Read the book: «Una visita inesperada»

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Índice de contenido

- 1 - Érase una vez dos hermanas

-2- Cambio de planes

-3- Caminos cruzados

-4- Regreso a Des Bienheureux

-5- Tan jóvenes y bellos

-6- El futuro en sus manos

-7- Joyas esquivas y arena blanca

-8- Mañanas de sal y veladas de augurios

-9- Santuario

-10- El óculo

-11- Con las ganas

-12- En clave de Shakespeare

-13- La búsqueda del tesoro

-14- Tras el conejo blanco

-15- La mejor medicina

-16- Escapadas a medianoche

-17- Mensajes desde el otro lado del velo

-18- Llegó con la tormenta estival

-19- Un invitado inesperado

-20- La isla en ninguna parte

-21- Hallazgos y cerraduras

-22- Un lugar solo para nosotros

-23- Siguiendo al hada verde

-24- Reunión familiar

-25- El poder de tres

-26- Bienaventuradas las de corazón puro

Epílogo

Agradecimientos

Título: Una visita inesperada

© 2021 Irenea Morales.

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Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

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1.ª edición: noviembre 2021

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2021: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 planta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

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Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta de la editorial.


Para Jaime, porque encontrarnos fue cosa de magia.

Te prometí que, si había un siguiente, sería para ti.

Gracias por sostener mi mano cada día.


«Oirá mi llamada en la lejanía. Silbará mi canción favorita. Sabrá montar un poni hacia atrás. Sabrá dar la vuelta a las tortitas en el aire. Será maravillosamente cariñoso. Y su forma favorita será la estrella. Y tendrá un ojo verde y otro azul».

«Amas veritas». Prácticamente magia


-1-
Érase una vez dos hermanas

Londres, 1913

Florence Morland nunca había llorado en público. Al menos no desde que podía recordar.

No lo hizo cuando perdió a su adorada hermana Felicity, siendo ambas todavía niñas; tampoco tras la muerte de su madre ni cuando falleció su padre, dejándola huérfana. Ni tan siquiera cuando enterró a su marido hacía ya cinco años.

Sin embargo, no mucho tiempo atrás descubrió que le resultaba harto saludable llorar durante algunos minutos en la soledad de su habitación. Era por eso por lo que, desnuda frente al espejo ovalado de nogal que reflejaba su cuerpo por completo, se permitió su dosis diaria de lágrimas. Solo un minuto. Con ese tiempo le bastaba para poner el contador a cero y deshacerse del molesto nudo que acostumbraba a anidar en su pecho.

Solo un minuto.

No necesitaba más.

Ni siquiera tenía claro por qué lloraba. Tal vez echaba de menos a Daisy, su hermana menor, que estaba a punto de regresar de un viaje por el continente. Aunque la verdad era que, en su ausencia, la vida de Florence se había vuelto bastante más tranquila y ordenada. De hecho, si en esos días había algo que consiguiera alterarla, era pensar en su regreso.

Aquella tristeza bien podría deberse a que, desde que había delegado la mayoría de sus responsabilidades para con la fábrica y sus otros negocios en la eficiente señorita Gaskell, su presencia en la oficina se había vuelto poco más que decorativa y, de repente, la embargaba una sensación desconocida para ella: se sentía inútil.

En realidad no tenía razones para apenarse. Precisamente aquel era el motivo por el que había contratado a Emily Gaskell y había confiado en sus maravillosas aptitudes de gestión: para poder tomarse un descanso de la responsabilidad que suponía administrar el legado de su padre y de su marido. Hacía tiempo que Florence soñaba con tener tiempo para disfrutar y evitar así envejecer tras pilas y pilas de documentos por firmar, con la única distracción de ir a ver, muy de vez en cuando, a la encantadora Lily Elsie en alguna comedia musical.

O tal vez lo que le pasaba realmente era que se sentía sola. Tal vez se mentía a sí misma cuando decía que no necesitaba a nadie a su lado. Tal vez echaba de menos una caricia, unas palabras de ánimo, una conversación hasta altas horas de la madrugada…

Su matrimonio no podía haber estado más lejos de ser perfecto; sin embargo, a veces se le hacía duro pensar que no volvería a compartir su vida con nadie.

Florence se soltó el cabello y echó un último vistazo al reflejo de sus rotundas caderas en el espejo, fijándose sobre todo en aquel punto especial cerca de la ingle derecha, donde la marca de nacimiento en forma de espiral se iba dilatando y volviéndose más clara con los años. Inspiró de forma pausada para borrar de su cabeza todos aquellos aciagos pensamientos y se cubrió con el fino camisón de muselina que la doncella había dejado sobre la cama. Hacía meses que, si bien a veces requería de su ayuda para vestirse, ya no solicitaba sus atentos servicios al prepararse para dormir. En los últimos tiempos, había empezado a desistir del uso del corsé en favor de una simple faja, e incluso aprovechó su último viaje a París para aprovisionarse de varias piezas más sencillas y livianas de Gaches-Sarraute, que podía ceñir y desabrochar ella misma.

Se introdujo con suavidad en las frescas sábanas de algodón egipcio y comenzó a mover brazos y piernas hasta recorrer cada pulgada del amplio colchón. Había llegado a acostumbrarse a volver a dormir sola. A no sentir la calidez del cuerpo de James a su lado, así como tampoco los suaves ronquidos que se acompasaban con el movimiento del pecho en el que Florence recostaba la cabeza, y que se habían convertido en una nana que la calmaba y la ayudaba a conciliar el sueño. Sin embargo, ahora su cama estaba tan vacía y tensa como ella.

Cerró los ojos, separó las piernas y empezó a subirse el camisón por los muslos con deleitosa suavidad, mientras imaginaba que el roce de la delicada tela eran caricias que le erizaban la piel. Sus dedos recorrieron el resto del conocido camino hasta dar con aquello que deseaba y que era lo único capaz de proporcionarle unos segundos de liberación. Ahogó sus gemidos para no perturbar el silencio de la casa y, al terminar, se sumió en un merecido sueño reparador.

***

—¿Quiere que le sirva el té, señora, o esperamos a la señorita Daisy? —preguntó de repente la doncella, sacándola de su ensimismamiento.

Florence dejó sobre la mesita el libro que había estado leyendo con avidez y echó un vistazo al reloj de plata situado en la repisa de la chimenea.

—Mejor tráelo ya, Phillys. No podemos confiar en la puntualidad de un tren. Y muchísimo menos en la de mi hermana.

—La cocinera ha preparado scones de los que tanto le gustan a la señorita. Ya sabe, para celebrar su regreso.

—No puedo decirle que no a eso —declaró mientras la boca se le hacía agua—. Dígale que los reserve para el desayuno, pero, por favor, súbame uno o dos.

La doncella desapareció del salón con aquellos pasitos tan suyos, cortos y rápidos, como los de un pequeño roedor, con los que rara vez llegaba a anticipar su presencia. Apenas habían dejado de oírse por el pasillo cuando el desagradable bramido de un automóvil captó la atención de Florence, que espió la calle a través de las gruesas cortinas damasquinadas hasta ver a su hermana apearse del coche de los Coddington entre fuertes risotadas.

Phyllis reapareció en ese momento, con la bandeja en las manos y la cara brillando de excitación.

—¡Ya está aquí, señora! ¡La señorita Daisy ha vuelto! —La campanilla de la entrada empezó a sonar con insistencia, así que la muchacha dejó el servicio sobre la mesa y corrió a abrir el portón.

—Creo que todo Eton Square se ha percatado de ello —puntualizó Florence, sirviéndose ella misma el té y haciendo caso omiso a la algarabía que se había formado en el recibidor, hasta que Daisy irrumpió en la sala como una niña en la mañana de Navidad.

—¡Hermana! ¡Cuánto te he echado de menos!

Entró con un desbordado torrente de energía y salvó con rapidez la distancia que la separaba de su hermana mayor. Llevaba desabotonada por completo la chaquetilla del traje de viaje color rosa pálido, como si acabara de llegar de completar una ardua gesta en lugar de un corto viaje en coche desde la estación.

Florence recibió su abrazo con genuina calidez, aspirando el delicado olor a flores que desprendían los mechones cobrizos y rebeldes que se habían desligado del intrincado peinado de la muchacha, cuyo sombrero ahora colgaba exangüe de su mano.

—Bienvenida a casa.

—¡He echado de menos todos y cada uno de los objetos de esta casa! —exclamó Daisy tras separarse de su hermana y empezar a dar vueltas por la habitación, parándose junto a cada uno de los elementos del mobiliario—. Diván, te he echado de menos. A ti también, alfombra. ¡Cuánto te he echado de menos, casa!

—Deduzco por tu efusividad que el viaje no ha sido tan placentero como me relatabas en tus cartas.

—Oh, Florence… ¡Lo ha sido aún más! No te haces una idea. ¡Tengo tantísimo que contarte! —Se dejó caer en el canapé y echó mano de la bandeja que había traído la doncella—. ¡Oh, la señora Eckhart me ha preparado scones! ¡Qué detalle! —Untó mermelada en uno de ellos utilizando el pequeño cuchillo con la precisión de un cirujano. Se lo llevó a la boca y puso los ojos en blanco.

—¿Vienes en ayunas desde Francia? —quiso saber la hermana mayor, atónita ante tal despliegue de glotonería.

—¡Por supuesto que no! Es que es imposible resistirse a esta delicia —exclamó Daisy, divertida. Con una sonrisa cogió un segundo dulce. Su joven y delicado cuerpo, al contrario que el de su hermana, podía permitírselo—. ¡Oh, Florence, querida! ¡Me han pasado tantas cosas! No sé ni por dónde empezar…

—Señora, señorita —interrumpió Phyllis—. ¿Qué he de hacer con los baúles y las maletas de la entrada? Me temo que yo sola no puedo subirlos a la habitación de la señorita Daisy.

—¿Baúles? —preguntó Florence extrañada—. ¡Si solo te llevaste uno!

—Mi querida hermana —añadió la muchacha con tono burlón—, no esperarás que pase varias semanas en París y no encargue unos cuantos vestidos.

—¿Tantos como para necesitar un baúl nuevo?

—No me riñas —contestó haciendo un mohín—, también he traído varios regalos para ti.

—Phillys, por favor, ve a casa de los vecinos y pídeles que manden a alguien para que te ayude. —La doncella asintió con la cabeza, azorada por la posibilidad de poder realizar aquella tarea junto al agraciado mozo de la casa contigua.

—¿Y dónde está el chófer? ¿No puede hacerlo él?

—Desde que la señorita Gaskell se ocupa de la dirección de la empresa, he decidido que lo mejor es que tenga nuestro coche a su disposición.

—Ahora yo también estaré en casa. ¿Qué pasará si necesito que me lleven alguna parte?

—Pues le diremos que, a partir de ahora, vuelva a casa en cuanto deje a Emily en la oficina.

—Pero ¿y si lo necesito cuando la esté recogiendo a ella?

—¡Ya está bien, Daisy! —la reprendió—. Hace apenas cinco minutos que has regresado y ya tengo dolor de cabeza. Hablaré con Emily. No creo que ponga ningún reparo. De hecho, el otro día comentó que quería hacerse con un automóvil propio.

—¿Y puede permitirse contratar a un conductor? Parece que le pagas bien.

—Le pago lo que le corresponde —añadió Florence con un suspiro—. Y, para tu información, no va a contratar a nadie. Se comprará su propio automóvil y lo conducirá ella misma.

—¿De veras? ¡Brindo por la señorita Gaskell! —Y, tras alzar un tercer scone en el aire, le pegó un buen mordisco.

***

—¿Se puede? —preguntó Florence tras golpear el marco de la puerta con los nudillos.

La habitación de Daisy era tan alegre, luminosa y desordenada como su dueña. La colcha y las cortinas estaban salpicadas de flores bordadas, y en el tocador no cabía ni un solo afeite o bote de perfume más. La muchacha había comenzado a deshacer el equipaje y toda la estancia estaba repleta de vestidos, sombrereras y paquetes diseminados por cada rincón, a los que trataba de buscar acomodo bajo la rutilante luz que emitían las cinco bombillas de la lámpara de araña y que, cuando atravesaba las lágrimas de cristal, se convertía en una miríada de colores.

—¡Claro! Pasa, por favor. Si es que puedes —pidió la muchacha con una risita nerviosa tras echar un vistazo al estado de la habitación.

—¿Te ha sentado bien el baño? —quiso saber su hermana—. Has llegado muy excitada.

—Estaba muy nerviosa por mi regreso.

—No entiendo por qué. Aquí todo sigue igual que siempre.

—Todo no. Tú has dejado tu empleo —puntualizó Daisy.

—No lo he dejado. Lo he delegado, que no es lo mismo. —Florence se acercó a la cama y se sentó en el único hueco libre que encontró—. Llevo cinco años dedicada en cuerpo y alma a la fábrica y a todo lo que conlleva; creo que me merezco algo de tiempo para mí. Y tú no tienes que preocuparte por nada. Ni por la herencia ni por tu asignación.

—No estoy preocupada. Sé que los negocios de papá no podrían estar en mejores manos que en las tuyas. —Se sonrieron.

—Bueno, te dejo para que termines de arreglarte antes de la cena. Phyllis debe de estar a punto de subir.

—En realidad —titubeó—, me gustaría poder hablar contigo antes. —Florence, que ya se había puesto en pie, volvió a sentarse mientras Daisy jugueteaba nerviosa con los dedos—. ¡Aún no te he dado tus regalos!

Tardó un rato en encontrar los paquetes correctos, una caja redonda y otro envuelto en papel de seda.

—No tendrías que haberte molestado.

—¿Crees que ir de tiendas me supone una molestia? Estos los compré en Normandía, en una boutique diminuta con unos sombreros divinos.

Florence desenvolvió con delicadeza una sencilla chaqueta de punto adornada con un cinturón del mismo tejido color crema.

—Es… original —acertó a decir.

—¿No te gusta? —preguntó Daisy con una arruga de preocupación en el entrecejo.

—Sí, claro. Solo necesito acostumbrarme.

