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EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO
Título original: The Physicist and the Philosopher
© del texto: Princeton University Press, 2015
© de la traducción: Àlex Guàrdia Berdiell, 2020
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: octubre de 2020
ISBN: 978-84-17623-83-8
Depósito legal: B 15427-2020
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Imagen de cubierta: © Lucía Aranaz
Maquetación: Àngel Daniel
Producción del ebook: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
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Jimena Canales
EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO
Albert Einstein, Henri Bergson y el debate que cambió nuestra comprensión del tiempo
Traducción de Àlex Guàrdia Berdiell

SUMARIO
PREFACIO
PRIMERA PARTE. EL DEBATE
1. Prematuro
2. «Más einsteiniano que Einstein»
3. ¿Ciencia o filosofía?
SEGUNDA PARTE. LOS HOMBRES
4. La paradoja de los gemelos
5. El talón de Aquiles de Bergson
6. ¿Vale la pena mencionarlo?
7. Bergson escribe a Lorentz
8. Bergson conoce a Michelson
9. El debate se propaga
10. La vuelta de París
11. Al cabo de dos meses
12. El positivismo lógico
13. Las secuelas inmediatas
14. Un diálogo imaginario
15. Tiempo «enérgico»
16. La primavera pasada
17. La Iglesia
18. El fin del tiempo universal
19. Mecánica cuántica
TERCERA PARTE. LAS COSAS
20. Cosas
21. Relojes y relojes de pulsera
22. Telégrafo, teléfono y radio
23. Átomos y moléculas
24. Las películas de Einstein: lo reversible
25. Las películas de Bergson: el descontrol
26. Microbios y fantasmas
27. Un nuevo tema de debate: los aparatos de registro
CUARTA PARTE. LAS PALABRAS
28. Las últimas reflexiones de Bergson
29. Las últimas reflexiones de Einstein
EPÍLOGO
NOTAS
PREFACIO
«No me entra en la cabeza —escribió Einstein— que [los últimos treinta años] representen 10-9 segundos». ¿Qué hace que un momento sea destacable, que persiga nuestro pasado y nuestro futuro? El 6 de abril de 1922 fue una fecha destacable para Einstein; fue el día que conoció a Henri Bergson, uno de los filósofos más reputados de su época.
En un encuentro en París anunciado a bombo y platillo, el filósofo felicitó al físico por haber descubierto una teoría fascinante, pero le reprendió por haber omitido aspectos del tiempo que revisten para nosotros una importancia intuitiva. Sobrecogido por que una teoría ignorara qué canalizaba nuestra atención hacia ciertos sucesos y no hacia otros, Bergson esbozó los principios de una cosmología alternativa que no cayera presa de la precisión impávida de la ciencia, pero que tampoco se relamiera en la retórica poética. Aplaudido por su noción «vigorosa» del tiempo, sus objeciones inspiraron a generaciones enteras.
Durante el cara a cara entre el mayor filósofo y el mayor físico del siglo XX, el público aprendió a ser «más einsteiniano que Einstein». Bergson no refutó ningún resultado experimental, sino que acusó al físico de hincar sobre la ciencia una «metafísica» peligrosa. El físico respondió enseguida, invocando a aliados para hacer frente a un hombre que se negaba a conceder a la ciencia —y a la física— la potestad de revelar el tiempo del universo.
«El tiempo del universo» descubierto por Einstein y «el tiempo de nuestras vidas» asociado con Bergson cayeron en dos espirales peligrosamente destinadas a colisionar; escindieron el siglo en dos culturas y enemistaron a científicos con humanistas, y al conocimiento experto con la sabiduría popular. Con repercusiones sobre el pragmatismo norteamericano, el positivismo lógico, la fenomenología y la mecánica cuántica, hay una serie de tramas y alianzas que explican por qué hay eternas rivalidades entre la ciencia y la filosofía, entre la física y la metafísica, o entre la objetividad y la subjetividad, que siguen férreamente atrincheradas. Al final de su vida, Bergson cambió de parecer respecto a Einstein y Einstein respecto a Bergson, pero sus premisas seguían siendo irreconciliables.
El físico y el filósofo está dividido en cuatro grandes partes. La primera empieza con tres capítulos que nos retrotraen directamente al encuentro entre Einstein y Bergson. La segunda parte se centra en los hombres en sí y detalla los diversos contextos en que las contribuciones de Einstein se valoraron comparándolas directamente con la crítica de Bergson. Seguiremos los efectos del debate desde Francia a Inglaterra, Alemania y Estados Unidos. En cada uno de estos sitios encontramos algunos de los principales actores que participaron en el conflicto, como la Iglesia católica, y vemos cómo afectó el desacuerdo a diversos movimientos científicos y filosóficos, como el pragmatismo norteamericano, el positivismo lógico y la mecánica cuántica. Algunos de estos capítulos hacen hincapié en momentos clave previos y posteriores al 6 de abril de 1922, cuando se anticiparon argumentos similares a los esgrimidos aquel día.
La tercera parte se centra en las cosas. Indaga en el motivo por el que Einstein y Bergson se mantuvieron tan divididos, analizando a fondo los ejemplos concretos que salían de forma explícita y repetitiva en sus propios debates y en los debates que celebraban sus interlocutores. Hubo varias cosas que desempeñaron papeles descollantes, como el telégrafo, el teléfono, la radio, las películas y las grabadoras automáticas. En sus discusiones también se colaron partículas microscópicas, microbios diminutos, observadores ciclópeos, seres superrápidos, animales y fantasmas.
La cuarta parte termina con palabras: los últimos comentarios que hizo cada uno respecto al otro. Por aquel entonces, Bergson tenía casi ochenta años y fue testigo del auge del nazismo en Alemania, de la ocupación de París y de una nueva era de conflicto y agitación. Einstein también se acercaba a la ochentena. Se había jubilado del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton y se acordó de Bergson unos meses antes de que los norteamericanos detonaran la primera bomba de hidrógeno del mundo. Al final, descubrimos una historia del apogeo de la ciencia en un siglo dividido, una historia de desacuerdo y desconfianza y de las cosas cotidianas que nos desgarran.
PRIMERA PARTE
1
PREMATURO
El 6 de abril de 1922 Einstein conoció a un hombre que no olvidaría jamás. Se trataba de uno de los filósofos más prestigiosos del siglo, ampliamente conocido por propugnar una teoría del tiempo que esclarecía lo que no explicaban los relojes: los recuerdos, las premoniciones, las expectativas y las previsiones. Gracias a él, ahora sabemos que para cincelar el futuro uno debe empezar cambiando el pasado.
¿Por qué una cosa no siempre conduce a la siguiente? El encuentro se había planeado como un acto cordial y académico, pero no lo fue en absoluto. El físico y el filósofo se enzarzaron, cada uno defendiendo formas opuestas —e incluso irreconciliables— de entender el tiempo. En la Société française de philosophie, una de las instituciones más veneradas de Francia, midieron fuerzas bajo la atenta mirada de un selecto grupo de intelectuales. El «diálogo entre el mayor filósofo y el mayor físico del siglo XX» se dejó perfectamente escrito: un guion perfecto para el teatro1. El encuentro —y las palabras que en él se mediaron— se comentarían durante el resto del siglo.
El nombre del filósofo era Henri Bergson. En las primeras décadas del siglo había superado en fama, prestigio e influencia al físico, aunque hoy conozcamos más al alemán. Enfrentándose a aquel joven, Bergson puso en peligro su reputación. Pero Einstein también.
Las críticas vertidas contra el físico provocaron un daño inmediato. Unos meses más tarde, cuando se galardonó a Einstein con el Premio Nobel, no fue por la teoría que le había hecho famoso: la relatividad. Se le concedió el reconocimiento «por haber descubierto la ley del efecto fotoeléctrico», un área de la ciencia que no despertaba ni de lejos la misma imaginación que la relatividad. Las razones por las que se decidió destacar un trabajo que no fuera la relatividad se remontaban directamente a lo que Bergson había dicho ese día en París.
El presidente del Comité del Nobel explicó que, aunque la mayoría de los debates se centraban en la teoría de la relatividad, no merecía el premio por ello. ¿Por qué no? De buen seguro, los motivos eran variados y complejos, pero el culpable mencionado esa noche fue claro: «No es ningún secreto que el famoso filósofo Bergson ha cuestionado esta teoría en París». Bergson había demostrado que la relatividad «pertenece a la epistemología», no a la física, «por lo que ha sido objeto de un intenso debate en los círculos filosóficos»2.
No cabe duda de que la explicación de aquel día recordó a Einstein los sucesos de la primavera anterior en París. Claramente, había generado controversia… y esas eran las consecuencias. No había podido convencer a muchos pensadores del valor de su definición del tiempo, especialmente al comparar su teoría con la del eminente filósofo. En su discurso de aceptación, Einstein se mantuvo en sus trece. No habló sobre el efecto fotoeléctrico, por el que se le había concedido oficialmente el premio, sino sobre la relatividad: la obra que le había convertido en una estrella mundial, pero que en ese momento se estaba poniendo en duda.
El hecho de que el presentador de los Premios Nobel invocara el nombre de Bergson fue un triunfo espectacular para el filósofo, que había pasado toda su vida y se había labrado una carrera ilustre demostrando que no había que interpretar el tiempo únicamente a través de los binóculos de la ciencia. Bergson insistía de forma persistente y consistente en que se debía interpretar filosóficamente. Pero, ¿qué quería decir exactamente con eso? Al parecer, la filosofía de Bergson era tan controvertida como la física de Einstein.
¿Qué llevó a estas dos eminencias a adoptar posturas opuestas en casi todas las cuestiones polémicas de su época? ¿Qué hizo que un siglo como el XX acabara tan dividido? ¿Por qué dos de las mentes más grandes de la edad moderna discreparon tan profundamente, dividiendo a la comunidad intelectual durante muchos años?
ESA TARDE
Ese día «verdaderamente histórico» en el que ambos se conocieron, Bergson se vio arrastrado a regañadientes hacia un debate que había tratado de evitar a toda costa3. El filósofo le sacaba muchos años a Einstein y habló durante cerca de media hora, azuzado por un compañero impertinente que decidió participar tras la presión del organizador del evento. «Somos más einsteinianos que usted, monsieur Einstein»4, dijo. Sus objeciones llegarían a oídos de todos. «Todos dábamos a Bergson por muerto —explicaba el escritor y artista Wyndham Lewis—, pero la Relatividad, aunque parezca extraño a primera vista, lo ha resucitado»5.
El físico respondió en menos de un minuto, engastando en la respuesta una frase condenatoria y mil veces citada: «Il n’y a donc pas un temps des philosophes»6. La réplica de Einstein, manifestando que el tiempo de los filósofos no existía, fue muy polémica.
Einstein había viajado a la ciudad de las luces desde Berlín. Cuando su tren llegó a la Gare du Nord, «le esperaba una marabunta de fotógrafos, periodistas, cineastas, funcionarios y diplomáticos». El afamado científico optó por bajar por el andén contrario, huyendo subrepticiamente como un ladrón. Se abrió camino entre peligrosos cables y señales de aviso hasta una puertecita que daba al bulevar de la Chapelle, que por las tardes estaba más vacío que el desierto del Sáhara. Una vez a salvo de cámaras y miradas, Einstein rompió a reír como un niño7.
La visita del físico causó «una sensación que la élite intelectual de la capital no logró ignorar»8. Los intelectuales no eran los únicos entusiasmados con su presencia. Literalmente «enloqueció a las masas», embelesando enseguida a los desprevenidos parisinos9. Un observador describió el «frenesí desbocado de las masas por escuchar algunos de los ponentes que hablaban de Einstein»10. El viaje de Einstein «revivió y llevó al paroxismo la curiosidad del público por el científico y su obra»11.
Lo siguiente que dijo Einstein esa tarde fue aún más controvertido: «Solo queda un tiempo psicológico que difiere del físico». En ese preciso instante, Einstein abrió la caja de los truenos: solo había dos formas válidas para entender el tiempo, la física y la psicológica. Aunque escandalosas por el contexto concreto en que fueron proferidas, estas dos formas de analizar el tiempo tenían una larga trayectoria. Con Einstein, tendrían una todavía más larga, pues se convirtieron en los dos ejes dominantes del siglo XX para la mayoría de las investigaciones sobre la naturaleza del tiempo.
A Bergson le horrorizaba la perspectiva simple y dualista sobre el tiempo que defendía Einstein y respondió escribiendo un libro entero para rebatirla. Su teoría «es una metafísica hincada sobre la ciencia, no es ciencia», escribió12.
Einstein plantó cara con toda su energía, su fuerza y sus recursos. En los años siguientes, la percepción general fue que Bergson había perdido el debate con el joven físico. Las premisas del científico sobre el tiempo acabaron dominando el grueso de los debates eruditos sobre la cuestión, dejando obsoletos no solo los principios de Bergson, sino muchos otros artísticos y literarios, relegándolos a una posición secundaria y auxiliar. Para muchos, la derrota de Bergson supuso una victoria de la «razón» contra la «intuición»13. Señaló el momento en que los intelectuales perdieron la capacidad de seguir el ritmo de las revoluciones científicas debido a su creciente complejidad. Por esa razón, tenían que mantenerse al margen. La ciencia y sus consecuencias debían dejarse a los propios científicos14. Así empezó «la historia al revés que sufrió la filosofía del tiempo absoluto de Bergson tras una época de éxito sin precedentes; indudablemente por el impacto de la relatividad»15. Y lo más importante es que empezó un periodo en que la filosofía fue perdiendo relevancia, mientras que la influencia de la ciencia aumentaba.
Los biógrafos que narran la vida y obra de Einstein raramente mencionan a Bergson. Una de las excepciones, un libro escrito por un colega, Abraham Pais, retrata un acercamiento final entre los dos hombres16. Pero otras pruebas demuestran lo divisivo que fue su encuentro. Unos pocos años antes de sus respectivas muertes, Bergson escribió sobre Einstein (1937) y Einstein mencionó a Bergson (1953). Cada uno subrayó de nuevo lo errónea que seguía siendo la perspectiva del otro. Aunque el debate desapareció en gran medida del legado de Einstein, muchos seguidores de Bergson lo sacaban a colación periódicamente17. El mero acto de revivir la discusión de aquel día de abril de 1922 no podía tomarse a la ligera. No solo fue divisivo el incidente en sí, sino que su relevancia para la historia aún se pone en tela de juicio.
Los dos hombres coparon la mayoría de los debates sobre el tiempo de la primera mitad del siglo XX. Gracias a Einstein, por fin se había «depuesto de su trono» al tiempo, bajándolo de la cumbre de la filosofía al mundo práctico y terrenal de la física. Había demostrado que se tenía que descartar para siempre «nuestra creencia en el significado objetivo de la simultaneidad», así como en el tiempo absoluto, una vez suprimido con éxito «este dogma de nuestra mente»18. El físico había probado que «el espacio en sí mismo y el tiempo en sí mismo» eran dos conceptos «condenados a difuminarse hasta convertirse en meras sombras»19.
Bergson, en cambio, sostenía que el Tiempo encerraba más de lo que los científicos (de todo tipo, desde los evolucionistas darwinianos a los astrónomos y los físicos) habían apostado jamás. Para explicar esos aspectos del Tiempo que eran de suma importancia y que los científicos omitían constantemente, Bergson solía escribir la palabra en mayúscula. Lo asociaba con el «élan vital», un concepto traducido comúnmente como «impulso vital». Este impulso, argumentaba, cosía todo el universo y daba a la vida un impulso y una fuerza imparables que siempre producían creaciones nuevas e inesperadas y que la ciencia solo capturaba imperfectamente. Era la columna vertebral del trabajo artístico y creativo. Bergson influyó a escritores tan diversos como Gertrude Stein, T. S. Elliot, Virginia Woolf, William Faulkner y muchos otros que introdujeron interrupciones, giros y cambios de guion en los que el futuro aparecía antes que el pasado y el pasado antes que el futuro20.
A sus coetáneos, las contribuciones de Einstein y Bergson se les antojaron del todo contradictorias, símbolos de dos visiones rivales de la época moderna. El vitalismo se oponía a la mecanización; la creación, al raciocinio; la personalidad, a la uniformidad. Durante esos años, la filosofía de Bergson se solía enlazar con el primer término de cada uno de estos emparejamientos; mientras que la obra de Einstein se solía vincular con el segundo21. Bergson se asociaba con la metafísica, el antirracionalismo y el vitalismo, la idea de que la vida lo impregna todo. Einstein, con sus opuestos: la física, la racionalidad y la idea de que el universo (y nuestro conocimiento del mismo) se sustentaría igual de bien sin nosotros. Cada uno representaba una cara de las notables e irreconciliables dicotomías que caracterizaban la modernidad.
Este periodo afianzó un mundo dividido en gran medida entre la ciencia y el resto. Lo excepcional de la aparición de estas divisiones y de sus subsiguientes encarnaciones es que, tras el encuentro entre Einstein y Bergson, si la ciencia aparecía firmemente anclada a una de las caras de la dicotomía, la cultura aparecían en el otro bando, incluyendo la filosofía, la política y el arte.
La dimensión de ambos hombres provocó la envidia de muchos de sus contemporáneos. En cierta ocasión, el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, dijo de sí mismo que no podía «albergar muchas esperanzas de ser citado al lado de Bergson y Einstein como uno de los soberanos intelectuales» de su época22. De su enfrentamiento señaló: «[Fue] una controversia que actualmente separa a los dos hombres más renombrados de nuestro tiempo»23. Así como el cerebro de Einstein se exhibió en formaldehído como el arquetipo perfecto del órgano de la genialidad, los mechones de pelo de Bergson conservados en su barbería fueron «tratados como reliquias sagradas»24.
«A principios de este siglo, colisionaron dos formas de pensamiento muy prominentes y originalmente independientes», explicó un físico e historiador que arriesgó su carrera tomando partido por Bergson. «Por un lado […] estaba el sistema de Bergson. […] Y por el otro, la teoría física de la relatividad, que […] dominaba el pensamiento científico», proseguía. «Era inevitable que una u otra opinión acabase dando su brazo a torcer», concluía25. Si avanzamos más en el tiempo, el debate entre ellos se sigue percibiendo ampliamente como inevitable. «El enfrentamiento de Bergson con Einstein era inevitable», escribió el filósofo Gilles Deleuze más de medio siglo después de su encuentro26. De este modo, vemos que estos dos hombres desempeñaron un papel clave en las divisiones de marras de la modernidad. ¿Podemos ir más allá de ellos?
La derrota de Bergson fue un punto de inflexión decisivo para él: el ímpetu fanfarrón de un joven puso a prueba la fama, sabiduría y cautela del hombre mayor. No obstante, también señalizó el momento clave en que la autoridad de la ciencia se impuso a otras formas de conocimiento. En los años posteriores a su reunión, el físico y el filósofo se enfrascaron en muchas otras disputas acerca de casi todo. Algunas de sus diferencias eran sumamente abstractas: acerca de la naturaleza del tiempo, del papel de la filosofía y del poder y radio de acción de la ciencia. Otras eran más concretas, como en lo referente al papel del gobierno, el cometido de la religión en las sociedades modernas y el destino de la Sociedad de las Naciones. Pero en casi cualquier aspecto —desde el vegetarianismo a la guerra, desde la raza a la fe—, vemos que los dos hombres adoptaron posturas bastante contrarias en casi todas las cuestiones relevantes de su época.
Hay muchas razones por las que sabemos tanto sobre Einstein y tan poco sobre Bergson. Muchas tienen que ver con cómo se intensificó el debate después de su primer encuentro; prendió como la pólvora27. La tensión entre los dos hombres recrudeció después de que Bergson publicara un libro descarnado sobre la teoría de la relatividad. El controvertido volumen, diseñado para ser leído con sumo celo, apareció más tarde ese mismo año. Duración y simultaneidad inspiró cientos de respuestas de pensadores eminentes, concernientes al desacuerdo entre el físico y el filósofo. El libro fue tan polémico como exitoso. Casi una década después de su publicación, un escritor y lector ávido de la obra de ambos hombres seguía preguntándose: «¿El libro del más brillante de los filósofos contemporáneos aclara las ideas del más brillante de los científicos?»28. En 1936, menos de una década y media después de salir impreso, un reputado biólogo avisaba a los interesados de que les costaría encontrar un ejemplar de Duración y simultaneidad, dado que la última edición se había agotado29.
Actualmente, Einstein es alguien conocido y respetado; Bergson lo es mucho menos. Sin embargo, en el momento de su encuentro la situación era más bien la opuesta. Bergson era un intelectual y filósofo renombrado que por la mañana se codeaba con jefes de estado, por la tarde llenaba salas de conferencias y, por la noche, amenizaba a muchos con sus textos; Einstein acababa de saltar a la fama y aún estaba buscando su voz fuera de los círculos científicos.
Bergson y Einstein se vieron unas pocas veces más e intercambiaron un par de cartas. Einstein le envió a Bergson una postal cordial desde Río de Janeiro tras su encontronazo en París30. No volvieron a debatir jamás en público, sino que propagaron sus respectivas posturas en publicaciones y cartas a terceros. Algunas de estas cartas acabaron haciéndose públicas; otras permanecieron en manos privadas hasta que terminaron en archivos. En ellas podemos detectar casos claros de injurias proferidas a espaldas del otro. Una serie de destacados discípulos se agenciaron la tarea de finiquitar el debate en favor del hombre al que respaldaban. Cuando el debate acabó llegando al gran público pocas personas se mantuvieron neutrales.
Después de conocerse, Einstein recalcó que el filósofo simplemente no entendía la física de la relatividad, una acusación que abrazaba la mayoría de los prosélitos de Einstein y que Bergson negaba tajantemente. A la vista de estas acusaciones, Bergson revisó su argumento en tres apéndices —que añadió por separado a Duración y simultaneidad en la segunda edición— y en otro ensayo publicado en una revista especializada. La respuesta de Bergson se ha solido ignorar. Si la tenemos en consideración, podemos ver que su desacuerdo radicaba en mucho más que en meras discrepancias técnicas acerca de la teoría de la relatividad. Bergson no reconoció nunca la derrota. Según él, eran Einstein y sus interlocutores los que no lo entendían a él.
Antes de que los dos hombres se conocieran en persona, parecía casi imposible prever que pudiera nacer un conflicto tan encarnizado entre ellos, entre su visión científica y su filosofía. Hallamos ciertos síntomas de animosidad en Einstein en 1914, cuando escribió una carta a un amigo describiendo la filosofía de Bergson como «flácida» e indigna de ser leída, ni siquiera para mejorar su dominio del idioma francés31. Para Bergson, tenemos pruebas que revelan lo contrario: una fascinación inicial con Einstein y su teoría. Un amigo suyo recuerda que, al oír hablar de ella, el filósofo se lanzó a estudiar de pe a pa su teoría. En aquel momento, Bergson pensaba publicar solamente una «nota» sobre la teoría, con una valoración general positiva. Como admitió a un amigo: «Mostrará el concierto entre la relatividad y mis opiniones sobre el espacio y el tiempo espacial». Pero estas intenciones conciliadoras se desvanecieron enseguida. Se hizo patente que el concepto de la duración —una etiqueta que Bergson usaba para describir aspectos del tiempo que nunca se podrían plasmar cuantitativamente— tenía que «distinguirse»32.
En el Congreso de Filosofía de Oxford de 1921, se entregaron artículos sobre la filosofía de Bergson y la física de Einstein conjuntamente, sin problemas aparentes. ¿Qué pasó el 6 de abril para revertir esa situación?
Este libro versa sobre dos hombres y un día. Pero también trata de lo que esos dos hombres han acabado personificando. Para ser más precisos, trata sobre cómo esos hombres y sus adeptos llegaron a ser lo que fueron. Varios sucesos e interacciones particulares les moldearon tanto como ellos moldearon al mundo que les rodeaba. Después de debatir durante casi un siglo mediante partidarios y detractores, ahora podemos buscar una tercera vía: entender las dos posturas, su aparición y su contexto.
UNA REVOLUCIÓN CONTRA BERGSON
La fama de Einstein le precede; es un hombre comparado a menudo con Newton y Colón. Al publicar «el que tal vez sea el artículo científico más famoso de la historia», inició una revolución equiparable a la de Copérnico33. En 1919, una expedición enviada a observar un eclipse catapultó a la fama internacional al controvertido científico. En parte, su posición categórica a favor del pacifismo y del antinacionalismo hizo que Einstein, un científico nacido en Alemania, fuera respaldado por muchos miembros de países desangrados por la guerra y fuera admirado por las personas que criticaban el peligroso auge del nacionalismo alemán. Como lo expresó un científico de ese periodo, cuando se hablaba sobre el tiempo había que hablar de Einstein. Lo contrario sería como «no hablar del Sol al discutir sobre la luz diurna»34. Desde entonces, Einstein fue coronado como el hombre cuyo trabajo poseía «la percepción sensorial y los principios analíticos como fuentes de conocimiento», nada más y nada menos35. La teoría de la relatividad rompió con la física clásica en tres sentidos fundamentales: primero, redefinió los conceptos de tiempo y espacio propugnando que ya no eran universales; segundo, demostró que el tiempo y el espacio estaban íntimamente relacionados; y tercero, la teoría acabó con el concepto del éter, una sustancia que presuntamente llenaba el espacio vacío y que los científicos esperaban que otorgara un entorno estable tanto al universo como a sus teorías de mecánica clásica.
Juntas, estas tres perspectivas contribuyeron a generar un efecto nuevo sorprendente, la dilatación del tiempo, que galvanizó profundamente a científicos y personas de a pie. En términos coloquiales, los científicos describieron el fenómeno diciendo que el tiempo se ralentizaba a altas velocidades y que, por si fuera poco, se detenía completamente a velocidades infinitas. Si se pusieran dos relojes a la misma hora y uno de ellos se separara desplazándose a una velocidad constante, marcarían horas diferentes en función de sus velocidades respectivas. Aunque los observadores que viajaran con sendos relojes no podrían detectar ningún cambio en su propio organismo, uno de ellos sería más lento que el otro. Los investigadores descubrieron una diferencia pasmosa entre el «tiempo1» medido por el reloj estático y el «tiempo2» medido por el reloj en movimiento. ¿Cuál de ellos era el tiempo auténtico? Según Einstein, ambos. Es decir, todos los marcos de referencia debían tratarse como iguales. Ambas cantidades aludían igualmente al tiempo. ¿Einstein había encontrado un modo de detenerlo?
Bergson no las tenía todas consigo. Afirmó que las magníficas conclusiones de la teoría del físico no distaban mucho de las búsquedas fantásticas de la fuente de la juventud, concluyendo: «Tendremos que encontrar otra forma para no envejecer»36.
Para los científicos que defendían la relatividad, había que sublimar nuestra concepción habitual de la «simultaneidad»: dos sucesos que parecían ocurrir simultáneamente para un observador no tenían por qué ser simultáneos para otro. Este efecto estaba conectado con otros aspectos de la teoría: que la velocidad de la luz (en el vacío y sin campo gravitatorio) era constante37. Podía aumentarse sucesivamente la velocidad de la mayor parte de los objetos físicos montándolos sobre otros objetos que viajaban a gran velocidad. Por ejemplo, un tren que viajara a una cierta velocidad podía circular más rápido colocándose encima de otro tren veloz. Si el primer tren podía circular a unos 80 kms/h, el que llevaba encima iría a ciento sesenta, el siguiente a doscientos cuarenta, etc. Pero con las ondas de luz, no. Según los postulados de la relatividad especial de Einstein, la velocidad de la luz no solo era constante, sino que era insuperable. Este simple hecho hizo que los científicos abandonaran el concepto de simultaneidad absoluta y les abrió la puerta a un sinfín de otros efectos paradójicos, incluyendo la dilatación del tiempo.
