Read the book: «Punto de impacto (versión latinoamericana)»
PUNTO DE IMPACTO
James Queally
Traducción: Constanza Fantin Bellocq

“Punto de Impacto marca el comienzo de una gran carrera. El periodista James Queally aporta todo su conocimiento interno sobre los entresijos del crimen, la policía, la política y los medios de comunicación en una historia que avanza vertiginosamente hasta la última página. Se trata de una asombrosa primera novela”.
—Michael Connelly.
“Es una novela que saca a la luz los fracasos humanos, las amistades que se vuelven trágicamente amargas, y los peligros escondidos en las calles”.
—Publishers Weekly.
“La corrupción en la policía sigue siendo un tema tristemente de actualidad, y Queally nos presenta una historia valiente y real”.
—Booklist.
“Punto de Impacto es una novela espectacular. Inteligente, atrevida y tan necesaria como el periódico de cada mañana.”
—Riley Sager, autor best seller
de The New York Times.
“La experiencia de James Queally como periodista se observa en cada una de las páginas de su primera novela. Es atrapante, actual y por momentos violenta como la vida misma”.
—Lucila Quintana, editora.
Queally, James
Punto de impacto / James Queally. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Trini Vergara Ediciones, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Constanza Fantin Bellocq.
ISBN 978-987-8474-27-4
1. Narrativa Estadounidense. 2. Novelas de Acción. 3. Periodismo. I. Fantin Bellocq, Constanza, trad. II. Título.
CDD 813
Título original: Line of Sight
Edición original: Polis Books.
Derechos de traducción gestionados por Sandra Bruna Agencia Literaria, S.L.
© 2020 James Queally
© 2020 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2020 Motus Thriller
www.motus-thriller.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-987-8474-27-4
Índice de contenido
Portadilla
Citas elogiosas
Legales
Punto de impacto
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Agradecimientos
Si te ha gustado esta novela...
James Queally
Sinopsis
Motus
Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, sitios, sucesos e incidentes son producto de la imaginación del autor o están utilizados de manera completamente ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Para Jenny, por salvarme de pensar
que no lograría hacer esto.
Para Newark, por enseñarme que la manera en que
se ve el mundo depende de dónde se encuentre uno.
PRÓLOGO
SIEMPRE DECÍAN QUE NO HABÍA que correr. Ni resistirse.
Mientras corría a toda velocidad por la calle Once Sur, sintiendo que los pulmones le ardían por el aire frío y por demasiados “Solo fumaré dos cigarrillos al día”, Kevin Mathis deseó que pudieran haber visto de qué estaba escapando y por qué no siempre importa lo que uno haga o deje de hacer.
Avanzó resoplando, con los puños cerrados, balanceando los codos hacia las caderas con movimientos violentos. Pégale al enano, decía siempre el entrenador de atletismo, durante la semana entera en que él asistió a entrenamiento en el primer año del bachillerato.
En aquel entonces, a los catorce años, con menos kilometraje en las vías aéreas y menos comida basura de las dos de la mañana en el abdomen, tal vez hubiera logrado sacarle ventaja al que lo perseguía. Pero al oír cómo se acercaban los pasos, retumbando en los espacios que había entre los edificios de apartamentos y las casitas con forma de pajareras imposibles de diferenciar ni siquiera cuando el sol iluminaba la zona de West Ward de Newark, comprendió que no serían sus piernas las que lo mantendrían con vida.
Kevin giró bruscamente a la izquierda para alejarse de las pocas farolas callejeras que funcionaban y entró en el aparcamiento vacío de un local de Family Dollar; se mantuvo pegado a la cerca de alambre que separaba los espacios para aparcar de las casas en hilera, buscando el hueco que había hecho hacía muchos años, el atajo que seguía utilizando de vez en cuando.
Los gritos llegaban en andanadas, palabrotas insertadas entre órdenes autoritarias. Lenguaje de policías, pero Kevin no estaba seguro de que aquel tipo fuera uno de ellos. La forma en que se había acercado al porche de su casa, sin uniforme, con mucha más seguridad que cualquiera de los que vagaban por el vecindario a la una de la mañana, le había hecho pensar que podía estar ocultando un arma o una placa de identificación.
Kevin ya había sido arrestado con anterioridad; conocía los pasos de ese baile. Además, con todo lo que estaba sucediendo, los policías que sabían dónde encontrarlo también sabían que era mejor no meterse con él. Por su propio bien.
Con todo, las únicas personas que se acercaban a su puerta a esa hora de la noche eran delincuentes o amigos. Este hombre no era ninguna de las dos cosas, lo que constituía un problema, cosa que a su vez significaba que debía escapar.
Pasó las manos por la cerca hasta que un extremo afilado le raspó uno de los dedos. El hueco era estrecho, con bordes puntiagudos. Habían hecho un pésimo trabajo con las pinzas cortadoras años atrás, en el bachillerato, cuando unos amigos y él abrieron esta vía de escape.
El metal le arañó el antebrazo, dejándole un raspón color tiza que no sangraba pero dolía como el demonio. Algo salió corriendo bajo su pie cuando se arrastró por el césped seco y los residuos. Un animal callejero al que había despertado de pronto y que huyó por la noche fría de noviembre en busca de otro escondite.
Tal vez ambos tendrían suerte.
Kevin avanzó dando tumbos, con las manos delante del cuerpo, como si estuviera aprendiendo a caminar. Había otro agujero en la cerca al final de la cuadra, cortado de la misma manera, que llevaba hacia el cementerio Woodland.
Oyó un chillido agudo detrás de sí. Su amigo inesperado había encontrado el hueco y la cerca no parecía tener interés en dejarlo pasar. El metal se agitaba como un llavero dentro de una secadora, y los chillidos furiosos fueron quedando atrás cuando Kevin cruzó por el hueco al final del callejón.
Salió a toda velocidad a la calle y sintió una oleada de adrenalina en las piernas al imaginar a aquel hombre armado con una pistola luchando con el atajo. El cementerio Woodland estaba a la vista; una ráfaga de viento invernal agitó los viejos robles, cuyas ramas frondosas se movieron en un saludo.
Algunos pensaban que en Woodland era más fácil encontrar cadáveres con una linterna que con una pala. El cementerio no era el sitio ideal donde refugiarse si uno deseaba seguir respirando, pero, a menos que uno de los difuntos decidiera abrir sus puertas de par en par y ofrecer a Kevin un escondite con calefacción incluida, iba a tener que servirle. Aquel antiguo cementerio, con sus mausoleos decorados y sus criptas de granito a medio llenar, era un poco lujoso para los residentes del vecindario, que, por lo general, terminaban organizando funerales muchos años antes de que cualquier madre tuviera que pensar en algo así. La mayoría de los que habían sido sepultados en Woodland habían muerto en años recientes; sus vidas habían terminado en la cercana avenida Springfield, uno de los corredores de tráfico de drogas más famosos de Newark.
Cualquiera que estuviera en el cementerio Woodland a esa hora de la noche corría el riesgo de convertirse en residente permanente. Había muchas posibilidades de que se lo llevaran en una ambulancia y dejaran a su afligida familia preguntándose cómo diablos iba a hacer para pagar el traslado de vuelta al mismo sitio dentro de un coche fúnebre.
Su madre no tendría que preocuparse por eso. Había soltado en el humo de las drogas que fumaba toda responsabilidad hacia él, vivo o muerto, antes de aquellas prácticas de atletismo en el primer año del bachillerato. Papá, por otra parte... Kevin no quería pensar en eso. Tenía que llegar vivo al menos hasta su cumpleaños número veintiuno para dejar que su padre viviera la fantasía de invitarlo a esa primera cerveza legal, a pesar de que ambos sabían que había comenzado a beberlas a escondidas hacía años.
Se ocultó detrás de una estructura de piedra que tenía un ángel pequeño sentado sobre la parte superior. Un bebé desnudo bailando una música que nadie oía. Kevin jamás había entendido por qué la gente ponía esos ángeles cerca de las lápidas. No eran más que niños muertos con alas.
Se inclinó hacia delante, flexionando las rodillas, para intentar apagar el fuego que sentía en el pecho. El ritmo de su corazón pasó de ser el de un martillo neumático al de un bombo; trató de deducir quién lo perseguía y por qué. Pensó en la última vez que había estado en el tribunal. En la última entrega que le había hecho Levon y en la anterior. En el policía de la cicatriz zigzagueante. En el video que guardaba en su teléfono móvil.
Se apoyó contra la piedra, respirando normalmente; solo había oscuridad entre él y el lugar del que había huido.
Estuvo a salvo hasta que giró la cabeza hacia el otro lado y descubrió la sombra que asomaba desde el condominio de piedra situado a su derecha, lleno de gente muerta. Un brazo se elevó; allí donde debía estar la mano había una forma que conocía muy bien.
No corrió.
No se resistió.
No importó.
CAPÍTULO 1
—¿Y ESTÁS SEGURO DE QUE funcionará?
No, no estaba seguro.
—Claro que funcionará —dije mirando a través de las motas de polvo del parabrisas de mi Chevy Impala, nunca demasiado limpio, para luego recorrer con la vista la acera de la comisaría de policía del Tercer Distrito del Departamento de Policía de Newark, buscando al sujeto por el que el agente Anthony Scannell estaba tan preocupado.
—Es que me parece algo... extremo —dijo Scannell tamborileando con los dedos contra el tablero—. ¿Y si dice que no?
Pues entonces, agente Scannell, estarás bien jodido.
—No dirá que no —aseguré, mientras observaba cómo una persona doblaba la esquina que llevaba a los escalones de granito de la comisaría de policía; estaba casi seguro de que no era el sujeto que buscábamos. Pero no podía saberlo con certeza, porque los balbuceos nerviosos de Scannell me distraían y me hacían desear no haber dejado de fumar.
—¿Cómo diablos puedes estar seguro? —preguntó.
No lo estaba.
—Lo estoy —respondí, con la lengua muy por delante del cerebro, como siempre.
—¡Maldita sea, es mi carrera la que está en juego! Estoy con el culo al aire —me informó Scannell, como si yo no lo supiera ya—. Podrías explicarme un poco.
Las quejas me estaban volviendo loco. Scannell era un tipo corpulento, de unos 115 kilos y más de un metro ochenta y cinco de altura. Lo había oído hablar antes, años atrás, cuando ambos estuvimos en la misma sala, pero él no lo sabía. Tenía una voz de barítono natural; era la clase de tipo que usa palabras soeces en lugar de inteligentes para que parezca que tiene algo que decir. Scannell impostaba la voz para que sonara áspera hasta que sentía una bota cerca de la garganta, y entonces se convertía en una mezcla de helio y preocupación. Un niño pequeño con malas calificaciones.
Apreté los dientes, pensé en un cigarrillo y los apreté más todavía. Cuarenta y siete días sin fumar. En cuarenta y siete días había corrido por lo menos diez kilómetros, ahorrado casi quinientos dólares y logrado no parecer completamente espástico en un partido improvisado de baloncesto.
Scannell no iba a enviarme de nuevo a la casilla de salida. Pero yo necesitaba algo para sustituir la nicotina.
Regañar a mi cliente me pareció la mejor opción.
—No estás en posición de hacer preguntas, precisamente —comenté.
—Te he contratado, ¿no?
—Sí, para que te mantenga el culo fuera de la hoguera, no para que te dé una palmadita en la cabeza y te diga que todo va a salir bien.
Scannell se irguió con un gesto levemente amenazante.
—¿Sabes qué sucede cuando alguien me habla de ese modo en el trabajo? —preguntó.
—Si tengo que adivinar, diría que le das una paliza en medio de una redada de narcóticos, te guardas unos seis mil dólares dentro del chaleco y luego presentas un caso de mierda que ni siquiera pasa el filtro de un gran jurado; sientes terror cuando el sospechoso pasa a recoger sus efectos personales y los nota livianos de contenido, y luego corres a buscar a alguien que te manda a buscarme a mí para que te ayude.
Su rostro se congeló en una expresión estúpida, con la mandíbula caída; Scannell volvió a encogerse en su lado del coche.
—Presuntamente —respondió.
Presuntamente. La palabra inútil que yo solía teclear en frases como “presuntamente disparó a seis personas” o “presuntamente violó a su hijastra”. Un término legal que estaba obligado a utilizar para proteger a esos monstruos, puesto que los juicios por difamación son más comunes que los tatuajes en la parte baja de la espalda.
Después de amedrentar a Scannell, volví a concentrarme en la acera, esperando divisar a Antonio Rice antes de que se acercara a la puerta principal de la comisaría. Estaba ubicada en la calle Market, al norte de Ferry, cerca del barrio de Ironbound. Era un vecindario puramente hispano y portugués, pero estábamos aquí desde hacía casi una hora y yo todavía no había visto a un hombre negro por ningún lado. A menos que Rice hubiera pasado inadvertido mientras debatíamos las cosas de la vida con Scannell, ya debería haber llegado.
Me volví hacia el policía, que miraba por la ventanilla y tramaba cómo vengarse de mí.
—Una preguntita —aclaré—. ¿Cómo estás tan seguro de que Rice vendrá aquí a presentar una denuncia? Puede hacerla por teléfono.
—Ese idiota no lo sabe —respondió.
—¿Y estás seguro de que Rice no es más inteligente que el idiota promedio?
—No; de lo que estoy seguro es de que le he hecho un favor enorme al sargento del Tercer Distrito, y de que cuando alguien llamó para tratar de arrojarme a los leones, le dijo que no aceptaban denuncias por teléfono. Luego tuvo la cortesía de darme tiempo suficiente para buscarte a ti.
Dios bendiga la hermandad policial.
Como si fuera su turno para salir a escena, un hombre negro, delgado, vestido con una chaqueta con estampado de camuflaje, dobló la esquina de la comisaría; caminaba con paso decidido y renqueaba levemente. Llevaba el pelo en rastas trenzadas, igual que en la fotografía de la ficha policial que yo había visto en el sitio web de la penitenciaría estatal.
—Ahí está, es él —murmuró Scannell, muy erguido.
Aguardé unos segundos para permitir que Rice se acercara más a la comisaría y vi que Scannell perdía la calma. Una pequeña parte de mí deseaba permanecer en el coche y dejar que el universo sacara su basura. Pero necesitaba el dinero más de lo que el departamento de policía necesitaba deshacerse de un imbécil como Scannell, que sin duda alguna iba a espantarme clientes cuando inevitablemente se quejara, en todos los bares de policías de aquí hasta Montclair, de haberse quedado sin trabajo.
