Read the book: «Cuerpo y sentido»



Colección Biblioteca Universidad de Lima
Cuerpo y sentido
Primera edición digital: septiembre, 2018
© Jacques Fontanille, 2011
© De la edición francesa: Presses Universitaires de France, 2011
© De la traducción: Desiderio Blanco
© De esta edición:
Universidad de Lima
Fondo Editorial
Av. Javier Prado Este 4600,
Urb. Fundo Monterrico Chico, Lima 33
Apartado postal 852, Lima 100, Perú
Teléfono: 437-6767, anexo 30131
www.ulima.edu.pe
Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima
Imagen de portada: Laura Pashkevich / Shutterstock.com
Versión e-book 2018
Digitalizado y distribuido por Saxo.com Perú S. A. C.
https://yopublico.saxo.com/
Teléfono: 51-1-221-9998
Avenida Dos de Mayo 534, Of. 304, Miraflores
Lima - Perú
Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN 978-9972-45-458-5
Índice
INTRODUCCIÓN. ALGUNOS EFECTOS DEL CUERPO EN LAS CIENCIAS HUMANAS
PRIMERA PARTE. EL CUERPO DEL ACTANTE: CUERPO-ACTANTE Y CUERPO SENSIBLE
I. El cuerpo y el acto
El cuerpo en la semiosis
El actante en cuanto cuerpo
El cuerpo en cuanto actante
Materia y energía
El principio de inercia
El núcleo sensorio-motor
Un cuerpo «imperfecto»
Las tres instancias del cuerpo-actante
II. El lapsus
Introducción
Aproximaciones y problemáticas lingüísticas
Definiciones lingüísticas del lapsus
Índices y demarcaciones del lapsus
Mecanismos del «deslizamiento de lengua»
Algunos elementos de la problemática
Aproximaciones psicoanalíticas
Interpretación y cadena causal
Intención y atención
Modos de existencia y presiones existenciales
Instancias del cuerpo-actante de la enunciación
Identidad de las instancias Mí y Sí
Variedades de la producción enunciativa
Para terminar
III. El cuerpo y los campos de lo sensible
Introducción
Semiótica del cuerpo y sintaxis figural
A propósito de la tipología sensorial
Los campos sensibles más bien que los canales sensoriales
Tipos y propiedades de los campos sensibles
Tópica del cuerpo sensible
SEGUNDA PARTE. FIGURAS SEMIÓTICAS DEL CUERPO: FIGURAS DE HUELLA Y DE MEMORIA
I. Manifestación figurativa de los cuerpos-actantes: la envoltura y la carne móvil
El movimiento y la envoltura: la alternativa figurativa
La carne móvil y la envoltura corporal
La carne móvil, la intencionalidad y la analogía
El ajuste tímico-icónico
La envoltura y la forma sensible del Sí
Funciones y recorridos figurativos de la envoltura
Para terminar: despliegue de las dos manifestaciones figurativas
Los dos aspectos de la semiosis
Desarrollo de las figuras de la envoltura y de la carne móvil
II. La huella y la memoria figurativa
La huella como significante de las interacciones pasadas
La huella como significante en busca de su significado
Las figuras del cuerpo y la tipología de las huellas
Formas de la huella en los procesos interpretativos
III. Cuando el cuerpo da testimonio: el ethos del reportaje
Enunciación y testimonio
El ethos del reportaje
Estética, ética y racionalidades discursivas
El «corpus»: tres reportajes
Cuerpo a cuerpo: percepción de lo específico y firma sensorial
El cuerpo-testigo, superficie de inscripción del mundo recorrido
Historias, creencias, prótesis discursivas y participación en la experiencia
La proporción analógica
La cadena del viviente en cuanto memoria
Conclusión
Anexo: tres reportajes
IV. La huella del uso y el cuerpo de los objetos
La constitución semiótica del objeto
El surtidor de Hubert Robert
La pátina o el tiempo de los cuerpos
Introducción
Efectos temporales: huella y enunciación
Tradición y continuidad
La pátina y la ergonomía: la moral de los objetos
La pátina sensibiliza los cuerpos-objetos
Conclusión. Semiótica de la huella
Bibliografía
Índice de nociones y temas
Introducción
Algunos efectos del cuerpo en las ciencias humanas
En el discurso de la mayor parte de las ciencias humanas, el cuerpo es un tema omnipresente desde hace una veintena de años: la historia, la sociología, la poética, la antropología y la filosofía, así como la comunicación y el marketing, entre varias otras, hacen de él un motivo de renovación y de actualización. Sin embargo, esa «encarnación» de las ciencias humanas se presenta con figuras muy diferentes.
Cuando el historiador se interesa por los olores1, es, ante todo, porque pone en perspectiva la historia de las prácticas científicas, y principalmente las de la medicina2, pero también porque su concepción de la historia integra las formas de la socialidad y de la vida colectiva. El cognitivista, al otro extremo de la cadena, se interesa por el cuerpo, por lo esencial, en nombre del realismo neurológico: los esquemas cognitivos están «encarnados» porque adquieren forma en las redes de neuronas, indisociables del cuerpo/carne al cual están inseparablemente conectadas3, y porque es también el centro de experiencias del que han salido. Entre esos dos extremos, para el estudioso de la poesía, el cuerpo es, ante todo, la sede de la experiencia sensible y de la relación con el mundo en cuanto fenómeno4, en la medida en que esa experiencia puede prolongarse en prácticas significantes o en experiencias estéticas. Por lo que se refiere al antropólogo, sabe desde tiempo atrás que el cuerpo es todo eso a la vez: uno de los vectores de la socialidad y de la relación con el otro; el objeto y el soporte de prácticas terapéuticas, rituales y simbólicas; el anclaje principal de las «lógicas de lo sensible» y de las formas de relaciones semióticas con el mundo circundante características de cada cultura.
De hecho, las ciencias del hombre, habitadas permanentemente por el dualismo (cuerpo y alma, cuerpo y mente, cuerpo y espíritu, etc.), tanto si se adhieren a él como si lo rechazan, no han cesado de balancear entre la integración y la exclusión del cuerpo. Sin embargo, esas elecciones no se hacen, como acabamos de sugerirlo, ni en nombre del dualismo ni tampoco en nombre de su contestación monista: el alejamiento del cuerpo, lo mismo que su retorno, es, de hecho, el instrumento de otras decisiones epistemológicas o metodológicas. Por ejemplo, las figuras del cuerpo confirman la pertinencia de las dimensiones sociológicas y antropológicas en las investigaciones históricas, y, por eso mismo, no tienen derecho de ciudadanía si no es en el interior de una corriente metodológica y de una concepción de la historia a la que le otorgue alguna pertinencia; asimismo, el hecho corporal interviene como argumento teórico en los debates propios de investigaciones cognitivas, en favor de hipótesis conexionistas y de modelos «sub-simbólicos», y contra hipótesis y modelos «simbólicos»5.
La cuestión se plantea igualmente en semiótica: ¿en nombre de qué el cuerpo se excluye o se integra? El cuerpo ha hecho un retorno explícito en semiótica en los años ochenta con las temáticas pasionales, con la estesis y el anclaje de la semiosis en la experiencia sensible. En efecto, la cuestión se planteaba en ese momento sobre la articulación entre la semiótica de la acción y la de las pasiones. Si se considera la segunda como un complemento o como una derivación de la primera, difícilmente se evitarán los procedimientos normativos e idealistas, pues, en ese caso, la lógica de la acción parece ser la única racional y bien formada, y las pasiones aparecen o como perturbaciones y disfuncionamientos de las secuencias narrativas, o como sus efectos superficiales y accesorios: una concepción semejante no tiene necesidad del cuerpo; basta con complejizar la teoría de la acción.
En cambio, si se considera que la semiótica de las pasiones da acceso a un modelo más general, en cuyo interior el de la acción es un caso particular sometido a condiciones y a un punto de vista restrictivos, entonces el cuerpo sensible se encuentra en el corazón mismo de la teorización semiótica y regula el conjunto de su organización conceptual. En ese caso, nos obliga a revisar en profundidad la teoría semiótica, a extraer condiciones de pertinencia y a definir los límites de los diferentes campos de racionalidad que la constituyen, principalmente para poder reconsiderar el lugar que ocupa el cuerpo en la semiosis.
Pero no podemos quedarnos en ese argumento redundante: si hay pasiones en semiótica, hay necesariamente un cuerpo semiótico. Porque la verdadera ganancia teórica y metodológica de la semiótica de las pasiones no es el «retorno del cuerpo» o la pretendida semiótica de lo continuo, sino más bien la sintaxis pasional, la constitución de secuencias de patemas (derivadas, a su vez, de la sintaxis modal), resultado científico bien identificado y reconocido por todos los semiotistas, a cuya medida el tema del cuerpo hace figura de «ritornelo» demasiado conveniente. Si una reflexión semiótica sobre el cuerpo es deseable, no es para confirmar una semiótica de las pasiones, sino más bien para abrir nuevos dominios de investigación, y un nuevo dominio será, para nosotros, el de la semiótica de la huella.
El cuerpo había sido excluido de la teoría semiótica por el formalismo, y sobre todo por el logicismo que prevalecía en la lingüística estructural de los años sesenta, aunque también en la teoría de la acción, cuyas deudas respecto de la lógica formal, y hasta de la teoría de los juegos, son bien conocidas. Podemos tomar aquí dos ejemplos de motivos teóricos en los que el hecho corporal cumplió un rol discriminante: el de la función semiótica elemental y el del recorrido generativo.
La evolución de la definición de la función semiótica es, a este respecto, muy significativa; en la tradición inspirada en Saussure y en Hjelmslev, la relación entre las dos faces del signo o entre los dos planos del lenguaje es siempre una relación lógica, cualquiera que sea la formulación: necesaria o arbitraria, según el punto de vista adoptado, o de presuposición recíproca. Este tipo de relación prescinde de operador; se constata después, una vez que el signo ha quedado estabilizado o el lenguaje instituido, que el significante y el significado, la expresión y el contenido, se hallan en relación de presuposición recíproca. No se ve, pues, la necesidad de preguntar por el operador de esa relación, y tampoco, por tanto, por el rol de la enunciación, y menos aún por el papel del cuerpo en todo ese proceso. En Saussure mismo, simbolizada por una línea horizontal entre el significante y el significado, la relación constitutiva del signo está, por definición, desencarnada. La posición de Hjelmslev es algo más vacilante, pues insiste, en varios lugares, sobre el hecho de que la distinción entre plano de la expresión y plano del contenido es puramente práctica, que no tiene valor operativo, que depende del punto de vista del analista y que, por consiguiente, es fluctuante. La relación de presuposición recíproca expresa, pues, de hecho, en la formulación logicista de la época, una solidaridad percibida como frágil, móvil e inmotivada, que implica la intervención, al menos implícita, de un operador.
Desde el momento en que uno se pregunta por la operación que reúne los dos planos de un lenguaje, el cuerpo se hace indispensable, ya sea que se considere como sede, como vector o como operador de la semiosis; aparece como la única instancia común a los dos planos del lenguaje que puede fundamentar, garantizar y realizar su reunión en un conjunto significante.
Otro ejemplo igualmente significativo es el del recorrido generativo. En los años setenta, Algirdas Julien Greimas proponía organizar el conjunto de los componentes de la teoría semiótica en un solo modelo generativo, inspirado en las gramáticas chomskyanas; los diferentes niveles se escalonarían subiendo desde los elementos más abstractos hasta los más concretos, desde las estructuras elementales de la significación hasta las estructuras narrativas de superficie6. Ahí se presentó la dificultad de justificar las conversiones entre los diferentes niveles de ese recorrido generativo, ya que la única solución considerada era de tipo logicista: reglas de conversión de naturaleza lógica desplegadas de un nivel a otro, con significación constante.
Sin embargo, desde la aparición de Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, quedó claro que, de nivel en nivel, lo que es manipulado en el recorrido generativo no son formas lógicas, sino articulaciones significantes que el recorrido modifica, aumenta y complejiza progresivamente. No obstante, el recorrido generativo sigue siendo un simulacro formal, un modelo de estratificación lógica (que se basa en la oposición entre hiponimia e hiperonimia, cara a la semántica lógica de los años sesenta), que considera que puede prescindir de cualquier tipo de operador.
Es fácil ver ahora que es necesario pasar de un modelo de estratificación lógica estático a un modelo topológico dinámico7, pero la «dinámica» sin operador explícito no es más que una consigna, y no una solución. En su versión de entre los años sesenta y ochenta, la teoría semiótica da la impresión de que obedece al régimen de la «historia», tal como lo describe Benveniste: así como el relato parece que se cuenta solo, sin narrador, el recorrido generativo parece que él solo recorre los tramos y se convierte por sí solo.
En cambio, si las conversiones entre niveles de pertinencia son consideradas como fenómenos, o sea, como prácticas, y no como operaciones lógicas formales y de naturaleza especulativa, entonces implican un sujeto epistemológico dotado de un cuerpo que percibe contenidos significantes, y que calcula y proyecta sus valores. A cada cambio de nivel de pertinencia se puede imputar la rearticulación de las significaciones a la actividad de ese operador sensible y encarnado: él percibe las significaciones de un primer nivel como tensiones entre categorías, conflictos graduados, y extrae de esa percepción nuevas significaciones, articuladas en forma de valores posicionales en el nivel de pertinencia siguiente.
La intervención del cuerpo en la teoría semiótica proporciona, como se puede ver, una evidente alternativa al logicismo original, e invita a tratar los problemas teóricos y metodológicos bajo el ángulo fenoménico en relación con la experiencia sensible y con las prácticas que implican el cuerpo del operador.