Como sucede con Einstein, la fama de Bergson también le precede38. Se le comparó con Sócrates, Copérnico, Kant, Simón Bolívar e incluso con Don Juan39. El filósofo John Dewey, conocido como uno de los máximos exponentes del pragmatismo norteamericano, aseguró que, «después del profesor Bergson, ningún problema filosófico revestiría la misma cara y apariencia que antes»40. William James, catedrático de Harvard y célebre psicólogo, describió La evolución creadora (1907) de Bergson como «un auténtico milagro», como señal del «comienzo de una nueva era»41. Para James, Materia y memoria (1896) avivó «una suerte de revolución copernicana, tal y como lo hicieron los “principios” de Berkeley o la crítica de Kant»42. El filósofo Jean Wahl dijo en cierta ocasión que «si uno tenía que citar cuatro grandes filósofos, podría decir: Sócrates y Platón —como si fueran uno solo—, Descartes, Kant y Bergson»43. El filósofo e historiador de la filosofía Étienne Gilson afirmó sin ambages que el primer tercio del siglo XX fue «la era de Bergson»44. Se le consideraba a la par «el mayor pensador del mundo» y «el hombre más peligroso del mundo»45. Los estudiantes le describían como «un hechicero», reconocido «salvador de Francia y de la libertad de Europa»46. Muchos de sus seguidores se embarcaban en «peregrinajes místicos» hasta su casa de campo en Saint-Cergue, Suiza47. Lord Balfour fue un atento lector de su obra; y «cuando un ex primer ministro de Inglaterra abre una polémica con el principal filósofo pensador de la época, todo el mundo debería abrir los oídos»48. Theodore Roosevelt, presidente de Estados Unidos, era uno de los muchos que escuchaban atentamente lo que Bergson tenía que decir y escribió un artículo analizando directamente su filosofía49. Con todo, otros consideraban su producción la señal de que el invierno tocaba a su fin y llegaba una nueva primavera para la civilización occidental50.
Por lo general, Bergson se veía como el adalid principal de la «insurgencia contra la razón», que muchos diagnosticaban como una enfermedad contemporánea del periodo de entreguerras. En consecuencia, se le acusó de denigrar las «ciencias físicas», reduciéndolas «a un recurso meramente práctico para manipular cosas muertas, a lo sumo»51. El historiador y teórico Isaiah Berlin le achacó haber «abandonado unos principios críticos estrictos y haberlos sustituido por respuestas pasionales fortuitas»52. El matemático y filósofo Bertrand Russell le acusó de antiintelectualismo, una enfermedad peligrosa que afectaba a «hormigas, abejas y a Bergson» y en que la intuición gobernaba a la razón53. La Introducción a la metafísica de Bergson era «el Discurso del método para el antirracionalismo moderno»54. Tenía fama de espiritualista, anticientífico y representante principal del «renacimiento moderno de lo oculto», de la «revuelta contra el mecanicismo» y del «nuevo espiritualismo»55. Se le consideraba imbuido de creencias religiosas y a menudo se le asociaba con la Iglesia católica, pese a que Bergson era judío. Corrían rumores de que se había convertido al catolicismo. ¿Eran ciertos? La verdad es que su obra también se incluyó en el Índice de Libros Prohibidos de la Iglesia católica, que vetaba a los creyentes leerla y difundirla56.
En el Lycée Condorcet, Bergson obtuvo galardones en inglés, latín, griego y filosofía. Su trabajo matemático le granjeó una gran acogida y le valió un premio nacional, además de la publicación en los Annales de mathématiques. Publicó dos tesis: una sumamente especializada sobre la filosofía aristotélica y otra titulada Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, de la que se hicieron incontables ediciones. En 1898 se convirtió en profesor de la École Normale y en 1900 se trasladó al prestigioso Collège de France.
Su quinto libro, La evolución creadora (1907), le lanzó a la fama universal. Sus charlas estaban tan abarrotadas (con «tout Paris») que sus estudiantes se quedaban sin asiento. Se rumoreaba que la gente de bien enviaba a sus criados con antelación para reservar un sitio y, «en algunas ilustraciones de la época, vemos a gente encaramada a las ventanas para atisbar al célebre filósofo»57. Cuando tomó posesión de su sillón en la Académie Française, recibió tantas flores y tantos aplausos que, ahogado por las aclamaciones, apenas se le oyó decir en son de protesta: «¡Pero si no soy una bailarina!». Ni siquiera la Ópera de París era lo bastante espaciosa para él58. En 1913 su conferencia en la City College de Nueva York aglutinó a dos mil estudiantes59.
La notoriedad universal le persiguió hasta 1922, cuando publicó Duración y simultaneidad, un libro que describió como una «refutación» de la teoría de Einstein. Se propuso sin ningún pudor superar a Einstein en ortodoxia, interpretando de una forma nueva todos los hechos científicos conocidos asociados con la teoría de la relatividad. Durante su encuentro, el texto estaba en la imprenta, y salió publicado ese mismo año, pero no surtió el efecto que el autor esperaba.
«Al judío se le dice: “No estás al nivel del árabe, porque al menos tú eres blanco y tienes a Bergson y a Einstein”», explicó Frantz Fanon, que luchó a favor de la descolonización y la independencia argelina de Francia. Para él, los dos hombres simbolizaban las tensiones raciales después de Segunda Guerra Mundial60. Es posible que los franceses los usaran para fomentar el «supuesto complejo de dependencia de los colonizados» y demostrar la superioridad de los blancos con respecto a los negros y enemistar a judíos y árabes. Muchas veces se citaba conjuntamente a Bergson y a Einstein como iconos de la modernidad y del modernismo cultural y literario. Su popularidad se extendía por todo el planeta61.
El enfrentamiento entre los dos intelectos fue particularmente escandaloso porque sus participantes creían que había que lograr un entendimiento en los asuntos del saber, sobre todo del científico. Todos estamos acostumbrados a «debates interminables e irresolubles sobre la mejor estructura para un gobierno, sobre la forma de arte más perfecta o sobre determinados problemas de metafísica o ética», pero esto no debería suceder en un caso que atañía «únicamente a deducciones lógicas basadas en hechos que ninguno de los adversarios podían ni soñar con rebatir»62. Era «algo desconcertante y tal vez nunca visto»63. Había que poner fin a algo que solo podía explicarse como «un malentendido colosal» o un «craso error». Había que hacer algo deprisa para que «todo el mundo» estuviera de acuerdo64. Los argumentos presentados tenían el aire desconcertante de un «doble monólogo» que recordaba a esos de «la torre de Babel», repletos de «debates contradictorios en que las afirmaciones de un bando son igual de categóricas que las del otro»65. «Bergson y los relativistas podían estar equivocados pero no pueden tener razón», explicaba un físico que dedicó la mayor parte de su vida adulta a dilucidar quién debía ser el ganador66. Al final del siglo XX, el debate seguía siendo «un choque frontal de dos concepciones rivales»67.
Aún hoy podemos referirnos a él como un locus classicus y concluir que «el debate histórico entre Bergson y Einstein sobre la teoría de la relatividad es… un clásico»68. En palabras del poeta Paul Valéry, su enfrentamiento fue el grande affaire en mayúsculas del siglo XX69. ¿Su debate cerró una «edad de oro antes del divorcio entre las dos culturas?»70. Abrió una verdadera «caja de Pandora» que se prolongó durante los siguientes cien años71.
Ese día, Einstein tenía motivos fundados para tener miedo de cómo iba a afectarle el ataque del filósofo. Había jurado que daría a su exmujer el dinero del Premio Nobel, que esperaba obtener, en concepto de pensión alimenticia. Pero antes de que se concediera el premio ese mismo año, algunos se preguntaban si la crítica de Bergson había proyectado «toda la doctrina de la relatividad al ámbito de la metafísica, del que […] Einstein estaba decidido a rescatarla»72. Otros empezaron a tildar la teoría de Einstein como simplemente irrelevante para el día a día de los humanos. Alain, un autor muy leído que acabó convirtiéndose en un importante escritor antifascista, adujo que, «desde un punto de vista algebraico, toda [la obra de Einstein] es correcta; desde un punto de vista humano, es pueril»73.
Los años posteriores a su encuentro en París se pueden comparar con los de las guerras de religión, con una diferencia fundamental: en vez de debatir sobre cómo interpretar la Biblia, pensadores de una amplia gama de disciplinas debatieron sobre cómo interpretar la compleja manifestación de la naturaleza a través del tiempo.
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«MÁS EINSTEINIANO QUE EINSTEIN»
«Cuando Albert Einstein salió rumbo a París en marzo de 1922, sabía que iba a estar en la cuerda floja», escribió un biógrafo1. La visita de Einstein era muy simbólica para los dos países2. Era un periodo de tensión extrema entre Francia y Alemania, que todavía estaban recomponiéndose de la Gran Guerra (1914-1918) y se encontraban bajo el influjo de rencores persistentes y acusaciones violentas. Hablando sobre la visita, un ultranacionalista alemán y rival del físico se percató de que simplemente no era «el momento adecuado» para que Einstein fuera a Francia:
Desde el fin de la guerra los franceses han aplastado al pueblo alemán con la máxima brutalidad. Han desmembrado su cuerpo pieza a pieza, han encadenado un acto de extorsión detrás de otro, han apostado tropas de color para vigilar Renania y han hecho demandas insufribles al pueblo alemán a través de la comisión de reparación. Y justo en este preciso instante, Einstein está viajando a París para dar conferencias3.
El científico Max Planck tildó la decisión de Einstein de viajar allí de «heroica», pero susceptible de causar todavía más problemas. «Pese a las ventajas que ofrece, [te traerá] mil enemistades escritas y no escritas», le explicó4. Otros tenían justo la opinión contraria y creían que la visita de Einstein podía allanar las relaciones entre ambas naciones, anunciando «la victoria del arcángel sobre el demonio del abismo»5.
Einstein había censurado la Gran Guerra; Bergson había defendido patrióticamente las acciones de su país. Einstein había cumplido cuarenta y tres años el mes anterior; Bergson tenía sesenta y dos años.
Después de que periódicos y círculos eruditos hablaran largo y tendido sobre la obra de Einstein, llegó la primera ocasión de departir sobre la relatividad «en presencia del monstruo en persona»6. Muchos albergaban la esperanza de que, en un espacio íntimo de preguntas y respuestas, Einstein revelaría «más sus principios recónditos y sus auténticas ideas motrices que en su obra escrita»7. Esperaban poder obtener «aclaraciones directas del propio autor» sobre los aspectos más controvertidos de su teoría8. La perspectiva de que Einstein se encontraría con Bergson solo añadía alicientes a su visita, suscitando «un debate que, en su interés eterno, supera infinitamente la mediocre imbecilidad política [político-nigologiques] y las modestas controversias pecuniarias del sustento habitual que estamos acostumbrados a tener que rumiar»9.
Einstein recibió tres invitaciones, pero las rechazó todas10. Sin embargo, se lo repensó con la última, pues le llegó de un amigo suyo del Collège de France. Estas dudas se intensificaron tras una conversación con el ministro de Exteriores, Walther Rathenau, que trabajaba para mejorar las relaciones entre estos dos países hasta que fue brutalmente asesinado. Rathenau le instó a participar. Poco después, Einstein revocó su anterior respuesta, notificó a la Academia Prusiana de las Ciencias su decisión y empezó a prepararse para el viaje11.
Einstein fue invitado a Francia con el propósito expreso de que su visita sirviera «para restaurar las relaciones entre los académicos alemanes y franceses». Al notificar su viaje a la Academia Prusiana de las Ciencias, citó la carta de invitación de Paul Langevin: «En interés de la ciencia, es necesario restablecer las relaciones entre los científicos alemanes y nosotros». Langevin, su futuro anfitrión, íntimo colega y viejo amigo, creía firmemente que Einstein contribuiría «mejor que nadie»12.
Unos años antes del encuentro en París, Einstein se había convertido en una verdadera estrella. Fue catapultado a la fama en 1919, al final de la guerra13. Su nombre apareció en la portada de numerosos periódicos de todo el mundo, que le responsabilizaron de revolucionar no solo la física sino las nociones cotidianas del tiempo y el espacio. El titular de Times del 7 de noviembre decía: «Revolución en la ciencia / Nueva teoría sobre el universo / Se derrocan las ideas de Newton»; tres días más tarde, The New York Times anunció: «las luces del cielo se tuercen»14. Los periódicos contaron que las observaciones de un eclipse habían demostrado que los conceptos tradicionales del tiempo y el espacio se tenían que revisar por completo. Un historiador reciente sostenía que el «mundo moderno empezó el 29 de mayo de 1919, cuando las fotografías de un eclipse solar confirmaron una nueva teoría del universo»15. En otoño de 1920, Einstein veía a «cada cochero y camarero debatir sobre si la teoría de la relatividad es correcta»16. En los primeros seis años posteriores al eclipse se publicaron más de seiscientos libros y artículos sobre la relatividad17.
Antes de convertirse en una estrella mundial, Einstein se esmeró mucho por divulgar la relevancia de su teoría de la relatividad para que transcendiera a la comunidad de los físicos. En 1917 publicó una versión «gemeinverständlich» tanto de la teoría especial como de la general. Su fama enseguida eclipsó sus propios intentos de popularización. Tras esta fecha proliferaron casi automáticamente las exposiciones populares y especializadas de la relatividad. Su libro Über die spezielle und die allgemeine Relativitätstheorie (gemeinverständlich) fue traducido al inglés, al francés, al español y al italiano. Luego llegó El significado de la relatividad, presentado en la Universidad de Princeton en 1921.
Bergson tenía buenos motivos para sentirse más poderoso que su rival, al menos en los círculos filosóficos. Durante su encuentro, se sometió al científico a un tercer grado sobre prácticamente todo, desde los detalles matemáticos de su teoría hasta sus implicaciones filosóficas generales18. El foro planteaba una barrera lingüística, dado que Einstein hablaba bien francés pero no con fluidez. «No cabe duda de que el idioma me traerá algunos problemas», le explicó a Langevin, que había tenido la generosidad de invitarlo19. Antes de que empezara todo, Einstein urdió una estrategia para minimizar los efectos «perjudiciales» que pudieran surgir por sus carencias al expresarse en francés. «Tengo que hablar en París, en el Collège de France y… tiemblo solo con decirlo… en francés», confesó20. «Ojalá mi francés fuera más refinado», se lamentó21. Al fin y al cabo, ese idioma siempre había sido la asignatura que menos había gustado a Einstein en la escuela. Siempre sacó malas notas en francés, lo cual ha llevado a muchos a pensar que fue un mal estudiante22. Un espectador señaló durante el encuentro señaló que Einstein pronunciaba «relatividad» con dos acentos y que decía mal la palabra «ecuaciones». De hecho, parecía como si dijera «gelatividad» y «écaciones»23. Bergson, en cambio, era un orador renombrado y experimentado que hablaba francés e inglés de forma impecable.
El organizador del evento en la Société française de philosophie, Xavier Léon, introdujo al científico como el «genial autor» de la teoría de la relatividad, resaltando lo siguiente: «El 6 de abril pasará a la historia en los anales de nuestra sociedad»24. Algunos de los intelectuales franceses más importantes estaban en la sala. Langevin fue el primero en tomar la palabra tras la introducción.
Había sido uno de los primeros simpatizantes de Einstein en Francia. Presentó al científico y su teoría de un modo que a muchos ya les sonaba, incluido Einstein. Los que no sonaban tanto al alemán eran algunos filósofos presentes, como Léon Brunschvicg, que formuló una difícil pregunta sobre la relación de la teoría de Einstein con una «concepción kantiana de la ciencia». Brunschvicg quería aclarar facetas sumamente técnicas de la filosofía de Kant en relación con la relatividad, pero el físico contestó lavándose las manos. Cada filósofo tenía «su propio Kant», le dijo a Brunschvicg, así que no podía responder porque no sabía cómo interpretaba él a Kant25.
Otros que en un principio no querían hablar fueron acuciados por el organizador, que quería y esperaba un encuentro animado. Édouard Le Roy, un estudiante de Bergson, lo dejó claro: «Nuestro amigo Xavier Léon quiere que hable sí o sí [«à toute forcé»]. Ante su educada insistencia, no puedo negarme. Pero, en el fondo, no tengo nada que decir». No obstante, esas palabras pronunciadas por Le Roy atrajeron a Bergson al debate.
Le Roy creía que «los puntos de vista de filósofos y físicos eran igual de legítimos», pero no dejaban de ser diferentes: «En concreto, me parece que el problema del tiempo no es el mismo para Einstein que para Bergson». Le Roy terminó su comentario diciendo que, como Bergson estaba entre ellos, sería más apropiado que interviniera «él mismo»26.
Tras haber escuchado en silencio la conferencia que Einstein había dado el día previo en el Collège de France, Bergson respondió a regañadientes e insistió que estaba allí para escuchar. En su primera intervención, cubrió de alabanzas al físico extranjero. Lo último que pretendía era inducir a Einstein a debatir. Con respecto a la teoría de Einstein, Bergson no tenía objeciones: «No presento ninguna objeción contra su teoría de la simultaneidad, así como tampoco contra la teoría de la relatividad en general»27. Lo que quería decir Bergson era que «no todo acaba» con la relatividad. Fue claro: «Lo que quiero exponer es simplemente esto: una vez admitimos que la teoría de la relatividad es una teoría física, no todo queda cerrado»28. La filosofía, argumentó modestamente, aún tenía su lugar.
Einstein discrepó con Bergson y contestó con una frase provocativa: «El tiempo de los filósofos no existe». Se encontraba ante un auditorio conformado sobre todo por filósofos, en un coloquio conducido por filósofos. Por lo común, los filósofos se habían revelado como una de las comunidades más abiertas y acogedoras de Francia con el físico teutón. ¿Era un desaire de Einstein a su buena voluntad? ¿Qué buscaba al pronunciar esa frase? Einstein luchaba por no dar a la filosofía (y, por tanto, a Bergson) un papel predominante en asuntos relativos al tiempo. Sus objeciones se basaban en sus premisas sobre el papel de la filosofía y de los filósofos en la sociedad; premisas que diferían de las de Bergson.
SOLAMENTE «SUCESOS OBJETIVOS»
Durante su diálogo con Bergson, Einstein defendió su definición del tiempo por tener un «significado objetivo» claro, a diferencia de otras definiciones. «Hay sucesos objetivos que son independientes de las personas», recalcó ese día, insinuando que su noción del tiempo era uno de ellos29. Su teoría no era solo una hipótesis conveniente o una explicación ajustada de las muchas que había para elegir. «Uno siempre puede elegir la representación que quiera si cree que le es más cómoda para la tarea que tiene entre manos, pero eso no tiene ningún sentido objetivo», insistió30. El astrónomo Charles Nordmann, que siguió de cerca la visita de Einstein, explicó las intenciones del físico. «Si hay alguna opinión concreta contra la que Einstein luchó de forma acérrima y notable, según recuerdo, justo después de los debates en el Collège de France, es la que daba a su teoría una importancia meramente formal o matemática», contó31.
«Todo ha ido como la seda», escribió Einstein a su esposa esa noche. Preparó con ilusión su viaje de vuelta a casa, con un «maletín de cuero repleto» del dinero que le dio el barón de Rothschild. En Alemania, la inflación estaba por las nubes. Después de acabar «la última discusión», se sentía bien con su labor y orgulloso de haber contribuido al interés de su país. «Si los alemanes tuvieran la más remota idea de los servicios que he prestado por ellos aquí, durante esta visita», claramente le darían las gracias, le contó a su esposa. «Pero son demasiado estrechos de miras para entenderlo», concluyó32.
El debate entre ambos hombres se avivó rápidamente. Después de su primer encuentro, Bergson y Einstein debían volver a verse al cabo de unos meses, esta vez en un contexto totalmente diferente. Bergson presidía el Comité Internacional de Cooperación Intelectual (CIC, por sus siglas en inglés), una de las divisiones más prestigiosas de la Sociedad de las Naciones. Einstein era uno de sus miembros. Aunque la participación de ambos daba prestigio a la Sociedad de las Naciones, su acalorado choque en París solo hizo que intensificar las dudas acerca de la viabilidad de las colaboraciones internacionales, incluso de aquellas fundadas con el fin expreso de mitigar el conflicto en Europa. ¿Pero iba a mitigarse o a empeorarse? En 1922 era difícil prever el futuro.
A comienzos de otoño apareció en papel Duración y simultaneidad, el polémico libro que había estado en la imprenta durante el encuentro en París. Bergson expresó el «deber» de defender la filosofía de la invasión de la ciencia. Eran unas declaraciones duras: «La idea de que la ciencia y la filosofía son disciplinas diferentes destinadas a complementarse mutuamente […] nos aviva el deseo y también nos impone el deber de avanzar hacia una confrontación»33. Bergson reprobó la teoría de la relatividad por «dejar de ser física y convertirse en una filosofía»; y dicho sea de paso, una enormemente defectuosa34.
Aunque esa simple declaración de Einstein —«El tiempo de los filósofos no existe»— sirvió como detonante, muchos otros factores exacerbaron el conflicto entre los dos intelectuales y las doctrinas que representaban. Bergson y Einstein pertenecían a comunidades diferentes, con patrimonios culturales e intelectuales diferentes.
Einstein estaba obsesionado con buscar la unidad del universo y creía que la ciencia podía revelar sus leyes inmutables y describirlas de la forma más simple posible35. Bergson, en cambio, defendía que el signo definitivo del universo era justo el contrario: el cambio interminable. Las filosofías que no resaltaban el carácter fluctuante, contingente e impredecible del universo —así como el papel esencial de la conciencia humana en él y su rol fundamental en nuestro conocimiento del mismo— eran, según él, retrógradas e incultas. Mientras que Einstein buscaba coherencia y simplicidad, Bergson hacía hincapié en las incoherencias y las complejidades.
El científico alemán estaba muy imbuido por una tradición Kultur elitista y se consideraba miembro de «una comunidad supratemporal de mentes excepcionales que existían en un universo paralelo al de las masas filisteas»36. Bergson también formaba parte de una élite cultural, pero muy diferente de la de Einstein. Se veía a sí mismo como el sucesor de una escuela de filosofía francesa poscartesiana. Bergson estudió y prosiguió la obra de su maestro Émile Boutroux, del maestro de Boutroux Jules Lachelier y del hombre que inspiró a todos ellos por igual, Félix Ravaisson37. Einstein se empapó de una tradición totalmente diferente que pivotaba en gran medida alrededor de los clásicos alemanes: Lessing, Kant, Schiller y Goethe. Mientras que las fuentes de Einstein se leían ampliamente dentro y fuera de Alemania, las de Bergson solo eran estudiadas en un círculo de especialistas filosóficos mucho más reducido.
La política izquierdista de Einstein y su pacifismo durante la Gran Guerra contrastaban nítidamente con el declarado nacionalismo de Bergson durante esa misma época. La visión personal de Einstein, que se veía como un judío independiente y marginado, colidía con la comodidad de Bergson como judío francés integrado. Bergson no era solo un profesor famoso en una de las instituciones más exclusivas de Francia, sino que también pertenecía a un pequeño círculo de intelectuales y políticos selectos y bien colocados. Incluso durante el periodo virulentamente antisemita de Vichy (1940-1944), se cuidó bien del filósofo38.
«Es muy curioso, pero en mi larga existencia no he colaborado más que con judíos», explicó Einstein a su íntimo allegado Besso en 1937, ya exiliado en Princeton y décadas después de haber completado su obra más brillante39. Einstein forjó su propia identidad en oposición a la de la burguesía europea predominantemente cristiana. Tras los horrores de la Gran Guerra, un conflicto al que se opuso fervientemente, llegó a pensar que su pueblo «realmente es más compasivo (menos cruel) que estos abominables europeos»40. En cambio, cuando Bergson prohibió que después de morir se publicaran su correspondencia y sus apuntes (e incluso que se permitiera su consulta en las bibliotecas), dejó claros los motivos: tenía que protegerse de sus «enemigos mortales (entre los cuales se cuentan todo tipo de judíos, mis correligionarios)»41. Mientras que Einstein dispone de un verdadero séquito que sigue glorificándolo, promoviendo y controlando su imagen por medio de instituciones bien financiadas, los adeptos de Bergson son cuatro gatos.
El estilo de vida bohemio del físico desentonaba con el ascetismo monástico de Bergson. El origen suabo rural de Einstein en el sur de Alemania, en los márgenes de la cultura burguesa mayoritaria, y las arriesgadas y precarias iniciativas empresariales de su padre inculcaron en el joven científico un desdén contradictorio por el bienestar económico y un anhelo profundo del mismo. Su estatus social contrastaba con el de Bergson, cuyo abuelo paterno era un influyente banquero polaco y el materno, un médico de Yorkshire. La vida personal caótica y peripatética del físico no armonizaba con la estabilidad privilegiada del filósofo.
Bergson nació en París. De niño, vivió unos años con su familia en Londres y Ginebra antes de regresar a Francia. Cuando su familia volvió a mudarse a Inglaterra, él se quedó en una residencia para poder continuar sus estudios. A partir de entonces, permaneció en Francia y visitaba a sus padres en el extranjero durante el verano. De veinteañero pasó varios años dando clases en provincias. Después de eso, vivió en París el resto de su vida.
Einstein, en cambio, vivió y pasó tiempo en muchos sitios diferentes de Alemania, Suiza, Italia y Europa del Este, tanto de adulto como de niño. A los dieciséis vivía solo, pues sus padres se trasladaron a Italia por una oportunidad de negocio que acabó en agua de borrajas. De indudable atractivo, como adolescente rompió corazones, tuvo una hija fuera del matrimonio (que casi con toda probabilidad fue dada en adopción), fue acusado de adulterio por su primera esposa, se enfrascó en una larga batalla legal por el divorcio y la pensión y, entre tanto, acumuló unos cuantos deslices amorosos. Einstein estuvo cerca de la bancarrota varias veces y le costó reunir el dinero para mantener a dos familias. Durante su estancia parisina consiguió ahorrar «un trozo de jabón bueno y un tubo de pasta de dientes» para dárselos generosamente a su mujer, que se había quedado en casa42. Le azoró descubrir que enviar una sola carta costaba «diecisiete marcos» y que tendría que usar el correo con moderación. «En vista de esto —explicó a su esposa—, no voy a escribir muy a menudo»43.
