Read the book: «Noche de verano»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Jane Donnelly
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Noche de verano, n.º 1466 - enero 2021
Título original: A Very Private Man
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-140-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
LOS DOS hacían una pareja muy atractiva, digna de un anuncio de televisión. Una preciosa joven de pelo rubio y un hombre de pelo oscuro, sentados en un jardín. Sin embargo, ninguno de los dos sonreía. Por lo menos Philip. Estaba tan serio que Isolda tuvo que morderse los labios porque sabía que cualquier ligereza por su parte agravaría la situación.
–Tendrás que llamarla y decírselo –dijo Philip.
–Lo haré, aunque no creo que…
–La alfombra es blanca, la tapicería es blanca… Claro que verán las pulgas –la interrumpió Philip.
–Lo que quería decir es que no creo que haya ninguna. La saqué en cuanto vi la primera.
–Eso no lo sabes. ¿Dónde está?
–En el cobertizo. ¿Quieres verla?
–Voy a casa a ducharme y a cambiarme –anunció Philip, en tono ofendido–. Aunque supongo que tu sí que habrás tenido tiempo de hacerlo.
–Bueno, sí.
–Entonces, líbrate de ella.
–Hay un problema…
–No hay ningún problema –le espetó Philip–. Llévala a un centro de acogida o déjala dónde la encontraste.
Ella lo observó cruzar el jardín, en dirección a la casa, y casi estuvo a punto de seguirlo. Ella le había hecho andar unos cinco kilómetros por caminos polvorientos y lo sentía. Suponía que debía llamar a Laura, pero lo pospuso un momento para poder disfrutar un poco más del jardín. Aquél era su rincón favorito, al pie del nogal que estaba al lado de una de los muros de ladrillo del jardín. Bajo el árbol, sobre un pedestal, había un busto de mármol blanco, con el que, de niña, solía hablar y compartir sus secretos. E incluso todavía seguía haciéndolo.
–¿Qué hago, Charlie? –le preguntó a la estatua, apoyando la cara sobre la mejilla de mármol–. ¿Voy detrás de él?
–Déjalo marchar.
Por un momento a ella le pareció que Charlie había respondido. Pero entonces, vio el rostro que la contemplaba por encima del muro.
–Lo siento –añadió el rostro–, pero me gustaría saber más de toda esta historia. ¿Se trata de un perro?
–Claro que se trata de un perro. No es que sea asunto suyo, pero ¿de qué otra cosa podíamos estar hablando?
–De un gato, de un erizo, de un mendigo…
El pensamiento de presentarse con un gato, un erizo o un mendigo antes del cóctel y presentárselo a Laura y a sus amigos hizo sonreír a Isolda. Ya se había armado bastante revuelo por un perro.
–¿Puedo pasar? –preguntó el desconocido.
Él estaba en el jardín contiguo, lo que resultaba tranquilizador. Además, su aspecto era de lo más atrayente. Moreno, de pelo alborotado y una sonrisa que le hacía a ella sonreír.
–¿Por qué no? –respondió ella, mientras él saltaba el muro y se acercaba a ella.
Era muy alto y delgado. Llevaba puestos unos vaqueros deslucidos y un jersey gris que parecía demasiado grande para sus anchos hombros.
–Encantado de conocerla –dijo él–. Soy Nathan Coleman, y en estos momentos resido en el ático de la señorita MacShane.
Poppy MacShane, la dueña de la casa de al lado, algunas veces tomaba inquilinos durante los meses de verano. En aquel momento, el hombre estaba mirando el busto de mármol.
–Es guapo. ¿Es pariente suyo?
–Un viejo amigo –respondió Isolda–. ¿Cuántos amigos tiene usted que lo escuchen siempre sin devolverle una mala palabra?
–No muchos. Ni siquiera uno. Es un rincón muy bonito –añadió él, mirando a su alrededor.
La imponente casa estaba al otro lado. Era un lugar muy agradable para vivir. Isolda no podía pedir nada mejor. Entonces, él la miró. Ella estaba acostumbrada a miradas de admiración, ya que era increíblemente atractiva. Tenía el pelo, largo y rubio, recogido, con unos mechones sueltos, los pómulos bien marcados y los ojos verdes y rasgados. Vestida con unos vaqueros negros y una camisa de seda blanca, Isolda decidió que él también era digno de una mirada de admiración.
Tenía la mandíbula fuerte, pero la boca reflejaba una expresión divertida. Ella estaba segura de que era un hombre carismático, con una gran opinión de sí mismo. Bajo las negras cejas, relucían unos ojos de color gris oscuro, rodeados de espesas pestañas también negras.
–¿Nos conocemos? –preguntó ella.
–No lo creo –respondió él, tras una breve pausa–. Si así fuera, debe de haber sido hace mucho tiempo o yo lo recordaría.
–Yo también –dijo ella, sonriendo.
–Puedo verla bajar por el jardín de niña, cuando era tan pequeña que para hablar con Charlie necesitaba una silla.
Y así había sido. De aquello hacía muchos años, pero el recuerdo la hizo sonreír, rememorando cómo había llevado una silla de algún sitio y le había limpiado el musgo con un estropajo.
–Es imposible recordar cuando bajé a hablar con Charlie por primera vez –confesó ella–. Al principio le llamaba Charlotte, porque era mi nombre favorito. Pero cuando le quité el musgo de la cara, vi que tenía bigote.
–Definitivamente es Charlie –dijo Nathan–. Igual que tú eres Isolda.
Ella no le había dicho su nombre. Probablemente, Poppy lo habría mencionado, si le había hablado de sus vecinos. El nombre de Conde Ivan Kosovic y su nieta Isolda sonaba bastante pomposo, pero algo le dijo a Isolda que los nombres no iban a impresionar a aquel joven.
–Ya no lo hago con tanta frecuencia. Sólo cuando tengo problemas –bromeó ella.
–¿Cómo el que tienes ahora en el cobertizo?
–Entre una nube de polvo matapulgas y una buena comida –respondió ella, completamente segura de que él había oído toda la conversación con Philip.
–¿Cómo ocurrió?
Isolda sintió una instantánea necesidad de hablar con él, como si fueran viejos amigos. Como era un cálido día de julio, se sentaron en la hierba, mientras él apoyaba la espalda en el tronco del nogal.
–Ibamos en coche a casa de unos amigos cuando nos encontramos con esta perra. Es un chucho, de la clase de perros que llevan los gitanos. Algunas veces acampan por aquí, y se dejan los perros. Ella corría como si estuviera perdida, pero cuando paré el coche, la atrapé con facilidad. Estaba jadeando, agotada, y parecía muerta de hambre. Así que la metí en el coche –explicó Isolda, mientras Nathan la escuchaba con atención–. Ya estábamos casi en casa de Laura y la perra se quedó tranquila, como si estuviera a punto de dormirse. Pero, en cuanto salí del coche, salió como una bala detrás de mí. Parecía que tenía sed, por lo que la llevé a la casa.
–Alfombras blancas, tapicería blanca –repitió él.
–Entonces vi lo que parecía ser una pulga.
–Probablemente.
–Así que les dije que me había pasado sólo a saludar porque había recogido a una perra abandonada y me la iba a llevar a casa. Philip estaba a punto de volver a meterse en el coche conmigo cuando le dije lo de la pulga.
–Y entonces Philip salió de nuevo.
–Tan rápido como si le hubieran puesto un resorte o le hubiera mencionado la rabia. Me parece que volvió andando. Vive a un kilómetro del pueblo, y se pasó por aquí cuando iba de regreso a casa.
–No me pareció que Philip estuviera muy contento –replicó Nathan, recogiendo unas nueces que habían caído del árbol para arrojarlas después.
–Regresará –afirmó ella, completamente segura de que su atractivo y su magia eran suficientes para hacer que Philip regresara.
–Fascinante.
