Read the book: «Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 80

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JAVIER ARCE .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO198
ISBN 9788424930967.
INTRODUCCIÓN
1. Vida de Herodiano y composición de la «Historia»
Sobre la vida de Herodiano sólo contamos con la información que se desprende de su obra. Lamentablemente los datos son escasos y, a veces, imprecisos, circunstancia que ha dado lugar a numerosas conjeturas. Su Historia (Herodianoû tês metà Márkon basileías historía) abarca un período de cincuenta y ocho años que se extiende desde la muerte de Marco Aurelio (180) hasta la subida al trono de Gordiano III (238) y se refiere, según nos dice el propio historiador en I.2.5, a hechos que ocurrieron durante su vida, sucesos que él mismo presenció o de los que fue informado (según la norma de Luciano: Cómo escribir la historia , 47), o en los que participó, incluso, desde sus puestos de servicio imperial y público. Herodiano estuvo, pues, inter vivos , si aceptamos su declaración, entre los años 180 y 238. Pero nos faltan datos seguros para saber cuánto deben prolongarse estas fechas y determinar así con exactitud los años de su nacimiento y de su muerte. Tampoco sabemos a ciencia cierta, a diferencia del caso de su contemporáneo Dión Casio, las fechas de composición de su Historia , y desconocemos muchas precisiones biográficas sobre su origen, posición social, carrera, etc. Parece que siguió el consejo que Luciano daba al decir que el historiador en sus libros debía ser un extranjero, sin patria, independiente y sin rey (Luciano, ob. cit., 41).
El primer problema se plantea al comparar dos pasajes en los que Herodiano reflexiona sobre el período del que quiere ocuparse. En la «Introducción» con la que inicia el libro I escribe: «Durante un período de sesenta años el imperio romano estuvo en manos de más señores de los que el tiempo exigía…» (I.1.5). Pero en II.15.7 leemos: «mi objetivo es relatar sistemáticamente los sucesos de un período de setenta años que abarca el reinado de muchos emperadores, hechos de los que tengo conocimiento personal.» Esta discrepancia en el número de años nos lleva al terreno de las hipótesis. Diversas explicaciones son posibles:
a) Cabría la corrupción en los manuscritos, en la que muchos editores y estudiosos han pensado, pues se trata de numerales, cuya alteración no es difícil. Se podría imaginar que en II.15.7 debería decir «sesenta» (hex ḗ konta) en lugar de «setenta» (hebdom ḗ konta) , de acuerdo con los años realmente abarcados por la Historia .
b) Podría tratarse simplemente de un uso convencional de los numerales para indicar un largo período o una edad avanzada, sin mayor significación (cf. C. R. Whittaker, Herodian , Londres, 1969, pág. XI). Sería un caso como el de Filóstrato, contemporáneo de Herodiano, cuando se refiere al final de la vida de Antíoco (II.4.570 Oleario), de Alejandro Peloplatón (II.5.576) y de Elio Arístides (II.9.585: «unos afirman que murió tras haber vivido sesenta años o casi setenta»; cf. trad. de M. C. Giner, Madrid, Bibl. Clás. Gredos, 1982, págs. 182, 189 y 202.)
Pero si creemos que no es necesario imaginar una corrupción de los manuscritos (no hay indicios en los códices) y damos a los numerales su valor real, nos encontramos ante otras posibilidades. Podemos pensar que hay una cierta contradicción entre los numerales de los dos pasajes o buscar una explicación que no suponga ningún tipo de inconveniencia entre ellos.
c) Se puede hablar de contradicción o incoherencia entre los dos pasajes cuando en ambos casos se los considera igualmente una referencia concreta al período que Herodiano quiso abarcar, lo que lleva a pensar en una distracción del historiador y hace necesaria una explicación que lo justifique. El «setenta» de II.15.7 resulta incómodo y choca con I.1.5, que se ajusta a los años realmente abarcados por la Historia redondeando la cantidad. Para solucionar el problema, J. Blaufuss (Ad Herodiani rerum Romanarum scriptoris libros V et VI observationes , Diss., Erlangen, 1893) sostiene la tesis de que en un caso se refleja el propósito inicial del autor y en el otro lo realmente conseguido al finalizar la Historia . Cuando escribió el pasaje del libro II, Herodiano tendría la intención de escribir la historia de los setenta años que siguieron a la muerte de Marco Aurelio, pero, debido a su avanzada edad o a cualquier otra causa, tuvo que detener su narración en los acontecimientos del 238, limitando su proyecto a sesenta años contrariamente a su primer propósito. Al final, en la redacción definitiva de la introducción del libro I, habría ajustado la cantidad al período verdaderamente cubierto por su obra, olvidándose de lo escrito en II.15.7 y dejándolo sin corregir. Esta circunstancia no debe extrañarnos si pensamos en los métodos de composición de la historiografía de aquella época (véase Luciano, ob. cit ., 47-48) y observamos el cuidado estilo de la introducción frente a los indicios de apresuramiento en la redacción de otras partes de la obra. Si aceptamos esta tesis, debemos pensar que Herodiano estaba escribiendo la Historia al final del período que se proponía cubrir, unos setenta años después del 180, o sea, hacia el 250 más o menos (Véase, modernamente, W. Widmer, Kaisertum, Rom und Welt in Herodians «Metà Márkon basileías historía», Zurich, 1967, pág. 70). F. Cassola («Sulla vita e sulla personalità dello storico Erodiano», Nuova Rivista Storica 41 (1957), 217-218) interpreta que la contradicción entre el «sesenta » y el «setenta» se debe a que, cuando Herodiano escribió el libro II, había abandonado ya su primer propósito y quería añadir los reinados de Gordiano III y de Filipo el Árabe. Según Cassola, la publicación de la Historia no fue unitaria y el hecho de que Herodiano no modificara la afirmación de I.1.5 se debería precisamente a que el libro I había sido ya publicado.
d) R. Sievers («Ueber das geschichtswerk des Herodianos», Philologus 26 (1867), 30-31) admite la posibilidad de que el «setenta» de II.15.7 refleje el propósito de Herodiano, pero fija su atención en el «sesenta» de I.1.5 sugiriendo que allí no están contabilizados los doce años del reinado de Cómodo, lo que explicaría la diferencia entre los dos cálculos. Débiles argumentos apoyan esta hipótesis y no se ve una razón de peso para considerar aparte el reinado de Cómodo. En I.1.5 Herodiano muestra su sorpresa por las rápidas sucesiones en el poder y los continuos cambios en un período de sesenta años, y es cierto que el reinado de Cómodo tuvo una duración normal frente a los de los emperadores que siguieron, pero no es menos cierto que Cómodo ya está en la línea de principes pueri cuya actuación mira Herodiano con malos ojos.
e) Si no se consideran los dos pasajes equivalentes en el sentido de estar igualmente referidos al período que Herodiano quiere estudiar, y no se ve, por tanto, ninguna contradicción entre ellos, es posible encontrar otra explicación. En el pasaje del libro I Herodiano se referiría al período que quiere abarcar mientras que en el del II habría querido significar que dicho período se situaba dentro de los límites de su experiencia personal de setenta años. El problemático «setenta» de II.15.7 no indicaría, pues, el período que Herodiano se proponía abarcar, sino la edad del historiador en el momento de la composición como ya había pensado A. Stahr (Herodians Geschichte , Stuttgart, 1858).
Esta polémica en torno a los numerales no permite, sin embargo, más que suposiciones, pues no es fácil obtener conclusiones más precisas y seguras a partir de los dos pasajes a los que nos referimos. Pero las hipótesis formuladas tienen su interés a la hora de determinar la fecha de composición de la obra. Si el «setenta» se refiere al proyecto que Herodiano tuvo que abandonar, debemos pensar que la meta y la fecha de composición de la Historia andarían por el año 250. Pero si refleja la duración de la vida de Herodiano hasta el momento de composición, la fecha de ésta estaría en este caso en función de la fecha del nacimiento del historiador. Tenemos otros datos, afortunadamente, que nos ayudan a precisar un poco estas fechas y a analizar las diversas posibilidades.
Las declaraciones de Herodiano en el sentido de que tuvo conocimiento personal de los sucesos de los que trata su Historia por el hecho de que ocurrieron durante su vida consciente (I.1.5, I.2.5, II.15.7) indujeron a pensar que su nacimiento tuvo lugar con alguna anterioridad al 180, hacia el año 170. Sin embargo diversas consideraciones han ido inclinando a los investigadores a situar la fecha alrededor del mismo 180.
Los partidarios de una fecha de nacimiento próxima al 170 interpretan las afirmaciones de que conoció personalmente los hechos (I.2.5: hà parà pánta tòn emautoû bíon eîdon te kaì ḗ kousa; II.15.7: hàs autòs oîda) en el estricto sentido de que si en el año 180 Herodiano no hubiera tenido por lo menos diez años no hubiera podido recordar nada. En esto se basa la teoría de J. de Poblocki (De Herodiani vita, ingenio, scriptis , Diss. Münster, 1864, pág. 5), quien se alegra de coincidir con la conjetura de F. A. Wolf (Herod. ed., Halle, 1792) en el mismo sentido. Modernamente encontramos esta tendencia en F. J. Stein (Dexippus et Herodianus rerum scriptores quatenus Thucydidem secuti sint, Diss., Bonn, 1957, pág. 2). Blaufuss (ob. cit ., pág. 6) pensaba que el margen de error era escaso si se enmarcaba la vida de Herodiano entre los años 170 y 250; admitía el nacimiento cercano al 170, pero no estaba de acuerdo con el planteamiento que los partidarios de esta fecha de nacimiento efectuaban normalmente respecto a la fecha de composición.
Los partidarios del 170 como fecha aproximada del nacimiento de Herodiano suelen defender, en efecto, la teoría de que la composición de la obra tuvo lugar hacia el 240 durante el reinado de Gordiano III, poco tiempo después de los sucesos descritos en el libro VIII. Se basan generalmente en la hipótesis de que Herodiano tenía setenta años en el momento de la composición, lo que, partiendo del 170, lleva a la época de Gordiano III. Entre los defensores del 240 como fecha aproximada de composición están los citados Poblocki y Wolf —quien piensa que Herodiano murió tras acabar la Historia, unos dos años después de la muerte de Maximino— y otros como Dopp («Herodianus», R. E. Pauly-Wissowa 8 (1912), 955 —la composición en el 240 explicaría además, según Dopp, el carácter de experiencia más directa y cercana de los últimos libros—), P. W. Townsend («The revolution of A. D. 238: The leaders and their aims», Yale Classical Studies 14 (1955), 49 sig.) y A. Piganiol (Histoire de Rome , 4.e ed., París, 1954, pág. 411), a quien sigue J. Fernández Ubiña (La crisis del siglo III y el fin del mundo antiguo , Madrid, Akal, 1982, pág. 20, n. 9) situando la composición entre 238 y 244.
Esta teoría, sin embargo, ha sido abandonada modernamente por muchos investigadores, partidarios de no exagerar el alcance de las palabras de Herodiano en el sentido de que fuera testigo consciente de los hechos durante todo el período 180-238. Se apoyan en convincentes argumentos para establecer otras fechas tanto para el nacimiento como para la composición.
En algunos pasajes Herodiano se refiere a acontecimientos que él mismo ha presenciado. Sabemos así que durante los juegos de Cómodo del año 192 el historiador se encontraba en Roma, si es cierto lo que dice en I.15.4. También debió asistir en el 204 a los Juegos Seculares de Severo (III.8.10). Se ha observado (véase F. Grosso, La lotta politica al tempo di Commodo , Turín, 1964, página 31; C. R. Whittaker, ob. cit., Introd., pág. XII) que, si Herodiano asistió a los juegos del 192, ya debía vestir la toga viril, pues de lo contrario seguramente no hubiera podido presenciarlos. Si este dato fuera cierto, significaría que en el 192 tendría por lo menos catorce años, con lo que el nacimiento sería anterior al 178; pero probablemente la fecha exacta no se alejaría mucho de este año si admitimos los argumentos en favor de una fecha de composición hacia el 250 y no tomamos sus afirmaciones en el sentido más estricto, de que en el año 180 Herodiano ya era un testigo consciente.
Existen importantes argumentos contrarios a la tesis de una composición durante el reinado de Gordiano III (238-244). Básicamente se considera improbable que la publicación, sobre todo la de los libros VII y VIII, tuviera lugar en aquella época debido a que los comentarios de Herodiano sobre los Gordianos no son precisamente elogiosos, por lo que la aparición de la Historia hubiera resultado peligrosa con anterioridad al 244. He aquí algunas razones:
a) La caracterización de Gordiano I, el abuelo de Gordiano III, es negativa: es un hombre débil (VII.5.4 ¡qué distinto se muestra, por ejemplo, al Pértinax de II.2.6 y II.5.5 en una situación semejante!), que acepta el poder de forma poco gloriosa (VII.5.7) y que muere de modo vergonzoso (historia en la que insiste: VII.9.4 y 9).
b) La subida al trono del joven Gordiano III es expuesta sin el menor entusiasmo: los pretorianos «lo proclamaron emperador puesto que no encontraban otro en aquellas circunstancias» (VIII.8.7).
c) Gordiano III tenía trece años en 238 y los principes pueri son objeto de repetidas críticas en la Historia (I.1.6, I.3.1-5, II.1.3, II.10.3, etc.).
d) Gordiano III ya había sido nombrado César (VII, 10, 6-9) por presión del populacho y en oposición al senado. Tanto la plebe, que presionó para que fuera César, como los pretorianos, que lo proclamaron emperador, no son vistos con buenos ojos por Herodiano (sobre la «plebs infima» véase: I.12.1, VII.7.1; sobre los pretorianos: I.12.6, II.4.4, II.6.2, II.6.4, IV.5.1).
e) Algunas observaciones de Herodiano hubieran resultado especialmente peligrosas por su fácil aplicación a los primeros años (238-241) del reinado de Gordiano III (véase Scriptores Historiae Augustae, Gord. 23.7); concretamente las que se referían al papel de los libertos en la corte imperial (I.6.8, I.13.8, II.10.3) y al dominio ejercido por una madre sobre su hijo (VI.1.10, VI.5.8, etc.).
f) Tampoco parece probable la publicación de la Historia durante el período (241-244) en el que Timesiteo, prefecto del pretorio y suegro de Gordiano III, tuvo el poder. Hubieran podido establecerse paralelos entre Timesiteo y otros prefectos del pretorio como Perennis (I.8.1-2, I.8.8, etc.), Cleandro (I.12.3-5, I.13) y Plauciano (III.10.6-7, III.11.1-3, etc.), a los que Herodiano criticaba.
Blaufuss ya apuntó algunas de estas razones en su excelente tesis (ob. cit., pág. 5: et septimum quidem et octavum libros iam non imperitante Gordiano III conscriptos esse inde apparere videtur…) , y en ellas han insistido posteriormente F. Cassola (art. cit., N.R.S. 41 (1957), 218), C. R. Whittaker (ob. cit., Introd., págs. XII-XIV) y S. Joubert (Recherche sur la composition de l’Histoire d’Herodien , Thèse dactyl., París-Sorbona, 1981, págs. 124-127). Son razones de peso que permiten afirmar que la Historia apareció con posterioridad al reinado de Gordiano III, o sea, después del 244.
Si nos basamos, pues, en los argumentos anteriores y pensamos en una composición posterior al 244, y tenemos en cuenta, al mismo tiempo, las hipótesis a las que nos hemos referido sobre la experiencia personal de unos setenta años en el momento de la composición y sobre la intención de Herodiano de escribir una historia de setenta años a partir de la muerte de Marco Aurelio, no parece desacertado situar el nacimiento en una fecha cercana al 178 y la composición unos setenta años después, durante el reinado de Filipo el Árabe (244-249) o en el de Decio (249-251). El año de nacimiento seguramente no estaría lejos del terminus post quem defendido por Whittaker. Se ha observado (Poblocki, ob. cit., pág. 3) que el libro I se caracteriza por la atención que presta a acontecimientos espectaculares (juegos, fiestas, tumultos callejeros), que sin duda impresionarían especialmente al muchacho que entonces debía ser Herodiano. No haría mucho que habría cumplido los catorce años cuando tuvieron lugar los Juegos de Cómodo y debieron llamarle la atención los animales que entonces vio por primera vez y que antes sólo había podido admirar en los grabados (I.15.4); seguramente eran los primeros juegos a los que asistía.
Pero G. Alföldy («Herodians Person», Ancient Society 2 (1971), 205-206) no está de acuerdo con la tesis de Whittaker; no cree que Herodiano asistiera a los juegos del 192 y piensa que su relato se basa en Dión Casio. El libro I no reflejaría por tanto la propia experiencia del historiador cuyo nacimiento habría tenido lugar hacia el 180 o incluso algo más tarde, durante el reinado de Cómodo, en el que habría discurrido su niñez.
De todas formas, si admitimos cualquiera de estas fechas —178 o algo antes, 180 o los años subsiguientes— y situamos la composición setenta años después aproximadamente, nos vamos al final del reinado de Filipo o al de Decio, o sea, hacia el 250. Blaufuss (ob. cit ., págs. 5-6), frente a otros investigadores de su época, ya pensaba que la composición había tenido lugar hacia el 250 y, creyendo ver indicios de anterioridad a los juegos del 248, concretaba la fecha en los años 246-7. Posteriormente se fue abriendo camino la tesis de la composición al final del reinado de Filipo (véanse los citados F. Cassola, art. cit., N.R.S. 41 (1957), 218, y C. R. Whittaker, ob. cit., Introd., pág. XV, y además, F. Grosso, ob. cit., página 35 y W. Widmer, ob. cit ., págs. 70-71) frente a los que pensaban en el reinado de Gordiano III.
Al final del reinado de Filipo se cumplían efectivamente los setenta años a partir de la fecha en que comienza la Historia y la edad del historiador andaría asimismo por los setenta. Pero hay, además, una serie de circunstancias en la vida de Filipo de las que encontramos paralelos tratados favorablemente en la Historia de Herodiano. Por ejemplo, Herodiano mira favorablemente, a diferencia de Dión Casio (LXXIX.41.2), a Macrino, emperador del orden ecuestre como era Filipo. Los dos eran prefectos del pretorio cuando se hicieron con el poder en condiciones muy semejantes. Herodiano no criticaba a los emperadores que no pertenecían a la nobleza senatorial, como Pértinax y Macrino, y ponía la virtus por delante de la nobilitas (I.5.6, II.3.2-5, V.1.6-8). Así, las palabras de Macrino en V.1.5 («Y que nadie me desdeñe ni consideréis un error de la fortuna el hecho de que yo, un miembro del orden ecuestre, haya alcanzado esta dignidad…») podrían aplicarse perfectamente a Filipo, cuyo gobierno fue un intento de acercamiento al senado como también lo quiso ser el de Macrino según patentizan sus palabras en V.1.4: «Mientras yo tenga el poder, todo el mundo vivirá sin temor y no habrá derramamientos de sangre; más que un gobierno personal será una aristocracia». Estas palabras reflejan el tipo del optimus princeps preconizado por la doctrina estoica. Frente a la tiranía de un gobierno personal (regnum) se propugna la aristocracia del senado y los amici en torno al princeps (respublica). El gobierno en manos de una sola persona deriva hacia la tiranía, según leemos en VII.10.2. Herodiano no tenía, pues, nada que objetar a Macrino en este sentido (V.1.5-7, V.1.1-2). Los reproches que le hizo fueron debidos a otras causas, como su debilidad y falta de decisión y su inclinación a la vida fácil (IV.12.1, V.2.4-6, V.4.12, V.5.2). Pero en este aspecto era muy diferente Filipo, hombre decidido y esforzado y general victorioso en su campaña del Danubio iniciada en el 245 y terminada en el 247 (véase Whittaker, ob. cit., Introd., pág. XVI).
