Read the book: «King Nº 7 El Dios de nuestra vida»

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P. Herbert King

José Kentenich:

Una presentación de su pensamiento en textos

Tomo 7

Eje temático octavo:

El Dios de nuestra vida

© 1998 by Patris Verlag GmbH,

Vallendar-Schönstatt

Título original:

Joseph Kentenich - ein Durchblick in Texten

Traducción: Sergio Acosta

Editor Responsable:

P. Herbert King

© Editorial Nueva Patris S.A.

Vicente Valdés 644

Teléfono: 223282777

La Florida, Santiago - Chile

E-mail: gerencia@patris.cl www.patris.cl

ISBN: 978-956-246-925-8

ISBN digital: 978-956-246-956-2

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

info@ebookspatagonia.com

Agosto, 2020

Chile


Índice general

ÍNDICE GENERAL

Prefacio

Introducción

1. La fe práctica en la divina providencia

2. Fe

3. Filosofía y teología de la historia

4. Espiritualidad de la colaboración activa con Dios

5. La fe práctica en la divina providencia como fuente de conocimiento

Esquema de contenidos

Fuentes

PREFACIO

Con el título “El Dios de nuestra vida” presentamos el séptimo tomo de la serie de textos del P. José Kentenich. Estos textos reflejan el gran optimismo del P. Kentenich de poder encontrar al “Dios vivo” en su acción divina y establecer una real y directa comunicación con Él, incluso cuando Dios “se esconde” en la experiencia del dolor, de la culpa y del pecado. La vida y actividad del P. Kentenich dan testimonio del camino que recorre un hombre con el Dios que se comunica con su creación. A menudo se le reprochó al P. Kentenich - y también a los schoenstattianos - creer saber con demasiada exactitud lo que Dios pensaba y quería.

El P. Kentenich emplea con frecuencia el concepto “fe práctica en la Divina Providencia”. Lo hace basándose en lo que se conoce tradicionalmente por fe en la Divina Providencia. Pero en el P. Kentenich pasa a ocupar fuertemente el foco de atención el aspecto de la comunicación concreta de Dios y el conocimiento de tal comunicación que el hombre tiene en virtud de la fe. El adjetivo “práctica” se refiere justamente a tal realidad. De ahí también otras expresiones como “el Dios vivo” o “el Dios de la vida y de la historia”: ambas son nombres de Dios típicamente kentenijianos y bíblicos.

Se trata pues de escuchar a Dios y hablar con Dios. Para el P. Kentenich la “escuela superior” de esa actitud es la historia de las comunidades que él fundara. Considera la “fe práctica en la Divina Providencia” como un decidido “carisma” que recibió para su tiempo y como un mensaje que proclamar.

La fe en la Divina Providencia es una cuestión capital para el hombre de hoy, por eso ha de hacer de ella su preocupación central, el sol de su vida.1

La acción de Dios no debe ser percibida y venerada tanto en milagros y apariciones, cuanto en la sobriedad de la vida diaria y en el trato “ordinario” con el prójimo, trato enmarcado en la fe.

Las siguientes citas pueden servir de introducción a esta antología y ofrecernos una muestra de lo que entraña esa visión del mundo y de la vida.

Sí, estamos rodeados de incomprensión. Siempre ha sido así. Nos formamos una cierta idea de ello, pero sólo en escasa medida. Ciertamente teníamos fe, pero no era lo suficientemente viva y profunda. (…) Cuanto más aceptemos esas cosas y acontecimientos con espíritu de fe sobrenatural, tanto más seremos auténticos cristianos.2

Más que nunca todo lo efímero se convierte para mí en símbolo de lo divino y eterno. Dios quiere llevarlo también a usted por ese camino. Recórralo con valentía. (…) Contemple en esa luz las disposiciones y providencias de Dios que detecte en su vida.3

Al igual que en los tomos anteriores de “P. José Kentenich, su pensamiento en textos”, también en éste se trata de trazar tangentes a un círculo. Hacen falta muchas tangentes para que el círculo sea realmente redondo. Siempre la experiencia, la intuición y el carisma saben más de lo que puede decir y captar la reflexión conceptual. No obstante esta última es indispensable para la comprensión y transmisión de lo experimentado. Y sobre esta realidad he llamado siempre la atención, de una u otra manera, en los prefacios de esta colección.

El presente tomo está en sintonía con el tema “pensamiento ontológico existencial-histórico” del tomo III, 446-462. Y asimismo con lo expuesto en el tomo II sobre “amor”, y lo dicho sobre la “libertad combatida” en el tomo I, 339-372. En el eje temático 17 se retomará el tema, pero enfocándose allí la praxis concreta de la fe en la Divina Providencia en la fundación de una obra original. Puede decirse que este tema de algún modo se halla presente en todo el pensamiento kentenijiano.

Con la fe práctica en la Divina Providencia nos movemos en la dimensión del paradigma que lo impulsaba interiormente (forma de pensar, intuición fundamental). Una dimensión de libertad y de alianza, existencial e histórica. En el P. Kentenich esta dimensión se halla ligada a la dimensión de los principios, del ser y la esencia; e igualmente a su manera de pensar vital, psicológica y orgánica.

Así pues lo expuesto en este tomo tiene una tendencia o acento “unilateralmente orgánico”.4

15 de septiembre de 2009.

Día en que Dios lo llamó a sí,

y le mostró en una luz resplandeciente

la significación última de todas las percepciones

que él tuviera del pensamiento y voluntad divinos

en su vida.

Herbert King

INTRODUCCIÓN

1. El mensaje y praxis centrales de Schoenstatt y de Kentenich es que la fe no es ante todo conocimiento de la fe, vale decir, conocimiento transmitido mediante la catequesis y la proclamación de la “palabra”. Más bien se trata ante todo de detectar a Dios en la época, en la vida diaria y en las correspondientes reacciones del alma, y experimentar allí su llamado, saludo y mensaje.

Sobre este fundamento se asienta la vida, el vivir y amar concretos del Movimiento de Schoenstatt. Todo transparenta al Dios omnipresente y omnipotente. Pero además Dios es experimentado concretamente como un Dios que actúa, interviene, habla. Naturalmente ambas realidades están íntimamente entrelazadas, pero se las puede diferenciar. “Dios nos está esperando detrás de cada cosa”, se lee en un folleto.

La cuestión de dónde actúa Dios, o bien la convicción de que él actúa, nos hace estar alertas y percibir una y otra vez manifestaciones sorpresivas de su “presencia para mí”. Así pues se rastrea la acción de Dios sobre todo al repasar el día. Las manifestaciones del Dios de la vida es también el tema más importante de la meditación, constituye un método propio de meditación. En los últimos años, en el Movimiento de Schoenstatt esta convicción se ha plasmado en una forma concreta: la búsqueda de las huellas de Dios en nuestra vida (cf. www.spurensuche.de).

Se trata pues de contemplar la propia vida a la luz de Dios, y descubrir en la propia biografía (elaborar la historia de nuestra vida desde la fe) la intervención divina puntual o extendida a lo largo del tiempo, rememorarla y rumiarla. Este procedimiento es una parte en la formación que se imparte en las distintas comunidades de Schoenstatt.

Consecuentemente el término “historia” es especialmente frecuente en el vocabulario kentenijiano. Muy en la línea de las distinciones que hoy se hacen, expresa, por un lado, lo “pasado”, pero también, y aún más, lo fáctico, lo inderivable, particular, concreto. Este término aparece especialmente en relación con la acción de Dios: Dios irrumpe en la historia, genera nuevos hechos históricos, cosas históricamente nuevas. Antes de que “historia” (historia salvífica) fuese un concepto central en la teología, lo era ya en el P. Kentenich.

Como en relación con todo, también en el caso del desarrollo de este concepto el P. Kentenich se funda en su propia experiencia y en la experiencia de la historia de Schoenstatt protagonizada por él. El P. Kentenich experimentó la “irrupción” - ésa es la palabra que emplea - de lo divino en diferentes oportunidades. Y ello de manera especial. La historia de Schoenstatt es para él historia salvífica en cuanto que es un reflejo, un revivir, una actualización de la historia salvífica bíblica. Sobre este trasfondo contempla la historia personal y la historia de grupos y comunidades como una historia de Dios. Cuando a los schoenstattianos se les pregunta sobre Schoenstatt, por lo común relatan en primer lugar una historia. Vale decir, estamos ante una espiritualidad y teología netamente narrativas.

Así pues al P. Kentenich le interesa despertar y desarrollar el “sentido para la historia”.

Se trata pues del sentido para percibir los acontecimientos históricos, el sentido para interpretarlos con adecuación a su significación y esencia. Un sentido para lo que es responsabilidad histórica y para una misión decididamente histórica.5

El P. Kentenich designa su concepción de la historia como “creativamente teísta”. Y con ella toma distancia de toda concepción de historia unilateralmente activa o pasiva. Su espiritualidad se puede caracterizar muy bien como “espiritualidad de colaboración con Dios” (1 Co 3, 9). Capital importancia reviste en su pensamiento la cuestión del sentido no sólo escatológico sino profano de la historia.

2. El ejemplo de Juan Pablo II. Experimentar a Dios hoy como lo experimentaron Moisés y los profetas. Juan Pablo II en el monasterio de santa Catalina, al pie del monte Sinaí, según descripción de Andreas Englisch:6

“A pesar de la sombra que daban los raquíticos olivos, ya a media mañana hacía gran calor en el soto junto al monasterio. No soplaba viento alguno en el estrecho valle, no había nubes en el cielo, el aire era como vaharada de horno. Sólo habían llegado hasta ahí unos trescientos fieles (…) Yo aguardaba con expectación lo que el Papa les diría: Quizás el Sinaí era el lugar correcto para agradecer a Dios por haberse revelado a los hombres, por no haberse quedado en sí mismo sino mostrado a los hombres. Pero me equivoqué por completo. Juan Pablo II no vino con una respuesta, sino con una pregunta: “Dios enigmático… ¿quién eres tú?” El Papa que tantas veces no había hallado a su Dios, venía al Sinaí porque ahí, en el lugar en el que Dios se había manifestado en la historia tres veces a los hombres, quería preguntar él mismo: “¿Por qué te escondes?”

Ese día yo estaba sentado en un banco de madera, a dos metros del Papa. El banco había sido reservado para la prensa. Lo miré a los ojos, semiabiertos y de un azul resplandeciente. No se contentó con leer sencillamente su homilía. Esa vez sus palabras no estaban destinadas a los hombres que soportaban el calor y escuchaban. El Papa le habló a su Creador: “Es el Dios que viene a nuestro encuentro, pero a quien no se puede poseer. Es el Dios que lleva en sí el ser. Es el ‘Yo soy el que soy’. Tiene un nombre que no es un nombre´. Ante tal misterio, cuando nos dice que nos descalcemos, ¿hemos de dudar en quitarnos las sandalias ante tal misterio y adorarlo en ese lugar santo?” Y vuelve a preguntar: “¿Quién eres tú, Dios de Israel?” Y reflexionando sobre la enigmática naturaleza de Dios: “Él es a la vez lejano y cercano, está en el mundo y sin embargo no es de este mundo.”

Hablaba lentamente, en voz baja. Al concluir la ceremonia unió sus manos y calló. La gente esperaba la bendición final, pero él se quedó sentado allí, en silencio. Elevó los ojos hacia la montaña de Moisés y contempló el cielo. Lo miré, pero no comprendí lo que estaba ocurriendo. Finalmente lo entendí: Esperaba una señal. Estaba absolutamente seguro de que Dios le daría una respuesta a todas las preguntas planteadas en su homilía, a la pregunta principal: “¿Quién eres tú?” Había peregrinado hacia ese lugar santo; era el primer Papa en hacerlo, y estaba seguro de que Dios no dejaría de tomar contacto con él. Lo miré a los ojos. Vi cuán inquietos estaban, y comprendí repentinamente lo que se estaba preguntando: ¿Cómo? ¿Cómo se le manifestaría Dios en ese lugar en el que se había manifestado a Moisés en forma de zarza ardiente?

La gente comenzó a inquietarse. No soplaba ni la menor brisa, el sol quemaba y él seguía allí sentado y en silencio. Lo miré. Durante varios minutos no pasó nada. Luego observé cómo unía sus manos, cerraba sus ojos y sonreía silenciosamente. Yo miraba, fascinado, cómo se encontraba allí sentado, ensimismado. Era como si su alma hubiera sido tocada, no delicada sino fuertemente, como por un rayo. Finalmente abrió sus ojos. Se lo veía muy feliz y golpeteaba rítmicamente con su mano el apoyabrazos de su sillón, un gesto que siempre reitera cuando hay algo que celebrar. Nos guiñó el ojo y comprendí su mensaje: “¿Ven? Está aquí. Vino realmente aquí, está aquí. Lo puedo percibir clarísimamente, siento fuertemente su presencia.” Hizo una señal: “Miren”. En el cielo, de un azul resplandeciente, habían aparecido repentinamente grandes nubes blancas. A la vez comenzó a soplar una brisa que estremeció las hojas del bosquecillo de olivos. Alegre y con una sonrisa, Juan Pablo II impartió la bendición final.

Entonces volví a recordar que en el Sinaí Dios se había aparecido tres veces a los hombres. A Moisés, en forma de zarza, pero también en forma de nube (Ex 19, 9), a Elías como dulce brisa (1 Re 19, 12). Quedé conmovido. El Papa, ¿se imaginaba a Dios de manera tan concreta? A la mayoría de la gente no le había pasado nada en el Sinaí. Habían aparecido algunas nubes. Algo quizás inusual en el desierto del Sinaí, pero que de hecho sucedía. Y que repentinamente soplase una brisa por el valle, eso no era otra cosa que un fenómeno atmosférico. No obstante el Papa experimentaba a Dios, íntima y naturalmente, pero de modo tan concreto y fuerte que resultaba conmovedor ser testigo de ello. Su sorpresa, su espanto, pero también su alegría, eran tan auténticos, como si junto a él hubiese habido una persona que habló con él, que lo tocó. Así parecía. Esa manera concreta de buscar una y otra vez a su Dios y experimentarlo tan hondamente, debió haberle dado la fuerza para el maratón que se había impuesto. Yo había asistido ya a algo similar en él. Fue hace algunos años y en un lugar muy distinto, pero lo recordé: Cuba.

Esa pregunta conmovía hondamente al Papa. ¿Estaba a punto de tener una vivencia que constituía el enigma más grande del mundo? ¿Que un ser inconcebible, oculto detrás de la combinación de letras Y-a-h-v-e, surja de la inconcebible hondura del espacio y del inconcebible enigma del tiempo, tome contacto con él, Juan Pablo II, y se manifieste a los cubanos?” (236)

“Para Karol Wojtyla no existe ni la mínima duda de que Dios envía señales a los hombres, frecuente y directamente. Desde la enigmática profundidad del tiempo y del espacio, Dios procura establecer contacto directo con los hombres. (…) Para Juan Pablo II nada tiene importancia mayor que los momentos en los que él pudo estar seguro de que Dios se dirigía directamente a él, que le enviaba una señal para infundirle ánimo.” (311)

***

Sea cual fuere la opinión que se tenga sobre tal interpretación, ésta reproduce de todas maneras, y con gran exactitud, lo que el P. Kentenich experimentó en abundancia en su vida y obra, y lo que él quiere transmitirnos como su mensaje. Con el texto citado más arriba queda claro, y con exactitud, la intención y contenido del presente tomo de la colección.

3. Originalidad del cristianismo. Con su doctrina de la fe práctica en la divina Providencia, el P.: Kentenich contribuye a la renovación, actualización y revitalización de la verdadera originalidad del cristianismo. Una y otra vez lamenta que el cristianismo haya sido proyectado excesiva y unilateralmente al plano de las ideas.7

Desde su punto de vista existencial/histórico, el P. Kentenich entiende también lo que Dios realiza en la “gran” historia bíblica de su autocomunicación. En la historia concreta de sus propias fundaciones entendió y ejercitó un pensamiento bíblico e histórico-salvífico.

Hemos designado a nuestra historia como una especie de Sagrada Escritura. Ahora bien, si ustedes lo piensan cabalmente, en todas partes ocurre así. Dios escribe ahora no a través de los evangelistas, mediante palabras, sino que responde a través de la vida misma. No sólo hay palabras de Dios escritas sino también encarnadas. Tengan siempre presente esta realidad. Observen que si la Familia de Schoenstatt ha surgido así, entonces resulta claro que nuestra historia es una especie de Sagrada Escritura; así como, por lo común, toda historia, contemplada desde Dios, es, según la intención divina, una historia sagrada.8

Desde este punto de vista podemos releer también los diferentes fenómenos de las comunicaciones de Dios en la historia. No siempre se ha tratado de visiones o apariciones en sentido estricto. Especialmente revelador es, en este sentido, el “Relato del peregrino” de san Ignacio de Loyola.

La concepción de Dios que sustenta el P. Kentenich es “típicamente” cristiana, y lo es de manera decidida. Porque contempla un Dios que se comunica y está dispuesto a dialogar. En la elaboración de esta concepción, nuestra teología debe mucho al teólogo Hans Urs von Balthasar.

“Si se quiere tener un panorama sobre la obra teológica [de von Balthasar], se recomienda repasar la “trilogía”, en la que convergen las intenciones teológicas de Balthasar. A diferencia del “motor inmóvil” de Aristóteles que no puede ser movido por el mundo; a diferencia del Uno divino de Plotino que se derrama en la pluralidad del mundo; en suma: a diferencia del dios de los filósofos, lo propio del Dios bíblico es que éste se muestra, actúa, habla. En estos tres modos de expresión de la autorrevelación de Dios, que Balthasar relaciona con los trascendentales de lo hermoso, lo bueno y lo verdadero, se halla la célula germinal de su trilogía. La estética rastrea y examina la manifestación de Dios; la teodramática, su acción; la teológica, su palabra (cf. Petri Henrici: Die Trilogie Hans Urs von Balthasars, en: Internationale Katholische Zeitschrift Communio 34, 2005, 117-127)”. 9

Cf. Hans Urs von Balthasar: Theologie der Geschichte. Johannes Verlag 1959.

Cf. Magnus Löhrer: Dogmatische Bemerkungen zur Frage der Eigenschaften und Verhaltensweisen Gottes. En: Feiner/Löhrer (Hrsg.): Mysterium Salutis, II, 291-314.

La realidad de ser cristiano considerada como un estar en camino. Por su origen mismo, el cristianismo tiene como fundamento no un programa sistemático sino más bien tres “historias” importantes de peregrinaciones y viajes. El libro de la primera alianza (Antiguo Testamento) es un libro de muchas peregrinaciones. Abraham abandona su tierra, Israel surge lejos de sus verdaderas raíces, y al cabo de una larga travesía por el desierto entra en una tierra prometida ardientemente anhelada. En el Nuevo Testamento tenemos a Jesús, que en la fase más importante de su vida no reside en un lugar fijo sino que está continuamente en camino. Pablo, auténtico discípulo suyo, es un hombre de viajes y de muchos lugares de residencia. Así pues el libro fundamental de nuestra religión - y también de nuestra cultura - el Nuevo Testamento, es un libro de caminantes, de estar en camino.

Una tal actitud nos interpela hondamente a nosotros, hombres de hoy. Un tal sentimiento de vida puede ser arrollador, incluso peligroso. Un sentimiento de desarraigo y nomadismo aflora una y otra vez en muchos de nuestros conciudadanos, no permitiéndoles establecerse cabalmente en un punto fijo. También en la Iglesia hablamos mucho de estar en camino, hablamos mucho del pueblo peregrino de Dios. También eso es expresión de un sentimiento de vida. Irse de vacaciones lo más lejos posible de casa, estar de viaje. Y ello una y otra vez como símbolo de un sentimiento vital de derrelicción, de no pertenencia, de miedo a la cercanía y la vinculación. Y sin embargo sintiendo simultáneamente un hondo anhelo de todo eso.

¿Cómo son las biografías de hoy? “Antaño” - y los mayores de entre nosotros nos hemos criado todavía en esa tradición “de antaño” o bien en sus “huellas”- se sabía con bastante exactitud todo lo que sucedería a lo largo de la vida. Que un matrimonio pudiera fracasar era algo que apenas se tenía en cuenta. Para muchos el lugar en el que habían aprendido su oficio era también el lugar seguro del trabajo que realizarían durante toda su vida. Ciertamente los niños recibían menos atención de la que se les dispensa hoy, pero vivían en un espacio estable y seguro. Así pues no afloraba el miedo, por ejemplo, de ser abandonado por uno de los padres. La cultura de antaño era, en general, una cultura más cosmocéntrica. Los ciclos regulares de la vida, especialmente de la vida en la naturaleza, pero también de la vida de la tradición social y orientadora fijada de antemano, determinaban el ritmo fundamental de la gente y las comunidades.

Fue fundamentalmente en mi generación cuando se produjo ese pasaje de una situación de seguridades tradicionales a un mundo dinámico-inseguro. El entorno más bien aldeano y pueblerino del cual procedemos una gran parte de nosotros, cultivó las tradiciones durante más tiempo que en el caso de las grandes ciudades.

Frente a ese mundo que adhería a tradiciones, nuestra cultura actual es una cultura del hombre libre y de sus proyectos y obras, del hombre demasiado (?) libre, del hombre desarraigado; una cultura antropocéntrica y, con ello, una cultura de lo histórico. De muchas maneras experimentamos - en nosotros mismos y en las personas ligadas a nosotros -, que ya no existen más aquellos caminos “derechos”; que se podría hablar de que hacen falta muchos caminos “falsos”: caminos de exploración de los que no siempre se obtienen resultados útiles. Rodeos. Cambios frecuentes de domicilio, de lugar de trabajo. Hacer permanentemente cursos de perfeccionamiento para poder seguir compitiendo, para no estancarse. En tales situaciones experimentamos lo frágil y azaroso de nuestro proyecto de vida. Y con ello también la tentación de experimentar alguna vez algo totalmente distinto.

