Read the book: «Avenoir»
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ISBN: 978-84-1114-337-0
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AVENOIR
Deseo de poder hacer que la memoria
avance hacia atrás.
PRÓLOGO
La sensación de oscuridad es extraña, abismal. Si tuviera que definirla, la representaría como una nube que te rodea y te sigue a todos lados, haciendo así que no veas con claridad.
Me acababan de despedir, ya era la cuarta vez este trimestre. Sabía que ser camarera no era lo mío, y más con la actitud tan pesimista que mostraba ante la vida. Según mi exjefa, deprimía al personal. Por desgracia, ese problema formaba parte de mí, y era inevitable escapar de la oscura nube que me seguía a todas partes.
Al llegar a mi apartamento, la rabia empezó a apoderarse de mí al recordar lo sucedido. Busqué las llaves en mi gastado bolso. Parecía que se escondían de mí cada vez que me hallaba enfrente de la puerta de mi triste hogar, si se le podía llamar así.
Logré encontrarlas, agarrándolas por el llavero. Con rabia, metí la llave más grande en el cerrojo y la giré empujando la puerta para así entrar de una vez. Pero al avanzar, noté que estaba pisando algo, y al agachar la cabeza vi que eran varias cartas desperdigadas por el suelo.
Las cogí sin apenas mirarlas y dejé el bolso sobre la mesita de centro, la cual usaba para comer y a veces trabajar. No cabían más muebles en esos pocos metros cuadrados, aunque tampoco necesitaba más, ya que no solía tener visitas.
Con las cartas arrugadas en mi puño izquierdo, me estiré en el roñoso sofá verde oscuro. Mi mente se estaba colapsando, tenía demasiadas deudas y pensaba que ese trabajo iba a ser el definitivo; estaba convencida. Me había costado mucho conseguirlo; era difícil que te contratasen cuando aparentas ser mucho más mayor de lo que en realidad eres, y es aún más difícil cuando tu pesimismo no te deja seguir adelante con normalidad.
—¡Mierda! —Lancé las cartas contra la pared amarillenta, la cual tenía a pocos metros enfrente de mí.
Dejé ir un largo suspiro mientras me masajeaba las sienes, intentando así relajarme. Pero, al abrir los ojos, mi mirada se centró en el manojo de cartas que acababa de lanzar. Había algo inusual: había una carta de color rosa. Me levanté con curiosidad, ya que las cartas de deudas no solían ser de ese color. Sin hacer caso a mi dolor de espalda, me agaché para cogerla, dejando las otras en el suelo. Y no me equivocaba, no era una carta del banco ni nada por el estilo, sino una invitación.
Me volví a sentar dejando caer mi pesado cuerpo y me puse mis rayadas gafas para intentar leer mejor la letra pequeña:
Para June, de Ethan y Britney:
Nos encantaría contar contigo en el día más feliz de nuestras vidas. Nuestro enlace se celebrará el 15 de…
La rompí en pedazos entre gritos ahogados en desesperación, desesperación que salió de mi garganta como si hubiese estado años encerrada. Hundí mi cara en un cojín para no asustar a los vecinos.
No podía ser. Nada me salía bien. Nada era como había planeado, absolutamente nada. No entendía el porqué de mi fracaso en la vida. No tenía a seres queridos a los que llorarles mis penas o compartir momentos felices, ni un trabajo el cual me hiciera feliz, o simplemente una buena salud.
Al despegar la cabeza de la rasposa tela, mis ojos se dirigieron hacia una carta roja que sobresalía entre el resto. Por desgracia, logré leer «Desahu-». Era una carta de desahucio, y lo peor era que no me sorprendió. Ya ni me acordaba de mi último pago de la hipoteca, la luz o el agua. Pero no podía. ¿Cómo alimentarme con un sueldo de unos cuatrocientos dólares al mes, y encima pagarme un piso en las afueras de San Francisco?
Me levanté y me dirigí al baño, solo a unos escasos metros del diminuto salón, cocina, comedor y recibidor al mismo tiempo. Me quité las incómodas medias —perdiendo un poco el equilibrio— y el espantoso conjunto de camarera, que tenía que devolver.
Estaba en frente del espejo, completamente desnuda, observando cada parte de mi horrible cuerpo: cada arruga, cada variz, cada estría, cada una de mis canas… Odiaba todo mi ser. Aparentaba cincuenta pese a tener cuarenta. Y de repente me vino a la mente que hoy era mi cumpleaños. Hoy me odiaba aún más.
Me metí en la estrecha ducha, rezando para que aún no me hubieran cortado el agua, pero no hubo suerte. Ya no tenía agua corriente, y dudaba que me durase mucho más la luz.
Noté como se me iban las fuerzas y las piernas se me debilitaban. No pude evitar sentarme desnuda en el frío suelo de la ducha, y tampoco pude evitar romper a llorar de nuevo; era lo único que me hacía sentir bien, lo único que había estado haciendo los últimos diez años.
Fue ahí cuando por primera vez en todo ese tiempo me pregunté: ¿en qué momento mi vida se descarriló?
Levanté la cabeza de las rodillas que había estado abrazando, y observé un bote de pastillas encima del pequeño armario de baño. No sabía ni de qué eran, ni si habían caducado, pero no dudé ni un segundo en tomármelo entero.
Mi viaje acababa ahí.
CAPÍTULO 1
Escuchaba tambores retumbar por toda mi cabeza. Era una horrible sensación en la que todo me daba vueltas, hasta que empecé a notar cada extremidad de mi cuerpo; estaba tumbada sobre una superficie blanda. Después sentí dolor, mucho dolor. Hubiese gritado, pero no podía moverme, ni siquiera abrir los ojos. Sentía que mi débil cuerpo estaba siendo atravesado por millones de agujas.
Tenía que intentarlo, necesitaba saber qué pasaba y dónde estaba. Mandé todas mis fuerzas a los dedos de las manos y logré mover el índice, luego el pulgar, y finalmente toda la mano.
La sensación de dolor empezó a disminuir, y pude mover la otra mano sin tanto esfuerzo. Seguidamente los pies, las piernas, los brazos y, por último, los ojos. Pero, por desgracia, todo estaba borroso para mí, y a la vez una luz me cegaba. Necesitaba adaptar la vista antes de poder fijarme en el lugar donde me encontraba.
Poco a poco, mi visión se volvió más nítida, pero mi cerebro aún seguía pareciendo una orquesta. Con suerte recordaba mi nombre.
Logré incorporarme haciendo una gran fuerza abdominal para levantar mi torso, hasta que pude ayudarme colocando las manos como soporte.
Miré a mi alrededor y seguía sin saber dónde me hallaba. No estaba en un hospital, eso seguro, sino en una habitación. Solo veía pósteres del grupo de música Queen, que cubrían una pared de color amarillo pastel. Los muebles eran de madera blanca, limpios, sin una mota de polvo. Una gran ventana dejaba entrar la luz del brillante sol que antes me había deslumbrado. Coloqué la mano derecha encima de mi frente, como si de una visera se tratara, pero esa mano no parecía tener mi tan odiada piel llena de arrugas y piel muerta.
Estiré los brazos para observar mis cambiadas manos, cubiertas por una fina piel bronceada. Eso hizo que mi cabeza se colapsara todavía más. Además de no saber dónde estaba ni qué estaba pasando o qué hacía ahí, no sabía quién era.
Me levanté de la gran cama con mucho esfuerzo, cogiéndome al mueble más cercano que encontré. Una vez de pie, observé que en el fondo de la enorme habitación había una puerta blanca: debía de ser el baño. Me dirigí hacia allí, cogiendo cada vez más fuerza, hasta que pude andar sin ayuda. Abrí la puerta con cautela, para no llamar la atención en caso de que hubiese alguien. Pero no fue el caso, estaba vacío, así que entré sin pensármelo dos veces.
