Read the book: «Uñas y dientes»

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Título original inglés: Tooth & Nail

© John Rebus Limited, 1992.

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2012

© de esta edición digital: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO761

ISBN: 9788490563588

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Cita

Prólogo

La cámara de los horrores

Metro

Un bocadito

Mentirijillas

Bloques churchill

Fíjate en esto, muger

La galería

Familia

Agradecimientos

Notas

PARA MIRANDA, DE NUEVO,

PERO ESTA VEZ TAMBIÉN PARA MUGWUMP...

Alimentamos a cuantos lobos nos siguen, mientras nuestros verdaderos enemigos visten pieles de cordero.

MALCOLM LOWRY, Bajo el volcán

PRÓLOGO

Hunde el cuchillo, ella.

Por experiencias pasadas, sabe que es un momento de mucha intimidad. Su mano aferra el mango frío del cuchillo y el impulso clava la hoja entera en la garganta hasta que su propia mano roza la piel. Carne contra carne. Primero, la chaqueta, o el jersey de lana, la blusa o la camiseta de algodón, y después la carne. Ahora un tajo. El cuchillo palpita como un animal que olfatea. La sangre caliente cubre el mango y la mano. (La otra mano tapa la boca y ahoga los gritos.) El momento es sublime. Un encuentro. Un contacto. El cuerpo es fogoso, trémulo, cálido de sangre, y borbotea por dentro cuando lo de dentro se exterioriza. Hierve. El momento acaba demasiado pronto.

Y aún siente ganas. No está bien, no es habitual, pero las siente. La desviste un poco; en realidad, la desviste mucho, quizá más de lo necesario. Y hace lo que tiene que hacer, barrenando otra vez con el cuchillo con los ojos fuertemente cerrados. Esta parte no le gusta. Nunca le ha gustado esta parte, ni aquella vez ni ahora. Pero, sobre todo, aquella vez.

Finalmente, saca los dientes y los hunde en el blanco vientre hasta cerrarlos en un mordisco satisfactorio, y susurra, como siempre, las cuatro palabras:

—Es solo un juego.

Es de noche cuando George Flight recibe la llamada. La noche del domingo. El domingo es su bendito día: rosbif con pudin, los pies en alto delante del televisor y el periódico abierto, abandonado en el regazo. Pero durante toda la jornada ha tenido un presentimiento; lo sintió en el pub, a la hora de almorzar, un retortijón como si tuviera gusanos, gusanitos blancos hambrientos, gusanos imposibles de satisfacer. Después, ganó el premio en la rifa del pub: un oso de peluche naranja y blanco, de casi un metro de alto. Hasta los gusanos se rieron, y supo que el día acabaría mal.

Que es lo que, efectivamente, sucedía, con el teléfono sonando sin parar, anunciando las malas noticias que no podían esperar al día siguiente. Sabía lo que era, por supuesto. ¿No estaba a la expectativa desde hacía semanas? Aun así, se mostraba reacio a contestar. Al final lo hizo.

—Flight al habla.

—Ha habido otra, señor. El Hombre Lobo ha matado a otra.

Flight miró en el televisor sin sonido escenas del partido de rugby del sábado; hombres maduros corriendo tras un balón de extraña forma como si su vida dependiera de ello. Al fin y al cabo, era un puto juego. Tenía apoyado en el lateral del televisor al sonriente osito. ¿Qué demonios iba a hacer él con un oso de peluche?

—De acuerdo —dijo—. Dígame dónde...

—Al fin y al cabo, es solo un juego.

Rebus sonrió y asintió con la cabeza al inglés que tenía enfrente en la mesa. A continuación, miró por la ventana, fingiendo una vez más interesarse por el paisaje oscuro y borroso. El inglés lo habría dicho ya más de diez veces. Y era lo único que había dicho casi durante todo el viaje. Además, invadía su terreno con las piernas estiradas e iba llenando la mesita con su colección de latas de cerveza vacías, robándole espacio y rozando su ordenado montón de periódicos y revistas.

—¡Billetes, por favor! —exclamó el revisor al fondo del vagón.

Con un suspiro, y por tercera vez desde que salieron de Edimburgo, Rebus buscó el billete. Nunca lo tenía donde creía. En Berwick pensó que lo llevaba en el bolsillo de la camisa, y lo guardaba en el bolsillo superior de la chaqueta de tweed Harris; en Dirham lo buscó en la chaqueta y lo encontró debajo de una revista en la mesita, y diez minutos después de salir de Peterborough lo cambió al bolsillo trasero del pantalón. Lo sacó y aguardó a que llegase el revisor.

El billete del inglés estaba donde siempre: medio escondido debajo de una lata de cerveza. Rebus, aunque casi se lo sabía de memoria, volvió a hojear la última página de un periódico del domingo, que había dejado encima del montón por simple diablura, divertido por las gruesas letras negras del titular —¡HALE ESCOCESES!— de la crónica sobre el encuentro de rugby en Murrayfield de la Copa Calcuta. Y menudo encuentro: no precisamente para pusilánimes, sino para valientes y decididos. El Scots había ganado por trece a diez y ahora Rebus se encontraba en un tren nocturno lleno de hinchas ingleses frustrados que regresaban a Londres.

Londres. No era precisamente una de sus ciudades preferidas. No es que él viajara mucho a Londres, pero aquel viaje no era de placer, sino estrictamente profesional, y, como representante de la policía de Lothian y Borders, debía tener un comportamiento irreprochable. Como había dicho su jefe en pocas palabras: «Nada de cagadas, John».

Bien, haría cuanto pudiera. No es que pensara que hubiera mucho que hacer, bien o mal, pero haría lo más posible. Y si ello implicaba ponerse camisa limpia y corbata, zapatos relucientes y una chaqueta respetable, lo haría.

—Billetes, por favor.

Rebus tendió el billete. Al fondo del pasillo, en la tierra de nadie del coche restaurante entre primera y segunda clase, se oyeron recitar en voz alta versos del Jerusalén de Blake. El inglés sentado enfrente de Rebus sonrió.

—Es solo un juego —comentó mirando las latas vacías de cerveza—. Solo un juego.

El tren entró en King’s Cross con cinco minutos de retraso. Eran las once y cuarto y Rebus no tenía prisa. Le habían reservado habitación en un hotel del centro de Londres por cuenta de la policía metropolitana. En el bolsillo de la chaqueta llevaba una lista de notas y direcciones, remitida también por Londres; no iba con mucho equipaje, pensando en que la cortesía de la policía metropolitana no llegaría al extremo de venir a recogerle. Esperaba no estar más de dos o tres días, tras los cuales sin duda se darían cuenta de que no iba a serles de gran ayuda en la investigación. A tal efecto había traído una maleta pequeña, una bolsa de deporte y una cartera. En la maleta llevaba dos trajes, un par de zapatos, calcetines, calzoncillos y dos camisas (con corbata a juego); en la bolsa de deporte, un neceser, toalla, dos novelas de bolsillo (una a medio leer), despertador de viaje, una cámara de treinta y cinco milímetros con flash y película, una camiseta, un paraguas plegable, gafas de sol, un transistor, agenda, una Biblia, un frasco con noventa y siete pastillas de paracetamol y una botella (acolchada con la camiseta) del mejor malta Islay.

Lo esencial, en otras palabras. La cartera contenía libreta, bolígrafos, casete para grabar, cintas vírgenes, cintas grabadas y un sobre marrón grande con fotocopias de la policía metropolitana y fotos en color de doce por veinticuatro dentro de un archivador de anillas, más diversos recortes de periódico. Destacaba en la tapa del archivador una etiqueta adhesiva blanca con una palabra mecanografiada: HOMBRE LOBO.

Rebus no tenía prisa. La noche —lo que quedaba de ella— era suya. Tenía que acudir a una reunión a las diez, el lunes por la mañana, pero en su primera noche en la capital podía hacer lo que se le antojara. Pensó que podía pasarla perfectamente en la habitación del hotel. Esperó en el asiento a que los otros viajeros bajaran del tren, cogió del portaequipajes la bolsa y la cartera y se encaminó a la puerta corrediza del vagón, junto a la cual, en otro portaequipajes, estaba su maleta. Tras bajarlo todo al andén, hizo una pausa y respiró. Era un olor muy distinto al de cualquier otra estación de tren. Desde luego, muy distinto al de la estación de Waverley, en Edimburgo. No olía tan mal, pero a Rebus le pareció una atmósfera más empobrecida y gastada. De pronto se sintió cansado. Y su nariz también captaba otra cosa; algo dulce y repulsivo al mismo tiempo. No sabía a qué le recordaba.

En la explanada, en vez de dirigirse al metro, se acercó a un quiosco y compró un plano alfabético de Londres, que guardó en la cartera. Ya repartían los periódicos de la mañana, pero ni los miró. Era domingo y no lunes. El domingo era el día del Señor, y por eso, tal vez, había incluido una Biblia en el equipaje; hacía semanas que no iba a la iglesia, meses, quizás. De hecho, desde una visita a la catedral de Palmerston Place; era un templo bonito, limpio y luminoso, pero muy lejos de su casa para resultar cómodo. Además, seguía siendo religión organizada y no había superado su desapego de la religión organizada. Incluso recelaba más que nunca de ella. Tenía hambre; tal vez podría comer algo de camino al hotel.

Adelantó a dos mujeres que hablaban animadamente.

—Lo he oído por la radio hace veinte minutos.

—Se ha cargado a otra, ¿no?

—Eso han dicho.

—No me atrevo ni a pensarlo —añadió la mujer, estremeciéndose—. ¿Han dicho que era él, seguro?

—No, seguro no. Pero ya sabes, ¿no?

Sí, tenía razón. Así que llegaba a tiempo para una nueva y reciente perspectiva del drama. Otro homicidio; cuatro en total. Cuatro en el plazo de tres meses. Sí que estaba ocupado aquel asesino que llamaban Hombre Lobo. Hombre Lobo, lo denominaban; se habían puesto en contacto con su jefe de Edimburgo, solicitando que lo enviasen a él. A ver qué podía hacer. El jefe, el director Watson, le había enseñado la carta.

—Llévese una bala de plata, John —dijo—. Por lo visto, es usted su única esperanza —añadió, conteniendo la risa, tan convencido como el propio Rebus de lo poco que podía ayudar en el caso.

Pero él se mordió el labio inferior, sin replicar a su superior que le miraba tras el escritorio. Haría lo que pudiera. Haría todo lo que pudiera. Hasta que le calaran y le hicieran volver a Edimburgo.

Además, tal vez necesitaba un descanso, y Watson también parecía satisfecho de quitárselo de encima.

—Al menos tendremos unos días de calma.

Al director, natural de Aberdeen, le apodaban el «Granjero Watson», un mote conocido por todos los oficiales inferiores a su rango en Edimburgo. Pero un día, Rebus, con algunas copas de más de whisky, lo soltó en presencia del propio Watson y desde entonces se había visto relegado a no pocas tareas burocráticas y aburridas, a vigilancias y a cursillos de capacitación.

¡Cursillos de capacitación! Al menos Watson tenía sentido del humor. El último había sido «Gestión para oficiales superiores» y había sido un latazo: psicología y cómo tratar bien a oficiales subalternos, cómo implicarlos, motivarlos, relacionarse con ellos. Rebus volvió a su comisaría y lo probó un día; fue un día de implicar, motivar y relacionarse. Al final de la jornada un agente le había dado sonriendo una palmada en la espalda.

—Hoy sí que hemos tenido que trabajar duro, John, pero lo he pasado bien.

—Quita tu puta mano de mi espalda. Y no me llames John —gruñó Rebus.

El agente se quedó boquiabierto.

—Pero no ha dicho... —replicó sin acabar la frase.

Punto final de las breves vacaciones: Rebus había probado a gestionar. Lo había intentado, pero lo odiaba.

Bajaba ya las escaleras del metro cuando se detuvo, dejó en el suelo maleta y cartera, abrió la cremallera de la bolsa de deporte y sacó el transistor; lo encendió, se lo acercó al oído, accionó el dial con la otra mano hasta sintonizar las noticias y permaneció parado escuchándolas mientras otros viajeros pasaban a su lado; algunos le miraron, pero pocos. Oyó por fin lo que quería, apagó el transistor y lo guardó en la bolsa. A continuación abrió los dos cierres de la cartera, sacó el plano y pasó las hojas del callejero al final del volumen; sabía lo grande que era Londres. Grande y populoso: unos diez millones, ¿no? ¿No era el doble de la población de Escocia? No quería ni pensarlo: diez millones de almas.

—Diez millones más una —musitó al tiempo que daba con el nombre de la calle que buscaba.

LA CÁMARA DE LOS HORRORES

—Una escena muy poco agradable.

El inspector George Flight miró a su alrededor pensando si el sargento se refería al cadáver o al escenario. Podía decirse lo que se quisiera sobre el Hombre Lobo, pero no cabía duda de que no era muy escrupuloso sobre su zona de actuación. Esta vez era la orilla de un río. No es que Flight hubiera jamás considerado «río» al Lea. El lugar era una senda, auténtico cementerio de carritos de supermercado, que bordeaba un curso de agua turbio con un pantanal a un lado, y al otro, polígonos industriales y casas bajas. Por lo visto podía remontarse el curso del Lea desde el Támesis hasta Edmonton. Aquel riachuelo discurría como una vena negruzca desde el centro este de Londres hasta más allá del norte de la capital, ignorado en su existencia por la inmensa mayoría de los londinenses.

Pero George Flight sí que sabía de él, porque se había criado en Tottenham Hale, una población cercana al Lea, y su padre iba a pescar en el tramo navegable entre Stonebridge y Tottenham Locks; de niño había jugado a la pelota en el pantanal, fumado a escondidas entre las hierbas con su pandilla y toqueteado alguna blusa que otra o un sujetador en aquel terreno baldío que ahora contemplaba al otro lado de la corriente.

Y había paseado por aquella senda, concurrida en las tardes soleadas de domingo, donde había pubs en los que se tomaba una pinta fuera del local mirando a los marineros de agua dulce en sus barcas; de noche, por el contrario, solo los borrachos, los temerarios y atrevidos se aventuraban en aquel paseo solitario y poco iluminado. Los borrachos, los temerarios, los atrevidos y... los vecinos. Jean Cooper vivía en aquella zona; desde que se separó de su marido residía con su hermana en un bloque de pisos construido hacía poco junto al camino de sirga y trabajaba en un local de franquicia en Lea Bridge Road, donde terminaba su jornada a las siete. El camino paralelo al río era el itinerario más rápido para volver a casa.

Habían encontrado su cadáver a las diez menos cuarto dos jóvenes que se dirigían a uno de los pubs y que echaron a correr hacia Lea Bridge Road a parar a un coche de policía que pasaba. A continuación, la operación siguió una pauta fluida: llegó el médico de la policía y los agentes de la comisaría de Store Newington, que examinaron el modus operandi y llamaron a Flight.

Cuando él llegó, el escenario del crimen era todo actividad organizada. Habían identificado el cadáver, interrogado a los vecinos cercanos, y localizado a la hermana; los agentes del escenario del crimen hablaban con dos agentes del equipo científico. Habían acordonado la zona que rodeaba al cadáver y nadie cruzaba la cinta sin calzar fundas de plástico sobre los zapatos y en la cabeza. Dos fotógrafos actuaban con su flash portátil alimentado por un generador al efecto, junto al que había una furgoneta de operaciones, donde otro fotógrafo trataba de desatascar una cámara de vídeo.

—Son esas cintas baratas —comentó—. Las compras pensando que son una ganga y luego siempre te dan problemas.

