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Tan buena Elenita Poniatowska: noticias de autores y libros / Jairo Osorio

Medellín: Ediciones UNAULA, 2017

325 p.

ISBN: 978-958-8869-82-7

I. 1. ESCRITORES LATINOAMERICANOS

2. RESEÑA DE LIBROS

3. NOVELA LATINOAMERICANA

4. LITERATURA LATINOAMERICANA - HISTORIA Y CRÍTICA

5. ARTE DE ESCRIBIR

II. 1. Osorio Gómez, Jairo

Tan buena Elenita Poniatowska

Noticias de autores y libros

Jairo Osorio

ISBN: 978-958-8869-82-7, de la edición colombiana

ISBN: ___________ , de la edición mexicana*

* La edición mexicana, que se publicaría simultánea con la versión colombiana, quedó bajos los escombros y el caos de la Colonia Roma, durante el terremoto del martes 19 de septiembre. La vocación latinoamericana de la UNAULA realiza la presente como homenaje a las víctimas de aquel pueblo y, en especial, a las intenciones de la Editorial Parmenia, Universidad La Salle, CD México.

© Jairo Osorio

© Ediciones UNAULA, de la presente edición

Primera edición: noviembre de 2017

Fotografías de carátula e interior:

Jairo Osorio. Elena Poniatowska, 1988 y 1991

Diagramación e impresión: Editorial Artes y Letras S.A.S.

Hechos todos los depósitos legales

Universidad Autónoma Latinoamericana UNAULA

Cra. 55 No. 49-51 PBX: [57+4] 511 2199

www.unaula.edu.co

Diseño epub: Hipertexto–Netizen Digital Solutions

Yo pertenezco, irrevocablemente, a una tardía forma de la Antigüedad

Cees Nooteboom

Cada libro es una apuesta contra el olvido, una postura contra el silencio que solo puede ganarse cuando el libro vuelve a abrirse

George Steiner

Tan buena Elenita Poniatowska son noticias de libros y de autores. En su mayoría, es una selección de apostillas publicadas en prensa escrita entre los años mil novecientos noventa y nueve y dos mil diez.

Sin mayores pretensiones, el propósito que me animaba entonces, al escribirlas, era la promoción del alfabetismo de la comunidad de cristianos viejos en la que trabajaba de editor, y publicista, de un sinvergüenza pueblerino que sangraba a las autoridades con su proyecto engañoso, pero que retribuía con cierta generosidad mis buenos tercios. El alcance del objetivo lo ignoro todavía.

Para la antología he agregado tres crónicas y un artículo que tienen que ver con el mismo oficio de escribir, y que a mi parecer ejemplifican toda la pasión que figura recitar libros. Es, en cierto modo, mi homenaje a esos cuatro amigos de todos los leedores. La primera se realizó para el suplemento Semanal, del periódico El Mundo (Medellín), con ocasión de la entrega del libro Nada, Nadie, de Elena Poniatowska, en la librería Gandhi, de Ciudad México; el artículo hizo parte de una polémica durante el año en que García Márquez anunció públicamente su adhesión a una candidatura conservadora en Colombia; la tercera es el introito para el libro Borges: memoria de un gesto [2004]; la cuarta crónica fue un encargo de la revista Agenda Cultural Alma Máter, de la Universidad de Antioquia, en el año dos mil dieciséis.

El ministerio de la lectura ha estado ligado siempre al asombro y la curiosidad. Y otro tanto a las andadas de la soledumbre. Creo que, sin su compañía diaria, no hubiera soportado este holocausto perpetuo que es la vida. Sin las delectaciones del escrutinio y la ilustración el mundo hubiera sido, para mí, sombrío, excesivo y fastidioso. Siquiera hubo noticias de libros, y un lugar para la crónica.


Fotografía Jairo Osorio. Elena Poniatowska, Bogotá, 1991

Tan buena Elenita Poniatowska 1

El mismo jueves llegué a la Cruz Roja a ayudar en lo que podía. Me tocó un señor tremendamente lastimado, me acerqué a él y mal podía ver con un ojo; tendría sesenta y cinco años y le tomé la mano. Me insistió: –Acérquese a mí porque voy a morir en un rato y quiero morir viendo una mujer bonita.

(Una señora bien de San Ángel, en Nada, Nadie)

Uno escribe con pasión, que es como decir con amor u odio; quizá por eso sea tan difícil volverse un escribano a sueldo.

En la librería Gandhi no cupieron. Eso dicen. Yo quiero pensar que es otra manera de seguir rememorando las oscuras noches de septiembre de hace exactamente tres años: en la esquina del Parque que da sobre la Avenida Miguel Ángel de Quevedo, una multitud escucha grave –a veces sonriente– las otras voces que hablan de Las voces del temblor: Nada, Nadie. En medio, Ella. Diminuta y hermosa como no me la soñaba. Elegante. Delicada. Tierna al celebrar un feliz apunte de cualquiera de los oradores de la tarde. Por encima de todo, honrada. Honrada y pudorosa.

La multitud está sentada sobre el césped. Obreros, estudiantes, profesionistas. Ella y sus amigos –en realidad, lo son todos los que la acompañan en el acto– ocupan de manera incómoda una mesa trasteada con apuros y que, puesta entre la frondosidad del jardín público, coloca el aspecto mágico de esta ciudad tibia que es México por la época, pero también la informalidad que caracteriza a los que ahora se congregan. A un lado, los cláxones de los buses suenan parecidos a los llantos y a los gritos y a la impotencia que todos los asistentes rememoran.

En la presentación de su libro no hay intelectuales. No por lo menos de la estirpe que tenemos nosotros. Los universitarios que leen la presentación a instancias de Ella, que son los que más se pudieran acercar a ese estigma, y el Carlos Monsiváis que también lee, lúcido como siempre, aquí pasan a ser los hombres de corazón solidario que despuntó aquel diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco, a las siete y diecinueve de la mañana. Un jueves, exactamente.

Las demás voces que se alzan en la entrega del libro Nada, Nadie salieron del anonimato de las factorías clandestinas que las explotaban y que se desplomaron igual que un castillo de naipes con cientos de obreros adentro: Evangelina Corona, Victoria Munive, Alicia Trueba, costureras y amas de casa que hablan tan inteligentes como si fueran escritoras profesionales de todos los días. Sobrevivientes del terremoto que acusan desde entonces el olor inconfundible de la muerte, “un olor a cuerpo sin alma”, y que en el solo San Antonio Abad cobró seiscientas compañeras, setecientos talleres de confección de ropa destruidos y cuarenta mil mujeres sin empleo, “víctimas del fenomenal engaño llamado ciudad de México”. “–Yo hacía ojales, yo armaba las prendas, yo era plisadora, yo soy overolista…”

“Superbarrios” Gómez, el líder popular de las Asambleas de Barrios y vendedor de fayuca en Tepito –una especie de Guayaquil más tenebroso que el nuestro en su peor tiempo–, improvisa. “Llegué tarde por estar de cardenista…” La gente aplaude. El mitin tempranero del Zócalo para desagraviar del robo de las elecciones presidenciales a Cuauhtémoc Cárdenas, el hijo del Tata Lázaro, aquí continúa en el estruendo de los aplausos. Sus palabras empiezan precisas, porque en realidad México entero es cardenista. Cardenista y Guadalupano. “Superbarrios” representa eso. Vestido a lo Supermán, un tanto ridículo con su barriga pronunciada, dice las mejores cosas de la noche: el libro no es un testimonio del pasado, es la advertencia del futuro porque las causas que lo originaron están presentes en el país corrupto que se perpetúa en el poder. Ella apenas sonríe, satisfecha.

A su lado, la hija de Elenita es ya el retrato exacto de la madre. Cualquiera diría que son hermanas; de lo jóvenes y bellas que aparecen, y a pesar de los cincuenta y cinco de Ella. La escucha con el mismo respecto que prodigó a los oradores anteriores. Es la carne de su carne y siente. “En realidad yo no empecé haciendo las crónicas, yo empecé como todos: ayudando. Te vacunabas y te ibas a las brigadas. Así empecé a ir a los albergues, a revisar la vigencia de las medicinas, a transitar por las calles y tomar nota de las necesidades de la gente, a hervir peroles y peroles de agua, a cocinar cazuelas y cazuelas de arroz. Recuerdo muy bien que me habló Carlos Monsiváis y me dijo que qué diablos estaba haciendo yo en vez de escribir, pero en ese momento lo que menos quería hacer era escribir. Pensaba que no servía para nada, que lo que había que hacer era ayudar con las manos, ir a los lugares, juntar ropa”.

La gente, su gente, permanece absorta. Ni los cláxones se atreven a interrumpir. “Cuando empecé a escribir es porque la gente necesitaba contar sus cosas, decirlas, y yo escribirlas. Empecé entonces a publicar en La Jornada una crónica diaria. Fueron como días de guerra. Tres meses de escribir una crónica diaria. Para realizar ese tipo de cosas tienes que estar como anestesiada. Pensar únicamente en que tienes que ser eficaz. Y no sólo para escribirlas, sino para lograr otras cosas que venían al lado de las crónicas: que una casa para doña Chelo Romo, que les pusieran unos lavaderos en la vecindad, que se necesitaba una escuela temporal. Había miles de cosas que se derivaban de las crónicas y que también había que hacer”.

Su vestido liviano parece encenderse con las luces de la televisión. Sus palabras levantan entusiasmo, el mismo que producen sus libros. Querido Diego, te abraza Quiela. Hasta no verte Jesús mío. La noche de Tlatelolco (esa otra desgarradura del México moderno). De noche vienes. Fuerte es el silencio…

Por el libro de ahora no cobra. Las regalías de Nada, Nadie están destinadas para ayudar a los damnificados, principalmente a las costureras del Sindicato 19 de Septiembre, a quienes tiene a su lado en cabeza de la dirigente Evangelina Corona. A los damnificados de siempre, repite, porque México está lleno de damnificados de siempre. Por las crónicas publicadas en el periódico La Jornada tampoco cobró. “Se me enchina el cuero de sólo pensarlo. La idea de cobrar por un artículo sobre el sufrimiento de la gente me parece una aberración”. Además, este es un libro colectivo, añade. Está hecho con el dolor y el trabajo de todos.

Oyéndola se me ocurre que el nuevo volumen no es más que la continuidad de ese eterno diálogo con la muerte que mantiene y celebra el mexicano. “Me pregunto cómo le hizo mi madre después de la muerte de Jan, a los veintiún años; qué hizo cada mañana al levantarse, cómo logró comenzar el día, poner un pie delante del otro. Recuerdo, sí, que cierta vez me dijo que la habían ayudado mucho los paisajes, ver esa gran extensión de tierra yerma al borde de la carretera, el cielo encima también extendiéndose, a veces los árboles, los pinos que van subiendo alto y conforman pirámides verdes que apuntan hacia arriba. También me dijo –en alguna tarde– que sentía que Jan, su único hijo varón, estaba feliz donde estuviera, y que en espíritu la acompañaba, lo sentía a su lado, presente en las ondas del aire, en su propia respiración. Está en mí”, termina rememorándola.

