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Lágrima Dulce

Iago Tudela

ISBN: 978-84-19198-32-7

1ª edición, octubre de 2021.

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

«¿Quieres ser rico? Pues no te afanes

en aumentar tus bienes, sino en disminuir

tu codicia». Epicuro de Samos

PRÓLOGO

La chica prestaba atención al repiqueteo de la aguja con tal de no lastimarse los dedos. Lucía un pequeño rasguño con sangre seca en la parte interna del dedo índice fruto de un descuido y no quería que se repitiera. Cada vez que la herida le rozaba con algo sentía un desagradable escozor.

A pesar de que hacía poco tiempo que podía disfrutar de la máquina de coser, conducía el trozo de tela negra con inusual esmero por la placa de la aguja, rodeándola con destreza y haciendo pasar los bordes de la pieza por el sitio elegido. Los dedos finos y huesudos bailaban diligentes sobre el tejido moldeándolo con suavidad.

Parecía feliz. Quizás era el único momento del día en que lo parecía. Y tal vez solo lo parecía. Disponía de una hora para sentarse en la habilitada mesa de costura y abstraerse del dolor constante que le invadía el pecho. Concentrarse en aquella manualidad le permitía espantar recuerdos, imágenes que se le hacinaban bruscas en su cabeza, como destellos en mitad de la noche.

Esparcidos por la mesa había varios trozos de tela negra ya terminados. De textura suave, alargados, de unos siete centímetros de ancho y con ambos extremos acabados de forma triangular. Había solicitado telas de otros colores más vivos y con estampados, pero de momento debía conformarse con el negro. Notó cómo se le caía un mechón de pelo por la frente y paró de inmediato para evitar que se le enroscara en la tira del hilo. Volvió a recogerse el pelo con una de las piezas negras ya terminadas. Cogió las tijeras de punta redonda y cortó otro trozo de tela negra, que previamente había medido. Lo colocó encima del retal que acababa de coser. Hizo girar la ruedecilla del selector de puntada y colocó ambos retales en el pie prensatela. La máquina volvió a sonar.

Tac-tac-tac-tac-tac-tac…

A su lado, una mujer de rostro dulce la miraba con atención. No iba vestida como los demás: toda de blanco, con unas zapatillas de goma de color rojo. Observaba a la chica con interés, pero con unos ojos de quien lo hace cada día. Con cierta ternura. La chica le dirigió una mirada distraída. El ruido de la máquina no le permitió oír lo que le dijo la mujer, pero en sus labios pudo leer: «Lo estás haciendo muy bien», seguido de una amplia sonrisa.

Tac-tac-tac-tac-tac-tac…

La chica volvió a concentrarse en el repicar de la aguja. No quería distraerse ni perder un segundo de aquella sensación reconfortante. Quería alargar aquel momento tanto como le fuera posible. Mantener alejada la tristeza que se había instalado como una inquilina en su interior. Un reloj colgaba de la única pared de la sala, que disponía de amplios ventanales que daban al pasillo. Nunca lo miraba para no entristecerse viendo avanzar la aguja más larga. Siempre esperaba que fuera la mujer quien le avisara de que se había acabado el tiempo por aquel día. «Mañana un rato más», le decía acariciándole el pelo. Quizás en unos días le ampliaran el horario de permiso con la máquina, quien ahora se había convertido en su mejor amiga. Sabía que aquello se alejaba de la normalidad que podría vivir cualquier chica de su edad, pero se había transformado, de forma desgarradora, en su nueva normalidad.

El ruido cesó de golpe. La chica sacó el trozó de tela de la placa de la aguja y se lo acercó a los ojos para observarlo con detenimiento. Las puntadas habían quedado perfectas, rectas, uniformes. Pasó la huella del pulgar por encima de ellas, en una caricia que le provocó una casi imperceptible mueca de aprobación.

Tres golpes en el cristal de la ventana del pasillo la asustaron.

1

Barcelona, octubre 2019

—¡Silencio, silencio!

El mazo asido por el juez De Marcos golpeaba la mesa en busca de un silencio difícil de obtener, tras la capciosa pregunta que acababa de formular el abogado.

Ante la expectación que había provocado el caso, la sala de vistas número tres de los juzgados de Barcelona estaba llena de curiosos, detractores y familiares que querían seguir el juicio de primera mano, sin dejar un asiento libre. Todo en su interior transmitía solemnidad: grandes cuadros con marcos dorados, mobiliario de madera oscura y una gran lámpara de araña que se descolgaba del techo. Al fondo se situaban los periodistas acreditados que, entre codazos y empujones, buscaban captar la mejor imagen que fuera la portada de su periódico de la mañana siguiente. Por las ventanas, separadas un palmo del techo, penetraba un rayo de sol que alumbraba al imputado, que estaba siendo interrogado en esos momentos. Como si el cielo, en una actitud caprichosa, estuviera señalando al culpable del asesinato de la joven de dieciocho años que había aparecido muerta, cuatro meses atrás, delante de la fuente principal del parque de la Ciutadella, con doce puñaladas en el pecho.

Con gesto nervioso, el letrado se acomodó las gafas de pasta con su dedo índice y, disimuladamente, se secó una gota de sudor que se le deslizaba por su sien. Sentía los ojos de la sala y del jurado popular fijos en él, mientras en su mente formulaba la siguiente pregunta:

—¿Afirma, por tanto, señor Fuentes, que entre las diez y las doce de la noche del pasado 25 de junio, usted estaba en el parque de la Ciutadella, lugar donde se encontró el cuerpo sin vida de la víctima?

Fabián Fuentes era de tez morena y mandíbula prominente. El desaliñado cabello negro caía con desdén sobre su frente salpicada de lunares. Tenía la mirada perdida; sus ojos estaban custodiados por unos cercos morados. Deslizó inconscientemente una mirada hacia el público, en busca de algo que centrara sus pensamientos. Al darse cuenta de su gesto, miró al suelo antes de responder:

—Así es.

—¿Y nos puede decir qué hacía allí? —inquirió el abogado.

—Había quedado con unos amigos para tomar unas cervezas. Nos descontrolamos un poco, me sentí mareado y decidí irme a casa.

—¿Se fue solo?

—Sí.

Después de la última respuesta, una ligera mueca socarrona, casi imperceptible, apareció en la comisura del labio superior del abogado, que se relamía en su interior antes de formular la pregunta estrella. Aquella que, en los programas de televisión norteamericanos, la denominan la pregunta del millón de dólares. Aquella que, en este juicio, le iba a dar la victoria.

—Y, por último, señor Fuentes, ¿en el camino de vuelta a casa, se encontró usted con la víctima?

La respiración de los asistentes se paró por un momento. Esperaban, nerviosos, la respuesta del imputado. El sonido constante de las cámaras de los periodistas vaticinaba el momento crucial del juicio. Las videocámaras enfocaban en primer plano el rostro desencajado de Fabián Fuentes, que veía cómo su vida iba a cambiar para siempre después de su respuesta.

—Sí, me encontré con ella.

La sala volvió a rugir en rumores y comentarios que auguraban el final del caso y sentenciaban al culpable del asesinato. Los miembros del jurado realizaron anotaciones en sus libretas. El abogado dirigió una mueca irónica de superioridad al banquillo contrario, mientras fingía anotar algo en su cuaderno.

—No tengo más preguntas, señoría.

El juez De Marcos volvió a hacer uso del mazo para solicitar orden en una sala dominada por las emociones. Cuando consiguió un mínimo de silencio, con rostro serio, dirigió la vista hacia el banco en el que estaba sentado el fiscal.

—Su turno, señor Carbonell.

La toga del fiscal únicamente dejaba entrever el nudo de la corbata color fucsia con pequeños puntos blancos, anudada al cuello de corte italiano de la camisa blanca. Tomaba los últimos apuntes, con media sonrisa esbozada bajo la nariz. Levantó lentamente la cabeza para mirar, primero al juez, y luego al imputado. Carraspeó ligeramente y aguardó un instante a que el auditorio se mantuviera en absoluto silencio.

—Gracias, señoría. Con la venia de la sala. Buenos días, señor Fuentes. Como bien sabe, en este caso, la policía científica no consiguió obtener pruebas de ADN en el escenario del crimen. En consecuencia, me veo obligado a realizarle algunas preguntas que le podrán parecer extrañas, inconexas tal vez, pero esenciales, al fin y al cabo.

El juez De Marcos se removió en su silla, inquieto.

—Señor Fuentes, ¿tiene usted hermanos? —preguntó el fiscal.

—Sí, un hermano. Lucio.

—Según veo en los documentos aportados al caso, sufre usted un trastorno mental; esquizofrenia, concretamente. ¿Es así?

Fabián Fuentes asintió con la cabeza.

—Señores del jurado, quiero indicarles que el señor Fuentes ha recibido autorización psiquiátrica para poder prestar testimonio dado que, en estos momentos, se encuentra en posesión de sus plenas facultades mentales. Por tanto, deben tomar sus respuestas como plenamente válidas.

Carbonell se detuvo un instante para dar tiempo a que los miembros del jurado anotaran aquello, y cogió un pequeño mando electrónico que reposaba al lado de su libreta de apuntes. Lo dirigió a la pantalla que había colocada al lado de la silla en la que estaba sentado el interrogado.

—Dígame, señor Fuentes, ¿es este su perfil de Facebook?

Fuentes asintió con la cabeza, sin poder disimular su cara de preocupación.

La pantalla de televisión se iluminó y apareció una fotografía tomada de noche, en la que se apreciaba un tumulto de gente con banderas, pancartas y sosteniendo carteles. La instantánea era oscura y con poca resolución, lo que provocaba cierta dificultad para apreciar los rostros de algunos de los integrantes.

—¿Reconoce dónde fue tomada esta fotografía?

Titubeó el imputado antes de contestar:

—Es la manifestación en contra de los derechos de los homosexuales, cerca de la plaza de España.

—Esta manifestación tuvo lugar a la misma hora en la que el forense determinó la muerte de la joven. Y desde la plaza de España al parque de la Ciutadella hay casi cinco kilómetros de distancia.

Carbonell hizo una pequeña pausa. Premeditada.

—¿Es usted el individuo con camisa blanca que aparece en esta fotografía?

Fuentes rumió la respuesta. Demasiado, para la sencillez de la pregunta.

—Sí, soy yo.

—Por tanto, es imposible que usted estuviera en el escenario del crimen. ¿Quién se encontraba en el parque de la Ciutadella la noche de autos, señor Fuentes?

Fabián Fuentes luchaba por reprimir la lágrima que se asomaba, extrovertida, al balcón de su párpado inferior. Un nudo en la garganta le impedía articular palabra, sintiéndose mínimamente aliviado por ello, ya que se encontraba en un callejón sin salida.

—Le ayudaré —dijo el fiscal—. Su finalidad en este juicio radica en encubrir a una tercera persona como principal culpable en este crimen, usando su esquizofrenia como parte del plan. Usted era conocedor de que esta circunstancia constituiría un atenuante en caso de que lo declarasen culpable del asesinato y, por tanto, su pena se podría ver reducida considerablemente, por lo que decidió actuar como señuelo.

Carbonell levantó el brazo, señalando a alguien entre el público asistente.

—En la primera hilera de sillas se encuentra la novia de la víctima, y ha quedado demostrado que en la familia Fuentes no simpatizan especialmente con el colectivo homosexual. Díganos, señor Fuentes, ¿quién, con unas facciones semejantes a las suyas, se encontró con la víctima en el parque de la Ciutadella?

El murmullo se extendió por la sala, inmersa en una tensión expectante.

Fabián Fuentes dirigió de nuevo una mirada perdida a los asistentes. Estuvo un momento en silencio, para luego susurrar:

—Mi hermano, Lucio.

2

Barcelona, octubre 2019

El sonido provocado por el tacón de los Santoni de Carbonell resonaba en los techos abovedados del hall que conducía al exterior de los juzgados de Barcelona. El traje gris marengo, con americana de un solo botón, le quedaba adecuadamente entallado a la cintura. La luz blanca deslumbraba sus ojos color cian y se le reflejaba en el rostro tostado, perfectamente rasurado.

Sabía que había hecho un buen trabajo dentro de la sala de vistas, desenmascarando una trama urdida para sabotear la legislación penal vigente, con el objeto de que un culpable de asesinato resultase impune. Nada más y nada menos. Ese era su trabajo, se decía. No tenía por qué enorgullecerse de ello, pero hay formas y formas de hacerlo. Y la suya era encomiable.

