Read the book: «La semiosfera»



Colección Biblioteca Universidad de Lima
La semiosfera
Primera edición digital: abril, 2019
© Iuri M. Lotman
© De la edición francesa: Presses Universitaires de Limoges (PULIM), 1999
© De la traducción al francés: Anka Ledenko
© De la traducción al español: Desiderio Blanco
© De la presente edición:
Universidad de Lima
Fondo Editorial
Av. Javier Prado Este 4600
Urb. Fundo Monterrico Chico, Lima 33
Apartado postal 852, Lima 100, Perú
Teléfono: 437-6767, anexo 30131
www.ulima.edu.pe
Diseño y edición: Fondo Editorial de la Universidad de Lima
Imagen de portada: Fotografía de Annie Spratt
Versión e-book 2019
Digitalizado y distribuido por Saxo.com Perú S. A. C.
https://yopublico.saxo.com/
Teléfono: 51-1-221-9998
Avenida Dos de Mayo 534, Of. 404, Miraflores
Lima - Perú
Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN 978-9972-45-484-4
Índice
I. El espacio semiótico
II. La noción de frontera
III. Los mecanismos del diálogo
IV. La semiosfera y el problema de la intriga
V. Los espacios simbólicos
1. El espacio geográfico en los textos rusos medievales
2. El viaje de Ulises en La divina comedia de Dante
3. La casa en El maestro y Margarita de Bulgákov
4. El simbolismo de San Petersburgo
VI. Algunas conclusiones
Referencias
Índice de nociones y temas
I
El espacio semiótico
Nuestra argumentación ha seguido hasta aquí un esquema generalmente aceptado: hemos comenzado por tomar en consideración el acto de comunicación en sí mismo, y hemos examinado las relaciones que se establecen entre el destinador [el enunciador] y el destinatario [el enunciatario]*. Esta aproximación presupone que el estudio de ese hecho único sea susceptible de esclarecer las características principales de la semiosis, y que tales características puedan ser extrapoladas a más vastos procesos semióticos. Ese acercamiento está en concordancia con la tercera regla enunciada por Descartes en su Discurso del método (1973): «El tercer (precepto) consiste en considerar por orden mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, como por grados hasta el conocimiento de los más complejos» (p. 111). Esta aproximación está también de acuerdo con la práctica científica iniciada en el período de las Luces, que consiste en trabajar sobre el principio de Robinson Crusoe: aislar un objeto para hacer luego, a partir de él, un modelo general.
Sin embargo, para que este procedimiento se revele como correcto, el hecho aislado debe reunir las cualidades que permitan desembocar por extrapolación en un modelo pertinente. Eso no sucede en el caso que nos ocupa. Un esquema que se componga de un enunciador, un enunciatario y un canal que los enlaza no constituye aún un sistema operatorio. Para funcionar, tiene que estar sumergido en un «espacio semiótico». Todos los participantes en el acto de comunicación deben tener alguna experiencia, estar familiarizados con la semiosis. Así, paradójicamente, la experiencia semiótica precede al acto semiótico. Por analogía con la noción de biosfera (Vernadsky), podemos hablar de semiosfera, término que definimos como espacio semiótico necesario para la existencia y funcionamiento de los diferentes lenguajes, y no en cuanto suma de los lenguajes existentes. En un sentido, la semiosfera tiene una existencia anterior a esos lenguajes y se encuentra en constante interacción con ellos. Desde ese punto de vista, una lengua es una función, un conjunto de espacios semióticos dotados de sus fronteras respectivas, las cuales, por claramente definidas que sean a través de la autodescripción gramatical de la lengua concernida, están, en la realidad de la semiosis, corroídas e invadidas por formas transicionales. En el exterior de la semiosfera, no puede haber ni comunicación, ni lenguaje. Bien entendido, la estructura con canal único es también una realidad. Un sistema que se contiene a sí mismo, con canal único, es un mecanismo destinado a transmitir señales extremadamente simples, así como a la realización de una función única, pero que no está adaptado ciertamente a la tarea que consiste en generar información. Podemos, pues, imaginar que un sistema de este tipo es una construcción artificial. En circunstancias naturales, actúan, en cambio, sistemas muy diferentes. El simple hecho de que existen en la cultura humana universal signos convencionales y figurativos (o más bien que todos los signos existentes son, en grados diversos, a la vez convencionales y figurativos) bastaría para mostrar que el dualismo semiótico es la forma mínima de organización de un sistema semiótico activo.
La binaridad y la asimetría son las leyes que aseguran la cohesión de un sistema semiótico. La binaridad, sin embargo, debe ser comprendida como un principio que se realiza a través de la pluralidad, puesto que cada lenguaje nuevamente constituido es, a su vez, subdividido siguiendo un principio binario. Toda cultura viviente posee un mecanismo «integrado» que le permite disminuir los lenguajes que la componen (así como lo veremos más adelante, un mecanismo paralelo y contrario, que unifica esos lenguajes, está igualmente operando). Por ejemplo, de manera permanente somos testigos de la multiplicación de lenguajes en el dominio del arte. Eso ha sido así particularmente en la cultura del siglo XX, lo mismo que en las culturas del pasado que le correspondían tipológicamente. A lo largo de períodos en los que ha prevalecido la actividad creadora del público, el eslogan según el cual «todo lo que nosotros percibimos como arte es arte» suena verdadero. En los primeros años del siglo XX, el cine dejó de ser una mera diversión de feria para convertirse en arte mayor. No apareció solo, sino en medio de un cortejo de espectáculos tanto tradicionales como nuevos. En el siglo XIX, nadie hubiera considerado seriamente el circo, los espectáculos de feria, los juguetes tradicionales, la publicidad y los anuncios callejeros como otras tantas formas artísticas. Una vez que se convirtió en arte, el cinematógrafo se dividió de golpe en cine documental y en cine de diversión, en cine de autor y cine comercial, cada categoría con su propia poética. Y, en nuestros días, otra división ha tenido lugar: cine «para sala» versus cine «para televisión». Es cierto que la noción misma de arte se hace más estrecha a medida que la extensión de lenguajes artísticos se agranda: algunas formas de arte salen prácticamente del marco. Por eso, no debería sorprendernos que, si miramos con más atención y más de cerca, el grado de diversidad de sistemas semióticos en el interior de una cultura dada sea relativamente constante. Pero otro punto es también esencial: la paleta de lenguajes dentro de un campo cultural activo está en evolución continua, y el valor axiológico, así como la posición jerárquica de sus elementos, están sujetos a cambios más importantes aún.
