Read the book: «· Recuerdos de Sócrates · Económico · Banquete · Apología de Sócrates»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 182

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.
Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por MANUEL SERRANO SORDO.
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1993.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO285
ISBN 9788424932145.
RECUERDOS DE SÓCRATES
INTRODUCCIÓN
Juntamente con el Económico, el Banquete y la Apología de Sócrates, pertenece a los llamados escritos socráticos, probablemente compuestos durante la estancia de Jenofonte en Escilunte, después de ser desterrado de Atenas por su participación én la batalla de Coronea. Los Recuerdos son una serie de relatos tomados de la literatura socrática hoy perdida. Jenofonte tomó notas de las declaraciones de amigos suyos en su juventud y probablemente consultó a otros. Es un libro mal compuesto, de estilo descuidado, poco terminado, que contrasta con el Económico o la Ciropedia. Ha sido un texto muy manoseado por los críticos y puesto en el lecho de Procrusto, según Joël. No sigue un plan orgánico, aunque el propio autor advierte (I 3, 1): «Me propongo mostrar cómo ayudaba Sócrates a sus compañeros con sus palabras y sus hechos, y para ello voy a poner por escrito cuanto pueda recordar». En este sentido, por su sencillez y mentalidad práctica, constituye una presentación más precisa de Sócrates tal como aparecía ante los ojos del hombre de la calle frente a los diálogos platónicos, en los que el maestro a menudo es sólo el portavoz de su gran sucesor. Como en otros escritos suyos, es claro y sincero, natural, sin imaginación, con humor ocasional, pero nunca genial.
Destacan por su unidad los dos primeros capítulos del libro I y el libro IV, verdadero tratado perì paideías, con introducción y conclusión propia, que hacen pensar que pudo publicarse aparte. Entre I 2 y IV hay una masa de relatos. La primera defensa de Sócrates hecha por Jenofonte (I 1-2) se publicó poco después de aparecer el discurso de acusación de Polícrates (ca. 394). Y basándose en ella publicó más tarde su Apología. Siguió el tratado sobre educación del libro IV, y, después de su muerte, alguien lo publicó todo junto.
Jenofonte estuvo ausente (en Asia) durante el juicio de Sócrates; como no había texto del discurso de ninguno de los tres acusadores, sólo pudo dar el meollo, no la forma exacta de la acusación. Su réplica se extiende hasta la sección octava del segundo capítulo. Es sorprendente que en I 2, 9, aluda al «acusador» que ataca a Sócrates por animar a sus compañeros a despreciar las leyes y tener como amigos a Critias y Alcibíades, que tanto daño hicieron a la ciudad; por enseñar a los hijos a no respetar a sus padres y ser falsos con sus amigos; por animar a conductas malvadas y despóticas, seleccionando para ello poetas adecuados. ¿A qué «acusador» se refiere? La literatura socrática (Antístenes y Apologías varias) creó un culto que provocó una reacción contraria. En el 394, publicó Polícrates su Katēgoría Sokrátous (Acusación contra Sócrates), atacando su memoria en forma de un supuesto discurso pronunciado en el juicio por uno de sus acusadores, Ánito, lo cual hizo suponer que no es sino un ejercicio literario basado en recuerdos del juicio, pero coloreado por los puntos de vista del autor. Jenofonte debió de leerlo y decidió redactar una réplica. El acusador es entonces Polícrates, o más bien Polícrates disfrazado de Ánito.
Aunque la Apología de Platón se escribió casi al mismo tiempo, Jenofonte no se inspiró en ella; sin embargo, en I 2, 20, se citan en apoyo de sus argumentos dos pasajes de poetas que aparecen en el Menón y el Protágoras, pero sería absurdo pensar que recurría a Platón para citar dos lugares comunes familiares a cualquier ateniense educado. En I 2, 10, apoya una opinión de Antístenes y en otro pasaje (I 2, 4) ataca la doctrina cínica de la permanencia de la virtud. Lo más seguro es pensar que incorpora su conocimiento de Sócrates por sus intercambios con el maestro; este conocimiento es superficial, si bien es seguro que cuenta en estos dos capítulos todo lo que sabe de Sócrates.
La literatura socrática creció rápidamente en volumen: Antístenes fue el primero en escribir diálogos socráticos; le siguió Platón, mucho más joven y en abierta oposición al cínico, y hacia el 385, Jenofonte, que tal vez había leído lo publicado por Platón y conocía a Antístenes, decidió componer una serie de recuerdos, diálogos e ilustraciones de su «Defensa de Sócrates». Estas ilustraciones cubren el resto del libro I y todo el II de Recuerdos. Ambos libros están más conectados entre sí que el III y el IV. De I 3 a II 1 se estudian la eusébeia (piedad) y la enkráteia (autodisciplina). De II 2 a II 10 se discuten la gratitud y deberes con parientes y amigos, la obediencia a las leyes en I 2, los deberes de los hijos con los padres, las relaciones entre hermanos, y otros tópicos, que tendrán su exacta correspondencia en la Apología.
Sobre la posible deuda de Jenofonte hacia Platón en esta parte, se ha dicho que los pasajes sobre el arte regio y la felicidad en II 1, 17, son muy semejantes al Eutidemo (291b), pero sabemos que el arte regio era un lugar común de Antístenes, como puede verse por palabras puestas en boca suya en el Banquete de Jenofonte (IV 6). También las palabras que abren I 6, 14, sugieren con fuerza un pasaje del Lisis (211d), pero un sentimiento parecido le atribuye Epicteto a Sócrates (III 5, 14) y reaparece en Dión Crisóstomo (III 128). Ambas fuentes beben de los cínicos, con lo que volvemos a Antístenes.
Tenemos en los libro I y II una serie de conversaciones imaginarias que no demuestran precisamente que Jenofonte haya sido uno de los compañeros íntimos de Sócrates. Lo mismo puede decirse del contenido de los libros III y IV.
El libro III nos muestra a Sócrates conversando con distintos individuos sobre sus específicas ocupaciones o profesiones, está claro que forma una obra separada. Los siete primeros capítulos están unidos por el tema común del servicio civil y militar al Estado, pero en el capítulo 8 se pasa bruscamente al relato de un encuentro dialéctico entre Sócrates y Aristipo de Cirene en el que discuten sobre belleza y utilidad, y que termina con un discurso de Sócrates sobre el mismo tema. Siguen una serie de definiciones y conversaciones sobre distintos tópicos, así como los aforismos que completan los dos últimos capítulos, tratados a la manera cínica.
El relato de la conversación entre Sócrates y el joven Pericles pudo ocurrir en 411 a. C., y las ambiciones de Tebas parecen aludir al período de su supremacía después de la batalla de Leuctra (371 a. C.).
Las definiciones del capítulo IX no son ajenas a Sócrates, aunque Jenofonte también pudo inspirarse en las obras de Antístenes, cuyas opiniones coinciden con lo que aquí se dice. La doctrina del Sócrates jenofonteo de que nada es bueno si no es útil para algo está expuesta en el Hipias Mayor y en el Gorgias. También hay un pasaje parecido en Alcibíades I.
En el libro IV (excepto el capítulo 4, que es una interrupción sorprendente a una serie de diálogos) vemos cómo Sócrates enseña por distintos procedimientos una serie muy diversa de elevados conocimientos. Al final hay un sumario del libro que desmiente las opiniones de que muchas partes son espurias. La conclusión lógica es que se trata de una obra independiente, pues no alude a tópicos existentes en las partes anteriores de la colección. El tema es la educación (podría llamarse sistema educativo socrático). El estilo es muy distinto al de las partes precedentes, ya que es más completo y más elaborado. Este sistema educativo se expone a través de una serie de conversaciones con Eutidemo. El primer objetivo es hacer al hombre «prudente», es decir, disciplinar el carácter. El capítulo 4 trata de la justicia, identificada con la ley al dirigirse a Hipias. Ello nos recuerda la insistencia de Sócrates en obedecer a las leyes: «es justo lo que las leyes ordenan» (IV 6). El capítulo 5 nos lleva a la eficacia en el discurso y en la acción, cuyo secreto es el dominio de sí mismo.
En el capítulo 6 se reflejan opiniones del Sócrates histórico, muy mezcladas, como siempre, con las del propio Jenofonte. Lo mismo puede decirse de los párrafos 13-15, que pueden derivar del propio Sócrates, del Fedón o de otros diálogos platónicos. El capítulo 7 se refiere a las matemáticas, la astronomía y los puntos de vista de Sócrates sobre las mismas, pudiendo relacionarse con las Nubes y el Fedón.
El objetivo de Jenofonte en el libro IV es demostrar que el sistema educativo inculcado por Sócrates era el mejor posible; en cambio, es completamente contradictorio con el que el mismo Sócrates preconiza para los «guardianes» en la República de Platón.
LA ÉTICA DEL SÓCRATES JENOFONTEO
La filosofía presocrática había estudiado sobre todo el kósmos. Los sofistas, y Sócrates contemporáneamente con ellos, hicieron volver al hombre del mundo de los fenómenos materiales a la contemplación de su propia naturaleza interior. Los sofistas hicieron de la mente del hombre la medida de todas las cosas. Sócrates, que sabía bien los límites del conocimiento humano, empleó la mente individual como medio para un fin más elevado y buscó el «verdadero conocimiento» para los hombres líderes, separando lo esencial de lo que no lo es. Este verdadero conocimiento es el fin supremo del hombre (IV 5, 6) porque «el hombre no puede obrar sin saber lo que es bueno para él» (III 9, 4; IV 6, 6). El más alto conocimiento es también la más alta virtud, porque es necesario para todas las demás virtudes (III 9, 4, 5). Puesto que la virtud es una forma de conocimiento, puede y debe aprenderse, pero para que sea permanente debe practicarse continuamente (I 2, 19, 23; II 6, 39; III 9, 1 y sigs.). Sólo quien tiene conocimiento reconoce que el autocontrol es mejor que el libertinaje (I 5, 5; II 1, 19, 33; IV 5, 9); la sōphrosýne (no es muy diferente de la sophía en el Sócrates de Jenofonte) es impensable sin el conocimiento de uno mismo.
Toda virtud se identifica con el conocimiento cierto de lo que da verdadera utilidad. El bien (agathón) y la belleza (kalón) aparecen como sinónimos de lo útil (ōphélimon, lysitelés). Lo bueno en sí mismo, la idéa de bondad, es así desconocida para el Sócrates de Jenofonte.
Como la acción humana no puede actuar en todas partes, existen las leyes divinas (IV 19, 6, 3), que, aun no estando escritas, muestran claramente a los mortales lo que tienen que hacer y evitar en relación con los dioses; por otro lado tenemos las nómoi t
s póleōs, que regulan la actividad entre los seres humanos (IV 6, 6 y sigs.; IV 4, 16). Éstas no nos imponen deberes específicos, pero nos brindan amplia protección, hasta el punto de que es locura ser ciudadano del mundo y renunciar a pertenecer a un Estado concreto (II 1, 14 y sigs.). En tanto que las nómoi proporcionan las normas para una acción correcta, tò díkaion (lo justo) es sinónimo de tò nómimon (lo legal) (IV 4, 12, 6, 6). El último fin de todo esfuerzo es la felicidad (eudaimonía) (II 1, 33). Como resultado de un esfuerzo inteligente y recto, Sócrates la llama eupraxía, para distinguirla de la eutychía (III 9, 14).
La ética socrática, expuesta así a grandes rasgos, puso los cimientos sólidos sobre los que Platón edificaría posteriores estructuras.
CRÍTICA FILOLÓGICA Y EDICIONES
Algunos eruditos (Bergk, Schenkl y Hartman) la consideran como un resumen fragmentario de un original que incluiría el Económico y el Banquete. Otros creen que la obra original se amplió con la acción de varios editores y copistas. Krohn llega a rechazar toda la obra excepto cuatro capítulos y fragmentos de otros tres. Lincke reconoce como genuinos tres de los 39 capítulos. Un grupo más reciente de eruditos (Schanz, Dümmler y Joël) muestran una tendencia intermedia y Recuerdos parece recuperar su primera posición de aceptación como un retrato bastante fiable de Sócrates, aunque coloreado por el afecto de quien le conoció y apreció como maestro y amigo.
La primera edición de obras completas de Jenofonte es de 1525, en la imprenta de Aldo, en Venecia. De 1561 es la primera edición de los Recuerdos, a cargo de Estienne, en Génova. En 1564, publica Johann Löwenclau (Leunklavius) su edición latina Xenophontis Opera Omnia y pone por primera vez el nombre de Memorabilia a lo que hasta entonces se había llamado Apomnēmoneúmata (Recuerdos) Sokrátous.
La Ed. Maior de Teubner es de C. Hude, 1934, Leipzig. Antes, en 1900, E. C. Marchant había publicado las Obras completas en Oxford. El mismo autor editó en Londres un texto con traducción inglesa en 1979. Los principales manuscritos son el Parisinus A 1302, del siglo XIII, que sólo contiene los libros I y II; el Parisinus B 1740, del siglo XIV; el Parisinus C 1642; y el D 1643, del siglo XIII.
BIBLIOGRAFÍA
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LIBRO I
A menudo me he preguntado sorprendido con qué razones [1] pudieron convencer a los atenienses quienes acusaron1 a Sócrates de merecer la muerte a los ojos de la ciudad. Porque la acusación pública formulada contra él decía lo siguiente: «Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses en los que cree la ciudad, introduciendo, en cambio, nuevas divinidades. También es culpable de corromper a la juventud»2.
En cuanto al primer punto, que no reconocía a los dioses [2] que reconoce la ciudad, ¿qué prueba utilizaron? Porque era evidente que hacía frecuentes sacrificios en su casa, los hacía a menudo también en los altares públicos de la ciudad, y tampoco era un secreto que utilizaba la adivinación. Se había divulgado, en efecto, que Sócrates afirmaba que la divinidad3 le daba señales, que es la razón fundamental por la que yo creo que le acusaron de [3] introducir divinidades nuevas. Pero nada introducía más nuevo que otros que por creer en un arte adivinatoria utilizan pájaros, voces, signos y sacrificios. Ya que estas personas suponen no que los pájaros o los encuentros fortuitos saben lo que conviene a los consultantes, sino que los dioses se lo manifiestan a través de ellos, y Sócrates también lo [4] creía así. Sin embargo, la mayoría de las personas dicen que los pájaros y los encuentros4 les disuaden y les estimulan, pero Sócrates lo decía como lo pensaba, o sea, que la divinidad le daba señales, y aconsejaba a muchos amigos suyos que hicieran unas cosas y no hicieran otras, según las indicaciones de la divinidad, y les iba bien a quienes le creían, pero los que no le creían se arrepentían. [5] Como quiera que sea, ¿quién se negaría a reconocer que él no deseaba pasar por necio ni por impostor ante sus amigos? Habría pasado por ambas cosas si, después de anunciarse como mensajero de la divinidad, hubiera resultado falso. Por ello es evidente que no lo habría anunciado si no hubiera creído que decía la verdad. Y en tales asuntos, ¿quién se fiaría de otro ser sino de un dios? Y fiándose de los dioses, ¿cómo no iba a creer que los dioses existen?
Pero también trataba a sus amigos de la siguiente manera: [6] en los asuntos inevitables, aconsejaba actuar como creía que tendría mejor resultado, y en cuanto a los de resultado incierto, les enviaba a consultar al oráculo para saber lo que debían hacer. Decía que quienes se disponen [7] a gobernar correctamente casas y ciudades necesitaban la adivinación, pues creía que llegar a ser carpintero, herrero, labrador, gobernante de hombres, experto en tales actividades, contable, administrador o comandante militar, todas son enseñanzas asequibles a la inteligencia humana. Pero lo más importante de estas actividades, decía, se lo [8] han reservado los dioses para ellos y no dejan ver nada a los hombres. Porque ni el que hace una buena siembra sabe quién recogerá la cosecha, ni el que construye bien una casa sabe quién la habitará, ni para el general está claro si su mando es útil, ni sabe el político si conviene que esté al frente del Estado, ni el que se casa con una bella mujer para disfrutar de ella sabe si por su culpa se sentirá desgraciado, ni quien ha conseguido parientes influyentes en la ciudad sabe si por culpa de ellos no se verá privado de la ciudadanía. Pero quienes creían que ninguna [9] de estas cuestiones compete a la divinidad, sino que son propias de la razón humana, decía que estaban locos, como por locos tenía también a quienes consultaban el oráculo sobre materias que los dioses concedieron a los hombres para que aprendieran a decidir (como, por ejemplo, si alguien preguntara si es mejor contratar como cochero a uno que sepa conducir o a uno que no sepa5, o si es preferible contratar como piloto de una nave a un experto o a uno que no lo sea) o lo que se puede saber con la ayuda del cálculo, de la medida o del peso: consideraban como una impiedad consultar tales cosas a los dioses. Decía que se debe aprender lo que los dioses concedieron aprender a hacer, pero lo que está oculto a los mortales debemos intentar averiguarlo por medio de los dioses, pues los dioses dan señales a quienes les resultan propicios.