Era completamente distinto a mi baño: tenía preciosas baldosas blancas y azules y una gran bañera, a diferencia de mi desagradable ducha sin agua. Pero en el fondo me resultaba familiar, como si ya hubiera estado allí antes.
Tras fijarme en la decoración, vi que había un espejo colgado en una pared, así que me acerqué. Al tenerlo delante, no podía creer lo que reflejaba: veía a una chica de cabello dorado y ojos de miel. Con labios finos y rosados, al igual que las mejillas. Con la piel bronceada y pechos firmes.
Lo peor de todo era que sabía quién era esa chica.
La confusión creaba en mí unas náuseas inaguantables, además de los nervios que empezaban a apoderarse de mí. Me sentía extraña, distinta, y cada vez con más energía, mucha más que las de esa misma mañana.
Fui de nuevo hacia la habitación, ahora con paso más ligero gracias a las fuerzas que había recuperado, y a la adrenalina que estaba apoderándose mi cuerpo. Observé cada detalle: libretas llenas de historias y poemas desperdigadas por el escritorio, ropa de todos los colores posibles, una cámara de fotografías…
Pero lo peor de todo fue cuando mi hipótesis de lo qué estaba pasando se confirmó al fijarme en el reloj digital: eran las 09:16 a. m., día 19 de agosto de 1990.
Había retrocedido al pasado, concretamente, cuando tenía dieciocho años.
Noté como la sangre dejaba de fluir por mi rostro y empalidecía —todo lo que se podía con mi color de piel bronceada—, dejándome caer encima de mi cama centrada en mi antigua habitación.
Si mi mente fuera una bomba, habría explotado. No entendía absolutamente nada. Lo último que logré recordar fue cómo me desmayé después de tomarme ese bote de pastillas. Y eso hizo que toda esa situación cobrara algo de sentido: seguramente estaba en coma. El problema era que todo parecía demasiado real, podía tocar las cosas y sentirlas, y mi mente no era tan brillante como para imaginarse todo eso con cada detalle de mi adolescencia.
Debía pensar con claridad, respirar hondo e intentar solucionar lo que estuviera sucediendo. Me pellizqué la piel de mi muslo; lo sentí. Eso confirmaba que no estaba soñando. Aun así, era surrealista. La idea de un sueño lúcido se me pasó por la mente, o simplemente quizá estaba muerta. Me empecé a bloquear al tener tantas preguntas en mi estresada cabeza hasta que, de repente, me iluminé. Solo había una persona que, si no estaba en un coma, podría ayudarme sin tratarme de loca y encerrarme en algún manicomio. Eso me relajó y me dio las fuerzas que me faltaban para actuar.
Busqué, sin pensar con claridad, ropa entre los grandes armarios; cogí un vestido ancho de color azul estampado de pequeñas florecitas blancas. Instintivamente, me dirigí a unos cajones, blancos y preciosos, que guardaban mis botas camperas. Era como si no hubieran transcurrido todos estos años, como si esa misma mañana no me hubieran despedido, sino que me hubiera despertado cantando al ritmo de la música que sonaba por la radio, siendo una adolescente feliz y sin apenas preocupaciones, capaz de comerse el mundo.
Los recuerdos empezaron a distraerme, recordando a toda la gente que me rodeaba en esa época. Se me puso la piel de gallina al recordar que aquí tenía pareja, amigos, y mis padres felices sin ningún rencor hacia mí. Fue ahí donde comprendí que, al bajar al piso de abajo, seguramente me encontraría con mi madre. Me paralicé unos segundos al hacerme a la idea de a lo que me debía enfrentar. Hacía unos quince años que no la veía, y no la echaba de menos precisamente. La última vez que hablamos tenía todo el cabello blanco recogido en un moño perfecto, gritándome mientras lloraba con rabia que no me quería volver a ver nunca más. Y así fue.
No tenía más opción que enfrentarme a ello, tenía que bajar y, con algo de suerte, quizá mi madre no estaría en casa. En caso de que me la encontrara, debía relajarme y pensar para mis adentros que ella no había vivido esas horribles discusiones las cuales nos separaron permanentemente, algo demasiado desagradable para una persona que quería a sus padres y sabía que les hacía daño.
Me armé de valor, inspiré profundamente e intenté tomarme la situación lo mejor que pude, dejando la mente en blanco para evitar escuchar mi vocecita interior con pensamientos negativos. Lo inevitable fue que mi corazón se acelerara por los nervios ante la posibilidad de volverla a ver, parecía que me iba a dar un infarto, y ni siquiera sabía si todo aquello era real.
Salí de la habitación y me topé con las escaleras que me llevarían al piso de abajo. Ordené a mis pies que recorrieran el camino hacia la puerta. Por suerte, no me quedé paralizada y logré avanzar, ayudándome de la barandilla de madera.
Apenas hice ruido, creía que lo había logrado hasta que se me erizó la piel al escuchar desde la cocina esa voz a la cual había echado tanto de menos, y a la vez odiado hasta el punto de no querer oírla más.
—Buenos días.
Era la voz de mi madre, no había duda. Pero no era tan áspera como la recordaba, sino más jovial, con más vida y sobre todo, más cariño.
Olía a tortitas recién hechas y a café. Un olor que me hizo sentir como en casa, recordando así la agradable sensación de tener un hogar. Pero esa sensación de comodidad se desvaneció al recordar que debía responder. Y sin pensar, así hice:
—Hola —logré decir con voz temblorosa.
—¿Quieres desayunar? —preguntó casi al instante.
Aún no la había visto, ya que nos separaba una pared llena de fotografías de San Francisco hechas por mi padre. Se me estremeció el corazón al verlas, inundando así mi cerebro de recuerdos. Mi padre fue quien me inspiró para aprender el arte de la fotografía, un hobby el cual adoraba y se vio interrumpido por mi odiosa carrera. Me empecé a fijar en los pequeños detalles que caracterizaban el estilo de mi padre, analizándolas, hasta que me acordé de que había dejado en el aire la pregunta de mi madre. Tenía que responder. Mi mente quería negar su ofrecimiento para evitar un encuentro incómodo y extraño. Sin embargo, mi corazón respondió por mí, afirmándola. Seguidamente cerré los puños, clavándome las uñas en la palma de la mano a causa de la rabia.
Pero ya había respondido, y sin pensarlo más, crucé la puerta que nos separaba. Ahí estaba, terminando de preparar el desayuno con un delantal hasta las rodillas, que llevaba puesto encima de un precioso mono color rosa pastel. El pelo no lo tenía canoso como lo recordaba, sino más bien dorado, como el mío.
La sensación al verla así de nuevo era extraña. Sentía amor, a la vez incomodidad y, por otro lado, unas ganas inmensas de abrazarla al haberla añorado tanto.
Se giró dando la espalda a la cocina, dirigiéndose hacia mí con un plato lleno de tortitas recién hechas. Me miró con una sonrisa de oreja a oreja, orgullosa de sus tortitas perfectamente cocinadas, sin el odio que la consumía al verme hace unos años, solo el amor de una madre perfeccionista, demasiado perfeccionista.
—Me alegro de que ya te hayas despertado, las acabo de hacer —me informó con una sonrisa en la cara.
Me senté en una de las sillas de madera en el centro de la enorme cocina. No pensaba, dejaba que mi cuerpo actuara por mí, ya que mi mente estaba inundada de recuerdos y emociones que me consumían por segundos. Mi cerebro no procesaba bien lo que estaba pasando: por una parte, me sentía extraña, confusa al intentar procesar toda la información para cuadrar el puzle en el que sentía que estaba inmersa. Por otro lado, sentía que estaba en casa, donde debía estar.