Bergson fue un ejemplo en su vida privada: adoraba a su hija, que nació con sordera y acabó convirtiéndose en una hábil artista, y los amigos cercanos dicen que su matrimonio fue de «felicidad ininterrumpida»44. Era una persona pudiente y llevaba la vida tranquila de un acomodado profesor universitario. Según dijo un estudiante, era la «imagen de la sobriedad», alguien que al encontrarse «un cúmulo de platos conformando un banquete», prefería tomar «un bollo y un vaso de leche»45. «Logrando una consonancia entre hábitat y teoría como pocos filósofos aciertan a conseguir, reside en la rue Vital», explicaba un coetáneo suyo46. Mientras que Bergson loaba las virtudes del vegetarianismo, Einstein esperaba como el santo advenimiento los deliciosos chicharrones de oca que le enviaba su segunda esposa por correo. Durante unos años, de 1902 a 1915, Bergson vivió en una mansión situada en un bonito paseo (en Villa Montmorency, 18 avenue des Tilleuls), cultivando rosas y cuidando de dos gatos47. En cambio, el actor Charlie Chaplin, que visitó el hogar de Einstein en Berlín, pensó que «se podría encontrar el mismo piso en el Bronx»48. Si echamos un vistazo al interior de sus respectivas casas, la vivienda de Bergson estaba decorada con «varios dibujos de su hija sordomuda, que tenía talento y había dado clases con Rodin». George Oprescu, un historiador del arte que los conocía a los dos, comparó su dispar estilo decorativo: «Einstein, en sus humildes dependencias de Berlín, tampoco tenía ninguna obra de arte, pero recuerdo la mirada de agradecimiento que me brindó cuando le ofrecí unas litografías de Daumier, que en París podían comprarse por unos pocos francos»49.
Igual que con las matrioshkas, las diferencias entre ellos eran perfectamente claras desde todas las perspectivas, de la más íntima a la más pública. ¿Las diferencias entre Einstein y Bergson eran principalmente culturales, personales, políticas e ideológicas?50 Las diferencias psicológicas, intelectuales, sociales, institucionales, políticas y nacionales demostraron ser un caldo de cultivo ideal para un conflicto en auge. Sin embargo, los contornos de este conflicto creciente eran sorprendentemente parecidos cuando se analizaban desde cierto ángulo: Einstein y Bergson discrepaban en sus opiniones sobre la naturaleza del tiempo y el poder de la ciencia para revelarla. Los debates y las referencias al tiempo aparecieron por todas partes, desde los lugares más privados a los más públicos, desde los más científicos a los más políticos y filosóficos, desde los más profundos a los más informales. En cada ocasión, Einstein y Bergson disentían.
TIEMPO, CON TE MAYÚSCULA
En el prefacio de la segunda edición de Duración y simultaneidad, Bergson escribió «Tiempo» en mayúscula. Con ello, indicaba a sus lectores que estaba incluyendo algo más grande en el concepto que si se hubiera referido simplemente al «tiempo» con minúscula51. El resto del libro aclaraba que no se estaba refiriendo a la misma categoría usada por los físicos. Durante años, él y sus alumnos habían estado intentando separar su concepto del Tiempo del de los demás. Para ellos, el «Tiempo» englobaba facetas del universo que nunca se podrían reflejar del todo con instrumentos (como relojes o dispositivos de grabación) ni fórmulas matemáticas. Para Bergson, no había nada más aborrecible que confundir el tiempo de reloj con el tiempo en general, así como juzgar uno con los criterios del otro. Pero estas diferencias eran sutiles y muchos lectores decididos a evaluar el argumento de Bergson ignoraban estas distinciones.
La mayoría de las interpretaciones del debate entre ambos recalcan que Bergson cometió un error en Duración y simultaneidad porque no entendió del todo la física de la relatividad. Se suele citar una premisa del libro como la principal culpable: que el tiempo no se altera en función de la velocidad de un sistema. En el prefacio de su segunda edición, Bergson explicó que el mensaje central del libro era «demostrar explícitamente que, en lo tocante al Tiempo, no existe diferencia entre un sistema en movimiento y un sistema en traslado uniforme»52. En otro fragmento del libro, declara categóricamente que si un reloj viaja casi a la velocidad de la luz y luego se compara con un reloj estático, «no exhibe una demora cuando se encuentra con el reloj real [estático], al regresar»53. Esta proposición, a primera vista y por sí sola, chocaba de frente con el concepto de la «dilatación del tiempo» de la teoría de la relatividad. Debido a esta hipótesis particular, muchos lectores subrayaron que Bergson «no era lo bastante versado con el punto de vista y los problemas de las matemáticas y la física»54. Comentaristas posteriores citaron la observación de Bergson de que «al volver [a la Tierra] [el reloj] marcará la misma hora que el otro» como prueba de que no había entendido en absoluto la relatividad55. Esta sola afirmación sobre el retraso del reloj ha bastado para que la mayoría de los científicos y algunos filósofos le desacrediten56.
¿Qué era exactamente lo que Bergson no aceptaba de la relatividad? En una nota al pie del cuerpo del texto, explica que acepta de pleno «la invariancia de las ecuaciones electromagnéticas»57. En otro fragmento, confirma que sus dudas no atañen en absoluto a ningún resultado o conclusión técnicos. Ninguna tiene que ver con la física: «La teoría se estudió con el afán de responder a una pregunta formulada por un filósofo, ya no por un físico». «La física —añadía— no tenía la responsabilidad de contestar a esa pregunta»58. No había que interpretar literalmente su afirmación de que no había diferencia alguna en el Tiempo de un sistema en movimiento y otro estático. «Es solo una forma de hablar» para poder llegar «al fondo de la cuestión», se excusó ante el científico Hendrik Lorentz59.
A pesar de las protestas de Bergson, la mayor parte del público instruido dedujo que había cometido un error de bulto durante su debate con Einstein y en sus subsiguientes publicaciones sobre la teoría de la relatividad: «Estos intentos [de Bergson] […] han fracasado por completo: la ciencia, en este asunto, ha pasado a ser pura y simplemente el orden del día»60. En los sesenta, se daba ya por hecho que Bergson sencillamente no entendía la ciencia: «La mejor explicación para el monumental fracaso de Bergson como teórico científico es la misma que para su incapacidad para triunfar como metafísico: no era lo bastante versado en el punto de vista y los problemas de la física matemática»61. Incluso un escritor de los Annales Bergsoniens —una serie en curso dedicada exclusivamente a su filosofía— declaró que «Bergson no lo entendía [a Einstein]»62.
Aun así, en su cara a cara y en el libro siguiente Bergson recalcó repetidamente que no estaba impugnando ninguno de los postulados científicos de Einstein. Explicó con asiduidad que se refería al «Tiempo», algo diferente del «tiempo» de los físicos. A menudo elegía una palabra completamente distinta, duración, para realzar los aspectos del tiempo que le concernían. Entonces, ¿por qué se ha analizado tan a menudo el debate en clave del error de Bergson? Hay muchas razones que llevaron a la gente a pensar que Bergson se había equivocado. Las claves esenciales se esconden en los archivos, como en la correspondencia de Einstein. Allí supimos que el propio Einstein fue el primero en andar de coronilla para difundir esta opinión; que, en el fondo (como vemos en su diario y en la correspondencia posterior), él era más sabio.
DURACIÓN Y «ÉLAN VITAL»
¿Qué impulsaba a los alumnos de Bergson a llamarle «mago»? ¿Qué llevaba a los burgueses a enviar sirvientes para que les guardaran un asiento para sus conferencias? ¿Por qué le leían religiosamente presidentes y primeros ministros? ¿Por qué sus enemigos querían asesinarle? ¿Por qué otros sopesaban el suicidio antes de que leer a Bergson los salvara? ¿Por qué sus libros se introdujeron en el índice de textos prohibidos? ¿Por qué los filósofos y polemistas más importantes de Francia escribieron monografías enteras sobre él? ¿Cómo se convirtió su filosofía en un movimiento, a menudo llamado «le Bergsonisme», que a veces escapaba a las intenciones del propio filósofo? ¿Por qué su obra afectó tantos campos aparte de la filosofía, desde la musicología a la teoría del cine? ¿Por qué su obra fue relevante para todo el espectro político, complaciendo por igual a anarquistas, sindicalistas y fascistas? ¿Cómo pudieron algunas de sus citas más relevantes terminar en los juicios de Núremberg, en anuncios y en novelas contemporáneas?
Tras la Segunda Guerra Mundial, durante el juicio de destacados criminales de guerra alemanes, el fiscal general de la República Francesa citó un fragmento de uno de los últimos libros de Bergson:
«La humanidad», dice nuestro insigne Bergson, «gime, medio aplastada por el progreso que ha logrado. […] El cuerpo no deja de crecer y aguarda la adición de un alma, y la máquina exige una fe mística».
¿A qué se refería Bergson con la «fe mística» y qué relación guardaba con su filosofía del tiempo? Ambas surgían de un impulso vital que te propulsaba con fuerza hacia delante. El fiscal lo explicó a las claras: esta «fe mística» era presuntamente la misma fuerza que impelió a los antiguos a crear la civilización y a los modernos a defender los derechos humanos y la democracia:
Sabemos lo que es, esta fe mística en la que pensaba Bergson. Estaba presente en el cénit de la civilización grecorromana, cuando Catón el Viejo, el más sabio de los sabios, escribió su tratado sobre economía política.
[…] Es esta la fe mística que, en el reino de la política, ha inspirado todas las constituciones escritas o tradicionales de todos los países civilizados desde que el Reino Unido, la madre de las democracias, garantizó a cada hombre libre, en virtud de la carta magna y la Ley del Habeas Corpus, que no sería «ni arrestado ni encarcelado, salvo por un veredicto de sus iguales emitido conforme a los cauces previstos en derecho».
Es esta la fe que inspiró la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776:
«Consideramos evidentes estas verdades: que todos los hombres han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables».
Es lo que inspiró la Declaración francesa de 1791:
«Los representantes del pueblo francés […] han decidido estipular en una declaración solemne los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre. En consecuencia, la Asamblea Nacional reconoce y declara, en presencia y bajo el auspicio del Ser supremo, los siguientes derechos del hombre y el ciudadano»63.
La misma cita, que a mediados de los cuarenta inculcaba enseñanzas igual de importantes que las legadas por la carta magna, la Ley del Habeas Corpus, la Constitución del Reino Unido y las declaraciones hechas en Estados Unidos y Francia, se expandió a finales de los cincuenta para un anuncio comercial de la Rand Corporation, consagrado a la seguridad nacional norteamericana:
La humanidad gime, medio aplastada por el progreso que ha logrado. Los hombres no están suficientemente concienciados de que su futuro depende de sí mismos. Primero deben decidir si quieren seguir viviendo. Luego deben preguntarse si simplemente quieren vivir o si quieren hacer el esfuerzo extra necesario para cumplir —incluso en nuestro ingobernable planeta— la función esencial del universo, que es una máquina para fabricar dioses.
En su popular novela Kafka en la orilla (2002), Haruki Murakami cita a un Bergson diferente y anterior durante el clímax de una escena de sexo explícito: «El presente puro es el progreso escurridizo del pasado devorando el futuro. En verdad, toda sensación es ya un recuerdo»64.
¿Cómo podía uno citar literalmente a Bergson tanto en tribunales penales como en dormitorios, en los momentos de más excitación erótica? ¿Por qué era tema de debate en tantas conversaciones, en Europa central y más allá? ¿Por qué su obra fascinó a algunos de los paladines principales de la descolonización francesa? ¿Por qué escritores de China y Japón le citaron como modelo de la modernidad europea? ¿Por qué encandilaba a los jóvenes intelectuales de Latinoamérica, que acudían febrilmente a sus conferencias nada más llegar a París?65 ¿Por qué se formaban clubs de lectura en todo el mundo con el propósito explícito de hablar sobre él?66 Incluso en la cafetería imaginaria descrita en Saatleri Ayarlama Enstitüsü [El instituto para la sincronización de los relojes], una novela de 1954 escrita por el autor turco Ahmet Tanpinar, las conversaciones se centraban en «la historia, la filosofía de Bergson, la lógica de Aristóteles y la poesía griega»67.
Durante los años siguientes, el debate entre los dos hombres se produjo principalmente por vía de otros. Einstein no estaba satisfecho. Él y sus adeptos no dejaban pasar al filósofo ni un comentario sin cuestionarlo. Bergson acabó descubriendo que Einstein tenía «discípulos radicales que iban acercando más y más sus opiniones a la filosofía y montaban sobre ella una doctrina extravagante»68. Tenía a su lado un grupo de «bailarines de ballet» que enviaba a «comer la oreja del público» y promover sus teorías69. Pero tampoco puede decirse que Bergson estuviera precisamente solo.
Ambos tenían aliados y enemigos en comités profesionales, determinando quién se haría con codiciadas vacantes académicas y abriendo o cerrando puertas a profesionales que respaldaban uno u otro bando. Publicaron libros, artículos, manifiestos y renombrados periódicos de gran formato para defender o atacar a uno de los dos hombres. Para salir del punto muerto en que se encontraba el debate, se idearon sistemas filosóficos enteros.
Las repercusiones de su confrontación se expandieron por todo el globo. El viaje de Einstein a París fue solo uno de los tantos que emprendió durante esos años: Chicago, Washington, Londres, Río de Janeiro, Japón, España y Jerusalén fueron algunas de sus destinos70. Bergson también recorrió todo el mundo, pero por razones bien diferentes. Las reputaciones volaron todavía más deprisa. Los libros, artículos, conferencias, noticias y cartas sobre ellos se desplazaron más deprisa y más lejos que los hombres en sí. El teléfono, el telégrafo, la radio y el cine (y después hasta la televisión, en el caso de Einstein) transmitieron textos, imágenes y voces promoviendo su obra y, a veces, mencionando el debate.
Tres años después de su encuentro, un científico y célebre escritor sobre ciencia de Barcelona dijo que esperaba que sus lectores fueran «conocedores de las objeciones de Bergson» a Einstein y de la ocasión concreta en que el filósofo había desatado «toda su ira»71. En España, el filósofo José Ortega y Gasset y el escritor y político Ramiro Ledesma Ramos escribieron sobre los dos personajes. En Latinoamérica, Alfonso Reyes, un joven intelectual mexicano encargado de nacionalizar el sector petrolero de su país, explicó esto en sus notas sobre Einstein: «Un día habrá que reconciliar el tiempo de la física, el tiempo de la psicología y el concepto de “duración real” de Bergson, dado que por ahora se ha dejado aparcado»72. En verano de 1947, en la Maison Franco-Japonaise de Japón, el físico Satosi Watanabe dio una charla ahondando en las conexiones entre la obra de Bergson y la mecánica cuántica73. Aludiendo a menudo a los propios protagonistas, hubo pensadores de Europa central a África Septentrional, pasando por Oriente Próximo, que abordaron uno de los «temas principales» del siglo: que el «tiempo vivido que experimentan es diferente del tiempo medido por un reloj»74.
El debate entre ambos pronto se subsumió en discusiones más amplias sobre el auge del fascismo en Europa y sobre el papel que deberían desempeñar la filosofía y la ciencia en las sociedades tecnológicas. Los pensadores rescataban constantemente el debate en discusiones de alto voltaje entre intelectuales que trabajaban bajo el paraguas del nuevo régimen nacionalsocialista y aquellos que tuvieron que emigrar. En todos estos contextos, durante las décadas comprendidas entre la Belle Époque y la Guerra Fría, las interpretaciones cambiaron de manera tan radical como el propio mundo.
La filosofía de Bergson apelaba al corazón, no solo a la mente. Por tanto, aspiraba a ser más exhaustiva que el conocimiento científico. Más allá del corazón y la mente, hablaba a las manos, los ojos y los oídos, inspirando a numerosos artistas. En cuanto fue tecnológicamente viable, se registraron sus textos en LP y CD. Su filosofía abarcaba mucho, desde la ética a la estética. Revertía los excesos de un racionalismo frío y calculador asociado con el universo mecanicista de René Descartes y las rígidas jerarquías del conocimiento descritas por Auguste Comte. Su filosofía era un antídoto contra la comprensión matemática y estática del universo, cuya rigidez era objeto común de desprecio, asociada como estaba al racionalismo vacío y los excesos violentos de la Revolución francesa. Corregía el optimismo ingenuo de algunos representantes de la Ilustración, como el marqués de Condorcet (que, irónicamente, decidió suicidarse después de redactar un tratado sobre el progreso) y Jean-Jacques Rousseau, cuyas ilustres descripciones de los «buenos salvajes» simplemente no concordaban con las reyertas imperiales en los albores del siglo XX. Era tan profunda como la religión, aunque liberada del control de una Iglesia frecuentemente reaccionaria, antimoderna y cada vez más distanciada del mundo. Representaba una nueva espiritualidad basada en unos principios éticos nuevos y no dogmáticos. En vez de ofrecer una filosofía que negaba la existencia de Dios, proporcionaba una en que apenas se mencionaba a Cristo (y cuando se le nombraba, era en compañía de otras figuras religiosas). Notoriamente aconfesional, fue adoptada en gran medida por ciudadanos que seguían siendo bautizados, confirmados, unidos en matrimonio y enterrados por párrocos; por ciudadanos que iban a misa los domingos y que ayunaban durante la Cuaresma, pero que preferían leer a Bergson en vez de la Biblia.
En todo lo que ofrecía no solo había explicaciones útiles sobre la naturaleza del tiempo, sino tratados íntegros consagrados a las preocupaciones más imperiosas de los representantes de carne y hueso del nuevo siglo, asuntos que eludían la fría lógica de la ciencia y el estéril academicismo filosófico de las universidades. Bergson era el filósofo por antonomasia de los recuerdos, los sueños y el humor75.
EL ASCENSO Y LA CAÍDA
Pero si fue tan sumamente famoso, ¿por qué Bergson es mucho menos conocido actualmente? La entrada de «Tiempo» en la Stanford Encyclopedia of Philosophy (2010) ni siquiera le menciona. Muchas veces, los expertos interesados en este tema recurren a autores menos controvertidos, como John McTaggart, que fueron mucho menos importantes durante esos años76.
¿Cómo se pudo borrar de la historia una figura que había sido tan prominente? La muerte de Bergson el 3 de enero de 1941 fue en particular sobrecogedora porque el mundo ya le había dado por muerto77. El debate con Einstein precipitó su vertiginosa caída. El filósofo había alcanzado la cúspide de su popularidad cuando tenía casi cincuenta años. Pero esta popularidad le abandonó tan pronto como le había llegado. Einstein, en cambio, siguió siendo un perfecto desconocido para el gran público hasta que llegó a la cuarentena, pero pudo conservar su condición de icono hasta después de morir.
La controversia afectó a la percepción y al recuerdo de ambos hombres. Einstein solía retratarse como una figura inquebrantable que luchó contra la intuición y que albergaba opiniones muy sólidas acerca del poder de la ciencia como medio privilegiado para averiguar la verdad sobre el mundo. En parte, el desarrollo y el resultado de su debate con Bergson nos suelen llevar a pensar que la teoría de la relatividad fue probada empíricamente de forma irrefutable: «Los experimentos han fallado a favor de la concepción de Einstein», explicó Hans Reichenbach, uno de los defensores más acérrimos de Einstein y, hemos de recordar, un enemigo declarado de Bergson78. A la luz de la relación personal de Reichenbach con Einstein y el concepto negativo que tenía de Bergson, podemos ver lo tendenciosa que era su formulación.
La primera vez que Einstein desarrolló su teoría en 1905 fue criticado a menudo por carecer de pruebas empíricas. Einstein continuó esmerándose mucho en ella, desarrollando una teoría más sólida, conocida como la teoría general79. Explicó con mayor claridad algunas de sus hipótesis previas, como las relativas a «la constancia de la velocidad de la luz» (aproximadamente 300.000 km/s) y a la velocidad «infinitamente grande», dos premisas que parecían contradecirse. Luego reclasificó su obra anterior como parte de la teoría «especial», que —para gran sorpresa suya— seguía siendo completamente válida con el nuevo marco de referencia. La teoría más «general» ensanchó su radio de acción, sus aplicaciones y la cantidad de comprobaciones experimentales.
El número de experimentos que han demostrado sin asomo de duda la validez de la teoría de Einstein se han ido multiplicando. En 1972 se produjo una confirmación aplastante de la teoría: los científicos hicieron dar la vuelta al mundo a un reloj atómico en dirección este y lo compararon con otro transportado en dirección oeste. El primero perdió cincuenta y nueve nanosegundos, mientras que el otro ganó doscientos setenta y tres80. Otros experimentos con muones de rayos cósmicos (partículas que penetran en la atmósfera terrestre procedentes del espacio exterior) demostraron que su esperanza de vida antes de descomponerse había aumentado notablemente. Los científicos achacaron la vida prolongada de las partículas a los efectos de la dilatación temporal producidos por viajar a velocidades próximas a la de la luz.
A la vista de esta sólida prueba experimental, ¿podemos concluir que Bergson simplemente no podía objetar… y sanseacabó? Para Bergson, lo más importante que había encima de la mesa no cuestionaba en absoluto la validez de la teoría de Einstein; concernía a la relación de la ciencia con la metafísica y a la relación de la ciencia con los experimentos en líneas generales. ¿Cómo se relacionan los conceptos científicos abstractos, como la variable t del tiempo en las ecuaciones de relatividad, con hechos experimentales concretos? ¿Hay otras teorías que puedan explicar esos mismos hechos? ¿Qué conexión existe entre la ciencia teórica (con sus leyes universales) y el trabajo experimental, las cosas concretas y los contextos locales? Estas preguntas, aducía, no se podían dejar de lado.
Siguiendo el debate y su resolución podemos entender por qué Einstein se alzó como el hombre que distinguió la ciencia de la metafísica y por qué se consideraba un científico profano, aunque fuera profundamente espiritual. Einstein dijo en múltiples ocasiones que creía en Dios, aunque era una deidad que no se entrometía directamente en los asuntos humanos. El físico acostumbraba a insertar referencias a la religión en debates científicos, como cuando profirió su famosa exclamación contra la mecánica cuántica: «Dios no juega a los dados con el universo». Una vez, un amigo suyo recordó: «En muchas ocasiones, cuando una nueva teoría le parecía forzada, [Einstein] señalaba que “Dios no hace cosas así”»81. Cuando el poeta Paul Valéry, que en su día había hecho de nexo entre Einstein y Bergson, le preguntó qué prueba podía presentar a favor de la unidad de la naturaleza, Einstein contestó que consideraba esta unidad «un acto de fe»82.
Aunque ahora recordamos a Einstein como un revolucionario que destronó teorías previas, a muchos observadores coetáneos les parecía que la teoría de la relatividad tenía más semejanzas que diferencias con la física clásica, como la ciencia de Newton o la filosofía de Descartes83. El propio Bergson propagó la idea de que Einstein era un conservador, más que un revolucionario. A menudo se le acusó de haber introducido la cuestión del «relativismo» en la ciencia y el conocimiento en general. Con todo, él se oponía directamente a cualquier descripción genérica de su teoría, uniéndola a otras formas de «relativismo» artístico o cultural. Bergson, en cambio, no tenía reparos en ensalzar las virtudes de concebir el mundo como una red de relaciones cambiantes y criticó a Einstein por producir una teoría basada en conceptos absolutos.
Si bien solemos recordar a Einstein como un pacifista, tendemos a olvidar que no apoyaba la Sociedad de las Naciones y que renunció a su pacifismo una vez los nazis se alzaron con el poder. La famosa carta de 1939 que le envió al presidente Roosevelt, instándole a respaldar la investigación de armas nucleares, fue escrita solo un mes después de que el físico dimitiera del CIC, una institución de la Sociedad de las Naciones que había encabezado Bergson y que abogaba por una política completamente diferente respecto al control de armamento. Bergson, a quien se acusó de belicista durante la Gran Guerra, promovió el control armamentístico y la diplomacia durante el resto de su vida.
Tal vez nuestro mayor error con Einstein es asociarle tanto con el desarrollo de la bomba atómica. Esta vinculación quedó incrustada en el imaginario colectivo tras aparecer en la portada de la revista Time, en julio de 1946, con una nube en forma de seta en el fondo y la inscripción de la ilustre ecuación «E = mc2». Pero Einstein nunca trabajó en el proyecto Manhattan. Para comprender en su totalidad la postura de Einstein con respecto a la investigación armamentística y el abandono de su tempranero pacifismo, resultan esenciales su debate y su animadversión con Bergson (y con la entidad de la Sociedad de las Naciones que Bergson lideraba).
También existe la percepción general de que el trabajo de Einstein tuvo un efecto decisivo en el arte moderno. Se cree que las perspectivas multidimensionales de la realidad descritas por la teoría de la relatividad asentaron los cimientos de importantes transformaciones en las artes plásticas, afectando a artistas importantes como Matisse o Picasso y a movimientos enteros, como el cubismo84. Pero ahora parece que se pueden descubrir influencias más fuertes directamente en la filosofía de Bergson85. En la literatura, la tesis del influjo de Bergson es aún más fuerte que en el caso de las artes plásticas. Su influencia sobre En busca del tiempo perdido de Marcel Proust no solo se valora en términos de organización o enfoque temático, sino que puede atribuirse a relaciones propiamente dichas, pues Bergson se casó con la prima de Proust. El escritor fue un celoso seguidor de la obra de Bergson y relató cómo se prohibía a los curas católicos leer sus libros y frecuentar sus seminarios86. «El grueso de la obra de Proust es una exposición de la filosofía de Bergson», señaló un renombrado crítico literario87.
A Bergson, se le suele recordar como un reaccionario, aunque los principales responsables de este cargo poseían opiniones políticas extremistas: el escritor radical francés Julien Benda y el autor fascista Charles Maurras. Estos extremistas eran como la noche y el día, pero les unía su odio hacia Bergson. Maurras pertenecía a la extrema derecha católica y Benda era un intelectual judío de la izquierda anticlerical. Era «lo que unía a Benda y Maurras, dos personas que, por lo demás, chocaban diametralmente» y respaldaban dos visiones políticas opuestas88.
Sabemos que Einstein fue víctima de ataques constantes por ser judío y algunos autores han especulado que el propio ataque de Bergson encaja con este tipo de acometidas genéricas fascistas. Pero Bergson también fue atacado por este mismo motivo89. El Action française, un foro racista de derechas, se opuso a su candidatura para la Academia Francesa solo por su origen. El antisemita Maurras tachó a Bergson de maestro de «la Francia judía», un «meteco [métèque]» al que había que combatir por esa simple razón90. Cuando se presentó la candidatura de Bergson en 1914, Maurras lo achacó a un «complot judío para colocar a Bergson en la Académie»91. De modo similar, otro escritor afirmó: «Todo Israel tiene sus ojos clavados en esta elección, considerada por esta raza enemiga nuestra como un episodio importante de la guerra francojudía»92.
Tras los ataques vertidos por la derecha católica, Bergson recibió los de la izquierda judía. Benda acusó a Bergson de no pertenecer a la corriente ideológica judía «adecuada». Según él, por lo común había dos tipos de judíos: los hebreos que veneraban a Yahvé y cuyo líder moderno era Spinoza; y los «hedonistas» cartagineses, que veneraban a Belfegor y cuyo líder moderno era Bergson93. La inquina de Benda era tal que, presuntamente, una vez afirmó que habría «matado de buen grado a Bergson»94 si hubiera sido la única forma de quebrar su influencia. Léon Daudet, un periodista y amigo del alma del antisemita Maurras, se refirió despectivamente a Bergson como «pequeño judío ornamentado»95.
No solo se atacó a Bergson por ser judío o por no ser un judío «de bien», sino que se le acusó de propagandista del catolicismo. En una ocasión afirmó que sus reflexiones le habían ido acercando más y más al catolicismo, que consideraba «la culminación absoluta del judaísmo»96. Sí es cierto que tuvo un entierro católico y que llegó a sopesar el bautizo. Sin embargo, hemos de reconsiderar su asociación habitual al catolicismo. Bergson se sentía atraído sobre todo por el misticismo cristiano, en especial el que representaban Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. La Iglesia católica solía ver con recelo el misticismo. Era un movimiento que a veces formaba parte del catolicismo, pero era mucho más amplio y podía suponer una amenaza grave para la propia Iglesia. Aquello que más fascinaba a Bergson eran los místicos que se solían considerar más radicales y que la Iglesia católica había condenado, como Jeanne Guyon. El misticismo precristiano también le llamaba la atención97. Se le añadió oficialmente al Índice de Libros Prohibidos en junio de 1914.