Advertimos con claridad cómo la sociedad y también la Iglesia abandonan cada vez más la orilla antigua y están en camino de la nueva, o bien ya han arribado a ella. ¿En qué medida hemos llegado ya a ella? ¿Hasta qué punto nos hemos establecido íntimamente en ella? Desplegar allí la importante tarea de hacer habitable esas nuevas tierras…y reconocer también los peligros que existen en ellas, aprender de tales peligros y superarlos.

Nuestro Dios, el Dios cristiano, habrá de ser entonces mucho más un Dios de la historia y de la vida que un Dios de la naturaleza y de los órdenes perpetuos. Es el Dios de las Sagradas Escrituras, el que se manifiesta una y otra vez de manera sorprendente. Así pues se plantea la cuestión candente de cómo reconocerlo. Hoy podemos y tenemos que descubrir a Dios con mayor radicalidad aún de lo que era habitual en generaciones anteriores. Y con ello tenemos también la posibilidad de hallar al Dios típicamente bíblico, una posibilidad mayor de la que tenían las generaciones precedentes.

4. Dificultades. En todas las épocas no fue fácil creer en la Divina Providencia en medio de tantas contradicciones y del sufrimiento humano de personas y pueblos enteros que clamaban cielo. No obstante esa fe se mantuvo siempre firme en el “pueblo” cristiano. Por decirlo así, la gente no se animaba a negarla. Se era capaz de aceptar y someterse. Muy a menudo se la concebía como castigo y se decía entonces que era un castigo justo; o bien se hallaba consolación pensando en la vida eterna. No se hacía crítica alguna a Dios. Con el advenimiento de la cosmovisión antropocéntrica se comenzó a poner en tela de juicio y negar la providencia concreta de Dios no sólo en ocasión del sufrimiento, sino que se descartó radicalmente su influjo sobre el destino de los hombres (deísmo). El siguiente testimonio de D. F. Strauss nos introduce en la época en la que tuvo lugar este fenómeno:

“La desaparición de la fe en la Divina Providencia es parte de las pérdidas más notorias ligadas al abandono de la fe cristiana. El hombre se ve indefenso y desvalido, colocado dentro de la tremenda maquinaria del mundo con sus engranajes que giran sin cesar, con sus pesados martillos y pisones que machacan con ruido ensordecedor. Sufre minuto a minuto la amenaza de ser triturado por uno de dichos martillos o pisones. Ese sentimiento de estar librado al azar es realmente espantoso. No nos hagamos ilusiones: nuestros deseos no cambian la realidad, nuestra razón nos indica que existe tal maquinaria”.10 En la medida en que el ser humano toma conciencia de sí mismo, ya no acepta sin más ni más una tal teoría, y lo fundamenta también desde la filosofía y teología.

Por naturaleza un proceso de estas características se decanta sólo de modo lento e irregular. En el pueblo fiel, la fe en la providencia especial de Dios continúa siendo el cimiento más profundo. El P. Kentenich lo toma en consideración y construye sobre él. No obstante percibe que ya hay cosas que se han “desgranado”, se han perdido. Así lo apreciamos claramente en el siguiente testimonio de 1955. Allí habla de “retractaciones”, de “cambios de opinión”:

A la agobiante inseguridad de la situación se agrega hoy - como ya lo señalé - el atormentador aislamiento en que se ve quien cree en la Divina Providencia. Me refiero a la situación de creciente descristianización de la sociedad. Consecuencia de esa descristianización es la fuerte disolución y desaparición de la fe práctica en la Divina Providencia en todos los ámbitos cristianos, a lo largo y ancho del mundo. Por eso en el mundo de hoy los auténticos creyentes en la Divina Providencia se han convertido en ermitaños, en el pleno sentido del término. Descuellan, solitarios, en medio de su entorno. Sus contemporáneos prácticamente no los entienden. El mundo que los rodea muchas veces es para ellos un libro cerrado con siete sellos y, a veces, una especie de infierno. Las contradicciones entre ambos mundos son como fosos, hondos como abismos. Quien no vea con claridad este estado de cosas, se engañará a la hora de juzgar la situación del mundo en cuanto al espíritu y las ideas reinantes en él. Y sin saberlo ni quererlo, estará haciendo una política de avestruz y su actividad a la larga no reportará fruto alguno…

Si tuviera que escribir ahora mis “confesiones”, tendría que introducir un capítulo titulado: “retractationes”, vale decir, retractaciones, cambios de opinión. Su contenido principal sería el diagnóstico sobre esta época desde el punto de vista de la fe práctica en la Divina Providencia. Lo que yo antaño decía y enseñaba sobre este tema ha perdido hoy su vigencia. Lo que no quiere decir que el diagnóstico hecho por entonces no fuera el adecuado para aquellos tiempos. De ninguna manera. Por entonces la situación imperante era efectivamente tal cual yo la veía y exponía. Pero entre tanto se ha producido un cambio radical. Y ello aconteció en pocos años y de una manera difícil de entender.

Por entonces yo enseñaba que la sustancia religiosa de los pueblos cristianos se había condensado prácticamente en la fe en la Divina Providencia. Y ello a modo de una fortaleza inexpugnable, segura, bien resguardada. De ahí que una de las tareas más importantes de la pastoral fuese el cultivo cuidadoso de ese sumo bien. Sobre esta base puse de relieve tanto el mensaje schoen-stattiano de la fe práctica en la Divina Providencia como también - enfáticamente - la gracia especial de peregrinación del mismo nombre. Y ambas cosas a la luz de la gran misión que tiene Schoenstatt para la época.

Pero hoy debemos decir que eso era así en el pasado… Hoy en muy breves espacios de tiempo tienen lugar derrumbes y catástrofes que por lo común necesitaban siglos para consumarse. Colapsos y calamidades que de un día para otro afectan a todo el mundo, resquebrajando costumbres y estado de cosas tradicionales. Reitero que quien no tenga conciencia de ello, quien no lo tome en consideración, hablará en el vacío y no debe esperar eco positivo alguno.11

No obstante, en años posteriores el P. Kentenich hablará de la importancia del punto de enlace de la fe práctica en la Divina Providencia, vale decir, de la experiencia de Dios, del “rastreo”. Ahora bien, una y otra vez resulta difícil seguir al P. Kentenich en sus declaraciones a menudo muy contradictorias. Pero a pesar de ello hay que contar con que ambos puntos de vista son correctos. Porque precisamente la realidad misma es muy contradictoria. Así pues me animo a decir que el texto aducido aquí es el más orientador, y que nuestras Iglesias deberían esforzarse en transmitir no tanto conocimiento dogmático o ética, sino justamente el anuncio del Dios de la vida, del Dios que se presenta en este tomo. Muchas veces la gente se asombra cuando se les habla del Dios de la vida. Y dice: “Pero yo también tengo esa fe…”

Pero también el hecho de que esa fe en la Divina Providencia vive aún en lo más profundo del creyente. Si preguntan a la gente que de alguna manera se ha mantenido cristiana, o bien a los que siguen siendo totalmente cristianos, constatarán siempre la misma realidad: La sustancia esencial de la fe se ha proyectado siempre y sigue proyectándose también hoy, como fe en la Divina Providencia. Basta observar la vida.12

5. Misión del cristianismo de hoy. Cuanto más percibe el P. Kentenich las dificultades, tanto más siente y reconoce que allí está la misión central del cristianismo de hoy. Él mismo con su Movimiento se sabe llamado especialmente a esa labor. De ahí que la “fe práctica en la Divina Providencia” represente algo así como el fundamento, patrón o guión de su pensamiento y acción. En 1944, y en el infierno de un campo de concentración, escribe lo siguiente:

Pareciera que Dios nos ha llamado a acoger, por entero y de manera ejemplar, las fuerzas fundamentales del cristianismo y hacerlas cimiento de nuestra vida y aspiraciones, a fin de que vuelvan a ser, más y más, patrimonio común de toda la cristiandad. Y parte de esas fuerzas fundamentales son, en primer lugar, la fe en la Divina Providencia y la fe en la misión capaces de asumir el mundo y la vida. Ambas reciben hoy, diariamente, nueva alimentación, y nos alegramos de corazón por todas estas confirmaciones que Dios nos ha dado en los últimos años a través de la historia de nuestra Familia, cuajada de vicisitudes. Dios fue quien utilizó a nuestros enemigos para ayudar a nuestra Familia a obtener una victoria patente. Por eso nuestro sentido para la fe jamás se cansará de captar todas las manifestaciones, pequeñas y grandes, de la guías y providencias divinas, de atenerse a ellas y meditarlas. Dios es un Dios de fidelidad, y no romperá la Alianza de Amor que sellara con nosotros hace treinta años. Por nuestra parte, basta esforzarnos continuamente por guardarle la misma fidelidad, con fe y docilidad. Por esa vía nuestra historia se convertirá, más de lo que lo ha sido hasta ahora, en una incomparable y grande marcha triunfal del poder, bondad y fidelidad divinos.13

6. Teología del Dios de la vida. El P. Kentenich opina asimismo que en este punto la teología tiene aún una importante tarea por delante. Una y otra vez señaló la necesidad de que surgiera “una teología que considerase como su tarea fundamental anunciar la Divina Providencia de manera teológicamente exacta y en aplicación a la historia de la época y del mundo, y no en último lugar a la historia de nuestra Familia”. A continuación esbozaré algunos aspectos clave de dicha teología. Cf. también la bibliografía.

a. Perspectiva de la teología de la creación: Dios es omnipresente y actúa en todas partes. Permanente acción creadora de Dios. El credo del deísmo dice que Dios creó sólo al principio. Y ésa es también una muy difundida opinión entre cristianos. Dios se halla como creador al comienzo de una cadena de causalidades. Esta visión de las cosas parte de la premisa de que todo tiene una causa y de que debe haber una primerísima causa ubicada en el tiempo. Tal argumento reviste una cierta evidencia y se recurre mucho a él. Por cierto es correcto, pero una tal interpretación no permite ciertamente ver a Dios en todo.

Para poder ver a Dios en todo hemos de entender la creación de Dios como algo más continuo. En todo momento Dios crea todo de la nada y lo sostiene y a la vez lo desarrolla. Dios está en todo y por encima de todo. En su discurso en el ágora de Atenas, san Pablo (Hch 17, 28), citando a un filósofo, dice que en Dios vivimos, nos movemos y somos. Y a la pregunta: ¿Dónde está Dios?, respondemos: “Está en todas partes”.

Aquí tiene también su lugar la fe cristiana en la Divina Providencia. Hasta hoy, en los libros doctrinales clásicos de la dogmática, la doctrina de la Divina Providencia se halla en el tratado sobre la creación. Y también ocurre así en el catecismo para adultos de las diócesis alemanas.

La creación es rastro e imagen de Dios. Desde la época de los Padres de la Iglesia, Dios es visto como arquetipo de la creación y, en el lenguaje filosófico-teológico, como su causa ejemplar. De ahí también la expresión “ejemplarismo cristiano”. Telón de fondo son los versículos del Génesis: “Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó” (Gn 1, 26.a.27). Se afirma pues una similitud entre la creación y Dios, si bien naturalmente en distintos grados.

En su acción Dios se vale de causas segundas. En relación con su creación, Dios actúa siempre mediante causas segundas. A la hora de las acciones de Dios, es importante ver a tales causas segundas de tal modo que su valor propio no sólo se mantenga sino que incluso se fortalezca en virtud de la creación permanente de Dios. Dios las crea como causas; son causas auténticas. Dios es la causa de todo, pero no la única. Es causa de tal manera que crea causas que actúan libremente y mantiene dichas causas continuamente (prosigue creándolas) en su ser, un ser que actúa por sí mismo y en libertad. Esto vale para las leyes naturales y especialmente para el libre albedrío del ser humano.

Dios está en todas partes. No sólo es una causa entre otras. No es el “tapagujeros” a quien se encuentra sobre todo o incluso sólo en lo desconocido, en lo no-podido. En el transcurso de la Modernidad Dios es desalojado cada vez más de áreas en las que permanecía porque no se habían descubierto todavía las leyes de las ciencias experimentales y el hombre no tenía aún suficiente conciencia de sus fuerzas y responsabilidad.

Este proceso no ha finalizado hoy. Sobre todo en el plano de la religiosidad común se está dispuesto enseguida, para afirmar la existencia y acción de Dios, a argumentar señalando que faltan conocimientos, que existen imposibilidades fundamentales de conocimiento en determinadas áreas en las que el ser humano experimenta su incapacidad y desvalimiento.

Inmanencia y trascendencia de Dios. Dios está por encima de todo. A eso lo llamamos trascendencia de Dios. Dios está también en todo: realidad que se designa con el concepto “inmanencia”. También siendo inmanente, Dios es trascendente. Y como Dios trascendente, es inmanente. Ambas cosas han de ser contempladas como simultáneas. Caso contrario, la trascendencia se convierte en algo que está más allá de la creación, y Dios no tendría entonces contacto con ella, porque entonces “se ensuciaría”, como dice Aristóteles en referencia al “primer motor”. Si por el contrario se lo ve unilateralmente como inmanente, entonces esa visión puede confundirse con panteísmo.

Esto no significa que no existan diferentes plasmaciones en cuanto a las experiencias concretas de la realidad trascendente-inmanente. Y así en las corrientes de espiritualidad a menudo se detecta una fuerte proclividad a la acentuación de la inmanencia de Dios. Por el contrario, la teología de hoy acentúa muy fuertemente la trascendencia de Dios.

Importante es también la correcta interpretación de la afirmación de que Dios es el Otro, el totalmente Otro. Pero si su otredad es interpretada unilateralmente como lejanía, inaccesibilidad e incomprensibilidad, la teología adquiere una gran cuota de agnosticismo. Ciertamente Dios es misterioso y por último ningún ser humano puede comprenderlo. Es parte de su esencia. Y en ciertas situaciones eso es experimentado con singular intensidad. Los esfuerzos humanos por comprender a Dios son siempre sólo aproximaciones. Pero realmente lo son.

Dios es un Dios cercano; también, y quizás más, justamente cuando no lo entendemos. Dios no sólo es el totalmente Otro en el sentido de su trascendencia, sino además en el sentido de su inmanencia. Él está cercano a nosotros también de manera distinta de la que nosotros podemos concebir tal cercanía. Más cerca de nosotros de lo que nosotros lo estamos de nosotros mismos (san Agustín). Así pues no es el totalmente otro en el sentido de su lejanía e incomprensibilidad, sino también de su proximidad, familiaridad e inmanencia.

Hallar a Dios en todo. Buscarlo y hallarlo en todo, tanto en las personas como en las cosas y acontecimientos: Así nos lo recuerda san Ignacio de Loyola. El P. Kentenich, a su vez, habla de vinculación “profética” a las cosas, al trabajo y al prójimo. Vale decir que todas las cosas y hombres son profetas, ángeles y mensajeros de Dios.

La creación, los hombres, los animales, las plantas y la materia transparentan a Dios. La creación transparenta a Dios. Por eso el ser humano puede hablar de Dios y darle nombres. Según san Agustín, el hombre puede incluso hablar de la Trinidad. Ciertamente se trata siempre de comparaciones lejanas. Sin embargo alcanzan la realidad que designan. Más allá de su valor propio, todo lo creado es como una ventana que, si bien pone límites al espacio, a la vez lo amplía porque permite mirar hacia afuera a través de ella.

b. Perspectiva de la teología de la gracia: Dios se manifiesta en lugares concretos. Dios está presente y operante en todas partes. Sin embargo la Sagrada Escritura nos pinta también otra imagen de Dios. Naturalmente para ella Dios es también el Dios presente y operante en todo. Pero es experimentado mucho más como un Dios que se manifiesta y actúa concretamente en la historia. Dios sale de sí. Hay puntos signados especialmente por Dios. Por cierto la acción de Dios en el campo de histórico se lleva a cabo también mediante causas segundas. Pero determinados puntos son elegidos, nombrados y elevados de manera especial: lugares, acontecimientos, personas. Sentimientos, ideas, en medio de la realidad contemplada en general como creación de Dios. Determinados puntos pasan a ser lugares de una intervención personal de Dios, sin que ellos cesen de ser creación de Dios en general y en sentido causal. La teología tradicional habla aquí de una “providencia especial" y "una providencia muy especial”, a diferencia de la “providencia general” del orden de la creación.

Aquí se revela el Dios-para mí, el Dios-aquí. Dios actúa y habla, ha actuado y hablado “ahora”, “por entonces”, “aquí”, “hoy”. Se puede establecer fecha y lugar. Así pues podemos hablar de una estructura puntual de la acción de Dios y observar centros de su actividad, en torno de los que todo gira y desde donde todo cobra finalmente su sentido.

Pero con ello se plantea la pregunta de por qué esto es así y no de otra manera. Aquí el ser humano puede y tiene que creer - no propiamente saber-, que Dios efectivamente puede ser experimentado de modo rigurosamente concreto, individual, subjetivo, porque él efectivamente se conduce así.

En este punto la espiritualidad del P. Kentenich coloca un claro acento. A menudo recurre a una expresión de san Agustín, “nutus Dei”, saludos o indicaciones de Dios. Dios me saluda, me hace una indicación, se hace notar, me asegura su presencia y su interés. Consuela, anima, amonesta, recuerda. Se trata de acontecimientos exteriores, pero a la vez se trata también, y en lo más profundo, de una experiencia interior de tales acontecimientos en los que Dios se brinda muy personalmente y sale de sí mismo.

La respuesta del ser humano es la gratitud, alegría, confianza, paz, súplica, y también arrepentimiento. Se trata del proceso muy simple de la mutua toma de contacto y no ante todo de comportamiento ético ni tampoco inspiración para decisiones pendientes.

Libertad. En este punto se pone de manifiesto la libertad del ser humano de una manera aún más radical de lo que ocurre en el caso del “Dios de todo el ser” que crea permanentemente al hombre como causa segunda libre y que se revela (indirecta-veladamente) en lo que ha creado. Dios se conduce, por decirlo así, “a modo de causa segunda”, como una causa segunda entre otras. Dios participa de la limitación y “desvalimiento” de la causa segunda. El hombre puede decirle “no” o “sí” a Dios. Más aún, Dios se adecua incluso a la libertad del ser humano. No sólo Dios, sino también el hombre es libre e inderivable en su acción; no es simplemente parte de un proceso.

Punto de vista cristológico y pneumatológico. Esta visión del hombre específicamente bíblico-histórica de la comunicación de Dios y de su experiencia, tiene su fundamento último en la autocomunicación de Dios en su encarnación en Jesucristo por el Espíritu Santo.

Algo similar acontece en los sacramentos, especialmente en la eucaristía. Las formas consagradas del pan y del vino siguen siendo pan y vino, pero a la vez cesan de serlo. Pasan a ser presencia de Cristo Resucitado. Puntos signados especialmente por Dios. Análogamente se habla también de una sacramentalidad del momento.

Según esta visión de las cosas, existen determinados puntos que han sido signados especialmente por Dios, similarmente a como ha sido signada especialmente por Dios la naturaleza humana de Jesucristo. Como lo hizo en Jesucristo, así se mezcla Dios entre los hombres, se hace uno de ellos. En tales puntos el ser humano se encuentra directamente con Dios, y Dios trata directamente con el hombre, indirecta-directamente.

Este tipo de encuentro está contemplado en los tratados teológicos clásicos sobre la doctrina de la gracia. Mediante la gracia participamos de la naturaleza divina (2 Pe 1, 4). Y por ende, de la vida intertrinitaria de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por esa vía el hombre es “divinizado”, tal como se lo formula desde tiempos de los Padres de la Iglesia. Esto es lo que la teología clásica designa como amistad con Dios, filialidad ante Dios y gracia santificante.

En la práctica tal realidad significa que también las actividades del ser humano, no sólo su ser sino también su pensamiento, amor y acción pueden ser signados directamente por Dios. Pero siempre como libre don de Dios, vale decir, por gracia. Y no sólo por la condición humana de ser creatura. Dicho en el lenguaje de esta aportación: por el hecho de que Dios se vuelve hacia el hombre en puntos sucesivos y sorprendentes. Ciertamente también aquí el encuentro con Dios está mediado por la creación (“causa segunda”). Pero a la vez se produce en algunos de esos puntos una inmediatez en el contacto con Dios que es expresión de la participación directa en la vida divina.

La doctrina cristiana de la gracia supo siempre del carácter histórico de la autocomunicación concreta de Dios. Así lo reconoce en la doctrina de la gracia actual que es regalada y experimentada como

gracia externa o

gracia interna,

como don libre e inmerecido de Dios.

En este sentido, desde el punto de vista teológico, el trato con el Dios de la historia y de la vida pertenece más a la doctrina de la gracia que a la de la creación. Esta última puede contribuir a renovar la doctrina de la gracia y personalizarla con mayor nitidez. Porque en muchos aspectos la gracia ha sido conceptualizada en exceso.

Unidad de comunicación indirecta y directa de Dios. Vale decir, podemos discernir, por una parte, la experiencia del Dios que se comunica concreta y directamente y, por otra, la experiencia del Dios que se comunica indirectamente, si bien es un Dios omnipresente y que opera en todo. Discernir no significa naturalmente separar. Tal como no se puede separar la gracia de la naturaleza. ¿Dónde estaría la gracia entonces? La realidad es sólo una.

Podríamos hacer la comparación con la vida en una gran urbe. En ella se ha provisto de todo (agua, corriente eléctrica, orden, escuela…). Pero el ciudadano no tiene una vinculación personal con las personas que están detrás de todo eso. Pero todo cobra un valor muy distinto cuando se establece un contacto personal o amistad con tales personas, o quizás incluso con el responsable último de dichos servicios.

Algo similar acontece respecto de la relación con la cantidad de personas con que tratamos en la vida cotidiana. Cuando se genera amistad con una persona concreta, o bien dos se enamoran, una tal relación discurre ciertamente por el cauce de leyes psicológicas de validez general. Pero no obstante es algo único. Por último se podría citar el ejemplo del papel. El papel cobra su sentido y dignidad por lo que se escribe en él. Pero a la vez no deja de ser papel.