En su mano derecha llevaba cogido el maletín de piel marrón, disponiéndose a salir de los juzgados, cuando por su espalda escuchó un repiqueteo de pasos ligeros.

—¡Ha estado magnífico, señor Carbonell!

—¿Cuántas veces debo decirte que puedes llamarme Raimon, Vila?

Pascual Vila llevaba cinco años siendo el asistente de Carbonell. Es decir, el asistente del fiscal. De cara rechoncha y mejillas sonrosadas, exhibía una escasa telaraña de pelo peinado de forma que disimulara al máximo su incipiente calvicie. Su cuerpo chato no superaba el metro sesenta y cinco de estatura, lo que provocaba que la mayoría de trajes le fueran grandes y se pisara el bajo del pantalón. No tuvo que superar más oposiciones estatales que el dedo índice de Carbonell para convertirse en el nuevo ayudante del fiscal, lo que le agradecía diariamente siendo extremadamente leal y diligente en su trabajo.

—Disculpe, sheñor. La costumbre.

—Veo que las sesiones con el logopeda van viento en popa —soltó Carbonell, burlón.

—Hago lo que puedo con esa letra del demonio, sheñor. El doctor Martí me dice que no pronuncio bien la letra ese cuando eshtoy nervioso o excitado.

—Yo lo dejaría en nervioso. Porque no recuerdo la última vez que te excitaron… —añadió Carbonell, que seguía juguetón.

—Ya, bueno —Vila soltó una carcajada nerviosa—. Ya sabe que soy exigente con las mujeresh.

Carbonell fingió creérselo y empujó la puerta giratoria que daba al exterior. Vila no consiguió entrar en el mismo compartimento y esperó impaciente al siguiente.

En Barcelona hacía un día radiante, más típico de finales de primavera que del otoño en el que se encontraban. Una ligera brisa agitó el pequeño tupé que escasamente engominado lucía el fiscal. La calle era un hervidero de transeúntes de todas las nacionalidades; pakistaníes y británicos eran los más numerosos y hacían patente la globalización en la que estaba sumida la ciudad. Un adolescente con gorra pasó a toda velocidad subido en un patinete eléctrico, sorteando señales y señoras con carrito de la compra. La regulación por parte del Ayuntamiento de ese nuevo tipo de vehículos estaba al caer pero, hasta entonces, cada uno circulaba como le parecía.

—Voy a tomar un café —dijo Carbonell dirigiéndose a Vila—. ¿Te vienes?

No obtuvo respuesta y giró la cabeza. A trancas y barrancas su asistente salía de la puerta giratoria.

—Creo que me lo tomaré en la oficina, señor. Tengo trabajo acumulado, pero gracias.

Carbonell enarcó las cejas en forma de despedida y se encendió un cigarrillo mientras cruzaba la calle.

Haciendo chaflán se encontraba el bar La Venia, frecuentado por abogados, fiscales y jueces, dada su proximidad a los juzgados. El nombre se lo puso su dueño, Juan Luis, en una poco disimulada estrategia comercial que invitaba a entrar a los profesionales del ámbito jurídico, quienes tenían trato preferencial. No obstante, Carbonell no era de los que acudieran a menudo. En la medida de lo posible, rehusaba frecuentar sitios públicos donde intuía que podía encontrarse con colegas del sector que le calentasen la oreja narrándole, con sazonada inventiva, sus fechorías jurídicas.

Sin embargo, tras lo ocurrido hacía escasos minutos en la sala de vistas, le apetecía un momento de desconexión saboreando una taza de café.

El interior del bar estaba reformado y el murmullo constante denotaba la hora punta de cafés y desayunos. Había una decena de mesas de madera lacada, cada una iluminada por su correspondiente bombilla Edison colgando del techo. En la esquina reposaba una pequeña barra con taburetes altos, que invitaban a sentarse a todo aquel que quisiera tomar un tentempié rápido. Todas las paredes eran acristaladas, lo que provocaba una gran luminosidad en el interior y una temperatura agradable.

Tras una breve inspección, Carbonell observó que el bar estaba lleno y optó por sentarse en uno de los dos taburetes que quedaban libres en la barra. Al verlo, Juan Luis, el dueño, dejó a medias el expreso que estaba preparando y se acercó mostrando una gran sonrisa.

—¡Dichosos los ojos, Raimon!

Juan Luis era de los que estrechaban la mano con energía, decidiendo siempre cuándo terminaba el apretón.

—Qué caro eres de verte, figura —añadió, campechano—. ¿Te pongo lo de siempre?

—Hoy alíñalo, Juan Luis —contestó Carbonell.

El dueño del bar preparó un cortado que sirvió en un vaso grande, y volvió hacia el sitio del fiscal con una botella de bourbon en la mano.

—Tú me dices…

Tras un par de segundos, Carbonell levantó ligeramente los dedos índice y corazón de su mano derecha y el barman dejó de verter el licor.

—Como puedes ver, hoy estoy a tope —dijo Juan Luis, acabando de preparar el expreso que había dejado a medias—. Con el tema del procés esto se me pone hasta arriba casi cada día. Así que no puedo darte mucha charla, figura.

Carbonell alzó el vaso y sacudió la cabeza haciéndole ver que no se preocupase por ello. Dio un pequeño sorbo y miró un segundo la bebida con ademán de aprobación. Cogió una servilleta para limpiarse los labios y miró de soslayo a su derecha.

—Un caso complicado —dijo.

La cara del juez De Marcos reflejó un atisbo de sorpresa, que rápidamente se apresuró a disimular.

El pelo corto y cano dejaba paso a unas entradas consecuencia de la edad y de las múltiples sentencias que cargaba a sus espaldas. La nariz aguileña sostenía unas gafas sin montura que solo usaba cuando notaba la vista cansada. Con gesto distraído, se llevó la taza de café a los labios con tal de arañar un par de segundos que le sirvieran para pensar una respuesta que no le comprometiera.

—Supuestamente usted y yo no deberíamos hablar del caso fuera de la sala de vistas.

—El caso ya está visto para sentencia —contestó Carbonell—. Así que técnicamente nuestro trabajo, el suyo y el mío, ha terminado. El jurado deberá decidir.

De Marcos ladeó la cabeza mientras cerraba un par de segundos los ojos, mostrando así cierta conformidad.

—Es una forma de verlo.

—Su trabajo es admirable —murmuró el fiscal—. Y más en los tiempos que corren. Con Catalunya resentida, los bancos en el punto de mira… cualquier sentencia se mira con lupa.

El juez asintió con la cabeza. Sin mirarlo.

—Juzgan a los que juzgan, como digo yo.

—Y tiene razón. En cierto modo, usted y yo estamos en el mismo bando en la sociedad actual. El problema está en que ahora, con la que está cayendo, parecemos los malos.

De Marcos se quitó las gafas y las dejó encima de la barra.

—No sabía que hubiera bandos.

—Debe haberlos. El sentimiento de pertenecer a un grupo es algo innato en el ser humano. Es una forma de protección. Indios y vaqueros, Darwin y la Iglesia, anarquía y comunismo. Y ahora, justicia e independencia.

Los hombres no se miraban al hablar, como si el hecho de hacerlo rompiese el respeto tácito que habían impuesto.

De Marcos esperó a que cesara el molesto sonido de la cafetera calentando la leche.

—Actualmente no basta con que se haga justicia, sino que es necesario que se vea que se hace justicia.

Asintió el fiscal, fija la mirada en su vaso.

—Cuando era pequeño, mi padre intentó sin éxito adentrarme en el mundo de la navegación. Incluso un par de domingos zarpamos por el litoral mediterráneo. Y recuerdo que me decía: «El palo que va delante es el que aguanta la vela». Yo no lo entendía del todo bien. Es más, diría que no tiene nada que ver con la navegación. Pero ahora creo que, en el sistema actual, la justicia es ese palo. Que, si cae, zozobra el barco.

Se encogió el juez de hombros. En silencio.

Carbonell apuró su vaso mientras se levantaba y dejó un billete de cinco euros encima de la barra.

—A esta invito yo.

Diez minutos más tarde, Pascual Vila llegaba a las oficinas judiciales con la voluntad de poner orden en el papeleo burocrático que tanto incordiaba a su jefe. Era parte del trabajo sucio, responsabilidad del ayudante del fiscal y lo aceptaba con agrado.

El edificio estaba situado en el centro de una plaza semicircular custodiada por palmeras que, mecidas por el viento, soltaban sus dátiles sobre el suelo, dejándolo ligeramente pegajoso. La fachada era exageradamente moderna, constituida por un impetuoso frontal acristalado que hacía efecto espejo y sobre el cual se reflejaba la estación de autobuses situada enfrente. En los últimos años, el Ayuntamiento de Barcelona se había afanado en reformar los edificios de la ciudad que albergasen dependencias judiciales, creando de esta forma la nueva Ciutat de la Justicia. Aquello había arañado un buen pellizco de los presupuestos del Parlament, pero muchos se preguntaban si quizás, antes que los inmuebles, no hubiera sido prioritario reformar el sistema.

Las puertas automáticas se abrieron al detectar la presencia de Vila. Guiñó el ojo al guardia de seguridad de la entrada y deslizó su tarjeta identificativa por el lector.

—Buenos días, Merche. ¿Algo para mí? —preguntó a la secretaria.

—Hoy tienes visita.

La mujer señaló con la cabeza hacia un lado a la vez que escribía en el aire con un bolígrafo ficticio, como si estuviera pidiendo la cuenta en un bar. Vila puso los ojos en blanco y se encaminó hacia su despacho.

—¿Los periodistash ya no pedís cita?

—¿Después de tantos años todavía tengo que pedirte cita? Merche es un encanto.

Ignacio Robles aguardaba sentado con un maletín colgado en bandolera y un bolígrafo en la mano. Los ojos pequeños color café le quedaban pegados al puente de una nariz estrecha y ligeramente puntiaguda. Superaba la cuarentena y llevaba el pelo rapado para disimular la alopecia, lo que ensalzaba su tez pálida.

—Que tu periódico arrase en tiradash se te está subiendo a la cabeza.

—Reconozco que llevamos un trienio bastante bueno. Pero los pies en el suelo, Vila. —Golpeó el suelo enmoquetado con el zapato.

—No demuestra lo mismo el ático que te acabas de comprar. Merche me lo cuenta todo.

Rio Robles entre dientes.

—El derecho a la vivienda está reconocido en la Constitución.

Pascual Vila colgó el abrigo en el perchero y se dejó caer sobre la silla.

—¿Qué quieresh, Nacho?

—Vengo del juzgado.

—Sí, te he visto al final de la sala haciéndote hueco como un pollo saliendo del caparazón.

—Aquello parecía la jungla. Nadie esperaba el giro de guion.

Se encogió de hombros el otro.

—Conoces a Carbonell casi tanto como yo. Domina la escena. ¿Ya tienesh el titular para mañana?

Robles se zafó del maletín y lo dejó en el suelo. Con el bolígrafo se quitó un trozo de dátil aplastado que le sobresalía de la suela del zapato.

—Esperaba que me ayudaras.

Vila fingió extrañeza. Ignacio Robles sabía jugar con la confianza que ambos tenían desde hace años, forjada a raíz del famoso caso de ADIGSA, la empresa pública de la Generalitat de Cataluña que rehabilita viviendas sociales, o comúnmente llamado el caso «del tres por ciento», en el cual el antiguo Gobierno catalán de Convergencia i Unió, supuestamente cobró comisiones por ese importe procedentes de los presupuestos de las obras públicas adjudicadas al Govern de la Generalitat. La caja de los truenos la destapó en 2005 Pascual Maragall con unas declaraciones sacadas de un artículo publicado en el periódico en el que escribía Robles. Sin embargo, Maragall tuvo que recular debido a los perjuicios que ello podría provocar a su partido y al Gobierno del tripartido. Años más tarde, el caso volvió a la actualidad y fue entonces cuando Robles y Vila se encontraron. Vila ayudaba a Carbonell en una parte de la investigación, y no simpatizaba especialmente con el Gobierno catalán de la época. Pequeñas píldoras de información, dadas con delicadeza y cariño a Robles, provocaron que este publicase un artículo a toda página que ponía en jaque al partido de Artur Mas por corrupción.