Siendo esto así, la encarnación de los conceptos teóricos, por un lado, y la atención puesta en el cuerpo como tema de investigación, por otro, modifican las relaciones con las disciplinas vecinas, como es el caso de cada una de las otras ciencias humanas que han logrado las mismas evoluciones. Por ejemplo, durante el largo tiempo que la semiótica anduvo en busca de soluciones lógicas, mantuvo relaciones muy ambiguas con la psicología, y en particular con el psicoanálisis: como las soluciones formales excluían inevitablemente toda una parte de la significación humana, esa parte de sombra, de la que se ocupa justamente el psicoanálisis, tenía que ser rechazada por la semiótica por considerarla no pertinente. Desde entonces, la semiótica de las pasiones se ha desarrollado claramente como una alternativa a una semiótica psicoanalítica, exponiendo principalmente su propia concepción del afecto y de las emociones. Pero la reflexión semiótica sobre el cuerpo no puede escapar, en cambio, a una reevaluación de las consideraciones psicoanalíticas aferentes.
Por lo demás, esa «encarnación» de los conceptos y de las problemáticas va a modificar igualmente los criterios con los que el semiotista seleccionará los fenómenos que considera pertinentes. Una aproximación semiótica centrada en el cuerpo del actante, y no solamente en el encadenamiento lógico y canónico de las pruebas, volverá a darles todo el lugar que merecen al «acto fallido», a la torpeza y a la peripecia, y a tantos fenómenos que estaban borrados o excluidos como no pertinentes en una reconstrucción retrospectiva de la lógica de la acción. Del mismo modo, la enunciación de un cuerpo-actante mezcla, inevitablemente, farfullas, briznas de periodos, fragmentos de frases hechas, lapsus y desarrollos argumentados. En adelante, la pertinencia de tal o cual acto particular no puede ser reducida a un simple programa de búsqueda o a un solo proyecto de enunciación. El acto fallido es tan significante como el acto programado, y su carácter aparentemente accidental no hace más que ocultar la confrontación entre varios potenciales de significación y entre varias isotopías, que se hallan en competición para encontrar lugar en el espacio y en el tiempo del desarrollo de la acción y del discurso. El accidente narrativo o enunciativo se convierte en centro de una tensión entre dominios semánticos y axiológicos, y hasta de un conflicto y de una sustitución entre programas, entre recorridos o entre isotopías concurrentes.
La aproximación semiótica al cuerpo debe, además, asumir una ambivalencia persistente, que resulta del doble estatuto del cuerpo en la producción de conjuntos significantes: (1) el cuerpo como sustrato de las semiosis y en cuanto motivo teórico; (2) el cuerpo como figura y configuración semióticas, y en cuanto manifestación observable en los textos y en las semióticas-objeto en general. La distinción puede ser planteada como sigue: (1) en el primer caso, el cuerpo participa de la «sustancia» semiótica, y muy particularmente en la determinación del actante, sea el actante enunciativo o el actante narrativo: el motivo teórico central será el del cuerpo actante; (2) en el segundo caso, el cuerpo es una figura entre otras, y, por ese título, las figuras de la corporalidad lograrán un lugar al lado de figuras de la temporalidad y de la espacialidad, por ejemplo; sin embargo, el cuerpo ocupa, en la dimensión figurativa, un lugar aparte, que tiene que ver con su relación con el actor, y especialmente con el actor de la enunciación, y por eso las figuras del cuerpo desembocan con frecuencia en propiedades enunciativas. Esta distinción fundará, en esta obra, un recorrido en dos partes: la primera estará consagrada al cuerpo-actante y la segunda a las figuras de la huella corporal.
Pero esta distinción, que es, ante todo, una comodidad de presentación dictada por un deseo de jerarquización teórica, no es, sin embargo, tan fácil de poner en marcha en la aproximación concreta a las semióticas-objeto, porque no ofrece, de hecho, más que dos niveles de análisis, diferentes pero perfectamente solidarios, del mismo fenómeno.
Desde una perspectiva antropológica principalmente, uno se percata de que esas dos dimensiones están estrechamente entremezcladas. En la cultura de los Tin de Nueva Guinea8, se puede constatar que el cuerpo es, primero, una configuración concebida según un principio mereológico: partes (los miembros y los órganos) son asociadas para formar un todo federativo, en el que ellas deben conservar su identidad. Esta configuración aparece de inmediato como la homóloga de la representación del entorno natural, una configuración en archipiélago, en el sentido en que las relaciones entre las partes (los órganos y los miembros) son homologables con las relaciones entre las islas y las aguas que constituyen el territorio de ese pueblo.
El cuerpo es también, en este caso, un principio explicativo de naturaleza actancial y modal porque, en retorno, ofrece la mejor representación de la fuerza de ligazón que permite a las partes del archipiélago mantenerse juntas: esa fuerza es una tensión del alma, denominada wadama, que debe ser permanentemente mantenida por la atención y por la autoscopia; y esa «explicación» se expresa, en particular, por medio de una concepción original de la salud y de la enfermedad: en la enfermedad, o bien los órganos toman su autonomía porque la fuerza de enlace está debilitada (versión ive de la enfermedad), o bien pierden su identidad porque la fuerza de enlace es demasiado potente (versión mulobi de la enfermedad). Mejor aún, durante la preparación del matrimonio, los novios hacen una exploración minuciosa y mutua del cuerpo del compañero(a) siguiendo un ritual de toques y de interacción, que debe permitir verificar si la futura unión de esos dos cuerpos no va a perturbar el principio de enlace interno propio de cada uno de ellos.
Se ve muy bien en este ejemplo, superficialmente presentado, que el cuerpo es, para esta etnia, a la vez, una configuración semiótica (partes, fuerza de enlace y forma de totalidad) que puede ser objeto de una lectura sensible (táctil, visual, olfativa, etc.) cuando se trata de interacciones sociales, y también el resorte de la semiotización de la vida y del mundo entero. En él reside, en efecto, a través de la representación propia de ese grupo humano, la significación de su entorno y del cosmos: una concepción del mundo y una forma de vida, una definición del actante competente y una malla de lectura de los acontecimientos cotidianos, y el todo es indisociable de las prácticas de sobrevivencia y de reproducción.
En la búsqueda que vamos a emprender ahora, es de prever que la forma y las transformaciones de las figuras del cuerpo permitan captar, o al menos representar, las operaciones profundas del proceso semiótico que conducen los cuerpos-actantes. Y eso podría significar que, entre el cuerpo como sustrato de las operaciones semióticas profundas, por una parte, y las figuras del cuerpo que vemos aparecer en las semióticas-objeto concretas, por otra, habría un lugar para un recorrido generativo de la significación, recorrido que no sería ya formal y lógico, sino fenoménico y encarnado.
Por esa razón, daremos gran importancia a las figuras semióticas del cuerpo (especialmente a las del movimiento y a las de la envoltura corporal, aunque también a algunas otras) para acceder, a través de ellas, a una semiosis en acto. Por esa misma razón, nos interesaremos en las diferentes formas de los campos sensibles y perceptivos, porque ellas fundamentan las formas del campo enunciativo de las semióticas-objeto particulares.
El proceder que nos proponemos seguir aquí tendrá lugar en dos momentos: «I. El cuerpo del actante: cuerpo-actante y cuerpo-sensible»; «II. Figuras semióticas del cuerpo: figuras de huella y de memoria», y obedece globalmente a estas últimas hipótesis de trabajo: (I) reconocer que el actante es un cuerpo (y no solamente que «tiene cuerpo») es también preguntarse por los efectos de ese cuerpo sobre la formación de la semiosis y sobre las instancias que la toman a cargo, así como sobre la teoría del acto y de la acción, de los que él es el operador. (II) Dar cuenta de las figuras semióticas del cuerpo propiamente dichas nos obligará a cruzar dos determinaciones complementarias: por un lado, las formas significantes específicas de la polisensorialidad, y, por otro, las formas significantes de la memoria del cuerpo y del discurso a la vez. Pero ahora, por un retorno que no estuvo al comienzo atendido, el estudio de las figuras semióticas del cuerpo desembocará en la concepción y definición de uno de los procesos fundamentales de la semiosis en general, así como de la enunciación, y, con este título, en una generalización de las propiedades de la huella y del testimonio.
Para sacar todas las consecuencias de esta hipótesis, el espacio de un libro no es suficiente. Se podrá ver, sin embargo, cómo el actante recupera la significación de sus errores y de sus lapsus; cómo el actor se multiplica en fuerza, forma y aura; cómo los contenidos de significación se encierran en el interior de contenientes; cómo los soportes semióticos se convierten en membranas y en soportes que reciben proyecciones e inscripciones; cómo las transformaciones figurativas se someten a las interacciones entre el sustrato material, las energías y la forma de las membranas que las contienen. Se verá, en fin, cómo se desarrolla el hilo del discurso sobre el fondo de la acumulación y de la memoria de las interacciones que se producen entre figuras encarnadas, gracias a las huellas que han dejado en su entorno y a aquellas otras que se dejan leer en su propio cuerpo.
PRIMERA PARTE El cuerpo del actante: cuerpo-actante y cuerpo sensible
I. El cuerpo y el acto
EL CUERPO EN LA SEMIOSIS
En el momento de la semiosis, se establece una función semiótica entre las percepciones del mundo exterior (lo exteroceptivo) y las percepciones del mundo interior (lo interoceptivo) para constituir, respectivamente, la expresión y el contenido de una semiótica-objeto particular. Hay que precisar de inmediato que no existen categorías semióticas que pertenezcan a priori a la expresión o al contenido; la relación se establece para cada nueva semiótica-objeto y para cada una de las enunciaciones que la integran, y solo las estratificaciones del uso pueden dar el sentimiento, in fine, de que tales o cuales figuras contribuyen más bien a la expresión, y otras más bien al contenido. De eso da testimonio la posibilidad de establecer, incluso en los límites de semióticas-objeto altamente convencionales como las de los discursos verbales escritos, nuevos sistemas semi-simbólicos que redefinen y desplazan en cada discurso concreto la relación entre el plano de la expresión y el plano del contenido.
Esos desplazamientos son «actos», o sea, el acto semiótico por excelencia, aquel que distingue y fija los dos funtivos de la función semiótica elemental. En efecto, si la distinción entre contenido y expresión puede ser en todo momento desplazada, es porque el reparto entre las figuras interoceptivas y las figuras exteroceptivas solo puede ser operado por una toma de posición del cuerpo propio, que marca así el mundo sensible con una frontera imaginaria, efímera, y, no obstante, perfectamente eficaz, puesto que la convierte en significante e inteligible. Pero, por este mismo hecho, tenemos que admitir que la función semiótica elemental está indisolublemente ligada a la distinción corporal entre lo «propio» y lo «no propio» (el cuerpo propio es lo que no es él), distinción cuyo operador es precisamente él mismo. Así se define, en primera instancia, el «cuerpo-actante».
EL ACTANTE EN CUANTO CUERPO
Esa primera cuestión se desdobla de inmediato, puesto que es necesario dar cuenta, por una parte, del actante en cuanto cuerpo, y, por otra, examinar las consecuencias de una concepción del actante no solamente formal, sino que reconozca que sus roles en las transformaciones narrativas están determinados por las propiedades corporales, esencialmente las de las materias y las fuerzas, un sustrato y una energía. Y, por otro lado, se trata de comprender por qué proceso y en qué condiciones un cuerpo se convierte en actante, sea actante de la instancia de enunciación o un actante narrativo del enunciado.
Nos proponemos, pues, examinar qué pasa cuando el actante no es solamente concebido (según la tradición desarrollada a partir de Propp por la semiótica narrativa) como una regularidad sintagmática formal, calculable a partir de «argumentos» (en el sentido gramatical) recurrentes de una clase de predicados. El actante, concebido como un cuerpo, constituido por una carne y una forma corporales, es la sede y el vector de los impulsos y de las resistencias que contribuyen a los actos transformadores de los estados de cosas, y de los que animan los recorridos de la acción en general. Estas dos concepciones del actante-cuerpo no son incompatibles, ya que las propiedades de impulsión y de resistencia corporales participan de las regularidades sintagmáticas que asocian un actante a una clase de predicados narrativos.
Por un lado, distinguiremos la carne, que diferencia y separa los cuerpos actantes de los otros cuerpos en el sentido de que ella es una sustancia material dotada de una energía transformadora. Esta doble constitución le permite resistir o contribuir a la acción transformadora de los estados de cosas, y también ser el centro de referencia de esas transformaciones y de esos estados de cosas significantes, ser el centro de la «toma de posición» semiótica elemental (cf. supra). La carne sería, por ese título, la instancia enunciante por excelencia en cuanto fuerza de resistencia y de impulsión, pero también en cuanto posición de referencia, una porción de la extensión a partir de la cual esa extensión se organiza. La carne se halla, pues, a la vez en el fundamento de la deixis y en el del núcleo sensorio-motor de la experiencia semiótica.
Por otro lado, distinguiremos el cuerpo propio, es decir, el centro de la identidad que se construye en el curso del proceso de semiosis, con la reunión de los dos planos del lenguaje, y también en el desarrollo sintagmático de cada semiótica-objeto, principalmente en el espacio y en el tiempo. El cuerpo propio sería, pues, el portador de la identidad en construcción y en devenir, y obedecería, por su parte, a una fuerza directriz.
Por estricta convención1, denominaremos «Mí» a esa carne que impulsa, resiste y hace referencia; «Sí», a ese cuerpo propio que orienta, dirige, se inventa y se identifica.
El Mí se puede, pues, manifestar, por ejemplo, en el caso particular de la palabra, como « locutor en cuanto tal» (O. Ducrot), el individuo concreto que articula, farfulla, grita, etc.; lo hace también por la toma de posición de la que es responsable, el punto de referencia de las coordenadas del discurso, y de todos los cálculos de retensión y de protensión. Es, a la vez, referencia deíctica, centro sensorio-motor y pura sensibilidad, sometida a la intensidad de las presiones y de las tensiones que se ejercen en el campo de presencia.