Al mismo tiempo, a través de todo el espacio de la semiosis, desde las jergas de los diferentes grupos sociales y el argot de los adolescentes hasta el lenguaje de la moda, se asiste por igual a una constante renovación de códigos. Así, cada lenguaje se encuentra inmerso en un espacio semiótico específico, y no puede funcionar si no es por interacción con ese espacio. La unidad de base de la semiosis, el mecanismo activo más pequeño, no constituye un lenguaje separado, sino la totalidad del espacio semiótico de una cultura dada. A ese espacio nosotros lo llamamos semiosfera. La semiosfera es el resultado y, al mismo tiempo, la condición del desarrollo de la cultura. Justificamos la elección de ese término por una analogía con la noción de biosfera, tal como Vernadsky la ha definido, a saber, el conjunto y la totalidad orgánica de la materia viviente, y a la vez la condición necesaria para la perpetuación de la vida.
Vernadsky (1960) ha escrito:
Todos los grupos vivientes están íntimamente enlazados los unos con los otros. Uno no puede existir sin los otros. Esa relación invariable entre diferentes grupos y estratos de vida es uno de los aspectos inmemoriales del mecanismo que opera en la corteza terrestre, y que se manifiesta a lo largo de la era geológica. (p. 102)
Esa misma idea está expresada más claramente aún:
La biosfera tiene una estructura muy bien definida, que determina sin excepción todo lo que se produce en su seno… Un ser humano que se observa en la naturaleza, como todo organismo viviente, como cada ser viviente, cumple una función definida de la biosfera, en el marco del espacio-tiempo específico de esta última. (Vernadsky, 1977, p. 32)
En sus notas de 1892, Vernadsky (1988) pone de relieve la actividad intelectual humana, en cuanto continuación del conflicto cósmico entre la vida y la materia inerte:
Las leyes que rigen aparentemente la actividad consciente de la vida de los pueblos han conducido a más de uno a negar la influencia de la personalidad sobre la historia, a pesar de que en el fondo, a través de toda la historia, asistimos a un combate permanente de los modos de existencia consciente (es decir, «no natural») con el orden inconsciente de las leyes inertes de la naturaleza, y en ese esfuerzo de la conciencia reside toda la belleza de los fenómenos históricos, la originalidad de su posición entre los otros procesos naturales. Con la medida de ese esfuerzo de conciencia puede ser juzgada una época histórica. (p. 292)
La semiosfera está marcada por la heterogeneidad. Los lenguajes que llenan el espacio semiótico son muy variados y se hallan enlazados unos con otros a lo largo de un espectro que va de una posibilidad completa y mutua de traducción hasta una imposibilidad también completa y mutua de traducción. La heterogeneidad está definida, a la vez, por la diversidad de los elementos que conforman la semiosfera y por las diferentes funciones de estos últimos. Si hiciéramos la experiencia mental de imaginar un modelo de espacio semiótico en el que todos los lenguajes hubiesen aparecido en un solo y mismo instante y bajo la influencia de los mismos impulsos, no obtendríamos nunca una estructura de código única, sino un conjunto de sistemas enlazados y diferentes. Podríamos, por ejemplo, construir un modelo estructural semiótico del romanticismo europeo y delimitar su armazón cronológico. Inclusive en el interior de un espacio totalmente artificial como el indicado no habría homogeneidad: inevitablemente, allí donde existen diferentes grados de iconicidad, ninguna traducción semántica completa es posible, sino solamente el establecimiento de correspondencias convencionales. Sin duda, el poeta y «partisanohéroe» de 1812, Denis Davydov, comparó la táctica guerrera de los «partisanos» con la poesía romántica, y declaró que el jefe de un grupo de guerrilleros no debería ser un «[…] teórico de espíritu calculador y de corazón frío […]: esa profesión romántica requiere una imaginación romántica, pasión por la aventura, y no se satisface jamás con una valentía seca y prosaica. ¡Es de Byron!» (Davydov, 1822, p. 83).
Basta con echar una mirada a su estudio sobre los procedimientos tácticos: Tentativa de elaboración teórica de las tácticas guerreras de los partisanos, con sus planos y sus mapas, para comprender que esa bella metáfora solo era un pretexto destinado a los espíritus románticos, amantes de los contrastes, para yuxtaponer nociones incompatibles entre sí. El hecho de que lenguajes diferentes se encuentren unificados por medio de una metáfora es la prueba de su diferencia esencial.
Debemos tomar en cuenta también el hecho de que los diferentes lenguajes tienen una duración de vida variable: la moda en el vestuario cambia a una velocidad que no puede ser comparada con el ritmo de evolución del lenguaje literario, y el romanticismo en el dominio de la danza no está sincronizado con el romanticismo en el dominio de la arquitectura. Así, mientras que algunos campos de la semiosfera conservan aún huellas de poética romántica, otros pueden estar ya comprometidos con el posromanticismo. Ni siquiera nuestro modelo artificial podría producir un cuadro [de pintura] homogéneo para un corte temporal estrictamente sincrónico. Esa es la razón por la cual, cuando tratamos de presentar una imagen sintética del romanticismo que permita incluir en ella todas las formas de arte (y tal vez igualmente de otros dominios culturales), la cronología tiene que ser sacrificada. Y esto es igual para el Barroco, para el clasicismo y para numerosos ismos.
Sin embargo, si hablamos, no de modelos artificiales, sino de modelizar el verdadero proceso literario (o, más ampliamente, el proceso cultural), debemos admitir que —para seguir con nuestro ejemplo— el romanticismo no ocupa más que una parte de la semiosfera, en la cual diversas formas culturales tradicionales continúan existiendo, algunas de ellas se remontan a la Antigüedad. Además, en todas las etapas del desarrollo de una cultura, tienen lugar contactos con textos que emanan de culturas que antes se encontraban fuera de las fronteras de la cultura en estudio. Esas invasiones se producen a veces por intermedio de textos aislados o de capas culturales enteras, y afectan de varias maneras la estructura de la «imagen del mundo» propia de la cultura en cuestión. A través de cada corte sincrónico de la semiosfera, diferentes lenguajes, en distintos estadios de su desarrollo respectivo, se encuentran en conflicto, y algunos textos se hallan sumergidos en lenguajes que no son los suyos, mientras que los códigos que permiten descifrarlos están totalmente ausentes. A modo de ejemplo de un mundo particular estudiado de manera sincrónica, podemos imaginar una sala de museo en la que se encuentran expuestas piezas provenientes de diferentes épocas, acompañadas de inscripciones redactadas en lenguajes conocidos y desconocidos, y con indicaciones para decodificarlas. A eso se añaden las explicaciones elaboradas por el personal del museo, los planos para los visitantes y las reglas de comportamiento destinadas también a los visitantes. Imaginemos en esa sala, asimismo, guías y visitantes, e imaginemos todo eso como un mecanismo único (lo que es en un sentido, efectivamente). Obtenemos así una representación de la semiosfera. Debemos recordar a continuación que el conjunto de los elementos contenidos por la semiosfera estaría enlazado entre sí de manera móvil y dinámica, no estática, en proporciones que cambian constantemente. Eso ocurre cuando se producen manifestaciones tradicionales, que se remontan a un lejano pasado que podemos constatar. La evolución de una cultura es fundamentalmente diferente de la evolución biológica, y el término evolución puede fácilmente inducir a error.