Desde entonces, no era la primera ni la segunda vez que Robles se dejaba caer por las dependencias judiciales para conseguir que el ayudante del fiscal le adelantase acontecimientos, en algún caso con tintes mediáticos, y proporcionarle de esa forma la primicia a su periódico. «El éxito de un buen periodista —se decía Robles— recae en los contactos que tiene y hasta dónde está dispuesto que le llegue la mierda».

—¿No tenéish suficiente material con el adobo que os da el juicio del procés? —tanteó Vila.

—No llevamos años siendo el periódico líder por conformarnos, Pascual. Lo difícil no es llegar al éxito, sino mantenerte en él. Y quiero acomodarme ahí.

El ayudante del fiscal se recostó en la silla. Miró hacia la pared acristalada por donde pasaba Merche con una caja de cartón llena de documentos, en cuyo lateral había escrito con rotulador negro la palabra «pruebas».

—Ya lo has visto tú mismo en la sala de vistash. Los hermanosh estaban compinchados. El jurado dirá.

Se rascó el mentón afeitado el periodista, buscando la inspiración para conseguir algo más. Vestía una camisa de cuadros marrones cuyo cuello abotonado sobresalía del pulóver color caqui. Se lo remangó tres dedos para airearse las muñecas, descubriendo un reloj con correa de cuero.

—Eso ya lo sé, Pasqui. Quiero saber lo que no se sabe. Y eso solo lo sabes tú, que cueces las habas desde dentro. Pensé que me advertirías de la estocada que tenía prevista en el último momento Carbonell.

—Te conozco, Nacho. Si te lo hubiera dicho, te hubiesesh publicado encima. No habrías guardado el secreto y Carbonell hubiera perdido el efecto sorpresa.

Encajó el golpe el otro.

—Una chica aparece muerta de madrugada en uno de los parques más simbólicos de la ciudad —dijo, intentando recomponerse—. Se ha celebrado el juicio y quiero publicar ya la sentencia.

—No soy adivino —contestó Vila, mostrándole las palmas de las manos—. Solo queda el hielo, el pescado está vendido.

Suspiró Robles, rendido.

—De acuerdo. Confío en ti y en que, si tienes algo, yo sea el primero en saberlo.

—Sabesh que siempre que puedo te ayudo, Nacho. Recuerda que fuiste al primero y al único que le filtré que había un vídeo de Oriol Junqueras dando clase a presosh en la cárcel. Creo que tu periódico llenó el cerdito con aquella exclusiva, y tú te llevaste algo más que un par de palmadas en la espalda.

Asintió el periodista con la cabeza.

—Touché.

Robles salió de las oficinas poniéndose el casco de la moto. En menos de veinte minutos cruzó media Barcelona zigzagueando entre los coches para llegar a la redacción de El Diari. Su director lo esperaba en su despacho con el teléfono apoyado en el hombro, en mangas de camisa y con la corbata desabrochada. Con un gesto con la mano, lo conminó a entrar.

Robles se quitó la cazadora mientras esperaba a que su jefe terminase de hablar.

—¿Cómo ha ido? —preguntó, tras colgar el teléfono.

—El fiscal se ha sacado una prueba de la manga y ha destartalado el circo que tenían montado los hermanos Fuentes.

—No me jodas.

Roger Creucoberta abrió los ojos como platos. Era el director de El Diari desde hacía más de diez años, los mismos que superior directo de Robles. Se peinaba hacia el lado con gomina, y siempre vestía con tirantes elásticos que le subían los pantalones de pinza pasados de moda más allá de la cintura. Parecía recién sacado de Mad Men.

—Como lo oye. Lucio quería cargarle el sambenito a Fabián para beneficiarse de su esquizofrenia.

—Joder. Qué cabrón. ¿Has hablado con Vila?

—Nada más salir. Agua de borrajas.

—De acuerdo. Pues venga, a escribir.

Robles entró en su despacho, y dejó el casco y la cazadora encima del sofá tipo Chester en el cual dormitaba las noches en las que la edición debía cerrarse de madrugada.

Fue a sentarse y encima de su mesa había un sobre completamente blanco.

—Eh, Aina, ¿sabes quién ha dejado esto? —preguntó a su compañera desde el umbral de la puerta, sosteniendo el sobre en la mano.

—Lo ha traído un mensajero. He firmado por ti. No tenía remitente.

Extrañado, abrió el sobre y de su interior sacó una pluma de ave.

3

Bilbao, septiembre 2016

Las nubes bajas que como de costumbre cubrían el aeropuerto de Bilbao hicieron que el aterrizaje fuera más incómodo de lo esperado. Lo advirtió el comandante, a escasos veinte minutos de la llegada:

—La pista de aterrizaje se encuentra encapotada por unas espesas nubes que dificultan la visibilidad de la misma —anunció—. Realizaremos un primer intento para tomar tierra. El protocolo permite un máximo de dos intentos. En caso de que ambos sean infructuosos, deberemos aterrizar en el aeropuerto más cercano. En este caso, el aeropuerto de San Sebastián.

Finalmente, no fueron necesarios más intentos que el anunciado, por suerte para aquellos pasajeros que no simpatizaban con los aviones. No era el caso de Melissa que, a sus diecinueve años, ya había visitado nueve países diferentes, incluidos tres continentes. La pasión por viajar de sus padres la había acostumbrado a tomar vuelos con frecuencia. Incluso ella misma —se decía— se veía capaz de completar la mecánica coreografía que realizaban los asistentes de cabina para informar de las medidas de seguridad del avión.

«Este Boeing 747 dispone de ocho salidas de emergencia. Cuatro en los extremos del avión y cuatro sobre las alas. En caso de pérdida de presión en cabina, de los compartimentos superiores de su asiento se desprenderán mascarillas de oxígeno. Tiren fuerte de ellas para abrir el paso del oxígeno», etcétera.

Sin embargo, este viaje iba a ser diferente al resto. Era el primero en que embarcaba ella sola. Acomodada en su asiento al lado de la ventanilla, durante todo el viaje vio pasar las nubes que la transportarían a la nueva vida que estaba a punto de emprender. Aquella que había elegido meses atrás con la ilusión de que la hiciera madurar, robustecer un carácter tallado con dulzura y, sobre todo, con la esperanza de desvanecer ese recuerdo que se le agolpaba recurrente en su permeable pensamiento. Aquella experiencia se le instalaba osada en su mente, sin atender a razones ni momentos, sacudiéndola desde dentro y convirtiendo su tranquilidad en la arenilla que baila dentro de un sonajero zarandeado por un niño. Melissa no quería recordar, pero las imágenes se le arrojaban insolentes de nuevo en su mente.

***

—Cariño, ¿estás lista? Llegaremos tarde.

La voz de su madre sonó con un tono de ternura que únicamente puede ser modulado por las madres. Como si el embarazo les atribuyera de repente unas aptitudes incapaces de ser adquiridas por cualquier otra persona, y exclusivas en la relación madre-hija. Una musicalidad en las palabras que te aprehenden en un regazo maternal imaginario.

Melissa entrelazaba los cordones de sus nuevas Air Jordan modelo Retro que estrenaría en el entrenamiento de aquella tarde. Terminó de hacer el nudo y juntó las zapatillas en un aplauso de pies insonoro. Se las quedó mirando con ilusión y media sonrisa en sus labios. Los nuevos modelos dejaban al descubierto el tobillo para otorgar mayor movilidad a los pies del jugador en la cancha, a diferencia de los modelos anteriores, con una caña alta que presunta —y discutiblemente— minimizaba el riesgo de lesiones. Iba a ser la envidia del equipo.

Al final de las escaleras la esperaba su madre sosteniendo un paraguas de plástico transparente en su mano izquierda y colgado el bolso en el antebrazo derecho. La melena, del mismo color castaño ahumado que el suyo, le caía desdeñosa sobre los hombros erguidos. Obsequió a su hija con una amplia sonrisa blanca al verla bajar y le tendió el paraguas.

La lluvia arreciaba sobre la luna delantera del monovolumen sin otorgar descanso a los limpiaparabrisas, que se esforzaban por sacudir el agua y permitir un mínimo de visibilidad. Las luces de los semáforos se desdibujaban en lágrimas de colores rojos, naranjas y verdes sobre el cristal del coche. Los relámpagos fotografiaban la ciudad en unas instantáneas imposibles de ser reveladas. El fuerte repicar de las gotas sobre el metal insonorizaba el tictac del intermitente, mientras Melissa miraba con preocupación sus zapatillas por habérselas mojado en el corto trayecto hasta la entrada del garaje.

—Hoy debo mostrar de nuevo la casa del gnomo. Esta vez es una pareja joven. Él ha recibido una herencia y quieren invertirla en un hogar.

Su madre era agente inmobiliario. Hacía varios meses que enseñaba aquella casa que, inexplicablemente, se resistía a ser vendida. Como si el jardín que le daba acceso sumergiera a los posibles compradores en una oscura tercera dimensión que los hechizara con dudas irresolubles. La llamaban «la casa del gnomo» porque en el centro del jardín la figura de un gnomo de piedra hacía pis sobre un pequeño estanque semicircular en el que nadaban renacuajos. De algún modo, recordaba a la estatua del Manneken Pis de Bruselas, pero sin turistas fotografiando impunes el pene a un niño pequeño. A Melissa le hizo gracia ver el gnomo en las fotografías que su madre usaba para comercializar el inmueble y lo apodó.

Melissa se apeó del coche tras recibir un beso en la mejilla y corrió hasta la puerta intentando burlar las enormes gotas de agua que caían desde el cielo. Bajo el cobertizo que daba acceso al pabellón se despidió de su madre meneando la mano y vio cómo el monovolumen se perdía entre el tráfico.

Frotaba enérgicamente la suela de sus Jordan con la alfombrilla de la entrada. Alzaba el cuello, observando una larga escalera, en cuyo punto más alto un operario con chaleco reflectante alumbraba con una linterna una enorme gotera, que caía como una cascada desde el techo. Un barreño colocado en el suelo desbordaba regueros de agua que buscaban lugares que humedecer. La sala de descanso y la cafetería únicamente estaban alumbradas por las pantallas de los teléfonos móviles de quienes esperaban a que volviera la luz. Melissa anduvo por el pabellón de deportes a zancadas, sorteando los riachuelos, hasta llegar a unos amplios ventanales desde los cuales podía divisar la cancha de baloncesto, tenuemente iluminada por la escasa luz natural que dejaban pasar las placas de uralita. Vio a su entrenador con un balón encajado entre la cintura y el antebrazo, dando pequeños golpes con la punta del pie al parqué abombado. Como quien examina la presión de las ruedas de un coche nuevo. Observó a Melissa tras los cristales y le dirigió un gesto de incredulidad, encogiendo los hombros y señalando el entarimado de madera. «Será imposible domar el bote del balón en un suelo marcado por el libre albedrío», parecía decir.

Aquella tarde no habría entrenamiento.

Las nubes no parecían prestas a escampar y Melissa decidió abrir el paraguas y caminar hasta la casa del gnomo. Allí al menos podría apresurar a su madre con la visita de sus clientes y volver pronto a casa. De paso, por fin vería al gnomo en persona.

Los diez minutos de trayecto transcurrieron con un ensordecedor ruido de lluvia impactando contra el plástico del paraguas. El material transparente y la forma cóncava otorgaban una sonoridad excelente a quien lo sostenía. Apenas permitía escuchar el motor de los coches o el retumbar de los truenos. Melissa asía el mango mientras caminaba mirando con desazón sus zapatillas nuevas, esforzándose por no sumergirlas en algún charco oculto. A su espalda colgaba empapada la mochila con la ropa para cambiarse tras el entrenamiento. La violencia del viento abanicaba ráfagas de agua que hacían imposible mantenerla seca, y empezó a notar cómo le calaba la espalda.

La casa hacía esquina y estaba cercada por un pequeño muro de un metro de altura, detrás del cual sobresalían unos arbustos que ofrecían frutos en forma de pequeñas piñas verdes. Melissa era la primera vez que acudía personalmente, pero la reconocía perfectamente de las fotografías. Rodeó el muro con tal de encontrar la puerta de acceso. Vio el monovolumen blanco de su madre aparcado en la puerta y tiró de la manija para comprobar si estaba abierto.

Cerrado.