—En Deauville es la última moda para hacer deporte o pasear por la playa. La vi tan práctica y sobria que me pareció perfecta. ¡Absolutamente todo en la tienda de Mademoiselle Chanel parecía diseñado para ti! Ahora verás… —Abrió la sombrerera y sacó un cannotier de paja con una gruesa cinta negra que colocó sobre la cabeza de su hermana—. ¿A que tengo razón? —dijo mientras señalaba el reflejo de ambas en el espejo—. ¡Te queda de maravilla!

Florence estaba de acuerdo. Pensó que le daría un toque divertido al combinarlo con sus habituales blusas y corbatas. Y, en honor a la verdad, divertido no era un adjetivo que los demás acostumbraran a relacionar con ella.

Con James, su marido, había sido diferente. Él sí había sabido apreciar su sentido del humor. Se llevaban tan bien que llegaron a convertirse en la envidia de todos sus conocidos. Era curioso porque, a pesar de tener tantas pasiones en común, no eran capaces de compartir la más común de las pasiones… Florence cerró los ojos durante un segundo y meneó la cabeza para desterrar todos aquellos pensamientos antes de seguir hablando con su hermana.

—Nuestras amistades tendrán material suficiente para el chismorreo en cuanto me vean aparecer con esto puesto.

—¿Y desde cuándo te preocupa eso? —Daisy abrazó a su hermana y le plantó un tierno beso en la mejilla—. Aún no hemos llegado a lo mejor.

—¿Más regalos extravagantes? —bromeó Florence, provocando en la más joven una adorable mueca de exasperación.

—Este viaje me ha proporcionado dos nuevas e increíbles amistades de las que quería hablarte —comentó—. Verás, hace unos días, en Cabourg, coincidí con la señora Siddell.

—¿Siddell? ¿Te refieres a Geneva Siddell?

—¡Sí! Curioso, ¿verdad? Resultó ser una vieja conocida de la señora Coddington, y se acercó a nosotras al vernos en el hotel. Al principio yo no sabía quién era. Entonces le dijeron mi nombre y se puso muy contenta. Me contó que fue ella quien te compró la propiedad de la tía Diana. ¿Es eso cierto?

—Así fue. En realidad yo tampoco llegué a conocer a la señora Siddell, ya que toda la operación se hizo a través de nuestros abogados. Fue una transacción bastante rápida y beneficiosa, la verdad. Quería hacerse con toda la propiedad de Des Bienheureux: la manoir, las tierras, la pequeña isla… Se quedó incluso los muebles.

—¿Y no quisiste recuperar nada de la tía Diana? Yo nunca la conocí, pero tú estuviste en aquella casa de niña, ¿no es así? A lo mejor había algún recuerdo de ella que quisieras conservar.

—¿Y para qué iba yo a querer un montón de trastos viejos? Se tasó todo cuanto había en aquella casa y Geneva Siddell pagó hasta la última pieza de la cubertería. Es lo que suele hacerse con este tipo de propiedades.

—Me pregunto para qué querría todas aquellas cosas usadas. Esa mujer está podrida de dinero. Se ve a la legua.

—Escribió una emotiva carta explicando sus razones. Si no recuerdo mal, decía que ella y la tía Diana habían estado muy unidas en el pasado. Supongo que lo hizo por algún tipo de sentimentalismo. O tal vez se dedicó a revenderlo todo después, ¡quién sabe! —exclamó Florence sonriendo—. El caso es que, gracias a ese dinero, tú has podido permitirte todas estas compras.

—Deberías haber oído a la señora Siddell; no hacía más que hablar de la casa y de lo preciosa que es la finca. ¿En algún momento pensaste en quedarte Des Bienheureux?

—¡Por supuesto que no! —contestó con una sonora carcajada mientras se ponía en pie—. ¿Te imaginas tener que estar también pendiente de una propiedad en otro país y que por seguro no tendría tiempo de visitar nunca? No sé si tía Diana tenía otros planes cuando me la dejó en herencia, pero no me cabe duda de que venderla fue la mejor decisión. Y ahora espabila; la cena se servirá dentro de quince minutos.

—Verás… Es que tengo algo para ti. —Daisy sacó un sobre del bolso y se lo tendió a su hermana. En el sello de lacre color verde oscuro Florence pudo reconocer la silueta de un insecto, casi seguro que se trataba de alguna especie de polilla nocturna. Justo encima estaba escrito el nombre de Geneva Siddell con una caligrafía intrincada y hermosa.

—¿Qué es esto? —preguntó extrañada.

—Una carta.

—Eso ya lo veo.

—Es una invitación. Para pasar el verano en la manoir Des Bienheureux.

—Bueno, es todo un detalle —dijo Florence mientras doblaba el sobre por la mitad—, mañana escribiré una respuesta agradeciendo la deferencia que ha tenido con nosotras y rechazando su invitación.

—Yo ya he aceptado —confesó Daisy con una timidez poco habitual en ella.

—¿Cómo?

—No pongas esa cara.

—No estoy poniendo ninguna cara —replicó la mayor de las muchachas con gesto adusto—. Esta es mi cara.

—¿Lo ves? Es la que pones cuando alguien no sigue tus órdenes…

—Me parece ridículo que hayas aceptado sin consultarme.

—¡Es que Geneva se ha portado tan bien conmigo durante estos días! Es una mujer fascinante e inteligente, y le gusta rodearse de gente estimulante.

—¿Ella usó esa palabra? ¿Estimulante? —repitió Florence con chanza.

—Todos los veranos organiza un retiro en su casa e invita a algunos amigos —continuó Daisy, ignorando los comentarios de su hermana—. Me ha estado hablando del lugar, y me parece de ensueño. ¡Y ella es maravillosa! Creo que te encantaría conocerla.

—Pues dile a tu nueva amiga que se pase a tomar el té cuando venga a Londres —escupió intentando sonar sarcástica.

—No seas mezquina. No te queda bien.

—¡Acabas de llegar a casa! ¿Acaso piensas volver a empacarlo todo y marcharte?

—Sí. Más o menos.

—¿Y qué hay de la temporada? Ya te has perdido el principio y creía que estabas deseando poder participar este año. ¡Llevas meses volviéndome loca con los detalles! Dijiste que necesitabas ir a París para hacerte con un nuevo vestuario. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

—Es verdad que tenía ganas —confirmó Daisy bajando la mirada—. Lo que pasa es que ya no lo veo necesario.

—¿Ya no quieres encontrar marido? Porque hasta donde yo sé llevas planificando tu boda desde los diez años.

—Digo que no es necesario porque ya lo he encontrado. —Realizó una pausa dramática mientras intentaba controlar su entusiasmo y disimular su sonrisa—. ¡Estoy prometida!

-2-
Cambio de planes

Daisy apuró los últimos sorbos del té del desayuno y, de mala gana, soltó sobre la mesa un viejo ejemplar de Harper’s Bazar. Florence, por su parte, llevaba casi media hora con el rostro escondido tras la sábana color salmón del Financial Times. Apenas había conseguido pegar ojo en toda la noche, dando vueltas en la cama mientras maldecía el momento en el que aquella situación se le había empezado a escapar de las manos. Al ser diez años mayor que Daisy y tras perder a su madre poco después del nacimiento de su hermana, se había hecho cargo de ella desde muy joven. Había encarado la educación de la pequeña de la misma manera que se hacía cargo de sus empresas y de su propia vida: de forma rigurosa, ordenada y eficaz. Que el castillo de naipes que había ido conformando durante todos aquellos años se derrumbara a causa de una decisión tan imprudente y apresurada la perturbaba más que cualquier negocio fallido al que hubiera tenido que enfrentarse jamás.

—¿Vas a seguir sin dirigirme la palabra? —preguntó la más joven tras una larga y pausada exhalación—. Anoche ni siquiera te dignaste a cenar conmigo. —La única respuesta que obtuvo fue el inconfundible rasgueo del cambio de página—. Y se supone que yo soy la inmadura —murmuró cruzándose de brazos.

—No, querida. Lo tuyo va mucho más allá de la inmadurez. —Florence dejó caer el periódico con un movimiento tan brusco que Daisy dio un respingo—. Lo que estás demostrando es insensatez, ingratitud y una alta dosis de estupidez.

—No pienso soportar esto —recalcó la muchacha con toda la calma de la que fue capaz mientras se levantaba de la silla—. Cuando hayas terminado de insultarme y te des cuenta de que tengo dieciocho años y ya no estás tratando con una niña, hablaremos.

—De eso nada, jovencita. Vamos a hablarlo ahora.

—Vaya, parece que ya se te ha curado el mutismo.

—¿Cómo puedes soltar una noticia así y esperar que me quede tan tranquila? ¡Teníamos planes! Una lista de pretendientes con buenas rentas y linajes… ¡Creía que querías todo eso! —Hizo un gesto semicircular con la mano, como si señalara un caldero de oro al final del arcoíris.

—¡Claro que lo quiero! Y lo tendré. Con Lance.

—¿Lance?

—Lance Hamilton —confirmó con una gran sonrisa mientras se acercaba a su hermana y se ponía de rodillas frente a ella—. ¿Lo ves? Es que ni siquiera me has dejado decirte su nombre. Su abuelo es el vizconde Artherton.

—¿Por qué me resulta tan familiar?

—Lance es hijo natural de la hija de lord Artherton —susurró como si hubiera alguien más en la habitación que pudiera oírlas—. Por lo visto, el anciano vizconde se ha quedado sin herederos, así que no ha tenido más remedio que reconocerlo y darle su apellido.

—Recuerdo esa historia. Hace unos meses se comentaba en algunos salones. —Florence tenía la mala costumbre de llevarse la uña del dedo pulgar a la boca y mordisquearla cuando necesitaba pensar—. Deben de estar arruinados. Seguro. Ese hombre necesita una unión por conveniencia y solo busca tu dinero.

—Bueno, tú entiendes de ese tipo de matrimonios, ¿no? —En cuanto lo soltó y vio cómo el semblante de su hermana se ensombrecía aún más, se arrepintió—. Florence, lo siento. No debía decir eso. —Ambas necesitaron unos segundos de silencio para serenarse y la más joven aprovechó para ponerse en pie—. La señora Coddington conoce bien a la familia. Te aseguro que no tienen problemas económicos.

—¿Y qué otro motivo tendría para hacer las cosas así? ¿A qué viene tanta urgencia para comprometeros? Sin ni siquiera venir a conocerme e iniciar un cortejo como es debido.

—¿Tan difícil es creer que alguien haya podido enamorarse perdidamente de mí?

—Ese nunca ha sido el problema, te lo aseguro. —Guardó silencio un momento, hasta que una súbita idea anidó en su cabeza—. Daisy, por favor, dime que no habéis intimado.

—¿Qué? ¡No! ¡Por supuesto que no! —protestó la otra ruborizándose.

—¡Si te has puesto del color de las amapolas! —graznó llevándose las manos a la cabeza—. ¡Maldita señora Coddington! No sé cómo confié en ella para que te mantuviera a salvo. ¡Esa mujer solo utiliza la cabeza para sostener el sombrero!

—¡No ha pasado nada entre Lance y yo!

—Júralo por la memoria de papá.

—Te lo juro por cualquier otra cosa pero, por el amor de Dios, no metas a papá en esto. Me he sonrojado porque me ha sorprendido que tan siquiera lo insinuaras.

—¿Y dónde se encuentra tu querido señor Hamilton en estos momentos? —quiso saber Florence.

—Regresó a Inglaterra con nosotros; sin embargo, debía continuar su camino hacia el norte para reunirse con su abuelo. Supongo que, entre otras cosas, para llevarle las buenas nuevas. Ya hemos comprado los billetes de vuelta a Francia para dentro de dos semanas, así que nos reencontraremos entonces.

—¿Estás tratando de decir que pretendes pasar el verano junto a tu prometido sin ningún tipo de supervisión?

—Bueno, no estaremos solos. Millie Coddington también vendrá y, como sus padres no pueden volver a ausentarse de Londres, la acompañará su tía Martha. Estará la señora Siddell, por supuesto, y el resto de sus invitados.

—Lo siento. Sigues sin tener permiso para ir —sentenció la mayor—. Viendo el resultado de tu última aventura, se me hace bastante difícil volver a confiar en ti.

—¡Podrías vigilarme con tus propios ojos! También estás invitada, ¿recuerdas? De hecho, Geneva insistió bastante en que nos quería a ambas allí. Has leído su carta, ¿no?

Florence recordó de golpe haber arrojado la carta de malas maneras sobre el tocador al llegar al dormitorio tras la trifulca del día anterior. Estaba tan encendida que ni siquiera quiso conocer su contenido.

—La verdad es que no, aunque dudo que leerla me haga cambiar de opinión al respecto. —Daisy suspiró con fuerza mientras lanzaba una mirada al techo.

—Eres mi hermana y lo más parecido a una madre que he tenido nunca. Y sabes de sobra que siempre te he respetado. —Ambas callaron durante algunos segundos—. Pero me iré dentro de dos semanas, contigo o sin ti.

Abandonó el comedor sin grandes aspavientos, tan sosegada que no parecía ella misma. Florence tuvo que saciar su inquietud llevándose de nuevo la uña del pulgar a la boca.

Los roles de ambas parecían haberse invertido en el transcurrir de la mañana.

Querida señora Morland:

En primer lugar, permítame que le transmita mis condolencias por la pérdida de su padre y su marido en tan trágicas circunstancias, ya que no tuve oportunidad de hacerlo cuando tuvo lugar nuestra transacción comercial. Su hermana, la adorable Daisy, me contó lo ocurrido, y si bien han pasado ya cinco años del suceso, entiendo que para usted aún debe de ser un recuerdo doloroso.

¿Sabe una cosa? No se lo comenté en mi anterior carta, pero, en realidad, usted y yo ya nos conocemos en persona. La sostuve entre mis brazos cuando no era más que un bebé, antes de que la profunda amistad que me unía a su tía Diana se enfriara y perdiéramos el contacto. No me sorprendió descubrir que la había nombrado su heredera y que, por tanto, Des Bienheureux pasaba a sus manos. Y, cuando supe que ponía a la venta la propiedad en la que pasé los momentos más felices de mi vida, no quise perder la oportunidad de hacerme con ella. Aunque eso ya lo sabe.