Era habitual describir y recordar a Bergson como alguien que despreciaba la ciencia y que sentía un odio irracional por los hechos científicos, una impresión que Einstein trató de inculcar activamente. En el prefacio de Duración y simultaneidad, tuvo cuidado de declarar que no se opondría a ningún hecho observado: «Cogemos las fórmulas […] término a término y averiguamos a qué realidad concreta, a qué cosa percibida o perceptible, corresponde cada uno»98. Bergson quería dar más peso a los experimentos y las matemáticas, no quitárselo. Quería regresar a los resultados del experimento de Michelson-Morley, capital para los debates sobre la teoría de la relatividad99. Impugnó la acusación de antiintelectualismo y tildó su proyecto filosófico textualmente de «supraintelectual».
El filósofo puso la proa a subrayar que no tenía nada contra Einstein como persona y que no se oponía al cariz físico de la teoría de Einstein. Así apartó su postura de los ataques racistas y nacionalistas con que se topó Einstein en Alemania. Solo puso en cuestión ciertas extensiones filosóficas de la relatividad. «La física podía ayudar a la filosofía abandonando ciertas expresiones que la inducían al error y que se arriesgan a confundir a los propios físicos sobre el significado metafísico de sus opiniones»100. Estas expresiones confusas, argumentaba, provenían de personas como Einstein, que querían «transformar esta física, telle quelle, en filosofía»101. Bergson abanderó la cruzada contra lo que se veía como una invasión de la física en tierra de la filosofía, una lucha que imantó enseguida a jóvenes reclutas.
Bergson recalcó que determinar el tiempo era una operación compleja. «Para conocer el tiempo», no bastaba con leer un número (la hora) que da un instrumento (el reloj). Había que evaluar el significado general de ese momento. El significado amplio de ciertos sucesos explicaba por qué los relojes «funcionan», por qué se «fabrican» y por qué la gente los «compra». Pero durante aquellos años Einstein no tenía mucho interés en estas cuestiones, pues creía que el tiempo era lo que medían los relojes o no era nada en absoluto. En su mente no cabía la idea de explorar los motivos por los que los relojes podrían haberse inventado siquiera. El caso de Bergson era justo el contrario. Él quería saber qué nos impelía a vivir una existencia condicionada por los relojes y descubrir cómo romper las cadenas: «El tiempo para mí es el que es más real y necesario; es la condición fundamental de la acción: ¿Pero qué estoy diciendo? Es la acción en sí misma»102.
Al principio de su carrera, Einstein era muy modesto respecto de sus conocimientos filosóficos. De hecho, declinó una oferta para ser coeditor jefe de Annalen der Philosophie debido a su limitado conocimiento en ese campo. También era reticente a publicar artículos en revistas de filosofía, aunque se lo pidieran. En 1919 se describió a sí mismo como alguien «demasiado poco versado en filosofía», como un mero «receptor pasivo» de ella103. Pero al enfrentarse a Bergson, su modestia brilló por su ausencia.
Aunque a menudo se les catalogaba en categorías opuestas (como el mecanicismo versus el vitalismo y la objetividad versus la subjetividad), ninguna de estas dicotomías hace justicia a las complejidades de la obra de ambos individuos. En los debates vertebrados en torno a grandes divisiones, Bergson se negaba siempre a tomar partido porque consideraba que su filosofía se basaba en explicar conexiones104. En especial, siempre se negaba a tomar aquel partido del que se le acusaba a menudo, el del espiritualismo. Su interés era claro: exponer «el punto de contacto entre la conciencia y las cosas, entre el cuerpo y el espíritu»105. Einstein también hizo comentarios frecuentes que hacen que sea imposible confinarlo a posturas específicas. Cuando empezó a acumular apoyos a su trabajo, las opiniones personales del físico sobre su obra previa y sobre la ciencia en general cambiaron. Se volvió más reservado acerca de cómo conciliaba con otras formas de conocimiento. Al final de su vida, el físico ponía el vocablo «verdad» entre comillas, dado que lo veía limitado y ceñido por «sistemas conceptuales» (Begriffsystem) mucho más amplios. Según su explicación, la «“verdad” científica» solo era diferente de la «fantasía vacua» en grado, pero no en esencia. Simplemente diferían en la cantidad de certeza que podían lograr106. Si analizamos rigurosamente el debate entre Einstein y Bergson, encontramos dificultades para separar estos términos y, en particular, para encasillar a uno y otro exclusivamente en una categoría. Nuestro propósito es cuestionar estas divisiones —es decir, revocar la simplificación de la postura de ambos hombres— y esbozar alternativas.
Bergson fue el último en hablar durante el coloquio en la Société française de philosophie. Cuando presentaba sus observaciones finales, dijo a la concurrencia que se estaba haciendo tarde. Para demostrar que el tiempo no era patrimonio total de los físicos, adujo las razones por las que iba a acortar su intervención: «Porque no podemos hablar sobre el tiempo sin reparar en la hora y en que se hace tarde. Me limitaré a comentar brevemente un par de cuestiones»107. Tal vez fue el ardid de un gran orador, pero al menos para parte del público pareció surtir efecto.
3
¿CIENCIA O FILOSOFÍA?
El tiempo ocupa el centro de nuestras jerarquías modernas. Para los poderosos, el tiempo es lo más valioso. Para los desempleados, es una maldición. Los poderosos hacen esperar a los indefensos; los indefensos esperan a los poderosos. ¿Cómo nos pueden ayudar a entender estas jerarquías los debates sobre el tiempo? Benjamin Franklin advirtió a los jóvenes que «el tiempo es dinero», instándoles a usarlo con cabeza1. Casi un siglo y medio más tarde, un filósofo menos frugal asignó el tiempo a otra partida presupuestaria. Aunque el tiempo era dinero, «todo el mundo tiene este dinero en su cartera» para seguir gastándolo a su total discreción2. Desde entonces, muchos otros se han propuesto dar consejos para explotar el tiempo. ¿Quién es una voz autorizada a ese respecto?
«¿Qué es, pues, el tiempo?», se planteaba san Agustín en sus Confesiones, pasando a la posteridad por señalar una paradoja en nuestra concepción del mismo. No había nada más intuitivo y, a su vez, más complicado que el propio tiempo: «Si no me lo pregunta nadie, lo sé; pero si se lo quiero explicar al que me lo pregunta, no lo sé». Estas palabras, escritas en África Septentrional en algún momento entre el año 397 y 398, adquirieron en Europa un hálito extremadamente profético mil quinientos años más tarde. Satosi Watanabe, uno de los adeptos más leales de Bergson, se limitó a manifestar: «Tras quince siglos de progreso de las ciencias humanas, esta perspectiva [la de san Agustín] debe constituir incluso la opinión de los filósofos de hoy»3. Tal vez no sea exagerado describir la modernidad como la incapacidad para hacer frente al tiempo tanto como al dinero; es una serie de intentos infructuosos para dominarlos ambos.
¿Ver con otros ojos el debate entre Einstein y Bergson podría arrojar luz sobre la naturaleza del tiempo en sí? En vez de seguir debatiendo sobre su naturaleza, en vez de seguir viéndolo como algo totalmente desmitificado por la ciencia moderna o igual de incomprensible que siempre, si prestamos atención a su debate vemos que algunas de las declaraciones más pomposas sobre el tiempo aparecieron en contextos mucho más mundanos que canalizaron argumentos en dos direcciones opuestas. Para entender el tiempo, podemos volver al 6 de abril de 1922 y exponer este día como un momento en que estas discusiones emergieron con renovado fervor.
En cierto sentido, el debate entre Einstein y Bergson parece el opuesto a otro célebre encontronazo en la historia de la ciencia y la filosofía, el que tuvo lugar entre Thomas Hobbes y Robert Boyle a finales del siglo XVII. En la Royal Society de Londres, Boyle y Hobbes debatieron acerca de la existencia del vacío. Boyle creía que se podía generar con una bomba de aire; Hobbes, que no. Pero ninguno de ellos impugnó los hechos probados en cuestión. «El señor Hobbes —señaló Boyle— no niega la verdad de los hechos que he presentado»4. El enfrentamiento entre Hobbes y Boyle resultó en una entente cordiale entre la ciencia experimental (representada por Boyle) y la filosofía política (representada por Hobbes) que se prolongó hasta las primeras décadas del siglo XX; el enfrentamiento entre Einstein y Bergson dio lugar a otro resultado. Si bien acabaron conviniendo en los hechos oportunos, ambos hombres y sus defensores siguieron sin poder acordar los límites pertinentes entre ciencia y filosofía.
Para bien o para mal, el debate entre ambos aún no se ha acabado y probablemente no acabe jamás. No podemos soñar con volver a los días de la Royal Society, cuando los científicos presentaban hechos incontrovertidos en laboratorios y luego los distribuían para el consumo general. Ni podemos soñar con volver a la gloriosa época de la revolución científica, cuando se creía triunfalmente que la ciencia era la panacea contra todos los males. Siguen apareciendo publicaciones, tesis y ensayos con argumentos apasionados a favor de una u otra parte. ¿Einstein o Bergson? Los expertos siguen discrepando sobre cuál es el auténtico quid de la cuestión. Mientras que algunos aducen que los experimentos han demostrado en redondo que el físico tenía razón y el filósofo estaba equivocado, otros recalcan que estos asuntos simplemente no se pueden verificar con experimentos. Esta dificultad se puede entender en cierto sentido porque los argumentos de ambas partes han cambiado y evolucionado durante un largo periodo. Se han formulado nuevas preguntas y se han alegado nuevas respuestas. Desde 1922 hasta que falleció, Bergson presentó y representó su argumentación de un sinfín de maneras diferentes. La teoría de la relatividad también cambió radicalmente desde que fue formulada por primera vez en 1905, a medida que la labor experimental creció, a medida que Einstein la amplió para convertirla en la teoría general y a medida que una nueva generación de científicos la fue asimilando poco a poco.
¿La teoría de la relatividad era ciencia, filosofía o ambas cosas? Cuando se celebró el debate, la ciencia y la filosofía ocupaban un lugar completamente diferente en la sociedad al que ocupan ahora5. «Ciencia» no ha sido siempre una palabra agradable. En tiempos de la Revolución francesa, el revolucionario Jean-Paul Marat usaba despectivamente el término «scientifiques». Lo usaba para retratar a los participantes del que según él era un proyecto inútil y egoísta para medir una porción de la circunferencia terrestre y usar esa medida para definir el metro6.
El término «científico» se empezó a usar con más frecuencia —y a adquirir connotaciones positivas— en la década de 1830, cuando se recurrió a ella para sustituir la designación previa de «filósofos naturales». En una sesión de la recién formada British Association for the Advancement of Science, el poeta Samuel Coleridge se quejó de que el término «filósofo» era «demasiado amplio y grandilocuente» para los que entonces estudiaban conocimientos naturales, y buscó una palabra que les privara de ese título «grandilocuente». El matemático William Whewell respondió proponiendo «científico». Con este neologismo, se distinguiría con más claridad entre «filosofía natural» y «filosofía», que cada vez se ceñiría más a la filosofía moral, política y metafísica. Whewell contribuyó a que el término cuajara más en su The Philosophy of the Inductive Sciences (1840), donde también acuñó la palabra «físico» para describir a quien estudia «la fuerza, la materia y las propiedades de esta última»7.
No hace mucho que la ciencia se empezó a ver más directamente vinculada a la verdad que a la filosofía. En el siglo XIII, Tomás de Aquino pensaba que la teología era la más excelsa de todas las ciencias8. En 1750, el famoso escritor ilustrado y autor de la Encyclopédie, Denis Diderot, seguía sosteniendo que las palabras «ciencia» y «filosofía» eran «sinónimas»9. Después del debate entre Einstein y Bergson, estas palabras parecieron estar más alejadas que nunca la una de la otra, siendo casi antónimas. Muchas personas consideraban que la filosofía de Bergson no era más que anticiencia.
Bergson estaba acostumbrado a que se le acusara de estar en contra de la ciencia; había empezado años antes de su debate con Einstein. Él se defendía diciendo que su obra «no tenía otro fin que acercar la metafísica y la ciencia y consolidar a cada una mediante la otra, sin sacrificar nada en ellas, tras haberlas distinguido claramente entre sí». La acusación de que él se oponía a la ciencia, remarcaba, era totalmente infundada: «¿Dónde, cuándo y en qué términos he dicho yo jamás algo por el estilo? ¿Puede alguien mostrarme, en todo lo que he escrito, una línea, una palabra, que se pueda interpretar de este modo?»10.
Así, ¿por qué discrepaba Bergson de Einstein? ¿Se equivocó por no tratar o no entender la teoría de la relatividad general? Si escrutamos todas las publicaciones de Bergson sobre la cuestión, no solo las que se suelen seleccionar, podemos ver cómo el filósofo amplió sus opiniones y acabó explicando cómo se aplicarían en un caso que considerara la teoría de la relatividad general, y no solo la especial. También demostró que todas sus opiniones encajaban perfectamente con los hechos empíricos que se habían observado hasta ese momento. Al final, afirmó sin rodeos que aceptaba de pleno los efectos relativistas de la dilatación del tiempo, bajo ciertas condiciones.
El filósofo André Lalande, uno de los fundadores de la Société française de philosophie, fue una excepción porque valoró los argumentos de Bergson como un conjunto agregado de todas sus publicaciones. A diferencia de la mayoría de las personas que siguieron el debate, no se ciñó a citar las típicas declaraciones descontextualizadas para demostrar que Bergson estaba equivocado. Así es como resumió la discrepancia entre los dos hombres sobre la cuestión del tiempo: «Aquí la cuestión primordial, por supuesto, es saber qué tipo de realidad debería concederse a los diversos observadores opuestos que discrepan en su medición del tiempo»11. Otro interesado en el debate extrajo una conclusión similar: «Bergson admite todos los resultados de la relatividad. Solo se niega a otorgarles el mismo valor real»12. Muchos disertadores aceptaban la teoría de Einstein y sus consecuencias, pero detestaban adscribir una realidad equivalente a los tiempos discordantes o dilatados que describía. A Bergson le interesaban las cuestiones de cómo, por qué y en qué circunstancias los retrasos del reloj descritos por la teoría de la relatividad se podrían considerar inequívocamente cambios temporales reales. En lugar de asumir por entero la teoría de la relatividad, su proyecto era, «por tanto, cuestión de atribuir papeles a lo real y lo convencional»13.
Precisamente, la idea de cómo se atribuía la realidad a ciertos efectos y no a otros era capital para la filosofía de Bergson. Para él, la línea de lo real y lo irreal podía fluctuar a lo largo del tiempo y la historia. Para Einstein, no debía cambiar14. Según muchos de los pensadores implicados, el debate sobre la teoría de la relatividad no era solo técnico. Concernía a la importancia que debería atribuirse a los diferentes tiempos que aparecían en las ecuaciones de la teoría y a su relación con nuestra noción común y cotidiana del tiempo. A la teoría, Bergson le objetó «la autoridad para igualar todos los sistemas [como reales] y para declarar todos los tiempos como igual de valiosos»15. Bergson se negaba a adjudicar a Einstein la autoridad para hacer esto.
EL TIEMPO DE BERGSON: FUERA DEL RELOJ
En su primer libro importante, publicado antes de cumplir los treinta, Bergson desarrolló una filosofía que abordaba el tiempo de forma explícitamente distinta a como este solía ser considerado. «El tiempo que usa el astrónomo en sus fórmulas», explicaba, «el tiempo que los relojes dividen en partes iguales, ese tiempo, digamos, es otra cosa»16. ¿Es posible que tuviera razón? ¿Ese joven podría haber descubierto un aspecto esencial del tiempo que difería de la medición de los relojes y del uso de los científicos? A medida que su trabajo siguió creciendo, Bergson amplió sus especulaciones iniciales para convertirse en una autoridad innegable en la cuestión. El tiempo, argumentaba, no era algo externo, ajeno a aquellos que lo percibían. No existía al margen de nosotros. Nos implicaba a todos los niveles.
A Bergson, la definición del tiempo de Einstein le pareció completamente aberrante. El filósofo no entendía cómo uno podía optar por describir el momento de un suceso significativo, como la llegada de un tren, según el modo en que se reflejaba ese hecho en un reloj. No entendía por qué Einstein intentaba crear este procedimiento particular como un método privilegiado para determinar la simultaneidad. Bergson buscaba una definición más básica de este término, una que no se contentara con los relojes, sino que explicara por qué se usaban. Si no existía esta concepción de la simultaneidad, mucho más básica, «los relojes no cumplirían ningún propósito». «Nadie los fabricaría, o al menos nadie los compraría», argumentaba. Sí, los relojes se compraban «para saber la hora que es», admitía Bergson. Pero «saber qué hora es» presuponía que la correspondencia entre el reloj y un «hecho que está sucediendo» era significativa para alguien y merecía su atención. El hecho de que ciertas correspondencias entre sucesos podían ser significativas para nosotros, mientras que tantas otras no lo eran, explicaba nuestro sentido básico de simultaneidad y el uso generalizado de los relojes. Los relojes en sí no podían explicar ni la simultaneidad ni el tiempo, sostenía.
Si no existía un sentido de la simultaneidad más básico que el que revelaba sincronizar un suceso con la aguja de un reloj, los dispositivos no tendrían un propósito relevante:
Serían pedacitos de maquinaria con los que nos distraeríamos comparándolos mutuamente; no se usarían para clasificar sucesos; en resumen, no existirían porque sí ni nos serían de utilidad. Perderían su raison d’être para el teórico de la relatividad y para todo individuo, pues él también hace uso de ellos con el solo fin de designar el tiempo de un suceso.
Toda la fuerza de la obra de Einstein, según Bergson, radicaba en que funcionaba como una «señal» que apelaba a un concepto natural e intuitivo de simultaneidad. «Solo es porque [la concepción de Einstein] nos ayuda a reconocer esta simultaneidad, porque es su señal, y porque se puede convertir en simultaneidad intuitiva, que la llamas simultaneidad», explicó17. La obra de Einstein solo fue muy revolucionaria e impactante porque nuestra noción natural e intuitiva de la simultaneidad permaneció sólida. Al negarla, no le quedó otra que volver a referirse a ella, al igual que una señal se refiere a su objeto.
Bergson llevaba años pensando en relojes. Coincidía en que ayudan a registrar coincidencias, pero no creía que nuestra comprensión del tiempo se pudiera basar únicamente en ellas. Ya había contemplado esta opción, allá en 1889, y la había descartado enseguida: «Cuando miro la superficie de un reloj, observando el movimiento de la aguja que se corresponde con las oscilaciones del péndulo, no mido la duración, como cabría pensar; simplemente cuento simultaneidades, que es bastante diferente»18. Había que incluir en nuestra comprensión del tiempo algo diferente, algo nuevo, algo importante, algo fuera del reloj en sí. Solo eso podía explicar por qué atribuíamos a los relojes tamaño poder: por qué los comprábamos, por qué los usábamos y por qué llegamos a inventarlos siquiera.
El filósofo decía que el cambio nos rodeaba por todas partes y que, aun así, paradójicamente la mayoría de los científicos quitaban hierro a este aspecto del mundo. Incluso la teoría de la evolución (en la interpretación estándar de Herbert Spencer) consideraba la producción de nuevas formas evolucionadas como una recombinación de viejo material. Así, ignoraba la aparición de lo nuevo en el escenario de la vida. Al hacer hincapié solo en el mundo real como algo eternamente fijo, se podían perder de vista nuevas posibilidades: «Digamos que en la duración, considerada como una evolución creadora, existe la creación perpetua de la posibilidad, no solo de la realidad»19. ¿Qué pasaría si los pensadores de todo el mundo abrazaran el cambio radical descrito por Bergson? Bergson era muy consciente de las consecuencias. Para empezar, los expertos tendrían que atenuar sus expectativas para conocer el mundo solo a través de su composición material. El materialismo, una doctrina muy relacionada con la filosofía de René Descartes, parecía en riesgo. Según el filósofo, Einstein estaba siguiendo a ciegas los pasos de Descartes. Bergson acababa su polémico libro con una frase lapidaria: «Einstein es el heredero de Descartes»20.
Bergson era plenamente consciente del irresistible atractivo de la metafísica cartesiana, que consideraba la base de la obra de Einstein, pero también pensaba que conllevaba una serie de paradojas y contradicciones técnicas y éticas. No era ni de lejos el primero (Bergson comparó su obra con las críticas vertidas por el teólogo Henry More en el siglo XVII) ni el último en señalar sus deficiencias. Descartes había inspirado a muchos a adoptar una cautivadora filosofía mecanicista que equiparaba nuestros cuerpos a meras máquinas. Su propia filosofía resolvía algunos de sus problemas, centrándose en la conexión entre los reinos material e inmaterial y detallando que las diferencias entre cuerpo y espíritu no eran absolutamente fijas, sino que fluctuaban a lo largo del tiempo y de la historia. Se le había ensalzado mucho por presentar una nueva solución. ¿Einstein estaba pasando por alto los éxitos de Bergson? ¿Acaso los conocía siquiera?
Puede pareceros, argumentó el hombre que plantaría cara a Einstein, que las palabras escritas en esta página son simples estímulos materiales para evocar ideas en vuestra mente. Bueno, pues os equivocáis: si cambiamos u omitimos la mayoría de las letras del texto, casi seguro que seguís siendo capaces de leerlo. Los lectores suelen reconocer solo ocho o diez letras de cada treinta o cuarenta y rellenan el resto de memoria, explicó. De hecho, no se podría leer esta frase misma sin una «exteriorización» de tu memoria, que se mezcla de alguna manera con las letras de esta página. La mente y la materia, explicaba, se juntan aquí y ahora, en esta página y en todas ellas. Se juntan cada vez que consultamos un reloj o reconocemos una imagen, por más simple que sea. Pero si no pudiera separarse la materia de la mente, ¿en base a qué podían distinguir los científicos su obra de la de los humanistas?
Las nociones de la individualidad surgidas en la Ilustración parecían igual de frágiles. «Nuestra personalidad cambia sin cesar», aducía. «Nos estamos creando a nosotros mismos continuamente» y eso generaba nuevas oportunidades21. El pasado —incluyendo nuestros recuerdos y la percepción histórica—, así como el futuro y nuestra percepción del mismo, cambiaban con el tiempo. Y la ética también. ¿Qué puede impedirnos revisar algunos de nuestros tabúes más arraigados en algún momento futuro? Bergson combatió la tendencia de pensar en el pasado y en nuestros recuerdos como algo que no puede cambiarse nunca invirtiendo su interpretación. Si nos replanteamos nuestra idea del pasado, viéndolo como aquello sobre lo que ya no podemos influir, y luego cambiamos nuestros actos, podemos remontarnos al pasado. «El pasado», recalcaba, «es en esencia lo que ya no surte efectos». A diferencia de lo que se solía creer, nuestra percepción del mundo no era meramente contemplativa y desinteresada, sino que ya estaba cincelada por nuestros recuerdos. Ambos están definidos por nuestra percepción de aquello en lo que podemos influir. Bergson advirtió a sus lectores que, a menos que reconocieran el papel activo de los recuerdos, estos volverían ineludiblemente para obsesionarlos: «Pero si se diluye la diferencia entre percepción y recuerdo, […] ya no podemos distinguir realmente el pasado del presente, es decir, de aquello que está surtiendo efectos»22. La distinción entre el pasado, el presente y el futuro estaba determinada física, fisiológica y psicológicamente. Tirando del concepto del tiempo como de un hilo que recorre la astronomía física y llega a la filosofía moral, Bergson cuestionó algunos de los dogmas más corrientes de su época. Ni siquiera se podía determinar con certeza cuánto estábamos envejeciendo, puesto que «el envejecimiento y la duración pertenecen a la categoría de la calidad. No hay ningún análisis que pueda transformarlos en pura cantidad»23.
La teoría del tiempo de Einstein, sostenía el filósofo, era particularmente peligrosa porque trataba «la duración como un defecto». No nos dejaba darnos cuenta de que «en realidad el futuro está abierto, es impredecible e indeterminado». Suprimía el tiempo real; es decir, «lo más positivo del mundo»24.
EL TIEMPO DE EINSTEIN: PSICOLOGÍA O FÍSICA
Unos meses después del debate, Einstein mandó una carta a lord Haldane, que había escrito un importante libro sobre la teoría de la relatividad. Había «recibido el libro de Bergson y leído una parte, pero aún no se había podido forjar una idea definitiva sobre él»25. Al final, en otoño encontró un hueco para estudiarlo con más atención.
Einstein se llevó consigo el libro de Bergson para su largo viaje de Marsella a Japón. El día que zarpó el barco del muelle, empezó a leer. A primera hora de la mañana siguiente le despertó un «gran bullicio»: la tripulación estaba limpiando la embarcación. Garabateó unos apuntes rápidos sobre ello en su cuaderno de viaje: «Los filósofos bailan constantemente en torno a la dicotomía de lo psicológicamente real y lo físicamente real, discrepando solo en sus dictámenes a este respecto». Le parecían cíclicamente atrapados en un debate eterno entre idealismo y materialismo. Reconoció que Bergson había «asimilado [del todo] la esencia de la teoría de la relatividad», pero no veía cómo sus opiniones sobre el tiempo podían trascender las mismas dos categorías en que clasificaba el oficio de los filósofos. La contribución de Bergson «objetivaba» aspectos psicológicos del tiempo, escribió26.
Para Bergson, Einstein no lo había entendido nunca. En una ocasión, confesó a otro amigo que Einstein no le podía entender porque «no está versado en filosofía; y especialmente en el idioma francés»27. Tal vez Einstein no había ni siquiera leído su libro y había tirado de relatos que le había contado: «[…] tal o cual físico francés que no me entendía y que, sin la formación filosófica necesaria para comprenderme, seguiría inmune a mis explicaciones»28.
Durante el debate, Einstein manifestó explícitamente el propósito que atribuía a la filosofía y explicó por qué no debía desempeñar ningún papel con respecto al tiempo. En presencia de su oponente, dio a la filosofía un rol muy limitado y, a continuación, se justificó. Mencionó dos métodos habituales de percibir el tiempo: el psicológico y el físico. El tiempo psicológico era el que percibía una persona, mientras que el físico era el que medía un instrumento científico, como un reloj. El tiempo medido por un instrumento solía ser diferente del que percibía una persona. Los factores como el aburrimiento, la impaciencia o los simples cambios fisiológicos afectaban a las percepciones psicológicas del tiempo. Con la expansión de los cronómetros, empezó a notarse cada vez más la diferencia entre el tiempo sentido y el medido. Sabemos, por ejemplo al leer el diario de Franz Kafka, que en los relatos íntimos de ese periodo había un «reloj interno» que parecía disentir del «externo»29.
Pero en la mayoría de los casos, las concepciones físicas y psicológicas del tiempo no tenían que divergir demasiado. La mayoría de la gente podía calcular el tiempo de un modo bastante acorde con el de un reloj, determinando con gran precisión la hora del desayuno, del almuerzo y de la cena. La mayoría de la gente también podía valorar si dos sucesos eran simultáneos de un modo bastante parecido a los instrumentos. Pero en los sucesos fugaces sucedía justo lo contrario. En esos casos, como al final de una carrera de caballos, saltaban a la vista las carencias a la hora de percibir la simultaneidad respecto de la simultaneidad determinada con algún dispositivo; las percepciones discrepaban significativamente de las mediciones hechas con la ayuda de un instrumento. En un universo marcado por hechos que suceden casi a la velocidad de la luz, la diferencia entre ambas era extrema.
