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Y ahora... Tú

Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

Y ahora… Tú

© Ignacio R. Martín Vega

© Éride ediciones, 2022

Espronceda, 5

28003 Madrid

Éride ediciones

ISBN: 978-84-18848-71-1

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.


Desde su primera novela su máxima pretensión ha sido la reflexión sobre la vida a través de sus personajes. Da lo mismo cuál sea la temática. El análisis de la sociedad y sus componentes es primordial para Ignacio Ramón Martín Vega. En esta novela se esfuerza en querer mostrar que la edad solo es un impedimento a la hora de perseguir sueños si no se está convencido de querer vivir con la debida premura. Hasta que no se produce el final de la existencia, siempre hay objetivos, metas y sueños a los que acudir.

A mamá y papá.

No me acostumbro al dolor que me produce vuestra pérdida. Con ocho meses de diferencia decidisteis iros al cielo.

Este mundo ya no es igual sin vuestra presencia.

Os quiero.

Prólogo

Dijo Séneca que «nacemos para empezar a morir».

Se han vertido ríos de tinta sobre amores adolescentes y amores maduros, pero muy poco se ha escrito sobre amor en la ancianidad. Como dice Zenaida Bacardí de Argamasilla, «el envejecimiento no es un momento del tiempo, sino el instante preciso en que renunciamos a vivir». Así nos encontramos con viejos de cuarenta y jóvenes de ochenta.

Lucía y Alejandro, protagonistas de esta historia, lo saben bien. Sin querer hacer un spoiler, solo diré que Ignacio Ramón Martín Vega es un escritor que tiene la habilidad de ponerse bajo la piel de una mujer de cuarenta y cinco o de ochenta, con la misma facilidad con la que se pone debajo de la de un hombre de esas mismas edades. Saber qué siente un hombre maduro lo tiene fácil, porque él lo es, pero sentir como lo haría uno de ochenta ya no es lo mismo.

Ignacio es un escritor fácil sin que ello le reste importancia; todo lo contrario. Navegamos en el eterno debate de si siempre tenemos que leer a los mismos. En mi opinión, como docente, un buen escritor es aquel que consigue sintonizar con el lector, que hace a sus personajes creíbles y consigue arrancar sonrisas y lágrimas a través de sus palabras. Ignacio lo logra con soltura. He terminado la lectura llorando y me he ido a la cama con la tranquilidad de saber que el amor puede con los años.

Siguiendo con mi criterio, y esta vez como escritora, un buen libro no es siempre el que gana premios o el que viene respaldado por un gran marketing, desgraciadamente esto último tiene que ver con la especulación y con, permítanme que lo diga, el asqueroso dinero.

Y ahora… tú es un canto a la esperanza, un libro que emociona desde las primeras líneas, que señala situaciones y personas que nos van a resultar curiosamente conocidas. Si tengo la suerte de llegar a la vejez quiero ser como Lucía y tener un Alejandro en mi vida. No tengo ninguna duda respecto a que esta novela será un éxito; tal vez no gane premios, ni sea un best seller, pero todas aquellas personas que la lean tendrán otra visión de esa etapa de la vida que solo los más afortunados llegan a experimentar.

Y ahora… tú es una demostración de que el corazón no envejece con los años y puede ser un magnífico aliado de aquellas personas que se encuentran deprimidas en geriátricos, hospitales, domicilios familiares…

Es verdad que no todas las mujeres serán «Lucias» y no tendrán sus «Alejandros», pero las palabras de Ignacio tienen efectos mágicos. Mientras dure la lectura, si eres mujer, sentirás como Lucía, y si eres hombre, soñarás como Alejandro.

Para terminar, déjenme que me presente y me despida; yo también soy producto de Ignacio.

Me conoció en la red, creyó en mí y escribimos una novela a medias Comenzó en Badajoz, un alto en el camino. Gran parte de lo que soy se lo debo a él.

Gracias, maestro. Suerte con esta magnífica novela, aunque sé que no la vas a necesitar.

JULIA CORTÉS PALMA

23/ 01/ 1961

Diplomada en matemáticas y ciencias naturales.

Especialista universitaria en educación infantil

y pedagogía terapéutica.

Escritora, madre y abuela.

Y ahora… Tú

La lluvia regaba con cierta parsimonia los campos mientras Alejandro notaba con evidente inquietud cómo la nostalgia inundaba todo su ser. Era el innegable presagio de una etapa incierta, la del final de sus días, encerrado, tirado en ese sitio oscuro, aislado en una habitación y rodeado de personas con las que no llegaría a confraternizar jamás. Siempre se dijo que no le importaría finalizar su apocada vida en una residencia para ancianos. En años anteriores llegó a jactarse de que sus hijos no le limpiarían el culo, prefiriendo que fuera un profesional quien llegara a hacerlo cuando llegase el caso. El momento se había presentado sin avisar y tendría que asumir que el gélido invierno de su vida se escribiría con impasibles renglones en aquella sombría estancia. No se dejaría abatir tan fácilmente. Tendría que buscar urgentemente ese «no hay mal que por bien no venga» que siempre fue una constante y una máxima en su vida. Las navidades estaban cercanas y sus hijos le habían prometido sacarlo de aquel opaco lugar para llevarle con ellos en aquellas entrañables fechas.

Las instalaciones no le resultaban del todo extrañas. La semana anterior, uno de los responsables del lugar, muy amablemente, le mostró las bondades de aquel centro. Otro que se cruzó en su vida intentando venderle una moto adornándola de tecnología y prestaciones. Lo trataban como si fuera un discapacitado mental; ya tenía suficientes motos aparcadas en su garaje. Le prometieron un conjunto de actividades para mantenerse vivo el mayor tiempo posible. Se preguntaba cómo en un espacio totalmente desconocido para él, donde pasaría los últimos días de su vida, —considerando que era equivalente a esos cementerios de elefantes a donde van solo cuando saben que su vida se apaga— pudiera de algún modo estar ocupado o feliz.

Sus envejecidas pertenencias se las habían llevado la tarde anterior mientras uno de sus nietos le hizo compañía. Sus dos hijos y las nueras le decoraron la habitación con muy buen gusto. Así que se acomodó en su habitáculo, tomando posesión de lo que iban a ser sus nuevos dominios. Le habían explicado cuáles eran los horarios de las fastidiosas actividades, también de la comida y horario de esparcimiento o descanso. Lo que menos le disgustaba era aquel enorme jardín que se vislumbraba desde la parte posterior del edificio y que parecía estar magníficamente bien cuidado por un diestro floricultor. Desde que su nuera le regaló el libro electrónico para su cumpleaños lo llevaba consigo a todas partes. Le gustaba tener íntimos momentos de soledad y recogimiento dedicados a la lectura.

Su estado general era óptimo a pesar de sus ochenta y cinco años. Se conservaba en plena forma, y si no surgía ningún contratiempo viviría unos cuantos años más. Su familia siempre fue longeva, su genética era dura y resistente.

Decidió, después de haberse instalado en aquella fría habitación y haber pasado los primeros momentos compadeciéndose de sí mismo, salir de ahí perentoriamente y buscar algún rincón de esparcimiento. Como cuando era niño, intentaría encontrar aquel lugar para poder soñar, donde ser dueño de sí mismo y de sus circunstancias fuera su prioridad.

Octubre se estaba caracterizando por su inestabilidad y por la oscuridad de sus agresivas nubes descargando intensos aguaceros que inquietaban su alma. Los días acortaban su luz sin remedio, como símbolo de su existencia, y en ese instante, aunque era medio día, parecía que anochecía lo que provocaba en él cierto desmadejamiento. No sabía bien por qué, pero en ese instante notó que le podía la melancolía.

