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HÉCTOR RODRÍGUEZ
Yo fui huérfano
Mis vivencias en los asilos

Rodríguez, Héctor Yo fui huérfano : mis vivencias en los asilos / Héctor Rodríguez. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2320-4
1. Autobiografías. I. Título. CDD 808.8035
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINAwww.autoresdeargentina.cominfo@autoresdeargentina.com
ÍNDICE
1 1) MI INFANCIA
2 2) MI NIÑEZ
3 3) LA PUBERTAD
4 4) LA ADOLESCENCIA
5 5) LA JUVENTUD
Landmarks
1 Table of Contents
DEDICATORIAS
Siempre escuchaba de mis mayores que en la vida debíamos cumplir tres premisas, plantar un árbol, criar un hijo y escribir un libro.
Yo cumplí holgadamente con las dos primeras, faltaba la tercera que, increíblemente fue la que más me costo, no soy escritor, ni sabía como hacerlo.
Tengo un gran respeto y admiración por ellos y no me parecía serio que lo intentara.
Al final me animé a escribir esta obra con lo poco que pude recopilar sin tener certeza que fuese aceptada por algún lector.
Es indudable que habré cometido varios errores, en la sintaxis y la forma de narrar, ya había ocurrido con las premisas anteriores, ¿quién está exento de ellos?.
De todos modos, la idea es, cumplir con la última y, además, dedicarles este testimonio a las personas más cercanas que tanto quiero, y, por qué no, a los “niños” hoy mayores que han pasado por la misma situación.
Comienzo por mi querida y amada esposa “Haydecita” que siempre fue una leal e incondicional compañera. Mis hijos “Marcelito y Andrecito” a quienes adoro con todo el corazón. Mis nietos “July, Prisci y Sebas” que son la luz de mis ojos. Mis dos queridas nueras “Vicky y Nati”, divinas compañeras de mis hijos. “Estela” (la “pochita”), hermana de sangre que me quiso desde siempre. Mis dos hermanos adoptivos “Nilda y Luisito” a quienes les debo mucho haberme aceptado en su hogar junto a “María y Pedro”, sus padres que me recibieron con un cariño inigualable.
A todos ellos, gracias, gracias, muchísimas gracias por tanto amor.
INTRODUCCIÓN
Siempre me hice las preguntas que todos los mortales alguna vez nos hemos hecho: ¿quién creó el mundo, el universo?... ¿qué es la vida?… ¿por qué estamos?... ¿para qué vivimos?… ¿cuál es la razón de existir?… Antes de nacer, ¿permanecíamos en algún otro lugar?… ¿o simplemente no existíamos?… ¿por qué morimos?… y después de morir, ¿a dónde vamos?… ¿seguimos existiendo de alguna otra forma?… ¿o desaparecemos para siempre?…
Desde luego, he leído muchas opiniones al respecto, algunas de origen científico, filosófico y otras de origen teológico, pero ninguna ha sido tan convincente para mí.
¿A qué vienen estos interrogantes? —Precisamente a relacionarlos con la historia de esta biografía personal, la que iré desarrollando en cada etapa y ver si, de alguna manera, puedo encontrar ahí la respuesta a ellos, los que en varias ocasiones y por distintos motivos los repetía frecuentemente.
Todos tenemos grandes recuerdos de nuestra infancia, pero nadie, que yo sepa, rememora el momento justo de su nacimiento, ni siquiera de su primer año de vida.
Con mucho esfuerzo algunos comienzan a recordar experiencias vividas a partir de los dos años de edad, tal vez existan bebés genios que sí puedan hacerlo antes de ese tiempo, pero son la excepción.
Sin embargo, a lo largo de varios años, percibí haber estado presente en algún lugar un tiempo antes de cumplir los dos años de edad.
En mi memoria surgía una y otra vez el recuerdo de estar sentado junto al cordón de una vereda, en un lugar determinado, que no podía precisar, y a mis espaldas existían varias casas entre las cuales, supongo, estaba la mía
¿Y por qué destaco este hecho?, en un momento dado, un coche negro que se desplazaba por la calle se arrimó al cordón en dirección hacia mí, para estacionar unos metros antes de donde me encontraba yo sentado.
En aquella época, año 1941, todos los coches conocidos, marca Ford, o Chevrolet, eran de color negro y sólo lo tenían personas con mucho dinero porque naturalmente recién comenzaban a fabricarse, eran importados, muy caros y no estaban al alcance de cualquiera.
Claro, hay que pensar que yo tenía 1 año y medio aproximadamente, pero no más de dos, por supuesto a esa edad ya sabía caminar bastante.
¡Qué miedo y susto me pegué al ver acercarse esa cosa negra sobre mí!…
Así lo interpretaba yo, me levanté del cordón como un resorte y corrí presuroso a buscar refugio contra la pared de la casa que tenía detrás de mí, estuve un rato ahí petrificado y respirando profundamente sin entender absolutamente nada de lo que había pasado.
Pensé que me quería llevar “puesto” —defensa propia—, ya tenía “instinto de supervivencia”.
Eso me marcó para siempre porque era la pregunta de rigor que me hacía permanentemente, ¿dónde había ocurrido ese hecho a tan temprana edad?…
Mucho tiempo después encuentro la explicación, que no voy a adelantar ahora porque está en la narrativa de la etapa “Juventud”.
Tengo que aclarar que la “terminología” que voy a emplear en el relato, va a ser la auténtica, la que utilizábamos todos los internados e incluso algunos superiores en ese momento, para no desvirtuar su esencia, por ello pido mil disculpas a los lectores si les resulta soez, grosero.
El lenguaje común entre los chicos internados era ese y yo no podía ser la excepción.
1) MI INFANCIA
EL ASILO LASALAS Y RIGLOS - MORENO
MIS COMIENZOS
Yo diría que mi vida real comienza a partir de los recuerdos que tengo de diversos sucesos y en forma sostenida, desde los dos años de edad, en ese entonces corría el año 1942, pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, a partir de ahí puedo narrar con muchos detalles cada momento de mi vida, no los voy a precisar a todos porque esto se haría demasiado extenso.
Estaba sentado en una camilla de una enfermería llorando como un marrano mientras una enfermera que me atendía gritaba:
—¡Callate, guacho de mierda, o te voy a poner un trapo en la jeta!…
Desde luego, yo todavía no sabía hablar muy bien, pero entendí perfectamente lo que decía, su asquerosa mirada lo expresaba todo. Le clavé mis ojos llenos de lágrimas de manera furibunda como queriendo retrucarle:
—¿Por qué no te vas al carajo?...
Esos términos yo aún no los conocía, pero esa era mi intención.
¿Qué había ocurrido?…
Luego me enteré que en el muslo superior de la pierna izquierda tenía un flemón que se estaba infectando por la enorme cantidad de tierra acumulada de tanto arrastrarme por todo el piso sucio.
Y veía cómo esta “desgraciada” me apretaba para sacar todo el pus que se había juntado, después agregaba agua oxigenada, tintura de iodo y crema cicatrizante, finalmente una gasa y venda alrededor de la pierna superior. Hoy todavía tengo la cicatriz y cuando la miro me recuerda ese momento.
Desde luego, las celadoras me llevaron varios días a la enfermería para curarme hasta que finalmente lo lograron.

Dos años de edad – Riglos - 1941
Desde chico fui muy travieso, como todos los de esa edad, me encontraba acompañado por otros compañeritos pequeños como yo, de dos a cuatro años a lo sumo, jugábamos a cualquier cosa, nos agarrábamos, nos peleábamos y muchas veces recibíamos cachetadas de las celadoras que nos decían:
—¡Portate bien, desgraciado!...
Curiosamente, por alguna razón, yo no extrañaba a mi mamá ni a mi papá, porque en realidad no tenía ni noción de dónde estaba. Es como si mi conciencia o mi mente tomaran como natural esa situación.
LA MÁQUINA DE VAPOR
Cuando tenía tres años, en las vacaciones de ese verano, junto con otros diez o quince chicos, muy tempranito, nos subieron a un colectivo de esa época, que era pequeño, más parecido a una combi de ahora y después de un largo recorrido nos encontramos en la estación Constitución.
Por supuesto, voy a adelantar algunos detalles, de los cuales me enteré mucho tiempo después, para que el lector pueda ubicarse en el tiempo y espacio del que estoy narrando.
Había estado internado en la Casa Expósitos, que supongo, era la antigua Casa Cuna, y dependía de la Sociedad de Beneficencia de la Capital, desde ahí fuí trasladado al Instituto de Asistencia Infantil Mercedes de Lasalas y Riglos, más conocido como “El Asilo”, ubicado en la localidad de Moreno, provincia de Buenos Aires.
Frente al Asilo circulaba la ruta 7 que va desde la Capital Federal hasta la provincia de Mendoza, y a la par también corría el ferrocarril Sarmiento.
Es lógico imaginar que yo a los dos años de edad era simplemente un “muñeco” al que trasladaban de un lado para el otro sin tener la menor idea de lo que pasaba.
Continuando con el relato anterior, ahí en la Estación Constitución, por el ferrocarril Roca, nos tenían que llevar hasta Mar del Plata, nos hicieron esperar un rato, mientras tanto mirábamos una máquina de vapor, negra, grandota, enorme, con varios vagones de pasajeros que permanecía estacionada en el andén.
De repente, la máquina de vapor comenzó poco menos que a “aullar” tocando el pito a todo lo que da y largando una columna negra de humo por la chimenea, parecía una bestia enfurecida que hacía un escándalo aterrador.
—¡Uy, mama mía!…
¡Qué “julepe” nos pegamos todos los chicos que estábamos esperando en ese lugar!...
Jamás habíamos visto semejante animal, a tal punto que salimos corriendo despavoridos y a los gritos sin saber a dónde ir. La celadora que nos cuidaba también se asustó, pero no de la máquina sino del desparramo que hicimos en la estación entre toda la gente que también esperaba tomar el tren en el andén.
MI PRIMER VIAJE EN TREn
Las cosas se fueron calmando y subimos al tren, teníamos un vagón para nosotros solos, a todo esto, eran como las ocho de la mañana cuando el tren empieza a moverse; fue la primera vez en mi corta vida que viajaba en un vehículo tan largo y que metía tanto ruido. El viaje fue larguísimo, aunque no demasiado aburrido, todos nos entreteníamos mirando por las ventanas del tren las grandes extensiones de campo y sembradío que, para nosotros, pequeñas criaturas, eran una gran novedad. Por momentos veíamos una enorme cantidad de vacas pastando y moviendo la cola, cruzar alguno que otro río y puentes de gran tamaño y también cada tanto nos acompañaba la ruta dos; no circulaban prácticamente vehículos como coches o micros, sólo algún que otro camión. Desde luego, todavía Mar del Plata no era una ciudad netamente turística como lo fue más adelante.