[10] Por lo demás, Sócrates siempre estaba en público. Muy de mañana iba a los paseos y gimnasios, y cuando la plaza estaba llena6, allí se le veía, y el resto del día siempre estaba donde pudiera encontrarse con más gente. Por lo general, hablaba, y los que querían podían escucharle. [11] Nadie vio nunca ni oyó a Sócrates hacer o decir nada impío o ilícito. Tampoco hablaba, como la mayoría de los demás oradores, sobre la naturaleza del universo7, examinando en qué consiste lo que los sofistas llaman kósmos y por qué leyes necesarias se rige cada uno de los fenómenos celestes, sino que presentaba como necios a quienes [12] se preocupan de tales cuestiones. En primer lugar investigaba si tales individuos, por creer saber suficientemente las cosas humanas, se dedicaban a preocuparse de lo referente a aquellas otras, o si, dejando de lado los problemas humanos e investigando lo divino, creían hacer lo que es [13] conveniente. Se sorprendía de que no vieran con claridad que los hombres no pueden solucionar tales enigmas, ya que incluso quienes más orgullosos están de su discurso sobre estos temas no tienen entre sí las mismas opiniones, sino que se comportan entre ellos como los locos. Entre [14] los locos, en efecto, unos no temen ni siquiera lo temible, otros temen incluso lo no temible, unos creen que ni siquiera en público es vergonzoso decir o hacer cualquier cosa, otros creen que ni siquiera pueden aparecer entre la gente, unos no respetan santuario, ni altar, ni ninguna cosa divina, mientras que otros veneran piedras, el primer trozo de madera que encuentran y los animales. Y en cuanto a los que cavilan sobre la naturaleza del universo, unos creen que el ser es uno solo8, otros que es infinito en número9, unos piensan que todo se mueve10, otros que nada se mueve nunca11, unos que todo nace y perece12, otros que nada nace ni va a perecer13. También examinaba sobre [15] estos temas si, de la misma manera que los que han aprendido la naturaleza humana creen que podrán aplicar lo que han aprendido en beneficio de sí mismos o de cualquier otro que lo desee, así también los que investigan las cosas divinas esperan, una vez que sepan por qué leyes necesarias se produce cada cosa, poder aplicar, cuando lo deseen, vientos, aguas, estaciones y cualquier otra cosa de éstas que necesiten. O bien si no esperan nada de ello y les basta saber simplemente cómo se produce cada uno de estos fenómenos. Esto es lo que decía de quienes se entrometen [16] en tales cuestiones. En cambio, él siempre conversaba sobre temas humanos, examinando qué es piadoso, qué es impío, qué es bello, qué es justo, qué es injusto, qué es la sensatez, qué cosa es locura, qué es valor, qué cobardía, qué es ciudad, qué es hombre de Estado, qué es gobierno de hombres y qué un gobernante, y sobre cosas de este tipo, considerando hombres de bien a quienes las conocían, mientras que a los ignorantes creía que con razón se les debía llamar esclavos.
[17] No es sorprendente que los jueces se equivocaran en las cuestiones en las que no era público cómo pensaba, pero en lo que todo el mundo sabía ¿no es extraño que [18] no se pararan a reflexionarlo? En efecto, en una ocasión en que era consejero14 y había prestado juramento como tal, para cumplir con su cargo de acuerdo con las leyes, le correspondió presidir la asamblea cuando el pueblo quiso condenar a muerte ilegalmente con una sola votación a los nueve generales, entre los que se encontraban Trasilo y Erasínides, y él se negó a proceder a la votación, a pesar de que la asamblea se irritó contra él y aunque muchas personas influyentes le amenazaban. Tuvo para él más valor mantener su juramento que congraciarse con el pueblo contra toda justicia y protegerse de las amenazas. [19] Y es que estaba convencido de que los dioses se preocupan de los seres humanos, pero no como la masa cree. Pues ésta piensa que los dioses saben unas cosas y otras no, mientras que Sócrates creía que los dioses lo saben todo, lo que se dice, lo que se hace y lo que se debate en secreto, que están presentes en todas partes y que dan señales a los hombres en todos los problemas de los hombres15.
Por ello me sorprende que los atenienses se dejaran convencer [20] de que Sócrates no tenía una opinión sensata sobre los dioses, a pesar de que nunca dijo o hizo nada impío, sino que más bien decía y hacía respecto a los dioses lo que diría y haría una persona que fuera considerada piadosísima.
También me parece sorprendente que algunos se dejaran [2] convencer de que Sócrates corrompía a los jóvenes, un hombre que, además de lo que ya se ha dicho, era en primer lugar el más austero del mundo para los placeres del amor y de la comida, y en segundo lugar durísimo frente al frío y el calor y todas las fatigas; por último, estaba educado de tal manera para tener pocas necesidades que con una pequeñísima fortuna tenía suficiente para vivir con mucha comodidad16. ¿Cómo entonces una persona así habría [2] podido hacer impíos a otros o delicuentes, glotones o lujuriosos, o blandos frente a las fatigas? Más bien apartó a muchos de estos vicios haciéndoles desear la virtud e infundiéndoles la esperanza de que cuidándose de sí mismos llegarían a ser hombres de bien. Aun así, nunca se [3] las dio de maestro en estas materias, pero poniendo en evidencia su manera de ser hizo nacer en sus discípulos17 la esperanza de que imitándole llegarían a ser como él. [4] Por lo demás, nunca descuidó su cuerpo, y reprochaba su descuido a los que se abandonaban. Así, desaprobaba el comer en demasía para hacer un trabajo excesivo, pero aceptaba trabajar proporcionalmente a lo que el espíritu admite de buen grado, pues decía que este régimen es suficientemente [5] sano y no estorba el cuidado del alma. Tampoco era afectado ni presumido en el vestir ni en el calzar, ni en su régimen de vida en general. Nunca fomentaba la codicia en sus discípulos, pues además de liberarles de otras apetencias no intentó cobrar dinero a los que deseaban su [6] compañía. Rodeándose de esta abstención pensaba que aseguraba su libertad. En cambio, a los que aceptaban un salario por su conversación les acusaba de venderse como esclavos, porque se obligaban a conversar con aquellos de [7] quienes recibían dinero. Se sorprendía de que hiciera dinero uno que predicaba la virtud, en vez de pensar que la mayor ganancia era adquirir un buen amigo, como si temiera que el que llegó a convertirse en hombre de bien no fuera a sentir el mayor agradecimiento hacia quien le [8] había hecho el mayor favor. Sócrates nunca hizo tal ofrecimiento a nadie, pero tenía confianza en que los discípulos que aceptaban las recomendaciones que él les hacía serían para él y entre sí buenos amigos para toda la vida. ¿Cómo habría podido entonces un hombre así corromper a la juventud? A no ser que el cuidado de la virtud sea corrupción.
[9] Pero, ¡por Zeus!, decía su acusador18, Sócrates inducía a sus discípulos a despreciar las leyes establecidas, cuando afirmaba que era estúpido nombrar a los magistrados de la ciudad por el sistema del haba19, siendo así que nadie querría emplear un piloto elegido por sorteo, ni un constructor, ni un flautista, ni a cualquier otro artesano, a pesar de que los errores cometidos por ellos hacen mucho menos daño que los fallos en el gobierno de la ciudad. Tales argumentos, afirmaba el acusador, impulsan a los jóvenes a despreciar la constitución establecida y los hacen violentos. Yo, en cambio, opino que los que practican [10] la prudencia y se consideran capaces de dar enseñanzas útiles a los ciudadanos son los que resultan menos violentos, porque saben que las enemistades y los peligros son propios de la violencia, mientras que con la persuasión se consiguen las mismas cosas sin peligro y con amistad. Los violentados, en efecto, nos odian como si fuéramos ladrones, mientras que los persuadidos sienten estima como si se les hubiera hecho un favor. Por consiguiente, emplear la violencia no es propio de quienes practican la prudencia, sino de quienes poseen la fuerza sin la razón. Además, [11] el que se arriesga a la violencia necesita muchos valedores, mientras que quien puede persuadir no necesita ninguno, pues él solo cree que es capaz de convencer. En absoluto se les ocurre a tales individuos el asesinato, porque ¿quién preferiría matar a alguien antes de tener vivo a un seguidor convencido?
Pero, decía su acusador, al menos dos contertulios que [12] tuvo Sócrates, Critias y Alcibíades20, hicieron muchísimo daño a la ciudad. Pues Critias fue el más ladrón y violento de cuantos ocuparon el poder en la oligarquía, y Alcibíades, por su parte, fue el más disoluto e insolente de los [13] personajes de la democracia. Por mi parte, no voy a defenderles, si estos dos hicieron algún daño a la ciudad, pero explicaré su relación con Sócrates tal como ocurrió. [14] Estos dos hombres fueron por naturaleza los más ambiciosos de todos los atenienses, querían que todo se hiciera por mediación de ellos y llegar a ser más famosos que nadie. Sabían que Sócrates con poquísimo dinero vivía en tal independencia, que era muy morigerado en todos los placeres y que a cuantos conversaban con él los manejaba [15] con sus razonamientos como quería. Al darse cuenta los dos de ello y siendo como hemos dicho antes, ¿podría decir alguien que aspiraban a la compañía de Sócrates deseando participar de la vida moderada que llevaba, o porque creían que si trataban con él llegarían a ser capacitadísimos en el arte de hablar y obrar? Porque, por mi parte, creo que si un dios les hubiera propuesto vivir toda su vida [16] como veían vivir a Sócrates o morir, ambos habrían preferido más bien morir. Con su conducta se pusieron en evidencia, pues tan pronto como se consideraron superiores a sus compañeros, se apartaron de Sócrates y se dedicaron a la política, que es la razón por la que le buscaron.
[17] Tal vez alguien podría objetar que Sócrates debió enseñar a sus discípulos la prudencia antes que la política. Contra ello yo no tengo nada que decir, pero veo que todos los maestros muestran a sus discípulos de qué manera hacen lo que enseñan y los conducen por medio de la palabra. Sé que también Sócrates se mostraba a sus discípulos [18] como un hombre de bien y como tal dialogaba bellísimamente sobre la virtud y las otras cualidades humanas. También sé que ellos dos fueron prudentes mientras estuvieron con Sócrates, no por temor a ser sancionados o azotados, sino porque realmente creían entonces que lo mejor era obrar así.
Tal vez muchos de los que se llaman filósofos podrían [19] objetar que un hombre justo nunca puede volverse injusto ni el prudente hacerse insolente, ni en ninguna otra cosa objeto de aprendizaje puede nunca el que ha aprendido algo llegar a ser ignorante de ello. Yo en este punto no estoy de acuerdo21, pues veo que de la misma manera que los que no han entrenado sus cuerpos son incapaces de hacer actividades corporales, así, tampoco las actividades del espíritu son posibles para quienes no han ejercitado su espíritu, pues no pueden hacer lo que deben hacer ni abstenerse de lo que deben evitar. Por ello procuran los [20] padres mantener a sus hijos, aunque sean prudentes, apartados de los hombres perversos, en la idea de que el trato con los buenos es un ejercicio de virtud y el trato con los malos es su ruina. Lo testimonia el poeta que dice:
De los buenos aprenderás cosas buenas, pero si te mezclas con los malos, perderás hasta el entendimiento que tengas22.
Y el que afirma:
Un hombre bueno, unas veces es cobarde y otras valiente.
Yo mismo soy un testimonio para ellos, pues veo que lo [21] mismo que los poemas en verso se olvidan si no se practican, así, también los discursos instructivos pasan al olvido si no se ejercitan. Cuando se olvidan discursos didácticos, pasa al olvido también la experiencia que siente el alma cuando desea la prudencia, y si se olvida aquélla, no es de extrañar que se olvide también la misma prudencia. [22] Veo también que los que se dan a la bebida o se revuelven en los placeres carnales tienen menos capacidad para ocuparse de lo necesario y para abstenerse de lo que no tienen que hacer. Pues muchos que podían ahorrar dinero antes de enamorarse, cuando se enamoran ya no pueden, y una vez que han derrochado el dinero dejan de renunciar a lucros que antes evitaban por considerarlos vergonzosos. [23] Siendo así, ¿cómo no va a ser posible que uno que antes era moderado pierda la moderación, y que quien antes era capaz de obrar con justicia luego no sea capaz? Yo, por mi parte, pienso que todo lo honroso y bueno es susceptible de entrenamiento, especialmente la prudencia, pues implantados en el mismo cuerpo conjuntamente con el alma, los placeres tratan de convencerla para que abandone la prudencia y se apresure a darles gusto a ellos y al cuerpo.
[24] Efectivamente, mientras estuvieron con Sócrates, Critias y Alcibíades pudieron dominar sus malas pasiones utilizándole como aliado, pero una vez que se apartaron de él, Critias huyó a Tesalia y allí se reunió con hombres que anteponían la ilegalidad a la justicia, mientras que Alcibíades, acosado a causa de su belleza por una multitud de mujeres distinguidas, se vio corrompido por una gran cantidad de personajes poderosos debido a su influencia en la ciudad y entre los aliados. Honrado por el pueblo sin que le costara ningún esfuerzo destacar, lo mismo que los atletas que consiguen fácilmente ser los primeros en los certámenes gimnásticos y descuidan su entrenamiento, así, [25] también él se descuidó de sí mismo. Al juntarse en ellos dos estas circunstancias, hinchados de orgullo por su estirpe, ufanos de su riqueza, envanecidos por su influencia, enervados por las muchas adulaciones, corrompidos por todas estas circunstancias y largo tiempo separados de Sócrates, ¿qué tiene de extraño que se volvieran tan soberbios? Además, si cometieron algún delito, ¿ha de culpar de ello [26] el acusador a Sócrates? ¿No le parece al acusador que es digno de elogio el hecho de que siendo jóvenes, cuando es lógico que fueran más insensatos e intemperantes, Sócrates los hiciera discretos? Sin embargo, no se juzga así en general. Porque ¿qué flautista, qué citarista, qué otro [27] maestro será considerado culpable si, después de formar a sus discípulos, éstos se van con otros maestros y se adocenan? ¿Qué padre, si su hijo alterna con un amigo y se hace sensato, y luego con otro se hace malo, acusará al primero? ¿No elogia tanto más al primero cuanto peor se haya vuelto con el segundo? Ni siquiera los propios padres que conviven con sus hijos, cuando éstos se descarrían, se consideran responsables, si ellos mismos siguen llevando una vida moderada. Así sería justo juzgar a Sócrates. Si [28] él mismo cometía alguna mala acción, podía lógicamente ser considerado perverso, pero si pasó su vida siendo prudente, ¿cómo podría en justicia ser responsable de una maldad que no tenía?
Pero si, aun no haciendo nada perverso él mismo, aprobara [29] las malas acciones que les viera cometer, con razón sería objeto de censura. Pues bien, al tratarse en cierta ocasión de que Critias estaba enamorado de Eutidemo23 y trataba de aprovecharse de él como los que se aprovechan de los cuerpos para los placeres amorosos, intentaba apartarle diciendo que era indigno de un hombre libre e impropio de un hombre de bien requerir al enamorado, a cuyos ojos deseaba parecer muy digno, suplicando y pidiendo como los mendigos una limosna que encima no es [30] buena. Y como Critias no atendía tales sugerencias ni se dejaba convencer, se dice que Sócrates en presencia de otros muchos y del propio Eutidemo dijo que le parecía que a Critias le ocurría lo que a los cerdos, porque estaba deseando rascarse contra Eutidemo como los cerdos contra [31] las piedras. Desde entonces, Critias odiaba a Sócrates, hasta el punto que, cuando llegó a ser uno de los Treinta y redactor de leyes24 con Caricles, se acordó de él y entre las leyes dictó una prohibiendo enseñar el arte de la palabra, tratando así de insultar a Sócrates sin tener por donde cogerle, más que atribuyéndole lo que la mayoría echa en cara a los filósofos25, y calumniarlo ante la multitud. Porque ni yo mismo oí nunca tal cosa a Sócrates ni supe de [32] ningún otro que lo dijera. Pero la verdad se puso en evidencia, porque, cuando los Treinta condenaron a muerte a un gran número de ciudadanos de los más respetables e impulsaban a muchos al delito, Sócrates dijo que le parecería sorprendente que un pastor de vacas26 que hiciera menguar y empeorar su ganado no reconociera que era un mal vaquero, pero más sorprendente todavía que un político que hiciera menguar y empeorar a los ciudadanos no se avergonzara ni reconociera que era un mal gobernante. Cuando les llegó esta observación, Critias y Caricles mandaron [33] llamar a Sócrates, le mostraron la ley y le prohibieron dirigirse a los jóvenes. Entonces preguntó Sócrates si podía pedir una aclaración en el caso de no haber entendido algún punto de las normas. Ellos respondieron que sí. [34] «Pues bien», dijo Sócrates, «estoy dispuesto a obedecer las leyes, pero para no infringirlas por ignorancia, sin darme cuenta, quiero saber con claridad una cosa de vosotros, si creéis que el arte de la palabra del que me mandáis abstenerme es el del razonamiento correcto o el del razonamiento incorrecto. Porque si se trata del razonamiento correcto, es evidente que habría que abstenerse de hablar correctamente, y si es del incorrecto, está claro que hay que intentar hablar correctamente».
Entonces, Caricles, irritándose, le dijo: [35]
— Puesto que eres un ignorante, Sócrates, te hacemos una prohibición que es más fácil de entender: te prohibimos terminantemente hablar con los jóvenes.
Y Sócrates:
— Entonces, para que no haya ninguna duda de que no hago nada fuera de lo prohibido, precisadme hasta cuántos años hay que considerar jóvenes a los hombres.
Caricles dijo:
— En tanto no pueden pertenecer al Consejo por no ser todavía juiciosos. No hables con personas más jóvenes de treinta años.
— Y en el caso de que quiera comprar algo, si el vendedor [36] no tiene aún treinta años, ¿puedo preguntarle cuánto pide?
— Eso sí, dijo Caricles. Es que tú, Sócrates, tienes la costumbre de preguntar cosas que en su mayoría ya sabes cómo son. Esto es lo que no debes preguntar.
— En ese caso, dijo, ¿no debo responder si algún joven me pregunta algo que yo sé, por ejemplo dónde vive Caricles o dónde está Critias?
— Eso al menos sí, dijo Caricles.
[37] Y Critias dijo:
— En cambio tendrás que abstenerte de los zapateros, carpinteros y herreros27, pues creo que ya los tienes desgastados y ensordecidos.
— Entonces, dijo Sócrates, ¿pasa lo mismo también con lo que les atañe, lo justo, lo piadoso y otras cosas por el estilo?
— Sí, por Zeus, exclamó Caricles, y también con los vaqueros, pues de lo contrario procura no menguar tú también las vacas.
[38] Así quedaba en evidencia que les habían contado el cuento de las vacas y estaban indignados con Sócrates.