–¿Qué?
–Esto –dijo él, mostrándole la cáscara abierta de una de las nueces.
–¿Qué te creías que había ahí dentro? Esto es un nogal. Y en esta época del año, ése es el aspecto que presentan las nueces.
–Hay que aprender, ¿no te parece?
–Y te diré algo más. Ese jugo te va a manchar los dedos, así que es mejor que entres y te laves –declaró Isolda, poniéndose de pie.
Juntos cruzaron el jardín y se aproximaron a la zona donde estaban los cobertizos.
–Está bien. Es que está asustada –dijo Isolda, dirigiéndose a uno de los cobertizos.
–Tiene un buen par de pulmones. No me parece nada tímida. Más bien algo así como el perro de los Baskerville.
Al acercarse, vieron que el perro estaba sentado al lado de la ventana, sin dejar de aullar hasta que Isolda abrió la puerta.
Era una perra de caza, tan delgada que se le notaban las costillas a través de la piel. Tenía el pelaje blanco, con una mancha negra en un ojo y por todo el lomo. Algo confusa, pero muy alegre, miraba alternativamente a Isolda y a Nathan.
–¿Y las pulgas? –preguntó Nathan, mientras ella acariciaba a la perra.
–¿Me creerás si te digo que ya no tiene?
–Me creería cualquier cosa que tú me dijeras –dijo él, inclinándose para acariciar a la perra, que le puso las patas sobre los hombros y le lamió la cara.
–Amor a primera vista –dijo Isolda, bromeando.
–Puede que le haya parecido comida.
–En cualquier caso, le gustas.
–No lleva collar –dijo Nathan, mientras la perra no dejaba de menear la cola, sin apartar los ojos del rostro de él–. ¿Te piensas quedar con ella si nadie la reclama?
–No puedo. Nosotros tenemos gatos.
–Entonces, yo me quedaré con ella.
–¿Cuánto tiempo te vas a quedar por aquí?
–Unas cuantas semanas.
–De todas maneras, no sé lo que Poppy pensará al respecto –dijo Isolda, sabiendo que la mujer se negaría a que un chucho retozara por sus buenas alfombras y muebles.
–Pues vamos a preguntárselo –replicó él, acariciando la cabeza de la perra–. Tranquila, ya volveremos por ti.
–No te hagas ilusiones –dijo Isolda–. Poppy es muy amable pero estoy segura de que espera otra clase de inquilinos.
–Mujer de poca fe…
–Normalmente tengo mucha –afirmó ella–. Pero creo que conozco bien a Poppy.
Como él tenía llave, entraron en la casa sin llamar. El vestíbulo estaba decorado con losetas blancas y negras y una delicada barandilla de hierro forjado se curvaba siguiendo la forma de la escalera.
En aquel momento, una mujer, vestida de brillantes y chillones colores, entró en el vestíbulo. Al verlos, esbozó una amplia sonrisa.
–Hola, ¿desde cuándo os conocéis? –preguntó la mujer.
–Desde hace unos diez minutos –dijo Isolda, segura de la respuesta que iba a darles Poppy.
–Tengo que pedirle un favor –intervino Nathan. Isolda se sorprendió mucho al ver que Poppy no dejaba de sonreír–. ¿Qué le parecería tener un perro en la casa?
–¿Un perro? –preguntó la mujer, que parecía dispuesta a quedárselo.
–Es una perra abandonada que me encontré –explicó Isolda.
–Vamos a llevarla al veterinario para que se asegure de que está bien y le ponga todas las vacunas que necesita. Creo que nos gustaría adoptarla –dijo Nathan, mirando a Isolda.
–Bueno, supongo que tú no puedes tenerla en casa, Isolda. No con los gatos. ¿Es una perra pequeña?
–Más o menos –replicó Nathan, mientras Isolda estaba a punto de soltar una carcajada. Era pequeña si se la comparaba con un mastín.
–¿Y cuidarías y serías responsable de ella?
–Puede confiar en mí.
–Entonces, acepto. Ya veremos cómo nos va con ella.
Isolda se quedó asombrada al ver lo rápido que Poppy había aceptado. Había actuado como si Nathan fuera su sobrino o su nieto favorito.
–¿Qué te ha pasado en la mano? –le preguntó Poppy a Nathan, mirándole la mano.
–¡Vaya! Es mejor que vaya a lavarme.
–Es demasiado tarde –replicó Isolda–. Es el jugo de una nuez –añadió, para explicárselo a Poppy.
–Volveré enseguida –dijo Nathan, subiendo los escalones de dos en dos.
–Un joven como ése me hace desear ser treinta años más joven –confesó Poppy, con un cierto brillo en los ojos–. Por cierto, estaba pensando en la manera de traerte aquí para que lo conocieras.
–¿Sí? ¿Por qué?
–No le digas nada, pero él te vio pasar y me preguntó quién eras. Tengo la impresión de que estaba ansioso por conocerte. No le digas que yo te lo he dicho.
–Te prometo que no lo haré. ¿Cuánto tiempo lleva aquí?
–Vino el jueves –respondió Poppy. Aquel día era sábado.
–¿Qué hace? ¿Está de vacaciones? Me ha dicho que tiene la intención de quedarse varias semanas, lo que no me sonó mucho como unas vacaciones.
–Se ha traído un ordenador portátil, así que supongo que debe tener algo que hacer.
Isolda se sintió muy halagada al saber que sólo una mirada había bastado para que él se interesara por ella. No era el primero, pero de todos modos le había agradado. Cuando estaba a punto de preguntarle a Poppy cómo él la había descrito, Nathan bajó por la escalera.
–¡Es increíble! No sale ni frotando. Me pregunto por qué alguien no lo ha patentado ya como bronceador instantáneo.
–Al final se quita. ¿Podrás soportarlo unos días?
–He soportado cosas peores. Vamos a darle las noticias a la perra. Si es una buena chica, tiene aseguradas casa y comida de ahora en adelante. Dios la bendiga –le dijo a Poppy, con una irresistible sonrisa–. Tiene un alma bondadosa y algún día recibirá su recompensa por ello.
–Nunca me hubiera creído que aceptara a un perro vagabundo en la casa –dijo Isolda, cuando salían por la puerta–. Es dura de pelar, pero tú has conseguido que te coma de la mano.
–Y tú también. Ella cree que eres una chica estupenda. Me lo dijo cuando le pregunté quién eras. Si ella no hubiera estado en la misma habitación habría tenido que salir a la calle a preguntártelo a ti.
–¿En vez de saltar por el muro?
–Ése fue un golpe de suerte. Yo estaba en el jardín y oí al como–se–llame ése llamar a Isolda. Así me ahorré esperar hasta que Poppy consiguiera presentarnos.
–Ella se creía que ésa iba a ser su sorpresa.
–Y así habría sido, pero yo no quería esperar un minuto más para conocerte –dijo él, mientras llegaban ya a los cobertizos. La perra empezó a lloriquear–. «Sólo la vi pasar…»
Con aquella cita, Nathan dejó a Isolda sin palabras, ya que ella conocía como seguía. «…Y podría amarla hasta la muerte…» Era imposible que aquello fuera lo que él había querido decir. Pero Nathan sonrió, y ella le devolvió la sonrisa.
–Espero que no arme este lío por la noche, o Poppy la echará a la calle –añadió él–. Llegaremos a un acuerdo, Baby y yo. Nos conformaremos con un gruñido y un ladrido en la privacidad del ático.
La perra respondió meneando la cola tan enérgicamente que Isolda dijo:
–Ten cuidado con todos los adornos de Poppy. Esa cola podría limpiar una mesa de una sola pasada.
–No hay mucho que tirar al suelo en el ático. Y guardaré lo poco que hay. ¿Quién es tu veterinario?
–Voy a llamar. ¿Te quedarás tú con ella?