Estoy segura de que recuerda la finca, ya que tengo entendido que la visitó alguna vez durante su infancia. Apenas he cambiado nada, pues estoy segura de que así lo habría querido nuestra preciosa Diana, aunque se ha dotado a la casa de todas las mejoras que los nuevos tiempos nos ofrecen. El inicio del verano allí es una delicia y, como no me gusta estar sola, invito cada año a un selecto grupo de amigos para que experimente lo que los franceses llaman «joie de vivre» en todo su esplendor, alejados del mundanal ruido, las responsabilidades y el estilo de vida asfixiante de la ciudad. Pícnics junto al estanque, partidos de bádminton, paseos por la playa y agradables cenas amenizadas por ingeniosas conversaciones, música y champagne.

No se hace una idea de lo que significaría para mí acogerlas a su hermana y a usted en mi humilde hogar. Sé que Diana, allá donde esté, aplaudiría nuestra reunión. Además, me gustaría entregarle algunos efectos personales de su tía que obran en mi poder y que estoy segura de que ella hubiera deseado que llegaran a sus manos.

Le ruego que me haga saber su respuesta lo antes posible. Oraré cada noche para que acepte mi invitación.

Me despido con el anhelo de poder reencontrarme pronto con usted.

Atentamente,

Geneva Siddell

Florence releyó la carta varias veces. Su mente procesaba las palabras de Geneva del mismo modo que sus papilas gustativas convertían en placer la cucharada de miel que saboreaba de manera furtiva en el desayuno. Las sentía suaves y cálidas, como si en vez de plasmadas en papel se las hubieran susurrado al oído.

Sus recuerdos de Des Bienheureux y de su tía Diana eran lejanos y vagos. La última vez que fueron a visitarla, Daisy ni siquiera había nacido. Ella debía de tener unos ocho o nueve años y su hermana Felicity, seis; fue el verano antes de que la perdieran a causa de unas fiebres. Su madre no había podido acompañarles porque, ya por aquel entonces, estaba bastante débil, así que se pasaron toda la semana tratando de dar esquinazo a la nanny para poder investigar cada rincón de la enorme casa y de las, para sus tiernas cabecitas llenas de imaginación, mágicas tierras que la rodeaban.

Intentó rememorar cada detalle atesorado de aquellos días, cuando su niñez todavía era feliz, fácil y despreocupada. Aquellos recuerdos eran al mismo tiempo vívidos y confusos; su imaginación se había encargado de rellenar algunos huecos y ahora, veinte años después, no estaba segura de qué había sido real y qué no.

Cerró los ojos con fuerza y fue capaz de ver la corona de margaritas sobre los rizos rubios de su hermana, inspirar el aroma de la hierba tostándose al sol y paladear el sabor dulzón de los pétalos de violeta que se deshacían en la boca.

Evocó el rostro de su tía, ancho y recio como el suyo propio. Las mejillas llenas y los ojos oscuros e inteligentes. Sus abrazos vigorosos y acogedores con olor a humo y agua de rosas. Sus cuentos para dormir y las confidencias nocturnas…

Se levantó de la cama de un salto y abrió con brusquedad uno de los cajones de la enorme cómoda de caoba. Rebuscó entre la ropa interior y palpó el fondo hasta que sus dedos dieron con los bordes inconfundibles de una pequeña caja de piel. La sostuvo un momento entre las manos antes de abrirla y contemplar la joya que descansaba sobre el interior de seda roja: un reloj de oro para colgar de la solapa, cuyo broche esmaltado representaba a una criatura feérica con alas de mariposa: la reina Titania desplegando su brillante majestuosidad sobre los mortales. La tapa del reloj tenía dos lirios grabados en plata y un diamante bordeado de rubíes en el centro. Al abrirla, podía leerse una inscripción: «Si dos corazones se juran amor, después ya no queda más que un corazón».

Había sido el regalo que Diana le había hecho llegar por su boda, a la que no quiso asistir. Ya por aquel entonces su tía y su padre no tenían una buena relación, y ella jamás abandonaba Des Bienheureux. Ni siquiera lo haría tres años después, para asistir al funeral de su propio hermano.

Florence examinó con detenimiento el reloj, al que nunca había dado uso por considerarlo demasiado valioso y llamativo. Comenzó a darle cuerda con delicadeza y, una vez que comprobó que las manecillas funcionaban, lo prendió de la solapa de su chaqueta, que colgaba de una de las puertas del armario.

Florence Morland había tomado dos decisiones: aceptaría la invitación de la señora Siddell y empezaría a concederse aquello que, sobre todo por imposición propia, se había estado negando todos esos años.

Y el primer paso era aquel vistoso reloj.

***

Para Daisy Lowell el tiempo solía volverse insuficiente cuando estaba enfrascada en los preparativos de un viaje; sin embargo, aquellas dos semanas habían sido un auténtico tormento, debido al flemático ritmo del transcurrir de los días.

Estaba empacando todos sus frescos vestidos de algodón para el día y sus valiosas nuevas adquisiciones de la Casa de Worth y de Callot Sœurs para las cenas. Aunque esta solía ser una tarea del servicio, Daisy había insistido en hacerlo ella misma, cosa que complació a Florence, que solía alentarla para que fuera más autónoma y menos dependiente de las comodidades que les otorgaba su posición económica. Por fortuna, Phyllis viajaría con ellas para no tener que disponer del atareado personal de la señora Siddell, hecho del que la habían informado puntualmente al aceptar su invitación. Observó con interés que llevaba modelos suficientes para estrenar casi cada día. Verlos todos juntos le hizo sentir un pequeño pellizco de culpa por su frivolidad, que intentó apaciguar convenciéndose de que debía estar deslumbrante para su futuro esposo, aunque la realidad era que siempre trataba de resultar cautivadora allá donde fuera.

Después de doblar las prendas tal y como había visto hacerlo a la doncella infinidad de veces, estas comenzaron a parecerle anodinas y menos sofisticadas que cuando las compró. Se sentía estúpida, pero quería que todo fuera tan perfecto como lo había imaginado y, por más frustrada que se sintiera, sabía que tirar todos aquellos preciosos vestidos al suelo y echarse a llorar no era la solución. Así pues, inspiró con suavidad hasta calmar la irritante vocecilla de su cabeza y se contuvo.

Llevaba varios días irascible sin motivo aparente. En el fondo sabía que lo que la mortificaba era estar separada de Lance y no poder anunciar a los cuatro vientos su compromiso, pues él no quería hacerlo público hasta haber hablado con lord Artherton y ponerle al fin a ella un anillo en el dedo. Si se paraba a pensarlo, la idea de unir su vida a la de un hombre al que apenas conocía le parecía tan perturbadora como excitante.

Se preguntaba si el amor era así: dos extraños apostando a que la pequeña bola plateada acabara cayendo en el color afortunado de la ruleta de la felicidad. ¿Y si se detenía en la casilla equivocada? ¿Qué le depararía la vida entonces?

No podía negar que Lance Hamilton era todo cuanto una joven de su edad y posición podía desear y, como en los cuentos de hadas, había aparecido de repente para salvarla de las fauces de las tediosas cenas con los Coddington. Aquel hombre no solo derrochaba atractivo y carisma, sino que además tenía una vida apasionante y una predisposición natural a sacarle todo el jugo posible a la misma. Estaba convencida de que su matrimonio con Lance sería de todo menos aburrido, máxime si su futuro marido resultaba ser igual de apasionado en todas las facetas de su vida.

Aquello era amor.

Tenía que serlo. Aunque solo se conocieran desde hacía poco más de un mes.

Guardó con cuidado en su nuevo baúl de viaje un sinuoso y escotado camisón de seda y algunas de las delicadas prendas interiores recién adquiridas en París y que prefería que nadie, ni siquiera su doncella, viera antes que su prometido. El verano sería largo y la paciencia no se encontraba entre las muchas virtudes de la muchacha.

***

—Te juro que no entiendo por qué tienes que llevar tantas cosas —vociferó Florence para que su hermana pudiera oírla a pesar del ruido que saturaba los ajetreados alrededores de la estación. Hicieron falta dos mozos para cargar el carrito del equipaje.

—Y yo no entiendo cómo puedes llevar colores tan horribles y poco favorecedores —contratacó Daisy señalando la falda ocre tostado y la chaqueta oscura de su hermana—. Al menos te has puesto el sombrero que te regalé.

—Será mejor que nos demos prisa —dijo la mayor ignorando los comentarios despectivos hacia su atuendo y mirando su precioso reloj—. Hemos tardado tanto en salir de casa y atravesar la ciudad que llegamos con el tiempo justo.

Florence comenzó a abrirse paso entre el gentío con paso diligente, seguida de cerca por Daisy, que no estaba dispuesta en absoluto a perder el tren. Cerrando la comitiva iba Phyllis, aferrada a su pequeña maleta y tratando de seguir el ritmo de las otras dos damas.

El personal de la estación fue de lo más solícito con la señora Morland. En general, todo el mundo solía serlo. Daisy siempre se preguntaba si era por su forma expeditiva de expresarse o por la gravedad de su semblante; lo que estaba claro era que Florence había nacido para que sus órdenes fueran acatadas.

—¿Ves como no había de que preocuparse? —dijo la más joven cuando por fin pisaron el interior del vagón, en el mismo preciso instante en el que comenzó a sonar la sirena que marcaba la salida del tren.

—Sí que lo veo. Teníamos tiempo de sobra —ironizó su hermana—. Phyllis, ¿sabrás llegar a tu asiento?

—Creo que sí —contestó la doncella con poca convicción.

—No se preocupen, yo la acompañaré —indicó un joven ataviado con el uniforme de la compañía ferroviaria.

—Señora, señorita, permítanme conducirlas a su compartimento. —Otro acomodador de mayor rango y bigote se hizo cargo de sus bolsos de mano y enfiló el pasillo, revestido de madera.

—¡Ay, Dios, Florence! ¡Qué nervios! Dime qué aspecto tengo. —Daisy se pellizcó con suavidad las mejillas para dotarlas de un rubor innecesario, pues ya estaban lo bastante arreboladas por la carrera.

—Estás preciosa, como siempre. El señor Hamilton se enamorará de ti como el primer día.

—¡No te burles!

Avanzaron por el estrecho pasillo del tren hasta llegar al número de compartimento que les correspondía y, cuando aquel hombre abrió las portezuelas, Daisy se abalanzó para ser la primera en entrar. Florence oyó la algarabía del reencuentro mientras daba una propina al acomodador. Cuando se disponía a entrar, consiguió distinguir la figura de dos hombres, uno junto a su hermana y otro justo detrás.

—¡Ven aquí, Florence! —la llamó Daisy exaltada por la emoción—. ¡Estoy tan nerviosa! He esperado este momento con muchísimas ganas. Deja que te presente al señor Hamilton.

—Es un… placer. —La última palabra salió de los labios de Lance con apenas un tenue hilo de voz. Una exhalación vacua que los presentes apenas fueron capaces de percibir.

Aquel hombre la miró como si estuviera ante una aparición fantasmal, abriendo de golpe los ojos encapotados de color azul cristalino. Florence también lo observó con sorpresa, recorriendo con la vista la digna línea de su prominente nariz y sorprendiéndose con el hallazgo de un mechón plateado en su flequillo que no formaba parte de su recuerdo.

La sorpresa dio paso al temor, y este a la indignación al ser consciente de que se hallaba frente a algún tipo de engaño del que estaban siendo objeto tanto ella como su hermana.

En ese momento, el tren dio un par de bruscas sacudidas antes de comenzar a moverse, por lo que Florence estuvo a punto de perder el equilibrio y caer sobre la desgastada moqueta del suelo si en ese mismo instante la mano de aquel hombre no hubiera agarrado con firmeza la suya.

—Florence —dijo él, visiblemente consternado. A ella, el sonido de su propio nombre escapando de sus labios le sonó al murmullo de las olas y a momentos furtivos.

—¿Tristan?

-3-
Caminos cruzados

—¿Ya os conocíais? —preguntó Daisy mientras los miraba a ambos con desconcierto. El otro hombre se había apartado un poco de la escena, apoyándose en la ventana, por la que se podía ver desaparecer el andén y la estación.

—Sí —contestó él.

—¡No! —respondió Florence al mismo tiempo, con las mejillas arreboladas y el gesto contrariado, mientras le soltaba la mano como si quemara—. Yo conocí hace años a un tal Tristan Campbell. Claro que no pueden ser la misma persona, ¿no es así?

—Sí. Quiero decir, no —titubeó él. Usó la mano recién liberada para recolocarse el cabello, intentando calmar su frustración—. Ni siquiera sé lo que estoy diciendo… Es verdad que soy Tristan Campbell.

—¿Lance? ¿Qué está pasando? —quiso saber Daisy. Parecía confusa y a punto de echarse a llorar por haber visto estropeado el esperado reencuentro.

—Campbell es el apellido que he usado prácticamente toda mi vida. Me lo cambié por Hamilton cuando lord Artherton me permitió usarlo —aclaró él.

—¿Y el nombre?

—Me llamo Lancelot Tristan. —Su acompañante, que había permanecido apoyado en la ventana, ahogó una carcajada que consiguió distender el ambiente y que el que hablaba prosiguiera con una sonrisa—. A mi madre siempre le ha fascinado el ciclo artúrico. Uso Tristan para el trabajo, aunque la familia siempre me ha llamado Lance. Mi buen amigo aquí presente puede confirmar que todo cuanto digo es cierto.

—Me temo que sí. —El otro hombre se acercó al grupo con una radiante sonrisa—. Señora, señorita, Phinneas Van Ewen a su servicio. Les diría que pueden tomarse la libertad de llamarme Phinn, pero creo que ya hemos tenido demasiadas charadas con los nombres por hoy.

—Necesito beber algo —anunció Florence justo antes de salir al pasillo, huyendo de aquel pequeño y opresivo espacio.

—Ya voy yo —concluyó Daisy frenando con la mano el movimiento casi automático de Lance, que parecía dispuesto a ir tras ella. La muchacha recorrió dos vagones en pos de su hermana, que parecía haberle tomado bastante delantera—. ¡Florence, espérame! ¿Se puede saber a dónde vas? El vagón restaurante ni siquiera está en esa dirección.