La dimensión histórica en la teología. Con lo dicho queda caracterizado el punto a partir del cual puede desarrollarse el programa de una dimensión histórico-salvífica que es reclamada por muchos sectores.

c. Perspectiva antropológico-psicológica. Ese hablar de Dios tiene lugar -en definitiva y propiamente- en el espacio interno del espíritu y del alma del ser humano, aun cuando los procesos de vida del alma estén mediados por acontecimientos externos. No el sol como tal habla de Dios, sino la experiencia del sol, para mencionar un ejemplo.

Dios emplea las facultades del alma para manifestarse a través de ellas y en ellas: pensamiento, voluntad, imaginación, afectividad, recuerdos. Éstos no son lisa y llanamente idénticos con el habla de Dios. En ellos, en cada uno de ellos, Dios se hace presente en ese sentido “especial” expuesto más arriba, y “habla”.

No se trata sólo de la afirmación ontológico-teológica de que Dios habita en el alma y de que el hombre es templo de Dios. Dada por supuesta esta realidad, Dios actúa y habla en el interior del ser humano y se hace entender.

¿Dónde encuentro rastros de Dios en el alma? ¿Cuáles de los pensamientos o sentimientos del alma son voces de Dios en sentido estricto?

Subjetividad. La acentuación de lo interior nos refiere al ámbito de lo subjetivo y personal, al campo de las “declaraciones dirigidas a mí”. Si tengo que rendir cuenta teológica sobre mi interpretación del Dios de la vida y de la historia, un importante aspecto de tal interpretación será la puesta de relieve y la legitimación de la subjetividad.

Labor de discernimiento. Naturalmente se plantea la pregunta: ¿Qué hay de real manifestación de Dios en ello? ¿Qué es ideología, autoengaño, utilización de Dios para intenciones egoístas, para adquirir poder? ¿Usar en vano el nombre de Dios? ¿Cuándo se usa en vano la palabra “Dios”?

Hemos de tener siempre en claro que no podemos adquirir un conocimiento “químicamente puro” de Dios. Tampoco “objetivamente” como algo que está “arriba” o “afuera” o “ya dado”. Se entremezclan, necesariamente, cosas subjetivo-psicológico-humanas y objetivo-divinas.

Se trata pues de percibir y discernir la voz de Dios entre las voces interiores (y exteriores que han sido elaboradas interiormente). Esa voz de Dios no está junto a las otras voces. La voz de Dios se deja escuchar también en constantes y mociones del alma, y en ese sentido es transmitida por causas segundas. Sin embargo se presenta también como una voz especial, divina. Por lo tanto hay que realizar una labor de discernimiento de cuatro pasos.

Una labor psicológica: ¿Qué es simple idea peregrina o qué proviene de la totalidad del ser humano, tal como se expresa esa totalidad en el alma? ¿Qué es lo coherente?

Una ético-dogmática. Yo la designaría como “reserva moral-dogmática”. Lo motivado por el alma no debe contradecir las leyes éticas y la doctrina de fe de la Iglesia que rigen para todos. La conciencia tiene que dejarse normar. Y en este punto no se excluye conflictos de conciencia.

Una religiosa. Hoy esta labor resulta particularmente importante, en tiempos en los que se aprecia una variada influencia de pensamiento religioso de tinte irracional. Y es asimismo importante en relación con la imagen de Dios que se tiene. Una imagen de Dios signada por la angustia, por ejemplo, deformará la voz de Dios tanto como una imagen de Dios demasiado humana que no permita ningún desafío o exigencia de parte de Dios.

Y en cuarto lugar, una específicamente creyente. ¿Cuál es el punto donde puedo decir: “Esto puedo hacerlo, quiero hacerlo, me siento obligado a ello, me infunde alegría, me tranquiliza; si no lo hiciera me lo reprocharía después, por no haber obedecido a Dios, acatado su voz”? En medio de todo lo que aflora en el alma, incluso entre las diferentes voces ligadas a lo religioso, hay que escuchar la verdadera voz de Dios.

Se trata por último de un progresar en una relación más directa con Dios, en la que la acción de Dios en puntos particulares, realizada a través de causas segundas, es puesta al servicio de su comunicación directa.

Dios puede también quebrantar lo que para el alma y la religión sería “coherente” e imponer y decir cosas que me resulten difíciles, que provoquen rechazo en mí. Cosas a las que, a veces al cabo de un largo proceso, debo y puedo darles un “sí” de corazón; cosas que, de no hacerlas, yo acabaría por considerarlo una infidelidad de mi parte. E igualmente Dios puede quebrantar lo que no sea “coherente” para el alma.

Aquí se trata, una y otra vez, de delimitar lo que llamamos ideología. Se puede lisa y llanamente dejar pasar de largo al Dios que se anuncia en el alma, no abrirle la puerta, porque se lo interpreta de manera excesivamente psicológica, vale decir, se teme demasiado que eso sea sólo ideología.

Permanente purificación del corazón. Se necesita una “purificación del corazón” a lo largo de toda la vida, tal como lo plantea la tradición espiritual del cristianismo.

La fe como audacia en la interpretación. La fe pasa a ser audacia: Por último tengo que creer en mis interpretaciones, decidirme por ellas. La audacia de la fe es audacia de la interpretación. Esa fe es decisión, “salto”, expresión de la voluntad. Pero no es algo unilateralmente irracional. Es suprarracional, se implanta en la totalidad irracional-racional del ser humano, y surge de esa totalidad. Aquí hay que utilizar las categorías de libertad, de lo existencial y de lo histórico-concreto.

Detrás de las interpretaciones del creyente está Dios que alivia al hombre, que puede integrar a su “plan” incluso interpretaciones erróneas, y escribir así derecho por renglones torcidos. Lamentablemente esto no siempre es fácilmente reconocible.

El encuentro del hombre con Dios en la eternidad consistirá, no por último, en repasar los caminos de Dios en nuestra historia y comprender su sentido.

7. Aprender a percibir la voz de Dios y diferenciarla de otras voces. Esto significa

“Aprender a diferenciar espíritu humano de espíritu divino; palabra humana de palabra divina.”14 La tradición y también el P. Kentenich mencionan al diablo como tercer factor.

Comunicación directa de Dios. En la experiencia de Dios, Dios me habla por último directamente. Que Dios me hable muy directamente es algo que acontece en el campo de la piedad personal. Al hecho de que Dios se haya hecho presente, que Dios me tenga en cuenta, respondo con gratitud, súplica, alabanza, alegría.

Comunicación indirecta de Dios. En relación con la vida (pastoral) cotidiana, no pensaré enseguida que Dios me haya hablado directamente en cosas concretas que hay que discernir. Más bien me detendré el mayor tiempo posible en el análisis de las causas segundas. Dios no es una causa mundana entre otras que me exima de la reflexión personal. Esto es algo que justamente acentúa la espiritualidad de Schoenstatt.

Y esto significa también ser fiel a mis propias opiniones, convicciones y decisiones, sin forzar demasiado a Dios. Vale decir, hablar en mi propio nombre y no en nombre de Dios. Para mis adentros puedo confiar ciertamente en que Dios así lo quiere y fundarme en esa fe. Pero tengo que esperar la confirmación de que realmente es así. Hasta que eso ocurra, estaré pendiente, atento. El 18 de octubre de 1914 José Kentenich estaba convencido de que Dios le había hablado. Pero dice “es como si Dios dijese”. Y actuó en consonancia con esa fe. Pero no habló de ello porque primero quiso obtener la correspondiente seguridad. Al cabo de cinco años le resultó claro que había sido así. Habló entonces de “resultante creadora”, concepto que el P. Kentenich siempre formulaba como ley particular, junto con la ley de la puerta abierta. No todas las decisiones son de tal envergadura. Y por eso eventualmente necesitan de menos confirmaciones. Pero la apertura radical a una confirmación posterior de lo que en un primer momento se hubo aceptado hipotéticamente, permite mayor margen de juego que en el caso de introducir la palabra “Dios” con excesiva rapidez. Porque entonces todo se hace demasiado absoluto. El peligro de confundir la opinión personal con la de Dios es demasiado grande. Aquí hay que tener muy presente el concepto de “sobriedad, austeridad” que el P. Kentenich adjunta al de “fe práctica en la Divina Providencia”.

Discernimiento. ¿Cuándo está Dios directamente en juego? ¿Cuáles son los criterios de discernimiento? Para el hombre realmente religioso Dios está detrás de todo. Pero… ¿cuándo acontece esto de modo directo y no sólo indirecto?

Por último se trata siempre de lo que tiene lugar en el fuero íntimo del ser humano. Más allá de la importancia que revistan los acontecimientos y hechos exteriores, en definitiva compete a la libertad y necesidad del hombre interpretarlos adecuadamente. Y en este punto cobra vigencia un elemento decididamente subjetivo. Porque por último la pregunta que se plantea es la siguiente: ¿Cómo diferencio en mi alma lo que es moción de Dios de lo que proviene de mí mismo? Puntos de vista tradicionales mencionaban al diablo como tercera fuerza. Vale decir, eventualmente en mi alma pueda hacerse perceptible la influencia de un espíritu maligno que puede presentarse incluso bajo el ropaje de lo bueno.

Criterios. Paso a mencionar brevemente algunos criterios importantes a la hora de juzgar si las “voces del alma” (tal el término empleado por el P. Kentenich) son correctas, verdaderas, si son queridas por Dios. En este sentido suele hablarse de “discernimiento de los espíritus”, por el cual se investiga de qué espíritu procede una u otra moción del alma.

Fidelidad a sí mismo, autenticidad, consonancia consigo mismo. Una voz, una moción del alma es correcta, es querida por Dios, cuando al escuchar con atención al alma experimento que dicha voz es coherente, se adecua a mí, está a mi altura, es “mía”, sencillamente estoy seguro de que es correcto que sea así; y si al pensar en la posibilidad de no acatar esa voz siento que acabaría avergonzándome o reprochándome algo.

Continuidad con la vida que se está llevando hasta el momento. Otro criterio es la fidelidad a las decisiones y realizaciones llevadas a cabo hasta ese momento. Si estoy casado, el hecho de enamorarme de otra persona no avala la posibilidad de contraer un nuevo matrimonio.

Escuchar el centro y hondura personales. Siempre es importante discernir entre mi yo superficial y sus diferentes planos y profundidades. En tales casos el P. Kentenich habla de las “finas ramificaciones del alma”. Éstas son los ideales personales escritos en el alma.

Reflexionar. Es importante que reflexione y no me deje lisa y llanamente arrastrar por la espontaneidad. La reflexión genera un cierto “enfriamiento”, apaciguamiento y relativización. Al reflexionar comparo situaciones internas concretas con otras ya vividas y de las que he cosechado experiencias.

Hablar con otra persona. Particularmente provechoso es la conversación con otra persona. Desahogarse, exponer a otro las propias mociones interiores significa ponerlas delante de mí y contemplarlas con mayor objetividad. En realidad la tarea del interlocutor estriba sólo en escuchar. Descubriré entonces, por mí mismo y con la seguridad necesaria, qué es lo que hay que hacer.

Crisis. Tentación. A veces basta con tener presente categorías como crisis y “tentación”. Vale decir, que algo puede ser sencillamente una especie de prueba, un mal momento que hay que sobrellevar sin extraer consecuencias de él.

Criterio de realidad. Naturalmente un importante punto de vista es la realidad en la que vivo. Una tal realidad es, por ejemplo, la vocación o trabajo que se tiene. O simplemente mis obligaciones. Realidades son también los superiores, la familia, los hijos, el cónyuge, la madre enferma… Cuando se trataba de averiguar lo que Dios quería, para el P. Kentenich la máxima fue siempre: “Dios habla a través de las circunstancias”. Eventualmente el alma tendrá que volver a adaptarse a sus propias circunstancias. Porque no siempre le agrada la realidad que vive. De ahí que no se debe dar curso a esas voces de “liberación” que se escuchen en el alma. Aun cuando la realidad suscite una dolorosa resistencia en nosotros, esa realidad lleva en sí algo que aquieta, libera, algo que ordena al alma.

Reserva ética. Todo lo que dice el alma tiene que pasar, por decirlo así, por el tamiz de la ética que nos obliga a todos en general. La ética me dice lo que rige para todas las personas, y por lo tanto rige para mí también. En un determinado momento se lo puede olvidar. Entonces es bueno que desde afuera se le diga al alma “lo que es objetivamente correcto”. Aun cuando la adaptación al mandato ético resulte doloroso, el hombre ha de contar con que finalmente eso hace bien al alma, es congruente con ella. Las exigencias de la ley están ya “inscritas en nuestros corazones”.15

Examinarse ante Dios. Si reflexiono sobre una moción concreta del alma desde el punto de vista de que yo quiero cumplir la voluntad de Dios, entonces entra a tallar una instancia que examina al alma en cuanto a su pureza, generosidad y espíritu de sacrificio, exhortándola a dar lo mejor de sí, o en todo caso a no ser mezquina.

Escuchar la conciencia. La conciencia me dice lo que la ética exige y me advierte cuando no lo acato. Y me dice especialmente si tengo que pasar por encima de la aplicación normal de la ética haciéndome cargo de una aplicación personalísima, o cómo decidirme adecuadamente en un conflicto en torno de normas. Puede plantearse algo ine-ludible, inexorable, y la doctrina tradicional ha considerado siempre que en tales situaciones está operante la voz de Dios.

Mociones de la gracia. Los maestros de espiritualidad del pasado señalan que en el alma existen mociones que ciertamente pueden ser interpretadas psicológicamente pero que no pueden ser reducidas únicamente al plano psicológico. Porque proceden de manera particular de Dios, son mociones de su gracia, son mociones del alma operadas por el Espíritu. Lo que el P. Kentenich llama “voces del alma” es, en lo más hondo, idéntico a lo que en la tradición se conoce como “mociones de la gracia”. Tal moción de la gracia es de manera especial una iluminación del Espíritu Santo. Por último sólo es accesible para la fe. Más aún, para ello se necesita un peculiar “instinto de fe”, tal como lo formula el P. Kentenich con frecuencia.

Vocación. Algo similar se nos presente cuando se trata de seguir una vocación personal o camino personal. No se hace referencia aquí sólo a las grandes decisiones de la vida, sino a las “pequeñas” vocaciones o llamamientos que tienen lugar una y otra vez en el camino que una vez se emprendió.

Orar. Es importante también orar pidiendo iluminación. Y escuchar con atención lo que aflore en tal oración.

Audacia de la decisión. Tanto en grandes como en pequeñas cosas todo acatamiento de la voz divina en el alma supone una audacia. Es el precio de toda toma de conciencia y de los interrogantes concomitantes. He de asumir riesgos con audacia, ya que no tengo la plena seguridad. También en este punto la hondura del alma me confirmará que mi acción fue la correcta. Pero esto no excluye que a la vez existan algunas dudas.

Esta vez fue correcto; la próxima puedo volver a examinar el asunto. Si creo que Dios opera en mi vida - el Dios de la historia y de la vida -, puedo esperar entonces que una acción concreta que no me parezca correcta o se compruebe que es equivocada, tenga sin embargo un lugar en los planes de Dios. De tal modo que en esa oportunidad haber procedido así fue correcto, y en otra oportunidad puedo o debo hacer las cosas de otra manera.

Resultante creadora. La certeza de que una interpretación y acción fue la correcta se obtiene a menudo recién al cabo de cierto tiempo. Sobre todo en el caso de cuestiones importantes. En este contexto el P. Kentenich emplea el término “resultante creadora”.

Fruto del Espíritu. Desde el punto de vista bíblico, un criterio importante es el “fruto del Espíritu”. “El fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Gal 5, 22).

Toda vida es única. Si bien se trata siempre de adecuarse a lo ya dado objetivamente y cumplir con los criterios correspondientes, no debe olvidarse que se está enfocando mi vida personal, personalísima. Por último ninguna persona ajena puede juzgarla. Incluso yo mismo debo dejar en manos de Dios la cuestión de si algo es o fue correcto. Sin embargo el camino del P. Kentenich nos alienta a creer en la rectitud de la propia vida y nos anima a ser personales y subjetivos. Se me permite no “delegarme” - por decirlo así - en nadie. Todo ser humano es la realización de un pensamiento muy original de Dios, es amado infinitamente por Dios, es objeto de la alegría de Dios.

Esto vale para mí mismo y también para los demás. También para mis colaboradores. Todos los criterios de reconocimiento de lo correcto enumerados en esta aportación se hallan bajo esta premisa.

A lo largo de toda la vida podemos y debemos no sólo aplicar una y otra vez los criterios mencionados, sino depurarlos de escorias, igualmente a lo largo de toda la vida. Escorias que nos dificultan o bien imposibilitan una cabal aplicación, porque arrastramos mucha falta de libertad, miedos, neurosis, rutinas, insuficiencias de nuestra educación y también, una y otra vez, el pecado. Hay que liberar el alma a lo largo de toda la vida para que se halle a sí misma. Anímate pues a ser tú mismo y serlo cada vez más. Pero eso no es posible sin audacia. Cada ser humano es, en lo más profundo, el único responsable de sí mismo.

“Fe práctica en la Divina Providencia sobria”. Cuando se trata de tomar decisiones no debo consultar a Dios como se consultaría, por decirlo así, un oráculo. Más bien se apunta a reflexionar con toda seriedad y abordar el asunto con sobriedad y practicidad. En el P. Kentenich aparece con extraordinaria frecuencia el término “sobrio” como atributo: Fe sobria y práctica en la Divina Providencia.

Sin embargo no siempre se trata de decisiones y resoluciones de gran envergadura. En tales casos puedo ser más generoso y espontáneo en cuanto a suponer que Dios se comunica conmigo, me saluda, me hace señas, me habla. Esto le infunde al todo un maravilloso aroma y despierta una gran alegría en la fe, hace a la religión interesante y viva. Por eso en caso de duda y en el caso normal, es mejor “exceso en lo bueno” que exceso de dudas atormentadoras.

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Del mismo autor: Art. „Praktischer Vorsehungsglaube“. In: Schönstatt-Lexikon 1996.

www.spurensuche.de ofrece mensualmente diferentes ejemplos sobre el trato con el Dios de la vida.

August Ziegler: Der Vorsehungsglaube in unserer Zeit. Regnum 5 (1970),13-19.

Paul Zingg: Spricht Gott in der Geschichte? In: Regnum 8 (1973), 75-84.

Karl Kardinal Lehmann: Spuren Gottes in der pluralistischen Gesellschaft. In: Regnum 36 (2002), 99-105.

Deutsche Bischofskonferenz (editores): Erwachsenenkatechismus. Bonn 1985, 101-106.

Concilium 37 (2001), Heft 1: Gott: Erfahrung und Geheimnis.

Gebhard Fürst: Buch des Lebens. Schwabenverlag. Filderstadt 2004.

Richard Kocher: Herausgeforderter Vorsehungsglaube. Die Lehre von der Vorsehung im Horizont der gegenwärtigen Theologie. St. Ottilien (Eos-Verlag) 1993. El libro de Kocher hace también una detallada valoración del pensamiento providencialista de J. Kentenich (302-315).

Karl Rahner: Über die Erfahrung der Gnade. In: Schriften zur Theologie III, Köln, 1961, 105-110.

Del mismo autor: Das Dynamische in der Kirche. Herder, Freiburg 1958.

Arnulf von Scheliha: Der Glaube an die göttliche Vorsehung. Kohlhammer Stuttgart 1999.

Michael Schneider: Theologie als Biographie. Eos-Verlag, St. Ottilien.

Theodor Schneider und Lothar Ulrich (Hrsg.): Vorsehung und Handeln Gottes. Quaestiones Disputatae 115, Herder Freiburg-Basel-Wien.


1

LA FE PRÁCTICA EN LA DIVINA PROVIDENCIA

(a. Declaraciones programáticas)

1.1 LA FE PRÁCTICA EN LA DIVINA PROVIDENCIA COMO MENTALIDAD

De: Exerzitien für Schönstatt-Priester, November 1966, 125-126

¿Cuáles son los puntos centrales de la concepción posconciliar de Iglesia y educación de nuestro pueblo? Ciertamente todas las cuestiones eclesiológicas y todas las cuestiones litúrgicas revisten hoy gran importancia. Pero la cuestión central es Dios.16 No lo olviden. Lo que no quiere decir que no debamos abrazar y hacer todo lo que se dice en el Concilio. Pero lo central es Dios. La idea de Dios no sólo está asegurada por la educación litúrgica; eso no alcanza. Ténganlo siempre en cuenta. Sobre esta base comprenderán mucho mejor aquello a lo que apuntamos con la ley de la puerta abierta y el Dios de la vida.

De:Exerzitien für Schönstatt-Priester, Dezember 1966, 75

La fe en la Divina Providencia nos dice que el Dios vivo nos habla a través de las cosas más pequeñas de la vida diaria. Hoy decimos que el problema de la actualidad es el concepto de Dios. Y con eso nos estamos refiriendo a la fe en la Divina Providencia, porque todo lo que hoy acontece en el mundo está empañando el concepto de Dios. En efecto, la gente se pregunta cómo es posible que un Dios de amor esté detrás de todas las terribles injusticias que en parte nosotros mismos hemos experimentado u observado, o bien seguimos observando.

De: Studie 1949, 52-53

Así como el espíritu de fe ilumina mundo y vida, así también arroja luz en forma de fe práctica en la Divina Providencia sobre muchos enigmas y misterios de la vida cotidiana. Entre nosotros la fe en la Divina Providencia está desarrollada muy fuertemente, al punto de poder afirmarse con razón que se ha convertido en una especie de mentalidad. En este sentido podríamos compararnos de alguna manera con Cottolengo,17 si bien con la diferencia de que nosotros, más que él, ponemos énfasis en la actividad personal, en la reflexión personal, en indagar cómo prever las cosas.18 Sin esa marcada fe en la Divina Providencia el mundo de hoy no llegará al encuentro con Dios; sin esa fe no hay seguridad en medio de la inseguridad de la vida. Sólo esa fe infunde los ánimos y la fuerza para - citando a Nietzsche - edificar una casa “en la cercanía del Vesubio”19 y morar tranquilos en ellas.