—Pues no compre cintas baratas —dijo Flight.

—Gracias, Sherlock —replicó, malhumorado, el fotógrafo, para volver a maldecir las cintas y al vendedor del puesto de Brick Lane. Las había comprado aquel mismo día.

Mientras, tras decidir el plan de ataque, los de la científica se acercaron al cadáver provistos de cinta adhesiva y un montón de bolsas de polietileno, y, con gran cuidado, comenzaron a aplicarle trozos de cinta en las ropas con ánimo de recoger pelos y fibras. Flight los observaba apartado a un lado. Las linternas proyectaban un fulgor blancuzco y chillón sobre la escena, de modo que, vista desde su ubicación en la zona de oscuridad, Flight se sintió como asistiendo en el teatro a la representación de una obra. Por Dios, sí que hace falta paciencia en esta profesión en que todo ha de hacerse según el reglamento y con sumo detalle. Él aún no se había aproximado al cadáver. Lo haría más tarde; quizás aún faltaba bastante.

Volvieron a oírse lamentaciones, procedentes de un Ford Sierra policial aparcado en Lea Bridge Road, donde una mujer policía consolaba en el asiento trasero a la hermana de la víctima, a quien animaba a tomar un té caliente. Pero Flight sabía que lo peor vendría más adelante, cuando tuviera que identificar el cadáver en el depósito.

Jean Cooper había sido fácil de identificar porque tenía el bolso al lado, en la senda, sin que faltara nada, al parecer. Contenía cartas y las llaves de la casa con una etiqueta y la dirección. Flight no podía por menos que pensar y pensar en aquellas llaves; no era muy prudente poner la dirección en unas llaves, pero ahora ya era tarde para tal consideración. Tarde para evitar el crimen. Volvieron a oírse los lamentos, un prolongado grito lastimero que ascendió hasta el fulgor anaranjado del cielo que cubría el río Lea y el pantanal.

Flight miró en dirección al cadáver y rehizo el camino que había seguido Jean desde Lea Bridge Road. Había recorrido menos de cincuenta metros hasta el punto de la agresión. Cincuenta metros desde una calle bien iluminada y transitada, y menos de veinte desde la parte de atrás de una fila de viviendas. Pero aquel tramo de la senda solo lo alumbraba una farola rota (seguramente ahora la arreglaría el Ayuntamiento) y la luz que difundiesen las ventanas de los pisos. Desde luego, era lo suficiente oscuro para los propósitos del asesino. Oscuro para aquel asesinato repugnante.

No estaba seguro de que fuese el Hombre Lobo; en aquel momento no podía estar totalmente seguro. Pero el presentimiento era como el efecto de un anestésico en los huesos. El terreno era apropiado; las puñaladas que le habían indicado, correspondían, y el Hombre Lobo llevaba tres semanas sin atacar. Tres semanas durante las cuales no habían obtenido ninguna pista; pero esta vez el Hombre Lobo se había arriesgado, matando a primera hora de la noche en vez de en plena noche. Tenía que haberle visto alguien, y por el hecho de verse obligado a escapar deprisa, habría dejado quizás alguna pista. Flight se frotó el estómago; el ácido había exterminado a los gusanos. Se sentía tranquilo, completamente tranquilo por primera vez en días.

—Perdone. —Era una voz amortiguada, y Flight se volvió apenas para dejar paso al hombre rana a quien seguía otro, ambos con sendas linternas muy potentes.

Flight no envidiaba el trabajo de los hombres rana. El río era oscuro y tóxico, el agua estaría helada y seguramente espesa de la suciedad; pero tenían que rastrearlo ahora. Si el asesino había tirado algo por error al Lea, incluso el cuchillo, había que recuperarlo lo antes posible, anticipándose a que al amanecer estuviera cubierto de sedimentos o de alguna porquería desplazada. No había tiempo que perder. Por eso había ordenado una exploración nada más saber la noticia, antes incluso de salir apresuradamente de su cálida y confortable casa camino de aquel lugar. Su mujer le dio unos golpecitos en el brazo, diciéndole: «Procura no volver muy tarde». Los dos sabían que la recomendación era inútil.

Observó cómo el primer hombre rana entraba en el agua y miraba pasmado la superficie iluminada por la linterna. Su compañero entró también en el río y desapareció de la vista. Flight miró al cielo. Seguía cubierto por una gruesa capa de nubes inmóviles. Las previsiones meteorológicas anunciaban lluvia a primera hora de la mañana. Borraría las pisadas y dispersaría las fibras, las manchas de sangre y los pelos por la senda transitada. Con suerte, concluirían la primera fase de intervención en el escenario del crimen sin tener que montar tiendas de plástico.

—¡George!

Flight se dio la vuelta para saludar al recién llegado. Era un hombre de cincuenta y tantos años, de rasgos cadavéricos, que iluminaba la sonrisa más amplia posible en aquel rostro enjuto. Llevaba un maletín negro en la mano izquierda, y tendió la derecha a Flight. Caminaba a su lado una mujer guapa, de la misma edad que Flight. De hecho, por lo que recordaba, era exactamente un mes y un día más joven que él. La tal Isobel Penny era, eufemísticamente, la «ayudante» y «secretaria» del cadavérico, y existía consenso general de que hacía ocho o nueve años que dormían juntos; aunque a Flight se lo había dicho personalmente ella por la circunstancia de haber sido alumnos de bachillerato en la misma clase y mantenerse más o menos en contacto.

—Hola, Philip —dijo Flight, estrechando la mano del forense.

Philip Cousins no era un simple forense del Ministerio del Interior, sino el mejor forense oficial, con una fama producto de veinticinco años de trabajo, veinticinco años en los que nunca se había equivocado, que Flight supiera. Con su sagacidad para los detalles y su inquebrantable tenacidad había resuelto o ayudado a resolver docenas de homicidios, desde los estrangulamientos de Streatham hasta el envenenamiento de un funcionario del gobierno en las Indias Occidentales. Quienes no lo conocían personalmente comentaban que vestía el cargo por sus trajes azul marino y sus facciones macilentas, sin imaginar ni por asomo su vivo y punzante humor, su bondad y su modo de encandilar al alumnado de medicina en el aula atestada. Flight, asistente en una ocasión a una de aquellas clases que versaba sobre arterioesclerosis, no se había divertido tanto en su vida.

—Creí que estabais en África —dijo, besando en la mejilla a Isobel.

Cousins suspiró.

—Estábamos, pero Penny echaba de menos Inglaterra. —Siempre la llamaba por su apellido. Ella le dio un puñetazo en broma en el brazo.

—¡Mentiroso! —exclamó, volviendo sus ojos azul claro hacia Flight—. Fue Philip, que era incapaz de estar lejos de sus cadáveres —añadió—. Eran las primeras buenas vacaciones que teníamos desde hace años y resulta que se aburría. ¿Te imaginas, George?

Flight sonrió y balanceó la cabeza.

—Bueno, me alegro de que hayas podido venir. Parece ser que es otra víctima del Hombre Lobo.

Cousins miró por encima del hombro de Flight hacia la escena donde seguían trabajando los fotógrafos, con los de la científica en cuclillas en su tarea de poner cintas adhesivas y una bandada de moscas sobre el cadáver. Cousins había examinado las tres primeras víctimas del Hombre Lobo, y esa continuidad era positiva para el caso; no solo porque él sabía qué detalles buscar, como indicios característicos del Hombre Lobo, sino porque además podría detectar cualquier detalle discrepante respecto a los otros asesinatos, cualquier señal indicativa de un cambio en el modus operandi: arma distinta u otro ángulo de agresión, por ejemplo. Flight iba haciéndose pieza a pieza una imagen mental del Hombre Lobo, pero era Cousins quien podía señalarle cómo encajaban esas piezas.

—¿Inspector Flight?

—Sí. —Un hombre con chaqueta de tweed venía hacia ellos por la senda, con varios bultos y un agente uniformado a la zaga. Dejó los bultos en el suelo y se presentó.

—Soy John Rebus. —Flight lo miró con cara inexpresiva—. El inspector John Rebus —añadió, tendiendo la mano que Flight estrechó, sintiendo un fuerte apretón.

—Ah, claro —dijo—. Acaba de llegar, ¿no? —añadió, mirando hacia el equipaje—. No le esperábamos hasta mañana, inspector.

—Bueno, es que al llegar a King’s Cross oí que... —dijo Rebus señalando con la barbilla el camino de sirga iluminado—. Así que decidí presentarme directamente.

Flight asintió con la cabeza, con fingida preocupación. En realidad, buscaba ganar tiempo para entender bien el habla con marcado acento escocés de Rebus. Un agente de la policía científica que estaba en cuclillas se incorporó y se acercó al grupo.

—Hola, doctor Cousins —dijo antes de dirigirse a Flight—. Hemos acabado; si el doctor Cousins quiere echar un vistazo...

Flight se volvió hacia Philip Cousins, que asintió muy serio con la cabeza.

—Vamos allá, Penny.

Flight se disponía a seguirlos cuando se acordó del recién llegado y se volvió hacia John Rebus, bajando inmediatamente la vista de su rostro hacia la rústica y pesada chaqueta; parecía salida de Dr. Finlay’s Casebook, y, desde luego, fuera de lugar en aquel camino de sirga urbano en plena noche.

—¿Quiere echar un vistazo? —inquirió Flight condescendiente, y vio que Rebus asentía sin entusiasmo—. Muy bien, deje ahí el equipaje.

Echaron a andar siguiendo a Cousins e Isobel, que iban ya unos dos metros por delante. Flight señaló hacia ellos.

—Probablemente habrá oído hablar del doctor Philip Cousins —dijo, pero Rebus negó despacio con la cabeza, y Flight le miró como a alguien incapaz de reconocer a la reina en un sello de correos—. Ah —comentó secamente, y volvió a señalar—. Y ella es Isobel Penny, ayudante del doctor Cousins.

Al oír su nombre, Isobel volvió la cabeza y sonrió. Tenía un rostro atractivo, redondo e infantil, y un arrebol en las mejillas. Físicamente, era la antítesis de su compañero, pues, aunque alta, era bien proporcionada —lo que el padre de Rebus habría calificado de huesos grandes— y tenía un cutis saludable en contraste con el macilento de Cousins. Rebus no recordaba haber conocido a ningún forense de aspecto saludable, lo que atribuía a las horas que pasaban trabajando con luz artificial.

Llegaron al sitio en que yacía el cadáver. Lo primero que vio Rebus fue alguien que le enfocaba a él con una cámara de vídeo, que desplazó a continuación en dirección al cadáver. Flight se puso a hablar con un agente del equipo de la policía científica, sin mirarse ninguno de los dos a la cara, fijando su atención en los trozos de cinta adhesiva que acababan de despegar cuidadosamente del cadáver y que el agente sostenía en la mano.

—Sí —dijo Flight—, espere a enviarlos al laboratorio porque en el depósito aplicaremos más trozos.

El agente asintió con la cabeza y se alejó. Se oyó un ruido en el río, Rebus se volvió y vio a un hombre rana que salía a la superficie, miraba a su alrededor y volvía a sumergirse. Conocía un lugar igual que aquel en Edimburgo, un canal que discurría al oeste de la ciudad entre parques, cervecerías y solares vacíos. Allí tuvo él que investigar un crimen en cierta ocasión: el cadáver de un vagabundo que apareció bajo un puente en la orilla del canal. Dieron enseguida con el asesino, otro vagabundo con el que había discutido por una lata de sidra, y el tribunal dictaminó homicidio, pero no había sido homicidio, sino asesinato. A Rebus no se le olvidaría.

—Creo que hay que envolver las manos inmediatamente —dijo el doctor Cousins con un evidente acento de los condados aledaños de Londres—. En el depósito las examinaré con detenimiento.

—Perfecto —comentó Flight, alejándose para coger más bolsas de plástico. Rebus observó al forense en acción. Tenía en la mano una pequeña grabadora a la que dirigía sus comentarios; entre tanto, Isobel Penny sacó un bloc y comenzó a dibujar el cadáver.

—Probablemente, la pobre mujer cayó ya muerta al suelo —dijo Cousins—. Leves indicios de magulladuras. Hipostasis coherente en apariencia con el terreno. Yo diría que murió aquí mismo.

Cuando Flight regresó con las bolsas, Cousins, bajo la persistente mirada de Rebus, había tomado la temperatura corporal y la temperatura interna. La senda donde estaban era larga y casi recta; el asesino habría podido ver cómodamente si alguien se acercaba. Además, había casas en la calle más próxima desde las que habrían podido oírse gritos; al día siguiente harían la indagación puerta a puerta. Allí, la senda junto al cadáver estaba llena de basura: latas de bebida oxidadas, envoltorios de patatas fritas y de caramelos y papeles de periódicos rotos y sucios. En el río flotaban también desperdicios y en la superficie asomaba el manillar rojo de un carrito de supermercado. Vieron salir a la superficie la cabeza y los hombros de otro buceador. En el puente por el que la calle cruzaba sobre el río se había congregado una multitud que contemplaba el escenario del crimen. Agentes de uniforme trataban de hacer circular a los curiosos, acordonando lo más posible la zona.

—Por las señales en las piernas, la tierra y algunos arañazos y hematomas —prosiguió la voz—, diría que la víctima cayó al suelo o que fue empujada o presionada hacia el suelo por detrás y que posteriormente se le dio la vuelta.

La voz del doctor Cousins era serena, neutra. Rebus suspiró hondo varias veces y pensó que bastante había retrasado ya lo inevitable. Había acudido a aquel lugar para demostrar buena voluntad y hacer ver que no estaba en Londres en viaje de placer, pero ahora que se encontraba ya allí, consideró que debía examinar de cerca el cadáver. Dio la espalda al canal, a los hombres rana, a los curiosos y a los agentes que había tras el cordón, dejó atrás su equipaje, olvidado al final de la senda, y miró al cadáver.

La víctima estaba tumbada de espaldas con los brazos a los costados y las piernas juntas; tenía las medias y las bragas bajadas hasta la altura de las rodillas, pero la falda la cubría, aunque por detrás estaba arrugada. Tenía abierta la cremallera de la cazadora azul celeste y la blusa desgarrada, aunque el sujetador estaba intacto. Su pelo era negro, largo y liso, y llevaba pendientes de aro grandes. Su rostro habría sido bonito años atrás, pero la vida lo había ajado, dejando sus señales. También el asesino había dejado las suyas: sangre en la cara y en el pelo apelmazado, procedente de un tajo en la garganta. Pero también debajo del cadáver había sangre que encharcaba el suelo por debajo de la falda.

—Vamos a darle la vuelta —dijo el doctor Cousins a la grabadora, al tiempo que lo hacía con ayuda de Flight, y a continuación apartaba el pelo de la nuca de la mujer—. Herida penetrante —añadió para la grabadora—, coherente con el gran corte de la garganta; de salida, diría yo.

Pero Rebus no escuchaba ya realmente al médico. Ahora miraba horrorizado la parte del cuerpo en que la falda estaba remangada: había mucha sangre, gran cantidad de sangre que manchaba la rabadilla, las nalgas y la parte superior de los muslos. Por los informes que llevaba en la cartera, sabía la causa de tal profusión de sangre, sin que por ello resultara más llevadero contemplar la realidad, el crudo horror de la realidad. Respiró hondo de nuevo varias veces. Nunca había vomitado en un escenario del crimen y no iba a hacerlo ahora.