—Yo… me he despistado.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? ¿De qué conoces a Lance?

—Lance, Tristan, o comoquiera que se llame, era un viejo amigo de James; por lo que recuerdo habían estudiado juntos, de niños. Coincidimos con él hace años, en Miconos, durante nuestra luna de miel —añadió sin poder disimular su turbación—. Siento muchísimo haber actuado así, pero por un momento he pensado que estaba tratando de tomarte el pelo.

—¡Ay, mi hermana querida! —exclamó Daisy mientras la abrazaba y, sonriendo divertida, depositaba un fugaz beso en su mejilla—. Siempre tratando de protegerme. Venga, volvamos y pidamos que nos traigan una botella de champagne.

—No sé si podré volver ahí dentro. —Florence se sonrojó. Parecía avergonzada.

—¡Si solo ha sido un malentendido! No le des más importancia de la que tiene. Seguro que Lance no lo ha hecho.

—Supongo que tienes razón. —Tragó saliva con dificultad e intentó esbozar un amago de sonrisa—. Solo ha sido un malentendido.

***

—¡Menudo numerito! —se burló Phinneas, todavía con una sonrisa en sus gruesos labios—. Digno de un vodevil. —Su gesto cambió en cuanto vio que su amigo se sentaba resoplando y aflojándose la corbata con una mano al tiempo que se pasaba la otra por el ondulado cabello—. ¿Me he perdido algo?

—¿Qué? ¡No! Claro que no.

—¿Y por qué pareces Sísifo empujando la piedra?

—Ha sido un reencuentro inesperado, eso es todo.

—¿Cambia esto en algo tus planes?

—En absoluto. Voy a casarme con Daisy, tanto si le gusta a su hermana como si no.

—¿Y de qué conoces a esa mujer? Si es que puede saberse.

—¡Ya estamos aquí otra vez! —Como si hubiera sido invocada, la muchacha apareció seguida por Florence—. ¿Nos han echado de menos, caballeros?

—Por supuesto, querida —aseguró Lance tras ponerse en pie, sonriente y sereno. Una vez recuperado de la impresión, parecía una persona completamente diferente a la de unos segundos atrás—. Creo que le debo una disculpa a tu hermana.

—Soy yo quien debería disculparse —reconoció Florence. Era incapaz de mirar a los ojos de aquel hombre mientras se dirigía a él. Ojos del color del mar Egeo. Ojos que la transportaban a noches de verano y a amaneceres con olor a sal—. He sido grosera.

—Por mi parte está todo olvidado. Me alegro de que volvamos a encontrarnos. —Lance tomó su mano para depositar un rápido beso en ella y luego, de forma inconsciente, fue incapaz de soltarla—. ¿Se unirá James a nosotros más tarde?

—Me temo que no —respondió Florence librándose del agarre y tomando asiento antes de que el estremecimiento que sentía por dentro se hiciera evidente. Los demás la imitaron—. Mi marido murió hace cinco años.

—Yo… no sabía nada. —Su rostro había demudado por completo en un gesto tan sorprendido como triste—. Lamento muchísimo tu pérdida. Era un gran hombre.

—Sí. Lo era.

—Me siento muy avergonzada —dijo Daisy de repente, llamando la atención—. Ahora me doy cuenta de que este malentendido ha sido culpa mía. Si bien le conté a Lance que tenía una hermana mayor, ni siquiera llegué a decirle tu apellido. A lo mejor así él habría atado cabos. ¡Estábamos tan centrados el uno en el otro que nos olvidamos del resto del mundo!

—Es lo que suele pasar cuando haces las cosas de forma tan precipitada —replicó su hermana intentando disimular la mordacidad de sus palabras con una media sonrisa.

—No te angusties, querida. Florence y yo tendremos tiempo de sobra para ponernos al día. —Lance dirigió su mirada hacia la joven viuda que, de alguna forma, consiguió reunir el valor suficiente para corresponderle.

Durante todo el camino, Daisy no permitió que la conversación decayera. Cuando se trataba de contar chismes e interesarse por temas que hasta ese momento le eran desconocidos, no tenía rival. Phinneas tampoco le iba a la zaga. Aquel hombre era, según contaba, un pianista de bastante renombre, a pesar de que ninguna de las hermanas había oído hablar de él, y casi no había ciudad en el mundo en la que no había protagonizado alguna anécdota escandalosa de la que hacer partícipes a sus compañeros, para deleite de la muchacha. Lance, por el contrario, no estaba muy conversador y solo intervenía cuando sus dos compañeros más habladores le preguntaban algo de forma directa. Por su parte, Florence se dedicó a sonreír de soslayo cuando consideraba que el tema guardaba algún tipo de relación con ella, aunque su actividad principal consistía en contar los nudos de la madera que forraba el vagón, el número de borlas que pendían de las cortinas de terciopelo verde y las veces que pillaba al prometido de su hermana lanzándole miradas furtivas.

—Me pregunto por qué no hemos tomado el barco a Caen. Tengo entendido que está más cerca de nuestro destino —quiso saber Phinneas con curiosidad.

—Así es, señor Van Ewen —confirmó Daisy—. De hecho, mi querida amiga, Millicent Coddington, cogerá ese camino mañana y nos reuniremos con ella en Cabourg. El caso es que me temo que mi hermana tiene un secreto inconfesable.

—¿Cómo? —preguntó la interpelada, que había estado distraída, y la mirada se le fue de forma instintiva hacia Lance.

—No te avergüences, Florence —continuó Daisy, divertida—, tener miedo al mar no te hace débil. En todo caso te hace parecer humana.

—Es cierto —admitió ella con voz vacilante—, lo confieso. El trayecto en barco de Dover a Calais es bastante más corto y prefiero volver a tener los pies plantados en tierra firme cuanto antes.

—Recuerdo tu cara al bajar de aquel pequeño barco en Delos —intervino Lance sonriendo ante aquel recuerdo. Florence palideció.

—¡Vaya! No me habíais dicho que os conocierais… tanto. —Daisy no había borrado su sempiterna sonrisa, a pesar de que el tono de su voz escondía un pequeño atisbo de recelo.

—¡Ya estamos llegando a la estación! —anunció Phinneas rompiendo el espeso silencio que se había formado en el vagón—. Imagino que nos acompañarán esta noche a cenar en el hotel, ¿no es así?

—¡Claro! —se apresuró a responder la más joven.

—Me temo que estamos muy cansadas —contestó al mismo tiempo Florence, reprendiendo a su hermana con la mirada—. Pediremos que nos suban algo frugal a la habitación. —El tren había estado aminorando la velocidad hasta detenerse entre chirridos y fuertes toques de silbato—. Nos veremos mañana, caballeros. —Y, sin mediar ninguna otra palabra ni esperar a su hermana, que se despedía de ambos con gesto contrariado, se levantó y salió al pasillo deseosa de escapar de allí antes de perder los papeles.

***

Faltaban escasos minutos para que partiera el ferri, y Florence seguía agarrada con fuerza a una de las barandillas de la cubierta. Retrasaba el momento de volver a reunirse con sus compañeros de viaje, a los que había conseguido esquivar hasta ese momento bajando a desayunar a primera hora. Después había dejado a su hermana con Phyllis y se había marchado antes del hotel, utilizando la excusa de querer asegurarse de que embarcaban bien todo el equipaje. Necesitaba pasar algo de tiempo a solas, ordenando sus ideas y rememorando episodios de su pasado que creía haber enterrado a gran profundidad y que pugnaban por salir a la superficie.

Daisy se había pasado la mañana atormentándola con sus protestas por haberla obligado a madrugar, y tampoco estaba contenta por privarla de pasar más tiempo con su prometido. Hacía ya un buen rato que Florence los había visto desde lejos mientras llegaban juntos al puerto entre escandalosas risas, confirmando que el disgusto de su hermana parecía haberse diluido como una gota de tintura en agua.

Miró con atención el mar, que para su alivio estaba bastante calmo. Tuvo que respirar hondo varias veces y armarse de valor para afrontar aquel trayecto. No eran las aguas en sí las que le causaban aquel temor, sino la desconexión con la tierra que suponía encontrarse en una embarcación a merced del oleaje.

—¿Asustada? —Una voz masculina la sobresaltó, haciendo que su cuerpo temblara más aún que ante la perspectiva de cruzar el canal a nado.

—No soy tan fácil de amilanar —contestó con bravuconería.

—De eso estoy seguro.

—¿Qué se supone que debo hacer ahora, Tristan? ¿O debería llamarte Lance?

—Puedes llamarme como prefieras, Florence —pronunció su nombre con templanza, tomándose su tiempo y saboreando cada sílaba—. Te juro que no sabía que Daisy era tu hermana. Apenas se refirió a ti un par de veces desde que nos conocimos. Me contó que vivía con una hermana viuda y poco más. —Otearon el horizonte durante algunos segundos, evitando que sus miradas se cruzaran—. Por cierto, siento muchísimo lo de James. Hace años que vivo de aquí para allá y solo piso Londres si me pilla de paso. No me llegó la noticia de su muerte.

—Eso ya lo dijiste ayer. —Ambos continuaron mirando el mar, permitiendo que el sonido del batir de las olas contra el casco del barco llenara el silencio que se había instalado entre ellos—. ¿Y qué es lo que piensas hacer?

—¿A qué te refieres?

—A tu compromiso con Daisy, por supuesto.

—Es que estás pensando en… ¿contárselo?

—¡No! ¡Claro que no! Aunque es obvio que no puedes casarte con ella —sentenció Florence.

—Bueno, yo no lo veo tan claro como tú.

—No sería tan sorprendente. Al fin y al cabo, todo ha sido muy rápido. Nadie se extrañaría de que hubierais cambiado de opinión. Además, aún no lo habéis hecho público, lo que juega a nuestro favor. Conozco a mi hermana, estará disgustada un tiempo y luego se le pasará.

—No pienso romper el compromiso —declaró él con solemnidad.

—¿Cómo dices?

—Voy a casarme con Daisy. Lord Artherton está de acuerdo y, además, ya le he dado mi palabra a ella.

—Ya veo. Estás… —acertó a decir Florence, dejando una pausa que aprovechó para tragar saliva junto al nudo que se le había formado en la garganta— ¿enamorado de Daisy?

—¿Cómo no estarlo? Reúne todas las virtudes admirables en una buena esposa.

—Soy su tutora, podría oponerme.

—Es mayor de edad. Y, además, no creo que quieras hacerla infeliz.

—Será infeliz si se casa con un hombre al que apenas conoce —sentenció ella tratando de mantenerse impasible.

—¿Eso lo dices por experiencia? —contratacó él, lamentándolo al instante.

Florence alzó la mano para abofetearlo, pero él la sujetó antes de que lo consiguiera. Aquel gesto había llamado la atención de algunos de los pasajeros que se encontraban junto a ellos, por lo que Lance, en lo que vino a ser un intento de salvar la situación y, con seguridad, de alterar aún más a su acompañante, depositó un suave beso en el dorso de la misma. Florence se zafó contrariada y se marchó a ocupar su asiento justo antes de que aquella máquina que le causaba tanto recelo iniciara su travesía.

-4-
Regreso a Des Bienheureux

El trayecto en automóvil desde Calais hasta el Grand Hôtel de Cabourg no fue muy diferente al del ferri. Florence permaneció taciturna y Daisy temió por la arruga perenne que se le había instalado en el entrecejo. Al no poder ir en el mismo coche de alquiler que Lance, se preguntaba qué tal estaría llevando él toda aquella situación y, lo que era más importante, si la reticencia de su hermana acabaría animándolo a deshacer el compromiso.

Finalmente, atravesaron los jardines de entrada del hotel y los automóviles pararon frente a la puerta del fastuoso edificio de espaldas al mar. La muchacha esperó a que su hermana, tan diligente como siempre, desapareciera tras las puertas de entrada para acercarse a él mientras descargaba su maleta.

—¡Creía que no llegaríamos nunca! —exclamó mientras estiraba las piernas con un contoneo poco decoroso—. ¿Me has echado de menos?

—Claro que sí —afirmó él con una de sus sonrisas torcidas.

—Al menos tú habrás estado distraído con el señor Van Ewen. Yo en cambio he hecho todo el trayecto en un silencio sepulcral —se quejó—. Siento muchísimo el trato que te está dando mi hermana —susurró Daisy a su prometido—. Imaginaba que se escandalizaría un poco, no que estaría enfurruñada todo el viaje.

—No te preocupes por eso, querida. Nací como hijo ilegítimo, estoy acostumbrado a los desplantes —bromeó Lance.

—Florence no es así. Jamás te trataría mal por eso. ¿Crees que pudiste hacer algo en el pasado que la molestara? —Había dudado antes de formular la pregunta, temiendo la respuesta.

—No. No lo creo.

—¿Y eso es todo? —inquirió con curiosidad—. ¿No me lo vas a contar?

—¿A qué te refieres?

—De pronto descubro que ya os conocíais y ninguno de los dos me da más detalles.

—Tampoco hay mucho que contar. Me habían mandado a Grecia a cubrir una revuelta en Creta y decidí quedarme un tiempo para hacer un recorrido por las islas. Una noche, cuando volvía a mi hotel en Miconos, me encontré con un viejo amigo: James Morland, tu cuñado. Ahí fue cuando conocí a Florence. —Miró a su alrededor para asegurarse de que seguían solos, y sus brillantes ojos se entornaron con una gravedad que Daisy nunca le había visto, a pesar de que gesticulaba con las manos tratando de restarle importancia al asunto—. Pasamos juntos algunos días antes de que ellos reanudaran el itinerario de su luna de miel. Y eso es todo.

—Pues no sé qué decir. Florence puede ser bastante rígida, aunque esa actitud tan huraña es impropia de ella.

—Está preocupada por ti y me temo que no le caigo muy bien —dijo riendo y consiguiendo sacar una sonrisa a su prometida—. Te prometo que conseguiré que cambie de opinión.

—¿Aún quieres casarte conmigo? —preguntó con coquetería.