–Claro –respondió él, rascando la cabeza y luego la espalda de la perra, de una manera que pareció relajar completamente al animal.
Isolda estuvo a punto de decirle que tenía un toque mágico, pero no lo hizo. Sin duda él sabía cómo apaciguar a un animal asustado, pero dudaba que el que le tocara a ella la espalda tuviera el mismo efecto hipnótico. Aquel hombre rezumaba sensualidad.
Cuando la recepcionista de la consulta del veterinario respondió el teléfono, Isolda le dio su nombre y explicó la historia de la perra y le dijo que quería llevarla para que la miraran. Después de agradecer que le hubieran dado una cita enseguida, colgó el teléfono.
–¿Qué perra? –preguntó una mujer detrás de ella.
–No te preocupes, ya le he conseguido casa –dijo Isolda, saliendo enseguida para ir al cobertizo y hablar con Nathan–. Nos atenderán ahora.
Ella tenía el coche al lado del garaje. La perra no se separaba de sus talones, pero al llegar al coche retrocedió.
–Cree que la vamos a abandonar de nuevo –dijo Isolda, poniendo al animal en el asiento de atrás.
–Tranquila, Baby –la tranquilizó Nathan, echándose enseguida a toser. El interior del coche apestaba a insecticida.
–Es polvo matapulgas. Es mejor prevenir que curar –replicó Isolda.
–Creo que preferiría haberme arriesgado. ¿Está lejos ese veterinario?
–A unos diez minutos de aquí. Hoy no ha sido un día muy bueno para ti, hasta ahora. Primero el jugo de las nueces y ahora el polvo matapulgas –bromeó ella, mientras arrancaba el coche.
–Ha sido el mejor de los días. Te he conocido. ¿Oyes eso, Baby? Éste es el día en que se consiguen los deseos. Yo estoy seguro de ello.
En aquel momento, una anciana, vestida de negro y con el pelo recogido, salió de la casa, dirigiéndose hacia el coche.
–¿Quién es? –preguntó Nathan.
–Es Annie.
–¿Tu vieja niñera? Poppy también me habló de ella.
–Annie es como de la familia. Me oyó llamar por teléfono y quiere saber con quién voy a dejar a la perra. Cuando le diga que va a estar en casa de Poppy, no se lo va a creer. Pero tendrá que esperar, tenemos que irnos al veterinario.
No eran horas de consulta, por eso la sala de espera estaba vacía. La rubia de la recepción saludó a Isolda y luego se le iluminaron los ojos al ver a Nathan. Él llevaba a la perra, por lo que la mujer salió de detrás del mostrador para hacerle mimitos al animal.
–¿Quién es éste precioso muchachote?
–Si estamos hablando del animal –dijo Isolda, mientras la joven se echaba a reír–, entonces es una preciosa perra.
–Claro que sí. El señor Simkins dijo que pasarais.
El veterinario miró al animal con menos admiración y dijo:
–Los centros de acogida de animales están llenos de perros abandonados como ésta. Tiene suerte de que la hayáis recogido.
Cuando la pusieron encima de la mesa, la perra se echó a temblar. Nathan le puso una mano encima, por lo que el animal no le apartó los ojos de encima. El veterinario era un hombre casado, pero tenía una debilidad con Isolda y normalmente le dedicaba toda su atención. Sin embargo, aquella tarde, se dirigió a Nathan. Isolda no estaba acostumbrada a ser ignorada, pero le sorprendía que el aire de autoridad de Nathan fuera lo suficientemente magnético como para atraer la atención del veterinario de aquella consulta.
La perra iba a tener el tratamiento completo. Necesitaba que le limpiaran los dientes, que demostraron que tenía aproximadamente dos años. Tuvieron que limpiarle la cera de los oídos, pero el corazón estaba fuerte y no tenía infecciones en el estómago. Estaba mal nutrida, pero no tenía síntomas de enfermedad, por lo que tras ponerle las vacunas, el veterinario le dio carta de libertad, insistiendo de nuevo en la suerte que había tenido de que Isolda la recogiera. El animal les dejó que la pusieran el collar y la correa. Además, habían comprado un pequeño tubo para poner en el collar, en el que se podía escribir el nombre y el número de teléfono del dueño.
Isolda alisó el papel y, tomando un bolígrafo, le preguntó a Nathan:
–¿Escribo el número de teléfono de Poppy?
–Es mejor que pongas el tuyo. Le prometí a Poppy que ella no tendría ninguna responsabilidad. Además, la hemos adoptado juntos, ¿no?
–Claro que sí –respondió ella, escribiendo su propio número, que introdujo en el collar de la perra.
–Ya está –dijo él, tomando una pata del animal y la mano de Isolda–, desde ahora nos pertenecemos el uno al otro.
Isolda sonrió. Le gustaba la idea de tener un vínculo con Nathan, aunque el tercer miembro del grupo fuera una perra.
Annie los estaba esperando. Había sido la niñera de Isolda, pero también la de su padre. Tenía artritis, pero todavía seguía vigilando muy de cerca a Isolda. Ésta aparcó en el garaje y, al salir, Annie le preguntó:
–¿Qué es lo que vas a hacer con esa perra?
–Es una perra vagabunda –explicó Isolda–. Se va a quedar con Nathan, que se aloja en casa de Poppy.
–¿Y sabe Poppy todo este asunto?
–Sí –dijo Nathan.
Isolda notó que se dirigía de una manera diferente a la anciana. No utilizó su magnética sonrisa, tan atractiva, mientras se puso a asegurar a Annie que la señorita MacShane había accedido a tener a la perra en la casa durante un periodo de prueba.
–Y yo me aseguraré de que ella no lamente haber tomado esta decisión –concluyó Nathan.
La perra se estaba comportando perfectamente en aquellos momentos, y Nathan le pareció un joven bastante sensato a Annie. Obviamente había accedido por Isolda, pero no había muchos hombres que pudieran decirle no a la muchacha.
–Si pudiera dejarla un poco más en tu cobertizo –le dijo Nathan a Isolda–, me gustaría invitarte a comer.
–Es algo tarde como para que los restaurantes de por aquí sirvan comidas, así que tomaremos algo aquí.
–No quiero molestar –replicó Nathan, aquella vez dirigiéndose a Annie, quien respondió que no sería ninguna molestia.
Cuando llevaron a la perra al cobertizo, ésta volvió inmediatamente a la manta donde había estado echada y se quedó dormida enseguida. Cuando llegaron a la casa, Isolda preguntó:
–¿Te apetece té, café, cerveza o vino?
–Una cerveza, gracias.
–Ponte cómodo –le dijo ella, señalándole una puerta–. Yo prepararé el almuerzo.
Ella se dirigió a la cocina, donde había dos gatos siameses tomando el sol en la ventana. Annie estaba poniendo unos platos en una bandeja.
–¿Quién es? –preguntó Annie.
–Se llama Nathan Coleman –respondió Isolda, abriendo el frigorífico–. Poppy me dijo que se había traído un ordenador portátil, así que probablemente está trabajando en algo para lo que necesite paz y tranquilidad.
Annie pareció quedarse conforme. Isolda preparó un pequeño bol de verduras crudas, puso una bandeja con carne de ternera cortada en lonchas, un poco de pan y queso de Camembert y de hierbas. Sirvió dos vasos de cerveza fría y llevó la bandeja al salón.
Nathan se levantó a tomarle la bandeja y ella le indicó una mesa baja al lado del sofá y se sentó. Cuando él puso la bandeja en la mesa, siguió haciendo lo que probablemente había hecho hasta aquel momento: mirar la habitación.
Era enorme, ricamente decorada con muebles de época, hermosos espejos y un rico tapiz con una escena de caza.
–Impresionante –dijo él–. Al igual que la familia –añadió, señalando las fotografías que había encima de la chimenea.
–En su día, así fueron. Ven a comer.