Queda dicho con ello cuál era la amistad entre Critias [39] y Sócrates y cuáles sus mutuas relaciones. Yo añadiría que no hay educación posible recibida de un maestro que no agrada. Ahora bien, todo el tiempo que alternaron con él, Critias y Alcibíades no tuvieron relaciones con Sócrates porque Sócrates les agradara, sino que desde el mismo principio toda su ambición iba dirigida al gobierno de la ciudad, y mientras estaban con él, sólo intentaban conversar [40] con los más destacados políticos. Así se cuenta que Alcibíades, cuando aún no tenía veinte años, mantuvo con Pericles, que era su tutor y estaba al frente de la ciudad, la siguiente conversación sobre las leyes:
[41] — Dime, Pericles, ¿podrías explicarme qué es una ley?
— Sin duda, respondió Pericles.
— ¡Enséñamelo, por los dioses!, dijo Alcibíades. Pues cuando yo oigo que se alaba a algunas personas que respetan las leyes, pienso que no debería recibir en justicia este elogio uno que no sabe qué es una ley.
— No deseas nada difícil, Alcibíades, dijo Pericles, [42] cuando quieres saber qué es una ley. Porque son leyes todo lo que el pueblo reunido en asamblea y mediante acuerdo ha decretado, diciendo lo que se debe hacer y lo que no.
— ¿En el sentido de que se debe hacer lo bueno o lo malo?
— Lo bueno, por Zeus, muchacho, no lo malo.
— Y si no es el pueblo, sino que, como ocurre en la [43] oligarquía, unos pocos reunidos decretan lo que hay que hacer, ¿qué es esto?
— Todo cuanto el poder deliberante de la ciudad decide que hay que hacer se llama ley.
— Pero si un tirano que domina la ciudad decreta lo que deben hacer los ciudadanos, ¿también eso es ley?
— También lo que el tirano en el ejercicio del gobierno decreta, también eso se llama ley.
— ¿Qué es entonces la violencia y la ilegalidad, Pericles? [44] ¿No es cuando el más fuerte obliga al más débil, sin persuadirle, a hacer lo que a él le parece?
— Al menos es lo que yo creo, dijo Pericles.
— Entonces, cuantas acciones obliga a hacer un tirano, sin persuadir a los ciudadanos, ¿es ilegalidad?
— Yo creo que sí, dijo Pericles, y en ese caso retiro lo de que es ley cuanto ordena un tirano prescindiendo de la persuasión.
— Y lo que unos pocos decretan sin convencer a la mayoría, [45] sino porque tienen la fuerza, ¿diremos que es violencia o lo negaremos?
— Yo creo que todo lo que uno obliga a hacer a alguien sin convencerle, tanto si lo decreta como si no, es violencia más que ley, dijo Pericles.
— Entonces, lo que la multitud en pleno, ejerciendo su poder sobre los que tienen dinero, decreta sin utilizar la persuasión, sería más violencia que ley.
[46] — Verdaderamente, Alcibíades, dijo Pericles, también nosotros cuando teníamos tu edad éramos muy agudos en estas cuestiones, pues nos ejercitábamos haciendo sofismas como los que me parece que tú ahora estás practicando.
Dicen que Alcibíades respondió a esto:
— ¡Ojalá me hubiera relacionado contigo, Pericles, cuando estabas en la cumbre de tu agudeza!
[47] Pues bien, tan pronto como creyeron ser superiores a los políticos dirigentes de la ciudad, ya no se acercaron más a Sócrates, porque, aparte de que no le tenían simpatía, cada vez que se acercaban a él les molestaba que les examinara de los errores que cometían. Se dedicaron a la política, que era la razón por la que habían acudido a Sócrates. [48] En cambio, Critón era un compañero de Sócrates, como Querefonte, Querécrates, Hermógenes, Simias, Cebes, Fedondas28 y otros que se reunían con él, no para convertirse en oradores de la asamblea o judiciales, sino para llegar a ser hombres de bien y poder tener una buena relación con su familia, con el servicio, sus parientes y amigos, con la ciudad y sus conciudadanos. Y ninguno de ellos, ni de joven ni de mayor, hizo mal alguno ni incurrió en ninguna acusación.
[49] Pero Sócrates, decía el acusador, enseñaba a ultrajar a los padres29, persuadiendo a sus amigos de que los hacía más sabios que sus padres, afirmando que, según la ley, podían incluso atar a su padre convicto de locura, empleando como argumento que era lícito que el más sabio encadenara al más ignorante. En realidad, Sócrates creía que [50] quien encadenaba a otro por ignorancia, él mismo debería en justicia ser encadenado por los que saben lo que él mismo no sabe. Por este motivo, con frecuencia examinaba en qué se diferencia la ignorancia de la locura y consideraba el que los locos fueran atados como algo conveniente para ellos mismos y para sus amigos, y que los que ignoraban las cosas necesarias era justo que las aprendieran de quienes las sabían. Pero Sócrates, decía el acusador, hacía [51] que no sólo los padres sino también los otros allegados fueran despreciados por los que trataban con él afirmando que ni a los enfermos ni a los encausados les sirven de ayuda sus parientes, sino los médicos a los primeros y a los otros los que saben defender en un juicio. Decía también [52] de los amigos que su benevolencia no sirve de nada, a no ser que puedan ser útiles. Únicamente merecen consideración, decía, los que saben lo necesario y son capaces de explicarlo. Y así, como trataba de convencer a los jóvenes de que él era el más sabio y también el más capaz de hacer sabios a los otros, disponía de tal manera a sus adeptos que entre ellos los demás no eran nada en comparación [53] con él.
Ahora bien, yo sé que empleaba este lenguaje refiriéndose a los padres, a los demás parientes y amigos. Y a esto añadía que cuando ha salido el alma, única sede de la inteligencia, sacan cuanto antes el cuerpo, aunque sea el más querido, y lo hacen desaparecer. Decía que todo [54] hombre, mientras vive, aparta personalmente de su propio cuerpo, que estima sobre todas las cosas, y se lo da a otro, lo que considera innecesario e inúltil. Se deshacen de sus propias uñas, sus cabellos, los callos, se dejan sajar y quemar por los médicos entre sufrimientos y dolores y creen que, en agradecimiento, incluso deben pagar honorarios. Escupen la saliva de la boca lo más lejos que pueden, porque dentro no les sirve de nada, sino que más bien les [55] perjudica. Ahora bien, cuando decía esto no estaba dando lecciones para enterrar al padre vivo o automutilarse, sino tratando de explicar que lo absurdo es indigno de estima, y exhortaba a preocuparse para ser lo más razonable y útil posible, con el fin de que, si alguien quiere tener la consideración de su padre o de otro cualquiera, no debe descuidarse confiando en el parentesco, sino que debe intentar ser útil a aquellos cuya estima desea.
[56] También decía el acusador que Sócrates había seleccionado los pasajes más perversos de los poetas más ilustres, y, empleándolos como testimonio, enseñaba a sus discípulos a ser malvados y despóticos. De Heródoto citaba lo de que
El trabajo no es ninguna vergüenza, la ociosidad es vergüenza30.
El acusador pretendía que Sócrates citaba este verso haciendo ver que el poeta exhorta a no abstenerse de ningún trabajo, ni injusto ni vergonzoso, sino a hacer también [57] éstos con vistas a la ganancia. Pero aunque Sócrates había reconocido que el ser trabajador es útil y bueno para el hombre y ser vago es perjudicial y malo, o sea, que el trabajo es una bendición y la ociosidad una desgracia, también decía que trabajan los que hacen algo bueno y son buenos trabajadores, mientras que a los que juegan a los dados o realizan alguna otra ocupación mala o sancionable los llamaba vagos. En este sentido podría ser correcto el verso de que
El trabajo no es ninguna vergüenza, la ociosidad es vergüenza.
De Homero afirmaba el acusador que Sócrates citaba [58] con frencuencia aquel pasaje en el que muestra cómo Ulises31
Cada vez que encontraba a un rey y a un hombre distinguido, colocado ante él lo detenía con palabras suaves:
Ilustre, no está bien que sientas miedo como un cobarde, Antes bien, siéntate y haz que los pueblos se sienten. Pero cuando veía a un hombre del pueblo y lo encontraba gritando, golpeábale con el cetro y le increpaba con palabras:
¡Desdichado!, siéntate en silencio y escucha las palabras de otros que son más poderosos que tú. Tú eres pacífico y débil, no cuentas en la guerra ni en el consejo.
Decía que explicaba este pasaje dando a entender que el poeta elogiaba el que se golpeara a los hombres pobres del pueblo. Pero Sócrates no quería decir tal cosa, porque [59] en otro caso habría pensado que él mismo debía ser golpeado. Decía más bien que las personas que no son útiles ni de palabra ni de obra, incapaces de ayudar al ejército, a la ciudad y al propio pueblo en caso necesario, sobre todo si encima son atrevidos, deben ser castigados por todos los medios, por muy ricos que sean32. Sócrates, por el contrario, era evidentemente un hombre popular y amigable, pues a pesar de tener numerosos discípulos, extranjeros [60] y ciudadanos, nunca sacó dinero de este trato, sino que a todos les hacía partícipes de sus bienes con prodigalidad. Algunos de ellos, después de recibir de él gratis algunas cosas insignificantes, las vendieron a buen precio a otros y no se mostraron como él amigos del pueblo, sino que [61] se negaban a tratar con quienes no tenían dinero. De modo que Sócrates ante los ojos de todo el mundo fue orgullo de la ciudad, mucho más que Licas lo fue para Esparta, y se hizo famoso por ello. Porque Licas recibía en su mesa a los extranjeros que acudían a Esparta en las Gimnopedias33, y Sócrates, en cambio, a lo largo de toda su vida fue generoso con su hacienda y prestó los mayores servicios a todos los que lo deseaban, pues despedía perfeccionados a los que acudían a él.
[62] En mi opinión, Sócrates con su manera de ser era más digno del respeto de la ciudad que de muerte. A esta conclusión llegaría quien lo examinara desde el punto de vista legal. Según las leyes, si alguien es convicto de ladrón, robavestidos, cortabolsas, rompeparedes, traficante de esclavos o saqueador de templos, su castigo es la pena de muerte. Pero nadie más alejado de estos crímenes que Sócrates. Nunca fue culpable ante la ciudad ni de una guerra desastrosa, [63] ni de una revuelta o una traición ni ningún otro daño. Tampoco en privado sustrajo bienes a nadie, ni le complicó en algún mal ni fue nunca acusado de alguno de los crímenes citados. En ese caso, ¿cómo se le podría [64] implicar en la acusación? Un hombre que en vez de no creer en los dioses, como estaba escrito en la acusación, era evidente que rendía culto a los dioses más que nadie, y que en vez de corromper a la juventud, como le echaba en cara el acusador, era indudable que reprimía las malas pasiones de sus discípulos y los inclinaba a desear la más bella y más magnífica de las virtudes, por la que se gobiernan a la perfección ciudades y casas. Y si hacía tales cosas, ¿cómo podría no ser digno del mayor honor ante los ojos de la ciudad?
Y ahora, como Sócrates me parecía que ayudaba a sus [3] discípulos, unas veces mediante acciones que mostraban su manera de ser y otras dialogando con ellos, voy a presentar por escrito todos los ejemplos que recuerdo de ello. En lo que se refiere a los dioses, hablaba y actuaba evidentemente de acuerdo con las respuestas de la Pitia a los que preguntaban cómo se debe proceder en materia de sacrificios, el culto a los antepasados o sobre alguna otra cosa de este tipo. La respuesta de la Pitia, en efecto, es que se obra piadosamente si se actúa de acuerdo con las leyes de la ciudad. Sócrates procedía de esta manera y lo recomendaba a los otros, pero consideraba indiscretos y necios a los que obraban de otra manera. Pedía simplemente a [2] los dioses que le concedieran bienes, en la idea de que los dioses saben perfectamente cuáles son tales bienes: creía que quienes piden oro, plata, poder absoluto, o alguna otra cosa parecida, no piden nada distinto de una jugada de dados, una batalla o cualquier otra cosa cuyo resultado [3] sea evidentemente incierto34. Y cuando ofrecía sacrificios modestos, según sus modestas posibilidades, no creía quedar por debajo de quienes con grandes fortunas ofrecen numerosos y magníficos sacrificios. Porque ni estaría bien que los dioses se mostraran más complacidos con grandes sacrificios que con sacrificios pequeños (pues a menudo les resultarían más gratas las ofrendas de los malvados que la de los buenos), ni para los hombres valdría la pena vivir si las ofrendas de los malvados fueran más gratas a los dioses que las de los buenos. Por el contrario, Sócrates creía que los dioses se complacían más con los homenajes de las personas más piadosas, y elogiaba la siguiente sentencia:
En la medida de tus fuerzas, haz sacrificios a los dioses inmortales35
Decía que «en la medida de tus fuerzas» era una hermosa recomendación tanto con los amigos como con los enemigos [4] y en las circunstancias de la vida en general. Si le parecía que le venía alguna señal de los dioses, se habría dejado convencer para obrar contra sus indicaciones menos que si alguien hubiera tratado de convencerle de que contratara para un viaje a un guía ciego o que no conociera el camino, en vez de uno que viera y lo supiera. Acusaba de locura a cuantos hacen algo contra las señales de los dioses tratando de protegerse de la impopularidad humana. Él, en cambio, despreciaba todas las opiniones humanas comparadas con el consejo de la divinidad.
En cuanto al régimen de vida, había educado su espíritu [5] y su cuerpo de tal manera que podía vivir con confianza y seguridad, si no ocurría nada extraordinario, sin carecer de recursos para tan pocos gastos. Era, en efecto, tan frugal que no sé si alguien habría podido trabajar tan poco como para cobrar lo que le bastaba a Sócrates. Sólo comía lo necesario para comer a gusto y se dirigía a las comidas dispuesto de tal modo que el apetito le servía de golosina. En cuanto a la bebida, toda le resultaba agradable, porque no bebía si no tenía sed. Y si alguna vez le invitaban y [6] se mostraba dispuesto a acudir a una cena, lo que para la mayoría es más difícil, es decir, evitar llenarse hasta la saciedad, él lo resistía con la mayor facilidad. Y a los que no podían seguir esta conducta les aconsejaba evitar los aperitivos que empujan a comer sin tener hambre y a beber sin tener sed, porque aseguraba que alteran el estómago, la cabeza y el alma. Y añadía en broma que él creía [7] que Circe convertía a la gente en cerdos36 invitándola con estos manjares en abundancia, y que Ulises, gracias a las advertencias de Hermes, con su autocontrol, y absteniéndose de probar tales manjares hasta la saciedad, no se había convertido en cerdo. Así bromeaba sobre este tema, [8] al tiempo que lo razonaba seriamente.
En cuanto a los placeres sexuales, aconsejaba abstenerse resueltamente de las personas bellas, ya que no era fácil disfrutarlas y conservar la sensatez. Un día que se enteró de que Critobulo, hijo de Critón37, había besado al hijo de Alcibíades, que era un hermoso muchacho, preguntó a Jenofonte en presencia de Critobulo:
[9] — Dime, Jenofonte, ¿no creías tú que Critobulo era un hombre sensato más que atrevido y más prudente que insensato y temerario?
— Desde luego, dijo Jenofonte.
— Entonces, a partir de ahora considéralo el hombre más fogoso y atolondrado, que sería capaz de dar volteretas sobre cuchillos de punta y de saltar en el fuego.
[10] — ¿Y qué le has visto hacer para que le condenes de esa manera?, dijo Jenofonte.
— ¿Pues no se atrevió a darle un beso al hijo de Alcibíades, que es guapísimo y muy atractivo?
— Entonces, dijo Jenofonte, si tal es su hazaña temeraria, creo que yo también correría ese peligro.
[11] — ¡Desgraciado!, dijo Sócrates, ¿y qué crees que te pasaría después de darle un beso a una belleza? ¿No serías al punto esclavo en vez de libre, derrocharías mucho dinero en placeres funestos, no te quedaría tiempo para pensar en nada noble y hermoso, y en su lugar te verías obligado a tomar en serio cosas por la que ni un loco lo haría?
[12] — ¡Por Hércules!, dijo Jenofonte, ¡qué alarmante poder concedes a un beso!
— ¿Y ello te sorprende?, dijo Sócrates. ¿No sabes que las tarántulas38, que no tienen el tamaño de medio óbolo, sólo con tocar con la boca hacen polvo con sus dolores a las personas y les quitan el sentido?
— Sí, por Zeus, dijo Jenofonte, porque la tarántula inocula algo con el mordisco.
— ¿Y tú crees, so necio, que los muchachos bellos no inoculan nada cuando besan, aunque tú no lo veas? ¿No sabes que esa fierecilla que llaman hermosa y atractiva [13] es tanto más terrible que las tarántulas, porque éstas contactan, mientras que el otro sin ni siquiera tocar, si alguien lo mira aunque sea de lejos, inocula algo que hace enloquecer? (Tal vez por eso se da el nombre de arqueros a los amores, porque los muchachos hermosos hieren incluso de lejos.) Por ello te aconsejo, Jenofonte, que cada vez que veas a un muchacho bello huyas precipitadamente. Y a ti, Critobulo, te aconsejo que te vayas al extranjero por un año, porque tal vez a duras penas durante ese tiempo puedas curarte del mordisco...
Así pues, en lo referente a los placeres carnales pensaba [14] que quienes no se sienten seguros frente a ellos debían entregarse en circunstancias en que, sin necesitarlo en absoluto el cuerpo, el alma no los aceptaría, o, necesitándolo el cuerpo, no le plantearían problemas. En cuanto a él, estaba evidentemente tan bien preparado que se abstenía con más facilidad de los jóvenes más bellos y atractivos que los demás de los más feos y desgraciados.
Tal era su disposición respecto a la comida, la bebida y [15] los placeres del amor, y creía que disfrutaba de manera no menos suficiente que quienes se toman muchos trabajos por ello, y que él iba a tener menos preocupaciones.