De: Das Lebensgeheimnis Schönstatt, I (1952), 145

De tales reflexiones extraemos la siguiente conclusión: Tienen razón quienes consideran que la educación en la fe práctica en la Divina Providencia es una tarea central de la pastoral de hoy20 y no se cansan de luchar contra todos los falsos profetas que en la enseñanza y la vida se estancan en ideas desvaídas, abstractas, y que - citando a Shakespeare -, “sufren de palidez” en cuanto a sus ideas, y separan fe de vida.

De: Chronik-Notizen 1955, 590

Difícilmente haya otra comunidad en estos últimos tiempos que, como nosotros, repare tan fuertemente en las voces del tiempo como voces de Dios. Para nosotros la fe en la Divina Providencia se ha convertido lisa y llanamente en una decidida mentalidad. Quizás no haya muchas personas para quienes, como en nuestro caso, el Dios de la vida esté tan fuertemente en el centro del pensar, amar, planificar y actuar. Con esto no estoy diciendo que descuidemos al Dios de la Sagrada Escritura, al Dios de nuestros altares y al Dios que mora en el corazón del hombre en gracia. Acentuar una cosa no significa pasar por alto las demás. Si esta actitud fundamental vale en mayor o menor grado para todos nosotros, particularmente para los dirigentes destacados de nuestras filas, que con su santa vida son pilares de la Familia, son testigos fieles de su espíritu. Todos, sin excepción, son hijos de la Divina Providencia por antonomasia. Unos lo son más; otros, menos. Pero en todos se percibe ese aroma.21

De: Vorträge 1963, 4, 186

El Dios de Abraham (…) a quien también nosotros adoramos hoy. (…) Por entonces Moisés tuvo una experiencia numinosa extraordinariamente fuerte. (…) Una intervención de lo alto en su propia vida. Eso es lo que vivió. Y me parece que deberíamos detenernos un poco en este punto. Parte de la tarea de esta semana es contemplar más fuertemente nuestra propia vida a la luz del más allá.

De: Rom-Vorträge, I (1965), 214

Eso fue una constatación de la conducción divina. No me canso de reiterar la tremenda importancia que reviste la fe en la Divina Providencia para la historia de nuestra Familia, pero también para toda la historia de la Iglesia.

De: Ansprache vom 27. August 1966

En: Vorträge, IX (1966), 241

Fe en la Divina Providencia. ¿Qué significa? Que todo lo que acontece en nuestra vida es un don de Dios y Dios pide una devolución de amor. Vale decir, una respuesta de amor. Algo que no nos resulta fácilmente de captar si miramos el acontecer mundial y nuestra vida personal sólo con ojos naturales. Tal respuesta de amor sólo será posible si volvemos a ser niños, a ser mensajeros, héroes de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.22

De: Brief an Turowski 1952/53, 274

Nuestra fe práctica en la Divina Providencia tiene que unirse inseparablemente con nuestra fe en la Alianza y desembocar en la fe en la misión. Así pues la fe pasará a ser fides caritate formata.23 Pero estos tres aspectos van juntos. Son elementos constitutivos de una totalidad viva. Si falta uno u otro, faltará algo esencial, la espiritualidad de Schoenstatt quedará mutilada. Porque no en vano hablamos del mensaje tripartito de Schoenstatt: Mensaje de la fe en la Divina Providencia, de la Alianza de Amor y de la pasión por la misión.

1.2. CÓMO EL P. KENTENICH EXPERIMENTABA A SU DIOS

De: Conferencia del 18 de julio de 1965

En: An seine Pars motrix, 2 (1965), 273-274. 279.281.287-289.292

Permítanme recurrir a una imagen. Pensemos en Alemania, en nuestra patria, en un bosque en pleno verano. Estamos paseando por el bosque. Aparentemente no sopla viento alguno. Pero si no estamos demasiado ocupado con nosotros mismos advertiremos que desde la parte más alta de las copas de los árboles nos viene un susurro peculiar y constante. (…) En efecto, en las ramas más altas de los árboles hay movimiento y murmullo, y siempre lo hubo. Un movimiento que a veces se comunica a todo el árbol porque lo divino está irrumpiendo con mayor fuerza aún. Hoy24 todos nosotros experimentamos, en la situación actual, un verdadero terremoto de gracias,25 algo más fuerte de lo común. Mi tarea consiste en interpretar, en hacer comprensible ese susurro de lo divino, esa irrupción de lo divino en nuestra historia. Porque vivimos muchas cosas, experimentamos muchas cosas, y las expresamos como quien tartamudea, porque no siempre es fácil expresarlas cabalmente.26

El término que quiero presentarles ahora es muy conciso y realista: Actualmente estamos viviendo una “escena de Anunciación” de cuño muy particular.27 Permítanme revelarles algo de la estructura de mi alma: (…) Un don que me fuera dado ya en la cuna es la capacidad de buscar siempre un mensaje de Dios detrás de todo lo que acontece en la vida, detrás incluso de las mínimas cosas. “El ángel del Señor anunció a María…” (…)

Todo esto es muy sencillo y natural, pero siempre toca el más allá. Y he ahí lo más importante. No ideas puramente humanas sino siempre entrando, a tientas, en otro mundo. Ciertamente esto es lo que Dios debería otorgarnos a todos, más y más, a modo de carisma. De ahí la pregunta que nos planteamos: ¿Qué quiere decirnos Dios? (…) Me interesa que nos movamos cabalmente en el mundo del más allá, sin el cual no podremos asumir este mundo terrenal en el cual estamos viviendo. (…)

¡Cuántas veces se ha repetido la Anunciación! Hagan siempre esa comparación con la vida de la Sma. Virgen. Realmente es muy sencillo. Luego de esa hora, en la vida de la Madre del Señor no hubo continuamente ángeles que descendiesen aleteando del cielo, sino causas segundas como fue en nuestro caso. (…) Es muy importante reflexionar una y otra vez sobre cómo se han escuchado y examinado en el más acá mensajes pequeños, pequeñísimos, del más allá. (…) El ángel del Señor anunció a María… Se trata siempre de lo mismo: Dios habla. De ahí las tres preguntas. En primer lugar meditar lo siguiente: ¿Puede estar esto en el plan divino?; en segundo lugar, preguntar; en tercer lugar, actuar. (…) Todo fue muy sobrio y sencillo: Se reflexionó, ateniéndose a los parámetros comunes, sobre lo que Dios quería, y se respondió asumiendo con seriedad la fe común. (…)

Naturalmente hay que contar con que uno puede equivocarse. Cuando se trata de la fe en la Divina Providencia, desde el punto de vista teológico sólo se puede alcanzar una determinada certeza interior cuando el Espíritu Santo con sus siete dones reemplaza un poco la lucecita habitual, y hace resplandecer con mayor fuerza su luz.28 ¿Ocurre así? Bueno, en eso estriba la audacia. Ciertamente la confirmación de que se ha interpretado bien la voluntad divina llega recién al cabo de años. Hasta ese momento se estará inmerso pues en una completa incertidumbre. (…) Porque lisa y llanamente la realidad es que cuando uno ha reconocido algo, cuando Dios ha hablado,29 la creatura ha de callar. Y eso realmente no es fácil.

1.3 Del “Credo” de José Kentenich

De: Hacia el Padre (1945), 62-64

En medio del horror e inseguridad del campo de concentración de Dachau, el P. Kentenich compone una peculiar oración, en verso, en la que expresa su fe en el Dios de la vida y de la historia que guía todo hacia el bien.

Creemos, oh Dios, que tu poder

dio al mundo la existencia,

que Tú lo mantienes y riges,

que lo conduces sabiamente a su fin. (…)

Estamos así sobre el universo

adentrados en la divinidad;

valemos más a tus ojos

que, sin nosotros, toda la tierra.

Las obras de todas las culturas

son tan sólo polvo insignificante

comparadas con la grandeza

que nos concede tu amor. (…)

Nos contemplas con mirada paternal

y nos participas de la felicidad de tu Hijo;

dispones todo cuanto nos acontece,

para nuestra eterna salvación.

Cada sufrimiento es un saludo tuyo,

que da alas a nuestra alma,

con vigor nos marca el rumbo

y mantiene vivo nuestro esfuerzo. (…)

Como el girasol se vuelve al sol,

que lo regala con abundancia,

Padre, nos volvemos creyentemente hacia ti

con el pensamiento y el corazón.

Silencioso y paternal

te vemos detrás de cada suceso;

te abrazamos con amor ardiente

y con ánimo de sacrificio vamos alegres hacia ti.

1.4 Triple providencia de Dios

De: Brief an Turowski 1952/53, 122-123

La fe nos muestra a Dios Padre que se preocupa por el gobierno del mundo desde tres puntos de vista.

(a) Con actitud providente Dios atiende paternalmente a todo el mundo de la creación y del hombre,30

(b) se interesa personalmente por cada ser humano y

(c) dispensa una muy especial atención a las personas y comunidades de dirigentes.

En el primer caso se habla de providentia divina generalis (providencia general);31 en el segundo, de providentia divina specialis (especial o individual); y en tercer lugar, de providentia specialissima (providencia especialísima o extraordinaria).

1.5 Providencia general y especial

De: Brief an Turowski 1952/53, 125-126

En razón de su natural limitación, el ser humano se ve desvalido ante la infinita plenitud del ser divino y la riqueza de las cualidades divinas que se le presentan en su unidad ordenada. El hombre mide con patrones humanos y por eso no es capaz de aprehender íntegramente la imagen paterna de Dios. Ciertamente a la luz de la fe comprende que Dios sostiene en sus manos el sistema del universo, infinitamente grande y complejo. Comprende asimismo que Dios ha puesto leyes en el mundo y en el acontecer mundial, a las que se atiene en su infinita santidad, verdad y justicia. Leyes que sanciona para realizar el gran plan que trazó desde toda la eternidad y quiere llevar a cabo con consecuencia a lo largo de la historia del mundo.

Aquí se nos plantea la inquietante pregunta: Dado que Dios, en virtud de su imparcialidad, no repara en el prestigio de las personas, desde un punto de vista puramente objetivo, ¿no debería entonces recompensar o castigar a ojos cerrados no tanto a las personas individuales como tales sino más bien las buenas y males cualidades? ¿Y no está esto en contradicción con aquella otra concepción que le atribuye a Dios un mayor interés, cálido y personal, por las personas, un amor a ellas también por causa de ellas mismas, lo que constituiría para Dios una imperfección que iría en desmedro de su ser? Y aun cuando tal actitud divina fuese posible y se correspondiese con la realidad objetiva, ese amor personal de Dios, en razón de su condición de amor espiritual, ¿podría ejercer tanta influencia sobre nosotros como, por ejemplo, la calidez y fervor de un noble amor que puedan prodigarnos nuestros padres o amigos?

Quizás al creyente le parezca que Dios - precisamente porque es padre o debe serlo -en su gobierno del mundo, normado y regulado por leyes eternas - tiene en cuenta, al menos sumariamente, el bienestar de cada ser humano. En este sentido Dios sería como cualquier persona que por naturaleza es bondadosa e irradia esa bondad donde quiera que esté o vaya.

Ciertamente parece que detrás hubiera una benevolencia personal. Pero no es así.32 Según esa visión de las cosas, Dios ama, pero sin tener un interés especial y cálido por la persona concreta que toma contacto con él; sin tener un interés especial y cálido que le permita participar muy personalmente en las esperanzas y temores, alegrías y dolores, angustias y esperanzas de ese hombre concreto, en suma, que le permita participar muy personalmente en su bienestar o malestar, en todos los acontecimientos de su vida y en todas las oscilaciones de su estado de ánimo como lo haría, por ejemplo, un amigo para con su amigo o un padre o madre para con su hijo.

Ahora bien, esa misma fe dice ciertamente que Dios es, de manera misteriosa, ambas cosas a la vez: Dios de verdad y justicia y Dios de santidad. Un Dios que en su guía del mundo y de la historia de salvación no se aparta ni en lo mínimo de las líneas que él ha trazado ni de las leyes que ha establecido. Pero es también un Dios de amor que continuamente tiene en la mira el bienestar general de la creación y se ocupa de cada individuo, de sus grandes y pequeñas necesidades como si - hablando humanamente-, sólo tuviera ese hijo y ningún otro. Más aún, que Dios pone continuamente la verdad, la justicia y la santidad al servicio del amor; y que lo hace tanto en general como en particular, o bien, - como lo dice san Gregorio - que la providencia de Dios se extiende tanto sobre un alma como sobre toda una ciudad; sobre una ciudad como sobre un pueblo; sobre un pueblo como sobre todo el género humano, pero de tal manera que él repara en cada individuo como si no tuviese otro de quien ocuparse, y a la vez se ocupa de todo el conjunto como si no se ocupase de lo particular. Pero esta verdad de fe se queda por lo común en la cabeza, en el plano intelectual, sin calar profundamente en el corazón, más aún, muy a menudo ni siquiera genera en la mente las correspondientes representaciones, porque para ello faltan, por lo común, puntos de comparación en el mundo terrenal y humano.

1.6 INSUFICIENTE ELABORACIÓN TEOLÓGICA

De: Carta al P. Menningen del 25 de mayo de 1953

En: Hug (Hrsg.): Das Schönstatt-Geheimnis, 29

Si no me equivoco, hasta ahora la teología prácticamente no se ha ocupado de esta cuestión. Al menos entre los autores que están a mi alcance no hallo una toma de posición clara e inequívoca.33Dada la importancia que reviste la Divina Providencia para esta época y para nuestra misión en ese campo, sería una encomiable tarea subsanar esta laguna. Ya se han hecho investigaciones profundas que permitirían dar una respuesta académicamente exacta a este complejo de cuestiones. Habría que exponer esa respuesta en el foro público para su discusión. Eso sería de gran provecho para la vida cotidiana. Ya hace mucho tiempo que he pedido que en nuestra Facultad de Teología haya un especialista en Divina Providencia, así como en la persona del P. Köster tenemos un especialista en Alianza de Amor. 34(…)

Si aspiramos a que el Santo Padre legitime para el tiempo actual nuestra fe en la Divina Providencia, eso sólo tiene sentido si remontamos dicha fe - en todas sus expresiones, vale decir, en las expresiones de la providentia generalis, specialis y specialissima - a la raíz de la fe teológica o sobrenatural.

Es posible que la teología se haya ocupado demasiado poco de ésta y otras cuestiones. Topamos aquí con la queja de amplios e influyentes sectores que no se cansan de señalar que nuestra teología de hoy está muy lejos de la vida, que no tiene la suficiente fuerza creadora para ver con claridad los temas actuales de la vida e iluminarlos desde Dios con una luz nueva.

De ahí mi llamamiento personal a contar con teólogos capaces en nuestras filas de ocuparse de estas difíciles cuestiones que acabamos de mencionar. Me parece incluso que futuros doctores de la Iglesia podrán cosechar laureles en ésta y otras áreas conectadas.

De: Carta al P. Menningen del 25 de mayo de 1953

En: Hug (Hrsg.): Das Schönstatt-Geheimnis, 46-47

De los textos presentados anteriormente y de las explicaciones agregadas se desprende por sí mismo el status quaestionis. Se plantea pues la siguiente pregunta: ¿En qué medida se puede extender el concepto “auctoritas Dei revelantis”?35

Los teólogos admiten de modo unánime que la autoridad divina se manifiesta en la Revelación oficial, que ciertamente ha de ser respondida por todos en forma de fides theologica.36 Y concuerdan asimismo en que Dios puede expresar su deseo y voluntad en revelaciones privadas, que deben ser respondidas por el receptor igualmente mediante la fides theologica.

A ello se agrega como una nueva pregunta:37 ¿Acaso Dios no habla a las personas también a través de los signos de los tiempos o mediante sus conducciones y disposiciones? ¿Acaso no lo hace de modo tan claro e inequívoco que todo aquel que por tales signos capte con claridad el deseo y voluntad de Dios está obligado, en virtud de la fides theologica, a inclinarse ante él con actitud creyente? Acaso no apuntan en esa dirección las palabras del Señor: “Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?”38

De: Carta al P. Menningen del 6 de junio de 1953

Si realmente aspiramos con seriedad a que el Santo Padre legitime oficialmente la fe en la Divina Providencia, tal como dicha fe está viva en nosotros, y la legitime como la gran maestra de la vida actual, capaz de resolver los problemas de la época de manera similar a como lo hace la fuente extraordinaria de conocimiento [las apariciones y milagros], entonces es de suma importancia fundamentarla teológicamente.

(b. El Dios que se revela personalmente y a quien el hombre puede dirigirse personalmente)

1.7 EL DIOS QUE ESTÁ PRESENTE EN TODO Y ACTÚA EN TODO

De: Vorträge 1963, 10, 122-123

Tenemos que convencernos de las siguientes grandes verdades:

En primer lugar, que Dios es una realidad. Dios es realidad por antonomasia. Y esto tiene hoy gran importancia. Ya saben por qué: Porque el hombre de hoy advierte, percibe, que entre él y Dios se interponen muchas cosas y que él, el hombre, queda adherido, apegado a ellas. Ustedes saben además qué difícil resulta hoy tomar conciencia de Dios en la vida cotidiana, en el acontecer mundial. Porque parece que Dios estuviese durmiendo, que hubiese puesto en manos del diablo el cetro del acontecer mundial.

En segundo lugar, convencernos de que Dios es una realidad personal. Vale decir, es persona; no es un “ello” sino un “Tú”, un tú personal, incluso es tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres personas y un solo Dios. Si queremos cultivar un trato amoroso con Dios, naturalmente no podemos prescindir de grabarnos una y otra vez estas realidades.

Y en tercer lugar, Dios es una realidad ineludible. (…) ¿Qué quiere decir esto? Escuchemos al salmista: “Si subo al cielo, allí estás tú;

si me tiendo en el Abismo, estás presente.”39 ¿Qué significa esto? Dicho teológicamente: omnipresencia divina. Ahora no estoy haciendo otra cosa que recordarles brevemente verdades teológicas fundamentales.

¿Qué significa que Dios está en todas partes? Que está en el cielo, en la tierra, incluso en el infierno; en todas partes donde hay algo creado. ¿Y cómo está en todas partes? Per potentiam, per scientiam, per essentiam.40Verdades teológicas, filosóficas que hay que grabarse, y que allí donde yo esté educando, han de ser naturalmente objetos de estudio, de reflexión, de amor y de vida. Así pues no estancarse en cosas periféricas. La ineludible realidad de Dios… realidad ineludiblemente personal.

1.8 MODOS DE LA PRESENCIA DE DIOS

De: Vorträge 1963, 10, 123-125

Piensen en otros modos de presencia de Dios;41 en su presencia eucarística, sacramental. También cuando me siento o arrodillo ante el tabernáculo: Ahí está Cristo, el Dios humanado, real, de manera real; él está realmente ahí. Vale decir, no es una pálida idea. Colmémonos de esas realidades del Dios eterno e infinito que aparece en tal o cual forma. De ahí la importancia de que giremos con la mente, el corazón y la voluntad en torno del Dios vivo y personal visto de esa manera.

Pues bien, de lo que se trata especialmente ahora es de la presencia sobrenatural de Dios, del Dios Trino, en el alma del hombre en gracia.

De: Vorträge 1963, 2, 148-149

Si echamos una mirada retrospectiva y nos preguntamos cómo es la imagen de Dios que Schoenstatt cultivó desde el principio, hallarán algunas expresiones que se van reiterando en el transcurso de los años, en una u otra versión. Ya en época muy temprana, en los retiros espirituales y cursos, hablábamos del Dios de la vida, diciendo que el Dios de la vida era quien resplandecía fuertemente sobre Schoenstatt. No como si no hubiésemos sabido de otros aspectos de Dios - los enseñábamos con toda claridad -, pero una de las cosas más originales fue ese énfasis en el Dios de la vida. Podemos distinguir al Dios de nuestros altares - no lo hemos olvidado-, y al Dios de nuestro corazón - a quien tampoco hemos olvidado.

Si echan una mirada retrospectiva y reflexionan sobre las corrientes espirituales de la Familia, verán con qué amplitud hemos hablado de la filiación divina. Lo hicimos en una época en la que en la Iglesia, especialmente entre los teólogos, no se reflexionaba a fondo sobre el tema. Observen pues cómo nosotros lo enfocamos con detenimiento y qué conclusiones extrajimos de nuestra reflexión.42

Valdría la pena que alguien se ocupara académicamente del tema, que repasara los contenidos de los ejercicios espirituales y cursos. Por lo tanto esas modalidades de Dios, por decirlo así, jamás fueron descuidadas por nosotros, al contrario, las cultivamos con más intensidad que en ninguna otra parte. El Dios del corazón, el Dios de nuestros altares. Pero lo que se anticipó al tiempo, y continúa anticipándose hoy, es siempre la referencia al “Dios de la vida”; el Dios que gobierna la vida, dicho más exactamente, el Dios de la historia. Ahora bien, el concepto “Dios de la historia” restringe la idea de Dios.43

Naturalmente hemos presentado siempre también al Dios de la creación, pero a la vez le enseñamos al pueblo que Dios creó el mundo. Y para la sensibilidad del hombre - especialmente si echamos una mirada retrospectiva sobre los siglos y milenios pasados, por ejemplo, sobre lo que dijeran Aristóteles y Platón - si observamos la sensibilidad de la humanidad, se puede comprender por qué hombres inteligentes y religiosos se han extraviado tanto en lo que hace a la temática del Dios de la creación. En la creación existen leyes que se cumplen perpetuamente. El ser humano tiene necesidad de estabilidad. De ahí la fuerte aspiración de los hombres de milenios antes de Cristo, de integrarse al ritmo de la creación, al ritmo de la naturaleza: porque en ese ritmo hallaban un ciclo fijo, estable, tranquilizador, algo que se repetía continuamente.