Notaba cómo estaba sumido en un estado de tristeza permanente, y eso que se había preparado minuciosamente para aquel áspero y confuso momento. Obligándose a salir de aquel desapacible estado anímico, abrió presto la puerta que daba acceso al jardín y recibió con cierto júbilo un golpe de viento cálido, que provocó espontáneamente que encogiera sus hombros y escondiese la cabeza dentro del cuello de su americana. Sabía que tendría que adaptarse y que al final aquella amarga eventualidad solo sería cuestión de tiempo.

La pérdida de su segunda esposa le cogió casi por sorpresa, a pesar de saber que había sufrido una penosa, angustiosa y larga enfermedad. Habían formado un buen tándem, y aunque no había sido aquella mujer con la que, a priori, había elegido compartir sus días —caprichos de la vida—, hizo que fuera su compañera de viaje desde los últimos años de vida. Se conocieron en la madurez después de haber cumplido los 50 y decidieron unir sus rumbos y sus almas, que parecían vagabundas, necesitadas de colaborar y combatir la soledad. Su matrimonio, cómo no, no había sido como aquellos tan maravillosos que salen en las películas. Tuvo sus luces y sus perturbadoras sombras, e incluso momentos en los que se pusieron sobre el tapete muchas desavenencias. Como toda convivencia, sobre todo al no ser el amor de su vida, tuvo sus momentos buenos y malos. Hubiese preferido a Lucía y la vida le jugó una mala pasada; a ella no la volvió a ver nunca jamás. Ahora la soledad le confirmaba que echaría de menos a esa mujer con la que apenas hablaba, la que no fue su gran amor y que le hizo tanta compañía en la última etapa de la vida. Hubo un tiempo en el que el afecto no se medía con hechos o palabras, con un solo gesto o mirada fue suficiente. Habían sido compañeros del último tercio del trayecto de vida.

Aunque el tiempo era desapacible, la temperatura era cálida. Un suave viento del sur acompañaba a aquellas nubes que habían parado de descargar agua. Un hombrecillo se empeñaba en dar de comer unas migajas que le habían sobrado del desayuno a los gorriones que, congregados a su alrededor, recibían con entusiasmo el codiciado alimento. Pudo observar con cierto regocijo cómo un rayo solar asomaba tímidamente entre el lateral de una nube. En ese instante se arrepintió de no haber cogido su libro electrónico. Hacía buena temperatura y no era mala idea dedicar el tiempo a la lectura.

Alguien a su espalda abrió la puerta de acceso al jardín. Él había dejado el hueco suficiente para que pasase cualquier persona. Antes de cerrarse de nuevo la puerta, pudo percibir el olor característico proveniente de la cocina del centro, y aunque no olía mal, sabía que echaría de menos la comida casera.

La figura de una mujer se acercaba irremisiblemente a él, enigmática, apoyada en un bastón, muy erguida y con porte regio. Se quedó mirando con verdadera fijeza la silueta de aquella mujer que se aproximaba lentamente con la cabeza alzada. Al principio, y como ella aún estaba lo suficientemente lejos como para poder apreciar con detenimiento sus facciones, decidió bajar la mirada al suelo. Pudo contemplar un rosal aún refulgente que tenía frente a él. Posteriormente incorporó de nuevo la mirada, era como si hubiera sentido necesidad o una sensación intrínseca; y, cuando aquella mujer pasó por su lado, sintió un perturbador escalofrío que logró recorrer todo su cuerpo. Alcanzó a ver la intensidad de su mirada y consiguió en una milésima de segundo reconocerla. Aquellos ojos negros eran únicos y genuinos. Aquella mirada jamás podría pasarle desapercibida. Pasó por su lado con la cabeza erguida, la mirada firme, al mismo tiempo que perdía de su área de visión a Alejandro. No quiso hacer ningún ruido ni correr ningún riesgo de que se diera por aludida al sentirse observada y se pusiera a la defensiva. No se giró para comprobar si ella salía del jardín: el chirrido de la puerta y el posterior portazo, provocado por un golpe de aire, confirmó que había desaparecido de su lado. Estaba plenamente convencido de que era ella, aunque hiciera casi cuarenta años que no la veía. La distinguió sin apenas margen de error: era Lucía.

Lucía

Cada mañana se convertía en un suplicio, cada día era un nuevo tormento. Llegar a estas edades, sola, en un geriátrico, después de una anodina vida, parecía ser el final perfecto para una perdedora. Así se sentía desde siempre. Era como si a las mujeres de su generación siempre les tocara perder en la vida. Era cierto que, desde que enviudó, hacía ya más de cinco años, y sentía una rara sensación de libertad y manumisión que no pudo disfrutar por completo por haber llegado a la ancianidad.

Su padre decía que las mujeres eran pecadoras y las responsables de los males de la humanidad; que tan solo valían para llevar las tareas domésticas con eficacia. Su madre, quien siempre estuvo sometida a la fuerte personalidad de su progenitor, creyó siempre a pies juntillas lo que la sociedad impuesta por un régimen nacional católico había introducido en el genoma humano a sangre y fuego. Así que no le quedó más remedio que ser una buena ama de casa y una buena esposa y complaciente con su primer marido, quien se encargó de hacerle entender, desde la misma noche de bodas, que iba a ser un mero accesorio para su vida. Una criada eficaz y un depósito para engendrar a su vástago, a su sucesor y heredero. En la segunda etapa de su vida, después del nacimiento de su hija, Luz María, encontró quien cuidase de ella con verdadera devoción y respeto. Ella no pudo nunca devolver aquel amor, tampoco se lo mostró de forma cruel y además supo ser agradecida con quien salió en su auxilio cuando más lo necesitaba.

Su vida se sucedía en la más exasperante rutina. No sabía qué estaba sucediendo últimamente, visitaba con más frecuencia la consulta de un atento neurólogo. Estaba confusa, aunque desde que le cambió la medicación podría decir que su mente estaba más clara, un poco más nítida y podía razonar mejor.

Las actividades que tenía dentro de aquel geriátrico eran de lo más alentadoras. Manualidades, peluquería, misas y rezos, y un grupo católico dedicado a la tercera edad, denominado Vida Ascendente.

Era como si los preparasen a bien morir. La verdad era que había perdido el miedo a la muerte. Hacía años que se había convencido de que era un ser mortal y que tenía fijada una fecha para el final de su existencia.

Su hijo, Paco, acudía muy poco a visitarla, cosa que agradecía enormemente, ya que era un clon de su padre. Su primogénito era en esencia una mala persona, engreído, jactancioso, egocéntrico, egoísta, ególatra… Sentía verdadera lástima por haber parido con dolores a ese espécimen que siempre se había creído el eje principal del universo y que tanto se había esmerado en amargarle la vida.

Llevaba media vida trabajando en aquella multinacional americana donde trabajó su padre. Lucía tenía la impresión de que no le iba nada bien y prefería no saberlo. Menos mal que equilibraba la balanza su hija, la cual iba a visitarla a menudo y era fruto del amor que sintió en su día por Alejandro.

Tenía el convencimiento de que la vida era un valle de lágrimas. Todo fue sufrimiento y observó que en esa etapa de su vida las cosa no iban a mejorar ostensiblemente. Solo la presencia de su hija mitigaba su penar.

Hubo un instante en el que las nubes ensombrecieron la residencia, exactamente al igual que su alma.