«Nada de cagadas», le había dicho el jefe. Era cuestión de orgullo. Pero Rebus sabía que el propósito de su viaje a Londres era realmente serio y nada tenía que ver con «orgullo», con «lucirse» o con «actuar lo mejor posible». El objeto del viaje era cazar a un pervertido, a un sádico atrozmente brutal, y hacerlo antes de que volviera a matar. Y si hacían falta balas de plata, Dios, pues balas de plata habría.

Rebus temblaba todavía cuando en la furgoneta de operaciones le dieron un vaso de té.

—Gracias.

Bueno, la carne de gallina podía achacarse al frío. Aunque no hacía tanto frío. El cielo nuboso ayudaba, y no corría viento. Sí, claro, en Londres hacía siempre unos cuantos grados más de temperatura que en Edimburgo en cualquier época del año, y no era el mismo viento, aquel viento cortante y helado que barría las calles de Edimburgo en verano e invierno. Realmente, si le hubieran preguntado cómo era la noche, él habría dicho que era templada.

Cerró los ojos un instante, no por cansancio, sino tratando de anular la visión del cadáver frío de Jean Cooper; pero parecía tenerlo colgado en las pestañas en todo su esplendor horripilante. Le fue de cierto alivio advertir que hasta el inspector George Flight parecía afectado: actuaba, se movía y hablaba como si hubiera perdido energía, más en sordina, como si reprimiera conscientemente sus emociones, el fuerte deseo de gritar o dar una patada al aire. Ya salían los hombres rana del río sin haber encontrado nada. Lo rastrearían de nuevo por la mañana, pero su modo de hablar delataba sus pocas esperanzas. Flight escuchó su informe y asintió con la cabeza; Rebus no le quitaba ojo desde detrás del vaso de té.

George Flight tenía casi cincuenta años; era algo mayor que Rebus. No era bajo, pero su aspecto era más bien achaparrado, se le insinuaba cierto estómago, pero en un tronco musculoso. Rebus no se las habría prometido muy felices en una pugna física con él. Flight tenía el pelo muy moreno y espeso, pero escaso en la coronilla; vestía una cazadora de cuero y vaqueros. Muy pocos cuarentones podían evitar tener aspecto ridículo en vaqueros, pero Flight sí; le sentaban bien a su talante y a sus andares rápidos y directos.

Tiempo atrás, Rebus había clasificado en tres grupos a los agentes del DIC, por su vestimenta: los de la brigada con cazadora de cuero y vaqueros, con ínfulas de tener el mismo aspecto de lo que ellos mismos se sentían; los mercaderes pulcros de traje y corbata, a la caza de ascensos y respeto (no necesariamente en ese orden) y los indefinidos cuya vestimenta era generalmente el resultado de una mañana de compras en algún gran almacén importante.

La mayoría de los agentes del DIC eran indefinidos y Rebus se consideraba miembro de ese grupo. Pero un día que se miró en un espejo de cuerpo entero advirtió que tenía un aspecto decente. Los de traje con corbata no se llevaban bien con los de cazadora de cuero y vaqueros.

Flight estrechaba la mano a un individuo de apariencia importante, quien, tras el apretón de manos, las metió en los bolsillos para escucharle con la cabeza ladeada, asintiendo de vez en cuando como si reflexionara. Vestía traje negro con chaleco de lana; tan elegante como si hubiera sido pleno día. Casi todos los agentes comenzaban a dar signos de cansancio por sus caras y su desgaire. Las únicas excepciones eran aquel hombre y Philip Cousins.

El desconocido estrechó la mano del doctor Cousins y saludó a su ayudante. En ese momento Flight hizo un gesto hacia la furgoneta... no, hacía él. Venían hacia él. Rebus apartó el vaso del rostro y se lo cambió a la mano izquierda por si acaso tenía que saludar al recién llegado.

—Le presento al inspector Rebus —dijo Flight.

—Ah, nuestro hombre del norte de la frontera —dijo el hombre de aspecto importante con una irónica sonrisa de superioridad. Rebus replicó a la sonrisa mirando a Flight.

—Inspector Rebus, le presento al inspector jefe Howard Laine.

—¿Cómo está usted?

Apretón de manos. A Rebus, Howard Laine le sonaba a nombre de calle.

—Y bien —dijo el inspector jefe Laine—, ¿qué, ha venido a echarnos una mano con nuestro problemita?

—Bueno —contestó Rebus—, no estoy muy seguro de qué es lo que puedo hacer, señor, pero tenga la seguridad de que haré cuanto pueda.

Se hizo una pausa y Laine sonrió sin decir nada. La verdad golpeó a Rebus como un rayo que parte un árbol: ¡no le entendían! Le miraban sonrientes, pero no entendían su forma de hablar. Se aclaró la garganta y repitió:

—Haré cuanto pueda, señor.

Laine volvió a sonreír.

—Magnífico, inspector, magnífico. Bien, estoy seguro de que el inspector Flight le pondrá al corriente de todo. ¿Está bien alojado?

—Bueno, realmente...

Flight le interrumpió.

—El inspector Rebus vino aquí directamente nada más enterarse del asesinato. Acaba de llegar a Londres.

—¿Ah, sí? —inquirió Laine, impresionado, pero Rebus advirtió que mostraba inquietud por aquella charla intrascendente, pues no le gustaba dar la impresión de que tenía tiempo para charlas, y buscaba con la mirada un pretexto para irse—. Bien, inspector, ya nos veremos —añadió, y volviéndose hacia Flight—: Tengo que marcharme, George. ¿Todo en orden? —Flight asintió con la cabeza—. Muy bien, entonces, bueno...

Y el inspector jefe se dirigió a su coche con Flight. Rebus dio un profundo suspiró. Se sentía como gallina en corral ajeno. Se daba cuenta de que allí sobraba y se preguntó de quién habría sido la idea de asignarlo al caso del Hombre Lobo. Algún gracioso, seguro. Su jefe le había mostrado la carta.

—John, por lo visto se ha convertido en experto en asesinos en serie —dijo— y en la metropolitana están algo faltados de especialistas en este momento. Quieren que vaya a Londres unos días, a ver si se le ocurre algo y pueda tal vez darles algunas ideas.

Rebus, sin acabar de creérselo, leyó la carta que mencionaba un caso de hacía años, el de un asesino de niños, un caso que él había resuelto; pero eran homicidios personales, no crímenes en serie.

—Yo no sé nada sobre asesinos en serie —protestó Rebus.

—Bueno, en ese caso estará en igualdad de condiciones, ¿no cree?

Y ahora allí estaba, en un paraje del nordeste de Londres, con un vaso de té infecto entre las manos, el estómago vacío, los nervios de punta y el equipaje tan solo y fuera de lugar como él mismo. Allí, para solucionar lo insoluble: «nuestro hombre del norte de la frontera». ¿A quién se le había ocurrido enviarle a Londres? A ningún cuerpo de policía de la localidad que sea le agrada admitir el fracaso, pero obligándole a él a ir allí, era precisamente el papel que asumía Scotland Yard.

Después de despedir a Laine, Flight parecía más tranquilo; dirigió incluso una sonrisa de aliento a Rebus antes de dar órdenes a dos hombres que Rebus sabía que eran empleados del depósito. Estos fueron a la furgoneta y volvieron con un gran trozo de plástico doblado, cruzaron el cordón policial, se detuvieron frente al cadáver y dejaron el plástico a un lado. Era una bolsa transparente de casi dos metros de largo con cremallera de arriba abajo. El doctor Cousins permaneció atento a la operación de los dos hombres, que abrieron la bolsa, metieron el cadáver y cerraron la cremallera. Un fotógrafo tomó unas cuantas fotografías con flash, y a continuación los dos empleados cargaron con el cadáver hasta la furgoneta.

Rebus advirtió que de la multitud solo quedaban algunos curiosos. A uno de ellos, un joven que llevaba un casco de motorista en la mano y vestía cazadora de cuero con brillantes cremalleras plateadas, un agente uniformado le instaba a circular.

Se sentía como un curioso más y pensó en series de televisión y en películas en donde en cuestión de minutos un enjambre de policías irrumpe en el escenario del crimen (destruyendo de paso las pruebas científicas) y resuelven el homicidio en hora u hora y media. De risa. El trabajo de la policía era eso: trabajo. Un trabajo tenaz, rutinario, aburrido, frustrante y nada rápido, sobre todo. Miró el reloj y eran las dos en punto. Su hotel estaba en el centro de Londres, en algún lugar detrás de Picadilly Circus; tardaría otra media hora o tres cuartos en llegar, y eso suponiendo que hubiese un coche patrulla disponible.

—¿Vamos?

Era Flight que estaba a unos pasos de él.

—Pues vamos —dijo Rebus, sabiendo muy bien a qué se refería y más exactamente adónde iban.

—Tengo que admitir, inspector Rebus —añadió Flight sonriendo—, que es incansable.

—La famosa tenacidad escocesa —comentó Rebus, citando a una de las crónicas deportivas sobre el partido de rugby del domingo.

Flight se echó a reír brevemente y Rebus se sintió contento de haber acudido allí. Tal vez no se había roto totalmente el hielo, pero sí un buen trozo del iceberg.

—Vamos, pues; tengo ahí mi coche. Ordenaré a un chófer que meta en su maletero el equipaje porque la cerradura del mío está bloqueada. Hace semanas que trataron de forzarla con una palanca —dijo mirando inopinadamente a Rebus a la cara—. Hoy en día no se está seguro en ningún sitio —añadió—. En ninguno.

En la calle principal había ya bastante barullo entre voces y portezuelas que se cerraban de golpe; en el lugar quedarían varios agentes, por supuesto, pero otros volverían al calor de sus comisarías o —¡lujo difícil de imaginar!— a su propia cama. Varios coches seguirían al furgón mortuorio hasta el depósito.

Rebus tomó asiento junto a Flight, delante, y ambos se esforzaron torpemente por el camino en iniciar una conversación, casi sin lograrlo hasta poco antes de llegar a su destino.

—¿Se sabe quién era? —inquirió Rebus.

—Jean Cooper —contestó Flight—. Llevaba el carnet en el bolso.

—¿Andaba por esa senda por algún motivo concreto?

—Iba camino de su casa al salir del trabajo. Trabajaba en una franquicia cerca de allí. La hermana nos ha dicho que terminaba la jornada a las siete.

—¿Cuándo encontraron el cadáver?

—A las diez menos cuarto.

—Hay un largo intervalo de tiempo.

—Hay testigos que la vieron en el Dog and Duck, que es un pub cercano a su lugar de trabajo al que solía ir algunas tardes a tomar una copa. La camarera dice que se marchó hacia las nueve.

Rebus miró por el parabrisas. Había todavía bastante tráfico teniendo en cuenta lo tarde que era y deambulaban grupos de jóvenes y peatones alborotadores.

—Hay una discoteca muy concurrida ahí en Stokie —dijo Flight—, pero a esta hora ya no hay autobuses y vuelven a casa a pie.

Rebus asintió con la cabeza y a continuación inquirió:

—¿En Stokie?

Flight sonrió.

—Store Newington. Seguramente pasó por ahí viniendo de King’s Cross.

—Dios sabe —contestó Rebus—. A mí todo me pareció igual. Me da la impresión de que el taxista me la jugó como a un turista. Tardamos tanto desde King’s Cross que pensé que recorríamos la M25 —añadió Rebus, esperando que Flight riera, pero solo reaccionó con un esbozo de sonrisa. Se hizo otra pausa—. ¿Era soltera esa Jean Cooper? —preguntó al fin.

—Casada.

—No llevaba alianza.

Flight asintió con la cabeza.

—Estaba separada; vivía con la hermana y no tenía hijos.

—¿Y salía a beber sola?

Flight miró a Rebus.

—¿A qué viene eso? —inquirió.

Rebus se encogió de hombros.

—Por nada, simplemente porque si iba sola a los pubs puede que allí conociera al asesino.

—Es posible.

—De todos modos, lo conociera o no, el asesino pudo haberla seguido desde el pub.

—Mañana indagaremos quiénes estaban presentes, pierda cuidado.

—O bien —añadió Rebus, pensando en voz alta— el asesino esperó junto al río a que pasara y alguien pudo haberlo visto.

—Ya indagaremos —dijo Flight, ahora con voz más seca.

—Perdone —dijo Rebus—. Soy un caso grave de meterme donde no me llaman.

Flight se volvió otra vez hacia él en el momento en que cruzaban hacia la izquierda la verja de un hospital.

—No es eso —dijo—, cualquier comentario es bien recibido. Tal vez se le ocurra algo en lo que yo no he pensado.

—Sí, claro —replicó Rebus—. Es que esto no habría sucedido en Escocia.

—¿Ah, no? —comentó Flight con media sonrisa irónica—. ¿Y por qué? ¿Son demasiado civilizados en el gélido norte? Pues yo recuerdo que antes eran los peores gamberros del mundo en los partidos de fútbol. Quizá sigan siéndolo, pero me parece que ahora son más mosquitas muertas.

—No —replicó Rebus negando con la cabeza—, me refería a que eso no le habría ocurrido a Jean Cooper, porque en Escocia las franquicias no abren en domingo.

Rebus permaneció en silencio mirando a través del parabrisas a solas con sus pensamientos, pensamientos que giraban en torno a un solo tema: que te den por el saco. Desde hacía años esas palabras se habían convertido para él en un mantra: QTDPS. Al londinense le habían bastado veinte minutos de trayecto para darle su opinión sobre los escoceses.

Al bajar del coche, Rebus miró por la ventanilla trasera y vio en ese momento lo que había en el asiento de atrás. Abrió la boca para hacer un comentario, pero Flight alzó una mano.

—No pregunte nada —dijo, cerrando la portezuela de golpe—. Y escuche: perdone por lo que le dije antes...

Rebus se limitó a encogerse de hombros, pero no acababa de entenderlo. Definitivamente, tendría que haber alguna explicación lógica de por qué un inspector de policía llevaba un enorme osito de peluche en el asiento trasero del coche al acudir al escenario del crimen. Pero no se le ocurría la menor explicación.

Los depósitos de cadáveres son lugares donde los muertos dejan de ser personas y se convierten en bolsas de carne, menudillos, sangre y huesos. Rebus no se había mareado en ningún escenario del crimen, pero las primeras veces que le tocó ir al depósito no tardó en vomitar.

El encargado del depósito era un hombrecillo alegre, con una mancha de nacimiento que le cubría un cuarto de la cara; debía de conocer muy bien al doctor Cousins y tenía ya todo preparado para la llegada de la difunta y el habitual cortejo de policías. Cousins miró la sala de autopsias mientras la hermana de Jean Cooper pasaba a una antesala contigua al efecto de hacer la identificación oficial. Fue cuestión de segundos, entre llantos, y a continuación unos policías la alejaron del lugar, consolándola. La llevarían a su casa, pero Rebus dudaba mucho de que pudiese conciliar el sueño durante varias noches. Realmente, sabiendo lo que tardaba un forense minucioso, dudaba que nadie se fuera a la cama antes de que amaneciera.

Finalmente, metieron la bolsa con el cadáver en la sala de autopsias y colocaron el cuerpo de Jean Cooper en una plancha de mármol bajo el zumbido y la fuerte iluminación de los tubos fluorescentes. Era una sala limpísima, pero antigua, con desconchones en los azulejos de las paredes y olor a productos químicos. Hablaban en voz baja, pero no tanto por respeto sino por un extraño temor; el depósito era al fin y al cabo un memento mori, y lo que iban a hacer con el cadáver de Jean Cooper sería como un recordatorio para los presentes de que el cuerpo era un templo y que era posible saquearlo, dispersar sus tesoros y desvelar sus íntimos secretos.