La evolución biológica implica la extinción de algunas especies y la selección natural; pero el investigador no ve más que las criaturas vivientes que le son contemporáneas. Un fenómeno análogo se produce en la historia de la tecnología: cuando un utensilio se hace obsoleto por el progreso técnico, «se jubila» en un museo, como pieza de colección. Ha dejado de vivir, por decirlo de alguna manera. En historia del arte, por el contrario, las obras que nos llegan de períodos culturales lejanos siguen cumpliendo un rol en nuestro propio desarrollo cultural como factores vivientes [véase el culto a las antigüedades]. Una obra de arte puede «morir» y volver más tarde a la vida; después de haber sido considerada desfasada, puede tornarse actualidad y hasta profética cuando habla del porvenir. Lo que está «en función» no es la capa temporal más reciente, sino la totalidad de la historia contenida en los textos culturales. El punto de vista estereotipado, evolucionista, que prevalece en la historia de la literatura saca su fuerza de la fuente de la influencia ejercida por las ideas evolucionistas de las ciencias naturales. Por el sesgo de ese acercamiento, la descripción de una literatura dada, en una fecha fija, está basada en la lista de las obras escritas ese año, en lugar de aquellas que han sido leídas ese mismo año, proceder que originaría verosímilmente una imagen muy diferente. Y resulta difícil decir cuál de las dos listas sería la más apta para caracterizar una cultura en un momento determinado. De tal manera que Pushkin juzgaba en los años 1824-1825 que Shakespeare era el escritor más actual; que Bulgákov consideraba a Gógol y a Cervantes como sus contemporáneos; y que la actualidad de Dostoievski es tan tangible en este fin del siglo XX como lo era a fines del xix. En el fondo, todo aquello que contiene la verdadera memoria de una cultura de manera directa o indirecta forma parte de esa cultura, en sincronía.
La estructura de la semiosfera es asimétrica. La asimetría encuentra su expresión en las corrientes de traducción internas que hacen permeable todo el espesor de la semiosfera. La traducción es un mecanismo de conciencia primaria. El hecho de expresar un concepto en una lengua diferente de la suya propia es una manera de llegar a la comprensión de ese concepto. Y, puesto que en la mayor parte de los casos los diversos lenguajes de la semiosfera son semióticamente asimétricos, es decir que están desprovistos de correspondencia semántica mutua, la totalidad de la semiosfera puede ser considerada como una generadora de información.
La asimetría aparece claramente en el lazo que se establece entre el centro de la semiosfera y su periferia. En el centro de la semiosfera, se forman los lenguajes más desarrollados y más estructuralmente organizados, y, en primerísimo lugar, la lengua natural de esa cultura. Podríamos decir que si ningún lenguaje (incluida esa lengua natural) puede funcionar a menos de ser sumergido en la semiosfera, entonces, ninguna semiosfera puede existir, como lo ha señalado Benveniste, sin una lengua natural en cuanto centro organizador. El hecho es que, más allá de una lengua estructuralmente organizada, numerosos lenguajes parciales pueblan la semiosfera, lenguajes que solo pueden servir para algunas funciones culturales, aunque también muchos sistemas semejantes a lenguajes a medio formar pueden ser portadores de semiosis a condición de estar incluidos en un contexto semiótico. Podríamos comparar esos sistemas a una piedra o a un tronco de árbol con forma bizarra, que pueden cumplir la función de una obra de arte si son tratados como tales. Un objeto cualquiera cumplirá la función que le sea asignada.
Para que esa masa de construcciones sea percibida como portadora de significación semiótica, debemos efectuar una «presunción de semioticidad»: la intuición semiótica de la colectividad, lo mismo que su conciencia propia, deben aceptar la posibilidad de que esas estructuras puedan ser portadoras de significación. Esas cualidades son elaboradas a través de la lengua natural. Por ejemplo, la estructura de las «familias de divinidades» y la de otros elementos esenciales de la imagen del mundo construida por una cultura dada son, con frecuencia, claramente dependientes de la estructura gramatical de la lengua concernida.
La forma más elevada de la organización estructural de un sistema semiótico, así como el acto que lleva esa organización a su término, sobrevienen cuando ese sistema se describe a sí mismo. Es la etapa en la que se escriben las gramáticas, las costumbres y las leyes codificadas. Sin embargo, cuando eso se produce, el sistema aventaja con una mejor organización estructural, pero pierde las reservas internas de indeterminación que lo hacían flexible, más apto para recibir información y para desarrollarse dinámicamente.
La etapa de autodescripción es una reacción necesaria contra la amenaza de una diversidad demasiado grande en el interior de la semiosfera: el sistema podría perder su unidad y su identidad, y desintegrarse. Trátese de lingüística, de política o de cultura, el mecanismo es el mismo: una parte de la semiosfera (por regla general, un miembro de su estructura nuclear) crea su propia gramática en el proceso de autodescripción; esa autodescripción puede ser realista o idealista, según que se oriente hacia el presente o hacia el porvenir. Luego se esfuerza por extender esas normas al conjunto de la semiosfera: la gramática parcial de un dialecto cultural se transforma en el metalenguaje descriptivo de la cultura en cuanto tal. El dialecto de Florencia, por ejemplo, se volvió la lengua literaria de Italia durante el Renacimiento; las normas legales [el derecho] de Roma se convirtieron en el sistema legal de todo el Imperio romano, y la etiqueta de la corte de Luis XIV devino en la etiqueta de todas las cortes europeas. Una literatura de normas y preceptos sale a la luz, y más tarde es estimada por los historiadores como el cuadro verdadero de la época en cuestión de su práctica semiótica. Esa ilusión es confortada por los contemporáneos mismos, convencidos de que viven y actúan siguiendo la manera prescrita. Un contemporáneo razona en cierta manera del modo siguiente: «Soy una persona cultivada (es decir, un griego, un romano, un cristiano, un caballero, un espíritu fuerte, un filósofo de las Luces, o un genio del Romanticismo). Como persona cultivada, encarno el comportamiento prescrito por ciertas normas. Solo los rasgos de mi comportamiento que corresponden a esas normas son considerados como actos. Si la debilidad, la enfermedad, la inconsecuencia, etcétera, me desvían de esas normas, entonces, semejante comportamiento no tiene significación, es inapropiado, y simplemente no existe». Una lista de aquello que, según un sistema cultural dado, «no existe», aunque lo que está oculto tenga lugar de hecho, es siempre esencial para trazar un retrato tipológico de un tal sistema. Andreas Capellanus, por ejemplo, autor de De amore (1184-1185), un tratado reputado sobre las normas del amor cortés, ha codificado cuidadosamente este concepto y establecido modelos de la fe dada a la dama, del deber de silencio, del servicio sacrificado, de la castidad, de la cortesía, etcétera, destinados al amante. No obstante, él ha violado, sin dudarlo, a una muchacha de pueblo, puesto que, en su imagen del mundo, ella era «inexistente» y los actos que le concernían no tenían la menor existencia porque se situaban fuera del dominio semiotizado.