La señora dolida por la matanza en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco mil novecientos sesenta y ocho, vuelve a erguirse con toda su entereza. En verdad, nunca la ha dejado. Es su mayor virtud. Por eso es Ella. En Nada, Nadie las páginas trasudan el Estado que se corrompe: los edificios se doblan porque las normas de calidad y seguridad son burladas; las decenas de colombianos torturados y muertos en las celdas de la Procuraduría los quieren aparecer víctimas del terremoto; el penalista Saúl Abarca, desaparecido desde el doce de septiembre, amanece muerto dentro del baúl de un auto estacionado en la misma Procuraduría y que el sismo no dejó sacar a tiempo; los auxilios para las víctimas se quedan en las manos de los políticos; los gendarmes saquean las ruinas. La Paloma Cordero de De la Madrid, diciéndole a Nancy Reagan: “Pásele, pásele, usted perdonará”. La carroña en la putrefacción de la tragedia esperada. Idénticos todos. Los corruptos, digo. El mar de escombros los pone a flote.

Son las nueve de la noche. Los transeúntes que vienen del trabajo, que salen del Metro, no llegan a casa. Su voz dulce los retiene en la esquina de la Avenida. Escuchan que es la historia colectiva de un pueblo que se creía solo, hasta cuando les sucedió esto. Entonces, descubren esa vocación de solidaridad que es la que, inconscientemente, los ha sostenido en la larga pesadilla de los avasallamientos, iniciada por Hernán Cortés, y a la que ni Iturbide, ni los franceses, ni Maximiliano, ni los gringos –tan azarosos esos vecinos–, ni el propio PRI han sido ajenos.

Los retiene, a esos transeúntes, como la memoria de su hermano Jan, muerto en el año de Tlatelolco. Los obreros ya no se van, o se van, pero quedan en su corazón como el de Ella en el espíritu de todos. El Jardín del Caracol –así se llamará aquel lugar hasta que el nombre vuelva a mí–, y que el príncipe Eduardo García Aguilar me recorriera días antes, seguía con los brazos abiertos recibiendo a los hombres en la noche fresca de septiembre, a tres años de aquella hecatombe. “La vida se vengaba así de la muerte”.

Este espacio, igual al espacio de la crónica –para recordar otras de sus palabras– es cada vez mayor. Es como una plaza grande, como el Zócalo, diría Ella, en donde ya cabemos todos. Luego, las voces festivas, tremulantes, se desperdigan por la Miguel Ángel de Quevedo llevando su voz, la de Ella, que son las voces del temblor. Evangelina Corona apenas repite. Tan buena Elenita Poniatowska. Es un amor Elenita Poniatowska.

(A todos nuestros muertos, pero también a todos nuestros vivos. Coyoacán, septiembre de mil novecientos ochenta y ocho).

García Márquez cortesano 2

Con sus actitudes frente a los gobiernos de turno, Gabriel García Márquez se parece cada vez más a Mario Vargas Llosa, con quien acabó peleando a las trompadas por esas cosas veniales a las que empuja una fama mal administrada.

Una disputa de dos viejos amigos –Ernesto Samper y el escritor, muy santafereño el uno y bastante provinciano el otro– la trasladó García Márquez a lo político y le hizo creer a Colombia que era una posición crítica frente a lo nacional.

La decadencia de García Márquez empezó en la política, y ojalá no se traslade a su literatura, porque nos tocaría seguir leyendo a Germán Arciniegas hasta que cumpla cien años (lo cual hacemos con mayor deleite por el rigor intelectual de sus obras, por su profunda claridad del mundo contemporáneo, y por la verticalidad constante de su vida).

Moral e intelectualmente es mucho más importante la adhesión del maestro Germán Arciniegas –conciencia lúcida de las Américas– a la candidatura de Horacio Serpa Uribe, que el pronunciamiento retórico del Nobel de Aracataca sobre la educación en un hipotético gobierno pastranista.

Gabo es un hombre que no necesita del poder, pero le encanta estar con el poder; retratarse con el poder. Eso, solamente, ya lo descalifica como ser humano. Susang Sontang –la maravillosa escritora e intelectual norteamericana– lo advirtió a los lectores hace años, con su certidumbre premonitoria de mujer: García Márquez se pierde en la seducción que ejerce el Poder sobre sus actos. Tan amigo de Felipe González cuando gobernó, como de Aznar cuando lo reemplazó –a pesar de lo visceral y políticamente opuestos–. Pero así es García Márquez.

Exaltado con el Premio Nobel por su fidelismo y su izquierdismo –dijo cierta crítica internacional en su momento–, derrocha ahora esos réditos sobre los gobelinos palaciegos de la derecha y en los pasadizos oscuros de los regímenes más retardatarios del Continente. Fidel Castro no debe estar jubiloso.

“Núñez buscó el Poder como venganza. Holguín, como un lujo. Caro, como un orgullo. San Clemente, como un honor”, dijo José María Vargas Vila. Cabe agregar hoy, en ese listado lapidario de posesos, que García Márquez lo busca para su autocomplacencia.

El escritor no puede sacrificarse en aras de la vanidad. García, con ese apego político y oportunista, salva su ambición de hombre, pero no la dignidad del creador. El acto de adherir a un candidato que ni siquiera lo ha leído, y ubicado en el otro extremo del espectro ideológico del novelista, sólo habla de su pasión desenfrenada por el trono.

No toda gran obra se identifica con el hombre que la escribe. “En el alma de todo mercenario duerme un traidor”, acusó “El Divino” Vargas Vila. Esa es la gran debilidad y peligro de quien persigue siempre a los soberanos y poderosos. La flaqueza es típica del artista, que necesita nutrirse; el intelectual tiene más arrojo, más reticencia a la hora del requiebro con un amo. Y García Márquez es un reportero, no un pensador3. La diferencia es abismal: el periodista no tiene Partido, tiene pauta.

García Márquez es un adulador, es un quitamotas de todas las potestades y eso lo desvirtúa como individuo. Lo arroba el poder. Camina detrás de los presidentes para oler el incienso de los privilegios, para encerarse con su tufo. Si quisiera a Colombia le hubiera prestado mejores favores. Por lo menos, la mitad de todos los que ha recibido de la Patria.

En suma, escribe como un hombre, pero actúa como un cortesano.

Fastidiando a Borges 4

1

En el libro Fervor de Buenos Aires, Borges apunta en el prólogo a la edición de mil novecientos sesenta y nueve, algo que parece común a los muchachos de todas las épocas: la timidez, y el temor “de una íntima pobreza”, que trataban, tanto en esos días como en mil novecientos veintitrés –cuando escribió el libro–, de “escamotearla bajo inocentes novedades ruidosas”. En aquel tiempo, dice Borges, “buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad”.

Los jóvenes de mil novecientos setenta y ocho no sólo éramos tímidos. También padecíamos de la íntima pobreza de no saber nada; incluso, entiendo que la disimulamos con escandalosas naderías y mucho de barriadas y sano noctambulismo, como lo permitía el Medellín de entonces. En esos tiempos creo que únicamente nos faltó la desdicha.

Cuando el escritor arribó a la ciudad, a finales de noviembre de aquel año, un puñado de amigos que conformaban ya un clan borgiano, tenía al autor por otro de los grandes de la literatura universal. Yo apenas lo había leído en tres o cuatro de sus libros, y en algunos artículos de prensa, suficientes para empezar a referenciar su nombre en el pedestal de los preferidos. La rigurosidad y el arrojo de los adjetivos de su prosa le ganaban mi admiración juvenil, sin comprender por esos días el prodigio estético al que nos arrimábamos. El atrevimiento, a veces el descaro, obró por nosotros.

El anciano ilustre atravesando las calles de la todavía provinciana Medellín, luego caminando por las rúas empedradas y polvorosas de Cartagena de Indias, soportando tangos mal cantados a media noche y la zalamería de una treintena de curiosos que creyeron demostrarle así la piedad con la que acogían sus textos, el agobio del Poeta por el alboroto del parrandón nocturno, organizado a propósito de su visita y que le obligó a decir lastimeramente, al oído del anfitrión antioqueño: “pero, alcaide, ¿qué hice yo para merecerme esto?” (Doy fe de la expresión en su boca), fueron instantes que viví a su lado, durante los tres días que estuvo en Colombia, más por curiosidad de adolescentes que por la convicción de su gloria inmortal.

A los veinte años no se puede ser inteligente. A lo sumo, temerario. Encontrarse con Borges a esa edad fue un desperdicio. “Un hombre trabajado por el tiempo”, y que ni siquiera esperaba la muerte. En la mocedad es posible ejercer la fuerza o el desenfreno, pero nunca el talento. En esa oportunidad, ¿qué podía uno preguntar al anciano ilustre, sí ya lo había respondido todo? Otros dos interlocutores más, ¿qué examinarían de él, que no lo hubiera dicho en su largo camino por el mundo?

Durante el momento de privilegio hubo instantes en que quisimos apostarle a la familiaridad y a la cercanía. Entonces, le averiguamos por Silvina Bullrich y Bioy y la Ocampo, y el mismo Sabato, como si fueran viejos conocidos del grupo singular. Sonaron falsos los intentos. En los otros minutos, terminamos de majaderos, reiterándonos una y otra vez, con los mismos disparates que distinguen a los periodistas de todos los días y todos los temas.

El enamorado espera que le dejen disfrutar su intimidad. Borges llevó a María a Cartagena de Indias para que ella conociera la ciudad que a él siempre le encantó: sus murallas, sobre todo. Nosotros acabamos por fastidiarlos a la hora del almuerzo –sobre la terraza del hotel, de cara a la playa–, en la quietud de la siesta, durante la noche...

Menos mal, María Kodama –nunca supimos si para tranquilidad nuestra, o por cortesía de extranjera y mujer–, nos alentaba diciéndonos que jamás lo había visto tan afable y tierno con sus interlocutores, como en esta ocasión con nosotros. La juventud, aparte de ardor, inspira condescendencia.