Una mano se apoyó amigablemente en el hombro de Rebus, que se volvió, sorprendido, hacia el hombre que tenía al lado. «Hombre» era en cierto modo una simplificación de aquel individuo alto y serio, de pelo cortado a cepillo y rostro de adolescente víctima del acné; tenía aspecto de quinceañero, pero Rebus calculó que pasaría de los veinte.

—Usted es el escochi, ¿verdad? —inquirió con curiosidad y frialdad al mismo tiempo. Rebus no contestó. «QTDPS»—. Sí, claro. Aún no ha resuelto el caso, ¿eh? —añadió con una sonrisa, tres cuartos irónica y un cuarto despreciativa—. No necesitamos ayuda.

—Ah, veo que conoce ya al agente Lamb —terció Flight—. Iba a presentárselo.

—Encantado —dijo Rebus, mirando con cara de palo la frente llena de granos de Lamb. «¡Lamb!». No había en el mundo un apellido menos exacto y merecido, pensó Rebus. En la mesa de operaciones, el doctor Cousins lanzó un carraspeo.

—Caballeros —dijo como preámbulo a la autopsia, y todos guardaron silencio. Del techo pendía un micrófono hasta cierta altura del mármol de la autopsia. Cousins se volvió hacia el técnico—. ¿Todo listo? —inquirió. El técnico asintió con la cabeza, finalizando el ordenamiento del instrumental.

Rebus sabía qué eran aquellos instrumentos metálicos, y había visto utilizarlos: separadores, sierra y taladro. Algunos eran eléctricos, pero los había manuales; el sonido de los eléctricos era horroroso, pero, al menos, el trabajo era más rápido, mientras que los manuales hacían un ruido igual de desagradable, que no parecía acabar nunca. De todos modos, habría un intervalo antes de que entraran en acción, pues primero se abordaba el proceso lento y minucioso de desvestir el cadáver y meter las prendas en bolsas para la policía científica.

Mientras Rebus y los demás observaban la escena, los dos fotógrafos tomaban fotos para el archivo de cada fase del proceso, unas en blanco y negro y las otras en color. El operador del vídeo había desertado debido al bloqueo de la cámara por efecto de la cinta barata. O al menos es lo que alegó para marcharse del depósito.

Finalmente, una vez desnudo el cadáver, Cousins señaló ciertas zonas que requerían instantáneas de primer plano. A continuación, entraron de nuevo los agentes de la policía científica con trozos de cinta adhesiva y efectuaron sobre el cuerpo desnudo la misma operación realizada en el camino de sirga. Por algo se les llamaba los hombres «celo».

Cousins se acercó al grupo que formaban Rebus, Flight y Lamb.

—Me muero por una taza de té, George.

—Veré qué puedo hacer, Philip. ¿Para Isobel también?

Cousins miró hacia donde estaba su ayudante haciendo otro dibujo del cadáver, sin reparar en los disparos de los fotógrafos.

—Penny, ¿un té? —preguntó.

Ella abrió un poco los ojos, sorprendida, y asintió entusiasmada con la cabeza.

—De acuerdo —dijo Flight yendo hacia la puerta, y Rebus pensó que para él era un respiro salir de allí aunque fuese un rato.

—Qué puerco —comentó Cousins, y Rebus pensó por un instante si se referiría a George Flight, pero Cousins dirigió un ademán hacia el cadáver—. Hacer eso una y otra vez, sin motivo, por simple... bueno, placer, supongo.

—Siempre hay un motivo, señor —dijo Rebus—. Usted mismo acaba de decirlo. Placer es su motivación. Aunque ese modo de matar, eso que hace... sí, eso refleja otro móvil que nosotros ignoramos.

Cousins le miró y Rebus advirtió un brillo de amabilidad en sus ojos.

—Bien, inspector, esperemos que alguien descubra lo que sea sin tardanza. Cuatro muertes en cuatro meses. Ese hombre tiene una constancia lunar.

—Ya se sabe que a los hombres lobo les afecta la luna, ¿no? —comentó Rebus sonriente.

Cousins se echó a reír. Fue una carcajada profunda y fuerte que sonó muy extemporánea en aquella dependencia. Lamb no rió, ni sonrió siquiera, porque no estaba atento al diálogo, cosa que alegró a Rebus. Pero Lamb no quería quedar al margen.

—Para mí que está loco de remate, ¿entienden?

—Bueno —replicó Cousins como si el comentario estuviera de más para tomarlo en consideración—, no perdamos tiempo. —Se volvió hacia la plancha en que yacía el cadáver—. ¿Han terminado, caballeros? —Los agentes de la científica asintieron al unísono con la cabeza—. ¿Han quitado la bisutería? —Volvieron a asentir—. Bien. Si están listos, sugiero que comencemos.

El comienzo no era nunca demasiado desagradable. Mediciones y descripción física: estatura, un metro sesenta y siete con cincuenta; pelo moreno, etc. En otras bolsas de polietileno fueron guardando restos recogidos en las uñas y otros residuos. Rebus tomó nota mental de comprar acciones de la empresa fabricante de aquellas bolsas; había participado en casos de homicidio en que se gastaban a centenares.

Poco a poco, el proceso fue tomando peor cariz. Recogieron muestras de la vagina de Jean Cooper y a continuación Cousins se dispuso a emprender una tarea más importante.

—Gran herida incisa en la garganta. A juzgar por el tamaño, yo diría que el cuchillo fue retorcido en la herida. Se trata de un cuchillo pequeño, y a juzgar por la herida de salida, calculo que con una hoja de unos trece centímetros de largo y unos dos y medio de ancho, y de punta muy aguda. La piel en torno a la herida de entrada muestra cierto hematoma, indicativo de que el cuchillo penetró con bastante fuerza.

»No hay en manos y brazos señales de heridas defensivas, por lo que la víctima no tendría tiempo de presentar resistencia. Cabe la posibilidad de que se le aproximasen por detrás. Hay en torno a la boca y en la mejilla derecha manchas de carmín. Si la agredieron por detrás, un posible escenario sería que el agresor le tapase la boca con la mano izquierda para impedir que gritase, pringándola con el carmín de los labios, mientras la acuchillaba con la mano derecha. Se aprecia en la herida del cuello una leve inclinación hacia abajo, lo que indicaría una persona más alta que la víctima.

Cousins volvió a aclararse la garganta. Bueno, pensó Rebus, de momento quedaban fuera de la lista de sospechosos el empleado del depósito y uno de los fotógrafos; la estatura del resto de los presentes era superior a un metro sesenta y siete.

La pausa les dio una oportunidad de mover los pies, carraspear y mirarse unos a otros, comprobando la palidez de algunos. A Rebus le sorprendió que el forense hablase de «escenarios», que era tarea de ellos, no de él. Los forenses con quienes él había trabajado exponían los hechos escuetos, dejándole a él las deducciones. Tal vez este fuese un policía frustrado, porque a él le costaba creer que nadie eligiera ser forense por vocación.

El inspector Flight trajo el té servido en tres vasos sobre una bandeja de plástico. Cousins e Isobel Penny cogieron cada uno el suyo, y Flight, el tercero. Hubo miradas de envidia por parte de algunos agentes, Rebus entre ellos.

—Bien —dijo Cousins entre dos sorbos de té—, pasaré a examinar la herida anal.

El asunto tomaba peor cariz. Rebus intentó concentrarse en lo que Cousins decía, pero le costaba. Con el mismo cuchillo en cuestión se habían practicado varias cuchilladas en el ano; había señales de rozaduras en la zona de los muslos, puestos al descubierto al bajar brutalmente los leotardos. Rebus miró a Isobel Penny, pero, salvo un ligero rubor en sus mejillas, comprobó que mantenía la misma actitud distanciada. No cabía duda de que estaba acostumbrada. Y, además, seguramente habría visto cosas peores. No, no, peor que aquello, era imposible. ¿O sí?

—El estómago presenta interés —decía Cousins—. La blusa fue desgarrada para dejarlo al descubierto y hay en la piel dos líneas de leves pellizcos curvados que arañan y abren la epidermis, aunque son apenas perceptibles y no hay sangre, por lo que afirmaría que fue llevado a cabo después de apuñalarla. De hecho, una vez muerta la víctima. Hay algunas manchas secas en el vientre cerca de esos mordiscos. Sin prejuicio de otra posibilidad, la anterior evidencia de tres casos muy similares demostró que tales manchas eran de naturaleza salina: lágrimas o quizás gotas de sudor. A continuación voy a tomar la temperatura corporal.

Rebus estaba muerto de sed. Tenía calor, el cansancio se le infiltraba en los huesos y, por la falta de sueño, la escena adquiría una calidad irreal: veía un halo en torno al forense, su ayudante y el técnico de autopsias, le parecía que las paredes se movían y evitaba mirarlas por temor a perder el equilibrio. Cruzó casualmente una mirada con Lamb y este le dirigió una fea sonrisa y un guiño aún peor.

Ahora aplicaban el primer lavado al cadáver para eliminar las manchas marrón claro y negras y la sangre de la melena apelmazada. Cousins lo examinó una vez más sin descubrir nada nuevo y, a continuación, volvieron a tomar las huellas dactilares. Se acercaba el momento del examen interno.

Practicaron una profunda y larga incisión frontal y recogieron muestras que entregaron a los agentes de la científica, muestras de orina, de los contenidos estomacales, del hígado, del vello (cejas incluidas) y muestras tisulares. Era un proceso que impacientaba a Rebus, porque resultaba evidente cómo había muerto la víctima. ¿Para qué ocuparse de todo aquello? Pero a lo largo de los años había aprendido que lo visible, las heridas externas, muchas veces no era tan importante como lo que no se ve; esos diminutos secretos que solo se detectan al microscopio o por un análisis químico. Por ello, había aprendido a tener paciencia y la puso en práctica, reprimiendo un bostezo cada medio minuto.

—¿Le estoy aburriendo? —oyó decir en un educado murmullo a Cousins, que alzó la vista y le sonrió al cruzar la mirada con la suya.

—En absoluto —contestó Rebus.

—Ah, bueno. Estoy convencido de que a todos nosotros, en vez de aquí, nos gustaría estar en casa en la cama. —Sólo el técnico con la marca de nacimiento no parecía candidato a la veracidad de la afirmación. Cousins introdujo la mano en la cavidad torácica del cadáver—. Acabaré lo antes posible.

No era la visión de aquel examen lo que hacía palidecer a los agentes, pensó Rebus, sino el efecto de los ruidos que lo acompañaban, la sajadura de la carne, cual si un carnicero cortara filetes; el borboteo de líquidos y el chirrido sordo de los instrumentos cortantes. De ser posible taparse los oídos, quizá fuese todo más soportable; pero, muy al contrario, sus oídos acusaban una extraordinaria sensibilidad en aquella sala. La próxima vez usaría tapones de algodón. La próxima vez.

Extrajeron las vísceras torácicas y abdominales, las depositaron en una plancha de mármol aparte y las limpiaron con una manguera para que Cousins las analizara. Mientras tanto, el ayudante entró en acción y extrajo el cerebro utilizando una pequeña sierra circular eléctrica. Rebus cerró los ojos, pero, a pesar de ello, la sala se movía. Ya falta poco, pensó. Gracias a Dios, falta poco. Pero ahora no eran solo los ruidos, sino el olor, era eso, ¿no? Sí, también el olor, ese aroma inconfundible a carne cruda que se adhiere a la nariz como un perfume, invade los pulmones y se pega al paladar de tal modo, que se convierte en la boca en una picazón, en un auténtico sabor. Sintió que se le revolvía levemente el estómago, pero se lo frotó suavemente con una mano, a escondidas. Aunque no tan a escondidas.

—Si está a punto de arrojar —terció Lamb, hablando de nuevo entre dientes, como un súcubo, por encima de su hombro— váyase. —Espetó, conteniendo la risa seca pausadamente como un motor que se cala. Rebus volvió a medias la cabeza y le obsequió con una sonrisa de pocos amigos.

No tardaron en recoger todo aquel heterogéneo material, y Rebus se dijo que antes de que los parientes vieran los restos mortales de Jean Cooper, el cadáver habría recobrado su aspecto normal.

Como de costumbre, al final de la autopsia la asistencia había quedado reducida a silenciosa abstracción. Todo hombre y mujer presente participaba de la misma materia que Jean Cooper y se veía ahora temporalmente despojado de su propia personalidad. Todos eran cuerpos, animales, conjuntos de vísceras. La única diferencia entre ellos y Jean Cooper era que sus corazones seguían latiendo; pero algún día cada uno de aquellos corazones dejaría de latir y sería el final, al margen de la posibilidad del ingreso en aquella carnicería, aquel desolladero.

Cousins se quitó los guantes de goma, se lavó minuciosamente las manos y cogió las toallas de papel que le tendía el ayudante.

—Pues ya está, caballeros, en espera de que Penny pase las notas a máquina. Asesinada entre las nueve y las nueve y media, a mi entender. El mismo modus operandi del llamado Hombre Lobo. Creo que la autopsia que acabo de practicar es la de su cuarta víctima. Mañana haré que venga Anthony Morrison a examinar las señales de dientes, a ver qué dice.

Todos parecían saber quién era, menos Rebus.

—¿Quién es Anthony Morrison? —preguntó.

—Un forense dental —contestó Cousins—. Y muy bueno. Él recogió datos sobre los otros tres asesinatos. Sus análisis de las marcas dentales han sido de gran utilidad —añadió el doctor, volviéndose hacia Flight en espera de confirmación, pero Flight se miraba la punta de los zapatos como pensando «Yo no diría tanto».

—Bien —prosiguió Cousins como aceptando la silenciosa reserva—, en cualquier caso, tienen mis datos. A partir de ahora quedan en manos de su laboratorio. Ahí —añadió señalando con la barbilla la masa eviscerada del cadáver— poca cosa hay que pueda contribuir a su investigación. Así pues, creo que me marcho a casa a acostarme.

A Flight le pareció que Cousins se había incomodado con él.

—Gracias, Philip —dijo poniendo la mano en el brazo del patólogo, quien miró la mano, a Flight, y sonrió.

Acabada la autopsia, los asistentes fueron saliendo despacio al frío y la oscuridad del amanecer que apenas despuntaba. El reloj de Rebus marcaba las cuatro y media. Se encontraba totalmente rendido y se habría tumbado tranquilamente en el césped de la fachada del edificio a echar un sueño, pero Flight venía hacia él con el equipaje.

—Vamos, le llevo —dijo.

En su deplorable estado, Rebus recibió aquellas palabras como lo más amable que le decían desde hacía semanas.

—¿Seguro que hay sitio, con ese osito? —comentó Rebus.

Flight hizo una pausa.

—¿O prefiere ir andando, inspector? —espetó.

Rebus alzó las manos en señal de acatamiento y, a continuación, cuando le abrió la portezuela, se acomodó en el asiento del pasajero del Ford Sierra de Flight y sintió como si el vehículo le envolviese.

—Tenga —dijo Flight tendiéndole una petaca. Rebus desenroscó el tapón y olió el contenido—. No va a matarle —añadió Flight. Probablemente, no; olía a whisky. Muy bueno no era, nada de malta ahumada, pero sí una marca decente. Bien, quizá le mantuviera despierto hasta el hotel. Brindó hacia el parabrisas y dejó caer un chorro en la boca.

Flight se sentó al volante, giró la llave de contacto y, con el coche al ralentí, aceptó la petaca que le pasaba Rebus y bebió con ganas.

—¿Queda muy lejos el hotel? —preguntó Rebus.

