pensamiento de los primeros liberales, de los radicales, de los fourieristas y de los saint-simonianos.[214]

La tesis estudiaba, en primer lugar, a Francesc Romà i Rossell (1725-1778), a quien definió como un mercantilista liberal, partidario del poblacionismo. Era defensor de los gremios catalanes, que consideraba más flexibles que los castellanos, y partidario de la libertad económica —y, por tanto, contrario al intervencionismo—, del prohibicionismo y de la libertad de comerciar con América.[215]

También investigó al ilustrado Antoni Capmany Surís y de Montpaláu (1742-1813), autor del Discurso económico-político en defensa del trabajo mecánico de los menestrales (1778), así como la obra de Jaume Caresmar i Alemany (1717-1791).[216] Asimismo, estudió el papel que desempeñaron instituciones como la Academia de Ciencias y Artes, las Sociedades Económicas de Amigos del País o el Ayuntamiento de Barcelona, dentro del contexto de un mercantilismo que seguía aceptando la existencia de los gremios.

Profundizó en la figura de Jaume Amat de Palou i Pont (1753-1819), liberal y jansenista, uno de los primeros economistas que, a finales del siglo XVIII, tomó conciencia de los cambios que se empezaban a producirse en la industria textil catalana. Era prohibicionista, decía que había que proteger totalmente la nueva industria algodonera y sostenía que el desarrollo industrial catalán debía extenderse al resto de España.

Lluch también investigó a Ramon Llàtzer de Dou i de Bassols (1742-1832), que tenía un enfoque mercantilista. El Estado debía vender en el exterior más de lo que compraba. No aceptaba el librecambio de Smith, pero tampoco el prohibicionismo, sino que defendía el proteccionismo arancelario. Asimismo, y en contra de Smith, no era partidario de la supresión de los gremios, a pesar de aceptar que había que corregir sus defectos.

Profundizó en la figura de Antoni Bonaventura Gassó i Borrull (1752-1824), defensor del industrialismo y del proteccionismo, y partidario de modernizar las vías de los transportes. También en la de Joan de Batlle i Milans del Bosch (1780-1845), partidario de la protección a la industria en su primera fase de desarrollo y de la construcción del mercado interior español. Más partidario de las ideas liberales era el mallorquín Guillem Oliver i Salvà (1775-1839), defensor de la industria catalana.

Ernest dedicó mucha atención a Eudald Jaumeandreu i Triter (1774-1840), maestro de economistas en la cátedra de Economía Política de la Junta de Comercio, donde tuvo como alumnos a Bonaventura Carles Aribau, Laureà Figuerola, Joan Illas i Vidal, Ramon Anglasell i Serrano, Josep Sol i Padrís, Estanislau Figueres, Narcís Monturiol, Ramon Martí d’Eixalà y Joaquim Rubió i Ors, entre muchos otros.[217]

Jaumeandreu, un auténtico liberal, defendía el prohibicionismo y tomó conciencia del desarrollo industrial catalán. Publicó dos tratados sobre economía política: Rudimentos de economía política (1816) y Curso elemental de economía política (1836). Este autor otorgaba un importante papel a las manufacturas industriales. A Lluch el pensamiento de Jaumeandreu le sirvió para guiar a sus alumnos en lo referente a formar parte de una nueva clase ascendente, una «burguesía nacional».

Detrás de la presentación de su tesis doctoral, en Lluch había una creciente conciencia de intelectual, así como de las posibilidades de desempeñar un papel en la sociedad para contribuir a recuperar la Cataluña triturada por el franquismo. Se trataba de recuperarla como habían hecho los catalanes ilustrados después de 1714. Para Ernest, la única manera para salir del franquismo era la de basarse en la Ilustración, en el uso de la razón, en el concreto conocimiento científico de la realidad para poder darle la vuelta; es decir, estudiándola de la manera más completa posible.