En cambio, si pensamos en la historia, observamos que en ella hay un continuo fluir; pensar en la historia es pensar en un dinamismo incesante, casi inasible. Hoy la situación es de tal y cual manera, mañana lo es de otra. Lo mismo sucede cuando pensamos en la historia de nuestra propia vida o de nuestra familia natural. Un ir y venir de olas…

Así pues desde el principio nuestra fortaleza residió en una cierta originalidad: poner siempre en primer plano al Dios de la historia. De este modo se entiende porqué pusimos entonces tan fuertemente la Divina Providencia en el primer plano de nuestro pensamiento. Porque, ¿quién sostiene en sus manos el acontecer mundial, la historia universal, la historia de la Iglesia, la historia personal, la historia de la comunidad?

1.9 SER TOCADO POR DIOS. ENCUENTROS CON DIOS

De: Homilía del 21 de abril de 1963

En: Aus dem Glauben Leben, 7, 65.68

Que el día de hoy - segundo domingo de Pascua - sea un día de recuerdo de los encuentros con Dios. Los encuentros con Dios en mi vida, cómo y cuándo. ¿Qué he hecho con ellos? En segundo lugar, un día de renovación. ¿Qué queremos renovar? Renovar el encuentro con Dios. Pero esto supone naturalmente tomar conciencia sobre dónde, cómo y cuándo he sido tocado por Dios. Renovar y profundizar mis encuentros con Dios.

¿A qué Dios puedo encontrar? Al Dios de nuestros altares, al Dios de la vida y al Dios de nuestro corazón. Al Dios de nuestros altares. Lo sabemos y a la vez no lo sabemos, similarmente a como Tomás sabía y a la vez no sabía cabalmente que Cristo estaba frente a él: Aquí está el Dios vivo, en el sagrario, con cuerpo y alma, con su divinidad y humanidad, invitándonos: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28). Tengo oportunidad de encontrarme con Dios. ¿Por qué correr continuamente a golpear las puertas de los hombres olvidando al solitario ermitaño que mora en su pequeño sagrario? (…)

Encuentros con Dios, con el Dios de la vida. Hoy leímos en el evangelio cómo el Señor se aparece estando las puertas cerradas. No hay nada que impida a Dios tocarnos, encontrarnos. Dios de la vida. ¿A través de qué me habla? A través de los acontecimientos de mi vida. Renuevo esos encuentros y en el futuro, con una mirada de fe, volveré a percibir a Dios en mi vida, entre mi vida y todas las cosas terrenales.

Y por último: encontrar al Dios de nuestro corazón. Sabemos que todos nosotros, alcanzados por la gracia, podemos considerarnos como pequeños templos de la Trinidad, inhabitados por el Dios Trino, consagrados al Dios Trino.

1.10 EL DIOS DE LA SAGRADA ESCRITURA

De: Conferencias 1963, 4, 37-38

Examinemos la Sagrada Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. (…) el Dios de la Sagrada Escritura, la imagen de Dios que nos presenta la Sagrada Escritura (…) es el Dios que ha dado vida a toda la creación. Éstas son cosas que hallaremos una y otra vez en la Sagrada Escritura, casi en todas sus páginas. Pero lo más original me parece que es lo que nosotros hemos constituido en cimiento de nuestra vida y aspiraciones: el hecho de que ese Dios no duerme, sino que gobierna y guía. No se retiró a su aposento para descansar y dejar al mundo librado a sí mismo. No, ese Dios guía, guía el destino de la humanidad, guía el destino de cada persona. Eso es, en lo más profundo, el fundamento de nuestra fe en la Divina Providencia.

Por lo demás, ustedes advierten que dicha guía de Dios en la historia universal, en la historia de salvación, en la historia de la vida de cada persona es (...) el problema más difícil que la humanidad de hoy, también la cristiandad, tiene que elaborar y resolver íntimamente.

1.11 LA BUENA NUEVA PARA HOY

De: Brief an Turowski 1952/53, 216-218

La fe en la Divina Providencia interpreta todo acontecimiento del mundo y de la Iglesia, en la familia y el Estado, y en la vida personal, como un plan de sabiduría y omnipotencia de Dios trazado con cuidado y todo detalle. Pero hoy se dispensa poca atención a esa fe.

Con la desaparición del espíritu de fe aumenta en todas partes el peligro de caer en un fatalismo práctico, en el determinismo, el materialismo o el deísmo. El ojo resplandeciente que el mosaísmo descubre en Aquél que tiene en sus manos las riendas de la historia universal, y el cálido corazón que el cristianismo ha constatado en él, está desapareciendo del pensamiento y de la sensibilidad de amplios sectores - incluso de la Iglesia católica -. Está desapareciendo más y más, dando lugar a la idea de una materia eterna o de un hado ciego, un Dios despótico y autosuficiente que se mantiene desligado de la suciedad y maraña de las contiendas del mundo, y deja a los hombres librados desoladoramente a sí mismos.

En tal entorno Schoenstatt descuella por su fe cálida, ardiente, en la Divina Providencia. Descuella como una columna solitaria que se alza elevándose al cielo. La fe en la Divina Providencia, olvidada, despreciada, negada, combatida, es para nosotros cimiento del sólido edificio de la Familia, una Familia que aspira a elevados ideales y se extiende por todo el mundo.

Con la ley de la puerta abierta y de la resultante creadora, la fe en la Divina Providencia nos ha desvelado el plan admirable de Dios y nos lo ha confiado para su realización. Esta fe es, por así decirlo, el carisma que la bondad desbordante de Dios nos ha concedido en gracias abundantes por la intercesión de la Sma. Virgen. Una fe que se mantiene firme en medio de todas las tormentas y extrae las conclusiones para la vida cotidiana con una inmutable seguridad instintiva. Y las extrae especialmente cuando resulta vano todo cálculo humano y se derrumba todo apoyo terrenal. Esa fe es la buena nueva que tenemos que proclamar con convicción al mundo de hoy mediante palabras que aclaren y den testimonio, y mediante hechos audaces y heroicos. Creemos que estamos llamados a esa tarea.

1.12 AYUDA CONTRA EL FRÍO CÓSMICO Y ANTROPOLÓGICO

De: Conferencia del 3 de enero de 1965

En: Vorträge, III (1966), 41-42

Desde el principio hemos sostenido una concepción del Dios vivo peculiar, específica, especial: el Dios de la vida. Escuchémoslo bien: el Dios de la vida que sostiene continuamente en sus manos las riendas del acontecer mundial. No como si hubiésemos olvidado al Dios de los altares o al Dios de nuestro corazón. ¡Ah, no! También ese Dios quiere ser considerado, ser puesto en el primer plano.

Pero en una época en el que el mundo, especialmente en la vieja Europa, ha comenzado a rigidizarse, presa del frío cósmico… ¿Entienden lo que significa frío cósmico? No sólo hay que entenderlo biológicamente. Hablamos de frío cósmico: todo lo enfría, rodea al ser humano haciendo que su interior se entumezca, se enfríe. ¿Qué significa tal enfriamiento? Que el hombre ya no entiende más la vida porque la vida le plantea infinidad de enigmas. No puede ver más allá. Frío cósmico. Adviertan pues que tenemos que reencontrarnos con el Dios de la vida y su calidez cósmica. El corazón ha de volver a ser un corazón cálido en su relación con Dios; y serlo en la mayor medida, de modo descollante, precisamente cuando todo a nuestro alrededor esté oscuro. Un salto en la oscuridad.

1.13 AMADO PERSONALMENTE

De: Vorträge 1963, 2, 52-54

Cuando piensa sobre sí mismo y el orden de salvación, san Pablo no se cansa de repetir: “Dilexit me”.44 Reflexionen sobre esta realidad. San Pablo es objeto del amor de Dios. Y me parece que él, para ser sincero, no sólo podría decir: dilexit me, sino dilexit me specialissime o bien specialissimo modo. Somos objeto del amor de Dios. Hemos hablado mucho sobre la corriente de amor que mana del corazón de Dios, fluye por el mundo y busca retornar al corazón de Dios. Hemos sido sumergidos en esa corriente de amor. (…)

Vale decir, no sólo objeto de un amor paternal general, de un amor maternal general, sino objeto de ese amor de una manera muy especial. ¿Cómo fundamentarlo? Podría dejar a ustedes esa fundamentación. Precisamente porque estamos acostumbrados a detectar el deseo, la voluntad y regalos de Dios a través del modo y manera como Él nos ha ido guiando. No se avergüencen de reconocer silenciosa y agradecidamente en su fuero interno que el camino de su vida ha estado ligado hasta ahora a Schoenstatt. (…) Detrás de la vida y acción de ustedes tiene que haber brillado con fuerte intensidad la “estrella de los Tres Reyes Magos”, la estrella de las tres virtudes teologales.45 Sabemos que toda gracia mana, por último, de una sola fuente, del corazón de Dios. Por eso no nos resulta difícil afirmar, viéndonos a nosotros reunidos aquí: “specialissismo modo a Deo dilecti”.46

Será pues tarea de ustedes meditar sobre esa afirmación. Les pido que lo hagan con frecuencia. No como se lo hace por lo común cuando se participa del retiro mensual, ejercicios espirituales, etc., ocasiones en las que nos detenemos en la revisión y repaso de las debilidades y miserias personales. Creo que esta vez, y por un cierto tiempo, debemos hacer lo contrario: enfocarnos en las misericordias de Dios en nuestra vida, especialmente las misericordias extraordinarias de Dios; y hacerlo muy conscientemente.

1.14 LA LEY DE VIDA DE LOS SANTOS

De: Brief an Turowski 1952/1953, 123

Las biografías de los santos presentan una característica particular. Todos ellos comenzaron a abrirse plenamente al bien y emprender el camino hacia la cumbre de la perfección cuando en su vida y alma echó hondas raíces la fe en la providentia divina specialis. Vale decir, cuando tomaron conciencia, cuando sintieron y creyeron que la persona de Dios Padre los aceptaba personalmente, los valoraba y trataba como a las pupilas de sus propios ojos; cuando pudieron repetir con san Pablo: Dilexit me et tradidit semetipsum pro me;47y cuando con san Ignacio rezaron en todas las estaciones del viacrucis: Et omnia haec propter me.48Todos los santos, sin excepción, fueron por excelencia hijos de la Divina Providencia. De ahí la gran importancia que reviste para todos los tiempos educar en la vida sobre la base de la fe práctica en la Divina Providencia. Y de ahí la conclusión que se extrae con facilidad: La importancia que tiene una tal educación justamente para una época afectada, hasta la médula, por la despersonalización y la masificación.

1.15 EL MENSAJE CENTRAL DE JESUCRISTO

De: Brief an Turowski 1952/1953, 124-126

La imagen de Dios del Nuevo Testamento presenta marcados rasgos paternales. Lo constatamos con frecuencia y nos convencimos hondamente de ello a lo largo de las décadas. Por eso basta con señalarlo. Creemos firmemente que Jesús tenía la misión de revelar esos rasgos a sus oyentes y discípulos, e incorporarnos de manera misteriosa a su propia filiación divina. En la oración sacerdotal49 da el siguiente testimonio de sí ante el Padre del Cielo: “Manifesté tu nombre - el nombre de Padre - a los hombres.”

En su oración, trabajo y padecimientos, Jesús giraba en torno del Padre. E integra a esa corriente de amor que va hacia al Padre a todos los que se unan a él. Así lo hizo durante su vida en la tierra. Y así sigue haciéndolo hoy en la liturgia y a través las mociones interiores. Nadie va al Padre si no es a través de él. Jesús habrá cumplido su misión recién cuando todos los elegidos hayan hallado el camino hacia el Padre con el compromiso de su propio ser, sentimientos y vida. Jesús pone el nombre de “padre” en la boca y el corazón de los suyos enseñándoles a rezar: “Padre nuestro…”

Con arrollador entusiasmo e imágenes brillantes proclama no sólo la buena nueva de la providentia generalis del Padre sino también y sobre todo de su providentia specialis. La providencia general era conocida por sus oyentes que habían pasado por la escuela del Antiguo Testamento. Para ellos no era nuevo que Yahvé cuidase de su creación, que alimentase las aves del cielo y vistiese los lirios de los campos. Sabían que Israel era el predilecto de Dios, era su pueblo elegido. Conocían por la historia suficientes casos en los que había operado la providentia specialissima. Les bastaba pensar en los patriarcas y en los profetas. Con qué frecuencia en el transcurso de los siglos se ha repetido, unas veces de una forma y otras veces de otra, lo que la Sagrada Escritura relata de Moisés: “Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (cf. Ex 33, 11).

Pero lo que para ellos sí era nuevo era precisamente el hecho de que el Padre se interesase personalísimamente por las mínimas cosas de cada ser humano y velase paternalmente por ellas, al punto de que no cae ni un solo cabello sin el conocimiento y voluntad de Dios, sin su intervención (cf. Mt 6, 25-34). He aquí pues el mensaje de la providentia divina specialis, vale decir, de la Divina Providencia individual o especial: Dios no sólo abarca todo el acontecer mundial con las leyes y constantes inherentes y operantes en él, y lo lleva sabiamente hacia una gran meta planeada; Dios no sólo se ocupa de algunos grandes líderes del pueblo; sino que, a la vez y del mismo modo, se ocupa de cada una de las personas que conforman ese mundo. Sabemos todo esto; lo hemos recordado innumerables veces. Sin embargo, hemos de admitir que muchas veces el intelecto está convencido de esa realidad; pero el corazón no está entusiasmado por ella, al menos no en la medida en que desearíamos que fuese y tendría que ser efectivamente. Ciertamente en virtud de la Alianza de Amor la MTA nos ha tomado de la mano y guiado hacia el Padre. Desde ese momento se nos abrió un nuevo mundo.

Sin embargo coincidirán conmigo en lo siguiente: Cuando nos comparamos, por ejemplo, con san Pablo, que sentía continuamente que sobre él reposaba la mirada bondadosa de Dios, que Dios estaba unido a él y trataba con él cara a cara y de corazón a corazón, entonces día a día nos sentimos cada vez más pequeños y desvalidos como si aún no hubiésemos aprendido el abecedario de la relación hijo-padre. Porque, seamos sinceros, ¿quién de nosotros puede decir con san Pablo: “Hermanos, hasta hoy yo he obrado con rectitud de conciencia delante de Dios.”? (Hch ٢٣,١)“Este es para nosotros un motivo de orgullo: el testimonio que nos da nuestra conciencia de que siempre, y particularmente en relación con ustedes, nos hemos comportado con la santidad y la sinceridad que proceden de Dios, movidos, no por una sabiduría puramente humana, sino por la gracia de Dios.” (2 Co 1, 12).

Vemos pues que san Pablo vivió lo que enseñaba cuando recomendaba: “Sean ciudadanos del cielo, vale decir, estar junto a Dios, con él y en él, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre que está tan interesado en nosotros que no sólo tienes posados sus ojos continuamente sobre nosotros sino que examina también nuestro corazón y riñones” (cf. Flp 3, 20; Sal 26, 2). ¡Tan íntimamente unido está Dios a nosotros! Y él exige que también nosotros giremos perpetuamente en torno de él (…).

Raras veces ocurre que personas que son transparentes de Dios reflejen con claridad - más allá de defectos humanos - la maestría divina en cuanto a unir providentia generalis y providentia specialis y así, ateniéndose a la ley de la transferencia de afectos, encaucen limpiamente hacia Dios Padre el afecto que reciben. Con esta observación estamos tocando nuevamente el tema de qué importante es para la renovación del mundo que haya padres auténticos.

Dicho en otros términos: La fe en la providentia divina specialis no se enciende, o no se enciende suficientemente, queda como una pálida idea de barniz religioso;50 si la persona se siente y sabe utilizada por Dios - ciertamente por una benevolencia general - para determinados fines del gobierno del mundo, o peor aún si se siente manipulada por Dios. En uno u otro caso no se sabe ni se siente plenamente aceptada, atendida, cuidada personal e individualmente. De ahí que la persona, en cuanto persona, no se experimente anclada con suficiente profundidad en Dios, ni valorada ni protegida por él, sino despersonalizada, manipulada, masificada, aun cuando se trate de alcanzar metas divinas. Eso redunda en que la fe en la Divina Providencia no se convierta en una gran potencia en la vida de las personas y de pueblos enteros, y que entonces el hombre, al enfrentar catástrofes extraordinarias, caiga en la confusión y se entregue a corrientes y movimientos ateos.

1.16 EL INTERÉS PERSONAL DE DIOS POR CADA SER HUMANO

De: Brief an Turowski 1952/53, 128-129

Quien ha creado nuestra naturaleza conoce mejor que nosotros sus necesidades. Su sabiduría y amor conocen los medios y vías para satisfacerlas. Y su omnipotencia realiza lo que sabiduría y amor hayan previsto. Más allá de que Dios mira con amplitud infinita, vale decir, contempla todo el vasto escenario del acontecer mundial; más allá de la plenitud de sus infinitas perfecciones; más allá de la incorruptibilidad e inexorabilidad de su verdad y justicia y de la pureza de su santidad; más allá de su abrazo amoroso a todo lo que él ha creado… Dios tiene un cariño hondo y cálido por cada ser humano y se interesa personalmente hasta por las mínimas cosas que lo conciernan. Para convencernos de ello hizo que su Hijo unigénito asumiese la naturaleza humana con todas sus nobles inclinaciones y pasiones humanas. Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Ese misterioso interés personalísimo de Dios por cada ser humano - que nos resulta tan difícil imaginar debido a la condición divina de ser espiritual e inmutable - ha encontrado en la persona y figura de Jesús un reflejo perceptible por nuestros sentidos, una encarnación… El Unigénito, representa el rostro del Padre eterno vuelto hacia nosotros, nos revela de modo sensible y tangible, de modo auténticamente humano, cómo podemos representarnos de manera humana el interés espiritual de Dios Padre por cada persona. Newman51 afirma con acierto:

“Realmente es admirable y digna de adoración la condescendencia con la que Dios socorre nuestra debilidad. La atiende y ayuda precisamente de la manera como obró la redención de las almas. Para que comprendamos que a pesar de sus misteriosas e infinitas perfecciones, , presta atención especial y tiene un cariño especial por cada ser humano, asumió los pensamientos y sentimientos de nuestra propia naturaleza, que, como todos sabemos, es capaz de tal cariño personal. Haciéndose hombre cortó de raíz, de una vez y para siempre, las dificultades y problemas de nuestro entendimiento en esa área, como si quisiese dar razón a nuestras objeciones y refutarlas poniéndose él mismo en nuestro propio punto de vista.”

El interés personal de Dios por nosotros presenta sobre todo dos cualidades: Es infinitamente tierno, e infinitamente atento. Esto quiere decir que, en su Hijo, el Padre nos ha regalado, por decirlo así, un espejo en el que se refleja y hace comprensible su amor paternal infinitamente tierno y atento, más allá de que nosotros no podamos entender cómo tal hondo cariño de Dios hacia cada ser humano pueda compatibilizarse con las otras cualidades divinas. Pero si recordamos lo que escuchamos más arriba sobre Pascal y santo Tomás sobre la tensión y la armonía y en relación con las virtudes complementarias de la verdadera santidad en los reflejos humanos de la santidad divina, y si aceptamos luego que en Dios hay que suponer medidas infinitas en todos los aspectos, entonces la razón que piensa en abstracto estará en camino de ver que las contradicciones aparentemente irreconciliables se funden en una unidad.

Quien quiera convencerse del amor personal de Dios no ha de contentarse con tales reflexiones filosóficas abstractas, ni con las enseñanzas de la Sagrada Escritura sobre la providentia divina specialis, ni tampoco con la meditación cuidadosa y continua sobre las misericordias personales de Dios en nuestra propia vida y en la historia de la Familia - forma de meditación habitual entre nosotros; sino seguir adelante y aprender a entender, gustar y responder a la cálida afectividad de Jesús en cuanto expresión humana y tangible del amor paternal de Dios. Es como si en este sentido el Señor nos dijese: “El que me ve, ve al Padre” (cf. Jn 12, 45). “Nadie va al Padre sino por el Hijo” (Jn 14, 6). Nadie comprende el amor individual del Padre, amor que se interesa personalmente por cada ser humano, si no lo ve reflejado en la figura del Unigénito.

1.17 TERNURA Y ATENCIÓN DE DIOS

De: Brief an Turowski 1952/53, 130-131.133

Para al menos presentar algunos ejemplos de cuán tiernamente humana es la sensibilidad del Señor y cuán atento es Él en su trato con los hombres, observemos su relación con sus amigos… Naturalmente haremos sólo algunos enfoques que quieren despertar nuestra iniciativa, nuestro espíritu de descubridores y conquistadores, encauzándolos hacia este fértil campo, para fomento de una fuerte corriente del Padre o de la Divina Providencia. El Salvador, Señor del cielo y de la tierra, el que sostiene firmemente en sus manos el cetro del gobierno universal, es igualmente capaz de sentimientos de amistad. Esta cualidad suya hoy nos conmueve y resulta extraordinariamente cercana, y por momentos, sorprendente. En este sentido la Sagrada Escritura nos presenta escenas pintadas con preciosos detalles que nos permiten meditar sobre algunos rasgos particulares.

Así pues la Sagrada Escritura nos habla de las lágrimas que el Señor derrama de manera auténticamente humana sobre Jerusalén; del modo como trata a Pedro antes y después de la traición; de cómo se conducía con Juan; o bien de cómo trató con Tomás cuando éste dudó. La Sagrada Escritura nos permite además apreciar, con total transparencia, cómo fue su relación con las mujeres piadosas. Particular encanto reviste su relación con Lázaro y sus hermanas.52 Detengámonos un poco aquí, porque así también lo hace la Sagrada Escritura. Escena de cautivante belleza es la del llanto de Jesús junto a la tumba de Lázaro (Jn 11). “Jesús preguntó: ‘¿Dónde lo pusieron?’ Le respondieron: ‘Ven, Señor, y lo verás’. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: ‘¡Cómo lo amaba!’”