—A unos veinte minutos a esta hora —contestó Flight, cerrando bien el tapón y guardándose la licorera en el bolsillo—. Eso, parando en los semáforos en rojo.

—Le autorizo a pasárselos.

Flight rió en tono cansino. Ambos pensaban en cómo conducir la conversación hacia el tema de la autopsia.

—Mejor será dejarlo para mañana, ¿no? —dijo Rebus hablando por los dos.

Flight asintió sucintamente con la cabeza y arrancó, saludando con la mano a Cousins y a Isobel Penny que se disponían a subir a su coche. Rebus miró por la ventanilla hacia el agente Lamb, de pie junto a su propio coche, un elegante modelo deportivo. Lo típico, pensó. Lo típico. Lamb devolvió la mirada, acompañándola de su sonrisa irónica.

QTDPS, canturreó mentalmente Rebus. QTDPS. A continuación se volvió en el asiento para mirar el osito de peluche, pero Flight estaba absolutamente decidido a ignorar la insinuación y Rebus, pese a su curiosidad, tampoco estaba dispuesto a torpedear con una impertinencia la posible relación que pudiese establecer con aquel hombre. Había cosas que era mejor dejarlas para el día siguiente.

El whisky le había despejado la nariz, los pulmones y la garganta; respiró hondo, viendo mentalmente al ayudante bajito del depósito, su marca pálida, y a Isobel Penny dibujando como una artista aficionada; por la emoción que mostraba se habría dicho que estaba ante los cuadros de un museo. Se preguntó cuál sería el secreto de su perfecta calma, pero se dijo que, en cualquier caso, él lo imaginaba: su trabajo se había convertido en eso, un trabajo. Tal vez él sentiría algún día lo mismo. Aunque esperaba que no ocurriera.

Durante el trayecto al hotel, Flight y Rebus hablaron aún menos que en el camino al depósito. El whisky iba haciendo su efecto en el estómago vacío de Rebus y en el coche hacía un calor agobiante; abrió la ventanilla un centímetro, pero la corriente de aire frío era peor.

Volvía a revivir mentalmente la autopsia. Los instrumentos cortantes, la extracción de las vísceras, las incisiones y las inspecciones, el rostro de Cousins examinando a escasos centímetros un tejido esponjoso: un simple movimiento nervioso y se habría pringado la cara con... Isobel Penny observándolo todo, anotándolo todo, el corte desde la garganta hasta el pubis... Londres desfilaba velozmente ante él. Flight, tal como había dicho, cruzaba sin detenerse en ciertos semáforos en rojo y aminoraba la marcha en otros. Todavía circulaban algunos coches. La ciudad nunca duerme. Discotecas, fiestas, vagabundos, gente sin techo. Personas con insomnio que sacan a pasear al perro, las panaderías nocturnas y las tiendas que venden «beigel». Unos lo escribían «beigel» y otros «bagel». ¿Qué demonios era un «beigel»? ¿No era lo que comían siempre en las películas de Woody Allen?

Muestras de las cejas, por Dios bendito. ¿Para qué querrían muestras de las cejas? Deberían centrar su interés en el agresor, no en la víctima. Señales de dientes. ¿Cómo se llamaba el dentista? No, no un dentista, un forense dental. Morrison. Sí, eso; Morrison, como la calle de Edimburgo, Morrison Street, cercana al canal de la cervecera, con una pareja de cisnes. ¿Qué sucedería cuando murieran? ¿Los reemplazaría la cervecera? Qué calor hacía en aquel coche rojo. Iba a echar el bofe. El cuchillo retorcido en el cuello. Un cuchillo pequeño; casi podía verlo; como un cuchillo de cocina. Sintió en la boca un gusto picante, acre.

—Ya casi estamos —dijo Flight—. Esto es Shaftesbury Avenue. A la derecha está el Soho. Vaya si hemos limpiado ese antro estos últimos años. No puede imaginárselo. ¿Sabe qué? He estado pensando que el lugar ese en que apareció el cadáver no está muy lejos de donde vivían los Kray, en Lea Bridge Road. Yo era un joven agente por entonces.

—Por favor... —dijo Rebus.

—Mataron a alguien en Stokie. Jack McVitie, creo que se llamaba. Le decían Jack the Hat.

—¿Puede parar aquí? —exclamó Rebus, y Flight le miró.

—¿Qué ocurre?

—Necesito que me dé el aire. Seguiré a pie. Pare el coche, por favor.

Flight iba a protestar, pero detuvo el coche junto al bordillo. Nada más bajarse, Rebus se sintió mejor. Un sudor helado le bañaba la frente, el cuello y la espalda. Respiró hondo mientras Flight dejaba en la acera su equipaje.

—Gracias una vez más —dijo Rebus—. Y discúlpeme. Indíqueme simplemente dónde queda el hotel.

—En Circus —contestó Flight.

Rebus asintió con la cabeza.

—Espero que haya portero de noche —dijo, sintiéndose ya mucho mejor.

—Son las cinco menos cuarto; seguro que se encontrará con el turno de día —dijo Flight riendo brevemente antes de despedirse de Rebus, y añadió con una grave inclinación de cabeza—: Se ha apuntado un tanto esta noche, John, ¿sabe?

Rebus asintió a su vez con la cabeza. «John»: ¿otro trozo de iceberg o simple talante de gestión?

—Gracias —dijo Rebus al darle la mano—. ¿Sigue vigente la reunión a las diez?

—Mejor que sea a las once, ¿no? Mandaré que le recojan en el hotel.

Rebus asintió con la cabeza y cogió el equipaje, pero volvió a inclinarse sobre la ventanilla trasera del coche.

—Buenas noches, osito —dijo.

—¡No se pierda! —le gritó Flight antes de arrancar dando una vuelta en redondo con chirriar de neumáticos para enfilar a toda velocidad por donde habían venido. Rebus miró a su alrededor. Shaftesbury Avenue. Los edificios le abrumaban: cines, tiendas, basura; los restos de una noche de domingo. Un estruendo sordo precedió la aparición por una de las bocacalles brumosas de un camión de la basura; los operarios vestían mono color naranja y no le hicieron el menor caso cuando pasó por su lado. ¿Sería muy larga aquella calle? La curva que describía era más amplia de lo que él había pensado.

Maldito Londres. En aquel momento vio a Cupido en lo alto de la fuente, pero había algo que no cuadraba. El Circus ya no era una plaza; la habían asfaltado y ahora el tráfico pasaba rozando la fuente en vez de circundarla. ¿Por qué diablos alguien había decidido aquello? Seguía sus pasos lentamente un coche que se puso a su altura, un coche blanco con una franja naranja; un coche de la policía. El agente que ocupaba el asiento del pasajero bajó el cristal de la ventanilla y le interpeló.

—Perdone, ¿puede decirme adónde se dirige?

—¿Qué? —replicó Rebus sorprendido, deteniéndose de pronto. El coche se había detenido, igualmente, y conductor y pasajero bajaron de él.

—¿Ese equipaje es suyo?

Rebus sintió que en su interior crecía una profunda indignación, y en ese momento vio su imagen reflejada en la ventanilla del coche patrulla. Eran las cinco menos cuarto y estaba en Londres, en la calle, con una maleta, una bolsa y una cartera. ¿Una «cartera»? ¿Quién diablos iba a ir por la calle con una cartera a esa hora de la madrugada? Lo dejó todo en el suelo y se restregó el puente de la nariz, y, sin casi darse cuenta, sus hombros comenzaron a agitarse y rompió a reír. Los dos agentes uniformados se miraron uno a otro; Rebus reprimió la risa y metió la mano en el bolsillo, al tiempo que uno de los agentes retrocedía un paso.

—Tranquilo, hijo —dijo Rebus sacando su carnet—, soy de los vuestros.

El agente menos suspicaz cogió el carnet, lo examinó y se lo devolvió.

—Está muy lejos de su demarcación, señor.

—Y que lo diga —replicó Rebus—. ¿Cómo se llama, hijo?

El agente le miró receloso.

—Bennett, señor. Joey Bennett. Quiero decir, Joseph Bennett.

—Muy bien, Joey. ¿Me haría un favor? —El agente asintió con la cabeza—. ¿Sabe dónde está el hotel Prince Royal?

—Sí, señor —respondió Bennett señalando con la mano—. A unos cincuenta metros siguiendo...

—Muy bien —le interrumpió Rebus—. Señale hacia dónde sin más. —El joven agente no dijo nada—. ¿Entendido, agente Bennett?

—Sí, señor.

Rebus asintió con la cabeza. Él sabía andar por Londres. Sabía hacerse cargo y desenvolverse.

—De acuerdo —dijo, encaminándose hacia el Prince Royal, pero de pronto se volvió hacia los dos agentes—. Ah, recojan mi equipaje, por favor —añadió, y les volvió la espalda, pero habría jurado oír el ruido de sus maxilares al quedarse boquiabiertos—. ¿O quieren que informe al inspector jefe Laine de que dos agentes suyos hostigaron a un invitado suyo en su primera noche en esta bonita ciudad?

Rebus siguió andando y oyó que los agentes cogían su equipaje y se apresuraban a seguirle, discutiendo si debían o no dejar el coche patrulla sin cerrar. Él aún tuvo fuerzas para sonreír. Una pequeña victoria, un poco chusca; pero qué diablos. En definitiva, estaba en Londres, en Shaftesbury Avenue. Y hacía su numerito.

Por fin, estaba en casa, ella; se lavó bien y después de sentirse un poco mejor, sacó del maletero del coche la bolsa de plástico para basura con las ropas que había vestido; prendas baratas y ligeras. Al día siguiente por la tarde limpiaría el jardín trasero y haría una hoguera.

Ya no lloraba; se había calmado. Siempre se calmaba después de hacerlo. De la bolsa de plástico sacó otra bolsa también de plástico de la que extrajo el cuchillo ensangrentado. En la cocina, el fregadero estaba lleno de agua caliente jabonosa. Metió las bolsas de plástico en el cubo de la basura con las ropas y echó el cuchillo al fregadero; lo lavó bien, vaciando y volviendo a llenar el fregadero, tarareando sin parar por lo bajo. No era una canción conocida, ni siquiera una melodía, pero la calmaba, la apaciguaba, igual que las nanas que antaño le cantaba su madre.

Ya lo había hecho todo. Era una tarea ímproba, y le agradaba haberla terminado. La clave era la concentración. Un lapso en la concentración y podía cometer un fallo que le pasase desapercibido. Enjuagó tres veces el fregadero para eliminar cualquier resto de sangre y puso el cuchillo a secar en el escurridero. A continuación salió al pasillo y se detuvo ante una puerta mientras buscaba la llave.

Era su habitación secreta, su galería de pintura. Una de las paredes estaba casi enteramente cubierta de cuadros al óleo y acuarelas, tres de ellos lamentablemente destrozados. Una lástima porque eran sus preferidos. Su preferido ahora era un paisaje con arroyo, sencillo, de colores suaves y estilo naif. Un arroyo en primer plano, con un hombre y un niño en la orilla, o tal vez un hombre y una niña; era difícil saberlo: ese era el problema del estilo naif. Pero no podía preguntarle al pintor porque el pintor había muerto hacía años.

Procuraba no mirar la otra pared, la opuesta. Era una pared atroz. No le gustaba lo que veía en ella por el rabillo del ojo. Se dijo que lo que le gustaba de su cuadro preferido era el tamaño; tendría unos veinticinco por veinte centímetros, aparte del elaborado marco barroco dorado (que no quedaba nada bien; su madre no tenía mucho gusto para los marcos). Por su pequeño tamaño, los colores suaves resaltaban y conferían al conjunto una sutileza y una evanescencia, una humildad y una dulzura que le agradaban. Por supuesto que no correspondían a la realidad. Verdaderamente, era una mentira monstruosa, todo lo contrario a los hechos. Nunca había existido ningún arroyo ni una tierna escena de padre con hijo. Solo había habido horror. Por eso, Velázquez era su pintor preferido: por el claroscuro, las ricas pinceladas de negro, calaveras e insinuaciones... la negrura del corazón al descubierto.

«La negrura del corazón», asintió con la cabeza. Había visto cosas, ella; sentido cosas que muy pocos seres habían tenido el privilegio de contemplar. Era su vida. Era su existencia. El cuadro comenzó a burlarse de ella y el arroyo se transformó en una cruel sonrisa de color turquesa.

Tranquilamente, tarareando de nuevo para sus adentros, de una silla cogió unas tijeras y comenzó a desgarrar el óleo con cortes verticales homogéneos, y después, horizontales, y otra vez verticales; desgarrándolo a voz en grito hasta destruir completamente la escena.

METRO

—Y aquí es donde nació el Hombre Lobo —dijo George Flight.

Rebus miró en derredor. Era un lugar deprimente para nacer; un callejón adoquinado sin salida, con casas de tres pisos, de ventanas entabladas o enrejadas. Aquellas bolsas negras de basura parecían abandonadas en la acera hacía semanas y de algunas, empaladas en las puntas de la verja que bordeaba las casas, goteaban líquidos malolientes como de una cloaca reventada.

—Precioso —comentó.

—Las casas están casi todas deshabitadas. Hay un sótano que utilizan las pandillas del barrio para entrenarse en el que arman bastante jaleo cuando vienen. Y creo que ese local —Flight señaló una ventana con reja y tela metálica— lo ocupa un fabricante o distribuidor de ropa. De todos modos, no ha vuelto a aparecer desde que nosotros hicimos acto de presencia.

—Ah —comentó Rebus con interés, pero Flight negó con la cabeza.

—No cae dentro de nuestras sospechas. Es un simple explotador de trabajadores esclavos, casi todos emigrantes ilegales de Bangladesh. No les interesa que la policía meta la nariz y habrán trasladado las máquinas a otro lugar.

Rebus asintió con la cabeza. Miraba el callejón tratando de recordar, por las fotos que le habían enviado del sitio, dónde habían encontrado el cadáver.

—Estaba allí —dijo Flight señalando la puerta de la verja.

Ah, sí; ahora lo recordaba. No apareció al nivel de la calle, sino en los escalones de bajada a un sótano. Al pie de estos habían encontrado a la víctima, con el mismo modus operandi que la de la noche anterior, incluidas las señales de mordiscos en el estómago. Abrió su cartera, para coger el sobre marrón y sacar la hoja correspondiente.

—Maria Watkiss, treinta y ocho años. Profesión: prostituta. Cadáver hallado el martes, 16 de enero, por empleados del Ayuntamiento. Se estima que la víctima fue asesinada dos o tres días antes del hallazgo del cadáver. Se apreció cierta burda intención de ocultarlo.

Flight señaló con la barbilla una de las bolsas empaladas.

—Vació encima una bolsa de basura para tapar el cadáver. Fueron las ratas lo que llamó la atención de los empleados.

—¿Las ratas?

—Por docenas. Menudo festín, ¿no?

Rebus se detuvo frente a los escalones.

—Creemos que el Hombre Lobo debió de pagarle para echar un polvo y la hizo bajar los escalones. O lo haría ella. Trabajaba en un pub de Old Street, a cinco minutos de aquí andando. Interrogamos a los clientes, pero nadie vio que saliera acompañada.

—A lo mejor, él iba en coche.

—Es muy posible. La distancia material entre los escenarios del crimen denota una gran autonomía de desplazamiento.

—En el informe figura que estaba casada.

—Sí. Su marido, Tommy, sabía a qué se dedicaba y no le importaba con tal de que llevara a casa los ingresos.

—¿Y no denunció su desaparición?

Flight arrugó la nariz.