–¿Quieres cenar conmigo esta noche? –preguntó él, en cuanto se sentó a su lado.
–¿Y Baby?
–Ya encontraremos algún sitio donde no les importen los perros.
–Me encantaría.
Ella había tomado su vaso de cerveza, bebió un sorbo mientras él levantaba el suyo y brindaban como si estuvieran celebrando algo, pero sin palabras. Ella supuso que por estar juntos. Isolda se alegraba de que así fuera. No le faltaban amigos, pero tenía la sensación de que aquél iba a ser especial.
–Ésa no puedes ser tú –dijo Nathan, señalando un cuadro, cuando terminaron de comer.
–Es mi bisabuela –explicó ella–. Se parecía mucho a mí y se llamaba como yo, pero murió antes de que yo naciera. Vino a Inglaterra de vacaciones, se enamoró, se casó y se quedó aquí para siempre. Ésta era su casa.
–¿Y ésa de la pintura?
–Era una vieja casa de campo, pero hace mucho tiempo. Nosotros somos los únicos que quedamos de la familia. Mi abuelo y yo.
–¿Cuál de ellos es tu abuelo?
Ella se levantó y le enseñó la fotografía de un apuesto hombre, de pelo y barba blancos.
–Ésta se tomó hace muchos años. No tiene paciencia para que le hagan un cuadro. Hoy está en las carreras de Kempton Park.
–¿Qué tal te llevas con él?
–Es el mejor –respondió Isolda, que adoraba a su abuelo.
–Le tienes en mucha estima.
–Te caerá bien. Y tú le caerás bien a él.
–¿Son esas fotos tuyas?
–Sí.
–Muéstramelas.
Había un par de cuadros suyos en la casa, uno de niña y otro cuando cumplió dieciocho años. En aquella habitación había varias fotografías. Nathan quiso saber la historia de cada una, por lo que Isolda protestó.
–Es imposible que quieras saber todo eso.
–¿Quién eran todos los demás? –preguntaba Nathan, contemplando una foto de ella en una fiesta–. Quiero saber todo lo que sea posible saber de ti– añadió, con voz dulce.
Ella se quedó tan aturdida con aquellas palabras que no pudo contestar enseguida el teléfono. Era Philip, para preguntarle qué había hecho con la perra.
–Le he encontrado una casa.
–¿Has llamado a Laura?
–No. ¿Y tú?
–Bueno, no.
–Ahora ya es un poco tarde. ¿Lo dejamos y esperamos a ver qué pasa? –preguntó ella. Philip no protestó.
–Entonces, hasta luego.
Aquella tarde, se suponía que iban a ir a ver una película. Pero cuando Isolda había accedido a cenar con Nathan, no había recordado que tenía una cita con Philip.
–He cambiado de opinión. Lo siento. ¿Te importa?
Philip suspiró, acostumbrado a los juegos de ella. Pero Isolda lo tenía demasiado fascinado como para protestar.
–Entonces, mañana. Ya te llamaré o puede que me pase a verte.
–Eso es una buena idea. De acuerdo. Adiós.
–Adiós.
Cuando ella colgó el teléfono, Nathan dijo muy secamente:
–Eso lo mantendrá contento. Supongo que era Philip. ¿Qué hay entre tú y él?
–¿Es que no te lo dijo Poppy? –preguntó Isolda. Si su casera le había hablado de Annie, seguramente también lo había hecho de Philip Lindsey, el hombre con el que ella salía habitualmente.
–Prefiero que me lo digas tú.
En vez de explicarle que lo suyo iba bastante en serio y que posiblemente acabaría en compromiso, ella se encogió de hombros y preguntó:
–¿Y tú? ¿Estás saliendo con alguien? ¿Casado, tal vez?
–No.
–¿Eres actor?
–¿Qué te hace pensar eso?
–Utilizaste todas tus artes de seducción con Poppy, pero fuiste muy serio y respetuoso con Annie. Si eres capaz de cambiar tan rápidamente, debes de ser actor.
–¿No deberíamos serlo todos? –preguntó él, examinando una caja que había encima de la mesa–. ¿Cuántos papeles tienes tú?
–Sólo el que ves –replicó ella, abriendo la caja para mostrarle un par de pistolas de duelo–. No funcionan. Ahora ya son sólo adornos.
–Son preciosas –dijo él, admirando las culatas, incrustadas de madreperla, como la tapa de la caja.
Cuando ella le estaba contando para quién se habían hecho, oyó un coche. Al dirigirse a la ventana, vio que era su abuelo, por lo que ella esperó a que él entrara en la casa. Tanto si habría perdido en las carreras como si no, sería el mismo de siempre, con una alegría de vivir inmutable, a pesar de que tenía mucho más de setenta años.
–He visto a ese idiota de Darby. Todavía sigue apoyando a los perdedores –dijo el hombre.
–Bueno, pues tengo alguien más que presentarte –respondió ella alegremente, mientras el abuelo sonreía afablemente al joven –. Éste es Nathan Coleman, mi abuelo, el conde Kosovic.
El conde, un hombre de constitución muy fuerte, cruzó la habitación hacia la mesa donde Nathan todavía tenía la pistola de duelo en la mano. Se produjo un silencio mientras Isolda esperaba que alguno de los hombres hablara. Entonces, el conde tomó la otra pistola y miró a Nathan fijamente.
Aquello era tan ridículo que Isolda casi se echó a reír. Le había parecido ver el principio de un duelo. Entonces, Nathan volvió a colocar la pistola en la caja y el conde se sentó pesadamente en un sillón, dejando su pistola encima de la mesa.
–Es un placer conocerle –dijo Nathan.
–Abuelo, ¿te encuentras bien? –preguntó Isolda, alarmada, al ver que su abuelo levantó la mano con mucho esfuerzo.
–Perfectamente.
–Es mejor que me marche –dijo Nathan.
–Buenos días –replicó el conde.
Isolda salió con él, y le acompañó a recoger a la perra.
–Está cansado por el día en las carreras –se disculpó Isolda–. Algunas veces se me olvida lo mayor que es.
–Tu abuelo es muy agradable –respondió Nathan, intentando enganchar la correa al collar de la perra.
–Espero que Baby se comporte bien. ¿Qué hemos hecho?
–Nada, comparado con lo que vamos a hacer.
En aquel momento comprendió lo que Poppy había querido decir cuando le confesó el efecto que Nathan habría tenido en ella si hubiera sido treinta años más joven. Isolda sentía un cosquilleo en la piel que la hizo temblar. Luego se despidió de ellos y volvió a la casa rápidamente. Estaba preocupada por su abuelo. A pesar de estar tan en forma, de repente le había parecido muy cansado. Tal vez pudiera persuadirlo de que se fuera un rato a la cama, pero no estaba segura de ello. Cuando entró en el salón, él estaba todavía sentado y unas profundas lineas le surcaban el rostro.
–¿Has tenido mala suerte con los caballos? –bromeó ella.
–No.
–¿Qué te pasa? –preguntó ella, acercándose a él con una sonrisa.
–Acabo de tener una conmoción –dijo él muy lentamente, como si le sorprendieran sus propias palabras.
–¿Por conocer a Nathan? ¿Por qué? ¿Es que lo habías visto antes?
–No hasta el día de hoy. La conmoción fue el darme cuenta de que hay ciertas cosas que nunca se olvidan. Siempre tuve un sexto sentido cuando mi vida dependía de ello –explicó el anciano, muy lentamente–. Acabo de descubrir que todavía puedo reconocer a un enemigo cuando lo veo.
Capítulo 2
ESTÁS bromeando? –preguntó Isolda, sin poder creer lo que había oído. Sin embargo, su abuelo había sido muy claro.
Estaba segura de que el conde Ivan era un hombre de mundo y que no se dejaría llevar por sus prejuicios sin alguna razón. A menos que estuviera agotado, pero le había parecido muy alegre cuando entró.