Mientras me servía las tortitas, aproveché para fijarme en cada detalle que me rodeaba. Todo estaba igual: la gran ventana que dejaba ver la alegre calle cerca del Pier 39, los azulejos de color verde pastel y blanco, la enorme mesa de centro de madera, y los armarios de cocina llenos de mis cereales favoritos. Incluso mi madre canturreaba alegremente. Si esto era un coma, era alucinante, todo parecía demasiado real.
Me sentía culpable por haber menospreciado este ambiente en mi adolescencia. Mis recuerdos se centraban solamente en la bruja de mi madre decidiendo mi vida por mí, viendo así mis sueños destruidos. El odio no me dejaba recordar esos pequeños momentos donde no había preocupación alguna sobre deudas imposibles de pagar, o la soledad abrumadora que uno puede llegar a sentir. Aquí lo tenía todo y no era consciente de ello. Me deprimí al pensar en los errores que cometí para llegar a ese punto de desesperación y soledad. Me pregunté cómo alguien tan feliz como era yo acabó de esa forma.
Cogí los cubiertos y corté mis tres tortitas amontonadas y mojadas con delicioso jarabe de arce, decidida a probarlas. Una sensación de sabores y sentimientos me invadieron la mente. Hacía demasiados años que no sentía algo así; un sabor familiar, el cual mi cerebro relacionaba con felicidad. Era curioso cómo un simple sabor podía transportarme de esa manera, haciendo así que una puerta de mi mente se abriera por completo, dejando paso a todos los recuerdos guardados que tenía de esta época, incluyendo a la gente que me rodeaba, como mis amigos Jessica y Pitt, papá, Ethan… Todos ellos estaban aquí, sin odiarme, es más, queriéndome. De repente me entraron unas ganas inmensas de verlos, de abrazarlos y volver a conocerlos de nuevo, pero la realidad de la situación, junto con mis inseguridades, me sacaron de ese pozo de fantasías. Odiaba ser así, cuestionando todo lo bueno que tenía hasta que se convertía en algo malo, lleno de incertidumbres.
—¿Te gustan? —preguntó, interrumpiendo así la película que se estaba formando en mi estresada cabeza.
—Sí, muchas gracias —contesté con demasiada educación, ya que nunca le solía hablar así a mi madre—. Tengo mucha prisa, mamá. —Pronunciar esa última palabra fue más fácil de lo que hubiera pensado, ya que durante los últimos años que hablé con ella la llamaba por su nombre de pila: Maya.
Me sentí orgullosa de mí misma al excusarme tan rápido. Era perfecta para poder salir de ahí sin causar sospechas ni llamar la atención. Me sentía con más fuerzas, capaz de ir dominando la situación. Por el momento solo debía disimular, hacer ver que no pasaba nada.
—De acuerdo, pero quiero que dejes el plato limpio —me ordenó, levantándose de la mesa y recogiendo algunos utensilios de cocina que había dejado por ahí.
Asentí con la cabeza y empecé a engullir, procurando no atragantarme. Todo era demasiado surrealista, y tenía miedo de estar perdiendo la cabeza. Pero, a la vez, la sensación de adrenalina e intriga me animaba a continuar para averiguar qué estaba pasando. Además, no podía negar la ilusión que sentía al volver aquí, donde realmente era feliz. Era el último verano antes de empezar la carrera.
Mientras comía, no pude evitar fijar mi mirada en la mujer que me había criado, invadiéndome así un sentimiento de tristeza y culpa. Me pregunté cómo pudimos llegar al punto de odiarnos con tanta fuerza. Una madre y una hija suelen tener un vínculo especial, una conexión que se crea nada más nacer y que destruirla causa un dolor insoportable, a la vez de una furia y orgullo que nublan la mente. Y aunque en esta época no éramos uña y carne por nuestras diferencias, al menos podíamos estar solas en una habitación sin acabar a gritos.
Sin darme cuenta, mi plato ya estaba vacío y mi estómago lleno. Pero casi vomité las tortitas al escuchar la voz de alguien que bajaba las escaleras y nos daba los buenos días desde la distancia, hasta llegar a la cocina.
—¡Buenos días, mis princesas!
Papá.
Mi corazón no podía ir más rápido, y mi respiración se paralizó sin darme cuenta hasta que noté que me estaba mareando y volví a hacer funcionar mis pulmones.
Hacía aún más años que mamá que no lo veía. Él era el pegamento de nuestra pequeña familia, mi modelo a seguir. Era un hombre amable y tranquilo, el cual me mostró el increíble mundo de la fotografía, y era capaz de calmar las discusiones entre Maya y yo. Lo había echado muchísimo de menos, nunca pensé que lo volvería a ver.
Le dio un beso en la mejilla a mi madre, que seguía recogiendo la cocina, y luego vino a mí. Nuestras miradas conectaron de tal forma que, inevitablemente, me levanté y lo abracé con todas mis fuerzas. No pensé, fue un acto instintivo. Le arrugué su camisa blanca, pero no pareció importarle, ya que me correspondió la muestra de afecto.
Estaba mucho más joven. Aunque él ya tenía alguna cana —no como mamá—, seguía con su frondoso y corto pelo negro, y sus ojos tiernos y azules. Sus labios eran parecidos a los míos, pero en cambio me sacaba casi una cabeza de altura; su constitución era alta y delgada. Seguía manteniendo ese olor que me recordaba a toda mi infancia, algo parecido con el sabor de las tortitas de mamá. Nunca había sentido esa sensación de euforia y tristeza a la vez; de una emoción indescriptible.
—Caray… Parece que hace un siglo que no me ves —dijo riendo.
Me separé bruscamente de él y lo volví a mirar, arrepintiéndome al haber salido del papel que estaba interpretando. Gracias a la adrenalina que seguía recorriendo mis venas, logré pensar rápido una buena excusa para evitar cualquier sospecha. Aunque ¿quién sospecharía que he viajado en el tiempo?
—He tenido una horrible pesadilla en la que tú tenías un accidente y… Bueno, no quiero hablar de ello.
Me miró y sonrió aún más. Supuse que había sonado convincente. Volví a sentirme orgullosa por mi rapidez mental ya que pensaba que con los años se me había atrofiado. O quizá era parte de todo esto y volvía a tener todas mis cualidades. Las preguntas sin respuesta eran infinitas.
—¿Dónde decías que ibas con tanta prisa? —preguntó mamá sin dirigirme la mirada, ya que seguía recogiendo. Su extremo perfeccionismo no la dejaba tranquila.
—A ver a la abuela —logré decir. Y, en realidad, no mentía.
CAPÍTULO 2
Ya ni me acordaba de la agradable sensación de cruzar el Golden Gate en bicicleta. Era uno de esos pequeños placeres que hacían los días un poco mejores, como ver el islote de la famosa cárcel Alcatraz, los barcos pasar, el viento acariciando mi rostro mientras veía a los turistas ilusionados por andar en uno de los puentes más famosos del mundo. Lo adoraba. Pero tenía una dirección clara y no me podía distraer: necesitaba ver a mi abuela. Sabía que con ella encontraría alguna respuesta, por mínima que fuese.
Ella era única y, en parte, era una de las personas que echaba más de menos de esta época. Era una mujer bastante particular, de esas que no sabes de dónde han salido, y capaz de conquistarte el corazón con su carismática forma de pensar. Ella era quien me ayudaría a saber si estaba sumergida en un coma.
Sin darme cuenta, llegué en poco más de media hora a ese pequeño pueblecito pescador, justo al lado del gran puente rojo: Sausalito. Tenía un encanto único: sus casas flotantes, el color de las tiendas, los restaurantes… Era uno de mis lugares favoritos, ya que aquí vivía una de mis personas favoritas.