En el verano, ahí iba la gente “cheta”, de mucha plata, que tenía grandes mansiones que ocupaban una manzana en el famoso barrio Los Troncos; de hecho, cuando cumplí catorce años, tuve oportunidad de conocer ese barrio y quedé extasiado de lo hermoso y fastuoso que era.
Siguiendo con el viaje, el tren paró en dos o tres lugares a los que llamaban “estaciones” y aprovechábamos para bajar y estirar un poco las piernas.
Al mediodía nos dieron el almuerzo, era un sándwich de milanesa con una taza de agua fría, no conocíamos ninguna otra bebida, como gaseosas, cerveza, vino, etc.
Al fin llegamos a Mar del Plata, eran como las seis de la tarde y nos estaban esperando con un colectivo al que lo llamaban “bañadera” porque efectivamente tenía esa forma; desde las ventanas para arriba y todo el techo lo cubría una lona gris claro.
Este colectivo nos llevó desde la estación hasta el Instituto Unzué, quedaba aproximadamente entre lo que hoy es la avenida Martínez de Hoz y la avenida Constitución, justo frente al mar.
Por supuesto todo era camino de tierra, solo había asfalto en la parte céntrica de la ciudad que de por sí recién comenzaba a prosperar como lugar turístico; no tenía edificios altos y no sé si ya existía el famoso casino.
El Instituto estaba ocupado por monjas y algunas nenas que eran atendidas por ellas, a nosotros nos habían reservado dos salitas para dormir, una cocina, comedor, baños y un amplio patio central con una gran palmera en el centro.
Jamás me olvidé de esos detalles, por eso los menciono, para mí era algo totalmente nuevo y por supuesto para todos mis compañeritos. De hecho, muchísimos años después volví a entrar a ese Instituto e increíblemente estaba exactamente igual, tal vez algo deteriorado, pero nada cambió, ya no había monjas, sólo algunos chicos correteando en ese lugar y seguramente alguna celadora cuidándolos.
CONOCIENDO EL MAR
Al día siguiente, nos levantaron tempranito, desayunamos y luego nos dieron una malla o pantaloncito de gamuza o lanita color azul para colocarnos, no sé bien qué tela era y además una batita de toalla tipo salida de baño para cubrirnos el cuerpo.
Claro, se trataba de que nos iban a llevar al mar, algo que para todos nosotros era la primera vez en la vida que lo conoceríamos.
Desde el Instituto cruzamos la calle de tierra y en la vereda opuesta se desplegaba una escalera de madera que bajaba hasta la playa, estábamos sobre una gran barranca muy por arriba del mar, cuando empezamos a bajar, realmente nos dio mucho miedo, no era demasiado segura, a algunos escalones se los notaba bastante destruidos, pero al final llegamos a la arena.
De ahí, se divisaba el mar a una distancia bastante importante.
¡Mmm...¡
¡Qué fragancia intensa!... El aroma especial que todos percibíamos de esa mezcla de arena con agua salada del mar con olor a peces, más una suave brisa que corría con el sol acariciando nuestro cuerpo, me quedó grabado para siempre en la memoria.
¡Qué sensación inigualable de placer y bienestar!... era algo mágico, sobrenatural, a tal punto que, inesperadamente, mi mente comenzó a divagar, sentía que ya había estado en un lugar así, increíble, no entendía nada; eso es disfrutar de la naturaleza, no te podés olvidar jamás.
Posteriormente, toda vez que tuve oportunidad de ir nuevamente al mar en cualquier lugar que fuese, volver a percibir ese aroma me remontaba a este primer momento de mi vida cuando conocí el mar.
EL HELADO
También fue aquí donde probé por primera vez el sabor de un helado de crema.
Resulta que unas de las tardes bastante calorosas, permanecíamos sentados en el patio central del Instituto, no fuimos al mar porque había muchas nubes y la celadora tenía miedo que pudiera llover y no sea cosa que nosotros estemos en la playa, hecho que era muy común que eso ocurriera
No sé dónde lo compró, pero la celadora estaba comiendo un helado en esos vasitos que también se pueden comer, y mientras tanto nos miraba cómo nos portábamos nosotros.
Lo hacía con una cucharita de madera cuyo uso antes era común, yo sentadito y callado la observaba atentamente y con muchísima curiosidad, no sabía qué cosa saboreaba, se ve que le dio lástima mi actitud porque atinó a darme una cucharadita con helado. —
¡Sentí una sensación en mi boca tan particular!…
Mi lengua y el paladar se enfriaron de golpe y el sabor a crema y vainilla, que jamás había probado, me dejaron estupefacto, no lo podía creer, pero sólo me dio una, me quedé con las ganas de seguir comiendo helado porque la celadora terminó tomándoselo todo, pasó mucho tiempo para que volviese a probar lo que era un helado.
Las vacaciones en Mar del Plata llegaron a su fin, habremos estado un mes, luego retornamos al Instituto, no recuerdo cómo fue el regreso, sólo que me di cuenta cuando me desperté al día siguiente en el Asilo, habíamos comenzado la rutina de siempre.
En la mañana temprano nos levantaban, íbamos al baño a higienizarnos, habitualmente lo hacían las mismas celadoras porque nosotros éramos muy torpes y mojábamos todo el baño.
De ahí a tomar el desayuno, que consistía en una taza de lata en cuyo interior contenía mate cocido cortado con algo de leche y acompañado con un pedazo de pan bastante viejo, no te servían otra cosa, además teníamos hambre y no mirábamos lo que nos daban, lo comíamos igual.
EL CHOCOLATE
Era costumbre que, antes de tomar el desayuno, una vez por mes, la celadora preguntara en voz alta:
—¿Quién cumple años este mes?…
Por supuesto, algunos levantaban la mano, tal vez ni siquiera sabían cuándo cumplían años, yo era uno de ellos, pero la mano la levantaba todos los meses el día que la celadora hacía esa pregunta.
—¿Qué pasaba ese día tan especial?…
A todos los que cumplían años ese mes, los separaban en una mesa del comedor y les servían chocolate con leche acompañado de unas riquísimas masitas.
—¡Por Dios, eso no me lo podía perder!…
Por eso levantaba la mano todos los meses, lo extraño era que las celadoras no se daban cuenta de que yo levantaba la mano siempre, o al menos eso creo yo.
Tal vez se hacían las otarias para dejarme disfrutar de tan hermoso momento, al fin y al cabo, a ellas no les costaba nada.
En cierta oportunidad, junto con otro compañerito que era más loco que yo, nos metimos en la cocina, que era pequeña y se encontraba a continuación del comedor, ahí guardaban todos los alimentos de consumo inmediato que traían de la cocina mayor, la que abastecía a todo el Instituto.
Por suerte, la celadora no estaba en ese momento, así que aprovechamos a revisar y hurguetear en todos los cajones y también en las alacenas que no eran muchas, fue grande nuestra sorpresa cuando encontramos varios paquetes con barras de chocolate, eran las que nos daban los fines de mes con motivo de nuestro cumpleaños.
— ¡Qué festín nos hicimos!… mi compinche me decía:
— ¡Tomá, aquí hay más!... Teníamos que dejar algunas para que la celadora no se diera cuenta.
Comimos a rabiar, las barras eran gruesas y grandes y nos habremos mandado cinco o seis cada uno.
—¡Qué bestias!… ¡qué estómago de fierro teníamos!...
Era la primera vez que comía chocolate puro y negro, la marca del chocolate hoy sigue en vigencia, todos la deben de conocer, sólo que ahora vienen más finitas y menos barras en cada envase.
Es una manera de cobrarte lo mismo por menos cantidad.
LOS CASTIGOS
Era costumbre que, cuando pasaba la celadora cerca de nosotros, levantásemos el brazo para cubrirnos de algún “cachetazo” que pudiera venir, ellas no te avisaban, si estabas cometiendo alguna falta, ahí nomás te zampaban uno sin ningún miramiento ni aviso previo, ibas a parar al piso y sobre la marcha te gritaban:
—¡Parate, guacho de mierda!…
—¡Te voy a dar a vos hacerte el gracioso!…
Había varios tipos de castigos, todo dependía de la celadora que estaba ese día.
Algunas te ponían en penitencia en un rincón del salón, mirando hacia la pared durante largo rato, y guay de moverte de ahí.
Otras te daban tremendas palizas que te dejaban desecho por un buen rato, además de insultarte en todos los idiomas.
Pero la peor de todas, al menos para mí, era cuando nos teníamos que bañar, ellas se encargaban de hacerlo, uno por uno, porque naturalmente nosotros todavía éramos muy chicos y no sabíamos bañarnos solos.
Las muy “guachas” iban llamando de a uno, mientras el resto esperaba afuera en un pasillo.
—¡González!…
Él iba al baño, le sacaba toda la ropa y ya tenía la bañera llena de agua, ahí metía a cada chico y lo enjabonaba y refregaba con un trapo, en ese entonces no había esponjas, después lo enjuagaba bien, lo secaba y le volvía a poner la ropa mandándolo al pasillo.
El problema era cuando el chico que llamaba había cometido una falta de conducta, que para ellas cualquier travesura merecía un castigo.
—¡Martínez!…
—A éste, directamente lo agarraba de los pelos, le quitaba la ropa, lo tomaba de los dos pies y las manos y lo zambullía en la bañera ahogándolo por varios segundos que se hacían interminables, lo único que podía hacer era patalear desesperadamente porque si gritaba se tragaba toda el agua, mientras escuchaba:
—¡Vas a aprender a portarte bien, desgraciado!…
Cuando alcanzaba a sacar la cabeza del agua, atinaba a gritar…
—¡Me voy a portar bien!
—¡Me voy a portar bien!, qué… gritaba ella y lo volvía a meter debajo del agua.
Cuando volvía a sacarle la cabeza del agua tenía que decir:
—¡Me voy a portar bien, señorita!…
Recién ahí, lo enjabonaba, lavaba y secaba, ponía la ropa y continuaba amenazándolo que volvería a ahogarlo la próxima vez que se portara mal.
Yo recibí dos o tres veces ese castigo y puedo asegurar que no se lo deseo a nadie.
Nunca entendí qué era “portarse mal”; ¿acaso era charlar, reírse, correr, saltar, esconderse, y todas las cosas que hacen los nenes de esa edad?…
Bueno, un rotundo SÍ para las celadoras, eso era considerado “mala conducta”, sólo se podía hacer cuando ellas lo permitieran, así que “cuidadito con portarse mal”, era una desobediencia y como tal merecía un castigo.