Annie, Poppy, la propia Isolda habían tenido una buena impresión de Nathan al conocerlo, pero la reacción del conde había sido decididamente hostil. ¿Cómo podría su abuelo describir a alguien que no conocía como un enemigo? Sin embargo, sabía que los hombres mayores podían comportarse de vez en cuando de modo poco razonable.
Además, prefería no pensar en ello. Él siempre había sido la persona más importante de su vida. Pero era un anciano y ella no podía consentir que se preocupara por nada.
–Estoy segura de que Nathan es inofensivo –dijo ella alegremente–. Es el actual inquilino de Poppy.
–¿Y?
–Eso es todo lo que sé de él. Va a ser nuestro vecino durante un tiempo.
–¿Dónde está Philip? –preguntó el conde, poniendo su pistola en la caja, cuando ella estaba a punto de explicarle lo de la perra.
–Se ha ido a casa.
–Philip es un buen hombre. Sería un buen marido.
Philip era el candidato preferido del conde a la mano de Isolda. Probablemente explicaría su actitud el haberla encontrado en el salón, a solas, con un extraño cuando había esperado verla con Philip. Por eso, Isolda decidió no decirle que aquella noche había anulado una cita con Philip por salir con Nathan. No quería disgustar a su abuelo.
Más tarde, un amigo iría a visitarlo. Era un almirante retirado con el que el conde llevaba jugando al ajedrez durante los últimos veinte años.
–¿Por qué no te vas a descansar un poco antes de que venga Bernard? –le sugirió Isolda, segura de que su abuelo se iba a negar.
–Puede que lo haga –respondió el anciano, para sorpresa de la nieta.
Ella esperó hasta que él se marchó a sus habitaciones para dirigirse a su dormitorio. Allí, llamó a la casa de al lado y espero hasta que Poppy respondió.
–Soy Isolda. Por favor, ¿puedo hablar con Nathan?
–Un momento. ¡Nathan! –añadió–. Al teléfono, es Isolda.
–Hola –dijo Nathan, al cabo de un momento.
–Es sobre lo de esta noche. ¿Te parece bien a las siete? –dijo ella, susurrando, a pesar de que nadie podía oírla.
–A la hora que tú me digas.
–Entonces a las siete. Pero no vengas a casa. ¿Sabes dónde está la iglesia? Te recogeré allí a las siete.
–Yo te recogeré a ti.
Ella colgó sin darse cuenta de que debería haberle preguntado la marca de su coche. Sin embargo, sabría que lo único que tendría que hacer era buscar uno con un perro en la parte de atrás.
Se duchó y se puso un vestido amarillo. Antes de salir, asomó la cabeza por la puerta del salón y vio que su abuelo y su amigo estaban ya jugando al ajedrez. Los dos levantaron la vista y sonrieron.
–Estás muy guapa esta noche, jovencita –dijo el almirante–. Como siempre.
–Dale recuerdos a Philip –dijo el abuelo, que casi nunca mandaba recuerdos a nadie.
–¿Quién gana? –preguntó Isolda.
–Todavía es pronto –respondió el almirante.
Isolda entonces salió a la calle y justo antes de llegar a la iglesia, se detuvo a su lado un viejo modelo de Porsche.
–¿Funciona este cacharro? –preguntó ella, mientras Nathan se inclinaba para abrirle la puerta.
–No te dejes engañar por las primeras impresiones. Bajo esta carrocería cascada, late el corazón de un poderoso motor. Entra. Si bajas la cabeza, no te verá nadie.
Probablemente ya la habría visto alguien. Todo el mundo la conocía y se estarían preguntando de quién sería el coche en el que se había montado.
–Siento… –empezó ella.
–No te preocupes. Ya me dí cuenta de que no le caigo bien a tu abuelo.
La perra se asomó por entre los dos asientos e Isolda le acarició la cabeza suavemente, recordando con tristeza la escena que había contemplado.
–Tienes razón. No le has caído bien. Podría ser que esperara encontrarme con Philip. Philip le cae muy bien.
–Lo que quieres decir es que Philip le gusta para ti.
–Bueno, sí.
–¿Crees que me ve como un rival?
–Eso es especular un poco –dijo ella, bajando la ventana para refrescarse sus acaloradas mejillas.
–Si él te encierra en una torre de marfil, ¿cómo voy a alcanzarte? Tú no podrías hacer como Rapunzel, la princesa del cuento, que dejó caer las trenzas para que su amado pudiera llegar hasta ella –explicó él, acariciándole un mechón del pelo.
–Él nunca llegaría a eso. Es muy protector conmigo, pero sin caer en la paranoia.
–No quiere que andes con malas compañías.
–¿Es que eres tú una mala compañía? –preguntó ella, horrorizada.
–No más que tú –replicó él, sonriendo.
–Si te encierra en el ático, siempre podrías dar golpecitos en la pared para pedir socorro.
–¿Cómo se hace eso?
–Sólo tienes que dar golpes como si te fuera la vida en ello.
Isolda se echó a reír. Estaban saliendo del pueblo. Al llegar al cruce de carreteras, él detuvo el coche y le preguntó:
–¿Por dónde vamos?
No es que a ella le preocupara encontrarse con alguno de sus amigos, pero prefería estar a solas con él.
–¿Qué te parece una pizza? –sugirió ella.
–Me parece muy bien.
Después de unos pocos kilómetros, llegaron a la curva del río, donde había un pequeño pub. Allí compraron un pastel de salchicha para la perra y una pizza familiar con doble de pepperoni y media botella de vino Chianti. Mientras Isolda llevaba a la perra por la correa, Nathan llevaba la bandeja. Se acomodaron al lado del río, con la perra pegada a Nathan.
–Fue amor a primera vista… está colgada por ti.
–Sabe que yo soy quien le da de comer –replicó él, partiéndole el pastel y poniéndolo en la hierba mientras Isolda cortaba la pizza en cuartos.
–¿Quieres cuchillo y tenedor? –preguntó Isolda.
–¿Quién se come una pizza con cuchillo y tenedor?
Isolda estuvo a punto de contestar que Philip. A él no le gustaría aquello, comer sobre la hierba, beber vino barato en un vaso de plástico.
–¿Vienes aquí a menudo? –preguntó Nathan.
–No.
–Pues te sienta bien. Deberías hacerlo más a menudo –dijo él, mientras ella tomaba un trozo de pizza. Sentía los dedos pegajosos. Mientras se chupaba un dedo, se dio cuenta de que él era realmente atractivo–. ¿Te has enfrentado alguna vez con tu abuelo por algo?
–¿Por qué iba a hacerlo? Incluso cuando mi madre estaba viva, yo estaba más cercana a él que a cualquier otra persona.
–¿Siempre le dejas dictar las reglas?
–¿Qué reglas? Siempre me ha dado lo que yo he querido. ¿Por qué tendría yo que protestar?
–¿Es que nunca te ha apetecido hacerlo sólo por darte el gusto?
–Yo siempre estoy montando líos. Pregúntale a Philip, a cualquiera. Pero nunca con mi abuelo. ¿Por qué tendría que darme el gusto? Sin embargo, estoy segura de que eso es lo que tú haces. Estoy segura de que montar líos es parte de tu personalidad.
–En cierto modo.
–Es hora de las confesiones. Venga, cuéntamelo todo –dijo ella, tomando el vaso entre las manos.
–Mi padre es abogado. Dirige un bufete muy lucrativo, especializado en derecho internacional. Yo trabajé con ellos hasta que me aburrí y me puse en camino. Durante los últimos cuatro años he trabajado en varias cosas.
–¿Mantienes el contacto con tu familia? –preguntó Isolda, pensando en lo que su abuelo hubiera dicho al respecto. «El que mucho abarca, poco aprieta».
–De vez en cuando, normalmente por teléfono.