Noviembre me saludó con una ráfaga helada cuando descendí del coche, y me obligó a ceñirme la chaqueta alrededor del cuerpo mientras cruzaba la calle para interceptar a Rice.
—Disculpa —dije, casi trotando para ponerme a la par. Me ignoró.
—Eh, jefe —probé de nuevo, y obtuve un medio giro de cabeza, pero nada más.
—¡Eh, Tonio! —grité—. ¡No corras tanto, carajo!
Se detuvo y se volvió.
El idioma vernáculo de Newark era abrasivo.
Antonio me miró de arriba abajo, tratando de deducir si me conocía. Si era policía o delincuente. Amigo o enemigo. Estaba a cincuenta metros de una comisaría y ni siquiera allí se sentía seguro. Era el tipo de escepticismo ensayado que impedía que los depredadores se convirtieran en presas en las zonas Oeste y Sur de Newark.
Al menos por un rato.
—No te conozco —declaró.
—No.
—Pero sabes mi nombre.
—Digamos que sí. Y también por qué estás aquí —dije.
Antonio dio un paso atrás y se llevó instintivamente la mano a la cintura.
—No vas armado, Antonio. Tú y yo sabemos que no vas a entrar en la comisaría a presentar una denuncia contra un agente llevando una pistola oculta —proseguí—. Además, solo quiero hablar.
—Habla, entonces. Comienza por decirme cómo diablos supiste que iba a estar aquí y por qué. No, espera, primero dime quién carajo eres.
—Me llamo Russell Avery —respondí—. Y creo que esto será mucho más fácil si no entras en ese edificio.
—¿Es una amenaza?
Me pasé una mano por el pelo y estiré el cuello. ¿Por qué diablos estaban todos tan a la defensiva, siempre?
—No. Yo no lanzo amenazas. Creo en el beneficio mutuo. Mira, si entras en la comisaría, no vas a estar más cerca del dinero que te falta —dije—. Si no entras, las cosas podrían resolverse de otra manera.
—¿Y qué si no se trata de dinero, eh? —preguntó Antonio—. A lo mejor solo quiero que ese gordo hijo de puta pague por lo que ha hecho, quiero cumplir con mi deber cívico, ¿me captas?
—Siempre se trata de dinero, Antonio. Pero te seguiré la corriente, si quieres fingir que no es así —dije—. Bien, supongamos que entras en la comisaría, ¿de acuerdo? Presentas la denuncia. Te reúnes con un detective del tan mentado departamento de Asuntos Internos. Luego, el “gordo hijo de puta”, como tan bien lo describes, viene hasta aquí para defenderse de los cargos con un abogado del sindicato. Después llega el juicio administrativo. ¿Sabes con qué frecuencia eso termina con problemas para el policía? Toma el uno, transfórmalo en un cero y agrégale un nunca. Y no estoy exagerando, es matemática pura. El año pasado, este departamento tuvo algo así como doscientas denuncias de este tipo. A los policías los castigaron unas cinco veces. ¿Te gustan esas probabilidades?
—Hablas y hablas, hermano —se quejó él.
—Y no he terminado. Así que él sale indemne, porque por supuesto que saldrá indemne, y tú te conviertes en el enemigo público número uno para él y para todos sus compañeritos de Delitos Graves. Lo que significa que la próxima vez que vayan a buscarte, no va a ser con un cuento de posesión de estupefacientes. Te prepararán una buena montaña de mierda. Y de paso te molerán a palos. O también, visto que habrás encabronado realmente a los muchachos por haberte metido con Asuntos Internos, es posible que decidan que te vieron intentando sacar un arma. Y decidieron que sus vidas corrían un peligro inminente.
Mantuvo la mirada fija, pero yo ya seguía con los ojos el sonido de su pie golpeando la acera en todas las direcciones. Hacía frío, pero no tanto.
—Por si te lo estás preguntando, esa es la amenaza —dije.
Tenía serias dudas de que Scannell o sus amigos intentaran matar a este muchacho. O a cualquier otra persona, para el caso. Pero resultaba creíble. Para Antonio y posiblemente para mucha gente de la ciudad. No sabía si eso hablaba más de ellos o del departamento en sí.
Antonio adelantó levemente la barbilla, se mordió el labio y mantuvo su mirada de “no te metas conmigo”, como si eso fuera a cambiar algo.
—¿Y cuál vendría a ser la otra forma de resolver las cosas? —preguntó.
—Esta: yo te doy ocho mil. Tú finges que nunca me has visto.
—¿Ocho?
—Intereses, por las penalidades y el sufrimiento.
—¿Crees que puedes comprarme así, sin más?
Sentí deseos de sermonearlo sobre lo demencial que era que un traficante de drogas se pusiera a moralizar, pero recordé para quién trabajaba y qué estaba haciendo.
—Tengo el dinero en el bolsillo de la chaqueta, Antonio, por si te interesa.
Sus ojos bajaron hacia mis bolsillos. Nos quedamos así un minuto, sosteniendo la farsa de que necesitaba tiempo para pensarlo.
Pero ambos sabíamos cómo funcionaba el mundo.
Aguardé junto a mi coche una vez que terminamos, para asegurarme de que Antonio no fuera a arrepentirse y sufrir una crisis de conciencia. En un lapso de cinco minutos, había ayudado a que un policía corrupto conservara su empleo y tal vez financiado un mes de venta de cocaína de Antonio.
En ese momento, un poco de conciencia no me habría venido del todo mal.
***
Mi conciencia tenía los ojos enfocados en el periódico para el que yo ya no trabajaba y utilizaba un codo para mantener la página fija sobre la mesa mientras tomaba cucharadas de un bol de sopa con la mano libre. Estaba sentada al fondo de un local llamado Delicia Paradisíaca, un antiguo edificio de ladrillos que no tenía letrero en la fachada, por lo que se sabía que era bueno y barato. Hacían una excelente sopa de rabo de buey.
Estaba murmurando por lo bajo, leyendo el artículo en un susurro incoherente o comentándolo, cuando me senté frente a ella y me golpeé la rodilla contra la pata de la mesa.
Una ola de sopa rompió fuera del bol y convirtió un anuncio publicitario de coches usados en un charco pegajoso.
—Imbécil —dijo Key.
—Siento estropearte el periódico —ironicé.
—No es por eso por lo que eres un imbécil.
—Bueno, hay una lista larga de razones...
—No empieces con las bromas —dijo Key levantando sus enormes ojos del periódico y posándolos en mí. Esta mujer tenía que dejar el café y pasarse al té, de veras. Tenía las pupilas de un tamaño a mitad de camino entre el túnel Lincoln y la luna.
—Hablé con Antonio —comentó—. Parece que está todo arreglado.
—¿Te sorprende? —pregunté.
—También me dijo que lo amenazaste.
—Es una interpretación muy estricta de esa palabra —repliqué—. Simplemente le hice ver cómo podían ramificarse todas sus decisiones.
—Suena como una forma sofisticada de decir que lo amenazaste —me informó.
—Oye, teniendo en cuenta que, de los dos, el escritor soy yo...
Ladeó la cabeza y me interrumpió, y después golpeó el periódico con una de sus uñas sin barniz ni manicura.
—Ah, ¿así que eres escritor? ¡Qué curioso! —exclamó—. Ya no veo tu nombre aquí.
—Qué golpe bajo, Key.
—Igual que el que le diste tú al pobre Tonio —replicó.
—A Tonio le ahorré muchos más problemas de los que suele tener y le hice ganar suficiente dinero para que pueda delinquir a placer. “Pobre” no es la palabra indicada.
Ahora sonrió. Me encantaba hacerla sonreír. Era lo único que impedía que me abofeteara.
Durante todo el tiempo en que yo anduve rebotando de un lado a otro por la ciudad de Newark, Keyonna Jackson había sido mi consejera, guía, amiga, fuente y, cuando más lo necesitaba, el cable a tierra que me conectaba con la realidad.
Nos habíamos conocido cuando yo era reportero o, como me gusta recordarlo, en aquella breve época en la que yo tenía alguna relevancia.
Durante mi primer año, hubo un aumento demencial de homicidios en la ciudad. Diez días, diez cadáveres. Chicago o Baltimore podían tener esas cifras durante un fin de semana, pero Newark cabía doce veces en cualquiera de esas ciudades.
Cuando una ciudad es grande, pero no enorme, la gente tiende a conocer a los muertos y moribundos como algo más que nombres que figuran en los informes policiales. Son primos, vecinos, el muchacho que es dueño de la bodega de la avenida Elizabeth o el chico que no para de hablar en la clase de matemáticas de tu hijo.
Como muchos de sus conciudadanos, Key conocía al menos a uno de los que murieron aquella semana. A diferencia de la mayoría de sus conciudadanos, decidió hacer algo al respecto.
En un miércoles particularmente tórrido de agosto, Key y algunas otras personas bloquearon el tránsito cerca de la calle Meeker. Una semana después, ya eran treinta personas. Luego, cincuenta. Al mes siguiente se sumaron unas veinticinco más. El departamento comenzó a enviar policías para controlar las manifestaciones, y las cámaras de los informativos los siguieron, como hacen siempre.
No transcurrió demasiado tiempo hasta que las diatribas de Key, gritadas por el megáfono, terminaron en YouTube. Los videos de su desordenado cabello color carbón y sus enormes camisetas negras —por lo general confeccionadas esa misma semana en una imprenta cercana y grabadas con los nombres de los muertos más recientes de la ciudad— tenían muchas vistas. De vez en cuando derrapaba y sugería que arrestaran al alcalde por negligencia, o algo por el estilo. A mí me parecía una locura, pero, claro, yo no vivía en la zona de South Ward. Si el llegar a mi casa sano y salvo todas las noches hubiera sido como arrojar una moneda al aire y ver qué sale, es posible que yo también hubiera estado allí con Key.
El total de homicidios de la ciudad bajó al año siguiente. Y al cabo de otro año volvió a bajar. La gente dejó de seguir a Key en las calles y mi tribu se distrajo con un senador que utilizó fondos de campaña para esconder el hecho de que se estaba encamando con alguien que no era su esposa.
Las protestas fueron muriendo, pero la gente también, justo a un ritmo que la ciudad podía hacer pasar por progreso. El tiempo no cura las heridas, pero ayuda a acostumbrarse a las cicatrices.
Key siguió enviando mensajes de texto todas las semanas, anunciando otra manifestación en algún cruce de calles. Miércoles a las 17 horas: un grupo de activistas recalcitrantes que se consideraban la Coalición Contra la Violencia de la ciudad. Hablaron por el megáfono, pero no asistió nadie de los que tenían que escuchar. La ciudad solamente brindaba su apoyo a las personas como Key cuando estaba enfadada, y en aquel momento Newark soportaba su estándar normal de situación de mierda, pero tolerable.
—¿Viniste hasta aquí solo para que te regañe? —preguntó Key con los ojos fijos otra vez en el periódico.
—Quería saber si tenías alguna otra cosa para mí.
La mayor parte de mi trabajo provenía de policías; en gran medida, consistía en arreglarles la situación a agentes como Scannell que se habían metido en problemas. Técnicamente, yo era un investigador privado con licencia, pero no me dedicaba demasiado a la investigación. Más que nada resolvía problemas, arbitraba, hacía de mediador. Pónganle el rótulo laboral que deseen.
Era menos caro que un abogado y los policías que llamaban a mi puerta estaban más que dispuestos a pagar para que les evitara una investigación interna. Tenía suficientes contactos callejeros de mis días de periodista —gente como Key—, lo que me permitía, por lo general, antes de que algo quedara escrito en papel, poder negociar la paz con quienquiera que estuviera pensando en presentar una denuncia. Siempre y cuando uno de los dos pagara una comisión.
—No puedo creer que te esté faltando trabajo, Russ —dijo Key—. Viendo la manera en que les estás salvando el pellejo a los de Delitos Graves, terminarás por dejar en bancarrota al abogado del sindicato.
—Recuérdame por qué vas a volver a caerme bien.
—Porque puede que tenga algo para ti que no te provoque ganas de vomitar cuando lo termines —respondió.
—Ya me caes bien otra vez.
Key volvió la página que había estado leyendo y señaló con el dedo un ancho rectángulo gris, a dos columnas, repleto de texto que pasaba de letra en negrita a cursiva y a redonda.
Su uña afilada permanecía suspendida, en la sección de Ley y Orden, sobre un breve artículo que hablaba de un homicidio. Fijé la vista en el autor y vi un nombre que me provocó un dolor imaginario en el pecho.
El artículo mencionaba a alguien llamado Kevin Mathis, que “fue abatido de un disparo en el cementerio Woodland aproximadamente a la una de la mañana del miércoles. No ha habido declaraciones por parte del vocero de la policía en cuanto al motivo, y tampoco se ha identificado a un sospechoso”.
—¿Y? —pregunté.
—Ha muerto un chico —respondió Key.
—¿Ha muerto un chico en la zona oeste, nada menos que en Woodland, a esa hora? Sabes perfectamente de qué se trata.
Key hizo un vano intento de entornar sus enormes ojos de caricatura. Me di cuenta de cómo sonaban mis palabras. También me di cuenta de que era probable que yo tuviera razón.
—¿Supones, así como así, que se trata algo relacionado con bandas?
—No; supongo, así como así, que se trata de algo relacionado con drogas —respondí—. Aquí, las bandas son solo traficantes que se ponen nombres ridículos en clave, ya lo sabes.
—Pues el padre de este chico parece pensar de otro modo —replicó ella.
—No me jodas, Key. ¿Vas a dejar que un padre de buen corazón se crea sus propias patrañas? —exclamé—. Ya sabes cómo termina esto. Antes, yo recibía llamadas como esta una vez por semana. A nadie le gusta creer que su hijo ha muerto a causa de la mierda en que él mismo se metió.
—Este padre dice que puede demostrarlo —dijo Key apoyándose contra el respaldo del asiento y cruzando los brazos. Me dirigió la mirada de madre decepcionada que yo había aprendido a detestar y temer en los seis años que hacía que nos conocíamos.
—¿Demostrarlo? —exclamé—. ¿Tiene una confesión firmada por el que disparó? “Estimado señor...” —Tuve que buscar en el periódico el apellido del chico muerto—. “Estimado señor Mathis” —continué—. “He liquidado a su hijo porque soy una porquería de ser humano. En realidad, él era un buen chico y no lo merecía”.