—¡Señorita Daisy! —Phyllis recorrió con sus pasitos vivaces la distancia entre la escalinata del hotel hasta donde se encontraba la pareja—. Su hermana me ha mandado a buscarla para decirle que la señorita Coddington también se encuentra ya aquí.

—Gracias, Phyllis, voy enseguida. —Daisy se volvió hacia Lance, esperando a que este le diera una respuesta, pero la doncella se había quedado plantada junto a ellos y no parecía tener la intención de marcharse.

—Será mejor que vayas entrando. Estarás deseando reunirte con Millie. Creo que voy a dar un paseo por la playa. Ya seguiremos hablando luego. —Tras una última sonrisa, Lance se metió las manos en los bolsillos, dio un puntapié a un guijarro y se alejó en dirección opuesta a la puerta de entrada.

***

La hora del té en el Grand Hôtel no tenía mucho que envidiar a la de cualquier refinado salón de Londres, más bien todo lo contrario. Los enormes ventanales orientados a la playa filtraban a través de sus cortinas los cálidos rayos del sol de media tarde, que jugueteaban con las filas de caireles de cristal de las lámparas de araña. Una buena parte de la alta sociedad europea se daba cita entre aquellas lujosas paredes, atraída por el ambiente distendido del casino y los maravillosos beneficios del balneario y sus baños de mar.

—Si te soy sincera, pensaba que mis padres no me permitirían venir. —Millicent Coddington dio un diminuto bocado a su sándwich de pepino mientras sonreía con malicia—. Solo pusieron dos condiciones: que regrese a Londres antes de que termine el verano y… a la tía Martha. —Ambas muchachas miraron a la mesa contigua, en la que la tía solterona de Millie tomaba el té con Florence, sin cruzar una sola palabra—. ¡Esta aventura es muy emocionante! Quiero regresar a casa con un noviazgo precipitado y furtivo como el tuyo. ¡Es tan romántico! Me muero de envidia.

—Mi compromiso no es ningún secreto.

—Tal vez, aunque tampoco lo habéis hecho oficial. ¿Te ha entregado ya el anillo?

—La verdad es que no —se lamentó Daisy—. Creía que, en cuanto lord Artherton y mi hermana lo supieran, podríamos gritarlo a los cuatro vientos, pero ahora no estoy tan segura. Lance está muy raro y Florence parece que lo odie.

—Tu hermana nunca ha sido el summum de la simpatía. Creo que ni siquiera yo le agrado mucho.

—¡Qué tontería! Te tiene muchísimo aprecio —mintió—. El caso es que se suponía que este iba a ser un viaje de ensueño y está resultando una pesadilla. Me he pasado casi todo el camino charlando de trivialidades con el señor Van Ewen.

—¿Con quién?

—Phinneas Van Ewen. Lance lo ha invitado.

—¿Es atractivo?

—¡Ya lo creo! Es músico.

—¡Tanto mejor! —Ambas rieron tan fuerte que el salón entero las miró reprendiéndolas, lo que no bastó para sofocar sus risas, sino solo para que se cubrieran la boca en un vano intento de disimularlas.

Habían quedado en que la señora Siddell se reuniría con el grupo allí para partir todos juntos hacia Des Bienheureux. Incluso el director del hotel, del que Geneva era una clienta habitual y muy respetada, les había informado de que tendrían uno de los automóviles del establecimiento a su disposición; sin embargo, las horas pasaban y su anfitriona aún no había hecho acto de presencia ni había dejado ningún mensaje para ellos.

—Es imposible contactar vía telefónica con la finca —informaron a Florence en recepción tras disfrutar del té de la tarde—. Al parecer, algún tipo de avería ha cortado la línea.

Tras un par de horas más de cortesía y en vista de que el anochecer se les echaba encima, Florence se dirigió de nuevo al mostrador con Phyllis a la zaga para intentar que les preparan las habitaciones pertinentes. A pesar de su poder de convicción, la gestión estaba resultando bastante complicada, ya que el hotel estaba al completo en aquella época del año.

Seguía enfrascada en su cometido, apretando las tuercas al personal, cuando vio llegar a un hombre que entraba en el vestíbulo resoplando y con el paso acelerado. Al situarse junto a ella, el desconocido se recompuso el flequillo rizado, que debía de haber perdido verticalidad a causa de la carrera, y le lanzó una mirada descarada tras sus gafas de montura de carey.

—Buenas tardes —saludó lanzándole una amplia y blanca sonrisa a la que Florence correspondió con un escueto movimiento de cabeza.

—¿En qué puedo ayudarlo, señor Townsend? —Uno de los empleados de recepción se dirigió con cierta familiaridad al recién llegado.

—Muy buenas, Alfred. Vengo a recoger a los invitados de la señora Siddell. Me temo que se me ha hecho un poco tarde.

—Creo que hace rato que lo esperan. De hecho, la señora Morland, aquí presente, confiaba en que se quedara libre alguna habitación para poder pasar la noche. —Ella se giró hacia ellos con gesto circunspecto.

—Señora Morland, le ruego que me disculpe —dijo aquel hombre acentuando la picardía de su sonrisa—. Mi nombre es Sterling Townsend, y tenía que haber venido a recogerlos hace horas.

Al verlo más de cerca, Florence percibió que era aún más joven de lo que le había parecido en un principio. Debía de tener una edad similar a la suya, rondando la treintena, aunque su cara resultaba aniñada y risueña, incluso detrás de aquellas gafas.

—Nos ha extrañado no haber recibido ningún mensaje de la señora Siddell —contestó, todavía reticente.

—Ya me imagino —añadió él sin perder el gesto risueño—. Un árbol ha caído y se ha llevado por delante las líneas de telefonía de Des Bienheureux y de todo el pueblo. Hemos intentado que lo solucionen, pero por lo visto no podrán arreglarlo hasta dentro de un par de días. He acudido en cuanto he podido.

—Agradezco que haya venido hasta aquí para avisarnos. Imagino que ya no son horas para emprender el camino.

—¡Tonterías! He traído mi coche y Geneva reservó uno de los del hotel. La finca no está muy lejos; iremos algo apretados, pero no se darán ni cuenta. —Sonrió—. Saldremos en cuanto lo tengan todo listo.

—Pero… ¡ya casi está anocheciendo! No podemos aparecer en la casa en mitad de la noche. No sería decoroso.

—Le aseguro que no será ningún problema. Voy a pedir que vayan cargando sus maletas, usted avise a los demás.

Daisy montó en el coche alquilado con Millie y Martha Coddington. Phyllis iría delante, junto al chófer. En el otro vehículo, Florence prefirió sentarse junto al señor Townsend, mientras que Tristan y Phinneas ocupaban los asientos traseros.

Sterling Townsend parecía manejarse tan bien al volante como con las palabras, ya que estas no paraban de brotar de su boca y conseguían cubrir cada incómodo silencio. Cuando mencionó que era abogado, las piezas del puzle encajaron a la perfección, y la joven viuda supo por qué su nombre le había sonado tan familiar cuando se había presentado. Él había sido uno de los encargados de redactar los papeles de la compraventa de la finca.

Las casi dos horas de camino pasaron volando; al menos para Florence, a pesar de que Tristan había permanecido bastante callado y taciturno, haciendo que se preguntara si es que le disgustaba ir sentado tras ella o si estaba afectado por la conversación que le había visto mantener con Daisy al llegar al hotel, cuando ambos pensaban que nadie los observaba.

Atravesaron el primer vallado, una arcaica verja de hierro devorada por la maleza que delimitaba el perímetro exterior de la propiedad. La carretera se convirtió en un camino de tierra flanqueado por densos árboles, y continuó así hasta la segunda cancela, enmarcada por un arco que formaba parte de una preciosa estructura de ladrillo rojo con techos abuhardillados y a través de cuyos ventanales resplandecía la luz anaranjada de una lámpara de mesa.

—Es la casa del guardés, el señor Woodgate. Su esposa es el ama de llaves de la finca —comentó el señor Townsend cuando la atravesaron al ver la curiosidad en los ojos de su copiloto.

—Recuerdo este sitio. Cuando éramos pequeñas creíamos que era el portal del reino de las hadas. En el jardín también había varios pasajes en forma de luna que, para nosotras, eran accesos a otros mundos. Ya sabe, tonterías de crías.

—¿Usted y su hermana Daisy? —preguntó con su sempiterna sonrisa.

—No. Mi hermana Felicity.

—¿Y podremos disfrutar de su compañía estos días?

—No sería posible. Falleció siendo niña —aclaró ella con el tono apático de quien tiene asumida la pérdida—. De eso hace ya muchos años.

—Lo siento mucho. ¡Debo de parecerle tan desconsiderado!

—No se preocupe, no es culpa suya. Yo no debí haberla mencionado. La verdad, no es algo que suela hacer a menudo. Es este lugar —afirmó mirando a través del cristal—; me despierta recuerdos que llevaban mucho tiempo dormidos. —Florence notó un movimiento a su espalda y giró la cabeza de forma instintiva. El señor Van Ewen dormía plácidamente con los labios entreabiertos, a pesar del traqueteo. Tristan estaba despierto y volvió a repetir aquel movimiento al arrebujarse en su chaqueta. Incluso en la cerrada oscuridad que los envolvía, fue capaz de captar el brillo de sus ojos, fijos sobre ella.

A lo lejos empezaban a vislumbrarse las titilantes esferas de las nuevas farolas eléctricas que flanqueaban la entrada a la mansión y que, si bien no realzaban su belleza como podría hacerlo la cálida claridad del sol, le proporcionaban un halo blanquecino que resultaba tan onírico como fascinante.

Los coches se detuvieron junto a la puerta de entrada al mismo tiempo que se abría para que aparecieran por ella dos mujeres cuyo aspecto no podía ser más dispar. Una era alta y regia, con una silueta envidiable a pesar de su madurez, el pelo rubio mucho más corto de lo que dictaban los cánones y la belleza serena de una tarde de verano. La otra era más baja y marcada por voluminosas curvas que copaban el sencillo vestido marrón; los rizos oscuros se le entremezclaban con los canos al escaparse del rodete que le coronaba el rostro en forma de corazón.

—¡Qué alegría que ya estéis aquí! Siento muchísimo haberos obligado a viajar a estas horas. —La mujer rubia se cubría con un chal de seda dorada que brillaba con cada uno de sus movimientos.

—No te preocupes, Geneva. He intentado que el paseo fuera lo más agradable posible para tus invitados —dijo Sterling con familiaridad—. Permíteme que te presente a la señora Morland. Sé que te morías de ganas por conocerla.

—¡Florence! Es todo un honor tenerte aquí. Puedo llamarte así, ¿verdad? Y, por favor, llámame Geneva, como si fuéramos viejas amigas.

—Claro —respondió esta al acercarse a ella y sentir con asombro cómo la cogía de las manos. Todo en Geneva Siddell parecía dotado de gracia: su voz, su forma de moverse, sus facciones… Por un momento Florence se sintió incómoda a su lado. Tosca. Y deseó que los allí presentes no establecieran comparaciones entre ellas, porque sin duda sería ella la que saldría mal parada.

—Fíjate, Emilia —continuó Geneva dirigiéndose a la otra mujer—, ¿no es igualita que nuestra Diana?

—Su cabello no es tan rojizo, pero en lo demás son casi dos gotas de agua. Es un placer, señora Morland. Soy Emilia Woodgate, el ama de llaves. Trabajé en Des Bienheureux hace muchos años, antes de que usted naciera y, ahora, la señora Siddell me ha brindado la maravillosa oportunidad de volver. —Criada y señora intercambiaron una mirada llena de cariño.

—Encantada —contestó Florence, atolondrada—. Discúlpenme, ha sido un día muy largo y estoy bastante cansada.

—¡Geneva! —vociferó Daisy con un enérgico grito que abochornó a su hermana nada más salir del coche. Si la fatiga del viaje había hecho mella en ella, no lo evidenciaba en absoluto.

—¡Mi querida señorita Lowell! ¡Qué ganas tenía de tenerte por fin en mi casa! —exclamó sonriente la anfitriona.

—No me lo habría perdido por nada del mundo —dijo la muchacha lanzándole una mirada de soslayo a Florence—. ¿Recuerdas a mi buena amiga Millie? La acompaña su tía, la señorita Martha Coddington. —Las mujeres se saludaron tras la presentación—. Y aquí está el señor Hamilton —añadió sin intentar suavizar su pícara sonrisa.

—Es un placer volver a verla, señora Siddell. Gracias por su invitación —reconoció Lance, besándole la mano enguantada.

—No tiene por qué darlas. Los… amigos de Daisy son bienvenidos —admitió ella, satisfecha.

—Permítame que le presente al señor Van Ewen. Es el acompañante que le mencioné en mi carta.

—Enchanté, madame. —Phinneas hizo una leve reverencia y se levantó el sombrero de hongo con galantería.

—Encantada. Cuando el señor Hamilton me informó de que traería a un pianista a mi humilde hogar, casi exploto de la emoción. Al fin alguien le arrancará algo de música a nuestro abandonado instrumento.

—Será un placer —respondió él con entusiasmo.

—¿Por qué seguimos todos aquí fuera con la humedad que hace? —vociferó la anfitriona—. Por favor, vayan entrando. No estaba muy segura de la hora a la que llegarían, así que he mandado que les preparen un pequeño refrigerio en el salón para que coman algo antes de acostarse. Deben de estar agotados de tanto trasiego. —Geneva los guio hacia el interior como haría una pastora con su rebaño—. Emilia, querida, indique al servicio las habitaciones en las que pueden ir dejando los equipajes. —El ama de llaves asintió con la cabeza y empezó a dar órdenes a su alrededor.

Cuando rebasaron el umbral, los recuerdos de Florence se avivaron de repente al contemplar el mosaico circular del suelo del recibidor, las coloridas cristaleras sobre puertas y ventanas, y las intrincadas volutas de la balaustrada de la doble escalinata. Aquel lugar estaba envuelto en una naturaleza de hierro y cristal que lo volvía salvaje e irregular.

Había llegado a olvidar lo vivo que parecía todo en aquella casa.