—¿Tommy? No. Estaba en plena borrachera, prácticamente en coma cuando fuimos a su casa. Después declaró que Maria desaparecía a menudo unos días, que solía ir a la orilla del mar con alguno de sus clientes habituales.

—Supongo que no habrán encontrado a ninguno de esos... clientes.

—Ni lo piense —respondió Flight riendo como si fuera el mejor chiste que había oído aquella semana—. Tommy declaró que creía que uno de ellos se llamaba Bill o Will, ¿se imagina?

—Algo es algo —comentó Rebus con una sonrisa.

—En cualquier caso —añadió Flight— dudo que Tommy hubiese denunciado la desaparición al ver que no regresaba. Tiene una ficha policial tremenda; en realidad, fue el primero de quien sospechamos.

—Lógico. —Los policías saben que es una verdad universal que la mayoría de los homicidios se dan en la familia.

—Hace un par de años —dijo Flight— Maria recibió una tremenda paliza y tuvo que ser hospitalizada. Se la dio Tommy porque se veía con otro hombre y este no le daba dinero, ya me entiende. Y dos años antes, Tommy estuvo en la cárcel por agresión con agravante. Fechoría que habría sido violación si hubiésemos conseguido que la mujer testificara, pero estaba muerta de miedo; hubo testigos pero no pudimos imputarle estupro, así que se quedó en agresión con agravante. Le cayeron ocho meses.

—Así que es un hombre violento.

—Ya lo creo.

—Con antecedentes de violencia grave contra las mujeres.

Flight asintió con la cabeza.

—Al principio pareció que concordaba y pensamos que podíamos imputarle el homicidio de Maria, pero no fue posible porque, para empezar, tenía coartada. Además, estaban las señales de dientes que no correspondían a los suyos según el dentista.

—¿El doctor Morrison?

—Sí. Yo le llamo dentista por fastidiar a Philip —dijo Flight rascándose la barbilla y haciendo crujir el codo de su cazadora de cuero—. De todos modos, no se pudo confirmar, y cuando ocurrió el segundo asesinato comprendimos que no era asunto del nivel de Tommy.

—¿Están totalmente seguros?

—John, yo no estoy totalmente seguro ni del color de los calcetines que me pongo por la mañana. A veces ni estoy seguro de haberme puesto calcetines. Pero estoy bastante seguro que esto no es obra de Tommy Watkiss. Su placer es ver jugar al Arsenal, no mutilar a mujeres muertas.

Rebus no había apartado los ojos de Flight.

—Sus calcetines son azules —dijo. Flight miró hacia abajo, lo comprobó y sonrió como un bendito.

—Pero de un azul distinto —añadió Rebus.

—Maldita sea, pues sí.

—En cualquier caso, me gustaría hablar con el señor Watkiss —prosiguió Rebus—. Sin prisas, y si no tiene inconveniente.

Flight se encogió de hombros.

—Como quiera, Sherlock. Bien, ¿nos vamos de este sitio inmundo o quiere ver algo más?

—No —respondió Rebus—. Vámonos. —Se dirigieron a la entrada del callejón donde estaba el coche de Flight—. ¿Cómo dijo que se llamaba esta zona de Londres?

—Shoreditch, como en la cancioncilla de guardería.

Sí, Rebus lo recordaba vagamente. Recordaba a su madre, que le sentaba en sus rodillas, o quizás era su padre, y le cantaba, haciendo el caballito al compás de la melodía. No había sucedido así, pero de todos modos él lo recordaba. Habían salido del callejón que desembocaba en una vía con bastante tráfico, con edificios negros de mugre y ventanas sucias; eran oficinas o almacenes, no se veían tiendas, salvo una de menaje profesional de cocina. No parecía que hubiera casas habitadas o viviendas en las plantas superiores. Nadie que hubiera podido oír el grito amortiguado en plena noche. Ningún vecino que hubiera podido ver escabullirse al asesino por la ventana sucia, manchado de sangre.

Rebus miró al callejón y a la esquina del primer edificio, donde una placa apenas legible mostraba el nombre del callejón: Wolf Street E1.

Por eso la policía llamaba al asesino Hombre Lobo. No era por la brutalidad de sus agresiones ni por las señales de dientes que dejaba, sino porque, como había dicho Flight, era allí donde había dado comienzo todo para ellos, donde se había manifestado por primera vez. Por eso era el Hombre Lobo. Podía estar en cualquier sitio, pero eso no tenía tanta importancia; lo importante era que podía ser cualquiera, cualquier individuo de aquella ciudad de diez millones de rostros, diez millones de guaridas secretas.

—¿Adónde vamos ahora? —inquirió, abriendo la portezuela del asiento del pasajero.

—A Kilmore Road —contestó Flight, mirando a Rebus, que captó la ironía.

—Pues a Kilmore Road —dijo él, subiendo al coche.

Rebus había iniciado temprano la jornada. Se despertó al cabo de tres horas, e incapaz de volver a dormirse, enchufó la radio de la habitación para escuchar las noticias de la mañana mientras se vestía. No sabiendo en qué iba a consistir el día, optó por un atuendo informal: pantalones de pana color caramelo, chaqueta ligera y camisa. Nada de tweed y corbata. Quería bañarse, pero el cuarto de baño de la planta estaba cerrado con una llave que habría tenido que pedir en recepción. Junto a la escalera había una máquina automática de limpiar los zapatos; se abrillantó la puntera de sus gastados zapatos negros y bajó a desayunar.

Había mucha gente en el comedor, casi toda con aspecto de hombres de negocios o turistas. Los periódicos del día estaban en una mesa libre, y Rebus cogió un ejemplar de The Guardian antes de que la atareada camarera le señalara una mesa para uno.

El desayuno era en esencia autoservicio, a base de zumos, cereales y fruta, todo dispuesto en una gran mesa central. Sin que él lo pidiera, aterrizaron en su mesa una cafetera y un cestillo con medias tostadas de pan casi sin tostar y frías. Más que tostado parecía pasado por una bombilla, pensó untando una porción de mantequilla en el deplorable triángulo.

El desayuno completo inglés lo componía una loncha de beicon, un tomate caliente (de lata), tres champiñones pequeños, un huevo descolorido y una extraña salchichita. Se lo zampó todo. El café no era muy fuerte, pero se terminó la cafetera y pidió más. Hojeó el periódico mientras desayunaba, pero no fue hasta un segundo repaso cuando vio una mención sobre el asesinato en una concisa gacetilla al pie de la página cuatro.

Conciso. Miró en derredor. Un matrimonio avergonzado trataba de hacer callar a sus vociferantes hijos. No, no los reprimáis; dejadles vivir, pensó Rebus. ¿Quién sabía lo que podía suceder mañana? A lo mejor morían. A lo mejor morían los padres. Él tenía a su propia hija allí en Londres, en algún lugar, viviendo con su ex mujer en un piso. Tendría que ponerse en contacto con ella. Sí, se pondría en contacto. Un hombre de negocios en la mesa de un rincón hizo un ruido con el periódico que atrajo la atención de Rebus hacia el titular.

EL HOMBRE LOBO VUELVE A MORDER

Ah, eso ya era otra cosa. Cogió un último triángulo de tostada, pero se había acabado la mantequilla. Sintió por detrás una mano caer sobre su hombro, se sobresaltó, dejó caer la tostada y al volverse vio que era George Flight.

—Buenos días, John.

—Hola, George. ¿Ha dormido bien?

Flight apartó la silla de enfrente de Rebus y se sentó pesadamente con las manos en el regazo.

—No mucho. ¿Y usted?

—Bueno, unas horas —contestó Rebus, pensando en contarle su conato de detención en Shaftesbury Avenue, pero desistió. Ya habría algún momento en que viniera a cuento la anécdota—. ¿Le apetece un café?

Flight negó con la cabeza y miró qué había en la mesa central.

—Pero sí que me tomaría un zumo de naranja —dijo. Rebus fue a levantarse, pero Flight se lo impidió con un ademán y él mismo fue a servirse un vaso que no tardó en apurar, comentando con los ojos entrecerrados—: Sabe a polvos. Mejor será que tome un café.

Rebus le sirvió una taza.

—¿Ha visto eso? —preguntó señalando con la barbilla hacia la mesa del rincón. Flight miró el tabloide y sonrió.

—Bueno, es la hipótesis de la prensa; igual que la nuestra. La única diferencia es que nosotros lo vemos en perspectiva.

—No sé yo cuál es esa perspectiva.

Flight lo miró sin decir nada y dio un sorbo al café.

—Hay una reunión a las once en la sala de operaciones del caso. No sabía bien si íbamos a poder asistir y lo he dejado en manos de Laine, a quien le gusta hacerse cargo de todo.

—¿Y nosotros qué vamos a hacer?

—Bueno, podríamos ir al Lea y ver cómo va el puerta a puerta. O podríamos ir a donde trabajaba la señora Cooper. —Rebus no mostró gran entusiasmo—. O podría llevarle al escenario de los otros tres crímenes. —Rebus alzó la mirada—. De acuerdo —añadió Flight—, pues que sea la ruta de los escenarios. Termínese el café, inspector. Tenemos una larga jornada por delante.

—Una cosa —dijo Rebus llevándose la taza hacia la boca—. ¿A qué viene este papel de cicerone? Yo pensaba que tendría asuntos importantes en los que ocupar su tiempo en vez de hacerme de chófer.

Flight escrutó despacio a Rebus. ¿Le diría la verdad o inventaría algo? Optó por inventar una historia y se encogió de hombros.

—Es simplemente por ponerle al corriente del caso —dijo.

Rebus asintió despacio con la cabeza, pero Flight se dio cuenta de que no se lo creía.

Al llegar al coche, Rebus lanzó una mirada a través de la ventanilla trasera esperando ver al oso de peluche.

—Lo maté —dijo Flight—. Crimen perfecto.

—Bueno, ¿cómo es Edimburgo?

Rebus sabía que Flight no preguntaba por el Edimburgo turístico, sede del Festival, ni por el Castillo, sino por el Edimburgo delictivo, que era una ciudad totalmente distinta.

—Bueno —contestó—, seguimos con el problema de la droga y parece que vuelven los prestamistas, pero, aparte de eso, el panorama está bastante tranquilo de momento.

—Pero hace unos años tuvieron aquel caso del asesino de niños —comentó Flight.

Rebus asintió con la cabeza.

—Y lo resolvió. —Rebus no dijo nada. Habían conseguido que los medios no divulgaran que no había sido un asesino en serie, sino más bien personal.

—Se resolvió gracias a miles de horas de trabajo —añadió sin darle importancia.

—No es eso lo que piensan los jefes —replicó Flight—. Ellos creen que es usted una especie de gurú de los asesinatos en serie.

—Se equivocan —dijo Rebus—. Soy un policía igual que usted. ¿Quiénes son esos jefes? ¿De quién fue la idea?

Flight sacudió la cabeza.

—No estoy muy seguro. Bueno, sí que sé quiénes son los jefes, Laine y el director Pearson, pero no quién es el responsable de que le hayan llamado.

—La carta la firmaba Laine —añadió Rebus, consciente de que realmente no quería decir nada.

A continuación, centró su atención en los peatones de mediodía que caminaban presurosos. El tráfico estaba detenido. Habían recorrido una distancia de casi cinco kilómetros en una media hora, pero ahora entre las obras, el aparcamiento en doble (y triple) fila, los semáforos, los peatones que cruzaban y las maniobras de conductores desconsiderados, avanzaban a paso de tortuga. Fue como si Flight le leyera el pensamiento.

—En un par de minutos saldremos de esto —dijo.

Reflexionaba sobre el comentario de Rebus: «un policía, igual que usted». Pero lo cierto era que Rebus había atrapado al asesino de niños; en el expediente del caso se le atribuía el mérito, un mérito que le había valido el ascenso a inspector. No, Rebus era modesto, y eso era de admirar.

Dos minutos más tarde habían avanzado otros cincuenta metros y estaban a punto de cruzar una estrecha bocacalle con la señal de «Prohibido el Paso». Flight echó una mirada al tráfico.

—Hay que tomarse ciertas libertades —comentó dando un golpe de volante para girar y entrar en la calle prohibida, uno de cuyos lados estaba cubierto de puestos de venta.

Rebus oyó a los comerciantes voceando el género a los peatones, sin que nadie prestara la menor atención al coche que iba en dirección prohibida hasta que un muchacho que empujaba un tenderete sobre ruedas se les cruzó en el camino. Un puño golpeó la ventanilla del conductor; Flight bajó el cristal y apareció un rostro redondo muy rosado y calvo.

—Oiga, ¿a qué juega...? —Pero cambiando de tono añadió—: Ah, es usted, señor Flight. No había reconocido el coche.

—Hola, Arnold —dijo Flight pausadamente, observando el pesado desplazamiento de un puesto más adelante—. ¿Cómo te va?

El hombre se echó a reír nervioso.

—Sin meterme en líos, señor Flight.

Solo en ese momento se dignó Flight a volver la vista hacia el hombre.

—Estupendo —dijo. Rebus nunca había oído decir esa palabra en tono tan amenazador—. Sigue así —añadió Flight al ver que quedaba libre el paso.

Rebus lo miró a la espera de alguna explicación.

—Delincuente sexual, con dos condenas —dijo Flight—. Niños. El psiquiatra dice que está curado, pero no sé. En esa tendencia, un cien por cien seguro no es seguridad suficiente. Trabaja en este mercado desde hace unas semanas cargando y descargando. A veces me da buena información. Ya sabe.

Rebus se hacía una idea. Flight tenía a aquel grandullón bien cogido; si contaba a los vendedores lo que sabía de Arnold, no solo perdería el trabajo, sino que a lo mejor se llevaba unos buenos golpes. Tal vez ahora estuviera curado, tal vez, según la jerga psiquiátrica, fuese «un miembro de la sociedad plenamente integrado». Había pagado sus delitos y ahora trataba de enderezar su camino. ¿Y qué sucedía? Que los policías, hombres como Flight y como él mismo (¿para qué negarlo?) se valían de su pasado para utilizarle como delator.

—Tengo veintitantos soplones —continuó Flight—. No como Arnold. Algunos lo hacen por dinero y otros porque sencillamente son incapaces de cerrar el pico. Decir a alguien lo que saben les hace sentirse importantes, protagonistas. En una ciudad como esta estaría uno perdido sin una buena red de informadores.

Rebus se contentó con asentir en silencio, pero Flight prosiguió con el tema.

—En ciertos aspectos, Londres es insoportablemente grande, pero en otros es pequeño. Todos se conocen. Está, por supuesto, el río que delimita norte y sur, y son como dos mundos distintos. Pero por el modo de distribución, las lealtades y las mismas caras de siempre, a veces me parece que soy un poli de pueblo en bicicleta. —Rebus volvió a asentir con la cabeza porque Flight se había vuelto hacia él, pero por dentro pensaba: ya estamos, la historia de siempre; Londres es más grande, mejor, más peligroso y más importante que nada. No era la primera vez que se tropezaba con esa actitud en cursillos con policías de Scotland Yard o en gente que venía de Londres. Flight no le había parecido de esos, pero todos eran iguales. También él, en su momento, había exagerado los problemas a que se enfrentaba la policía de Edimburgo para parecer más duro e importante ante otros.

Pero haciendo honor a la verdad, el trabajo de la policía era papeleo, ordenadores y que apareciera alguien que quisiera confesar.

—Ya falta poco —dijo Flight—. Kilmore Road es la tercera a la izquierda.