Y desde luego, tenían un horario para permitir “jugar” a los chicos, fuera de él, la boca cerradita, nada de muecas y estar sentadito o paradito sin moverse del lugar, esa era la disciplina que nos imponían, así que nos teníamos que acostumbrar, obedecer si no queríamos ligar una paliza.
LA VESTIMENTA
Era habitual que cada fin de semana nos cambiaran la ropa que, por supuesto, estaba toda sucia y hasta en algunos casos rota, nos arrastrábamos mucho por el suelo a la hora de jugar.
La ropa consistía siempre en un calzoncillo, remerita, un bombachón que nos cubría desde el cuello, los brazos, hasta entremedio de las piernas y ahí se abrochaba con un par de botones, era de color verde claro a rayas verticales, todos iguales, parecíamos mini presidiarios.
En invierno nos agregaban una tricota gruesa, generalmente de color gris, algo así como un pulóver con cuello alto que se doblaba para afuera haciendo las veces de bufanda, los días muy fríos, temblábamos como una hoja porque esa tricota no era suficiente para abrigarnos.
Entrábamos en calor cuando corríamos y jugábamos a cualquier cosa, pero también, a la hora de tener que “portarse bien “, es decir, no moverse, estar paraditos en fila india y encima en el patio de afuera, la verdad, nos “cagábamos de frío”, y las muy “turras” (las celadoras), ni mu. Había que bancársela y sin chistar.
JUEGOS INFANTILES
De vez en cuando venían maestras jardineras que nos enseñaban diversos juegos infantiles, nos sentaban en el suelo uno al lado del otro formando una media luna, y ella se colocaba enfrente de todos y nos explicaba en qué consistía el juego.
¡Ustedes tienen que seguir mis movimientos, yo voy a imitar que estoy tocando el piano, después el acordeón, la flauta y así una serie de instrumentos musicales o cualquier otro movimiento con los brazos!...
¡Aquél que se equivoque tendrá una “prenda”, o sea una falta, a las tres prendas sale del ruedo hasta que quede el último que es el ganador!...
Los movimientos eran acompañados por una canción que cantaba ella y que nosotros también teníamos que aprenderla, en realidad era muy fácil y decía así:
“al don, al don, al don pirulero, cada cual, cada cual, atiende su juego, el que no, el que no, una prenda tendrá”, que se repetía constantemente mientras la maestra cambiaba con sus brazos el tipo de instrumento musical.
Había que estar muy atentos para no equivocarse y era bastante entretenido, por lo menos para nuestra edad, algo así como tres a cuatro años, pero muchos se equivocaban y, como es lógico, a las tres “prendas” quedaban afuera.
En realidad, este juego resultaba bastante competitivo entre nosotros porque incentivaba la rivalidad y superioridad, yo estaba entre los últimos que quedaban afuera, porque prestaba muchísima atención a los movimientos que hacía la maestra, me llevaba de pica entre otros dos que eran unos “bestias” en jugar, muy pocas veces llegué a ganar; no había premios, sólo una simple felicitación, eso nos bastaba.
Otro de los juegos era “el rango y mida”, que consistía en hacer una fila india, inclinando la cintura con las manos tocando el piso y separados un metro aproximadamente uno de otro, el primero se paraba y empezaba a saltar arriba de cada uno hasta el final, ahí volvía a inclinarse mientras el segundo hacía lo mismo y así hasta el último, no recuerdo bien cómo finalizaba el juego.
También jugábamos a las escondidas, a la mancha simple y a la mancha venenosa y saltábamos en una soga y otros juegos, en fin, eso nos entretenía bastante mientras poco a poco íbamos creciendo.
LAS COMIDAS
Como dije al principio, el desayuno era una taza de mate cocido con leche y pan.
Al mediodía nos daban un plato de sopa prácticamente lavada con fideos “cabello de ángel” o “dedalitos” o “sémola” y alguna otra cosa más
El segundo plato podía ser un guiso de porotos, garbanzos, fideos resortes o media luna, fideos a la manteca, papas, zapallo, polenta con picadillo de carne y alguna que otra variante más.
Churrascos, asado, pollo, lechón ¿qué es eso?, no se conocía, no existía, ni sabíamos lo que era; el postre casi siempre resultaba ser una compota de ciruelas, durazno, sémola con leche, arroz con leche, de vez en cuando un budín de pan, chuño, hecho de maicena con leche que parecía más un “engrudo” que otra cosa, un asco, a veces alguna fruta como banana, naranja, mandarina, pera, etc.
La merienda un mate cocido lavado con algo de pan y la cena prácticamente se repetía el plato del mediodía, así casi siempre.
En muy pocas ocasiones variaba el menú, generalmente en algún determinado día festivo, como bebidas, siempre agua, no se conocían las gaseosas ni ningún otro tipo de bebidas.
Las vajillas eran todas de lata estañada, los vasos, platos, cubiertos, tazas, bandejas, ahí, en el Asilo, no se conocían ni la losa ni el vidrio, salvo los vidrios de las ventanas que más de una vez los rompíamos con alguna que otra piedra y entonces sí, nos ligábamos flor de penitencia.
No se preguntaba quién había sido, todos éramos pecadores. —
LOS PASEOS
En ciertas oportunidades nos llevaban de paseo a distintos lugares del Instituto.
Íbamos todos agarrados de las manos junto a la celadora para que no nos perdiéramos en el camino.
La primera vez fuimos por los pasillos internos, conocimos varios pabellones donde había otros chicos, las diversas instalaciones como la gran cocina del Asilo, la enfermería, algunas aulas y llegamos al centro del edificio donde se encontraba la Dirección.
Me pareció un lugar muy importante por su imponencia, tenía sillones tapizados en cuero marrón, las paredes con grandes cuadros, una estatua en el centro de no sé quién y grandes ventanales que daban hacia los patios internos.
A lo largo de todo el Instituto corría un pasillo interno larguísimo que comenzaba en una punta y terminaba en la otra conectando todos los pabellones, se cortaba cuando llegaba a la Dirección y continuaba al otro lado.
Precisamente, del otro lado de la Dirección, continuando por ese pasillo tan largo, siempre en línea recta, se conectaba con otros pabellones, pero fue tan grande mi sorpresa cuando veo a unos niños con pelo largo que no usaban pantalones cortos como nosotros, ya teníamos entre tres y cuatro años y habíamos dejado atrás los bombachones, esos niños usaban pantalones abiertos en la parte de abajo, en realidad eran polleras cortas que les llegaban hasta más abajo de las rodillas, y como siempre de color gris.
Honestamente yo ignoraba que existía otro sexo, sólo conocía a las celadoras que de por sí no sabía que eran mujeres, yo las observaba como personas gigantes con un culo ancho, guardapolvo blanco y siempre dando órdenes o castigándonos por cualquier pavada.
Cuando le pregunto a la celadora quiénes eran esos chicos, me responde:
—¡Callate, mirá para adelante y seguí caminando si no querés que te dé un sopapo!… ¡La puta madre, no podés preguntar nada!… pensé en lo bajito.
Me la tuve que comer y quedarme con la incógnita.
En otra oportunidad nos hicieron recorrer el exterior, había un parque enorme en el frente del Asilo con un camino ancho que terminaba justo en frente de la entrada general donde a continuación circulaba la ruta siete y unos metros más allá las vías del ferrocarril Sarmiento.
Desde ahí, siempre dentro del predio del Asilo, caminamos hacia la izquierda, costeando el alambrado que nos separaba de la ruta, la tarde estaba hermosa, no hacía ni frío ni calor, seguramente era primavera.
Y nos llevaron hasta un sitio lleno de árboles, la mayoría eucaliptos altísimos.
Ahí me percaté de que las celadoras llevaban una canasta llena de panes cortados por la mitad y no sé qué en el medio, buscaron un sitio de mucha sombra y nos hicieron sentar en el suelo sobre el pasto.
Nunca supe qué tenían los panes en el centro..., pero los comí con muchas ganas porque eran riquísimos, era la hora de la merienda.
Y de bebidas, como siempre, agua.
A ese lugar donde nos llevaron le decían “los eucaliptos chicos”, porque no tenía demasiados árboles. Más adelante me enteré de que si seguíamos caminando íbamos a llegar a los “eucaliptos grandes”, que de hecho ahí fuimos en otras oportunidades y, por si fuera poco, a continuación, vimos unos edificios y una iglesia que, después me comentaron, pertenecían a los curas franciscanos, esos que usan sandalias y sotana marrón claro.
No recuerdo que nos hayan llevado a paseos fuera del Asilo, salvo cuando fuimos a Mar del Plata, porque yo tenía muy buena memoria y seguramente me estaría acordando si así fuera.
LA CAPILLA
Al final de ese largo pasillo que conocimos, estaba “la iglesia”, ahí le decían “la capilla”, cuando la conocimos por primera vez me pareció inmensa, observaba las estatuas, los bancos reclinables, el altar, una inmensa cruz, algunas velas encendidas y una gran cúpula en el techo.
Desde luego nosotros todavía no sabíamos nada de religión, sólo mirábamos con asombro todo eso sin saber su significado.
La cuestión es que en poco tiempo comenzaron a llevarnos a esa capilla, tendríamos cuatro años aproximadamente, ahí estaba un señor con una sotana larga, negra y cuello blanco, cuando comenzó a hablarnos dijo:
—¡Hijos míos!…
Yo me quedé boquiabierto, no entendía nada.
¿Qué significaba tanta amabilidad, tanta calidez?...
El lenguaje que empleaban las celadoras con nosotros eran unas bestias, totalmente hostiles y jamás un cariño, nos habíamos acostumbrado a que eso era lo normal.
El “padre”, así le decíamos a los “curas”, porque esa era la manera con la cual debíamos dirigirnos, comenzó su obra de “evangelizarnos”.
—¡Aquello que ven allá es una cruz, donde fue crucificado Jesús!…
—¡Esa otra estatua es la Virgen María, madre de Jesús!…
—¡El de al lado es José, padre de Jesús!…
Y así nos iba nombrando a todos los santos.
Nosotros hasta ahí simplemente escuchábamos y mirábamos todo lo que nos enseñaba, por supuesto estoy simplificando mucho para no hacerlo tan largo.
Después, en visitas posteriores, la cosa se puso más interesante.