A criterio de Einstein, se había usado la filosofía para explicar la relación entre la psicología y la física. En París explicó que: «El tiempo del filósofo, pienso, es un tiempo a la vez psicológico y físico»30. Pero la relatividad, que inspeccionaba fenómenos rapidísimos, había demostrado lo alejadas de la realidad que están las percepciones psicológicas del tiempo. Einstein destacaba que no eran un simple error, sino que no se correspondían con nada concreto. «No son más que constructos mentales, entidades lógicas»31. A causa de la inconmensurable velocidad de la luz, los humanos habían generalizado «instintivamente» su concepción de la simultaneidad y la habían extrapolado por error al resto del universo. La teoría de Einstein corregía esta generalización equivocada. En lugar de creer en un área superpuesta entre las concepciones psicológica y física del tiempo (donde ambas eran importantes, aunque era obvio que una era menos precisa que la otra), argumentaba que realmente eran dos conceptos distintos: una apreciación mental (la psicológica) que era totalmente distinta del concepto «objetivo», el tiempo físico.
Bergson y Einstein aceptaban que había una diferencia esencial entre las concepciones psicológica y física del tiempo, pero sus deducciones eran distintas. A Einstein, le llevó a concluir que «el tiempo de los filósofos no existe; solo queda un tiempo psicológico que difiere del físico»32. Para Bergson, en cambio, esta lección —que las apreciaciones psicológica y física del tiempo eran diferentes— hacía aún más interesante la tarea del filósofo, especialmente porque nadie, ni siquiera los físicos, podía esquivar el problema de relacionar el tiempo con los asuntos humanos.
CUESTIONANDO EL ESTATUS DE LA CIENCIA: FENOMENOLOGÍA Y «CRISIS DE LA RAZÓN»
«Opino que ya no hay ningún problema filosófico con el Tiempo», observó el filósofo y matemático Hilary Putnam en 196733. Casi seguro que los científicos todavía coincidirían con su afirmación; los filósofos no. A medida que fue apartándose a Bergson, la autoridad de la ciencia en las cuestiones del tiempo escaló hasta nuevas cotas.
Más de tres décadas después del debate, el filósofo Maurice Merleau-Ponty se preguntó si acaso debíamos «acudir únicamente a la ciencia en busca de la verdad sobre el tiempo y todo lo demás»34. El fundador de la fenomenología francesa tenía bien asegurada la cátedra de Bergson en el Collège de France. Siguiendo la tradición de rendir homenaje a sus predecesores, el nuevo profesor habló sobre Bergson en su discurso inaugural. Como íntimo amigo de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir y parte de un grupo de intelectuales que se reunía en la cafetería Les Deux Magots en Saint-Germain-des-Prés, coeditor de la influyente revista Les Temps modernes, siguió aludiendo al filósofo durante toda su vida.
Merleau-Ponty nos retrotrajo nuevamente a ese encuentro: «El 6 de abril de 1922, Einstein conoció a Bergson en la Société française de philosophie». Merleau-Ponty expuso que «Bergson había ido “a escuchar”, pero que, al llegar, la discusión decayó»35. Según él, vista a través de la filosofía de Bergson, la ciencia generaba una auténtica «crisis de la razón». Las lecciones que dio el filósofo en 1955 y 1956 pusieron el acento en la contestación de Bergson a la teoría de la relatividad de Einstein36.
Según Merleau-Ponty, la interpretación mayoritaria del debate daba a Einstein como vencedor respecto a Bergson, lo cual había producido un efecto peligroso. Había un cientificismo que lo impregnaba todo e invalidaba la experiencia: «La experiencia del mundo percibido con sus hechos obvios no es más que un titubeo que precede al discurso diáfano de la ciencia»37. Merleau-Ponty continuó escribiendo sobre Bergson. En 1959 dio una charla al final del «Congreso Bergson», que acogió presentaciones de autores como Gabriel Marcel, Jean Wahl y Vladimir Jankélévitch38. A lo largo de su trayectoria, trató de reintroducir la percepción corpórea a las teorías del conocimiento, inspirando a una generación de científicos, escritores y artistas del futuro. Aunque los científicos hablaban a menudo de líneas y círculos, en la vida real nunca encontrábamos estas formas en una expresión geométrica perfecta, sostenía. Lo mismo podía decirse de las mediciones del tiempo. Al excluir el entorno realmente percibido por nosotros, seguía diciendo, la ciencia moderna ha perdido el contacto con la realidad. ¿Cómo sería la ciencia si reintrodujera el mundo tal y como se ve, se oye y se siente? Durante décadas, se dedicó a responder a estas preguntas.
Mientras que muchos autores de preguerra consideraron peligrosa la filosofía de Bergson, en la posguerra Merleau-Ponty vio un potencial peligro en el racionalismo desenfrenado de su época: «Sin contar a los neuróticos, el mundo tiene a un buen número de “racionalistas” que son un peligro para la razón viva». Para Merleau-Ponty, recuperar la «razón viva» no significaba abandonar la ciencia, sino dar un papel renovado a la filosofía dentro de la ciencia: «Y en cambio, el vigor de la razón está ligado al renacimiento del sentido filosófico que, por supuesto, justificará la expresión científica del mundo, pero en su categoría y lugar adecuados en el conjunto del mundo humano»39. Aunque nunca fue un enemigo de la ciencia e inspiró a menudo a los científicos (sobre todo a los neurofenomenólogos), Merleau-Ponty intentó igualmente volver a colocar al racionalismo en el «lugar que le correspondía».
Merleau-Ponty se preguntó por qué todo el mundo buscaba respuestas en la física y en los físicos. ¿Por qué se les consultaba acerca de todo como si fueran intelectuales públicos, en cuestiones que iban desde la moda al gobierno? Se burlaba de:
Las extravagancias de los periodistas que consultan al genio sobre cuestiones alejadísimas de su campo. Al fin y al cabo, dado que la ciencia es taumaturgia, ¿por qué no debería llevar a cabo un milagro más? Y dado que fue precisamente Einstein quien demostró que, a una gran distancia, un presente es contemporáneo con el futuro, ¿por qué no hacerle a él las preguntas que se le formulaban al oráculo de Delfos?40
En los cincuenta y los sesenta, el debate entre Einstein y Bergson estaba tan en boga como siempre. «Hoy, como hace treinta y cinco años, los físicos recriminan a Bergson que introdujera al observador en la física relativista, que dicen que puede convertir el tiempo en relativo solo con los instrumentos de medición o un sistema de referencia», explicó Merleau-Ponty41. Pero el observador, según él, no debería ser nunca irrelevante; los instrumentos por sí mismos nunca desmitificarían por completo el tiempo.
En los sesenta, el péndulo se balanceaba a toda prisa. La «razón» pasó de estar estrechamente ligada a la ciencia a convertirse en una aliada íntima de la filosofía, pues muchos pensadores huyeron de una fascinación inicial por Einstein y se aproximaron a Bergson. En Fenomenología de la percepción, Merleau-Ponty insistió en la importancia de nuestras apreciaciones individuales del tiempo. Para recalcar que el tiempo dependía de la conciencia corpórea y que no era una mera cantidad física de un universo incorpóreo, exclamó: «Yo mismo soy tiempo»42. A fin de cuentas, él había aprendido de Bergson que «no nos acercamos al tiempo exprimiéndolo dentro del punto de referencia de la medición, como si usáramos unas tenazas». Al contrario, «para hacernos una idea de él, debemos dejar que crezca libremente, acompañando el nacimiento continuado que lo hace siempre nuevo y, precisamente en este sentido, igual»43.
¿La filosofía se limitaba a estudiar el «titubeo que precede al discurso diáfano de la ciencia»?44 ¿Los filósofos deberían aceptar el nuevo papel de la ciencia de posguerra? Los simpatizantes de Einstein responderían masivamente que sí, pero en París, una nueva generación de jóvenes escritores no aceptó esta función subalterna. Los fenomenólogos no eran los únicos interesados en el rol de la filosofía en un siglo caracterizado por el auge de la ciencia.
SEGUNDA PARTE
4
LA PARADOJA DE LOS GEMELOS
BOLONIA, ITALIA
¿Cuándo descubrió Bergson la obra de Einstein? En la primavera de 1911, «bajo el paraguas del rey de Italia», se reunieron en Bolonia para el Cuarto Congreso Internacional de Filosofía científicos y filósofos de fama mundial, entre los que se contaba Bergson1. La reputación de Bergson estaba en la cúspide2 y los participantes de la conferencia se desvivían por oírle hablar. Pero otra charla dedicada a un «hecho paradójico» de la obra de Einstein —a cargo de un científico novicio y más bien desconocido— atrajo a muchos de los asistentes3.
El presentador, Paul Langevin, preguntó si entre los miembros del auditorio había alguno que quisiera «dedicar dos años de su vida a descubrir qué aspecto tendría la Tierra al cabo de doscientos años»4. Todo lo que tendría que hacer ese pertinaz voluntario sería viajar al espacio exterior a una velocidad próxima a la de la luz. Fácil, ¿verdad? Langevin no presentó esta cuestión como un vendeburras, sino como un físico puro y honrado. Si alguien acababa accediendo al viaje, defendía, regresaría para encontrarse con que el tiempo en la Tierra había pasado más deprisa. Verían el mundo doscientos años más tarde. Con plena confianza, afirmó que «los hechos experimentales más probados nos permiten afirmar que este será el caso»5. Bergson, se comenta, estaba entre el público echando espumarajos por la boca, preparándose ya para recoger el guante6.
Para los que no veían tan apasionantes los viajes en el tiempo, Langevin ofreció algo más; prometió a sus oyentes la juventud eterna: «Ahora podemos afirmar que es suficiente con estar inquietos, con acelerarnos, para envejecer más despacio». Cuando Einstein supo de la presentación de Langevin, lo primero que hizo fue tildarla de «una caricatura divertidísima»7. Pero poco después, comenzó a sopesarlo muy en serio y se dedicó a estudiar este aspecto en su propio trabajo.
A Bergson no le parecía divertido. En Bolonia presentó «L’institution philosophique», una de sus charlas más famosas, pero el rumbo de su pensamiento iba a cambiar pronto a la luz de la presentación que dio Langevin del trabajo de Einstein. Tardó casi una década en confeccionar su respuesta.
La presentación de Langevin fue simplemente brillante. Mezclando filosofía y ciencia, y haciendo referencias avispadas a cuentos populares de ciencia ficción (de Julio Verne), se metió en el bolsillo a un público entregado. Tuvo aún más éxito que la charla previa del eminente Henri Poincaré, otro participante que no veía tanto potencial revolucionario en la teoría de la relatividad8. La conferencia de Langevin, que ni siquiera nombró a Poincaré, se publicó enseguida en Scientia y apareció resumida en la Revue de métaphysique et de morale.
El congreso internacional celebrado ese año en Bolonia fue un éxito total. Sus cifras se habían disparado: de los pobres ciento cincuenta asistentes con los que empezó en 1900, pasó a tener entre quinientos y seiscientos. Las mentes más brillantes de la era estaban allí, «presentándose mutuamente» y entablando conversaciones interesantes, «aunque informales, en los pasillos»9. Acogió tanto a científicos como a filósofos. Los filósofos estaban orgullosos de poder reunirse en congresos especializados como los científicos llevaban tiempo haciendo, y de saludarles como apreciados colegas. Como señaló un asistente, «los filósofos pueden reunirse como hace tiempo que los hombres de ciencia están acostumbrados a reunirse y pueden considerar la filosofía un conjunto de conocimientos que, como la ciencia, es avanzado, crece y progresa»10. De esta forma, tal vez puedan subirse al tren del «progreso científico». Pero también estaban orgullosos de hacer incluso más que los científicos. En ese congreso, Bergson coincidió con su maestro Émile Boutroux, que dio una conferencia llamada «La relación de la filosofía con las ciencias». Ambos afirmaron que, «mientras que la ciencia valora las cosas como puramente objetivas, deshumanizadas, […] la filosofía persiste en valorarlas en conexión con la aspiración y la voluntad del hombre». Por esta razón, añadió Bergson, la ciencia solía «desafiar» la realidad y la filosofía era «amable» con ella11.
La presentación de Langevin en Italia se llevó todos los aplausos. En un visto y no visto, la obra de Einstein empezó a parecer mucho más interesante y entretenida que antes, incluso para el propio Einstein. El físico estaba como unas castañuelas. Su afinidad con Langevin era tal que, en una carta que le escribió poco antes de su viaje de 1922, no fue capaz de ocultar su entusiasmo: «Estoy como niño con zapatos nuevos de pensar que pronto podré pasear de nuevo con usted por las calles de París»12.
LANGEVIN VUELVE DE BOLONIA, 1911
Después de enterarse del éxito de Langevin, los filósofos de París convocaron al científico tan pronto como regresó. Querían escrutar sus palabras en terreno propicio, la Société française de philosophie, el mismo foro que acogería a Einstein y Bergson una década más tarde.
En aquellos años, en Francia el artículo de Einstein de 1905 no quitaba el sueño a nadie, pero la presentación que acababa de dar Langevin en Italia provocó un buen revuelo. Mucha gente del público y del exterior empezó a especular cómo afectaría la teoría del físico a la filosofía de Bergson.
Langevin fue uno de los primeros científicos de Francia en abrazar la teoría de Einstein. Después de leer sobre ella, enseguida se transformó en «el apóstol del nuevo evangelio»13. Su dedicación a la teoría fue tan exhaustiva que, cuando murió, Einstein llegó a afirmar que su amigo casi seguro que la habría descubierto si no lo hubieran hecho otros (incluido el propio Einstein): «Me parece incuestionable que habría desarrollado la teoría de la relatividad especial si no lo hubiera hecho otra persona, pues había identificado claramente los puntos esenciales», explicó14. A lo largo de su vida, Langevin defendió a Einstein con «escrupuloso celo», según la descripción de los críticos15.
Langevin y Einstein hicieron buenas migas y compartieron afinidades políticas. Durante un viaje inolvidable a París en 1913, Einstein intimó con otros amigos del círculo de Langevin, sobre todo con Jean Perrin y Marie Curie. Einstein fue invitado a París en 1922 gracias a Langevin y, un año más tarde, para compensar la aceptación de Einstein, Langevin fue a Berlín para participar en una manifestación pacifista, posando para los fotógrafos en un lugar destacado junto a Einstein.
Langevin y Bergson trabajaron en el prestigioso Collège de France, donde el primero estuvo siempre a la sombra del sobresaliente filósofo. Langevin ingresó en la institución en 1902 como sustituto y se ganó una plaza fija en 1909. Un estudiante que estuvo en el Collège de France durante los años que Langevin dio clases se refirió al centro como «la casa de Bergson», pero comentó que ni siquiera los que estudiaban «ciencia conocían el nombre de Langevin»16. Las diferencias entre Langevin y Bergson acabaron siendo tan notorias como las que había entre Einstein y Bergson. El conflicto entre los primeros agrandó el otro.
Junto con Einstein, Langevin se convirtió en miembro del CIC dirigido por Bergson. Parece que tuvo una aventura con Marie Curie después de que esta enviudara y, juntos, formaron parte de un selecto grupo de científicos franceses con inquietudes políticas cada vez más atraídos hacia la izquierda17. Langevin fue íntimo amigo de Georges Politzer, que escribió un libro muy agresivo contra Bergson, La fin d’une parade philosophique : Le Bergsonisme (1929), usando como pseudónimo el nombre real de Voltaire, François Arouet. Uno de los grandes fines del libro de Politzer era demostrar la incompatibilidad entre la filosofía de Bergson y la ciencia: «Se podría acarar la ciencia con el bergsonismo, que pretende estar basado en resultados científicos, y demostrar cuán lejos están los fundamentos científicos del bergsonismo»18. Langevin y Politzer fundaron la revista La Pensée, en la que propugnaban un supuesto racionalismo moderno para curar los excesos de Bergson y de otras doctrinas filosóficas. Ambos hombres sufrieron lo indecible durante la ocupación alemana de Francia y con el Gobierno de Vichy. Politzer fue fusilado en 1942. Su esposa y la hija de Langevin, Hélène Solomon-Langevin, fueron enviadas al campo de concentración de Auschwitz en el famoso «convoi de 23 janvier». Pero nada consiguió acallar a Langevin, que en 1944 se afilió al Partido Comunista.
En Bolonia, Langevin habló de las consecuencias de la teoría de la relatividad para el «tripulante de una nave espacial». Su relato se suele considerar la primera formulación del experimento mental conocido inicialmente como «paradoja de Langevin» y bautizada luego como la «paradoja de los gemelos». La presentación habitual de la paradoja se puede resumir así: si se cumple la teoría de la relatividad, dos gemelos (uno que haya viajado por el espacio exterior a velocidades próximas a la de la luz y otro que se haya quedado en la Tierra) se reencontrarán en el planeta y descubrirán que, para el gemelo que ha viajado, el tiempo se ha ralentizado. El gemelo que se hubiera quedado habría envejecido más rápido; el que hubiera viajado sería más joven. Sus relojes y calendarios mostrarían fechas y horas diferentes. Aunque se formuló como un experimento mental, muchos científicos empezaron a plantearse si los efectos descritos y previstos por la teoría de Einstein implicaban que la paradoja se cumpliría de verdad.
La publicación original de Langevin no iba sobre gemelos ni usaba los nombres comunes que luego les dio Bergson: Peter y Paul. Simplemente describía a un «tripulante» que zarpaba de la Tierra en un cohete hipotético e imaginaba lo que pasaría al volver. Al principio, la teoría de la relatividad «especial» de Einstein solo exponía una situación en que un «tripulante» se iba, sin explicar del todo su regreso. La paradoja de los gemelos necesitó tiempo para adquirir esta forma tradicional y corriente.
¿Qué pasaría si el viajante acabara regresando a la Tierra? Pasaron años hasta que se resolvió esta pregunta. Al principio, incluso a Einstein se le escapaban sus implicaciones plenas. Después de la intervención de Langevin, Einstein empezó a preguntarse cada vez más si la demora en la hora marcada por un reloj también afectaría a los procesos biológicos (y no solo físicos). En un manuscrito inédito escrito después de que Langevin formulara la paradoja, Einstein comenzó a tomárselo más en serio19. Se puso a valorar si estos retrasos afectaban a más cosas aparte de los relojes, afirmando que la teoría de la relatividad describía «el curso temporal de cualquier proceso, sin importar cuál»20.
EN PARÍS
Pasados unos meses de su esplendorosa presentación en Italia, la Société française de philosophie convocó a Langevin para hablar a un público formado mayormente por filósofos, pero también por algunos científicos ilustres. El filósofo Abel Rey fue el primero que habló tras escuchar la presentación de Langevin en París.
Rey especuló inmediatamente en lo que podía pensar Bergson. Expuso cómo, en su teoría original, Bergson había revocado «la tradición de Aristóteles, Descartes, Leibniz e incluso Kant», cuyas teorías sobre el tiempo lo habían considerado uniformemente en términos de distancias espaciales, según él. La teoría de Einstein había llevado «mucho más lejos que nunca la noción de un paralelismo entre espacio y tiempo». Casi con toda probabilidad, Bergson rechazaría este paralelismo. «Cierto, con su sistema Bergson tiene el derecho de no ver en ella [en la teoría de Einstein] más que un nuevo intento de la ciencia por ubicar el tiempo en el espacio». Pero tal vez Bergson también extraería otra conclusión. Según la especulación de Rey, quizás el filósofo estaría aún más inquieto por la hipótesis de Einstein de que el espacio y el tiempo absolutos no existían, por más útiles que fueran estos conceptos y por más que los científicos los buscaran con afán. La filosofía de Bergson consideraba la ciencia una técnica extraordinariamente provechosa para lidiar con el «mundo material». Así pues, ¿cómo explicaría el filósofo el postulado en la teoría de Einstein de que uno nunca puede saber qué tiempo es el correcto de sistemas rivales, por lo que debe considerarlos ambos igual de válidos? Rey conjeturó que Bergson «podía mostrarse reticente a ver en el universo, así como en el conocimiento, niveles inaccesibles [plans irréductibles]»21.
En París, la presentación de Langevin en la Société hizo que muchos oyentes se hicieran cruces. La incredulidad de los asistentes se debía a la tesis de Langevin de que los efectos de la relatividad descritos por Einstein también afectarían a los seres biológicos y a los procesos psicológicos, con lo que afectarían «la concepción habitual del tiempo». Langevin comenzó con atrevimiento, recalcando que los efectos sobre el tiempo vaticinados por la teoría de la relatividad afectaban tanto los procesos mecánicos como los biológicos: «El principio de la relatividad consiste en admitir que incluso si en otros medios (mecánicos, biológicos, etc.) se pudiera conseguir un nivel de precisión comparable con las primeras [mediciones del tiempo y el espacio calculadas por medios ópticos y electromagnéticos], también se obtendrían los mismos resultados»22. Creía a pies juntillas que, «por tanto, desde el punto de vista del principio de la relatividad, es necesario que todos los procesos mecánicos, eléctricos, ópticos, químicos y biológicos usados para medir […] el tiempo produzcan resultados concordantes»23.
La elección de palabras de Langevin también fue controvertida. Describió la dilatación del tiempo diciendo que, «de los dos relojes, hay uno que envejece más que el otro», aduciendo que la equivalencia entre los procesos físicos y biológicos que describía «casi seguro» que era precisa. Tras escuchar cómo algunos colegas se plantaban ante la extrapolación directa del reino de lo físico a lo biológico, concluyó con una afirmación sugerente: «Pero si nosotros mismos somos relojes»24.
Pero espera, ¿de veras somos simples relojes? El filósofo Brunschvicg fue uno de los primeros en discrepar25. Recordó a los presentes que, para que las hipótesis de Langevin fueran correctas, antes los científicos tendrían que demostrar que los procesos biológicos experimentaban las mismas transformaciones temporales que los físicos: «Todavía está por corroborar que la vida del relojero está conectada al movimiento del reloj y que los fenómenos biológicos o físicos dependen de los fenómenos físicos que se utilizan para medir el tiempo»26. E incluso si uno pudiera aceptar cierta conexión entre los procesos del reloj y los biológicos, los científicos no deben olvidar que fueron los propios humanos los que fabricaron los relojes y que estos simplemente no existirían si no los hubiesen compuesto las personas: «No solo eres uno de esos relojeros unidos a un reloj; eres un fabricante de relojes»27. No somos relojes, argumentaba Brunschvicg. Somos fabricantes de relojes. Brunschvicg subrayó las cualidades inventivas, productivas y volátiles de los humanos respecto a las predecibles y mecánicas. También remarcó su voluntad de poder.
Si un viajante es lo bastante tozudo, egocéntrico o chovinista, podrá seguir argumentando que solo su reloj muestra la hora real. ¿La dinámica de poder entre los dos viajantes podría tener su relevancia? Brunschvicg puso encima de la mesa la cuestión de la «dominación» y destacó que los físicos no debían obviar que el «observador» de la teoría de la relatividad «querría dominar los distintos grupos de observadores, que eran incapaces de poner en acuerdo los relojes, en vez de confundirse entre ellos»28. Brunschvicg, en suma, no concedía a Einstein el haber iniciado una revolución29.
Después de los comentarios de Brunschvicg, otros se abalanzaron contra la afirmación de Langevin de que los relojes «envejecen» y «se hacen mayores». «¿Y por qué no? Llamad “envejecer”, si queréis, a la aceleración de las agujas de un reloj», expresó un miembro exasperado. El físico Jean Perrin, un apasionado partidario de Einstein y amigo de Langevin, añadió irónico: «Cuando los físicos dicen “envejecer”, es un término que me gusta especialmente»30.
ÉDOUARD LE ROY: CIENCIA, RELIGIÓN Y MAGIA
El filósofo «bergsoniano» Édouard Le Roy, que acabaría fichando a Bergson para el debate con Einstein, ya estaba escuchando con atención31. Poniendo punto final a su largo silencio, se ofreció a ayudar a los asistentes a superar sus discrepancias. «Permitidme que adopte momentáneamente el rol de intérprete», intervino con educación.
Le Roy tenía una idea fantástica para superar el enroque: ¿por qué no limitarse a usar diferentes términos para referirse a lo que los físicos y los filósofos tenían en mente al hablar del tiempo? ¿Por qué no usar «hora» para el tiempo de la física y «tiempo» para el de la filosofía? De este modo, Le Roy intentó delimitar y atenuar las pretensiones filosóficas de físicos como Langevin.
Ese día, tras escuchar atentamente las objeciones de Le Roy, Brunschvicg y otros, Langevin se batió en retirada. Matizó algunas de sus conclusiones más categóricas de su conferencia en Bolonia y admitió con modestia que no tenía «la pretensión de hablar desde el prisma de un filósofo». Lo cierto es que estas cuestiones, explicó, debían resolverlas ellos: «Es potestad de los filósofos decir cuáles son los elementos de la noción del tiempo que hay que modificar»32.
Las diferencias entre Langevin y Le Roy se ensancharon con el paso de los años. La relación del primero con Einstein se reforzó de forma inversamente proporcional a la distancia que le separaba de Le Roy y otros filósofos bergsonianos. Le Roy y Bergson, en cambio, se hicieron íntimos. Después de sustituirlo durante años en el Collège de France, en 1921 Le Roy acabó haciéndose con la cátedra de Bergson. ¿Qué papel desempeñó Le Roy a la hora de crear y ahondar las divisiones entre Einstein y Bergson? Un autor importante que se vio envuelto en el debate entre ambos describió a Le Roy como el «germen del error de Bergson»33.
Le Roy era más católico que la Iglesia y más bergsoniano que Bergson. Su fascinación por el filósofo nació al leer Materia y memoria (1896). Le comparó incluso con Sócrates, aduciendo que ambos habían revolucionado en la misma medida nuestra teoría del conocimiento. En las obras siguientes, atribuyó a la ciencia un papel enorme —pero no pleno— en los asuntos humanos. La ciencia nos aportaba «el patrón esquemático del mundo y sus elementos», pero también era importante no perder de vista «lo específico, lo concreto y lo vivo». Se tenía a sí mismo por una persona que amaba «la ciencia positiva, pero que no podía resignarse a sacrificar la riqueza del pensamiento, la representación de la unidad del saber y las relaciones mutuas entre las diferentes órdenes de indagación»34. Se convirtió en un miembro clave del modernismo católico, un influyente movimiento reformista que nació dentro del catolicismo pero que acabó siendo repudiado por la Iglesia por su radicalidad. El primer artículo que puso a la Iglesia en contra de Le Roy se tituló «¿Qué es un dogma?». En él, sostenía que la razón era en sí misma suficiente para entender a Cristo. Por culpa de este artículo, se le marginó del catolicismo. Le Roy empezó a discrepar de la corriente e hizo aún más hincapié en la vida y lo vivo. En ese momento, en la doctrina católica oficial imperaba el racionalismo tomista, cuyos principios generales emanaban de la reinterpretación de Santo Tomás de Aquino de la filosofía aristotélica. Contra Tomás de Aquino, Le Roy invocaba a San Pablo, un adalid claro del amor y la vida; contra Descartes apoyaba a Pascal, un crítico del racionalismo impasible; y contra Einstein, defendía a Bergson.