El Sí se construye, en cambio, en y por la actividad de producción de las semióticas-objeto a lo largo de todo su desarrollo sintagmático. Está, pues, sometido a la alternativa propuesta hace algunos años por Ricœur: por un lado, a una construcción por repetición, por recubrimiento y confirmación de la identidad del actante por similitud (el Sí-idem), y, por otro lado, a una construcción por mantenimiento y permanencia de una misma dirección y de un mismo proyecto de identidad, a pesar de las interacciones con la alteridad (el Sí-ipse).
Las dos instancias, el Mí y el Sí del actante, se presuponen y se definen recíprocamente: el Sí es esa parte del actante que el Mí proyecta para poder construirse al actuar; el Mí es esa parte del actante a la cual se refiere el Sí al construirse. El Mí le proporciona al Sí el impulso y la resistencia que le permitirán ponerse en devenir; el Sí proporciona al Mí esa reflexividad que necesita para medirse a sí mismo en el cambio. El Mí le plantea al Sí un problema que él no termina de resolver: el Mí se desplaza, se deforma y resiste, y obliga al Sí a enfrentar su propia alteridad, problema que el Sí se esfuerza por resolver, sea por repetición y similitud, sea por mira constante y mantenida. El Mí y el Sí son, en cierto modo, inseparables; son la cara y el sello de una misma entidad: el cuerpo-actante.
EL CUERPO EN CUANTO ACTANTE
Materia y energía
Desde el momento en que se ha reconocido que el actante es, ante todo, un cuerpo sometido a presiones y a tensiones, el problema siguiente consiste en la formación de una identidad a partir de esos impulsos, presiones o tensiones que lo afectan sucesivamente. En otros términos, ¿cómo pueden emerger formas e identidades actanciales a partir (1) de la materia corporal, la carne, la sustancia del Mí, y (2) las fuerzas y tensiones, diversas y opuestas, que se ejercen sobre ella?
Si el actante adquiere forma e identidad en cuanto figura en un mundo poblado de figuras en el que toma posición para construirse, entonces debe obedecer las reglas generales de lo que se podría llamar aquí la «figuralidad», que hay que distinguir de la «figuratividad», de los actores, del espacio y del tiempo. Las «figuras» que nos ocupan aquí son esquemas dinámicos aplicables a entidades materiales, que forman globalmente una morfología y una sintaxis figurales.
Formulamos aquí la hipótesis de que la morfología y la sintaxis figurales se basan, principalmente, en los diferentes estados y en las diferentes etapas de interacciones entre la materia y la energía, y que esas interacciones dan lugar a formas y fuerzas que permiten describir la constitución figural del cuerpo-actante: se supone que tanto las formas como las fuerzas, según esta hipótesis, nacen de los equilibrios y desequilibrios en la interacción entre materia y energía, y que son reconocibles como «esquemas dinámicos», es decir, como configuraciones recurrentes, pertinentes e identificables. La formación de un actante a partir de un cuerpo sometido a tensiones aparece, en esta perspectiva, como un caso particular, pero central, de la hipótesis general que fundamenta la sintaxis figural sobre la dupla materia/energía.
Merleau-Ponty propone, a propósito del gesto reflejo2, una concepción del nacimiento de las formas donde la conjugación de fuerzas contradictorias juega el primer rol; da un contenido más preciso a lo que nosotros designamos, en general, como «tensiones corporales»: esas son, en el caso del gesto reflejo, las excitaciones y las inhibiciones. Las excitaciones y las inhibiciones, precisa él, son coordinadas por la orientación del gesto, por una «imagen total» del cuerpo en movimiento. La noción de «imagen total» se desarrolla así: «De la inhibición se podría decir lo que se ha dicho de la coordinación: que tiene su centro en todos los sitios y en ninguna parte»3. Y Merleau-Ponty concluye: «Esa auto-organización expresa la noción de forma»4. Las fuerzas de excitación y de inhibición no dan lugar a un gesto significante, a un acto que se inscriba en el orden del mundo, a no ser que engendren (por auto-organización, por auto-distribución) una forma significante en movimiento. Merleau-Ponty describe, en suma, la emergencia de una forma actancial, un actante definido solamente por su poder-hacer (formulado aquí en términos de excitación y de inhibición), a partir de las fuerzas que se ejercen sobre su cuerpo y en su cuerpo. Esa forma actancial solo tiene lugar porque las tensiones corporales han sido configuradas como un «esquema dinámico» identificable.
El principio de inercia
Para explicar que simples excitaciones/inhibiciones conjugadas (las presiones y tensiones) producen un acto significante y emergente, hace falta aún definir los umbrales pertinentes de la excitación y de la inhibición que determinarán los límites de la forma. Más precisamente, esos umbrales serán límites que caracterizan la resistencia y la inercia de la estructura material y energética sometida a las tensiones: disminuyendo o anulando el efecto de las tensiones sucesivas y de intensidad diferente, esos umbrales contribuyen, pues, a diseñar los límites de una zona de equilibrio privilegiado para las interacciones entre materia y energía, y, por consiguiente, una morfología y una sintaxis recurrentes e identificables.
No importa qué sustrato material dinámico pueda ser convertido en actante si las fuerzas a las que es sometido obedecen a la condición siguiente: del conjunto dispar de esas fuerzas, se desprenden fuerzas opuestas, antagonistas; si unas son dispersivas, otras son cohesivas; si unas son excitadoras, otras son inhibidoras, siempre que el conjunto esté configurado como «esquema dinámico».
Interviene luego una regla general que, una vez que la primera condición se cumple, va a permitir definir los umbrales para esa dinámica de las fuerzas y de los umbrales que están en el origen de las formas. Esa regla nada tiene de específico para el campo semiótico, puesto que es general en todas las morfologías dinámicas y se encuentra en todos los sistemas físicos susceptibles de evolucionar de manera no lineal: todo sistema físico no lineal sometido a determinadas fuerzas les opone dos umbrales de inercia; (1) uno es el umbral de remanencia, que expresa la resistencia del sistema a la inversión de las fuerzas, a pasar de una fuerza a otra fuerza inversa, o, simplemente, a la aparición o desaparición de una fuerza; (2) otro es el umbral de saturación, que expresa la capacidad de resistencia del sistema a la aplicación de cada una de las fuerzas, y muy particularmente a sus variaciones de intensidad.
La inercia, definida por esos dos umbrales, es el mínimo necesario para poder pensar distintamente el cuerpo y las fuerzas que se ejercen sobre él y en él. En ausencia de esos umbrales de inercia, el cuerpo se confunde con las fuerzas que lo animan, y no se puede, entonces, considerar la emergencia de ninguna morfología aislable e identificable. Puede, pues, ser considerada como una primera estructura modal, que determina y permite extraer un esquema de naturaleza actancial a partir de un sistema físico en devenir.
El umbral de remanencia le permite al cuerpo-actante resistir a la inversión, a la aparición o desaparición de una fuerza: proporciona a ese cuerpo la capacidad para operar diferencias. El umbral de saturación expresa la estabilidad morfológica del cuerpo-actante, su resistencia a las intensidades demasiado fuertes, así como a las deformaciones demasiado amplias que pudiera sufrir. Expresa, de esa manera, su capacidad para acceder a la iconicidad.
El principio de inercia remite, igualmente, a la experiencia elemental de la pasividad: lo propio del cuerpo-actante sería poder-hacer, por lo menos, la experiencia de su propia inercia, de singularizarse y de autonomizarse gracias a su resistencia a las presiones que padece. Pero como, por otra parte, los valores de esos umbrales de inercia (remanencia y saturación) son específicos de cada cuerpo y de cada sistema dinámico, se puede pensar que definen, más que la singularidad, la identidad figural de cada cuerpo-actante. La inercia corporal proporciona, pues, al cuerpo-actante las propiedades figurales elementales: autonomía esquemática, singularidad e identidad.
Además, la sucesión más o menos ritmada de la aplicación de fuerzas opuestas y alternadas implica al cuerpo-actante en un proceso sintagmático: este último solo es pensable si se supone que el sistema corporal dinámico está dotado de una memoria de las interacciones, constituida ella misma por la sucesión ordenada de las saturaciones y por las remanencias; a partir de ahí, el proceso puede ser considerado como irreversible. Esa memoria del cuerpo-actante, memoria de las interacciones anteriores, prefiguración de las interacciones posteriores, reclama una aproximación específica. En efecto, el principio de inercia, aplicado a la sintaxis figural de las semióticas-objeto, presupone la capacidad de la sustancia corporal para conservar la huella de las fuerzas, de las presiones y tensiones que ha sufrido, y de las interacciones en las que ha participado. La semiótica específica que reclama esa aproximación es la semiótica de la huella, y los dos umbrales de inercia son las modalidades que determinan las huellas sucesivas de las que estará constituida la identidad del cuerpo-actante.
Esa memoria de las interacciones proporciona al cuerpo-actante una capacidad de aprendizaje y de auto-construcción acumulativa. Y, en particular, aprendiendo a reconocer, a compensar y a gestionar las tensiones que soporta y que lo animan, el cuerpo-actante arma, poco a poco, un campo sensorio-motor susceptible de acoger huellas de la memoria corporal y de someterlas a una primera distinción fórica (euforia/disforia), sobre la cual se apoyará la formación de las axiologías; a este respecto, la sensorio-motricidad puede ser considerada como un sub-sistema de control, que puede elevar o rebajar los umbrales de saturación y de remanencia5.
El núcleo sensorio-motor
El principio de inercia permite comprender cómo el cuerpo-actante se distingue de las presiones que soporta y les opone una identidad en construcción. No permite, sin embargo, comprender cómo el cuerpo-actante contribuye a la transformación de los estados de cosas.
Desde la perspectiva que se diseña aquí, la autonomía y la identidad del actante son, pues, adquisiciones con el fondo de tensiones y presiones ejercidas sobre la carne, gracias a la memoria de las huellas acumuladas, que comprometen el devenir del cuerpo propio. Las mociones íntimas de la carne, pulsaciones, dilataciones y contracciones, están, a su vez, sometidas a los umbrales de saturación y de remanencia, que, al imponerles límites y una regulación general, las modalizan. Por ese hecho, se convierten en tolerables o en intolerables, en perceptibles o en imperceptibles, y concurren, de ese modo, a la coloración tímica de la experiencia, positiva o negativa. La aplicación del principio de inercia conduce, pues, igualmente, a la autonomía de la sensorio-motricidad: la energía carnal se distingue así de las tensiones que se ejercen sobre el cuerpo-actante, pues conlleva, a la vez, una intencionalidad y orientaciones axiológicas específicas. Esa es, precisamente, la razón por la que la sensorio-motricidad puede proporcionar al conjunto de nuestra relación sensible con el mundo una orientación axiológica.
Es también esa la razón por la cual, habiendo adquirido su autonomía, puede participar en la configuración de nuestra experiencia y de nuestro imaginario sensible proporcionándoles esquemas dinámicos que los hacen inteligibles. Las figuras de la degustación, por ejemplo, relatan un conflicto entre la materia que proporciona el contacto gustativo y las intensidades sensoriales: un vino «áspero» pone en escena la difícil travesía de una materia resistente por un flujo que ella segmenta; una crema «pastosa», en cambio, señala la viscosidad de un flujo de intensidad en una materia que lo absorbe y que lo neutraliza. Se ha podido mostrar también que la luz6, al encontrar obstáculos materiales, podría ser absorbida si el obstáculo es al menos parcialmente opaco, ser reflejada si el obstáculo devuelve el flujo de intensidad, o atravesarlo sin perjuicio si el obstáculo es transparente.
Asimismo, el lazo entre el olor y la materia viviente no necesita demostración, y sabemos que las categorizaciones olfativas más corrientes en las lenguas naturales –además de los nombres de las fuentes del olor– corresponden a las fases de ciclos de vida. Pero lo que nos interesa aquí es, más particularmente, cómo el proceso por el cual la materia viviente emite el efluvio olfativo es imaginado y representado en los discursos y en las prácticas. La «obsesión» de la «penetración por el olor» está asociada a la aprensión que proporciona el contacto íntimo de la carne con las emanaciones de otras carnes: en la época clásica, por ejemplo, los baños estaban proscritos en periodos de epidemias porque se suponía que abrían los poros de la piel y que, con eso, favorecían la penetración de la carne por efluvios malsanos. Esa aprensión reposa en una experiencia sensorio-motriz imaginaria, la de la corrupción de la carne propia por el olor.
Lo que hay que comprender, entonces, es la corrupción. Ese proceso imaginario de corrupción implicaría una modificación de las fuerzas que aseguran la cohesión de la materia viviente (cf. supra, a propósito de la cultura Tin, p. 17): las fuerzas dispersivas se imponen, la materia viviente se deshace y se dispersa, no opone ninguna inercia. El efluvio malsano transmitiría, supuestamente, esa modificación del equilibrio entre fuerzas dispersivas y fuerzas cohesivas de un cuerpo viviente al otro: el efluvio sano interviene en favor de las fuerzas cohesivas, y el efluvio malsano, en favor de las fuerzas dispersivas.
En ese micro-relato imaginario de la corrupción, el olor sería, pues, el agente de contaminación de una fuerza dispersiva, que implicaría un contagio entre cuerpos y carnes, el cual se presentaría al menos en dos etapas: (i) la disgregación propia de un cuerpo, por ejemplo, un cuerpo enfermo, (ii) emite en forma olfativa un vector superior de disgregación (una intensidad superior de las fuerzas dispersivas), que provoca, a su vez, (iii) la disgregación de otra carne (la de un cuerpo sano) por (iv) ajuste analógico de la fuerza dispersiva propia de esa otra carne con el principio de disgregación que le ha sido transmitido por el olor. La figura olfativa aparece, desde esta perspectiva, como el producto de una modificación del equilibrio entre fuerzas cohesivas y dispersivas aplicadas a la materia viviente, al mismo tiempo que como el vehículo de una comunicación por analogía y ajuste.