Sin duda, aquella vida desarraigada era lo que le iba. Estaba muy a gusto consigo mismo y, cuando Isolda le preguntó lo que estaba haciendo en aquellos momentos, demostró que tenía planes.
–Tengo algo de dinero, lo suficiente como para mantenerme de momento. Estoy trabajando en un libro. Estoy aquí para terminarlo y mejorarlo, por así decirlo.
–¿De qué se trata?
–¿Has oído hablar de Palmer, el envenenador?
–No lo creo.
–No me extraña. Tú has estado toda tu vida entre algodones. Y él ya es historia. Te hablaré del buen doctor en otro momento –afirmó él, dándole de comer a la perra un trozo de pizza, ya que ya se había acabado su pastel de salchicha–. Y tú, ¿qué haces cuando no estás recogiendo a perros vagabundos o asistiendo a fiestas?
–Yo dirijo mi casa. Ya no tenemos el personal que solíamos tener… y eso puede llegar a ser un trabajo con dedicación exclusiva. También recojo dinero para obras de caridad, ayudo a mis amigos…
–Deberías estar escribiendo un libro –le interrumpió él.
–¿Sobre qué iba yo a escribir un libro? –preguntó ella, encogiéndose de hombros.
–¿Qué te parece sobre tu abuelo? No me parece que pudieras encontrar un personaje mejor.
Probablemente, Poppy le habría estado hablando sobre la romántica y excitante vida del conde Ivan Kosovic. Aquella era una de las razones por las que Isolda estaba tan orgullosa de él. Sin embargo, a su abuelo no le gustaría esa clase de publicidad.
–No, él es un hombre muy reservado. Es sociable… bueno, normalmente es sociable, pero es muy orgulloso y tiene unos puntos de vista muy firmes sobre su vida privada. Tenemos amigos que han tenido malos encuentros con los medios de comunicación y él encuentra todo eso muy desagradable.
–Un hombre reservado y orgulloso. Eso no es nada de lo que avergonzarse. ¿Qué hay de malo en que tú escribieras lo que recuerdas sobre él? Aunque fuera sólo para ti. Puedes compartir mi estudio. Así podríamos comparar notas. Por el doctor Billy Palmer y el conde Ivan Kosovic –añadió él, levantando el vaso–. Dos hombres que se lo jugaron todo.
–Lo pensaré –respondió ella, estando segura de que a su abuelo le daría un ataque al verse asociado con un envenenador–. Tal vez lo haga.
La tarde pasó agradablemente. Cuando terminaron la pizza y el vino, ella habló sin parar. Le habló de las personas que vivían en la zona, de los lugares que podía visitar mientras estuviera allí… Él le dijo que un amigo le había recomendado la casa de Poppy como el lugar perfecto para trabajar sin que nadie lo molestara.
–¿No me estarás sugiriendo que yo te estoy molestando?
–Con la fuerza de un huracán.
–Pues lo siento.
–No lo sientas. Yo desde luego no lo siento.
El sol se había puesto y la brisa que soplaba era algo fresca.
–Debería marcharme a casa. Mi abuelo se marcha por la mañana y tengo que revisarle el equipaje.
–¿Dónde se marcha esta vez?
–A Chichester. Se va a quedar una semana con unos amigos. Yo también me iré dentro de unos días.
–No te vayas, quédate conmigo –dijo él, tomándole de la mano.
Ella se quedó perpleja, sin poder encontrar palabras para responder. Cuando él se llevó la mano a los labios y se la besó, la ligera caricia le aceleró los latidos del corazón.
–¿Vas a decirme la buenaventura? –bromeó ella, tras tragar saliva, al ver que él le contemplaba la palma de la mano.
–No puedo hablarte del futuro, pero sí puedo decirte tu pasado –dijo él, contemplando aquella mano suave y blanca, con una manicura perfecta. A pesar de la suave luz, un anillo de diamantes le relucía en la mano–. La princesa de la torre de marfil.
–Te equivocas. Yo también me ensucio las manos. Además, tú no eres quién para criticarme –replicó ella, viendo que las manos de él estaban igualmente cuidadas, a pesar de las manchas de jugo de nueces que tenía en las yemas de los dedos–. Las tuyas parecen las de…
–¿Alguien que tiene sangre en las manos? –sugirió él.
–No digas eso –replicó ella, sintiendo un escalofrío por la espalda.
Entonces, él empezó a recoger todos los vasos y platos, poniéndolos en la bandeja. Luego, la ayudó a levantarse. La perra no se había movido en toda la tarde de su lado, pero en aquel momento se puso de pie, lista para marcharse.
–Supongo que no tengo posibilidad de que me invites a tomar café –dijo él, cuando estuvieron en el coche–. ¿Te apetece venir a mi casa?
Puede que lo que él tenía en mente era simplemente tomar un café mientras charlaban, pero la atracción sexual entre ellos parecía tan fuerte que Isolda decidió no correr ningún riesgo. Estaba segura de que era la clase de hombre que no perdía el tiempo.
–No. Es muy tarde. Tal y como están las cosas, ya tendría mucho que explicarle a mi abuelo si supiera que he estado contigo y no con Philip.
–Y no debemos molestar al abuelo. ¿Es que puedes tener problemas con él? –preguntó él, muy serio.
–No –respondió ella. Su abuelo sentía debilidad por Philip, pero nunca se había opuesto a ninguno de sus amigos. Y eso era lo que era Nathan para ella–. Daré unos golpecitos en la pared para desearte buenas noches. No es un SOS.
–Te estaré esperando.
Al entrar en la casa, Isolda oyó el sonido de una televisión. La puerta del dormitorio de Annie, en la planta baja, estaba entreabierta. Al entrar, Isolda vio a Annie, recostada sobre unos cojines, ya metida en la cama. Estaba viendo una vieja película.
–Ya has vuelto. ¿No has traído a esa perra contigo?
–Claro que no –respondió Isolda, pensando que si lo hubiera hecho, los gatos no le estarían saludando tan afectuosamente–. Ya te dije que se va a quedar en casa de Poppy.
–Tu abuelo no parecía ser el mismo de siempre esta noche –dijo Annie.
–¿A qué te refieres?
–Bueno, cuando entré a decirle que si quería algo antes de irme a la cama, no pareció oírme. Estaba paseando de arriba abajo de la habitación, como si algo le preocupara. Entonces, me hizo una señal con la mano para que me marchara y me dijo que no quería nada –explicó Annie, con el rostro preocupado–. Yo conozco muy bien al conde, muy pocos lo conocen mejor que yo. Y yo diría que no parecía ser el mismo de siempre.
–Supongo que no le habrás dicho que esta noche iba a salir con Nathan, y no con Philip.
–Yo no le he dicho nada. Ni siquiera sabía dónde estabas. ¿Por qué? ¿Qué hay de malo con ese joven? ¿Qué tiene el conde en contra de él?
–Nada –confesó Isolda–. Se conocieron muy brevemente, esta tarde.
–Si ese joven no le ha causado buena impresión, él sabe mucho más de las personas y de su carácter que tú, mi niña –afirmó Annie–. Mantén las distancias. Tu abuelo sabe mucho más que tú.
–Duérmete y deja de gruñir –dijo Isolda, inclinándose para darle un beso. Normalmente, le gustaba que su vieja niñera se preocupara por ella, pero aquella noche la había molestado.
Estaba segura de que ella misma sabía distinguir lo bueno de lo malo de las personas y de que sabía elegir a las personas que eran de su agrado. Al día siguiente, se lo diría a su abuelo. Sin embargo, tal vez sería mejor dejarlo pasar. Él se iba a marchar una semana y se le pasaría pronto. Además, seguro que estaba dormido, ya que no salía luz por debajo de la puerta.
Cuando se dirigió a su habitación, los gatos la siguieron. Normalmente, dormían en su cuarto. Ella misma se sentía como una gata. Se estiró lánguidamente entre las sábanas y se dejó envolver por los recuerdos.