Durante el reinado de Filipo hubo, además, una ocasión extraordinariamente oportuna para que los escritores contaran con el apoyo imperial para la publicación de sus obras. Nos referimos naturalmente a los Juegos Seculares del 248, que entonces celebraban el Milenario de la fundación de Roma. Se ha pensado (C. R. Whittaker, ob. cit ., Introd., págs. XVII-XVIII) que Herodiano habría aprovechado esta ocasión para dar a conocer su Historia . El anuncio de los juegos en el 247, cuando Filipo regresó de la campaña del Danubio, debió ser la causa de que Herodiano acabara precipitadamente su obra a fin de presentarla en aquella ocasión tan señalada. Otros autores aprovecharon también la circunstancia. Asinio Cuadrato, por ejemplo, publicó una historia titulada Chiliēterís (Millenium), que iba desde los orígenes de Roma hasta el reinado de Severo Alejandro (véase Schwartz, R. E. Pauly-Wissowa 31, 1603-1604). Se ha observado a este respecto el ambiente de fin de siglo que se respira en la introducción de la Historia de Herodiano (por ej., I.1.4).
Frente a la tesis de la composición durante el reinado de Filipo, algunos autores piensan en el reinado de Decio o en una época un poco posterior incluso. R. L. Burrows (Prolegomena to Herodian , Diss., Princeton Univ.-Ann Arbor, 1956, pág. 13), por ejemplo, sugiere el reinado de Decio (hacia el 251), pero el argumento en que se apoya es inconsistente. Supone que Herodiano, a imitación de Heródoto, estaba preparando un noveno libro, con el que habría abarcado los setenta años. Es una teoría sin fundamentar y podemos pensar igualmente que en el octavo habría puesto fin a su obra, en cuyo caso su modelo, si es que realmente lo había en un aspecto como éste, sería Tucídides.
En oposición a Whittaker se sitúa G. Alföldy (art. cit., páginas 210-219), quien, aun reconociendo las condiciones favorables del 248 para la aparición de la Historia, descarta la publicación durante el reinado de Filipo. La razón principal sería la imagen desfavorable de los prefectos del pretorio, cargo que desempeñaba Filipo antes de vestir la púrpura imperial: Perennis, Cleandro y Plauciano conspiran contra su emperador (cf. supra, pág. 14). Otros son comparsas de su corrupción, como el danzante a quien Heliogábalo puso al frente de los pretorianos (V.7.6), o secuaces de su crueldad, como aquel Vitaliano a quien el pueblo odia (VII.6.4). Herodiano parece olvidarse de prefectos prestigiosos como Papiniano y Ulpiano y acentúa los rasgos negativos de otros como Perennis (véase G. M. Bersanetti, «Perenne e Commodo», Athenaeum 29 (1951), 151-170) y Plauciano, quien, según Dión Casio (LXXVII. 3.1), habría sido víctima de una maquinación de su yerno Caracalla, versión que Herodiano conocía (III.12.3-4) y que rechazó. Pero a este argumento de Alföldy se puede objetar que también aparecen prefectos del pretorio a quienes Herodiano no mira con malos ojos. Hemos visto el caso de Macrino, cuyo paralelo con Filipo precisamente destacaba Whittaker como argumento a favor de la composición durante el reinado de Filipo. Podemos pensar también en Leto (I.16.5, I.17.4, I.17.7-11, II.1.3, II.2.1, II.2.5), en Advento (IV.12.1, IV.14.2) y en Juliano (V.4.3, V.4.4).
Además de argumentar en contra de la aparición de la Historia durante el reinado de Filipo, G. Alföldy propone una serie de razones en apoyo de su tesis de llevar la composición al reinado de Decio o incluso a una fecha posterior. Si Whittaker cree que Filipo respondía al tipo de optimus princeps preconizado por sofistas y filósofos por el que se interesa Herodiano, Alföldy piensa que este tipo ideal se refleja mejor en la figura de Decio. Si Whittaker insiste en el paralelo entre Filipo y Macrino, Alföldy piensa que Decio era para Herodiano un nuevo Pértinax, emperador por el que el historiador sentía una gran admiración. Decio, como Pértinax, era un homo novus que llegó a los más altos puestos tras una serie de ascensos regulares; de igual fama por sus hazañas militares, también era comparable su actitud favorable al senado. Decio, además, era originario de Panonia, donde Pértinax era recordado especialmente como excelente general y gobernador porque «había dado pruebas de una valentía sin límites en los combates contra el enemigo, y había ofrecido a sus subordinados muestras de benevolencia y honradez unidas a un mando moderado y ecuánime» (II.9.9). Alföldy observa asimismo que Herodiano trató con un interés especial a las legiones de Panonia (II.9.11, II.10.5, II.10.8, III.4.1, III.6.6, VI.6.2), interés superior al que muestra por otras legiones, y ve en esta circunstancia un reflejo de la propaganda imperial y un homenaje indirecto a Decio, que, además de ser panonio, había sido proclamado emperador por el ejército del Danubio. Se ha observado, sin embargo, que al mismo tiempo que Herodiano ensalza las cualidades físicas y militares del ejército ilirio, no les concede agudeza y vivacidad de espíritu (II.9.11), lo que parece invalidar el argumento de Alföldy (S. Joubert, ob. cit ., pág. 133). En realidad se refiere a la simplicidad frente a la astucia, a la incapacidad intelectual para descubrir la malicia o el engaño en palabras o acciones, lo que en las descripciones étnicas caracterizaba a los pueblos semibárbaros del norte, que se distinguían por su fuerza, frente a los civilizados pueblos orientales.
G. Alföldy plantea también la posibilidad de que la composición de la Historia tuviera lugar después de la muerte de Decio, en el año 253 concretamente. Entre otros argumentos más discutibles se refiere al proyecto de división del imperio entre un imperio de Oriente y otro de Occidente que idearon Caracalla y Geta (IV.3.5-7). Para Alföldy este proyecto era fruto de la imaginación de Herodiano, inspirado por la separación de facto que en el año 253 realizaron Valeriano y Galieno, cuando cada uno a efectos militares se ocupó de una parte encargándose Valeriano de Oriente y Galieno de Occidente. Alföldy se apoya en la falta de información sobre el proyecto de Caracalla y Geta; ni Dión Casio ni los Scriptores Historiae Augustae nos hablan de ello. Algunos investigadores, sin embargo, piensan que por esta única razón no debe descalificarse la posible realidad del proyecto. W. Widmer (ob. cit ., págs. 36-37, n. 165) sospecha que Herodiano tenía informaciones muy directas respecto a los hechos de 211-212, posiblemente debido al puesto que entonces debía ocupar en el servicio imperial (I.2.5). El proyecto de Caracalla que nos presenta Herodiano era además de mayor alcance que las divisiones militares de Galieno, por lo que no parece probable que Herodiano imaginara el proyecto de Caracalla y Geta bajo la influencia de los sucesos del 253 (S. Joubert, ob. cit., pág. 135).
En conclusión, la investigación sobre Herodiano está dividida en dos tendencias respecto a las fechas de nacimiento del historiador y de composición de la Historia . Para unos habría nacido en torno al 170; para otros hacia el 178-180. La composición habría tenido lugar, según unos, durante el reinado de Gordiano III (238-244); para otros no es admisible una fecha anterior al 244. Éstos se dividen en torno a dos tesis: unos piensan en los últimos años del reinado de Filipo el Árabe (244-49), y otros en el reinado de Decio (249-51) o incluso después de su muerte (por el 253). La composición durante la época de Gordiano parece inaceptable si se piensa en una fecha de nacimiento en torno al 178-180 y en el proyecto de Herodiano de escribir una historia de setenta años. Hemos visto, además, que el análisis de la Historia nos ofrece una serie de razones que nos llevan a la conclusión de que la obra de Herodiano hubiera resultado peligrosa en tiempos de Gordiano III. Si aceptamos esta conclusión, vamos, como se ha visto, a los reinados de Filipo el Árabe o de Decio o a los años subsiguientes. Posiblemente en el reinado de Filipo y, concretamente, en ocasión de los Juegos del Milenario de Roma encontró Herodiano las condiciones favorables, según piensa Whittaker. Tal vez fue algo más tarde, como cree Alföldy. Como vemos hay una serie de opciones por las que decidirse y que conviene tener presentes al analizar la Historia.
2. Nacionalidad y posición social
Una vez enmarcada la vida de Herodiano y analizadas las teorías sobre las fechas de nacimiento y de la composición de la Historia , podemos referirnos a otros temas biográficos tan importantes como su nacionalidad y posición social. Hemos visto que son temas en los que la precisión resulta difícil debido a la fidelidad con la que Herodiano siguió el precepto historiográfico enunciado por Luciano (cf. supra, págs. 7-8). El historiador fue efectivamente xénos kaì ápolis en sus libros, puesto que su propia identidad quedó oculta por cumplir con su propósito de no adular ni honrar a emperadores, ciudades o particulares (I.1.2).
Del mismo modo que no conocemos con exactitud las fechas de su nacimiento y de su muerte, tampoco tenemos datos precisos ni sobre su origen, ni sobre su posición social y cargos que desempeñó. Lo tratado anteriormente sólo nos ha permitido llegar a la conclusión general de que la vida de Herodiano debe enmarcarse entre dos límites aproximados: 178-180 para el nacimiento y 248-253 para la composición de la obra. Pero en lo referente a otros datos biográficos seguimos entre hipótesis y dudas, pues la única fuente sigue siendo la Historia y nos faltan otros testimonios o alguna inscripción que pudiera confirmar las hipótesis.
Respecto a su nacionalidad partimos de la única teoría aparentemente segura, la de su origen griego u oriental. J. Kreutzer (De Herodiano rerum romanorum scriptore , Diss., Bonn, 1881, págs. 7-11) analizó una serie de indicios en este sentido. Herodiano es un derivado del nombre griego Herodes (cf. infra , pág. 31). La Historia está escrita en griego y se dirige a un público que es griego u oriental; diversos pasajes (por ej.: I.11.1, I.11.5, II.11.8, IV.2.11, VI.1.4, VII.10.2, VIII.3.7, VIII.3.8) confirman que su público era griego en el sentido amplio que el término hoi Héllēnes tenía entonces y, desde luego, que no se trataba de gentes de Italia (véase II.11.8: «Los Alpes, altísima cordillera, sin parangón en nuestra parte del mundo…»). Para referirse al emperador, Herodiano utiliza normalmente el término basileús según la costumbre griega, a diferencia de Dión Casio, que usa los términos autokrátōr o kaísar. Esta circunstancia y el hecho de que destacara la figura de Cómodo debido a su sangre imperial (I.5.5, I.17.12), hicieron pensar a Kreutzer en una mentalidad griega u oriental, no romana.
A partir de esta tesis se ha venido hablando normalmente del origen oriental de Herodiano, aunque se hayan formulado algunas objeciones a los argumentos de Kreutzer. Blaufuss, por ejemplo, piensa que con estos argumentos se podría precisar la nacionalidad del público más que la del historiador (Blaufuss, ob. cit., página 6: «Neque I.11.1 neque I.11.5 probatur, quibus locis id tantum firmatur Herodianum Graecis hominibus historiam composuisse»). Pero lo cierto es que arrancando del planteamiento general de un origen griego u oriental se han formulado diversas hipótesis basadas en distintos pasajes de la Historia . He aquí estas teorías con sus principales argumentos y defensores:
1. Herodiano sería un egipcio de Alejandría (teoría defendida por A. Stahr, ob. cit., Introd.; E. Volckmann, ob. cit., pág. 9; J. de Poblocki ob. cit., págs. 2-3. Para Sievers, «Ueber das Geschichtswerk des Herodianos», Philologus 31 (1872), 636-7, Herodiano habría sido incluso testigo de la matanza de Alejandría). El único argumento con el que cuentan los defensores de esta tesis es la descripción de la matanza de alejandrinos ordenada por Caracalla (IV.8.6-9, IV.9). El relato es tan vivo —argumentan— que hace pensar en que Herodiano estaba especialmente interesado o había sido testigo ocular del suceso, por lo que suponen que sería originario de aquella ciudad. Pero se les puede objetar sin dificultad que su conclusión es precipitada e inconsistente, pues una tragedia de aquellas proporciones se prestaba a una descripción llena de viveza y colorido. Descripciones de este tipo eran, además, típicas del estilo de los sofistas, y parece que este pasaje de Herodiano —comparable a la descripción de la disolución de la guardia pretoriana por Septimio Severo (II.13)— constituye un ejercicio en este sentido: hay comentarios convencionales como el de que el pueblo de Alejandría es «de natural irreflexivo y fácilmente influenciable» (IV.8.7) y el de que «los alejandrinos sienten una cierta propensión natural a la chanza…» (IV.9.2); encontramos conocidas expresiones estereotipadas, como la de IV.9.8: «tan grande fue la matanza que la desembocadura del Nilo… y la costa cercana a la ciudad quedaron completamente teñidas de rojo a causa de las corrientes de sangre que fluían a través de la llanura» (véase también Hdn. III.4.5 y Dión LXXVI.7.2) y la de «soldados armados contra gente sin armas» (IV.9.6; véase I.12.7, II.5.3, II. 13.4, II.13.11).
Por otra parte el pasaje en el cual Herodiano explica las razones de la marcha de Caracalla a Alejandría (IV.8.6-7) parece incompleto y no da una explicación satisfactoria. Dice: «se puso en camino hacia Alejandría con el pretexto de que deseaba ver la ciudad fundada en honor de Alejandro y honrar al dios que aquel pueblo venera especialmente». Aquí esperábamos la antítesis: «pero la verdadera causa era que…»; esta explicación, sin embargo, no aparece: Whittaker (ob. cit., páginas LXVII-LXVIII) ha estudiado este pasaje analizando la correspondencia con Dión (LXXVII.22.1), donde se dice que Caracalla «partió para Alejandría ocultando su cólera y fingiendo que deseaba verlos». La comparación entre los dos pasajes permite llegar a la conclusión de que a partir de las palabras de Dión «epikryptómenos t ḕ n org ḗ n » («ocultando su cólera»), se puede deducir la antítesis que Herodiano olvidó. Whittaker piensa que, cuando escribió el relato sobre la matanza de Alejandría, Herodiano tenía presente, junto con alguna otra fuente, el pasaje de Dión, en el que se enfrenta el pretexto fingido a la verdadera causa que se oculta. Esto constituye una prueba más en contra de la singularidad de esta narración de Herodiano a partir de la cual se mantenía la tesis de la nacionalidad alejandrina del historiador. No hay, por tanto, argumentos concluyentes para defender la teoría de que Herodiano fuera alejandrino, a pesar del atractivo de esta hipótesis que permitía suponer que nuestro historiador era hijo del gramático Elio Herodiano, que había llegado a Roma durante el reinado de Marco Aurelio. Cronológicamente nada se opone a esta hipótesis, pero tampoco hay argumentos que la apoyen (véase Wolf, ob. cit., praef. 35; Stahr, ob. cit., praef. 13; Poblocki, ob. cit., págs. 2-3). Otro argumento inconsistente lo constituye la afirmación de Herodiano en el sentido de que Alejandría era la segunda ciudad del imperio (IV.3.7, VII.6.1), puesto que lo dice también de Antioquía (IV.3.7) y de Cartago (VII.6.1).
2. Según una difundida tesis Herodiano sería sirio, originario de Antioquía. Entre los partidarios de esta teoría están L. Kreutzer (ob. cit., pág. 8), K. Fuchs («Beiträge zur Kritik Herodians, IV-VIII Buch», Wiener Studien 18 (1896), 180-200), Dopp (ob. cit., pág. 954), J. C. P. Smits (De Geschiedschrijver Herodianus en zijn Bronnen, Leiden, 1913, pág. 16), E. Hohl (Kaiser Commodus und Herodian , Sitzungsberichte der Deutschen Akademie der Wissenschaften zu Berlin, 1954, págs. 3, 5, 17) y E. C. Echols, quien en el mismo título de su traducción ya deja constancia de su preferencia por la hipótesis siria (Herodian’s of Antioch History of the Roman Empire from the death of Marcus to the accession of Gordian III, Berkeley, 1961).
En opinión de Kreutzer Herodiano estaba mejor informado sobre Siria que sobre cualquier otro lugar, y Antioquía, considerada también la segunda ciudad del imperio, fue el escenario de muchos sucesos de la Historia. El interés de Herodiano por los sirios se manifiesta en sus frecuentes comentarios: «El pueblo sirio es variable por naturaleza, predispuesto al cambio del poder establecido… Los sirios son por temperamento muy aficionados a las fiestas, y, en especial, los habitantes de Antioquía» (II.7.9). «Los sirios son amigos de las bromas…, y se distinguen precisamente los de Antioquía» (II.10.7). En III.11.8 dice de Saturnino: «era sirio y los orientales son hombres de muy fina inteligencia». Herodiano también parece bien informado acerca de los hechos que se desarrollaron en Siria: guerra entre Níger y Septimio Severo, vida y personalidad de Heliogábalo, cultos de Emesa, etc. Precisamente la información que nuestro historiador demuestra sobre estos cultos ha servido de base a la teoría según la cual Herodiano estuvo en Emesa (véase G. W. Bowersock, «Herodian and Elagabalus», Yale Classical Studies 24 (1975), 229-236).
Todo este interés demostrado por Siria parece apoyar la tesis de un origen sirio, pero también podemos pensar que se debe simplemente al papel importantísimo que tuvo Siria en realidad durante los años de los que se ocupa la Historia: dos emperadores, Níger y Macrino, se quedaron allí, sin dirigirse a Roma; allí se libró la guerra entre Níger y Septimio Severo y fue la base de operaciones de Caracalla y Severo Alejandro en su guerra contra los partos. Es normal, por tanto, que fuera un tema importante en la obra de Herodiano.
Contra la tesis siria se ha observado, además, que no es cierto que Herodiano conociera a fondo la historia y la geografía del Próximo Oriente (Cassola, art. cit., pág. 215; Whittaker, ob. cit., págs. XXV-XXVI; G. Alföldy, art. cit., pág. 221). Se ha indicado, por ejemplo, que Herodiano parece ignorar la proclamación como Augusto de Diadumeniano, el hijo de Macrino, proclamación que tuvo lugar en Apamea, cerca de Antioquía (véase V.4.2). Hay errores en la cronología y la geografía de la campaña de Severo contra los partos (197-198); Herodiano no habla más que de un sitio de Hatra, cuando, en realidad, hubo dos; confunde Arabia Felix y Arabia Escenita (III.9.3-9); confunde asimismo a dos reyes de los partos, Vologeses IV y su hijo Artabano V (III.9.10). Son errores que no resulta verosímil que los cometiera un sirio.