Recordé bien el camino hacia su casita de color rosa, justo al lado de un bosque y a unos metros del puerto. Al llegar, apoyé mi bicicleta azul y la até con la cadena que siempre llevaba, para así poder amarrarla donde quisiera sin miedo a que me la quitaran —aunque el índice de robos en Sausalito apenas existía—. Siempre era muy cuidadosa con esos detalles. Al menos antes, es decir, ahora, lo era.
Subí los tres escalones del porche hasta quedar a unos centímetros de la puerta. Estaba nerviosa, mucho más que antes con papá, ya que ahora no me pillaba por sorpresa, y no podía evitar comerme aún más la cabeza.
«¿Cómo se lo contaría? ¿Pensaría que estoy loca?». Las dudas se apoderaron de mí en el último momento, a punto de lanzarme para picar a la puerta. Pero, en el fondo, sabía que no me juzgaría: ella era única.
Inspiré hondo y sin pensármelo más, alcé mi puño derecho y di tres golpes suaves en la puerta. A los pocos segundos vi a una señora mayor enfrente de mí, con el cabello blanco y suelto, justo por los hombros, con florecitas esparcidas por este. Era un poco más bajita que yo, y rellenita, pero con una gran sonrisa en su cara.
—Hola, cielo, pasa —Me ofreció.
No sabía cómo actuar, pero deseaba con todas mis fuerzas abrazarla. Era la única abuela que había conocido, convirtiéndose en la persona que mejor me entendía. Pese a que todo el mundo la tratara de loca, ya que le encantaban esos temas de la «brujería del alma» o algo por el estilo. Yo no creía en todas esas cosas, aunque ahora quizá me podían ayudar.
Avancé a paso rápido por el recibidor hasta llegar a un ancho salón con sofás llenos de bordados con flores. La casita estaba decorada con todos los colores posibles. No tenía puertas para separar las habitaciones, sino cortinas largas de color morado, que llegaban hasta el suelo. Mi abuela solía decir que las puertas bloqueaban las energías, y que tampoco tenía nada que esconder. Era un alma libre, sin prejuicios ni odio. La adoraba, aunque a veces su carácter podía sorprender, pero eso la hacía aún más especial.
Me senté en uno de los sofás, intranquila. Ella me siguió y me ofreció un plato con galletas caseras. Tentada a comerlas, mi estómago las rechazaba a causa de los nervios que me consumían poco a poco. Aparte, las tortitas me habían sentado de fábula y no tenía más hambre.
—¿Estás bien, querida? —preguntó mientras masticaba una de sus galletas.
Supuse que había notado mi expresión de incomodidad. Además, según ella, notaba las malas energías, las preocupaciones o los miedos. Y no puedo negarlo, siempre sabía qué me pasaba por mucho que lo intentase disimular: si estaba triste, enfadada, preocupada… Debí suponer que esta vez sería aún más fácil verlo, tenía el pulso fuera de sí, y un sudor frío recorría todo mi cuerpo.
—Eh, sí. Perdón. Estoy cansada, he pedaleado muy rápido. —Me excusé, pensando sin mucha claridad.
Y aunque sabía que aplazar el tema era inútil, aún necesitaba las fuerzas necesarias para poder explicar la delicada situación. Igualmente, no pareció convencerla del todo, ella sabía ver la verdad a través de los ojos: el espejo del alma, como solía decir. Pero nunca insistía, dejaba que las palabras fluyeran sin ninguna presión, ya que, si era un tema de real importancia, ellas saldrían por sí mismas a la luz.
—Bueno… Quiero mostrarte una cosa, quédate aquí. —Se acabó de comer la galleta y se levantó con energía del sofá al ver que no quería hablar del tema, haciendo así que su larga falda volase y la siguiese.
Me quedé quieta, pero no porque me lo pidiera, sino porque casi me faltaba el aire, estaba demasiado nerviosa pensando en cómo contárselo, aun sabiendo que lo entendería, ya que tenía a mi favor que a ella le encantaban estos temas. Sin embargo, no dejaba de ser algo paranormal. ¿Cómo podía explicar algo que no entendía? Esperaba que, con la paciencia y comprensión de mi abuela, pudiera salir de esta. Era una mujer increíble, y me dolía pensar que todo el mundo tuviera la imagen de ella como la «chiflada». Era de las personas más inteligentes y empáticas que nunca había conocido. La gente no la trataba mal, es más, se llevaba bien con todo el mundo, pero sabía lo que se rumoreaba por el barrio, y no veía justo que la juzgaran sin conocerla de verdad.
La vi volver de su pequeña biblioteca llena de libros viejos con uno en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Se la veía emocionada, y eso me encantaba; el ver a una persona feliz por algo que le apasiona y quiere compartirlo contigo.
—¡Mira! —Me lo mostró con alegría y se sentó de nuevo, cogiendo otra galleta—. Este libro te encantará. Es de autor anónimo y trata sobre un hada del bosque. Puede parecer infantil al principio, pero sus reflexiones filosóficas son sorprendentes y…
—Si te cuento algo… —La interrumpí, armándome de valor y respirando hondo. Era ahora o nunca. Gracias al sentimiento de comodidad que mi abuela me había transmitido, sentía que debía soltarlo ya—. Debes prometerme que no me tratarás de loca. Serás la única persona que lo sabrá y…
Su expresión cambió drásticamente de emocionada a seria. Entendió que quería hablar del tema que antes ya había visto que me preocupaba y puso los cinco sentidos centrados en mí. Dejó la mitad de su galleta mordisqueada en el platito con las demás, y fijó sus ojos azules en los míos.
Me transmitió total confianza. Su interés hacía que no me sintiera sola, que podía contar con ella. Igualmente, no encontraba las palabras adecuadas para hacerlo. Estaba hecha un lío.
—Cuéntame, June. Sabes que puedes confiar en mí —dijo con voz tranquila.
Asentí con la cabeza y empecé a contarle mi hipótesis, respirando hondo para poder soltar con más fluidez todo el desastre que tenía revoloteando en mi mente. Pensé que solamente debía contarle lo sucedido, y a partir de ahí sacar las conclusiones. Me calmé a mí misma y dejé que las palabras fluyeran.
—No sé cómo empezar porque es un tema… ¿Delicado? No entiendo lo que está pasando y ahora mismo necesito que tengas la mente abierta para poder… Entenderme, supongo, pero… —Me perforaba la mirada sin hacer el mínimo ruido, así que decidí ir directa al grano sin andarme con rodeos, sería más fácil y sabía que ella lo prefería—. Hace unas horas estaba en el futuro, bueno, mi presente, tengo cuarenta años, bueno, tenía, y… Y ahora me encuentro dos décadas en el tiempo más atrás de mi presente. Es decir… Bueno, perdón, no me sé explicar muy bien porque no sé lo que está pasando. Tenía una vida absolutamente horrible: estaba sola, sin trabajo, a punto de quedarme sin casa y sin nadie que me quisiera, así que me tomé un bote de pastillas porque bueno… No podía más… En conclusión, me he despertado ahora, aquí. Esta mañana era una mujer deprimida y sola, y ahora soy una chica llena de energía. Entonces, buscando la lógica del asunto, lo primero que me ha venido a la mente es que estoy en un coma, es la explicación más normal a todo esto. Pero todo parece tan real que… Creo que la lógica se queda corta en este asunto.
Lo solté sin pensar, dejando que las palabras se atropellaran las unas con las otras intentando explicarme lo mejor posible. Si era un coma no tenía nada que perder, y si no lo era, había hecho bien en no maquillar la situación. Aunque segundos después me arrepentí al no haberlo explicado con mucha claridad, pero los nervios eran muy traicioneros y no lo podía evitar.