Se dirigió al primer turno de comida, ya que las personas que aún se valían por sí mismas comían un poco antes. Cuando llegó a su mesa, contempló con cierta incertidumbre que su querida Ana María aún no estaba sentada esperándola para contarle con urgencia sus chismes. Ahora que no estaba se preocupaba por lo que le hubiera sucedido. Se percató de que echaría de menos sus comentarios y los enfados que sentía cuando ella no paraba de criticar a los demás.

Pensaba que en aquel lugar se comía decentemente; no sabía por qué había personas que no hacían más que quejarse tanto de la comida. Mientras saboreaba la sopa de cocido que les habían puesto como primer plato, distinguió a lo lejos la presencia de un nuevo inquilino de la residencia. Se puso en guardia, pues creyó reconocer a aquel hombre; no sabía de qué, aunque lo conocía. Antiguas reminiscencias se agolpaban en su mente originando una preocupación latente en ella.

Juraría que era él…

Suponía que eran las ganas de darle cierto sentido a su vida. No podía ser él, ya que no había vuelto a saber nunca más de Alejandro; de hecho, ya lo daba por muerto. A veces tenía la percepción de que todo fue un extraño y asombroso sueño. Ya no conservaba una visión nítida ni distorsionada de él en su mente.

Tenía que reconocer que fue lo mejor que le sucedió en la vida.

Bajó la mirada hacia el plato porque se percató de que aquel extraño se acercaba lentamente hacia su mesa. No había mucha seguridad en su mirada y la verdad no quiso comprobarlo.

—Hola, Lucía —saludó con tal dosis de confianza que no podría ser otra persona.

—¿Quiere quitarse de en medio? —Su querida Ana María llegó a tiempo para rescatar a su amiga de aquel extraño y se dirigió a él de esa manera tan grotesca y desagradable.

Aquel hombre se echó a un lado, dejó pasar a Ana María y se dio media vuelta posicionándose frente a ella desde otro ángulo.

—Me alegra mucho verte de nuevo, han pasado muchísimos años. —Su voz era la suya, sí. Algo más temblorosa; la supo distinguir.

—Oiga, ¿quiere dejar a mi amiga? No haga que me enfade, ¿eh? —Ana María salió de nuevo en su defensa, golpeando verbalmente a ese hombre.

—No te voy a molestar —inició Alejandro—. Si lo deseas esta tarde nos vemos en el jardín. —Fue pronunciar esas palabras y alejarse posteriormente sin dar oportunidad de cualquier respuesta, con la palabra en la boca.

—No puede ser —alcanzó a decir con voz trémula.

—¿Me puedes decir qué está pasando, Lucía? ¿Quién es ese hombre? —Ana María inició un incómodo interrogatorio que parecía más un tercer grado.

—Lo conozco desde hace muchos años, no sabía nada de él. —No se dio cuenta de que se había quedado totalmente abstraída.

Intentó esquivar a su amiga y compañera de batallas en aquel frío lugar. Comieron y como cada día le dieron un repasito al gobierno arreglando España. Ese miedo a perder las pensiones y todas esas cosas recurrentes que les proporcionaba habitualmente cierta «vidilla» y también les hacía ejercitar el cerebro.

No logró sacarle una sola palabra sobre Alejandro. Lucía se fue a su habitación después de comer.

Diariamente solía echarse un ratito la siesta. Tenía que reconocer que Alejandro había logrado sacarla de su rutina y le había hecho sentir algo que no experimentaba desde hacía muchos años. Eso le acobardó un poco y provocó que no fuera capaz de pegar ojo en la siesta. Estuvo pensando, sin llegar a ninguna conclusión, si aparecer o no por el jardín. Precisamente era aquel lugar su sitio favorito desde hacía más de dos largos e interminables años. Ahora tendría que decidir si modificar o no sus costumbres.

Cuando quiso darse cuenta, estaba frente al espejo arreglando su ajado rostro y peinando lentamente su cabello. Se asomó a la ventana y pudo observar que los árboles permanecían en calma. Parecía un buen presagio para su alma. No hacía viento e intuía que la temperatura era la correcta; aun así, cuando decidió acudir a la cita con Alejandro, optó por poner sobre sus hombros su viejo mantón.

Reminiscencias del pasado

Los largos pasillos de aquel lugar oscurecieron coincidiendo con un nubarrón que se coló tapando el sol, ensombreciendo no solo las instalaciones sino también a Lucía. Sintió una especie de temor incoherente que inundó por completo todo su ser. De repente fue consciente de que al retornar su pasado, lo más bonito que le había sucedido en la vida y que conservaba enmarcado en su mente como algo extraordinario, corría el riesgo de volver a ilusionarse o al menos de idealizar aquel acontecimiento.

Con paso lento, decidido, como siempre con la cabeza erguida, caminaba aparentemente con la debida seguridad.

Aquellos recuerdos retornaron a su mente con tanta intensidad que podía sentir aún el renacer de su alma, el olor de su piel, escuchar aquellos maravillosos te quiero, el sabor de los besos en sus labios…

Todos aquellos sentimientos se volcaron en su mente como savia nueva para su vida, se agolparon sin orden ni concierto siendo todo intensidad y ardor. Una nueva juventud aparecía en su alma, habiéndose colado en su interior como caballo de Troya y sorprendiendo cada milímetro de su ser.

Alejandro se había llevado consigo al jardín su libro electrónico porque si ella no aparecía no se quedaría en la umbría pasmado, compuesto y sin su compañía. Tenía que protegerse, ya que el panorama que se le presentaba en aquel frío lugar había cambiado para él ostensiblemente. Era cierto que había venido bien mentalizado a la residencia. Encontrarse consigo mismo, con la premura de la adaptación para él, era fundamental. Reencontrarse con lo más bello de su pasado no había sido ni por asomo un elemento a tener en cuenta. La sorpresa por la presencia de Lucía había removido todo su interior. Ella aún conservaba aquella pose digna que le había impresionado dese el inicio de aquel romance acaecido cuarenta años atrás.

El silencio sobrecogedor del lugar se rompió con la aparición de un hombrecillo que caminaba torpemente con su andador. Sacó del bolsillo de la americana migas de pan y las esparció torpemente. Se sentó en uno de los bancos esperando que los gorriones acudieran al festín que les había proporcionado.

Aquel anciano perdió la expresividad de su rostro y permaneció sentado con la mirada perdida. Alejandro se preguntaba qué le estaría pasando por la mente. Lo primero que pasó por su cabeza al ver al hombrecillo fuera del mundo fue la palabra demencia.

—Andrés, venga, tiene que entrar en el edificio e ir al salón —sonó la conocida voz de Lucía hablando con aquel hombre.

—Estoy muy bien aquí —salió de su ensimismamiento denotando cierto enfado.

Una enfermera que pasaba por el lugar se paró junto a Andrés, con trato cordial y rayando la amabilidad absoluta, pudo hacerse con el anciano, levantarle del banco y llevarlo al interior.

—Pensé que no vendrías —comentó Alejandro visiblemente sonriente.

—Te voy a ser muy sincera: después de esperar aquella tarde tantas horas tu presencia pensé que estarías muerto.

—¿Muerto…? ¿Sabes por qué no aparecí aquella tarde?

—Te veo muy bien —afirmó Lucía, cambiando de tercio.

—Tú sigues siendo tan guapa como te recordaba.

—Zalamero.

—¿Recuerdas el día en que nos conocimos?

—Cómo no lo voy a recordar, eso sí, lo que no recuerdo exactamente son los años que han pasado. Ha pasado toda una vida desde entonces. —Lucía se quedó pensativa, con la mirada perdida, intentando evocar.