Un cuerpo «imperfecto»
La esquematización narrativa tradicional presupone o un actante sin cuerpo, o un actante perfectamente dueño de su cuerpo, un cuerpo que, en ese caso, no hace sino lo que está programado, que no es, en suma, más que un lugar de efectuación pragmática de actos calculables a partir de un programa narrativo. Sabemos muy bien que ningún actor humano puede ser así programado, y que, por el contrario, la dramatización de la acción humana implica un cuerpo imperfecto, que amenaza en todo momento con escapar al control y al programa, y con imponer sus propias condiciones y exigencias. La dramatización del deporte de alto nivel, por ejemplo, no se contenta con el conflicto entre los adversarios; se alimenta con abundancia de defectos, de torpezas y de accidentes en las secuencias gestuales. Justamente eso hace que el relato deportivo sea un drama humano, y que la competición sea un combate entre hombres y no entre máquinas.
Tampoco en los discursos concretos se encuentran actores «de papel» cuyo cuerpo sea perfectamente programable. Tenemos que interrogar, por consiguiente, la relación que existe entre la programación y las diversas suertes de la acción sin considerar a priori las segundas como escorias insignificantes de la primera: actos fallidos, advertencias y negligencias; esas formas aparentemente inacabadas de la acción no dejan de producir sentido, aunque no sea más que en la dimensión afectiva de los discursos, y porque manifiestan la existencia de otros recorridos distintos de aquellos que son dictados por el programa narrativo dominante.
Si la programación puede ser definida como una forma de coerción externa, las iniciativas del cuerpo-actante expresan su margen de libertad, una libertad individualizante, que haría posibles tanto las «fallas» de la acción como la belleza del gesto. Si la programación del actante es considerada como una de las presiones que se ejercen sobre su cuerpo, entonces la inercia que, recordémoslo, asegura individuación, constituiría una forma de resistencia (por saturación o por remanencia) a esa presión, sea ejercida desde el exterior (actante heterónomo) o desde el interior (actante autónomo).
Para abordar esas cuestiones, nos proponemos examinar un cuento africano, titulado “So y la Cíclope”, donde estas cuestiones juegan un rol decisivo.
SO Y LA CÍCLOPE
Los recursos de la selva no se pueden realmente enumerar. Ofrece todo el año, a los que lo desean y que tienen el coraje de buscarlo, plantas, raíces, frutas comestibles. Ahora es la estación en la que los frutos de ndengi están maduros, ¡no se puede dejar pasar esa oportunidad!
Justamente, las niñas del pueblo se acaban de reunir, cada cual con su palangana, para ir a recoger frutos del ndengi. La larga fila sinuosa de niñas se pone en marcha y toma la dirección del río cantando, riendo y bromeando a grandes y alegres gritos. Basta con seguir la orilla para encontrar fácilmente un ndengi de cuando en cuando.
Antes de ponerse a recoger los frutos, objeto de su recolección, las niñas se detienen a la sombra de un gran árbol, muy cerca del agua, para descansar un poco. Se sientan en círculo a fin de poder conversar con más facilidad, y dejan sus palanganas junto a ellas.
Una de las niñas, a la que llaman So, toma su palangana, la voltea y se sienta encima, pues se halla más a gusto que sentada en el suelo. Sus amigas la recriminan:
—¡So! No debes sentarte sobre la palangana de tu madre. Eso no está bien, pues, haciendo eso, faltas el respeto a tu madre.
—¿Y qué? —dijo So—. No tienen por qué molestarse, pues no voy a estar sentada aquí sin moverme; miren, tengo sed, y ahora mismo voy a sacar agua del río.
Se levantó enseguida, tomó su palangana y se metió al río hasta que el agua le llegó a las pantorrillas. Se inclinó para llenar la palangana, pero perdió el equilibrio, y, al intentar levantarse, soltó la palangana y se la llevó la corriente, bastante fuerte en aquel sitio. La palangana navegó por largo tiempo siguiendo el curso de las aguas. Finalmente, llegó donde la Cíclope, una suerte de monstruo atemorizante que deambula por el bosque y por las orillas de los ríos, enorme mujer con un solo ojo en medio de la frente, y que tiene la detestable costumbre de devorar a las personas que encuentra en su camino y que puede atrapar.
Durante ese tiempo, las demás niñas hacen su provisión de frutos de ndengi, excepto So, que no tiene ya su palangana para llevarlos. Terminada la recolección, las niñas regresan al pueblo.
Cuando So, un tanto avergonzada, llegó a su casa, su madre, asombrada de verla con los brazos colgando, le pregunta:
—¿Dónde están los frutos de ndengi que tenías que recoger?—
¡ Madre! No he podido recogerlos ni traerlos porque me quedé sin palangana.
—¿ Cómo? ¿Dónde está la palangana que te entregué? Bien sabes lo mucho que yo la quería.
—La perdí cuando quise sacar agua del río. Se me escapó de las manos y se la llevó la corriente.—
¡ Así que has perdido mi palangana! ¡Vete inmediatamente a buscarla! ¡Apresúrate! ¡ Y no vuelvas hasta que no la hayas encontrado!
Y, para expresar su descontento, su madre le dio una bofetada.
So, llorando, volvió a la orilla del río, desató una piragua y la dirigió al medio de este. Se dejó llevar por la corriente, vigilando las orillas para ver si la palangana había quedado atrapada por las raíces o por las hierbas acuáticas. Pero no la vio.
A una vuelta del río, escuchó una voz que la llamaba; ella miró con toda atención. Era una mujer vieja, parada en la orilla, que le hacía señas para que se acercara. So, hábilmente, condujo la piragua con la ayuda de su remo hacia la orilla. Al acercarse, constató que la vieja estaba cubierta de llagas purulentas. La vieja la esperó y, cuando So echó pie a tierra, le dijo:
—Mi pequeña, ¿quieres hacerme un favor? Toma un bastón, golpea mis llagas y luego echa encima un poco de remedio.
—Madrecita —respondió So—, ven aquí, junto a mí. Te voy a curar enseguida.
Y, delicadamente, levantó con suavidad las costras de las llagas, las lavó con sumo cuidado y extendió el remedio encima. En agradecimiento, la vieja le preparó un gran pescado de sabor exquisito, bañado con una salsa deliciosa. So, abierto el apetito por el olor del pescado, se lo comió todo. Luego, la vieja le dijo:
— ¿ Y dónde vas así tú sola?
—Dejé escapar la palangana de mi madre y el río se la llevó. Mi madre, encolerizada, me ordenó que fuera a buscarla y que la llevase de nuevo a casa.
—La Cíclope, que vive un poco más lejos, seguramente que ha recogido tu palangana. No temas. Vete ahora y, cuando veas la piragua de la Cíclope, vete a interceptarla con la tuya. Cuando pretenda matarte, tú le dirás: « Madre, yo soy la que estaba perdida, aquí estoy de vuelta», y entonces ella te dejará.
So agradeció a la vieja señora, volvió a su piragua y se dejó llevar de nuevo por la corriente. El día comenzaba a caer cuando, de repente, ante ella, apareció la piragua de la Cíclope. So, al ver ese monstruo que la miraba cruelmente con su único ojo, sintió que se le paralizaba el corazón; pero, acordándose de las recomendaciones de la vieja señora, dio un fuerte impulso a su piragua y fue directamente a interceptar la de la Cíclope.
Esta se tambaleó y se puso a gritar:
—¡Voy a matarte!
—Madre, yo soy la que estaba perdida, aquí estoy de vuelta.
Instantáneamente, el rayo cruel del ojo de la Cíclope se apagó. Cogió a la niña de la mano y la llevo a su casa; preparó la cena y la compartió con So. Después, le asignó una cama para pasar la noche. Cuando la oscuridad ya era completa, se acercó a So con intención de matarla. La niña, que no dormía aún, al verla tan cerca, gritó:
—¿ Qué pasa? Madre, yo soy la que estaba perdida, aquí estoy de vuelta.
La Cíclope, entonces, se alejó gruñendo. Varias veces, durante la noche, se repitió la misma escena: la Cíclope se acercaba con intención de matar a la niña, pero esta, cada vez, la detenía con la misma frase. Finalmente, amaneció el nuevo día para gran consuelo de So. La Cíclope calentó las sobras de la cena de la víspera. Después de haber comido, le dijo a la niña:
—Ven conmigo al bosque.
—No, madre, no voy a ir al bosque —respondió So, desconfiada.
—Bueno, iré yo sola. Pero seguramente tendré sed cuando vuelva. Vete a sacar agua con esto y guárdala dentro para mí.
Y le dio un tamiz a la niña. Era, indudablemente, una prueba imposible de realizar; el fracaso hubiera permitido a la Cíclope castigar a la niña y matarla. La Cíclope se fue al bosque y So bajó al río. Trató en vano, durante un rato, de sacar agua. Ante la inutilidad de sus esfuerzos, renunció a la tarea y regresó a casa de la Cíclope.
La Cíclope no había regresado todavía, así que So pudo registrar a su gusto, y pronto encontró la palangana de su madre y se apoderó de ella. Luego, huyó, saltó a su piragua y, a grandes golpes de remo, tomó el camino de regreso. La Cíclope, al no encontrar a So a su regreso, salió en persecución de la niña. Pero esta le llevaba tal ventaja que la Cíclope no pudo alcanzarla, y, gruñendo de rabia, volvió a su casa.
Un poco más tarde, la madre de So coge la escudilla de la niña para ir a pescar. La escudilla se le escurre de las manos y es arrastrada por la corriente. Cuando So vio a su madre volver sin su escudilla, le preguntó:
—¡Madre! ¿Dónde está mi escudilla?
—Se me ha caído en el río y no he podido atraparla, la corriente se la ha llevado.
—Pues vete inmediatamente a traérmela, ya sabes cuánto la quiero.
Renegando, la madre de So tomó una piragua y partió en busca de la escudilla. Cuando la vieja la llamó y le rogó que se acercara para lavar sus llagas, la madre de So le respondió con dureza que ella no había ido hasta allí para curar las llagas de una vieja a la que ni siquiera conocía. Y siguió su camino sin detenerse. La vieja no le indicó, pues, lo que convenía hacer al encontrarse con la Cíclope.
Poco tiempo después, la madre de So se encontró cara a cara con la Cíclope, cuya piragua interceptó. Paralizada por el terror, no se movió, no dijo nada. La Cíclope la atravesó entonces con su cuchillo arrojadizo, la mató, la despedazó, la coció y la comió.
Cuentos del bosque, recogidos por J. M. C. Thomas, colección Fleuve et Flamme, CNL, Edicef.
“So y la Cíclope” se halla en la intersección de dos familias de cuentos bien conocidas: la de Cenicienta (la madre injusta y la hija rehabilitada) y la de Caperucita Roja (una tarea doméstica que transforma en prueba el encuentro del lobo o de la ogresa [según las versiones])7. Resumamos en pocas líneas. Una niña es enviada por su madre a recoger frutos en el bosque con una palangana; va allí en compañía de otras niñas del lugar; se le escapa de las manos cuando la está lavando en el río y retorna a su casa sin la palangana, por lo que su madre la castiga y la obliga a volver al río a recuperar el recipiente, y le prohíbe regresar sin la palangana. En el camino, se detiene junto a una anciana repugnante, sucia y enferma, a la que cuida con solicitud. En recompensa, la vieja señora le enseña la fórmula que le permitirá escapar de la Cíclope, que tratará de matarla. So utiliza la fórmula cuando se encuentra con la Cíclope, escapa y recupera el recipiente que tanto quiere su madre. Ahora, su madre va a pescar y lleva la escudilla preferida de So; se le va de las manos, la lleva la corriente y su hija le exige que vaya a buscar su escudilla preferida. La madre parte en busca del recipiente, se niega a curar a la anciana enferma que se lo pide, se encuentra con la Cíclope, y, como no dispone de la fórmula mágica de la vieja, la Cíclope la mata y la devora.
El conjunto del cuento (así como de los cuentos tipos de referencia) está animado por los errores sucesivos de los protagonistas. Distinguimos aquí dos tipos: (1) los errores de los destinadores, y (2) los errores de los actantes sujetos.
Los errores de los destinadores revelan la ausencia de discernimiento: la naturaleza ofrece sus beneficios a todos los que piensan en servirse de ellos, en todo tiempo y para todo el mundo; la Cíclope da muerte a todos aquellos que pasan a su alcance, sin distinción de méritos o de deméritos; la madre castiga a su hija fuera de toda proporción por la falta cometida, y la hija hace lo mismo con su madre; la Cíclope no olvida lo que le dicen ni lo que hace, etc. La cuantificación de los sujetos (cualquiera, nadie) como la de los objetos (todo, nada, cualquier cosa) es la expresión semántica de esa ausencia de discernimiento, e impide la puesta en marcha de cualquier sistema de valores. Los errores de los destinadores aparecen ahora como acciones reflejas que no tienen en cuenta las propiedades particulares de los actantes sujetos ni las presiones locales ejercidas provisional o accidentalmente por el entorno. Se podría considerar que esos cuerpos-actantes destinadores resisten por remanencia8.