La representación del mundo elaborada de esa manera será percibida por sus contemporáneos como una realidad. De hecho, será su realidad en la medida en que hayan aceptado las leyes de esa semiótica. Y las generaciones futuras (entre ellas, los eruditos), que reconstruirán la vida de esa época a partir de los textos que esta haya generado, se impregnarán de la idea de que la realidad cotidiana era allí realmente así. Pero las relaciones de ese metanivel de la semiosfera con la imagen real de su «mapa» semiótico, por una parte, y la realidad cotidiana de la vida, por otra parte, serán más complejas. Por lo pronto, si en el marco de la estructura nuclear en el que la autodescripción tiene su origen, esta representa de hecho la idealización de un lenguaje real, mientras que en la periferia de la semiosfera esa norma ideal será una contradicción de la realidad semiótica que está «por debajo», y no un derivado de esta última. Si en el centro de la semiosfera la descripción contenida en los textos genera normas, entonces, en la periferia esas normas, que invaden activamente las prácticas «incorrectas», generarán textos «correctos» que concordarán con ellas. Seguidamente, capas enteras de fenómenos culturales que, desde el punto de vista de un metalenguaje dado son marginales, no tendrán ninguna relación con el retrato idealizado de esa cultura. Serán declaradas «inexistentes». Desde la época de la escuela cultural-histórica, el género preferido de no pocos eruditos consiste en artículos del tipo: «Un poeta desconocido del siglo XII», «Otros comentarios sobre un escritor olvidado de la época de las Luces», etcétera. ¿De dónde proviene ese stock inagotable de personajes «desconocidos» y «olvidados»? Se trata de escritores que en su tiempo fueron considerados como «inexistentes», e ignorados por la universidad durante el largo tiempo que el punto de vista de esta última coincidió con la concepción normativa del período. Pero los puntos de vista evolucionan y de repente los «desconocidos» aparecen. Recordemos que el año en que murió Voltaire, Louis-Claude de Saint-Martin, un «filósofo desconocido», tenía ya treinta y cinco años; que Restif de la Bretonne había escrito más de doscientas novelas, que los historiadores de la literatura no habían sido capaces de clasificar debidamente, pues lo nombran como «el pequeño Rousseau», o como «un Balzac del siglo XVIII»; y que en la época romántica un tal Vasily Narezhny vivía en Rumania. Escribió unos veinticinco volúmenes de novelas que «no fueron destacadas por sus contemporáneos hasta que no se descubrieron en ella trazas de realismo».
Así, mientras que el metanivel presenta la imagen de una unidad semiótica, el nivel de la realidad semiótica que describe el metanivel ve florecer toda suerte de otras tendencias. Mientras que la representación del nivel superior hace ostentación de un color liso y uniforme, el nivel inferior es tornasolado y está recorrido por numerosas fronteras que se entrecruzan. Cuando Carlomagno, a fines del siglo VIII, entregó la espada y la cruz a los sajones, y san Vladimiro, un siglo más tarde, bautizó la Rusia de Kiev, los grandes imperios bárbaros de Oriente y de Occidente se convirtieron en Estados cristianos. Pero su cristianismo era un medio de autocaracterización, y en cuanto tal, se extendía a los metaniveles políticos y religiosos, en los cuales se desarrollaban tradiciones paganas y diferentes formas de compromisos con la vida real. No hubiera podido ser de otra manera, puesto que las masas habían sido obligadas a convertirse al cristianismo. El terrible baño de sangre infligido por Carlomagno a los sajones paganos en Verdún dejaba pocas oportunidades para incitar a los bárbaros a aceptar los principios del sermón de la montaña.
Y, sin embargo, sería falso sugerir que ese simple cambio de nomenclatura [cristianos por bárbaros] no tuvo efecto sobre los niveles «inferiores», porque la cristianización se transformó en evangelización, e, incluso en el nivel «semiótico real», contribuyó efectivamente a la unificación del espacio cultural de esos Estados. Las corrientes semánticas no circulan solamente a lo largo de los niveles horizontales de la semiosfera, sino que tienen efecto en la dirección vertical, y favorecen diálogos complejos entre los diferentes niveles.
No obstante, la unidad del espacio semiótico de la semiosfera no está asegurada solamente por formaciones metaestructurales: el factor unificador de la frontera es más fundamental aún. Él separa el espacio interno de la semiosfera y su espacio externo, su interioridad y su exterioridad.
II
La noción de frontera
Paradójicamente, el espacio interno de la semiosfera es a la vez desigual, asimétrico, y unificado, homogéneo. Aunque se compone de estructuras en conflicto, no por eso deja de poseer una verdadera individualidad. La autodescripción de la semiosfera implica el empleo de un pronombre personal en primera persona. Uno de los primeros mecanismos de la individualización semiótica es el de la frontera, que puede ser definida como el límite exterior de una forma en la primera persona. Ese espacio es «el nuestro», «el mío», está «cultivado», «sano», armoniosamente «organizado», etcétera, por contraste con «su espacio», que es «otro», «hostil», «peligroso», «caótico».
Toda cultura comienza por dividir el mundo en «mío», espacio interno, y «suyo», espacio externo. La manera como esa división binaria es interpretada depende de la tipología de la cultura concernida. Pero la división verdadera es la que proviene de los universales culturales humanos. La frontera puede separar los vivientes de los muertos, los sedentarios de los nómadas, los pueblos del campo de las ciudades; puede ser estatal, social, nacional, regional, confesional o cualquier otra. Se constata una similitud asombrosa, incluso entre civilizaciones que no tienen contacto las unas con las otras, entre los modos de expresión empleados para describir el mundo que se encuentra más allá de la frontera. El monje cronista de Kiev, en el siglo XI, describía la vida de las tribus eslavas del este, que eran aún paganas, en los siguientes términos:
Los drevlyens vivían como los animales, como el ganado; se mataban los unos a los otros, comían alimentos impuros, ignoraban todo acerca del matrimonio y se contentaban con robar muchachas de la otra ribera del río. Los radimuki, los vyatichi y las tribus nórdicas compartían las mismas costumbres: vivían en la selva como bestias salvajes, comían alimentos impuros y usaban un lenguaje grosero delante de sus padres y de sus nueras, ignoraban todo acerca del matrimonio, pero organizaban juegos entre sus pueblos, y en su desarrollo bailaban y cantaban toda clase de cantos diabólicos. (Monumentos literarios de la Rusia antigua, 1978, p. 31)
He aquí cómo un cronista franco del siglo VIII describía las costumbres de los sajones paganos: «De naturaleza fiera, adoradores del diablo, enemigos de nuestra religión, no respetan ni las reglas humanas ni las divinas y se autorizan a hacer lo que está prohibido» (Cardini, 1982). Estas últimas palabras muestran la relación «en espejo» que existe entre «nuestro» mundo y «el suyo»: lo que nos está prohibido a nosotros, les está permitido a ellos.
