Read the book: «Sobre su tumba»
Título original inglés: Standing in Another Man’s Grave
© John Rebus Ltd, 2012.
© de la traducción: Efrén del Valle, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO543
ISBN: 9788490560853
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Créditos
Prólogo
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Primera Parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Segunda parte
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Tercera parte
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Cuarta parte
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Quinta parte
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Sexta parte
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Notas
PRÓLOGO
I
Se había cerciorado de que no se hallaba demasiado cerca de la tumba abierta.
Entre el hueco y él mediaban prietas filas de dolientes. A los portadores del féretro no los habían llamado por sus nombres, sino por sus números. Eran seis, comenzando por el hijo del difunto. La lluvia no había empezado a caer todavía, pero había pedido cita. El cementerio era bastante nuevo y estaba situado al sudeste de la ciudad. Se había saltado el oficio eclesiástico, al igual que se saltaría también las bebidas y los bocadillos posteriores. Estaba estudiando las nucas de los allí presentes: hombros encogidos, sacudidas, estornudos y carrasperas. Había gente a la que conocía, pero probablemente no demasiada. Se hizo un hueco entre dos asistentes y atisbó el pie de la sepultura. A los lados habían extendido unas telas verdes, como si pretendieran enmascarar la realidad. La gente hablaba, pero no alcanzaba a oírlos a todos. No se mencionó el cáncer. Jimmy Wallace había sido «cruelmente arrebatado», y dejaba viuda, tres hijos y cinco nietos. Los niños debían de estar delante; la mayoría eran lo bastante mayores como para saber qué estaba ocurriendo. Su abuela había emitido un penetrante alarido y le estaban infundiendo ánimos.
Por Dios, necesitaba un cigarrillo.
¿Conocía bien a Jimmy Wallace? Llevaba cuatro o cinco años sin verlo, pero habían trabajado en la misma comisaría hacía una década o más. Wallace era un agente uniformado y no pertenecía al Departamento de Investigación Criminal, pero se podía hablar con él de todos modos: bromas, cotilleos y algún que otro dato útil. Se había jubilado hacía seis años, y fue más o menos entonces cuando llegó el diagnóstico, junto con la quimioterapia y la pérdida de cabello.
Pertrechado de su humor característico...
Puede, pero mejor ser un desgraciado y estar vivo. Notó el paquete de tabaco en el bolsillo y supo que retrocedería unos metros y que tal vez se escondería detrás de un árbol a fumar. Aquella idea le recordó a sus días de colegial, cuando unos almacenes de bicicletas impedían ver nada desde la ventana del director. De vez en cuando llegaba algún profesor pidiendo fuego, un cigarrillo o el maldito paquete entero.
Era una figura muy conocida en la comunidad local...
También lo era entre los delincuentes a quienes ayudó a meter entre rejas. Puede que algunos veteranos hubieran acudido a presentar sus respetos. Estaban bajando el ataúd a la tumba y la viuda lloraba otra vez, o tal vez fuera una de sus hijas. Un par de minutos después, todo había terminado. Sabía que había una excavadora oculta cerca de allí. Había hecho el agujero y la utilizarían para llenarlo de nuevo. Habían cubierto el montón de tierra con aquella tela verde. Todo era muy elegante. La mayoría de los dolientes se marcharon. Un hombre con la cara muy arrugada y la boca permanentemente inclinada se metió las manos en los bolsillos de su abrigo de lana negro y se acercó con un leve gesto de reconocimiento.
—John —dijo.
—Tommy —contestó Rebus, quien asintió también.
—Cualquier día de estos nos tocará a nosotros, ¿eh?
—Bueno, todavía no.
Ambos echaron a andar hacia las puertas del cementerio.
—¿Quieres que te lleve?
Rebus meneó la cabeza.
—Tengo el coche fuera.
—El tráfico es una pesadilla, como de costumbre.
Rebus le ofreció un cigarrillo, pero Tommy Beamish le dijo que lo había dejado hacía un par de años.
—El médico me advirtió que cortaba el crecimiento.
Rebus encendió el pitillo y dio una calada.
—¿Cuánto tiempo llevas fuera del negocio? —preguntó.
—Doce años y subiendo. Fui uno de los afortunados. Ha habido muchos como Jimmy. Les regalan el reloj de oro y poco después están en el hoyo.
—Bonita perspectiva.
—¿Por eso sigues trabajando? Me dijeron que estabas en Casos Pendientes.
Rebus asintió lentamente. Ya casi habían llegado a la salida. El primer vehículo pasó junto a ellos con los familiares a la zaga y la mirada fija en la carretera. No sabía qué más decirle a Beamish. No pertenecían ni al mismo rango ni al mismo departamento. Intentó recordar los nombres de algunos colegas a quienes pudieran haber conocido ambos.
—En fin... —Tal vez Beamish estuviese tan cohibido como él, de modo que le tendió la mano y Rebus se la estrechó—. Hasta la próxima.
—Mientras el del traje de pino no sea uno de nosotros...
Con un resoplido, Beamish se fue, y se levantó el cuello del abrigo para protegerse de la lluvia. Rebus apagó el cigarrillo en el tacón del zapato, aguardó unos instantes y se dirigió a su coche.
En efecto, el tráfico de Edimburgo era una pesadilla. Semáforos provisionales, carreteras cortadas y desvíos. Había largos atascos por todas partes, en su mayoría para dar cabida a la construcción de una única línea de tranvías que unirían el aeropuerto y el centro de la ciudad. Aprovechó que estaba detenido para comprobar si tenía algún mensaje, y no se sorprendió al ver que no había recibido ninguno. Ningún caso urgente requería su atención: trabajaba con gente que llevaba mucho tiempo muerta, con víctimas de asesinatos de quienes se había olvidado casi todo el mundo. En los libros de la Unidad de Evaluación de Delitos Graves había once investigaciones, que se remontaban a 1966. La más reciente era de 2002. Cuando había tumbas que visitar, Rebus las visitaba. Los familiares y amigos todavía depositaban flores en algunas de ellas. Había anotado en su libreta los nombres que aparecían en las tarjetas y los había incorporado al archivo. ¿Con qué finalidad? No lo sabía a ciencia cierta. Cuando encendió el reproductor de CD del coche emanó de los altavoces la voz de Jackie Leven, profunda y visceral. Hablaba de alguien que se hallaba junto a la tumba de otro hombre. Rebus entrecerró los ojos. Por un momento estaba de nuevo en el cementerio, y le satisfacía contemplar cabezas y hombros. Extendió la mano hacia el asiento del acompañante y consiguió sacar el libreto de la caja. La canción se titulaba «Another Man’s Rain». Sobre eso cantaba Jackie, sobre encontrarse bajo la lluvia de otro hombre.*
—Ha llegado el momento de pasar por el otorrino —murmuró Rebus para sus adentros.
Jackie Leven también estaba muerto. Era más o menos un año más joven que Rebus. Ambos provenían de Fife. Rebus se preguntaba si la escuela había puesto alguna vez la música del cantante en los partidos de fútbol, que prácticamente era la única ocasión en que coincidían los niños de diferentes centros. Tampoco habría importado: a Rebus nunca lo seleccionaron para el primer equipo y quedó relegado a animar desde las gélidas bandas mientras se sucedían los placajes y los goles y se intercambiaban insultos.
—Bajo la lluvia de todos los cabrones —dijo en voz alta.
En ese momento sonó la bocina del coche de atrás. El conductor tenía prisa. Le esperaban reuniones importantes, gente de renombre a la que estaba dejando plantada. El mundo estallaría y lo devorarían las llamas si el tráfico no empezaba a avanzar. Rebus se preguntaba cuántas horas de su vida habría malgastado de aquella manera, o sentado durante una operación de vigilancia, o rellenando formularios, requerimientos y hojas de servicio. Había llegado un mensaje, y vio que era de su jefe.
«¡Creí que habías dicho a las tres!».
Rebus consultó el reloj. Pasaban cinco minutos de la hora. Llegaría en unos veinte minutos. En otros tiempos tal vez habría llevado sirena. Podría haber invadido el carril contrario, y haberle confiado a la suerte no acabar en urgencias. Pero ni siquiera llevaba placa, porque no era policía. Era un agente retirado que trabajaba para la policía de Lothian y Borders en calidad de civil. Su jefe era el único miembro de la unidad que seguía siendo un agente en activo. Un agente en activo que no estaba nada contento cuidando de los ancianos. Tampoco estaba contento ni con la reunión de las tres ni con el retraso de Rebus.
—¿Qué prisa tienes? —respondió Rebus solo por molestar. Luego subió el volumen de la música y repitió la misma canción. Jackie Leven parecía encontrarse aún junto a la tumba de otro hombre.
Como si la lluvia no fuese lo bastante molesta...
II
Rebus se quitó el abrigo y lo lanzó a la percha situada en la pared opuesta de la oficina.
—Gracias por tomarte la molestia —dijo Cowan.
—Disculpa, Danny.
—Daniel —corrigió Cowan.
—Lo siento, Dan.
Cowan estaba sentado a una de las mesas. No le llegaban los pies al suelo y se adivinaban unos calcetines rojos de cachemira y unos relucientes zapatos de piel negra. En el último cajón guardaba abrillantador y cepillos. Rebus lo sabía porque lo había abierto un día en que Cowan se había ausentado, no sin antes husmear en los dos cajones de arriba.
—¿Qué es lo que andas buscando? —le había preguntado Elaine Robison.
—Pistas —repuso Rebus.
Ahora Robison se encontraba frente a él, y le tendía una taza de café.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó.
—Era un funeral —respondió Rebus mientras se llevaba la taza a los labios.
—¿Podemos empezar? —espetó Cowan.
El traje gris no le sentaba bien. Las hombreras eran excesivas, y las solapas demasiado anchas. Se pasó una mano por el cabello con gesto desafiante.
Rebus y Robison tomaron asiento junto a Peter Bliss, a quien parecía que le costaba respirar incluso en reposo. Pero hacía veinte años ya tenía aquel jadeo, y puede que hace cuarenta también. Solo era un poco mayor que Rebus, y llevaba en la unidad más tiempo que todos ellos. Estaba sentado con las manos cruzadas sobre su prodigiosa barriga, como si retara al universo a que le mostrara algo que no hubiera visto ya. Desde luego había visto a muchos como el sargento Daniel Cowan. Así se lo había dicho a Rebus en su primer día en la unidad: «Se cree que su comisaría está por encima de la nuestra, que es demasiado bueno, y los jefes lo saben y lo han mandado aquí para bajarle un poco los humos».
Antes de jubilarse, Bliss había ascendido a inspector, al igual que Rebus. Elaine Robison era agente y atribuía el no haber cosechado mayores logros a que siempre había antepuesto la familia a su carrera profesional.
—Lo cual está muy bien —le dijo Rebus, y añadió, unas semanas después, cuando ya la conocía mejor, que su matrimonio había perdido la batalla con el trabajo de buen comienzo.
Robison acababa de cumplir cincuenta años. Su hijo y su hija se habían ido de casa, se habían licenciado y se habían trasladado al sur para trabajar. Había fotos enmarcadas de ellos sobre la mesa, junto a otras en las que aparecía Robison posando sobre el puente de la bahía de Sídney y sentada a los mandos de una avioneta. Recientemente había empezado a teñirse el pelo, aunque Rebus no tenía nada que objetar al respecto. Aun con canas habría parecido diez años más joven, e incluso podía pasar por una mujer de treinta y cinco, al igual que Cowan.
Este había situado las sillas en línea recta delante de su mesa, de modo que todos tuvieran que mirarlo.
—¿Llevas esos calcetines por alguna apuesta, Danny? —preguntó Rebus mientras sorbía de la taza.
Cowan obvió el comentario con una leve sonrisa.
—¿He oído bien, John? ¿Has presentado una solicitud para reincorporarte?
El sargento esperó a que Rebus reconociese que era cierto. Habían retrasado la edad de jubilación, lo cual significaba que los de la quinta de Rebus podían tratar de reingresar en el cuerpo.
—La cuestión —prosiguió Cowan, quien se inclinó un poco hacia delante— es que vendrán a pedirme referencias y, tal como van las cosas, no será lo que se dice una carta elogiosa.
—Si quieres, te puedo firmar un autógrafo de todos modos —replicó Rebus.
Era difícil saber si el jadeo de Peter Bliss había adoptado un timbre distinto o si estaba conteniendo una carcajada. Robison bajó la mirada y sonrió. Cowan meneó la cabeza lentamente.
—¿Puedo recordaros a todos que esta unidad está en peligro? —dijo de manera pausada—. Y, si cierra, solo aceptarán a uno de nosotros en el clero. —Se señaló el pecho con un dedo—. Sería de agradecer algún resultado o algún progreso.
Todos sabían de qué hablaba. La Fiscalía estaba creando una Unidad de Casos Pendientes para toda Escocia. Si pasaban a encargarse de sus tareas, su trabajo sería historia. La UCP contaría con una base de datos de noventa y tres casos que se remontaban a los años cuarenta, incluidos todos los de la autoridad policial de Lothian y Borders. Una vez que la UCP estuviera en marcha sería inevitable que se formularan preguntas sobre la utilidad del equipo de Edimburgo, más reducido. El dinero escaseaba. Ya se rumoreaba que desempolvar viejos casos sin resolver solo servía para consumir recursos de investigaciones actuales (y más urgentes) dentro y fuera de la ciudad.
—Sería de agradecer algún resultado —insistió Cowan.
Se levantó de la mesa, la rodeó y arrancó de la pared un recorte de prensa, que agitó para causar mayor efecto.
—Unidad de Casos Pendientes de Inglaterra —recitó—. Sospechoso acusado del asesinato de un adolescente, cometido hace casi cincuenta años. —Les paseó el recorte por delante de la cara—. ADN..., análisis de la escena del crimen..., testigos a los que les remordía la conciencia... Ya sabemos cómo funciona esto, así que ¿por qué no hacemos que funcione?
Parecía exigir una respuesta, pero no llegó ninguna. El silencio se prolongó hasta la interrupción de Robison.
—No siempre disponemos de los recursos necesarios —dijo—, por muchas pruebas que haya. Es difícil practicar pruebas de ADN cuando la ropa de la víctima se ha perdido en algún momento de la investigación.
—Pero hay muchos casos en los que sí tenemos la ropa, ¿no es cierto?
—¿Y podemos pedirles a todos los varones de una ciudad una muestra de ADN para cotejarlas? —apostilló Bliss—. ¿Y los que han muerto o se han mudado mientras tanto?
—Ese optimismo tuyo es la razón por la que me caes tan bien, Peter. —Cowan dejó el recorte sobre la mesa y cruzó los brazos—. Es por vosotros —añadió—. Yo estaré estupendamente. Lo digo por vosotros. —Hizo una pausa efectista—. Por vosotros, tenemos que lograr que esto funcione.
De nuevo reinó el silencio en la sala, roto tan solo por la respiración de Bliss y un suspiro de Robison. Cowan tenía la mirada clavada en Rebus, pero este estaba ocupado apurando el café.
III
Bert Jansch también estaba muerto. Rebus lo había visto dar algunos conciertos en solitario en Edimburgo a lo largo de los años. Jansch había nacido en la ciudad, pero se había hecho un nombre en Londres. Aquella noche, después de trabajar, y solo ya en su piso, Rebus puso un par de discos de Pentangle. No era un experto, pero podía distinguir el sonido de Jansch del de John Renbourn, el otro guitarrista del grupo. Por lo que sabía, Renbourn seguía vivo, y tal vez residiera en Borders. ¿O era Robin Williamson? En una ocasión había llevado a su compañera Siobhan Clarke a un concierto de Renbourn y Williamson, y la había conducido al Biggar Folk Club sin decirle por qué. Cuando los dos músicos subieron al escenario —con semblante de acabar de levantarse de una butaca junto a una hoguera—, se había inclinado hacia ella.
—Uno de ellos tocó en Woodstock, ¿lo sabías? —susurró.
Todavía tenía la entrada del Biggar guardada en alguna parte. Solía conservarlas, aunque sabía que era una cosa más que habría que tirar a la basura cuando él ya no estuviese. Junto al tocadiscos había una púa de plástico. La había comprado hacía años, después de pasearse por una tienda de instrumentos y decirle al joven cajero que tal vez volvería más tarde a comprar una guitarra de verdad. El dependiente mencionó que la púa la había fabricado un escocés llamado Jim Dunlop, quien también se dedicaba a los pedales de efectos. Desde entonces, Rebus había desgastado la inscripción de la púa, pero jamás la había utilizado con una guitarra.
—Tampoco he aprendido a pilotar un avión —se dijo a sí mismo.
Estudió el cigarrillo que sostenía. Meses atrás se había sometido a una revisión médica, y había recibido las advertencias habituales. Su dentista también buscaba siempre los primeros indicios de algo desagradable. Pero todo estaba en orden, por el momento.
—Todas las rachas de suerte se acaban, John —le dijo el odontólogo—. Créame.
—¿Puedo apostar al caballo ganador? —respondió Rebus.
Apagó el pitillo en un cenicero y contó cuántos quedaban en el paquete. Ocho, lo cual significaba que se había fumado unos doce aquel día. No estaba mal, ¿verdad? En su día se habría terminado un paquete y ya habría abierto otro. Tampoco bebía tanto: un par de cervezas por la noche, y uno o dos tragos de whisky antes de acostarse. Ahora tenía una cerveza abierta, la primera del día. Ni a Bliss ni a Robison les apetecía tomar una copa después del trabajo, y no se planteó preguntarle a Cowan. Este solía quedarse en la oficina hasta tarde. Trabajaban en la comisaría de Fettes Avenue, lo cual le brindaba a Cowan la posibilidad de toparse con altos mandos, gente potencialmente útil para él que repararía en el lustre de sus zapatos y a quienes siempre se dirigía con educación.
—Eso se llama acoso —le dijo Rebus una vez cuando lo descubrió riéndose con demasiado entusiasmo de un viejo chiste que había contado uno de los subcomisarios—. Y me he dado cuenta de que no le paras los pies cuando te llama Dan...