Los errores de los actantes sujetos son igualmente diversos y recurrentes. Por ejemplo, los instrumentos que utilizan para cumplir sus tareas son siempre desviados de su uso canónico: la niña parte a recoger frutas con una palangana [y no con una cesta], la usa para sentarse [luego, la usa para sacar agua del río]; la madre va a pescar con una escudilla [y no con una red], la deja escapar en el río y se la lleva la corriente; la Cíclope, finalmente, le pide a la niña que saque agua del río con un tamiz. Sea en forma de recategorizaciones temáticas (el recipiente se convierte en asiento o en un flotador; el tamiz se convierte en recipiente, etc.) o en forma de programas de uso no conformes, especie de desviaciones o de retrasos (sentarse en lugar de recoger frutas, detenerse para asistir a una anciana), todas la peripecias proceden de un error, de una torpeza, de una inadvertencia y, globalmente, de una acción no programada. Además, es So la que, por su parte, comete la mayor parte de ellos, y quien, por venganza, impone a su madre la prueba en cuyo curso cometerá muchos errores fatales.
Los errores de los cuerpos-actantes sujetos resultan de otro tipo de resistencia corporal, la resistencia por saturación, la resistencia a la aplicación de presiones sucesivas y acumuladas de programación: la saturación, en efecto, es esa dimensión de la inercia por la cual los cuerpos atenúan o absorben la intensidad de las fuerzas que se ejercen sobre ellos.
Puesto que todo comienza aquí por prescripciones (ir a recoger frutas, ir a pescar, ir a buscar la palangana o la escudilla perdidas) que se supone que programan a los actantes, tendríamos que ver con procesos de desprogramación sistemática de los cuerpos actantes, en los que el cuerpo de cada uno de ellos impondría otros ritmos (detenciones, precipitaciones, etc.) y otras exigencias (hambre, fatiga, compasión, etc.).
Además, la desprogramación singulariza al actante. Se puede apreciar, por ejemplo, de qué manera se singulariza So al sentarse en la palangana de su madre: se distingue así, claramente, del grupo de niñas que la acompañan y que le reprochan, justamente, ese comportamiento singular. Asimismo, se singulariza deteniéndose donde la anciana enferma; expresa, en fin, su singularidad ante la Cíclope al utilizar la fórmula ritual, ¡y cuán singularizante!, «Yo soy aquella que se había perdido, y heme aquí que he vuelto»9.
Ahora bien, en este breve cuento, el problema por resolver no es el de la restauración de un orden comprometido, sino el de la restauración de las condiciones de posibilidad de sistemas de valores: ciertamente, es necesario inventar un nuevo sistema de valores, pero antes hace falta, como condición de posibilidad de ese nuevo sistema de valores, restaurar una capacidad mínima de discernimiento y de distinción. Eso es exactamente lo que permite la aplicación de los dos umbrales de inercia (remanencia y saturación): una instauración (o una restauración) de la diferencia en el seno de una dinámica corporal.
La singularización del recorrido del actante So, constituido de resistencias y de impulsiones, participa de esa restauración: ella introduce la primera distinción emergente, la de una singularidad respecto a una masa indistinta. A partir de ese momento, se desprende un nuevo esquema narrativo, diferente del esquema de la búsqueda, y que denominamos el esquema de selección axiológica:

Eso que hemos llamado «desprogramación», y que se manifiesta por una sucesión de peripecias provocadas por actos fallidos y por torpezas, se analiza, pues, al mismo tiempo, como una suspensión de programas de búsqueda y como la emergencia de una singularidad, necesaria para la puesta en marcha de la selección axiológica. En ese sentido, cada punto de bifurcación narrativa se abre sobre la multiplicidad de posibles, y el conjunto de esos puntos de bifurcación funciona entonces como un filtro en vista de la selección axiológica.
La nueva esquematización no es incompatible con un esquema de búsqueda más profundo, y que confirma el anclaje corporal de la sintaxis narrativa. Esa búsqueda, en efecto, sería la de la supervivencia física: hambre y alimento, sed y saciedad, salud y enfermedad, vida y muerte; tales son los desafíos subyacentes y evocados sin cesar. Frente a un grupo de destinadores deficientes, la supervivencia se convierte en un problema por resolver, y la solución reside en la suspensión de todos los roles y de todos los programas canónicos, y en la invención de una nueva singularidad, de manera que, útilmente, pudiera ser comparada con la elección de una víctima emisaria (aunque con este matiz: que la singularidad sea aquí salvadora sin ser sacrificada). Desde esta perspectiva, el esquema de selección axiológica es una fase necesaria del esquema de supervivencia.
Las tres instancias del cuerpo-actante
El Mí-carne es la instancia de referencia, la identidad postulada, aunque siempre susceptible de desplazarse, así como la sede y la fuente de la sensorio-motricidad; es también el sistema material cuya inercia puede manifestarse sea por remanencia, sea por saturación.
El Sí-cuerpo es la instancia que se refiere al Mí-carne (de ahí su carácter reflejo y la elección del pronombre reflexivo para designarlo) y a la sensorio-motricidad para obedecerla o contradecirla, para acompañarla o para evitarla; es, pues, la identidad en construcción en el ejercicio mismo del quehacer semiótico. Si distinguimos los dos tipos de Sí, opondremos lo siguiente: (1) la identidad que otorgan los roles (Sí-idem), cuyo modo de producción implica el recubrimiento por cada nueva fase de desarrollo, y que asume las operaciones que dependen de la captación (saisie); (2) la identidad que proporcionan las actitudes (Sí-ipse), cuyo modo de construcción se basa en la acumulación progresiva de rasgos transitorios, sabiendo que, con cada identidad transitoria, el actante se descubre como un otro; este tipo de Sí asume las operaciones que dependen de la mira (visée).
Los tres tipos de identidad que permiten describir el devenir del cuerpo-actante remiten, por consiguiente, a tres operaciones semióticas de base: la toma de posición y la referencia (por el Mí-carne), la captación (por el Sí-idem) y la mira (por el Sí-ipse). Como esas tres operaciones son las homólogas semióticas de las diferentes presiones y tensiones evocadas más arriba, entran en interacción en el modelo de la producción del acto, presentado aquí en forma de un punto con tres vectores:

Las tres zonas de correlación definen y caracterizan tres tipos de esquemas reguladores de los actos «encarnados»: la cohesión de la acción reposa en la confrontación entre, por un lado, las diferentes fases del Mí-carne, y, por otro, el principio de repetición-similitud que caracteriza al Sí-idem. La coherencia de la acción se basa en la conducción de las fases del Mí-carne por el principio de mira permanente que caracteriza al Sí-ipse. La congruencia de la acción resulta de la confrontación entre los dos modos de construcción del Sí (la repetición de roles similares, por un lado, y la permanencia de la mira, por el otro). La congruencia, en suma, sería la resultante de la cohesión y de la coherencia.
El desarrollo del modelo consiste, entonces, en explorar las diferentes posibilidades de correlaciones tensivas entre esos tres tipos de valencias10. En cada una de las zonas de correlación, se encuentran posiciones débiles (articuladas por los grados débiles de las valencias) y posiciones fuertes (articuladas por los grados más fuertes de las valencias). De ese hecho, en este modelo de tres valencias, se obtienen tres zonas de valencias débiles (en el centro del esquema), donde el acto emerge apenas en ausencia de presiones y de impulsiones del Mí o del Sí, y ocho zonas de valencias fuertes (por el contorno del esquema), que se pueden reagrupar en tres grandes tipos, según estén dominados por el Mí-carne, por el Sí-idem o por el Sí-ipse.
1. La zona en la que el Mídomina es la de los esquemas de emergencia axiológica. En el seno del desorden de los actos no programados, de un encadenamiento de torpezas, de actos fallidos o de negligencias, el Mí retoma la iniciativa para fijar su singularidad referencial, a la vez contra las tensiones de repetición del Sí-idem y en contra de las tensiones teleológicas del Sí-ipse. El esquema narrativo de la selección axiológica (cf. supra, «So y la Cíclope») es una realización posible. Generalizando un poco, podríamos decir que, en esa zona, es preciso desprogramar la acción para poder redistribuir sus valores: esa sería el área de la invención de los sistemas de valores, de la emergencia de axiologías y de nuevos horizontes de la acción. A título de ilustración, se podría considerar que los relatos de errancia (los road movies, especialmente) pertenecerían a esa zona, puesto que la errancia se presenta concretamente como la suspensión de la búsqueda, y como una renuncia a los programas y a las «miras» establecidas.
2. La zona en la que el Sí-idemdomina es la de la programación del cuerpo-actante, aquella en la que la identidad, definida por repetición y similitud, controla, a la vez, las tensiones individualizantes del Mí y las tensiones teleológicas del Sí-ipse. En esa zona, debe ser definido a priori, o reconocido a posteriori, lo que deberá ser repetido como rol para que el recorrido del actante tenga un sentido. En esas condiciones, el cuerpo-actante sufre una especialización restrictiva (está conforme con el rol programado), «repite su lección» y aplica sus scripts (apuntes). En ese sentido, esa zona donde la memoria semiótica del actante está consagrada por completo a su programación es también la de la eficacia y la de la economía narrativa.
3. La zona donde el Sí-ipsedomina es la de la construcción en devenir del cuerpo-actante, y la tensión teleológica se impone, a la vez, a las tensiones individualizantes del Mí y a las exigencias de repetición y de similitud del Sí-idem. El recorrido del actante procede, entonces, conforme a la definición de una «mira» y de una actitud que, según los casos, será una imagen-meta, un modelo, un simulacro, una esperanza o un ideal. Esa sería, en cierto modo, la zona de la ética narrativa, donde se desarrollarían los relatos de aprendizaje, de conversión y de búsqueda de ideales.
El modelo de producción del acto es también un modelo sintagmático, susceptible de ser recorrido con ocasión de cambios en los regímenes narrativos. Cuando las tensiones identitarias del actante se invierten, cuando los equilibrios se modifican, entonces se cambia de régimen narrativo. En la historia de «So y la Cíclope», se advierte que So olvida a cada momento el programa que se le ha impuesto para acceder a la selección axiológica: se singulariza por suspender el principio de repetición de los roles, por un lado; por renunciar a las «miras» éticas, por otro, y por borrar las huellas afectivas y morales, a fin de dejar libre curso a la invención de un recorrido imprevisible a través de una sucesión de accidentes que se apoyan en los impulsos del Mí-carne (fatiga y búsqueda del confort, torpezas, compasión, venganza, etc.). De la misma manera, la Cíclope debe, a cada momento, olvidar el instante precedente para dejar que se exprese la necesidad contingente de matar.
Estas breves sugerencias invitan a volver a desplazar la diversidad de la esquematización narrativa gracias a la distinción entre tres grandes regímenes narrativos, que se basan, a su vez, en las tensiones que se producen entre las tres instancias de los cuerpos-actantes. Ese nuevo despliegue permite hacer un lugar, al lado de la programación, al error, al acto fallido, a la torpeza, al accidente y al lapsus, claro está.
En efecto, en el modelo que acabamos de proponer, lejos de señalar una deficiencia del actante o una perturbación insignificante de la lógica narrativa, esas formas aparentemente no logradas de la acción emprendida indican, por el contrario, que el actante está sometido siempre al control interno de las instancias que lo componen, y a las tensiones que se producen entre esas instancias, aunque de manera distinta que aquella que define la acción programada. Esas otras formas de la acción son, pues, legítimamente esquematizables y significantes.
II. El lapsus1
INTRODUCCIÓN
Los lapsus aparecen en la cadena del discurso como errores respecto a una supuesta programación discursiva, pero Freud nos ha enseñado que, como todos los actos fallidos, los lapsus eran enunciaciones logradas. Su carácter aparentemente imprevisible no impide encontrar regularidades en los fenómenos que se hallan en la base de su producción, ni, justamente, interrogarse sobre las propiedades de la instancia que los produce. La enunciación oral es también la enunciación en acto, realizada por un cuerpo-actante, y ese acto y ese cuerpo-actante están sometidos, como los evocados en el capítulo precedente, a las tensiones entre el Mí-carne y el Sí-cuerpo, y a las fluctuaciones de sus equilibrios.
Las aproximaciones clásicas al lapsus en lingüística, sean distribucionales, que desembocan en una tipología de mecanismos de sustitución y de contaminación fonéticas, o sean generativas y cognitivas, que apuntan a una explicación formal de los mecanismos de error, son todas confrontadas, a la vez, con el rol del cuerpo en la enunciación (en especial con el aparato articulador) y con la cuestión de los límites de la zona afectada por el lapsus. Esas aproximaciones, en efecto, focalizan la palabra, el sintagma, el grupo entonativo o la frase, mientras que –tal será nuestra hipótesis– el lapsus es principalmente un fenómeno de discurso, firmemente anclado en los procesos de producción de la significación e indisociable de las manifestaciones corporales de intencionalidad.
Además, las aproximaciones más corrientes ponen en evidencia una constante fundamental: los mecanismos productores del lapsus no difieren de aquellos que producen enunciados más conformes. Por ejemplo, a partir del siglo XIX, se ha señalado que las sustituciones y contaminaciones fonéticas propias de los lapsus son idénticas a aquellas que presiden la evolución de las lenguas mismas y que se invocan regularmente para explicar los fenómenos reguladores del discurso (intención y atención, principalmente, cf. infra). Más recientemente, el estudio del lapsus ha dado lugar incluso a la edificación de modelos cognitivos de producción de la palabra en general. Es siempre el cuerpo-actante el que está en cuestión en las transformaciones diacrónicas, en la producción de la palabra y en la del lapsus, un cuerpo-actante sometido a presiones (intención y atención), y que, por ese hecho, produce enunciaciones encarnadas bajo el control de los umbrales de remanencia y de saturación.
La aproximación psicoanalítica invoca también al cuerpo, aunque desde otro punto de vista: se esfuerza, como vamos a ver, por remontar hasta un «nudo» somático-psíquico siguiendo las etapas de cadenas causales que son infalsables, pero que presuponen igualmente conflictos y equilibrios entre diferentes tipos de presiones. Al insistir en la asociación específica de dos propiedades del lapsus, a saber, (i) el rol de la condensación y del desplazamiento, y (ii) el rol del conflicto entre configuraciones somático-psíquicas, la aproximación freudiana inscribe deliberadamente el lapsus en el seno de procesos discursivos de amplio alcance.