Todo lo que existe está sometido a las limitaciones del verdadero espacio-tiempo. La historia humana no es más que una manifestación particular de esa ley. Los seres humanos están inmersos en un espacio real, aquel que la naturaleza les ha dado. La conciencia humana elabora sus modelos a partir de constantes tales como la rotación de la Tierra (el trayecto del Sol en el horizonte), el movimiento de las estrellas y el ciclo natural de las estaciones. Las constantes fisiológicas del cuerpo humano no son menos importantes: ellas predeterminan ciertos tipos de relaciones con el mundo exterior. Las dimensiones del cuerpo humano confieren al mundo de las leyes mecánicas su aspecto «natural», mientras que el universo de las partículas y del espacio cósmico solo puede ser concebido de manera especulativa con el apoyo de un esfuerzo mental excepcional. La correlación entre el peso medio de un ser humano, la fuerza de gravedad y la posición vertical del cuerpo ha producido un concepto universal, presente en todas las culturas humanas: la oposición de lo alto y de lo bajo. Existen numerosas maneras de interpretar esa oposición: religiosa, social, política, moral, etcétera. La expresión «Él ha alcanzado la cima», que puede ser comprendida por cada uno, cualquiera que sea la cultura a la que pertenece, ¿le parecería también clara a una mosca pensante o a un hombre que hubiera vivido siempre en ingravidez?
«Lo alto», «la cima», no necesitan explicación. La expresión «Quien no vuela a la cima cae al más bajo nivel» (Boileau, Sátiras) puede ser comprendida de manera tan universal como «La lucha misma hacia la cima basta para llenar un corazón humano. Es necesario imaginar a Sísifo feliz» (Camus, El mito de Sísifo).
Por grande que sea la distancia espacio-temporal que separa a Camus y a Yan Vyskhatieh, que dirigió en el siglo XI una expedición punitiva contra los paganos en Rusia, el valor semántico de lo alto y de lo bajo es el mismo para cada uno de los dos. Según el monje cronista, antes de ejecutar a los magos paganos (a los chamanes), Yan les pedía que dijeran quién era su dios, y recibida la respuesta de que él «reside en los abismos», Yan les hacía con autoridad el comentario siguiente: «¿Qué clase de dios es que habita en los abismos? Ese es el diablo, porque Dios reside en los cielos». Al cronista le ha gustado esa fórmula, y ha puesto casi las mismas palabras en la boca del sacerdote pagano del país de Chud:
El hombre de Nóvgorod preguntó: «¿Cuáles son vuestros dioses? ¿Dónde residen ellos?». Y el brujo declaró: «En los abismos. Son de rostro negro, alados, y tienen cola, saltan hasta los cielos para escuchar a vuestros dioses. Porque vuestros dioses están en los cielos. (Monumentos literarios de la Rusia antigua, 1978, pp. 191-193)
La asimetría del cuerpo humano es la base antropológica de su semiotización: la semiótica de la derecha y de la izquierda puede encontrarse tan universalmente en las culturas humanas como la oposición de lo alto y de lo bajo. Y las asimetrías fundamentales del macho y de la hembra, de los muertos y de los vivos, están igualmente generalizadas. La oposición «vivo/muerto» implica la oposición de algo que se mueve, que tiene calor, que respira, con algo inmóvil, que está frío, que no respira (la creencia de que el frío y la muerte son sinónimos está atestiguada por una enorme cantidad de textos que proceden de culturas diferentes, y lo mismo sucede con la identificación de la muerte con la transformación en piedra; véase, si no, las numerosas leyendas sobre los orígenes de las montañas y de los peñones).
Vernadsky (1965) ha señalado que la vida sobre la tierra se desarrolla en el marco de un continuum espacio-temporal específico, creado por la vida misma:
Sería lógicamente correcto adelantar una nueva hipótesis científica, a saber, que en lo que concierne a la materia viviente sobre el planeta Tierra tenemos que ver no con una nueva geometría, ni tampoco con una de las leyes geométricas de Riemann, sino con un fenómeno natural específico que hasta el presente solo era característico de la materia viviente. Se trata del fenómeno del espacio-tiempo, que geométricamente hablando no coincide con el espacio, y en cuyo marco el tiempo no aparece como una cuarta dimensión, sino como una sucesión de generaciones. (p. 201)*
La vida humana consciente, es decir, la vida cultural, exige igualmente una estructura espacio-temporal específica, porque una cultura se organiza en el interior de un marco que pertenece a un espacio-tiempo específico, y no puede existir fuera de él. Esa organización se materializa en la forma de la semiosfera que, al mismo tiempo, la engendra.
El mundo exterior, en el cual el ser humano se encuentra inmerso, está sujeto a semiotización a fin de convertirse en un factor cultural. Está dividido en dos zonas: la de los objetos que significan, simbolizan, indican alguna otra cosa (tienen una significación), y la de los objetos que son simplemente ellos mismos. Y los diferentes lenguajes que pueblan la semiosfera, ese Argos de ojos múltiples, engendran la diferenciación de esa realidad exterior. La imagen en relieve que por esa forma se obtiene contribuye al proceso de unificación de la semiosfera y, con la ayuda del utensilio metaestructural que le pertenece, se atribuye el derecho de hablar en nombre de la cultura entera. Al mismo tiempo, las subestructuras de la semiosfera, a pesar de sus diferencias, se encuentran organizadas en el marco de un sistema general de coordenadas: a lo largo de un eje temporal (que comprende el pasado, el presente y el futuro) y de un eje espacial (que incluye el espacio interno, el espacio externo y la frontera entera entre los dos). La realidad no semiótica, con su propio espacio-tiempo, puede ser igualmente encodificada en ese sistema, a fin de hacerla «semiotizable», es decir, apta para convertirse en el contenido de un texto semiótico. Volveremos más adelante sobre este aspecto de la cuestión.