También se ha señalado que Herodiano parece situarse aparte de los sirios cuando habla de ellos en III.11.8 e incluso cuando se refiere a sus diferencias con griegos y romanos (V.3.5). Por otra parte, los juicios sobre los sirios a los que nos hemos referido no son siempre favorables; siguiendo los tópicos de las descripciones étnicas (cf. supra 18) destaca su vivacidad de espíritu, pero en II.7.9 les reprocha su versatilidad. Debido a todas estas objeciones la tesis siria ha perdido adeptos y la investigación sobre Herodiano se ha dedicado a otras posibilidades, como la de que fuera originario de Asia Menor occidental. Pero antes de referirnos a esta tesis conviene recordar la teoría de J. Blaufuss, que apostaba por el origen griego de Herodiano.
3. En 1893 J. Blaufuss (ob. cit ., pág. 7) defendía la tesis de que nuestro historiador, además de escribir en griego, era originario de la misma Grecia. Los argumentos que daba eran los siguientes:
a) Herodiano elogia la educación recibida por Geta y Alejandro, en la que la palestra y los ejercicios gimnásticos propios de hombres libres tienen gran importancia (IV.3.3, V.7.5). Mamea quiere dar a su hijo, Alejandro Severo, una educación griega y romana a la vez, intentando apartarlo del lujo oriental de Heliogábalo (V.7.5).
b) En III.8.10 compara los Juegos Seculares con los Misterios de Eleusis, muy diferentes de las orgías egipcias y asiáticas.
c) En IV.4.7 se refiere al donativo concedido por Caracalla tras el asesinato de Geta; lo hace en moneda ática (pentakosías drachmàs Attikás) . Pero a estos argumentos se les puede objetar exactamente lo mismo que el propio Blaufuss objetaba a Kreutzer, o sea, que pueden probar la nacionalidad del público en lugar de la del historiador.
4. Muy interesante es la teoría según la cual Herodiano podría ser originario de Asia Menor occidental (concretamente del noroeste-oeste de Anatolia, de las provincias del Ponto, Asia y Bitinia). Al sur de estas tierras pónticas está el Tauro, que, según Herodiano (III.1.4), separa los pueblos del norte de los orientales (la misma línea divisoria que en la organización de Diocleciano separaba las diócesis Oriens y Pontica). Hay razones para pensar que Herodiano —que cuando se refería a los pueblos orientales, de allende el Tauro, no parecía considerarse perteneciente a ellos (III.11.8)— era originario de Asia Menor occidental o, por lo menos, que había residido bastante tiempo en aquella región, que podría ser también su lugar de retiro, si es cierta la hipótesis de que nuestro historiador se retiró a su país de origen (véase F. Cassola, art. cit., págs. 215-216; C. R. Whittaker, ob. cit ., págs. XXVI-XXVIII; G. Alföldy, art. cit ., páginas 223-225).
Es evidente el interés que Herodiano manifiesta por Asia Menor. Podemos pensar que contempló las murallas de Bizancio por lo que dice en III.1.7: «Cuando alguien contempla las ruinas y los restos de la muralla que se conservan en la actualidad, todavía le es posible admirar la técnica de quienes primero la construyeron y la fuerza de los que más tarde la destruyeron». Su conocimiento de aquellas tierras se hace patente en una serie de descripciones detalladas como la de la cordillera del Tauro (III.3) y la de la bahía de Iso, en los límites entre Asia Menor y Siria (III.4.2-3). Uno de los argumentos más interesantes lo constituye seguramente la frecuencia con la que Herodiano cita ciudades del noroeste de Asia Menor en comparación con las referencias a ciudades de otras regiones semejantes (Whittaker, ob. cit ., pág. XXVII). De aquella zona aparecen nueve ciudades: Calcedón, Cízico, Ilión, Nicea, Nicomedia, Pérgamo, Perinto, Pesinunte y Bizancio, lo que es una proporción alta si pensamos que del resto de regiones griegas y orientales encontramos tan sólo referencias a once ciudades (aunque la frecuencia de Antioquía es muy alta) y que sólo aparecen cinco ciudades italianas y cuatro de provincias septentrionales y occidentales (véase índices). Parece, en suma, que Herodiano era buen conocedor de Asia Menor y no se registran errores geográficos en sus descripciones de aquella zona. Por otra parte Cassola (art. cit., N.R.S. 41 (1957), 215-16) ha sugerido que Herodiano usa el término sýstēma (IV.10.3) —confederación política de varias ciudades en parte autónomas— en oposición a tò éthnos («provincia»), y que este término, sýstēma, en época imperial sólo se aplicaba a algunos distritos de Anatolia occidental. Sería, por tanto, una prueba de la relación del historiador con Asia Menor. Whittaker (ob. cit ., pág. XXVII) se interesa por la posible significación del uso de este término, pero insiste en que el pasaje de Herodiano tiene un significado más amplio, no precisamente referido a las provincias y confederaciones de Asia Menor. El término sýstēma tenía también el significado general de «clan» o «sociedad». Otro argumento, por último, en favor de la tesis minorasiática sería la especial información que Herodiano parece poseer sobre la captura de Macrino en Calcedón, la capital de Bitinia (véase V.4.11 y compárese con Dión Casio, LXXVIII.39.5).
De todas formas no ha aparecido una prueba definitiva, y también en lo relativo a la patria de nuestro historiador hemos de conformarnos con hipótesis, en espera de nuevas pruebas o de tener la fortuna de que algún descubrimiento epigráfico nos proporcione la solución.
En relación a la posición social también existen diversas hipótesis, aunque la teoría más extendida es la que considera a Herodiano un esclavo o un liberto imperial, funcionario de la administración pública. La investigación se basa en dos pasajes de la Historia. En I.2.5 dice: «yo he escrito una historia sobre los hechos posteriores a la muerte de Marco que vi y escuché durante toda mi vida. Y en algunos de ellos participé directamente en mis puestos de servicio imperial y público » (metéschon en basilikaîs ḕ dēmosíais hypēresíais genómenos). En el ya citado II.15.7 insiste en su conocimiento personal de los sucesos relatados en su obra.
A la partícula ḕ de I.2.5 se le ha dado una interpretación estrictamente disyuntiva, traduciendo la expresión de forma antitética como si existiera contraste entre el servicio imperial y el público. Cassola interpreta el pasaje en el sentido de que Herodiano estuvo en el servicio imperial y en la administación municipal en diferentes épocas: «fu per un certo periodo al servizio dell’imperatore, per un altro al servizio di autorità municipali (questo infatti deve significare il termine δημοσίαι: tutti gli studiosi interpretano «cariche pubbliche», il che non avrebbe senso in antitesi con «imperiali»)» (art. cit., Nuova Rivista Storica 41 (1957), 216). E. Hohl traduce «servicios imperiales o municipales» (ob. cit., pág. 5: «Kaiserlichen bzw. Kommunalen Dienstleistungen»). Pero H. G. Pflaum, en Revue des Études Latines 32 (1954), 450, señaló que la expresión en basilikaîs ḕ dēmosíais hypēresíais era equivalente a los términos latinos in caesareis et publicis officiis, y que se debía, por tanto, dar la traducción de «dans les bureaux palatins et publics de Rome»; se refería a los «puestos de servicio imperial y público» (Whittaker, ob. cit ., vol. I, pág. 11: «during my imperial and public service») sin que se marcara una oposición entre los dos adjetivos. A partir de esta expresión se han formulado diversas hipótesis sobre la carrera pública de Herodiano. Para unos habría sido un senador o un procurador ecuestre, mientras que otros prefieren pensar que fue un esclavo o un liberto imperial. Para Volckmann (ob. cit ., pág. 6), por ejemplo, pertenecería a la clase senatorial; se basa en el conocimiento de Herodiano de un senatus consultum tacitum , la resolución secreta tomada por el senado cuando eligieron como emperadores a Pupieno y Balbino (VII.10.3). Pero este argumento es inconsistente, pues, además de que había filtraciones deliberadas de las resoluciones del senado, es improbable que el secreto se mantuviera durante diez años (Whittaker, ob. cit ., pág. XX). Por otra parte, si comparamos la experiencia de los asuntos senatoriales que muestran Herodiano y Dión Casio, la desventaja de nuestro historiador es evidente. Los lazos que ligan a Herodiano con el senado parecen más débiles que los de Dión, historiador que refleja claramente el espíritu de una élite senatorial que rechaza, por ejemplo, a un emperador ecuestre como Macrino, una actitud que no comparte Herodiano (cf. supra, pág. 15). No parece, por tanto, probable que nuestro historiador fuera senador, aunque hubo incluso quien especuló con la posibilidad de que fuera Ti. Claudius Herodianus, legado de Sicilia al que se refiere una inscripción (ILS 2938 = CIL X 7286. Véase E. Sommerfeldt «Zur Frage nach der Lebensstellung des Geschichtschreibers Herodian», Philologus 73 (1914-1916), 568-570, quien plantea y rechaza dicha posibilidad).
Es bien conocido, sin embargo, que en la historiografía romana hay una larga tradición de escritores que, aunque ellos mismos no fueron senadores, contaron con el patronazgo de familias senatoriales. En el siglo III , por otra parte, hubo una gran movilidad entre la clase senatorial y la ecuestre, y no todos los senadores coincidían en sus opiniones; no había una postura única representativa de la clase senatorial, por lo que podemos pensar que Herodiano y Dión eran representantes de tendencias diferentes. Dión reflejaría la forma de pensar de la antigua élite senatorial, mientras que Herodiano estaría más cerca de sectores nuevos del senado y de la clase ecuestre. Según esto cabría que nuestro historiador hubiera ascendido a senador como Elio Antípater, el ab epistulis frigio de Septimio Severo a quien el emperador ascendió inter consulares (Filóstrato, ob. cit ., II.24.607), o como el sofista Apsines de Gadara, contemporáneo de Herodiano, que fue honrado con los ornamenta consularia (P I R2 A 137, 978. Véase Whittaker, ob. cit ., págs. XX-XXI), pero podía haber sido simplemente un procurador ecuestre como pensaron R. Sievers (art. cit., Philologus 26 (1867), 30-31) y E. Sommerfeldt (art. cit., págs. 568-570). En el caso de que Herodiano fuera un procurador ecuestre, el término «público» de I.2.5, según la interpretación de Cassola (art. cit., 216), podría referirse al servicio como magistrado municipal en una carrera que lo promocionaría hasta el servicio imperial en Roma.
Pero en las hipótesis de que Herodiano fuera senador o procurador ecuestre se olvida el significado del término hypēresía, que no suele aplicarse a altos funcionarios. En la Historia Herodiano nunca utiliza este término para referirse a funciones elevadas como el consulado, la prefectura del pretorio o la urbana, el gobierno de una provincia, etc., designadas normalmente con los términos arch ḗ , exousía, hēgemonía. La palabra hypēresía es aplicada por lo general a cargos inferiores, como son los auliculi al servicio del palacio (II.5.3, V.8.2). En otros pasajes aparece referido a actividades serviles como el aprovisionamiento de las tropas o el transporte de vinos (VII.8.11, VIII.4.4), e incluso encontramos el término aplicado a los bajos y vergonzosos servicios de los aduladores de Geta y Caracalla (III.13.6) y a «servicios desleales» (III.12.12. Véase Blaufuss, ob. cit ., págs. 9-10). Lo mismo ocurre con la palabra hypērétai , servidores, que aparece tanto en el sentido propio como en el figurado con significados de escasa altura (II.8.5, II.10.2, II.10.3, III.15.2, IV.1.1, IV.5.4, IV.6.1, IV.13.4, V.8.8, VII.5.6, VII.7.3). Generalmente se refiere a esclavos o a libertos del servicio imperial.
F. A. Wolf, en el prólogo de su edición, ya sostenía la tesis de una posición social humilde de Herodiano; no imaginaba a Herodiano con experiencia senatorial, jurídica o militar. Posteriormente otros autores, con fundados argumentos, han defendido la tesis de que Herodiano era un liberto (A. v. Domaszewski, Archiv f. Religionswissenschaft 11 (1908), 237, n. 1; Dopp, ob. cit., páginas 954-955; H. G. Pflaum, art. cit., pág. 450; Grosso, ob. cit., páginas 34-5, 42; C. R. Whittaker, ob. cit., págs. XXI-XXII). Herodiano estaría en la línea de libertos imperiales que fueron historiadores como fueron los casos de Timágenes, esclavo de Pompeyo, de C. Julio Higinio, liberto de Augusto, de Flegón de Tralles, liberto de Adriano, y de Crisero, liberto de Marco Aurelio, autor de una Historia que acababa en el año 180, fecha en la que principiaba la narración de Herodiano.
El origen servil de nuestro historiador puede deducirse de su propia obra, y se han señalado una serie de argumentos, además de los citados en torno a I.2.5, en este sentido:
a) El hecho de una falta de visión política más amplia y de fijar una especial atención en las intrigas y personajes de la corte es algo típico de un historiador liberto.
b) Su conocimiento detallado de los sucesos ocurridos en palacio permite pensar que Herodiano estaba al servicio del palacio imperial (véase I.13.1 y IV. 1.5).
c) La «mentalidad fiscal» que observó Cassola (Nuova Rivista Storica 41 (1957), 221-2) en pasajes como I.14.2-3, VII.3.4-5, VII.12.6, era característica de los libertos, en cuyas manos estaban las finanzas y los negocios de Roma.
d) Resulta más difícil deducir la función concreta que desempeñó Herodiano. C. R. Whittaker (ob. cit ., págs. XXII-XXIII), sin embargo —basándose en los usos de los términos hypēresía e hypērétēs (véase D. Magie, De Romanorum iuris publici sacrique vocabulis sollemnibus in graecum sermonem conversis , Diss., Leipzig, 1905)— señala que el uso más común de hypērétēs equivale al término latino apparitor. Los apparitores eran funcionarios inferiores, entre los que se encontraban los ayudantes del emperador y los diversos escribas a cuyo cargo estaban los libros del tesoro. Whittaker piensa que la expresión dēmosía hypēresía significaría que Herodiano estaba al servicio del tesoro público (aerarium tò dēmósion. Véase D. Magie, ob. cit ., pág. 61, y Hdn. II.4.7, II.11.7), mientras que hypēresía basilik ḗ se referiría al servicio de apparitor Caesaris. La función y la posición social de estos apparitores están de acuerdo con los argumentos expuestos y explican el interés de Herodiano por los temas fiscales. Sus funciones le habrían permitido, además, vivir en la corte, viajar por las provincias y tener acceso a algunos documentos senatoriales, todo lo cual le facilitaría la información para su Historia. Por otra parte estos libertos compartirían los intereses de clase media de las familias senatoriales y ecuestres de Roma, como se refleja perfectamente en la Historia, y ellos mismos podrían ascender a posiciones más elevadas (véase H. G. Pflaum, Les carrières procuratoriennes équestres sous le haut-empire romain, París, 1960-61, nn. 174 y 352). A partir de los datos que tenemos es difícil también en este caso llegar a conclusiones más precisas.
Conviene, finalmente, anotar unas referencias sobre el nombre de nuestro historiador. Hērōdianós es un derivado de Hēr ṓ dēs, pero, así como Herodes es frecuente en todas las regiones donde se hablaba el griego, Herodiano está menos atestiguado (véase «Herodes» y «Herodianus» en R. E. Pauly-Wissowa). Entre los que se llaman Herodiano encontramos algunos casos interesantes, que podrían tener alguna relación con el historiador:
a) Herodiano de Alejandría, gramático del siglo II (véase R.E., «Herodianus», VIII, pág. 959).
b) Originario de Egipto es también un Aurelius Herodianus Ptolomaeus (CIL VI 13126), que fue guardia pretoriano y murió en Roma.
c) Se pensó que el ya citado Ti. Claudius Herodianus, un senador que fue gobernador de Sicilia, tuviera algo que ver con nuestro historiador. Pero hemos visto que no era probable que Herodiano fuera senador; por otra parte se ha señalado que su conocimiento de Sicilia era imperfecto (Whittaker, ob. cit., XXXVXXXVI). Este Ti. Claudius Herodianus pertenecía seguramente a la familia de Herodes Ático, familia relacionada con los Gordianos, una razón más en contra de que fuera nuestro historiador (cf. supra, págs. 13 y 29).
d) En Coloe, en Asia Menor, apareció una inscripción (IGRR IV 1613) que en el año 256 hizo grabar un tal Aurelius Herodianus en la tumba de su familia. Tenía hijos y nietos, por lo que debía ser de edad avanzada, parecida a la que tendría nuestro historiador si aún vivía. Esta inscripción ha dado pie a una interesante hipótesis (véase G. Alföldy, art. cit., pág. 226), según la cual este Aurelius Herodianus podría ser un pariente de nuestro historiador, que llevaría también el nombre de Aurelius si era hijo de un liberto de Marco Aurelio o de Cómodo. Incluso podría tratarse del mismo historiador que todavía siguiera vivo en el 256. La zona en que apareció la inscripción corrobora la hipótesis, pues coincide con una de las teorías más verosímiles sobre la patria de Herodiano. De todas formas tampoco podemos permitirnos aquí una conclusión definitiva, pues las inscripciones aparecidas hasta el momento no nos ofrecen pruebas concluyentes. Herodiano sigue siendo xénos kaì ápolis y su identidad queda entre penumbras.
3. La «Historia». Análisis general. Plan de la obra, método y cronología
En la formulación de propósitos con la que Herodiano inicia su obra quedan claros una serie de puntos. La verdad y la exactitud en la investigación histórica son más importantes que el aplauso; por ello no quiere aceptar ninguna información sin pruebas ni testigos y que no se ajuste a la verdad. Su Historia se refiere a hechos contemporáneos, que están al alcance de la memoria de los lectores de su tiempo. Piensa, además, que será del agrado de lectores posteriores, pues considera que el objeto de su investigación es un período excepcional por el sinnúmero de situaciones cambiantes y sorprendentes que se han sucedido en un corto tiempo; es una época intensa de la que no se encuentra parangón ni en períodos más largos. Entre los elementos sorprendentes destacan las vidas de los emperadores, que fueron también más numerosos de lo que el período exigía. El plan de la obra de nuestro historiador es, precisamente, relatar lo que ocurrió durante cada una de las desiguales actuaciones de estos emperadores ordenando los hechos cronológicamente y por reinados, katà chrónous kaì dynasteías (I.1). Su intención es, por tanto, que los acontecimientos se sucedan en el relato de acuerdo con el orden en el que tuvieron lugar, estructurándolos, además, por reinados dentro de un marco general que, según hemos visto, es el de su propia vida y cuyo inicio coincide con la muerte de Marco Aurelio (I.2.5).