Es cierto que el lapsus desestabiliza nuestra concepción estándar del lenguaje, sobre todo su función de comunicación, y también la del discurso, así como nuestra capacidad para reconocer en él, bajo la influencia de la tradición retórica de las artes de la palabra, un desarrollo lineal organizado, estrategias, una planificación, proyectos, metas y medios para conseguirlas. Nos obliga, por ese hecho, a tomar en consideración la eficiencia de las presiones corporales, y toda la diversidad de tipos de actos enunciativos que de eso se derivan.
APROXIMACIONES Y PROBLEMÁTICAS LINGÜÍSTICAS
Definiciones lingüísticas del lapsus
Los lingüistas definen el lapsus, en la mayoría de los casos, como la aparición de una palabra, de una expresión o de un fragmento de expresión en lugar de otro en el curso ordinario de una enunciación y bajo el efecto de un incidente articulatorio. Lo más frecuente es que el lapsus se identifique por su mecanismo supuesto: slip of the tongue, dice R. Wells2; telescoping, dice A. A. Hill3, o telescopage syntaxique, precisan J. Boutet y P. Fiala4. Ese mecanismo apela al cuerpo enunciante (a la lengua que resbala), o sea, al cuerpo mismo de la palabra (cadenas de materia sonora que chocan frontalmente con otras). Todo pasa como si, de ordinario, el cuerpo (la lengua, los órganos de articulación) fuera, en cierta suerte, transparente a su uso programado, mientras que, en el lapsus, se señalasen a nuestra atención y recuperasen una libertad de iniciativa.
Desde el punto de vista de la recepción, el lapsus se presenta globalmente como una sustitución. Pero si definimos el lapsus como una expresión que aparece en lugar de otra, nos ponemos de acuerdo implícitamente sobre el hecho de que esa otra expresión era previsible o, por lo menos, identificable a través de la que aparece en su lugar. Se hace, entonces, demasiado caso de la previsibilidad del discurso en devenir, como si todo estuviera más o menos regulado de antemano, y como si el lapsus fuera una excepción a un programa de enunciación; como si la enunciación, en el curso normal de las cosas, no pudiera tener otra iniciativa que la de planificarse a sí misma. Se podría, a ese respecto, como lo hace S. G. Nooteboom5, oponer intended words y wrongly chosen word. Sin embargo, definir el lapsus como un segmento de discurso que no sería intencional no tiene ningún alcance operatorio, puesto que habría que decir, primero, en qué se reconocen los segmentos intencionales para renunciar tan pronto a reconocer alguna dimensión significante a segmentos no intencionales: la circularidad del razonamiento lo condena de antemano.
Volvamos, pues, a la sustitución. Esa operación, de uso muy general en lingüística, es el criterio mismo de la pertinencia: una sustitución que se produce en un lugar preciso de la cadena del discurso es declarada pertinente si y solamente si afecta a la vez a la expresión y al contenido, y si produce efectos en otros lugares de la cadena (principio de isotopía). Se llama, entonces, conmutación, porque, presente en uno de los dos planos del lenguaje (expresión o contenido), exige ipso facto una modificación en el otro plano. La pertinencia (¡y no la intención!) de la sustitución se reconoce por su doble repercusión: repercusión sintáctica (en otra parte del discurso) y repercusión semántica (en el otro plano del lenguaje).
Ahora bien, el lapsus es una sustitución que, si fuera pertinente en ese sentido, debería producir modificaciones en cadena, puesto que la modificación fonética que suscita implica siempre una modificación semántica: otro sentido o un sinsentido, poco importa, por lo menos un embrollo o una ruptura de isotopía. Sin embargo, el lapsus queda como algo accidental y aislado; como lo hace notar I. Fénoglio, un lapsus repetido se convierte en un juego de palabras6. A lo que se podría añadir que un lapsus prolongado (o seguido, filé, como se dice de una metáfora) se convierte en una astucia o en una broma, o sea, un discurso de doble sentido.
El lapsus sería, pues, una sustitución cuya pertinencia sería incompleta: una conmutación abortada, en suma, o, si se prefiere una versión más optimista, una conmutación emergente, pero que se queda corta y sin futuro. Se diría entonces que una presión se ejerce con vistas a una conmutación completa, y que esa presión resulta insuficiente para producir la reacción en cadena que tendríamos derecho a esperar. Irreductiblemente localizado, circunscrito y sin porvenir, el lapsus manifiesta, en suma, la victoria efímera de una fuerza de enunciación sobre otra, aunque una victoria inmediatamente puesta en cuestión, y que no es tomada a cargo por el discurso en construcción. Estaríamos tentados a decir, en referencia a las dos instancias del cuerpo-actante, que es entonces el cuerpo-carne, el Mí, el que se expresa, pero que no logra imponerse en la cadena del discurso porque le falta el apoyo del Sí, que aseguraría la propagación sintagmática de la conmutación. Volveremos sobre esto.
Índices y demarcaciones del lapsus
Se plantea entonces la cuestión de los criterios de identificación de eso que acabamos de llamar conmutación incompleta (abortada, emergente, localizada, accidental): son los índices demarcativos del lapsus.
La síncopa rítmica es uno de ellos; presenta dos facetas: una faceta segmental (una breve detención, una desligadura a la derecha del lapsus) y una faceta supra-segmental (una baja de entonación en toda o en parte de la expresión), que será tanto más reconocible cuanto más suprima un acento de grupo. La autocorrección (o bien, como mínimo, el auto-stop7, como dice B.-N. Grunig) es otro, con lo que el locutor señala la sustitución, la rechaza y la invierte. En fin, la demarcación ritual (bueno, ah, no, perdón, disculpen, quería decir…), que precede eventualmente a la autocorrección, señala, al menos, la toma de conciencia por el locutor mismo de la sustitución anterior.
Síncopa rítmica, autocorrección o demarcación ritual son solo índices (señalan el lapsus), sin pertenecer directamente a la figura del lapsus: el oyente, alertado, puede acogerse al accidente y comprometerse con la interpretación. Esas marcas tendrían, en ese caso, como lo propone C. F. Hockett8, el estatuto de metalapsus: un acompañamiento del mecanismo de sustitución que se señala al hacerse. Pero esas marcas siguen siendo facultativas, y están ausentes en múltiples lapsus estruendosos y obstinados. Aparecen también en otros ambientes que no son los de los lapsus. En el registro de la meta-enunciación, en efecto, convendrían igualmente a todo segmento de discurso mal o débilmente asumido por el locutor, y hasta, tal vez, mejor que al lapsus en sentido estricto.
Su estatuto meta-enunciativo presupone, al menos, la actividad de una instancia de control, que manifiesta justamente su actividad en el momento mismo en que cae en falta. Ese control meta-enunciativo tiene algo de ético y de pasional a la vez: en esos azares de la asunción, el ethos del cuerpo-actante queda expuesto, y los índices demarcativos manifiestan todos la incomodidad, la excusa, la reticencia; se supone que la instancia de discurso, en todo momento, se reconoce en el propósito que tiene, y justamente, en el lapsus, se desconoce o finge no reconocerse. La demarcación es también un rechazo de esa otra incongruencia que acaba de manifestarse. La síncopa rítmica señala una ligera baja de asunción, concomitante con la enunciación del lapsus, que podría explicarse simplemente por la percepción de un conflicto sensorio-motor entre dos articulaciones fonéticas; la demarcación ritual señala la suspensión provisional de la asunción, y la autocorrección, su denegación retroactiva.
La naturaleza y el significado de esas demarcaciones muestran igualmente que el lapsus pone en juego la dimensión suprasegmental de la palabra y los contenidos modales de la asunción del discurso. Cuando referimos esos índices demarcativos a fenómenos como el debilitamiento de la asunción enunciativa, estamos solicitando, en efecto, valencias discursivas del plano del contenido, valencias de intensidad y de cantidad, que son los correlatos de las presiones a las que se ve sometido el cuerpo-actante, presiones de compromiso y de descompromiso en la producción de la cadena discursiva. Esta hipótesis está conforme con algunas observaciones de los fonetistas, que han constatado que el tramo de un lapsus es el palmo (l’empan) (el tamaño de la secuencia perturbada), y que coincide lo más frecuentemente con la unidad entonativa (de seis a doce sílabas en promedio) cuando el lapsus recae sobre uno o varios fonemas, o con el grupo acentual (de dos a cuatro sílabas) cuando recae solamente sobre rasgos fonológicos9. Las unidades entonativas y acentuales están ellas mismas delimitadas por puntos críticos de la producción corporal del discurso (unidades de respiración, de tonalidad o de marcación intensiva), y por eso se comprende que el lapsus esté fuertemente asociado al control corporal que ejerce sobre esos segmentos de discurso.
Mecanismos del «deslizamiento de lengua»
La descripción de los mecanismos fonéticos y sintácticos del lapsus aparece ya en R. Meringer10, cuyos trabajos fueron retomados por Freud en el capítulo «Lapsus» de su Psicopatología de la vida cotidiana. Tales son la interversión*, la anticipación, la usurpación anticipada, la prolongación superflua, la contaminación, la sustitución pura y simple.
Esa tipología no ha cambiado nada después de cien años, puesto que la lista propuesta por Rossi y Peter-Defare11 es la siguiente: la amalgama (cf. «Un discurso ébouristoufflant»), la haplología (cf. «La eligilité»), la omisión (cf. «Un sevise de porcelaine»), la inserción (cf. «Le crapitaine des pompiers»), la interversión (cf. «Il a digéré sa lettre de démission»), la sustitución fonética (cf. «Une evolution histerique»).
Además, la mayor parte de lingüistas retoma la distinción entre lapsus fonético y lapsus semántico. Para el primero, consideran un «palmo» [empan] (cf. supra), el blanco (la expresión puesta en la «mira» y perturbada) y el efecto lexical (el error puede desembocar en una palabra atestiguada). Para el segundo, que es una sustitución sin parentesco fonético, no se toman en cuenta más que las modificaciones sémicas e isotópicas.
Algunos elementos de la problemática
El lapsus obedece a las leyes de la lengua y del discurso
En primer lugar, los mecanismos inventariados por la tradición lingüística no difieren fundamentalmente de algunos de los que presiden la evolución fonética de las lenguas (cf. formatieum, fourmé y fromage), o de aquellos que dependen de lo que se llama «fonética combinatoria»: asimilaciones, disimilaciones, etc. De hecho, en la evolución fonética de las lenguas, así como en la producción del lapsus, tenemos que ver con conmutaciones emergentes y abortadas, es decir, no pertinentes. En ambos casos, el componente lexical y semántico resiste (más o menos) a la conmutación en curso.
Todos los estudios convergen, por lo demás, en un punto: los lapsus respetan los grandes principios de construcción de sílabas de cada lengua, obedecen a esquemas rítmicos y entonativos, y son manifestaciones directas de fenómenos propios del flujo normal y ordinario del habla.
El lapsus depende de la praxis enunciativa
Ese funcionamiento general es el de la praxis enunciativa, en cuyo seno las diversas enunciaciones de un mismo universo cultural o lingüístico cooperan o se combaten, en el que son gestionados, acompañados y atestiguados los diversos movimientos de la vida de las lenguas y de los discursos, en el que toman forma las operaciones productoras de los discursos concretos. Si el lapsus se inscribe en la praxis enunciativa, es claro que no puede contentarse con la sola descripción de los mecanismos fonéticos, y que, incluso si, en cuanto ocurrencia, está estrictamente localizado, compromete, no obstante, operaciones de mayor alcance12.
Dicho esto, el lapsus nos enseña, de cierta manera, uno de los modos de funcionamiento de la praxis enunciativa; prueba, en particular, por accidente, que ella trabaja por reacomodación permanente de las expresiones, y por ajustes de los esquemas y de las estructuras que convoca.
Conflicto de presiones
En cada uno de los ejemplos analizados, hemos encontrado la acción de una presión comparable a la que ejerce la gestalt para la psicología de la forma. Desde un punto de vista psicológico, esa presión tendría al sujeto de enunciación por origen, y conduciría a la aparición de una forma de sustitución; desde un punto de vista semio-lingüístico, la presión puede ser comprendida como la atracción que ejerce la forma de sustitución misma, cuya selección debe ser explicada de otra manera que no sea por el mecanismo fonético. Podemos enviar aquí a la definición propuesta por B.-N. y R. Grunig:
El haz FC* de esas presiones es el que presiona al LOC (locutor) a hablar, y no solamente lo presiona a hacerlo, sino que también le hace hacer esa producción, la provoca13.
Desde el punto de vista de una descripción a posteriori del enunciado, el lapsus no es más que un error, una escoria sin porvenir, pero, desde el punto de vista del discurso en acto y de la práctica discursiva en curso, el lapsus es un fenómeno que emerge de determinaciones complejas del curso de acción y de sus ajustes prácticos. Sabemos, por lo demás, que el curso de acción de una práctica es un proceso abierto, cuya significación se juega precisamente en la gestión, por un cuerpo-actante, de las peripecias, accidentes e interacciones que jalonan el curso14.
Si distinguimos en esas presiones dos tipos de fuerzas, las que sostienen el desarrollo principal del discurso (Fp) y las que apoyan la expresión accidental (Fa), podríamos construir una tipología tensiva de los lapsus. En la amalgama (cf. ébouristoufflant), dos expresiones se encuentran en competición por una misma posición, y se asocian por compromiso; en la sustitución, una de las dos fuerzas se impone completamente sobre la otra; en las inserciones y omisiones, una posición aparece o desaparece, y, en los otros casos, las expresiones intercambian sus posiciones respectivas.