Como ya lo hemos anotado, la extensión de la autodescripción metaestructural del centro de la cultura al conjunto de su espacio semiótico, que unifica para el historiador cada una de las capas sincrónicas de la semiosfera, solo confiere en realidad una ilusión de unificación. En el centro de la metaestructura se encuentra «nuestra» lengua, pero en su periferia esta es tratada como la lengua de «cualquier otro», incapaz de reflejar fielmente la realidad semiótica subyacente, como si su gramática fuera la de una lengua extranjera. Resulta de eso que, en el centro del espacio cultural, las capas de la semiosfera que aspiran al nivel de la autodescripción logran organizarse de manera rígida y autorreguladora. Pero pierden simultáneamente su dinamismo; después de haber agotado sus reservas de indeterminación, cesan de ser flexibles y se convierten en incapaces de desarrollarse más. En la periferia —y cuanto más se alejan del centro, más evidente se hace esa incapacidad—, las relaciones entre la práctica semiótica y las normas impuestas se hacen cada vez más tensas. Los textos que se atienen a esas normas quedan como suspendidos en el vacío, desprovistos de todo contexto semiótico real, mientras que las creaciones orgánicas, nacidas en su medio semiótico verdadero, se hallan en conflicto con las normas artificiales. Esa es la zona del dinamismo semiótico. Es el campo de tensión en el que los nuevos lenguajes ven la luz. Por ejemplo, como los comentadores lo han señalado desde hace largo tiempo (Schapiro, citado por Uspensky, 1973, pp. 156-158), los géneros periféricos en el dominio del arte son más revolucionarios que los que se encuentran en el corazón de la cultura; se benefician de un prestigio superior y son percibidos por sus contemporáneos como artísticos por excelencia. La segunda mitad del siglo XX ha sido testigo de la aparición agresiva de formas de cultura marginales. La «carrera» del cinematógrafo es un ejemplo: un espectáculo de feria, libre de restricciones teóricas y limitado solamente por el abanico de posibilidades de orden técnico, se ha convertido en una forma de arte central; y lo que es más, en el curso de los últimos decenios, en una de las formas de arte sobre la cual más se ha escrito. El mismo análisis podría hacerse sobre el arte de vanguardia europeo en su totalidad. Después de haber sido una «franja rebelde», se ha vuelto un fenómeno central que ha dictado sus leyes a la época y se ha esforzado por imponer su tonalidad a toda la semiosfera. Una vez que se ha instalado realmente, se transforma en objeto de una intensa teorización a nivel metaestructural.
Esos mismos procesos pueden ser observados en el marco de un texto único. Así, es bien conocido que en los cuadros de los comienzos del Renacimiento los detalles cotidianos, domésticos, estaban colocados en la periferia de la tela o en los paisajes situados en planos alejados, mientras que las figuras centrales eran ubicadas de manera estrictamente canónica. Un ejemplo supremo de ese proceso es muy visible en La flagelación de Cristo de Piero della Francesca, que se halla en el palacio ducal de Urbino. Las figuras periféricas están colocadas allí audazmente en el primer plano, mientras que la flagelación misma está situada en el fondo y pintada con colores apagados, formando así el telón de fondo semántico del trío coloreado del primer plano. Procesos análogos se desarrollan no en el espacio, sino en el tiempo: están vinculados con el movimiento que va del esbozo al texto acabado. Numerosos ejemplos muestran que las variantes preliminares de un poema o de un cuadro dependen más arduamente de una estética del porvenir que del texto final «normalizado» que ha pasado por la autocensura del autor. Lo mismo ocurre con la «toma» que un director de cine rechaza a la hora de hacer el «montaje» de un filme.
Una analogía proveniente de otra esfera cultural es la actividad de los procesos semióticos que han tenido lugar durante la Edad Media europea, en aquellas zonas que la cristianización de los «bárbaros» no había pura y simplemente recubierto con su mano oficial; pensamos en las regiones pantanosas donde vivían los sajones y los turingios. Se trata de los lugares que más tarde dieron lugar al «cristianismo popular», de donde surgieron posteriormente las herejías y, como consecuencia, la Reforma.
La aparición de una actividad semiótica que semejante situación estimula conduce a una «maduración» acelerada de las zonas periféricas; nacen metalenguajes y, a su vez, proclaman que ellos son los metalenguajes universales de toda la semiosfera. La historia de la cultura presenta numerosos ejemplos de tales rivalidades. Y, de hecho, el historiador de la cultura atento descubrirá en cada capa sincrónica no un sistema de normas canónicas, sino un paradigma de sistemas en competencia. Un ejemplo típico es la coexistencia en la Alemania del siglo XVII, de una parte, de las sociedades de lengua (Sprachgesellschaften) y de la Sociedad Fructuosa (Fruchtbringende Gesellschaft), que tenían por tarea purgar la lengua alemana de sus barbarismos, particularmente de los galicismos y de los latinismos, así como normalizar la gramática (hasta la gramática de Schottel); y, de otra parte, la Noble Académie des Dames de Foi (o la Ordre de la Palme d’Or), que tenía por meta estrictamente inversa fomentar la propagación de la lengua francesa y el estilo de comportamiento a la précieuse. Podemos igualmente señalar la coexistencia de la Academia Francesa y del salón azul de Madame de Rambouillet.
Este último ejemplo es particularmente pertinente en la medida en que los dos centros trabajaban activa y conscientemente en crear su propia «lengua cultural». Cuando la Academia fue fundada (el rey firmó la patente el 2 de enero de 1635), una de sus primeras tareas consistió en «depurar y fijar la lengua». Para la «cultura galante» de las preciosas del Hotel de Rambouillet, la cuestión de la lengua se hallaba igualmente en primer plano. Tallemant (1968) escribió:
Si la palabra jerga no significa más que un mal lenguaje corrompido a partir de uno bueno, como puede ser el del bajo pueblo, no se podría igual decir «jerga de précieuses» porque las précieuses buscan lo más bonito, aunque también esta palabra significa lenguaje afectado, y no obstante «jerga de précieuses» es una buena manera de hablar; no es la verdadera lengua la que hablan las personas que se llaman las précieuses, pues son frases rebuscadas, hechas expresamente1.
La última frase es particularmente elocuente; muestra hasta qué punto el lenguaje de las preciosas era artificial y normativo. Mientras que las sátiras sobre ellas criticaban el uso erróneo de ese lenguaje, que provenía de un punto de vista de una norma superior, las preciosas tenían por meta elevar ese lenguaje al estatuto de norma, es decir, crear una representación abstracta de un uso real2.