No es casual, pues, que deseara actuar y lo hiciera, y que se viera a sí mismo como un ilustrado, como un hombre posterior a 1714 —porque, para muchos, 1939 suponía lo mismo que el año del asedio borbónico de Barcelona—. Dicha recuperación había de provenir de la sociedad, de la burguesía con la que había entrado en contacto y en la que Vicens Vives confiaba, sí, pero también de la intelligentsia, y aquí era donde veía que él podía desempeñar un papel.

Su tesis, además, exploraba los mecanismos de la recuperación. Lo hacía con intencionalidad política porque, por ejemplo, subrayaba que el trabajo científico y la actividad política del propio Vicens Vives estaban entrelazados, tal como sucedía con otros historiadores catalanes, como Antoni Rovira, Ferran Soldevila o Ramon d’Abadal. Jaume Vicens lo había hecho en Industrials i polítics..., y Ernest se disponía a hacer lo mismo.[218] En definitiva, Lluch consideraba que un país normalizado debía tener también una historia de su pensamiento económico.

Poco después de la alegría por haber finalizado el producto de años de trabajo, llegaron noticias de que el Plan Director de Urbanismo no llegaría muy lejos. Aunque al principio el trabajo funcionó, pronto quedó claro que se vería abortado por los órganos plenarios, formados por los jerarcas franquistas de las Comisiones Provincial y Comarcal, que solo lo aprobaron a efectos administrativos internos.[219] En el verano de 1970 se produjo una dimisión en masa.

Se cerraba una etapa. El azar lo había llevado a Económicas. Su talante desenvuelto le había abierto puertas. Había conocido a profesores inolvidables, como Vicens Vives y Estapé. Su infinita curiosidad, y su afán por saber y por trabajar, le habían llevado a ejercer como articulista económico y a trabajar en los servicios de estudios bancarios y en el sector urbanístico. Con la elaboración de su tesis, había contribuido a tapar un agujero historiográfico, a abrir nuevos caminos y a trabajar en la concreción de una disciplina: la del pensamiento económico.

A lo largo de una larga década había profundizado en el conocimiento de su tierra, Cataluña, y a partir de sus viajes comerciales y del estudio de la economía regional había mostrado su interés por comprender su inserción en España. Él, al igual que su hermano, ejemplificaba el fracaso del dominio franquista en la universidad. Y durante todo ese periodo, y cada vez más, había comprendido que podía desempeñar un papel en el marco de la recuperación del país.

Y ello no desde el mundo de la empresa, como podían hacer sus amigos del Círculo de Economía, sino por medio de la creación de pensamiento crítico; es decir, siendo un intelectual. Pero no un intelectual de salón, sino uno comprometido, activo y agitador; en definitiva, un ciudadano. Podía desempeñar un papel, claro está. Pero de momento tenía que satisfacer unas imperiosas necesidades crematísticas. Aunque ya era doctor, y al amparo de Schwartz continuaba con sus clases de adjunto en la Universidad Complutense, su destino inmediato no se hallaba en Madrid. Al menos, no de momento.

SEGUNDA GEOGRAFÍA: VALENCIA (1970-1977)

Contra todo lo que podría haber imaginado, la condición de expulsado del distrito universitario de Cataluña a Lluch le llevó a convertirse en un valenciano de adopción más durante la década de los setenta. En julio de 1970, la junta de gobierno de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales de la Universidad de Valencia concedió cuatro plazas de profesor agregado. Rafael Martínez Cortiña, catedrático de Estructura Económica de dicha universidad, en representación del decano, dejó claro que una de ellas debía ser para Ernest.[1]

El gallego Martínez Cortiña, de la misma generación que él, había estudiado Economía en Madrid y era discípulo de José Luis Sampedro, del que fue adjunto y a quien Lluch conocía de haberlo llevado a Barcelona para impartir conferencias.[2] Así fue como, en octubre, Ernest comenzó su carrera de docente universitario, facilitada de nuevo por contactos previos. Lo hizo como profesor agregado provisional.