Al final del libro II Herodiano reflexiona de nuevo sobre el plan de la obra y sobre su método. Afirma que su objetivo es el relato sistemático de un período que abarca el reinado de muchos emperadores (ya vimos la polémica originada por el «setenta» de este pasaje y el «sesenta» de I.1.5) e insiste en que se refiere a acontecimientos de los que tiene conocimiento personal. Quiere que su narración siga un orden cronológico y que sea selectiva; refiriéndose a la época de Septimio Severo dice que sólo se ocupará de las acciones más sobresalientes, evitando toda adulación o elogio inmerecido, pero sin omitir nada que sea digno de mención o de recuerdo (II.15.7). En resumen, las principales preocupaciones de Herodiano, según estos dos pasajes, son:
la verdad y la exactitud en el análisis del período en el que ha transcurrido su vida, período singular que considera de gran interés para lectores posteriores.
la sistematización de los acontecimientos por orden cronológico y por reinados.
la selección de los hechos más sobresalientes evitando exageraciones y omisiones.
Al analizar la Historia, deberemos recordar estas preocupaciones de nuestro historiador y ver hasta qué punto ha sido fiel a sus propósitos.
Herodiano distribuyó los reinados que se sucedieron entre los años 180 y 238 en ocho libros, según el siguiente plan general:
LIBRO I:
De la muerte de Marco Aurelio a la muerte de Cómodo, con la que finaliza la dinastía de los Antoninos (marzo 180-31 diciembre del 192).
LIBRO II:
Reinado de Pértinax (1 enero-28 marzo del 193).
El trono imperial es puesto «en venta» por los pretorianos. Reinado de Didio Juliano en Roma (finales de marzo-principios de junio del 193).
Proclamación de Pescenio Níger en Siria (fines de abril del 193).
Proclamación de Septimio Severo en Panonia (a mediados de abril del 193).
Llegada de Septimo Severo a Roma (a principios de junio del 193). Didio Juliano es asesinado. Preparativos de la campaña contra Níger. Para asegurarse la fidelidad del ejército de Bretaña, nombra César a Clodio Albino.
LIBRO III:
Guerra en Oriente entre Septimio Severo y Pescenio Níger (julio 193-noviembre 194). Muerte de Níger.
Severo marcha contra Albino al que derrota en Lyon (197).
Continuación del reinado de Septimio Severo tras la muerte de sus rivales: Campaña de Oriente (197-202). Regreso a Roma (202). Conspiración de Plauciano (205). Rivalidad de los hijos de Severo: Caracalla y Geta. Campaña de Bretaña (208-211). Septimio Severo muere en York (4 de febrero del 211).
LIBRO IV:
Reinado común de Caracalla y Geta (febrero 211-febrero 212). Regreso a Roma (mayo 211). Discordia entre los hermanos. Geta es asesinado.
Reinado de Caracalla solo (febrero 212-abril del 217). Expediciones a Germania y a Oriente. Caracalla es asesinado.
Proclamación de Macrino (abril 217). Lucha de Macrino contra los partos (verano/otoño del 217. Cf. infra, IV.15, nota 359).
LIBRO V:
Continuación y fin del reinado de Macrino (verano/otoño del 217-mayo/junio del 218).
Intrigas de Mesa en Emesa para colocar en el trono a Heliogábalo. Reinado de Heliogábalo (mayo del 218-marzo del 222). Sus extravagancias provocan su muerte a manos de los pretorianos.
LIBRO VI:
Reinado de Severo Alejandro (marzo del 222-marzo del 235). Influencia de su madre, J. Mamea.
Asesinato de Severo Alejandro y de Mamea. El ejército proclama a Maximino: el primer emperador-soldado (marzo del 235).
LIBRO VII:
Primera época del reinado de Maximino (marzo del 235-marzo-abril del 238).
Reinado de Gordiano I y de Gordiano II (marzo del 238).
Proclamación de Pupieno y Balbino (a primeros de abril del 238).
LIBRO VIII:
Continuación y fin del reinado de Maximino, que es asesinado en Aquileya (marzo-abril 238-mayo-junio del 238).
Reinado de Pupieno y Balbino (abril 238-julio del 238).
Los pretorianos asesinan a Pupieno y Balbino y proclaman a Gordiano III (a primeros de julio del 238).
Esta distribución de la Historia en ocho libros fue sin duda obra de Herodiano, que solía acabar los libros con una simple fórmula de conclusión (III.15.8, V.8.10), acompañada a veces de una reflexión (I.17.2, VI.9.8, VIII.8.8), o con el anuncio de lo que iba a ser el tema del libro siguiente (II.15.7), procedimientos que podían combinarse (VII.12.9). Además, a partir del libro II, iniciaba sistemáticamente cada libro con un resumen del anterior.
En lo referente a la sistematización por reinados, lo primero que puede observarse es la tendencia a que los reinados de los diversos emperadores queden contenidos dentro de los límites de un solo libro: Cómodo (libro I), Pértinax (II), Didio Juliano (II), Geta y Caracalla (IV), Heliogábalo (V), Severo Alejandro (VI), Gordiano I y Gordiano II (VII). Las excepciones a esta tendencia se dan sólo en los relatos de tres períodos:
1. abril 193-noviembre 194: Septimio Severo y Pescenio Níger (libros II y III).
2. abril 217-febrero 218: Macrino (libros IV y V).
3. año 238 hasta la proclamación de Gordiano III: Maximino, Pupieno y Balbino (libros VII y VIII).
a) 193-194: años de guerra civil tras la muerte de Pértinax, en los que varios emperadores luchan por el poder. El relato de este período se inicia en el libro II y termina en el III. El libro II, después de ocuparse de la figura de Pértinax y de su breve reinado (II.1-5) entra en la época en la que se va a luchar por el imperio puesto «en venta» por los pretorianos y presenta a los emperadores rivales: Didio Juliano (II.6), Pescenio Níger (II.7-8) y Septimio Severo (II, 9-10); viene luego la marcha de Severo hacia Roma, el asesinato de Didio Juliano y la llegada a Roma con el castigo a los asesinos de Pértinax (II.11-14), para terminar con los preparativos de la expedición a Oriente contra Níger (II.14-15). La guerra entre Septimio Severo y Pescenio Níger, la derrota y la muerte de éste (noviembre del 194) ya se encuentran en el libro III (III.1-4). Tras la victoria sobre su rival de Oriente, el resto del libro III está consagrado a Septimio Severo, figura central en realidad de los libros II y III. Encontramos, pues, en este caso el reinado de un emperador cuyo relato se extiende a lo largo de dos libros. También aparece en los dos libros el que fue su rival durante año y medio aproximadamente (abril 193-noviembre 194: Hdn. II.7-III.4. Véase Whittaker, ob. cit., vol. I, págs. 192 n. 2 y 274 n. 1).
La disposición de los acontecimientos de estos años 193-194 que presenta la Historia puede explicarse por la particular intensidad de este período, en el que asistimos a la proclamación casi simultánea de tres emperadores y presenciamos el progresivo triunfo de Septimio Severo sobre sus rivales. En el libro II nos encontramos en diversos escenarios casi al mismo tiempo: en Roma Didio Juliano es proclamado a fines de marzo; Pescenio Níger lo es en Siria y Septimio Severo en Panonia, ambos durante el mes de abril. En seguida se destaca la figura de Septimio Severo; la descripción de Herodiano lo presenta como el típico jefe enérgico al que sonríe la fortuna. «Era entusiasta —dice— y bien dotado para las tareas de gobierno y, acostumbrado a una vida dura y agitada, resistía fácilmente las fatigas. Era, además, perspicaz en la reflexión y rápido en la ejecución de sus proyectos» (II.9.2). Los presagios le son favorables y aparece como salvador del imperio romano (II.9.3-7). Va recorriendo los distintos escenarios para imponerse sobre sus rivales; mientras que en el libro II el marco geográfico es Occidente, en el libro III pasa a Oriente, desde donde más tarde, tras derrotar a Níger, regresará a Occidente para enfrentarse con Albino. Las proezas militares y la extraordinaria movilidad de Septimio Severo son objeto del elogioso comentario de Herodiano en el pasaje que sigue al relato de la victoria sobre Albino en el 197 (III.7.7-8). Esta excepcional capacidad de desplazamiento y las circunstancias históricas y geográficas a las que nos referimos son sin duda factores que influyen en la composición del relato de este período 193-194. Por otra parte, los sucesos subsiguientes al asesinato de Pértinax parecen estar dispuestos en una secuencia más dramática que cronológica. El orden de las proclamaciones no es, en principio, cronológicamente correcto. Parece como si Herodiano dejara para el final la presentación del triunfador, cuya energía y decisión contrastan con la apatía de sus rivales condenados al fracaso. Tras la exposición de las razones que explican el destino de Níger (II.8.9-10), se subrayan las virtudes de Severo (II.9.1-2). Puede pensarse que motivos de composición literaria están por delante de la cronología, pues sabemos que Septimio Severo fue proclamado emperador con anterioridad a la proclamación de Níger en Siria. La noticia de los acontecimientos de Roma debió llegar antes a Carnuntum, donde se encontraba Severo, que a Siria, y, desde luego, Severo no pudo recibir noticias de Antioquía antes de su propio dies imperii militar que siguió inmediatamente a la recepción de la noticia de la muerte de Pértinax. La fecha del asesinato de éste fue el 28 de marzo del 193, la noticia debió llegar a Carnunto unos diez días después, y la proclamación de Severo por las legiones de Panonia fue, según el Feriale Duranum («The Feriale Duranum» , ed. por R. O. Fink, A. S. Hoey, y W. F. Snyder: Yale Classical Studies 7 (1940), 1-122), el día 9 de abril. Sin embargo el orden de la narración de Herodiano (II.7-8; II.9.1-3) y las palabras que pone en boca de Severo (II.10.7) producen la impresión de que la proclamación de Severo hubiera sido posterior a la de Níger. Esta secuencia, no obstante, podría explicarse pensando que Herodiano situaba el comienzo del imperio de Septimio Severo a finales de mayo, después del reconocimiento del senado. La confirmación del senado de la decisión de los soldados tuvo lugar, en efecto, a finales de mayo, poco antes de la llegada de Septimio Severo; ante las noticias de su marcha sobre Roma el senado depuso a Didio Juliano y confirió a Severo la apellatio imperatoris (véase Vita Didii Iuliani 8.7 y Dión Casio LXXIV.17. El Feriale Duranum (11.10) da el 21 de mayo como dies imperii senatorial, fecha seguramente anticipada en unos diez días como explica Parsi (véase B. Parsi, Désignation et investiture de l’empereur romain —I er et II e siècles après J. C. —, París, 1963, págs. 166-168; C. R. Whittaker, ob. cit ., vol. I, pág. XLI). Al utilizar el Feriale Duranum debemos tener presente que la composición de este calendario militar tuvo lugar durante el reinado de Severo Alejandro, en una época de respeto al senado, respeto que compartía Herodiano. Según esto la secuencia de acontecimientos a la que nos referimos tendría una intención política: nuestro historiador habría considerado el dies imperii senatorial con preferencia al dies imperii militar, lo que en realidad no era así tratándose de un emperador impuesto por el ejército (véase B. Parsi, ob. cit ., pág. 155). Hay, en suma, un conjunto de razones, de composición literaria, geográficas, históricas y políticas, que permiten explicar la disposición de los acontecimientos del período 193-194 tal como los encontramos en los libros II y III de la Historia .
b) Otro reinado de un emperador cuyo relato se encuentra repartido entre dos libros es el de Macrino. Es un caso diferente al anterior. Septimio Severo era verdaderamente la figura central de gran parte del libro II y de todo el libro III, pero Macrino no constituye más que un enlace entre el reinado de Caracalla y la proclamación de Heliogábalo (desde IV.14 hasta V.4: abril 217-16 mayo 218, proclamación de Heliogábalo, y 8 junio 218, derrota de Macrino). Esta disposición está impuesta sin duda por exigencias de composición literaria. El libro IV se ocupa en su mayor parte de Geta y de Caracalla, que muere asesinado en el antepenúltimo capítulo (IV.13.5). El asesino es un centurión de la escolta imperial que actuó por instigación de Macrino (IV.13.2), uno de los prefectos del pretorio que tres días después es proclamado emperador por el ejército. La necesidad y las exigencias del momento, más que la confianza y el afecto, movieron a los soldados (IV.14.3). Artabano, rey de los partos, estaba avanzando contra ellos para vengarse del ultraje que le había inferido Caracalla durante el verano del 216 (IV.11.5-8). La proclamación de Macrino está, por tanto, ligada a la lucha contra los partos, que ocupa los dos últimos capítulos del libro IV y que acaba con un tratado de paz, que indemniza a Artabano, y con el regreso de Macrino a Antioquía (IV.15. Véase Whittaker, ob. cit., vol. I, págs. 464-467). Se trataba de una situación provocada por Caracalla, situación que, si bien facilitó el acceso al poder de Macrino, le obligó a enfrentarse con un serio problema inmediatamente después de vestir la púrpura imperial. El libro IV concluía, pues, con el fin de Caracalla y con una guerra suscitada por su vergonzosa actuación contra los partos cuyas consecuencias debe heredar su sucesor. Podemos decir, en suma, que este libro sólo comprende la parte del reinado de Macrino que se relaciona con Caracalla. En el libro V, por el contrario, ya nos encontramos con un Macrino independizado de la herencia de Caracalla. El marco geográfico también ha cambiado; de Mesopotamia se ha dirigido a Antioquía desde donde, como primera medida, dirige una carta a Roma (V.1). En Roma el senado lo proclama emperador y el pueblo se alegra al verse libre de la difícil situación anterior (V.2.1). El programa de moderación, de seguridad y libertad que Macrino anunciaba en su carta empieza a ponerse en práctica con medidas de política interior (V.2.2). Pero en seguida la fortuna se trunca y aparecen las razones que explicarán el fracaso de aquel emperador procedente del orden ecuestre; se equivocó al no disolver las tropas y al no marchar rápidamente a Roma, y perdió el tiempo en Antioquía entre lujos que desagradaban a los soldados (V.2.3-6). A partir de aquí entran en escena las princesas fenicias, Mesa y sus hijas, que en Emesa preparan el camino a Heliogábalo (V.3). Llegan a Antioquía las noticias de Emesa y se precipita el final de Macrino (V. 4).
Herodiano sitúa, por tanto, el reinado de Macrino como camino de dos tramos entre los reinados de Caracalla y de Heliogábalo. El primer tramo está en conexión con Caracalla: asesinato de éste y proclamación de Macrino, guerra heredada contra los partos; el marco es Oriente y la preocupación principal es la política exterior (libro IV). En el segundo tramo los errores de Macrino explican el fracaso de su política, a pesar de sus buenas intenciones, y conectan con la proclamación de Heliogábalo. Aquí predomina la política interior y el marco geográfico es, en buena parte, Occidente: Roma, donde el senado y el pueblo aprueban la proclamación de Macrino. Su permanencia en Antioquía, sin embargo, es el motivo que desencadena su derrota, como antes (II.8.9-10) había ocurrido con Níger (libro V).
c) Otros emperadores cuyo reinado no está contenido en un solo libro son Maximino, Pupieno y Balbino, emperadores los tres en el 238, año crítico y complicado por el que se interesa Herodiano en los libros VII y VIII, la parte más lograda de su Historia a juicio de algunos críticos (véase K. Dietz, Senatus contra principem: Untersuchungen zur senatorischen Opposition gegen Kaiser Maximinus Thrax (Vestigia, Bd. 29), Munich, 1980, pág. 35). Estos libros VII y VIII abarcan el período 235-238, desde el comienzo del reinado de Maximino hasta la subida al trono de Gordiano III, pero, en realidad, tras los tres primeros capítulos del libro VII, se centran en el 238, un año clave en la crisis del siglo III , año de seis emperadores: Maximino, Gordiano I, Gordiano II, Pupieno, Balbino y Gordiano III.
La proclamación de Maximino (marzo del 235) se encuentra al final del libro VI, poco antes del asesinato de Severo Alejandro (VI.8.5-6). En el libro VII se inicia el relato del reinado de Maximino y de las reacciones contra este emperador-soldado con el que comenzó el período de anarquía militar (235-284). La secuencia de acontecimientos tal como nos la presenta Herodiano es la siguiente:
VII.1-3:
Relato de los tres primeros años del gobierno de Maximino.
VII.4:
Rebelión de la aristocracia latifundista africana (hacia fines de febrero o principios de marzo del 238).
VII.5:
Proclamación de Gordiano I.
VII.6:
Mensajes de Gordiano a Roma. Embajada para eliminar a Vitaliano, comandante de la guarnición de Roma.
VII.7:
La revolución pasa a Roma y a las provincias (véase P. W. Townsend, «The revolution of A. D. 238: The leaders and their aims», Yale Classical Studies , 14 (1955), 3. The Geographical extent, 66-82.
VII.8:
Las noticias llegan a Sirmium, la actual Sremska Mitrovica, hacia el 21 de marzo. Maximino decide actuar contra Roma (23 marzo). Se pone en marcha (24 marzo).
VII.9:
En Cartago Capeliano, legado de Numidia, leal a Maximino, se enfrenta a los Gordianos. Muerte de Gordiano I y de su hijo, Gordiano II (hacia el 22 de marzo).
VII.10:
Consternación en Roma por las noticias procedentes de Cartago (a primeros de abril). El senado nombra emperadores a Pupieno Máximo y a Balbino. El pueblo obliga al senado a que proclame César a un nieto de Gordiano I, el futuro Gordiano III.
VII.11-12:
Enfrentamiento en Roma entre el ejército y el pueblo. Se organiza la defensa contra Maximino.
VIII.1:
Maximino llega a Emona (la actual Liubliana, al pie de los Alpes) hacia el 10 de abril.
VIII.2:
Después de cruzar los Alpes llega a Aquileya hacia el 20 de abril. Aquileya le cierra las puertas.
VIII.3:
Crispino organiza la resistencia de Aquileya.
VIII.4:
Maximino prepara el sitio.
VIII.5:
Los esfuerzos de los asaltantes no prosperan. Un mes de asedio aproximadamente (desde fines de abril a últimos de mayo o primeros de junio). Abundancia en Aquileya y malestar en el ejército de Maximino. Asesinato de Maximino (a fines de mayo o, tal vez, a primeros de junio).
VIII.6:
Los jinetes que van a Roma a comunicar la muerte de Maximino se encuentran con Pupieno Máximo, que se dirige a Aquileya. Alegría en Roma.
VIII.7:
Pupieno Máximo llega a Aquileya. Estancia en Aquileya y regreso a Roma.
VIII.8:
El breve gobierno moderado de Pupieno y Balbino se ve truncado por la oposición del ejército. Brutal asesinato de Pupieno y Balbino. Proclamación de Gordiano III (a primeros de julio del 238).