Para el pensamiento limitado del ser humano, estos hechos están lleno de enigmas de difícil resolución. Lo admitimos de buena gana. Enigmas que se condensan en un misterio impenetrable cuando pensamos en el carácter divino de la persona de Jesús, cuando nos preguntamos: ¿Cómo Él, en su condición de Dios puede vivir en continua beatitud y a la vez llorar como hombre? ¿Cómo podía ser omnisciente y a la vez no saber? Así pues quien debe revelarnos el misterio del Padre, está ante nosotros cubierto por el velo del misterio. (…) Por ende nunca salimos del mundo de lo incomprensible, en el que sólo la fe viva puede guiarnos. No debe asombrarnos que también el acontecer mundial y nuestra vida estén llenos de cosas incomprensibles.

El Señor llora, llora realmente con gran compromiso interior y no en apariencia. ¿Qué es lo que lo hace prorrumpir en llanto? Ante todo una razón auténticamente humana: Compasión y empatía con el dolor de los deudos que están allí llorando. Vale decir que Jesús se deja contagiar por sus llantos y lamentos, tal como nosotros mismos solemos hacer. Así dice la Sagrada Escritura: “Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, se conmovió y turbó” (cf. Jn 11, 33). En una homilía de un cuarto domingo de Cuaresma, Newman hace referencia a esa escena, trata de explicarla e integrarla al contexto que aquí nos interesa especialmente. Dice así:

“Esencia profunda de la compasión y empatía es el alegrarse con quienes están alegres y llorar con quienes lloran. Sabemos que así ocurre entre los hombres, y Dios nos dice que también Él sabe de compasión y tierna misericordia. Pero no entendemos con facilidad lo que eso significa: ¿cómo puede alegrarse o enojarse Dios? Porque precisamente en razón de la infinita perfección de su ser, el Omnipotente no puede manifestar empatía alguna, al menos no según la conciben seres tan limitados como nosotros. Él está oculto a nuestros ojos. Si se nos concediese verlo, ¿cómo percibiríamos signos de empatía en quien es eterno e inmutable? Él derrocha palabras y obras de empatía en nosotros. No obstante es justamente la visión de la empatía en los otros lo que nos conmueve y consuela más que los efectos de esa compasión. Si bien el Hijo de Dios tuvo para con nosotros una cuota de empatía tan grande como la de su Padre, no nos la manifestó mientras permaneció en el seno del Padre. Pero cuando se encarnó y apareció en la tierra, nos mostró la divinidad en una nueva revelación. Se revistió de cualidades propias de nuestra carne, asumiendo un alma humana y un cuerpo carnal, para hacer suyos pensamientos, sentimientos y mociones de la afectividad que se correspondiesen con los nuestros y fueran capaces de manifestarnos su tierna misericordia. El amor de Dios, el corazón compasivo del Eterno y Omnipotente, se digna a revelarse a nosotros de un modo comprensible para nosotros, vale decir, en el modo de la naturaleza humana.

Jesús lloró por lo tanto no sólo en razón de profundos pensamientos, de su comprensión en aquella hora, sino por ternura espontánea, por amistad y misericordia, por dulzura empática y amorosa, por el cariño, pródigo en cuidados, del Hijo de Dios para con la obra de sus manos, para con el género humano. En ese momento las lágrimas de los hombres lo conmovieron porque fue precisamente la miseria de los hombres lo que lo hizo descender del cielo. Su oído estaba abierto para ellos, y la voz de sus lágrimas halló enseguida el camino hacia su corazón.”

(…) En el trato con sus enemigos el Señor mantiene la misma actitud que observa para con sus amigos. Ejemplo clásico de esto es su conducta para con Judas, el traidor.

(c. Plan divino de amor, sabiduría y omnipotencia)

1.18 PERCIBIR Y RESPONDER LAS PEQUEÑAS SEÑALES DE DIOS

De: Ejercicios espirituales para PP. de Schoenstatt 1967

En: An seine Pars motrix, 8 (1967), 259-262

Sería un error, sería una especie de superficialidad, no reflexionar en estos días detenidamente sobre si nuestra vida personal no ha estado bajo una guía especial, una guía divina. Dicho en un estilo coloquial: Si no hemos sido por antonomasia hijos de la Divina Providencia, vale decir, hombres que de manera muy particular y original han sido guiados por Dios, y ciertamente - permítanme reiterar la frase -, si no hemos “estado bajo una guía divina”. Vale decir que el timonel ha tenido siempre en sus manos el timón. Nada es casual, no, no. Percibo palpablemente cómo Dios ha empuñado el timón; y naturalmente cómo también nosotros nos hemos esforzado, a cada paso, por asumir cada intención y acción del timonel.

Al menos para mí, una reflexión predilecta que yo me hacía incluso en el calabozo53 es la siguiente: Si lográsemos discernir los mínimos deseos y señales del timonel, y responderlas, ¡qué línea recta quedaría trazada a lo largo de nuestra vida!

Dicho con otras palabras, y considerado desde un punto de vista humano, muy humano: puede ocurrir que al recorrer nuestro camino seamos a veces muy negligentes en lo que se refiere a captar y responder a las señales de Dios. Por ejemplo, Dios, el timonel, da señal tras señal para que la barca de la Familia navegue siguiendo tal y cual dirección. Y nosotros no reaccionemos. Finalmente comenzamos a reaccionar, pero hasta ese momento habremos dejado muchas pequeñas señales sin observar. ¿Tendremos la fuerza necesaria para acatar la nueva señal? Desde el punto de vista teológico, podría dar diferentes explicaciones, por ejemplo, que Dios desde toda la eternidad lo ha planeado así. Pero piensen las cosas desde otro punto de vista: Si nos hemos educado para que en todas las situaciones que vivamos demos un “sí” a la mínima señal de Dios: ¡Qué fácil tendría que resultarnos entonces mantener la serenidad en todas las situaciones de nuestra vida, también en las más graves! Porque entonces estaríamos siempre preparados, sabiendo que Dios, como timonel de nuestra vida, es un Dios de amor, sabiduría y omnipotencia; que Dios no quiere jugar con nosotros; que Dios no sólo me quiere demostrar que puede hacer lo que quiera, sino que es el amor, el amor en persona. Por eso todo lo que acontezca en mi vida es expresión del amor paternal del Dios infinito. (…)

San Gregorio nos deja una hermosa reflexión que nosotros mismos pudimos habernos hecho; no obstante es un pensamiento misterioso: “Dios empuña las riendas del acontecer mundial como si no existiese el individuo, y cuida de las necesidades del individuo, incluso las mínimas, como si no hubiese comunidad”. Ciertamente la analogia entis es muy limitada. Aquí se nos aparece nuevamente el Dios vivo que está muy por encima de todo, todo lo puramente humano. Nos enfrentamos nuevamente al misterio.

(Sacramentalidad del momento)

Se habla de “la sacramentalidad del momento”. Visto con los ojos de la fe, ¿qué significa “la sacramentalidad del momento?”. ¿Qué entendemos por sacramento, por carácter sacramental? Un acontecimiento exterior como símbolo de una gracia interior. La sacramentalidad del momento, de cada momento, me señala el deseo de Dios Padre, y a la vez me ofrece la gracia que necesito para reconocer y cumplir la voluntad de Dios en cada momento.

(La fe en la Divina Providencia como una manera de entender el mundo)

Al escuchar ahora estas cosas integradas a un contexto armónico, tenemos que decir entonces lo siguiente: Para nosotros la fe en la Divina Providencia se ha convertido en una manera de entender el mundo. Así se lo solía escuchar antaño con frecuencia. No como si nosotros fuésemos también providencialistas, como si la fe en la Divina Providencia tuviera también un lugar en nuestro pensar y querer, no, no es eso. La fe en la Divina Providencia es la idea central, centralísima, de nuestro pensar y amar.

(Fe en la Divina Providencia y Alianza de Amor)

Sea como fuere, no pasen por alto que estamos hablando de la fe en cuanto fides caritate formata [fe informada por la caridad]. Aplicado a nuestra vida cotidiana: Fe en la Divina Providencia como fuente para el reconocimiento y realización de nuestra Alianza de Amor, como fuente y efecto, todo a la vez.

Más allá de todas las originalidades que podamos tener, todas pueden escribirse sobre la uña del pulgar.54 Por eso, si queremos ser y continuar siendo schoenstattianos auténticos, no resta otra cosa que poner siempre en primer plano ambas realidades: Fe en la Divina Providencia y Alianza de Amor. Fe en la Divina Providencia - fides caritate formata -. Alianza de Amor fundada en la fe en la Divina Providencia. La fe en la Divina Providencia nos señala entonces qué características asume en cada ocasión la Alianza de Amor. Y la Alianza de Amor nos invita a beber una y otra vez de la fuente de la fe en la Divina Providencia.

1.19 PLAN INFINITO DE AMOR Y SABIDURÍA55

De: Homilía del 18 de noviembre de 1962

En: Aus dem Glauben leben (Vivir de la fe), 4, 90-96

Strauss56 es quien probablemente en tiempos modernos ha desdibujado por completo la imagen de Dios. A él debemos en gran parte que hoy circule por el mundo la frase: “Dios ha muerto. Nosotros lo hemos matado; hemos arrumbado al Dios vivo en el desván”. Pero en horas de soledad Strauss habría declarado: “¡Qué obra terrible hemos llevado a cabo! Lo más importante que le hemos arrebatado a la humanidad ha sido la fe en la Divina Providencia”. Hoy ya no se dice como antaño: “Mi vida responde a un plan de Dios”. Porque, ¿cómo se caracteriza hoy al ser humano? ¿Qué hemos hecho de él? Les reitero lo ya dicho: Hemos hecho de él una máquina de la que se puede abusar en todo sentido, con la que se puede jugar a su antojo. ¡Qué grande era la fe en la Divina Providencia de antaño!: “Yo soy objeto del infinito amor y guía paternales de Dios, y ello desde toda la eternidad”. Así hay que señalarlo cuando reflexionemos sobre nuestra imagen de hombre: Planeado desde la eternidad. Vale decir, no soy flor de un día, no soy el producto de circunstancias azarosas o casuales. No, existe un plan de Dios. ¿Y cómo es ese plan? Es un infinito plan de amor, sabiduría y omnipotencia.

(Plan de amor)

Un plan de amor. ¿Qué es lo que ha llevado al Dios vivo a pensar en mí, a darme vida? Lo escuchamos una y otra vez y dejamos que cale en nuestra mente y corazón: Soy fruto de un plan de amor… un plan de amor.

Un gran intelectual dijo una vez: “Deus quaerit condiligentes se”.57 Dios me ha creado porque Él - hablando humanamente - me necesitaba como objeto de su amor. Por cierto es difícil expresar estas realidades, pero lo entenderán mejor si lo interpreto así: El Dios Trino vive en un mar de amor - Padre e Hijo en un único e infinito beso de amor, en una unión de amor. Y esa unión de amor es tan profunda que de ella surge incluso una tercera persona. Pero con esto no queda saciado aún el hambre de amor del eterno Padre Dios, de quien san Juan dice: Deus caritas est [Dios es amor, 1Jn 4,8.16]. La corriente de amor divina, trinitaria, quiere derramarse - por decirlo así -: Dios crea nuevos seres. ¿Por qué? ¿Por qué me creó?

Dios quiere amarme; reitero que Dios no es feliz si no puede amarme. Así debo representármelo. ¿Qué soy yo entonces? Un producto del amor de Dios. Por eso no hay que decir: “Nadie se preocupa por mí, porque soy viejo, soy una carga para los demás; porque no soy hermoso o bien de escasa talla; porque soy insignificante, no tengo cualidades destacadas”… No, no. Para Dios soy siempre objeto de su amor, él quiere amarme. ¿Y qué espera también de mí? Que responda con amor: He ahí el sentido de mi vida. Desde el punto de vista de Dios: Yo he de ser objeto de su amor; y desde mi propio punto de vista: Dios ha de ser objeto de mi amor. ¿Ocurre así? Dios ha llamado a la existencia a todas las cosas creadas como un cierto imperativo, como una oportunidad, como una exhortación a amar.

Don de amor. Si soy una mujer casada: mi esposo es un don de amor de Dios; el esposo debe motivarme a amar, para que el amor que yo tengo a mi cónyuge eleve hacia Dios, más y más, mi propio amor y el amor de mi esposo. Mis hijos y todos los bienes materiales que yo tenga: dones de amor de Dios, regalados por el amor de Dios, para que yo aprenda a amar mediante esas cosas; tanto si se trata de personas, como de objetos, o de las mismas vicisitudes de la vida: todo eso constituye una invitación a amar de parte de Dios. A través de todo lo creado Dios pide mi amor; me lo pide de dos maneras: que utilice por amor lo creado o bien que renuncie por amor a tal o cual cosa que pudiera poner en peligro mi amor.

¿Se dan cuenta ahora de cómo es nuestra concepción del ser humano? ¿Cuál es mi condición? Quizás mi frágil naturaleza esté enferma, quizás yo esté sintiendo en mí el aguijón de la muerte. No obstante, ¡qué enorme dignidad poseo! Hemos olvidado todo eso, no sabemos qué hacer con eso. En resumen, soy producto del amor de Dios y por lo tanto debo llegar a ser también producto de la respuesta de amor a Dios. Amor por amor.

(Plan de sabiduría)

En segundo lugar soy también un producto de la sabiduría de Dios. Quizás no comprenda muchas cosas que han ocurrido en mi vida, las vicisitudes por las que he pasado. No las comprendo… son un enigma para mí. Pero detrás está la sabiduría de Dios. El amor de Dios ha trazado un plan para mí, un plan que llegará a su definitiva consumación en la eternidad. Por lo tanto no sé exactamente cómo es; es un misterio, un misterio rodeado de oscuridad. Pero la sabiduría eterna de Dios sabe aprovechar todo eso para que se alcance la meta que el Dios vivo ha previsto para mí. Él conoce mi naturaleza; conoce mejor que nadie las misteriosas fuerzas motrices de mi naturaleza. Todo lo que me envía es adecuación a esas fuerzas motrices, para ponerlas en movimiento, para que en definitiva yo llegue a ser tal cual estoy previsto en sus planes.

Hoy vivimos en la oscuridad de la época y necesitamos la luz de lo alto. A modo de ejemplo: Sería bueno meditar hoy sobre la figura de José, el hijo de Jacob.58 Dios le reveló en sueños la imagen que tenía de él en su divino corazón. En sueños ve que el sol, la luna y las estrellas se inclinaban ante él. Ése era el gran objetivo que evidentemente le había fijado Dios. ¿Y qué caminos utilizó Dios para que dicho objetivo fuese alcanzado? Sabemos que sus hermanos odiaron a José a causa de esos sueños; no querían ser sus súbditos y por eso tramaron su muerte. Pero José finalmente no es asesinado sino vendido como esclavo. Se suceden los hechos, José se ve en un gran desconcierto. Siendo ahora esclavo, es arrojado en la cárcel… ¡qué caminos tan singulares! Desde el punto de vista meramente humano: “¡Cielos! ¡Qué significa todo esto! ¿Cómo ha de cumplirse el plan de Dios en estas circunstancias?” Y no obstante, ese plan se cumplió. Ya sabemos de qué manera se cumplió.

He aquí pues un ejemplo clásico de cómo Dios toma de la mano a cada uno de nosotros. Aun cuando no sucede de modo tan drástico como en la historia bíblica, al final en la eternidad podremos demostrar, podremos experimentar cuán sabiamente Dios ha guiado, conducido nuestra vida. (…)

Pero recordemos siempre estas dos observaciones: Nunca estemos en pie de guerra con la Divina Providencia. En general el hombre de hoy está casi continuamente en pie de guerra con la Divina Providencia. Eso es algo que ya no queremos más.

1.20 PLAN DE VIDA HUMANO Y DIVINO

De: Homilía del 25 de diciembre de 1964.

En: Aus dem Glauben leben, 15, 182-186

Al reflexionar sobre todas las luces y sombras de nuestra vida, nos preguntamos si detrás de esa vida existe un plan misterioso, un plan divino.59Otros serían quizás los planes que nosotros habríamos trazado para nuestra vida. Si hubiéramos podido guiarnos a nosotros mismos, si hubiéramos tenido la última palabra sobre nuestro destino y el destino de nuestra familia, de nuestros hijos, ciertamente no estaríamos ahora aquí. Muchos diríamos - muchos de nosotros-: “Teníamos una sólida posición, contábamos con una propiedad, éramos dueños de nuestra tierra, podíamos seguir tranquilamente nuestro camino…”60 En efecto, otros eran nuestros planes. Por eso planteo de nuevo la pregunta: A pesar de todo, ¿acaso no tiene Dios un verdadero plan, un plan real de amor, de sabiduría y omnipotencia?

Tomemos por un momento distancia de nosotros mismos y contemplemos el mundo de hoy con su caos; contemplemos todas las situaciones sobre las cuales hablamos esta noche,61 y que de alguna manera nos aguardan. ¿No hay detrás un plan, y ciertamente un plan de amor? Si al considerar el acontecer mundial actual nos parece que Dios es un Dios, ¿cómo pues podría haber detrás de todo un plan de amor, de sabiduría y omnipotencia? Les pido que tomen en serio sus pensamientos pesimistas, que verbalicen lo que realmente sienten en el corazón, que expresen lo que la mente elabora una y otra vez en horas de silencio y de lo que no puede tomar distancia.62

Retomando el hilo de lo que veníamos diciendo, ¿no hay acaso un plan detrás de todo eso? San Agustín sabía exponer brillantemente las grandes cuestiones de la vida. Pues bien, este santo nos dice que desde toda la eternidad Dios ha trazado cuidadosamente un plan de amor, sabiduría y omnipotencia. Un plan en el que nosotros no somos meros números con los que se pueda jugar, ni seres sin nombre que sólo tengan que tapar agujeros aquí y allá, en los que ni Dios ni nadie hayan pensado. San Agustín añade que naturalmente ese plan es un plan misterioso. Dios no lo ha puesto delante de cada uno de nosotros para que lo miremos, examinemos y hagamos comparaciones: “He aquí el plan… veamos ahora su realización”. No, no; por supuesto que no. No es así. De lo contrario sería muy sencillo, sabríamos por último cómo terminaría todo. Un plan, sí; pero un plan - agrega san Agustín - que se puede comparar con un tapiz que cuelga en la pared. Tiene anverso y reverso. En el reverso se ve una maraña de hilos. ¿Quién se detendrá en la contemplación de esa maraña? Personas con sentido estético ni siquiera repararán en su existencia. Una maraña. Y sin embargo en el anverso se aprecia un bello diseño que es precisamente fruto dela ejecución de un plan brillante. ¿Es así también el plan de nuestra vida? Sería muy bueno que nosotros ahora, cuando hemos avanzado en edad, contemplásemos a menudo nuestra propia vida, nuestro destino. ¡Qué bueno sería que ya nos fuese posible contemplar el anverso del tapiz!

San Pablo, cuyos textos solemos repasar con mucho gusto, nos dio una vez una magnífica respuesta a cuestiones que hoy nos apesadumbran y abruman: Diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum (Rom 8, 28): Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman. Los que aman a Dios saben que detrás de todo hay un plan divino de amor, sabiduría y omnipotencia, a pesar de que en la vida haya habido muchas cosas sucias, de que en la vida no sólo se nos haya “desordenado el cabello y las ropas”, sino golpeado y martirizado nuestro cuerpo.

Los teólogos nos dicen - y nosotros que somos personas maduras lo intuimos muy bien - que en la eternidad una de las fuentes fundamentales de felicidad es, junto con la contemplación directa de Dios, la posibilidad de echar una mirada retrospectiva sobre la historia universal - todos hemos participado de un tramo de la historia universal- y reconocer los admirables planes de sabiduría del Dios eterno que se han realizado en esa historia. Pero ya ahora podemos anticipar un poquito de esa felicidad. Muchas personas de nuestro medio, que conozco muy bien, han sufrido terribles decepciones en la vida. Pero si son sinceros percibirán también que, más allá de tales decepciones, desde ese pasado les llega mucha calidez y luz, de modo que pueden advertir, concreta, efectivamente, que todo eso no fue mero azar, que detrás había un plan, un plan de amor. Y esa percepción constituye un regalo extraordinariamente grande, especialmente en Navidad.

1.21 PROTESTA CONTRA EL FATALISMO, EL DEÍSMO Y EL PANTEÍSMO

De: Vorträge 1963, 52-53

La fe en la Divina Providencia se nutre de tres pensamientos.

Primer pensamiento: Dios dirige y guía el mundo; Dios guía el mundo, a todo el mundo, hacia una determinada meta que sólo él conoce en detalle. Dios dirige, conduce, actúa. No abandona el mundo a sí mismo. ¿Qué significa esto? Una protesta contra el fatalismo, el deísmo y el panteísmo. Protesta, y en todo sentido, sobre todo contra el materialismo. Reflexionen un poco sobre todos estos “ismos” para comprender el “cómo” y el “qué” de aquello a lo que se alude aquí. Dios es entonces quien sostiene en sus manos las riendas de lo que sucede en la vida de cada persona.

Un segundo pensamiento: por lo común Dios guía al mundo y a los hombres mediante causas segundas.

Y el tercer pensamiento: Dios lo hace, en definitiva, por amor y por sabiduría infinita.63

Los teólogos nos dicen que en la eternidad la mirada retrospectiva sobre la guía divina en el acontecer mundial y nuestra vida personal, y la comprensión final de dicha guía, son parte constitutiva no esencial sino accidental de la visión beatífica. No obstante es una importante parte constitutiva accidental de nuestra felicidad.

Así pues, en la eternidad, una gran porción de nuestra felicidad - si bien de tipo accidental -, consistirá en descubrir, a la luz de Dios, los planes que Dios trazó desde toda la eternidad para el acontecer mundial y la vida personal de cada ser humano, y en contemplar con qué sabiduría los realizó.