Se incorporó y suspiró, pero no de desesperación, sino como si le hubiese contado un suceso completamente normal que tenía explicación, y no había razón alguna para alterarse. Me desconcertó bastante, pero dejé que hablara, que me diera su opinión.
—No estás loca, cielo —Soltó sin más—. Según todos los libros que he leído sobre viajes en el tiempo, y con todo lo que me has contado, creo que la vida te ha dado una segunda oportunidad.
Se me congeló la sangre y volví a sudar. La idea de haber retrocedido en el tiempo de verdad me aterrorizaba, no encontraba la lógica por ningún lado. Necesitaba argumentos más sólidos, así que asentí y seguí escuchando para intentar atar cabos.
—Déjame que me explique, cielo: tu vida del futuro, es decir, tu presente, no era la vida que te correspondía. Has roto el ciclo de tu destino correspondiente. No estoy cien por cien segura, pero creo que tienes una segunda oportunidad para escoger tus verdaderos caminos predestinados. Todo esto está basado en la idea de la Teoría del Destino de los Estoicos, que era una escuela filosófica donde hablaban sobre «un eterno retorno». Basándome en su teoría, puedo decir quizá que el universo te ha traído a este momento en el tiempo porque está a punto de suceder algo, algo que tú escogiste mal. El destino tenía preparadas cosas para ti, y por alguna extraña razón, debiste cometer un error que provocó otros errores en los destinos de los demás, rompiendo así un hilo clave en el espacio-tiempo. Según el filósofo Crisipo: «La razón por la cual se han producido los acontecimientos pasados, se producen los acontecimientos presentes y se producirán los acontecimientos futuros».
»No sé si me he explicado con claridad. En conclusión, no hay nada que deba preocuparte, simplemente debes seguir tu destino.
Mi cerebro procesaba demasiado rápido toda la información que mi abuela había soltado en aquel breve instante. Las ideas me taladraban la cabeza y no le veía sentido a nada de lo que decía, pero lo hablaba con tal naturalidad que cualquiera la hubiera creído. Parecía que me estaba leyendo la mente, como si ya supiera de lo que estaba hablando. Decidí pensar que lo que me decía era verdad.
—Creo que te he entendido, pero… Suponiendo que es verdad, ¿ahora tengo que hacer algo distinto a lo que hice en mi anterior vida? —Intentaba atar cabos, pero ni siquiera sabía cuáles eran.
—Exacto. Déjate llevar y, si ocurre algo más, mi puerta está siempre abierta para ti, cielo.
Me seguía sorprendiendo la naturalidad con la que hablaba del tema. Aunque llevase toda su vida tratando con teorías del estilo, solo las había leído, no experimentado. Verla hablar con tanta tranquilidad me generaba una rara sensación, causándome un escalofrío por todo mi cuerpo. Pero era mi abuela, no me mentiría ni me diría nada que pudiera perjudicarme. Fuera verdad o no, era lo único que podía hacer.
—Ahora debemos pensar en un suceso que te llevó al punto en el que terminaste.
—Como comprenderás, no me acuerdo de mis planes exactos en esta época… —No pude evitar el temblor en mi voz. Todo me parecía demasiado surrealista, pero necesitaba meterme en el papel por si acaso esto no era un coma y mi abuela tenía razón.
La vi pensando concentrada, con dos dedos acariciándose las sienes, como si así le trabajara mejor la cabeza.
Yo ni me esforzaba en pensar, ya que mi mente estaba completamente bloqueada intentando procesar la situación que mi abuela me había presentado. Sentía miedo, pero a la vez una emoción extraña.
—¿No te ibas de acampada mañana? Al menos eso me contaste el otro día. Bueno, dudo que te acuerdes de que me lo contaste, pero…
—¡Sí! —Mi mente empezó a fluir y recordé la acampada de la que me hablaba mi abuela. Los recuerdos empezaron a aparecer como si les acabara de abrir la puerta, una puerta que llevaba muchos años cerrada. Más que una acampada, eran unas vacaciones a la casa rural de una amiga, si se le podía llamar así—. Ahí es donde dejé a Ethan.
Ethan. Qué raro se me hacía pronunciar su nombre, el recordar los tiempos en los que estábamos juntos. Dos adolescentes con una vida por delante, que decidieron seguir sus vidas por caminos distintos. Aunque, corrigiendo, no decidieron, más bien decidí. Ya ni me acordaba de por qué hice eso. La impulsividad era una de las cualidades que me caracterizaban en mi adolescencia.
En un futuro me arrepentí, pero nunca pensé que pudiera llegar a ser la primera causa del inicio de mi descarrilamiento. Él ya no me hacía feliz, ya no conectábamos, y creía que era lo correcto. No luché por nosotros, tiré la toalla y empecé una vida completamente distinta a la que estaba acostumbrada. Viéndolo con más de veinte años de diferencia, quizá sí que rendirme no era lo que debía hacer, pero la gente se puede equivocar y no por ello resucitar en el pasado. ¿Tanto afectó una ruptura adolescente en la vida de los demás? Tenía que darle más vueltas al asunto para entenderlo mejor, rebuscar entre el pasado y abrir más puertas de mi mente.
Mi abuela concluyó sonriendo de oreja a oreja, y se acabó la galleta que había dejado.
Aunque ella parecía convencida por sus argumentos, yo seguía sin descartar la idea del coma. Igualmente, no perdía nada por intentarlo, tampoco podía hacer mucho más. Además, seguía sintiendo ese sentimiento de excitación ante la idea. No podía explicarlo ni justificarlo, debería estar aterrorizada, pero en cierta manera, mi corazón estaba deseando emprender esta aventura tan descabellada.
—Ahora ya sabes, no rompas con él. Sé que lleváis un tiempo mal, pero todo problema tiene solución, y tú ya sabes que dejarlo no lo es. De momento céntrate en esto y cuando lo hayas solucionado ya hablaremos de tus otras decisiones. Y recuerda, la comunicación es la clave para el éxito de una relación.
La última frase me descolocó. Recordé mi situación con Ethan y el porqué de nuestra ruptura. De nuevo, mi abuela tenía razón. No estábamos en nuestra mejor época, dejamos de hablar y lo dejé, sabiendo que en el fondo había algo que cambió a Ethan por completo, haciendo así que se cerrara en sí mismo. Mi egoísmo y mi agotamiento ante la idea de una relación aburrida hicieron que no pensara en él y me centrara solamente en mí.
No pude más, mi mente volvía a taladrarme, ahora con más fuerza al recordar a Ethan, y a causa de los nervios empecé a llorar. Instintivamente me abrazó, hacía años que nadie me abrazaba de verdad, mostrando así su apoyo y amor hacia mí, y eso hizo que llorara aún con más fuerza.
—Cómo te he echado de menos, abuela.
CAPÍTULO 3
Al llegar a casa no había nadie. Eso me animó y logré relajarme un poco. Necesitaba pensar con claridad, y si tenía que estar pendiente de mis padres del pasado, no podría concentrarme con toda esta extraña situación.
Ya ni me acordaba de cómo era yo sin depresión, con amigos y una buena casa. No me acordaba de qué era ser feliz. Tenía que fingir ser una chica sin preocupaciones capaz de comerme el mundo, cuando mi interior estaba inundado por una oscuridad que me seguía a todas partes. Por suerte, todos los sentimientos reencontrados hacían que la oscura nube que me perseguía allá donde fuera se fuese desvaneciendo. Me sentía un poco más ligera, capaz de superar esto, capaz de reconquistar a mi primer amor. No podía mentir, me moría de ganas de hacerlo, de volver a sentirlo. Aunque en mi mente estuviera idealizando mi relación, mi corazón no me engañaba.