En Duración y simultaneidad, Bergson desarrolló una de las ideas que Le Roy lanzó una década antes, durante el primer encuentro con Langevin en la Société française de philosophie. Para él, la opción de encontrar otras palabras para los conceptos temporales usados por los científicos era perfectamente satisfactoria35. Al hablar sobre cómo Einstein usaba «esta palabra común [simultaneidad] en ambos casos», Bergson lo describió como un truco del físico para que la ciencia pudiera «hacer magia». Era su deber como filósofo señalar la diferencia entre el uso que hacía Einstein del término y su significado cotidiano. Instó a los científicos a «inventar otra palabra para ello, la que fuera»36. Exasperado por que los físicos usaran conceptos relacionados con el tiempo en sentidos confusos y ambivalentes, preguntó: «¿Acaso la ciencia no nos influye como la magia antaño?»37.
En los cincuenta Le Roy compendió las obras completas de Bergson y decidió no incluir Duración y simultaneidad en la colección, con lo que muchos tuvieron la impresión de que ni siquiera el propio Bergson suscribía el libro. Pero este no era el caso, ni de lejos38. Bergson nunca se retractó de una palabra escrita o dicha sobre la teoría de la relatividad de Einstein.
5
EL TALÓN DE AQUILES DE BERGSON
La primera vez que Bergson entró en liza en 1922 remarcó que solo había un tiempo de los dos relojes que fuera «real», que el otro era «ficticio». Los dos tiempos, sostenía, no se podían comparar porque uno de ellos era el reflejo exacto del otro. Eran «absolutamente recíprocos».
La negativa del filósofo de entender ambos tiempos en términos equivalentes se convirtió en su talón de Aquiles, la razón por la que tantísimos lectores le acusaron de no haber entendido la teoría de la relatividad. La dilatación temporal se puede explicar usando solamente la relatividad especial1. Sin embargo, el caso de los gemelos separados era mucho más complicado, porque los científicos necesitaban introducir un cambio de rumbo —es decir, la aceleración— en sus teorías.
En un principio, la teoría de la relatividad de Einstein no preveía la aceleración ni los cambios de dirección. Solo contemplaba el movimiento uniforme y lineal. Hasta que no se expandió la teoría de la relatividad «especial» para convertirla en la «general», Einstein no empezó a considerar en serio el caso de los gemelos.
En 1905, Einstein imaginó qué pasaría si un reloj en movimiento y uno estático volvieran a encontrarse. Según su conjetura, uno de ellos iría con retraso. «El reloj que haya sido transportado de A a B perderá ½tv2/c2 segundos», explicó2. Pero Einstein se dio cuenta enseguida de que esto implicaría que uno de ellos se acelerara. Su teoría, antes de ampliarse y convertirse en la teoría general, no tenía en consideración la aceleración.
Einstein era ambicioso y pronto empezó a trabajar en el problema de la aceleración3. Al comienzo, este nuevo cometido amenazaba con derrumbar su obra temprana sobre la relatividad, pero Einstein tiró adelante con la esperanza de trazar una teoría nueva y más exhaustiva. Sus esfuerzos se vieron recompensados y en 1915 encontró un sistema que contemplaba tanto la aceleración como la gravitación. Además, esta teoría general no contradecía su obra anterior, sino que la ratificaba como una hipótesis perfectamente válida, aunque más simple e incompleta. Su teoría especial seguía siendo correcta, aun considerándose al margen de la teoría general. Sin embargo, la general era aún más controvertida que la especial, pues no había diferencia entre gravitación y aceleración. El efecto de verte impulsado hacia el suelo cuando un ascensor subía era el mismo que el verte empujado hacia el suelo cada día por efecto de la atracción gravitatoria de la Tierra. Si encerraras a una persona en una caja espaciosa, parecida a una habitación y atada a un cable que pudiera subirse o bajarse, ¿cómo se sentiría? Si el movimiento fuera perfectamente fluido y constante, no sentiría nada en absoluto, pero al acelerar o frenar, sentiría una presión en las suelas de los zapatos comparable a la que se siente cuando hay un cambio en el campo gravitatorio.
Bergson se centró sobre todo en la teoría de la relatividad especial. «Nos quedamos, pues, dentro del marco de la teoría especial», explicó en un inicio, investigando tan solo el movimiento «rectilíneo y uniforme»4. El filósofo sabía perfectamente que este método tenía sus limitaciones, «porque en la teoría especial hay algo que exige la teoría general»5. ¿Cómo iba a tratar la teoría general? La cuestión del reloj que volvía entrañaba una dificultad añadida, dado que las ecuaciones temporales de la teoría especial inicial diferían de las ecuaciones de la teoría general. ¿Cuáles eran más relevantes? Al pedir a los lectores que no imaginaran solo que los relojes se alejaban, sino que se volvían a encontrar, ¿cómo debían entender su tiempo? ¿Deberían usar las ecuaciones algebraicas de la teoría especial o las ecuaciones diferenciales de la teoría general? Sí, ambas eran correctas, pero desde una perspectiva filosófica cada una tenía significados diferentes. Bergson pidió explicaciones, puesto que cada una parecía conectada con dos nociones radicalmente diferentes del tiempo.
En sus obras para todos los públicos, Einstein solía anteponer la teoría más simple, con ecuaciones algebraicas. La otra requería conocimientos de cálculo diferencial avanzado y geometría, así que la dejaba un poco de lado. La ecuación de la dilatación temporal para la teoría especial, t1 = t2 / √(1 − v2/ c2), reflejaba claramente cómo disminuía una variable del tiempo a medida que aumentaba la velocidad del otro sistema. La ecuación de la teoría general era muy diferente, porque mostraba una diferencial para el tiempo al cuadrado (dt2) al lado de diferenciales para el espacio x, y, z, lo cual daba un resultado (ds2) que no se podía asociar fácilmente con una cantidad conocida y medible. «Una fórmula como “ds2 = − dx2 − dy2 − + c2dt2” parece extraernos de cualquier sistema de referencia, al Absoluto, haciendo frente a una entidad comparable a una idea platónica», explicó Bergson6. Divergía bastante de cómo se describía el tiempo en referencia a la teoría especial. ¿Cuál de las dos se refería al tiempo? La primera era simple y lógica y aducía a conceptos concretos de uso extendido; la segunda, en mucha menor medida.
¿DEBERÍA IMPORTARLES A LOS CIENTÍFICOS?
La teoría general de Einstein siguió siendo una obra difícil hasta bien entrado el segundo tercio del siglo XX. En 1922 había acumulado una serie de éxitos, pero la mayoría de los físicos no la habían abrazado del todo (o ni siquiera la entendían). Seguía presentando algunos problemas que no se resolverían hasta pasadas unas décadas del debate entre Einstein y Bergson. En cambio, los esfuerzos de Einstein por popularizar la teoría de la relatividad especial se habían visto más que recompensados. En 1922 la mayoría de los físicos la consideraban sensata, lógica y coherente. El gran público estaba entusiasmado con ella.
Después de recibir airadas críticas por decir que los dos viajantes de la teoría de la relatividad eran completamente intercambiables, Bergson se explicó con más detalle. En varias ocasiones había descrito «condiciones» específicas en que los dos tiempos divergirían: «Si se dan estas condiciones, el tiempo de Paul es cien veces más lento que el de Peter», escribió7. Pero la discrepancia entre el tiempo de los gemelos no implicaba necesariamente que hubiera que considerarlos ambos en términos equivalentes. Tras encajar numerosas críticas de los aliados de Einstein, Bergson analizó a fondo las implicaciones de que el reloj de cada gemelo marcara una hora diferente. Lo expuso con máxima claridad dos años después de su primer encuentro con Einstein, en «Les Temps fictifs et les temps réel» (mayo de 1924). Allí insistió en que, por más que los relojes de los gemelos difirieran, su argumento principal seguía intacto: que la filosofía tenía legitimidad para estudiar estas diferencias. ¿Y qué si un reloj marcaba un tiempo diferente del otro?, se preguntó Bergson. Esta discrepancia no implicaba necesariamente que el tiempo en sí se dilatara y debiera entenderse del modo propuesto por Einstein.
Bergson presentó sus ideas de forma acorde con cómo se interpretaba la teoría de la relatividad general de Einstein en ese momento: que la aceleración era el factor esencial que generaba la diferencia temporal. La aceleración creaba una disimetría. Para Bergson, esto probaba a su vez que los dos tiempos no eran equivalentes en todos los sentidos: «Así, si uno aspira a tener Tiempos reales, la aceleración no debería crear una disimetría; y si uno pretende que la aceleración de uno de estos dos sistemas cree efectivamente una disimetría entre ellos, ya no nos encontramos ante Tiempos reales»8. La aceleración era una marca ineludible de la diferencia en el itinerario de viaje de los relojes. Como había una diferencia vinculada al tiempo, significaba que este no era igual en todos los sentidos. Al fin y al cabo, uno tendría la sensacional experiencia de haber hecho algo diferente —salir propulsado al espacio exterior y volver dando tumbos a la Tierra—, mientras que el otro se habría quedado tan tranquilo en casa. Estas diferencias eran abismales, decía, y el físico no tenía ningún derecho a barrerlas y considerar que ambos observadores tenían entre manos una sola entidad valiosa y controvertida: el tiempo.
Si se ignoraba la disimetría ocasionada por la aceleración, Bergson estaba dispuesto a conceder esto a Einstein: «Uno podría decir sin ambages que [los relojes que viajan a diferentes velocidades] no pueden estar sincronizados». En estos casos, «es cierto que el Tiempo se ralentiza a medida que aumenta la velocidad». Pero, para Bergson, la introducción de la aceleración demostraba que todos los tiempos descritos por Einstein no eran igual de reales. «¿Pero qué es este Tiempo que se ralentiza? ¿Qué son estos relojes que no están sincronizados?»9. Estos relojes no eran iguales en todos los sentidos porque uno de ellos había experimentado algo que el otro no.
Cuando los observadores o los relojes discrepaban porque viajaban de manera diferente, ¿cómo podía uno afirmar —con total certeza— que uno era correcto y el otro incorrecto? ¿Se podía ignorar el hecho de que discrepaban porque viajaban de manera diferente? ¿Se podía impedir que se les juzgara según su historia diferente? ¿Se podían obviar las diferencias en su trayectoria, recuerdo y experiencia? Bergson respondería que no. Desde «el punto de vista social», remarcaba, estas distinciones revestían una gran importancia10. Einstein respondería que sí.
¿A los científicos deberían importarles estas diferencias? Para entender el caso de los dos relojes en el marco de la teoría especial, los científicos y filósofos se dedicaron a concebir nuevos escenarios durante décadas. En el primer planteamiento, los dos gemelos separados estaban interconectados con ondas electromagnéticas. Así, los dos se intercambiaban señales horarias en las sucesivas fases del viaje. Los tiempos discrepantes de los gemelos se podían comparar cara a cara y a cada paso. Otro planteamiento alternativo era vincular el viaje de cada reloj con otros relojes coordinados, o automatizar completamente un conjunto entero de comparaciones entre relojes. Uno de los escenarios más célebres implicaba introducir un tercer reloj, pasándose a llamar la paradoja de los tres relojes. Según esta, los dos gemelos podían comparar su reloj respectivo con un tercer reloj sin aceleración y verificar la diferencia temporal. Estos nuevos escenarios resolvían algunos problemas, pero suscitaban otros. Se enredó aún más la madeja y el debate se intensificó11.
El hecho de que Bergson analizara solo la teoría de la relatividad especial, y no la general, se podía considerar fácilmente su mayor flaqueza. Por esta razón, el filósofo amplió su obra para abordar el problema de la aceleración. Aun así, sus aclaraciones sobre esta cuestión pasaron bastante inadvertidas. Como la asunción generalizada era que Bergson se había «equivocado», los lectores olvidaron uno de sus mensajes centrales: que la filosofía tenía la potestad de estudiar los procesos que nos llevan a deducir ciertas conclusiones a partir de observaciones directamente verificables (aunque limitadas), en la ciencia y en general.
Pero un aspecto de la crítica de Bergson de la relatividad sí caló durante décadas: los resultados experimentales no conducían directamente a las conclusiones de Einstein. Los científicos lo escucharon y físicos influyentes que trabajaron en la teoría de la relatividad estuvieron de acuerdo con él, incluidos Paul Painlevé, Henri Poincaré, Hendrik Lorentz y Albert A. Michelson. Aceptar «la invariabilidad de las ecuaciones electromagnéticas» no desembocaba necesariamente en la interpretación de Einstein12. Admitiendo que no se podía urdir ningún experimento para decidir si uno de los dos tiempos podía ocupar un estatus especial, todos estos científicos se negaban a aceptar que no pudiera elegirse uno de ellos por encima del otro para un propósito específico, ni significaba que fuera a ser imposible que, en algún momento futuro, alguien pudiera encontrar el modo de distinguir un tiempo como único y especial.
EL VERANO PASADO
En invierno de 1921, Bergson y Einstein no se conocían, pero algunos científicos y filósofos en Francia ya estaban preparando el terreno para el debate que iba a tener lugar en primavera. Langevin y Édouard Le Roy —uno defensor de Einstein, el otro de Bergson— volvieron a medir las armas en público, esgrimiendo argumentos que volverían a aflorar en primavera. Ante una «gran concurrencia» en la Sorbona, llovieron las objeciones a Einstein. Bergson presidió una de las sesiones. La más interesante, sin embargo, no fue la suya, sino una sobre Einstein, que volvió a contar con el amparo de su amigo y discípulo Langevin.
Ese invierno, tanto filósofos como científicos ya estaban «planeando encontrarse en las conferencias de París que Einstein iba a dar pronto». Estaban cogiendo forma dos posturas claras: una a favor y otra en contra del científico. «La reunión que atrajo una mayor atención del público y provocó más “revuelo”» fue la defensa de Einstein a cargo de Langevin. Planteó sus argumentos contra Paul Painlevé, uno de los matemáticos más renombrados de Francia, que usó algunos de los mismos argumentos que Bergson volvería a sacar a colación en Duración y simultaneidad. Su discrepancia «fue un espectáculo fascinante para los presentes», sobre todo por el contraste entre los dos hombres intervinientes: la «elocuencia ardiente y brillante» de Painlevé contra «la simplicidad sonriente y tranquila del señor Langevin»13.
El debate entre Painlevé y Langevin mantuvo en vilo a los participantes: «Tal vez la más animada de las asambleas generales de la tarde fue aquella que versó sobre la Relatividad. En ella, dos famosos matemáticos franceses, Langevin y Painlevé, se batieron en duelo, encontrando el primero más relevante, y el segundo menos, la teoría de Einstein»14. Un asistente dijo que la ciencia fue el tema de mayor interés durante esta reunión de filósofos:
De particular interés, no obstante, fue la séance generale para la sección de lógica y filosofía de la ciencia, presidida por monsieur Painlevé, del Instituto… […] Debatieron con extraordinaria fuerza y viveza el profesor Langevin y monsieur Painlevé. Langevin habló en defensa de la teoría de la relatividad y Painlevé habló sin cuartel en contra. Cuesta imaginar un ejemplo más brillante de esta clase que esta asamblea general15.
Einstein siguió estos sucesos en París desde la lejana Berlín. Le inquietaban tanto que, en una cena a la que asistió antes de irse hacia París, habló con el conde Harry Kessler, un emprendedor y diplomático mundano que acababa de regresar de la capital francesa. Kessler había hablado con Painlevé y Einstein quería enterarse de todos los pormenores. Le pidió que repitiera «en más de una ocasión y literalmente» cualquier comentario que Painlevé le hubiera hecho16. El físico tenía que estar preparado.
PAINLEVÉ CONTRA LANGEVIN
Además de ser un célebre matemático, Painlevé había destacado en su carrera política como ministro de la Guerra y primer ministro de Francia. Siguió activo en política durante la mayor parte de su vida, tratando de contener en vano la depreciación del franco17. Remarcó muchas veces que admiraba a Einstein como colega y como persona, pero que no coincidía con su interpretación de la relatividad. «A propósito de Einstein, se atribuye a Painlevé el haber dicho que: “uno puede admirar la habilidad de un buceador, aunque no conceda ningún valor excepcional a las perlas que trae a la superficie”»18. Einstein respondió de forma similar, siendo gentil y, a la vez, crítico.
Al encuentro de París de 1921, celebrado entre Navidad y Año Nuevo, le sucedió el de la primavera siguiente, momento en que las alianzas y los argumentos volvieron a cambiar. Cuando el director de la Société française de philosophie supo que Einstein había aceptado la invitación de Langevin para charlar en el Collège de France, vio relucir una gran oportunidad para proseguir «el debate sobre las tendencias más recientes respecto de la teoría de la relatividad […] que se plantearon durante la extraordinaria sesión de Navidad», en que «nuestro colega y amigo Painlevé» desempeñó un papel considerable. Aunque Painlevé había impresionado muchísimo durante esa reunión invernal, la visita de Einstein consiguió revertir la situación. «La actitud que tiene uno aquí respecto a vuestras teorías ha cambiado completamente a cómo era antes», le explicó Maurice Solovine a su amigo Einstein unas semanas más tarde19.
Pese a que oficialmente era una reunión profesional de filósofos, el acto navideño en la Sorbona tuvo connotaciones políticas. Se planificó estratégicamente para reforzar los vínculos entre Francia y sus aliados. «Para el encuentro que se iba a celebrar en París en diciembre de 1921, no solo se enviaron invitaciones a sociedades inglesas y americanas, sino también a aquellas ubicadas en otros países que fueron aliados de Francia durante la guerra», explicó un cronista20. Painlevé, que entonces ya hacía las veces de matemático, político y filósofo al mismo tiempo, fue el artífice principal de enlazar los debates filosóficos de aquel día con los retos políticos existentes. Durante el discurso de clausura, aprovechó la ocasión para defender el rol de Francia durante la Gran Guerra. «La respuesta a estas expresiones de afecto y camaradería corrió a cargo de monsieur Painlevé, miembro del Instituto [Institute de France] y hábil orador». Painlevé quería la paz. «Ha hecho un alegato elocuente en favor del esfuerzo moral ante el reto de paz que afronta ahora el mundo, que es tanto o más imperativo que el esfuerzo militar durante la guerra»21.
Bergson, que había defendido el papel de Francia durante la Gran Guerra, apoyó estos esfuerzos de colaboración. Presidió la sesión vespertina y usó su fluidez en inglés para conectar con los participantes angloamericanos: «Como el público era abrumadoramente francés, Bergson les hizo un résumé de los postulados de cada ponente. Lo hizo con una sobriedad y una precisión que denotaban su dominio del inglés, idioma que habla desde que era niño»22. Bergson estuvo activo día y noche. «Acudió a algunos actos en sociedad y recibió en su casa a una serie de delegados»23. Einstein y Langevin, en cambio, fueron ardientes críticos de la situación política del momento y del papel de Francia y Alemania durante la guerra. Se aliaron para usar el viaje de Einstein a París como una oportunidad para diseminar sus opiniones.
Painlevé había publicado recientemente dos artículos relevantes sobre la teoría de la relatividad general en la prestigiosa Comptes rendus. Según uno de sus adeptos, en sus contribuciones aceptaba todos los resultados de la teoría de la relatividad, pero les daba otra interpretación: «Painlevé (1921) ha presentado fórmulas alternativas de la teoría de la relatividad que concuerdan con las de Einstein en esas porciones que se pueden comprobar mediante la observación, pero que discrepan por completo con ellas». Su reinterpretación podía acarrear grandes consecuencias, incluso la de reducir a Einstein a una moda: «Si las premisas de Painlevé se sostienen, la preferencia de los físicos matemáticos por la geometría de Riemann podría ser una simple fase pasajera»24. Las matemáticas desarrolladas por Bernhard Riemann eran útiles para estudiar el tiempo en términos de cuatro dimensiones y eran esenciales para la teoría general de Einstein. Pero tal vez Painlevé podría ahorrar a los físicos el esfuerzo de tener que ser expertos en el tema.
Cuando Einstein llegó por fin a París, Painlevé volvió a desempeñar un papel importante. Intervino antes de la reyerta del alemán con Bergson y, después, durante el debate en sí. En ese momento, Painlevé estaba muy metido en política: lideraba un partido político y un movimiento social cristiano de izquierdas (la Ligue de la République) y estaba organizando una alianza entre los socialistas radicales (el Cartel des gauches) y el movimiento obrero internacional25. Por esta ocasión especial —y «para enorme regocijo de sus amigos»—, se le vio «abandonar la política durante unas horas» para debatir sobre la teoría de la relatividad26.
ACELERACIÓN
En uno de sus encuentros con Einstein en el Collège de France, Painlevé le preguntó qué pasaría si el tren iba «marcha atrás». Bergson estaba en el público escuchando atentamente. Entre una mar de asistentes «cuyos nombres no logro recordar», narró el astrónomo Charles Nordmann, «y que se perdían modestamente en esta asamblea de la élite intelectual francesa», destacaba el «perfil regio de monsieur Bergson»27.
«¿Qué hora marcará el reloj del tren cuando vuelva a la estación de donde ha salido?», preguntó Painlevé. Era una pregunta trampa. Einstein, apoyado por Langevin, que le «susurraba las respuestas» a su espalda, contestó que «iría con retraso»28. Según un testigo, Painlevé opinó diferente: «Debería marcar la misma hora»29.
Painlevé aceptaba la teoría de la relatividad especial en su totalidad. Reconocía que su coherencia interna era a prueba de balas, pero no estaba tan seguro de que hubiera que aceptar todas las premisas de la teoría general. «Sin duda, es imposible hallar una contradicción lógica en la teoría de la relatividad especial, pero aparecen graves dificultades cuando uno pasa de un sistema inercial a otro», le dijo a Einstein30.
Los comentarios de Painlevé ponían el acento en estas dificultades, que todavía no estaban totalmente resueltas. Incluso Langevin coincidía en los problemas de aceleración y regreso, señalando que había reparado en ellos primero. Pero para Painlevé, estas dificultades también implicaban que había que considerar la teoría especial de manera diferente. Demostraban que un observador fijo y uno que volvía después de moverse no tenían por qué estar hablando de lo mismo. Es decir, que no había una «correspondencia unívoca» necesaria entre los dos. Para él, esta falta de correspondencia creaba una «disimetría fundamental» entre los dos observadores que invalidaba todo debate sobre «reciprocidad».
Langevin replicó de inmediato a los comentarios de Painlevé, agenciándose el mérito. Se dirigió al público diciendo: «Debo insistir en que ya expuse esta falta de simetría en 1911 en el congreso de filosofía de Bolonia, así como en mi curso en el Collège de France»31. Pero aunque Langevin y Painlevé coincidían sobre la naturaleza de las dificultades, discrepaban acerca de su importancia. Cuando dos observadores comparaban sus relojes y los veían discrepar, era porque estaban comparando peras con manzanas, recalcaba Painlevé. Simplemente no estaban comparando lo mismo: el tiempo. Langevin admitía que había una «falta de simetría» entre ellos, pero seguía considerando que ambos marcaban el tiempo.
La cuestión del reloj que iba y volvía continuó siendo un pilar de la crítica de Bergson. En su opinión, la razón por la que la aceleración —y su papel a la hora de crear las diferencias temporales— se excluía de la mayoría de las presentaciones de la teoría de la relatividad respondía a un problema más hondo. Era una especie de truco ideado para «disimular la diferencia entre lo real y lo virtual» en la obra de Einstein. Su reintegración a las discusiones de la relatividad —que sembraría dudas sobre la relación de la teoría especial con la general— era «superflua para el físico, pero capital para el filósofo»32.
En las décadas siguientes, la teoría general de Einstein fue cosechando más y más apoyos. Un grupo de científicos que trabajaban en nuevos observatorios norteamericanos a gran escala se convirtieron en el «jurado de Einstein» y fallaron en favor del físico33. Esta generación de investigadores, que interpretaba el tiempo según las ecuaciones de la relatividad general, no necesitaba conceptos extraídos de largos debates para aclarar la relación entre la teoría especial y la general. La «correspondencia unívoca» de Painlevé y la «vivencia» de Bergson, en cambio, estaban diseñadas para demostrar que las diferencias en las condiciones de viaje creaban divergencias temporales. Esta nueva generación de investigadores usaba conceptos propios; y los intentos por entender las diferencias temporales de los relojes de un modo que no estuviera directamente ligado a ellos fueron perdiendo cada vez más fuelle34. Pero la victoria de Einstein no fue pan comido: algunos de los científicos más destacados que estudiaron la relatividad siguieron apoyando a Bergson.
6
¿VALE LA PENA MENCIONARLO?
UNIVERSITY COLLEGE, LONDRES
El 4 de mayo de 1912, dos meses antes de su muerte, Henri Poincaré, un renombrado científico y filósofo de la ciencia, fue a Londres a dar un discurso sobre la teoría de la relatividad. Sería su última manifestación importante sobre la cuestión. Poincaré ni siquiera mencionó a Einstein, pero sí a Bergson. «El tiempo de los científicos sale de la duración bergsoniana», explicó1.
La relación entre Einstein y Poincaré es una de las más fascinantes de la historia de la ciencia y está envuelta en un halo de misterio y controversia2. Poincaré contribuyó tanto a la teoría de la relatividad que muchos han afirmado que merece cierto reconocimiento por ella. Einstein leyó con avidez la obra de Poincaré antes y después de escribir su famoso artículo de 1905. Tal vez solo se saltó uno o dos ensayos3. En 1921 un amigo íntimo advirtió a Einstein que un colega francés estaba pregonando a los cuatro vientos que sus descubrimientos [los de Einstein] no eran suyos: «Supuestamente Poincaré lo había inventado todo y tú solo tuviste que desarrollar sus ideas»4. La obra más antigua de Poincaré sobre esta materia se adelantó muchos años a la de Einstein, pero difería de la del alemán en aspectos destacados. ¿Por qué un experto de ese calado en la teoría de la relatividad hablaba de las opiniones de Bergson sobre el tiempo y del espacio, pero no consideraba digno de mencionar ni siquiera el nombre de Einstein, ni siquiera en una charla sobre esta materia…? ¿Por qué algunos científicos se quedan tan cerca de los grandes avances pero no terminan de dar el paso?
Poincaré tenía muchísimos lectores que devoraban sus libros y los numerosos artículos que escribía para reputadas revistas. Provenía de una familia de élite, acostumbrada a ocupar las vacantes más codiciadas de prestigiosas instituciones. Su primo Raymond Poincaré fue primer ministro de Francia en cinco ocasiones no consecutivas y presidente de Francia entre 1913 y 1920. Poincaré no tuvo problemas en compaginar cargos de servicio público (sobre todo como consultor del sector de la minería, el transporte y las telecomunicaciones) con la investigación fundamental, contribuyendo a las ciencias aplicadas y teóricas en ingeniería, matemática, física, astronomía e incluso filosofía.
Aunque Poincaré fue uno de los científicos más eminentes en trabajar en la teoría de la relatividad, no aceptó las conclusiones de Einstein. Aceptaba de buen grado todos los hitos experimentales de la teoría, pero decidió adherirse a la «mecánica ordinaria». En Londres, Poincaré preguntó: «¿Cuál será nuestra postura con respecto a estas nuevas concepciones?». Los físicos que decidían adoptarlas no estaban «obligados a hacerlo», respondió. Los que lo hacían, actuaban de ese modo porque para ellos era «más cómodo. Eso es todo». La actitud de quienes las rechazaban era igual de «legítima». Poincaré creía que, a la larga, la mayoría de los científicos optaría por desechar el sistema de Einstein5. Estaba equivocado, pero no viviría para verlo. Unos meses después de su viaje a Inglaterra, el gran matemático murió por unas complicaciones tras una operación de próstata.