Las diferentes actitudes respecto al espacio son igualmente interesantes. Richelieu, que fundó la Academia, veía la culminación de sus sueños políticos en la propagación de una lengua francesa purificada y sistematizada en el interior de las fronteras de una Francia ideal y absolutista. El salón de Madame de Rambouillet creó igualmente su espacio ideal: existe un número asombroso de documentos sobre la «geografía preciosa», que comienza con el «Mapa del Tendre» de Mademoiselle de Scudéry (1659) e incluye el «Mapa del Reino de las Preciosas», el «Mapa de la Corte Guéret» (1663) y el «Viaje a la Isla del Amor» (1663) de Tallemant. Estas crearon una imagen del espacio en varios niveles: el París real se convierte en Atenas a través de redeterminaciones convencionales. En un nivel superior, se encuentra el espacio del país del Tendre, que se identifica con la «verdadera» semiosfera. Comparemos con esto la geografía utópica del Renacimiento que comportaba dos objetivos: de una parte, el de crear una representación de la ciudad ideal, de la isla o del país «por encima» de la realidad, que comprendía descripciones geográficas y cartográficas (tales como la Utopía de Tomás Moro y la Nueva Atlántida de Francis Bacon); y, de otra parte, la meta de dar una expresión concreta a la metaestructura planificando y construyendo ciudades ideales. Véase, por ejemplo, la soberbia pintura de Luciano Laurana titulada La ciudad ideal, en el palacio ducal de Urbino. Obras tales como El Estado de Eudemonía, La isla del País de los Bienaventurados (1553) o La ciudad del Sol de Tommaso Campanella han preparado el camino a numerosos proyectos de ciudades ideales. Las ideas de Alberti tienen como trasfondo la utopía del Renacimiento. Los planos de las ciudades diseñadas por Durero, por Leonardo da Vinci, el plano de Sforzinda creado por Filarete, el plano de Francesco di Giorgio Martini para una ciudad ideal, fueron ejemplos de la intrusión directa de la metaestructura en la realidad, porque todos esos planos debían ser aplicados. Así lo ha subrayado Delumeau (1984):
Ejemplos de la realización exitosa de tales planos, que están aún en pie, se encuentran en Lima (lo mismo que en Panamá y en Manila en el siglo XVII), Zamosze en Polonia, La Valeta sobre la isla de Malta, en Nancy; y los hay incluso en Libourne, Gattinara en el Piamonte, Vallauris, Brouage y Vitry-le-François. (pp. 264-266)
Sin embargo, los puntos más sensibles de los procesos de semiotización son las fronteras de la semiosfera. La noción de frontera es ambivalente: separa y unifica al mismo tiempo. Es siempre la frontera de algo y pertenece por eso a las dos culturas fronterizas, a las dos semiosferas contiguas. La frontera es bilingüe y políglota. Es un mecanismo destinado a traducir los textos de una semiótica extranjera a «nuestra» lengua, el lugar en que lo «externo» se transforma en lo «interno»; es una membrana filtrante que transforma los textos extranjeros al punto de que estos últimos se convierten en constitutivos del sistema semiótico interno de la semiosfera, conservando sus propias características. En la Rusia de Kiev, un término designaba a los nómadas que se instalaban en los bordes del territorio ruso; estos se volvían agricultores y, en el marco de una alianza con los príncipes rusos, tomaban parte de las campañas contra sus propios hermanos nómadas: se les llamaba «nuestros poganes» (pogane significaba «pagano» tanto como «extranjero», «incorrecto», «indecoroso»). El oxímoron «nuestros poganes» expresa perfectamente la situación de la frontera.
Para permitir que Byron integrara la cultura rusa, fue necesario un doble cultural: un «Byron ruso» que perteneciera a las dos culturas. En cuanto «ruso», formaba parte orgánicamente del proceso interno de la literatura rusa, cuya lengua hablaba (en el sentido amplio del término); por eso, no podía ser excluido de esa cultura sin dejar un vacío abierto tras de sí. Al mismo tiempo, era Byron; pertenecía orgánicamente a la literatura inglesa, y en el contexto de la literatura rusa no podría cumplir su función si no era sentido como Byron, es decir, como un poeta inglés. Ese es el contexto en que debemos comprender la exclamación de Lérmontov: «No, yo no soy Byron, yo soy otro». Estos no son textos o autores separados, sino culturas enteras que tienen necesidad de equivalentes imaginados, tales como este en «nuestra» cultura, así como los diccionarios bilingües, para que sean posibles los contactos interculturales3. La dualidad de tales imágenes se manifiesta en el hecho de que son a la vez un medio y un obstáculo para la comunicación. El ejemplo de Pushkin lo ilustra claramente: sus poemas de los inicios del romanticismo, su juventud tumultuosa, su exilio, han contribuido a la formación de la imagen estereotipada de un poeta romántico en el espíritu de sus lectores, que leían sus poemas a través de ese prisma. El mismo Pushkin contribuyó esos años a la elaboración de su «mitología personal», la cual estaba en concordancia con el sistema general del «comportamiento romántico». Más tarde, sin embargo, esa imagen se interpuso entre la escritura de Pushkin, tal como había evolucionado, y sus lectores. Sus escritos pesimistas y realistas, en los que rechazaba el romanticismo, fueron percibidos por sus lectores, en cuyo espíritu la imagen del primer Pushkin estaba aún viva, como un «declive» y como una «traición».
Cuando la estructura metalingüística de la semiosfera se transforma, vuelven a aparecer estudios sobre los escritores «desconocidos»; igual ocurre cuando las imágenes estereotipadas evolucionan. Trabajos tales como «Dostoievski desconocido» o «Goethe tal como fue verdaderamente» dan a comprender a sus lectores que hasta ese momento no conocían nada del verdadero Dostoievski o de Goethe, y que ha llegado la hora del auténtico conocimiento de esos autores.
Algo parecido se produce cuando los textos de un género literario invaden el espacio de otro género literario. La innovación resulta imperceptible cuando los principios directores de un género se ven reestructurados en función de las leyes de otro género, y este «otro» género penetra orgánicamente en la nueva estructura, conservando, sin embargo, un recuerdo de su antiguo sistema de codificación. Por ejemplo, cuando Pushkin inserta en el texto de su novela Dubrovsky un extracto auténtico de un proceso de difamación que tuvo lugar en el siglo XVIII, y cuando Dostoievski incluyó en Los hermanos Karamázov el remedo fiel de los alegatos verdaderamente pronunciados por un procurador y un abogado, esos textos forman parte orgánicamente de la narración y, no obstante, en cuanto documentos de origen externo, constituyen desvíos en la clave estética de la narración literaria.
La noción de frontera, que separa el espacio interno de la semiosfera del espacio externo, es tosca y primaria. El espacio entero de la semiosfera está de hecho atravesado por fronteras de diferentes niveles, pertenecientes a distintos lenguajes y hasta a diferentes textos; el espacio interno de cada una de esas subsemiosferas posee su propio «Yo» semiótico, materializado en la forma de un enlace entre una lengua dada, o un grupo de textos, o un texto separado, y un espacio metaestructural que describe esas entidades. (Debemos tener siempre en mente que los lenguajes y los textos están jerárquicamente dispuestos en diferentes niveles). Esas fronteras horizontales que corren a través de la semiosfera crean un sistema de varios niveles.
Algunas partes de la semiosfera, en diferentes niveles de la autodescripción, pueden formar distintos tipos de estructura: el de una unidad semiótica; el de un continuum semiótico delimitado por una simple frontera; el de un grupo de espacios cerrados, cada uno de ellos delimitado por su propia frontera; o, en fin, el de una porción recortada, uno de cuyos lados está delimitado por una frontera fragmentaria, mientras que el otro permanece abierto. La jerarquía de los códigos que activan los diferentes niveles de significación en el seno de la semiosfera global se adaptará a esas diferentes posibilidades.