Sin embargo, en cierto modo Rebus se compadecía de Cowan. A buen seguro, había agentes menos cualificados que habían logrado ascender a lo más alto. Cowan era consciente de ello, y lo corroía por dentro, al punto de que estaba casi vacío. El equipo había sufrido a causa de ello, lo cual era una lástima. A Rebus le gustaban muchos aspectos del trabajo. Sentía un pequeño temblor de excitación cada vez que abría la carpeta de un viejo caso. Podía haber cajas y más cajas, cada una de ellas dispuesta a embarcarlo en un viaje en el tiempo. Los periódicos amarillentos no solo contenían noticias sobre el crimen, sino también artículos sobre acontecimientos nacionales e internacionales, además de deportes y anuncios. Le pedía a Elaine Robison que calculara cuánto costaban un coche o una casa en 1974, y le leía la clasificación de la liga de fútbol a Peter Bliss, que tenía maña para recordar nombres de jugadores y entrenadores. Pero, a la postre, Rebus volvía al crimen, a los detalles, las entrevistas, las pruebas y los testimonios familiares: «Alguien cree que se ha salido con la suya... sabe que se ha salido con la suya». Albergaba la esperanza de que todos aquellos asesinos estuviesen en alguna parte, inquietándose cada vez más al leer sobre los avances en materia de detección y tecnología con el paso de los años. Puede que cuando sus nietos quisieran ver CSI o Caso cerrado tuviesen que marcharse del salón y sentarse en la cocina. Tal vez no pudiesen soportar leer la prensa o escuchar en paz las noticias en la radio o la televisión por temor a enterarse de que se había reabierto el caso.
Rebus le había propuesto a Cowan asegurarse de que los medios de comunicación informaran sobre cualquier avance de forma periódica, fuese real o no, solo para asustar a los culpables.
«Quizá detectaríamos algún movimiento».
Pero a Cowan no le había interesado. ¿No tenían ya suficientes problemas los medios por inventar historias?
«No lo harían ellos —había insistido Rebus—, seríamos nosotros». Pero Cowan siguió meneando la cabeza.
El disco terminó y Rebus levantó la aguja del vinilo. Todavía no eran las nueve: demasiado temprano como para plantearse ir a la cama. Ya había cenado; también había llegado a la conclusión de que en la televisión no daban nada que mereciera la pena. La botella de cerveza estaba vacía. Se acercó a la ventana y contempló el edificio de apartamentos de enfrente. Un par de niños en pijama lo observaban desde un piso de la primera planta. Al saludarlos, pusieron pies en polvorosa. Ahora daban vueltas el uno alrededor del otro en medio de su habitación, saltando de puntillas, sin atisbo alguno de sueño, y él había sido desterrado de su universo.
Sin embargo, sabía lo que le estaban diciendo: había otro mundo ahí fuera. Y eso solo podía significar una cosa.
—Pub —dijo Rebus en voz alta, y cogió el teléfono y las llaves. Luego apagó el tocadiscos y el amplificador y, al ver de nuevo la púa, decidió que lo acompañaría.
PRIMERA PARTE
Un hombre desaparece en los peldaños de un bar
con un maltrecho pedazo de cielo...
1
Estaba solo en la oficina cuando sonó el teléfono. Cowan y Bliss habían ido a la cafetería, y Robison tenía cita con el médico. Rebus atendió la llamada. Era de recepción.
—Una señora quiere hablar con el inspector Magrath.
—Entonces se equivoca de oficina.
—No es lo que dice ella.
Rebus vio entrar a Bliss en la sala con un refresco en una mano, un bocadillo en la otra y una bolsa de patatas fritas sujeta entre los dientes.
—Un momento —dijo al teléfono. Después, a Bliss—: ¿Te suena un tal inspector Magrath?
Bliss dejó el bocadillo sobre la mesa y se sacó la bolsa de la boca.
—Es el fundador de este lugar —respondió a Rebus.
—¿A qué te refieres?
—Fue el primer jefe de la UEDG. Nosotros somos todos sus retoños, por así decirlo.
—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Quince años, tal vez.
—Hay alguien abajo que lo está buscando.
—Pues buena suerte. —Bliss se percató de la mirada de Rebus—. No está muerto ni nada. Aceptó jubilarse hace seis años y se compró una casa en la costa norte.
—El inspector Magrath no trabaja aquí desde hace seis años —explicó Rebus por teléfono.
—¿Puede hablar con otra persona, entonces? —le preguntaron.
—Andamos un poco ajetreados aquí arriba. ¿De qué se trata?
—De una persona desaparecida.
—No es nuestro departamento.
—Por lo visto, se reunió con el inspector Magrath y le dio su tarjeta.
—¿Tiene nombre? —preguntó Rebus.
—Nina Hazlitt.
—¿Nina Hazlitt? —repitió Rebus para que Peter Bliss estuviese al corriente.
Este pensó unos instantes y meneó la cabeza.
—¿Y qué cree que podemos hacer por ella? —le preguntó Rebus al empleado de recepción.
—¿No sería mucho más sencillo que se lo preguntara usted mismo?
Rebus reflexionó unos momentos. Bliss estaba sentado a su mesa, abriendo el bocadillo de gambas con salsa rosa, que era lo que compraba siempre en la cafetería. Cowan aparecería pronto con olor a patatas con sabor a bacón en los dedos. Puede que un paseo por el piso de abajo no fuese tan mala idea.
—Cinco minutos —dijo antes de colgar.
Después le preguntó a Bliss si la oficina se había ocupado alguna vez de personas desaparecidas.
—Bastante trabajo tenemos ya, ¿no crees?
Bliss le dio un ligero puntapié a un archivador que olía a humedad y que estaba apilado junto a otra media docena.
—Puede que Magrath trabajara con personas desaparecidas antes de llegar aquí.
—Por lo que recuerdo estaba en el Departamento de Investigaciones Criminales.
—¿Lo conocías?
—Todavía lo conozco. Me llama de vez en cuando para comprobar si la UEDG sigue aquí. Me contrató él. Fue prácticamente lo último que hizo antes de aceptar el reloj de oro. Después llegó Eddie Tranter, y luego le tocó el turno a Cowan.
—¿Me pitan los oídos?
Cowan franqueó la puerta en ese momento; removía un cappuccino con una cucharilla de plástico blanca. Rebus sabía que procedería a lamer aquella cuchara hasta que no quedara rastro de espuma y que la depositaría en la papelera. Luego sorbería el café mientras leía el correo electrónico, y la sala se llenaría del aroma a bacón humeante y gamba avinagrada.
—Pausa para el cigarrillo —anunció Rebus mientras se ponía la chaqueta.
—Espero que no tardes mucho —advirtió Cowan.
—¿Ya me echas de menos? —preguntó Rebus, y le lanzó un beso antes de dirigirse hacia la puerta.
La zona de recepción no era muy grande y fue fácil localizar a la mujer, pues era la única persona que estaba sentada en la hilera de sillas. Se puso en pie cuando Rebus se acercó. Se le cayó el bolso que tenía apoyado en el regazo y se agachó para recoger el contenido: un trozo de papel, varios bolígrafos, encendedor, gafas de sol y teléfono móvil. Rebus decidió no prestarle ayuda y dejarla que se incorporara y se recompusiera la vestimenta y el cabello.
—Me llamo Nina Hazlitt —le dijo, mientras le tendía la mano.
—John Rebus —repuso él.
Le agarró la mano con fuerza, y en su muñeca se agitaron varias pulseras de oro. Llevaba el pelo, de un tono rubio rojizo, cortado en lo que Rebus habría denominado una media melena. Le calculó casi cincuenta años, y a ambos lados de sus ojos azul claro tenía arrugas de reírse.
—¿El inspector Magrath se ha retirado?
Rebus respondió con un gesto de asentimiento y ella le entregó la tarjeta de visita. Estaba manchada por el paso del tiempo y tenía las esquinas dobladas.
—Intenté telefonear...
—Esos números no están activos desde hace mucho tiempo. ¿Qué la trae por aquí, señora Hazlitt?
Rebus le devolvió la tarjeta y se metió las manos en los bolsillos.
—Hablé con el inspector Magrath en 2004. Fue muy generoso con su tiempo. —Hablaba con brusquedad—. Al final no pudo ayudarnos, pero hizo lo que pudo. No todo el mundo era así, y eso no ha cambiado, así que se me ocurrió acudir a él. —Hizo una pausa—. ¿De verdad se ha jubilado?
Rebus asintió de nuevo.
—Hace seis años.
—Seis años...
Tenía la mirada perdida, confusa, como si se preguntara adónde había ido el tiempo.
—Me han comentado que está aquí por una persona desaparecida —aventuró Rebus.
La mujer parpadeó y pareció volver a la Tierra.
—Es mi hija Sally.
—¿Cuándo desapareció?
—En la Nochevieja de 1999 —recitó Hazlitt.
—¿No ha dado señales de vida desde entonces?
La mujer bajó la cabeza, meneándola.
—Lamento oír eso —dijo Rebus.
—No he tirado la toalla. —Hazlitt respiró hondo y clavó la mirada en la de su interlocutor—. No podré hacerlo hasta que sepa la verdad.
—Lo entiendo.
La mujer suavizó un poco la mirada.
—Me han dicho justamente eso tantas veces...
—Estoy seguro. —Rebus volvió la cabeza hacia la ventana—. Mire, me disponía a salir a fumar un cigarrillo. ¿Le apetece uno?
—¿Cómo sabe que fumo?
—He visto lo que llevaba en el bolso, señora Hazlitt —repuso él, y le indicó el camino hacia la puerta.
Ambos recorrieron el acceso de vehículos en dirección a la carretera. Hazlitt había rechazado la oferta de un Silk Cut; prefería sus mentolados. Al comprobar que el encendedor barato de Rebus no funcionaba, buscó su Zippo en el bolso.
—No veo a muchas mujeres con uno de esos —observó él.
—Era de mi marido.
—¿Era?
—Solo duró un año después de la desaparición de Sally. Los médicos dictaminaron que había sido una embolia. No les gusta poner «corazón roto» en los certificados de defunción.
—¿Sally es su única hija?
Hazlitt asintió.
—Acababa de cumplir dieciocho años. Le faltaban seis meses para terminar la escuela. Luego pensaba ir a la universidad a estudiar filología inglesa. Tom era profesor de filología...
—¿Tom era su marido?
Ella asintió.
—La casa estaba llena de libros. No es de extrañar que se aficionara. Cuando era pequeña, Tom solía leerle un cuento antes de dormir. Una noche entré, esperando que fuese un libro ilustrado, pero era Grandes esperanzas.
El recuerdo le hizo sonreír y arrugó la cara. Aunque todavía le quedaba más de medio cigarrillo, lo tiró a la calzada.
—Sally y unos amigos habían alquilado una especie de chalé cerca de Aviemore. Nuestro regalo de Navidad había sido su parte del gasto.
—El cambio de milenio —comentó Rebus—. Supongo que no fue barato.
—No lo fue. Pero en principio era para cuatro personas, y se metieron seis. Eso ayudó un poco.
—¿Esquiaba?
Hazlitt meneó la cabeza.
—Sé que la ciudad es famosa por eso, y al menos dos de las chicas sabían esquiar, pero Sally solo quería pasárselo bien. Habían estado en Aviemore; las invitaron a un par de fiestas. Todos pensaban que debía de estar en la otra. No había habido una pelea ni nada por el estilo.
—¿Había bebido?
—Imagino que sí. —Hazlitt se abotonó la delgada chaqueta para protegerse del frío—. Esperaba una llamada a medianoche, aunque sabía que, en el mejor de los casos, la cobertura de su teléfono no era buena. A la mañana siguiente, sus amigos pensaron que había conocido a alguien y se había quedado a dormir. —Se detuvo de manera abrupta y miró a Rebus a los ojos—. Ella no era así.
—¿Tenía novio?
—Habían roto aquel otoño. Lo interrogaron en su momento.
Rebus no recordaba el caso en absoluto, pero Aviemore se encontraba a mucha distancia en dirección norte desde Edimburgo.
—Tom y yo tuvimos que viajar a Escocia...
—¿Desde dónde? —interrumpió Rebus.
Había dado por sentado que, si bien su acento era inglés, vivía en la ciudad.
—Desde Londres —respondió—. Crouch End. ¿Lo conoce? —Rebus negó con la cabeza—. Tuvimos suerte. Los padres de Tom nos ayudaron a comprar la casa cuando nos casamos. Habían ganado dinero. —Hizo una pausa—. Lo siento, sé que nada de eso es relevante.
—¿Quién se lo ha dicho? —preguntó Rebus.
—Muchos agentes de policía —reconoció con otra sonrisa triste.
—¿Y cómo acabó hablando con el inspector Magrath? —inquirió Rebus con auténtica curiosidad.
—Hablé con todo el mundo. Con todo el mundo que me pudiese dedicar algo de tiempo. Había leído una mención al inspector Magrath en un periódico. Estaba especializado en crímenes sin resolver. Y después del segundo... —Hazlitt vio que le estaba prestando atención y respiró hondo, como si estuviese preparándose para un recitado—. En mayo de 2002, en la A834, cerca de Strathpeffer. Se llamaba Brigid Young. Tenía treinta y cuatro años y trabajaba de auditora. El coche estaba aparcado en una cuneta con un neumático pinchado. No se la volvió a ver nunca más. Desaparecen tantas personas cada año...
—Pero ¿esta tenía algo de especial?
—Bueno, es la misma carretera, ¿no?
—¿Ah, sí?
—Strathpeffer está justo al lado de la A9. Consulte un mapa si no me cree.
—Cierto —dijo Rebus.
Hazlitt lo miró con dureza.
—Reconozco ese tono. Significa que empieza a albergar dudas sobre mí.
—¿Eso es un hecho?
Ella le hizo caso omiso y siguió adelante.
—El tercero fue en 2008, en la A9. Un centro de jardinería entre Stirling y Auch... —Hazlitt frunció el ceño—. Donde está el Hotel Gleneagles.
—¿Auchterarder?
Ella asintió.
—Era una chica de veintidós años llamada Zoe Beddows. Su coche estuvo en el aparcamiento dos días. Fue entonces cuando empezó a levantar sospechas.
Rebus se había fumado el cigarrillo hasta el filtro.
—Señora Hazlitt...
Ella lo interrumpió y alzó la mano.
—Lo he oído muchas veces como para no saber qué va a decir. No hay pruebas, los cuerpos no llegaron a aparecer y, por tanto, para ustedes no hay crimen. Solo soy otra madre que ha perdido el raciocinio además de a su hija. ¿Basta con eso, inspector?
—Yo no soy inspector —replicó en voz baja—. Lo era, pero estoy retirado. Trabajo para la policía como civil. Fuera de Casos Pendientes no tengo autoridad, lo cual significa que no le sería muy útil.
—¿Y si no son casos sin resolver?
Hazlitt había elevado el tono de voz y temblaba ligeramente.
—Puede que se me ocurra alguien con quien pueda hablar.
—¿Se refiere al DIC? —Esperó a que Rebus asintiera. Se cruzó de brazos y volvió la cabeza—. Ahora mismo vengo de allí. La inspectora apenas me hizo caso.
—Quizá si hablo yo con ella primero...
Rebus se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta para coger el teléfono.
—Dijo que se llamaba Clarke. —Hazlitt miró de nuevo a Rebus—. Ya ve, ha vuelto a ocurrir. Y ocurrirá de nuevo.
Hizo una pausa y cerró los ojos con fuerza. Una lágrima empezó a recorrerle la mejilla izquierda.
—Sally fue solo la primera.
2
—Eh, tú —dijo Rebus mientras salía del coche.
—¿Qué pasa? —La inspectora Siobhan Clarke volvió ligeramente la cabeza para mirar el edificio del que acababa de salir—. ¿Los malos recuerdos te impiden entrar?
Rebus dedicó unos instantes a estudiar el deprimente edificio de dos plantas de la comisaría de Gayfield Square.
—Acabo de llegar —repuso, aunque ya llevaba cinco minutos dentro del Saab—. Parece que ha terminado tu turno...
—Buena deducción. —Clarke sonrió, dio unos pasos al frente y le pellizcó en la mejilla—. ¿Qué tal estás?
—Parece que todavía conservo esa vieja pasión por la vida.
—¿Te refieres al alcohol y la nicotina?
Rebus se encogió de hombros y le devolvió la sonrisa, pero no medió palabra.
—Para responder a tu pregunta —dijo ella—, voy a comer, aunque es tarde. Suelo ir a un bar de Leith Walk.
—Si me estás pidiendo que te acompañe, tengo que poner algunas condiciones.
—¿De qué se trata?
—Nada de lonchas de bacón ni gambas.
Clarke pareció meditarlo unos momentos.
—Eso podría echar a perder el trato. —Señaló el Saab—. Voy a buscar un tique si piensas dejarlo ahí. Hay un aparcamiento de pago al otro lado de la calle.
—¿A 1,80 la hora? Soy pensionista, no lo olvides.
—¿Quieres comprobar si hay sitio en el aparcamiento?
—Prefiero el aroma del peligro.
—Ese espacio es para coches patrulla. He visto a la grúa llevarse vehículos civiles.
Clarke se dio la vuelta, empezó a subir la escalera y le pidió que le diera un minuto. Rebus se dio cuenta de que el corazón le latía un poco más rápido de lo normal y se llevó una mano al pecho. Tenía razón sobre su renuencia a entrar en su antigua comisaría: era allí donde había trabajado con ella hasta que se jubiló. Media vida como policía y, de repente, el cuerpo ya no parecía necesitarlo. Volvió a pensar en el cementerio y en la tumba de Jimmy Wallace, y le invadió un leve temblor. La puerta que tenía enfrente se abrió. Clarke agitaba algo con la mano. Era un cartel rectangular que llevaba impreso «ASUNTO OFICIAL DE LA POLICÍA».
—Lo guardamos detrás del mostrador por si hay alguna emergencia —explicó Clarke. Rebus abrió el Saab y lo colocó en la parte interior del parabrisas—. Y por eso —añadió ella— me invitas a una patata al horno...
No era una patata cualquiera, sino que estaba rellena de requesón y piña. Había mesas pegajosas de formica y cubertería de plástico, además de vasos de papel para el té de los cuales colgaba el cordón.