—¡Ustedes tienen que portarse bien, porque hay un cielo que está lleno de ángeles donde van los niños buenos, un purgatorio donde deben redimir sus pecados y un infierno, que está lleno de fuego, donde van todos los que se portaron muy mal!…
—Ya eso nos hizo asustar bastante.
—¡También existe un Dios, todo poderoso, infinitamente sabio y bueno que fue el que creó el universo!…
—¡Y cuidado, además existe un diablo muy malo que nos incita a pecar para llevarnos al infierno!
—¡Bueno, bueno!, a partir de aquí nuestras cabecitas comenzaron a imaginar de todo, para peor, las visitas a la capilla se repetían de manera más seguida y eso no hacía más que incrementar nuestros miedos, incertidumbre y qué sé yo cuántas otras cosas.
—¡No tienen que mentir, decir malas palabras, pegarle a un compañerito!, etc., etc., etc., ¡porque eso es pecado!.
¡Uy, entonces nosotros hasta ahí habíamos cometido un montón de pecados! ¿Quién nos iba a salvar del infierno?.
Por suerte había una solución: era “confesarse”.
¡Aaahhh!… menos mal.
—¡Entonces puedo pecar todo lo que se me antoje, total después me confieso y quedo liberado de culpa y cargo para no ir al infierno, de esa manera me aseguro que al final voy a ir al cielo siempre, ¡sí o sí!…
—¡Mirá qué vivo que soy!…
Al menos todos podríamos pensar así, pero no, cuando uno es chico cree a pie juntillas todo lo que le dicen los mayores, no discute ni interpela nada, más cuando lo dicen seriamente y de esa manera te van inculcando la fe, evangelizarnos, cristianizarnos, adoctrinando, y no sé cuántos “sinónimos” más.
Evidentemente éramos muy inocentes, no sabíamos nada de nada.
Esto lo pude comprobar con mis nietos cuando eran pequeños, les decía alguna “broma” poniendo cara de serio, muy ceremonioso y ellos me respondían:
—¿Sí?... como queriendo reafirmar mis dichos porque creían que era algo cierto.
—¡No, tesoro, es un chiste, una chanza, lo digo en broma!…
—Pero, abu, no nos hagas asustar...
A todo esto, ya el “padre” nos había enseñado el padrenuestro, el avemaría, el credo, y otras oraciones y además cómo teníamos que confesar nuestros pecados. Consistía en arrodillarse en una casilla de madera llamada “confesionario”, con ventanillas donde no podías ver al “padre” y decirle todos los “pecados” que habías cometido.
Generalmente eran las “malas palabras”, “pelearse con otro chico”, “romper un vidrio” y todas otras cosas que ya no me acuerdo.
Para perdonar tus pecados tenías que rezar un padrenuestro, tres avemarías y alguna que otra oración y prometerle a Dios que nunca más ibas a repetir todo lo que confesaste.
Lo cierto es que esa promesa nunca se cumplía porque por “H” o por “B”, siempre te la pasabas pecando, era inevitable, el trajín de los acontecimientos ineludiblemente te llevaba a pecar.
—¿Quién podía evitar que en un momento de bronca no te mandaras una puteada o mala palabra?
MI PRIMERA DUDA
En la introducción, comencé haciendo varios interrogantes y prometí que, en el desarrollo de este relato, en algunas partes, volvería sobre ellos, aclaro que estos me los hice muchísimo tiempo después.
—Si Dios es tan poderoso, infinitamente bueno y fue el creador de todo…
—¿También creó al diablo?... de ser así,
—¿Para qué lo hizo?...
—¿Acaso para tentarnos a pecar?...
—¿Y probar nuestra fuerza de voluntad para no caer en el pecado?...
—¿Y aquél que era débil, sin fuerzas para evitar el pecado, inexorablemente se iba al infierno?...
—Se me ocurre que esto no puede ser así.
La fe que me inculcaron desde niño hizo que yo creyera siempre en la existencia de un ser superior, si eso es verdad o no, todavía no lo sé.
Sin embargo las dudas y preguntas son muchísimas, sobre todo cuando fui adquiriendo más información sobre este tema, desde chico tuve la percepción de haber vivido siempre, es decir, desde antes de nacer, tal vez a todos nos haya ocurrido esta sensación, que sólo se develará el día que pasemos para el “otro lado”,… si existe ese “lado”.
LAS VISITAS
Habitualmente los domingos venían familiares a visitar a los internados, por supuesto, no a todos, yo era uno de ellos, porque jamás había recibido una visita.
Ellas esperaban en la Dirección del Instituto, las celadoras recibían la comunicación de los chicos que eran visitados y de inmediato comenzaban a llamarlos.
¡González, Fernández, Aguirre!, … etc.,—Ahí no se acostumbraba a llamarte por tu nombre, siempre era por el apellido, por eso hasta yo mismo desconocía cuál era mi nombre.
Desde el pabellón los trasladaban por el pasillo largo hasta la Dirección donde se encontraban con sus familiares, estos generalmente los llevaban al enorme parque que estaba al frente del Colegio, donde había muchos bancos y un hermoso césped bien cortadito y pasaban la tarde disfrutando de su compañía.
La visita duraba dos o tres horas y después ellos se iban y los chicos retornaban al pabellón cargados de golosinas, masitas y alguno que otro juguete, yo aprovechaba esa situación, enseguida me arrimaba a ellos y les “pechaba” un caramelo o masita (pechaba significaba pedirles), desde luego, como era muy amigo de ellos y también sabían que a mí nunca me visitaban, no se negaban a darme algo.
VOS SOS HUÉRFANO
En cierta oportunidad, con motivo de las visitas, se me ocurre preguntarle a una de las celadoras.
—¿Qué son las visitas?...
—¡Son familiares que vienen a visitar a sus hijos!…
—¿Y por qué a mí no me vienen a visitar?...
Me miró, titubeó un poco, parece que se compadeció de mí y me responde:
—¡Vos sos huérfano!…
—¡Y eso qué es!…
Nuevamente le costaba decírmelo, hasta que se animó…
—¡Los huérfanos no tienen papá, mamá, tías, hermanos, ni ningún familiar que los vengan a visitar y vos no sos el único!…
A pesar de mi corta edad, me quedé pensativo, sin preguntas y sin respuestas.
Ahí comprendí por qué a algunos de nosotros no nos visitaba nadie, pero como ya me había acostumbrado, pues lo tenía incorporado, la cosa quedó así.
LA MÚSICA
Habitualmente en el pabellón sabían pasar música por un parlante enorme que tenían en el patio interno —eran tangos, zambas, chacareras, paso doble y muchos valses vieneses—, los nombres de estos ritmos los supe mucho tiempo después porque a esa edad no tenía ni idea, sólo que me gustaban.
Pero había un ritmo en particular del cual, cada vez que lo pasaban, yo sentía algo extraño en mi ser —eran los valses vieneses—, parecía como que me trasladaba a otro lugar y que yo ya había estado ahí con mucha antelación, era como estar reviviendo Viena (Austria), o algún país europeo. “Danubio azul”, “Ondas del Danubio”, el “Vals de los quince”, y otros, me enamoraba de esa música.
Esa sensación me hacía pensar y sentir que yo venía de otro lado, más precisamente de Europa, que había vivido siempre y que tal vez, por esas cosas del destino, morí durante la Segunda Guerra Mundial, que se estaba desarrollando en Europa y reencarné en un pueblo de la Argentina, justamente en el año 1939, y que yo era huérfano por ese motivo, porque mis padres eran de allá justamente, muchísimos años después me enteré que, en mi árbol genealógico, mis abuelos eran de España.
LA ESTRATEGIA
En el pabellón siempre había tres celadoras que se turnaban para hacer diversas tareas, una se encargaba de cuidarnos, otra de realizar la limpieza general de los dormitorios, baños, pasillos, etc., y la última estaba en el comedor y cocina preparando todo para la comida.
Yo era muy observador y me fijaba mucho en la que hacía la limpieza, cómo barría los pisos, cómo metía un trapo dentro de un balde galvanizado lleno de agua, lo retorcía y después lo pasaba por el piso, en fin, me fijaba en todos los detalles.
Dicen que si te enfrentás a un enemigo, si no lo podés vencer, únete a él.
Una vez se me ocurrió preguntarle si quería que la ayudase en algo, porque honestamente me gustaba hacerlo, me miró sorprendida y me dijo:
—¿Te animás?...
—¡Sííí!…
—Le contesté con fuerza, entonces me dio el cepillo con un trapo de piso ya retorcido y me dijo…
—¡Pasalo de un costado para el otro!…
—Bueno, empecé a hacerlo y claro, era la primera vez que lo hacía, mandaba de un lado para otro el cepillo en forma desordenada, era un “chapucero”, una cosa es ver, mirar y otra muy distinta, hacerlo.
La celadora se avivó y me comprendió, agarró mis brazos y comenzó a guiarlos de un lado para el otro en forma pareja junto con el cepillo y el trapo de piso, lentamente empecé a tomarle la mano a cómo era la cosa, me largó solo y seguí el mismo ritmo hasta que en poco tiempo me puse “canchero”.
¡Aleluya!… ya sabía pasar el trapo de piso en el dormitorio.
Ahora debía aprender a mojar el trapo de piso en el balde con agua y después retorcerlo como lo hacía ella, mientras tanto la celadora no dejaba de observarme, la verdad no me costó demasiado, sólo que no tenía la fuerza para escurrir el agua como ella, ahí me ayudó otra vez, después faltaba la escoba, empezamos por el pasillo, —ahí también fui medio torpe, hay que pensar que tenía alrededor de cinco años y mis brazos no estaban a la altura de las circunstancias.
La cuestión es que en poco tiempo aprendí todos los pasos relacionados para hacer la limpieza del dormitorio, los baños, los pasillos y la escalera.
—¡Qué maravilla!…
—¡Lo estás haciendo muy bien!… me decía ella y yo todo chocho y contento.
Los días fueron pasando y esta celadora empezó a correr la “bola” entre sus compañeras de todo lo que yo sabía hacer y además que era muy voluntarioso.
¡Bueno, para qué!…
Comenzaron a llamarme cada vez que les tocaba hacer la limpieza y, por supuesto, en vez de protestar, yo corría presuroso a colaborar.
¡Uy, cómo les gustaba que lo hiciera! — Porque en cierto modo les aliviaba ese trabajo que para ellas era un “garrón”.
Todas esas tareas, además de novedosas para mí, me agradaban porque en cierto modo rompían con la rutina diaria que yo tenía, lo cual me hacía sentir feliz.