Como vemos, el relato del reinado de Maximino se inicia en el libro VI con la proclamación, continúa en el VII y acaba en el VIII.5.9; se extiende, por tanto, a lo largo de tres libros. El reinado de Pupieno Máximo y de Balbino comienza en el libro VII (VII.10) y prosigue hasta el final del VIII. Herodiano dedica, pues, dos libros a estos emperadores cuyo reinado dura poco más de tres años en el caso de Maximino y unos tres meses en el de Pupieno y Balbino, unos meses del crucial 238 que ocupan la mayor parte de estos dos libros. La secuencia de hechos que encontramos en la Historia es una fiel traducción de la realidad y resulta evidente que la preocupación cronológica preside la composición de los dos libros. C. R. Whittaker afirma con razón que «la complicadísima cronología del año 238, entre la subida al trono de Gordiano I y la de Gordiano III, puede entenderse perfectamente siguiendo el testimonio de Herodiano» (C. R. Whittaker, ob. cit ., vol. I, Introd., pág. XLIII). La revolución de África estalló cuando se cumplía el tercer año del imperio de Maximino (VII.4.1); a partir de esta referencia podemos pensar que la rebelión y la proclamación de Gordiano I y Gordiano II tuvieron lugar en febrero-marzo del 238, unos tres años después del 22 de marzo del 235, fecha de la proclamación de Maximino. Whittaker (ob. cit ., vol. II, pág. 176) piensa en los últimos días de febrero o en los primeros de marzo, mientras que R. A. G. Carson (American Numismatic Society Centennial Publication, 1958, 134-57) sitúa la fecha de proclamación de los Gordianos algo más tarde, hacia el 22 de marzo (con una diferencia de unos veinte días que se mantiene para los acontecimientos subsiguientes). Las noticias sobre la rebelión de Cartago debieron llegar a Roma unos diez días después, o sea, hacia el 11 de marzo, si la rebelión fue el día 1. Maximino, que estaba en Sirmium, debió enterarse diez días más tarde, el 21 de marzo (véase VII.8.1), y, después de dos días de reflexión (VII.8.1), al tercer día (VII.8.3), el 23 de marzo anunció su decisión de marchar sobre Roma; al día siguiente (VII.8.9), el 24 de marzo, se puso en marcha. Coincidiendo con estos hechos en África morían los Gordianos (hacia el 22 de marzo), de suerte que las noticias sobre la decisión de Maximino y sobre la muerte de los Gordianos debieron llegar a Roma de forma simultánea (toda esta cronología parte del supuesto de que el tiempo que se empleaba normalmente en los trayectos Cartago-Roma y Roma-Sirmium era de unos diez días). Inmediatamente (1 de abril) el senado nombró emperadores a Pupieno Máximo y a Balbino (VII.10). Maximino debió llegar a Emona hacia el 10 de abril y por el camino se enteró sin duda de la caída de los Gordianos (VIII.1.4-5). Llegó a Aquileya hacia el 20 de abril e inició el asedio que concluiría con su muerte, probablemente a finales de mayo. Un mes más tarde (hacia el 8 ó 9 de julio) también morirían asesinados Pupieno y Balbino y Gordiano III sería proclamado emperador. Toda esta secuencia concuerda perfectamente con la única fecha segura que tenemos: el 29 de agosto del 238. En esta fecha Gordiano III era el único Augustus y las monedas de Alejandría con el año I del reinado de Gordiano III ya habían sido acuñadas; las noticias de Roma, por lo tanto, debían haber llegado algo antes de esta fecha, dando tiempo a la acuñación (véase J. Vogt, Die alexandrinischen Münzen, vol. I, Stuttgart, 1924, 193). El reinado de Pupieno y Balbino duró algo más de tres meses según diversas fuentes (Chronographus anni 354 —Mommsen, Chron. Min. 1.147—: 99 días; Chronicon Paschale —1.501 Bonn—: 100 días; Zonaras 12.17: tres meses). Si su proclamación fue el 1 de abril, su muerte debió ocurrir, como hemos dicho, hacia el 9 de julio. La noticia de esta muerte y de la proclamación de Gordiano III llegaría, por lo tanto, a Alejandría a primeros de agosto (teniendo en cuenta que para el viaje Roma-Alejandría eran necesarios unos veintiocho días). Se procedería entonces a la primera acuñación de monedas de Gordiano III, acuñación corta como lo demuestra el escaso número de monedas halladas. (Para otros testimonios procedentes de Egipto cf.: POxy. 1433.II; P. W. Townsend, «A Yale Papyrus and a Reconsideration of the Chronology of the Year 238 A. D.», American Journal of Philology, 51 (1931), 62-66; J. R. Rea, Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik 9 (1972), 1-19).
En suma, cuando cotejamos la Historia de Herodiano con otras fuentes, nuestro historiador nos parece la fuente más importante para el estudio de la cronología del 238 (cf. P. W. Townsend, art. cit., Yale Classical Studies 14 (1955), 49). Su valor es, desde luego, muy superior al de las biografías correspondientes a esta época de los Scriptores Historiae Augustae. La problemática sobre esta cronología podemos encontrarla en P. W. Townsend, «The Chronology of the Year 238 A. D.», Yale Classical Studies 1 (1928), 231 y sigs.; C. E. van Sickle, «Some Further Observations on the Chronology of the Year 238 A. D.», Classical Philology 24 (1929), 285-289. P. W. Townsend, art. cit., American Journal of Philology 51 (1931), 62-66; G. Vittucci, «Sulla cronologia degli avvenimenti dell’ 238 d. C.», Rivista di Filología e di Istruzione Classica 32 (1954), 372-382; R.A.G. Carson, art. cit.; C. R. Whittaker, ob. cit., vol. II, págs. 174 y sig., 186 y sig., 205, 212 y sig., 271, 285 y 309; X. Loriot, «Les premières années de la grande crise du IIIe siècle: De l’avènement de Maximin le Thrace (235) à la mort de Gordien III (244)», Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt 2, 1 (1975), 657-787; X. Loriot, «Les Fasti Ostienses et le dies imperii de Gordien III», Mélanges d’histoire ancienne offerts a W. Seston, París, 1974, 297-312. Una síntesis de las diversas cronologías propuestas se halla en el apéndice 1 del libro de Karlheinz Dietz, Senatus contra principem (ob. cit., págs. 345-347).
Estos tres períodos a los que nos hemos referido ofrecen, pues, excepciones a la regla de que en la Historia los relatos de los distintos reinados no sobrepasan los límites de un libro. Son casos, valga la redundancia, verdaderamente excepcionales. En uno aparecen tres emperadores en un mes (de fines de marzo a últimos de abril del 193); en otro Roma tiene cinco emperadores en los cuatro meses que preceden a la proclamación de Gordiano III (de marzo a primeros de julio del 283). En el caso de Macrino hemos visto las razones por las que pensamos que el relato de su reinado se repartía entre los libros IV (Caracalla) y V (Heliogábalo). Pero, hay, además, algunos puntos que nos llaman la atención cuando consideramos estos períodos dentro del conjunto de la obra de Herodiano. La Historia abarca en realidad cincuenta y ocho años y unos cuatro meses (desde el 17 de marzo del 180 al 9 de julio del 238). La parte correspondiente a los tres períodos en cuestión comprende en total seis años (abril 193 - noviembre 194: un año y siete meses; abril 217 - mayo/junio 218: un año y dos meses; marzo 235 - primeros de julio del 238: tres años y unos cuatro meses). Ahora bien, si nos fijamos en el espacio que ocupa el relato de estos seis años vemos que es de cuarenta y un capítulos (II.6.15, III.1-4, IV.14-15, V.1-4, VI.9, VII.1-12 y VIII.1-8), lo que supone mucho teniendo en cuenta que la Historia tiene en total noventa y nueve capítulos (a un período de tiempo que es aproximadamente un 10 % del total se dedica un espacio de alrededor de un 40 %). Este desequilibrio resalta aún más si nos ceñimos, por una parte al período crítico de los tres emperadores hasta la muerte de Didio Juliano y la llegada de Septimio Severo a Roma (fines de marzo - primeros de junio del 193), y, por otra, a los cuatro meses cruciales del 238 (desde marzo a primeros de julio). Los dos meses del 193 ocupan diez capítulos y los cuatro del 238 se extienden a lo largo de diecisiete capítulos: unos seis meses en veintisiete capítulos. (Herodiano dedica, pues, alrededor del 27 % de su Historia a un 0.8 % del tiempo abarcado). De estos cálculos podemos extraer la conclusión de que nuestro historiador se interesó más por los períodos críticos que por los largos reinados. No olvidó su preocupación por seleccionar los hechos más sobresalientes (II.15.7) y supo comprender la importancia capital de los acontecimientos del 238, de los que nos ofreció una acertada visión.
En el relato de estos períodos, especialmente en el del 238, creemos apreciar, además, una atención más puntual de Herodiano a la realidad de los hechos y una mayor preocupación por la precisión cronológica, al menos en lo que respecta a una secuencia correcta de los acontecimientos. Por el contrario, su preocupación parece menor cuando se trata de períodos más largos, en los que a veces nos sorprenden algunas omisiones, o cuando nos da cantidades como las de la duración global de los reinados. En estos casos se ha observado la tendencia de Herodiano a redondear dichas cantidades: I.17.12, Cómodo: 13 años; III.15.3, Septimio Severo: 18 años; IV.13.8, Caracalla: 6 años; V.8.10, Heliogábalo: 6 años; VI.9.8, Severo Alejandro: 14 años; VII.4.1, Maximino: 3 años (cuando faltaban unos meses para concluir su reinado); la suma, sin contar el año de Macrino, por razones que expondremos a continuación, ni los meses de Pértinax, da los sesenta años que aparecían en I.1.5 como duración total de la Historia, redondeando también los cincuenta y ocho años y unos cuatro meses de su duración real. (Para las duraciones de los reinados cf. notas a I.17.2, II.4.5, III.15.3, IV.13.8, V.2.2, V.3.1, V.8.10, VI.2.1, VI.9.3, VI.9.8 y VII.4.1). En algunos casos se ha pensado incluso en distracciones de Herodiano o en errores, que podrían imputarse también a la transmisión de los manuscritos (véase F. Cassola, «Note critiche al testo di Erodiano», Rendiconti dell’Accademia di Archeologia, Lettere e Belle Arti di Napoli 38 (1963), 139-143). Así pueden explicarse los errores de bulto como son los casos de la duración de los reinados de Heliogábalo y de Severo Alejandro (seis y catorce años en la Historia frente a unos cuatro y trece, respectivamente, en la realidad: cf. notas a V.8.10 y a VI.9.8), aunque tampoco en estos casos faltan explicaciones que intentan justificar las cifras que nos da Herodiano (véase Whittaker, ob. cit., vol. II, pág. 73, n. 3). La cantidad que se refiere a Heliogábalo, por ejemplo, sería correcta en el supuesto de que el punto de partida para ella fuera la fecha de la muerte de Caracalla (abril del 217). Si esto fuera así, el asesinato de Heliogábalo (marzo del 222) habría tenido lugar efectivamente en el sexto año de su reinado. Este procedimiento de datación se basaría en la damnatio memoriae de Macrino. Pensamos, además, que esto se relacionaría con lo que dijimos antes respecto a la distribución del reinado de Macrino en dos partes, una como prolongación del de Caracalla y otra ligada a la proclamación de Heliogábalo. Sería como si el reinado de Macrino no contara.
En general Herodiano se preocupa más por la cronología relativa que por la absoluta y las indicaciones de fechas exactas no son tan numerosas como desearíamos. Entre los procedimientos de datación que utiliza podemos señalar los siguientes: indicación del día (I.16.1, IV.15.4, VII.8.3, VII.8.9), del año (VI.2.1, VII.4.1), de las estaciones (V.5.3, VI.5.5, VII.4.2), de la edad (VII.5.2, VIII.8.8), de las fiestas (I.10.5, I.16.1-2, VIII.8.3) y de los momentos del día (II.2.2, II.2.10, II.5.2, III.4.4, VII.6.6, VII.6.7: son muy frecuentes las indicaciones de este tipo aplicadas, con un interés más dramático que cronológico, a hechos como asesinatos, rebeliones, etc., en los que la hora —el amanecer, la noche…— parece jugar un papel importante). En las notas nos ocuparemos de algunos de estos pasajes con referencias cronológicas.
Se ha reprochado a Herodiano la vaguedad de algunas de sus indicaciones cronológicas (por ejemplo, K. Fuchs, art. cit., Wiener Studien 17 (1895), 248 y sig. y Wiener Studien 18 (1896), 229 y sig.; Whittaker, ob. cit ., vol. I, Introd., págs. XL y sig.). A veces parece que escribe de memoria y con absoluta despreocupación utilizando expresiones como: «durante unos pocos años» (I.8.1), «no mucho después» (I.9.7), «después de uno o dos días» (II.6.3), etc. Imprecisiones como éstas y otras a las que ya nos hemos referido o a las que aludiremos en las notas no satisfacen a un historiador moderno, pero debemos pensar que la concepción cronológica de Herodiano, como la de muchos historiadores de la Antigüedad, era diferente de la nuestra. Lo importante era establecer un orden que hiciera inteligibles los acontecimientos en su encadenamiento, y esto lo consiguió Herodiano a pesar de algunos errores e imprecisiones. En relatos como el del año 238 acertó plenamente y hoy debemos acudir a los libros VII y VIII como fuente principal e indiscutible. En otros casos nos encontraremos con algunas inexactitudes debidas a una serie de causas: carácter dramático de la narración y tendencia a la catalogación de sucesos con un criterio selectivo —causas de errores cronológicos y de omisiones—, exigencias geográficas, históricas o políticas, insuficiente información del historiador respecto a algunos períodos o acontecimientos, errores en la transmisión de los manuscritos… Pero, en conjunto, veremos que las imprecisiones cronológicas de la Historia tienen una importancia mucho menor de lo que algunos críticos han querido suponer.
Es posible que tengan una mayor importancia las omisiones, por las que Herodiano ha sufrido algunas críticas (véase Whittaker, ob. cit., vol. I, Introd., págs. XLVIII y sig.). El mismo historiador, sin embargo, parece consciente de ellas cuando al final del libro II nos expone su método de investigación histórica. En un pasaje al que ya hicimos alusión (II.15.6-7), refiriéndose al reinado de Septimio Severo dice: «Muchos historiadores y poetas, que han hecho de la vida de Severo el tema de toda su obra, han presentado con mayor amplitud las etapas de esta expedición [contra Níger], los discursos que pronunció Severo en cada ciudad, la aparición de frecuentes signos de la divina providencia, la descripción de los lugares recorridos, la disposición de las tropas… Pero mi objetivo es relatar sistemáticamente los sucesos de un período… que abarca el reinado de muchos emperadores, sucesos de los que tengo conocimiento personal. En consecuencia sólo presentaré una narración por orden cronológico de las acciones… más sobresalientes…». Es como si aquí Herodiano quisiera salir al paso de las omisiones que se le imputan, de las que precisamente hay varios ejemplos en el relato del reinado de Septimio Severo (III.5: omisión de la expedición contra los partos del año 195; III.9: tras la segunda campaña contra los partos, omite las visitas de Severo a Palestina, Arabia y Egipto —cf. Whittaker, ob. cit ., vol. I, pág. 325, n. 4—; omisión del viaje a África en 203-204. Véase J. Hasebroek, Untersuchungen zur Geschichte des Kaisers Septimius Severus, Heidelberg, 1921, págs. 132-135). Son omisiones imputables en gran medida al carácter altamente selectivo de la Historia, al que se debía asimismo la discordancia entre el tiempo historiado y el espacio que este tiempo ocupa en la obra. Todo ello motiva, sin duda, una cierta desigualdad en valor histórico y literario entre diversas partes de la Historia . Pero si es cierto que hay algunas omisiones importantes, no es menos cierto que también hay informaciones que no aparecen en otras fuentes de la época (por ejemplo la insurrección de Materno en el año 187 —Hdn. I.10—, confirmada por descubrimientos epigráficos y arqueológicos. Cf. L’Année Epigraphique (1956), 90; Louis, Revue Archéologique 11 (1938), 253). Son informaciones importantes que compensan las omisiones.
Una vez planteadas todas estas reservas respecto a su cronología y a sus omisiones, podemos llegar a la conclusión de que en líneas generales Herodiano ha sido fiel a su programa y a las preocupaciones formuladas en I.1 y en II.15. Sistematiza los acontecimientos por reinados y en la presentación de los tres períodos conflictivos, a los que nos hemos referido especialmente, sabe seguir el curso de los acontecimientos conjugando diversos criterios (cronológicos, dramáticos, geográficos, políticos…) y llevándonos de una escena a otra en una secuencia muy cercana a la realidad. La aportación que Herodiano supone para el estudio del siglo III resulta muy válida y pensamos que en su preocupación por la verdad, por la objetividad (cf. infra , págs. 50 y sigs.) y por la precisión cronológica consigue aciertos de mayor peso que sus inexactitudes, circunstancia que explica la revalorización actual de nuestro historiador (cf. infra , págs. 70-72). La Historia de Herodiano es, por tanto, una fuente primordial para el estudio del siglo III , a la altura, por lo menos, de Dión Casio y superior a los Scriptores Historiae Augustae . Todos ellos son fuentes cuyas informaciones, como las de tantos otros historiadores de la Antigüedad, deben cotejarse con los datos procedentes de inscripciones, papiros o monedas y con todos los conocimientos que nos ofrece la historiografía sobre los acontecimientos y los personajes de su época. (Véase L. J. Piper. «Why read Herodian?», Classical Bulletin 52 (1975), 24-28; Whittaker, ob. cit., vol. I, pág. XXXIX; Cassola, «Sull’attendibilità dello storico Erodiano», Atti dell’Accademia Pontaniana 6 (1957), 191-200).
4. Herodiano entre la objetividad histórica y los ideales de la aristocracia antonina. El historiador y su época
Pensamos que Herodiano se esfuerza en ser objetivo y en comprender motivos y posturas de diverso signo. Así, por ejemplo, describe con interés las cualidades militares de Septimio Severo (II.14.2, III.8.3, III.8.8, cf. supra , pág. 37), de Caracalla (IV.12.2, V.2.5) y de Maximino (VI.8.1-3, VII.2.6-8), a pesar del espíritu antimilitarista que manifiesta en otras ocasiones (II.5.9. II.6.14, VIII.8.6-8, etc.). Otro ejemplo lo tenemos en su visión de Pescenio Níger, de Macrino y de Severo Alejandro. La concepción política de Herodiano lo lleva a ponerse de parte de estos emperadores respetuosos con el senado. No por ello deja de criticar, sin embargo, su ineficacia y los errores de su gobierno. Lo mismo podemos decir respecto a Pupieno y Balbino; Herodiano apoya su postura pero critica su absurda rivalidad (VIII.8.4-5), causa del desprestigio de la institución que representan y de su propia ruina.
Esta objetividad hay que verla, sin embargo, dentro del marco de la época, con las limitaciones propias de unos historiadores sometidos a relaciones de patronazgo (cf. supra, pág. 29). Incluso en los casos en los que el historiador parece alcanzar unos niveles de objetividad e imparcialidad, no podemos dejar de preguntarnos para quién escribe o qué postura representa. Hay que ver, en suma, cuál es la filosofía política de la obra.