—Muy elegante —observó Rebus mientras sacaba la bolsita de té y la depositaba en la servilleta de papel más pequeña y delgada que había visto jamás.
—¿No comes nada? —preguntó Clarke, que pelaba la patata como una auténtica profesional.
—Estoy demasiado ocupado para eso, Siobhan.
—¿Todavía te gusta la vida de arqueólogo?
—Hay peores trabajos en el mar.
—No me cabe ninguna duda.
—¿Y tú? ¿Te ha ido bien el ascenso?
—El trabajo no respeta rangos.
—Te lo merecías de todos modos.
No pensaba negarlo. En lugar de eso, bebió un sorbo de té y se llevó a la boca un tenedor cargado de requesón. Rebus intentó recordar cuántos años habían trabajado juntos; en realidad no fue mucho tiempo. Últimamente no se veían muy a menudo. Ella tenía un «amigo» que vivía en Newcastle. Los fines de semana solía ir allí. Y luego estaban las veces en que lo llamaba o le enviaba un mensaje de texto y él se inventaba alguna excusa para no verse, sin saber muy bien por qué, ni siquiera mientras respondía.
—No puedes posponerlo para siempre, ¿sabes? —dijo Clarke, mientras le apuntaba con el tenedor vacío.
—¿El qué?
—El favor que vas a pedirme.
—¿Y qué favor es ese? ¿Es que un viejo amigo no puede pasarse para charlar y ponerse al día?
Clarke lo observó, masticando la comida lentamente.
—De acuerdo —reconoció—. Se trata de la persona que ha venido a verte a primera hora de la mañana.
—¿Sally Hazlitt?
—Sally es la hija —corrigió Rebus—. Tú hablaste con Nina.
—¿Y luego fue corriendo a verte a ti? ¿Cómo lo sabía?
—¿Saber qué?
—Que antes éramos compañeros.
Por un momento creyó que iba a decir «íntimos», pero no lo hizo; optó por «compañeros», al igual que antes había utilizado la palabra «civiles».
—No lo sabía. Un tal Magrath era director de la UEDG, y andaba buscándolo.
—¿Un hombro en el que llorar? —aventuró Clarke.
—Hace doce años que no se sabe nada de su hija.
Clarke escrutó la atestada cafetería para cerciorarse de que no había nadie escuchando, pero de todos modos bajó el tono de voz.
—Ambos sabemos que debería haberse olvidado del asunto hace mucho tiempo. Puede que ya no sea posible, pero lo que necesita es terapia, no a nosotros.
Hubo un silencio entre ellos por un momento. Clarke parecía haber perdido el interés en la comida que le quedaba. Rebus señaló el plato con la cabeza.
—Me ha costado 2,95 —protestó—. Por lo visto creía que la habías mandado a paseo demasiado rápido.
—Perdóname si no soy siempre un encanto a las ocho y media de la mañana.
—Pero ¿la escuchaste?
—Por supuesto.
—¿Y?
—¿Y qué?
Rebus dejó que se impusiera el silencio unos segundos. En el exterior, la gente pasaba a toda prisa por la acera. Imaginaba que no había nadie sin una historia que contar, pero no siempre era fácil encontrar a alguien comprensivo.
—¿Cómo va la investigación? —preguntó Rebus al final.
—¿Cuál?
—La de la niña desaparecida. Supongo que por eso acabó hablando contigo...
—Dijo en recepción que tenía información. —Clarke buscó en su chaqueta, sacó una libreta y la abrió por la parte relevante—. Sally Hazlitt —entonó—. Brigid Young, Zoe Beddows. Aviemore, Strathpeffer, Auchterarder. Mil novecientos noventa y nueve, dos mil dos, dos mil ocho. —Cerró la libreta de nuevo—. Sabes tan bien como yo que es poco consistente.
—No como la piel de esa patata —intervino Rebus—. Y sí, estoy de acuerdo, es poco consistente tal como están las cosas. Cuéntame el último episodio.
Clarke meneó la cabeza.
—Si vas a verlo de ese modo, no.
—De acuerdo, no es un «episodio». Es una persona desaparecida.
—Desde hace tres días, lo cual significa que todavía hay posibilidades de que entre tan campante en casa y pregunte a qué viene tanto revuelo.
Clarke se levantó en dirección al mostrador y volvió momentos después con la edición de la mañana de The Evening News. La foto aparecía en la página 5. En ella se veía a una chica ceñuda de quince años con una larga melena morena y un flequillo que casi le tapaba los ojos.
—Annette McKie —prosiguió Clarke—, conocida entre sus amigas como Zelda, por el juego de ordenador. —Detectó la mirada de Rebus—. Ahora la gente juega con el ordenador; no hace falta ir al pub y meter dinero en una máquina.
—Siempre has tenido una veta ofensiva —farfulló Rebus antes de ponerse a leer de nuevo.
—Cogió el autobús a Inverness para asistir a una fiesta —continuó Clarke—. La invitó alguien a quien conoció en Internet. Lo hemos corroborado. Pero le dijo al conductor que estaba mareada, así que se detuvo junto a una gasolinera de Pitlochry y la dejó bajar. Pasaba otro autobús un par de horas después, pero le dijo que probablemente haría autoestop.
—Y no llegó a Inverness —dijo Rebus, mirando de nuevo la foto. Malhumorada: ¿era una descripción adecuada? Pero, a su juicio, no cabía duda de que se trataba de una pose. Estaba copiando una imagen y un estilo, pero no lo vivía del todo.
—¿Qué hay de su vida familiar?
—No era la mejor. Tenía un historial de absentismo escolar y tomaba drogas. Sus padres se separaron. El padre está en Australia y la madre vive en Lochend con los tres hermanos de Annette.
Rebus conocía Lochend: no era en modo alguno el barrio más hermoso de la ciudad, pero la dirección de Edimburgo explicaba la intervención de Clarke. Terminó de leer el artículo, pero dejó el periódico abierto sobre la mesa.
—¿No hay nada de su teléfono móvil?
—Solo una foto que le envió a un conocido.
—¿Qué clase de foto?
—Colinas..., campos. Es probable que sean las afueras de Pitlochry. —Clarke estaba mirándolo—. Aquí poco puedes hacer, John —añadió, sin ningún atisbo de antipatía.
—¿Y quién ha dicho que quiera hacer algo?
—No olvides que te conozco.
—Quizá he cambiado.
—Quizá. Pero, en ese caso, alguien debe acallar el rumor que he oído.
—¿Y qué rumor es ese?
—Que has pedido volver al redil.
Rebus la miró.
—¿Quién querría a un carcamal como yo?
—Muy buena pregunta. —Clarke apartó el plato—. Tengo que volver.
—¿No estás impresionada?
—¿Por qué?
—Porque no te haya arrastrado al primer pub por el que hayamos pasado.
—Resulta que no hemos pasado por delante de ningún pub.
—Esa debe de ser la respuesta —dijo Rebus, con un gesto de asentimiento.
De vuelta en Gayfield Square, abrió el Saab y le entregó el cartel.
—Guárdalo —le dijo—. Puede que lo necesites.
Entonces lo sorprendió con un abrazo y un último pellizco en la mejilla antes de desaparecer en el interior de la comisaría. Rebus se metió en el coche, dejó el cartel en el asiento del acompañante y lo observó.
ASUNTO OFICIAL DE LA POLICÍA
¿Por qué no un simple «POLICÍA»? No dejaba de mirar aquella palabra. Le había dedicado gran parte de su vida a ella, pero cada año que pasaba se preguntaba qué significaba y cómo encajaba él. «Aquí poco puedes hacer...». Su teléfono le anunció que había un mensaje para él.
¿Es cosa mía o esto se está convirtiendo en un intento de batir el récord mundial del cigarrillo más lento jamás fumado?
Era Cowan otra vez. Rebus decidió no contestar. Sacó una tarjeta de visita del bolsillo. Se la había cambiado a Nina Hazlitt por la suya. En la otra cara figuraban los datos del inspector Gregor Magrath; en el reverso había escrito un número de teléfono, con el nombre de Hazlitt debajo. Dejó la tarjeta en el asiento del acompañante, la metió debajo del cartel de plástico y arrancó el motor.
3
La primera remesa de archivos tardó casi una semana en llegar. Rebus se había pasado todo el día intentando localizar a las personas adecuadas en los departamentos correspondientes de las comisarías Central y del Norte de Escocia. La primera tenía bajo su jurisdicción el centro de jardinería situado cerca de Auchterarder, aunque a Rebus le dijeron al principio que hablara con la policía de Tayside. La Comisaría del Norte cubría Aviemore y Strathpeffer, pero pertenecían a divisiones diferentes, lo cual significaba que debía llamar a Inverness y Dingwall.
Se suponía que todo debía ser más sencillo. Había planes para fusionar las ocho regiones en un único cuerpo, pero ello no había sido de utilidad para Rebus, quien tenía la sensación de que el auricular del teléfono empezaba a generar calor por el contacto con su cuerpo.
Bliss y Robison le preguntaron qué se traía entre manos y los invitó a tomar algo en la cafetería para explicárselo.
—¿Y no vamos a decírselo al jefe? —preguntó Robison.
—No, a menos que no nos quede más remedio —repuso Rebus.
Al fin y al cabo, todas las carpetas se parecían mucho. La primera en llegar había sido enviada desde Inverness. Olía un poco a humedad y se apreciaba un tenue brillo en la portada. Era el expediente sobre Brigid Young. Rebus pasó media hora leyéndolo y no tardó en llegar a la conclusión de que había mucho relleno. A falta de indicios, la policía local había entrevistado a todo el mundo que tenía a su alcance, y no añadió sino páginas de transcripciones dispersas. Las fotos de la escena apenas arrojaban algo de luz. Young conducía un Porsche blanco con tapicería de color crema. No se había encontrado su bolso, ni tampoco el juego de llaves. El maletín estaba en el asiento del acompañante. No se halló ninguna agenda, pero había una en su puesto de trabajo en Inverness. Había asistido a una reunión de Culbokie e iba de camino a otra en un hotel sito en la costa de Loch Garve. No había utilizado el teléfono para notificarle a nadie el pinchazo del neumático ni para comunicarle a su cliente en el hotel que llegaba con retraso por la sencilla razón de que se lo había dejado en la reunión anterior. La carpeta incluía algunas fotografías familiares y recortes de prensa. Rebus la habría definido como atractiva, más que hermosa: tenía una mandíbula fuerte y marcada, y miraba a la cámara con sensatez, como si la fotografía fuese otra tarea que tachar de su lista. Había una nota en la que se informaba de que el maletín y todo lo que contenía el coche, además del propio Porsche, habían sido devueltos a la familia. No estaba casada: vivía sola en una casa junto al río Ness. La madre residía en la zona, en la misma casa que la hermana de Brigid. Se había añadido información de manera esporádica al expediente desde 2002. Se solicitaron datos coincidiendo con el primer aniversario de la desaparición, y un noticiario local emitió una reconstrucción de los hechos, pero ninguna de las dos cosas arrojó más pistas. La actualización más reciente consistía en el rumor de que la empresa de Brigid Young tenía problemas, lo cual llevó a la teoría de que podría haberse dado a la fuga.
Cuando terminó la jornada laboral, Rebus decidió llevarse a casa la carpeta en lugar de dejarla donde Cowan pudiera encontrarla. En su piso, vació el contenido sobre la mesa del comedor. Al poco se dio cuenta de que lo lógico era no llevarla a Fettes; encontró unas chinchetas en un armario y empezó a colgar las fotos y los recortes de periódico en la pared situada junto a la mesa.
Al término de aquella semana, a la fotografía de Brigid Youngs se les unieron las de Zoe Beddows y Sally Hazlitt, y la documentación no solo ocupaba la mesa, sino también parte del suelo y del sofá. Podía ver a Nina Hazlitt en el rostro de su hija: la misma estructura ósea, los mismos ojos. Su expediente incluía fotos de la búsqueda que había tenido lugar días después de su desaparición: docenas de voluntarios recorriendo las laderas con la ayuda de un helicóptero de rescate alpino. Había comprado un mapa plegable de Escocia y también lo había colgado en la pared, subrayando con un grueso rotulador rojo la ruta de la A9 entre Stirling y Auchterarder, entre Auchterarder y Perty y, de allí, hasta Pitlochry, Inverness y llegando hasta la costa norte, en Scrabster, justo a las afueras de Thurso, donde no había nada, excepto el ferry que conducía a las islas Orcadas.
Rebus estaba sentado en su piso, fumando y pensando, cuando oyó a alguien que llamaba a la puerta. Se frotó las cejas, tratando de borrar un dolor de cabeza que se concentraba entre ellas, se dirigió al recibidor y abrió.
—¿Cuándo piensan arreglar ese ascensor?
Ante sí tenía a un hombre más o menos de su misma edad, de complexión fuerte, con la cabeza afeitada y respiración pesada. Rebus miró los dos tramos de escalera que acababa de subir.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —preguntó.
—¿Has olvidado qué día es? Empezabas a preocuparme.
Rebus consultó su reloj. Eran casi las ocho de la tarde. Tenían un trato: una copa cada quince días.
—He perdido la noción del tiempo —respondió, con la esperanza de que no sonara demasiado a disculpa.
—Te he estado llamando.
—Debo de tenerlo en silencio —explicó Rebus.
—Lo importante es que no estás muerto encima de la alfombra del salón.
Cafferty sonreía, aunque sus sonrisas entrañaban una amenaza más temible que los ceños fruncidos de la mayoría.
—Voy a por el abrigo —le dijo Rebus—. Espérame aquí.
Volvió sobre sus pasos hasta el salón y apagó el cigarrillo. El teléfono se encontraba bajo un montón de papeles; estaba silenciado, tal como sospechaba. Tenía una llamada perdida. El abrigo estaba encima del sofá y se dispuso a enfundárselo. Aquellas copas periódicas habían empezado poco después de que Cafferty recibiera el alta en el hospital. Le habían dicho que llegó a estar muerto y que Rebus lo había reanimado. No era toda la verdad, según dijo Rebus. De todos modos, Cafferty había insistido en tomar una copa a modo de agradecimiento y lo dispuso todo para repetirla quince días después, y una vez más al cabo de quince días.
En su día, Cafferty había sido director en Edimburgo, al menos de lo peor de la ciudad: drogas, prostitución y protección. Ahora ocupaba un lugar secundario, o ningún lugar en absoluto: Rebus no estaba seguro. Solo sabía lo que Cafferty decidía contarle, y nunca lograba creerse ni la mitad.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Cafferty desde la entrada del salón.
Señalaba lo que había expuesto en la pared, mientras escrutaba los archivos que había esparcidos sobre la mesa y el suelo.
—Te he dicho que esperaras fuera.
—Llevarse trabajo a casa nunca es buena señal.
Cafferty entró en el salón con las manos en los bolsillos. Rebus solo necesitaba las llaves y el encendedor... ¿Dónde demonios estaban?
—Fuera —le espetó.
Pero Cafferty estaba estudiando el mapa.
—La A9; buena carretera.
—¿Ah, sí?
—Yo la utilizaba en tiempos.
Rebus había localizado las llaves y el encendedor.
—Ya estamos —dijo.
Sin embargo, Cafferty no tenía prisa.
—Todavía escuchas los viejos discos, ¿eh? ¿Quieres que...?
Señaló la aguja, que había llegado al último surco de un álbum de Rory Gallagher. Rebus levantó la aguja y apagó el equipo de música.
—¿Contento? —preguntó.
—El taxi está abajo —respondió Cafferty—. ¿Son casos sin resolver?
—No es asunto tuyo.
—Que tú sepas —Cafferty le dedicó de nuevo aquella sonrisa suya a Rebus—. Todo mujeres, a juzgar por las fotos. Nunca ha sido mi estilo...
Rebus lo miró.
—¿Para qué utilizabas la A9 exactamente?
Cafferty se encogió de hombros.
—Para arrojar vertidos, por así decirlo.
—¿Te refieres a deshacerte de los cuerpos?
—¿Has cogido alguna vez la A9? Todo son páramos, bosques y explotaciones forestales que conducen al medio de la nada. —Cafferty hizo una pausa—. Es un bonito escenario, la verdad.
—Han desaparecido varias mujeres a lo largo de los años. ¿Sabes algo al respecto?
Cafferty negó con la cabeza lentamente.
—Pero si quieres, puedo preguntar.
Hubo silencio en la habitación por unos momentos.
—Pensaré en ello —dijo Rebus a la postre—. Si me hicieras un favor, ¿estaríamos en paz?
Cafferty intentó ponerle una mano a Rebus en el hombro, pero este se apartó.
—Vamos a tomar esa copa —dijo, y acompañó a su visitante hacia el recibidor.
4
Eran las diez y media cuando volvió al piso. Llenó la tetera y se preparó una taza, regresó al salón y encendió solo una lámpara y el equipo de audio. Van Morrison: Astral Weeks. Su vecino de abajo era anciano y sordo. Arriba vivía un grupo de estudiantes que nunca hacía mucho ruido, excepto por alguna que otra fiesta. Al otro lado de la pared del salón... Bueno, no tenía ni la menor idea de quién vivía allí. Nunca había necesitado averiguarlo. La zona de Edimburgo donde residía, Marchmont, tenía una población cambiante. Muchos pisos eran de alquiler, en su mayoría por cortas temporadas. Cafferty había expuesto sus argumentos en el pub. «Todo el mundo solía buscar a todo el mundo... Supongamos que te mueres en ese piso tuyo. ¿Cuánto tiempo tardaría alguien en llamar?».
Rebus dijo que en los viejos tiempos no era mejor. Había estado en muchos pisos y casas, con su habitante muerto en la cama o en su silla favorita. Moscas y hedor y facturas amontonadas detrás de la puerta. Puede que alguien hubiese llamado a la puerta, pero no habían hecho mucho más.
«Antes, todo el mundo buscaba a todo el mundo...».
—Apuesto a que también utilizabas centinelas, ¿no es así, Cafferty? —murmuró Rebus para sus adentros—. Cuando enterrabas los cadáveres...