LOS BENEFICIOS
Esa estrategia comenzó a dar sus beneficios, yo ya era mirado de otra manera por las celadoras, por empezar, a la hora de comer, recibía una porción mayor que mis otros compañeros, y siempre la mejor parte, especialmente cuando el menú era más rico que lo habitual.
En el postre siempre me servían el doble de los demás, si por ahí me mandaba una “cagada”, es decir me portaba mal, hacían la vista gorda, tal vez me llamaban la atención y nada más.
Además, en el momento de cambiarnos la ropa personal, elegían la mejor para mí, es decir que no estuviese rota, manchada o algo por el estilo, desde luego, en el caso que me llamasen para “colaborar en la limpieza”, yo no tenía que fallarles.
Pero por supuesto eso me trajo otros beneficios posteriores, es decir, yo hacía la diferencia, se trataba de pasarla lo mejor posible ante una situación en donde el destino me puso sin saber por qué.
LA HERMANA SOR ERNESTA
En el asilo, cada tanto venían a los pabellones unas monjas que nos hablaban de manera muy dulce y agradable, nosotros no estábamos acostumbrados a ese lenguaje tan enternecedor y, además, como si fuera poco, se acercaban y nos acariciaban la cabeza halagando nuestros ojos y demás, también hacíamos juegos infantiles corriendo, saltando y ellas participaban con nosotros muy alegremente.
En nuestro pabellón siempre concurría la misma monja, se llamaba “sor Ernesta”, era alta, gordita y extremadamente buena, se quedaba con nosotros alrededor de dos horas varias veces por semana, todos esperábamos ansiosos que viniera porque nos sentíamos muy a gusto con ella y sus caricias eran infaltables.
—¡Qué bien nos hacía!… acostumbrados a las “palizas de las celadoras”.
Por desgracia, un día nos enteramos que la hermana sor Ernesta había fallecido, no podíamos creerlo, a nuestra edad, todavía no teníamos claro qué significaba eso.
Pero nos llevaron a la capilla y ahí encontramos mucha gente, en el centro vimos un cajón muy lustroso y en su interior estaba ella como dormida plácidamente, pero sin moverse para nada.
No sé, pero nuestro instinto nos hizo entender que ya no la veríamos nunca más.
Pasamos en fila india por al lado del féretro y la miramos con ternura, no nos permitían tocarla
Igual no lo hubiéramos hecho porque sentíamos una “cosa rara”, “algo extraño”, no respiraba y estaba muy blanca, después nos enteramos que la palabra “fallecer” significaba “morir”.
OTRA DUDA
Yo pensaba en ese momento, que, si existiese el “cielo”, seguramente ella estaría allí, porque en verdad se lo merecía, eso es lo que ya nos había inculcado el “cura” las veces que fuimos a la capilla y daba el sermón, nos llevaban muy seguido para asistir a la santa misa y de paso adoctrinarnos sobre la religión.
Mucho tiempo después me hacía la siguiente pregunta:
¿El cielo está arriba? ... porque el cura, cuando lo decía, señalaba para arriba.
¿Y el infierno está abajo?... porque también el cura señalaba para abajo.
¿O sea que el infierno estaba debajo de la tierra, más precisamente en su centro? ...
Todo esto tenía su aparente lógica porque, si mirabas para arriba, los días soleados, el cielo se veía hermoso, celeste.
En cambio, del centro de la tierra, muy a menudo, salían bocanadas de fuego por unos boquetes llamados volcanes, o sea, había mucho fuego en el centro de la tierra y siempre nos dijeron que el infierno estaba lleno de fuego.
Entonces el “purgatorio” …
¿Dónde estaba?...
Por simple razonamiento debería estar entre medio de los dos, sobre la misma tierra que es donde vivimos todos nosotros.
¿Significa eso que ya nacemos en el purgatorio?... difícil respuesta, ¿no?... esto da para largo, lo iré desarrollando más adelante.
PRIMERO INFERIOR
Ya había cumplido seis años, no solamente yo, sino también otros compañeritos míos con los cuales siempre jugábamos juntos, éramos como siete u ocho, en los primeros meses del año comenzaron a darnos clase de actividades manuales.
Como colorear dibujitos de animales, casas, paisajes, flores, etc., para lo cual nos proveían de lápices de colores, cuadernos y los referidos dibujitos sin colorear.
En un salón grande al que llamaban aula, venía una maestra jardinera y nos daba todos los detalles de cómo hacer cada cosa.
No nos enseñaban ni a leer ni a escribir, eran nuestras primeras artes en lo que se llamaba “la primaria” y al que le decían “primero inferior”, nosotros ignorábamos completamente de qué se trataba, simplemente obedecíamos órdenes y además nos pareció algo nuevo y muy atractivo.
Ahí comenzaban a destacarse nuestras primeras dotes de artistas en el coloreado de los dibujitos, nuestra precisión en no sobrepasar las líneas negras de ellos.
Además, nos proveían de tijeritas cortas para recortar animalitos, flores, casitas, etc., que traían en distintas cartulinas y también a pegar papelitos de colores con engrudo hecho en un frasquito con harina y un poco de agua.
Dentro de todo era bastante entretenido, estuvimos casi el año entero haciendo eso, cada tanto nos llevaban a pasear por los jardines del asilo y nos enseñaban las flores mencionando sus nombres:
—Esto es una rosa, aquello una margarita, esos que ven allí son tréboles, aquellos árboles altos se llaman eucaliptos y les sacaban algunas hojas para sentirles el olor tan especial que tenían.
MI PRIMERA COMUNIÓN
Dentro de ese mismo año (1946) que cursaba el “primero inferior” de la primaria, un determinado sábado, después de tomar la merienda, antes de dar la orden de ir a jugar, la celadora comenzó a llamar a varios chicos por sus apellidos, la costumbre de siempre.
—¡Alderete, González, Fernández, etc.!… y por supuesto estaba yo incluido.
Éramos el mismo grupo de chicos, aquellos que ya teníamos los seis años de edad y que por suerte nos llevábamos muy bien, todos muy amigos que nos apoyábamos permanentemente en muchas “fechorías”.
Nos miramos sorprendidos
—¿Qué pasa ahora?...
—¡Los demás salgan a jugar al patio central!… —ordenó, y así lo hicieron.
—¡Ustedes vayan arriba y esperen ahí!…
—Arriba estaba el dormitorio y además un gran armario donde guardaban la ropa limpia, subimos la escalera murmurando entre nosotros y ahí nos quedamos un ratito, de inmediato llegó la celadora.
—¡Sáquense esa ropa sucia!…
—Y ahí nomás empezó a buscar ropa limpia del armario que básicamente consistía en unas camisas a rayas y pantalones cortos color gris.
—¡Tomá vos, vos, vos!… y así hasta completar a todos.
Como a esa edad no había mucha diferencia en nuestros físicos, cualquier ropa que te dieran daba igual, todas te quedaban bien.
De inmediato la celadora comenzó a explicarnos de qué se trataba todo ese preparativo, como yo expuse en sucesos anteriores, una de nuestras actividades era concurrir a la capilla para escuchar el adoctrinamiento del cura.
A tal punto que ya, todos los domingos, presenciábamos la celebración de la “santa misa”, por supuesto todavía no comulgábamos porque nos faltaba lo principal, confesarnos y precisamente después tomar la “primera comunión”.
—¡Mañana domingo se festeja el día de San…¡no recuerdo qué santo era porque justo me distraje conversando con otro compañerito y siguió diciendo:
—¡Por lo tanto van a tomar la “primera comunión”!…
Todos nos miramos perplejos, no lo podíamos creer, ya había llegado el día de ese extraordinario acontecimiento.
—¡Para eso es necesario que primero confiesen sus pecados con el padre!…
—¡Ustedes ya saben qué significa confesarse porque el padre ya les enseñó!…
Claro, qué fácil es decirlo, la cuestión es hacerlo, nos habían dicho que “pecado” era decir malas palabras, mentir, pegarle a un compañero, no hacerles caso a las órdenes impartidas por la celadora, etc., etc., etc.
Y después de confesarse no debías cometer ningún pecado porque, si comulgabas, cometías un “sacrilegio”, que era un “pecado gravísimo”.
¡Uf, qué difícil era no pecar!…
—¡Ahora van a venir conmigo hasta la capilla porque el padre los está esperando para que se confiesen y mañana a primera hora puedan tomar la primera comunión!…
—¡Pero ojo después con volver a pecar antes de comulgar, eh!…
—¡Sí, señorita!, —respondimos a coro.
Dicho y hecho, nos trasladamos por el extenso pasillo del edificio y llegamos a la capilla donde, efectivamente nos estaba esperando el padre, nos arrodillamos y después de rezar algunas oraciones nos hizo pasar uno a uno por el confesionario, algo que ya conocíamos pero que nunca lo habíamos usado, en cuyo interior se metió el Padre y cada uno debía inclinarse en un costado frente a una ventanilla cerrada con ranuras o agujeritos.
Ahí “confesabas” todos los pecados mientras el padre escuchaba del otro lado.
Cuando me tocó a mí, no sabía por dónde empezar, ¡eran tantos los pecados que tenía!…
—¡Ya hacía seis años que venía pecando!… y esta era la primera vez en mi vida que me confesaba, me imagino que a los otros les habrá ocurrido lo mismo.
—¡Dije muchas malas palabras!…
—¡Me burlaba de la señorita!…
—¡Me peleaba con fulano y zutano!…
Y no sé cuántos “pecados” más, la cuestión es que, cuando terminé, ya cansado, el padre me dijo:
—¡Hijo mío, Dios perdona tus pecados, pero no vuelvas a hacerlo más!…
En ese momento pensé:
¡Uy, a ver si se lo alcahuetea a la celadora y ésta me revienta a cachetazos!…
Pero no, después me enteré que la confesión era algo secreto que nadie se debía enterar, por último me dijo.
—¡Ve al banco y reza un padrenuestro y tres avemarías!…
Desde luego a todos nos decía lo mismo.
Ya con la conciencia tranquila, me tenía que cuidar de no volver a pecar, por lo menos hasta el día siguiente en que debía comulgar.
¡Qué difícil compromiso!…
¡Había tentaciones por todos lados!…
Y encima el resto del día se me hizo larguísimo, pero lo logré, no sé cómo la habrán pasado los otros compañeros que también estaban en la misma situación.
Al día siguiente, bien temprano, ya era domingo, nos levantaron y, en primer lugar, a los que debíamos tomar la comunión, nos dieron un uniforme espectacular, una camisa blanca y almidonada, pantaloncito corto azul marino y una especie de saquito mangas largas y solapa al cuello, haciendo juego con el pantalón, además corbata azul muy delicada, y para rematarla, un moño blanco muy sedoso colocado en el brazo izquierdo, supuestamente del lado del corazón, también zapatos negros de cuero muy brillantes y medias blancas.