Y si algunos piensan de Sócrates39, de acuerdo con una [4] opinión que se ha expuesto por escrito acerca de él, basándose en conjeturas, que fue el mejor para exhortar a los hombres a la virtud, pero que, en cambio, no fue capaz de llevarlos hasta ella, que consideren no sólo las preguntas que a modo de castigo hacía para refutar a los que creen saberlo todo, sino también las conversaciones que tenía en su trato diario con sus acompañantes, para examinar si era capaz de hacer mejores a los que le seguían. [2] En primer lugar, contaré la conversación que le oí mantener un día acerca de la divinidad con Aristodemo40, al que apodaban el enano. Al enterarse de que éste no hacía sacrificios a los dioses ni consultaba la adivinación, sino que incluso se burlaba de quienes lo hacían, le dijo:
— Dime, Aristodemo, ¿hay personas a las que tú admires por su sabiduría?
— Desde luego.
[3] — Dinos sus nombres.
— En la poesía épica admiro sobre todo a Homero, en el ditirambo a Melanípides41, en la tragedia a Sófocles, en la escultura a Policleto y en la pintura a Zeuxis.
[4] — ¿Y quiénes te parecen más dignos de admiración, los que crean imágenes irracionales y sin movimiento, o los que hacen seres inteligentes y activos?
— ¡Por Zeus! Con mucho prefiero a los que crean seres vivos, a no ser que se produzcan por azar y no en virtud de un proyecto inteligente.
— Y entre las cosas que es imposible conjeturar con qué fin están hechas y las que evidentemente tienen una utilidad, cuáles crees que son obra del azar y cuáles de la inteligencia?
— Parece lógico que las que tienen una utilidad son obra de una inteligencia.
— ¿Y no te parece entonces que quien desde el principio [5] ha creado hombres les añadió con fines utilitarios órganos con los que experimentaran sensaciones, ojos para que pudieran ver lo visible, oídos para oír lo audible? Y en cuanto a los olores, ¿qué utilidad habrían tenido para nosotros si no hubiéramos sido provistos además de nariz? ¿Qué sensación habríamos tenido de lo dulce, de lo picante y de todos los placeres del gusto si no se hubiera creado la lengua para discernirlos? Además de eso, ¿no te parece [6] obra de providencia que siendo la vista algo delicado se la haya cerrado con párpados, que se abren cuando hay que utilizarla, mientras que están cerrados durante el sueño y que, para que los vientos tampoco la dañen, se hayan implantado como una criba las pestañas y que se haya rebordeado con cejas la parte superior de los ojos, para que ni siquiera el sudor de la frente los perjudique? ¿Y que el oído reciba todos los sonidos, pero nunca se llene de ellos? ¿Y que los dientes de delante en todos los animales tengan capacidad de cortar y los molares en cambio sean adecuados para machacar lo que reciben de aquéllos? ¿Y que la boca, por la que los animales mandan dentro cuanto apetecen, esté colocada cerca de los ojos y de la nariz, y en cambio, como las deyecciones nos repugnan, hayan desviado sus conductos y los hayan llevado lo más lejos posible de los sentidos? Estas cosas, tan providencialmente preparadas, ¿todavía dudas sin son obra del azar o de la inteligencia?
— ¡No, por Zeus! dijo Aristodemo. Más bien, examinado [7] de esa manera, parece totalmente obra de un artesano entendido y amigo de los seres vivos.
— ¿Y el haber infundido el deseo de tener hijos y en las madres el deseo de criarlos y en las crías un amor grandísimo a la vida y un tremendo temor a la muerte?
— Indudablemente, todo eso tiene aspecto de ser cosa de alguien que ha decidido que haya seres vivos.
[8] — ¿Tú mismo crees que hay algo racional en ti?
— Pregunta y te responderé.
— Y fuera de ti ¿no crees que haya nada racional? Y aun sabiendo que tienes en tu cuerpo una pequeña parte de la tierra, que es mucha, y de la humedad, que es tan grande, sólo tienes una pequeña porción, y sin duda de cada uno de los otros elementos, que, siendo grandes, sólo has asumido una pequeña parte para ensamblar tu cuerpo. Aun así, ¿crees haber acaparado, por una especie de buena suerte, la inteligencia, que es lo único que no está en ninguna parte, y estos elementos infinitos en número y grandeza te imaginas que se mantienen en orden sin una inteligencia?
[9] — ¡Por Zeus!, es que no veo a los responsables como veo a los artífices de lo que aquí se produce.
— Tampoco ves tu propia alma42, que es responsable del cuerpo; según eso, también puedes decir que no haces nada con inteligencia, sino todo al azar.
[10] Y Aristodemo dijo:
— No, Sócrates, yo no desprecio la divinidad, pero sí creo que es demasiado elevada como para necesitar de mi culto.
— Precisamente, dijo Sócrates, cuando más elevada te parezca para ser digna de tus servicios, tanto más debes honrarla.
— Puedes estar convencido de que si yo creyera que [11] los dioses se preocupan algo de los hombres, no me desentendería de ellos.
— Entonces ¿no crees que se preocupan? Ellos que, lo primero, entre todos los seres vivos sólo al hombre lo pusieron erguido, y esa postura erecta permite que pueda ver más lejos, mirar mejor las cosas que están por encima de él y estar menos expuestos a sufrir daños en la vista, el oído y la boca; además, si a los otros animales terrestres les dieron pies que sólo les permiten andar, al hombre le añadieron manos, gracias a las cuales lleva a cabo acciones con las que es más feliz que aquéllos. Y teniendo todos [12] los seres vivos una boca, sólo la de los seres humanos la hicieron tal que tocando uno u otro lado de la boca pueden articular sonidos y dar a entender todo lo que quieren comunicarse unos a otros. Y en cuanto a los placeres del amor, a los otros animales se los circunscribieron a una época del año, mientras que a nosotros nos los ofrecieron sin solución de continuidad hasta la vejez. Pues bien, no [13] le bastó a la divinidad preocuparse del cuerpo, sino, lo que es más importante, infundió en el hombre un alma perfectísima. En efecto, ¿qué alma de otro ser vivo es en primer lugar capaz de reconocer la existencia de los dioses que ordenaron las más grandes y más bellas creaciones? ¿Qué otro animal que no sea el hombre rinde culto a los dioses? ¿Qué alma es más capaz que la humana de precaverse del hambre, de la sed, del frío o del calor, o de poner remedio a las enfermedades, de ejercitar su fuerza, esforzarse por aprender, o más capaz de recordar cuanto ha aprendido o visto? ¿No es algo totalmente evidente que [14] al lado de los otros seres vivos los hombres viven como dioses, destacando sobre todos por su naturaleza, su cuerpo y su espíritu? Porque ni aunque tuviera el cuerpo de un buey y el juicio de un hombre podría hacer lo que quisiera, ni un animal provisto de manos pero sin inteligencia tiene más valor. Tú, en cambio, que participas de estas dos grandísimas ventajas, ¿crees que los dioses no se preocupan de ti? ¿Qué tendrían que hacer entonces para que creyeras que se ocupan?
[15] — Cuando me envíen, como tú dices que envían, consejos de lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer.
— Y cuando comunican algo a los atenienses que les consultan por medio de la adivinación, ¿no crees que también te lo comunican a ti, ni cuando envían portentos a los griegos para darles indicaciones, ni cuando lo hacen a todos los hombres, sino que únicamente a ti te escogen para dejarte en olvido? ¿Crees tú que los dioses habrían infundido en los hombres la creencia de que son capaces [16] de hacer el bien y el mal si no tuvieran poder para hacerlo, y que los hombres se habrían dejado engañar todo el tiempo sin darse cuenta? ¿No ves que las cosas humanas más duraderas y más sabias, las ciudades y las naciones, son las que más respetan a la divinidad, y que las edades más sensatas son las que más se preocupan de los dioses? Mi buen amigo, [17] aprende de una vez que la inteligencia que hay en ti maneja tu cuerpo como quiere. Hay que pensar por ello que también la inteligencia que hay en el todo lo dispone todo como ella le place, y no pienses que tu ojo puede alcanzar muchos estadios y que el ojo de la divinidad sea incapaz de verlo todo al mismo tiempo, o que tu alma pueda ocuparse de las cosas de aquí y de las de Egipto y Sicilia, y que la inteligencia de dios no sea capaz de pensar en todo [18] al mismo tiempo. Si de la misma manera que tú sirviendo a la gente conoces a los que están dispuestos a servirte a ti, y haciendo favores descubres a los que están dispuestos a devolvértelos, y dando consejos encuentras a los sensatos, así también rindiendo culto a los dioses los pones a prueba de si te querrían aconsejar sobre lo que para los hombres es incierto y conocerás que la divinidad es de tal grandeza y tal categoría que puede verlo todo al mismo tiempo43, oírlo todo, estar presente en todas partes y preocuparse de todo al mismo tiempo.
Pues bien, yo creo que hablando así no sólo enseñaba [19] a sus discípulos a apartarse de acciones impías, injustas y vergonzosas cuando estaban a la vista del público, sino también cuando estaban solos, porque estaban efectivamente convencidos de que nada de cuanto hicieran pasaría desapercibido a los dioses.
Si, efectivamente, la continencia es una posesión bella [5] y útil para un hombre, consideremos si en algo les hacía progresar hacia ella diciéndoles cosas como las siguientes:
— Señores, si por habérsenos presentado una guerra quisiéramos elegir a un hombre bajo cuya guía pudiéramos ante todo salvarnos y someter al enemigo, ¿acaso escogeríamos a uno del que nos constara que era esclavo del estómago y del vino y de los placeres del sexo, de la fatiga o del sueño? ¿Cómo podríamos esperar que un individuo así nos salvara o sometiera a nuestros enemigos? Y si al [2] llegar al final de nuestra vida quisiéramos confiar a alguien la educación de nuestros hijos o salvaguardar la vigilancia de nuestras hijas o conservar nuestra fortuna, ¿acaso consideraríamos más digno de confianza para esta misión al incapaz de controlarse a sí mismo? ¿Encargaríamos a un esclavo intemperante nuestros rebaños o almacenes o la inspección de las obras? ¿Estaríamos dispuestos a aceptar incluso gratis un servidor o proveedor de tales características? Y si no aceptamos a un incontinente ni como esclavo, ¿cómo no iba a merecer la pena evitar convertirnos [3] en una persona así? Porque a diferencia de los avaros, que cuando quitan sus bienes a los demás creen enriquecerse, no puede decirse que el incontinente sea perjudicial para los otros pero beneficioso para sí mismo, sino que, además de hacer daño a los demás, se hace mucho más daño a sí mismo, ya que la cosa más dañina es arruinar no sólo [4] la propia casa, sino además el cuerpo y el alma. Y en el trato cotidiano, ¿a quién le agradaría un individuo que se sabe que disfruta más de la comida y del vino que de los amigos, y que le gustan más las fulanas que los compañeros? Porque, de hecho, ¿no debe todo individuo que considere que la templanza es el fundamento de la virtud disponerla [5] lo primero en su alma? Porque sin ella ¿quién podría aprender algo bueno o practicarlo de manera digna de mención? ¿O qué individuo esclavo de sus pasiones no degradaría vergonzosamente su cuerpo y su alma? Yo creo, ¡por Hera!44, que cualquier hombre libre tiene que desear que no le toque un esclavo así, pero un hombre esclavo de sus pasiones tiene que pedirles a los dioses encontrar buenos amos, pues únicamente así podría salvarse.
[6] Esto es lo que decía, y con sus actos todavía se mostraba más dueño de sí mismo que con sus palabras, pues no sólo dominaba los placeres del cuerpo, sino también los que se consiguen con dinero, porque creía que aceptar dinero del primero que llega es ponerlo de dueño de uno mismo, y no hay nada más vergonzoso que someterse a una esclavitud.
También merece la pena no dejar pasar por alto sus [6] conversaciones con el sofista Antifonte45. El caso es que, un día, queriendo Antifonte quitarle sus discípulos, se acercó a Sócrates y en presencia de aquéllos le dijo:
— Sócrates, yo creía que los que se dedican a la filosofía [2] llegan a ser más felices, pero lo que me parece es que tú has conseguido de la filosofía el fruto contrario. Al menos estás viviendo de una manera que ni un esclavo le aguantaría a su amo un régimen como ése: comes los manjares y bebes las bebidas más pobres, y la ropa que llevas no sólo es miserable sino que te sirve lo mismo para invierno que para el verano, no llevas calzado ni usas túnica. Encima, no aceptas dinero, que da alegría al recibirlo y [3] cuya posesión permite vivir con más libertad y más agradablemente. Pues bien, si, de la misma manera que los maestros en otras actividades enseñan a sus discípulos a imitarles, tú también instruyes a tus alumnos en ese sentido, considérate un profesor de miseria.
Sócrates respondió a ello:
— Me da la impresión, Antifonte, de que te has hecho [4] una idea tan triste de mi manera de vivir, que estoy convencido de que preferirías morir a tener una vida como la mía. Observemos, pues, qué es lo que de difícil aprecias [5] tú en mi vida. ¿Será acaso porque los que cobran dinero están obligados a realizar la tarea por la que cobran, mientras que yo, como no cobro, no tengo necesidad de conversar con quien no quiera? ¿O menosprecias mi régimen de vida haciendo ver que como manjares menos sanos que tú y que proporcionan menos energía? ¿O que mis medios de subsistencia son más escasos y por ello más caros que los tuyos? ¿O que son más agradables para ti los manjares que tú te preparas que para mí los míos? ¿No sabes que el que come más a gusto es el que menos condimento necesita, y que quien bebe más a gusto menos necesita la bebida [6] que no tiene a mano? Y en cuanto a la ropa ¿sabes que los que cambian de ropa lo hacen por el frío y el calor y llevan calzado para no verse impedidos de andar por donde se pueden hacer daño en los pies? Pues bien, ¿notaste tú alguna vez que yo me quedara en casa a causa del frío más que otra persona, o que a causa del calor me peleara con alguien por una sombra, o que por dolerme los pies [7] no pudiera ir donde quisiera? ¿No sabes que los que por naturaleza son más débiles físicamente, a fuerza de ejercicio se hacen más fuertes y aguantan mejor en aquello a que se dedican que los que, siendo más fuertes, no se entrenan? ¿Y no crees que yo, entrenando continuamente mi cuerpo para soportar las contingencias, puedo soportarlo [8] todo con más facilidad que tú, que no te entrenas? Y para no ser esclavo del estómago, ni del sueño, ni de la lascivia, ¿crees que hay alguna razón más poderosa que la de tener otras actividades más agradables que ésas, las cuales no sólo me complacen mientras las disfruto, sino que me proporcionan la esperanza de que siempre me serán de provecho? Lo que sí sabes, sin duda, es que los que no esperan que vayan a irles bien las cosas no disfrutan, mientras que quienes creen que una labranza o una travesía en barco o cualquier otra cosa que estén haciendo les saldrá [9] bien, disfrutan con su prosperidad. ¿No crees entonces que de todo ello surge un placer tan grande como el de creer que uno mismo llegará a ser mejor y tendrá mejores amigos? Yo, al menos, me paso la vida con esa creencia. Y, por otra parte, en el caso de que hubiera que ayudar a los amigos o a la ciudad, ¿quién tendrá más tiempo para ocuparse de ello, el que viva como yo o el que tú consideras feliz? ¿Y quién de los dos podría salir con mayor rapidez a luchar, el que no puede vivir sin un régimen dispendioso o el que se conforma con lo que tiene a mano? ¿Y quién se rendiría antes en un asedio, el que necesita disponer de las cosas más difíciles o el que se basta con lo más fácil de encontrar? Me parece, Antifonte, que opinas que [10] la felicidad es molicie y derroche46. En cambio, yo creo que no necesitar nada es algo divino, y necesitar lo menos posible es estar cerquísima de la divinidad; como la divinidad es la perfección, lo que está más cerca de la divinidad está también más cerca de la perfección.
Otro día que Antifonte estaba conversando con Sócrates, [11] le dijo:
— Sócrates, yo te considero una persona justa, pero de ninguna manera sabia, y creo que tú mismo así lo reconoces, pues no sacas ningún dinero por tu compañía, a pesar de que no darías gratis, ni siquiera por menos de lo que valen, ni tu manto, ni tu casa, ni ninguno de los bienes que posees si creyeras que valen algún dinero. Por ello, es evidente que si creyeras que tu compañía vale [12] algo, no cobrarías por ella menos dinero del que vale. Por ello, es posible que seas justo, ya que no engañas a nadie por codicia, pero no puedes ser sabio, pues no sabes nada que valga algo.
Sócrates respondió a esto: [13]
— Antifonte, entre nosotros se considera que tanto la belleza como la sabiduría se pueden tratar de manera elogiosa o vil. Si uno vende su belleza por dinero a quien la desee, eso se llama prostitución, pero si alguien conoce a un enamorado que es un hombre de bien y se hace su amigo, entonces le consideramos juicioso y moderado. Con la sabiduría ocurre lo mismo: los que la venden por dinero a quien la desea se llaman sofistas47 (como si dijéramos bardajes); en cambio, si alguien reconoce que una persona es de buen natural, le enseña todo lo bueno que sabe y le convierte en un buen amigo, entonces decimos que hace [14] lo que corresponde a un hombre de bien. Yo mismo, Antifonte, lo mismo que a otros les gusta un buen caballo, un perro o un pájaro, a mí me gustan más los buenos amigos y, si sé algo bueno, se lo enseño y los pongo en relación con otros que pienso que podrán serles provechosos para su virtud. Los tesoros que los antiguos sabios dejaron escritos en libros yo los desenrollo y los recorro en compañía de mis amigos y, si encontramos algo bueno, lo seleccionamos48. Consideramos un gran beneficio hacernos amigos unos de otros.
Yo, al oír estas palabras, pensé que el propio Sócrates era feliz y conducía a sus oyentes a la hombría de bien.