Miraba el mapa mientras sorbía el té. Raras veces había circulado por la A9. Era una carretera frustrante, y solo parte de ella tenía dos carriles. Había muchos turistas, muchos de ellos con caravanas, y gran cantidad de curvas y cambios de rasante que dificultaban los adelantamientos. Los camiones y las furgonetas de reparto tenían problemas para ascender las cuestas. Inverness se encontraba solo ciento cincuenta kilómetros al norte de Perth, pero podía llevar dos horas y media, tal vez tres, recorrer esa distancia. Y cuando llegabas allí, para rematar, estabas en Inverness. Un DJ radiofónico al que escuchaba Rebus lo llamaba «El Fango de los Delfines». Sin duda había unos cuantos delfines robustos en el estuario de Moray, y Rebus no dudaba de que también figurara ese fango.
Aviemore... Strathpeffer... Auchterarder... y ahora Pitlochry. Había acabado contándole a Cafferty parte de la historia, no sin añadir la advertencia de que existían posibilidades fundadas de que fuera una coincidencia. Cafferty había hecho un mohín reflexivo mientras volteaba el whisky en el vaso. El pub estaba tranquilo; era curioso cómo la gente solía apurar la copa y marcharse siempre que Cafferty entraba en un establecimiento. El camarero no solo había retirado los vasos vacíos de la mesa que habían elegido, sino que también le había pasado un trapo.
Y las primeras rondas corrieron por cuenta de la casa.
—Dudo que pueda ayudar mucho —concedió Cafferty.
—No he dicho que estuviese pidiendo ayuda.
—De todos modos... Si quienes han desaparecido fuesen villanos, personas que bien podrían haberse enemistado con quien no debían...
—Que yo sepa eran mujeres corrientes; civiles, podríamos llamarlas.
Cafferty había empezado a describir los castigos que a su parecer merecía, en caso de que saliera a la luz un único culpable, y había terminado preguntándole a Rebus qué opinaba de que la gente recibiera menos de lo que merecía: menos condenas de cárcel, y castigos más livianos.
—No es asunto mío.
—Da igual... Piensa en las veces que me viste salir airoso de los tribunales o ni siquiera llegar hasta allí.
—Me sacaba de quicio —reconoció Rebus.
—¿De quicio?
—Me cabreaba. Me cabreaba de la hostia. Y me convencía un poco más de que la próxima vez no ocurriría.
—Y, sin embargo, aquí estamos, disfrutando de una copa.
Cafferty hizo un brindis con el vaso de Rebus.
Este no dijo lo que pensaba: «Dame la más mínima oportunidad y te meteré entre rejas». En lugar de eso, se terminó el whisky y se levantó a pedir otro.
La primera cara de Astral Weeks había terminado y se le enfrió el té que quedaba. Se sentó, sacó el teléfono y la tarjeta que le había dado Nina Hazlitt y marcó el número.
—¿Dígame?
Era una voz de hombre. Rebus titubeó.
—¿Dígame?
En esta ocasión, la voz sonó un poco más fuerte.
—Lo siento —dijo Rebus—. ¿Estoy llamando al número correcto? Busco a Nina Hazlitt.
—Espere un momento, está aquí.
Rebus escuchó mientras le pasaban el teléfono. Alcanzaba a oír un televisor de fondo.
—¿Hola?
Esta vez era la voz de Hazlitt.
—Siento llamar tan tarde —se excusó—. Soy John Rebus, de Edimburgo.
Oyó que la mujer inspiraba.
—¿Ha sabido...? ¿Hay noticias?
—No, nada de eso. —Rebus había sacado la púa del bolsillo y estaba jugando con ella con la mano que le quedaba libre—. Solo quería que supiera que no me he olvidado de usted. Me he llevado los expedientes y estoy echándoles un vistazo.
—¿Por su cuenta?
—De momento sí. —Hizo una pausa—. Siento interrumpir su velada...
—El que ha cogido el teléfono es mi hermano. Vive conmigo.
—De acuerdo —repuso Rebus, sin saber qué añadir.
El silencio se prolongó.
—Entonces ¿han reabierto el caso de Sally?
La voz de Nina Hazlitt era una mezcla de esperanza y temor.
—Oficialmente, no —recalcó Rebus—. Depende de lo que averigüe.
—¿Hay algo por el momento?
—Acabo de empezar.
—Le agradezco que se haya tomado la molestia.
Rebus se preguntaba si la conversación habría resultado tan forzada sin la presencia de su hermano. Se preguntaba asimismo por qué demonios la había llamado de súbito, a altas horas de la noche, cuando la única razón para hacerlo habría sido que tuviese noticias de algún tipo, algo que no pudiese esperar hasta la mañana siguiente. Estaba infundiéndole esperanzas momentáneas.
Falsas esperanzas.
—Bueno —dijo Rebus—, la dejaré que siga con sus cosas.
—Gracias de nuevo. Llame cuando quiera, por favor.
—Quizá no tan tarde, ¿no?
—Cuando quiera —repitió—. Es agradable saber que está sucediendo algo.
Rebus colgó el teléfono y contempló los documentos que tenía ante sí.
—No está sucediendo nada —murmuró para sus adentros.
Luego se guardó la púa en el bolsillo y se levantó para servirse la última copa de la noche.
5
El agente se llamaba Ken Lochrin, y llevaba tres años retirado. Rebus había conseguido su número de teléfono después de suplicar un poco. El nombre de Lochrin aparecía en el expediente de Zoe Beddows. Parecía haber trabajado mucho en él. Su caligrafía y su firma aparecían más de veinticinco veces. Después de presentarse, Rebus se pasó los primeros cinco minutos hablando de la jubilación, intercambiando historias y explicando cómo funcionaba la UEDG.
—Yo no echo de menos el trabajo ni una pizca —dijo Lochrin—. Cuando vacié mi mesa tenía un dolor insoportable en el trasero.
—¿No fue un poco frustrante no haber obtenido resultados sobre Zoe Beddows?
—Es mucho peor cuando tienes la sensación de que estás cerca; eso no llegó a ocurrir con ella. Llega un punto en que tienes que seguir adelante, a menos que tu trabajo sean los casos pendientes. ¿Forma usted parte de esa nueva iniciativa de la Fiscalía?
—No exactamente. Formo parte de un equipo más pequeño en Edimburgo.
—Entonces, ¿cómo se ha enterado de lo de Zoe?
—Por una muchacha que desapareció de camino a Inverness.
—Pero lo de Zoe fue hace cuatro años.
—Igualmente...
A Rebus le gustaba que Lochrin utilizara el nombre de pila de Beddows. Eso significaba que para él se había convertido en una persona y no en un número de caso.
—Yo también me lo preguntaba, de hecho.
—¿El qué? —preguntó Rebus.
—Si existiría alguna conexión. Pero, como le digo, han pasado cuatro años...
—Hubo otro caso en 2002, cerca de Strathpeffer —precisó Rebus.
—Parece que ha estado hablando con esa mujer, la de Aviemore.
—¿Nina Hazlitt?
—Su hija desapareció en Nochevieja.
—¿La conoce?
—Sé que solía frecuentar la jefatura de Stirling después de que Zoe desapareciera.
—Pero no se trata de ella —especificó Rebus porque sentía la necesidad de hacerlo—. Ahora es Annette McKie.
—Conocida por el sobrenombre de Zelda. Leo dos periódicos al día. Al menos salgo de casa y llego hasta el quiosco. Si no, mi mujer se volvería loca.
—No le he preguntado dónde vive, señor Lochrin...
—En Tillicoultry, famoso en todo el mundo por nuestro almacén de mobiliario blando.
Rebus sonrió.
—Juraría que he estado allí.
—Usted y media Escocia. ¿De modo que intenta encontrar un vínculo entre la nueva chica y Zoe Beddows, y quizá también con Strathpeffer y Aviemore?
—Algo así.
—¿Y quiere preguntarme por la foto?
Rebus guardó silencio un momento.
—¿Qué foto?
—La que Zoe le envió a su amiga. ¿No lo he mencionado? Probablemente sea una coincidencia, pero supongo que tendrá que comprobarlo...
—Estaba en el expediente de Zoe Beddows —le explicó Rebus a Siobhan Clarke. Se pasó la mano distraídamente por el pelo—. Debería haberla visto, pero estaba enterrada bajo una transcripción de una entrevista. Ni una sola mención, ni siquiera de sus amigos más íntimos. Tampoco iba acompañada de un mensaje. Solo la foto, enviada el día en que desapareció...
Rebus se hallaba en el pasillo con Clarke, frente a la sala del DIC, en la comisaría de policía de Gayfield Square. Clarke tenía los brazos cruzados mientras escuchaba, pero levantó una mano para interrumpirlo.
—¿Tienes los expedientes? ¿Todos los expedientes?
—Sí.
—¿Y has informado al sargento Cowan? —Clarke puso los ojos en blanco ante la estupidez de la pregunta que acababa de formular—. Pero ¿qué estoy diciendo? Por supuesto que no lo has hecho. Lo llevas en secreto.
—Me conoces demasiado bien.
Clarke pensó unos instantes.
—¿Puedo ver la foto?
—Tengo que hablar con el destinatario. —Rebus hizo una pausa—. Bueno, no tengo por qué ser yo, por supuesto...
—¿Crees que voy a hacerlo por ti?
—Annette McKie envió una foto desde su teléfono el día en que se esfumó. En 2008, Zoe Beddows hizo exactamente lo mismo desde la misma carretera. ¿Me estás diciendo que debería omitir este hecho?
—¿Y las otras, la de Strathpeffer y la de Aviemore?
—Brigid Young no llevaba el teléfono con ella. Además ¿por aquel entonces se podían enviar fotografías desde un teléfono?
En ese momento apareció un hombre en el umbral más cercano. Era alto, delgado y llevaba un traje caro.
—Estás aquí —observó.
Clarke logró esbozar una media sonrisa.
—Aquí estoy —respondió ella.
El hombre miraba a Rebus, esperando que los presentaran.
—John Rebus —dijo Rebus mientras le tendía la mano—. Pertenezco a la UEDG.
—Este es el inspector jefe Page —le aclaró Clarke.
—James Page —especificó este.
—Ha cambiado un poco —observó Rebus.
Page le lanzó una mirada inexpresiva.
—Led Zeppelin —explicó Rebus—. El guitarrista.
—Ah, sí. Nos llamamos igual. —Al final, Page forzó una sonrisa antes de desviar su atención a Clarke—. Reunión del equipo de control en cinco minutos.
—Allí estaré.
Los ojos de Page se clavaron un segundo de más en los de Clarke.
—Encantado de conocerle —le dijo a Rebus.
—¿No le interesa en absoluto saber por qué estoy aquí?
—John...
El tono de Clarke era una advertencia, pero llegaba tarde. Había dado un paso hacia Page.
—Imagino que está usted al mando, así que debería saber si puede existir relación entre Annette McKie y varias personas desaparecidas.
—Oh.
Page miró a Rebus y a Clarke, y vuelta a empezar. Pero el teléfono que sostenía había empezado a vibrar y centró su atención en la pantalla.
—Tengo que cogerlo —dijo en tono de disculpa. Después, a Clarke—: Redáctame un pequeño informe, por favor.
Page volvió a su oficina y se llevó el teléfono a la oreja. En el pasillo se hizo el silencio durante unos segundos.
—¿Necesitas ayuda con ese informe? —preguntó Rebus.
—Gracias por echarme otra piedra en la mochila.
Clarke cruzó de nuevo los brazos; Rebus se preguntaba si era un gesto defensivo. No había prestado demasiada atención a las clases de lenguaje corporal en la academia de policía. Desde el umbral, Rebus tenía una buena panorámica de la espalda de Page. Llevaba un corte de pelo impecable, y ni una sola arruga en la americana. No debía de sobrepasar por mucho la treintena; a lo sumo, tendría treinta y cinco años. Los inspectores eran cada vez más jóvenes.
—¿No estás viéndote con alguien de Newcastle? —preguntó Rebus con indiferencia.
Clarke lo miró fijamente.
—No eres mi padre.
—Si lo fuera, tal vez hoy tendría algunos consejos preparados.
—¿En serio vas a plantarte ahí a sermonearme sobre mis relaciones?
Rebus fingió una mueca de dolor.
—Tal vez no —replicó.
—Me alegro.
—Así que de lo único que podemos hablar es del informe para el señor Dazed and Confused.* —Rebus probó un tono conciliador y una expresión amable—. Lo querrás exhaustivo, imagino. Y creo que no hay nadie mejor que yo para ayudarte.
Clarke se mantuvo en sus trece unos momentos, y luego emitió un sonido que aunaba frustración y resignación.
—Entonces será mejor que entres —dijo.
La atestada oficina estaba llena de agentes que hablaban por teléfono o miraban fijamente sus pantallas de ordenador. Rebus conocía algunas caras, y les guiñó el ojo o asintió. Tenía la sensación de que las mesas y las sillas habían sido confiscadas de otro lugar. El pasillo que conducía al puesto de Clarke en la esquina era estrecho y laberíntico, y había que sortear papeleras y cables eléctricos. Se sentó y buscó entre los papeles que tenía junto al teclado.
—Aquí está —dijo, y le entregó una copia de una fotografía borrosa. En ella aparecían un campo y una hilera de árboles al fondo, con unas colinas a lo lejos—. La envió desde su teléfono el día en que desapareció; eran poco más de las diez. La foto no la hizo entonces, por supuesto. Yo diría que era última hora de la tarde. Ninguno de los pasajeros del autobús recuerda que hubiera hecho fotos por la ventana, pero nadie le prestó demasiada atención hasta que dijo que iba a vomitar.
Rebus estudió el paisaje.
—Podría ser cualquier lugar. ¿Se la has facilitado a los medios de comunicación?
—Se ha mencionado en los informes, pero no le dimos ninguna importancia.
—Seguro que alguien lo reconoce. Es una dehesa. Algún agricultor lo sabrá si no lo sabe nadie más. —Rebus levantó la cabeza y vio que Clarke estaba sonriendo—. ¿Qué? —preguntó.
—Nada, es que estaba pensando exactamente lo mismo.
—Eso es porque has aprendido del mejor. —Su sonrisa empezó a desvanecerse—. Era broma —añadió Rebus para tranquilizarla—. Cerebros privilegiados, y todo eso. —Miró de nuevo la fotografía—. ¿A quién se la envió?
—A una amiga de la escuela.
—¿Su mejor amiga?
—Solo una amiga.
—¿Tenía por costumbre enviarles fotos?
—No.
Rebus miró a Clarke.
—Igual que Zoe Beddows. Se la envió a un conocido, pero nada más. Y no había mensaje... lo mismo que esta vez, ¿verdad?
—Correcto —coincidió Clarke—. Pero ¿qué significa eso exactamente?
—Que lo envió cuando le entró el pánico —especuló Rebus—. Quizá era una llamada de auxilio, y cualquier destinatario habría servido.
—¿O...?
Clarke sabía que había más. Sus miradas volvieron a encontrarse.
—Lo sabes tan bien como yo.
Ella asintió lentamente.
—La envió el secuestrador. Era una especie de tarjeta de visita.
—Habrá que trabajar un poco antes de poder afirmar eso.
—Pero eso no impide que pensemos en ello.
Rebus esperó un poco antes de hablar.
—Entonces, ¿quieres que te ayude con esto o no?
—Puede que unos días.
—¿Le pedirás a Physical Graffiti que se lo diga a mi jefe?
—Tarde o temprano se te agotarán los títulos de Led Zeppelin.
—Pero será divertido mientras dure —replicó Rebus con una sonrisa.
—Todo esto te viene muy bien, ¿no es así? De ese modo no tienes que explicarle a Cowan lo de los expedientes, y además puedes seguir en contacto con Nina Hazlitt.
—¿Qué te lleva a pensar que haría tal cosa?
—Porque es tu tipo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tipo es ese?
—Confusa, necesitada, dolida...
—Creo que eso no es muy justo, Siobhan.
—Entonces, ¿por qué te has puesto a la defensiva?
Clarke estaba mirándole los brazos, así que Rebus hizo lo propio. Los tenía cruzados a la altura del pecho.
6
El expediente de Zoe Beddows incluía una dirección y un número de teléfono de su amigo Alasdair Blunt. Cuando Rebus llamó, saltó el contestador automático. Era una voz de hombre; escocés, con una buena educación: «Alasdair y Lesley están ocupados en este momento. Deje un mensaje o llame al móvil de Alasdair». Rebus tomó nota del número, colgó el teléfono y marcó. No dejaba de sonar. Miró las paredes de su salón. Clarke le había pedido que cogiera todos los archivos y los llevara a Gayfield Square.
—¿Seguro que tienes espacio suficiente? —respondió él.
—Ya lo encontraremos.
No respondía nadie. Rebus observó la calle desde la ventana. Un vigilante de aparcamiento estaba verificando los permisos de los residentes y los tiques. Rebus había dejado su Saab sobre una línea amarilla y vio cómo el policía miraba el cartel de «ASUNTO OFICIAL DE LA POLICÍA». El hombre miró a un lado y otro de la calle. La chaqueta le iba varias tallas grande, al igual que la gorra picuda. Cogió la máquina y empezó a procesar la infracción. Rebus suspiró, se dio media vuelta y colgó el teléfono. Se disponía a llamar de nuevo al contestador automático de Blunt, esta vez para dejar un mensaje, cuando su móvil empezó a vibrar. Era un número oculto.
—¿Diga?
Rebus decidió que era toda la información que necesitaba su interlocutor.
—Acaba de llamarme.
—¿Alasdair Blunt?
—Exacto. ¿Con quién hablo?
—Me llamo Rebus, señor. Llamo de la policía de Lothian y Borders.
—¿Ah, sí?
—Se trata de Zoe Beddows.
—¿Ha aparecido?
—Solo necesito confirmar algunos detalles sobre la fotografía que le envió desde su teléfono.
—¿Me está diciendo que el caso sigue abierto?
Parecía incrédulo.
—¿No es lo que querrían sus familiares y amigos?
Blunt pareció meditar al respecto y su tono se suavizó.
—Sí, por supuesto. Lo siento, he tenido un mal día.
—¿A qué se dedica, señor Blunt?