Permítanme agregar aquí lo siguiente: No olvidemos que ya ahora podemos hacer nuestra una porción de esa porción, a modo de fuente de felicidad. ¿Qué significa esto? (…) que hay que examinar, repasar, detectar los caminos de Dios, la sabia guía de Dios en nuestra propia vida o, si piensan ahora en su pequeña comunidad, en la pequeña historia de nuestra familia.

1.22 “PONER LA ESCALERA”

De: Vorträge 1963, 6, 42-44

La razón quiere seguridad, una seguridad autónoma: primero viene esto, luego esto otro, y después aquello de más allá. (…) En este punto la mente humana tiene muchas reservas: “Sólo acepto lo que entiendo, lo que puedo comprender con la luz de la razón natural”. Pero justamente el mundo en el que se mueve la fe es el de las innumerables cosas incomprensibles, inconcebibles para la razón puramente natural. No pondré reparos, sino dejaré que la luz de la fe resplandezca señalándome el camino. Confiado en esa luz entregaré mi razón a Dios. Mi razón ha de abandonarse por completo a Dios también cuando se trate de conducciones y disposiciones divinas en nuestra vida que no podemos interpretar apoyándonos exclusivamente en la razón. Aprendamos a ver siempre a Dios detrás de todas las cosas. Si no aprendo esto, entonces mi razón pondrá muchos, innumerables reparos. Y sencillamente hay que dejar de lado todos esos reparos.

Reiterando una imagen popular que solíamos emplear antaño: Poner la escalera a cada acontecimiento, tanto si se trata de un acontecimiento pasado, como presente o bien futuro. Poner escaleras para el entendimiento y para el corazón. Imaginar que detrás de cada acontecimiento está Dios. Pero Dios se halla presente en él como si estuviese en la cima de una torre. ¿Qué hacer entonces? Si mi entendimiento y mi corazón están cabalmente educados, pondré entonces la escalera, miraré hacia lo alto y me preguntaré: ¿Qué quiere Dios que está en la cima de este hecho particular? ¿Qué quiere pues? ¿Qué quiere decirme con esta realidad? ¿Qué fin persigue? Se trata siempre de lo mismo: El justo vivirá por la fe (Rom 1, 17; Gal 3, 11), por el espíritu de fe. Siempre y en todas partes rige la consigna: “Es voluntad de Dios, ¡guarda silencio!”. O bien aquellas otras palabras de san Pablo: diligentibus deum omnia cooperantur in bonum [Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman] (Rom 8, 28). Con el tiempo, mediante la autoeducación (…), mediante la ejercitación, deberíamos desarrollar en nosotros, a modo de una segunda naturaleza, la siguiente actitud: cuando sucede algo, poner enseguida la escalera, vale decir, preguntarnos qué quiere Dios. Dios nos ha enviado esto, pues bien, ¿qué está queriendo decirnos con tal hecho o situación?

Pero aún no es suficiente. Hay que poner también una escalera para el corazón. Si no lo elaboro con el corazón, entonces a la larga no seré un hombre interiormente libre. Observen cómo estas cosas serias inciden hondamente en nuestra vida. ¿Qué significan todas ellas para nosotros? Una escuela magnífica, extraordinariamente magnífica para nuestra educación.

(d. Un Dios muy misterioso. Dios, el sufrimiento y el pecado)

1.23 LA CARIÑOSA MANO DE DIOS CON GUANTE DE HIERRO

De: Vorträge 1963, 3, 137

Es un misterio muy grande que muchas personas experimentan una y otra vez: ¿Cómo es posible que Dios permita tantas cosas espantosas, tanta injusticia, por parte de las causas segundas? En este punto existen muchas respuestas que dar. Por lo común suelo decir lo siguiente: No preguntemos por qué sino para qué permite Dios esas cosas. He ahí siempre el sentido de tal o cual cosa.

De: Vorträge 1963, 5, 180

Eso no es posible sin una honda fe en la Divina Providencia. Y digo expresamente: sin una honda fe en la Divina Providencia, porque hoy toda la situación está sumida en un estado de agitación. ¡Si las cosas fuesen como en los tiempos de nuestros abuelos!64 (…) Por entonces se estaba sentado en su silla; si había movimientos, pues bien, ¡la silla se desplaza conmigo! Pero a nosotros, hombres de hoy, sencillamente se nos derriba de la silla. (…) La Divina Providencia permite una situación de confusión y revolución. Por eso tenemos que buscar de nuevo un último punto de apoyo, de reposo. Lógicamente este proceso no se produce sin que la naturaleza gima y se retuerza. Pero hallar el camino hacia Dios es siempre más fácil abrazando esas circunstancias, aunque sea duro hacerlo, que exponiéndose ciegamente a ella o reprimir todo. Esto último tampoco es correcto.

De: Conferencia del 1 de mayo de1966 En: Vorträge, IV (1966), 237

Su mano paternal, así solemos pensar y decir, es siempre una mano cariñosa. Pero muchas veces viste guante de hierro. ¿Qué o quiénes son ese guante de hierro? Son las personas que nos atormentan, que cometen injusticias con nosotros. ¿Qué hacer entonces? Para nuestra manera de ver las cosas, algo evidente: las crueldades e injusticias que suframos, en la medida en que fueren, son para nosotros caricias de Dios Padre y no agresiones de parte de un dios cruel. He ahí el cambio, la transformación. La Sma. Virgen no juega con sus aliados, con sus hijos de la Alianza. Porque ella misma fue tratada de modo similar. Recordémoslo en este contexto.65

De: Conferencia del 3 de enero de 1966

En: Vorträge, III (1966), 42

En el transcurso de los años hemos hablado y seguiremos haciéndolo también en el futuro: Salto mortal para la razón,66 para la razón puramente natural. Quien no se anime a dar este salto, estará perdido por completo. Salto mortal para la razón. Salto mortal para el corazón. Hoy no existe otro camino si queremos interpretar y asumir cabalmente la vida, nuestra vida, y también la vida que nos espera en el futuro próximo y lejano. Porque intuimos que falta mucho aún para que finalicen estos tiempos de confusión y revolución. ¿Viviremos para cuando retorne un día la quietud, la paz en este mundo?

1.24 CRUZ MUY PERSONAL Y ORIGINAL

De: Homilía del 2 de diciembre de 1962

En: Aus dem Glauben leben, 4, 120-123

Dios tiene una meta, una meta original. Conocemos la meta general: aquí en la tierra llegar a ser lo más semejante posible a Él y a su Unigénito, y luego participar de la gloria del Dios Humanado en la eternidad. Pero no sabemos cómo es ese reflejo divino especial y original que yo puedo ser: Dios lo ha mantenido en secreto. Vale decir que él no sólo nos ve tal como hemos nacido; no sólo nos ve tal como es nuestro estado tras ser vapuleados y sacudidos por las tempestades de la vida, sino que él nos ve ya en la gloria de la eternidad, en la participación en su vida divina en la eternidad. Y siguiendo ese plan que ha fijado para mí con todo detalle, va ordenando todos los acontecimientos de mi vida. (…)

Estoy convencido de que Dios tiene un determinado plan con mi vida, y que procura realizarlo. Ciertamente no conozco los caminos; son misteriosos, tienen sus meandros y zigzags. Pero creo que Dios utiliza todo, utiliza cada una de las situaciones de mi vida, mis extravíos y desconciertos, las desilusiones y desgracias que ocurren en mi vida, para realizar el gran objetivo que se ha fijado para mi vida. Caminos de sabiduría… Yo soy producto de su sabiduría. Las vicisitudes de mi vida… producto de su sabiduría. El Dios eterno es sabio y no cargará sobre mis espaldas más de lo que mis espaldas puedan cargar. Si estuviese convencido de ello, si viese detrás de todo a Dios, si viese su plan, ¡qué fácil resultaría entonces vivir! Pero nosotros, hombres de hoy, nos hemos desprendido íntimamente de Dios.67

Recordemos aquella leyenda del cruzado. Yo soy ese cruzado. Se cuenta que un cruzado que amaba a Dios se quejó un día de que su cruz era muy pesada; quería deshacerse de ella. Miró la cruz de otros: ¡Qué livianas parecían! Lo mismo hacemos nosotros… Luego la leyenda relata que Dios le dijo entonces al cruzado: “- Pues bien, quitaré esa cruz de tus espaldas”. El cruzado le responde: “- Pero yo quiero cargar con una cruz, no quiero estar sin cruz. Tengo que imitar la vida de Cristo, el Crucificado”. Dios le responde: “- Muy bien, fíjate, aquí en este jardín tienen incontables cruces. Elige la que te plazca”. El cruzado examina una tras otras. Ensaya cargar una: Es demasiado pesada. Prueba otra: Es demasiado liviana. Finalmente descubre una, olvidada en un rincón. La prueba y exclama: “- Ésta es la que puedo cargar”. El Padre del Cielo sonríe: “- Bueno, llévatela; pero observa que es la misma cruz que tú dejaste; es la cruz que yo había previsto para ti desde toda la eternidad. Está confeccionada, hasta en sus detalles, a la medida de tus fuerzas”. En suma: ¿Qué soy yo? ¿Cuál es el camino de mi vida?: Producto de la infinita sabiduría del eterno Padre Dios.

1.25 DIOS DISPONE TODAS LAS COSAS PARA EL BIEN DE LOS QUE LO AMAN

De: Semana de Octubre 1966

En: Vorträge, XI (1966), 263-267

(La pregunta de san Pablo)

Ya san Pablo nos llama la atención sobre que “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rom 8, 28), pero, subrayo: radicalmente todas, todas las cosas. En el espíritu del apóstol Pablo, san Agustín completa la idea como sigue: “Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, incluso el pecado”. Sabemos que Agustín pasó por una juventud de pecado, y que por esa vía fue maestro en cuanto a interpretar el pecado en el espíritu de Dios, a asumir sus pecados de tal forma que esos mismos pecados lo adentrasen más hondamente en el corazón del Dios vivo. (…)

Vemos a san Pablo meditando en el desierto, lo vemos asimismo en sus viajes apostólicos trabajando día y noche, pero con su corazón continuamente en el mundo del más allá. Su espíritu no cejó en el empeño de comprender de alguna manera los misteriosos planes de Dios para con la humanidad, especialmente para con su propio pueblo, Israel. Por eso nos imaginamos bien cómo se le planteaba a su espíritu una y otra vez la pregunta: ¿Cómo es posible que mi pueblo evidentemente haya perdido su misión? ¿Cómo es posible que la sociedad humana se revuelque tan fuertemente en el lodo del pecado, de la impiedad, del odio a Dios?

Su espíritu volaba más y más alto, buscando descubrir y revelar últimas posibilidades. ¿No hubiera sido posible - cavilaba - que el Dios eterno trazase otro plan para el mundo? Dios es infinito, omnipotente; él hubiera podido trazar, dar forma, modelar otro plan para el mundo. Pero ha diseñado este plan para el mundo; plan en el que Adán y Eva pecaron y por eso toda la humanidad quedó atrapada en la perdición. ¿No hubiera podido trazar otro plan, un plan en el que Adán y Eva no pecasen, en el que no hubiera pecado original? Naturalmente para el espíritu inquisidor del apóstol era evidente que eso era posible. En efecto, muchas, infinitamente muchas posibilidades estaban vivas en la mente del Dios eterno.

Y ahora la pregunta del por qué: ¿Por qué Dios ha trazado ese plan, el plan en el que Adán y Eva pecan y todos quedamos atrapados en tal fractura de su ser, de su vida; todos atrapados en la tragedia del pecado, del pecado original?

(La respuesta: Para que él pudiera apiadarse de nosotros)

Escuchen ahora la respuesta. No sé si alguno de nosotros se habría aventurado a dar una respuesta. Pues bien, aquí advertimos hasta qué punto san Pablo auscultó el latido del corazón de Dios Padre y lo acogió en sí. Una respuesta, extraordinariamente profunda, inconcebiblemente grande, y difícil de comprender para nosotros, hombres de hoy. Pero no es una sorpresa para aquellos que en alguna medida estén familiarizados con el mundo del más allá, con la atmósfera del más allá, con las leyes del más allá. Escuchen lo que dice san Pablo: “Porque Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos.” (Rom 11, 32)68

Deténganse aquí. ¿Por qué Dios permite nuestras debilidades y miserias? ¿Por qué permite que la humanidad de hoy se precipite al abismo? ¿Por qué todo eso? No para castigarnos. No, no, sino “para tener misericordia de todos”.

En cierto sentido - pero sólo en cierto sentido - tenemos aquí un gran complemento para el gran descubrimiento del apóstol Juan.69 Según él, Deus cáritas est, Dios es amor (1 Jn 4, 8). Y Pablo agrega: Dios es el eterno amor misericordioso. De este modo nos enfrentamos al gran misterio de ser hijos de Dios, el gran misterio de la época actual. (…) Primero el hombre tiene que volver a ser niño para que recién entonces Dios pueda derramar toda la abundancia de su amor, de su amor misericordioso, sobre esta pobre, pobre sociedad humana.

(Redescubrir a Dios)

Por eso escuchémoslo nuevamente: la esencia de Dios es el amor, el amor misericordioso. Nuestra miseria, nuestras faltas y debilidades, nuestros pecados y deslices, por más antinaturales que sean, ¿son obstáculo insuperable para ser instrumentos, son impedimento inexorable para que seamos utilizados por Dios, para que Dios “monte sobre nuestros lomos”? De ninguna manera. Sólo hay que cumplir una condición. ¿Cuál? ¡Ay! Lo sabemos. Tenemos que hacer dos cosas:

Redescubrir a Dios. No sólo verlo desde el punto de vista de su amor justiciero sino de su amor misericordioso. Aun cuando nuestra familia le ofrezca a Dios todo un catálogo de pecados, ese catálogo de pecados no impide el catálogo de gracias. Pecados, miserias, debilidades, aunque sean más numerosos que las arenas del mar, terribles, negros… pues bien, Dios sólo quiere que los reconozcamos. Que reconozcamos pues que somos también una communio peccatorum (comunidad de pecadores), pero no por eso somos en menor medida una communio sanctorum (comunidad de santos). Sólo tenemos que procurar que la communio peccatorum nos haga realmente una communio sanctorum.

1.26 NUESTRA VIDA COMO “CLASE DE NATACIÓN”

De: Chronik-Notizen 1955, 440-441

Charles Péguy compara a Dios con un padre que quiere enseñar a su hijo a nadar. Nosotros interpretamos esta imagen como sigue: si el padre instruye a su hijo sobre cómo nadar, pero manteniéndolo continuamente fuera del agua, no dejando que su hijo ingrese a ella, éste jamás aprenderá a nadar. En ese caso su hijo es comparable al hombre de quien se relata que juraba que jamás se metería en el agua para nadar hasta que no pudiera nadar. No se aprende a nadar quedándose fuera del agua y recibiendo sólo explicaciones teóricas sobre el arte de nadar. Así como a amar se aprende amando, a nadar se aprende nadando. Si de alguna manera o en algún momento no se toma contacto con el agua, si no se es sumergido o arrojado a ella, no se aprenderá los rudimentos, el abc de la natación, ni mucho menos se llegará a ser un hábil nadador.

Aplicado a nuestro caso: quien no es arrojado por el Padre al mar tempestuoso, a las marejadas de las adversidades de la vida, jamás aprenderá a “nadar”, no se asociará a la figura del Unigénito que ha pisado el lagar del dolor hasta el aniquilamiento de sí, porque el Padre así lo quiso. De ahí la exclamación jubilosa de Jesús: “El que me envió está conmigo

y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn 8, 29).

Es pues el amor del Padre el que nos arroja al agua de las adversidades. Ese mismo amor del Padre hace también que el Padre no abandone a su hijo en esas aguas, porque podría ahogarse, podría perecer en la tempestad y el oleaje. Por eso una y otra vez lo saca del agua, vale decir, no deja que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. No carga sobre nuestras espaldas fardos o cruces más pesados de lo que podamos sobrellevar, salvo que él nos preste sus propias espaldas para cargarlos.

Me he ocupado más extensamente de la ley de la puerta abierta en el caso de las dificultades de la vida. Lo he hecho con toda intención. Porque es una ley de validez inalterable en el campo de la Divina Providencia. En ese campo es admitido quien es ya un nadador formado o maestro de natación, o bien quien se empeñe en lograr ese título. Quien quiera obtener “derecho de residencia” en dicho campo, no debe contentarse con un mero reconocimiento de los valores sobrenaturales tradicionales. Tiene que rendir y aprobar el examen sobre tal reconocimiento en innumerables ocasiones de la vida concreta. Vale decir, tiene que haber aprendido a ver y a asumir la vida a la luz de la fe; tiene que ser un maestro en el arte de pesar todos los acontecimientos en la balanza de la fe. Vivir continuamente en el cielo,70 pero a la vez con los pies en la tierra, con ropas que huelan a tierra. Así encarnará por excelencia el ideal que san Pablo define con las siguientes palabras: "Mi justo vivirá por la fe" (Hb 10, 38).

1.27. “EL PADRE PODA LA VID”

De: Rom-Vorträge, II (1965), 211-213

“El Padre poda la vid”.71 ¡Qué bella y a la vez qué sencilla ilustración de un pensamiento! El Padre poda la vid. En la medida en que yo sea miembro de Cristo daré fruto, fruto para la eternidad, y ciertamente también para la vida terrenal. El Padre poda la viña para que dé más fruto. Detengámonos en esta imagen. En primer lugar, el Padre poda. Les recuerdo lo que dijimos en su momento: Dios se vale de manos ajenas. Tenemos que aprender a besar todas las manos de Dios, también las manos “prestadas” de Dios, las manos “alquiladas” de Dios.

O bien aquel otro pensamiento: las mano de Dios no es blanda, sí siempre cariñosa y bondadosa, pero no raras veces calza guante de hierro. Pero debajo de ese guante está la mano de Dios. El Padre poda. No siempre lo hace directamente. Pero puede hacerlo. ¿Cómo? Mediante luchas y crisis que soportamos en nuestro interior. El Padre poda. ¿Cómo? A través de una mano ajena, a través de manos humanas sacrílegas, asesinas, criminales. Pero el Padre es quien lo hace. Se vale de guantes. ¿Qué tipo de guantes? Guantes que pueden provocarnos heridas que van desde un arañazo hasta fractura de mis miembros. Pero el Padre es quien lo hace. ¿Por qué lo hace? Hay que podar la viña; hay que purificar de egoísmo el corazón; tengo que ser liberado de mí mismo. Todas las cosas sobre las cuales hemos hablado hasta el momento desde un punto de vista más bien ético, cobran ahora un tinte sobrenatural.

Poda la vid… Yo soy esa vid. Por lo tanto tengo que ser una vid de pleno valor, de incomparable fecundidad, de abundante fruto. El Padre la poda para que dé más racimos. Tengo que dar más frutos, tengo que asemejarme más al Señor. Y si me asemejo al Señor de la Pasión, entonces no sólo me asemejaré a la vez al Señor de la Transfiguración, sino también al Señor Redentor del mundo.

Internalicemos hondamente ésta y otras verdades bíblicas. No basta haberlas escuchado una vez. También en el caso de que, por ejemplo, tengan que enseñarlas en clase. Para comprenderlas hace falta tomar distancia del mundo, buscar la soledad. Necesitamos clausura del corazón. Quedarnos en casas de dichosa soledad. Cuando más tarde debamos andar de aquí para allá en el mundo, cuando más hayamos consolidado la clausura del corazón, tanto más las mencionadas verdades cobrarán forma, figura y vida en nosotros.

1.28 TEOLOGÍA DE LA CRUZ

De: Homilía del 1 de abril de 1962

En: Aus dem Glauben Leben, 1, 40-41

Sí, la cruz y el sufrimiento, tal como los vemos en la vida, constituyen un enigma. Con razón podríamos hablar de un mysterium crucis [misterio de la cruz]. Cruz, sí, mi propia cruz, tal cual la cargo sobre mi espalda. Y no sólo consideremos la cruz personal sino las cruces de todo el mundo: ¡Qué multitud de cruces! No en vano hablamos de un “valle de lágrimas”. No lo admitimos públicamente, pero en lo que hace a nuestra íntima experiencia nos decimos: “Sí; es un valle de lágrimas”. ¿Por qué esa situación? Mysterium crucis.

Misterio de la cruz. La cruz es algo enigmático para la razón humana. Por eso los teólogos hablan precisamente de misterio de la cruz; pero también hablan de mysterium gratiae, del misterio de la gracia y del misterio de la maldad. ¿Cómo es posible que la naturaleza humana pueda yacer tan enfangada en el pecado? ¿Por qué fluye por el mundo esa corriente de pecado terrible, sucia, extraordinariamente sucia? Un misterio. Un misterio como lo es el de la cruz y el del sufrimiento: cruz y sufrimiento en mi vida; cruz y sufrimiento en la vida de toda la humanidad, especialmente en los tiempos que corren. Nosotros mismos, ¡por cuánta cruz y sufrimientos hemos pasado! Y si agregamos lo que hemos visto y oído de otros…

Pero los teólogos hablan también de una teología de la cruz. Por un lado, mysterium crucis y, por otro, theologia crucis. ¿Teología de la cruz? Sí, hay una teología sobre la Santísima Trinidad, una teología de la eucaristía, etc. ¿Ha de haber también una de la cruz? Hablamos en este punto de una teología que enfoca la siguiente cuestión: A pesar de todo esta cruz y sufrimientos que vemos en el mundo, ¿cómo justificar a Dios? ¿Hemos de justificar nosotros a Dios, a su justicia? ¿De dónde proviene todo ese sufrimiento? ¿De dónde? Quizás yo salga bien parado al examinarme sobre cruces y sufrimientos personales… pero hay otras personas que parecen signadas desde la cuna por la desgracia; donde quiera que vayan las acompaña una cruz insoportable, incomprensible. En esos casos, ¿cómo justificar a Dios, cómo justificar su justicia y misericordia? He ahí el gran problema de la cruz. (…) Lo enigmático de la cruz en mi vida y en la vida de toda la humanidad. (…) ¿Quién descorrerá el velo de este enigma insoluble? ¿Acaso la razón, la razón que piensa humanamente? Sí, lo descorre en cierta medida, pero no explica mucho las cosas. ¿Lo descorrerá la razón iluminada por la fe? Sí, la razón iluminada por la fe explica un poco más, pero no todo. Por último el enigma, el misterio de la cruz será resuelto recién en la visio beata, cuando en el cielo veamos a Dios cara a cara.