[15] En otra ocasión, al preguntarle Antifonte cómo pensaba en hacer políticos a los demás, mientras que él no se dedicaba a la política, si es que sabía algo de ella, respondió: «¿Cómo podría dedicarme más a la política, interviniendo yo solo en ella o preocupándome de que haya la mayor cantidad posible de personas capaces para ello?».
Examinemos si, apartando también de la impostura a [7] sus seguidores, los orientaba a la práctica de la virtud49. Les decía, efectivamente, que no había camino más hermoso para la buena fama que el de llegar a ser tan bueno como uno quería realmente parecerlo. Y que con ello decía verdad lo explicaba de la siguiente manera:
— Reflexionemos, decía: si un hombre quisiera parecer [2] un buen flautista sin serlo, ¿qué tendría que hacer? ¿No tendrá que imitar a los buenos flautistas en lo que es exterior al arte? En primer lugar, como tienen un hermoso equipo de vestuario y arrastran numerosos seguidores, también él tendrá que hacerlo. En segundo lugar, como tienen muchos que les aplauden50, también éste tendrá que procurarse una clac abundante. En cambio, nunca tendrá que ponerse en acción, o en seguida quedará en ridículo y en evidencia no sólo como mal flautista sino también como un charlatán. Y en estas condiciones, teniendo muchos gastos y sin sacar ningún provecho, consiguiendo encima mala fama, ¿cómo no va ser su vida muy penosa, sin provecho y ridicula? Y, de la misma manera, si alguien quiere [3] aparentar ser un buen general sin serlo, o un buen piloto, imaginémonos qué podría pasarle. ¿No sería doloroso que en su deseo de parecer capaz de esta técnica no pudiera convencer a nadie, o, lo que todavía es más penoso, que pudiera convencerles? Porque es evidente que puesto a pilotar sin saber, o a dirigir una campaña, destruiría a quienes menos deseaba hacerlo, y él mismo saldría del trance avergonzado y perjudicado.
[4] Sócrates demostraba de la misma manera que era perjudicial pretender aparentar ser rico, valiente y fuerte sin serlo, porque decía que entonces se les impondrían tareas superiores a sus fuerzas y, al no poder realizarlas aunque [5] aparentaban ser capaces, no tendrían perdón. Se llamaba estafador, y no pequeño, a quien recibiendo dinero o bienes gracias a la confianza luego se quedaba con ellos, el mayor estafador de todos es el que sin valer nada ha engañado a la gente haciéndola creer que es capaz de dirigir el Estado.
Yo creo que Sócrates apartaba a sus seguidores de la impostura con tales conversaciones.

1 El escrito de acusación contra Sócrates fue presentado al arconte rey por Meleto, apoyado por Licón y por Ánito, riquísimo curtidor y alma de la acusación, que pagó, según el escoliasta de Platón (Apol. 18a y 23e) una fuerte cantidad para que fuera el hombre de paja. Cf. también JEN., Ap. 29-31.
2 Según DIÓGENES LAERCIO (II 40), el sofista Favorino afirmaba haber visto todavía el texto en los archivos del templo de Rea en Atenas. La versión que da Diógenes coincide con ésta, precedida de un encabezamiento que presenta como acusador a Meleto. Cf. también el texto de PLATÓN, Apol. 246.
3 Para expresar ese «algo divino», como lo llama Cicerón, Jenofonte emplea el neutro tò daimónion, menos comprometido que el masculino ho daímōn, como un ser divino personal. Era creencia común que un genio tutelar, bueno o malo, acompañaba a cada hombre durante su vida (PLATÓN, Fedón 107d, 108b, 113d). El Sócrates platónico habla de un genio ti daimónion, que le advierte para que no obre en un sentido determinado. En Jenofonte, este daimónion se convierte en una divinidad anunciadora del futuro y también indicadora de lo que se debe hacer, ajustándolo a sus propias convicciones religiosas.
4 Estos encuentros (sýmboloi), como en Apología 13, corresponden a un procedimiento de adivinación por interpretación de encuentros casuales en la calle o de voces oídas casualmente, muy usado en diversos tiempos y lugares.
5 Ciropedia I 6, 6.
6 Es la hora de la máxima concurrencia en el mercado, de diez a doce de la mañana.
7 Ya en las Nubes aparece Sócrates como peligrosamente absorbido por las especulaciones físicas, y Jenofonte exagera aquí su oposición a estas especulaciones. El término «sofistas», en el amplio sentido de personas que hacían profesión de sabios, no adquirió sentido peyorativo hasta el siglo IV.
8 Escuela eleática.
9 Escuela atomística de Demócrito.
10 Heráclito, de la escuela jónica.
11 Zenón de Elea.
12 Leucipo.
13 Doctrina eleática.
14 Miembro del Consejo de los Quinientos, dividido en grupos de 50 (10 tribus), que se alternaban cada 35 (o 36) días para llevar, en una especie de comisión permanente, los asuntos públicos. El presidente de la comisión se designaba por sorteo entre los 50, y presidía la Asamblea del pueblo. Sobre esta actuación de Sócrates cf. Helénicas I 7, 15, y PLATÓN, Apología 32b.
15 Ciropedia I 6, 46. Que dios lo ve todo es una idea que ya está en Hesíodo.
16 Las posesiones de Sócrates se evalúan en el Económico (II 3) en cinco minas, que Libanio hace subir a 80. Si cada mina tenía 100 dracmas, y a su vez ésta seis óbolos, se podría calcular el capitál de Sócrates en unos mil jornales (tres óbolos diarios) que cobraban los jueces.
17 Sócrates (PLATÓN, Apología 33) afirmó no haber sido nunca maestro de nadie. Fiel a esta idea, Jenofonte alude a «sus acompañantes», «los que estaban con él» o «los que pasaban el tiempo con él».
18 Cuando habla de «acusador», más parece referirse a Polícrates, autor de la Kategoría Sokrátous o Acusación contra Sócrates, que provocó una buena parte de la literatura apologética del maestro, incluidos estos Recuerdos.
19 Una parte de los magistrados se elegía por el sistema del haba, consistente en poner dos urnas, una con habas blancas y de color y otra con los nombres de los candidatos. Se nombraba a los que sacaban haba blanca. Aristófanes llama kuamotrṓx (tragahabas) al demo ateniense.
20 Para la vida de Alcibíades pueden verse Plutarco y Cornelio Nepote. Para la de Critias, JENOFONTE, Helénicas II 3 y 4, y TUCÍDIDES, I 8 y V 43. Cf. también PLATÓN, Banquete 212d.
21 Ciropedia VII 5, 75. Alude a Antístenes.
22 TEOGNIS, 35-36. Jenofonte lo pone en boca de Sócrates en Simposio II 4 y Platón, en Menón 95d. El hexámetro siguiente es de autor desconocido.
23 Este hermoso Eutidemo (cf. IV 4) no debe confundirse con Eutidemo de Quíos, el sofista.
24 El «nomoteta» era un miembro de la comisión en la que se discutían los proyectos de ley nueva o reforma y supresión de las existentes.
25 Es decir, hacer bueno el discurso malo. En PLATÓN, Apología 19b, Sócrates alude a Aristófanes (Nubes) como autor de este cargo contra él. ARISTÓTELES, Retórica B 24, 11, relaciona esta práctica con el nombre de Protágoras.
26 Ciropedia VIII 2, 14.
27 Ciropedia VII 2, 37.
28 Los hermanos Querofonte y Querécrates aparecen también en II 3, III 3 y 47, y Querefonte en la Apología 14. Hermógenes aparece también en Apología y Banquete. Todos ellos, menos Querefonte, muerto con anterioridad, son conocidos por su lealtad a Sócrates en los días de su muerte.
29 Esta acusación aparece ya en Nubes 1321 y sigs., donde Fidípides apalea a su padre después de haber asistido a la escuela socrática y refleja un conflicto entre autoridad y conciencia, más bien expuesto confusamente aquí por Jenofonte.
30 Trabajos y días 311. Hay una ambigüedad gramatical, pues puede leerse que «el trabajo no es ninguna afrenta» o que «ningún trabajo es afrenta». Los acusadores de Sócrates lo interpretan como «ninguna obra es vergonzosa, ni las malas acciones, con tal de hacer algo».
31 Ilíada II 188-191 y 198-202.
32 Alusión a Aristipo.
33 Sobre la hospitalidad de Licas puede verse PLUTARCO, Cimón 10. Las fiestas se celebraban en Esparta en honor de Apolo Pitio. Su nombre procede del coro de jóvenes desnudos que danzaban, cantando en torno a las estatuas de Apolo, Ártemis y Leto.
34 Este tipo de oración aparece también en Alcibíades II 143a.
35 Trabajos y días 336.
36 Odisea X 135 y sigs.
37 Hay otra conversación con este hijo de Critón en II 6, 1. En cuanto al hijo de Alcibíades, Cober sugiere que debe leerse hijo de Axíoco.
38 No es seguro que se trate de tarántulas, por la inseguridad en las correspondencias en los nombres de animales.
39 Todo este capítulo ha sido considerado apócrifo por algunos comentaristas, entre otras razones por la doctrina del alma humana como parte del alma universal, que no es socrática, aunque está demostrado que Jenofonte se inspiró en Antístenes el cínico.
40 En el Banquete de Platón aparece este Aristodemo como uno de los más apasionados discípulos de Sócrates (173b).
41 El ditirambo es un canto en honor de Dioniso. Hay dos Melanípides poetas ditirámbicos, y éste deber ser el más joven, muerto en 412.
42 Ciropedia VIII 7, 17.
43 Ciropedia VIII 7, 22.
44 Este juramento era una fórmula peculiar de mujeres, y aquí, en boca de Sócrates, puede tener cierto tono irónico o humorístico.
45 No debe confundirse con el orador del mismo nombre, que intervino activamente en la Revolución de los Cuatrocientos. Este sofista era de Atenas, gran «pastelero de discursos» (logomágeiros) y autor de un tratado sobre la esencia de las cosas y otro sobre interpretación de sueños. Al parecer, tenía celos de Sócrates.
46 Ciropedia VIII 3, 40.
47 Estos «profesionales de la inteligencia» eran en primer lugar maestros y divulgadores de la ciencia entre el gran público. Daban clases particulares y cursos de conferencias, por los que cobraban entrada. Sócrates pagó una dracma por oír una lección de Pródico (PLATÓN, Banquete 177b), pero su fortuna no le permitió pagar las 50 que costaba la asistencia a un curso sobre sinónimos.
48 Este dato de Sócrates estudiando con sus amigos no incluye que se tomaran notas y se archivaran, como se haría en la Academia y en otras escuelas.
49 Ciropedia I 6, 22.
50 En tiempos de Sócrates ya era corriente la celebración de conciertos de música, y los concertistas empezaban a conseguir el prestigio que se deduce de este párrafo.
LIBRO II
A mí me parecía que con tales conversaciones impulsaba [1] a sus seguidores a ejercitar el autocontrol sobre el deseo de comida y bebida, sobre la lujuria y el sueño, el frío, el calor y la fatiga. Así, al enterarse de que uno de sus acompañantes se comportaba de manera muy incontrolada en tales aspectos, le dijo:
— Escúchame, Aristipo51, si tuvieramos que encargarte de educar a dos jóvenes, uno para ser capaz de gobernar y el otro para no intentarlo siquiera, ¿cómo educarías a uno y otro?; ¿quieres que empecemos el examen por la alimentación, o sea, por los primeros elementos como quien dice?
Aristipo respondió:
— Efectivamente, a mí la alimentación me parece que es un principio, ya que nadie podría vivir si no se alimentara.
— ¿Es lógico entonces, que a uno y otro, cuando llegue [2] el momento, les entre el deseo de tomar alimento?
— Es lógico.
— ¿Y a cuál de los dos acostumbraríamos a subordinar la satisfacción del estómago a la gestión de un asunto urgente?
— ¡Por Zeus!, al que está siendo educado para gobernar, a fin de que los asuntos de Estado no queden sin despachar durante su gobierno.
— Y cuando quieran beber, ¿no impondremos al mismo la capacidad de aguantar la sed?
— Sin la menor duda.
[3] — Y dominar el sueño, para que sea capaz de acostarse tarde, levantarse temprano y estar en vela si es preciso, ¿a quién se lo impondríamos?
— Al mismo también.
— ¿Y controlar los placeres del amor, para no verse impedido de actuar, si es necesario?
— También esto al mismo.
— ¿Y no rehuir nunca las fatigas, sino someterse voluntariamente a ellas, ¿a quién de los dos se lo impondríamos?
— También al que se está educando para gobernar.
— Bien, y el aprender una ciencia adecuada, si es que la hay, para triunfar sobre los adversarios, ¿a quién convendría más que se la impusiéramos?
— ¡Por Zeus!, con mucho mayor motivo al educado para gobernar, porque sin una ciencia de este tipo ninguna de las otras le serviría para nada.
[4] — Y el hombre educado de esta manera ¿no te parece que está menos expuesto a ser sorprendido por sus rivales que el resto de los animales? Porque una parte de ellos son atrapados por el cebo de la gula; otros, a pesar de su mucha timidez, arrastrados a la carnaza por el ansia de comer o también por la bebida, se ven igualmente apresados.
— Así es, sin duda, dijo.
— ¿Y no ocurre también con otros animales, como los machos de las codornices y las perdices, que, arrastrados por la lascivia hacia el reclamo de la hembra, por el deseo y la esperanza de los placeres del amor, perdida la facultad de reconocer los peligros, se ven llevados a caer en las trampas de los cazadores?
También Aristipo convino en este aspecto.
— ¿Y no te parece una vergüenza que un ser humano [5] ceda ante las mismas pasiones que los animales más irracionales? Es como, por ejemplo, cuando los adúlteros se introducen en las alcobas sabiendo que al cometer adulterio corren el peligro de sufrir el castigo de la ley, el de ser espiados y sometidos a humillaciones si les atrapan. Cuando amenazan al adúltero tan graves daños y ultrajes, habiendo tantos medios para liberarse de los deseos sexuales sin daño ni perjuicio, ¿no es una grandísima insensatez dejarse arrastrar a pesar de todo a peligros tan grandes?
— A mí así me lo parece, dijo.
— Y siendo así que la mayor parte de las ocupaciones [6] humanas se realizan al aire libre, como, por ejemplo, la de la guerra, la de la agricultura, y muchísimas otras, ¿no te parece que es mucho descuido que la mayoría no se hayan entrenado para el frío y el calor?
También estuvo de acuerdo en este punto.
— ¿No crees entonces que quien ha de gobernar debe ejercitarse para soportar con facilidad estas molestias?
— Desde luego, dijo.
— Entonces, si ponemos entre los hombres de gobierno [7] a los capaces de controlarse en estas materias, ¿pondremos a los incapaces de hacerlo entre los que ni siquiera aspirarán a gobernar?
— Totalmente de acuerdo, dijo.
— En ese caso, puesto que sabes el lugar que ocupa cada una de estas especies, ¿reflexionaste ya en cuál de esos dos puestos te pondrías tú mismo en justicia?
[8] — Desde luego, en lo que a mí se refiere, dijo Aristipo, de ninguna manera me voy a poner en el puesto de los que están deseando gobernar, pues creo que es la mayor insensatez, cuando tanto trabajo cuesta procurarse lo necesario, que encima no sea ello suficiente sino que se añade el proporcionar a los demás ciudadanos lo que ellos necesitan. Renunciar a las muchas cosas que uno desea para sí mismo, por estar al frente de la ciudad, y tener que rendir cuentas en el caso de que no se satisfagan todos los deseos [9] de la ciudad, ¿no es la mayor de las locuras? Porque en realidad las ciudades pretenden utilizar a sus gobernantes como yo utilizo a mis esclavos. Yo pretendo que mis criados me preparen en abundancia lo que necesito, pero que ellos no toquen nada. Las ciudades, por su parte, pretenden servirse de los gobernantes para que les proporcionen la mayor cantidad posible de bienes, pero que ellos se abstengan de todo. Por ello, a los que están deseando tener muchos problemas y procurárselos a los demás, yo los educaría de la forma ya dicha y los colocaría entre los hombres de gobierno, pero, en cuanto a mí, me pongo entre los que quieren vivir de la manera más fácil y cómoda.
[10] Sócrates dijo entonces:
— En ese caso, ¿quieres que examinemos también ese punto de vista, si viven mejor los gobernantes o los gobernados?
— Veámoslo.
— En primer lugar, de los pueblos que conocemos en Asia, los persas gobiernan52, mientras son gobernados los sirios, los frigios y los lidios. En Europa gobiernan los escitas, pero son gobernados los meocios. En Libia (África) gobiernan los cartagineses y son gobernados los libios. Pues bien, de todos estos pueblos, ¿cuáles crees tú que viven más a gusto? O entre los griegos, de los que tú mismo formas parte, ¿quiénes te parece que llevan una vida más agradable, los que mandan o los que están dominados?
— Es que yo, dijo Aristipo, no me clasifico tampoco [11] en la esclavitud, sino que creo que hay un camino intermedio, que intento seguir, no a través del mando ni de la servidumbre, sino a través de la libertad, que conduce precisamente a la felicidad.
— Es que si ese camino, dijo Sócrates, lo mismo que [12] no pasa por el mando ni por la servidumbre, tampoco pasara a través de los hombres, podrías tener alguna razón, pero si viviendo entre hombres pretendes no gobernar ni ser gobernado, ni complacer de buen grado a los que mandan, creo que tienes que darte cuenta de que los más fuertes saben utilizar a los más débiles como esclavos, haciéndoles sufrir tanto en las relaciones públicas como en su trato individual. ¿O es que no te has dado cuenta de cómo [13] recogen el trigo que otros sembraron, cortan los árboles que otros plantaron y asedian por todos los medios a los más débiles que se niegan a rendirles vasallaje, hasta que los convencen de preferir la esclavitud a una guerra contra los más poderosos? Y en su vida privada, a su vez, ¿no sabes que los valientes y poderosos esclavizan a los cobardes y desvalidos y se aprovechan de ellos?