Le resultaba imposible desprenderse de las caricias de Nathan. Cuando le tocó el pelo, cuando le besó la mano… Ninguna de las otras caricias de nadie le había causado una impresión tan profunda. Philip era su amigo más íntimo… ¿Y Nathan? ¿Qué era Nathan para ella? Sólo el hombre que vivía en el ático de Poppy. El que estaría esperando su mensaje a medianoche.
Cuando los números luminosos del despertador estaban a punto de marcar las doce, Isolda se levantó de la cama. A oscuras, con Rupert, uno de los siameses en brazos, subió las escaleras hasta el ático.
Isolda pensó que aquello era ridículo, y supo lo que le dirían Annie o su abuelo si vieran lo que estaba haciendo.
El ático estaba vacío. Antes, habían sido las habitaciones de los sirvientes, pero ahora estaban desiertas y olían a cerrado. Isolda sabía exactamente dónde estaba el ático de Poppy, por lo que eligió el lugar justo donde estaría la cama de Nathan y golpeó rápidamente la pared, justo encima de la tercera rosa que había dibujada sobre el papel pintado.
Inmediatamente, la perra empezó a ladrar. El gato saltó de los brazos de Isolda, completamente aterrorizado. Probablemente la perra también se había asustado, creyendo que algo iba a entrar por la pared. Entonces, Isolda se deslizó rápidamente a su habitación, esperando que Nathan pudiera hacerse cargo de todo aquel estruendo.
Se lo podía imaginar, diciéndole a la perra que se callara y debió de haberlo conseguido porque, cuando Isolda llegó a su habitación, los ladridos habían cesado. Cuando todo quedó en silencio, Rupert, el gato, entró cuidadosamente en la habitación, con un aire muy ofendido.
–De verdad, no ha sido culpa mía –le dijo Isolda, en medio de un ataque de risa.
Cuando se quedó dormida, aún seguía sonriendo.
A la mañana siguiente, el conde no hizo mención alguna sobre Nathan, por lo que Isolda guardó silencio. Desayunaron juntos y entonces él le preguntó:
–¿Cómo está Philip?
–Como siempre –respondió ella, porque así era tal y como él estaba cuando ella lo vio por última vez. Después de eso, el abuelo volvió a concentrarse en su periódico. Cuando sus amigos llegaron a recogerlo, el hombre se despidió de ella.
–Hasta el miércoles –dijo él, mientras se metía en el coche.
–Sí –replicó ella, mientra le saludaba con la mano a medida que el coche se alejaba.
Siempre que el abuelo no estaba, la casa parecía estar vacía. Sin embargo, aquella mañana Isolda no sintió que se marchara. No le hubiera gustado llegar al punto en que el rechazo que el conde sentía por Nathan le hiciera o dejar de ver a su nuevo amigo o desafiarlo. Al cabo de la semana, todo el asunto se le habría olvidado o incluso pudiera ser que ella se hubiera cansado de Nathan.
Fue a casa de Poppy y entró por la puerta trasera de la casa. La mujer estaba sentada en la cocina, tomando una taza de café mientras leía el periódico del domingo.
–¿Te apetece un café? –sugirió Poppy.
–Sí, por favor. ¿Está Nathan? –preguntó Isolda, mientras se servía una taza ella misma.
–Pensé que habría ido él a buscarte. Ha ido a pasear al perro. ¿Por qué no subes a su ático y lo esperas? Ya no pueden tardar mucho.
–¿Crees que debería subir? –preguntó Isolda, aliviada de ver que Poppy no mencionó nada sobre los ladridos de la noche anterior y que sonreía como siempre.
–¿Por qué no?
Isolda sabía que él no podía haber hecho muchos cambios en el ático tan sólo en cuatro días, pero tenía curiosidad por lo que había llevado con él. Al entrar, vio que él ático era muy espacioso, con un salón de buen tamaño, del que salían el dormitorio, la cocina y el cuarto de baño. Todo era compacto e impersonal, amueblado en estilo muy moderno. Si hubiera estado segura de que él no iba a sorprenderla, Isolda hubiera husmeado un poco. Le hubiera gustado encontrar alguna foto, pero en el salón no había nada, excepto el ordenador, con un libro al lado. Cuando intentó abrir el cajón, vio que estaba cerrado. Al abrir el libro, se dio cuenta de que éste era tan viejo que las páginas estaban amarillentas y deslucidas. El título del libro era Vida, cartas y juicio de William Palmer de Rugeley. La primera ilustración presentaba a un hombre con un sombrero de copa y una levita, con patillas a ambos lados de la cara.
No sintió a la perra hasta que ésta estuvo a su lado. Isolda se irguió en el mismo momento que Nathan entraba en la habitación. Ella se alegró de que no la hubiera pillado husmeando, porque las facciones de su rostro se endurecieron al verla allí.
–Poppy me dijo que podía subir. ¿Te importa?
–Claro que no –respondió él, tan amablemente, que a ella le pareció que había imaginado el gesto duro de él.
–Así que éste es tu doctor Palmer. Pues a mí me parece muy simpático.
–Era el alma de todas las fiestas. El problema era cuando servía las bebidas y preguntaba: «¿Qué veneno te apetece?». Y la broma algunas veces iba en serio.
–¿No despertó a Poppy durante la noche? –preguntó Isolda, señalando a la perra, que había entrado en la cocina para beber agua.
–Me las arreglé para callarla cuando diste los golpes en la pared. Lo hiciste justo donde ella estaba durmiendo.
–¿Estaba durmiendo en la cama contigo?
–Sí.
–Lo hice en la tercera rosa del papel pintado. La tercera rosa… –repitió, sonriendo.
–¿Qué significa eso?
–Casi se me había olvidado que mi abuelo solía llamarme así. La tercera rosa. Mi bisabuela se llamaba Isolda Rosa, mi abuela Phoebe Rose y yo me llamo Isolda Rose.
–¿El conde se casó con Phoebe Rose?
–Eran primos. La madre de ella era la tía de él. Ella vivía aquí con su madre, y él vivía en Rumania, pero se hicieron novios en la infancia y cuando él vino a Inglaterra después de la guerra, se casaron.
–Muy romántico –dijo Nathan–. Bueno, ya he visto el cuadro de la primera rosa, y tú eres la tercera. Las dos os parecéis mucho. ¿Se parecía también la segunda rosa a ti?
–Ven comigo y te mostraré su fotografía.
–¿Y tu abuelo?
–Se ha ido –replicó Isolda. ¿Cómo si no le iba a enseñar la foto, que estaba encima de la mesilla de noche del abuelo?–. Pero tal vez Annie te dé un poco la espalda –añadió ella, para advertirlo–. Sabe que…
–¿Que no cuento con la aprobación del conde Ivan Kosovic? ¿Me dejara pasar tu niñera si me llevas a casa? –preguntó él, con ironía, intentando no reírse.
–No seas ridículo. Annie no te va a dar con la puerta en las narices.
–Yo no me apostaría nada.
–Vamos –insistió ella, dirigiéndose a la cocina. Poppy estaba tomándose todavía su café–. Vamos a mi casa –le dijo.
–Es mejor que no os llevéis la perra. Dejadla aquí conmigo.
–Gracias –dijo Nathan–. Volveré enseguida.
Isolda no estaba dispuesta a dejar que Annie le diera a Nathan con la puerta en las narices, por lo que cruzó rápidamente el vestíbulo y llevó a Nathan a la habitación de su abuelo. En un marco ovalado, encima de la mesilla de noche, había una fotografía de una joven vestida de novia, con el velo destacándosele contra el pelo oscuro.
–Es muy hermosa –dijo Nathan, tomando el marco de manos de Isolda–. Y efectivamente se parece a ti.