Tendríamos así cinco grandes figuras, según qué Fp o Fa se imponga, o que ambas se equilibren:
• [Fp = 1], [Fa = 0]: el lapsus no tiene lugar;
• [Fp > Fa]: el lapsus es una simple deterioración de la palabra;
• [Fp = Fa]: el lapsus da lugar a una contaminación entre dos palabras;
• [Fp < Fa]: el lapsus entraña una sustitución completa, en la cual la palabra desaparecida es aún reconocible;
• [Fp = 0; Fa = 1]: el lapsus produce una expresión que no tiene nada que ver con la que ha sido sustituida.
El lapsus se inscribe en el espacio-tiempo de las operaciones enunciativas
El lapsus no puede ser considerado como significante si no se supone que el espacio-tiempo del discurso no es lineal, que no se reduce al desarrollo de la línea del habla. Esa propiedad es evidente para un psicoanalista: «El tiempo psíquico no es ante todo lineal y sucesivo, sino turbulento y mejor aún en bucle»15. El mismo autor distingue entre dos tiempos, el tiempo del desarrollo del discurso propiamente dicho y el tiempo del lapsus: «[Los lapsus] se desarrollan en un tiempo que podríamos llamar operativo, aquel que toma la construcción para que se haga, y jamás de una sola vez»16.
Uno creería que está leyendo a G. Guillaume (al cual el autor no hace ninguna referencia). ¿Ese tiempo psíquico (operativo) puede ser tomado en cuenta desde un punto de vista semiolingüístico? Sí, pero a condición (1) de renunciar a una franca separación entre sincronía y diacronía, porque el tiempo del lapsus pertenecería a la sincronía, y (2) de distinguir una macro-diacronía (aquella que se reconoce de ordinario) y una micro-diacronía (operativa), la de los eventos enunciativos del discurso en acto, aquella en la que las presiones y las impulsiones que emanan del cuerpo enunciante tienen derecho de entrada. Esta dificultad ya fue puesta de relieve por Saussure, y ampliamente comentada, en ese mismo sentido, por Michel Arrivé17.
Asociar una micro-diacronía, un tiempo operativo de la praxis enunciativa, al tiempo del desarrollo del discurso conduce a asociar, en una proyección espacial, una profundidad del significado (turbulento, estratificado, no lineal) a la línea aparente del significante. Esa profundidad tendría por correlato cognitivo la estratificación de los diferentes módulos de la producción del habla, que encontraremos en unos momentos.
APROXIMACIONES PSICOANALÍTICAS
Interpretación y cadena causal
En Psicopatología de la vida cotidiana, Freud estudia gran número de ejemplos que se han convertido en clásicos, regularmente recogidos en trabajos de psicoanalistas y de lingüistas. Pero la lectura del capítulo que dedica a esas muestras teratológicas del discurso cotidiano (e incluso literario) es francamente frustrante, pues no desemboca en un modelo de explicación específico del lapsus: cada análisis y cada explicación particular aparecen como una explicación ad hoc, en forma de una ascensión progresiva de una cadena causal o de varias cadenas causales convergentes. Las explicaciones, ciertamente, son seductoras, con frecuencia convincentes, pero no pueden ser sometidas a la prueba de «falsación», a la vez por falta de un modelo de referencia explícito y por ausencia de una confrontación con otras explicaciones posibles.
No obstante, se encuentran en Freud los elementos de una teorización del lapsus, que puede ser expuesta en algunos trazos. Ciertamente, no aparecen solo a propósito del lapsus, conciernen también al olvido de nombres; sin embargo, la propuesta es generalizable:
[…] el obstáculo que opone a la reproducción deseada del nombre un encadenamiento de ideas ajenas a ese nombre es inconsciente. Entre el nombre perturbado y el complejo perturbador puede haber o una relación preexistente, o una relación que se establece, por vías aparentemente artificiales, a favor de asociaciones superficiales (exteriores)18.
En el caso del lapsus, las dos palabras o expresiones en competición pueden pertenecer a dos complejos en conflicto o estar en conflicto en el seno del mismo complejo perturbador. Para simplificar, se podría decir que si, en el olvido, el complejo perturbador impide la pronunciación del nombre perturbado, en el lapsus impone otro parcial o completamente distinto. Se advierte también que esa definición del complejo perturbador pone en escena no solo un conflicto entre dos términos, sino un conflicto entre operaciones: la reproducción deseada, por un lado, el encadenamiento de ideas, por otro. Un conflicto entre operaciones es, más generalmente, una interacción entre dos cursos de acción. La concepción freudiana pone, pues, en relación una «deformación» (que afecta a una palabra) y una «perturbación» (que caracteriza una interacción entre operaciones). En los términos que desarrollaremos más adelante, diríamos que el despliegue sintagmático de interacciones entre operaciones ha sido objeto de un marcaje pasional, que está asociado a una huella somática en la pronunciación de la palabra. El lazo entre marcaje y huella, más o menos distendido y reconocible, es decisivo para todo lo que sigue.
Dos nociones vienen a completar esa propuesta central: la de condensación, tomada de la reflexión sobre el sueño, que da cuenta del conjunto de mecanismos de reorganización lingüística del lapsus, a la cual habría que añadir el desplazamiento, que no es evocado en Psicopatología de la vida cotidiana, pero que se reunirá con la anterior en La interpretación de los sueños. La reorganización de los componentes del lapsus (la condensación) es, con toda evidencia, una operación que recae sobre el arreglo y sobre el número de componentes: una modificación del número de partes y de sus relaciones hace irreconocible la primera expresión a través de la segunda. El desplazamiento concierne al acento psíquico, y hemos encontrado ya una variante enunciativa en forma de disminución y de desplazamiento de la fuerza de asunción. El desplazamiento consagra el marcaje sintagmático (una interacción es considerada como un punto crítico marcado pasionalmente) y la condensación inscribe la huella somática, que sigue siendo sensible en la manifestación actual (cf. supra, los índices demarcativos), aunque el marcaje no sea ya accesible. Condensación mereológica y desplazamiento de la fuerza de asunción, tales serían las dos dimensiones enunciativas de la producción del lapsus.
Hay que añadir a esto la noción de tendencia, que proporciona un anclaje parcial a los complejos perturbadores, y que podría ser asimilada a la de isotopía patémica:
[…] se puede decir que, en cierta categoría de casos, las ideas perturbadoras provienen de tendencias. Egoísmo, celos, hostilidad, todos los sentimientos y todos los impulsos reprimidos por la educación moral utilizan con frecuencia en el hombre el camino que desemboca en el acto fallido19.
Globalmente, la cadena causal e interpretativa preferida por Freud tiene una forma estable: del lapsus sube a una condensación que es necesario deshacer y tomar al revés, luego a un complejo perturbador que es preciso reconstruir, para terminar en una o varias tendencias originales. El lapsus tiene, pues, un origen, y desde ese origen se puede poner en la «mira»: los principios de base de una intencionalidad subyacente están salvados, excepto porque las etapas de ese recorrido, que comprende especialmente un marcaje de interacciones y una huella somática, dan testimonio del carácter corporal de esa intencionalidad.
Intención y atención
Dos nociones vuelven sin cesar en las discusiones sobre el lapsus: la intención y la atención. Grosso modo, se trata de saber si el descenso de la atención compromete o no el valor intencional de lo dicho. Atención e intención son dos tipos de «conducción» ejercida sobre el cuerpo-actante enunciador, que pueden ser acercados a dos propiedades del principio de inercia (cf. supra, primer capítulo). La atención preserva la enunciación de las variaciones de presiones opuestas y le permite mantener el recorrido comprometido, a pesar de las solicitaciones divergentes: participa así en la fijación del umbral de remanencia; la intención proporciona a la enunciación una intensidad de compromiso y de «mira» discursiva, cuyo nivel está bien definido y es, grosso modo, constante a lo largo de todo el recorrido, y, con eso, contribuye a la definición del umbral de saturación.
Para Freud, el relajamiento de la atención libera de las intenciones concurrentes:
A continuación del relajamiento de la acción inhibidora de la atención, o, para expresarnos más exactamente, gracias a ese relajamiento, se establece el libre desarrollo de las acciones20. […] esas condiciones son utilizadas de buen grado por la intención de la idea reprimida a fin de adquirir una expresión consciente21.
La intención de la idea reprimida implica la existencia de, al menos, otra instancia actancial, hundida en la profundidad potencial del discurso, provisionalmente controlada por la instancia que produce el discurso manifiesto, y dotada de una fuerza y un objetivo propios: adquirir una expresión consciente. Una fuerza que tiene por meta la manifestación discursiva: tal podría ser la definición de la presión de la que hablábamos más arriba, siguiendo a B.-N. Grunig.
Por eso, a partir de los trabajos de lingüistas y psicólogos de su época, Freud comienza por evocar una perturbación de la atención al comienzo de la obra, para terminar, en conclusión, por sustituirla por una perturbación de la intención. En efecto, la concepción que se basa en la perturbación de la atención supone solamente que toda suerte de presiones indeterminadas, y más o menos caóticas, asaltan u ocupan el campo de conciencia del sujeto del habla, y que, si el hilo del discurso puede abrirse camino en ese desorden, es gracias a la acción inhibidora de la atención, una suerte de dique que protegería el camino del habla de las olas caóticas que la amenazan: no habría en ese caso más que una sola «mira» intencional, canalizable, y que debería ser protegida del caos circundante.
En cambio, la hipótesis según la cual estamos frente a una perturbación de la intención supone, además, que, en ese desorden que amenaza, otros caminos potenciales estén ya organizados, y que el conflicto no tenga lugar entre una intención discursiva, por un lado, y un caos no discursivo, por otro, sino entre dos o varias intenciones (dos o varias «miras» intencionales) características de dos o varias instancias.
Freud toma claramente partido por la segunda solución: «El lapsus resulta de la interferencia de dos intenciones diferentes, una de las cuales puede ser calificada de perturbada, y la otra, de perturbadora»22. Para precisar los retos lingüísticos de esa alternativa, es necesario hacer un breve rodeo por los modelos de producción del habla. En efecto, el debate entre los dos grandes modelos cognitivos concurrentes de la producción del habla es, a este respecto, particularmente revelador.
El modelo conocido como «simbólico», propuesto por Levelt (W. J. M. Levelt, 1994), está compuesto por una serie de módulos encapsulados, y especialmente por una capa o estrato conceptual y lexical, y por una capa fonológica que no puede retroactuar sobre la primera. La intención léxico-semántica se forma antes de que la capa fonética sea activada, y, al momento de la planificación fonética, la intención léxico-somática ya no es accesible.
El modelo llamado «conexionista» de Dell (G. S. Dell y P. G. O’Seaghdha, 1991) está constituido por tres capas o estratos (una capa semántica, una capa lexical y una capa fonética), enlazados por una red de conexiones bilaterales. Cada información es accesible desde todas las posiciones de la red (se le dice «distribuida»), y todas las interacciones y retroacciones son posibles (las capas dialogan instantáneamente entre sí).
Levelt reprocha al modelo de Dell por ser un modelo de producción de lapsus, y no del habla en general: en una red de conexiones bilaterales generalizadas, una puede explicar por qué se producen lapsus, pero no por qué se puede hablar sin producir lapsus. Además, el modelo «conexionista» parece, más bien, típico de una concepción del discurso en la que la intención léxico-semántica (el vector de la producción del discurso) tendría que defenderse contra un «caos no discursivo». Si se acepta la idea de una retroacción generalizada de la capa fonética sobre las capas lexicales y conceptuales, hay que aceptar también que la intención léxico-semántica pueda ser modificada en todo momento, o perturbada al menos, por las activaciones distribuidas a partir de la capa fonética.
En cambio, si se supone una estanquidad de la capa léxico-semántica, es necesario imaginar que las perturbaciones fonéticas, cuando tienen un efecto semántico, van acompañadas, filtradas, dirigidas por intenciones léxico-semánticas paralelas y concurrentes. A partir de entonces, a diferencia del de Dell, el modelo de Levelt sería compatible con una concepción del discurso (y del lapsus) pluri-intencional.
En efecto, toda activación fonológica pasa primero por una activación silábica, rítmica y entonativa, que afecta de manera genérica un tipo silábico y entonativo. Resulta de eso que toda expresión lexical correspondiente es potencialmente activada. La intención paralela (o perturbadora), más o menos potente, logra o no logra conducir esa activación hasta la pronunciación de otra expresión lexical distinta de aquella de la intención perturbada. Habría que admitir, pues, que el modelo cognitivo puede acoger una capa textual, que comporte isotopías, roles actanciales, recorridos figurativos y temáticos, que serviría especialmente de fuente a las intenciones perturbadas y perturbadoras, así como de filtro para las activaciones silábicas y entonativas genéricas. Un modelo de tipo simbólico, completado por una capa textual o discursiva, pareciera mejor adaptado a una concepción discursiva pluri-intencional de la producción del lapsus.
Modos de existencia y presiones existenciales
La concepción que nosotros mantenemos reposa, pues, en la coexistencia conflictiva de dos o más instancias de discurso. Y, así, lo que no era para Meringer más que imágenes verbales flotantes o nómadas, o restos no extinguidos aún de discursos recientemente terminados23, se convierte ahora en discurso potencial concurrente en el discurso actual, y sostenido por una intencionalidad en buena y debida forma.
Uno de los recorridos discursivos es conducido por la isotopía actual y dominante, y los otros, sus concurrentes, son guiados por isotopías potenciales; el error constatado resultaría no ya de una alotropía inexplicable, sino de una variación provisional de la relación de fuerzas entre las diferentes trayectorias isotópicas. Desde esa perspectiva, no hay por qué asombrarse por el hecho de que la mayor parte de los lapsus aborten en farfulleos, vacilaciones, pequeñas escorias fonológicas, puesto que todo eso significa simplemente que la trayectoria isotópica actual se impone casi siempre, o al menos llega casi siempre a inhibir las otras trayectorias.