La puerta de acceso al jardín era negra, adornada por una roseta y barrotes retorcidos con macollas de adorno. Estaba entreabierta un palmo. Melissa pensó que era el momento adecuado para, por fin, poder ver al gnomo. Y quién sabe si percibir esa sensación inexplicable, del más allá, que abraza y evade a los futuros compradores, de la que tanto habla su madre.

La puerta emitió un ligero chirrido al abrirse, franqueando el paso a un suelo enlosado que formaba un camino flanqueado con hierba verde, que dirigía a la puerta principal. A Melissa le sorprendió no ver el cartel de «SE VENDE» que había visto en otras casas a las que había ido con su madre. No le dio más importancia y se internó a la búsqueda del pequeño ser fantástico.

El jardín rodeaba la casa, haciéndose más ancho por la cara norte, y Melissa pisó la hierba esponjosa para adentrarse en esa zona.

Allí estaba.

Sonriendo bajo una espesa y larga barba, supuestamente blanca. De no más de medio metro de altura, tenía un gorro en forma de cono que se le doblaba por la mitad y unas gafas redondas, minúsculas, apoyadas en la punta de la nariz. Vestía un chaleco que dejaba al descubierto la pequeña panza, por debajo de la cual salía un chorro de agua constante que caía en una charca rodeada de losas, en la que habitaban un buen número de renacuajos. Melissa se acercó a mirarlos, revoloteaban sin rumbo aparente, chocando entre ellos. Le fascinaba saber que aquellos seres se convertirían algún día en ranas.

Sonrió y pensó que luego le pediría a su madre que le hiciera una fotografía con el gnomo.

De repente, se percató de algo en lo que no había caído hasta el momento. El interior de la casa estaba a oscuras, lo que se le antojó extraño. No le parecía lógico mostrar una casa que pretendías vender sin iluminarla. Se pierden todo tipo de detalles. Tal vez la tormenta había cortado el suministro eléctrico; seguramente sería eso.

Chapoteó sobre la hierba para tratar de acceder por la puerta trasera. Quería avisar a su madre de que estaba allí y pedirle que le dejara resguardarse del aguacero. El incesante sonido de la lluvia no le permitía escuchar voces procedentes del interior que le sirvieran de guía. Llegó hasta una ventana lateral, apoyó el bastón del paraguas en su clavícula y se puso de puntillas para sostenerse con la yema de los dedos en el alféizar.

El semblante de Melissa se tornó glacial.

El cuerpo de su madre se contoneaba apresado por unos brazos masculinos, rudos, que la envolvían con deseo bajo unas sábanas blancas, que se deslizaron por la espalda de la mujer, dejando al desnudo sus pechos. La silueta de los dos cuerpos se recortaba a la luz de unas velas, cuyas llamas bailaban al compás de los movimientos pélvicos de ella, provocando gestos de excitación en la figura masculina. Melissa veía cómo sus manos acariciaban los pechos de su madre con amarga dulzura. Unas manos que no eran las de su padre.

La expresión en el rostro de la niña sería imposible de ser fielmente captada por el mejor retratista. Cerró fuerte los ojos y echó a correr hasta la entrada de la casa, lejos de aquella imagen que le ardía en los ojos. Se abrazó las rodillas, sentada en el borde de la acera, tratando de que el paraguas no la resguardase de la lluvia. Las gotas se mezclaban con las lágrimas que caían por sus mejillas, haciendo imposible diferenciar unas de otras.

—¿Me-Melissa? —tartamudeó su madre.

La niña no se giró al escuchar la voz de su madre. Esta vez el tono le sonó diferente a como lo había percibido dos horas antes. No quería mirarla a la cara. O no sabía si quería. Deseaba con todas sus fuerzas que el paraguas transparente adquiriese el don de la invisibilidad. O con algún tipo de poder que repeliese la desagradable sensación que le invadía. Semejante a los que usaban en Kingsman, capaces de repeler las balas.

—Cariño, ¿qué haces aquí? —repitió la madre.

Melissa murmuró algo ininteligible y se dirigió a la puerta del copiloto, dándole a entender a su madre que quería subir. Los cuatro intermitentes del monovolumen parpadearon a la vez emitiendo un pequeño sonido. Sentada en el asiento delantero, sentía la mirada confusa de su madre a través de la ventanilla del conductor.

El trayecto transcurrió en un incómodo silencio, tan solo interrumpido por el sonido de los limpiaparabrisas, a los cuales la lluvia les había dado una pequeña tregua, permitiéndoles aminorar la frecuencia de barrido. Melissa percibía que su madre había quedado sumida en un océano de dudas en el cual naufragaba a la hora de encontrar respuestas. No sabía si su hija la habría visto acostándose con otro hombre que no era su padre. Que no era su esposo. Tampoco podía preguntárselo. No había forma material de elucubrar una pregunta que no fuese más comprometedora que la propia respuesta. Debía aceptar que todos los caminos que la conducían a esclarecer lo que había visto su hija estaban enzarzados. Ahora debía decidir cuánto estaba dispuesta a desgarrarse.

El sonido del claxon del coche de atrás le advirtió de que el semáforo había cambiado a verde.

Melissa dio un pequeño respingo en su asiento al escucharlo. Sintió el sonido de sus tripas removiéndose, pero no tenía hambre; tal vez fuera asco. Observaba con desdén las gotas de agua deslizándose por la luna del coche, en un serpenteo que le recordaba a los renacuajos de la charca. Quería ser uno de ellos, con tal de que su única preocupación fuese menearse por el agua mediante achispados coletazos, y no tener en su cabeza aquella imagen de su madre que le oprimía el estómago.

¿Debía decirle a su padre lo que había visto?

Y si lo hacía, ¿supondría la ruptura de su familia?

¿Concernía a una niña de su edad tomar esa decisión?

El cuerpo de Melissa se balanceó al tomar el vehículo una curva. Trató de mirar a su madre sin que ella se percatase. Una mirada furtiva con la esperanza de encontrar un halo de luz en forma de respuesta. Al fin y al cabo, las madres tenían siempre todas las respuestas.

Giró ligeramente la cabeza, como si no quisiera hacer ruido al hacerlo, y tras el perfil recortado de su madre, unos enormes faros hacían añicos la ventanilla.

Blanco.

Sintió la boca húmeda. Encharcada. De un líquido viscoso y dulce. Le apetecía escupir, pero sus músculos faciales no respondieron. Notaba deslizársele otro reguero pegajoso por el oído hasta acariciar de forma acaramelada la yugular. No podía moverse y un dolor punzante, insoportable, que le recorrió de pies a cabeza, le advirtió de que no lo hiciera. Solo percibía algo de visión por un ojo. Borrosa, entelada, pero lo suficientemente definida para distinguir que sobre su cabeza no estaba el cielo. Para observar los cientos de cristales clavados en el rostro ensangrentado de su madre.

Blanco.

Un sonido estridente de sirena le hizo entreabrir los ojos. Una máscara de plástico cubría su boca, nariz y parte de sus pómulos, mientras una mano azul apretaba de forma acompasada sobre su cabeza un balón de rugby transparente. Los párpados estaban hechos de plomo.

Blanco.

Cada dos segundos. Ese era el intervalo de tiempo que tardaba en meterse el siguiente bip en su cabeza. Sonaba vago, lejano, a varios kilómetros de allí. El interior de Melissa se acunaba en un vaivén azaroso que la transportaba de la agradable inconsciencia a la lucha por una nueva vida. De repente, algo estaba acercando los sucesivos pitidos a su oído. Como si un tren los trajera a toda velocidad en sus vagones. Ahora sonaban próximos, nítidos, hasta el punto de que le hicieron notar una pequeña opresión en el dedo índice de su mano derecha. Arrastró los párpados hasta conseguir entornarlos y ver que su dedo estaba pinzado por un pequeño aparato, del cual se extendía un cable conectado a la máquina que provocaba ese dichoso sonido. Bip. Seguía teniendo la máscara de plástico cubriéndole la nariz y la boca, pero esta vez no había ninguna mano azul. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su nombre todavía no estaba en la lista de invitados del Diablo.

Advirtió voces sin llegar a entender qué decían. No eran más que un balbuceo extraño a su alrededor. Luchó ferozmente por vencer el peso de su cabeza hacia un lado y observó varios contornos blancos, quizás tres, que rodeaban una camilla situada a un par de metros. Uno de ellos cogió una sábana blanca y cubrió por completo el cuerpo de su madre.

***

El brusco sonido de las ruedas del avión golpeando contra el asfalto sacudió los recuerdos de Melissa, devolviéndola al presente. Su decisión había sido macerada durante meses y no exenta de dificultad. Suponía dejar su ciudad de origen que tanto amaba, renunciar a las risas con sus amigos y, sobre todo, separarse de su mejor amiga Alexia, quien, entre lágrimas, aceptó la decisión antes de fundirse en un abrazo infinito.

El inicio del segundo curso del graduado en Filosofía en una nueva universidad, una nueva ciudad y con nuevos compañeros pretendía ser el bote que la salvara de las noches ahogada en remordimientos; en pesadillas recurrentes que le hacían saltar de la cama con el pecho oprimido como un albaricoque apresado en un cascanueces. Aquella imagen agarrada a la ventana de la casa del gnomo se la había quedado para sí, guardada en la caja fuerte de su interior más recóndito, donde su padre jamás podría encontrarla.

El avión se detuvo por completo. Se recogió el pelo castaño en una cola de caballo que dejaba al descubierto la suave y delicada piel de su rostro. Del compartimento superior cogió el equipaje de mano y echó un último vistazo por la ventanilla. En sus iris verdes se reflejaba la ciudad de Bilbao e, inmediatamente, se le dibujó una sonrisa en sus finos labios, conocedora de que su vida iba a cambiar.

Quizás para siempre.

4

Barcelona, octubre 2019

La sala de espera del bufete de abogados FOLCH & PUIGCORBÉ ASOCIADOS estaba impregnada de un penetrante olor a lavanda, emanado por un spray que con avaricia rociaba por todo el despacho la administrativa, que hacía las veces de recepcionista.

—Enseguida les atiende el señor Folch, caballeros —dijo sosteniendo el espray, mostrando una amplia dentadura con el incisivo manchado de carmín rojo.

Vila no paraba de hurgarse la nariz con el pañuelo de hilo que sacó de la solapa de su americana mientras, en susurros, maldecía a la mujer y su familia más cercana.

—Para mi gusto ya huele suficiente, collons.

Desde pequeño, Pascual Vila había sufrido problemas de alergias que le provocaban escozor en la nariz y los pómulos, motivo por el cual siempre los tenía ligeramente rosáceos. Ello fue la semilla en la que germinaron las chanzas de los otros niños en el instituto, que eran más avispados para los motes que para los estudios. Sin duda, el problema dermatológico de Vila, unido a su descuidado físico, eran factores divisores a la hora de relacionarse con chicas.

Con diecisiete años conoció a Rita —apócope de Margarita—, una chica que vivía en la casa de enfrente y con la cual había compartido vecindario durante años. Los juegos en la calle y los paseos con los perros los habían unido hasta el punto que Vila se armó de coraje para pedirle una cita. No se refería a un encuentro casual, como los que se daban por el simple hecho de ser vecinos, sino ir a tomar un refresco al pueblo de al lado, mientras compartían secretos y risas, lejos de las miradas curiosas de los vecinos. Rita, quizás llevada por la empatía, aceptó a verse con él ese fin de semana y quedaron directamente en el bar situado al otro extremo del barrio, colindante con el pueblo vecino. Vila nunca había sido un chico interesado por la moda y las tendencias, así que pidió consejo a su madre para que le ayudara a elegir ropa, de entre la poca que colgaba en su armario. Se peinó con entusiasmo y vertió unas gotas del perfume de su padre en el cuello antes de salir de casa. Llegó al bar con quince minutos de antelación y miró su reflejo en la ventanilla de un coche, dándose un último aprobado. Una hora después sabía que Rita no iba a venir. «Quizás le ha ocurrido algo —se mintió—. Quizás se ha arrepentido». Con la desilusión cayéndole como un aguacero, volvió a verse reflejado en la ventanilla del coche, pero vio a una persona distinta. Emprendió el camino de vuelta a casa y al llegar, en la otra acera, vio la luz de la habitación de Rita encendida. Nunca más volvió a saber de ella.