En el caso de Herodiano lo primero que nos llama la atención es que toda la Historia está dominada por la figura de un gran ausente, Marco Aurelio. Herodiano mira a todos sus sucesores a través de los ideales del emperador filósofo; los emperadores que le sucedieron se apartaron de estos ideales y de la concepción política de Marco. De ahí sus errores y de ahí la progresiva decadencia del imperio, que Herodiano contempla con tristeza. En esta visión pesimista de la decadencia de su tiempo explicada por la ausencia de un gran jefe podemos pensar en un precedente ilustre, al que Herodiano tuvo presente en más de una ocasión: Tucídides. También la Historia de Tucídides está presidida por un gran ausente, Pericles, muerto dos años y medio después del inicio de la Guerra del Peloponeso. Tucídides admira a Pericles y también contempla a sus sucesores en relación a Pericles, símbolo de los ideales de Atenas y estadista en quien se conjugan la moderación y la prudencia con la inteligencia, la energía y la previsión. Su muerte acarreará, según la visión de Tucídides, la derrota y la decadencia de Atenas. Algo similar ocurre en la Historia de Herodiano respecto a Marco Aurelio, que, además de aparecer en los primeros capítulos, es citado en muchas ocasiones a lo largo de la obra. Después de Marco el imperio entrará en una época de conmociones y de continuos cambios (I.1.4). Herodiano va diseñando mediante los comentarios relativos a Marco el ideal de gobernante (optimus princeps. Cf. supra , página 15) en comparación con el cual juzga a los emperadores que se van sucediendo hasta llegar a Gordiano III. Marco Aurelio se preocupa por la cultura y la educación (I.2, I.3): pone todos los medios para la formación de su hijo (I.2.1), es un enamorado de la literatura antigua y es autor de diversas obras (I.2.3), se interesa por las enseñanzas de la historia (I.3.2), numerosos sabios son el fruto de su época (I.2.4). Su conducta prudente da credibilidad a su filosofía (I.2.4). (Véase Marco Aurelio, Meditaciones , trad. de R. Bach e introd. de C. García Gual, Madrid, Bibl. Clás. Gredos, 1977, págs. 7 y sigs.). Para sus hijas no busca a patricios de «largas genealogías» ni a hombres ricos, sino que quiere tener «yernos de carácter ordenado y de vida sobria» (I.2.2); el esfuerzo personal es una cualidad superior a la riqueza y a la nobleza de nacimiento (V.1.8). Une el valor y la moderación en todas sus acciones y conjuga las virtudes militares y las políticas (I.2.5). Respecto a sus súbditos es magnánimo y moderado (I.2.4, I.4.4-5); su accesibilidad contribuye a su popularidad (I.2.4) y se preocupa por la felicidad de su pueblo (II.14.3). Por el contrario, inspira miedo a los enemigos del imperio romano y, si es preciso, los vence por las armas (I.3.5). Es valiente (I.2.5) y sus soldados lo consideran un compañero (I.5.5). Respecto al senado es respetuoso; ningún senador es condenado a muerte, no hay confiscaciones ni delaciones (II.14.3, V.2.2, VI.1.7) y los senadores pueden vivir sin miedo (II.4.2) y en libertad (V.1.8, V.2.2), según el ideal estoico (cf. K. Dietz, ob. cit ., pág. 314). Los amici que le asisten con su consejo tienen un importante papel (I.4.1, I.8.1, V.1.8); es una aristokratía en la que se evitan los riesgos del poder personal (I.2.2, I.3.5, II.14.3). Estos son algunos de los rasgos del ideal que se encarna en Marco Aurelio; constituyen el punto de referencia al que acude siempre Herodiano cuando analiza los reinados de sus sucesores. Ninguno de estos reinados fue digno del modelo. Marco miraba el futuro con temor y los hechos le dieron la razón. Su hijo Cómodo cayó en la tiranía y en los excesos; en seguida provocó la enemistad del senado y el miedo de los súbditos; su conducta fue irresponsable y se mostró débil frente a los enemigos exteriores; aparecieron las delaciones, las confiscaciones, el malestar del pueblo, en suma, y su gobierno se fue degradando hasta acabar en el asesinato. Pértinax fue un frustrado intento de volver a los ideales de Marco (II.4.1-3), pero suponía una ruptura de la sucesión hereditaria y no tenía de su parte a los pretorianos (II.4.4 s., II.5). Vino luego la vergonzosa venta del imperio al mejor postor. Didio Juliano, con lo que se provocó la rebelión de los ejércitos de las provincias. Como hemos visto unos proclamaron a Septimio Severo y otros a Níger. Fue la guerra civil. Severo se erigió en defensor del senado, vengador de Pértinax y salvador del imperio. Tras vencer a Níger, tuvo que dirigirse contra un nuevo rival, Clodio Albino. Después de acabar con él, cambió su política respecto al senado debido a que muchos senadores habían apoyado a Albino. Tuvo entonces que asegurarse la lealtad del ejército mediante generosos donativos. Se había desencadenado un peligroso proceso que Herodiano comenta con estas palabras: «A partir de este momento [el asesinato de Pértinax]… la moral de los soldados empezó a corromperse. Una insaciable y vergonzosa codicia y el desprecio de la dignidad imperial fueron sus maestros. El hecho de que nadie castigara a quienes tan cruelmente se habían atrevido a matar a un emperador, ni hubiera quien impidiera una tan indecente subasta y venta del imperio, fue la primera causa de una escandalosa situación de indisciplina destinada a prolongarse. La afición de los soldados por el dinero y el desprecio por sus emperadores, hasta el extremo de llegar al asesinato, fueron continuamente en aumento» (II.6.14). Con esta situación se encontró Severo, que poseía muchas cualidades: inteligencia, valor, decisión…, pero que se caracterizó también por importantes aspectos negativos: codicia (III.8.7-8), asesinatos y confiscaciones (III.4.7, III.8.2, III.8.7), terror (III.8.2-3, III.8.8)… Severo se esforzó por lograr una continuidad en el imperio y fundar una dinastía, pero fracasó en la educación de sus hijos. Tras su muerte en Bretaña, la rivalidad de Caracalla y Geta se encontró sin ningún impedimento y Caracalla asesinó a su hermano. Fue luego un tirano cruel y violento que permitió cualquier licencia a los pretorianos y que mediante larguezas procuró mantener a su lado al ejército; pero el senado lo detestaba y al fin cayó asesinado por orden de Macrino, prefecto del pretorio. El ejército de Oriente proclamó emperador a Macrino, pero éste conservó poco tiempo el poder; prevaleció el sentimiento dinástico, fue abandonado por todos y el ejército proclamó a Heliogábalo, nieto de una cuñada de Severo, un degenerado que se rodeó de sicofantas y que humilló al senado y a los ecuestres. Llegó a tales extremos que su propia abuela, Julia Mesa, preparó su asesinato y el nombramiento de otro nieto, Alejandro Severo. La Historia Augusta y la historiografía de la época hicieron de este emperador un símbolo del respeto a las tradiciones aristocráticas y al senado. Herodiano comparte este criterio (VI.1.2), pero nos ofrece una visión más negativa en la que destacan la incapacidad militar y la debilidad de Alejandro Severo. Esto es una prueba de su objetividad y hoy la crítica le da la razón a nuestro historiador (cf. Guido Clementi, Guida alla storia romana, Milán, 1977, pág. 271). Los sucesores de Septimio Severo fueron gobernantes jóvenes e inexpertos en muchos aspectos, pero sobre todo en el militar. En el caso de Severo Alejandro la guerra contra el persa Artajerjes precipitó su ruina. La propaganda oficial presentó a Severo como vencedor, pero es precisamente el relato de Herodiano el que nos acerca a la verdad poniendo en evidencia sus errores estratégicos. A partir de entonces los soldados ya no confiaron en él y fue asesinado por Maximino, el instructor de reclutas, quien desde un origen humilde, tras una brillante carrera militar, llegó a la dignidad imperial (VI.8). Maximino fue el primer emperador-soldado y supuso una ruptura tremenda respecto a las tradiciones. Inmediatamente se desembarazó de todos los consejeros de Alejandro, que habían sido elegidos por el senado, institución por la que mostró un desprecio absoluto (VII.1.2). Su actividad fue esencialmente militar, combatió a los germanos y, tras su victoria en esta contienda, permaneció en Panonia, sin dirigirse a Roma. Entretanto se organizó la reacción del senado y en el 238 el conflicto estalló en África. Roma organizó la resistencia contra Maximino que se decidió a marchar sobre Italia. La aristocracia senatorial, tras la muerte de los Gordianos en África, nombró a sus emperadores, Máximo Pupieno y Balbino. Aquileya detuvo el avance de Maximino y el ejército se dio cuenta de sus limitaciones. Maximino fue asesinado, pero poco después, en una especie de contrapartida, Pupieno y Balbino también eran víctimas de la violencia. La única solución que quedaba era un muchacho de trece años, Gordiano III, con el que concluye la Historia de Herodiano. Es una conclusión que refleja sin duda el desaliento del historiador que se dio cuenta de cuán justificado era el temor de Marco Aurelio y que fue contemplando cómo desde una edad de oro se llegó a aquel fin desesperanzador.
Todos los comentarios de Herodiano sobre el gobernante ideal y sobre la figura de Marco Aurelio no eran un simple ejercicio retórico, sino que servían a una importante causa política de su época, la de la aristocracia senatorial antonina (véase Whittaker, ob. cit ., I, páginas LXXI-LXXXII). A esta aristocracia pertenecieron familias como los Claudii Severi y los Claudii Pompeiani (véase K. Dietz, Senatus contra principem…, págs. 124 sig., 127, 128, 334 sig., 354-55, 377), a las que pertenecían aquellos hombres «de carácter ordenado y vida sobria» (Hdn. I.1.2) elegidos por Marco Aurelio como yernos (cf. H. G. Pflaum, «Les gendres de Marc-Aurèle», Journal des savants , 1961, 28-41) y sus nietos Claudius Pompeianus, L. Ti. Claudius Aurelius Quintianus y Cn. Claudius Severus, cónsules en el 231 el primero y en el 235 los dos últimos. Algunos de ellos debían figurar sin duda entre los consejeros de Alejandro Severo despachados por Maximino (VII.1.3). Entre estas relevantes familias antoninas estaban los Statii y los Barbii , comerciantes de Aquileya interesados sin duda en el relato de Herodiano sobre la resistencia de su ciudad (véase A. Calderini, Aquileia romana, Milán, 1930, páginas 467-68 y 548-550; K. Dietz, ob. cit., págs. 161 y sig., 225, 336 y sig.), los Bruttii Praesentes (K. Dietz, ob. cit ., páginas 161 y sig., 336), los Fulvii Aemiliani (K. Dietz, ob. cit., págs. 160 y sig., 368), etc. Miembros de esta aristocracia fueron hombres que destacaron por su oposición a Maximino como C. Petronius Magnas, organizador de una conspiración en el 235 (Hdn. VII.1.5. Cf. K. Dietz, ob. cit., pág. 188), L. Flavius Honoratus, que dirigió la sublevación de Mesia Inferior contra Maximino (cf. K. Dietz, ob. cit., 156-158; P. W. Townsend, «The revolution of A. D. 238…, Yale Classical Studies, 14 (1955) 90; G. M. Bersanetti, Studi sull imperatore Massimino il Trace, Roma, 1940, reimpr. 1964, págs. 41-2), Rutilius Pudens Crispinas, defensor de Aquileya (cf. K. Dietz, ob. cit., págs. 210-226), etc. Estas familias sufrieron dolorosas experiencias durante los reinados de los emperadores que se apartaron de los ideales de gobierno antoninos, y reaccionaron siempre que les fue posible. Así se explican hechos como la conspiración de Lucila, su ejecución y el exterminio de aristócratas ordenado por Perennis durante el reinado de Cómodo (I.8), la dura reacción de Septimio Severo contra el senado después de su victoria sobre Albino (III.8), los asesinatos de Caracalla después de eliminar a Geta (III.15.4, IV.5.7-6.4), las ejecuciones de Heliogábalo (V.6.1) y la actitud de Maximino respecto al senado y a los consejeros de Severo Alejandro (VII.1.3-4). Algunas de estas familias antoninas eran originarias de Grecia o de Asia y mantenían relaciones con sus tierras de origen. Bajo su patronazgo se organizaban círculos literarios y no sería extraño que un historiador como Herodiano estuviera ligado a una de estas familias cuyos ideales culminaron en la oposición contra Maximino el Tracio, de la que nuestro historiador nos ha dejado un brillante relato.
En la Historia podemos ver los diversos factores del proceso que motiva el desaliento de Herodiano en la conclusión. Al final de la «edad de oro» de los Antoninos el imperio romano ya se enfrenta a problemas muy serios que preludian la crisis del siglo III . En el mismo reinado de Marco Aurelio con las numerosas dificultades exteriores, ya apuntan los problemas militares, políticos y económicos. Pero el mayor problema surge con la sucesión. A Marco Aurelio no le sucede el hombre más apto tal como había ocurrido con los anteriores emperadores antoninos; por desgracia tenía un hijo, un irresponsable con el que se agravaron los problemas. Cómodo ya murió asesinado, como muchos de los emperadores que le sucedieron, y consecuencias de su reinado fueron la «subasta» del imperio y la guerra civil del 193. La paz y el bienestar de la era de los Antoninos habían terminado y el imperio ya estaba por los suelos; existía una clara conciencia de crisis y decadencia, por lo que empezó a proclamarse la necesidad de una restauración tal como vemos en el discurso que Herodiano pone en boca de Septimio Severo (II.10.3-9): «Este imperio —dice— fue gobernado con dignidad hasta la época de Marco, y era mirado con respeto. Cuando cayó en manos de Cómodo empezaron los errores…». Luego, en II.13.6, reprocha duramente a los pretorianos la degradación del imperio que ellos han provocado con el asesinato de Pértinax. La idea de devolver la dignidad al imperio y de restablecer la prosperidad del pasado es un tópico a lo largo del siglo III . Pero restablecer este feliz pasado es sumamente difícil; las circunstancias han cambiado, el equilibrio de fuerzas se ha roto y ya no surgen emperadores «completos», con todas las cualidades del «optimus princeps» estoico encarnado en Marco Aurelio, capaces de devolver la antigua grandeza. Este parece ser el mensaje desilusionado de la Historia de Herodiano. En ninguno de los emperadores de su época se dieron las condiciones necesarias. Unos fueron auténticos tiranos y otros, que fueron respetuosos con el senado y con las tradiciones e ideales de la época anterior, pecaron de inexperiencia o de debilidad y no contaron con el apoyo del ejército. Esta falta de prestigio y autoridad en la cúspide del imperio se vio agravada por problemas como la recesión económica, la crisis agraria y la concentración de la propiedad, el aumento del gasto público y lo desórdenes sociales y políticos.
G. Alföldy («The crisis of the 3rd century as seen by contemporaries», Greek, Roman and Byzantine Studies 15 (1974), 89-111) ha estudiado una serie de factores fundamentales para comprender la crisis y los cambios del siglo III . Son factores que se reflejan perfectamente en la Historia de Herodiano:
El carácter autoritario de la monarquía cuyo poder aumentó a expensas del senado (paso del principado al dominio). Véase III 8.4-7: Tras la victoria sobre Albino, Septimio Severo concede privilegios al ejército y castiga duramente al senado.
La inestabilidad del poder imperial que, a pesar de su autoritarismo, se ve sometido a intrigas, usurpaciones y asesinatos. Véase I.1.4-5, donde Herodiano insiste en los continuos cambios en el poder característicos de su época.
El creciente poder del ejército (II.6.14. Cf. supra, pág. 53).
El predominio militar y político de las provincias. En I.1.4 Herodiano destaca el hecho de que en su época las conmociones en las provincias fueron frecuentes. En las provincias se apoyaron diversos emperadores: Septimio Severo en Panonia, Níger en Siria, Maximino en Iliria y Tracia, y Gordiano en África (véase S. Takahashi, «Herodian’s Observations on Nationalities and Armies in the Roman Empire», Journal of Class. Stud. of Japan 3 (1955) 95 s.). Altheim da mucha importancia a la presión de los pueblos de las provincias (cf. F. Altheim, Die Soldaten Kaiser, Frankfurt, 1939).
Las profundas transformaciones sociales (véase I.12.3-4, III.8.7, V.7.7).
Los problemas económicos (I.12.4, IV.4.7).
Los problemas demográficos (I.12.1).
La crisis moral y religiosa (I.6.1-2, V.5.7-10, V.6, V.7.7).
Las invasiones bárbaras, a las que Dión Casio no da todavía la importancia que tienen. Herodiano, por el contrario, considera a persas y germanos como enemigos de la misma potencia que Roma (IV.14.6, VI.2.3 s.).
Algunos de estos problemas ciertamente no eran nuevos. Pero lo que entonces resultaba más grave era que todos se presentaban a la vez. En ninguna época anterior, nos dice Herodiano, hubo tantos cambios, conmociones y situaciones sorprendentes (I.1.4-5). Nuestro historiador se dio cuenta, pues, de todos estos factores reseñados y reaccionó ante ellos como la aristocracia de su época: entusiasmo por el ideal que Marco Aurelio representaba y simpatía por los emperadores senatoriales. Supo hacerlo, sin embargo, con un grado aceptable de objetividad; reconoció aspectos positivos de posturas contrarias a la suya, vio los errores de estos emperadores senatoriales y comprendió las limitaciones y dificultades de su ideal político, lo que le condujo a una conclusión pesimista.
5. Las fuentes.
F. Cassola abordó el estado de la cuestión y la bibliografía sobre las fuentes de Herodiano en un artículo calificado de lúcido por Whittaker (véase F. Cassola, «Erodiano e le sue fonti», Rendiconti dell’ Accademia di Archeologia, Lettere e Belle Arti di Napoli, 32 (1957), 165-172; Whittaker, ob. cit., vol I, introd., págs. LXI-LXXI). Iniciaba Cassola su análisis denunciando los criterios excesivamente rígidos y limitados que presiden la crítica de las fuentes en el campo de la historiografía griega y romana. Según estos criterios todo historiador antiguo tendría o una sola fuente o una fuente principal que en algunos pasajes estaría contaminada por otra fuente secundaria. Esta fórmula resulta muy cómoda: siempre puede pensarse que el escritor A es la fuente principal del escritor B si se admite que todos los pasajes en los que A y B no coinciden se deben al uso ocasional de otras fuentes por parte de B. Sin embargo el asunto no es tan secillo y quienes piensan que es siempre posible identificar y catalogar las fuentes de un historiador antiguo parten de una serie de presupuestos falsos. Suponen que en la Antiguedad se escribieron pocos libros y que los lectores eran escasos; piensan que la cultura de un historiador antiguo era comparable a la de un estudioso que tendiera a basarse en una sola fuente o que se limitara, cuando un tema había sido tratado por varios predecesores, a contentarse con aquel que le pareciera mejor, procedimiento aplicable a los escritores medievales pero inaceptable tratándose de los clásicos. Así, los críticos de Herodiano que han seguido estos criterios se han esforzado por descubrir la fuente que nuestro historiador había elegido: para unos sería Dión Casio, para otros Mario Máximo; hay quien piensa incluso en un anónimo militar. Todos ellos olvidan lo que escribió el mismo Herodiano sobre el plan de su obra y su método de trabajo, y pasan por alto algo que es esencial, que los historiadores que narraron la historia de su propia época podían disponer, además de las literarias, de otras muchas fuentes: informaciones personales, tanto si eran debidas a la propia experiencia como si el historiador las obtenía de testigos con total respeto a la exactitud (véase Tucídides I.22.2 y Herodiano I.1.1 y II.15.7); documentos escritos, como cartas, actas, etc.; monumentos y representaciones artísticas, pinturas, estatuas, relieves, arcos de triunfo, etc. Sería absurdo que estos historiadores no hubieran utilizado estas fuentes «como si hubieran pasado su vida en una isla desierta, provistos sólo de una o dos fuentes que se dedicaron a copiar fielmente» (Cassola, art. cit., página 165).