Bergson admiraba profundamente a Poincaré, a quien se refirió como «el gran matemático y filósofo»6. Pasados diez años de la muerte de Poincaré, la tarde que Einstein conoció a Bergson su presencia seguía palpándose en el ambiente. Después de introducir a Einstein, el organizador de la velada recordó a los asistentes que «la Société française de philosophie tuvo entre sus miembros fundadores a otro genio científico: se llamaba Henri Poincaré»7. En el debate consiguiente, las referencias a Poincaré no dejaron de aflorar. Francia, a fin de cuentas, contaba con una fuerte tradición de colaboración entre científicos y filósofos. La Société française de philosophie usaba incluso el término «ciencias filosóficas» para describir su propósito de permitir «el consenso y albergar reuniones periódicas entre científicos y filósofos»8. Bergson respaldaba esta misión: «La estrecha interacción entre filosofía y ciencia es un hecho tan constante en Francia que podría bastar para caracterizar y definir la filosofía francesa»9.
La principal diferencia de Poincaré con Einstein (y este es el motivo por el que Einstein se colgó merecidamente la medalla de haber revolucionado la física) era que el primero no creía que estos efectos relativistas fueran tan revolucionarios. Para él, no había que repensar por completo los conceptos de tiempo y espacio. Trabajó codo con codo con Hendrik Lorentz, que había inventado las ecuaciones de la relatividad que Einstein usó más tarde y que bautizó como tiempo «local» y longitud «aparente» las magnitudes alteradas previstas por la teoría. Pero para Einstein no había nada único, y menos aún local o aparente, sobre ellos. Einstein consagró su genialidad a reinterpretar la noción del tiempo, una contribución que fue esencial y novedosa para su trabajo.
Los historiadores han coincidido habitualmente en que Poincaré, como Bergson, nunca llegó a entender del todo la teoría de la relatividad10. Pero la historia de su relación con Einstein y con la teoría de la relatividad es mucho más compleja. El problema no era que no la entendiera; el problema era que no quería aceptarla. En este sentido, pronto se quedaría en minoría y recibiría el calificativo de retrógrado.
Varios años antes, Poincaré había presentado una tesis particularmente radical que, aunque diferente, recuerda a los supuestos que luego descubriría Einstein: «De dos relojes, no podemos decir que uno vaya bien y el otro vaya mal; solo podemos decir que nos conviene regirnos por las indicaciones del primero»11. En 1900 hizo una interpretación física clara de las ecuaciones de transformación de Lorentz usando relojes ralentizados y varas de medir acortadas12. También consideró la idea de redefinir el patrón de longitud según el tiempo que tardaba la luz en recorrer cierta distancia. En El valor de la ciencia, un libro muy leído publicado en 1905, Poincaré describió de forma notoria una «nueva mecánica» en que «ninguna velocidad podía superar a la de la luz» y en que, «al aumentar la inercia con la velocidad, la velocidad de la luz sería un límite insuperable»13. Estas frases describían conceptos muy aproximados a los de la obra de Einstein, que salió ese mismo año. En todos estos textos, desarrolló ideas «sorprendentemente similares» a las de Einstein, a veces con años de adelanto14. Pero para Poincaré, su relevancia era totalmente diferente: esta «nueva mecánica» nunca sería el no va más de la física.
Al margen de Einstein, Poincaré explicó que si uno cambiaba la forma en que los físicos solían concebir el tiempo, se produciría un cataclismo comparable al que «sobrevino al sistema de Ptolomeo tras la contribución de Copérnico»15. Estas líneas denotan con qué claridad previó las lecciones potencialmente revolucionarias que podían extraerse de las ecuaciones de Lorentz. Pero, a diferencia de Einstein, no quería propugnar una teoría tan radical. Al mismo tiempo que Einstein daba alas a una revolución, Poincaré luchaba contra otra.
POINCARÉ Y EINSTEIN
Cuando el organizador del debate mencionó al matemático, que llevaba muerto casi una década, otro tertuliano volvió a introducir en la discusión las opiniones de Poincaré. Dando su punto de vista sobre las ventajas de los métodos relativistas versus los no relativistas, concluyó: «La cuestión es cuál de las dos lenguas es más cómoda»16.
La filosofía de Poincaré se suele resumir como convencionalismo (o commodisme, en francés). Se regía por la idea de que los científicos podían elegir entre diversas formas para describir los mismos fenómenos y que su elección era más convencional que necesaria. En lugar de intentar describir cómo eran las cosas en realidad (como haría un realista), una perspectiva convencionalista sostenía que las descripciones científicas respondían a las necesidades particulares de diferentes profesiones y a los individuos que las abrazaban.
Einstein discrepaba de quienes describían su teoría como un posible «lenguaje» de los muchos que existen. Durante la sesión, luchó con uñas y dientes contra el parecer —a menudo asociado con Poincaré, pero también presente en la obra de Bergson— de que su teoría era solo una de otras opciones viables. «Uno siempre puede elegir la representación que quiera si cree que le es más cómoda para la tarea que tiene entre manos», admitió. Sin embargo, concluyó categóricamente que «eso no tiene ningún sentido objetivo». Einstein criticó la tesis filosófica que permitía describir los mismos fenómenos de varias maneras y que afirmaba que la elección entre dos teorías alternativas se debía dejar en manos de las personas involucradas. «Pero hay hechos objetivos que son independientes de las personas», se quejó esa tarde17. En otras conversaciones, suscribió la postura asociada al físico y filósofo Ernst Mach, que había sostenido que entre dos teorías rivales, había que adoptar la más «económica».
Einstein y Poincaré solo se vieron las caras una vez en 1911, en el Congreso Solvay, un prestigioso evento para científicos celebrado en Bruselas. Allí discutieron sobre el comportamiento de las moléculas en gases a temperaturas bajas18. Al acabar, Einstein describió así al viejo francés: «Simplemente negativo en general y, a pesar de toda su agudeza, demostró no entender mucho la situación»19. Aunque estaban trabajando en temas de investigación similares y Einstein seguía con atención el trabajo de Poincaré, por lo general el joven científico ignoró al mayor: «Einstein pasaba continuamente al lado del viejo científico en un silencio sepulcral», y solo le citó una vez20. Poincaré le pagó con la misma moneda («Desde París, Poincaré respondió a Einstein con redoblado silencio») y el mutismo se prolongó «durante siete años más»21.
Poincaré conocía lo suficiente la labor de Einstein para recomendar al físico para un trabajo en el Instituto Federal Suizo ese mismo año, hecho que denota claramente su código de pundonor para con su joven colega. La recomendación, sin embargo, no era ni de lejos un aval incondicional. Había pasado más de media década desde que Einstein publicara sus trascendentales artículos, pero la carta de Poincaré advertía que, en aquel momento, el alemán no podía presumir de haber publicado muchas obras originales, aunque sí apuntaba que en el futuro seguro llegarían grandes logros22.
Por entonces, Poincaré había aceptado algunas de las implicaciones más revolucionarias de la relatividad, aunque las atribuía a Lorentz, no a Einstein. Poincaré escribió un informe sobre la obra de Lorentz en 1910, repitiendo algunos de los razonamientos que había expuesto antes, cuando había nominado a Lorentz para el Premio Nobel. Poincaré explicó que, en el caso de los relojes viajeros, Lorentz había demostrado que era imposible señalar que uno era correcto y el otro iba atrasado. Refirió que era «imposible detectar nada que no fuera la velocidad relativa de unos cuerpos con respecto a otros, y que también deberíamos renunciar a conocer sus velocidades relativas con respecto al éter tanto como sus velocidades absolutas». Su conclusión fue taxativa: «Este principio se debe considerar preciso, no solo aproximado»23. Ese año, 1910, en una conferencia en Gotinga, señaló que elegir entre las interpretaciones de Einstein y Lorentz de la teoría era tan solo cuestión de gustos.
GEOMETRÍA Y EXPERIENCIA
Después de su estancia en París, Einstein se embarcó en un viaje por el mundo de varios meses, durante el cual atracó en Japón. En Kioto, el físico continuó su polémica contra el fantasma de Poincaré. Arengó a las masas diciendo que «los fundamentos de la geometría tienen una importancia física»24. La declaración de Einstein era extremadamente radical y contravenía la opinión habitual, abrigada por Poincaré, de que las matemáticas son una herramienta para entender el mundo físico y de que las ecuaciones matemáticas no representaban el universo en sí. En su charla estaba en juego una de las cuestiones más esenciales sobre la naturaleza del conocimiento matemático y la forma del universo.
Einstein atacó a Poincaré con toda su artillería años después de que el francés hubiera muerto. Geometría y experiencia (1921), uno de los textos más celebrados de Einstein, era una refutación clara de la insistencia de Poincaré en que los científicos nunca podrían demostrar que el universo tenía una geometría específica. En ese ensayo, Einstein rechazaba explícitamente la filosofía convencionalista del «agudo y profundo pensador» Poincaré, buscando otras razones que la mera conveniencia para justificar por qué los científicos debían adoptar una explicación científica particular y no otra25.
¿Qué forma tiene el universo? ¿El espacio tiene una forma concreta? El objeto específico del ataque de Einstein a Poincaré era la geometría de Riemann, que Einstein había usado para desarrollar su teoría de la relatividad general, pero también estaba en entredicho la superioridad de la geometría euclidiana respecto de la geometría no euclidiana, sobre todo porque la teoría de la relatividad de Einstein estaba estrechamente ligada con la segunda. ¿Vivimos en un universo no euclidiano?
Las geometrías no euclidianas eran extrañas: el camino más corto entre dos puntos podría ser curvado, las líneas paralelas podrían cruzarse y los ángulos de los triángulos no siempre suman lo mismo. La geometría euclidiana tradicional suele asumir que solo una línea puede pasar entre dos puntos, que una línea recta es la distancia más corta entre dos puntos y que, a través de un punto, solo se puede dibujar una línea que sea paralela a otra línea recta dada. Las geometrías no euclidianas negaban estos postulados básicos. La geometría euclidiana era tridimensional y, a menudo, se la consideraba basada en principios básicos. Pero en la teoría de la relatividad, el tiempo era una cuarta dimensión con los mismos derechos que las tres dimensiones espaciales tradicionales. Los postulados básicos de Euclides, según Einstein, ya no eran adecuados.
¿Las matemáticas eran una herramienta de los científicos o revelaban la estructura básica del universo? Einstein intentó demostrar que, a la hora de determinar qué concepción geométrica era verdadera, se trataba de «formular correctamente una pregunta física y responderla con la experiencia, no de una mera convención para elegir según sus beneficios prácticos»26. Su argumento no podía estar más distanciado de la opinión de Poincaré sobre la relación entre la matemática y la física. Según este autor, las matemáticas no eran una ciencia experimental. Siempre recalcó que «los axiomas geométricos son convenciones» o «definiciones encubiertas»27. Era un experto matemático tanto en la geometría euclidiana como en la no euclidiana y veía ventajas y desventajas en ambas. Pero según Einstein, el mero pragmatismo no bastaba para plantearse la pregunta general de cuál es concretamente la construcción geométrica correcta del universo.
Para Poincaré, el dilema del sistema geométrico era exactamente el mismo que el dilema del sistema de medición. Preguntarse si la geometría euclidiana era más válida que la no euclidiana era lo mismo que dudar entre usar la yarda o el metro: «¿Qué tenemos que pensar, pues, de la pregunta “¿La geometría euclidiana es verdadera?”? No significa nada. Ya puestos, podríamos preguntar si el sistema métrico es verdadero y si los pesos y las mediciones de antaño son falsos»28.
La perspectiva filosófica de Poincaré se puede enmarcar en el contexto de los esfuerzos para estandarizar el tiempo en los que participó. Como veía a Francia, Alemania y el Reino Unido enfrascados en un agrio debate por descubrir qué país lograría imponer su tiempo y sus métodos de cronometraje, propuso una solución: determinar qué era lo más conveniente para las partes. Para Poincaré, la coordinación temporal (de los relojes en movimiento y los estáticos) consistía principalmente en encontrar un consenso convencional que fuera útil para cada caso. A diferencia de Poincaré, Einstein no había vivido en sus propias carnes las largas e intensas negociaciones en que tomaron parte muchos países para lograr un consenso en los patrones temporales29. Para él, los procedimientos para coordinar el tiempo no se debían interpretar como asuntos de convención.
Aunque el tema de los criterios de medición pueda parecer alejado de los debates sobre la teoría de la relatividad, chocaban en puntos clave. Los criterios de medición eran parte crucial de los debates sobre la validez de la teoría de la relatividad de Einstein.
LOS ENEMIGOS DE EINSTEIN
Einstein tenía enemigos poderosos. En Alemania abundaban los ataques contra él por su origen judío, pero en Francia también se destacaba su origen. Un distinguido historiador de la Sorbona comparó la controversia que rodeaba a Einstein con el infame caso Dreyfus, un escándalo que dividió a la sociedad francesa. En él, un capitán judío inocente fue injustamente acusado de traición y condenado a cadena perpetua en una colonia penal, un caso que tardó más de una década en descubrirse. La polémica con Einstein, sostenía este autor, dividió Francia en los mismos términos: «Los partidarios de Dreyfus afirman que [Einstein] es un genio, mientras que sus oponentes dicen que es un imbécil. […] Los mismos bandos se conforman y se plantan cara a la más mínima provocación»30. Ese mismo siglo, Poincaré se había posicionado a favor de las causas judías y había defendido en público al capitán Dreyfus, desempeñando un papel importante a la hora de garantizar la exoneración de un hombre ilícitamente acusado. Pero las críticas de Poincaré y de muchos otros partidarios de Bergson diferían de las críticas de quienes atacaban a Einstein por ser judío.
En Alemania, el trabajo de Einstein recibió un auténtico rapapolvo el 24 de agosto de 1920, en una serie de charlas contra la relatividad celebradas en la Filarmónica de Berlín31. A partir de ese día, Einstein empezó a afirmar que todo aquel que se oponía a su teoría lo hacía por motivos políticos32. En 1921 no estimaba legítima ninguna crítica científica o filosófica: «Ningún hombre de ciencia —contestó, enfatizando la última palabra— impugnaba mi teoría». Cuando se le preguntó acerca de la oposición, remarcó: «Era puramente política». Cuando se le pidió que se explayara sobre los «motivos políticos» específicos, se refirió al antisemitismo: «Porque soy judío»33.
Sin embargo, pese a la manía de Einstein de vincular todas las críticas al antisemitismo, no todos los ataques estaban motivados por él, ni tampoco por diferencias políticas. Muchos de los destacados integrantes del Collège de France y de la Société française de philosophie (como Brunschvicg, Langevin, Paul Lévy, Charles Nordmann y el propio Bergson), así como el organizador, Xavier Léon, eran judíos. La crítica de Bergson y de muchos de sus adeptos se diferenciaba de los ataques antisemitas en aspectos importantes: Bergson no catalogó nunca la ciencia de Einstein como judía ni la impugnó por esa razón. Sus críticas apuntaban a tesis específicas de la obra de Einstein.
BERGSON Y POINCARÉ
Para muchos de los prosélitos de Poincaré, su filosofía representaba una entente cordiale beneficiosa entre científicos y filósofos de su generación. Otros pensadores, como Édouard Le Roy y Pierre Duhem, eran más radicales y querían llegar aún más lejos que él, recalcando el carácter artificial de muchas hipótesis científicas. Mientras que ellos lo veían a veces como una figura más bien conservadora, para muchos otros era demasiado radical. Bertrand Russell le llegó a tachar de nominalista y, en Francia, Louis Couturat bendijo esta apreciación. La etiqueta de nominalista atribuía a Poincaré el haber teorizado que la verdad científica era tan particular y dependía tanto de casos individuales y situaciones prácticas que no permitía extraer ni una sola conclusión general, y menos aún universal34. Poincaré desmintió esta descripción de su propio trabajo y se distanció de cualquier tipo de nominalismo.
En El valor de la ciencia (1905), Poincaré describió la influencia de Bergson como negativa y peligrosamente antiintelectual35. Pero luego, lo cierto es que ambos se hicieron buenos amigos. La hermana pequeña de Poincaré, Aline, se casó con el filósofo Émile Boutroux, uno de los maestros de Bergson36. En De la contingence des lois de la nature (1874), Boutroux había subrayado el papel de la contingencia sobre el determinismo en las leyes de la naturaleza, oponiendo su filosofía a una teoría cartesiana de verdades eternas. Bergson compartía con Poincaré y Boutrox la misma aversión hacia Descartes y las verdades eternas, hasta el punto de asociar a Einstein con esa doctrina filosófica.
El famoso libro Ciencias e hipótesis de Poincaré (original de 1902) empezaba con un ataque al descubierto contra Le Roy, uno de los mayores aliados de Bergson. En él, vinculaba la doctrina filosófica de Le Roy con el nominalismo y acometía contra un artículo del joven autor titulado «Science et philosophie», en que había afirmado «seguir» a Bergson «pas à pas»37. En El valor de la ciencia, publicado unos años más tarde, Poincaré escribió que las peores cualidades de la filosofía de Le Roy eran fruto de la influencia de Bergson sobre él. Según sus palabras, «la doctrina de Le Roy reúne otra característica que indudablemente debe al señor Bergson: es antiintelectual»38. Con todo, poco a poco la animadversión inicial de Poincaré contra Le Roy y Bergson se atenuó y acabó siendo un valedor del primero.
En 1910 Bergson detectó que Poincaré y Le Roy habían «llegado a conclusiones análogas» en sus respectivas filosofías39. Bergson elaboró un mapa rudimentario de las principales escuelas filosóficas contemporáneas en Francia y aclaró su relación con el pensamiento de Poincaré. Le consideraba heredero de una tradición francesa en la que «los matemáticos escribían la filosofía de su ciencia; e incluso de la ciencia en general». Según explicó, en su época esa escuela estaba representada por «nuestro gran matemático Poincaré», cuya filosofía denotaba, dicho en pocas palabras, el «carácter simbólico y provisional» del conocimiento científico40.
Para Bergson, su filosofía y la de Poincaré eran incuestionablemente «distintas», pero creía que «se podrían reagrupar» porque «también tenían puntos en común». Lo que las atraía era que ambos «sentían una profunda repugnancia por una filosofía que quiere explicar toda la realidad mecánicamente»41. En este grupo Bergson incluía a grandes psicólogos (citó a Théodule Ribot, Pierre Janet, Alfred Binet y Georges Dumas) y sociólogos (mencionó a Emile Durkheim y Lucien Lévy-Bruhl). Bergson criticaba que estos pensadores se adhirieran a posiciones filosóficas sin saber lo suficiente sobre esa disciplina. Poincaré, que sobresalía en ambas áreas, era una excepción. Bergson también apoyó al enemigo de Durkheim Gabriel Tarde, que había elogiado a Bergson en su libro Les Lois de l’imitation (1890). En cuanto a los demás, defendían posturas mecanicistas, reduccionistas y materialistas implícitas y profundamente erróneas en las que la ciencia predominaba de forma axiomática e injustificable.
Bergson no solo tenía en muy alta estima a Poincaré como científico y como filósofo, sino que pensaba que ambos tenían enemigos en común. Y el enemigo de sus enemigos era su amigo. ¿Qué había en juego al destacar las similitudes entre la filosofía de Bergson y la de Poincaré respecto a otras? Los ataques vertidos por la otra facción eran simplemente demasiado despiadados e injustos, explicó Bergson. Pintaban su filosofía como «un retorno a la mentalidad de los primitivos»42. ¿Acaso podía haber algo más ofensivo? En 1915, Bergson fue aún más claro sobre los puntos que tenían en común su filosofía y la de Poincaré:
El gran matemático Henri Poincaré ha llegado a conclusiones parecidas a las nuestras. Ha demostrado qué se debe al hombre y qué se debe a las necesidades y preferencias de nuestra ciencia, y lo ha hecho analizando las condiciones que rigen la construcción de conceptos científicos en la red de leyes que nuestro intelecto extiende al universo, siguiendo una vía diferente y mucho más directa43.
Bergson y Poincaré compartían otra misión similar. Ambos remarcaban que la teoría de la relatividad tal como la concebía Einstein se podía adoptar, pero no tenía por qué ser adoptada. En una carta a lord Haldane redactada poco después de su debate con Einstein, Bergson explicó su postura usando el lenguaje popularizado por Poincaré, el del convencionalismo: «Por lo que a mí respecta, veo en el espacio-tiempo de Minkowski y de Einstein una forma de representación muy conveniente [commode], pero que quizás no está ligada en esencia a la Teoría de la Relatividad». Lo que criticaba en Duración y simultaneidad eran los intentos de Einstein por «elevar una representación matemática a la realidad trascendental» y por negarse a ver que su redefinición del tiempo no era «más que una convención, por más que fuera necesaria para preservar la integridad de las leyes físicas»44.
Por otra parte, los lectores repararon en que Bergson y Poincaré también sostenían posturas similares con respecto a la forma de medir el tiempo. En su opinión, medir el tiempo destruía partes del mismo. «Al mismo tiempo que Bergson, Poincaré rescató así la antigua refutación a la posibilidad misma de medir el tiempo», explicó un profesor de filosofía. Y añadió que, de un modo bastante similar a Bergson, Poincaré había recalcado que los científicos no miden el tiempo, «sino que lo cortan a trozos y aseguran que son fragmentos idénticos para que sus ecuaciones sean lo más simples posible»45.
En 1916, cuatro años después de que muriera Poincaré, el matemático y Bergson eran considerados íntimos camaradas en la cruzada general contra el materialismo y las filosofías mecanicistas. En las conferencias parisinas tituladas «Fe y vida», que irradiaban una clara aura religiosa, el filósofo Paul Desjardins citó juntos a los dos hombres46.
LA OBRA DE POINCARÉ
Poincaré estaba muy familiarizado con los problemas para medir el tiempo y determinar la simultaneidad. En 1898 publicó un crucial ensayo titulado «La medida del tiempo» en Revue de métaphysique et de morale. ¿Por qué un artículo sobre la medición del tiempo encajaba en una revista consagrada a la metafísica y la moral?
El artículo se rescató luego como el segundo capítulo de su famoso libro El valor de la ciencia. En ese ensayo, Poincaré señalaba que no había un solo procedimiento de coordinación temporal que pudiera considerarse un método absoluto para determinar el tiempo. De 1898 hacia delante, Poincaré escribió a menudo sobre cómo hacer frente a relojes separados que marcaban tiempos dispares47. En cada situación específica debería adoptarse el procedimiento más conveniente. En cuanto a Einstein, no era un problema que se tuviera que resolver revolucionando las leyes de la física existentes.
Otra tesis importante del ensayo de Poincaré era que «no tenemos una intuición directa de la simultaneidad, ni tampoco de la igualdad de dos intervalos temporales»48. Al criticar nuestra intuición del tiempo, ¿estaba atacando a Bergson? A fin de cuentas, Bergson era conocido por muchos como un defensor de la intuición. Una vez dijo de su filosofía que «apelaba al sentimiento, la intuición y la vida interior»49. Al negar que pudiera intuirse directamente la simultaneidad, ¿Poincaré no estaría adoptando una postura contraria a Bergson?50 Sí y no.
Dentro del «reino de la conciencia», Poincaré admitió que «la noción del tiempo era relativamente clara», pero no lo suficiente como para basar en ella las mediciones científicas51. Su opinión era similar a la de Bergson, que usaba el concepto de la intuición de un modo diferente a como lo usaban muchos psicólogos para referirse a una estimación, una suposición o una corazonada. La tesis de Poincaré no era que las intuiciones sobre el tiempo no fueran relevantes para la ciencia, sino que no eran lo bastante coherentes como para ser referencias sólidas a fin de medir el tiempo precisa y cuantitativamente. Su argumento contra la «intuición directa» iba dirigida al concepto psicológico, no al filosófico.
Cuando Bergson remarcaba la importancia de la intuición, no decía que pudiera usarse para cuantificar el tiempo. La intuición del tiempo que quería remarcar eran precisamente los aspectos de nuestro sentido temporal menos repetitivos, rítmicos y homogéneos. Era la intuición de la «condición móvil de la realidad» la que subrayaba, no una intuición de simultaneidad o una clara serie de sucesos52. Nuestra intuición de la duración, según Bergson, percibía su condición de constante cambio. Un autor lo explicó con claridad: «Esta duración, que percibimos de inmediato, se manifiesta en nosotros y a nuestro alrededor mediante un rejuvenecimiento incesante: no hay dos instantes iguales»53.
«UN RESUMEN INCREÍBLEMENTE SIMPLE»
Las objeciones de Bergson a la teoría de Einstein inquietaron a los físicos. A la vista de su crítica, muchos empezaron a dudar: tal vez la teoría de Einstein no merecía la importancia que se le daba, quizás el físico solo estaba ofreciendo una forma de interpretar la realidad, y quizás esta interpretación era solo una de las múltiples posibilidades. Tal vez no era ni siquiera revolucionaria, sino más bien conservadora. Einstein luchó contra estas interpretaciones con más vigor que nunca tras su encuentro con Bergson.
Se ha escrito mucho sobre la perspectiva filosófica de Einstein y los expertos han debatido hasta qué punto era realista, el alemán54. Las pruebas varían, dado que Einstein expuso a menudo opiniones contradictorias sobre esta materia. Su debate con Bergson, no obstante, revela que durante un periodo de tiempo limitado (empezando con los ataques contra él en la Filarmónica de Berlín y siguiendo con la confrontación de Bergson) adoptó una postura en la que solo consideraba «objetiva» su propia interpretación de la teoría de la relatividad.
La defensa aguerrida que durante esos años hizo Einstein de su teoría como la única opción científicamente viable contrasta mucho con las interpretaciones previas y posteriores de su propia obra y la de sus colegas. Einstein alabó en repetidas ocasiones la doble virtud de la simplicidad y la generalidad al evaluar teorías científicas. Primero adujo que había que adoptar su teoría porque era simple y exhaustiva, no porque fuera absoluta y definitivamente la única correcta. La describió «como una generalización y un resumen increíblemente simple de hipótesis que, hasta ese momento, habían sido independientes las unas de las otras»55. Su revolucionario artículo sobre la relatividad general (1916) solo había afirmado con modestia que su teoría era «psicológicamente natural»56. Era importante que aprovechara para advertir de un beneficio psicológico, pues marcaba una diferencia de peso con las tesis posteriores de que era necesariamente la teoría natural. En ese trabajo, al referirse al tiempo también había aclarado que hablaba de una «definición» determinada del mismo, llegando incluso a poner el término «realmente» entre comillas cuando escribió sobre las horas de reloj alteradas. Un reloj «“realmente” va más lento que el otro [reloj]», señaló57. En 1918 volvió a insinuar que era legítimo elegir o desechar su teoría: «Solo las razones utilitarias pueden determinar qué representación se tiene que elegir», explicó58. Un año más tarde, después de que las expediciones para observar el eclipse confirmaran su teoría, hizo uno de los alegatos más poderosos a favor de la idea de que las teorías científicas raramente se imponían. Por lo común, los científicos podían elegir entre opciones:
Cuando disponemos de dos teorías y ambas son compatibles con el repertorio de hechos, a la hora de elegir una antes que la otra no existe más criterio que la mirada intuitiva del investigador. De esta manera, uno puede entender por qué los científicos más sagaces, que conocen ambas cosas —teorías y hechos—, pueden ser apasionados partidarios de teorías opuestas59.