Actualmente, un purificador de aire que minimizaba ácaros y polvo presidía el loft, en pleno centro del ensanche izquierdo de Barcelona donde residía Pascual Vila. Su decepción con las mujeres le había conducido a aceptar una vida que compartiría únicamente con su trabajo de asistente del fiscal, aquel que su amigo Raimon Carbonell le había brindado la oportunidad de desempeñar, y por el que siempre le estaría agradecido.

Una mesa acristalada de un palmo de altura sobre la que reposaba un bonsái, separaba las butacas en las que esperaban Carbonell y su asistente. El suelo enmoquetado cubría todas las estancias separadas por cristaleras que formaban diferentes despachos en los que trabajaban los pasantes. El resto de las paredes eran de madera clara, iluminadas por ojos de buey y alguna bombilla halógena, cuyo cable estaba constituido por una cuerda de amarrar barcos. «Es decoración moderna», había dicho la recepcionista del espray.

Por el pasillo en el que desembocaban los despachos apareció el señor Albert Folch con gafas de pasta, traje azul oscuro y corbata color calabaza con dibujos negros en forma de pequeñas notas musicales.

—Disculpe la espera, señor fiscal. No sabía que teníamos cita.

Vila se levantó torpemente de la butaca y con la nariz roja tendió la mano al abogado. Carbonell se abrochó el botón de la americana y con gesto afable imitó el gesto.

—No la teníamos. Pido disculpas por la emboscada.

—En absoluto, no se preocupe —contestó Folch—. Acompáñenme, por favor.

El pasillo conducía a un despacho amplio con una gran mesa central de cristal translúcido apoyada sobre cuatro patas doradas en forma de ese. La decoración era minimalista y únicamente un ficus y un pequeño archivador regentaban la sala. La pared del fondo era completamente acristalada y ofrecía una panorámica envidiable de la ciudad de Barcelona, con la Torre de las Glorias en su eje central.

Con gesto diligente, Folch señaló las dos butacas situadas frente a él, invitando a su inesperada visita a sentarse.

—Ustedes dirán.

—Supongo que usted ya estará al corriente de la nueva política que se pretende instaurar en el Gobierno autonómico —empezó Carbonell, cruzando las piernas—. Los derechos sociales serán a partir de ahora la columna vertebral sobre la que se ramifiquen otros derechos, como la igualdad, la segunda oportunidad o la integración social, no solo en el consistorio, sino a nivel autonómico y nacional.

Folch asintió con la cabeza y fijó la vista en Vila cuando este tomó la palabra.

—El Ayuntamiento de Barcelona quiere ser pionero en eshta política social y nos ha encomendado que, a la mínima que tengamosh oportunidad, la pongamos en práctica. Nuestros sueldos salen de las arcas del Eshtado y las Administraciones Públicas son nuestros… —Vila hizo el gesto de comillas en el aire—. Jefes. Así que debemos cumplir con sus comandas.

Carbonell se colocó bien la corbata azul marino con lunares blancos que caía sobre la camisa celeste. Dejó de mirar a su asistente para centrar la vista en el abogado, que los escuchaba atentamente.

—Creemos que el caso en el que nos enfrentamos hace unos días podría ser el adecuado.

—¿Se refiere al caso de Fabián Fuentes? —preguntó Folch.

—Así es.

Dudó un instante el abogado, confuso.

—No sé cómo puedo ayudarlos en ese caso, caballeros. Lo hice lo mejor que pude, formulé las preguntas correctas, estudié las posibles cuestiones que podría plantear la Fiscalía, pero sería un necio si no reconociera que la decisión del jurado tiene mala pinta.

—Y la tiene. Para sus intereses —interrumpió a bocajarro Carbonell.

—Queremos ayudar al sheñor Fuentes. A Fabián. —Vila volvió a frotarse la nariz con el pañuelo—. Por los temash sociales y todo eso.

Carbonell miró de soslayo a su colega, que se metía el pañuelo en el bolsillo interior de la americana. Sopesó la fórmula para conseguir que Folch accediera a colaborar con el fin por el cual estaban allí. Sabía que estos pequeños gestos eran valorados por sus superiores, conseller y ministro incluidos, y no dejaría escapar la oportunidad de apuntarse el tanto.

—El señor Fabián Fuentes es cómplice de un asesinato —argumentó Carbonell—. Mi sobrina, que está en primero de carrera, sabe que por ello le caerán unos cuantos años. Y eso que estudia Biología. Podemos llegar a un acuerdo con una serie de condiciones.

—¿Qué condiciones? —preguntó Folch.

—El señor Fuentes sufre una psicopatología. Posiblemente su hermano Lucio, presunto autor del crimen hasta que no haya sentencia, se aprovechó de esta circunstancia, y es por todo ello que queremos ayudar a Fabián, su cliente. Sería necesario que mostrase arrepentimiento púbico y que anunciara expresamente que tomará parte de forma voluntaria del programa de reinserción social que le permitirá reconducir su conducta. El caso está siendo muy mediático, así que el comunicado debería llegar a la prensa.

Folch se recostó en la silla, que se venció levemente ante el peso de su espalda.

—¿Y qué conseguiría con eso?

—En poco tiempo tendrá uno o dos días de permiso para salir del centro psiquiátrico penitenciario y, además, quedará incluido directamente en el nuevo programa asistido por psicoanalistas especializados.

Carbonell hizo una pausa. Como si pensara antes de continuar.

—Se preguntará cómo conseguiré esas condiciones. Yo soy el fiscal y usted no. Piense que su cliente, en un breve plazo de tiempo, podrá disfrutar de uno o dos días de libertad a la semana, y su recuperación psicológica podrá ser más rápida que la de otros pacientes. Usted se cuelga la medalla ante los socios de su bufete, a pesar de haber bailado claqué con aletas de buzo en el juzgado. Por nuestra parte, cumplimos con las nuevas políticas sociales que nos imponen. Es un win-win.

A Folch le incomodó el dardo del fiscal, pero en su rostro no pasó desapercibida una mueca de complacencia ante la oferta que acababa de escuchar. Apoyó de nuevo los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos de las manos. Sus años de experiencia en la abogacía no solo lo habían conducido a ser el socio cofundador de un despacho de abogados en el centro de Barcelona, sino que también le permitían escudriñar los pros y contras de una oferta en pocos segundos.

—¿Cómo quieren que hagamos el comunicado?

5

Barcelona, octubre 2019

Tres horas más tarde, la lluvia empezaba a arreciar sobre la Ciudad Condal, provocando que se abrieran los primeros paraguas. El otoño asentado y las nubes negras que cubrían el cielo hacían que ya fuese noche cerrada. Las farolas iluminaban con luz amarillenta las estrechas calles del barrio Gótico por las que escasos transeúntes buscaban cobijo o se dirigían a sus hogares. Las luces que salían de las rezagadas tiendas de ultramarinos se reflejaban en las gotas de lluvia que, inmóviles, se deshacían en el suelo adoquinado. La proximidad del mar aumentaba la sensación de humedad y de frío, provocando que por las rendijas del alcantarillado se formasen brumas grisáceas, dando a las calles un tono lúgubre. El cuello subido de la gabardina de Carbonell le rozaba el mentón, por el cual empezaba a despuntar una barba ligeramente canosa. Esta mañana salió de casa sin paraguas, ya que el sol era espléndido y ahora maldecía el clima variable que le calaba los zapatos.

Había dejado atrás la catedral de Barcelona y se adentró en la plaza Sant Jaume, donde, enfrentados, el Palau de la Generalitat y el Ayuntamiento observaban displicentes cómo Carbonell los atravesaba por la mitad con su ligero taconeo. «Nunca sabremos —pensó— las verdades y falacias, las comisiones y sobres, las malversaciones y prevaricaciones que habrán encubierto, enmascarado o gritado estos dos edificios. Quizás no las queremos saber y preferimos vivir en esa ignorancia perpetua que te acerca encandiladamente a una felicidad absurda, pero felicidad, al fin y al cabo. Alejarse de la verdad, a menudo, te sumerge en un estado transitorio de bienestar conducido por el desconocimiento. En ocasiones, acercarse a ella es caer en las garras de la desolación, motivada por la cruda realidad. No hay un bando bueno y malo —concluyó—. Solo es cuestión de elegir uno».

Recordó su primer año como fiscal. Después de concluir la licenciatura de derecho con una nota media de excelente y superar las oposiciones con la mejor calificación, se incorporó a la oficina del fiscal. Al poco tiempo la Generalitat abrió un concurso de obras públicas, cuya empresa ganadora se embolsaría una más que apetecible suma de dinero atendiendo al volumen del proyecto. Una mañana, una señora llena de abalorios, pelo rizado, americana cruzada y falda hasta las rodillas, se presentó en el despacho de Carbonell diciendo ser la consejera delegada de una importante empresa que participaría en el concurso convocado por el Govern. La mujer, conocedora de que el fiscal debía trabajar codo con codo con el conseller de Justicia y de Interior, le hizo una propuesta. Su empresa le proporcionaría aparcamiento gratuito en todos los parkings subterráneos de la ciudad de su propiedad durante los próximos diez años. No habría intercambio de dinero, no habría entrega de ninguna tarjeta ni ningún abono. Simplemente la máquina encargada del acceso al parking reconocería la matrícula de su coche y dejaría expedito el paso. A cambio, Carbonell únicamente debería proponer esa candidatura como la más ventajosa delante de los capos de la Generalitat. El fiscal se encontraba ante una de esas situaciones que solo ves en la ficción, en las series de televisión y que, si se te presentara el caso, todo el mundo se preguntaría qué haría. Cómo actuaría. Quizás no fuera tan fácil.

El perfume de aquella mujer le removió el café de la mañana en el estómago. Carbonell pensó que la vida te coloca delante de bifurcaciones que te obligan a tomar un camino. Moral o tentación son las opciones. Y debes elegir. Carbonell no dudó. Escogió no responder a la mujer, mirarla con desdén y acompañarla hasta la puerta de su despacho pidiéndole, por favor, que no volviera a pisar su oficina con sus sucios tacones.

Rodeó la plaza Real y se internó en un callejón escasamente iluminado, por el que no transitaba un alma, y que se iba haciendo cada vez más angosto. Echó una mirada despreocupada, comprobando que no hubiera nadie a su alrededor. Se paró delante de una antigua puerta metálica de color oscuro, y cogió la aldaba que quedaba a la altura de su pecho para darle tres suaves golpes. Inmediatamente se deslizó una estrecha ventanilla de diez centímetros de ancho en la cual aparecieron dos ojos azules, masculinos, inexpresivos. La ventanilla se volvió a cerrar y sonaron dos cierres metálicos mal engrasados abriéndose.

—Buenas noches, Lazarus.

—Buenas noches, señor Carbonell —contestó el hombre con marcado acento soviético.

Lazarus, que rondaba los ciento noventa y cinco centímetros y cien kilos, cogió la gabardina mojada de Carbonell y la colgó en el perchero.

—Gracias —dijo el fiscal, mientras le introducía un billete de veinte euros en el bolsillo superior de la chaqueta.

Carbonell escuchó a su espalda cómo los cierres metálicos volvían a asegurar la puerta, mientras enfilaba un estrecho pasillo con moqueta marrón y una bombilla roja al fondo como único punto de luz. Llegó a la puerta de madera que quedaba justo debajo de la bombilla y cogió el pomo dorado para abrirla.

—¡Hombre, Ray, ya pensábamos que no venías!

Entre las cuatro paredes flotaba un humo espeso de tabaco, que únicamente podía ventilarse por una rendija situada en la parte superior de la pared lateral. La sala medía unos veinte metros cuadrados aproximadamente, y no había más decoración que una pequeña nevera y una bola del mundo de madera que, al abrirla por la mitad, custodiaba varias botellas de diferentes licores. Un cable negro caía del centro del techo, en cuyo extremo había una lámpara que alumbraba una gran mesa redonda tapizada de verde.

Ricky colocaba con diligencia las fichas de colores en forma de pequeños rascacielos, uno al lado del otro. Era quien había saludado a Carbonell al entrar haciendo tintinear su Jack Daniel’s con hielo. Letrado de la Administración de Justicia desde hacía casi una década, fue compañero de fiestas de Carbonell en los años universitarios. Junto con Rafa, sentado a la derecha de Ricky, los tres habían sido los encargados de cerrar los peores antros de Barcelona todos los viernes y sábados. Portales y bancos en parques eran los lechos en los que solían despertarse cuando el sol justiciero de primera hora de la mañana les azotaba la cara.