—Soy comercial, aunque no por mucho tiempo si las cosas no mejoran.
—Tal vez ayudaría el que respondiese al teléfono. Podría haber sido un nuevo cliente.
—En ese caso me habría llamado al otro móvil, el que uso para el trabajo. Por eso estaba ocupado cuando llamó.
—Entiendo.
Blunt exhaló ruidosamente.
—¿En qué puedo ayudarlo?
—He examinado los archivos y no parece haber una copia de la fotografía que le envió la señorita Beddows.
—Eso es porque fue borrada.
Rebus apoyó su peso en el reposabrazos del sofá.
—Es una lástima. ¿No había mensaje? ¿Solo una foto?
—Eso es.
—¿Y qué se veía exactamente?
Blunt parecía tener problemas para recordarlo.
—Montañas..., el cielo..., una especie de sendero en un lado...
—¿Árboles?
—Es posible.
—¿No reconoció el lugar?
Blunt titubeó.
—No —dijo a la postre.
—No parece seguro.
—Lo estoy.
Rebus guardó silencio un momento, invitando a Blunt a continuar.
—¿Hemos terminado? —preguntó.
—Todavía no. ¿A qué hora del día recibió la foto?
—Por la noche.
—¿Puede ser más preciso?
—Las nueve o las diez, algo así.
—¿Y cuándo cree que hicieron la fotografía?
—No tengo ni idea.
—¿Era a plena luz del día o estaba oscureciendo?
—La calidad no era muy buena. —Blunt hizo una pausa—. Supongo que anochecía.
Igual que en el caso de Annette McKie, observó Rebus.
—¿Puedo preguntarle de qué conocía a la señorita Beddows?
—Me cortaba el pelo.
—Pero ¿eran amigos?
—Me cortaba el pelo —repitió Blunt.
Rebus pensó unos instantes. ¿Cuántos peluqueros guardaban la información de contacto de sus clientes en el móvil? ¿Cuántos les mandaban fotografías?
—¿A qué teléfono le envió la foto, señor Blunt?
—¿Qué importancia tiene eso?
—¿Fue su esposa quien la vio cuando llegó? ¿Le preguntó quién era Zoe y después la borró?
—Eso no guarda relación con nada.
Blunt parecía irritado de nuevo.
—Pero ¿es lo que ocurrió? ¿Había pasado un rato con Zoe? ¿En su coche, quizá? ¿Un viajecito a un camino de montaña en algún lugar?
—Al principio no estaba seguro —dijo Blunt con aire tranquilo—. Dudo que la foto significara algo para nosotros. No era ningún lugar donde hubiéramos estado...
—¿Salió a la luz algo de esto en su día?
—Algo.
Rebus estaba examinando el expediente de Zoe Beddows. Estaba incompleto, como la mayoría de los casos. Al final de otra larga jornada, el policía anotaba solo las cosas que juzgaba relevantes.
—No hay forma sencilla de preguntarle esto, señor Blunt. ¿En algún momento fue usted sospechoso?
—Solo para mi mujer.
—Pero ¿usted y Lesley lo superaron?
—Lesley llegó más tarde, después de que Judith me dejara. —Blunt hizo una pausa—. Zoe tenía muchos «amigos». Habíamos dejado de vernos varios meses antes de que desapareciera.
—¿Y no puede contarme nada más sobre la foto?
—Solo que acabó con mi matrimonio.
—¿Seguro que usted no fue el responsable, señor Blunt?
La llamada finalizó. Rebus pensó en telefonear de nuevo a Blunt, pero decidió no hacerlo. Probablemente se negaría a responder. En lugar de eso, se dirigió hacia el archivo de Zoe Beddows, cuyo contenido estaba esparcido sobre la mesa del comedor. Sabía que tendría que leerlo otra vez, línea por línea. Estaba bastante convencido de que no había nada sobre Zoe y sus «amigos». Si habían interrogado a alguno más, su relación con la persona desaparecida no había trascendido. ¿Pereza o sentido del decoro por parte de los investigadores? Debían de saber lo que habrían hecho los medios de comunicación: inventarse una historia, distorsionar los hechos y venderle a la ciudadanía otra versión. En el proceso, el llanto por Zoe Beddows se habría atenuado. Rebus lo había visto una docena de veces o más. Las prostitutas «estaban pidiéndolo a gritos» o «poniéndose en peligro». Cualquiera que llevara un estilo de vida caótico era menos digno de compasión que la masa de lectores de un periódico, las personas con familia y un empleo estable, las que se regocijaban con esos mismos detalles sobre terceros.
Rebus llegó a la conclusión de que alguien había decidido, de manera consciente, dejar las especulaciones fuera del caso, lo cual era un problema para quienquiera que abriese las carpetas sin conocimientos previos: la historia completa no estaba allí. Pensó en llamar de nuevo a Ken Lochrin, pero decidió postergarlo y telefonear a Clarke, quien respondió con una pregunta.
—¿Qué?
—Estaba pensando que el material que tengo en el piso lo he clasificado en varios montones y lo he colgado en la pared. ¿No sería más fácil trabajar desde aquí?
—Esto es una investigación policial, John, no un pasatiempos. Debes traerlo a la comisaría.
—Entendido. —Tenía una llamada en espera. Rebus miró la pantalla—. Nos vemos dentro de una hora —le dijo a Clarke. Y después, a Daniel Cowan—: Rebus al habla.
—Esto no me gusta nada, John.
—Deduzco que el inspector jefe Page te ha llamado.
—Si es un caso pendiente, debe dirigirse desde la UEDG. Deberías estar aquí.
—Créeme, si estuviese en mis manos...
—Déjate de chorradas, John. ¿Esta es tu forma de hacerle la pelota a los chicos mayores?
—Soy un jugador de equipo. Pregúntale a Bliss y Robison. Ellos responderán por mí.
—No es a ellos a quienes tienes que ganarte. No te olvides de lo que dije: si no cuentas con mi aprobación, seguirás retirado.
—Pero si tu aprobación es lo único que he anhelado en mi vida, Danny...
La voz de Cowan se había convertido en algo rayano en un grito cuando Rebus colgó el teléfono.
7
—No puede entrar aquí como si nada, ¿sabe?
Era la mañana siguiente, y a la agente uniformada que se sentaba tras el mostrador de la comisaría de Gayfield Square no le gustó la mirada de Rebus. Este se mostró comprensivo: tal vez tenía los ojos inyectados en sangre, no había encontrado ninguna camisa limpia, y su maquinilla de afeitar sin duda necesitaba una cuchilla nueva. Había enseñado su identificación y esperó a que le abrieran la puerta que conducía a la escalera.
—¿Con quién tiene cita?
—Estoy adscrito al DIC.
—No es lo que dice su identificación.
Rebus se inclinó hacia delante hasta que su rostro prácticamente tocó la partición de plexiglás.
—¿Voy a tener que pasar por esto cada mañana?
—Está conmigo, Juliet —dijo Siobhan Clarke, quien llegaba desde el exterior—. A lo mejor te acostumbras a su careto.
—Tiene que firmar como visitante, y entonces podré facilitarle un distintivo.
Clarke miró a la mujer.
—¿Hablas en serio, Juliet? Participará en la investigación sobre McKie hasta nuevo aviso.
—Entonces alguien debería haberme informado.
—Pues alguien la ha cagado. Tenía que haber una primera vez, ¿eh?
—Estoy aquí, por cierto —terció Rebus, quien se sentía desplazado.
La agente acabó por esbozar una sonrisa, más dirigida a Clarke que a Rebus.
—Al final del día tendrá una identificación adecuada...
—Soy guía scout con honores.
—Juraría que dijiste que nunca habías sido guía scout.
La sonrisa se hizo más intensa cuando pulsó el botón para permitirles la entrada.
Clarke acompañó a Rebus hacia las entrañas del edificio.
—Necesitarás una foto de pasaporte —le dijo—. ¿Tienes una a mano?
—Nunca he sentido la necesidad.
Clarke lo miró.
—¿No tienes pasaporte?
—No me he molestado en renovarlo. Estoy muy feliz donde estoy.
Ella lo miró de nuevo.
—¿Cuándo fue la última vez que saliste de la ciudad? Por placer, quiero decir.
Rebus se encogió de hombros con desgana mientras Clarke seguía estudiándolo. Ahora observaba su ropa.
—A James le gusta que los agentes que están a sus órdenes vayan presentables.
—Puede que tú estés a sus órdenes de vez en cuando, pero yo no.
—¿Esto es lo que me espera?
Clarke le lanzó una mirada adusta y preguntó dónde estaban los expedientes.
—En casa. —Rebus vio que estaba a punto de protestar y alzó una mano—. No pretendo poner trabas. Lo que pasa es que estuve despierto hasta las tres repasándolos. Me fui tarde a dormir y no tuve tiempo de guardarlos.
—¿Te has erigido en el experto residente hasta que alguien eche un vistazo?
—Casi podrías llamarme indispensable.
—Ni por asomo, John.
Se encontraban frente a la sala del DIC. La puerta, como de costumbre, estaba abierta de par en par, y había dos agentes sentados a sus mesas. Al entrar, Rebus percibió el aroma de café recién hecho. La cafetera reposaba sobre un archivador. Clarke sirvió un poco para ambos.
—¿Alguien ha comprado leche? —preguntó Clarke.
Los allí presentes negaron con la cabeza.
—Supongo que eso me convierte en la caballería —anunció Page cuando entró en la oficina.
Llevaba un cartón de un litro en una mano y una bolsa de piel marrón en la otra.
—Hola de nuevo —le dijo a Rebus.
—Buenos días, señor.
—Aquí nos llamamos por el nombre de pila, John. —Page le dio la leche a Clarke sin apartar la mirada de Rebus—. ¿Tenemos noticias de esos archivos?
—Solo que no están ni mucho menos completos. Zoe Beddows había estado viéndose con un hombre casado. Fue a él a quien le envió la foto. Pero tuve que averiguarlo hablando con él. El expediente solo se refiere a él como uno de sus amigos.
—¿Y la foto?
—No la conservaba. Según su descripción se veían colinas, el cielo y un sendero.
—Bastante similar a la que envió Annette McKie —comentó Clarke.
Rebus se sintió empujado a precisar su observación.
—Si es que la envió ella.
—No saquemos conclusiones precipitadas —replicó Page—. ¿Qué hay de Aviemore y Strathpeffer?
—He investigado un poco por Internet —explicó Clarke—. Hasta 2005 o 2006 no se podían enviar imágenes de un teléfono a otro.
—¿En serio? —preguntó Page y frunció el ceño—. ¿Tan reciente es?
—Tal vez merezca la pena mostrar la foto que Zoe Beddows le envió a su amante —propuso Rebus—. Aunque sea improbable que se trate del mismo lugar. —Hizo una pausa—. Y si puedo añadir algo más...
Rebus sabía que Siobhan Clarke estaba conteniendo la respiración, y que esperaba a que dijera algo inapropiado.
—¿Sí? —preguntó Page.
—También deberíamos hacer circular la nueva foto. A alguien le sonará.
—A las doce hay una rueda de prensa —comentó Page mientras consultaba su reloj.
—¿Ah, sí? —preguntó Clarke, quien parecía molesta porque acababa de enterarse de ello.
—La madre ofrecerá una recompensa de diez mil libras, si no me equivoco.
—Es bastante dinero —afirmó Rebus— para tratarse de alguien que vive en Lochend.
—¿Quieres que vaya a la rueda de prensa, James? —preguntó Clarke.
—Estaremos todos allí. La gente debe saber que estamos motivados. —Page se interrumpió al percatarse de la camisa y la incipiente barba de Rebus—. Aunque puede que no todos, ¿eh, John?
—Si usted lo dice, James...
—Percepción pública y esas cosas...
Page esbozó una media sonrisa y se dio la vuelta en dirección a su despacho. Tuvo que dejar el café y sacar una llave del bolsillo para abrir la puerta.
—Estoy convencido de que eso era un armario cuando trabajaba aquí —le dijo Rebus a Clarke en voz baja.
—Lo era —corroboró ella—. Pero al parecer le gusta a James.
La puerta volvió a cerrarse detrás de Page. El despacho debía de ser sofocante, y Rebus no recordaba que entrara luz natural. Sin embargo, James Page parecía florecer allí dentro.
—¿He pasado la inspección? —preguntó a Clarke.
—Por los pelos.
—Solo es el primer día, recuerda. Todavía dispongo de mucho tiempo para defraudar a mis compañeros.
—¿Qué tal si no lo haces por una vez en tu vida?
8
El director de la escuela les había ofrecido su despacho, pero Clarke lo rechazó. Mientras esperaba con Rebus en el pasillo, le expuso su razonamiento.
—Resulta demasiado intimidatorio. Cuando entras en esa habitación es porque estás en apuros. Queremos que esté un poco más relajado y hablador.
Rebus asintió en señal de conformidad. Estaba mirando el patio a través de una ventana doble, pero la condensación había encontrado la manera de colarse entre los cristales. El marco de madera era poroso.
—Le vendría bien un poco de aislamiento —comentó Clarke.
—Eso... o derribar el edificio.
—Nuevas escuelas para todos cuando consigamos la independencia.
Rebus la miró.
—¿Cómo que «consigamos»? ¿Te olvidas de que ese acento tuyo es inglés?
—¿Debo suponer que me deportarían?
—Si no queda más remedio....
Rebus se volvió cuando apareció un adolescente vestido de uniforme en el pasillo, dudó y se dirigió hacia ellos. El cabello le caía sobre los ojos, y llevaba un nudo de corbata excesivamente grande.
—¿Eres Thomas? —preguntó Rebus.
—¿Thomas Redfern? —añadió Clarke.
—Sí.
Redfern no llevaba un chicle en la boca, pero lo parecía.
—¿Vas a la clase de Annette?
Redfern asintió.
—¿Te parece bien que hablemos aquí?
El chico se encogió de hombros y hundió más las manos en los bolsillos del pantalón.
—Ya he hablado con la poli...
—Lo sabemos —interrumpió Clarke—. Solo necesitamos aclarar algunas cosas.
—¿Todavía conservas esa foto? —preguntó Rebus—. La que envió Zelda.
—Sí.
—¿Te importa que la vea? —preguntó Rebus, y extendió el brazo.
Redfern sacó un teléfono del bolsillo superior de la chaqueta y lo encendió.
—Sentimos haberte sacado de clase —se excusó Clarke.
El chico resopló.
—Dos horas de química.
—Siempre puedes desandar el largo camino.
Había encontrado la fotografía y mostró el teléfono para que pudieran ver la pantalla. Rebus se lo arrebató de entre los dedos. No le pareció que estuviese lo bastante borrosa como para que la hubiesen tomado desde un vehículo en movimiento, o ni siquiera detrás de un cristal. Intuía que el fotógrafo estaba de pie y que probablemente tenía su misma altura.
—¿Cómo es de alta Zelda? —preguntó.
—Un poco menos que yo —respondió Redfern, y se señaló el hombro.
—¿Alrededor de un metro setenta? —añadió Rebus.
—Puede que se hubiese encaramado a una roca o algo parecido —intervino Clarke.
—¿No llegó acompañada de ningún mensaje? —le preguntó Rebus al muchacho.
—No.
—¿Te mandaba cosas a menudo?
—Algún mensaje de vez en cuando. Si había alguna fiesta, a lo mejor.
—¿Sabías que iba a Inverness?
—Se lo contó a todo el mundo.
—¿Ningún otro alumno de la escuela estaba invitado?
—Timmy sí, pero sus padres no la dejaron ir.
—¿Las chicas se enteraron de la fiesta por Internet?
—A través de alguien con quien hablaron en Twitter —confirmó Redfern—. Era un año mayor, pero seguía en el colegio. Todos se lo dijimos...
—¿Qué le dijisteis? —preguntó Clarke.
—Que tuviese cuidado. Con la gente de Internet ya se sabe...
—¿No son siempre lo que parecen? —Clarke asintió para indicarle que lo entendía—. Bien, lo hemos comprobado y es un chico de dieciséis años llamado Robert Gilzean.
—Sí, me lo dijeron los otros polis.
Mientras Clarke entretenía a Redfern, Rebus les echó un vistazo a algunas fotos que guardaba en el teléfono: eran niños haciendo mohínes, gesticulando con las manos y lanzando besos. En ninguna aparecía Annette McKie.
—¿Conocías bien a Zelda, Tom?
Se encogió de hombros una vez más.
—¿Fuisteis juntos a la escuela primaria?
—No.
—Así que habéis ido a la misma clase durante... ¿cuánto?... ¿tres años?
—Supongo.
—¿Has estado alguna vez en su casa?
—Fui a un par de fiestas. Por lo visto, se pasaba la mayoría del tiempo en su habitación.
—¿Ah, sí?
Redfern estuvo a punto de ruborizarse.
—Jugando en Internet —aclaró—. Demostrando lo buena que era.
—No pareces impresionado.
—Los juegos están bien, pero prefiero los libros.
—Eso es estimulante —observó Clarke con una sonrisa.
—¿Qué pensaste al recibir la foto? —preguntó Rebus antes de devolverle el teléfono.
—No pensé nada.
—¿Un poco sorprendido, tal vez? Eran las diez de la noche y no lo había hecho con anterioridad.
—Me imagino.
—¿Y le respondiste?
Redfern lo miró y asintió.
—Pensé que se había equivocado de tecla y que era para otro contacto de su agenda.
—Pero ¿no llegó a contestar?
—No. Le había estado enviando mensajes a Timmy desde el autobús. En el último se limitaba a decir que estaba mareada. —El chico hizo una pausa y miró alternativamente a Rebus y a Clarke—. No está muerta, ¿verdad?
—No lo sabemos —respondió Clarke con tono comedido.
—Pero lo está.
Los ojos de Redfern se clavaron en Rebus, y él no estaba dispuesto a mentir.