La principal bibliografía relativa a este tema es: J. Kreutzer, ob. cit.; E. Baaz, De Herodiani fontibus et auctoritate, Diss., Berlín, 1909; J. C. P. Smits, ob. cit., Leiden, 1913, págs. 53-99. A. G. Roos, «Herodian’s method of composition», Journal of Roman Studies , 5 (1915), 191-202; E. Hohl, «Die Ermordung des Commodus; ein Beitrag zur Beurteilung Herodians», Berliner Philologische Wochenschrift (1932), 1135-1144; Widmer, ob. cit.; y los citados Whittaker y Cassola. En el planteamiento de Cassola se basa A. M. González-Cobos Dávila, «Herodiano: estado de la cuestión», Studia Historica, H.a Antigua, vol I, n.° 1, ed. Univers. Salamanca (1983), 91-98. Para algunos problemas concretos sobre las fuentes utilizadas en el relato del reinado de Severo Alejandro véase: K. Dändliker, «Die drei letzten Bücher Herodians. Untersuchungen zur allgemeinen Geschichte von 222-238 n. Chr.», en M. Büdinger, Unters. zur röm. Kaisergeschichte, 3, Leipzig, 1870, 205-229; K. Fuchs, art. cit., Wiener Studien 18 (1896), 187-189; W. Thiele, De Severo Alexandro imperatore, Diss., Berlín, 1909, págs. 131-132.
Los críticos suelen centrar su atención en las relaciones entre Herodiano y Dión Casio por el hecho de que no nos han llegado, a no ser escasos fragmentos, los relatos de otros historiadores que vivieran en aquella época y nos dejaran su testimonio de ella. No debe olvidarse, sin embargo, que hubo otros historiadores que vivieron por los mismos años y se interesaron por los mismos temas. Los estudios sobre las relaciones entre nuestro historiador y Dión Casio suelen llegar a una de las tres conclusiones siguientes:
Herodiano ignora a Dión.
Herodiano sigue a Dión.
Herodiano y Dión Casio dependen de una fuente común.
El propósito del artículo de Cassola es demostrar que las tres soluciones son inaceptables.
La primera hipótesis, hipótesis muy extendida (cf. E. Hohl, «Die Ermordung des Commodus»…; N. H. Baynes, Cambridge Ancient History , XII, pág. 710; Schwartz, «Cassius», Real Enciclopedia de Pauly-Wissowa, 3, 1720), revela una concepción muy pobre de la cultura greco-romana en la época imperial. Se admite en general que la actividad de Dión Casio terminó entre los años 216 y 222, o sea, más de veinte años antes de que Herodiano escribiera su Historia (situando la composición en el reinado de Filipo el Árabe), y veinte años eran, sin duda, tiempo suficiente para que la obra escrita por un senador se difundiera por todo el imperio; en el caso que nos ocupa se daba, además, una notable coincidencia: Dión Casio vivió los últimos años de su vida en las provincias orientales y Herodiano se retiró también a aquella parte del imperio. Es inconcebible, por lo tanto, que Herodiano ignorara a Dión, por lo que es preciso, al menos, formular esta primera tesis de la forma siguiente: Herodiano, a pesar de conocer la obra de Dión, no la tuvo muy en cuenta.
Para defender la segunda teoría es preciso encontrar una serie de convergencias entre las dos obras que demuestren la dependencia de Herodiano respecto a Dión. Es una labor que presenta algunas dificultades adicionales por el hecho de que la Historia romana de Dión no nos ha llegado entera en su texto original, sino que en buena parte la conocemos a través de los epítomes de Xifilino (s. XI ) y de Zonaras (s. XII ). Del período que nos interesa para la comparación con Herodiano sólo nos ha llegado en el texto original el relato que va desde la muerte de Caracalla hasta la mitad del reinado de Heliogábalo y, evidentemente, no es lo mismo comparar con los epítomes. Entre los partidarios de esta tesis encontramos a: J. Kreutzer, ob. cit., págs. 16-38; A. G. Roos, art. cit.; E. C. Echols, ob. cit., págs., 5-6; G. M. Columba, «Erodiano», Enciclopedia Italiana, Roma, 1951, vol. 14, pág. 258; G. Alföldy, «Zeitgeschichte und Krisenempfindung bei Herodian», Hermes 99 (1971), 431-432; F. Kolb, Literarische Beziehungen zwischen Cassius Dio, Herodian und der Historia Augusta, Bonn, 1972.
En relación a los argumentos en favor de la utilización de Dión por parte de Herodiano debemos puntualizar, de acuerdo con Whittaker (ob. cit., vol I, introd., págs. LXVI-LXVIII), lo siguiente:
1) Si Herodiano nació, como hemos dicho, hacia el 178-180, los años del reinado de Cómodo fueron los de su infancia, por lo que parece probable que en el relato de estos años dependiera de fuentes literarias de las que se iría independizando en la descripción de épocas posteriores. Por eso Kreutzer (ob. cit., pág. 18) intentó demostrar por medio de una serie de convergencias que Herodiano había seguido a Dión Casio en la secuencia y en la selección de los acontecimientos de aquel reinado. Sin embargo la circunstancia de que los hechos se sucedan en el mismo orden en los dos historiadores posiblemente no constituye un argumento concluyente, puesto que ambos siguen un criterio cronológico.
2) En la descripción de ciertas escenas hay coincidencias lingüísticas muy importantes para ser atribuidas al azar. Compárese, por ejemplo, Hdn., II.2.4 con Dión (Xif.) LXXIII.2.2.4 (los gritos de alegría del pueblo tras la muerte de Cómodo; cf. Baaz, ob. cit ., págs. 27-28. Esta obra de Baaz, partidario de la tesis de que Herodiano y Dión dependen de una fuente común, constituye un magnífico repertorio de posibles convergencias entre los dos historiadores).
3) La mayor parte de los paralelos lingüísticos se encuentran en los libros I y II (y en menor medida en el III y en el IV). Son los libros en los que Herodiano relata los hechos más lejanos en su memoria, pero también son libros cuya comparación con Dión resulta problemática puesto que sólo conocemos el texto correspondiente de Dión a través de los epítomes. Sin embargo, cuando comparamos los libros V y VI de Herodiano con el texto original de los libros LXXIX y LXXX de Dión, no encontramos paralelos o semejanzas convincentes. Este hecho puede explicarse de varias maneras:
a) Herodiano tenía menos necesidad de la experiencia ajena y de las fuentes literarias a medida que el relato se refería a acontecimientos más cercanos. Él mismo, además, cada vez debió estar más cerca de los centros de influencia y de poder.
b) Los autores de los epítomes podrían ser los responsables de las coincidencias tal como sugerió Cassola.
c) Es también posible que, cuando los primeros libros estaban siendo pulidos y adornados según las normas retóricas, la narración de Dión sirviera para comprobar y completar el relato de Herodiano.
4) Mención especial merece un pasaje al que ya nos hemos referido al tratar de las objeciones a la tesis de que Herodiano fuera originario de Alejandría. Es un pasaje en el que se explican las razones de Caracalla para dirigirse a Alejandría y que, como hemos comentado (cf. supra pág. 22), nos permite pensar que Herodiano, al escribirlo, tenía presente a Dión junto con otra fuente que explicaría una razón que aparece en Herodiano y que no está en Dión: el deseo de Caracalla de ofrecer sacrificios al dios Sérapis (véase IV.8.6-7).
Sin embargo muchas de las pruebas que se presentan en defensa de esta segunda hipótesis tampoco son concluyentes y admiten otras explicaciones. Por otra parte las obras de Herodiano y de Dión tienen también notables diferencias en la presentación de los hechos (compárese, por ejemplo, Dión Casio, LXXIV.8.3 y Herodiano, III.4.6, Dión Casio, LXXIV.1.3-5 y Herodiano, II.14.1) y en el orden de la exposición, tanto en los pasajes en los que pueden confrontarse los dos autores directamente, como en aquellos en los que la Historia de Herodiano sólo puede compararse con Xifilino. El hecho de que Dión y Herodiano coincidan en el conocimiento de algunas noticias ignoradas por otras fuentes tampoco resulta significativo (cf. Cassola, art. cit., 167) si se considera que otras fuentes (Aurelio Víctor, Eutropio, Epítome de Caesaribus) contienen escasa información o, si la tienen, se trata en gran medida de noticias inventadas (Historia Augusta). La coincidencia se limita, por lo tanto, a que, entre los autores que nos han llegado, son los dos únicos bien informados sobre aquella época. Una confrontación entre Herodiano y Dión, basada en sus convergencias y divergencias, en las noticias que dan y en las que omiten, tendría mayor interés si pudiéramos leer a Mario Máximo y a otros historiadores de la época. Los partidarios de esta tesis son, pues, conscientes de sus dificultades y reconocen que Herodiano es, en gran medida, independiente de Dión, pero en lugar de extraer de ello la conclusión de que Dión Casio era sólo uno de los autores leídos por Herodiano y de tener presente, además, que las fuentes escritas tienen una importancia secundaria para los historiadores de su propia época, deducen, a partir de las divergencias entre Herodiano y Dión, la existencia de una segunda fuente. Es una conclusión arbitraria. Podríamos, desde luego, catalogar los pasajes en los que Herodiano y Dión se diferencian e intentar reconstruir una segunda fuente, pero previamente sería preciso demostrar que estos pasajes dependen de una sola fuente, demostración que resulta imposible (Cassola, art. cit., pág. 168).
Según la tercera hipótesis Herodiano y Dión siguieron una fuente común (desde Cómodo hasta Macrino). Esta teoría fue defendida principalmente por Baaz (ob. cit ., págs. 19-64), deseoso de encontrar a toda costa convergencias entre los dos historiadores (cf. también Dopp, R. E. Pauly-Wissowa, 8958, y J. C. P. Smits, ob. cit., págs. 22-42). Según las conclusiones de Baaz (ob. cit., pág. 61) esta fuente común se caracterizaría por cinco características principales:
a) su obra empezaría en el reinado de Cómodo y terminaría en el de Macrino, y la habría escrito poco después de la muerte de Macrino, posiblemente durante el reinado de Heliogábalo, de cuya licenciosa vida ya no se ocuparía.
b) sería un autor especialmente interesado por la vida, costumbres y hechos de los emperadores.
c) por el contrario, su interés por la cronología sería escaso.
d) se inclinaría por el senado y por los emperadores cuya política fuera favorable al senado.
e) habría escrito su obra en latín, puesto que Dión y Herodiano no presentan muchas coincidencias en el uso de términos griegos.
Sin embargo diversas objeciones se oponen a la tesis de Baaz. En primer lugar hemos de pensar en la notable diferencia de edad entre los dos historiadores. Herodiano era un niño durante el reinado de Cómodo y un jovencito durante el de Septimio Severo; su experiencia de estas épocas tenía que ser, por lo tanto, muy diferente a la de Dión. Aun en el caso de que Herodiano no se hubiera ajustado a una sola fuente para los primeros años de su Historia, no podríamos pretender lo mismo de Dión, que preparó su obra durante muchos años (cf. Dión Casio, LXXII.23.5) y que debía conocer perfectamente aquella época. Por otra parte los argumentos de Baaz se basan en pasajes que en su mayor parte proceden del epítome de Xifilino y los que proceden del texto original del libro LXXVIII no son muy convincentes. Además las coincidencias verbales son escasas; por lo general son de contenido, que tienen menor fuerza probatoria. Se puede pensar simplemente que Dión Casio y Herodiano tenían en común su propia experiencia de los acontecimientos de su época y que conocían asimismo los escritos históricos de su tiempo, tanto en latín como en griego. No hay necesidad de pensar en una fuente en particular.
Las tres hipótesis sobre las relaciones entre Dión y Herodiano parecen, en suma, difícilmente defendibles, al menos en su estricto sentido. Hemos visto que la primera debía entenderse en el sentido de que Herodiano, a pesar de conocer la obra de Dión, no la tuvo muy en cuenta. La segunda sólo sería admisible diciendo que Herodiano conocía a Dión además de a otros historiadores. La tercera debería afirmar simplemente que Herodiano y Dión, además de tener en común la experiencia personal de los acontecimientos en los que participaron los dos, coincidían también en el conocimiento de la literatura histórica de su tiempo sin tener que depender de una fuente única y común (cf. Cassola, art. cit., págs. 167 y 170).
Podemos pensar, pues, que Herodiano conocía la obra de Dión, que la tuvo presente incluso en ciertos momentos, lo que no significa que la siguiera fielmente como a veces se ha pretendido. Entre los dos historiadores existen importantes diferencias. La teoría que hoy se impone es la de que las fuentes de Herodiano, tanto escritas como orales, fueron múltiples. Igual que a Dión pudo tener presente a Mario Máximo o a otros, pero no dependió de nadie en exclusiva. El mismo historiador se refiere a su conocimiento de otras fuentes literarias: en I.2.3 a los escritos de Marco Aurelio; en II.9.3-4 a la autobiografía de Septimio Severo, apología del emperador que influyó en Herodiano en más de una ocasión (véase II.8.9 y III.6.7: insistencia en la vida de lujo y depravación de los rivales de Severo); en III.7.3 a los autores que narraron la batalla de Lyon entre Septimio Severo y Albino, «historiadores contemporáneos cuyo relato no buscaba el halago sino la verdad». Por el contrario, en un pasaje ya citado, al final del libro II (II.15.6-7), se refiere a otros historiadores del tiempo de Septimio Severo, que hicieron de la vida de Severo el tema de toda una obra y que se ocuparon ampliamente de sus expediciones y de los presagios divinos (II.15.6), y les reprocha su tendencia a la adulación que él desea evitar (II.15.7). Se ha pensado (véase Cassola, art. cit., 171) que habría aquí una alusión a Dión Casio, muy preocupado siempre por los signos divinos (véase F. Millar, A study of Cassius Dio, Oxford, 1964, págs. 79-80) y autor de una monografía dedicada a los sueños y presagios de Septimio Severo (véase Dión Casio, LXXIII.23.1-2) y de una historia de las guerras de Severo (véase F. Millar, ob. cit., pág. 29) que merecieron los elogios de aquel emperador. Dión Casio estaría, pues, entre estos historiadores que estaban más atentos al halago (pròs chárin) que a la verdad (pròs al ḗ theian). La alusión podría alcanzar también a Mario Máximo, quien en dos de los escasísimos fragmentos sobre Septimio Severo que nos han llegado (véase Scriptores Historiae Augustae , Clod. Alb. IX.2-4 y Alex. V.4) se refiere también a horóscopos y presagios.
Algunos críticos han pensado en otras fuentes literarias. Baaz (ob. cit., págs. 7-14), tras estudiar las digresiones religioso-eruditas de Herodiano (I.11.1, I.14.4, I.16.1, V.3.5, V.6.4), afirma que nuestro historiador debió servirse de la obra de M. Verrio Flaco, gramático de la época de Augusto utilizado por Ovidio. Pero los argumentos de Baaz no son muy convincentes y, aunque es cierto que en la época de Herodiano circulaba un resumen de la obra de Verrio Flaco realizado en el siglo II por Sexto Pompeyo Festo (véase la edición de Lindsay, Leipzig, Teubner, 1913), no lo es menos que abundaban las obras de este género. Herodiano tenía diversas fuentes a las que acudir y podía utilizar al mismo Ovidio. J. C. P. Smits (ob. cit ., págs. 53-99) compara los relatos de Herodiano, de Dión Casio y de la Historia Augusta y sostiene la teoría de que en el libro VI.2 hay una ruptura en el uso de las fuentes. En los cinco primeros libros Herodiano habría utilizado a Dión Casio, pero a partir del libro VI su fuente habría sido un Anónimo militar al que habría seguido fielmente. El principal argumento de Smits se basa en que al principio del libro VI (VI.1) Herodiano cuenta a grandes rasgos los trece primeros años del reinado de Severo Alejandro, mientras que a partir de VI.2 el relato se intensifica, se hace detallado y nos ofrece una gran cantidad de hechos militares que no pudieron ocurrir en un solo año. Aquí, según Smits, Herodiano debió utilizar una nueva fuente que se interesaba especialmente por lo militar. Por otra parte la narración de Dión sólo llega hasta el principio del reinado de Severo Alejandro y la vida de este emperador en la Historia Augusta es un relato banal que no tiene nada que ver con la narración de Herodiano. La precisión en aspectos militares que adquiere en el libro VI la descripción de Herodiano fue lo que hizo pensar a Smits en que un militar con experiencia, bien situado, habría escrito un relato en el que se habría inspirado nuestro historiador. Pero no hay pruebas de la existencia de este relato y Herodiano se habría podido inspirar simplemente en los diversos testimonios de los soldados que vivieron aquellos acontecimientos, testimonios que él habría ordenado.
Junto a las fuentes literarias estarían las otras fuentes a las que antes hemos aludido. En primer lugar, la experiencia personal y las informaciones facilitadas por los testigos. A su experiencia personal se refiere en expresiones como las contenidas en I.2.5, I.15.4, II.15.7, III.8.10, IV.8.2, generalmente con el verbo «ver» (eîdon, eídomen, etc.). Puede adivinarse asimismo esta experiencia personal detrás de descripciones como la de la entrada en Roma de Caracalla y Geta a su regreso de Bretaña (I.1.3-5), la de las ceremonias de la apoteosis de Septimio Severo (IV.2), la de la piedra negra de Emesa (V.3.5; cf. G. W. Bowersock, «Herodian and Elagabalus», Yale Classical Studies 24 (1975), 229-236. Herodiano es el único que la describe, no lo hacen ni Dión Casio ni la Historia Augusta), la de los sucesos ocurridos en Roma en el 238 (VII.7.1-6, VII.10.1-12, VIII.6.7-8), etc. A sus informadores anónimos se refiere mediante expresiones como las que leemos en I.11.1, I.11.3, I.12.2, III.10.6, III.7.4, IV.8.4, VI.8.6, VII.1.5, VIII.3.8 (los soldados de Maximino), etc., en las que utiliza verbos como légousi, phasí , etc. (aplicables también a fuentes escritas) o sustantivos como lógos, ph ḗ mē, etc. En estas fórmulas, aparte de la simple referencia a sus informadores, puede descubrirse la preocupación de Herodiano por la verdad y la imparcialidad. Cuando las informaciones no son seguras, expresiones como «dicen» y otras similares liberarían al historiador de su responsabilidad. Lo mismo ocurre en ocasiones en que la opinión de otros contribuye a dar una imagen de imparcialidad. Matices de este tipo pueden descubrirse al analizar las expresiones a las que nos referimos dentro de sus contextos. En algunos casos nos da incluso varias explicaciones de un hecho: I.11.1-2 (relato sobre la etimología de Pesinunte), III.10.6 (dos explicaciones sobre la rápida ascensión de Plauciano), VII.1.8 (sobre la conspiración de Magno), etc.