—El 31 de julio hicieron cuarenta años que nos conocimos.

—Yo lo llevé en cuenta los primeros años. —La octogenaria derramó una lágrima que perló su rostro—. Luego decidí que no merecía la pena recordar algo que no volvería a mi vida. Mi existencia se volvió todo un lance, y pensar en ti me hacía daño.

—No te he dicho aún por qué no acudí aquella tarde a la cita…

—No quiero saberlo, ya no importa. —Cuando Lucía pronunció esas palabras, Alejandro posó un dedo en sus labios y le impidió hablar.

—Cuando te cuente lo que me sucedió no te lo vas a creer.

31 de julio de 1977. Lucía

Estar en aquel hospital madrileño al cuidado de su padre se estaba convirtiendo en una carga muy pesada.

No tener una mano que la ayudase y, sin embargo, tener a su alrededor a los que se supone que eran los suyos todo el día tocándole las narices no hacía más que complicar aún más las cosas. Su marido fue esa persona que se encargó, desde la mismísima noche de bodas, de dejarle muy claro que la iba a atar en corto, que lo que necesitaba en casa no era una esposa sino una mujer multitareas: eficaz, sumisa y abatida; sobre todo eso, desalentada y abatida. No entendía en absoluto cómo era posible que su madre hubiera pasado por una situación muy similar y que a la altura que estaban del siglo XX todavía hubiese hombres así. En España se vivían tiempos de renovación política y de cambio y a su hogar no llegó siquiera un exiguo aroma de mutabilidad.

Ahora que se encontraba sola en la fría habitación del hospital —ya que a su padre se lo habían llevado para hacerle, según le dijo el médico, una placa— disponía del tiempo suficiente para pensar. Sabía que a su progenitor le quedaba poco de vida.

Su madre falleció en casa, se le paró el corazón. Lucía pensaba que de tanto usarlo. Se la encontraron sentada en un sillón sucumbida. Se ve que no tuvo más ganas de vivir y los dejó solos a su padre y a ella siendo relativamente joven. Su padre tardó poco en hacerle entender que ahora tendría que ocupar el vacío que había dejado su madre y que asumiría las responsabilidades del hogar. No tardó en comunicárselo; lo hizo desde el mismo instante en que la dejaron bajo tierra. Por aquel entonces ella andaba tonteando con Paco, quien poco después se convertiría en su marido.

Cuando eran novios le hacía la vida fácil y al principio la colmaba de atenciones. Tenía claro que tendría que salir de su casa cuanto antes y, mientras se ocupaba de su padre y de las tareas domésticas, fue efectuando planes de boda y emancipación con su novio. Paco trabajaba en una multinacional americana y, aunque nunca le hablaba de su cometido, su sueldo era superior al de las personas de su alrededor.

Al año de fallecer su madre se produjo un hecho liberador para ella. Su padre conoció a una mujer viuda, diez años más joven que él, y se prometieron, casándose enseguida. Ella tuvo vía libre para hacer lo propio con Paco. Lo perverso fue que Paco dejó el listón que tenía su padre a la altura del betún cuando se casaron.

En 1955 salió de casa para unirse en santo matrimonio con él. Para ella fue el día más bonito de su vida. Él estaba guapísimo y ella se casó de blanco, con un precioso vestido de novia. Se fueron de viaje de novios a Mallorca y pasaron la noche de bodas en un hotel de la capital de España. Nada más quedarse a solas, Paco se transformó: dejó de ser ese hombre que hubiera puesto su gabardina en el suelo para que no se mojase los pies pisando un charco, y pasó a ser artífice de la cruda y triste realidad del matrimonio que acababa de inaugurarse.

Perdió la virginidad, humillada, le hizo muchísimo daño. El sufrimiento físico fue tremendo. Lo más desconcertante fue aquel daño emocional. Se sintió como un inodoro humano, como un receptáculo de carne sin derecho a nada.

Pasaron los años y, aunque no se acostumbró del todo, supo adaptarse camaleónicamente a las circunstancias. Lucía continuaba sin sentirse realizada y suponía que nunca lo estaría. Necesitaba más que nunca a su edad poder sentirse viva. Veía a otras mujeres que contaban con orgullo cómo las cuidaban y mimaban sus maridos.

Lucía oyó cómo abrían la puerta de la habitación. Se había quedado en un estado de semi-somnolencia. Tardó algo en reaccionar, no era su padre a quien traían en esa cama, sino a otro paciente.

Era obvio que compartiría habitación con otra persona. Los auxiliares no tardaron mucho en realizar el proceso.

31 de julio de 1977. Alejandro

Estaba muy agobiado. Su padre se encontraba realmente mal y en estos casos hubiera venido bien una hermana, una tía o alguien que le echara una mano. Menos mal que había pedido el mes de vacaciones.

La salud de su padre se deterioraba a una velocidad alarmante. Alejandro tenía esa fantasía de pensar que les iba a enterrar a todos, ya que a sus noventa y cinco años se había valido casi por sí mismo. Tenía contratada a Margarita, mujer que le hacía las tareas del hogar y la comida. Había mantenido un nivel de autonomía muy grande. La realidad estaba golpeándole con desagradable crudeza. Le dijeron que la neumonía que padecía podría acabar con su vida. Él no estaba preparado para perder a su padre, y menos cuando hacía menos de un año que había muerto su madre. Qué pareja tan estupenda habían formado. Sentía verdadera envidia, y de la sana. No había visto jamás una pareja como ellos. Había que haberles visto pasear de la mano pocos días antes de la muerte de su madre. Se tenían muchísimo cariño: se profesaron tanto amor en sus casi setenta años de matrimonio que para él fueron un verdadero ejemplo.

—Ahora vendrás a decirme que has despedido a la mujer que lo cuida solo para que nos quedemos sin las vacaciones, ¿verdad? Tus hijos no se merecen lo que les estás haciendo. —Como siempre entró Faustina, su esposa, como un vendaval sin siquiera dar opción a contestar.

—Cariño, es mi padre; si lo deseas, y te lo recomiendo, os marcháis los tres a Salou. Estás perdiendo el tiempo. Yo que tú iría a sacar los billetes de tren. Además, cielo, tienes razón, nuestros hijos no merecen quedarse en casa después de un duro año de estudios.

—Muy bien, ¡veo que estás ironizando y parece que me va a tocar tomar como siempre a mí la decisión! —Era muy persistente y la única persona capaz de sacarla quicio. Salió de la habitación como alma llevada por el diablo. Dejó una estela de rencor, histerismo y no saber comportarse que hasta se podía percibir en aquel lugar un olor amargo de incomprensión.

En todos sitios cuecen habas

—Le pido disculpas por el bochornoso espectáculo que ha presenciado. —Alejandro no sabía dónde meterse. Sentía ese claro «tierra trágame». A su mujer le daba exactamente igual si había o no gente para mostrar su nerviosismo.

—No tiene por qué disculparse…

Estrecharon sus manos y en ese momento la conversación quedó interrumpida; los mismos operarios entraban a la habitación para introducir al padre de Lucía. Tuvo pleno sentido que esa mujer estuviera en la habitación. Le dijeron que pronto se pasaría el médico para hablar con ella.

Alejandro no estaba para mucha conversación en ese momento: el bochorno que había sentido con su esposa le había desacomodado y avergonzado sobremanera. Alzó la mirada para «dignificar» su presencia en esa habitación. Los ojos humedecidos estaban a punto de soltar alguna lágrima que se resistía a salir por mero decoro. Cruzaron una mirada y él pudo distinguir unos ojos negros, los más bonitos que había contemplado en su vida. Solo en esa mirada de soslayo se percató de aquellos ojos tan bonitos y de la melena de pelo negro que colgaba hasta casi su cintura. Para Alejandro fue como una brisa de aire fresco sentir esa presencia que, sin tener un porqué concreto, proporcionó cierta calma a su maltrecho corazón.