Rebus trató de abrir la puerta del despacho de James Page, pero estaba cerrada. Se encontraba solo en la sala del DIC. No había televisión, pero Clark le había enseñado cómo ver la rueda de prensa en su ordenador. Rebus abrió unos cuantos cajones, aunque no encontró nada de interés. La rueda de prensa se celebraría en un hotel situado a la vuelta de la esquina de Gayfield Square. Había comprado un par de filetes de pollo en Gregg’s cuando volvía de la escuela. Los había engullido hacía mucho, pero todavía quedaban algunas migas de hojaldre en su camisa y su chaqueta. La policía de Lothian y Borders tenía una cámara propia en el hotel, y la retransmisión en bruto —con la salvedad del sonido— apareció en el monitor de Clarke. Rebus no había encontrado el control de volumen, motivo por el cual estaba merodeando por la oficina en lugar de sentarse a la mesa. Había encontrado Nurofen en el cajón de Clarke, y se guardó un par de pastillas en el bolsillo delantero. Siempre iba bien tenerlas a mano. Había bebido suficiente café, y al parecer no había bolsitas de té, excepto de menta y rooibos.
Cuando regresó junto al monitor, el acto había comenzado. Rebus le propinó un golpe a la carcasa de plástico, pero seguía sin oírse nada. Tampoco había ni rastro de ninguna radio. Sabía que podría ir a escuchar la rueda de prensa en el coche, siempre que alguna emisora local estuviese retransmitiéndola, pero optó por sentarse y mirar. Quienquiera que manejara la cámara necesitaba un manual de instrucciones o una visita al oculista. Enfocaba a todas partes, y Rebus veía mejor la mesa que a la gente sentada detrás de ella. Otros estaban de pie. Page estaba flanqueado por Siobhan Clarke y un agente llamado Ronnie Ogilvie. Detrás de la madre de Annette McKie y su hermano mayor se encontraba un hombre a quien Rebus reconoció. El hombre le apretaba el hombro a la madre cada vez que la notaba flaquear. En un momento dado, ella puso la mano encima de la suya a modo de agradecimiento. El hermano de Annette también leyó un comunicado preparado de antemano. Parecía bastante seguro de sí mismo, estudiaba la sala y les brindaba a los fotógrafos la posibilidad de obtener muchas instantáneas decentes mientras su madre se frotaba los ojos enrojecidos y doloridos. Rebus no sabía cómo se llamaba el muchacho. Calculó que tendría unos diecisiete o dieciocho años. Llevaba el flequillo levantado con gomina y se apreciaba un poco de acné residual en la cara. Era pálido y enjuto, y parecía espabilado. Pero ahora el movimiento de la cámara emborronaba la imagen. Le había llegado el turno a Page. Parecía preparado para empezar a escuchar preguntas; ansioso, incluso. Sin embargo, al cabo de un par de minutos lo interrumpieron, y Page se volvió hacia su izquierda. La cámara captó a la madre de Annette McKie mientras salía de la sala. Se tambaleaba y se tapaba la boca con la mano, o bien porque la tristeza había podido con ella o bien porque estaba a punto de vomitar. El hombre se fue con ella y dejó a su hijo allí sentado. Este miraba a Page como si buscara consejo. ¿Debía quedarse o marcharse? La cámara recorrió toda la sala, enfocando a otras cámaras, periodistas y agentes de policía. Las puertas dobles se habían cerrado y la madre desapareció.
Luego, la imagen se centró en la alfombra estampada y la pantalla se quedó en negro.
Rebus estuvo allí hasta que el equipo empezó a regresar a la oficina. Ogilvie lo saludó con la cabeza, con lo que se ahorró el esfuerzo de mediar palabra. Page parecía molesto por el hecho de que le hubieran interrumpido en su momento álgido. Si los informativos daban relevancia a algo, sería a la salida de la madre. Introdujo la llave en la cerradura, abrió la puerta y desapareció en el interior de su armario. Clarke pasó entre las mesas, tropezó solo una vez con un cable y le dio una chocolatina a Rebus.
—Gracias, mamá —le dijo.
—¿Lo has visto?
Rebus asintió.
—Sin sonido. ¿Ha mencionado Page las fotos de los teléfonos?
—Por lo visto se le ha olvidado cuando la madre ha salido corriendo.
Clarke abrió su chocolatina y le dio un mordisco.
—¿Quién era el hombre que estaba detrás de ella? —preguntó Rebus.
—Un amigo de la familia.
—¿Es el que ofrece la recompensa?
Clarke lo miró.
—De acuerdo, vomítalo.
—Todavía no he empezado a comer. —Al ver que no lograba arrancarle una sonrisa, se dio por vencido—. Se llama Frank Hammell. Es propietario de dos pubs y al menos una discoteca.
—¿Le conoces?
—Conozco sus pubs.
—¿Y la discoteca no?
—Está en algún lugar de nuestro campo plagado de bandidos.
—¿Es decir...?
—Al oeste de Lothian. —Rebus señaló el monitor con la cabeza—. Me ha parecido bastante sobón...
—¿No es de esa clase de tíos?
—No a menos que seáis muy íntimos.
Clarke empezó a masticar de manera más pausada y pensó durante unos instantes.
—¿Y qué aporta todo esto?
—¿Una nota de cautela? —respondió Rebus al fin—. Si es el «amigo» de la madre y ella está preocupada, puedes tener la certeza de que él también lo está.
—¿De ahí la recompensa?
—Lo que me preocupa no es la recompensa que conocemos, sino la que pueda ofrecer bajo mano.
Clarke miró hacia la puerta de Page.
—¿Crees que deberíamos decírselo?
—Eso es cosa tuya, Siobhan. —Mientras Clarke barajaba esa posibilidad, Rebus planteó otro interrogante—: Recuérdame qué le sucedió al padre de Annette.
—Se fugó a Australia.
—¿Cómo se llama?
—Derek no sé qué... Derek Christie.
—¿No McKie?
—Esa es la madre. Gail McKie.
Rebus asintió lentamente.
—¿Y el muchacho que estaba en la rueda de prensa?
—Darryl.
—Todavía va al colegio, ¿verdad?
—¿A qué se dedica Darryl McKie? —le preguntó Clarke a Ronnie Ogilvie.
—Creo que dijo que era encargado de un bar —repuso Ogilvie—. Y se hace llamar Christie, no McKie.
Clarke miró a Rebus.
—Tiene dieciocho años; un poco joven para ser encargado —comentó.
Rebus torció el gesto.
—Depende de quién sea el propietario del bar —dijo, y se levantó para cederle de nuevo la silla a Clarke.
9
—Como en los viejos tiempos, ¿eh? —comentó Rebus—. Y al fin veré algo de Escocia.
Iban en el coche de Clarke, un Audi que olía a nuevo. El viaje había sido idea de Rebus. Quería explorar el lugar donde se había visto a Annette McKie por última vez, y buscar posibles correspondencias con la foto. Habían salido de Edimburgo en dirección al norte, y llegaron a Fife cruzando el puente de Forth Road, después de sortear lo que parecían varios kilómetros de obras con un límite de velocidad de sesenta kilómetros por hora. Luego bordearon Kinross de camino a Perth, donde conectaron con la A9. No había doble carril y, al parecer, estaban en la hora punta de media tarde. Rebus sacó un CD del bolsillo y lo cambió por el disco de Kate Bush que había puesto Clarke.
—¿Quién te ha dicho que puedes hacer eso? —protestó.
Rebus la hizo callar y subió el volumen de la tercera canción.
—Tú escucha —dijo. Y después, transcurridos unos minutos—: ¿De qué está hablando?
—¿A qué te refieres?
—En el estribillo.
—Algo de encontrarse bajo la lluvia de otro hombre.
—¿Estás segura?
—¿He oído mal?
Rebus meneó la cabeza.
—No, es que pensaba que... Bah, da igual.
Hizo ademán de quitar el CD, pero Clarke le pidió que lo dejara. Puso el intermitente e inició un adelantamiento. El Audi pesaba bastante, pero aun así lo consiguió. Un vehículo que circulaba en dirección opuesta encendió una y otra vez las luces a modo de protesta.
—¿Intentas demostrar algo? —preguntó Rebus.
—Solo quiero llegar a Pitlochry más o menos a la misma hora que lo hizo ella. ¿No se trata precisamente de eso? —Clarke se volvió hacia él—. ¿Y no se supone que tú deberías estar buscando el lugar donde pudieron haber hecho la foto?
—No es por aquí —farfulló Rebus.
De todos modos, empezó a escrutar los campos. Pasaron junto a un cartel indicador de Birnam y una exposición de Beatrix Potter. Clarke adelantó a otro camión y después tuvo que pisar a fondo el freno al ver un radar, lo cual obligó al camión a aminorar. El conductor hizo sonar la bocina y le dio luces airadamente. El CD de Jackie Leven había terminado, y Rebus le preguntó si quería que pusiera de nuevo a Kate Bush, pero ella le indicó que no con la cabeza.
—¿Adónde demonios van todos? —preguntó Rebus mientras contemplaba el tráfico que tenían por delante—. No es precisamente temporada alta.
—La verdad es que no —coincidió Clarke, y añadió con indiferencia—: ¿Qué tal está Cafferty, por cierto?
Rebus la miró.
—¿Qué te hace pensar que lo sé?
Ella pareció tomarse unos instantes para decantarse por una respuesta.
—Hablé con alguien de Asuntos Internos.
—¿Con Fox? —aventuró Rebus—. Lo he visto arrastrándose por jefatura.
—Corren rumores sobre Cafferty y tú, John, y vuestras sesiones de copas.
Rebus digirió sus palabras.
—¿Fox va a por mí? Será mejor que no te juntes con esos patanes, Siobhan. Podría ser contagioso.
—No son patanes, y lo sabes de sobra. Y para responder a tu pregunta: no eres un agente en activo, así que de momento dudo que Fox pudiera tocarte, aunque quisiera. —Hizo una pausa, mirando fijamente la carretera—. Por otro lado, tu relación con Cafferty viene de lejos.
—¿Y?
—¿Asuntos Internos podría averiguar algo en caso de que indagara?
—Ya sabes lo que opino de Cafferty —dijo Rebus con frialdad.
—Lo cual no significa que no hayáis intercambiado favores en algún momento.
Rebus bebió de una botella de agua de plástico que habían comprado cuando se detuvieron a repostar en Kinross.
—Fox quiere delatarme, ¿es eso?
—Solo me preguntó si te veía mucho de un tiempo a esta parte.
—¿Y deja caer el nombre de Cafferty como quien no quiere la cosa? —Rebus meneó la cabeza lentamente—. ¿Qué le respondiste?
—Pero tenía razón, ¿no es así? ¿Acaso no te ves con Cafferty?
—El tipo cree que está en deuda conmigo por lo que hice en el hospital.
—¿Tienes copas gratis de por vida?
—Las pago a mi manera.
Clarke adelantó a una furgoneta de reparto de Tesco. Había tres camiones articulados al principio de la cola, y aminoraban la marcha de manera inexorable cuando la carretera llegaba a una pendiente. Una señal que acababan de dejar atrás indicaba que los vehículos pesados debían apartarse para permitir los adelantamientos, pero no lo estaban haciendo.
—Más adelante hay dos carriles —comentó Clarke.
—De todos modos, ya casi estamos en Pitlochry —repuso Rebus. Y luego, bajando un poco el tono de voz—: Y gracias por el aviso.
Clarke asintió, mirando hacia delante y agarrando con firmeza el volante.
—Cerciórate de que Fox no tenga munición que utilizar, ¿de acuerdo?
—A juzgar por su mirada, diría que tiene un amplio historial de disparos errados. ¿Podemos tomarnos otro descanso para fumar?
—Tú mismo lo has dicho: ya casi hemos llegado.
—Si, pero no está permitido fumar en las gasolineras.
Ese fue el motivo por el que Rebus se dirigió al aparcamiento de Kinross mientras Clarke llenaba el depósito y compraba bebida en la tienda.
—Cinco minutos más —le dijo—. Solo cinco minutos...
Diez minutos más tarde —Rebus no llevaba la cuenta— abandonaron la A9, tomaron la salida de Pitlochry y pasaron junto a la gasolinera en la que se había detenido el autobús de Annette McKie para que ella se apeara. Clarke atravesó la ciudad. Solo había una calle principal, con carteles que anunciaban el Festival de Teatro, la presa hidroeléctrica y las destilerías Edradour y Bell’s.
—Cuando era niña fui una vez a la presa —comentó Clarke—. Se suponía que a ver el salto del salmón.
—¿No había salmones? —dedujo Rebus.
—No.
—Por otro lado, es imposible no amar una ciudad con dos destilerías...
Solo tardaron un par de minutos en llegar al otro extremo de Pitlochry. Clarke dio media vuelta y retomaron el camino por el que habían llegado. Había una pequeña comisaría en la calle principal, pero no siempre contaba con personal. Por una cuestión de protocolo, Clarke había llamado a la División de Tayside en Perth antes de salir para alertar a un inspector local de su viaje, e insistió en que no era necesaria una fiesta de bienvenida.
—Es tan solo una misión de reconocimiento.
Puso el intermitente para entrar en la gasolinera. En cuanto el coche se detuvo, Rebus se desabrochó el cinturón de seguridad y se dirigió a la calzada, cigarrillo y encendedor en mano. Observó a Clarke entrar en la tienda. Había una mujer de mediana edad tras la caja registradora, y Clarke le mostró la placa, seguida de dos fotos, una de Annette McKie y una copia de la imagen que esta le había enviado a Thomas Redfern. Al otro lado de la gasolinera se encontraba la destilería Bell’s, y detrás unas enormes torretas de lo que a Rebus le pareció un hotel. Otro coche se había detenido a repostar. El hombre que se apeó del vehículo parecía un comercial: camisa blanca y corbata amarillo pálido. Llevaba la americana colgada de una percha dentro del coche, y se la puso de nuevo para protegerse del aire frío. Quitó la tapa del depósito, pero entonces miró a la calzada y vio a alguien fumando allí. Reordenando sus prioridades, se dirigió hacia Rebus, asintiendo en un gesto de afinidad antes de encenderse un cigarrillo.
—Esta noche helará —dijo.
—Mientras no nieve... —repuso Rebus.
—Creo que ayer noche cerraron el paso de Drumochter.
—¿Han puesto cadenas? —preguntó Rebus.
—Sí. El invierno pasado fue una pesadilla.
—¿Va a Inverness?
El hombre asintió.
—¿Y usted?
—Vuelvo a Edimburgo.
—La civilización, ¿eh?
—Eso parece bastante civilizado.
Rebus miró en dirección a la ciudad.
—No lo sé. Solo paro a repostar.
—¿Viaja mucho?
—Forma parte del trabajo, ¿no? Seiscientos o setecientos kilómetros a la semana, a veces más. —Señaló su vehículo. Detrás, Rebus alcanzaba a ver a la cajera meneando la cabeza en respuesta a otra de las preguntas de Clarke—. El coche ni siquiera tiene dos años y ya está en las últimas —añadió el comercial—. ¿Qué tal va el Audi?
—Parece que está bien. —Rebus se terminó el cigarrillo—. ¿Qué vende usted exactamente?
—¿De cuánto tiempo dispone?
—Digamos que de quince segundos.
—Entonces lo resumiré en dos palabras: «logística» y «soluciones».
—Me siento debidamente iluminado. —Rebus vio que Clarke volvía al Audi—. Gracias por todo.
—No hay de qué.
El hombre sacó el teléfono y comprobó sus mensajes mientras Rebus se dirigía a la gasolinera.
—¿Has averiguado algo? —preguntó al sentarse en el asiento del acompañante.
—Aquel día no trabajaba —respondió Clarke—. Interrogaron a todo el personal. Uno recordaba que Annette preguntó si podía utilizar el baño. Compró una botella de agua y se dirigió de nuevo a la ciudad.
—Qué amables los del autobús por no esperarla.
—En realidad, el conductor está muy apenado, pero obedecía las normas de la empresa.
Rebus miró a través del parabrisas en busca de algún circuito cerrado de televisión.
—La grabaron las cámaras —corroboró Clarke—. Estaba hablando por teléfono.
—¿Es posible que tuviera una cita?
—No tenía familiares ni amigos en Pitlochry. —Clarke pensó por un instante—. Hay otra cámara en la calle principal, pero no la grabó, y ninguno de los dependientes recuerda haberla visto.
—Puede que encontrara a alguien que la llevase...
—Puede.
—¿Es posible que echara a andar campo a través?
—Era una chica de ciudad, John. ¿Por qué iba a hacer eso?
Rebus solo acertó a responder con un encogimiento de hombros. Clarke consultó su reloj.
—Han pasado treinta minutos de la hora de su desaparición. Pudo haber cruzado la ciudad sin que nadie se percatara, y tal vez no hizo autoestop hasta llegar al otro extremo.
Clarke encendió el motor y puso primera. Cuando salían de la gasolinera, el comercial despidió a Rebus con la mano.
—Vende soluciones —explicó.
—Entonces debería estar aquí con nosotros.
Una vez que hubieron cruzado de nuevo Pitlochry, no había muchas más alternativas que reincorporarse a la A9. Tenían la opción de dirigirse al sur, hacia Perth, o al norte, hacia Inverness. Clarke dudó.
—Avancemos unos kilómetros más —propuso Rebus—. El escenario está cambiando. Puede que se parezca más al de la foto.
—No iremos hasta Aviemore, te aviso.
—Mis días de esquiador ya han pasado.
—¿No crees que impresionaría a Nina Hazlitt?
—¿El que yo esquiara?
—Decirle que visitaste Aviemore como parte de tu misión.
—Todo a su debido tiempo.
—Después de doce años, ¿crees en serio que podremos encontrar algo allí?
—No —reconoció Rebus mientras ponía de nuevo el CD de Kate Bush. Parecía cantar sobre su amor por un muñeco de nieve.
10
Cuando se reincorporaron a la A9 se toparon con unas obras; el tráfico discurría por un único carril y avanzaba a paso de tortuga. Una barrera separaba su carril en dirección al norte del carril en dirección sur, lo cual hacía imposible dar media vuelta.
—Estamos atrapados —comentó Clarke.
—Están pavimentando de nuevo —explicó Rebus, mientras leía uno de los carteles—. Habrá retrasos durante cuatro semanas.
—Puede que sigamos aquí dentro de cuatro semanas.
—Pues disfrutemos de la compañía del otro.