Otras fuentes son las cartas, los documentos de archivos y los monumentos artísticos. Herodiano se refiere a menudo a cartas (I.9.9, II.10.1, II.12.3, III.1.1, IV.10.1, V.1.1, VI.2.1, VII.6.3, etc.), pero con menor frecuencia nos da su contenido. Tal es el caso de IV.10.2 (carta de Caracalla a Artabano) y de V.1.1 (carta de Macrino al senado), dos cartas inventadas según los procedimientos retóricos, lo mismo que ocurre con los discursos. Herodiano está informado sobre las discusiones del senado (II.3.5, II.12.4, V.2.1, VII.10.3-5, etc.), pero su conocimiento de las actas oficiales (acta senatus, acta urbis…) parece inferior al de Dión Casio (véase Kreutzer, ob. cit., pág. 16). El discurso de Pértinax, por ejemplo, parece más retórico que político; por el contrario Dión suele ser en estos casos más conciso y menos retórico (véase Herodiano II.3.5-10 y Dión Casio LXXIV.1.4). En relación a su conocimiento de los archivos, un caso que ha llamado particularmente la atención es el de la omisión de la sesión del senado en la que se crearon los vigintiviri en el 238. Sin embargo alude a ellos y parece conocerlos (véase VII.10.3). En cuanto a los monumentos artísticos como fuente utilizada por nuestro historiador se ha señalado que Herodiano parece inspirarse a veces en las obras en las que pintores y escultores representaron los principales acontecimientos de la época. Compárese, por ejemplo, la descripción de los juegos de Cómodo del 192 con la representación del sarcófago de Meleagro del Museo del Capitolio (cf. E. Hohl, Kaiser Commodus… (1954), 27). Con respecto a este tema son también muy interesantes los artículos de G. Picard («Les reliefs de l’arc de Septime Sévère au Forum Romain», Comptes rendus des séances de l’Académie des inscriptions et belles lettres (1962), 7-14) y Z. Rubin («Dio, Herodian and Severus second Parthian War», Chiron, V (1975), 419-441), quienes demuestran que el relato de la campaña contra los partos escrito por Herodiano coincide mejor que el de Dión con las esculturas del arco de triunfo de Septimio Severo en el Foro.
6. Valoración de Herodiano. La transmisión del texto. Ediciones y traducciones
Pensamos que actualmente prevalece la tendencia a revalorizar a Herodiano. Este criterio, sin embargo, no ha sido siempre el dominante; la crítica ha fluctuado respecto a la Historia y se ha pasado de valoraciones muy negativas a otras claramente positivas. Se han dado divergencias considerables no sólo en cuestiones de detalle sino también en la valoración de conjunto. Unos critican a Herodiano tanto desde el punto de vista histórico como literario; van a la caza de errores e incluso hay quien le acusa de incompetencia o de mala fe (Wolf, Sievers, Zürcher, Fuchs, Peter, Roos, Hohl, Graham, Kolb). Con razón se lamentaba Cassola de que nuestro historiador sirviera de cabeza de turco a los estudiosos de la historia imperial (cf. F. Cassola, «Sull’attendibilità…» (1957), 191). Otros, sin embargo, prescindiendo de cuestiones de detalle y reconociendo incluso las limitaciones de Herodiano, ligadas a su particular concepción de la historia y a los aspectos negativos de la segunda Sofística —aspectos más relacionados con la técnica narrativa que con la veracidad—, reconocen su esfuerzo por ser veraz y objetivo (cf. F. Cassola, ed.: Erodiano, Storia dell’impero romano dopo Marco Aurelio, Florencia, 1967, Introd., págs. XVI-XVII) y sus aciertos en la selección de los acontecimientos que nos presenta, destacan sus valores y los consideran, tras su apariencia de superficialidad y su pintoresquismo, como una fuente de primer orden para el estudio del crítico siglo III . Es cierto que fija su atención en aspectos externos e individuales y que su lenguaje está sometido a limitaciones y a exigencias retóricas, pero también hay que admitir que tiene una clara idea de las fuerzas que actúan en la historia de su tiempo y que, a pesar de todo, realiza un notable esfuerzo por ser objetivo y por darnos una visión ordenada de los hechos que considera decisivos, hechos cuyo conocimiento piensa, con una clara intención didáctica y moralizante, que será de gran utilidad para lectores posteriores. Son hechos, además, de los que ha sido testigo y de muchos de los cuales tendríamos escasa información si no fuera por su Historia. La crítica ha ido, pues, decantándose hacia una valoración positiva, y hoy muchos autores dan más importancia a sus informaciones y aciertos que a sus errores, imprecisiones y omisiones. Así, por ejemplo, F. Altheim reacciona contra los detractores de Herodiano y elogia la clarividencia del historiador (Literatur und Gesellschaft in ausgehenden Altertum, Halle, 1948, pág. 165). Q. Cataudella considera que «Herodiano, aunque es menos conocido, no es inferior a Dión Casio y superior ciertamente a él en el aspecto artístico», y respecto a su obra afirma que «no está tan henchida como la de Dión Casio del afán de exactitud cronológica y de amor al detalle, pero que es más veraz y más cercana que aquella al concepto tucidídeo del estudio psicológico y, por lo mismo, más viva y más dramática, aunque también más contaminada de los vicios de la retórica» (Historia de la Literatura Griega, trad. esp., Barcelona, 1954, pág. 316). F. Grosso (Lotta política…, págs. 45-47) y Cassola, en sus distintos trabajos sobre Herodiano, hacen hincapié en sus aspectos positivos; C. R. Whittaker, con los excelentes comentarios históricos de su edición, se propone destacar el valor del testimonio de nuestro historiador (cf. ob. cit., I, pág. VII); M. Rostovzeff y S. Mazzarino confían en Herodiano en sus estudios sobre la época de los Severos y de Maximino; lo mismo podemos decir de W. Reusch en su artículo sobre Pescenio Níger (R. E. de Pauly-Wissowa), de P. W. Townsend respecto a la revolución del 238, de K. Dietz en su obra sobre la oposición senatorial a Maximino, y de otros como Niese, Kornemann, E. Manni, A. Piganiol, Pugliese Carratelli, H. U. Istinsky, Bowersock, L. J. Piper, etc. Muchos de los estudios más recientes afirman la tendencia a confiar en la credibilidad de Herodiano. Es una obra valiosa en el desierto historiográfico del s. III y parecen injustas las posturas extremadamente contrarias como la de Hohl, que pasa por alto sus muchas cualidades y aciertos.
Esta notable fluctuación de los estudiosos entre posiciones extremas aumenta el interés por nuestro historiador, interés que ya se despertó en la Antigüedad, poco después de su muerte. Desde entonces ya fue citado como una autoridad por escritores antiguos y empezó a recibir elogios y críticas (sobre los autores que lo citan o utilizan véase: Baaz, ob. cit., págs. 65-80; Dopp, R. E. Pauly-Wissowa, 959, y Whittaker, ob. cit., I, páginas XXXVI-XXXVII). Fue leído y utilizado por los Scriptores Historiae Augustae, por Amiano Marcelino, Aurelio Víctor, Juliano el Apóstata, Zósimo, Juan Antioqueno, Focio, Suda, Juan Zonaras… Entre las críticas podemos citar la de uno de los autores de la Historia Augusta (siglo IV ) que acusaba a Herodiano de ser favorable a Maximino (Scriptores Historiae Augustae, Max. XIII.4), crítica injusta de un autor que usaba a Herodiano constantemente (véase el estudio de A. Pasoli «L’uso di Erodiano nella Vita Maximini», Annuario del R. Ginnasio Stefano Antonio Morcelli di Chiari, Milán, 1927). De otros recibió elogios. Focio, por ejemplo, en el siglo IX , apreciaba su sentido histórico y su agradable estilo; según él Herodiano no caía en exageraciones ni en omisiones esenciales y pocos le aventajaban en cualidades historiográficas (Foc. Bibl. cod. 99).
La importancia de Herodiano en la Antigüedad ha tenido su consecuencia en las numerosas ediciones que han aparecido a partir de la editio princeps de 1503 (Aldina). Desde entonces hasta nuestros días se han sucedido interesantes traducciones y estudios de diverso signo; ha sufrido duras críticas y no siempre ha sido apreciado. Hoy, sin embargo, tal como decimos, parece que asistimos a una revalorización de este historiador, revalorización de justicia y en consonancia con el interés que ha despertado, primero, entre los autores antiguos y, después, a partir de su redescubrimiento, entre quienes lo han estudiado con amplitud de miras. Es indiscutiblemente una fuente de primer orden y un historiador de interesante lectura; no debe, por lo tanto, permanecer postergado como en ocasiones ha ocurrido.
EL TEXTO DE HERODIANO . — El texto de la Historia de Herodiano se ha establecido básicamente a partir de cinco manuscritos (A B V g l), clasificados en dos familias (O i), a los que se unen la editio princeps de Aldo Manuzio, considerada por Mendelssohn (ed. Herodiani ab excessu divi Marci libri octo, Leipzig, Teubner, 1883) como transcripción de un solo manuscrito desconocido, y la versión latina de Angelo Poliziano, obra compuesta en 1487 por encargo del Papa Inocencio VIII y editada en Bolonia el año 1493, diez años antes de la edición príncipe. Poliziano trabajó sin duda sobre diversos manuscritos, sin sujetarse a ninguno; eran manuscritos de la clase i con la que también se relaciona la edición aldina. Se ha contado, además, con los excerpta procedentes de la obra de Juan Antioqueno y con los de Macario Crisocéfalo. En todos estos elementos (A B V g l a P Jo Macar) se basa la edición más reciente, la de Whittaker, que sigue en líneas generales la sistematización de Mendelssohn. Existen, sin embargo, otros manuscritos, menos estudiados por los editores, y otra versión latina renacentista, la de Antonio Bonfini, que fue oscurecida por la de Poliziano pero que resulta de indudable interés para un editor de Herodiano. Estos manuscritos y esta versión latina han merecido la atención de W. N. Nichipor en una tesis (The Text of Herodian’s History, Diss. Harvard Univ. Cambridge, Massachusetts, 1975) que concluye con un texto del libro I para el que establece un apparatus (A B V O d f g p z Ald Bon Io Pol) que, manteniendo la división en dos familias, supone una ampliación respecto a los anteriores. Mantiene las siglas de Mendelssohn (a excepción de Ald en lugar de a para la Aldina y de Pol en vez de P para la versión de Poliziano) y añade otras nuevas para los manuscritos no utilizados por Mendelssohn respetando su sistema. Podemos, pues, clasificar la tradición manuscrita en dos grupos de la forma siguiente:
GRUPO O
A = Codex Monacensis Graecus 157, manuscrito del siglo XIV , de la Bayerische Staatsbibliothek de Munich. Su fecha ha sido objeto de controversias. Según Mendelssohn y Whittaker es del xv, pero el estudio del manuscrito realizado por Nichipor nos lleva a coincidir (cf. ob. cit., págs. 36-37) con la opinión de I. Hardt (Catalogus codicum manuscriptorum Graecorum bibliothecae regiae Bavaricae, II (1806), 184-186) que lo fechaba en el XIV . Presenta correcciones efectuadas por dos manos (A1 y A2 ) y fue colacionado por Basiner y Mendelssohn para la edición de este último.
B = Codex Vindobonensis Graecus 59, manuscrito del siglo XV , de la Österreichische Nationalbibliothek de Viena. Fue colacionado por Basiner para la edición de Mendelssohn.
V = Codex Venetus Marcianus Graecus 389 (671), del siglo XV , perteneciente a la Biblioteca Nazionale Marciana de Venecia. Procede del legado del cardenal Besarión. Lo describieron y colacionaron parcialmente A. M. Zanetti y A. Bongiovanni (Graeca D. Marci bibliotheca codicum manuscriptorum (1740), 187) y, posteriormente, fue colacionado por Bekker para su edición de 1826 y por Basiner para la edición de Mendelssohn. Estos tres manuscritos, A B V, se diferencian de todos los restantes por sus errores y omisiones y resulta indudable su parentesco. Sin embargo B y V, independientes entre sí, presentan notables coincidencias frente a A, lo que permite pensar en su dependencia de un modelo común (Φ).
Bon. = Versión latina de Antonio Bonfini, que fue presentada a Matías Corvino en 1486. No se imprimió, y se ha conservado en un manuscrito vaticano, el Rossianus 483, y en otro de la Studienbibliothek de Salzburgo (Codex M II, 135). La importancia de esta traducción radica en su dependencia de un manuscrito de la familia O que no es idéntico a ninguno de los tres manuscritos A B V ni tampoco deriva de ellos. La versión de Bonfini es muy cercana a A, lo que lleva a pensar en un modelo común (Ψ), del mismo modo que B V remontaban a Φ (cf. W. N. Nichipor, ob. cit., páginas 94-98). Según esto la familia O quedaría reflejada en el siguiente stemma

GRUPO I
g = Codex Leidensis Gronovianus 88, el manuscrito más antiguo, del siglo XI . Pertenece a la Bibliotheek der Rijksuniversiteit de Leiden. Tiene correcciones de una mano (g1 ) del siglo XV o XVI . Este manuscrito estuvo en la Biblioteca de la Abadía de Florencia y fue consultado por Poliziano cuando preparaba su traducción. Gronovius también visitó el monasterio benedictino durante su estancia en Florencia entre 1672 y 1674 y se llevó el manuscrito de Herodiano a Leiden. Mendelssohn lo colacionó para su edición de 1883.
p = Ambrosianus Graecus B 119 sup. (139), manuscrito del siglo XI , de la Biblioteca Ambrosiana de Milán. No contiene el texto completo de la Historia sino sólo algunos discursos (II.10.2-9, III.6.1-7, IV.14.5-8 y VIII.3.4-6).
d = Ambrosianus Graecus G 69 sup. (409), otro manuscrito de la Ambrosiana de Milán. Es del siglo XV .
b = Codex Bruxellensis 11291-11293, del siglo XV , perteneciente a la Bibliothèque Royale de Bruselas. Este manuscrito figuraba en el catálogo de Pierre Pantin, que enseñó griego en Toledo antes de pasar a ocupar en 1591 el cargo de deán en Sta. Gúdula de Bruselas. En 1611, después de su muerte, el manuscrito pasó a manos del jesuita Andreas Schottus, que también había estado en España (cf. infra e = Codex Escorialensis).
c = Laurentianus Conv. Sup. gr. 164 (c 323). Es del siglo XV y se encuentra en la Biblioteca Laurenziana de Florencia. Fue utilizado por Poliziano (cf. I. Maier, Les manuscrits d’Ange Politien, Ginebra, 1965, pág. 435).
f = Mediceus Laurentianus Plut. 57, 45, igualmente del siglo XV y de la Laurenziana. Los manuscritos de Herodiano de esta biblioteca fueron colacionados por Gronovius durante su estancia en Florencia.
l = Mediceus Laurentianus Plut. 70.17, del siglo XV . Biblioteca Laurenziana. Fue colacionado por Basiner y aparece en el apparatus de Mendelssohn.
m = Mediceus Laurentianus Plut. 70, 21, también del XV .
s = Sinaiticus Graecus 1725 (565), manuscrito del siglo XV o del XVI , procedente del Monasterio de Santa Catalina, Monte Sinaí.
v = Venetus Marcianus Graecus 390 (855), manuscrito del xv, de la Biblioteca Nazionale Marciana de Venecia. Descrito por A. M. Zanetti y A. Bongiovanni (ob. cit., pág. 187). Este manuscrito y el V pertenecieron al cardenal Besarión, que poseía, pues, un manuscrito de cada familia.
z = Venetus Marcianus Graecus, App. XI, 14 (1233), del siglo XV . Biblioteca Marciana.
n = Neapolitanus graecus II C 32 (100), manuscrito del XV , de la Biblioteca Nazionale de Nápoles. Contiene una colección de excerpta de Herodiano. Su clasificación en la familia i no es segura.
Los manuscritos de la familia i presentan también una serie de errores y omisiones que los distinguen de la familia O. Frecuentemente en las lecturas de i encontramos sinónimos o formas muy parecidas a las que se leen en la clase O, lo que hace pensar en que el modelo común de ambas familias era un manuscrito con glosas marginales o interlineales respecto a palabras que parecían confusas o inhabituales.
El Leidensis Gronovianus 88 (g) es el más antiguo y más valioso de los manuscritos de la familia i con el texto completo. Su texto no presenta muchos de los errores encontrados en los manuscritos de su clase posteriores. El manuscrito Ambrosianus Gr. (p), debido a su fecha, no puede derivar de otro manuscrito del grupo i que no sea g. Nichipor (ob. cit., págs. 77-78), sin embargo, piensa que g y p son independientes. El manuscrito p, por otra parte, sólo contiene una selección de discursos, por lo que no puede depender de él ningún manuscrito con el texto completo. Los restantes manuscritos de la clase i descienden, directa o indirectamente, de g. El Venetus Marcianus 390 (v) es posiblemente una copia directa de g realizada en Venecia donde estaba el Leidensis Gronovianus en el siglo XV . El Laurentianus 70, 17 (1) y el Laurentianus 57, 45 (f) parecen también derivar directamente del g, mientras que el Ambrosianus G 69 (d) y el Venetus Marcianus Gr. App. XI, 14 (z) derivarían de un apógrafo (β) de g. El Laurentianus 57, 45 (f) formaría un subgrupo con cuatro manuscritos, b c m s, que no serían una copia directa de f sino de un apógrafo (α) (cf. Nichipor, ob. cit., págs. 79-88).
Claramente relacionados con este subgrupo derivado de f estarían la edición aldina y un manuscrrito de El Escorial.
Ald. = La editio princeps aldina de 1503, que según Mendelssohn (cf. supra, pág. 73) era la transcripción de un único manuscrito. Nichipor, sin embargo, piensa que deriva de un modélo (γ) que seria una copia de un manuscrito del subgrupo f (la Aldina presenta los mismos errores y omisiones que b c f m s) con algunas correcciones procedentes de d o de un manuscrito similar.
e = Escorialensis R. III. 16, manuscrito del siglo XVI (1540), de la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. El escriba fue Alfonso Cortona (Scribebat Alfonsos Cortona Toleti anno 1540 mense januario). Ha sido descrito por P. A. Revilla en su Catálogo de los códices griegos de la biblioteca de el Escorial, I (1936), 181-182. Perteneció a la biblioteca del conde-duque de Olivares.
Este manuscrito puede identificarse según Nichipor (cf. W. N. Nichipor, ob. cit., págs. 58-59) con el codex Hispaniensis del que Andreas Schottus obtuvo las lecturas que comunicó a Sylburg para su edición de 1590. Schottus enseñó griego en Toledo y en Zaragoza durante los años 1584-1586.
El manuscrito de El Escorial llama la atención porque contiene los errores, lagunas y características más importantes de la edición aldina de 1503. Son características que no se encuentran en ningún manuscrito anterior, por lo que es fácil concluir que este manuscrrito es una copia de la editio princeps o de otra edición anterior a 1540.
Según lo dicho hasta aquí las relaciones de la familia i pueden sintetizarse en el siguiente stemma:

(W. N. NICHIPOR , ob. cit. , pág. 100.)
También se relacionan con la familia i la versión latina de Poliziano y los excerpta de Macario Crisocéfalo:
The free sample has ended.