A Rafa lo llamaban Procu atendiendo a su cargo de procurador de los tribunales de Barcelona. Mostraba una oscura barba cerrada y cejas espesas. Dos copas le eran suficientes para avivarle el ingenio.

—¿Quién reparte? —preguntó Carbonell, tomando asiento al lado de Vila.

—¡Ja! Pues el último que ha llegado, solo faltaría —espetó Ricky—. Empezamos con una ciega pequeña de diez euros y ciega grande de veinte.

Carbonell dejó la americana colgada en el respaldo de la silla y se aflojó el nudo de la corbata antes de coger el mazo de cartas para empezar a barajar y repartir.

—¿Qué horas son estas de llegar, Ray?, ¿has estado con el juez Marchena o qué? —preguntó Rafa, burlón.

—Tu amigo, ¿no? —contestó Carbonell, guiñándole un ojo.

Rafa rio entre dientes.

—Íntimo. De esos amigos a los que le darías una bolsita con heces de camello para que se hiciese una infusión.

Vila se remangó la camisa para empezar a jugar.

—¿De veras queréish hablar del juicio?

—Es un desahogo necesario, Vila —espetó Rafa—. Por salud. ¿No te das cuenta de que la sentencia estaba escrita antes de que empezara el juicio? El Alto Tribunal se pasó por el forro los atestados contradictorios, las declaraciones inventadas de los testigos y las pruebas de las defensas.

Rafa apuró su copa y continuó con el sermón:

—Toda la mandanga retransmitida en directo es el circo mediático que deben mostrar para que los observadores europeos vean que somos un país democrático.

Carbonell acabó de barajar y empezó a repartir dos cartas por jugador.

—En Europa —apuntó— se dan con el codo mientras nos señalan con el dedo, asombrados con nuestras sentencias bufonescas.

Carbonell reprimió más argumentos que aportar.

Siguió con celo, como la mayoría de los presentes, el juicio más mediático del último siglo. Como fiscal, todavía no era capaz de digerir las irregularidades en las que había incurrido el juicio, así como las quijotescas actuaciones de sus colegas fiscales, que representaban al Estado en el litigio. Observó cierta parcialidad en el presidente del tribunal en la fase testifical, al no permitir a un letrado de la defensa preguntar al coronel de la Guardia Civil si existieron cargas policiales en los puntos de votación del uno de octubre, día del referéndum. El magistrado consideró la pregunta impertinente, y Carbonell una preferencia injustificada del juez, que le hizo saltar todas las alarmas.

En sus más de siete años como fiscal y casi veinte de jurista, jamás había observado un escarnio tan manifiesto con las penas impuestas a los imputados, equiparadas estas a delitos de sangre como el homicidio, penado de diez a quince años de prisión. «Luego —reflexionaba— transmitimos a la sociedad la premisa en la cual es menos grave matar, arrebatar una vida, que querer escuchar la opinión del pueblo mediante el sufragio». El principio de proporcionalidad de las penas se había visto masacrado con dolo por unos jueces movidos por la inquina y el desquite, echando tierra sobre los principios jurídicos en los que siempre había creído Carbonell. Aquellas noches de póquer le permitían evadirse del carnaval judicial que asolaba a España o, como mínimo, ciscarse en él sin que le reprochasen nada.

Ricky hacía cuenco con la mano para encenderse un cigarro y entornó los ojos, molesto por el humo.

—Al Supremo se le puso dura mientras construían su propia patraña, obviando las pruebas que no les interesaban en forma de sentencia prevaricada. Hablas tú, Vila, que yo paso.

—Voy con treinta.

—Los veo —apostó Rafa.

Carbonell lanzó una ficha de veinte y otra de diez sobre el tapete.

—Yo también voy.

En el flop descansaban el siete de corazones, la reina de tréboles y el diez de diamantes. Carbonell tenía de mano el ocho y el dos de picas, con los cuales, junto con el seis de tréboles que acababa de salir en el turn, vislumbraba una posible escalera al diez.

—Al Marche —terció Rafa— se le vio el plumero en varias ocasiones. ¿Por qué no permitió ver los vídeos e imágenes? Porque «la sala los verá con sumo agrado en la fase documental» —Rafa recitó esta última frase.

—Ahí es donde se deben ver las imágenes y vídeos. En la fase documental —defendió Carbonell.

—Exacto, así la gente que está siguiendo el juicio por televisión, incluidos nuestros amiguitos europeos, no pueden ver los vídeos de policías dando puntapiés a señoras mayores sentadas y con las manos en alto.

—En su testimonio —añadió Ricky, levantando un dedo—, los guardias civiles justificaron las patadas a las señoras mayores para evitar que los golpearan a ellos.

Entre carcajadas, Ricky tiró las cartas sobre el tapete. Dio un sorbo a su Jack Daniel’s y una larga chupada al cigarro que sostenía entre los dedos.

—No voy.

—Treinta más —apostó Vila, manteniéndose al margen de la discusión política.

—Treinta —dijo Rafa.

—Que sean cincuenta euros —contestó Carbonell, lanzando dos fichas de veinticinco.

Los otros dos igualaron la apuesta.

Carbonell quemó una carta del mazo y sacó la siguiente, que abriría la ronda de apuestas del river, tras repartirse la quinta y última carta comunitaria. Solo le valía una carta, un nueve, indiferentemente del palo que fuese. A ello había arriesgado su apuesta y su rostro se mantuvo impasible cuando vio que el nueve de tréboles se unía, deslizándose por el tapete, a las cuatro cartas centrales.

—Cincuenta más —apostó Rafa, llevado por el alcohol.

—Lo veo —soltó Vila.

—Yo también —dijo Carbonell, mostrando sus cartas y una sonrisa traviesa—. Escalera al diez.

—Mierda —farfulló Vila.

Rafa tiró las cartas con desgana sobre el tapete, aceptando la derrota, y alzó la copa en un brindis ficticio.

—Por más noches como estas.

6

Bilbao, septiembre 2016

El viaje en autobús desde su apartamento compartido hasta el campus universitario se le antojó eterno.

Melissa no veía el momento de empezar el nuevo curso, su nueva vida. Las pocas horas que había conseguido dormir aquella noche había soñado con su padre y con la última vez que lo vio al despedirse de él. Lo esperaba a la salida del trabajo, sentada sobre su equipaje, viendo cómo hablaba con un hombre alto y tan ancho que la camiseta le apretaba los bíceps. Llevaba el cráneo rapado y un pequeño tatuaje en la nuca en forma de espiral. Tenía aspecto de extranjero y pretendía sonreír con amabilidad, a pesar de que la mueca en sus labios no lo reflejase. En otra situación, parecería peligroso. Su padre le fue a dar la mano para despedirse de él, pero el hombre rehusó el gesto y lo abrazó como un oso. Un abrazo muy parecido al que le dio ella antes de subir al taxi que la llevaría al aeropuerto.

Había dedicado más de veinte minutos a pensar qué ropa ponerse, qué conjunto sería el adecuado para que no destacara demasiado su casi metro setenta de altura, pero que a la vez invitara a sus nuevos compañeros a relacionarse con ella para iniciar una amistad. «Ni que tuviese una cita con un chico», pensó avergonzada. Finalmente, unos jeans ajustados, unas deportivas blancas y una blusa color crema con estampado floral se habían impuesto al conjunto formado por vestido liso y sandalias. Los colores claros resaltaban su piel, que permanecía bronceada todo el año y que le proporcionaba un atractivo natural sin necesidad de maquillaje.

La entrada del campus con grandes puertas acristaladas conducía a un ancho pasillo que desembocaba en unos jardines soleados. Había gente sentada en el césped leyendo o simplemente tomando el sol. Grupos de estudiantes comentaban impacientes las nuevas asignaturas del curso. A Melissa le gustó ver esa imagen a modo de fotografía en la que ella esperaba aparecer dentro de unos días, sentada con sus nuevos compañeros mientras repasaban e intercambiaban los apuntes tomados en clase. Estudiantes pasaban a su lado con carpetas y libros en las manos, entrando y saliendo de la biblioteca, de las aulas o la cafetería, que se encontraba subiendo una pequeña cuesta arbolada. Inmersa en esa fotografía mental, no se había percatado de que estaba en medio de un patio que comunicaba los diferentes edificios del campus cuando, de repente, escuchó una voz amable a su espalda.

—Hola.

Al girarse, Melissa se topó con una amplia sonrisa que dejaba ver unos dientes perfectamente alineados y unos grandes ojos marrones que la miraban fijamente tras las gafas de pasta negra apoyadas en una nariz ligeramente puntiaguda. El pelo rubio y liso le acariciaba los hombros que la camiseta de tirantes dejaba al descubierto.

—Hola.

—Te veo algo perdida, ¿puedo ayudarte?

—¡No, no, gracias! Bueno, en realidad, sí —contestó Melissa, titubeante—. Perdona, es mi primer día y estoy algo nerviosa.

—No te preocupes —contestó sonriendo—. Yo en mi primer día de clase estaba tan nerviosa que me tocó salir a la pizarra, me tropecé y caí de rodillas al suelo. ¡Te puedes imaginar las risas en clase! Me llamo Sofía, por cierto.

—Yo soy Melissa y espero no caerme hoy en clase…

Rieron las dos a la vez tras el comentario.

—Si quieres, dime a qué aula debes ir y te indico dónde está. Esto es tan grande que a veces parece un laberinto.

Melissa rebuscó rápidamente entre los papeles que tenía dentro de su carpeta, sufriendo por hacer esperar a la chica que tan amablemente se había preocupado por ella. Tras unos segundos, sacó un papel como si de un trofeo se tratase.

—¡Aquí está! Tengo clase en el edificio A, aula 3.

—¡Qué me dices! Yo también me dirijo a esa aula. Tienes clase de Historia de la Filosofía, ¿verdad?

—Sí, así es.

—Vamos entonces. Es mi segundo año en esta facultad y he escuchado que el profesor que nos impartirá esta asignatura es uno de los mejores.

Melissa mostró una sonrisa en los labios. La suerte o el destino habían querido que en los primeros minutos de estancia en la facultad ya conociera a una chica que parecía encantadora. En el trayecto hacia el aula, Melissa se dio cuenta de que debería existir más gente como Sofía; gente movida por el altruismo y que obtiene placer ayudando a los demás. Ni ella misma, reflexionó, sabía si hubiera actuado como Sofía acababa de hacer en esa situación y, precisamente eso, le hacía valorar más aún el gesto. Se dio cuenta, entonces, de que disponía de esa oportunidad. La oportunidad de empezar a ser como ese tipo de gente. No quería cambiar su forma de ser, pero sí estaba dispuesta a cambiar aquellos pequeños gestos que hacen felices a los demás sin esperar recompensa por ellos.

Recordó a Kant y su imperativo categórico cuando lo estudió en su primer año de carrera. A su memoria llegaron las largas noches en la biblioteca entre las páginas de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, publicada en el siglo xviii por el filósofo. Algunas de sus formulaciones se correspondían con la voluntad de Melissa: «Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza. Obra de modo que uses a la humanidad como fin y nunca como simplemente un medio». Es exactamente lo que acababa de pensar: ojalá las personas actuaran de la forma en la que les gustaría que las trataran a ellas y que eso se extendiera a todo el mundo. Ojalá las personas no usaran a las personas como medio —para conseguir algo a cambio—, sino como un fin.

La nueva ciudad, la nueva facultad y la nueva vida, pensó, eran un buen escenario para ponerlo en práctica.

7

Barcelona, octubre 2019

Un ruido en mitad de la noche despertó a Aitana, que en un primer momento no recordaba por qué se encontraba en el sofá. El zumbido en los oídos y el dolor de cabeza le hicieron recordar la música ensordecedora que había estado sonando en su casa durante toda la tarde y buena parte de la noche. Su estado físico actual le hizo dudar sobre si había sido buena idea haber organizado una fiesta, aprovechando el viaje de sus padres.

Notó la boca acartonada, como si hubiera estado lamiendo suelas de zapatos impregnadas en charcos de licor. Con los ojos entreabiertos y el pelo enredado, miró a su alrededor y vio que no quedaba ninguno de los asistentes a la fiesta. Pensó que la larga conversación que tuvo con Pablo en un rincón de la casa, mientras se entrelazaban sus dedos, había sido suficiente para que se hubiera quedado con ella, pero la realidad le demostraba que no fue así. O, como mínimo, la realidad que su malestar general le mostraba en estos momentos.