Lluch, sin embargo, no aterrizó en la capital del Turia como caído del cielo. A partir del encargo que le habían hecho en el verano de 1966 para coordinar la publicación sobre economía valenciana, mantenía un contacto periódico con las dos figuras emblemáticas y centrales del valencianismo de aquellos años: el periodista y político Vicent Ventura y el intelectual Joan Fuster. Ahí es nada. Por mediación de ellos y de este trabajo había entrado en contacto con Valencia. Por tanto, tenía, y eso era muy importante, una idea previa de adónde iba.

Se dio la alegre coincidencia, además, de que aquel año se publicaron los dos volúmenes de L’estructura econòmica del País Valencià, obra de cuya dirección técnica se había encargado Lluch en el último lustro. Financió el estudio Joaquim Reig, del Banco de Valencia, y lo publicó el promotor cultural valenciano Adolf Pizcueta, al frente de Ediciones Estel.

Para hacerlo posible, Ernest había trabajado y coordinado, en contacto con el secretario de la entidad promotora, Joan Josep Pérez-Benlloch, a autores como el historiador catalán Emili Giralt, experto en historia agraria y discípulo de Jaume Vicens Vives; Ricard Pérez Casado, joven economista valenciano y futuro alcalde socialista de la ciudad; Manuel Pérez Montiel y Andreu Garcia de la Riva, también economistas; Emèrit Bono, futuro catedrático de Política Económica de la Universidad de Valencia y consejero de la Generalitat Valenciana primero en representación de los comunistas y después de los socialistas, además de los economistas con los que ya había colaborado en la Universidad de Barcelona, Jordi Petit y Carme Mestre, entre otros.

L’estructura econòmica del País Valencià analizaba los principales sectores de la economía valenciana y servía, según el propio Lluch, para «catalizar algunas discusiones relativas a los cambios, reales o no, en la economía valenciana de los últimos años», así como para considerar si «el modelo que los nuevos grupos valencianos supieron poner en pie al principio de los años sesenta, tendrá más o menos validez».[3]

La obra, con sus más de seiscientas páginas, marcó un hito: el inicio del análisis sistemático y moderno de la economía valenciana. Por primera vez, el País Valenciano disponía de un estudio sobre su estructura económica, en el que, además, se diagnosticaba que la agricultura ya no era el sector predominante. Asimismo, el libro extraía unas conclusiones, unas «Notes per a una possible política econòmica per al País Valencià», redactadas por Lluch, Pérez Casado, Pérez Montiel y Ventura. Se trataba de unas recomendaciones para los diferentes sectores económicos, a corto y largo plazo, para defender los intereses de la Comunitat Valenciana frente a las dinámicas centralistas del Estado.

Entre dichas recomendaciones, la más importante era la de «concebir la infraestructura a nivel de Valencia como una estructura económica unitaria y no “provincial”, tanto en lo referente a los transportes, como al aménagement imprescindible de zonas para el asentamiento de nuevas industrias, a fin de crear, con recursos propios, las condiciones favorables para “polos” de desarrollo».

L’estructura econòmica del País Valencià no era un trabajo aislado, sino la constatación de una tendencia que se consolidaba a caballo entre el final de la década de los sesenta y el inicio de la de los setenta. Un núcleo de intelectuales valencianos y valencianistas inspirados en el modelo catalán —aunque no necesariamente para copiarlo— formulaban preguntas y querían encontrar respuestas en el marco de su territorio.

El que había dado el pistoletazo de salida para la plasmación de este ejercicio, entre ensayístico y analítico, había sido Fuster, en 1962, con la publicación, no en vano a través de una editorial catalana, de su Nosaltres, els valencians. El contacto que había establecido este intelectual con Ernest a mediados de esa década iba en la misma dirección. El libro de Fuster seguía el modelo de Noticia de Cataluña, de Vicens Vives, y pretendía responder a la pregunta «¿Qué somos los valencianos?». El intelectual proponía la «reconstrucción nacional» del País Valenciano en el marco de los territorios de habla catalana, los Países Catalanes. Asimismo, en esta obra expresaba, y siempre teniendo presente a Cataluña, la percepción de un pueblo o nacionalización incompleta, sobre todo por falta de una burguesía que liderara ese proceso.