— Precisamente por eso, yo, dijo Aristipo, para que no me ocurran esas cosas, no me encierro en ninguna ciudadanía, sino que vivo en todas partes como extranjero.
Entonces dijo Sócrates:
[14] — ¡Terrible truco me estás contando! Porque desde que murieron Sinis, Escirón y Procrusto53, nadie hace daño ya a los extranjeros. En cambio, ahora los que dirigen la política en sus ciudades no sólo promulgan leyes para evitar injusticias, sino que, además de los llamados allegados, se procuran otros amigos valedores, rodean las ciudades con recintos fortificados, se procuran armas para defenderse de las agresiones y además gestionan otros aliados de fuera. Pues a pesar de tomar estas medidas no se libran de [15] ser agredidos. Y tú, que no tienes ninguno de esos medios, que te pasas tanto tiempo en los caminos, donde son agredidos la mayoría, tú que estás en condición inferior a todos los ciudadanos en cualquier ciudad a la que llegues, en la situación más vulnerable como víctima de los que quieren hacer daño, ¿crees, sin embargo, que por ser extranjero no podrías ser atacado? ¿O es que confías en la seguridad que proclaman las ciudades para quien entra y sale? ¿O es porque crees que una persona como tú no le serviría para nada de esclavo a ningún amo? Pues ¿qué persona querría tener en su casa a un individuo que no está dispuesto a trabajar y al que sólo le gusta disfrutar [16] de una vida lujosísima? Examinemos también cómo tratan los amos a tales esclavos. ¿No atemperan su lujuria a fuerza de hambre? ¿No les impiden robar cerrándoles el sitio de donde puedan coger algo? ¿No les impiden escapar cargándoles de grilletes? ¿No corrigen a la fuerza su pereza con el látigo? Y si no, ¿cómo haces tú cuando te, das cuenta de que tienes un esclavo así?
— Le aplico toda clase de castigos, hasta que le obligo [17] a portarse como esclavo. Pero bueno, Sócrates, entonces los que se educan para el arte de la realeza, que en mi opinión tú consideras felicidad, ¿en qué se diferencian de los que sufren por necesidad, si es que efectivamente de modo voluntario pasan hambre, sed, frío, vigilias y toda clase de fatigas? Porque yo no veo la diferencia entre que la misma piel sea azotada voluntaria o involuntariamente o, en una palabra, que el propio cuerpo sea sometido de modo voluntario o involuntario a tales sufrimientos, salvo que se atribuya insensatez al que se somete voluntariamente a los sufrimientos.
— ¿Cómo, Aristipo? dijo Sócrates. ¿No te das cuenta de [18] la diferencia que hay entre los sufrimientos voluntarios y los involuntarios, ya que quien voluntariamente pasa hambre puede comer cuando quiera, el que sufre sed puede beber, y así sucesivamente, mientras que quien sufre estos males por necesidad no puede ponerles fin cuando lo desee? Por otra parte, el que sufre voluntariamente, en medio de sus penalidades disfruta con una buena esperanza, como los cazadores se fatigan reconfortados con la esperanza de coger las presas. Y aun así, estas recompensas [19] a las fatigas valen poca cosa, pero los que se esfuerzan por adquirir buenos amigos o por vencer a sus enemigos o llegar a ser fuertes de cuerpo y alma para gobernar bien sus casas, ser útiles a sus amigos y servir a la patria, ¿cómo no se va a pensar que tales individuos se esfuerzan a gusto en tales actividades, viven disfrutando, están satisfechos de sí mismos y son objeto de alabanza y envidia de los otros? Más aún, la vida de molicie y los placeres [20] momentáneos no son capaces de producir bienestar al cuerpo, como dicen los maestros de gimnasia, ni de infundir en el alma un conocimiento digno de este nombre, mientras que los ejercicios practicados con firmeza llevan a alcanzar bellas y gloriosas acciones, como aseguran los grandes hombres. En algún sitio, por ejemplo, dice Hesíodo54:
El mal en abundancia es fácil tenerlo,
Llano es el camino y vive muy cerca.
Pero, ante la virtud, sudor colocaron los dioses no perecederos.
Largo y empinado es hasta ella el sendero,
áspero al principio, pero cuando a la cumbre se llega,
luego se hace fácil, por duro que fuere.
Lo mismo testimonia Epicarmo en el siguiente pasaje55:
Por fatigas nos venden los dioses todo bien.
Y en otro lugar dice:
Desgraciado, no busques lo blando, no sea que consigas lo duro.
[21] Y el sabio Pródico56 en su escrito sobre Hércules, del que hizo muchas lecturas públicas, se expresa de la misma manera acerca de la virtud, diciendo más o menos, según recuerdo: «Cuando Heracles estaba pasando de la niñez a la adolescencia, momento en el que los jóvenes al hacerse independientes revelan si se orientarán en la vida por el camino de la virtud o por el del vicio, cuentan que salió a un lugar tranquilo y se sentó sin saber por cuál de los dos caminos se dirigiría. Y que se le aparecieron dos mujeres [22] altas que se acercaban a él, una de ellas de hermoso aspecto y naturaleza noble, engalanado de pureza su cuerpo, la mirada púdica, su figura sobria, vestida de blanco. La otra estaba bien nutrida, metida en carnes y blanda, embellecida de color, de modo que parecía más blanca y roja de lo que era y su figura con apariencia de más esbelta de lo que en realidad era, tenía los ojos abiertos de par en par y llevaba un vestido que dejaba entrever sus encantos juveniles. Se contemplaba sin parar, mirando si algún otro la observaba, y a cada momento incluso se volvía a mirar su propia sombra. Cuando estuvieron más cerca de Heracles, mientras la descrita en primer lugar seguía [23] andando al mismo paso, la segunda se adelantó ansiosa de acercarse a Heracles y le dijo: “Te veo indeciso, Heracles, sobre el camino de la vida que has de tomar. Por ello, si me tomas por amiga, yo te llevaré por el camino más dulce y más fácil, no te quedarás sin probar ninguno de los placeres y vivirás sin conocer las dificultades. En primer lugar, no tendrás que preocuparte de guerras [24] ni trabajos, sino que te pasarás la vida pensando qué comida o bebida agradable podrías encontrar, qué podrías ver u oír para deleitarte, qué te gustaría oler o tocar, con qué jovencitos te gustaría más estar acompañado, cómo dormirías más blando, y cómo conseguirías todo ello con el menor trabajo. Y si alguna vez te entra el recelo de los [25] gastos para conseguir eso, no temas que yo te lleve a esforzarte y atormentar tu cuerpo y tu espíritu para procurártelo, sino que tú aprovecharás el trabajo de los otros, sin privarte de nada de lo que se pueda sacar algún provecho, porque a los que me siguen yo les doy la facultad de sacar [26] ventajas por todas partes”. Dijo Heracles al oír estas palabras: “Mujer, ¿cuál es tu nombre?” Y ella respondió: “Mis amigos me llama Felicidad, pero los que me odian, para denigrarme, me llaman Maldad”. En esto se acercó la otra [27] mujer y dijo: “Yo he venido también a ti, Heracles, porque sé quiénes son tus padres y me he dado cuenta de tu carácter durante tu educación. Por ello tengo la esperanza de que, si orientas tu camino hacia mí, seguro que podrás llegar a ser un buen ejecutor de nobles y hermosas hazañas y que yo misma seré mucho más estimada e ilustre por los bienes que otorgo. No te voy a engañar con preludios de placer, sino que te explicaré cómo son las cosas [28] en realidad, tal como los dioses las establecieron. Porque de cuantas cosas buenas y nobles existen, los dioses no conceden nada a los hombres sin esfuerzo ni solicitud, sino que, si quieres que los dioses te sean propicios, tienes que honrarles, si quieres que tus amigos te estimen, tienes que hacerles favores, y si quieres que alguna ciudad te honre, tienes que servir a la ciudad; si pretendes que toda Grecia te admire por tu valor, has de intentar hacerle a Grecia algún bien; si quieres que la tierra te dé frutos abundantes, tienes que cuidarla; si crees que debes enriquecerte con el ganado, debes preocuparte del ganado, si aspiras a prosperar con la guerra y quieres ser capaz de ayudar a tus amigos y someter a tus enemigos, debes aprender las artes marciales de quienes las conocen y ejercitarte en la manera de utilizarlas. Si quieres adquirir fuerza física, tendrás que acostumbrar a tu cuerpo a someterse a la inteligencia y [29] entrenarlo a fuerza de trabajos y sudores”. La Maldad, según cuenta Pródico, interrumpiendo, dijo: “¿Te das cuenta, Heracles, del camino tan largo y difícil que esta mujer te traza hacia la dicha? Yo te llevaré hacia la felicidad por un camino fácil y corto”. Entonces dijo la Virtud: “¡Miserabie!, ¿qué bien posees tú? ¿O qué sabes tú de placer [30] si no estás dispuesta a hacer nada para alcanzarlo? Tú que ni siquiera esperas el deseo de placer, sino que antes de desearlo te sacias de todo, comiendo antes de tener hambre, bebiendo antes de tener sed, contratando cocineros para comer a gusto, buscando vinos carísimos para beber con agrado, corriendo por todas partes para buscar nieve en verano. Para dormir a gusto, no te conformas con ropas de cama mullidas57, sino que además te procuras armaduras para las camas. Porque deseas el sueño no por lo que trabajas, sino por no tener nada que hacer. Y en cuanto a los placeres amorosos, los fuerzas antes de necesitarlos, recurriendo a toda clase de artificios y utilizando a los hombres como mujeres. Así es como educas a tus propios amigos, vejándolos por la noche y haciéndolos acostarse las mejores horas del día. A pesar de ser inmortal, [31] has sido rechazada por los dioses, y los hombres de bien te desprecian. Tú no oyes nunca el más agradable de los sonidos, el de la alabanza de una misma, ni contemplas nunca el más hermoso espectáculo, porque nunca has contemplado una buena acción hecha por ti. ¿Quién podría creerte cuando hablas?, ¿quién te socorrería en la necesidad?, ¿quién que fuera sensato se atrevería a ser de tu cofradía58? Ésta es la de personas que, mientras son jóvenes, son físicamente débiles y, de viejos, se hacen torpes de espíritu, mantenidos durante su juventud relucientes y sin esfuerzo, pero que atraviesan la vejez marchitos y fatigosos, avergonzados de sus acciones pasadas y agobiados por las presentes, después de pasar a la carrera durante su juventud los placeres, reservando para la vejez las lacras. [32] Yo, en cambio, estoy entre los dioses y con los hombres de bien, y no hay acción hermosa divina ni humana que se haga sin mí. Recibo más honores que nadie, tanto entre los dioses como de los hombres que me son afines. Soy una colaboradora estimada para los artesanos, guardiana leal de la casa para los señores, asistente benévola para los criados, buena auxiliar para los trabajos de la paz, aliada segura de los esfuerzos de la guerra, la mejor intermediaria [33] en la amistad. Mis amigos disfrutan sin problemas de la comida y la bebida, porque se abstiene de ellas mientras no sienten deseo. Su sueño es más agradable que el de los vagos, y si se sienten molestos cuando lo dejan ni a causa de él dejan de llevar a cabo sus obligaciones. Los jóvenes son felices con los elogios de los mayores, y los más viejos se complacen con los honores de los jóvenes. Disfrutan recordando acciones de antaño y gozan llevando bien a cabo las presentes. Gracias a mí son amigos de los dioses, estimados de sus amigos y honrados por su patria. Y cuando les llega el final marcado por el destino, no yacen sin gloria en el olvido, sino que florecen por siempre en el recuerdo, celebrados con himnos. Así es, Heracles, hijo de padres ilustres, como podrás, a través del esfuerzo continuado, [34] conseguir la felicidad más perfecta”». Así fue más o menos como contó Pródico la educación de Heracles por la Virtud, si bien embelleció sus conceptos con expresiones magníficas en mayor grado que las que yo he usado ahora. De modo que merece la pena, Aristipo, que lo medites e intentes preocuparte tú también del tiempo que te queda de vida.
Al darse cuenta en cierta ocasión de que su hijo mayor [2] Lamprocles59 estaba irritado contra su madre, le preguntó:
— Dime, hijo mío, ¿sabes que se llama desagradecidos a algunos hombres?
— Sí, respondió el joven.
— ¿Y te has dado cuenta de lo que hacen quienes reciben este nombre?
— Desde luego, dijo. Se llama desagradecidos a quienes, habiendo recibido buen trato, no devuelven el favor pudiendo hacerlo.
— ¿No te parece entonces que los desagradecidos se cuentan entre los injustos?
— A mí sí me lo parece.
— ¿Consideraste alguna vez si, de la misma manera que [2] parece injusto someter a esclavitud a los amigos, mientras que es justo esclavizar a los enemigos, así también es injusto ser ingrato con los amigos, pero, en cambio, es justo serlo con los enemigos?
— En efecto, dijo. Y me parece que el individuo que habiendo recibido favores de alguien, sea amigo o enemigo, no intenta devolverlos, es injusto.
— Entonces si las cosas son así, ¿no sería la ingratitud [3] una injusticia evidente?
Estuvo de acuerdo.
— ¿No sería, por tanto, un hombre tanto más injusto cuando habiendo recibido mayores favores no los devolviera?
También convino en ello.
— Según eso, ¿podríamos encontrar a alguien que haya recibido mayores beneficios que los hijos de los padres? A quienes los padres cuando no existían les dieron el ser, el poder ver tantas bellezas y participar de tantos bienes como los dioses procuran a los hombres, bienes que nos parecen tan valiosos que nos resistimos a abandonarlos más que ninguna otra cosa; y las ciudades han establecido la pena de muerte para los crímenes más graves en la idea de que no hay miedo a un mal mayor para reprimir el [4] delito. Desde luego, no te imagines que los seres humanos engendran hijos por el placer sexual, porque si de eso se tratara, las calles están llenas de medios para satisfacerlos, como también están llenas las casas. Más bien es evidente que tomamos en consideración de qué mujeres podríamos tener los mejores hijos, y es con ellas con las que nos unimos [5] para procrearlos. El hombre, por su parte, sustenta a la que está dispuesta a colaborar con él en la procreación y prepara para los hijos que van a nacer todo cuanto piensa que les va a ser útil durante la vida, y ello con la mayor abundancia que puede. La mujer, en cambio, tras haber concebido acepta la carga, aguantando molestias y poniendo en peligro su vida, comparte el mismo alimento con el que ella se sostiene, y, después de llevar el embarazo hasta su término con grandes trabajos, a continuación del parto lo mantiene y lo cría, sin haber recibido previamente ningún beneficio de él y sin que el retoño sepa de quién recibe buen trato ni pueda dar a entender qué le falta, sino que ella misma, conjeturando lo que le conviene y lo que le puede gustar, intenta satisfacerle y lo va criando durante mucho tiempo de día y de noche a costa de fatigas, [6] sin saber qué agradecimiento recibirá por ello. Y no basta con criarlo únicamente, sino que además, cuando parece que los niños son ya capaces de aprender algo, los padres les enseñan lo que ellos mismos saben de bueno para la vida, o bien, si consideran que otro es más capaz de enseñarles, se los envían pagando los gastos, procurando por todos los medios que los hijos sean lo mejor posible.
A esto respondió el muchacho:
— Sí, pero lo cierto es que aunque haya hecho todo [7] eso y muchas cosas más, nadie podría soportar su mal carácter.
Entonces dijo Sócrates:
— ¿Tú qué crees que es más difícil de aguantar, la acritud de una fiera o la de una madre?
— Yo creo que la de una madre, al menos la de una como ésta.
— ¿Es que te hizo daño alguna vez, con un mordisco o una coz, como les pasó a muchos con animales?
— ¡Por Zeus!, es que dice unas cosas que a uno no [8] le gustaría oír en toda la vida.
— Y tú, dijo Sócrates, ¿cuántas veces crees que le ocasionaste noche y día molestias inaguantables de palabra y de obra siendo niño, y cuántas penas cuando estabas enfermo?
— Pero jamás le dije ni le hice nada de lo que pudiera avergonzarse.
— ¿Cómo? ¿Acaso crees que es para ti más difícil oír [9] lo que ella dice que para los actores cuando se dicen entre ellos en las tragedias las peores barbaridades?
— Pero es que, en mi opinión, como ellos no piensan mientras hablan que quien acusa esté acusando para castigar, ni que el que amenaza esté amenazando para hacer algún daño, lo soportan más fácilmente.
— ¿Y tú, sabiendo perfectamente que lo que dice tu madre no sólo lo dice sin mala intención sino incluso porque quiere que seas más feliz que nadie, encima te irritas? ¿O crees realmente que tu madre tiene malas intenciones hacia ti?
— No, por cierto, eso desde luego no lo creo.
[10] Entonces dijo Sócrates:
— Y tú de esa mujer que es buena contigo, que se preocupa todo lo que puede para que te pongas bien cuando estás enfermo y para que no te falte nada de lo que necesitas, que además suplica con insistencia a los dioses por tu bien y cumple las promesas que les hace por ti, ¿dices que tiene mal genio? Más bien creo que, si no puedes soportar a una madre así, es que no puedes soportar nada [11] bueno. Dime, ¿crees que debes honrar a alguna otra persona, o estás dispuesto a no complacer ni obedecer a nadie, ni a un general ni a un magistrado?
— ¡Por Zeus! Por supuesto que no.
[12] — Entonces, dijo Sócrates, ¿estás dispuesto a complacer también a tu vecino, para que te deje encender el fuego cuando lo necesites, para que participe contigo en las buenas situaciones y, en caso de accidente, te preste ayuda de cerca con buena voluntad?
— Yo sí, desde luego.
— Y si te encuentras con un compañero de viaje o de navegación, ¿te resultaría indiferente que fuera amigo o enemigo, o crees que deberías preocuparte de la buena voluntad de ambos?