El esteta lúcido, que a donde quiera que fuera provocaba con su palabra inaudita, aquí también siguió asombrando con su desparpajo. A las seis de la tarde del diecinueve de noviembre, hora convenida para la entrevista principal, tocamos a la puerta de su habitación. Séptimo piso, hotel Capilla del Mar. Varios golpes sin respuesta nos hicieron temer que el hombre había escapado. Pero no. Sólo estaba dormido y solitario, en el laberinto de la siesta. María descansaba en una habitación contigua pero aislada. Insistimos para evitar una vergüenza. Al rato, escuchamos cómo Borges se deslizaba lento pegado a la pared, arrastrándose en calcetines. El pasillo exterior estaba envuelto en silencio. Sus manos acariciando el muro de la habitación se sentían lastimosas. Nosotros enmudecíamos del desconcierto. Otro instante más, y ya era el pomo de la puerta el que Borges buscaba a tientas. La impotencia de los tres –Borges adentro tratando de encontrar el cerrojo que lo entregara a nuestro capricho, nosotros afuera esperando el milagro del cerrojo abierto para someternos a su genio– volvió el momento eterno. Ese atributo de Dios, también lo fue de nosotros esa tarde.

Los segundos en los que Borges trató de agarrar el pomo de la puerta, bastaron para el remordimiento insospechado por nuestra crueldad, que me atormentó por años: un anciano ciego y somnoliento que intenta abrir la habitación a dos desconocidos llegados de Medellín, para responder a un interrogatorio de policía inexperta.

Cuando por fin el Poeta encontró la chapa y estuvo frente a frente, erguido pero sin vernos, sólo atinamos a decirle: Tranquilo, Borges, por aquí... “No, respondió él, sí los que deben estar tranquilos son ustedes”. Entonces se volteó y empezó a regresar de la misma manera: pegado a la pared, buscando el cuarto de dormir. “Por aquí debe estar la luz”, anotó. Nosotros, detrás de él, sin saber cómo actuar, pensamos que la charla iba a realizarse allí. Tampoco. Atravesó el pasillo únicamente para apagar la bombilla de la habitación, que permanecía encendida, como si esa luz le molestara a sus ojos de conejo, de lo frescos y hermosos que los tenía a esa hora. Juro que nunca más he vuelto a encontrarme con unos ojos más vivaces que los suyos esa noche. Tenía unos globos encendidos y sanos de recién nacido, verdad que de conejo alegre. Parecía imposible que no cumplieran la función para lo que estaban hechos.

“Ahora sí, por aquí”, dijo Borges al apagar la luz, y siguió hacia la sala, adornada de fotografías con paisajes marinos. La costumbre de apagar las bombillas, nos explicó luego, le quedó desde Ginebra, durante la Primera Guerra Mundial, cuando tenían que economizar energía para afrontar los gobiernos la contienda a la que estaban sometidos.

Sentado en el centro, sobre el sofá principal, sentíamos que algo incomodaba a Borges. Cuando María llegó minutos más tarde, asustada, preguntándonos quién abrió la puerta, entendimos la molestia casi extravagante del escritor. La falta de la corbata y del saco de paño lo hacían sentir ‘desnudo’, dijo. “Es que sigo siendo un caballero inglés del siglo diecinueve”, nos explicó, para disculparse de recibirnos en camisa. Al arrimarle María una corbata azul con rayas amarillas, él mismo se la vistió, con la habilidad de un gentleman consumado. Entonces sí volvió él a sentirse completo, con el linaje de los Suárez y los Acevedo de España, y los Borges de Portugal. Para las fotografías hizo traer su bastón infaltable de caoba.

Al alimón preguntaron esos dos jóvenes irrespetuosos. Creo que Borges respondió por consideración; es el precio que se paga por la celebridad. Ya lo había dicho en algún lado: “mi fama basta para condenar a esta época”. Llegar hasta él en ese hotel de playa fue obra de una colecta pública de amigos, eufóricos en medio de los tragos la noche del dieciocho –la misma de la fiesta en la que “aturdieron y atormentaron” a Borges con tangos y milongas en la Casa Gardeliana–. Qué preguntarle, lo dejaron a nuestro talante de mozos. Y al destino, que después nos ha gobernado con harta generosidad.

El silencio del piso, el día sosegado también, dieron un aire mágico a las dos horas de la conversación: su voz, apenas audible en algunos tramos, se escuchó con la reverencia que obliga el superior al dictar un precepto a los súbditos. Hasta María atendió reverente.

A las ocho de la noche dejamos a Borges en la recepción del hotel, a donde lo aguardaba el historiador [Eduardo] Lemaitre, para saludarlo en nombre de la ciudad blasonada. Agitados, entonces nos dimos a recorrer las calles de “La Heroica” para apaciguar los ánimos enloquecidos que nos dejó el encuentro con el anciano insigne.

Las preguntas y sus respuestas no son memorables. Lo es quizás el gesto –el de perseguir a Borges por medio país rural–, insólito si se admite la época y lo que éramos nosotros: dos púberes criados en los azares de la calle Pichincha y sus cruceros de Tenerife, Facio Lince y Salamina –en el caso mío–, y Carlos Bueno en las mangas de La Floresta, un barrio de camajanes y gente bullanguera.

De las fotografías tampoco nada interesante se guardó (aunque hay quienes las tienen de icónicas y las rememoran cada día). En suma, sólo recuerdos, memoria de instantes felices: El hombre más festejado de la Tierra, viajando solo por los humedales del trópico, apretujado entre María y yo, en el asiento trasero del taxi; también, y de igual manera, en la primera fila de sillas del avión, mirándolo “entre formas luminosas y vagas que no son aún la tiniebla”; Borges tomado de mi brazo izquierdo, recorriendo anónimo el malecón de Bocagrande (“bueno, anónimo no, ya que ustedes han venido desde Medellín a Cartagena de Indias para conversar conmigo y yo no he hecho nada para que ocurra eso”); o cruzando la pista en construcción del aeropuerto de Crespo, apoyado otra vez en mi brazo, mientras una brisa coqueta le revuelve su pelo blanco de seda –a María, Borges la sujeta por el lado derecho de ella–; su cabeza gris, dulce y agradable, entre mis manos, protegiéndolo de algún golpe fortuito, al abordar el taxi que nos llevó del hotel al terminal aéreo; Borges de regreso a la montaña, con el alcaide anfitrión al pie de las escalerillas y otra vez la misma treintena de curiosos; Borges enfrentado al auditorio repleto de la Biblioteca Pública Piloto... En fin, Borges.

Tal vez lo que nunca entendieron los incrédulos de la Academia Sueca fue su humor. “Los que deben estar tranquilos son ustedes, muchachos”. Pues, no. Nunca más volvimos a estarlo. La sensación de habernos acercado a un dios tutelar –a Shakespeare, a Cervantes, a Swedenborg..., a Borges–, y no haberlo aprovechado para nuestra conversión definitiva, atormenta como la imagen de la mujer joven que se escapó “hace ya tantos años”. (“Mientras dura el remordimiento dura la culpa”, escribió él en su Leyenda de Caín y Abel).

Cuando murió, un periódico local me solicitó un texto con las impresiones del encuentro; no fui capaz de hacerlo. Seguía sin entender lo ocurrido.

Ahora Borges disculpará esta usurpación que hacemos de su memoria. Él también las cometió con Lugones y Kipling y Emerson. Quedamos en paz.

2

En esa época, ni ahora, se nos ocurre dedicar estas páginas a alguien. Habrá que apropiarse de las líneas de Borges, en Historia de la noche, para destinarlas a la propia María: “Por la que usted será; por la que acaso no entenderé. Por todas estas cosas dispares, que son tal vez, como presentía Spinoza, meras figuraciones y facetas de una sola cosa infinita, le dedico a usted este libro, María Kodama”.

Ella después reconocería tanta consagración –ya entrada el alma del Poeta en el Gran Mar–, a propósito de una muestra de dibujos inspirados en las obras que Borges le dedicó: “No lo olvidé nunca; esto signó de algún modo mi vida y se proyectó en lo que sería nuestra relación. Nuestra decantada relación, que fue pasando, a través del tiempo, por distintas facetas hasta culminar en el amor que nos habitaba mucho antes de que usted me lo dijera, mucho antes de que yo tuviera conciencia de mis sentimientos.

“Ese amor que, revelado, fue pasión insaciable para colmar el sentimiento vago, indescifrable, que experimenté por usted siendo niña, cuando alguien me tradujo un poema dedicado a una mujer a la que amó años antes de que yo naciera. A esa mujer a la que le decía

I can give you my loneliness, my darkness,

The hunger of my heart;

I am trying to bribe you uncertainty,

With danger, whit defeat.

“Ese amor del que fue dejando trazas a lo largo de sus libros, sin decírmelo, hasta que me lo reveló en Islandia. Ese amor protegido, como en la Völsunga Saga, por un mágico círculo de fuego, cuyo resplandor nos ocultaba de las miradas indiscretas... Aunque parezca una paradoja, la muerte y la vida no son signos opuestos, sino que son un solo fluir, y el vínculo entre el ser que parte y el que se queda es el amor.

“Desde el centro de nuestro jardín secreto se alza esa llama que pertenece a la dinastía de los amantes. Esa llama que espero sea como un faro cuya luz alcance el inimaginable confín del Universo, para que si algo, de alguna forma, persiste del alma humana, le llegue y sienta que esa llama, hecha de amor, de lealtad, de pasión, que una vez compartimos, sigue viva en mí para usted “for ever, and ever..., and a day’”.

Es decir, podemos asegurar que lo dedicamos al amor que cada día nos gobierna secretamente.

La primera edición del libro fue pulcra y necesaria. Esta otra ya es sólo jactancia. La edad, que a veces nos la exige. Algunos textos y fotografías inéditos que no se conocieron por la época, agregan cierta utilidad al volumen de hoy.

Al final incluimos el poema Mateo, XXV, 30. Borges lo pidió alguna vez: “yo creo que este poema tendría que imprimirse en la última página de cualquier libro mío. No perdido entre otros poemas tendría que ser siempre el último: Has gastado tus años y te han gastado,/ Y todavía no has escrito el poema. Tendría que ser el último de todos. Yo habría debido morirme para escribir esto. Pero sigo viviendo, y puedo pedir que se imprima en la última página siempre”.

Su voluntad está servida. El libro de alguna manera es suyo, Borges.

Sin estas mujeres el mundo es conventual

Agitato piachere de fornicios y meretricios. Nueve cuentos de putas alegres. Gonzalo España. Medellín: Nuevo Horizonte, 2004, 98 p.

A Gonzalo España [1945] lo conocen pocos, y quienes lo conocen lo recuerdan más por su militancia en la izquierda arrebatada de los años setenta del siglo pasado, que por su oficio penitente de escritor. Es una lástima, porque su obra merece mejor suerte entre los lectores y en el mercado editorial. (España nació en Bucaramanga, y estudió Economía en la Universidad de Antioquia).

Autor ya de una larga y variada lista de publicaciones, editadas por las distintas vías a las que tiene que recurrir el escritor colombiano sin vocero oficial ni dolientes, podría decirse que Gonzalo España es un lobisón: el ser fabuloso, noctámbulo, que se aparece de tanto en tanto en figura de narrador (en lugar de animal, como en el cono sur de América), entre sus conocidos y amigos, con un buen libro bajo el brazo.