Entré directa a mi habitación para encontrar la mayor información posible: saber en qué momento exacto me encontraba, qué amistades tenía, cómo era… Y sabía que ahí lograría encontrar suficientes pistas para meterme en el papel y no arruinar mi segunda oportunidad, si es que todo esto era cierto.
Empecé por mirar en la agenda para ver los planes previstos, y sí, al día siguiente me iba a la casa de la montaña de Stephanie Connor; no entendía cómo la podía haber soportado en el pasado. Era mala como el hambre, al igual que su amiga Britney Hudson, con sus cabellos perfectos y sus maquillajes intactos. Yo era más aventurera, atrevida y bastante alocada. Nuestros caracteres nunca llegaron a encajar, pero la situación de nuestros amigos hacía que estuviésemos en el mismo grupo.
Me empecé a alterar al recordar a esas dos arpías e intenté controlar la respiración, ya que todos los psicólogos a los que había ido me habían dicho que era la clave para controlar los nervios: respirar profundamente.
Al estar más calmada, volví a mirar la agenda y me fijé en que a las cuatro de la tarde había quedado en el Pier 39 con Jessie y Pitt. A ellos también los echaba muchísimo de menos, y por eso me alegré de tener esa cita justo hoy. A la vez se me hizo un nudo en el estómago por los nervios. Recordaba que los quería muchísimo, y hacía tanto tiempo que no los veía que con suerte lograba recordar sus rostros. Pero ellos eran como los hermanos que nunca tuve. Teníamos mucha suerte de encajar tan bien, ya que poca gente es capaz de tener una conexión así con sus amigos. Por eso, aunque estuviera nerviosa por volverlos a ver, en el fondo sentía esa conexión que seguía intacta, como si de verdad tuviera dieciocho años y nunca nos hubiésemos distanciado, y en realidad, así era para ellos. Eso me tranquilizaba. Tenía muchas ganas de volver a verlos, de tener esas conversaciones absurdas que tanto nos hacían reír, y de repente hablar de algún tema serio como si fuésemos auténticos adultos, o psicólogos licenciados para ayudarnos mutuamente con nuestros problemas sentimentales.
Cerré la agenda al ver que no podía encontrar más información que me fuera de utilidad y decidí pasar a mi escritorio de madera blanca, que estaba bastante desordenado: tenía esparcidas algunas de mis poesías. No me acordaba de por qué dejé de escribir. Aunque, pensándolo bien, seguramente había sido por culpa de la carrera de medicina, que me ocupaba muchísimo tiempo y me quitaba cualquier inspiración, dejándome así sin creatividad, la cual utilizaba para desahogarme, ya fuera con la fotografía o con la poesía. Ambas desaparecieron de mi vida.
Al acordarme de mi pasatiempo favorito, la curiosidad se apoderó de mí y me desvié de mi misión de encontrar pistas para arreglar mi destino y decidí inspeccionar un cajón que estaba lleno de fotografías tomadas por mí. No eran tan buenas como las de mi padre, ya que no tenía ni de lejos tanta experiencia como él. Aun así, no estaban nada mal. Me encantaba la sensación de captar momentos específicos y poderlos mantener ahí, intactos, para siempre. Expresando mis sentimientos a partir de la vista. Era mi gran fuente de liberación, a la cual tuve que renunciar.
Agité la cabeza para apartar los pensamientos que no me dejaban concentrarme. Cerré el cajón rápidamente al sentir tristeza por recordar el momento en que tuve que elegir hacia dónde se dirigiría mi futuro laboral: hacer lo que más me gustaba aunque fuera algo arriesgado, o ir a lo seguro y dedicarme a algo que apenas me interesaba.
Decidí no pensar más en el tema, ya que sentía impotencia por mi mala decisión. Odiaba sentirme impotente. Pero de repente fui consciente de que la situación en la que me encontraba se basaba principalmente en eso, en arreglar las cosas para no volverme a sentir así, para ser feliz.
Me sentí con las fuerzas suficientes para abrir el siguiente cajón con el mismo ímpetu con el que había cerrado el otro, pero ahora no por la impotencia, sino por la motivación de lograr el cambio que siempre había deseado. Y de repente, como si el destino me hubiera leído la mente, encontré lo que buscaba: mi diario. Ahí estaba mi yo de dieciocho años, la chica que lo tenía todo sin ser consciente. Ahora iba a leerme, a entenderme, a convertirme en esa persona que parecía tan lejana en mi memoria.
No quería perder el tiempo, la impaciencia que me acababa de invadir para emprender esta aventura me lo impedía, así que me dirigí directamente a las fechas más cercanas al día en el que me encontraba, para así recordar cómo era yo, mi relación con mis amigos, familiares y, sobre todo, Ethan.
14 de julio, 1990
Hoy ha empezado siendo un día estupendo: he ido por la ciudad con papá y me ha enseñado rincones perfectos para tomar fotografías con un toque más artístico, así podré desarrollar más mi creatividad, estoy muy ilusionada.
Pero, por desgracia, luego se ha fastidiado todo cuando he quedado con Ethan… No sé qué le pasa últimamente, pero lleva unos meses muy distante conmigo. Me sabe mal, no es el Ethan con el que empecé a salir hace dos años…
Hemos ido a comer y creo que en ningún momento me ha mirado directamente a los ojos…
Por suerte, luego he ido con Jess y Pitt a tomarnos nuestro helado diario. Sienta bien tener a gente que te escucha y te mira a los ojos cuando te habla. ¡Es que no lo entiendo! Hace unos meses estábamos tan bien… Pero no pienso amargarme más. Si de verdad quiere estar conmigo, que me lo demuestre.
Al leer ese día, una nostalgia abrumadora invadió mi cuerpo. Ethan y yo habíamos llegado a ser la pareja perfecta la cual todo el mundo envidiaba. Pero un día, así sin más, todo cambió, como si Ethan se hubiera convertido en otra persona. Yo no lo entendía, y tampoco luchaba por entenderlo. Me lo tomé a la defensiva, incluso me enfadé con él por su extraño comportamiento. El motivo de nuestra ruptura vino a partir de eso.
Después de acordarme del final de nuestra relación me entró la curiosidad, ya ni me acordaba de la época donde estábamos realmente bien. Siendo sincera, aunque solo era una adolescente con la cabeza llena de ilusiones, fue la única vez que estuve realmente enamorada. Cuando crecí, dejé de creer en todas las cosas que antes me llenaban, como el amor. Sentía que los finales felices solo existían en los libros, porque al final, siempre me acababan haciendo daño, como yo le hice a Ethan.
Quería revivir cómo era sentir esa magia que existe al principio de las relaciones, donde esa persona es perfecta y os imagináis todo un futuro juntos. Así que busqué la fecha donde empezamos a salir.
20 de marzo, 1988
Tengo tantas cosas que escribir… Creo que estoy enamorada, y mucho. Hace unos meses que Ethan y yo ya no nos tratábamos como siempre, era como que… Algo estaba cambiando. El otro día en el Pier 39 salimos con el grupo; estaban Jess, Pitt, Josh, Gavin, Britney, Stephanie e… Ethan. Pues resulta que me invitó a un helado y Britney se cabreó muchísimo, no lo mostró, pero yo se lo noté. Al caso, al final todos se fueron a sus casas porque ya era tarde, y yo también tenía que estar en casa a las ocho, pero no me quería ir. Estuvimos toda la tarde hablando, y la conversación fluyó como nunca. Al ver que teníamos tantas cosas en común, decidimos ir quedando más y… Estoy locamente enamorada de él.