1.29 (TRES) RAZONES TEOLÓGICAS PARA EXPLICAR LAS OSCURIDADES Y DIFICULTADES EN LA VIDA

De: Conferencia del 30 de noviembre de 1965

En: Rom-Vorträge, II (1965), 217-225

(La historia como “difícil camino de peregrinación” : Testimonio autobiográfico del P. Kentenich luego de catorce años de exilio)

“En el difícil camino de peregrinación

Dios se ha manifestado ante nuestra comunidad

en su grandeza y sabiduría,

para gloria y alabanza suyas.”72

Aquí nos hallamos nuevamente ante el Eterno, ante el Infinito, a quien queremos adherir, amar con toda el alma. Todo lo que ha acontecido, también lo inexplicable, insondable, incomprensible, se torna luminoso cuando lo contemplamos en el espejo del eterno amor del Padre y de la fe en la Divina Providencia. (…) ¿Qué cosas hicieron arduo el camino? Sobre todo el continuo pasaje por oscuridades. Por encima de esas oscuridades estuvo siempre el Dios de la vida, el Dios que ha planeado nuestra peregrinación con todos sus escollos, que ha guiado y orientado hacia sí nuestra vida cotidiana, nuestro camino de peregrinación de los últimos catorce años. Ponemos especial énfasis en tomar conciencia de cuán oscura, oscurísima, era la noche por la que tuvimos que andar continuamente, y en la que fuimos guiados de estación en estación. Tratamos luego de indagar por qué esa peregrinación hubo de llevarnos por la oscuridad. Y encontramos tres respuestas.

(Primera respuesta: Sólo Dios conoce el plan de vida)

La primera respuesta: Porque seguramente el plan de Dios sólo es conocido por él. De ahí que por más que pensemos, que usemos nuestro entendimiento humano, no arribaremos a una conclusión satisfactoria. La naturaleza del ser humano es así: vengan las dificultades que vinieren, si detrás de ellas descubrimos una línea, si la razón natural logra hallar y explicar una línea, logra discernir cómo una cosa lleva necesariamente a otra, entonces la mente queda satisfecha, aun cuando el corazón sufra. Pero aquí la dificultad radica justamente en que el pensamiento puramente natural no puede comprender lo que sucede. Por cierto a la luz de la fe podemos obtener un conocimiento parcial, podemos entrever líneas del plan, y sobre esa base prever de algún modo cuál sería el desarrollo futuro, pero la oscuridad subsiste. Por eso hablamos de salto mortal que tiene que dar la razón natural. Consideren con mucha seriedad lo que significa pues ‘salto mortal de la razón natural’. Tomen conciencia de que Dios ha trazado un plan para nuestra vida en el cual están previstas cada una de las vicisitudes singulares de esa vida. Dios nos oculta ese plan, no nos lo desvela plena y palmariamente. Eso explica la oscuridad, la noche oscura de los años pasados.

(Segunda respuesta: Diferentes tipos de beatitud eterna)

Una segunda reflexión. Suelo reiterarla porque libera, alegra y aquieta el alma. Pues bien, si Dios sólo hubiese trazado un plan para nuestra vida terrenal, lo dicho sería suficiente, habría bastado. Pero ahora sabemos algo que hace más difícil discernir el plan: Dios también ha previsto para todos nosotros la beatitud, la visio beata, y ésta es diferente para cada uno. Así reza aquel antiguo axioma: Quidquid agis prudenter agas et réspice finem [hagas lo que hagas, hazlo con prudencia y teniendo presente el fin último]. Para el sabio, el sabio de sabiduría terrenal, es una ley evidente: Todo ha de ordenarse al fin último. Y ese fin último es particularmente oscuro para nosotros. No sabemos en absoluto el grado y tipo de visio beata prevista para nosotros. Así pues que lo oscuro se hace más oscuro.

Si lo contemplo a la luz de la fe, me resultará más fácil cerrar los ojos, con más razón aún si tengo en cuenta que es un Padre quien ha previsto todo eso para mí; un Padre que me ama más de lo que yo me puedo amar a mí mismo; un Padre que no sólo es sabio y bondadoso, sino omnipotente. ¡Cómo me libera saber, estar convencido de que detrás de todo lo que acontece en mi vida está Dios Padre, está Dios Padre omnisciente, todo bondad, omnipotente! Pero eso no quita estar igualmente convencido de que lo más difícil en nuestra vida es el salto, es el salto mortal de la razón. En determinadas circunstancias el salto mortal del corazón y de la voluntad es más fácil de dar que el salto mortal de la razón. Pero sin salto mortal no podremos andar con seguridad nuestro camino en medio de la oscuridad, la inseguridad y la confusión.

(Actitud de los existencialistas)

Si observamos a los así llamados existencialistas, advertimos que ellos también - y quizás más que nosotros - saben de la confusión de la cultura actual, de la disolución y desarraigo de la vida de hoy. ¿Y cómo lo asumen? No como nosotros, mediante la personalísima y heroica entrega a Dios Padre y al plan de Dios Padre, sino -dicho con nuestro lenguaje- apelando a una cierta resistencia. Reparen en que las disposiciones de Dios pueden ser respondidas mediante la entrega perfecta o mediante actitudes o posturas de resistencia y rebelión. ¿Cómo se expresa esa resistencia? Apretar los dientes y arrojarse al río. Quizás se haga el intento, aquí y allá, de hacer pie en algún punto, de buscar un lugar donde apoyarse, pero, por lo demás: Apretar los dientes: “Me las arreglaré solo con mi destino”.

(Sin embargo siempre vuelve a hacerse luz)

Lo que todos necesitamos, especialmente ahora, al final de una época, es descansar en el corazón y en el plan de Dios. Al echar una mirada retrospectiva a la luz de la fe, ¡qué hermoso es descubrir, de algún modo, cómo Dios nos ha ido guiando! Todo lo que experimentamos, incluso el acontecimiento de ayer o anteayer es, sin duda, un gran acontecimiento en la historia de nuestra Familia.73 Ciertamente es verdad lo que les recordé brevemente ayer por la tarde: la Iglesia que nos ha clavado en la cruz, que nos ha crucificado, nos baja ahora de la cruz. La manera como nos ha clavado en la cruz fue realmente imagen fiel de la crucifixión del Señor. Y si nos contemplamos como comunidad, vemos asimismo que no hubo miembro que no haya sido clavado en la cruz. El Dios que está detrás, el que nos permitió asociarnos al Viernes Santo, a la pasión del Señor… o mejor dicho: el Redentor que revivió en nosotros todo lo que una vez padeciera, quiere ahora, de manera incomparable, celebrar en la Familia la transfiguración y la resurrección. Por eso haremos siempre bien en hacer luz en la historia de la Familia. Para nosotros la historia es magistra vitae [maestra de vida], una maestra de vida, amor y pensamiento decididamente sobrenaturales.

(Tercera respuesta: Participación original en la vida y padecimientos de Cristo)

Una tercera respuesta que con la luz de la fe ilumina aún más fuertemente lo dicho: recordemos la gran verdad que se suele olvidar: El sentido de nuestra vida es la asociación a la vida de Jesús. Quizás no comprendamos ese íntimo entramado que acabo de exponerles; quizás pensemos que estamos abandonados a merced de las vicisitudes de la vida; quizás nos sintamos desorientados y repitamos lo que hoy dicen a gritos millones de hombres: ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Qué relación tiene esto con un Dios Padre bondadoso?... Pero si luego comprendiésemos la respuesta, y nos convenciésemos firmemente de lo que ella nos dice, podríamos entonces responder a otros, cuando se plateen esas preguntas: el sentido es la asociación e incorporación a la vida de Jesús. El Padre ha querido que Jesús pasara por muchas cosas, y quiere que él vuelva a vivirlas en nosotros y a través de nosotros. Se nos concede asemejarnos a Jesús. Que Dios Padre haya podido tratar tan duramente a su Unigénito es algo que lógicamente constituye un misterio para la razón natural. Es un misterio en la vida del Señor. En mi vida dicho misterio no sería tan hondo y grande si estuviese convencido de que Dios me ha creado para que en mí Jesús viva, continúe y consume nuevamente toda su vida. Por cierto podemos de alguna manera estar orgullosos y es una cierta alegría que el Padre del Cielo nos asocie de ese modo al destino de su Hijo Unigénito.

Nuevamente - y no tenemos que olvidarlo -: todos somos miembros del cuerpo místico de Cristo, pero lo somos de manera original. Vale decir, cada uno de nosotros participa de manera originalísima en la vida de Jesús. En cada uno el Señor vuelve a vivir su vida de manera original. Aquí tenemos, nuevamente lo que hoy es tan importante para nosotros: Comprender y dar respuesta a la oscuridad en todos sus matices. Soy tratado por Dios de manera diferente de cómo él trata a otro hermano o hermana. Dicho de modo familiar: en mi caso, cuando cae la rebanada de pan con mantequilla al suelo, cae sobre el lado untado; en el caso de otros, caerá sobre el otro lado. ¿Por qué ocurre así justamente en mi caso? Expresado popularmente: Nosotros, que hemos sido tan fieles, que hemos seguido a pie juntillas los mandamientos de Dios, que hemos acatado hasta la menor indicación divina, ¿por qué hemos sido tratados como por una madrastra? Ya les he dicho que la respuesta es: En este mundo Dios quiere recompensar a otros por todo lo bueno que hicieron; en cambio para mí la recompensa queda reservada para la eternidad.

He aquí una respuesta.

Pero la segunda respuesta me parece mucho más profunda, de sentido más hondo, más gratificante. Precisamente por ser la más heroica: por esa vía ofrecerle oportunidad al Señor de vivir y padecer nuevamente en mí. Ofrecerme muy personalmente a Dios Padre, a su plan, al plan que cumplió en la vida de Jesús, ¡qué enorme desprendimiento de mi “yo” supone tal ofrecimiento, qué gran liberación de mí mismo, qué silenciamiento de todas las pulsiones egoístas! Para el entendimiento es una luz resplandeciente.

Naturalmente el corazón no dice enseguida “sí” a tal actitud. En nosotros existe un instinto de justicia: ¿es justo que Jesús fuera maltratado de esa manera? Pero Dios mide con otra vara. Dios es el Otro, el totalmente Otro. Ciertamente se puede hallar una solución, una respuesta: la justicia del eterno Padre Dios que reclama expiación, hizo que el Señor, por amor, diera espacio en su vida a esa justicia, asumiera la expiación que me correspondía realizar a mí, a toda la humanidad. El Padre le pidió al Redentor que se hiciera cargo de ello en nombre nuestro, a fin de que él pudiera acogernos nuevamente como hijos suyos. He aquí pues el entramado más íntimo.

2

FE

(a. Fe práctica en la Divina Providencia como premisa de la fe dogmática)

2.1 SOBRE LA FE INFORMADA POR EL AMOR

De: Oktoberwoche 1966

En: Vorträge, XI 1966), 45-46

Cuando hablamos de fe, no debemos pasar por alto que aquí no se trata de un acto del entendimiento sino de fides caritate formata [una fe informada por la caridad]; una fe que compromete a todo el ser humano; una fe que se perfecciona en la esperanza y el amor, e impulsa a todo el ser humano a adentrarse en el corazón de Dios, en la persona del Dios vivo. La fe posibilita ese trato de persona a persona que es vivido y experimentado como un gran misterio.

De: Alocución del 11 de septiembre de 1966

En: Vorträge, X (1966), 138

Repasemos la vida de los grandes santos. Ellos cultivaron un instinto divino y disponían así de un órgano adecuado para percibir la dimensión religiosa. En este sentido un pensamiento favorito de san Agustín, gran santo, era el siguiente: no sólo el entendimiento sino el corazón es, por excelencia, un órgano de conocimiento.

De: Gedenkblätter 1964, 454

Piénsese en primer lugar en nuestra fuente de conocimiento y de vida: por un lado, nuestro decidido espíritu de fe práctica en la Divina Providencia, un espíritu que cultivamos en sumo grado; por otro, nuestra vida fundada en la Alianza de Amor; una Alianza cultivada hasta en sus grados más elevados. Ambas cosas están vivas y operantes en nuestra Familia en un nivel que sólo se comprende y explica por el gobierno de los dones del Espíritu Santo sobre la comunidad y sobre cada uno de sus miembros. Una fe en la Divina Providencia de alto grado ha de considerarse sobre todo como la flor suprema y noble de la fe sobrenatural. Una fe que en todas partes escucha y responde con sencillez a la voz del Dios de la vida que se hace oír en medio del caos de voces de estos tiempos y humanidad.

De: Brief an Turowski 1952/53, 146

Vivir de la fe en la Divina Providencia… es, por excelencia, expresión, prueba, fruto escogido y seguro de la vida de fe en su totalidad.

De: Brief an Turowski 1952/53, 115-116

Lo que la Sagrada Escritura, los Padres y doctores de la Iglesia, los teólogos y santos dicen en general sobre la importancia fundamental de la fe para la vida cristiana vale no sólo “también” para su variante, la fe en la Divina Providencia, sino que hoy vale especialmente para ella… La razón es fácil de comprender. En razón del extraordinario peligro que corre hoy la fe en la Divina Providencia por lo incomprensible que resulta para los hombres el gobierno divino del mundo, la fe tiene que acrisolarse especialmente en la prueba. Más aún: la fe viva en la Divina Providencia no sólo es expresión sino también medio para reavivar todo el organismo sobrenatural. Por eso no asombra que todos los grandes dirigentes cristianos del pueblo hayan sido héroes de la fe en la Divina Providencia, y su fe tuviera que sortear las pruebas más duras justamente en ese campo. Esto vale - citando al menos dos ejemplos - para Abraham, a quien san Pablo llama padre de los creyentes, y para la Sma. Virgen, a quien san Alfonso de Ligorio llama madre de los creyentes. Ambos se destacaron por su fe en la Divina Providencia de alto grado y acrisolada en duros combates.

La Sagrada Escritura nos habla de la felicidad asociada a la fe. Ello se dice especialmente de la Sma. Virgen mater credentium…En este sentido el Espíritu Santo dice por boca de Isabel: “Feliz porque has creído…” (Lc 1, 45).

De: Brief vom 25. Mai 1953 an Pater Menningen

En: Hug (Hrsg.): Das Schönstatt-Geheimnis, 29

Podríamos invertir el proceso de vida señalado y contemplarlo positivamente con mayor intensidad aún. Admiraremos así a la persona que acoge siempre con espíritu de fe todas las manifestaciones de la Divina Providencia, tanto de la providentia generalis como también las de la specialis y de la specialissima. La fe como radix, initium, fundamentum omnis justificationis [raíz, comienzo y fundamento de toda justificación]74 está por lo tanto continuamente en actividad, y por esa vía se convierte en cimiento de un gran edificio de vida sobrenatural e interior. Así es el santo que madura en la escuela de la fe práctica en la Divina Providencia en medio de la vida concreta actual y que puede competir con otros que se alimentan de las intervenciones extraordinarias de Dios en la vida a través de visiones y milagros.

2.2 RAÍZ DE LA FE

De: Das Lebensgeheimnis Schönstatt, I (1952), 140-144

Como ya lo hemos señalado, no son pocos los cristianos que se mantienen fieles a todos los dogmas definidos. Creen en la presencia del Señor en la eucaristía, el misterio de la Sma. Trinidad, la Encarnación y muchas, muchas otras cosas. Repiten sin particular dificultad lo que han aprendido sobre el contenido y significación de la doctrina de la Divina Providencia. Además son capaces de relatar cosas hermosas y gratificantes sobre las intervenciones de Dios en la Iglesia primitiva y en la Edad Media. La crisis, la oscuridad, comienza cuando se toca y debate el tema de las cosas incomprensibles de la historia contemporánea. Las cosas van para ellos más o menos bien mientras estén sentados en un escritorio o en una mesa bien servida, y puedan observar desde un lugar seguro el temible espectáculo de los nubarrones de tormenta que se ciernen sobre el horizonte, los relámpagos y los truenos, la inminencia de la catástrofe natural.

Pero el panorama cambia radicalmente cuando ellos mismos están en medio de la tempestad; cuando han perdido la base firme de una situación sedentaria con la que se está familiarizado y ya no pueden ejercer el control espontáneo que habían tenido sobre situaciones conocidas; cuando ven ante sí un presente y un futuro oscuros; cuando temen que la colisión con el témpano hunda el barco y los precipite sin remedio a lo profundo del mar.

Para ellos no está en tela de juicio el Dios de la Sagrada Escritura, de los libros religiosos, de los altares, de la lejanía del cielo y de la cercanía del sagrario del corazón. Su problema - el problema por excelencia - es el Dios de la vida, el Dios de la vida hoy. Es el Jesús que parece dormir plácidamente en medio de la tormenta de estos tiempos y no se despierta a pesar de los desesperados y atormentadores gritos de quienes van en la barca. Parecen vanos los clamores: “¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!” (Mt 8, 25). Jesús sigue durmiendo…No ve ni oye nada, ignora lo que está pasando… al menos así parece. A hombres de este tipo les falta la fe práctica en la Divina Providencia.

No pasará mucho hasta que pierdan también la fe teórica en el gobierno sabio y cuidadoso que ejerce Dios sobre el mundo, y en un plan para el mundo trazado y volcado a la realidad por Dios. Una vez que la raíz de la fe enferma de esta manera, el bacilo avanza y acaba por destruirla, de modo que la raíz no podrá ya sostener el árbol de la vida religiosa. Y a la primera tormenta… se desplomará.75

He aquí pues el triste destino de muchos cristianos de hoy, incluso cristianos muy formados en el campo teológico, y que no raras veces son capaces de hablar brillantemente sobre las verdades de la fe. Pero en ellos la fe se quedó en la cabeza sin calar en el corazón y la vida; dicho en pocas palabras: no maduró hasta convertirse en fe práctica en la Divina Providencia.

Por eso no pudo echar raíces profundas, al menos no con la profundidad necesaria para resistir los embates de las tormentas de estos tiempos apocalípticos. Los hombres formados en esta fe no se cuentan entre aquellos de quienes se puede decir en sentido paulino: “Justum autem meus ex fide vivit” [mi justo vivirá por la fe].

Un lúcido escritor del s. XVIII, el P. Grou, considera que la fe aquí mencionada es “la fe que es la vida del justo, no la fe común a todos los cristianos, por la cual se tiene por verdadero todo lo que Dios ha revelado mediante su Iglesia; más bien es una fe muy especial y personal en la Providencia sobrenatural de Dios, que reina sobre aquella alma que se ha entregado por completo a ella.”

En su ensayo “Schoenstatt y el catolicismo alemán, temas y trasfondos de una confrontación de ideas”, el P. Köster enfoca la cuestión de si “la Divina Providencia (no en general sino muy concretamente) podría ser en mi vida, especialmente en mi vocación, objeto del habitus fidei sobrenatural en mí.”76 El P. Köster arriba a la misma conclusión que el P. Grou. Escribe pues lo siguiente:

“Si son sólo fides naturalis vel coniectura vel opinio mere humana,77 entonces justamente esa área en la que vive realmente el individuo y en la que tiene necesidad del consuelo de la religión, queda escindida del núcleo de la fe y, con ello queda ‘naturalizada’ y, en lo sucesivo, también levemente secularizada. Se despoja de su carácter sobrenatural a dones del Espíritu santo (el donum consilii,78 por el que descubrimos la voluntad de Dios en la vida concreta, y el donum scientiae79 que nos hace ver a Dios detrás del acontecer mundial). Sin embargo evidentemente esos dones son mociones de un poder sobrenatural. También pierde su razón de ser uno de los temas predilectos de ejercicios y homilías como lo es el contemplar la historia de la propia vida ‘a la luz de la fe’…

Parte de las grandes metas pedagógicas de Dios, especialmente en el Antiguo Testamento, es que el hombre crea en la guía divina de la historia con una fides supernaturalii.80 La oposición a la aplicación de ese concepto teológico a un movimiento histórico concreto, ¿no favorece la secularización de la conciencia histórica en contra de ese designio fundamental de la revelación, y no despoja a la Iglesia de hoy de un ímpetu indispensable para su triunfo contra el ateísmo? (…)

De hecho, si se restringe la fides sobrenatural sólo al campo de las verdades definidas o definibles formalmente, como suele acontecer en ensayos sobre dogmática, la convicción en la aplicación de la fe en la Divina Providencia [por ejemplo al caso de Schoenstatt] no podría ser ‘fe’ en sentido estricto; porque la Iglesia define sólo aquellas verdades que son válidas para la generalidad. Pero esta restricción no está justificada. Queda refutada por la misma Sagrada Escritura. Porque también allí la confianza en la providencia individual de Dios es llamada ‘fe’: ‘Amen, quippe dico vobis, si habueritis fidem sicut granum sinapis, dicetis monti huic, transi hinc illuc, et fiet vobis’.81 Y tal formulación tiene también su lugar en la teología; según ella, existe ‘fe’ en sentido estricto allí donde el hombre toma algo como verdadero basándose en la veracidad de Dios. Y esto vale para cada aplicación concreta de la fe en la Divina Providencia. El carácter estrictamente teológico-sobrenatural no sufre desmedro alguno por el hecho de estar sostenido por preámbulos racionales. Y tampoco lo sufre en nuestro caso, cuando reflexiones racionales lo aplican a un caso concreto”.

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492 p. 4 illustrations
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9789562469562
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