España ha escrito novela policiaca en serie (Un crimen al dente, La canción de la flor), noveleta científica (Humboldt, el muchacho de la cruz del Sur; Mutis, el sabio de la vacuna –en ediciones de Panamericana), relato juvenil (Lista de Honor IBBY 1994 por su libro Galería de piratas y bandidos de América), sátira política novelada (y por la que ha tenido que huir rápido de muchos lugares: Leyendas de miedo y espanto, Relatos de la Conquista, Historia de amores y desvaríos en América, Relatos precolombinos, Prodigios americanos de la flora y fauna). Para la Universidad Industrial de Santander investiga y escribe textos de historia de la región.

Con la colaboración de la Editorial Nuevo Horizonte, ahora publica este libro de cuentos Agitato piachere de fornicios y meretricios: Nueve cuentos de putas alegres, con el tono festivo, llenos de vida y picaresca, desinhibidos, con historias asombrosas ocupadas de humor, que fue lo que animó a su impresor cómplice y solidario.

Son cuentos escritos sin malicia, simples pero prodigiosos. Reales, que suceden aún en muchos pueblos de Colombia. Cuentos bonitos, sorpresivos (como el de “Sorayita”, en donde el cura y los piadosos, y el lector, creían que el pueblo se iba a llenar de putas con la llegada de la carretera a Zapatoca, pero resultó lo contrario: que la única, Sorayita, se les fue con la apertura de la vía, dejando solas a las esposas desamparadas para el desahogo de sus machos, y al párroco sin tema para sus prédicas apocalípticas).

En Agitato piachere están las crónicas del amor errante (“Algo todavía más molesto”, “Travesura”), alocado (“Hermanitas”, “Orden de desalojo”, “La Reina del Grillo Verde”), incomprensible (“Las soluciones de Roco”), pasmoso (“Luces de las estrellas”), juvenil (“Kiko”). Cotidianos todos ellos, son cuentos bien narrados, concisos, sin las exageraciones ni truculencias tropicales a las que nos acostumbraron otros, y sin las nostalgias de los cornudos. Alegres, como deben ser los cuentos de putas, porque “sin estas mujeres el mundo es insulso, correcto, conventual”.

Con hábitos de monje, Gonzalo España se define a sí mismo como felizmente anacrónico, lo que ya dice mucho de él. A su edad todavía conserva la cualidad que distingue a la comunidad del MOIR colombiano (Movimiento Obrero Independiente Revolucionario): La decencia. Virtud escasa aun entre el gremio de intelectuales, curiosamente aquellos entre quienes más debiera promoverse esa integridad. Deseo que los textos de España encuentren mayores lectores. Lo merecen.

[San Ángel / Refugio volteriano Rionegro, 26 de diciembre de 2004]

El fútbol en el ojo del poeta

Alastair Reid. Ariel y Calibán. Crónicas de fútbol. Bogotá: TM Editores, 1994, 204 p.

La virtud de los poetas es que miran el mundo distinto. De la gota del rocío sobre el vidrio de la ventana hacen un instante de plenitud, antes de enfrentar el día con su carga de dolores. Alastair Reid, por ejemplo, convierte el fútbol –ese deporte bulloso y a veces pendenciero– en el éxtasis que da la meditación.

Ariel y Calibán va más allá de la mera reseña de cinco eventos deportivos mundiales. Es un texto para aprender a describir, que es lo que diferencia al buen narrador. El título del libro ejemplifica las dos formas de jugar al fútbol, según este poeta, ensayista y cronista escocés [Escocia, 1926 – 2014]: “El modo Ariel y el modo Calibán, enseña cómo se describe una cosa tan banalizada como el mismo fútbol. El primero le da prioridad al ataque y a la velocidad; el segundo se concentra en una defensa sólida e impenetrable, y sólo anota mediante un contraataque súbito y rápido”.

Tal vez Reid no vio jugar a Colombia. Ése sería otro modo, y no me imagino cómo lo llamaría. ¿Tal vez la forma Maturranga? Ya otro buen cronista argentino de fútbol lo calificó de “juego de hamaca”: para los lados, como un meneíto de cura de barrio joven; aquel estilo que toma lo peor del segundo, no llevando al equipo que padece ese mal de epilepsia a ninguna parte.

Las cinco crónicas del texto fueron publicadas originalmente en la revista The New Yorker, y recogen con la mirada especial de un buen escritor los momentos estelares de los mundiales de fútbol de Inglaterra (1966), México (1970), Argentina (1978), España (1982), y nuevamente México (1986).

Parece tardío hablar de un libro de fútbol que analiza aspectos, más que deportivos, sociales y culturales de esas épocas de los mundiales, pero el interés está en la atracción que ejerce un intelectual importante, amigo de Borges y Mutis y otros grandes poetas universales, hablando de ese espectáculo que trillan y maltratan cada domingo los comentaristas sin espíritu pacifista de la radio y la televisión actuales.

El espectador alejado de los estadios, al leer el libro vuelve a apreciar ese espectáculo de danzantes modernos como recurso del encuentro de sociedades diversas, y es porque los partidos de los Mundiales, y el fútbol mismo, son apenas un pretexto del cronista-poeta para entender, y enseñarnos después, ese universo de hombres a los que un deporte cualquiera otorga transitoriamente una identidad provisional como país.

Borges le confiesa a Reid, cierta tarde del Mundial de Argentina: “He escrito muchos cuentos sobre mis ancestros militares y sobre los cuchilleros de esta ciudad [Buenos Aires]. Todavía pienso que, aunque el asesinato estaba involucrado, había una cierta nobleza en ello que no puedo ver en hombres que patean una pelota”. Ya antes había escrito que los deportes y la política son frivolidades que engendran nacionalismos absurdos, pero que la política es la más peligrosa de las dos. Sin embargo, el fútbol visto con los ojos de Alastair Reid, y escrito para una revista de prestigio como The New Yorker, es otra manifestación cultural absorbente, que más que singularidades y destrezas físicas, expresa virtudes o defectos colectivos. El periódico mexicano unomásuno, en el Mundial de 1986, graficó ese estado de ánimo con un titular único: “El ritmo del país se sincroniza con el ritmo del fútbol”. Un Ministro de Justicia brasilero, durante ese mismo certamen, fue más pragmático y sincero: “Ganar la Copa Mundo en fútbol es más importante que ganar elecciones”.

“Una vez tuve la aterradora experiencia de caminar por Buenos Aires con Borges”, cuenta el autor en uno de los paréntesis que enriquecen el análisis de los sucesos deportivos. El lector podrá parodiar al escritor escocés: una vez tuve la aterradora experiencia de entender el fútbol a través de un buen cronista. Porque entonces habrá comprendido que cualquier espectáculo apreciado de la mano de gente como él, o como Eduardo Galeano –quien también tuvo sus veleidades haciendo un libro dedicado al fútbol–, o como Albert Camus –portero de la selección de Argelia y Premio Nobel incomparable–, deja de ser un mero evento de masas, sedativo de las excitaciones nerviosas que producen la economía y los pésimos políticos, y los narcos atrabiliarios de la derecha y la “izquierda”.

En casa de Mao

China para hipocondríacos. José Ovejero. Barcelona: Ediciones B, 2005, 349 p.

A cierta edad se tiene una gustadura razonada por los libros de viajes. Y es porque se llega a una manera distinta de apreciar el mundo: desde el sillón preferido de la casa. ¿Será acaso la conciencia de que nos estamos bebiendo los últimos vahos de nuestros sueños?

La incomodidad es propia de la juventud. En el prólogo del libro Fervor de Buenos Aires, Borges lo dejó explícito para él y quienes, como el escritor, nos acercamos a esa convicción: En aquel tiempo (anotó, refiriéndose a sus años mozos), buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad. Con lo que pretendió decir que, de muchachos, somos dados a las incertidumbres, los peligros, la noche, las lejanías. De adultos, a la molicie y la infalibilidad, lo que no traen precisamente todos los viajes. Cualquier peregrinaje contiene siempre el desasosiego, las turbaciones de espíritu o cuerpo, las perplejidades de la mirada.

El periodista español José Ovejero (Madrid, 1958) estuvo en China en 1991. Con su experiencia escrita se ganó en mil novecientos noventa y ocho la primera versión del premio Grandes Viajeros, de Ediciones B. Descastado, como él mismo se llama, acostumbrado a la añoranza de la lejanía (el fernweh de los alemanes: el dolor de la distancia, contrario al heimweh, la nostalgia del hogar), a buscar agitadamente lugares remotos y los más extraños posibles, en los que perciba la auténtica extranjería, en esta ocasión el cronista se arriesgó en el territorio de las viejas dinastías reales y las épocas imperiales por un motivo esencial: el hecho de que el país viviese entonces bajo un régimen comunista, en el que no estaría todo el tiempo rodeado de miseria, como la India o el África. “La idea de andar ocupado encontrándome a mí mismo mientras en derredor mío la gente se muere de hambre me parece difícilmente soportable”, advertía. Sin embargo, después del recorrido por el sudoeste de la antigua nación, el lector entenderá que al hombre también lo traicionan sus intuiciones. La hipocondría de Ovejero, con sus miedos, con sus altibajos y sus entusiasmos, le descubre de inmediato todas las endemias de la nación que visita. En este caso, fue la China insoportable de los inimaginables millones de chinos.

Ovejero visitó la República Popular en un año en el que todavía su vida cotidiana era gris (y disciplinada hasta para dormir en la litera del tren; todos los pasajeros tuvieron que hacerlo a la hora en que la supervisora entregó las mantas, también pardas). Encontró plomizos los trajes de sus gentes, el paisaje, los trenes atestados de nativos y de cosas… En ellos descubrió que no se puede tener una visión mínimamente completa del país sin haber viajado en sus vagones insospechados. “El tren es la cara más oscura del socialismo, […] es el universo en que se refleja su fracaso. En él hay primera y segunda clases, asientos blandos e incluso camas para quien pueda permitírselo, asientos duros o el suelo para quien no puede”. Son fundamentales para conocerla, más que sus propias ciudades emblemáticas, aseguró.

El cronista hizo el viaje inverso al del turista occidental común. Previo al recorrido por las provincias más exóticas, vivió y estudió un mes en la Universidad de Nanjing, para intentar familiarizarse con el idioma, esa jungla de signos, no significantes, casi jeroglíficos, que hacen sentir al visitante que lo desconoce, perdido de sí y de los demás. Y cuando se llegó a Beijing fue sólo para responder a la cortesía de un amigo americano que lo invitó. De hecho, en su memoria la capital (tanto como Shanghái) es un lugar ajeno cuyo mapa no llegó a asimilar. Allí, dice, fue un turista más, y para colmo, un turista perezoso, acosado por las muchedumbres que encontró en todas partes, el tráfico denso y un socialismo conservador de los rasgos propios del Imperio, donde entendió, por momentos, que la revolución cambió el orden social pero no los gustos y los secretos deseos de sus gentes por los adornos de seda y los brocados ancestrales de la cultura china.