Me puse de pie.
—¿Qué más vas a decirme, Key? ¿Que ese chico iba a hacer un cambio para mejor en su vida? —ironicé—. ¿Que iba a conseguir un empleo en Home Depot? Hace demasiado que estamos en esto como para dejarnos engañar como principiantes.
Se puso de pie y me fulminó con la mirada.
—Acabas de arrojarme encima todos los prejuicios y estereotipos que existen —declaró.
Quise replicar, pero mi lengua se había quedado sin municiones. Key tenía razón y lo sabía. Y yo no pensaba pasar de Guatemala a Guatepeor siguiendo la discusión con ella.
—Habla con ese hombre. En privado. Investiga —me pidió—. Es tu trabajo, ¿no?
—No tengo tiempo para esto, Key, de verdad —repliqué.
—En mi opinión, tienes todo el tiempo del mundo. Yo no tengo ningún otro trabajo para ti —dijo—. A menos, por supuesto, que quieras seguir haciendo lo que estuviste haciendo todo el día.
Me quedé mirándola, pero en lugar de ver las arrugas de sus ojos vi el rostro gordo de Scannell, olí su aliento a café y oí su quejumbroso ruego de que lo salvara por incompetente y cuasi corrupto. Pensé en que él cobraría una pensión mientras que yo terminaría de pagar los préstamos de la universidad justo a tiempo para adquirir una hipoteca.
No quería hacer nada por los policías ni por este padre sufriente que se negaba a aceptar que su hijo traficante había muerto por motivos de hijo traficante.
Pero los policías nunca me miraban de la manera en que me miraba Key.
CAPÍTULO 2
HE PASADO MÁS TIEMPO DE lo que me gusta pensar con familiares de víctimas de homicidios ocurridos en Newark, y en cada una de esas conversaciones tristes y frustrantes siempre hay algo que se repite: cuando la entrevista llega a su final, tú podrías contarles más cosas sobre sus hijos o hijas de las que te cuentan ellos a ti.
No es que mientan. No había nada malintencionado en las respuestas erróneas que daban las viudas, las madres o los hermanos con los que hablé en el pasado. Simplemente no sabían. Tal vez no querían enterarse. No puedo reprocharles que no hicieran un esfuerzo para averiguar por qué Johnny estaba boca abajo en el hueco de unas escaleras de los edificios Meekers o por qué Denise podía haber sido una cara conocida en el Hotel Nilo, uno de los antros de drogadictos más antiguos de la ciudad.
Por lo que Key me contó de Austin Mathis, este parecía ser un hombre bueno, un conductor de autobús cuyas únicas interacciones con la justicia habían sido unas pocas multas de aparcamiento. Trabajaba sin cesar, pues se había quedado solo para criar a Kevin y a sus dos hermanas después de que la madre pasara a mejor vida gracias a una aguja, muchos años atrás. Era la clase de cliente que todavía hacía que este trabajo valiera la pena.
Lamentablemente, una mirada rápida a los antecedentes de su hijo también me hizo pensar que estaba en lo cierto cuando le dije a Key que esto sería una pérdida de tiempo. Con un padre fuera de casa trabajando sin cesar y la madre muerta por sobredosis, Kevin Mathis fue reclutado por la calle antes de tener edad suficiente para comprender lo que eso significaría. Que un año papá no esté en casa para ayudarte con los deberes del colegio lleva a que al año siguiente papá no esté para llevarte a casa a patadas en el culo cuando te metes en problemas.
Tenía detenciones previas por drogas, pero sus conocidos y socios no dispararon ninguna alarma en mi mente. No eran miembros de bandas que yo conociera, y el chico no había estado involucrado en nada violento.
Pero siempre lo habían arrestado en lugares que estaban prácticamente uno junto al otro. Los puntos estaban lo suficientemente cercanos en el mapa para dejar algo bien claro: vendía drogas de manera habitual en esa zona.
Un muchacho que traficaba en su propio vecindario, abatido de un disparo por la noche en ese mismo vecindario, dentro de un cementerio en el que había tres niveles de tumbas de traficantes. Y Key quería que yo ayudara a demostrar que se trataba de otra cosa.
Pero tenía razón. Yo no tenía nada mejor que hacer. Al menos podría convencerla de que estaba equivocada y dar por terminada mi sucesión de derrotas en nuestras discusiones interminables.
Salí del Impala en el aparcamiento del Family Dollar, cerca de la escena del crimen, y me cerré el abrigo alrededor del cuerpo. El aparcamiento estaba vacío salvo por unos pocos coches que ninguna grúa había querido llevarse, pero vi un grupo de lo que parecían ser adolescentes en un extremo, más allá de los separadores de cemento. Estaban apoyados contra una cerca verde y oxidada que bordeaba el cementerio Woodland, apiñados alrededor de varios globos de colores metalizados y cartulinas blancas llenas de mensajes de despedida escritos con marcadores. Un arcoíris de velas formaba un semicírculo en la base.
Un monumento conmemorativo junto a una tienda donde todo cuesta un dólar: la marca registrada de un homicidio. Cuando Newark hacía el duelo, tenía un presupuesto acotado. No podía ser de otra manera.
Se me ocurrió que aquellos adolescentes podían ser traficantes, y ratifiqué dicha idea al captar un olor a marihuana rancia cuando me acerqué. Pero volví a sentir el espectro de Key mirándome la nuca. Aunque la mitad de las veces mis suposiciones eran correctas, era plenamente consciente de que no estaba bien pensar de ese modo.
Me acerqué al grupo acompañado por una corriente de hojas secas y colillas de cigarrillos levantados por el viento, que crujía como un paquete de papas fritas cuando lo abollas. Me detuve al llegar al borde de la acera. En la época en que tenía un pase de prensa, este era el momento en que acostumbraba encender un cigarrillo, fingía atender una llamada telefónica y dejaba que los vecinos del barrio me estudiaran. No se irrumpe en un grupo que está de duelo.
Pero ya no fumaba, así que sabía lo que me esperaba.
Los seis chicos dejaron de hablar y de moverse cuando me acerqué a su semicírculo. Tres de ellos eran poco más que bebés, tendrían unos catorce años como mucho; sus miradas duras eran pura cara de póquer y no me preocuparon en absoluto. El de sudadera negra con capucha que estaba apoyado contra la cerca era de mi estatura y tenía las manos hundidas en los bolsillos como si ese fuera su lugar natural. Había otros dos un poco más alejados, con chaquetas y jeans, a medio crecer entre los adolescentes y el hombre que me había clavado la mirada cuando me acerqué.
—¿Estás perdido? —preguntó el Capucha.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Ya sabes por qué te lo pregunto —respondió.
No me gustaban sus miradas, pero eran merecidas. La gente de mi color de piel no venía hasta aquí a menos que quisiera algo.
—En primer lugar, mis condolencias —dije, unas palabras que me brotaron ensayadas debido a los cientos de veces que las había dicho antes.
—¿Condolencias? —exclamó el Capucha—. ¿Por qué, te parece que estamos tristes?
—Por el amigo de ustedes, Kevin.
—No conozco a nadie llamado Kevin —replicó asomando la cabeza fuera de la capucha y mirando a su público—. ¿Ustedes conocen a algún Kevin?
Emitieron risitas. El numerito de chicos malos estaba tan ensayado como mi pena fingida.
—Eh, yo lo conozco —dijo uno de los chicos medianos señalándome, pero mirando al Capucha—. Lo he visto por aquí antes. Trabaja para el periódico, ¿no?
—No, hermano, ayer conocimos a la chica del periódico —acotó uno de los de primer año de bachillerato—. La de falda negra. ¿Cómo se te puede haber olvidado? Yo pasé toda la noche acordándome de ella.
Pensé en Dina, luego en ese chico de catorce años que estaba descubriendo la pubertad, y por último me vi haciendo rodar la cabeza del muchacho por el pavimento.
—Ah, es verdad —dijo el Capucha dirigiéndole una mirada de fastidio al chico, como si hubiera hablado fuera de turno—. Por lo menos a ella valía la pena mirarla.
—Disculpa, ya sé que tiene mejor culo que yo —comenté.
—Como si... —comenzó a decir el Capucha, pero cualquiera fuera el insulto que tenía preparado quedó sepultado bajo la voz de su compañero.
—Ni que se lo hubieras visto alguna vez —me escupió el chico.
Los demás adolescentes miraban la calle, sin interés por reír como el resto de las hienas. Seguí la dirección de sus miradas y, al ver la fuente de su preocupación, comprendí que podía arriesgarme con más tranquilidad.
Cuando me acerqué al de catorce años, estaba riendo a carcajadas y chocaba los cinco con los demás. Por más duro que se creyera, cuando comprendió que acababa de insultar a alguien que le sacaba veinte centímetros y treinta kilos, cerró la boca de pronto.
—Digamos que conozco a alguien que antes salía con ella —dije—. Y a ese tipo no le gusta que hablen así de su exnovia unos pendejos a los que apenas les funciona la verga.
El admirador no tan secreto de Dina no emitió sonido alguno. Los otros seguían riendo, ahora de él y no con él. Miré al Capucha, que esbozó una sonrisita mientras retiraba el talón de la cerca del cementerio.
—Estuviste bien —dijo sacando una mano del bolsillo para mostrar que estaba vacía—. Pero no puedo permitir que les hables a mis amigos de ese modo.
Su mano izquierda salió del escondite del bolsillo, pero no venía con pistola. No la necesitaba. El Capucha hizo un ademán y el resto de la jauría formó un círculo cerrado a mi alrededor. Los mayores sonreían como si ya hubieran hecho esto antes, mientras que los otros copiaban lo que habían visto en la televisión.
Tiempo atrás, cuando yo todavía pasaba la mayor parte del tiempo en barrios peligrosos después del anochecer, una de mis antiguas fuentes, un teniente de homicidios veterano de Newark, me enseñó unos movimientos de defensa personal. Yo siempre había tenido la esperanza de poder utilizarlos en una situación como esta, donde pudiera imponerme y derribar a algún cretino bocón. Darle suficientes puñetazos como para ganarme una buena anécdota de guerra y —más importante aún— evitar ir al hospital.
Pero mi repertorio de aficionado no me mantendría consciente demasiado tiempo en una pelea de seis contra uno. Por fortuna, cuando me acerqué caminando había visto a varios testigos potenciales de la paliza que estaba a punto de recibir.
—Si quieren, nos vamos a las manos —dije—. Pero eso no va a hacer que nuestros amigos se retiren antes.
El Capucha se mostró visiblemente perplejo.
—El Crown Victoria que está séptimo u octavo en la fila, en el otro lado de la calle —comenté—. Dudo que atacar a un ciudadano en la escena de un crimen con los policías en primera fila sea tu mejor jugada. ¿Qué te parece si les dices a tus muchachos que se calmen y resolvemos la situación de forma menos estúpida?
El otro miró alrededor como si fuera a presentársele otra opción, y luego les hizo un gesto negativo con la cabeza a los demás.
—¿Qué mierda quieres de nosotros? —preguntó el Capucha.
—Ya te lo dije. Quiero hablar de Kevin. Si me ayudan un poco, me encargaré de que los policías se marchen.
El Capucha se pasó las manos por la ropa y volvió a reclinarse contra la cerca, como si no hubiera sucedido nada. Hasta apoyó otra vez el mismo talón contra el metal, como si eso fuera a volver atrás la escena y hacer que recuperara su aura de desafiante superioridad.
—Lo mataron. Una cagada. Punto —dijo.
—¿Alguien en particular que pudiera querer verlo muerto?
—No que yo sepa.
—Bueno, pero traficaba, ¿no? —pregunté.
No habló ni se movió.
—Oye, no trabajo con la poli ni con el periódico. Lo que puedas decir no saldrá de aquí —le aseguré—. Además, ni siquiera sé cómo te llamas. ¿De qué tienes miedo? ¿De que pueda contarle a alguien que un chico negro de la zona oeste me ha pasado información? Por si no te has dado cuenta, no eres tan famoso en este lugar.
—¿De verdad vas a hacer que esos polis se vayan? —quiso saber el Capucha.
Asentí. Se encogió de hombros; seguramente estaba pensando que la única forma de quitárselos de encima sería deshaciéndose de mí.
—Digamos que movía algo de droga. Pero oí decir que los peces gordos de la zona no tenían problemas con eso.
—¿De qué banda son? —quise saber.
—Vamos, hermano. —Meneó la cabeza—. Si quieres saber quién manda aquí, no es difícil de deducir. Pero yo no voy a decírtelo. Lo que tienes que saber es que estaba todo bien entre ellos y Kev. No sé por qué lo mataron, pero no fue por un asunto de drogas.
—Comprendo, pero... ya viste dónde y cómo murió. Entenderás por qué pienso otra cosa.
Se apartó de la verja y se echó la capucha hacia atrás dejando al descubierto el cabello muy corto y un rostro de más edad del que yo esperaba. Tenía una hendidura en la mejilla izquierda, tal vez una cicatriz, y en la parte superior del cuello, justo debajo de la oreja, llevaba tatuado 973 en números pequeños. El código postal de Newark.
—Y tú, ¿por qué haces preguntas si te las vas a responder tú mismo? Si ya decidiste lo que sucedió, ¿porqué no dejas de joder?
—Solo quise decir...
—Solo quisiste decir lo que dicen siempre: que Kev murió porque vivía como vivía —dijo, casi con un rugido—. Mira, voy a decirte algo más que escuché, y no porque quiera ayudarte, sino para que aprendas un poco. Algunos andan diciendo que unas personas interceptaron a Kev, no mucho antes de que muriera. Uno o dos tipos, según a quién le preguntes. Blancos. No hay demasiados traficantes blancos por aquí, ¿sabes?
Comprendí lo que insinuaba y asentí; supuse que ya habían dicho todo lo que iban a decir, y me fui.
Podía ser mucha información o podía no ser nada. De cualquier modo, ahora tenía que vérmelas con la policía. No porque sintiera la obligación de cumplir mi pacto con el Capucha, sino porque me resultaba muy extraño que un departamento de policía de presupuesto reducido tuviera agentes vigilando la escena de un homicidio relacionado con el tráfico de drogas tantas horas después de que hubiera aparecido el cadáver.