Pero después de los ataques que recibió en Berlín y París, Einstein dejó de afirmar que había otras teorías válidas.
Bergson y la mayoría de sus adeptos no negaban los resultados de la teoría de la relatividad; la mayoría se limitaba a rebatir que condujeran necesariamente a las conclusiones de Einstein. Poincaré y otros habían argumentado a menudo que, normalmente, los científicos podían escoger qué teorías se amoldaban mejor a casos particulares. A veces señalaban que las teorías pocas veces concordaban al cien por cien con la realidad, pero que las consideraban igualmente representaciones adecuadas y útiles de ella. Al principio, parecía que Einstein estaba de acuerdo con estos dictámenes, pero más tarde mantuvo una actitud contraria. Por un momento, luchó a brazo partido contra el parecer común, extendido por la crítica de Bergson, de que «los físicos no han sido capaces de decidir» si «puede darse a la “simultaneidad” un significado absoluto»60.
7
BERGSON ESCRIBE A LORENTZ
HAARLEM, PAÍSES BAJOS
En 1928 Einstein visitó Países Bajos para dar un conmovedor discurso en un funeral. Su colega y amigo Hendrik A. Lorentz acababa de morir a los setenta y cuatro años. Un viernes, exactamente al mediodía, el telégrafo estatal y los servicios telefónicos del país se suspendieron durante tres minutos como «homenaje al mayor prohombre que Países Bajos haya dado en nuestro tiempo»1. Pese a ser un íntimo amigo, un científico reputado y el autor de las ecuaciones que Einstein usó en su teoría de la relatividad, el neerlandés no aceptó nunca sus conclusiones. ¿Por qué?
Lorentz recibió el ansiado Premio Nobel de Física en 1902. En 1895 propuso que las longitudes podían contraerse con el movimiento. Unos años más adelante, sugirió que los relojes podían ralentizarse en esas mismas circunstancias. Los motivos por los que la relación de Einstein con Lorentz fascina a los expertos son los mismos que alimentan el interés de su relación con Henri Poincaré. ¿Por qué estos dos científicos no propugnaron la teoría que revolucionó la física? Einstein tenía una relación cercana y afectuosa con Lorentz, que representaba una especie de figura paterna para el joven físico2. Al inicio, su trabajo sobre la relatividad era tan similar que costaba mucho discernir las contribuciones de cada uno; tanto, de hecho, que se solía llamar la teoría de Einstein-Lorentz. Pero su relación no fue siempre fluida, sobre todo en lo concerniente a ciertas interpretaciones de la relatividad.
Abraham Pais, un colega que acabó escribiendo la biografía de Einstein, le describió como alguien incapaz de «liberarse» de las viejas teorías, algo en lo que se parecía mucho a Poincaré3. ¿Bergson pudo tener algún efecto sobre la opinión que le merecía Einstein a Lorentz? Unos años después del encuentro en París, Bergson empezó a hablar mal de Einstein a Lorentz a espaldas del alemán. En una carta a Lorentz, explicó por qué los físicos estaban recibiendo su filosofía con tanta aversión. Especuló con que Einstein y muchos otros físicos simplemente no le entendían y compartió con Lorentz un retrato muy negativo del físico:
En general, los físicos de la relatividad me han malinterpretado. Valga decir que no acostumbran a conocer mis opiniones si no es por medio de rumores, por relatos inexactos e incluso completamente falsos. Este es tal vez el caso del propio Einstein, si lo que cuentan de él es cierto4.
La argumentación de Bergson difería de la de Lorentz en varios aspectos, pero aceptaba y usaba plenamente sus ecuaciones. Como Lorentz, él defendía que la interpretación de Einstein de la relatividad no era la única viable.
Bergson también conoció a Albert A. Michelson, el autor del experimento que devino crucial para la relatividad, y estudió encarecidamente su trabajo. Los historiadores se han planteado muchas veces por qué Lorentz, Poincaré y Michelson —los tres hombres cuya investigación se aproximaba más a la de Einstein— no bendijeron incondicionalmente la teoría de la relatividad. El papel de Bergson como persona, colega, mentor, amigo y confidente —además del papel y el impacto de su filosofía— fue clave. ¿Cómo se acoplaban las tesis de Poincaré, Lorentz y Michelson con las de Bergson? Los tres coincidían en que la teoría de la relatividad tal como la concebía Einstein podía ser aceptada, pero no tenía por qué serlo. Su aceptación o rechazo era algo que, a fin de cuentas, debía dejarse a juicio de los propios científicos.
Las pruebas sugieren que Lorentz y Bergson compartían punto de vista sobre muchas cuestiones de calado de su época. Bergson consideraba que sus argumentos en Duración y simultaneidad eran compatibles con los de Lorentz (aunque no eran ni por asomo idénticos). Mientras que Lorentz esperaba que devolverían la creencia tradicional hacia una noción universal y absoluta del tiempo, Bergson no albergaba tales expectativas. Bergson no respaldaba a Lorentz hasta este extremo. No llegaba a defender la controvertida hipótesis de la contracción, la fe en el éter o la esperanza de que la hipótesis de las estrellas fijas pudiera usarse como punto de referencia estable para las leyes de la física.
Las discusiones sobre la física del tiempo fueron especialmente tensas porque los tres hombres participaron en el CIC, una de las secciones más prestigiosas de la Sociedad de las Naciones. Lorentz fue llamado para sustituir a Einstein después de que este, enojado, dimitiera del comité. Después, Bergson, que presidía la institución, apoyó al científico neerlandés hasta tal punto que lo nombró su sucesor. Lorentz lo relevó como presidente en 1925. Apenas un año antes, Bergson había mandado una carta a Lorentz invitándole a cenar y prometiéndole lo siguiente: «Estaremos absolutamente solos». En esa misma carta, le daba las gracias por haberle enviado una nota sobre «los dos relojes»: «Mi primera impresión es que vuestro argumento es irrefutable». Luego añadió un apartado final para explicar por qué sus dos argumentos eran compatibles: «Y por esa razón el mío sigue siendo correcto»5.
LORENTZ Y EINSTEIN
Lorentz fue un firme admirador y defensor de Einstein en lo personal y lo profesional; y, en general, simpatizaba con su ideología política, salvo en lo tocante a la Sociedad de las Naciones. Mientras que Einstein apenas tuvo relación con Poincaré, con Lorentz sí tuvo una relación estrecha y personal que se prolongó muchos años. Ambos se escribieron un sinfín de cartas sobre ciencia y política y se avinieron, aunque alguna vez afloraron ciertas tensiones. Cuando murió Lorentz, Einstein estuvo a la altura de las circunstancias y fue a hablar de forma solemne y generosa en su funeral. «Os venero de forma desmesurada», le escribió una vez Einstein. Durante toda la vida, Einstein siguió elogiando a su colega y sus parientes6. La admiración era mutua. Lorentz usó toda su influencia para conseguir que Einstein fuera a trabajar a Utrecht, aunque él rehusó. Al estallar la Gran Guerra, Einstein y Lorentz congeniaron aún más, compartiendo muchos objetivos políticos. Lorentz abanderó varias iniciativas antibélicas desde Países Bajos y, cuando comenzó la contienda, Einstein le contactó de inmediato para transmitirle su postura internacional y su oposición a la guerra7.
Pero debajo de estos foros públicos subyacía una relación un tanto rígida, dificultada por la cercanía de Lorentz con Bergson. Y también por su afinidad con Poincaré. Lorentz y Poincaré parecían tan íntimos que un científico neerlandés describió al primero como «el Poincaré neerlandés»8. Cuando Poincaré habló sobre la teoría de la relatividad en uno de sus últimos discursos, atribuyó algunas de sus propiedades esenciales a Lorentz9.
Ambos se apoyaron mutuamente con gran firmeza. En 1902 Poincaré nominó a Lorentz para el Premio Nobel, que acabaría ganando. En su nominación, Poincaré concedió al neerlandés el mérito de introducir el concepto de la dilatación temporal. La carta de Poincaré al Comité de los Nobel apoyando a Lorentz hablaba de su «ingeniosa invención del “tiempo reducido”», en el que «todo pasa como si el reloj de un lugar se ralentizara en comparación con el otro». Según Poincaré, Lorentz también había reparado en que «no existe ningún experimento que pueda llevarnos a descubrir» una diferencia entre un reloj en movimiento y uno estático, de modo que ningún experimento puede ayudarnos a decidirnos por un tiempo y no por otro. También le atribuyó el haber cambiado nuestro concepto de la simultaneidad. El sorprendente descubrimiento de Lorentz explicaba por qué «dos fenómenos que ocurren en dos sitios diferentes pueden parecer simultáneos aunque no lo sean»10. El propio Lorentz dijo más tarde, en una célebre afirmación, que «Einstein solo postula lo que nosotros hemos deducido, aunque lo hace con cierta dificultad y de forma algo insatisfactoria»11.
Su valoración del trabajo de Einstein no era anómala. Tras ser publicada en 1905, su obra pasó casi desapercibida. Una de las pequeñas notas que la mencionaron advirtió desabrido: «Conduce a resultados formalmente idénticos a los de la teoría de Lorentz»12. Al principio, Einstein agachó la cabeza y puso el nombre de Lorentz a la teoría, llamándola «la teoría de Lorentz y Einstein»13. No se separó de la postura de Lorentz hasta 1907, cuando se refirió por separado a «la teoría de H. A. Lorentz y el principio de la relatividad»14. En esa misma publicación, refirió con más detalle sus diferencias con Lorentz. Einstein afirmó que había tomado el «tiempo local» de Lorentz como el tiempo en general: «No obstante, curiosamente lo único que hacía falta para vencer esa dificultad era una concepción del tiempo lo bastante nítida»15. Lorentz se había referido a una de las magnitudes alteradas como «tiempo local» (y en las ecuaciones de longitud similares lo llamaba «longitud aparente»), pero Einstein terminó por creer que no había nada único en ello; y menos aún algo «local» o «aparente».
La nueva «y suficientemente nítida concepción del tiempo» de Einstein sumó el apoyo de Hermann Minkowski en una famosa conferencia de septiembre de 190816. Minkowski había sido profesor de matemáticas de Einstein en la Politécnica de Zúrich, donde el alemán había completado su doctorado, y luego se convirtió en uno de sus incondicionales más influyentes. De hecho, fue clave a la hora de articular las diferencias entre la obra de Lorentz y la de Einstein a la luz de la reinterpretación del segundo del tiempo local17. En el famoso discurso proclamando los logros de su alumno, Minkowski ni siquiera mencionó los méritos de Poincaré18. Minkowski también fue vital para rebatir una de las principales acusaciones contra la teoría. Argumentó que la relatividad no era una hipótesis artificial, sino que era fruto necesario de esta nueva concepción del tiempo19.
En comparación con Einstein o Minkowski, Poincaré y Lorentz nunca atribuyeron el mismo significado y relieve a estas conclusiones. ¿Por qué? ¿Cuál fue el papel de Bergson en estas discusiones?
¿ARTIFICIAL O NECESARIO?
De 1907 a 1911, Einstein sudó la gota gorda para diferenciar su obra de la de Lorentz. La distinción entre ambos métodos se hizo tan patente que, al final, el científico de mayor edad convino en atribuir al joven físico todo el mérito por su forma particular de interpretar la relatividad. Aunque en su famoso artículo de 1908 Einstein se refirió claramente al «tiempo», su tesis inicial era más modesta de lo que sería después. Entonces, estaba más asociada con el tiempo de los relojes, sin incluirlos ni siquiera todos. Tuvo el tino de decir que su teoría se aplicaba a relojes con volante, así como a los relojes sincronizados con señales lumínicas. Cuando se publicó el artículo en una colección posterior dedicada a la teoría, fue añadida una nota al pie (probablemente por el editor de la colección, Arnold Sommerfeld) avisando de forma explícita que no se aplicaría «al reloj de péndulo, pues físicamente es un sistema vinculado a la Tierra. Este caso quedaría excluido»20. ¿Cómo se convirtió un ensayo sobre relojes —y solo sobre determinados tipos de reloj— en un ensayo sobre el tiempo en general?
La precaución inicial de Einstein al referirse al tiempo comenzó a diluirse en 1911. En una charla que dio en enero, afirmó que los efectos de la dilatación temporal que había considerado para los relojes en movimiento afectarían a «un organismo vivo en una caja»21. Cuando Paul Langevin desarrolló la famosa paradoja de los gemelos ese mismo año, se refirió a los relojes, pero también al envejecimiento biológico.
Poincaré había dicho que la explicación de Lorentz era ad hoc, una expresión peyorativa para las teorías científicas; e incluso el neerlandés, en un ejercicio de autocrítica, lo reconoció. Durante el Congreso Internacional de Física de 1900, Poincaré habló de la artificialidad de la teoría de Lorentz22. Unos años más tarde, Lorentz manifestó: «Poincaré se ha opuesto a la teoría existente de fenómenos eléctricos y ópticos en cuerpos en movimiento manifestando que, para explicar el resultado negativo de Michelson, se ha tenido que presentar una nueva hipótesis y que puede que surja esta misma necesidad cada vez que salgan a la luz nuevos hechos». Lorentz aceptó la crítica en su totalidad, indicando que «indudablemente este sistema de inventar hipótesis especiales para cada nuevo resultado experimental es algo artificial»23.
Lorentz continuó batiéndose el cobre con este tema, intentando combatir la aparente artificialidad de su teoría incorporando nuevos experimentos a la deformación de la masa electromagnética del electrón. Llegado a ese punto, afirmó con optimismo que su obra estaba basada en «supuestos fundamentales […] con mejores resultados»24. Pero ni siquiera con esta nueva investigación logró convencer plenamente a su colega parisino. En El valor de la ciencia (1905), Poincaré volvió a subrayar que Lorentz solo se había salido con la suya «acumulando hipótesis»25. Con todo, también la laureó como la «menos defectuosa» de todas las opciones26.
Haciendo suyas las acusaciones que había vertido Poincaré, Einstein dijo que su teoría era superior a la de Lorentz porque no era artificial. La razón que adujo para la superioridad de su interpretación era que, a diferencia de la de Lorentz, no era «un medio artificial para salvar la teoría». Einstein incluyó un historial con el desarrollo de esta investigación, diferenciando su posición de la de Lorentz27. Minkowski dio alas a este argumento alegando que la teoría del neerlandés parecía «un regalo del cielo», mientras que la alternativa del alemán parecía emerger con naturalidad de los hechos observados28.
¿Qué distingue una teoría que refleja con naturalidad el orden del mundo de una que ha sido diseñada artificialmente para amoldarla a los resultados de los experimentos? Estas publicaciones de Poincaré, Lorentz y Einstein rebosaban de acusaciones mutuas e indecorosas de artificialidad y de construcción ad hoc. Lorentz refutó las acusaciones de Einstein de que su teoría lo fuera, argumentando por el contrario que la solución de Einstein era la más artificial. En 1909 Lorentz admitió formalmente que Einstein podía «agenciarse el mérito» por «la manifestación de un principio general y fundamental» de la relatividad —algo que él mismo no había hecho—, pero solo si se reconocía lo «artificial» que era en verdad la contribución de Einstein29. En un texto que parecía otorgar el crédito generosamente a su colega por la teoría de la relatividad, añadía que Eistein solo había postulado lo que él había deducido. El resultado era «más bien complicado y parecía un tanto artificial»30. En las conferencias posteriores (en 1910) usó el término «Relativitätsprizip de Einstein», marcando claramente la diferencia31. Aceptó que la teoría de Einstein se podía considerar la mejor explicación disponible para ciertos resultados experimentales, pero siguió buscando una teoría alternativa.
TENSIONES DURANTE LA GUERRA
En seis conferencias que dio en Gotinga (1910), Lorentz convino en que Einstein tenía razón, pero afirmó que él también la tenía: «¿Cuál de las dos formas de pensar prefieres adoptar? Es una decisión íntima de cada uno»32. En los años siguientes, Lorentz fue taxativo con los beneficios de cada método33. Este statu quo, en el que se estimaban igual de válidas ambas interpretaciones, cambió a finales de 1911, pues volvieron a aflorar indicios de tensión entre ambos cuando Einstein rechazó una generosa oferta de trabajo para trasladarse desde Praga a los Países Bajos (una oferta que se le hizo en gran medida gracias a los esfuerzos de Lorentz). Einstein, en cambio, negoció para ir a la Politécnica de Zúrich. «Pero si pasado mañana, o en el futuro más inmediato, lo descubrieran [que no me interesa el trabajo de Utrecht], perderían en el acto su fervor y me mantendrían en vilo para siempre», escribió a un amigo34. Negociar al unísono con dos instituciones era arriesgado tanto personal como profesionalmente, dado que para el cargo en los Países Bajos estaba tratando con la mayor eminencia de su campo, «además de un buen amigo»35.
En 1913, en tres conferencias que dio en Haarlem, Lorentz fue aún más diáfano: la decisión de quién tenía razón, si Einstein o él, no se podía dejar en manos de los experimentos y, a decir verdad, menos aún en manos de Einstein. Criticó que Einstein desestimara «de un plumazo» estas «cuestiones» y que afirmara que eran «absurdas»36. Lorentz remarcó que los asuntos encima de la mesa eran epistemológicos: «Corresponde en gran medida a la epistemología sopesar estos conceptos; y dictar sentencia también». Los científicos eran libres de elegir entre ellos en función de «la mentalidad a la que cada uno esté aclimatado y de si te sientes más atraído por una u otra perspectiva»37. El presentador del Premio Nobel de Einstein citó casi textualmente la opinión que Lorentz había expresado años antes: que la validez de la teoría de la relatividad de Einstein «pertenece a la epistemología y, por tanto, ha sido objeto de un intenso debate en los círculos filosóficos»38.
En un artículo poco especializado publicado en la influyente Kultur der Gegenwart, una «enciclopedia del presente» de varios volúmenes encargada por el Reich alemán, Einstein respondió a la teoría de que cualquiera podía elegir cuál de las dos interpretaciones era mejor. El artículo incluía una crítica mordaz a la interpretación de Lorentz, en la que Einstein explicaba por qué la teoría de Lorentz generaba desconfianza39. Cuando el neerlandés leyó estas líneas, enseguida acusó a Einstein de «generar la impresión de que solo se hablaba de cosas “ficticias” y que no había fenómenos físicos reales»40. En enero de 1915, Lorentz mandó una carta a Einstein transmitiéndole personalmente su descontento por ese artículo: «En vuestro artículo de Kultur der Gegenwart, he encontrado […] esta observación: “Esta forma de idear hipótesis ad hoc para ajustarse a los experimentos […] es muy insatisfactoria”», percatándose de que se refería directamente a él41. También regañó a Einstein por «presentar una opinión personal como innegable», señalando que era «inútil» seguir buscando un factor distintivo que llevara a los científicos a seleccionar un tiempo en la teoría de la relatividad en detrimento de los otros. Lorentz procedió entonces a describir todo lo que estaba mal en la interpretación de Einstein, fijándose sobre todo en dos puntos principales.
El primer problema guardaba relación con la equivalencia del tiempo y el espacio. El espacio y el tiempo no eran simplemente intercambiables, sostenía Lorentz: «Hay una diferencia inconfundible entre los conceptos espaciales y temporales, una diferencia que indudablemente tampoco se puede eliminar por completo. No podéis atribuir a las coordinadas temporales una categoría del todo equivalente a las coordinadas espaciales». La segunda cuestión tenía que ver con la equivalencia en el rango de tiempos diferentes. Lorentz estaba dispuesto a reconocer que espíritus imperfectos no pudieran asignar una categoría superior a t1 respecto a t2, pero un «espíritu universal» sí podría. Y además, Lorentz sostenía que había una especie de «espíritu universal» en todos nosotros: «Sin duda no somos tan radicalmente diferentes de él»42.
¿A qué se refería Lorentz con «espíritu universal»? Las concepciones tradicionales del tiempo, conectadas a las cualidades perceptivas de un espíritu universal hipotético o real, tenían una larga trayectoria que databa de la época medieval. En tiempos de Newton, este espíritu universal se asociaba directamente con Dios. ¿Acaso estos científicos todavía seguían debatiendo cuestiones de tipo teológico, aunque en términos laicizados? Para Lorentz, la cuestión de un «espíritu universal» y la capacidad para desentrañar la equivalencia de estatus de t1 y t2 no atañían cabalmente a la física, sino que «trascendían los límites» de la misma43.
Einstein le contestó disculpándose, en cierta medida: «Aunque tuve tres años para componerla, me había olvidado por completo y me recordaron mi compromiso […] una semana antes de la fecha de entrega». Y suplicó: «Así que, por favor, ¡no analicéis con lupa cada palabra!». Explicó que su clasificación equivalente de t1 y t2 estaba basada en que, hasta entonces, no había «motivos físicos (accesibles en principio con la observación)» para distinguirlos, un hecho que el propio Lorentz sabía y reconocía. Los científicos podían tener otras razones para querer distinguir entre ellos, pero Einstein hizo responsable a Ernst Mach de hacerle creer lo siguiente: «Una concepción del mundo que puede prescindir de esa arbitrariedad es preferible, en mi opinión». Einstein puso fin a su respuesta diciendo que probablemente no se alcanzaría un consenso en estas cuestiones en el futuro más inmediato, al menos no mediante correspondencia: «Por último, en lo que atañe a la cuestión del tiempo, es muy difícil que podamos debatir esto como corresponde por carta. Estaré encantado de volver a Países Bajos para discutir este y otros asuntos, cuando al fin se supere este triste embrollo internacional»44.
Aunque sus desavenencias sobre la naturaleza del tiempo se intensificaron durante la Gran Guerra, en muchos otros sentidos el conflicto hizo que los dos hombres intimaran más. Durante esos años Lorentz y Einstein se escribieron a menudo acerca de los horrores de la guerra, lamentándose por cómo repercutían sobre las relaciones entre los científicos45. También se escribieron sobre aquello en que estaba trabajando cada uno. En 1919 Lorentz fue uno de los primeros físicos en explicar la teoría de Einstein al gran público. En su popular librito The Einstein Theory of Relativity la tildó de «monumento de la ciencia» y ensalzó los «infatigables esfuerzos y la perseverancia» de Einstein46. Sin embargo, advirtió que en su opinión «no es imposible que, en el futuro, esta vía [la investigación del éter] —del todo abandonada en el presente— vuelva a tantearse con buenos resultados»47. Lorentz continuó buscando unos cimientos estables que pudieran sustentar un concepto absoluto del tiempo, fueran el éter, un concepto del espacio que pudiera actuar como punto de referencia o la hipótesis de las estrellas fijas. Cualquiera de estos le valdría para su propósito: tener puntos de referencia absolutos. Que los científicos no hubieran descubierto estas referencias no significaba que no fueran a encontrarlas jamás.
En los años veinte, Lorentz mantuvo su apoyo personal a Einstein a pesar de sus otras diferencias. Cerró filas con Einstein como nunca cuando este fue víctima de los ataques antisemitas en la Filarmónica. Pero las tensiones persistían. En 1922 seguía insistiendo en que «uno podía, con toda modestia, llamar tiempo verdadero a aquel medido por relojes que están fijos en este medio [espacio] y considerar la simultaneidad un concepto primario»48.
Por entonces, era obvio que los dos discrepaban en su interpretación de la relatividad, pero coincidían en muchos aspectos de la política internacional. Ambos científicos lamentaron que se excluyera a los ciudadanos alemanes de los foros científicos después de la guerra, aunque cada uno protestó a su manera por esta exclusión. Lorentz respondió congeniando con científicos alemanes, como Einstein. Este último contestó boicoteando ciertos foros que veía excluyentes. En ocasiones, estos propósitos colisionaron. Lorentz había sido presidente del Congreso Solvay desde 1911 y, más tarde, Einstein boicoteó estas reuniones. El alemán presentó también una queja contra las políticas de exclusión del CIC, primero dirigido por Bergson y después por Lorentz. Einstein manifestó que el Comité estaba excluyendo a todos los teutones, una afirmación que instó a Lorentz a responderle con una agresiva carta (del 15 de septiembre de 1923) explicándole por qué no era verdad que se descartara por norma a los científicos de ese país. Le dio pruebas claras, incluyendo las constantes invitaciones que se le habían hecho a él. A medida que Einstein fue verbalizando críticas y saltándose reuniones del Comité, Lorentz, que era su presidente, se fue distanciando de su teoría.
Durante estas discusiones, a veces tensas, Lorentz declaró que la teoría de Einstein era solo una de las numerosas opciones que había. No cabía duda de que la teoría especial y la general eran correctas: «No menciono que, también en mi opinión, no solo la teoría de la relatividad, sino incluso su teoría de la gravedad puede conservar toda su validez». Pero no eran el único modo de ver las cosas: «No se nos impondrán así como así, como si fueran las únicas posibles»49.
En una serie de charlas que dio en el Instituto Tecnológico de California (luego publicadas), Lorentz volvió a explicar las diferencias entre un «físico de la vieja escuela» y el «relativista». Ambos convenían en que nadie podía «determinar cuál de los dos tiempos es el correcto». Pero el físico de la vieja escuela estaba dispuesto a reconocer que «prefería» uno de ellos, mientras que para el relativista «no cabe ni siquiera plantearse que un tiempo sea mejor que el otro». La preferencia personal de Lorentz era mantener «unas nociones del espacio y del tiempo que conocemos desde siempre y que, por lo que a mí respecta, considero perfectamente claras y, además, distintas entre sí». ¿Por qué renunciar a estas claras ventajas? «Mi noción del tiempo es tan inequívoca que puedo distinguir a las claras […] qué es simultáneo y qué no». ¿Por qué hemos de renunciar a esta clara ventaja?50
Según un escritor de temas científicos de la época, «preguntarse cuál de estas duraciones es la real equivale a preguntarse cuál es el color verdadero de un trozo de ópalo. Si lo observamos desde cierto ángulo puede ser amarillo; rojo si lo movemos hacia la izquierda; y verde o azul si nos movemos a la derecha»51. Aun así, Lorentz siguió defendiendo su postura. En 1928, espoleado por los resultados de nuevos experimentos, volvió a describir su opinión y concedió a Einstein todo el mérito de la relatividad. Si bien él había introducido el concepto de «tiempo local», a diferencia de Einstein nunca había creído que tuviera nada que ver con el tiempo real: «Para mí el tiempo real seguía representado por la vieja noción clásica de un tiempo absoluto, que es independiente de cualquier referencia a marcos de coordenadas especiales. Para mí solo existía un tiempo auténtico»52. Para Lorentz, Einstein podía atribuirse toda la responsabilidad de lo que había hecho:
Por tanto, la teoría de la relatividad es exclusivamente fruto de la labor de Einstein. Y no puede ponerse en duda que la habría concebido aun cuando no hubiera existido en absoluto el trabajo de todos sus predecesores en la teoría de este campo. A este respecto, su trabajo es independiente de las teorías previas53.
Atribuyó muchas cosas a Einstein: «A las pruebas experimentales que ya teníamos, se añadió entonces el atractivo de una teoría bella y consistente»54. No obstante, Lorentz continuó creyendo en su hipótesis: «Si me preguntan si la considero [mi hipótesis] la verdadera, debería responder que sí. Es tan real como todo lo que observamos»55. Y siguió pensando que Einstein solo había postulado lo que él había deducido con mucho esfuerzo56.
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