En 1968, el filólogo e historiador Manuel Sanchis Guarner, promotor de cursos de catalán en círculos aún minoritarios, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valencia había publicado la tercera edición de La llengua dels valencians («La lengua de los valencianos»). Un año después apareció Aproximació a la història del País Valencià («Aproximación a la historia del País Valenciano»), del historiador Joan Reglà, discípulo de Vicens Vives, y también Conflicte lingüístic valencià («Conflicto lingüístico valenciano»), del lingüista Rafael Lluís Ninyoles.[4] En breve lo haría El valencianismo político (1874-1939), de Alfons Cucó, a partir de una tesis que le había dirigido Emili Giralt. Se rescataban los antecedentes del valencianismo político y los anteproyectos de Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana durante la Segunda República.

En medio del letargo franquista, los intelectuales valencianistas se preguntaban qué era el antiguo Reino de Valencia, cuál era su tradición cultural y política, y, por supuesto, a qué podían aspirar cuando el régimen cayera. Comenzaba un estudio riguroso en los ámbitos económico, sociológico, lingüístico e historiográfico de Valencia. Y en ello Ernest ejerció un papel destacado, fundamental.

VALENCIA ERA UNA FIESTA

Cuando llegó Lluch, Valencia vivía en plena efervescencia intelectual debido en gran manera a que la economía se encontraba en un periodo de consolidación industrial y de crecimiento. Las estructuras económicas del capitalismo se estaban asentando y desarrollando. Los pensadores trasladaban al papel las inquietudes que ello comportaba.

En los últimos veinte años, la población dedicada a la agricultura había pasado del 50 % a poco más del 20 %, mientras que la dedicada a la industria lo hacía del 28 % al 43 %, y los servicios crecían de manera progresiva del 24 % al 35 %. La gente emigraba del campo a la ciudad. En las urbes se pasaba a trabajar en sectores industriales tradicionales de la economía valenciana, como el textil, la cerámica, el calzado, la madera, el mueble, los productos químicos, los juguetes o la metalurgia. La industria era el sector que facultaba la mayor parte de la transformación económica valenciana. Su índice de crecimiento anual acumulado fue muy alto durante el periodo de 1960 a 1973, del 9,6 % frente al 9,2 % del conjunto de España.

El sector de la construcción también vivía su mejor momento. En la década comprendida entre 1965 y 1975 se duplicó el número de trabajadores. La creciente demanda de viviendas, hoteles y segundas residencias se veía favorecida por una coyuntura de bonanza económica, una bajada del precio del suelo urbano y la falta de obstáculos administrativos.

A principios de la década de los setenta había cincuenta mil plazas hoteleras frente a las diecisiete mil de inicios de los sesenta. La devaluación de la peseta y el ciclo económico positivo del conjunto de Europa permitía a muchos europeos trasladarse a la costa valenciana. Se fraguaba la nueva sociedad de consumo y se fortalecían las clases medias, de donde surgía una buena parte de los intelectuales.

En la década de los sesenta se había producido una explosión demográfica causada sobre todo por el crecimiento vegetativo y por la inmigración. A grandes rasgos, la evolución del movimiento natural de la población tenía una dinámica similar a la del resto de España, pero la población valenciana crecía a un ritmo superior porque recibía un altísimo contingente de inmigrantes del resto del Estado.

Este colectivo tuvo un peso considerable en la vertebración de la sociedad y en su conformación política. Los mayores contingentes procedían de Castilla-La Mancha, Andalucía, Murcia y Aragón. Gracias a ello, Valencia se situó entre las zonas económicas más activas e industrializadas de España: en 1960 solo representaba el 5,9 % del PIB de España, mientras que en 1975 representaba el 10,5 %.

En conjunto, pues, la Valencia a la que llegó Lluch se hallaba en una fase de industrialización y terciarización que la acabaría situando en unos niveles económicos y sociales modernos.[5] Una de las consecuencias derivadas de este proceso fue la puesta en marcha de la Facultad de Económicas, que el curso 1966-1967 había empezado a funcionar como Centro Universitario de Estudios Económicos de Valencia con más de trescientos alumnos. En su segundo curso, ya con el nombre oficial, reunió a más de ochocientos.