A menos, por supuesto, que no se tratara de un homicidio relacionado con drogas.
Junto al neumático del lado del conductor del Crown Victoria había dos vasos de plástico abollados y lo que parecía un envoltorio de sándwich, restos dejados por al menos dos policías que habían estado sentados en alguna parte durante demasiado tiempo. Sin duda iban a alegrarse mucho de que yo diera unos golpecitos en la ventanilla del coche.
El cristal se deslizó hacia abajo para dejar al descubierto la mitad de una barba corta, entrecana, que seguía la línea de la mandíbula de oreja a oreja, y unas patas de gallo profundas como surcos. El rostro giró despacio, trayendo al resto de las facciones consigo, ancladas alrededor de unos labios oscuros fruncidos como un muelle tenso.
El teniente Bill Henniman levantó la cabeza, se encontró con mi mirada de sorpresa y separó levemente los labios dejando escapar un suspiro suave, como cuando se exhala humo.
—¿Estás perdido? —preguntó.
Henniman y el Capucha habrían tenido muchos temas en común.
—¿Yo? En absoluto. Estoy disfrutando del paisaje y los sonidos de West Ward. ¿Sabías que a pocas manzanas de aquí abrieron una crepería IHOP? —dije—. ¿No serás tú el que está perdido? Este parece un sitio extraño donde encontrar a un teniente de Delitos Graves en pleno día.
—Un homicidio es un delito grave, Avery —replicó él con ese graznido que era su voz—. Nos dedicamos a resolverlos.
—Sí, una denuncia a Asuntos Internos cada vez.
—Vamos, Avery. Mira, cuando comenzaste con este trabajo nuevo, me convencí de que te despertarías y comprenderías quiénes son los buenos —dijo—. A propósito, me enteré de esa payasada que armaste con Scannell.
Henniman cruzó las manos sobre el pecho y dejó escapar otro largo suspiro. El teniente era de esos tipos que parecen estar agotados por todo y por todos, casi demasiado exhaustos para alterarse. Era un perro viejo. De tanto en tanto le ladraba a un coche para mantener las apariencias, pero, si por él fuera, se quedaría observando el mundo desde su casa. De esa forma lo afectaba menos.
—¿Qué quieres de mí, Avery? —preguntó—. Scannell te pagó, ¿no es así?
—Sí, la tarifa estándar. No estoy aquí por dinero. No te buscaba a ti, y ciertamente no esperaba encontrarte por esta zona, cuando ya han pasado más de veinticuatro horas después de un típico homicidio por drogas —comenté—. Pero, mira tú, aquí estás. Tal vez preguntándote si aparecería alguien como yo, lo que hace que yo me cuestione si venir hasta aquí no ha sido una pérdida de tiempo, después de todo.
—Si querías escribir historias, Avery, deberías haberte quedado en el periódico. El asunto es lo que parece: un joven tonto vende drogas y lo matan por eso. En ese grupito con el que conversabas de manera tan amena hay dos personas que ya hemos arrestado antes. Estábamos haciendo vigilancia, antes de que te acercaras y lo echaras todo a perder —protestó Henniman—. Te llamaré cuando volvamos a necesitar tus servicios. Hasta entonces, vete a la mierda.
Podría haberme ido, sencillamente. La presencia de Henniman y la diatriba del Capucha ya me habían hecho darme cuenta de que las sospechas de Key eran, como mínimo, no del todo demenciales. Pero un trato era un trato.
Me dejé caer contra el coche, con la suficiente fuerza como para fastidiar a Henniman, y saqué el teléfono; marqué una combinación de números cualquiera.
La ventanilla bajó detrás de mí.
—¿Qué haces, Avery? —gruñó el policía.
Me volví y meneé la cabeza fingiendo sorpresa.
—¿Sigues aquí? —pregunté.
—¿Qué estás haciendo?
—Una llamada. Hace bastante que no hablo con Dina; me enteré de que también ella estuvo por aquí.
—¿Dina Colby? —quiso saber—. ¿La reportera?
—¿La conoces? Perfecto. Seguramente querrá entrevistarte en relación con este caso. Le diré que estás aquí —respondí—. Ya sabes cómo es esto, hay que sumar puntos con la ex cada vez que se puede.
Henniman me perforó con la mirada, buscó las llaves y puso el coche en marcha. El motor protestó y traqueteó durante un minuto, como todos los automóviles viejos del departamento, antes de rendirse y arrancar.
—No sé qué insecto se te ha metido hoy en el culo, Avery, pero pienso que deberías recordar quiénes son tus amigos —declaró—. Si no me equivoco, obtuviste esa licencia de investigador privado muy rápido y enseguida conseguiste clientes. Todo eso se construye sobre las relaciones. Como la nuestra.
Subió la ventanilla y se alejó dejándome envuelto en una nube de gases, de pie sobre un montón de nieve pisoteada y sucia. Me volví hacia el monumento recordatorio de Mathis y vi que el Capucha y sus muchachos se habían ido.
***
El teniente tenía razón.
Dejé que la radio del Impala sintonizara un grupo llamado Cloud Nothings, con la esperanza de que el rock crudo de aquella guitarra me despejara la cabeza o por lo menos creara suficiente espacio dentro de ella para permitirme hacer una lista de todas las complicaciones que podría causarme involucrar a Henniman.
El teniente era un policía de carrera sin un plan de salida. Después de veinticinco años, la mayoría de los agentes hacían las paces con la policía de Newark, se jubilaban y se buscaban un trabajo en seguridad privada o un puesto de supervisor en las oficinas del fiscal de distrito o del sheriff. No así Henniman. Le gustaba el poder que había adquirido con los años y la influencia en la institución que venía con ese poder. Amaba su placa con la pasión que la mayoría de las personas reserva para su cónyuge. Henniman no había tenido pareja al menos en una década.
Había heredado la unidad de Frank Russomano, el teniente anterior, que se había jubilado dos años antes. Como Frank había sido una de mis fuentes, me legó el número de teléfono de Henniman de la misma manera. Pero mi relación con ambos hombres no podía ser más distinta.
Mientras que Frank era persona primero y policía después, la clase de hombre con quien podías beber y debatir los fallos del Departamento de Policía de Newark sin terminar discutiendo a gritos, Henniman era lo que llamaban un fanático. De esos policías que piensan que la placa equivale a la capa de Superman y que criticar a la policía significa que la odias.
El salón donde se reunía la brigada era la iglesia de Henniman; los detectives que trabajaban por debajo de él y los aliados que se hacía a través del trabajo, sus apóstoles. Yo formé parte de esta segunda categoría durante la temporada en que tuve pase de prensa, aunque siempre trataba de recordarle que se podía ser fuente de un artículo de prensa un día y el tema de otro al día siguiente. Nunca lo tomó en serio, y la distinción rara vez resultó relevante. Henniman no era corrupto, hasta donde yo había sabido o querido saber; tan solo era un tipo temperamental y variable. Estaba insensibilizado tras haber pasado varios años con las manos hundidas en los muertos de la ciudad, y no le importaba cómo trataba a los vivos que no formaban parte de su tribu.
En las ruedas de prensa, solía intimidar a gritos a los periodistas que no le caían bien, y hablar mal de ellos en la institución para que no pudieran conseguir información más allá de los escuetos comunicados que redactaba la oficina de información pública. Los policías que no se amoldaban a su unidad, o que —Dios no lo permitiera— cuestionaban las tácticas agresivas del teniente de Delitos Graves terminaban siendo transferidos al Quinto Distrito, la zona de Newark donde a mí no me gustaba ir cuando oscurecía a menos que supiera que la policía estaría desplegada al máximo en la escena de un crimen.
La amenaza de Henniman me retumbaba en la cabeza mientras conducía de vuelta a la parte central de la ciudad y cruzaba Broad Street para internarme en los alrededores de Ironbound, una zona algo más segura.
Nunca me había puesto a pensar realmente cómo sería la vida fuera del círculo de Henniman, y ahora comprendía por qué.
Sí, lo admito, yo había bromeado sobre que su unidad era una granja de clientes, pero todos los buenos chistes tienen algo de verdad. La mayoría de mis trabajos provenían de policías; ellos mismos me habían ayudado a establecerme por mi cuenta cuando un año atrás dejé el trabajo que amaba.
El periódico había mutado: de ser el lugar que me había criado, el lugar que exigía a la ciudad que fuera responsable de sus actos, se había convertido en un apéndice incómodo y tibio que contaba clics y utilizaba algoritmos incomprensibles para determinar qué constituía una noticia.
Como sentí la necesidad de irme, me fui, pero lo cierto era que también tenía que trabajar.
Siempre había bromeado acerca de convertirme en investigador privado, pero en New Jersey es difícil conseguir una licencia a menos que seas expolicía o exsoldado. En caso contrario, tienes que pasar cinco años trabajando a las órdenes de un investigador licenciado, y no se gana demasiado dinero cuando se hacen trabajos de vigilancia y otras nimiedades a las órdenes de otra persona.
Pero si tienes policías amigos y ellos tienen amigos en la Policía Estatal, entonces es probable que alguno de ellos esté dispuesto a declarar que has pasado varios años formándote bajo la supervisión de un investigador privado de Red Bank llamado Mark Mueller.
Nunca supe quién era ese cabrón.
Por supuesto, nadie hace nada gratis. Los policías que estaban dispuestos a falsificar algunos formularios para conseguirme la licencia eran los mismos que podían beneficiarse por tener a un investigador privado de su parte. Así fue como comencé, después de todo. Representando a policías que no eran precisamente impolutos, pero tampoco corruptos del todo. Me refiero a suciedad como la que se junta debajo de las uñas: un segundo empleo que se superpone con el horario de trabajo, activos no declarados para evitar pagar pensiones alimenticias. Muchos detectives de la brigada antivicio que alegaban que sus esposas los estaban engañando y me pedían que las siguiera. La mayoría solamente quería que los mantuviera informados sobre los movimientos de sus cónyuges para poder escabullirse con sus propias amiguitas.
No era precisamente ocuparse de la obra del Señor, pero era aceptable. Lo fue hasta que mi reputación como investigador privado para policías se disparó por delante de la realidad y comenzaron a buscarme agentes con problemas reales, procesables. Sujetos como Scannell, que iban camino de colisionar de frente con un juicio final ante un jurado.
Me gustaría poder decir que cuando estos policías vinieron a mi oficina a pedirme ayuda, me negué, pero resulta ser que las personas con problemas de verdad tienen dinero de verdad.
Los muchachos de Henniman no dejaban de encontrar motivos para pagarme. Él atribuía el gran número de denuncias ante Asuntos Internos al hecho de que su brigada, por lo general, lidiaba con lo peor de Newark: traficantes pesados, tipos armados con escopetas o con armas más peligrosas, rufianes violadores, no con pandilleros de segunda que fingían pertenecer a las bandas mafiosas porque les gustaban los nombres que usaban.
Sí, claro, un homicidio habitual por drogas requería de la atención de Delitos Graves. Ellos respondían a todos los incidentes de la ciudad que involucraban disparos. Pero no era necesaria la presencia personal del jefe, de alguien como Henniman. Si estaba sentado en la escena del crimen de Mathis, era porque había muchas probabilidades de que ese chico estuviera relacionado con algo turbio de la brigada. Y si Henniman creía que yo quería investigar ese hecho de corrupción, mi trabajo desaparecería más rápido que un cajón de cerveza en el sótano de una fraternidad.
Desde luego, eran todas suposiciones. No era la primera vez que Key me traía un caso que terminaba en una columna de humo sin fuego. El dinero que me pagaban los muchachos de Henniman era tangible, por más que me dejara las manos algo sucias.
Aparqué en la calle Congress; tuve suerte de encontrar sitio no demasiado lejos de mi oficina. En cada apartamento de aquella manzana vivía una familia multigeneracional, desde abuelos a por lo menos dos nietos adultos, y cada uno de ellos, por lo visto, era dueño de un coche. Hasta en pleno día, a veces terminaba utilizando el aparcamiento de pago situado cerca de la estación Newark-Penn.
¿Por qué el muchacho que traficaba no podía simplemente haber muerto por razones típicas de un muchacho que traficaba? Newark tenía un promedio de entre 90 y 100 homicidios al año, y tres cuartos de ellos eran por las peleas insignificantes y absurdas que antes solían resolverse a puñetazos. Alguien se instala en la esquina en que no debe, se acuesta con la chica con la que no debe, discute con quien no debe y termina muerto. ¿Lo merecían? No. Pero tampoco eran homicidios sobre los que los lectores del periódico hicieran demasiadas preguntas.
Mientras subía pesadamente los escalones hasta mi apartamento y encendía las luces de mi reino de tres habitaciones, tuve que recordarme que ya no tenía lectores, sino clientes. La puerta principal daba a una sala de estar escasamente amueblada. Sofá, mesita baja y un televisor que no usaba lo suficiente como para justificar la factura del servicio de cable. Más allá había una cocinita; el corredor que salía a la izquierda del refrigerador llevaba a mi despacho/dormitorio. Me quité los zapatos y apagué las luces tras decidir que los pocos rayos de sol que se filtraban por entre las cortinas eran luz suficiente para las tres de la tarde.
La excepción a mis opiniones habituales sobre los asesinatos cometidos en Newark estaba enmarcada y colgada sobre el escritorio, y traté de no mirarla mientras me dejaba caer en el sillón giratorio y contemplaba el teléfono negro que descansaba junto a la computadora. El artículo del periódico comenzaba a ponerse amarillo detrás del cristal, pero no tuve ni siquiera que mirarlo para recordar lo que había escrito.
“Deon Whims no quería ser recordado como una estadística. Pero en su mundo, tal vez eso hubiera sido mejor que morir como soplón”.
Deon había sido un pez gordo de la pandilla Sexo, Dinero y Muerte perteneciente a la banda de los Bloods, la facción que más a menudo se erigía brutalmente como rey de la colina de Newark. Durante mi tercer año como reportero policial, Deon salió de prisión; había escrito un libro sobre su vida mientras pasaba los días en una cárcel federal de Pennsylvania. A mano, en hojas sueltas. En la ciudad cobró notoriedad como un texto duro y llano. Yo había estado en contacto con él para hacerle una entrevista unas semanas antes de que lo mataran de un disparo en una gasolinera sobre la autopista McCarter, la carretera principal de acceso a Newark. Algunas fuentes de la policía me advirtieron que a pesar de su imagen reformada, Deon seguía siendo un mandamás dentro de la banda Sexo, Dinero y Muerte. Solo que se había vuelto demasiado astuto para volver a caer en las fechorías callejeras que lo habían enviado a prisión.