Lucía no entendía cómo podía haber gente así, y menos una mujer. Fue del todo desconcertante observar cómo priorizaba aquella que se decía llamar su esposa. Pensaba que era posible que el paciente no estuviera muy grave, aunque parecía un calco a su padre. Era un hombre muy mayor y tal vez eligieron llevarlo a esa habitación como si fuera un cementerio de la planta del hospital, donde los llevaban a pasar sus últimos días.

—Papá, quédate tranquilo, aquí estoy, y no voy a dejarte solo. No te preocupes. —Teodoro había oído perfectamente, pese a su estado febril la conversación que mantuvo con su mujer.

—Haz caso a tu mujer, yo estaré bien —lo dijo con la voz trémula. Su hijo tuvo que reprimir un exabrupto.

—Descansa, padre, no gastes energía.

Hubo un instante donde Alejandro y Lucía cruzaron una mirada. La mantuvieron. Posteriormente y de forma espontánea continuaron con sus quehaceres. Cuando no era Teodoro era Alberto. Los accesos de tos eran frecuentes en los dos enfermos. El médico de la planta pasó a visitar a los pacientes y aprovechó para hablar con los familiares. El facultativo pidió que se acercasen a él y se alejaron de las camas.

—Para los dos digo lo mismo. Son ancianos, habrá que ver cómo reaccionan al tratamiento del antibiótico que les vamos a administrar durante unos días. Su padre —giró su cuello levemente para dirigirse a Lucía— está muy delicado y fatigado. Los órganos vitales pueden comenzar a fallar. Mire, le voy a ser muy claro, es muy posible que no pueda vencer esta crisis. Aun así, habrá que esperar a ver cómo reacciona. —Paró levemente su discurso, echó un vistazo a unas anotaciones que traía hechas a mano y se dirigió en esta ocasión a Alejandro—. Básicamente, lo que acabo de explicarle a ella podría valer para usted. Tal vez su situación sea algo menos delicada, pero tratándose de un paciente de avanzada edad se puede esperar cualquier cosa. En definitiva, vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano para sacarlos adelante. No quiero excesos de optimismo por ninguna de las partes. Iremos viendo su evolución día a día.

Tanto Lucía como Alejandro se quedaron un tanto cabizbajos. No reaccionaron cuando salió el médico de la habitación. Tendrían que digerir aquella información.

—Se está cubriendo las espaldas —comentó Alejandro con escaso optimismo.

—Dios lo oiga. —Lucía no pudo evitar derramar unas lágrimas perlando su descompuesto rostro.

La jornada estaba siendo dura, cuidar de los enfermos no era tarea fácil. Alberto se había desorientado mucho y Lucía no sabía cómo hacer. Ver a su padre decir frases incongruentes, apreciar que la fiebre subía un poquito más pese al tratamiento antibiótico y al antitérmico que le administraban no ayudaba a que ella se pudiera sentir algo mejor. Sin embargo, Teodoro parecía estar sereno, de vez en cuando sufría un acceso de tos, pero estaba algo más entero. Sobre las seis de la tarde entró en la habitación del hospital el marido de Lucía, Paco.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó distante. Parecía más una visita obligada o de protocolo que la preocupación de un marido por su suegro.

—No lo sé. El médico no me ha dado buenas noticias y me dice que todo pasa por saber cómo va a reaccionar al tratamiento. —Lucía necesitaba cobijarse en el hombro de su marido y lo único que encontró fueron dos pasos hacia atrás por su parte.

—¿Vas a venir a casa? El chico y yo tenemos que cenar y no hay nada preparado…

—Os vais al bar de Pepe y que os haga algo para cenar. Y ya puedes buscarte algo para las comidas y desayunos, yo no me voy a mover de aquí.

Teodoro sufrió otro acceso de tos, esta vez algo más escandaloso que los anteriores. Paco aprovechó para salir de la habitación, sin apenas despedirse de su mujer.

—Cómo podrá ver, en todos los sitios cuecen habas.

—Eso parece, a veces no entiendo que…

En ese instante, interrumpiendo la conversación, entró de nuevo Faustina, esta vez acompañada de Margarita.

—Estás tardando en tomar una decisión inteligente —lo dijo en un tono amenazador.

—Me voy a quedar…

—Nuestros hijos están esperando abajo, con todo el calor que hace en la calle, haciendo tiempo para que tomes la decisión correcta. —Faustina hizo una breve pausa, tenía la mirada inyectada en sangre—. Sabes que a los chicos les hacía muchísima ilusión. En Salou tienen a todos sus amigos; han pasado un curso muy difícil y ahora tú quieres fastidiarles su merecido premio. Margarita se encargará de él y nos llamará cada día por teléfono...

—Margarita, ven un momento, por favor —pidió Alejandro, guardando la compostura, mientras se la llevaba fuera de la habitación—. Me quedo con mi padre —la sirvienta asintió con la cabeza—, te voy a pedir algo. Ve con ellos y los ayudas en lo que haga falta, no te preocupes, no te quedarás sin trabajo…

—¡Serás capaz de no venir!

— Por favor, Faustina, no interrumpas la conversación. Si tú te quieres ir de vacaciones con los chicos, pues que así sea. Así que, que no se te vuelva a ocurrir decirme qué es lo que tengo que hacer cuando mi padre está en este estado tan lamentable. Idos, dale un beso a los chicos y pasadlo lo mejor posible. Ahora dejadme que continúe cuidando de él.

Alejandro entró de nuevo en la habitación. Teodoro estaba sufriendo un ataque de tos y Lucía lo estaba ayudando a incorporarse un poco para que pudiera terminar de toser.

—Muchas gracias, eres muy amable.

—Es un placer.

Alejandro extendió la mano para ser estrechada. Lucía ya había terminado de atender a su padre.

—Lucía... parece que en todos los sitios cuecen habas, ¿no? —Ella se quedó mirando sonriente, expresando con una mueca cierta complicidad y empatía.

Por la mañana

No pudo conciliar el sueño. Pasó la noche sintiendo cierto desasosiego. No supo identificar si fue por haber quedado ingresado en aquella residencia o por el reencuentro con aquella mujer de ojos negros que hizo remover todo su mundo interior. Lo de llegar a la ancianidad siempre había sido un enigma para él.

Hacía apenas treinta años no tenía un concepto definido de lo que se iba a encontrar cuando cumpliese esa edad. El ser humano vivía constantemente imitando a los demás. Ahora no sabía qué debía hacer, puesto que lo que veía en esas instalaciones, por mucho que lo quisieran disimular, era a personas que estaban viviendo la recta final, quedando en desamparo. Alejandro sabía adaptarse camaleónicamente a las propias circunstancias. Por la noche, los sonidos guturales que salían de las personas que dormitaban en habitaciones cercanas sonaban como el eco pavoroso de las voces de las personas que se rebelan ante su propia muerte y sufrían de terror nocturno. Por la noche era totalmente desconcertante la existencia y permanencia en aquella estancia.