Cuando Ernest puso el pie en la Universidad de Valencia, la primera promoción estaba a punto de salir del horno. Entonces, las clases de Económicas se impartían en la Facultad de Derecho, y poco después en el antiguo edificio de la Universidad de la calle de la Nau. Hasta el curso 1973-1974 no se inauguraría un edificio propio en el paseo del Mar.[6] La Facultad de Económicas ya contaba con más de dos mil alumnos.

TONY PERKINS EN LA FACULTAD

Así pues, a comienzos de la década de los setenta en Económicas casi todo estaba por hacer en la labor de salir de la mediocridad académica del franquismo. La llegada de Ernest supuso un catalizador en los esfuerzos para dotar a la docencia y a la investigación económica de un nivel alto, comparable al de otros centros con más tradición académica.

En este escenario, a partir de su espíritu congregador, trasladó a la práctica lo que a él le habían enseñado en la Universidad de Barcelona. Lluch no había inventado ni el modelo ni los procedimientos que impulsó, pero para sus discípulos valencianos estos resultaron ser una auténtica revolución. Sin exagerar ni un ápice. Como diría uno de sus alumnos, «la Facultad de Económicas era la punta de lanza política e intelectual en una época muy difícil», y en ello él desempeñó un papel esencial.[7]

El año de su llegada, el hasta entonces catedrático de Historia Económica Mundial de la Universidad de Valencia, Jordi Nadal, que había tomado posesión en 1968, se fue a la Universidad Autónoma de Barcelona. Procedentes de Cataluña y actuando como revulsivos en sus campos, todavía estaban, entre otros, Miquel Tarradell, historiador y arqueólogo, el propio Emili Giralt, Joan Reglà, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Valencia y discípulo de Vicens Vives, y el historiador Josep Fontana —que estuvo presente a mediados de los años setenta—, con quien Lluch ya había colaborado y cuyo despacho estaba contiguo al suyo, así como Jacint Ros Hombravella, también amigo de Ernest y por aquel entonces encargado de la cátedra de Política Económica de la Universidad de Valencia, y que también había pasado por la Complutense de Madrid.[8]

Estos profesores reforzaron el activismo en la Universidad de Valencia. Eso favoreció la aparición de una nueva orientación de la historiografía valenciana que priorizaba la relación y la comparación histórica respecto a los vecinos del norte. La revitalización de la investigación académica y el hecho de que la universidad fuera uno de los pocos espacios de libertad condujeron a la aparición de obras, como las mencionadas, que construían un nuevo discurso sobre la identidad valenciana en oposición a la concepción tradicional.

Este nuevo enfoque ponía sobre la mesa el problema de la «anomalía histórica» del País Valenciano en comparación con el desarrollo de Cataluña y con su modernidad. Se comparaba la falta de industrialización, la poca o inexistente burguesía fruto del fracaso de las revoluciones industrial y liberal, y la incapacidad, a diferencia de la propuesta catalana, de construir una alternativa al nacionalismo español.[9]

La diferencia principal con la mayoría de los profesores catalanes que pasaron por la Universidad de Valencia es que Lluch no iba y venía de Barcelona, o no pasó en ella solamente una breve temporada, sino que estuvo siete años de manera presencial y mantuvo una vinculación docente durante una década. Además, aunque siempre se lo planteó como un destino temporal, se involucró a fondo con dicha Universidad. Su talante, como se ha dicho, no le permitía ir a un destino y ser un simple visitante. Cuando iba a un lugar quería formar parte de su paisaje.

En este caso, eso significaba ser un valenciano más, y también fue la principal razón de que Ernest gustara y fuera bien recibido. No era un catalán que «bajaba» a dar lecciones, sino que se esforzaba por impregnarse de todo lo valenciano. Pronto su valencianidad sería incontestable. Incluso en el habla, con su variante lingüística, aunque nunca la llegaría a dominar como Bramon, la cual, por otra parte, como en toda aquella primera etapa, lo apoyó y ayudó para que tuviera tiempo para la vida académica y política. A menudo le pasaba a máquina los artículos que él dejaba escritos en holandesas.