-5-
Tan jóvenes y bellos

Cuando Phyllis entró en la habitación para ayudarla a vestirse, Daisy aún se encontraba en esos deliciosos momentos que separan la vigilia del sueño. Experimentaba un curioso placer en dormir en camas ajenas y quizás por eso le gustaba tanto viajar. El abrazo de un colchón más firme que el suyo, unos almohadones más mullidos y el aroma a lienzos limpios le proporcionaban un descanso mejor que el de su propia casa, donde las paredes parecían ahogarla.

—Hace una mañana maravillosa, señorita —dijo la doncella mientras estiraba un delicado vestido de algodón blanco adornado con encajes y un fajín de satén rosado.

—¿Llego a tiempo para el desayuno?

—Por supuesto. No se preocupe por eso, nunca la dejaría dormir tanto como para perdérselo. Su hermana bajó hace un buen rato. Ya sabe lo madrugadora que es.

—¿Y el señor Hamilton?

—No sabría decirle, señorita.

—Está bien, Phyllis. Quiero que me trences el pelo. Mi intención es parecer lo más arrebatadora posible ya de buena mañana, así que pongámonos manos a la obra.

Al llegar al comedor, Daisy comprobó que no era la última en llegar. Millie, que necesitaba disponer de los servicios de una de las doncellas de la casa, todavía no había bajado, y el señor Van Ewen tampoco. Florence no se encontraba allí, aunque sí Geneva, que parecía disfrutar de una animada charla con Lance y el señor Townsend, actitud que se estaba ganando una de las reprobatorias miradas de la añeja señorita Coddington.

—¡Santo cielo, Daisy! Estás tan bella como una ninfa de los bosques; ¿no está de acuerdo, señor Hamilton? —dijo la anfitriona en cuanto la muchacha apareció en la sala.

—Más aún —contestó Lance poniéndose en pie y retirando una silla para que su prometida tomara asiento.

—¡Sois tan afectuosos conmigo! Me he puesto el primer vestido que he encontrado. Y aún sigue algo arrugado después del viaje —dijo ella con fingida modestia mientras Lance procedía a llenarle la taza de té.

—Celebro poder disfrutar en mi casa de tu juventud y belleza. Cuando llegas a cierta edad, necesitas olvidar que todo cuanto conoces se va marchitando. Incluida tú misma.

—Geneva —intervino Sterling—, tú todavía estás muy lejos de eso.

—Gracias, querido. —Ella le tomó la mano sobre la mesa. Fue un gesto lo bastante íntimo como para que a Daisy le llamara la atención.

El mayordomo abrió la puerta justo antes de que Florence la atravesara. Llevaba una de sus habituales chaquetillas negras y una falda de color pardo tan funcional como pasada de moda. Tenía las pálidas mejillas arreboladas y algunos mechones de pelo se le habían soltado al quitarse el sombrero.

—Buenos días. Espero no llegar demasiado tarde.

—No te preocupes, querida, y sírvete cuanto te apetezca —la tranquilizó Geneva—. ¿Te ha sentado bien el paseo?

—Ha sido bastante vigorizante, la verdad —contestó mientras se servía y tomaba asiento junto a ellos—. Esperaba llegar hasta el mar antes de que se me echara la hora del desayuno encima, pero ha sido imposible. Había olvidado lo grande que es este lugar.

—¡Tengo una idea! —exclamó la anfitriona—. Mañana podríamos organizar una excursión a la playa, ¿verdad, Sterling? Los veranos aquí son bastante frescos y hay que aprovechar los días soleados como hoy.

—¡Excelente! Se lo comunicaré a la señora Woodgate para que prepare unas cestas.

—¿Has descansado bien, Florence? —preguntó Daisy con una dulce sonrisa pintada en el rostro—. Yo he dormido como una princesa sin guisante.

—Bastante bien, gracias. Aunque he de confesar que me extrañó descubrir que se me había asignado la antigua habitación de tía Diana. Pensaba que, siendo la dueña, Geneva se habría instalado en ella —añadió dirigiéndose a ella.

—Cuando me mudé aquí, no me sentí con fuerzas para mover sus cosas. Y tampoco lo vi necesario. ¡Esta casa cuenta con tantas habitaciones hermosas! La verdad, creí que prepararla para ti era lo más correcto. Pero si no te sientes a gusto…

—¡En absoluto! —se disculpó—. Perdóname, no he querido parecer desconsiderada.

—Florence tiene por costumbre preguntárselo siempre todo —bromeó su hermana.

—No veo que eso sea un problema —comentó Lance levantando con sutileza la mirada azul del periódico.

—¡Claro que no! Tú haces exactamente lo mismo. Por eso se te da tan bien tu trabajo —exclamó su prometida mirándolo con orgullo mientras le pasaba la mano por el brazo con coquetería.

—¿A qué se dedica, señor Hamilton? —quiso saber Sterling.

—Soy reportero. O lo era hasta hace poco. Ahora tengo asuntos familiares que debo atender.

«Como una fortuna recién caída del cielo, por ejemplo», pensó Florence con cierta malicia.

Cuando todos los huéspedes hubieron bajado y dado buena cuenta del variado desayuno a base de delicias francesas y británicas, Geneva les hizo un pequeño tour por la planta inferior de la casa, ahora que podían contemplar su majestuosidad a plena luz del día.

Phinneas admiró la belleza y sonoridad del gran piano del salón que, según mencionó la señora Siddell, mantenían afinado a pesar de que nadie en la casa sabía tocarlo. Lance quedó fascinado por el tamaño de la biblioteca de Des Bienheureux, e incluso Martha Coddington reprimió un pequeño grito de emoción cuando atravesaron el solárium acristalado y visitaron el huerto. Al parecer, era una gran aficionada a la horticultura.

El espectáculo que los esperaba en el exterior consiguió dejarles sin palabras. Cerca de la casa, el jardinero acababa de acondicionar una zona como merendero y pista de bádminton, deleitando a los presentes con el embriagador aroma de la hierba recién cortada. Sin embargo, la mayoría de las flores crecían en esplendorosa libertad. Racimos de lilas y hortensias bordeaban la pared trasera de la casa, la hiedra trepaba ocultando parte de la fachada y unas estructuras de metal formaban pasadizos cubiertos por fragantes rosas amarillas que enmarcaban los distintos caminos de aquel maravilloso oasis.

Florence se apartó del grupo formado por los más jóvenes, que, mientras Martha y Geneva se sentaban en sendas butacas de mimbre y se servían un vaso de limonada fresca, corrieron a por las raquetas y se enfrascaron en un partido de dobles. Continuó caminando hasta dar con una de aquellas entradas circulares de ladrillo que desembocaba en un paseo cubierto de glicinias moradas.

—Es precioso, ¿no le parece? —Sterling Towsend también se había desligado del grupo y acababa de alcanzarla.

—Aún más de lo que recordaba.

—Cuando te adentras en este lugar, es fácil olvidar que la civilización está cerca.

—Hablando de la civilización, ¿cuándo cree que estará restablecida la línea telefónica? Necesitaría hacer una llamada.

—Por lo que tengo entendido, hoy o mañana vendrán a arreglar el estropicio. Si le urge ponerse en contacto con alguien, yo mismo puedo acercarla a la oficina del telégrafo.

—Creo que puedo esperar un día más. Hablé por teléfono con la directora de mi empresa antes de salir de Dover, pero estamos a punto de cerrar una transacción importante y, la verdad, me gustaría estar al tanto —informó al señor Towsend, que la miraba con tal intensidad que casi consiguió ruborizarla—. Se supone que estas vacaciones son para desconectar, pero he de admitir que es algo que me cuesta bastante.

—Es usted una mujer de negocios y comprometida con su trabajo. Respeto eso.

—No sé si comprometida sería la palabra correcta. He decidido tomarme un descanso de mis responsabilidades.

—Pues supongo que ha venido al lugar idóneo. —Sonrió. Florence jamás había visto una dentadura tan perfecta, y estaba segura de que él abusaba de ese recurso muy a menudo porque también era consciente de ello.

—Es usted abogado, ¿verdad?

—En efecto. El caso es que ahora me dedico en exclusiva a gestionar el patrimonio de Geneva. El señor Siddell dejó una cuantiosa herencia tras su fallecimiento, y lo cierto es que ella no tiene el mismo buen olfato que usted para los negocios. Mantener este lugar requiere una suma considerable, además de la enorme inversión que ha supuesto modernizarlo.

—Entiendo. Y ¿lleva mucho tiempo trabajando para ella, señor Townsend?

—Demasiado. —Otra vez aquella atractiva sonrisa—. Por favor, llámeme Sterling.

—Me parece bien —contestó ella sonrojándose—. Solo si usted me llama Florence.

—Será un verdadero placer.

***

A Daisy le había entrado la risa floja mientras Phinneas rezongaba por haber perdido el partido. Tenía el pelo alborotado y se sentía algo sofocada por el esfuerzo. Aunque no estaba acostumbrada a hacer ejercicio físico, tenía que admitir que la actividad alimentaba su buen humor y la dejaba con ganas de más. Sin embargo, de momento se había sentado para recuperar el aliento sobre una manta colocada en el césped del merendero, tan cerca de Lance que de vez en cuando podía permitirse el placer clandestino de rozarlo con el codo cuando los demás no miraban.

Millie se arrodilló junto a ella y comenzó a adornarle el pelo con flores silvestres que había recogido junto a la pista, mientras Geneva relataba la ardua labor que sus trabajadores habían tenido que llevar a cabo para restaurar el jardín y el estanque, bastante descuidados durante los últimos años previos a la muerte de Diana.

Por uno de los senderos vio aparecer a su hermana con el señor Townsend, conversando y sonriendo de forma distendida. Le resultó chocante ver a Florence tan fuera de su elemento y tan cómoda al mismo tiempo, por lo que se preguntó si aquel apuesto abogado tendría algo que ver. De repente sintió un regusto amargo y recordó la familiaridad con la que Geneva y él se habían tocado aquella mañana; la inquietaba que su hermana se dejara llevar por sus sentimientos y que todo acabara en una gran decepción para ella. A decir verdad, también le preocupaba que su estancia allí se viera interrumpida por algún tipo de malentendido, así que decidió que hablaría con Florence en cuanto tuviera ocasión.

—Florence, querida, ¿está todo tal y como lo recordabas? —preguntó la señora de la casa cuando estuvieron lo bastante cerca.

Allí sentada en su trono de ratán, con un vaporoso vestido en color crema y el cabello dorado que, expuesto a los rayos del sol, se convertía en un halo destelleante, parecía la efigie de una diosa primigenia. Gea. Tenía incluso a un grupo de adoradores postrados a su alrededor.

Florence sintió la tentación de inclinarse también ante ella, de ser acogida en su seno. Tal era el magnetismo que aquella mujer parecía ejercer sobre cuantos la rodeaban.

—Me temo que los únicos recuerdos que guardo se entremezclan con las fantasías de una niña. Aunque he de admitir que es un placer para los sentidos visitar de nuevo este lugar.

—Ahora mismo estaba describiéndoles a los demás el mal estado en el que se encontraba la propiedad cuando la adquirí. He llegado a pensar que la enfermedad de vuestra tía le hizo olvidar el amor que sentía por Des Bienheureux.

—Ella decidió recluirse aquí sola. Incluso cortó los lazos con su familia —apuntó Florence.

—También conmigo —se lamentó la anfitriona—. Era una mujer muy tozuda.

Todos callaron y el ambiente pareció enrarecerse durante un instante. Después de algunos segundos, Sterling se acercó a Geneva para decirle que se ausentaría durante el almuerzo, ya que pensaba acercarse al pueblo para comprobar si habían solucionado el tema de la línea telefónica, momento que Florence aprovechó para sentarse en un banco de piedra, algo apartada de los demás.

Lance se levantó poco después, anunciando que necesitaba estirar las piernas. Su prometida, que ya tenía la trenza llena de flores y ahora era ella quien adornaba el clarísimo cabello de Millie, le lanzó una mirada curiosa.

—¿Has disfrutado de tu segundo paseo de hoy? —le preguntó Lance a su futura cuñada cuando llegó hasta ella.

—La verdad es que sí —le aseguró Florence—. Me gusta mucho caminar.

—Eso lo recuerdo. Aunque tenía entendido que te gustaba hacerlo sola. El señor Townsend parece una compañía demasiado locuaz.

—Hemos tenido una charla bastante entretenida, si es a eso a lo que te refieres. Tal vez lo que ahora necesite sea precisamente alguien con quien poder hablar.

—Entonces hazlo conmigo. Está claro que tenemos una conversación pendiente.

—¿Ahora? —preguntó ella con voz ahogada.

—No, mejor mañana. Pasearemos por la playa, delante de todos. Así no sentirás la tentación de volver a intentar abofetearme y Daisy no desconfiará si nos ve juntos.

—Está bien. No podemos alargar esta situación mucho más —cedió ella con un suspiro.

—Solo quiero dejar las cosas claras —añadió con voz tranquila y grave—. Me conoces. Sabes que no albergo malas intenciones.

—No te equivoques, Tristan. Ambos conocimos una versión impostada del otro y fueron esas dos personas imaginarias quienes compartieron aquellos días robados a la realidad. Tú y yo no nos conocemos en absoluto.

***

Después de disfrutar de un frugal y delicioso almuerzo en el exterior bajo la clemente sombra del cenador, los invitados acabaron desperdigándose por la propiedad.

Daisy, amodorrada por las dos copas de oporto que había bebido, se retiró a descansar un rato. Millie Coddington, seguida siempre de cerca por su diligente tía, había decidido imitarla, pues era habitual que actuara siguiendo la estela de su mejor amiga. Casi con total seguridad, ninguna de las dos bajaría hasta la hora de la cena, ya que emplearían buena parte de la tarde en acicalarse.

Por su parte, Florence cogió un ejemplar de la biblioteca y se acomodó en un butacón bajo la ventana abierta. El benévolo sol del atardecer le cosquilleaba en las manos, que sostenían el libro, y la suave brisa le acariciaba el rostro deleitándola con su fragancia a flores y sal. La quietud de aquel lugar era celestial, casi religiosa; difería por completo del ritmo de vida y el trasiego de la ciudad. Cada cierto tiempo, cerraba los ojos y era capaz de escuchar el latido de su corazón, fuerte y rítmico, tan alto como si estuviera junto a la corneta de un gramófono.