Prefirió la aventura en comarcas como Guilin, “la región más bella del mundo”, según los folletos promocionales, y Ovejero le dio la razón. Hermosa por el paisaje que arropa a la ciudad, sus montañas han sido pintadas por artistas de tiempos diversos, y el viajero va allá para comprobar esa idealización del paisaje. Pero al llegar, el panorama lo encuentra igual a como lo conoció en las láminas de seda. Entonces, no sabe si defraudarse o alegrarse. Prefirió también a Yangshuo, el lugar apacible para los mochileros del mundo, y pronto invadido por los turistas comunes. A Chengdu, Leshan, Dafu –la cuna de la estatua gigante del Buda excavada en un acantilado. A Xichang, una región de minorías étnicas, y a Jinjiang, Lijuang, o Yunnan, lugares infectos para cualquier mortal, limítrofes con Birmania y Tailandia, y con los mismos problemas de los territorios fronterizos: mafias, drogas, jóvenes pandilleros, economías ilegales e influencias foráneas perniciosas. Desde acá, en el siglo diecinueve los británicos descubrieron la manera lucrativa de equilibrar la balanza comercial con China, mediante la promoción del cultivo y negocio del opio.

En bicicleta, Ovejero visitó monasterios y lugares arcanos para los jóvenes de todo el mundo que sueñan con el nirvana, pero en el camino a Kunming, en Yunnam, descubrió en el restaurante donde estacionó el autobús, la cara sucia del socialismo chino: La indigencia, la miseria, “la mirada embrutecida, destrozada, de los hambrientos […] Esta visión ha echado un poco abajo la imagen que nos habíamos ido formando de China. No me ha hecho falta ir a las zonas prohibidas” (2005: 318).

La historia de China es demasiado compleja para cualquier occidental. Tratar de entenderla desde las páginas de los ensayistas o en un viaje rápido que no deja de ser turismo, es un riesgo. Pero aun así, de la lectura del libro de José Ovejero quedan pocas ganas de viajar a un lugar con tantas incomodidades: en los buses, en los trenes, en los hoteles… Con itinerarios interrumpidos por las inundaciones de los ríos desbordados y las carreteras bloqueadas. El texto contiene reflexiones sin tropiezo sobre las condiciones del viajero en una tierra donde los letreros y el lenguaje no pueden perturbar la mente, porque nada le dicen a su pensamiento, a su mirada. Y no solamente porque el chino sea una lengua desconocida totalmente para el cronista (quien es, además, un políglota europeo), sino porque en muchos lugares a donde se metió nadie más hablaba otra lengua en la que al menos pudiera comunicarse para comprar un bolígrafo. Cuando lo hizo le dieron un cepillo de dientes, y únicamente en el hotel descubrió el error.

No sé si una situación así sea halagadora para quien gusta de caminar solo por el mundo. El viaje por un territorio sin el asidero de la lengua debe llevar, en algún momento, a la frontera de la locura, del desespero, del suicidio.

Quince años son, también, mucho tiempo para un país dinámico como China. El territorio de privaciones que encontró Ovejero en mil novecientos noventa y uno cambió. Él mismo sabe que si regresara en dos mil seis encontraría una república diferente. Y sería, otra vez, un viaje a un lugar desconocido… Aunque sin duda con los mismos chinos supersticiosos, escupiendo sobre el suelo todo el día para alejar las desgracias…, y la misma Ciudad Prohibida de los emperadores, repleta de turistas con celulares, todavía presidida por el retrato oficial y gigante de Mao colgado en sus paredes.

Cuba escatófila

Trilogía sucia de La Habana. Pedro Juan Gutiérrez. Barcelona: Anagrama, 1998, 362 p.

Trilogía sucia de La Habana es un libro escatológico: El detrito en el que está convertida Cuba en los últimos catorce años, apestan en las trescientas sesenta y dos páginas de un cronista que uno pensaría que miente, si el lector no hubiera visto con sus propios ojos esa realidad cruda durante un viaje de trece días en abril de dos mil tres, y de una semana en agosto de dos mil ocho, mientras los huracanes “Gustav” e “Ike” sacudían la Isla, tal como Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, Cuba, 1950) la describe: El otro infierno en el que devino la Cuba saturnal de Batista.

En sus cuentos instrumentados idénticos a la novela de un náufrago caribeño, Gutiérrez inventaría a los cubanos que el visitante perspicaz –aquél que no viaja a La Habana a jinetear ni a coleccionar pingueros, como los viejos pederastas europeos– encuentra en la ciudad vieja, y a lo largo del histórico malecón, desde la estatua de Calixto García –al final de la avenida de los Presidentes– hasta la plaza de San Francisco de Paula, en Desamparados. En estas líneas está toda la sordidez del universo de ladrones, putas, chulos, mantenidos, yumas, mujeres abandonadas y hombres inútiles, presidiarios, pordioseros, burócratas, negros, mulatos y jabaos…, que invaden la ciudad, disputándoles a las ratas las azoteas y los solares atestados y derruidos del puerto.

Esa población superviviente –mayoritaria, también–, apestosa a orín, mugre y semen, son los seres demolidos por el dolor, el abandono, la soledad y la pobreza, que se prefiguran en el mismo escritor, y que sólo encuentran en el sexo y en los vicios de la marihuana y del alcohol los únicos recursos para soportar los días en esa “sociedad modelo del hombre nuevo y socialista”. Cotidianos como en cualquier metrópoli de Occidente, para un revolucionario que acompañó siempre el proceso fidelista es triste constatar que en Cuba el ron, la droga y la putería no se acabaron con el derrocamiento del dictadorzuelo de los años cincuenta: “Me fui con Monino. Sé en lo que anda. Cargándole mariguana y polvo al Chivo. La gente que compra el polvito es de El Vedado y del Nuevo Vedado. Los artistas, los músicos, los hijos de los gerentes y de los pinchos. La gente grande. La coca está a seis y siete dólares el sobrecito. ¿Quién puede? Un cigarrito de mariguana se consigue a diez pesos. Si vendes dos o tres ya te cubres y la tuya te sale gratis. Ah, carajo, cómo hay que inventar en la vida para sobrevivir” (1998: 237, 238).

La Trilogía también es un inventario de la pobreza isleña: de las covachas desastrosas, oscuras y de malos olores en el centro histórico; de La Habana de los zaguanes lúgubres y hacinados: “En los solares, en cada censo oficial aparecen y desaparecen los cuartos y las personas. Sin embargo, las autoridades del Instituto de la Vivienda se hacen la vista gorda, para no dar explicaciones”; de las puertas podridas, sin bisagras, de los edificios a punto de derruirse; de las paredes agrietadas y de los techos a medio caer; de los baños asquerosos compartidos por cincuenta y hasta doscientas personas en una terraza… De la ciudad que no ausculta el turista de Varadero y del Tropicana, pero que incluso así, destruida por la desidia de sus gobernantes guarda una extraña y demoledora belleza. Cabrera Infante ya lo dijo: “La Habana es una ciudad derruida desde dentro”. Las miles de fotografías que capto de esas mismas calles y portadas y mestizos hermosos que describe Pedro Juan, son testimonio del esplendor que todavía le queda a la ciudad.

Hay una poética en las fachadas lustrosas de La Habana, le digo durante mi visita a un isleño en la esquina de Paseo con la veintitrés, para atraerme su confianza, y lo que me gano es una insultada. ¿Cuál poética, coño de madre?, me grita. ¡Ustedes lo que son unos fisgones de mielda, calajo!

En Huelva, en el año dos mil, un profesor cubano procedente de La Habana, que estudió la maestría de historia conmigo, se refirió a Fidel como “ese cabrón hijoputa que nos tiene jodida la vida”. Yo me molesté, creyendo que era la blasfemia de un desagradecido. Después del viaje de abril de dos mil tres y de la lectura de la Trilogía, ya entiendo por qué tanta rabia acumulada en el corazón de un hombre privilegiado. No se puede comer mierda todos los años por culpa de otro. Nadie es capaz de aguantar un mar de lodo hasta el cuello la vida entera. “Chico, yo creo que los cubanos tenemos también el derecho a disfrutar lo que tú ya tienes”, me afirmó con ira.

Comprendí, entonces, que una cuestión bien diferente es la austeridad como una opción de vida, y otra, como imposición social y estatal a un pueblo. La austeridad cubana es pobreza. La austeridad personal es virtud, capacidad de renunciación, suficiencia moral y física. La limitación forzosa de los bienes a los que tiene derecho cada hombre libre es una actitud criminal de quienes la propician. La convicción personal asegura que el bloqueo americano es el responsable de ello. Los gobiernos gringos de los últimos cuarenta y cuatro años tienen una responsabilidad grave ante el tribunal de los justos, pero la contraparte cubana debiera hacer algo para no igualar la terquedad y la brutalidad americanas. Es urgente, a mi modo de ver. Tanta resignación es imposible en un hombre común. Que los santos soporten, pero no estos pobres mulatos de la Cuba orgullosa. “Ante todo, nosotros somos cubanos. Yo, mi cubanía la pongo por encima de cualquier diferencia con el régimen.”, me dijo el hostelero que me atendió en la primera visita. Y en América somos muchos todavía quienes firmamos esa declaración política, martiniana, de un isleño simple.

Pedro Juan Gutiérrez es residente habitual de La Habana Vieja. En una de sus calles, Trocadero, José Lezama Lima –autor de Paradiso, libro nublado y difícil– vivió allí sus años completos. Lo que fue el hogar de Lezama Lima –Trocadero 162– debiera ser un museo lustroso, pero está abandonado como otras tantas joyas patrimoniales en el sector. La Habana Vieja espera, como todos los cubanos, tiempos mejores. En la ilusión de esa esperanza, Pedro Juan se le aparece al lector como un Genet tropical. La foto, inclusive, lo iguala: Dolido, feroz, de rostro tallado por el sufrimiento y el hambre, rapado a la manera de un ex presidiario que cogió el gusto por el cráneo limpio. Ejercitante de todos los oficios que ayudan a sobrevivir en ese océano de penurias, desde vendedor de helados y de periódicos en la infancia, hasta zapador, instructor de natación y cayacs, cortador de caña de azúcar (¿Quién no, allí?), obrero agrícola, técnico de obras de construcción, periodista, locutor, pintor, escultor y poeta. Dueño tan sólo de la soledad, “esa inmensa llanura desértica”, que dice, y voyerista eterno del malecón, el lugar más asistido del mundo por los puñeteros enloquecidos.