Sus amigos contaban una historia diferente: que el FBI lo había convertido en informante a cambio de una pronta liberación. Al parecer, alegaron que su novia sufría amenazas por parte de una pandilla rival de los Bloods y que a él le convenía una rápida liberación para cuidarla. Eran todas patrañas, pero lograron que Deon colaborara. Más temprano que tarde, se corrió la voz de su arreglo con la policía y alguien lo liquidó.
Si me hubiera basado en los comunicados de prensa de aquel momento, el asesinato de Deon habría sido para el olvido, otro traficante muerto por peleas entre traficantes. Trece centímetros en la página nueve que nadie leía.
Merecía algo mejor que eso. Tal vez también lo merecía el joven Mathis. O tal vez no.
Pero no lo sabría si no hacía preguntas.
***
Conduje todo el trayecto hasta el restaurante Shish Kebab House haciendo sonar At The Drive-In a todo volumen por la Carretera 1 que salía de Newark, hacia Elizabeth. El tema “Enfilade” de ese grupo era una de las canciones energizantes que solía escuchar cuando iba a las escenas del crimen en mis días de periodista.
Detuve el coche en el aparcamiento del restaurante, un agujero en la pared con dos ventanas, anidado entre un salón de manicura y otro de tatuajes. El estallido sónico de un avión de pasajeros reemplazó los chillidos de la voz de Cedric Bixler cuando me bajé del coche.
Me sentía bien en la piel de periodista otra vez, al menos por un rato. El Shish Kebab House estaba justo en las afueras de Newark y servía comida nada memorable cerca de los hoteles que rodeaban el aeropuerto. Era el sitio donde llevaba a los informantes con los que no deseaba ser visto; quedaba lo suficientemente cerca como para ir en taxi, y no era un sitio donde pudiera encontrarme con alguien que me importara.
Sentía adrenalina en la sangre. Hacía tiempo que no experimentaba la sensación de estar persiguiendo algo que no me convenía atrapar.
Pero cuando entré y vi los ojos tristes y confusos del hombre que estaba sentado junto a Key, recordé que había varias facetas en eso de ir por ahí con un cuaderno en la mano que no echaba de menos en absoluto.
Los reporteros son, por su profesión, ególatras. Podemos ser empáticos, cuidadosos y respetuosos de las personas cuyas historias contamos. Pero parte de la necesidad de descubrir una historia asombrosa se basa en que tu nombre puede ser sinónimo de esa historia. Es fácil controlar esa emoción cuando lo haces todos los días, pero hacía tiempo que no la saboreaba, y me sentí algo avergonzado por mi entusiasmo desmedido.
Me ilusionaba estar dentro de ese restaurante de mala muerte intercambiando historias sobre homicidios. Austin Mathis parecía estar preguntándose qué había hecho para terminar en este lugar. Era algo que me había enseñado una editora en mis épocas de pasante, cuando pensaba que cubrir el turno de la noche de delitos sería mi oportunidad de jugar a ser detective.
—Recuerda —me dijo—, la mitad de las personas con las que te pondrás a hablar estarán pasando el peor día de sus vidas.
De espalda ancha y cabello negro que comenzaba a encanecer, Mathis levantó la cabeza en cuanto atravesé la puerta. Tenía los codos apoyados en la mesa y las manos cruzadas, y en cuanto nos miramos apartó los ojos. Le susurró algo a Key y meneó la cabeza mientras bajaba la mirada.
—¿Señor Mathis? —dije dejándome caer sobre el asiento hecho jirones de una de las maltratadas sillas del restaurante.
Asintió. No habló. Su rostro no mostraba reacción alguna, lo que me dejaba sin nada que analizar; me pregunté cómo reaccionaría yo al encontrarme con un desconocido para hablar de mi hijo recientemente asesinado.
—Austin, este es Russell, el hombre del que te hablé —dijo Key; colocó una mano sobre su hombro, se lo acarició con gesto maternal y la mantuvo allí. No era el primer padre de un chico muerto al que había ayudado a mantener la calma, y no sería el último del mes ni de la semana.
—Mi hijo no era un mal chico —susurró él sin levantar la mirada.
El camarero, un hombre mayor que pareció reconocerme de cuando yo era cliente habitual, se acercó a la mesa, asimiló la escena y decidió que no era el momento de describir los platos especiales del almuerzo.
—En ningún momento he dicho que lo fuera —respondí.
—Sí, pero seguramente lo pensó —señaló Austin—. Key me contó que usted antes trabajaba en el periódico. Eso significa que seguramente investigó los antecedentes de mi hijo y se ha formado cierta opinión. Pero no quiero que la traiga aquí.
—Russ es uno de los buenos —intervino Key tomando la mano de Austin. No supe si hablaba de reporteros o de blancos. La conocía lo suficiente como para pensar que podían ser las dos cosas—. Cuéntale tu historia, nada más. Te escuchará.
Me miró, por fin, con los ojos algo húmedos y protuberantes. Si había dormido últimamente, su rostro no lo demostraba. Tenía arrugas en los pómulos y uno de los párpados presentaba un tono violáceo. Tal vez un orzuelo.
—Por lo visto, la policía piensa que el historial de su hijo tuvo algo que ver con... con lo que sucedió —comenté.
Siempre me resistía al impulso de utilizar las palabras muerte, disparos, homicidio. Como si el vocabulario que eligiera pudiera cambiar la realidad.
—Claro que sí —respondió Austin—. Nadie mira dos veces una muerte por drogas ocurrida en la zona oeste.
—De acuerdo, entonces, cuénteme por qué están equivocados.
—Para empezar, es posible que ellos hayan tenido algo que ver con su muerte —señaló.
Ay, la puta madre.
Las entrevistas en las que decían que “los polis hicieron cosas de las que no existen pruebas” eran las peores. Había escuchado mil historias desgarradoras que sonaban creíbles pero que nunca habrían podido imprimirse. Ahora iba a decirme que...
—Puedo demostrarlo —dijo.
Miré a Key. Intuía cómo me estaba afectando lo que decía Mathis y me fulminó con la mirada, como diciendo: “No te atrevas”. Por temor reverencial de mi guía espiritual de Newark, me enderecé en el asiento y miré a Mathis con mi mejor cara de “Me creo todas tus ridiculeces”.
—Ajá —comenté—. ¿Por qué lo dice?
Austin extrajo un iPhone de su bolsillo y lo colocó sobre la mesa. Con dificultad, navegó por el dispositivo. Al cabo de unos instantes, se abrió un reproductor de video.
—Esto fue grabado unos cuatro días antes de que muriera Kevin —explicó.
Apareció una filmación granulada, sin sonido. Austin inclinó el teléfono para que yo pudiera ver mejor. Miró hacia otro lado, como si se tratara de algo que no quería volver a ver. Key hizo lo mismo.
El video mostraba lo que podría haber sido cualquier callejón de Newark, un camino de cemento que discurría entre una cerca de alambre cubierta de enredaderas y una hilera de ventanas de apartamentos con barrotes. Parecía como si hubiera sido filmado desde detrás de la cerca, paralelo a la calle. Una figura humana desdibujada, un hombre al verlo más de cerca, corría junto a la cámara, con los puños apretados y las rodillas hacia delante en una carrera desesperada.
Parecía extenuado: el cuerpo oscilaba hacia la derecha y hacia la izquierda. Estaba en baja forma. Se apoyó en la cerca un instante, y las personas que lo perseguían aparecieron en foco.
Eran tres, todas en un extremo de la imagen, pero se acercaron mientras el hombre que había estado corriendo trataba de recuperar el aliento.
La distancia entre ambos se cerró. Me quedé esperando algún tipo de diálogo o un indicio de lo que estaba sucediendo, pero no se oyó nada. Pulsé el botón del volumen en un lado del teléfono.
—No tiene sonido —dijo Austin Mathis.
Cuando el trío se acercó, la lente captó un destello luminoso en la cadera de uno de ellos, algo que relució bajo la farola de la calle. ¿Una chapa de identificación? ¿Una pistola? ¿Ambas cosas?
Parecían estar hablando, gritando, tal vez. Sin el audio del diálogo, era difícil seguir la historia, pero parecía contener todos los ingredientes de una persecución policial básica. El sujeto que había estado corriendo seguía de espaldas a ellos, jadeando. El que filmaba estaba demasiado cerca de él, y yo solo podía verlo de la cintura para arriba. Parecía tener las manos cerca del cinturón.
El hombre giró a medias, con las manos claramente libres desde mi perspectiva, pero al parecer no desde la del policía.
No me fue necesario oír los disparos para comprender que fue una ráfaga de balazos lo que hizo que el cuerpo del sospechoso se retorciera y girara antes de caer al suelo, ya muerto o a instantes de morir.
—¿Cuándo grabó usted esto? —pregunté.
—No lo grabé yo —respondió Austin Mathis—. Lo grabó mi hijo.
CAPÍTULO 3
KEY Y AUSTIN MATHIS ME habían invitado a entrar en un mundo del que no quería formar parte.
El video no era prueba de nada. Era una implicación, no una conexión. También era una bomba de relojería, y yo no sabía muy bien si quería arriesgarme a quedar atrapado en la explosión.
Había dejado el periódico alrededor de un mes antes de que alguien pudiera ubicar en un mapa Staten Island, en el estado de Nueva York, o Ferguson, en el estado de Missouri, en los días en que esos eran solamente sitios que estaban cerca de ciudades grandes, no epicentros de una batalla nacional sobre la seguridad pública y de quién eran las vidas que realmente importaban.
Austin no conocía el nombre del chico asesinado en el video ni por qué su hijo había estado presente para filmar sus últimos momentos. Kevin, por lo visto, no tenía el teléfono consigo cuando le dispararon en el cementerio Woodland cuatro noches más tarde, y, según su padre, no era demasiado creativo en lo que se refería a contraseñas. Austin había probado marcar la fecha del cumpleaños de su hijo al revisar sus pertenencias, sin saber del todo qué buscaba, pero estaba muy convencido de que lo que había encontrado era el motivo de la muerte de Kevin. Si había estado esperando que yo compartiera su momento de revelación, se equivocaba. Asentí cortésmente, le dije que me mantendría en contacto y fulminé a Key con la mirada antes de irme.
Ella me llamó cuatro veces durante el trayecto de vuelta a la ciudad. No respondí. Tarde o temprano daría conmigo, y tal vez para ese entonces yo ya no sentiría deseos de estrangularla.
No es que hubiera entrado en pánico porque creyera que Austin Mathis estaba loco. Estaba aterrado porque ya había visto cómo terminaban estas peleas y conocía los récords de victorias y derrotas de los que no portaban placas.
Sí, por supuesto, peleaban bien durante los primeros rounds. El polémico video generaría escándalo, y el escándalo traería la cobertura implacable de los medios. Pero esa parte se desarrollaba en la calle, donde los agraviados jugaban con ventaja. Una vez que pasaba a los tribunales, donde realmente podía producirse un cambio, este rara vez sucedía. El statu quo ganaba casi siempre por knockout técnico.
Comprendía lo que Austin estaba sugiriendo con el video, y entendía también cómo esa línea de pensamiento encajaba con lo que sabía yo. Su hijo había muerto menos de una semana después de haber grabado ese video. Henniman estaba en la escena del crimen cuando yo pasé por allí. Kevin había tenido carta blanca para operar en la zona, según el matón callejero que me lo contó, lo que hacía posible que no lo hubiera liquidado un rival.
Todo eso constituía una alternativa tenue y preocupante, pero plausible, para el tan habitual y clásico homicidio entre traficantes. Los puntos distaban mucho de estar conectados, pero por lo menos compartían órbitas. Con todo, no estaba ni cerca de creer que unos policías habían matado a un menor de veintiún años para ocultar el hecho de que habían matado a otro, y realmente no me hacía ninguna ilusión pensar en las consecuencias de ponerme a hacer averiguaciones al respecto.
Cuando era reportero, casi nunca me veía obligado a expiar mi culpa por hacerle preguntas al poder, porque para eso me pagaban. Cuando fastidiabas a una fuente u organización, te congraciabas con otra. Te hacías amigo de los investigadores o los fiscales asistentes del sheriff, te pegabas a los miembros del municipio que habían optado por la línea dura en asuntos policiales. En aquel entonces yo tenía opciones, podía enfrentar a enemigos entre sí hasta que volvieran a llevarse bien conmigo.
¿Ahora? Tenía clientes en lugar de lectores. Hacer enfadar a Henniman podía lanzar en caída libre mi cuenta bancaria y mi lista de clientes, y yo tenía que pagar préstamos y el alquiler de un apartamento semidecente. Perseguir a los policías era el trabajo de otra persona. De Dina, en realidad. Podría pasarle la pista. Pero si la corazonada de Austin era cierta y algún uniformado había liquidado a su hijo por culpa de ese video, sería peligroso ponerla en esa posición.
Todo eso significaba que mi única otra opción era olvidarme de lo que acababa de ver. Olvidar el video que podría hacerse público y ser analizado de cien formas diferentes por cien personas distintas, cuyas interpretaciones también diferentes estarían justificadas por sus experiencias de vida. Olvidar la mirada indefensa de Austin Mathis, su insistencia en que Kevin no había muerto por causa de un mal negocio con heroína en una esquina.
El teléfono volvió a sonar. Key, por quinta vez, pidiéndome que adoptara una actitud firme junto con ella.
Pero la última vez que lo hice me enfrenté a la decisión del periódico de mancharse y corromper mi antiguo empleo, me quedé sin mi cheque semanal y sin Dina, y terminé en la situación actual, que cada vez me gustaba menos. No deseaba saber cómo se vivía un escalón más abajo, pero si molestaba a Henniman por los motivos erróneos, era muy probable que lo averiguara pronto.
Era probable que terminara en relaciones públicas y luego me suicidara.
Si iba a colocar sobre la mesa este tipo de fichas, no lo haría por una decisión impulsiva. Necesitaba asesoramiento, algo de buena voluntad en las altas esferas del departamento de policía, y si las cosas llegaban a salir mal como sospechaba, me haría falta algo de dinero, también.