Hoy hemos estado hablando del sentido de la vida, es increíble poder compartir pensamientos tan profundos con alguien y que no te trate de loca, es más, él también tenía teorías muy interesantes. Nos hemos emocionado tanto al profundizar en nuestras emociones y pensamientos que… ¡Me ha pedido salir! Soy oficialmente la novia de Ethan. El grupo va a flipar, pero dudo que flipen más que yo. Me encanta estar con él, me siento tan cómoda a su lado… Además, es guapísimo. Le he confesado que siempre me había gustado, pero nunca había mostrado mis sentimientos por miedo a romper nuestra relación de amistad. ¡Y resulta que a él le pasaba igual! Estoy muy feliz, espero que esto dure, porque me importa de verdad.
Ya ni me acordaba de cómo habíamos empezado a salir y fue… Precioso. Los recuerdos iban llegando de nuevo a mi memoria y me empecé a acordar del encantador chico que era Ethan. Podía hablar de cualquier cosa con él, tenía una personalidad única que me cautivaba, que encajaba perfectamente conmigo. Esa clase de persona que sientes que estás destinada a estar con él.
El corazón empezó a latirme de una manera descontrolada, la respiración se me entrecortó y la presión en el pecho me hizo entender algo que imaginaba imposible: me di cuenta de que seguía enamorada de él, como si el fuego nunca se hubiese apagado. No sabía si era por el viaje en el tiempo, o porque simplemente nunca me había olvidado de él. Estaba descolocada por mis sentimientos encontrados, ¿podía ser cierto que aún lo amaba?
Nerviosa, decidí avanzar mucho más, necesitaba saber exactamente cuándo empezó a cambiar todo con él. Sentí que leía una novela donde era la protagonista.
25 de diciembre, 1989
Ha sido una Navidad preciosa, aunque mamá ha tenido que dar la nota, como siempre… Hemos comido todos juntos, con la abuela, Ethan, mamá y papá.
Ethan me ha regalado un collar y una nota diciendo lo única que era y cuánto me quería. ¡Me encanta!
¡Y papá me ha regalado mi propia cámara! Por fin podré hacer fotografías tranquila, sin tener que preocuparme por si gasto por completo el carrete de papá.
Y mamá, bueno… Un libro de medicina. Sigue pesada con el tema de que sea médica y me ha vuelto a dar el sermón con lo importante que es esta carrera para mi futuro.
Pero bueno, la abuela ha sido el regalo más diferente, como siempre. Me ha regalado una piedra preciosa, creo que es un ojo de tigre. Según ella, me traerá seguridad y mi alma será feliz. No creo en esas cosas, pero la piedra es muy bonita.
Me pregunté dónde habría dejado esa piedra, y recordé que la guardé en una cajita que tiró mamá la semana siguiente «sin darse cuenta». Qué raro por parte de ella…
«Quizá por eso acabé así de mal», pensé.
Me reí de mi propia ocurrencia y me lamenté por mi triste sentido del humor. Estaba desconcertada, perdida, y seguía sin encontrar mi objetivo: saber cuándo Ethan cambió. Decidí avanzar un poco más, leyendo rápidamente las fechas al principio de cada página. Finalmente, encontré lo que buscaba:
2 de mayo, 1990
Mamá me ha vuelto a reñir por ir a fotografiar la ciudad. No le gusta que pierda el tiempo en esas cosas, pero es que me libera tanto…
Lo necesitaba por un problema en concreto, y es Ethan.
Se fue de vacaciones hace unas semanas a ver a unos primos y cuando volvió no ha vuelto a ser el mismo, no sé qué le pasa… Está muy cerrado en sí mismo y me preocupa. He intentado preguntarle qué le pasa, pero ha dicho que está bien, y luego ha cambiado de tema. ¿Qué se cree? Me ha mentido en toda la cara. Sé perfectamente que cuando alguien en una relación empieza a mentir, es cuando se va a pique. Me siento muy ofendida. Lleva varias semanas así, y cada vez se aleja más de mí, me trata como si fuera solamente una más en el grupo. Pero soy fuerte, así que tengo que empezar a pensar más en mí. Si él no quiere compartir sus sentimientos conmigo, entiendo que ya no me necesita, que lo nuestro se está enfriando cada vez más, y yo no puedo remar sola en un bote de dos.
Se me creó un nudo en la garganta, me acordaba perfectamente del día que escribí eso. Estaba enfurecida porque Ethan apenas me hablaba, ya ni quedábamos a solas, solo con el grupo. Un día, Britney y Steph se burlaron de mí, y me sentí muy mal, pero no por sus comentarios en sí, sino porque pensaba lo mismo de lo que ellas habían dicho en voz alta: que Ethan ya no me quería.
Supuse que todo empezó en ese pequeño viaje familiar que hizo, donde nadie sabía qué pasó para que cambiara tan drásticamente. Me sentí culpable. Tiré la toalla sin intentar ayudar a una de las personas más importantes de mi vida, así sin más. Actué como una cría y me arrepentí toda la vida. Me lo tomé como algo personal, cuando viéndolo desde fuera, entendí que sucedió algo que de verdad le afectó. Él siempre había contado conmigo, y si dejó de hacerlo fue porque estaba realmente mal. Logré entenderlo, ya que había pasado por lo mismo: una depresión te impide vivir con normalidad, sientes que no estás presente, tu cuerpo actúa por inercia con la sensación de invasión por una nube oscura que no te deja pensar con tranquilidad, llegando al punto en el que solo quieres dormir para no pensar. Es una enfermedad la cual tiene que ser tratada, un tema delicado que, si se toma a la ligera, puede terminar con graves resultados.
Creí que con esa información ya era suficiente, ya sabía por dónde tirar: tenía que averiguar qué pasó en esas vacaciones para ayudar a Ethan a salir de su depresión.
Cerré el diario y lo volví a guardar, satisfecha con la investigación que me había dado las respuestas que necesitaba. Miré el reloj, en una hora había quedado con mis amigos. Notaba mi estómago vacío, y a la vez nervios por pensar en el reencuentro, que con suerte me dejarían comer. Quizá cocinando me relajaría para así ir más calmada a ver a Jess y a Pitt de nuevo. Pero en vez de relajarme, no me los sacaba de la cabeza. Ellos habían sido parte de mí hasta que empezamos la universidad, y ahí cada uno tomó caminos distintos. Pitt era muy listo y estudió literatura en Stanford, en cambio a Jess le iba más el deporte, siempre que podía la acompañaba al gimnasio. Ella empezó a estudiar para ser fisioterapeuta y conoció a un chico encantador. Con ella mantuve más el contacto que con Pitt, pero mi carrera requería mucho tiempo y al final nos distanciamos tanto que los dos fueron desapareciendo de mi vida. Habíamos crecido juntos y por culpa de estudiar algo que ni me gustaba los perdí.
CAPÍTULO 4
Aunque me había intentado relajar con la comida, no me podía sacar de la cabeza cómo me iría esta tarde con mis viejos —o actuales— amigos. Para poder despejar mínimamente mi mente, decidí perderme entre recuerdos mirando álbumes de fotos, leyendo mis poemas e inspeccionando la casa en sí. Funcionó, mis nervios se desvanecieron durante ese rato en el que me sentí como una niña pequeña que lo toquetea todo.
No sabía dónde estaban mis padres, pero parecía que estaban trabajando y hasta el final de la jornada no iban a venir, como solían hacer, así que no sufría por si llegaban, ya que no lo iban a hacer hasta de aquí unas horas. Era raro pensar en que mis padres llegarían de trabajar, cenaríamos todos juntos y dormiríamos bajo el mismo techo. Por otro lado, sentía que era lo normal, como si nuestra relación nunca se hubiese roto.