¿Cómo vive libre Pedro Juan en la Cuba de hoy? Tal vez por la misma razón que otros muchos: Testimonia una época que no se puede ocultar a los ojos del mundo. (El cineasta Humberto Solas, en Miel para Ochún –la primera película digital producida en la Isla– señala en ella, también, la truculencia con la que sobreviven los cubanos de hoy y la forma como asaltan a los turistas, en su ingenuidad de visitantes solidarios). El escritor igual que el cineasta, son, por lo tanto, honrados consigo mismos y con su pueblo, y esto es quizás lo que los salva de una “prisión preventiva”, aquella que dictan las autoridades cubanas “porque presienten no más”. Sin embargo, sus denuncias son atroces como para que los gobernantes del régimen no actúen sobre la situación denunciada. En Cuba todos roban, desde el guarda que te recibe en el aeropuerto José Martí hasta la guía del museo Hemingway, en Cojímar, porque la gente necesita “comida y dólares para el shopping”. No lo digo yo, lo aseguran ellos mismos. Ahí están esas voces, en la literatura y en la vida, que lo advierten a cada segundo.

En Trilogía está La Habana de mil novecientos sesenta, congelada, pero en un helador roto; casi sesenta años petrificada en la esperanza de un cambio. En los textos autobiográficos, catárticos, donde el autor revuelve espontáneos y provocadores los recuerdos que perturban la conciencia colectiva, el lector se pregunta si Pedro Juan es el ser más desgraciado de la isla, con esa fila interminable de amigos y familiares desahuciados por el cáncer, la hambruna, el desempleo, los desenfrenos del sexo, las infidelidades; o la ciudad es un infierno inaceptable de grandes sátiros, pervertidos, desgraciados, locos y sananos. Zanacos, escribe Pedro Juan. Debe ser un cubanismo.

Del libro extraña el curioso una frase amable para alguien. Las pocas tal vez que se puedan hallar –dichas sin mucha emoción– son para los atardeceres de la isla, o las noches frescas que disfrutan los inquilinos de las terrazas, en medio del azore. Aun así, crudo, áspero, rabioso –como aquél su paisano de Huelva–, el autor hace de Trilogía sucia de La Habana la crónica de un país anclado en la frustración, que tendrán que juzgar dentro de poco las generaciones próximas. El relato de la desesperanza humana.

En la visita de dos mil tres aseguré que La Habana es ahora un bar de Miami. En el libro de Pedro Juan es un sanatorio. No engañemos, pero tampoco disculpemos. Cuba necesita salvarse más allá de la retórica de las vallas idílicas que pintan a sus mulatos tratando de alcanzar el cielo azul del Caribe. La deyección en la que están convertidas América y el mundo, no justifica tampoco esta otra de nuestra “isla pequeña rodeada por Dios en todas partes”, como la cantó Eliseo Diego. La responsabilidad de un hombre libre es acusar las esclavitudes que someten a sus congéneres, independiente de sus afectos. “Porque quién vio jamás las cosas que yo amo”.

La literatura y el viaje

Edith Wharton. Cuadernos de viajes. Edición de Teresa Gómez Reus. Barcelona: Mondadori, 2001, 266 p.

El África, con más de dos mil dialectos y treinta millones de kilómetros cuadrados, siempre ha sido territorio de peregrinación para los espíritus curiosos de todas las épocas. Cuando ese continente todavía era un insondable enigma, Samuel Pepys visitó a Marruecos en el siglo dieciocho. Dos centurias más tarde, Paul Bowles y Jane Bowles hicieron lo propio, llevándonos con sus textos por las callejuelas, las plazas y mercados, los suburbios de la ciudad exótica que es Tánger. En los años cuarenta del siglo veinte, allí era fácil encontrarse con William Burroughs, Tenessee Williams y Jean Kerouc, en las terrazas de sus hoteles preferidos.

Joseph Conrad testimonió el África negra y conflictiva del siglo veinte. Graham Greene estuvo en Sierra Leona. Antoine de Saint-Exupéry voló sobre el desierto poético del Líbano, antes de perderse para siempre en las aguas del Mediterráneo. Flaubert, dicen, escribió Madame Bovary y Salambo inspirado en las orillas del Nilo. Konstantinos Kavafis nos dejó a Alejandría en sus poemas y Lawrence Durrel en su famoso Cuarteto. Más recientemente, podemos vivir El Cairo en la obra del premio Nobel Naguib Mahfouz.

La arrebatada escritora estadounidense Edith Wharton no se quedó atrás. También se llegó a ese Continente desde mil ochocientos ochenta y ocho, cuando realizó un crucero en barco alquilado –el Vanadis– desde Argelia hasta el golfo de Túnez. Años más tarde, mil novecientos diecisiete, visitó a Marruecos, recorridos de los que dejó testimonio en sus libros de viaje, haciendo para los otros lo que Emily Dickinson aconsejó siempre: “Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”.

La Wharton (1862–1937) ganó en mil novecientos veintiuno el Premio Pulitzer, con La edad de la inocencia, novela llevada al cine por Martin Scorsese en mil novecientos noventa y tres, película que devolvió la fama perdida a la escritora. Casada con un banquero, escribió relatos para Scribner’s Magazine, a manera de fuga de esa vida formal de las matronas decimonónicas americanas. En mil novecientos dos publicó la novela El valle de la decisión, pero fue la obra La casa de la dicha, en mil novecientos cinco, la que dio la fama literaria entre sus contemporáneos. Esos textos iniciales hablan de su mundo social, pero después de su radicación en Francia, a partir de mil novecientos siete, produjo libros de viajes, relatos y poemas.

La Wharton fue la primera mujer americana que recibió un título honorario de la Universidad de Yale, en mil novecientos veinticuatro. Su obra es ya considerada clásica en la literatura universal; lo grueso de ella contiene la visión irónica y desapegada de la sociedad victoriana de la que venía. Los cinco libros de viajes que escribió son parte substancial de su obra. No se entendería a la Wharton sin estas líneas que retratan su carácter exultante, arrebatador, libre. “Una de las mujeres viajeras más dinámicas, tenaces y eruditas de su tiempo” (Teresa Gómez Reus, editora de Cuaderno de viajes). Cuando apareció el transporte automotor, lo celebró con alborozo: “el automóvil ha restablecido el encanto de viajar”, dijo (“De Boulogne a Amiens”, p. 129). Y fue ella quien inculcó a Henry James la atracción por las excursiones, con su amistad le enseñó el gusto de recorrer el mundo en automóvil: Sin sujeción a horarios, a estaciones (como en los trenes), y mucho más íntimo. Viajar fue para ella un ejercicio de libertad y un antídoto contra la vida monótona de las cenas victorianas y las tapicerías oscuras de su clase social en Norteamérica. Recorrió España a lomo de mulos y en diligencias desvencijadas –por Castilla, Galicia, Navarra, Aragón, Asturias–. Otro tanto hizo en Francia, Italia, África, por las islas del Mediterráneo.

“La vida es la cosa más triste que existe, después de la muerte; sin embargo, siempre hay nuevos países que ver, nuevos libros que leer […], otras mil maravillas diarias ante las cuales admirarse. El mundo visible es un milagro cotidiano para quienes tienen ojos y oídos […]. La vejez no existe; sólo existe la pena. Con el paso del tiempo he aprendido que esto que parece cierto, no es toda la verdad. Otro generador de la vejez es el hábito: el mortífero proceso de hacer lo mismo de la misma manera a la misma hora día tras día, primero por negligencia, luego por inclinación, y al final por inercia o cobardía”, escribió en Una mirada atrás (Barcelona: Ediciones B, 1997. p. 414). Se entiende, así, su afán por el viaje.

Extraño en esa su época ver a una mujer adentrarse por territorios escasamente abiertos a los hombres: los de la guerra europea de mil novecientos catorce, por ejemplo. Y sin embargo, la vieron a ella hacer esos recorridos desolados, detrás de los escuadrones bélicos. Al escribir sobre Europa supo que lo tenía que hacer desde una mirada muy poco familiar, porque para entonces qué no se había escrito del viejo mundo. (Un solo dato: en mil novecientos se habían publicado en Estados Unidos cuatrocientos treinta y cinco libros sobre Italia y quinientos sesenta sobre Francia). Y sin embargo, lo consiguió. Visitó y miró lo que otros viajeros no habían visto, y en épocas en que no lo hacía nadie, por temor a las fiebres del verano. Buscó en esos parajes los encantos que una dama de buena formación intelectual era capaz de hallar, y los encontró y recreó con sensibilidad. Miró en Italia lo ya mirado, y lo describió distinto. Descubrió allí, entre las piedras antiguas, el detalle que se le escapó a los otros viajeros. Con su experticia del Renacimiento y Barroco italianos, escribió para el Century Magazine una serie de artículos sobre villas y jardines campestres.

Porque Edith Wharton, además de arrebatada, fue una erudita en arte. Sus recorridos por Italia los hizo con la mirada de quien sabía no solamente de pintura y escultura, sino también de arquitectura medieval y gótica, barroca. El peregrinaje de una viajera como ella se vuelve, entonces, una clase de humanismo, en la que por contraste llega a mostrar dos ciudades a la vez: la que visita, y aquella que le sirve de referente para describir la primera. Así, Milán en su narración de calles y edificios y columnatas públicas es igualmente otra cualquiera de las ciudades de la Italia central o la Italia del norte. Y su época de trotes (finales del siglo diecinueve y principios del veinte) también es la del quatrocento, la del cinquecento y la del settecento. Y la de los tesoros artísticos de la villa que la acoge, pero igual, la que, con su memoria, recuerda de las iglesias y ciudades revisitadas mentalmente.

Pasajera incansable, la Wharton hizo de sus viajes un arte: el de contar para otros su recorrido de sensaciones interiores y sus apreciaciones juiciosas. La sensibilidad de mujer educada le permitió auscultar con igual sentimiento la obra del hombre de las ciudades o su huella en el campo: “en Francia todo habla de un trato largo y familiar entre la tierra y sus habitantes: cada campo posee un nombre, una historia, un lugar distintivo en la política local; cada brizna de hierba está ahí por un antiguo derecho feudal que desde hace mucho ha desterrado al inservible matorral autóctono” (“Una travesía por Francia en automóvil 1906–1907”, p. 131).