–Un poco, pero ella era una mujer muy delicada. Su madre vivió hasta los noventa años y yo no he estado enferma en mi vida, pero ella tenía una naturaleza muy frágil. Murió al nacer mi padre.
–Sin duda hay rasgos de familia en los pómulos, en la forma de la cara…
–Ésta era su cómoda –explicó Isolda, dirigiéndose hacia una mesa de palo de rosa con un juego de tocador de plata–. Incluso después de todos estos años, si abres el cajón, se puede oler su perfume –añadió ella, rebuscando entre los pañuelos de seda–. Incluso hay una trenza de su pelo…
En aquel momento, Annie irrumpió en la habitación y, mirándolos muy fijamente, preguntó:
–¿Os puedo ayudar yo con lo que estáis buscando?
–Le estoy enseñando a Nathan la casa –replicó Isolda, secamente.
–¿Por qué? –le espetó Annie–. ¿Es que está pensando en comprarla?
–Tenemos que hablar –le dijo Isolda a su niñera, tomándola por el brazo para sacarla de la habitación–. Mírame y escúchame –añadió, tras cerrar la puerta–. Soy una mujer hecha y derecha. Ya no necesito que me cuides. Puedo decidir yo sola a quién puedo dejar entrar en mi casa y en mi vida. Puedo cuidarme yo misma.
Annie parpadeó, como si estuviera a punto de llorar. Isolda pensó abrazarla, pero no le dio tiempo. La mujer empezó a bajar la escalera, con la espalda rígida y aire ofendido, como lo había estado el gato Rupert la noche anterior. Isolda suspiró. Siempre había adorado a su vieja niñera, pero si no se ponía firme, Annie era capaz de seguirlos a todas partes, como si Nathan fuera a robar algo.
Cuando volvió entrar en la habitación del abuelo, Nathan ya había vuelto a dejar la fotografía en la mesilla de noche.
–¿Qué más puedo enseñarte? –preguntó ella.
–Creo que es mejor que me marche.
–No. Voy a enseñarte toda la casa.
–¿Es que está a la venta?
–¡Claro que no! Annie sólo estaba bromeando. Pero no quiero que ella se piense que se ha salido con la suya, así que voy a enseñarte todo.
Y así lo hizo, dando una pequeña explicación de cada habitación como si fuera una visita guiada. Al llegar a la escalera que llevaba al ático, Isolda dijo:
–Hay tres dormitorios y un viejo cuarto de baño ahí arriba. ¿Te gustaría ver el papel pintado de las rosas?
–Sí.
Los dos subieron la escalera y al llegar a una de las habitaciones, ella acarició el papel pintado.
–Tu cama está justo aquí, pero no volveré a subir aquí por la noche. Esa perra hizo suficiente ruido como para despertar a los muertos.
–No lo suficiente –dijo él, mirando el papel–. Esas rosas no tienen espinas.
–Ni espinas ni olor –respondió ella, por decir algo.
Isolda olió de nuevo el ambiente cargado de la habitación, ya que aquella zona no se había utilizado durante años. De repente, sintió el brazo de Nathan por encima de los hombros y, volviéndose hacia él, parpadeó.
En aquel momento se sintió viva. Él la miraba fijamente y tenía la boca a pocos centímetros de la de ella. Isolda separó los labios, esperando el roce de los labios de él.
Pero ninguno de los dos se movió. Los segundos pasaron. Entonces, Nathan sonrió.
–Es mejor que vayamos a recoger a Baby antes de que lo estropee todo con Poppy.
Él la estaba todavía rodeando con los brazos, pero Isolda se alegró mucho de que no la hubiera besado. No estaba segura de cómo habría acabado aquel beso.
–Podríamos ir a dar un paseo por el campo –dijo ella, mientras salían de la casa.
Una vez hubieron recogido a la perra, empezaron a caminar por un estrecho sendero, rodeado por campos de trigo salpicados con amapolas, para dirigirse a una pradera cercana. Una vez allí, la perra salió corriendo, yendo de un lado a otro para luego volver hacia ellos. Isolda se sentía tan libre, que a ella también le hubiera gustado correr por todas partes.
–Le he dicho a Annie que deje de tratarme como si fuera una niña –dijo ella sonriendo–. Y ahora me siento como si me hubieran dejado salir a jugar.
–¿A jugar con los chicos traviesos? ¿Acaso lo hiciste alguna vez?
–Alguna vez. ¿Y tú?
–Yo era el chico malo.
–¿Y qué le parecía eso a tu padre, el abogado?
–A mi padre no le importaba nada de lo que hiciera con tal de estar fuera de su vista.
– Sin embargo, te graduaste como abogado.
–Sí, siempre fui un mocoso muy listo.
De repente, un conejo salió de la madriguera y la perra empezó a correr detrás de él. Ni los silbidos de Nathan pudieron detenerla. Finalmente, el conejo se metió debajo de un seto de zarzas y la perra lo siguió sin vacilar, hasta que se quedó atascada y empezó a aullar. El seto era tan espeso que sólo podían adivinar dónde estaba gracias a los ladridos. Nathan se puso de rodillas, intentando ver dónde estaba.
–¿Quieres que vuelva a casa y traiga unos guantes y algo para cortar las ramas?
–Para cuando vuelvas, le habrá entrado el pánico y será imposible mantenerla quieta. Tranquila, no pasa nada –añadió él, dirigiéndose a la perra.
–¿La ves?
–Creo que sí.
Nathan llevaba puesta una camiseta muy fina, de manga corta, que no le protegería en absoluto. Entonces, Isolda decidió desabrocharse los vaqueros y quitárselos.
–Ponte esto alrededor de los brazos –le dijo ella.
–Espero que esta vez no aparezca Annie por alguna parte –bromeó él, sonriendo.
El ver a una chica en medio del campo, vestida sólo con una camiseta y en ropa interior sorprendería a cualquiera, pero las circunstancias mandaban. Él se envolvió los vaqueros alrededor de los brazos y empezó a apartar las ramas, deslizándose lentamente por debajo del seto mientras intentaba calmar a la perra.
–Ten cuidado con los ojos –advirtió Isolda.
–Ya casi estoy. Tranquila, tranquila –le decía a la perra–. Estáte quieta, maldita.
De repente, los aullidos pararon y Nathan empezó a retroceder. Isolda lo agarró por los tobillos pero él le gritó:
–¡No tires de mí!
Entonces, se oyó que una tela se rasgaba y Nathan apareció entre las ramas con la perra envuelta entre los vaqueros. Tenía el pelaje algo revuelto, pero no tenía señales de heridas.
–No tiene ni un arañazo –afirmó Isolda, incrédula.
–Así parece. Debe de haber entrado arrastrándose encima del estómago. Es una pena que no se la haya ocurrido que tenía que salir de la misma manera.
Sin embargo, Nathan sí que tenía los brazos cubiertos de arañazos, además de uno en la mejilla. El pelo de él estaba revuelto, como si hubiera entrado en un túnel de viento y tenía la camiseta rasgada.
–Había oído antes la expresión «Parece que te han arrastrado por unas zarzas», pero nunca lo había visto antes. Lo siento –añadió ella, al ver que las espinas le habían hecho sangre.
–No es más que un rasguño –respondió él, entregándole los vaqueros–. Yo sí que siento lo de tus vaqueros.
Éstos presentaban diversos enganchones y estaban rasgados en una de las rodillas.
–Parece que hemos estado en una pelea –dijo ella, mientras se ponía los pantalones.
–Que tú ganaste.
–Es mejor que te laves un poco en mi casa antes de que Poppy te vea –sugirió ella.
Volvieron a buen paso y, antes de entrar en la casa, dejaron a la perra en el cobertizo. Lo hicieron por la puerta trasera, pasando rápidamente a través de la cocina. Si Annie los veía, tendrían que explicar todo lo ocurrido, lo que probablemente no le agradaría mucho.
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