Esta concepción de las cosas obliga, por lo demás, a explicar por qué los lapsus no proliferan y bajo qué condiciones advienen: debemos añadir una determinación suplementaria. Si se supone que las isotopías concurrentes están potencialmente en interacción, sus interacciones son capaces de dar lugar a marcajes pasionales; dichos marcajes se traducen en el nivel de la expresión por conectores de isotopías (palabras, o grupos de palabras o de sílabas) que conservan la huella del marcaje. Cuando el flujo del discurso encuentra una de esas huellas, ella actualiza el marcaje subyacente y un lapsus se produce. Y eso explica igualmente que las isotopías cuyas interacciones no han recibido ningún marcaje no den lugar a ningún lapsus.
El ejemplo siguiente no contiene, a ese respecto, ninguna ambigüedad: bajo el discurso actual, otro discurso, sin duda jamás formulado, pero perfectamente construido, presiona para ser manifestado. Un alto funcionario limosín, queriendo poner en evidencia el rol que juega el polo universitario de Limoges, comienza así: «Es claro que el polo de Toulouse, ¡oh!, perdón, Limoges…», y baja bruscamente la entonación al final de Toulouse.
Esta sustitución no tiene ninguna relación con la cadena fónica del discurso, y muestra bien a las claras que el lapsus explota el contexto isotópico: un error como polo de cenicero no sería reconocido como un lapsus. La duplicidad semántica es clara. El locutor no cree que el sitio de Limoges sea un verdadero polo universitario, mientras que, para él, es evidente que Toulouse sí lo es; y el hecho de que haya hablado u oído hablar recientemente de Toulouse, o incluso que Toulouse ocupe un lugar particular en su historia personal, no cambia nada en el asunto. Por el hecho de que la opinión y su expresión potencial han sido formadas sólidamente en niveles profundos, viene ahora a perturbar el habla actual. Si el locutor hubiera oído hablar de Marmande o de Figeac, el lapsus no habría tenido lugar (o, en todo caso, no con la misma significación).
La expresión «polo universitario» lleva la huella que actualiza un marcaje anterior, relativo a los debates sobre la manera como se hace la distinción entre conjuntos universitarios de primer nivel y de segundo nivel. Las presiones que producen ese marcaje son bien conocidas: son de naturaleza política e ideológica, y son, incluso hoy en día, altamente pasionales. La llegada, en el hilo del discurso, de la expresión que porta la huella desencadena entonces el lapsus.
La estructura intencional que subyace bajo la práctica discursiva estaría, pues, estratificada en varios modos de existencia: en un mismo segmento de la cadena del discurso, coexistirían «miras» intencionales de estatuto diferente, «miras» virtuales, potenciales y actuales. Una «mira» virtual es simplemente del orden de lo posible (alético): disponible en general, aunque no ejerce ninguna presión con vistas a la manifestación discursiva. Una «mira» potencial es del orden de lo potestivo: no solamente está disponible, sino que, además, ejerce una presión para llegar a la manifestación. Una «mira» actual es del orden de lo volitivo: se impone y se instala en la manifestación discursiva.
La dependencia entre el lapsus y el discurso en el que aparece podría ser precisada así: el desarrollo actual del discurso (por ejemplo, la evocación del «polo universitario» del limosín) convierte, bajo el efecto del dispositivo «huella/marcaje», una parte de los discursos virtuales en discursos potenciales (principalmente, la existencia de otros «polos universitarios» próximos). Es, pues, el discurso actual el que potencializa el discurso portador del lapsus. Llegaríamos así a una representación de universos de discurso en estratos de profundidad que los enunciados deberían atravesar para llegar a la manifestación, de tal suerte que su «mira» intencional atravesaría cuatro modos de existencia:

Estos diferentes modos de existencia tienen un correlato cognitivo: y ese sería el estatuto de activación de las capas y de los módulos de producción. El paso que damos aquí es importante, puesto que el modelo que proponemos es un modelo de la profundidad del discurso y de la coexistencia de instancias de discurso. No solo es cuestión de una capa textual suplementaria, una capa entre otras capas cognitivas; al contrario, el discurso aparece ahí como un objeto de conocimiento autónomo y englobante, cuya representación dinámica tratamos de elaborar. Y los modos de existencia y los niveles de modelización de las «miras intencionales» pertenecen, por derecho, al componente enunciativo del discurso.
Esos modos de existencia, sin embargo, tienen también un correlato corporal: en efecto, la copresencia tensiva de esas diferentes capas no se explica si no suponemos que, mientras toda la atención cognitiva y afectiva está concentrada en el desarrollo de una de las isotopías, las otras están, en cierta suerte, encarnadas, hundidas, y eventualmente marcadas, en el cuerpo-actante de la instancia de discurso. No tienen realidad lingüística, porque no están aún manifestadas, y la única realidad que pueden tener en ese momento es de tipo somático. Apenas formadas como figuras de discurso, existen, no obstante, potencialmente y preformadas, en los esquemas sensorio-motores de la carne enunciante.
INSTANCIAS DEL CUERPO-ACTANTE DE LA ENUNCIACIÓN
Identidad de las instancias Mí y Sí
Hemos propuesto la hipótesis de una competición entre varias capas discursivas que tenderían hacia la manifestación a través de capas modales existenciales, donde marcajes sintagmáticos y huellas en la expresión dan cuenta de la aparición del lapsus. Debemos afrontar ahora la incontrolable diversidad de las «miras» intencionales virtuales y potenciales. Para circunscribir el análisis, disponemos ya de una tipología de las instancias (cf. supra, primer capítulo), que podemos adaptar al caso de los actos de enunciación.
Examinemos, por ejemplo, la opción adoptada por Grunig y Grunig, quienes declaran, de entrada, que ellos se refieren a un único individuo concreto de carne y hueso, y que justifican así su opción:
Si nos atenemos a esa unicidad, es porque los conflictos, declarados o latentes, a los cuales les daremos un amplio lugar en nuestro modelo, solo tienen valor porque hacen estallar a un individuo24.
Ciertamente, tenemos que ver con un mismo individuo «de carne y hueso», pero que está habitado por tensiones y sometido a presiones que, como dicen estos autores, lo «hacen estallar». Ego es aquí, al mismo tiempo, individual y plural: en un curso de acción enunciativo, Ego está, en efecto, confrontado sin cesar a su propia alteridad, y cada una de sus posiciones sucesivas resulta de esas interacciones, ya sea por asimilar la alteridad o por rechazarla.
La distinción entre el Mí y el Sí, que ha sido definida por la manera como el cuerpo-actante trata su propia alteridad en devenir, permitirá dar cuenta de la formación de los lapsus en el curso de acción enunciativo. El Sí es esa instancia que está controlada por la atención, y globalmente canalizada por el proyecto de enunciación. Es una instancia cuya identidad será confirmada a lo largo de todo el discurso y reafirmada por los actos mismos del discurso. Es la instancia construida en el devenir del curso de acción discursivo.
En cambio, el Mí es ese individuo de carne y hueso que, como lo recuerda B.-N. y R. Grunig,
articula, farfulla o prorrumpe en gritos y a partir de lo cual se calculan los valores tomados por los embragantes tales como tú o nosotros, así como se calcularía el norte a partir de la Osa Mayor y de la Estrella Polar25.
El Mí es el hito deíctico marcador del discurso, una posición que instaura en torno suyo el campo de presencia del discurso. Esa posición es sometida sin cesar a presiones y desplazamientos, y, por ese hecho, se encuentra confrontado con la cuestión de su identidad. Pero esa cuestión no le es planteada al Mí, que es un referente sin identidad; se le plantea, más bien, al Sí, que se construye en el curso de acción de la enunciación*.
Ego recubre, pues, dos identidades de base, el Mí y el Sí. Confrontado con la alteridad y con las presiones del devenir discursivo, el Mí responde con la resistencia: afirma y opone su unicidad, unicidad del actante de referencia y unicidad de la carne sensorio-motriz, contra la labilidad plural de la alteridad y de las intenciones enunciativas. El Mí es ese cuerpo que articula y profiere; es, por eso, el Mí-carne.
A la misma cuestión, el Sí, con la integración/expulsión de la alteridad, construye su identidad absorbiendo progresivamente las posiciones sucesivas que atraviesa. Aparece entonces como la instancia por la cual el sujeto de enunciación se da una identidad en el mundo que él construye, en negociación permanente con las desviaciones y bifurcaciones que ese recorrido lo lleva a afrontar. Esa sería, en suma, la manera como el sujeto de enunciación se siente en el mundo, es decir, en los términos mismos de la fenomenología, el Sí-cuerpo propio.
Freud mismo dice que el lapsus resulta de una «represión incompleta»: todo ocurre como si, una vez comprometido en el discurso, el sujeto resistiera por saturación, más allá de cierto umbral, a la fuerza de las presiones que padece. Por otro lado, se puede constatar que el lapsus puede nacer de una marca afectiva remanente, fijada a una expresión, a un fragmento de discurso, mientras que la presión ha desaparecido. La instancia de enunciación encarnada se individualiza gracias a cierta inercia: a partir del cuerpo enunciante, se formaría entonces un actante de enunciación que no podría ser excitado o inhibido más allá de ciertos umbrales, los umbrales de inercia, el umbral de saturación y el umbral de remanencia, que ya hemos descrito anteriormente.
El Mí-carne, que opone a toda presión que lo conduce a convertirse en otro la resistencia de su unicidad y de su rol de referente, asume el estatuto de actante en los límites definidos por los umbrales de saturación y de remanencia: más allá del umbral de saturación, las presiones ejercidas sobre el Mí-carne se transforman en sufrimiento o en goce, y suscitan irrupciones fóricas brutales, aparentemente incontroladas, una invasión momentánea o durable de la manifestación discursiva. Más acá del umbral de remanencia, las presiones ejercidas sobre el Mí-carne comprometen su rol de referencia.
El Sí-cuerpo propio, que integra toda nueva alteridad para hacerla suya, para alejarla o integrarla a sí mismo, está, pues, encargado de gestionar la memoria y el devenir de la acumulación de esas resistencias por saturación y por remanencia. El Sí de la remanencia pura es el Sí-idem, el que procede, por recubrimiento sistemático, de las fases anteriores por las fases actuales; el Sí de la saturación pura es el Sí-ipse, que atraviesa todas las fases sucesivas limitando sus efectos dispersivos.
La distinción entre esas dos instancias, el Mí y el Sí, reposa en una diferencia de punto de vista: del lado del Mí, el principio de resistencia es un asunto de intensidad (la intensidad unificadora); del lado del Sí, se trata, en cambio, de gestionar en la extensión (en el tiempo, en el espacio, en el número) la acumulación de remanencias y de saturaciones. La tensión que los une abre la vía a un modelo de la producción de discursos que funda la enunciación en el curso de acción de un cuerpo-actante. Si reservamos para el Mí-carne la valencia de intensidad y asignamos al Sí-cuerpo propio la valencia de la extensión, entonces veremos aparecer, en las correlaciones entre las dos valencias, un conjunto de posiciones que son otros tantos posibles modos de producción del discurso.
Por ejemplo, un Sí que solo fuera hecho de repeticiones, sin proyecto enunciativo que desarrollar, no haría más que farfullar; con que tuviera un proyecto enunciativo mínimo, se repetiría, ciertamente, pero al modo de los personajes de Ionesco: sea la lección aprendida de memoria (el actante está fijado, entonces, en el umbral de remanencia), sea la exclamación indefinidamente repetida (se encuentra fijado, en ese caso, en el umbral de saturación):

Asimismo, si un Sí no hiciera más que innovar, tener siempre en la «mira» un nuevo proyecto sin repetirse jamás, no podría instalar ninguna isotopía y se convertiría en incoherente. El gradiente del Sí se despliega entonces, y, entre los farfulleos y la incoherencia, aparecerían las posiciones intermedias, que son el psitacismo [repetición memorística], la recitación, la lengua de palo [frases hechas, eslóganes, fórmulas invariables] y otras formas algo más canónicas.
Por el lado del Mí, la carne puede, como mínimo, expresarse con un fonema único, totalmente extraño a la cadena del discurso, pura exclamación, gorgoriteo o ruido vocal, o, más allá del umbral de saturación, llevar todo el discurso a un nivel de delirio que el apoyo del Sí no haría sino exacerbar. Entre los dos, algunos fenómenos más ordinarios, como el lapsus, se pueden dar.
Así es como comienza la teratología del discurso. Cada una de las diferentes figuras del discurso en acto, sometidas a las presiones intensivas del Mí y a las presiones extensivas del Sí, es definida por un grado de cada una de las dos presiones. Pero, cuando esas valencias escapan al control de los umbrales de remanencia o de saturación, el discurso ordinario explota en una multitud de formas más o menos perturbadas y perturbadoras.
Este modelo topológico es un modelo de variación gradual de las presiones, pero de variaciones correlacionadas entre sí. Cada variación gradual orientada (representada por una flecha con trazo continuo) es una valencia; cada posición definida en el espacio interno de la correlación es un valor. Además, tal espacio de variación obedece a dos tipos de correlaciones (representadas por flechas punteadas): (1) una correlación directa, según la cual las presiones evolucionan en el mismo sentido, y (2) una correlación inversa, según la cual las presiones evolucionan en sentido contrario.
La correlación directa [llamada también conversa] define aquí una zona donde se encuentran el farfulleo, el balbuceo, el discurso ordinario, el arrebato verbal y el delirio; la correlación inversa define otra zona, donde se encuentran distribuidos el ruido vocal, el lapsus, el discurso ordinario, la recitación y la lengua de palo.
The free sample has ended.