Para comulgar, era obligatorio estar en ayunas, así que partimos del pabellón sin desayunar, acompañados por la celadora hacia la capilla, siempre por ese largo corredor interno, llegamos y nuestra sorpresa fue mayúscula cuando entramos en la iglesia, había flores por todos lados, velas encendidas y luces por doquier y además ya estaba llena de gente murmurando, que no sé de dónde salieron.
Muy coquetos con nuestra vestimenta nueva, fuimos trasladados por los pasillos internos de la capilla hasta llegar a los primeros bancos frente al altar, en cierto modo éramos los homenajeados porque tomábamos la primera comunión y todas las miradas estaban puestas en nosotros.
De pronto comenzó a escucharse una música suave y casi celestial y que hacía eco en todos lados de una manera singular, instintivamente casi todos miramos hacia arriba para ubicar de dónde llegaba esa hermosa melodía y pudimos ver en la parte superior, al fondo, un conjunto de barras o caños altos por donde salía el sonido.
Más tarde supe que a ese instrumento musical lo llamaban “armonio”.
Se empezó a escuchar una campanilla tocada por un “monaguillo” y detrás de él venía el padre vestido con un atuendo espectacular propio para esa ocasión.
Y ahí nomás se inició la santa misa, que a nosotros nos resultó familiar porque ya habíamos concurrido en otras ocasiones hasta que llegó el momento tan esperado.
El padre, con toda la liturgia y la ceremonia, levantó una copa grande, seguramente bañada en oro o algo así, porque brillaba como los dioses, y estaba llena de “hostias”.
Después de decir unas palabras en latín.
Aclaro que toda la misa, en esa época, se decía en latín, nadie entendía un pepino lo que oraba, incluso un gran libro llamado Las Sagradas Escrituras que tenía sobre el altar estaba escrito en latín y lo gracioso era que los monaguillos también respondían igual en cada ocasión.
Bajó la copa y se adelantó hacia nosotros mientras una celadora nos indicaba que debíamos arrimarnos en fila india a un reclinatorio frente al altar.
De fondo, nos acompañaba esa música celestial, la sensación extraordinaria que todos sentíamos en ese momento era indescriptible, evidentemente estábamos compenetrados en ese acto con total devoción.
El padre comenzó uno a uno a darnos la hostia, más o menos yo tenía idea de que era redonda, blanca, finita y relativamente pequeña porque la había visto en misas anteriores, desconocía su sabor.
Cuando me tocó a mí, saqué la lengua y sobre ella el padre apoyó la hostia, metí con cuidado la lengua en mi boca tratando de no lastimarla con mis dientes, que en ese entonces eran muy filosos, porque me habían dicho que estaba recibiendo el “cuerpo de Jesús”.
Ahí pude probar el sabor, era bastante agradable, se disolvió rápidamente y la tragué, respiré profundamente y como los demás retornamos a nuestro banco para orar.
El padre continuó dando hostias prácticamente a todos los presentes, así que ese acto tardó bastante en completarse.
Luego siguió con la misa hasta terminarla, por último, nos vino a saludar a nosotros, los que habíamos tomado la “primera comunión”.
Colocándonos a cada uno, el dedo pulgar de su mano en nuestra frente y diciendo:
—¡Dios te bendiga, hijo mío!…
—¡Amén!…
Esa acción me sorprendió porque ahí demostró el padre lo excelente persona que era y en cierto modo cómo nos apreciaba, era un “gran tipo”.
Cuando salimos de la iglesia, varios familiares de algunos chicos, que acompañaban a los presentes, fueron a saludarlos, abrazarlos, besarlos y todo eso.
Yo, junto con otros dos o tres más, observábamos desde lejos, ya estábamos acostumbrados a que nadie viniese a visitarnos, éramos los mismos “huérfanos” de siempre.
Posteriormente, estábamos sin desayunar, nos hicieron un agasajo extraordinario en un salón adornado con guirnaldas y diversas figuritas colgantes, para tomar un exquisito chocolate con leche acompañado de masas y muchas cosas ricas.
Nunca me olvidé de este momento porque fue muy especial, si se quiere, fue el primer agasajo importante en mi corta vida, incluyendo por supuesto el acto de tomar la “primera comunión”.
PLAZA DE MAYO
Durante el mismo año en curso, 1946, cierto día del mes de octubre, estábamos jugando “al don pirulero” con la maestra jardinera en el patio central del pabellón, todos sentaditos en el suelo, era de mañana con un sol radiante, de repente aparece la celadora acompañada con un señor vestido muy elegante con traje y corbata.
Como es lógico, todos detuvimos el juego y de paso los mirábamos a ambos, vimos cómo la celadora, mientras conversaba con el señor, señalaba con el dedo a González y a mí.
Tanto él como yo, nos mirábamos y girábamos la mirada hacia ellos sin saber de qué se trataba el asunto, de pronto nos hicieron seña para que fuéramos ahí y así lo hicimos.
El señor nos observó atentamente y asintió con la cabeza como aprobando la elección que la celadora había hecho, de inmediato trajeron dos uniformes de “granaderos” para probarnos.
Pantalón largo de una tela especial color azul con raya al medio, camisa blanca de poplín almidonada, una chaqueta especial como usan los granaderos, medias blancas y botas negras o borceguí, no sé qué era, ah, y también guantes blancos.
Como decía en otras oportunidades, el talle de esos uniformes nos cayó a la medida tanto a González como a mí, cosa que siempre ocurría con cualquier otra ropa que nos pusieran porque todos éramos de igual estatura.
Nosotros no entendíamos nada lo que estaba pasando, sólo obedecíamos órdenes.
Como ya era la hora de almorzar, nos rogaron que por favor no mancháramos los uniformes mientras comíamos, de todos modos, nos pusieron a los dos un delantal enorme para evitar cualquier salpicón de comida en nuestra ropa.
Parece que tenían mucho apuro porque de inmediato nos llevaron por los extensos pasillos internos de los pabellones mientras se iban agregando a nosotros otros chicos, también vestidos de granaderos hasta completar casi diez.
Bajamos las escaleras que están al frente de la Dirección y subimos a la famosa “combi” que nos estaba esperando ahí, nos acompañaban dos celadoras y el señor de traje que, después me enteré, era el director del Asilo.
En todos los años que estuve ahí, jamás lo vi, vaya contacto que tenía con los chicos, esa fue la primera vez.
En el Asilo no nos llevaban a pasear a ningún lado, salvo aquella primera vez que fuimos a Mar del Plata, y si lo hicieron en alguna otra oportunidad, honestamente no me acuerdo, por eso me extrañó mucho lo de este viaje.
La “combi” partió del Asilo hacia la ruta siete rumbo a la Capital Federal, en ese momento yo tenía seis años y me faltaba poco para cumplir los siete, por lo tanto, ya entendía bastante bien algunos eventos que ocurrían.
Mientras viajábamos, el director nos comentaba algo de ese viaje y el porqué de la vestimenta que teníamos puesta.
Llegamos casi de noche a la Capital Federal, como aún no conocía bien lo que era esa gran urbe, no sé cómo, pero lo cierto es que, en un momento dado, me encontraba junto con los otros compañeros al costado de la Casa Rosada, donde había gente a montones, gritando consignas de todo tipo.
Desde luego, todos estábamos como despavoridos, jamás habíamos visto una multitud de semejante envergadura.
Cerquita de nosotros había una banda de música que supongo era de alguna fuerza militar, porque estaban uniformados como nosotros, de pronto comenzaron a tocar los instrumentos musicales una especie de marcha que desconocíamos.
Nos pegamos un “cagazo” de aquellos porque el sonido de los tambores, bombos y clarinetes era tan estridente que nos aturdía por completo.
A la Plaza de Mayo, que estaba enfrente de la Casa Rosada, prácticamente no pudimos entrar, era tal la cantidad de gente que había que nos fue imposible penetrar.
De todos modos, el director del Asilo con las celadoras que nos acompañaban, nos iban trasladando, todos tomados de la mano para no perdernos, por distintos pasillos que nunca pude identificar.
Tampoco supe qué “pito” tocábamos nosotros con esos uniformes que teníamos puestos, era un desorden total.
Este suceso lo recuerdo tal como lo he narrado, tiempo más tarde me enteré que se trataba de una fecha muy especial para los trabajadores de todo el país: era el famoso 17 de octubre de 1945.
BREVE SÍNTESIS DE ESTA ETAPA
Si hago un balance de mi vida en estos primeros 6 a 7 años, podría decir que pasaron “sin pena ni gloria”, salvo algunos hechos puntuales, el resto fue pura rutina diaria.
Levantarse, higienizarse (la mayoría de las veces lo hacían las celadoras), desayunar siempre lo mismo – formar fila – jugar en el patio central del pabellón – lavarse las manos – almorzar – dormir la siesta – merendar – jugar – cenar e ir a dormir – al otro día lo mismo – de vez en cuando salíamos a pasear al parque o los eucaliptos chicos y grandes.
Claro, éramos criaturas y no percibíamos esas rutinas, nuestra mentalidad no llegaba para tanto, eso sí, si te portabas mal, o hacías alguna tontería, recibías flor de paliza cada vez que pasaba la celadora al lado nuestro, era inevitable levantar el brazo como para atajarnos de algún posible “sopapo”, nunca sabías por dónde venía el “viandaso”.
Eso nos enseñó a estar alertas y vigilantes contra el “enemigo”.
Una cosa quedó clara, desde que tomamos la primera comunión, era obligatorio ir todos los domingos a misa y comulgar, previa confesión mediante de no hacerlo, implicaba cometer un gran pecado, el famoso “sacrilegio”.
¡Uy, no!… nadie quería que eso ocurriera.
Llegó a tal punto la cosa que una vez, porque me descompuse y estuve largo rato en el baño, me perdí la misa.
La celadora me llevó caminando hasta la iglesia de los franciscanos, que quedaba muy retirado de ahí, para concurrir a la misa de ellos que empezaba más tarde que la nuestra, todo para que yo no cometiera el tan mentado “sacrilegio” por no asistir a la santa misa ese domingo.
2) MI NIÑEZ
ASILO MARTÍN RODRIGUEZ - MERCEDES
EL TRASLADO
Ya estábamos en el verano de 1947, cierto día de enero, por la mañana, como siempre jugando en el patio, apareció la celadora con una lista y empezó a llamar a varios de nosotros por sus apellidos.