Su narración de la movilidad de París durante la guerra de mil novecientos catorce (“El semblante de París” agosto 1914 / febrero 1915) es el testimonio de lo que significó para los franceses la tragedia de tener que marchar a los frentes de guerra, y dejar a “la ciudad luz”, y sus campos, abandonados a la suerte de sus dioses vanidosos. Las películas de guerra de la época –epopeyas llevadas a la pantalla grande por Hollywood y algunos directores europeos– parecen sucederse con base en las perplejas descripciones de las dificultades intrínsecas de la movilidad general descritas por la Wharton, cuando París estaba sólo habitado por mujeres (agosto de mil novecientos catorce). Los hombres estaban en los regimientos alemanes de Alsacia y regiones fronterizas con el país invasor (Argonne, Marne y Mosa, comarcas sobre las que la violencia alemana se cebó duramente. Vitry-le-François, Bar-le-Duc. Etrepy, Sermaize-les-Bains, Andernay… Pueblos que pasaron de ser hermosos balnearios entre frondosas laderas y jardines, rodeados de granjas, a villas destrozadas por la bestia alemana).

La descripción de los frentes de guerra que recorrió es sobrecogedora. Son los apuntes de una reportera inteligente, culta; una narradora de la mejor estirpe, llena de significativos detalles para el lector (el color de las cortinas en un baño de Verdún, por ejemplo, en medio de los charcos de sangre y las cenizas de las villas arrasadas). En Gerbéviller, desalmadamente incendiada y destruida por los alemanes, “quemada y tiroteada y sujeta a innombrables torturas” (2001: 219), deberían los germanos de todos los tiempos memorar este nombre que equivale a la ignominia humana de las todas generaciones anteriores y posteriores (2001: 217), piensa el lector, porque para eso es el viaje imaginario. Para no olvidar nunca.

Yo no maté a Galán

Eduardo Posada Carbó. La nación soñada: Violencia, liberalismo y democracia en Colombia. Bogotá: Norma y Fundación Ideas para la Paz, 2006, 388 p.

La inculpación colectiva por los crímenes de algunos pocos es una trampa en la que caímos por años los buenos colombianos. En momento preciso este “scholar” barranquillero, residenciado en Oxford, devela con su libro las injustas criminalizaciones a las que nos someten todavía propios y extraños. A leerlo.

Arriesgo: Eduardo Posada Carbó es el otro arquetipo del costeño nuestro. No sé si por descender de una familia conservadora del Atlántico, o por su formación exclusiva en dos de los más renombrados claustros universitarios, este intelectual relativamente joven (1956) no tiene la desmesura ni los apasionamientos pontificales del ser Caribe, y mucho menos la postura enrocada de la intelectualidad colombiana. En él se nota la formación recibida de la Javeriana tanto como la aprehendida de Oxford, donde ha permanecido buena parte de su vida académica. Es lo que colijo de sus lecturas continuas en su columna del periódico El Tiempo. Apenas infiero, digo, porque de Posada Carbó no sé nada distinto a sus opiniones ponderadas de cada semana en el diario bogotano.

Leyendo su reciente y promocionado libro La nación soñada reafirmo esa convicción personal de su equilibrio. Opuesto a la reelección presidencial, en el debate pasado [Acto Legislativo 02 de 2004], sin embargo no mostró las virulencias ni los odios íntimos que desnudaron a los otros columnistas y escritores nacionales. Posada Carbó, por el contrario, argumentó siempre, en tono sensato, sobre la inconveniencia de tomar una decisión de tal magnitud referido a un nombre propio, el de nuestro mandatario actual [Álvaro Uribe]. Su postura no le inhabilitó tampoco para apoyar el fallo institucional, respetuoso como es de la tradición democrática, y que es lo que demuestra en su libro, con la claridad que exponen los hechos después de doscientos años de vida republicana.

La nación soñada es un repaso a la historia política de la República, al desarrollo de los partidos, a las luchas sociales y a la violencia entre los colombianos. Escrito con la claridad que normalmente no tienen los textos académicos, Posada Carbó aborda el tema sensible de la incriminación perversa con la que nos hemos auto acusado históricamente por los crímenes cometidos por unos pocos delincuentes, con la ilusión que le señalara Richard Rorty: “usted debe ser leal con el país soñado antes que con el que despierta cada mañana. A menos que esa lealtad exista, el ideal no tendrá oportunidades de convertirse en realidad”.

Reflexionado largamente, el resultado “no es un libro sobre los protagonistas de la historia política de Colombia”, señala el autor, sino “una exploración de los valores que han inspirado la nacionalidad”. Porque, como él mismo lo reitera en el texto (y se concluye en sus escritos semanales), como ciudadano y académico está más interesado en la institucionalidad que en lo que podría llamarse coyuntura. “Claro que me parece una lástima que algunos no lo entiendan de esta manera”, subraya, porque “quizá la raíz de tales interpretaciones esté en la misma mala fama intelectual que tiene hablar de la ‘institucionalidad’, o de la misma ‘democracia liberal’ o del ‘reformismo’ entre nosotros. Por eso la defensa de la institucionalidad y del reformismo se malinterpreta como una defensa del statu quo. Y eso es un grave y profundo error”.

Posada Carbó es vehemente en la reivindicación del hábito democrático de los colombianos. La hilera interminable de elecciones ayuda, incluso, a encontrar en Colombia conquistas electorales antes que otros países latinoamericanos y europeos. El nuestro es el primer país, junto con Argentina, que ejerció el sufragio colectivo en mil ochocientos cincuenta y tres. La provincia de Vélez, en Santander, fue la primera en el mundo en conceder el voto a la mujer, dieciséis años antes que lo hiciera Wyoming, el primer estado norteamericano en hacerlo. Lo que ha llevado a muchos críticos a decir que “tenemos más elecciones que democracia”, y en el fondo de la discusión el raciocinio no deja de ser cierto. Colombia vota casi cada año. No recuerdo ninguna mañana, desde mi juventud, que no haya estado cargado de una bandera o consigna electoral, tal el cúmulo de obligaciones dizque civilistas con el que nos sorprenden todos los años.

Con su libro, Posada Carbó ata suficientes razones para rebatir los estereotipos de la vida nacional que “nos señalan” criminales y ladrones, como consecuencia maldita del uso del plural para expiar las culpas de los pocos que en verdad lo han sido. Mi padre no mató a Gaitán, que yo sepa. Yo tampoco maté a Bernardo Jaramillo ni a Galán, pero en su momento me sentí imputado en estos últimos crímenes, víctima de la generalización de los opinadores consuetudinarios de la prensa y de los intelectuales de la anarquía. Arrastrado por esa generalización, hablé muchas veces de “nos, los colombianos…”, para acusar a los ladrones diarios de la hacienda pública y a los responsables de las matanzas colectivas en Urabá, en el nordeste antioqueño, en el Oriente nuestro… Las del sur de Colombia, realizadas tanto por la guerrilla como por los paras, pero no por mí ni los míos, ni la inmensa mayoría buena de colombianos. Así, digo como Cepeda Ulloa, que mucho me habría ayudado haberlo leído antes, cuando en esos momentos escribí diatribas contra “mi país criminal”. Pero el intelectual Posada Carbó tampoco lo había escrito antes, y gente como yo no tuvo entonces la inteligencia para evitar estas expiaciones colectivas en las que caímos, culpados quizá, sí, por la cobardía con la que el colectivo ha permitido esas tropelías contra los mejores colombianos. Flagelados por nuestro silencio cómplice.

El libro contrapone una nación de ideas liberales, de práctica democrática, a pesar de sus vaivenes, a “las palabras que acusan”, gratuitas, en los “discursos eruditos” (aquellos amargados y derrotistas que leemos diariamente en la prensa nacional), a un Estado de tragedias habituales provocadas por su elite gobernante. Además, ésa sí la misma de siempre, y la misma de la que muchos de los columnistas son descendientes.

El libro se deja leer en dos sentadas de un fin de semana. Así que no hay pretexto para que cada nacional no lo asuma como un lectura obligatoria, aunque no sea la pretensión del historiador: “Por supuesto que no siento que lo que he escrito sea definitivo en ninguno de sus puntos. De lo que se trata es motivar una discusión con argumentos razonables sobre un problema de tanta gravedad y causante de tanto dolor”, porque “[…] tiene que existir un espacio para ese debate, ya que no creo que con limitarnos simplemente a lamentar las tragedias de los numerosos y horrorosos episodios violentos vayamos a encontrar soluciones. Tratar de identificar aspectos positivos de la nacionalidad no es invitar a la complacencia; por el contrario, es tratar de buscar salidas” (Arcadia, número 16, enero 2007, p. 42).

De la lectura desprevenida del libro se desprende una pregunta natural que también se me antoja cuando veo las arbitrariedades de quienes gobiernan la ciudad: ¿Cómo ponerle freno a los poderes locales? Pregunta esencial para conquistar el control pleno del ejercicio de la democracia, primer escalón en un proyecto verdadero de país, que evita hacia el futuro estas inculpaciones colectivas dolorosas.

La nación soñada es un alegato contra los intelectuales que justifican la violencia, que descreen de la democracia liberal, irresponsables y cínicos que no auguran (tampoco aportan) ningún futuro a la República. Prudente, respetuoso, Posada Carbó razona contra esa “opinión ilustrada”, intocada, que gobierna y diseña cada amanecer de los colombianos, desde sus columnas de prensa y sus altoparlantes gangosos de la radio. “Un oyente desde Miami”… Ninguno de ellos, de los intocados, podrá acusar jamás a este historiador caribe de intolerante, violento o descalificador, porque su justeza es el punto medio de sus discusiones. Contrapone ideas a ideas, no ideas a personas, de las que discierne sus puntos de vista más útiles para el debate. Con talante casi conservador. Comedido. Por eso digo que es el otro arquetipo del costeño. No bufa, no vocifera, no grita ni descalifica. Sus textos no tienen ninguna estridencia, distinta a la verdad razonada que expone. Quizá por ello alguien comentó que “el libro es un acto de seriedad moral […] También, una victoria intelectual” (El Tiempo, 18 de noviembre de 2006). Su tono es idéntico al de las matronas que conocí en la niñez, durante los paseos a Barranquilla, con sus pláticas lentísimas, pero sonoras, cultas y de encantamientos, con los que llenaban los corredores ventilados de sus casas en el barrio Prado, al atardecer de cada día.

¡Es evidente que Colombia es mucho más que violencia! Si lo sabremos quienes convivimos con los hombres de adentro de la provincia. Y el libro exalta esa verdad de a puño.

A pesar de la amplia y buena difusión que ha recibido en la prensa nacional, lo reseño en nuestras páginas, porque es posible que los lectores colombianos aún no hayan sido enterados o convencidos de la utilidad de abordar su estudio, como preámbulo a la construcción de una cultura de convivencia ciudadana… La nación soñada debiera ser otro referente del diálogo nacional.

Alguien ya lo había advertido: los letrados latinoamericanos, desde la Independencia y a lo largo del siglo diecinueve, cargaron con la arriesgada tarea de imaginar sus naciones (Mauricio García Villegas). Esa crítica cultural “ha tratado de explicar el funcionamiento de los imaginarios nacionales y no siempre han aportado argumentos concluyentes”. Los resultados son deplorables, a juzgar por las lecturas sesgadas, muchas veces cargadas con el fundamentalismo de sus hervores. En cambio esta reflexión de La nación soñada apunta a la medida precisa: La de una patria de valores esenciales reconocidos, incluso en los peores momentos de su vida política. Por ejemplo, estos actuales de la ley de Justicia y Paz, y de las negociaciones con los paras. Para comenzar.