Esparcidos por todo el salón había vasos de cartón, restos de comida y cajas de pizza vacías. Sobre la mesa de cristal reposaban botellas de ron, vodka y ginebra cuyos tapones habían sido usados como proyectiles y ahora descansaban como metralla sobre el suelo amaderado. La mezcla de olor a perfume, alcohol, sudor y comida típica de diferentes continentes era tan densa que se podía masticar.

Al fondo del salón, sobre la chimenea, vio que quedaba encendida una lámpara de pie que irradiaba una tenue luz cálida y, a su lado, un reloj de agujas que marcaba las cuatro y treinta y seis de la madrugada. Fue entonces cuando un momento de lucidez aceleró su pulso al no ver a su hermana pequeña. Descalza, corrió por el salón y subió las escaleras que llevaban al piso superior, retumbando en sus tímpanos los latidos de su corazón de forma ensordecedora. Aitana se había dicho a sí misma que organizaría la fiesta con la condición de que ella se encargaría del cuidado de su hermana y, si le hubiera pasado algo, nunca se lo perdonaría.

Nerea tenía diecisiete años, tres menos que ella, y habían crecido juntas. A excepción de los chicos, desde pequeñas lo compartían todo: juguetes, ropa, bicicleta. Al contrario que muchas otras hermanas, nunca se habían peleado y la estima que se tenían la una a la otra las había convertido en mejores amigas, en confidentes. Un verano Aitana cayó enferma, sufriendo unas fiebres muy altas que apenas le permitían moverse. El médico tuvo que acudir a casa para visitarla y le diagnosticó un tipo de gripe A. Su hermana, al verla tan débil y exánime, no quiso separarse de ella a pesar de los infructuosos intentos de su madre por impedirlo. «Yo la cuidaré», gritaba Nerea, aferrada al pie de la cama. Finalmente, ambas cayeron enfermas y se pasaron una semana entera en cama y otra más para recuperarse.

Aitana llegó al piso superior, abrió la puerta de la habitación de su hermana, y la sangre volvió a correrle por las venas cuando la vio durmiendo en la cama, con el flexo de la mesita de noche encendido. Su estado de embriaguez había desaparecido por completo después del sobresalto que se había llevado. La sensación de cansancio físico había remitido tras el borbotón de adrenalina que había inyectado su cuerpo, pero el dolor de cabeza había vuelto con más intensidad tras la carrera. Entró en la habitación, dio un beso a su hermana en la frente y le apagó la luz. Tras cerrar la puerta a su espalda se dirigió de nuevo a las escaleras para bajar a la cocina a por un analgésico. Al poner el pie en el primer escalón, se detuvo inconscientemente al ver la lámpara de pie apagada y el salón completamente a oscuras, únicamente iluminado por una luz secundaria proveniente de la terraza exterior. Intentó recordar si realmente había visto la luz encendida al despertarse o todavía se encontraba en un duermevela que distraía a sus sentidos. Hizo memoria antes de colocar el pie en el siguiente escalón y recordó que había visto la hora en el reloj, cosa que no podría haber hecho si la luz hubiera estado apagada.

Sin querer darle demasiada importancia, fue bajando los escalones, uno a uno, con los pies descalzos mientras en su mente ordenaba hipótesis, de más probable a menos, que hubieran podido provocar el apagón de la luz. En un primer momento pensó que la bombilla se podría haber fundido, recalentada por horas de incandescencia sin descanso. En la segunda opción cabía la posibilidad de que Pablo se hubiera quedado y le estuviera preparando una sorpresa para estar los dos solos. Le gustó esa segunda idea y con tono suave preguntó: «¿Pablo?». Al no obtener respuesta, bajó un par de escalones más y repitió el nombre con algo más de fuerza: «¿Pablo?».

La falta de respuesta desanimó a Aitana que, una vez abajo, se dirigió hacia las puertas francesas acristaladas que daban acceso a la terraza y a la piscina, para apagar la luz que había quedado encendida. Al acercarse, por el reflejo de los cristales le pareció ver una silueta que se movía al final de la sala, donde quedaba la cocina. El latido del corazón de Aitana volvió a acelerarse, bombeando una adrenalina que debía llegar a todas las partes de su cuerpo. Las manos le empezaron a sudar y con gesto nervioso se apartó los mechones de pelo que le caían por la cara. Apagó la luz de la terraza y poco a poco se dirigió a la cocina, donde se encontraban los analgésicos. Mentalmente se fue convenciendo de que su vista la había inducido a engaño, motivado por el alcohol ingerido durante toda la noche. Intentó burlar al miedo tarareando una canción que le proporcionara tranquilidad y que otorgara normalidad a la situación. Con pasos tímidos, llegó a la cocina y con la mano temblorosa accionó el interruptor que inmediatamente proporcionó luz a toda la estancia, relajando, de esta forma, los tensos músculos de Aitana. Se agachó para abrir el cajón de los medicamentos y al levantarse una mano con sabor a látex le impidió gritar.

8

Barcelona, octubre 2019

Las luces amarillas y azules iluminaban intermitentemente la fachada y los alrededores de la casa. El rocío de la primera hora de la mañana caía sobre los coches de policía, dejando pequeñas gotas sobre ellos. La zona estaba acordonada por una cinta amarilla en la que se leía la palabra «policía» y solo se permitía el acceso a personal autorizado. Todas las luces de la casa estaban encendidas, tanto las del interior como las de la terraza, el porche y la piscina, por donde transitaba un constante goteo de policías y personal sanitario. Carbonell salió del coche hablando por el teléfono móvil con Pascual Vila, quien, con voz somnolienta, le decía que estaba de camino. Se abrochó el abrigo que le llegaba por debajo de las rodillas, guardó el móvil en el bolsillo interior y levantó la cinta policial para pasar por debajo de ella. A los pocos pasos, vinieron a su encuentro.

—Se te han pegado las sábanas.

El flequillo oscuro del corte de pelo a lo garçon que peinaba Lucía Guijarro abanicaba sus cejas a cada paso que daba para acercarse a Carbonell, provocando un vaivén hipnótico sobre su frente. Su cara alargada y ojos vivos marcaban sus facciones duras, pero bellas, que no escondían el carácter rudo que se había fraguado tras ocho años como inspectora de policía. A sus casi cuarenta años, aquel talante era su aspecto diferencial y por todos conocido en el cuerpo de policía. Bien lo sabían los que trabajaban con ella; sobre todo, cuando tenía un mal día o cuando todavía no había tomado café. A pesar de ello, probablemente era el mejor inspector de policía que habían tenido; su dedicación y trabajo eran incuestionables y la vocación se veía reflejada en su mirada en cada charla que impartía en las comisarías.

Carbonell vio en la mirada de Guijarro que no estaba para ferias, pero sabía que él era el único al que le permitía ciertos privilegios. Y jugaba con ello.

—¿Qué tenemos?

—Mujer, de unos veintipocos años. Herida mortal con arma blanca en el estómago. En casa solo estaba su hermana, sus padres están de viaje. Ahí la tienes, en estado de shock; esto es lo único que le hemos podido sacar. —La inspectora, con los brazos en jarras, señaló con el mentón hacia el porche de la casa.

Carbonell echó un vistazo a su alrededor, y vio a diferentes agentes tomando fotografías y colocando carteles de color amarillo, con diferentes números sobre el césped y la entrada de la casa.

—¿Dónde está el cuerpo?

—Al lado de la piscina. —Señaló Lucía con su mano derecha—. Sé que tienes las bolas peladas de ver crímenes, pero te advierto que este no es como otros. En el interior de la casa hay indicios de que se ha celebrado una fiesta. Tengo a la científica tomando huellas y fotografías. Solo hay dos cámaras de seguridad: una en el porche y otra en la entrada trasera. El forense está de camino. Como ves, el vecino más cercano está a cien metros. Estamos intentando despertarle con la esperanza de que tenga el sueño ligero y haya podido escuchar algo.

Carbonell escuchó las ruedas de un coche aparcando sobre la gravilla que había en la entrada de la casa. Vio a Vila, que salía apresuradamente de él sacando de su bandolera un portafolios y un bolígrafo para tomar notas. Con paso ligero, se unió a ellos.

—Buenash noches, inspectora.

Guijarro levantó ligeramente la cabeza y Vila entendió a la primera que era su forma de darle la bienvenida.

—Acompañadme.

Los tres caminaron por un estrecho camino de adoquines que comunicaba la zona de gravilla con el césped de la piscina. La rodearon y pasaron por delante de la hermana, que todavía no era capaz de articular ninguna palabra más. «El psicólogo está en camino», escucharon decir a un agente. A escasos metros de llegar al cuerpo sin vida de la joven, la inspectora se metió las manos en los bolsillos y miró a Vila y a Carbonell.

—Ya te lo he dicho antes, Raimon. En mis ocho años de experiencia como inspectora y otros tantos en el cuerpo de policía, nunca había visto algo así. Solo llevamos aquí quince minutos, así que comprenderéis que pocas conclusiones puedo sacar de momento. Pero os aseguro que las sacaré y el responsable de esto rendirá cuentas en mi despacho antes de pasar una temporada entre rejas, de lo que te encargarás tú, guapito.

Carbonell se dio por aludido y Vila tomaba notas casi ininteligibles en su bloc, esperando a que Carbonell diera el primer paso para acercarse al cadáver. El cuerpo de la chica estaba bocarriba, decúbito supino, el pelo alborotado y con la pierna derecha formando ángulo de noventa grados a la altura de la rodilla. Toda la zona del vientre estaba manchada de sangre oscura y espesa, que le impregnaba la blusa abotonada. Una venda negra le cubría los ojos y en su mano derecha sostenía un consolador de color verde oliva.

—¡Joder! —farfulló Vila.

Carbonell cogió la pitillera y, haciendo cuenco con la mano para protegerse del aire, se encendió un cigarro.

—¿Quién dio el aviso?

—Un ciclista de Deliveroo que pasó por delante de la casa. Lo he interrogado yo misma. Pasó de casualidad, la vio y llamó. Me ha enseñado el justificante del pedido y no solo es correcto, sino que tiene sentido que pasara por esta ruta para entregarlo. Poco que rascar.

Las primeras luces del alba empezaban a vislumbrarse por el horizonte, otorgándole algo más de luminosidad a la escena del crimen. Y a la casa. Carbonell se fijó en los cercos morados bajo los ojos de la inspectora, que, junto a la falta de maquillaje, acentuaban el cansancio provocado por haber tenido que saltar de la cama a medianoche. No obstante, seguía conservando su atractivo y sabía, sin necesidad de preguntar, que ella también se había percatado de su mentón sin afeitar, fruto de una llamada de urgencia que lo había sacado de la cama. Carbonell quería estar en todas las escenas de los crímenes que se produjeran en el distrito que se encontraba bajo su responsabilidad, y Lucía lo sabía y cumplía, fuese la hora que fuese. En un momento, el fiscal vio que los ojos de la inspectora miraban el cadáver y se avivaban repentinamente.

—Qué demonios.

La inspectora se acercó lentamente al cuerpo para observar algo que se le podría haber pasado por alto en un primer instante. Era una pequeña mancha en el pecho de la víctima que Lucía interpretó como un lunar, pero con los primeros rayos de luz el aspecto y el color cambió, dándole una apariencia distinta. Se puso los guantes para no contaminar la escena del crimen, y con delicadeza empezó a desabrochar los botones de la blusa de la joven bajo la atenta mirada de Carbonell y Vila. Al desabrochar el segundo botón, abrió la blusa y un símbolo apareció escrito con sangre y grandes letras en el pecho de la víctima: Θεμις.

Pascual Vila se tapó la nariz con un pañuelo e, inconscientemente, retrocedió un par de pasos. Lucía, todavía en cuclillas, miró a Carbonell con unos ojos que no esperaban respuesta.

—Le van los juegos —sentenció la inspectora, levantándose—. El asesino se tomó la molestia de dejar un mensaje escrito.