Al principio, el matrimonio se instaló en un piso del barrio de Ruzafa, en la calle General Prim. Matricularon a sus dos hijas en la Escuela Tramuntana, una cooperativa que impartía las clases en valenciano.[10] Las niñas pronto lo hablaron. La madre, filóloga, les decía medio en broma que el valenciano era la forma de escribir del catalán.[11] Y naturalmente las dos también tenían sus trajes de falleras.

Lluch enseguida conectó con los estudiantes. De entrada, porque era un profesor joven que se interesaba por ellos. Además era alto —1,82 metros, él decía que había crecido durante la mili—, delgado, y a pesar de las gafas, como dijo un periodista de la época, tenía un aire entre Tony Perkins y un boy scout, con su cara medio ingenua y medio pícara. Parecía como si después de las clases se tuviera que ir directamente a una pista de tenis y pudiera aderezar su carrera académica con un punto de frivolidad.

Pero no era así, aunque con un grupo llegó a formar un equipo de baloncesto. La iniciativa surgió de unos cuantos, no todos del ámbito universitario, que iban los domingos por la mañana a la playa de la Malvarrosa a jugar al fútbol. Como algunos días se juntaban cinco o diez, formar un equipo de once resultaba difícil, así que pensaron que sería más sencillo reunirse para jugar al baloncesto.

El equipo, los Sagan, se registró en la Federación Regional de Baloncesto de Valencia, y, como eran bastante «mayorcitos», los pusieron en primera regional. Algunas de las palizas que recibieron fueron monumentales: de cien a diez, por ejemplo. Pero lo importante eran las paellas y las conversaciones sobre política y cultura, también con sus parejas, de después de los partidos.[12]

A pesar de la práctica del baloncesto, Lluch no abandonó para nada su afición al fútbol, sobre todo al Barça, y fundó una peña de amigos. Cuando los azulgrana se enfrentaban al Valencia, y el presidente de entonces, Agustí Montal, se desplazaba, organizaba almuerzos o cenas de intelectuales locales con la directiva. Hacía lo que más le gustaba hacer, congregar.[13]

Ernest era la negación del tópico del profesor aislado e introvertido, sin ser tampoco un intelectual barbudo. Era una persona cercana a los alumnos, de los pocos académicos, por ejemplo, que accedía a ir con ellos de viaje de fin de curso. Como en la Semana Santa de 1971, cuando junto con Dolors Bramon acompañaron a los de quinto curso durante quince días a Roma, Padua y Florencia, entre otros lugares. Tras recorrer todas las librerías posibles, cuando el grupo fue a Venecia el matrimonio decidió visitar Liubliana.

Como no podía ser de otro modo, Lluch aprovechó el viaje para escribir cuatro «Postals des d’Itàlia», unos artículos para Tele/eXpres y Serra d’Or en los que comentaba la economía, la universidad y la situación de las regiones.[14] Algunos de sus estudiantes los habían leído precisamente en estos medios y también en Promos. Así, cuando llegó, Lluch no era un completo desconocido para ellos.

En Económicas, como en Barcelona, se seguía un plan común a excepción del quinto curso, donde se escogía especialidad: Economía General o Empresa. Él impartía por la tarde, ante unos ochenta alumnos, dos asignaturas de quinto, Historia de las Doctrinas Económicas y Organización Económica Internacional (OEI), una más escolástica, y la otra más actual.[15]

Sus clases solían tener un punto desenfadado y una doble lectura. Una primera, básica, con elementos más generales, y una segunda, que no todo el mundo seguía, en la que había que leer entre líneas. Insistía en que las teorías no estaban muertas, sino que era necesario releer y repensar a los clásicos. Pasaba de una visión de manual a otra más vívida; no era sistemático y pretendía ser poco convencional.