Un criterio importante de ese sistema jerárquico se relaciona con la problemática del sujeto en un sistema dado: la del sujeto de derecho, por ejemplo, en los textos legales de una cultura, o la de la «personalidad» en el marco de un sistema particular de codificación sociocultural. La noción de «personalidad» solo se identifica con un individuo físico en ciertas condiciones culturales y semióticas. Puede, por lo demás, designar a un grupo en el que se incluyen o no los bienes, o estar asociada a cierta posición social, religiosa o moral. De esa manera, en algunos sistemas, la esposa, los hijos, los esclavos y los vasallos pueden ser incluidos en la «personalidad» del dueño, del patriarca, del esposo, del patrón, y no poseer ningún estatuto individual; mientras que en otros sistemas todos ellos son tratados como individuos separados. Los problemas y las rebeliones surgen cuando dos métodos de codificación se encuentran en conflicto; se presenta el caso, por ejemplo, cuando una estructura sociosemiótica describe a un individuo como parte de un todo, y esa persona se resiente como unidad autónoma, porque desea mantenerse como sujeto semiótico y no como objeto.
Cuando Iván el Terrible ejecutaba a los boyardos caídos en desgracia, asesinaba a su familia y a sus servidores; no solamente a sus domésticos, sino también a los habitantes que vivían en los pueblos que estaban en sus tierras (podía también exiliar a los campesinos, modificar los nombres de los pueblos y arrasar las viviendas). Sin perder de vista la crueldad patológica del zar, podemos explicar también esas ejecuciones no por una reacción de miedo (¡como si un siervo provinciano pudiera amenazar al zar!), sino por la idea de que todas esas personas no formaban más que una sola unidad y eran parte integrante del boyardo castigado; todos ellos participaban de la misma responsabilidad. Esa actitud no es evidentemente muy diferente de la de Stalin y de su psicología de tirano oriental.
Desde el punto de vista legalista europeo, que tiene sus raíces en el reconocimiento de los derechos del hombre, surgidos del posrenacimiento, la idea de que una persona debe expiar las faltas de otra es incomprensible. En 1732, la mujer del embajador británico en San Petersburgo, Lady Rondeau, comentó esa práctica rusa a una amiga europea (Lady Rondeau no era en absoluto hostil a la corte de Rusia, estaba incluso inclinada a idealizarla: en sus cartas alababa la «sensibilidad» y la «gentileza» de la emperatriz Ana, que era tan vulgar como un propietario terrateniente de provincia, y la «nobleza» de su cruel favorita, Biron). A propósito del exilio de la familia Dolgoruki, escribió: «Pueden ustedes ser sorprendidos por el exilio de las mujeres y de los niños; pero aquí, cuando el jefe de familia cae en desgracia, toda su familia es castigada con él» (Cartas de Lady Rondeau …, 1874, p. 46).
Esa misma noción de personalidad colectiva (en el caso presente, el clan), y no individual, se apoyaba en el principio de la vendetta, según el cual todo el clan del asesino era percibido como responsable. El historiador Soloviev ha sostenido con convicción que la práctica del miestnichestvo4 (que, para los adeptos de las Luces que creían en el progreso, no era sino un signo de «ignorancia») estaba estrechamente enlazada con una poderosa percepción del clan como personalidad única.
Debemos comprender que dada la fuerza del clan, así como la responsabilidad de todos sus miembros de unos para con otros, la importancia del individuo estaba inevitablemente reducida. No se pensaba jamás en Iván Petrov en cuanto tal, sino en Iván Petrov con sus hermanos y con sus sobrinos. Dada esa fusión de la persona con su clan, cuando uno de sus miembros recibía una promoción en su carrera, todo el clan quedaba promovido, y cuando un miembro era degradado, todo el clan lo era igualmente. (Soloviev, s. f., col. 797)
Y así, en el siglo XVII, bajo el régimen de Alekséi Mijáilovich Románov, el funcionario Matvei Puchkin, que pertenecía a una de las treinta y una familias más importantes de Rusia, rehusó participar en una misión diplomática como subordinado del hombre muy conocido y favorito del zar, A. I. Nardyn-Nashchekin, que era de un rango inferior al suyo; prefirió ir a prisión y soportó estoicamente la cólera del zar, así como sus amenazas de confiscar todos sus bienes, declarando con dignidad: «Señor, vos podéis ordenar mi ejecución, pero Nashchekin es más joven que yo y no tiene un nivel social como el mío» (Soloviev, s. f., cols. 681-682).
La zona espacial que en un sistema de codificación forma una persona única puede, en otro sistema, ser un lugar donde varios sujetos semióticos se encuentran en conflicto.
Dado que el espacio semiótico está atravesado por numerosas fronteras, cada mensaje que allí se desplaza debe ser frecuentemente traducido y transformado, de tal manera que el proceso generador de nuevas informaciones construye bolas de nieve.
La función de toda frontera, de toda película [divisoria] (desde la membrana de la célula viva hasta la biosfera, la cual, según Vernadsky, es semejante a una membrana que recubre nuestro planeta, y hasta la frontera de la semiosfera), consiste en controlar, en filtrar y en adaptar lo externo a lo interno. Esta función invariante es realizada de diferentes maneras en distintos niveles. Por lo que se refiere a la semiosfera, eso implica una separación entre «mi bien» y el «bien de otro», la filtración de lo que viene de fuera, tratado como un texto que pertenece a un lenguaje diferente, y la traducción de ese texto a nuestro propio lenguaje. De esa manera, el espacio externo se convierte en espacio estructurado.
Cuando la semiosfera contiene características territoriales reales, la frontera es espacial en el sentido literal del término. El isomorfismo entre los diferentes tipos de establecimientos humanos —desde los campamentos arcaicos hasta las ciudades ideales diseñadas en el Renacimiento y hasta en la época de las Luces— y las concepciones vinculadas a la estructura del cosmos, con frecuencia, ha sido puesto de relieve. Eso explica la tendencia humana a colocar las construcciones culturales y administrativas más importantes en el centro de las ciudades. Los grupos sociales vistos como inferiores se encuentran relegados a la periferia. Los que se consideran al margen de todo valor social son expulsados a la frontera de la barriada (la etimología de predmeste, la palabra rusa para barriada, significa «ante la plaza», es decir, frente a la ciudad, sobre sus fronteras). Ese principio, aplicado a una escala vertical de valores, produce esas zonas domésticas «exteriores» que son los desvanes y los sótanos, y en la ciudad moderna, el metro. Si el centro de la vida «normal» es el apartamento, entonces, el espacio fronterizo entre la casa y la no casa está constituido por la caja de la escalera y la entrada. Y a esos espacios los grupos marginados los hacen «suyos»: los sin albergue, los toxicómanos, los jóvenes… Otras zonas fronterizas son los lugares públicos, tales como los estadios y los cementerios. Un cambio importante se produce en las normas de comportamiento establecidas cuando uno se desplaza de la frontera al centro.
The free sample has ended.