Clarke soltó un resoplido.
—Al menos están trabajando.
Eso era cierto. En el carril que había sido bloqueado, varios hombres ataviados con chalecos reflectantes amarillos transportaban herramientas y manejaban excavadoras. El cielo estaba inundando de un brillo naranja palpitante provocado por las luces de emergencia que se ubicaban sobre los diversos vehículos. El límite de velocidad había quedado reducido a cincuenta.
—Ir a cincuenta sería un lujo —protestó Clarke—. Según el velocímetro, vamos a treinta.
—«Lentos, pero seguros» —recitó Rebus.
—Siempre ha sido tu lema, ¿no?
Clarke esbozó una leve sonrisa. Rebus estaba estudiando a los trabajadores.
—¿Y si paramos?
—¿Qué?
—Si hizo autoestop por aquí es imposible que no la vieran.
Una hilera de conos separaba los carriles interior y exterior, pero estaban bien espaciados y era fácil que el Audi pasara entre dos. Clarke echó el freno de mano.
—Entonces ¿no es la peor idea que he tenido? —preguntó Rebus, fingiendo dudar.
Cuando salieron del coche, un hombre se acercó a ellos a toda prisa. Clarke tenía la placa preparada. El hombre se puso rígido.
—¿Qué ha ocurrido?
Rondaba los cincuenta y cinco años, y unos rizos canosos se escapaban del ala de su casco de trabajo. Rebus tenía la sensación de que había muchas capas de ropa debajo del chaleco de alta visibilidad y los pantalones naranja fluorescente.
—¿Han oído hablar de la chica que ha desaparecido? —preguntó Clarke.
El hombre la miró a ella, y después a Rebus, y de nuevo a Clarke, y asintió.
—No he escuchado bien su nombre —apostilló Rebus.
—Bill Soames.
—¿Está usted al mando de la cuadrilla?
Rebus miró por encima del hombro de Soames en dirección a los obreros, que habían dejado sus quehaceres.
—Tal vez les preocupe que sean ustedes de Trabajo o Inmigración —explicó Soames.
—¿Y por qué iba eso a ser un problema? —preguntó Clarke.
—No lo sería —respondió Soames mirándola a los ojos. Se dio media vuelta y les indicó a los hombres que debían seguir trabajando—. Pero será mejor que hablemos en la oficina...
Pasaron junto al Audi y los llevó por un carril sin pavimentar. Junto a la cuneta había amontonados varios fragmentos de asfalto. Habían instalado unas luces de techo temporales alimentadas por generadores de gasóleo, lo cual incrementaba el ruido y los humos.
—¿Trabajan de noche? —preguntó Clarke.
—Hacemos turnos de doce horas —confirmó Soames—. La cuadrilla nocturna está ahí dentro. —Señaló una cabina portátil que acababan de pasar—. Hay seis camas, una ducha y una cocina que es mejor evitar.
Había una hilera de tres retretes portátiles y otra cabina con las ventanas cubiertas con rejas protectoras. Soames abrió la puerta y los invitó a entrar. Encendió una luz y una estufa eléctrica.
—Seguramente pueda preparar un poco de té...
—Gracias, pero esto no nos llevará mucho tiempo.
Sobre la única mesa de la sala había planos de las obras. Soames los enrolló para tener más espacio.
—Siéntense —dijo.
—¿La cuadrilla es polaca? —preguntó Rebus.
Soames le lanzó una mirada inquisitiva, y Rebus señaló el diccionario inglés-polaco/polaco-inglés que había sobre la mesa de trabajo.
—No todos —respondió Soames—. Pero algunos sí. Y su inglés a veces se queda un poco corto.
—¿Cómo se dice «asfalto» en polaco?
Soames sonrió.
—Stefan es su capataz. Su inglés es mejor que el mío.
—¿Duermen aquí mismo?
—Demasiada distancia para ir a casa todos los días.
—¿Y cocinan aquí? ¿Básicamente viven en la cuneta?
Soames asintió.
—Así es.
—¿Y usted, señor Soames? —preguntó Clarke.
—Yo vivo en Dundee, que está cerca de aquí. Es muy pesado, pero la mayoría de las noches duermo en casa.
—Debe de haber un supervisor del turno de noche...
Soames asintió y consultó su reloj.
—Llegará en hora y media. Preferiría que no me viera de cháchara cuando se supone que debo estar ahí fuera.
—Entiendo —respondió Clarke, sin que sonara a disculpa—. ¿Le dice algo el nombre de Annette McKie?
—Por supuesto.
—¿Ha hablado alguien con usted?
—¿Se refiere a la policía? —Soames meneó la cabeza—. Ustedes son los primeros.
—Es probable que hiciera autoestop al norte de Pitlochry. Eso significa que habría pasado justo por aquí.
—Si iba a pie, alguien la habría visto.
—Eso es lo que pensábamos nosotros.
—Pues no lo hizo. Les pregunté a los hombres.
—¿A todos?
—Sí —confirmó Soames—. A juzgar por la hora en que estuvo en la zona, tuvo que ser la cuadrilla diurna.
—Pero la cabina de la cuadrilla nocturna tiene ventanas —respondió Rebus—. ¿Les ha preguntado también a ellos?
—No —reconoció Soames—. Pero lo haré, si quiere. Deme un número de teléfono y lo llamaré.
—Sería más fácil que lo hiciera ahora.
—Puede que algunos estén durmiendo.
—Despiértelos. —Rebus hizo una pausa—. Por favor.
Soames se lo pensó unos instantes antes de tomar la decisión. Apoyó las palmas de las manos sobre la mesa y se dispuso a levantarse.
—Y mientras esperamos —añadió Rebus—, tal vez podríamos hablar con Stefan...
Cuando Soames hubo cerrado la puerta, Clarke se acercó a la estufa para calentarse las manos.
—¿Te imaginas que tuvieras que trabajar a todas horas, haga el tiempo que haga?
Rebus estaba recorriendo la sala, y examinaba notificaciones de salud y seguridad clavadas en un tablero de corcho, y cartas y formularios amontonados junto al diccionario. Había un cargador, pero ningún teléfono. El calendario mostraba una foto de una modelo rubia encaramada a una moto de un tono rojo chillón.
—Es un trabajo —comentó Rebus—. En los tiempos que corren, ya es algo.
—¿Qué opinas?
—Es imposible que pasara por aquí sin que la vieran. —Clarke asintió—. A lo mejor dio un rodeo por los campos de ahí detrás.
—¿Y por qué iba a hacer eso?
—Para evitar los silbidos de los obreros. —Clarke lo miró—. Todavía lo hacen.
—Tú lo sabrás mejor que yo.
—En efecto. —Clarke escrutó la sala—. ¿Qué crees que hacen aquí entre turno y turno?
—Me imagino que beber, jugar a las cartas y ver porno.
—Tú lo sabrás mejor que yo —dijo Clarke mientras se abría la puerta metálica.
En el umbral apareció un hombre entrecano de poco más de cuarenta años, con los ojos entornados y barba de una semana. Su mirada se cruzó con la de Rebus.
—Eh, Stefan —le dijo este—. No andarás metido en ningún lío, espero.
Stefan Skiladz había vivido en Escocia más de media vida, y había pasado tres de esos años en la cárcel por una agresión grave tras un día de mucho alcohol en el piso de un amigo en Tollcross. Por aquel entonces, Rebus estaba en el DIC y había prestado declaración en el juicio. Skiladz se había declarado no culpable pese a la sangre que había en su ropa y las huellas dactilares que encontraron en el cuchillo de cocina.
Los tres estaban sentados a la mesa, y Clarke escuchó a Rebus explicar todo aquello. Cuando hubo terminado, Skiladz rompió el silencio con una pregunta:
—¿De qué demonios va todo esto?
Clarke respondió deslizando la foto de Annette McKie sobre la mesa.
—Ha desaparecido. La vieron por última vez en Pitlochry cuando se disponía a hacer autoestop hacia el norte.
—¿Y qué?
Skiladz había cogido la foto y su rostro no mostraba ninguna emoción.
—Vosotros tenéis que ir a Pitlochry —respondió Rebus—. Alguien tiene que ir a por tabaco y vodka.
—A veces.
—Así que a lo mejor se apiadaron de ella.
—¿Y la dejaron aquí? Sería mejor esperar a que alguien la llevara un tramo más. —Skiladz levantó la vista de la fotografía—. ¿No?
—Supongo.
—¿Puede guardar la foto para enseñársela a sus compañeros? —preguntó Clarke.
—Claro. —Skiladz la estudió de nuevo—. Es bonita. Yo tengo una hija, no es muy diferente.
—¿Te ha ayudado a no meterte en líos?
El hombre miró a Rebus.
—He dejado la bebida. Tengo la cabeza en su sitio. —Se dio un golpecito en la ceja con un dedo ennegrecido—. Y ya no me meto en peleas.
Rebus pensó durante unos momentos.
—¿Alguno de los muchachos tiene antecedentes?
—¿Problemas con la ley, quiere decir? ¿Y por qué iba a decírselo?
—Porque entonces no tendríamos que volver aquí con agentes de Inmigración, y tal vez incluso un inspector de Hacienda. Y mientras comprobáramos los carnés y el historial de cada uno de ellos, nos cercioraríamos de que tu nombre aparece en los informes...
Skiladz taladró a Rebus con la mirada.
—Ya eras un cabrón entonces, aunque no tan gordo y viejo.
—Eso no puedo negarlo.
—¿Qué responde? —añadió Clarke.
Skiladz desvió la atención hacia ella.
—Uno o dos —dijo a la postre.
—¿Uno o dos qué?
—Han tenido problemas en el pasado.
Clarke se levantó y encontró un cuaderno de papel pautado, que dejó frente a él, asegurándose de no tapar la fotografía que había sobre la mesa.
—Anótelos —dijo.
—Esto es una locura.
Clarke le tendió un bolígrafo y lo obligó a aceptarlo. Cuando cogió el cuaderno un minuto después, contenía tres nombres.
—¿Son del turno de día? —preguntó.
—Solo el primero.
—Thomas Robertson —leyó en voz alta—. No suena muy polaco.
—Es escocés.
La puerta se abrió de nuevo y apareció Bill Soames, quien vio a Clarke arrancar la página del cuaderno, doblarla por la mitad y guardársela en el bolsillo.
—Nada —dijo, y se volvió para cerrar la puerta—. Nadie la vio. —Luego, poniéndole una mano en el hombro a Skiladz—: ¿Todo bien, Stefan?
—¿Puedo irme ya? —le preguntó Skiladz a Rebus.
—Pregúntale a ella, no a mí —respondió Rebus mientras señalaba a Clarke.
Esta asintió y el hombre se puso en pie.
—¿Qué ha pasado? —quiso saber Soames.
Rebus esperó a que Skiladz hubiese salido.
—El señor Skiladz nos ha ayudado con nuestras pesquisas —le explicó a Soames—. Necesitaremos otra visita.
Rebus se levantó y le tendió la mano a Soames.
Parecía que el capataz tenía algunas dudas, pero Rebus ya estaba abriendo la puerta. Clarke le estrechó la mano a Soames y formuló una última pregunta.
—¿Hasta dónde tenemos que llegar para poder dirigirnos de nuevo hacia el sur?
—Más o menos un kilómetro, si no les importa cambiar de sentido en una curva peligrosa.
—No me importa lo más mínimo.
Clarke le sonrió y salió detrás de Rebus. Ya en el coche, le preguntó qué opinaba.
—No podemos irrumpir allí e interrogarlos —reconoció—. Debemos informar a la comisaría de Tayside.
—De acuerdo.
—Pues habla con Tayside por la mañana, y después volvemos aquí. De ese modo todo estará dentro del margen legal.
—¿No quieres intervenir?
Rebus meneó la cabeza.
—Yo soy solo un ayudante.
—Por el momento te estás ganando el sueldo.
—Podrías hacérselo saber a Communication Breakdown.*
Clarke sonrió.
—¿Y qué pasa con Stefan Skiladz?
—Valdría la pena comprobar su historial, aunque dudo que encontremos nada.
Clarke asintió y arrancó el coche.
—Puede que tenga que invitarte a una pinta cuando volvamos a Edimburgo.
—¿Qué te hace pensar que no tengo planes?
—Tú no eres de esos —respondió ella mientras ponía el intermitente, siempre dando por hecho que al final aparecería un hueco en lo que parecía un convoy de camiones.
11
Al final, Rebus permitió que lo invitara a dos copas. Después, la acompañó hasta el coche y rechazó la oferta de llevarlo a casa.
—No te viene de paso —explicó.
—Así que cogerás un taxi o seguirás bebiendo.
—Exhibiendo musculatura detectivesca, ¿eh?
—Hoy ha ido bastante bien, pero si empiezas a aparecer por Gayfield Square con aliento a la cerveza de la noche anterior...
—Entendido.
Rebus le hizo un saludo burlón y la observó hasta que el Audi hubo desaparecido. La ciudad estaba en calma, y muchos taxis pugnaban por una clientela en buena medida inexistente. Levantó una mano y esperó. Veinte minutos después estaba pagando al conductor, dándole una libra de propina y saliendo a la calzada frente a un pub llamado The Gimlet. Estaba situado junto a una transitada rotonda de Calder Road, una de las principales rutas de acceso a la ciudad por el oeste. La zona era comercial y residencial a partes iguales: había concesionarios de coches y naves industriales de poca altura, pero también casas adosadas de dos plantas con las habituales antenas parabólicas apuntando al cielo.
The Gimlet había sido fundado en los años sesenta. Era una especie de cubo de escasa altura, sin edificios a su alrededor y con un tablón en el exterior que anunciaba noches de concursos y karaoke y desayunos completos baratos durante todo el día. Rebus llevaba años sin ir por allí. Se preguntaba si todavía era un bazar glorificado para rateros y desvalijadores.
—Solo hay una manera de averiguarlo —se dijo a sí mismo.
La música atronaba desde los altavoces, y en el televisor había una rubia elegante que retransmitía las noticias deportivas. Media docena de bebedores taciturnos examinaron a Rebus cuando se dirigía a los surtidores. Estudió las cervezas disponibles y luego la nevera, con la parte frontal de vidrio.
—Una botella de IPA —decidió.
La camarera era joven, y llevaba los brazos tatuados y varios piercings faciales. Rebus pensó que había sido ella quien había elegido la banda sonora, les gustara a los clientes o no. Mientras le servía la bebida, Rebus preguntó si iría Frank.
—¿Qué Frank?
—Hammell. Este lugar todavía es suyo, ¿no?
—No tengo ni idea.
La camarera lanzó la botella vacía en un cubo con más fuerza de la que era estrictamente necesaria. Rebus le entregó un billete de veinte libras, que ella pasó por un escáner ultravioleta antes de abrir la caja.
—¿Y Darryl? —aventuró Rebus.
—¿Eres periodista?
La joven dejó el cambio sobre la barra en lugar de dárselo en mano. Había varias monedas, y tres de los billetes de cinco libras más pegajosos que Rebus había visto en mucho tiempo.
—Inténtalo de nuevo —dijo.
—Es policía —exclamó uno de los parroquianos.
Rebus se volvió hacia él. Rondaba los sesenta años, y en la mano sostenía un vaso de ron oscuro. Delante tenía tres vasos vacíos.
—¿Lo conozco? —preguntó Rebus.
El hombre negó con la cabeza.
—Pero he acertado.
Rebus bebió un trago de cerveza. Estaba demasiado fría y le faltaba un poco de gas. A su izquierda se abrió una puerta. Un cartel indicaba que conducía a la terraza y los servicios. Un hombre entró tosiendo mientras se guardaba en el bolsillo un paquete de tabaco. Medía más de metro ochenta, llevaba la cabeza afeitada e iba enfundado en un abrigo tres cuartos negro con pantalones oscuros y un polo.
Era lógico pensar que alguien regentaba el The Gimlet. La llegada de Rebus había coincidido con un descanso, nada más. El hombre le lanzó una mirada severa al percatarse de que era un forastero y del ambiente que reinaba en la sala.
—¿Algún problema? —preguntó.
—Es poli —respondió la camarera.
El portero se detuvo más o menos a un metro de Rebus y lo estudió de arriba abajo.
—Demasiado mayor —observó.
—Gracias por el voto de confianza. Quería hablar con Frank o Darryl.
—¿Tiene que ver con Annette? —preguntó uno de los clientes.
El portero lo hizo callar con una mirada antes de desviar su atención a Rebus.
—Hay canales oficiales —dijo—, y usted no está siguiéndolos.
—No sabía que estuviese hablando con un miembro del equipo legal de Frank.
Rebus bebió otro trago de cerveza, depositó el vaso sobre la barra y se llevó la mano al bolsillo para sacar el tabaco. Sin mediar palabra, se dirigió hacia la puerta y dejó que se cerrara de golpe. Tal como había intuido, la terraza era un rectángulo de cemento agrietado del que sobresalían malas hierbas. No había ni mesas ni sillas, tan solo barriles de aluminio y cajas de cerveza. El recinto cercado estaba culminado por abundante alambre de espino, en el cual se habían clavado fragmentos de polietileno extraviado. Rebus se encendió el cigarrillo y empezó a caminar en círculos. A lo lejos se atisbaba un edificio alto, y en uno de los balcones había una pareja discutiendo a voces. El tráfico de la rotonda no prestaría atención. Era solo otra escenita en un mundo plagado de ellas. Rebus se preguntaba si la puerta que quedaba a su espalda se abriría. Puede que alguien quisiera hablar tranquilamente o entablar un combate de boxeo. Consultó el reloj y el teléfono, solo por pasar el rato. Cuando hubo apurado el pitillo, lo dejó caer sobre el cemento, donde se unió a docenas de colillas. Luego abrió la puerta y volvió a entrar.
No había rastro del golem. Supuestamente había vuelto a su puesto. La camarera estaba comiendo una bolsa de patatas chips. Rebus vio que su cerveza ya no estaba donde la había dejado.
—Creía que habías terminado —se complació en explicar.
—¿Puedo invitarte a una? —preguntó Rebus.
Ella no logró ocultar su sorpresa, pero a la postre negó con la cabeza.