Kilmore Road formaba parte de una zona industrial y, en consecuencia, de noche estaba desierta. Era una vía en medio de un laberinto de calles tranquilas a doscientos metros de una estación de metro. A Rebus, las estaciones de metro siempre le habían parecido lugares concurridos, situados en zonas muy pobladas, pero el emplazamiento de esta era una calle estrecha muy alejada de una vía principal, parada de autobús o estación de ferrocarril.

—No lo entiendo —dijo. Flight se contentó con encogerse de hombros y sacudir la cabeza.

Quien saliera de la estación de metro de noche tenía por delante un recorrido solitario por calles de casas de ventanas con visillos tras las cuales atronaban los televisores. Flight le mostró un atajo muy utilizado, que era cruzar por la zona industrial y el parque trasero. El parque era un terreno llano y vacío, con dos conos naranja de tráfico a guisa de portería para jugar al fútbol. Al otro lado del parque había casas de tres pisos y alguna de una sola planta. May Jessop se dirigía a una de esas casas, el domicilio de sus padres; tenía diecinueve años y un buen trabajo, pero salía tarde de la oficina, por eso a las diez sus padres comenzaron a preocuparse y una hora más tarde oían llamar a la puerta. El padre fue a abrir, creyendo quitarse un peso de encima, y a quien encontró fue a un policía que le anunció que habían encontrado el cadáver de su hija.

Y eso era todo. No parecía haber relación entre las víctimas, ni un vínculo geográfico común más que el hecho de que los crímenes se habían cometido al norte del río, del Támesis, como puntualizó Flight. ¿Qué tenían en común una prostituta, una encargada administrativa y una ayudante de franquicia? Rebus no tenía la menor idea.

El tercer asesinato tuvo lugar mucho más al este, en North Kensington. Encontraron el cadáver junto a unas vías de tren y la indagación previa estuvo en manos de la policía de transportes. El cadáver era de Shelley Richards, de cuarenta y un años, soltera y sin empleo. De momento, era la única víctima de color. Cruzando Notting Hill, Ladbroke Grove y North «Ken» (como decía Flight), a Rebus le intrigó el esquema urbano; una calle de casas imponentes daba paso de pronto a otra miserable, llena de basura, con casas de ventanas entabladas y con mendigos derrengados en los bancos. Ricos y pobres viviendo casi codo con codo. Eso no ocurría en Edimburgo; en Edimburgo había ciertas barreras. Aquello era increíble. Como dijo Flight: «Disturbios raciales a un lado y diplomáticos al otro».

El lugar en que Shelley Richards había muerto era el más desolado y patético de todos. Rebus descendió el talud de las vías del tren y salvó un murete de ladrillo. Vio que tenía los pantalones manchados de musgo y se los sacudió inútilmente con las manos. Para volver al coche, donde le esperaba Flight, tuvo que cruzar por debajo de un puente del ferrocarril en el que resonaron sus pasos. Esquivando charcos y basura se detuvo a escuchar. Se oía un ruido, una especie de suspiro, como si el puente estuviese agonizando. Miró hacia arriba y vio en las vigas metálicas oscuras siluetas de palomas inmóviles arrullándose. Era eso, no un estertor. El paso de un tren resonó de pronto como un trueno y las palomas echaron a volar sobre su cabeza. Se estremeció y salió del túnel a la luz del sol.

El destino final fue la sala de operaciones del caso. Era, en realidad, una serie de cuartos en el primer piso del edificio. Había unos veinte hombres y mujeres trabajando intensamente cuando entró con Flight. La diferencia entre aquella escena y la de cualquier otro caso de homicidio en cualquier lugar del país era escasa: agentes atendiendo teléfonos y ordenadores, y personal administrativo yendo de una mesa a otra con papeles y más papeles. En un rincón, una fotocopiadora vomitaba más papel y dos operarios trasladaban en un carrito de ruedas un archivador metálico de cinco cajones junto a otros tres que había en una pared. En otra se extendía el plano de Londres con sus calles, y en él figuraban marcados los lugares de los asesinatos; cintas de color unían esos puntos con fotos, datos y notas sujetos en la pared. El resto del espacio lo ocupaba una lista de turnos de servicios y una gráfica de la investigación. Todos trabajaban con interés, pero los rostros le decían a Rebus otra cosa muy distinta: que, por mucho que se esforzaran, lo que esperaban todos ellos era un afortunado punto de inflexión.

Flight se sumó al ritmo de trabajo y comenzó a hacer preguntas. ¿Qué tal había ido la reunión? ¿Se sabía algo de Lambeth? (Explicó a Rebus que era donde estaba el laboratorio de la policía.) ¿Había novedades de la noche anterior? ¿Y el puerta a puerta? ¿Alguien sabía algún dato nuevo?

Las respuestas fueron encogimientos de hombros y negativas con la cabeza. Seguían trabajando en espera de que la suerte les deparara un punto de inflexión. Pero, ¿y si no se producía? Rebus sabía la alternativa: tiene uno que buscarse su propia suerte.

En una habitación más pequeña contigua tenían instalado el centro de comunicaciones de la investigación, y más allá había dos despachos más pequeños que llenaban tres mesas, en los que trabajaban los oficiales veteranos y que estaban vacíos.

—Siéntese —dijo Flight, cogiendo el teléfono de su escritorio y marcando un número. Mientras contestaban miró con el ceño fruncido el montón de papeles de diez centímetros de altura acumulado en la bandeja de entrada aquella mañana—. ¿Gino? Hola; soy George Flight —dijo al auricular—. Quiero encargar unos sándwiches. De salami y ensalada —añadió mirando a Rebus para que diera su anuencia—. Con pan moreno, Gino, por favor. Mejor cuatro rodajas. Gracias. —Cortó la comunicación y volvió a marcar otras dos cifras para una llamada interna—. Gino tiene un café aquí cerca; hace unos sándwiches estupendos y nos los trae —dijo para Rebus—. Oiga, aquí el inspector Flight. ¿Puede traernos té? Una tetera grande, sí. Estamos en el despacho. ¿Qué hay hoy, leche normal o esa porquería en polvo? Magnífico. Gracias. —Dejó el teléfono en la horquilla y abrió las manos como si hiciera un pase de magia—. Es nuestro día de suerte, John. Tenemos leche auténtica.

—¿Qué hacemos ahora?

Flight se encogió de hombros y a continuación dio un palmetazo en la cargada bandeja de entrada.

—Puede leerse este montoncito para ponerse al corriente de la investigación —dijo.

—La lectura no me va a servir de nada.

—Al contrario —replicó Flight—, le servirá para contestar a cualquier pregunta extraña que pueda llegar de las altas esferas. ¿Qué estatura tenía la víctima? ¿De qué color era el pelo? ¿Quién la encontró? Ahí lo tiene todo.

—Medía uno sesenta y siete, era morena y me importa un huevo quién la encontró.

Flight se echó a reír, pero Rebus continuaba serio.

—Los asesinos no surgen de pronto —prosiguió—. Es un proceso, y el proceso de un asesino en serie lleva tiempo. El individuo tarda años en convertirse en lo que es. ¿Qué ha hecho entretanto? Puede ser un solitario, pero seguramente tiene un trabajo y quizá mujer e hijos. Alguien tiene que saber algo. Tal vez su esposa se pregunta adónde va por la noche, o por qué hay sangre en la punta de sus zapatos o dónde ha ido a parar su cuchillo de cocina.

—De acuerdo, John —dijo Flight extendiendo de nuevo las manos, esta vez en gesto conciliador. Rebus se percató de que había alzado la voz—. Para empezar, cálmese; cuando habla tan deprisa apenas entiendo lo que dice, pero sé a qué se refiere. ¿Qué cree que debemos hacer?

—Divulgarlo. Necesitamos ayuda del público. Necesitamos que nos llegue cualquier dato que la ciudadanía sepa.

—Ya recibimos docenas de llamadas diarias. Datos anónimos, chiflados que quieren confesar, gente que espía a sus vecinos, gente con rencores personales, algunos que otros quizá con sospechas reales. Lo comprobamos todo. Y tenemos de nuestra parte a los medios de comunicación. Hoy le hacen doce entrevistas al director. Diarios, revistas, radio, televisión... Les informamos de lo que podemos y les pedimos que difundan la información. Tenemos la mejor oficial de enlace del país trabajando veinticuatro horas seguidas para que los ciudadanos estén al corriente del caso.

Se oyó llamar a la puerta abierta y una mujer policía uniformada entró con una bandeja que dejó en la mesa de Flight.

—Sirvo, ¿no? —dijo él, y sin esperar respuesta comenzó a echar té en las dos tazas blancas.

—¿Cómo se llama la oficial de enlace? —preguntó Rebus. Él conocía a una oficial de enlace, que era también estupenda. Pero no en Londres, en Edimburgo...

—Cath Farraday —contestó Flight—. Inspectora Cath Farraday —añadió olisqueando el cartón de leche antes de echar un chorrito en su taza—. Si está aquí un tiempo la conocerá. Nuestra Cath es una tía guapísima. Pero le advierto que si me oyera hablar de ella así, pediría mi cabeza —añadió, conteniendo la risa.

—Con ensalada —dijo una voz desde el pasillo.

Flight, con un sobresalto, se puso en pie, derramando té en su camisa. La puerta, abierta del todo, dio paso a una rubia platino que se apoyó en el marco con los brazos cruzados y una pierna indolentemente cruzada sobre la otra. A Rebus le llamaron la atención sus ojos, sesgados como los de un gato, que hacían parecer aún más estrecho su rostro; sus labios eran finos, pintados discretamente con carmín, y el pelo tenía algo de metálico, como reflejo de su personalidad. A ellos dos les sacaba varios años y, si no la edad, el abuso de maquillaje había ajado su rostro surcado de arrugas e hinchado. A Rebus no le gustaban las mujeres muy maquilladas, pero a muchos hombres sí.

—Hola, Cath —dijo Flight, tratando de recuperar cierta compostura externa—. Estábamos...

—... hablando de mí —interrumpió ella bajando los brazos, dio unos pasos hacia ellos y tendió la mano a Rebus—. Usted debe de ser el inspector Rebus —dijo—. He oído hablar mucho de usted.

—¿Ah, sí? —replicó Rebus mirando a Flight, que no apartaba los ojos de Cath Farraday.

—Espero que George se lo ponga fácil.

Rebus se encogió de hombros.

—Los he visto peores —dijo.

—Me lo imagino —replicó ella bajando la voz, ahora con ojos más felinos—. Pero tenga cuidado, inspector. No todos son tan amables como George. ¿Cómo se sentiría si alguien de Londres apareciera de pronto en Edimburgo a meter la nariz en un caso suyo?

—Cath —dijo Flight—, no es necesario...

Ella alzó una mano para imponer silencio.

—Es una advertencia amistosa, George, de inspector a inspector. Tenemos que defender lo nuestro, ¿no crees? —añadió mirando su reloj de pulsera—. Me marcho. Tengo una cita con Pearson dentro de cinco minutos. Encantada de conocerle, inspector. Adiós, George.

Se marchó, dejando la puerta abierta y un fuerte olor a perfume. Permanecieron los dos callados un instante hasta que Rebus rompió el silencio.

—Creo que me dijo que era «guapísima», George. Que no se me olvide no dejarle que me organice una cita a ciegas.

Al final de la tarde, Rebus estaba sentado a solas en el despacho de Flight con una libreta delante en la mesa. Dio unos golpecitos con el bolígrafo en el borde del escritorio como si fuera un tambor y miró los dos nombres que había escrito.

Doctor Anthony Morrison. Tommy Watkiss.

Quería verlos. Trazó una gruesa línea al lado y escribió otros dos nombres: Rhona y Samantha. También quería verlas, pero por motivos personales.

Flight había ido a ver al inspector jefe Laine en otra planta del edificio, pero la invitación no incluía a Rebus. Cogió el trozo que quedaba del sándwich de salami, pero cambió de idea y lo tiró a la papelera metálica. Demasiado salado. Además, ¿qué clase de carne era el salami? Ahora tenía ganas de más té. Pensaba que Flight había marcado el 18 para pedirlo, pero optó por no llamar. No quería hacer el tonto, no fuera que llegase a oídos del director Pearson.

«Una advertencia amistosa». Lo había captado. Arrugó la lista, la tiró a la papelera, se levantó y salió camino de la oficina principal. Tenía que hacer algo, o, al menos, que le vieran hacer algo. Le habían hecho venir desde seiscientos kilómetros para ayudarles, pero —maldita sea— no veía un solo fallo en la investigación. Hacían cuanto podían pero no sacaban nada en limpio. Su presencia allí era como agarrarse a un clavo ardiendo, una simple posibilidad para propiciar la afortunada inflexión.

Estaba mirando el plano de la pared cuando oyó una voz a su espalda.

—¿Señor?

Se volvió y vio que era un agente de la sala de operaciones.

—Diga.

—Tiene visita, señor.

—¿Yo?

—En este momento es usted el oficial de mayor antigüedad.

Rebus reflexionó un instante.

—¿De quién se trata?

El agente miró el papel que llevaba en la mano.

—Es el doctor Frazer, señor.

Rebus volvió a reflexionar.

—Muy bien —dijo volviendo sobre sus pasos al pequeño despacho—. Dígale que pase dentro de un minuto. Ah, y traiga té, por favor —añadió.

—Sí, señor —dijo el agente, que aguardó a que Rebus saliera para volverse hacia los demás sonriendo—. Qué cara tienen estos malditos escoceses —añadió en voz alta para que todos le oyeran—. Recordadme que mee en la tetera antes de llevársela.

El doctor Frazer era una mujer. Y, además, tan atractiva que Rebus, al verla entrar, estuvo a punto de levantarse.

—¿Inspector Rebus?

—Eso es. La doctora Frazer, supongo.

—Sí —contestó ella mostrando una dentadura perfecta al tiempo que Rebus le ofrecía asiento—. Verá, me explicaré. —Rebus asintió con la cabeza y la miró a los ojos sin apartar la vista de ellos por temor a fijarla en sus esbeltas piernas morenas y concretamente al punto en que, tres centímetros por encima de la rodilla, la falda color crema oprimía sus muslos. La había visto de cuerpo entero a la primera ojeada. Era casi tan alta como él; piernas esbeltas sin medias y talle estrecho, vestía una chaqueta a juego con la falda y una blusa blanca con un sencillo collar de perlas. En su garganta se apreciaba una exquisita pequeña cicatriz, justo encima de las perlas; su rostro estaba bronceado y no llevaba maquillaje, era de maxilar cuadrado y tenía el pelo negro y liso, recogido con una cinta negra sobre un hombro. Llevaba una cartera de cuero negro que sostenía sobre el regazo, pasando los dedos por las asas mientras hablaba.

—No soy doctora en medicina. —Rebus mostró una leve sorpresa—. Soy doctora en psicología en el University College.

—Y es americana —dijo Rebus.

—Canadiense.

Sí, claro, eso era; tenía un tono cantarín al hablar que no se apreciaba en casi ningún americano, y su acento no era tan nasal como el de los turistas que paseaban por Princess Street para hacer fotos del monumento a Escocia.

—Ah, disculpe. ¿En qué puedo servirla, doctora Frazer?

—Bueno, esta mañana hablé con alguien por teléfono para manifestar mi interés por el caso del Hombre Lobo.

Rebus lo vio claro. Otra chalada con alguna idea absurda sobre el Hombre Lobo; se la habían encasquetado los de la sala de operaciones para jugarle una novatada, acordando una cita con él; por eso Flight se había ausentado. Bueno, muy bien por la broma. No le importaba dedicar su tiempo a una mujer guapa, chalada o no. Al fin y al cabo, no tenía nada que hacer.