— Desde luego.
[13] — ¿Estás dispuesto entonces a preocuparte de ellos, y no crees, en cambio, que debes honrar a tu madre, que te quiere más que nadie? ¿No sabes que la ciudad no se preocupa ni castiga ningún otro desagradecimiento, sino que hace la vista gorda a los que no agradecen el buen trato recibido, pero si alguien no respeta a los padres le inflige un castigo, lo inhabilita y lo excluye de los cargos60, convencida de que ni los sacrificios religiosos en favor de la ciudad serían piadosos si los ofreciera un hombre así, ni ninguna otra acción sería justa y bella realizada por él? Y, ¡por Zeus!, si alguien no cuida las tumbas de sus padres fallecidos, también la ciudad lo investiga en los exámenes de candidatos a cargos públicos. Por ello, tú, hijo mío, [14] si eres sensato, pedirás a los dioses que te perdonen si en algo faltaste a tu madre, no vaya a ser que te consideren un desagradecido y no quieran hacerte bien; y en cuanto a los hombres, ten cuidado para que no se enteren de tu falta de atención a tus padres, no sea que te desprecien todos y te encuentres desamparado de amigos. Porque si sospecharan que eres un desagradecido con tus padres, ninguno de ellos esperaría recibir agradecimiento en caso de hacerte un favor.
Al enterarse Sócrates en cierta ocasión de que Querefonte [3] y Querécrates61, hermanos y conocidos suyos, estaban peleados, viendo a Querécrates le dijo:
— Dime, Querécrates, tú no eres seguramente una de esas personas que considera más útil el dinero que los hermanos, teniendo en cuenta que el primero es insensible y el segundo racional, aquél necesita defensa y éste puede ayudar, prescindiendo de que el primero es numeroso y éste único. Es extraño también el hecho de que uno considere [2] a sus hermanos como un castigo por no poder poseer sus bienes, y, en cambio, no considere un castigo a sus conciudadanos por no poder poseer sus riquezas; sólo que en este caso pueden razonar que es preferible vivir en compañía de muchos y tener los bienes suficientes con seguridad que vivir solo y poseer peligrosamente todos los bienes de los ciudadanos. En cambio, tratándose de hermanos ignoran [3] este razonamiento. Así, los pudientes compran esclavos para tener quien les ayude y se procuran amigos dando a entender que necesitan amparo, pero se desentienden de los hermanos, como si los amigos surgieran de los [4] ciudadanos y de los hermanos no salieran. En realidad, tiene mucha importancia para la amistad el haber nacido de los mismos padres, y también la tiene el haberse criado juntos, ya que hasta entre las fieras surge el cariño entre hermanos de leche. Además, la gente en general respeta más a los que tienen hermanos que los que no los tienen, y se atreven menos a atacarles.
[5] Entonces dijo Querécrates:
— De acuerdo, Sócrates: si el motivo de la discrepancia no fuera grave, tal vez habría que soportar al hermano y no romper con él por futilezas, ya que, como tú mismo dices, es cosa buena un hermano si es como debe ser. Pero cuando todo le falta y es todo lo contrario exactamente, ¿cómo se podría intentar lo imposible?
[6] Entonces respondió Sócrates:
— Veamos, Querécrates, ¿acaso Querefonte es incapaz de complacer a nadie, como no te complace a ti, o hay personas a las que gusta mucho?
— Precisamente por eso, Sócrates, tengo motivos para odiarlo, porque es capaz de agradar a otros y, en cambio, a mí, por dondequiera que se me presente, con sus hechos y sus palabras me sirve más de castigo que de ayuda.
[7] — ¿No ocurrirá lo mismo que con un caballo, dijo Sócrates, que es un castigo para quien intenta manejarlo sin entenderlo, que también un hermano sea un castigo cuando alguien intenta manejarlo sin entenderlo?
— ¿Cómo podría yo no saber manejar a un hermano, [8] dijo Querécrates, si sé responder con buenas palabras a sus buenas palabras y con buenas acciones a sus buenas acciones? Pero a quien de palabra y de hecho intenta molestarme yo no podría ni hablarle bien ni hacerle ningún favor, ni lo intentaré siquiera.
Dijo Sócrates: [9]
— Es extraño lo que dices, Querécrates. Si tuvieras un perro para tus rebaños que fuera leal y se mostrara agradable con los pastores, pero a ti te gruñera al acercarte, evitando enfadarte intentarías apaciguarlo con tus caricias. En cambio, a tu hermano, que afirmas que es un gran bien cuando es contigo como debe ser, a pesar de que reconoces que eres capaz de portarte bien y de hablar amablemente, no intentas poner todos los medios para que sea contigo el mejor hermano.
Entonces dijo Querécrates:
— Es que temo, Sócrates, no tener bastante inteligencia [10] como para hacer de Querefonte lo que tendría que ser conmigo.
— No hace falta, dijo Sócrates, emplear con él ningún procedimiento sofisticado ni nuevo, sino que me parece que con lo que sabes podrías ganártelo y que te estimara mucho.
— Entonces dime de una vez si has advertido que yo [11] conozco un encantamiento que yo mismo no me he dado cuenta de saberlo.
— Respóndeme en ese caso: si quisieras conseguir que algún conocido tuyo cada vez que hiciera un sacrificio te invitara a su convite62, ¿qué harías?
— Es evidente que empezaría por invitarle yo a él cuando hiciera un sacrificio.
[12] ¿Y si quisieras inducir a algunos de tus amigos a encargarse de tus cosas casa vez que hicieras un viaje, ¿qué harías?
— Naturalmente primero procuraría yo encargarme de sus intereses cuando saliera de viaje.
[13] — Y si quisieras que un extranjero te acogiera en su casa63 cuando fueras a su país, ¿qué harías?
— Evidentemente, primero le acogería yo a él cuando viniera a Atenas, y si quisiera que él se mostrara dispuesto a gestionarme los negocios por los que iba, está claro, que yo tendría que hacer primero lo mismo por él.
[14] — Luego hace tiempo que tú conocías todos los encantamientos que hay en el mundo, pero lo disimulabas. ¿O es que vacilas en ser el primero, por miedo a desacreditarte, si empiezas a tratar bien a tu hermano? Y, sin embargo, parece digno del mayor elogio el hombre que se adelanta en hacer mal a los enemigos y en favorecer a los amigos. Si yo creyera que Querefonte es más dispuesto que tú para ser el guía en esta amistad, intentaría convencerle para que tratara primero de conseguirla, pero es que en realidad creo que si tú empiezas podrías llevarlo a cabo mejor.
[15] En ese momento dijo Querécrates:
— ¡Qué cosas más raras dices, Sócrates, nada propias de ti! Pretendes que yo, que soy el más joven, dé el primer paso, aunque todo el mundo opina lo contrario, que sea el mayor quien tome la iniciativa, tanto en palabras como en obras.
— ¿Cómo?, dijo Sócrates, ¿no se opina en todas partes [16] que el más joven le ceda el paso al más viejo cuando se lo encuentra en el camino64, y que se levante si está sentado y que le honre con cama muelle y le ceda la palabra? Entonces, mi buen amigo, no vaciles, intenta amansar a tu hermano, y muy pronto te responderá. ¿No ves que es noble y generoso? La gentuza vil no se puede ganar sino con donativos, pero a los hombres de bien te los puedes conciliar tratándolos amigablemente.
Querécrates respondió: [17]
— ¿Y qué pasa si, haciendo yo todo eso, él no mejora en nada?
— ¿Qué otra cosa podrías arriesgar, dijo Sócrates, sino demostrar que tú eres bueno y un buen hermano y él ruin e indigno de favores? Pero no creo que vaya a ser nada de eso. Más bien creo que cuando él se dé cuenta de que lo invitas a este certamen, porfiará para vencerte haciendo el bien de palabra y de obra. Porque ahora estáis en la misma situación que si las dos manos que dios os dio para que se ayudaran mutuamente se desentendieran de esta finalidad y se dedicaran a estorbarse una a otra, o si los dos pies que por destino divino han sido hechos para colaborar entre sí prescindieran de este objetivo y se pusieran trabas uno a otro. ¿No sería gran ignorancia y gran desgracia utilizar para nuestro daño lo que se ha creado para nuestro provecho? Pues bien, yo creo que dios hizo dos hermanos para una mayor utilidad recíproca que las dos manos, o los dos pies, o los dos ojos, o los demás miembros hermanos que hizo surgir en los hombres. Porque, si las manos tuvieran que hacer al mismo tiempo algo que distara más de una braza65, no podrían, ni los pies si tuvieran que andar separados más de una braza, y los ojos, que son los que parecen alcanzar más, tampoco podrían, ni siquiera entre cosas que están más cerca, ver al mismo tiempo las de delante y las de atrás. Pero, por separados que estén, dos hermanos que se quieren trabajan juntos y en beneficio mutuo.
[4] En cierta ocasión, hablando de los amigos, le oí expresarse en términos tales que podría sacarse de ellos el mayor provecho tanto para conseguir amigos como para saber utilizarlos. Afirmaba que había oído decir a muchas personas que el más precioso de todos los bienes era un amigo seguro y sincero, pero veía que la mayoría se preocupaban de [2] cualquier cosa más que de adquirir amigos. Pues las casas, los campos, esclavos, rebaños y muebles, él veía que se los procuraban afanosamente y trataban de conservar los que tenían, mientras un amigo, que aseguran que es el mayor bien, veía que la mayoría no se preocupaban de adquirirlo [3] ni de conservar los que tenían. Incluso en caso de encontrarse enfermos amigos y esclavos, veía que algunas personas hacían llamar a médicos para los esclavos y que ponían cuidadosamente los medios en general para que recuperaran la salud, mientras que se desentendían de los amigos, y que, cuando morían unos y otros, se afligían por los criados y lo consideraban un castigo, en tanto que [4] con los amigos no creían haber perdido nada. Y que mientras no dejaban sin atender ni vigilar ninguna de sus posesiones, se desentendían de sus amigos cuando necesitaban ayuda. Añadía a esto que veía que la mayoría de la gente conocía la cantidad de sus bienes por numerosos que fueran, mientras que de los amigos, aun siendo tan pocos, no sólo ignoraban el número sino que al tratar de hacer una lista para los que les hacían esta pregunta, volvían a borrar a los que habían incluido entre sus amigos: ¡hasta tal punto se preocupaban de ellos! A pesar de que con [5] toda seguridad no hay otra posesión que pueda compararse con la adquisición de un buen amigo. Pues ¿qué caballo, qué pareja de bueyes podría ser tan útil como un buen amigo? ¿Qué esclavo es tal leal y tan constante? ¿O qué otra posesión es tan beneficiosa en todos los sentidos? Porque el buen amigo está siempre en su sitio dispuesto [6] a proveer a su amigo en todo lo que le falte, ya sea para la gestión de sus asuntos privados o de las actividades públicas, y si hay que prestar ayuda a alguien, colabora, si el miedo le conturba, acude en su ayuda, unas veces contribuyendo a los gastos, otras trabajando con él, otras ayundado a persuadir u obligando a la fuerza, mostrando la mayor alegría en las buenas situaciones y el apoyo más grande en las desgracia. Todo lo que a un hombre le ayudan sus manos y ven los ojos por él, oyen por él sus oídos [7] o consiguen sus pies al caminar, todo lo supera el amigo con su ayuda. A menudo, lo que alguien no consiguió terminar por sí mismo, o no lo llegó a ver, o no lo oyó, o no lo acabó de recorrer, el amigo lo realiza por su amigo. Sin embargo, algunos intentan cultivar árboles por sus frutos, pero cuando se trata de la posesión más fructífera, que es un amigo, la mayoría la atienden con pereza y desmayo.
En otra ocasión le oí un razonamiento que en mi opinión [5] inducía al oyente a examinarse a sí mismo para preguntarse hasta qué punto era digno de sus amigos. En efecto, al ver que uno de sus seguidores desatendía a un amigo que estaba agobiado por la pobreza, preguntó a Antístenes66 en presencia del desentendido y de otros muchos:
[2] — ¿Acaso los amigos, Antístenes, no tienen un precio, como los esclavos? Porque un esclavo vale dos minas, otro no vale ni media, otro vale cinco, otro diez. Y se dice que Nicias, el hijo de Nicerato, pagó un talento67 por un capataz para su mina de plata. Por ello pregunto si, lo mismo que hay un precio para los esclavos, los hay también para los amigos.
[3] — ¡Sí, por Zeus!, dijo Antístenes. Yo, al menos, valoraría la amistad de una persona en más de dos minas, mientras que a otro no lo tasaría ni en media mina, a otro lo estimaría por un precio de diez minas, y por otro pagaría todo el dinero y todos los esfuerzos para que fuera mi amigo.
[4] — Entonces, dijo Sócrates, si las cosas son así, sería bueno que uno se examinara a sí mismo para saber cuánto vale para los amigos y tratar de tener el más alto precio, para que los amigos lo abandonaran menos. Porque yo muchas veces, después de oír decir a uno que su amigo le traicionó, a otro que un hombre a quien consideraba su amigo prefirió en lugar de él una mina, y cosas parecidas [5] siempre, me pregunto si de la misma manera que uno quiere vender un esclavo malo y lo cede por lo que le dan, así también sería atractivo vender un amigo malo cuando es posible sacar más de lo que vale. Pero yo veo que a los buenos ni se les vende si son esclavos ni se les abandona si son amigos.
También me parecía que daba consejos llenos de sensatez [6] en cuanto al examen sobre la clase de amigos que merece la pena adquirir cuando se expresaba de la siguiente manera:
— Dime, Critobulo68, si necesitáramos un buen amigo, ¿cómo intentaríamos buscarlo? ¿No deberíamos en primer lugar tratar de descubrir uno que fuera dueño de su estómago, de su sed, de su lujuria, del sueño y de la pereza? Porque un individuo que se dejara dominar por estas pasiones no sería capaz de cumplir sus obligaciones ni por él ni por un amigo.
— No, por Zeus, desde luego.
— ¿Piensas entonces que debemos apartarnos del hombre dominado por estas pasiones?
— Totalmente.
— Y un individuo que por ser malversador no se basta [2] a sí mismo, sino que siempre está necesitando a su prójimo, que cuando se le presta no lo puede devolver y si no se le presta odia al que no le da, ¿no te parece que también éste es un amigo difícil?
— Desde luego.
— ¿Hay que alejarse también de éste?
— Sin duda habría que alejarse.
— ¿Qué pasa entonces con el que es capaz de hacer [3] dinero pero desea acumular muchas riquezas y por eso es de trato difícil, que le gusta recibir pero no está dispuesto a devolver?
— Yo creo que éste es todavía peor que el otro.
— ¿Y el que por su pasión de hacer dinero no tiene tiempo para otra cosa que para ver de dónde sacará algún beneficio?
— También hay que apartarse de éste, en mi opinión, pues su trato no sería provechoso.
— ¿Y el pendenciero, que está deseando crearles muchos enemigos a sus amigos?
[4] — También debemos huir de éste, ¡por Zeus!
— ¿Y si alguien no tuviera ninguno de estos defectos, pero se resigna a recibir favores sin preocuparse de devolverlos?
— Tampoco nos sería útil este individuo. Pero en ese caso, Sócrates, ¿qué clase de persona intentaremos convertir en amigo?
[5] — En mi opinión, a un hombre que, al contrario que los anteriores, sea dueño de los placeres del cuerpo, hospitalario, de buen trato, con espíritu de emulación suficiente para no quedar atrás en devolver los favores que reciba, de modo que sea útil a los que le traten.
[6] — ¿Y cómo podríamos comprobar estas cualidades antes de tratarlo?
— No aprobamos a los escultores juzgándolos por sus palabras, sino que cuando vemos alguno que con anterioridad ha esculpido bien sus estatuas confiamos en él para que haga bien sus obras futuras.
[7] — ¿Quieres decir que si un hombre evidentemente ha tratado bien a los amigos anteriormente, sin duda se portará bien con los sucesivos?
— Sí, porque el individuo que veo que ha tratado bien antes a sus caballos, pienso que también manejará bien a otros.
[8] — De acuerdo, dijo. Y si un hombre nos parece digno de nuestra amistad, ¿cómo hay que convertirlo en amigo?
— Ante todo, dijo, hay que observar las señales de los dioses, si nos aconsejan que lo convirtamos en amigo.
— ¿Y luego? Si alguien nos parece y los dioses no se oponen, ¿puedes decirme cómo debemos cazarlo?
— ¡Por Zeus!, no siguiéndole las huellas, como a la [9] liebre, ni con reclamo como a los pájaros, ni violentamente como a los enemigos, porque es trabajoso hacer un amigo contra su voluntad. También es difícil retenerle encadenado como si fuera un esclavo, pues los que sufren este trato se convierten en enemigos más que en amigos.
— ¿Cómo se hacen amigos, entonces? [10]
— Dicen que hay ciertos encantamientos69, y los que los conocen convierten en amigos encantando a los que desean, y también hay drogas, cuyo conocimiento hace que sean amados aplicándoselas a quienes quieran.
— ¿Y dónde podríamos aprender estas fórmulas? [11]
— Los encantamientos que las Sirenas cantaban a Ulises, como has oído a Homero, empezaban así más o menos:
Ven aquí, ea, ilustre Odiseo, gran gloria de los aqueos70.
— ¿No es ése el encantamiento, Sócrates, con el que las Sirenas retenían a la gente, de tal manera que no podían escapar ya de ellas los que eran encantados?
— No, sólo cantaban así a los que se afanaban por la virtud.
— ¿Quieres dar a entender que hay que encantar a cada [12] uno con palabras tales que al oírlas no vaya a creer que el recitador se está burlando de él?
— Sí, porque si a quien se sabe que es bajito, feo y enclenque se le elogiara diciendo que es alto, hermoso y fuerte, se haría uno más aborrecible y espantaría a la gente de sí.
— ¿Pero conoces otras fórmulas de encantamiento?