—Imaginaba que estarías aquí. —Geneva parecía haberse materializado a su lado como un ser mágico que se hubiera escapado de su jardín. Al dirigirse a ella, Florence dio un respingo en el asiento—. ¿Te he asustado?

—Sorprendido, más bien —confesó la más joven de las dos mujeres—. Estaba distraída y no te he oído entrar.

—Es por las alfombras —explicó la otra, sonriendo—. La casa es vieja y cruje demasiado. Las alfombras amortiguan esos odiosos ruidos. ¿Puedo? —preguntó esperando a que Florence le hiciera un gesto para sentarse en la butaca frente a la suya, y extendió la mano para que le pasara el libro—. George MacDonald. Interesante elección.

—Mi tía Diana nos lo leía por las noches cuando éramos pequeñas. Supongo que este lugar me pone nostálgica y me pareció una elección adecuada.

—Como te comenté en mi carta, guardo algunos enseres personales de tu tía. Estoy segura de que a ella le gustaría que los tuvieras tú. —Florence torció un poco el gesto y desvió la mirada—. Pídemelos cuando te sientas preparada.

—No me malinterpretes, no estoy afectada por su muerte. Me temo que no estábamos muy unidas. La verdad es que siempre nos trató bien a mi hermana Felicity y a mí cuando éramos niñas, a pesar de que vivía aquí aislada de todo y de todos; incluso nos mandaba tarjetas por nuestros cumpleaños y regalos en Navidad. Pero cuando mi esposo y mi padre murieron, ni siquiera tuve noticias suyas. Sé que en esa época ya estaba enferma y, por lo que tengo entendido, tampoco su mente funcionaba muy bien… —Necesitó unos segundos para recomponerse—. Si me ves afectada es por culpa de este lugar, que me trae recuerdos de días más felices. La melancolía me abruma en algunos momentos.

—Te entiendo. Des Bienheureux tiene ese poder. Cuando compré la finca, me asaetearon esos mismos sentimientos. Fui muy feliz aquí hace muchos muchos años. Con Diana y Emilia.

—¿Te refieres a la señora Woodgate?

—Sí. Formábamos un curioso trío —contestó mientras la cara se le iluminaba y los ojos color de mar embravecido se volvían brillantes—. ¡Me gustaría tanto que llegásemos a ser amigas! —Geneva le tomó la mano y, aunque le sorprendió, no le resultó desagradable—. Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que decírmelo; quiero que tu estancia aquí sea lo más agradable posible.

—Gracias —contestó Florence, y, en ese preciso momento, el enorme reloj de la biblioteca comenzó a marcar las campanadas. Echó un vistazo rápido al que tenía prendido de la solapa, gesto que no le pasó desapercibido a Geneva.

—Será mejor que suba a asearme —anunció la anfitriona—. Nos veremos en la cena.

Florence observó cómo se marchaba y sintió una leve angustia en el pecho. Una vez que la vio cruzar el umbral, dirigió su mirada hasta la mano que Geneva le había sostenido un momento antes. Podía sentir su tibieza, como si todavía siguiera en la habitación, donde aún flotaba el característico y dulzón aroma de su perfume de gardenias. Estaba empezando a entender la fascinación de Daisy por aquella mujer. De hecho, dudaba que hubiera un solo ser sobre la tierra capaz de ignorarla.

-6-
El futuro en sus manos

—Phyllis, prepárame el vestido negro, por favor. —La doncella acababa de terminar de peinarla, y Florence, sentada frente a un enorme tocador de madera con espejo en forma de tríptico, se untó con delicadeza un poco de vaselina en las pestañas.

—¿Cuál de todos, señora? Solo ha traído un vestido de noche de otro color.

—El de satén bordado con cuello alto.

—¿Está segura? Es de cuando todavía guardaba luto y creo que va a pasar calor con él. La señorita Daisy llevará uno en color rosa con tiras de lentejuelas bordadas y borlas brillantes; tiene mangas cortas, el escote bajo y…

—El negro, por favor —la cortó.

Apenas tardó unos cuantos minutos más en estar preparada y, cuando salió de la habitación, se encontró de frente con su hermana y la señorita Coddington, que, cogidas del brazo, iban charlando y riendo por el pasillo. Phyllis había dado en el clavo al recalcar la belleza del vestido de Daisy, que resultaba tan espectacular como su portadora.

—¡Florence! Justo ahora venía a buscarte —anunció tomándola del brazo—. Millie, querida, ¿te importaría ir bajando sola? Necesito tener unas palabras a solas con mi hermana.

—Por supuesto —contestó la otra muchacha, no muy convencida, aunque no solía poner en tela de juicio las órdenes de su amiga—. Mejor me adelanto y busco a mi tía.

—¿Qué mosca te ha picado? —preguntó Florence entre susurros cuando el vestido azul cielo de Millie desapareció por la esquina.

—¿Por qué te has puesto ese vestido? Es de los que usas en casa —le recriminó Daisy con el gesto contrariado—. ¿No has traído nada nuevo?

—¿Eso es lo que querías decirme? ¿Que desapruebas mi estilo?

—Creo que está bastante claro que sí; sin embargo, lo que quería comentarte era algo de índole más… —dudó— personal.

—¿A qué te refieres?

—Puede que a los demás les pasara desapercibido, pero no pude evitar veros conversando antes.

—¿Nos viste? —Florence se ajustó los guantes con nerviosismo al tiempo que notaba cómo las palmas le empezaban a sudar a través de la tela. El corazón comenzó a martillearle en el pecho.

—¿Qué te pasa? Te has puesto pálida de repente.

—No me pasa nada.

—¿Estás angustiada?

—¡Claro que no! ¿Por qué habría de estarlo?

—¡Eres adorable! En cuanto has sabido que iba a hablarte del señor Townsend, te has sonrojado.

—¿El señor Townsend? —repitió Florence, confusa.

—No te hagas la tonta conmigo. Os vi bastante bien a los dos emergiendo de vuestro bucólico paseo. —Daisy se llevó las manos al rostro y pestañeó con exageración—. Se notaba que estabas muy a gusto.

—¡Y así era! Sterling es una compañía muy agradable. Aunque ahora acabas de fastidiarlo con tus atrevidos comentarios.

—¿Atrevidos? Pues si eso te ha parecido atrevido, espera y verás. —Daisy bajó el tono de voz hasta convertirlo en un leve susurro—: No te hagas demasiadas ilusiones con ese hombre, creo que tiene una aventura con la señora Siddell.

—¿Estás tratando de tomarme el pelo?

—No lo sé con certeza, es solo una corazonada. Vi cómo se tocaban con excesiva familiaridad durante el desayuno. —Ambas se quedaron calladas unos instantes, asimilando las palabras que acababan de liberarse.

—Bueno, no serían los primeros ni tampoco los últimos.

—¡Ella debe de sacarle más de veinte años! —exclamó Daisy intentando no alzar el tono de voz—. Aunque hay que reconocer que es una mujer muy bella.

—Ambos son libres de hacer lo que quieran y tú no deberías esparcir este tipo de rumores así como así.

—¡No se lo he dicho a nadie más que a ti! Y lo he hecho porque no quiero que te encariñes con ese hombre y te lleves un desengaño.

—Lo que insinúas no tiene ningún fundamento. Lo único que me interesa tener con Sterling es una bonita amistad, nada más.

—Bueno es saberlo.

—Y ahora, por favor, más vale que nos reunamos con los demás de una vez.

Cuando llegaron al salón, ambas comprobaron satisfechas que los invitados todavía disfrutaban de una copa antes de pasar al comedor. De hecho, la anfitriona aún no se había unido a ellos.

Lance, que conversaba con Martha Coddington mientras intentaba disimular su aburrimiento, se giró hacia la puerta justo en el momento en que las dos hermanas aparecieron. Sin poder evitarlo, los ojos azules le brillaron con entusiasmo y una pícara sonrisa ladeada se le escapó de los labios. Daisy no perdió ni un solo segundo en ir a reunirse con su prometido mientras causaba verdadera sensación entre los presentes con su vestido, pues parecía centellear como un manto de luciérnagas con cada sinuoso movimiento de su cuerpo.

Sterling Townsend, ataviado con un impecable frac, y con los rizos domados gracias a algún tipo de fijador, se apresuró en acercarse a Florence en cuanto vio que se quedaba sola. En vista de sus últimos descubrimientos, ella no supo muy bien cómo interpretar el evidente interés que mostraba el abogado.

Lo que le había dicho a Daisy era cierto. Había empezado sus vacaciones sin más intención que trabar alguna que otra amistad; nunca se habría planteado nada que fuera más allá; aunque, en cierto modo, sus sentimientos cambiaron en cuanto se topó con Tristan en aquel tren, y la memoria de su cuerpo reaccionó reavivando sensaciones aletargadas desde hacía años. Era como si el periodo de hibernación de su deseo hubiera concluido. Y en ese preciso momento, apareció Sterling, tan solícito y amable que, si Florence dijera que no había imaginado en algún momento que aquella amistad pudiera ir a más, mentiría.

Se sentía estúpida. Sabía que había malinterpretado las atenciones de aquel hombre y lo último que quería era que él fuera consciente de ello. Así pues, intentó actuar con la mayor naturalidad posible, como si la conversación con su hermana no hubiera tenido lugar.

—Me sorprende verte aquí. No sabía si llegarías a tiempo a la cena —le confesó en cuanto el abogado se aproximó a ella.

—Tenía asuntos que solucionar en el pueblo y, si te digo la verdad, yo tampoco confiaba en llegar a la hora. Me he tenido que arreglar a toda velocidad. —Otra vez aquella sonrisa encantadora y esos ojos oscuros y traviesos que le devolvían la mirada con tenacidad.

—Me alegro de que haya sido así.

—Eso espero. Ojalá mi compañía te siga resultando agradable, ya que nos han sentado juntos en la mesa.

—¡Siento la tardanza! Estaba acomodando a la última invitada —exclamó Geneva en cuanto apareció en el salón, ataviada con un vestido de satén verde oliva que resplandecía bajo la luz de las lámparas. Se había adornado la cabeza con un pañuelo de la misma tela brillante a modo de turbante y estaba aún más bella que durante la tarde, si es que eso era posible. Detrás de ella se adivinaba una figura vestida de oscuro—. Debo darle de nuevo las gracias a Sterling por recogerla de la estación. Les presento a todos a madame Lacombe, que viene directamente de París para deleitarnos con sus múltiples talentos.

Madame Lacombe resultó ser una muchacha no mucho mayor que Daisy, con la piel de un sutil tono cetrino y la negra melena suelta, larga y rematada por un flequillo cortado en punta. Si su peinado no llamaba la atención lo suficiente, su atuendo, bastante alejado del protocolo requerido, lo hacía mucho más. Además de llevar los delgados dedos saturados de anillos y varios collares al cuello, su indumentaria consistía en una fina blusa negra bordada con abalorios brillantes y una voluminosa falda en tonos rojizos ceñida por un ancho fajín de cuero.

Millie se acercó a su mejor amiga y le susurró algo al oído para luego esconder una risita maliciosa, sin recibir el apoyo esperado por parte de Daisy, que miraba a la recién llegada con fascinación.

—Enchantée. Agradezco mucho su invitación, madame Siddell —dijo Lacombe con un marcado acento a caballo entre el francés y algún otro idioma del este de Europa.

—El placer es todo nuestro, querida. Y, ahora, les suplico que pasen todos al comedor para disfrutar de la maravillosa cena que nos han preparado.

En algún momento, entre las deliciosas tartaletas de crema de salmón y los champiñones rellenos, la conversación pasó del clima de tensión que se estaba viviendo en el continente a la noticia del reciente fallecimiento de la sufragista Emily Davison, arrollada por uno de los caballos de Jorge V durante el último Derby de Epsom. Lance se encontraba en su salsa, transmitiendo su pasión y entusiasmo con cada uno de sus argumentos, pues parecía tener una opinión para todo y no dudaba en expresarla a pesar de que ello significara iniciar alguna que otra discusión. Geneva, como buena y experimentada anfitriona, se ocupaba de calmar los ánimos y cambiar de tema cada cierto tiempo mientras se preocupaba de que las copas de sus invitados estuvieran siempre llenas. Cuando llegaron al coq au vin, Daisy y Millie no dejaban de hablar de la espectacular producción cinematográfica a todo color de la que disfrutaron las pasadas navidades en el Royal Opera House de Covent Garden.

—El señor Hamilton parece un hombre bastante… apasionado. En sus opiniones, claro está —comentó Sterling en voz baja, cerca del oído de Florence. Ella miró a Tristan, que gesticulaba de forma vehemente sentado al otro lado de la mesa, entre Geneva y Martha. No pudo evitar sonreír cuando el mechón entrecano le cayó hacia la frente.

—Supongo —contestó ella, sucinta.

—¿Te gusta?

—¿Perdón? —preguntó tan sorprendida que estuvo a punto de dejar caer el tenedor.

—Bueno, va a casarse con tu hermana. Tengo curiosidad por saber si te cae bien. —Sonrió.

—No creo que eso importe.

—A mí me importa.

—Pues no entiendo por qué —replicó ella un poco brusca.

—Lo siento mucho, veo que te he disgustado —se disculpó—. A veces puedo llegar a ser un verdadero cretino.

—No lo eres. Es solo que no me siento a gusto hablando de él.

—Asunto olvidado, entonces. Disfrutaré de mi copa de Burdeos mientras decides perdonarme y volver a entablar conversación conmigo.

—Tendrán que ser al menos dos copas —bromeó ella—. Soy muy dura para perdonar.

***

Una vez acabados los postres y la tabla de quesos, los caballeros se retiraron a la sala de billar y las señoras a la biblioteca, aunque Daisy estaba segura de que, como estaban en clara minoría, acabarían reuniéndose con ellas antes de lo que se acostumbraba.