No se limitaba simplemente a verter teorías y autores, sino que, sobre todo, daba a conocer los debates que había sobre ellos. «Por primera vez —expresa uno de sus alumnos, Ernest Reig—, nos dimos cuenta de que había controversias teóricas en economía, entre ellas el debate sobre la teoría del capital entre los británicos de Cambridge y los estadounidenses de la Cambridge de Massachusetts (la Universidad de Harvard). Nosotros veníamos de una enseñanza muy formalista o mecanicista de la teoría económica y eso fue una novedad».[16]

Eso hizo, pues, que un sector de los alumnos menos trabajadores se quedaran perplejos porque no solo tenían que aproximarse a las diferentes teorías, sino también a las discusiones que se suscitaban sobre ellas. Cosa que, por el contrario, estimulaba a los más despiertos. Hacía trabajar mucho. En todo momento quería que se fuera a las fuentes. Además, participaba en la tertulia con los alumnos, y pronto estableció vínculos con personas del ámbito local, pasando a conocer anécdotas y a tener una información muy detallada sobre la gente, gracias a su curiosidad, lo que al mismo tiempo le permitía ser muy cáustico.[17] En consecuencia, accedió al conocimiento de la intrahistoria local que tan útil le resultaba, tal como había sucedido en Barcelona.

«Las cosas de la universidad —aseguraba— deben tomarse con una cierta distancia, y muchas veces el saber se elabora más en tertulias, en bares y en bibliotecas, que en las aulas donde se dictan enseñanzas formales. La formación de una cultura es una labor de mucho tiempo y de mucha lectura. No basta con los años de una carrera universitaria. Hacen falta los años de una vida».[18]

En su tarea de profesor, además de explicar Historia del Pensamiento Económico, se preocupó por transmitir las polémicas del pensamiento económico contemporáneo. No le entusiasmaban las excesivas formalizaciones tendentes a acabar alejadas de la posibilidad de explicar el comportamiento de la economía real.[19] «Las teorías económicas contemporáneas —sostenía— para mí no son algo que se estudia, sino que son una realidad viva y sirven para analizar problemas relevantes y que proporcionan normas para mejorar la vida material de las personas».[20]

Animaba a los alumnos a ir a la Universidad Catalana de Verano de Prades, que había empezado su andadura como tal en 1969, en la que Lluch —seductor, carismático y charlatán— junto con el «lluchito» Eugeni Giral puso en marcha una sección de economía. Consideraba que mientras para los catalanes dicha universidad era simplemente catalana, para los valencianos era «siempre pancatalana».[21] Y, naturalmente, también hablaba de política con los alumnos. Puso en sus manos por primera vez, por ejemplo, Mondo Operaio, la revista del Partido Socialista Italiano, o libros sobre la economía de la Toscana.[22]

Todo ello hizo que pronto destacara entre el profesorado de corte más clásico y que los estudiantes lo valoraran. Tanto que, posteriormente, su alumna Clementina Ródenas, que en 1989 sería la alcaldesa socialista de Valencia, y otro discípulo suyo, Segundo Bru, que sería consejero de la Generalitat, pusieron de nombre Ernest a sus hijos.

La primera culminación de este proceso de incardinación con el mundo local valenciano fue la consecución, el 22 de marzo de 1971, de la posición de profesor agregado interino de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Valencia. Lo sería hasta el 18 de noviembre de 1974, fecha en la que alcanzaría la plaza de profesor agregado numerario.[23]

A pesar de su rápida aclimatación y en un rasgo muy característico de su talante, Lluch no perdió su vínculo con Madrid. Cuando iba a un lugar quería que lo consideraran uno de los suyos, pero cuando se marchaba de otro no rompía el vínculo, sino que mantenía vivas las relaciones y volvía de vez en cuando. Si había husos, alguien tenía que darles cuerda. Eso fue la causa de que casi en paralelo a su consolidación valenciana, sin perder su calidad de adjunto, fuera nombrado, de manera provisional, profesor encargado de la plaza de agregado de Historia de las Doctrinas Económicas en la Complutense de Madrid.[24]

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14 November 2024
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689 p. 66 illustrations
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9788491873686
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