Al alba observó cómo tímidamente los rayos de sol se abrían paso entre las cortinas de la ventana de su habitación. Sufrió un momento de desconcierto cuando se puso a buscar el mando a distancia de la televisión creyendo que estaba todavía en su casa. Vio que todo el mobiliario era diferente y estaba colocado en distinta ubicación. Sintió un momento de pánico. Luego tuvo que calmarse y comenzó a pensar con claridad. Se situó mentalmente, al final no fue tan complicado. Cuando logró situarse del todo y encontró el interruptor de la luz desaparecieron los fantasmas. Como pudo encendió la televisión y comenzó a ver las noticias. Sintió cierto pavor al observar cómo evolucionaba el problema islamista en el planeta. Al principio parecía cosa de dos locos, la intolerancia estaba ganando terreno entre los musulmanes, al menos eso le parecía. Pensaba que la humanidad se enfrenta a un gran reto; el choque de culturas era obvio y muy complejo de solucionar.

Cuando la periodista del canal de televisión que estaba visionando daba una noticia de última hora, la puerta de la habitación se abrió previa a dos golpecitos. Una amable auxiliar se interesó y quiso saber qué tal había dormido y si lo tenía que ayudar a vestirse. Alejandro no se molestó, supo que era su trabajo…

—Se lo agradezco, gracias a Dios, aún puedo vestirme solo con facilidad.

—Eso está bien, Alejandro, me alegro mucho. Si necesita algo no tiene más que apretar ese botón —dijo señalando con un dedo la pared.

Pudo incorporarse, vestirse y, después de asearse, salió del cuarto dirigiéndose al comedor para desayunar. Un hombrecillo caminaba pesaroso, agarrado tembloroso a su andador, luchando contra los elementos. El pasillo era demasiado largo para que llegase con tiempo a ninguna parte.

Evocaciones del pasado

Se agolparon en su mente todos los recuerdos de aquella época. No fue capaz de borrar de su pensamiento el día en que se conocieron y lo que aquello significó para sus vidas. Estar sola en ese lugar y reencontrarse con él había sido casi como si Dios hubiera contestado a todas sus plegarias. En vez de ayudarla a bien morir, como le pedía cada día sin llegar a desesperar, le había otorgado la dicha de su presencia. No había conocido a hombre más sensible y fuerte que él. Era inusitado, al menos en aquella época, encontrarse con un hombre con aquel afectuoso carácter y fortaleza. La había ganado desde el primer momento, desde que su mujer se fue renegando del hospital camino hacia unas vacaciones sin él. Si tenía que ser sincera, agradecía a la vida enormemente que esa mujer fuera así de desabrida, ya que tuvo el placer y el honor de contar por una temporada con su presencia.

Nunca, hasta aquel día de 1977, hubiera podido imaginar tener un romance con un hombre. Entre los motivos que recordaba supo que estaba en aquella época vulnerable, hastiada y vencida. Alejandro para ella fue como una brisa de aire fresco que entró en su vida como un torrente; como si a alguien que pasa necesidad de comer le ponen en la mesa un suculento manjar.

La residencia para ella ya tenía otro significado. Cuando se encontró con él casi le da un síncope.

Ahora comenzaba a visualizarlo todo con diferente color. En ese momento el comedor, el jardín o cualquiera de los rincones de la residencia eran posibles lugares de encuentro. Tenía el convencimiento de que habría muchas cosas de qué hablar. Recordaba que conversar con Alejandro fue una de las experiencias más gratificantes de su vida. Con él se podía hablar de cualquier cosa.

Se preguntaba si coincidirían en el desayuno o en el jardín. El día anterior pidió cita con la peluquera.

Necesitaba sentirse guapa… sí, guapa, y para él. A su edad ya no iba a tener ciertos miedos.

Procedimiento en la residencia

La mañana se sucedía lenta, gris, monótona y confusa para Alejandro; cierto sentimiento de desasosiego inundaba su alma. No había coincidido con Lucía en el momento del desayuno. Todavía no conocía bien el procedimiento de la residencia, desconocía si ella habría desayunado antes que él o no. Se le habían venido en tromba todos aquellos recuerdos con Lucía que le hacían revivir tiempos pretéritos que ya tenía casi en el olvido. Sentía cierta confusión; mostraba ilusión por vivir y eso lo tenía algo desconcertado. El mero hecho de que ella se hubiera cruzado de nuevo en su vida le hacía presagiar que llegarían a su existencia renovadas ilusiones. Volvió cetrino a su dormitorio. Intentaba sin conseguirlo poder recordar cómo era el rostro de Lucía cuarenta años antes, aunque bien pensado algo tenía que permanecer cuando el día anterior al pasar junto a él la reconoció enseguida.

Se mantuvo dentro de la habitación haciendo algo de tiempo para luego salir al jardín. Tenía en la mesita de noche su libro electrónico, el mismo en el que el día anterior no pudo siquiera pasar una página después de su rencuentro con Lucía.

—¿Sí? —contestó a la llamada telefónica que recibió de su nuera Rocío.

—¿Cómo te encuentras, Alejandro?

—Bien, Rocío, ¿cómo va todo por ahí? —No sabía qué contestar, no habían mantenido una relación muy fluida. Sabía que Rocío era lo mejor que le podía pasar a su hijo.

—Bien, bien… Te llamaba para saber qué tal te habías adaptado, supongo que el primer día habrá sido algo raro para ti.

—Rocío, de verdad está todo bien, dime y ¿qué tal están los niños?

—Como siempre, Alejandro, sin ninguna novedad.

La conversación se había convertido en una de esas de ascensor y sin visas de salida, claro, ahora le tocaría hablar del tiempo, de la situación política o vaya a saber Dios de qué. A Alejandro la plática le vino un poco grande, deseaba colgar el teléfono y salir a buscar a Lucía. Mantuvo el tipo y aguantó estoicamente toda la conversación hasta que su nuera, confiada en que él estaba bien, decidió concluir.

Tenía un pálpito, era una especie de desasosiego que inundaba su ser. Poseía el convencimiento de que esa mañana no la vería. Su preocupación estaba en si ella pudiera tener o no un problema serio de salud. Sabía que a esas edades cualquier cosa era posible. No se dejó llevar por su inquietud, no tenía demasiado fundamento. Cogería su libro electrónico y buscaría un rincón donde leer. La residencia contaba con una sala de lectura. Se dijo que daría una vuelta para familiarizarse con las instalaciones. Dos golpes en la puerta le pusieron en alerta.

—Disculpe, Alejandro, me llamo Delia y vengo a comunicarle que tiene que pasar por el despacho de Esther Martín, es la psicopedagoga del centro. Todas las personas que ingresan aquí, y tienen buena movilidad, pasan por su consulta. —Aquello desconcertó a Alejandro, aunque entendió que era un procedimiento de la residencia.

—Bien, ayer no me dijeron nada, estaba a punto de buscar un rincón dónde leer. —Mostró su libro levantando y girando su mano, mostrando su ingenio electrónico.

—¿Alejandro? —Esther lo hizo pasar a su sala.

Entró lentamente, con cierto recelo, no terminaba de entender por qué tenía que visitar a un loquero.

El despacho tenía iluminación natural, la claridad entraba por sus ventanales, y la escasa decoración y las macetas de interior le daban una sensación de lugar de acogida. No parecía un sitio para tener que ponerse a la defensiva y Esther lo recibió con una amplia sonrisa.

—Siéntese, Alejandro.

—Pues usted dirá —comentó una vez se hubo sentado en la mullida silla.

—Cada vez que tenemos una nueva incorporación me encargo de hablar con la persona, en su caso es usted. Dígame, Alejandro, ¿cómo se encuentra con nosotros?

—Bueno, ¿qué quiere que le diga?

Alejandro estuvo tentado de decirle que quería ir a buscar a Lucía, que le parecía maravilloso aquel lugar que no cambiaría por todo el oro del mundo. Por otro lado, temía que ella estuviera enferma y que no estuviese mucho tiempo con vida.