Había estado observando con atención a madame Lacombe durante la cena. Apenas había proferido un par de monosílabos cuando se le hacía una pregunta directa y poco más, evidenciando su completo hastío. Cierto era que tampoco quienes la flanqueaban le habían dado conversación; el señor Townsend acaparó a Florence casi toda la velada y Millie ni siquiera le había dirigido la palabra, como un animal indefenso tratando de pasarle desapercibido a una pantera. Justo a eso le recordaba aquella llamativa mujer: a una pantera de brillante pelaje bruno agazapada para pillar desprevenida a su próxima presa.

—¿Madame Lacombe? Discúlpeme, no nos han presentado de manera formal. Soy Daisy Lowell. Encantada de conocerla —dijo con decisión tras acercarse a ella.

—Lo mismo digo. Puede llamarme Alix, por favor. Madame Lacombe es algo así como… mi nombre artístico.

—¿Artístico? ¿Es usted artista?

—No exactamente. La señora Siddell me ha contratado para que amenice sus veladas con mi talento.

—Entonces, ¿con qué clase de distracciones va a deleitarnos?

—Quiromancia, tarot…

—¿Hace usted magia? —preguntó Daisy, boquiabierta por la sorpresa.

—No, no, no. No soy una hechicera, mademoiselle. Solo poseo ciertos dones, entre ellos el de la clarividencia.

—¡Qué fascinante! ¿Y va a leernos el futuro?

—Quizás deberíamos dejar que madame Lacombe descanse por hoy. Al fin y al cabo, acaba de llegar —intervino Geneva—. He contratado sus servicios durante dos semanas. Creo que tendrá tiempo de sobra para poner en práctica sus habilidades con todo aquel que lo desee.

—Claro. ¡Qué desconsiderada he sido! —exclamó Daisy con genuina contrición llevándose una mano al pecho—. Alix, venga conmigo y permítame que le presente a mi hermana, la señora Florence Morland, y a mi mejor amiga, Millicent Coddington. Estoy segura de que Florence se mostrará escéptica con su don —susurró con camaradería—, pero no se lo tenga en cuenta. No se puede ir de Des Bienheureux sin que usted le vaticine qué le depara el futuro.

Cuando poco después los caballeros regresaron, tal y como Daisy había predicho a pesar de no poseer los dones de su nueva amiga, madame Lacombe, Lance se acercó al grupo de señoras en el que se encontraba su prometida.

—Lance, querido, ¿sabías que la señorita Lacombe ha venido hasta aquí desde París para adivinar nuestro futuro?

—¡Por eso me sonaba su nombre! He visto carteles suyos en Montmartre. Me temo que su fama como pitonisa la precede. —Lance habló con esa seguridad y ese punto de socarronería que lo caracterizaban y que no dejaban ver del todo sus verdaderas intenciones.

—No me gusta mucho ese término. Prefiero utilizar la palabra vidente, si no le importa.

—¿No te parece fascinante? —intervino Daisy mostrando su entusiasmo—. Estoy deseando que nos lea nuestro futuro mañana.

—Lo siento querida, en esto debo dejarte sola. Lo último que quiero es saber de antemano lo que me queda por experimentar.

—¡Lance, por favor! Será divertido —rogó la muchacha con una mueca infantil.

—Discúlpame, pero no le veo la diversión a escuchar las cábalas de un charlatán. No se ofenda —añadió dirigiendo la mirada a la médium.

—No me ofendo —dijo Alix con su fuerte acento mientras forzaba una media sonrisa—. Solo me pregunto si lo que le da miedo es que indague en su futuro o en su pasado.

Florence, que había estado contemplando aquel intercambio de suspicacias en silencio, tosió al atragantarse con un sorbo del cóctel a base de ginebra y vermut que segundos antes estaba paladeando.

-7-
Joyas esquivas y arena blanca

Daisy tuvo que esforzarse al máximo para mantener los ojos abiertos. Intentó no beber apenas vino durante la cena; sin embargo, la copa de champagne de después había conseguido achisparla primero y, más tarde, le había producido una somnolencia con la que no contaba cuando planeó lo que estaba a punto de ocurrir.

Se levantó de la cama, pues no estaba segura de aguantar despierta mucho más rato, y se miró en el espejo. La delicada pieza de seda rosada, que se le adhería al delgado cuerpo en las zonas correctas, estaba rematada por tiras de encaje color crema y dejaba poco a la imaginación. Se cubrió con un deshabillé largo a juego, con amplias mangas de murciélago, y se sentó frente al tocador para darse unos últimos toques de rubor y perfume.

Hacía más de una hora que la casa se había sumido en el más completo silencio. Cabía la posibilidad de que algunos de sus ocupantes siguieran despiertos, y lo último que quería era pasar por el vergonzoso trance de ser descubierta a medio camino de la habitación de Lance, pero se encontraba en tal estado de excitación que no se veía capaz de seguir esperando por más tiempo.

Había decidido que aquel sería el día y el lugar. Lo había pensado mucho durante las dos semanas que permaneció en Londres, mientras se dedicaba a los preparativos del viaje; no estaba dispuesta a unir su vida a la de otra persona sin estar segura de que congeniaban bien. En todos los sentidos.

Abrió la manecilla de la puerta con cuidado, sufriendo por cada pequeño crujido que sus pies descalzos arrancaban al viejo suelo de madera pulida. Recorrió el pasillo casi levitando, e incluso contuvo la respiración al pasar frente a la puerta de Florence. La habitación de Lance estaba en el ala este, al otro lado de las escaleras. Al menos había estado muy atenta cuando Geneva les enseñó la casa. Daisy le preguntó a su prometido si estaba a gusto en la habitación que se le había asignado y él señaló la tercera puerta de aquel corredor como la suya.

Cuando estuvo justo enfrente, se tomó un minuto para tomar aire y felicitarse por haber conseguido llegar hasta allí sin llamar la atención. Aún no se creía que lo hubiera conseguido. Se disponía a dar unos suaves toques a la puerta cuando, de pronto, le asaltaron las dudas.

¿Y si su sueño era tan profundo que unos sutiles golpes no conseguían despertarlo? ¿O si alguien más de la casa acudía alertado por aquel sonido? ¿Cómo sería capaz de enfrentarse la mañana siguiente a las miradas de todos?

Entonces, una nueva posibilidad pasó por su cabeza: ¿y si él no había echado el pestillo?

Giró el picaporte y la puerta cedió con una suavidad pasmosa.

Lance no estaba dormido, ni siquiera parecía haberse acostado todavía. Tenía encendida la pequeña lámpara de Tiffany, que descansaba sobre la mesa del secreter, en el que se encontraba sentado garabateando en su libreta con el pijama oscuro desabotonado. En cuanto la oyó entrar, alzó la cabeza con los ojos muy abiertos y una palabra de sorpresa enmudecida en la boca.

Ella cerró la puerta tras de sí y se llevó el dedo índice a los labios, conminándolo a que no alzara la voz.

—Daisy, ¿qué estás haciendo aquí? —farfulló él entre susurros mientras se ponía en pie y se acercaba a ella en varias zancadas.

—Necesitaba verte.

—¡No puedes aparecer por aquí, y mucho menos a estas horas! —Estuvo a punto de añadir «así vestida», pero no le pareció decoroso y no quiso abochornarla—. Podrías haberte cruzado con alguien.

—Nadie me ha visto. He sido muy cuidadosa.

—Pues tendrás que ser igual de cuidadosa para volver a tu habitación.

La apartó con suavidad para intentar llegar hasta la puerta y, antes de que pudiera abrirla, ella interpuso su propio cuerpo.

—¿Ni siquiera vas a dejar que te diga por qué estoy aquí?

—Daisy, cariño, esta no es la forma de hacer las cosas —contratacó sorprendido de sí mismo y de la actitud paternalista que estaba tomando. En el pasado, la conducta de Daisy se hubiera ajustado a la perfección a su habitual manera de proceder.

—¿Y por qué tiene que haber una sola forma? ¿Quién ha decidido la fórmula infalible en la que se debe llevar a cabo un compromiso?

—Supongo que siglos de convenciones sociales establecidas —ironizó.

—¡Exacto! ¿Y desde cuándo tú y yo somos de los que nos dejamos llevar por lo establecido? —Ella acercó su rostro un poco más y lo besó. No le hizo falta mucho esfuerzo, ya que era casi tan alta como él. No era el primer beso que se daban, ya había experimentado antes la destreza de su prometido, pero lo furtivo de la situación lo volvía aún más excitante. Sin embargo, Lance no parecía estar tan receptivo como la primera vez—. ¿Qué es lo que te pasa?

—Así no. Aquí no.

—Nunca tendremos una oportunidad mejor. Quiero que —dijo bajando aún más el tono, temerosa de ponerles voz a sus pensamientos— lo hagamos antes de casarnos.

Daisy volvió a besarlo y esta vez él se separó antes de que pudiera saborear el momento.

—Créeme, en otras circunstancias no estaría rechazando lo que me ofreces.

—¿Y qué ha cambiado? —quiso saber ella, contrariada—. Te lo preguntaré una vez más y espero que esta vez seas sincero conmigo. ¿Todavía quieres que nos casemos?

—No voy a volver a contestar a esa pregunta.

—¡Es que aún no me has contestado! La evitaste, igual que parece que estás haciendo ahora.

—Daisy, te juro que quiero casarme contigo tanto como el día que te lo pedí. Es solo que las circunstancias se han vuelto… complicadas.

—¿Es a causa de Florence? —La pregunta lo pilló por sorpresa y tuvo que apretar la mandíbula para no responder—. Te prometo que, a pesar de que no nos lo esté poniendo fácil, acabará cediendo. Sé que de primeras parece dura, pero te aseguro que solo mira por mi bienestar. —Lance se destensó—. ¿O es por lord Artherton? Me juraste que cuando él te diera su bendición me pondrías un anillo en el dedo y que al fin podríamos contárselo a todos.

—Me has pillado —confesó—. No tengo el anillo. Quería que me diera la sortija de compromiso de la familia, aunque parece ser que no me he ganado ese derecho.

—¡Eso no me importa! O, al menos, no demasiado —bromeó la muchacha—. Podríamos sellar ahora mismo nuestro compromiso con un vínculo aún más fuerte que el de las palabras. —Desanudó el batín y le dejó ver lo que escondía debajo.

—No me tientes… Ya me está costando bastante comportarme como un caballero.

—Pues no lo hagas.

—Daisy, por favor. Déjame hacer las cosas bien por una vez —le pidió sin poder disimular que el tema empezaba a cansarle—. Tenemos todo el tiempo del mundo. Si quieres que sea antes de la boda, lo será. Pero no hoy. Espera al menos a que anunciemos el compromiso.

—Está bien. —Ella volvió a cubrirse sin poder ocultar lo desilusionada que se sentía en esos momentos—. Voy a obedecerte esta vez, sin que sirva de precedente para cuando estemos casados. —Ambos sonrieron.

—Vuelve con cuidado a tu habitación e intenta estar descansada para mañana. Hemos venido aquí a pasarlo bien.

—Eso es precisamente lo que yo pretendía esta noche.

—Vuelve a tu cama —insistió mientras depositaba un beso en su frente. Después abrió la puerta y miró a un lado y a otro para cerciorarse de que no había nadie por el pasillo—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Daisy volvió a su habitación de mala gana, aunque con el mismo cuidado que cuando hizo el camino contrario. Sentía una sensación extraña que no era capaz de definir. No estaba acostumbrada a no obtener cuanto se proponía y, cuando por fin se acomodó bajo la colcha, lanzó un fuerte suspiro que ni ella misma sabía si era de frustración o de alivio.

Casi al mismo tiempo, Lance también se tumbó sobre su cama con una sensación muy parecida. Antes de apagar la luz, echó un vistazo a la pequeña caja redonda de terciopelo que había guardado en el cajón de la mesita de noche, en la que descansaba el anillo con el que lord Artherton había pedido matrimonio a su difunta esposa.

***

El sonido de una puerta al cerrarse arrancó a Florence de su desapacible sueño y la despertó de repente.

No era ninguna sorpresa, más bien todo lo contrario, ya que estaba acostumbrada a que cualquier ruido, por pequeño que fuera, la desvelara. Habría vuelto a quedarse dormida de inmediato si no fuera porque, en el estado de somnolencia en el que se encontraba, no podía afirmar con seguridad que no hubiera sido su propia puerta la que lo hubiera proferido. Recorrió con la mirada la habitación en penumbra. A pesar de que solía orientarse bastante bien en la oscuridad, no consiguió ver nada, puesto que los pesados cortinajes estaban cerrados a cal y canto.

Se levantó con cuidado y tan solo logró avanzar unos pocos pasos antes de golpearse de lleno con el viejo mueble buró de Diana. Pensándolo mejor, desanduvo el camino y tiró de la pequeña cuerda de la lámpara de mesa para volver a echar otro vistazo. Por supuesto, todo estaba tal y como lo había dejado al acostarse. Aquella habitación era enorme, mucho mayor que la de su casa de Londres, y aun así los vastos muebles de madera oscura parecían querer apoderarse de cada rincón y hacerla sentir diminuta.

Atravesó el dormitorio de una punta a otra y salió al pasillo, donde los apliques de pared permanecían encendidos con una luz tenue. Esperó durante varios segundos, pero no se produjo ningún movimiento ni se repitió aquel ruido que la había sacado de la cama.

Al entrar de nuevo, una corriente de aire frío la estremeció, erizándole todo el vello del cuerpo y haciendo insoportable el roce del camisón sobre la piel sensible. Se acercó a asegurarse de que las dos ventanas estuvieran bien cerradas. Así era. Por tanto, supuso que el frío debía de haberse colado al abrir la puerta.

Al pasar junto al armario, mientras volvía a la calidez de las sábanas, un dolor punzante le atravesó el pie descalzo. Profirió un gemido y soltó una maldición nada decorosa. La herida era minúscula, tan solo un pinchazo del que emergía una brillante gota carmesí, aunque escocía como una cuchillada, la muy condenada.

Sobre la alfombra —sin duda debía de haberse caído cuando Phyllis guardó su ropa de la tarde— encontró el reloj en forma de hada, con el alfiler apuntando hacia arriba.

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281 p. 3 illustrations
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9788418883156
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