—¡González, Alderete, Ramírez!... etc., yo estaba incluido entre ellos, los que ya teníamos siete años de edad, nos cambió de ropa y luego fuimos a la Dirección del Asilo, en total éramos siete u ocho chicos, los mismos, como de costumbre.
Subimos al micro (combi) que nos estaba esperando y fuimos trasladados hasta otro lugar ubicado en Mercedes, nosotros no entendíamos nada, porque nunca te decían o anticipaban qué iba a ocurrir.
Seguíamos siendo unos “paquetes” que nos llevaban de aquí para allá, el micro estacionó en la entrada principal, frente a la Dirección de ese sitio y nos hicieron bajar. Ahí nos esperaba una mujer gorda y petisa, nuestra celadora le entregó una lista, donde figurábamos nosotros y la mujer empezó a llamarnos uno por uno mientras iba tildando en el papel.
De pronto el micro se fue con la celadora y nos dejó ahí solos con la mujer, nos miramos como diciendo:
¿Y ahora qué?... la mujer nos ordena:
—¡Esperen un momento ahí que ya los hago pasar!…
Por suerte el día estaba lindo, pero hacía bastante calor, ya serían las once de la mañana, desde la vereda miramos a nuestro derredor y vimos varias casas que estaban enfrente separadas por una calle ancha de tierra y al costado un alambrado que dividía a un gran terreno perteneciente al lugar señalado, adentro se veía una gran cancha de fútbol.
Al ratito, la mujer salió de la Dirección y nos hizo pasar adentro, ahí había un hall central, enfrente la capilla, a un costado un mostrador que sería la mesa de entradas y detrás unas oficinas.
El director no se encontraba, pero sí un fotógrafo, uno a uno fuimos pasando y nos iba sacando una foto tipo carné, evidentemente nos estaban “fichando”, hasta ahí, aun ignorábamos todo.

Siete años de edad – Mercedes – 1947
¡Qué estaba pasando!… los hechos se iban sucediendo uno tras otros.
¿Y nosotros?... Bien, gracias, o sea, seguíamos en “ascuas”.
A pesar de que de vez en cuando deslizábamos alguna pregunta, no nos daban bola, la mujer repetía:
—¡Guarden silencio!… esa era la respuesta, alguno que otro murmuraba:
—¡Che, no se puede preguntar nada, carajo!…
Al final de las fotos, ya eran las doce del mediodía, vino una celadora nueva que naturalmente no conocíamos y nos dijo:
—¡Formen fila de a dos y acompáñenme!…
Ya dentro de ese lugar, recorrimos unos patios amplios y pasillos internos hasta llegar al comedor general para almorzar.
Nunca había visto un recinto tan enorme, estaba lleno de chicos de distintas edades, celadoras por todos lados, mesas de mármol tremendas y bancos a todo lo largo, cubiertos y platos de lata como en Riglos, ventiladores de techo y el infaltable jarro de lata para tomar agua.
Nos sentamos en una mesa que habían preparado para nosotros los recién llegados y de inmediato trajeron un fuentón lleno de sopa.
—¡Por Dios!… cuando nos sirvieron esa sopa en los platos hondos de lata, era agua sucia con fideos cabellos de ángel flotando en su interior, ya estábamos acostumbrados a comer porquerías, pero no tanto, lo gracioso fue que todos nos mirábamos y pensábamos lo mismo.
¿A dónde fuimos a caer?… después no trajeron un guiso de lentejas, algo que yo detestaba, y de postre una compota de ciruelas.
LOS PABELLONES
Evidentemente, al poco tiempo comprendimos que nos habían cambiado de Asilo, claro, en el asilo de Moreno, no existía la enseñanza primaria, ahí estabas hasta los seis años inclusive y después te trasladaban a éste donde sí tenían educación primaria.
De hecho empezabas a los siete años y terminabas a los doce.
Lo curioso del caso es que yo no extrañaba nada del Asilo anterior parecía como que no tenía “apego” a los lugares ni a las personas que conocí, me ocurrió lo mismo que cuando, a los dos años me internaron en el “Riglos” ahí lloraba, pero sin preguntar por “mamá” o “papá”.
Bueno, eso creo yo, de haberlo hecho, no me enteré.
Este Asilo de Mercedes era enorme, se llamaba “Asilo Gral. Martín Rodríguez”, contenía varios pabellones grandes muy separados entre sí, aunque todos conectados con pasillos externos con solamente techos de chapa para cubrirse de alguna lluvia.
Todos estos pabellones tenían nombre de santos para los más chicos, que éramos nosotros, siete años, se llamaba “Santa Inés” y estaba cerca de la ruta cinco.
Al lado, separado por un pasillo cubierto con ventanas se encontraba la enfermería, muy amplia, por cierto.
Y delante de la enfermería el pabellón “San Roque”, yo pasé por todos, menos por éste.
El siguiente pabellón se llamaba “Santa Teresita”, entre éste y el San Roque, había un espacio verde enorme y en el centro la pileta de natación, que para nosotros fue una gran novedad, ahí aprendí a nadar.
“Santa Teresita” tenía un gran patio externo que se comunicaba con todas las aulas donde impartían las clases de primaria, además de otros locales internos, depósitos de ropa, zapatos, etc.
A continuación de estos locales estaban el pabellón “Santo Domingo”, “San José” el “Sagrado Corazón” y “San Miguel”, todos separados por grandes patios internos, corredores, pasillos y otros locales para distintos servicios.
Al final de los últimos dos pabellones se veían las canchas de fútbol que observamos al principio y delante de éstas, el enorme comedor con la cocina.
En fin, no faltaba nada, este Asilo estaba completísimo, se parecía más a un regimiento del ejército que a un albergue de niños.
Por si fuera poco, contaba con una enorme huerta, frutales y criadero de lechones y gallinas, además de usina propia, herrería, carpintería y un enorme tanque de agua que abastecía a todo el Asilo.
Atrás del pabellón “San Miguel”, pegado a él, había una vivienda donde se alojaba el director del Asilo, seguro que en toda esta descripción me estoy olvidando de algún otro detalle.
El pabellón Santa Inés
El primer día, después de almorzar, una celadora nos trasladó a todos los “nuevitos” al pabellón que se llamaba “Santa Inés”, donde ya había otros chicos pequeños.
Estaba algo retirado del comedor principal, estos chicos, al igual que nosotros, venían de otros Institutos o Asilos, o tal vez de alguna familia que los dejó ahí, no sé.
La cuestión que eran como cuarenta, más nosotros, llegábamos casi a cincuenta.
Este pabellón tenía dos grandes dormitorios separados por un ancho pasillo central, cada uno con un gran baño, además otro baño independiente donde nos bañaban en un enorme piletón, con agua mezclada con líquido desinfectante llamado “acarohina”, contra los piojos, pulgas y demás, por último, otras piezas chicas.
A propósito de estas piezas, tengo una anécdota que más adelante la voy a contar.
A cada uno nos asignaron una cama sin barandas, de entrada, nos asustó, porque en el Riglos, estábamos acostumbrados a dormir en cunas con barrotes para que no nos cayésemos al suelo.
Bueno, ocurrió lo que tenía que ocurrir, al principio, más de uno se iba al suelo cuando dormía en esas camas y por supuesto yo no fui la excepción, los “porrazos” que me pegué, pero dicen que “a golpes se hacen los hombres”.
En este pabellón dos celadoras se encargaban de cuidarnos, una se ocupaba de un sector con veinticinco chicos y la otra con el otro sector también con la misma cantidad, la mayoría de las veces nos juntaban a todos en el pasillo central.
¡Los “quilombos” que se armaban entre todos los chicos!…
—¡Silenciooo!o!… — gritaban las celadoras, nadie les daba bola, nosotros seguíamos con la nuestra.
—¡Ah, sí, ahora van a ver!… y empezaban a los “cachetazos” de aquí para allá, corríamos para un lado, corríamos para el otro, pero nos tenían acorralados en esa galería.
Finalmente lograban poner orden separándonos por grupos, en esa época, a pesar de ya contar con siete años, todavía éramos unos “boluditos”, no teníamos “calle” como se dice cuando no tenés experiencia a diferencia de los pibes de hoy que agarran un celu, tablet, compu, y las hacen de “goma”.
Increíblemente son más “vivos” de lo que éramos nosotros.
Por las mañanas, al levantarnos de dormir, elegían cinco o seis chicos para hacer la limpieza del dormitorio y los baños, al principio nos extrañó, porque estábamos acostumbrados en el “Riglos” a que ese trabajo lo hacían las mismas celadoras.
Y por lo tanto nadie sabía cómo se hacía esa limpieza, los llamaban al azar.
—¡Tomá vos, vos y vos estas escobas y empiecen a barrer debajo de las camas!… —
¡Qué problema para mis compañeros! … nunca habían agarrado una escoba y el palo largo les chocaba por todos lados cuando pretendían pasarlo debajo de las camas, hacían de todo menos barrer la basura, que por suerte no había demasiada.
Como a mí la primera vez no me llamó, me quedé “piola” mirando “cancherito” cómo se quemaban los otros, yo ya tenía experiencia de haber barrido y pasado el trapo de piso en el “Riglos”, entonces esperé la oportunidad.
Parecía que yo tenía suerte porque la celadora nunca me elegía a mí para hacer la limpieza que era todas las mañanas, claro, éramos veinticinco y sólo elegía a seis.
El azar no estaba de mi lado, en realidad nunca lo estuvo, por lo tanto, decidí emplear la misma estrategia que había usado en “Riglos” porque esta situación al final me perjudicaba.
Necesitaba ganarme a la celadora, en consecuencia, cada vez que empezaba a decir “vos, vos, y…”, yo levantaba inmediatamente la mano ofreciéndome para limpiar.
Al principio me miró sorprendida, pero me dijo:
—¡Bueno, vení!…
No sólo había que barrer sino, además, con un balde de agua, desparramar y pasar el secador y luego el trapo de piso para secar.
Yo estaba “canchero” en todo eso y lo hacía con total soltura, la celadora, al verme, se quedó “pasmada”, no podía creerlo.
Encima le hacía la operación completa, barría, buscaba el balde, le ponía agua, la desparramaba debajo de las camas, pasaba una escoba rápido, luego el secador, por último, el trapo de piso que cada tanto lo retorcía en el balde para escurrir el agua y como si fuera poco ayudaba a mis compañeros diciéndoles cómo tenían que hacer todo ese tipo de tareas.
Bueno, a partir de ahí era el predilecto de la celadora, estaba “chocha” conmigo.
Había logrado mi objetivo, pero todavía faltaba más.