[13] — No, pero he oído decir que Pericles conocía muchas, con las que se hacía querer de la ciudad.
— ¿Y cómo hizo Temístocles para que la ciudad lo apreciara?
— ¡Por Zeus!, no con hechizos71, sino rodeándola de bienes abundantes.
[14] — Me parece que me estás dando a entender, Sócrates, que si estamos dispuestos a adquirir un buen amigo, nosotros mismos tenemos que ser honrados de palabra y de acción.
— ¿Y tú creías, dijo Sócrates, que era posible, aun siendo una persona ruin, procurarse amigos virtuosos?
[15] —Es que yo veía, dijo Critobulo, que charlatanes mezquinos tenían entre sus amigos a buenos oradores, y personas totalmente incapaces de mandar tropas eran compañeros de generales magníficos.
[16] — Y en este tema que estamos discutiendo, ¿conoces a personas que siendo inútiles son capaces de hacerse con amigos provechosos?
— ¡Por Zeus!, desde luego que no. Pero si es imposible, siendo malvado, conseguir como amigos a hombres de bien, me preocupa saber si es fácil, siendo uno mismo hombre de bien, hacerse amigo de hombres de bien.
[17] — Lo que te desconcierta, Critobulo, es que con frecuencia ves a personas que hacen el bien y se abstienen de villanías, y que, en vez de ser amigos, se pelean entre sí y se tratan entre ellos con más dureza que los hombres que no valen nada.
— Y no sólo, dijo Critobulo, se comportan así los [18] particulares, sino que también ciudades que más se afanan por las más nobles empresas y menos se entregan a la ruindad, a menudo viven en guerra entre ellas. Cuando pienso en ello, me siento muy desanimado respecto a la adquisición [19] de amigos. No sólo veo que los malos son incapaces de ser amigos entre sí, porque ¿cómo podrían llegar a ser amigos hombres desagradecidos, indiferentes, codiciosos, desleales o incontinentes? De manera que estoy seguro de que los malos han nacido más bien para odiarse que para ser amigos. Pero es que por otra parte, como tú mismo [20] dices, tampoco los malos podrían llegar a una amistosa concordia con los buenos. Porque ¿cómo podrían llegar a ser amigos los que hacen el mal y los que odian tales acciones? Si hasta los que practican la virtud se pelean entre sí por el mandato en las ciudades y se odian a causa de la envidia, ¿qué amigos quedarán todavía y entre qué hombres habrá buena voluntad y confianza?
— ¡Ay, Critobulo!, dijo Sócrates, es que la situación [21] es algo complicada. Una parte del ser humano es por naturaleza amistosa, pues se necesitan unos a otros, se compadecen mutuamente, colaboran entre ellos, se ayudan y, conscientes de ellos, se sienten agradecidos unos con otros. Pero otra parte es belicosa, pues cuando consideran hermosas y agradables las mismas cosas luchan por ellas, adoptan posturas diferentes y se enfrentan entre sí. También es cosa de guerra la discordia y la ira. Causa de hostilidad es el deseo de tener más, motivo de odio es la envidia. A pesar de todo ello, la amistad se desliza entre las dificultades [22] y une a los hombres de bien, pues gracias a la virtud prefieren tener sin fatigas una fortuna moderada a ser dueños de todo por medio de la guerra, y cuando tienen hambre y sed son capaces de participar sin pesadumbre del pan y de la bebida, y aunque disfrutan con los amores de la belleza, son capaces de contenerse para no ofender a quienes [23] no deben. No sólo pueden participar legalmente de las riquezas, absteniéndose de la codicia, sino que también se ayudan unos a otros. También pueden arreglar sus discordias no sólo sin ofensa, sino incluso en mutua conveniencia, e impedir que la ira llegue al punto de tener que arrepentirse. En cuanto a la envidia, la extirpan totalmente, unas veces poniendo sus bienes a disposición de los amigos y otras considerando como propios los bienes de aquéllos. [24] ¿Cómo no va a ser lógico en esas condiciones que los hombres de bien participen en los cargos públicos no sólo sin hacerse daño entre sí, sino incluso en su mutuo beneficio? Porque quienes desean honores y cargos en las ciudades para poder robar los caudales públicos, ejercer violencia y vivir una vida regalada, son injustos, ruines e incapaces [25] de ponerse de acuerdo con nadie. Mientras que si alguien desea recibir honores en la ciudad con objeto de no ser él mismo víctima de injusticia y poder ayudar a sus amigos en sus derechos, y si en el ejercicio de una magistratura se esfuerza por hacer algún bien a su patria, ¿por qué motivo un hombre así no podría llegar a ponerse de acuerdo con otros como él? ¿O es que en compañía de hombres de bien estará menos capacitado para ayudar a sus amigos? ¿O será menos apto para beneficiar a su patria si toma como colaboradores a otros hombres de bien?
[26] Incluso en los certámenes deportivos es evidente que, si se permitiera a los más fuertes agruparse contra los más débiles, vencerían en todas las competiciones y se llevarían todos los trofeos72. Allí por esa razón no permiten hacerlo, pero en la política, donde dominan los hombres de bien, nadie impide que se presten servicios a la ciudad con quien uno desee. ¿Cómo no va ser provechoso, cuando se está gobernando, adquirir los mejores amigos utilizándolos como ayudantes, colaboradores más que opositores? Porque [27] también es evidente que cuando alguien entabla una lucha necesita aliados, los más posibles, si ha de enfrentarse con hombres de pro. También es cierto que hay que tratar bien a los que se muestran dispuestos a ser aliados, para que quieran poner todo su empeño. Es, con mucho, preferible tratar bien a los mejores, que son pocos, que a los ruines, que son muchos, porque los malos necesitan muchas más favores que los buenos. ¡Ánimo, pues, Critobulo! Intenta [28] ser bueno, y, cuando lo hayas conseguido, trata de cazar a los hombres de bien. Tal vez yo también podría ayudarte un poco en esta cacería por el hecho de que soy entendido en cosas de amor. Porque, cuando yo deseo a alguien, me lanzo todo entero con vehemencia, a fuerza de quererlos, a hacerme querer de ellos, a añorarles para ser añorado por ellos, a desear su compañía para que ellos deseen la mía. Veo que también tú necesitarás tales artes cuando desees [29] hacer amistad con alguien. Por ello, no me ocultes de quién querrías llegar a ser amigo, pues con el interés de agradar a quien me agrada creo que tengo experiencia para la caza de hombres.
Dijo entonces Critobulo: [30]
— Realmente, Sócrates, hace tiempo que estoy ansioso de tales enseñanzas, sobre todo si la misma ciencia me va a servir para los buenos de espíritu y para los bellos de cuerpo.
Y Sócrates dijo:
[31] — Critobulo, no forma parte de mi ciencia conseguir, con sólo extender las manos, que los buenos se queden quietos. Estoy convencido de que los hombres huían de Escila73 precisamente por esto, porque les ponía las manos encima. En cambio, las Sirenas, que no le ponían la mano a nadie, sino que les cantaban a todos de lejos, cuentan que todos se paraban y al oírlas quedaban hechizados.
Entonces dijo Critobulo:
[32] — Descuida, que no le pondré a nadie las manos encima, sigue enseñándome lo bueno que sepas para conseguir amigos.
— ¿Tampoco acercarás tu boca a su boca?, dijo Sócrates.
— Estáte tranquilo, dijo Critobulo, tampoco acercaré mi boca a la boca de nadie, a menos que sea bello.
— Acabas de decir, Critobulo, lo contrario de lo conveniente, pues los bellos no soportan tales tratos, mientras que los feos se prestan a gusto, convencidos de que los llaman bellos por su alma74.
[33] Y Critobulo dijo:
— Estáte tranquilo, y sigue enseñándome el arte de cazar amigos, en la idea de que besaré a los bellos y me comeré a besos a los buenos.
Entonces respondió Sócrates:
— En ese caso, Critobulo, cuando quieras ser amigo de alguien, ¿me dejarás denunciarte, diciéndole que sientes admiración por él y quieres ser amigo suyo?
— Denúnciame, dijo Critobulo. No conozco a nadie que odie los elogios.
— Pero si yo además te acuso de que a causa de tu admiración [34] sientes también hacia él buena voluntad, ¿no creerás que te estoy calumniando?
— No, porque también yo siento buena voluntad hacia los que sospecho que la tienen conmigo.
— También podré yo decir, intervino Sócrates, esto de [35] ti a los que quieres convertir en amigos. Pero si además me das libertad para decir de ti que eres devoto de tus amigos y con nada disfrutas tanto como con buenos amigos, que te enorgulleces de las bellas acciones de tus amigos tanto como de las propias, que te alegras de los bienes de los amigos tanto como de los propios, que no te cansas de trabajar para que los amigos prosperen, que tienes como lema que la virtud de un hombre consiste en vencer a los amigos haciendo el bien y a los enemigos haciendo el mal, creo que te sería muy útil como compañero de caza de buenos amigos.
— ¿Y por qué me hablas así, dijo Critobulo, como si [36] no dependiera de ti al hablar de mí el decir lo que quieras?
— No, ¡por Zeus!, como oí decir en cierta ocasión a Aspasia75. Decía, en efecto, que las buenas casamenteras son muy hábiles para reunir personas en matrimonio cuando los informes que transmiten son verdaderos, pero que, en cambio, no se muestran dispuestas a hacer elogios falsos, porque los que se descubren engañados se odian entre ellos y también a la casamentera. Yo también, convencido de que tenía razón, creo que no podría decir en elogio tuyo nada que no sea verdad.
[37] — Entonces, dijo Critobulo, eres tal clase de amigo mío que si personalmente tengo alguna cualidad favorable para conquistar amigos, me ayudas, pero si no, no estarías dispuestos a contar alguna historia para ayudarme.
— ¿Y de qué manera, dijo Sócrates, te parece que te ayudo más, haciendo de ti falsas alabanzas o tratando de convencerte para que intentes ser un hombre de bien? [38] Y si esto no resulta evidente para ti, examínalo a partir de los siguientes ejemplos: Si, queriendo yo hacerte amigo de un armador, le hiciera un elogio falso de ti diciéndole que eres un buen timonel, y él fiándose de mí te confiara su nave sin saberla gobernar, ¿tienes alguna razón para esperar otra cosa que perderte tú mismo y la nave? O si a base de mentiras yo convenciera a la ciudad en pleno de que se pusiera en tus manos como general, juez y político, ¿qué crees que te pasaría a ti y a la ciudad por obra tuya? Y si a fuerza de mentiras yo convenciera privadamente a algunos ciudadanos de que te confiaran la gestión de sus bienes, por tratarse de un administrador bueno y escrupuloso, una vez sometido a la prueba ¿no resultaría [39] perjudicial y ridículo? El camino más corto y más seguro, Critobulo, y también el más hermoso, si quieres parecer bueno en algo, es procurar llegar a serlo en realidad. Todo lo que los hombres llaman virtudes te darás cuenta, si reflexionas, de que aumentan con el ejercicio y el estudio. Por ello, Critobulo, creo que debemos cazar en ese sentido. Pero si tú piensas de otra manera, dilo.
Entonces dijo Critobulo:
— No, Sócrates, me daría vergüenza hacer alguna objeción, pues no diría nada hermoso ni verdadero.
[7] En cuanto a las dificultades de sus amigos a consecuencia de la ignorancia, trataba de aliviarlas con su consejo, y cuando la causa era la necesidad les enseñaba a ayudarse mutuamente en la medida de sus posibilidades. También en este aspecto contaré lo que sé de él.
Al enterarse en cierta ocasión de que Aristarco76 estaba de malhumor, le dijo:
— Aristarco, parece que tienes algún problema. Deberías dejar que tus amigos lo compartan, pues tal vez nosotros podríamos aliviarte.
Aristarco respondió:
— Efectivamente, Sócrates, me encuentro en un gran [2] aprieto, pues desde que hay revolución en la ciudad77 y mucha gente ha huido al Pireo, se han concentrado en mi casa tantas hermanas, sobrinas y primas abandonadas que somos catorce sin contar la servidumbre. No sacamos nada, ni del campo porque lo ocupa el enemigo, ni de las viviendas por la escasez de habitantes en la ciudad. Los muebles nadie los compra, ni se puede pedir dinero prestado en ninguna parte, sino que antes lo encontraría por la calle si lo buscara que no que me lo prestaran. Es muy triste, Sócrates, dejar que tus parientes se mueran, pero resulta imposible mantener a tanta gente en estas circunstancias.
Al oír estas palabras, intervino Sócrates: [3]
— ¿Cómo es posible entonces que Ceramón78 pueda mantener a mucha gente, proporcionando lo necesario para él y para los suyos, que encima ahorre dinero y se haga rico, mientras tú por mantener a mucha gente temes que todos perezcáis por falta de subsistencias?
— ¡Por Zeus!, es que él mantiene esclavos y yo gente libre.
[4] — ¿Y quiénes crees que son mejores, los libres de tu casa o los esclavos de casa de Ceramón?
— Yo pienso que son mejores los libres de mi casa.
— ¿No es entonces una vergüenza que él esté en la abundancia con gentes peores y tú con personas mucho mejores te encuentres en estrecheces?
— ¡Sí, por Zeus!, porque él mantiene artesanos, mientras que los míos están educados como personas libres.
[5] — ¿Y no son artesanos los que han aprendido a hacer algo útil?
— Ciertamente.
— ¿No es útil la harina?
— Sí, mucho.
— ¿Y el pan?
— No lo es menos.
— ¿Y qué me dices de los mantos de hombre y de mujer, de las tuniquillas, las capas y las blusas?
— Todo ello es muy últil.
— Entonces, las personas que hay en tu casa ¿no saben hacer nada de eso?
— Todas ellas, yo creo.
[6] — ¿No sabes entonces que con una sola de ellas, la industria harinera, Nausicides no sólo se mantiene él y sus esclavos sino además muchos cerdos y vacas, y le sobra tanto dinero que a menudo corre con los gastos de los servicios públicos79, y que con su fábrica de pan sustenta Cirebo a toda su familia y vive en la abundancia, Demeas de Colito con la manufactura de mantos, Menón fabricando bufandas y la mayoría de los megarenses se mantienen con la industria de las blusas?
— ¡Por Zeus!, es que ellos disponen de hombres bárbaros que han comprado para obligarles a trabajar en lo que venga bien, mientras que yo tengo gente libre y parientes.
¿Crees entonces que por ser libres y parientes tuyos no [7] tienen que hacer otra cosa que comer y dormir? ¿Acaso ves que quienes viven así lo pasan mejor que las demás personas libres o que son más felices que quienes poseen conocimientos útiles para la vida y se ocupan de ellos? ¿O adviertes que la ociosidad y la negligencia ayudan a los hombres a aprender lo que les conviene saber, a recordar lo que han aprendido, a ser sanos y fuertes de cuerpo y a adquirir y conservar lo que es útil para la vida, y que, en cambio, el trabajo y la diligencia no sirven para nada80? ¿Cómo aprendieron las mujeres las cosas que tú dices que [8] saben, como algo que no es últil para la vida ni con la intención de ocuparse de ninguna de ellas, o, por el contrario, para dedicarse a ellas y sacar de ellas provecho? ¿Cómo podrían ser más sensatos los seres humanos, estando ociosos o bien ocupándose de cosas útiles? ¿Cómo serían más justos, trabajando o sin hacer nada, deliberando sobre la manera de subistir? En realidad, en este momento [9] ni tú las quieres a ellas ni ellas a ti, tú porque las consideras una carga y ellas porque se dan cuenta de que tú estás agobiado por ellas. De ahí sale el peligro de que el disgusto se vaya haciendo mayor y su primera gratitud vaya disminuyendo. En cambio, si las mandas algún trabajo, tú las estimarás al ver que son útiles para ti y ellas también te querrán al darse cuenta de que estás contento con ellas, y, recordando con más gusto los beneficios anteriores, aumentará el agradecimiento por ellos, y en consecuencia [10] viviréis con más amor y confianza mutua. Ahora bien, si tuvieran que trabajar en algo vergonzoso, sería preferible la muerte, pero la realidad es que, por lo que se ve, ellas saben lo que parece más hermoso y más decente para una mujer. Todo el mundo trabaja con mayor facilidad, más rápidamente, mejor y con más gusto en aquello que sabe hacer. No temas por ello proponerles lo que va a beneficiaros a ti y a ellas. Seguramente, te escucharán gustosas, como es lógico.
[11] — ¡Por los dioses!, respondió Aristarco, tan bien me parece que hablas que si antes no me lanzaba a pedir un préstamo, convencido de que después de gastar lo que recibiera no podría devolverlo, ahora creo que aceptaré el pedirlo como capital para el negocio.
[12] La consecuencia fue que consiguió el capital y compró lana: trabajando almorzaban, después de trabajar cenaban, y en vez de caras largas estaban muy contentas, en vez de mirarse de reojo se miraban complacidos entre sí, ellas le querían como protector y él les tenía afecto porque eran útiles. Para terminar, un día se acercó a Sócrates y le contó divertido que ellas le echaban en cara que era el único de la casa que comía sin trabajar.
[13] — ¿Por qué no les cuentas la fábula del perro?81, le dijo Sócrates. Dicen que cuando los animales hablaban, la oveja le dijo a su amo: Es extraño lo que haces, porque a nosotras que te proporcionamos lana, corderos y queso, no nos das nada que no tomemos nosotras de la tierra, y en cambio al perro, que no te procura nada parecido, le haces partícipe de tu propia comida. Y que el perro al oírlo dijo: ¡Por Zeus!, es que yo soy quien os guarda para [14] que no os roben los hombres ni los lobos os lleven, pues si yo no os protegiera, ni siquiera podríais pastar, por miedo a que os mataran. Dicen que entonces las ovejas estuvieron de acuerdo en que el perro tuviera trato preferente. Diles, pues, a tus parientas que eres como su perro guardián y cuidador, y que gracias a ti nadie les hace daño y pueden vivir trabajando con seguridad y a gusto.
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