Busqué el número de Colleen rogando que su exesposo siguiera siendo tan cretino como para que ella estuviera dispuesta a ofrecerme las tres cosas.
***
En circunstancias normales, esquivaba los casos de divorcio. Eran demasiado complicados, consumían demasiado tiempo y —para ser sincero— eran poco para mí. No me gustaba mi reputación de solucionador de problemas de la policía, pero la idea de cobrar por sentarme en el automóvil y tomar fotografías con teleobjetivo de gente que entraba y salía de moteles para camioneros de la Carretera 1 no era mucho mejor.
Para lograr que me inmiscuyera en la vida amorosa de un cliente hacía falta algo de desesperación y una clase especial de cretino. Por desgracia para él, el exesposo de Colleen Quinn era un imbécil ejemplar, de esos que no solo tratan mal a una gran mujer, sino que sienten un placer enfermizo al hacerlo.
Colleen había pasado por varios puestos en sus veinte años de carrera dentro del Departamento de Policía de Newark, pero hacía cinco que estaba en Asuntos Internos. A pesar de eso, la mayoría de los agentes sonreían cuando se mencionaba su nombre. Colleen era cálida, justa. Había sido ascendida a capitana sin que eso la hiciera olvidar sus días de patrullaje y provocara una grieta entre los agentes comunes y sus superiores, como sucedía en la mayoría de las ciudades. Llevaba el cabello largo y rojizo en una trenza que le caía por la espalda y que se balanceaba en el centro del uniforme azul que usaba siempre, aunque no era un requerimiento.
Los capitanes por lo general vestían de civil, pero ella no comenzó a vestirse como si trabajara en Wall Street a medida que fue ascendiendo por el escalafón. Nunca supe si era una táctica para que la siguieran considerando una más, pero, conociendo a Colleen, supuse que solo quería usar ropa cómoda. Atravesó el único local de sushi de Newark y me saludó con una sonrisa más ancha de la que merecía.
—Te aseguro, Russ, que me sorprendí cuando vi tu número en mi pantalla —dijo.
—¿Qué, no puedo invitar a almorzar a una vieja amiga? —respondí.
—¿No eras tú el que me decía que no se puede ser amigo de los informantes?
—Eso era en mis días de reportero —aclaré—. Y además, solo lo decía para protegerme. Siempre fuimos amigos.
—Los amigos no invitan a sus amigos a restaurantes japoneses de Newark —ironizó.
—Sí, cuando quieren tener conversaciones privadas, sí.
Newark no era precisamente hogar de una pujante comunidad asiática. Si uno quería comida soul, o el clásico menú estadounidense de New Jersey, o un sándwich de pastrami increíble, estaba en la ciudad indicada. Sin embargo, la gente que había abierto Nori en Central Avenue hacía dos años debió de haberse perdido yendo de camino a otra parte del estado. No tenían clientela habitual, tal vez porque la mayoría de sus rolls contenían más mayonesa que pescado.
—¿Cómo está Nathan? ¿Te sigue pagando puntualmente la pensión alimenticia? —pregunté.
—Eso significaría que alguna vez la ha pagado —respondió—. Y a ti, ¿qué te importa? Te pedí que te encargaras de esto cuando obtuviste la licencia. Siempre estabas demasiado ocupado.
—Mi carnet de baile está vacío, de pronto.
—No es lo que me han dicho —replicó.
—¿En serio?
—Soy capitana de Asuntos Internos, Russell. La mitad de tus clientes deben de estar en mi lista.
—No me gusta lo que insinúas, Colleen.
—No insinúo nada, son hechos. Sé que no me llamaste porque necesites trabajo, y estoy segura de que tampoco se debe a la generosidad de tu corazón —dijo—. Siempre nos hemos hablado con sinceridad. Lo único que te pido es que sigamos haciéndolo.
Un camarero se acercó y habló de opciones que yo no le daría ni a un perro callejero. Pedí dos sopas de miso y le quité el menú de las manos a Colleen antes de que se intoxicara.
—¿Qué demonios haces? —preguntó.
—Te protejo de la cocina —le dije—. ¿Quieres sinceridad? Te la doy. Uno: la sopa es lo único de este menú que no practicará el tiro al blanco con tu estómago. Dos: necesito un favor y buena voluntad en la comunidad policial, y todos piensan que tu ex es una llaga de herpes con piernas. Aceptar tu caso me ayudará tanto como a ti, así que dime cómo podemos hacer que su vida empeore y la nuestra mejore.
Colleen tomó el vaso de agua y bebió largamente.
—¿Cuál es el favor? —quiso saber.
—No es importante que lo sepas hasta que me lo haya ganado.
—Siempre es importante saberlo.
—Esta vez, no. Salvo que de pronto quieras comenzar a pagar cuentas antes de que venzan —aclaré—. ¿Cuántos años tenía tu hija mayor cuando nos conocimos, catorce, quince? Ya debe de estar a punto de entrar en la universidad y, a menos que tengas planeado llenarla de deudas, necesitarás esa pensión alimenticia. Cuando llegue el momento me dirás lo que quiero saber o no, pero no viene al caso hasta que yo haga lo mío y Nathan firme ese cheque.
Colleen probó la sopa e hizo una mueca por lo salada que estaba, pero pareció aceptar que aquel brebaje no la envenenaría.
—¿Y si cuando termine todo digo que no? —preguntó.
—Pues de todas maneras me pagarás en dinero contante y sonante por el trabajo, ¿verdad?
Asintió.
—Entonces me enfadaré contigo durante unos días y escribiré tu nombre en la pared del baño de caballeros, pero después se me pasará —dije.
Colleen paseó la mirada por el local, se frotó las manos y luego contempló el vapor de la sopa como si estuviera pensando. El bar del otro lado de la calle, Hanley’s, era un conocido reducto de policías y bomberos que servía la comida grasienta y supuestamente irlandesa que a mí me gustaba. La mayoría de esos muchachos no pisarían Nori ni muertos, pero conociendo la afición que tenía el ex de Colleen por las tácticas sucias, respeté su cautela.
—Nathan sigue con la misma mierda. Hace meses que está de licencia por invalidez de la oficina del sheriff, tras un accidente menor que sufrió durante una persecución. El muy idiota ha estado haciéndose el héroe para conseguir copas gratis en todos los bares de policías que hay de aquí a Montclair, pero oí decir que en realidad se dio de narices contra un buzón, y que el golpe no tuvo nada que ver con un arresto —dijo—. En fin, se supone que tiene que estar sentado en su casa, pero un amigo me contó que tiene un empleo de guardia de seguridad en New Brunswick. Es en negro, lo que significa que no cuenta para la pensión alimenticia, cosa que a su vez significa que le está robando a su propia hija porque es un tremendo hijo de p...
Se interrumpió antes de terminar. Yo no iba a reprocharle que estuviera furiosa, pero Colleen había dejado de aceptar mis invitaciones a beber cerveza y desahogarse mucho antes de que yo abandonara el periodismo. No le gustaba quejarse de Nathan, decía que eso le otorgaba poder a él.
—La cuestión es que no puedo acercarme a él sin que a mi abogado de divorcio le dé un infarto y que él alegue que lo estoy acosando —explicó—. Pero necesito pruebas de que tiene ese segundo empleo.
Y me necesitaba a mí porque ninguno de sus compañeros policías iba a acercarse a Nathan. Era un pésimo policía, pero un tipo inteligente, y corría el rumor de que se había hecho muy amigo del sheriff electo del condado de Essex, un jugador en política llamado Vincent D’Annunzio que le había echado el ojo a una banca del Senado. En Polilandia nadie podía permitirse esa clase de enemigo, si tenía algo de instinto de supervivencia.
—Entonces, ¿lo que necesitas es que yo entre en un bar, tome unas fotografías sin que él se dé cuenta y firme una declaración jurada? —pregunté—. Si hubiera sabido que era tan fácil, te habría devuelto las llamadas hace meses.
—En ningún momento dije que fuera fácil —respondió ella, sonriendo—. Aún no te conté dónde está trabajando.
***
Hubo una época, tal vez hace unos cinco años, en la que quizás hubiera entrado a ver un concierto en el Court Tavern, el templo del punk rock de New Brunswick.
Ese bar, ubicado en un sótano, tenía más aspecto de garaje que de local de música: había abierto en 1981 y en 1982 ya parecía decrépito; desde aquel momento, había estado al borde de cerrar por lo menos cuatro veces. De vez en cuando, algún grupo ahora famoso que se había iniciado allí, como los Bouncing Souls o los Smithereens, daba un concierto para recaudar fondos, solo para mantener las luces encendidas. Pero el dinero reunido jamás se utilizaba para renovar el local. Cada vez que un cantante se arrojaba en plancha sobre la multitud, pateaba el techo bajo, que derramaba una lluvia de polvo sobre los aficionados sudorosos.
Tenía sentido que alguien como Nathan hubiera terminado trabajando allí. New Brunswick quedaba lo suficientemente lejos de Newark para que nadie fuera a reconocer, a una hora de su casa, al policía que estaba de licencia por invalidez, y ahora vigilaba el extremo izquierdo del escenario con los brazos cruzados; aquel trabajo no parecía demasiado exigente. Había oído decir que Nathan sabía manejarse muy bien, pero tampoco se necesitaba ser cinturón negro para impedir que un veinteañero entusiasmado diera un puntapié de más durante el apogeo de un concierto. El Court Tavern tenía numerosos problemas de efectivo, incumplimiento de normas y denuncias por ruidos molestos, por lo que a los dueños no les convenía que un estudiante universitario que no era clientela habitual se rompiera el brazo en el frenesí y atrajera ambulancias.
El Tavern no solía imponer restricciones para tomar fotos incriminatorias. A diferencia de los empleados de otros locales, que harían preguntas si alguien tomaba fotografías a una persona mientras trabajaba, Nathan bien podría confundirme con un fotógrafo de un grupo, un seguidor o un bloguero de música local.
El problema no eran las fotografías, sino cuánto tardarían en poner a Colleen de mi parte. Aunque yo le ofreciera pruebas del fraude laboral de su exesposo, ella de todas maneras tendría que usarlas como pruebas en el tribunal para validar los ingresos adicionales de Nathan y reclamar el aumento de la pensión alimenticia.
Lo que yo necesitaba era que él pagara y la pusiera contenta mucho más rápido. Tenía que obligarlo a rendirse incondicionalmente. Tenía que decidir si valdría la pena correr el riesgo de suicidarme profesionalmente por llevar el caso de Kevin Mathis.
Si realmente la brigada de Henniman estaba metida en algo turbio, si había algo que fuera importante saber sobre el homicidio del video, Colleen estaría en condiciones de confirmarlo.
Por lo tanto, yo tenía que lograr que Nathan se cagara de miedo, tenía que amenazar con convertir su vida en un infierno, más allá del juicio de divorcio.
Necesitaba a Dina.
Marqué el número de mi exnovia de memoria, porque, como era enviador serial de mensajes cuando estaba borracho, sabía que era mala idea tenerlo guardado en el teléfono. A mi cerebro no le resultaba fácil recordar el orden de esos diez dígitos cuando flotaba en un río de whisky.
Sonó dos veces antes de que atendiera.
—Intelligencer, habla Colby —dijo, de la forma más impersonal posible, aunque sabía que era yo.
—Tengo algo para ti —anuncié.
—Te escucho.
—Tengo que mostrártelo en persona.
—Russ, son apenas las siete de la tarde, muy, muy temprano para que intentes la táctica de ir a tomar algo y volver a enamorarnos.
—Oye, hace por lo menos tres meses que no hago nada de eso —me defendí.
—Ah, ¿llevas la cuenta? —preguntó.
—En primer lugar, cállate. En segundo lugar... puede ser. En tercer lugar, tengo un delicioso bocado de falta de ética policial. Sería mejor que lo vieras tú.
—¿No recuerdas lo que sucedió la última vez que me indicaste cómo tenía que hacer mi trabajo? —dijo.
—Sí, me dejaste —respondí. A estas alturas, había pensado tanto en eso que ya era simplemente un hecho y no un recuerdo doloroso—. Considéralo más bien una sugerencia. Te enviaré un mensaje con la dirección. Ambos sabemos que vas a decir que sí.
Dejó pasar unos diez segundos sin decir nada. Me hizo esperar, solamente porque podía.
—De acuerdo —dijo—. Pero más vale que esto no sea nada más que trabajo.
Claro que no era así, pero todas las reglas sobre ser sincero con ella habían volado por la ventana cuando me rompió el corazón. ¿O acaso fue cuando yo se lo rompí a ella? Daba igual. De todas maneras, últimamente me interesaban más los resultados que la verdad.
CAPÍTULO 4
LES DOY UN CONSEJO: SI alguna vez salen con una mujer hermosa e inteligente como Dina, y luego deciden comportarse como completos imbéciles y hacer que ella ponga fin a la relación, que su siguiente jugada sea mudarse a Guam.
Porque si se quedan en la misma ciudad, en el mismo estado, volverán a verla. Y cada vez que la vean, pasarán las siguientes 48 horas deseando poder viajar en el tiempo para pegarle unos cuantos puñetazos a la anterior versión de ustedes mismos.
Cuando ella entró, yo estaba sentado en el bar de la planta baja, moviendo la cabeza al ritmo del grupo de música ska que imitaba sin demasiado éxito a Catch-22 en el sótano. Dina vestía botas negras con tacones y jeans un poco desgarrados, debajo de un suéter gris ajustado. El grupo comenzó con una pésima versión de “Dear Sergio”, tocada medio paso más lento, pero fingí que estaba bien y me moví al ritmo de la música. Dina llevaba el cabello castaño claro suelto; se le movía sobre su piel morena. Decidí que se había peinado de esa forma porque sabía que me gustaba.
Hacerse ilusiones no estaba mal.
Dina observó con recelo el público vestido con chaquetas de cuero, sin duda preguntándose si el motivo por el cual yo la había citado aquí justificaba tener que abrirse paso por entre una multitud de punks suburbanos.
—Este es el sitio del que siempre me hablabas en la universidad, ¿no? —preguntó.
—Ajá, el mismo.
—Pero al que nunca me trajiste.
—No, porque no hace ni cinco segundos que estás aquí y ya estás buscando las salidas —respondí.
—Escucho rock de vez en cuando, Russ —se defendió con un gesto de fastidio.
—Matchbox 20 y The Lumineers no son rock —repliqué.