[Medellín, enero de 2007]

El clima moral de los hombres

Los Señores de las sombras. Daniel Estulin. Barcelona: Planeta, 2007, 366 p.

Hay lecturas que se imponen como un compromiso con otros buenos lectores. La del libro del investigador ruso Daniel Estulin [1966], Los señores de las sombras, es una de ellas.

El sumario de la investigación es simple pero aterrador: evidencia las relaciones de complicidad extrema entre gobiernos, servicios de inteligencia, traficantes de drogas y terroristas internacionales, con las grandes petroleras del mundo.

Sus fuentes, múltiples y variadas, desgranan las verdades sobre los negocios de la globalización: el beneficio que, protegidos por la CIA, las grandes corporaciones y los bancos occidentales obtienen del tráfico mundial de la droga; el despojo que sufren Darfur (Sudán) y las naciones con riqueza petrolera, por las grandes multinacionales (con la complicidad de las ONG), que quieren hacerse a los yacimientos y al control de la producción de alimentos; la relación del mayor traficante de armas del mundo, Victor Bout, con el gobierno de George W. Bush; la expoliación a Rusia, después de la caída del muro de Berlín, mediante maniobras del Fondo Monetario Internacional, y el robo de más de dos mil ochocientos millones de dólares de préstanos del FMI, a manos de Roman Abramovich (propietario del Chelsea F. C.) y Boris Berezovsky, un oligarca ruso; el asesinato con polonio del siniestro exespía Alexander Litvinenko, y de la periodista soviética Anna Politkóvskaya5, como consecuencia de esas intrigas (ambos episodios tienen a Putin en el trasfondo); el maridaje del fundamentalismo cristiano estadounidense con el grupo Al Qaeda y el tráfico de drogas en Afganistán; las conexiones de la Hermandad Musulmana –de fuertes vínculos con la Casa Blanca– con los atentados del once de marzo en Madrid…, son algunas de las escandalosas relaciones de la truhanería mundial enlazadas en el libro.

Si no fuera publicado por la editorial Planeta, que sabe de las consecuencias penales de falsas inculpaciones, uno creería que el libro es una impostura más, al estilo de tantos otros best seller. Pero las fuentes de la investigación no dan para dudar de los cargos que hace. Sus informaciones provienen de la academia, de otras publicaciones de prestigio, de periódicos y periodistas respetables de Estados Unidos, Europa y Asia, de los mismos servicios de inteligencia de los países involucrados (nieto de un coronel de la KGB, Estulin tiene amigos en todas las oficinas de espías del mundo, “gracias a que en ellos también hay gente buena allí, que tienen miedo de lo que está sucediendo”, asegura el autor, en una entrevista).

Pero el mayor peso de sus denuncias surge de su propio trabajo de campo, no sin pocos riesgos, pues son muchos los poderosos que buscan eliminarlo, afirma. (Daniel Estulin jamás entra en un ascensor sin calibrar primero la dureza del suelo, dice un informe europeo: “Los ciegos siempre lo hacen. Pero nosotros no. Damos por hecho que el suelo estará ahí y entramos sin comprobar. Muchas de las muertes, aparentemente accidentales de personas que cayeron por el hueco del ascensor, fueron, en realidad, ejecuciones de la Mafia o de algún servicio secreto”, cuenta. Aunque él no siempre tuvo miedo de los ascensores. Dicen que empezó a temer de ellos en mil novecientos noventa y seis, en Toronto, cuando, “disponiéndose a descender desde la planta alta de un edificio inteligente, de uno de esos termiteros de oficinistas en los que de nada cabría asustarse salvo del café de máquina, alguien le sujetó del hombro cuando iba a entrar en el ascensor sin comprobar. No había suelo”. Estulin cuenta que ése fue el primero de los tres intentos de asesinato que ha sufrido por parte de la CIA, para silenciar su obsesiva investigación de más de una década sobre el Club Bilderberg6, una asociación de ricos del mundo, idéntica a un clan de mafiosos y asesinos, que gobiernan sin piedad las naciones más poderosas de la Tierra7.

Sus palabras finales en el libro Los señores de las sombras, extrañas y discursivas: “La crisis del petróleo ya no es una conspiración inverosímil sino una aterradora realidad” (2007: 336), explican con premonitoria exactitud la angustia de los días actuales, con la crisis alimentaria, el alza manipulada de los precios del combustible y las guerras intestinas de los hombres por la sobrevivencia; sucesos que tienen al Planeta al borde de la histeria.

“Los poderosos que están detrás del telón (Wall Street y otras entidades económicas) eliminarán a cualquiera que no les guste, es decir, que sea malo para su negocio. El negocio es dinero y el dinero se rige por sus propias reglas” (337), es una conclusión lastimera.

Con certitud: el mundo no funciona como se dice. Opera distinto a como se le hace creer a los hombres que funcionan las cosas, porque debajo de toda operación se mueven los intereses ocultos de los maleantes que administran el poder. En verdad, el mundo funciona en una realidad virtual. Se dice que fulano de tal es el presidente de la nación, pero en realidad es un comisario político del poder económico. Esos figurines apenas se mandan a sí mismos, pero aparecen gobernando a sus naciones, cuando las órdenes que gritan son las que les conciertan sus preceptores ocultos entre los pliegues inextricables de la Tierra. Carlos Castaño confesó siempre que sólo obedecía los mandatos de los ocho señores de la guerra en Colombia. ¡Rara coincidencia!

Aunque la economía no puede tener una ética, porque entonces no funcionaría (el presupuesto es que no tenga ética para que las cosas sucedan como las quieren aquellos que detentan el poder económico), la buena política sí requeriría de una ética, que es la que no tienen, precisamente, quienes ejercen la política.

Entre mil novecientos setenta y cinco y dos mil el PIB per cápita de América Latina creció al 0.7%, mientras que en los países de la OCDE lo hizo al dos por ciento anual. Los datos sociales de nuestras colonias no son alentadores. Según las notas de la CEPAL, en mil novecientos ochenta teníamos en América Latina 135.9 millones de pobres y 62.4 millones de indigentes, que representaban el 40.5% y el 18.6%, respectivamente, de la población total. En mil novecientos noventa y nueve los pobres aumentaron a 211.4 millones, el 43.8%, y los miserables a 89.4 millones, el 18.5% de la población total.

Por la índole de sus gentes, las democracias en los países del tercer mundo son remedos. En ellos, la mayoría de sus habitantes son aún seres primitivos, que se vuelven carnada fácil de las bandas gobernantes del mundo financiero, de los traficantes de armas y drogas, y de los inversores del petróleo, quienes actúan todos juntos, revueltos, perversos, en torno a una mesa exclusiva del garito ecuménico de la crueldad. La existencia de pandillas tribales (Farc, Talibanes, Al Qaeda, el grupo yihadista EI…) que hacen el juego a los propósitos del Club, se explica por el mismo interés del lucro sin fronteras que rige sus negocios. La democracia elige “respetables hombres de Estado” que venden droga, mientras sermonean la lucha contra las drogas. Es el origen del terrorismo mundial. La ruta puede recorrerse en cualquier sentido: armas, drogas, petróleo, terror… Terror, armas, drogas, petróleo… Por cualquiera de ellos se llega al mismo final trágico. El gobierno de unos pocos: los señores de las sombras. “Les encantan las guerras. Ganan mucho dinero con ellas”. Este año se acentúa la tragedia colectiva, con la lucha por el monopolio de los alimentos y sus patentes, controlada por la producción de los agroquímicos derivados del petróleo.

Sin duda: el telón de fondo de la actual garrotera mundial es el petróleo. Lo necesitan las corporaciones para su crecimiento sin límite. Si se coloca en un mapa del mundo la plantilla de las tierras ricas en el carburante con los países que están en guerra, el encaje es total. En África había, en dos mil siete, treinta y dos guerras abiertas, y todas eran guerras por el monopolio de las fuentes energéticas. Las amenazas al delirante [Hugo] Chávez, y de Chávez, se surten por el mismo espíritu.

La ruta de la droga pasa por los Emiratos Árabes, una federación de siete estados semi autónomos gobernados por la familia real. Durante la década de mil novecientos noventa, el grupo Al Qaeda tuvo a Sharjaj –uno de los emiratos– como sede para su tráfico de droga y armas desde Afganistán. Por la vía de los diamantes, llegan a juntarse, sin escrúpulos, los judíos con los terroristas de Bin Laden. Según informes coincidentes de los investigadores, el negocio de la droga mueve setecientos mil millones de dólares al año en el mundo, y hasta disturbios como los protagonizados por los monjes en Birmania son producto del reparto del negocio. De esta forma, el destino de América, que tiene petróleo y drogas, se liga al de los continentes africano y asiático.

La droga es el aceite de la economía mundial. Si se legaliza, se desploman las bolsas. Recordando la historia, podremos observar que el tráfico de opio fue asunto lucrativo para los ingleses de finales del diecinueve. ¿Qué nos hace pensar, ahora, que ese conflicto no se perpetúa con los norteamericanos y europeos del siglo veintiuno? En la Colonia, la siembra del tabaco se persiguió en América con las mismos primitivos apaños con los que se castigan hoy la producción de la hoja de coca: expropiación de las herramientas y la tierra, encarcelación, extrañamiento de los cultivadores.

Con los trabajos de Estulin, llenos de informaciones asombrosas, el lector tiene dos salidas. Creerle al autor, o creerle a los medios de comunicación (monopolizados por esas mismas corporaciones que él denuncia) que difunden el estereotipo de escritor megalómano que crea delirantes conspiraciones. Y si nos atenemos a la realidad apabullante de cada mañana, las denuncias del ruso canadiense van en la dirección correcta. Su lectura demuele la fe personal en el destino de los hombres. Angustia. Acojona.

Hace casi un siglo, el panfletario divino José María Vargas Vila señalaba: “La enfermedad que corrompe el cuerpo social no es la miseria sino el miedo. Cuando nadie se atreve a decir la verdad y todos huyen al chocar contra ella, la sociedad se lanza por un precipicio”. A nuestras repúblicas, decía, “las matan, no las doctrinas conservadoras, sino los intereses, la ambición y la codicia que se ocultan tras la fachada de la tradición y las buenas costumbres”. Ojalá éste no fuera el caso del mundo contemporáneo; evitaríamos, con el coraje colectivo, que los granujas sigan gobernando.

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22 October 2025
Volume:
203 p. 6 illustrations
ISBN:
9789588869827
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