Después de estabilizar mis emociones y cotillear todo lo que me rodeaba, fui capaz de concentrarme en el asunto: tenía que actuar como si tuviera dieciocho años y una vida por delante «llena de felicidad». Aunque fuese extraño, no sentía que me fuera a ser difícil, sino que tenía energía, una mente más positiva y una fuerza de voluntad increíble. Si me hubiese sucedido una situación de estrés como esta en mi anterior vida, no hubiera sido capaz de manejarlo tan bien. Me sentía más yo que nunca, pero no podía distraerme más, debía ceñirme al plan.
El reloj de la cocina marcaba las cuatro menos cuarto cuando ya estaba saliendo por la puerta de casa. No me cambié de ropa ya que me sentía a gusto con el vestido ancho que había escogido esta mañana. Era curioso, porque en realidad, esta mañana tenía veinte años más.
Me había adelantado cinco minutos a la hora prevista debido a que había andado demasiado rápido por culpa de los nervios que habían vuelto a aparecer, era imposible evitarlos ahora. Además, me sabía el camino hacia el Pier 39 a la perfección.
Gracias a mi puntualidad, pude darme unos minutos para respirar hondo y mentalizarme de que, en unos instantes, vería a dos de las personas más importantes en mi vida. Dudaba de si me saldría solo, el fingir que todo era normal, como me había sucedido con mis padres anteriormente, o si me quedaría sin palabras por no saber qué decir, ya que apenas me acordaba de cómo eran físicamente a causa de todos los años que habían pasado. También me creaba tensión el hecho de hablar sobre algún tema que aún no había sucedido.
Esperando de pie en la entrada del Pier 39, observaba cada detalle como si fuese una turista, sintiendo una sensación de comodidad inexplicable: era como mi segunda casa. Hasta el inicio de mi carrera, este había sido el punto de encuentro con mis amigos desde que tenía memoria. Estaba cómoda y, por suerte, hoy no había mucha gente. Normalmente estaba lleno de extranjeros disfrutando del famoso Pier de San Francisco, una parada imprescindible al visitar la ciudad.
Cuando al fin conseguí relajarme un poco, vi a mi amiga de toda la vida, Jess, acercándose alegremente entre la multitud. No me acordaba de lo guapa que era: tenía una piel morena y brillante, que las modelos podrían envidiar perfectamente, llevaba el cabello negro ondulado largo hasta la cintura, que era como de abeja, y a medida que se acercaba, podía apreciar su mirada profunda y penetrante de sus ojos casi negros. Me di cuenta de que llevaba mucho rato observándola como una boba.
Al llegar a mi lado, me dio dos besos con tanta energía como la recordaba; era una chica con carácter, espontánea y divertida. Me encantaba, era una de esas personas que te contagian el buen humor.
—Hola, ¿estás bien? Tierra llamando a June. —Vaciló mientras hacía señas con las manos delante de mis ojos.
—Eh… Sí, perdón. Estaba pensando y…
—¡Hola, chicas!
Salvada por la campana. Justo llegó Pitt, que lo reconocí al instante a causa de su brillante pelo rubio, además de su altura y constitución delgada. Iba vestido con una de sus mil camisas estampadas que tanto lo caracterizaban, y las cuales le encantaban. Gracias a nosotras fue dejando su timidez a un lado, ya que, al gustarle los chicos, tenía miedo de ser rechazado. Pero, qué demonios, esto es San Francisco.
Me relajó el hecho de no estar a solas con Jessica, me sentía bastante bloqueada y la llegada de Pitt fue liberadora, aún tenía que adaptarme a la situación. Toda la comodidad que había acumulado en casa, pensando que iba a ser totalmente capaz al sentirme con tanta energía, se desvaneció y volví a la cruda realidad. Tenía que actuar, ser una chica de dieciocho años normal y corriente.
—¿Qué tal, Pitt? —logré decir.
—Muy bien, la verdad. Acabo de recibir los libros para Stanford, ¡estoy superemocionado! —dijo sonrojándose.
—¡Me alegro por ti! Qué bien que vayas a estudiar lo que te apasiona —dije con sinceridad y más tranquilidad, adaptándome poco a poco.
—Pues sí… Tía, ¿de verdad tienes que estudiar medicina? —preguntó Jessica con desaprobación.
—Eso dice mi madre… —Me deprimí al ver lo conformista que había sido. Nunca me había opuesto a ella en ese tema.
Sin saber por qué, noté como iba actuando con mucha más naturalidad en cuestión de segundos. Los músculos se destensaban poco a poco y mi mente se veía capaz de responder con fluidez ante la conversación. Estaba orgullosa de mí misma, pero sobre todo feliz de reencontrarme con ellos dos. Nuestra relación era parecida a la de hermanos, donde a veces nos enfadábamos por tonterías, y otras nos aconsejábamos con todo el cariño del mundo.
—Buf, como tú digas… —contestó con tono amargo, mostrando su desaprobación—. No sé vosotros, pero yo tengo hambre.
Nos dirigimos a la heladería de siempre. Mi cuerpo actuaba por inercia, sin pensar, como si fuese lo de cada día. Gracias a que el Pier no estaba muy lleno, nos ahorramos la cola que había normalmente. El heladero, Juan, nos entregó nuestros helados sin tener que preguntar a causa de nuestra habitualidad, recibiéndonos con una amplia sonrisa. Era un hombre corpulento y risueño. Nos conocía desde que éramos unos críos y veníamos con nuestros padres. Parecía un sueño revivir esta situación.
A Jessica le encantaba el helado de fresa, a Pitt el de chocolate con avellanas y a mí el de vainilla. Al despedirnos de Juan —tan agradable como lo recordaba—, probé mi helado, sin poder evitar que mi piel se erizara a la vez que lo saboreaba. En ese instante recordé mínimamente qué era la felicidad. Parecía una tontería que un insignificante helado me alejara tanto de mi depresión. Momentos como este: estar con mis amigos de nuevo, antes de que todo se fuera a pique, comiendo mi helado favorito allí donde yo consideraba mi hogar. Eso era felicidad, pequeños momentos de paz mental.
Decidimos sentarnos al lado del puerto gracias a la falta de turistas, el cual deja ver a los leones marinos tomando el sol tranquilamente, tumbados sobre balsas de maderas preparadas especialmente para ellos. Era un espectáculo ver cómo se empujaban entre ellos para coger el mejor sitio, o simplemente para jugar. Era la mayor atracción del Pier.
—¿De verdad tenemos que estar aquí mientras comemos? Huele a pescado podrido, no puedo saborear bien mi helado. —Se quejó Jess, simulando una arcada.
—¿Pero tú has visto lo monos que son? Ni te atrevas a meterte con ellos. —Se defendió Pitt, que era el que había tenido la idea—. Normalmente esto está a rebosar de turistas, disfrútalo ahora que puedes.
Jess bufó y se rio. Cambió de tema rápidamente y empezó a hablar de una película que se había estrenado «hace poco», Pretty Woman. Me hizo gracia al ver lo emocionados que estaban por su éxito cuando yo la recordaba como un clásico. Aunque el encanto de Richard Gere nunca me había aburrido.
—Yo creo que nunca pasará de moda —dije, casi aguantándome la risa.
—Qué exagerada… Solo es una película de amor más, aunque sea muy buena, siempre habrá de mejores —soltó Jess.
—Es y será la mejor comedia romántica de todos los tiempos. —Concluyó Pitt.
Me sentía cómoda, segura a su lado. Era extraña la sensación de cercanía que tenía con ellos, y la naturalidad con la que encajaba. Apenas me tenía que esforzar, simplemente tener cuidado en no hablar de ningún acontecimiento que aún no había sucedido.
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