—Entiendo que adaptarse a un nuevo lugar, por muchas comodidades que tenga…

—Haga el favor de no repetirme todas las ventajas que tiene esta residencia, me las sé de memoria.

—¿Está enfadado?

—No, la verdad es que no, entienda que este lugar no dejará de ser lo que es, por mucho que usted emplee esa magnífica sonrisa.

—Dígame, Alejandro, y ¿qué es para usted este lugar?

—Un cementerio para elefantes bien decorado. El lugar donde nos depositan para morir. Tengo que admitir que sí estoy aquí es de manera voluntaria. Fui yo quien dijo a mi familia que llegado a cierta edad quería venir a un sitio como este. Así que lo que deseo decirle es que no estoy enfadado por estar aquí, lo que sí es cierto es que me duele que haya llegado el momento.

—Entiendo, la vida pasa, ¿no?

—Como en un suspiro.

—Dígame, Alejandro, y ¿cómo ocupa su tiempo libre?

—Me gusta leer, estar en contacto con la realidad social, dar largos paseos, hablar con la gente… en definitiva, sentirme útil.

—Me parece una muy buena actitud. Aquí tenemos grupos de…

—Permítame, Esther, no tengo intención de asistir a ninguna actividad colectiva, al menos de momento. Como ya me explicaron bien cuáles son y los horarios si llegara el caso se lo comentaría.

—Muy bien, entiendo que es una decisión que ha tomado conscientemente. No tengo nada que objetar. Sabe que mi misión es que usted se sienta lo más cómodos posible.

—Lo sé, así lo tomo y, si me disculpa, hoy hace un día maravilloso —sacó su libro electrónico y se lo mostró—, me gustaría aprovechar el día tan estupendo que hace para continuar leyendo.

—¿Qué lee, Alejandro?

— Los herederos de la tierra.

—¿Le gusta Falcones?

—Sí, me gusta Falcones, ahora si me permite voy a buscar un rincón con claridad.

—Por supuesto, Alejandro. Ha sido un placer charlar con usted y conocerle un poquito.

—Lo mismo le digo.

Salió de la sala de Esther Martín, por delante tenía un largo y frío pasillo. A lo lejos se veía deambular a ancianos, alguno con su andador. Le parecía deprimente, aunque sabía perfectamente dónde se encontraba.

Continuó caminado lentamente, no porque estuviera torpe sino porque su estado anímico le invitaba a la melancolía. Llegó a un cruce de pasillos donde a lo lejos se divisaba la recepción de la residencia y unos ascensores. Se dirigió a la entrada principal.

Había un gran ventanal que permitía ver la claridad natural; todo hacía prever un magnífico día.

Alejandro se quedó mirando al fondo, en el exterior del centro había un parque muy bien cuidado que sería un objetivo a explorar, ya que desde la entrada principal, e incluso desde la carretera, no se divisaba.

Depositó la mirada perdida entre la vegetación.

Todo estable

Lucía se movía lenta y satisfecha. Salía de la consulta del neurólogo. El chófer la estaba esperando tras la puerta para trasladarla de nuevo a la residencia. La mañana era fresca. La claridad que aumentaba por momentos invitaba a ser optimista; estaba convencida de que subirían las temperaturas.

—Bien, Lucía, parece que ha tardado poco hoy —comentó el chófer con amabilidad y simpatía.

—Sí, hijo, sí, parece que la cosa no va mal. Este médico es muy simpático y muy amable; ya podrían aprender otros. Parece que me van a mantener la medicación. Hasta final de año me ha dicho que ya no tengo que volver. —Mostró el informe médico.

—Me alegro mucho, venga, abríguese, que hace fresco.

Salieron del centro de especialidades; en esta ocasión Lucía no le pidió al chófer que le diera una vueltecita por Madrid, así que se dirigieron directamente a la residencia.

Lo primero que hizo al llegar fue dirigirse a su habitación. Inconscientemente buscaba con la mirada a Alejandro, mientras recorría con parsimonia las instalaciones. Era obvio que aquel iba a ser un día para poder salir al jardín cuando el sol estuviera en su cúspide. Llegó a su habitación y sintió cierto desconsuelo por no haberse encontrado con él. Sabía que tenía que pasar por la consulta del médico del geriátrico.

—Hace un día estupendo, ¿verdad? —Más que el inicio de una conversación era una advertencia, Lucía se encontraba a su espalda.

—A veces la vida es bonita. —Alejandro contestó sin girarse. Notó cómo una figura se acercaba a él situándose en paralelo.

—Parece que cuando mi vida es un tormento, te empeñas siempre en aparecer—. Se acercó a él, apenas unos escasos centímetros los separaba.

—Siempre me dije que Dios no existe, ahora voy a tener que replantearme este pensamiento. Tal vez él nos haya absuelto en vida de nuestros pecados. —Alejandro giró lentamente su cabeza y observó cómo ella miraba tras la cristalera y mantenía la mirada alejada de aquel lugar.

—No sé si existe o no Dios, aun así, le voy a dar gracias por encontrarte. —Fue ella quien se giró por completo quedando a merced de Alejandro.

—Sigues tan bella como siempre.

—Zalamero, estoy hecha unos zorros.

—No he podido borrarte de mi mente en todos estos años. —Quedó frente a Lucía mirándola con devoción.

—Vas a lograr ponerme colorada.

—¿Te parece si vamos a pasear un rato? —propuso el anciano.

—Tengo que acercarme primero a mi habitación a dejar estos papeles. —Movió con ligereza su mano derecha mostrando una pequeña carpeta con papeles del médico.

—Te espero aquí.

—De eso nada, me acompañas, así me vas contando qué ha sido de tu vida. —Ella dejó ver una magnífica sonrisa.

Se dieron media vuelta y con cierta resolución se pusieron en marcha. Tenían muchas cosas de qué hablar; habían pasado demasiados años. Algo estaba meridianamente claro: ninguno de los dos iba a esconder a estas alturas su amistad, aquella que parecía haber resurgido de las cenizas del ostracismo cuando cuarenta años antes Alejandro «decidió no aparecer a la cita». Su relación fue corta e intensa. Los pensamientos y recuerdos se agolpaban en ambas mentes. Tenían muchas cosas para contarse.

Hoy por ti, mañana por mí

La noche discurrió lenta, el tedio inundó la habitación de aquel hospital. Los dos enfermos durmieron relativamente bien, aunque no faltaron accesos de tos que atender. Les administraban sueros o antibióticos por vía. Las enfermeras entraban inmisericordes justo cuando comenzaban a conciliar un poco el sueño sentados en los sillones de la habitación. Los utilizaban para sentar a los enfermos por el día si se recuperaban, o para que los familiares por la noche pudieran echar una cabezadita. Lucía tenía que reconocer que Alejandro la tenía un tanto desconcertada; cuidaba a su padre con un amor increíble. Siempre pensó que todos los hombres eran iguales. Él era diferente, se desvivía por su padre y a la vez también estaba pendiente de ella. Cuando Lucía sacó del bolso un bocadillo la instó amablemente para que se lo comiera con tranquilidad, ya que en el mismo pasillo había una habitación donde podían descansar los familiares, comerse un bocadillo o fumarse un cigarrillo.

—Come tranquila el bocadillo, ¿por qué no vas a la otra habitación y lo haces con sosiego? Si pasase algo ya te avisaría. Como puedes ver no hay demasiado qué hacer en este momento. Los han cambiado y se han quedado dormidos.