—Es una lástima —dijo Rebus, y señaló los piercings—. Quería saber si se te hacen goteras cuando bebes.
En la entrada, el portero estaba ocupado hablando por teléfono.
—Está aquí —dijo al ver a Rebus, y le pasó el teléfono.
—¿Sí?
—Donny no está convencido de que sea usted poli.
—Oficialmente no lo soy. Pero me han agregado al equipo que investiga la desaparición de Annette.
—¿Puede demostrarlo de alguna manera?
—Hable con la inspectora Clarke o con el inspector jefe Page. ¿Con quién hablo, por cierto?
—Con Darryl Christie.
Rebus lo recordaba de la rueda de prensa: pelo de punta y cara blancucha.
—Siento lo de tu hermana, Darryl.
—Gracias. ¿Cómo se llama?
—Rebus. Pertenecía al DIC, pero ahora trabajo en Casos Pendientes.
—¿Y para qué lo necesitan Page y los suyos?
—Eso es algo que tendrás que preguntarles a ellos. —Rebus hizo una pausa—. No parece gustarte la idea...
—Me gustaría si Page se pasara tanto tiempo bregando como con sus tratamientos cutáneos.
—Probablemente lo más inteligente será que no haga ningún comentario al respecto.
Darryl Christie resopló. No parecía un muchacho de dieciocho años. O, mejor dicho, parecía un muchacho de dieciocho años que había crecido muy rápido y había ganado mucha confianza en sí mismo.
—¿Comparte Frank Hammell tus inquietudes sobre la investigación? —preguntó Rebus.
—¿Y a usted qué le importa?
—Tengo entendido que es un hombre que siempre encuentra la manera de llegar al fondo de las cosas.
—¿Y?
—Y creo que debería informar de cualquier cosa que averigüe. De lo contrario, podría obstaculizar un posible juicio. —Rebus hizo una nueva pausa—. Por supuesto, es probable que el señor Hammell opine que no será necesario un juicio propiamente dicho cuando él puede ejercer de juez y jurado.
Rebus esperó a que Darryl Christie dijera algo. Le dio la espalda a Donny, el portero, y echó a andar con el teléfono prestado hacia la rotonda, donde los coches entraban y salían de la ciudad. A la postre, habló en medio del silencio.
—Frank Hammell tiene enemigos, Darryl. Lo sabes tan bien como yo. ¿Eso es lo que piensa, que uno de ellos le puso las manos encima a Annette? —Hubo más silencio—. Mira, creo que se equivoca, y no quiero que tú y tu madre le sigáis.
—Si sabe algo, suéltelo.
—Quizá debería hablar primero con él...
—No lo va a hacer.
—¿Quieres que te dé mi número, por si acaso? —Se oyó otra pausa en la línea, y Darryl Christie le indicó a Rebus que se lo facilitara. Este recitó su móvil y deletreó su nombre—. Puede que Frank haya oído hablar de mí.
Christie se tomó unos instantes para formular su siguiente pregunta. Rebus contempló el desfile de focos mientras aguardaba.
—¿Van a encontrar a mi hermana?
—Haremos cuanto esté en nuestra mano, es lo único que puedo prometerte.
—No se lo recriminen a ella.
—¿Recriminarle qué?
—Que Frank Hammell sale con nuestra madre.
—Esto no funciona así, Darryl.
—Pues demuéstrenlo. Pónganse manos a la obra.
El joven colgó el teléfono. Rebus encendió otro cigarrillo y reprodujo mentalmente la conversación. El muchacho era valiente, pero también tenía cerebro, y le preocupaba mucho su hermana. Rebus pulsó varios botones hasta que en la pantalla apareció el número de la última llamada. Sacó su teléfono e introdujo los detalles en la lista de contactos bajo el nombre de Darryl. Cuando consumió el cigarrillo, volvió hacia el The Gimlet y le devolvió el aparato a Donny, el portero.
—Ha tardado mucho.
Rebus meneó la cabeza.
—Hace un buen rato que he terminado de hablar con tu jefe. Luego he llamado a un chat de esos. Que disfrutes de tu próxima factura...
SEGUNDA PARTE
Veo a los muertos arrastrar sus huesos,
a chicas jóvenes riéndose al hablar por el móvil...
12
¿Qué le pasaba a Cafferty?
Incluso tomando un café a media mañana, en un día ajetreado, los clientes guardaban las distancias. Rebus había encontrado una mesa esquinera. Cuando los ocupantes abandonaron la mesa de al lado, esta siguió vacía. La gente se dirigía hacia ella, miraba la corpulenta figura con chaqueta de cuero negra y cambiaba de opinión.
—Qué sorpresa —había dicho Cafferty—. Tú pidiéndome que vayamos a tomar una copa.
Luego se había tomado de un trago un café solo, había pedido otro, y se había quejado de que las tazas parecieran salidas de una casita de muñecas. Estaba vertiendo azúcar en el segundo cuando Rebus le preguntó por Frank Hammell.
—¿Hammell? Tiene una mecha más corta de lo que me gusta ver en un hombre. Nunca terminó de entender muy bien que las acciones tienen consecuencias.
—No recuerdo si llegó a trabajar para ti.
—En su día, sí. —El teléfono de Cafferty, que se encontraba sobre la mesa, empezó a vibrar. Comprobó quién llamaba, pero no respondió—. ¿Esto es por la chica desaparecida?
Rebus asintió.
—Vi a Hammell en la tele —prosiguió Cafferty—. Al parecer ha ofrecido una recompensa.
—¿Por qué crees que lo ha hecho?
Cafferty meditó al respecto. Sabía a qué se refería Rebus: un hombre como Hammell podía obtener información sin necesidad de pagar por ella.
—La ama —dijo a la postre—. Me refiero a la madre. Esta es su manera de demostrárselo. ¿Sabes quién le metió el miedo en el cuerpo a su marido?
Rebus negó con la cabeza.
—Por eso el pobre desgraciado se largó a Nueva Zelanda.
—Yo había oído Australia.
—Da lo mismo. Está en la otra punta del planeta. Necesitaba alejarse lo máximo posible de Frank Hammell.
—¿Qué hay del hermano de la chica desaparecida?
Cafferty pensó un momento.
—No entiendo.
—Se llama Darryl Christie. Conservó el apellido de su padre. Intervino en la rueda de prensa y regenta al menos uno de los bares de Hammell.
—No lo sabía.
Rebus advirtió que Cafferty estaba almacenando la información.
—Parece un chico inteligente.
—Entonces debería largarse mientras pueda.
—¿De cuántos locales es propietario Hammell ahora mismo?
Cafferty frunció los labios.
—Es difícil saberlo, incluso para mí. Media docena de pubs y discotecas, aunque anda metido en muchos más asuntos, por supuesto. Ha tenido encuentros en Glasgow y Aberdeen.
Se refería a encuentros con hombres como él. Rebus observó a Cafferty mientras removía el café.
—Parece que todavía te interesa —comentó.
—Llamémoslo afición.
—Algunas aficiones acaban consumiéndolo todo.
—Un hombre debe tener algo en que ocupar el tiempo cuando se jubila. Ahí es donde te equivocaste. No tenías nada que hacer en todo el día, así que acabaste volviendo al ruedo.
Cafferty cogió un poco de espuma de la superficie del café con la cuchara y se la llevó a la boca.
—¿Tienes idea de quién podría estar resentido con Hammell?
—¿Exceptuando los presentes? —Cafferty sonrió—. Probablemente demasiados para contarlos, pero dudo que metieran en esto a una niña.
—Pero ¿y si lo hicieron?
—En ese caso, cualquier día de estos le enviarán un mensaje a Hammell, y será entonces cuando estalle. Querrás saberlo si eso ocurre.
—¿Deberíamos someterlo a vigilancia?
—Deberíais hacerlo de todos modos. Creo recordar bastantes operaciones de vigilancia organizadas contra mí en el oscuro y lejano pasado.
—Sí, y te cogieron con las manos en la masa.
Cafferty volvió a fruncir los labios.
—Será mejor no ahondar en eso.
—En realidad, creo que deberíamos hacerlo un momento.
Cafferty lo miró.
—¿Y eso por qué?
—Porque Asuntos Internos me está vigilando.
—Vaya, hombre.
—Saben, por ejemplo, que hemos salido varias veces.
—Alguien ha tenido que decírselo.
—No has sido tú, ¿verdad?
El rostro de Cafferty permaneció impasible.
—Para mí tiene sentido —continuó Rebus. Sus manos rodeaban la taza de café, pero no había dado ni un sorbo desde que se sentó—. De hecho, no se me ocurre mejor manera de tenderme una trampa. Siempre me invitas a tomar una copa y a charlar para que todo el mundo crea que somos amigos del alma...
—Me siento insultado.
—Bueno, alguien ha estado hablando con ellos.
—Yo no.
Cafferty meneó la cabeza lentamente mientras dejaba la cucharilla sobre la mesa. Su teléfono estaba vibrando de nuevo.
—¿Seguro que no quieres cogerlo? —preguntó Rebus.
—No puedo evitar ser popular.
—Tendrías que buscar esa palabra en un diccionario.
—En la de cosas que te dejo salir impune...
De repente, los ojos de Cafferty eran túneles oscuros que conducían a lugares aún más sombríos.
—Eso es —dijo Rebus con una leve sonrisa—. Sabía que estabas en algún lugar, esperando a salir.
—Hemos terminado —afirmó Cafferty antes de levantarse y coger el teléfono—. Deberías intentar ser amable conmigo, Rebus. A veces creo que soy el único amigo que te queda.
—Nunca hemos sido amigos, y nunca lo seremos.
—¿Estás seguro de eso?
Sin esperar respuesta, Cafferty empezó a abrirse paso entre las mesas con sorprendente agilidad para tratarse de un hombre tan corpulento. Rebus se recostó y miró a su alrededor, estudiando a los clientes matinales de la cafetería. Ojalá, pensó, que Asuntos Internos hubiese estado observando y escuchando, solo por esta vez; tal vez así se hubieran quedado tranquilos.
13
—¿Me has echado de menos? —preguntó Rebus al entrar en la oficina de la UEDG.
—¿Has estado fuera? No puedo decir que me haya percatado.
Peter Bliss estaba recuperando expedientes y carpetas de un gran contenedor de plástico. Algunas páginas se soltaron y cayeron al suelo. Elaine Robison le ayudó a recogerlas.
—¿Qué tal por Gayfield Square? —preguntó esta.
—El café no le llega a la suela de los zapatos al de aquí.
—Me refería al caso.
Rebus se encogió de hombros.
—Creo que nadie está convencido de la relación con las otras personas desaparecidas.
—La idea iba a ser difícil de vender, John.
—Por lo visto, aquí estoy de suerte. No hay rastro de Cowan.
—Está en una reunión —explicó Bliss, mientras se sentaba a su mesa—. Va a mendigar un traslado.
—A la UCP —añadió Robinson, y apoyó las manos en las caderas—. Al parecer hay una vacante en dirección.
—Tenía la impresión de que nuestro querido líder odia los casos pendientes.
—Pero sí que le gusta progresar. Tendrían que ascenderlo a inspector.
—Es un camino rápido hacia el DIC y más arriba —observó Bliss meneando la cabeza.
—Bueno, su vestidor está a punto, aunque él no.
Rebus se dio media vuelta, dispuesto a marcharse.
—¿No te quedas a tomar uno de esos célebres cafés? —preguntó Robison.
—Tengo sitios adonde ir y gente a la que visitar —respondió Rebus a modo de disculpa.
—Déjate ver más a menudo —exclamó Robison cuando él franqueaba la puerta.
«ÉTICA Y NORMATIVA» es lo que decía en la pared situada junto a la oficina, pero todo el mundo lo llamaba Asuntos Internos. Rebus intentó girar el pomo, pero este no cedía. Era un cierre con combinación. Llamó, pegó la oreja a la puerta, y llamó de nuevo. Al fondo del pasillo se encontraba el despacho del subinspector, y más allá el del inspector. Hacía tiempo que no lo arrastraban hasta allí para darle una reprimenda. En sus años en el cuerpo, había visto a los burócratas ir y venir. Siempre estaban llenos de nuevas ideas, de cambios que se complacían en realizar, como si se pudiera alterar el trabajo por medio de reuniones estratégicas y grupos de discusión. Asuntos Internos formaba parte de aquello; cada uno o dos años parecían rebautizarlo: Quejas y Conducta; Normativa Profesional; Ética y Normativa. Rebus conocía a un policía al que Asuntos Internos había investigado porque un vecino se quejó de la altura de su ciprés de Leyland. El proceso había llevado casi un año entero, tras lo cual el policía llegó a la conclusión de que ya no le gustaba su trabajo.
Otro resultado para Asuntos Internos.
Rebus se rindió y cogió el ascensor para bajar a la cafetería. Una botella de Irn Bru y un barquillo de caramelo. Se dirigió a una mesa junto a la ventana, que daba al campo, donde a veces se podía ver a algunos agentes jugando a rugby en sus ratos libres. Aquel día no. La silla hizo mucho ruido cuando Rebus la apartó de la mesa. Se sentó y le devolvió la mirada a un hombre que estaba sentado allí.
—Malcolm Fox —dijo.
Fox no lo negó. Era veinte años más joven que Rebus, y pesaba un kilo y medio menos. No tenía el cabello tan gris. La mayoría de los polis parecían polis, pero Fox podría haber sido un directivo de rango intermedio en una empresa de plásticos o en Hacienda.
—Hola, Rebus —dijo Fox.
Tenía un plato delante, en el cual solo había una piel de plátano. Junto a él, un vaso contenía agua del grifo de la jarra situada junto a la caja registradora.
—He pensado que deberíamos conocernos como es debido.
Rebus bebió un trago de Irn Bru y contuvo un eructo.
—Creo que no es buena idea.
—Trabajamos en el mismo edificio. ¿Hay alguna razón por la que no podamos sentarnos juntos?
—Todas.
No se apreciaba un tono beligerante en el estilo de Fox, ninguna emoción al hablar. Demostraba la confianza desinteresada propia de una persona que se sabía en un plano más elevado que aquellos que la rodeaban.
—¿Porque está preparando un informe sobre mí?
—El cuerpo de policía hoy en día es muy distinto del que usted conocía. Los métodos han cambiado, y también las actitudes. —Fox hizo una pausa—. ¿Realmente cree que encajaría?
—¿Me está diciendo que no me moleste en solicitar la reincorporación?
—Esa es una decisión que solo usted puede tomar.
—¿Quién le habló de mí y de Cafferty?
La expresión de Fox cambió ligeramente, y Rebus se dio cuenta de que había cometido un error. El hombre sabía de dónde había obtenido Rebus esa información: Siobhan Clarke. Era un demérito para ella.
—Pregúntese lo siguiente —continuó Rebus—. ¿Es posible que fuera el propio Cafferty a través de un intermediario? Solo para arruinar mis posibilidades.
—Lo mejor sería que se limitara a mantenerse alejado de él.
—En eso estamos de acuerdo.
—¿Y por qué no lo ha hecho?
—Quizá esperaba que se le escapara algo. Trabajo en Casos Pendientes, no lo olvide.
—¿Y lo ha hecho?
Rebus negó con la cabeza.
—De momento, no. Pero, a juzgar por la cantidad de esqueletos que rodean a Cafferty, siempre cabe esa posibilidad.
Fox parecía pensativo mientras bebía agua. Rebus desenvolvió el barquillo y le dio un mordisco.
—El informe sobre usted —dijo Fox a la postre— se remonta a los años setenta. De hecho, llamarlo «informe» es injusto; ocupa toda la estantería.
—Me han reclamado en la oficina del director unas cuantas veces —admitió Rebus—. Pero nunca me han dado la patada.
—Me pregunto si ha sido cuestión de suerte o de astucia.
—Siempre hubo una buena razón para que hiciese lo que hacía, y obtuve resultados. Los peces gordos me lo reconocieron.
—«Siempre hay que hacerle sitio a un inconformista» —citó Fox—. Eso es lo que escribió un antiguo inspector sobre usted. Subrayó «un».
—Obtuve resultados —insistió Rebus.
—Y ahora, ¿qué? ¿Cree que puede resolver casos sin incumplir algunas normas por el camino? De un tiempo a esta parte ni siquiera tenemos sitio para un inconformista.
Rebus se encogió de hombros y Fox lo estudió unos instantes.
—Está usted adscrito a Gayfield Square —observó—. Eso le vuelve a poner en contacto con la inspectora Clarke.
—¿Y?
—Desde que usted se retiró ha conseguido desaprender algunas cosas que usted le enseñó. Seguirá ascendiendo peldaños en la jerarquía. —Fox hizo una pausa—. A menos que...
—¿Insinúa que soy una mala influencia? Siobhan es una mujer hecha y derecha, y eso no va a cambiar solo porque yo ande por aquí una semana o dos.
—Eso espero. Pero en su día le cubrió las espaldas unas cuantas veces, ¿no es así?
—No tengo ni idea de qué está hablando.
Rebus se llevó de nuevo la botella a la boca.
Fox logró esbozar una sonrisa. Estudiaba a Rebus como lo haría un empresario escéptico con un candidato poco cualificado para un puesto.
—Ya nos conocemos de antes.
—¿Ah, sí?
—Más o menos. Una vez trabajamos en el mismo caso, cuando yo estaba en el DIC.
—No lo recuerdo.
Fox se encogió de hombros.
—La verdad es que no me sorprende. Creo que no asistió a una sola reunión informativa.
—Probablemente estaba demasiado ocupado trabajando de verdad.
—Con aroma de menta en la boca para disimular el olor a alcohol.
Rebus lo miró con dureza.
—Conque se trata de eso. ¿No le prestaba atención? ¿Le robaba los caramelos en el patio y ahora quiere recuperarlos?
—No soy tan mezquino.
—¿Está seguro de eso?
—Bastante. —Fox se puso en pie—. Una cosa más —añadió—. ¿Sabe que habrá una prueba física si sigue adelante con su solicitud?
—Tengo la constitución de un buey —afirmó Rebus, y se golpeó el pecho con el puño.
Observó al otro hombre marcharse, se terminó el barquillo de caramelo y salió a la zona de fumadores.
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