—Continúe —dijo.

—Querría elaborar un perfil del Hombre Lobo.

—¿Un perfil?

—Un perfil psicológico. Como una foto robot, pero de la mente, no del rostro. He realizado investigaciones sobre perfiles criminales y creo que podría aplicar los mismos criterios para ayudarles a esclarecer algunos aspectos del asesino. —Hizo una pausa—. ¿Qué le parece?

—No entiendo su interés en este asunto, doctora Frazer.

—Quizá lo hago por el bien de la patria —dijo ella bajando la vista al regazo y sonriendo—, pero lo que realmente quiero es verificar mi metodología. De momento solo la he aplicado a casos policiales antiguos y quisiera trabajar en alguno de actualidad.

Rebus se reclinó en el asiento, cogió el bolígrafo y fijó la vista en él. Al alzarla vio que ella le observaba. Claro, era psicóloga. Dejó el bolígrafo.

—Esto no es un juego —dijo—, ni esto un aula. Han muerto cuatro mujeres y por ahí anda un maníaco suelto que nos está dando mucho que hacer siguiendo indicios y falsas pistas. ¿Por qué íbamos a dedicarle tiempo a usted, doctora Frazer?

Sus pómulos se tiñeron de intenso rubor y no parecía saber qué replicar. Rebus difícilmente tenía más que añadir y guardó silencio; tenía la boca amarga y seca y la garganta pegajosa. ¿Dónde estaría aquel té?

Finalmente, ella dijo:

—Lo único que quiero es repasar el material del caso.

Rebus encontró aún sarcasmo residual.

—¿Eso nada más? —dijo dando unos golpecitos en el montón de papeles de la bandeja de entrada—. No es ningún problema: le llevará un par de meses. —Ella, sin hacer caso, abrió la cartera y sacó una carpeta naranja.

—Tenga —dijo imperturbable—. Lea esto; es cuestión de unos veinte minutos. Son los perfiles que elaboré de un asesino en serie americano. Si no le parece válido para identificar al asesino o como orientación respecto a su próxima víctima, no insistiré.

Rebus cogió la carpeta, pensando «Dios, más psicología: relacionar... implicar... motivar». Estaba harto de la psicología del cursillo de gestión; pero no quería que ella se marchase; no quería quedarse solo allí sentado mientras los de la sala de operaciones se reían a su costa. Abrió la carpeta y sacó una tesis mecanografiada de unas veinticinco páginas y comenzó a leerla. Ella le miraba atenta, esperando tal vez alguna pregunta. Rebus leía con la barbilla alzada para que no se le vieran las arrugas del cuello, y la espalda bien recta, los hombros hacia atrás, para poner en valor su no muy musculoso tórax. Maldecía a sus padres por no haberle alimentado bien; se había criado delgado y cuando comenzó a engordar, el peso se le fue a la barriga y al trasero, no al pecho y a los brazos.

Trasero, pecho, brazos. Apenas leía las palabras, pero era bien consciente del cuerpo de ella en el límite de su visión periférica, por encima del borde del papel. No sabía cuál era su nombre de pila, y a lo mejor nunca lo sabría. Frunció el ceño como concentrado en la lectura y dio fin a la primera página.

Al llegar a la página cinco estaba ya interesado, y al llegar a la diez pensó que quizá valía la pena, después de todo. En gran parte era pura especulación. «Con toda sinceridad, John, son simples conjeturas»; pero había algunos puntos en que hacía reveladoras deducciones. Vio claramente que su mente actuaba en distinta órbita que la deducción detectivesca, aunque eran dos satélites trazando órbitas en torno al mismo sol que de vez en cuando coincidían. ¿Qué mal había en dejar que trazara un perfil del Hombre Lobo? En el peor de los casos, únicamente les llevaría a otro callejón sin salida. Y en el mejor de los casos, disfrutaría de compañía femenina durante su estancia en Londres. Eso: una agradable compañía femenina. Lo que le hizo recordar que tenía que llamar a su ex mujer para concertar una visita. Las últimas páginas las leyó de corrido.

—De acuerdo —dijo, cerrando la carpeta—. Muy interesante.

Ella se mostró complacida.

—¿Lo encuentra útil? —inquirió.

Rebus no estaba muy seguro de qué contestar.

—Tal vez —dijo.

Ella no se contentaba con tan poco.

—¿Válido para autorizarme a probar con el caso del Hombre Lobo? —preguntó.

Él asintió despacio con la cabeza, pensativo, y a ella se le iluminó el rostro. Rebus no pudo por menos de sonreír a su vez. Llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo Rebus.

Era Flight con una bandeja con té derramado.

—Me han dicho que pidió algo de beber —dijo al entrar y, al darse cuenta de la presencia de la doctora Frazer, la miró tan maravillado que hizo las delicias de Rebus.

—Dios —exclamó Flight mirando a uno y otro sucesivamente, añadiendo para justificar su exclamación—: John, me dijeron que tenía visita, pero no sabía... —Hizo una pausa indeciso y boquiabierto y colocó la bandeja en la mesa antes de volverse hacia ella—. Soy el inspector George Flight —añadió, tendiéndole la mano.

—Y yo, la doctora Frazer —respondió ella—. Lisa Fraser.

Al estrecharle la mano, Flight miró a Rebus de reojo. Rebus ya se sentía un poco más a gusto en la metrópolis y le dirigió un guiño jovial.

—Dios.

Le dejó un par de libros para leer. Uno de ellos, La mente seriada, era un conjunto de ensayos de varios académicos, que incluía uno titulado «Certificación: Modos y motivación en el asesino en serie», por Liza Fraser, Universidad de Londres. Lisa: bonito nombre; pero no había mención del doctorado. El otro era de más envergadura, con una prosa densa y cuadros, gráficos y diagramas: Pautas del homicidio en serie, de Gerald Q. MacNaughtie.

¿MacNaughtie? Parecía cosa de broma. Rebus leyó en la solapa que el profesor MacNaughtie era de origen canadiense y docente en la Universidad de Columbia, pero no decía qué representaba la Q. Pasó el resto del día en el despacho leyendo los libros y prestando mayor atención al de Lisa Fraser (lo leyó dos veces) y a un capítulo del volumen de MacNaughtie dedicado a «Pautas de mutilación». Bebió té y café y dos latas de naranjada espumosa, pero sintió acidez de estómago, y a medida que avanzaba la lectura comenzó a sentirse físicamente sucio, mugriento por los numerosos y horripilantes ejemplos. Cuando a las cinco menos cuarto se levantó para ir al servicio, ya se había marchado todo el personal, sin que él lo hubiera advertido, pensando en otras cosas.

Flight, que le había dejado en su despacho casi toda la tarde, apareció a las seis.

—¿Le apetece una cerveza? —Rebus negó con la cabeza, y Flight se sentó en el borde de la silla—. ¿Qué ocurre?

Rebus le señaló los libros con un ademán y Flight miró la cubierta de uno de ellos.

—Ah —exclamó—, no es precisamente para leer en la cama.

—Pues no. Es... un horror.

Flight asintió con la cabeza.

—Hay que relativizarlo, John, ¿sabe? Si no, siempre quedan impunes. Si lo vemos tan horrible y la verdad nos intimida, los asesinatos quedan impunes. Y cosas peores.

Rebus alzó la vista.

—¿Qué hay peor que el asesinato? —inquirió.

—Muchas cosas. ¿Qué me dice de quien tortura y viola a una niña de seis meses y filma el proceso para que lo vean individuos de igual ralea mental?

—Lo dirá en broma —comentó con un hilo de voz, pero bien sabía que Flight hablaba en serio.

—Ocurrió hace tres meses —dijo este— y no hemos atrapado al malnacido, pero Scotland Yard tiene el vídeo... y otros más. ¿Ha visto alguna vez una película pornográfica talidomídica? —Rebus negó cansinamente con la cabeza, y Flight se inclinó casi hasta rozar su cara—. No se entusiasme conmigo, John —añadió pausadamente—. No va a arreglar nada con ello. Esto es Londres, no las Highlands. Aquí, en pleno día, hay peligro en el segundo piso de un autobús, y no le digo nada de un camino de sirga por la noche. Nadie ve nada. Londres encallece y causa ceguera transitoria. Sin embargo, usted y yo no podemos estar ciegos. Pero sí que podemos tomar una copa de vez en cuando. ¿Viene?

Se puso en pie y se restregó las manos, concluido su discurso. Rebus asintió con la cabeza y se levantó.

—Solo una rápida —dijo—. Tengo una cita.

Una cita a la que acudió en un metro atestado. Miró el reloj: eran las 19:30. ¿Es que no acababa nunca la hora punta? El compartimento olía a vinagre y aire rancio, y tres reproductores estéreo, no tan personales, superaban el ruido de las vibraciones de la velocidad y de los frenos. Viajaba rodeado de rostros inexpresivos, con ceguera circunstancial. Flight tenía razón. Se encerraban en sí mismos porque admitir lo que vivían era admitir la monotonía, la claustrofobia y la angustia. Rebus se sintió deprimido y cansado. Pero era también un turista y tenía que experimentarlo. Por eso había optado por el metro en vez de un taxi, y además le habían advertido de lo caros que eran y, buscando en el callejero, vio que su destino estaba solo a medio centímetro de una estación de metro.

Así, hizo aquel viaje en metro procurando no desentonar mirando boquiabierto a músicos y a mendigos, sin pararse en los pasillos transitados por apresurados viajeros a leer mejor algún que otro anuncio. En una parada subió al vagón un mendigo, y al cerrarse las puertas y reanudar la marcha el tren, el hombre comenzó a desvariar, pero los viajeros hicieron gala de ser sordos, mudos y ciegos, ajenos a su existencia hasta que en la siguiente parada, desalentado, el hombre se apeó. Cuando volvió a arrancar el tren, Rebus oyó otra vez su voz en el vagón contiguo. Había sido una actuación asombrosa, no la del mendigo, sino la de los viajeros, con la mente bloqueada para no implicarse. ¿Harían lo mismo si veían a alguien pegándose con otro o a un tipo fornido robar la cartera a un turista? Sí, probablemente. No era un simple paisaje del bien y el mal, sino el de un vacío moral, y eso era lo que le daba más miedo a Rebus.

Pero siempre había compensaciones. Todas las mujeres guapas que veía le recordaban a Lisa Frazer. En aquel vagón atestado de la línea uno se encontró apretujado contra una joven rubia con la blusa escotada hasta el canalillo, y él, que era más alto, gozó de una venturosa visión de curvas y hondonadas; pero ella levantó los ojos del libro que leía y le sorprendió mirando. Rebus apartó de inmediato la vista, pero sintió sobre la mejilla su mirada encendida.

El hombre es un violador por naturaleza: ¿no había dicho eso alguien? «Restos de sal... señales de dientes en...». El tren aminoró la marcha y entró en otra estación: Mile End; allí se bajaba él. La joven también, y Rebus se rezagó en el andén hasta perderla de vista, sin saber, en realidad, por qué; a continuación salió a la calle y respiró aire fresco.

Pero sintió más bien monóxido de carbono. Era una calle de tres carriles en ambas direcciones, llena de coches atascados a causa de un camión articulado que no acababa de entrar marcha atrás por la estrecha puerta de un edificio. Viendo a dos agentes desesperados intentar cortar aquel nudo gordiano, dio en pensar por primera vez lo ridículo que era su gorro reglamentario. La gorra de plato escocesa era más normal. Además, en los partidos de fútbol resultaría un blanco más pequeño.

Les deseó mentalmente buena suerte y tomó dirección a Gideon Park —que no era un parque, sino una calle— en busca del número 78, una casa de tres alturas que, según el portero automático de la fachada, constaba de cuatro viviendas. Pulsó el segundo botón a contar por abajo y aguardó; abrió la puerta una esbelta adolescente, con pelo largo teñido de negro y tres pendientes en cada oreja, que le sonrió y le dio un fuerte abrazo.

—Hola, papá —dijo.

Samantha Rebus hizo entrar a su padre y subieron por una estrecha escalera al primer piso en que vivía con su madre. Si el cambio de su hija era espectacular, el cambio en su ex mujer no lo era menos. Nunca había visto tan estupenda a Rhona. Tenía algunas canas, pero llevaba el pelo muy corto y elegante, estaba bronceada y un brillo animaba sus ojos. Se miraron sin decirse nada y acabaron abrazándose.

—John.

—Rhona.

Ella estaba leyendo un libro, y Rebus miró la cubierta: Al faro de Virginia Woolf.

—Yo prefiero más bien Tom Wolfe —bromeó él.

Era un cuarto de estar pequeño, desde luego, pero la astuta disposición de estanterías y espejos procuraba una sensación de mayor espacio. Resultaba extraño ver cosas que él conocía: una de las sillas, un cojín, una lámpara, objetos de su vida con Rhona, que ahora llenaban aquel pisito. Pero le complacía la decoración, la sensación de confort. Se sentaron a tomar el té. Rebus traía regalos: vales de discos para Samantha y bombones para Rhona, que ella aceptó intercambiando una mirada de connivencia con su hija.

Eran dos mujeres. Samantha ya no era una niña. Conservaba la flexibilidad de la niña, pero la manera de moverse, sus gestos y su rostro eran propios de una mujer.

—Tienes muy buen aspecto, Rhona.

Ella hizo una pausa, aceptando el cumplido.

—Gracias, John.

Él acusó su incapacidad para decirle lo mismo. Madre e hija intercambiaron otra mirada. Era como si la convivencia les hubiera llevado a adoptar una especie de telepatía, y, así, fue Rebus quien casi exclusivamente llevó la conversación durante el tiempo que estuvo allí, llenando algo nervioso los silencios.

No dijo cosas de gran importancia. Habló de Edimburgo, aunque sin entrar en detalles de su trabajo, lo cual no le resultó fácil, dado que, aparte de su trabajo, apenas hacía nada más. Rhona le preguntó por antiguas amistades y él hubo de reconocer que no veía a nadie. Ella habló de sus clases y de los precios de la vivienda en Londres. (No advirtió Rebus, por el tono, la menor insinuación de que él aportara algo que les permitiera tener un piso más grande. Al fin y al cabo, era ella la que le había dejado. No por nada, como había dicho ella misma, sino por el hecho de que amaba a un hombre y se había casado con una profesión.) Samantha le habló de sus estudios de secretaria.

—¿Secretaria? —dijo Rebus, tratando de mostrar entusiasmo, pero Samantha replicó fríamente:

—Te lo dije en una carta.

—Ah.

Se produjo otro silencio. A Rebus le dieron ganas de explotar: «¡Leo tus cartas, Sammy! ¡Las devoro! Y perdona que muchas veces no conteste, pero ya sabes que me cuesta escribir cartas, me resulta un trabajo ímprobo, y tengo muy poco tiempo y energías con tantos casos que resolver y tantos subordinados».

Pero no dijo nada. Claro que no dijo nada. Se contentó con su farsa habitual. Una conversación amable intrascendente, charlando de todo un poco y de nada en concreto, en plan muy educado. Insoportable. Totalmente insoportable. Puso las manos abiertas en las rodillas, dispuesto a levantarse con el gesto consabido, diciendo cuánto se había alegrado de verlas, pero que le esperaba una fría cama en aquel hotel, con su máquina dispensadora de hielo y otra de sacar brillo a los zapatos. Comenzó a incorporarse.

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Release date on Litres:
14 November 2024
Volume:
290 p. 1 illustration
ISBN:
9788490563588
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Bookwire
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