Resulta que la ropa sucia se mandaba al lavadero central del Asilo, menos las medias que usábamos diariamente, el lavado y limpieza de éstas estaba a cargo de las celadoras, no sé por qué razón, pero era así.
A un balde grande de chapa, le ponían agua y varios trozos de jabón blanco de lavar, con un cepillo para pasar el trapo de piso, empezaban a batir el agua con jabón y hacían una “jabonada”, así le llamaban cuando se formaba la espuma, había que batir un buen rato para lograrlo.
Luego ponían las medias en su interior y comenzaban a refregar una por una —flor de laburo—, ¡te imaginás lavar las medias de veinticinco chicos!…
Yo la observaba atentamente y rápidamente comprendí cómo se hacía el trabajo, no me parecía difícil, en una de esas le digo:
—¿Quiere que la ayude, señorita?...
—¿Te animás?...
—¡Sííí!…
Y entonces tomo la primera media, refriego bien los talones, la puntera y el resto y voy pasando cada una a otro balde con agua limpia para después enjuagarlas una y otra vez hasta sacarles todo el jabón.
Las retorcía para escurrir el agua y de ahí iban a una palangana para tenderlas afuera.
Para la celadora esto fue lo máximo, me la había ganado por completo, le había aliviado este trabajo que, a mí, al fin y al cabo, me entretenía.
Era demasiado aburrido estar sin hacer nada, quedé siendo el “encargado de lavar las medias”, mirá qué título.
LOS COMENTARIOS
Cuando íbamos a comer al enorme salón comedor, lo hacían simultáneamente todos los internados del Asilo llevados por sus correspondientes celadoras, eran alrededor de trescientos o algo más de chicos de diferentes edades, naturalmente el murmullo general estaba a la orden del día, a pesar de que nos tenían controladitos y sin chistar o te ligabas un tirón de pelos, de orejas o un cachetazo.
Las celadoras, que estaban rondando por las mesas, se juntaban entre ellas y chusmeaban unas con otras de vaya a saber qué, sin embargo, como yo seguía muy atento a todos los sucesos, observé que mi celadora, señalándome, les comentaba a las otras algo que evidentemente se refería a mí.
Al rato, como ellas eran las encargadas de repartir la comida a cada chico, cuando llegó donde estaba yo, me sirvió un plato lleno de comida, cosa que no era lo habitual, mientras decía:
—¡Comé bien que te lo merecés, vos trabajás mucho!…
Y ni hablar del postre, me daba la mejor parte y en abundancia.
Lógico, aquí se veían los resultados de mi estrategia, llevarse bien con la celadora era fundamental para pasarla lo mejor posible en los Asilos, la jugada era la misma que había empleado en el “Riglos”.
Pero yo tampoco descuidaba el compañerismo con los demás chicos, jamás fui con alcahueterías de ningún tipo, al contrario, cuando realizábamos alguna “fechoría”, siempre fui compinche de todos y si rompíamos algo, como puede ser un vidrio, la celadora preguntaba:
—¡Quién fue!…
Y todos éramos “mudos”.
—¡Ah, nadie fue!…
—¡Todos en penitencia, formen file, se toman los codos por la espalda y me cuelgan bien la cabeza y sin chistar!… —y había que hacerlo porque si no te empezaba a cachetear hasta dejarte morboso.
La lealtad entre nosotros era lo primero, pero después de la penitencia, que duraba más de una hora y nos dejaba el “marote” todo dolorido y los brazos también, venían los reproches al que había roto el vidrio o lo que fuere.
—¡Che, pelotudo, no viste lo que hiciste, al final la ligamos todos por culpa tuya!…
—¡Y, bueno, ¡qué querés, se me fue la mano!… —pero no pasaba de ahí.
LA “SIMONA”
Cierta noche, después de cenar, estábamos en el pasillo central del pabellón todos los chicos juntos haciendo “quilombo” como siempre, las celadoras gritaban.
—¡Cállense, guachos de mierda!…
—¡Si no lo hacen, vamos a llamar a la “Simona”!…
¿Qué era eso?...
La Simona era el “cuco”, una mujer “muy mala”, parecida a una bruja que se llevaba a los chicos que no hacían caso, ese era el “verso” que las muy “turras” nos habían hecho y nosotros como pendejos inocentes todavía nos creíamos.
Se habían puesto de acuerdo las dos celadoras, una se fue afuera, la noche estaba muy oscura, empezó a golpear violentamente la persiana de uno de los dormitorios y con voz gruesa gritaba:
—¡Soy la Simonaaa!a!…
—¡Me voy a llevar a todos los chicos que se portan mal!…
¡Mama mía, qué desbande se armó!…
Todos gritábamos como locos y corríamos de un lado para el otro sin saber dónde refugiarnos, la celadora que estaba con nosotros perdió el control total, al final fue peor el remedio que la enfermedad.
Finalmente, y despacito la cosa se fue calmando, los que tenían que ir al dormitorio donde había golpeado “la Simona”, no querían saber nada de entrar ahí, de pronto apareció la otra celadora y entre las dos lograron convencer a los chicos para que fueran a la cama.
—¡Le dije a la Simona que se fuera tranquila porque ustedes me prometieron que se van a portar bien!…
—¡De acuerdooo!… —gritó.
—¡Sí, señorita!… —dijeron todos a coro.
—¡Bueno, bueno, vamos todos a la cama!…
EL PARQUE DE MERCEDES
Durante ese verano, un día, después de almorzar, nos hicieron subir a la “bañadera”, era un colectivo chato, igual que aquel que usaron en “Riglos” cuando nos llevaron a Mar del Plata, nos acomodamos en los asientos y comenzó su marcha hacia un portón grande que daba hacia la ruta cinco, el Asilo estaba ubicado en una punta de la ciudad de Mercedes, justo cuando se inicia viniendo de la Capital Federal.
Mercedes tenía una forma casi rectangular bastante larga y estaba dividido por cuadras numeradas, sin nombre, los números pares corrían a lo ancho y los impares a lo largo de esa figura geométrica.
Resultaba muy fácil ubicar una dirección cuando alguien te decía:
—¡Queda en la calle 25 número 340 entre 16 y 18!…
Listo, sólo tenías que caminar hasta ese sitio sin preguntar nada a nadie, te fijabas en los números que había en las esquinas y llegabas seguro.
El colectivo partió de la ruta cinco, que en realidad era la calle número 2, hacia la calle 29, ahí dobló a la derecha en dirección al centro de la ciudad, después de cruzar dos vías de ferrocarril, tres cuadras más adelante, esta calle se ensanchó, abarcaba cuatro manos, dos de ida y dos de vuelta.
Pasamos por la plaza central donde había una iglesia, el municipio, el banco y el cine.
Para nosotros todo eso era una novedad, en el otro Asilo nunca nos habían sacado a conocer la ciudad.
El colectivo siguió derecho por la avenida 29 hasta cruzar una vía angosta a la que la llamaban “trocha angosta” o “la trochita”, no recuerdo bien, a partir de ahí el camino continuaba de tierra.
Hicimos un trecho bastante largo hasta que llegamos a un gran portón de madera, entramos por ahí y ese era el famoso “parque de Mercedes”, tenía muchísimos árboles y caminos internos de tierra, algunas parrillas, bancos para sentarse, juegos infantiles, etc. Era enorme y mucha gente paseando, tomando mate, jugando a la pelota, en fin, así y todo sobraba espacio para ubicarnos a nosotros.
Nos acomodamos en un espacioso lugar con mucha sombra, hacía bastante calor.
Bajaron unas canastas del colectivo, seguramente era la merienda, y nos sentamos directamente en el césped mientras observábamos el movimiento del resto de la gente.
En determinado momento, la celadora nos dice:
—¡Levántense, vamos a salir a caminar para que conozcan este parque, pero tómense de la mano para no perderse!…
—¡Sí, señorita!… —respondimos todos, el chofer del colectivo se quedó para cuidar las cosas que habíamos dejado en el lugar.
Primero nos llevó hacia un gran paredón y nos comentaba:
—¡Esta es la “¡Liga Mercedina”, aquí se practican deportes y se juega mucho al fútbol!
—Se hacen campeonatos entre los clubes deportivos de la ciudad enfrentándose también contra equipos de otros pueblos!…
Continuamos caminando y llegamos a orillas de un río.
—¡Este es el río Luján, viene desde bastante lejos y desemboca en el delta del Paraná y en el Río de La Plata!…
Cuando uno desconoce los nombres que te van diciendo, no entiende nada de qué están hablando y eso nos pasaba a nosotros, alguien preguntó:
—¿Y eso donde queda, señorita? …
—¡En Buenos Aires!…
Ahí, a la Capital Federal y alrededores le decían Buenos Aires, como si no estuviésemos en la provincia del mismo nombre, pero era la costumbre y había que respetarla.
Recorrimos un buen rato el río, pero no vimos ningún pescado, el agua corría bastante lenta y tenía cierto olor a podrido, más tarde nos enteramos que cerca de ahí había una curtiembre que tiraba los desechos en ese río, por eso el agua tenía ese olor tan feo.
Mientras tanto, la gente que nos veía comentaba:
—¡Ahí vienen los del Asilo!…
¿Cómo sabían?...
Claro, la vestimenta que llevábamos puesta nos delataba y a mí me daba una bronca tremenda y en general a todos, porque encima lo hacían de un modo despectivo, “los del Asilo”, como si fuéramos sapo de otro pozo, parece que teníamos mala fama.
Mientras tanto la hora iba pasando, la tarde estaba hermosa pero no logramos recorrer todo el parque porque era inmenso y ya teníamos que merendar.
Retornamos a nuestro sitio y sentados en el césped nos sirvieron un mate cocido con leche y un sándwich de pan con una sorpresa.
Adentro, en vez de milanesa, fiambre o algo similar, tenía una galletita grande y redonda que abarcaba todo el pan, la verdad es que nunca creí que fuera tan rico.
A todos nos gustó mucho porque salía de lo habitual.
Ya comenzaba a caer el sol y la celadora nos ordenó levantar las cosas y subir al colectivo que estuvo ahí toda la tarde esperándonos, antes de pegar la vuelta, nos llevó a recorrer el parque por los distintos lugares donde no habíamos llegado, internamente los caminos se bifurcaban para todos lados.
Todavía quedaba bastante gente tomando mate, nos dejó impresionados lo extenso que era ese predio, en realidad habíamos pasado una tarde muy buena, fuera de lo común para nosotros.
Y lo bueno es que a este paseo durante el verano lo reiteramos en varias oportunidades.
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