—Pero…

—Venga, hoy por ti, mañana por mí.

—Vale, gracias, eres muy amable. —Parecía tener mucha más ayuda en un desconocido que en su propia familia.

Al salir de la habitación la envolvió una profunda tristeza, y sintió ganas de llorar. Cuando llegó a la sala, y tras comprobar que estaba vacía, soltó el bocadillo, envuelto en papel de aluminio, en un asiento y comenzó a llorar vivamente. No sabía qué le estaba sucediendo, le embargaba una extraña soledad y abatimiento. Fue comenzar y no poder parar. Se le agolpaban en la mente mil imágenes de su vida, mientras su padre era posible que estuviera atravesando su etapa final en aquel hospital.

Abrió la ventana como pudo. La noche era cálida, a lo lejos se divisaba algún relámpago y cierto vendaval que se estaba formando en el exterior y que de vez en cuando se dejaba sentir en aquel lugar.

Extrajo el bocadillo de su envoltorio, tortilla española, que comenzó a comer aún sin ganas. Poco a poco su alma fue adquiriendo cierto sosiego. El aire fresco que soplaba desde la ventana parecía ser presagio de algo positivo. Aun así, se preguntaba qué era lo que había hecho ella para merecer a un marido como aquel. Se suponía que la familia tendría que estar unida en ese tipo de eventualidades. La realidad era otra bien distinta, dejándola sola con un desconocido, que era mil veces mejor que su esposo.

No sabía el tiempo que había pasado mirando al vacío a través de aquella ventana. Salió de su ensimismamiento y comprobó que había más gente a su alrededor. Una mujer más o menos de su edad intentaba dar una cabezada. No sabía cuándo ni cómo entró en la sala, y fue consciente de que habría pasado un tiempo más que suficiente fuera de la habitación. Había dejado a aquel desconocido al cargo de su padre. Parecía diferente. No deseaba abusar de su confianza a las primeras de cambio.

Entró silenciosa a la habitación; ahí estaba él entre las dos camas, atento, por si uno de los dos enfermos necesitaba un cuidado. Fue una escena sumamente compasiva supuso que era lo que ella hubiera deseado de su marido. Su compañero de habitación advirtió su presencia y se levantó del asiento, puso un dedo en su boca y la invitó a salir al pasillo.

—¿Has cenado algo?

—Sí, ¿cómo están?

—Los dos están muy tranquilos, abrí un poco la ventana, el ambiente estaba demasiado cargado y parece que se han quedado dormidos.

—Muchas gracias, Alejandro.

—Es un placer. Veo que vamos a pasar un tiempo juntos cuidando a nuestros respectivos… Creo que nuestras parejas no van a estar para ayudarnos, así que nos tenemos el uno al otro para echarnos una mano.

—Mi marido, ya lo has visto, es un mal nacido.

—Qué te voy a decir de mi mujer. No voy a dejar de atender a mi padre. Además, entiendo que necesita una pequeña lección.

Sin saber bien cómo, esbozaron una amplia sonrisa. Tenían claro que se tenían el uno al otro.

Desavenencias conyugales

Se sentía cansado, nunca había pasado una noche entera sin dormir. Su cuerpo se resintió. Tenía una necesidad imperiosa de tomar un café con leche. Su mente estaba espesa. El médico, según había informado una de las enfermeras, no se pasaría por ahí hasta media mañana. Lucía le había dicho que no se preocupase, que buscase en el exterior una cafetería y que fuese a desayunar. Ella se haría cargo de su padre. Se lo agradeció en el alma. Salió a la calle y pronto comprobó que el hospital tenía su propia cafetería; estaba llena a rebosar. Tardó casi veinte minutos en poder pedir un café con leche y un bollo suizo. Nada más terminar de desayunar, se dirigió a la habitación y en el exterior vio a su mujer y a sus dos hijos que se acercaban al hospital. Agradeció a Dios que fuera en el exterior y no dentro de la habitación donde se produjera el encuentro.

—¡El señor parece que no se encuentra cuidando a su padre…!

—Faustina, por Dios, que he pasado una noche de perros y he salido a desayunar, ¿has venido a disculparte? —Ella hizo ademán de espetar algo. Alejandro no se lo permitió, tapando sus labios con uno de sus dedos—. No deseo verte, no quiero hablar contigo.

—Papá, Margarita puede… —uno de sus hijos mellizos quiso, influenciado por su madre, mediar a favor de que los acompañara en las vacaciones. Eran dieciséis años lo que tenían.

—No sé qué estáis haciendo aquí. Ayer dejé claro que me quedaría con mi padre.

—¡He sacado los billetes de tren para todos y te ordeno que…!

—¿Qué me ordenas? ¿Te estás oyendo? Haz el favor de marcharte ahora mismo.

Alejandro se dirigió a sus dos hijos y con voz suave les hizo entender que se quedaría en el hospital con su padre. Les deseó felices vacaciones, dejó con la palabra en la boca a Faustina y dando media vuelta se alejó lentamente de ellos. Estuvo unos segundos esperando algún improperio por parte de su esposa. No oyó nada.

Cuando fue a acceder por la entrada al hospital se giró comprobando que no quedaba rastro de ellos. Sintió algo contradictorio; por un lado, no entendía cómo actuaba así su familia; por otro, reafirmaba su convencimiento de que era lo mejor que podía hacer.

Cuando entró en la habitación observó otra escena surrealista: ahí estaba el marido de Lucía, gritándole, aprovechando que él no estaba en la habitación. Justo cuando entró Alejandro por la puerta pareció calmar las formas. Los ancianos estaban despiertos y, por lo que pudo observar, incómodos.

—Muy bien, si es eso lo que deseas, pues adelante. Yo me iré con mi hermana a Guadalajara los próximos días y me llevo a Paquito —su tono de voz sonó a amenaza. Lucía hizo un gesto de liberación.

La situación parecía una cosa de locos. En esa habitación había dos personas intentando hacer lo que corresponde con sus respectivos padres y los cónyuges no hacían más que poner trabas y dar problemas.

Ella puso un gesto de dignidad cuando su esposo abandonó la habitación.

—Mi mujer me ha montado un pollo tremendo en la calle, no pienses que no tiene narices la cosa.

—¿Qué les pasa? ¿no se dan cuenta de lo egoístas que son? —Lucía estaba confusa, aturdida y desconsolada. Unas lágrimas asomaron por la comisura de sus ojos; pudo contenerlas.

—Ahora te vas a ir a desayunar, ¿me oyes?

—No tengo hambre —confesó desalentada.

La miró intensamente dándose cuenta de que además de ser una mujer muy bella, cansada y enfadada, aún aumentaba su hermosura. El calor arreciaba y se había desabrochado uno de los botones de su vestido veraniego, dejando entrever un escote sugerente y unos pechos turgentes. No supo por qué tuvo que posar su mirada en su escote, seguro que fue un acto reflejo. Estaba convencido de que ella no se había percatado, así que pondría más cuidado para que no volviera a suceder.

Mientras que ella salió a tomar un café, él se quedó en la habitación. Tanto su padre como el de Lucía parecían los más sensatos de la familia y no tuvieron ni un minúsculo acceso de tos. Poco después, regresó su compañera de fatigas, que trajo consigo un gesto serio y cansado. Presumiblemente el día sería largo y tedioso. La mujer de Alejandro se había ido con los niños a Salou y no había caído en que tendría que ducharse y cambiarse de ropa.

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Release date on Litres:
23 June 2025
Volume:
180 p. 1 illustration
ISBN:
9788418848711
Publishers:
Copyright Holder::
Bookwire
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