Carbonell dio una larga chupada al cigarro. Necesitaba sentir la nicotina entrando en sus pulmones para afrontar con la serenidad necesaria la situación. En Barcelona no eran comunes este tipo de crímenes y sabía que en unas horas la noticia correría como la pólvora por todos los medios. No tardaría en tener a Robles golpeando la puerta de su despacho o la del de Vila. Debía jugar bien sus cartas ante él y el resto de la prensa, pensó, ya que, como lobos hambrientos a los que les gotea el colmillo ante una gacela indefensa, se le tirarían al cuello si en pocos días no se daba el nombre de un sospechoso. Así funcionaba el periodismo. Necesitaban un nombre que figurase en las portadas y, si no se lo proporcionabas en el momento adecuado, empezarían a oxigenar las brasas para tildar a la policía y el Ministerio Fiscal de ávidos incompetentes, mientras se relamen en sus cómodas sillas de oficina. «Lamentablemente, así somos en este país —reflexionó—; la satisfacción nos golpea como un rayo en nuestro interior cuando vemos el fracaso en el prójimo».

Esperaba no tener que lidiar con los medios tan pronto. Confiaba en que Guijarro mantuviese a raya las filtraciones que se pudieran dar desde dentro. No sería la primera vez que un periodista ofrece una suculenta cantidad de dinero para que un policía le otorgue información confidencial que sería portada al día siguiente. Aquello siempre complicaba las cosas. El asesino podía leer los periódicos y ello le proporcionaba ventaja para esconderse, para escapar; incluso para volver a actuar.

—¿Sabemos el nombre de la víctima? —preguntó Carbonell expulsando el humo del cigarro.

—Pensé que no me lo preguntarías nunca —contestó la inspectora—. Aitana de Marcos.

9

Bilbao, septiembre 2016

En la clase cabían unos cien alumnos y apenas quedaban una decena de sitios libres. Melissa pudo comprobar de primera mano el éxito de asistencia que tenía la clase de Historia de la Filosofía, corroborando de esta forma la información que Sofía, sentada a su lado, le había dado hace un momento: «La imparte uno de los mejores profesores». Un pasillo central separaba dos módulos de pupitres colocados en hileras de seis asientos cada una. La zona del profesor estaba alzada por una tarima, sobre la que reposaba una mesa de madera y la pizarra detrás de ella. En el aula se escuchaba un murmullo constante de voces, teclados y libros que cesó de inmediato con la entrada del profesor, que, de un ágil salto, subió a la tarima sin necesidad de usar los pequeños escalones colocados al uso.

Vestía unos tejanos ajustados con calzado deportivo y una camisa negra sport remangada hasta medio antebrazo. El pelo oscuro, rizado en la parte superior y cortado a máquina por los laterales se juntaba con una débil barba, estudiadamente descuidada, que le poblaba el mentón y acentuaba sus pómulos.

—¡Buenos días! Soy el profesor Ganiz García y sé lo que estaréis pensando: «¿García?». Efectivamente, nací en el centro de Bilbao y me apellido García que, por si no lo sabéis, es el apellido más común en el País Vasco y la aldea que lo rodea llamada España.

Las carcajadas resonaron por todo el aula y los alumnos se miraban entre ellos, divertidos. La inofensiva broma había conseguido captar la atención de todos ellos de un zarpazo y volvían a fijar sus miradas en él.

—Como tengo treinta y ocho años y espíritu joven, me podéis llamar Ganiz. Nada de profesor García, señor García o demás formalismos vetustos.

Se atusó el pelo con la mano y echó una ojeada a los asistentes.

—Veo que esto está hasta los topes… Por cierto, Ganiz significa ‘Dios es misericordioso’. Que es lo que vosotros queréis que sea a la hora de corregir vuestros exámenes. Pero lamento deciros que no soy Dios.

Las risas volvieron a inundar la clase. La mirada cómplice entre Melissa y Sofía auguraba un curso y, sobre todo, una asignatura prometedores. Melissa recordó que no tuvo ningún profesor con el talante de Ganiz en su primer año de universidad. La mayoría de sus docentes habían sido muy comprometidos con la materia de la asignatura, pero lineales y poco audaces a la hora de impartirla. El modus operandi de un profesor a la hora de transmitir su sabiduría sobre una materia concreta, incide directamente con la motivación que generará en el alumno por recibirla. Esta era una de las máximas que Melissa tenía anotada en su rincón inconformista y revolucionario, tras haber tenido que ser protagonista de clases presididas por docentes acodados a la mesa, leyendo con voz adormilada el manual que ellos mismos redactaron en sus enterrados años entusiastas.

Un trimestre le había sido suficiente para unirse voluntariamente al Consejo de Estudiantes de la facultad y así, desde dentro, intentar prender la llama de una pequeña revolución educativa que se sustentara en el dinamismo y la juventud formativa. La inmensa mayoría de profesores, catedráticos y maestros universitarios, superaban el medio siglo de edad y, acomodados en un turgente colchón salarial y unas condiciones funcionariales envidiables, estaban anclados en una docencia pragmática, más habitual del siglo pasado que alejaba, de esta forma, las ilusiones del alumnado por aprender y, en el peor de los casos, por seguir estudiando.

Ganiz representaba todo aquello por lo que Melissa luchó en su primer año de facultad dentro del Consejo de Estudiantes: la juventud, la novedad y la transformación encarnadas en un profesor preocupado no solo por el mensaje, sino también por el canal para transmitirlo.

—A lo largo del curso estudiaremos diferentes filósofos y pensadores —continuó el profesor—. Platón, Sócrates o Descartes son algunos ejemplos. Ellos eran los instagrammers de la época a los que todo el mundo seguía, no por ser más guapos o hacer las mejores fotos a ensaladas, sino por ser los más sabios.

Con rostro audaz y enarcando las cejas, Ganiz hizo una breve pausa para que el auditorio reflexionase sobre el último comentario.

—Las clases van a ser participativas, no me gustan los monólogos. Así que iré soltando preguntas al aire.

Hizo una pausa, mirando al tendido.

—Va, a ver quién se atreve. ¿Qué es la felicidad?

La pregunta soltada a cañonazo cogió a traspiés la guardia de los alumnos, que entre ellos se miraban confusos, preguntándose si realmente debían contestar o simplemente era un ejemplo. Tras unos segundos de silencio y observar que el profesor aguardaba, se escucharon varias respuestas.

—Un estado de alegría —vociferaron desde el fondo.

—Una emoción positiva —se escuchó en primera fila.

—Todo aquello que se aleje de la muerte —contestó un chico con una gorra roja y chaqueta tejana.

Ganiz, en actitud pensativa, se puso el dedo índice de su mano derecha paralelo al labio superior, apoyando el resto de sus dedos en la barbilla. Con pasos lentos, caminaba por la tarima.

—¿Consideramos la muerte como negativo, entonces?

El chico se levantó ligeramente la visera de la gorra.

—Claro. La muerte produce dolor a los allegados del fallecido.

El profesor asintió levemente con la cabeza. Casi imperceptible.

—Supongamos que tienes un allegado, como tú dices. Un familiar directo, un padre o un hermano. Lleva cinco años en estado vegetativo. Únicamente las máquinas lo mantienen con vida. No habla, no camina, no puede ir al cine o salir a cenar. No siente un beso, una caricia. Es completamente dependiente. Y llega el día en el que fallece. ¿En esa muerte hay algo, aunque sea mínimo, de felicidad en tu interior?

El chico mostró una mueca sarcástica en sus labios y con su falta de respuesta reconoció la derrota.

Un murmullo incómodo sobrevolaba el aula, a la cual había descolocado esta situación repentina. Melissa levantó la mano y sin esperar turno soltó:

—El placer.

Ganiz observó a Melissa con ojos de quien descubre una serendipia. La sonrisa cómplice que le dirigió demostraba agrado en esa respuesta.

—¿Cuál es tu nombre?

—Melissa —contestó sonrojada.

—Me gusta la contestación de Melissa. —Ganiz caminaba por la tarima con pasos cortos—. En cada momento de placer existe algo de felicidad. Al degustar una comida sentimos placer, al obtener un logro personal o ver una buena película también sentimos placer y, en ese momento, somos felices. Lo que motiva al individuo es la búsqueda de placer y su interés. ¿Cuántos de vosotros habéis sentido placer con el sexo? Me atrevería a decir, sin miedo a equivocarme, que todos. El sexo es placer culminado en su momento más álgido por el orgasmo, que provoca la liberación de endorfinas, las hormonas causantes de la felicidad. Ahora bien, ¿siempre hay que buscar el placer para ser felices?

La cuestión obtuvo respuestas afirmativas rápidamente, casi al unísono, de la mayor parte de la clase.

—¡No siempre! —gritó Melissa para que su voz sonara por encima del resto.

Ganiz sonrió de nuevo.

—Ilumínanos, Melissa.

—Bueno, eh, siguiendo con el ejemplo del sexo, no deberías aceptar el sexo si es con una persona diferente a tu pareja. No te producirá el placer deseado.

—Mejor dicho, sí te lo producirá en el momento — completó Ganiz—, pero en el futuro el dolor será mayor: la ruptura con tu pareja. La búsqueda del placer debe estar arbitrada por el razonamiento, por la razón, y debe ser esta la que nos diga si debemos aceptar el placer inmediato. Pongamos por caso: mis amigos me han propuesto ir a tomar unas cervezas, pero al día siguiente tengo un examen. En ese caso, la razón me dirá que debo rechazar el placer inmediato porque su consecuencia será peor: el suspenso en el examen. Por tanto, ahí no debo buscar el placer, debo rechazarlo.

La clase se quedó en silencio. Como si intentara digerir aquello.

—Lo que os acabo de exponer son las principales características del pensamiento hedonista de Epicuro en el siglo iv antes de Cristo. «Debemos meditar sobre las cosas que nos aportan felicidad, porque, si disfrutamos de ella, lo tenemos todo y, si nos falta, hacemos todo lo posible por obtenerla» —recitó el profesor —. Para él, la felicidad es la cuestión básica que persigue cualquier ser humano. Su pensamiento fue objeto de duras críticas en la época y solo tras el Renacimiento tuvo mejor acogida para llegar a ser fundamental en nuestros días.

»Hoy por hoy cualquiera de nosotros somos incesantes cazadores de pequeños momentos de felicidad: un like en Facebook, más seguidores en Instagram, un match en Tinder. No obstante, el descontrol en esa búsqueda constante de microplaceres nos asoma peligrosamente a las adicciones. Es por ello que Epicuro nos dice que usemos una de las mejores cualidades que posee el hombre: el conocimiento, pues el conocimiento no sirve para nada si no ayuda al hombre a ser feliz.

Ganiz esbozó una sonrisa al instante que sonaba el timbre que anunciaba el final de la clase.

Para Melissa, como para el resto de los compañeros, no había pasado desapercibido el hecho de haber aprendido algo casi sin darse cuenta. La clase se había inmerso en un coloquio, apoyado en preguntas aparentemente banales, que conducían inexorables al fin último, que no era otro que la explicación del pensamiento hedonista de uno de los filósofos más importantes de la historia.

Mientras recogía sus apuntes, pensaba en lo mucho que le había gustado la clase. La forma de conducirla, el profesor, los ejemplos. Tras esa escasa hora sentada en el pupitre, algo en su interior había hecho un clic, y se veía reflejada en ese espejo hedonista que buscaba la felicidad en la nueva etapa que había emprendido.

Pensó en sus antiguos compañeros del Consejo de Estudiantes y lo mucho que les hubiera gustado asistir a esta clase.

Se disponía a salir cuando una voz gritó su nombre. Al girarse, vio a Ganiz sentado en la mesa con la mano levantada.

Melissa se señaló a sí misma con el dedo, confusa, y se dirigió a él.

—Melissa, me han sorprendido gratamente tus aportaciones en clase —dijo el profesor.

Los escasos cincuenta centímetros que separaban a la alumna del profesor hacían patente la descuidada barba de este, que, unida al mechón rizado que caía por su frente y a la seguridad profesional, le otorgaban un atractivo innato del que Melissa no se había percatado hasta ese momento.

—Gracias —musitó con voz débil.

—Me gustaría que te unieras al seminario que imparto los martes después de las clases. Está dirigido a alumnos con inquietudes que quieran profundizar en la materia, y creo que tú reúnes las aptitudes.

—Ah, claro. Sí, sí, por supuesto. Muchas gracias.

—Espero verte allí —dijo el profesor con una sonrisa mientras con dos dedos le deslizaba una tarjeta.

Melissa la cogió y esperó a salir de clase para leerla. En ella estaba inscrito el nombre del seminario, el horario, el teléfono y el profesor que lo impartía: Ganiz García.

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301 p. 2 illustrations
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9788419198327
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