Le alcancé un vaso de ron con Coca-Cola y me llevé a la boca la cerveza Corona que había estado bebiendo. No era la bebida que hubiera elegido, pero el Court Tavern no pecaba de sofisticado sirviendo cervezas artesanales.
—Gracias por venir —dije.
—Has dicho que tenías una historia —respondió.
Desde hacía mucho, Dina tenía restricción perimetral contra todo lo que fuera término medio. Veía el mundo en dos colores, y si te tocaba estar pintado de negro o de blanco, te convenía acostumbrarte a esa tonalidad. No se hacía amiga de sus exnovios, pero de vez en cuando se ponía en contacto conmigo si le resultaba útil como fuente. Varias veces había pensado en sermonearla por meterse en el pantano ético de aceptar información de alguien con quien salía, pero luego recordaba que casi todos mis ingresos provenían de policías turbios que necesitaban favores y que también me gustaba escuchar la voz de Dina.
—Hay un tipo abajo trabajando de vigilante de seguridad. Es el segundo del sheriff y hace unas semanas se lesionó en una persecución. Se supone que se encuentra de licencia por invalidez, pero está aquí controlando a los idiotas que se pasan con el pogo, por lo menos dos veces por semana —expliqué—. Me suena a fraude.
—¿Y por qué te importa?
—Su ex es clienta mía.
—Entiendo —dijo—. ¿Y por qué tendría que importarme a mí?
—Policía corrupto atrapado con las manos en la masa —dije moviendo las manos para mostrar el titular imaginario—. ¿No tendría suficientes visitas en la página web que dejarían contentos a tus editores durante varias semanas y te permitirían dedicarte a hacer trabajos serios?
Entornó los ojos. Bebí un gran trago de cerveza, sabiendo que me había pasado de la raya. Me preparé para el huracán.
—¿Con las manos en la masa? ¿Vas a hacer declaraciones públicas? No, claro que no. Lo que significa que tendré que hacerme con tus fotografías, luego buscar registros legales, llamar a la Comisión de Servicio Público, al departamento del sheriff, a su abogado, mostrar todo a nuestros abogados y luego, tal vez, tenga que sentarme a esperar a que alguien inicie una investigación interna y confirme todo para que yo pueda escribir algo. ¿Te parece que eso es atraparlo con las manos en la masa, Russ? —preguntó—. No me darán tiempo suficiente para construir todo eso.
Dina ya estaba pensando cinco pasos por delante, como siempre. La mayoría de los hombres, entre los que me incluyo, tenían la mala constumbre de concentrarse en la belleza de Dina cada vez que entraba en una habitación. No era en absoluto su activo más importante.
Me llevó unos cuantos segundos poder responder, y tuve que dejar de hacer contacto visual para ordenar mis pensamientos y verbalizar algo.
—Entonces, busca tiempo tú —le dije—. O pelea por conseguirlo. Los dos sabemos que detestas cómo se trabaja ahora, corriendo de una escena del crimen a otra, escupiendo cuatro párrafos sobre seis historias al día. Esta es una oportunidad de hacer las cosas como deben hacerse. Como...
Traté de frenar, pero nadie me había acusado nunca de saber cuándo cerrar la puta boca.
—...como las hacía yo —terminé.
Dina apartó el vaso y salpicó la mezcla de ron barato con Coca de máquina, sin gas, sobre la superficie, desperdiciando un alcohol perfectamente mediocre.
—¿Y cómo las hacías tú, Ross? —preguntó elevando la voz; me eché hacia atrás, plenamente consciente de que no solo había abierto de un puntapié las compuertas sino que también había meado dentro del torrente—. ¿Peleándote con los editores todo el tiempo? ¿Quejándote del mundo de la prensa hasta que quedaste fuera? ¿Arreglándoles asuntos a los mismos policías que antes criticabas?
Terminé mi cerveza y miré el ron abandonado de ella como si no hubiera visto una copa en varias semanas.
—Touché —murmuré.
—La verdad duele —gruñó.
Miré el espacio vacío que lucía en su dedo anular, donde debería haber estado el anillo que yo había comprado un año atrás.
—Sí, duele —susurré.
Nos quedamos así un minuto. El grupo de ska de abajo dejó de destrozar los temas de mi época del bachillerato y recibió una ronda de aplausos tibios. El siguiente grupo era una banda de Nueva York llamada Kids Carry Germs. Sonaba algo irritante y lo suficientemente punk como para que hubiera público pesado, lo que tal vez obligaría a Nathan a hacer algo que mereciera ser fotografiado. Tenía que bajar y conseguir una buena ubicación.
—Lo siento —dije sin saber si hablaba en serio o solamente buscaba paz para poder hacer el trabajo—. No debería haber dicho eso.
Dina volvió a sentarse, sin mirarme.
—Yo tampoco —concordó.
Nuestras peleas nunca terminaban tan pronto cuando estábamos juntos. Claro, ahora ya no quedaba nada por lo que pelear.
—No, tenías algo de razón —dije—. Estoy tratando de aceptar mejores casos cuando puedo. Como este, por ejemplo. Este tipo es un pedazo de mierda, ¿entiendes? Y su ex necesita el dinero. Pero también hay poco sitio ahí abajo, y si me ve, o si algún idiota se me arroja encima bailando, se me puede romper la cámara. Quería asegurarme de que tendría un segundo par de ojos, alguien en quien confío, y esa lista medio empieza y termina contigo. Tomaré fotografías. Toma algunas tú también. Es probable que uno de los dos salga de aquí con lo que necesitamos. Puedes hacer lo que quieras con ellas, pero yo necesito hacer este trabajo. Puede ayudarme a conseguir mejores casos, cosas más significativas.
Levantó el vaso otra vez y bebió un trago.
—¿Cosas como las que hacías antes, quieres decir? —comentó.
***
Nathan Faltz se elevaba por encima de la mezcla de rock-eros que ensuciaban con nieve y lodo el suelo ya inmundo del sótano del Court Tavern. De más de un metro noventa de estatura, con cabello abundante y canoso y un rostro rojo como un semáforo, era el clásico irlandés grandote; me habían contado que hacía honor a su aspecto físico.
Efectivamente, Faltz era un policía de mierda; seguro que no era capaz de resolver un homicidio ni aunque este comenzara con una confesión, pero yo había oído contar muchas veces que no dejaba títere con cabeza en la calle. Las anécdotas de las patrullas eran material de revista de cómics: Faltz había desactivado a tres tipos, uno de ellos armado con un bate de béisbol, en la ocasión en que interrumpió un robo. Faltz había aparecido durante una manifestación que se había vuelto violenta y había dejado en el suelo a una banda de vándalos que tenían rodeados a un par de uniformados dentro de una tienda de empeños. A Faltz una vez le habían rogado que no se inscribiera en el torneo benéfico de boxeo contra el departamento de bomberos, porque un par de jefes de batallón se habían cansado de que sus muchachos se tomaran días libres para recuperarse de los golpes recibidos.
Era una leyenda urbana. Como Paul Bunyan, el gigantesco leñador del folclore de los Estados Unidos, con los nudillos amoratados.
No era habitual, pero podía suceder, que un cliente quisiera agredirme si se enteraba de que yo había hecho bien mi trabajo y lo había sorprendido haciendo algo indebido. La mayoría me gritaba y agitaba los brazos, pero ninguno de ellos tenía la capacidad de hacerme daño en serio, como sucedía con Faltz.
Me abrí camino, cámara en mano, por entre las cuatro docenas de jóvenes apiñados alrededor del escenario mientras el grupo terminaba la prueba de sonido, y empecé a tomar fotografías. Del guitarrista afinando su instrumento, del baterista probando el pedal y del cantante contemplando el micrófono, como si tuviera algo realmente profundo que decir. Con gusto dejaría que me tomaran por un fan, si ello significaba que Faltz no se fijaría en mí; la mirada del gigantón parecía estar puesta en otra parte.
Llevaba una vieja cámara Nikon que me había vendido un fotógrafo indigente cuya indemnización por parte del periódico no lo iba a mantener a flote con la hipoteca durante más de seis meses. Había oído decir que ahora estaba trabajando para el servicio postal UPS, y rogué que nunca se enterara del destino que le había dado a su cámara.
Un par de acordes ruidosos hicieron que la multitud cobrara vida; el cantante se acercó al micrófono y anunció el nombre del grupo y de dónde venían, como si la mitad de los que estaban al pie del escenario no fueran amigos de ellos que ya lo sabían. Alguien me clavó un codo en las costillas; moví el hombro derecho hacia atrás en un acto reflejo y cedí algo de espacio cuando el público se cerró alrededor del escenario. Antes de que los cuatro integrantes del grupo arrancaran con la primera canción, le dirigí una mirada a Dina para asegurarme de que estuviera cumpliendo su parte del trato.
A primera vista, parecía estar ensimismada en la pantalla del móvil, pero noté que apuntaba con la cámara hacia arriba, en dirección al escenario, y que estaba lo suficientemente cerca como para captar a Faltz.
Algo me golpeó mientras admiraba a Dina, y el fuerte empujón hizo que la correa de la cámara me jalara de la nuca. Me volví y vi que el público ya estaba agolpándose en el espacio libre que había alrededor del escenario. Algunos jóvenes se habían lanzado al centro y peleaban de manera nada espectacular: cuatro o cinco borrachines delgaduchos que lanzaban pésimas patadas al aire no iban ni siquiera a hacer parpadear a Nathan.
Pasaron un par de canciones de tres minutos sin incidentes, salvo por alguna colisión ocasional menor que mereció una mirada intimidante, pero que habría provocado risas en las zonas de Newark en la que yo estaba acostumbrado a moverme. Había asistido a suficientes conciertos como para saber que a estos chicos les quedaban tres, tal vez cuatro números potentes antes de que el promotor se los llevara al siguiente espectáculo; el grupo de entusiastas que habían arrastrado hasta aquí no iba a causar suficientes problemas para que Nathan entrara en acción.
El foso, si se podía llamar así al espacio que rodeaba el escenario, no era nada más que un montón de jóvenes que se empujaban y agitaban los brazos, pero con muy poco contacto. El resto del círculo era una barrera protectora, con los brazos levantados para mantener a resguardo a aquellos que querían un lugar en primera fila sin sufrir codazos o rodillazos accidentales. Dina estaba cerca del extremo, con la misma expresión de desinterés y el teléfono listo por si sucedía algo.
La canción hizo una transición del estribillo algo pegadizo a un ruidoso despliegue instrumental, con suficiente uso del pedal doble para que algunos más se lanzaran al foso y la acción hiciera moverse a Nathan. El círculo se amplió, y los cuerpos del centro se multiplicaron y comenzaron a chocar unos contra otros. Vi que a Dina se la tragó la masa y tuvo que adelantarse para evitar que la empujaran contra una pared. Se acercó al epicentro justo cuando la protección de brazos entrelazados comenzó a colapsar; el círculo ahora era una maraña de brazos y piernas que inevitablemente harían contacto con la cabeza de alguien. Nathan se apartó uno o dos pasos del escenario, listo para intervenir si alguien le daba motivos para hacerlo.
Apunté la cámara hacia él. Nadie iba a requerir atención médica cuando todo terminara, pero si habían contratado a un policía como vigilante de seguridad, imagino que querrían que fuera lo más estricto posible. Un chico pasó volando junto a mí camino del escenario, dando tumbos después de ser agredido por un gordo con camiseta del grupo musical Misfits, y eso por fin sirvió como pistoletazo de salida para el policía gigantón. Extendió sus brazos de gorila y los utilizó para liberar espacio como si fuera Moisés dividiendo las aguas de un mar que olía a culo y a cigarrillos.
El gordo que hizo volar al chico junto a mí era el clásico ansioso que hay en todos los públicos, el tipo al que hostigan en el mundo real pero que aquí dentro se sirve de su tamaño para comportarse como el rey del inframundo. Se lanzó sobre otro justo cuando Faltz se cernía sobre él. Levanté la cámara y le apunté a mi próximo cheque de ingresos, pero de pronto vi algo desconcertante en el extremo de la imagen.
A Dina la marea humana no solo la había empujado hacia el foso, sino que la había arrastrado hacia el centro. Persistente como siempre, ella seguía tratando de apuntar el teléfono hacia Faltz, pero estaba recibiendo empujones y manotazos sudorosos. Eran golpes al voleo, no directos, y traté de pensar que a diario tenía que enfrentarse a cosas mucho peores en Newark. Era fuerte. No necesitaba mi ayuda. La idea de que pudiera necesitarla fue lo que me hizo perderla aquella primera vez y, además, tenía a Faltz justo en el centro de la mira.
Activé el modo ráfaga y obtuve un buen número de fotografías de Faltz cargándose a aquel rufián de medio pelo hasta dejarlo fuera de combate; cuando bajé la cámara, vi que una bota pasaba a unos centímetros de la cara de Dina, tan cerca como para moverle el cabello suelto que me había tenido embobado.
Mis pies se pusieron en movimiento antes de que pudiera detenerlos con la mente. Aquel tipo parecía algo más grande que yo, pero el tamaño no ayuda demasiado cuando te bloquean con el hombro mientras estás desequilibrado y a oscuras. Pasó volando junto a Dina y se estrelló contra uno de los carteles de antiguos conciertos que cubrían las paredes de ladrillo del sótano del Tavern. Los rezagados del extremo del círculo se apartaron cuando convertí al tipo en un misil humano, y nos despejaron el paso a Dina y a mí.
—¿Qué pasó con la sutileza? —preguntó Dina tratando de hacerse oír por encima del estruendo del platillo.
—Es hora de irnos —le grité yo.
—Coincido contigo —dijo otra voz.
Me volví justo a tiempo para ver cómo Faltz enroscaba uno de sus brazos de oso alrededor de mi camisa.
***
Cuando Faltz me arrojó de cabeza al callejón lleno de basura que había detrás del Court Tavern, me di cuenta de que las cosas podrían haber salido mucho peor.
La cámara no se había roto. Había conseguido buenas fotografías, igual que Dina. Lo importante era que él no se diera cuenta de lo que yo tramaba antes de que me hubiera subido al coche.
—¿Qué haces aquí? —me dijo con voz más ronca de lo que justificaba el frío.
—Nada, estoy haciendo fotos para el grupo.
—Tienes diez años más que todos los que están aquí, incluidos los miembros del grupo, y nunca he visto al padre de nadie meterse en medio de la pelea como has hecho tú —dijo—. Así que empecemos de nuevo, sin idioteces.
Miré hacia la calle, que estaba iluminada por una de esas farolas de aspecto rústico que en New Brunswick les encanta poner por todas partes en las cercanías de la universidad Rutgers. Me separaba una distancia de diez metros hasta allí, pero me pareció mucho más cuando Faltz, de pronto, dio un paso hacia la derecha y bloqueó la calle.
—Estoy esperando —dijo.
Bajé la vista hacia la cámara para asegurarme de que tenía suficientes fotografías del gigantón con camisa que decía “Seguridad” luchando con el gordo del sótano, e hice mi jugada.
—Usted es Nathan Faltz, el asistente del sheriff del condado de Essex, ¿verdad? —pregunté.
Su expresión se alteró de un modo que hizo que mi caja torácica se peparara para un cambio de posición, pero seguí hablando porque, a veces, era lo único que sabía hacer.
—No es necesario que responda. Sé que lo es. También sé que existe un asistente del sheriff del condado de Essex llamado Nathan Faltz que tiene que estar en casa con una licencia por invalidez porque hace unas semanas estrelló su coche patrulla persiguiendo a un idiota por Millbum —proseguí—. Lo cual me hace preguntarme con mucha curiosidad por qué tengo la cámara llena de fotografías de Nathan Faltz, el asistente del sheriff del condado de Essex, realizando una actividad física intensa como empleado de un bar rockero de New Brunswick.
—No tengo idea de qué estás hablando —declaró él.
—Todos dicen lo mismo —señalé—. Como si con eso fuera a arreglarse la situación.
—Acabo de atraparte empujando a un chico contra una pared —dijo—. Una llamada al Departamento de Policía de New Brunswick y puedo hacer que te detengan por agresión simple. Tal vez no tengas tantas ganas de hablar cuando te encierren.
—Ni en un funeral tendría menos ganas de hablar —respondí—. ¿De verdad quiere que haya un informe policial con su nombre como testigo del arresto de un tipo que casualmente tiene la cámara llena de fotografías de su fraude de invalidez?
Por lo general, esta era la parte en que los sujetos como Faltz se ponían pálidos, se daban cuenta de que no les quedaban jugadas y lanzaban algún insulto de poca monta antes de negociar términos aceptables.
Pero Faltz se me acercó con toda la arrogancia del mundo, cubrió con su sombra el cuerpo que deseé haber entrenado más en el gimnasio y sonrió.
—Acabo de decirte que no sé nada de ningún fraude —dijo, y la palma de su mano, del tamaño de un planeta, se acercó a la lente—. Y tampoco veo ninguna cámara.
—Ah, pero yo sí —dijo una voz que supe que me estaría sermoneando dentro de unos minutos.
Nos volvimos y vimos a Dina de pie en la puerta trasera del Tavern, con el teléfono móvil en la mano.
—¿Cómo se escribe su apellido, asistente del sheriff? F-A-L... ¿Con una L? ¿Dos L? ¿Qué origen tiene ese apellido? ¿Es holandés? —preguntó.
—El origen es no te metas en lo que no te importa —replicó Faltz volviéndose hacia ella y olvidando, al parecer, sus intenciones de poner fin a mi existencia.
Dina meneó la cabeza y sonrió con tranquilidad, pero le vi un leve temblor en el labio. Sabía hacia dónde iba esto. Era mi jugada, no la de ella, pero la estaba haciendo bien, aunque la pusiera nerviosa.
—Bueno, creo que cambiaré un poco las palabras. Una pena. Habría sido una buenísima cita textual —comentó.
—¿Cita textual? —repitió Faltz con los ojos fijos en Dina.
Di un par de pasos hacia atrás y esperé a ver si se daba cuenta. No me vio, de modo que me puse detrás de él para tener el camino libre por el callejón. En el segundo peor de los casos podíamos huir corriendo si era necesario. En el peor, podía golpearlo en la espalda y fingir que tenía una oportunidad de cinco segundos mientras Dina huía y él me mataba.
—Sí, para el artículo que voy a tener que escribir sobre usted —dijo ella levantando el teléfono para mostrar que estaba grabando—. Me llamo Dina Colby, trabajo para el Signal-Intelligencer y podría jurar que acaba de amenazar a este hombre porque él lo ha acusado de cometer fraude por invalidez. A propósito, ¿quiere comentar algo sobre la acusación de que está defraudando al Estado?
Nathan se volvió hacia mí con los ojos entornados; movía la mandíbula como si estuviera apretando los dientes solamente para no gritar.
—¿Y tú quién eres? —quiso saber.
—Russell Avery. Podría describirme como investigador privado, pero en realidad le arreglo los asuntos a la gente —expliqué—. ¿Quiere contratarme?
—¿Me estás jodiendo? —preguntó.
—No, hombre. No bromearía con algo así. Ya tiene bastantes problemas —dije—. Por lo que veo, la prensa lo va a retratar de manera negativa, tendrá que soportar una investigación interna, tal vez hasta una penal. Creo que necesita mi ayuda.
Miré a Dina. Seguía con el teléfono en la mano, grabando. Me cago en los reporteros.
—Esta parte no constará —dije.
Si Dina tenía planes de escribir sobre algo de lo que había visto esta noche, habría discutido conmigo hasta que uno de los dos se hubiera quedado sin aliento para seguir gritando, pero yo sabía que no tenía intención de meterse en el pantano ético que yo había creado. De todas maneras, Faltz no tenía por qué saberlo.
Dina apagó el grabador.
—Deje de perjudicar a Colleen con la pensión alimenticia, y todas las fotos y grabaciones desaparecerán, es tan simple como eso —dije moviendo la cámara de un lado a otro—. En cuanto ella reciba el cheque, este sueño húmedo de Asuntos Internos pasará a la historia.
—¿Está apagado de verdad ese aparato? —preguntó Faltz señalando a Dina.
Asentí. Él también asintió.
Acto seguido me arrebató la cámara con una velocidad que un hombre de su tamaño no debería tener permitido poseer.
—Y si te la destrozo ahora mismo, si te la rompo en mil pedazos, ¿qué sucede?
—Sucede que él tendrá que comprarse una cámara nueva y usted seguirá saliendo en el periódico dentro de un par de días —respondió Dina.
—Ese teléfono también puede romperse fácilmente —murmuró Faltz.
—Oiga, imbécil, es un iPhone. ¿Ha oído hablar de la nube? —pregunté—. Toda la mierda que necesita ella para sepultarlo a usted ya está copiada y almacenada en un servidor de por ahí. Si le rompe el teléfono, solo estará destruyendo propiedad privada.
Se volvió hacia Dina, luego hacia mí, luego hacia ella; sus últimas cuatro neuronas estaban trabajando duro para mantener las dos bolas en el aire.
—¿Habla en serio este tipo? —preguntó Faltz.
—Sí —aseguró Dina.
—¿Y si pago la pensión alimenticia? —prosiguió.
—En ese caso, aquí no ha sucedido nada —dije.
Faltz se apartó de mí, miró de manera amenazante a Dina y luego asintió. Me entregó la cámara y volvió al sótano sin una palabra más. El ruido de un vaso estrellándose contra una pared fue el signo de puntuación de su partida.
Dina y yo sabíamos perfectamente que su teléfono no tenía copia de seguridad en la nube. Conociendo a los tacaños del periódico, tenía suerte de que no le hubieran dado un localizador y tuviera que estar devolviendo llamadas desde un teléfono público. Faltz, por supuesto, no tenía forma de saberlo. Al igual que el pobre Tonio no tenía idea de que el amigo de Scannell le había mentido sobre tener que hacer las denuncias ante Asuntos Internos en persona.
Pero mentir es bastante válido cuando todos lo hacen.
Para cuando terminé de dar la vuelta olímpica en mi mente y sonreí ante la idea de que Colleen iba a poder decirle a su hija mayor que no iba a tener que pedir ayuda financiera en la universidad, Dina ya había pasado refunfuñando junto a mí y había salido a la calle Elm.
—Eh, ¿adónde vas? —pregunté, trotando para alcanzar ese paso rápido, característico de cuando estaba enfadada—. Vamos, fue divertido.
—Esto fue una extorsión —respondió sin volverse; estuvo a punto de chocar con el hombro contra uno de los tipos que fumaban en la esquina cercana a la entrada del bar.
—Solo lo es si le sacas ganancia. Lo único que hicimos fue obligar a ese canalla a pagarle la universidad a su hija —respondí—. En mi opinión, se llama resolución de problemas.
Siguió caminando, sin mirarme, en dirección al paso de peatones y al aparcamiento donde habíamos ocultado nuestros coches.
—La forma en que tú ves las cosas no es como las ve la mayoría de la gente, Russ —dijo—. Te das cuenta de que me has hecho partícipe de algo que podría costarme la carrera, si alguien llegara a enterarse, ¿verdad?
—Nadie va a enterarse —aseguré—. Perseguirte solo le crearía más problemas a Faltz. Esto no te afectará en absoluto.
Se detuvo justo a tiempo para que la iluminara desde atrás una de las farolas del extremo del aparcamiento. La luz halógena y las sombras le definían el rostro en todos los sitios adecuados. No era fácil para una persona bonita verse bella con una expresión de desprecio, pero a Dina le salía de maravilla.
—Ah, ¿sí? ¿Estás seguro? —preguntó—. ¿Qué pasa si hace alguna otra cosa turbia en su carrera? ¿O si forma parte de alguna investigación importante, o de cualquier otra noticia que me toque cubrir? ¿Cómo voy a entrevistarlo o siquiera volver a acercarme a él en mi vida, Russ? Nunca te paras a pensar. Al menos, no piensas que lo que haces puede afectar a los demás.
Intenté apoyarle una mano en el hombro. No fue la mejor idea.
No solamente se la quitó de encima sino que me asió la muñeca y me la retorció de tal forma que hice una mueca de dolor y aparté el brazo de un tirón. Debía de haber tomado una o dos de las clases de defensa personal que le sugerí antes de que comenzara a cubrir las noticias policiales. Aunque ella jamás admitiría que podía haberle dado un buen consejo.
—¿Hace cuánto tiempo que querías hacer esto? —pregunté, tratando de recuperar la sensibilidad en el brazo.
—Hace mucho.
—De acuerdo, pero ¿puedes relajarte ya? Todo salió bien —dije—. Hemos contribuido a que el karma alcance a un imbécil. Hemos ayudado a que una madre soltera pueda enviar a su hija a la universidad. Y, como dije, tal vez esto me abra una puerta y me permita trabajar en una investigación de verdad. Necesaria. Una en la que quizá quieras participar tú.
—¿Crees que puedes justificar acciones de mierda prometiendo ser mejor después, Russell? No funcionan así las cosas —dijo—. Y si todas tus pistas van a terminar como esta, hazme el favor de guardártelas para ti. Puedo conseguir historias sin que me arrastres a tu lodazal.
—¿Crees que me gusta trabajar así, Dina? —exclamé—. Te dije que este era un paso hacia algo mejor.
Esbozó una sonrisita. Cualquier persona podría haberla confundido con una expresión amistosa, pero yo la conocía demasiado. Era la sonrisita de una reportera. La sonrisita que decía: “Estaba esperando que dijeras eso”.
—Hasta hace dos minutos, hacías esto para ayudar a tu amiga, la que cometió el error de casarse con ese tipo. Ahora resulta que lo haces por tu propia conveniencia —dijo—. ¿Recuerdas lo que me decías cuando yo me estancaba con un artículo, cuando escribía demasiado?
Claro que lo recordaba.
—Quítate del medio y deja que la historia se cuente sola —respondí.
Me gustaba bastante dar consejos. Seguirlos, no tanto.
***
Dos días después de ocuparme de Faltz, me llamó Colleen para celebrar que había cobrado el primero de muchos cheques atrasados.
No recibía una llamada así desde que dejé el periodismo. La llamada que dice: “Has cambiado algo para mejor”. La llamada que dice: “De algún modo, por más pequeño que sea, has hecho que el mundo sea un lugar mejor”.
Me sentí orgulloso de mí mismo durante unos veinte minutos. Luego, Colleen vino a mi despacho para cumplir con su parte del trato y volví a sentirme un canalla.
Todavía sentía el peso de las palabras de Dina, como cuando no terminas de digerir una cena excesiva aunque hayan transcurrido las horas necesarias. Colleen creía que venía a celebrar la operación, pero yo solo estaba esperando para pasarle la cuenta.
Era su día libre y una de las pocas veces que la veía sin su uniforme azul de policía. Colleen de civil era una chica de jeans y sudadera. Parecía una amiga que pasa a tomar una taza de café, pero yo tenía que volver a ponerla en su lugar de informante.
—Por Dios, cómo me hubiera gustado que escucharas su voz, Russ. Te juro que oía cómo le rechinaban los dientes por lo indignado que estaba —dijo moviendo las manos como hacía siempre que estaba entusiasmada—. Lo he oído hablar así miles de veces. Pero no pudo gritar. Solamente tuvo que preguntarme cuánto dinero era, cada cuánto tendría que pagar, cuándo y... Cielos, no te imaginas lo bien que me sentí. Hacía mucho tiempo que no tenía ningún poder sobre ese cabrón.
Asentí, sonreí, reí e hice todo lo que hacen los amigos cuando alguien está contando una historia que se moría por relatar.
—Y Sarah está feliz —dijo, refiriéndose a la hija, que era quien más se beneficiaría del arreglo—. Ahora podrá ir a una universidad de otro estado sin ahogarse en préstamos. Estuvo averiguando sobre Fordham. Tienen un buen programa de Lengua y Literatura.
—¿Quiere ser escritora? —pregunté—. Ten cuidado, mira cómo terminamos algunos.
—Ah, no te hagas el modesto, Russell —comentó—. Mi hija se ha despertado sonriendo gracias a ti. Igual que yo.
—Me hace mucho bien que me lo digas —respondí.
Recorrí la habitación con la vista y me detuve en el artículo enmarcado que colgaba sobre el escritorio, y hasta en el cenicero de cristal que había lavado tres veces con lejía y que estaba junto a mi computadora portátil. El cenicero contra el cual deseaba tanto estar golpeando un cigarrillo.
Colleen se echó hacia atrás en la silla y tamborileó con los dedos contra los muslos.
The free sample has ended.